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SUMARIO
P R I M R R O S A Ñ O S . — H U Y E N D O DE LA O M N I P O T E N C I A . — ¿ I N M A N E N C I A O TRASCEN-
DENCIA?—El. FUNDAMFNTALISMO TOMO DENOMINADOR COMÚN.—¿[Link] O
REACCIONARIO?—VOEGELIN A TRAVÉS DE SU VIDA Y DF SU OBRA.—DOXIMATA Y LEYES DE
HIERRO.- L.A [Link]ÍA DF. LA RA7A.—EL MUNDO INTERNO DEL INDIVIDUO.-—I.A HISTORIA
COMO PERTURBACIÓN DFI. ORDEN. — [Link] STRAUSS Y ERIC [Link].— M A ( ¡ I A
APOCALÍPTICA: HEGEI. UN CASO DF. BRUJERÍA.—LA CORRUPCIÓN DEL LENGUAJE: FREUD Y
[Link].- - C O N LA HONESTIDAD NO BASTA.
Es curioso que los más grandes de la teoría política del siglo veinte, Leo Strauss
(1899-1973), Eric Voegelin (1901-84), Hannah Arendt (1906-75) y Sheldon S. Wolin
(1922-), coincidan en cultivara fondo la historia de las ideas. Parecen incapaces de re-
ferirse a su época sin antes buscar una guía con la que adentrarse en el mundo (2).
Intriga saber por qué estos titanes, como alguien les ha llamado, de la teoría po-
lítica se sienten a todas luces más seguros indagando en el pasado remoto y alejado
de sus vidas, que en el propio suelo de su existencia.
Es cierto que todos ellos han escrito muy comprometidamente de su propio
tiempo. Strauss siempre fue muy crítico de la desnaturalización de la cultura demo-
(1) «El increíble espectáculo de la modernidad... de haber unificado la humanidad en una casa de
locos global estallando de estupenda vitalidad». ERIC VOEGELIN: «Immortality: Expericnce and Symbol»
(1967), en Published Essays 1966-1985, cd. [Link] Sandoz, vol. 12 de The Collected Works ofEric Voege-
lin, Louisiana State University Press, Baton Rouge, 1990, pág. 55.
(2) «Su tesis principal, basada en Hcgel, de que la reflexión histórica es un requisito peculiar de la
filosofía moderna me parece completamente cierta». Carta de LEO STRAUSS a ERIC [Link] de 12 de
marzo de 1949, PETER [Link] y BARRY COOPFR (eds. y trads.): Faith and Political Philosophy. The
Correspondence Benven Leo Strauss and Eric Voegelin, 1934-1964. The Pennsylvania State University
Press, University Park, Pennsylvania, 1993, pág. 58.
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Revista de Estudios Políticos (Nueva Época)
Núm. 107. Kncro-Mar/o 2000
JAVIER ROIZ
PRIMEROS AÑOS
Eric Voegelin nació en Colonia en 1901 y a los diez años se trasladó con sus pa-
dres a Viena (4) en donde se formó en la tradición jurídica. Más tarde nunca dejará
de buscar una ciencia política nueva, sin olvidar por eso el rigor metodológico del
(3) The Collected Works ofEric Voegelin, edición supervisada por un consejo editorial formado por
Paul Caringella, Jürgen Gebhardt, Thomas A. Hollweck y Ellis Sandoz. La publicación anuncia un total
de treinta y cuatro volúmenes. El primero en aparecer fue el núm. 12, impreso en 1990, y otros doce al
menos han ido saliendo sin seguir un orden correlativo. La edición específica de cada volumen ha sido
encargada a uno o varios especialistas y la impresión llevada acabo en unos casos por Louisiana State
University Press y en otros por University of Missouri Press.
(4) «Introduction» de ELLIS SANDOZ en ERIC VOEGELIN: Autobiographical Reflections, edición de
ELLIS SANDOZ, Louisiana University Press, Baton Rouge, 1989, pág. ix.
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LA TEORU POLÍTICA DE ERIC VOnGELIN
derecho que tanto había absorbido. Sus primeras obras versan sobre temas muy aco-
tados; como su libro sobre la teoría de las razas (5), que Hannah Arendt considera
«el mejor relato histórico del pensamiento racial en el marco de la historia de las
ideas» (6). Luego su interés evolucionará desde el derecho constitucional a la teoría
del Estado y posteriormente a la ciencia política. En este punto comprenderá que ne-
cesita una justificación para independizarse de la tutela del derecho público.
Nuestro hombre se inclina entonces por el estudio de las instituciones compara-
das y eso sólo se puede llevar a cabo en el espacio, viajando por diversos países, o
en el tiempo, con desplazamientos históricos en busca de las formas de Estado que
se han producido en medio del despliegue de la vida. Su lucha contra el formalismo
se parapeta en la experiencia cotidiana frente a la visión constructivista a la que
—según él— el derecho propende y a la que empuja a sus practicantes. El joven
Voegelin comienza a estudiar las formas de vida política de otras épocas y para ello
recurre a la documentación, a la historia y también al estudio en profundidad de los
creadores más significativos de cada momento. La tarea que aspira a hacer, ya por
entonces, es escribir una historia de las ideas que se aleje del modelo de la historio-
grafía liberal, tipo George H. Sabine (7), a la que todo el mundo crítica y casi todo el
mundo sigue.
Voegelin dedicaría mucho tiempo, años y años, a documentarse y a penetrar en
el pensamiento de otras épocas, para llegar un buen día a considerar que aquel traba-
jo había sido inútil.
Desde bien joven, en los tiempos de Vicna en que daba clases nocturnas de adult
education (8), Voegelin había recurrido a la historia como instrumento de trabajo y
al concepto de idea como pieza central de su método. En 1943 se planteará la dudo-
sa oportunidad de tales instrumentos. Trabajando precisamente sobre F. W. J. von
Schelling, se da cuenta (9) de que «una historia de las ideas era una deformación
ideológica de la realidad» (10) y de que «no había ideas a menos que hubiera símbo-
los de experiencias inmediatas» (11). Con el tiempo llegará a abandonar su proyec-
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JAVIER ROIZ
to, agotando la paciencia de su editor, quien se vio forzado después de muchos años
de espera y cambios de orientación en la obra a cancelar el compromiso. En realidad
esto más bien debió aliviar a Voegelin, ya por entonces convencido de la invalidez
del esfuerzo. Consecuentemente decidirá que el concepto de idea no es válido como
explanans de su proyecto inicial.
HUYENDO DE LA OMNIPOTENCIA
(12) ERIC y LISSY VOEGELIN adquirieron la nacionalidad norteamericana en 1944 y, aunque retorna-
ron a Munich de 1958 a 1969, nunca dejaron de ser ciudadanos norteamericanos.
(13) El checo Hans Kelsen fue —junto a Othmar Spann— uno de sus dos directores de tesis docto-
ral. Kelsen (1881-1973) era considerado justamente el «padre» de la Constitución austríaca de 1920 y de
la mundialmente conocida teoría pura del derecho. Othmar Spann (1878-1973), vienes de nacimiento y
catedrático de economía nacional y ciencias sociales, era conocido por sus convicciones antidemocráticas
y favorables a un estado corporativo orgánico. ERIKA WEINZIERL: «Historical Commentary on the Pe-
riod», en The Authoritarian State, trad. RUTH HEIN, ed. GILBERT WEISS, vol. 4 de The Collected Works of
Eric Voegelin, University of Missouri Press, Columbia, 1999, págs. 13-14; también VOEGELIN: Autobio-
graphical Reflections, pág. 21. En 1929 VOEGELIN llegó a ser Privatdozent, trabajando durante años
como ayudante de investigación en derecho constitucional y administrativo con Kelsen. En 1930, cuando
Kelsen pase a una cátedra en Colonia, dependerá del discípulo kelseniano Adolf Merkl. En 1933 Kelsen
sería destituido de su cátedra por «marxista» y se trasladaría a una cátedra en Ginebra, luego a su nativa
Praga y finalmente emigraría a Estados Unidos en 1939. Kelsen murió en Berkeley a los noventa y dos
años en 1973. Ver ALBERT CALSAMIGLIA: «Prólogo» a Hans Kelsen, Compendio de teoría general del es-
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LA TEORÍA POLÍTICA DE ERIC VOEGELIN
principio sólo se conforma con oponer a la ciencia política formalista la teoría del
Estado. Más adelante, y a no mucho tardar, abogaría lisa y llanamente por una cien-
cia madura de la política, una politología independizada de la tiranía del derecho pú-
blico.
Su primera salida de Europa en años tan cargados de presagios es un movimien-
to anómalo, casi diríamos que descolocado en el tiempo. Después, cuando se vea
obligado a emigrar a los Estados Unidos (14), recordará lo inusual de un traslado
como el suyo, algo que resultaba incómodo de explicar a aquellos que sólo veían
como razones válidas para pasar a América el ser comunista o judío (15).
En una época laica no es fácil prestar oídos a un filósofo que insiste en utilizar a
dios como concepto clave. La impresión que provoca es la de ser un tradicionalista que
está dando un paso atrás en el camino de la racionalidad. Sin embargo, basta con tener
un poco de paciencia y seguir leyéndole para comprender que Vbegelin no pretende tra-
tar de temas teológicos. Lo que plantea es la comprensión del término dios como locus
de poder, utilizado por el hombre para generar orden en su existencia.
