SABER Y TIEMPO
REVISTA DE HISTORIA DE LA CIENCIA
UNIVERSIDAD NACIONAL DE GENERAL SAN MARTIN ESCUELA DE HUMANIDADES
CENTRO DE ESTUDIOS DE HISTORIA DE LA CIENCIA JOSÉ BABINI
SAN MARTIN (BUENOS AIRES) ENERO-JUNIO 2003
SABER Y TIEMPO. Revista de Historia de la Ciencia
Publicación del CENTRO DE ESTUDIOS DE HISTORIA DE LA CIENCIA JOSE BABINI
Escuela de Humanidades, Universidad Nacional de General San Martín,
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los D. Galles, Gregorio Klimovsky, Alfredo G. Kohn Loncarica, Celina A. Lértora
Mendoza, Marcelo Montserrat, Roberto A. Ferrari, Alberto G. Ranea, Luis Alberto
Romero, Mario Tesler, Gregorio Weinberg.
Número suelto: $ 15,00. Suscripción a cuatro números (un volumen): $ 50,00.
Ventas: Librería Dunken, Ayacucho 357. Buenos Aires.
Suscripciones y consultas: Centro de Estudios de Historia de la Ciencia José Babini.
SABER Y TIEMPO
Vol. 4 No. 15 (2003)
Contenido
Artículos
5 Leonardo Salgado y Pablo F. Azar
Nuestro lugar entre los primates. Un resumen de las principales ideas de
Florentino Ameghino sobre la evolución humana.
19 Gustavo A. Brandariz
Escenario y representación: la arquitectura para la ciencia en la Argentina
entre 1915 y 1945.
53 Eduardo L. Ortiz
La política interamericana de Roosevelt: George D. Birkhoff y la inclusión
de América Latina en las redes matemáticas internacionales (Primera Parte).
Enfoques
113 Pablo A Gisone y José Luis Gómez
Ettore Majorana o un condenado a la ciencia se escapa.
129 Carlos A. Andrada
Antiguas fábricas de harina accionadas por conjuntos hidráulicos.
Recordatorios
141 Juan Carlos Agulla. 1928-2003 (José Luis de Imaz); Laura Levi. 1915-2003
(Mariana Weissmann, Olga Nasello y Luisa Lubart); Andrés O. M.
Stoppani. 1900-2003 (Alfredo Kohn Loncarica).
Reseñas
157 EDUARDO L. HOLMBERG, Filigranas de cera y otros textos (Paula G. Bruno);
MARIANO BEN PLOTKIN, Freud en las pampas: Orígenes y desarrollo de una
cultura psicoanalítica en la Argentina (1910-1983) (Adriana Feld); JORGE
BARTOLUCCI, La modernización de la ciencia en México. El caso de los astró-
nomos (Lorena Ferrero).
170 Crónicas
171 Publicaciones recibidas
Colaboradores de este Número
Carlos A. Andrada (1944). V. Saber y Tiempo, 3: 237
Pablo F. Azar (1968). V. Saber y Tiempo, 5: 7
Gustavo A. Brandariz (1950). V. Saber y Tiempo, 8: 227
Paula Bruno (1975). V. Saber y Tiempo, 13: 4
Adriana Feld (1975). Profesora de Historia (Universidad de Buenos Aires).
Lorena Andrea Ferrero (1976). V. Saber y Tiempo, 13: 4
Pablo A. Gisone (1954). Médico (Universidad de Buenos Aires). Investigador de
la Comisión Nacional de Energía Atómica y autor de trabajos relacionados con
efectos de radiaciones nucleares.
José Luis de Imaz (1928). Doctor en Derecho y Ciencias Sociales (Universidad de
Buenos Aires). Autor de: Los que mandan, Las raíces del pensar y Sobre la
identidad latinoamericana.
Alfredo G. Kohn Loncarica (1945). V. Saber y Tiempo, 2: 100
Luisa Lubart (1934). Licenciada en Física (Universidad de Buenos Aires).
Coautora, con Laura Levi, de trabajos sobre Física de la atmósfera.
Eduardo L. Ortiz (1931). V. Saber y Tiempo, 10: 4
Leonardo Salgado (1962). V. Saber y Tiempo, 5: 7
Mariana Weissmann (1933). Doctora en Física (Universidad de Buenos Aires).
Autora de trabajos sobre Ciencias de materiales.
A nuestros lectores:
Rogamos tomar nota de las siguientes erratas deslizadas en el No. 14 de SABER Y
TIEMPO:
En la pág. 33, donde dice del actual Instituto de Físisca Juan A. Balseiro debe
decir del actual Instituto Balseiro; en la pag. 45, por A. Kestelman, I. Cisneros y E.
Bonacalza, debe decir A. Kestelman y E. Bonacalza; en la pág. 46, donde dice la
reincorporación de algunos de los egresados del Instituto que habían finalizado
debe decir la reincorporación de investigadores que habían finalizado.
SABER Y TIEMPO
15 (2003). 5-18 Separata 144.15
NUESTRO LUGAR ENTRE LOS PRIMATES
UN RESUMEN DE LAS PRINCIPALES IDEAS
DE FLORENTINO AMEGHINO
SOBRE LA EVOLUCIÓN HUMANA
Leonardo Salgado
Conicet. Museo de Geología y Paleontología,
Universidad Nacional del Comahue.
Pablo F. Azar
Facultad de Turismo, Universidad Nacional del Comahue.
Entre 1880 y 1910 el paleontólogo Florentino Ameghino defen-
dió una hipótesis que ubicaba el origen de los seres humanos en
la Argentina. Esta creencia fue sostenida por datos embriológicos,
arqueológicos y paleontológicos. La idea de Ameghino implica-
ba que: (1) los simios vivientes habrían degenerado
(=“bestializado”) de sus ancestros hipotéticos; (2) las razas
“negro-australoides” constituirían una especie separada, y (3)
la raza caucásica se habría originado en Asia.
En su libro de 1880 La antigüedad del hombre en el Plata (Torcelli,
1915a), Florentino Ameghino demostró, o pretendió hacerlo, la con-
temporaneidad de la fauna fósil sudamericana con el hombre. Más
tarde, en Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles de la
República Argentina, de 1889 (Torcelli, 1916), el paleontólogo argen-
tino anunció el hallazgo, en sedimentos miocénicos de Monte Hermo-
so, en la Provincia de Buenos Aires, de un supuesto precursor del
hombre, tal vez el equivalente americano del Anthropopithecus euro-
peo, fundado por Gabriel De Mortillet. En Nuevos restos de mamíferos
fósiles descubiertos por Carlos Ameghino en el Eoceno inferior de
Patagonia Austral. Especies nuevas: adiciones y correcciones (Torcelli,
1918: 239-275) –obra en la que se describe por primera vez el
6 LEONARDO SALGADO - PABLO F. AZAR
Homunculus patagonicus– y, fundamentalmente, en Los monos fósiles
del eoceno de la República Argentina (Torcelli, 1918: 369-382), am-
bos artículos del año 1891, Ameghino planteó, sin rodeos, el posible
origen argentino del hombre.
Por supuesto, las ideas paleoantropológicas de Ameghino no se
agotan en la localización del centro de origen de nuestro género, sino
que comprenden además toda una serie de definiciones e hipótesis
relativas al surgimiento y evolución de los diferentes primates, tanto
extinguidos como vivientes, en especial de aquellos que guardan ma-
yor relación con el hombre.
En este trabajo expondremos, brevemente, las ideas de
Florentino Ameghino sobre el problema de la evolución humana, plan-
teadas en sus trabajos publicados y en otros inéditos o truncos, com-
pilados luego de su muerte como parte de sus Obras completas por
Alfredo J. Torcelli. En un trabajo anterior (Salgado y Azar, 1998) nos
hemos ocupado del pensamiento evolucionista de Ameghino; aquí
veremos de qué modo esa evolución se habría dado en el caso parti-
cular del hombre y de los diferentes elementos que componen nuestro
grupo zoológico, el de los primates.
Este artículo se ha realizado en el marco del proyecto El pensa-
miento biológico de la primera comunidad científica argentina,
Germán Burmeister y sus discípulos y sus implicancias hacia el terri-
torio pampeano-patagónico, 1860-1880, financiado por la Universi-
dad Nacional del Comahue.
Los esquemas filogenéticos ameghinianos
En su obra Filogenia de 1884, Ameghino estableció y caracterizó una
serie de “hominidios” hipotéticos, sucesivos ancestros de Homo:
Prothomo; Diprothomo; Triprothomo; Tetraprothomo; lo hizo siguien-
do el “procedimiento de seriación”. La posibilidad de reconstruir racio-
nalmente la historia evolutiva de un vertebrado cualquiera, en este caso
del género Homo, resultaba de la idea de que las diferentes piezas del
esqueleto y determinados rasgos fisiológicos, habrían evolucionado de
la misma forma en los diferentes grupos de vertebrados, siempre de
acuerdo con una serie de “leyes ontogenéticas” mencionadas en aquel
libro (Capítulos XI y XII). La “seriación”, de acuerdo con Ameghino,
NUESTRO LUGAR ENTRE LOS PRIMATES 7
es un procedimiento exacto, fijo, constante, que nos permite, aun sin
conocer los fósiles que pueden demostrarlo, determinar la época en
que ha aparecido cada órgano o carácter zoológico, la época en que
ha desaparecido, las especies que presenciaron su principio y su tér-
mino, o en las que apareció y desapareció y hasta determinar la exis-
tencia de ciertos caracteres en antecesores de animales actuales, que
no han dejado en sus descendientes absolutamente ningún rastro de su
antigua existencia (Torcelli, 1915b: 439).
Al aplicar esas “leyes” enunciadas en Filogenia, Ameghino
pudo disponer en una secuencia ideal al gorila, al chimpancé-orangu-
tán, al gibón y al hombre (Capítulo XIV), basándose, entre otros
caracteres, en el tiempo que demoraban en cerrarse las suturas del
cráneo (había, según Ameghino, una tendencia a retrasar la fusión de
los huesos del cráneo como consecuencia de la expansión del cere-
bro) (Torcelli, 1915b: 492), en el número de huesos que forman el
esternón (que en los monos inferiores es de 7 o más piezas, en los
antropomorfos de 4 o 5 piezas y en el hombre y el gibón de 2)
(Torcelli, 1915b: 487), y en el grado de desarrollo de la curvatura
dorso-lumbar (Torcelli, 1915b: 495). Así, el gibón resultaba ser, se-
gún Ameghino, el antropomorfo viviente más cercano al hombre y el
gorila el más alejado (Torcelli, 1915b: 513).
En Filogenia, Ameghino explicó que algunos mamíferos, y el
gorila entre los antropomorfos, habrían experimentado una “evolución
bestial” (Salgado y Azar, 2000). Ésta se habría dado como resultado de
la actuación combinada de dos procesos de “progresión constante”: el
aumento del volumen cerebral y la osificación excesiva del esqueleto.
El adelantamiento del proceso de osificación de la caja craneana con
respecto al crecimiento cerebral habría producido un bloqueo en el
desarrollo de las capacidades mentales y determinado la aparición de
determinados rasgos craneanos, como crestas, rebordes, protuberancias,
etc., confiriéndole al ser afectado una apariencia “bestial”.
El gorila indica un tipo de evolución extrema, pero bestial, puramente
vegetativa, lo que importa una desventaja para el porvenir de la espe-
cie, que tendría que desaparecer ante enemigos más débiles pero más
inteligentes (Torcelli, 1915b: 493).
8 LEONARDO SALGADO - PABLO F. AZAR
Como se vio en trabajos anteriores (Salgado y Azar, 1998), el
crecimiento continuo del cerebro durante el proceso de “humanización”
traía consigo una serie de transformaciones correlacionadas que
involucraban el acortamiento de la serie dental y la región anterior del
rostro. El bloqueo del crecimiento cerebral, entonces, inhibía el desa-
rrollo de esas características faciales típicamente humanas, en tanto
que el adelantamiento del proceso de osificación craneana llevaba al
desarrollo de ciertos caracteres “bestiales” (como el acentuado
prognatismo o la ausencia de mentón). De este modo, los rasgos del
antropomorfo no eran primitivos, sino el resultado puramente mecáni-
co del adelantamiento del proceso de osificación y de una “cascada”
de transformaciones correlacionadas. Los antropomorfos, en particu-
lar los gorilas, habrían evolucionado a partir de un ancestro relativa-
mente generalizado.
En su estudio de 1906 Las formaciones sedimentarias del
cretácico superior y del terciario de Patagonia, con un paralelo en-
tre sus faunas mastológicas y las del antiguo continente (Torcelli,
1934a), Ameghino expuso con mayor detalle las ideas anticipadas en
Filogenia. En primer lugar, la “evolución bestial” o “bestialización”
es extendida al caso de los monos del Nuevo Mundo (“arctopitecos”
y cébidos), a los del Viejo Mundo (cercopitécidos) y a todos los
antropomorfos. Los caracteres “bestiales” que Ameghino registraba
en todas esas formas, se habrían desarrollado independientemente en
cada uno de los casos. La línea de “humanización” que culminaba
con nuestra especie, nunca habría atravesado una etapa “bestial”, equi-
valente a la del antropomorfo. En esto hay una total coincidencia con
lo expuesto en Filogenia. Ciertas formas fósiles sudamericanas, como
los “clenialítidos” y los “homunculideos”, quedaban automáticamente
comprendidas en la línea de “humanización”, simplemente por la
ausencia de caracteres de “bestialización” (en especial de crestas
craneanas, prognatismo y grandes caninos). Los antropomorfos del
Viejo Mundo, en cambio, eran una línea “bestializada” a partir de
“hominidios primitivos” (aunque por “hominidios primitivos”
Ameghino se refería a precursores de los “hominidios” y no a verda-
deros “hominidios”). Ameghino entendía que “los antropomorfos son,
en efecto, los parientes más próximos del hombre, pero sólo en la
línea descendente divergente y de ningún modo en la línea ascendente
NUESTRO LUGAR ENTRE LOS PRIMATES 9
directa”, como señalará en obras posteriores (Torcelli, 1934b: 255).
Entre los caracteres que los humanos habrían mantenido sin cambios
de sus antepasados “homunculídeos” se encontraban los siguientes:
[...] Sínfisis mandibular alta, ancha y estrecha.
[...] La dentadura en serie continua, en ciertos casos con diastemas
muy pequeños y en otros absolutamente sin diastema. Los monos
antropomorfos y todos los catarrinos conocidos del Antiguo continen-
te presentan siempre grandes diastemas.
[...] Los incisivos son muy pequeños, implantados casi verticalmente
y con corona usada en forma horizontal, que es un carácter propio del
hombre, y especialmente de las razas antiguas y primitivas, pero el
cual no se lo encuentra nunca en los Antropomorfos.
[...] Canino proporcionalmente pequeño, que sobrepasa muy poco al
incisivo que lo precede y al pequeño molar que le sucede. Es también
un carácter que aleja a los homunculidios de los antropomorfos para
acercarlo al hombre.
[...] Molares reemplazantes superiores pequeños y con una sola raíz.
[...] El gran acortamiento del rostro del Homunculus, que, desde este
punto de vista, es de aspecto mucho más humano que el de los
Antropoidios; y naturalmente, este carácter humano debía ser aún más
acentuado que en Anthropos.
[...] La ausencia, en Homunculus, de los grandes rebordes
superorbitarios que se encuentran en los Antropomorfos y en todos
los monos del viejo mundo, pero que faltan en el Homo sapiens.
[...] El frontal, que se levanta por arriba de las órbitas mucho más que
en los Antropomorfos y en todos los monos del antiguo continente
(Torcelli, 1934a: 547-551)
Todos estos caracteres no eran progresivos sino generalizados,
caracteres propios del tronco a partir del cual habrían evolucionado
los diferentes géneros de primates. Dentro de los monos del Nuevo
Mundo, el género que poseía una similitud mayor con los
“homunculídeos”, es decir, la forma que menos se habría
“bestializado”, era Saimiri, considerado un descendiente directo de
aquéllos y alejado filogenéticamente de los demás monos sudameri-
canos. Los rasgos bestiales incipientemente desarrollados en Saimiri
10 LEONARDO SALGADO - PABLO F. AZAR
eran sus dientes caniniformes y la aparición de diastemas (Torcelli,
1934a: 559) El resto de los monos del Nuevo Mundo se habrían
“bestializado” en mayor medida que Saimiri. En el caso de Alouatta,
“la bestialización del cráneo es comparable a lo que se ve entre los
Macacos, cuando menos en lo que concierne al desarrollo y la dispo-
sición de las crestas (Torcelli, 1934a: 561).
En cuanto a las relaciones filogenéticas de los diferentes gru-
pos de primates, Filogenia y Las formaciones sedimentarias no pre-
sentan diferencias, excepto que en la segunda obra los antropomorfos
constituyen una única rama, mientras que en 1884 eran sucesivos
desprendimientos laterales. De igual modo, en Las formaciones
sedimentarias, los “hominidios primitivos” son mostrados como un
único grupo. La consideración particular de los diferentes
antropomorfos reaparecerá en Notas sobre el Tetraprothomo argentinus
(ver más adelante) y se mantendrá en sus obras posteriores. Llama la
atención que en Las formaciones sedimentarias Ameghino no se haya
referido a ninguno de los ancestros hipotéticos de Filogenia; sólo
menciona al ancestro Homosimius, que no es estrictamente hipotético
por hallarse representado por sus obras y su industria.
En 1907 Ameghino publicó su obra Notas preliminares sobre
el Tetraprothomo argentinus: un precursor del hombre del mioceno
superior de Monte Hermoso (Torcelli, 1934b: 155-287). En ella se
describen los restos de un fósil que, Ameghino supuso, pertenecían al
género hipotético Tetraprothomo, establecido en 1884. Ameghino creyó
que, con este nuevo hallazgo, se verificaba la hipótesis enunciada en
Contribución al conocimiento (Torcelli, 1916:134), acerca de la exis-
tencia de un antiguo antecesor del hombre en Monte Hermoso.
Ameghino entendió que los antropomorfos habían evoluciona-
do a partir de una forma cuadrúpeda, o al menos imperfectamente
bípeda, anterior a Tetraprothomo (considerado el primer “hominidio”
y, por lo tanto, ya completamente bípedo) (Torcelli, 1934b:282). Bien
pudo haber interpretado que la postura semi-erguida de los grandes
antropomorfos constituía un carácter de “bestialización”, originado a
partir de una condición bípeda primitiva, como había supuesto Robert
Munro en 1897 (Bowler, 1986: 115). Sin embargo, prefirió ignorar
esta última posibilidad, tal vez por el hecho de que los antropomorfos
no atraviesan una etapa ontogenética bípeda (deberían hacerlo, en el
NUESTRO LUGAR ENTRE LOS PRIMATES 11
caso de que hubieran evolucionado a partir de seres bípedos, de acuerdo
con la Ley Biogenética de Ernst Haeckel).
En 1909 Ameghino dio a la imprenta su trabajo El Diprothomo
platensis: un precursor del hombre del plioceno inferior de Buenos
Aires (Torcelli, 1934b: 591-707). Aquí, la disposición filogenética de
los distintos géneros de primates es similar a la que se ofrece en obras
anteriores, con la incorporación de Diprothomo, no ya como una
forma humana hipotética sino como una especie de existencia real
(Diprothomo platensis), representada por una calota craneana hallada
en la ciudad de Buenos Aires, y del Pseudhomo heidelbergensis ale-
mán, al que supuso un “hominidio” bestializado, descendiente de un
ser posiblemente cercano al Homosimius hipotético del plioceno eu-
ropeo (Torcelli, 1934b:705).
Geografía y evolución
Ameghino suponía, por un lado, que el origen del hombre se hallaba en
Sudamérica (proposición hecha en Los monos fósiles del eoceno de la
República Argentina) y que nuestros parientes vivientes más cercanos
eran los antropomorfos (proposición hecha en Filogenia). Pues bien,
Ameghino debía explicar, en primer lugar, la falta de antropomorfos
fósiles en Sudamérica. Su primera interpretación, expuesta en Las
formaciones sedimentarias de 1906, fue que un grupo de “hominidios
primitivos” (de los que tampoco se tenía registro por esa época en
Sudamérica) habría emigrado hacia el viejo continente (precisamente a
África), posiblemente durante el oligoceno superior o mioceno infe-
rior, a través de la conexión guayanosenegalense (Torcelli, 1934c:332).
Una vez en África, sólo entonces, habría tenido lugar el proceso de
degeneración-“bestialización” que llevó a la aparición de los
antropomorfos (Torcelli, 1934a: 565). Esos “hominidios primitivos”
habrían sido acompañados por los cercopitecidios o, debería suponerse,
por el grupo a partir del cual se habrían originado los cercopitecidios,
es decir, una rama escindida de los “clenialítidos”, equivalente a
Homunculites (Torcelli,1934a:565).
Se daba a entender, de esta manera, que el hombre pudo haber-
se originado de manera independiente en el Viejo y en el Nuevo
Mundo, a partir de un grupo de precursores de los que existían evi-
12 LEONARDO SALGADO - PABLO F. AZAR
dencias materiales. En realidad, se trata de una posición bastante
próxima a la que el sabio había defendido en La antigüedad del
hombre en el Plata, en donde se dejaba abierta la posibilidad de un
doble origen del género humano:
Como en ambos continentes han vivido desde principios del mioceno
precursores del Hombre [se refiere al Homosimius, n. del r.], es igual-
mente posible que el Hombre haya tenido origen independientemente
en ambos continentes, por la evolución y la transformación de dos o
varios precursores (Torcelli, 1934a: 505).
En resumen, en Las formaciones sedimentarias Ameghino ha-
bló de una única migración desde Sudamérica hacia África ocurrida
en el oligoceno superior-mioceno inferior, de la que habrían partici-
pado “hominidios primitivos” y cercopitecidios. Los ancestros de los
antropomorfos se habrían separado inmediatamente de los
“hominidios” ya establecidos en África, e inmediatamente se habrían
“bestializado”, dando lugar a los sucesivos antropomorfos. Este últi-
mo proceso, por lo tanto, habría ocurrido enteramente en aquel conti-
nente (Torcelli, 1934a:565).
En 1907 (Torcelli, 1934b) Ameghino se refirió a cuatro migra-
ciones; una cretácica de la que habrían tomado parte ciertos grupos de
mamíferos (no primates) hacia Australia, una segunda cretácica-
eocénica, que habría involucrado el paso hacia África de los prosimios
sudamericanos, una tercera oligoceno-miocénica, también hacia Áfri-
ca, que habría comprendido a los verdaderos monos y a los descen-
dientes de Triprothomo, a partir de los cuales se habrían originado las
razas negro-australoides (Torcelli, 1934b: 284), y una cuarta migra-
ción mioceno-pliocénica-cuaternaria que habría consistido en el pasa-
je de grupos humanos hacia América del Norte.
En Notas sobre el Tetraprothomo Ameghino ratificó la condi-
ción de “hominidio” dada por él al Pithecanthropus en 1906, aunque
sin considerarlo un ancestro del hombre, sino una rama “bestializada”
desprendida recientemente. En el esquema de 1907 (Torcelli, 1934b:
272) se lo muestra evolucionando a partir de los sucesores del ancestro
hipotético Triprothomo, idea que ya había sido sugerida por Rodolfo
Senet algunos años antes.
NUESTRO LUGAR ENTRE LOS PRIMATES 13
Según Ameghino, Pithecanthropus se habría originado a partir
del mismo grupo del que habría surgido Homo ater, es decir, los
humanos pertenecientes a las razas negro-australoides (Torcelli,
1934b:275, véase figura en pág. 272). En Sudamérica, los primeros
“hominidios” habrían dado origen, por fuera de la línea de
“humanización” principal, a las variedades humanas de pequeño ta-
maño representadas por la raza enana de Ovejero (Torcelli, 1934b:
285). Según parece, de la tercera migración habrían participado, ade-
más, los sucesivos antepasados inmediatos de Tetraprothomo (los
referidos “hominidios primitivos”, es decir, desprendimientos de
Anthropomorphus, Coristernum y Collensternum), a partir de los cua-
les evolucionarán más tarde los diferentes antropomorfos y una forma
equivalente a Tetraprothomo, el ancestro del Homosimius del plioceno
inferior de Europa (Torcelli, 1934b: 273). De esta forma, Ameghino
revalidó su idea propuesta en 1906 sobre el posible origen extra-
sudamericano del Hombre (más precisamente, del género Homo), su-
mando una migración de los descendientes directos del Triptothomo
al Viejo Mundo.
Los argumentos que dio Ameghino para oponerse al status
prehumano de Pithecanthropus son, entre otros, su elevada talla (las
formas antecesoras debían ser pequeñas, de acuerdo con las leyes de
Filogenia) y sus arcos superciliares prominentes, carácter este último
que el sabio interpretaba como una clara señal de “bestialización”
(Torcelli, 1934b: 271).
Otro de los asuntos que Ameghino trató en 1907, a partir del
antecedente que representaba el trabajo de Senet, es el origen inde-
pendiente de las diferentes variedades humanas. Para este último au-
tor, los distintos grupos humanos habrían tenido un origen indepen-
diente, a partir de diferentes especies del género hipotético Diprothomo
(Torcelli, 1934b: 270). Por un lado, los americanos, por el otro, los
negros y australianos, por último, los mongólicos y caucásicos.
Ameghino reconocía dos especies vivientes de Homo: Homo
sapiens, que reunía a todas las razas actuales excepto las negro-
australoides, y Homo ater reservada para estas últimas. Las razas
negro-australoides derivarían de un descendiente directo de
Triprothomo, junto con Pithecanthropus, la forma “bestializada” de
ese linaje (véase Torcelli, 1934b: 272).
14 LEONARDO SALGADO - PABLO F. AZAR
Las diferentes variedades de Homo sapiens poseerían, así mis-
mo, un origen diferente por cuanto se pensaba que las razas america-
nas habían evolucionado directamente de Prothomo, en tanto que los
caucásicos y mongoloides habrían evolucionado a partir de un grupo
separado de Prothomo, que habría emigrado hacia Norteamérica-Asia-
Europa durante el plioceno (Torcelli, 1934b: 274). Debería ubicarse
dentro de este último grupo a la especie humana Homo primigenius
(el Hombre de Neanderthal), “bestializada” a partir del tronco
caucásico-mongoloide.
Su jerarquía racial
Ameghino admitía en 1907 que las razas negro-australoides eran inferio-
res (Torcelli, 1934b: 284; 1934c: 352). Como vimos, esa rama humana
(correspondiente a una especie diferente) se habría desprendido del
tronco principal antes de que se originaran las demás razas humanas.
Pero esta ubicación filogenética de las razas negro-australoides no es
decidida por Ameghino a partir de la presencia de características presun-
tamente primitivas o inferiores (como podrían serlo, por ejemplo, la
dolicocefalía o el prognatismo), sino por una razón paleobiogeográfica.
En efecto, el puente terrestre afro-sudamericano que habría permitido el
paso de los precursores de esas razas, habría funcionado durante el
oligoceno-mioceno, mientras que los primeros restos asiáticos de
“hominidios” eran del plioceno (Pithecanthropus), lo que estaría indi-
cando que África fue poblada antes que Asia y que las formas humanas
africanas no derivaron de las asiáticas (Torcelli, 1934b: 277). Una de las
pocas características de los humanos negro-australoides que Ameghino
interpretó como “primitiva” es la baja estatura de algunos de los grupos
que componen esa raza (Torcelli, 1934b: 284). El aumento del tamaño
era uno de los caracteres de progresión variable mencionados en
Filogenia. Esa tendencia se mantenía, según Ameghino, mientras dura-
ran las condiciones favorables; se estancaba o retrocedía cuando aquellas
empeoraban (Torcelli, 1915: 333):
Hay en los organismos, evidentemente, una tendencia general a au-
mentar de tamaño, tendencia que dura mientras duran las condiciones
favorables de existencia; que cesa o retrocede cuando cambian. Cuan-
NUESTRO LUGAR ENTRE LOS PRIMATES 15
do se establece un equilibrio entre las dificultades de la vida y los
esfuerzos que el organismo tiene que hacer para asegurar su existen-
cia, queda estacionario en su desarrollo. Cuando se encuentra en con-
diciones demasiado desfavorables, disminuye de tamaño; y si las difi-
cultades aumentan se extingue (Torcelli, 1915: 333).
Por esta razón las variedades humanas pequeñas eran conside-
radas primitivas con relación a las de mayor tamaño, siempre que se
admitiera que el proceso de “humanización” se había desarrollado
completamente bajo condiciones favorables. El hecho de que en
Sudamérica existieran algunas razas de pequeño tamaño, fósiles y
actuales, obligó a Ameghino a pensar que se habrían originado como
consecuencia de desprendimientos locales del ancestro hipotético
Triprothomo.
Ameghino no veía en los negro-australoides indicios de
“bestialización”. Aparentemente, su separación del tronco principal
no habría detenido la marcha progresiva y la “humanización” habría
seguido su curso, al menos en algunos aspectos, aunque sin llegar al
punto alcanzado por el Homo sapiens (véase Torcelli, 1935: 964,
donde se indican algunas otras características primitivas de los ne-
gros). Lo mismo podría decirse de las razas americanas de H. sapiens;
éstas habrían detenido su marcha progresiva, o al menos no la habrían
continuado hasta el punto alcanzado por las razas caucásicas.
Para Ameghino, en definitiva, las formas más perfectas de nues-
tra especie, es decir, las razas caucásicas, no se habrían originado en
nuestro continente sino fuera de él, en Eurasia, a partir de la migra-
ción mioceno-pliocénica-cuaternaria que traspuso América del Norte
(Torcelli, 1934b: 278). De esta manera, hacia 1907, Ameghino había
edificado una compleja teoría que le permitía sostener el origen sud-
americano del hombre, la superioridad de los caucásicos sobre los
americanos y de estos últimos sobre los negro-australoides.
En su obra Geología, paleogeografìa, paleontología y antropo-
logía de la República Argentina, que apareció en el diario La Nación
el 25 de mayo de 1910, fecha del centenario de la Revolución de
Mayo (Torcelli, 1934c: 352), Ameghino mencionó que los negro-
australoides se habrían desprendido después de Diprothomo (su es-
quema de 1907 lo mostraba evolucionando a partir de Triprothomo) y
16 LEONARDO SALGADO - PABLO F. AZAR
que habían pasado al África en el plioceno (cuando en 1907 había
afirmado que lo habían hecho en el mioceno). En el nuevo esquema,
Homo ater y Homo sapiens poseían un antepasado hipotético
pliocénico, lo que significaba un acercamiento filogenético de esos
grupos humanos con relación a sus esquemas anteriores.
Discusión
Dado que las hipótesis paleoantropológicas de Ameghino comprenden
nociones de diferentes ramas disciplinares, como la paleontología, la
embriología y la paleobiogeografía, no llama la atención la existencia
de puntos oscuros o, en todo caso, aspectos no del todo explicitados en
ellas. Por ejemplo, en su esquema filogenético de 1907, donde se
muestra a Homo ater evolucionando a partir de Triprothomo, ¿debe
entenderse que un grupo equivalente a Triprothomo (de abolengo
sudamericano) pasó a África luego de que lo hicieran los “hominidios
primitivos”, equivalentes a Homosimius=Tetraprothomo? ¿O la serie
Tetraprothomo-Triprothomo-Homo se desarrolló también en África,
con el Homo ater representando el escalón más alto alcanzado por el
proceso de humanización en ese continente? Idénticas dudas surgen
con relación al origen de los sucesivos antropomorfos. El origen extra-
sudamericano de aquéllos requiere que los respectivos ancestros hipo-
téticos (Anthropomorphus-Coristenrum-Collensternum) hayan llegado
al antiguo continente independientemente, lo que no está dicho de
modo explícito en ningún lado. Como vimos, en Geología,
paleogeografìa, paleontología y antropología de la República Argenti-
na, se agrega una nueva migración a comienzos del plioceno, de la cual
habrían participado los descendientes de Diprothomo que habrían dado
origen al Homo ater. No se dice allí si esos descendientes de Diprothomo
son ya Homo o Prothomo, por lo que no es posible saber si Ameghino
creía, entonces, en la unidad filogenética del género humano. La res-
puesta a esta pregunta la podemos encontrar en la misma obra, donde se
menciona que el Hombre ingresa a Norteamérica luego de la evolución
del Homo pampaeus (que dará origen a las razas americanas). Eviden-
temente, hay intención de mostrar la unidad del género Homo y su
origen americano. Coincidentemente, en una de sus últimas obras, La
edad de las formaciones sedimentarias terciarias de la Argentina en
NUESTRO LUGAR ENTRE LOS PRIMATES 17
relación con la antigüedad del Hombre, de 1911, (Torcelli, 1934c:
543-599) Ameghino explica que:
Es evidente que el Hombre no ha de haber aparecido en toda la
superficie terrestre a un mismo tiempo: debe haber tenido un principio
y un punto de partida (Torcelli, 1934c: 593).
Ameghino aceptaba ya desde La antigüedad del Hombre en el
Plata que las razas americanas no eran uniformes (Podgorny, 2001).
Sin embargo, por lo que vimos, les reconocía un único origen, a partir
de un primer ancestro. La heterogeneidad racial, en todo caso, podía
explicarse, no a partir de un origen múltiple, sino por el largo tiempo
transcurrido desde la aparición de los primeros americanos (Podgorny,
2001: 10).
Argumentos embriológicos basados en la “Ley Biogenética” de
Haeckel, similares a los que Ameghino esgrimió con el propósito de
demostrar la evolución de los antropomorfos a partir de “hominidios
primitivos”, serán empleados años más tarde por Arthur Smith
Woodward para justificar la condición prehumana del hombre de
Piltdown, el Eoanthropus dawsoni (la idea en juego era que las for-
mas con caracteres de antropomorfos, como los australopitécidos, no
podían ser antepasados humanos). Hacia 1930, Wood Jones estable-
ció que los antropomorfos eran formas “degeneradas”, originadas a
partir de un antepasado tarsioideo, del que también se habría origina-
do el hombre. Esta hipótesis guarda cierta relación con la de Ameghino,
sólo que en el caso del argentino, los seres morfológicamente más
identificados con el hombre son los gibones, los antropomorfos me-
nos bestializados, no los tarsioideos.
Lo que todas estas hipótesis tienen en común es que en ellas no
se reconoce a los antropomorfos como antepasados directos del hom-
bre. En algunos casos, con esas explicaciones se buscaba evitar el
natural rechazo que provocaba la idea de un origen humano a partir
del gorila o del chimpancé. En el caso de Ameghino, en cambio, está
claro que la exclusión de los antropomorfos de la línea de ascenden-
cia del hombre se enmarca en su amplio programa de investigación
iniciado en La antigüedad del Hombre en el Plata, orientado a de-
mostrar el origen sudamericano del hombre.
18 LEONARDO SALGADO - PABLO F. AZAR
Referencias
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Ameghino. Vol. VI. Los mamíferos fósiles de la República Argentina. La Plata:
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Ameghino. Vol. XIX. Obras póstumas y truncas. La Plata: Gobierno de la
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SABER Y TIEMPO
15 (2003). 19-51 Separata 163.15
ESCENARIO Y REPRESENTACIÓN:
LA ARQUITECTURA PARA LA CIENCIA
EN LA ARGENTINA ENTRE 1915 Y 1945
Gustavo A. Brandariz
Universidad de Buenos Aires
Durante muchos siglos la arquitectura ha sido considerada
como una de las artes plásticas, en gran medida por influjo de
las academias de origen absolutista. Sin embargo, la arquitec-
tura es mucho más que un arte plástica: es también una res-
puesta técnica a necesidades y es un escenario para la activi-
dad humana. La preocupación académica por la creación de
una imagen arquitectónica que representara la jerarquía y el
carácter de las construcciones se extendió hasta la mitad del
período entreguerras, produciendo edificios para la ciencia de
aspecto monumental, aunque frecuentemente poco funcionales.
Inversamente, el funcionalismo procuró crear espacios ade-
cuados sin generar una expresión representativa. Esta contra-
posición se verifica en la Argentina pero a ella se le agrega el
hecho de que, durante la segunda mitad del período, el proyec-
to científico del siglo XIX, que asignaba una elevada jerarquía
social a la ciencia, entró en crisis y no fue reemplazado por otro
que requiriera una imagen arquitectónica para la ciencia.
La arquitectura reducida a arte plástica
Durante muchos siglos y especialmente entre 1420 y 1920, la arquitec-
tura –es decir el arte, la ciencia y la técnica de conformar espacios para
la vida y la actividad humanas– ha sido frecuentemente considerada
como una de las artes plásticas, en gran medida porque se ha aceptado
reiteradamente que compartía, con la pintura y la escultura, el método
creativo manifestado por la utilización intensiva del boceto.
20 GUSTAVO A. BRANDARIZ
Además, el hecho de que grandes artistas como Leonardo y
Miguel Ángel fueran alternativamente pintores, escultores o arquitec-
tos, ha inducido por su potencia como arquetipos humanos, a pensar
que verdaderamente el rasgo artístico era el dominante en estas tres
vertientes de la actividad creativa modeladora de formas en el espacio.
El énfasis en la importancia del dibujo como común denomina-
dor, tuvo también como causa complementaria la didáctica que se
empleó a lo largo de estos cinco siglos para formar pintores, esculto-
res y arquitectos. Al declinar la importancia de la relación medieval
entre maestro y discípulo, la mayor parte de la responsabilidad, en
este sentido, le cupo a las academias y a la coherente “enseñanza
académica”. Recordemos que, muy lejos, por cierto, del modelo pla-
tónico pero invocando su ilustre patronazgo y buscando aprovechar
también el prestigio de la neoplatónica Academia de la Florencia de
Lorenzo de Medicis, en Francia, bajo el imperio del absolutismo,
surgieron academias que no fueron ámbitos de debate intelectual ni
de libre pensamiento sino todo lo contrario: instituciones paraestatales
o estatales que asumieron el papel de fijar, por mecanismos de autori-
dad, aquello que quienes las dirigían consideraban recomendable o
ajustado al gusto obligatorio.
En 1635 el cardenal Richelieu fundó la Academia Francesa,
que en 1694 “fijó” la lengua francesa por medio de un diccionario
oficial. En 1648 se fundó una asociación de pintores, escultores y
grabadores que en 1655 el cardenal Mazarino reconoció oficialmente
como Academia Real de Pintura y Escultura. En 1661, Colbert se
convirtió en Canciller de esta Academia. Siete años después, Colbert,
ministro de Mazarino, Inspector General de Finanzas de Francia que
desde 1664 también ejercía el cargo de Intendente de las Obras Rea-
les, fundó la Academia Real de Arquitectura. Hacia 1674, Charles
d’Avilier, tratadista de la institución, condenaba, con expreso apoyo
de Colbert, la creatividad de Miguel Ángel a la cual consideraba una
expresión aberrante. No obstante lo cual, el modelo profesional de la
arquitectura seguía siendo el de un arte basado en el dibujo. Algo
bien evidente en el Cours d’architecture, de 1675, de François Blondel,
el más importante tratadista de la Academia por aquella época. El
método proyectual propuesto es, en realidad, una extremada simplifi-
cación cartesiana de la arquitectura, sin margen alguno para las ex-
pansiones curvas propias de la imaginación barroca.
LA ARQUITECTURA PARA LA CIENCIA 21
Estos hechos son significativos y tuvieron el enorme influjo en
la cultura continental europea que prácticamente determinó, durante
los siglos siguientes, que el debate arquitectónico se centrara en el
mayor o menor grado admisible de creatividad de los arquitectos
tolerable para los cánones del buen gusto aceptado por instituciones,
tratadistas y profesores a los que se les reconocía socialmente autori-
dad dominante y censora sobre la investigación, la creación y la
práctica del diseño y la construcción de edificios. En todos los casos,
la mayor parte de la arquitectura que mereció la aprobación
institucional, fue la que respondía de un modo bastante ortodoxo a los
prototipos fijados durante la época más esplendorosa del absolutismo,
que se identifica con los nombres de Luis XIV, Luis XV y Luis XVI.
Curiosamente, a pesar del frontal cuestionamiento que el “anti-
guo régimen” político y económico recibió desde antes de la Revolu-
ción Francesa y que se acentuó en las décadas posteriores, tanto la
doctrina académica como el gusto refinado siguieron, por mucho tiem-
po y con gran vigor, cultivando los vocabularios estéticos del absolu-
tismo y la creencia de que la arquitectura, la pintura y la escultura
tenían raíces comunes en la técnica del dibujo. Todavía en las prime-
ras décadas del siglo XX las modernas repúblicas democráticas conti-
nuaron elevando palacios con ropaje “clasicista francés”, es decir el
mismo de los reyes absolutos.
De la revolución industrial al modernismo
Si el clasicismo, en sus múltiples vertientes, fue el sello distintivo de la
arquitectura del absolutismo francés, muy diferente fue la evolución
arquitectónica británica. El clasicismo había sido, en realidad, una
adopción por el estado monárquico ilimitado de una serie de principios
normativos y formas plásticas y tectónicas nacidas y sistematizadas en
Grecia y en Roma. En Gran Bretaña, el estado fue perdiendo progresi-
vamente importancia y representatividad al mismo tiempo en que,
inversamente, crecían el poder y la significación de la sociedad civil.
La Petition of Rights data de 1628, el acta de Habeas Corpus de 1679,
la “Glorious Revolution” de 1688 y el “Ensayo sobre el gobierno
civil”, de Locke, del año siguiente.
No hubo, pues, en Gran Bretaña, ni estado fuerte ni arquitectu-
ra académica. Poco a poco, en un contexto cada vez más libre en
22 GUSTAVO A. BRANDARIZ
materia de ideas y acciones, la arquitectura británica fue cambiando
de formas, con gran dinamismo, y brindando respuesta a las cambian-
tes exigencias sociales. Cuando la revolución industrial se convirtió
en un fenómeno social y creció la necesidad de construir edificios
para fábricas, instalaciones portuarias y ferroviarias, talleres, comer-
cios y oficinas, los arquitectos, ingenieros y constructores británicos
se sintieron muy libres para actuar y apelaron a múltiples soluciones
operativas, combinando herencias clásicas con otras domésticas me-
dievales, incorporando ideas nuevas, elaboradas empíricamente a par-
tir de experiencias concretas de utilización racional de los materiales
y creando también formas nuevas como soluciones mecánicas a pro-
blemas inéditos. Lo que hoy llamamos la “tradición funcional ingle-
sa” es justamente esta hábil combinatoria que rápidamente se diferen-
ció tanto del clasicismo francés que adquirió una identidad inconfun-
dible.
A lo largo del siglo XIX y de las primeras décadas del siglo XX,
el contraste entre el clasicismo esclerotizado y las innovaciones del
ambiente maquinista británico, puso en marcha reacciones críticas den-
tro de la Europa continental, que propiciaron, con cada vez mayor
fuerza, una búsqueda de libertad creativa, innovación formal y actuali-
zación conceptual. El conjunto de esas reacciones críticas, que se mani-
fiestan con toda claridad hacia 1895 en países como Bélgica, Francia,
Austria, Italia y también Escocia y particularmente en Barcelona, Praga
y otras ciudades, es lo que llamamos con los nombres locales de “Mo-
dernismo”, “Art Nouveau”, “Secesión”, “Liberty” y otros más.
La recepción de la arquitectura europea
A partir del proceso de la independencia, América deja de depender
políticamente de las metrópolis europeas y comienza a gobernarse por
sí misma. La arquitectura realizada en América antes de la independen-
cia es, por lo tanto, mayormente una forma provinciana, lejana, de la
arquitectura europea. Un mestizaje con herencias precolombinas –en
las regiones en que las culturas previas a la conquista europea tenían
potencia– o con los hábitos nuevos americanos, en las regiones sin
impronta indígena.
La independencia fue, sin dudas, mucho más que un proceso
político. El ideario de los fundadores de las repúblicas americanas
LA ARQUITECTURA PARA LA CIENCIA 23
extendía a todos los terrenos de la acción humana, incluyendo el
habla y la arquitectura, las nociones de independencia y libertad.
Tanto Esteban Echeverría, como Juan Bautista Alberdi, Juan María
Gutiérrez y Domingo F. Sarmiento, pensaban que si la organización
política y social consolidaba y garantizaba la libertad, los pueblos
irían evolucionando de un modo propio, y que ese era un futuro
deseable. Por ejemplo, Gutiérrez fue muy elocuente en cuanto a su
esperanza de que el idioma evolucionara y Sarmiento manifestó coin-
cidente idea con respecto a la arquitectura: su aliento a las innovacio-
nes estéticas y conceptuales introducidas por arquitectos italianos de
ideas neo-renacentistas, como Nicolás y José Canale, son suficiente-
mente expresivas.
Pese a este impulso inicial, el espíritu de independencia de las
épocas iluminista y romántica no se proyectó con fuerza hacia la
época del positivismo. Tenemos muchos motivos para sostener que,
durante el apogeo de la Generación del Ochenta el espíritu de imita-
ción fue más fuerte que el de creación independiente, al menos en el
territorio de la arquitectura. Nuestros edificios de las décadas poste-
riores a 1880 son la crónica material de los vaivenes de la moda
europea, construida en el suelo argentino con gran calidad y plena
convicción pero sin una búsqueda de originalidad. El rascacielos,
como tipo edilicio, es genuinamente una creación estadounidense; en
cambio, el Teatro Colón de Buenos Aires es una obra excepcional
que prueba el hecho de que, entre 1890 y 1908, la ciudad pertenecía
al universo espiritual europeo pero no apuntaba en una dirección de
originalidad hacia la forja de una identidad distinta.
