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Reflexiones sobre el Vía Crucis

Este documento es una oración dirigida a la Virgen de los Dolores. En ella se pide la gracia del arrepentimiento sincero por los pecados cometidos y la fortaleza para abrazar la cruz cada día como lo hizo Jesús. Se pide también acompañar a Jesús en su camino hacia el Calvario con fidelidad y ser crucificado junto a él para presentarse ante Dios con verdadera contrición.

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Reflexiones sobre el Vía Crucis

Este documento es una oración dirigida a la Virgen de los Dolores. En ella se pide la gracia del arrepentimiento sincero por los pecados cometidos y la fortaleza para abrazar la cruz cada día como lo hizo Jesús. Se pide también acompañar a Jesús en su camino hacia el Calvario con fidelidad y ser crucificado junto a él para presentarse ante Dios con verdadera contrición.

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Por la señal . . .

Oración inicial

Oh Virgen de los dolores que, junto a tu divino Hijo fuiste en la cruz


verdaderamente traspasada en tu adorable corazón de madre, te suplico
me alcances la gracia del sincero arrepentimiento, para llorar con mi vida
mis pecados, para pregonar con mis obras la misericordia divina, para
abrazar mi cruz de cada día con la constancia, paciencia y fortaleza de tu
Hijo; y para que el dolor de mis ofensas se convierta en vástago de
virtudes que me asemejen al Divino sufriente.
Madre dolorosa, de pureza inmaculada y alma transida, enséñame a
contemplar en la heridas de tu Hijo amado aquel amor inefable que junto
con su sangre no ha cesado de fluir y derramarse por los hombres; haz
que pueda acompañarlo hacia el Calvario con fidelidad acrisolada para ser
crucificado junto con Él.
Virgen santa, tú que caminaste con tu Hijo hacia la cruz, conduce
también mis pasos para que pueda alcanzar a Aquel que se entregó por
mí y presentarme ante Él con sincera y viva contrición. Amén.

VIRGEN DE LOS DOLORES,


RUEGA POR NOSOTROS
1ª ESTACIÓN: JESÚS ES CONDENADO A MUERTE

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos,


que por tu santa cruz redimiste al mundo

Jesús oye al furioso


pueblo que pide sentencia,
tan sereno y silencioso
cuan colmado de clemencia:
ya comienza, entre insolencias,
su camino tormentoso.

Continúas, Jesús mío, aquel magnífico sermón viviente que comenzaste en


Getsemaní. ¿No dices nada?, ¿no reprochas las falsas y perversas acusaciones?,
¿hasta dónde llega tu amor por los hombres? Oh Cordero de Dios, que aceptas
silencioso la voluntad del Padre; que eres entregado por aquellos mismos que has
venido a salvar; que oyes la sentencia inicua de los labios del pueblo elegido para
recibir primero la redención; que viniste a liberar del pecado y a cambio recibes
condena: ¿dónde están todos aquellos que sanaste?, ¿dónde fueron los que entre
alabanzas te recibieron al entrar en Jerusalén?, ¿dónde están aquellos que te
seguirían hasta la muerte?; han huido, se escondieron y te abandonaron.

Considera, alma mía, cuántas veces te has hecho partícipe de aquella aberrante
sentencia cada vez que en vez de gratitud devolviste males, cada vez que rechazaste
la divina gracia y prefiriéndote a ti misma, a tus gustos y placeres, gritaste también
con tus obras: ¡crucifícalo!, ¡que sea crucificado!

¿Qué mal ha hecho? Pregunta Pilato; ¿qué bien no ha hecho? Reprocha mi


conciencia: todo lo ha hecho bien, nos responde la Escritura (Mc 7,37).

Muéstrame, Señor mío, el camino por donde quieres que te siga, muéstrame en
cada acción de mi vida la voluntad divina de tu Padre y concédeme la gracia de
aceptarla gustoso como tú lo hiciste.

