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Historia Vestido

Este documento resume la evolución del vestido femenino a través de la historia y cómo reflejó el lugar de la mujer en la sociedad y su liberación. Inicialmente, el vestido femenino era rígido e impedía el movimiento para controlar a la mujer, pero con el tiempo se hizo más flexible con movimientos como la Revolución Francesa y el uso creciente de pantalones. Hoy en día, la mayoría de las mujeres usan pantalones y el vestido ya no domina sino que sirve a la comodidad y elegancia de la mujer.

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Historia Vestido

Este documento resume la evolución del vestido femenino a través de la historia y cómo reflejó el lugar de la mujer en la sociedad y su liberación. Inicialmente, el vestido femenino era rígido e impedía el movimiento para controlar a la mujer, pero con el tiempo se hizo más flexible con movimientos como la Revolución Francesa y el uso creciente de pantalones. Hoy en día, la mayoría de las mujeres usan pantalones y el vestido ya no domina sino que sirve a la comodidad y elegancia de la mujer.

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La historia del vestido

Es un hecho que a lo largo de la historia la mujer siempre se vio restringida a una


belleza inmóvil, ceñida entre formas y estructuras que incluso, en muchas ocasiones,
estaban regidas por las leyes. Un libro -“La robe, une histoire culturelle, du Moyen Âge
à aujourd’hui” (El vestido, una historia cultural, de la Edad Media a nuestros días) (Ed.
Seuil)- del historiador Georges Vigarello recorre las vicisitudes del vestido, la prenda
femenina por excelencia, cuya evolución refleja el lugar de la mujer en la sociedad e
incluso su liberación.

Hasta fines del siglo XIII el vestido era una prenda relativamente informe y que podría
calificarse de unisex. Pero a partir de entonces surgieron los primeros vestidos
especialmente destinados al sexo femenino, en los que la parte superior se
diferenciaba netamente de la inferior. Es decir, por arriba se enfatizaba el busto
destacando el torso, el escote y la cintura, mientras que por debajo de esta el resto de
la anatomía permanecía totalmente oculta. Esta moda, considerada licenciosa por las
autoridades religiosas, provocó tal alboroto que un reglamento editado en Narbona
(Francia), en 1298, estableció su uso solamente para las mujeres casadas.

Pero aun desde esa época puritana y severa la tendencia a la diferenciación fue
imparable, especialmente entre la burguesía urbana, más sensible a las modas. Así,
mientras la vestimenta masculina evolucionaba revelando las piernas del hombre y
colaborando con su libertad de movimiento, la figura femenina siguió durante siglos un
mismo esquema: una parte superior sujeta por lazos y armaduras y las piernas ocultas
bajo telas pesadas y voluminosas que obstaculizaban el más mínimo movimiento.
De esta manera, el vestido era una herramienta muy eficaz de control: el hombre
activo en el mundo, la mujer inmóvil, como sobre un pedestal; el hombre destinado al
trabajo, a la acción y al dominio, y la mujer condenada al estatismo y la sumisión.

Durante los siglos siguientes el corsé femenino se fue haciendo cada vez más rígido,
hasta convertirse en una estructura implacable, imponiendo una anatomía ideal pero
artificial, muchas veces en franca contradicción con la naturaleza. El cirujano Ambroise
Paré (1510-1590) describía así la autopsia de una dama de la corte: “Por querer
mostrar un cuerpo bello y delgado apretaba sus vestimentas de tal manera que
encontré costillas flotantes superpuestas unas sobre otras, provocando tal presión
sobre su estómago que este no podía extenderse para contener carne, y después de
comer y beber se veía obligado a rechazarla y así el cuerpo no alimentado se volvió
enjuto”.

En efecto, los cuerpos de las mujeres eran ‘tallados’ desde su más temprana edad. En
1695, el Abad de Choisy describía a una preadolescente de esta manera: “Su talle de
12 años ya estaba formado. Es cierto que desde su infancia la habían sometido a una
armadura de hierro para hacer resaltar las caderas y elevar la garganta, cabe decir,
con gran éxito”. Pero la llegada de la Ilustración, la corriente filosófica de mediados del
siglo XVIII, y el desarrollo de las ciencias naturales infundieron un interés en la
‘morfología’ y se hicieron eco de los estragos que estas estructuras férreas
provocaban. Por fin se denunciaba “el zumbido del cuerpo aprisionado” .

