INTERVENSION ADULTO MAYOR
La intervención psicológica se encarga del abordaje de la salud mental en las
distintas áreas de desempeño de las personas, por tanto también se ha
considerado una buena herramienta para las intervenciones a aspectos
psicológicos en la adultez mayor, más aun teniendo en cuenta el momento de
envejecimiento poblacional en el que se encuentra la población mundial, se hace
necesario entonces aclarar aspectos relacionados con la intervención psicología y
el adulto mayor.
Teniendo en cuenta el concepto definido por la Organización Panamericana de la
Salud - (OPS) se entiende como adulto mayor a personas de 65 años o más, las
cuales se encuentra en una etapa con presencia de deficiencias funcionales, como
resultado de cambios biológicos, psicológicos y sociales, condicionados por
aspectos genéticos, estilos de vida y factores ambientales. Envejecer se
constituye en un proceso cambiante tanto a nivel fisiológico como social. En un
sentido más amplio, se puede asumir que el envejecimiento resulta de la suma de
todos los cambios que ocurren a través del tiempo en todos los organismos desde
su concepción hasta su muerte. (Cardona, 2002. Citado en Restrepo et al., 2006)
Se destacan entonces tres tipos de edades: la edad biológica: en esta se puede
considerar la edad cronológica de un individuo o la condición de sus órganos y el
sistema corporal. Y también la posición actual del individuo en relación a su índice
de longevidad, esto varía en cada especie según los años, por ejemplo en
humanos el índice de longevidad es de 100 años y en un animal x puede ser de 15
años, por eso la edad cronológica tiene distinto significado para cada especie. La
edad psicológica se relaciona con el concepto de edad funcional, y se refiere al
nivel de capacidad que posee una persona en relación a otros de la misma edad,
para el funcionamiento dentro de una sociedad. Por último la edad social, esta se
refiere a los comportamientos sociales y roles que desempeñe un individuo
relativo a las expectativas de la sociedad, por ejemplo el retiro laboral a los 65
años es una definición social de lo que significa la edad avanzada. (Montalvo,
1997). Por otro lado, el envejecimiento se puede distinguir del concepto de vejez.
Se entiende entonces el envejecimiento como un proceso que se vive desde el
nacimiento de un individuo y se caracteriza por los cambios que se dan a nivel
físico, mental, individual y colectivo. Estos cambios se deben ver como procesos
inevitables y naturales. (Fuentes, 2014).
En la psicología, aparecen las teorías psicológicas para brindar orientación sobre
la intervención psicológica, las teorías psicológicas como herramientas funcionales
que ayudan a entender, describir, predecir e incluso cambiar la conducta humana.
Es decir, estas teorías, son modelos descriptivos, donde aparecen construcciones
teóricas, como conceptualización de lo empírico.
Así la intervención consiste en la aplicación de técnicas o estrategias psicológicas
por parte de un profesional que se encuentre acreditado, esto con el fin de prestar
ayuda a otras personas a comprender, reducir y solucionar sus problemas y a
prevenir la aparición de estos, mejorando la capacidad y relaciones de las
personas aun en ausencia de problemas. Por ejemplo ayudar a una familiar que
tenga conflictos a mejorar la comunicación, ayudar a adolescentes a mejorar sus
habilidades para relacionarse, y en general en los distintos campos en lo que
puede incursionar la psicología, como el educativo, salud, laboral, comunitario,
entre otros. (Bados, 2008).
Categoría de 1er Categoría de 2do Orden Categoría de 3er Orden
Orden
Definiciones sobre intervenciones y el -Psicología social del envejecimiento.
adulto mayor (enfoques teóricos) -Perspectiva Evolutiva.
-Psicología del desarrollo
-Apoyo Psicogerontologico
Campos de intervención psicológica con -Ámbito clínico y salud.
el adulto mayor -Neuropsicología
-Humanista
Intervención Técnicas o estrategias de intervención -Psicoterapia
Psicológica con adulto (modelos de intervención) -Arte terapia
mayor - psi coeducación a familiares que
están al cuidado de los adultos
mayores
-Evaluación, diagnóstico y tratamiento
-Cognitivo-conductual
Objetivos de las intervenciones -Finalidades de las intervenciones
psicológicas
Aspectos psicológicos del adulto mayor -Deterioro cognitivo.
cognición, conducta y emoción, -Emociones.
-Habilidades sociales.
-Estilos de vida saludable.