(Padre Nuestro, Ave María o Gloria)


2ª ESTACIÓN: JESÚS CARGA CON SU CRUZ

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos,


que por tu santa cruz redimiste al mundo

Abrazando con tesón


el madero de la cruz que cargará
ocultando su blasón,
manifiesta su perdón
y en ejemplo vivo se convertirá.

Oh mi buen Jesús, llega la hora de cargar sobre tus sacratísimos hombros mis
innumerables pecados. Cuanto más pesadas son mis faltas tanto más se derrama tu
misericordia sobre mí; ¿por qué cargas Tú mi sentencia?, ¿por qué padeces Tú mi
castigo? Señor mío y Dios mío, ahora bien comprendo tus amores, ahora sé bien
que te entregaste para concederme vida: misteriosamente eres la misma hostia y la
patena que se ofrece al Padre. Todos te observan pero nadie te ayuda; los hombres
se mofan, los cielos se conmueven, mas tú perseveras sin la más mínima queja,
abrazando la cruz que llaga lentamente tu santo cuerpo mientras sana nuestras
heridas.

Considera alma mía lo que el Señor quiere enseñarte: el Divino Inocente puesto
en tu lugar, asumiendo tus pecados y padeciendo silencioso aquel tormento
ignominioso cuando tú te quejas de pequeñeces y palabras vanas. El Cordero de
Dios carga tus culpas en su cruz y tú alegas por unas pocas astillas. Aprende junto
con Él a recorrer la senda hacia el Calvario pues ella es la puerta estrecha que
conduce al Reino de los cielos; la perla preciosa escondida en el lodo que hacia el
final deslumbrará mostrando toda la hermosura que ahora esconden sus penas pero
que dimana destellos de eternidad para quienes sepan apreciarla con los ojos de la
fe.

Enséñame Señor a caminar este sendero emulando y asimilando tu paciencia,


fortaleza, humildad y amor a la cruz, pero una cruz querida, aceptada y abrazada.

(Padre Nuestro, Ave María o Gloria)


3ª ESTACIÓN: JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos,


que por tu santa cruz redimiste al mundo

Ya los miembros de Jesús


padeciendo cruel espasmo se quebrantan:
bajo el peso de la cruz
sus rodillas ya no aguantan
y sucumbe ante las penas que lo aplastan.

Extenuado bajo el peso de la cruz sucumbe el frágil cuerpo del Mesías pues el
cansancio lo abruma y ya sus miembros temblorosos no pueden sostenerlo más. Si
Cristo cae no es por voluntad propia sino porque las fuerzas lo abandonan. Cae por
mis culpas que son muchas, lo aplastan mis iniquidades.
¿Quién lo ayudará?, ¿los escribas?, ¿los fariseos?, ¿el pueblo?, ¿sus apóstoles?;
pues nadie… cae solo y solo deberá levantarse.

Considera alma mía cómo tus caídas han desplomado al Salvador; la maldad de
tus pecados ha hecho insoportable el peso de la cruz que por ti carga el Mesías.
Observa en esa caída cuánto daño sufre Cristo: la cruz lo aplasta, se incrustan las
espinas de su corona, sus rodillas quedan casi deshechas y reviven cruelmente sus
dolores. Mira bien el fruto de tu egoísmo, de tu autoconfianza; ¿cuántas veces
pretendiste triunfar sin invocar el nombre divino en la batalla?, y qué conseguiste:
tan sólo heridas y derrotas que ahora sufre el Cordero inocente.

Levántate ya alma mía y haz la firme resolución de no confiar nunca más en tus
fuerzas sino sólo en el auxilio divino que se alcanza únicamente con la fidelidad a la
gracia.

Haz Señor, te suplico, que con tu gracia me levante prontamente de mis


miserias y pueda cumplir con humildad aquellos propósitos que tantas veces te hice
cayendo luego por mi egoísmo.

(Padre Nuestro, Ave María o Gloria)


4ª ESTACIÓN: JESÚS SE ENCUENTRA CON SU SANTÍSIMA MADRE

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos,


que por tu santa cruz redimiste al mundo

¡Cuán hermosa y triste escena ante mis ojos!


