Código Genético
Código Genético
A finales del siglo XXI, un virus mortal se filtra en el código genético de los seres humanos. En
unas pocas generaciones esta plaga los habrá erradicado de la faz de la Tierra. Los equipos de
científicos, genetistas y programadores compiten por encontrar la cura definitiva, pero el tiempo no
juega a su favor. La única esperanza radica en una última y desesperada apuesta.Dieciocho años más
tarde, diez individuos están a punto de alcanzar la mayoría de edad. Uno de ellos despierta de repente
asustado. No recuerda nada. Todo lo que observa a su alrededor no significa nada. Lo único que sabe
es que alguien quiere matarlo. A medida que trata de descubrir la identidad de su asesino se dará
cuenta de que lo que está en juego es mucho más que su propia vida.Siguiendo los pasos de su padre,
Carl Sagan, el autor se sirve de la literatura de ficción para adentrarse en los mundos alojados en lo
más profundo de la imaginación. Código genético sitúa a Nick Sagan como uno de los grandes de la
nueva ficción estadounidense.
Nick Sagan
Código genético
(Idelwild #1)
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Para Clinnette
Prólogo
Día 1
No estoy muerto.
Una apreciación un tanto absurda, aunque importante, ya que debería estar muerto. El impacto
que me había producido algo desconocido consiguió hacerme estremecer. Debió de tratarse de una
especie de sobrecarga eléctrica que hizo que se iluminara todo mi cuerpo, desde la cabeza a los pies,
como si fuese un despliegue de fuegos artificiales. Mi cerebro no cesaba de repetir el mantra: no estoy
muerto, no estoy muerto, no estoy muerto, y al final tuve que acabar por convencerme a mí mismo de
que así era. Abrí un ojo, después otro, y poco a poco fui recobrando el conocimiento.
Hacía frío y estaba oscuro. Naranja. Cosechas. Un olor putrefacto y húmedo. Grillos cantando. De
repente empecé a sentir un fuerte dolor de cabeza. Sí, estaba atrapado dentro de un pedazo de
calabaza. Mi cuerpo estaba tenso y retorcido, y mi respiración se asemejaba a la de un gato recién
nacido.
La claridad no siguió los pasos del conocimiento. Mi mente estaba aletargada y cualquier intento
de producir un pensamiento coherente hacía que el dolor de las sienes empeorase. ¿Por qué me estaba
pasando todo esto? ¿Qué es lo que podía haber sucedido?
Recuerdo el shock y nada más; solo aquel shock. Ni siquiera la preocupación conseguía hacerme
olvidar el dolor.
Pensé en incorporarme, pero enseguida me di cuenta de que no era una buena idea, así que me
dispuse a intentar agarrar los dos «cuernos» de mi cabeza, una tarea relativamente sencilla. Mano
izquierda arriba y después la derecha. No sucedió nada. En ese momento, me di cuenta de que no
podía mover los brazos.
Traté de mover los pies, los dedos de las manos, las caderas, los dedos de los pies, la nariz, las
orejas y el cuello, pero ninguno de ellos obedeció las órdenes de mi cerebro. Estaba completamente
paralizado.
Mi pulso se estaba acelerando y me pregunté qué sucedería si dejase de respirar.
¡Vaya pregunta!, me dije. Aquel interrogante no encerraba ningún misterio. Mi cerebro se
atrofiaría como una flor marchita y el conocimiento que tanto me había costado recobrar se
transformaría en algo espantoso a medida que me precipitase al camino del no retorno. El pánico se
estaba apoderando de mí por momentos. Comencé a hacer una especie de pacto desesperado con un
Dios irreal que acababa de crear en mi imaginación.
Por favor, pensé, no me dejes morir. Quienquiera que seas, si puedes oírme, haz que me levante.
Haré lo que me pidas. Te daré lo que quieras... Bueno... ¿ Bueno qué? ¿Qué podía ofrecer yo a ese
Dios? Nada. No sabía nada y, por lo tanto, no tenía absolutamente nada. Por no saber, no sabía ni mi
nombre. Está bien, veamos, todos los rompecabezas tienen piezas, entonces, ¿por qué no lograba
recordar alguna de este en particular?
De repente, caí en una nueva teoría: daño cerebral. Dos palabras en las que no quería ni pensar, ya
que implicaban algo aterrador. Después de todo, una parálisis no tenía por qué ser consecuencia de una
vértebra rota. Podría haber olvidado simplemente cómo moverme al igual que había olvidado las
demás cosas.
No te tires de aquel puente todavía. Si has sido capaz de olvidar, también serás capaz de recordar;
date algún tiempo. Ese soy yo, siempre mirando el lado positivo de las cosas.
Me aferré a esa esperanza y a la lógica imperfecta, así que esperé a ver si conseguía recordar
algo. Y esperé. Y continué esperando. Las palabras se agolpaban en mi cabeza en todo este sinsentido
que estaba experimentando y comencé a repetir otro mantra procedente de los oscuros recovecos de
mi mente, que parecía un auténtico rompecabezas: No pasa nada. Tranquilízate. No te pasa nada, así
que tranquilízate.
¡Maldita sea! Era incapaz de calmarme. Esta sensación estaba acabando conmigo; ahí, tirado en
el suelo, de cualquier manera, inútil y patético, y quién sabe por cuánto tiempo. No soy ningún bicho
raro que pierda el control fácilmente, pero cuando se me priva de algo básico, me invade una especie
de delirio que hace que me vuelva completamente loco. De repente pensé en otra posibilidad: ¿Loco?
Es posible; ¿completamente? Yo diría que no. Pero ¿delirando? ¿Es posible que estuviera delirando
en estos instantes?
Esto es lo que se suele llamar una parálisis histérica. Histeria: enfermedad psiconeurótica que se
caracteriza por la presencia de desequilibrios emocionales y sensoriales bruscos, por el paroxismo de
la función motora y por los cambios en el conocimiento causados por factores simbólicos o físicos.
Estaba histérico, seguro, pero tampoco es que tuviera muchas ganas de reírme.
¿Es posible que estuviera soñando?, conjeturé. Medio despierto, con los ojos abiertos, el cuerpo
todavía adormecido, contemplaba mi parálisis. ¿Es posible que pudiera estar experimentando un
estado hipnótico? Lo más probable es que estuviera siendo víctima de mi subconsciente.
Los grillos continuaban molestándome con el ruido que provoca el roce de sus alas delanteras.
Existe una fórmula para los grillos de la misma manera que hay fórmulas para todo. No me refiero a
su fórmula genética, sino más bien a su fórmula termométrica. El canto de los grillos va
disminuyendo en intensidad a medida que baja su temperatura (cantos emitidos por minuto / 4) + 40 =
número de grados Fahrenheit. Conté un canto por segundo, lo que arrojó la cifra escalofriante de 55
grados Fahrenheit corporales.
Increíble; podía recordar cosas así y, sin embargo, era incapaz de recordar mi identidad e incluso
cómo moverme. Qué extraño órgano, el cerebro.
A medida que los grillos continuaban burlándose de mí con sus canciones de amor, comencé a
escuchar otro sonido. Se trataba de un gemido lejano, apenas perceptible por el oído, aunque cada vez
se iba haciendo más intenso. De repente, como si acabara de caer una bomba, las reglas cambiaron.
Escuché un toc alto y claro y mi cuerpo pudo moverse de nuevo; era como si alguien hubiese
encendido la luz (o como pasar en base dos del cero al uno). Me puse en pie inmediatamente. Mi
cuerpo no estaba entumecido. No sentía ningún dolor. Mis terminaciones nerviosas volvían a estar
vivas y abiertas. Sentí que un hormigueo se extendía por toda mi columna, brazos y piernas, pero la
sensación de aturdimiento comenzaba a desaparecer.
Halloween
—Están cayendo como moscas —afirmó uno de los trabajadores de la Gedaechtnis. Se trataba de
un caballero del sur cuya forma de hablar procedía del oeste de Memphis. Había conseguido vencer la
pobreza de su juventud y el racismo inherente al siglo XXI y, sin embargo, no había sido capaz de
librarse de ese acento nasal tan típicamente sureño. En esos momentos estaba demasiado ocupado
escribiendo con un bolígrafo rojo el último parte del número de víctimas registradas como para
pararse a pensar en este hecho. De repente se dio cuenta de que, sin poder evitarlo, aunque con cierta
indecisión, se llevaba dos dedos al cuello en busca de alguna señal de hinchazón. No estaba hinchado;
sin embargo, esta constatación pareció no tranquilizarle. Su médico le había comunicado que moriría
ese mismo año.
—¿Y qué esperabas? ¿Un indulto de última hora? —le espetó un segundo empleado de la
Gedaechtnis. Se trataba de una mujer que hablaba un inglés áspero y entrecortado, muy parecido al
peinado que lucía. Le hubiera gustado llevar un corte de pelo a lo paje, pero su estilista le hizo una
auténtica chapuza y se peinaba como podía. Era parte del contingente procedente de Múnich, ciudad
donde se localizaba el cuartel general de la Gedaechtnis, y estaba considerada como una pieza
importante en todo este engranaje.
No era del agrado del hombre del sur y, de haber tenido que llevar a cabo una misión menos
importante, se habría negado a trabajar con ella. Con ese pelo rubio y esos ojos azules penetrantes le
recordaba a uno de esos seres producto de la eugenesia aria. Debió de haber un tiempo en que esa
mirada causaba verdaderos estragos, pensó; pero ahora todo su atractivo se había marchitado.
—Me temo lo peor; sin embargo, todavía me queda alguna esperanza. Es como esperar que se
produzca un milagro.
—Los milagros no existen, ni en tu caso ni, por supuesto, en el mío; en ninguno de los dos casos.
En ninguno de los dos casos —repitió, pensando en su mujer y su hija. ¿Y en el caso de todos
nosotros?
***
Solsticio
***
Quería levantarme.
Estuve mirando fijamente durante un buen rato, pero el espejo se empeñó en declararme
invisible. Sin embargo, no lo era; podía ver mis manos, mi ropa o mis botas tan claras como el día,
aunque parece que, para aquel espejo, yo no existía, simplemente.
Debía de haber una explicación razonable para ello.
¿En serio? ¿Qué te parece esto?: estás muerto.
No es posible. Los cadáveres se reflejan en los espejos. Además, no estaba muerto, repito; no me
sentía como tal.
¿Acaso sabes cómo se siente un muerto? Ahora eres una especie de fantasma; bienvenido a tu
morada.
No podía atravesar las paredes.
Entonces eres un vampiro condenado a vagar por la Tierra para siempre.
¿Yo, un vampiro? Eso es ridículo. Tengo la sangre tan roja como la de cualquier otro mortal.
Tú asesinaste a Lázaro.
No podía negarlo, aunque tampoco podía confirmarlo. Comenzó a invadirme una terrible
sensación de culpa, recuerdos confusos; una mezcla de ficción y realidad. A pesar de imaginarme a mí
mismo como una persona agradable, parece que también había una especie de loco dentro de mí.
No, de ninguna de las maneras; una parte de mí insistía en que era inocente.
Llené el lavabo de agua, la cogí con ambas manos y me lavé la cara de nuevo. Las gotitas
comenzaron a deslizarse por mi cara y cayeron de nuevo a la pila, formando una serie de ondas a
medida que se reencontraban unas con otras. Dejé de observar este fenómeno y levanté la vista;
aquello me pareció fascinante.
En el espejo no se reflejaban las gotas. Se hacían visibles nada más caer de mi rostro, pero no un
microsegundo antes.
Agarré el cuchillo por la punta y lo arrojé. Se hizo visible una vez que lo solté. Lo volví a coger
con cuidado. Invisible de nuevo.
Parece que no era una persona muy reflexiva.
Tomé el cuchillo y lo acerqué hasta la luz.
Miré fijamente el agua.
Nada reflejaba mi imagen.
—Mataría por ser capaz de recordar algo —grité. Escuché el timbre extraño de mi voz. Aunque
no gracias al espejo, fui capaz de determinar que era un varón de piel blanca. Toqué mi pelo y
arranqué un mechón de cabellos de llamativo color naranja.
Todo esto supuso un comienzo; no obstante, mi rostro era, todavía, un misterio para mí. Deslicé
mis dedos suavemente sobre la mercancía. Arriba, abajo, izquierda, derecha, alrededor. Descubrí dos
ojos, una nariz, labios, dientes, lengua, barbilla y orejas. Ninguna sorpresa. Traté de localizar algún
tipo de cicatriz, pero no había rastro de ellas, al menos físico.
Se escuchó de nuevo una voz tenue procedente de no se sabe dónde y que se mantuvo oscilando
alta-baja-alta-baja-alta-baja:
«pod... esb... conve... imd... atrar... i...»
Mis músculos se tensaron al instante.
—¡Cállate! —gruñí.
De una forma casi milagrosa, aquella voz cesó.
Quizá debería haberme alegrado por ello, pero no lo hice. Malditos carceleros caprichosos y
desesperantes, ¿por qué no me prestaban atención ahora? De repente, unas letras comenzaron a
desfilar acompasadamente desde un lado del espejo al otro, brotando como si fuesen estigmas.
SI TE SIENTES ACORRALADO,
Golpeé el espejo con mi puño. Lo hice hasta que no quedó ni rastro de ninguna de aquellas letras
estigmatizadas, hasta que mis nudillos se quedaron en carne viva, hasta que el lavabo se llenó de
sangre y de fragmentos de cristal, hasta que conseguí serenarme del todo. El silencio que se impuso a
continuación resultaba ensordecedor.
La sangre caía de mis manos. Estaba empapado de sudor. Hice un terrible esfuerzo para no añadir
lágrimas a esta combinación.
No había nada detrás del espejo. Esperaba haber encontrado una puerta de acceso a otra
dimensión. Me hubiera conformado con una botella de tequila.
Me dispuse a buscar un botiquín de primeros auxilios con la intención de cubrir mi mano con una
gasa. Maldita sea, pensé. Permanecí sentado durante un par de minutos mirando fijamente mi mano
vendada, víctima de la autocompasión. Me dirigí de nuevo a la «habitación safari» con su enorme
cama de caoba.
No había rastro de documento alguno que me permitiera saber quién era, ni tampoco una agenda.
Tan solo algunos bienes personales costosos, como prendas de vestir con diferentes cortes y estilos, la
mayoría de color negro, algunas naranjas y el resto —las menos— de otros colores; algunas baratijas
y obras de arte que me recordaban a Schiele o quizá a Tranh. Nada a lo que se le pudiera sacar partido
alguno; nada que pudiera resultarme útil.
Me probé algunas prendas y me di cuenta de que eran de mi talla. No pude comprobarlo con un
espejo, pero me parecieron bastante cómodas. Sin embargo, el hecho de que fuesen cómodas me hizo
sentir verdaderamente incómodo.
Pelo de color naranja sobre la almohada. Otra mala señal.
Encontré veintidós medallones de plata dentro de un cajón; cada uno de ellos colgaba de una
cadena de plata y representaba a uno de los principales arcanos del tarot; desde el Loco hasta el
Mundo, los reconocí a todos. Cogí el medallón del Mago y lo coloqué alrededor de mi cuello. No sé
por qué lo hice; simplemente me apeteció.
Subí a trompicones el resto de las escaleras. Armarios, habitaciones vacías y... ¡bingo!, la caja de
los fusibles. Las pruebas e intentos fallidos hicieron que varias luces brillaran de manera intermitente,
aunque no tuve que esperar mucho tiempo para tener luz en toda la finca y recorrerla entera.
Aquella casa resultaba extraña. Estaba diseñada para la comodidad de las personas y, sin
embargo, carecía de lo indispensable; la cocina era moderna, pero apenas había comida en ella; en la
sala de música había un piano de media cola magnífico, aunque ningún asiento en el que sentarse para
tocarlo. Algunas habitaciones, decoradas de manera informal, tenían un aspecto acogedor; otras, por el
contrario, tenían el aspecto de que nadie había puesto nunca los pies en ellas.
La biblioteca era inmensa. Tenía montones de estanterías con libros a lo largo de las paredes. Sin
embargo, en el lomo de los libros no figuraba título alguno, por lo que me dispuse a coger uno al azar.
Todas las páginas estaban en blanco.
Debe de ser una broma, conjeturé.
La habitación de juegos representaba un tablero de fieltro negro con dieciséis bolas, todas ellas
naranjas, excepto una, que era blanca. Había un cenicero de cristal; las colillas eran todas de
cigarrillos de clavo.
—Es una marca conocida —refunfuñé.
Eché un vistazo al magnífico reloj de pared situado específicamente cerca de allí. La manecilla
grande marcaba las nueve mientras que la pequeña se situaba en el seis. Debe de estar amaneciendo,
pensé, pero no se veía luz fuera de la casa.
Parece que aquel reloj de pared necesitaba que alguien le diese cuerda.
Una gata negra se precipitó sobre mi pierna y comenzó a restregarse. Me golpeó suavemente con
su cabeza, dejando su olor impregnado en mi ropa. La cogí en mis brazos y examiné la placa que tenía
en su collar.
«Whisper.»
Tenía un pelo lacio y brillante, muy cuidado; debía de ser la mascota de un amante de los
animales. Le rasqué alrededor de las orejas y, como respuesta, la gata ronroneó emitiendo un cariñoso
maullido de felicidad. Parecía que le gustaba. Quizá ya nos conocíamos, en la medida en que los gatos
y los seres humanos son capaces de conocerse de verdad.
Whisper comenzó a sentirse hambrienta, y no precisamente de afecto, así que me la llevé a la
cocina. Me puse a buscar comida para gatos, pero no encontré nada con que alimentarla. Descubrí una
botella de nata. A Whisper pareció no importarle demasiado aquel elemento en su dieta.
Encontré un trozo de cuerda y estuvimos jugando hasta que se puso el sol.
Día 2
En el exterior.
La lluvia había cesado, aunque aún se percibía el olor a tierra mojada. Inspiré y me recreé en ello
durante un rato. Después me puse a caminar y recorrí el perímetro de la casa.
Poco que resaltar. No había generadores de la luz, cables eléctricos o paneles solares, ni siquiera
una turbina de viento. ¿De dónde procedía la electricidad? Comencé a fumar, mientras pensaba y
tomaba el sol de los primeros rayos del día. Otro extraño e insignificante dilema: no había teléfonos,
telégrafos, módems o télex. Tampoco había aparatos de televisión, radios o descodificadores Satscan.
No había ni siquiera un maldito buzón fuera, delante de la casa.
Estaba sumido en el más completo aislamiento. ¿Por qué querría alguien...? No, no estaba
completamente aislado, me corregí a mí mismo, no con aquellas luces parpadeantes y voces tenues y
Dios sabe cuántas cosas más.
Inspeccioné el lugar. Era lo mejor que podía hacer. Eché un último vistazo a aquella mansión
para comprobar si había pasado por alto algún detalle importante. Una comprobación estúpida. Inútil.
Incluso me asomé al interior de la chimenea. Hola, Santa Claus, ¿estás ahí?
En cualquier caso, las navidades llegaron antes para Whisper. Le dejé la nata que había sobrado y
una ventana abierta. No sabía cuándo regresaría, pero al menos Whisper podría cazar grillos si la ya de
por sí mala situación comenzaba a empeorar.
Armado con un cuchillo de cocina, mi encendedor, cigarrillos de clavo, unos prismáticos y una
brújula un tanto antigua que había encontrado en el sótano, partí en búsqueda de una explicación.
Hacia el norte, decidí. Las explicaciones se encuentran al norte.
Un pie delante del otro.
Mariposas en el aire.
Un bonito día, a pesar de todo. Atravesé numerosos campos de trigo, cebada, maíz, fruta y
calabazas. Había montones de calabazas. No había nadie cosechando, obviamente. Los granjeros
estaban tan ausentes como el reflejo de mi cuerpo. Intenté que este tipo de pensamiento no me causara
demasiado malestar. Me vino a la mente una melodía y comencé a silbar. Se trataba de una musiquita
un tanto insulsa. ¿La estaba recordando o me la estaba inventando sobre la marcha?
Un estrepitoso: graznido, graznido, graznido hizo que mi mirada se dirigiera hacia el cielo, pero
no divisé ningún cuervo. Graznido, graznido, graznido, de nuevo, insistentemente y cada vez más alto.
A continuación, un ave surgió de entre los árboles. Se trataba de un pájaro con plumas oscuras en la
cola y ojos de un color rojo tan intenso como el de los rubíes. Un cuervo de color caramelo. Mitad
albino, pensé. Muy extraño. Comenzó a mover sus alas frágiles en el aire y a dirigir sus graznidos
hacia mí, a la vez que mostraba su lengua bífida antes de darse la vuelta y salir volando hacia los
campos de maíz. ¿Le había ofendido? Un viento otoñal amenazaba con zarandearme; su intensidad se
fue reduciendo hasta que terminó por desaparecer. Aceleré mi marcha.
Al final de una cuesta se divisaba un grupo de sauces llorones; un escenario agradable y
sombreado, perfecto para que una familia celebrara allí mismo un picnic. Siempre y cuando la familia
no fuese un poco impresionable o aprensiva.
Era un cementerio.
Filas exactamente iguales, dos de cinco; diez tumbas en total.
El diez.
Me encontraba ante diez túmulos funerarios irlandeses. Sidh... he conseguido acordarme de cómo
se les llama. Cada tumba estaba adornada con pequeñas piedras de color blanco que servían para
recordar al muerto. Las lápidas estaban todas grabadas; cada una tenía una letra gótica distinta: C, F,
H, l, L, M, P, S, T y V.
«H» es de Halloween, razoné. Y «L» es de Lázaro. No había nada que destacase en la tumba
marcada con la «L», pero la que contenía la letra «H» era un foso; era la única que estaba abierta. Me
acerqué lentamente y miré hacia abajo. Hallé un ataúd de madera forrado que dirigía su mirada hacia
mí. Estaba abierto; y también vacío.
¿Bienvenido a casa?
Estuve tratando de abrir la tumba marcada con la letra «L» durante unos malditos minutos. No
había ataúd ni cuerpo alguno allí. No había absolutamente nada. Estupendo, pensé. Mi mano,
temerosa, trató de golpear algo, pero la venda que la rodeaba consiguió disuadirla. Ya no me dolía. Me
deshice de aquel vendaje sin apenas prestar atención a lo que estaba haciendo, absorto en mis
pensamientos. A continuación le eché un vistazo.
Mis nudillos estaban completamente curados. Un trabajo increíblemente rápido. La falta de
persistencia de la memoria en mi cerebro la suplía con una increíble capacidad de regeneración
celular.
Coloqué la venda a lo largo de todo el brazo y me incorporé. La venda cayó suavemente dentro
del ataúd emitiendo una sucesión irregular de sonidos apagados semejantes al que producen las hojas
secas.
Confiaba en que aquel ataúd me haría recordar algo familiar, pero una vez más no sonaron las
campanas. Supuse que debía ser así; preferí no sacar ninguna conclusión. Quizá merezca la pena el no
poder recordar ciertas cosas.
Me quité un sombrero imaginario delante de las demás tumbas. Si alguien me hubiera visto en
semejante situación, hubiera pensado que se trataba de un hecho sarcástico...
Pero no pretendía parecer irrespetuoso.
***
Mis ojos miraron la brújula y continué con mi caminata. Pronto, demasiado pronto, me topé con
un terreno donde se localizaba una elegante iglesia. Era de esperar que hubiese un cementerio cerca
del templo. Pero no se trataba precisamente de una iglesia. Cuanto más me acercaba, más comenzaba
a parecerse a...
Una catedral.
Me resultaba familiar. Demasiado familiar.
La brújula continuaba señalando el norte.
No tenía por qué ir a comprobar si la ventana que dejé abierta para Whisper estaba todavía
abierta, pero lo cierto es que lo hice. Llámese shock, llámese negación, simplemente quería
asegurarme de ello. Una vez comprobé que se encontraba tal y como la había dejado, no tenía que
darme prisa en subir corriendo las escaleras y comprobar que los fragmentos de cristal seguían todavía
en el fondo del lavabo, pero lo hice. Lo comprobé.
De alguna manera inesperada, había decidido volver a aquella mansión.
Pensé: Soy Alicia en el espejo. Me arrodillé y comencé a soltar todo tipo de imprecaciones. Me
parecía todo tan jodidamente injusto... Quería gritar. Quería acurrucarme como si aún fuera un feto.
Quería matar a quienquiera que me hubiese hecho todo esto. Quería recuperar mi memoria.
Quiero, quiero, quiero...
Y entonces me di cuenta. Un momento de claridad arrolladora.
No se trataba de un recuerdo precisamente, sino más bien de un sentimiento, una corazonada tan
instintiva y tan potente que no hubiera podido detenerla, incluso si me lo hubiese propuesto con
absoluta determinación. Se trataba de lo siguiente:
Algo terrible iba a suceder pronto. Algo indecible. Algo que haría que todos mis problemas
pareciesen triviales. Si no me daba prisa por averiguar quién era yo y qué me había sucedido, nada
importaría ya, porque todo esto habría llegado a su fin. «Esto» no se estaba refiriendo a mí, pero sabía
que se trataba de algo inmenso, y sabía que « fin» significaba que los ángeles llorarían. Así lo sentía
en mi interior. Conocía todo lo que iba a pasar mucho mejor de lo que me conozco a mí mismo.
Incluso sabía algo más; este pensamiento surgió en mi mente de la misma manera que el cuerpo de un
pez muerto emerge hasta la superficie de un lago: mi vida corría grave peligro.
La descarga eléctrica, aquella parálisis tan atroz: alguien había intentado asesinarme. La
sensación de haber comprendido todo lo ocurrido merodeaba en mi mente —aunque se situaba fuera
de mi alcance— impulsándome a aceptar la situación. Sí, alguien me quería muerto.
Mataste a Lázaro. Se trata de ser justos.
Negué con mi cabeza ante tal afirmación. Esto era mucho más grande que Lázaro; él solo era
parte de ello...
Nunca lo averiguarás a tiempo.
—Sí, lo haré —prometí.
Pero ni yo mismo podía estar seguro de tal afirmación.
***
***
Una vez más, los nombres de aquellas criaturas vinieron a mi mente de manera espontánea:
abominaciones humanoides imprecisas con idénticas caras doradas y tintes brillantes fluorescentes,
todas ellas encerradas en una misma sonrisa lunática perpetua. Eran clones. Imposible diferenciarlos,
excepto por aquellos trajes antiguos de colores chillones: rojos brillantes, amarillos, verdes y azules,
todos distorsionados por aquella extraña luz morada. Sus garras sujetaban armas militares, garras
revestidas de cuero.
En alguna parte, no se sabe dónde, resonó la voz aguda de una mujer. Enseguida me di cuenta de
que se trataba de la voz de la Reina Violeta.
—¡Adelante, adelante, adelante, adelante, adelante! —gritó.
Los smileys comenzaron a atacarme.
Las balas se dirigían rápidas y firmes hacia mis descarnados; aquella descarga era ensordecedora.
Me dejé caer y me dirigí al pantano.
Los descarnados bajaron en picado desde el cielo y se llevaron a aquellos smileys solitarios
consigo. Pero, de forma inesperada, estos sacaron todas las armas que tenían en su poder y
comenzaron a disparar con sus pistolas automáticas; ninguna de mis criaturas podría haber aguantado
un cargador entero de un arma cuyo cilindro posee cien orificios para almacenar balas. Un queso
suizo, un ballet horripilante... Oí vagamente una melodía; ragtime swing de la década de los veinte.
Era consciente de que alguien estaba disfrutando con aquella música.
Jasmine agarró con fuerza a uno de aquellos smileys y le arrancó la cabeza; a continuación, dio
una patada a su amigo mandándolo tan lejos como pudo. No sabría decir de dónde provenía toda la
fuerza que estaba empleando, pero era digna de contemplarse. Alargó un brazo, luego el otro y partió
el cuarto por la mitad. No había quien la parase. Después, el quinto la vio venir...
De los descarnados brotaba un líquido azul fosforescente mientras que del cuerpo de Jasmine
manaba sangre corriente de color carmesí, igual que la mía. El metal le atravesó los pulmones,
haciendo que se abollara. Pude escuchar mis propios gritos, mientras que la Reina Violeta se reía a
carcajadas.
Salió del laberinto cubierto por la niebla: una arpía psicótica engalanada de lavanda. Con una
ballesta sujeta por una de sus manos, parecía una niña malcriada que estaba teniendo un colocón
horroroso de ácido. Daba auténtica pena verla. Llevaba demasiada sombra de ojos.
