Identidad Uruguaya en la Cocina
Identidad Uruguaya en la Cocina
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Facultat de Geografia i Història
Departament d’Antropologia Cultural i de Historia d’Amèrica i d’Àfrica
Doctorat Estudis Avançats en Antropologia Social
Curs 2012-2013
Gustavo Laborde
INDICE
CAPÍTULO I - La investigación............................................................................7
1.1 - Introducción.......................................................................................................................... 8
1.2 Problematización..................................................................................................................11
1.2.1 La construcción del objeto de estudio..............................................................11
1.3 Antecedentes teóricos del problema..............................................................................12
1.3.1 La alimentación en los estudios antropológicos............................................12
1.3.2 Definición de cocina: algunas nociones...........................................................15
1.3.3 Antecedentes históricos del problema: Las cocinas en los estados
poscoloniales........................................................................................................... 17
1.3.4 Nuevos fenómenos en cocina..............................................................................19
1.4 Hipótesis . ........................................................................................................................21
1.4.1 Algunos supuestos hipotéticos...........................................................................21
1.5 Objetivos generales y específicos:................................................................................. 22
1.5.1 Objetivo general:.................................................................................................... 22
1.5.2 Objetivos específicos:........................................................................................... 22
1.6 Ámbito de la investigación............................................................................................... 23
1.7 Metodologías y técnicas de investigación................................................................... 23
1.8 Fuentes y trabajo de campo............................................................................................. 25
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
✴ 5✴
✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
Anexo ..................................................................................................289
Los “clásicos” de la cocina de Uruguay..................................................................................289
Sobre los utensilios y las sazones ...........................................................................................289
Carnes y embutidos.................................................................................................................... 290
Verduras y hortalizas..................................................................................................................294
Pastas y pizzas . .....................................................................................................................295
Productos del mar .......................................................................................................................299
Dos especialidades criollas........................................................................................................ 301
Los dulces . .....................................................................................................................302
Las bebidas . .................................................................................................................... 306
Bibliografía ..................................................................................................309
✴6 ✴
CAPÍTULO I
✴ La Investigación ✴
✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
1.1 - Introducción
✴8 ✴
✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
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tradicional, ciertamente urbano, y popular de los uruguayos: allí figuran, sobre todo,
platos de origen italiano (como las pastas –los típicos ravioles del domingo-, la pizza y la
fainá, la pascualina y las milanesas) y platos de origen español (como el puchero, la tortilla
y las croquetas), más algunas otras especialidades internacionales. Según esta narrativa
ampliamente extendida en el ámbito urbano, la cocina uruguaya “desciende de los barcos”
y no presenta ningún rastro de las culturas aborígenes (García Robles, 2005). El análisis
de este caso se fue abordado mediante incursiones etnográficas eminentemente urbanas,
así como la revisión de diversas fuentes informativas.
La nueva cocina nativa. Se propone esta categoría para agrupar un conjunto tanto de
nuevas prácticas como discursos culinarios que responden a motivaciones recientes. Esta
cocina postula una narrativa estructurada en el uso de productos autóctonos, en particular
frutos nativos, en el entendido de que son un elemento indiscutiblemente auténtico, cuya
presencia es natural del territorio: en términos de los informantes “siempre estuvieron
ahí” y eran comidos por “nuestros indios”. De los frutos más usados –arazá, pitanga, molle
ceniciento, ubajay, guabiyú, guayabo y butiá- sólo los últimos dos tienen cierta tradición en
cocina, aunque siempre circunscripta al ámbito doméstico de ciertas zonas del país. Ninguno
de estos frutos, ni antes ni ahora, se han comercializado frescos en el mercado. Junto a los
frutales, se reivindica el uso de especies marinas, en particular dos que prosperan en las
lagunas del litoral oceánico lacustre: el langostino y el cangrejo sirí. Las comunidades de
pescadores asentadas en las lagunas, tradicionalmente no integraban estas especies a su
dieta ni las explotaban a gran escala: el langostino se extraía puntualmente para ser vendido
como carnada a pescadores aficionados y el cangrejo era combatido porque corta las redes
de pesca. Esta propuesta culinaria no se basa en cocina tradicional previa: ha surgido en el
seno de la cocina profesional hace aproximadamente una década y se ha desarrollado en la
costa oceánica, al este del país, donde se encuentra la mayor infraestructura turística del
Uruguay. A partir de entrevistas y observaciones de campo, se advierte que los patrocinadores
de esta cocina son chefs de carácter cosmopolita que en encuentran en ella la posibilidad de
articular a nivel local dos discursos dominantes de la agenda global. El uso de los frutos nativos
permite: a) singularizar un territorio y construir un relato sobre lo auténtico, lo indígena, lo
nativo, que se adecua a las demandas del turismo que valora cada vez más experiencias únicas
y autenticidad; y b) promover un estilo de vida pautado por ideas asociadas a la producción
artesanal, producido por comunidades que respetan la biodiversidad: muchos productores
y cocineros reproducen, más o menos conscientemente, los preceptos de Slow Food. A lo
señalado sobre esta cocina, corresponde agregar que se ha constatado la participación
de diversas agencias estatales que generan prácticas y sentidos alrededor de esta cocina.
Son ejemplos de esto los programas del Instituto Nacional Agropecuario y la Facultad de
Agronomía de la Universidad de la República, que estudian formas de domesticación de estos
frutales que hasta ahora se reproducían en forma silvestre, los cursos que el Laboratorio
Técnico del Uruguay imparte a colectivos de mujeres rurales para mejorar el procesamiento
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y envasado del butiá, así como las acciones que lleva adelante el Programa de Conservación
de la Biodiversidad y Desarrollo Sustentable en los Humedales del Este (Probides) con
pescadores de las lagunas. En definitiva esta cocina postula nuevas centralidades –con un
significativo desplazamiento de la carne vacuna- y amplía el marco histórico discursivo para
alcanzar al tiempo prehispánico y conectar así con el pasado indígena. La revisión de esta
cocina ha demandado incursiones etnográficas en el este del país, la revisión de diversas
fuentes y conocer las lógicas y motivaciones de las instituciones mencionadas.
1.2 Problematización
1.2.1 La construcción del objeto de estudio
Tradicionalmente, la explicación del comer local se articulaba en dos grandes narrativas
populares, que coincidían con el gran relato sobre el ser nacional como pueblo “trasplantado”
(Ribeiro, 1985): del gaucho proviene el plato totémico –el asado-, y de los inmigrantes la
comida de todos los días. Un origen criollo y un origen europeo. En ambos se encuentra
presente el componente blanco, ibérico, europeo (cf, García Robles, 2004; Laborde, 2010).
En la actualidad, el debate sobre la identidad uruguaya en cocina se ha visto avivado dado
que, acaso como en ningún otro aspecto del debate identitario general, intervienen en el
fenómeno culinario nítidos intereses locales y globales que están operando una fuerte
reconfiguración discursiva: viejas narrativas hegemónicas y prácticas sedimentadas en el
tiempo y la costumbre se encuentran desafiadas por nuevas propuestas de autoidentificación,
reemergencias identitarias o la reivindicación de prácticas que habían permanecido
invisibilizadas por ciertas centralidades y discursos dominantes. Uruguay se ha pensado a
sí mismo como “país sin indios”. La imagen que predomina —y que el Estado ha contribuido
a construir— es la de una sociedad conformada por grupos de ascendencia europea, con
valores occidentales y vocación cosmopolita. Durante décadas, las narrativas de la Nación
relegaron a los indígenas a un papel irrelevante en la historia y extinto en el presente. Pese
a ello, desde la década de los años de 1990 se registra un creciente discurso reivindicativo
de las minorías raciales, tanto de descendientes africanos como de pueblos originarios.
Coincidente con esta irrupción discursiva en la que se desplaza el centro de atención de
afuera hacia adentro, ha surgido un discurso culinario alternativo que confronta la centralidad
blanca y europea en cocina y propone un modelo que encuentra su legitimidad en el carácter
local de los productos, especialmente seleccionados por su condición nativa sobre los que
se construyen representaciones que los vinculan al mundo indígena y pre hispánico.
En la construcción de cocinas, en la actualidad, se articulan intereses cada vez más
amplios y distantes: las motivaciones del discurso local, tradicional y hegemónico, son
intersectadas por una agenda global que extiende los horizontes políticos, económicos y
culturales. En esta investigación buscamos conocer por qué, cómo, quiénes y en qué modo
se producen discursos culinarios en Uruguay. A partir de resultados preliminares de la
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etnografía se han identificado cuatro grandes líneas donde estudiar estos procesos. Esta
clasificación se corresponde con los grandes conjuntos de representaciones relevados en
el campo y propuestos por los propios informantes, pero el recorte responde también a
ciertas necesidades metodológicas. Se trata de la cocina criolla; la cocina uruguaya; la
cocina de frontera y la nueva cocina nativa. Estas unidades presentan fragmentaciones
y desdobles, fronteras difusas, desplazamientos diversos y parciales yuxtaposiciones que
serán debidamente analizadas en el desarrollo de la investigación. La hipótesis de trabajo
plantea que en la selección de unos determinados conjuntos de elementos, estas cocinas
conforman tramas de significados que habilitan procesos de identificación donde entran en
juego ideas, valores y sentimientos históricos, políticos y socioculturales que se construyen
de diversas formas. Estas cocinas proponen a su vez narrativas sobre el origen, y al mismo
tiempo un estilo de vida. Nos proponemos analizar las causas y posibles consecuencias de la
conformación de estos campos simbólicos y la adscripción o rechazo que ellos generan en los
individuos. Esta cuestión conduce a un tópico central en la disciplina, que se pregunta sobre
los procesos por los que se adquiere la identidad. Para el caso propuesto, a través del método
etnográfico y la revisión de fuentes escritas (en particular recetarios de cocina) interesa
describir y comprender la dinámica recíproca en la que la identidad deriva tanto de las pautas
culturales previas como de la instrumentación de ideas y políticas impulsadas por agentes
propositores. Por lo antes expuesto, las interrogantes que rigen la presente investigación…
¿Existe una cocina que se pueda llamar uruguaya o existen más de una? ¿Qué discursos
sobre el nosotros emergen en el debate en torno a la cocina uruguaya? ¿Qué elementos de
identificación se ponen en circulación que generan adscripciones, indiferencia o rechazo.
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pero, sobre todo, constituye un discurso que requiere una población que la consuma con la
frecuencia necesaria para que cada individuo pueda considerarse si no un experto cocinero,
al menos un autorizado comensal para saber, frente al plato, si está hecho al modo de su
comunidad. En pocas palabras, una cocina tiene raíces sociales comunes; es la comida
de una comunidad, aunque muchas veces sea una comunidad muy grande. El sabor y la
forma en se prepara esa comida son temas lo bastante familiares e importantes como para
constituir la base de un discurso. Argumenta que la alimentación es al mismo tiempo una
forma de comunicarse y de identificarse con el grupo al que se pertenece, y la elección
de los alimentos, en este sentido puede ser una especie de declaración de principios. Los
alimentos que se comen tienen historias asociadas con el pasado de quienes los comen: las
técnicas empleadas para encontrar, procesar, preparar, servir y consumir esos alimentos
varían culturalmente y tienen sus propias historias. No son comidos simplemente; su
consumo siempre está condicionado por el significado. Estos significados son simbólicos y
se les comunica simbólicamente; también tienen sus historias.
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1 - Oriental es la denominación arcaica de los habitantes de la República Oriental del Uruguay, antes
llamada Banda Oriental.
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1.4 Hipótesis
1.4.1 Algunos supuestos hipotéticos
Este trabajo parte del supuesto de que el imaginario tradicional y hegemónico de
la “cocina uruguaya” se encuentra en un proceso de redefinición. La pregunta que guió
investigación fue la de qué agentes y qué lógicas participan en esta reconfiguración práctica
y discursiva y cómo se relaciona con la generación de significados y procesos identitarios.
Nuestra hipótesis inicial fue que esta relación, que estructura nuevas identidades locales,
está siendo incentivada y mediada por una agenda de carácter global; que las reivindicaciones
emergentes de carácter cultural forman parte de un proceso económico más amplio; y que
las condiciones actuales de este fenómeno complejo permiten a ciertos grupos negociar con
la identidad como capital simbólico y moneda de cambio, y así situarse de manera diferente
para obtener provecho político, económico y cultural de su importancia recién descubierta
como atracción para las áreas del turismo, el desarrollo sustentable o las modas culinarias.
Diferentes miradas y alternativas en torno a la identidad se presentan reclamando
este campo como un espacio más donde el nosotros se pone en juego de distintas formas,
respondiendo incluso a concepciones encontradas y paradójicas. Diferentes intervenciones
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globales con origen en los campos del turismo, el patrimonio, el desarrollo sustentable o
las modas culinarias se encuentran con perspectivas y respuestas de los grupos locales
generando así tensiones, coincidencias y disyuntivas. En el actual clima de intercambio
global económico y cultural, ha cobrado importancia fundamental la búsqueda de la
identidad y su reconstrucción, en especial porque el turismo puede ofrecer a la vez
los medios y el incentivo para reevaluar ciertos compromisos identitarios. Desde una
perspectiva instrumental se pueden ver a la cultura y la identidad, en este contexto, como
objetos de manipulación consciente dentro de un contexto social, económico y político
más amplio: el turismo legitima parcialmente demandas de conservación de tradiciones y
preservación de culturas. Incluso se pueden ver ciertas prácticas de Estado como funcionales
a la mercantilización de la identidad, la cultura o la etnicidad. Pero como también habrá
que describir y comprender cómo estos grupos que parecen ser sujetos de dominación,
articulan activamente sus propios intereses: pueden ser agentes activos al determinar
qué quieren preservar, inventando deliberadamente tradiciones o artesanías tradicionales
para los turistas, y aun así ser completamente sabedores de lo que es real o escenificado,
auténtico o espurio para obtener mejores posiciones en las relaciones de poder. Mapear
los intereses y motivaciones locales y globales que se imbrican y dan lugar a las nuevas
formas discursivas es central para la comprensión del fenómeno.
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culturas ubicadas en un paisaje para el cual no hay hasta el momento una concepción teórica
desarrollada o un modelo descriptivo (2001: 116). En esta situación se inscribe el caso que
nos propusimos abordar.
De las seis técnicas propuestas por el teórico, tres nos resultaron de particular utilidad
para abordar nuestro objeto de estudio: “seguir las cosas”, “seguir las metáforas” y “seguir
a la historia o a la alegoría”. En la construcción del espacio multilocal de la investigación
implica trazar la circulación a través de diferentes contextos de un objeto explícitamente
material de estudio. Esos objetos, dice Marcus, pueden ser bienes, regalos, dinero, obras
de arte o propiedad intelectual. Es decir, objetos que adquieren su particular dimensión
dentro de la cultura capitalista. La cocina –un platillo, un producto (artesano, industrial)-
no sólo no escapa a esta lógica, sino que se ha convertido en un escenario privilegiado y de
particular elocuencia donde estudiar la generación de valor cultural. Entre los antecedentes
de etnografías multilocales, Marcus cita la historia cultural del azúcar, realizada por Mintz
(1985) como un muestra de la técnica de “seguir los objetos” desde una marco conceptual
de economía política, que depende de una narrativa histórica general sobre el colonialismo
y el capitalismo. Dentro de esta misma técnica para la investigación multilocal sobre la
circulación de los objetos, sitúa a La vida social de las cosas, de Appadurai (1986).
Seguir el itinerario cultural de la metáfora (cualquiera sea ella) es también una
resolución metodológica que se explica en (y explica al) sistema mundial en el que se desplaza.
Cuando la cosa trazada se encuentra dentro del ámbito del discurso y de las modalidades de
pensamiento, dice Marcus, la circulación de signos, símbolos y metáforas guía el diseño de
la etnografía. Esta modalidad implica intentar trazar las relaciones y sustentos sociales de
asociaciones que están más claramente vivas en el lenguaje y hacer uso de medios visuales e
impreso. Para una investigación que se propone explicar los usos políticos que las culinarias,
en tanto narrativas, hacen del pasado, seguir la trama, la historia o la alegoría del pasado es
clave. Sostiene Marcus que el renovado interés entre antropólogos y otros científicos sociales
por la memoria social posiblemente sea el tipo de trabajo en que es usada esta técnica. Los
procesos de recordar y olvidar generan precisamente estos tipos de narrativas, tramas y
alegorías que amenazan con reconfigurar, a veces de manera perturbadora, versiones que
sirven al orden estatal e institucional. Así, tales narrativas y tramas son una rica fuente de
conexiones, asociaciones y relaciones para conformar objetos de estudio multilocales.
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de existencia histórica y social. Por ello, para abordar cada una de las tres partes de este
trabajo se ha recurrido a metodologías y bibliografías específicas, a riesgo de que cada uno
de los capítulos funcione con cierta independencia teórica y metodológica de los otros. En
el entendido de que esta investigación abre un campo de estudios casi inexplorado todavía
en la producción académica uruguaya fue que decidí correr ciertos riesgos.
Cocina criolla. Se realizó un trabajo etnográfico de corte clásico, en el ámbito semi
rural (villas y pueblos de menos de 5.000 habitantes) en el centro sur del país. Se llevó a
cabo observación participante, entrevistas en profundidad y grupos de discusión. Estas
indagaciones no arrojaron resultados demasiado significativos porque, en definitiva,
el concepto de lo criollo es un mito urbano (Sarlo, 2007; Laborde, 2010). Más y mejores
resultados obtuve en las incursiones etnográficas en las denominadas “parrilladas”, es
decir, restaurantes especializados en elaborar carnes a la brasa, así como en las entrevistas
y observación participante en casas de asadores, pero también en asados callejeros de la
ciudad de Montevideo, que pertenecen de manera ambigua al ámbito público, aunque se
trate de reuniones domésticas.
El trabajo de gabinete proporcionó valiosa información para el análisis de la trayectoria
histórica y cultural que tuvo el concepto de “cocina criolla”. En tal sentido se revisó prensa
periódica retrospectiva, crónicas de época y literatura criollista. En la Biblioteca Nacional de
Uruguay se encontraron referencias a los tres primeros recetarios publicados en Uruguay:
El arte culinario, de Francisco Figueredo (1889 ¿?), El cocinero moderno, de S. Irrelor (1894),
y El consultor culinario, de Pascal (1898).
Cocina uruguaya. El trabajo etnográfico se realizó en la ciudad de Montevideo. La
mayor parte de las informantes fueron a mujeres con distintos grados de vinculación con la
cocina, desde la puramente doméstica, a profesionales que se desempeñan o desempeñaron
como cocineras en casas de familia o en empresas de catering y comedores. En dos casos
especiales se realizó observación participante en bares y restaurantes “típicos” de Montevideo,
ambos con mujeres a cargo de la cocina. Para realizar una primera selección de estos bares
y restaurantes se utilizaron diferentes ediciones de la Guía Placer Gourmet, especializada
en reseñar periodísticamente establecimientos gastronómicos. Se organizaron tres focus
groups con cocineros y críticos gastronómicos, que fueron semi dirigidos por el investigador.
Para investigar la formación del concepto, problemático, por cierto, de “cocina uruguaya”
se realizó una amplia revisión bibliográfica en la Biblioteca Nacional. Allí se emprendió un
relevamiento crítico de recetarios de cocina de carácter nacionalista y se seleccionó un
corpus representativo de recetas que compartida por la amplia mayoría de ellos. El análisis
no se limitó a los recetarios. El itinerario histórico del concepto de cocina uruguaya fue
analizado en libros a caballo entre el periodismo gastronómico y los recetarios, todos ellos
publicados a partir de la primera década del siglo XXI.
Nueva cocina nativa. Para analizar esta formación culinaria se emprendió un trabajo
etnográfico de corte clásico en cuatro balnearios del este del país: Punta del Este, La Pedrera,
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La Paloma y Punta del Diablo, y en dos ámbitos en los que se producen los productos o
ingredientes que caracterizan esta cocina: con las mujeres que elaboran productos del
butiá, que colectan en “los palmares” cercanos a la ciudad de Castillos y en la comunidad
de pescadores de la Laguna de Rocha. En estos dos últimos ámbitos, se hizo observación
participante y entrevistas en profundidad con informantes calificados. En los balnearios,
se efectuó observación participante en restaurantes especializados en la “cocina nativa de
Uruguay” y se organizaron dos focus groups con cocineros, con cuestionarios semi dirigidos
por el investigador.
También en este caso se analizaron los pocos –tres en total- recetarios especializados
en este tipo de cocina. Siguiendo la etnografía multi-situada de Marcus (2001), también se
analizaron discursos de agentes turísticos, la prensa, piezas publicitarias concernidos en esta
culinaria. También se ha analizado la producción técnico académica del Instituto Nacional
Agropecuario y la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República, el Laboratorio
Técnico del Uruguay y el Programa de Conservación de la Biodiversidad y Desarrollo
Sustentable en los Humedales del Este (Probides) que explican y fomentan las nuevas prácticas
que llevan adelante grupos de mujeres rurales o los pescadores de las lagunas.
El estudio de estos tres ámbitos se justifica en la hipótesis metodológica anteriormente
planteada de que estos tres ámbitos presentan prácticas y discursos culinarios que
conforman constructos más o menos homogéneos que habilitan, por medio del método
comparativo, avanzar en la resolución de los objetivos propuestos. Estas observaciones
fueron complementadas con un trabajo etnográfico anterior, que recoge una experiencia de
campo realizada durante dos años (Laborde, 2010). La metodología, como ya se ha señalado,
sigue los objetos, la metáfora, el conflicto y la trama, todos ellos no atados necesariamente
a un territorio (Marcus, 2001).