La arquitectura argentina en 1915
La celebración del Centenario de la Revolución de Mayo de 1810,
inicio de la independencia argentina, fue un momento oportuno para
que el país procurara hacer un balance de su propia historia. Época en
que la prosperidad había llegado a un punto nunca antes alcanzado, el
inventario de los bienes materiales y morales parecía confirmar con
pruebas definitivas la veracidad del credo positivista en el progreso
indefinido. El balance, sin embargo, estaba dejando de pesar la impor-
tancia que tendrían para el futuro algunas dificultades que ya podían
24 GUSTAVO A. BRANDARIZ
empezar a preverse y que derivaban, más que de cuentas pendientes, de
los cambios del mundo que harían imposible continuar el rumbo sin
hacer correcciones oportunas. Pero el éxtasis triunfal es siempre un
contexto poco propicio para los exámenes profundos.
Hacia 1910, la arquitectura, como la cultura en general, en la
Argentina, se deslizaba cómodamente dentro de los andariveles del
pensamiento francés; esto es, de la tradición que, a pesar de la demo-
cracia, mantenía el imaginario clasicista, sin preocupaciones de con-
ciencia por el origen absolutista del ropaje. Al igual que sus pares de
Francia, la mayor parte de los arquitectos argentinos manejaban catá-
logos de “estilos” decorativos, como si la arquitectura fuera solamen-
te una de las artes plásticas basadas en el dibujo. Por ejemplo, las
grandes mansiones de familias tan adineradas como culturalmente
refinadas, que proyectaban arquitectos como Julio Dormal, Alejandro
Christophersen o Eduardo Le Monnier y de las cuales quedan como
documentos la sede de la Sociedad Rural Argentina, el Palacio San
Martín y la Nunciatura Papal, demuestran claramente que nuestra
arquitectura era por entonces de primer nivel pero claramente euro-
pea, francesa, parisina.
La vigencia del clasicismo francés, fue, en la Argentina, extre-
madamente prolongada y fecunda. El Palacio Paz, diseñado por Louis
Sortais, el Palacio Errázuriz, de René Sergent (ambos en Buenos
Aires), y el Palacio Ferreyra, diseño de Maurice Sanson (en Córdoba)
documentan, además, la tendencia a encargar los proyectos a grandes
arquitectos de Francia que ni siquiera visitaban el país. Además, toda-
vía en la década de 1930 se inauguraban grandes edificios de “estilo
francés” y de notable calidad, como el del Concejo Deliberante o el
del Colegio Nacional de Buenos Aires. Aún hoy, en la Argentina,
buena parte de las personas cultas asocian el “estilo francés” con el
mayor refinamiento estético y la mayor suntuosidad. El “art nouveau”,
en cambio, efímero y poco abundante, tuvo escasa recepción en nues-
tro medio.
Tanto en Europa como en la Argentina, el Art Nouveau fue una
celebración libre de la felicidad, de la paz y de la prosperidad. El
idealismo universalista del Renacimiento y de la Ilustración había
sido relegado en gran medida por un cosmopolitismo ecléctico y
muchas veces frívolo, ansioso por coleccionar formas y signos exóti-
LA ARQUITECTURA PARA LA CIENCIA 25
cos. Si la Exposición de Paris del año 1900 fue el apogeo del estilis-
mo “francés”, ya la Exposición de Turín de 1902 fue su equivalente
para el Art Nouveau. En Buenos Aires, como era previsible, la Expo-
sición del Centenario, mostró con generosidad ambas tendencias, la
tradicional y la innovadora, y las dos coexistieron sin conflictos,
como expresiones de la inserción del país dentro de la cultura euro-
pea vigente.
Pero el cosmopolitismo carecía de un sustento ideológico vigo-
roso, como sí lo tuviera antes el universalismo iluminista. El cosmo-
politismo era un producto cultural atractivo, y quizá fuera un credo,
pero no era, por sí mismo, una doctrina capaz de ofrecer soluciones a
problemas y satisfacciones a necesidades. Su espíritu festivo, además,
no era compartido por todos.
En la Argentina, el cosmopolitismo –aun cuando fuera superfi-
cial y contradictorio– fue el signo distintivo de la innovación –del
progreso material tal como lo entendían los positivistas– especial-
mente a partir de alrededor de 1880 y principalmente en las ciudades
de Buenos Aires y Rosario, históricamente más vinculadas al mundo
cultural europeo. En las provincias interiores, donde la tradición colo-
nial hispano-católica mantenía mayor vitalidad que en el oriente flu-
vial y atlántico del país, el cosmopolitismo era habitualmente recibi-
do como una fuerza invasiva, hostil a los sentimientos y destructor
del paisaje solariego. Más allá de la eterna dicotomía entre capitali-
nos y provincianos –tan típica del Imperio Romano como de la Fran-
cia clasicista–, que en la Argentina causó graves guerras civiles y
retrasó por varias décadas la definitiva organización nacional, el sen-
timiento provinciano tradicionalista en Salta, Tucumán, Santiago del
Estero, parcialmente en Córdoba y en otras provincias, fue siempre
muy fuerte e involucró a buena parte de la dirigencia.
No es extraño, entonces, que un escritor como Ricardo Rojas,
cuya infancia transcurrió en la provincia de Santiago del Estero, donde
su padre fue gobernador siendo él niño, haya sentido rechazo por el
clima cultural de Buenos Aires. Su padre y su formación habían sido
progresistas pero nunca dejaron de ser provincianos, en cambio, el
progresismo positivista de la Capital era cosmopolita. El contraste entre
su añorado país de la selva y la populosa y febril capital fue el origen
de su primer sentimiento nacionalista. Reacción emotiva que Ricardo
26 GUSTAVO A. BRANDARIZ
Rojas transformó en una teoría durante su estancia en Europa en la
primera década del siglo XX. Allí, en el fermental ambiente intelectual
europeo, conoció el pensamiento irracionalista de Nietzsche, el vitalismo
de Bergson, la teoría del “espíritu de la tierra” de Ángel Ganivet, la
idea de la “intrahistoria” del joven Unamuno, las teorías estéticas de
Heinrich Wöllflin y el ideario de Eugenio D’Ors. Con ese bagaje de
estímulos, Rojas fue modelando su proyecto cultural, claramente defi-
nido en su libro Eurindia, un programa voluntarista de fusión entre los
múltiples influjos europeos y una tradición indígena americana.
La autoridad de Rojas, su ascendiente, y las circunstancias,
contribuyeron enormemente a la gestación de lo que suele llamarse,
en arquitectura, el “movimiento neocolonial”, una suerte de
expresionismo de iconografía mestiza hispano-americana. Arquitec-
tos importantes como Martín Noel y Ángel Guido adscribieron a esta
tendencia y dejaron obras que son manifiestos reivindicatorios del
pasado colonial, aunque paradójicos porque son fruto de un método
proyectual indudablemente europeo y porque la misma arquitectura
invocada como modelo opuesto al cosmopolitismo era, en su tiempo,
tan diversa y plural como el blanco de sus ataques.
Sea como fuere, la reacción emotiva “neocolonial” buscó iden-
tificar cierta gama de soluciones arquitectónicas con una abstracta
idea de nacionalidad, y tuvo prolongada vigencia aunque, paulatina-
mente fue perdiendo vigor ideológico y convirtiéndose en un “estilo”
más. Si el año 1915 marca aproximadamente el inicio de este movi-
miento, su decadencia puede ubicarse treinta años después.
Las décadas de 1920 y 1930
Pese al entusiasmo con que sus propulsores presentaron la introspec-
ción nacionalista como un antídoto contra el cosmopolitismo, al que
consideraban un mal, la arquitectura argentina –la cultura argentina, en
general– prestó escasa atención a esta exigencia de compromiso patrió-
tico y siguió muy atenta a las innovaciones europeas. En las décadas de
1920 y 1930 tres nuevas tendencias fueron recibidas, principalmente
desde Paris, con equivalente interés pero con muy diferente resultado:
el racionalismo, el Art Deco y el monumentalismo.
Si bien el llamado racionalismo arquitectónico es un movi-
miento muy profundo desde el punto de vista intelectual, su recep-
LA ARQUITECTURA PARA LA CIENCIA 27
ción fue más tardía, menos contundente y más difícil que la del
frívolo Art Deco. En Europa, la gestación del racionalismo es anterior
a la del Art Deco, pero en la Argentina la cronología se invierte. El
Art Deco fue un movimiento del gusto, sin doctrina, pero con un
vocabulario fácilmente identificable. Su geometría utiliza
intensivamente los ángulos rectos, los escalonamientos, las formas
simples. Su espíritu responde a los años de la primera posguerra, los
“años locos”, los de una modernidad industrial, del cine y de un
profundo cambio en los hábitos de consumo. El Art Deco fue sensual
y efectista, incluyó materiales nuevos como la baquelita y los hierros
cromados, los tubos fluorescentes y el linoleo, y se inspiró en las
escenografías de León Bakst para los Ballets Russes de Diaghilev.
En cambio, el racionalismo buscaba modificar profundamente
las bases conceptuales de la arquitectura, incluyendo exigencias éti-
cas en el plano económico y social (heredadas del socialismo utópico
y del higienismo decimonónicos), empleando racionalmente nuevas
técnicas constructivas (provenientes de la revolución industrial), su-
bordinando la estética a una ética del diseño (que buscaba integrar las
doctrinas de Ruskin y de Morris con la posición favorable al
maquinismo liderada por el Príncipe Alberto) e incorporando a la
teoría arquitectónica nociones científicas provenientes de la psicolo-
gía (la Gestalt) y de la física (como la noción de relatividad de Einstein
y los avances de la óptica que llevaron al desarrollo del cine, del
cubismo y de la “visión en movimiento”). El racionalismo, en las
ideas de Walter Gropius y de Le Corbusier, pertenecía a la alta cultu-
ra y no ofrecía un catálogo visual fácilmente repetible. Sólo personas
como Victoria Ocampo podían comprender rápidamente la importan-
cia de estas nuevas convicciones de los arquitectos racionalistas. Esa
complejidad, sumada a la irreverencia crítica de la estética racionalis-
ta, explica las causas por las cuales, en el contexto de una prolongada
“belle époque”, la aceptación argentina del racionalismo se demoró
mucho con respecto a los centros de las vanguardias europeas.
En cambio, el tercero de los movimientos que hemos mencio-
nado, el monumentalismo, tuvo rápida y simple aceptación por cuan-
to no fue, ni en sus orígenes ni en sus lugares de reproducción, un
“estilo” doméstico, popular, sino un vocabulario puesto al servicio
expresivo del Estado. En ese sentido, la Argentina, hacia fines de la
28 GUSTAVO A. BRANDARIZ
década de 1930, había emprendido una clara adscripción a la doctrina
de los “estados fuertes”. El nuevo vocabulario, pues, vino a ser el
sello identificatorio de esa nueva tendencia.
La arquitectura y la ciencia
¿En qué medida estas vertientes propias de la arquitectura tuvieron
relación con la ciencia? Entre los años 1420 y 1820 son muy escasas las
modificaciones de la teoría arquitectónica que puedan atribuirse a
motivos científicos. Valga como ejemplo el caso de Sir Christopher
Wren, el más importante arquitecto británico de la historia. Amigo
personal de Sir Isaac Newton, jamás aplicó en sus obras nociones
derivadas de una trasposición a la arquitectura de la idea de la gravita-
ción universal.
Después de 1820, en cambio, empiezan a aparecer cambios e
innovaciones que revelan una nueva mirada de los arquitectos hacia
la ciencia y la técnica. Henri Labrouste, al proyectar la Biblioteca de
Santa Genoveva, en París (1843), utilizó sin prejuicios la nueva técni-
ca constructiva en hierro desarrollada en la revolución industrial. Ar-
quitectos que trabajaron en la Argentina, como Francisco Tamburini
y Carlos Morra, demostraron poseer sólidos conocimientos de acústi-
ca, que pueden verificarse en sus obras, como el Teatro Colón y la
Escuela Presidente Roca, respectivamente. La arquitectura escolar ar-
gentina entre 1880 y 1930 prueba el influjo decisivo de la pedagogía
y de las propuestas higienistas sobre la teoría arquitectónica; la arqui-
tectura hospitalaria demuestra la evolución desde las ideas de Lavoisier
hacia las de Louis Pasteur.
Aunque durante mucho tiempo la arquitectura se mantuvo den-
tro de las artes plásticas, sólo admitiendo evoluciones propias a partir
de las variaciones en el gusto, durante el siglo XIX se hizo más
conflictiva la relación entre función y forma, y algunos teóricos y
arquitectos operativos, como Louis Sullivan, trasladaron al pensa-
miento arquitectónico la idea de Lamarck de que la forma sigue a la
función. La nueva doctrina tardó mucho en revolucionar la arquitec-
tura doméstica –sólo lo hizo con el racionalismo alrededor de 1920–
pero se abrió paso rápidamente en el campo de la arquitectura ferro-
viaria, en la cual las estaciones se convirtieron en verdaderos edifi-
LA ARQUITECTURA PARA LA CIENCIA 29
cios-máquina. Este hecho es particularmente claro en el caso de las
estaciones de línea, pero en el de las grandes terminales como Saint
Pancras en Londres o Retiro (Mitre) en Buenos Aires, se evidencia
una dicotomía entre las grandes naves para andenes, con sus techos y
bóvedas de acero y vidrio, y el edificio de cabecera, cuya fachada,
más que la funcionalidad, busca la representación institucional del
ferrocarril. Esta doble necesidad de escenario y representación, que
ya existía en la arquitectura religiosa del tiempo de las catedrales, se
extendió, durante el siglo XIX no sólo a la arquitectura ferroviaria,
sino a toda la práctica profesional.
Escenario y representación de la ciencia
¿Cuál sería la expresión arquitectónica de la ciencia? Desde antes, pero
especialmente a lo largo del siglo XIX, escultores y artistas gráficos
elaboraron un lenguaje iconográfico capaz de reproducirse y ser enten-
dido. Las estatuas alegóricas se inscriben dentro de este fenómeno
cultural. En cambio, para la arquitectura, este proceso iconográfico es
más difícil. No siempre los arquitectos lograron crear prototipos de
edificios que el común de la gente identificara fácilmente con una
determinada función. Sin embargo, el vocabulario clásico fue un recur-
so útil para estos manejos lingüísticos. Andrea Palladio pudo sacralizar
la vivienda rural opulenta dándole imágenes de templo grecorromano.
Lo mismo hicieron Robert Smirke y Schinkel con los museos públicos
y Carlos Morra con nuestras escuelas laicas.
Más abstracta que la pintura y la escultura, la arquitectura, en
el ámbito cultural académico francés, fue desarrollando con el tiempo
un lenguaje simbólico que logró instalarse en el imaginario colectivo
de los grupos sociales más cultos y que, apelando a recursos formales
en gran medida decorativos, permitía a los edificios transmitir de un
modo casi narrativo, el destino para el que habían sido construidos y
el mensaje que se esperaba que ofrecieran. La ornamentación aplica-
da a las fachadas cumplía habitualmente esa función publicitaria y
señalaba el “carácter” del edificio. Al respecto, Claudia Shmidt
(Shmidt, 2000), ha precisado el concepto que se identifica en estos
casos con la palabra “carácter”, remontándose a la idea de Kant acer-
ca de los “caracteres nacionales”, a su trasposición a la arquitectura a
30 GUSTAVO A. BRANDARIZ
través del diccionario de Quatremere de Quincy y a la actualización
de los conceptos de “destino y carácter” realizada por Walter Benjamin.
En el caso de la ciencia, el problema adquiría una complejidad
mucho mayor que en los casos de la religión, el ferrocarril, los mu-
seos o las escuelas. En ellos, la función es casi siempre muy parecida
de uno a otro edificio, por lo que la definición del “carácter” de sus
edificios implicaba cierta garantía de reproductividad o, al menos, de
valor tipológico. En cambio, la condición “científica” no era un rasgo
unificador desde el punto de vista edilicio. El destino “científico”
podía ser común a edificios de muy distintas funciones y exigencias
funcionales. Por ejemplo, desde fecha temprana, los observatorios
astronómicos se distinguieron por la importancia plástica que adqui-
ría la cúpula; en cambio, los museos de ciencias eran distintos a los
de arte sólo en su interior. No era fácil, pues, establecer un “carácter”
específico para edificios de destino científico.
Escenarios
Por otra parte, la actividad científica fue creciendo históricamente de
un modo no continuo, unívoco ni lineal. Siguiendo la evolución de la
ciencia, de las ciencias y del pensamiento científico, resulta evidente
que las exigencias que fueron sucesivamente planteadas a los arquitec-
tos, derivaron principalmente de la institucionalización de la ciencia,
más que de las necesidades particulares de los científicos, por lo
demás, habitualmente carentes de recursos propios como para ser
comitentes de grandes edificios.
Basta con recorrer las imágenes que se conservan de los ámbi-
tos de trabajo de notables científicos del pasado, para comprobar que,
a diferencia de los predicadores religiosos o de los gobernantes, care-
cieron casi sin excepción de edificios propios, adecuados para su
labor. En cambio, existen ejemplos relevantes de obras de arquitectu-
ra proyectadas específicamente para albergar instituciones científicas,
como el Observatorio de Greenwich, de Wren (1675), o el Museo de
La Plata, de Aberg y Heynemann (1884). Pasteur careció de un labo-
ratorio adecuado hasta casi el final de su vida, cuando se creó el
Instituto Pasteur (1887).
LA ARQUITECTURA PARA LA CIENCIA 31
De todos modos, el conjunto de los edificios realizados con
destino a la actividad científica, careció de unidad conceptual y de
“carácter” hasta 1914 y siguió del mismo modo durante el período de
entreguerras y posteriormente. Por ejemplo, corresponden al período
que estamos analizando, obras tan diversas como el pintoresco Hospi-
tal Edouard Herriot de Tony Garnier (Lyon, 1915), la expresionista
Torre Einstein de Eric Mendelsohn (Potsdam, 1920), el Sanatorio de
Hilversun de Johannes Duiker (1927), la Health House de Richard
Neutra (1927), el Sanatorio Antituberculoso de Alvar Aalto (Paimio,
1928), los tres claramente racionalistas, el Planetario de Moscú de
Michael Barsch y Michael Einyavsky (1929), el Instituto de Física en
la Ciudad Universitaria de Roma de G. Pagano (1932), la Clínica
Antituberculosa de Ignazio Gardella (Alejandría, Italia, 1938), expre-
sivos del conflicto entre el racionalismo y el monumentalismo, y el
Campus del Armour Institute, luego Illinois Institute of Technology
de Ludwig Mies van der Rohe (Chicago, 1938), indicativo del triun-
fo, en territorio americano, del racionalismo alemán. Obras relevantes
varias de ellas, pero aisladas en un contexto de grave crisis política,
social y especialmente moral: clima poco favorable para la ciencia y
para la arquitectura.
Arquitectura argentina, 1915-1945
Durante los años que abarcan la Primera y Segunda Guerras Mundiales
(período político europeo cuyo lapso no corresponde exactamente con
una periodización arquitectónica argentina) nuestro país vivió una
época de gran potencia económica, paralelo desarrollo edilicio y exten-
sa y compleja actividad cultural. En el ámbito arquitectónico se produ-
jeron hechos relevantes. Los años prósperos –pese a que los efectos
temporarios de la de Gran Depresión estadounidense afectaron durante
un lapso la economía argentina– prolongaron la “belle époque” mucho
más allá del apogeo cosmopolita de 1910 y de la máxima riqueza del
Estado nacional argentino coincidente con la Presidencia de Marcelo
de Alvear (1922-1928). Hasta 1943 el país no sufrió catástrofes políti-
cas, administrativas ni financieras comparables con las que siguieron a
ese año, cuando el golpe de estado inició un proceso que llevó a que el
Banco Central incurriera en 1949 en cesación de pagos. A mediados de
32 GUSTAVO A. BRANDARIZ
la década de 1940 los lingotes de oro –según una frase trágicamente
célebre después– obstruían los pasillos del Banco.
Como es imaginable, la prosperidad económica coincidió tam-
bién con un auge edilicio y, dados la salud del sistema productivo e
inversor y el refinamiento cultural de los protagonistas, la calidad de
la construcción fue, habitualmente, excepcional, no sólo en las gran-
des obras públicas y privadas sino también en buena parte de la
edificación doméstica de clase media alta y baja. La arquitectura se
consolidó profesionalmente y se institucionalizó de modo orgánico.
En 1914 la Sociedad Central de Arquitectos era una entidad de
alta reputación social; ese año la entidad aprobó su “Pliego Tipo” de
especificaciones para contratos de construcción –un documento de
valor técnico–, y dos años después su “Código Profesional” de ética.
En 1915 la revista Arquitectura se había transformado en Revista de
Arquitectura, órgano de la Sociedad que alcanzó gran difusión. A ella
se sumaron en 1917 la revista CACYA, del Centro de Arquitectos,
Constructores de Obras y Anexos –fundado ese año–, en 1919 la
revista El Arquitecto y en 1929 Nuestra Arquitectura, fundada por
Walter Hylton Scott, vocera del pensamiento moderno. También Sur,
fundada por Victoria Ocampo, publicó, desde su primer número de
1931, artículos importantes de algunos de los más notorios arquitec-
tos racionalistas, lo mismo que el periódico artístico-literario Martín
Fierro. En 1930 se fundó el Colegio Libre de Estudios Superiores,
cuya revista Cursos y Conferencias publicó artículos de Wladimiro
Acosta y otros arquitectos innovadores.
La arquitectura argentina, además, se integró a los movimien-
tos internacionales. En 1920 un comité argentino presidido por el
arquitecto Alejandro Christophersen –figura patriarcal– participó en
el Primer Congreso Panamericano de Arquitectos; el tercero se reunió
en Buenos Aires en 1927. Pero, además, en 1929 el mundillo arqui-
tectónico local se revolucionó un tanto con la visita de Le Corbusier,
invitado por Amigos del Arte, quien pronunció una serie de conferen-
cias muy críticas hacia las tradiciones vigentes. Los intentos de lograr
un reconocimiento oficial de las incumbencias de los arquitectos y de
la reglamentación legal de la profesión, auspiciada desde mucho atrás
por la Sociedad Central de Arquitectos, cristalizaron inesperadamente
en 1944, por medio del decreto-ley Nº 17.946 del gobierno de facto.
LA ARQUITECTURA PARA LA CIENCIA 33
Pese a la perduración de la “belle époque”, nuestra arquitectura
venía profundizando sus preocupaciones sociales. En 1915 se aprobó,
a instancias del diputado Juan Cafferata, la Ley Nº 9677 de creación
de la Comisión Nacional de Casas Baratas y en 1920 se construyó el
primer barrio obrero resultante del cumplimiento de esa ley. En los
años siguientes la cooperativa socialista El Hogar Obrero, los grupos
católicos reunidos en torno a monseñor Miguel De Andrea y algunas
reparticiones oficiales, concretaron iniciativas de vivienda popular.
En 1920 el Museo Social Argentino organizó el Primer Congreso
Argentino de la Habitación, con la adhesión de 117 instituciones,
antecedente del Primer Congreso Panamericano de la Vivienda Popu-
lar reunido en 1939.
También en esos años, el urbanismo –originado en el higienismo
decimonónico y crecido en el contexto de las políticas sociales– al-
canzó una identidad adulta. En 1925 se fundó la asociación Los Ami-
gos de la Ciudad, integrada por Prins, Ancell, Dormal, Bustillo y
muchas otras personalidades vinculadas a la tradición ecléctica. Pero
en 1932 el ingeniero Carlos María della Paolera –primer sudamerica-
no graduado como urbanista en Paris– se hizo cargo de la jefatura del
Plan Regulador de Buenos Aires y en 1935 se realizó el Primer Con-
greso Argentino de Urbanismo: el pensamiento moderno desplazaba a
la herencia decimonónica.
Por primera vez, en estos años se multiplicaron las escuelas de
arquitectura: en 1934 Juan Kronfuss fundó la de Córdoba y Ángel
Guido la de la Universidad Nacional del Litoral. En 1939 Cavagna y
Moyano Navarro redactaron el plan de estudios para la carrera de
Arquitectura de Tucumán. La profesión, además, alcanzó un impor-
tante reconocimiento institucional por sus creaciones cuando, en 1933,
se creó la Comisión Nacional de Cultura y, en 1937, la Academia
Nacional de Bellas Artes. Por otra parte, en 1938, con el decreto 3390
del presidente Ortiz que creó la Comisión Nacional de Museos, Mo-
numentos y Lugares Históricos, alcanzan categoría de monumentos
históricos un conjunto de valiosos edificios.
En todos estos campos –el institucional, las publicaciones, los
contactos internacionales, la acción social, el urbanismo, la enseñan-
za y la divulgación cultural– se verifica, en esos años, una nítida
transición entre la “belle époque” y el pensamiento moderno, cambio
34 GUSTAVO A. BRANDARIZ
no exento de confusiones, regresiones y conflictos, pero que coincide
en todos esos aspectos con procesos equivalentes y contemporáneos
verificables en países avanzados como los Estados Unidos, Francia e
Inglaterra.
Arquitectura argentina para la ciencia, 1915-1945
En ese contexto favorable hacia la progresiva incorporación de concep-
tos científicos y técnicos avanzados, resultaría esperable hallar una
cantidad importante de casos de edificios destinados a funciones cientí-
ficas y de ejemplos arquitectónicos que revelaran el influjo transforma-
dor del pensamiento racional sobre las herencias estéticas
decimonónicas. No es así pero, sin embargo, reviste interés establecer
un inventario y ensayar una evaluación.
Dejemos de lado la cuestión teórica acerca del influjo de las
ciencias sobre la profesión de la arquitectura y sus productos. El tema
es vasto y no presenta particularidades especiales en nuestro contexto
local que lo diferencien de un fenómeno mayor que no reconoce
fronteras pero que tiene su centro en países como Alemania, Inglate-
rra, Francia, Holanda y los Estados Unidos. Por el contrario, en este
trabajo nos concentraremos en el análisis de los casos de edificios
levantados en suelo argentino con destino a usos vinculados con las
ciencias, a los efectos de evaluar en qué medida variaron como esce-
narios y representaciones con respecto a sus precedentes
decimonónicos.
El universo que consideramos para este análisis comprende un
conjunto de casi sesenta ejemplos de edificios construidos en territo-
rio argentino, entre 1914 y 1945, con destino a la actividad “científi-
ca”: ponemos a esta palabra entre comillas para relativizar tal carácter
y permitirnos la licencia de englobar bajo ese rótulo a realidades muy
diversas y en varios casos fácilmente cuestionables. En efecto: inclui-
mos edificios realizados enteramente para esos fines pero también
proyectos no construidos y remodelaciones parciales.
Obramos de este modo para captar mejor el espíritu de todas
esas creaciones intelectuales, independientemente de su materializa-
ción. También debemos señalar que estamos incluyendo casos estric-
tamente pertinentes de edificios destinados a la investigación científi-
LA ARQUITECTURA PARA LA CIENCIA 35
ca de base o aplicada, junto a otros que se alejan bastante de ese
carácter exactamente científico.
Entre los primeros podemos señalar, en este período, la sede
del Darwinion legado por Cristóbal Hicken y el proyecto de Instituto
Oceanográfico en Mar del Plata, de 1916, ambos de indudable “desti-
no científico”. Pero a ellos hemos sumado, en nuestra muestra de
análisis, edificios destinados tanto a la investigación como a la divul-
gación, como el Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino
Rivadavia; edificios-sede de instituciones dedicadas a favorecer la
actividad científica, tales como la Sociedad Científica Argentina o la
Academia Nacional de Medicina; construcciones destinadas a la edu-
cación y formación en ciencias, como el Observatorio del Colegio
Nacional de Buenos Aires; otras obras destinadas a la actividad cien-
tífica, sea ella ajustada a protocolos como de iniciación de amateurs –
tal el caso del Observatorio de la Asociación Amigos de la Astrono-
mía–; edificios en los cuales la actividad científica se integra a proce-
sos industriales y comerciales, tales como el Instituto Massone y el
Laboratorio YPF de Florencio Varela; e incluso edificios que sin ser
específicamente de destino científico, han sido previstos para prácti-
cas como la medicina, que en muchos casos sirven también de centros
de experimentación para profesionales que de esa empiria extraen
información de base para una ulterior reelaboración científica, como
en el caso de hospitales y sanatorios.
La muestra, por lo tanto, es amplia a fuerza de ser variada y al
precio de una gran elasticidad en la aplicación de la condición “científi-
ca”, algo que seguramente Mario Bunge condenaría con sólidos argu-
mentos epistemológicos, pero que en nuestro caso resulta aceptable
porque en todos estos casos podría razonablemente detectarse la im-
pronta de un “carácter científico” como expresión estética, simbólica o
narrativa dentro de las limitaciones expresivas de la arquitectura.
Características del caso de estudio
Entre los casi sesenta casos considerados, distribuidos entre los años
1915 y 1945, la mayor parte de los ejemplos se ubican durante los
períodos que coinciden con las Presidencias de Marcelo T. de Alvear y
de Agustín P. Justo: la referencia política resulta en este caso pertinente
36 GUSTAVO A. BRANDARIZ
por cuanto se trata de construcciones que mucho tienen que ver con el
estado del país, tanto en los aspectos económicos como culturales. En
estos temas, en la Argentina de entonces, ambas Presidencias desempe-
ñaron un papel importante. Pese a la afinidad ideológica básica entre
ambos Presidentes (provenientes de tradiciones liberales del siglo XIX
que luego evolucionaron hacia el liberalismo progresista, transitaron
por el radicalismo “antipersonalista” y difirieron luego en cuanto a la
política de partidos y la representación democrática, pero mantuvieron
con bastante proximidad una filiación cultural ligada al liberalismo
aristocrático), hay entre ambos períodos no sólo una secuencia tempo-
ral sino también una sutil pero importante variación en la mirada. En
gran medida, podemos afirmar que, durante la Presidencia Alvear, la
“belle époque” afrancesada perduró en la Argentina mucho más allá de
la Primera Guerra Mundial; en cambio, durante la Presidencia Justo fue
notorio el crecimiento, sin sobresaltos, de un influjo del pensamiento
estadounidense identificado con la imagen, las ideas y los modelos de
gestión de Franklin D. Roosevelt.
Coherentemente, en ambos períodos, e incluso antes y después,
la mayor parte de los edificios “científicos” correspondieron a una
época de creciente especialización y de notoria institucionalización
de la ciencia, entendiéndose por “ciencia” la búsqueda afanosa del
conocimiento “puro”, más que su aplicación práctica al modelo posi-
tivista, que miraba el ferrocarril como una proeza derivada de la
actividad científica. Esta institucionalización es la principal deman-
dante de edificios, no sólo como escenarios sino también como repre-
sentaciones, y, como era previsible, el carácter “francés” predomina
en la primera fase, en tanto en la segunda, la época de Justo, aparecen
innovaciones que se manifiestan por el uso de lenguajes estéticos
alternativos como el “neocolonial”, el “art deco”, el “racionalismo” y
el “monumentalismo”.
Pero este cambio y esta diversificación lingüística, en nuestro
caso de estudio, no parecieran responder simplemente a una variación
entre los modelos culturales importados (estilos europeos y estado-
unidenses en boga) sino que parecieran atestiguar que el fin de la
arquitectura afrancesada coincide con el ocaso de un paradigma del
siglo XIX, tanto en lo referente a la arquitectura “académica” como
en el significado social de la ciencia. En tanto, la variedad de la
década de 1930 pareciera manifestar la ausencia de un paradigma
LA ARQUITECTURA PARA LA CIENCIA 37
alternativo de carácter único, o tal vez una nueva época quizá confusa
y tal vez insegura en cuanto a la significación social de la ciencia.
Estas afirmaciones no son arbitrarias: si seguimos la evolución
del pensamiento científico universal, especialmente en América Lati-
na y más aún en la Argentina, tal como ha sido estructurado
discursivamente por Francisco Vera (Vera,1945:257), Gregorio
Weinberg (Weinberg,1998:112), José Babini (Babini,1949:127;
1993:42), y otros historiadores de la ciencia, la década de 1920 puede
tenerse como punto de inflexión. Pero además, en nuestro caso, pare-
ciera coincidir la coherencia del ciclo científico iniciado con la Orga-
nización Nacional (1852-53 en adelante) y terminado en la década de
1920, con lo que registra la evolución, también coherente, de la arqui-
tectura destinada a la ciencia en ese lapso. De algún modo, incluso,
podríamos simbolizar el cambio de época con la mención de Ángel
Gallardo y de Bernardo A. Houssay, hombres de ciencia representati-
vos de los períodos anterior y posterior a 1930 y en cierta forma
antagónicos (Núñez,1995:94).
Edificios y destinos
En nuestra muestra de estudio, limitada a unos sesenta casos sobre un
total de obras de arquitectura importantes y publicadas en revistas
especializadas que no excede esta cifra en más de un 50%, de menor
trascendencia, podemos hallar diversas funciones básicas, desde obser-
vatorios y museos hasta sedes universitarias e incluso clínicas.
Porcentualmente, la muestra se reparte aproximadamente así:
investigación básica y aplicada: 17%; enseñanza de las ciencias: 12%;
divulgación científica y educación básica en ciencias: 10%; institu-
ciones de fomento de la actividad científica: 10%; práctica de las
ciencias de la salud: 51%. En todos los casos, cierta imprecisión
deriva del esquematismo forzado de la clasificación, ya que, por ejem-
plo, la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires ha
sido incluida en el rubro “enseñanza” por ser ésa la función más
notoria pese a que, por ejemplo, en uno de sus laboratorios desarrolló
parte importante de sus investigaciones Bernardo Houssay, fundador
y director del Instituto de Fisiología de la Facultad y primer Premio
Nobel de ciencias de la Argentina.
38 GUSTAVO A. BRANDARIZ
Entre los edificios destinados principalmente a la investigación
básica y aplicada hemos considerado, entre otros, los casos del pro-
yecto (no construido) para el Instituto Oceanográfico Argentino en
Mar del Plata (1916, diseño de Pasman y Marcó del Pont), del Institu-
to Biológico Argentino (1924, diseño de Atilio Locati), del Museo
Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia (1926, cuya
idea proyectual se debe, según la tradición oral, al propio Ángel
Gallardo, ingeniero civil además de naturalista y Director del Museo),
del Observatorio de la Asociación Amigos de la Astronomía en Par-
que Centenario (1929), del Instituto Massone (1930), del nuevo edifi-
cio del Observatorio Naval Argentino en Costanera Sur (1933), del
Instituto Darwinion de Acassuso (1933, arquitecto Arturo Prins), del
Laboratorio de investigaciones de YPF en Florencio Varela (1939,
arquitecto Jorge De la María Prins), del Agroinvest (Instituto Experi-
mental de Investigación y Fomento Agrícola de Santa Fe, 1937).
Hemos considerado como destinados a la divulgación científica
y a la educación básica en ciencias, entre otros, a edificios como el
Instituto Bernasconi (1918, arquitecto Juan Abel Adrián Waldorp), ya
que, además de ser un centro escolar de educación primaria (o “bási-
ca”), alberga un complejo museológico científico y es sede de experi-
mentación e investigación pedagógica; el nuevo edificio de la Biblio-
teca Bernardino Rivadavia de Bahía Blanca (1930, arquitecto Ernesto
Giraud); el edificio de la Biblioteca Central de la Universidad Nacio-
nal de La Plata, cuya dirección ejerció por muchos años Alberto
Palcos, (1935); el proyecto de nuevo Zoológico en la Chacra Saavedra
(1942, arquitecto Luis María Campos Urquiza).
Agrupamos dentro del rubro sedes de instituciones de fomento
de la actividad científica a obras como el Círculo Médico de Rosario
(1925, arquitecto Ángel Guido), la Sociedad Científica Argentina (1926-
1933, Ing. Oscar Schoó Lastra), el Museo Social Argentino (1938,
Rafael Orlandi / MOP), y la Academia Nacional de Medicina (1942).
Clasificamos como casos de edificios destinados a la enseñan-
za de las ciencias, entre otros, el proyecto para la Facultad de Cien-
cias Exactas de la Universidad de Buenos Aires (1915), el diseño de
la neogótica Facultad de Derecho de la UBA (1915-25, Arturo Prins),
el Observatorio astronómico del Colegio Nacional de Buenos Aires
(1935), la Facultad de Medicina de la UBA (1936-1944) y la nueva
LA ARQUITECTURA PARA LA CIENCIA 39
sede de la Facultad de Derecho de la UBA (1938). Incluimos también
en este item dos casos particulares: la Escuela de Mecánica de la
Armada (1928) y la Escuela de Aviación Militar en Córdoba (1938)
que si bien pertenecen a instituciones militares, fueron construidas
como ámbitos educativos en tiempos en que las políticas de defensa
nacional tenían como uno de sus objetivos elevar el nivel cultural y
científico de los hombres de armas y las fuerzas tenían en actividad y
con elevadas jerarquías a hombres destacados por su saber específico
y su conocimiento cientificotécnico. Valga como ejemplo de ello el
caso del propio presidente Justo, general del Ejército, ingeniero civil
de la Universidad de Buenos Aires y profundo conocedor de las
ciencias naturales bajo el influjo y la tutela de Holmberg.
Pero el conjunto más numeroso es, como hemos dicho, el que
incluye los edificios destinados a la práctica de las ciencias de la
salud. En este rubro hallamos casos como el Ambulatorio Policlínico
del Hospital Italiano (1915, arquitecto Luis Broggi), la ampliación del
Hospital San Roque en Córdoba (1917 en adelante, ingenieros
Justiniano Allende Posse y Emilio Olmos), la reforma del Hospital
Rawson (1926, arquitecto Alejandro Virasoro), la Maternidad Ramón
Sardá (1935), el proyecto de Instituto de la Tuberculosis, impulsado
por la Liga (1937), el nuevo Hospital Militar Central (1937), el Hos-
pital Churruca (1938, arquitectos Vilar, Vilar, Noel, Escasany,
Fernández Saralegui, empresa Geopé), el Hospital Fernández (1939-
43, diseño de Luis Bianchetti), el Hospital Psiquiátrico de la Colonia
Oliveros, Santa Fe (1939, arquitecto Wladimiro Acosta), el Laborato-
rio Pasteur (1928, arquitecto Fermín Beretervide) y un conjunto de
sanatorios y clínicas como el Podestá (1924, Calvo, Jacobs y Giménez),
el proyecto de sanatorio-dispensario de la Mutualidad del Magisterio
(1939, arquitectos Sacriste y Vivanco), el sanatorio de la Corporación
Médica San Martín (1939) y el de Pergamino (1941), ambas obras del
arq. Mario Roberto Álvarez, y los sanatorios Bazterrica y Anchorena,
ambos de 1941.
Escenarios y representaciones de la ciencia
La simple enumeración de sesenta casos significativos bastaría para
señalar un conjunto importante, aunque no constituyan, en ningún
40 GUSTAVO A. BRANDARIZ
aspecto –excepto el propósito de estas líneas– un conjunto coherente o
estructurado. Pero no habremos de limitarnos a editar una lista sino que
propondremos, basados en nuestros enunciados de los párrafos inicia-
les, una suerte de análisis del material inventariado. ¿En qué medida
puede leerse a través de las imágenes públicas presentadas por esta
arquitectura una representación visual de una valoración social de la
ciencia?
Al pretender responder esta pregunta hemos creído necesario
precisar las diferencias entre el antes y el después de 1930, no por el
hecho de que ese año haya tenido lugar una revolución (6 de septiem-
bre) sino porque antes (claramente durante la Presidencia Alvear) el
paradigma arquitectónico francés era dominante y después (Presiden-
cia Justo) gradualmente deja de serlo.
La mayor parte de las obras anteriores a 1930 e incluso, en
forma declinante, muchas posteriores, muestran, como hemos dicho,
la perduración de la “belle époque”. En ese contexto, la arquitectura
afrancesada ubica la ciencia dentro del conjunto de actividades alta-
mente representativas de una sociedad culta, aun al precio de que los
edificios resultantes fueran escasamente funcionales o no tuvieran
relación con su condición necesaria de escenarios para actividades
humanas. Como prototipo de esta actitud proyectual, bien vale el
caso (anterior, europeo) del proyecto que el arquitecto René Villeminot
preparó, en su etapa formativa, para aspirar al Premio de Roma de la
Escuela de Bellas Artes de Paris. El tema (“Un observatorio y esta-
ción científica”, 1906) le permite desplegar todo su arte de esteta y es
así como elabora un diseño simétrico pleno de alusiones a la arquitec-
tura clásica pero en cuya composición aparece, de modo casi insólito
una cúpula de observatorio, integrada dentro del juego de las propor-
ciones académicas.
El hecho no tendría suficiente relevancia si no fuera porque
Villeminot, junto con René Karman, de similar forma de pensar,
fueron los dos grandes profesores de diseño en la escuela de arquitec-
tura de la Universidad de Buenos Aires, durante la primera mitad del
siglo XX. Los estudios de arquitectura, que se remontan a la funda-
ción en 1865 por Juan María Gutiérrez de la Facultad de Ciencias
Exactas (que tuvo varias denominaciones a lo largo de las décadas),
fueron reorganizados en 1901 según el molde parisino. Villeminot, en
LA ARQUITECTURA PARA LA CIENCIA 41
ese ámbito, fue una figura clave y su línea sucesoria, en lo académi-
co, llegó hasta nuestros días a través de la docencia de Villalonga,
Buschiazzo, Gazaneo y Bellucci, aunque las ideas pedagógicas y ar-
quitectónicas de cada generación hayan variado sustancialmente.
No extraña, pues, que en 1916 Pasman y Marcó del Pont hayan
imaginado un proyecto igualmente académico francés para un nunca
concretado Instituto Oceanográfico en Mar del Plata. El diseño,
descontextualizado del medio físico y del paisaje, presenta una facha-
da clásica hacia el mar y una estructura formal simétrica, simbólica
de la jerarquía de un edificio público solemne y monumental. La
misma idea aparece diez años después reflejada en el diseño del
ingeniero Oscar Schoó Lastra (1926) para la Sociedad Científica Ar-
gentina, reaparece en 1927 en el proyecto de Ernesto Giraud para la
Biblioteca Bernardino Rivadavia de Bahía Blanca y se prolonga aun
hasta 1942 en el carácter dado al edificio de la Academia Nacional de
Medicina. De algún modo, estos ejemplos tienden a manifestar, al
modo académico, que la ciencia es una función socialmente prepon-
derante, elevada a la jerarquía monumental, casi de templo al modo
romano imperial, en una suerte de sacralización panteísta.
Tal asociación de ideas entre arquitectura clásica y lo que po-
dríamos llamar “templos de la ciencia” coincide con el cuadro de
valores simbólicos de la cultura decimonónica que perduraron en
nuestra larga “belle époque”. Aunque difieran del exacto vocabulario
clásico francés de inspiración romana imperial, un conjunto de obras
pueden sumarse a este grupo de edificios monumentales, más cerca-
nos a la representación que a la funcionalidad. Tales son los casos del
Instituto Bernasconi (1918), del Instituto Biológico Argentino (un
laboratorio que en 1924 elevó el monumental edificio de la Plaza del
Congreso, donde los moros venecianos tocan la campana, como en la
Plaza San Marco), la neogótica Facultad de Derecho (inconclusa)
soñada por Arturo Prins como una alusión medievalista al derecho
natural en versión tomista; el Museo Argentino de Ciencias Naturales
(entre el románico y el pintoresquismo); el Rectorado y la Facultad de
Ciencias Jurídicas de la Universidad Nacional del Litoral (ambas obras
de Manuel Torres Armengol, de 1928 y 1929), que introducen rasgos
“coloniales”; el Instituto Massone (confiscado luego por el gobierno
de Perón y sede actual de la Comisión Nacional de Energía Atómica).
42 GUSTAVO A. BRANDARIZ
En todos estos casos, más allá de pequeñas innovaciones o variacio-
nes lingüísticas, el criterio proyectual de transmitir el carácter a tra-
vés de la monumentalidad, sigue intacto.
En cambio, existe un conjunto de edificios en los cuales la
monumentalidad es reemplazada por el pintoresquismo, con una evi-
dente y definida intencionalidad. En 1915 el Hospital Italiano inaugu-
ró su Ambulatorio Policlínico diseñado por el arquitecto Luis Broggi:
aquí, más que una intención de monumentalidad, hay una búsqueda
de alusión hacia lo familiar, ya que estilísticamente las alusiones se
dirigen a la arquitectura renacentista florentina. El edificio no es
impactante sino acogedor, hospitalario: dos torres no muy altas, una
loggia de acceso, un patio bien proporcionado y, a ambos lados,
hileras de consultorios externos, es decir, un remanso. La misma idea
pareciera impregnar otra obra de la institución presidida entre 1915 y
1927 por el Dr. Carlos Spada: el asilo de ancianos, en San Justo, que
con los años y los avances de la medicina fue profundizando su
carácter de instituto hospitalario geriátrico y de ámbito de investiga-
ciones de campo. La misma ausencia de monumentalidad se aprecia
en el Laboratorio Pasteur de Parque Centenario, diseñado por el ar-
quitecto Fermín Beretervide, cuyas ideas ya no son las de la enseñan-
za académica sino que están impregnadas de un pensamiento social
avanzado.
