Zaira Benavides, maestra de Bucaramanga, le responde a la diputada
del Partido de la U luego de leer su polémico discurso
Me he tomado varios días, desde el momento en que mis oídos escucharon la
posición más homofóbica que jamás esperé de una persona que co-administra
nuestra sociedad santandereana y colombiana.
Le voy a contestar a la diputada Ángela Hernández desde mi condición
ESPIRITUAL y también como CIUDADANA, MAMÁ, MAESTRA Y EDUCADORA
SEXUAL.
Como ciudadana, me voy a remontar 45 años atrás, cuando siendo una niña, vi
cómo a uno de mis amigos su propio padre le quemaba la cola con un tizón
encendido, mientras le decía que “él no criaba maricas y que ¡Se arreglaba,
porque se arreglaba!!” En la Costa estos juegos son usuales entre niños y entre
hombres adultos, pero al que penetra le dicen macho y el que es penetrado es el
marica. Por lo tanto, es degradado y menospreciado. Por supuesto esta actitud
está íntimamente ligada a despreciar lo femenino.
Ante semejante acto atroz, quedé en shock y supe que algo andaba mal, no con
mi amiguito sino con el mundo. Ese día, señora diputada, fue el día en que
comencé a ser, sin saberlo, una HETEROALIADA. Porque entendí que mi universo
es para compartirlo y mis derechos humanos son los derechos de los demás. La
conexión entre derechos humanos y sexualidad implica conocer y comprender
que existen diversas formas de amar, de sentir placer y de construir familias, lo
cual se da tanto en relaciones heterosexuales, como en las lésbicas, gays,
bisexuales y transexuales.
Como un ser ESPIRITUAL, quiero decirle que soy una persona creyente y no
creyente también.
Creo en la vida y la cuido; la mía, y la de los otros seres humanos y no
humanos.
Creo que hay que compartir el universo sana y pacíficamente, con todos los
seres humanos y no humanos. Por eso, no acepto el maltrato humano ni
animal en ninguna de sus manifestaciones.
Creo que el amor siempre es un acto que hace el bien, como bien lo dice
Sócrates, en el Banquete, de Platón. Si en nombre del amor, se agrede;
entonces no es amor.
No creo en la religiosidad que quemó a los científicos en la edad media, porque
eran brujos, en nombre de Dios.
No creo en la religiosidad que dijo que los negros no tenían alma y los trató como
animales por siglos, excluyéndolos de todos los derechos humanos y todo se
hizo en nombre de Dios.
No creo en la religiosidad que quemó en la hoguera a miles de mujeres en la
colonia, porque eran delgadas y menudas y se les acusaba de brujas que podían
volar. Y todo en nombre de Dios.
No creo, en la religiosidad que en la conquista, arrasó con nuestras creencias
indígenas y las remplazó por pecados que castigaban con toda clase de torturas,
entre ellas hogueras, máquinas quiebra huesos etc. Y todo en nombre de Dios.
No creo en la religiosidad del siglo XXI, que nuevamente se equivoca y decide
ponerse el velo de la ignorancia y negar la ciencia, para degradar, humillar y
violentar a la comunidad humana LGBTI.
En resumen diputada, yo no creo en los que rezan y matan.
Usted seguramente dirá “es que la biblia dice…”. Si el libro sagrado que nos
trajeron los españoles dice muchas cosas, entre ellas, nos muestra modelos de
conductas que han sido constituidos sobre las costumbres y hábitos de varios
pueblos que naturalizaban entre sus acciones, la violencia física, asesinatos sobre
pueblos enteros, maltrato infantil, incestos, machismo, reproducción de
desigualdades, jerarquías que derivaban en exclusiones (etc). Es por ello, que
como diputada de mi nación, quiero invitarla a que se sitúe desde una posición
que respalde la justicia social, para comprender la experiencia del otro y sea
capaz de llevar las normas bíblicas al diálogo, ante nuevas circunstancias que la
vida nos muestra, pues la crítica histórica de las escrituras, no forma parte de un
atentado contra la identidad cristina y la misma religión, sino un acto
responsable y reflexivo, para encaminarnos en la construcción de una sociedad
éticamente justa.
Como mamá, debo decirle que tengo dos hijas, que se criaron con una educación
sexual, cuyo modelo no es biblicista, ni moralista como el suyo, tampoco es un
modelo de riesgo. Mi modelo de crianza, fue y es autobiográfico,
humanista. Como resultado tengo dos mujeres heterosexuales, que le entregué a
la sociedad con un proyecto de vida hermoso, inteligentes, pacíficas, felices, que
conviven armónicamente con su entorno natural, y el hecho de haberlas educado
con respeto a la diversidad sexual, no las hizo homosexuales; pero si las hizo
respetuosas de la diversidad.
