LA FORMACIÓN ESTÉTICA
ESTÉTICA. Historia y Fundamentos. MONROE C. BEARDSLEY Y JOHN HOSPERS.
Profesor: Carlos Molina Paredes.
La relación de la educación estética con la educación visual y plástica, es tan íntima que resultan
inseparables. Ambas van unidas en el desarrollo de las capacidades del ser humano. No se puede educar visual y
plásticamente a una persona, si paralela y complementariamente no recibe a la vez una formación estética. Ello no
quiere decir que la educación visual se limite a las obras de arte. Sin embargo, el arte es para ello fundamental, porque
en él se ponen en juego, de manera especial e intensa, todos los recursos del lenguaje plástico y visual, que se
manifiestan allí por sí mismos, sin servir a ningún otro fin.
La educación estética no consiste en inculcar al niño una serie de principios y juicios estéticos propios de la
época actual o del profesor en concreto. El desarrollo de la sensibilidad del niño, por todo lo que le rodea, debe
formarse según sus preferencias, con una visión particular analizada por un personal sentido crítico, que será lo que
configure su personalidad, englobando su conciencia estética y su capacidad creadora. La formación estética debe
irradiar a todos los temas, e impregnar la producción plástica y el análisis teórico de las imágenes. También habrá de
estar presente en la Didáctica de la Expresión Plástica, entre otros muchos aspectos para ayudar a distinguir una
cuestión esencial: la diferencia entre arte infantil y arte adulto y las particularidades del desarrollo estético del niño. En
palabras de Lowenfeld: “Desarrollar la conciencia estética significa educar la sensibilidad de una persona respecto de
las experiencias perceptivas, intelectuales y emocionales, de manera que las mismas se formen más profundas y se
integren en un todo armoniosamente organizado”.
Estética, es la relación armoniosa y habitual que establecen los sentidos con el mundo exterior. Por lo
que entendemos la educación estética, como la educación de los sentidos sobre los cuales se basan la conciencia, la
inteligencia y el juicio del individuo, lo que favorece la construcción de una personalidad integrada.
“La ausencia de una conciencia estética propia, hace que factores como las modas y la publicidad por
ejemplo, tengan tanto éxito en dominar las preferencias de las personas, que en poco tiempo cambian
radicalmente la forma de pensar, de comportarse, de vestir, etc., sin otra causa que el cambio de las directrices
de estos poderes, por muy descabelladas y contradictorias que sean sus propuestas”. Debido a ello, todo resulta
tan impersonal y ajeno a las necesidades del ser humano, que la insatisfacción y la inseguridad en sí mismo, son
causas claras de la degradación de la persona y su mala calidad de vida. Esta acuciante degradación de la conciencia
estética, es uno de los motivos de la falta de identidad de nuestra época, con unos valores estéticos que resulten
claramente válidos y la constante búsqueda desacertada de formas de hacer y de estilos que raras veces resultan
satisfactorios.
“Los medios que se utilizan para producir imágenes avanzan más como técnica que como estética”.
(DONDIS, D.A.: El lenguaje visual. Gustavo Gil. Barcelona. 1973). Evidentemente, sólo una adecuada formación
estética, un conocimiento, por somero que sea, de las posibilidades del arte y de su esencia, permitirá rescatar de la
mera manipulación técnica la producción visual y concederle una necesaria dimensión creativa. La influencia positiva de
una formación estética, alcanza también a las actividades artísticas de tiempo libre, a las artesanales y a las técnicas de
creación de imágenes, esta dará a la obra un sentido más alto, más rico que lo que supone la repetición puramente
mecánica de los modelos tradicionales.
El concepto de belleza es algo que cambia con las culturas, las experiencias, las edades, el punto de vista
subjetivo, etc. Este se sustenta en una valoración tan personal, que a veces ni el propio individuo puede explicar
“lógicamente” el hecho de que una obra le agrade o no. Pero para que exista un disfrute o rechazo de la realidad es
necesario estar sensibilizado ante todo lo que vemos, por ello es muy importante propiciar el gusto estético propio de
cada generación y de cada individuo.
