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Avanzando Hacia La Madurez

El documento describe tres tipos de personas según su grado de madurez espiritual según la Biblia: los inconversos, los creyentes maduros y los creyentes inmaduros. Exhorta a los creyentes a dejar atrás la inmadurez espiritual característica de la niñez y avanzar hacia una madurez definida por la búsqueda de excelencia, no perfección, humildad y reconocimiento de que el proceso de maduración continúa en esta vida.
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Avanzando Hacia La Madurez

El documento describe tres tipos de personas según su grado de madurez espiritual según la Biblia: los inconversos, los creyentes maduros y los creyentes inmaduros. Exhorta a los creyentes a dejar atrás la inmadurez espiritual característica de la niñez y avanzar hacia una madurez definida por la búsqueda de excelencia, no perfección, humildad y reconocimiento de que el proceso de maduración continúa en esta vida.
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AVANZANDO HACIA LA MADUREZ

Palabras claves:
Natural, mundano, carnal, inmaduro, espiritual, maduro, niñez, inmadurez, excelencia,
perfección, optimismo

Objetivo:
Identificar las características de la madurez tal como la Biblia define esta condición en
el creyente y aplicarse consciente y resueltamente a la búsqueda de esta madurez,
dejando atrás todo lo correspondiente a nuestra infancia espiritual en todos los
aspectos en que Dios nos exhorta a hacerlo, conservando tan sólo los rasgos elogiosos
de la niñez que, a la luz de la Biblia y las palabras de Jesús en los evangelios, debemos
conservar y fomentar de manera activa y permanente.

Resumen:
La descripción de tres tipos de personas en la Biblia con arreglo a la manera más o
menos constructiva en que se relacionan con el Espíritu Santo brinda un esquema en el
cual todos los seres humanos encajamos de un modo u otro, diagnosticando bien
nuestra actual condición y marcándonos el rumbo que debemos emprender en nuestra
vida cristiana hasta alcanzar un satisfactorio grado de madurez que sea suficiente para
disfrutar a plenitud y sin obstáculos de nuestra parte, de la vida abundante que Dios
vino a ofrecernos en Cristo. Avanzar hacia la madurez es un imperativo bíblico para los
creyentes que no podemos eludir y que nos brinda una nueva forma de ver la vida que
es consecuente con las realidades espirituales que fundamentan la realidad material y
nos convierte en agentes de cambio para transformar nuestra realidad y la de nuestro
entorno de modo que refleje cada vez más las realidades espirituales que Jesucristo
estableció con su muerte y resurrección para el mundo en general y para la iglesia en
particular.

7. Avanzando hacia la madurez

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La primera epístola a los Corintios (1 Cor. 2:14-3:4) nos brinda una clasificación en la
que podemos ubicar a todas las personas: creyentes e inconversos por igual. En el
capítulo 2, versículo 14 el inconverso es catalogado invariablemente como una
persona “natural” (RVR), “mundana” (LPH) o “que no tiene el Espíritu” (NVI, TLA),
traducciones todas que quieren indicar que tal persona es guiada exclusivamente por
su psiquis o alma, sin la participación de su espíritu debidamente conducido por el
Espíritu, puesto que, debido a su incredulidad, el espíritu de esta persona es
prácticamente inoperante, pues se encuentra muerto, en palabras del apóstol Pablo,
en razón de lo cual esta persona: “… no acepta lo que procede del Espíritu de Dios,
pues para él es locura. No puede entenderlo, porque hay que discernirlo
espiritualmente” (1 Cor. 2:14).

Como tales, los inconversos (personas naturales) pueden manifestar una amplia
gama de conductas y estilos de vida, desde los estilos de vida más improductivos,
destructivos y moralmente cuestionables como los que definen a los delincuentes
abiertamente promiscuos y desafiantes a las normas morales más básicas y
elementales de la sociedad; hasta la personas socialmente respetables, promotoras
y externamente respetuosas de la moral social, participantes incluso de causas muy
afines con la moral cristiana como dinámicos activistas desde posiciones
humanistas, llegando en muchos casos a ser modelos de conducta social que
superan externamente los estándares morales de comportamiento alcanzados por
los cristianos. Sin embargo, estos personajes podrán gozar de una significativa
respetabilidad social, por encima de los cristianos incluso, pero no por eso disfrutan
necesariamente de la aprobación de Dios, pues aunque sus buenas obras sean
encomiables, estas obras no proceden de la fe y el amor a Dios sino de motivos
egoístas y centrados en último término en sí mismos, algo que las descalifica delante
de Dios.