¿Usted sabe quiénes son los homosexuales y demás personas de la comunidad
LGBTI?, pues se lo voy a decir: ellos y ellas, hacen parte de nosotros, son nuestros
vecinos, amigos, sobrinos, hijos, ahijados, parientes, compañeros de trabajo,
gobernantes… A mí me extraña mucho que usted proponga el repudio y la
exclusión, cuando las que parimos esos niños, somos mujeres como usted y como
yo.
Y es que la diversidad sexual está presente en todas las razas, en los cinco
continentes, en todas las comunidades y eso incluye la comunidad religiosa a la
que usted pertenece.
Como maestra, debo contarle que he dedicado mi vida entera a la exploración
del conocimiento y gracias a ello, puedo albergar en mi currículo, todos los
cambios que organismos internacionales y nacionales, como la UNESCO, UNFPA,
OMS, MEN, CORTE SUPREMA DE JUSTICIA…vienen proponiendo, a través de la
educación, para mejorar la convivencia humana. Sé muy bien cual es la tarea que
tengo que hacer, sin esperar a que me la pongan. Es por ello, que desde hace más
de 20 años, en mis clases transversalicé la diversidad sexual, como un eje
fundamental, para la erradicación de esa nueva forma de racismo moderno, como
lo es la homofobia y transfobia. Desde mi aula de clase, he hecho investigación,
diseñado material pedagógico y he creado modelos pedagógicos transversales,
para erradicar la homofobia y transfobia. Mis estudiantes, igual que mis hijas, se
destacan por ser transformadores de sociedad. Debería usted venir a mis clases,
para que salga de la edad media y vea desde la pedagogía un nuevo horizonte del
mundo.
Le cuento diputada, que después de escuchar y leer su discurso, no salgo de mi
asombro, al ver el analfabetismo que muestra en materia científica, de legislación,
de educación, etc. Es por ello que como Educadora Sexual y de Procesos
Afectivos y Máster en Salud Sexual, se hace necesario y urgente aclarar
algunos conceptos y develar algunos conocimientos, que son básicos para la
comprensión de la diversidad sexual, pues hay mucha gente confundida,
creyendo las falacias que usted, con tanta pasión, afirma.
Lo primero que tiene que conocer, es que la sexualidad tiene componentes y
funciones, éstos dan cuenta de las diversas formas de sentirla y vivirla. La
manera como ello ocurre permite (auto) identificar y (auto) conocer a los seres
humanos como hombres o mujeres, quienes pueden ser heterosexuales,
homosexuales, bisexuales, transexuales e intersexuales.
Rol de género: Es el papel, acción o actitud asumido por una persona de acuerdo
a factores sociales, culturales, políticos, económicos, éticos o religiosos. Los roles
de género pueden derivar en estereotipos o discriminación sí es que no se
corresponden con las verdaderas capacidades e intereses de las personas. Así por
ejemplo durante gran parte de la historia se ha pensado que el rol de género de la
mujer es ser dueña de casa, mientras que al hombre se le ha adjudicado la labor
de proveedor. Lo mismo ocurre con la afirmación “sólo las mujeres lloran y los
hombres no”. Con el paso del tiempo ha quedado claro que muchos roles de
género no son exclusivos de un determinado sexo, sino que pueden ser
desempeñados con igualdad por ambos, aunque con diversas formas de
expresión.
Conducta sexual: Son las prácticas e historias sexuales de las personas que
pueden ser siempre o en algún momento iguales o distintas a su orientación
sexual y que se encuentran muy influenciadas por el contexto social, político,
cultural, religioso o económico donde se inserta el ser humano.
Identidad de género: Es la pertenencia a un sexo u otro, debo aclarar que no
depende de tener vagina o pene; sino de sentirse hombre o mujer.
Orientación sexual: Está determinada por el deseo natural, tanto sexual, como
amoroso y erótico hacia otras personas. Puede expresarse en el amor y el deseo
hacia personas de igual o distinto sexo y en función de ello adquiere diversas
denominaciones a saber:
Orientación heterosexual: Es aquella cuyo amor, deseo o erotismo está
focalizado hacia personas de sexo distinto al propio. Es decir, un hombre
con atracción hacia una mujer o una mujer con atracción hacia un hombre.