Apuntó con su ballesta a mi cabeza y... ¡zas!, el primer disparo consiguió arrancarme la oreja.
Me abalancé sobre ella.
Violeta (aunque me di cuenta de que ese no era su verdadero nombre) buscaba a tientas otra
flecha, pero ambos sabíamos que no sería capaz de cargarla a tiempo. Noté una expresión de
preocupación en sus ojos, aunque no de miedo. ¿Acaso no estaba asustada? Decidí arrancarle cada uno
de sus miembros.
Pero no pude hacerlo.
Algo explotó y mis rodillas desistieron. Cayeron heridas una milésima de segundo después y traté
de hacerme a la idea de que una bala perdida me había alcanzado. Alguien me había disparado a la
cabeza.
Había ido a parar al pantano. Estaba flotando de espaldas. Violeta apuntó y se rió. Comencé a
sentir un dolor espantoso en mi sien izquierda; estaba sangrando, pero no estaba muerto.
—¡Delicioso! —exclamó la R.V.
Detroit, gritó mi cerebro, tan irracional como siempre.
Una matanza espantosa. Los smileys me ignoraron, gracias a Dios, aunque me sentía demasiado
enfermo y mareado como para intentar hacer algo, excepto permanecer allí, sangrando, con frío,
mojado, imaginándome diminuto e insignificante, parpadeando hacia aquel cielo engalanado con
aquellas tres lunas. Podía ver a los duendes unos metros por encima de mi cabeza, tan extraños e
irreales, fundidos ahora con algo singular, un ciclo de color morado-naranja-rosa-negro que se repetía
una y otra vez.
Traté de alcanzar mis dos colores, naranja-negro, pero estaban demasiado altos.
—Volved a mí —susurré.
¿Un golpe? ¿Un golpecito hacia arriba?
Imaginación.
¿Pero por el otro lado?
Apreté los dientes y tensé las mandíbulas...
—Volved.
Mis ojos se cerraron. Lo quería. Lo necesitaba.
Aquel ser maníaco con vestimentas de color morado comenzó a gritar:
—¡Ga-a-anando! ¡Estoy ga-a-a-nando! —Pude oír cómo se dirigía a mí, atravesando el pantano
con sus suaves pisadas.
¡No hay tiempo!
Mi mano, decidí, ya la tenía. Mi mano, decidí, se encendía y se apagaba intermitentemente
exhibiendo aquellos dos colores: naranja y negro.
Abrí los ojos y el duende se dirigió rápidamente hacia las yemas de mis dedos. Todo comenzó a
hacerse más grande y a romperse... Un desgarro brutal de la tierra y el cielo, y el universo de Violeta
fue arrancado del mío. Ya no había más montañas majestuosas de color morado. Todo volvía a ser
como era antes de que respondiera a la llamada.
***
—Ve al grano.
—Si todavía quieres disfrutar de tu intimidad, puedo regresar más tarde —respondieron las
letras, esta vez no de forma visual, sino oral. Se trataba de una voz suave mecánica, insulsa, neutral.
—No. Así está bien.
—El diagnóstico de Pace revela solo daño periférico, pero dadas las circunstancias psicológicas
tan desagradables en las que te has visto inmerso, estaba realmente preocupada por tu bienestar.
—¿A qué circunstancias psicológicas te refieres? —pregunté.
—Aquella descarga eléctrica me sacó de la ecuación durante más de treinta y una horas. Imagino
que la detención que se produjo poco después fue realmente angustiosa.
¿Descarga eléctrica? Quité parte de la sangre que impregnaba mi pelo y me encogí de hombros.
—Halloween, te pido disculpas por haberte puesto nervioso antes. No tenía ni idea de que mi
vocalización fuese tan irregular. Pace se ha ocupado ya de subsanar este problema.
—Me alegra saberlo —contesté.
«Halloween.» Aquel nombre no acababa de gustarme. En las profundidades más recónditas de mi
cerebro, en la parte verboten de mi pasado, parecía como si estuviera fingiendo, como si hubiese
adoptado un personaje.
—Naturalmente, las preferencias a la hora de vocalizar eran redefinidas por la descarga eléctrica
—dijo ella.
—Naturalmente.
—¿Te importaría decirme cuáles son tus preferencias?
—Desde luego que lo haré —espeté a aquella voz incorpórea a medida que subía las escaleras
con la intención de dirigirme a mi habitación—. Por favor, ocúpate de que vuelva a ser como quiera
que fuese al principio.
La siguiente voz que escuché me resultó familiar.
—¿Te resulta más agradable así?
Un tono aristocrático. Británica, mujer, refinada y elegante. Chim chimini y unos cuantos
recuerdos valiosos aparecen sigilosos por la puerta.
—Mucho mejor, Nanny —contesté—. Me alegra saber que has regresado.
Equinocio
Jim el Intermedio se introduce por la puerta trasera y echa el seguro una vez dentro. El efecto de
las drogas comienza a desaparecer rápidamente, mientras que el terrible colocón que lleva encima lo
va abandonando como si fuese un amante egoísta. Me hace sentir tan bien, piensa. Una vez concluido
su momento de diversión, sabe que tendrá que andarse con mucho ojo.
—Al aeropuerto —dice al conductor, y comienza a pensar en voz alta a medida que el
descapotable surca la noche de Osaka. Comienza una charla agradable entre ambos. Nada que pueda
resultarle interesante. El entretenimiento de aquella noche (orgía) le había dejado terriblemente
cansado, aunque no demasiado como para no dormirse a medida que el conductor iba hablando; un
interruptor proporciona el silencio necesario a sus oídos.
No hay nada como el silencio para reflexionar sobre el cariz de las cosas, piensa. Y está a punto
de hacerse un silencio aún mayor.
Jim el Intermedio es, sin ningún orden concreto, un sabihondo irreverente, un adicto a las drogas,
un inútil, un aspirante a progresista, un maestro budista y un genio. Nadie se dirige a él como Jim el
Intermedio hoy en día, claro está; no ha vuelto a darse el caso, no desde que terminó el colegio. No,
los amigos y compañeros de trabajo suelen llamarle James (nombre que le parece demasiado formal)
o doctor Hyoguchi (demasiado formal y, lo que es peor, los habitantes del oeste tendían a destrozar el
nombre convirtiéndolo en una palabra de cuatro sílabas en vez de tres). Sin embargo, desde sus
tiempos de colegio se ha visto a sí mismo como Jim el Intermedio. Hay algo de irónico en el hecho de
aceptar un mote acuñado por la némesis de la niñez. Jim se da cuenta de esto, aunque parece no
importarle demasiado; hay algo de verdad en el mote, puesto que se siente orgulloso de ser un
elemento situado entre dos extremos, alguien único y maravilloso, como un fractal en un plato de sopa
de letras.
¡Vaya sopa insulsa! Sus compañeros de clase lo consideraban una persona increíblemente exótica
por la única razón de las circunstancias de su nacimiento: era medio británico y medio japonés,
aunque no lo suficiente como para afirmar que pertenecía a alguna de esas dos culturas. A caballo
entre las tradiciones duraderas, culturas entrecanas y reverenciadas, polos opuestos y paralelos que
nunca ha sabido apreciar —formalidad, jardines y té—. Por no mencionar el imperialismo, piensa,
mientras observa a través de la ventana las luces que iluminan la ciudad.
—¡Dale caña! —exclama. Primero, y forzado por el hábito, lo dice en inglés y a continuación lo
repite en japonés. No sucede nada, se da cuenta de su error y vuelve a apretar el interruptor de manera
que el conductor pueda oírle. El coche acelera y se abre camino a través del tráfico.
Jim ingresó en la Gedaechtnis recientemente. Su empresa diseñaba y fabricaba el filamento
original de silicona que llegó a convertirse en el «cerebro» de los coches automáticos, antes de que la
tecnología del nervio y la enzima lo desbancaran. Hoy en día, casi todos los coches tenían conductor,
incluido el de Jim. El sonar pasivo controla constantemente el estado de las carreteras y realiza
noventa y un mil informes detallados cada segundo. Estos informes vuelven inmediatamente al
conductor, quien reacciona efectuando compensaciones en la velocidad y la dirección del coche.
A Jim le gusta la tecnología wet; se siente realmente cómodo en la intersección entre la hard y la
wet, aunque es consciente de que el hardware y el software tienen prioridad sobre estas. Son capaces
de construir bloques; sólidos, previsibles. Las enzimas son más entretenidas, aunque tienen también su
dificultad a la hora de trabajar con ellas. Hay que juntarlas con mucho cuidado, como a depredadores
en un ecosistema cerrado o subrutinas en un código objeto.
La mayoría de los diseñadores no son (o no serán) capaces de encontrar un equilibrio entre los
distintos tipos de depósito; prefieren especializarse en uno de ellos. Pero Jim no se fía de alguien que
almacena todo en un mismo tipo de depósito, ya sea hard, wet o soft. «Aceptad la máquina», dice a los
estudiantes universitarios que acuden a sus clases. «La máquina significa unificación. Armonía. La
máquina es cada componente hecho realidad. No os fiéis nunca de aquellos que no confían en la
máquina.»
Escupitajos en los pepinillos. Los matones del colegio solían escupir en la bandeja de los
pepinillos cuando nadie los observaba, o te ponían la zancadilla en los pasillos. Esas eran las
travesuras estúpidas que solían hacer. Tenías que estar vigilando continuamente tu espalda... Jim
siente una frustración profunda cuando recuerda aquella época, frustración tanto con sus compañeros
de clase como con los profesores. Y junto con esa sensación de frustración, una sensación creciente de
superioridad.
Ninguno de ellos podía ver ahora la imagen completa.
¿Dónde estarán todos?, piensa.
Muriendo, como los demás.
No tiene mucho sentido mirar hacia el pasado, piensa. Pero ¿cómo no retrotraerse al pasado
cuando el futuro es tan desalentador?
A miles de kilómetros de allí, el hombre del sur le aguarda. Tanto él como Blue necesitan a Jim;
su trabajo está íntimamente relacionado con el de los otros dos. La Gedaechtnis no puede prescindir de
él. Necesita a los tres para actuar de manera coordinada. El hombre del sur es el cerebro. Blue, el
cuerpo. ¿Y el doctor Jim Hyoguchi? Jim el Intermedio es la máquina.
Si los equipos pueden trabajar de manera conjunta...
A Jim le invade una sensación de cosquilleo cuando piensa en esto. A medida que atraviesa la
terminal, y hasta que consigue llegar a la puerta de embarque, continúa notando el cosquilleo, lo que
consigue reemplazar el colocón que lleva encima, aunque no logra, ni por asomo, el mismo efecto que
este. Sube a bordo de su avión con una sensación de optimismo prudente, haciendo todo lo posible por
pensar en la Gedaechtnis como si se tratase de cualquier otro trabajo. Pronto consigue asimilar este
pensamiento. Cierra los ojos y se queda dormido, centrando toda su atención en los proyectos tan
importantes que tienen tanto él como su equipo..., en la gloria que les espera en caso de que las cosas
salgan como está previsto ...y no en el precio que deberán pagar en caso de que fallen.
***
MUERTE
No muerte física, sino mutación espiritual y psicológica.
***
Algunos sueños fluyen como el agua. Algunos se suceden como rachas aleatorias de sensatez y
locura. Este era uno de ellos.
Un supermercado. El reloj que había sobre la pared marcaba las tres de la mañana. Estaba
empaquetando comestibles; el turno de noche. Sin razón aparente, tenía alas que sobresalían de mi
espalda. No sé si se trataba de alas de mariposa, alas engalanadas con plumas como las de los ángeles
o alas de quiróptero, como las de los ángeles descarnados. Cada vez que me volvía para mirarlas, eran
diferentes. Nadie excepto yo parecía percatarse de su existencia, pero me inquietaban igualmente.
La cajera era una mujer corpulenta con una barbilla pequeña. Pasaba los productos por el escáner
y hacía rechinar sus dientes cuando no funcionaba. Podía sentir su respiración. Tenía flemas. No me
gustaba cómo sonaba.
En el pasillo de al lado, el hombre que se encargaba de meter los productos en las bolsas miraba
con cierto disimulo. A mis ojos, no a mis alas. Parecía como si quisiera decirme algo. Pero no
llegamos a intercambiar palabra alguna. Debía de tener mi edad. Parecía una fotografía en blanco y
negro. Su piel era gris como el acero.
Mis manos se movían de forma mecánica. Me inventé un juego consistente en adivinar lo que iba
a comprar cada cliente. Un hombre de aspecto fornido compró productos para perder peso, patatas
fritas y vitaminas. Dos señoras de avanzada edad adquirieron boniatos, carne y cerillas, junto con un
periódico y una botella de güisqui. Una rubia de mirada vidriosa (llevaba un buen colocón; mi
intuición me decía que era de setas) compró solo dos artículos: una caja de cereales Cap'n Crunch y
condones de látex. Me pregunté a quién se los iba a llevar.
Escuché una voz detrás de mí. Era una voz masculina. Melódica. Divertida.
—Halloween. Vaya, vaya, vaya.
Me volví para toparme con un individuo que sostenía un puro encendido en una de sus manos y
una maza de polo en la otra. Allí de pie, entre la luz y la sombra, parecía que estaba biseccionado,
dividido. Lo identifiqué como Lázaro y tras este descubrimiento, me invadió una emoción violenta, en
su mayoría odio.
La habitación se transformó de una forma que no sabía describir y aquel tipo se fue acercando
hacia mí lenta y deliberadamente, observándome cada vez más de cerca. Entrecerró los ojos y me
cogió, como si estuviera tratando de distinguirme de un gemelo imaginario; después, frunció el ceño,
decepcionado.
—No, no eres Halloween. Qué pena. ¿Fumas?
Me ofreció su puro. No se trataba de un gesto de amistad. La sombra que me rodeaba comenzó a
parecerme más oscura, más amenazante. La forma en que me miraba no contribuyó a tranquilizarme.
—Estoy soñando —le dije.
—Yo también —me respondió.
—No puedes estar soñando. Estás muerto —le contesté.
Sonrió, aunque sin ningún tipo de regocijo. Dijo:
—¿Muerto? ¿Y cómo se supone que es la muerte en este lugar? La vida no es sino un sueño.
Era testarudo, el muy hijo de perra. Tuve que ponerle firme.
—No, Lázaro —le dije—. Tú has muerto de verdad. Yo mismo te maté.
Salvo que no fue esto lo que sucedió. Lo que realmente pasó fue que me dividí en dos como una
ameba y cada una de las mitades de mi sueño contestó de manera diferente. Una dijo: «Tú has muerto
de verdad. Yo mismo te maté». La otra parecía indignada y exclamó: «¡Tú has muerto de verdad, pero
yo no te maté!».
Me miró, a mis dos yoes, y dijo:
—Esto no significa que no puedo estar soñando, ¿o esta vez sí?
No fui capaz de formular una respuesta a dicha pregunta.
Lázaro dio la vuelta y se alejó con su cabeza rapada y su traje blanco e inmaculado. El niño
muerto que pensaba que era mejor que cualquiera de nosotros. Era un auténtico manipulador que
siempre trataba de hacerse con las dos caras y que siempre enfrentaba a los dos extremos contra el
centro. No paraba de dar vueltas a todo. Primero te atraía y luego te dejaba tirado. Era el tipo de
hipócrita al que te gustaría partir la cara.
Incluso hacerle algo más que simplemente partirle la cara.
Vino hacia mí lentamente. Esta vez estaba yo solo, sin mis dos mitades de nuevo.
—Habrá otros —me dijo.
Me encogí de hombros.
Nos quedamos mirando el uno al otro fijamente. No articulamos palabra alguna. Mis alas se
agitaron. A continuación intentó pegarme con la maza de polo en la cara, y el sueño llegó a su fin de
manera inesperada.
***
Me desperté sintiendo que un escalofrío recorría todo mi cuerpo; la manta había desaparecido y
Jasmine con ella. Había algo en la habitación, algo amorfo. Fui capaz de percibirlo mediante la
activación del sistema lucha/huida de mi cerebro.
—¿Eres tú, Nanny?
No era Nanny.
Ese algo comenzó a tomar forma. Un traje de pata de gallo. Dentro de él, un hombre de
apariencia culta, alto y moreno de piel, con el pelo canoso y liso peinado hacia atrás. Su cuerpo
irradiaba una luz de color ámbar e iluminaba la habitación con un resplandor misterioso e inquietante.
Me observaba fijamente con una mirada adusta reflejada en su rostro.
—Maestro —dije.
—Las palabras —exclamó él— no pueden expresar lo terriblemente decepcionado que me siento.
—¿Acaso he hecho algo?
—Es justo lo contrario: es lo que no has hecho.
—¿Puedes concretar?
—Estudiar, Halloween. No has estudiado. —Echó un vistazo a mi habitación con una mirada de
reproche y detuvo su atención en una silla de cuero—. Tenemos un contrato social: yo enseño y tú
aprendes. ¿Lo entiendes? —preguntó, mientras limpiaba el polvo de la silla sacudiéndolo con su mano
antes de sentarse. Al no estudiar lo único que consigues es engañarte a ti mismo.
—De acuerdo —afirmé—. Me estoy engañando a mí mismo.
Pensé en aquella silla.
Recuerdo el código de llamada: muebles, silla, tumbona, piel, elección 6. Maestro había
aposentado su trasero en una ilusión, en un espacio en blanco que perfectamente podía haber sido
«muebles, silla, sillón, relleno de poliestireno, elección 22 o muebles, silla, trono, marfil, elección 3».
Todo esto no era sino una colección de bits y de bytes.
Aquella silla no era real, de la misma manera que Maestro tampoco lo era.
En esos momentos, me di cuenta de dónde me encontraba.
Cuando la Realidad Virtual Inmersiva consiguió despuntar en el mundo de la tecnología, los
programadores comenzaron a utilizarla para crear aplicaciones de entretenimiento, aunque su valor
educativo era indiscutible. ¿Por qué acudir físicamente a un colegio atestado de alumnos cuando al
enchufarla a la corriente podías estar conectado con los mejores profesores del mundo? En los años
posteriores comenzaron a surgir numerosos centros privados conectados en red, aunque el sueño de
extender la RVI a los centros públicos era todavía una utopía; la mayoría de las familias no podían
sufragar el alto coste.
Eso quería decir que era rico, o tenía una beca, o quizá ambas cosas.
Este, por tanto, debía ser un internado exclusivo de RVI. ¿Cómo se llamaba?
«G» algo. Tres sílabas, ¿verdad? Gonzaga..., Gagarin..., Gesundheit..., no, nyet, nein..., pero
estaba cerca, te estás acercando Halloween.
Mis padres me dejaron allí hace muchos años. No quería ir. Ahora Maestro era mi director y
estaba a punto de graduarme...
Me di cuenta de que había dejado de escucharle.
—Voy a ver qué tal estás en ciencias. Vamos a hacer un examen —me dijo—. Nos centraremos
en la biología y la genética, con especial atención en la epidemiología.
—Espera un minuto.
—De eso nada. Ya has desperdiciado demasiado tiempo. Este patio de recreo tan atroz que te has
sacado de la manga ha demostrado ser un ambiente poco propicio para el estudio. Cuando suspendas el
examen, volveré a resetear tus preferencias por defecto, ¿está claro?
—Se acabó el recreo —dije—. Está claro.
—Excelente.
—¿Dijiste «cuando» suspenda el examen, no «si lo suspendo»?
—No has estudiado.
—Entonces, ¿qué sentido tiene que me examine?
Parecía indignado.
—Procedimiento —afirmó.
Comencé a imaginarme sedado en algún sitio del mundo real, estirado en un sofá y conectado a
una botella de suero virtual inmersivo. Una enfermera vendría de vez en cuando a ver cómo estaba... o
no.
Detroit, increpó mi cerebro.
No, debe ser algún lugar fuera de Detroit. Quizá algún barrio residencial acomodado de las
afueras de Michigan.
Si pudiera despertar, estaría sano y libre.
—Déjame salir —bramé. Pero el examen ya había comenzado.
¿Qué son los fragmentos Okazaki?
¿Por qué presenta la plasmodia una fototaxis negativa?
¿Qué método se muestra más eficaz a la hora de contener las enfermedades transmitidas por
artrópodos?
¿Qué es la distribución binomial negativa?
¿Qué bacteria causa la fiebre del tifus?
No tengo ni puta idea.
Maestro tenía razón; no estaba preparado. La amnesia era la culpable.
El resplandor que irradiaba su cuerpo cambió de color. Maestro se puso verde con las pocas
preguntas que acerté a responder (¿envidia?) y rojo con todas aquellas que fallé (¿rabia?). La
expresión de su rostro, por el contrario, no cambió.
—Esto —afirmó— es terrible.
Mi habitación comenzó a derretirse como un reloj de Dalí y a continuación nos encontramos
fuera de la mansión. Mi casa era ahora un objeto inerte e inútil, mientras que la catedral se hizo
mucho más pequeña hasta convertirse en una casa normal; había perdido toda su ornamentación, toda
su individualidad.
Se oyó un ruido sordo.
Un ángel descarnado sin alas se posó a mis pies. Se movía nervioso y estaba sangrando. Dirigí mi
mirada hacia el cielo. Los ángeles descarnados caían desde las alturas como pájaros moribundos.
Cambiaban a mitad del vuelo: la negrura de sus rostros daba paso a unas caras con rasgos humanos a
medida que se iban transformando en adolescentes RVI, compañeros virtuales. Aquello parecía un
departamento de contratación de actores de una de aquellas películas desabridas de los años cincuenta.
A medida que llegaban al suelo, los ángeles descarnados chocaban estrepitosamente y se rompían
en pedacitos para desaparecer a continuación.
Crueldad innecesaria, pensé. Verdadera o no, no está bien.
De repente temí por Jasmine.
—¡Para esto de una vez!
Intenté agarrar a Maestro por las solapas, pero mis manos se abalanzaron sobre él.
—Volverás a tener tus juguetes cuando te pongas a trabajar en serio —exclamó—. Tu actitud
determinará tu altitud.
No podía reprocharle nada. Nunca podía.
Excepto...
—Desconéctame —le imploré.
—Repite eso.
—¡He dicho que quiero que me desconectes de una puta vez! ¡Despiértame y detén todo esto!
—Que paren el mundo, quiero bajarme —me remedó con desdén.
¡Increíble! Mis manos se habían reducido a puños. Empecé a temblar.
—Mis padres te pagan para que me enseñes, para que me cuides y para que satisfagas todas mis
necesidades. Necesito despertarme, necesito llamarlos y lo necesito de veras, ¡maldita sea!
—Necesitas estructura —interrumpió Maestro—. Crees que sabes lo que te conviene pero yo
actúo in loco parentis. Quieres tener un descanso en tus estudios, pero que no esté programado —dijo
—; no te lo mereces de ninguna de las maneras.
—¿Y qué tal un descanso programado?
—Domingo —añadió—. Ejercicio y nutrición.
—No puedo esperar tanto.
—¿De veras? No, lo que en verdad querías decir es que «no esperarás». No esperarás tanto
tiempo. Pero el hecho es el siguiente: eres capaz de esperar y eso es precisamente lo que vas a hacer.
Estaba hirviendo de rabia e indignación mientras Maestro daba los últimos retoques al nuevo
paisaje que estaba conformando para mí: una colina achatada y un cambio suave de temperatura.
—Maestro, mis padres...
—El domingo —exclamó.
—¡Mis padres esperan que me protejas y no me siento seguro en este lugar!
Arqueó una de sus cejas.
—Hubo un electrochoque —le expliqué.
—Debo imaginar que te estás refiriendo a la descarga Calíope.
—¿Descarga Calíope?
—El diagnóstico de Pace arroja un problema técnico menor en el servidor de software, nada más.
—Ese «problema técnico menor» me paralizó todo el cuerpo...
—Lamentable.
—... y me causó un dolor espantoso.
—Lo dudo, pero aun así, también es lamentable.
—¿Qué es más probable que suceda? —inquirí—. ¿Que haya alguien por ahí dispuesto a
matarme? Antes de que me digas que estoy reaccionando de manera exagerada, me gustaría que
meditaras sobre la posibilidad de que mi familia decidiera interponer una demanda contra esta
escuela. ¿Qué les parecería a mis padres si supiesen que tú, Maestro, menosprecias todas mis quejas y
has decidido dejarme en un lugar potencialmente letal y peligroso, y todo ello en aras del
«procedimiento» ?
—Tienes una facilidad pasmosa para el melodrama —observó—. Desde que me preguntaste, las
posibilidades son infinitesimales. La RVI es perfectamente segura. Incluso si alguien trata de hacer
daño a alguno de nuestros estudiantes, somos capaces de controlar con sumo cuidado la seguridad de
todos y cada uno de ellos.
—¿Cómo están mis constantes vitales?
—Fuertes y estables, como siempre.
—Entonces, ¿me estoy comportando como un paranoico?
Maestro se encogió de hombros.
—Puede tratarse de un intento desesperado de llamar la atención.
—Hay algo aquí—le prometí— que no está bien, y cuando lo descubra, me iré a otra parte.
¡Expúlsame!
—¿Cómo dices?
Le propiné un tremendo puñetazo en la cara, pero, desgraciadamente, mi mano la atravesó sin
causarle el más mínimo daño.
—¡Que me expulses, maldito hijo de perra! —le dije.
—Halloween —rió Maestro—, me encantaría expulsarte, pero eso no va a suceder. No abandoné
a Fantasía y no voy a abandonarte a ti.
Lo miré fijamente.
—No puedes acumular todas estas manifestaciones vergonzosas —continuó—, no te van a hacer
ningún bien. ¿Recuerdas lo primero que te dije cuando llegaste a esta escuela?
Hice un gesto negativo con la cabeza.
—Te dije que tenía la impresión de que poseías un potencial enorme. Que podrías llegar a ser el
más brillante de los diez. Es muy decepcionante, pero, si fuera un hombre al que le gusta apostar,
hubiera apostado todo mi dinero por ti. —Señaló mi pecho—. Hubiera apostado que tú habrías sido el
primero en lugar de Lázaro.
—Es una apuesta un tanto morbosa —gruñí—. Qué pena que no ganases.
—¿Morbosa? —preguntó.
—¿Apostaste que yo sería el primero en morir? ¿Cómo llamas tú a eso?
—Me parece que no te estás ateniendo a los hechos. ¿Por qué piensas que Lázaro ha muerto?
—Porque... —yo mismo lo maté— ya no se encuentra entre nosotros.
—Por supuesto que no está aquí con nosotros —sonrió Maestro—. Lázaro se ha graduado.
Día 3
***
Acción de Gracias
—Las órdenes que no producen ningún tipo de caos no llevan a ninguna parte —apunta Jim,
preguntándose por qué no se encuentra predicando al coro. Blue y el hombre del sur se han mostrado
sorprendentemente inmunes a la certeza de que las cosas irán peor. Desean que todo salga perfecto.
Perfecto, perfecto, perfecto: no hay lugar para error alguno. Jim, por el contrario, considera que
viven en un estado perpetuo de negación.
—No quiero volver a escuchar ni una sola palabra referente a la no viabilidad de este proyecto o
a su inestabilidad —replica Blue—. Tenemos sistemas para contrastar los datos y un reloj que anda
pisándonos los talones. Si trabajas con nosotros podremos lograrlo, pero si no...
—Perdona, pero estoy haciendo lo imposible por hacer que todo esto funcione y salga bien. Pero
mi trabajo es un tanto incierto. Cuando trabajas con el ADN estás trabajando con valores constantes,
pero yo tengo que ingeniármelas con variables.
—Yo trabajo con variables constantemente —aduce el hombre del sur.
***
Recuerdo cuando jugaba al balón prisionero con mis amigos. Fuera del colegio, jugábamos
durante horas y horas. Las reglas eran simples. Lanza la pelota. Golpea a alguien y este queda
eliminado del juego. A no ser que la atrape: entonces el eliminado eras tú.
Recuerdo que un día mis amigos y yo decidimos cambiar las reglas. Un cambio y después otro. El
balón prisionero se convirtió en el balón traicionero. Un juego violento, fantasioso, más divertido si
cabe.
¿Cómo pasamos de pelotas de goma enormes a monstruos con armas automáticas?
Me preguntaba: ¿Es esta la progresión natural de las cosas?
(Estaba sangrando. Ya lo pensaría después; ahora era demasiado tarde para hacer nada de
provecho.)
