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Las Cuitas Del Joven Werther

Este documento presenta extractos del libro "Las cuitas del joven Werther" de Goethe. Narra la historia de Werther a través de cartas que escribe a un amigo. En la primera carta, Werther expresa su alegría por la primavera y la naturaleza. Más tarde conoce y se enamora de Carlota, pero su amor no es correspondido porque ella ya está comprometida. El libro describe la lucha interna de Werther y su creciente desesperación que finalmente lo lleva al suicidio.

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Las Cuitas Del Joven Werther

Este documento presenta extractos del libro "Las cuitas del joven Werther" de Goethe. Narra la historia de Werther a través de cartas que escribe a un amigo. En la primera carta, Werther expresa su alegría por la primavera y la naturaleza. Más tarde conoce y se enamora de Carlota, pero su amor no es correspondido porque ella ya está comprometida. El libro describe la lucha interna de Werther y su creciente desesperación que finalmente lo lleva al suicidio.

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LAS CUITAS DEL JOVEN WERTHER.

(1774)

GOETHE

HE recogido con afán todo lo que he podido encontrar referente a la historia del desdichado
Werther, y aquí os lo ofrezco, seguro de que me lo agradeceréis. Es imposible que no tengáis
admiración y amor para su genio y carácter, lágrimas para su triste fin.

Y tú, pobre alma que sufres el mismo tormento ¡ojalá saques consuelo de sus amarguras, y llegue
este librito a ser tu amigo si, por capricho de la suerte o por tu propia culpa, no encontraste otro
mejor!

10 DE MAYO

«Reina en mi espíritu una alegría admirable, muy parecida a las dulces alboradas de la primavera,
de que gozo aquí con delicia. Estoy solo, y me felicito de vivir en este país, el más a propósito para
almas como la mía, soy tan dichoso, mi querido amigo, me sojuzga de tal modo la idea de reposar,
que no me ocupo de mi arte. Ahora no sabría dibujar, ni siquiera hacer una línea con el lápiz; y, sin
embargo, jamás he sido mejor pintor Cuando el valle se vela en torno mío con un encaje de
vapores; cuando el sol de mediodía centellea sobre la impenetrable sombra de mi bosque sin
conseguir otra cosa que filtrar entre las hojas algunos rayos que penetran hasta el fondo del
santuario, cuando recostado sobre la crecida hierba, cerca de la cascada, mi vista, más próxima a
la tierra, descubre multitud de menudas y diversas plantas; cuando siento más cerca de mi
corazón los rumores de vida de ese pequeño mundo que palpita en los tallos de las hojas, y veo las
formas innumerables e infinitas de los gusanillos y de los insectos; cuando siento, en fin, la
presencia del Todopoderoso, que nos ha creado a su imagen, y el soplo del amor sin límites que
nos sostiene y nos mece en el seno de una eterna alegría; amigo mío, si los primeros fulgores del
alba me acarician, y el cielo y el mundo que me rodean se reflejan en mi espíritu como la imagen
de una mujer adorada, entonces suspiro y exclamo: «¡Si yo pudiera expresar todo lo que siento!
¡Si todo lo que dentro de mí se agita con tanto calor, con tanta exuberancia de vida, pudiera yo
extenderlo sobre el papel, convirtiendo éste en espejo de mi alma, como mi alma es espejo de
Dios!» Amigo... Pero me abismo y me anonada la sublimidad de tan magníficas imágenes,»

30 DE MAYO

«Lo que te dije el otro día sobre la pintura es aplicable a la poesía: basta con conocer lo que es
bello y atreverse a expresarlo. En verdad, no se puede decir más en menos palabras. He asistido
hoy a una escena que, fielmente referida, sería el mejor idilio del mundo; pero poesía, escenario,
idilio..., ¿qué falta hacen? ¿Es preciso, cuando debemos interesarnos en una manifestación de la
naturaleza, que se halle artísticamente combinada?

