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De Esclavos A Hijos

Este documento analiza la libertad y la filiación de Jesús como el hombre perfectamente libre. Jesús encontró su libertad total en su sólida adhesión a la voluntad de Dios como su Padre, lo que lo liberó de cualquier otra atadura. Jesús vivió su humanidad de forma perfecta a través de su obediencia al Padre, enseñando a los hombres a recuperar su dignidad como hijos de Dios a través de caminar en sus pasos.

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De Esclavos A Hijos

Este documento analiza la libertad y la filiación de Jesús como el hombre perfectamente libre. Jesús encontró su libertad total en su sólida adhesión a la voluntad de Dios como su Padre, lo que lo liberó de cualquier otra atadura. Jesús vivió su humanidad de forma perfecta a través de su obediencia al Padre, enseñando a los hombres a recuperar su dignidad como hijos de Dios a través de caminar en sus pasos.

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“DE ESCLAVOS A HIJOS” (Gal 4,7):

LA FILIACIÓN, META DE LA LIBERTAD HUMANA

Introducción

Entre todas las definiciones que se pueden dar de Jesús de Nazareth desde el punto de
vista humano, si bien resulten todas inadecuadas, quizá la más apropiada podría ser la de
hombre libre; definición que lo retrata en su comportamiento existencial más verdadero y
totalizante1.
La libertad de Jesús tiene su fundamento en Dios, conocido y experimentado como
Padre, por quien se compromete en una actitud de don total e incondicional hacia los
hombres. Lo que lo hace completamente libre con respecto a todo y a todos es justamente
su sólida adhesión a la voluntad del Padre, que lo libera de cualquier otra atadura.
Al hombre de hoy que, con razón, se rebela contra un rol puramente ejecutivo de la
obediencia, Jesús propone el comportamiento de la libertad creativa. La unidad de voluntad
con el Padre hacia el cumplimiento del bien que se realiza en el don de sí, hace de Jesús el
hombre libre de cualquier alienación frustrante2. Él es para la humanidad toda el verdadero
umbral de la libertad. Su estatura de hombre libre indica el camino a todos los hombres de
buena voluntad: Él es el hombre integralmente abierto e incondicionalmente disponible
hacia todos, en actitud de servicio auténtico. Su acción, siempre liberadora, enseña la
libertad y, liberando al ser humano lo hace capaz de hacer el bien aún a costa de la propia
vida.
El hombre encuentra en Jesús su proyecto y descubre en Él la razón para mejorarse a sí
mismo, haciéndose siempre más auténtico: Jesús le manifiesta la realidad realizada de lo
que él mismo está llamado a ser (GS 22).

El hombre Jesús

Como bien afirma GS 22, “el que es imagen del Dios invisible (Col 1,15) es también el
hombre perfecto” y es, también, el perfecto hombre que “trabajó con manos de hombre,
pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de
hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante
en todo a nosotros, excepto en el pecado”.
Jesús es aquél que corresponde perfectamente a la intención creativa de Dios que
quiere al ser humano a su imagen y semejanza (Gn 1,26). “Este – dice el Padre – es mi Hijo
amado, en quien me complazco” (Mt 3,17). La misma declaración la escuchan los tres
discípulos en el Tabor (Mt 17,5) y lo proclama el evangelista Juan en las palabras de Pilatos
a la muchedumbre enardecida: “He aquí el Hombre” (Jn 19,5).
Sin embargo, es necesario puntualizar bien en qué consiste esta perfección humana de
Jesús para no correr el riesgo de deformarla y vaciarla de contenido y de valor para cada
ser humano. De hecho, no es el “hombre perfecto” en el sentido de una perfección teórica,
sino en la medida en que permanece perfectamente humano. Es la propuesta antropológica
por excelencia si lo dejamos ser lo que realmente fue y sigue siendo para cada ser humano
y no caemos en el error hagiográfico que a menudo se comete en relación a los santos,
presentados con rasgos tan “perfectos” que dan la impresión de ser ajenos al mundo de los
sentimientos y de las pasiones humanas, hasta parecer casi deshumanos y, en
consecuencia, inimitables3. Con respecto a Jesús tenemos datos evangélicos que es
necesario no perder de vista y que lo presentan en la realidad de sus actitudes, no como un
1
Cf. C. DUQUOC, Gesù, uomo libero, Brescia 1974, pp. 38-39, donde dice: “De las relaciones con
quien está cerca de Él y de su modo de ser se destaca el perfil de una personalidad cuyo elemento más
visible parece ser la libertad”.
2
Cf. B. MORICONI, L’uomo Gesù di Nazareth o la proposta antropologica cristiana, p. 699, en AA.
VV., Temi di antropologia teologica, Roma 1981.
2