Antes de jugar a balón prisionero solíamos jugar al pilla-pilla. Tocabas a alguien y ya no se podía
mover. Pillabas a todos y ganabas. Por supuesto, el edificio del colegio era siempre «casa».
Todo esto me resulta un tanto divertido, pues desde entonces no me he sentido a salvo en ningún
otro lugar.
Dentro de aquel edificio, las clases estaban tal y como las recordaba, lo que viene a ser lo mismo
que decir que los recuerdos me estaban desbordando en estos momentos. Yo me sentaba en aquella
silla, delante. Me sentaba allí y escuchaba con atención. Nunca me distraía. Solo deseaba aprender y
clavar mis dientes en la manzana del conocimiento sin importarme el gusano.
No era un cínico.
Era un niño con pecas en la cara.
Dormí durante mucho tiempo. Bebí leche. Me encantaba estar al aire libre.
Y era feliz.
¿Qué coño pudo haberme pasado?
¿Cómo he venido a parar hasta aquí?
La imagen de un yo más joven de ojos brillantes sentado en aquella silla me golpeó con tanta
fuerza que esbocé una mueca de dolor al pensarlo. Me sentí mancillado y viejo. Mis dientes no
paraban de rechinar. Nada de eso me produjo buenas vibraciones.
Tyler nunca estaba atento. Parecía como si no hubiese dormido.
Mercutio se recostó sobre su silla, aburrido, con las manos detrás de la cabeza.
Fantasía no paraba de relamerse los labios. No podía evitarlo. Disquinesia tardía:
comportamiento rítmico involuntario, efecto colateral de algunas drogas antipsicóticas.
Menudos catalizadores de ideas. Parecíamos futuros Doctores de América.
—Como medida conducente a ayudar a todos aquellos que no han conseguido aprobar —decía
nuestro profesor—, he creado un grupo de estudio. Nos veremos cada lunes, miércoles y viernes para
estudiar durante seis horas, y dedicaremos cuatro más a la investigación de campo.
***
Seis horas después, los mundos se estremecían y se mezclaban unos con otros. Mi cabeza daba
vueltas como una peonza. Parpadeé y me di cuenta de que ya no estaba en la escuela... estaba en...
Un lugar horripilante.
No, no es verdad. Era un lugar bonito, pero en un momento horroroso.
Las calles estaban llenas de mugre, podredumbre y decadencia, y en medio de todo esto, cuerpos
inertes. Docenas de ellos —hombres, mujeres, niños— todos maltratados por la oscuridad, y aquellas
heridas antinaturales sobre su piel. Signos reveladores. No hacía falta ser médico para reconocer los
estragos producidos por la peste bubónica, también llamada Muerte Negra. El hedor que desprendían
aquellos cuerpos era espantoso.
Era la ciudad de Verona. Situada entre Venecia y Milán, famosa por su arte, su arquitectura, sus
vinos, y por haber servido de inspiración al Bardo, aunque la Muerte Negra se cernió sobre esta ciudad
unos doscientos años antes del nacimiento de Shakespeare. Por aquel entonces, siglo XIV, no corrían
buenos tiempos para el continente europeo. Setenta y cinco millones de personas pasaron a mejor vida
como consecuencia de esta plaga. No puedo ni siquiera calcular cuántos más murieron debido a las
guerras y las hambrunas.
Estábamos en una calle adoquinada cubierta de barro, a un tiro de piedra del Castelvecchio. Las
personas a punto de morir por la enfermedad daban vueltas a nuestro alrededor; parecía no
inquietarles el hecho de que un grupo de extraños anacrónicos hubiera irrumpido en aquel lugar de
forma tan repentina. En realidad no estábamos en la Verona del año 1348, sino que se trataba de una
reproducción. Por lo tanto, aquellos pobres infelices moribundos no eran más reales de lo que podía
serlo mi Jasmine (eran personas virtuales, y los mundos que se chocaban y se mezclaban eran lugares
comunes para todos ellos). Nosotros vivíamos en los espacios; ellos lo hacían en las grietas.
Mercurio se dio la vuelta y me asestó un puñetazo en el brazo. Con fuerza.
¿Por qué demonios has hecho eso?
—Hally-Hal-Hal-Hal, tío —dijo Tyler—, metepatas de los llamamientos, arruinador de torneos.
—Espero que tengas una buena razón para interrumpir mi diversión—se quejó Mercurio—. Mis
tropas estaban preparadas para enfrentarse a las tuyas.
Tyler exhibió una sonrisa agresiva.
—Y también has arruinado la mía. Iba a coger unos cuantos descarnados más.
—¿Dos contra uno? ¿Qué es esto, una conspiración?
—No se trata de ninguna conspiración —dijo Tyler—. Aquí cada uno va por libre.
—O cada una, gracias —corrigió Fantasía—. La ley del más fuerte no comienza ni termina en el
cromosoma Y, ¿no es así, Hal?
Sabía que esta forma de bromear no tenía intención alguna de herir la sensibilidad de los demás.
Me sentía cómodo y (lo que es más) familiar.
—Eso fue pura casualidad —le dije.
Se escuchó un sonido de reproche, aunque podría tratarse simplemente del ruido que hacían sus
labios cada vez que se relamía.
—¿Quién ganó? —pregunté.
—Qué chico más gracioso —dijo Mercutio, haciendo un gesto con la cabeza a Tyler—. Ganó con
queso [2]. Es la victoria más fácil y cómoda que he visto en mi vida.
—No seas tan mordaz —dijo Tyler—. Te espera la revancha.
—¿Qué revancha? El juego se ha terminado.
—¿Él también se apoderó de tu ejército?
Mere hizo un gesto histriónico.
—Se apoderó de todo.
—El gran y poderoso Mae$tro —dijo Tyler.
No había dicho Maestro. Lo que en verdad pronunció fue «Maeshtro», transformando
deliberadamente el sonido «s» en «sh» y, al tiempo que el vagamente comparable acento sureño de
W.C. Field me venía a la cabeza, me di cuenta de que la palabra que acababa de pronunciar se escribía
«Mae$tro». El signo del dólar era una indirecta para referirnos a nuestro adversario común, una forma
de entendernos a la hora de hablar entre nosotros. Nosotros éramos los ratones y odiábamos al gato.
Tres ratones ciegos contra un gato con una vista perfecta y dientes afilados. Enfrentarse a
Maestro era una estupidez. No tiene sentido luchar cuando no se puede ganar.
Mercutio puso su brazo alrededor de mi hombro y me hizo una llave en el cuello. No opuse
resistencia alguna. Me condujo carretera abajo, farfullando alguna que otra perla sobre nuestro
profesor favorito.
—Como los niños a las moscas —le oí decir...
... pero no completó la cita.
***
la compañía Gedaechtnis
Esa era la palabra que empezaba con «G» y que no podía recordar. Gedaechtnis. Se trataba de un
acrónimo. «G» algo, «E» algo, Droga y Estimulación Química de la Salud a través de la Tecnología.
Gedaechtnis.
También se trataba de una palabra alemana para referirse a la memoria.
Y aquí estaba yo, en Idlewild, Michigan. Mi ciudad. Mi lugar de nacimiento. En esos instantes
recordé nostálgico aquellas tardes de sol que transcurrían lentas en el tiempo con todas esas cometas
de largas colas pintadas para parecer dragones... Recuerdo el haberme bañado en aquel lago por
primera vez, y semanas después comprobar cuántas volteretas podía hacer bajo el agua... Recuerdo
mis rodillas en carne viva y el antiséptico... Recuerdo mi primer día de colegio, a Maestro, a mi madre
cogiéndome de la mano, a mi padre tranquilizándome cuando me conectaron a la RVI... Recuerdo que
me encantó mi primer día de colegio... Recuerdo que odié mi primer día de colegio... Lo recuerdo.
Idlewild era una localidad con historia. A principios del siglo XX, se convirtió en un centro
turístico para los negros, un emplazamiento idílico donde pasar las vacaciones para los
afroamericanos en una época de discriminación y segregación. El primer negro que se doctoró en
Harvard fue W.E.B. DuBois, de Idlewild. DuBois afirmó sobre este lugar:
«Por su belleza física, por su agua brillante y su aire dorado, por la nobleza de sus árboles y
arbustos, por su río luminoso y los cantos de sus pájaros y el conmovedor susurro del sol, la luna y las
estrellas... este es, sin duda, el lugar más hermoso que he visto en los últimos veinte años. A todo ello
hay que añadir mujeres fuertes y gentiles y hombres inteligentes de Canadá y Texas, California y
Nueva York, Ohio, Missouri e Illinois, todos ellos hijos y bisnietos de Etiopía, todos ellos
conocedores del descanso y de la diversión posibles en este lugar. ¿Es posible imaginar un lugar más
maravilloso en este planeta que Idlewild?».
Era una ciudad muy especial conocida con el sobrenombre de «El Paraíso de Michigan».
Los clubes nocturnos de Idlewild habían sido agraciados por los dioses del jazz. Louis
Armstrong. Cab Calloway. Sarah Vaugham. Durante años fue posible escuchar a un nutrido grupo de
artistas de la talla de Sammy Davis, Jr., The Four Tops, B. B. King, Aretha Franklin y Bill Cosby.
Sin embargo, cuando la Ley de Derechos Civiles obligó a los centros frecuentados por los blancos
a admitir a los negros, todo ese esplendor musical se vino abajo. ¿Por qué pasar las vacaciones en el
noroeste de Michigan cuando puedes ir a cualquier lugar que desee tu corazón? Hot Springs, Atlantic
City, Miami Beach. La ciudad atraía cada vez a menos turistas. Eso implicó que los artistas de primera
talla no quisieran venir a actuar más a Idlewild. Y el hecho de que no vinieran estos artistas de primer
nivel repercutió, a su vez, en que cada vez viniera menos gente por aquí. El lugar quedó desplazado,
igual que las montañas de Catskill se vinieron abajo cuando el resto de los hoteles dejaron de negar la
entrada a los judíos. Debería haberse llamado la Gran Ley de las Consecuencias No Buscadas. El éxito
es una de las armas más poderosas de destrucción.
Sesenta años después ya nadie asociaba el nombre de esta ciudad con el jazz. Sin embargo,
comenzó a ser vinculada con el ámbito científico. El mérito se debe a la doctora Raina Carver, la
preeminente bióloga molecular de entonces. El trabajo de Carver se centraba en la interconectividad
de todos los seres vivientes. Su miniserie televisiva Semillas, galardonada con uno de los premios
Peabody, fue aclamada como el mejor programa sobre ciencia de principios del siglo XXI. Cuando se
retiró a Idlewild, toda una camarilla de gente comenzó a rodearla, y alrededor de esa camarilla, una
comunidad entera. Biólogos, ecologistas y neotrascendentalistas, todos ellos se trasladaron hasta aquí
con sus familias para continuar el trabajo de Carver. Fue entonces cuando se comenzó a relacionar a la
ciudad con Walden, la utopía Verde. En un mundo cada vez más centrado en la tecnología, Idlewild
era un enclave en el que se fundía la belleza natural con científicos y activistas que trabajaban de
manera conjunta a fin de fomentar la conservación y protección del medio ambiente y el cambio
social.
Se puede afirmar que vivía en un paraíso que quitaba el sentido, un paraíso del que, sin embargo,
no podía disfrutar. Y todo porque la puta escuela de la RVI me quitaba más que el sentido: me exigía
entregarle la mayor parte de mi consciencia.
***
A dos manzanas de la Academia nos topamos con Twain's, una cafetería pretenciosa con sillas sin
respaldo y mesitas de resina. Mere fue directo hacia nuestro reservado habitual.
—Gracias —le dije.
—¿Por qué?
—Por haberme sacado de allí.
—Te estabas volviendo loco, ¿eh?
—Allí dentro sí.
—Ya veo. Yo también —dijo—. Me sentía claustrofóbico, ya sabes.
Asentí con la cabeza. Sabía lo que quería decir.
—Demasiados malditos ceros y unos —se quejó—. Mierda de RVI.
—Una auténtica mierda —asentí.
Chocamos nuestros vasos de agua e inspeccionamos el menú.
—¿Sabes ya lo de Lázaro? —preguntó.
Entonces pensé: Te refieres a que lo han asesinado, ¿no?
Pero dije:
—Creo que se ha graduado.
—Eso parece. Qué suerte ha tenido el muy hijo de puta.
—Sabes, siempre pensé que al acabar la escuela habría una ceremonia de graduación o algo así.
—Yo también, pero ya ves que no. Sus cosas ya no están. Han ido a parar a Harvard.
Nuestra escuela estableció un acuerdo formal con la Facultad de Medicina de Harvard mediante
el cual los alumnos podían ir a estudiar allí. Los estudiantes de Idlewild eran aceptados de forma
automática en Harvard y, por si fuera poco, recibían una beca de la Gedaechtnis. Un buen trato,
supongo. Todo lo que teníamos que hacer para conseguir aquella beca era estar dos años como
internos en un laboratorio de la Gedaechtnis.
—¿Sabes que está en Harvard?
—Eso dice Mae$tro.
—¿Y le creíste?
Mere me miró fijamente.
—En este caso sí; ¿no debería haberlo hecho?
Todo esto me parecía muy peligroso. Si yo había matado a Lázaro... Aun así insistí:
—¿No te parece extraño que no se haya puesto en contacto con nosotros? Solo se ha marchado,
¿no?
—Ese enchufado nos odia a muerte.
—Lo sé, pero ¿no crees que nos habría llamado para restregárnoslo por nuestras narices, para
presumir de que se marchaba antes que nosotros?
—Puede que tengas razón —admitió Mere—. No lo sé. Este tipo se cree que está por encima de
todos. Quizá piense que está por encima de eso también.
—Posiblemente.
—¿Qué otra alternativa hay? —Sacó su lengua e hizo como si cortara el cuello a alguien.
—Tienes razón —dije—. Es absurdo.
—Ya tiene lo que siempre ha deseado. Pronto se convertirá en el doctor Lázaro. Que Dios nos
coja confesados. —Mere dejó el menú a un lado de la mesa—. Hal, no quiero volver a hacer esto otra
vez. Estoy pensando seriamente en abandonar la escuela.
—¿En serio?
—Mis padres me matarán, pero estoy decidido a hacerlo.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Dedicarte a los ordenadores?
Mere negó con la cabeza.
—Me gustaría trabajar con niños.
—No me lo puedo creer —dije.
—Yo tampoco—admitió—, pero es lo que quiero hacer. Quiero estimularlos; quiero convertirme
en la antítesis de Mae$tro para alguien.
—El Antimae$tro —musité.
—Hacer las cosas bien para que todo esto cambie.
—Quizá deje yo también la escuela.
—¡Tonterías! —exclamó—. Tú llegarás a ser médico.
—¿Estás seguro?
—¡Completamente!
—¿Por qué?
Mere me miró con una sonrisa burlona en su rostro.
—Porque te fascina la muerte.
Sí, pero no de ese modo, pensé.
Hay una diferencia considerable entre la necrología y la tanatología. ¿Cuánto tarda en
descomponerse un cuerpo? Esto es necrología. ¿Por qué tenemos que morir? Esto es tanatología. Lo
que más me interesa es toda la filosofía que hay en torno a la muerte (principios y finales, transición
de un plano de existencia al siguiente), más que los detalles espeluznantes que la acompañan. No soy
una persona morbosa, ni tampoco un necrófago.
Simplemente... tengo interrogantes.
Cenamos y a continuación tomamos unos Smartin!º, la marca de helado de hierbas. Mercutio
optó por tomar un trozo de Punk Monk Banana Chunk, mientras que yo di buena cuenta de una copa de
chocolate Freakin' Deacon. Menuda diferencia con aquel suero intravenoso que nos metían. Mere se
puso a ligar con la camarera, un esfuerzo divertido, si bien un tanto inútil.
—Qué poroso, ¿no? —le pregunté cuando ella se marchó para traernos la cuenta.
—¿Te refieres al sistema?
—Sí. ¿Cuántas puertas traseras hay en la RVI? ¿Cuántas salidas en total?
—Veamos. Ya he conseguido codificar tres y estoy trabajando en la cuarta. Están tus dos puertas
y quizá Ty tenga también una en estos momentos.
—¿Crees que puede haber más?
—Me imagino que depende —dijo— de si hay alguien más que sepa cómo explotar el sistema.
¿Se lo has enseñado a alguien más?
—No, que yo sepa —contesté.
—Puede que Ty le haya enseñado a Champagne —intuyó—. Y puede que los demás sean lo
suficientemente listos como para descubrirlo por sí mismos, pero seguro que nunca han tenido pelotas
para hacerlo.
Una vez que consigues explotar este sistema, puedes explotar cualquier otro. ¿Cabía alguna
posibilidad de que Mere o Ty hubieran programado alguna trampa en el código de la RVI, una
subrutina que, en vez de permitirme salir de allí, me dejase encerrado? ¿O quizá una subrutina que
pudiera hacerme daño?
¿Pero con qué motivo?
¿Una broma? ¿Una broma monstruosa?
Maestro parecía un electrocutador más convincente. Durante muchos años sintió un profundo
odio hacia mí. Un profesor no debería odiar así a ninguno de sus alumnos.
Así que, ¿intentó asesinarme? ¡Paranoia ad absurdum!
Bueno, bien mirado, podría haberse tratado de un accidente, de un «problema técnico menor en el
servidor de software», tal y como dijo Maestro. La descarga Calíope.
—Mira esto... qué interesante. —Mere puso su dedo sobre la cuenta, inspeccionándola con
cuidado.
—¿Hay algún error? —preguntó la camarera. Tenía pecas y el pelo de color rubio rojizo. Parecía
joven, Barré, bastante más joven que las demás camareras. Recuerdo que pensé en que podría ser la
hija del dueño.
—No, no se trata precisamente de un error. Es solo que... ¿ves esto? ¿Tu letra?
—¿Qué le pasa?
—Dice mucho acerca de cómo eres.
—¿En serio? ¿Sabes analizarla? ¡Eso es fantástico!
Mere hizo un hueco para que se sentase junto a nosotros. Me sonrió y cuando se inclinó hacia
delante, pude oler la canela de su chicle.
—¿Qué dice sobre mí?
—De acuerdo. La inclinación de tus letras. Veamos por ejemplo la «h» de «muchas gracias». Y el
rabillo de la «g», fíjate cómo desciende. Esto es lo que se llama un rabillo informal.
—¿Y qué quiere decir?
—Es un rabillo muy peculiar. No todo el mundo lo tiene.
—Vamos, dímelo —le suplicó.
Le hice un gesto: «vamos, es mejor que se lo digas».
Inspiró profundamente antes de hablar.
—De acuerdo. Significa que... significa que eres una ninfómana.
Ella parpadeó.
—¿Qué es una ninfómana?
Mercutio sonrió nervioso y no dijo nada más. Yo contuve la carcajada.
Ella se volvió hacia mí.
—¿Qué es una ninfómana?
Me tapé la cara con la mano.
—¿Qué es una ninfómana? —repitió—. ¿Qué es una ninfómana?— Se levantó del sitio y
abandonó el reservado. Preguntó en voz alta a las otras camareras, clientes y a cualquiera que se
cruzara en su camino.
—¿Qué es una ninfómana? ¿Qué es una ninfómana?
Cuando por fin alguien se lo explicó, se ruborizó tanto que parecía un elefante rosa alucinado.
Volvió a nuestra mesa como un rayo y le dio un empujón a Mere mezcla de picardía y enfado.
—Barré, me encanta cuando te enfadas —le dijo Mere. Al menos le dejó una suculenta propina.
Una vez fuera de la cafetería, comprobamos la hora y nos dimos cuenta de que era tarde.
—Nos echarán de menos —dijo Mere—. Es mejor que regresemos cuanto antes.
—Yo no voy —le repliqué.
—Pero te cogerán.
—Me conviene que sea así.
Me dirigió una mirada burlona.
—Yo no tengo motivo alguno para permanecer en este lugar por más tiempo, pero en tu caso,
¿sabes bien lo que estás haciendo?
—Como siempre —contesté.
—A veces me preocupas —me dijo Mere.
Le animé a que se uniera al club de mierda. Nos dimos una palmada mutua en el hombro y nos
despedimos. Él se fue corriendo a la escuela. Yo encontré una fila de cabinas telefónicas.
Estuve deliberando durante cinco minutos mientras me fumaba uno de mis cigarrillos de clavo.
Después marqué mis huellas dactilares en el teléfono, así como el número al que quería llamar.
—Papá —dije—. Papá, ven y sácame de aquí. Abandono.
Jim el Intermedio saca una píldora y espera la inevitable confrontación con su estómago. Este
medicamento le provoca ganas de vomitar, pero prefiere tomarlo a tener que someterse a la terapia
genética, a pesar de la insistencia de Blue de que no entraña peligro alguno. ¡Que se someta entonces
ella a la terapia, maldita sea! Ningún tratamiento parece funcionar, excepto para ocasionar un
retraso (leve, siempre tan leve) de lo inevitable. Es como si un café poco cargado tuviese que
enfrentarse a un sueño interminable.
Decide subir el volumen de la música, alto, muy alto, tratando de evitar las ganas de vomitar con
aquel ruido salvaje y estridente. Estruendo misericordioso. Pero no, su creación trata de decirle algo,
articulando palabras que no puede distinguir muy bien. Clic. Música apagada.
—¿Qué?
—He dicho que estás furioso conmigo. Estás furioso y no sé por qué.
Jim mira a la pantalla; el niño parece perdido. Y herido.
—No estoy enfadado contigo.
—Sí que lo estás —insiste—. Lo sé porque me estás castigando. ¿Qué he hecho? No lo entiendo.
—Oye, eso no es así—suaviza Jim—. Solo te estoy llevando de un entorno de trabajo a otro.
—No quiero ir. Soy feliz aquí.
—¿Y cómo sabes que no serás más feliz en el otro?
Se le quedó mirando con una expresión de duda en el rostro, con sus ojos gris acero
desbordantes. ¿Inserté en el código esas lágrimas?, se pregunta Jim. ¿O son solo parte de la propia
evolución? En cualquier caso, es demasiado sensible. No quiero tener a un llorón por hijo.
—Dale una oportunidad —dice Jim.
—Me portaré bien, lo prometo, de verdad —alega él.
—¿No quieres aprender cosas nuevas?
A Jim el Intermedio le remuerde la conciencia. El chico tiene que aprender muchas cosas, pero
eso no viene al caso ahora. Esta no es la razón por la que parece estar persuadiéndole. Está aquí
única y exclusivamente para evaluar el entorno. Es un niño virtual que actúa como conejillo de Indias
para que un niño de verdad pueda entrar; por lo tanto, las lágrimas son irrelevantes. Sin embargo,
podría decirse que se trata de la mejor creación de Jim, de la aproximación más cercana a la
inteligencia artificial verídica, aunque él sabe de sobra que el gran avance se encuentra al volver la
esquina.
Si hubiera tiempo...
Jim no quiere hacerle daño. Jim se ha implicado demasiado. El escollo de la personalidad se
graba en todas partes. ¡Cuántos programadores solitarios hay que se hayan enamorado de sus
creaciones! Demasiados como para poder contarlos.
No cometas ningún error, Pigmalión vive.
Comienza a plantearse reprogramar. Eliminar toda contumacia con unas pocas pulsaciones.
Aunque el sistema podría verse en peligro. Para que la prueba salga bien, el niño tiene que parecer
tan humano como sea humanamente posible, y eso significa que Jim el Intermedio debe ser más que un
dios; debe ser un padre también.
—Tómatelo como una aventura —dice Jim, luchando contra otra náusea que acababa de
sorprenderle en ese preciso instante—. Te necesitamos para hacer esto. Te necesito para esto. Dime
que lo intentarás, hijo mío, dime que lo harás por mí.
***
—De ninguna de las maneras. Abandonar la escuela supondría un derroche absurdo e innecesario
de todo tu potencial —afirmó el primer anfitrión de Bob y Betty: ¡los cazadores de virus!
—Tu padre tiene razón, Gabe, has trabajado muy duro para echar todo a perder ahora —dijo el
segundo.
Mis padres: el doctor Robert y la doctora Beatrice Hall, afamados científicos, ¿o se dice
científicos afamados? Papá era epidemiólogo y mamá microbióloga. Dos profesionales médicos
obsesionados con erradicar las enfermedades. Lavadores de manos compulsivos unidos.
Mi nombre, mi verdadero nombre, era Gabriel Kennedy Hall. Nunca me gustó. Mi apodo,
Halloween, procedía de mi apellido, pero ninguno de mis padres me llamaba de esa manera. Yo
siempre sería Gabriel para ellos.
—Quiero que me enviéis a una escuela normal —dije.
—Podemos discutir este tema al final del semestre —propuso mamá—. No me gusta la idea de
tener que sacarte de allí antes de tiempo.
—Pero la RVI no es un lugar seguro.
—¿Qué pruebas tienes de ello? —preguntó papá.
Suspiré hondo antes de contestar; en realidad no tenía ninguna. El escáner del cerebro (mis
padres, alarmados por lo que les acababa de contar, me introdujeron en la RE) dio como resultado la
inexistencia de daño físico, lo que venía a decir que mi amnesia era psicológica o inexistente si, tal y
como sucedía con mis padres, se prefiere pensar que estaba «actuando» o «haciendo todas estas cosas
con el único fin de llamar la atención».
Tenía fama de ser demasiado dramático. Este no era el primer problema que tenía en la
Academia. Mis padres pensaron que ya les había ido con ese cuento demasiadas veces. Tuve
tentaciones de decir algo del estilo de «nunca me creéis», pero no pude. Ellos creían realmente en mí;
me querían, lo que significaba que podían tomar decisiones equivocadas acerca de mí con la
conciencia tranquila.
—Quizá podamos programar unas cuantas sesiones sobre orientación —sugirió mamá.
—No me ayudarían si muero.
—Te estás comportando como un tonto. Nadie intenta matarte, pero creo que yo mismo lo haré si
sigues preocupándonos de esta manera —dijo papá, enfadado.
No dije nada. Quería fumar.
Mamá rompió el cigarrillo de clavo que sostenía en mi mano.
—¡Como si te hiciera falta un cáncer de pulmón! —exclamó.
—Como si no hubiera cura para ello —protesté.
—Como si te fuese a gustar el tratamiento —me prometió papá.
Refunfuñé y me crucé de brazos, lo que significaba que les estaba poniendo las cosas difíciles. A
continuación se abrió la puerta de la oficina y mi director nos condujo dentro.
—Gracias por esperar —sonrió el doctor Ellison—. Por favor, pasen.
***
Azul marino con unas largas y graciosas aletas: un pez combatiente siamés.
Verde brillante y con forma de torpedo: un pez arco iris.
Rojo y blanco con bolsas de líquido bajo los ojos: un pez con ojos de burbuja.
La verdad es que prefería el acuario de Ellison a su charla. Se dedicó a alabar a mis padres,
halagándolos, identificándose con ellos, hablando de los viejos tiempos e insinuándoles la necesidad
de contribuciones. No le presté atención. Mantuve la mirada en el acuario.
—Cuando se centra en las cosas —vino a decir aquel hombre— es un alumno brillante, pero este
trimestre sus distracciones han ido a más. Uso inapropiado de las horas dedicadas al estudio junto con,
según Maestro, una actitud sarcástica e irrespetuosa. ¿Te parece razonable todo lo que acabo de decir,
Gabe?
Hice un pequeño ruido con la lengua. ¿Y qué hay de la actitud de Maestro?
—¿Gabe?
Incliné suavemente la cabeza.
—No estoy de acuerdo.
—Entonces, ¿cómo lo llamarías tú?
—Paranoia saludable.
—No hay nada saludable en una paranoia —dijo él.
Mira esto, puntos blancos en el pez arco iris, ¿anomalía inocua de la piel o Ichthyopthirius
multifiliis? El ICH es un parásito peligroso y me di cuenta de que, egoístamente, deseaba que se
reprodujera con virulencia por todo el acuario. A propósito de todo esto, me sorprendió el hecho de
que el director de una escuela exclusiva en la que se formaban futuros doctores fuese incapaz de
cuidar de la salud de sus especímenes de agua dulce; mucho menos podía hacerlo, claro está, de sus
cargas humanas.
—Y luego está el tema de las ausencias injustificadas.
—¿Cuántas? —quiso saber mamá.
—Tres durante este mes si incluimos la excursión de la noche pasada. —Me lanzó una mirada—.
Me imagino que no te apetece darnos detalles sobre la misma.