Este tipo de innovaciones, que no se alejan demasiado del mé-
todo proyectual académico pero que modifican sustancialmente el
mensaje a transmitir por los edificios, nos permiten cerrar el capítulo
dedicado al monumentalismo clasicista decimonónico y explorar los
nuevos intentos del siglo XX de elaborar expresiones arquitectónicas
para la ciencia. En tal sentido, para el espíritu de la corriente
“neocolonial” el mensaje necesario es el de la identidad y para el Art
Decó, más que la ciencia, el valor semántico importante es la moder-
nidad. El Neocolonial tuvo su doctrina y su historia, y si bien estos
temas han sido muy trabajados ya, existe una vertiente del
“neocolonial” poco estudiada que corresponde bastante fielmente a la
actividad institucional de Agustín P. Justo.
Un tercer grupo de edificios puede agruparse bajo el signo del
Art Decó. En estos casos, más que una intencionalidad de representar
la ciencia, la arquitectura se propone manifestar un impulso de mo-
LA ARQUITECTURA PARA LA CIENCIA 43
dernidad. Indudablemente el hecho no hubiera tenido tanta trascen-
dencia, como no la tuvo en Europa, si no fuera porque, en el aspecto
económico, aquellos años fueron muy favorables para la Argentina y
porque el manifiesto modernizador tenía, desde los tiempos de
Rivadavia, gran prestigio en la cultura argentina. Modernas debían
ser entonces las nuevas clínicas, demostrativas de un alto grado de
especialización médica, en la década de 1930, como la Clínica Marini,
obra de Sánchez, Lagos y De la Torre (sobrino del prestigioso políti-
co progresista Lisandro De la Torre); o el Sanatorio De Cusatis,
diseño del innovador arquitecto Alejandro Virasoro, admirador de las
escenografías de los Ballets Russes. Moderna fue, también, la amplia-
ción del Hospital San Roque en Córdoba, obra de los ingenieros
Justiniano Allende Posse y Emilio Olmos.
El cuarto grupo que puede identificarse con claridad, es el de
los edificios “racionalistas”. Pero al hablar de ellos, por definición,
no puede decirse que buscaran transmitir un mensaje narrativo rela-
cionado con la ciencia, con la modernidad, el prestigio ni ninguno de
aquellos otros aspectos que interesaron a los arquitectos del siglo
XIX. Aquí, por principio, la arquitectura no pretende narrar sino ser-
vir de herramienta: no interesa la representación sino la aptitud del
escenario para la función. No hay, pues, una imagen “racionalista” de
la arquitectura científica ni podría haberla.
En realidad, esta novedad fue la culminación de un proceso de
fractura que se había iniciado mucho antes. Desde mediados del siglo
XIX las exigencias funcionales de los edificios habían crecido enor-
memente y ya en los diseños Art Deco era insostenible la pretensión
de encerrar en un envoltorio simétrico y decorativo la nueva comple-
jidad de las funciones. En las revistas especializadas, la publicación
de edificios como la Clínica Marini o el Sanatorio De Cusatis eviden-
ciaba ese conflicto entre la voluntad estética que daba rigidez a las
fachadas y la soltura y eficacia con que se resolvían los espacios
interiores como consultorios, laboratorios y demás áreas en las cuales
el protagonismo quedaba a cargo del equipamiento científico y prácti-
co y no de molduras y decoraciones más propias del Palacio de
Versailles.
Varios edificios marcan la transición entre el espíritu del Art
Deco y la racionalidad funcionalista. El Darwinion de Arturo Prins
44 GUSTAVO A. BRANDARIZ
(1933), el Instituto Médico Platense de Julio Barrios (1934), la Ma-
ternidad Sardá de E. Fontecha y Miguel Madero (1935), todavía per-
tenecen al mundo figurativo del Art Deco, aunque en ellos son cre-
cientes la desornamentación, el cubismo y la preocupación por el
acierto funcional. Pero no siempre la disminución de la carga decora-
tiva implicó necesariamente una búsqueda de racionalidad. Si bien
ese camino era propio de la evolución en esa dirección, también lo
fue de otra dirección contradictoria que, como una bifurcación
irracionalista y monumental, condujo hacia la grandilocuencia que
fue la típica expresión del Estado en los años cuarenta y cincuenta.
La bifurcación no fue suficientemente clara. Edificios como el de la
Liga Argentina contra la Tuberculosis (1940) proyectado por los ar-
quitectos Cárrega Goyán, Lissarrague, Godoy y Méndez y los inge-
nieros Migone y Mihanovich, están más cerca del Art Deco que del
monumentalismo. Pero el proyecto preparado por el mismo equipo
para el Instituto de la Tuberculosis (1937) que dirigía Rodolfo A.
Vaccarezza y contaba con el impulso de la Liga, era de una
monumentalidad impresionante. La sede y observatorio de la Asocia-
ción Amigos de la Astronomía (1929) combina con escasa felicidad
una cúpula funcionalista con un pórtico monumental aunque de esca-
la pequeña. El Policlínico de la Sociedad de Médicos del Departa-
mento San Martín, en Santa Fe (1942), obra de Tito y José Micheletti,
está mucho más cerca del funcionalismo que el proyecto de ambos
arquitectos para el monumental Hospital de Caridad de la Sociedad
de Beneficencia de Rosario, del mismo año.
En cambio, el edificio diseñado por el arquitecto Rafael Orlandi
para el Museo Social Argentino en 1938, aun parco en decoración, es
claramente monumental tanto en su fachada como en sus espacios
más representativos. Lo mismo, con aún mayor énfasis, puede decirse
del edificio de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos
Aires, obra iniciada en 1937 bajo el impulso de José Arce. Nada en él
responde al espíritu racionalista ni toma en cuenta los principios de la
arquitectura moderna. Su monumentalidad, sin embargo, tampoco res-
ponde al alma del mundo clásico griego o romano, para el cual tenía
un sentido estético y ético, sino que expresa una voluntad de construir
una imagen imponente, descomunal, cuya desproporción es más ma-
nifiesta si se la compara con el escaso interés de los proyectistas por
LA ARQUITECTURA PARA LA CIENCIA 45
resolver de un modo moderno ciertos aspectos funcionales que pre-
ocuparon obsesivamente a los funcionalistas, como la cantidad y el
ancho de las escaleras y ascensores, la dimensión de los baños y la
estructura circulatoria interna de los edificios.
Indudablemente, el arquetipo de estas construcciones monu-
mentales fue, en la década de 1940, el nuevo edificio de la Facultad
de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, diseñado por Arturo
Ochoa, Ismael G. Chiappori y Pedro Mario Vinent, cuya imponente
columnata neoclásica, tras la cual se desarrolla la igualmente inmensa
Galería de Pasos Perdidos, constituyen la expresión más antitética
posible del racionalismo arquitectónico y, por cierto, de la moderni-
dad, pese a las buenas intenciones que movieron a sus autores, y a
notables personalidades como el ministro Coll, a perseverar, por un
camino ya anacrónico, en la búsqueda de una imagen pública relevan-
te para la ciencia y la educación.
Aquella monumentalidad todavía podía suponerse útil para una
Facultad de Derecho; sin embargo, resultaba evidentemente imposi-
ble para resolver edificios funcionalmente exigentes como la Estación
Radiotelegráfica de la Base Científica de las Islas Orcadas del Sur
(1927) o el observatorio astronómico del Colegio Nacional de Buenos
Aires (1935), construido por iniciativa del rector Nielsen, donde los
proyectistas operaban con completa racionalidad funcionalista. Este
nuevo espíritu de ajuste a la utilidad sin pretensiones de representa-
ción decorativa tenía origen en la revolución industrial pero había
alcanzado estatura teórica por obra de los maestros de la arquitectura
racionalista del siglo XX, y su influjo produjo obras de expresión
muy diferente al Art Deco y al monumentalismo. Por ejemplo, el
proyecto de Eduardo Sacriste y Jorge Vivanco para el concurso del
Sanatorio-Dispensario de la Mutualidad del Magisterio (1939), es una
muy pura y convencida introducción en la arquitectura científica ar-
gentina del pensamiento de Le Corbusier y de Walter Gropius. Ese
mismo año, Mario Roberto Álvarez concretaba el pequeño pero indi-
cativo Sanatorio de la Corporación Médica San Martín. Y en 1941 la
Revista de Arquitectura de la Sociedad Central de Arquitectos publi-
có dos obras de magnitud e interés: la Clínica Bazterrica, de Víctor
Lavarello, y el Sanatorio Anchorena, de L. Olezza y Ernesto Vautier.
En ambos casos, el lenguaje de la fachada es ahora coherente con la
46 GUSTAVO A. BRANDARIZ
racionalidad y modernidad de la estructura interna de los edificios y
del equipamiento médico.
Lo mismo sucede con otros edificios de destino científico como,
por ejemplo, el Laboratorio de Investigaciones YPF en Florencio
Varela (1943), diseñado por los arquitectos Jorge de la María Prins,
Hugo M. Rosso, Jorge M. Verbrugghe y Jorge Ros Martin. Pese a
alguna reminiscencia monumental, el espíritu de la obra es claramen-
te moderno y la racionalidad del diseño de los laboratorios, talleres y
demás áreas utilitarias es mucho más significativa que los exteriores
del edificio. Lo mismo sucede en el proyecto para un nuevo Jardín
Zoológico en la Chacra Saavedra (1942), centro recreativo, didáctico
y de investigación proyectado bajo la dirección de Luis M. Campos
Urquiza, con la colaboración de José Vitali, Francisco García Vázquez,
Jorge Santas, Alfredo Yantorno y Ricardo Frigerio.
En esos años se construyeron grandes hospitales, modernos y
racionalistas, como el de Agudos Juan A. Fernández (1939), diseño
de Luis Bianchetti, y el nuevo Militar Central (1937), sobre la barran-
ca de la Av. Luis María Campos, en Buenos Aires. Pero seguramente
la más notable de aquellas grandes obras fue el Hospital Policial
Churruca (1938), firmado por Antonio y Carlos Vilar, Noel, Escasany
y Fernández Saralegui. Como todo emprendimiento arquitectónico de
esa magnitud, es imposible determinar qué parte de autoría cupo a
cada uno de los proyectistas, algo que puede, en parte suponerse si se
conocen las ideas de cada uno de los participantes y sus obras ante-
riores y posteriores. Indudablemente, el mérito es conjunto aunque lo
fuera en proporciones desiguales, pero también es posible –y proba-
blemente acertado– suponer que otros lápices meritorios se esconden
tras las firmas que se responsabilizan oficialmente de los proyectos.
Ese sería seguramente el caso del arquitecto alemán Carlos Guillermo
Ernesto Ludewig, colaborador de Antonio U. Vilar en varias de sus
mejores obras y diseñador de la mayor importancia dentro de su
estudio. Exiliado en la Argentina, no pudo revalidar su título por
carecer de documentación probatoria, pero su capacidad era sobresa-
liente (datos que debemos a la generosidad del arquitecto Nicolás
Babini).
La arquitectura racionalista también tuvo expresiones notables
en provincias como Tucumán, en donde Jaime Roca proyectó el Sa-
LA ARQUITECTURA PARA LA CIENCIA 47
natorio Privado, luego Policlínico Ferroviario. O en Santa Fe, donde
varias obras merecen una mención muy especial. Aquellos fueron,
para esa provincia, años de esplendor. Entre 1937 y 1941 fue gober-
nador Manuel María de Iriondo (“antipersonalista”) cuya labor políti-
ca –pese a un dudoso origen electoral– se destacó dentro del resto del
país. Iriondo tuvo como Ministro de Instrucción Pública y Fomento a
uno de los más notables pedagogos argentinos del siglo XX, Juan
Mantovani, y como Ministro de Salud Pública a Abelardo Irigoyen
Freire, que fue el primer ministro de Salud Pública que tuvo una
provincia argentina. Durante su gobierno se dio nuevo impulso a la
sanidad de la provincia, se creo el código bromatológico, se encara-
ron numerosos problemas hospitalarios, se construyeron 122 escuelas
primarias públicas, en Rosario se fundaron los museos Histórico Pro-
vincial y de Ciencias Naturales y en la ciudad de Santa Fe el Históri-
co y el Etnográfico.
A esta época santafesina corresponde la sede de Agroinvest
(1937), el Instituto Experimental de Investigación y Fomento Agríco-
la, hoy Ministerio, obra de Carlos Navratil y Salvador Bertuzzi; el
Instituto era dirigido por el químico Josué Gollán y el edificio, racio-
nalista, es fiel reflejo del moderno espíritu científico de Gollán y de
Mantovani. También a esta época corresponden dos obras significati-
vas de Wladimiro Acosta. Entre 1938 y 1939 fue elaborado un Plan
Orgánico de desarrollo de instituciones de salud, basado en moderní-
simos principios científicos, cuyo principal inspirador e impulsor fue
el médico sanitarista David Sevlever, quien se había desempeñado
como docente en la cátedra de Higiene y Medicina Social de la Uni-
versidad Nacional del Litoral y fue Secretario Técnico General del
Departamento de Salud Pública de la Provincia de Santa Fe, antes de
su transformación en ministerio. En el contexto de ese plan, el arqui-
tecto Wladimiro Acosta, quien estaba casado con la psiquiatra Telma
Reca, proyectó el Hospital Psiquiátrico de Santa Fe, la Colonia de
Alienados de Oliveros y otras construcciones plena y decididamente
racionalistas.
Aunque es mucho lo que podría agregarse, tal fue la evolución
de la arquitectura científica en la Argentina en el período entreguerras,
desde la representación afrancesada de escenarios poco adecuados
hasta la construcción de edificios racionalmente aptos pero carentes
48 GUSTAVO A. BRANDARIZ
de una imagen definida y cautivante; desde una época esplendorosa
para la cultura que prologó la “belle époque” hasta una época de crisis
y desconcierto en el cual se perdió la fe en la ciencia y la educación o,
quizá peor: la dirigencia dejó de interesarse en ellas porque empezó a
verlas como una amenaza para la voluntad omnímoda de poder.
Conclusión
En el año 1943 estalló en la Argentina una revolución que, por primera
vez, logró quebrar el impulso del pensamiento que impregnó la evolu-
ción del país después de 1852. La crisis de 1943 venía incubándose
desde por lo menos quince años antes e implicó el abandono del ideal
decimonónico de progreso y la adopción de una tendencia cuya expre-
sión arquitectónica fue, durante la década siguiente, un neoclasicismo
duro, sin espíritu ni lógica. La arquitectura argentina reflejó ese cambio
de signo ideológico. Para las sucesivas generaciones liberales, desde el
iluminismo hasta la década de 1940, el pensamiento había de ser libre y
racional, alado como en la ópera de Verdi, según la alegoría clásica
adoptada como símbolo. Dentro de ese esquema ideológico la ciencia
tenía un papel fundamental, aunque frecuentemente el propósito ideal
estuviera limitado, en la práctica real, por trampas intelectuales como
la de adoptar la ciencia como bandera y propiedad de determinado
bando.
Pese a ello y a las limitaciones de los principales métodos y
prácticas institucionalizadas, el siglo XIX creyó en la ciencia, la adoptó
como anhelo y buscó revestirla de una iconografía, incluso arquitec-
tónica, que proclamara esos valores ideológicos y los enalteciera con
carácter didáctico, apelando muchas veces a lenguajes anacrónicos e
incluso contradictorios pero siempre atractivos, benignos y simpáti-
cos. En cambio, la disolución de esa ecuación un tanto ingenua, pero
útil y verificable, significó una bifurcación entre el pensamiento ver-
daderamente científico, que creció en profundidad pero perdió popu-
laridad y accesibilidad para el público, y una reacción que, por su
propia aversión hacia el pensamiento libre, no sólo no buscó un len-
guaje alternativo para la difusión de la ciencia sino que combatió su
influjo sobre la sociedad, su proyección institucional y su autoridad
moral.
LA ARQUITECTURA PARA LA CIENCIA 49
En ese contexto, y más allá de toda teoría arquitectónica racio-
nalista, es razonable que los mejores y más inspirados edificios dise-
ñados para la ciencia, en este período argentino, hayan carecido de
una imagen fácilmente identificable por el público; y que, en cambio,
la arquitectura fuera usada como herramienta publicitaria para procla-
mar la importancia que revestían, para el mundo oficial y para mu-
chos actores sociales influyentes, otro tipo de actividades: políticas,
asistenciales, deportivas, sindicales, comerciales o administrativas, pero
casi nunca científicas, educativas o culturales.
En vez del Observatorio de Córdoba y el Museo de La Plata,
anteriores a 1914, o la Sociedad Científica Argentina y el Darwinion,
del período entre guerras, en las décadas de 1940 y 1950 las imágenes
arquitectónicas más impactantes serán las de grandes edificios minis-
teriales, hospitales y asilos, sedes deportivas o sindicales, de negocios
y de empresas. De algún modo, entonces, no sería descabellado supo-
ner que la disolución de un lenguaje unificador de la arquitectura de
destino científico, como el decimonónico, no sería, en la Argentina
tan solo un reflejo de las innovaciones arquitectónicas importadas
sino también, y de modo importante, producto de un cambio del país
en materia de valoración social de la ciencia, de la cultura y del
pensamiento independiente.
Ese es, entonces, el contexto en el cual, en la Argentina, dejan
de construirse edificios para la ciencia, con escasas excepciones. No
hay, pues, en adelante, representación de la ciencia, porque tampoco
se construyen para ella escenarios, y la ciencia que sobrevive se debe
al esfuerzo de multitud de investigadores, de algunos aislados empe-
ños filantrópicos y de alguna menos frecuente aún inspiración favora-
ble de algún funcionario o legislador.
Los edificios permiten leer, en cada paisaje, aquello que los
hombres consideran importante albergar. La arquitectura, ha escrito
Jacob Berend Bakema (Bakema,1966), es simplemente la expresión
espacial de la conducta humana. Y es la más visible expresión simbó-
lica de los valores predominantes en cada sociedad.
50 GUSTAVO A. BRANDARIZ
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SABER Y TIEMPO
15 (2003). 53-111 Separata 176.15
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT:
GEORGE D. BIRKHOFF Y LA INCLUSIÓN
DE AMÉRICA LATINA EN LAS REDES
MATEMÁTICAS INTERNACIONALES*
PRIMERA PARTE
Eduardo L. Ortiz
Imperial College, Londres
La Segunda Guerra Mundial y otros acontecimientos de la
década de 1930 tuvieron un impacto profundo sobre el desarro-
llo de las redes internacionales de comunicación científica, que
tuvieron que ser rediseñadas y adaptadas a las nuevas caracte-
rísticas de la escena mundial. Este trabajo se refiere a aconteci-
mientos que condujeron a la incorporación de una rama nueva,
la interamericana, a las redes científicas internacionales cuya
inserción no estuvo desvinculada de la nueva Política de Buena
Vecindad del presidente Roosevelt. Ese esfuerzo, en el que
estuvieron comprometidas importantes personalidades de la
ciencia de los Estados Unidos y las más poderosas fundaciones
privadas e instituciones académicas de ese país, tuvo efectos en
el desarrollo científico de varios países de América Latina. En
el caso de la matemática esos efectos estuvieron directamente
relacionados con una visita de George D. Birkhoff a Méjico,
Perú, Chile, la Argentina y Uruguay en 1942, a la que siguieron
otras, de matemáticos del mismo país, durante la década de
1940.
El presente trabajo está dividido en dos partes. En la primera se
considera el paso de la matemática estadounidense a un primer
plano mundial, antes de la Segunda Guerra Mundial, las razo-
nes que impulsaron la visita de Birkhoff, la organización de esa
visita y las diferentes reacciones de sectores oficiales y acadé-
micos de los Estados Unidos; se menciona así mismo la situa-
ción de la matemática en los países visitados y, para terminar,
se describe brevemente la visita. En la segunda parte, que
aparecerá en el próximo número de la revista, se considera el
mensaje científico que transmitió esa visita; la polémica sobre
la investigación científica que Birkhoff encontró en los países
54 EDUARDO L. ORTIZ
que visitó; el impacto científico de su visita y la consolidación
de un núcleo nuevo de matemáticos latinoamericanos alrede-
dor de su grupo en la Universidad Harvard. Finalmente, en el
caso de la Argentina, se considera el impacto del golpe de
estado de 1943 en el desarrollo de las ciencias exactas.
Introducción
La Segunda Guerra Mundial y algunos conflictos políticos y sociales
que tuvieron lugar en Europa y en los Estados Unidos a lo largo de la
década de 1930 afectaron profundamente la estructura de las redes
internacionales de comunicación científica. En aquella década esas
redes tuvieron que ser rediseñadas teniendo en cuenta las nuevas
tendencias del escenario mundial.
En este trabajo me ocupo de algunas circunstancias que, duran-
te aquella guerra, determinaron la anexión de una rama particular, la
interamericana, a las redes mundiales de comunicación científica. Con
anterioridad a la década de 1940, la comunidad científica de América
Latina había comenzado ya a establecer contactos con redes científi-
cas internacionales, particularmente en el área de la medicina y en
ciertos sectores de las ciencias de observación, pero lo había hecho,
principalmente, con redes europeas. Además, en buena medida, estos
contactos no habían sido formulados a un nivel institucional, sino en
forma personal.
Como trataré de mostrar en este trabajo, hacia 1940 se inició
un proceso que tenía por objetivo el acercamiento de científicos de
América Latina a las nuevas líneas de investigación científica traza-
das en los Estados Unidos. La consolidación de la rama interamericana
tuvo un efecto profundo en el desarrollo y en la orientación de la
ciencia en varios países de América Latina. También en su redefinición
del patronazgo en la ciencia.
En el caso de la matemática, que es el ejemplo central de este
trabajo,1 los principales esfuerzos por acercar a los cultores latinoa-
mericanos de esa ciencia a las tareas de sus colegas estadounidenses
están directamente relacionados con una extensa visita que realizó a
esa región el profesor George D. Birkhoff.
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 55
Profesor de la Universidad Harvard, Birkhoff era considerado
entonces como uno de los matemáticos más originales de la primera
mitad del siglo veinte. Su visita tuvo lugar en 1942 y cubrió un arco
amplio, iniciado en Méjico y abarcó luego Perú, Chile, Argentina y
Uruguay. El objetivo fundamental de esa visita era evaluar el estado
de la matemática en América Latina y aconsejar sobre medidas que
pudieran hacer más estrecho el contacto entre académicos de esa
región y su contraparte en los Estados Unidos.
Este primer acercamiento establecido por Birkhoff fue seguido
por una serie de otros, protagonizados por diferentes matemáticos del
más alto nivel académico de los Estados Unidos. Excelencia en la
disciplina de contacto fue una condición firmemente defendida por
los organizadores y por los asesores en las diversas ramas de la
ciencia y la cultura y, desde luego, por Birkhoff en la matemática.
Aunque en el caso de la matemática es posible ofrecer ejemplos
de contactos anteriores,2 sólo a partir de la visita de Birkhoff comenzó
a ser posible detectar en América Latina una tendencia, cada vez más
vigorosa, por establecer una relación efectiva con los centros matemáti-
cos de los Estados Unidos y con sus líneas de investigación.
Birkhoff ya había hecho una tarea similar en Europa en la
segunda mitad de la década de 1920, evaluando a los matemáticos de
ese continente como resultado de una visita relativamente extensa. Su
informe,3 al que acompañaban listas, rangos jerárquicos y mapas,4
sirvió a la Fundación Rockefeller para optimizar, en el área de la
matemática, el apoyo que estaba prestando a la regeneración de la
actividad científica en la Europa de la primera posguerra. Este sopor-
te se extendía tanto a instituciones como a jóvenes prometedores.
El apoyo de esa y otras fundaciones ayudó a afirmar un cambio
en la percepción, por parte de los investigadores europeos jóvenes, de
sus posibilidades en los Estados Unidos. Una década más tarde, cuan-
do comenzaron a ejercerse sobre algunos de ellos presiones políticas
y discriminaciones raciales, los Estados Unidos fueron considerados
por una parte importante de los emigrados como el destino natural.
Al mismo tiempo, el informe matemático de Birkhoff, que in-
cluía una evaluación de las diferentes escuelas matemáticas y de
personalidades dentro de ellas, fue una referencia valiosa para los
encargados de otorgar becas de estudios matemáticos en Europa a
graduados estadounidenses.
56 EDUARDO L. ORTIZ
En varios sentidos, la visita de Birkhoff a América Latina en
1942 sirvió a un propósito enteramente similar a la de 1925 a Europa,
aunque en una dirección diferente. Como veremos, fue un aconteci-
miento en el que algunas de las más poderosas instituciones académi-
cas y fundaciones privadas de los Estados Unidos combinaron sus
esfuerzos para lanzar un proyecto que durante algún tiempo ellas, casi
exclusivamente, mantuvieron vivo e incluso expandieron. La respues-
ta oficial, dejando de lado las fundaciones y un grupo de universida-
des de muy alto nivel, fue sorprendentemente limitada, como veremos
en el curso de este trabajo.
Es importante destacar que las fundaciones Rockefeller y
Guggenheim habían contribuido a preparar el terreno a través de sus
programas de becas. La actividad precursora de esas instituciones hizo
posible que el proyecto de Birkhoff, y otros proyectos similares, pudieran
adquirir impulso rápidamente. El acceso a la extensa cadena de contactos
personales de esas fundaciones en América Latina fue también una asis-
tencia valiosa, tanto para Birkhoff como para otros visitantes que lo
sucedieron. Esa amplia red expresaba la existencia temprana de cierta
comunicación intelectual entre científicos de América Latina y de los
Estados Unidos que aquellas fundaciones habían contribuido a cimentar.
En este trabajo me valdré de materiales de varios archivos,
principalmente de los Estados Unidos, que hasta este momento no
han sido sistemáticamente utilizados en el debate sobre la historia de
la matemática en América Latina. Al final de este trabajo doy una
lista detallada de esas instituciones; los documentos citados remiten a
los diferentes archivos consultados durante su preparación.
1. La ciencia en un contexto continental
La personalidad científica de George David Birkhoff
George David Birkhoff nació en Overisel, Michigan, el 21 de marzo de
1884, de padres holandeses (Veblen 1947; Morse 1970). Birkhoff
recibió su doctorado en 1907 en la nueva Universidad de Chicago,
suma cum laude. Cuatro años después fue designado profesor en
Princeton y al año siguiente en Harvard, donde permaneció por el resto
de su vida.
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 57
Su primer trabajo, publicado a la edad de veinte años, se rela-
ciona con la teoría de números. Más tarde se ocupó de la teoría de los
sistemas lineales de ecuaciones diferenciales con puntos singulares
irregulares y de la generalización del problema de Riemann. En esos
estudios utilizó ideas nuevas que están directamente ligadas a los
orígenes del análisis funcional moderno. En la década de 1910 inició
una serie de estudios, hoy clásicos, sobre la teoría de los sistemas
dinámicos. En sus investigaciones consideró tanto propiedades métri-
cas como topológicas de tales sistemas. Esos trabajos incluyen su
famosa demostración, en 1913, del llamado “último teorema geomé-
trico de Poincaré”.5 Este autor sólo había podido resolver casos parti-
culares de ese teorema, del que Birkhoff dio una demostración gene-
ral. Esos resultados le dieron resonancia internacional.
Una de sus realizaciones en esa década, en 1917, fue la aplica-
ción del enfoque moderno del cálculo de variaciones a problemas no
lineales en espacios de dimensión finita. Con su alumno Marston
Morse, y también independientemente, desarrolló los métodos mini-
max, teoremas sobre puntos fijos en las transformaciones de superfi-
cies, y estableció relaciones entre el número y el tipo de puntos
críticos de funcionales y las propiedades topológicas de los dominios
de definición de esas funcionales.6 Estos trabajos dieron comienzo al
así llamado análisis global, que contribuyó a hacer más efectivo el
uso de métodos topológicos en problemas del análisis.
Birkhoff también es conocido por sus contribuciones funda-
mentales a la teoría ergódica. Esta teoría tenía entonces una larga
historia, que se remontaba a los esfuerzos de James C. Maxwell y
Ludwig Boltzmann7 por procurar una formulación consistente para la
teoría cinética de los gases y la mecánica estadística y, en el campo
de la mecánica celeste, por ofrecer una demostración del teorema de
recurrencia, considerado por Henri Poincaré en 1890. En relación con
sus estudios sobre sistemas dinámicos y mecánica celeste, Birkhoff
dio una demostración del teorema ergódico utilizando nuevas herra-
mientas tomadas de la reciente teoría de la medida de Lebesgue, muy
poco después que von Neumann probara el teorema ergódico en me-
dia en un contexto diferente.
Birkhoff se interesó también por ofrecer una formulación de la
teoría de la relatividad alternativa a la de Einstein; la suya no hace
uso de sistemas generales de coordenadas curvilíneas. Si bien sus
ideas en este campo no han sido generalmente adoptadas, sus obser-
58 EDUARDO L. ORTIZ
vaciones contribuyeron a que se considerara con mayor detalle y
profundidad la estructura matemática de la teoría de Einstein.
La matemática en los Estados Unidos en la década de 1930 y su
proyección internacional
El acercamiento de diversos grupos de matemáticos extranjeros a
temas de la matemática que, hacia 1940, se consideraban principalmen-
te en los Estados Unidos no debe sorprendernos. Hacia fines de la
década de 1920 y principios de la de 1930, el trabajo de algunos de los
principales matemáticos estadounidenses comenzaba a ser muy seria-
mente considerado en los círculos científicos de Europa, tanto por su
calidad como por su volumen.
No se trataba ya de casos aislados de matemáticos eminentes
oriundos de los Estados Unidos o que desarrollaban sus tareas en ese
país. Más bien, los matemáticos europeos comenzaban a distinguir en
el horizonte de ese país escuelas perfiladas con cierta nitidez, con
características comunes y dedicadas a temas específicos de las cien-
cias exactas.
Hacia fines de la década de 1930, y a través de diversos
indicadores, es posible precisar la posición prominente que habían
alcanzado ya algunas escuelas matemáticas de los Estados Unidos en
la consideración de los europeos. El año 1936 marca un punto culmi-
nante en el cambio de perspectiva. Ese año un grupo sobresaliente de
científicos de diversos países del mundo fue invitado a Cambridge,
Massachussets, a participar en las celebraciones del tercer centenario
de la fundación de la Universidad Harvard. Uno de los matemáticos
más originales de la época, G. H. Hardy, profesor de matemática pura
en Cambridge, Inglaterra, fue uno de los invitados. En una cena Hardy
expresó públicamente que, en su opinión, se hacía en ese momento en
los Estados Unidos tres veces más trabajo creativo en matemáticas
que en cualquiera otra nación del mundo. Las palabras, quizás excesi-
vamente generosas, de uno de los más distinguidos especialistas ex-
tranjeros contribuyeron a señalar a sectores amplios de la comunidad
científica de los Estados Unidos el estatus que en ese momento había
alcanzado ya la escuela matemática de su país.8
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 59
La aceptación de la oferta presentada por la delegación de los
Estados Unidos al Congreso Internacional de Matemáticos reunido en
Oslo, también en 1936, para que el próximo congreso tuviera lugar en
Harvard, es otro indicador interesante. También lo son las palabras
severas de Birkhoff sobre el futuro de la matemática en Europa,
pronunciadas ante ese mismo Congreso en un momento de gran in-
certidumbre. Sus opiniones, vertidas pocos años después de las ex-
pulsiones de profesores en Alemania por razones de orden político y
cuando también en Italia se comenzaban a sentir las consecuencias de
la discriminación política y racial, transmiten tanto la gravedad con
que la comunidad matemática de los Estados Unidos percibía el futu-
ro de esa ciencia en Europa, como la visión que tenía de su propio
papel en los años venideros. En ese momento un grupo relativamente
importante de matemáticos de habla alemana se había incorporado ya
a la vida académica de los Estados Unidos en forma permanente.
Los grados honorarios otorgados por universidades europeas a
matemáticos de los Estados Unidos contribuyen también a dar testi-
monio de la posición que comenzaban a ocupar los matemáticos de
ese país, aun antes de la declaración de la Segunda Guerra Mundial,
en el consenso de sus colegas europeos. Un ejemplo de particular
interés es el doctorado honoris causa otorgado a Birkhoff por la
Universidad de París y la invitación, también en 1936, para que se
trasladara a esa universidad para dictar un seminario explicando sus
investigaciones recientes sobre la teoría de funciones.9
La participación de los matemáticos de los Estados Unidos en
intercambios de alto nivel es otro indicador de la posición en la que
los cultores estadounidenses de esa disciplina eran considerados tanto
dentro de su propio país como en Francia. Las universidades de París
y Harvard tenían un acuerdo por el cual intercambiaban cada año uno
de sus mejores profesores. En mayo de 1939, para el período 1939-
1940, el comité de Fellows del Harvard College designó a un mate-
mático, George D. Birkhoff, como representante de la intelectualidad
de los Estados Unidos ante la de Francia.10 La fecha de su partida
había sido fijada para los primeros días de septiembre de 1939. Birkhoff
pensaba llevar a París, por períodos cortos, a algunos de sus más
brillantes colaboradores jóvenes.
60 EDUARDO L. ORTIZ
Esa última designación tuvo cierta trascendencia para el tema
que considero en este trabajo. Junto con la elección de Birkhoff para
el intercambio con París, el consejo directivo de su Universidad le
otorgó licencia sabática por un período algo mayor de seis meses, lo
que hizo posible materializar un cambio de itinerario en 1942, como
explicaré más adelante.
La apertura del corredor latinoamericano: La ciencia como parte
de una política de acercamiento regional
En la década de 1930, en paralelo con una mayor visibilidad en Europa,
los matemáticos de los Estados Unidos habían iniciado ya una política
de expansión de la influencia de sus escuelas en dirección de países
alejados de los grandes centros científicos. Particularmente, hacia
China, Japón e India, y también hacia algunos otros países de Asia. La
Segunda Guerra Mundial no sólo impidió a Birkhoff una proyección de
alto nivel en dirección a Francia, sino que también cercenó las posibili-
dades que algunos de sus colegas comenzaban a explorar en Asia. Esta
circunstancia redujo sus contactos a una sola dirección: la del corredor
latinoamericano.
Para un posible desplazamiento en la dirección de América
Latina había razones de muy diversos órdenes. La inminencia de la
guerra había aconsejado, a sectores políticos de los Estados Unidos,
imprimir un cambio profundo a sus relaciones con los países de esa
región geográfica. La clásica doctrina de Monroe, formulada en cir-
cunstancias muy diferentes en 1823, fue remplazada por una visión
más moderna, más amplia y más articulada, conocida con el nombre
de Política de Buena Vecindad. El presidente Franklin D. Roosevelt
fue su principal arquitecto.
A medida que la guerra progresaba y resultaba claro que los
Estados Unidos no podrían regresar a una posición aislacionista, la
necesidad de lograr un nuevo entendimiento con sus vecinos del Sur
y crear en ellos un sentimiento de solidaridad continental se hizo cada
vez más clara.
Un grupo de intelectuales de ese país trabajó para que el con-
cepto de “entendimiento” fuera suficientemente amplio como para
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 61
albergar, no solamente consideraciones de tipo político, diplomático,
militar y económico, sino también cuestiones pertinentes al ámbito de
la cultura. En particular, la ciencia y la tecnología fueron señaladas
por ellos como ingredientes esenciales en un plan que contribuyera a
cimentar la seguridad de los Estados Unidos en el hemisferio Sur.
Hasta entonces ese sector había sido descuidado por los organismos
oficiales e incluso por las misiones diplomáticas estadounidenses en
esos países. Lo mismo puede decirse de las representaciones diplomá-
ticas latinoamericanas en los Estados Unidos.
Uno de los gestores de esta nueva interpretación del papel de la
cultura superior fue el doctor Henry Allen Moe (1894-1975), una
figura intelectual de considerable interés, que era además Secretario
de la Fundación Guggenheim, en Nueva York, desde el comienzo de
su programa en 1924. Moe era un humanista distinguido y había sido
educado en la Universidad de Oxford, donde se había especializado
en jurisprudencia. Era un hombre generoso, de tendencia liberal, que
creía firmemente en la necesidad de establecer un contacto más firme
y equitativo con los intelectuales de América Latina. Jugó un papel
protagónico en el desplazamiento del interés de las autoridades de la
Fundación Guggenheim en dirección de América Latina. Su influen-
cia contribuyó a que se creara un fondo de becas para intelectuales de
esa región.
Moe estaba interesado en detectar personalidades, particularmente
jóvenes intelectuales, humanistas, artistas o científicos que, en su opi-
nión, podrían beneficiarse con una estada de perfeccionamiento en uni-
versidades de los Estados Unidos. Sobre la base de entrevistas con
personalidades de América Latina que visitaban los Estados Unidos y
de académicos estadounidenses que habían viajado a esa región, Moe
compiló una voluminosa carpeta con datos sobre la vida intelectual de
América Latina y nombres de posibles contactos personales. En la
evaluación de aplicaciones para becas y subsidios en el área de la
cultura en la región latinoamericana, las autoridades de la Fundación
Guggenheim hacían uso de las referencias compiladas por Moe. Los
contactos generados a través de la gestión de esas becas contribuyeron,
a su vez, a enriquecer su colección de datos y contactos.
Mediante su labor persistente, minuciosa y objetiva, Moe hizo
posible la creación de un “colegio invisible” integrado por intelectuales
62 EDUARDO L. ORTIZ
de diferentes países de América Latina que, como veremos, tuvo cierta
influencia en la modernización de algunos aspectos de la vida intelec-
tual de la región. Su red no sólo fue pionera en cuanto se refiere al
estímulo de contactos entre intelectuales de ambas Américas, sino que
también jugó un papel importante en la promoción de contactos inter-
nacionales entre científicos de diferentes repúblicas de América Latina.
Hacia 1940 esa región era particularmente débil en los contactos cultu-
rales (y también comerciales) entre sus diferentes países.11
Paralelamente a Moe, y a menudo en colaboración con él, ha-
bía otras personalidades en los Estados Unidos interesadas en un
acercamiento intelectual con América Latina. En el campo de la as-
tronomía, Harlow Shapley, director del observatorio de la Universi-
dad Harvard, respaldaba decididamente el establecimiento de una ca-
dena de observatorios en América Latina. En esos años tal red era
esencial para el avance de sus propias investigaciones. Como resulta-
do de sus intensos contactos con científicos de esa área geográfica,
este astrónomo estadounidenses había creado, incluso, una institución
domiciliada en su observatorio y liderada por su secretaria, que estaba
dedicada a la promoción y difusión, en los Estados Unidos, de la
literatura científica producida en América Latina.12
Otro de los actores principales de esta política de acercamiento
intelectual en el campo de la ciencia fue Walter B. Cannon, profesor
de fisiología en la Universidad Harvard, premio Nobel de Fisiología y
Medicina, y uno de los grandes reformadores de la Harvard Medical
School. Su trabajo científico contribuyó a enfocar el estudio de la
fisiología de una manera nueva, conocida entonces con el nombre
genérico de medicina experimental o medicina científica.
Sus investigaciones tuvieron también una influencia considera-
ble en el desarrollo y la orientación de la fisiología en América Latina.
Cannon tuvo discípulos directos e indirectos en diferentes centros uni-
versitarios de investigación médica en esa región geográfica. Debido a
su iniciativa, Bernardo Alberto Houssay fue invitado a las celebracio-
nes del tercer centenario de la Universidad Harvard, en 1936, ocasión
en la que esa universidad le otorgó un doctorado honoris causa contri-
buyendo a proyectar su figura en el escenario internacional.
Manuel Sandoval Vallarta, un distinguido físico experimental
mejicano reconocido internacionalmente como uno de los principales
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 63
expertos en radiación cósmica, era en esos años profesor de Física en
el Massachussets Institute of Technology (MIT en lo que sigue).
También él fue una figura importante en el establecimiento de rela-
ciones científicas entre los Estados Unidos y países de América Lati-
na, particularmente –pero no exclusivamente– con Méjico. Por su
influencia, en ocasiones en colaboración con el profesor Arthur H.
Compton, de la Universidad de Chicago, se crearon estaciones de
observación en Perú, Méjico y algunos otros países de América Lati-
na; los resultados de esas observaciones se analizaban, principalmen-
te, en instituciones de los Estados Unidos.13
Sandoval Vallarta es una figura del mayor interés. Pertenece a
la primera generación de latinoamericanos que ingresaron, por sus
propios méritos, a las posiciones más elevadas dentro de los círculos
científicos más exclusivos de los Estados Unidos. Miembro de una
familia tradicional, cuya influencia no había sido grandemente dismi-
nuida por la Revolución Mejicana, era justamente respetado en su
país como científico de excepcional categoría. Sandoval Vallarta tuvo
oportunidad de contribuir, de manera preponderante, a facilitar el
empalme de los círculos científicos de ambos países y, más tarde, al
desarrollo de la investigación científica en Méjico. En alguna medida,
Sandoval Vallarta tuvo, en ese país, un papel similar al que un siglo y
medio antes había tenido Joseph de Mendoza Ríos entre Inglaterra y
España desde su posición prominente dentro de las comunidades cien-
tíficas de ambos países (Ortiz 2001: 155-183).
En un nivel menos sobresaliente, pero sin embargo influyente,
se encontraba el fisiólogo mejicano Arturo Rosenblueth, colaborador
de Cannon en el laboratorio de Harvard y a quien algunos veían como
su posible sucesor en la cátedra de Fisiología. Lo mismo que Sandoval
Vallarta, Rosenblueth encontró más tarde condiciones favorables para
su regreso a Méjico. Desde allí, a través de su Instituto de Cardiología,
continuó colaborando con Norbert Wiener en un período fundacional
de la cibernética.
Hacia fines de 1941, adoptando la nueva política de Roosevelt
como trasfondo oficial de sus actividades, los matemáticos Wiener,
de MIT, y Birkhoff, de Harvard, se sumaron a Cannon, Shapley,
Sandoval Vallarta y otros, constituyendo un grupo informal que, des-
de Cambridge, abogaba por el establecimiento de contactos más fir-
64 EDUARDO L. ORTIZ
mes con los científicos de América Latina. Todos ellos estaban en
relación con Moe, con quién habían trabado contacto y, en algunos
casos, cierta amistad personal al actuar como referentes en comités
encargados del otorgamiento de las becas Guggenheim.
La cooperación vista desde el lado oficial: la Oficina Interamericana
de Coordinación de Nelson Rockefeller
La guerra contra los países del Eje no se libró solamente en los campos
de batalla, o siquiera a través del trabajo de las fábricas de armamentos
y otros abastecimientos militares. Había también una gama amplia de
actividades que podrían contribuir a la victoria que, desde luego,
incluían la atracción de voluntades favorables en diferentes países. La
propaganda, en sus diversas formas, era también parte del esfuerzo
bélico.
En lo que respecta a América Latina, el gobierno estadouni-
denses creó en Washington, en agosto de 1940, una oficina específica
denominada Office for Coordination of Economic and Cultural
Relations between the American Republics, que más tarde tomó el
nombre de Office of the Coordinator of Inter-American Affairs.14 Era
un organismo dependiente de la Secretaría de Estado y destinado a
apoyar el esfuerzo bélico, acercando los intereses de las repúblicas de
América Latina a los Estados Unidos. A partir del fin de la guerra
tomó el nombre de Office of Inter-American Affairs (OIAA).
En esos años Nelson Rockefeller, uno de los miembros jóvenes
de la elite industrial, financiera y de patronazgo de la cultura en los
Estados Unidos, estaba iniciando su carrera política. Roosevelt le
encargó la coordinación de la oficina de política interamericana. Como
Coordinador, Rockefeller invitó a Moe, quizás el mejor conocedor
entonces de la cultura y los personajes activos de la cultura en Améri-
ca Latina, para dirigir la sección a cargo de los intercambios cultura-
les con las repúblicas americanas. La elección no pudo haber sido
más acertada.
Luego de algunas vacilaciones, Moe aceptó la designación pen-
sando que le abriría las puertas “[to] get unfettered money into our
hands”15 e inicialmente trató de imponer algunas condiciones. Sin
embargo, pronto vio que los sistemas contables de la Federal
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 65
Accounting Office presentaban una seria barrera a sus esperanzas de
recibir un apoyo económico aún más fuerte que el que la Fundación
Guggenheim podía ofrecerle para sus esquemas de cooperación. De
hecho, esa Fundación siguió siendo responsable por la comunicación
más substancial entre la cultura superior de ambas regiones en ese
período.
La oficina de Nelson Rockefeller estableció comités de coordi-
nación en la mayor parte de las principales ciudades de América
Latina. Su objetivo primario era contrarrestar en esa región la in-
fluencia de los países del Eje, tanto en el área comercial como en
sectores de comunicación que tenían incidencia popular masiva. Para
esto último compiló una “lista negra” de compañías registradas en los
países del Eje, o vinculadas con él; produjo materiales de propaganda
para las agencias de noticias, periódicos y estaciones de radio, y
también suministró filmes para ser incluidos en los noticiarios cine-
matográficos locales. Para esto último utilizó al máximo la preponde-
rancia que las compañías estadounidenses habían ya adquirido en el
área de la cinematografía en América Latina, tanto en la producción
de filmes como en la propiedad de salas y el suministro de equipos de
proyección.