7.1. Creyentes maduros e inmaduros

Pero dejando atrás a estos personajes y concentrándonos en los creyentes, estos


son catalogados en “espirituales” por contraste y oposición a los “carnales” (o

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“inmaduros” en la NVI). Los creyentes espirituales son elogiados, mientras que
los carnales o inmaduros son reprendidos por esta condición, que puede hasta
cierto punto ser atenuada y tolerada en creyentes nuevos y débiles aún en la fe,
pero es intolerable en creyentes que llevan ya tiempo en el evangelio, pues el
hecho de reconocer la condición de carnales o inmaduros a ciertos creyentes no
significa que esta condición esté justificada de algún modo, pues el creyente
carnal o inmaduro siempre será un creyente disfuncional que dista de los
estándares mínimos de madurez que Dios requiere de todos sus hijos sin
excepción. Esto nos conduce a dos conceptos relacionados que suelen
confundirse de manera muy inconveniente. Son la niñez y la inmadurez.

7.2. Niñez e inmadurez

Ratificando lo ya dicho al respecto en la materia Hogar Cristiano, el Señor


Jesucristo puso como ejemplo en varias ocasiones a los niños (Mr. 10:14-5),
elogiando virtudes de la infancia tales como la inocencia, la humildad, la
confianza y la dependencia, rasgos todos necesarios para acceder al Reino de
Dios. Pero no debemos olvidar que la infancia también implica inmadurez, y el no
saber diferenciarlas puede llevar a justificar la inmadurez en los creyentes
marcadamente egocéntricos, indolentes, egoístas, exigentes, irresponsables e
irrazonables. Pablo está, precisamente, lidiando con ellos en la iglesia de Corinto,
interpelándolos en estos términos: “Yo, hermanos, no pude dirigirme a ustedes
como a espirituales sino como a inmaduros, apenas niños en Cristo. Les di leche
porque no podían asimilar alimento sólido, ni pueden todavía, pues aún son
inmaduros. Mientras haya entre ustedes celos y contiendas, ¿no serán
inmaduros?...” (1 Cor. 3:1-3).

La misma amonestación fue planteada por el autor de la epístola a los Hebreos:


“Sobre este tema tenemos mucho que decir aunque es difícil explicarlo, porque a
ustedes lo que les entra por un oído les sale por el otro… a estas alturas ya
deberían ser maestros, y sin embargo necesitan que alguien vuelva a enseñarles
las verdades más elementales de la palabra de Dios… necesitan leche en vez de

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alimento sólido. El que sólo se alimenta de leche es inexperto… es como un niño
de pecho. En cambio, el alimento sólido es para los adultos, para los que tienen
la capacidad de distinguir entre lo bueno y lo malo, pues han ejercitado su
facultad de percepción espiritual” (Heb. 5:11-14). Dejar la inmadurez que
caracteriza la infancia espiritual debería ser algo natural que se da por
descontado: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño,
razonaba como niño; cuando llegué a ser adulto, dejé atrás las cosas de niño” (1
Cor. 13:11), pero nunca sobra la esclarecedora exhortación del apóstol al
respecto: “Hermanos, no sean niños en su modo de pensar. Sean niños en
cuanto a la malicia, pero adultos en su modo de pensar” (1 Cor. 14:20).

7.3. Madurez, excelencia y perfección

Uno de los rasgos que indican madurez en el creyente es la búsqueda de la


excelencia en todo lo que hace. Pero aquí hay que hacer la distinción muy bien
señalada por el actor Michael J. Fox al declarar: “Tengo cuidado de no confundir
la excelencia con la perfección. Puedo aspirar a la excelencia; la perfección es
asunto de Dios”. En efecto, el diccionario define la excelencia como la cualidad
por la cual algo sobresale en bondad, mérito y estimación. La excelencia
desarrollada en grado absoluto es llamada perfección y, como bien se afirma
arriba, éste es un rasgo exclusivo de Dios.

A los vanos intentos y pretensiones del hombre por alcanzar esta condición se le
da el nombre de “perfeccionismo”, pero el hecho es que la perfección absoluta
es una meta imposible en esta vida, razón por la cual su fracasada búsqueda
genera depresión y se constituye en una carga pesada para los que la
promueven y los que los rodean, sobre todo en calidad de subordinados. Los
cristianos inmaduros, paradójicamente, pretenden a veces ser perfectos en lo
que hacen y esperan de los demás, convirtiéndose en una molestia para todos
los que tienen que trabajar con ellos. Pero los cristianos maduros sí deben
caracterizarse por la excelencia en sus actividades, puesto que aunque todavía
no seamos perfectos, sí podemos, con la gracia de Dios, irnos perfeccionando

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cada día más en aras de la excelencia. No olvidemos, además, que el éxito es
una consecuencia natural de la excelencia que llega, entonces, sin estarlo
buscando necesariamente.