El significado estético de la imagen radica en su estructuración “autorreflexiva” y “ambigua”, por lo que es
necesario una sensibilización que permita acceder a este significado, o sea, estar educado para saber verlo y leerlo.
Por esto, pensamos como Luis Porcher (PORCHER, L.: La educación estética. Lujo o necesidad. Kapelusz. Buenos Aires. 1975), que:
“La iniciación estética de los niños pasa necesariamente por fases de aprendizaje, es decir de integración de
sujeciones. El arte no vive en el terreno puro de la afectividad inmediata; requiere que tanto el creador como el
consumidor posean cierto número de herramientas intelectuales y técnicas que ninguna actuación espontánea puede
hacer innecesarias. La educación artística no debe oponer lo sentido a lo concebido, la sensibilidad a la inteligencia, la
emoción a la razón. Lo importante es la complementación de todos estos aspectos. Declarar la preponderancia absoluta
de uno de ellos, “cualquiera que sea”, es extraviarse”.
ESTÉTICA. Fundamentos
La estética es la rama de la filosofía que se ocupa de analizar los conceptos y resolver los problemas
que se plantean cuando contemplamos objetos estéticos. Objetos estéticos, a su vez, son todos los objetos de la
experiencia estética; de ahí que, sólo tras haber caracterizado suficientemente la experiencia estética, nos hallamos en
condiciones de delimitar las clases de objetos estéticos. Aunque hay quienes niegan la existencia de cualquier tipo de
experiencia específicamente estética, no niegan, sin embargo, la posibilidad de formar juicios estéticos o de dar razones
que avalen dichos juicios; la expresión “objetos estéticos” incluiría, pues, aquellos objetos en torno a los cuales se
emiten tales juicios y se dan tales razones.
REFLEXIONES SOBRE ALGUNOS CONCEPTOS QUE PUEDEN DEFINIR EL CONCEPTO DE ESTÉTICA:
a. ACTITUDES ESTÉTICAS Y NO ESTÉTICAS
Antes de considerar las cuestiones estéticas que se plantean en la filosofía del arte, deberíamos analizar esta
otra: ¿Qué es contemplar, (escuchar, etc.) algo estéticamente? Porque, si se carece de la experiencia de objetos
estéticos, ninguna de las otras cuestiones podría plantearse. ¿Hay una forma estética de contemplar las cosas? Y
en caso afirmativo, ¿qué es lo que la distingue de otras formas de experimentarlas? La actitud estética, o la
“forma estética de contemplar el mundo”, es generalmente contrapuesta a la actitud práctica, que sólo se
interesa por la utilidad del objeto en cuestión. El genuino corredor de fincas que contempla un paisaje sólo con la mira
puesta en su posible valor monetario, no está contemplando estéticamente el paisaje. Para contemplarlo así hay que
“percibirlo por percibirlo”, no con alguna otra intención. Hay que saborear la experiencia de percibir el paisaje mismo,
haciendo hincapié en sus detalles perceptivos, en vez de utilizar el objeto percibido como medio para algún otro fin.
Las necesidades de nuestra vida actual son tan imperativas, que el sentido de la vista se ha ido especializando
cuidadosamente al servicio de ellas. Con una admirable economía, aprendemos a ver sólo lo necesario para lograr
nuestros objetivos; pero lo que vemos es muy poca cosa, justo lo suficiente para reconocer e identificar cada
objeto o persona; hecho esto, pasan a un compartimento de nuestro catálogo mental y ya nunca más lo vemos
realmente. En la vida actual, la persona ordinaria sólo lee en realidad los rótulos, por decirlo así, de los objetos que la
rodean, sin tomarse otra molestia. Casi todas las cosas que son útiles de algún modo, se ponen encima más o menos
este casquete de invisibilidad. Solo cuando un objeto existe en nuestras vidas sin más objetivo que el de ser
visto, es cuando realmente lo contemplamos, como, por ejemplo, un adorno chino o una piedra preciosa; y hasta la
persona más normal adopta para con él, en alguna medida, la actitud artística de pura contemplación abstraída de la
necesidad. Cabría objetar, naturalmente, que incluso en la contemplación estética observamos algo no “por si mismo”,
sino por alguna otra razón, por ejemplo, por el placer que nos produce. No seguiríamos prestando atención al objeto
percibido si al hacerlo no nos resultase agradable; según esto, ¿no será el goce la finalidad en el caso estético? Cabe,
en efecto, describirlo así, y acaso la expresión “percibirlo por sí mismo” sea desorientadora. Sin embargo, existe cierta
diferencia entre saborear la misma experiencia perceptiva, y simplemente utilizarla por razones de identificación, de
clasificación o de acción ulterior, como hacemos de modo habitual en la vida diaria cuando no contemplamos realmente
el árbol, sino que sólo lo percibimos con la claridad suficiente para identificarlo como tal y rodearlo si se interpone en
nuestro camino. La distinción sigue siendo válida, y sólo el modo de describirla está sujeto a clarificación.
