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La Verdad y La Falsedad

Este documento discute la naturaleza de la verdad y la falsedad. Explora tres requisitos para cualquier teoría de la verdad: 1) debe admitir la existencia de su contrario, la falsedad, 2) la verdad y falsedad son propiedades de las creencias, y 3) dependen de la relación entre la creencia y los hechos externos, no de cualidades internas. Examina teorías como la correspondencia y la coherencia, concluyendo que la verdad consiste en la correspondencia de una creencia con los hechos externos, a
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La Verdad y La Falsedad

Este documento discute la naturaleza de la verdad y la falsedad. Explora tres requisitos para cualquier teoría de la verdad: 1) debe admitir la existencia de su contrario, la falsedad, 2) la verdad y falsedad son propiedades de las creencias, y 3) dependen de la relación entre la creencia y los hechos externos, no de cualidades internas. Examina teorías como la correspondencia y la coherencia, concluyendo que la verdad consiste en la correspondencia de una creencia con los hechos externos, a
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Verdad y falsedad

Nuestro conocimiento de verdades, a diferencia de nuestro conocimiento de cosas, tiene un contrario que es el error. En
lo que se refiere a las cosas, podemos conocerlas o no, pero no hay un estado positivo de espíritu que pueda ser
denominado conocimiento erróneo de las cosas, por lo menos mientras los limitamos al conocimiento directo. Todo lo
que conocemos directamente debe ser algo; podemos sacar inferencias falsas de nuestro conocimiento directo, pero el
conocimiento directo mismo no puede ser engañoso. Así, en relación con el conocimiento directo no hay dualismo. Pero
existe un dualismo en lo que se refiere al conocimiento de verdades. Podemos creer lo falso lo mismo que lo verdadero.
Sabemos que sobre gran número de asuntos, diferentes personas tienen opiniones deferentes e incompatibles; por
tanto, algunas creencias deben ser erróneas. Y como las creencias erróneas son con frecuencia afirmadas con la misma
energía que las verdaderas, resulta un problema difícil el de saber cómo distinguirlas de las creencias verdaderas. ¿Cómo
sabremos, en un caso dado, que nuestra creencia no es errónea? Es un problema de la mayor dificultad, al cual no es
posible responder de un modo completamente satisfactorio. Pero hay una cuestión previa algo menos difícil, que es la
siguiente: ¿Qué entendemos por verdadero y falso? Seguidamente consideramos este problema preliminar.

En este capítulo no nos preguntamos cómo podemos conocer si una creencia es verdadera o falsa, sino qué significa la
cuestión de si una creencia es verdadera o falsa. Es de esperar que una clara respuesta a esta cuestión nos ayudará a
obtener una respuesta al problema sobre cuáles creencias son verdaderas. Pero por el instante nos preguntamos sólo:
«¿Qué es verdad?», «¿qué es falsedad?»; no, «¿qué creencias son verdaderas?», «¿qué creencias son falsas?». Es muy
importante mantener estas diferentes cuestiones completamente separadas, pues toda confusión entre ellas daría
seguramente como resultado una respuesta que en realidad no sería aplicable a la una ni a la otra.

Al intentar descubrir la naturaleza de la verdad., hay tres puntos, tres requisitos, a los cuales toda teoría debe satisfacer:

1º Nuestra teoría de la verdad debe ser tal que admita su opuesto, la falsedad. Muchos filósofos han fracasado por no
haber satisfecho completamente esta condición; han construido teorías según las cuales todo nuestro pensamiento
debe ser verdadero, y tienen luego una gran dificultad para hallar un lugar para lo falso. En este respecto, nuestra teoría
de la creencia debe diferir de nuestra teoría del conocimiento directo, pues en el caso de este conocimiento no era
necesario tener en cuenta la existencia de un contrario.

2º Parece evidente que si no hubiera creencias no podría haber falsedad, ni verdad, en el sentido en que la verdad es
correlativa de la falsedad. Si imaginamos un mundo de pura materia, en este mundo no podría haber lugar para la
falsedad, y aunque contuviera lo que podemos denominar «hechos», no contendría algo verdadero, en el sentido en
que lo verdadero es de la misma especie que lo falso. En efecto: la verdad y la falsedad son propiedades de las creencias
y de las afirmaciones; por consiguiente, un mundo de pura materia, puesto que no contendría creencias ni afirmaciones,
no contendría tampoco verdad ni falsedad.