Orientación homosexual: Es aquella cuyo amor, deseo o erotismo está
focalizado hacia personas de igual sexo. Los hombres con atracción hacia
otros hombres son comúnmente llamados gays. Las mujeres con atracción
hacia mujeres son generalmente conocidas como lesbianas. Se estima que
entre el 90 y el 93 por ciento de la población tiene una orientación
heterosexual y entre el 7 y el 10 por ciento una homo o bisexual.
Orientación bisexual: Es aquella cuyo amor, deseo o erotismo está
focalizado hacia personas de igual y distinto sexo, pudiendo ser hombres o
mujeres. Las personas con esta orientación son conocidas como bisexuales.
Orientación y conducta sexual: La conducta sexual puede ser igual o distinta a
la orientación sexual. Ello significa que una persona con orientación homosexual
puede experimentar conductas heterosexuales, mientras que otra con
orientación heterosexual puede tener conductas homosexuales. Generalmente la
conducta sexual es distinta a la orientación sexual cuando nace de la presión
social o de la necesidad de exploración o curiosidad de las personas. Por ejemplo,
aún es común que muchos hombres o mujeres con “orientación sexual
homosexual” se casen o tengan relaciones con alguien del sexo opuesto debido a
la presión social y al temor a la discriminación. También es cada vez más
cotidiano que personas heterosexuales experimenten al menos una vez en su vida
alguna relación con alguien de su mismo sexo. Sin embargo, sea cual sea la
conducta sexual, de tipo coyuntural o permanente, esta no altera, modifica o
transforma la orientación sexual, es decir, no afecta el hecho de ser y sentirse
heterosexual u homosexual, aun cuando las prácticas sexuales pueden ser total o
parcialmente distintas al deseo natural.
Ahora hablemos de la TRANSEXUALIDAD: La transexualidad es una de las
realidades menos abordadas y suele ser erróneamente confundida con la
homosexualidad, el travestismo o el transformismo. Generalmente se piensa que
una persona transexual es “un hombre gay vestido de mujer” o “una mujer
lesbiana vestida como hombre”. La verdad es que ser transexual no tiene ninguna
relación con la orientación sexual, esto es con ser gay, lesbiana, bisexual o
heterosexual. En otras palabras, el hecho de ser y sentirse hombre o mujer no se
vincula con el gusto por personas de igual o distinto sexo. Se calcula que por cada
11900 féminas existe una mujer transexual, mientras que por cada 30 400
hombres, uno es transexual masculino. La mayoría de las personas transexuales
son heterosexuales. La clave de la transexualidad se encuentra en el cerebro, al
no corresponder el sexo físico con la identidad de género.
Para una mejor comprensión de la transexualidad, conviene aclarar los siguientes
conceptos.
Transexualidad femenina o mujeres transexuales: Identifica a quienes
naciendo con un físico y/o genitales del sexo masculino, desde la niñez
sienten que su sexo es femenino. El proceso y la transición médica,
psicológica y social vivido por estas personas para adecuar el cuerpo a su
identidad de género, permite denominar a las transexuales femeninas
como HaM (hombre a mujer). Un transexual femenino, es una niña que
nació con pene.
Transexualidad masculina u hombres transexuales: Son quienes
naciendo con un físico y/o genitales del sexo femenino, desde la niñez
sienten que su sexo es masculino. El proceso médico, psicológico y social
experimentado para adecuar el cuerpo a su identidad de género, posibilita
llamar a los transexuales masculinos como MaH (mujer a hombre).Un
transexual masculino, es un niño que nace con vagina.
En la actualidad existen sociedades y organizaciones integradas por familias
como la suya y la mía, que trabajan en pro de los derechos de sus hijos
transexuales, para garantizarles una vida digna. Para más amplitud del tema, les
dejo estas direcciones: Chrysallis, asociación internacional de familias por la
diversidad sexual, entre otras.
Hasta aquí va mi respuesta.
Diputadas como usted, hacen que maestras como yo sientan deseos de conversar
el mundo, por eso la dejo con esta frase del pedagogo estadounidense, Henry
Giroux:
“Si el mundo de uno mismo y el de los demás ha sido construido
socialmente, de la misma manera puede ser desmantelado, anulado y
rehecho críticamente”.
POSDATA:
El siguiente es un aporte educativo, seguramente le va a servir a usted y a todas
las personas que deseen mirar hacia la ciencia para develar los mitos y tabúes
que se han cernido en torno a la diversidad sexual.