2
b. LA ACTITUD ESTÉTICA SE DISTINGUE DE LA COGNOSCITIVA
Los estudiantes familiarizados con la historia de la arquitectura, son capaces de identificar rápidamente un
edificio o unas ruinas en cuanto a su época de construcción y lugar de emplazamiento, a través de su estilo y de otros
aspectos visuales. Contemplan ante todo el edificio para aumentar sus conocimientos, no para enriquecer su
experiencia perceptiva. Este tipo de habilidad puede ser importante o útil (en los exámenes, por ejemplo), pero no
guarda necesariamente correlación con la capacidad de disfrutar la experiencia misma de la contemplación del edificio.
La capacidad analítica puede eventualmente incrementar la experiencia estética, pero también puede ahogarla.
Quienes se interesan por el arte en razón de algún objetivo profesional o técnico, están particularmente expuestos a
distanciarse de la forma de contemplación estética.
c. LA FORMA ESTÉTICA DE OBSERVAR, ES AJENA A LA FORMA PERSONALIZADA DE HACERLO
El observador personaliza cuando en lugar de contemplar el objeto estético para captar lo que le
ofrece, considera la relación de dicho objeto hacia él. Quienes no prestan atención a la música, sino que la utilizan
como estímulo para su fantasía personal, es buena muestra de esa audición no estética que a menudo pasa por serlo.
En el célebre ejemplo de Edward Bullough, el hombre que va a presenciar una interpretación de Otelo y, en vez de
concentrarse en la representación, piensa sólo en la similitud entre la situación de Otelo y el problema real que él
mismo tiene con su mujer, no está viendo la representación estéticamente. Esta actitud supone una implicación
personal, es una actitud personalizada, y la personalización inhibe cualquier respuesta estética que el espectador
pudiera haber tenido en otro caso.
Al contemplar algo estéticamente, respondemos al objeto estético y a lo que puede ofrecernos, no a su relación
con nuestra propia vida. Esto último ocurre a menudo, y no es necesariamente indeseable, pero debería distinguirse
cuidadosamente de la respuesta estética. La fórmula “no deberíamos llegar a sentirnos implicados
personalmente”, se utiliza a veces para describir este criterio.
d. RELACIONES INTERNAS Y EXTERNAS
Cuando contemplamos estéticamente una obra de arte o la naturaleza, nos fijamos sólo en las
relaciones internas, es decir, en el objeto estético y sus propiedades y no en su relación con nosotros mismos,
ni siquiera en su relación con el artista creador de él o con nuestro conocimiento de la cultura de donde brota.
La mayor parte de las obras de arte son muy complejas y exigen nuestra total atención. El estado estético supone una
concentración intensa y completa. Se necesita una intensa consciencia perceptiva y tanto el objeto estético como sus
diversas relaciones internas (internas a él, se entiende) han de constituir el único foco de nuestra atención. Ejemplo: El
estudiante que no está acostumbrado a contemplar una figura humana desnuda, puede sentirse tan “distraído” mirando
una diosa desnuda en un cuadro, que no logre contemplar el cuadro estéticamente. Debido a sus propios impulsos, es
obstaculizado por las relaciones externas (las externas a la obra de arte, se entiende), de tal manera que no puede
orientar adecuadamente su atención hacia el objeto y las relaciones perceptivas internas a él. A veces la falta de
consciencia de las relaciones externas, se denomina “distancia estética” o “distancia psíquica”.