3º Pero, contra lo que acabamos de decir, es preciso observar que la verdad o la falsedad de la creencia depende
siempre de algo que es exterior a la creencia misma. Si creo que Carlos I murió en el cadalso, mi creencia es verdadera,
no a causa de alguna cualidad que le sea intrínseca, y que pudiera ser descubierta por el mero examen de las creencias,
sino a causa de un acaecimiento histórico que ocurrió hace dos centurias y media. Si creo que Carlos I murió en su lecho,
mi creencia es falsa: ni el grado de vivacidad de mi creencia, ni el cuidado que he tenido para llegar a ella, le impiden ser
falsa, a causa también de algo que ocurrió largo tiempo ha, y no a causa de una propiedad intrínseca de mi creencia. Así,
aunque la verdad y la falsedad sean propiedades de las creencias, son propiedades que dependen de la relación de las
otras cosas, no de ciertas cualidades internas de las creencias como creencias.

El tercero de los requisitos mencionados nos lleva a la adopción del punto de vista —el más común entre los filósofos—
según el cual la verdad consiste en una cierta forma de correspondencia entre la creencia y el hecho. Sin embargo, no es
una tarea fácil descubrir una forma de correspondencia que no se preste a objeciones irrefutables. En parte a causa de
esto —en parte por la creencia de que si la verdad consiste en la correspondencia del pensamiento con algo exterior a
él, el pensamiento no podrá saber jamás cuándo habrá sido alcanzada la verdad— muchos filósofos han sido llevados a
tratar de encontrar una definición de la verdad que no consista en la relación con algo totalmente exterior a la creencia.
La tentativa más importante para establecer una definición de esta clase es la teoría según la cual la verdad consiste en
la coherencia. Se dice que el signo de la falsedad es la imposibilidad de conectarla con el cuerpo de nuestras creencias, y
que la esencia de la verdad es formar parte del sistema completamente acabado, que es la verdad.

Sin embargo, hay una gran dificultad para este punto de vista, o mejor, dos grandes dificultades. La primera consiste en
que no hay razón alguna para suponer que sólo es posible un cuerpo coherente de creencias. Es posible que, con
suficiente imaginación, un novelista pudiera inventar un pasado del mundo que conviniera perfectamente con lo que
nosotros conocemos, y fuese, sin embargo, totalmente distinto del pasado real. En materias más científicas, es evidente
que haya a menudo dos o más hipótesis que dan cuenta de todos los hechos conocidos sobre algún asunto, y aunque en
tales casos los hombres de ciencia se esfuerzan en hallar hechos que excluyan todas las hipótesis menos una, no hay
razón para que lo logren siempre.

También en filosofía no parece raro que dos hipótesis rivales puedan dar ambas razón de todos los hechos. Así, por
ejemplo, es posible que la vida sea un largo sueño y que el mundo, exterior tenga tan sólo el grado de realidad que
tienen los objetos de los sueños, pero aunque este punto de vista no parece incompatible con los hechos conocidos, no
hay razón para preferirlo al punto de vista del sentido común, según el cual las otras personas y las cosas existen
realmente. Así, la coherencia no define la verdad, porque nada prueba que sólo pueda haber un sistema coherente.

La otra objeción a esta definición de la verdad es que supone conocido lo que entendemos por «coherencia», mientras
que, de hecho, la «coherencia» presupone la verdad de las leyes lógicas. Dos proposiciones son coherentes cuando
ambas pueden ser verdaderas ala vez, e incoherentes cuando una, por lo menos, debe ser falsa. Pero para saber si dos
proposiciones pueden ser verdaderas a la vez, debemos conocer verdades como la ley de contradicción. Por ejemplo, las
dos proposiciones, «este árbol es un haya» y «este árbol no es un haya», no son coherentes, a consecuencia de la ley de
contradicción. Pero si la ley de contradicción debiera someterse a su vez a la prueba de la coherencia, resultaría que si
nos decidiéramos a suponerla falsa, no podría, hablarse y a de incoherencia entre diversas cosas. Así, las leyes lógicas
proporcionan la armazón o el marco dentro del cual se aplica la prueba de la coherencia, y no pueden a su vez ser
establecidas mediante esta prueba.

Por estas dos razones, la coherencia no puede ser aceptada como algo que nos dé el sentido de la verdad, aunque sea
con frecuencia una prueba muy importante de la verdad, cuando nos es ya conocida cierta suma de verdad.

Así nos vemos precisados a mantener que la correspondencia con un hecho constituye la naturaleza de la verdad. Falta
definir de un modo preciso lo que entendemos por «hecho» y cuál es la naturaleza de la correspondencia que debe
existir entre la creencia y el hecho, para que la creencia sea verdadera.