La Psicología ha sido una disciplina que ha contribuido a tratar y mejorar aspectos emocionales,
conductuales y cognitivos que causan malestar en las personas, desde esta perspectiva se pueden
identificar áreas de desempeño y con distintas poblaciones, lo que permite dirigir las
intervenciones de forma variada y específicamente a una meta establecida. En este caso se quiere
hacer un recorrido por las distintas características de la intervención psicológica en adultos
mayores y dar cuenta de cuáles son esas intervenciones psicológicas que se hacen con esta
población. La intervención psicológica se refiere a la aplicación de técnicas o principios propios de
la psicología para generar cambios cognitivos, conductuales o emocionales en los individuos y a la
promoción y prevención de la enfermedad (Rodríguez, Valderrama y Molina, 2010). Así mismo,
estas técnicas se pueden considerar como rutas que conducen a una meta y a esa meta se puede
llegar por medio de distintas técnica. Esas técnicas se relacionan por el objetivo a cumplir, mejorar
la calidad de vida de los adultos mayores y difieren un poco en la forma en que cada una aborda
un aspecto a mejorar.
Referencias bibliográficas Arango, D. C. (2003). Salud mental del adulto mayor. Medellín. Bados, A.
(21 de octubre de 2008). La intervencion psicológica: caracteristicas y modelos. Barcelona, España.
Berger, Kathleen. (2009). Psicología del desarrollo adultez y vejez. Bogotá: Editorial Médica
Panamericana. Bilyk, E. C. (2015). Caracterizacion de la producción científica Iberoamericana sobre
intervenciones en la prevención del deterioro cognitivo en adultos mayores. Psiencia: Revista
Latinoamericana de Ciencia Psicológica, 383-396. Carstensen, L. Barry, E. (1990). Gerontología
clínica: intervención psicológica y social. Barcelona : Martínez Roca. Centro de Psicología
Gerontológica. (1982). La psicología gerontológica: desarrollo y perspectivas. "Revista
Latinoamericana de Psicología 1982/V14/No.3. constitucional, C. (2015). Constitución política de
Colombia de 1991. Bogotá: corte constitucional. Contreras, D. Moreno, M. Martinez, N. Araya, P.
(2006). Efecto de una intervención cognitivo conductual sobre variables emocionales en adultos
mayores. Revista Latinoamericana de Psicología (Bogotá) Vol. 38, No. 0
Objetivos especificos
Incorporar en las familias conocimientos y habilidades que faciliten el manejo del adulto mayor
Las psicoterapias en el anciano pueden cosechar un éxito
inmediato, venciendo su nihilismo y cansancio psíquico y
emocional crónicos. De esta forma podemos conseguir
dar un sentido al «sinsentido» de la vida, apartando al
anciano de ese punto de fuga cínico que es la muerte. La
psicoterapia de la vejez trata de iluminar la
fantasmagórica realidad del anciano generando un nuevo
amanecer de felicidad y optimismo.
En España las personas mayores de 65 años se acercarán
a seis millones en este año 2000 (el 15% de la población
aproximadamente). Gran parte experimenta algún
problema de salud o deterioro físico y alrededor de una
cuarta parte padece algún tipo de trastorno o problema
psicológico, tal como ansiedad, deterioro cognitivo,
alteraciones de conducta, depresión o abuso de
sustancias (alcohol, medicamentos, etc.) entre los más
frecuentes. Ya desde los años sesenta empieza a tener
relevancia clínica el problema de que la interacción social
disminuye con la edad, lo que supone un impacto en el
estado anímico y cognitivo de la población anciana, que
aboca en muchos casos a trastornos de depresión y
deterioro cognitivo.
En este sentido (Carstensen y Edelstein, 1990), partiendo
de la observación empírica de datos experimentales y
clínicos, sugieren dos puntos de vista contrapuestos: la
teoría de la desvinculación y la teoría de la actividad.
Según la primera (basada en la teoría fundamental de la
sociología), la desvinculación sería una respuesta
preparatoria a la muerte inminente del individuo anciano.
Además, la teoría de la desvinculación supone que la
sociedad libera al anciano de las responsabilidades
sociales imponiendo el anciano a su vez una distancia
psicológica en las relaciones sociales: el abandono social
sería mutuo, social y de adaptación. Cumming y Henry
(1961) defendieron que el aislamiento es, pues, ineludible
y representa una disociación gradual de la vida, puesto
que la muerte es inevitable. Sin embargo, en revisiones
posteriores, Neugarten, Havighurst y Tobin (1968)
encontraron que la desvinculación psicológica no coincidía
con la expresión social de abandono, en concreto la
jubilación, sino que la precedía en aproximadamente
10 años; también declararon que la desvinculación
describía el proceso de envejecimiento sólo para ciertos
tipos de personalidad.