Cuando en las religiones hebrea y cristiana se utiliza la palabra dios, se está bus-
cando un lugar para la omnipotencia humana. Una vez identificado el poder y admi-
tida su maligna tendencia a la concentración, las culturas se preguntan dónde se pue-
de situar esa fuente de omnipotencia de la que se supone han emanado todos los de-
más poderes.
La explicación cosmológica, dirá Voegelín, planteaba la vida en una sola esfera de
convivencia, donde se mezclaban dioses, animales, plantas y la materia en general.
Los dioses, que en las culturas egipcia y mesopotámica se emplazaban en el cosmos,
representaban acumulaciones de poder cuya acción alcanzaba a objetos y aspectos de
la existencia de los hombres. En este sentido la política helénica tiene el enorme méri-
to de haber extraído a los hombres de su entorno. La vida suprema que genera la polis
hace que sus animales de polis entren en una vida esencialmente distinta. La polis ge-
nera leyes que gobiernan la naturaleza y la materia; y también a los dioses y a los
hombres. El concepto de ley que urde la vida es una creación no natural y procede de
la grandeza metafísica de la polis. Este extrañamiento por elevación saca al hombre de
su vida animal y lo encumbra con el logos en una categoría suprema. Claro que esta
visión cosmológica, y aunque sea en una posición dominante, deja al hombre dentro
de su cosmos originario en el que se encierran la materia, los dioses y el universo en-
tero. El cosmos sigue siendo «un mundo lleno de dioses» (16).
tado, (1925), tercera edición, trad. Luis RECASENS SICHES y JUSTINO DE AZCÁRATE FLÓREZ, Blume, Barce-
lona, 1979, pág. 7.
(14) VOEÜELIN fue separado de su puesto universitario el 22 de abril de 1938 y el mismo día le fue
cancelada su venia legendi o licencia para enseñar. WEINZIERL: «Histórica! Commcntary on the Period»,
pág. 15.
(15) VOEGELIN: Aulobiographical Refleclions, 44.
(16) ERIC VOECÍ[Link]: «Anxiety and Reason» (1963), en What is History? and Other Late Unpublis-
hed Writings. eds. TIIOMAS A. HOLLBECK y PAUL CARINOELI.A, vol. 28 de The Collecled Works of Eric
Voegelin, Louisiana State University Press, Baton Rouge, 1990, pág. 77.
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JAVIER R O E
(17) ERJC VOEGELIN: Israel and Revelation, Order and History, vol. I, Louisiana University Press,
Baton Rouge, 1956, págs. 111-112. Citado por KENNETH KEULMAN: The Balance of Consciousness. Eric
Voegelin's Political Theory, Pennsylvania University Press, University Park, Pennsylvania, 1990,
págs. 113-116. Israel and Revelation está programado como volumen 14 de The Collected Works of Eric
Voegelin, pero aún no ha sido publicado.
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I.A TEORÍA POLÍTICA ÜF ERIC VOEÜFLIN
¿INMANENCIA O TRASCENDENCIA?
Una de las cosas que quedan más claras en el pensamiento de Voegelin es su re-
chazo de lo que el llama la perversión del inmanentismo. Su idea es que el mundo
moderno se presenta como un verdadero apocalipsis en el que en el fondo lo que se
pretende es la cancelación de la era cristiana para entrar en la era posteristiana. El
premio que se busca con ello es la derrota de la magia, de las creencias ilusas sin
fundamento racional, y la superación de la dependencia de la población occidental
respecto a sus autoridades.
Indudablemente nuestro autor no lo ve así. Su impresión —convencimiento,
más bien— es que todo es un montaje maníaco, un engaño monumental. Si el ju-
daismo, como hemos visto, había expulsado a los dioses intracósmicos reconocien-
do primero a una divinidad única y atribuyéndola después a otra dimensión, la evo-
lución cristiana volverá a interconectar la omnipotencia con la existencia. Y de nue-
vo se producirán emborronamientos.
Los dioses paganos eran un obstáculo para entender la grandeza política del
Dios de los judíos, aunque paradójicamente su desaparición en el Antiguo Testa-
mento dejó un rastro —quizá un vacío— dispuesto a darles entrada:
Bajo el estilo cosmológico de la verdad, el hombre es plenamente consciente de
que los dioses están presentes en el cosmos. Cuando, sin embargo, una experiencia de
trascendencia concentra la divinidad en un Más-allá del mundo, esta consciencia pri-
maria puede sufrir daño. Por un non sequitur, la inmanencia puede resultar pervertida
y pasar de ser un mundo vaciado de los dioses del politeísmo a ser un mundo vaciado
de divinidad. Si los dioses intracósmicos son un obstáculo para comprender al dios
trascendente, su desaparición puede llegar a ser no menos un obstáculo para compren-
der la presencia divina dentro del mundo (19).
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JAVIER ROIZ
Donde la tradición bíblica había logrado una trasmutación política a partir del
reconocimiento de la omnipotencia de Yahvé y su extracción del mundo, la moder-
nidad negará la existencia de esta divinidad. Obcecada por ver en el asunto una
cuestión terrenal del dios de los eclesiásticos, es incapaz de percibir que el tema de
la omnipotencia en la política no es sólo de los eclesiásticos. Los modernos tienen
razón en decir que los eclesiásticos han secuestrado la teología. Es verdad que han
convertido el asunto en una cuestión terrenal y eso hace imprescindible desmontar
sus artimañas para desarmarles a ellos y a los poderes escondidos tras sus hábitos.
Ahora bien, la omnipotencia es un asunto primigenio en la experiencia política que
afecta a la psique humana y no tiene nada que ver con las andanzas de los eclesiásti-
cos cristianos de las diversas condiciones. Lutero vio muy bien que todo el montaje
del poder occidental era un gran éxito eclesial, no obstante él tampoco redefinió el
trasfondo de la cuestión. Probablemente porque él mismo era un eclesiástico cristia-
no, un prior agustino.
Los modernos rechazan en general el asunto de la divinidad como el que niega
un drama falso que se asienta en premisas y personajes de mentira. Lo que sucede es
que, al quedarse ahí y no profundizar en la verdadera raíz del asunto, reducen la
emancipación del individuo al desprestigio de las telas de araña con la que los ecle-
siásticos romanos y los episcopalianos habían llegado a ahogar la sociedad europea.
Vbegelin tiene el gran mérito de que, a pesar de sus presupuestos luteranos (20),
se da cuenta de la responsabilidad que han tenido los propios eclesiásticos en terre-
nalizar la religión y desvirtuar para ello la visión hebrea de dios como locus de om-
nipotencia. Se da cuenta de que el cristianismo recupera para el hombre esa omnipo-
tencia a través de la iglesia en la Tierra, una institución que viene a ser como la gran
compuerta a través de la cual se puede acceder a esos poderes más grandes que el
hombre y que se hallan en los cielos. Esta anegación otra vez del espacio humano
por la omnipotencia depositada en el más allá, es un hecho obsceno.
Los modernos declaran la guerra a los eclesiásticos y a sus instituciones, en el
fondo belicosas y totalitarias, pero asumen sus enseñanzas y sin darse cuenta man-
tienen la trampa del inmanentismo. Para la ciencia moderna la explicación de todo
lo existente y por existir ha quedado encerrada en el cosmos. Tan encerrada como ha
quedado también la omnipotencia, que vuelve a recorrer como un vendaval el inte-
rior de un mundo enclaustrado. La transfiguración del mundo no se admite que pue-
da hacerse mediante redención o revelación. Se ha de hacer a través de la revolu-
ción. La revelación cristiana es un acceso a la omnipotencia, que regresa así al gé-
nero humano, aunque esa omnipotencia acabe al final secuestrada en las manos de
unos cuantos. No obstante, no por eso deja de ser una acción de gran alcance en la
(20) Aunque siempre procura mantener la imparcialidad y oculta pudorosamente sus convicciones
religiosas «para evitar cualquier sospecha de partidismo confesional», ERIC VOEGELIN parece adoptar una
visión propia de un luterano cultural muy imbuido de agustinismo. «Immortality: Experience and
Symbol» (1967), en Published Essays, 1966-1985, ed. ELLIS SANDOZ, vol. 12 de The Collected Work of
Eric Voegelin, Louisiana State University Press, Baton Rouge, 1990, pág. 53.
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LA TEORÍA POLÍTICA DK RRIC [Link]
Voegelin observa los defectos y las carencias de la cultura moderna para trabajar
sobre algunos puntos de la vida occidental. Si bien siguiendo otros derroteros, coin-
cide con Sheldon Wolin —a quien no menciona— en la idea de que la modernidad
ha traído un alto grado de militarización de la política. La extirpación de la religión
se ha llevado a cabo una vez que el sentimiento trascendente ha sido arruinado por
los eclesiásticos. Los eclesiásticos desecan la teología y los historiadores a su vez
planchan la historia hasta despojarla de sus polivalencias y someterla a la temporali-
dad irreversible.
El encaje de la experiencia en el transcurso del tiempo y su desenvolvimiento en
el espacio se presentan bajo la pancarta de la racionalidad. Ambas comportan la ne-
gación de los mitos y sus aledaños por considerarlos orígenes ilegítimos del conoci-
miento.