e. ASPECTO PERCEPTIVO DEL OBJETO
La atención estética se orienta hacia el aspecto perceptivo del objeto, no hacia el objeto físico o
crematístico. Sin la presencia de un objeto físico, como la pintura o el lienzo, no podríamos naturalmente percibir
ningún cuadro; pero la atención debe centrarse sobre las características percibidas, no sobre las características físicas
que hacen posible lo percibido. Así, deberíamos concentrarnos sobre las combinaciones de color en el cuadro, pero no
sobre la forma en que ha de mezclarse la pintura para producir ese color, ni sobre ninguna otra cosa relacionada con la
química de la pintura. No se valora una escultura estéticamente, si lo que apreciamos es el valor del material con
que se ha realizado (una escultura en bronce, o en oro, o en plata...) o el precio por el que se ha vendido. Esto
solo hace relación a la base física del objeto, o a su valor comercial, pero nunca a lo visualmente percibido. El hecho de
que el pintor haya tenido que emplear un método muy difícil para hacer que su cuadro aparezca “resplandeciente”, es
algo accesorio en la consideración estética; puede hacer que admiremos al pintor por entregarse a una tarea tan difícil,
pero no puede hacernos admirar la pintura misma más que antes. Sin embargo, el hecho de que la pintura acabada, tal
3
como la percibimos, tenga un aspecto “resplandeciente”, es estéticamente importante, porque esto forma parte de lo
percibido. Pero aún no está del todo claro qué es exactamente lo que incluye y excluye el criterio. Cuando fijo la
atención en las combinaciones cromáticas de un cuadro o en la armonía de las figuras, estoy atendiendo claramente a
fenómenos perceptivos; pero, ¿qué pasa si también me gusta el cuadro a causa de su evidente humor; o la música, no
por ser rápida o lenta, o por ser triste; o si me agrada un poema por ser sentimental, sensiblero o “falso”? ¿Son estas
cosas estéticas, o lo es su aprehensión? Aunque no son características del objeto físico, ¿deberían clasificarse como
no perceptivas?
f. LOS SENTIDOS EN LA APRECIACIÓN ESTÉTICA
Dentro del campo de los sentidos, no han faltado intentos de reducir el área de la atención estética por medio
de la modalidad sensorial; sobre todo, de incluir la vista y el oído como aceptables, y de excluir el olfato, el gusto y el
tacto como inaceptables para la atención estética. Pero esta tendencia parece abocada también al fracaso. ¿Qué
razón podría darse para negar que el placer del olfato, el gusto y el tacto sea estético? ¿Acaso el placer de la olfacción
de una rosa o de la degustación de un vino no es estético? Podemos gozar de sabores y de olores exactamente lo
mismo que de imágenes y sonidos; por sí mismos o, si se prefiere, por el goce que nos procuran.
Hay varias razones para que históricamente, las obras de arte no hayan sido realizadas en medios distintos de
los visuales y auditivos:
1) Resulta más difícil en este campo separar lo práctico de lo no práctico; por ejemplo, separar el placer de la
toma de alimento porque sentimos hambre, del placer de ese alimento porque nos sabe bien. Los sentidos “inferiores”
se hallan tan estrechamente vinculados a la satisfacción de las necesidades corporales, que es difícil aislar el goce
estrictamente estético derivado de ellos.
