Clarke, una nueva era para la humanidad
Era 1945, en el #2 del volumen LI de la revista “Wireless World” (ahora “Electronics World”),
Arthur C. Clarke propuso la reutilización pacífica de los misiles V2, usados en la Segunda Guerra
Mundial, como satelites geoestacionarios de comunicación e investigación. En el #11 del mismo
volumen llegó incluso a ser más específico, mencionando el uso de de circuitos fotoeléctricos para
rastrear estrellas de manera automática, métodos de escaneo a largas distancias para contar su
número y técnicas basadas en radar para calcular disancias interplanetarias. Ambos textos son las
primeras menciones de dichos mecanismos de las que se tiene registro, y en un inicio no fueron
tomada muy en serio, incluso el mismo Clarke admitió en su autobiografía el haber olvidado
haberlos escrito, y que solo lo recordó en 1968 gracias al equipo de ingeniería de una compañía de
radiodifusión en Sri Lanka donde se encontraba radicado.
Su propuesta se cumpliría 20 años después con el lanzamiento del Early Bird I, el primer satélite
geostacionario de comunicaciones, y no sería la única predicción que llegaría a cumplirse (la
aparición del internet y los dispositivos móviles táctiles son los ejemplos más rápidos que llegan a
la mente).
No solo es que confiara, por así decirlo, en el futuro, en la humanidad. Basta con leer algunas
páginas de su obrapara encontrarse con los precursores de “2001: una odisea espacial” , los
'superseñores' de “El fin de la infancia” y con la epónima nave espacial de “Cita con Rama”, y las
reacciones de los personajes humanos hacia ellos, para encontrar la capacidad de maravillarse
inherente a la obra de Clarke, que después de servir en la Real Fuerza Aérea, sugirió que la
exploración del sistema solar podría llegar a ser el equivalente moral de la guerra, y el fin de la
misma.
Es la manera en la que vertió esta esperanza en su obra, y en su manera de ver el mundo.
“[La ciencia ficción] es la droga para expandir la consciencia de manera genuina”, escribió en la
introducción a uno de sus compilatorios de relatos. La misma ciencia ficción que usa mundos
extraños e invenciones fantásticas para iluminar nuestra realidad, el mismo género que nos sirve
como visión periférica prostética para poder mirar de frente la extrañeza de la tecnófila sociedad
actual. Un escape frenético de la proverbial caverna de Platón.
En su ensayo “Los peligros de lo profético: El fracaso de la imaginación”, el autor acuñó 3 leyes
pertinentes al desarrollo tecnológico, pero en este momento solo me ocuparé de la tercera y más
conocida: 《Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.》
Por supuesto, para él, el concepto de “magia” era visto como la aparente transgresión de las leyes
naturales vistas en el momentos en que dichas aparentes transgresiones son realizadas
Si tomamos como punto de partida el Calendario Holoceno propuesto por Cesare Emiliani, han
pasado 12 000 años desde el nacimiento de los primeros asentamientos humanos permanentes y la
revolución agraria, el desarrollo no solo tecnológico si no cultural ha sido exponencial. Y muchos
de los mecanismos que ahora damos por sentados, no serían otra cosa que magia para un viajero del
tiempo del siglo XIX, y es probable que un hombre de las cavernas sufriera un ataque cardíaco por
el choque sensorial de este present; por lo que uno solo puede sentir temor ante las posibilidades
que se abren tanto para el futuro distante como para el previsible. Es difícil no preguntarse qué
habría opinado Clarke acerca del reciente descubrimiento de planetas potencialmente habitables en
la órbita de Trappist-1 a 40 años luz de distancia, igual de difícil es no vernos como una potencial
amenaza incluso a la vida microscópica que podamos encontrar, al ni siquiera poder soportar al
extraño en 'nuestra' tierra. Tal vez la humanidad deba responderse muchas interrogantes con
respecto a sí misma y a su naturaleza, antes de ser capaz de embarcarse en esa gran marcha al vacío,
al destino interestelar que él veía como destino final de la especie.
Arthur C. Clarke murió hace apenas 9 años, y siempre fue consciente de la importancia de su rol
como vocero tanto de la ciencia como del progreso tal vez inherente a ella. Su reputación como
precursor de la Era Espacial no se basa simplemente en algunas predicciones correctas, sus
contribuciones como investigador fomentaron a que el futuro que él tanto deseaba admirar,
estuviera cada vez más cerca. Charles Kohlhase, encargado de la misión Cassini-Huygens a Saturno
no dejó de elogiar sus contribuciones y el conocimiento prestado a la misma.
Si bien una de las críticas más comunes hacia su obra, ha sido la falta de personajes memorables y
faltos de proacción, estos mismos personajes no son maniqueístas ni viven en un mundo a blanco y
negro; los personajes de Clarke están demasiado ocupados considerando y buscando un sentido al
universo en que se encuentran, como para devanarse en intrigas propias de otros autores del género.
Su obra se enfoca más en procurarle un futuro palpable y más que nada, realizable al género
humano, un campo de cultivo para su preocupaciones acerca de la naturaleza de la vida y del vacío
imponderable que se abre a los pies del hombre, una nueva era humana libre de las ataduras y los
prejuicios, lo físico y lo metafísico en una ondulación desafiante al infinito.
No por nada, afirmó que 《cualquier camino al conocimiento es el camino hacia Dios—o a la
Realidad, sea cual sea el término que elijamos》, lo esotérico dentro de lo mensurable y de lo
tangible; la búsqueda para Clarke era una que, con algo de suerte, nunca tendría fin. El
macrocosmos tejido de pequeños descubrimientos solo es una pequeña parte de lo que se puede
hallar y de hacia donde se puede llegar. Recordar el futuro imprevisible para sobrevivir, y mantener
la flama prometéica que llevamos y que podemos esparcir si nos ocuparamos de lo realmente
importante.
Clarke conocía el secreto, y no dudó en compartirlo con nosotros.