Desde el punto de vista de la segunda teoría, los ancianos
deberían permanecer activos y comprometidos para
poder ajustarse correctamente a la edad avanzada. No es
una teoría formal y al contrario se opone a la teoría de la
desvinculación. Maddox (1963, 1968) mantenía que un
ajuste psicológico óptimo comporta un compromiso social
que trasciende en las etapas avanzadas de la vida.
También afirmaba que la disminución en la interacción
social no se inicia mutuamente, sino que viene impuesta
externamente: es el resultado desafortunado de un
declive de la salud, una disminución del número de roles
sociales y las muertes de amigos y parientes. De acuerdo
con esta teoría, los ancianos psicológicamente sanos son
los que permanecen activos a pesar de sus pérdidas, que
reemplazan apoyos y roles perdidos por otros nuevos y
que mantienen, tanto tiempo como pueden, la actividad
en roles perdurables.
Por otro lado, otra implicación potencial de la inactividad
social es la soledad. En efecto, Comfort (1984) manifiesta
que la soledad es «estar sólo cuando uno no quiere». En
realidad es dudoso que la soledad sea más común en los
últimos años de la vida que en la juventud o en la
maduez, si exceptuamos dos de las causas que la
ocasionan: de un lado, la aflicción por la muerte de un ser
querido (teniendo además en cuenta que salidas tales
como el trabajo activo, que podían mitigar la pena,
quedan cerradas en la ancianidad). De otro, la
enfermedad; la mayoría de las personas mayores que se
quejan de soledad están en realidad enfermas: unas
psicológica y otras físicamente.
Siguiendo las exposiciones de Carstensen y Edelstein
(1990), en un estudio sobre la soledad se puso de
manifiesto que las personas curiosamente «menos
solitarias» tenían 65 años o más y además mencionaron
mayores satisfacciones familiares y sociales. Pero, sin
duda, el aspecto más importante de la soledad es
posiblemente la pérdida de un vínculo afectivo íntimo. En
este sentido, Revenson (1984) pudo demostrar que la
soledad se correlaciona inversamente con el grado de
integración sociofamiliar.
En este sentido, también Comfort (1984:246) manifestó lo
siguiente:
«Si se esperara de las personas mayores que trabajasen y
se les permitiese que lo hicieran evitaríamos ciertamente
una gran cantidad de infelicidad. El trabajo, a no ser que
se realice totalmente en solitario, es el antídoto natural de
la soledad, y (si seguimos insistiendo en mantener a la
gente «jubilada» como grupo segregado) el mejor
remedio para la soledad después del trabajo sería el
desarrollo de centros para personas mayores donde
dispongan de algo más que de clases de cerámica y
costura y mejor, a ser posible, organizaciones para la
defensa de sus propios derechos; y aún sería mejor
todavía si fueran para todo tipo de personas sin mantener
estúpidos límites de edad en lugar de colectivos
exclusivos de personas mayores. Pero por algo hay que
empezar.»
De otro lado, Montorio et al (1999) consideran que la
depresión puede ser una manifestación predominante de
un problema de ajuste, es decir, una reacción excesiva a
estresores psicosociales específicos. En efecto, hay una
evidencia de que las personas mayores reaccionan al
estrés (teniendo en cuenta la cantidad de cambios y
estresores a los que tienen que adaptarse) con
sentimientos de depresión, mientras que en adultos más
jóvenes es más probable que presenten un cuadro de
excitación o ansiedad (Allen y Blazer, 1991). Asimismo
hay una relación recíproca entre el estilo cognitivo de la
persona deprimida y su funcionamiento interpersonal. Así
pues, el anciano deprimido tiene tendencia a centrarse y
atender más los aspectos negativos de su entorno que los
positivos. Probablemente no se trata de una distorsión
cognitiva, sino que son aspectos negativos reales a los
que prestan más atención y por ello son más vulnerables
para procesarlos, justamente todo lo contrario de lo que
sucede con los aspectos positivos de su vida. Esta
perspectiva fortalece la sintomatología de la depesión,
haciéndose más negativo y aversivo ante los otros, lo
cual, a su vez, estimula el rechazo o la ambivalencia de
los demás y al mismo tiempo esta conducta es percibida
de modo muy negativo por el anciano deprimido. Ello da
lugar a una exacerbación de los síntomas, estableciendo
una interacción social muy negativa o disminuyéndola
hasta el punto de extinguirla, lo que aboca finalmente en
el aislamiento social.