¡Virgen Santa, digna madre del Cordero!,
soportando ver a tu hijo entre despojos
tu alma gime, mas tu amor se queda entero.
Sus miradas como el oro se fundieron
entre lágrimas de madre en fuego tierno;
corazones que en amor juntos latieron;
palpitar que aquel día se hizo eterno.

Jesús entre insolencias y humillaciones, entre gritos y salivazos, entre el pretorio


y el Calvario es acompañado fielmente por su Madre que intenta con grandes
esfuerzos llegar a Él… hasta que finalmente lo consigue. Serán tan sólo unos
instantes, pero bastarán para tomar con sus inmaculadas y virginales manos de
madre aquellas llagadas, ensangrentadas y temblorosas manos de su Hijo que vio
crecer entre las suyas y que tanto recién nacido como ahora besa con ternura
angelical.
¿Quién conforta a quién? se pregunta el cielo, ¿acaso no van muriendo los dos?
interrogan los ángeles, pero María santísima simplemente responde con sus
lágrimas: Oh, vosotros cuantos pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor
comparable a mi dolor, al dolor con que soy atormentada” (Lam 1,2).

Contempla, alma mía, cómo ambas miradas se compenetraron, ambos corazones


latieron juntos y ambos aceptaron con misteriosa y santa resignación la voluntad
divina del Padre; porque ambos vivían con el alma puesta en el cielo: ¿dónde pones
tú los ojos?, ¿dónde pones tus amores?, ¿en el cielo o en la tierra?

Virgen castísima, madre del Cristo sufriente, alcánzame la gracia, te lo ruego, de


convertir las amarguras de mi camino en esperanza y consuelo poniendo siempre la
mirada de mi alma en las alturas de la eternidad.

(Padre Nuestro, Ave María o Gloria)


5ª ESTACIÓN: JESÚS ES AYUDADO POR EL CIRENEO

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos,


que por tu santa cruz redimiste al mundo

De los hombres que vino a salvar


quiso ayuda el Salvador
para hacerlos participar
de su misma redención.
Con vergüenza el cireneo
va a ayudarlo con la cruz,
pero bien comprende luego:
cualquier hombre no es Jesús

Jesús, tembloroso y agotado, apenas puede continuar; ha perdido mucha sangre


y las consecuencias de los azotes y el cansancio se dejan ver claramente en todo
aquel dañado cuerpo. Entonces el cireneo es forzado a ayudarlo, y lo hace
avergonzado y de mala gana, pero pronto comprende que aquella sangre del
condenado no fluye solamente por el cuerpo sino que se derrama también por las
almas.

Compadécete, alma mía, compadécete de Aquel de quien recibiste compasión.


¿Acaso tu dureza y frialdad son tales que no querrías ayudarlo?, ¿acaso no es la
cruz de tus pecados la que carga el Redentor? Ayúdalo tú también, ayúdalo
muriendo a tu amor propio, ayúdalo venciendo el respeto humano. ¿Te avergüenzas
de quien no se avergonzó de ponerse en tu lugar?; no importa lo que digan los
hombres, da testimonio de Él ante ellos y Él abogará por ti ante su Padre.

Concédeme, Señor, la gracia de testimoniar con gran valor la verdad ante los
hombres, de ser tu fiel discípulo ante el mundo despreciando la vanagloria y
viviendo siempre conforme a tu voluntad.

(Padre Nuestro, Ave María o Gloria)


6ª ESTACIÓN: JESÚS IMPRIME SU ROSTRO EN EL VELO DE LA VERÓNICA

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos,


que por tu santa cruz redimiste al mundo

Sobre el blanco velo


dibuja su rostro sangriento
el Señor del cielo,
y en el triste suelo
se imprime también un lamento.

