El silencio para vivir en la
presencia de Dios
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silencio/
«Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en
mí» (Gal 2, 20)
Esta expresión de san Pablo es muy conocida. Quiere decir que al
morir algo de él puede entrar Cristo en su corazón. «Cuando salgo
yo, entra Dios». Cuando algo muere, Dios se presenta.
El silencio es para hacer presente a Dios. Es tener la experiencia de lo
eterno en nuestra vida. Cuando algo está presente no lo tenemos que
imaginar. Estamos acostumbrados a pensar e imaginar. Hay que
sentir y no pensar. Así nos pasa con el mundo de Dios. Lo pensamos
pero no lo sentimos como presencia.
El silencio puede hacer que Dios se haga evidente. Sin intermediarios.
Sin detener la posibilidad de un encuentro lleno de vivencia.
Las personas nos conocemos por nuestras acciones, por nuestros
objetivos. Pero, ¿y en la «no acción»...? Nuestro conocimiento lo
basamos en los pensamientos y deseos, pero..., ¿nos conocemos
sin ? Nos asusta conocernos sin nada. Nos asusta quedarnos sin
nada.
En la vida se disfruta con la comunicación, con el encuentro, con el
diálogo. El silencio debe formar parte de esta relación. Primero se
habla pero luego el silencio es primordial. Con respecto a Dios, pasa
lo mismo. Al principio, se siente la necesidad de decir algo porque si
no parece que no se reza. Pero luego, hay que quedarse en silencio
porque Dios tiene algo que decir. El silencio es para dar paso a Dios.
Es dar luz verde para que Él se haga presente. Este silencio es la
muestra de nuestra apertura. Abiertos y acogedores.
La verdad es que cuando hablo estoy pendiente de mí, no salgo de mí
y no puede darse un encuentro profundo y puro. Normalmente
estamos excesivamente pendientes de nosotros, excesivamente
enganchados en lo que queremos y deseamos.
En el silencio nosotros no somos los protagonistas. Es Dios quien
tiene que serlo. Celebramos tan solo su presencia. Y conviene
recordar que «si no os hacéis como niños...», no entramos en el
silencio. Hay que aprender de ellos a no «hacer nada». Absoluta
dependencia. Yo no puedo hacer. No sé hacer. Aprender a callar, a no
hacer.
Nuestra cultura es la que nos enseña a creer que sólo vivimos cuando
hacemos. En la medida en que realizamos cosas creemos
ingenuamente que vivimos. En la oración, a veces, queremos decir.
Aprender a vivir sin hacer..., no es fácil.
Un jesuita de gran acción tuvo un accidente y se quedó inválido. Se
quejó a Dios de su inutilidad y su indigencia. Y Dios le contestó:
«Pero yo no tengo necesidad de que hagas nada. Sólo necesito que
sonrías siempre».
El silencio desemboca en la presencia del Señor y la respuesta vendrá
siempre. Esto es como un artículo de fe en el mundo del silencio. No
hay que marcar un plazo porque la respuesta llegará
inesperadamente. No depende de nosotros ni de nuestras
previsiones.
Por otro lado esa respuesta no es única para todos. El amor tiene
todos los colores y Dios tiene todos los sabores: libertad, orden,
paz... A Dios no se le confina en una única experiencia. Dios se hará
presente en cada uno. Como la respuesta es sutil, requiere atención
para descubrirla. Un instante es sutil. La respuesta de Dios no es
aparatosa. El encuentro puede estar lleno de equilibrio sin llamar la
atención.
En el libro primero de los Reyes, en su capítulo 19, podemos leer que
Elías estaba esperando la visita de Dios. Recordemos la lectura: «El
Señor le dijo: «Sal y ponte en pie en el monte ante el Señor. ¡Dios va
a pasar!».
Vino un huracán tan violento que descuajaba los montes y hacía
trizas las peñas; pero Dio no estaba en el viento. Después vino un
terremoto; pero Dios no estaba allí. Vino el fuego y Dios no estaba en
él. Después del fuego se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se
tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada
de la cueva. Entonces oyó una voz... ».