Otros autores observaron (Bennett, 1968; Tec y Granick,
1959; Weinstock y Bennett, 1971) que los ancianos que
ya estaban aislados antes de ingresar en una residencia
geriátrica presentaban una gran dificultad para
interactuar con sus compañeros y con el personal frente a
otros ancianos que no estaban aislados ya antes del
ingreso residencial. Por tanto, y de acuerdo con Bennett
(1980), el aislamiento social es el resultado de la
desocialización y se traduce en múltiples trastornos
emocionales. En consecuencia, los ancianos inactivos y
aislados se vuelven menos capaces socialmente y, por
tanto, presentan un mayor riesgo psicopatológico de
problemas interpersonales y emocionales que pueden
activar el deterioro cognitivo y especialmente la
depresión.
Precisamente un método especialmente útil e interesante
para combatir este deterioro cognitivo y anímico del
anciano es el desarrollo y estímulo de las habilidades
sociales (HHSS) (Caballo, 1997), de tal suerte que la
potenciación de la conducta social, la expresión de los
sentimientos, actitudes, deseos, opiniones y derechos
produce en última instancia una mejoría de la satisfacción
personal y social, así como de la autoestima. La
implantación de programas de HHSS se configuran cada
vez más como instrumentos terapéuticos útiles paa
moderar la inhibición, la agresividad, la anhedonia y la
ansiedad psicopatológica del anciano.
Algunas características definitorias de estas habilidades
serían las siguientes: la conducta socialmente habilidosa
es situacionalmente específica; el objetivo principal es
obtener o mantener reforzamiento (consecuencias
agradables o deseables o eliminación de consecuencias
desagradables o indeseables) del ambiente; produce
satisfacción personal y social.
La asertividad se incluye dentro de las HHSS como un
aspecto diferencial de las mismas. Comprende la
capacidad de la persona para expresar pensamientos,
sentimientos, defender sus derechos respetando los de
los demás y actuar, según su interés, sin agresividad,
inhibición o ansiedad excesiva.
Modelos de intervención psicoterapéutica
Hasta el momento presente las actuaciones
psicoterapéuticas en relación al anciano han sido muy
limitadas en el ámbito de la salud y de la prevención del
deterioro físico y mental. No obstante, según Knight y S.
Fox (Montorio et al, 1999) la terapia conductual es
perfectamente adecuada para aplicarla en la edad
avanzada e incluso las técnicas conductuales resultan
más aceptables a las personas mayores que la
medicación psicotrópica (Burgio et al, 1995). Asimismo
también parece clara la defensa de la intervención
psicológica frente a la farmacológica (Steuer et al, 1984)
dado que no presenta los graves inconvenientes
asociados a los psicofármacos en la edad avanzada:
incompatibilidad con otros fármacos necesarios para la
mejoría de trastornos físicos importantes, aumento del
número de caídas y de fractura de cadera asociadas a
éstos, incomodidades y molestias por las posibles
consecuencias secundarias (efectos anticolinérgicos de
los tricíclicos frecuentes y en principio peligrosos en esta
población, aumento de la confusión mental, problemas
urinarios importantes, etc.). Por otra parte, la
aproximación conductual se ajusta especialmente bien a
las exclusivas necesidades de los ancianos con deterioro
cognitivo. Aunque las personas con una demencia severa
pueden no entender ni recordar terapias cognitivas,
responden perfectamente a los paradigmas de
condicionamiento clásico y operante. Al mismo tiempo, la
universalidad del paradigma conductual se encuentra
demostrada por el hecho de que los tratamientos
conductuales son de los más efectivos y utilizados con
adultos de todas las edades para múltiples problemas,
como la depresión, la ansiedad, el afrontamiento del
dolor, al insomnio, etc.