Distinguir con madurez la perfección de la excelencia nos lleva a la humildad que


nos permite estar de acuerdo con el pensador cristiano Henri Nouwen cuando
dice: “Los que piensan que han llegado, han equivocado su ruta. Los que
piensan que han alcanzado su meta, la han perdido. Los que piensan que son
santos, son demonios”. Así es. Porque si algo debe caracterizar al cristiano es
que, mientras dure esta vida, siempre se mantiene en pos de la meta pero sin
presumir haberla alcanzado en ningún momento. Ésta es una de las más
seguras señales de verdadera madurez en el creyente: no pretender nunca haber
alcanzado ya la condición de un santo acabado y terminado, sino permanecer en
la condición de un santo en continuo, inacabado, y a veces incluso accidentado
proceso formativo.

El cristianismo no es al fin y al cabo una carrera de velocidad y ritmo explosivo,


sino de resistencia y de largo y sostenido aliento. La presunción de haber llegado
o haber alcanzado ya la meta en esta vida es síntoma claro de engañoso extravío
y fuente de pecaminoso y censurable orgullo que mancha y echa por tierra aún
los más denodados esfuerzos del creyente por alcanzar altos estándares de
piedad, devoción y excelencia moral. Por eso, aunque la Biblia afirme que todos
los creyentes somos santos, no somos nosotros los llamados a proclamarlo, sino
más bien a esforzarnos callada y humildemente en actuar como tales,
conscientes siempre de que aún nuestros mejores esfuerzos al respecto son
deficitarios.

Hay, pues, que mantenerse en carrera con la meta en la mira, pero recordando la
sorprendente declaración que el apóstol Pablo hizo sobre este particular dada su
condición apostólica de intachable integridad: “No es que ya lo haya conseguido
todo, o que ya sea perfecto… Hermanos, no pienso que yo mismo lo haya logrado
ya”, indicando enseguida cuál era su ejemplar curso de acción ante esta realidad

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que nos atañe a todos los creyentes sin excepción: “… Sin embargo, sigo
adelante… sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece
mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús” (Fil. 3:12-14).

7.4. Madurez, oración y acción

La madurez también se caracteriza por una fe que lleva al creyente a adquirir


conciencia del potencial que tiene en Cristo, dejando así atrás ese recurso
perezoso, fácil, mágico e irracional que requiere la ayuda de un Dios paternalista
en todo. Un Dios tapa-agujeros y remedia-todo. Por el contrario, entrados en
madurez, Dios desea que resolvamos nuestros problemas por nosotros mismos,
sin que por eso dejemos de ser conscientes de su presencia, a la manera de un
padre que vigila las labores de sus hijos maduros, una vez han aprendido de él la
forma correcta y responsable de llevarlas a cabo. Por eso, cuando pedimos algo
en oración, debemos evitar la falsa expectativa de esperar que Dios supla
nuestro esfuerzo, pretensión que es, por cierto, característica de la magia, pues
el cristiano equilibrado y maduro no ignora ni hace caso omiso de los medios
provistos por Dios para la obtención de los bienes necesarios para cubrir su
legítimas necesidades, sin que por ello deje de mantener con Dios una sana,
madura y necesaria relación de amor menos dependiente que le ayude a
desarrollar a plenitud todos los dones y capacidades recibidos de Dios. El
Sermón del Monte (Mt. 6:25-26) supone el proverbio sueco que dice: “Dios le da
una lombriz a cada pájaro, pero no se la lleva hasta el nido”.

7.5. Madurez y optimismo

Por último, la madurez cristiana también se define por el optimismo propio de la


fe que todo creyente debe cultivar. Porque es un hecho que nuestras actitudes
buenas o malas condicionan la percepción que tenemos de la realidad. Por eso,
sin caer en posiciones ingenuas o escapistas, el creyente puede, aún en las
circunstancias más difíciles y opresivas, ver siempre un rayo de realista
esperanza que ilumine el panorama, mientras que los incrédulos suelen volverse
tan cínica o amargadamente críticos de todo, que se encierran voluntariamente

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en la oscuridad aún cuando el sol esté alumbrando de manera evidente afuera.

El optimismo esperanzado del creyente está, por tanto, llamado a combatir el


pesimismo trágico del incrédulo, aunque ambos se encuentren confrontados con
la misma realidad y sometidos a las mismas o similares circunstancias. No es
cierto, entonces, que un pesimista sea un optimista bien informado, como lo
dicen con mordacidad los pesimistas, sino que más bien todo depende de si
vemos la realidad con fe o con incredulidad. Porque, de igual modo, un optimista
podría ser un pesimista bien informado en la medida que dispone de la
privilegiada información de que Dios está a cargo de la situación. Información de
la que carece el pesimista. Como puede verse, el asunto no es poseer
información, sino qué tipo de información se posee.

