Del latín efficacĭa, la eficacia es la capacidad de alcanzar el efecto que espera o se
desea tras la realización de una acción. No debe confundirse este concepto con el
de eficiencia (del latín efficientĭa), que se refiere al uso racional de los medios para
alcanzar un objetivo predeterminado (es decir, cumplir un objetivo con el mínimo de
recursos disponibles y tiempo).
Por ejemplo: una persona desea romper un disco compacto que contiene información
confidencial. Para esto, puede rayar la superficie del disco con una llave (una
medida que será eficaz y eficiente) o dispararle con una ametralladora (una
decisión eficaz, ya que logrará destruir el disco, pero poco eficiente, ya que utiliza
recursos desproporcionados).
Es decir, por tanto, podríamos establecer que la principal diferencia entre
eficiencia y eficacia es que la primera sería la que consigue cuando se alcanzan
los mismos objetivos pero utilizándose el menor número posible de recursos. O
también cuando se consiguen muchos más objetivos con el mismo número de
recursos.
Otro ejemplo estaría dado por un sujeto que desea copiar el contenido de un libro
de 200 páginas. Si realiza esta tarea a mano, es posible que tenga éxito y sea
eficaz, ya que, tarde o temprano, terminará de copiarlo. Sin embargo, sería más
eficiente que se encargue de fotocopiar dicho material, ya que le llevará mucho
menos tiempo.
Por supuesto, hay acciones que no son ni eficaces ni eficientes. Un individuo
que quiere adelgazar y, para eso, decide alimentarse sólo de comidas fritas y
hamburguesas, no habrá tomado ninguna decisión favorable que le permita
alcanzar su objetivo.
En general, la combinación de eficacia y eficiencia supone la forma ideal de
cumplir con un objetivo o meta. No sólo se alcanzará el efecto deseado, sino
que se habrá invertido la menor cantidad de recursos posibles para la
consecución del logro.