La piadosa Verónica contempla horrorizada al Mesías ultrajado. Se acerca


reverente y le ofrece lo único que tiene: su sencillo velo para que el Siervo sufriente
pueda secar aquel terrible sudor que se ha mezclado con su sangre. Pero Jesucristo
no se deja ganar en gratitud y le concede la augusta y maravillosa reliquia de su
rostro herido dibujado con su misma sangre sobre el velo; con aquella sangre
misericordiosa capaz de plasmar la imagen divina en los corazones de los hombres
que la perdieron por el pecado.

Considera, alma mía, aquella imagen doliente del Salvador que, como la
redención, se escribió con sufrimientos. ¿Quieres dejar impresa en ti la imagen de
Cristo?, ¿quieres parecerte al Salvador?, ¿quieres convertirte en una especie de
bosquejo divino como lo fuiste al bautizarte y hasta antes de pecar?, pues este
boceto divino sólo se dibuja en virtud de esta sangre sacrosanta; solamente puede
formarse con el cincel del sufrimiento; solamente termina de fijarse con la paciencia,
y solamente es fiel a los detalles en la medida que se emprenda con alegría.

Transforma, Jesús mío, mi alma en aquel velo capaz de recibir tu imagen,


aquella que mis faltas de paciencia fueron borrando, aquella que se fue gastando
por mi tibieza, por mi mediocridad. Concédeme, te lo ruego, la gracia de aprender a
sufrir con paciencia y recuperar con creces aquella imagen divina que imprimiste en
mi alma el día de mi bautismo como la verdadera llave del cielo.

(Padre Nuestro, Ave María o Gloria)


7ª ESTACIÓN: JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos,


que por tu santa cruz redimiste al mundo

Contempla nuevamente la caída


injusta y cruel
de aquel que padeciendo vil mancilla
se queda fiel
al plan del Padre eterno que da vida.

El cuerpo herido de Jesús, ablandado por la dureza del camino, los malos tratos
y vejaciones de los soldados, nuevamente sucumbe de cansancio.
“Levántate y camina” dijo Jesús al paralitico (Lc 5,25), mas no es simple
decírselo ahora a su cuerpo maltratado pues el paralitico cargaba tan sólo sus
pecados, en cambio Jesús carga los del mundo entero: los pecados de quienes lo
circundan, de quienes ni siquiera lo conocen, de quienes lo rechazaron y de todos
los hijos de Adán. Pero hay un peso particular que fue la causa de esta caída de
Jesús y esos fueron mis pecados, mis propias recaídas.

Considera, alma mía, cómo el Señor del cielo cae por tierra a causa de tus
culpas; mira en esta cruel escena tu inconstancia, tus faltas de firmeza en la
enmienda que propones. ¿Cuántas veces dijiste “nunca más” de tal pecado y, sin
embargo, ante el primer pequeño ventarrón caíste nuevamente?, ¿qué harás,
entonces, cuando arrecie con vehemencia el vendaval de la tormenta?; Jesús cae
porque tú has caído, porque quiere mostrarte las consecuencias de tu inestabilidad:
asienta tus propósitos y decisiones en la roca firme del odio al pecado y el amor a
la cruz.

Jesús mío, demando a tus dolores la gracia de levantarme de mis muchas caídas
a causa de la tristeza y el desaliento. Concédeme, Señor, la fortaleza que necesito
para no recaer en las culpas pasadas y levantarme con prontitud de la fosa ruin de
mis pecados.

(Padre Nuestro, Ave María o Gloria)


8ª ESTACIÓN: JESÚS CONFORTA A LAS MUJERES PIADOSAS DE JERUSALÉN

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos,


que por tu santa cruz redimiste al mundo

Tan dolidas como el cielo


lloran mares las piadosas
mujeres cuyo anhelo
es que acabe la horrorosa
vejación cuán lastimosa.
Mas rompiendo sus lamentos
el Sufriente, pues, les dijo:
“No lloréis por mis tormentos,
mas llorad por vuestros hijos
y por vuestros sufrimientos”.

Unas mujeres piadosas seguían el camino de Jesús entre sollozos y empujones.