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
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CAPÍTULO II
✴ La cocina criolla ✴
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2.1 Introducción
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del asado, comida propia del ámbito rural, a la ciudad. Propondremos que fue en el medio urbano
donde el asado se cargó de nuevos significados y donde alcanzó un tipo de comensalidad que
los uruguayos ponen en práctica de manera recurrente, y que les permite instituir el tiempo
de ocio, fortalecer lazos sociales, y sentirse parte de una comunidad culinaria nacional.
La vigencia del asado como el gran plato uruguayo en los años que lleva el siglo XXI
encuentra diferentes evidencias de comprobación. En este capítulo revisaremos algunas de
las instrumentalizaciones de las que este comer fue susceptible, y vamos a señalar que ha
servido tanto para concitar adhesiones internas como para promover al país en el mercado
global del turismo y la gastronomía. En cuanto a sus usos internos recientes, Laborde (2010)
ha señalado dos: la figura del gaucho como representante del “ser nacional” y empecinado
devorador de asados sigue vigente en los textos escolares; la medida económica conocida como
“el asado del Pepe”, que efectuó José Mujica cuando fue ministro de Ganadería para ampliar
el acceso popular a este corte de carne luego de una grave crisis económica. En cuanto a los
usos externos instrumentalizados desde la política pública, revisaremos el programa Un paseo
por los sentidos, una acción de promoción de marca país, mediante la cual Uruguay se ha
presentado en varias exposiciones internacionales con su “Parrilla Gourmet. Uruguay Natural”.
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
El primer contacto entre nativos de este territorio y los europeos quedó signado por un
dramático choque de creencias alimentarias. En enero de 1516 arribó la expedición de Juan Díaz
de Solís, al servicio de la corona de Castilla. El capitán de navío ingresó al estuario creyendo que
era el paso que permitiría seguir ruta hacia las Islas de las Especias (Reyes Abadie, 1968). Solís y un
grupo de hombres que lo acompañaban desembarcaron en el hoy territorio uruguayo. Allí fueron
atacados por indios charrúas, que los mataron y comieron a todos, menos al que fue mantenido
10 años en cautiverio y contó la historia (Díaz de Guzmán, 2001 [1835]). Este relato de origen,
que instituye el tiempo primordial, se propala desde la escuela y dispone una actitud frente a
la prehistoria y los atributos del pueblo charrúa, a la que la historiografía uruguaya dominante
presentó como etnia principal y fundacional. El episodio, de “indeleble recuerdo escolar infantil
en el Uruguay”, ha sido retomado de manera recurrente en diversas manifestaciones culturales
y participa de manera central en el mito futbolístico de la “garra charrúa” (Bayce, 2014: 57).
Estudios posteriores sostienen que los atacantes no fueron charrúas –esta cultura
que no practicaban la antropofagia- sino guaraníes de las islas (Vidart, 1999: 44-46). Otros
autores incluso ponen en duda que el episodio de antropofagia se haya llegado a consumar
(De Azara, 2014 [1849]; Verdesio, 2005). En la cuenca del Río de la Plata y sus principales
afluentes –ríos Uruguay y Paraná- convivían parcialidades de indios nómadas pampeanos
(charrúas, yaros, guenoas) junto a otras de guaraníes y guaranitizadas con vida aldeana y
agricultura3. El registro arqueológico establece presencia guaraní en el actual territorio
uruguayo con fechados tempranos, circa 1200 a.c. (Curbelo, 2012). En los últimos tiempos
la producción antropológica y arqueológica uruguaya insiste en ampliar la visión sobre la
prehistoria del país (Pi Hugarte, 1969; Bracco, 2004; Curbelo, 2012).
En años posteriores llegarán al Río de la Plata sucesivas expediciones de “adelantados”.
En el año 1536, en la margen occidental del Plata, se funda el poblado y el puerto de Buenos
Aires. Debido a la hostilidad de los indígenas de la región, la ocupación fue abandonada en
1541 y fue vuelta a fundar en 1580. Otros expedicionarios se internaron en el interior de
América del Sur por los ríos Paraná y Uruguay en busca de la ruta que permitiera una salida
al mar a las riquezas extraídas del Perú. En el camino se encontraron con los guaraníes del
Paraguay, una cultura agraria que cedió, con menor resistencia que las otras de la región,
a la implantación de los sistemas coloniales. En 1537, se realiza la fundación del fuerte que
se convertiría en la ciudad de Asunción, la más importante de su tiempo en la cuenca del
Plata (Reyes Abadie, 1968). A diferencia de las dispersas y belicosas tribus nómadas de origen
pampeano que habitaban el sur, los guaraníes el norte cultivaban las feraces tierras interiores
y sus aldeas presentaban mayor densidad demográfica. Estas condiciones favorecieron
la imposición del régimen de “encomienda”, que transfirió la lógica de explotación feudal
europea al campesinado indígena (Reyes Abadie, 1968; Kossok, 1972; Haubert, 1991).
3 Las fuentes de donde procede la nomenclatura de las parcialidades han sido repetidamente
cuestionadas por los estudios etno-históricos y arqueológicos, ya que proceden de observaciones
incidentales, indirectas y etnocéntricas, y muchas veces fantasiosas, realizadas por los primeros
cronistas. Los estudios actuales están revisando las clasificaciones étnicas y reagrupándolas en
macro etnias (Pi Hugarte, 1969; Bracco, 2004).
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
En un trabajo anterior señalé que este es uno de las primeras narrativas sobre la historia
del país que los niños uruguayos aprenden en la escuela (Laborde, 2010)4. Propalado desde un
dispositivo del Estado, este relato funciona como mecanismo cognitivo y reproductor de la
ideología5 de que en la prehistoria el territorio que luego será Uruguay era “tierra baldía” y “sin
hombres”. Establecida esta afirmación inicial, este paradigma historiográfico queda habilitado para
inducir a otros dos supuestos históricos: que el ganado se reprodujo “sin mediar tarea pastoril” y
que el vacuno proporcionó el “incentivo económico” que atrajo al colono. En este relato, la vaca
es el agente civilizatorio y va a sentar las bases para crear la nación. La simultánea enunciación
de que los indígenas supusieron un freno a los intentos coloniales hasta fines del siglo XVII y
que al mismo tiempo este territorio estaba “vacío” no debe tomarse como una contradicción
involuntaria: constituye una prueba de que la mirada colonialista excluye al indígena del relato
histórico. Esto tendrá implicancias en la percepción de qué es la cocina propia (local, uruguaya)
a lo largo de toda la historia, como veremos en este y los siguientes dos capítulos.
Producción bibliográfica más reciente incorpora a la investigación evidencias de un
mayor protagonismo de las etnias nativas en el proceso histórico del país. Para ampliar esta
perspectiva del análisis, el relato historiográfico debe introducir un giro geográfico que permita
una mirada más amplia. Moraes (2005) emprendió un esfuerzo de revisión y contrastación
entre la historiografía dominante y elementos aportados por las nuevas investigaciones. De
acuerdo con este trabajo, se ha privilegiado contar la historia desde la perspectiva del sur,
confiriéndole a la fundación de Colonia do Sacramento (1680) el papel de hito fundacional en
la apropiación española del territorio “de la otra banda” del Río de la Plata. De este esquema
interpretativo deriva la tesis de que “el ganado precedió al colono”. La versión hegemónica sobre
la ocupación original del territorio ha tendido a subestimar en términos de su importancia
analítica el foco norte, desde donde las misiones jesuítico-guaraníes hicieron penetraron el
territorio del hoy Uruguay y emprendieron intensas prácticas ganaderas.
Las fundaciones jesuitas –también llamadas Misiones Jesuítico-Tape- en el alto río Uruguay
comenzaron en la década de 1610 y se expandieron hacia uno y otro lado de sus márgenes en
las décadas siguientes, conformando lo que se conoce como los “30 pueblos misioneros”. La
actividad misionera se autofinanció con el trabajo de indios cristianizados y reducidos, y fue
gestionada por una potente estructura creada por la Compañía de Jesús. Mientras duró la
4En los diferentes libros en los que maestro Firpo recoge redacciones infantiles como Humor en la escuela
(1974), Los indios eran muy penetrantes (1978) o La sólida e inesperada muerte de Solís (1980)
queda reflejado que la muerte de Solís, la introducción de la ganadería por parte de Hernandarias
y “la vaca” son temas a las generaciones de niños dedicaron sus esfuerzos escolares.
5 Tomo el concepto de aparatos reproductores de ideología de Althusser. Señala que “El estado no
se reduce al Aparato de Estado, sino que comprende cierto número de instituciones de la ‘sociedad
civil’: iglesias, escuelas” y que dichos aparatos no funcionan como represión coerciva, sino mediante
la manipulación ideológica (Althusser 1977: 83-89). Retomaremos este concepto en otros sitios.
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
administración jesuita, los pueblos no bajaron de un suelo de 80.000 indios, y alcanzaron una
cumbre de 140.000 hacia 1740 (Moraes 2007: 13). Destaca Camargo (2003) la importancia de
percibir y señalar el papel desarrollado por la Iglesia en la administración de esta experiencia
colonial: el proceso de constitución del sistema social, político y económico denominado
“guaraní-misionero”, antes que una empresa española, fue un empeño de la iglesia católica.
La reducción de indígenas en pueblos misioneros representó una alternativa a los
regímenes de encomienda y mita que el colono español imponía a poblaciones nativas. El
sometimiento a la vida de las reducciones implicó profundos procesos de resocialización de los
indígenas, que se vieron obligados a reelaborar comportamientos, valores y creencias, no solo
por el contacto con los europeos, también por su interacción con otros indígenas, incluso con
los que mantenían rivalidad. En ese sentido las reducciones fueron un espacio de intercambio
inter cultural donde se dieron procesos de etnocidio y de etnogénesis y formaron un patrón
de sociabilidad donde se establecieron relaciones interétnicas (Sider, 1994; Levinton, 2009).
La organización de los pueblos, las transformaciones culturales y el tipo de economía que
allí se desarrollaron, configuraron un caso muy diferente del restante espacio colonial español
en este continente. Diversos autores, adscriptos a diferentes paradigmas interpretativos,
reclaman considerar y estudiar a todo el ámbito misionero como un espacio de frontera y
hinterland (Camargo, 2003; Reyes Abadie, 1968, Levinton, 2007). Existe cierto acuerdo en
que la condición de frontera se va a transferir al futuro Uruguay y va pautar aspectos de
su vida social, política y económica, y en particular –y esto es lo que más no interesa- su
sistema alimentario y hasta su cocina (Behares, 2004; Camargo 2003; Moraes, 2005).
En el virreinato del Perú, con Potosí como su posesión más preciosa, los esfuerzos
económicos se orientaron a la extracción mineral. Sin embargo, la necesidad creciente de
productos de primera necesidad permitió posibilidades de explotación y desarrollo económico
a otras áreas marginales. Esas demandas abrieron a las Misiones espacios de expansión
económica, suministrando sus productos a otras ciudades coloniales. Las principales
mercancías que exportaban eran yerba-mate, lienzos de algodón y cueros, aunque también
se producía madera, tabaco y granos (Camargo, 2003; Levinton 2007; Moraes 2007). Se ha
subrayado el importante papel que jugó el conocimiento botánico de los padres jesuitas
en el desarrollo económico de las Misiones, ya que gracias a ellos consiguieron adaptar los
cultivos de yerba mate (que originalmente crecía en las umbrías de la selva paraguaya) y
de algodón a terrenos de mayor accesibilidad y benevolencia, permitiendo de este modo la
explotación de ambos productos en escala industrial (Haubert, 1998; Levinton, 2007).
Señala Moraes (2007) que el modelo económico misionero se asentó sobre una base
agrícola caracterizada por la utilización conjunta de animales y plantas –tanto domesticados
como silvestres- en un amplio hábitat que contenía áreas boscosas selváticas, praderas de
pastos duros con bosques-galería, y extensas praderas de hierbas tiernas casi sin árboles.
El éxito del modelo se debió a la adaptación y especialización productiva adecuada, en cada
caso, a las condiciones medioambientales. Las tierras del ambiente selvático y boscoso
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
corambre”, es decir, sólo para la extracción de cueros (Moraes, 2009; Moraes 2007: 24,25).
En actual territorio uruguayo se formaron otras estancias, que generaron conflictos entre
los indios reducidos de las misiones (conocidos también como tapes) y los indios nómadas,
así como entre otros europeos –a veces aliados con las tribus nómadas- que llegaban por
tierra desde Brasil o por el océano –piratas y bucaneros- para comercializar con los cueros.
El bovino supuso para el indio nómada un cambio en su dieta y también un nuevo recurso que
gestionó como mercancía de intercambio para obtener productos que el nuevo mundo colonial
ponía a su disposición como herramientas de metal, yerba, tabaco y alcohol (Cabrera, 2001).
De acuerdo a estas nuevas evidencias e interpretaciones el destino económico de buena
parte de lo que hoy es Uruguay habría quedado sellado ya en esa época por la orientación ganadera
de las Misiones y en particular de Yapeyú (Moraes 2005: 11). Las Misiones no sólo le heredaron
al futuro país una matriz productiva, sino además ciertos hábitos de consumo a ella asociados:
la alta dependencia de la carne y el elevado consumo de yerba mate que detentan los actuales
uruguayos encuentran su raíz y una explicación en la experiencia misionera. También, como
veremos a continuación, las actividades ganaderas desarrolladas durante el período misionero
propiciaron una serie de condiciones que favorecieron el nacimiento de un tipo social específico
de la Banda Oriental que Vidart (1997) identificó como el parásito humano del vacuno: el gaucho.
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
Brasil, y por los puertos oceánicos piratas, bucaneros y esclavistas que buscaban comercializar
con esclavos y productos de contrabando. Desde el norte también llegará el vaquero tape
con hábitos y prácticas de procedencia quechua y guaranítica. Muchas prácticas propias del
gaucho se enuncian en voces de esos orígenes amerindios: en la vestimenta aparecen el poncho
y el chiripá; en la vivienda, la tapera, que es el rancho de terrón; y los hábitos tomar mate o
fumar el pucho. Se suman también un conjunto de prácticas como domar, arrear, tropear y
aquerenciar ganados bovinos y equinos (Reyes Abadie 1968, Vidart 1997).
El fin del ciclo misionero culmina con la expulsión de los jesuitas en 1768. La disolución
se produce en un contexto de reformas del Estado español en el que la Compañía de Jesús fue
vista a la vez como un riesgo y como un obstáculo. Este hecho marca un punto de inflexión
en el espacio geográfico, económico, político y sociocultural conformado por los treinta
pueblos guaraní-misioneros, e inicia un profundo movimiento de dispersión por diferentes
territorios que tendrá alto impacto en la Banda Oriental (Wilde, 2003).
En el marco de las reformas borbónicas se concretará, en 1776, la formación del
Virreinato del Río de la Plata. Según señala Kossok (1972) la colonización española fue un
movimiento de expansión y colonización del feudalismo tardío. En oposición con la política
colonial anglo-francesa de la época del mercantilismo, España apenas desarrolló en modo
incipiente el tipo de la colonia de plantaciones. Dentro del modelo económico mercantilista,
la región del Plata quedó relegada hasta que la agricultura (el algodón, la yerba) y productos
extraíbles del ganado cimarrón (cueros, sebo, crines, astas) se volvieron relevantes. Ante el
desprecio que sentía el colono ibérico por la actividad agrícola, la explotación ganadera se
presentó como un equivalente compatible con el código de honor feudal por el que se regía.
No obstante, la flamante jurisdicción virreinal “quedó indisolublemente unido al desarrollo
del comercio” (Kossok, 1972: 18). Buenos Aires fue designada la capital administrativa, lo
que le aseguraba la retención de las rentas portuarias, pese que desde el punto de vista
estratégico el puerto de Montevideo reunía mejores condiciones naturales6. Se inicia entonces
la “rivalidad de puertos” que en buena medida signará las relaciones y los destinos políticos
de las dos ciudades y, más tarde, de los dos países7. El Virreinato del Río de la Plata fue el
último que creó la corona de España creó y también el primero que perdió: para 1811 sus
territorios ya estaban emancipados; duró unos 40 años.
Su tardía institución, la brevedad de su existencia y el modelo socio económico
6 Se va a iniciar con esto una disputa interna dentro del nuevo virreinato que la historiografía clásica,
como señala Real de Azúa (1990), vincula al origen de la creación del posterior estado uruguayo:
la rivalidad entre los puertos de Montevideo y Buenos Aires.
7 Para entonces en ninguna de las orillas del Río de la Plata había algún puerto de importancia,
pero el de Montevideo, que se encuentra en la margen más honda, es superior al de Buenos Aires
(situado en la margen con menor profundidad). Por su ubicación estratégica clave, Montevideo se
convirtió en el primer puerto hispano en el Atlántico sur y el más cercano a las Islas Malvinas y
por esto en la Estación Naval del Río de la Plata. Fondeaban en él todos los barcos del reino que
custodiaban las costas de la Patagonia y las Islas Malvinas, y la escuadrilla que vigilaba el propio
Río de la Plata, por lo cual Montevideo con el tiempo fue fortificada. Este puerto fue también el
centro de las expediciones de corsarios en el océano Atlántico, de la industria ballenera y de lobos
marinos, puerto de recalada para los barcos que viajaban de Europa al Océano Pacífico y, con el
tiempo, anclaje de numerosos barcos de comercio de gran tonelaje, los cuales descargaban sus
mercaderías (Rocca, 2007: 50-52)
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
8El primero obispo que tendrá Montevideo se instalará en 1877 (Real de Azúa, 1961).
9 Erigidos sobre los principios universales de la “razón” y el “progreso”, estos textos buscan construir
un discurso sobre la diferencia “puro”, revestido de una aparente neutralidad universalista. Agrega
Pratt que estos textos destinados a construir la alteridad toman la forma de la “anticonquista”. La
autora define la “anticonquista” como un conjunto de “estrategias de representación por medio de
las cuales los sujetos burgueses europeos tratan de declarar su inocencia en el mismo momento
en que afirman la hegemonía europea” (Pratt, 1997, p. 27).
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
figura en el libro El lazarillo de los ciegos caminantes (1773), de Concolorcorvo. La obra fue
redactada por un funcionario de la corona que arribó con la misión de trazar las rutas
postales por las que transitarían las comunicaciones oficiales del aún en creación Virreinato
del Río de la Plata. Allí aparece una temprana descripción de los “gauderios” y algunas de
sus costumbres. Vale la pena citar in extenso fragmento donde describe una práctica de
comensalidad llamada a ocupar un lugar central dentro del sistema alimentario local10: el
asado criollo.
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En mérito a que es uno de los retratos más antiguos de los predecesores del gaucho,
este pasaje ha sido citado por numerosos autores (Rodríguez Mola, 1964; Assunção,1969;
Barrios Pintos, 2011). Al mismo tiempo, como he señalado en un trabajo anterior, este texto
contiene la descripción más temprana registrada de lo que se va a entender por “asado criollo”
en el ámbito platense y en el posterior Uruguay, Argentina y Brasil (Laborde, 2010). Esta y
otras crónicas, así como documentos iconográficos dejados por viajeros que recorrieron el
Río de la Plata en la última parte del siglo XVIII, constituyen representaciones sobre formas
sociales del mundo rural que van a ser fuentes primarias en las ficciones fundacionales de
la nación criolla (Prieto, 1996; Marre, 1999; Gómez, 2009).
El Río de la Plata era una zona de frontera que configuraba un espacio de hibridez y
transgresión donde el ánimo clasificatorio que orientaba estas “etnografías estatales” se
topaba con actores y prácticas que escapaban a las categorizaciones rígidas del discurso
oficial (Wilde, 2003). Las crónicas que funcionarios y viajeros -representantes de los ideales
de la Ilustración- redactan de sus encuentros con los habitantes de la campaña –indios,
gauderios, gauchos y camiluchos- se convierten en dispositivos de enunciación que van
instituir “la civilización” como categoría, pero también su propio reverso: “la barbarie”. Esta
dicotomía, en función de la que se atribuyen y despliegan órdenes identitarios, va a ejercer
una extensa influencia en el pensamiento y la acción política a lo largo de todo el siglo XIX y
buena parte del XX. (González Bernaldo, 1997; Pratt, 1997; Marre, 1999). Es necesario llamar
la atención también sobre el hecho de que esta producción discursiva escribe la historia
hegemónica e imperial al mismo tiempo que construye sujetos subalternos. Señala Spivak
que el “verdadero” grupo subalterno, “cuya identidad es la diferencia”, está impedido de
darse a conocer por sí mismo: no es un sujeto enunciante. En el contexto de la producción
colonial, los individuos subalternos no hablan ni se representan a sí mismos, tampoco tienen
espacio para la acción propia (1998: 18).