Aquí se ve que Dios habita en la brisa suave Hay una traducción
bíblica que dice textualmente: «silencio abismal». Y es que en ese
silencio se hace presente Dios.
Todos estos acontecimientos ponen de manifiesto las actitudes por
donde nosotros pasamos. A veces, somos terremotos con nuestras
agitaciones. Nuestra violencia es como un vendaval. En esos
momentos no nos podemos encontrar con nadie. Hacemos daño.
Decía Neruda: «Apártense de mí, que voy cargado de metralla». (Ya
es una virtud darse cuenta de la agresividad que transporta en su
alma).
Nadie está excluido de la experiencia de Elías. El tuvo, quizás, que
calmarse para darse cuenta de que pasaba una brisa tenue. Los
hombres que buscan lo eterno en su corazón reciben el contacto del
leve roce de la brisa de Dios.
Jesús quiso descubrir esto a sus gentes «Buscad primero el Reino...».
El silencio no es otra cosa que la búsqueda de ese Reino. Y el Reino
está dentro. Al hacer silencio no nos separamos de la vida. La
abrazamos. Jesús da prioridad a esta búsqueda y a este contacto.
Y es que él sabía que en la medida en que entramos en contacto con
Dios, los problemas que nos atosigan en la vida se diluyen. Abrirse a
lo eterno cura en un instante. Lo eterno sana del desamparo. Se
deshielan los temores y las inseguridades. El sol disipa las brumas. La
presencia de Dios en nuestro corazón lo diluye todo.
Igual pasa cuando llueve: aparecen mil montañas. Todo se hace
nítido en la tierra. Todo queda transparente. En el silencio aparece
otro horizonte. Todo ha cambiado. Todo aparece nuevo desde dentro.
Al hacerse familiar el silencio, la vida cambia.
Una característica que conlleva el silencio es la liberación. Jesús no
buscaba que la gente se atara a él. No ocurre igual cuando vamos al
médico: «Vuelva usted dentro de un mes...». Jesús va diciendo: «El
Reino está dentro de ti». La salvación está dentro de ti. Y el hombre
sigue buscando fuera respuestas y llenando de dependencias (incluso
religiosas) sus pasos. No hagas caso de mensajes falsos que
prometen la salvación por otros caminos. Por eso san Pablo expresa:
«Es Cristo quien vive en mí». Ya no vivo yo. Me he familiarizado con
su presencia en mi corazón. Ya ha habido encuentro.
Algo tiene que aquietarse. Algo tiene que morir en ti para que Cristo
viva. Hay un dicho árabe que dice: «No bajes al jardín. El jardín está
dentro de ti». Si en ti hay una fuente, ¿por qué buscar otra fuente?,
¿otro pozo? El manantial está en ti. El silencio es para buscar el agua
de ese pozo.
El presente es siempre tan humilde, tan poco llamativo, que no le
damos importancia. Pero es nuestra felicidad. Normalmente la alegría
no la consideramos en el presente. O es una promesa o es una
satisfacción recordada. El presente es un abrir y cerrar de ojos. Lo
rehuimos. Vivimos de promesas o de recuerdos. El presente es
humilde. No es fácil vivirlo porque nuestras costumbres son otras. No
nos hemos acostumbrado a la alegría de cada instante.
Nuestro objetivo en la vida no es vivir el presente. Estamos
inadaptados para vivir esta sencillez. Estamos inadaptados para vivir
el silencio. Somos adictos a no vivir el día presente. ¡Qué costoso es
desacostumbrarse! Saber que no tenemos necesidad del exterior
tanto como sospechamos. De repente, en el amor, nos vemos
invadidos por la vieja costumbre del egoísmo.
Sin duda alguna, encontraremos resistencia al silencio, pero no
podemos prestarle demasiada atención porque nuestros enemigos se
envalentonan ante nuestra mirada. No haciendo frente a ellos se
evaporarán poco a poco.