Una de las funciones de esa oficina, que interesa directamente
en relación con este trabajo, fue la de aconsejar a la Secretaría de
Estado sobre la concesión de prioridades a viajeros estadounidenses
que se trasladaban al exterior en viajes que, en alguna medida, esta-
ban relacionados con asuntos de las diferentes áreas bajo su compe-
tencia. Las prioridades tenían entonces cierta importancia para quie-
nes debían hacer viajes aéreos. Si miembros de una misión militar,
diplomática o económica necesitaban la plaza, los viajeros sin priori-
dad oficial podían ser desembarcados sin mayor ceremonia. Se decía
que este peligro era tan grande que un viajero podía quedar detenido
en tránsito por un tiempo difícil de prever, y se daban ejemplos,
posiblemente exagerados, de pasajeros “abandonados en la jungla por
meses”. En esa época los viajes aéreos a lugares distantes se realiza-
ban en etapas, cada una de las cuales era un vuelo relativamente
corto. El pasajero arribaba a su destino por aproximaciones sucesivas.
Los cambios repetidos de avión aumentaban la posibilidad de que un
66 EDUARDO L. ORTIZ
viajero sin prioridades pudiera ser afectado. Veremos que esta cues-
tión jugó un papel no despreciable en la gestión del viaje de Birkhoff.
Un posible problema: La influencia de los científicos de origen
alemán en América del Sur a comienzos de la Segunda Guerra
Algunos sectores culturales de los Estados Unidos16 insistieron en la
importancia que tenía, para la defensa de su país, el establecimiento de
un entendimiento a alto nivel con diferentes sectores de las elites
locales de América Latina. En el caso de la ciencia he citado al
matemático Birkhoff, al astrónomo Shapley, al fisiólogo Cannon y a
otros distinguidos investigadores estadounidenses que se esforzaron
por lograr que el intercambio y la cooperación en áreas de la ciencia y
la tecnología fuera también incluido entre las prioridades de la defensa
nacional. Moe hizo lo propio desde la oficina de Nelson Rockefeller.
Como he dicho antes, estos puntos de vista coincidían con la
determinación oficial de llevar la guerra contra Alemania a todas las
áreas, incluso al campo de la cultura. En el caso de América Latina se
creía necesario hacer un esfuerzo por atenuar la influencia que se
pensaba que Alemania tenía en la vida cultural de algunos países de
la región, particularmente en los del Cono Sur.
Sin embargo, esta preocupación era, quizás, algo exagerada en
ese momento. Fuera de toda duda Alemania ocupa un lugar singular
en la historia de la ciencia de los países del Cono Sur por su contribu-
ción al desarrollo de capítulos enteros de la ciencia. Particularmente,
a fines del siglo diecinueve y tanto a través de científicos visitantes, o
radicados en el área, como a través de oportunidades para entrena-
miento superior. Alemania hizo posible el ingreso de jóvenes científi-
cos extranjeros, desde luego latinoamericanos pero también estado-
unidenses, a sus universidades desde por lo menos 1850, dándoles la
posibilidad de obtener un doctorado.17 Alemania fue más flexible y
más generosa que Gran Bretaña, por ejemplo, que en esos años tenía
intereses económicos más substanciales que Alemania en los países
del Cono Sur.
Desde luego que científicos provenientes de otros países euro-
peos también habían contribuido con eficacia. La lista de emigrados
científicos que actuaron con éxito en el sur de América Latina inclu-
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 67
ye, desde luego, a científicos provenientes de los países latinos: Espa-
ña, Italia, Francia y, en menor medida, Bélgica y Portugal, pero tam-
poco carece de peso la influencia de los emigrados científicos del
eentro y este europeos a quienes se ha tendido a incluir, en ocasiones
e indiscriminadamente, como parte del grupo de científicos alemanes.
Además, como he indicado en otra parte (Ortiz 1995: 90-91),
lejos de embanderarse uniformemente con las políticas de su país, el
grupo humano integrado por los científicos alemanes emigrados al
Cono Sur mostró, históricamente, una sorprendente capacidad de disi-
dencia. En diferentes épocas, entre 1870 y 1930, Germán Ave-
Lallemant y Jorge Federico Nicolai protagonizaron, sucesivamente,
esa actitud heterodoxa frente a las políticas de su país. Con respecto a
los científicos alemanes que dejaron su país en la década de 1930,
antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, la actitud de
disidencia con la política oficial es aún más obvia.
Sin embargo, también científicos de los Estados Unidos habían
contribuido al desarrollo de algunos capítulos la ciencia en América
Latina. En el área de la astronomía y la meteorología, por ejemplo,
desde los tiempos de James Meliville Gilliss y Benjamin Gould, en el
último tercio del siglo diecinueve. La dirección del principal observa-
torio astronómico de la Argentina estuvo en manos estadounidenses
durante más de medio siglo y, por más de un cuarto de siglo, también
lo estuvo la dirección del segundo observatorio, el de La Plata. El
peligro alemán directo en el campo de las ciencias, aun en el Cono
Sur, era definitivamente algo exagerado.
La política de Roosevelt, el americanismo y la agenda particular de
los científicos, y de las comunidades de científicos, en los Estados
Unidos
Entre quienes favorecían el acercamiento cultural de los Estados Uni-
dos a América Latina había, hacia 1940, una variedad considerable de
puntos de vista. Cannon, Shapley, Moe y varios de sus amigos, repre-
sentaban un sector con una posición claramente antifascista.18 Con
motivo del fallecimiento de Cannon, Joseph Aub escribió: “He became
outstanding in his championship of freedom for science and scientists,
and a leader in the fight against the depressing restrictions impossed
68 EDUARDO L. ORTIZ
by fascism” (Aub 1946: 5-6). Durante la Guerra Civil Española habían
apoyado decididamente a la República. Puede decirse que, en esos
años, representaban un sector intelectual de su país perteneciente a la
izquierda liberal; sin embargo, sería un error pretender clasificarlos
con un criterio de política partidista. Waldo Frank representaba, desde
la literatura, un ala aún más radical.
El horizonte de Birkhoff era diferente, sus principios morales,
su sentido de justicia y su profundo respeto de los derechos y puntos
de vista ajenos derivaban, fundamentalmente, de un claro sentido de
solidaridad y de una actitud muy firmemente arraigada en su cristia-
nismo protestante. Aunque tampoco era hombre de actuación política
militante, sus preferencias eran más tradicionales y conservadoras
que las de sus amigos. Sin embargo, se mostró por encima de prejui-
cios y discriminaciones que, en su época, era frecuente asociar con
los grupos conservadores, por ejemplo, el antisemitismo. Como hijo
de un médico holandés emigrado, Birkhoff percibía con claridad el
papel que la mezcla de diferentes grupos humanos había jugado en
colocar a los Estados Unidos en una posición de privilegio internacio-
nal, en una diversidad de arenas.
La rivalidad con Alemania en el campo económico y militar,
compartida por los Estados Unidos con Inglaterra,19 tuvo un desarro-
llo paralelo en el campo científico.20 Esa rivalidad en el campo de la
ciencia databa, en el caso de los Estados Unidos, del fin de la Primera
Guerra Mundial y se hizo patente en la década de 1920. En esos años,
científicos de las naciones anglosajonas hicieron esfuerzos serios por
obtener mayor participación en varias redes científicas internaciona-
les, por ejemplo, en organismos científicos internacionales y en órga-
nos de reseña de la bibliografía científica internacional, los llamados
Zentralblatt, en detrimento de Alemania. Si bien obtuvieron éxitos
importantes, el desplazamiento de Alemania de una posición
hegemónica no fue fácil ni total.
Si bien una participación en la política interamericanista era
parte de la contribución de la comunidad científica estadounidense al
esfuerzo bélico, esa comunidad tenía, además, una agenda propia en
la que aquella cooperación encajaba perfectamente. Desde mucho
tiempo atrás venía luchando con revistas como Science e instituciones
como la American Association for the Advancement of Science, pro-
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 69
pulsada inicialmente por el inventor Tomás Alva Edison. La comuni-
dad científica de los Estados Unidos bregaba por ocupar un lugar
mucho más destacado en el panorama de la cultura de su país y, por
qué no, del mundo.
Como en toda comunidad científica ampliamente desarrollada,
en la de los Estados Unidos ya había juegos de rivalidades de poder, no
sólo entre individuos sino también entre disciplinas. Las ciencias exac-
tas: la astronomía, la física y la matemática, no estaban en los escaños
más altos de las escalas de poder dentro de ese país. Sin embargo,
como ya señalé, al comienzo de la Segunda Guerra la labor de los
científicos exactos estadounidenses ocupaba una posición de importan-
cia internacional. La comunidad matemática, la menos favorecida de
las tres por los círculos de poder, deseaba, con justicia, recibir en su
país un reconocimiento más acorde con la posición que ocupaba en la
comunidad matemática internacional. En efecto, ya tenía sus propios
héroes que eran figuras matemáticas de primera línea internacional.
También había comenzado a extender la influencia de sus estudios
fuera de sus fronteras y, dentro de la matemática, cubría ya un área de
una amplitud temática considerable. Esperaba, por lo menos, recibir la
atención que ya habían logrado sus colegas los físicos.21
La nueva política de buena vecindad de Roosevelt ofrecía a los
matemáticos estadounidenses la oportunidad de extender su influen-
cia hacia las únicas áreas internacionales que eran todavía accesibles.
De este modo, lograrían mostrar su capacidad de movilización y de
alcanzar objetivos que beneficiarían tanto a la posición de su comuni-
dad dentro de la más amplia comunidad científica de los Estados
Unidos, como a su país en el esfuerzo bélico.
La apertura hacia América Latina, que se inició con el viaje de
Birkhoff, permitió a la comunidad matemática estadounidenses conti-
nuar desarrollando y ejercitando sus potencialidades en el campo in-
ternacional, a pesar de la guerra. Una vez que finalizó, sus objetivos
se reorientaron rápidamente hacia el escenario mucho más amplio,
complejo y atractivo de la comunidad científica internacional. Pasado
este período, América Latina dejaría de ser, por muchos años, un área
prioritaria en los esfuerzos de la comunidad científica de los Estados
Unidos en el campo de sus relaciones internacionales.
70 EDUARDO L. ORTIZ
2. Organización de la visita del matemático Birkhoff
Primeros contactos con matemáticos de América Latina
Ante la evidencia de que su visita a París no podría realizarse, Birkhoff
inició tratativas con sus contactos en América Latina para una posible
visita a esa área. Uno de los más firmes en esa región era el matemático
peruano Godofredo García.22
Como consecuencia de las funciones que Birkhoff desempeña-
ba como organizador del Congreso Internacional de Matemáticos, que
debía tener lugar en Harvard en 1940 –que debió suspenderse por
causa de la guerra– y al que García pensaba asistir, los dos matemáti-
cos se mantenían en correspondencia. En julio de 1939, García pro-
puso a la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Lima,
de la que era creador, Presidente y principal impulsor, la designación
de Birkhoff como académico asociado.23
Más tarde Birkhoff recibió, también, una invitación para asistir
a la inauguración del observatorio astrofísico de Tonanzintla, cerca
de Puebla, en Méjico. La iniciativa para esta visita breve era conse-
cuencia de la fuerte influencia de sus amigos Shapley y Sandoval
Vallarta en Méjico.
Sin embargo, la participación de científicos estadounidenses en
la inauguración de Tananzintla fue también consecuencia del interés
de los más altos círculos de poder político de los Estados Unidos por
estrechar relaciones con Méjico. Aun antes de Pearl Harbour, el go-
bierno de los Estados Unidos estaba haciendo esfuerzos por mejorar
sus relaciones con Méjico, seriamente dañadas por su posición frente
a la política petrolera nacionalista del presidente Lázaro Cárdenas. El
astrónomo Bart J. Bok, colaborador de Shapley en Harvard en esos
años, escribió que “el Vicepresidente de los Estados Unidos, Henry
Wallace, transmitió un mensaje a Harlow Shapley que indicaba que a
Franklin D. Roosevelt y a la Casa Blanca les gustaría que los astróno-
mos estadounidenses invitados a la inauguración fuesen todos a Méjico
en esa ocasión, guerra o no guerra” (Bok 1983: 271).
Tras la invitación a Méjico y los contactos establecidos con
García en Lima, Birkhoff comenzó a concebir el plan de hacer de la
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 71
suya una visita intercontinental amplia, lo que su licencia sabática en
Harvard hacía posible. En enero de 1941 participó a Moe de su pro-
yecto de visitar América Latina. Invocando la política de buena ve-
cindad de Roosevelt, sugirió que quizás el comité de relaciones eco-
nómicas y culturales con las repúblicas americanas, de Nelson
Rockefeller, podría estar interesado en prestarle apoyo y contribuir al
financiamiento de su viaje.
Moe era de la opinión de que, si los Estados Unidos enviaban
científicos a América Latina, éstos tendrían que ser elegidos exclusi-
vamente entre lo más granado de su elite intelectual y, entre ellos,
debían limitarse exclusivamente a aquellos con determinación, senti-
do de la realidad, espíritu práctico y positivo, y una fuerte experiencia
didáctica. Sólo así se aseguraría que las visitas fueran de verdadera
utilidad y que el aspecto indudable de “propaganda” que se asociaba
con ellas se lograría plenamente.
Birkhoff era reconocido, dentro y fuera de su país, como el
“dean of American mathematics”. Como Presidente o ex-Presidente
de las sociedades científicas más importantes de los Estados Unidos y
como Decano de la Facultad de Ciencias de Harvard, tenía gran expe-
riencia en el manejo tanto de asuntos académicos como de relaciones
profesionales. Aunque quizás algo distante y reservado,24 tenía una
personalidad seria y equilibrada; su devoción por sus colaboradores
jóvenes era ampliamente conocida en los círculos científicos de los
Estados Unidos (y lo sería más tarde en los de América Latina).
Puede decirse que cumplía con todos los requisitos impuestos por
Moe y éste lo apoyó sin reservas.
De este modo Birkhoff se convirtió en un precursor, dentro del
programa de buena vecindad, entre los visitantes matemáticos de los
Estados Unidos a América Latina. Sin embargo, como veremos más
adelante, el éxito de sus esfuerzos frente al organismo de coordina-
ción estuvo lejos de ser total. De cualquier manera, la relativa partici-
pación de ese organismo sirvió para otorgarle a su viaje, ante los ojos
de los visitados, cierta apariencia oficial que no necesariamente tenía,
y también para alentar a la Fundación Guggenheim a darle apoyo
financiero.
72 EDUARDO L. ORTIZ
Fausto Gravalos, profesor de Birkhoff
En 1936, al declararse la Guerra Civil en España, un joven matemático
de la Universidad de Madrid dejó su país para continuar con su docto-
rado en los Estados Unidos. Allí hizo estudios en Berkeley,
diplomándose en matemática en Chicago. Atraído por la poderosa
personalidad científica de Birkhoff, logró que éste lo aceptara como
estudiante graduado en Harvard. Allí se doctoró con un trabajo sobre la
estabilidad de soluciones de ecuaciones diferenciales no-lineales, un
tema relacionado con la teoría de los sistemas dinámicos que Birkhoff
había contribuido a crear (Birkhoff 1927). Ese grupo de estudiantes de
investigación incluía a Edward Lorenz, que luego se orientó hacia la
meteorología y cuyo nombre se asocia con los orígenes de la moderna
teoría del caos.
En los Estados Unidos el estudiante de Madrid adoptó el nom-
bre de Fausto G. Gravalos y más tarde obtuvo ciudadanía estadouni-
dense.25 Quizá por ese motivo o por el hecho que en su exilio no pasó
por París, donde se compilaron las listas de emigrados académicos
españoles, su nombre (original o adoptado) no ha sido recogido en las
detalladas listas de emigrados científicos españoles.26
Luego de intercambiar algunas cartas con Godofredo García,
Birkhoff le hizo saber que Gravalos, a quién describía como uno de
sus estudiantes de doctorado y refugiado de la Guerra Civil española,
le estaba enseñado castellano. Birkhoff aplicó al estudio de esa len-
gua su conocida determinación; cuando recorrió América Latina pudo
dictar conferencias y hablar en castellano con razonable fluidez. Éste
fue un premio inesperado para los organizadores de su visita.
Sucesivas ampliaciones del itinerario de Birkhoff
Independientemente de la oficina de Nelson Rockefeller, de la que él
era miembro prominente pero no ejecutivo, Moe utilizó la riqueza de su
red de contactos para poner la visita de Birkhoff en un nivel operativo
mucho más atractivo. La primera ampliación del itinerario original de
Birkhoff fue hacia la Argentina.
Hacia fines de 1941, Norbert Wiener había aceptado una invi-
tación del Instituto de Matemática de la Universidad de Buenos Ai-
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 73
res, para hacer una visita larga a esa institución. La invitación fue
gestada a través del joven argentino Alberto González Domínguez,
discípulo de Julio Rey Pastor y uno de los primeros matemáticos
argentinos que mostró interés por la matemática que se hacía en los
Estados Unidos, donde hizo investigaciones en 1939-40 con el apoyo
de una beca de la Fundación Guggenheim. En Estados Unidos, a
través de Moe, trabó relación no sólo con los profesores Jacob D.
Tamarkin y Einar Hille, sino también con Norbert Wiener y otras
personalidades.27 En Harvard, aunque más superficialmente según de-
clara en su interesante correspondencia con Moe, conoció a Birkhoff.28
En Cambridge se reunía regularmente un seminario dirigido
por Birkhoff, en el que participaban matemáticos del triángulo defini-
do por la Universidad Harvard, el MIT y la Universidad de Brown.
González Domínguez asistió a reuniones de ese seminario y allí cono-
ció a Birkhoff y a los principales matemáticos estadounidenses resi-
dentes en Nueva Inglaterra. Más tarde, González Domínguez llegó a
ser la figura matemática de mayor influencia intelectual de su genera-
ción en la Argentina; entre sus discípulos se cuentan algunos de los
matemáticos y físicos teóricos argentinos que alcanzaron mayor relie-
ve internacional en la segunda mitad del siglo veinte, desde luego
Alberto P. Calderón.
Sin embargo, en ese momento el trabajo científico de Wiener
estaba fuertemente ligado a problemas matemáticos vinculados con la
defensa, lo que imposibilitó su salida de los Estados Unidos. Moe se
lo hizo saber a González Domínguez, indicándole que Wiener “[has]
been called into important Defense Research completely, and is unable
to leave the United States, to his and my regret”.29
La deserción forzada de Wiener hizo surgir la posibilidad de
que Birkhoff extendiera su viaje y visitara también la Universidad de
Buenos Aires, lo que fue inmediatamente aceptado por ésta gracias a
una rápida gestión realizada por Moe, nuevamente a través de González
Domínguez. Con el apoyo de Rey Pastor, el remplazo de Wiener por
Birkhoff fue aceptado por la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y
Naturales de Buenos Aires (más conocida entonces bajo el nombre
ficticio de Facultad de Ingeniería) en tiempo récord: el trámite tomó
alrededor de dos semanas y fue resuelto durante el período de vaca-
ciones.30 Quizá sólo el tratamiento de la invitación a Einstein para
74 EDUARDO L. ORTIZ
visitar Argentina, unos veinte años antes, haya conocido tan sorpren-
dente eficiencia. En aquel caso, sin embargo, era más comprensible:
el Secretario de la Universidad era parte del grupo invitante (Ortiz
1995: 82).
La relación de Moe con médicos, biólogos y genetistas chile-
nos le permitieron agregar una escala de conferencias en Santiago.
Contactos similares le posibilitaron extender la visita de Birkhoff a la
Universidad de la República, en Montevideo, y agregar posibles visi-
tas a universidades o instituciones del interior de Perú, Chile y la
Argentina. La red de contactos de Moe no sólo le permitió incorporar
nuevas etapas a su viaje, sino que le abrió también una amplia gama
de contactos. Éstos incluían a intelectuales, científicos, profesionales,
funcionarios oficiales y empresarios de distinto nivel, que se desem-
peñaban en América Latina y fueron importantes para el éxito de
diferentes etapas del viaje de Birkhoff.
Aspectos prácticos del viaje: Gestación final de la visita de Birkhoff
a América Latina
El viaje de Boston a Méjico no tenía mayores complicaciones: podía
hacerse por tren y era sólo cuestión de paciencia. En cambio, el camino
hacia el sur estaba erizado de dificultades. El viaje por barco estaba
fuera de consideración debido a que los submarinos alemanes se mo-
vían todavía con cierta impunidad en las costas de las Américas.31 La
única alternativa posible era un viaje en avión.
Éste último tampoco era fácil, no solamente por la distancia –
requería varios días de viaje incómodo– sino porque, debido a la
guerra, existía también el problema de las prioridades. Las múltiples
etapas de un largo viaje hasta Buenos Aires y, luego, de regreso a los
Estados Unidos, acentuaban el peligro de quedar detenido en alguna
de las etapas en caso de viajar sin prioridades.
En junio de 1941 Moe apeló a la Oficina de intercambio de
Nelson Rockefeller, y personalmente a su Director, solicitando priori-
dades para el matrimonio Birkhoff. Las discusiones entre Moe y los
funcionarios de esa Oficina32 tienen un interés muy particular. Ilus-
tran acerca de las diferencias profundas que había entre el punto de
vista idealista de Moe, un académico que representaba el sentimiento
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 75
de algunas de las entidades culturales de más alto nivel de los Esta-
dos Unidos, y el punto de vista mucho más pragmático de los funcio-
narios de un organismo subordinado a la Secretaría de Estado; es
decir, perteneciente a la estructura administrativa oficial. Esa polari-
dad tiene cierto interés en el análisis de las relaciones científicas
entre los Estados Unidos y América Latina, pero sus detalles escapan
del propósito de este trabajo.
La oficina de coordinación de Nelson Rockefeller enfrentaba
una serie de dificultades. Comparada con otros organismos vincula-
dos al esfuerzo bélico era pequeña y con poderes muy limitados;
como aquéllos, estaba subordinada a la Secretaría de Estado y contro-
lada por procedimientos contables burocráticos. Además, sus activi-
dades estaban bajo el escrutinio estricto de algunos miembros del
Congreso que dudaban de la conveniencia de desviar fondos y ener-
gías en esa dirección como parte del esfuerzo bélico. La convergencia
de estas circunstancias no contribuyó a dar a esa oficina un perfil
sobresaliente en el campo del intercambio cultural que, sin embargo,
era uno de sus objetivos fundacionales.33
La Secretaría de Estado facilitó el permiso para que Birkhoff
viajara al exterior sin oponer reparo alguno. Sin embargo, en lo que
se refiere a las prioridades Moe se enfrentó con una actitud cortés,
aunque a veces displicente, pero siempre inflexible de parte de los
funcionarios de la oficina de cooperación interamericana.
No les cabía duda de que el profesor de matemática que Moe
apoyaba era una persona muy ilustre, su posición prominente en
Harvard lo corroboraba. Pero aun aceptando que Birkhoff pudiera
lograr un completo éxito, es decir que contribuyera a limitar la in-
fluencia de los países del Eje en el campo de las ciencias exactas en
América Latina, los funcionarios de la oficina no estaban totalmente
persuadidos del rédito que los Estados Unidos podrían sacar, en plena
guerra, de la propuesta de Moe y Birkhoff.34 El caso de Birkhoff no
fue único, las mismas dificultades surgieron cuando Cannon proyectó
un viaje similar a América Latina, dirigido al campo de la Fisiología.
Finalmente, no fue la oficina de coordinación, sino la Funda-
ción Guggenheim la que, a pedido de Moe, suministró los fondos que
hicieron posible la visita de confraternidad interamericana que prota-
gonizó Birkhoff. El eminente matemático de Harvard no sólo falló en
76 EDUARDO L. ORTIZ
su pedido de prioridades, sino que tampoco logró su propósito de
viajar con pasaporte oficial.
Desde el punto de vista de los organismos estadounidenses, el
viaje de Birkhoff siguió un canal administrativo sumamente estrecho.
Si bien a lo largo de su viaje recibió apoyo de las misiones diplomáti-
cas su país, ello se debió, principalmente, a sus amplios contactos
personales y a su elevada posición en el marco de la ciencia de su
país. Sin embargo, la suya no fue, como muchos de sus huéspedes
creyeron, una visita “oficial” organizada por el gobierno de los Esta-
dos Unidos. En alguna oportunidad, a propósito de la redacción de
una carta a Godofredo García, Moe se vio forzado a recordar a Birkhoff
que la visita no era, de ningún modo, en representación del gobierno
estadounidense.
3. La visita de Birkhoff a América Latina
La situación de la matemática en Méjico después de la Revolución
La Revolución Mejicana de 1910 tuvo un profundo impacto en el
desarrollo intelectual de ese país, en su valoración de la cultura nacio-
nal y en la evaluación colectiva de su concepto de nación. En los
primeros años del siglo veinte se hicieron también en Méjico avances
efectivos en matemática. La figura más interesante de ese período es el
ingeniero Sotero Prieto Rodríguez. En 1912 Prieto inició seminarios
semanales de matemática en la Sociedad Científica Antonio Alzate
(Lozano 1992: 107-110), que fueron el germen del núcleo matemático
de Méjico, en la misma forma que el seminario matemático de la
Sociedad Científica Argentina –organizado por Valentín Balbín y Jor-
ge Duclout– lo había sido en Buenos Aires en la última década del siglo
diecinueve. En aquel seminario Prieto dictó un curso básico sobre la
teoría de las funciones de variable compleja. En ese momento este
tópico había entrado sólo episódicamente en el mundo iberoamericano,
por vía de Portugal (Grey et al. 1999), y en esos mismos años comenza-
ba a ser considerado en un nivel moderno en España.35
Hacia 1924, en el período inmediatamente posterior a la visita
de Einstein a Francia y España, Prieto se interesó también por la
teoría de la relatividad. Prieto, que tenía una tendencia positivista,
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 77
expresó reparos frente a la concepción que Einstein tenía de la geo-
metría del universo.
Entre los estudiantes que se beneficiaron con las enseñanzas de
Prieto, dos de ellos tuvieron influencia considerable en el desarrollo
de las ciencias exactas en Méjico. El primero fue Manuel Sandoval
Vallarta, que fue su alumno en 1914-1915. En 1917 su familia lo
envió a estudiar a Cambridge, Massachussets. Su padre había consi-
derado, inicialmente, enviarlo al Cambridge inglés, pero los peligros
que había creado la Primera Guerra Mundial para la navegación at-
lántica no aconsejaban viajar a Europa.
El segundo de sus alumnos, Alfonso Nápoles Gándara, conti-
nuó también sus estudios en MIT, pero sólo trece años más tarde que
el primero, en 1930, y lo hizo con el apoyo de una beca de la Funda-
ción Guggenheim. Sandoval Vallarta fue el primer becario mejicano
de esa Fundación en 1927 (Tenselle et al. 2001: 291); Nápoles Gán-
dara fue el segundo, junto con Arturo Rosenblueth Stearns. Allí trabó
amistad con el profesor Dirk J. Struik quien, más tarde, a diferencia
de Sandoval Vallarta, lo describió como “a man of aztec ancestry”.36
A su regreso a Méjico, Nápoles Gándara inició un proceso de renova-
ción del ambiente matemático de su país, junto con sus estudiantes
Carlos Graef Fernández y Antonio Barajas Celis, quienes más tarde
salieron al exterior, también con becas de la Fundación Guggenheim.37
En 1936 el presidente Cárdenas creó en Méjico el Instituto
Politécnico Nacional, que era un intento por desarrollar la enseñanza
de la ingeniería desde niveles básicos. Sin embargo, en un nivel avan-
zado de la ingeniería, el contacto de MIT con Méjico continuó siendo
estrecho. En 1940 no menos de cien estudiantes mejicanos (muchos
de ellos con recursos privados) ya habían recibido entrenamiento en
esa institución.38 Estos números son comparables a los de los estu-
diantes provenientes del Japón en el mismo período. Japón, sin em-
bargo, ha recibido mucho mayor crédito que Méjico, en la literatura
sobre políticas educativas, por sus iniciativas en la primera mitad del
siglo veinte.
El comienzo de la década de 1940 coincide con un período de
mayor intercambio entre Méjico y los Estados Unidos en áreas de
tecnología. Entre las labores conjuntas de ambos países se destaca el
relevamientos aerofotográfico del territorio mejicano, muy particular-
78 EDUARDO L. ORTIZ
mente de sus costas, en un momento en que los Estados Unidos
comenzaban a preocuparse por la amenaza marítima de Alemania.
La visita a Méjico: Tonanzintla
Aunque cronológicamente la visita a Perú fue la primera en concretar-
se, el viaje de Birkhoff se inició con una visita a Méjico, invitado a
dictar una conferencia principal en la ceremonia de apertura del Obser-
vatorio Astrofísico Nacional de Tonanzintla, en el Estado de Puebla.
Esa importante reunión fue inaugurada por el Presidente de Méjico,
general Manuel Ávila Camacho, y en ella participaron Ministros de
Estado y embajadores extranjeros. En su discurso, el Presidente meji-
cano desarrolló la visión de que, mientras la cultura desfallecía en los
campos de batalla de Europa, renacía con nuevo vigor en el Nuevo
Continente. Esa retórica fue también usada por otros líderes latinoame-
ricanos del mismo período.
El observatorio de Tonanzintla había sido equipado por el grupo
de Shapley,39 en Harvard, donde se construyó el instrumental más im-
portante sin cargar otros costos que los de las componentes.40 El con-
tacto entre Méjico y Harvard se había establecido a través de la amistad
que existía entre el astrónomo mejicano Luis Enrique Erro y Shapley.41
No es necesario aclarar que las actividades previstas para este observa-
torio encajaban exactamente dentro de las necesidades del de Harvard.
En ese momento las posibilidades de abrir puestos de observación en el
extranjero estaban severamente restringidas por la guerra, lo que tam-
bién limitaba a Shapley al corredor latinoamericano.
Tonanzintla era parte de un movimiento en favor del desarrollo
de la astrofísica en América Latina auspiciado por astrónomos de los
Estados Unidos. Los rápidos progresos del Observatorio de Córdoba
en astrofísica, en la misma época, no son ajenos a ese movimiento,
aunque su desarrollo no fue necesariamente paralelo y merece un
estudio separado. Sin embargo, esa nueva dinámica, que tiene su
epicentro en los Estados Unidos, contribuye a explicar más claramen-
te ciertos acontecimientos en el campo de las ciencias que, discutidos
exclusivamente dentro del marco estrecho de las historias individua-
les de las repúblicas latinoamericanas, pueden aparecer como produc-
tos exclusivos de un inexplicablemente tenaz voluntarismo local.
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 79
En su conferencia de Tonanzintla, Birkhoff presentó por pri-
mera vez un nuevo enfoque suyo de la teoría de la relatividad que, en
su visión, simplificaba aspectos geométricos de la formulación teóri-
ca de Einstein. Hasta el final de su vida Birkhoff consideró este
trabajo (Birkhoff 1944)42 como una de sus más importantes contribu-
ciones científicas. Un grupo de matemáticos y astrónomos jóvenes de
Méjico, Graef Fernández entre ellos, trabajaron más tarde con Birkhoff
en la elaboración posterior de esta teoría y continuaron desarrollándo-
la independientemente por algunos años.
Al tiempo de la visita de Birkhoff la Universidad de Méjico
contaba con un grupo de físicos ocupados en problemas de radiación
cósmica. Esos investigadores trabajaban bajo la inspiración directa e
indirecta de Sandoval Vallarta, entonces profesor de Física en MIT y
ya figura de gran relieve internacional en esa área. En el aspecto
teórico se ocupaban de problemas que pueden ser descriptos como un
ejemplo particular del problema de la estabilidad de órbitas periódi-
cas de una partícula cargada en un campo magnético bipolar. Cuando
Birkhoff visitó esa Universidad, dictó una serie de conferencias sobre
la teoría de los sistemas dinámicos. Él era uno de los creadores mo-
dernos de esa teoría y había contribuido a desplazar su centro de
gravedad de París a Cambridge. Sus conferencias se basaron en enfo-
ques más recientes de su clásico libro de 1927 (Birkhoff 1927).
Jaime Lifschitz Gaj
En una carta de Stone a Houssay,43 que cito más adelante, se hace
referencia al hecho de que la guerra estaba afectando el reclutamiento
de jóvenes con talento en los grandes centros académicos de los
Estados Unidos. Sin duda que éste fue también un elemento a favor de
la cooperación con América Latina.
Antes de dejar Méjico, a pedido de Moe, Birkhoff le envió un
informe detallado de la situación de la matemática en ese país y una
lista de potenciales candidatos para becas de la Fundación Guggenheim.
Dio algunos pocos nombres, señalando reservas sobre la mayor parte
de los candidatos. Sin embargo, destacó especialmente el nombre de
uno de ellos: Jaime Lifschitz, joven matemático de origen ruso, cuya
80 EDUARDO L. ORTIZ
familia había emigrado a Méjico. En ese momento Lifschitz trabajaba
en el cálculo de trayectorias de rayos cósmicos; Birkhoff pensaba que
su talento excedía los requerimientos necesarios para hacer ese trabajo.
Lifschitz tenía una personalidad compleja; sus compañeros lo
recuerdan como muy retraído, temeroso y también algo agresivo. Como
Birkhoff, pero en ese momento aún sin las mismas razones objetivas,
no tenía duda alguna acerca de su excepcional talento matemático.
Birkhoff presionó sobre Moe hasta que finalmente logró vencer sus
instintivas reservas, para que Lifschitz recibiera una beca Guggenheim
para 1942 que, a pedido de Birkhoff, le fue renovada en 1943.
El objeto de esa beca era permitirle hacer un doctorado en
Harvard bajo la supervisión de Birkhoff. Una vez allí, Birkhoff lo
tomó bajo su protección personal y le dedicó tiempo con paciencia y
generosidad. La lectura de sus intercambios con las autoridades de
Harvard a propósito de Lifschitz causa asombro. Por otra parte, tuvo
que enfrentar la difícil tarea de convencer a Lifschitz que esa antigua
universidad no acostumbraba otorgar un doctorado simplemente al
cabo de una estada de un año y sin una prueba concreta de originali-
dad y talento. La tarea de extraer de Lifschitz una tesis doctoral no
fue fácil; convencerlo de que era necesario que se presentara a exá-
menes de calificación para el doctorado fue simplemente imposible.
En varias ocasiones la parcialidad de Birkhoff, en relación con
Lifschitz, lo enfrentó con autoridades y colegas.
Lamentablemente, sin duda por razones atendibles, la labor
posterior de este joven matemático no cumplió con las esperanzas y
los excepcionales esfuerzos que Birkhoff dedicó a ayudarlo a adquirir
un entrenamiento adecuado para iniciarse en la investigación mate-
mática original. El impacto de Lifschitz en la matemática de Méjico
fue fugaz y quizá fuera de proporción con su verdadero talento natu-
ral que, sin duda alguna, Birkhoff estaba supremamente calificado
para evaluar. Su obra, incluso su nombre, sólo ha merecido alguna
línea en los estudios sobre historia de la matemática de la década de
1940 publicados hasta la fecha. Las historias generales de la historia
de la ciencia en Méjico recogen una visión aún más tenue del paso de
Lifschitz por la matemática de su país.44
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 81
Incertidumbres acerca del viaje al Sur de Méjico
En marzo de 1942, Birkhoff estaba ya de regreso de Tonanzintla y
había finalizado sus conferencias en la Universidad de Méjico. En esos
días Moe seguía insistiendo ante la oficina de relaciones interamericanas
para que otorgara prioridades a Birkhoff y a su esposa. Desesperanzado
ante el fracaso de sus intentos, a principios de ese mes escribió a
Birkhoff confiándole que, finalmente, consideraba que sus chances de
viajar a Perú, Chile, la Argentina y Uruguay podían calificarse en ese
momento como inexistentes. No sin cierta audacia y como último
recurso, por el que se excusó profusamente, Moe preguntó a Birkhoff si
él y su esposa estarían dispuestos a correr el riesgo de ser abandonados
“en la jungla”,45 intentando volar hasta la Argentina y luego de regreso
a los Estados Unidos, sin prioridades. Es posible que el sentido mesiánico
con el que ambos afrontaron su tarea les hubiera hecho decir que sí aun
en esas circunstancias.
Sin embargo, en la ciudad de Méjico Birkhoff obtuvo una im-
portante información que el cuerpo diplomático no parece haber sen-
tido que era necesario compartir con las autoridades de la oficina de
coordinación. Conversando con el embajador de los Estados Unidos
en Méjico, y corroborando luego esa información con compatriotas
suyos residentes en esa ciudad que tenían experiencia directa de via-
jeros a América Latina, se enteró de que la ruta del Este, por Brasil,
era inabordable sin prioridades. Por el contrario, la ruta que iba hacia
el Sur por el lado de los Andes, que era la que debía tomar, era
mucho menos frecuentada. En consecuencia, el riesgo de ser afectado
por la falta de prioridades era relativamente insignificante. Pareciera
que al referirse a “la jungla” las autoridades en cuyo juicio confiaban
Moe y Birkhoff no aludían a Centroamérica, sino a Brasil: un error
semántico.46
Al mediodía del 27 de marzo de 1942 los Birkhoff ascendieron
a un frágil avión de pasajeros en dirección a Lima, con escalas en
Guatemala, Balboa y Cali. En la tarde del día 30, sin tropiezo alguno,
llegaron a Lima.
Con ese vuelo habían iniciado una serie de viajes desgastadores;
algunos a baja altura, con turbulencias frecuentes; otros por encima
de la cadena de los Andes sin compensación de presión u oxigeno.
82 EDUARDO L. ORTIZ
Para Birkhoff, cuyo corazón había dado ya señales de fatiga, este
viaje no era la medicación más adecuada. En su duración total, el
viaje equivalía a permanecer en el aire, en las condiciones antedichas,
por espacio de ocho días.
La situación de la matemática en Perú
García había hecho investigaciones sobre temas de mecánica celeste.
Como Sotero Prieto en Méjico, y como muchos matemáticos en diver-
sos países del mundo en la década de 1920, García se interesó por la
teoría de la relatividad de Einstein. Sus convicciones positivistas le
impedían admitir una teoría que, para describir el espacio físico no
creía indispensable preservar el marco euclidiano y la rechazó de
plano. Su postura no-einsteiniana lo acercó, por razones geométricas, a
la formulación alternativa de la teoría de la relatividad de Birkhoff.
En sus tareas en la universidad, García era asistido por un
profesor emigrado, Alfredo Rosenblatt, matemático de origen polaco
con excelente entrenamiento. En Perú, Rosenblatt brillaba sólo como
un reflejo del resplandor de García.
Rosenblatt había hecho estudios en su país y luego en Göttingen.
En Polonia había acompañado al excepcional grupo integrado por S.
Banach, C. Kuratowski, W. Sierpinski, W. Wilkosz y S. Zaremba en
varias de sus empresas institucionales; por ejemplo, en la creación de
la Sociedad Matemática Polaca. En la década de 1930 sus intereses
científicos se orientaban hacia la teoría de las funciones de variable
compleja. Esa teoría tenía una aplicación directa a problemas de aero-
náutica y de balística. Tanto por esas aplicaciones, como su importan-
cia dentro de la matemática pura, la teoría de las funciones de varia-
ble compleja había atraído el interés de buen número de investigado-
res. América Latina y, en particular, la Argentina no eran una excep-
ción, como veremos más adelante.
En 1933, cuando la situación en Europa comenzaba a deterio-
rarse, Rosenblatt visitó el Institut de Mécanique des Fluides dirigido
por Henri Villat, que pertenecía a la Universidad de Paris y era soste-
nido por el Ministerio del Aire. Durante su visita Rosenblatt publicó
una monografía breve (Rosenblatt 1933) en una prestigiosa colección
dirigida por Villat. Ante los avances del nazismo en Alemania y,
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 83
posiblemente, del antisemitismo en su país, Rosenblatt se vio obliga-
do a abandonar Polonia y, luego de intentar una inserción estable en
varios países de Europa, se refugió en Perú.
Como director de la Revista de Ciencias, García mantenía con-
tacto con matemáticos extranjeros, en particular con matemáticos pola-
cos, desde antes de esa fecha. Rosenblatt publicó sobre su especialidad
en la Revista en 1930. Dos años más tarde Rosenblatt pudo haber
conocido a García personalmente en el Congreso Internacional de Ma-
temáticos de Zurich, al que ambos asistieron. En los corredores de ese
Congreso algunos delegados alemanes expresaron sin reservas su pre-
ocupación por la situación política en su país y los avances del
nacionalsocialismo. Algunos discutieron con colegas extranjeros las
posibilidades de una emigración tentativa, hasta tanto la situación en
Alemania se “estabilizara,” como muchos entonces esperaban. Si bien
las esperanzas de normalización no se cumplieron, las preocupaciones
no eran infundadas: el Congreso de Zurich tuvo lugar en septiembre de
1932; en marzo de1933 Hitler asumió el poder en Alemania.
Una posible visita a Perú
Volvamos al período de 1939 a 1941 y a la gestación de la visita a Perú.
Hacia fines de 1939, pocos días después de declarada la Segunda
Guerra Mundial, Birkhoff, con su característica franqueza, le hizo
saber a García que su viaje a París había fracasado y que tenía en sus
manos una licencia sabática que deseaba utilizar en una visita a Améri-
ca del Sur, “and, in particular, your great country Peru”.47 En ese
momento su conocimiento de las instituciones peruanas era muy limi-
tado. García le informó sobre los meses de actividad y, en caso de que
el turismo fuera una motivación en los deseos de tan eminente matemá-
tico por visitar Perú, le hizo saber que el año académico coincidía
precisamente con la época más adecuada para visitar “la Sierra y la
Montaña”.48 Además, le comunicó que, cuando visitara Lima, la Facul-
tad, de la que él convenientemente era Decano, lo designaría miembro
honorario.49
El ofrecimiento espontáneo de hacer una visita prolongada a
Perú por parte de Birkhoff, un matemático del más alto nivel, era algo
que García, naturalmente, tenía dificultad en comprender. Más aún
84 EDUARDO L. ORTIZ
cuando, al correr de las cartas, Birkhoff manifestó su agradecimiento
por una invitación que García nunca había formulado. Aunque García
tenía unos veinte años de experiencia en la política universitaria, esa
carta lo sorprendió: en su respuesta argumentó que Perú era un país
pobre, más pobre aún a causa de la guerra, y sugirió una visita mucho
más breve. Birkhoff lo tranquilizó haciéndole saber que los gastos de
viaje y estada no era un problema por el que él debía preocuparse, ya
que el gobierno de los Estados Unidos proveería.
Cuando Moe leyó copia de esa carta manifestó su disconformi-
dad con el texto, haciéndole notar a Birkhoff que debía ser más
cuidadoso en sus referencias: su viaje no estaba financiado por el
gobierno de los Estados Unidos, sino por una fundación privada de
ese país: la Fundación Guggenheim.
Luego de algunas alternativas, la visita fue programada para
principios de 1942. Birkhoff fue desarmando, poco a poco, las natura-
les ansiedades de García frente a los propósitos de esa visita. Gra-
dualmente, García sintió que compartía, de igual a igual, las preocu-
paciones de uno de los primeros matemáticos de su época. La rela-
ción entre ambos se hizo mucho más fluida, quizá demasiado fluida.
Como resultado de esa intimidad intelectual, en junio de 1941 Birkhoff
enfrentó un problema más difícil aún que los que se le presentaron a
su colega peruano García, al enterarse de que era él quien había
cursado la invitación a Perú.
García sugirió que le gustaría ser invitado a los Estados Unidos
a dictar una serie de conferencias sobre su trabajo científico. Delica-
damente, García dejó este asunto en manos de Rosenblatt. He indica-
do que Birkhoff había sido Decano de la Facultad de Artes y Ciencias
de la Universidad Harvard, Jefe de su Departamento de Matemática,
miembro de innumerables comisiones universitarias, profesionales y
nacionales, y de la Academia Nacional de Ciencias de su país. Difí-
cilmente podría pensarse que era un novicio en el manejo de los
complejos problemas de las ambiciones personales. Sin embargo, la
carta de García lo dejó perplejo.50
El pedido de García creaba una situación extremadamente difí-
cil y totalmente imprevista en el esquema de las relaciones científicas
fraternales y desinteresadas que Moe había auspiciado a lo largo de
su carrera. Sin duda, la guerra había contribuido a limitar los recursos
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 85
académicos y las fuentes de financiación en los Estados Unidos, pero
era perfectamente claro, para Birkhoff y para Moe, que ése no era el
problema fundamental. En opinión de algunos expertos, la produc-
ción científica de García no justificaba la necesidad de que se trasla-
dara personalmente a los principales centros de investigación mate-
mática de los Estados Unidos para hacer conocer los resultados de sus
investigaciones. La opinión de otros expertos, como Sandoval Vallarta,
era aún más categórica.51
García no fue el único académico latinoamericano que expresó
entusiasmo por hacer una visita a los Estados Unidos y retribuir en
ese país los esfuerzos de sus colegas. La historia de este y otros
episodios supera la anécdota y contribuye a revelar que las relaciones
y juegos de intereses que se establecieron entre algunos científicos de
América Latina y de los Estados Unidos en la década de 1940, no
fueron menos complejos que las que pueden citarse, en la primera
mitad del siglo veinte, entre científicos de Europa o entre éstos y los
de los Estados Unidos. Sin embargo, un análisis más detallado de este
episodio escapa al interés inmediato de este trabajo y se considera,
separadamente, en el marco de las relaciones científicas entre los
Estados Unidos y América Latina en la época de Roosevelt.