2) En lo perceptivo, aunque no en lo físico, los datos de los sentidos “inferiores” son menos complejos, de
suerte que los elementos percibidos no se prestan a la compleja disposición formal tan característica de las obras de
arte. No tenemos “sinfonías olorosas”, en una serie de olores y sabores hay un “antes“ y un “después”, pero apenas hay
otra cosa que este orden estrictamente serial; es decir, no hay ninguna “armonía” o “contrapunto”. Sin embargo, los
colores y los sonidos incluyen un orden complejo, que nos permite establecer sutiles distinciones entre la infinidad de
sensaciones visuales y auditivas. Este tipo de distinción hace factible la aprehensión de una gran complejidad formal en
obras de artes visuales y auditivas, imposible de captar por observadores humanos en las demás modalidades
sensoriales. En este campo, nos referimos a un orden perceptivo más que físico, porque hay correlatos físicos exactos
para los olores experimentados, como los hay también para los sonidos (tono, volumen, timbre) y los colores (matiz,
saturación, claridad). Pero si no pueden hacerse distinciones precisas entre estos datos sensoriales en el caso del
olfato y el gusto, son inútiles para el uso de los perceptores humanos, aunque exista un orden exacto de correlatos
físicos igual para todos ellos.
g. NEGACIONES DE ACTITUDES ESTÉTICAS DISTINTAS
Algunos escritores han desesperado de encontrar criterios para distinguir la actitud estética de los demás tipos
de actitudes. Por ejemplo, algunos estéticos han negado que haya una actitud propiamente estética, y encuentran la
característica distintiva de lo estético, no en determinada actitud, experiencia o modo de atención que pueda tener el
observador, sino en las razones que da para respaldar sus juicios: es decir, razones estéticas, razones morales,
razones económicas, etc. Aunque la mayoría de los teóricos de la estética admiten la existencia de razones
propiamente estéticas, van más lejos y sostienen que tales razones presuponen un tipo de actitud o atención hacia los
objetos que, aun siendo difícil de identificar exactamente, y todavía más difícil de explicar verbalmente sin
ambigüedades, existe en realidad y se diferencia esta forma de atención de todas las otras. También se ha sostenido
que no hay una actitud propiamente estética, a menos que se la defina simplemente como “prestar cuidadosa atención”
a la obra de arte (o naturaleza) en cuestión. No se da ninguna atención especial a objetos susceptibles de ser llamados
estéticos; sólo se da el hecho de “prestar cuidadosa atención a las cualidades del objeto”, en contraste con el hecho
opuesto. Según esta concepción, podemos acercarnos a una obra de arte por diversos motivos, susceptibles de
distinguirse unos de otros; pero no hay ningún tipo especial de atención, en la contemplación de una pieza teatral, que
distinga, por ejemplo, al espectador del director escénico o del dramaturgo autor de las ideas: el tipo de atención es el
mismo en todos los casos, es decir, todos deberían centrarse cuidadosamente en el objeto estético. La distinción entre
contemplar estética y no estéticamente resulta ser, en rigor, una distinción motivacional no perceptiva.
4
h. EL VALOR ESTÉTICO
“La verdad, la bondad y la belleza”, constituyen la principal tríada de conceptos con que tradicionalmente se
consideró que había de enfrentarse la filosofía. Sin embargo, sea lo que fuere de los otros, la Belleza ha sido siempre
competencia de la teoría estética; aunque también lo ha sido la verdad, en la persuasión de que la estética debía
presentar la verdad en torno a la belleza. No obstante, formular la pregunta de ¿Qué es la belleza? en el sentido en que
la palabra “belleza” se utiliza hoy, sería formular una pregunta demasiado limitada, porque aspiramos a proponer
cuestiones de valor con respecto a todos los objetos de la experiencia estética. La palabra “belleza” tiende a implicar la
connotación de algo agradable a la vista o al oído; y puesto que las obras de literatura son artes ideo-sensoriales más
que sensoriales, no quedan incluidas fácilmente en esa clasificación, “una bella pintura” suena bastante bien, pero no
“una bella novela”. Incluso en el arte visual y auditivo no todas las obras a que atribuimos valor estético pueden
considerarse bellas, podemos, por ejemplo, considerar el Guernica de Picasso como una obra de gran valor estético;
pero algunos de sus admiradores pueden pensar que no agrada a la vista, siendo la palabra “bella” demasiado pálida
en este caso. Las obras de arte pueden impresionarnos profundamente, reorientar nuestras ideas o nuestros
sentimientos, conmovernos o aturdirnos, pero no necesitamos encontrarlas agradables; y sin embargo, es esta cualidad
hedonista la ordinariamente connotada cuando denominamos a algo “bello”. En las reflexiones que siguen, utilizaremos
ocasionalmente el término “bello” cuando parezca apropiado hacerlo; sin embargo, cuando lo hagamos, lo
emplearemos como sinónimo de “valor estético”, no en el sentido más estricto de asociado con la cualidad agradable.