Voegelin señala la importancia de la perversión de la experiencia. Avisa de esa
manipulación intelectual de la vida cotidiana que detrae de ella toda posibilidad de
trascendencia, con lo que toda explicación ha de ser encontrada en la vida real.
Como lo espiritual está en entredicho, lo real pasa a ser lo material. La Ilustración y
las ideologías románticas arruinan la dimensión espiritual de la vida al ponerla bajo
la sospecha de ser quintacolumnista de la divinidad. Los sueños, las evocaciones,
los mitos bíblicos son tan irreales como los mismos ángeles. Todas las explicaciones
de las cosas del mundo están por definición entre nosotros y sólo requieren para ser
descubiertas las técnicas necesarias y el talento debido. La verdad —descubierta o
por descubrir— es algo mundano.
(21) VOEGELIN: «Anxiety and Reason», pág. 66. En otro lugar las llamará «filosofías finales»,
VOEGELIN: Aulobiographical Reflections, pág. 70.
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JAVIER ROIZ
Los mitos caen en la primera línea del frente ilustrado. Sobre todo aquellos mi-
tos anclados en experiencias remotas y que surgieron con una razón de ser, como ex-
tractos creativos de exigencias de la vida. Tras su desmontaje o aniquilación, la mo-
dernidad en política aportará grandes magias o taumaturgias. Resulta interesante ver
cómo Voegelin vincula la perversión del inmanentismo a otra maquinación anterior
que la ha provocado. Se trata del trascendentalismo de los eclesiásticos:
La aguda perversión de la inmanencia que comienza con la Ilustración es una re-
belión contra la perversión socialmente dominante de la trascendencia a través del
fundamentalismo del cristianismo eclesiástico (22).
Se puede concluir que tanto el inmanentismo, que encierra la verdad en el mun-
do —con el peligro evidente de que haya alguien que pretenda haberla encontrado
aunque sea tropezando—; como el trascendentalismo, que afirma tener ya la verdad
revelada y desincentivada, se despreocupan de la búsqueda de la verdad por ser ésta
innecesaria. El fondo común de ambas posturas es su fundamentalismo:
El denominador común a todas las perversiones correlativas de trascendencia e
inmanencia es el fundamentalismo (23).
Trabajada la vida por estos manejos de los guardianes de la omnipotencia, se lle-
ga a una situación en que el hombre pierde el contacto con sus anclajes misteriosos,
con su trascendencia, y aparecen suelos ficticios en los que apoyarse. Se construyen
plataformas rígidas en las que asentar nuestra existencia y se producen grandes
construcciones con pretensiones totalizadoras:
Cuando el hombre pierde el contacto con el suelo, se precisa un retorno. Se cons-
truyen suelos ficticios que se desarrollan en respuesta a la ansiedad (24).
En pocas palabras, los hombres se atreven a fabricar objetos que se suponían
eran labor divina.
Cuando el hombre funciona como Dios, las cuerdas manejadas por el mago de las
marionetas se convierten en los barrotes de una prisión (25).
Estas manipulaciones hacen que desaparezca la idea de limitación, quedando el
campo abierto al hombre para que pueda pretender cualquier cosa. Por eso los filó-
sofos de hoy no satisfacen a los ciudadanos, ya que aspiran a lo que nunca podrán
hacer y que es alcanzar el poder para construir una ciudad ideal, una kallipolis pla-
tónica. En realidad se trata de algo tan simple como lo que siempre se han conside-
rado «las limitaciones de la filosofía» y de lo que a estas alturas parecen no haberse
enterado nuestros contemporáneos. Como Voegelin lacónicamente recuerda, los fi-
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LA THORlA POLfTICA DR ERIC VOhGFLlN
lósofos siempre han sido incapaces de construir la sociedad ideal: «nunca ha existi-
do una sociedad filosófica en la historia» (26).
¿TRADICIONALISTA O REACCIONARIO?
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JAVIER ROE
no pasa un solo día sin que seamos molestados seriamente, en encuentros con personas
o con los medios de comunicación o con una supuesta literatura científica y filosófica,
por la imaginación utópica de alguien (28).
Voegelin considera que una prueba evidente de todo esto es «la corrupción lin-
güística e intelectual de la época» (29) que se introduce implacable en la vida diaria
de cada uno de nosotros con su atrocidad.
Con el uso de la palabra utopía en el sentido del activista y como parte del len-
guaje diario, nos han metido en la cárcel del activista:
Tenemos que salir de esa cárcel y restaurar la libertad de la razón delfilósofo,cla-
rificando el sentido de la utopía (30).
Eric Voegelin es un autor poco conocido en España. Escasamente traducido, no
ha sido explicado en las aulas salvo honrosas excepciones. Tampoco ha tenido una
gran repercusión en los Estados Unidos, país del que su mujer Lissy Voegelin (31) y
él mismo adquirieron la ciudadanía en 1944.
Quizá por esa falta de conocimiento detallado de su obra, las pocas referencias
que se hacen a su persona le suelen asociar con toda una generación de intelectuales
europeos que vivieron las dos guerras mundiales. Voegelin aparece así en la estela
de Max Weber y de la filosofía alemana de la primera mitad del siglo veinte. Su pen-
samiento se encarta en una tradición que pasa por Husserl, Heidegger y la escuela de
Frankfiirt, para acabar asociado a la obra de Hannah Arendt y Leo Strauss (32).
En la vida de Voegelin se tiende a resaltar su formación centroeuropea y sus vi-
vencias del auge y crisis del nacionalsocialismo, con lo que éste tuvo de convulsión
para toda Europa. Voegelin se uniría al coro de pensadores que vieron las sombras
del proyecto ilustrado. Un crítico duro de esa modernidad que, con el objetivo de
promover el progreso de la humanidad, había producido por contra un retorno a la
barbarie. Voegelin coincidiría aquí en denunciar la crisis del mundo moderno al
tiempo que la falsedad de sus presupuestos.
(28) Ibidem.
(29) Ibidem.
(30) Ibid., pág. 316.
(31) LISSY ONKEL y ERIC VOEGELIN se casaron el 30 de julio de 1932.
(32) Un nombre importante en su formación será el fenomenólogo Alfred Schütz, cuya obra le valió
para superar la influencia de Edmund Husserl y a quien siempre consideró su «silent partner» o socio si-
lencioso de toda su obra. Como desde 1918 y con el establecimiento de la República en Austria, los jóve-
nes judíos tenían vetado el acceso a la docencia universitaria, Schütz trabajó como secretario de una orga-
nización bancaria y más tarde se dedicó a negocios de banca. Con el tiempo sería profesor de sociología
en la New Schoolfor Social Research de Nueva York, a la vez que proseguía sus trabajos en el mundo de
las finanzas. Historia paralela a la de otro coetáneo de Voegelin, el filósofo del derecho Félix Kaufmann,
quien tuvo que dedicarse al negocio del petróleo y llegó a ser director de la Anglo-Persian OH Corpora-
tion. Kaufmann también enseñó en la New School de Nueva York. VOEGELIN: Autobiographical Reflec-
tions, págs. 4-6. También VOEGELIN: Anamnesis, págs. 9-13 y KEULMAN: The Balance of Consciousness,
pág. 113.
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LA TEORÍA [Link] DE ERIC [Link]
(33) ERIC VOEOELIN: Hitler and ihe Germans, (1964), eds. DETLEV CLEMHNS y BRENDAN PUCEI.L,
vol. 31 de The Collected Works of Eric Voegelin Universityof Missouri Press, Columbia, 1999, pág. 198.
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JAVIER ROIZ
tos de un joven prometedor y nada más. Por otra parte su independencia respecto de
sus maestros, en concreto de Kelsen, le hicieron seguir un camino difícil en el que
no iba a contar —como suele ser habitual en estos casos— con el respaldo de sus je-
fes (34). Por último sus recelos hacia el nacionalsocialismo y sus críticas a algo tan
medular para este movimiento como era la teoría de las razas, le iban a dejar aún
más en la oscuridad. Más adelante tendría que empezar en Estados Unidos práctica-
mente de cero, como un recién doctorado que intenta abrirse paso en una tradición
distinta a la suya, en una lengua aún incómoda para él y sin grandes protectores.
Hay que reconocer que tampoco él ponía las cosas fáciles con su visión de la
profesión y su forma tan concienzuda de trabajar. Para empezar, mantenía siempre
una honestidad muy aquilatada que le llevaba a no hablar de los temas sin documen-
tarse a fondo. Y su estilo tendía a ser intrincado por su excesiva meticulosidad. Da
la impresión de que, cuanto más trataba un tema, más lo respetaba y con más nitidez
percibía lo que le faltaba para estar a la altura de lo que se hallaba investigando. Por
otra parte sus propias ideas se desencajaban de lo que eran lugares comunes, por
ejemplo su desplazamiento desde el concepto ubicuo de poder al de autoridad enten-
dido «en el sentido etimológico de autoría» (35). En los años treinta, y en medio de
lo que se estaba produciendo, era difícil escuchar con calma a alguien que reivindi-
caba la índole transracional del fenómeno de autoridad. Una voz que afirmaba la ne-
cesidad del ser humano de tener autores de su vida y a su vez ser autor de la vida de
los demás:
autoridad no es despotismo ni dictadura, sino que se define como poder ordenado de
acuerdo con la representación del autor (36).