La posibilidad de realizar cambios en el funcionamiento
personal de los ancianos se ve avalada por la efectividad
de las terapias cognitivas aplicadas hasta el momento con
ellos. Como expone De Miguel (1999), el objetivo general
de las terapias psicológicas es resolver problemas
psicológicos, entendiendo por ellos, en términos
generales, las dificultades que tiene una persona en sus
relaciones con otros, en la percepción que tiene del
mundo en relación consigo misma o en sus actitudes
hacia sí misma. En palabras de Kanfer y Goldstein (1986)
los problemas psicológicos se caracterizan por
sentimientos de ansiedad, insatisfacción con la propia
conducta, excesiva atención sobre el área problemática,
ineficacia para consegur las metas deseadas o
incapacidad para funcionar de forma eficaz en las áreas
psicológicas. El objetivo del gerontopsicólogo es ayudar al
anciano a solucionar los problemas psicológicos que
surjan de modo que cambie para mejor, desarrollando sus
potenciales al máximo para poder acceder de este modo
a las oportunidades que le brinda su ambiente. A las
terapias conductuales subyace el supuesto de que todas
las conductas humanas son aprendidas y susceptibles de
modificación, por lo que siempre que exista una causa
biológica responsable de un problema ha de actuarse
desde la medicina y sólo desde el punto de vista
psicológico, en aquellos casos donde sea necesario un
nuevo aprendizaje, bien para adquirir nuevos hábitos o
bien para eliminar los existentes que provocan malestar a
la persona. Asimismo, las terapias cognitivas tienen como
raíz común el considerar que las emociones y la conducta
son principalmente una función de cómo se construyen
los sucesos ambientales. La implicación terapéutica es
lograr una mejora, al menos, en algunos problemas
humanos, modificando directamente las construcciones
que tienen las personas de su mundo. El terapeuta
intenta ayudar al paciente para que sea consciente de las
creencias, temas actuales, asuntos escondidos y metas
personales (estructuras cognitivas) que influyen en cómo
valora y cómo procesa eventos. En concreto, respecto a la
interacción social (Yanguas et al, 1998) se ha de ser
consciente de la importancia que tiene el carácter que la
interpretación y vivencia subjetiva imprime a los hechos y
las conductas. Es indispensable, pues, intervenir sobre
esas interpretaciones y representaciones sociocognitivas
y trabajar sobre las atribuciones que de ellas se hacen a
temas referentes como la convivencia y relaciones, la
actividad, satisfacción y salud entre otros, analizando los
diferentes tópicos en relación a estos temas,
identificándolos, rebatiéndolos y generando alternativas
de forma que se vea que otras formas de pensar son más
reales y productivas para el bienestar y la salud.
Cuando un psicólogo clínico ha aprendido ambos grupos
de terapias es bastante difícil que utilice una de ellas de
forma pura, es decir, sin recurrir a ninguna de las técnicas
del otro grupo, pues ambas no deberían considerarse
como incompatibles, sino, todo lo contrario, como
complementarias. La efectividad de las experiencias
terapéuticas, tanto individuales como de grupo, aunque
escasas todavía, se avala por los logros obtenidos. Sirva
para dar cuenta de ello esta pequeña muestra, los
trabajos referenciados en la tabla 1.
La adaptación de las terapias
Es altamente beneficioso y favorable realizar pequeñas
modificaciones en la estructura de las terapias en función
de los déficits sensoriales y fragilidad emocional de los
ancianos. Dado que todos los comportamientos humanos
son aprendidos y por tanto modificables, los ancianos son
perfectamente capaces de aprender. Como escribe Kalish
(1983:61):
«Los estereotipos populares de las personas mayores
sugieren que éstos encuentran el aprendizaje como una
dificultad en general y el aprendizaje de las nuevas ideas
y técnicas virtualmente imposible, pero con muchos
estereotipos relacionados con la edad, éste ha sido
también desacreditado tanto por la investigación como
por la observación directa. Las personas mayores son
altamente capaces de aprender, pudiendo ser también
receptivas a nuevas ideas y capaces de aprender nuevas
técnicas. Los factores emocionales, no obstante, sobre
todo el temor de que las propias acciones no sean
aceptadas por otros, hacen que se paralice la propia
actividad.»
Y como señalan Montorio et al (1999), con el paso de la
edad se presenta una tendencia a tener un concepto
negativo de la propia competencia, creencia que se
exacerba en el caso de los pacientes deprimidos. Clauss y
Hiebsch (1961) partiendo de concepto de aprendizaje
como modificación del comportamiento determinada por
la experiencia comprueban que el aprendiaje no se limita
a ningún sector del desarrollo humano. Ya el lactante
adquiere experiencias, es decir, aprende. El anciano
amplía su caudal de experiencias, también él aprende.
De todas maneras se advierten determinadas
reestructuraciones cualitativas en el proceso de
aprendizaje, como una creciente importancia de la
motivación, cierto modo de presentación de los
contenidos de aprendizaje, de claridad, pero «los
mecanismos del proceso de aprendizaje son, sin embargo,
relativamente iguales que en cualquier otra edad» (Löwe,
1971:39; Aebli, 1961:14).
Desde el punto de vista de la intervención
psicoterapéutica y clínica, Thompson (1996) advierte que
para mantener un proceso de aprendizaje activo en la
terapia cognitivo-conductual las sesiones deben ser
altamente estructuradas. A los pacientes ancianos se les
deben pedir frecuentemente resúmenes de la sesión
entrenada, la cual no debe de presentar contenidos
complejos e incluso debe ser adaptada para este tipo
específico de población.