Las formas de comer y preparar los alimentos fue una de las referencias de comparación
con Europa más recurrentes entre los cronistas que describían a los habitantes del Plata
(Marre, 1999). La interposición de elementos culturales para acentuar la distancia entre
la comida y el individuo –cambios en las maneras en la mesa, incorporación del tenedor,
individualización de la vajilla, cosificación de la carne, etc.- caracterizaron “el proceso
civilizatorio” que a partir del siglo XVIII comenzó a distinguir de manera cada vez más acusada
11La autoría, fecha y lugar de edición de este libro han estado sujetos a una larga controversia. La primera
edición atribuye la autoría a Calixto Bustamante Incas, que firma con el seudónimo “Concolorcorvo”,
y dice ser impresa en Guijón (España), en 1773. Investigaciones posteriores determinan que fue
impreso en Lima entre 1775 y 1776, y que su verdadero autor fue Alonso Carrió de La Vandera (de
Castro: 1965; Lorente Medina, 1965)
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
✴ 42 ✴
✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
(…) Sus mujeres son puercas y van descalzas sin más vestido que
camisa (…) Sus ocupaciones por lo común, barrer, hacer el fuego
para el asado y calentar el agua para tomar el mate, sin hilar ni
coser. (…) Las pulperías o tabernas que hay por los campos son los
parajes de reunión de esta gente. No beben vino sino aguardiente;
y es su costumbre llenar un vaso grande y convidar a los presentes
pasando de mano en mano, y repitiendo hasta que termina el dinero
del convidante, tomando a desatención no beber siendo convidado
(Azara, 1850: 116, 117, 280)
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
Esta descripción revela que el repertorio culinario en una casa, aún del área rural, no
se limitaba únicamente a la carne de vaca ni los procesos de cocción sólo al asado. El vino y
el pan eran más o menos frecuentes, y es significativa la atención que dispensa el cronista
a la existencia de platos y jarros de loza, manteles e incluso cucharas, un cubierto de baja
presencia en el ámbito rural en la época. El uso o no de estos elementos es anotada por el
presbítero a lo largo de todo el viaje con celo documentalista y ofrece una visión heterogénea
de la campaña. En su viaje, Larrañaga también come patos y pollos, queso, pan, guisados y
hervidos, que bebe en conchas si faltan cucharas. Si no hay pan, bueno es el zapallo, hortaliza
de notable presencia en la dieta de entonces, como lo indica con claridad: “La cena fue
abundante y sazonada al estilo del país: en todo entra el zapallo” (1930: 49).
La cita contiene asimismo un contraste que pone de manifiesto diferencias sociales que
con frecuencia revela el consumo alimentario. Mientras en las casas se sirven ave, pan, guisados
y pucheros, peones y escoltas, al aire libre, comen “sus asados y churrascos”. El posesivo resulta
significativo: el asado es comida propia de la clase baja rural, del gauchaje (pese a que el criollo
Larrañaga nunca usa este término: se refiere a ellos como “paisanos”). Esto no quiere decir que
el asado no llegaba a la mesa de los individuos más acomodadas –por otra parte, los únicos que
comían frente a una mesa–, pero sí indica que lo infrecuente es que peones y milicia comieran
pan o aves de corral. Unas páginas más adelante, Larrañaga refuerza esta sospecha:
Se ha descrito que el paisaje ganadero de la Banda Oriental estaba compuesto por diversas
clases de individuos. Los campos ganaderos ocupaban a capataces (personal permanente
y de confianza que dirigían las labores y a los trabajadores, residentes permanentes en la
estancia, que percibían un salario monetario y en especies); los peones (trabajadores que
vivían a menudo con su familia, recibían pago en moneda, vivienda y comida); el puestero
(centinela del ganado en los confines de la hacienda, que no era asalariado pero podía poseer
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
sus propios animales); y también los agregados (tipo de categoría muy difundida, relacionada
con el proceso de apropiación latifundista de la tierra, que se convirtieron en los verdaderos
garantes de la apropiación efectiva de la tierra, emprendieron una amplia gama de oficios
incluso como jornaleros en períodos de alta demanda de trabajo) (Sala de Touron, Rodríguez
y de la Torre 1967: 147-151).
Por esos mismos años, los hermanos ingleses William y John Parish Robertson también se
encaminaban hacia Purificación, el campamento de Artigas. La descripción de las condiciones
en las que vive el general al mando es bien conocida y ampliamente referida porque describe
“al padre de la patria” como un gaucho. Así refiere uno de ellos el primer encuentro:
Una vez presentadas las credenciales, Artigas recibe a la visita, quien en sus memorias
no esconde la sorpresa que le genera que un gaucho conozca también modales de un hombre
cultivado. De hecho, el caudillo, consciente de la incomodidad que supone la posición de
cuclillas para quien no está acostumbrado a ella, le indica al inglés que se siente sobre un
catre de tientos.
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
literario de amplio potencial romántico. Tal como ha notado Prieto (1992), los autores de
relatos de viaje buscaban registrar la influencia que la naturaleza física ejercía en la condición
moral y la vida de los seres humanos a los que describían. Así, la infinitud de las praderas
explica el instinto de libertad de los gauchos, y la abundancia de carne que la naturaleza puso
a su alcance, su orgulloso sentido de la vida y el desapego a los bienes materiales. Cuando
Charles Darwin recorrió Uruguay y conoció de cerca a los gauchos, apunta Prieto, creyó
encontrar una “arcadia posible” (1992: 60, 65). Desde el principio el gaucho fue un personaje
literario, construido discursivamente. Es en ese mismo sentido, la constante presencia del
asado en las crónicas de viajeros obedece a cierto efecto literario: los cronistas prestaban
particular atención a los hechos para ellos más originales, al tiempo que omitían aquellos que,
por familiares, no aportaban el color local que alimentaba el apetito exotista de sus lectores.
Uno de los autores más influyentes en la literatura del Río de la Plata fue William Hudson,
escritor nacido en Argentina de padres estadounidenses que emigraría luego a Inglaterra.
Formado en la tradición del naturalismo decimonónico, redactó la célebre novela La tierra
purpúrea14, inspirada en un viaje que realizó por Uruguay en la década de 1860. Como otros
viajeros y cronistas que llegaron al Río de la Plata, el autor asume y reproduce como válidos
los esquemas unilineales y etnocéntricos de desarrollo de la humanidad en los que Occidente
es el punto cúspide e ideal. Cada población debía responder a los parámetros de clasificación:
los imperios con cierto tipo de construcciones arquitectónicas (maya, inca, azteca, etc.), por
ejemplo, se les asignaba el lugar de “pueblos antiguos” por su reminiscencia con la antigüedad
clásica del viejo mundo. Tal como señala Gómez (2009), las descripciones de la pampa y el
gaucho, en la concepción naturalista de Hudson, responden a la categoría de hombres primitivos.
No obstante, al ser el propio Hudson un sujeto colonial, este libro resulta una suerte de
autoetnografía en un doble gesto de introspección y exhibición (2009: 68-69). Sus páginas
informan que en las pulperías de campaña de la época se podía consumir pan, vino y sardinas
enlatadas. Al igual que Larrañaga medio siglo antes, el autor deja constancia que en las
casas de campaña el repertorio alimentario no es amplio, pero tampoco acotado al asado.
Se consume pollo guisado, huevos, eventualmente pavos, mulitas y perdices y, sobre todo,
abundante carne hervida en puchero. Pero los uruguayos (a los que Hudson sigue llamando
orientales) por esa época también disponían de productos exóticos que les provee el comercio
internacional, aún en tiempos de guerra civil, como clavos de olor, comino, coñac, té, arroz,
azúcar o vino español. Incluso aparece la advertencia de no mezclar la ingesta de vino con
la de sandía, una prevención popular en Uruguay que hasta hoy se sigue observando.
Luego de varios días de viaje, Lamb, el protagonista, alcanza el departamento de Paysandú
y pasa la noche en un “refugio de vagabundos”. No ahorra detalles en la descripción de la
cocina del establecimiento ni de la dieta que observa, pero también ilumina sobre aspectos
que acaso pasan inadvertidos.
14 Originalmente el libro se tituló The Purple Land that England Lost (La tierra purpúrea que Inglaterra
perdió), en alusión a las dos breves y fallidas invasiones que Inglaterra realizó a Montevideo en
1806 y 1807.
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
La ocurrencia dietética del inglés ahíto de carne dio lugar a una verdadera cacería
de una lechera, una bestia muy diferente a las vacas a las que los niños rioplatenses han
dedicado redacciones escolares. La vaca de fines del siglo XIX, lejos de dejarse atrapar y
ordeñar mansamente emprendió contra el jinete que la intentó enlazar “ensartando uno
de sus terribles cuernos en el vientre de su caballo” (1992: 42). Hasta el último cuarto del
siglo XIX, entre un tercio y la mitad del ganado que había en Uruguay era salvaje, también
denominado “alzado” o “cimarrón”. Este tipo de vacuno no era manso y suponía cierto
peligro para los trabajadores rurales, ya que prácticas ganaderas como la castración
eran infrecuentes (Barrán, 1990: 19). El ganado criollo de toda América descendería
directamente del Bos Primigenius, domesticado probablemente en la zona pirenaica
a partir del paleolítico (Rouse, 1977). Aunque Sevilla tenía la prerrogativa de organizar
los embarques desde España, algunos autores afirman que llegaron a América ganados
desde Galicia (Primo, 1992). Hacia fines de la segunda mitad del siglo XIX el ganado criollo
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
comienza a ser sustituido por razas seleccionadas británicas como la Hereford y la Angus
(Barrá y Nahum, 1967). Se ha señalado que el modo de cocción que tanto llamó la atención
de Concolorcorvo –los gauderios “asan mal” la carne “y medio cruda se la comen”– es el
tratamiento que los chef contemporáneos le dispensan a las carnes de animales caza,
y las vacas por aquel entonces lo eran. La doctrina culinaria actual entiende que estas
carnes deben cocinarse poco para conservar la terneza, propiedad que sería apreciada
entre quienes tenían en ellas su fuente diaria de energía (Laborde, 2010). Las carnes del
ganado cimarrón podían hacer sufrir a comensales poco acostumbrados a ellas, en tiempos
de escasa atención odontológica. De hecho, Hudson, pone en boca del protagonista de
su novela esta afirmación:
Pasé tres días de ocio forzoso (...) después de las duras experiencias
por las que había pasado, durante cuyo transcurso había subsistido
con una dieta de carne no mitigada por pan ni verduras, fueron días
en el paraíso. (1992: 78)
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
Rodríguez Mola procede a comparar lo que dicen las fuentes originales y la selección
intencionada de las mismas para mostrar cómo autores tales como el argentino Emilio Coni
o el uruguayo Fernando Assunção manipulan en sentidos opuestos los documentos para
ofrecer versiones del gaucho con intenciones políticas ulteriores. Sirva esto como pequeña
muestra de que el gaucho ha sido una figura cuyo significado –y cuyo su cuerpo físico y
función social- ha estado históricamente en disputa:
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Aunque, como señalamos antes, el gaucho es un producto original del Río de la Plata,
se lo ha emparentado con diversos tipos sociales de otras partes del planeta: los cowboys
del oeste de Estados Unidos, los jinetes de la Rusia meridional o de la “puszta” húngara o los
llaneros de Venezuela. En todos los casos son grupos de hombres formados en poblaciones
fronterizas marginales con economía ganadera y donde el caballo se utiliza como medio
para el desarrollo de sus actividades (Nichols, 1939; Rodríguez Molas, 1964).
Los gauchos rioplatenses fueron un estuario en el que confluyeron diversas vertientes
étnicas: la indígena, la europea y la africana. Como ha señalado Vidart (1997), había gauchos
rubios, negros, con facciones indígenas o de tipo ibérico, mestizos en un amplio sentido. Sin
embargo, no hay sobre este personaje una percepción de “otredad” étnica como sí ocurre
con el indio y el negro. Este otro estatuto que detenta el jinete errante de las pampas se ve
reforzado por su característica lingüística: aunque sea en una variedad arcaica e incorpore
palabras indígenas, el gaucho habla en castellano. Cuando el gaucho sea seleccionado
como el arquetipo de las naciones del Plata, se resaltarán sus atributos ibéricos y será una
figura que contraste con el indio y el negro, a quienes el gaucho incluso combatirá militar y
simbólicamente (Ludmer, 1991). La implicación imaginaria de la pretendida filiación ibérica y
blanca del gaucho también tendrá su correlato alimentario. No obstante, será precisamente
en este ámbito donde emerjan, inocultables, ciertas prácticas que denuncien la filiación
indígena del gaucho.
Garavaglia y Gelman (1998) señalan que la idea generalizada de que la llanura platense
estuvo habitada únicamente por gauchos solitarios y solteros, desligados de redes de familias
nucleares no se corresponde del todo con lo que revelan algunos estudios. Algo similar ocurre
con las unidades productivas: hoy se acepta la existencia de formas de producción agrarias
bastante más diversificadas que la mera hacienda ganadera para el ámbito platense. La
existencia de un campesinado en la región ha sido un tema de debate y marca una diferencia
con el resto de América. El campesinado puede tener diferentes vocaciones productivas, pero
si un rasgo esencial lo define es el uso de mano de obra familiar y el autoabastecimiento, en
ambos casos sin recurrir al mercado. En tal caso se admite la existencia de campesinos pastoril
para el Río de la Plata. Según Garavaglia y Gelman (1998) en la Banda Oriental predominó,
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
sino regional, las alianzas y rivalidades implicarán también a Brasil y a Paraguay. De hecho,
desembocará en la Guerra de la Triple Alianza, en la que Brasil, Argentina y Uruguay atacaron
a Paraguay, y en la que los intereses de Inglaterra desempeñan un papel crucial. Todo este
conflicto se explica en el marco de la revolución industrial y la consolidación del capitalismo
internacional. En el Río de la plata asumirá una dicotomía cultural que se conoce como:
civilización o barbarie. Barrán (1989) identificó a este cambio de paradigmas también como
un cambio de “sensibilidades”. Sobre esto volveremos in extenso porque va a afectar de
manera privilegiada la valorización de las comidas y las maneras en la mesa.
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
En los años del ocaso del gaucho, la carne –cuya máxima expresión ya no culinaria
sino simbólica es el asado– se carga de nuevos sentidos y se vuelve reivindicación principal
entre las tropas revolucionarias. Barrán y Nahum citan que según los cálculos del ejército se
mata una res para 40 individuos, aunque si los ganados se incautan al enemigo, no dudan en
matar dos para la misma cantidad. Cuando empieza a mermar el rodeo de ganado disponible,
uno de los generales escribe que “para minorar el consumo de reses que van escaseando”
se “proporcionen ollas, y coma en rancho la tropa”, autorizándolos a comprar “maíz, papas y
fariña si fuera preciso para racionar, resultando de esto que cien plazas consuman una res”
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(1967: 20, 21). Estas expresiones documentan no sólo la altísima demanda de carne que los
gauchos tenían por derecho consuetudinario ingerir, sino que añadir a la dieta vegetales es
percibido como accesorio, como un modo de “estirar” la comida y “engañar” al estómago.
En la revolución de 1897, conducida por el caudillo nacionalista (o “blanco”) Aparicio
Saravia, soldados de su ejército llevaron una divisa en el sombrero que rezaba: “aire libre y
carne gorda”. Esta frase se sintetizaba una postura contra la modernización que limitaba tanto
el acceso al alimento propio como la vocación nómade del gaucho. En esta reivindicación se
cifraba la oposición tradición versus oposición, que desde la ciudad letrada era vista como
barbarie contra la civilización. Barrán y Nahum señalan cómo el acceso a la carne era una
motivación tanto biológica como cultural para participar de la contienda armada:
En 1904 Saravia y sus gauchos que peleaban con lanzas en las zonas rurales del país
fueron derrotados definitivamente por las tropas profesionales y modernas enviadas desde
Montevideo por el presidente José Batlle y Ordóñez, que usaban fusiles de repetición,
se trasladaban en ferrocarriles y se comunicaban por telégrafo. Mientras en los campos
alambrados prosperaban ganados de raza inglesa, quien otrora se había enseñoreado de
la tierra ahora debía escoger entre ser peón de campo o un disciplinado soldado. Como ha
señalado Vidart (1993), el gaucho fue un entenado de la tierra: llevó una vida miserable, su
cuerpo hospedó pulgas y larvas de vinchuca; soportó madrugas invernales que entumecían
sus dedos; vivió y murió luchando por causas que no alcanzó a comprender del todo. “Entró
en la luz de la historia cuando dejó de ser protagonista de ella” (1993: 78).
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Este libro, en el cual, he procurado pintar tipos de una raza que podría
llamarse legendaria, y, que por la ley dominadora del progreso, tiende
a desaparecer, dejando empero para las generaciones venideras, el
recuerdo de su virilidad, inteligencia y patriótica abnegación15 (...)
(Lussich, 1937: 20)
Lussich indica que su poema es una elegía de la guerra civil de Aparicio Saravia en la
que la soldadesca luchó por su derecho al “aire puro y carne gorda”. El debate que enfrentaba
civilización a barbarie, y la ciudad con el campo, no se repartía en forma uniforme ni política
ni geográficamente, sino que se recortaba sobre un fondo de sensibilidad particular que
no siempre enunciaba filiaciones políticas. Lo que se estaba plebiscitando de verdad era
la adhesión a los valores tradicionales o a los de la modernidad, dos ejes sobre los cuales,
como veremos, se van a desplegar las primeras nociones de identidades locales. Tal como
señalaron Barrán y Naum (1973), el Partido Nacional se dividió entre quienes apoyaban el
alzamiento saravista y los que se oponían. La reivindicación del gaucho y su modo de vida,
que emprende Lussich en Tres gauchos orientales, tiene el explícito propósito de glorificar
el campo y su más típico habitante –el gaucho-, y a la vez anatemizar la urbe y sus más
15 El subrayado es nuestro.
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conspicuos ciudadanos –los doctores- que podían ser blancos o colorados: la diferencia
radicaba que a los primeros los consideraba aún más traidores que a los segundos.
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El criollismo literario hacia 1900 abasteció a los receptores de sus relatos, los cuales
permeaban a través de diferentes vehículos de comunicación, de un amplio repertorio de usos
sociales para ser, en efecto, criollo. En gran medida, esto fue el resultado de una institución
social que proliferó a ambas márgenes del Plata durante los últimos años del siglo XIX: los
centros criollos. En ellos se cantaba, bailaba, vestía, conversaba y en particular se comía a la
manera de los gauchos. Para los críticos formados en la cultura letrada, la mayor parte de la
producción literaria que prosperaba en estos ámbitos es de dudosa calidad, popular. Señala
Zum Felde (1921) que la poesía gaucha es en realidad un asunto de escritores aficionados
a lo gauchesco. Para él sólo los clásicos –Ascasubi, Lussich, Hernández– son genuinos. La
poesía posterior, será, cosa de “gauchos domingueros”.
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
criollos”, y que reproducían la presunta vida rural antigua, como “gauchos de domingo”.
Pese a que el epíteto está dirigido a denunciar que se trata de meros aficionado, de
prácticas paródicas y subsidiarias, también revela que se trata de una práctica de índole
urbana, en la que el tiempo festivo –el domingo– se encuentra bien diferenciado del
tiempo cotidiano.
En el contexto de estas prácticas ritualizadas que configuraban el ámbito recreativo,
la cocina fue un elemento aglutinante principal, depositario y portador de identidad. No
resulta casual que el principal órgano de prensa articulador del discurso criollista se llamara
El Fogón. El editorialista del primer número de la revista tuvo clara conciencia de ello:
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Recuerda Garavaglia (2003) que los españoles Menéndez y Pelayo y Miguel de Unamuno
veían en el gaucho un descendiente americano del jinete andaluz que “después de haber
plantado la cruz en Granada, se fue a América a servir de cruzada a la civilización, y a abrir
el camino del desierto” (2003: 148). Esta idea del gaucho en tanto herencia ibérica sustenta la
conceptualización del puchero como plato nacional, tal como lo postulan algunos recetarios
del siglo XX (ver siguiente capítulo). El consumo de este plato está ampliamente referido
en la literatura criollista. La extendida presencia del puchero en los hábitos alimentarios
criollos está refrendada por los estudios arqueofaunísticos revelan la presencia mayoritaria
de huesos no expuestos al fuego, lo que permite indicar que el asado no era tan común como
se cree desde la actualidad. Según datos obtenidos Schávelzon (2001) tras una revisión de
inventarios coloniales bonaerenses de fines del siglo XVIII y principios del XIX realizada
por este autor, confirma la presencia constante de la olla y la baja frecuencia del asador, en
una proporción de siete a uno. No hay razones para creer que esto sería muy diferente en la
Banda Oriental. Aunque las crónicas suelen destacar la presencia del asado, los ilustradores
de la época dibujaban al gaucho junto al asado, pero también al lado de la olla de hierro con
patas que solía llevar colgada del apero o de la carreta para hervir la carne, que alternaba
con la que asaba. En las celebraciones criollas actuales como “La fiesta de la patria gaucha”
y otras del estilo, que recrean la vida criolla de antaño, el puchero desempeña un papel
central en las representaciones del comer gaucho (De Giorgi, 2002; Estol y Di Candia, 2009).
Archetti (1999) también propone la asociación simbólica del puchero con España, y agrega
que es percibido como una comida doméstica, endógena, que se realiza para la familia, no
para recibir invitados. La presencia de alfajores, empanadas, el postre de queso y dulce de
membrillo denominado en Uruguay “Martín Fierro”, tocinos del cielo, y el arroz con leche,
entre otras son descritos como auténticamente criollos por diversos autores (García Robles,
2005; Martínez, 2008; Núñez, 2008). En el siguiente capítulo, al estudiar los recetarios
nacionalistas, volveremos sobre esto.
El mate y el asado, en cambio, resultan emergentes significativos de la hibridación
cultural y, por lo tanto, culinaria. En ambos casos se puede afirmar que el gaucho invisibiliza
al indígena, o al menos lo incorpora y lo termina por disolver. En páginas anteriores se
comentó suficientemente el origen guaraní de la infusión del mate, aunque su generalizado
consumo no se explica sin la intervención de los padres jesuitas: el comercio de yerba fue
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uno de los pilares económicos de las misiones (Haubert, 1998; Levinton, 2007; Moraes,
2007). El consumo emblemático de yerba mate entre los gauchos constituye una prueba
irreductible de la continuidad alimentaria entre esta cultura y la de los indios misioneros.