La homosexualidad y la transexualidad existen desde el comienzo de la
humanidad y aunque sus expresiones se dan en todo el mundo, unas de las
primeras menciones se encuentran en la Grecia Antigua. En ese período la
homosexualidad y la transexualidad formaban parte de la vida cotidiana y de las
historias míticas de los filósofos y no eran consideradas un problema mayor,
según variadas investigaciones. Con el correr de los siglos y con la influencia del
cristianismo el rechazo fue en aumento alcanzando uno de sus más altos niveles
en el 309 D.C cuando el Consejo Eclesiástico de Elvira (actualmente Granada de
España) aprobó 37 leyes canónicas referidas a la sexualidad. En dichas leyes, que
se extendieron por toda Europa y luego a América, cualquier expresión sexual
que no tuviese por fin la procreación fue considerada un pecado.
Lo que se creía: Desde el siglo XVII estudios del comportamiento humano se
concentraron en averiguar las causas de la homosexualidad y de la
transexualidad. Uno de los libros más influyentes fue “Psychopathia Sexualis”
(1886) del neurólogo alemán Richard von Krafft-Ebing, quien consideraba a la
homosexualidad como una desviación sexual producida por una constitución
defectuosa del sistema nervioso. Con importantes matices, la idea de “desviación
sexual” fue luego validada por el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, para
quien, al menos al comienzo de sus investigaciones, la homosexualidad era el
resultado de un estancamiento en las fases del desarrollo del ser humano. Tales
hipótesis predominaron hasta gran parte del siglo XX y derivaron en que muchos
psicólogos y psiquiátras sometieran a la diversidad sexual a terapias que
buscaban curar o revertir la transexualidad y la homosexualidad, pero esas
intervenciones sólo provocaron más daño en las personas.
En forma paralela, otros investigadores han venido señalando que la
homosexualidad es producto de estructuras o composiciones cerebrales,
genéticas u hormonales, pero la verdad es que hasta ahora nadie tiene certeza
sobre ello y las causas son tan desconocidas como las de la heterosexualidad.
El único consenso es que en el desarrollo de toda orientación sexual o identidad
de género inciden múltiples factores (psicológicos, sociales, biológicos) y no sólo
uno.
En la actualidad existe un amplio consenso médico y científico respecto a que la
homosexualidad y la bisexualidad, independiente de sus causas, no son una
enfermedad, sino que una variación más de la sexualidad humana, al igual como
lo es la heterosexualidad.
Todos los estudios que erróneamente señalaron en el pasado que la
homosexualidad era una patología, habían sido aplicados a personas que tenían
trastornos mentales, por lo que no eran representativos de gays y lesbianas. Así
es como la Organización Mundial de la Salud (OMS, 1992), la Asociación de
Psicología Americana (1975) y la Asociación de Psiquiatría de Estados Unidos
(1973), junto a otros organismos, han enfatizado que la mejor asesoría que puede
recibir una persona homo o bisexual es aquella que le permita vivir su sexualidad
de la manera más sana y libre posible.
El 10 de diciembre de 1948 la Asamblea General de la Organización de las
Naciones Unidas aprobó y proclamó la Declaración Universal de los Derechos
Humanos y, con el paso del tiempo, los países han adecuado sus políticas y leyes a
los principios de ese importante texto.
Estos derechos garantizan a toda persona por su sola condición humana, y sin
distinciones de ningún tipo, igualdad social, política, económica, cultural y
jurídica. Ello significa que nadie puede ver violentada su vida, sin integridad física
y psíquica, su dignidad o su libertad.
Los derechos sexuales y reproductivos son parte de los Derechos Humanos, pues
garantizan las libertades, la seguridad y las condiciones básicas para que las
personas puedan atender sus necesidades con dignidad.
Lastimosamente para las minorías humanas que hacen parte de la comunidad
LGBTI, la discriminación, principalmente de personas heterosexuales, han
impedido que sus derechos humanos, sexuales y reproductivos sean respetados
y ejercidos.
La discriminación es entendida como toda forma injustificada de distinción,
exclusión, restricción o preferencia, que prive, perturbe, amenace o menoscabe el
ejercicio de los derechos establecidos en la Constitución Política y en la ley, así
como en los textos internacionales y en la Declaración Universal de Derechos
Humanos. Ningún tipo de discriminación arbitraria puede ser aceptada, en
particular cuando se origina por motivos de raza o etnia, nacionalidad, situación
socioeconómica, lugar de residencia, idioma, religión, ideología u opinión política,
sindicación o participación en asociaciones gremiales, sexo, estado civil, edad,
filiación, apariencia personal, enfermedad o discapacidad y, por supuesto, el
género o la orientación sexual.