A fines del siglo XVIII la popularización de los viajes y de las importaciones aportó a
Francia -la voz regidora sobre todo lo que se refería a la moda- el ‘made in England’ y
un nuevo gusto por la campiña, la naturaleza y la simplicidad, que de cierto modo
relajó la ropa de las mujeres y dio lugar a los ‘deshabillés galants’, los vestidos menos
estructurados que María Antonieta amaba usar en el Petit Trianon, lejos de los
sofisticados artificios que exigían los usos de la corte de Versalles. Incluso permitió
que las mujeres gozaran de una mayor movilidad en ‘paseos saludables’, aunque
siempre en vestidos-cestas de donde apenas emergía el pie.

Sin embargo, dice el historiador, “el hombre sigue teniendo a cargo las iniciativas y las
mujeres el recogimiento”. Para ellas la única participación en la vida pública se focaliza
en parecer y aparecer.

Con la Revolución Francesa y la Declaración de los Derechos del Hombre (1789)


surge lo que sería un primer ensayo de la emancipación de la mujer. Durante un corto
período la silueta femenina evoca las primeras democracias griegas: el vestido es
fluido, ligero, marcado solamente con un corte por debajo del busto que brinda y
estimula una nueva libertad de movimiento. La ley de divorcio de 1792 parece ser la
culminación del sentido de igualdad. Olympe de Gouges, pionera del feminismo
francés, proclama que las mujeres “también deben ser elegibles para todas las
dignidades, lugares públicos y el empleo”, pero la Convención, el organismo
gobernante de 1792 a 1795, olvida sus promesas y las devuelve rápidamente a la
esfera doméstica y a los fastidiosos miriñaques y corsés.

Aun así se había abierto una brecha. Algunas audaces adoptan el uso de pantalón, y
“por primera vez las revistas de moda lo incorporan como requisito de la comodidad y
disponibilidad”. Pero la ley no va tan rápido como la moda, y en 1800 un decreto
establece que “toda mujer que quiere vestirse como un hombre debe informar a la
jefatura de policía para obtener el permiso”.
En [Link]., en la década de los años 50, Amelia Bloomer también aboga por la
igualdad de acceso a todas las profesiones para las mujeres y ofrece un cambio de
vestuario: “Falda corta de modo que no interfiera con el caminar y pantalones largos
para proteger la modestia”. Así surgían el bloomerismo y la ‘mujer emancipada’, una
silueta que en su época obtuvo más comentarios que seguidoras.

Pero a fines del siglo XIX el lento acceso de las mujeres al mundo del trabajo,
espacios públicos y deportes hace que su ropa se aligere y flexibilice; si bien las
primeras esquiadoras aún se deslizan en falda y el corsé sigue resistiendo, las
asociaciones de damas y médicos reclaman su supresión cada vez con más
insistencia.

En 1926, Gabrielle Chanel lanza sus conjuntos de jersey flexibles, materia utilizada
hasta entonces solamente para la ropa interior. Pero de nuevo la moral regaña: “¿Es
posible que, por ceder a la moda, una mujer consienta afearse de esta manera?”, se
pregunta un exmilitar en un artículo publicado en 1920. Pero una vez más la
aceleración de la emancipación no se detiene. Tras la Segunda Guerra, el vestido
ceñido comienza a ceder parte de su reino. André Courrèges propone la minifalda y
sus vestidos rectos, que no distinguen lo alto de lo bajo: la emancipación de la mujer
también apunta a la libre disposición de su cuerpo.

Las mujeres ya no quieren seguir dejándose dominar. La mini se impone así como los
pantalones, glorificados por Yves Saint Laurent, y en 1965 la producción de esta
prenda esencialmente masculina ya superaba la de las faldas. Hoy en día el 72% de
las mujeres afirma usar pantalones todos los días. ¿Y el vestido en todo esto? Tras
haber cedido su corona al pantalón, hoy sigue su camino como una prenda práctica y
elegante, pero al servicio de la mujer y no lo contrario.

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