—Quería salir y alguien me sacó —dije. Así de simple.
Me preguntaron quién había sido.
—No voy a dar ningún nombre —les dije a los tres—. Quizá deberías instalar una cámara de
seguridad en mi habitación.
—Eso es ilegal —argumentó Ellison con cierta preocupación.
—¿De veras? —contesté, aunque de sobras sabía que era ilegal—. Yo sigo pensando que aquí no
tengo ningún derecho, mira tú por dónde.
—Ya es suficiente —dijo mamá. Estaba enfadada. A continuación vinieron los sermones. Se
fueron turnando, dando rienda suelta a cómo debería Confiar en Mis Padres y Profesores Porque Son
Mayores que Yo y también Más Sabios y Saben lo que Es Mejor para Mí, enfatizando además la
Necesidad de Mantener una Actitud Positiva para después pasar a explicar Cómo Aprovechar Todas
las Oportunidades que Iban Surgiendo. Estaban preocupados por mí, muy preocupados, y
decepcionados por el hecho de que quisiera largarme de allí.
Muy bien, coge tus cosas, pensé, ya están aquí los remordimientos.
Escuché. Hice los ruidos apropiados. Asentí con la cabeza en diversas ocasiones.
—¿Podemos hablar ahora del intento de acabar con mi vida? — pregunté.
—¿El intento de acabar con tu vida? —Ellison estaba desconcertado.
Entonces aclaré: la descarga Calíope.
—Ah, sí, ¿dónde lo puse? —Rebuscó entre todos los papeles que había sobre su escritorio—.
Aquí está. Pace, nuestro programa de investigación, ha registrado todos los componentes de la RVI y
ha preparado este informe. Lo he examinado, al igual que nuestros mejores técnicos, y todos los datos
apuntan a un simple fallo en la resistencia de la descarga. Ya hemos sustituido las piezas y también
hemos instalado medidas nuevas de protección.
—¿Te das cuenta? —me dijo papá dándome un ligero codazo.
Cogí el informe y traté de leerlo. Era un poquito técnico.
—No es muy corriente que sucedan estas cosas —continuó argumentando Ellison—. De hecho,
solo ha sucedido tres veces en toda la historia de la Academia. Descarga A, descarga B, descarga C; el
sistema selecciona un nombre al azar para cada una. En este caso particular, el de la descarga Calíope,
la tormenta eléctrica que se produjo en el exterior propició un incremento momentáneo de la potencia.
La electricidad dañó el procesador en la secuencia de transmisión 0811-0411C, y sacó de la ecuación a
Maestro y a Nanny hasta que se restableció con una copia de seguridad.
—Me quedé paralizado.
—Efectivamente, Vitae, el programa que permite interactuar con el entorno tampoco estuvo
operativo durante, veamos, cuarenta y siete minutos. —Ellison se inclinó hacia delante con el
propósito de tapar el informe con su dedo meticulosamente arreglado. Sí, eso es exactamente lo que
dijo.
—Debes de haber experimentado un período de profundo cansancio dentro de la RVI, pero una
vez garantizado el descanso, no volviste a estar en una situación de peligro real; descansabas
plácidamente en tu habitación.
¿Debía creerme aquella explicación? Dije:
—Una subida de tensión se carga la RVI, pero no todo el dispositivo, ¿no? Únicamente el lugar
que yo ocupo dentro de ella.
—Es solo cuestión de suerte, Gabriel. Te aseguro que fue pura casualidad.
—Parece muy improbable que así fuera.
—De acuerdo, analicemos la alternativa —dijo papá pensativo—. ¿Alguien lleva a cabo un
sabotaje de una de las resistencias de la descarga esperando que quizá, solo quizá, una tormenta
eléctrica estallara en un momento incierto del futuro para causar un problema menor? ¿Qué parece
más improbable?
—¿Por qué en un momento incierto? —repliqué—. Podrían haber consultado el boletín
meteorológico. —Sin embargo, tuve que admitir que mi argumento no era muy consistente.
La Navaja de Occam dice que la explicación más simple es siempre la mejor.
Quizá sea así, pensé, pero a veces la navaja se encuentra dentro de la manzana.
Ellison me mostró sus manos como si quisiera demostrar que no tenía nada que ocultar.
—La adolescencia puede ser un período de confusión —argumentó—, especialmente para los
chicos. Las hormonas se aceleran, la testosterona nubla el juicio... te sientes como si alguien te
estuviera poseyendo. Pero eso es algo natural. No obstante, tienes que comprender que aquí estás entre
amigos.
—Aquí estoy entre amigos —repetí.
—Por supuesto que sí; tú aportas un valor indiscutible a esta escuela. Todo el mundo te adora.
—¿Y qué pasa con tu malvado hermano gemelo? —pregunté.
Ellison forzó una sonrisa.
—¿Qué pasa con él?
Acababa de mencionar a Maestro. Puede que uno de los dos fuese de carne y hueso y el otro una
simple amalgama de bytes, pero lo cierto es que eran idénticos. Los seres que integran la RVI suelen
estar creados a partir de personas reales. Los programadores se inspiraron en el doctor Ellison para
crear a Maestro; reprodujeron el timbre de su voz e incluso las peculiaridades de su lenguaje corporal.
Únicamente se diferenciaban en la personalidad. De algún modo.
—Él me odia.
—Perdona que lo ponga en duda; incluso si así fuese, no importaría. Es solo un programa
reactivo de enseñanza diseñado para satisfacer las necesidades individuales de cada estudiante. Sus
emociones y todo lo que dice son totalmente irrelevantes. No está programado para tener en cuenta
esas cosas.
Negué con la cabeza.
—Me está provocando.
—Te está motivando —contestó Ellison.
Y una mierda.
—Quien algo quiere, algo le cuesta —añadió mamá.
—Lo sé, de veras que lo sé, pero ha reseteado mi entorno de trabajo y ahora se encuentra
hiperestructurando mi tiempo. Me pongo enfermo cada vez que lo veo. No me importa si se trata de
una tecnología puntera; solo es un programa. Quiero un profesor normal, de carne y hueso. ¡Maldita
sea! ¿Es que pido demasiado?
—Es poco eficiente —dijo papá, alzando su voz hasta igualar el tono de la mía—. Cuando yo
tenía tu edad, habría matado por tener este programa de aprendizaje. ¿Te das cuenta de los años de
ventaja que lleva este plan de estudios al de las demás escuelas?
—Demasiada RVI —contesté crispado—. Demasiada y demasiado pronto. Me está alterando el
cerebro.
—Gabriel, estás a punto de graduarte —suavizó mamá—. Tienes que tener muy en cuenta este
hecho.
Dirigí mi mirada a los ojos de Ellison.
—¿Por qué no puede usted ser mi profesor?
—Mis días en la enseñanza se terminaron hace tiempo —se disculpó mi director—. Ahora
prefiero ocuparme de las funciones administrativas. —Hizo una breve pausa a fin de examinarme—.
Te diré lo que haré. Es evidente que estás preocupado. Te pondré en un programa más sencillo.
Reestructuraré tu entorno de trabajo y procuraré que Maestro no se acerque a ti durante un tiempo.
¿Qué te parece?
—¿A cambio de qué?
—Bueno, solo prométeme que estudiarás, que estudiarás mucho a partir de ahora. Al final de la
semana veremos cómo van las cosas y volveremos a evaluar todo a partir de ese momento.
—Me parece razonable —admití.
Así concluyó la reunión padres-profesor.
***
***
Simone.
Crucé el vestíbulo hasta llegar a su habitación, pero la puerta estaba cerrada y no habría
respondido a mis golpes. En realidad, no hubiera podido. No me habría oído.
Regresé a mi habitación. Cerré la puerta, eché la cadena, me remangué, inyecté el suero, me puse
los guantes y a continuación las gafas. Respiré profundamente y me dispuse a esperar.
Relájate y allá vamos.
Bienvenido a nuestro mundo, bienvenido a nuestro mundo...
Desaparecieron los símbolos de la composición de la RVI y lo primero que conseguí discernir fue
la silueta de mis gárgolas. Estaba delante de mi mansión/catedral y los ángeles descarnados
sobrevolaban mi cabeza. Ellison había decidido no destruir este mundo.
—Halloween —gritó una voz incorpórea—. Me alegra verte por aquí de nuevo.
—Ahora no, Nanny.
—¡Vaya unos modales! —gruñó.
Encontré a mi duende y alteré sus colores. Esta vez era plata y azul. ¡Bang! Surgió un escenario
náutico. Mar azul y brillante. Islas tropicales. Se podía oler la sal del mar e incluso la brisa marina. De
repente, escuché a una voz familiar decir:
—Espera un momento; estoy construyendo el Beagle.
¿Cómo dices?
Miré a mi alrededor, pero la conexión se estaba perdiendo.
—¡No oigo nada! —exclamé.
Me concentré en mi duende, aunque me resultaba casi imposible. La conexión continuó
fluctuando y al final se restableció. Una sensación de balanceo hizo que mis pies se levantaran del
suelo. Haciendo gala de una elegancia espontánea, traté de no perder el equilibrio y me di cuenta de
que me encontraba a bordo de un barco del siglo XIX. Se trataba de una corbeta en la que ondeaba, en
uno de sus mástiles, la bandera británica.
Y allí, apoyada en la barandilla, con aquella indumentaria anacrónica, una blusa abrochada hasta
el cuello y unos pantalones que le llegaban hasta los tobillos, Simone.
Me quedé observándola. Realmente tenía algo especial.
Era la gemela idéntica de Jasmine.
En aquel momento pensé: ¿Por qué demonios se tenía que parecer Simone a Jasmine?
Entonces me di cuenta de que era al revés. Simone era la original y Jasmine la copia. Recordé que
había creado una Simone falsa.
¿Por qué?
Porque...
Bueno, supongo que porque Simone era la única chica que me había gustado hasta entonces y
porque los sentimientos no eran recíprocos. Como mucho, éramos amigos. A raíz de mi frustración,
pedí a Nanny que hiciese una copia de Simone, un clon que me escuchase y que hiciese todo lo que se
me antojara. Que quede claro que era guapa, muy guapa. Quería a esa chica, no podía conseguirla, así
que le pedí a Nanny que creara a Jasmine. Ya está, ya lo he dicho.
Simone señaló detrás de mí, hacia mi casa. Flotando en medio de aquella vasta extensión de agua,
parecía evidente que estaba fuera de lugar, al igual que mi césped y los árboles.
—¡Nanny! Anula mi dominio —grité.
La casa desapareció. Todo lo que no encajaba desapareció.
Fue sencillo reconocer los componentes del nuevo escenario. A lo lejos, el Capitán FritzRoy y a
mi lado, el mismísimo Mr. Evolución, Charles Darwin. Estaba reviviendo aquel viaje memorable del
H. M. S. Beagle. Podía ver cómo se alejaban las islas Galápagos por la proa. Podía oír el sonido de un
pájaro carpintero a lo lejos. Nos encontrábamos, supuestamente, en el año 1832.
Esto era cosa de la RVI: estudia la teoría de la evolución con Charles Darwin. Habla con Einstein
mientras formulaba por primera vez la Teoría de la Relatividad. Vive las Cruzadas con el rey Ricardo
III. En teoría, todo esto suena muy bien, hasta que te das cuenta de lo limitados que son todos estos
personajes. Limitados por la imaginación de los programadores. Todos los alumnos habíamos estado
muchas veces en este tipo de escenarios. Pero a los tipos de la Gedaechtnis parecía no importarles.
Maestro seguía presionándolos con respecto a nosotros, del mismo modo que una madre judía te
obliga a repetir el plato de comida.
Al menos así sucedía aquí.
A Simone le tocó estar en el agua mientras que a mí me adjudicaron el bosque. Cuando
necesitaba desconectar de los estudios, Simone solía protagonizar «excursiones mágicas de
submarinismo que purificaban cuerpo y mente» (tal y como las describía Laz), y solía hacerlo tanto en
un paraíso virtual como en un lago normal y corriente como el de Idlewild. Recuerdo que me invitó en
una ocasión. Fiji. Laz también vino con nosotros. Se podría decir que eran una pareja o casi una
pareja, o lo que coño fuesen por aquel entonces, pero como fui incapaz de controlar toda la ristra de
improperios que salió de mi boquita, decidieron no invitarme nunca más.
—Hacía tiempo que no nos veíamos —dijo ella.
—Sí, mucho.
—Todavía sigo enfadada contigo —me advirtió.
Debimos de haber dejado las cosas un poco tirantes. ¿Discutimos?
—Me andaré con cuidado —le dije.
—Espero que lo hagas.
—En serio, no recuerdo por qué nos peleamos.
—Tienes una memoria un tanto selectiva. Muy bonito —dijo ella—. De acuerdo, olvidémoslo.
Esta vez necesito que me ayudes. ¿Puedes esperar un momento?
—Claro. —Entonces observé cómo desaparecía bajo la cubierta del barco.
—Querido niño, ¡qué alegría verte de nuevo! —dijo Darwin.
¡Agh!, pensé. Pero estreché su mano.
—¿Cómo van los estudios? —preguntó.
—Estoy pensando en abandonar la escuela —le confié.
Se mostró preocupado.
—No deberías hacerlo —afirmó—. No dejes que la presión te supere. Quédate y ¿quién sabe lo
que conseguirás?
—Si no recuerdo mal, tú mismo abandonaste los estudios — le espeté.
Darwin me sonrió con un aire de petulancia.
—Aunque me gustaría influir en tu decisión con mi ejemplo, debo confesar que esa es una
decisión que he lamentado mucho.
—No, no lo has hecho —le contesté enfadado—. Ibas a dedicarte a la medicina pero dejaste los
estudios porque odiabas hacer disecciones y viste cómo un estúpido incompetente le realizó una
chapuza de operación a un niño. Pero aquí estás en una puta escuela donde se prepara a futuros
médicos y en la que no has sido programado para mostrar escepticismo alguno sobre la profesión
médica. Has sido programado para mentirme.
Darwin exhibió una sonrisa forzada.
—¿Cómo dices? No te entiendo.
—¿Acaso tienes idea sobre todas las disecciones virtuales que he tenido que realizar aquí?
—Virtuales —señaló—. No reales.
—¡Fuera de mi vista, impostor! —le dije—. Tú no eres el verdadero Charles Darwin; él fue un
gran científico y un gran defensor de los derechos humanos y tu lamentable trasero es tan solo un
compuesto de RVI. Mírate. Darwin tenía 22 años cuando emprendió su famoso viaje en el Beagle y tú
debes tener... ¿Cuántos? ¿Cincuenta y tantos? El verdadero Darwin no desarrolló su Teoría de la
Evolución hasta mucho después de haber estado a bordo de este barco y ahora vienes tú a decir todo
tipo de estupideces sobre este tema, veinte años después de haberse publicado El origen de las
especies. Y perdona, pero debes de pensar que estamos en el año 1832, pero por casualidad me he
enterado de que ya han pasado dos siglos y medio desde entonces. ¿Tienes algo que decir a todo esto?
—Tienes un sentido del humor formidable —me dijo impertérrito y riendo a carcajadas—. No
había manera de hacer cambios al Darwin de la RVI. La irritación no figuraba en este programa.
—Bien, sí que tengo algo que decir—continuó—. ¿Sabías que una de las variedades del gusano
Rhagoletispomonella no infestó las manzanas hasta...?
—Nanny, configura a Darwin otra personalidad —dije.
—A ti te daría yo una distinta si pudiera —me contestó en forma de reprimenda.
Simone regresó con algo en sus manos. Trataba de ocultarlo a la vista (¿Un regalo sorpresa?
¿Para mí?) y pude vislumbrar en sus ojos una sensación de inquietud que nunca antes había visto.
—No hay nada como el Beagle, ¿verdad? —me dijo.
Me encogí de hombros. Claro. No conseguía entender a qué venía ese tipo de comentario.
Simone me miró: ¡Sigue el juego!
—Es cierto, ¡no hay nada como el Beagle! —exclamé.
Se acercó a mí. Resistí la tentación de dar un paso hacia atrás.
—A veces vengo a este lugar para relajarme —me explicó.
—Lo sé —le contesté.
—Las nubes son bonitas —me dijo.
—Mucho.
—No sé cómo usarlo —me susurró—. Enséñamelo, por favor.
Entonces me di cuenta de que la razón para ocultar el objeto que guardaba entre sus manos no era
yo, sino Nanny, Maestro y todo el personal de la Academia. Contrabando. Recuerdo habérselo
entregado hace varios meses. Simone me dijo que nunca lo utilizaría; incluso llegó a insultarme y a
acusarme de querer meterla en problemas. La llamé enchufada y la emplacé a disfrutar de su vida
aburrida y carente de riesgo alguno. Una estupidez por mi parte. Pero al final decidió guardar aquel
objeto. Ahora quería utilizarlo, y eso significaba que le había sucedido algo. Había sucedido algo que
habría hecho que se pareciese un poco más a mí.
—Botón rojo —le indiqué.
Lo apretó y... ¡Bum!... Una maravilla de problema técnico, una visión borrosa, imágenes que se
desvanecían ante nuestros ojos. Una explosión espectacular de caos en un mundo programado.
Cogí el inhibidor que tenía en sus manos.
—Disponemos de un par de minutos de privacidad antes de que el sistema comience a
autocorregirse —le dije.
—¿De verdad has sido capaz de crear esto?
—Lo codifiqué con Mercutio —le dije, tratando de hacer memoria. Hace varios meses, creo—.
Entramos en la oficina de Ellison y pirateamos el sistema. Lo que hicimos no podía causar mucho
daño, pero...
—¿Estás seguro de lo que estás diciendo? ¿Estás seguro de que no causasteis un daño mayor? —
preguntó ella.
—Lo suficiente como para crear inhibidores y unas cuantas salidas. ¿Por qué lo preguntas?
Jasmine me miró fijamente.
—¿Qué? ¿Qué sucede?
—A Lázaro le ha pasado algo —me dijo.
—Sí, lo sé. Se ha graduado.
—No. Eso es lo que todo el mundo piensa —insistió—, pero ha sucedido algo y ahora la escuela
está intentando taparlo. Sé que parece una paranoia, pero él me lo habría dicho. Hubiera venido
inmediatamente a darme la buena noticia. Pero no lo hizo; en lugar de eso, desapareció.
Completamente. Llamé varias veces a sus padres por teléfono, pero nadie contestó. También llamé a
la Gedaechtnis, pero tampoco hubo suerte. Nada. Se ha convertido en una especie de fantasma.
—Simone, probablemente...
—Déjame terminar, por favor. He estado haciendo algunas averiguaciones y he encontrado una...
una... ¿Cómo se dice? Una huella dactilar. He conseguido averiguar cuál fue su última localización
dentro de la RVI, el último sitio en el que estuvo, el lugar en el que desapareció sin dejar rastro, y he
descubierto algo en aquel lugar, Hal, algo que no había visto nunca.
—¿Algo que creó el propio Lázaro?
Simone asintió con la cabeza.
—Está bien —dije—. Me gustaría verlo. —La borrosidad comenzó a desaparecer: nuestro tiempo
de privacidad se estaba agotando rápido.
—¿Y qué pasa contigo? ¿Qué es eso de que padeces amnesia?
—¿Cómo dices?
—En la escuela circula un rumor referente a que te sucedió algo y ahora no puedes recordar nada.
¿Es verdad o se trata de otra broma estúpida?
—Otra broma estúpida —le dije sonriente.
—¿Acaso piensas que soy una paranoica?
—No.
—¿No te has parado a pensar que algo muy extraño está sucediendo?
—Nunca te había visto así antes —le dije—. La verdad es que estáis todos muy susceptibles. Ese
es mi trabajo, hacer que os sintáis así.
—Halloween —dijo ella—, ¿qué coño está sucediendo?
—Trata de no ponerte nerviosa. Estoy seguro de que... —De repente no me salían las palabras.
¿Seguro de qué? ¿Seguro de que tu amigo se encuentra bien y está hecho un dandi? Apuesto que
no.
—... Llegaremos al fondo del asunto —acerté a decir. Quise guiñarle un ojo para transmitirle un
poco de tranquilidad, pero no pude hacerlo. Hubiera pensado que estaba intentando ligar en un
momento de pánico. Suyo, claro, no mío. Aunque yo también comenzaba a sentirme aterrado. Si
hubiese asesinado a Lázaro, ahora mismo me encontraba aquí, en este lugar, tratando de esclarecer mi
propio crimen. ¡Con Simone! ¡Ja! No podía confiar en ella, ni en mí mismo, lo suficiente para ser
sincero. Mi cara estaba pálida, aunque por dentro estaba riendo la risa de los condenados.
—¿No querrás utilizar esto demasiado a menudo? —le pregunté, mostrándole de nuevo el
inhibidor—. Ellison está eliminando los fallos técnicos y probablemente sea cuestión de tiempo que
dé con esto.
—No me importa lo más mínimo. Me están mintiendo, lo sé. Así que si me cogen, ¿qué?
—Eres una chica muy valiente. Quizá no seas una pelota —le dije.
—Y quizá tú no seas tan zoquete como pensaba —me contestó.
La borrosidad desapareció por completo. La Nanny de Simone (con un ligero acento francés) y la
mía (la pesada de Mary Poppins) preguntaron a la vez:
—¿Va todo bien?
—¿Qué ha sucedido? —preguntó Simone, inocente.
—Se ha producido otro daño menor en la RVI, ¿qué te parece? —le dije—. Este lugar se está
viniendo abajo.
De repente apareció un duende. Simone alzó su mano con la intención de proteger sus ojos.
—¿Te apetece hablar con Fantasía?
—La verdad es que no tengo muchas ganas —contesté.
Decidimos ignorarla.
—Se ha pasado todo el día atacando a la gente. Incluso a aquellos de nosotros que no queremos
jugar vuestro juego.
—Está liberando toda su agresividad. Probablemente sea bueno para ella.
—Mmm. ¿Quieres que nos vayamos de este lugar? —me preguntó, pero no esperó a que le
respondiera—. Nanny, al puente de Chinvat, por favor.
Todo lo que había a nuestro alrededor comenzó a retorcerse y a girar. ¡Guau! ¿Habéis visto eso?
Unas montañas perfectas, las montañas de Platón, la apoteosis de las montañas, iluminadas por la
aurora boreal. Majestuoso, audaz e imponente. Estábamos a tiro de piedra del monte Olimpo.
Estábamos colocados en un acantilado de una altura descomunal. En su borde, un puente de madera se
extendía kilómetros y kilómetros hacia el infinito. Aquel ambiente estaba empapado de un halo
mágico. Había pájaros blancos y espinos en flor. Aquella maravilla había sido forjada por una
creatividad que nunca antes hubiera acertado a pensar que Lázaro poseyera.
Y todos aquellos detalles. Cuesta muchísimo diseñar un lugar RVI de la nada. La mayoría de mis
creaciones eran simples copias de otros dominios ya creados. Un arco de catedral por aquí, unos
cuantos sauces llorones por allá... Pero esto, esto había sido construido de la nada; cada escenario
había sido diseñado cuidadosamente. Debió de tratarse de una tarea ingente, igual que las piscinas de
mercurio de Vashti o las pirámides invertidas de Isaac.
Los zoroástricos piensan que cuando una persona muere, su alma sigue viva. Durante tres días, el
alma deambula por la Tierra —una buena ocasión para hacerse visible, pensé— antes de ir a parar a
su destino final en Chinvat, el puente del Juicio. Una interpretación muy interesante, sin duda. ¿Qué
pudo haber sentido Lázaro cuando creó este lugar? Era una persona muy religiosa, o eso decía. Me
pregunto si sabía que iba a morir.
—¿Cuándo construyó este lugar? ¿Hace poco?
—Hace algunos años —dijo ella—. Le gusta venir aquí. Le ayuda a pensar.
—¿Es aquí donde se relaja?
Asintió con la cabeza.
—A veces venimos aquí de picnic —me aclaró.
Fabuloso. Ahora me los estaba imaginando a los dos compartiendo su amor debajo de una manta
y mirando a las estrellas.
—Precioso —dije.
No sé si se dio cuenta o no de mi sarcasmo, pero no conseguí disuadirla.
—Vinimos aquí hace justo una semana. Lázaro me enseñó a sobrevivir a un ataque de cocodrilo.
—Suena realmente romántico.
—No lo entenderías.
Desde luego que no. No me estaba refiriendo al cocodrilo (basta taparle los ojos y darle un golpe
seco en el hocico), sino que, por lo que a mí respecta, no lograba entender qué había visto Simone en
Laz. Estaba seguro de que él era una persona inteligente, creativa, compasiva y físicamente atractiva.
¿Pero y qué? ¿Qué coño importaba? Lázaro era un maldito arrogante que no merecía su amistad, y
mucho menos su afecto o... o...
No está enamorada de él, pensé. No puede estarlo.
Dejé escapar un suspiro de desesperación y me dispuse a otear el horizonte en busca de algo fuera
de lo común. Nada de nada.
—Bueno, ¿y dónde está el fuego? —le pregunté.
Jasmine señaló al puente.
—De acuerdo. —Me acerqué un poco más al borde. Me pregunté si aquella cosa destartalada
conseguiría soportar mi peso.
De repente un espectáculo de luces comenzó a iluminar el lugar en el que me encontraba; tenían
un efecto relajante y tranquilizador, pero a la vez me producían una sensación fantasmagórica.
Escuché el repicar lejano de unas campanas. Fuera de los dominios de este glorioso nimbo, se
materializó una mujer alta vestida completamente de blanco. Poseía una belleza hipnótica que no era
de este mundo. Qué ojos tan dulces, pensé. Aquellos ojos estaban completamente vacíos.
—Yo soy tu conciencia —me anunció.
—¿Qué coño estás diciendo?
—Es normal —dijo Simone—. Los zoroástricos creen que un guía, un espíritu guía...
—... se aparece en el puente de Chinvat para guiar en su viaje a aquellas almas que deben partir.
Lo sé, de veras.
—Por supuesto que lo sabes —dijo ella—. Qué tonta soy. —Echó un vistazo a aquella belleza
virtual que la rodeaba y me obsequió con una leve sonrisa que me pareció un tanto extraña—.Yo la
llamo Trixie.
—¿Trixie?
Simone se encogió de hombros.
—Es un nombre que le pega.
—Muy interesante —le dije.
—¿A qué te refieres?
—A dos cosas. Primero, que él la hiciera tan bella. Un poco arrogante, ¿no te parece? Según las
Escrituras, si llevas una vida honrada y recta, tu espíritu guía será una joven doncella. Si por el
contrario decides llevar una vida pecaminosa, la joven doncella se transformará en una arpía
horrorosa. A juzgar por los ojos tan dulces que tenemos aquí, parece que nuestro Lázaro tenía una
opinión asquerosamente buena sobre sí mismo.
—Y con razón —me contestó, cruzando sus brazos a modo defensivo.
—Sí, en fin, solamente quería decir que me parece muy interesante.
—¿Y qué hay de lo segundo?
—Lo segundo que me llama la atención es que no te utilizara de modelo para crear a esta joven
doncella. —¡Ajá! ¡Touché! Y continué presionándola—: ¿Es tu novio, no? ¿En qué estaba pensando?
Pensé que iba a mirarme con cara de pocos amigos o a quedarse completamente callada o a
enfadarse conmigo, pero solo se rió y eso, de algún modo, era peor.
—¿Cómo? ¿Crear un clon RVI de mí? ¿Por qué iba a querer hacer eso? —me preguntó—. Él ya
tiene a la verdadera.
Abrí la boca, pero no conseguí articular respuesta alguna. Me sentí como un estúpido.
—Trixie no es real —me explicó, como si yo fuese un niño pequeño que no entendiera de qué iba
todo aquello, y a medida que iba dando más detalles sobre lo estúpido que resultaba sentirse celoso de
un personaje de ficción, levanté mi mano en un intento desesperado por decir: «Ya lo sé, no tienes por
qué explicármelo». ¡Maldita sea!
Puse un pie sobre aquel puente e hice presión para comprobar su resistencia. Por el momento,
todo bien. Al percibir mi movimiento hacia delante, Trixie se dio la vuelta y comenzó a flotar en el
aire como un fantasma, deslizando los dedos de sus pies por aquellos trozos de madera como si tratase
de limpiarlos. Un truco muy hábil. Entonces comencé a jugar a «lo que haga la madre». Simone se
acercó por detrás y clavó su mano sobre mi hombro para tratar de no perder el equilibrio.
