GABRIEL CELAYA
Su nombre completo era Rafael Gabriel Juan Múgica Celaya Leceta, lo que aprovechó para
firmar sus obras como Rafael Múgica, Juan de Leceta o Gabriel Celaya. Presionado por su
padre, se radicó en Madrid donde inició sus estudios de Ingeniería y trabajó por un tiempo
como gerente en la empresa familiar.
Entre 1927 y 1935 vivió en la Residencia de Estudiantes, donde conoció a Federico García
Lorca, José Moreno Villa y a otros intelectuales que lo inclinaron por el campo de la
literatura, llevándolo a dedicarse por entero a la poesía. Combatió durante la Guerra Civil
Española en el bando republicano y estuvo preso en un campo de concentración en Palencia.
En 1946 fundó en San Sebastián, con su inseparable Amparo Gastón, la colección de poesía
«Norte» y desde entonces abandonó su profesión de ingeniería y su cargo en la empresa de
su familia.
La colección de poesía «Norte» pretendía hacer de puente entre la poesía de la generación
de 1927, la del exilio y la europea. Aparecen así, bajo ese sello editorial, traducciones
de Rainer María Rilke, Arthur Rimbaud, Paul Éluard o William Blake.
En 1946 publicó Tentativas, libro en prosa en el que por primera vez firma como Gabriel
Celaya. Esta primera etapa es de carácter existencialista.
En los años cincuenta se integra en la estética del compromiso (Lo demás es silencio 1952
y Cantos Iberos 1955, verdadera biblia de la poesía social). Junto a Eugenio de Nora y Blas
de Otero, defiende la idea de una poesía no elitista, al servicio de las mayorías, "para
transformar el mundo".
“Cantemos como quien respira. Hablemos de lo que cada día nos ocupa. Nada de
lo humano debe quedar fuera de nuestra obra. En el poema debe haber barro, con
perdón de los poetas poetísimos. La Poesía no es un fin en sí. La Poesía es un
instrumento, entre otros, para transformar el mundo
Gabriel Celaya, citado por Rodríguez Puértolas et. al en Historia social de la
literatura española)
LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO
Gabriel Celaya
Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.
Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y cálculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.