TITULACION SUPLETORIA
DECRETO NUMERO 49-79 EL CONGRESO DE LA REPUBLICA DE
GUATEMALA,
Son los títulos o documentos que deberán cumplimentarse para sustituir
los títulos ordinarios o títulos normalmente inscribibles que, respecto a
determinados actos, no se han formalizado, o son defectuosos o se han
extraviado. La titulación supletoria cumple la indicada función respecto a
la inmatriculación de una finca; respecto a la reanudación del tracto
sucesivo interrumpido; y respecto a la corrección de un exceso de cabida.
Los títulos supletorios, que con frecuencia se formalizan como culminación de
un procedimiento legal determinado, pueden resumirse en los cuatro
siguientes títulos concretos: expediente de dominio, título público de
adquisición, certificación de dominio de entidad pública y acta de notoriedad.
Se define como: “la serie de documentos que acreditan la propiedad o posesión de una
cosa o un derecho. Este tecnicismo, imprescindible, no figura aún en el léxico oficial.
Documento o resolución de autoridad que permite el acceso al registro para probar la
propiedad y otros derechos reales”.
En la doctrina, escasamente se nos habla de lo que constituye la titulación supletoria puesto
que se considera a este procedimiento, como su nombre lo indica, supletorio de situaciones
no bien reguladas en los distintos ordenamientos adjetivos civiles, situación a la que no
escapa el nuestro. Nuestra Ley de Titulación Supletoria en su tercer considerando expone:
“Que la usucapión ha sido reconocida por la legislación del país y actualmente está
comprendida dentro del Código Civil como medio de obtener la propiedad y pleno dominio
de los bienes por el transcurso del tiempo, y siendo sus resultados beneficiosos para el
legítimo poseedor que ha obtenido el registro de inmuebles mediante título supletorio, es
conveniente para la seguridad jurídica de la tenencia de la tierra, darle forma a un
ordenamiento legal que haga operante esta prescripción”. Con lo anterior, el considerando
de la ley referida no define realmente lo que es la titulación supletoria; únicamente nos da
algunos elementos que deben contemplarse al querer definir la misma.
JUSTOS TITULOS
La conquista de América empezó basándose en el derecho consuetudinario
medieval, que procedía del romano y el canónico anteriores, y que fue el que
se usó también en la Reconquista: si en ésta se ponía en el tapete una
restauración del poder cristiano y del reino visigodo, aquella venía a ser una
continuación por cuanto a dicho reino habían pertenecido el norte de África, de
ahí la legitimidad de la conquista de Canarias por Castilla y las esporádicas
argumentaciones acerca del derecho hereditario castellano sobre el Nuevo
Mundo, sólo un paso más allá. Así, Gonzalo Fernández de Oviedo aseguraba
que Colón había descubierto el país de las Hespérides, llamadas de esa forma
por Hespero, duodécimo monarca de la vieja España que había alcanzado
aquellas tierras 1.193 años atrás.
Pero claro, González de Oviedo nunca pudo aportar las pruebas que al
respecto le pedía el Consejo de Indias, así que tendió a imponerse otro
argumento menos problemático: el res nulius o bienes sin dueño, por el que un
territorio deshabitado pertenecía a quien lo descubría y poblaba. Fue lo que
adujo Portugal para quedarse con las Azores, por ejemplo. Sólo que las Indias
sí estaban habitadas, por lo que se introdujo una variante: era lícito apropiarse
de países descubiertos y que pertenecieran a príncipes paganos. La praxis
recomendaba, obviamente, que si dichos príncipes eran muy poderosos -caso
del Gtan Khan- era mejor optar por la diplomacia. Canarios y africanos, por
contra, no tenían tanto poder y por eso se los pudo despojar y esclavizar.
No obstante, los escrúpulos morales y legales seguían latentes, de ahí que
Portugal solicitara al Papa una bula en 1455 que legitimaba la conquista de la
costa atlántica africana, autorizaba a esclavizar a sus habitantes y prohibía la
injerencia de otros países so pena de excomunión, en clara referencia a
Castilla. Ésta, que ante tal panorama dirigió su expansión hacia el oeste a
través del Atlántico, requirió del pontífice exactamente lo mismo, obteniendo las
famosas cinco bulas alejandrinas (por Alejandro VI) en 1493. Las diferencias
con Portugal, que no quedó satisfecho, se resolvieron en el Tratado de
Tordesillas y los Reyes Católicos empezaron así a forjar un imperio en base a
esos tres principios.