La visita a Perú
Como he dicho antes, Birkhoff llegó a Lima a fines de marzo de 1942.
García pronto comprendió que se había equivocado en cuanto a la
motivación de su viaje: el propósito de Birkhoff era mucho más serio
que el simple turismo. El matemático estadounidense permaneció en la
Universidad de San Marcos durante dos meses dictando cursos, semi-
narios, conferencias generales y entrevistando tanto profesores como
estudiantes, con algunos de los cuales estableció un lazo firme. Ade-
más viajó al interior, donde continuó dictando conferencias y entrevis-
tando colegas.
En sus tareas académicas en Lima, Birkhoff se ciñó al esquema
que García le había sugerido,52 que incluía una serie de seminarios de
alto nivel, conferencias para un público medianamente educado en
matemática y, también, una serie de conferencias sobre problemas
matemático-filosóficos. Para estas últimas Birkhoff se valió de notas
86 EDUARDO L. ORTIZ
de un curso sobre las relaciones entre la filosofía y la matemática que
dictaba corrientemente en Harvard. Este curso requería un uso más
elaborado y preciso del lenguaje que en sus otras lecciones, por lo
cual, antes de su partida, lo tradujo totalmente al castellano con ayuda
de Gravalos, su alumno y profesor, de modo que sus conferencias
fueran más útiles y más aprovechables. En Lima, y luego en otras
capitales, sólo le restaba leerlas.
Birkhoff hubiera deseado dedicar el seminario superior a la
consideración de problemas matemáticos de la mecánica cuántica,
tema en el que tenía resultados de considerable interés. García le
sugirió optar por una segunda alternativa, también propuesta por
Birkhoff: dictar un curso sobre problemas de estabilidad en la mecá-
nica celeste. Aunque los dos temas: mecánica cuántica y estabilidad
del sistema solar, pudieran parecer vastamente diferentes, en ese mo-
mento no era el caso. Las investigaciones de Birkhoff, paralelas a
trabajos de von Neumann, hacían que, desde un punto de vista mate-
mático abstracto, hubiera importantes puntos de convergencia entre
ambos temas.53
La decisión por la mecánica celeste tenía que ver con los inte-
reses profesionales de García y sus compañeros del Departamento de
Astronomía y Geodesia de la Universidad limeña, del que era Direc-
tor.54 En este último curso Birkhoff planeaba “[to] introduce a great
deal of fascinating material and to touch on some unsolved problems
without presupposing very much technical knowledge”. La idea de
exponer temas de la matemática superior que pudieran ser rápidamen-
te alcanzables con un mínimo de recursos básicos, fue una constante
en sus seminarios. Antonio Monteiro y otros visitantes posteriores
utilizaron este mismo enfoque, que permitía acceder rápidamente a
resultados en las fronteras de lo nuevo (Ortiz 2002).
Las conferencias sobre tópicos generales de la matemática mo-
derna incluyeron temas extremadamente originales, como la teoría
del billar desde el punto de vista de la teoría de sistemas dinámicos
(considerando incluso billares con banda elíptica), los teoremas
ergódicos y sus implicaciones para la mecánica estadística, y el pro-
blema de los n-cuerpos en la mecánica del sistema solar. También
dictó cursos y conferencias sobre temas de lógica y filosofía de la
matemática. Esas exposiciones aportaron ideas nuevas y ampliaron
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 87
considerablemente el horizonte intelectual sobre esos temas en los
países que Birkhoff visitó. Particularmente entre los jóvenes estudian-
tes de matemática, algunos de los cuales acentuaron su interés por
temas que ligaban la matemática con la lógica y la filosofía.
Francisco Miró Quesada y la temática de Birkhoff en su viaje
En Lima un joven filósofo interesado en la fenomenología, Francisco
Miró Quesada, atrajo la atención de Birkhoff. Miró Quesada había sido
designado profesor de Filosofía en San Marcos con poco más de veinte
años de edad; Birkhoff vio en él potencial para un filósofo de excep-
ción. Rápidamente se dio cuenta de que Miró Quesada no podría
avanzar en su trabajo filosófico sin un conocimiento más sólido y más
técnico de las ideas matemáticas modernas, la teoría de conjuntos, por
ejemplo. Por ese motivo, comenzó a supervisar personalmente sus
estudios de matemática e inició sus enseñanzas con tópicos relativa-
mente básicos, pero examinados desde un punto de vista moderno. Más
tarde hizo intensos esfuerzos para atraer a Miró Quesada a Harvard a
través de una beca Guggenheim. Fracasada esta posibilidad, propuso la
creación de un tipo nuevo de becas en el Harvard College, exclusiva-
mente para estudiosos latinoamericanos, con el fin de acercarlo a su
Universidad, que también fracasó. Sus esfuerzos encontraron conside-
rable resistencia en los Estados Unidos.55 La oposición que encontró
Birkhoff no necesariamente tenía relación alguna con el talento de su
joven amigo, como demostró la obra posterior de Miró Quesada .
A los temas filosófico-matemáticos, que luego fueron repetidos
en Chile, la Argentina y Uruguay, se agregaron durante su visita dos
de cierta relevancia. El primero de ellos fue el de la medida estética.
Birkhoff creía haber descubierto una manera objetiva de medir la
belleza basándose en el estudio sistemático de ciertas regularidades.
En un libro suyo sobre ese tema,56 publicado unos diez años antes de
la visita a América Latina, había aplicado sus ideas al estudio de una
amplia gama de casos específicos, que cubrían desde guardas y for-
mas de vasos antiguos, hasta trozos de música y de poesía en diferen-
tes idiomas. Birkhoff tenía sumo interés en que sus ideas fueran con-
frontadas en el arte y lenguaje de la región que visitaba.
88 EDUARDO L. ORTIZ
El otro gran tema de su viaje fue su formulación de la teoría de
la relatividad, que había adelantado en la reunión de Tonanzintla y
reservado para ocasiones muy especiales. Por ejemplo, para sus dis-
cursos inaugurales en las academias de ciencias. La adhesión, formal
o implícita, de numerosos científicos de América Latina al positivis-
mo, aunque no compartida por Miró Quesada, era amplia en esos
años y contribuyó a atraer un interés genuino por la formulación de
Birkhoff.
Hacia 1940 la ola iniciada en la década de 1920, cuando el
clima de modernidad de la posguerra había permitido la aceptación
curiosa o, por lo menos, la inspección informada de ideas novedosas,
había ya pasado. La resistencia a aceptar la teoría de Einstein se había
robustecido y había adquirido caracteres de cierta intensidad. La per-
cepción pública de esa teoría, salvo en muy contadas excepciones, era
que se trataba de un intento genial, pero (como también la mecánica
cuántica) de una teoría provisoria: finalmente habría de mostrarse que
la concepción de la mecánica clásica era la correcta. Quizá mida la
firmeza, implícita o explícita, de esta percepción el hecho de que,
hasta mediados de la década siguiente, un matemático o físico podía
graduarse en Buenos Aires, y también en buen número de las mejores
universidades extranjeras, sin haber estudiado formalmente la teoría
de la relatividad; a lo sumo como una aplicación de teorías avanzadas
de la geometría superior.
No debe creerse que América Latina era una excepción; tanto
en Europa como en los Estados Unidos muchos científicos, que no
tenían participación directa en los trabajos de la nueva física, tenían
dificultad en admitir que el marco newtoniano del espacio y el tiem-
po, en el que se había asentado la física por varios siglos, debiera ser
abandonado a causa de fenómenos que ocurrían a velocidades muy
altas o a fenómenos muy especiales. En ese momento, el impacto de
esos fenómenos no era tan claro para el no especialista como puede
serlo hoy, luego de las explosiones atómicas y de la popularización de
una manera nueva de percibir el universo. Por estas razones, la postu-
ra de Birkhoff tenía un atractivo singular: ofrecía nuevas seguridades.
En el caso de la Argentina a principios de la década de 1940, las
reticencias de origen positivista, que habían sido sacudidas por la
visita de Einstein diecisiete años antes no habían sido totalmente
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 89
vencidas; la situación no era diferente en las otras capitales de Améri-
ca Latina.
Las primeras observaciones de Birkhoff acerca de las ciencias
exactas en América Latina
Birkhoff continuó enviando a Moe evaluaciones comparativas de las
diferentes comunidades matemáticas que iba visitando. Una vez con-
cluida su visita a Perú, le confió que creía más probable que surgiera un
movimiento matemático serio en ese país antes que en Méjico.57 Su
idea se sustentaba tanto en consideraciones económicas como en un
análisis de las resistencias de orden interno. En lo económico creía que
la inversión a realizar para dinamizar la comunidad matemática de uno
y otro país sería muy diferente; en lo operativo pensaba que la persona-
lidad de García, entonces promovido ya a Rector de la Universidad de
San Marcos, se prestaba más para presidir ese desarrollo que la del
Rector de la Universidad de Méjico, Brito Foucher, a quién había
encontrado frío y distante.
Birkhoff tenía en claro que había una hostilidad manifiesta
entre los astrofísicos de Tonanzintla y el grupo más tradicional de
astrónomos de posición en el antiguo Observatorio, en Tacubaya, que
ahora formaba parte de la Universidad de Méjico. Lo que no parece
haber sido claro para Birkhoff es que la frialdad del Rector mejicano
tenía sus raíces en un debate complejo y profundo que dividía a la
intelectualidad mejicana de esos años. Esa controversia tenía relación
con las actitudes políticas del gobierno nacional y, finalmente, con
las diferentes perspectivas que esos grupos tenían del papel de la
Revolución Mejicana, y de sus personalidades, en el campo de la
cultura.
El Director de Tonantzintla, Luis Enrique Erro, era, en alguna
medida, un antiguo héroe de esa revolución; además, era un astróno-
mo aficionado, no profesional. Por sí misma, ésta no era una razón
válida para montar una oposición ya que, en una amplia gama de las
ciencias de observación, incluyendo desde luego la astronomía y las
ciencias naturales, el amateurismo tenía todavía un papel importante.
Por otra parte, Erro había recibido algún entrenamiento en astronomía
en Harvard, donde inició su amistad con Shapley. Es posible que sus
90 EDUARDO L. ORTIZ
colegas del Observatorio de la ciudad de Méjico percibieran, con
preferencia, otra faceta: el favor del que Erro gozaba en los círculos
políticos, antes que la verdadera dimensión de sus aspiraciones cientí-
ficas. Sin duda, Erro tenía deseos genuinos de mejorar la situación de
su especialidad en Méjico, sin perjuicio de que su enfoque acerca de
cómo iniciar una disciplina científica nueva en un país en vías de
desarrollo pueda no haber sido el más adecuado en ese momento.58
Desde luego que el favor gubernamental existía y había sido determi-
nante para que el gobierno auspiciara su proyecto de crear un obser-
vatorio astrofísico moderno que, por rivalidades internas de la comu-
nidad de astrónomos mejicanos, se situó no sólo fuera de la ciudad de
Méjico sino también en franca oposición a las tareas que en esa
ciudad se realizaban en el campo de la astronomía. Por su parte Erro,
como otros astrónomos en diversas partes del mundo en esos años,
utilizó una visión dicotómica, entre la astronomía de posición y la
astrofísica como herramienta modernista, en sus conflictos con los
astrónomos del Observatorio de Tacubaya.
La situación de la matemática en Chile y la visita de Birkhoff a
ese país
La matemática en Chile en la época de la independencia tuvo orígenes
muy próximos, incluso en sus personajes principales, a los de la
Argentina (Ortiz 2000a). En el paso del siglo diecinueve al veinte,
Chile atrajo a un grupo de científicos franceses y alemanes que contri-
buyeron a la modernización de la enseñanza de esa disciplina, iniciada
ya hacia 1840. Tanto en la universidad, particularmente en la Escuela
de Ingeniería, en el Instituto Pedagógico, centro de formación de
profesores secundarios, como en las escuelas militares, ellos incorpo-
raron puntos de vista y textos más actuales. A principios del siglo
veinte se comenzó a publicar en Chile una Revista de Matemáticas
orientada en forma similar a la anterior de Balbín en la Argentina
(Ortiz 1993). A partir de 1930, las perspectivas abiertas a principios de
siglo fueron enriquecidas por los alumnos chilenos de aquellos profe-
sores extranjeros, aunque con un enfoque aún más claro de la matemá-
tica como auxiliar de la ingeniería y la tecnología.
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 91
Debido al interés por las aplicaciones de la matemática, predo-
minante en Chile a principios de la década de 1940, la visita de
Birkhoff a la Universidad de Chile sólo dejó un saldo de futuro,
alentando vocaciones matemáticas que sin duda existían en ese mo-
mento. A pesar de que su paso por Chile tuvo lugar en un momento
de gran estrechez económica, la Universidad le asignó por sus confe-
rencias de matemática el salario máximo de profesor por el espacio
de un mes. Siguiendo las instrucciones de Moe, Birkhoff aceptó el
pago, pero separó el dinero para enviar desde los Estados Unidos, a
su regreso, obras importantes de matemática moderna y colecciones
de revistas matemáticas que enriquecieron la biblioteca universitaria
de Santiago y pueden haber ayudado a despertar interés por la mate-
mática moderna.
La Universidad Católica de Chile fue uno de los primeros ex-
perimentos de enseñanza privada de América Latina. Cuando Birkhoff
visitó ese país tenía ya cincuenta años y estaba sólidamente afianza-
da. En los mismos años en que se fundó esta Universidad, tanto
sectores católicos como laicos de otros países de América Latina
habían considerado la posibilidad de crear universidades privadas.
En la Argentina la Escuela Politécnica de Buenos Aires fue una
fundación contemporánea pero menos exitosa que la Católica en Chi-
le. Esa universidad privada argentina fue fundada por Federico Birabén
en 1891 y definida en sus estatutos como “una institución libre de
enseñanza técnica y profesional”.59 Entre ambas hay diferencias pro-
fundas: la de Buenos Aires se debió a una discrepancia seria con la
metodología de la enseñanza oficial en el campo de la ingeniería,
mientras que la de Chile se debió a la percepción de ciertos sectores
de poder de que era necesario crear una institución académica supe-
rior que continuara con el espíritu que impartían los colegios religio-
sos y contribuyera así a definir un futuro grupo dirigente intelectual-
mente sólido y participante de esa visión. Su acento no necesariamen-
te estaba en la industrialización.
La institución de Buenos Aires reconoció rápidamente la im-
portancia de disponer de un enlace efectivo con la educación de nivel
medio en cualquier intento serio de modernización universitaria. Por
ello intentó crear una escuela preparatoria de corte industrialista que
92 EDUARDO L. ORTIZ
eventualmente le proveyera estudiantes, cosa que la Católica de Chile
había comprendido desde sus inicios, pero falló en sus propósitos.
La idea de las universidades privadas, que habían tenido éxito
considerable en los Estados Unidos, fue un tema que Birkhoff, profe-
sor en la más prestigiosa de todas ellas, discutió con sus colegas
latinoamericanos y con financistas e industriales argentinos y extran-
jeros radicados en esa región. Sin duda sus opiniones contribuyeron
al debate argentino de la segunda mitad de la década de 1940, cuando
los ataques a la universidad nacional (Ortiz 1994, 1996) hicieron
surgir la idea de una universidad independiente.60
Durante su visita a Chile, Birkhoff fue invitado a dictar una
conferencia ante los alumnos de la Universidad Católica. En esa opor-
tunidad el Rector destacó la amplitud de miras de la Iglesia, señalan-
do que aunque Birkhoff no era católico, sino protestante, el Sumo
Pontífice no había vacilado en aceptar que le fuera concedido el
Premio Bienal de Ciencias del Vaticano,61 como había recomendado
la comisión asesora en mérito a la importancia de sus trabajos. Por
igual razón la Academia Pontificia lo había elegido como uno de sus
miembros.
4. La visita a la Argentina
La situación de la matemática en la Argentina
Desde Santiago, Birkhoff cruzó a la Argentina,62 donde permaneció
poco más de un mes y medio, desde el 10 de junio hasta el 1º de agosto
de 1942, excepto por cuatro días en los que visitó Montevideo.
En la Argentina de esa época la visión predominante en los
círculos matemáticos era la que había introducido Julio Rey Pastor,63
que estaba centrada en aspectos avanzados de la geometría proyectiva;
de los procedimientos de sumación de series y de la teoría de funcio-
nes; en particular, de la teoría de las funciones de variable compleja,
que él había estudiado en Berlín, Leipzig y Gotinga inmediatamente
antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial.
En 1917 Rey Pastor había sido invitado por la Institución Cul-
tural Española de Buenos Aires a dictar cursos avanzados y conferen-
cias en la Argentina. Inmediatamente después de la Reforma Univer-
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 93
sitaria de 1918 fue invitado a incorporarse a la Universidad de Bue-
nos Aires, lo que hizo en 1921, radicándose en esa ciudad y Universi-
dad desde entonces hasta 1952. En ese año fue separado de la direc-
ción del Instituto de Matemática que él había creado; en 1956 se
reincorporó a la universidad argentina hasta su fallecimiento en 1962.
En 1936 Rey Pastor promovió la fundación de una nueva so-
ciedad matemática, la Unión Matemática Argentina, y la creación de
una nueva revista matemática,64 cuando las revistas y sociedades ar-
gentinas anteriores ya habían desaparecido. Por un período prolonga-
do, que cubre la década de 1920 y la primera mitad de la siguiente, el
núcleo de investigadores matemáticos argentinos había colaborado
con la Revista Matemática Hispano-Americana, en la que Rey Pastor
había tenido una influencia dominante y que, en alguna medida, era
también su órgano propio de difusión. El Boletín del Seminario Mate-
mático Argentino, iniciado en 1928, se había desarrollado, cada vez
más, como separata ampliada de trabajos de investigación y noticias
bibliográficas publicadas en la revista española por Rey Pastor y sus
alumnos. Quejas por la duplicación del Boletín con la Revista, la
inminente fractura del contacto con la Revista debido a la situación
en España y a ciertas fracturas en lo personal, determinaron la crea-
ción de la nueva sociedad y revista matemática en la Argentina. Esto
ocurrió en septiembre de 1936, casi al mismo tiempo en que comen-
zaba la Guerra Civil en España.
Aunque el domicilio legal de la nueva sociedad matemática era
Perú 222, el de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales,
en su acta fundacional se preveía que sus reuniones tendrían lugar en
el Colegio Libre de Estudios Superiores, por “previo acuerdo con sus
autoridades”.
El Colegio Libre era una entidad privada que desempeñó un
papel importante en la vida cultural de la Argentina, particularmente
entre 1930 y 1945. En ese período, en el que se dictaron conferencias
y cursos sobre investigaciones originales, algunos publicados luego
en la revista Cursos y Conferencias, fue la caja de resonancia de
ideas nuevas, no siempre bienvenidas en la universidad. La lista de
conferencias dictadas en el Colegio Libre es uno de los índices más
interesantes de la actividad creativa y de las personalidades intelec-
tuales del período. La dicotomía que la unión de matemáticos marca
entre su dirección postal y su escenario de actividades, sugiere que la
94 EDUARDO L. ORTIZ
universidad argentina no era percibida por ellos en ese momento
como un espacio enteramente receptivo de sus iniciativas.
Hacia 1940, como veremos más adelante, un grupo de matemá-
ticos jóvenes, en su mayor parte antiguos discípulos suyos en Buenos
Aires, y particularmente en La Plata, comenzó a orientarse en direc-
ciones nuevas, que Rey Pastor generalmente alentó y aceptó con inte-
rés. Sobre este último aspecto volveré poco más adelante, al referirme
a su actitud frente a las líneas nuevas de investigación abiertas por
Birkhoff y Stone.
Birkhoff dictó nueve conferencias y una serie de seminarios
avanzados de investigación en los que usó, como referencia, una mo-
nografía suya sobre funciones auto-equivalentes. Este trabajo había
sido publicado en Francia como introducción a su proyectada visita
de intercambio. Birkhoff se refería a esa monografía como “el trabajo
varado” ya que, a causa de la guerra, no había tenido difusión alguna;
ni siquiera tenía una separata de la versión impresa. El seminario fue
dictado en la Facultad de Ciencias Exactas. La inaccesibilidad de ese
trabajo, y un malentendido, fue causa de que un curso preparatorio
dictado por Rey Pastor antes de la llegada del visitante, sobre funcio-
nes ortogonales, resultara inadecuado para el tema que Birkhoff desa-
rrolló en Buenos Aires.
Desde el viernes 25 de junio hubo diez reuniones del semina-
rio, que tuvieron lugar los días lunes, miércoles y viernes. Asistieron
entre quince y veinticinco participantes que provenían de las universi-
dades de Buenos Aires, La Plata, Rosario y Montevideo. Estas cuatro
universidades reproducían en el Río de la Plata un complejo que,
guardando las distancias, era equivalente al triángulo formado por
Harvard, MIT y Brown en Nueva Inglaterra. No era extraño que
profesores en alguna de ellas lo fueran también en otra (u otras) del
mismo grupo. La comunidad intelectual forjada alrededor de aquellas
cuatro instituciones contribuyó a crear, en el campo de las ciencias,
una verdadera “cultura del Río de la Plata”, que tiene una contraparte
mejor estudiada en el caso de la literatura y las artes. El distancia-
miento de la Argentina oficial con el Uruguay, particularmente a
partir del golpe de estado de 1943, contribuyó a segar esa relación,
que ha sido importante tanto en la historia de la cultura argentina
como en la uruguaya.
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 95
Un grupo de alumnos avanzados tomó notas de las conferen-
cias de Birkhoff, con idea de publicarlas, posiblemente en versión
mimeografiada como regularmente se hacía, desde 1921, con los Cur-
sos de Matemáticas Superiores, una importante serie que recogía los
cursos avanzados de Rey Pastor. Sin embargo, parecen haber perma-
necido inéditas.65
Mischa Cotlar
En correspondencia de mayo de 1942, dirigida a su amigo Esteban
Terradas, Rey Pastor hizo referencia a la inminente llegada de Birkhoff,
indicando que éste había ofrecido una gama amplia de posibles temas
para sus seminarios y señalando que “insiste en que debe figurar su
famosa medida de la belleza, esperemos a ver a su esposa para juzgar
de la tal fórmula”.66
En Buenos Aires Birkhoff repitió las conferencias generales
que había dictado en Perú y Chile, y agregó algunas más. Para ilustrar
la conferencia sobre la medida estética67 había viajado con grandes
cartones68 que reproducen diagramas tomados de guardas y de vasos
orientales. Sus ideas en el campo de la música fueron ilustradas con
trozos de composiciones ejecutadas al piano.
Esta últimas estuvieron a cargo de un joven pianista y matemá-
tico: Mischa Cotlar. Como Lifschitz, Cotlar había emigrado desde
Rusia. Luego de una primera emigración a Montevideo, se trasladó a
Buenos Aires. Su familia había enfrentado serias dificultades en Ru-
sia, incluso para la educación de Mischa, debido a discriminaciones
de orden social. Por fortuna, su educación quedó a cargo de su padre,
un hombre de talento con gran experiencia en la resolución de proble-
mas de ajedrez. Una vez emigrado a Montevideo, Cotlar padre entró
en contacto con ajedrecistas y, a través de ellos, con matemáticos
uruguayos.
Tanto la personalidad como los conocimientos y las ideas, su-
mamente originales, del joven Cotlar causaron honda impresión en
las comunidades matemáticas de ambos lados del Río de la Plata. El
matemático argentino Juan Carlos Vignaux le ayudó a obtener una
beca de la Sociedad Científica Argentina que, aunque modesta, dio
un impulso inicial a Cotlar para continuar profundizando sus estudios
96 EDUARDO L. ORTIZ
sobre la teoría de las funciones de variable compleja en Buenos Ai-
res; juntos publicaron diversos trabajos de investigación sobre ese
tema. Más tarde Cotlar entró en contacto con Rey Pastor y gradual-
mente fue reconocido como una de las personalidades más destacadas
del seminario del Instituto de Matemática de Buenos Aires.
Birkhoff lo describe en su correspondencia como “a young
man of the highest idealistic outlook, although somewhat unusual and
individualistic”,69 refiriéndose implícitamente al hecho que Cotlar te-
nía intereses espirituales e ideales humanos poco corrientes en ese
entonces. Sin contacto con otros matemáticos, Cotlar había desarro-
llado una teoría que, aparentemente, tenía elementos en común con
las investigaciones que Garrett, el hijo de Birkhoff, había hecho sobre
la teoría de lattices. En Buenos Aires, Birkhoff se ofreció a hacer
llegar a su hijo copia de los trabajos de Cotlar, cosa que éste le
agradeció.70
En cartas dirigidas a Moe durante su estada en Buenos Aires,
Birkhoff hizo referencia a las dificultades que Cotlar experimentaba
para obtener su carta de ciudadanía y condenó, sin ambigüedades, los
prejuicios de las autoridades argentinas encargadas de ese trámite.71
Más tarde Stone se referiría a Cotlar como “an extraordinarily gifted
mathematician”.72 Las vetustas regulaciones universitarias de Buenos
Aires no habían sido diseñadas para cubrir casos excepcionales como
el de Cotlar, que prácticamente no había cursado estudios oficiales
regulares. Su incorporación como profesor universitario en la Argen-
tina sólo fue posible cuando un doctorado en la Universidad de Chicago
garantizó su talento como matemático.73 En 1966, después del golpe
militar, Cotlar se vio obligado a dejar la Universidad de Buenos Ai-
res, pasando primeramente a Francia y luego a Venezuela, donde ha
sido una figura clave en el desarrollo de la matemática en ese país,
como lo fue antes en la de la Argentina.
Desde Córdoba Enrique Gaviola, Director del Observatorio As-
tronómico Nacional, invitó a Birkhoff a dictar una conferencia en las
jornadas científicas que acompañarían la inauguración de la nueva
estación astrofísica creada fuera de la capital provincial, en Bosque
Alegre.74 Como en Méjico muy poco antes, las autoridades nacionales
argentinas contribuyeron a dar formalidad al evento; en este caso, con
la asistencia del Vicepresidente en ejercicio de la Presidencia, Ramón
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 97
S. Castillo, ministros y personalidades oficiales y de la cultura. Tal
como lo había hecho en Tonanzintla, Birkhoff disertó sobre “Una
nueva teoría de la gravitación”. Su conferencia tuvo lugar el 4 de
julio.75 La visita fue fugaz, el Rector de la Universidad de Córdoba lo
había invitado a dictar una conferencia en su Universidad, pero
Birkhoff no pudo aceptar por lo breve de su visita.
La emigración científica europea en la Argentina
Muchos científicos y humanistas que emigraron a la Argentina como
consecuencia de la Guerra Civil Española y del advenimiento del
fascismo y del nazismo en Italia y Alemania, respectivamente, no
fueron a la capital sino a universidades del interior. En este aspecto el
caso de la Argentina tiene analogías con lo que ocurría
contemporáneamente en los Estados Unidos. En 1939 (Ortiz 2003b),
considerando el caso de su país, desde Princeton el matemático estado-
unidense Oswald Veblen76 hizo notar a los directivos de los organismos
que trataban de encontrar lugar para los profesores emigrados de
Alemania en los Estados Unidos, que las grandes universidades tradi-
cionales estaban al borde de la saturación. Veblen aconsejó focalizar el
interés en las universidades en desarrollo, sugiriendo una especie de
“conquista científica” del Oeste.77
En la Argentina los científicos o humanistas emigrados de Eu-
ropa saturaron rápidamente las posibilidades de incorporación de las
universidades tradicionales. Un buen número de ellos se incorporó a
universidades del interior. Beppo Levi, Alessandro Terracini y Luis
A. Santaló son algunos ejemplos de matemáticos europeos, de gran
distinción, incorporados a universidades del interior entre fines de la
década de 1930 y principios de la siguiente. Lo mismo puede decirse
en el caso de los científicos y, en particular de matemáticos, que
arribaron a la Argentina desde Alemania e Italia luego de la Segunda
Guerra Mundial.
Desde luego, la incorporación de científicos emigrados de Eu-
ropa es un fenómeno que afectó a un grupo amplio de países fuera de
los centros de intensa actividad científica. Esos países, abocados al
desarrollo de su infraestructura de salud, tecnología y ciencias, esta-
98 EDUARDO L. ORTIZ
ban dispuestos a hacer sacrificios económicos e, incluso, a alterar
políticas y prejuicios tradicionales, para lograr sus objetivos.
Además de varios países de América Latina (principalmente la
Argentina y Méjico y, en menores números, Colombia, Cuba y Perú)
que aprovecharon de la disponibilidad de emigrados científicos, Tur-
quía es uno de los ejemplos más interesantes. Casi inmediatamente
después de los sucesos de 1933 en Alemania, ese país comenzó a
tratar de captar, con cierto éxito, a algunos de los más destacados
emigrantes científicos. También entraron en esta carrera algunos paí-
ses de Asia y Dominios británicos. El caso de la Unión Soviética
entre 1930 y 1937, en el período de los primeros planes quinquenales
cuando se trataba de expandir la base científico-industrial, es entera-
mente similar.
A principios de la década de 1940 varias universidades del
interior de la Argentina vivían un clima de desarrollo y renacimiento
cultural, del que participaban las del Litoral y de Tucumán. Esta
última universidad había logrado captar un buen número de especia-
listas, entre ellos el filósofo Manuel García Morente, el educador y
psicólogo Lorenzo Luzuriaga, los hermanos Terracini (el matemático,
Alessandro, y el filólogo Benvenuto) y el filósofo e historiador Rodolfo
Mondolfo. También había logrado atraer al físico teórico Félix
Cernuschi.
Félix Cernuschi en Tucumán
Aunque de origen uruguayo, Cernuschi se educó en la Argentina,
donde se graduó de ingeniero civil a principios de la década de 1930.
Por influencia de Gaviola se orientó hacia temas de la física lindantes
con la físicoquímica. Una beca de la Asociación Argentina para el
Progreso de la Ciencia (AAPC en lo que sigue) le permitió doctorarse
en Física en Cambridge. Allí trabajó bajo la dirección de Ralph Howard
Fowler, uno de los creadores de la moderna mecánica estadística, que
también se había interesado hacia 1926, en el dominio de la astrofísica,
en problemas relativos a las estrellas enanas blancas. En 1939, a su
regreso a la Argentina, Cernuschi se incorporó a la Universidad de
Tucumán donde, en colaboración con el matemático Terracini, inició
la publicación de un nuevo periódico científico: Revista de Matemáti-
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 99
cas y Física Teórica, que Birkhoff conocía antes de iniciar su viaje.78 A
través de sus contactos internacionales Cernuschi obtuvo para su perió-
dico colaboraciones de científicos del más alto nivel, Einstein, Tullio
Levi-Cívita y Henri Cartan entre ellos. Durante su visita a Córdoba,
Birkhoff hizo contacto personal con Cernuschi, que lo invitó a visitar
Tucumán, lo que hizo más tarde.
Después de la visita a Tucumán, que fue hecha en su camino de
regreso a los Estados Unidos, Birkhoff y Cernuschi establecieron una
comunicación intensa y perdurable. Fruto de ese contacto fue un pro-
yecto de Cernuschi para la creación de una oficina de documentación
que permitiera obtener fotocopias de artículos científicos a los inves-
tigadores matemáticos que trabajaban en universidades con bibliote-
cas nuevas o mal dotadas. El proyecto propiciaba también la posibili-
dad de mantener discusiones sobre temas de investigación matemáti-
ca con colegas de los Estados Unidos, a fin de no repetir investigacio-
nes sobre temas ya conocidos. En respuesta a una carta de Cernuschi
de principios de junio de 1943,79 Birkhoff expresó su esperanza de
que ese proyecto se encarrilaría favorablemente.80 Aunque el proyec-
to tuvo el apoyo firme de Birkhoff,81 y gracias a él fue discutido en el
seno de la American Mathematical Society, las restricciones que im-
ponía la guerra dificultaron su desarrollo y aconsejaron postergar su
puesta en marcha hasta que aquélla finalizara, cuando se esperaba
poder ampliarlo considerablemente. Cambios en la situación política
y académica de la Argentina a partir de 1943, a los que me referiré
más adelante, no permitieron concretar esta interesante posibilidad.
Birkhoff en La Plata y el Litoral
Birkhoff repitió su conferencia sobre la medida estética en otras ciuda-
des argentinas. Invitado por el presidente de la Universidad de La Plata,
Alfredo L. Palacios,82 dictó una conferencia sobre la lógica y la mate-
mática moderna83 en esa ciudad, y luego la repitió en Buenos Aires. Las
universidades de Buenos Aires, La Plata, Tucumán y el Litoral le
pidieron autorización para reproducir partes de sus conferencias.
En la Universidad del Litoral, Cortés Plá, que era profesor de
física en esa Universidad, se esforzó por dar máxima visibilidad a las
ideas de Birkhoff sobre el papel de la ciencia en la educación. La
100 EDUARDO L. ORTIZ
educación universitaria y la historia de las ciencias eran los temas que
más interesaban a Plá en ese momento; sobre ellos escribía con fre-
cuencia en los grandes diarios nacionales. La Facultad de Ciencias
Matemáticas de esa misma Universidad, de la que era Decano Cortés
Plá, publicó más tarde una traducción del libro de Birkhoff sobre la
medida estética, que estuvo a cargo de José Babini y su hijo Nicolás.
Birkhoff en la Academia: la despedida de la Argentina
El 18 de julio de 1942 la Universidad de Buenos Aires otorgó a
Birkhoff un doctorado honoris causa. Ese mismo día fue designado
miembro honorario de la Academia Nacional de Ciencias Exactas,
Físicas y Naturales. Para esta ceremonia Birkhoff eligió desarrollar su
formulación de la teoría de la relatividad. En la nota que publicó sobre
ese acto,84 el diario La Nación comentó que su teoría perfeccionaba y
simplificaba la teoría de la relatividad de Einstein.
Como despedida de su gira por la Argentina, en la noche del
día en que se desarrollaron esas dos ceremonias, Birkhoff fue invita-
do a una cena en su honor en los salones del Jockey Club. En esa
cena participaron algunas de las figuras más importantes de la cultu-
ra, la ciencia y la política argentinas de ese momento. Birkhoff tuvo
oportunidad de conversar con el ministro de Justicia e Instrucción
Pública Guillermo Rothe, a quien había visitado anteriormente, y
también con el ex-Presidente, general e ingeniero Agustín P. Justo.
Este último era una figura de considerable peso en ese momento, ya
que se presagiaba su regreso como Presidente en las elecciones de
1944. Justo falleció poco antes del golpe de estado de 1943, creando
un vacío importante en las filas de sus partidarios.
En la nota de La Nación antes citada, se da una larga lista de
asistentes, entre las cuales interesa destacar a un ex-Presidente de la
Comisión Nacional de Cultura, al filósofo Coriolano Alberini, al físi-
co Teófilo Isnardi, al coronel Manuel Savio, al escritor, periodista y
ex ministro Adolfo Bioy y a José P. Tamborini, que antes de cuatro
años enfrentaría por la Presidencia de la Nación al entonces coronel
Juan D. Perón.
En sesiones especiales, Birkhoff fue también electo miembro
honorario de la Unión Matemática Argentina y de la Sociedad Cientí-
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 101
fica Argentina. Estos honores dan una medida clara de la apreciación
que los científicos de la Argentina tuvieron acerca de la importancia
de la visita de Birkhoff. El último de ellos era un homenaje poco
común; Birkhoff lo compartió con Charles Darwin y con unos pocos
científicos extranjeros que, luego de Darwin, tuvieron contacto direc-
to con la Argentina.
La correspondencia privada de Birkhoff revela que, durante su
visita a América Latina, evitó hacer de intermediario político y con-
centró sus esfuerzos en el campo de la cultura. Una de la pocas
referencias a la actitud de la Argentina frente a la guerra está expresa-
da en una carta escrita a su regreso a un amigo suyo en el servicio
diplomático.85 Haciendo referencia a la cena de despedida de Buenos
Aires, Birkhoff escribió: “you may see to what unexpected altitudes
an ordinary mathematician may occasionally be transported”. No se
equivocaba, desde la visita de Einstein ningún matemático, argentino
o extranjero, reunió en su honor una audiencia de similar capacidad
ejecutiva.
Birkhoff no se sintió obligado a dar en los Estados Unidos
opiniones sobre la política interna de la Argentina, para lo que com-
prendía que no estaba suficientemente calificado. No obstante, en esa
misma carta señaló que creía que “more than 95% of the Argentine
people are with us in the present conflict”.
Birkhoff tuvo también contactos con el otro 5%, por ejemplo,
con Rothe. No desconocía tampoco Birkhoff que algunos de sus cole-
gas matemáticos argentinos eran entonces favorables al triunfo de
Alemania. Con ellos mantuvo, tanto en la Argentina como luego de
su regreso desde los Estados Unidos, una relación cordial y respetuo-
sa. En correspondencia privada mostró una actitud sumamente amplia
en la consideración de las preferencias políticas de sus colegas argen-
tinos. Refiriéndose a la actitud frente a Alemania atribuida a uno de
ellos, Agustín Durañona y Vedia, por colegas argentinos, Birkhoff se
limitó a señalar que todo científico conserva afecto por el país donde
ha recibido una parte substancial de su entrenamiento científico.
En efecto, Durañona y Vedia había recibido entrenamiento en
Alemania, donde había entrado en contacto con el álgebra moderna al
102 EDUARDO L. ORTIZ
estilo del holandés Bartel L. van der Waerden y con una matemática
de un nivel posiblemente más abstracto que la que corrientemente se
estudiaba en la Argentina a fines de la década de 1930. Fue él quien
inició el estudio de las obras de Stone en el seminario de matemática
de la Universidad de La Plata.86 La actitud de Birkhoff con respecto a
Durañona y Vedia concordaba plenamente con su pensamiento de
que era necesario que los Estados Unidos establecieran un contacto
intelectual más estrecho con los países de América Latina. En parti-
cular, que mostraran un interés más activo en la formación de los
cuadros científicos de la Argentina.
La visita a la Universidad de la República, Montevideo, cubrió
del 27 al 30 de julio. En esa ciudad disertó sobre la medida estética y
sobre las relaciones entre la lógica y la matemática moderna. El 1 de
agosto de 1942, inmediatamente después de su regreso a Buenos
Aires,87 inició su largo viaje de regreso a Cambridge. Marjorie, la
esposa de Birkhoff, regresó antes que él, el 15 de junio, y aprovechó
el período de conferencias y viajes de su marido por el interior de la
Argentina para hacer una breve visita a Río de Janeiro.
Notas
* Este artículo es parte de un trabajo más extenso sobre las relaciones científicas de
América Latina con los Estados Unidos en el campo de las ciencias exactas,
fragmentos del cual fueron leídos en diversos seminarios de historia de la ciencia
en Europa, los Estados Unidos y América Latina entre 1999 y 2002. Un resumen
fue leído en la Primera Jornada de Historia de la Ciencia Argentina organizada por
César Lorenzano y Verónica Tosi, en Buenos Aires, en septiembre de 2001. A
ambos deseo agradecerles, muy especialmente, haberme dado la oportunidad de
discutir este trabajo con una audiencia argentina, a la que agradezco sus comenta-
rios.
1
Algunos aspectos particulares de la inserción de la astronomía y de la fisiología en
redes internacionales se consideran separadamente.
2
La visita del profesor Dirk J. Struik, de MIT, a Méjico en 1934 respondió a una
descripción diferente de la de Birkhoff. Su visita fue generada en Méjico, y no en
los Estados Unidos: Struik fue invitado a Méjico por su ex-alumno de MIT,
Alfonso Nápoles Gándara, entonces profesor en la Universidad de Méjico. El
deseo de Struik por visitar ese país se fundaba en su simpatía política con la
Revolución Mejicana y con el gobierno del presidente Lázaro Cárdenas. (SP y
conversaciones con D. J. Struik, 1997-1998). También Marshall H. Stone había
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 103
visitado ya América Latina, por ejemplo, en 1937; sin embargo, hasta 1942 sus
visitas habían sido, fundamentalmente, de carácter turístico.
3
El informe de Birkhoff está fechado en París en Septiembre 8, 1926; copia en RAC.
Véase también: Ortiz 1999.
4
International Education Board, Mathematicians, 1923-1927; también George
Birkhoff, 1925-1927 y Harvard-Birkhoff (RAC).
5
El teorema de Poincaré sugería que sería posible demostrar la existencia de
soluciones periódicas de una forma restringida del problema de los tres cuerpos
usando consideraciones geométricas relativamente simples.
6
Véase Ljusternik; Schnirelmann, 1934. Sobre la importancia del trabajo de Birkhoff
en esta dirección véase Ekeland; Ghoussoub, 2002: 208-209, 228.
7
Sobre este tema véase Brush, 1966.
8
Esta referencia aparece en un borrador del proyecto de creación, en los Estados
Unidos, de una nueva revista de referencia matemática (llamada luego Mathematical
Reviews) fechado en junio 8 de 1939. Posiblemente sea parte de una carta del
matemático Oswald Veblen, de Princeton, al profesor Harold Urey, remitida a
Birkhoff hacia fines de ese mismo mes. (HA)
9
Invitación que Birkhoff no pudo aceptar, debido a que era entonces Decano de la
Facultad de Artes y Ciencias; Birkhoff a Borel, abril 21 de 1936. (HA)
10
The President and Fellows of Harvard College a Birkhoff, Mayo 9, 1939; designa-
ción como “Exchange Professor” en Francia para 1939-1940. (HA)
11
A pedido de Birkhoff, Rey Pastor hizo un inventario preliminar de matemáticos
latinoamericanos, reproducido luego en Rey Pastor 1951. En la recopilación de las
obras completas de Julio Rey Pastor, Ortiz 1988, esta obra se encuentra en el vol.
V, MF 1951 1: 2. En lo que sigue me referiré a obras completas de Julio Rey Pastor
como Works, 1988.
12
El Institute of Latin American Publication tenía su sede en el Harvard Observatory
y estaba a cargo de la secretaria de Shapley, Christina M. Buechner.
13
Compton pensaba que para hacer esas observaciones sería más económico “first
giving a local physicist a training fellowship and then furnishing him with a
modest amount of equipment” que enviar un observador estadounidense. Warren
Weaver, Interviews, 1942; reporte de una entrevista con Compton, Enero 15, 1942.
(RAC)
14
The Office of Coordinator of Inter-American Affairs fue establecida por Executive
Order No. 8840, de Julio 30, 1941.
15
Moe a Birkhoff, Enero 22, 1941.
16
Por ejemplo, el que representaba el escritor estadounidense Waldo Frank. Frank
visitó por tercera vez Buenos Aires en 1942; el primero de agosto el gobierno
argentino lo declaró persona non grata y, al día siguiente, fue atacado por
104 EDUARDO L. ORTIZ
elementos de la ultraderecha local. Ese ataque colocó a Frank y a su mensaje
antifascista en la primera página del New York Times. Este episodio tuvo también
una influencia considerable en la percepción de la Argentina en el extranjero como
un país alineado con el fascismo.
17
Ortiz 2001 contiene referencias a un estudiante argentino que cursó estudios de
matemática en Alemania hacia 1850. Este caso tiene interés particular, ya que pone
en tela de juicio algunos conceptos clásicos relativos al proceso de transferencia de
la ciencia desde los centros más avanzados hacia los emergentes.
18
Durante la Guerra Civil española Cannon había sido National Chairman del
American Bureau to Aid Spanish Democracy. Cannon hizo referencia a su simpatía
por la República Española al referirse a su amistad con Juan Negrín (véase Cannon
1945; las citas dadas en este trabajo han sido tomadas de la traducción castellana, p.
179.) En correspondencia personal con Cannon, Moe expresó su admiración por la
actitud de Cannon frente a la Guerra Civil Española: Moe a Cannon, Agosto 4,
1942. (APS)
19
El desarrollo de la ciencia en Estados Unidos, particularmente en el último tercio
del siglo diecinueve, debía mucho a la influencia de Alemania, donde buen número
de sus profesores universitarios recibieron sus doctorados. El astrónomo Benjamín
Gould fue uno de ellos; es posible que su entrenamiento alemán haya contribuido a
subrayar el interés de Sarmiento por él.
20
Véanse Kevles 1971¸ Forman 1973, Schröder-Gudehus 1978, Badash 1979 y las
referencias dadas en esos trabajos.
21
La rivalidad más notable se manifestó con sus vecinos profesionales más inmedia-
tos, los físicos. Durante la Segunda Guerra Mundial Stone jugó un papel importan-
te en esas controversias, tratando de lograr para los matemáticos una consideración
oficial similar a la que recibían los físicos, por ejemplo en materias relacionadas
con la movilización y el reclutamiento para la guerra.
22
Godofredo García, nacido en 1888, se graduó de ingeniero y luego de doctor en
matemática en la Universidad Mayor de San Marcos, de la que fue profesor de
mecánica racional. En paralelo con su carrera científica, García fue una figura
académica destacada. Fue Vicedecano y Decano de la Facultad de Ciencias en
varios períodos entre 1923 y 1941 cuando, finalmente, fue elegido Rector de su
universidad. Buen administrador, desde esa posición, que conservó hasta 1943,
contribuyó a sanear las finanzas universitarias y a abrir la universidad a un mayor
contacto con el exterior. Por un largo período impulsó la publicación de la Revista
de Ciencias, fundada por Federico Villareal en 1897, que era el órgano oficial de su
Facultad. Bajo su dirección la Revista comenzó a publicar contribuciones de
científicos extranjeros, lo que permitió establecer un canje amplio que dotó a Perú
de colecciones importantes de revistas extranjeras.