superhombre, sino como aquel que se conmueve y llora; que tiene miedo a la muerte y vive
la agonía en el tormento y la tentación, “probado en todo igual que nosotros, excepto en el
pecado” (Hb 4,15). Ningún dolor lo ha alejado de Dios 4, pero porque los ha sufrido
realmente lo acercan totalmente a cada hombre, fundando plenamente la confianza en su
vocación humano-divina. Por lo tanto, no es lícito olvidar una parte del misterio cristológico
(la humana) a ventaja de la otra (la divina).
Tanto las fuentes bíblicas como la tradición cristiana nos presentan a Jesús como aquél
que en su acaecer humano ha vivido y testimoniado, en forma eminente, única e
insuperable, la relación con Dios, la apertura del hombre a Dios; como aquél que ha
invertido su libertad en un servicio de amor y en un amor hecho servicio por Dios, el Padre,
en modo y medida radicales y totales. La dirección de su libertad hacia Dios y, por lo tanto,
la construcción de sí mismo en la relación con Dios, constituye el corazón de su vida y de su
testimonio.
Los Evangelios resaltan su relación constante e incondicional con Dios, al que invoca
con confianza inusitada como Padre, ¡Abbà! (Mc 14,36;Mt 11,27; Lc 10,22; Jn 10,15; Mt
24,36, etc.): En su vida busca antes que nada al Padre y a su reino (Lc 2,49; Mt 6,33; Lc
12,22-31); vive por el Padre y para el Padre (Jn 6,57), cuya voluntad constituye su alimento
cotidiano (Jn 4,34). El Padre es el modelo y la razón de sus opciones y de su obrar.

Obediencia y filiación

Justamente en el insertarse plenamente en la fatiga existencial humana, Jesús se ha


demostrado Hijo del Dios cercano al ser humano, que lo elige y lo cuida “desde el seno
materno” (Sal 139). Es por esto que, recorriendo el camino de la obediencia filial, Jesús
llama a cada hombre a caminar sobre sus pasos y a recuperar su más alta dignidad.
Es muy significativo e importante el texto de Mc 15, 39: “Al ver el centurión, que estaba
frente a él, que había expirado de esa manera, dijo: ‘Verdaderamente este hombre era Hijo
de Dios”. También Hb 5,7-8: “... precisamente porque era Hijo aprendió sufriendo a
obedecer”, y Flp 2,8: “se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz” ponen en
estrecha relación la filiación divina de Jesús con su obediencia al Padre. Relación, por otra
parte, que está permanentemente presente en el evangelio de Juan: “El mundo ha de saber
que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado” (14,31); “No he bajado del
cielo para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado” (6,38; 4,34; 5,30;
12,27).
Desde el punto de vista antropológico, la lectura de los evangelios en clave de
obediencia es muy importante porque pone en claro en qué consiste la verdadera libertad
vivida y enseñada por Jesús. No se trata, en efecto, sólo de la libertad de Jesús frente a los
varios condicionamientos socio – religiosos, sino de su libertad de Hijo del hombre, es decir
de aquella libertad que se funda en el amor que lo liga a Dios, reconocido como Padre.
Libertad de fondo que consiste en moverse en la confianza (confianza que falta a Eva y al
hijo que vuelve a casa, de la parábola de Lucas) y en el sentirse bien en el rol de hijo, sin
pretender superponerse al rol del Padre.
Jesús ha mostrado que la felicidad del ser humano no está en la abolición de la
diferencia entre Dios y el hombre (conflicto de Adán), sino en la aceptación grata de tal
diferencia, aceptando no poder ser el origen de sí mismo y el tener que depender del Padre.
En los episodios de tentaciones que nos proponen los Evangelios, Jesús deja en claro
que ser hijo no quiere decir esperarse honores y consideraciones, sino vivir en la confianza
plena en el amor del Padre y adorarlo y creer en Él a pesar de las apariencias de una vida
humillante y dirigida al fracaso, desde el punto de vista humano y “razonable”. En esta
actitud, Jesús vivió una profunda soledad, en cuanto a la incomprensión, no sólo por parte
del pueblo (Mt 27,22; Mc 3,21; 6,6), sino incluso por parte de los suyos más íntimos (Mc
9,19; Mt 16,23). Sin embargo, todo esto no desvía a Jesús del camino de la obediencia,
fortalecido por su certeza del amor del Padre y de unidad con Él.