«Si después de este exordio esperas oír algo grande y sublime, te llevas un gran chasco: es pura y
simplemente una joven aldeana que me ha inspirado esta irresistible simpatía... Como de
costumbre, referiré mal, y, como de costumbre me encontrarás, según creo, exagerado. Culpa es
de Wahlheim, y siempre de Wahlheim el que suceda así.
«Se había formado una reunión bajo los tilos para tomar café. Esto no me hacía gracia, e inventé
un pretexto para echarme fuera.

«Salió un joven de una casa inmediata y se puso a componer el arado donde yo había dibujado
poco antes.

Me agradó su aspecto y le dirigí la palabra preguntándole por su manera de vivir. Pronto nos
hicimos amigos, como siempre sucede con esta clase de gente; en seguida hubo intimidad entre
los dos. Me contó que servía a una viuda que le trataba a maravilla. Por lo que de esto me dijo y
por los grandes elogios que hizo de ella, conocí al punto que el pobre diablo estaba enamorado.
Decía que no era joven, que había sufrido mucho con el primer marido y que temblaba ante la
idea de contraer segundas nupcias. Su relato hacía verse de tal modo hasta qué extremo era a sus
ojos bella y encantadora, y con cuánto afán deseaba que se dignase elegirle para borrar el
recuerdo de las faltas de su primer marido, que yo debería repetírtelo palabra por palabra, para
darte cabal idea de la inclinación desinteresada, del amor y de la fidelidad de este hombre.

Necesitaría el talento del mejor poeta para pintar, al mismo tiempo, de una manera expresiva, la
animación de sus gestos, la armonía de su voz y el fuego celestial de sus miradas. No, no hay
palabras que puedan reproducir la ternura que rebosaba todo su ser y su lenguaje: cuanto yo te
dijera sería pálido. Llamaba particularmente mi atención verle temeroso de que yo pudiera formar
injustos pensamientos sobre sus relaciones o dudase de la intachable conducta de la viuda. El
placer que experimenté oyéndole hablar de su figura y de su belleza, que, sin tener el encanto de
la juventud, le atraía irresistiblemente y le encadenaba, no puedo explicármelo más que con el
corazón. Nunca había visto un deseo apremiante, una pasión ardiente, unidos a tanta pureza; sí,
puedo decirlo; nunca había imaginado ni soñado que existiese tal pureza.

No hagas burla de mí si te confieso que al recuerdo de esta inocencia y de este candor me abraso
en oculto fuego, languidezco y me consumo. Ahora deseo encontrar pronto ocasión de
conocerla...; mejor dicho, y pensándolo bien, deseo evitarlo. Más vale que la vea por los ojos de su
amante: acaso los míos no la verían de la manera que ahora la veo, ¿y qué gano en privarme de
esta hermosa imagen?»

16 DE JUNIO

«¿Por qué no te escribo? Tú me lo preguntas; ¡tú, que te cuentas entre nuestros sabios! Debes
adivinar que me encuentro bien y que..., en una palabra, he hecho una amistad que interesa a mi
corazón. Yo he..., yo no sé...

«Difícil me será referirte de por sí cómo he conocido a la más amable de las criaturas. Soy feliz y
estoy contento; por lo tanto, seré mal historiador.

«¡Un ángel! ¡Bah! Todos dicen lo mismo de la que aman, ¿no es verdad? Y, sin embargo, yo no
podré decirte cuán perfecta es y por qué es perfecta; en resumen, ha esclavizado todo mi ser.

« ¡Tanta inocencia con tanto talento! ¡Tanta bondad con tanta firmeza! ¡Y el reposo del alma en
medio de la vida real, de la vida activa!
«Cuanto digo de ella no es más que una palabrería insulsa, una helada abstracción, que no puede
darte ni remota idea de lo que es. Otra vez..., no quiero contártelo en seguida.