23
García a Birkhoff, Julio 20, 1939. (HA)
24
Esta es la opinión casi unánime de quienes lo conocieron personalmente.
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 105
25
Sobre Gravalos véase Ortiz 2003c.
26
Por ejemplo, en la extensa la lista de Ernesto García Camarero, publicada en
Abellán 1978, o en la más completa de Giral 1994. Esta última se basó en las
llamadas “listas de París,” compiladas por la Unión de Profesores Universitarios
Españoles en el Extranjero, que se estableció en aquella ciudad y se trasladó a
Méjico al comienzo de la Segunda Guerra Mundial.
27
Moe tenía una alta estima personal por González Domínguez, recién llegado a los
Estados Unidos, en una nota de introducción a Wiener, lo presenta como “as a man
is just as good as he is as a mathematician”. Moe a Norbert Wiener, Septiembre
25, 1939. (MIT)
28
González Domínguez a Moe, posiblemente Enero de 1942. (HA)
29
Moe a González Domínguez, Enero 3, 1942. (HA)
30
Decano Luis A. Ygartúa a Moe, Enero 16, 1942. (AUBA, FCEFN, Decanato, nota
No. 8948)
31
En el Atlántico, los llamados U-boats llegaron a hundir unos dos mil quinientos
barcos aliados.
32
Referidas en carta de Moe a Birkhoff, Enero 22, 1941. (HA)
33
Sin embargo, como he dicho antes, esta oficina logró éxitos importantes en la
difusión amplia de materiales de propaganda a favor de los países aliados, particu-
larmente en el nivel popular.
34
Moe a Birkhoff, Enero 22, 1941. (HA)
35
Rey Pastor 1915; existe una edición facsimilar de esta obra, con una “Presenta-
ción” de E. L. Ortiz, impresa en Logroño en 1983.
36
Dirk Struik, Capítulo sobre Méjico en el manuscrito de sus Memorias inéditas. (SP)
37
Graef Fernández en 1937, 1938 y 1939 y Barajas en 1944.
38
MIT Register of former Students, Cambridge, 1935 a 1940, según datos recogidos
por el autor.
39
Por su colaboración en el desarrollo del Observatorio de Tonanzintla, Shapley
recibió del gobierno mejicano la Orden del Águila Azteca el 22 de Julio de 1942;
Science, 100, No. 2587, Julio 28, 1944, p. 72.
40
Los procesos alentados por el senador McCarthy, destruyeron muchas amistades
creadas alrededor de Shapley. En el Observatorio de Harvard algunos de sus antiguos
colegas y amigos se distanciaron y en sus autobiografías trataron de fundamentar esa
separación. En una de ellas, el distinguido astrónomo profesor Donald H. Menzel
(manuscrito inédito de su Autobiografía, en Menzel’s Papers, (HA)) hace imputacio-
nes a Shapley por el equipo que Harvard construyó para Tonanzintla y sugiere que no
funcionaba cuando ese observatorio fue inaugurado.
41
Sobre la historia de la astronomía en Méjico véase Bok 1983 y la importante colección
de la que es parte este trabajo, Moreno Corral 1983, y también Bartolucci 2000.
106 EDUARDO L. ORTIZ
42
Este trabajo inauguró las publicaciones de la Sociedad Matemática Mexicana.
43
Stone a Houssay, Mayo 22, 1942.
44
Por ejemplo, en el documentado trabajo de Eli de Gortari, La ciencia en la historia
de México, México, 1963, no se menciona siquiera el nombre de Lifschitz.
45
Moe a Birkhoff, Marzo 9, 1942. (APS)
46
Sin embargo, efectivamente había habido por lo menos un problema con relación a
las prioridades en la ruta de Centroamérica.
47
García a Birkhoff, Diciembre 7, 1939. (HA)
48
García se refería a las dos grandes regiones naturales del Perú., con cadenas altas o
relativamente bajas.
49
Cuando esto ocurrió, Birkhoff creyó haber recibido un grado honorario; lo que no
fue el caso.
50
“In an earlier letter I received from García, of which I have not sent you a copy, I
received the clear impression that he was exceedingly anxious to come to this
country under some auspices such as that of your Committee. I was somewhat
startled and embarrassed by this impression”, Birkhoff a Moe, Enero 21, 1941
(APS)
51
Sin embargo la visita, que escapa al interés específico de este trabajo, fue parcial-
mente financiada por el gobierno de Perú y causó increíbles complicaciones.
Hermann Weyl, entonces en Princeton, que hablaba castellano, actuó como inter-
mediario y trató de ayudar a García. Weyl calificó la visita como una “opereta
española”. Moe rehusó contribuir a esa visita con fondos suplementarios de la
Oficina o de la Fundación. Birkhoff se vio obligado a apelar a la fidelidad de sus
amigos para obtener invitaciones.
52
Birkhoff a García, Julio 7, 1941. (HA)
53
En esos años Birkhoff continuaba interesado en los problemas de la teoría ergódica.
Sin embargo, con algunos de sus alumnos (Gravalos era uno de ellos) estaba
explorando el mundo nuevo y fascinante de las ecuaciones diferenciales no linea-
les; también en esta área podría haber llevado ideas sumamente novedosas a la
región que visitaba.
54
En ese momento la actividad matemática en la Universidad de San Marcos se
concentraba en el Departamento de Astronomía y Geodesia.
55
Una de las diversas posibilidades fue, posiblemente, el sentimiento de filósofos de
Harvard de que Birkhoff estaba invadiendo su territorio. Por otra parte, es posible
que autoridades de los Estados Unidos temieran que Miró Quesada pudiera partici-
par de las ideas atribuidas a miembros de su familia. Los Miró Quesada eran
propietarios del importante y antiguo diario limeño El Comercio, que había
apoyado a Alemania desde el principio de la Segunda Guerra Mundial y había dado
un cambio completo de orientación inmediatamente después del ataque a Pearl
Harbour.
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 107
56
Birkhoff 1933; también su trabajo anterior, Birkhoff 1932.
57
Birkhoff a Moe, Mayo 17, 1942. (APS)
58
Erro creía que era necesario comenzar por las instalaciones del Observatorio y el
personal científico se desarrollaría. Es interesante confrontar esta posición con la
de Aguilar, completamente opuesta, como Presidente de la Comisión del Arco de
Meridiano en la Argentina, en esos mismos años; véase Ortiz 2003b.
59
El acta de fundación es de 1893.
60
Sobre el debate de la universidad privada en la Argentina, véase Mariscotti 1985,
Caps. II y V.
61
Birkhoff recibió ese premio por su trabajo en la teoría de sistemas de ecuaciones
diferenciales, en 1933.
62
Antes de que se iniciara el viaje, Moe consultó con Augusto J. Durelli, entonces
becario de la Fundación Guggenheim en MIT, sobre la mejor manera de cruzar de
Chile a la Argentina.
63
Sobre Rey Pastor, véase Ríos et al. 1979; “Introduction”, en Ortiz 1988, I; Ortiz
2000b; Fernández Stacco 2002, y las referencias dadas en esos trabajos.
64
Revista de la Unión Matemática Argentina. Sobre la secuencia de revistas matemá-
ticas argentinas anteriores a ésta, véase Ortiz 1993: 104-105.
65
Escribía Birkhoff: “The group at Buenos Aires were thinking seriously of developing
the series of technical lectures which I had given, (referred to in Igartua’s letter)
and putting this article into book form and were proposing at any rate to study the
possibilities of further development that I had given the subject.” Birkhoff a Moe,
Noviembre 24, 1942. (HA)
66
Birkhoff a Terradas, Mayo 31, de 1942, reproducida en Ortiz; Roca; Sánchez Ron
1989: 101-102.
67
Tanto en Perú como en la Argentina hubo también grupos de artístas que se
interesaron por discutir esos temas en más detalle con Birkhoff.
68
Esos cartones son visibles en las fotografías que han quedado de sus conferencias.
69
Birkhoff a Moe, Septiembre 11, 1942. (HA y APS)
70
Cotlar a Birkhoff, Junio 24, 1942 (erróneamente dice 1941).
71
Birkhoff a Moe, Julio 27, 1942. (HA)
72
Stone a Moe, Abril 13, 1944. (APS)
73
En 1952 Cotlar obtuvo su doctorado bajo la dirección del profesor Antoni Zygmund
que, algunos años después de Birkhoff, visitó la Argentina en varias oportunidades.
74
La idea de la invitación no se originó en el Observatorio, sino que fue Birkhoff
quién expresó interés en participar en la inauguración de la estación astrofísica,
como lo había hecho poco antes en Tonanzintla. Con ese fin, González Domínguez
hizo una gestión ante Plá, que telegrafió a Gaviola solicitando alojamiento para
108 EDUARDO L. ORTIZ
Birkhoff. Gaviola cursó inmediatamente la invitación en la nota: Gaviola a Birkhoff,
Junio 25, 1942. Birkhoff deseaba exponer su teoría de la gravitación ante matemá-
ticos, físicos y astrónomos. (HA)
75
M. Dartayet le pidió copia de ese trabajo para publicarlo en la Revista Astronómica;
Dartayet a Birkhoff, Octubre 24, 1942. (HA)
76
Veblen, cuatro años mayor que Birkhoff, era uno de sus mejores amigos. Se habían
conocido en la Universidad de Chicago, donde las tesis de ambos fueron dirigidas
por E. H. Moore, y volvieron a encontrase en Princeton entre los años 1909 y 1912.
En la recepción de una larga serie de honores, Veblen se adelantó a Bikhoff por
unos pocos años. Aunque no siempre coincidieron en sus perspectivas, más
radicales en el caso de Veblen, mantuvieron un profundo respeto mutuo.
77
Decía Veblen: “My impression is that we are not far from the saturation point in
the more prominent universities” y aconsejaba que los nuevos emigrados fueran
desviados a universidades del interior del país. Veblen a Dr. Stephen Duggan,
Secretario de The Emergency Committee in Aid of Displaced German Scholars,
Nueva York, Marzo 14, 1939. (EC)
78
La biblioteca de la Universidad de Tucumán hizo esfuerzos por difundir la Revista,
tratando de entrar en el canje internacional; Birkhoff recibió ejemplares en 1941.
79
Cernuschi a Birkhoff, Junio 4, 1943. (HA)
80
Birkhoff a Cernuschi, Junio 15, 1943. (HA)
81
Decía Birkhoff: “I can assure you that the mathematicians in this country will be
extremely interested to do whatever possible to enhance the effectiveness of the
cooperation between all of the countries of our great continent.” Birkhoff a
Cernuschi, Abril 3, 1943. (HA)
82
Palacios a Birkhoff, Junio 22, 1942. (HA) Palacios envió una comisión de profeso-
res de su universidad a Buenos Aires con el fin de ratificar la invitación.
83
En su conferencia Birkhoff se ocupó de El Principio de la razón suficiente, tema
que había atraído su atención durante mucho tiempo.
84
La Nación, Domingo 19 de Julio de 1942.
85
Birkhoff a Lawrence Kinnaird, Diciembre 17, 1942. (HA)
86
Debo esta información a uno de los asistentes a ese seminario, Eduardo H.
Zarantonello; entrevista en Abril 1999.
87
El mismo día en que el escritor estadounidense Waldo Frank fue declarado persona
no grata en la Argentina.
LA POLÍTICA INTERAMERICANA DE ROOSEVELT 109
Fuentes documentales
APS American Philosophical Society Archive, Filadelfia.
AUBA Archivo de la Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires.
CAB Centro Atómico Bariloche, Archivo.
EC The Emergency Committee in Aid of Displaced German Scholars, Nueva
York.
HA Harvard University Archive, Cambridge, Massachusetts.
HL Hay Library, Brown University, Providence.
IEC Institut d’Estudis Catalans, Barcelona.
MIT Massachussets Institute of Technology Archive, Cambridge,
Massachusetts.
RAC Rockefeller Archive Centre, New York.
SP Prof. Dirk Struik papers, colección privada, Belmont, Massachussets.
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Enfoques
ETTORE MAJORANA O UN CONDENADO
A LA CIENCIA SE ESCAPA
Pablo A. Gisone
Laboratorio de Radiopatología
Autoridad Regulatoria Nuclear (ARN)
José Luis Gómez
Unidad de Radioquímica y Radiotrazadores
Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA)
Ser o no ser: ésta es la cuestión: si es más
noble sufrir en el ánimo los tiros y flechazos
de la insultante Fortuna, o alzarse en armas
contra un mar de agitaciones y , enfrentán-
dose con ellas, acabarlas
Shakespeare, Hamlet.
El caminante que no deja huellas
Protagonista de la doctrina del progreso ilimitado, el hombre de ciencia
encarnó el nuevo paradigma de una hagiografía hija de la modernidad.
Con los requerimientos de “ideas claras y distintas”, surgidos
de la racionalidad cartesiana, a los que fueron añadiéndose otros,
como la aspiración a la universalidad y al dominio eficaz de la natura-
leza, la ciencia procuró definir un espacio propio a salvo de desvíos
metafísicos. En este contexto, sin embargo, el hombre de ciencia
reunió, a partir de una tradición surgida en los siglos XVIII y XIX,
los atributos simbólicos del héroe o del santo, en un juego en el cual
la sociedad le debía reconocimiento, basándose en los méritos y sacri-
ficios que lo convertían en una avanzada de la razón. La virtud laica
del hombre de ciencia remplazaba las virtudes teologales que habían
114 PABLO A. GISONE - JOSÉ L. GÓMEZ
servido, desde la Edad Media, de modelo del hombre intelectualmen-
te encumbrado o del sabio.
En este sentido, cualquier divulgador de la obra de un hombre
de ciencia podría encuadrar los aportes de éste en una vasta red de
significaciones. Pero, en todo caso, podrá prescindir o no de una
biografía, es decir, podrá elegir acompañar el curso de sus ideas con o
sin referencias al modo de concebir el mundo, creencias, hábitos, etc.
Hay que admitir que ceñirse a aspectos técnicos, prescindiendo de
otros existenciales, puede haber contribuido a preservar en muchos
casos la honorabilidad de un respetable número de científicos.
Existen, sin embargo, raros casos en que obra y vida dibujan un
conjunto tan abigarrado, que es imposible prescindir de la luz de una
sobre la otra.
Las cosas pueden complicarse cuando se percibe que la trayec-
toria de un hombre parece escapar a las líneas interpretativas que
podrían situarlo en el centro de ese juego de reciprocidades aludido
antes y entonces, paradójicamente, puede ser que tampoco una bio-
grafía ayude a encontrar la clave.
De cualquier manera, lo habitual suele ser hallar, a partir de la
reconstrucción histórica de una vida , cierto nivel de predictibilidad
de actos y pensamientos. Siempre habrá alguna pista para entender el
suicidio de Turing o la misantropía de Wittgenstein. Pero ¿cómo
arreglárselas con alguien que, con características geniales, parece ser
elusivo o participar de un plan para no dejar rastros?
Los jóvenes de Panisperna y el salto a la física
“Se devuelve por defunción del destinatario”. Con esta lacónica frase,
escrita de puño y letra en el dorso de las cartas recibidas en una pensión
de Nápoles, Ettore Majorana (EM), una fascinante personalidad cientí-
fica de la primera mitad del siglo XX, respondía al interés epistolar de
amigos y colegas antes de desaparecer para siempre, a los treinta y un
años de edad, abriendo uno de los finales más enigmáticos de la vida de
un hombre de ciencia. Puede ser que toda la singularidad del interro-
gante planteado por su desaparición resida en la minuciosidad emplea-
da para llevarla a cabo. Un diseño que llevó a Enrico Fermi a afirmar
que, de ser realmente deliberado, tendría los rasgos de talento necesa-
ETTORE MAJORANA O UN CONDENADO A LA CIENCIA SE ESCAPA 115
rio para hacer fracasar cualquier intento de hallarlo. Podría decirse que
EM, al programar su escape del mundo, quiso convertirse en un objeto
evasivo a la reconstrucción historiográfica o psicológica .
EM nació en Catania el 5 de agosto de 1906 en el seno de una
familia con fuerte gravitación en la vida intelectual de Sicilia. Su padre,
Fabio, egresó a los diecinueve años como ingeniero y luego se graduó
en ciencias físicomatematicas, siguiendo el camino de algunos de sus
hermanos (Quirino fue titular de Física experimental del Politécnico de
Torino; tres hermanos de Fabio llegaron a ser Rectores de la Universi-
dad de Catania y un cuarto, Ministro de las Finanzas y el Tesoro).
El rasgo quizá más sobresaliente de la infancia de EM es su
introversión y la increíble precocidad manifestada para la resolución,
aun sin lápiz y papel, de cálculos complejos. Luego vendrá la escuela
con los jesuitas de Roma y el Liceo Torcuato Tasso, a partir del cual
las fechas comienzan a aproximarse entre sí. En 1923 comenzó los
estudios de Ingeniería en Roma que, motivado por Enrico Fermi,
remplazó por los de Física en 1928. En 1929 obtuvo el Doctorado en
Física con la tesis “Teoría cuántica de los núcleos radiactivos” bajo la
dirección del propio Fermi. Esa dirección inauguró una colaboración
mutua que, con el tiempo, fue discontinua, en parte por los aconteci-
mientos políticos, en parte a causa del propio EM.
Agrupados en torno a la figura del gran físico italiano que, a la
sazón, coordinaba los esfuerzos del grupo de Física Teórica del Insti-
tuto de Física de Roma, un puñado de estudiantes y graduados consti-
tuyó el llamado “Grupo de Jóvenes de Panisperna” (nombre de la
calle donde se encontraba el Instituto). En esos años Fermi trabajaba
en un modelo estadístico, que sería conocido como de Thomas-Fermi,
con el que luego obtuvo valores numéricos de la llamada constante
universal de Fermi.1
La primera entrevista de Fermi con el oscuro estudiante siciliano
(el “sarraceno” como lo llamaron más tarde debido a su origen insu-
lar) que vacilaba entre la carrera de Ingeniería y la de Física, fue el
episodio inaugural de una historia de perplejidades para Fermi. Éste
puso a EM al tanto de los lineamientos generales de su trabajo y abrió
ante sus ojos una planilla con los resultados obtenidos en los últimos
meses. Majorana, sin revelar intención alguna, ni decisión acerca de
si encarar o no la carrera de Física, se retiró en silencio. A la mañana
116 PABLO A. GISONE - JOSÉ L. GÓMEZ
siguiente, volvió a presentarse ante Fermi con datos obtenidos por sí
mismo, que coincidían en forma sorprendentemente exacta con los de
Fermi. Majorana había transformado la ecuación no lineal de segundo
orden de Thomas–Fermi en una ecuación de Recatti,2 que luego inte-
gró numéricamente. Si EM dio muchas pruebas, en su breve vida
pública, de que su natural era introvertido y discreto hasta el exceso,
también se mostró capaz de ejercer una ironía desconcertante. Es
difícil saber si ése fue el caso cuando, ante el estupor de Fermi,
Majorana le comunicó que, ya que sabía que sus resultados eran
correctos (los de Fermi!), había decidido ponerse bajo su dirección.
Tal vez esa misma irritante ironía, después de demostrar una singular
habilidad matemática, hiciera sospechar a Fermi lo que luego afirma-
ría del estudiante EM: “es posible que sea el mayor físico teórico de
nuestro tiempo”.
De acuerdo con el testimonio directo de Bruno Pontecorvo,
compañero del grupo inicial de colaboradores de Panisperna, “algún
tiempo después del ingreso en el grupo, Majorana poseía un nivel de
erudición tal y un nivel de comprensión de la física, como para hablar
con Fermi de cuestiones científicas de igual a igual”.
Habría que decir que, de algún modo, el encuentro entre EM y
Fermi venía gestándose desde mucho tiempo antes, más precisamente
en el ámbito del Colegio Máximo de los jesuitas de Roma. Allí se
hallaban, junto con EM como alumnos, algunos hijos de prestigiosos
intelectuales italianos que luego serían sus compañeros de la carrera
de Ingeniería. Así los nombres de Gentile, Volterra, Segré, Amaldi,
se verán imbricados en el destino de EM y del Instituto de Física
durante muchos años.
Algunos de ellos acudirán al llamado entusiasta, dirigido a los
jóvenes, de Orso Mario Corbino, Director del Instituto, a cerrar filas
en torno a un programa de investigaciones en física teórica y experi-
mental. En esa oportunidad Amaldi puso a Fermi al corriente de las
condiciones excepcionales de EM, creando el contexto para el en-
cuentro antes aludido.
Se ha dejado entrever que la relación con Fermi resultó fructí-
fera aunque seguramente algo decepcionante. Algunos detalles del
carácter de EM pueden contribuir a confirmar esta última asevera-
ción. Laura Fermi (la esposa de Enrico Fermi) testimonia:
ETTORE MAJORANA O UN CONDENADO A LA CIENCIA SE ESCAPA 117
Majorana tenía un carácter extraño: era excesivamente tímido y ce-
rrado en sí mismo.
Caminando por la mañana hacia el Instituto de Física, se ponía a
pensar con el ceño fruncido. Se le ocurría una idea nueva, o la solu-
ción de un problema difícil, o la explicación de algún resultado expe-
rimental que parecía incomprensible. Del bolsillo extraía un lápiz y el
papel de un paquete de cigarrillos donde garabateaba fórmulas com-
plejas . Cuando llegaba al Instituto, buscaba a Fermi o a Rasetti y con
el paquete de cigarrillos en la mano explicaba la idea. Una vez apro-
bada, ambos lo exhortaban con entusiasmo a publicarla. Entonces
Majorana se cerraba de nuevo en sí mismo, farfullaba que todo eso
era juego de niños y que sus ideas no valían la pena. Luego de fumar
el último cigarrillo tiraba el paquete con las fórmulas al cesto... [cita-
do en Recami 1999].
Claudio Magris (2003) supo caracterizar esta actitud de “pres-
cindencia” o excentricidad de EM, como si él mismo creyera que,
detrás de cada cosa, estuviera el prejuicio de la “insignificancia de
cualquier acción”.
El rigor y la falta de complacencia para los trabajos propios y
de otros le valen la nominación de “Gran Inquisidor” con la que
amigos y colegas lo recordarán siempre. En este sentido los testimo-
nios convergen unánimes en el reconocimiento de que EM se había
anticipado a la teoría del núcleo atómico y había rechazado el pedido
de Fermi, de publicarla rápidamente, por considerarla “de no muy
buena calidad”. Lo que su modestia consideraba de mérito mediocre
para ser publicado, sería finalmente formulado por Heisenberg, meses
más tarde, como uno de los puntos de inflexión en la comprensión de
la física del núcleo atómico (véase más adelante).
Cuando, en enero de 1932, Federico e Irene Joliot-Curie comu-
nicaron el descubrimiento de una radiación penetrante que emiten
ciertos elementos ligeros cuando son bombardeados con partículas
alfa, EM comprendió rápidamente que lo que habían descubierto era
el “protón neutro” (el neutrón), lo que luego sería confirmado por J.
Chadwick en el mismo año.
En tiempo récord, EM construyó un modelo de núcleo atómico
constituido por protones y neutrones que interactuaban a través de
118 PABLO A. GISONE - JOSÉ L. GÓMEZ
“fuerzas” no dependientes de sus coordenadas espaciales. Esto le
permitió explicar por qué las partículas alfa compuestas de dos protones
y dos neutrones están más fuertemente ligadas que el núcleo de deuterio
(compuesto por un solo protón y un solo neutrón). Heisenberg pre-
sentaría, posteriormente, un modelo que solo difería del de EM en
que a la independencia de coordenadas espaciales se añadía la inde-
pendencia de sus espín.3
Ante la negativa a publicarlo, Fermi ofreció presentar el desa-
rrollo en un congreso que tendría lugar en Paris, naturalmente en
nombre de EM. Éste se negó, a menos que se atribuyera la paternidad
de la idea a cierto profesor de electrotécnica, famoso por su torpeza.
No es necesario un gran despliegue de imaginación para representarse
la turbación y fastidio de Fermi ante las ironías extravagantes del
discípulo quien, según Laura Fermi, “encontraba como jugando” cuan-
do el resto del Instituto sólo “buscaba”. Invitaciones a Rusia,
Cambridge, Yale, Fundación Carnegie, etc. engrosaron el repertorio
de sus rechazos.
Leipzig o la breve felicidad
El 20 de enero de 1933 EM llegó a Leipzig, a sugerencia de Fermi y
gracias a una beca, a fin de permanecer un tiempo con W. Heisenberg
en el Instituto de Física, al que describe, graciosamente, como situado
entre el manicomio y el cementerio.
En Heisenberg encontró enseguida un espíritu afín al suyo en
cuestiones que podían exceder largamente la Física. Ambos estaban
atentos a temas humanísticos y compartían un fuerte interés por el
ajedrez. A partir de la abundante obra ensayística de Heisenberg es
fácil imaginar los puntos de convergencia. Majorana era un estudio-
so del pensamiento de Schopenhauer en el terreno filosófico, de
Pirandello y Shakespeare en el literario. Además, era un apasionado
de la teoría de juegos y de estrategia de guerra naval, un interés que
le venía desde la infancia. Quedan muchos testimonios de la perma-
nente apertura de Heisenberg a las fuentes filosóficas del conoci-
miento, desde la filosofía natural de los griegos y renacentistas como
Gassendi, hasta la obra de Kant (“La imagen de la naturaleza en la
física actual”).
ETTORE MAJORANA O UN CONDENADO A LA CIENCIA SE ESCAPA 119
En Leipzig EM publicó, finalmente, su teoría del núcleo atómi-
co a instancias del propio Heisenberg: “Uber die Kerntheorie” y “Sulla
teoría dei nuclei” (1933a,b).
Hay que señalar que esta relación dialógica con Heisenberg
asumió un matiz de excepcionalidad, que parece ir a contrapelo del
carácter silencioso e introvertido de EM, aunque en los seminarios,
cuando Heisenberg le solicitaba exponer sus ideas, se refugiaba en un
silencioso pudor. Puede ser que este giro obedeciera al hecho, señala-
do por Leonardo Sciascia (2000), de que “[...] Heisenberg vivía el
problema de la física, su búsqueda como físico, dentro de un vasto y
dramático contexto de pensamiento. Era, para decirlo llanamente, un
filósofo”. Las conversaciones con Heisenberg, después de la jornada,
se prolongaron durante horas y Heisenberg intentó perfeccionar el
alemán de EM.
La experiencia en el exterior se prolongó junto a N. Bohr, C.
Moller, L. Rosenfeld y muchos otros, en Copenhague, desde donde
retornó a Leipzig.
Las numerosas cartas enviadas a su madre desde Alemania
permiten vislumbrar, entre expresiones de afecto y de humor cáusti-
co, que el Gran Inquisidor utilizaba de forma pareja, que la experien-
cia alemana resultó una rica vivencia intelectual y, tal vez, el único
momento feliz de su vida. Aunque impresionado por el nivel de orga-
nización y de recuperación económica de esa Alemania de preguerra,
no pierde ocasión de referirse con sorna a un militarismo que le
parece rayano en el absurdo, así como de revelar un desprecio profun-
do por la “ideología de la raza”. Pero Majorana no es un intelectual
antifascista, sino un hombre racional de su época que, aun cuando se
eriza contra la estupidez, vive inmerso en su propio mundo como
tantos otros. No sorprende entonces que, como se ha señalado, pue-
dan hallarse frases en sus cartas que apuntan a una racionalidad
justificadora de la experiencia colectivista que se expandía por Italia
y Alemania en esos años.
Los últimos meses en Alemania estuvieron caracterizados por
un deterioro de su salud: “gastritis nerviosa y agotamiento”. El retor-
no a Roma, en agosto, marcó un antes y un después que podría
resumirse como de gran repliegue en sí mismo, alejamiento de la vida
académica y cierta misantropía que lo volvió taciturno e inaccesible,
120 PABLO A. GISONE - JOSÉ L. GÓMEZ
aun para sus más allegados. Majorana parece, a partir de entonces,
mirar sólo hacia sí mismo.
Los trabajos del Gran Inquisidor
Majorana publicó poco, incluso para el estándar de su época, todavía
no infectada por escrúpulos cuantitativos en materia de publicaciones y
acostumbrada a que grandes científicos revolucionaran un paradigma
en unas pocas páginas. Redactados entre 1928 y 1931, son nueve
trabajos (uno de ellos póstumo) que versan sobre problemas de física
atómica y molecular, con excepción del último, que es un ensayo
sociológico.
En 1931 EM demostró que el momento magnético de un átomo
puede ser invertido si éste atraviesa un campo magnético rápidamente
variable. En “Átomos orientados en campo magnético variable” intro-
dujo el concepto de lo que hoy se conoce como “efecto de Majorana-
Brossel”, que es la base teórica del método experimental usado para
orientar el espín de neutrones con un campo de radiofrecuencia (mé-
todo utilizado hasta hoy en espectrómetros de neutrones polarizados).
Estos resultados fueron difundidos por I. Rabi en 1944 y F. Bloch en
1952 (ambos Premios Nobel).
En “Teoría relativista de partículas con momento intrínseco
arbitrario” (1932) EM construyó ecuaciones cuanto-relativistas para
valores sucesivos de espín (véase más adelante). Finalmente, descu-
brió una ecuación única “de infinitos componentes” capaz de dar
cuenta de una serie infinita de casos (de espín). Para obtener ese
instrumento matemático inventó una técnica para la “representación
de un grupo” varios años antes que E. Wigner.4 Del mismo modo
recurrió a la representación del grupo de Lorentz de infinitas dimen-
siones antes que el propio Wigner lo hiciera en trabajos de 1939 a
1948. Treinta y cuatro años después, el físico estadounidense D.
Fradkin divulgó estos desarrollos de EM y sorprendió con sus posi-
bles aplicaciones a la física de altas energías.
Se mencionó anteriormente que FM desarrolló una teoría del
núcleo, que comunicó a Fermi, E. Segré y E. Amaldi, que consistía en
que protones y neutrones estaban ligados por fuerzas cuánticas origi-
nadas en el intercambio de sus posiciones espaciales. Luego de su
ETTORE MAJORANA O UN CONDENADO A LA CIENCIA SE ESCAPA 121
publicación, a instancias de Heisenberg, esa teoría se conocería como
“fuerzas de Heisenberg-Majorana”.
En “Teoría asimétrica del electrón y del positrón” (1937), in-
trodujo la llamada “representación de Majorana” de las matrices de
Dirac,5 demostrando que es posible construir una teoría de las partí-
culas neutras sin apelar a los estados de energía negativa.
Dirac postulaba que las partículas pueden encontrarse en cier-
tos estados de energías negativas que, en su conjunto, forman el
llamado “mar de Dirac”. Cada estado está ocupado por una partícula
que, por la influencia de un evento cualquiera, deja su estado negati-
vo y se sitúa en un estado de energía positiva, volviéndose súbitamen-
te observable. Utilizando una alegoría, es como si el hueco que dejase
esa partícula en el “mar”, al volverse positiva, fuese su antipartícula.
Como consecuencia de la hipótesis de EM, un fermion neutro debería
coincidir con su propia antipartícula.6
Un texto de Guido Beck (1976) puede ser de utilidad para
ubicar a EM en perspectiva, con relación a los más importantes temas
emergentes entre 1932 y 1934:
[...] la física estaba dominada por dos nuevos hechos importantes: el
descubrimiento de Chadwick del neutrón y el desarrollo de la teoría del
electrón de Dirac. El primero en encontrar, en radiación cósmica, elec-
trones con carga positiva fue C. Anderson en California [...] Seis meses
antes de que fuera hallado el positrón, todavía bromeábamos con los
agujeros de Dirac y cuando, finalmente, Niels Bohr en una reunión en
Copenhague le preguntó: Dígame Dirac: usted cree realmente en todo
esto?, Dirac, que había seguido en silencio todo lo que se habia dicho,
replicó: No creo que nadie haya desarrollado un argumento concluyen-
te en su contra.
Recordemos que el debate Majorana-Dirac todavía no ha sido
resuelto para el caso del neutrino.
Finalmente, demos cuenta del breve artículo póstumo de EM
que hizo publicar Gentile: “El valor de las leyes estadísticas en la
física y en las ciencias sociales” (1942), que podría ser considerado
tardío y salvado de la acción autodestructiva de su autor. A primera
vista, el título mismo puede no llamar la atención de los físicos (acos-
122 PABLO A. GISONE - JOSÉ L. GÓMEZ
tumbrados en esa época a la mecánica estadística) ni de los sociólo-
gos que, desde Durkheim, conocen el valor de la componente estadís-
tica en el análisis de los comportamientos colectivos. Lo que resulta
original en el enfoque de EM es que, a partir de un ejemplo alegórico
de desintegración radiactiva detectada por instrumentos que amplifi-
can una señal aleatoria, propone una suerte de legalidad probabilística
del proceso social originada a partir de un evento inicial.
Pensemos en el contexto de la época: desde la Revolución
Francesa el sujeto colectivo es, de un modo u otro, el reservorio de la
Razón y, por lo tanto, sólo las masas con su voluntad operan los
cambios de la historia. Para EM, sin embargo, ese sujeto colectivo es
como la caja de resonancia de un evento azaroso, capaz de generar un
cambio de configuración de la realidad que puede precipitar los he-
chos hacia una de sus n-posibilidades. Esto no tendría como conse-
cuencia el entrar en conflicto con las “leyes históricas”, ni con la idea
de un sujeto no pasivo del cambio. Simplemente, añade la componen-
te no lineal en el análisis de los hechos históricos, evitando cualquier
determinismo simplista.
Gentile le envía un peluquero
Majorana asumió un obstinado enclaustramiento que se prolongó du-
rante unos cuatro años, a pesar de los esfuerzos de amigos y parientes
para arrancarlo de él. Ya no era el joven atildado que puede verse en las
fotos juveniles, pues dejó crecer su cabello y barba, desmesuradamen-
te, hasta que Gentile decidió enviarle un peluquero para que pusiera las
cosas en su sitio. Se dice que pasaba muchas horas escribiendo en
silencio y que todo parecía indicar un desplazamiento de sus intereses
de la física a la filosofía. Ocasionalmente visitaba el Instituto de Física
y, aun cuando no parecía mayormente interesado en esa ciencia, hoy se
conocen más de diez cuadernos inéditos de ese período en el cual
demostró estar en ebullición permanente (material que se encuentra en
el Domus Galileana de Pisa, donde se realiza un análisis temático de
sus desarrollos). En una carta a su hermana, no obstante, escribió
enigmáticamente que “la física es un camino equivocado”.
Sus amigos señalan que sólo ese retiro voluntario y el desaliño
personal marcaban la diferencia con el EM que todos habían conoci-
ETTORE MAJORANA O UN CONDENADO A LA CIENCIA SE ESCAPA 123
do, ya que éste no había perdido nada de la agudeza de sus comenta-
rios ni el humor ácido que lo caracterizaba.
Imprevistamente, en 1938, algo cambió y Majorana reapareció
en el centro de la escena. Un llamado a concurso para elegir un profe-
sor titular de Física Teórica en la Universidad de Nápoles hizo que EM
se presentara, sumiendo en la perplejidad a todos los postulantes, que
en realidad eran sus viejos amigos. Aduciendo que la única razón para
presentarse era gastarles una broma y como si el ostracismo de los
últimos años hubiese sido un error de percepción de los otros, EM
presentó formalmente su solicitud como candidato. El jurado, en el que
se encontraba Fermi, decidió anular el concurso y, mediante una anti-
gua ley rediviva que autorizaba nombrar profesores fuera de concurso
en virtud de “méritos excepcionales”, EM fue nombrado profesor titu-
lar. Aceptó el nombramiento de buen grado, no sin decir a sus amigos
que si un cónclave vaticano invocara las mismas razones que el jurado,
de igual modo aceptaría ser Papa. Dictó los cursos desde el 13 de enero
al 25 de marzo de 1938. Un día después comenzó el enigma.
“...el mar me ha rechazado...” y la pista argentina
En esa fecha del 25 de marzo y antes de embarcarse en Nápoles para
dirigirse a Palermo, envió una carta a A. Carrelli, Director del Instituto de
Física de Nápoles, y otra a su familia, que se encontraba en Roma. En la
primera decía, esencialmente, “he tomado una decisión inevitable. No
veas en ésta un solo grano de egoísmo, aunque me doy cuenta del fastidio
que mi desaparición imprevista pueda generar en los alumnos”.
A la familia le envió una sencilla despedida, en la que se destaca
la frase : “perdónenme si pueden y recuérdenme en sus corazones”.
Insólitamente, un día después Carrelli recibió un telegrama ur-
gente desde Palermo donde el propio EM le decía: “el mar me ha
rechazado y volveré mañana a la pensión Bologna [de Nápoles], tengo
la intención de renunciar a la enseñanza. No me tomes como una
jovencita ibseniana, porque el caso es diferente. Estoy a tu disposición
para ulteriores detalles”. Acto seguido EM dejó de dar señales de vida.
A partir de esta ultima traza, las líneas de investigación para
hallar al desaparecido oscilan entre la fría acumulación prontuarial de
datos hasta la aplicación de una lógica estilo Conan Doyle.
124 PABLO A. GISONE - JOSÉ L. GÓMEZ
La desaparición sacudió a la sociedad italiana de la época, sin
ahorrar a personajes de la ciencia y la política. Fermi (ya caído en
desgracia para el régimen cuando se negó a hacer el saludo fascista al
recibir el Premio Nobel) y G. Gentile padre (filósofo y senador) pu-
sieron al Estado italiano en conocimiento de la desaparición de
Majorana. Intervino Mussolini quien, convencido de que un suicida y
un desaparecido son cosas diferentes, ordenó una investigación ex-
haustiva. La cosa tomó tintes de asunto de estado. A expensas de la
familia, que aducía una fuerte vocación de EM por la vida monástica,
se consiguió la autorización papal para la apertura y búsqueda de
todos los monasterios de clausura de la Italia meridional. Ningún
resultado.
Se especuló sobre un secuestro operado por servicios de inteli-
gencia o incluso por la mafia, que apareció por primera vez sospecha-
da del tráfico de científicos tanto como del de blancas.
La hipótesis del suicidio apareció siempre como último recur-
so, pero ¿dónde está el cuerpo? Se pensó que quizá se había tirado
por la boca del Etna sin dejar rastros: el suicidio perfecto. Si bien lo
inverosímil no escapaba a los sabuesos encargados de la investiga-
ción, el Etna parecia demasiado.
En este punto la leyenda pareció apropiarse del personaje. Cam-
pesinos que decían haberlo visto viviendo en cobertizos abandonados,
funcionarios que proponían indagar a todos los mendigos, requisar a
los vagabundos, insistir en conventos remotos, etc.
Sciascia, en el libro ya citado, cree entender que, muchos años
después, un cartujo dejó entrever que podría haber muerto en un
monasterio ya que, ante cruces sin nombre, guardaba un silencio que
parecía cómplice. Plantea, además, que su abandono del mundo po-
dría haberse debido a cierto “profetismo atómico”, pues intuía que la
ciencia ofrecería a los políticos un arma absoluta, tesis que retoma
Roberto Finzi (s/f).
Erasmo Recami, conocido físico italiano y quien, a nuestro
juicio, abordó más seriamente el tema, indagó la hipótesis, elaborada
a partir de ciertos testimonios, de que EM podría haber vivido e
incluso de que podría haber terminado sus días en la Argentina. El
escritor guatemalteco y Premio Nobel de literatura, Miguel Ángel
Asturias, quien vivió en nuestro país, dijo haber conocido a un “fa-
ETTORE MAJORANA O UN CONDENADO A LA CIENCIA SE ESCAPA 125
moso matemático italiano” llamado Ettore Majorana, quien pidió ab-
soluta reserva sobre su identidad . La verosimilitud de la versión se
ve realzada por el hecho de que Asturias no sabía quién era EM antes
de “conocerlo”. Recami indagó sobre la versión y creyó detectar que
vivió en Buenos Aires, donde mantuvo una íntima amistad con una
matemática llamada Eleonora quien, fallecida tempranamente, había
pedido reserva absoluta del caso a sus hermanas, con quienes vivía.
Puede ser que el testimonio de Asturias, conviene recordarlo, si
bien aislado e imposible de verificar, constituya uno de los pocos
rastros provenientes de un tercero, es decir, fuera de cualquier vesti-
gio, falso o real, dejado por el mismo EM antes de su desaparición.
En ese sentido la pista argentina podría resultar plausible, aun-
que exigiría naturalmente una investigación que, con alta probabili-
dad, desembocaría en caminos cerrados.
Retrato de un esquivo a la posteridad
Hay que reconocer que, aunque terminó tragado por el mito, no puede
afirmarse que EM haya intervenido directamente en su construcción.
Con esto queremos señalar que su problema parece haber sido más el
de cómo escapar de su propio laberinto, que el de satisfacer a una
posteridad ávida por ventilar casos curiosos. En esto fue un hombre
ajeno a la modernidad.
A pesar de todo, la tentación de situar al personaje en un marco
inteligible ha sido tan fuerte como la de interpretar una época a través
del personaje. Así, EM fue asociado al modelo del alma postulado
por Blas Pascal, para quien el mundo no era un interrogante abierto
en la res extensa sino, más bien, un “valle de lágrimas “; reacción
antirracionalista de neto corte cristiano, expresada más como conduc-
ta que como idea .
También fue interpretado como un espíritu “antinietzcheano”,
en la medida en que encarnaba la antítesis de una “voluntad de po-
der” y sus proyecciones en la impersonalidad de la masa. Reacción
individualista frente a los desvaríos colectivistas de todo signo.
Quizá por su nacimiento en Sicilia, resultaba inevitable situarlo
a la luz de la obra de Pirandello, dado que los personajes del gran
dramaturgo vivencian un trágico conflicto entre “forma” y “vida”. La
126 PABLO A. GISONE - JOSÉ L. GÓMEZ
forma como un apéndice de deberes y códigos en el que la vida, en su
vocación “real”, queda atrapada. El hombre “pirandelliano” (“Un tal
Matías Pascal”, por ejemplo) es el hombre “doble”, no en el sentido
vulgar sino trágico del término.
Majorana escapa del papel que la inteligencia o el destino pare-
cen haberle asignado. Místico, suicida, genio, la pregunta que deja no
es la de cuál habría sido su devenir, sino la de si una civilización
habituada a reconocerse en estereotipos, podrá mirarse a sí misma en
el espejo invertido de los que escapan a su comprensión.
Puede ser que la historia también esté hecha de rechazos.
Nota complementaria: Majorana en el horizonte de la física
El objetivo de la física es la descripción acertada y coherente de los sistemas materiales
(SM). En su estudio considera sistemas muy complejos, que implican su reducción a
los componentes más simples. El concepto de materia, desde la Grecia antigua hasta el
presente, se generó y enriqueció de manera exuberante y compleja. El estudio y
formulación de los SM utiliza las técnicas matemáticas más refinadas y elaboradas
hasta hoy.
En el primer tercio del siglo XX estaban bien establecidas la teoría especial
de la relatividad, el electromagnetismo y la naturaleza atómica de la materia. La
mecánica cuántica y la mecánica estadística conocían su esplendor, se conocían los
espectros de emisión de los elementos químicos, ya clasificados por Mendeleiev, y la
radiactividad descubierta por los Curie. En este período, Majorana se incorporó al
Grupo de la Via Panisperna y, en ocho años (1930-1938), publicó nueve trabajos
fundamentales sobre las fuerzas nucleares y la electrodinámica cuántica.
Su carácter retraído y, sobre todo, rigurosamente critico, conduce a pensar,
por los relatos de sus compañeros, que antes de su desaparición estaba elaborando los
conceptos que condujeron a la teoria cuántica de campos (véase más adelante).
Majorana había elaborado una teoría relativista apta para describir cuánticamente SM
de muchas partículas que interactúan entre si, considerándolas análogas a osciladores
“que se repartirían la energía del campo en “quantums”.7
¿Cuál era el contexto de época en términos de los grandes avances produci-
dos en física sobre los que se perfila la obra de Majorana? Pueden percibirse cuatro
grandes puntos de referencia:
- Las transiciones radiactivas: procesos de desintegración de átomos inesta-
bles que emiten radiación ionizante.
- Electrodinámica cuántico-relativista: soluciones que predicen estados con
energía positiva y negativa en las partículas y no pueden ser fácilmente interpretadas
sin suponer la existencia de otra partícula de carga y espín iguales y opuestos.
- Cuantización de campos o segunda cuantización: esta teoría, fundamental
de la física contemporánea propuesta por Pauli y Weisskoff, describe los SM de
partículas que interactúan entre sí mediante el intercambio de partículas “virtuales”.
ETTORE MAJORANA O UN CONDENADO A LA CIENCIA SE ESCAPA 127
Esta interacción se realiza con una velocidad finita menor o igual que c (velocidad de
la luz en el vacío). Es la llamada Segunda cuantización de los campos. En este
contexto se exige que un tratamiento teórico sea siempre invariante, es decir que
conserve la expresión formal de las leyes a medida que evoluciona. La evolución
temporal de un sistema se describe por el cambio de las coordenadas, o sea por una
transformación de tipo geométrico. Las transformaciones del espacio-tiempo consis-
ten en traslaciones, rotaciones e inversiones donde c debe permanecer constante,
independientemente del sistema de referencia donde se la describe. Del mismo modo,
otras variables dinámicas, como el momento angular, del espín y la carga, también
deben permanecer invariantes.