Los fariseos se burlan de ellas, los soldados las menosprecian, pero ellas quieren
acompañar el Salvador por su vía dolorosa. Se acercan a Él mas no pueden decir
nada, tanta es su aflicción por Jesús que rompen continuamente en llanto. Sin
embargo, ocurre lo menos esperado; es el mismo Jesús quien intenta confortarlas:
“no lloréis por mí”… ¿quién consuela a quién?, quisieron ayudar y ellas mismas son
animadas por las palabras siempre vivas del Mesías. Llorad por vosotras mujeres
piadosas, llorad más bien por vuestros hijos (Lc 23,28)

Señor Jesús, ¿Cuántas veces he consolado a los demás en sus aflicciones?,


¿cuántas veces me olvidé de mis astillas para aliviar las cruces de mi prójimo?,
¿cuántas veces renuncié a mis preocupaciones para ocuparme de lo verdaderamente
importante?

Considera, alma mía, qué bien te enseña el Señor con su vivo ejemplo, mira con
cuánta claridad y sencillez te instruye: siempre habrá alguien sufriendo más que tú;
siempre encontrarás una pena para aliviar, un consejo para brindar, una verdad
para enseñar: un motivo para ayudar.

Jesús paciente, que ofreces consuelo al pecador que te aflige con sus males,
otórgame la gracia de consolarte en los demás, olvidándome de mis astillas por el
amor de tu cruz.

(Padre Nuestro, Ave María o Gloria)


9ª ESTACIÓN: JESÚS CAE POR TERCERA VEZ

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos,


que por tu santa cruz redimiste al mundo

Por tercera vez rendido


bajo el leño inexorable
se desploma malherido,
cuan divino y lamentable,
Jesucristo escarnecido.

Una vez más el Mesías cae por tierra agobiado y extenuado de sufrimientos. Los
soldados le gritan toda clase de insolencias, no sea que no llegue al Calvario. Con
perversa ironía los fariseos le preguntan ¿por qué no haces ahora un milagro?, ¿por
qué no te sanas a ti mismo?, acudió al Señor, que lo ponga a salvo, que lo libre si
tanto lo quiere (Sal 21, 9). Pero Jesús, que en su pasión no profería amenazas ,
simplemente guarda silencio.

Señor Jesús, Varón de dolores, te golpeas contra el suelo y desde allí observas
atento cómo te desprecian aquellos por quienes caes; ¡basta ya!, Señor de
misericordia, ¡compadécete de ti mismo!: ¿acaso no te asistieron los ángeles en el
desierto?, ¿acaso no te consoló un ángel en el huerto?, mas ahora ni siquiera ellos te
vienen a ayudar. Señor, bien veo que mis reincidencias en el pecado te han arrojado
por tierra; bien comprendo ahora que mis incumplidas promesas te precipitan
nuevamente sin compasión.

Contempla, alma mía, cuán maliciosa tibieza la tuya que hace padecer estos
crueles ultrajes al Verbo eterno que vino a salvarte. Considera los frutos de tu
deplorable actitud: ¿siembras mediocridad?, entonces cosecharás perdición;
¿condesciendes con el pecado?, entonces recibirás tu justa paga. Mira cuánto se
esfuerza el Salvador para que tú no caigas.

Señor Jesús, toma mi voluntad y fortalécela con tu gracia; toma mi


arrepentimiento y riégalo con tu preciosa sangre para que pueda cosechar tu
misericordia divina. Concédeme la gracia de levantarme con un firme propósito de
enmendar mi vida y convertirme a ti con sincero corazón.

(Padre Nuestro, Ave María o Gloria)


10ª ESTACIÓN: JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos,


que por tu santa cruz redimiste al mundo

Arrancan y reparten sus vestidos


verdugos que reviven las heridas
que cubren todo el cuerpo del Ungido:
cumpliendo, una vez más, las profecías
(Mt 27,35)

Los soldados sin compasión y con burlona insolencia arrancan a Jesús los
vestidos que traía ya adheridos a su lastimado cuerpo, reviviendo sus heridas,
abriendo sus terribles llagas, y atentando impíamente contra su santo pudor. Jesús
queda casi desnudo, cubierto con un manto de sangre y una punzante corona de
espinas. ¿Hasta dónde llegará la ponzoñosa actitud de los soldados?; reparten sus
vestidos y sortean la túnica, tal cual vaticinaron las escrituras (Sal 22,19).