Si lo dejo, no lo haré nunca, porque (dicho sea para nosotros), desde que he comenzado esta
carta, tres veces he tenido ya intención de soltar la pluma, hacer ensillar mi caballo y marcharme.
Y, sin embargo, esta mañana me había jurado a mí mismo no ir; así y todo, a cada momento me
asomo a la ventana para ver la altura a que se encuentra el sol

Aunque esto no era nuevo para mí, porque lo había sabido en el coche, me causó tanta sorpresa
como si lo ignorase, y es que no me había ocupado de tal noticia con relación a Carlota, que en tan
breves instantes llegó a serme tan querida. En una palabra, me turbé, me desconcerté y embrollé
de tal modo la figura, que, sin la presencia de ánimo de Carlota y la oportunidad con que
enmendaba mis torpezas, no se hubiera podido continuar la contradanza. Aún duraba el baile
cuando los relámpagos que desde mucho antes esclarecían el horizonte, y que yo achacaba sin
cesar a ráfagas de calor se hicieron más intensos, y el ruido del trueno apagaba el de la música.

Tres señoras, seguidas de sus caballeros, abandonaron la contradanza, se generalizó el desorden y


enmudecieron los instrumentos. Cuando repentino pavor o accidente imprevisto nos sorprende en
medio de los placeres, producen en nosotros, y es natural, una impresión más honda que de
ordinario ya sea por el contraste que se destaca vigorosamente, ya porque, una vez abiertos
nuestros sentidos a las emociones, adquieren una sensibilidad exquisita. A esta causa debo
atribuir los gestos extraños que vi hacer entonces a muchas señoras. La más prudente corrió a
sentarse en un rincón, tapándose los oídos y volviendo la espalda hacia la ventana; otra se
arrodilló delante de ella y escondió la cabeza en su regazo; una tercera se metió entre las dos
ventanas y abrazaba a sus hermanitas, vertiendo torrentes de lágrimas. Algunas querían volverse a
sus casas; otras, que estaban más amilanadas, ni siquiera tenían ánimo para reprimir la audacia de
los astutos jóvenes, que se ocupaban afanosos en robar de los labios de las bellas afligidas las
temidas plegarias que dirigían al cielo. Algunos hombres habían salido a fumarse tranquilamente
una pipa, y los demás de la reunión acogieron con júbilo la feliz idea que tuvo la dueña de la casa
de trasladarnos a otra pieza donde las ventanas tenían postigos y colgaduras. Carlota, apenas
entramos en la nueva habitación, hizo poner las sillas en corro y propuso un juego. Vi que varios
caballeros, enderezándose como para indicar que estaban prontos, se relamían de gusto, soñando
ya en las sentencias de las prendas. «Jugamos a contar —dijo ella—. Prestadme atención. Yo iré
pasando por toda la rueda, siempre de derecha a izquierda y vosotros al mismo tiempo contaréis
desde uno hasta mil, diciendo a mi paso cada cual el número que le toque. (…)

Las personas que tenían más intimidad formaron conversación aparte; la tempestad había cesado,
y yo seguí a Carlota, que se volvió a la sala. En el camino me dijo: «Los bofetones han hechoque se
olviden de la tempestad y de todo.» Nada pude contestarle. «Yo era—prosiguió—una de las más
miedosas; pero aparentando valor para animar a los demás, llegué a tenerlo de veras.» Nos
acercamos a la ventana; se oían truenos lejanos y el ruido apacible de una abundante lluvia que
caía sobre los campos. Una atmósfera tibia nos acaricia con oleadas de los más suaves perfumes.
«¡Carlota había apoyado los codos en el marco de la ventana y miraba hacia la campiña, luego
levantó los ojos al cielo; después los fijó en mí y vi que los tenía cuajados de lágrimas; por fin, puso
su mano sobre la mía y exclamó:

«¡Oh Klopstock!»

«Abismado en un torrente de emociones que ésta sola palabra despertó en mi espíritu, recordé al
instante la oda sublime que ocupaba a la sazón el pensamiento de Carlota.

No pude resistir: me incliné sobre su mano, se la llené de besos y de lágrimas de placer, y volvieron
mis ojos a encontrarse con los suyos. ¡Oh insigne poeta! Esta sola mirada, que debías haber visto,
basta para tu apoteosis.

¡Ojalá no vuelva yo a oír pronunciar tu nombre tan frecuentemente pronunciado!»

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