3
Al respecto, es aconsejable leer el artículo de G. ROSSÉ, Testimonio del Nuevo Testamento sobre
Jesucristo, en AA. VV. Jesucristo, Ciudad Nueva, Madrid 1982, especialmente las pp. 33-39.
4
Cf. Hb 7,26; 9,14; Jn 8,46; 2Cor 5,21; 1Jn 3,5.
3

Libertad, don para la filiación

“La reflexión sobre la libertad, la verdadera libertad, es el camino más breve hacia el
misterio de la persona”5. Sin embargo, no es el camino más fácil ya que en torno al tema de
la libertad se acumula una vasta serie de problemas. Cuando acá tratamos de ella, lo
hacemos desde la perspectiva cristiana, desde el ejemplo de Cristo, desde el don que él
mismo nos ha hecho.
La vida humana misma se percibe como vida en la libertad y para la libertad. En su acto
espiritual más amplio y completo, el ser humano es libertad. Y sin embargo, es necesario
reconocer que este hombre, que en su libertad parece excluir toda dependencia, es siempre
un ser que nace sin que esto dependa de él; que tiene una estructura vital recibida que, en
gran medida, no puede modificar; que muere sin haber sido consultado. Entonces, ¿qué es
esta libertad de la que hablamos?
Es importante aclarar bien el concepto, ya que la concepción actual de libertad parece
fluctuar entre una absoluta exaltación de la libertad individual (ej. Sartre) y el crudo subrayar
sus límites y condicionamientos. La exaltación de la libertad individual es, probablemente, el
resultado de muchos factores: a ello ha contribuido tanto el Renacimiento con su empeño en
dar peso y fuerza al individuo, como la Reforma con su ruptura del equilibrio espiritual entre
la persona y la institución eclesial, y el racionalismo de la Ilustración que considerará a la
autoconciencia racional el centro y fin de la vida personal, hasta afirmar la completa
autonomía de la persona y del Estado de Dios.
Es fácil darse cuenta que nuestro tiempo se ha preocupado más de la amplitud y de la
amenaza de la libertad que de su fundamento: se trata de combatir el autoritarismo que
amenaza la independencia del individuo y de asegurar su autonomía más radical. Sin
embargo, cuando no hay un enemigo para derrotar, un prejuicio para abatir o un espacio
para conquistar, cuando se trata de dar una orientación positiva a las orientaciones de la
libertad, aclarando lo que está bien y lo que da verdaderamente sentido y valor a la vida,
aparece la incertidumbre de la moderna concepción de la libertad. Separada de Dios y
replegada sobre el hombre, la libertad se construye en torno a una dignidad, a una
responsabilidad y a una ética que, por no estar debidamente fundamentadas, son fácilmente
puestas en discusión.
Así, la libertad, frente a las realidades de la vida que no se pueden “manejar”, aparece
comprimida entre el absurdo resignado y el esfuerzo vacío de una subjetividad considerada
omnipotente. En realidad, ya que la libertad humana se identifica con una existencia recibida
y no elegida, es necesario remontarse a Dios para encontrar su fundamento y significado.
En su verdad última, la libertad humana es la libertad de una criatura imagen de Dios 6, única
e irrepetible, llamada a la existencia por un singular acto del amor divino. D. Tettamanzi
señala que “se ha dicho justamente que cada hombre es una palabra de Dios pronunciada
una sola vez. De aquí que a la unicidad de la llamada debe corresponder la unicidad de la
respuesta. Aquí radica toda la grandeza y responsabilidad de cada persona"7.
Desde la óptica de la antropología cristiana que tiene su fundamento en la Escritura,
podemos hablar de una libertad “originaria” y de una libertad “liberada”. Entendemos por
libertad originaria justamente el don hecho por Dios al ser humano en el momento mismo de
su creación, como propiedad esencial y constitutiva. Pero, por causa del pecado que pone
al hombre en contra de Dios, se ha transformado en una libertad herida, menoscabada, pero
que no desaparece ni ha sido destruida. Por esta libertad herida, el ser humano es
radicalmente incapaz de realizar cualquier acción encaminada a l su salvación, a la cual
sigue siendo ordenado. Es necesario que, a través del misterio pascual de Cristo sea re –
conducida al origen, según el proyecto divino. En este sentido, hablamos de “libertad
liberada”: la libertad de los hijos de Dios.