Asimismo, según Andrés y Bas (Montorio et al, 1999),
debido a algunas dificultades de atención, en la terapia
cognitivo-conductual con ancianos se recomienda que la
duración de la sesión se decida según las características
individuales de cada caso y/o la utilización de técnicas de
relajación para disminuir las dificultades de concentración
debidas a la ansiedad (Perris, 1990). Ante la resistencia
de los pacientes a ensayar nuevas conductas o a
implicarse en actividades nuevas, el terapeuta debe ser
asertivo y reestructurar las creencias o estereotipos que
«justifican» el no ensayar comportamientos nuevos o el
no implicarse en las tareas para casa.
Es particularmente importante, como expone Montorio et
al (1999) el manejo de la ansiedad en las personas de
edad avanzada. Las pérdidas asociadas a la última etapa
de la vida requieren una readaptación psicológica que
implica que las personas mayores deban manejar la
ansiedad de interactuar ante nuevas configuraciones
estimulares más aversivas que gratificantes, tales como:
situaciones estresantes crónicas o cotidianas, enfermedad
propia o del cónyuge, déficits sensoriales, muerte o duelo,
jubilación, problemas familiares, problemas económicos,
traslado a una residencia, además de las ya existentes.
Técnicas psicoterapéuticas más utilizadas
Técnicas de control de la ansiedad: respiración
y relajación progresivas simplificada de Jacobson (Cautela
y Groden, 1985)
La respiración se utiliza como complemento a la relajación
e incluida en ésta.
Respiración
Un adecuado control de la respiración es una de las
estrategias más sencillas para manejar los aumentos en
la activación fisiológica. Una respiración adecuada hace
posible una mejor oxigenación del organismo, con el
consiguiente incremento del porcentaje de oxígeno en la
sangre, lo que, por un lado, favorece un mejor
funcionamiento de los tejidos y órganos corporales, y por
otro, un menor gasto energético, en especial un menor
trabajo cardíaco; esto dificulta la aparición de fatiga, así
como la de malestar o incomodidad. Por el contrario, una
respiración inadecuada que consiga un menor volumen de
oxígeno en cada inspiración puede suponer un menor
porcentaje de oxígeno en la sangre, dificultando
lacorrecta oxigenación de los tejidos y provocando un
mayor trabajo cardíaco (hay que hacer llegar más
cantidad de sangre al estar ésta menos oxigenada) y una
intoxicación general del organismo mayor.
Los ejercicios dirigidos a mejorar la respiración permiten
aprender a controlarla y en consecuencia favorecen la
aparición de los beneficios asociados a una buena
oxigenación, entre ellos, además de ayudar al control de
la activación fisiológica, la reducción de la tensión
muscular, la irritabilidad, la fatiga, la ansiedad, etc., en
general ayudan a conseguir una sensación de tranquilidad
y bienestar. Obviamente, dado que los pulmones no
pueden moverse, la forma de respirar depende
directamente del movimiento de los músculos
interscostales y del diafragma, que permiten que se
expandan los pulmones y pueda entrar aire en ellos. En
esto consiste el aprendizaje de una respiración adecuada,
y es necesario aprender a hacerlo también con zonas más
inferiores como la estomacal y la ventral, es decir,
utilizando también los músculos abdominales. El
entrenamiento empieza por dividir la respiración en tres
partes (ventral, estomacal y pectoral) para llegar a una
respiración continua y profunda.
Relajación
Por otra parte, aunque se tienda a definir la relajación por
referencia exclusivamente a su correlato fisiológico
(ausencia de tensión muscular), realmente constituye un
proceso psicofisiológico de carácter interactivo donde lo
fisiológico y lo psicológico no son simples correlatos uno
del otro, sino que ambos interactúan, siendo partes
integrantes del proceso como causa y como producto.
La activación fisiológica es inespecífica, siendo su
principal mecanismo de acción la activación del sistema
nervioso simpático: la rama simpática del sistema
nervioso autónomo es la responsable de los cambios
fisiológicos presentes en las emociones; su función es
preparar al organismo desde el punto de vista energético;
proporcionándole el aporte sanguíneo necesario para
actuar de forma adaptativa ante las demandas
ambientales. Por el contrario, en los estados de
tranquilidad y quiescencia (como en el caso de la
relajación) el nivel de activación fisiológica se supone
mínimo, siendo su principal mecanismo de acción la
activación del sistema nervioso parasimpático, cuya
función es de riesgo contrario, conservar la energía del
organismo. Ambas ramas actúan según el principio de
inhibición recíproca, así cuando una se activa, la otra se
inhibe y viceversa.