La expresión “valor estético” se refiere al concepto más general, y, en consecuencia, nuestra pregunta es: “¿Qué es el
valor estético?”, ¿Qué se entiende al atribuir valor estético a un objeto?, ¿En qué nos basamos?, y ¿Cómo puede
defenderse la pretensión de que algo posee valor estético?
TEORÍAS OBJETIVISTAS Y SUBJETIVISTAS
a) Teoría estética objetivista, es la que sostiene que las propiedades constitutivas del valor estético, o que
hacen estéticamente valioso un objeto, son (en cierto sentido bastante estricto) propiedades del mismo objeto estético.
Las teorías objetivistas postulan, como todos tendemos a admitir en definitiva, que cuando atribuimos valor estético a
una obra de arte estamos atribuyendo valor a la obra misma. Estamos diciendo que tiene “valor estético” y que este
valor se basa en la misma naturaleza del objeto, no en el hecho de que a la mayoría de los observadores (o a los
observadores de cierta clase) les guste o les agrade. El que les agrade sería consecuencia del hecho de poseer valor
estético; pero la atribución de valor no consiste en el hecho de que la obra agrade a cualquier crítico u observador. Lo
que una obra de arte exige al observador, es un juicio ponderado de su mérito; y este juicio se basa únicamente en las
propiedades de la obra, no en las cualidades del observador o en su relación a ella.
b) Teoría estética subjetivista, es la que defiende que lo que hace a algo estéticamente valioso no son sus
propiedades, sino su relación a los consumidores estéticos, como el que les guste, les agrade, les provoque
experiencias estéticas en respuesta a él, etc. Afirmaciones tales como: “Cuando digo que algo es bello, quiero decir que
me gusta” y “La belleza es algo subjetivo: una cosa es bella para ti si te agrada, y no es bella para mí si no me agrada”,
son claramente subjetivistas. El subjetivismo en teoría estética, aunque puede presentarse considerablemente más
sofisticado que en las afirmaciones anteriores, defiende tenazmente que no se dan en los objetos estéticos propiedades
realizadoras de belleza, sino sólo diversas reacciones ante ellos; y que la atribución de valor estético sólo puede
hacerse válidamente cuando el observador reacciona en determinada forma al objeto. Con otras palabras, la belleza es
siempre una característica “para ti” o “para mí”. “Esto es bello para mi” carecería de sentido si la belleza fuese una
característica objetiva de las cosas, como la forma cuadrada; al igual que “Esto es cuadrado para mi” carece de sentido,
salvo en el caso de que sólo se pretenda decir “esto me parece cuadrado”. Pero las expresiones “Esto es interesante
para mi” y “Esto es extraño para mi” sí tienen sentido, porque el interés y la extrañeza son características no objetivas.
Cuando el crítico denomina bella a una pintura, se está refiriendo a alguna relación entre él mismo y el objeto estético;
generalmente, a la relación de gustarle o agradarle estéticamente.