Creada a imagen de Dios en Cristo (Col 1,15-20; Ef. 1,3-14; Rom 8,28-30) y re – creada
en Él, toda persona humana es, por gracia, lo que Cristo es por naturaleza. Por lo tanto,
todo ser humano está llamado a la gracia de la filiación. Ha sido llamado a la existencia para
existir, en el tiempo y en la eternidad, como hijo (Gal 4,4-7; Rom 8,15; 8,21; Jn 8,32ss). En
este sentido, el Concilio Vaticano II recuerda que “el hombre cristiano, conformado con la

5
G. COLZANI, Antropologia cristiana, 4 ed. Casale Monferrato 2000, p. 59.
6
Cf. Ibid, pp. 60-61.
7
D. TETTAMANZI, El hombre imagen de Dios, Salamanca 1978, p. 53.
4

imagen del Hijo, que es el primogénito entre muchos hermanos, recibe las primicias del
Espìritu (Rm 8,23), las cuales le capacitan para cumplir la ley nueva del amor” (GS 22). Y,
esto, señala el mismo Concilio, vale para todos los hombres.

Libres para amar

En la medida en que la persona humana se conforme más y más a la imagen del Hijo, el
hombre libre por excelencia, crecerá en su propia libertad y, como Cristo su modelo, crecerá
en el amor y en el libre y generoso don de sí mismo a Dios y a los hermanos. El crecimiento
en la libertad está en íntima conexión con el crecimiento en el amor. Es necesario llegar a
ser, en el mundo, un Jesús vivo: y esto obliga a un esfuerzo de cada momento para
superarse. ¡Otro que inercia! ¡Otro que quietismo o fatalismo! Al contrario, exige un
constante y aguzado estímulo a la voluntad en orden a un ejercicio activo de la libertad. Y la
libertad es una continua liberación del mal, como pedimos en el Padre nuestro. Por lo tanto,
la libertad consiste en el enderezar continuamente el eje de nuestra vida en la línea de la
voluntad de Dios, es decir, de la libertad divina, que es remoción victoriosa del mal, en el
cual está la esclavitud”8.
En Jesús, el hombre que ha centrado su vida en la voluntad del Padre, la persona
humana aprende a vivir el amor que hace libres y refleja el rostro e la Trinidad en el mundo
y en la historia. Si la libertad auténtica – la libertad cristiana – construye al hombre en su
más alta dignidad de hijo de Dios, no hay otra forma de vivirla en plenitud sino en la
conformación con Jesús, hermano de todos los hombres en el servicio de amor oblativo y
solidario, reflejo de su apertura y amor al Padre.
Según los Evangelios, Jesús se revela como un hombre de comunión, como un hombre-
para-los otros; un hombre que abre su vida a los otros para realizarse en la reciprocidad del
amor (Jn 12, 26; 13, 34; 14,3; 15,14-15; ¡7,14-16). Nos narran que recorre los caminos de
Galilea y de Judea al servicio del Reino del Padre y al servicio de los hombres sus
hermanos (Mt 20,28). Sin ataduras que le impidan el servicio libre, hasta dar la vida en el
acto supremo de libertad (Jn 10,17-18; Mc 14,36). El cristiano sabe que no hay otro camino
para ser verdaderamente libres que el que indica Jesús y en unidad con Él: dejando que
reine en su vida y su persona el Espíritu del Señor (2Cor 3,17; Gal 5,16.22ss) y
reproduciendo en la propia vida sus opciones fundamentales, sobre todo la opción
fundamental de la entrega amorosa y total a Dios y a los hermanos. “Una libertad semejante
es total porque pone en movimiento a todo el hombre y le pone en su condición de
persona, o sea, como un ser que decide y dispone de sí mismo en lo referente a su fin
último”9.
Jesús, el hombre libre, revela al ser humano que la libertad es “autonomía” y, por lo
tanto, “autoposesión”. Pero con su propia vida proclama que la verdadera autoposesión se
realiza en el desposeerse para amar y para servir a los hermanos en Dios (Jn 10,17-18).
A ejemplo de Jesús, “somos libres para amar: y amar es, en práctica, servir. Libres, por lo
tanto, para servir. Sólo que se trata de un servicio hecho en libertad: es el más alto grado de
la libertad”10. Es interesante y sumamente importante la reflexión del Concilio Vaticano II
que, poniendo a la persona humana en la “horma” trinitaria, afirma que “cuando el Señor
ruega al Padre que ‘todos sean uno, como nosotros también somos uno’ (Jn 17,21-22),
abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la
unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad.
Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado
por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí
mismo a los demás” (GS 24).
Como bien señala I. Giordani, Jesús irrumpe en la existencia humana para sustraerla de
la esclavitud del pecado y, por lo tanto del egoísmo, del encierro del hombre en sí mismo,
para restituirle la verdadera libertad, ya que Él mismo es libertad y su ejemplo vale de norma
y de camino a la plenitud personal, en la comunión con Dios y con los hermanos. Habiendo
sido hecho verdaderamente libre en Cristo, “el hombre se inserta, si quiere, en la vida de
Dios. El Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu está la libertad (2Cor 3,17). Es decir