Esto le llevará a dudar de las capacidades de la ciencia política. Los términos
utilizados por la politologia no son exactos y con frecuencia se quedan en símbolos
o como expresiones ambiguas, vagas, vacías de contenido específico. En su opinión
hay que abandonar la persecución de lo inalcanzable:
Es imposible asignar a la expresión política verbal un significado que sea «correc-
to» en un contexto epistemológico (37).
Al hablar así, nuestro autor tiene en mente la distinción entre lo que hoy conoce-
mos como estado autoritario y estado totalitario, una diferencia que él encuentra en
el concepto de «movilización total» de Ernst Jünger y en el concepto de «estado to-
tal» de Cari Schmitt(38).
Pero hay también alguna cosa más que se interpuso y quizá aún se interpone en-
tre Vbegelin y nosotros. Veamos si podemos precisar este asunto.
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I.A TEORÍA POLÍTICA DE ERIC VOEGELIN
Hemos visto que Voegelin es un intelectual que viaja de Viena a América. Con
poco más de veinte años ya había estado en el corazón de la anglofilia, Oxford y
Cambridge. Sin embargo ésa no será su stazione termini y, en una época en que no
es en absoluto corriente, dará el salto a Estados Unidos. Quiere conocer lo que intu-
ye es el futuro cultural de occidente y para ello vivirá en Nueva York durante el cur-
so 1924-25. Este hecho resulta muy llamativo. Mientras se están ventilando en toda
Europa, y con especial virulencia en su país, grandes confrontaciones, él sale de allí.
No ciertamente por falta de sensibilidad para captar lo que se aproxima. Hay razo-
nes para pensar más bien lo contrario. Su visión crítica del nazismo, su rechazo de
las falsas teorías en que apoyan su ideología, han quedado manifiestas. Lo ha puesto
por escrito. Pero hay más. Él, que ha estudiado con cuidado a Karl Marx y que ha
sido un apasionado marxista por un tiempo —según nos confiesa, cuatro me-
ses (39)—, rechaza la ideología marxista como otro intento fraudulento de explicar
la vida y de darle soluciones a nuestra pequenez. Y así lo expone también por escri-
to. Voegelin sale pues del mundo de habla alemana porque no lo soporta. Lo deja
atrás como el que huye de algo contra lo que se siente impotente y a lo que percibe
como altamente nocivo y desintegrador para su vida.
Puede decirse que Voegelin es un pionero entre los intelectuales europeos que
captan en Estados Unidos una buena sociedad para rehacer una vida deprimente y
negativa en su propio país, una experiencia a olvidar. Ahora bien, admitido esto en
general, cabe hacerse ya una pregunta más específica, ¿de qué huye exactamente
Voegelin?
Nuestro hombre, al igual que le ocurriría después a Hannah Arendt por otros
motivos, siente que en la Europa alemana se ha producido una mutación maligna. La
transformación de la enseñanza que Wilhelm von Humbold (40) ha provocado con
sus reformas ha acabado por generar un tejido educativo descoyuntado. El resultado
es un sistema universitario que desprovee a los alumnos de medios para ir cuajando
una individualidad crítica e inclinada hacia la autonomía. Su consecuencia son insti-
tuciones desprovistas de orientación y de instrumentos para alcanzar una prepara-
ción personal de valor.
Voegelin apunta una y otra vez a la reaparición de la gnosis en el pensamiento
político. El fundamentalismo eclesiástico, la desintegración del conocimiento filo-
sófico y la corrupción del lenguaje han dejado a los alemanes inermes. Por otra parte
la alienación de su vida cotidiana les hace presa fácil de los chispazos gnósticos. Fe-
nómeno que se hará visible en una constelación repetida de mesías que aparecen
para liderar esa era poscristiana que se han encargado de preparar los fundamenta-
lismos.
(39) Exactamente, nos dice, de agosto a diciembre de 1919. VOEGELIN: Autobiographical Reflec-
tkms, pág. 10.
(40) Barón Wilhelm von Humboldt (1767-1835), filólogo alemán y estadista. Hermano del barón
Alexander von Humboldt (1769-1859), científico y explorador.
47
JAVIER ROE
48
LA TEORÍA POLÍTICA DE ER1C VOEGELIN
el impacto emocional de este descubrimiento fue tan fuerte y duradero que en los años
sesenta... fui a ver el Cimeticre Marín en Cette, donde Valéry está enterrado mirando al
Mediterráneo (47).
Esta fase de la vida del maestro influye notablemente en su carrera académica.
Y conecta con otra época muy posterior, ya en su madurez, cuando Vbegelin se ha
trasladado definitivamente a los Estados Unidos y se ha convertido en ciudadano
americano. En 1958 la universidad alemana le recuperará mediante la oferta de una
cátedra en Munich y la dirección de un Instituto de Ciencia Política recién crea-
do (48). La oferta se le hace como a un gran cerebro a repatriar y él acepta. Sin em-
bargo, el regreso no será definitivo. Durará en el cargo hasta 1969, año en que deci-
de regresar a Estados Unidos, su país de adopción. Con su marcha acabará también
el Instituto creado por él (49).
Por las reflexiones que dejó escritas, durante ese tiempo que permaneció en Mu-
nich debió de esforzarse por encontrar sentido a su Alemania materna, una sociedad
que se encontraba ya olvidando la catástrofe de la guerra. Lo apasionante del caso es
que el maestro, que ahora frisa en los sesenta años, emigra de nuevo sin que su diag-
nóstico sobre la sociedad alemana haya cambiado. No ve que Alemania haya logra-
do tomar conciencia de sus grandes carencias espirituales ni haya aprovechado la
tragedia que ha sufrido con las guerras para rectificar los errores que la condujeron a
la catástrofe. Un horror incomparable con nada de lo visto hasta entonces. Omnipo-
tencia, trivialidad, separación del suelo básico de la experiencia, gnosticismo, magia
y falta de aceptación depresiva del pasado. En 1969 Vbegelin y su mujer, Lissy Voe-
gelin, retornarán a USA para ya nunca más intentar repatriarse.
Con la perspectiva que hoy tenemos al salir del siglo, resulta llamativo cómo
Voegelin escapa literalmente de la quema que ve llegar en 1938. Cuando huye de
Alemania —más como refugee que como emigrant— no lo hace por tibieza o cobar-
día ni, como se decía en los militantes años sesenta, «por no querer comprometer-
se». En mi opinión ésa es una interpretación inadecuada. Su conducta de joven pro-
fesor ante el encumbrado Kelsen, testimonia lo contrario. Nos habla más bien de una
personalidad firme en sus convicciones —casi terco— que no se doblega como un
oportunista cualquiera ante su jefe directo. Dejando a un lado su gran admiración
por Kelsen como teórico del derecho, lo cierto es que Voegelin no acepta la visión
jurídico-formal de la vida política y propone como alternativa primero la ciencia del
Estado y después la ciencia política. Había que tener coraje para, con veintipocos
años y siendo ayudante en Viena en la Facultad de Derecho del todopoderoso Kel-
sen, contradecir sus teorías y proponer una ciencia nueva de la política. El tiempo
sin duda ha dado la razón al joven Voegelin. Pero en su momento aquella valentía y
aquella lucidez le debieron costar no pocas dificultades. En otro sentido, un joven
49
JAVffiR ROIZ
académico que escribe como él lo hizo sobre la teoría de las razas tampoco da el per-
fil de oportunista o pusilánime. Por no recordar su carrera en Estados Unidos, en
donde renunció a sueldos más elevados y se retiró a universidades sencillas y escon-
didas; a un lugar tranquilo, donde pudiera dedicarse a elaborar su pensamiento y su
obra sin las interferencias de los refugiados marxistas ni de los lugares comunes
ideologizados. En no pocos casos Vbegelin optó por el camino difícil.
A la vista de lo que sabemos de él, hay que conceder que Eric Vbegelin no se
condujo como un oportunista ni un hombre sin carácter. Hasta su emigración será un
conservador antimarxista. En último término saldrá de su país huyendo de la Ges-
tapo (50).
(50) Entre su círculo de amigos a quienes había conocido en los seminarios de Spann, Kelsen y
Ludwig von Mises se encontraban personas de tanta valía como Friedrich August von Hayek, Osear Mor-
genstern, Alfred Schütz, Robert Waelder, Fritz Machlup, Félix Kaufmann y otros, que mantenían un se-
minario que se reunía una vez al mes. WEINZIERL: «Historical Commentary on the Period», pág. 23.
(51) VOEGELIN: «Immortality: Experience and Symbol», pág. 71.
50
LA [Link]ÍA POLÍTICA DF. [Link] VOEGELIN
Vbegelin llegue a la afirmación tajante de que «la concepción de una ley de hierro es
el sueño de un terrorista» (52). El problema radica en que la historia no es un exuda-
do de tal o cual estado de consciencia ni tampoco una proyección que obedezca a la
prescripción del doctrinario.