Ya Hidalgo, en una cita mencionada anteriormente, decía: “aquí somos puros Indios/ y
sólo tomamos mate”. No obstante, en el imaginario actual de los uruguayos la bebida
se atribuye siempre a la herencia criolla (que en rigor lo es, si se las misiones jesuitas
fueron una expresión criolla), pero nunca al indio. Al menos desde 1920 la publicidad en
Uruguay recurre a la imagen de “la yerba de los gauchos” para promocionar el producto
(Laborde, 2010).
El mate, en cambio, ha servido para la inclusión del negro en la narrativa de la nación.
A partir de menciones en documentos del siglo XIX, se propagó el relato de que Artigas,
“el padre de la patria”, fue acompañado durante los últimos 30 años de su vida en el exilio
paraguayo por “un fiel” asistente conocido como Ansina. La leyenda del “Negro Ansina”
cebando mate al héroe nacional uruguayo ha sido retomada por obras pictóricas canónicas,
en monumentos, sellos postales y canciones16. Aunque la verdadera identidad del personaje
está en cuestión y en ocasiones es confundido con el de otro servidor, en la década de 1930
su cuerpo fue repatriado desde Paraguay y enterrado en Panteón Nacional. En un par de
trabajos, Gortázar (2006; 2014) ha estudiado el proceso de incorporación de su figura primero
a la historia y luego a la mitología nacional, y cómo cierta producción literaria de fines del
siglo XX lo usa para discutir la narrativa oficial y hegemónica de la nación, proponiéndolo
como poeta e incluso como gran estratega militar, resignificando así su papel subalterno
de cebador de mate.
En 1890 la escritora Juana Manuela Gorriti publicó el recetario Cocina ecléctica, un
proyecto colectivo donde recopiló reúne doscientas cuarenta y cuatro recetas de unas ciento
setenta y siete mujeres de diferentes países de América y de Europa. Allí figura una receta
sobre el mate, cuya fuente primaria y legitimadora es nada menos que Artigas:
Aunque los días de esplendor hayan pasado para esta deliciosa bebida,
y no recorra ya los salones de nuestra alta vida en docenas de lujosos
recipientes colocados en mancerinas de plata, siempre, el mate, es y
será el favorito en los retretes, recámaras y dormitorios.
16 Entre ellos se destaca: Artigas dictando correspondencia a su secretario José Monterroso, de Pedro
Blanes Viale (1878-1926), el monumento Ansina, de José Belloni (1862-1965) y El día que Artigas se
emborrachó de El cuarteto de nos (1997). Se han emitido sellos con Ansina reproduciendo el cuadro
de Blanes Viale en 1930, 1952 y 1967 ([Link]
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
De este texto ofrece al menos tres planos de análisis. Uno de ellos gira en torno a la
figura del Negro Ansina. La receta de la receta da testimonio, fuera de nuestra capacidad de
verificación, que pone en duda una de las líneas narrativas y una “mitologías” de la nación
(culinaria) uruguaya más sostenida y divulgada: que Artigas tenía su propio cebador de mate.
Este documento podría indicar que al menos hacia fines del siglo XIX esta no era la versión
hegemónica ni indiscutible, como lo será luego en Uruguay. Un dato que podría esclarecer
el hecho, pero que cae fuera de los límites de esta investigación, es que la corresponsal que
escribe la receta es de Buenos Aires, y por lo tanto pudo no haber sido alcanzada por el
relato oficial uruguayo.
Otro aspecto a analizar es la inclusión de azúcar en esta receta de mate. La adición
de edulcorantes y otros componentes tiene un amplio fondo histórico, como este mismo
texto lo prueba. También en el poema de Lussich de 1872, como vimos arriba, se prefiere el
mate dulce. Sin embargo, en los escritores del siglo XX y más vinculados al medio urbano,
el mate amargo es percibido como el auténticamente criollo. Aún más: es postulado como
viril. En un conjunto de apuntes sobre la vida en el Uruguay rural, recopilados durante las
primeras décadas del siglo XX, se afirma que “el paisano es poco amigo de mate dulce; la
mujer del campo, sí, y hasta es viciosa” (Bouton: 2011: 88). La misma idea propone Silva Valdes
en su poema Mate amargo, que dice “No sé qué tiene de rudo; no sé qué tiene de áspero,
no sé qué tiene de macho, el mate amargo” (1966: 79). En contraste, cuando le canta al Mate
dulce, busca la metáfora amorosa: “Dame un mate mi china (…)/ chúpalo vos primero/ y
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
en la bombilla/ mandame un beso (1966: 228). Más allá de las atribuciones de género que
pueda tener el mate dulce o amargo, su consumo está asociada a la figura del gaucho, y su
mujer la china, ocultando así su origen nativo e indígena. El criollista tardío Tabaré Regules
subraya el vínculo entre mate y gaucho: “Mate amargo que naciste/en la rueda de un fogón/
derramando tradición” (1956: 15) Esta invocación a la tradición resulta esperable en un texto
tardío. Como señala Ricoeur, la tradición resulta “una proposición de sentido [que] es al
mismo tiempo una pretensión de verdad”, de autoridad y legitimidad (1991: 971).
Una tercera propuesta de análisis para este texto retoma la afirmación inicial que
realiza la autora: “Aunque los días de esplendor hayan pasado para esta deliciosa bebida…”.
La sentencia resulta una confesión implícita de que los recetarios muchas veces se han
desempeñado como dispositivos nostálgicos: en ellos se fijan las recetas del pasado para
que no sean olvidadas en el futuro. De hecho, el valor de la receta propuesta radica en la
legitimidad de la fuente en la que abreva: un viejo criollo, cuya memoria se extinguiría si
no se retiene en letras de molde. Al mismo tiempo da cuenta de la conciencia que tenían
los individuos de su tiempo –circa 1890- sobre a inexorable extinción del gaucho, aunque,
paradojalmente, no preveían los efectos de conservación que a la postre tendría el criollismo
y los artefactos culturales que servían a sus fines como el propio libro en el que la autora
está participando. No es esta la única voz que en su tiempo expresa la convicción optimista
de que la modernidad dejará obsoletas las bárbaras costumbres del gaucho, y que el mate
será sustituido por el higiénico “thé” inglés. El ya citado cronista de costumbres Máximo
Torres aseguraba que “van raleando las filas de los mateadores”:
Para ver aún el imperio ruso del mate, magnífica jeringa Pravaz que
ha inyectado tantos microbios, vírgulas y vibriones en el organismo
criollo, es necesario recorrer de mañana los alrededores de Montevideo
y dilatar la pupila en esas enramadas que avanzan sobre los ranchos y
las modestas casitas (…). Dios libre al demandado de que esté tupida
la bombilla o la yerba lavada! Dracón sería más benévolo (1895: 199)
El higienismo fue uno de los brazos que tuvo el proyecto de modernización del
Novecientos para disciplinar, sobre todo, a los sectores populares de la sociedad uruguaya.
El discurso médico, erigido en el contexto del higienismo como un nuevo poder de control
y vigilancia, emprendió la micropenalización de los aspectos de la vida cotidiana. Sobre el
entendido que el mate se comparte en familia o en un grupo de individuos, la saliva que queda
depositada en el pico de la bombilla fue señalada como una potencial fuente de contagio de
enfermedades, por lo que su consumo fue severamente desaconsejado por los facultativos.
Como parte integral del cambio de sensibilidades, el hábito de tomar mate comenzó a ser
tenido por las capas más altas de la sociedad no sólo por insalubre, sino falto de elegancia y
vulgar (Barrán, 1995). Sin embargo, pese a los consejos médicos y el desprestigio que tenía
en el seno de la nueva sociabilidad, las cifras oficiales de importación nunca reflejaron
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
la condena social que pesó sobre esta bebida (Ricca, 2009). Como ninguna otra práctica
alimentaria, el hecho de tomar mate siguió emitiendo mensajes sociales ambiguos17. Durante
muchas décadas fue más tolerado en privado que en público, y aunque estuvo asociado a la
baja condición social, también incorpora toda la legitimidad de la tradición en determinados
contextos de consumo y/o de jerarquía, como si el que lo consume es un gran personaje o
si el recipiente posee incrustaciones de oro y la bombilla es de plata.
Para la segunda mitad del siglo XX, tomar mate en la rambla de Montevideo u otros
espacios públicos de la ciudad, se convirtió en señal de identidad nacional uruguaya, y a fines
de la década de 1980, se cargó de sentido partidario, identificando a sus consumidores con la
izquierda del espectro político. Aunque Uruguay depende por completo de la importación de
yerba, ya que no existen yerbales industrialmente productivos en su territorio, es el mayor
consumidor mundial de yerba mate ([Link] Las resignificaciones del
mate se perpetúan hasta nuestros días. Luego de la recuperación democrática en 1985 el
mate llegó al parlamento y otros ámbitos de la vida pública, y estaba asociado a la izquierda
política y a las organizaciones sindicales, por lo que recibió adhesiones y rechazos. Para la
primera década del 2000 su consumo público y ostentoso se volvió a expandir en espacios
muy diversos como las aulas universitarias, los programas de televisión, el parlamento de la
República y los futbolistas internacionales, que se convirtieron en su inesperado embajador.
También llegó a la mesa vaticana de manos del argentino Jorge Bergoglio, el primer Papa
jesuita de la historia. Vaya aquí una rapidísima anotación. La yerba mate fue uno de los
pilares económicos del imperio Jesuita en Sudamérica y coadyuvó tanto a incrementar el
poder de esta congregación que le valió su expulsión del seno de la iglesia. Cuatro siglos
después, el primer papa americano y perteneciente a esa congregación llegó a Roma con
un mate en la mano.
Si el puchero se sitúa en el polo ibérico y el mate en el indígena, el asado se ubica en
el polo criollo, en el de la hibridez y el mestizaje (cfr, Archetti, 1999). En tanto producto –la
vaca- es de origen europeo, una especie introducida. En cuanto procedimiento culinario,
hecho al calor de las brasas y ensartado en un palo o varilla de hierro a pie de suelo, es
percibido como propio, aunque asar es una operación culinaria extendida en todo tiempo
y lugar y una de las más arcaicas de la humanidad. Sin embargo, existen fuentes históricas
y arqueológicas que atribuyen el modo de cocción a los indios charrúas.
La primera proviene de Azara:
17 El recelo hacia el mate se mantenía en plena vigencia en la década de 1930, cuando el gaucho ya
era el indiscutible arquetipo del ser nacional en los países del Plata. En la primera película sonora
que protagoniza Carlos Gardel (Luces de Buenos Aires, 1931) un grupo de elegantes ciudadanos,
cuyo automóvil se avería, se ve obligado a parar en un rancho rural. Allí son convidados con mate,
al que se niegan. Cuando uno dice “yo no chupo”, es amablemente obligado con la fórmula “No
desprecie, amigo”. Al ver que el mate se lo pasa una señora con menos dientes que él, extrae un
pañuelo de su bolsillo, limpia el pico de la bombilla, y bebe con resignación. La propuesta narrativa
de la película es contrastar las costumbres del campo (propuestas como sanas y nobles) con las de
la ciudad (corruptas y frívolas): de ahí su título ambiguo.
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La segunda de la arqueología:
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que la primera versión de la identidad uruguaya comporta una paradoja fundacional, ya que
“la orientalidad se afirma como espacio civilizado mediante una apropiación significativa
de su contrario (la barbarie), en una síntesis mitificadora que es, en sí misma, un recurso
político de la negación” (2001: 33).
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Más tarde apareció otro libro que se dice ¡trata sobre la ciencia culinaria
aplicada a nuestra cocina nacional científica!... ¿De dónde habrá
venido este autor ruso o inglés para darnos lecciones sobre nuestra
cocina criolla? ¿De dónde habrá sacado ese célebre, nacidomuerto,
esas recetas? Y si no existe el hombre, sino su espíritu imaginario, o
su persona supuesta, ¿quién y cómo se ha hecho ese libro?, ¿dónde
está el autor del libro? (…) Para escribir un libro de cocina es necesario
saber hacer lo que se escribe, de lo contrario, el autor y el dueño
del libro, se cubren de vergüenzas, odios y maldiciones, sobre todo
cuando por avarientos engañan a sus clientes (…) (Figueredo, 1914: 9).
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
o brasileño, que también publica en Argentina: lo criollo es una noción con la que todos
sus lectores se pueden sentir identificados y al mismo tiempo no irrita susceptibilidades
nacionalistas; todos aceptan lo criollo como expresión nacional.
Las antes mencionadas lagunas en la colección de la Biblioteca Nacional de Uruguay
impiden detectar con precisión el libro y el supuesto autor que habría plagiado al menos en parte
a Figueredo. Recaen, empero, sospechas sobre dos recetarios, ambos de la editorial Barreiro
y Ramos: El consultor culinario, de Pascal o El gorro blanco. Nuevo tratado de arte culinario,
de M. Dumont. Ambos tienen las denunciadas similitudes en el título o en el subtítulo y el
apellido de los autores son de origen extranjero. Sin embargo, tenemos información verificada
de quién fue Pascal; de Dumont, en cambio, no tenemos noticia alguna de su existencia. Entre
los tres libros hay muchas recetas en común tanto de la cocina internacional francesa como
especialidades criollas, lo que hace que el análisis del contenido culinario no sea concluyente. El
consultor culinario será abordado más adelante en este capítulo; El gorro blanco en el siguiente.
Las 645 recetas que contiene El arte culinario conforman un mosaico heterogéneo de
tradiciones culinarias, pero siguen un patrón de orden y codificación a la francesa. No resulta
una mera anécdota que el autor dedique la obra “a la memoria de Antonio Careme”, “el gran
artista maestro de los maestros modernos” y “orgullo de para Francia y el mundo civilizado”18
. Como es de esperarse por la época en que fue compuesto, el recetario propone muchas
recetas cosmopolitas: españolas, italianas, inglesas, polacas o turcas, pero también otras
que supuestamente se adscriben a la tradición continental: “a la americana”, “a la argentina”,
“porteña”, “brasileña”, “riograndense”, “bahiana” o “del país”. Ninguna lleva un nombre que
remita a Uruguay o alguna de sus localidades. La cocina criolla está representada por una
decena de preparaciones que llevan esta designación y por el “puchero”, la “carbonada”, la
“chatasca”, las “humitas”, las “mulitas”, la “fariña”, el “escabeche del país”, los “matambres”, y
los dulces de leche y de zapallo. De ser Figueredo el primer autor en publicar un recetario
con preparaciones de cocina criolla rioplatense, sería esta la primera vez que los platos
de esta tradición se estandaricen y traduzcan a lenguaje técnico culinario. A juzgar por el
ajuar de cocina prescripto, las especias usadas, el diseño de los menús sugeridos y el perfil
de las recetas, este libro apunta a clases altas y medio altas familiarizadas con los patrones
de consumo de tipo europeo. Por los datos disponibles, El arte culinario se reimprimió al
menos ocho veces, cubriendo un arco de tiempo estimado en tres décadas, dato que da
cuenta de la gran influencia directa que tuvo en su momento, a lo que debe añadirse que
fue fuente de plagio e inspiración para recetarios posteriores.
El segundo recetario de la tríada es El cocinero moderno, o sea el verdadero modo de
comer bien y gastar poco, de S. Irrelor. No tenemos registro del año en que se publicó por
primera vez: la Biblioteca Nacional de Uruguay conserva la segunda edición, de 1894, con pie
de imprenta en Montevideo y Buenos Aires. Hemos consultado, también, la novena edición
de este recetario, que no tiene fecha. En la advertencia destinada “al lector” el autor dice:
18 El subrayado es nuestro
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y Obes, presidente de la república entre 1890 y 1894, a quien siguió sirviendo con fidelidad
luego de abandonar la presidencia e, incluso, cuando ya estaba arruinado y era incapaz
de sufragar los costosos agasajos que les prodigaba a sus invitados a cargo el chef Pascal
(Montero Bustamante; 1968).
El libro fue publicado por Barreiro y Ramos, la editorial a la que Figueredo había
querellado en 1894 por editar su libro sin autorización. El parecido del título y la fecha de
publicación pueden sugerir que este es el otro libro “semi parecido” que Figueredo denunciará
más tarde como plagio velado al suyo. No obstante, Figueredo acusa al plagiario de ser un
cocinero ignoto. Este no parece ser el caso de Pascal, que fue nada menos que el cocinero
presidencial. En el prólogo a la cuarta edición de El consultor culinario, que firma el editor
(Barreiro y Ramos), admite que la obra tuvo en pocos años un éxito inesperado gracias a que
“el público de los países del Plata” ha agotado “tres grandes ediciones anteriores”. La cuarta
edición aumenta su contenido al incluir “platos de grandes banquetes” y “modestas comidas
de familias”, así como “platos criollos y condimentos locales que no se encuentran en ningún
libro”, agregados que “constituyen toda una historia gastronómica, como complemento de
acontecimientos políticos y sociales, ocurridos en las dos capitales del Plata, durante los
últimos años”. El editor agrega que Pascal es un “digo discípulo” de Brillat Savarin (Pascal,
1910: 5, 6). El cotejo de recetas que figuran en uno y otro recetario no produce un resultado
concluyente que permita afirmar que el segundo está inspirado o plagia parcialmente al
primero. Tienen en común un conjunto de recetas internacionales que son, obviamente,
preparaciones precedentes a ambos. Coinciden en algunos platillos locales –carbonada,
matambres, puchero, empandas, mulitas, dulce de leche-, pero en este rubro presentan
también notables diferencias. En Figueredo aparecen platos a base de fariña y charque, como
el pirón y la chatasca, mientras que no figura el asado al estilo gaucho, plato al que Pascal
le dedica dos entradas: una para el asado con cuero y otra para la salmuera que lo sazona.
El dominio del repertorio culinario criollo es, como se ve, un espacio de conocimiento en
disputa. Y al igual que en Figueredo, en Pascal el horizonte culinario “nacional” es “el Plata”
(que no excluye tampoco, al menos, el sur de Brasil): una región amplia, trasnacional y
definida más por un modo compartido de comer que por fronteras político-administrativas.
Lo “uruguayo” permanece innominado.
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y bebidas servidas, detalles todos que permiten captar ese espíritu de época. Se ha señalado
ya que luego de la independencia de España, la élite de las repúblicas americanas cuestiona
la hegemonía del modelo español e implanta nuevos modelos culturales y sociales cuya
referencia principal es Francia (Medina, 2005; Bak-Geller, 2009; Guerra, 2011). La narrativa
nacional criolla está no sólo profundamente impregnada de ideología imperial, sino que
adhiere, en contra de la tradición, a la modernidad. Señala Pratt:
Política e ideológicamente, el proyecto liberal criollo implicaba la
fundación de una sociedad y una cultura americanas descolonizadas
e independientes, manteniendo al mismo tiempo los valores europeos
y la supremacía blanca. (…) Interpretaríamos muy mal las relaciones
criollas con la metrópoli europea (aun sus dimensiones neocoloniales)
si pensáramos en la estética criolla como una simple imitación o una
reproducción mecánica de los discursos europeo principalmente
como un gesto y punto de partida para otros ‘criollísimos’ proyectos
ideológicos e imaginativos. Mucho más correcto será pensar en las
representaciones criollas como una transculturación de materiales
europeos, que eran seleccionados y desplegados en una forma que
no reproducía simplemente las visiones hegemónicas de Europa ni
tampoco legitimaba, simplemente, los designios del capital europeo.
Los españoles también eran bárbaros. Fue inevitable que la cultura
criolla terminara por reclamar para sí la Europa del Norte (2010:
322, 344)
Potage royale
Poisson sauce tartare
Casolettes aux huitres
Bécassines à la chasseur
Filets de boeufs à la printanière
Artichauts à la barigoule
Dindes truffés
Salade
Formage glacé
Dessert-Café
VINS
Valdepeñas - Bordeaux - Jerez
Champagne (Pascal, 1910: 405)
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Consomé á la reine
Hors d’oeuvre variés
Jambon d’York – Galantine á la gelée
Langues écarlate – Mortadella de Bologne
Maquereaux remolade – Empanadas á la créole
Saucisses Oxford á l’anglaise – Carbonada á l’orientale
Salade á la paysanne
Asado con cuero – Canards rôtis
Entremets
Gâteau Yquem – Pontet Canet
Champagne frappé – Oporto
Café –The – Liqueurs – Fine champagne – Havanes (Pascal, 1910: 397)
La carta de este banquete revela que el ideal culinario de matriz cosmopolita que las
élites estaban adoptado hacia fines del siglo XIX también hacía espacio a las especialidades
locales. Siguiendo a Bak-Geller (2009) se puede afirmar que el afrancesamiento de los
recetarios nacionalistas americanos opera tanto en el plano simbólico como en el culinario.
No sólo se come a la francesa, también se hace entrar a la cocina local dentro de las tipologías
francesas: las “empanadas á la créole” y la “carbonada á l’orientale” son prueba de ello. Las
referencias de Figueredo o Pascal hacia Careme o Brillat Savarin cumplen, ciertamente,
una función legitimadora, pero revelan también que la cocina se piensa, se homogeiniza y
estandariza a la francesa. Estos libros son los primeros en los que tenemos noticia que la
cocina local se transcribe al lenguaje culinario profesional y que unos saberes de la cocina
popular son fijados en la cultura escrita. Este fenómeno presupone una asunción identitaria
que se manifiesta en el orden de lo político. Tal como señala Bak-Geller (2009), al mismo
tiempo que las élites criollas se definen a sí mismas, establecen límites que la separan de
los “otros”. Uno de los criterios más importantes que establecen los libros de cocina para
distinguir este grupo de aquellos que no forman parte de él, es la apropiación del modelo
culinario francés. A través de los libros de cocina afrancesados, estos individuos inician o
afirman su experiencia al aprender a comer y comportarse como gente decente: las maneras
en la mesa hacen a la comensalidad civilizada, al savoir faire.