- Interacciones fuertes: descripción de las fuerzas de ligadura de los nucleones
y base para la modelización de los núcleos atómicos.
Notas
1
La constante universal de Fermi expresa el valor de la fuerza ejercida sobre un
nucleón situado en el campo creado por un electrón y un neutrino.
2
Ecuación de Recatti: un tipo de ecuación no-lineal.
3
El espín es el momento angular que se asocia a una partícula “como si ésta fuera
una masa que rota alrededor de su eje”. Es un efecto cuántico responsable del
momento magnético de la partícula. Puede tomar valores múltiplos enteros o
semienteros de = h/2
4
Las “representaciones lineales” tienen una estructura algebraica de grupo, es decir,
hay una operación de adición y otra de producto, ambas con elementos neutros.
Para cada elemento de grupo se encuentran, también, el elemento opuesto y el
elemento inverso que, sumados o multiplicados, respectivamente, dan los elemen-
tos neutros de la operación.
5
Paul Dirac halló una nueva función de onda para el electrón considerando el espín
y conservando la simetría de la relatividad especial. EM encontró otra forma de
describir la ecuación de Dirac para electrones (partículas de espín 1/2), mediante la
“representación de los grupos lineales” que lleva su nombre. Esto permitió inter-
pretar las ecuaciones de Dirac y generalizarlas para fermiones tanto como para
bosones . La formulación de EM permitió realizar un tratamiento simétrico de los
electrones y positrones, sin recurrir a un hipotético y artificial “mar de cargas” al
que acudía Dirac para explicar la solución correspondiente al positrón (antipartícula
del electrón). Se adelantó asi a Wigner y Weil que, trece años mas tarde, llevaron a
cabo una tarea sistemática sobre los grupos lineales.
6
Con el advenimiento de la mecánica cuántica se estableció que todas las partículas
elementales pueden ser divididas en dos categorías: fermiones (asimétricos y de
espín semientero, como los electrones, protones, neutrones, neutrinos, quarks) y
bosones ( simétricos y de espín entero, como los fotones, gluones y átomos de
helio). Cada una de ellas se comporta de manera diferente de acuerdo con su
128 PABLO A. GISONE - JOSÉ L. GÓMEZ
estadística y da lugar a la observación de fenómenos físicos muy curiosos, como la
superconductividad y los cambios de fase.
7
Los sistemas cuánticos intercambian energía en múltiplos de una cantidad finita
llamada quantum o cuanto, de valor E= h = pc donde es la frecuencia y p el
impulso de la radiación o de la partícula que se intercambia, respectivamente.
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ANTIGUAS FÁBRICAS DE HARINA ACCIONADAS
POR CONJUNTOS HIDRÁULICOS
Carlos A. Andrada
Universidad Nacional de Catamarca
En la Edad Media, la energía
hidráulica tenía la importancia
del petróleo en el siglo XX.
J. Gimpel
Utilizando una técnica disponible en Occidente desde el siglo I a.C.,
los romanos crearon, en el siglo IV, una verdadera fábrica de harinas
en Barbegal, cerca de Arles, al sur de Galia, hoy Provenza (Fig. 1).
Era un sorprendente conjunto hidráulico: 16 molinos de agua –consti-
tuidos por otros tantos pares de ruedas de piedra, movidas por ruedas
hidráulicas– trituraban 28 toneladas de trigo por día, mientras en el
resto del Imperio se utilizaba como fuerza motriz el caballo para
moler 350 kilogramos de grano diarios, o esclavos que producían
diez veces menos. Como la producción de harina excedía las necesi-
dades locales, una parte importante se embarcaba en el puerto de
Arles hacia Roma.
Los molinos de agua aprovechaban la energía producida por la
corriente de un río, que hacía girar una rueda (rodete o rodezno,
según el tamaño) provista de paletas curvadas (álabes). En los moli-
nos de rueda horizontal, el movimiento circular era transmitido me-
diante un tronco de madera dura (árbol), una rueda de piedra (volan-
dera) que giraba sobre otra fija (durmiente). El cereal que debía mo-
lerse caía de una cajón de madera (tolva) y la harina caía en otro
cajón (harnero).
Si las ruedas estaban en posición vertical, las paletas eran re-
emplazadas por cubas o cucharas y el movimiento era transmitido al
árbol mediante engranajes. La corriente de agua cobraba impulso
mediante un salto, natural o artificial, cercano al molino y era condu-
cida hasta la rueda por un conducto llamado saetillo o saetino.
130 CARLOS A. ANDRADA
1: EL CONJUNTO HIDRÁULICO DE BARBEGAL, CONSTRUIDO POR LOS ROMANOS EN EL SIGLO IV A.C.
Gentileza de Losada S.A., Buenos Aires y Editions du Seuil, Paris.
2: CORTE DE UN MOLINO NÓRDICO (TAMBIÉN LLAMADO “GRIEGO”).
(a) El grano es introducido en la tolva - (b) La rueda, de eje vertical, arrastra la piedra
(c), sin dispositivo intermedio -(d) Viga que al ser levantada elevaba la rueda fuera del
curso de agua. Gentileza de A.B. Nordbok, Gotenburgo, Suecia.
ANTIGUAS FÁBRICAS DE HARINA ACCIONADAS POR CONJUNTOS HIDRÁULICOS 131
El desarrollo de las ruedas hidráulicas
Aunque no hay absoluta certeza sobre el origen de las primeras for-
mas de rueda hidráulica, sabemos que los romanos se valieron de
numerosos inventos de sus vecinos “bárbaros”, tal el molino de agua
de los habitantes de Anatolia (Asia Menor) que ellos habían recibido
de los chinos. Herón de Alejandría ya había utilizado la energía de
saltos de agua para mover sus autómatas, pero fue en Roma donde se
utilizó la rueda hidráulica como generador de fuerza motriz. El arqui-
tecto romano Vitruvio describió minuciosamente – en De Architectura,
27 años antes de Cristo y por primera vez en Occidente – las caracte-
rísticas y aplicaciones de este artefacto (Vitruvius, 1960: 294). En su
forma primitiva, esta rueda incluía un eje vertical y álabes inclinados
(ver Fig.2, molino “nórdico”). Pero el molino trazado por Vitruvio
introducía engranajes: el árbol de la rueda tenía a su vez un dispositi-
vo dentado que engranaba con otra rueda, la que accionaba al fin una
muela superior móvil (Fig. 3).
Usher postula tres mecanismos desarrollados, de forma inde-
pendiente, en las distintas regiones (Usher, 1929). El más simple –y
sin dudas el más antiguo– sería la rueda de álabes accionada por la
corriente de un arroyo, cuyo fin era elevar el agua; como los países
mediterráneos lo denominaron, la noria. El segundo aparato mencio-
nado por este autor es la rueda hidráulica horizontal o rueda nórdica,
primer ejemplo de “automatismo” doméstico. El tercer mecanismo es
la rueda hidráulica, atribuida a Vitruvio. Observamos, al pasar, que
estos tres artefactos son, técnicamente hablando, “máquinas clási-
cas”, ya que están constituidos por una fuente de energía, un meca-
nismo de transmisión y las correspondientes herramientas de trabajo,
que deben ser manejadas por el hombre (Tondl, 1968).
Durante los primeros siglos de nuestra era, el molino de agua
se difundió en forma lenta fuera de las fronteras del Imperio hacia el
Norte de Europa. Sin embargo, el arquitecto danés A. Steenberg opi-
na que el artefacto fue conocido en Dinamarca en la época del naci-
miento de Cristo (Strandh, 1979: 101).
Productos de tecnología muy evolucionada, como los acueduc-
tos, fueron arrastrados por la ruina que causó la descomposición del
Imperio Romano. No fue el caso de los molinos hidráulicos, que se
132 CARLOS A. ANDRADA
3: MOLINO CON ENGRANAJES DESCRITO POR VITRUVIO. El árbol de la rueda (a) arrastra una
rueda dentada (b) que engrana con otra rueda (c), la que pone en movimiento la piedra
superior móvil; (d) Tolva. Gentileza de A.B. Nordbok, Gotenburgo, Suecia.
4: VISTA EN CORTE LATERAL DE UN MOLINO DE AGUA DEL SIGLO XVIII.
Ilustración de la Encyclopédie Française de D. Diderot, publicada entre 1751 y 1780.
Este conjunto se integra a un verdadero “sistema técnico”. Gentileza de A.B. Nordbok,
Gotenburgo, Suecia.
ANTIGUAS FÁBRICAS DE HARINA ACCIONADAS POR CONJUNTOS HIDRÁULICOS 133
emplearon y perfeccionaron cada vez más. Hay alusiones a tales mo-
linos, como indica Usher, en una colección de leyes irlandesas en el
siglo V. Si bien con la disminución de la población el número de
molinos pudo haber decrecido durante cierto tiempo, volvieron con el
rescate de tierras y su colonización, producidos bajo las órdenes
monásticas alrededor del siglo X. En el tiempo del Domesday Book
(o sea el Registro del Gran Catastro, que mandó realizar Guillermo I
el Conquistador en 1086) sólo en Inglaterra había 5.000 molinos, uno
por cada cuatrocientos habitantes, y eso que Inglaterra era entonces
un país atrasado, al margen de la civilización europea. Hacia el siglo
XIV se había tornado cosa corriente para la manufactura en todos los
grandes centros industriales: Bolonia, Ausgburgo y Ulm (Mumford,
1971: 133).
Los monasterios cistercienses –que sumaban 742 al finalizar el
siglo XII– cubrían Europa Occidental con una red de molinos hidráu-
licos que aportaban la fuerza motriz para triturar los granos, tamizar
la harinas y aplastar las aceitunas. Posteriormente, la Enciclopedia de
D. Diderot describirá un molino en el siglo XVIII con gran detalle
(ver Fig. 4). Se trata en este caso de un verdadero “sistema técnico”,1
al constituirse en un edificio, un conjunto de hombres y máquinas y
una estructura económica de la que salen productos.
En rigor –y esto es lo sorprendente de estos artefactos– las
ruedas hidráulicas suministraron gratuitamente toda la energía mecá-
nica necesaria hasta el año 1800, o sea siglo y medio después del
invento de la máquina a vapor (Neyrinck, 1986: 173 ). No en vano el
vocablo inglés mill (molino) denomina hoy una fábrica, lo que mues-
tra la importancia de esta máquina en el nacimiento de la industria
moderna (Strandh, 1979: 112).
Funcionamiento técnico de los molinos de agua
El principio básico del modo de acción del agua sobre las paletas o
los álabes es que el agua penetra con cierta velocidad y debe volver a
salir con una velocidad casi nula, ya que al pasar ha transmitido toda
su velocidad a la rueda. Así, con el correr de los siglos, aparecerían
poco a poco las ruedas verticales de álabes curvos y las ruedas hori-
zontales con cubas o cucharas. Por otra parte, mientras que la rueda
134 CARLOS A. ANDRADA
horizontal era puesta en movimiento por la potencia del chorro y
daba vueltas con rapidez, la rueda vertical, movida fundamentalmen-
te por el peso del agua, giraba mucho más lentamente. Las figuras 3 y
4 muestran el esquema básico en el cuál puede verse que la rueda
vertical necesita un engranaje de transmisión de ángulo y
desmultiplicación más oneroso en términos de inversión y manteni-
miento (Jacomy, 1992: 177).
La tolva situada encima de la rueda del molino recibe el grano,
que va cayendo lentamente entre las dos piedras (volandera y dur-
miente) y se va convirtiendo en harina de trigo, de cebada, etc. Según
el grado de desarrollo del molino, existen dispositivos anexos que
permiten regular la velocidad de la rueda o la finura de la molienda.
Jacomy señala que desde el molino primitivo, simple árbol
vertical provisto en un extremo de cuatro paletas y en el otro de una
muela giratoria, hasta los modelos que recuerdan de modo impactante
la turbina, “asistimos a sucesivos perfeccionamientos que atestiguan
una reflexión,2 aunque no formulada en términos teóricos, sobre el
modo en que actúa el agua sobre las paletas y los medios de mejorar
la eficacia de los sistemas” (Jacomy, 1992: 176). Continúa aseveran-
do que “la turbina es la continuación de un linaje ininterrumpido de
soluciones técnicas cada vez más eficaces que, por la ausencia de una
teoría científica y de materiales adecuados, no permitía la emergencia
de esta turbina antes de la revolución industrial”. Estos son conceptos
de singular importancia técnica.
También pertenece a la época romana el engranaje con rueda
de linterna, de principio muy simple. Consiste en disponer dos rue-
das, con ejes perpendiculares, de dientes cilíndricos de madera dura,
de modo que engranen. La linterna es una segunda tabla lateral añadi-
da a la pequeña rueda dentada, lo que aumenta su resistencia (Jacomy,
1992: 178). Esto es visible en el esquema de Vitruvio, Fig. 2c.
Como dijimos anteriormente, el molino, por ser una”máquina
clásica”, debe ser manejado por el hombre. En efecto, este artefacto
está dotado de una técnica que lo convierte en una máquina abierta,
que supone al hombre como su organizador permanente, ya que actúa
como intérprete de los mecanismos específicos de la máquina. Nos
viene a la memoria aquel pensamiento de Simondon que sostiene que
“se trata de una sociedad de objetos técnicos que necesitan al hombre,
ANTIGUAS FÁBRICAS DE HARINA ACCIONADAS POR CONJUNTOS HIDRÁULICOS 135
como los músicos al director de orquesta” (Simondon, 1958: 11). La
actividad de regulación es la prolongación natural de la función de
invención y construcción. La actividad técnica no sólo implica el
manejo de la máquina, sino también “cierto coeficiente de vigilancia
ante el funcionamiento técnico, su conservación, regulación, incluso
tareas de perfeccionamiento de la máquina” (Simondon, 1958: 250).
El funcionamiento del molino suponía que estas actividades se
concentraran en dos puntos fundamentales para la época: la finura de
la molienda y la velocidad de la rueda. En los sistemas primitivos, los
mecanismos estaban disociados: el grado de molienda se regulaba
mediante la distancia entre ambas piedras; el problema de la veloci-
dad pudo resolverse, parcialmente, mediante el recurso de los engra-
najes, pues dependía esencialmente de la rapidez de la corriente.
Posteriormente, el regulador medieval unirá ambos mecanismos al
ajustar la cantidad de llegada del grano a la velocidad de rotación de
la rueda.3
Un molino de agua en el Noroeste Argentino
Sobre el antiguo Camino Real, en Piedra Blanca, Catamarca, existe
un viejo molino hidráulico que trituró trigo y maíz hasta el año 1945.
El molino de “El Tala”, o “de los Richieri”, fue construido por
genoveses hacia 1760. Una de sus ruedas de granito exhibe la leyenda
“1682”, pero ello se debe, presumiblemente, a su inclusión en la
estructura de un molino anterior.
Según relatos de gente del lugar, en 1900-1940 era común
plantar trigo en las pequeñas fincas de Fray Mamerto Esquiú y De-
partamentos vecinos. Se lo transportaba en bolsas a lomo de burro o a
caballo, se formaba fila frente al molino y luego se retiraba la harina
para hacer el pan en hornos caseros.4 Aparte del de Piedra Blanca,
entre 1920 y 1940 había seis molinos en el Departamento Pomán: dos
en Saujíl, uno en Rincón, dos en Pomán y uno en Mutquín (Batalllán
de Cruz, 1993: 58). En la Fig. 5 aparecen vistas del “Molino del
Tala” en las que se aprecia: (a) el molino, con su antigua entrada de
agua hacia el saetino; sus constructores aprovecharon la pared de
piedra, o pirca incaica, para el basamento del edificio y continuaron
la edificación con adobe; (b) el rodete o rodezno, que acciona el
136 CARLOS A. ANDRADA
5a: Vista del molino 5b: Restos del sistema hidráulico
5c: La tolva y la “rueda de piedra”
5: MOLINO DEL TALA. Fotografías de Carlos Andrada
ANTIGUAS FÁBRICAS DE HARINA ACCIONADAS POR CONJUNTOS HIDRÁULICOS 137
árbol que a su vez mueve la piedra móvil o volandera; las paletas o
álabes han desaparecido pero se ve, a la izquierda, la viga que eleva-
ba el rodete fuera del curso de agua y (c) la tolva que recibía el grano,
con sus mecanismos de regulación.
Los molinos de agua, “sistemas técnicos”
Tanto por los procesos llevados a cabo cuanto por el know how y la
transmisión de competencias, este tipo de molino conformaba un sis-
tema técnico (Gille, 1978). Como señala Mumford, cualquier parte de
un complejo técnico apunta y simboliza una serie completa de rela-
ciones dentro de ese complejo. Citando a Marx, Mumford muestra
que el período de invención y producción tiene su valor específico
para la civilización, o “como él hubiese dicho, su propia misión histó-
rica”, y concluye que “cada período de la civilización lleva dentro de
sí el insignificante desecho de técnicas pasadas y el germen impor-
tante de otras nuevas: pero el centro de desarrollo se encuentra dentro
de su propio complejo” (Mumford, 1971: 132; Marx, 1962). En el
“sistema técnico”, cada integrante del sistema mejora el resultado de
los otros componentes y la ausencia de un elemento importante para-
liza completamente al sistema (Neirinck, 1986: 92).
Pero un sistema técnico implica también un sistema social,
económico y cultural adaptados. La experiencia de Barbegal fue, cier-
tamente, una tentativa solitaria y genial de conformar un sistema
técnico en un ambiente arcaico, con el cuál no pudo interactuar. En
rigor, el equilibrio entre el factor estrictamente técnico y el elemento
puramente humano sólo puede existir en el sistema técnico. Y esto
surge de la naturaleza misma de la técnica. En efecto, una técnica
determinada no es un elemento arbitrario, que irrumpe de la nada,
inventada por una mente genial. Surge de un conjunto coherente de
técnicas y de un modo interno de organización. Hasta que sobreviene
un período de estancamiento, lo que requiere una mutación técnica. Y
el sistema sobrevive.
Barbegal se quedó en el tiempo, pero las ruedas hidráulicas
sobrevivieron, aportando energía mecánica de forma prácticamente
gratuita hasta 1800. Un éxito que se extendió durante casi quince
138 CARLOS A. ANDRADA
siglos, mostrando que el desarrollo de los medios técnicos es también
el resultado de una experiencia colectiva, acumulada sin pausa (Rapp,
1981, 146; Daumas, 1979).5
Notas
1
Con sistema técnico nos referimos al concepto de B. Gille (“système technique”),
que pone el acento en la dependencia o compatibilidad de las técnicas en uso para
determinada estructura productiva; y no al “système technicien” de J. Ellul (Ellul,
1977).
2
Esta curiosa observación (si el desarrollo técnico merece “una reflexión formulada
en términos teóricos”) ha sido ampliamente discutida por los especialistas de la
técnica. Yves Deforge opina, que, si bien todos los objetos que el hombre ha
inventado, producido y utilizado son evidentemente el fruto de una reflexión, no
está claro cuándo se “reflexionó sobre” dichos objetos. Nos encontraríamos ante
“una reflexión, de alguna manera, de segundo grado”. Sorprendentemente, conclu-
ye, fue en el siglo XVIII cuando estas técnicas fueron objeto de una verdadera
reflexión, una reflexión crítica (Deforge, 1985: 53). Sin duda, conjeturamos, esto
ocurrió a raíz de la publicación de la Enciclopedia Francesa que, además de mostrar
las técnicas, detallaba la forma en que eran producidas.
3
En el regulador medieval solo interviene la noción de energía cinética que tiende a
frenar el movimiento, en virtud de un efecto de volante de inercia (Jacomy (1992:
179).En los antiguos molinos de Catamarca, la tolva era regulada por la tarabilla,
tabla que funcionaba como válvula y a la que se controlaba con un hilo o tiento de
cuero (Batallán de Cruz, 1993: 57).
4
Un relato risueño de J. Gimpel (Gimpel,1975:10) muestra cómo, en la Edad Media,
los molinos constituían, tanto para los ciudadanos como para los campesinos, un
lugar de encuentro y de contacto. Las filas eran largas y, en el gentío producido, la
prostitución aprovechaba para reclutar su clientela. Las autoridades amenazaron
con cerrar los molinos, “lo que hubiese –dice Gimpel– frenado la expansión
industrial de Occidente...”
5
En la cita mencionada, F. Rapp describe así el proceso:
Los principios de la selección y de la acumulación se basan en la naturaleza del
actuar técnico y son, por ello, decisivos en todas las épocas de la historia de la
técnica. A ello debe atribuirse el hecho de que la técnica, independientemente
del contexto socio-cultural, presente un desarrollo permanente. Por esta razón,
la historia de la técnica puede ser presentada también como un proceso
continuado, sin hacer referencia a las cambiantes situaciones culturales, socia
les y económicas; es un proceso que sólo está determinado por conexiones
“internas”, inmanentes a la técnica.
ANTIGUAS FÁBRICAS DE HARINA ACCIONADAS POR CONJUNTOS HIDRÁULICOS 139
Referencias
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Recordatorios
JUAN CARLOS AGULLA (1928-2003)
Juan Carlos Agulla, Doctor en Derecho por la Universidad de Madrid-
Alcalá, Doctor en Filosofía por la Universidad de Munich, Doctor en
Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de Córdoba, tal vez
había nacido para ser profesor en alguna ciudad universitaria alema-
na, pero el suyo fue un destino sudamericano.
Hay cuatro escenarios en la forja de este universitario por excelencia:
• Colegio de Monserrat de la Universidad Nacional de Córdoba, en
la calle Obispo Trejo.
Agulla cursó íntegramente su escuela secundaria en este Colegio, que
ha sido el centro por antonomasia de la formación humanística de
Córdoba. Excelente alumno de literatura y filosofía, encontró en aquel
ámbito responsable y misógino el mejor de los contextos para lo que
sería su formación básica. Monseñor Esteban Karlic recordaba aque-
llos devaneos intelectuales de su gran condiscípulo y hablaba de lo que
eran las salidas de clase de ese establecimiento, donde un grupo de
compañeros extendía sus reflexiones sobre lo aprendido y leído de
Fichte y Hegel. En caminatas que se prolongaban por la calle Caseros
en ese salmantino estilo arquitectónico de la iglesia de la Compañía,
continuaban el cruce de la Cañada y culminaban en el parque
Sobremonte. Era una verdadera ordalía intelectual de adolescentes.
Bachiller del Monserrat, Agulla cruzó la débil pared que sepa-
raba su Colegio de la Facultad de Derecho, en la Casa de Trejo.
Abogado sin vocación para ese ejercicio, Juan Carlos Agulla se entre-
nó por aquellos años en la lógica jurídica y su método deductivo.
Heredero por tradición familiar, bebió el clima de la Reforma Univer-
sitaria, tal como la vivenciaron los suyos, coautores del Manifiesto
Liminar en su estricto sentido, vale decir como renovación profesoral,
alternancia de cátedras y participación estudiantil en el cogobierno,
sin las expectativas de ingreso irrestricto ni gratuidad absoluta de los
142 SABER Y TIEMPO
estudios, que después le fueron adosadas. Era la época del primer
gobierno peronista y el alumno Agulla se sentía en absoluta necesi-
dad de salir de un ámbito reducido y pacato, para penetrar en goces
intelectuales mucho más elevados.
• Colegio Mayor Universitario Nuestra Señora de Guadalupe en la
Ciudad Universitaria de Madrid, el primer quinquenio de la déca-
da de 1950.
Fue aquél un ámbito de muy rico intercambio cultural, que impulsó a
Agulla a participar vivamente de ese diálogo ininterrumpido con jóve-
nes universitarios latinoamericanos y españoles, muchos de ellos de
aseñorada vocación académica.
Juan Carlos Agulla recibió, por vía de instituciones privadas, la
impronta del pensamiento de José Ortega y Gasset y, en la Universidad
de Madrid-Alcalá, la sapiencia de su titular de Filosofía del Derecho, el
granadino Enrique Gómez Arboleya, quien se convertiría en el Director
de su tesis doctoral. Tesis sobre Augusto Comte que le exigiría previa-
mente, a Juan Carlos Agulla, la lectura de los grandes textos de la Ilustra-
ción en su lengua original, tal como se lo exigía su Director de tesis. En
la magnifica Biblioteca Nacional de Madrid gozaría de esa paz indispen-
sable, leyendo inclusive estos textos franceses en sus primeras ediciones,
fiel al imperativo unamuniano “para novedades, los clásicos”. En aque-
llos años matritenses, aparte del titular de la cátedra oficial, quien más lo
influenció en tres cursos sucesivos fue Xavier Zubiri, quien por esos años
publicaba su Naturaleza, Historia, Dios, lo que años más tarde sería tan
importante como para que Don José Ortega y Gasset dedicara tiempo a
la atención y orientación del joven estudiante cordobés. En Madrid ma-
duró lentamente en el corazón de Juan Carlos Agulla la expectativa de
una formación más profunda en alguna universidad alemana. Lo atraía –
una vez más– por imperativo familiar, por la influencia de todos los
profesores orteguianos de Madrid formados en Maguncia y por el recla-
mo de su Director de tesis, quien sostenía que sin un perfecto dominio de
la lengua alemana no se podía ser sociólogo, por cuanto esto requería
estudios previos de filosofía y de historia.
• Munich, en la Ludwig Maximilian Universität
Juan Carlos Agulla resultaría uno de los pocos sociólogos argentinos
que haya sido verdaderamente obrero –en una fábrica papelera– como
RECORDATORIOS 143
único medio para pagar su subsistencia y sus estudios, como también
resultaría el único enclaustrado en un convento benedictino para redactar
su tesis doctoral, ocasionalmente alojado en una celda que le facilitaron.
Munich –donde cursó íntegros sus estudios de filosofía– fue “el lugar en
el mundo” que le resultaría decisivo: el de su encuentro con Alexa, “su
fiel esposa hasta su suspiro final”, el del nacimiento de sus dos primogé-
nitos y el de la ciudad-universidad en que culminaron los estudios de
Física y Filosofía de su hijo Juan Carlos, actualmente profesor allí. Bajo
la impronta de la influencia weberiana de sus profesores más significati-
vos, Agulla defendió su tesis doctoral sobre la obra de Max Weber.
Correspondía esto a la universidad humboldtiana y a su intensa dedica-
ción a las humanidades pero, en su última instancia, cerrada sobre un
pensamiento cultural y cognitivo íntegramente germánico. A tal punto
que, entre los autores más relevantes del siglo XX para su Director de
tesis, no hubiera cabida para otro que no fuera alemán. Era un poco el
clima cultural europeo de la época cuando, incluso saltando las fronteras,
en la Escuela Normal Superior de Paris casi no se enseñaba a ningún
filósofo que no hubiera sido francés. En los cursos del tan bávaro
Romano Guardini, Agulla tuvo entre sus condiscípulos a un sacerdote
polaco que respondía al nombre de Karol Woytila.
• El retorno a la Córdoba bifronte y a la realidad latinoamericana.
En la Estación Central de Córdoba desembarcaron los cuatro Agullas,
esperados ansiosamente por una multitud de Agullas y Granillos.
Retorno a la familia también y descubrimiento de un mundo doblemen-
te inédito para una Alexa que perdió la totalidad de su familia en los
bombardeos.
Juan Carlos se había postulado para ser profesor titular de So-
ciología de la Educación, en la Facultad de Filosofía y Letras de
Córdoba, y para integrar el Instituto de Sociología de la Facultad de
Derecho: se encontraba en el inicio de la treintena. Una beca en ese
momento tan especial lo llevó a Santiago de Chile para seguir los
cursos de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso),
institución que se había impuesto como objetivo la modernización y
actualización del pensamiento sociológico a la altura de la investiga-
ción empírica estadounidense.
144 SABER Y TIEMPO
En Santiago, al acceder en lengua inglesa a una literatura que
le era totalmente desconocida, se produjo en Agulla una revolución
copernicana, al incorporar así a su acervo un ejercicio metodológico
inductivo y una reflexión desde los datos que le era totalmente ajena.
Los grandes profesores de Flacso, Lucien Brahms y Alain Touraine,
eran de formación netamente positivista pero el pasaje se produjo por
intermedio del Director de Flacso, el brillante humanista español José
Medina Echeverría, formado en Alemania en la universidad
humboldtiana, traductor de Max Weber en el texto del Fondo de
Cultura Económica de México y autor por aquellos años de un breve
libro que aunaba una formación cultural con la receptividad y una
actitud metodológica propia de la investigación empírica estadouni-
dense. Así, y gracias al calor paternal de aquel Don José Medina que
lo recibía semanalmente en su casa, Agulla adquirió las armas para
ser un sociólogo científico integral. Tenia treinta y tres años cuando
retornó a Córdoba, munido de un bagaje totalmente nuevo, para ha-
cerse cargo de una cátedra ganada por concurso e integrar un Instituto
con un Director “chapado a la antigua”. Por esos años, Córdoba era
un mundo excepcionalmente bullente y modificado. Las grandes in-
versiones automotrices habían no solamente industrializado la ciudad
sino generado el nacimiento de grupos profesionales para quienes el
saber no era un acto honorífico e, igualmente la emergencia de obre-
ros altamente calificados y competitivos. En ese entonces, Juan Car-
los Agulla Granillo realizó una investigación sobre el cambio de los
sectores dirigentes, la desaparición dirigencial de la “Córdoba de los
doctores” y su remplazo por los arribados para el triunfo empresarial.
Esta investigación no pudo haber sido efectuada sin un desgarramien-
to íntegro del autor, heredero de familias tradicionales del Norte, hijo
del Ministro de Gobierno del último equipo gobernante “demócrata”
y, a falta de uno, tres veces Doctor por otras tantas Universidades.
Los grupos de orientación marxista visualizaban a Córdoba
como la gran Turín sudamericana, por la relevancia de la inversión
automotriz, el surgimiento de estamentos profesionales modernos, el
peso de la Iglesia y la aparición de los “intelectuales funcionales”, en
una Universidad masificada para un ejercicio profesional precario. A
Juan Carlos Agulla le correspondió vivir, indistintamente, en su mun-
do cultural replegado y en el ruido y la acción de la calle, en el
RECORDATORIOS 145
mismo lugar donde funcionaba su Instituto. De esa articulación entre
el intelectual y el hombre que no es ajeno a su contexto social, se
forjará definitivamente el sociólogo.
Agulla creó una Licenciatura en Sociología que exigía, como re-
quisito previo, un diploma profesional final –lo que hoy se identifica
como Master o Maestría– y nucleó ante sí un grupo de profesionales
intelectualmente muy solventes, atraídos por ese ejercicio magistral. Li-
beral integral como era, Agulla incorporó al Instituto alumnos provenien-
tes del más extremo espectro posible, que iba desde varias familias radi-
cales ampliamente conocidas, como los Yadarola y Sabattini, pasando
por alumnos de su misma extracción de origen –Sofanor Novillo
Corvalán– y por la sobrina del actual Arzobispo de Buenos Aires –Maria
Inés Bergoglio– hasta culminar en algún “ERPiano” y Montonero.
El golpe de estado de 1976 lo dejó cesante en la Facultad de
Filosofía y lo proclamó sospechoso en la de Derecho. Un Comodoro
químico le tendió el programa de Sociología que había que dictar,
identificado con los principios de la moral social y del cual se excluia,
expresamente, toda referencia a Marx y a su pensamiento.
Aquella Córdoba que aunaba, como ninguna otra ciudad del
país, Bien y Mal, Gracia y Pecado, extrema heroicidad e inusitada
cobardía, fue incapaz de salir en defensa de uno de sus hijos, preclaro
y de su hechura. En la “Córdoba de los doctores”, sólo el ministro de
la Corte Pedro J. Frías tuvo el coraje de defenderlo ante el Coman-
dante de la Tercera Región Militar.
El exilio interior en Buenos Aires
Indefenso en la Casa de Trejo, Agulla vino a Buenos Aires, ciudad que
le era totalmente desconocida. Inhibido para enseñar, su hermano
Horacio le ofreció la dirección de una revista especializada, en la que
virtió sus estudios empíricos sobre la zonificacion de la Argentina.
Horacio Agulla, asesor político de José A. Martínez de Hoz, fue
asesinado sin que jamás se supiera por quién, en la calle Posadas de
Buenos Aires. Juan Carlos respondió al acabado interrogatorio del
Batallón de Inteligencia del Ejército, poseedor de todos los datos pero
incapaz de encontrar al culpable. Esta sucesión de pruebas hubiera
afectado hasta al más templado, lo que hubiera significado para el caso
la aceptación de una cátedra en Alemania.
146 SABER Y TIEMPO
Pero, al margen de las universidades nacionales que, en prime-
ra instancia, no querían concederle cátedra o lugar alguno de investi-
gación, hacia 1980 la Universidad de Belgrano le abrió las puertas de
par en par y lo rodeó de un grupo de intelectuales porteños que
estaban imaginando la transición posible. En 1981, la Facultad de
Derecho de la Universidad de Buenos Aires llamó a concurso, al que
Juan Carlos Agulla se presentó conocedor de las inhibiciones que
sobre él pesaban. El Decano de aquella casa de estudios se atuvo,
exclusivamente, a los indiscutibles méritos académicos y lo puso al
frente del Instituto Ambrosio Gioja para investigación de temas jurí-
dicos y sociales. En ese entonces y ya desde la calma original de
retorno a la democracia, Agulla se convirtió en un investigador de
tiempo completo. Fueron años que dedicó al estudio de la conducción
argentina por parte de los abogados, sus falencias intelectivas y
decisionales, y su relativización ética.
La Academia Nacional de Educación lo incorporó como miem-
bro de número, para ocupar el sillón de Agustín Álvarez, y un año
después lo hizo igualmente la Academia Nacional de Ciencias, lo que
importó trascender su nombre para implicar un reconocimiento cien-
tífico de la sociología como disciplina teórica y empírica. Quien ha-
bía recalado en la Universidad de Belgrano para concitar, a su lado,
vocaciones intelectuales e investigativas en cierne, lo reiteraría al
frente del Instituto de Ciencias Sociales de la Academia de Ciencias.
Allí, en cuatro tomos, Agulla publicó la más completa antología de
Teoría Social, y allí también continuó sus estudios de Sociología de
la Educación. Al jubilarse a los 66 años, este antiperonista visceral
fue invitado por Raúl Matera, entonces Presidente del Conicet, a
incorporarse como investigador superior, en aras de un reconocimien-
to que prescindía de las exigencias del escalafón. Al año siguiente
mereció el Premio Nacional de Ciencias, este sociólogo, hombre cul-
to por excelencia, ser intrínsicamente urbano que hasta ignoró las
sierras. Este liberal fue absolutamente coherente a lo largo de toda su
vida, por el respeto al pensamiento y al punto de vista de los otros.
José Luis de Imaz
Universidad Católica Argentina
RECORDATORIOS 147
LAURA LEVI (1915-2003)
Con el fallecimiento de Laura Levi, Saber y Tiempo perdió a una
destacada y querida colaboradora. Cuando falleció era Vicepresidenta
de la Asociación Biblioteca José Babini, en la cual ocupó cargos
directivos desde los años iniciales de esa entidad. Para honrar su
memoria, la revista encomendó esa misión a tres colegas suyas, que
estuvieron unidas a Laura Levi en la labor científica y en la estrecha
relación personal.
La Dra. Laura Levi, Investigadora Principal del Conicet de Argentina,
falleció el día 17 de abril del 2003, a los 88 años de edad, después de
padecer una corta enfermedad.
Nació en Parma, Italia, el 11 de abril de 1915, hija de una
familia de científicos notables. Su padre, el matemático Beppo Levi,
fue profesor en la Universidad de Bolonia hasta que las leyes raciales
de 1940 lo obligaron a emigrar. La familia se radicó en la Argentina
y su padre se incorporó a la Universidad Nacional del Litoral, en
Rosario, donde fundó el Instituto de Matemática que hoy lleva su
nombre.
Laura hizo sus estudios de física en la Universidad de Bolonia
y se doctoró en 1938 con el trabajo “Propiedades ferroeléctricas de la
sal de Seignette”. Sus primeras investigaciones en el período 1942-46
las realizó en la ciudad de Montevideo, Uruguay como Asistente en
el Instituto de Física de la Facultad de Ingeniería. En este lugar publi-
có en 1945 su primer trabajo de investigación titulado: Medidas de
conductividad de la surgente de Arapey. Entre 1947 y 1949 trabajó
como Asistente en el Departamento de Física de la Universidad de La
Plata y entre 1950 y 1957 en Fabricaciones Militares y Citefa, en
temas relacionados con materiales ferromagnéticos.
En el año 1957 se desarrolló en Buenos Aires un movimiento
de apoyo a la investigación científica y se creó la carrera del Investi-
gador Científico. Laura fue nombrada miembro de la Carrera a poco
de ser creada ésta. Su lugar de trabajo fue el recién establecido Insti-
tuto de Física de la Atmósfera, situado en Villa Ortúzar, dependiente
148 SABER Y TIEMPO
del Servicio Meteorológico Nacional y del Departamento de Meteo-
rología de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universi-
dad de Buenos Aires. En ese Instituto se formó un grupo
multidisciplinario de investigadores físicos, químicos y meteorólogos
dedicados al estudio de la Física de Nubes y al asesoramiento del
Proyecto de Lucha Antigranizo, que tuvo lugar en la Provincia de
Mendoza. En 1964 se trasladaron al Pabellón I de la Ciudad Universi-
taria, a un ala especialmente diseñada para el desarrollo de sus traba-
jos. Lamentablemente, cuando se produjo el golpe de estado de 1966,
el grupo se desmembró debido a la renuncia de numerosos investiga-
dores y docentes de la Facultad. En esta etapa comenzaron los traba-
jos de Laura Levi relacionados con la estructura y las propiedades
eléctricas del hielo
Algunos miembros del Instituto de Física de la Atmósfera
retomaron su actividad en el laboratorio original de Villa Ortúzar, al
cual Laura apoyó con su dirección. Es interesante señalar que, a partir
de 1972, se fueron incorporando a este plantel numerosos jóvenes
con el objeto de obtener sus tesis de licenciatura y de doctorado, con
becas internas del Conicet o de la UBA. Al mismo tiempo el grupo se
enriqueció a través del contacto con importantes investigadores del
exterior (en particular Suiza, Japón e Italia) como así también de
nuestro país (Departamento de Meteorología; Departamento de Inge-
niería de la Universidad del Comahue).
Cuando se produjo el golpe de estado en 1966, Laura estaba
invitada, como investigadora, por el Instituto de Bajas Temperaturas de
la Universidad de Hokkaido, Japón. Entre 1967 y 1968 fue contratada
por el Instituto para el Estudio de las Nieves y Avalanchas en Davos-
Suiza. Allí comenzó sus trabajos sobre la estructura cristalina del hielo
crecido en túnel de viento, con el objeto de simular el crecimiento del
granizo. Los resultados obtenidos fueron considerados pioneros por
importantes científicos vinculados a ese tema. Estos estudios se com-
plementaron luego con simulaciones numéricas y experiencias en túnel
de viento realizadas en Villa Ortúzar, Córdoba y Bolonia (Italia). Con-
tinuó investigando en este tema y su último trabajo sobre hábitos de
crecimiento de cristales de hielo salió publicado en Atmospheric
Research en marzo de 2003. Sin embargo, debe destacarse que nunca
RECORDATORIOS 149
dejó de incursionar en temas nuevos y de actualidad. Así, su trabajo de
investigación, publicado en abril de 2003, corresponde al estudio de un
sistema nuboso utilizando las señales que envían los satélites meteoro-
lógicos en distintas longitudes de onda.
En 1973, con su incansable entusiasmo por el trabajo, tomó
contacto con el recién formado grupo de Física de la Atmósfera del
FAMAF de la Universidad Nacional de Córdoba. Esta colaboración
continuó siendo muy estrecha hasta sus últimos días. Un correo elec-
trónico enviado a una de nosotras, Olga Nasello, relacionado con un
trabajo en preparación, está fechado el 9 de abril de 2003, ocho días
antes de su deceso. Su aporte fue fundamental para este equipo de
trabajo. Laura dirigió las tesis doctorales de dos de los primeros
investigadores de este plantel, que ya ha formado alrededor de quince
doctores en física. Bajo su dirección logró formar un equipo que tiene
gran prestigio internacional y con ellos publicó más de veinte traba-
jos en las mejores revistas científicas de la especialidad.
Entre sus hobbies hay que mencionar que fue una excelente
fotógrafa que participó en numerosas exposiciones. También tomó
parte activa en grupos de estudio filosóficos demostrando un vivo
interés por esta disciplina.
En los últimos años se dedicó intensamente a investigar acerca
de la vida de su padre, debido a que varios historiadores de la ciencia
demostraron interés en el tema, y publicó su trabajo en varios núme-
ros de Saber y Tiempo. Esta investigación culminó en el libro titulado
Beppo Levi: Italia y Argentina en la vida de un matemático de Editoral
El Zorzal, Colección “Los Maestros”. Se dedicó con entusiasmo a
esta tarea, que la puso en contacto con matemáticos e historiadores de
Alemania, Suiza, Italia y la Argentina
Resumiendo, podemos afirmar que su vida estuvo dedicada
fundamentalmente a la investigación científica y, aunque no haya
tenido descendencia, sí tuvo numerosos hijos para los cuales fue no
sólo guía científica sino se comportó, además, como una madre por
su atención, comprensión, amistad, afecto y ternura. Sus discípulos
siempre disfrutaron de sus interesantes conversaciones sobre ciencia,
arte, literatura o política. Para cuantos la conocieron fue un ejemplo
de seriedad científica y calidad humana.
150 SABER Y TIEMPO
Si bien nunca adoptó la ciudadanía argentina, no cabe duda de
que quiso mucho a este país donde, como lo hiciera su padre, dejó
plantadas semillas que la harán vivir eternamente.
Mariana Weissmann
Investigadora Superior, Conicet
[Link] Física, CNEA, Bs. As.
Olga Nasello
Investigadora Independiente,Conicet
FAMAF, [Link].Córdoba
Luisa Lubart
Investigadora [Link] las F.F.A.A.
Servicio Meteorológico Nacional
ANDRÉS O. M. STOPPANI (1915-2003)
Con la desaparición de Andrés O. M. Stoppani, la ciencia argentina
sufrió la pérdida de una de sus más destacadas personalidades.
En homenaje a su memoria, se adelanta un extracto del trabajo, en
preparación, de Alfredo G. Kohn Loncarica sobre el recordado maestro.
Andrés Oscar Manuel Stoppani nació en Buenos Aires el 19 de agosto
de 1915 y falleció en esa ciudad el 18 de marzo de 2003. Se graduó
como médico en la Universidad de Buenos Aires en 1941 y se doctoró
en 1942 con una tesis dirigida por Bernardo A. Houssay, titulada:
Estudios fisiológicos y farmacológicos sobre los melanóforos de los
batracios, que obtuvo el premio “Facultad de Ciencias Médicas” a la
mejor tesis doctoral. Con este estudio demostró la existencia de un
control fisiológico sobre la secreción de la hormona melanotrópica en
anfibios. Poco después de diplomarse de médico e impulsado por
Venancio Deulofeu, cursó la carrera de Química en la Facultad de
Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Universidad de Buenos
Aires. Luego de graduarse con diploma de honor, obtuvo en 1945 su
segundo doctorado, esta vez en esta disciplina, con una tesis dirigida
por Deulofeu sobre el metabolismo del ácido cítrico que, dividida en
RECORDATORIOS 151
varios artículos, apareció en los Archives des Sciences Physiologiques
(París), Nature y otras revistas.
Su actividad como docente e investigador se inició siendo aún
estudiante de medicina. En 1936 fue designado ayudante honorario
del Laboratorio de Química Biológica del Instituto de Fisiología a
cargo de Houssay y, durante toda su carrera de grado, ocupó ayudantías
en ese Instituto y fue practicante del Hospital de Clínicas. Apenas
recibido y mientras cursaba su segunda carrera, se incorporó como
médico adjunto al Instituto de Semiología del Hospital de Clínicas, a
la sazón dirigido por Tiburcio Padilla, donde se desempeñó también
como Jefe de trabajos prácticos. En esos mismos años, compartiendo
la tarea médica asistencial, trabajó en el Instituto de Fisiología, como
becario de la Fundación Sauberan, sobre sustancias indoxilógenas y
su metabolismo (1942) y metabolismo en la diabetes (1943).
Pero la auténtica vocación de Stoppani era la investigación
básica centrada en la Bioquímica y la Fisiología. Por eso, luego de
esa fugaz experiencia clínica de unos cuatro años, realizada mientras
cursaba su Licenciatura en Química, se volcó de lleno a la actividad
en el Instituto de Fisiología, que desde 1943 vivía horas turbulentas
por los conflictos políticos que aquejaban a la universidad argentina
en esos años que, a la postre, determinaron el alejamiento de su
Director Bernardo Houssay. En 1945 y hasta 1947 obtuvo una beca
del British Council de Londres para estudiar en la Escuela de
Bioquímica de la Universidad de Cambridge, el más prestigioso cen-
tro en la materia de la comunidad británica de naciones. Allí defen-
dió, en 1951, su tercera tesis de doctorado, que fue codirigida por
Malcolm Dixon y D. Keilin, acerca del efecto de los inhibidores
sobre sistemas enzimáticos aislados y los procesos metabólicos celu-
lares (The effect of inhibitors on isolated enzyme systems and metabolic
cell processes); el diploma del PhD lo recibió en 1953. Completó su
formación de posgrado, en 1951, con una beca de la American
Chemical Society en los Estados Unidos, que se le otorgó en el marco
de un proyecto internacional destinado a jóvenes químicos. Ello le
permitió trabajar en diversos laboratorios, con sendas becas de la
Comisión Nacional de Energía Atómica, una en Inglaterra, en 1953,
para el estudio de los métodos de utilización de radioisótopos en la
Sección de Biofísica, del National Institute for Medical Research (a
152 SABER Y TIEMPO
cargo de A. S. Mac Farlane) y otra en 1954 en el Radiation Laboratory
de la Universidad de California, en Berkeley (dirigido por M. Calvin).