En realidad la relajación no es un estado general
caracterizado por un nivel de activación fisiológica
mínima, sino un estado específico caracterizado por un
patrón de activación fisiolóica distinto u opuesto al de las
emociones intensas. De esta manera si sus músculos
están relajados, se sentirán relajados.
De entre las muchas ventajas que se derivan de la
relajación, he aquí una muestra de ellas:
1) Al reducir la ansiedad reduce problemas de conducta
que son consecuencias de aquélla, y al reducir estas
conductas socialmente inaceptables puede producir
también un mayor sentimiento de normalidad, mejorando
al autoconcepto y proporcionando un mayor sentimiento
de autoestima.
2) Ayuda a reducir conductas que interfieen durante el
aprendizaje.
3) Aumenta el bienestar físico (al tensar y destensar los
músculos) incrementando el tono muscular y
desarrollando un mejor control sensoriomotor.
4) Puede dar por resultado un mejor autoconcepto y un
mayor sentimiento de autoestima, dado que los ancianos
muestran frecuentemente respuestas de turbación y
timidez cuando se ven expuestos a la observación de
otros ancianos, si tienen que escenificar o practicar una
situación en público.
Su entrenamiento consiste en aprender a relajar los
músculos de todo el cuerpo por partes, pero
progresivamente; para ello se van tensando y
destensando deliberadamente, ya que la base de la
técnica es precisamente aprender a distinguir las
sensaciones de tensión de las de relajación, es decir,
darse cuenta de cuándo un músculo está tensado o
agarrotado y aprender a relajarlo o distenderlo.
Técnicas cognitivas: terapia racional emotiva
La premisa básica de la terapia racional emotiva (TRE)
(Ellis, 1980; Ellis y Grieger, 1981) es que las personas
controlan en gran parte sus propios destinos creyendo y
actuando según los valores y creencias que tienen. En la
sociedad existente, la familia y otras instituciones directa
o indirectamente nos adoctrinan de tal forma que
llegamos a creer en cantidad de ideas supersiticiosas o
sin sentido; esta idea ha sido documentada desde antiguo
por sociólogos y antropólogos. Cuber, Harper y Kenkel
(1956) trataron de forma incisiva el tema de «la antigua
aceptación no racional de posiciones de valor» alegando
que sólo son asumidas como valores «buenos» pero rara
vez son revisados o cuestionados de forma seria por los
que se ocupan de meterlo en la cabeza de los niños a
fuerza de repetirlo. Las creencias irracionales básicas
constituyen la mayor parte de los casos de perturbación
emocional, así las personas se crean sus propias
ansiedades, culpabilidades, depresiones y enfados por las
ideas o creencias irracionales que defienden.
El tema central de esta terapia es que los diferentes tipos
de ideas irracionales básicas (mitos o estereotipos para
los ancianos) y las creencias que de ellas se derivan son
el origen básico de la mayoría de las perturbaciones
emocionales. Por una vez que un ser humano se crea
todos los sinsentidos que incluyen esas ideas,
inevitablemente, tenderá a sentirse inhibido, hostil,
defensivo, culpable, ansioso, agresivo, ineficaz, inactivo,
descontrolado o desgraciado. Por otro lado, si pudiera
liberarse de estos pensamientos ilógicos fundamentales
sería muy difícil para él llegar a sentirse tan alterado
emocionalmente o mantener esta perturbación durante
un período de tiempo largo.
Así pues, el objetivo de la terapia es inducir al anciano a
que deje estos pensamientos irracionales, así como
también los comportamientos autodestructivos consigo
mismo y en sus relaciones con los demás y a potenciar al
máximo su forma racional de pensar y de crecer.
Dado que el pensamiento crea la emoción, la metodología
básica de la TRE consiste en que dentro de una técnica
verbalmente activa y didáctica el terapeuta utilice
plenamente el método socrático de discutir para debatir
las creencias irracionales del anciano. Primero hay que
lograr que las identifique o reconozca, después las
examine y por fin las abandone, adaptándose a sus
déficits cognitivos y siendo lo más claro y simple posible.
Básicamente se hacen tres tipos de preguntas:
1) Las que intentan evaluar la evidencia, la consistencia
lógica y la claridad sistemática.
2) Las que intentan evaluar si las consecuencias serían
tan terribles suponiendo que las cosas son como ellos
dicen (estereotipos, mitos, etc.).