Representar nuestra vida mediante este tipo de historia extraída de manipulacio-
nes del conocimiento y de desecaciones de la experiencia es probablemente síntoma
de una época. Los ideólogos han transformado la cultura y los teólogos se han visto
obligados a desmitologizar sus creencias, que han ido poco a poco convirtiéndose en
dogmas. Los símbolos se han vuelto opacos. Ya no conectan con la existencia ni en-
gendran conocimiento, sino que se han convertido lisa y llanamente en emblemas
que podrían estar inclusos en una buena enciclopedia de la cultura. La fortuna en el
banco, los mitos en las enciclopedias, nuestras vidas regimentadas. ¿Cómo es posi-
ble recuperar esa experiencia del hombre en que la acción en su singularidad no que-
de difuminada por manipulaciones mentales?
Hay un rasgo importante en esta suplantación de lo humano por lo temporal. La
obstinación en mantener la temporalidad del ser, es decir el imponer el dogma férreo
de la vida como transcurso, hace uso de metáforas y de imágenes cómplices para ig-
norar todo un sector esencial de nuestras vidas. Se trata del mundo interno, ese foro
interno en el que también se producen acontecimientos, se hace registro de realida-
des y se perciben cosas de mucho valor. En él no rigen ni el espacio ni el tiempo y
por la misma razón tampoco rige el principio de identidad (Vbegelin no lo dirá tan
claro, pero llega a rozarlo). Ello nos conduce a una curiosa situación: mantener la
temporalidad absoluta de la existencia equivale a invadir el mundo interno con una
lógica perceptiva del exterior, es decir del escenario corpóreo de la vida. De ahí que
la expresión de T. S Elliot en el sentido de que «la historia es un pautaje de momen-
tos intemporales (y) el punto de intersección de lo intemporal con el tiempo» (53)
venga a resultar incómoda para los perpetradores de esa metástasis colonizadora de
la sensibilidad humana.
Siguiendo a Voegelin, se podría concluir que la confusión de lo divino y lo hu-
mano contamina la política moderna. Su reflejo en nuestra vida pública nos coloca
en una situación de desorientación en medio de batallas en las que no sabemos qué
se ventila, quién está contra quién o qué es exactamente lo que se reprochan entre sí
unos contendientes a los que vemos como parientes de la misma familia.
LA TEORÍA DE LA RAZA
51
JAVIER ROIZ
nombre, la misma que había editado su primer libro Sobre la forma del Espíritu
Americano (55) en 1928. La Raza y el Estado es un libro muy académico. Su autor
se muestra preocupado por la forma en que se producen sus razonamientos y pen-
diente siempre de demostrar su rigor científico. De primeras parece un libro poco
maduro, sujeto aún a los condicionamientos de la profesión académica. No obstante,
en este texto se encuentran algunas de las intuiciones más profundas de su autor y se
observan actitudes básicas de gran valor.
Creo que Voegelin se enfrentó a su objeto de estudio con la inseguridad del joven
que se aproxima a un tema candente. De ahí que, para abordarlo, recurriese a la histo-
ria de la idea de raza (56). Eso nos muestra cómo el profesor de derecho público,
cuando estudia un tema político, se ayuda ya de la historia de las ideas. Como en tan-
tas otras cosas, nuestro autor vive en su propia carne una más de las epidemias que la
ciencia política hubo de superar en su peregrinaje de independización. Sus dos libros
sobre el tema de la raza son producto del mismo proyecto intelectual y así lo corrobo-
ra el que se publicasen casi consecutivamente con tan sólo unos meses de diferencia
entre sí. Todo parece indicar que el material procedía de un empeño común.
En cuanto al momento en que aparecen estas obras en el ámbito alemán, cabe
recordar que Hitler había sido nombrado canciller del III Reich el 30 de enero de
1933, comenzando su ascensión imparable y, con él, la de su partido. En marzo del
mismo año, el canciller austríaco Engelbert Dollfuss derribaba mediante un golpe de
Estado la constitución parlamentaria de Austria e introducía un régimen autoritario.
Desde el comienzo sorprende que el trabajo sea un estudio de ciencia política.
Su introducción sobre el hombre y el Estado nos aclara inmediatamente la intención
del autor. Con buen criterio desvía la mirada de la teoría de la raza y se plantea antes
el valor del concepto central bajo estudio, esto es la idea de raza (57). Voegelin se
refiere a la idea de raza como el que habla sine ira et studio de un objeto de investi-
gación objetiva.
Una de las primeras cosas que confronta es la pretensión que alega la teoría de la
raza de ser científica. A Voegelin esta proclamación le hace pensar que en tal propó-
sito se esconden precisamente valores a desentrañar. Este enfoque de la raza que se
KLAUS VONDUNG, en volumen 2 de The Collected Works ofEric Voegelin Louisiana State University
Press, Baton Rouge, 1997) y Die Rassenidee in der Geistesgesichte von Ray bis Carus Junker und Dunn-
haupt, Berlín, 1933, en inglés The History ofthe Race Idea: From Ray to Carus, vol. 3 de The Collected
Works of Eric Voegelin (en preparación).
(55) ERIC VOEGELIN: Über die Form des Amerikanisches Geistes J. C. B. Mohr, Tübingen, 1928.
Versión inglesa, On the Form of American Mind, vide supra nota 44. Éste fue su trabajo de cualificación
como profesor de teoría social en la facultad de derecho, quedando primero bajo la supervisión de Spann
y Kelsen y, cuando Kelsen marcha a Colonia, con Adolf Merkl. En 1932 VOEGELIN fue nombrado profe-
sor ayudante.
(56) «Mi exploración de la idea de raza se basa en el resultado de mi trabajo sobre la historia de las
ideas». VOEGELIN: Race and State, pág. 1.
(57) «Por idea queremos decir no un concepto sino la sustancia real que aparece como el uno en el
muchos». Ibid., pág. 117.
52
LA TEORÍA POLÍTICA DH FRIC VOEGELIN
proclama tan científico parte en realidad de un par de verdades que se nos quiere ha-
cer pasar por incuestionables sin demostración alguna, a saber: (i) que la ciencia na-
tural es la única ciencia y su método científico el único válido; y (ii) que la ciencia
progresa firmemente, con lo que el investigador sólo debe preocuparse por conocer
los problemas de su tiempo y proceder a partir de ahí. Un corolario que se sigue de
esto es que los problemas y las ideas previas están anticuadas, superadas, son irrele-
vantes de cara al presente y no necesitan ser conocidas (58).
Voegelin pronto llega al convencimiento de que la idea de raza no es sino un ele-
mento más de la constelación de ideas corporales o ideas que han servido para expli-
carnos nuestro cuerpo. De ahí que en seguida se plantee estudiar su origen, para des-
pués y poco a poco aproximarse hasta el contenido propio de la idea nórdica de
raza (59).
Así pues lleva a cabo un estudio amplio de la idea de raza. No parece estar de
momento interesado en el valor de la idea en su tiempo, sino que ahonda más bien
en lo que llama «el contenido sistemático de la teoría de la raza» (60). Este tipo de
profundizaciones han dado pie a malentendidos sobre el desinterés de Voegelin por
la política del momento y se le ha supuesto a veces un hombre algo solipsista y no
comprometido. Esta conclusión no alcanza a ver que su trabajo va más lejos y que
busca encontrar las causas de fenómenos tan graves como el racismo y de por qué de
repente brotan amenazadoramente en un país.
Es de extraordinario valor cómo llega Voegelin a indagar en las funciones cog-
nitivas del ser humano para explicar la razón de ser de estas ideas acerca del cuerpo:
En 1943 yo había llegado a un callejón sin salida en mis intentos de encontrar una
teoría del hombre, la sociedad y la historia que me permitieran una interpretación ade-
cuada de los fenómenos en el campo de estudios que había elegido. El análisis de los
movimientos del comunismo, el fascismo y el nacionalsocialismo; y del racismo, el
constitucionalismo, el liberalismo y el autoritarismo habían dejado claro más allá de
toda duda que el centro de una filosofía de la política debía ser una teoría de la cons-
ciencia: pero las instituciones académicas del mundo occidental, las diversas escuelas
filosóficas, el rico despliegue de metodologías, no ofrecían los instrumentos intelec-
tuales que habrían de hacer los acontecimientos políticos y los movimientos inteli-
gibles (61).
El esfuerzo le lleva más tarde a indagar en la separación de lo interno y lo exter-
no en el hombre y, eso resulta novedoso, en la importancia de esa inconsciencia en
la que «los procesos mentales superiores quedan temporalmente suspendidos» (62).
53
JAVIER ROIZ
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LA TEORÍA POLÍTICA DK ERIC VOEGEL1N
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(68) Ewc VOEGELIN: «What is History», en What is History and Other Late Unpublished Writings,
1963, pág. 17.
(69) Ibidem. Se refiere a la caída de Helias, Jerusalén y los principados chinos ante el avance del
imperio macedónico, la expansión de Babilonia y el imperio de las dinastías Ch'in y Han.
(70) SHELDON WOLIN: «Democracy, Difference, and Re-cogniction», Political Theory, vol. 21,
núm. 31, agosto 1993, pág. 476.
(71) VOEGELIN: «What is History», pág. 18.
(72) VOEGELIN considera que el término existencial registra un aspecto no cognitivo del concepto
de episteme, ya que episteme no es sólo una función de la compresión humana sino también de una arete
dianoética, esto es de una virtud que afecta hondamente al proceso de pensamiento. Algo muy similar,
aduce, a lo que expresa Jacques Maritain en su Court traite de l'existence. Ante las objeciones que le opo-
ne LEO STRAUSS a cómo usa este término, VOEGELIN admite que «no encuentra otro mejor» para expresar
lo que quiere, aunque está abierto a «una reforma en su terminología». Carta a LEO STRAUSS de 2 de enero
de 1950. Faith and Political Philosophy, pág. 64. Ver también Carta de LEO STRAUSS a ERIC VOEGELIN de
17 de diciembre de 1949. Ibid., pág. 63.