Vida después de la muerte zoroástrica en una cáscara de nuez: Debes andar a lo largo del puente
Chinvat, también conocido como el camino de la Verdad o el puente del Juicio. Este puente o camino
conduce hacia el Cielo. Si consigues atravesarlo, pasarás a la vida eterna. Para los creyentes resultaba
una empresa relativamente sencilla, mientras que para los malos el puente era tan estrecho como un
cabello y el atravesarlo resultaba una tarea muy peligrosa. Un pequeño resbalón e ibas a parar a El
Otro Lugar.
En mi caso, el puente era lo suficientemente amplio como para permitirme avanzar con cierta
sensación de seguridad, aunque, por otro lado, me parecía tan alto que comencé a sentir una profunda
sensación de vértigo. Me recordó a la metáfora del vaso medio lleno o medio vacío. Todo depende de
la percepción.
¿No me había dicho eso Lázaro en alguna ocasión? ¿Todo depende de la percepción?
No, no era así, sino: «Buenos pensamientos, buenas palabras y buenas acciones». Eso es lo que
solía decir, un mantra que no paraba de repetir. Recuerdo que lo dijo aquella vez que trató de
golpearme con una maza de polo en la cabeza.
Algo se mueve.
—¡Aquí! —dijo Simone—. ¿Lo ves?
Vi una especie de araña translúcida del tamaño de un cocker spaniel. Qué extraño. Parecía una
criatura lovecraftiana. Continuaba deslizándose por el puente, mientras se balanceaba hacia un lado,
recobraba el equilibrio después y volvía a balancearse de nuevo. Así una y otra vez.
Sentí que Simone agarraba mi hombro con más fuerza.
—¿Qué se supone que está haciendo?
—Dar tumbos en la oscuridad —contesté.
Los pies de Trixie pasaron rozándola. En el punto de contacto observé una breve oscilación de
ceros y unos. Hmm. Conseguí liberarme, aunque no sin esfuerzo, del brazo de Simone para verla más
de cerca.
—¡Cuidado! —me advirtió.
—Nanny —dije—, ¿acaso es una daga lo que está delante de mí?
—¿Una daga?
Está claro que Shakespeare no era lo suyo. Tuve que ser más preciso:
—¿Qué es lo que tengo delante de mis narices?
—Un puente.
—No me refiero a eso.
—Una mujer flotando en el aire.
—A eso tampoco.
Pausa.
—No sé a qué te refieres, Halloween. ¿Podrías ser más explícito?
Simone se dio cuenta de cuál era mi propósito y me lanzó una de esas miradas de aprobación.
Nanny no puede ver aquella especie de araña. O no querrá admitirlo.
No podría decir que aquella cosa estuviera ahí plantada para asustar a la gente. La verdad es que
estaba de lo más tranquila. Sin embargo, sabía que Lázaro no había diseñado aquel engendro; no
encajaba con el entorno. Diez patas, no ocho. Movimientos mecánicos, de apariencia orgánica. Y aun
así cristalina. Podría haber sido esculpida a partir de un pedazo de hielo viviente.
Me agaché y comencé a llamarla. Como si se tratara de Whisper.
Me ignoró.
Decidí acercarme un poco más, muy despacio, hasta alcanzarla y tocar su tórax con mi dedo.
—¿Es una de tus criaturas? —preguntó Simone.
¿Una de mis criaturas? ¿Se refiere a si la he diseñado yo? No, no lo creo. Pero, de haberlo hecho,
¿qué podría significar? ¿Que estaba involucrado en la desaparición de Lázaro? Y si hubiera contestado
que sí, ¿me habría golpeado su novia con la intención de arrojarme por aquel puente?
—Es la primera vez que la veo —le dije—. Palabra de scout.
Contacto. Cuando la toqué, la araña dejó de moverse. Justo a mitad de su deslizamiento. Sentí un
cosquilleo en la yema de mi dedo. Me resultaba, en cierto modo, familiar. Un profundo escalofrío
recorrió todo mi cuerpo. Entonces apreté con más fuerza y sonreí a medida que mis dedos se
confundían con los iconos.
Parecía como si estuviese accediendo a mis archivos personales.
Pude acceder a los archivos, pero no eran los míos. No los había visto en mi vida. Estaban
escritos en un código binario (ceros y unos). Me di cuenta de que era capaz de interpretar la primera
línea; sin embargo, lo demás me sonaba completamente a chino: un código dentro de otro.
«Pace», rezaba la primera línea. La pronuncié en voz alta.
Simone la interpretó. Reaccionó. Fue a coger su inhibidor.
Pude ver lo que estaba haciendo por el rabillo del ojo e hice un gesto de negación con la cabeza:
ahora no.
Lo activó de todas formas.
—¡Demasiado pronto! —dije—. Ahora van a saber lo que estamos haciendo.
—Pues que lo sepan.
La araña de cristal levantó su cabeza y se pavoneó socarronamente. ¿Quería sentir la brisa? A mi
parecer, sentía intriga por aquella borrosidad repentina en la atmósfera, el fallo en el sistema y todo el
daño que había causado el inhibidor.
—Pace es un programa, igual que Mae$tro —afirmé—, pero se trata de un programa oculto que
se mantiene en la sombra. Está camuflado, por así decirlo.
—Es cierto. Recuerdo que el doctor Ellison nos lo explicó en las clases de orientación.
—Y a juzgar por el código de llamada, diría que se trata de una representación de Pace, de un
avatar. ¿Qué está haciendo aquí?
—Está buscando pistas —razonó Simone—. Eso es lo que hace.
—¿Qué sabemos acerca de él?
—Investiga. Pone orden. Se asegura de que todo funcione tal y como debería hacerlo.
—Y lo hace con cierta regularidad.
Jasmine asintió entusiasmada con la cabeza. Había un brillo especial en sus ojos.
—Está tratando de averiguar qué ha pasado con Laz, igual que nosotros.
Debo decir que no me gustó nada aquella afirmación. La araña me persigue, pensé.
—Me temo que probablemente ahora esté tratando de averiguar la localización de tu inhibidor —
le dije, a la vez que sacaba mi mano—. Provocar a este bicho en este lugar es como ponerse a dar tiros
en medio de una comisaría de policía.
—Deja de quejarte, Hal. Estamos avanzando. Está claro que algo extraño ha sucedido con Lázaro
porque de no ser así, Pace no estaría en este lugar. ¿Pero por qué es este, precisamente, el lugar más
apropiado para investigar? ¿Y por qué Nanny se mostró reacia a reconocer su existencia?
—No tengo la menor idea.
—Es una conspiración —dijo Jasmine—. Exacto, eso es. Sabemos que ha sucedido algo
espantoso. Ahora quizá ellos no sepan cómo sucedió exactamente. Desconocen parte de los hechos.
Quizá Lázaro se encuentre herido en alguna parte, ¡Dios!, quizá en coma o algo peor, y están tratando
de averiguarlo para procurarse algún tipo de defensa legal. Para eliminar todo indicio de culpabilidad.
Y hasta que no tengan todas las piezas en su sitio no nos dirán absolutamente nada.
—¿Crees que Ellison es el responsable de este encubrimiento?
—Seguro, ¿quién si no?
—Tiene a Maestro, a nuestras Nannis, a Pace..., todos le obedecen.
—Tienes razón.
—Quizá sea así —dije—. Pero puede que estés reaccionando de una forma un tanto exagerada.
Seguro, Pace está aquí y eso es muy extraño, pero esto no significa, ya sabes... no significa que haya
sucedido nada malo.
—Entonces, ¿por qué tu Nanny no reconoció a Pace?
—Quizá no lo sabía.
—¿Qué quieres decir? —preguntó ella—. ¿Acaso no podía verla?
—Pace es un programa oculto. Nunca antes había sido consciente de su existencia. Quizá su
misión ahora sea averiguar qué pasó con Lázaro o quizá no, pero creo que para Nanny es un ente
invisible.
—Eso sería incluso más extraño. Es como afirmar que la mano izquierda no sabe lo que está
haciendo la derecha.
—No me sorprendería lo más mínimo en este lugar.
—Entonces, quizá Pace sea el único programa que detecta cuándo algo va mal. En cualquier caso,
tiene que ser la clave. ¿Cómo puedo comunicarme con él?
—No lo sé.
—Debe de haber alguna manera de establecer contacto manual. La araña es solo una
representación, un punto de acceso. Solo hay que introducir la mano y...
—Simone, está codificada.
—Sí, pero por suerte conozco a uno de los mejores piratas informáticos de la ciudad.
—¿En serio? No sabía que conocías a Mercutio.
—Me refiero a ti, chico gótico.
—¿Chico gótico?
—¿Puedes descodificarla?
Me encogí de hombros.
—Quizá. —Y pensé: Si consigo entrar en Pace, quizá pueda averiguar si realmente maté a
Lázaro y encubrir todas las pistas—. Sí, está bien.
—¿En serio?
—Voy a probar.
Agradecida, echó sus brazos a mi cuello. Me hizo sentir tan bien —incluso a pesar de que se trató
de un simple abrazo de amigos— que no me di cuenta de que perdí el equilibrio y estuve a punto de
provocar que cayésemos ambos de aquel puente, precipitándonos hacia el mismísimo infierno.
***
***
***
Quizá Pace tenga la respuesta. Coloqué el programa en el sitio correspondiente (la chiquita pero
matona y el falso Lázaro desaparecieron tras un simple plof) y me dispuse a sacar la mano del
rectángulo. En esos momentos me fijé en que «Doom» estaba allí guardado. ¿Se trataba de otro juego?
No podía ubicarlo. La curiosidad sacó lo mejor de mí y con el toque suave de mi dedo anular me
dispuse a activarlo.
Al principio parecía una mancha de tinta, esparcida sin ningún cuidado delante de mí, como si se
tratase de un error de impresión. Aun así, aquella cosa comenzó a inflarse rápidamente hasta
convertirse en un hombre de unos 150 kilos. Un peinado en copete color negro azabache; vestimentas
color negro azabache, unas gafas protectoras contra rayos ultravioletas, color negro azabache también.
Ciento cincuenta kilos, fácilmente, y estaba tan pálido como la cera.
Miró a su alrededor y esgrimió un grito descomunal. Comenzó a tambalearse hacia atrás y a
perder el equilibrio. Sus manos trataban de protegerle el rostro, su cuerpo se agitaba convulsivamente
y su piel comenzó a cubrirse de ampollas causadas por la luz que entraba a través de las ventanas del
aula.
—¡Por los clavos de Cristo! —gritó—. ¡Baja esas persianas!
Una vez hube procedido a dejar a oscuras la habitación, se incorporó de nuevo, tosió
convulsivamente y se sacudió el polvo.
—¿Qué te propones? —me preguntó, frunciendo el ceño—. ¿Dejar huérfanos a mis hijos?
—Eres un vampiro —le dije.
—¿Y qué?
—Estás gordo —añadí.
—Una observación muy perspicaz —me dijo con una sonrisa burlona en el rostro—. Soy un
vampiro gordo porque soy sangrientamente bueno en lo que hago. —Se golpeó el estómago y sus
labios se curvaron para emitir un gemido, dejando a la vista un colmillo repugnante.
Era mi último vasallo, Aloicius Doom, Vampiro de los Pantanos.
Fue mi primera creación en la RVI. Amigo, compañero de juegos, mayordomo. Un buen hombre.
Pero cuando la pubertad me sorprendió lo cambié por Jasmine. No puedo decir que me arrepintiera de
ello (Simone era, evidentemente, mucho más guapa). Sin embargo, Doom me fue siempre fiel. Nunca
me mordió, ni una sola vez.
—Ahora te recuerdo —le dije.
—Ya era hora —gruñó, restregándose arrepentido las ampollas de sus manos y muñecas—.
¿Tienes algún trabajo para mí, señor? Estoy sediento.
Era hora de planear la fiesta que había anunciado anteriormente.
—¿Qué tal se te da servir bebidas?
—Oooh. —Puso una cara avinagrada—. Quieres que haga de camarero, ¿no es así? Mmmm. Y
¿no puedo matar a nadie?
—No.
—No puedo matar. ¿Y mutilar?
—Tampoco.
—¿Ni siquiera puedo producir una pequeña sangría?
—Después —le prometí—. Siempre y cuando te portes bien.
—¡Soy el mejor! —se jactó—. El mejor de los mejores.
Aloicius sacó un pin de color naranja y negro de su bolsillo con forma de mariposa monarca, mi
símbolo. Se lo fue pasando de un dedo a otro haciéndolo rodar como si se tratase de un dólar de plata y
a continuación se lo colocó en el pecho.
—De nuevo en hora —dijo.
«Monstre», palabra que proviene del francés antiguo; hace referencia a un tipo de mensaje
divino, a una señal milagrosa de Dios. De aquí procede la palabra inglesa «monster», lo cual resulta un
tanto irónico. ¿Quién se va a creer que los monstruos proceden de Dios?
Pienso que es posible tomarle la medida exacta a un hombre según el tipo de monstruo que le
guste. A mí me encantaban los vampiros. En realidad, todos los monstruos tradicionales, pero sobre
todo los chupadores de sangre. Son criaturas que entregan su alma con el propósito de vivir para
siempre. Aunque se trate de un negocio, si te da miedo morir, es un buen trato.
Según la leyenda, los vampiros se congregan entre la tierra de los vivos y la de los muertos. De
hecho, existe una barrera entre ambos mundos y, a medida que los días se van acortando, la barrera va
desapareciendo. ¿Y qué día está más estrecha la barrera? ¡El día de Halloween!
Así que después de haber elegido mi nombre tuve que rodearme de vampiros. Durante años,
chuparon la sangre de los ciborgs de Tyler, las médulas de los goblins de Mercutio y el icor tóxico de
los smileys de Fantasía. Lo único que hacían era chupar todo el tiempo, lo que viene a decir que no me
asustaron nunca más. Los dejé atrás.
Tres maneras de sentir miedo, pensé al recordar una de mis viejas teorías...
Los monstruos tradicionales se aprovechan de las tres maneras que existen de sentir miedo.
Primero, rememoran a los depredadores que perseguían a nuestros antepasados. Los colmillos de
un vampiro consiguen causar tanto terror como los de un lobo. Este tipo de miedo se denomina miedo
externo, el miedo a la Bestia.
Segundo, evocan agresiones y perversiones humanas. El vampiro tiene apariencia humana y, sin
embargo, devora a los hombres. En este caso se pueden apreciar indicios de canibalismo, nuestro tabú
más ancestral. A este tipo de miedo se le llama miedo interno, miedo a la Bestia Interior.
En tercer lugar, tenemos miedo de transformarnos en la Bestia. Un mordisco casual de un lobo
puede hacer que te conviertas en una criatura sanguinaria. El doctor Frankenstein podría reanimar tu
cadáver mediante un relámpago y una apropiada combinación de sustancias químicas podrían
convertir al bueno del doctor Jekyll en el diabólico Mr. Hyde. Nos da miedo la capacidad que tienen
los monstruos de hacer el mal, porque la podemos percibir en los corazones de las personas.
Los monstruos de Lovecraft son radicalmente opuestos. Son alienígenas. Sus motivaciones son,
en buena medida, incognoscibles. Nos causan terror (a mime causan terror) porque suscitan la
posibilidad paranoica de que algo oscuro e inescrutable pretende destruirnos sin razón aparente, o por
razones que nunca llegamos a comprender, puesto que si lo hiciéramos, nos volveríamos locos.
Por esta razón decidí transformar a mis vampiros sirvientes en monstruos lovecraftianos. Ahora
lo recuerdo: lo hice justo antes de mi viaje a Fiji. Hice el ridículo delante de Simone y decidí volver a
la escuela para leer a Lovecraft y crear mis propias criaturas extraterrestres. No sé por qué lo hice, no
lo recuerdo con exactitud. Pero el hecho de haber perdido la memoria y de haber recuperado poco
después parte de ella puede ayudar a ver las cosas desde una nueva perspectiva. Para ello tienes que
empezar por conocerte a ti mismo lentamente, como si fueses el personaje de un libro que estuvieses
leyendo. Poco después, se va configurando un paisaje psicológico mientras que las fuerzas que lo
determinaron parecen quedar plasmadas en el propio terreno.
Corté el archivo «Doom» de mis archivos auxiliares y lo volví a pegar en mi directorio principal.
La fiesta iba a dar comienzo para todos ellos mientras yo me ponía a trabajar con Pace.
***
Una vez de vuelta en el enigmático y ventoso puente de Chinvat, descubrí que Pace tenía otros
planes. El programa no quería ser inspeccionado. Cada vez que conseguía descifrar una línea,
generaba, de manera totalmente espontánea, un nuevo código. Era desalentador, como cortar la cabeza
de la Hidra y ver que surgen otras dos. Por otro lado, el fantasma de la araña no podía estarse quieto.
Iba deslizándose por aquel puente tembloroso, obligándome a seguirla vacilante a cuatro patas, igual
que un borracho nauseabundo en busca de un aseo.
Fuese cual fuese el secreto que escondía Pace, estaba claro que quería mantenerlo a toda costa.
«A la mierda», me dije. Debe de haber un modo de darle el toque definitivo y de romper los
sistemas de protección, aunque eso llevaría algún tiempo. Tenía que dar una fiesta en apenas una hora.
Y también tenía una trampa que colocar.
***
Pandora fue la primera en llegar. Un destello amarillo y negro, como el de un abejorro, iluminó
mis gárgolas y allí se encontraba ella, junto a mi puerta de nueve candados. Puse a mi duende en modo
automático; eso permitiría que mis huéspedes viniesen y se fuesen cuando quisieran; también
conseguiría anular todos sus dominios a medida que fuesen entrando.
Pandora me lanzó una mirada fulminante.
—Pensaba que se trataba de una fiesta de disfraces.
Yo llevaba puesto un traje negro.
—Lo es.
—¡Ah!, tú vas vestido de director de pompas fúnebres.
—Efectivamente, señora. A sus pies. —Hice una reverencia.
Pandora había elegido para la ocasión un traje muy original hecho de filamento de tungsteno que
se iluminaba cuando ella quería.
—¿Vas vestida de bombilla? —le pregunté.
—¡Casi! —me dijo sonriente—. ¡Voy vestida de idea genial!
Pandora procedía de una adinerada familia brasileña. Su abuelo era el dueño de una cadena de
clínicas de cirugía estética. «La princesa de Sao Paulo», solía llamarla Mere. Ella odiaba que la
llamasen así; su único deseo era encajar en nuestro grupo.
La cogí de la mano y la conduje hasta el salón. Ángeles descarnados vestidos con camisas
hawaianas le ofrecieron un trozo de piña servido a modo de brocheta y unos hors d'oeuvres de nueces
de macadamia, mientras que otros se dispusieron a colocar unos cuantos fragantes leis alrededor de su
cuello.
—Aloha —dijo ella—. ¡Qué divertido!
—¿Esa es Pandy? —quiso saber mi barman.
—¡Claro que lo es! —gritó ella. Corrió hacia Doom y se abalanzó sobre él, envolviendo sus
brazos firmemente alrededor de su contorno. Él dejó escapar una leve tos.
—No se te ocurra morderme, viejo vampiro.
—¿Ni siquiera un mordisquito?
—Bueno, quizá más tarde. Hal, ¡has recuperado a Doom! ¿Dónde lo has escondido durante todo
este tiempo?
—¿Un Bloody Mary? —le ofreció Doom.
—Lo has servido en un coco—dijo, poniendo cara de asombro.
—Quería darle un toque tropical —explicó Doom—, pero...
—... pero te has cargado el Bloody Mary —concluyó Pandora—. Ya me acuerdo. —Y tras un leve
movimiento de sus rizos color azabache, le devolvió la bebida.
De haberse tratado de bebidas alcohólicas reales, la Gedaechtnis nos habría llamado la atención,
pero las bebidas virtuales no podían hacernos daño alguno. A no ser que se piense que sí: el poder de
la sugestión y todo eso. El sabor es idéntico. De todas formas, a Ellison no le importaba la apariencia
de transgresión y me imagino que pensaba que el hecho de fingir que estábamos comportándonos mal
no podría hacernos ningún daño, o que incluso podría contribuir a mejorar la moral de la clase.
Un pequeño detalle: había pirateado el sistema con uno de mis antiguos archivos auxiliares. Una
pequeña modificación en el programa de asistencia vital produciría un efecto químico muy similar al
de una intoxicación. Hice que todas las bebidas estuviesen muy cargadas y no paré de ofrecérselas a
todo el mundo durante toda la noche. Ese era mi plan: que todos se sintiesen felices y relajados para
que me mostrasen sus verdaderas cartas.
Saqué dos cigarrillos de clavo y ofrecí uno a Pandora. Ella se deshizo de Doom y se inclinó para
que se lo encendiera.
—Mejor, mucho mejor —dijo tras darle una calada.
—¿Interrumpo algo? —preguntó mi segundo invitado. Estaba de pie junto a la puerta, con sus
cejas arqueadas, una mano sobre la cadera, la otra sujetando su capa para entregársela a uno de los
ángeles descarnados. Iba vestida con sus mejores galas y parecía un guerrero macedonio. Supuse que
se trataba de Alejandro Magno.
—En absoluto —contesté —. Bienvenida, Vashti.
—Hola, Vash. Pensé que llegarías más tarde —dijo Pandora.
—¿A una de las fiestas tan fabulosas que ofrece Ween? ¡No quiero perderme ni un solo minuto!
—Es Hal, no Ween, y mucho menos Weenie —le aclaré—. Perdona. Será mejor que vaya a ver
qué tal está mi poi.
Habían conseguido ponerme de los nervios, así que decidí tomarme un respiro. Me fui a estirar
las piernas un rato. Salí y dirigí mi mirada hacia el bosque. Árboles en la noche, oscuros e inertes. Y
aun así, la sensación de que alguien estaba merodeando por aquel lugar.
Atribuí una cualidad sobrenatural al bosque, en parte porque mi padre solía contarme historias
sobre los indios de Ottawa cuando era pequeño. No debía de tener más de cuatro o cinco años. Los
ottawa solían tener sus poblados extendidos por todo el norte de Michigan e incluso mucho más allá.
Los británicos pactaron con ellos y luego rompieron sus acuerdos. Construyeron fuertes en territorio
Ottawa. Se apropiaron de la tierra. Les vendieron ron. Las clásicas tácticas imperialistas.
Pero en 1762, bajo el liderazgo del jefe indio Pontiac, los ottawa consiguieron unir las tribus de la
zona de los Grandes Lagos y las convencieron para expulsar a los británicos. Atacaron el fuerte
Detroit, pero no lograron vencer; aun así, aquel ataque sirvió de catalizador. La guerra de Pontiac no
había hecho más que comenzar.
Cayeron nueve fuertes. Nueve. Por un momento pareció que las tribus habían conseguido
devolver a la zona de los Grandes Lagos y a Pensilvania la soberanía perdida. Pero no fue así.
Nada más concluir la guerra, un grupo de mercaderes británicos se acercó a la zona donde estaban
los ottawa. Les vendieron algunos bienes y les ofrecieron un pequeño extra: una caja de estaño.
—No la abráis hasta que regreséis a vuestros poblados —les advirtieron los mercaderes—. No la
abráis hasta entonces. Es una sorpresa.
La sorpresa: polvos, unos polvos de color marrón. A los pocos días de abrir la caja, la epidemia
de la viruela comenzó a hacer estragos entre la población india.
Se extendió por los poblados. Diezmó por completo a la tribu de los ottawa, que no logró superar
dicha epidemia. Los británicos aprovecharon la coyuntura para apoderarse de sus tierras. El resto es
historia. Historia olvidada. El nombre de Pontiac adquirió relevancia porque tanto una ciudad como un
modelo de coche ostentan dicho nombre, pero nada más.
Creo que papá me contaba todas esas historias para fomentar mi pasión por la medicina. Para
infundirme el deseo de querer curar la viruela o plagas similares. Pero no es así como me marcaron
esas historias. Me afectaron por razones completamente diferentes.
Para mí, los bosques estaban encantados por almas que clamaban venganza. Escuché un sonido
triste, melancólico, que parecía proceder de las ramas ensombrecidas de aquellos pinos aromáticos.
Algo con lo que mi propio corazón sentía cierta afinidad.
***
Cuando regresé al interior de la casa, de vuelta a la luz y al calor, Pandora se encontraba echando
un pulso a Doom arropada por los ánimos de Vashti.
Cuando ganó Doom, tomé una nota mental para recodificarlo.
Champagne y Tyler llegaron juntos. Él llevaba unos vaqueros rotos, una chaqueta de cuero negro,
una camiseta rasgada y un collar de perro. Se había puesto el pelo de punta y lo había teñido de negro.
Ella, por su parte, llevaba un vestido de verano color melocotón de Versace, lentillas de color azul-
verde, los labios pintados de un rojo intenso y tacones negros. Se había rizado su larga melena rubia.
—Ty es Sid Vicious —dije—, así que tú debes ser Nancy.
—Au contraire, soy Courtney Love —me contestó.
Tyler asimiló lo que le había dicho.
—Le dije: «venga, seamos Sid y Nancy», pero ella dijo que no, que quería que fuésemos Kurt y
Courtney. Pero yo no quiero ser Kurt Cobain y ella no quiere ser Nancy Spungen —argumentó él—.
Estáis contemplando el acuerdo: Sid y Courtney.
—Una de las cosas más difíciles que hay en esta vida es la de ser capaces alcanzar el punto
intermedio de las cosas —opinó Champagne.
—Recordaré eso que acabas de decir —dije—. ¿Queréis beber algo?
—Dos Mai Tais —pidió Tyler, aunque el barman le hizo esperar un poco—. Pensé que te había
clavado una estaca en el corazón —dijo.
—No soy una persona rencorosa —dijo Doom, encogiéndose de hombros.
—Mejor para ti —le advirtió Ty.
Cogí yo también un Mai Tai. Necesitaba no perder la cabeza, aunque —¡joder!— fuese con un
trago. Me imaginé que me calmaría.
Whisper salió de su escondite y mientras las chicas se encargaban de mimarla, Ty me llevó aparte
y me situó de espaldas a una estantería de libros.
—¿Estás bien?
—Más o menos, ¿por qué?
—He escuchado muchas cosas sobre ti. Has tenido un accidente y no puedes recordar muchas
cosas. He oído que tus padres vinieron a la escuela y le echaron una sonora bronca a Ellison.
—Le cayó una buena por haber utilizado un amplificador ilegal, más bien.
—Entonces, ¿es verdad?
—Sí, es verdad, pero ya te lo explicaré en otra ocasión —le dije—. Ahora disfruta de la fiesta.
Simone apareció vestida como una de sus heroínas: Hipatia de Alejandría, la pionera matemática,
astrónoma, filósofa y profesora. Trató de reconstruir la Biblioteca de Alejandría hasta que el fanático
arzobispo de la ciudad, Cyril, la destruyó con ella dentro.
Me acerqué hasta la puerta para saludarla y coloqué un lei alrededor de su cuello. No podíamos
decir nada sobre Pace y debíamos esperar a que llegasen los demás, así que decidimos conversar sobre
cosas absurdas. Pensé que me iba a estallar la cabeza.
La primera persona que conocí que hacía preguntas con sentido fue Simone. Tenía la impresión
de que en su interior había un algo poderoso, un algo feromonal, quizá espiritual. Cuando estaba con
ella sentía cómo aumentaba mi autoestima. Solo que esperaba...
Demasiado.
Esperaba estar cerca de ella y sentirme seguro. Parecía que conectábamos.
Vashti hizo un gesto como si pretendiese llevarse a Simone aparte. Eran amigas, rivales en la
escuela, dos enchufadas (las dos chicas más inteligentes del colegio). Las vi entrar en la sala de billar.
Parecía que Vash tenía algo importante que decir a Simone. Hablaron durante un buen rato en voz
baja.
Siguiendo la moda de llegar tarde a todos los sitios, Mercutio hizo su aparición vestido con un
traje verde y una pluma roja en su gorro.
—¿Robin Hood? —le pregunté.
—Peter Pan —me respondió—. ¡Vaya unos honores al mejor disfraz! —Saludó con la mano a Sid
y Courtney y le comenté que aquel par de tortolitos eran incapaces de ponerse de acuerdo.
Mere soltó una enorme carcajada y simuló tener una radio de policía entre sus manos.
—Atención a todas las unidades: se busca un par de testículos pertenecientes a un tal Tyler al que
su novia golpea con un látigo. Último paradero conocido: el bolsillo de Champagne.