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
19 Máximo Torres era uno de los seudónimos que usaba el periodista y cronista de costumbres Carlos
María Maeso (1855-1912) ([Link])
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
La estrategia narrativa con la que el autor busca ilustrar el contraste entre dos
sensibilidades que marcan a su vez la adhesión o rechazo a dos proyectos culturales pasa
por la oposición binaria de pares: simplicidad/refinamiento; criollo/cosmopolita; tradición/
modernidad; campo/ciudad o casa suburbana/ hoteles del centro. El banquete descrito
tiene lugar en una casa arrabalera, pero frente a una mesa revestida con un mantel blanco
y la comida ha sido preparada por “una negra cocinera”. El servicio incluyó chicharrones,
pan criollo, locro con charque dulce, y humitas, platillo que para devorarlo con comodidad,
el atildado invitado dice que no se puede comer sino “en mangas de camisa”. El autor
cuenta que tras estos entrantes “vino el gran plato nacional, la monumental carbonada
con duraznos, peras y choclos”. El invitado aspira a acompañar la comida con “á Sauterne,
á Iquem, á Pommard, á Chambertin, á Pontet Canet, á Chianti, pero no había sino el agua
del aljibe en un botellón de barro y un priorato, industria nacional, hecho con tajadas de
carne de yegua y trozos de merino de alguna casa mortuoria (1890: 18)”. En el turno de los
dulces se sirvieron “pastelitos fritos”, “orejones”, “torrejas en almíbar y priorato”, “natillas
con cascaritas de limón” y un budín, que la dueña de casa se encargó de aclarar que fue
“hecho con pan fresco [no como] el de los hoteles que lo hacen con pedazos de pan que
dejan los marchantes en la mesa”. El invitado, que se queja de la obligación de comer de
todo, dice no acordarse de cómo terminó la comilona, pero sí que “me hicieron beber un
licor de toronjil preparado por Misia Dorotea y que tomé con la misma resignación que
Sócrates la cicuta” (1890: 19).
La amplia mayoría de los platos seleccionados por el autor como representativos de
la cocina criolla figura en los recetarios de Figueredo y Pascal, coincidencia que señala la
existencia de un repertorio consensuado de platos percibido como propio y tradicional.
Las especialidades identificadas como criollas en el Uruguay de finales del siglo XIX se
inscriben en una tradición regional amplia: el locro, las humitas y la carbonada son platos
típicos en Argentina, Chile, Perú y Bolivia; y el charque es compartido también con el sur de
Brasil, Chile y Bolivia. Esta cocina se caracteriza por el amplio uso del maíz y el gusto por lo
agridulce: la mezcla de frutas con carne y verduras no es conflictiva. Volvemos anotar que
la herencia ibérica –las torrejas, arroz con leche, natillas, orejones- se identifica asimismo
como propio, se percibe como tradicional y, por lo tanto, como criollo. El pasado colonial
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
Sus burlas al asado son, al mismo tiempo, un ataque hacia el corazón culinario del
criollismo y el modelo de identidad que este movimiento propone. Más adelante reitera y
amplía la invectiva contra el asado y entra en detalles acerca de las razones de su desconfianza
sobre la propuesta criollista:
La confrontación que describe el cronista genera una serie de puntos de fricción que
revelan un juego de tensiones que no se agota en la oposición binaria de los modelos culturales
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
en pugna, sino que se extiende al interior de los mismos. La crónica expone las relaciones
complejas involucradas en los procesos de identificación y la fluctuante dinámica entre
los dispositivos de reproducción ideológica y la agencia de los sujetos. El texto contrapone
dos ideales culinarios que, a su vez, se corresponden con dos prácticas sociales, modelos
culturales y definiciones políticas, pero termina por preconizar una postura intermedia.
Pese a que el autor habla por ellos (o les preste su voz), los representantes de las clases
populares locales enuncian su orgullo por la comida tradicional local, que oponen a las
“salsas francesas”, a “los engrudos italianos” o a “las cosas podridas de los alemanes”. La
cocina criolla se conceptualiza en esta visión como simple y, por lo mismo, sana. No hay
vergüenza en servir a un invitado especial una jarra con agua de aljibe y vino nacional, se
hace con orgullo. Aquí las clases populares están provistas de un ideal culinario criollo que
se afirma en lo local y en contraposición, desdén y profundo recelo por lo global. Este, sin
embargo, no es el ideal amplio, inclusivo y nivelador con Europa que promueven ciertas élites
ilustradas y cosmopolitas. De hecho, aunque sin ahorrar socarronería, el cronista acepta
como la cocina criolla si esta se integra dentro de una etiqueta cosmopolita: el locro puede
ser un plato noble si es acompañado por un Sauterne, un Pommard o un Chianti y el asado si
se lo come en vajilla importada y se hace en una parrilla mecánica. Esto viene a corroborar
que el pensamiento criollo estaba profundamente impregnado de ideología imperial (Pratt,
1997). En su afán de distinción en el interior de sus sociedades y de entablar un diálogo de
iguales con las otras élites del mundo moderno, los intelectuales liberales reclamaron un
lugar en la mesa de las naciones civilizadas importando vinos finos, trufas y otros bienes
de lujo, y también mediante la lectura de los últimos libros cocina, periódicos y novelas que
les permitía, como se empeña Torres en sus crónicas, presumir de una cultura universal.
La compra de bienes conspicuos fue solventada por las exportaciones de materias primas
–carne, en el caso uruguayo-. Sin embargo, estos sueños de occidentalización se vieron
empañadas por elementos del patriotismo criollo (Pilcher, 2013).
El texto de Torres también revela contradicciones dentro del criollismo: de hecho,
constituye una denuncia contra la pretensión del movimiento de imponer una identidad y
una narrativa de la nación que selecciona y privilegia ciertos elementos con los que él no se
siente identificado. El desprecio reiterado de Torres contra el asado es, inocultadamente, un
ataque contra una versión del criollismo que en su ansiedad por exaltar la figura del gaucho se
ha convertido en “la última transformación de la Inquisición” y obliga a aceptar como dogma
culinario nacional el “asado revolcado en la tierra y comido con los dedos”. Quizá esto explique
que para Torres el “gran plato nacional” sea la carbonada y no el asado, menos en una época
que no existían aún los posteriores parrilleros y el asado se preparaba necesariamente sobre el
suelo de tierra y al aire libre: por algo prefiere al asador automático de Charpentier. Sin embargo,
no será, pese a la prédica del ilustrado cronista, la versión más cosmopolita del criollismo la
que finalmente triunfe. Al mismo tiempo que la carbonada iba desapareciendo del horizonte
culinario nacional para convertirse en un plato tradicional pero cada vez menos vigente, el
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
asado como especialidad culinaria gaucha iniciaba un ascenso irrefrenable que lo llevaría a
trascender las fronteras rurales hasta conquistar, en el siglo XX, el centro de las ciudades, el
corazón de las clases altas y, sobre todo, el centro de gravitación del discurso culinario nacional.
El asado hizo una entrada victoriosa en la ciudad. Para explicar lo que él mismo llama
una de las más exitosas operaciones culturales del Uruguay, el crítico literario Ángel Rama
(1982), describe la escena: El 2 de septiembre de 1894 a las 7 y media de la mañana, unas 250
personas, montadas a caballo y ataviadas con atuendos criollos, llegaron hasta el centro de
Montevideo. Tomando por las calles Colonia y luego por Andes, desembocaron en 18 de Julio,
la principal avenida capitalina, por donde desfilaron en dirección a las afueras ante la sorpresa
de los madrugadores. Al frente de la delegación estaba, vestido con botas, bombacha, pañuelo
al cuello y sombrero con barboquejo, un hombre joven, de 33 años, que era nada menos que
el decano de la Facultad de Medicina, el doctor Elías Regules, figura consular del criollismo
uruguayo. El desfile concluyó en una quinta donde había de celebrarse un almuerzo campero:
asado con cuero y abundante mate amargo. La fiesta fue amenizada con recitados, payadas y
bailes criollos. Montevideo se enteraba públicamente de la fundación de la “Sociedad Criolla”,
oficialmente “cristianada” el 25 de agosto de 1894 (Rama 1982: 171). Este tipo de sociedades y
centros criollos servirán como dispositivos para la difusión de una identidad que tendrá al
gaucho –en rigor, a la parodia mistificadora del gaucho- como emblema de lo nacional. La élite
ilustrada que asumió la tarea de llevar adelante el primer relato sobre la nación sentó las bases,
al mismo tiempo, del primer discurso sobre la cocina nacional. La imbricación de la política
y la literatura (y la iconografía) para la elaboración imaginaria de una identidad nacional ha
sido ampliamente estudiada (Zum Felde, 1921; Achugar, 1980; Rama, 1982; Prieto, 1988; Ludmer,
1991; Giaudrone, 2008). Las evidencias presentadas en este capítulo buscan mostrar que las
prácticas culinarias no estuvieron ausentes en el proceso de particularización y cohesión
identitaria que llevó adelante un aparato cultural legitimador: la “invención” de una identidad
reside en el reconocimiento de un pasado común que la narración mítica compacta y codifica.
El mito aglutinador de esta primera narrativa es el gaucho y el plato emblemático el asado.
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
dimensión de los hábitos domésticos y la disciplina instituida por la jornada laboral. Hasta
fines del siglo XIX, el asado configura una práctica culinaria propia de una sociedad rural
y pastoril, que se realiza dentro de un esquema social en el que la separación entre tiempo
de trabajo y tiempo de ocio, si no está ausente, es por lo menos muy tenue. La consolidación
del Uruguay moderno, con jornadas y semanas laborales pautadas por una nueva sociedad
industrial establece clara y dramáticamente el tiempo destinado al trabajo y el tiempo
reservado al ocio, así como distingue la vida pública de la familiar (2010: 128). En este nuevo
modelo social la ceremonia del asado se situará en el espacio recreativo, convirtiéndose a
la vez en una ceremonia de comensalidad en el que una sociedad puede tener una visión
alternativa de sí misma e imaginarse en un estado de ideal plenitud (DaMatta, 2002).
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
pública permite elaborar un registro cronológico que da cuenta de los ritmos de este proceso.
Extraemos los datos de Laborde (2010).
Hasta la década de 1930 las casas de la clase alta montevideana seguían las pautas
estéticas de las vanguardias europeas de la época (neoclásico, art nuveau, art decó). El
espacio exterior se ornamentaba con albercas, aljibes, glorietas o estatuas. La construcción
de parrilleros en los jardines estaba fuera del paradigma arquitectónico de la época, tanto
como del de la comensalidad. Las casas de las clases populares tampoco hacían un uso
muy distinto del espacio exterior. Los conventillos tenían grandes piletas para lavar la ropa
en sus patios, pero no parrilleros. La tipología urbana dominante –y vigente hasta 1928–,
fue la construcción articulada por patios cerrados con claraboyas, poco aptos para incluir
parrilleros (González, 2005 en Laborde 2010).
Los datos colectados en la oficina de Catastro, indican que los parrilleros son incipientes
en la década de 1920, comienzan a incrementarse fuertemente a partir de la década de 1940,
muestran un fuerte incremento a partir de las siguientes décadas. Este tipo de construcciones
suelen ser agregados que se realizan con posterioridad a la finalización de la vivienda, por lo
que la gran mayoría están en situación de informalidad y, por ello, no constan en registros.
No obstante, de acuerdo a lo que revela el archivo de la empresa constructora Pintos Risso,
una de las principales del país, al menos desde 1946 existen planos en los que la construcción
de parrilleros está contemplada en el proyecto original20. Con la llamada “ley de propiedad
horizontal”, aprobada precisamente en 1946, se abrieron nuevas posibilidades a las viviendas
y cambió la fisionomía de la ciudad (Sanguinetti, 2016). Como consecuencia del otro gran
impulso que tuvo el sector de la construcción en la década de 1980, la tendencia a diseñar
casas con parrilleros se instaló definitivamente y no ha dejado de crecer hasta el presente.
La información catastral es consistente con la que ofrece un boletín oficial del Estado:
Almanaque que el Banco de Seguros del Estado edita sin interrupción desde 1914 hasta hoy.
La primera referencia sobre asado aparece en la edición de 1943, en un breve artículo titulado
“Asado al asador” que se centra en la receta, en tanto técnica culinaria, de preparar el plato.
Sin embargo, también brinda información sobre la tecnología al corriente para su preparación.
20 Walter Pintos Risso fue arquitecto y ministro de Estado, fue uno de los principales promotores y
beneficiarios de la “ley de propiedad horizontal” (Sanguinetti, 2016)
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
La receta, parece obvio, está dirigida a la gente de campo o zonas suburbanas. De otro
modo no se explica la aclaración de que la carne se ensarta “completamente despojada del
cuero”. En la ciudad la carne se expende en la carnicería, a donde las reses llegan sin cuero.
Por lo mismo a nadie se le ocurriría aconsejarle a un urbanita que mate a la vaquillona “sin
perseguirla”. Como se desprende del texto, el asado se hace en el asador y no en una parrilla
horizontal, la cual se usa solamente para el asado con cuero, ya que el asador es inapropiado
para asar media vaca, incluso un cuarto de ella. El articulista desliza dos juicios siempre
emergentes en el discurso del asado: es una comida propia de los gauchos y prepararlo es
una capacidad inherente sólo de algunos y siempre varones.
El 1949 el Almanaque publica el primer artículo específicamente dedicado a la
construcción del parrillero, y ya propone un prototipo con parrilla horizontal, que va
a sustituir la vara de hierro denominada asador, que se clavaba en el piso, cerca de la
hoguera, que era el utensilio para hacer el asado en el medio rural. El boletín oficial va
a publicar en forma recurrente artículos con modelos e instrucciones para guiar a los
lectores en la construcción del parrillero propio. El mismo artículo se reproduce, con
agregados, en la edición de 1964. Ambos artículos constan de dos partes que vienen a
satisfacer dos necesidades diferentes. El cuerpo central de la nota es un texto culinario
con indicaciones precisas sobre cómo para preparar el asado según “un criollo de ley”.
El Almanaque publica dos artículos más con instrucciones para construir parrilleros en
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
1973 y 1988. El primero de ellos ofrece una solución tan fácil que “¡hasta usted, señora,
puede animarse a fabricar una parrilla como esta!” (B.S.E, 1973: 188). En la secuencia de los
cuatro modelos propuestos por el Almanaque entre 1949 y 1988 se puede detectar, desde
el punto de vista de la construcción, el perfeccionamiento del pulmón de la chimenea, un
aspecto clave para el control del humo.
En el Almanaque 1988 se publica por primera vez un prototipo que muchos informantes y
arquitectos consultados consideran “canónico”. Esto no quiere decir que se hayan construido
a partir de este plano, en todo caso este modelo plasma en términos académicos experiencias
previas que durante décadas desarrollaron anónimos asadores en el fondo de sus casas. Resulta
significativo sí la reflexión constructiva que llevó al autor del citado artículo a contemplar
factores como la economía energética, el ahorro de tiempo, la fácil obtención de brasas, la
rápida evacuación de humos, el meditado diseño del canasto de leña, la graduación de la
parrilla mediante poleas o las prestaciones térmicas que debe tener el pavimento receptor
de brasas. La abnegación y cálculo académico empeñados en el diseño del parrillero es
un dato significativo de acerca de la importancia que reviste esta práctica culinaria en la
sociedad uruguaya. Otro dato confirma esto: la biblioteca del Banco de Seguros de Estado
tiene, en forma permanente, fotocopias disponibles del artículo “Parrillero familiar” de 1988.
Su demanda es constante, diaria.
Además de los parrilleros de albañilería existen muchas otras variantes: en barracas,
ferreterías y ferias se comercializa una amplia variedad de parrilleros portátiles que van
desde sencillos braseros rectangulares (ideales para asar con carbón) hasta parrilleros con
campana y chimenea, todo construido en hierro, muchos de los cuales tienen patas con
ruedas para trasladarlos al jardín, al balcón o la azotea. Un clásico montevideano son los
medio-tanques, que son, precisamente, cilindros metálicos cortados longitudinalmente, a
los que se le sueldan patas para elevarlos a unos 90 centímetros del suelo, una rejilla para
apoyar la carne y un cesto para depositar la leña. Su uso es frecuente en zonas céntricas y
es común verlos encadenados a las columnas del alumbrado público (para impedir el robo)
en ciertos barrios de Montevideo. Los informantes más veteranos me han señalado que
braseros y medio-tanques estaban en uso ya hacia la década de 1950.
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
clasista que realzar una identidad étnica compartida, por lo que más que exaltar la cocina
étnica prefirió favorecer el acceso a la apreciada carne. Por su parte, Bauer afirma que toda
América Latina experimenta durante las primeras décadas del siglo XX un “nacionalismo en
la cocina” que tendrá características diferentes al que con entusiasmo había demostrado “un
estrato limitado de la clase alta latinoamericana por la cocina francesa, la grande cuisine,
y el desdén que expresaban las pretenciosas clases medias hacia la comida india” (2002:
245). Agrega que, en países como Uruguay, tras el menosprecio y la emulación constante
de las pretensiones culinarias de la élite “extranjerizante”, finalmente se va a desarrollar
una cocina criolla (2002: 260). En efecto, en las primeras décadas del siglo XX el asado y el
mate se consolidan como prácticas culinarias populares en el país.
Durante el ciclo batllista –marcado sobre todo por las presidencias de José Batlle y
Ordóñez (1903-1907 y 1912-1916) y de Luis Batlle Berres (1947-1951), aunque otros presidentes
siguieron lineamientos políticos similares- se sentaron las bases del Estado de Bienestar en
el país. Los cincuenta años que duró este período ha recibido diversos nombres. En el nivel
popular es conocido como “el Uruguay de las vacas gordas”; los académicos lo han denominado
la sociedad hiperintegrada, el Uruguay feliz, o el Uruguay del optimismo (Caetano, 2011;
Sanguinetti, 2016). Durante este período la industrialización, la legislación de la jornada de
ocho horas y la semana laboral consagraron al domingo como el día de ocio por excelencia.
Con la expansión de la clase media se adoptaron nuevos modelos de recreación y espacios
de ocio (González Sierra, 1996).
Muchos informantes están de acuerdo en señalar que el asado y los parrilleros se
generalizaron sobre todo en los balnearios, sobre todo, en los que se encuentran a lo largo
de la costa, a menos de 100 kilómetros de la capital. Los relatos de los informantes coinciden
en el proceso general.
Lo hemos señalado con reiteración. En Uruguay, lo criollo más que asumir un carácter
étnico, refiere a un tipo de mitificación nostálgica y selectiva del pasado rural. Allí radica su
paradoja inicial: fue un movimiento político e intelectual que, comprometido ideológicamente
con el proyecto de modernización del país, fijó su imaginario en el pasado. El programa
de modernización del país avanzó entonces a partir de la incorporación simbólica de su
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
modelo contrario: el gaucho y su mundo. El turismo como nueva práctica social fue un
vector de aceleración del proyecto de modernización del país. El discurso higienista se
orientó a combatir los hábitos criollos, percibidos como perezosos, viciosos e insalubres,
tal como vimos anteriormente con el caso del mate. En las primeras décadas del siglo XX
se inició la promoción de las actividades al aire libre, los baños marinos y los deportes. La
concurrencia de la renovación de los espacios públicos, el desarrollo del transporte y el
avance de una legislación social instaló este tipo de prácticas entre sectores cada vez más
vastos de la sociedad. La estructura primaria del turismo en Uruguay se consolidó como
una actividad estacional, una práctica esencialmente veraniega. A inspiración de Europa, y
siguiendo el principio rector de racionalizar la recreación, se favorecieron las condiciones
para construir balnearios marinos. La inversión pública fue un incentivo para la privada: la
construcción de carreteras y paradores fue aprovechado por una empresa monopólica en
el transporte de pasajeros, que fue vertebrando un corredor a lo largo del litoral oceánico.
Para 1942 ya había servicio de ómnibus que conectaba a lo largo de unos 300 kilómetros de
carretera a Montevideo con La Coronilla, en la frontera con Brasil. Para 1950 Punta del Este
era un destino muy demandado (Campodónico & Da Cunha, 2010).
La combinación de estos elementos puso las bases para que el turismo interno –e
incluso de que llega desde Argentina, la principal fuente emisora de turismo para Uruguay-
comience a desarrollar un estilo de vida (vacacional) asociado a una estación –el verano-, a
un lugar -el balneario-, y a una práctica culinaria específica: el asado.
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
recuerdo otro restaurante de Montevideo que sirviera asado, quizá algún bolichón, pero
no un restaurante”. Lo peculiar es que Morini no tenía un parrillero, sino la llamada parrilla
prusiana, que funcionaba con carbón y que tenía una tapa con forma de medio tanque, que
hacía que el calor y el humo circularan en un espacio cerrado, como si fuera un horno.