(73) VOEGELIN: «What is History», pág. 7.
(74) Ibidem.
(75) Ibidem.
(76) Ibidem.
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LA TEORÍA POLÍTICA DE ERIC VOEGELIN
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JAVIER ROIZ
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LA TEORÍA POLÍTICA DE EK1C VOEGELIN
él atribuía en su origen a las reformas de Wilhelm von Humboldt (85). Una iniciati-
va política inspirada en una «teoría narcisista de la educación (Bildung)» (86) de
efectos ruinosos.
Son muchos los puntos en los que podemos encontrar semejanzas o afinidades
en ambos maestros y algunas de ellas se manifestarán con motivo de una anécdota:
la visita de Karl Popper a la Universidad de Chicago con la intención aparente —al
menos así lo sospecha Leo Strauss— de buscar un puesto permanente entre su pro-
fesorado. Alarmado e indignado, Strauss se confía a su corresponsal Voegclin en
tono dolido:
Quisiera pedirle que cuando pueda me haga saber lo que usted piensa del Sr. Pop-
per. Dio una conferencia aquí sobre la tarea de la filosofía social que no merecía si-
quiera el desprecio: el positivismo más inerte, más aguado, intentando sacar pecho,
unido a una completa incapacidad para pensar «racionalmente», aun cuando se hiciera
pasar a sí mismo como «racionalismo». Fue muy mala. No concibo que tal hombre
pueda llegar a escribir algo que sea digno de leer, y aun así hoy parece un deber profe-
sional conocer sus publicaciones. Me podría decir Ud. algo al respecto —si lo desea,
lo guardaré para mí (87).
Este Popper ha sido durante años no exactamente una piedra con la que uno se
tropieza, sino una china molesta que tengo continuamente que apartar del camino (de-
bido a que) la gente me lo echa encima a todas horas insistiendo en que su trabajo so-
bre la «sociedad abierta y sus enemigos» es una de las obras maestras de nuestros
tiempos. Esta insistencia me persuadió de leer el trabajo aun cuando yo de otro modo
no lo habría leído nunca... me ha robado varios horas de mi vida... El libro es impúdi-
co, mierda diletante. Cada frase es un escándalo (88).
(85) «The Germán Univcrsity and Germán Society» Published Essays, 1966-1985, 1966,
págs. 18-28.
(86) Ibid.. pág. 18.
(87) Carta de Lno STRAUSS a ERIC VOEGELIN de 10 de abril de 1950. Faith and PoHtical Philosophy,
págs. 66-67. En la copiosa correspondencia mantenida por STRAUSS y VOEGELIN entre 1934 y 1964,
STRAUSS escribía siempre a mano, lo que hacía que su corresponsal le malinterpretase —y STRAUSS le
rectificase — a veces en cosas importantes, mientras que VOEGELIN lo hacía a máquina y con pequeños
cambios a mano. Ver PETER EMBPRLEY y BARRY COOPER: «Introduction», Faith and Política! Philo-
sophy, pág. xxv.
(88) Carta de [Link] a STRAUSS de 18 de abril de 1950. Ibid., pág. 67.
59
JAVIER ROIZ
Entendiendo, por lo que le dice Strauss, que Popper busca quedarse como profe-
sor en la Universidad de Chicago, Voegelin resume con franqueza su opinión sobre el
personaje. Por su tono da la impresión de estar haciendo una unsolicited evaluation,
una evaluación profesional sobre la candidatura de Popper no pedida explícitamente:
En resumen y brevemente: el libro de Popper es un escándalo sin circunstancias
atenuantes; por su actitud intelectual es el producto típico de un intelectual fracasado;
espiritualmente, uno tendría que usar expresiones como granuja, impertinente, burdo;
en términos de competencia profesional como trabajo en historia del pensamiento, di-
ríamos que es diletante y consecuentemente sin valor alguno (91).
Consciente de que su juicio puede ser útil a Strauss, Voegelin pide discreción en
el uso de su carta y deja abierta la puerta a que sea utilizada como una evaluación
académica sincera y hecha en conciencia:
No sería adecuado mostrar esta carta a personas sin cualificación... (sin embargo)
para mí sería una violación del deber profesional a que Ud. se refería (en su carta),
apoyar este escándalo con el silencio (92).
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LA TEORÍA POLÍTICA DE ER1C VOEGELIN
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LA TEORÍA POLÍTICA DE ERIC VOEGELIN
(105) «Die Gesichte aller bisherigen Gesellschaft isl die Geschichle von Klassenkámpfen».
VOhGELiN recalca que la expresión no tiene parangón en inglés. [Link]: «On Hegel: A Study in Sor-
cery», pág. 239.
(106) [Link]: «Anxiety and Reason», pág. 66.
(107) ERIC [Link]: Hixlory ofPolitical Ideas, volume Vil. The New Order and Last Orientation,
eds. JÜRGEN GEBHARDT y THOMAS [Link], vol. 25 de The Collecled Works ofEric Voegelin, Univer-
sity of Missouri Press, Columbia, 1999, pág. 64.
(108) VOEGELIN: «On Hegel: A Study in Sorcery», pág. 215.
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JAVIER ROIZ
(109) Ibidem.
(110) Ibid., pág. 221.
(111) Ibid., pág. 222.
(112) Ibidem.
(113) Ibidem.
(114) Ibid., pág. 223.
(115) Ibid., pág. 235.
64
LA TFORIA POLÍTICA DE LKIC VOEGELIN
do como la imagen de un sueño. Una nueva epifanía (Hervorgang) del espíritu se esta
preparando (116).
Poco más tarde llegara el día de la batalla de Jena y Auerstádt. La víspera de la
batalla Hegel tiene el placer de ver a Napoleón en persona. Así lo rememora enfe-
brecido en carta a su amigo Nicthammer de 13 de octubre de 1806:
He visto al emperador —esta alma del mundo— cabalgando por la ciudad y fuera
de ella en misión de reconocimiento; es un sentimiento maravilloso ver a tal individuo
que, concentrado en un punto, sentado en un caballo, alcanza a ver el mundo y lo do-
mina (117).
Voegelin siempre vio en esta experiencia crítica de Hegel una manifestación ín-
tima de su transformación personal, una crisis que le decantará como intelectual.
Está claro que percibe en la anécdota de Hegel la confusión espiritual de un hombre
«cuyo self de filósofo se está desintegrando mientras el self del brujo comienza a
cristalizar» (118).
Desde muy temprano nuestro pensador demostró gran sensibilidad hacia el len-
guaje. Influido por los escritos de Karl Kraus durante el período 1927-37, empezó a
reparar en la degradación paulatina e imparable del alemán que se estaba producien-
do en la literatura y el periodismo. No obstante, lejos de estudiar la lengua como un
objeto maravilloso, encuentra que el lenguaje es un registro notable y directo del de-
terioro espiritual de la sociedad. Nunca acepta considerar el lenguaje como la supre-
ma expresión de la comunicación y ni siquiera como la síntesis expresiva del pensa-
miento de las épocas. Voegelin simplemente mira al lenguaje como una realidad
muy sensible y por supuesto vulnerable a los males espirituales de un pueblo.
Por todo esto, durante la década 1927-1937 siguió con atención la revista Die
Fackel (La Antorcha) en la que su creador Karl Kraus se esforzaba por llamar la
atención sobre este hecho tan revelador. Die Fackel denuncia —y Voegelin lo hace
suyo— que la degradación de la lengua indica destrozos espirituales. El lenguaje no
es el explanandum central, ni la realidad suprema. Muy lejos, como ya hemos seña-
lado anteriormente, del fetichismo del lenguaje, él sólo percibe en este deterioro un
reflejo de destrucciones perversas en la vida espiritual de su país. Es lo que en sus
conferencias sobre «Hitler y los alemanes», pronunciadas en Munich en el verano
de 1964, llegará a calificar como «el problema del analfabetismo espiritual» (119).
(116) [Link] escribe en inglés y el mismo adjunta literalmente los términos alemanes de Hegel
-que nosotros respetamos - por encontrarlos seguramente imposible de traducir. Ibidem.
(117) Ibid., pág. 236.
(118) ¡bidem.
(119) VOKütl IN: Hitler and the Germans, pág. 62.
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JAVIER ROIZ
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LA TFORÍA POLÍTICA DE ERIC VObGELIN
rana y por lo mucho que éste le ayuda a plantar cara al apabullante despliegue mo-
derno. Analizaremos esto con detenimiento.
Freud le ayudaba mucho para abrir camino a su concepto de «consciousness of
the ground» (122), es decir la conciencia del suelo sin fondo en el que todo indivi-
duo, el ser humano, asienta su vida trascendente. En resumen, la aceptación de la de-
solación radical del individuo.
Cuando Voegelin cita a Freud, lo pone en compañía de Jung, una estrategia muy
frecuente en las ciencias sociales y que, más que admiración a Jung, suele revelar
miedo a Freud (123). Mencionar a Jung es negarle a Freud la originalidad de sus
descubrimientos, la potencia de sus ideas y el alcance revolucionario de su crítica.
