¿De quién y de qué somos contemporáneos?
Lo contemporáneo en la infidelidad
En el presente ensayo se hará un acercamiento a la novela La uruguaya, de Pedro Mairal (2016), a
partir del texto de Giorgio Agamben titulado “Qué es lo contemporáneo”. En él, se identificará
cómo Lucas, -el narrador de esta historia-, que vive en una dualidad entre Argentina y Uruguay
gracias a su infidelidad, se convierte en un sujeto contemporáneo. Esto, incluso es un asomo de las
múltiples maneras en que se puede ser contemporáneo, ya lo diría Agamben (2008), en sus primeras
líneas del texto “¿De quién y de qué cosa somos contemporáneos?” y “¿qué significa ser
contemporáneo?”
Ésta temática: la infidelidad, casi que obliga a un hombre a vivir un presente del que es consciente y
se adhiere a él (su matrimonio), y asimismo, toma distancia a través de un desfasaje y un
anacronismo (Guerra), pues así es como se refiere a Magalí Guerra en su encuentro en el almuerzo
después de no verse por algún tiempo: “desfasada de mi recuerdo. Demasiado real y fuera de mi
manipulación. Todos estos meses te tenía en mi cabeza y podía rebobinar, poner fast forward, pausa.
Abría y cerraba los mails que me mandabas. Viste que al recuerdo lo repasás, lo revivís... Y cuando
llegaste hoy fue como que te superponías al recuerdo que tenía de vos...” (Mairal, P. 2016, p. 76).
Sin embargo, resulta imprescindible citar aquí lo que Agamben define como contemporáneo, con el
fin de esclarecer más la tesis de este ensayo “El poeta —el contemporáneo— debe tener fija la
mirada en su tiempo. ¿Pero qué cosa ve quien ve su tiempo, la sonrisa demente de su siglo?
Quisiera a este punto proponerles una segunda definición de la contemporaneidad: contemporáneo
es aquel que tiene fija la mirada en su tiempo, para percibir no las luces, sino la oscuridad. Todos
los tiempos son, para quien lleva a cabo la contemporaneidad, oscuros. Contemporáneo es,
precisamente, aquel que sabe ver esta oscuridad, que está en grado de escribir entintando la lapicera
en la tiniebla del presente. ¿Pero qué significa “ver una tiniebla”, “percibir la oscuridad”?”
(Agamben, 2008, p. 3).
No obstante ¿Qué veía Lucas, cuando se situaba en su tiempo de manera consciente? Claramente, se
puede evidenciar en uno de sus tantos monólogos mentales: “Muchas noches pasaba eso. Me
quedaba despierto boca arriba, sintiéndote respirar y escuchando la gota que empezaba a sonar
como a las dos de la mañana y que nunca supimos dónde caía, parecía el ruido exacto del insomnio,
la gota del inconsciente. Lo más irritante era que no fuera regular, era impredecible, y se estaba
acumulando en algún lado, formando seguramente un charco, una humedad, pudriendo el yeso, el
cemento, debilitando la estructura”. (Mairal, P. 2016, p. 10).
Es interesante que allí, Lucas mencione que se está debilitando la estructura, en este caso, de su
matrimonio, puesto que Agamben usa un recurso similar para definir lo contemporáneo, “El poeta,
en cuanto contemporáneo, es esa fractura, es eso que impide al tiempo componerse y, a su vez, la
sangre que debe suturar la rotura” (2008, p. 2). Y es que precisamente, fue justo eso lo que estaba
ocurriendo en su presente, una familia que lentamente iba resquebrajándose, un punto de no retorno
en el que ocurrió una fractura y descompuso su “comodidad”, para dar origen simultáneamente a
sus recuerdos e imaginarios que sentía como su lugar debido a que trataba de revivirlos.
Agamben, en su texto, hace una analogía acerca de lo contemporáneo: “En el firmamento que
observamos de noche, las estrellas resplandecen circundadas por una punzada tiniebla. Porque en el
universo hay un número infinito de galaxias y de cuerpos luminosos, la oscuridad que vemos en el
cielo es algo que, según los científicos, necesita una explicación. Es acerca de la explicación que la
astrofísica contemporánea da de esta oscuridad que quisiera ahora hablarles. En el universo en
expansión, las galaxias más remotas se alejan de nosotros a una velocidad tan fuerte, que su luz no
logra alcanzarnos. Aquello que percibimos como la oscuridad del cielo, es esta luz que viaja
velocísima en torno a nosotros y, sin embargo, no puede alcanzarnos, porque las galaxias de las
cuales proviene se alejan a una velocidad superior a aquella de la luz.” (Agamben, G. 2008, p. 4).