Su formación tuvo, también, influencia francesa: en 1947 trabajó en
el Laboratorio de Física Nuclear de la Universidad de Lieja (Bélgica),
dirigido por C. Gueben y J. Govaerts.
La circunstancia fortuita de estar fuera del país en un momento
de severas crisis universitarias, más sus condiciones personales de
hombre diplomático, reservado, flemático, reconcentrado en su tarea
de laboratorio, no autoritario en la conducción de sus subordinados,
muy abierto y desprejuiciado en cuanto a la recepción de nuevos
colaboradores, le permitieron sobrevivir en la agitada universidad
argentina durante décadas, siendo respetado por igual por conduccio-
nes de distinto signo político o ideológico.
Entre 1948 y 1949 fue profesor titular de Química Biológica en
la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de La
Plata y en 1949 ganó por concurso e inauguró la misma cátedra en la
Universidad de Buenos Aires. Inició su magisterio con sólo dos ayu-
dantes, Heriberto Aureliano Mascheroni y Humberto Juan Grayeb.
En 1953 obtuvo la dedicación exclusiva y su cátedra, en la que crecía
el número de colaboradores, comenzó a tener prestigio internacional
cuando recibió, como conferencista, al Director del Instituto de Quí-
mica Biológica de Cambridge, Frank George Young, que había repro-
ducido las célebres experiencias de Houssay sobre la acción
diabetógena de la hipófisis.
En 1952 la cátedra fue elevada a la categoría de Instituto, de la
que fue designado primer Director. En 1957 su plantel docente y de
investigación era ya de cerca de veinte profesionales, entre los que se
contaban el citado Grayeb, Joaquin Juan Bautista Cannata, Jorge
Osvaldo Deferrari, Jaime Alfredo Brignone, Clara María Campos de
Brignone y César Milstein. En 1982 creó y asumió la dirección del
Centro de Investigaciones Bioenergéticas (CIBIERG), instituto mixto
del Conicet y la UBA, con sede en la Facultad de Medicina.
Desde 1948, año en el que obtuvo su condición de profesor
titular, hasta su muerte, trabajó infatigablemente en la docencia. Fue
un profesor puntilloso y responsable que jamás dejaba de dar clase ni
de tomar exámenes. Dirigió tesis doctorales presentadas en las Uni-
versidades de Buenos Aires, Córdoba, La Plata, San Luis y en la
RECORDATORIOS 153
Universidad Autónoma de Barcelona. Entre sus tesistas hubo quími-
cos, bioquímicos, médicos, veterinarios, ingenieros químicos,
odontólogos, farmacéuticos, biólogos y licenciados en análisis clíni-
cos. Llegó a actuar como jurado de tesis en la India varias veces y en
un concurso de profesores en la King Saud University de Arabia
Saudita.
La obra científica de Stoppani es compleja, extensa y de elevada
calidad. Abarcó cuestiones de interés clásico en la química biológica,
como el metabolismo, la enzimología y la bioenergética. Documentó el
papel esencial de los grupos tioles sobre la actividad catalítica de
algunas enzimas, demostró “la operatividad del ciclo de los ácidos
tricarboxílicos (TCA) en los microorganismos Pasteurella multócida y
Trypanozoma cruzi” (A. Paladini), relevó los efectos de las hormonas
sobre las funciones de las mitocondrias, tanto in vivo como in vitro; se
ocupó de la producción celular de peróxidos y sus efectos. Trabajó
sobre los mecanismos bioquímicos endocrinológicos y en la quimiote-
rapia de las enfermedades parasitarias.
En los primeros años de su fecunda labor de investigador efec-
tuó estudios sobre las deshidrogenasas y las carboxilasas. De esta
etapa enzimológica data el estudio sobre la aldehído deshidrogenasa,
descripta en la tesis doctoral del futuro Premio Nobel César Milstein,
tesis que Stoppani dirigió y fue realizada en el laboratorio del Institu-
to de Química Biológica de la Facultad de Medicina y, en menor
grado, en el Instituto de Investigaciones Cardiológicas de la Universi-
dad de Buenos Aires. Una aportación sobre las carboxilasas de la
levadura, desarrollada con sus discípulos J. B. Cannata y J. J. Cazzulo,
“estuvo durante años en la primera línea de la investigación original
en ese campo” (Boveris). Con Eugenia Ramos y Julia Boiso abrió
caminos que esclarecieron el transporte de aminoácidos en levaduras
y en el Trypanosoma cruzi, el agente etiológico de la enfermedad de
Chagas. A comienzos de la década de 1960 publicó relevantes traba-
jos sobre este parásito, que alumbraron sus caminos metabólicos (trans-
porte de electrones y fosforilación oxidativa y ADN kinetoplástico).
Las contribuciones de Stoppani y sus colaboradores, entre ellos R.
Docampo y C. Frasch, sobre la bioquímica del citado parásito abarca-
ron problemas metabólicos, genéticos e inmunológicos. Stoppani se
154 SABER Y TIEMPO
hallaba en la búsqueda de una o más drogas que permitieran una
quimioterapia exitosa en el Chagas mediante la destrucción del T.
cruzi. Estas aportaciones cimentaron una tradición científica nacional
en la materia.
Más adelante se centró en la bioenergética trabajando en el
Instituto creado en 1982. Hizo importantes contribuciones al conoci-
miento de los mecanismos de la respiración mitocondrial en los órga-
nos de los mamíferos. Describió exitosamente las acciones regulatorias
de la insulina y de las hormonas esteroides sobre la función
mitocondrial (con R. Vallejos, C. y J. Brignone y A. Boveris). Se
interesó en el papel de los fosfolípidos en la membrana mitocondrial,
tema que abordó mediante el uso de las fosfolipasas, utilizando la
fosfolipasa A purificada del veneno de la yarará argentina, Bothrops
neuwiedii, siguiendo una tradición inaugurada por Houssay. Investigó
con E. Cadenas y N. Labbonia el mecanismo quimiosmótico de la
conservación de energía. Describió la cadena respiratoria mitocondrial
del T. cruzi y su deficiencia en enzimas antioxidantes, “lo que basado
en el concepto de quimioterapia racional, lo llevó a estudiar la pro-
ducción de radicales superóxido en el T. cruzi y en otros sistemas
suplementados con quinonas” (Boveris). Con M. Dubin, estudió el
metabolismo hepático de las orto-quinonas, análogas a la betalapachona
(fármaco antitripanosoma, de alguna utilidad, que tiene acción sobre
las células testiculares) en fracciones subcelulares y en hepatocitos.
En los últimos años obtuvo especial reconocimiento internacional por
sus contribuciones sobre los mecanismos bioquímicos involucrados
en la quimioterapia con orto-quinonas para el tratamiento de la enfer-
medad de Chagas y del cáncer.
Toda esta notable producción fue reconocida con más de un
centenar de premios y distinciones nacionales e internacionales. Entre
estas últimas se cuentan las otorgadas por la Universidad de Tel
Aviv, por la OEA (premio “Houssay”), por la Royal Society, por la
Fundación Internacional Hadassah y por varias academias y universi-
dades latinoamericanas y europeas. Entre los volúmenes que se edita-
ron en homenaje a su obra se cuentan el de los Anales de la Asocia-
ción Química Argentina, de 1992, y el de los Anales de la Sociedad
Científica Argentina, de 1996, en los que contribuyeron importantes
figuras de su disciplina, tanto del país como del exterior.
RECORDATORIOS 155
Los discípulos de la “Escuela de Stoppani”, los tesistas, beca-
rios e investigadores que se formaron con él, se distribuyeron a lo
largo y lo ancho del mundo. Milstein en Cambridge, A. Bennum en la
Universidad de Rutgers (EUA), M. L. Claisse en el Centro de Genética
Molecular (CNRS-Universidad de París “Pierre et Marie Curie”), C.
E. Cadenas en la Universidad de Linkoping (Suecia), R. Docampo en
la Universidad de Illinois (EUA), R. Amilis en la Universidad Autó-
noma de Barcelona, G. Anzola Montero en la Universidad Javeriana
de Bogotá (Colombia), L. Pacheco Bolaños en la Universidad de
Costa Rica, J. T. Turrens en la Universidad de South Alabama (EUA),
N. A. Labonia en la Universidad de Berna (Suiza), D. Brandao en la
Universidad de Curitiba (Brasil), A. M. Garaza Pereira y M. B. Reig
Verdier, en la Universidad de la República (Montevideo). A ellos se
agregan numerosos profesores, directores de departamentos e investi-
gadores de carrera en facultades de medicina, ciencias exactas y natu-
rales, farmacia, bioquímica y ciencias veterinarias, de las universida-
des argentinas (especialmente Buenos Aires, Rosario, Cuyo y La Pla-
ta) e institutos de investigación del CONICET, entre los cuales puede
citarse a F. L. Sacerdote, G. Favelukes, J. A. Brignone, C. Campos de
Brignone, J. J. Cannata, E. Ramos, M. N Schwarcz de Tarlovsky, J.
F. de Boiso , M. A. Cataldi de Flombaum, R. H. Vallejos, J. J.
Cazzulo, A. Boveris, J. C. Vidal, M. E. D. de Otamendi, H. A. Molina,
A. C. C. Frasch, L. Grinblat, y Marta Dubin, quien lo sucedió al
frente del CIBIERG.
Sus publicaciones, que orillan las quinientas, incluyen unos
400 artículos originales de investigación (trece de ellos firmados en
colaboración con su discípulo César Milstein) y otros trabajos, sobre
temas diversos: cuestiones de pedagogía y política universitarias,
bibliotecología, ética y política científicas, metodología de la investi-
gación, educación médica, futuro de la medicina, historia de la quími-
ca argentina, biografías de científicos (Houssay, Leloir, Deulofeu, De
Robertis, A. Sordelli, Milstein, Salvador Mazza, Pedro Cattaneo, O.
Fustinoni, Ehrlich, etc.), muchas de ellas traducidas a varios idiomas.
En el exterior sus trabajos aparecieron en Journals tales como
Pharmacology and Experimental Therapeutics, Endocrinology, Expe-
rimental Biology, Biological Chemistry, British Institute of
Pharmacology and Chemotherapy, Biochemical, Bacteriology,
156 SABER Y TIEMPO
Protozoology, American of Pathology, European of Medicinal
Chemistry, Molecular Structure y en revistas como Nature,
Enzymología, Archives of Biochemistry and Biophysics, Biochimica
et Biophysica Acta, Proceedings of the Society for Experimental
Biology and Medicine, Experientia, Contraception, Molecular and
Cellular Biochemistry, Molecular and Biochemical Parasitology,
Comparative Biochemistry and Physiology, Biochemical
Pharmacology, Biochemistry International, Free Radical Research
Comunications, FEBS Letters, Trends in Comparative Biochemistry
and Physiology, Experimental and Molecular Pathology, Analytical
Biochemistry, Bulletin de la Societé Royale des Sciences de Liège,
Annales de la Société Scientifique de Bruxelles, Archives des Sciences
Physiologiques, Interciencia y Acta Científica Venezolana. Además,
como buen discípulo de la escuela de Houssay, colaboró en numerosas
ocasiones en los Comptes Rendus de la Societé de Biologie (París).
Además de su tesis de doctorado en medicina, antes citada,
(Buenos Aires, El Ateneo, 1941), publicó, con M. Bacila y B. L.
Horecker, Biochemistry and Genetics of Yeasts. Pure and Applied
Aspects (Nueva York, Academic Press, 1978) y, con Ciro T. Rietti,
Guía de trabajos prácticos de Química Biológica (Buenos Aires, El
Ateneo, 1962), a los que debe sumarse una actualización y amplia-
ción del libro de V. Deulofeu y A. Marenzi, Química Biológica (Bue-
nos Aires, El Ateneo, 1967), grueso volumen de 1.325 páginas y obra
clásica en nuestro medio.
Su relación permanente con la comunidad científica internacio-
nal se evidencia en los numerosos congresos de química, bioquímica
y microbiología en los que participó desde 1950, y de otras especiali-
dades, como la II Conferencia Internacional sobre usos pacíficos de
la energía atómica (Ginebra), donde a menudo fue la única voz argen-
tina. En 1964 presidió la sección sobre regulación hormonal de los
procesos enzimáticos del VI Congreso Internacional de Bioquímica
(Nueva York); en 1970 dictó una conferencia sobre bioenergética en
el VIII Congreso Internacional de Bioquímica (Lucerna) y en 1979
describió su proyecto de vacuna y quimioterapia para interrumpir el
ciclo biológico del parásito en el Congreso Internacional sobre la
enfermedad de Chagas (Brasilia-Río de Janeiro).
Cabe recordar, también, la prolongada relación que tuvo con la
Comisión Nacional de Energía Atómica, que se inició hace más de
RECORDATORIOS 157
medio siglo cuando colaboró, en 1951 y en cooperación con Vicente
Cicardo, Abel Canónico, Manuel Malenchini y Rodolfo Q. Pasqualini,
en trabajos sobre tratamiento y profilaxis del bocio endémico con
yodo radiactivo en Mendoza. En vinculación con esta tarea, permane-
ció un período, en 1954, en el Donner Laboratory of Medical Physics
de la Universidad de California, interiorizándose en el uso del carbo-
no 14. En 1956 creó, con apoyo de la CNEA, el Centro de Estudios
del Metabolismo Celular en el Instituto de Química Biológica, depen-
diente de la Facultad de Medicina y del Departamento de Biología y
Medicina de la CNEA. En 1964 creó sendos Laboratorios de Física
Médica y de Radiobiología.
Andrés O. M. Stoppani, que en el año 2002 había sido incorpo-
rado como miembro del Nobel Committee for Chemistry de la Real
Academia Sueca de Ciencias, quedará en la historia de la ciencia
argentina como uno de los maestros del saber biomédico, integrando
una selecta galería con F. J. Muñiz, L. Agote, C. Malbrán, B. A.
Houssay, L. F. Leloir, E. Braun Menéndez, A. Sordelli, E. De Robertis,
A. C. Taquini, J. M. Muñoz, J. C. Fasciolo, O. Orías, J. T. Lewis, S.
Mazza, C. A. Alvarado, A. Lanari, C. Romaña, V. Foglia, I. Pirosky,
R. E. Mancini, A. Lanari, E. Fischer, C. Milstein, M. B. Rosenbaum,
P. Escudero, A. S. Parodi y unos pocos más.
Mi gratitud a la Dra. Antonia E. Delius de Stoppani, al Prof. Dr.
Alberto Boveris, al Prof. Dr. Horacio H. Camacho y a la Prof. Dra.
Stella Maris González Cappa por la información proporcionada.
Alfredo G. Kohn Loncarica
Universidad de Buenos Aires
Reseñas
Filigranas de cera y otros textos, por Eduardo Ladislao Holmberg.
Edición crítica y estudio preliminar de Enriqueta Morillas Ventura.
Compilación y estudio preliminar de Rodrigo Guzmán Conejeros.
Buenos Aires: Simurg, 2000, 223 p.
Eduardo Ladislao Holmberg (1852-1937) es un personaje polifacético
que ha sido reivindicado por disciplinas distintas, principalmente por
la historia de la ciencia y por la crítica literaria, con variados objetivos.
Desde la historia de la ciencia, por lo general, se resalta su labor como
un gran naturalista, se estudian sus exploraciones al interior del país, se
ensalza su participación en publicaciones como los Anales de Agricul-
tura de la República Argentina y el Periódico Zoológico, y se mitifica
su fundación (junto a Enrique Lynch Arribálzaga) de El Naturalista
Argentino (primera revista dedicada absolutamente a la ciencias natu-
rales en el país). En el mismo registro, se destaca su función como
director del Jardín Zoológico de Buenos Aires entre 1888 y 1903 y la
administración de la Revista del Jardín Zoológico. Por último, se
subraya y elogia su rol pedagógico como profesor de Historia Natural,
sin dejar de mencionar que fue, entre 1890 y 1915, docente universita-
rio de Botánica en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales. Este
perfil le permite ocupar un lugar en el panteón científico finisecular,
junto a Florentino Ameghino (1853-1911) y Francisco Pascasio More-
no (1852-1919).
Desde la crítica literaria se ha focalizado la atención en su figura
en tanto introductor o inventor de los géneros fantástico, policial y de
ciencia ficción en la Argentina. En esta línea de análisis son estudiadas
obras como Viaje maravilloso del Señor Nic-Nac. Fantasía espiritista
(1875), El ruiseñor y el artista (1876), La pipa de Hoffman (1876),
Horacio Kalibang o los autómatas (1879), La bolsa de huesos (1896),
Nelly (1896), La casa endiablada (1896), entre otras.
Aunque los diálogos entre estas dos áreas disciplinares que
recuperan la figura holmbergiana han sido por muchos años
inexistentes, en las últimas dos décadas procesos como la difusión de
RESEÑAS 159
los estudios culturales y la configuración del área de la historia social
de la ciencia en la Argentina han propiciado algunos acercamientos a
las obras de Holmberg desde una perspectiva menos compartimentada
y más analítica. Por otra parte, se ha mostrado un interés creciente en
la edición de sus textos inéditos o en la reedición de sus producciones
publicadas hacia fines del siglo XIX; dentro de esta última tendencia
puede inscribirse el volumen aquí comentado.
El libro reúne una serie heterogénea de escritos de Eduardo
Ladislao Holmberg publicados entre 1876 y 1896. Los medios de
difusión en los que aparecieron estos escritos presentan distintas ca-
racterísticas, mientras que algunos de ellos fueron publicados en pe-
riódicos –como La Crónica, El Tiempo y El Nacional–, otros ocupa-
ron las páginas de renombradas revistas culturales de la segunda
mitad del siglo XIX –como La Ondina del Plata y la Nueva Revista
de Buenos Aires– y, por último, se han sumado textos difundidos en
los Anales de la Sociedad Científica Argentina.
Los textos recopilados son: “Filigranas de cera” (1884), “El
medallón” (1898), “Insomnio” (1876), “La ciudad imaginaria” (1884),
“Política callejera” (1881), “Las nupcias de una Néfila” (1887), “Las
plagas de Egipto explicadas científicamente” (1895), “La noche clási-
ca de Walpurgis” (1886), “Pinceladas descriptivas” (1896) y “Moles-
tias de viaje” (1894). El criterio de selección y de ordenamiento de
estos escritos no responde al orden cronológico ni a una agrupación
temática y cuesta entender los motivos por los que se ha elegido esta
disposición y no otra; esta duda no desaparece al finalizar la lectura
del volumen.
La introducción al libro está compuesta por dos trabajos con
características diferentes. El primero se titula “Relato fantástico y el
fin de siglo” y está a cargo de Enriqueta Morillas Ventura quien
dirige, según se lee en la nota aclaratoria de la edición, un equipo de
investigaciones acerca de la literatura fantástica en el Río de la Plata
durante el siglo XIX (con sede en la Universidad Nacional del
Comahue). Este texto acompaña al lector por un recorrido que co-
mienza con algunas precisiones acerca del género de la literatura
fantástica en España del siglo XIX; posteriormente, el foco de obser-
vación se traslada hacia el Río de la Plata y, por último, a algunas
obras de Holmberg.
160 SABER Y TIEMPO
De este modo, la autora elige filiar a Holmberg con la tradición
española finisecular. Con este objetivo establece una serie de relacio-
nes entre espiritualismo y narrativa de imaginación y entre “ciencias
espirituales” y “ciencias racionales”, aseverando que estas
interconexiones han dejado su marca en las obras de varios persona-
jes argentinos, como Leopoldo Lugones y el propio Holmberg. Si-
guiendo esta línea interpretativa, algunas apreciaciones de Morillas
Ventura parecen tropezar fuertemente con los contenidos de los tex-
tos compilados. Por ejemplo, la autora sostiene que “la convivencia
de ciencia y religión no parece inquietar a Holmberg” (p. 19), sin
embargo, esta afirmación queda ampliamente cuestionada tras la lec-
tura del texto “Las plagas de Egipto explicadas científicamente”. En
este mismo registro se realizan otras operaciones interpretativas que
no ofrecen claves de lectura inteligibles.
El segundo escrito introductorio está a cargo de Rodrigo Guzmán
Conejeros y se titula “Eduardo Ladislao Holmberg: entre la ciencia y la
ficción”. El recorrido propuesto por el autor es más ordenado que el
anterior dado que presenta elementos contextuales generales que per-
miten encuadrar la obra de Holmberg y recorre temas clásicos vincula-
dos con el clima de las ideas a fines del siglo XIX en la Argentina. Este
segundo estudio preliminar propone un análisis de los elementos carac-
terísticos del ideario positivista haciendo especial hincapié en las arti-
culaciones de las ideas de ciencia, de orden y de progreso. Por otra
parte, el autor postula una relación entre positivismo, literatura y pro-
yecto político de la generación del 80 e inserta a Holmberg dentro de
este marco. Pese a ello, no queda claro por qué puede pensarse al autor
de los textos compilados como parte constitutiva del proyecto político
concretado en el país en las últimas décadas del siglo XIX.
Pese a que los dos prefacios asumen temas disímiles ninguno
de ellos presenta o introduce en forma sistemática los textos que el
volumen contiene ni ofrece pautas interpretativas que aglutinen los
textos de la selección realizada. Por otra parte, no queda clara la
articulación entre ambos trabajos y muchos de los temas tratados en
el primer estudio preliminar generan contradicciones con lo sostenido
en el segundo.
Los textos de Holmberg reunidos abordan temas absolutamente
heterogéneos y están escritos en registros que se diferencian entre sí.
RESEÑAS 161
Los que pueden encuadrarse en un patrón más estrictamente literario
son: “Filigranas de cera”, “El medallón”, “Insomnio”, “La ciudad
imaginaria”, “La noche clásica de Walpurgis”. Mientras que escritos
como “Las nupcias de una Néfila”, “Las plagas de Egipto explicadas
científicamente”, “Pinceladas descriptivas” y “Molestias de viaje”,
podrían calificarse como textos de divulgación científica. Dentro de
este segundo grupo, a excepción de la primera, todas estas produccio-
nes fueron concebidas por Holmberg como conferencias que fueron
efectivamente pronunciadas en lugares como el Teatro Nacional y la
Sociedad Científica Argentina.
En todos los textos compendiados circulan temáticas prototípicas
de la época en que fueron elaborados (como la preocupación por el
progreso del país y las propuestas para conformar una sociedad ho-
mogénea en una Argentina que se presentaba como un país decidida-
mente plural) con otros tópicos absolutamente originales del autor.
Entre los últimos se destacan las ideas vinculadas con el papel de la
ciencia y de los científicos en relación con la sociedad y con la
política, las miradas particulares sobre los ámbitos de sociabilidad
académica y sobre las formas de circulación y apropiación del cono-
cimiento científico, y las concepciones sobre la política argentina y
su funcionamiento real.
De este modo, la galería temática por la que conduce la lectura
de los textos reunidos en este compendio permite concretar un acerca-
miento a los temas centrales y latentes del espacio intelectual argentino
pero también a otros menos transitados o analizados. El mérito princi-
pal del libro descansa, entonces, en el hecho de poner al alcance del
lector producciones de difícil acceso, y con rasgos caleidoscópicos, de
un personaje particular y extravagante en el que se fusionaron
flexiblemente el perfil del científico y el del literato. El libro comenta-
do se convierte, en este sentido, en una obra de referencia para historia-
dores de la ciencia y de las ideas y los intelectuales, pero también para
críticos literarios y para cuantos disfruten al acercarse al miscelánico
mundo cultural argentino de fines del siglo XIX.
Paula G. Bruno
Universidad de Buenos Aires
Universidad de San Andrés
162 SABER Y TIEMPO
Freud en las pampas: Orígenes y desarrollo de una cultura
psicoanalítica en la Argentina (1910-1983), por Mariano Ben Plotkin
(Trad. Marcela Borinsky). Buenos Aires: Sudamericana, 2003, 345 p.
En Freud en las pampas Mariano Ben Plotkin realiza un abordaje
netamente histórico y, por momentos, comparativo de la recepción del
psicoanálisis en la Argentina, con énfasis en los países latinoamerica-
nos (especialmente Brasil), aunque también con Francia, España y los
Estados Unidos.
El autor se pregunta, al inicio de su recorrido, acerca de los
factores que habrían contribuido a hacer del psicoanálisis una teoría tan
atractiva, que dio lugar al desarrollo de lo que el autor considera una
“cultura psicoanalítica” en nuestro país Al respecto, considera imprac-
ticable, para el caso argentino, llevar a cabo una distinción entre las dos
categorías que Sherry Turkle identifica para el caso francés como “mo-
vimiento psicoanalítico” (que consiste en analistas, pacientes, teorías y
asociaciones profesionales) y “cultura psicoanalítica” (definida como la
manera en que metáforas y formas de pensar del psicoanálisis entran en
la vida cotidiana). Su objetivo es transitar la historia argentina, desde la
década de 1910 hasta fines de la de 1970, para rastrear aquellos ele-
mentos del contexto social, histórico, político, cultural o económico
que permitieron la difusión “masiva” de esta disciplina, en diversos
sectores de la sociedad y a partir de diversas fuentes o agentes
divulgadores. Así mismo, analiza la progresiva constitución de un cam-
po profesional y de sus contradicciones internas, tanto teórico-
metodológicas como ideológicas e institucionales. En este punto, tam-
poco descarta las relaciones que este campo en particular mantuvo con
otras disciplinas o campos profesionales.
En este sentido, su trabajo divide los patrones de difusión y
recepción del psicoanálisis siguiendo la periodización generalmente
aceptada de la historia argentina, rastreando para cada período las
diversas instituciones y concepciones vinculadas al campo profesio-
nal; las múltiples apropiaciones ideológicas del discurso psicoanalíti-
co; los agentes difusores y los patrones de recepción cultural, tanto
entre sectores intelectuales como entre sectores populares.
En la hipótesis general desde la que aborda su tarea, Plotkin
afirma que fue la flexibilidad del discurso psicoanalítico la que facilitó
RESEÑAS 163
el abordaje de sus diferentes aspectos sin cambiar su identidad, según
el momento y el sujeto histórico. Esta misma flexibilidad del sistema
psicoanalítico permitió que diversos sectores sociales, tendencias ideo-
lógicas o grupos de profesionales, se apropiaran de algún elemento
particular de la disciplina y construyeran su propio discurso.
Un primer paso en la recepción del psicoanálisis se dio entre
fines de la década de 1910 y fines de la década de 1920, especialmen-
te en el círculo de la psiquiatría, donde el psicoanálisis había sido
considerado una doctrina extranjera y poco científica frente a las
tradicionales teorías somáticas. Para este período, el autor destaca la
importancia que tuvieron, por un lado, la creciente legitimidad adqui-
rida por la psiquiatría frente a la profesión médica y, por otro, la ola
antipositivista y antimaterialista, en la recepción del psicoanálisis en-
tre médicos e intelectuales. Su análisis abarca las diversas lecturas
ideológicas que hicieron del psicoanálisis los intelectuales y su ex-
pansión más allá del restringido círculo de profesionales, en una serie
de revistas y periódicos –Crítica y El Hogar, por ejemplo– y edicio-
nes baratas con versiones populares de saberes técnicos y científicos,
que incluían al psicoanálisis con su nuevo perfil moderno y científico.
En este contexto, el psicoanálisis irá adquiriendo aceptación no sólo
como técnica terapéutica, sino también como objeto de consumo cul-
tural, lo que permitirá una progresiva diferenciación entre éste y la
psiquiatría a lo largo de la década de 1920.
El primer gran giro en el estatus del psicoanálisis que señala el
autor es con el advenimiento del peronismo, cuando la APA (Asocia-
ción Psicoanalítica Argentina, fundada en 1942), primera institución
profesional, monopolizaría la formación de los futuros analistas con
una orientación kleiniana y psicosomática, alineada aún con los saberes
médicos. El autor explora, en este período, los antecedentes de la
consolidación de la institución, así como el contexto político que
definió su perfil y el papel cumplido por sus fundadores en la difu-
sión del discurso psicoanalítico en diversos sectores de la sociedad.
Durante este período, la consideración, tanto de la APA como
del psicoanálisis, como parte de un movimiento de resistencia cultu-
ral frente al gobierno, es explicada por el autor a partir de la creciente
polarización política que afectó a la sociedad y, por ende, al mundo
de la ciencia, limitando el espacio abierto a la coexistencia pacífica
164 SABER Y TIEMPO
de múltiples interpretaciones que habían florecido en el período ante-
rior. El surgimiento del nazismo y el fascismo, en el ámbito interna-
cional, al igual que el golpe de Uriburu y el ascenso de Perón, en el
ámbito nacional, fueron definiendo dos bandos políticos y culturales
irreconciliables en la Argentina: uno liberal-progresista y otro nacio-
nal-católico, cada uno de los cuales se circunscribió a sus propios
espacios de expresión y debate. La APA formaba parte del primero de
estos bandos, que había comenzado a desarrollar una intensa vida
intelectual y científica por fuera de las universidades, en oposición a
la política antiintelectualista del gobierno. Así, el psicoanálisis co-
menzó a ganar espacio como objeto de consumo cultural entre los
intelectuales disidentes que frecuentaban la lectura de revistas como
Nosotros y Sur.
Un tercer momento clave que destaca Plotkin en la recepción
del psicoanálisis se inicia con la caída de Perón. Este período es el
que el autor analiza con mayor detalle y exhaustividad, por conside-
rarlo crucial en la conformación de una “cultura psicoanalítica”. En
primer lugar, explora las condiciones políticas, sociales y económicas
que dieron lugar a la difusión del discurso psicoanalítico en sus múlti-
ples significados y entre un público más amplio. Con las políticas
desarrollistas emergió una nueva clase media de técnicos profesiona-
les y ejecutivos que ampliaron la clientela potencial del psicoanálisis,
el cual se constituyó en un bien de consumo cultural. Entre estos
sectores los expandidos medios masivos de comunicación contribuye-
ron a difundir el psicoanálisis como una herramienta de moderniza-
ción cultural.
En segundo lugar, aborda el papel que cumplieron diversos
agentes difusores, pertenecientes o no al establishment psicoanalítico,
en la difusión de un sistema moderno (el psicoanalítico) para com-
prender y expresar valores y preocupaciones tradicionales, que habría
resultado particularmente atractivo para una sociedad tironeada entre
la modernidad y la tradición.
En tercer lugar, examina las vinculaciones entre el psicoanáli-
sis y la cultura de izquierda. Un papel importantísimo cumplieron en
este momento, por un lado, la definición de la identidad de la nueva
izquierda luego de la experiencia peronista y de la “traición Frondizi”
y, por otro, la incorporación del psicoanálisis a su artillería concep-
RESEÑAS 165
tual, como herramienta para revisar su interpretación del peronismo y
su propia “subjetividad revolucionaria”. En este contexto, surgió, en-
tre estos grupos, un interés por el psicoanálisis tanto en el plano
teórico como terapéutico, en contraposición con el rechazo que había
sufrido anteriormente por parte de la izquierda tradicional. En mu-
chos casos, se acercaban desde el existencialismo sartreano, que con-
tribuiría a construir el nuevo ideal de intelectual comprometido: un
individuo políticamente activo y en constante diálogo con las pro-
puestas de las nuevas ciencias sociales, que se habían diseminado con
rapidez luego de la creación de las carreras de Psicología y Sociolo-
gía y de la aparición de publicaciones como Cuestiones de Filosofía y
Pasado y Presente. Incluso analiza, en este punto, los trabajos de tres
influyentes intelectuales de izquierda que intentaron combinar el psi-
coanálisis con el marxismo: Bleger, Masotta y Rozichner.
En cuarto lugar, aborda la creación de las carreras de Psicolo-
gía, su perfil comprometido social y políticamente y su clara orienta-
ción psicoanalítica. Así mismo, explora la consolidación de su campo
profesional (específicamente su inserción en los hospitales públicos)
y las relaciones establecidas con los psiquiatras. En este punto, desta-
ca la importancia de la introducción del psicoanálisis en el establish-
ment psiquiátrico y en el ámbito hospitalario, donde la cercanía con
los círculos médicos le permitiría incrementar su legitimidad y donde
comenzarían a desarrollarse terapias alternativas acordes al entorno.
Señala, además, las nuevas preocupaciones que surgirían de la difu-
sión del psicoanálisis entre los pacientes con menores recursos de los
hospitales, que darían origen al concepto de “salud mental” y a una
identidad diferenciada de los psicólogos respecto del establishment
psicoanalítico. En las relaciones entre ambos grupos de profesionales,
el autor examina también el papel que jugaron las diferencias de
género en los intentos de subordinar a los psicólogos (en su mayoría
mujeres) respecto de los psicoanalistas (predominantemente de sexo
masculino).
A continuación, este trabajo pone de manifiesto la progresiva
politización del psicoanálisis en el contexto de creciente radicalización
y politización social que se corresponde con el clima de fines de la
década de 1960, cuando la línea divisoria entre la militancia política y
la actividad intelectual comenzó a desdibujarse, remplazando al “inte-
166 SABER Y TIEMPO
lectual comprometido” por el “intelectual militante y combatiente”.
La progresiva integración entre la cultura de izquierda y el psicoaná-
lisis es explicada como resultado de tres factores. El primero es la
ruptura de algunos miembros de izquierda de la APA con la institu-
ción, que dio origen a nuevas instituciones afines a su ideología. El
segundo factor es la recepción entre los psicólogos de las teorías de
Lacan a partir del estructuralismo y, sobre todo, de las ideas de
Althuser, que introducirían una clara dimensión política en el psicoa-
nálisis y contribuirían a definir una identidad contrapuesta al esta-
blishment. El último está vinculado a las analogías establecidas entre
el psicoanálisis y el discurso de la opresión y la liberación, en conso-
nancia con las ideas de los movimientos antipsiquiátricos inglés y
francés.
Para finalizar, el autor explora los efectos que tuvo sobre el
universo del psicoanálisis la dictadura militar de 1976. Apunta, así
mismo, a demostrar cómo la flexibilidad del discurso psicoanalítico y
su transformación en un sistema interpretativo para gran parte de la
población, permitió que los militares, entre fines de la década de 1970
y principios de la de 1980, utilizaran algunos aspectos del sistema
psicoanalítico para legitimar sus políticas.
Adriana Feld
Departamento de Historia
Facultad de Filosofía y Letras (U.B.A.)
La modernización de la ciencia en México. El caso de los astróno-
mos, por Jorge Bartolucci. México: Universidad Nacional Autónoma
de México, 2000, 324 p.
Jorge Bartolucci, investigador del Centro de Estudios sobre la Univer-
sidad (Universidad Autónoma de México), es autor de numerosos
artículos sobre historia de la astronomía y la astrofísica en México. En
el libro que comentamos el autor relata el devenir de estas disciplinas
en el marco general del proceso de modernización de la ciencia dentro
de ese país durante el período que se extiende desde mediados del siglo
XIX hasta la década de 1980.
RESEÑAS 167
Esta investigación asume una perspectiva sociológica que se
esfuerza por incluir en su análisis tanto el desarrollo de los aspectos
“internos” e institucionales de la astronomía local y sus relaciones
con el panorama internacional, como la coyuntura política, el mundo
intelectual y el paisaje social.
A lo largo de diez capítulos, que responden enteramente a una
lógica cronológica (a excepción del primero, en donde se realiza una
exposición de los lineamientos metodológicos) se realiza una narración
detallada de los principales hitos de la historia de la astronomía mexi-
cana moderna fundamentada en la utilización de un cuantioso y variado
registro de soporte documental, entre los que debe contarse informa-
ción emitida por el Observatorio Astronómico Nacional –memorias e
informes de labores–, programas de trabajo y expedientes universita-
rios, conferencias y un valioso relevamiento de correspondencia.
Entre 1842 y 1874 las cosas no fueron sencillas para la promo-
ción de la ciencia astronómica en México. Desarrollada, por ese en-
tonces, embrionariamente, el contexto histórico local no contribuyó a
avivar la llama del desarrollo científico. Inestabilidad política y gue-
rra civil se articularon con efectos verdaderamente generadores de
caos y terminaron por neutralizar los escasos pero audaces intentos
motivadores. En 1842 surge el primer proyecto de construir un obser-
vatorio nacional. Esta idea, gestada por un prestigioso militar de la
época, el general García Conde, no tuvo, finalmente, suficiente apoyo
y fue postergada durante dos décadas. Durante esos veinte años, cabe
destacar que quienes se abocaron a estos estudios contaron con la
llegada de instrumental tecnológico moderno, aunque su eficiente uti-
lización no se concretó, puesto que dicho instrumental terminó, en su
mayor parte, destruido, deteriorado, extraviado o confinado a algún
rincón de los laboratorios, sin darle el más mínimo uso.
Con el Porfiriato la situación pareció modificarse, aunque como
se verá en la exposición de Bartolucci, sólo en apariencia. En 1877 se
inauguró el Observatorio Astronómico Nacional, dotado de instru-
mental tecnológico de primera calidad. Su función estaría orientada a
la ejecución de proyectos científicos de interés internacional, tal como
fue el de la Carte du Ciel. Pero las limitaciones a este proceso de
modernización no tardaron en hacerse presentes. La falta de interés
genuino en la producción científica era una realidad que quedaba al
168 SABER Y TIEMPO
descubierto sin mucha necesidad de hurgar en razones sofisticadas.
La primacía de aquellas voluntades, que buscaban sólo insuflar con
aires gloriosos el orgullo nacional, pronto se convertiría en una cons-
tante en la historia de la astronomía en México, así como en la de la
ciencia en general de ese país. De ese modo, el cuadro quedó caracte-
rizado por una excesiva dependencia del apoyo gubernamental, bajos
salarios, condiciones laborales no adecuadas y una inexistencia abso-
luta de apoyos extraoficiales a la actividad científica.
Otras circunstancias también ejercieron su peso en la determi-
nación de la dirección seguida por la astronomía mexicana. También
aportó sus efectos negativos, especialmente durante el período en que
Joaquín Gallo ejerció como director, el empecinamiento por ignorar
durante décadas que a partir de 1880 había comenzado a producirse
un desplazamiento del centro de gravedad del mundo científico inter-
nacional. A partir de esa fecha la vanguardia de la investigación
científica fue encontrando su epicentro en los Estados Unidos. La
identificación de los astrónomos mexicanos con la práctica europea
de la disciplina, primordialmente alemana, inglesa y francesa, resultó
ser para Bartolucci una elección equivocada.
El panorama no sufrió así, en líneas generales, grandes cam-
bios hasta finales del gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1940). En
esos tiempos, el por entonces director Luis Enrique Erro, político
mexicano y astrónomo amateur, conjuntamente con Harlow Shapley,
director del Harvard College Observatory, comenzaron a incentivar
políticas de promoción para finalmente vincularse con la astrofísica
moderna. Entre las más importantes estuvieron la modernización del
instrumental y la construcción del Observatorio de Tonantzintla.
La Segunda Guerra Mundial recreó una lógica bidireccional:
mientras los gobiernos poscardenistas buscaban simpatizar con los
gobiernos estadounidenses, estos últimos deseaban alinear, tras de sí,
todos los países latinoamericanos, entre ellos naturalmente México.
Desde 1938 y afianzándose definitivamente al iniciarse la década de
1940, la alianza entre México y Estados Unidos tuvo su expresión
histórica concreta en el área de la investigación astronómica a través
de la cooperación entre los observatorios de Tonantzintla (Erro) y
Harvard (Shapley).
RESEÑAS 169
Sin embargo, otra vez en esta instancia, el nacionalismo de
quienes ocuparon lugares protagónicos influyó en detrimento de la
capitalización de los esfuerzos. Los científicos locales abocados al
campo de la investigación astronómica no tenían un interés verdadero
por la práctica observacional. En cambio, se hallaban atraídos por la
producción teórica. La solución a esta situación podría haber sido la
asimilación de parte de la masa pululante de astrónomos extranjeros
desraizados a causa de los efectos de la Segunda Guerra Mundial.
Justamente frente a esta posibilidad Erro no mostró una postura entu-
siasta.
Finalmente, Bartolucci llega en su análisis al período de la
posguerra, en donde cree importante señalar que bajo la influencia de
un nuevo personaje, Guillermo Haro, se asiste a la génesis de una
importante masa crítica local. Durante este proceso es cuando se pro-
duce el desplazamiento de la primacía en la práctica de la astronomía
en México nuevamente hacia el Observatorio Astronómico Nacional
y surge con gran protagonismo la Universidad Nacional Autónoma de
México.
Sin perjuicio de la complejidad que prevé el análisis de los
escenarios político, social e intelectual, Bartolucci admite, en las con-
clusiones de su libro, que una variable ha permanecido constantemen-
te presente a lo largo del período estudiado: las aspiraciones naciona-
listas. Así, en los inicios éstas se manifestaron en las ambiciones de
poseer un observatorio nacional; más tarde, durante el Porfiriato, en
la necesidad de convertirse en uno de los principales símbolos del
progreso nacional y la obstinación por no reconocer a Estados Unidos
como el nuevo y pujante centro de la vanguardia de la investigación
astronómica. En el contexto de la Segunda Guerra Mundial la resis-
tencia de Erro a la incorporación de astrónomos extranjeros y, final-
mente, el deseo de Guillermo Haro de construir un telescopio en el
propio territorio mexicano, dan cuenta de la persistencia de esta ten-
dencia, cuyos efectos fueron más limitativos que positivos para la
ciencia astronómica mexicana.
Lorena Ferrero
Universidad de Buenos Aires
Crónicas
Primera Jornada Regional de Historia de la Matemática
Entre los días 22 y 24 de mayo de 2003 se realizó en la ciudad de Salta,
Argentina, la Primera Jornada Regional de Historia de la Matemática,
organizada por la cátedra de Historia de la Matemática de la Facultad
de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional del Sur, a cargo de Ana
T. Aragón. La reunión contó, entre otros, con el patrocinio del Departa-
mento de Matemática de esa Universidad y de la Universidad de Río
Claro, UNESP, Brasil. En las conferencias, minicursos, comunicacio-
nes breves y otras actividades, participaron más de trescientas perso-
nas, lo que de por sí constituye un éxito destacable.
De las tres conferencias ofrecidas, la de apertura estuvo a cargo
del Dr. Sergio Nobre (Brasil), quién habló sobre “Historia y educa-
ción matemática: Camino para la práctica pedagógica y para la inves-
tigación”. La segunda, a cargo del profesor Juan Carlos Dalmasso,
que fue muy emotiva, estuvo dedicada a “Testimonio del Dr. Santaló
en la historia de la matemática argentina”. La de clausura estuvo a
cargo del profesor Edgardo Fernández Stacco (UNS), quien se refirió
a “La historia de la matemática argentina entre las dos guerras mun-
diales”.
Hubo cinco minicursos, que versaron sobre: “Nuevas respues-
tas para antiguos dilemas”, por I. Zapico y M. Minelli; “El desarrollo
histórico del simbolismo algebraico”, por C. E. Villagra; “La superfi-
cie de un triángulo según sus lados: la fórmula de Herón”, por L.
Tapia y M. I. Molina; “Utilización de la historia para la educación
matemática hoy”, por A. T. Aragón, y “Evolución histórica en las
series de tiempo en estadística”, por Orlando Ávila.
Las comunicaciones fueron treinta, a las que se le sumaron dos
paneles, uno sobre “Historia de la matemática en la formación docen-
te” y otro sobre “Epistemología e historia de la matemática”.
Se presentaron dos videos, uno sobre fractales y otro sobre la
historia y las aplicaciones de la matemática. Hubo, también, una ex-
posición filatélica sobre el mismo tema.
CRÓNICAS / PUBLICACIONES RECIBIDAS 171
Durante el transcurso de las Jornadas se sentaron las bases para
la creación de la Sociedad de Historia de la Matemática en la Argen-
tina. El sábado 24 de mayo de 2002 a mediodía, en coincidencia con
la culminación de las Primeras Jornadas de Historia de la Matemáti-
ca, en el Anfiteatro C de la Universidad Nacional de Salta y con la
presencia de 120 personas, se aprobó la conformación de una Comi-
sión encargada de analizar los antecedentes y de redactar el marco
legal de la Sociedad. Se conocieron los objetivos y se acordó la fecha
para una reunión próxima de la Comisión, para redactar formalmente
el Estatuto y acordar la constitución y puesta en marcha de la Socie-
dad de Historia de la Matemática en la Argentina.
Edgardo L. Fernández Stacco
Universidad Nacional del Sur
Publicaciones recibidas
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172 SABER Y TIEMPO
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Arte Medendi (1564) de Cristóbal de TINA S ENDRA M OCHOLÍ , J ESÚS I.
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Se terminó de imprimir en Impresiones Dunken
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Octubre de 2003