3) Preguntas que intentan analizar a qué conduce pensar
de esa forma.
Por otro lado, interesa destacar que en la psicoterapia con
ancianos es más efectiva la terapia de grupo. Varios
miembros de un grupo normalmente son más eficaces
que un solo terapeuta para hacer ver al anciano su actitud
«dictatorial» y además pueden reconocer más fácilmente
sus manifestaciones en otros y se pueden ayudar
mutuamente en el intento de solución. En un grupo se
crean a veces unas condiciones más favorables que con
un solo terapeuta para cuestionar, contradecir y atacar
las cogniciones irracionales y desviadas; por ejemplo,
cuando varios dicen lo mismo desde diferentes puntos de
vista le produce al anciano un enorme impacto. Además
reciben un valioso feedback en el grupo, adquieren una
mayor confianza en sí mismos al aceptarse como son y
también se dan cuenta de la mala impresión que causan
en los demás algunos de sus comportamientos y
aprenden a cambiarlos.
Técnicas de aprendizaje
Modelado
Consiste en presentar una serie de escenas en vivo
representadas por el psicoterapeuta o por algún miembro
del grupo. A través de esta escenificación se expone a la
persona la conducta objetivo de entrenamiento,
permitiéndole el aprendizaje observacional de ese modelo
de actuación (Caballo, 1997; Yanguas et al, 1998).
Ensayo de conducta
Se invita a los participantes del grupo a que representan
escenas cortas que simulen situaciones de la vida real. La
persona describirá brevemente la situación, el problema
que le preocupa y las personas implicadas. Se elige a
alguien que simule a la/s persona/s de la vida real. Al final
se evalúa entre todos la efectividad de la respuesta.
También en la utilización de estas técnicas de
modificación de conducta (tales como el entrenamiento
en asertividad, correr riesgos en vivo, etc.) la mayoría de
las veces son más eficaces si se llevan acabo en grupo
(Caballo, 1997; Yanguas et al, 1998).
Instrucciones
Se proporciona información sobre el programa de
entrenamiento. Se aporta a la/s persona/s información
explícita sobre la naturaleza y el grado de discrepancia
entre su ejecución y el criterio; esto es, incidimos en
aspectos mejorables de la conducta realizada. Se expresa
cuál puede ser la conducta más apropiada (Caballo, 1997;
Yanguas et al, 1998).
Retroalimentación
Después de cada representación se ayuda al anciano,
entre todos, a que descubra el desarrollo de su actuación.
Es importante que escuche las opiniones de todos y que
éstas sean positivas y se presenten de forma beneficiosa.
Una opinión negativa debe seguirse de un comentario
relacionado a cómo solucionar un fallo específico. Éste
también un valioso feedback al aceptarse como son sin
importarles ya tanto «si actúan bien o mal» (Caballo,
1997; Yanguas et al, 1998).
Reforzamiento
Después de la evaluación de las conductas se aporta
refuerzo social (halago, aprobación, aliento). Su función
es aumentar la frecuencia de esa respuesta. Se debe
enseñar a que la misma persona se autorrecompense, se
premie, cada vez que practique bien sus HHSS (Caballo,
1997; Yanguas et al, 1998).
Habituación y generalización
Responder de igual forma ante situaciones parecidas a las
entrenadas de una manera automática. Sería la extensión
a la vida cotidiana de las habilidades aprendidas como
una costumbre o actitud más ante las situaciones
interrelacionadas diarias (Caballo, 1997; Yanguas et al,
1998).
En definitiva consideramos que las técnicas
psicoterapéuticas, en concreto los programas de
entrenamiento en habilidades sociales, son eficaces para
corregir o al menos mejorar en gran medida problemas
cognitivos y emocionales, especialmente la depresión.
Pueden ser, por tanto, una herramienta muy útil para el
médico de Atención Primaria y para el gerontólogo al
efecto de paliar este tipo de trastornos tan comunes en la
población anciana. El saber proporciona en última
instancia un ideal de vida correcto que permite al anciano
discriminar y modificar en consecuencia actitudes y
conductas incompatibles con su salud y su bienestar
psicofísico. La clínica, la observación rigurosa y el
seguimiento de los ancianos sometidos a este tipo de
intervención psicoterapéutica nos indica que existe una
serie de efectos terapéuticos fundamentales. La
pertinencia de estas técnicas es indiscutible. Sin
embargo, hay que subrayar que exige mucho tiempo,
esfuerzo y motivación para conseguir movilizar el
dinamismo psíquico del anciano anquilosado muchas
veces en un lento languidecer y declinar psíquico.
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