LA BELLEZA es un valor estético que suscita numerosas preguntas: ¿Hay alguna propiedad o serie de
propiedades objetivas que constituyan valor estético? ¿Hay alguna serie finita de propiedades A,B,C... que, si están
presentes, garantizan que el objeto estético es bueno, y si no lo están garantizan que no lo es? Una postura en torno a
esto asegura que existe una propiedad común a todos los objetos estéticos que puede hallarse presente en diversos
grados (por ejemplo, la claridad o intensidad), pero de forma que su grado de presencia confiere a la obra el valor
estético que posee, a esta propiedad se le denomina generalmente “belleza”, y cabe, no obstante, preguntar: ¿Qué es
lo que constituye la belleza y cómo reconocer su presencia? A esto se responde a menudo que la belleza es una
5
propiedad simple, no analizable, cuya presencia sólo puede ser intuida, pero no determinada a través de tests
empíricos: “La belleza es directamente aprehendida por la mente, de igual modo que es aprehendida la figura”. Lo cual
no hace sino suscitar nuevas cuestiones. Generalmente estamos de acuerdo en cuanto a la figura de un objeto, y si no
lo estamos, podemos someter nuestras concepciones a pruebas empíricas; sin embargo, no nos ponemos tan
fácilmente de acuerdo sobre si un objeto es bello, y si no lo conseguimos, ¿cuál será el paso siguiente? Podemos decir,
naturalmente, que una de las partes en litigio está equivocada, pero no hay modo alguno de determinar quién está en el
error, puesto que la propiedad en cuestión no es empíricamente verificable, sino que sólo puede ser intuida, y es un
hecho notorio que las personas tienen intuiciones conflictivas. A menos que tengamos alguna clave sobre cómo
resolver las controversias en torno al valor estético de belleza, este concepto resulta inútil. Es realmente difícil llegar a
un criterio válido y verdadero, porque las propiedades de los objetos estéticos que los críticos citan son muy variadas y
difieren considerablemente de un medio artístico o otro. El empleo de colores que motiva el elogio tributado por un
crítico a una obra pictórica y el empleo de ciertos tipos de orquestación y colorido total en una obra de música, deben
limitarse a esos medios artísticos y no pueden servir de criterios generales para valorar cualquier obra de arte, y mucho
menos todos los objetos artísticos. Incluso la utilización de una imaginería rica que se considera suficiente para elogiar
un poema no se considera así con respecto a otro poema; el hecho de que la imaginería sea digna de elogio depende
del tipo de poema y del contexto total del pasaje. Por lo que se refiere al juicio estético, hasta tal punto depende del
contexto, que resulta difícil, si no imposible, aislar cualquier característica de una obra de arte y decir que, cuando se
halla presente, la obra es buena, o incluso que es mejor de lo que hubiera sido sin ella. Ante la imposibilidad de ser
absolutamente objetivo y ante la dificultad de comunicar y racionalizar la subjetividad, surge la teoría eclécticista, la
cual se mueve en formas varias entre lo subjetivo y lo objetivo.
______________________________________________________________________________________
UN CRITÉRIO ESTÉTICO. La función estética la encontramos en los objetos creados exclusivamente para la
contemplación y también en aquellos que nos resultan útiles. Todo objeto manifiesta una idea o una intención estética a
parte de su pragmatismo. El objeto puede estar realizado por la intervención directa del hombre y expresar las ideas
de este, dejando su huella personal. También puede ser el resultado de una seriación, donde no percibimos la mano del
hombre, pero si las ideas del diseñador, con sus intenciones de utilidad o estéticas, o de ambas inclusive.
La Moda y la Costumbre, son dos factores que, en la actualidad, influyen constantemente, en nuestros criterios
estéticos. Debemos, pues, reflexionar sobre estos dos conceptos ya que de ellos dependen muchas de nuestras
afirmaciones estéticas, así como la forma de entender el Arte y la Belleza, la utilización de nuestros sentidos y la
relación con el mundo exterior.
Moda, es la imposición de unos valores estéticos, durante un determinado periodo de tiempo, de un circulo creativo al
resto de la sociedad.
Costumbre, es una forma habitual de proceder o conducirse. Es un conjunto de cualidades o inclinaciones y usos que
forman el carácter distintivo de un pueblo o persona. Es una práctica muy usada que ha adquirido fuerza de precepto.
AUTENTICIDAD. Es comprensible que en la época actual, con toda la influencia de las modas, las costumbres, los
medios de comunicación y la globalización de la cultura, mantener un criterio estético único es muy difícil. Nuestra
época se mueve constantemente entre lo natural y lo artificial, entremezclándose y creando una discordancia con los
sentidos, cuya consecuencia es un desinterés por la calidad de las sensaciones que podemos percibir. Para superar
esto, una sugerencia que podemos ofrecer es la de decidir el valor estético según su grado de autenticidad.
“Algo es auténtico cuando tiene todas las características esenciales de aquello que representa.
Cuando satisface a todos los sentidos al mismo tiempo.” (Kant).