En efecto, la fe nos permite ver siempre el vaso medio lleno, mientras que la
incredulidad nos lleva a ver el mismo vaso siempre medio vacío. Porque el “vaso
medio lleno” implica la presencia de Dios guiando providencialmente las cosas,
por mal que se puedan ver, mientras que el “vaso medio vacío” implica la
ausencia de Dios y el caos consecuente. Dicho de otro modo, la presencia de
Dios puede hacer un cielo del infierno, mientras que la ausencia de Dios obra el
efecto contrario: hacer un infierno del cielo, como lo sostenía el puritano John
Milton, autor del mundialmente famoso poema épico El Paraíso Perdido: “La
mente tiene su propio lugar, y ella misma puede hacer un cielo del infierno o un
infierno del cielo”.

Así, pues, nuestra percepción favorable o desfavorable de la realidad depende


de si vemos o no vemos a Dios en medio de ella. Y una fe madura es la que hace
la diferencia a este respecto, ya que en realidad: “Dios nos habla una y otra vez,
aunque no lo percibamos” (Job 33:14). Y lo hace en tal variedad de formas que
no tiene que recurrir necesariamente a voces perceptibles. Fue la ausencia de fe
la que truncó y atrofió la percepción de los judíos en relación con Cristo
llevándolos a rechazarlo y no reconocer en Él al Mesías esperado. Y es,
asimismo, la fe la que amplía nuestra perspectiva y provee el adiestramiento

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necesario por el cual Dios nos enseña lo que no alcanzamos a percibir
normalmente, impidiendo que nos desviemos del camino: “Ya sea que te desvíes
a la derecha o a la izquierda, tus oídos percibirán a tus espaldas una voz que te
dirá: «Éste es el camino; síguelo.»” (Isa. 30:21) y conduciéndonos a la madurez y
confianza de quienes, como lo leíamos en Hebreos: “… tienen la capacidad de
distinguir entre lo bueno y lo malo, pues han ejercitado su facultad de
percepción espiritual” (Heb. 5:14). Justamente, es en Hebreos donde
encontramos la exhortación final que recoge de manera concluyente todo lo
dicho en este capítulo de cierre de nuestra conferencia: “Por eso, dejando a un
lado las enseñanzas elementales acerca de Cristo, avancemos hacia la madurez.
No volvamos a poner los fundamentos…” (Heb. 6:1)

Cuestionario de repaso

1. Defina brevemente al “hombre natural” identificado por el apóstol Pablo en 1


Corintios 2:14-3:4

2. ¿Cuáles son los defectos de la inmadurez propia de la infancia que la Biblia censura
e invita a los creyentes a dejar atrás?

3. Defina en qué consiste el perfeccionismo y señale las razones de su inconveniencia

4. ¿En qué se diferencia la excelencia de la perfección?

5. ¿Qué es lo que caracteriza a un cristiano maduro en relación con sus actividades


cotidianas?

6. ¿Qué es lo que caracteriza al cristiano maduro en esta vida en relación con la


perfección como meta?

7. ¿Qué relación guarda la madurez con la oración y la acción?

8. En la óptica cristiana ¿de qué depende tener una actitud optimista o pesimista ante
la vida?

9. Bíblicamente, ¿cómo podemos cambiar nuestras emociones destructivas por

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emociones constructivas?

10. ¿Cuáles son las tres maneras de responder a nuestras emociones y cuál de ellas es
la correcta?

11. ¿Cómo se define el perdón en términos de lo que no es y lo que sí es?

12. ¿Cuáles son los tres mecanismos de defensa igualmente equivocados para
reaccionar al rechazo?

13. ¿Cuáles son los tres niveles y las cinco dimensiones del discipulado identificados
por Neil Anderson?

Recursos Adicionales:
Diapositivas Avanzando hacia la madurez

Bibliografía Básica:
Avanzando hacia la madurez.pdf

Anderson Neil, Victoria sobre la oscuridad, Unilit, México, 1995

Bibliografía complementaria:
Bridges Jerry, Pecados respetables, Mundo Hispano (Casa Bautista de Publicaciones),
México, 2008

Anderson Neil, Rompiendo las cadenas, Unilit, México, 1995

Criterios de Evaluación:
Adquirir la motivación necesaria para sumergirse de lleno y de manera diligente en un
proceso continuo, creciente e inacabado de maduración constante que honre a Dios y le
depare al estudiante nuevos descubrimientos sobre todas las riquezas y satisfacciones
que la vida centrada en Cristo depara para los creyentes, aún en medio de las
aflicciones que, correctamente enfocadas, contribuyen de cualquier modo a la madurez
y a la reproducción del carácter de Cristo en cada cristiano

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