Al aparecer Jung en escena, Freud queda atemperado por ese otro sabio y discípulo
suyo que intentó desactivar con sus replanteamientos lo más inaceptable del pensa-
miento de Freud. Para mayor seguridad, Voegelin menciona en la cita también a Fra-
zer, un antropólogo dedicado a una ingente obra sobre los símbolos y el poder de la
magia y la religión para generar el orden de la existencia. Al englobarlos, Freud y
sus trabajos quedan sujetos a una corriente —muy política, eso sí— de recuperación
de la amplitud de la sensibilidad humana, demostrando que esta última se extiende a
ámbitos inefables o difíciles de detectar con la epistemología moderna.
A mi entender, Voegelin distorsiona las cosas, ya que Freud no se plantea salirse
de la ciencia moderna porque necesite nuevas herramientas, sino que se erige en un
nuevo tipo de héroe moderno que busca a su modo poner bases más sólidas al indi-
viduo que él conoció y por cuyo bienestar médico luchaba. El punto crucial que
Voegelin nos hurta es que Freud no se limita únicamente a rechazar la trascendencia
como ámbito con entidad propia aduciendo que eso sea una «ilusión», un «resto
neurótico» o un «infantilismo» —como él nos traslada (124)—. Si rompe la clausu-
ra de la vida moderna, como inteligentemente eso sí Voegelin entiende, lo hace por-
que desmantela los falsos fondos del individuo y porque con sus descubrimientos
hace explotar el precopernicanismo del mundo interno del individuo. No sólo está
atacando a la ciencia moderna y a sus incapacidades teóricas, que ciertamente lo
hace, sino que también apunta a la filosofía tradicional y a la religión cristiana. El
trasfondo teológico que Voegelin utiliza como protección frente a la barbarie moder-
(122) VoFGhLIN: Anamnesis, págs. 147-174. El original alemán es Anamnesis: Zur Theorie der Ge-
sichicte und Politik. R. Piper&Co Velag, Munich. 1966.
(123) Hay que añadir a esto que durante los años que dirigió el Instituto de Ciencia Política de Mu-
nich se produjeron allí numerosas monografías, claramente inspiradas por su magisterio, «que representa-
ban el trabajo del instituto». [Link]: AutobiographicalRefledions, pág. 88. En el listado de estos tra-
bajos se incluyen las figuras más admiradas por el maestro —Lao tse, Ibn-Khaldun, Toynbee, Karl
Kraus. La Salle, Robert Musil, Dostoyevsky, citados exactamente así— y vuelve a aparecer emparejado
Freud con Jung. De la misma manera el Instituto, que promociona investigaciones sobre filosofía clásica,
judaismo, cristiandad, el islam, Oriente Medio, China, India y África; y que exige a sus estudiantes el co-
nocimiento necesario para todos de inglés y francés y a los islamistas árabe y turco, no parece haber dedi-
cado atención alguna a Latinoamérica.
(124) VOFXÍELIN: Anamnesis, pág. 102.
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na no es para Freud más que conocimiento falso y dañino, basado en miedos atávi-
cos sin resolver y prohibiciones a la vida y al conocimiento; y ahí sí que no le puede
seguir nuestro autor. En realidad Voegelin engloba a Freud en un grupo de tres sa-
bios respetables para utilizar de él la parte crítica que le conviene, sin tener que asu-
mir la hondura del diagnóstico freudiano, probablemente insoportable para un hom-
bre tan clásico moralmente como parece ser Voegelin (125).
Algo de esto también se podría decir en su incapacidad para captar la trascenden-
cia de la música. Voegelin piensa que «la música es ambas cosas, un orden de la exis-
tencia en el tiempo y el tiempo bien ordenado por la existencia» (126), y no alcanza a
imaginar el tratamiento de un texto como si de una partitura musical se tratase.
Precisamente la inmanentización de la historia, que él deplora, su desconexión
de la realidad moral que la motiva, sólo es posible mediante un tratamiento antimu-
sical de la comprensión. Una partitura siempre necesita ser tocada para ser música y
ello pone en primer término la necesidad de aportar sentimientos, experiencia y ta-
lento cultivado con mucho esfuerzo. En la ejecución musical se precisa un artista
que conecte los símbolos musicales de la partitura con su delectación por el oyente.
Empezando por el propio músico que también es un oyente. Esto, que es obvio para
Freud, nunca se le alcanzó a Voegelin.
La historia sin música, la de las evidencias, es muy proclive a obsesionarse con
la búsqueda de un punto de vista, de una perspectiva o incluso de un punto arquimé-
dico de apoyo desde el que hacer fuerza, y naturalmente sin perder de vista el objeto
a mover. En cierta manera la ciencia libre de valores, los materiales obtenidos obje-
tivamente o los trozos de realidad extraídos por estos métodos, pronto quedan en en-
tredicho como fragmentos sobrepasados por la vida y poco útiles para el conoci-
miento que persiguen engrandecer.
Cuando más tarde haga mención a Freud, ya no lo hará de forma tan positiva,
sino mucho más matizadamente. Ahora le menciona a veces en solitario y las reti-
cencias respecto a Freud no afectan ni a Jung (127), que con su misticismo ario le es
más digerible, ni a Frazer, con quien comulga con facilidad y sin indigestiones men-
tales, ya que es políticamente inocuo. En los años setenta sus menciones a Freud
vienen a veces acompañadas de Marx como cómplice o del surrealista André Bre-
tón (128) como epígono.
(125) VoEGELrN coincidió en Viena con Freud durante casi treinta años y debió estar muy interesa-
do en sus teorías, ya que se mantuvo cercano a varios de sus discípulos más jóvenes como Heinz Hart-
mann, Robert Wealder y Ernst Kries, quienes llegarían con el tiempo a ser tres figuras relevantes en el
campo de psicoanálisis. Sin embargo nunca se acercó a Freud. Como él bien se encarga de señalar, mar-
cando bruscamente distancias sin que nadie se lo exija, «no pertenecí al grupo de Sigmund Freud ni ja-
más le conocí personalmente». Ibid., pág. 2.
(126) VOEGELIN: «Anxiety and Reason», pág. 65.
(127) VOEGELIN asociaba en buena medida la obra y la figura de Jung a la corriente gnóstica moder-
na, que él precisamente tanto trabajó para desenmascarar. Ibid., pág. 66. Probablemente consideraba a
Jung ligero e irrelevante.
(128) VOEGELIN: Anamnesis, págs. 3, 7, 102 y 108.
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I.A TKORlA POLÍTICA DK KRIC VOEGELIN
Es evidente que, cuando se refiere a otros autores alemanes, nos demuestra que
los ha visto desde dentro, desde el iníus de la intuición. Hasta cuando habla de Karl
Marx, nos insiste en que él en su primera juventud fue marxista acérrimo durante un
tiempo corto e intenso. Con ello nos da entender que lo asumió como propio, lo vi-
vió con la pasión que lo viven todos los que se convierten a un fundamentalismo
como podía ser el marxismo para los universitarios de entonces. Sin embargo cuan-
do nos habla de Freud y de lo que él llama con cierto miedo y distancia «el psicoa-
nálisis», nunca nos dice que él haya sido freudiano a fondo durante un tiempo, pro-
bablemente porque ser freudiano de verdad en aquellos tiempos le hubiera compor-
tado automáticamente —y todo el mundo lo hubiera al menos sospechado— que él
mismo se había sometido a psicoanálisis. Por sus referencias a la cuestión se adivina
que, aunque le interesó el asunto, nunca se acercó demasiado al círculo del maestro
Freud, si bien merodeó por los alrededores.
Otro actitud muy significativa —y repetida en los ataques solapados que se han
hecho a Freud en Europa— se ve en la insistencia de Vbegelin por aunar el pensa-
miento freudiano con el psicoanálisis. Si bien es cierto que Freud creó esta técnica
indagatoria y a su vez terapéutica, no lo es que la teoría freudiana sobre la psique
humana y sobre el individuo en política pueda resumirse e identificarse con el psi-
coanálisis. El pensamiento del emigrante Freud está ahí, es accesible y responsabili-
dad únicamente de su talento, mientras que la técnica psicoanalítica ha sido aplicada
como instrumento terapéutico que ha generado mucho dinero, se ha revelado un fi-
lón de oro y ha ido teniendo una praxis muy controvertida.
Por último, Voegelin parece dar muestras de admirar a Freud y «su psicoanáli-
sis» más de lo que manifiesta. Y la verdad es que parece tenerle miedo. Un senti-
miento muy propio del mundo moderno ante la revolución freudiana. Miedo porque
en realidad Freud esta desmontando la estructura precopernicana del mundo inter-
no en donde se da por supuesto que reina el astro-yo y en torno al cual giran todos
los demás elementos de la psique. En mi opinión la honestidad investigadora de
Voegelin y lo que debió ser su entera dedicación a la lectura lenta y meticulosa, le
hacen llegar a límites admirables, para un hombre de su rigidez moral, en su acepta-
ción de los descubrimientos freudianos:
Me parece a mí que ningún yo podría ser el agente de la constitución —del fluir
de la consciencia—. No está claro si la consciencia tiene la forma del yo o si el yo es
más bien un fenómeno en la consciencia. No hace falta aceptar las investigaciones psi-
coanalíticas respecto al yo y el id para reconocer que Freud ha visto algunas premisas
fundamentales de la vida psíquica en general muy bien. Yo ni siquiera puedo encon-
trar el yo con ocasión de ciertos actos de la voluntad (129).