Marinos y descubridores solían dejar constancia de su paso dejando estelas
grabadas, erigiendo cruces de madera o mediante inscripciones en los troncos
de los árboles, clavando la espada en tierra, tomando un puñado de ésta o
celebrando ceremonias de toma de posesión (el escribano de Colón, por
ejemplo, levantó acta de la que hizo el almirante en 1492 al desplegar el
pendón real y dos lábaros). Ahora bien, todo esto que podía servir de manera
simbólica no convencía en absoluto a los teólogos hispanos y, muy
especialmente, a los escolásticos. El alma de esa tendencia, Santo Tomás de
Aquino, había dicho que la formación de los estados surgía de la razón natural,
de ahí la legitimidad del poder estatal de los paganos; asimismo, el derecho de
propiedad sería válido para todos al fundamentarse en el derecho natural.
Conclusión: a los indios no se les podía arrebatar ni su tierra ni su autoridad
sobre ella. De hecho, la escolástica también impugnaba la validez de las bulas
papales. Éstas se basaban en la idea de la autoridad de la Santa Sede sobre la
societas christiana (el mundo cristiano) y a ese concepto de dominus orbis
recurrían los juristas. Pero los teólogos españoles volvían a Santo Tomás:
puesto que Cristo no había querido ser un príncipe terrenal, el Papa carecía de
autoridad sobre los paganos, que según el derecho natural (el “iusnaturalismo
católico”) eran iguales al resto de los hombres. Francisco de Vitoria fue el
primero en discutir la idea de que el descubrimiento daba derecho de propiedad
(así lo explicaba en su cátedra de la Universidad de Salamanca) y después le
siguieron Bartolomé de Las Casas y otros, ante los que reaccionó Juan de
Solórzano acusándoles de “dudar de la grandeza y potestad del que
reconocemos por viceDios en la tierra”.
Surgió entonces un argumento para contrarrestar a los escolásticos: el
descubrimiento y la conquista ofrecían la posibilidad de anunciar a los indios
los evangelios y redimirlos; aunque el Papa no tuviera autoridad, sí tenía el
derecho y el deber de propagar la fe entre infieles y tales atribuciones podía
delegarlas en un príncipe cristiano. Otorgaba además, la exclusiva a dicho
príncipe, lo que en el caso americano equivalía a excluir al resto de países (de
ahí la ingeniosa frase de Francisco I reclamando ver el testamento de Adán).
En ese sentido, el dominico Bartolomé de Carranza opinaba que el rey de
Castilla venía a ser asimismo el soberano del Nuevo Mundo; Las Casas apoyó
esa idea también.
JUSTA GUERRA
¿Qué es la guerra justa?
En un primer acercamiento, y retomando lo que decíamos en la entrega
pasada, la teoría de la guerra justa es una especie de “limbo” que equidista de
la idealidad del pacifismo más utópico como de la crudeza del realismo más
maquiavélico. Como reza al inicio de este artículo el párrafo de Hugo Grocio,
para esta concepción no todas las guerras deben ser condenadas de
antemano, digamos, a priori. En principio, la guerra no es muy distinta de
cualquier otro acto humano pasible de juicio moral. Por ello, hay que tener en
cuenta tanto el contexto y las situaciones en las que se enmarca una guerra así
como también los fines, las motivaciones y los deseos que le dan impulso. En
realidad, el esfuerzo de esta escuela, y es allí donde radica la originalidad y
donde se muestra la personalidad particular de cada autor, está dirigido a
establecer ciertos criterios abstractos y simples que permitan distinguir
fácilmente a una guerra justa de una injusta.
Pero, ¿cuáles son esos criterios? Los criterios se pueden dividir en tres
subgrupos que, aunque experimentan variaciones dependiendo del autor,
constituyen el núcleo duro de la teoría. Por un lado tenemos el ius ad bellum,
es decir, los criterios que regulan el derecho a recurrir a la guerra. Por otro está
el ius in bello, que regula el desarrollo de la guerra. Y, por último, el ius post
bellum, que regula todo lo que tiene que ver con el final de la guerra. Para que
una guerra sea completamente justa debe cumplir con esos tres grupos de
criterios. Aún cuando una guerra cumpla perfectamente con el ius ad bellum,
puede suceder que ésta sea injusta sino respeta las demás disposiciones del
ius in bello y el ius post bellum.