De acuerdo con nuestros tres requisitos, debemos buscar una teoría de la verdad que: 1º, admita que la verdad tiene un
contrario, a saber, la falsedad; 2º, haga de la verdad una propiedad de la creencia; pero 3º, una propiedad que dependa
totalmente de la relación de la creencia con las cosas exteriores a ella.

La necesidad de admitir la falsedad hace imposible considerar la creencia como la relación del espíritu con un objeto
singular, del cual se puede decir que es lo que es creído. Si la creencia fuese esto, hallaríamos que, como el
conocimiento directo, no admitiría la oposición de lo verdadero y lo falso, sino que sería siempre verdadera. Esto se
puede aclarar mediante ejemplos. Otelo cree falsamente que Desdémona ama a Cassio. No podemos decir que esta
creencia consiste en la relación con un objeto simple, «el amor de Desdémona a Cassio», pues si este objeto existiera, la
creencia es la verdadera. En efecto, este hecho no existe, y por consiguiente Otelo no puede tener ninguna relación con
él. Es, por tanto, imposible que su creencia consista en la relación con este objeto.

Se podría decir que su creencia es una relación con otro objeto, a saber,« que Desdémona ama a Cassio»; pero es casi
tan difícil suponer que este objeto existe —puesto que Desdémona no amó a Cassio— como suponer que hay un «amor
de Desdémona a Cassio». Así, mejor es buscar una teoría de la creencia que no la haga consistir en una relación del
espíritu con un objeto simple.

Es corriente pensar las relaciones como si se dieran siempre entre dos términos; pero, de hecho, no es éste siempre el
caso. Algunas relaciones exigen tres términos, otras cuatro, y así sucesivamente. Supongamos, por ejemplo, la relación
«entre». Mientras tengamos sólo dos términos, es imposible la relación «entre»; un mínimo de tres términos es
necesario para que sea posible. York está entre Londres y Edimburgo; pero si Londres y Edimburgo fuesen los únicos
lugares del mundo, no habría nada entre una y otra. Del mismo modo los celos exigen tres personas: esta relación no
puede existir sin un mínimo de tres. Una proposición como «A desea que B promueva el matrimonio de C con D»
envuelve una relación de cuatro términos; es decir, A, B, C y D intervienen en ella, y la relación no puede ser expresada
de otro modo que en una forma que contenga los cuatro. Podríamos multiplicar indefinidamente los ejemplos, pero
basta lo dicho para probar que hay relaciones que exigen más de dos términos para poder existir.

La relación implicada en el juicio o la creencia —si, como es debido, admitimos la falsedad— debe ser considerada como
una relación entre varios términos, no sólo entre dos. Cuando Otelo cree que Desdémona ama a Cassio, no puede tener
ante el espíritu un objeto simple, «el amor de Desdémona por Cassio», o «que Desdémona ama a Cassio», pues se
requeriría para ello que existiera una falsedad objetiva, que subsistiera independientemente de todo espíritu; y esto,
aunque no lógicamente refutable, es una teoría que hay que evitar en lo posible. Es más fácil dar cuenta de la falsedad,
si admitimos que el juicio es una relación en la cual el espíritu y los varios objetos de que se trata se dan completamente
separados; es decir, Desdémona, amante y Cassio deben ser términos en la relación que subsiste cuando Otelo cree que
Desdémona ama a Cassio. Esta relación es, por tanto, una relación de cuatro términos, pues Otelo es también un
término de la relación. Cuando decimos que es una relación de cuatro términos, no queremos decir que Otelo tenga
cierta relación con Desdémona y la misma con «amar» y con Cassio. Esto puede ser verdad en alguna relación distinta de
la creencia; pero la creencia no es, evidentemente, una relación que tenga Otelo con cada uno de tres términos
considerados, sino con todos ellos a la vez, pues sólo hay una relación de creencia, pero esta relación enlaza cuatro
términos entre sí. Así, lo que ocurre en el momento en que Otelo concibe esta creencia, es que la relación denominada
«creencia» enlaza en un todo complejo los cuatro términos Otelo, Desdémona, amar y Cassio. Lo que denominamos
creencia o juicio, no es otra cosa que esta relación de creer o juzgar que enlaza un espíritu con diversas cosas distintas
de él. Un acto de creencia o de juicio es el hecho de presentarse entre determinados términos, y en un tiempo
determinado, la relación de creer o juzgar.