Entre burlas y desprecios, Jesús mío, continúas padeciendo por amores; ¿cuánto
más soportarás por mí?; ya comprendo, Señor, ya comprendo; de la misma manera
quieres que arranque de mí toda falta de recato, toda inmodestia y precipitación.

Considera, alma mía, la misericordia de Cristo que por ti se deja desgarrar, pero
más aún ten en cuenta cómo se destroza su Corazón divino cada vez que
buscándote a ti misma le arrancas del lugar que por derecho le corresponde a Él
para poner allí tus desordenados afectos y tus vicios.
Despójate, alma mía, de tus afectos mundanos así como Jesucristo fue despojado
de sus vestidos y de su sangre, revístete de una vez con esta sangre divina que
hermosea y fortalece en la adversidad, que purifica y mueve a perseverar en el bien.

Señor Jesús, que tan terribles afrentas padeciste por mis innumerables culpas,
concédeme la gracia de arrancar de mi alma los afectos mundanos, cueste el trabajo
que cueste, duela cuanto duela, o sangre cuanto sangre.

(Padre Nuestro, Ave María o Gloria)


11ª ESTACIÓN: JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos,


que por tu santa cruz redimiste al mundo

Jesús, Varón de dolores,


traspasado en el madero,
derramando sus amores
silencioso cual cordero,
ruega al Padre que perdone
la crueldad que le infligieron.

Los encarnizados clavos taladran sin compasión las manos y los pies de Jesús.
Terrible sufrimiento del Mesías en que atraviesan también su corazón y, sin
embargo, de este mismo corazón herido brota con inefable ternura aquel perdón
inabarcable , tan divino como sincero, que implora al Padre eterno una vez más
intercediendo por los hombres: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”
(Lc 23,34).

Contempla alma mía el arquetipo divino del perdón, contempla aquella copiosa
sangre, divina e inocente, que desea empaparte por completo y purificar tus
inmundicias, arrancarte los parásitos del rencor y el resentimiento que buscan
continuamente anidar en ti; que quiere enseñarte la verdadera semejanza con Cristo
que comienza en el perdón y culmina con la cruz, porque Jesucristo al ser clavado
por tus pecados rogó a su Padre por ti. Comparte con los demás lo que has
recibido de Dios, lo que Cristo te alcanzó, lo que no mereciste sino en su sangre.

Te suplico Jesús mío, enséñame a perdonar con sincero corazón las pequeñas
ofensas, porque muchas más y terribles recibiste por mi causa y sin embargo tu
perdón fluye en un desbordante torrente cuyo cause es el madero de la cruz.

Señor, que nunca olvide tu misericordia para ser misericordioso con los demás,
y que pueda compartir el tesoro inmensurable de tu perdón contemplando
constantemente los impíos clavos en tus pies y manos, pues tan misterioso es el
don divino de tu perdón que mientras más se comparte, más abundante se vuelve.

(Padre Nuestro, Ave María o Gloria)