El dueño de El Palenque, Emilio Portela –también gallego–, se inició en el negocio en
los años de 1950. Recuerda que, por aquellos años, la clientela entraba a comer sus asados
desde las ocho de la mañana en adelante. En su actual restaurante se sirven varios platos
de cocina internacional, y muchos de la cocina gallega. Sin embargo, para él, el plato que
mayor desafío culinario reviste es el asado. Según su experiencia, el 90% de los clientes
comen la carne demasiado hecha, y no duda en afirmar que la actual calidad de la carne es
notablemente superior a la de hace cuatro o cinco décadas. También fue capaz de comparar
las diferencias entre los asados de antes y los de ahora:
Antes los cortes eran malos, la carne era más dura. Ahora se come
muy buena carne. Estoy hablando de carne de novillo. A diferencia
de antes, ahora la carne llega madurada y es de animales jóvenes.
Las cosas han cambiado, antes se salaba con salmuera, ahora se
usa sal directamente. Antes comía mucho el asado de matambre,
costumbre que ya se perdió. Eso sí, para mí el asado tiene que tener
hueso y grasa, si no, no es asado. Será entrecotte, bife ancho, pero no
asado. Uno sabe cuándo está hecho el asado porque de los huesos
empieza a salir sangre, ahí está pronto. Pero cuando empezamos acá,
el asado lo venían a comer todos, gente de trabajo y gente de saco y
corbata. Ahora el asado ya no lo puede comer quien quiere sino quien
puede. Hace 20 años yo compraba 350 kilos de asado para servir a
250 personas. Se comía mucho más (Emilio, 76 años, Montevideo)
Maciel (1996) propone pensar el asado como una manifestación cultural elocuente, que
expresa algo de la sociedad en la cual emerge y en la cual tiene y otorga sentido. Ella percibe
al asado como un ritual de comensalidad y participación que se realizan con preferencia
los fines de semana, en particular los domingos; si se hace un día laboral, se realizará por
la noche. Es un comer, señala Maciel, que sirve de pretexto para una reunión recreativa
que se realiza familia o en con un grupo de amigos y también puede celebrar una fecha
especial como un aniversario, un casamiento, un fin de año, una bienvenida o una despedida.
Subraya que el asado se sitúa fuera del tiempo cotidiano e instituye, por sí mismo, el festivo.
Es un modo de comer –y cocinar– que pone en juego prácticas de sociabilidad y formas de
organización que expresan oposiciones en el eje femenino/masculino y cotidiano/fiesta.
Las parrilladas presentes en la restauración pública, no obstante, quiebran la dicotomía
tiempo cotidiano/tiempo de fiesta: en ellas todos los días de la semana y tanto al medio día
como de noche se puede ordenar la especialidad local. Sin embargo, la oposición de género
se mantiene. En el ámbito doméstico cada vez más mujeres se atreven a incursionar en la
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
práctica del asado (incluso, entre las mujeres jóvenes se va imponiendo la modalidad de
asados exclusivamente femeninos), pero la conquista femenina de este espacio culinario,
por ahora, no alcanzó a las parrilladas.
Una práctica reveladora durante en la etnografía fue consultar a los dueños de las
parrilladas por qué no tenían una parrillera mujer. La pregunta surtía un efecto desconcertante
en el destinatario. El dueño de una parrillada del Barrio Sur de Montevideo, que ha destinado
en la barra de parrilla un pequeño altar al libro Martín Fierro (“un día mi abuelo me dio
este libro y me dijo que lo leyera, y yo lo leí y acá está”, me comentó), supo expresarme en
términos antropológicos la importancia que tenía el asado para los uruguayos. Mientras
yo comía una tira, él me escribió en hojas de una pequeña libreta un esquema en el que
me explicaba que existe una relación ancestral entre el hombre y el fuego, que ésta es su
herramienta de caza y que por lo tanto, el fuego es un elemento de la cultura, porque con
él se caza y se cocina. Me agregó, todo por escrito:
Sabés lo que pasa, acá estás mucho tiempo frente al fuego. Eso no lo
puede soportar una mujer. No le hace bien a los pechos ni al vientre.
Mirá que hay que bancar esto... (Eduardo, 50, Montevideo)
En otro restaurante céntrico el parrillero explicó que el oficio no sólo le afectaba la piel
y lo deshidrataba, también “le mataba las piernas”, dado que el trabajo demanda estar de pie
durante toda la jornada laboral. Goody (1995) ha señalado que los hombres los hombres se
apoderaron de las recetas femeninas de la cocina cotidiana y las transformaron en alta cocina.
Este no es, claramente, el caso del asado. En el Río de la Plata este plato ha sido al menos
desde sus primeras descripciones un dominio masculino. Tobin (2002) sostiene que Argentina
tiene “dos cocinas nacionales”. Su argumento puede trasladarse sin demasiadas fricciones
al caso uruguayo. Según él, una de esas cocinas es de índole femenina: fue formulada en
los recetarios, escritos por y para mujeres. La otra es masculina: el asado. En ambos países
del Plata, así como en el sur de Brasil, el asado acapara el estatus simbólico de la cocina
nacional (Maciel, 1996; Tobin, 2002). Distintos autores coinciden en señalar que el asado, y
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
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Vieja. En estos barrios abundan los apartamentos y las casas sin jardines ni patios traseros.
El que quiera hacer un asado con su familia a sus amigos, deberá recurrir a la vereda.
Esas calles tan transitadas durante la jornada laboral en los días hábiles, se vuelven más
aptas para hacer un asado durante los sábados, los domingos o incluso en las noches de
entre semana.
Uno de mis informantes más frecuentado fue Pablo. Es el dueño de un puesto de frutas
y verduras, situado en una esquina del barrio Sur, a quienes muchos llaman “El Cabeza”. Tan
adeptos son él y sus amigos del barrio al banquete que no faltó la noche invernal en que
comimos un asado bajo el toldo extendido de la frutería para protegernos de una pertinaz
llovizna que caía y que no logró hacer desistir del ágape a ninguno de los invitados.
El primer asado que observé allí fue de tipo familiar. En esa ocasión, Cabeza y su esposa
agasajaban a un primo y a su mujer, que tras años de vivir en Estados Unidos habían regresado
a vivir a Uruguay. El fogón, como suele hacer el anfitrión, se realizó sobre una chapa metálica
que conserva para tales menesteres en la frutería, y que acuesta sobre la calzada. Sobre ella
enciende la pira, conserva las brasas y pone la parrilla, que apoya, en un extremo, sobre dos
ladrillos, y en el otro, sobre el cordón de la vereda, de modo de aprovechar el desnivel. Los
invitados llegaron en un coche, no lujoso, pero de un costo medio-alto, que fue estacionado
en la acera de enfrente. Ambos iban bastante bien arreglados y por la cara de sorpresa puedo
asegurar que imaginaban que el asado se iba a realizar en la frutería, pero no en la calle. La
señora, al parecer peinada en peluquería, trajo ensalada rusa en una fuente y una cassata22. En
unos pocos minutos el anfitrión montó una mesa con cuatro cajones y una lámina de madera
prensada que guarda en su comercio para tales efectos. Los invitados de inmediato fueron
convidados con dos abundantes vasos de whisky. En Uruguay el consumo de dicho destilado es
elevado –es frecuente que ocupe el primer lugar mundial en el consumo por persona y año- y
lo común es tomarlo al inicio de la comida, como aperitivo. Unos minutos después los invitados
estaban sentados despreocupadamente sobre los cajones de verduras dispuestos en la calle,
junto al fuego, en la esquina de las calles Carlos Quijano y Durazno, a 500 metros de la principal
avenida de Montevideo, a 200 de una comisaría y a 400 de la Jefatura central de la policía.
Con un palo ya quemado en uno de sus extremos, El Cabeza comenzó a desplazar brasas
que se fueron soltando de la pira ardiente hacia debajo de la parrilla, colocada al costado del
fuego. Con la palma de la mano extendida hacia el suelo comprobó que el calor de las brasas
fuera suficientemente fuerte. Sobre la reja comenzó a poner todo lo que había adquirido:
chorizos, morcillas, riñones, mollejas y tripa gorda, que servirá antes que las carnes, y, a un
costado, tiras de asado y una pieza de pulpón de vacío (dos cortes de carne que por su costo
y características son usados en este tipo de preparaciones). En la parrilla del verdulero no
hubo lugar para ningún vegetal, pese a que algunos parrilleros uruguayos suelen agregar
morrones o papas envueltas en papel de plomo para introducir algo de variedad.
22 Se denomina así en Uruguay a una barra de helado de dos o tres sabores. Toma el nombre de un
postre típico siciliano.
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Esto es lo que me gusta del asado: el entorno. Porque vos viste que
acá nos juntamos y estamos todos en una buena, felices, la pasamos
bien, no hay problema. Comemos, chupamos, jugamos y siempre en
un buen ambiente. Y no nos metemos en líos con nadie. Vos viste
que acá la pasamos bien sin molestar a nadie. Y la gente lo entiende,
aunque uno ya sabe cuando algún comentario te lo hacen bien, o
cuando está lleno de envidia. Porque nunca falta el careta que se hace
el amigo y vos sabés que por dentro está deseando que se te queme
el asado. Pero son las cosas lindas que tiene este país. Porque nos
morimos de hambre, pero podés darte estos lujos. ¿En qué lugar del
mundo vas a poder hacer un asado en la calle? En ningún lado. Viste
mi primo, el que vino Miami. El loco ganaba guita23, todo bien, pero
se moría por un asado de estos. Es lo que tiene este país, para estas
cosas es divino. Vas a laburar siempre para seguir siendo pobre, pero
te podés comer un asado con tus amigos. Y eso, no lo pagás con nada
(Pablo, El Cabeza, 32, Montevideo)
El banquete que para el Cabeza es imposible de comprar, establece una etiqueta propia
que lo distingue tanto del comer cotidiano, como de otro tipo de banquetes como el de
boda, cumpleaños o Navidad. En este banquete los comensales se sientan sobre una mesa
y unas sillas improvisadas, donde no existen los platos ni los cubiertos individuales. Todo
lo que sale de la parrilla se pica sobre una misma tabla y cada uno toma con sus manos lo
que le place. El asado no tiene otro condimento más que sal y ninguna otra guarnición que
rodajas de pan flauta. Lo único privado y que cada uno conserva con singular celo, es el
vaso, siempre bien surtido de “amarillo” (whisky). Los participantes enfatizan cada vez que
pueden una teatralidad, un modo de comportarse deliberadamente rústico o presuntamente
viril. Se acentúan los giros coloquiales que son percibidos como callejeros, populares,
masculinos. Se recarga una gestualidad brusca. Hay cierta exageración que atraviesa el
comportamiento de los comensales: se descuida, con todo cuidado, las formas sociales que
observan comúnmente. Una vez, uno de los vecinos que participaba del asado, ofreció traer
platos y cubiertos de su casa. El gesto fue sancionado son sorna y exagerada virilidad: “Pero
mirá que nos salió finuli el mariqueta este”, le espetó El Cabeza, mientras abría los brazos
y contoneaba la cintura, parodiando un gesto de amaneramiento.
Como se sugiere en Tobin (2002) y Laborde (2010) el asado performatiza una masculinidad
anclada en la mistificación del gaucho. En su descripción del Uruguay rural Bouton asegura
que el “asado a lo gaucho” es aquel que se come directamente desde el asador (vertical)
y a punta de cuchillo, “a dedo sobre la jeta”, que es como “es más sabroso”, aunque para
esto también se necesita cierta habilidad: “¡Cuánto chapetón al cortar el pedazo de asado
mantenido entre los dientes y la mano, se ha rebanado la nariz!” (1961:119). En su Manual del
perfecto asador argentino, Mirad insiste en vincular rusticidad con virilidad: “para un asado
criollo sirve cualquier mesa, incluso unos tablones sobre caballetes” y no importa la vajilla
23 Dinero. Palabra del lunfardo rioplatense proveniente del dialecto andaluz caló. Gobello (1975: 117).
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que se use (1998: 156, 157). Para estudiar la construcción de lo que llama mundos morales
masculinos en Argentina, Archetti (1985, 1999, 2003) realizó indagaciones etnográficas en
contextos como el fútbol, el tango, y finalmente en la cocina criolla. Afirma que un hombre
necesita la mujer para afirmar su masculinidad, pero que hay contextos eminentemente
masculinos donde “los otros” relevantes son los hombres, distintos tipos de hombres.
En una de mis incursiones etnográficas, asistí a un asado sólo de amigos, en una casa en
construcción. Las tiras de costillar, asadas sobre una destartalada parrilla y a las brasas de
maderas sobrantes de la obra, fueron picadas sobre una tabla y devoradas con pan troceado
con la mano (“a lo pampa”), como único acompañamiento. Uno de los invitados fue con su
hijo de 11 años. El padre puso una mano sobre la cabeza de su hijo, lo desmelenó con brusca
ternura y le dijo: “¿Ves? Ahora sí estás comiendo como un hombrecito”.
24 Ferguson (1998) y Ayora Díaz (2014) se apoyan en el concepto de campo de Bourdieu (1983). Páramo
incorpora la teoría sistémica de Luhmann (1998).
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no sería más que nadie, tampoco menos. La globalización, en tanto espacio de constatación
de la diferencia, hizo tomar consciencia acerca que lo local también tenía una oportunidad
en el mercado global recién inaugurado.
Durante este período entre siglos, se inició el auge de las parrilladas “gourmet” que
ampliaban la oferta hacia nuevos cortes y carnes, que por vez primera comparecían frente a
las brasas. En el rubro vacuno aparecieron nuevas posibilidades como “ojo de bife”, “picaña”,
“colita de cuadril” o “bife ancho”; al mismo tiempo, por primera vez se ponía en valor la raza
del vacuno: el origen -Hereford o Angus- comenzó a funcionar como indicador de calidad.
La expansión se dio también hacia otras carnes como la “bondiola” y el “matambrito”
de cerdo, o el “rack” de cordero. La palabra “Premium” se convirtió en marca de valor
económico y simbólico. Junto a las “tradicionales”, se incrementó la oferta de otras que en
las góndolas de los supermercados y en las cartas de los restaurantes se catalogaban como
“carnes exóticas”. Aunque también se abasteció al mercado con carne de nutria y jabalí, la
estrella fue la de ñandú, que se ofrecía fresca y congelada, así como procesada en chorizos,
jamones, terrinas o carpaccios. La carne de ñandú era promovida como sana, por su bajo
nivel de colesterol, “gourmet” y –esto es altamente significativo- como “exótica”. El ñandú,
al igual que la nutria (y a diferencia del vacuno, el ovino y los suinos, incluido el jabalí) es una
especie nativa del territorio. Se advierte en este caso un desplazando conceptual que revela
la centralidad que tiene la carne vacuna en el sistema alimentario uruguayo, que la percibe
como tradicional e incluso autóctona (aún pese que la introducción de la ganadería en el siglo
XVII en el territorio es un relato ampliamente difundido). Pese a los esfuerzos realizados
por productores privados y organismos oficiales (como el INAC), el interés por este tipo de
carnes fue pasajero y no llegó a consolidarse25. Así lo explicó uno de los informantes: “En
estas tierras feraces, donde abunda un animal tan maravilloso como la vaca, poner el ojo en
un ñandú o en una nutria es estar verdaderamente en el detalle” (Néstor, 59, Maldonado).
El asado es una práctica compartida por igual por los sectores populares como las capas
más altas de la sociedad. Lo es tanto en su dimensión culinaria como en los valores e ideas
de los que se hace depositario. No obstante, en la etnografía registramos manifestaciones
materiales y culinarias en las emerge diversas distinciones. De acuerdo con Goody (1995) la
cocina y la cuisine se distinguen entre sí porque responden a sus relaciones de clase social.
La primera es baja y popular, la segunda es alta. “Cuanto más alto nos encontramos en la
jerarquía, más amplios son los contactos, más vasta es la perspectiva. La alta cuisine debe
adquirir inevitablemente los ingredientes en el exterior” (1995: 140).
Esta mirada desde lo alto permite ampliar el arco de selección tanto de ingredientes
como de técnicas culinarias que transforma al asado de una clase a otra. El barrio de Punta
25 Por esta época se registró un boom de granjas productoras de ñandúes, que contó con decidido
apoyo estatal. Esta estrategia de apostar a la producción de esta carne roja y baja en grasa coincide
con la promoción de la carne de avestruz, el pariente africano del ñandú, y se encuadra en el vaivén
económico y el temor social producido por la crisis alimentaria de las “vacas locas” (Aguilar y Me-
dina, 2013). El Instituto Nacional de Carne, en el año 2003, elaboró por primera vez en su historia
un manual para estandarizar los cortes de carne del ñandú (Inac, 2003).
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La casa del informante tiene un parrillero construido con ladrillos refractarios, con una
campana y chimenea para la evacuación de humos. El parrillero dispone de un canasto de
hierro donde se quema la leña y una parrilla (la reja metálica) cuya altura se regula mediante
un sistema de poleas. A diferencia de la improvisada parrilla callejera antes descrita, este
asador puede realizar su tarea con comodidad: no tiene que agacharse ni sufre los efectos
del humo en sus ojos. Otro contraste: en vez de tiras de asado (el costillar) o pulpón, el
anfitrión selecciona cortes como ojo de bife o colita de cuadril.
En diversas ocasiones el anfitrión ofrece entrantes gourmets. En el centro de
la mesa pone una bandeja con diversas variedades de panes y grisines aromatizados
con hierbas, setas escabechadas, algún paté o terrina (por ejemplo, de ave con licor de
Tannat o de queso azul con higos pasas y nueces). Estos productos los adquiere en una
tienda especializada en esta clase de productos. De la parrilla salen chorizos, morcillas y
mollejas, que “pincela” con reducción de acceto balsámico. En una ocasión ofreció uno de
sus platillos favoritos, con los que pretendía demostrar que asado puede alcanzar la alta
cocina. Se trata de unos medallones de ojo de bife, circunvalados por lonchas de beicon
ahumado. Esta pieza es asada a la parrilla, es decir: cita al asado, pero también se aleja
notablemente de él. Durante la cocción a las brasas, pasa una y otra vez un pincel sobre
la carne con una solución de aceite de oliva en la que maceró ajos machacados, tomillo,
granos de pimienta, romero y laurel. Prefiere los bifes anchos, de unos siente centímetros
de grosor, bien sellados por fuera, de modo que conserven su jugo interior. “Me interesa
el diálogo entre la superficie de la carne, que tiene que ser bien crocante y un interior
jugoso. Esto te crea una idea de perspectiva en el paladar”, dice. Poco antes de retirar los
bifes de la parrilla, quema debajo de ellos unas cuantas hojas de laurel para perfumar la
carne. El cocinero servirá este plato con dos preparaciones previamente confeccionadas:
sobre la carne derramará salsa de reducción de vino blanco y fondo de verduras, y la pieza
será escoltada por “chips” de papas y boniatos (finas tajadas de estos tubérculos cocinadas
en horno eléctrico hasta que queden crocantes). El cocinero se esmera en “emplatar” al
estilo de los restaurantes. En el contorno de plato trazará unas curvas con reducción de
acceto balsámico. En la mesa también hay una fuente con una ensalada de rúcula, berros,
tomates cherry y champignones frescos.
Durante los asados –antes, durante y después de comer- el anfitrión propone uno
de sus divertimentos gastronómicos preferidos: realizar una cata a ciegas. Cada invitado,
lleva una botella de tinto cuyo precio no puede ser inferior al acordado previamente. Las
botellas son envueltas en papel y su forma disimulada ingeniosamente, de modo que no
se sepa cuál es cuál. Los participantes deben asignarle un puntaje a cada vino y al final se
revela la identidad de la botella ganadora. El banquete suele concluir con postre (el dueño
de casa es aficionado a la tarteleta de fruta de la pasión –mburucuyá- que adquiere en una
prestigiosa confitería). El café y la copa de grappa italiana que coronan la cena se sirve en
la sala de música, donde se escuchan con relajada solemnidad un conjunto de piezas.
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Esta escena etnográfica revela el complejo entramado entre alta cocina, clase social
y fluctuaciones que la performatividad culinaria tiene en las narrativas de la nación. De
acuerdo con Goody (1985) y Mintz (2003), la alta cocina se desarrolla sobre el requisito de
la jerarquía que confiere una perspectiva amplia en la selección de técnicas, ingredientes y
procesos. En particular Mintz señala que la alta cocina difiere de la baja y popular porque
efectúa “costosas sustituciones” y porque adquiere “estatus internacional”; es, guste o no,
básicamente comida de restaurante (2003: 143). Esta es exactamente la forma de proceder
de este cocinero en su esfuerzo por hacer que el asado trascienda de una categoría a otra.