8
I. GIORDANI, La divina avventura, 7 ed. Roma 1982, p. 83.
9
D. TETTAMANZI, o. c., p. 97.
10
I. GIORDANI, L’unico amore, Roma 1974, p. 127.
5

que, con el amor, el hombre se remonta al principio mismo de la libertad, así como sin amor
vuelve a caer en la esclavitud. Quien no ama es esclavo del odio y del temor, que son
hermanos gemelos”11.
El amor radicado en Dios es la fuerza por excelencia que integra totalmente la existencia
humana y es una realidad que sólo se la puede conocer si se lo vive y se lo traduce en
concreta experiencia de vida. En la medida en que el ser humano vive este amor y se deja
guiar por él, crece en su libertad y, por lo tanto, en su capacidad de donación plenamente
consciente y voluntaria a Dios y a los hermanos: en el acto de amar la persona humana se
realiza como tal en la libertad auténtica y es dueña de sí misma para un amor y una entrega
siempre mayores y, por lo tanto, para “caminar” hacia su total y realización.

Hijos y Señores

Si en GS 22 el Concilio Vaticano II pone la libertad humana en relación a la filiación,


afirmando que, conformado a Cristo – “primogénito entre muchos hermanos” - , el cristiano
recibe el don del Espíritu para cumplir la ley nueva del amor, en el número 17 subraya que
“la verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre”. Remontándonos
al texto de Gn 1,27-30 y al salmo 8, leemos que el ser humano está puesto en la tierra como
señor de la misma, hecho partícipe del señorío divino, que llega a su zenit cuando el
hombre, antes de mandar y guiar el mundo de las cosas, se manda y se guía a sí mismo, es
decir, al mundo de sus actitudes interiores y acciones exteriores”12.
Por lo tanto, la libertad donada al ser humano, imagen de Dios, es una libertad orientada
al Creador, dador de este don, y destinada a la realización plena de la imagen, en el
dominio de sí mismo; en la capacidad de decidir de la propia vida en un acto supremo
señorío, realizado cada día en las opciones concretas de la vida.
Según el modelo de Jesús, que vive su libertad dependiendo del Padre porque son una
sola cosa en el amor (Jn 10,30), el hombre vivirá auténticamente su libertad en la adhesión
amorosa a la voluntad del Padre, en una coincidencia tal que hace de dos voluntades una
sola cosa.
El ser humano auténticamente tal, hijo del Padre y señor de sí mismo, vive la alegría del
abandono confiado y la serena entrega a una Voluntad que es manifestación del Amor que
da la vida y hace libres de cualquier atadura que menoscabe su dignidad.

Algunos textos para reflexionar

“A la fórmula atea: “Si Dios existe, el hombre no es libre”, la Biblia responde: “Si el
hombre existe, Dios no es libre”. El hombre puede decir no a Dios, Dios no puede decir no
al hombre, pues, según san Pablo ”no hay más que un sí en Dios” (2Cor 1,19), el sí de su
Alianza que Cristo repitió en la Cruz. Entonces “yo soy libre” quiere decir “Dios existe”. )P.
EVDOKIMOV, El amor loco de Dios, Narcea ediciones, p. 30.

Padre significa la seriedad que ama alegremente, el comienzo que es nuestro futuro, el
soberano santo que lleva a cabo su obra con gran paciencia, sin prisas, sin miedo de
nuestras quejas desesperadas ni de nuestras acusaciones impacientes. Su misterio es que
se nos da nada menos que a Sí mismo, no bajo unas respuestas parciales, sino como amor
y responde de esta forma a la pregunta que somos nosotros mismos, revelándose como
quien tiene conciencia y dispone de sí, es decir, como “persona”. (K. RAHNER, La gracia
como libertad, Barcelona 1971, p. 27).

Somos libres porque somos hijos de Dios: y porque somos hijos de Dios nuestra vida es
la de Dios; y Dios es amor. Mientras tenemos amor, somos genealogía de Dios, y por lo
tanto libres. Decayendo en el amor, decaemos en la libertad. En fin, la libertad no es otra
cosa que la capacidad de amar. (I. GIORDANI, Le due città, Roma 1961, p. 63).

11
ID., La rivoluzione cristiana, Roma 1969p. 111.
12
D. TETTAMANZI, o. c., p. 88.

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