12ª ESTACIÓN: JESÚS MUERE EN LA CRUZ

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos,


que por tu santa cruz redimiste al mundo
...El precio de esta mi alma pecadora
fue un Dios crucificado
que ofrece eternidad a quien quisiere
morar en su costado.
Señor, que vuestra muerte sea mi muerte
que aquí con vos me muero.
la vida que sufriente me ganasteis
clavado en vos espero.
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y dicho esto expiró” (Lc 23,46).
Se ha cumplido la hora perentoria… y Jesús permaneció fiel.
El universo entero se muestra dolorido por la muerte del Verbo Encarnado: los
cielos se revisten de tinieblas; la tierra vehemente reprocha el deicidio de los
hombres estremeciéndose con furia; los mares se agitan, los vientos arrecian, pero
los hombres simplemente huyen. El velo del templo se rasga por la mitad porque el
Santo de los Santos, venido en carne, fue entregado a la muerte por aquellos que
vino a salvar.
¿Ya ves, Jesús mío, cómo he huido tantas veces de tu cruz?, huyo ante los
temblores que agitan mi conciencia, ante las mociones de tu espíritu que soplan en
mi alma, ante la sombría miseria que se cierne sobre mí, y, sin embargo, tú
permaneces ahí, convertido tu cuerpo exangüe en monumento divino-humano de
aceptación a la voluntad del Padre, de amor por los hombres y entrega absoluta
hasta la muerte por causa de mi alma.
Considera, alma mía, cuánto valió tu salvación; considera la bendita vida del
Mesías que humildísimo, siendo Creador de cielo y tierra, se hizo pequeño candil
para iluminar tus tinieblas con su luz, aquella luz que despreciaron tus
innumerables faltas y que ahora se apaga lentamente con su propia sangre para
mostrarte hasta qué punto es capaz de llegar el amor divino por ti.

Señor y Dios mío, por tu santa muerte, por tus clavos, tus espinas, tu madero,
concédeme, te suplico encarecido, un crecido, intenso y constante dolor de mis
pecados; concédeme por favor la gracia de crucificarme cada día y morir contigo.
Mi buen Jesús, permíteme llorar mis pecados con mi vida tomando cada día mayor
conciencia de que sólo cobra sentido si la vivo a la luz de tu entrega por mí hasta la
muerte.

(Padre Nuestro, Ave María o Gloria)


13ª ESTACIÓN: JESÚS ES DESCLAVADO DE LA CRUZ Y PUESTO EN LOS BRAZOS DE SU
MADRE

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos,


que por tu santa cruz redimiste al mundo

María con el alma destrozada


contempla silenciosa
al Hijo cuya vida fue arrancada
con muerte tormentosa.
La Virgen desde entonces fue llamada:
la Madre Dolorosa.
El universo entero se conmueve ante la más triste escena de la historia. La
Virgen madre del Verbo lo recibe inerte entre sus siempre tiernos y maternales
brazos. Jamás una lágrima pudo contener tanto dolor, tanta resignación y tanta
soledad como en María santísima. Su regazo fue la cuna que lo recibió en el mundo,
y ahora se convierte en la mortaja fúnebre que lo despide.
¡Virgen madre!, cómo resuenan en tu llagado corazón las palabras del anciano
Simeón: “y a ti misma una espada te atravesará el corazón” (Lc 2,35); ¡madre mía,
cuna del Verbo!, agonizas sin poder morir al contemplar el cuerpo inerte de tu
divino Hijo cubierto con la misma sangre que tomó de tus purísimas entrañas; bien
dice de ti la escritura: “¿a quién te compararé y asemejaré, hija de Jerusalén?, ¿a
quién te igualaría yo para consolarte, virgen hija de Sion? Tu quebranto es grande
como el mar” (Lam 2,13). El cielo llora contigo Madre; los ángeles parecen sollozar
con tus gemidos y tu misma soledad parece balbucear un melancólico suspiro: se ha
escrito en la historia de la salvación la página que contiene la más triste tristeza.

Contempla, alma mía, cómo la malicia de tus pecados repercutió hasta


convertirse en cruel espada que atraviesa el corazón de María y la sumerge en
absoluta soledad, pues perdió a Dios y a su Hijo en un mismo instante.

Madre de dolores, hermosa rosa que padece sus espinas, te suplico en tu


soledad que me alcances la gracia de elegir la muerte antes que volver pecar; que
pueda unir mis renuncias, esfuerzos, sacrificios y hasta la misma sangre, si Dios lo
quiere, a la muerte redentora de tu Hijo.