Dicho empeño es, a su vez, un discurso de clase y, por lo mismo, de distinción social. La
intensidad invertida en inscribir al asado en un nuevo sistema de signos, revela la ansiedad
que le suscita a este cocinero –al autodidacta, como dice Bourdieu- en ubicar al plato en la
“correcta” clasificación vinculada al buen gusto y los adecuados estándares de la alta cocina
o gastronomía. Es, en definitiva, una práctica de clasificación jerarquizada y jerarquizante
(Bourdieu, 1988). En un trabajo anterior (Laborde, 2010), sugerimos que el precio que paga
el asado por ascender a la alta cocina era dejar de ser criollo, en el sentido de uso que
tiene este concepto en ámbito culinario doméstico uruguayo, como equivalente de simple
y rústico. Pero, también, como lo definió una informante: “criollo es cuando le metés de
todo”. Esta facultad de amplia inclusión de lo criollo ya había sido apuntada por Archetti
(1999), cuando señaló el carácter híbrido de lo criollo, como una “mezcla preexistente que
tiene una identidad estable y que, por ello mismo, es capaz de absorber nuevas influencias”,
porque un modelo híbrido “puede llegar a trascender las partes, o sea los elementos que lo
integran, y en ese proceso la hibridación está acompañada por la localización”. En un estudio
de caso sobre la cocina yucateca, también Ayora Díaz (2014) sostiene que el performance
culinario-gastronómico corresponde a una idea (a una “poética”) de la identidad política
cultural. Recostado en un conjunto de autores que reflexionan sobre el perfomance y las
construcciones de la nación, afirma que en el seno de las naciones se registran tensiones
entre lo pedagógico y lo performativo que abren nuevos espacios de representación. Entre
las normas y lo que la agencia de los individuos hace con ellas, se genera el espacio para que
aparezcan híbridos culinario-gastronómicos en búsqueda de legitimidad. Estas prácticas
proponen e instituyen alternativas a la narrativa hegemónica de la nación (Bhabha, 2000;
Ayora Díaz, 2014). Como vimos antes, desde su inicial preconización, lo criollo estableció
un diálogo en el que buscó igualar lo local y lo global (Pratt, 2010; Pilcher, 2012). La anterior
descripción constituye otra prueba de constatación.
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el criollismo desempeñó una función crucial en varios aspectos de la vida nacional: su éxito
más significativo en el ámbito culinario fue lograr que el asado sea percibido y consagrado
como el plato nacional por excelencia.
Me interesa insistir con la idea de que el asado se convirtió en un ritual en la ciudad
y que fue en la ciudad donde fue elevado al altar en que se encuentra. No quiero decir con
esto que cuando los gauchos hacían un asado (como vimos, no con tanta frecuencia como
suelen creer los contemporáneos) no se abriera un ámbito de socialización –esa es una
función general de la comida–, sino simplemente que para ellos no tenía el significado ni la
carga simbólica que tiene para sus descendientes, los uruguayos. Sostengo que la condición
verdaderamente distintiva del asado con respecto a otras comidas, es que es un rito de
comensalidad. Para que alcanzara ese carácter debió darse una condición indispensable,
fruto de la modernidad: la existencia de una la jornada laboral, propia de las sociedades
industriales, que separó con toda claridad el tiempo de ocio del tiempo del trabajo. Como
observa DaMatta (2002), un rito consiste en desplazar un objeto de su lugar original, en
nuestro caso, un comer rural y atávico, a una ceremonia urbana en la que se recrea y
actualiza, un pasado idílico.
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Desde la ciudad se retorna a una pradera idílica. Esta idealización ciudadana de la campaña,
no es privativa del asado sino que se encuentra en resonancia con otras creencias rioplatenses.
De hecho, Sarlo sostiene que las utopías rurales son constructos urbanos:
Los mitos también lo son: el campo como lugar del origen nacional es
un mito urbano. El guacho, como arquetipo nacional, es una ocurrencia
de Ricardo Roja y Leopoldo Lugones quienes, en el Centenario,
toman la perfecta invención de José Hernández, cuando la ciudad
propone a los intelectuales el enigma de lo que será este país y los
intelectuales deciden responderlo armando una hipótesis cultural
cuyo fundamento sería la poesía gauchesca. (...) [El campo es] un
espacio de mitos culturales, donde se pueden inventar tradiciones
sobre la base de un bricolage de elementos separados de su origen
campesino (Sarlo, 2003: 23)
Esta construcción discursiva operada en las primeras décadas del siglo XX va invertir
los juicios que planteaba la dicotomía sarmentina clásica que oponía civilización a barbarie
en términos equivalentes de ciudad para el primer polo y campo para el segundo. En el
siglo XIX los habitantes de Montevideo consideraban al campo como un lugar peligroso
y “habitable sólo por la gente de sable”. En el siglo XX se verá como un espacio habitado
por gente amable, que no ha sido alcanzada por la corrupción que contamina las calles de
la ciudad, esa selva de cemento. Desde la ciudad moderna, en el campo el aire es puro, el
tiempo sobra y el paisano es bueno. En el trabajo etnográfico he visto cómo el ritual del
asado abre el portal hacia ese espacio en el que los comensales se sienten libres y prósperos,
y suspenden el agobiante paso del tiempo para reforzar los lazos sociales. La frase “esto es
vida”, que tantas veces recogí entre las humaredas metropolitanas, adquiere la expresión de
liberación y plenitud: habilita a los uruguayos a tener una visión alternativa de sí mismos y
sus agobiantes rutinas (DaMatta, 2002). El asado viene a descomprimir las tensiones de todos
los días y sus comensales recorren el camino inverso que proponen las urgencias urbanas,
con sus almuerzos apurados que se tragan sin goce en la media hora libre en la oficina; es
todo lo contrario a esas viandas que se extraen del taper-ware y que con suerte se pueden
calentar un par de minutos en el microondas, si es que no se devoran frías y con desgana.
Como me dijo un parrillero profesional, el asado propicia el encuentro de los uruguayos con
lo totémico, con la parte de ellos mismos que les imaginar, con el ethos.
La carga simbólica del asado permite a sus beneficiarios viajar por el espacio social y
creerse, al menos mientras dura el asado y el vino, que son libres como el gaucho. El patio
trasero de la casa, el balneario o el espacio público, una esquina cualquiera de Montevideo,
se convierte por arte del fuego mítico en la pampa ancestral en el que abundaba el aire
puro y la carne gorda. El asado invierte la dicotomía sarmetina de civilización y barbarie: la
ciudad representa el vicio y el campo la virtud.
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Parafraseando a Barthes (2004) el asado está proferido por la historia y, por lo tanto,
es un producto ideológico. Es, de tal modo, un concepto político, pero no explícito ni
unidireccional; precisamente la sugestión de mito radica en que su concepto es abierto y
permite varias asociaciones: es una forma abierta que el receptor –histórico él– rellena. Lo
paradójico, y lo que hace que un habla sea mítica, es que la historia se esfuma y se vuelve
naturaleza. Cada uruguayo tiene su propia idea de lo que es el asado y su propia forma de
hacerlo. Pero es una creencia general de que siempre estuvo ahí, de que siempre existió, de
que la patria se formó en torno a un pedazo de carne que asada al rescoldo. Como vimos, el
asado no siempre tuvo el mismo significado y su permanencia entre los hábitos del comer
uruguayo y particularmente ciudadano implicó un recorrido y una construcción sin compleja
y trabajosa.
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El comentario recibía una réplica por parte de la crítica gastronómica Titina Núñez,
directora de la revista Placer Gourmet:
Yo no estoy de acuerdo con que nuestra cocina bajó solo de los barcos.
Algo tenemos. Nuestra forma de asar no la inventó un italiano. La
inventamos nosotros. Nosotros tenemos todo un cuidado con las
brasas, los diferentes grados de temperatura… Uno ve a un parrillero
uruguayo y lo reconoce, porque tenemos hasta una forma de movernos
en la parrilla, que no existe en ningún otro lado. Pero si el Estado
no reconoce a los indígenas, qué se van a reconocer otras cosas…
Ya perdimos mucho, pero no sigamos perdiendo más. Valoremos lo
nuestro, lo auténtico, lo tradicional.
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CAPÍTULO III
✴ La cocina uruguaya ✴
✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
3.1 Introducción
26 Dentro de esta tradición se destacan: Evolución histórica del Uruguay, Alberto Zum Felde (1945); El
Uruguay como problema, Alberto Methol Ferré (1967), El país de la cola de paja, Mario Bendetti (1970)
Los orígenes de la nacionalidad uruguaya, Carlos Real de Azúa ([1975] 1990); Identidad uruguaya:
mito, crisis, afirmación, Hugo Achugar y Gerardo Caetano (eds.) (1992).
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y las representaciones sociales forma parte de una constante contienda política e ideológica
en la que se dirimen diferentes proyectos de nación. Ahora bien, nadie pone en duda, como
lo prueban los numerosos estudios y las antologías dedicados a cada uno de estos campos, la
existencia de la música uruguaya, la literatura uruguaya, el arte plástico uruguayo y, ni que
hablar, el fútbol uruguayo. El lugar de nacimiento de los autores, la temática o el enfoque y,
en el caso de la música, los géneros y las especies, resultan requisitos suficientes para que
estos diferentes campos culturales se configuren en torno a lo nacional. Sin embargo, la
“cocina uruguaya”, se presenta como un caso particularmente problemático.
Sergio Puglia, con más de 30 años de actividad en radio y televisión, es el cocinero más
mediático e influyente de Uruguay. Desde una perspectiva gramsciana se puede ver a los chefs
como intelectuales orgánicos de la cocina, en el sentido de que difunden ideologías que forman
consensos en apariencia espontáneos, aunque esas subjetividades reflejan la hegemonía ideológica
del grupo dominante (cfr, Gramsci, 1975). En tal sentido, la versión que en una entrevista nos
dio Puglia acerca del origen de la cocina de los uruguayos es altamente significativa.
Los mexicanos descienden de los aztecas. Los peruanos de los incas. Los
uruguayos… de los barcos. Nuestra cocina vino en los barcos. Nosotros no
tenemos una base indígena que nos identifique como Perú o México. ¿Cuál
es nuestra identidad? Descendió de los barcos. Entonces reconozcamos
a quienes descendieron de los barcos y nos dieron esa cocina, que puede
ser primaria, que puede ser insignificante, pero que satisface a prima
facie al pueblo uruguayo. Y eso es identidad. ¿Por qué nos resistimos a
aceptar nuestra identidad? Mientras no aceptemos lo que tenemos, como
acepta Perú, como acepta Francia, como acepta España, no podemos
generar esa una nueva cocina uruguaya que muchos están buscado. La
nueva cocina uruguaya va a nacer de las bases del reconocimiento que
tenemos una cocina uruguaya. Hasta ahora no hemos reconocido esa
cocina, y tampoco hemos reconocido las influencias que han llegado
de los barcos. (Sergio Puglia, 67 años, Montevideo.)
La opinión del informante, como se advierte, está dominada por la ansiedad generada
por el sentimiento de necesidad de crear una “nueva cocina uruguaya”. Esto se explica por la
condición de cocinero profesional del comentarista, que busca insertar a la cocina del país
en el mercado culinario mundial. Esto será ampliamente discutido en el siguiente capítulo.
Por ahora nos interesa el hilo argumental sobre el que se organiza la identidad uruguaya en
cocina. De acuerdo con este relato, la carencia de una culinaria propia deriva del carácter
aluvional de la población del país, como si hubiera llegado toda ella en barcos, y hubiera estado
privada de un desenvolvimiento cultural posterior. Resulta, ciertamente, una visión esencialista
y esencializadora. En este relato de origen cristaliza la visión de que los uruguayos son un
pueblo deslocalizado y transplantado. Esto va alimentar la idea de que la excepcionalidad de
Uruguay se configura precisamente en esa identidad exterior, trascendente y sin raíces en su
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territorio, que la diferencia del resto de los países del continente, a excepción de Argentina.
Esto explica que, ante la pregunta sobre la existencia de una cocina nacional, la respuesta que
aparece con mayor frecuencia es que no existe tal cosa. Es cierto que se suele reconocer al
asado como plato emblemático, pero siempre con la salvedad de que dado que es un plato de
excepción, que se realiza fuera del espacio doméstico y no es una práctica diaria ni femenina
(ver capítulo anterior), no se alcanza a conceptualizar como una cocina: no llega a representar
un sistema o cuerpo de prácticas del que deriven otros platillos. “Como no sea el asado, no
tenemos otra cosa”, sintetizó un informante (Rosalba, 73 años, Montevideo).
En el presente capítulo vamos a analizar la trayectoria que describe, a lo largo del tiempo,
la idea sobre la cocina uruguaya. En primer término, vamos a revisar lo que llamamos el “ciclo
nacionalista”. Denominamos así a un conjunto de recetarios
publicados a partir de la década de 1910, y numerosas
veces reeditados hasta la década de 1940, en los que se
puede ver un esfuerzo por construir una nomenclatura
nacionalista a un inventario de platillos. Ese impulso
nominativo cesa y desaparece por completo del registro
hacia la década de 1950. Durante la segunda mitad del
siglo XX “lo uruguayo” no tiene ningún lugar en el discurso
culinario: toda referencia queda suprimida. Habrá que
esperar a la primera década del siglo XXI para que aparezca
otro grupo de libros, escritos por periodistas y cocineros,
en los que se vuelve a reflexionar sobre la existencia de la
Mapa de Uruguay cocina uruguaya y su cuerpo de recetas más representativo.
Esta producción se da en el marco de la revalorización de
las cocinas naciones y regionales como herramientas de promoción de destinos turísticos singulares.
En este capítulo vamos a argumentar que más allá de los nombres y las concepciones
nacionalistas sobre la cocina del país, existe unas prácticas culinarias verificables que se ha
desarrollado en el ámbito doméstico, tradicionalmente las mujeres. Denominaremos a este
ensamblaje de ingredientes, recetas, prácticas y técnicas empleados para la preparación de
la comida diaria y doméstica “campo culinario”, aceptando la propuesta de Ayora Díaz (2014).
También señalaremos que estas La cocina uruguaya tradicional puede ser vista también
como una expresión de la llamada “confort food” (Locher et al, 2005; Gimenes-Minasse, 2016).
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Para seguir la trayectoria histórica que ha tenido la idea de la “cocina uruguaya” es necesaria
una revisión previa acerca del itinerario que ha tenido la propia noción de “lo uruguayo”. Si
en el inicio fue el nombre, conviene recordar que jurídicamente el país se llama República
Oriental del Uruguay. La propia denominación ha sido susceptible a diversas interpretaciones, y
numerosas confusiones. Los naturales de este país son tanto “orientales” como “uruguayos”; la
elección de una u otra apelación tiene supone adhesiones a diferentes proyectos de identidad.
Para Liscano (1995, en Demasi 1999), el país no tiene un nombre propiamente dicho:
adoptó la referencia geográfica. Es la república que se sitúa al oriente del río Uruguay. En
tanto, Verdesio define a Uruguay como “un constructo producido por el acto de referir: es una
creación discursiva” (1992: 98-99). En su trabajo De orientales a uruguayos, Demasi recuerda
que el “Estado Oriental” y la “República del Uruguay”, desde cierta perspectiva, podrían ser
dos países diferentes que han ocupado sucesivamente el mismo territorio (1999: 2). Cada
uno de estos nombres, agrega Verdesio, suponen una opción diferente desde el punto de
vista geopolítico (1992: 102). El primero deriva de una designación colonial que identificaba al
territorio como la Banda Oriental, cuyo sentido pleno lo adquiere en referencia a su inserción
en la región y su pasado. En cambio, el segundo emana del proceso de modernización del
país e invoca otras representaciones políticas y fuentes constituyentes. En todo caso, sirve
para poner en relieve que han coexistido diversas concepciones de la nación que se disputan
el dominio de la historia y los modelos de identidad (Demasi, 1999: 3).
La primera elaboración de una imagen pública del país, como vimos antes, fue llevada
adelante por el movimiento político y artístico conocido como criollismo (Rama, 1982; Prieto,
1988). Unas élites vinculadas económica y sentimentalmente a la patria vieja seleccionaron y
estetizaron ciertas características de la figura y costumbres del gaucho –héroe anónimo en
las luchas de independencia- para proponerlo como epítome del ethos nacional. La gauchesca
domesticada proporcionó a través de un amplio repertorio de productos culturales un elenco
de referencias que moldearon y encarnaron la identidad “oriental”. Es relevante señalar que
el criollismo no pudo separarse de su condición de rioplatense, por lo que su horizonte es
más amplio que el particularismo nacionalista.
La formulación de la identidad uruguaya va a comenzar a gestarse hacia el último tercio del
siglo XIX, pero va a encontrar su consolidación y triunfal proclamación en las primeras décadas
del siglo XX, en el marco de las celebraciones del Centenario de la independencia (1825-1925). Las
expresiones de Uruguay para designar a la nación, así como el gentilicio “uruguayos” para aludir
a sus habitantes, comenzaron a adquirir radicación en el país recién hacia mediados del siglo XIX,
aunque no se van a imponer ni generalizar sino hasta unas décadas después (Demasi, 1999: 15).
La transición de orientales a uruguayos va a suponer un cambio de paradigma identitario
en el que se va a redefinir un nuevo relato de origen. En reconocimiento a una nueva
composición social, y en sintonía con el espíritu liberal y cosmopolita de los gobiernos del
Partido Colorado (pero contando otras con amplias adhesiones sociales que lo trascendían),
se formuló un modelo que presentaba a la sociedad uruguaya como homogénea e igualitaria,
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
abierta al mundo y estructurada en torno a mitos laicos, con orígenes y hábitos europeos.
Este conjunto de ideas que articularon un nuevo imaginario colectivo forjó uno de los más
poderosos relatos acerca de la identidad nacional: el de un pueblo trasplantado, cuyas raíces
no estaban dentro sino fuera del territorio, en Europa. La imagen de que la población del país
conformaba un “crisol de razas” europeas, con una identidad configurada desde afuera, se
volvió un tropo recurrente en la autopercepción y autoproclamación de los uruguayos que
coadyuvó a la creación de la “sociedad hiperintegrada” con la que se sustanciaba la idea de
la “excepcionalidad uruguaya” dentro del continente (Caetano, 2011).
Se ha señalado que los diferentes dispositivos del Estado desempeñaron un papel
principal en la construcción y sostenimiento la “sociedad mesocrática”. De acuerdo con
Behares, la formulación de un discurso sobre lo nacional que creara sentidos de identificación
colectiva era una necesidad del Estado para ejercer control sobre una sociedad que hasta
la década de 1870 se presentaba sumamente diversa, caracterizada por la indisciplina y una
escasa definición de grupo. En tal sentido, la escuela desempeñó una tarea estratégica, tanto
para difundir narrativas nacionales como por la imposición del castellano como la lengua
nacional. No hay que olvidar que los dialectos del portugués del Uruguay fueron (con más
amplitud en el pasado) y siguen siendo la lengua que se habla en el ámbito familiar en buena
parte del territorio del Norte y Este del país (2004: 240). La formación de amplios sectores de
clases medias y propietarias sirvieron como cemento social en la uniformización y exitosa
asimilación de las poblaciones inmigrantes (Behares, 2004; Islas y Frega, 2007).
Diversos autores han insistido en el papel fundamental que ha tenido el Estado en la
construcción social de la identidad uruguaya. Para Roniger (2003) las identidades colectivas
en Uruguay fueron estructuradas, aún en mayor medida aún que en otras naciones de
Hispanoamérica a través del Estado, como parte y correlato de su propio proceso de
consolidación. De acuerdo con Ortecho (2010) Uruguay aparece dentro del cuadro de la situación
regional como un ejemplo emblemático de lo que se podría llamar construcción identitaria
conducida. Adhiriendo a la tesis que fueron los intereses británicos los que resolvieron el
prolongado conflicto entre las Provincias Unidas del Río de la Plata y el Imperio del Brasil
favoreciendo la independencia de la Banda Oriental, sostiene que, aunque lo intereses de la
fundación de Uruguay fueron ajenos a la voluntad del país, no se puede menospreciar que la
construcción del sentimiento de identidad nacional brotaron en tierra autóctona y finalmente
encontraron en ellos las razones de su existencia (2010: 153). La importancia de destacar el
rol del Estado uruguayo en la formulación de las representaciones colectivas es relevante
en una investigación que se propone explicar los usos políticos que las culinarias en tanto
narrativas del pasado: los cambios y las reorientaciones que se experimenten tendrán en el
Estado al mismo tiempo fuente y reflejo de este proceso.
La valoración positiva del inmigrante al mismo tiempo era –y en buena medida sigue
siendo- una denigración del elemento interno, sea indígena o criollo. La consolidación
del Estado republicano de las primeras décadas del siglo XX puso en marcha un proyecto
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estatales. La migración interna y el contacto con los inmigrantes produjeron motivos populares
de identidad que se propagaron más o menos rápidamente entre distintos sectores sociales.
La difusión de ciertas costumbres y formas culinarias “tradicionales”, como el asado o el mate
entre los sectores populares de inmigrantes y criollos, así como su adopción por parte de las
elites inmigrantes como estrategia de integración y de legitimación de sí mismas en la patria
de adopción, resultó un adecuado complemento a la construcción de una identidad nacional
unívoca (Islas y Frega, 2007: 365; Laborde, 2010).
Más allá de ciertas fricciones, la cocina uruguaya demostró ser un discurso permeable
a la incorporación y a la aceptación de numerosas manifestaciones criollas: el asado es el
ejemplo más paradigmático. El componente de la nación que queda excluido, o al menos
invisibilizado, del discurso uruguayo es el indígena. En el programa político del Centenario
de la Independencia (1925), la presencia y el aporte de los pueblos originarios del país fueron
minimizadas, y su exterminio, celebrado. La imagen de un país sin indios fue una de las
construcciones simbólicas más replicadas en la proficua producción gráfica y escrita que
acompañó los festejos del primer siglo de vida del país. El Libro del Centenario del Uruguay,
publicado en 1925 por encargo del Estado como parte de las celebraciones, contiene una
de las frases más citadas por la literatura historiográfica que analiza los ideales políticos
de la época: “[Uruguay] es (…) la única nación de América que puede hacer la afirmación
categórica de que dentro de sus límites territoriales no contiene un solo núcleo que recuerde
su población aborigen.” (Libro del Centenario, 1925: 6).