Ahora estamos en disposición de entender lo que distingue un juicio verdadero de uno falso. Para ello propondremos la
adopción de determinadas definiciones. En todo acto de juicio hay un espíritu que juzga y los términos sobre los cuales
juzga. Denominaremos al espíritu el sujeto, y a los términos los objetos del juicio. Así, cuando Otelo juzga que
Desdémona ama a Cassio, Otelo es el sujeto, los objetos son Desdémona, amar y Cassio. El sujeto y los objetos juntos se
denominan partes constitutivas del juicio. Es preciso observar que la relación de juicio tiene lo que se denomina un
«sentido» o «dirección». Podemos decir, metafóricamente, que coloca sus objetos en cierto orden que podemos indicar
mediante el orden de las palabras en la frase. (En un lenguaje de flexiones, el mismo objeto es indicado mediante las
flexiones, por ejemplo, por la diferencia entre el nominativo y el acusativo.) El juicio de Otelo de que Cassio ama a
Desdémona difiere de su juicio de que Desdémona ama a Cassio a pesar de que, de hecho, consta de los mismos
elementos porque la relación de juzgar coloca a las partes constituyentes en un orden diferente en ambos casos. De un
modo análogo, si Cassio juzga que Desdémona ama a Otelo, las partes constituyentes del juicio siguen siendo las
mismas, pero su orden es diferente.

Esta propiedad de tener un «sentido» o «dirección» es una de las que la relación de juicio comparte con todas las demás
relaciones. El «sentido» de las relaciones es la última fuente del orden y de las series y de una legión de conceptos
matemáticos. Pero no es necesario que nos ocupemos más de este aspecto del problema. Hemos dicho de la relación
denominada «juicio» o «creencia» que enlaza en un complejo total el sujeto y los objetos. En este respecto, el juicio es
exactamente igual al resto de las relaciones. Sea cual fuere la relación que exista entre dos o más términos, une los
términos es un complejo total. Si Otelo ama a Desdémona, hay un todo complejo: «el amor de Otelo por Desdémona».
Los términos unidos por la relación pueden, a su vez, ser complejos o simples, pero la totalidad que resulta de su unión
debe ser compleja. Siempre que hay una relación que enlaza ciertos términos, hay un objeto complejo formado por la
unión de estos términos; y, a la inversa, siempre que hay un objeto complejo, hay una relación que enlaza sus
elementos. Cuando se produce un acto de creencia, hay un complejo en el cual la «creencia» es la relación unitiva, y el
sujeto y el objeto son colocados en un cierto orden por el «sentido» de la relación de creencia. Como hemos visto al
considerarla proposición «Otelo cree que Desdémona ama a Cassio», uno de los objetos debe ser una relación —en este
caso, la relación «ama»—. Pero esta relación, tal como se presenta en el acto de creencia, no es la relación que crea la
unidad del complejo total constituido por el sujeto y los objetos. La relación «ama» tal como se presenta en el acto de
creencia es uno de los objetos, uno de los ladrillos de la construcción, no el cemento. El Así, aunque la verdad y la
falsedad sean propiedades de las creencias, son en algún sentido propiedades extrínsecas, pues la condición de la
verdad de la creencia es algo que no implica la creencia, ni aun (en general) un espíritu, sino sólo los objetos de la
creencia. Un espíritu que cree, cree con verdad, cuando hay un 5 complejo correspondiente que no incluye el espíritu,
sino sólo sus objetos. Esta correspondencia garantiza la verdad, y su ausencia la falsedad. Así, damos cuenta
simultáneamente de dos hechos: a) de que la creencia depende del espíritu en cuanto a su existencia; b) que no
depende del espíritu en cuanto a su verdad.

Podemos resumir nuestra teoría como sigue: Si tomamos una creencia como 10 «Otelo cree que Desdémona ama a
Cassio», denominamos a Desdémona y Cassio los objetos-términos, y a «amar» el objeto-relación. Si existe una unidad
compleja como « el amor de Desdémona a Cassio» constituida por los objetos-términos enlazados por el objeto-
relación, en el mismo orden que tienen en la creencia, esta unidad compleja se denomina el hecho correspondiente a la
creencia. Así, una creencia es verdadera 15 cuando hay un hecho correspondiente, y falsa cuando no hay un hecho
correspondiente.

Como se puede ver, los espíritus no crean la verdad ni la falsedad. Créanlas creencias, pero una vez creadas éstas, el
espíritu no puede hacerlas verdaderas o falsas, salvo el caso especial en que conciernen a cosas futuras que están en el
poder 20 de la persona que cree, como tomar el tren. Lo que hace verdadera una creencia es un hecho, y este hecho
(salvo en casos excepcionales) no comprende en modo alguno el espíritu de la persona que tiene la creencia.

Una vez decidido lo que entendemos por verdad y falsedad —podemos considerar por qué caminos podemos conocer si
esta o aquella creencia es verdadera o falsa.

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