(Padre Nuestro, Ave María o Gloria)


14ª ESTACIÓN: JESÚS ES COLOCADO EN EL SEPULCRO

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos,


que por tu santa cruz redimiste al mundo
Descansa finalmente
el cuerpo sacrosanto
de aquel Cristo sufriente
que amó a los hombres tanto;
La Virgen silenciosa
se aleja con confianza.
es la única que guarda
en su Hijo la esperanza.

El sacrosanto cuerpo de Jesús es perfumado con suaves aromas y envuelto


cuidadosamente en lienzos. Ahora todo es silencio. El universo entero está de luto
contemplando la sepultura de aquel que vino a traer vida.
La Virgen santísima, con sobrehumana fortaleza, le da el último abrazo, y
besando con inefable ternura la herida frente de su Hijo lo mira resignada dando un
tenue, lento y profundo suspiro que misteriosamente alcanza el cielo.
Todo está consumado Virgen fiel, ya descansa en paz tu Hijo amado que venció
la muerte muriendo, que venció al pecado sufriendo y conquistó las almas de los
pecadores perdonando.
Madre corredentora, ya ves cómo se cierra el sepulcro y queda adentro tu
corazón, mas contigo permanecen tu dolor, tu soledad y tu esperanza.
Considera, alma mía, la desolación de la Virgen Madre, ya ni siquiera tiene el
consuelo de ver el cuerpo de su Hijo que se esconde tras la inamovible roca.
Contempla el corazón herido de María, entre congojas y esperanza, pues todos se
marcharon junto con la vida de Jesús pero ella aún, y más que nunca, tiene fe en las
palabras de su hijo: “tened fe y confianza en Dios y en mí” (Jn 14,1).

Señor y Dios mío, te imploro con toda el alma que sepultes mis pecados tras la
roca inquebrantable de tu misericordia; concédeme la gracia de vivir muriendo
junto a ti; imprime tu pasión en mi alma acongojada, con la misma santa
aceptación que mostraste hasta el sepulcro. Afianza, por tu sangre, mi esperanza en
tu sacrificio y otórgame, te lo ruego, la sincera, efectiva y perseverante conversión y
odio al pecado. Señor Jesús, por tus benditas llagas, que pregone tu misericordia
infinita con mi vida, y haz que no cesen de resonar en mi interior aquellas
maravillosas palabras que resumen todo el plan de redención: “yo tampoco te
condeno, vete y no peques más” (Jn 8,11)
(Padre Nuestro, Ave María o Gloria)
ORACIÓN FINAL
Oh Padre eterno que entregaste a tu propio Hijo por la salvación de mi alma;
oh Espíritu Divino que santificaste la sagrada pasión del Mesías esperado por los
pecadores; oh Verbo encarnado que con tu misma sangre expiaste mi culpa:
Trinidad santísima, Dios misericordioso, te suplico con el alma prosternada y
dolorida de mis muchas faltas, concédeme honrar con mi vida la Sagrada Pasión de
Jesucristo y abrazar gustosamente la cruz mediante la cual me libró de las cadenas
de mis culpas; haz Señor que deteste el pecado hasta la muerte y no se haga vana
en mí la sangre preciosa de tu Hijo; y concédeme una vida contrita cimentada en tu
perdón y tu esperanza.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Nuestra Señora de los dolores,
¡Ruega por nosotros!
Por las intenciones del Santo Padre: Padre Nuestro, Credo y Gloria.
Mi Victoria

“No está, Señor, en armas mi victoria


Ni está con los halagos de este mundo,
Se encuentra en un sentido más profundo
Que es darte, con la vida, honor y gloria:
Mi triunfo está, Señor, en tu madero,
Tu sangre, tus espinas y tu muerte,
Que a mi alma pecadora vuelve fuerte
Cuando ésta se hace mansa cual cordero.
Tu cruz para el impío es un fracaso,
Mas es la redención para el creyente
Que vence cuando muere en tu regazo:
Señor, quiero vivir así muriendo
Contigo, traspasado, fiel, sufriente,
Que allí, junto a tus penas, voy venciendo”

A Dios sea la gloria.

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