Lamentablemente en muchos países del mundo diversos sectores son
discriminados, viendo particularmente dañadas su dignidad las personas
indígenas, pobres, indigentes, con discapacidad o enfermedad, inmigrantes,
mujeres, niños y niñas, jóvenes, adultos mayores, mormones, musulmanes y las
minorías sexuales, entre otros.
Cuando las personas son discriminadas, se ofende y daña a la diversidad de la
sociedad y del país donde vivimos. Dado que la diversidad habita en nuestras
propias familias, en las puertas de nuestra casa y en cada lugar que conozcamos o
visitemos, al discriminar no sólo se afecta la dignidad de quien es excluido.
También se afecta al conjunto de la sociedad.
La discriminación padecida por la diversidad sexual es una de las más graves,
según lo han revelado todos los estudios efectuados en muchos países por
universidades, institutos, corporaciones, fundaciones y organismos de derechos
humanos.
La discriminación que afecta a los homosexuales, sean hombres o mujeres, es
conocida como homofobia, y la que daña a transexuales como transfobia.
En relación a la transexualidad la comunidad científica aconseja el tratamiento y
la ayuda para adecuar el físico de la persona a la identidad de género de la que se
siente parte.
Al igual como ocurre con la heterosexualidad, las personas van conociendo desde
la niñez si son transexuales u homosexuales, pasando por experiencias y
procesos de identificación hasta una comprensión total de lo que se es, si es que
se reciben las informaciones adecuadas.
El proceso se diferencia del vivido por personas heterosexuales, porque niñas y
niños transexuales y homosexuales van apreciando, a medida que van creciendo,
que su orientación sexual o identidad de género es rechazada por gran parte de la
sociedad, incluidas en algunos casos sus propias familias.
Si se carece de la ayuda y orientación adecuada se puede ver afectado el
desarrollo armónico y sano de la sexualidad, a un punto que muchas personas
nunca salen del armario, es decir jamás confidencian ante otros/as o asumen de
manera voluntaria o pública su orientación sexual o identidad de género,
provocándose un profundo daño emocional
De acuerdo a investigaciones de la profesora de Psicología Evolutiva y
Educación de la Universidad de Salamanca, Sonia Soriano, los procesos por
los que generalmente pasa una persona homosexual o transexual son los
siguientes:
Sentimiento de diferencia: Significa sentirse diferente a las personas
(hermanos/as, padre, madre, amigos/as, compañeros/as) que rodean al ser
humano en la infancia.
Negación: Al carecer de referentes cercanos sobre la propia orientación sexual o
identidad de género y al apreciar que los afectos son rechazados por una
mayoría, la persona niega lo que es por miedo y con culpa.
Homo/transfobia interiorizada: Debido a la falta de opiniones o actitudes
externas positivas hacia la homosexualidad o la transexualidad, la persona
puede sentir homofobia o transfobia, es decir rechazo y vergüenza sobre su
propia orientación sexual o identidad de género y sobre quienes sienten de igual
manera.
Manifestación y definición: Consiste en ir asumiendo de manera paulatina el
hecho de ser transexual o de amar y desear a alguien del mismo sexo.
Exploración, experimentación e intimidad: Determinado por la socialización y/o
intimidad con pares homosexuales o transexuales.
Auto-aceptación e integración: La persona asume como propia una identidad
homosexual o transexual.
Consolidación de identidad: Se comprende e internaliza que la orientación sexual
o identidad de género no es lo único que define a la persona, pues ello sólo es un
aspecto más del ser humano.
Salida del armario: Es la revelación de la identidad de género o la orientación
sexual ante terceros.
Como ha podido ver señora diputada, las investigaciones científicas han
demostrado que las personas homosexuales y transexuales si pueden sufrir
severos trastornos psicológicos, pero no, como producto de su orientación sexual
o identidad de género. El problema se origina por la discriminación social que
hacen personas como usted y como consecuencia provoca problemas, que van
desde la baja de autoestima, soledad, impotencia y dolor; hasta el suicidio, como
el estudiante Sergio Urrego, discriminado por la escuela en Bogotá.
Ahora que lo sabe señora diputada, usted decide si sigue con la caza de
brujas del siglo XXI o convive pacíficamente con la diversidad sexual que
nos ofrece el universo.