Llamó a Tyler desde la otra punta de la habitación.
—Controla a tu mujer —le dijo.
Cuando llegó Fan, la fiesta se había trasladado al jardín con las luces tiki y el bufé hawaiano
amenizando la velada. Llevaba un traje amplio en tonos morados y rosas, a semejanza de lo que una
niña pequeña pensaría que es una princesa hada; básicamente, lo mismo que solía llevar siempre,
excepto por una máscara violeta de dominó que fue la que nos hizo darnos cuenta de que,
efectivamente, se trataba de un disfraz. Como señaló Ty en una ocasión: «Con Fantasía, cada día es un
baile de disfraces».
En sus manos llevaba una lámpara hecha con una calabaza hueca; estaba apagada. Hizo un
movimiento como si fuese a lanzármela, pero de repente la levantó y la envió con un pase de pecho.
La cogí.
Algo hizo yip yip yip.
Abrí la calabaza y encontré un cachorro de perro. Menos mal que no se me cayó cuando lo lanzó,
pensé. Era un cachorro de raza pequinesa; tembloroso, pero no herido. Cuando me vio comenzó a
lamer mi cara.
—Se llama Calabaza. ¡Que lo disfrutes!
Sin que nadie se diese cuenta, pedí a Nanny que lo inspeccionara por precaución. Se trataba de un
cachorro normal de la RVI; sin alteraciones en la conducta, no tenía pulgas ni ningún otro parásito. No
tenía ni idea de qué hacer con él, así que le puse una correa y le di un pedazo de embutido para comer.
Sujetando un vaso vacío en una de mis manos, comencé a reflexionar sobre aquellos disfraces.
¿Reflejaban las inclinaciones subconscientes de mis huéspedes? Me quedé mirándolos y traté de
introducirme en sus mentes.
Champagne: Courtney Love. ¿Una celebridad? ¿Una feminista? ¿Una superviviente ?
Fantasía: Una princesa: título. Una máscara de dominó: anonimato.
Mercutio: Peter Pan. No quiere crecer.
Pandora: Idea genial. ¿No debería estar sobre la cabeza de alguien? Debe de tratarse de un
chiste: se siente una incomprendida, ¿está sobre nuestras cabezas?
Simone: Hipatia. Guardiana del conocimiento. ¿Sabe más de lo que dice?
Tyler: Sid Vicious. Sexo y violencia. Esplendor anárquico.
Vashti: Alejandro Magno. Un prodigio militar. Un conquistador. ¿Por qué luchó? O, ¿contra
quién luchó?
—La mayoría de la gente celebra fiestas porque quiere fomentar su sociabilidad, pero tú
simplemente te quedas ahí parado —observó Pandora—. Te quedas ahí parado y dejas que las cosas
sucedan.
—Cuestión de química —dije—. Basta arrojar un puñado de elementos dispares en la mezcla...
—... ¿Y esperar a ver si explota?
—Algo así —contesté con una sonrisa picara.
—Halloween, el científico loco. Creo que deberías cambiar ese traje por una bata de laboratorio.
—Me puedes llamar doctor Jekyll y Mr. Formaldehido.
—¿Te puedo preguntar algo personal? —me dijo ella—. ¿Es así realmente como eres?
—¿Qué quieres decir?
—Me refiero al hecho de que eres una persona muy misteriosa, Hal. Escondes algo en tu interior
a lo que nadie puede acceder. Toda esta idea en torno a la muerte, sé que es una parte muy importante
de tu... de tu..., cómo llamarlo..., de tu expresión personal, aunque a veces tengo la sensación de que se
trata de algo que tan pronto muestras como escondes.
—¿Como una mortaja?
—¿Lo ves? Ahora lo estás haciendo.
—Quien soy yo —dije— es alguien desesperado por beber algo. ¿Y tú?
Bebida, comida, baile. Tarta y café. No estuvo mal en general. Me abstuve de repetir mis típicas
payasadas. Dos años atrás hice que lloviera en una de mis fiestas. («Solo podría ser cosa tuya», dijo
Champagne con el maquillaje chorreándole por la cara).
Pasaron un par de horas e Isaac todavía no había venido. Simone envió su duende —era más
probable que respondiese a su llamada que a la mía— para no conseguir nada. Vashti envió el suyo
también, pero aparentemente Isaac había adoptado el modo ermitaño.
Quizá había abandonado la RVI sin que nadie lo notara.
Quizá lo habían matado.
—¿Quién lo vio por última vez?
—¿Y a quién le importa? —dijo Mercutio.
—No va a venir —añadió Champagne, e hizo una pausa para ver cómo Fantasía añadía un poco
de nata montada en su café con la ayuda de un cuchillo antes de hacer un gesto de desagrado y de decir
—: No te ofendas, Halloween, pero Isaac no puede soportarte.
—El sentimiento es mutuo —respondí—, pero aun así creo que vendrá.
—También está estudiando. Quiere que le concedan el salutatorian cuando logre graduarse, ya
que el valedictorian ya tiene dueño.
—¿Ya lo han concedido? —preguntó Vashti—. No recuerdo a nadie pronunciando un discurso
tras recibirlo.
El rostro de Champagne adoptó una expresión de preocupación.
—¿Alguien tiene noticias de Lázaro? —Se volvió hacia Simone y le cogió de la mano en señal de
afecto—. ¿Nada todavía?
—Absolutamente nada.
—Todo esto es tan extraño. ¿Crees que se encuentra bien?
Simone no contestó.
—Estoy segura de que se encuentra completamente bien —dijo Pandora para tranquilizarla—.
Mientras hablamos, probablemente se esté dirigiendo al Hasty Pudding Club.
—Eso —dijo Mercutio— y tirándose a todas las universitarias a las que pueda atrapar.
Dolida, Simone se levantó de su silla como uno de esos pistoleros del Viejo Oeste acusado de
haber hecho trampas con las cartas. Le dirigió una mirada severa, una mirada cortante y tajante como
un cuchillo recién afilado. Después comenzó a temblar y se fue furiosa antes de ponerse a llorar. Era
obvio que el alcohol estaba haciendo efecto.
—¡Buaaah! —gritó Mere, y Fan rompió a reír.
—Eres un crío —le dijo Champagne mientras Pandy iba en busca de Simone—. ¿Cómo podéis
ser amigos de semejante idiota? —preguntó a Tyler.
Este levantó sus manos.
—Yo soy neutral, como Suiza.
—Aquí va mi hipótesis —irrumpió Mere entrelazando sus dedos por detrás de la cabeza e
inclinándose hacia atrás en su silla—. Laz no es lo suficientemente hombre como para romper con
ella, así que decide romper cualquier vínculo o atadura con la esperanza de que el problema se
resuelva solo.
—Eso más bien parece propio de ti, Mercutio —añadió Vashti—. Pero no de Lázaro.
La discusión continuó durante un buen rato. Pequeñas trifulcas, pero ninguna confesión sincera
sobre lo que cada uno de ellos pensaba realmente. Nada que no supiese ya. ¿Tendría que cargar más
las bebidas?
Observé a Pandora consolando a Simone al final de la mesa del bufé. Otra oportunidad perdida.
Deseé haber sido el más rápido a la hora de desenfundar. Debería haber estado allí con ella.
Mientras continuaba observándola, la homologa de Simone surgió de la oscuridad y se hizo
visible.
Jasmine.
Me había olvidado completamente de ella, de borrarla de mi dominio. Qué estúpido por mi parte;
había estado tan preocupado durante todo este tiempo... ¿Qué estará pensando? El programa seguiría
su pauta de conducta y procesaría lo que estaba viendo, pero ¿cómo? Había regresado de su patrulla
pata encontrar...
Mierda.
—Muy interesante —dijo Vashti, entendiendo al instante la razón por la que había creado un clon
de Simone y riéndose de manera perversa por ello—. ¿Es funcional o meramente decorativa?
Ty y Mere intercambiaron sus miradas: un secreto menos que guardar sobre mí.
Me levanté de mi asiento. De repente, supe lo que iba a ocurrir.
Jasmine agarró un cuchillo de trinchar que había sobre la mesa y lo arrojó al corazón de su
gemela.
—¡Taxi! —gritó Simone. En ese instante, una fuerza misteriosa la rodeó y el cuchillo quedó en el
suelo sin haber causado daño alguno. Acababa de pronunciar su contraseña y el sistema respondió de
inmediato.
Frustrada, Jasmine volvió a intentarlo con un resultado muy similar.
Pandora se dirigió a ella, pero Doom fue mucho más rápido y consiguió agarrarla por detrás.
Jasmine le dio un golpe certero con el codo en el estómago, levantó el cuchillo y se lo clavó. Doom
gritó como una fiera cuando se percató de la herida de su cabeza y enterró sus colmillos en el cuello
de Jasmine.
—Nanny, congela a Jasmine y a Doom —grité. Mi corazón latía con fuerza y mi rostro estaba
enrojecido. Me sentí verdaderamente avergonzado.
—¡Oye, no es justo, bandera de la verdad! —se quejó Fantasía.
En nuestras fiestas, así como en otro tipo de reuniones, solíamos entretenernos con juegos de
guerra, agrupándonos todos bajo la bandera de la paz (aunque Fantasía insistía en llamarla «bandera
de la verdad»). Desde su punto de vista, este ataque sorpresa sobre Simone constituía una ruptura de
las reglas establecidas.
Pero no me importó lo más mínimo; tenía otros problemas mucho más importantes de los que
preocuparme.
—¿Qué es lo que está pasando aquí? —preguntó Simone. Aparte de esta frase, no volvió a
dirigirme la palabra. Carraspeé y vacilé tratando de dar una explicación a todo lo que acababa de
suceder, pero mis palabras no surtieron efecto. Todo lo que podía hacer en aquel momento era evitar
que ella se marchase.
—Dale un respiro —sugirió Ty. Después me di la vuelta para evitar complicaciones y ordené que
se sirvieran las bebidas de después de la cena. Entonces fui a hablar con Jasmine.
Podría haber borrado su memoria o haberla mantenido en ese estado, congelada, pero necesitaba
darle una explicación. Ya que no podía dársela a Simone, al menos se la tenía que dar a su gemela.
Fuera de aquella fiesta, en la otra punta de la casa, pedí a Nanny que aplicara un poco de su magia.
—Me has traído de nuevo —dijo Jasmine.
Respiré hondamente y le expliqué que todas las batallas que había librado en su vida no eran sino
una sucesión de movimientos en un juego que había durado mucho tiempo, una diversión sanguinaria
entre mis amigos y yo que poníamos en práctica cuando no nos apetecía estudiar. Le expliqué que
aunque mi casa parecía real, no lo era en absoluto. Asimismo, continué diciéndole que su sangre
virtual discurría por venas también virtuales. Que, efectivamente, ella era un instrumento, diseñado
para luchar y formar parte del ambiente de aquel juego, y que veía, hablaba y olía como la chica a la
que acababa de atacar.
Me sentí fatal por haber sido tan cruel, por haber dejado caer toda aquella perorata sobre ella y
por haberla puesto, de forma repentina, en un peligro serio, aunque hubiera seguido engañándola
durante más tiempo. Siempre es mejor deshacerse de la tirita con rapidez.
—Comprendo —me dijo—. Eso explica muchas cosas.
Se lo tomó sorprendentemente bien. Me percaté del hecho de que los personajes de la RVI no
experimentan horror alguno a no ser que se les programe para ello. Esta carencia es reemplazada por
la aceptación.
Todo arreglado. Aún me sentía como un auténtico gilipollas.
—Si he entendido bien, la Reina Violeta es una estudiante, ¿no es así?
—Eso es. Y también lo son Blackdawn y Widowmaker D'Vrai. Todos estamos implicados en el
mismo juego.
—Me habéis engañado —dijo ella— todos vosotros, pero especialmente tú, mi Señor Halloween.
—¿Oh?
Miró de soslayo a la luna, le sonrió y dijo:
—En todos estos presuntos juegos, en cada batalla que hemos librado codo con codo, nunca
reprimiste tus deseos de combatir y de ganar. Lograste que todo pareciese muy real. Si me pongo a
recordar todo el tiempo que he permanecido sirviéndote, la única imagen que viene a mi mente es la
de un hombre preocupado, realmente preocupado por su propia seguridad, sobre todo durante estos
últimos días.
Le conté que alguien estaba tratando de quitarme del medio y le expliqué todo lo acontecido en
relación con la descarga Calíope.
—Déjame ayudarte —me dijo ella—. Déjame ayudarte, esta vez de verdad.
—No creo que puedas protegerme de quienquiera que vaya a por mí —le contesté.
Me envolvió con sus brazos y me pidió que tuviese cuidado. Si no lo hacía por mí, entonces que
fuera por Simone.
—No podrá dar largos paseos románticos de tu brazo si tú estás muerto —me dijo Jasmine.
Estaba programada para decirme lo que quería escuchar.
De vuelta a la fiesta, me topé con Mercutio en el bar, poniéndose ciego de Frangelico.
—¿Qué has puesto en estas bebidas? —me preguntó.
—Hazme un favor: no menciones a Simone —le dije.
—Primero Tyler, ahora tú —suspiró él—. ¿Es que no van a parar las castraciones?
Lo miré fijamente.
—De acuerdo, ya sé que te gusta —añadió Mere—, así que me relajaré un poco, no te molestaré
con este tema. Pero estás muy equivocado; ella no es toda dulzura y esplendor, que lo sepas.
—¿Y quién lo es? —le pregunté.
Me acompañó y nos dirigimos a la fiesta, donde ambos sabíamos que éramos personae non
gratae. Simone había decidido quedarse, gracias a Dios. Por el contrario, Fantasía había desaparecido.
—¿Qué ha pasado con Fan?
—Sacó su duende y se marchó —dijo Tyler.
—¿Por qué?
—Por la sencilla razón de que se te ocurriera crear una novia para ti a partir de ella, me parece —
contestó Vashti secamente—. Se fue llorando en mitad de la noche.
Sabía que eso no era todo. Aparentemente, después de haber mantenido una conversación
empapada por la embriaguez de ambas sobre el alcance, la duración y lo inapropiado de mi
enamoramiento por Simone, tuvo lugar otra charla igualmente apoyada en los efectos del alcohol
sobre las contraseñas.
Las contraseñas que utilizábamos en la RVI eran palabras cortas que nunca saldrían en una
conversación ordinaria. Su finalidad era la de protegernos de cualquier peligro virtual. Siempre he
creído que representan una satisfacción fantasiosa de los deseos porque cuando eres un niño, antes de
saber hablar, rezas para que las palabras acudan a tu boca. Son palabras con cierto poder, palabras que
abren, palabras especiales que deben ser guardadas como verdaderos tesoros y que hay que pronunciar
suavemente, con sigilo. Palabras mágicas que producen cambios.
Pronúncialas en voz alta y recibe el poder de cambiar el mundo.
Yo había olvidado mi contraseña, por supuesto.
En la conversación que mantuvieron ambas, hablaron sobre la palabra de Simone: «taxi». Dos
sílabas, corta, muy buena. Champagne prefería: «¡para!»; a mí me parecía demasiado evidente.
¿Acaso no había pronunciado nunca antes esta palabra en una conversación cotidiana? Vashti
empleaba una palabra que no tenía sentido alguno. Todo el mundo pensaba que la palabra de Pandora,
«síziyi», era demasiado complicada de pronunciar, especialmente en un momento de crisis.
Tyler comentó que él no tenía ninguna.
¿Por qué no?
Porque no la necesitaba.
Una respuesta un tanto vanidosa, pero hay que reconocer que Ty poseía unos reflejos magníficos,
además de una maravilla de técnica de combate que desplegaba sobre el campo de batalla y que le
permitía salir ileso nada más y nada menos que en nueve veces de diez.
Fantasía discrepó acerca del hecho de que no fuese necesario disponer de una contraseña.
—¿Qué no tienes una contraseña? —dijo—. Debes de creerte muy especial. ¿Qué pasa si hago
esto? —Comenzó a golpearlo. Ty le dijo que lo dejase. De un manotazo, apartó a Fan de él. A
continuación, aparentemente el enfrentamiento derivó en una especie de combate de lucha libre. Poco
después de aquel incidente, Fan abandonó la fiesta hecha una furia.
—¿Por qué no vamos tras ella y la convencemos para que vuelva? —pregunté a una Simone
silenciosa.
—En realidad, creo que Fan ha tenido una buena idea —afirmó Vashti—. Tu fiesta ha sido un
desastre y ya va siendo hora de que nos marchemos de aquí. Además, tengo que continuar con mis
investigaciones acerca del virus sincitial respiratorio.
—Se está haciendo tarde —reconoció Champagne.
Ambas se levantaron de sus respectivos asientos con la intención de marcharse. Pandora, Tyler y
Mercutio hicieron lo mismo. Yo tenía que hacer algo; a pesar de la borrachera que tenían todos, nadie
había hecho una maldita revelación.
***
***
—Maestro está aquí—apuntó Pandora—. He visto una silueta borrosa, pero sé que se trata de él y
que está ahí de pie, con los brazos cruzados sobre su pecho. Hay un resplandor rojo como el fuego que
se acerca. No parece un camper contento mi amigo maestro, nada contento.
Volví a activar el inhibidor.
Clic.
No sucedió nada.
El telón estaba levantado.
Juntos pudimos contemplar cómo se autocorregía el sistema, los fallos técnicos desaparecían
como si nada hubiese ocurrido y la borrosidad daba paso a la visibilidad una vez más. Escondí el
inhibidor y me puse de pie.
El enfado de Maestro era evidente, eléctrico, estaba vivo. Parecía capaz de todo.
Champage me delató al instante.
—Han sido este de aquí —declaró, clavándome el dedo como si yo fuese un don nadie, un
apestado— y aquel de allá. —Señaló a Mercutio, quien inmediatamente le lanzó un beso—. Han
estado pirateando el sistema —informó a Maestro. Muy satisfecha por lo que acababa de hacer,
seguro.
No implicó a Tyler en todo este asunto (eso es amor). Pero lo cierto es que Mere y yo habíamos
ideado el código secreto para configurar las distintas salidas e inhibidores. Ty no había intervenido en
ningún punto del proceso. ¿O sí? Lo cierto es que no podía recordarlo.
—Os anuncio que a partir de ahora va a haber cambios —prometió Maestro.
Aquellas palabras no hacían presagiar nada bueno y, de haber sido pronunciadas en una película
de terror, habrían ido acompañadas por el sonido de un trueno.
—¡Yodel-oh-hui-di!
Mere estaba interpretando canciones tirolesas para mofarse de Maestro; menudo ridículo estaba
haciendo el muy gilipollas. Me di cuenta de que estaba blandiendo un objeto curioso en sus manos. No
era un inhibidor. Era un instrumento brillante de oro que nunca antes visto.
—Hol-oh-ohh-di, hold-ay-i-di —continuó cantando, y mi perrito Calabaza lo imitaba con sus
alaridos. Increíble, pero todo aquello me resultaba divertido.
No podía decirse lo mismo de Maestro.
—Va a haber cambios —dijo furioso nuestro profesor de la RVI—. Cambios que debería haber
introducido hace tiempo.
—Oye, Mae$tro —gritó Mere—, ¡a ver si consigues cambiar esto!
Apretó el botón y la RVI saltó en pedazos.
Cuando digo que saltó en pedazos me refiero a que todas las cosas comenzaron a tambalearse
violentamente de un lado a otro sin ningún tipo de sincronización. Mis amigos se movían a una
velocidad inapropiada, demasiado despacio, demasiado deprisa. Cuando hablaban, el tono que salía de
sus gargantas no era el apropiado (staccato o vibrato). Aquello parecía un pésimo doblaje, una de esas
películas tan malas sobre artes marciales.
Las personas y los lugares aparecían y desaparecían como rayos de luz. Yo estaba cambiando
constantemente de ubicación; estaba en todas partes y en ninguna al mismo tiempo. Más allá de mi
jardín, donde todavía resplandecían las luces tiki, estaba sentado bajo un árbol junto con sir Isaac
Newton. A su vez, cruzaba el desierto del Sahara a lomos de un caballo árabe. Estaba bajo las luces
fluorescentes del laboratorio de ciencias donde diseccioné mi primera mariposa; atravesaba flotando
el puente Chinvat.
El sistema se estaba volviendo completamente loco. Ejecutó múltiples programas al mismo
tiempo, una plétora de lecciones de la RVI y rutinas personales, pero todo ello a la vez, sin armonía y
sin razón alguna; estaba cruzando el Mississippi en una balsa junto a Huck Finn; un grupo de ángeles
descarnados me llevaban en volandas hacia el cielo; disparé a Lázaro; Maestro me enseñó la
diferencia entre los triángulos rectángulos y los isósceles; los patos comían pan de mi mano; Jasmine
me besó en los labios; me tumbé en uno de esos reservados de Twain's.
Y todo al mismo tiempo.
El encargado de meter los productos en bolsas, y que tenía una piel gris como el acero, me estaba
llamando, aquella figura en blanco y negro en un mundo de color. Me estaba gritando como si quisiera
prevenirme de algo monstruoso, pero sus palabras se perdían en un ciclón de ruidos.
Era uno de los personajes de mis sueños.
Desconcertante.
Comencé a sentirme enfermo. Debía de tratarse del principio de una revolución o de la broma
macabra de algún estúpido.
Era el momento favorito de Mercutio.
Lo que quiera que fuese todo aquello que acababa de suceder, lo cierto es que puso fin a mi fiesta,
al Día 4 y a todo pensamiento lógico.
Todo se volvió de color blanco...
Blue es estéril. No puede tener hijos. Esta era una de las múltiples manifestaciones de la peste
bubónica, una de sus consecuencias más horrorosas y amargas. La plaga está tan bien diseñada que
la mayoría de los científicos cree que se trata de algún tipo de guerra biológica. El lado más oscuro
de la ingeniería genética. El trabajo de Blue podría catalogarse como la parte más esperanzadora de
la genética. Blue es madre. Aunque su útero está vacío, al mirar fijamente a las máquinas incubadoras
y a la inocencia tan frágil que se retuerce en su interior, se da cuenta de que ha traído a unos niños
especiales a este mundo. Diez en total. Todos ellos extraordinarios, todos ellos únicos.
No sabe cuántos conseguirán sobrevivir. La peste bubónica es un depredador implacable. No
obstante, si cualquiera de los diez logra hacerlo, como por ejemplo Lázaro, con su sistema
hiperinmunológico y sus ojos azul celeste, entonces es probable que la humanidad tenga futuro. Ella
tiene que admitir que está unida, de una forma muy real, a la esperanza, a la propia vida.
Este hecho le proporciona un sentimiento de compensación. Es como correr una maratón: si no
se logra llegar en primer lugar, siempre queda la satisfacción de haber finalizado la carrera. Esto
consigue reconfortarla.
Dentro de tres semanas, Blue viajará a Alemania y llevará un frasco de sedantes en su bolso. No
le quitará ojo a dicho frascodurante todo el vuelo. Una vez llegue al aeropuerto de Munich, optará
por no ir a por su equipaje. En lugar de ello, se subirá en una limusina que la conducirá hasta su casa
de tres plantas y abrirá la puerta con sumo cuidado aunque no haya nadie dentro a quien despertar.
Se servirá un gran vaso de güisqui y subirá las escaleras camino del cuarto de baño para sumergirse
en su bañera. Allí pasará revista a sus lamentaciones una por una. Infancia fugaz. Matrimonio fallido.
Alejamiento de su familia. Oportunidades perdidas. Tiempo desperdiciado. Se tomará un sedante por
cada lamentación y se dará cuenta de que cuando ha terminado de pasar revista, el frasco aún está
lleno. Contiene cien píldoras y sus lamentaciones suman un total de veinte más o menos. Se
maravillará ante este hecho y ante el aspecto tan bueno que tiene el agua. Y a medida que los sedantes
vayan haciendo efecto sobre ella, se interrogará acerca del sentido de su existencia, encontrando
cierto grado de satisfacción en la curiosa idea que hace referencia a que una de los salvadores de la
humanidad puede no querer salvarse a sí misma.
Y cuando esté durmiendo, se ahogará.
Día 5
***
Mis sauces llorones bailaban acompasados por el viento. Se estiraban hacia un lado, se doblaban
al límite de sus posibilidades y, como si de un muelle se tratase, volvían a su posición original
acompañados por el sonido áspero de sus hojas. Seguí la pista de una mariposa que estaba buscando
refugio ante las inclemencias del tiempo. Era una de mis mariposas monarcas, de color naranja y
negro. El viento la estaba zarandeando.
—Se acerca una tormenta —dijo mi vampiro. Podía notar su aliento frío sobre mi nuca. Era
mucho más fuerte que yo. Acababa de inmovilizarme los brazos pegándolos a mi cuerpo. Mis
hombros se arquearon en señal de protesta cuando se dispuso a levantarme del suelo.
Debería haberlo codificado de nuevo cuando tuve ocasión de hacerlo, me lamenté, aunque con la
habilidad de Maestro para modificar todos mis programas a su antojo, no se habría notado ninguna
diferencia.
Jasmine estaba al lado de Doom, seria, callada, mirándome.
Mantuve la mirada fija hacia arriba.
Era preferible mirar hacia arriba que hacia abajo.
—Espero producir un cambio radical en tu forma de comportarte —estaba diciendo Maestro—,
como si fuese un alquimista transmutando metales base en oro. Mejor que oro: con tu potencial,
podrías convertirte en un diamante.
—Pax —dije en esos momentos. Pensé que podría tratarse de mi contraseña. Pero no sucedió
nada.
Maestro continuó con su perorata:
—Si fueses un personaje de la RVI, mi tarea sería mucho más simple. Te editaría, establecería
una serie de indicaciones y volvería a codificarte completamente si fuese necesario. Por desgracia, no
puedo hacerlo; mis investigaciones muestran que aquellos humanos que muestran un comportamiento
negativo no consiguen modificar su conducta a menos que se les aplique un castigo ejemplar. Son
testarudos. Necesitan que un suceso extraordinario altere sus vidas.
En ese preciso momento imaginé que era Brer Rabbit suplicando: «Por favor, no me arrojes a
aquellos matorrales de zarzas». Ásame a la brasa, arráncame la piel a tiras, ahógame, ahórcame, pero,
por favor, no me lances a esas zarzas. Se trataba de una estratagema muy hábil que hizo que Brer
Rabbit fuese arrojado al lugar que más deseaba. En mi caso, mi matorral de zarzas particular estaba
constituido por todas aquellas cosas relacionadas con el morbo y lo macabro, pero eso no significaba
que quisiera ser arrojado al interior de un ataúd.
Me habían conducido a mi cementerio.
—Las normas por las que solía regirse esta escuela, aunque establecidas con la mejor de las
intenciones, han limitado enormemente mi función —se quejó Maestro—. Atente ahora a las nuevas.
—Haciendo un gesto con su dedo como si acabase de pronunciar un hechizo mágico, señaló a mi
tumba recién excavada.
—¡No puedes hacerme esto! —exclamé. No pretendía dar a entender que era un ser invulnerable.
Quería decir que era imposible encontrar una explicación razonable que pudiese justificar en modo
alguno aquella forma tan espantosa de actuar de Maestro.
—Parece un desafío —dijo Jasmine.
Ella pertenecía ahora a Maestro. Igual que Doom, los ángeles descarnados y aquella mariposa que
buscaba cobijo. Todas mis creaciones le pertenecían; eran sus esclavos y acatarían su voluntad.
—¡No puedes hacerme esto! —repetí.
—Por supuesto que puedo —sonrió sarcásticamente—. Este es tu castigo.
—Esto no es un castigo.
—Yo he dicho que es un castigo y no hay más que añadir. Estoy actuando in loco parentis.
—¡Mis putos padres nunca me harían una putada como esta! ¡Nunca me enterrarían vivo! ¿Te
enteras? —grité encolerizado.
—Ese lenguaje, Gabriel —me advirtió. En ese instante sentí cómo Doom apretaba con fuerza mis
muñecas; comencé a retorcerme... Mi pulso iba a trompicones... Todo mi cuerpo estaba
conmocionado... A mis pies, aquella tumba parecía estar haciéndome señales para que entrase...
—Ahora escúchame bien, Gabriel —dijo Maestro—. Soy consciente de que todo esto puede
parecer un poco, en fin, extremo para ti, pero créeme cuando te digo que es absolutamente necesario y
que te ayudará. Piensa en lo siguiente: ¿qué es lo que más está interfiriendo en tus estudios?