El ius ad bellum nos señala que el Estado puede apelar a la guerra sólo cuando
tiene ciertas razones para hacerlo; esto es, cuando cuenta con causa justas
(iusta causa). Entre las más importantes iustae causae se encuentran la
legítima defensa externa, la defensa de otros que están siendo agredidos, el
castigo por algún agravio (sea cometido a un Estado en particular o la
Comunidad Internacional toda), la protección de inocentes de regímenes
infames, etc. Además, la causa justa debe ser siempre complementada con
una apropiada intención. Es decir, el deseo de expansión territorial, de
venganza, etc. no deben ser los que enciendan la guerra, aún cuando se tenga
una causa justa para comenzarla. Por otro lado, esta teoría sostiene que la
guerra debe ser declarada por una autoridad legítima y dada a conocer
públicamente. Además, la guerra no sólo será el último recurso a utilizar (es
decir que se debieron haber agotado antes todas las demás vías pacíficas) sino
que también debe tener una amplía posibilidad de éxito: ¿para qué comenzar
una guerra que se sabe que fracasará? ¿Cuál es el sentido de aumentar las
pérdidas cuando seguro se perderá? En este punto, como en el de
proporcionalidad (que postula que la guerra debe corresponder con un acto
igualmente importante), se nota claramente que el acento de esta teoría está
puesto en alcanzar, efectivamente, la justicia. Si se tiene la certeza de que no
se logrará, entonces, la guerra es un recurso fútil: es mejor dejar las cosas
como están.
Guerra justa o guerra legítima es un concepto teológico-político desarrollado
fundamentalmente por teólogos y juristas católicos y cuya definición ha
constituido un esfuerzo serio para regular el derecho a la guerra, en la guerra y
después de la guerra. Hoy, este concepto es parte importante del Derecho
Internacional y en torno a él se configuran el Ius ad bellum, versión secular del
pensamiento cristiano medieval sobre la guerra justa, el Ius in bello que
concierne la justicia sobre el comportamiento de los participantes en el conflicto
y el Ius post bellum que concierne a la fase terminal y los acuerdos de paz. Con
todo, en su encíclica Pacem in Terris, Juan XXIII cuestionó severamente el
concepto de guerra justa al señalar que en la era atómica «resulta un absurdo
sostener que la guerra es un medio apto para resarcir el derecho violado». 1
En teoría moral, existen al menos tres enfoques sobre la cuestión de la
guerra:2
El pacifismo, según el cual toda guerra es injustificada y, por
consiguiente, inmoral.
El enfoque del «realismo político» o realpolitik, cuya premisa
fundamental quedó recogida por el militar e historiador alemán Cari von
Clausewitz, cuando dijo que la guerra no es sino otra forma de hacer
política.
Y finalmente, queda la tradición de la guerra justa, con origen en la Edad
Media y que se caracteriza por defender que algunas contiendas bélicas
tienen justificación y son morales.
EL REPARTIMEINTO
l Repartimiento de Indios -también llamado Mandamiento– constituyó una
forma de trabajo forzoso para los indígenas por parte de los españoles durante
la Conquista y Colonización de Guatemala. Fue el principal medio por el que
los hacendados seculares y eclesiásticos, así como las autoridades, se
proveían de mano de obra indígena (Diccionario Histórico Biográfico, 2004).
Las Leyes Nuevas prohibieron el empleo de los indios para obtener mano de
obra, sin embargo, en 1565, la Corona española autorizó el repartimiento de
los indígenas que habitaban los pueblos asentados en la periferia de la ciudad
de Santiago de Guatemala, para que trabajaran en la cosecha y molienda del
trigo. La legalización definitiva de esta institución se produjo en el Reino de
Guatemala, en 1574, cuando el Consejo de las Indias la autorizó para que los
españoles pudieran atender las labores en el cultivo del trigo y sus necesidades
domésticas (Diccionario Histórico Biográfico, 2004).
De esta fecha en adelante, todos los indios varones comprendidos entre los 16
y los 60 años, de la mayoría de los 77 pueblos del Corregimiento del Valle, ya
sea que pertenecieran a un pueblo realengo o a uno de encomienda, tenían
que cumplir con el requerimiento, es decir, trabajar una semana de cada mes
en beneficio de los españoles (Diccionario Histórico Biográfico, 2004).
Los alcaldes indígenas ayudaban, obligadamente, a formar el padrón y a
organizar, en cuatro grupos, a los hombres de su respectivo pueblo. El
reclutamiento correspondiente se hacía los domingos, después de misa, y los
reclutados se entregaban a los jueces repartidores, durante la madrugada del
día siguiente. Los empleadores, por su parte, debían pagar, al juez repartidor,
medio real por cada indígena enrolado, y a éste, un real de plata, por cada día
trabajado, inclusive el lunes, que era utilizado para el viaje (Diccionario
Histórico Biográfico, 2004).
A finales del siglo XVI y principios del XVII, el Obispo fray Juan Ramírez de
Arellano denunció y condenó, en varios escritos, tal sistema laboral, que era
empleado por encomenderos, terratenientes y funcionarios españoles. Entre
1661 y 1663, el Fiscal de la Audiencia de Guatemala promovió, ante la
Corona, la abolición del repartimiento. Para justificar la petición, enumeró los
abusos que se cometían en los ingenios de azúcar, en las labores de trigo y, en
especial en los obrajes añileros (Diccionario Histórico Biográfico, 2004).