Resulta conveniente traerla a colación, puesto que permite reconocer cómo se da el asunto de
Lucas, como sujeto contemporáneo en la novela. Y es que Guerra, emerge con aquella luz y
enceguece todo a su paso, tanto, que genera una oscuridad, una nube negra que opaca y fisura su
matrimonio. A aquella luz, jamás logra alcanzarla. Lucas, se convierte en contemporáneo en el
momento en que “recibe en pleno rostro el haz de tiniebla que proviene de su tiempo”.
Cuando Lucas, por fin puede ver más allá de ese halo, reconoce que su oscuridad es algo que le
concierne y se dirige a él más que toda luz, y en primera persona le cuenta a su esposa que “Me
desnudé y me metí bajo el chorro de agua fría que se fue calentando de a poco. Pensé en Guerra,
cuando me abrazó y me dijo que yo le hacía bien, y cómo la protegí contra mi cuerpo sin dejar de
caminar. Ahora el agua estaba caliente. Subía vapor. De pronto me sorprendí llorando, como hacía
mucho tiempo no lloraba. Apoyado contra los azulejos, tratando de ahogar el hipo, mordiéndome el
brazo. Vos lloraste sentada en la mesada de la cocina, Maiko llora todos los días, la mujer tiesa a
quien el evangelistadel ómnibus ayudó a perdonar lloró, y Guerra y su amiga traidora lloraron las
dos. Todos lloramos. En lágrimas que van a dar a la mar, que es el morir, diría Manrique. Yo no
lloro nunca y menos por tristeza. El amor me hace llorar, el cariño. Lloré porque pensé en Guerra y
supe que no la iba a volver a ver, me negué a la idea de que su cariño no fuera verdadero, y sentí tu
amor también, Catalina, más allá de toda duda, y el amor de mi hijo abrazándome prendido de mi
cuello cuando no quiere que me vaya. Y la hospitalidad de Enzo y su toalla azul. Cuando alguien te
patea, quedás alerta como si no hubiera nadie de tu lado, y cuando de pronto alguien te trata bien
bajás la guardia y te desarmás. El cariño te derrumba”. (Mairal, P. 2016, p. 88-89).
Para concluir, queda un cuestionamiento abierto ¿De qué o de quién somos contemporáneos? Y no
porque no se le pueda dar respuesta, sino porque es importante reconocer lo contemporáneo en la
actualidad, conocer cuál es la luz, y cuál la oscuridad, teniendo en cuenta que hacerse consciente del
presente, es llevar inmerso y de manera simultánea todo el origen y fin, toda una ruta histórica que
precede lo que está aquí, y surge ahora.
La infidelidad, a Lucas lo obligó a vivir en una dualidad que se generó gracias a una fisura, y lo
llevó a vivir en ese desafasaje y anacronismo, anteriormente mencionado. Este hombre sufrió el
enceguecimiento de una mujer que nunca pudo alcanzar, y recibió de frente el haz de la tiniebla
para convertirlo, consciente o no, en un contemporáneo de la vida y/o de aquellas mujeres.
Por supuesto que Agamben, lo manifiesta de mejor manera “Aquellos que intentaron pensar la
contemporaneidad, pudieron hacerlo sólo a costa de dividirla en más tiempos, de introducir en el
tiempo una esencial des-homogeneidad. Quien puede decir: “mi tiempo”, divide el tiempo, inscribe
en el una cesura y una discontinuidad; y, sin embargo, justamente a través de esta cesura, esta
interpolación del presente en la homogeneidad inerte del tiempo lineal, el contemporáneo hace
actuar una relación especial entre los tiempos. Si, como habíamos visto, es el contemporáneo que ha
despedazado las vértebras de su tiempo (o, de todos modos, ha percibido la falla o el punto de
rotura), él hace de esta fractura el lugar de una cita y de un encuentro entre los tiempos y las
generaciones”. (2008, p. 6-7).