Caetano (2011) recopila juicios de ese mismo tenor en diversos autores. Uno afirmaba
que quien llegue a Montevideo “cree estar en una ciudad europea, pues aquí no hay raza
indígena ni tipos propios” y agrega que “felizmente en el Uruguay no existen indígenas hace
muchísimos años, de modo que no hay que civilizar habitantes”. Otro, en un libro dedicado
al orgullo que siente por Uruguay, dice que aquí “no hay indios, que en otros países del
continente constituyen la rémora”. Incluso se atreve a una comparación demográfica en
términos de utilidad que habla por sí misma los prejuicios étnicos: “Quiere esto significar,
que los dos millones de habitantes que forman hoy la población absoluta del territorio
uruguayo valen mucho más que los seis u ocho millones de indios semisalvajes, que figuran
haciendo número en las estadísticas de otros países de América”. Al final se congratula de
la existencia de una suerte de sesgado vigor híbrido, ya que “para la formación del tipo
nacional ha entrado solamente una raza, la raza blanca; pero ha habido el cruzamiento de
blancos de diversos países” (2011: 112-113).
La construcción discursiva de un país europeo también requirió el blanqueamiento
del negro, un otro interno que pese a no tener el peso demográfico relativo que presentaba
en países vecinos, tiene una existencia inocultable. No se disponen de cifras exactas sobre
la cantidad de africanos trasladados compulsivamente al actual territorio nacional en
régimen de esclavitud. Estimaciones conservadoras arrojan una cifra próxima a 45.000
africanos ingresados entre 1740 y 1810 por los puertos de Montevideo y Buenos Aires, que
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luego eran distribuidos al interior de los límites del antiguo virreinato. Se estima que hacia
1819 la población esclava de Montevideo representaba 25% de la población total (Bucheli
y Cabella; 2010: 3). Sin embargo, el ánimo racista de las élites de esta época busca negar
discursivamente todo aquel elemento que conteste el modelo homogéneo y eurocéntrico
propuesto. En el ya citado Libro del Centenario se hacía la siguiente afirmación: “Puebla
el Uruguay la raza blanca, en su totalidad de origen europeo. La raza indígena que
habitaba esta región de América cuando el descubrimiento y la conquista, ya no existe
(…) La pequeña proporción de raza etiópica introducida al país por los conquistadores
españoles, procedente del continente africano, a fin de establecer la esclavitud en estas
tierras, disminuye visiblemente hasta el punto de constituir un porcentaje insignificante
en la totalidad de la población. Por otra parte, sus características originales han sufrido,
por el clima, circunstancias de medio ambiente, y por mezcla de la sangre europea,
modificaciones fundamentales” (1925: 43).
Caetano recuerda también que, en un ensayo premiado en un concurso oficial, dirigido
a comentar los “logros” obtenidos por el país para la época del Centenario, se destacaba
hacia 1930 que por suerte en el Uruguay no se presentaban “los inquietantes problemas del
indio o del negro, que tanto preocupan a la generalidad de las naciones americanas”. Agrega
que la insistencia en la noción de “crisol” étnico y racial llegó a sostener, en una Memoria
de Instrucción Pública, que: “Nuestro país ofrece el caso especial de un cosmopolitismo
formado en condiciones excepcionales […] Todos los países de la raza blanca han contribuido
a nuestra formación y nuestro perfeccionamiento” (2011b: 164).
Mucho se ha escrito sobre el espíritu de época que imperaba en los años del Centenario.
Este período se describe como los años del “Uruguay feliz” y autocomplaciente. Este período
coincide no sólo con la modernización y la bonanza económica, sino con la consolidación
del tipo de nacionalismo que resultó más eficaz y aglutinante del Uruguay. Los triunfos de
la selección uruguaya de fútbol en las olimpíadas de 1924 y 1928, así como la organización
y obtención de la primera Copa Mundial de Fútbol en 1930 vinieron a ser la comprobación
empírica y la demostración ante el rostro del mundo de que la nación más pequeña de
América era un país de excepción. Incluso, un país elegido. La conquista de la segunda Copa
del Mundo en 1950 en estadio Maracaná de Rio do Janeiro fue la comprobación de suficiencia.
El “nacionalismo deportivo” fue el elemento aglutinante más eficaz en la construcción de
la identidad uruguaya (Hobsbawm, 1991b: 152; Caetano, 1992). Fue también el único espacio,
aunque más no fuera simbólico, donde Uruguay sublimó su culpa por el exterminio indígena.
La superioridad futbolística del país sin indios se atribuyó, irónicamente, a “la garra charrúa”.
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
ocultas o al menos fueran dejas a un lado. La idea de Uruguay como un país blanco y
eminentemente europeo es, ciertamente, una ficción orientadora exagerada27.
El aporte inmigrante en Uruguay fue, entre fines del XIX y comienzos del XX, uno de
los más altos de América Latina. En 1860 el porcentaje de extranjeros sobre el total de la
población era del 33.5%; en 1908, de 17.4%. En Montevideo, la capital del país, este porcentaje
era aún mayor, del 47.7% en 1830 y del 30.8% en 1908 (Camou, 1997). La representación social
quizá fue más relevante que impacto cuantitativo, ya los inmigrantes ejercieron un papel
importante en la consolidación del Estado-nación y en la construcción de la identidad nacional
(Islas y Frega, 2007; Gómez, 2008). La idea de “un país de inmigrantes” llegó a formar parte
del imaginario nacional hegemónico.
En la década de 1950, el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro incluyó a Uruguay dentro
de las formaciones histórico-culturales de América Latina como “pueblo trasplantado”.
Según Ribeiro los pueblos trasplantados, constituidos por la expansión de naciones europeas
sobre territorios de ultramar, no se mezclaron con la población local, reconstituyendo y
retomando de este modo su paisaje y formas originales de vida:
Como ha señalado Taks (2006), la tipología propuesta por Ribeiro sigue un enfoque
racialista en el que el factor fundamental de modernización y progreso radica en el hecho
de que en el siglo XIX los grupos dominantes impulsaron una política de reemplazo de
los pueblos nativos y mestizados por poblaciones de origen europeo. Pese a que esta idea
del Uruguay homogéneamente blanco, que pretendía constituir a Uruguay en un caso
excepcional—y por ende superior— en el continente americano va a ser contestada como
consecuencia de un cambio de sensibilidad social y la producción de nuevos aportes de la
antropología (en particular con los aportes de la antropología biológica). No obstante, aún en
la década de 1960 Renzo Pi y Daniel Vidart, los dos pioneros de la antropología en Uruguay,
27 Tomamos el concepto de Shumway, quien sostiene que el pasado nacional, en la mayoría de los
casos, son “ficciones orientadoras”, que suelen ser creaciones tan artificiales como ficciones li-
terarias, pero son necesarias para darles a los individuos un sentimiento de nación, continuidad,
identidad colectiva y un destino común nacional. (Shumway, 1993)
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
aún sustentaban la tesis hegemónica y poco matizada del Uruguay blanco, que será al mismo
tiempo una explicación de cómo se pasó de orientales a uruguayos:
A partir de la pomposamente denominada “independencia nacional”,
prohijada y aprovechada económicamente por Inglaterra, se
precipita sobre el país un torrente de inmigrantes. (…) el grueso de
los inmigrantes provino del área cultural latina: españoles, italianos,
franceses. Pero también arribaron ingleses, helvéticos, sirio-libaneses,
eslavos, alemanes, austro-húngaros. Luego de la obligada pausa
de la Primera Guerra Mundial aparecen nuevos contingentes de
españoles, a los que se suman los judíos y los armenios. La mayoría
de estos inmigrantes se instalan en las ciudades o se dedican a
la agricultura en los alrededores urbanos. El campo pecuario y
latifundista permanece como un reducto de la orientalidad; el sur
metropolitano y labriego se define como uruguayo. Lo oriental
decanta los valores de la cultura hispánica básica; lo uruguayo
mezcla en un copioso legado cosmopolita las aportaciones étnicas
de muchas razas y culturas. (…) La tesis que sustentamos sobre
la formación de nuestro pueblo y su cultura en el conjunto de los
pueblos de América es que la etnia uruguaya posterior a la mitad
del pasado siglo es sustancialmente diferente de la que inició la vida
independiente. La gran emigración europea cambió radicalmente
una etnia que presentaba muchos de los caracteres propios de un
Pueblo Nuevo haciéndola asumir definitivamente los de los Pueblos
Trasplantados. El “malón gringo” transformó a los orientales en los
uruguayos (1969: 8-35).
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✴ Identidad uruguaya en cocina. Narrativas sobre el origen ✴
pasado indígena y el mestizaje tuvieron un papel y una importancia más relevante que el
hasta entonces aceptado por las corrientes dominantes de la historiografía nacional en la
conformación social del Uruguay (Cabrera & Curbelo 1988, Sans et al. 1997).
Vimos que en 1908 el 17% de la población del país era extranjera, pero en el
censo de 2011 reveló que los inmigrantes alcanzan apenas el 2,3% de la población.
Cabella y Nathan (2014) explican que parte de estos inmigrantes ha entrado al país
recientemente en el marco de procesos vinculados a la inmigración internacional y la
sociedad cosmopolita, y que el 50% de ellos viven en la capital, Montevideo. A efectos
de trazar un paralelismo con otra población con fuerte componente inmigratorio en la
actualidad, los autores citan cifras del año 2012 del Bureau of Census para señalar que en
Estados Unidos los inmigrantes representan el 14% de la población residente (y un 30%
de población tenía ascendencia no europea, contra el 8% en 1900). Uruguay como país
de extranjeros, sostienen, es una imagen de pasado. El Uruguay del novecientos era –
aceptando el uso anacrónico del término- un país mucho más multicultural que el de hoy.
En los datos históricos demográficos –siempre siguiendo a Cabella et al- , la cuestión
racial estuvo prácticamente ausente en los diagnósticos sobre la situación socioeconómica
de la población uruguaya y sobre los procesos de exclusión social. La ausencia de este dato
contribuyó a invisibilizar estadísticamente a las poblaciones no blancas. No obstante, la
inclusión de la variable de ancestralidad en el diseño de la encuesta presenta un mapa de
adhesiones identitarias notoriamente más heterogéneo. De acuerdo al censo del año 2011,
en la que se incluía preguntas acerca de la ancestralidad, el 97% de la población dijo tener
antecedentes raciales de origen blanco, una proporción que representa casi a la totalidad.
La población con ascendientes negros es de un 8%, y finalmente un 5% se incluye entre la
población que declara tener ascendencia indígena (2014: 17-18).
Los datos demográficos señalan que los procesos integradores desarrollados desde
el Estado y sus dispositivos, que se empeñaron en desdibujar las tradiciones de algunas
comunidades nacionales, no implicaron la desaparición completa de sus sentidos de
pertenencia. De hecho, sobrevivieron durante más de una centuria. La comparación de los
censos de 1908 y el del 2011 señala que el componente extranjero del país de un siglo a otro
pasa a ser de central a marginal, y al mismo tiempo el proceso contrario: que el componente
no blanco pasa de ser invisible a conformar una porción relevante de la sociedad. El dato
pone de manifiesto un brusco cambio de actitud positiva frente a ancestralidades –y las
alteridades- no blancas. Lo que durante mucho tiempo se ocultó, ahora se manifiesta con
orgullo. En el próximo capítulo analizaremos cómo el creciente fenómeno de la reivindicación
identitaria local reorientará muchos discursos y prácticas culinarias, que van a suponer un
desafío a la hegemonía del discurso culinario tradicional que también propone un comer
blanco y europeo en Uruguay. Pero en las páginas siguientes, en cambio, vamos a analizar
el período previo a este, pero que también supuso fuerte transformaciones identitarias: el
proceso de integración y transformación del extranjero en uruguayo.
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Para el caso de España, González Turmo (1999) reivindicó los recetarios como material
de análisis antropológico en virtud de la valiosa información que de manera directa o indirecta
suministran al analista avezado. En un trabajo posterior en el que revisó un amplio conjunto
de recetarios domésticos, González Turmo propone que nacionalismo culinario en España
es un fenómeno tardío, y que la regionalización de la cocina española fue creada en buena
medida por la actividad que la denominada “sección femenina” tuvo durante el régimen
franquista (2013). También en el caso de Escocia los recetarios acompañaron los ritmos
políticos de la nación. En su análisis de los libros de cocina publicados entre 1890 y 1990 en
Escocia, Mitchell (2001) hace notar que la torta de avena trazó una frontera que reafirmó la
identidad escocesa frene a la inglesa en la última parte del siglo XX y que el incremento del
sentimiento nacionalista se refleja en este tipo de producción editorial.
Como apunta Ferguson (1998), un conjunto formalizado de prácticas culinarias es
necesariamente el producto de un discurso culinario, pero para llegar más allá de los
confines del grupo originario necesita de textos que lo comuniquen. El caso de los países
post coloniales se pueden ver procesos similares acerca de la discusión de qué grupos
sociales están integrados a la matriz nacional y cuáles excluidos o invisibilizados. Ha
señalado Super que en contraste con las costumbres editoriales de Europa e incluso de
los Estados Unidos, en la América Latina colonial los libros de cocina fueron escasos y
tardíos (en México entre 1519 y 1819 se publicaron unos 15 mil títulos y ninguno de cocina).
El desinterés por la literatura culinaria registrado en las bibliografías generales de América
Latina se podría explicar como una continuidad del existente en las metrópolis imperiales.
España y Portugal publicaron, respecto a otros países europeos, pocos recetarios entre los
siglos XVI y XVIII. Los países de América Latina tuvieron que esperar hasta la independencia
para tener una publicación regular de libros de cocina (2003: 459-466). Los procesos de
conformación nacional estuvieron estrechamente ligados a la formalización de discursos
culinarios locales. Los recetarios impresos más antiguos de América Latina son Nuevo
cocinero mexicano en forma de diccionario y Arte novísimo de cocina para sazonar al
estilo del país, ambos publicados en México en 1831. Estos manuales fueron codificados,
ordenados y legitimados por editores franceses que los publicaron asociados con impresores
locales. A impulso de los empresarios galos, estos manuales afrancesados, por operación
metonímica, llegaron a comercializarse como recetarios de cocina “americana” en el resto
del continente (Bak-Geller, 2009).
Bak-Geller ha puesto en relieve el papel pionero que la cocina desempeñó en la
construcción del ser nacional en Hispanoamérica. En Europa, los recetarios nacionalistas
aparecen tardíamente, recién hacia a segunda mitad del siglo XIX y, según ella, carecen de la
originalidad y los alcances que caracterizan a los primeros libros de cocina hispanoamericanos.
En tal sentido, recuerda la autora que en los célebres recetarios de Antoine Carême
-publicados en 1810 y en 1828- se codifica la alta cocina francesa, pero son ajenos a cualquier
reivindicación nacionalista. De hecho, al igual que los ideales de la Revolución Francesa, la
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cocina del país aspira al estatus de arte “universal”. El nacionalismo francés en cocina, apunta
Bak-Geller, va a ser un fenómeno de principios de siglo XX. Por ello, el proceso que México
inicia para toda Hispanoamérica, en comparación con los principales recetarios nacionales
en Occidente, constituyen la vanguardia en este género editorial (2013: 34).
Al momento de la Independencia, América Latina se percibía como un continente
ciertamente homogéneo (Anderson, 1993). La invocación de “América” y la exhortación a
los “americanos” ocuparon un lugar importante en la retórica política, que proponía una
única nación. Pese a tener cierta unidad y rasgos comunes, América no pudo consolidar la
existencia de la llamada “nación continental”. Tres siglos de dominación colonial enfrentarían
a América a una paradoja: disponía de elementos aglutinantes -la religión, la lengua, la mezcla
racial, ciertas tradiciones- que le conferían algún grado de cohesión y al mismo tiempo
tenía una estructura administrativa colonial muchas veces fortuita que ordenaba territorios
y poblaciones en virreinatos, capitanías, audiencias y otras jurisdicciones que propició la
formación de unidades políticas regionales separadas. Las viejas unidades administrativas
con el tiempo llegaron a ser concebidas como patrias (Anderson, 1993: 77-102).
Se ha planteado la hipótesis de que las comidas y las cocinas nacionales fueron las
primeras y tempranas expresiones concretas de las
culturas nacional-populares en toda la América hispana
(Vesa Figueras, 2003: 86). La invención, estandarización
y valorización de las cocinas nacionales ha servido a
los fines de fijar un ideal de nación, en el sentido de las
comunidades imaginadas de Anderson (1993) y las
tradiciones inventadas propuesta por Hobsbawn (1991).
Los recetarios presentan un meta-texto en el que se
comunica la creación idealizada de una comunidad
gastronómica que celebra la unidad por medio de los
alimentos que consume y comparte. En tal sentido, los
recetarios publicados en América Latina en el siglo XIX
y aún entrado el siglo XX participan de estas dinámicas
de orden político: son al mismo tiempo reflejo y función
de la construcción nacional. De acuerdo a sus propios
ritmos y circunstancias, las jóvenes repúblicas publican Portada de La cocinera oriental, publicada
por primera vez en 1904
recetarios que subrayan identidades políticas estrechas
como Cocinero puerto-riqueño (1859), Manual de Artes, Oficios, Cocina y Repostería, obra
sacada de los mejores autores y acomodada a las necesidades de los granadinos, así como a
las circunstancias de la República (1853), Cocinero de los enfermos convalecientes y desganados…
arreglado todo al gusto de la isla de Cuba (1862), La mesa peruana (1867) y La cocina argentina
(1887). En esta cronología Uruguay será el último país del continente en publicar un recetario
que reclame una singularidad nacional. En 1904, en Uruguay, se edita La cocinera oriental.
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Bak-Geller (2009) hacen notar los recetarios mexicanos –los primeros de América hispánica-
paulatinamente irán señalando la especificidad de la cocina mexicana y una diferenciación con
otras cocinas del continente, socavando así la idea de una cocina americana. La demarcación
de la cocina nacional mexicana suponía al mismo tiempo una definición de la nación, una toma
de conciencia de la composición social del país y de la posición jerárquica de las diversas clases.
Estos textos transmitían asimismo pautas de sociabilidad para la “gente decente”, discursos
enunciados por y para la élite que buscaba diferenciar a sus lectores de “parecer hijos de
padres pobres y humildes”, tal como postula en 1839 Nuevo manual de cocinero. De la mano
de la identificación de las élites con lo nacional, comienzan a ingresar a estos repertorios de
recetas algunos platillos de la cocina popular y ordinaria e incluso algunas especialidades
regionales, pero no la cocina de los indios. Percibido como un obstáculo para la conformación
de una nación progresista y “civilizada”, el indio quedó excluido política y culinariamente
del ideal de nación. Por ser comida de indios y por lo tanto de pobres, tamales, enchiladas y
quesadillas no eran recetados en estos libros de cocina. Para que el mole adquiriese prestigio
social debió ser visto como un plato criollo y no mestizo (Pilcher, 2001).
En un estudio del corpus de recetarios publicados en Cuba desde 1850 a 1959 –año de
la triunfante revolución castrista-, Folch (2008) revisa el modo en que este tipo específico
de producción cultural refleja la composición social de la isla. En los libros de cocina,
tanto en las recetas como en las viñetas e ilustraciones que muchos de ellos contienen, se
silencia, ignora y trivializa a los integrantes no blancos del cuerpo social. Para los emisores
del discurso culinario de la isla, ya como nación independiente, entre 1900 y 1959, Cuba era
principalmente europea y blanca.
En contraposición al impulso nacionalista y los recetarios que proponían un
ensimismamiento de las naciones, la escritora Juana Manuela Gorriti (nacida en lo que
sería Argentina, pero con largas residencias en Bolivia –donde se casó con un presidente
de ese país- y Perú) publicó en 1890 Cocina ecléctica, un recetario coral, en cuyo horizonte
culinario aparece la cocina cosmopolita afrancesada, la criolla, la de los gauchos y los indios,
representando así a grupos políticos marginados de los discursos nacionalistas de la época.
En este libro la mesa se convierte en una metáfora de la patria grande que anhelaron los
libertadores –y las intelectuales mujeres- de América, invitando así a celebrar un banquete
ecuménico e inclusivo (Scott, 1992; Ferreira, 2009; Laborde, 2011).
El papel de las mujeres en la formulación del discurso culinario como elemento
representativo de la historia e identidad de un pueblo ha sido reconocido por Pilcher (2001) en
México, y por Appadurai (1988) en la India, otra nación post colonial. Para el caso de México,
Pilcher señala que la literatura culinaria de ese país documenta la transformación histórica de
platos regionales en componentes de la cocina nacional. Si los primeros recetarios mexicanos
aparecían apenas un puñado de variantes regionales, los libros de cocina comunitarios de
fines del siglo XIX pusieron en circulación una colección más amplia de recetas regionales que
mediante estos libros estuvieron al alcance de cocineras de todo el país (2001: 17-18). En el caso
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de la India, Appadurai explica que los libros de cocina –publicados primero en inglés y fuera del
subcontinente asiático- fueron los vehículos para la creación de la cocina india contemporánea.
Los recetarios, explica, escritos por expatriados reflejan una sensación de nostalgia que se
utiliza como una especie de “dispositivo proustiano” [que pretende replantear la noción de]
cocina nacional. Los autores de los libros de cocina (en un proceso que se vio favorecido por
la movilidad interna del funcionariado y comerciantes del país) estandarizaron menúes de
todo el subcontinente, que luego tuvieron sus propias declinaciones locales. La mezcla de
platos de diferentes regiones diluyó las fronteras regionales, permitió la exploración del “otro”
culinario y terminó por dar cohesión interna a un discurso culinario nacionalista indio. En el
proceso de combinaron de diferentes comidas regionales y étnicas para la consolidación de
una cocina nacional fue clave el papel mujeres de clase media (1988: 3-24).
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