Una madre —¡A pucha! Capirona todititita es… A uno diez te la darééé, pues.
Fernando Romero —Bueno, hom… Yastá… Da Silva, Leguía, Morey, Lima, Pichuno: comiencen a cargar.
De la lancha vienen varios muchachotes semidesnudos y fuertes, y empiezan a llevarse al
Las crías la esperan. Tiene que volver al nido. Los hombres la odian, como si ella tuviera la hombro la leña arreglada en el barranco, mientras unos parlotean y otros cantan.
culpa de que sus glándulas elaboraran veneno. Porque lo sabe comprende que arriesgará —«Chupito»: ¿qué me dices de los caimitos de la questá con traje celeste?
la vida si se atreve a reptar bajo los tambos ahora llenos de gente. —¡No vaaale!… Me gustan más la vieja questá recostada en lahamaca.
—Yo soy el colonel… Los montones de leña bajan de tamaño primero; luego desaparecen. La jergón
—¡No, Martín: a mí me toca! comprende el peligro pero no puede hacer nada. Piensa en sus crías, en los hombres, en
—Tatachín… Chin… Chin. los faroles que la rodean.
—De frente… ¡Marchen! Allá, en las playas del Ucayali,
La jergón[*] continúa indecisa. Enroscada en una rama e inmóvil, mira el puesto sin hay un cadáver, ¿de quién será?…
encontrar camino apropiado para pasar, porque los hacendados han rozado la porción de —¡Déjate de tristes[*], hom…! Cántate un tanguiño [*]. Ese de «sandaliñas doro pra dar al
monte que quedaba entre el último tambo y la cocha. Por allí vino en la mañana, pero la que nun ten»…
situación ha cambiado: lo que al amanecer eran matas de arbustos ahora es campo Ahora empiezan a deshacer el montón donde está escondida. Ella comienza a huir de la
despejado donde juegan los muchachos y dormitan los perros de olfato fino y de ojo muerte deslizándose entre los intersticios que dejan las rajas, cada vez más abajo, más
avizor. abajo.
Piensa en volver a la cocha y en cruzarla nadando. Mas no, ahora encuentra una solución Ya no puede avanzar más. Los leños están tan pegados uno al otro en la hilera a que ha
mejor: dar la vuelta por el barranco que está desierto. Como la noche ha cerrado ya llegado, que su cuerpo no cabe por la luz que queda entre ellos. Presiente que el fin se
oscura, no la van a distinguir. acerca y espera. Una mano robusta y bermeja la coge junto con la raja de leña. Ella se
Hermosa y fuerte, repta derechamente luciendo las manchas doradas que tachonan sus vuelve y le clava la lanceta.
escamas negras y relucientes. Su arrastre rápido y suave va dejando tras sí una como —¡Ayayau! Víbora… Víbora… ¡Lo que me mordió!
estela de polvo ligero. Erguida la cabecita, escudriña con cuidado las sombras. La jergón ha comenzado a huir velozmente. Dos hombres la alcanzan, palo en mano.
Le falta poco para alcanzar el monte cuando el ruido de un sirenazo que viene del río la —Toma, ¡jijuna!
detiene. La señal provoca movimientos y voces en los tambos que todavía le interceptan Salta, se contrae y se queda quieta y extendida con su metro y medio, orinegra y aún
el camino. temible. No está muerta, pero todo zumba extrañamente en torno: la tierra, el viento, las
—Crisóstomo… Crisóstomo: es la Melita. voces de los enemigos.
—¡Apúrate! Dile que sí tenemos leeeña. —¡Lígale el brazo!… Ahura chúpale fuerte el mordisco.
Dos individuos avanzan de la choza más próxima llevando faroles en las manos. La luz le —Toma la cachaza. Anda, tómala seguido no más…
permite ver que a las puertas de las casas se ha asomado mucha gente. Midiendo con la —¿Quién ha ido por la curarina[*]?
mirada la distancia que la separa de los árboles más cercanos, se dice que no tiene tiempo Debe escapar. Aún tiene fuerzas.
de pasar antes que los hombres. Tampoco se atreve a volver atrás porque oye que vienen Comienza a reptar lentamente.
los niños curiosos y los perros ladradores. La luz del farol se acerca. En el único sitio que —¡Mira, la maldita! Todavía se mueve…
puede encontrar refugio es entre las rajas de leña que quedan a su izquierda. Rápida y Le destrozan la cabeza a leñazos y la arrojan al río.
silenciosa se desliza entre ellas y permanece muy quieta. En el nido, las viboritas esperan a su madre.
Más faroles y más hombres, esta vez en torno de la leña entre la cual se oculta.
—Hay tres mil rajas bien contadiiitas…
—Te doy veinte centavos menos por el ciento. No me parece que toda fuera capirona [*].