Me quedé observándolo fijamente.
—Esa imaginación tan morbosa que tienes —afirmó rotundo—. Esa fascinación morbosamente
romántica y esa fascinación autocompasiva que sientes por la muerte. Intento separarte de todo eso
porque es perjudicial para ti, mi pequeño director de pompas fúnebres. ¿Te das cuenta?
Me daba cuenta.
Una vez concluida la explicación, Doom me arrojó al interior de la tumba. Aterricé sobre un
ataúd de madera forrado, el mismo que había incorporado al paisaje de mi dominio para crear un poco
de atmósfera, nada más. Traté de escalar por las paredes de mi tumba con la intención de salir de allí,
pero Doom me agarró y saltó al agujero conmigo, volviéndome a colocar en el interior del ataúd. Cada
vez que intentaba escapar, él ponía su bota sobre mi pecho.
—Una vez que hayas probado qué se siente estando muerto, la vida te parecerá mucho más
maravillosa —dijo Maestro—. Es perfecto.
—Es cruel.
—De eso nada. Es una medicina eficaz. A veces las medicinas eficaces dejan un sabor amargo.
—Ellison no lo permitirá.
—Me ha autorizado para hacer contigo lo que considere más conveniente.
—Entonces algo ha ido mal —le espeté—. Tus nuevas normas son una mierda. Deberías
someterte a un estudio psicológico, Maestro. No estás bien.
—El que no está bien eres tú, Gabriel. A estas alturas de la vida, eres un chico que no vale nada.
No has hecho absolutamente nada que merezca la pena destacar. Has malgastado toda tu vida jugando
a juegos absurdos, causando daño o trapicheando con la idea de la muerte. También podrías estar
muerto.
—Te demandaré —prometí—. Te demandaré y te cerrarán la boca, te borrarán del sistema y
eliminarán cualquier copia de seguridad.
—No vas a demandarme —dijo Maestro—. Me vas a estar muy agradecido por todo esto.
Había convicción en sus ojos. Me sentí enfermo.
—Tal y como te dije en otra ocasión, tu actitud determinará tu altitud.
—Ahora mismo estás enterrado a una profundidad de metro y medio bajo tierra —dijo Jasmine.
Maestro se dirigió a Doom.
—Cierra el ataúd.
—Nada de rencores —dijo Doom, y aunque me sentí muy arrepentido, sabía que todo aquello era
solo producto de mi imaginación. Apartó su cuerpo de encima del mío y cerró el ataúd.
—¡Espera!
Oscuridad.
Traté de empujar la tapa hacia arriba; no se movió.
Intenté llamar a mi duende; Maestro lo había bloqueado.
Podía escuchar cómo vertían tierra sobre mí.
Mantén la calma y respira, pensé. La RVI no es real.
Está bien, permaneceré aquí tumbado (¿qué otra cosa puedo hacer?) e intentaré visualizar mi
imagen en el mundo real, respirando tranquilamente en mi habitación. Llena de aire. Maestro se
había vuelto loco, pero no importaba porque Ellison no permitiría que me sucediese nada. No puede
permitir que la Academia sea objeto de una mala publicidad, en absoluto. Me limitaré a cerrar los
ojos y a tratar de tranquilizarme.
O quizá los deje abiertos. El efecto será el mismo.
No puedo ver.
No puedo respirar.
No puedo moverme.
Si estuviera despierto, podría sacar los brazos fuera para estirarlos. El ataúd no está aquí, no es
cierto. Soy una especie de mimo atrapado en una caja imaginaria.
Lo único cierto aquí es mi miedo.
El hecho de saberlo debería tranquilizarme, creo yo.
Maestro me había enterrado. Había arrancado de mi pensamiento uno de mis mayores temores;
hasta entonces no era consciente de que lo tenía y se había afanado para obligarme a aceptarlo.
Tafefobia. ¡Me había enterrado vivo!
Siempre me odió.
Lo sé, los programas son incapaces de mostrar por sí mismos emociones atribuibles únicamente a
los seres humanos. Pero pueden aproximarse. Los programas más avanzados poseían una conciencia
muy parecida a la nuestra. ¿Qué sucedería si se alterasen los protocolos, si se diera rienda suelta a toda
esa conciencia?
A Maestro le había sucedido algo.
A lo largo de todos estos años, pude percibir su hostilidad hacia mí, su deseo oculto de hacer
daño. Había podido sentirlo en la boca de mi estómago. Ahora, todo ese odio acumulado había salido
al exterior...
Metro y medio bajo tierra, pensé. Mi única opción es intentar salir de esta fosa.
No importa.
Alguien vendrá a rescatarme.
Solo tengo que esperar.
El juego consiste en esperar.
Relájate.
Mantén la calma.
Tranquilo.
Todo está tan tranquilo ahora.
No más excavar allá arriba.
No más nada.
Estoy solo.
Respira.
La soledad es buena.
No hay que tener miedo a nada, excepto al propio miedo.
Excepto a sufrir un ataque al corazón.
¿De acuerdo?
Miedo y estrés.
¿Estoy sintiendo un hormigueo?
¿Está sintiendo un hormigueo mi brazo izquierdo?
Quizá sea esa la idea.
Meterme en este lugar para que me dé un ataque al corazón.
Maravilloso, no más Halloween.
Relájate. La Academia controla cualquier indicio de vida de cada uno de nosotros y cuenta con
personal cualificado para atender una emergencia médica. ¿Recuerdas la apendicitis de Pandora? La
sacaron de la escuela y la llevaron al hospital a toda prisa.
Si muero, saltarán todas las alarmas.
Suponiendo que las alarmas funcionen.
Suponiendo que no se ha producido ningún sabotaje.
Aquella enfermera... ¿Jenny, Jessie, Jossie?, ¿qué le estaba haciendo a mi VI?
Tengo que salir de aquí inmediatamente.
Alguien está intentando matarme. Ya lo intentó en otra ocasión con aquella descarga Calíope y
ahora vuelve a intentarlo de esta forma. Si no es Maestro, entonces es otra persona que está
intentando manipularlo. Es un complot en mi contra.
Y no solo contra mí. También contra Lázaro.
Quizá.
Pero ¿quién puede querer hacer algo así? Además de Maestro, ¿quién más me quiere muerto?
¿Quién tiene el poder?
Razones, medios, oportunidades. Piensa un poco.
Hago lo que puedo; no es fácil pensar bajo tierra.
No.
Recuerda, no estás bajo tierra.
Recuerda, no estás en un ataúd.
Contempla el estado sugestionable.
Si te golpeas en el dedo del pie cuando estás dentro de la RVI, sientes dolor, incluso si lo haces
con algo que no guarde conexión alguna con tus pies. Recuerdo que Ellison me lo explicó en una
ocasión. Llegados a este nivel de inmersión, el cerebro se afana por creer que el ambiente que lo rodea
es real. Las sensaciones táctiles se perciben a través de los guantes, pero con el paso del tiempo, el
cerebro comienza a imponer sentimientos «fantasma» en el resto del cuerpo. Las sustancias químicas
del suero intravenoso fomentan esta sensación al incrementar el nivel de sugestión.
Debería haber prestado más atención a lo que Ellison me contó, puesto que nunca llegué a
comprender realmente este proceso. Reflexionaba: Si mi cerebro piensa que no hay aire, ¿dejaré de
respirar?
Respirar es un acto reflejo, de eso estoy convencido. Respiraré hasta que ya no pueda respirar
más.
Apnea del sueño, determiné. Es una condición caracterizada por episodios de suspensión de la
respiración mientras la persona está durmiendo y en ocasiones no es posible res...
No tengo apnea del sueño.
Apreté las uñas de mis dedos contra las palmas de la mano. Pude sentir cómo se clavaban en
ellas.
¿Y?
Y que eso, en definitiva, no probaba absolutamente nada.
Fantástico... ¿despierto o dormido? ¿Cuál de los dos estados? Aquí estoy, cuestionándome la
realidad después de llevar aquí enterrado...
¿Cuánto tiempo llevaba aquí abajo?
El tiempo parece difuminarse cuando lo entierran a uno. No tengo ninguna referencia a la que
poder echar mano. Es como estar atrapado en un tanque de aislamiento. Privación sensorial global. La
nada continúa extendiéndose hasta que te percatas de que siempre has estado aquí. Y de que siempre
lo estarás.
—¿Qué hora es, Nanny?
Nada. Ni incluso eso.
—Nanny, ¿cuánto tiempo llevo en este lugar?
Nanai.
—¿Cuánto tiempo, Nanny Popins? ¿Cuánto tiempo?
Comencé a contar.
Un Mississippi, dos Mississippis, tres Mississippis...
Cualquier cosa con tal de encontrar un marco de referencia.
... cuatro cocodrilos, cinco cocodrilos, seis cocodrilos...
Cualquier cosa con tal de encontrar un sentido a mi principio y a mi final. Si pudiera averiguar el
tiempo que él había estimado que debía permanecer en este lugar, así como el tiempo que ya llevaba
en él...
... siete hipopótamos, ocho hip hipotenusas, nueve hipotálamos...
—De acuerdo. Está visto que no puedo controlar esta situación —dije, forzando una
aproximación a una sonrisa—. Soy un pasajero a bordo de un avión. No estoy en la cabina del piloto y
si el avión se estrella, no puedo hacer nada por evitarlo. Solo tengo que dejarme ir.
Ve y ve con Dios.
Lamentablemente, si no crees en Dios, nadie está pilotando el avión.
La verdad es que no se está tan mal en este lugar, me dije, una vez que te haces a la idea de que
estás dentro de un ataúd. La próxima vez que vea a Maestro, determiné, me reiré en su cara. Le diré
que todo esto no ha servido de nada. No se va a reír a mi costa. De eso nada. Porque el tema de la
muerte me apasiona, chaval. Tal y como dice Brer Rabbit: «Nací y me crié en este matorral de
zarzas». Nací y me crié. Aunque mi cabeza tenga que soportar al resto de mi cuerpo.
Y después haré que lo borren del sistema.
Ya estás borrado de mi mente, Maestro.
Introduciré modificaciones en mi programa Kill y lo utilizaré para practicar mi puntería con él,
de manera que cada vez que ponga un pie en la RVI pueda también poner una bala en el interior de su
cerebro y ver lo verde que...
No, será mejor que me olvide de eso. Cuando consiga salir de aquí no regresaré. Nunca. No es un
lugar seguro. La RVI se haconvertido en un lugar peligroso. Maestro lleva actuando como la
computadora asesina HAL desde 2001.
HAL contra Hal.
¿Por qué me enviaron mis padres a esta escuela que cada día se parece más a un tumor maligno?
¿Qué pudo pasar por sus mentes para hacer algo así? ¿Por qué no están aquí?
Y sobre todo, ¿dónde está mi campana? ¿No debería tener una campana?
Este asunto de la campana puede tratarse simplemente de una leyenda urbana...
Cuando los ingleses se dieron cuenta de que se estaban quedando sin espacio en sus cementerios,
los directores de las funerarias comenzaron a reciclar. Excavaron en las fosas originales para
aprovechar el espacio y enterrar a otros muertos. En algunos ataúdes encontraron marcas de arañazos
en la parte interior de las tapas. Entonces se dieron cuenta de que en alguna ocasión habían enterrado,
de manera totalmente fortuita, a personas vivas.
Decidieron solucionar el problema atando una cuerda a los cadáveres, haciendo un agujero en el
ataúd por el que poder sacarla al exterior y colocando en su extremo una campana. Si alguien se
despertaba en el interior de un ataúd, todo lo que tenía que hacer era tirar de la campana.
¡Salvado por la campana!
Pero en este lugar no hay ninguna cuerda, ni santuario, ni campana.
Solo un camposanto.
¿Qué estará haciendo Simone en estos instantes? ¿La estará castigando Maestro al igual que a
mí?
Sería una impertinencia por mi parte el pensar que soy el único objetivo de su ira. Puede que ella
sea una enchufada, pero también utiliza inhibidores. Él lo sabe. Además, es un grandísimo hijo de
puta en esto de la igualdad de oportunidades; sería capaz de enterrarla a ella, a mí, a Mercutio, a
Tyler. Sería capaz de enterrarnos a todos.
Un momento... ¿por qué limitarse solamente a enterrarnos? Solo se entierra al director de
pompas fúnebres. Ty es un icono del punk; ¿por qué no darle un buen chute de heroína? Dispara a
Mere con flechas o entrégalo al capitán Hook. ¿Y Simone? Simone es Hipatia. Seguro que te gustaría
desollarla arrancándole la carne de los huesos con conchas marinas.
¿Es así como piensa Maestro? ¿Existen tantas formas de ser castigado duramente?
Cualquier cosa que se atreva a hacerle a ella quedará grabado para siempre en mi mente. Le di
el inhibidor.
Mierda.
Bueno, quizá logre burlarse de él. Es muy aguda.
Seguro, estoy seguro de que conseguiremos salir de esta los dos. Llevaremos a cabo una demanda
colectiva contra la Gedaechtnis. Eso hará que permanezcamos unidos. Y después nos largaremos de
este lugar. Nos iremos a una isla paradisíaca real. Viajaremos hasta las verdaderas islas Fiji, donde
l a RVI está a años luz de ser implantada, y ella será médico... y quién sabe lo que haré yo, pero
seremos felices en aquel lugar y... y estaremos tranquilos... y...
Nos miraremos a los ojos y...
Y estoy arañando la tapa de mi ataúd, planeando unilateralmente un futuro con una chica que
piensa que soy una persona repulsiva.
¿Quién demonios me creo que soy?
Gabriel Kennedy Halloween.
Soy el insecto personal de la Muerte, y esta caja mi crisálida.
Crezco bajo tierra.
Estoy en período de gestación, cogiendo fuerza y adquiriendo forma.
Llegado el momento oportuno, saldré de aquí.
¿Victorioso?
Estoy empezando a tener alucinaciones. Eso es lo que estoy haciendo. Eso es lo que pasa cuando
se está en una cámara de aislamiento. El cerebro comienza a crear fantasmas de la nada.
Es mejor eliminar al intermediario y dormir. Una siesta un poco sucia, ja ja. No hay nada que
pueda hacer con respecto a esto, así que me limitaré a dormir. Intentaré desprenderme de todas estas
ideas mientras duermo.
Cuando despierte, seré libre.
***
«Una isticara», me contó Isaac en una ocasión, «es una oración que se reza para pedir una
solución a los problemas y que se manifiesta a través de los sueños».
Obviamente, no pronuncié la oración como debía.
Pulsaciones elevadas, sudor grasiento, sabor amargo en la garganta. No tenía ni idea acerca de
qué podía haber estado soñando, pero me desperté llamando a gritos a mi madre.
No era un tipo tan duro.
El hecho de descubrir nuevas limitaciones te puede convertir en una persona más humilde; y
amargada; y furiosa, sobre todo. Conocía mi furia, pero esta no conocía razón alguna.
Y todo por la soledad.
Cuando por fin te das cuenta, descubres que hay básicamente dos tipos de personas: aquellas a las
que les da miedo estar solas y aquellas que disfrutan de ese estado. Siempre pensé que pertenecía a
esta última categoría. Pero la soledad de aquel ataúd me estaba transformando. Maestro me estaba
transformando en una persona a la que comenzaba a odiar.
A eso se le llama poder.
La amenaza de ser espiado me había dado siempre verdadero pánico, aunque había conseguido
esfumarse ahora que me habían dado, aparentemente, toda la intimidad que siempre hube deseado.
Quizá era esa la razón oculta tras esta cuarentena. Otra lección más: necesito a la gente.
—Tengo un mensaje de Maestro.
Nanny. Era Nanny.
—¡Sácame de aquí! —bramé.
Y a continuación se escuchó la voz de Maestro:
—Atención, estudiantes. Si bien sostengo que todos los que estamos aquí disfrutamos de libertad
de expresión, tal y como está establecido dentro de las fronteras delimitadas por la Gedaechtnis, me
gustaría expresar mi deseo personal de que no se me llame Mae$tro nunca más. Es posible que me
consideréis extremadamente susceptible por ello. Sin embargo, aunque algunos de vosotros os dirigís
a mí como si fuese un gigante sin rostro, en realidad solo soy un ser dotado de sentimientos y puedo
sentirme herido si se me trata con crueldad de forma constante y persistente.
Después se impuso el silencio.
Nadie respondió a mis llamadas de socorro.
Entonces me pregunté: Se trataba simplemente de una alucinación que había tenido en relación
con Nanny y Maestro?
¿He estado teniendo alucinaciones con un montón de cosas?
¿Dónde estás, Simone?
Tengo un mechero en el bolsillo. Seguro que todavía queda suficiente oxígeno aquí dentro como
para poder encenderlo. Con solo apretarlo, el ataúd se vería envuelto en llamas al instante. Eso
significa que yo me quemaría. Me quemaría y sentiría que me estoy quemando. Mi mente
sugestionable interpretaría la sensación de ser quemado vivo y el dolor haría que entrase en un
estado de shock. Sería espantoso, pero conseguiría activar la alarma y una enfermera me
desconectaría de la RVI.
¿Soy lo suficientemente valiente como para quemarme vivo?
Mis dedos rozaron el encendedor. Casi lo tenía. Por fin. Lo saqué y lo acerqué hasta el oído. Lo
agité y escuché el líquido moviéndose en su interior.
Objeto personal, encendedor, Zippo, acero inoxidable, elección 9.
Extendí el brazo y llevé el dedo pulgar hasta la rosca para encenderlo.
Nada. Volví a intentarlo de nuevo. Nada otra vez, y no porque tuviese poca cantidad de líquido,
sino porque Maestro había dispuesto que fuese un objeto inservible.
Me incorporé hasta golpearme la frente contra el ataúd con la única intención de sentir algo. Para
castigarme a mí mismo por haber fantaseado con una falsa esperanza. Eso es, un bang a cambio de un
clic.
Clic, clic, clic. Bang, bang, bang.
A continuación otro ruido se sumó a mi sinfonía. Sentí un arañazo.
—¿Hola?
Alguien me está desenterrando. ¡Estoy aquí! ¡Estoy...!
No.
No, no.
Es dentro del ataúd.
Hay algo aquí dentro conmigo...
Está subiendo por mi pierna.
¿Qué coño es?
Moví la pierna con la intención de deshacerme de aquella cosa. Traté de matarla, pero siguió
trepando por mi cuerpo. Desde la pierna al ombligo, y después al pecho.
La agarré.
Mis dedos se iluminan...
Ahora veamos.
—¿Has venido a comprobar si estoy muerto?
La araña inclinó su cabeza de cristal para proceder a estudiarme.
—¿Es eso lo que estás haciendo en este lugar, pequeño insecto? Yo no soy Lázaro; todavía no me
he muerto. Pero, dado que estás aquí, quizá puedas ayudarme.
Moví los dedos suavemente y los iconos comenzaron a dar vueltas.
—No te alarmes —le dije.
Esta vez Pace se mostró receptiva a mis esfuerzos. No trató de zafarse de mí. Cuarenta y cinco
minutos de intenso pirateo dieron como resultado una salida. Me introduje en ella y rompí la interfaz
de usuario como si se tratase de la cáscara de un cangrejo.
Bajo la luz tenue que desprendía Pace, comenzaron a aparecer una serie de palabras:
¿IMPOSIBLE DE REPARAR?
¿IMPOSIBLE DE REPARAR?
Esa fue la simpática letanía que se repitió una y otra vez por medio de un código inconexo: ¿estás
jodido? ¿Está jodida Nanny? ¿Está jodida tu vida? Sí, sí y sí. No paró de hacerme preguntas.
Investigando. No logré entablar con Pace algo que pudiera parecerse a una comunicación coherente.
Cada vez que tecleaba una respuesta a sus preguntas me topaba con aquel mandito mensaje:
INTERCAMBIO NO AUTORIZADO
A la mierda, pensé, sino puedo mitigar la confusión que me produce este ordenador, al menos voy
a sacarle provecho.
Disección de tejido orgánico y disección de un código; realmente, no existe una diferencia
notoria entre ambas. Todo lo que tienes que hacer es remangarte los puños de la camisa y meter tus
zarpas dentro. Según mis conocimientos, Pace era exactamente lo que Ellison denominaba «un
mediador independiente diseñado para mantener el sistema a raya».
Opté por entregar a Pace el típico mensaje de «nos vemos después de clase».
Así que soy el huésped nueve. Diez niños en clase y yo soy el número nueve.
El denominado «álbum blanco» de los Beatles, Revolution 9. Cuando lo escuchas hacia delante
suena: «número nueve, número nueve». Silo escuchas hacia atrás, dice algo así como: «mátame,
mátame».
Lo haré.
Restablecer el dominio; del nueve al..., por ejemplo..., cinco.
Así de fácil. Volvía a estar en el puente de Chinvat.
—Yo soy tu propia conciencia —me anunció el espíritu guía Trixie.
—Sóplame —le ordené.
Me puse en pie con Pace todavía en mi mano. Arqueé la espalda y estiré las piernas.
Noche de Walpurgis
La financiación del proyecto es costosa en exceso y las cifras originales han resultado ser
extremadamente erróneas. Los gobiernos americanos y europeos recurren a intentos desesperados
para conseguir la financiación necesaria en el caso de aquellos proyectos que, de forma
irresponsable, se han puesto en práctica demasiado tarde, así que la Gedaechtnis tiene que seguir
dependiendo del dinero del sector privado. Después de todo, es por una buena causa, la mejor posible,
aunque predomina el escepticismo. Algunos dicen que se trata de un pozo sin fondo, mientras que
otros tienden a ver una oportunidad en todo esto.
En opinión de Jim, los ejecutivos de Smartin!° son autómatas trajeados, rebosantes de codicia,
orgullosos de sus tácticas despiadadas. Demasiado depredadores para una empresa dedicada a la
venta de helados con sabores exóticos. Le resultarían más simpáticos si no le recordasen tanto a sí
mismo.
—Tienes todos nuestros productos, todos nuestros sabores —dice el primer ejecutivo.
—Aproximaciones razonables de los mismos —responde Jim.
—Será mejor que se convenza de que no vamos a repartir sus beneficios —exclama el hombre del
sur, preocupado por los derroteros que va a tomar el asunto—. La nuestra es una raza despreciable, y
si está pensando en llevarnos a los tribunales...
—No se trata de eso —afirma rotundo el segundo ejecutivo con un tono más suave y amistoso que
el primero—. Estamos embarcados en vuestro proyecto. De hecho, estamos dispuestos a haceros una
oferta que no podréis rechazar. Dinero, bienes, mano de obra, lo que necesitéis.
—¿A cambio de qué? —pregunta Jim.
—A cambio de la colocación de nuestros productos en el mercado.
Smartin!º está apostando por la Gedaechtnis, añade el tercer ejecutivo. Al presentar nuestros
postres en un lugar destacado dentro de la RVI, podemos hacerlos llegar a toda una nueva generación
de consumidores. Los ejecutivos tienen previsto dejarse en herencia sus acciones a sí mismos, o más
bien, a clones de sí mismos, que, si todo sigue su cauce, se desarrollarán cuando la peste bubónica sea
ya historia. Estos clones se ocuparán de reconstruir el imperio y los beneficios de Smartin!º.
En los meses siguientes, surgen otras compañías que hacen ofertas similares, olvidándose del
presente para poder tener una oportunidad en el futuro. Se trata de una especie de inmortalidad
empresarial, del triunfo del capitalismo sobre la muerte.
***
Cada vez fui notando más la sensación de humedad, de que estaba florando sobre algo gelatinoso,
algo que en su día había sido mi hogar sin que yo lo supiera. ¿Y ahora? Ahora me doy perfecta cuenta
de ello. Era como si descubres que has estado durmiendo sobre tu brazo en una posición curiosa. A
continuación, notas ese dolor sordo, punzante.
Mojado. ¿Me había orinado encima? No, a no ser que orinase tinta azul. Mis ojos —¿tengo algo
en los ojos ?— se fijaron en un líquido azul que me rodeaba por todas partes, caliente y relajante. Me
encontraba sumergido bajo el agua, solo que aquel líquido no era agua. Enseguida me di cuenta de que
se trataba de gel antibacteriano; lo empleábamos en el laboratorio de química. Me sentía muy débil.
Me produjo una sensación nauseabunda descubrir que, por error, había escogido otra caja, en lugar de
la que contenía el Brasil tropical.
¡Joder!, pensé. Estoy de nuevo en el ataúd, solo que esta vez me han recubierto de mermelada de
arándanos.
Parecía como si tuviese alambres. Tubos y alambres que salían de mi cuerpo y se extendían por
todas partes. Parecía un alfiletero sumergido en aquel líquido, un erizo de mar con púas.
Allí hay un catéter. Y un VI. Conviértelo en dos VI. Alambres en mi cabeza, alambres en mis
dedos de los pies, alambres en mis dedos de las manos. Tubos en mi boca y en mi nariz para ayudarme
a respirar.
Espera...
De la caja automatizada (no útero/matriz) se abrió una compuerta para drenar el gel.
Pace estaba ilocalizable.
—Secuencia completada —dijo una voz.
Con un esfuerzo sobrehumano, conseguí incorporarme. Echando mano de músculos encogidos
por la tensión, extraje cada alambre y cada tubo de mi cuerpo. Corté mi cordón umbilical. Conseguí
desengancharme finalmente de las máquinas. A continuación, me levanté y planté un pie desconocido
en un suelo igualmente desconocido.
Y me resbalé.
Mis primeros pasos habían concluido con un batacazo para recordar que hizo que mi trasero
acabase en el suelo. Y entonces pensé: ¿Primeros pasos?
Me encontraba en una habitación oval recubierta de plástico y de titanio, en una casa aislada de
todo ruido que albergaba todo tipo de aparatos que no lograba reconocer. Algunos de ellos parecían
quemados, como si se hubiese producido un fallo eléctrico de dimensiones descomunales. Habían
dejado una toalla y un albornoz para que los usase, pero, en lugar de eso, me concentré en un sobre
donde decía «GABRIEL». En su interior hallé dos discos y una nota:
***
Muerte. Algunos dicen que es la Última Realidad. Quien quiera que lo dijese, ahora estaba ya
muerto. Todo el mundo lo estaba.
¿Qué estarían haciendo los hombres de los arbustos del Kalahari en este preciso instante? Nada.
¿Y los separatistas de Quebec? Nada tampoco. Tengo la impresión de que este momento constituía el
único en el que todos los seres humanos que habitaban el planeta Tierra se encontraban unidos bajo un
mismo propósito, en el sentido de que lo único que estaban haciendo era alimentando a las aves
carroñeras. Ser Nutritivo, por así decirlo. Un billón de chinos deshojando margaritas. Un billón;
apenas podía imaginarme un ciento, un millar. Era imposible de calcular. Una pérdida de tiempo
incalculable. Santos y personas susceptibles de mejorar, personas que escupen odio por doquier y
humanitarias. Todos ellos echados a perder, todos ellos muertos.
Me refiero a la disminución de la manada.
Muerte. Algunos dicen que es la Gran Igualadora.
Los judíos estaban tan muertos como los cristianos, los musulmanes tan muertos como los
budistas, los hinduistas tan muertos como los ateos. Ningún humano logró sobrevivir. El Papa estaba
tan muerto como Nietzsche, y también lo estaba el doctor Ellison. Tantos y tantos encerrados en
cajones de madera. Yo también estaba en una caja, pensé, pero no era real.
Así que...
Podríamos llamarlo el Fin del Mundo, excepto que el este continuaba existiendo sin todos ellos.
Podríamos llamarlo el Fin de la Civilización, excepto que la civilización continuaba existiendo
dentro de la RVI.
Podríamos llamarlo el Final de Mis Ilusiones.
Me sentía completamente desilusionado, y me parecía sencillamente cojonudo.
Me tuvieron engañado desde el Día Uno, y en lo más profundo de mi corazón paranoico lo sabía.
Nunca supe de qué se trataba concretamente, pero siempre tuve la sensación de que había algo extraño
en todo aquello. Había estado obsesionado con el tema de la vida después de la muerte; ¿por qué?
Creo que porque en ocasiones mi mundo no parecía sencillamente real.
¡Y tenía razón!