Aceptar hasta el final y con todas sus consecuencias los descubrimientos de
Freud equivale a romper de una vez por todas con la antropología de Platón y Arsi-
tótelcs en la que se basa la tradición republicana. Se trata de dinamitar lo que para
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JAVIER ROIZ
Voegelin es el centro más querido de su visión del hombre, de la polis y del mundo.
Voegelin llega muy cerca de aceptarlo —a veces casi lo toca con los dedos— y nos
ayuda a darnos cuenta de que esa es la constitución occidental de nuestro mundo in-
terno, pero no acepta a Freud porque eso le hubiera llevado mucho más lejos de don-
de él podía soportar ir. De ahí sus dudas, sus mistificaciones de Freud, su aceptarle
con condiciones y envuelto en el sirope de Jung y Frazer; de desvirtuarle, en una pa-
labra. Y también, claro está, de desprestigiarle, presentándole como no es y hacién-
dole decir lo que no dice. Aquí Voegelin parece ser víctima de un bloqueo de su
honradez.
También es revelador el intento que Voegelin hace de llevar a cabo su anamne-
sis personal, dedicándose a recordar los momentos más significativos en la forma-
ción de su sensibilidad y de sus convicciones. Al igual que en la técnica freudiana,
Voegelin se presta a dejar aparecer restos ya vividos y grabados en su mente con es-
pecial fijeza. Ello le hace pensar que tales vivencias son la punta del iceberg de
construcciones sumergidas y de gran peso en la arquitectura de su conciencia y de su
sensibilidad. Con cierta ingenuidad —lo que nos induce a pensar que Voegelin actúa
de buena fe— comienza a narrar y posteriormente a comentar el contenido de estos
restos mnémicos. Naturalmente el resultado es de escaso valor.
Esta actitud del maestro de Colonia nos revela cómo él cree capaz al individuo
de llevar a cabo su propia introspección (130). Si bien hemos visto antes cómo esta-
ba de acuerdo con Freud en que el yo es parte tan sólo de un mundo mucho más tras-
cendente, la trascendencia para adentro, resulta incapaz de entender algo que a él y a
sus teorías no les debería haber costado nada aceptar: el hecho legítimo de que
Freud apunta a una incapacidad radical, esencial, del yo para llevar a cabo ese análi-
sis por sí mismo. Este descentramiento del sujeto cognoscente, esa apertura del uni-
verso interno del individuo y la denuncia de la censura psíquica mantenida por el yo
sobre el resto del mundo interno como si de una verdadera dictadura militar se trata-
se, se le escapa a Voegelin porque su autoritarismo innato no hubiera podido acep-
tarla. La voluntad agustiniana como agente central de la realidad, tan ligada a las ca-
tástrofes que luego no obstante Voegelin lamenta, resulta en él ensalzada de forma
harto peligrosa y sin que parezca darse cuenta. Por eso y por mucho que se esfuerce
en parecer lo contrario con sus adhesiones posteriores a las ideas psicoanalíticas de
Ronald Laing, su posición intelectual no tiene nada que ver con la embestida de
Freud al corazón del asunto. Visto el asunto así, ya no resulta sorprendente que sin-
tonice tanto en algún momento con el astuto análisis de la decadencia democrática
realizado por Cari Schmitt (131).
(130) Aunque a veces se muestre confuso: «experimentamos la psyque como consciencia que pue-
de descender a la profundidad de su propia realidad, y la profundidad de la psique como realidad que pue-
de emerger a la consciencia, pero no experimentamos otro contenido de la profundidad que el que ha en-
trado en la consciencia». ERIC VOEGELIN: «Experience and Symbolization in History», en Published
Essays, 1966-1985, 1970, pág. 126.
(131) WEINZIERL: Historical Commentary on the Period, págs. 29-30.
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LA TEORÍA POLÍTICA DE ERIC [Link]
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JAVIER ROIZ
(133) Esto ocurrió en vísperas de la ocupación de Austria por Hitler, situación en que las democra-
cias occidentales, «aquellos cerdos podridos que se llamaban a sí mismos demócratas», no aceptaron la
sugerencia de Mussolini de intervenir para impedirlo mediante una acción conjunta. Presa de una «furia
ilimitada» contra aquella «democracia suicida», que le duró varias horas, llegó a pensar en unirse a los
nacionalsocialistas. Al final, reconoce, se impuso la razón y decidió mejor empezar a preparar su emigra-
ción, lbid., págs. 42-43.
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LA TFORÍA POLÍTICA DE ERIC VOEGELIN
bla (134). Cuando habla de Freud muestra una rigidez y una falta de entendimiento
apreciables.
Estos destellos autoritarios e irracionales pueden ser la explicación —por su-
puesto sin justificarla— del rechazo que ha sufrido Voegelin por parte del pensa-
miento progresista y por parte asimismo de todos los fundamentalismos tanto de de-
recha como de izquierda. Se activa así otra fobia más, que en este caso nos ha impe-
dido apreciar en este pensador su extraordinario talento, su delicadeza filosófica y
su insustituible saber acerca de la gesta moderna. Como en tantas ocasiones nos
ocurrirá de ahora en adelante, habrá que considerar la obra de estas grandes figuras
no como el resultado de un yo cognitivo responsable de su obra y fama, y sí como el
producto de la vida de un hombre que ya no puede ser explicada a sus semejantes
con criterios precopernicanos.
(134) Entre sus recuerdos infantiles menciona incidentalmentc que en su casa paterna colgaba un
cuadro del Kaiser, junto con su mujer, sus siete niños y un perro. VOEGELIN: Anamnesis, pág. 48.
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JAVIER ROIZ
(135) VOEGELIN hace mención a la biografía de MAX WEBER escrita por el sobrino de WEBER,
EDUARD BAUMGARTEN. VOEGELIN: Autobiographical Reflections, pág. 12.
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LA [Link] POLÍTICA DE ER1C VOnCiRLIN
el problema vendrá cuando los estudiantes quieran saber las razones de por qué se
han de conducir así y no de otra manera en su actividad científica, de por qué han de
ser concienzudos, no hablar más que de lo que sepan y no incurrir en el arribismo, el
oportunismo, la superchería o la impostura. Voegelin nos asegura que en el caso de
Weber no hay problema en darle crédito. Max Weber lo hacía bien porque, como he-
mos visto, al ser un místico «el sabía lo que era correcto sin saber las razones para
ello» (136). Es decir que, en un asunto tan trascendental como el fundamento de
nuestros actos profesionales y cívicos, uno puede actuar bien porque sí; porque lo
dice él y nos asegura que lo sabe así de bien; aunque no pueda explicarlo porque se
trata de algo inefable e intransferible.
Eximido Weber de tener que garantizarnos con claridad y argumentos que poda-
mos entender la validez de los cimientos de su edificio, edificio en el que pretende
que nos metamos a vivir, Voegelin se empeña en convencernos de que ése fue el có-
digo ético que le guió a él también durante sus muchos años de actividad profesio-
nal. Esas enseñanzas magistrales las incorporará de una manera un tanto violenta y
primitiva —recordemos que las devoró, según dice literalmente— y mantendrá has-
ta el final de su vida como expresión de una manera de ser y vivir la ciencia ante los
demás.
Piensa no obstante que si Weber por un lado es salvable y exonerable de toda
irracionalidad, por otro fue incapaz de culminar con valentía su rechazo del inma-
nentismo de los científicos. No supo plantar cara con más fuerza ni al positivismo
cerril ni al historicismo que recorre los siglos recolectando materia exánime. Solu-
cionó su problema de una manera única e incopiable, gracias a ese don tan personal
de su misticismo y a su solidez ética personal que le parecen haber llegado como
una cuasi gracia donada. Con todo, Weber no se atrevió a denunciar en general la
pérdida de un suelo existcncial para el hombre en el que apoyar sus actos con con-
vicción y este suelo sólo puede aparecer de verdad, y sin ser una falacia inmanentis-
ta, cuando nos abrimos a la trascendencia religiosa de un más allá que no negamos.
Eso es lo único que puede aportarnos «un orden racional de la existencia» (137)
para nuestras motivaciones y nuestras acciones más personales, sin que nos perda-
mos en un mundo en el que los fines llegan a ser más fascinantes que los medios. Es
decir el mundo de la magia omnipotente en donde se busca conseguir nuestros anhe-
los sin esfuerzo cotidiano ni sacrificio alguno. Como tendrá que reconocer un tanto
lúgubremente: «aquí está el vacío en el trabajo de Weber que constituye el gran pro-
blema con el que yo me las he tenido que valer durante los cincuenta años que han
pasado desde que entré en contacto con sus ideas» (138).
(136) Ibidcm.
(137) lbidem. Sobre este punto ver FERNANDO [Link]: «La vuelta a la tradición clásica: Leo
Strauss, Eric Voegelin», en FERNANDO VALÍ.ESPÍN, ed., Historia de la Teoría Política, vol. 5, Alianza,
Madrid, 1993
(138) VoEGEUN: Autobiographical Reflections, pág. 12.
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