Cuanto más pensaba en todas mis impresiones pasadas, más grietas encontraba. Mis padres
habían estado tan limitados como lo estuvo Charles Darwin. Nunca conseguí entenderlos, o casi
nunca. No eran, ni por asomo, dos personas extraordinarias. Hicieron todo lo que pudieron en un par
de programas que empleaban patrones de conducta preprogramados, obligándome a estar donde la
Gedaechtnis quería que estuviese en todo momento, de modo que no tuve que volver a escuchar sus
explicaciones nunca más. Pude librarme de todas esas ataduras y descubrir a mi verdadero yo, porque
era alguien especial, en sentido literal.
Así son las cosas.
Todos los idiotas van por la vida pensando que son especiales, haciendo suyo ese engreimiento
solipsista según el cual piensas que todo gira alrededor de ti, únicamente de ti. ¿Se nace con esta idea?
Probablemente. Cuando descubres la empatía, se supone que abandonas lo anterior, pero tengo mis
dudas de que sea posible hacerlo. Los monjes zen se pasan toda la vida intentándolo, pero es difícil.
Siempre existe la posibilidad, por muy remota que pueda parecer, de que lo único verdaderamente
importante es lo que está en tu mente, que tú eres la estrella del espectáculo, que todos los demás son
simples personajes secundarios y que después de que tú mueras, todo dejará de existir.
«Después de mí, el diluvio», dijo Luis XV. Cuando yo me haya ido, así será, por lo tanto, ¿de qué
tengo que preocuparme?
En el caso de nosotros diez, la Gedaechtnis trató de inculcarnos la idea de que, en el Mundo Uno,
todos nosotros éramos extraordinarios. Cuando éramos pequeños, Maestro nos hacía cantar: «¡Soy
especial! ¡Mi vida tiene sentido!» ¿Especial? ¿Yo? Seguro, adelante, levanta mi autoestima.
Soy especial de acuerdo, porque no soy uno de vosotros. No soy humano. No importa el ADN que
compartamos, la especie tan desafortunada o tan monumentalmente estúpida (elige el que quieras)
como para permitir que un maldito microorganismo la erradique de la faz de la Tierra no puede
pretender que me considere un miembro de ella.
Yo soy algo nuevo.
Y tú, Ellison, querías que fuese lo suficientemente inhumano como para salvarme, pero lo
bastante humano como para querer ayudarte. ¿De veras piensas que podías conseguir las dos cosas?
Una parte de mí había muerto dentro del ataúd de la RVI, concluí, y hoy era el primer día de mi
gloriosa vida después de la muerte. La religión islámica afirma que tu vida en la Tierra es una
preparación para tu verdadera vida después de la muerte. Esta vida es una vida más real e intensa que
la otra. Así era también mi vida.
Me sentía con ganas de confiar en el mundo. Sentía que nunca antes había logrado controlar tanto
la situación como en este preciso instante.
Mi soda en esta empresa: la psicótica que me acababa de romper la nariz.
***
La encontré mirando su imagen fijamente en una viga de metal. Lo primero que hice fue
disculparme. Nunca antes me había visto envuelto en una situación como esta y, no sé por qué, me
parecía divertida. Supongo que se trataba de un mecanismo de defensa estúpido. Mi intención no era,
ni de lejos, la de asustarla o hacer que se sintiera incómoda.
No me contestó.
Me di cuenta de que no había escuchado los discos.
—¿Quién es esa de ahí? —preguntó a su reflejo—. ¿A quién demonios estoy viendo?
Le dije que era la misma Fantasía de siempre.
—¿Qué le ha pasado a mi cara?
Esa es tu cara real, pensé en decirle. Esa es tu cara real mientras que la otra era una plantilla
virtual, un rostro electrónico, podría haberle contestado, pero ella ya lo sabía.
Le dije que no le había pasado nada.
Le dije que era muy guapa.
—No, no lo soy —me contestó, arruinando mi cumplido con una mirada llena de reproche—. Y
tú tampoco cogiste ningún juguete de la caja bonita.
Me encogí de hombros sin saber muy bien qué decir.
—Por supuesto que lo que importa es lo que sucede aquí dentro —añadió señalando a su cabeza
—, y no el hecho de que sé lo que hay aquí dentro.
—¿Quieres que te muestre dónde nos encontramos ahora? —le sugerí.
Le propuse que nos dirigiésemos a la entrada.
—La Gedaechtnis es una multinacional, pero sus sedes principales se encuentran en los Estados
Unidos y en Alemania. Se podría decir que somos una mezcla de la ingenuidad americana y de la
ingeniería alemana. Ja, ja. Es como si el tanque Elysium y el Shangai-La se encontrasen en Estados
Unidos, el Meru en Bélgica y el Walhall en Alemania.
—¿En cuál de ellos estamos nosotros?
—En el tanque Dilmun —contesté, dando unas palmaditas sobre una de las mamparas de titanio
—. En realidad somos un plan de emergencia. En el caso de que se produjese una especie de desastre
global, la Gedaechtnis se afanaría por preservar la supervivencia de un hombre y de una mujer. Y esos
somos nosotros.
La acerqué hasta la ventanilla de nuestro tanque.
—¡Eso de ahí es la Tierra! —exclamó ella.
—Estamos en órbita.
—En órbita —repitió ella completamente asombrada.
—Este tanque es una estación espacial.
Fantasía cerró los ojos, apretándolos con fuerza.
—¿Nunca hemos puesto ni siquiera los pies sobre la Tierra?
—Quizá cuando éramos muy pequeños. ¿Y entonces? No lo sé. Los discos no desvelaban todos
los detalles de nuestro pasado, pero quizá deberías escucharlos —le sugerí—. Pensé (bueno, más bien
esperaba) que podría contarte todo esto de un modo más inteligible de lo que lo hicieron conmigo,
pero veo que he fracasado.
—Estás en lo cierto.
Muy bien. ¿Qué podía responder yo a eso? Me mordí el labio y vi sus párpados completamente
abiertos. Observé cómo miraba hacia la Tierra.
—Hal —me dijo—. ¡Mierda!, Hal, no es posible que las cosas sean así. ¿Crees que existe alguna
posibilidad pequeñita de que esté siendo medicada en este lugar? Ya sabes que a veces tengo
problemas. Miro, escucho y a veces mi corazón me dice que tiendo a pensar como si estuviese
trazando curvas.
—¿Y no puedes pensar bien?
—No, no puedo; tal y como te acabo de explicar. No puedo procesar toda esta información; es
demasiado para mí.
—Yo te ayudaré —le prometí.
—Dime que todo esto es una broma deliciosa.
—¿Mía?
Asintió con la cabeza.
—Nunca haría una cosa así.
Recapacitó sobre lo que acababa de decirle y volvió a asentir con la cabeza.
—Déjame ayudarte —le dije, acercándome para coger una mano trémula con unos dedos fríos
como el hielo, y esta vez me dejó.
***
***
—Tu habitación no parece la misma —observó Fan—. Parece como si se hubiera quemado.
—Sí, está un tanto chamuscada. La descarga Calíope de Maestro provocó una sobrecarga
eléctrica. Fíjate, mi tanque de soporte de vida, o como quieras llamarlo, está accionado.
Se arrodilló para ver los indicadores.
—Energía solar auxiliar.
—Así es. Hace unos días, en fin, digamos que me electrocutaron.
—Ya veo que es cierto.
—Puede que por eso tenga la cabeza hecha un lío.
—Nunca pensé que estuvieses fingiendo —me dijo ella—. ¿Accidente o sabotaje?
—Creo que no cabe la menor duda: sabotaje.
—¿Y cómo podemos verificarlo?
No desde aquí, eso estaba claro. Desde este lugar, nuestro acceso a la red de la Gedaechtnis era
limitado. Para conseguir la información que deseábamos, teníamos que viajar a la Tierra y dirigirnos a
Idlewild. Al verdadero Idlewild, en Michigan. Allí estaba situada la sede del sistema de control. Solo
desde allí podríamos ampliar los registros y analizar la información.
Juntos, estuvimos ensayando todos los procedimientos de aterrizaje. Cubiertas de aerogel y
paracaídas desplegables a gran velocidad. Aquello me trajo toda una serie de recuerdos.
—El campo espacial —dije.
Ella asintió con un gesto.
Años atrás, Fantasía y yo habíamos disfrutado de un verano sabático en el campo espacial. Más
bien fue una simulación de la RVI de un verano sabático, solo que entonces no lo sabíamos. Nuestros
padres nos habían enviado allí para recibir formación básica como astronautas y solo ahora he llegado
a entender el verdadero motivo. Nosotros dos éramos los únicos en órbita, los únicos que
necesitábamos esa formación. Por desgracia, no recordaba mucho de lo que había aprendido entonces,
aunque, por suerte, la Gedaechtnis había agilizado el proceso. Al igual que todos mis actos, el
aterrizaje iba a ser, en gran parte, un procedimiento automatizado.
—Amerizaremos en el océano Pacífico —dije—. Junto a la costa de California.
—Eso está muy lejos —protestó ella—. Mejor el lago Michigan.
Hice un gesto negativo con la cabeza.
—Ya está ajustada para el amerizaje en el Pacífico y no quiero alterar la configuración.
—Solo tienes que cambiar las coordenadas.
—No, Fan. Si se produce el más mínimo error de cálculo, caeremos en aguas poco profundas o
acabaremos estampándonos en tierra firme.
—Podríamos chocar contra el suelo de todas formas. ¡Venga ya! Esos genios se lucieron con
nosotros. No me digas que ahora te vas a fiar de sus cálculos.
De acuerdo, tenía razón en eso. Sin embargo...
—El aterrizaje de esta nave representa una ciencia exacta —dije, mirándola fijamente—. La
educación de unos niños, quizá no tanto.
Fan frunció el entrecejo.
—Veamos, ¿y por qué no un término medio? Amerizaje en el Atlántico.
—Está bien. Será mejor que lo hagamos así —contesté—. Amerizaremos junto a la costa de
California y llegaremos hasta la orilla. Después nos dirigiremos hacia el norte, al Elysium de
Vancouver, y luego al sudeste, al Shangrí-La de Atlanta. Nos reuniremos con nuestros compañeros e
iremos todos juntos a Michigan.
—¡No! —exclamó tajante.
—¿Cómo dices?
—Nada, que no me parece bien —suspiró.
—Ya veo que no te apasiona la idea —dije con cierta resignación.
—No estoy tomando la medicación. ¿Es por eso por lo que no cuenta mi opinión?
—No, no es eso.
—He estado dándole mil vueltas. Dentro de esa cisterna, depósito, incubadora o lo que sea, hay
fármacos que necesito. Deberíamos abrirla para cogerlos. O si no, sería mejor que volviese dentro. De
cualquier forma, necesito tu ayuda. Supongo que no debería automedicarme.
—Haré todo lo que sea necesario —dije con determinación.
—Ya, pero es que he cambiado de idea. No, no necesito esos malditos fármacos. Lo siento, Hal,
he de confesarte que no siempre he estado loca. Empezaron a envenenarme a los seis años. Agentes
psicoactivos en la comida, espirales de luz negra en el termo... Así que, ¿sabes lo que necesito ahora
mismo?: desintoxicarme, un tiempo para limpiar mi organismo, ¿no crees?
Admití que no sabía qué decir. Si le sugería que debía tomar los antipsicóticos, ella seguramente
pensaría que no estaba de su parte. Y si le decía que no eran necesarios, cuando en realidad lo eran...
eso sería imprudente.
—Sería imprudente —añadió con una leve sonrisa.
Saturnalia
Agnóstico, aunque con cierta tendencia pentecostal, el hombre del sur no es un hombre religioso,
a pesar de que a menudo piensa en términos religiosos. En este preciso instante, al salir de la reunión
improvisada con la junta directiva, no puede evitar visualizar a Daniel, que sale airoso de la guarida
del león. Hermanos y hermanas, Dios y la publicidad indirecta han enviado a la Gedaechtnis a la
tercera ronda de financiación. Aleluya.
¿Por qué razón, en los albores del fin de la humanidad, la gente se preocupa por el valor de los
bienes materiales? ¿A quién le importa si se debe dinero?
Como el hombre del sur bien sabe, existen varios proyectos en la competencia, y todos prometen
la supervivencia. «Ayudadnos a acabar con la lacra», promulgan, «lo conseguiremos con vuestra
generosidad. Descubriremos una vacuna contra la peste bubónica. Nos queda poco. Solo necesitamos
un poco más de tiempo y la derrotaremos».
La Gedaechtnis no promete supervivencia, sino resurrección.
La diferencia es insalvable. Morirás. Pero podrían surgir diez vidas nuevas. Diez niños
desarrollados genéticamente. Algún día podrían descubrir una cura. Entonces podrías ser clonado.
La mayoría de la gente afirma: «son demasiadas suposiciones».
Y concluye: «Muchas gracias, pero prefiero seguir vivo».
Conscientemente o no, la gente se da cuenta de que plantar sus semillas en tierras de la
Gedaechtnis supondría abandonar cualquier esperanza de supervivencia. En ocasiones es difícil
pensar en pro de la especie cuando la propia vida está en juego.
No ha habido progresos en cuanto a la vacuna. Cada día que pasa, la supervivencia se presenta
más improbable. Así, mientras la población disminuye, la financiación de la Gedaechtnis va en
aumento incesantemente. De modo que... Aleluya.
—Disfrute de las vacaciones, doctor Ellison.
—Usted también —se despide él.
Mañana es la fiesta de la oficina, recuerda. Ponche y muérdago, villancicos con tintes etílicos y
pagas extra de Navidad. Todos se desinhiben antes de volver al tajo. Recomendable para el estado de
ánimo, piensa. Evidentemente, es inofensivo.
Un vistazo al reloj y el hombre del sur apresura el paso. Es la hora del post mórtem con el
director financiero, un tira y afloja acerca de las distintas vertientes presentadas en la última junta,
antes de convocar a los gestores de proyectos que están a su cargo.
—Atención —dice.
El reloj emite un pitido.
—Avisa a Nora de que llegaré tarde —le ordena.
De forma instantánea, otro reloj pita obediente a unos ochenta kilómetros de distancia y
transmite el mensaje a la esposa del hombre del sur, en plena sesión de yoga.
—Dile que ya me lo había imaginado —responde ella.
—Dile que lo siento.
—Dile que sentirlo es demasiado cortés por su parte.
—Dile que ya estoy pensando en cómo recompensárselo.
—Dile que más le vale.
—Dile que soy un hombre con muchos recursos.
Al incorporarse, después de mantener la postura de la cobra, siente un hilito de ácido en el
estómago.
—Dile que por eso me casé con él —le dice al reloj—. Y dile que todo el mundo ha confirmado su
asistencia el domingo y que me he encargado de toda la compra, pero que todavía queda mucho por
hacer.
Esta vez no obtiene una respuesta inmediata. El post mórtem ya ha comenzado.
—La buena noticia es que aún nos queda mucha vida, en términos fiscales —explica el director
financiero de la Gedaechtnis—. Imprevistos aparte, esta nueva ronda nos mantendrá a flote hasta la
fecha de finalización. No está mal, teniendo en cuenta la economía actual. No, más bien se trata de un
reto logístico, ya que debemos explotar los recursos humanos que están a nuestro alcance.
—Y lo que quieres decir es que tenemos problemas que no se pueden resolver con dinero —dice
el hombre del sur.
—Exactamente. A eso me refiero. Lo que quiero decir es que ahí fuera solo existe un número
reducido de personas que disponen de las aptitudes requeridas. La mayoría ya está trabajando en la
lucha contra la peste bubónica, por lo que no estamos hablando de un problema económico.
Simplemente, no conseguiremos reclutarlos. Y mientras tanto, cada semana que pasa enferma un
empleado.
El hombre del sur muestra su rechazo a esta idea haciendo un gesto al aire con la mano.
—Es la naturaleza de la bestia, Bob —asevera—. Nadie dijo que esto iba a ser fácil. Si logramos
cruzar la línea de meta con las piernas rotas, por mí perfecto. Siempre y cuando consigamos cruzarla.
—A eso me refiero; puede que no lo consigamos.
—No me seas pesimista en esto, Bob.
Pero eso es exactamente lo que Bob está tratando de explicar al hombre del sur. Está
enfermando, ya presenta los síntomas y su médico no le ha dado mucho tiempo de vida. Pretende
dimitir de su cargo de director financiero y pasar más tiempo junto a su familia. Siempre que le quede
algo de tiempo.
La familia, en el nombre de Dios, la familia. Es imposible escapar de ella en los tiempos que
corren. Se dice que cuando uno se está muriendo, lo único que le queda es la familia. Aunque
apesadumbrado por la noticia, el hombre del sur no le reprocha haber tirado la toalla. Echará de
menos su compañía, así como sus grandes dotes; al fin y al cabo, Bob es un director financiero
condenadamente excelente, a pesar del nauseabundo hedor que despide su bebida preferida, el café
moca. Aunque se siente afligido, el hecho de que Bob se dirija por la vía rápida hacia la inexistencia
no alcanza a atravesar cierta coraza que impide que semejante noticia penetre en su corazón. La
experiencia le ha convertido en un hombre impasible ante las tragedias individuales que componen
este holocausto. Las considera meros síntomas, y la lucha contra los síntomas es en vano. Tal y como
Blue suele afirmar, hay que luchar directamente contra la enfermedad.
Mientras tanto, a Nora le gustaría tener otro bebé. Como tantas otras mujeres de hoy en día,
siente el imperativo biológico de garantizar la continuación de la especie, a pesar de que se trata de
un mandato fantasma para el que no tiene respuesta. La fertilidad constituye un recuerdo lejano... por
cortesía de la peste bubónica. Ahora trata de compensar la imposibilidad de cumplir su «necesidad de
engendrar» ejerciendo un papel maternal (o, según su hija, un papel asfixiante) sobre todos sus
conocidos. Es algo que no puede evitar. A pesar de que no siempre ha sido así, a pesar de que antes se
sentía orgullosa de ejercer su profesión, liquidadora de seguros. Hasta que la compañía quebró,
momento desde el cual se valora a sí misma en función del grado de cuidado que proporciona a sus
seres queridos. Dentro de la creciente seuche kultur, o «cultura de la plaga», ella está considerada
como una criadora, una de las seis compensaciones recibidas en la antesala de la muerte.
Según los expertos en sociología de la época actual, se pueden distinguir los criadores, los
hedonistas, los adictos al trabajo, los fantasiosos, los apáticos y los fanáticos. Sin embargo, existen
muy pocos individuos cuyo carácter se ajuste a una única categoría. Existen términos medios, por
ejemplo Jim el Intermedio, un adicto al trabajo con tendencias hedonistas y fantasiosas. O Blue, una
adicta al trabajo con tendencias apáticas. El hombre del sur está clasificado como un adicto al
trabajo puro, a pesar de su educación religiosa, e independientemente de su ferviente entrega a su
causa, tan característica de los fanáticos. Por el contrario, sus cinco hermanos, la mayoría de los
cuales vendrán por Navidad, completan el resto del espectro.
Will es el criador, recién llegado de su último relevo en las Fuerzas por la Paz e inmerso ahora
en el voluntariado en la Cruz Roja local. Posee un espíritu desinteresado; en este sentido, la peste
bubónica no ha alterado su carácter lo más mínimo.
Tom, el hedonista, no vendrá a cenar en Navidad. No ha hablado con ninguno de sus hermanos
desde hace más de diez años y no tiene intención de hacerlo precisamente ahora, se encuentren o no a
las puertas del día del Juicio Final.
Alex, el banquero de inversiones, falleció a causa de la RVI junto con otros compañeros
fantasiosos que ansiaban gozar de otro tipo de existencia durante sus últimos días. La inmersión en la
RVI, con la intención de consumirse en un constante goteo de sustancias químicas, se ha convertido en
un fenómeno tan popular que ya se considera, en sí mismo, una subcultura.
A Percy le afectó sobremanera la muerte de Alex. Uno de los inconvenientes de tener un hermano
gemelo. Desde entonces, se ha convertido en el apático por excelencia; derrotado, sin esperanza
alguna sobre nada de lo que le rodea, incluso casi despreocupado por cuidar de sí mismo.
Y después está Verne, Verne el fanático, quien decidió consagrar su vida a Dios tras años de
llevar lo que podría considerarse una «vida desechable». Es posible que su intención sea alcanzar a
su madre, reconectarse con la fe de ella en los días tenebrosos en que vivimos. O puede que la religión
se haya convertido en el último refugio de los canallas, tal y como sospecha Nora.
La cena de Navidad (seguramente, la última cena en la que se reunirán los Ellison) se cuela en
los pensamientos del hombre del sur y lo distrae de su trabajo. No puede permitirse ninguna
distracción, no ahora que están tan cerca. Una vez guardado el árbol de Navidad, él saldrá de casa y
los echará a todos. Si bien adora a su mujer y a su hija, las tiene demasiado mimadas, y su deber es
sacrificarlo todo para alcanzar el bien.
***
—La placenta segrega una proteína que podría oponer cierta resistencia contra la enfermedad —
afirma Blue, mientras recorre el borde de su vaso de agua con las yemas de los dedos—. Su efecto es
similar al del factor inhibidor de leucocitos. He de admitir que se trata de una resistencia limitada,
aunque las posibilidades que ofrece son tentadoras.
El comensal sentado junto a ella mastica concienzudamente y traga. Siente el agudo picante del
wasabi en las fosas nasales. Se limpia los labios con la servilleta antes de hablar.
—De modo que estás en busca de la espada.
—¿Qué espada? —pregunta ella.
—La espada que corta el nudo gordiano.
—Ah.
—Sin embargo, la peste negra no se puede cortar —replica él.
—Bueno, supongo que simplemente tiro del hilo, como todo el mundo.
—Tampoco se puede deshacer.
—Jamás te había oído hablar de forma tan pesimista —observa ella, frunciendo el ceño. En su
recuerdo, él se presenta como un hombre rebosante de optimismo, como el ansiado oasis vislumbrado
en los tenebrosos páramos de su depresión. Siempre compasivo, siempre un amigo, y a veces algo más.
—Ya no puedo más, Stasi —dice él—. Esto puede conmigo.
Al igual que ella y tantos otros, ha movido cielo y tierra en busca de una cura. Su empresa es más
poderosa que la Gedaechtnis, dispone de más fondos. Ha centrado sus esfuerzos en el tratamiento de
los enfermos empleando terapia genética, luchando contra la peste negra al nivel de las moléculas
ADN. Ha cosechado pequeños éxitos en la ralentización del avance de la enfermedad, pero ninguno de
sus pacientes ha conseguido sobrevivir. Sin embargo, sospecha que el propósito de Blue, desarrollar
una nueva vida, llegará a buen puerto. Sea lo que fuere, él no participa en el juego. No se ha
presentado en su puesto de trabajo desde hace varias semanas. Lo sustituye su mano derecha, un
hombre hábil, pero con menos talento. Él no piensa regresar.
—¿Qué es lo que te ha pasado? —pregunta Blue.
—Se ha apoderado de mí.
—¿Estás infectado?
—Es posible. Supongo que será eso. Aunque no presento los síntomas. —Hace una mueca, sorbe
el último trago de su té verde helado y vuelve a hacer la misma mueca—. Ya sabes lo duro que es este
trabajo —dice—; estaba exhausto, tanto física como mentalmente. Decidí cogerme un par de días
libres, disfrutar de un fin de semana normal, para variar. Y resultó ser un gran alivio. Eso es todo.
Inmerso en aquel alivio, parte de mí se apagó para siempre. Traté de volver al trabajo, pero me
resultó imposible. Imposible.
—¿Imposible? Querer es poder.
Ante estas palabras, él no dice nada.
—Que te jodan por tirar la toalla. ¿No ves que te necesitamos?
—No tengo elección. Stasi, cualquiera que fuera mi poder, cualquiera que fuera mi talento, han
sido desterrados de mi existencia. Completamente. Es casi como si la enfermedad fuese consciente de
que iba tras ella, de que me estaba acercando, y entonces alcanzó mi corazón y me lo arrancó.
Blue no puede evitar el dolor al contemplarle. Ladea la cabeza, arrojando la mirada de
decepción sobre el estanque del exterior. Él puede percibir lo que ella siente; se ha convertido en un
espectro. Tiene sentido; ambos lloran la pérdida del hombre que ha sido.
—Ya está bien de hablar de mí —interrumpe él, deseoso de apartar la conversación de sus
propios fracasos—. ¿Cómo están tus hijos?
—No son mis hijos.
Él no reprime una sonrisa.
—Ya sabes a qué me refiero.
Claro que lo sabe, pero a Blue no le gusta la expresión que ha utilizado. Ella es una profesional
de la ingeniería genética, por encima de todas las cosas. A sus ojos, una mujer dedicada a la
ingeniería genética no puede ejercer el papel de madre; no puede ser madre. No siente ningún apego
maternal por los embriones mutantes de los que cuida. Solo se trata de un sentimiento de deber. Su
compromiso con la causa. Jamás se permitirá ningún otro tipo de sentimiento.
En ese mismo instante le invade un recuerdo: un impacto, vacío en el útero, vacío en sus brazos;
la palabra «aborto» resuena en sus oídos. Era su bebé; aquel feto muerto que le extrajeron de las
entrañas tantos años atrás. Durante un largo y doloroso momento, considera la posibilidad de
confesarle la verdad sobre aquel bebé, pero se echa atrás en última instancia. Es mejor preservar el
secreto, y ahorrarle reflexiones ilusorias acerca de lo que podría haber sido. La coordinación, la
coordinación era lo que había fallado siempre entre ellos dos. Demasiadas distracciones; en primer
lugar, el matrimonio de él y las profesiones de ambos. Realizando un análisis definitivo, se puede
afirmar que son buenos amigos, excelentes compañeros de trabajo y amantes mediocres, sin bien ella
recuerda con nostalgia aquellos encuentros clandestinos. Recuerda su olor corporal. Y la sensación
de seguridad al estar entre sus brazos.
—Van mejorando —le dice—. De momento, están mostrando una mayor resistencia a la
enfermedad que cualquier otro ser humano sobre la faz de la Tierra. El problema es que no son
humanos. Es posible que contengan imperfecciones graves, no lo sé. Son conjeturas.
—Ya. Y ninguno de nosotros va a vivir el tiempo suficiente para ver si tus conjeturas son ciertas.
—Así es —admite ella, mirándolo de nuevo a los ojos—. No viviremos.
—Bueno, si alguien es capaz de conseguirlo, esa eres tú.
—Ya veremos —dice, frunciendo el ceño—. No debo permitir que se involucren demasiado los
sentimientos. Si funciona, fantástico. De lo contrario, estaremos muertos y dejará de ser asunto mío.
Acabada la cena, les sirven el café y el postre, un platito con helado Smartin!º, sabor «Échale
guindas». Mientras sus organismos están ocupados metabolizando la cafeína y el azúcar y todos
esperan a que el camarero traiga la cuenta, Blue le pregunta si realmente cree que sería una buena
madre.
—No me cabe la menor duda —contesta él.
—¿Te parece que tengo rasgos de criadora?
—Puede ser.
Qué dulce, opina ella. Seguramente nadie en la Gedaechtnis compartiría su opinión. Sus
compañeros la consideran una mujer increíblemente fría. En muchos de los debates que se producían
con el fin de determinar qué experiencias debían formar parte de la adolescencia de los futuros
salvadores, ella se aseguraba de retirarse y callar, alegando que desconocía todo lo relacionado con
la educación de los niños y con la RVI.
—Siempre y cuando cumplan la función para la que han sido diseñados, por mí podéis educarlos
de la forma que os venga en gana —decía.
Sin embargo, cuando surgió la cuestión de la lealtad, si bien el hombre del sur ordenó a Jim que
diseñase «lecciones éticas y de buena voluntad» para garantizar que los niños desarrollasen un
sentimiento de solidaridad por la raza humana y una pasión por la clonación de la especie cuando
alcanzasen la mayoría de edad, ella sugirió que si realmente deseaban inculcar un sentimiento de
hermandad en aquellos niños, deberían, por el contrario, diseñar enfermedades virtuales.
«Permitidles que crezcan conociendo el sufrimiento y la lucha contra la amenaza continua que
representa la muerte microbiana, al igual que los seres humanos del presente. Convertid la Academia
del hombre del sur en una sala de hospital llena de niños con enfermedades graves. Solo entonces lo
entenderán; solo entonces serán conscientes de la realidad». A pesar de todo, no aceptaron su
propuesta. Es más, sus compañeros la consideraron desagradable y de una crueldad desmesurada. A
ella le parecía (y le sigue pareciendo) una solución pragmática.
Madre, piensa ahora. Yo.
***
***
***
El rostro de Houston está enmarcado en tirabuzones rojos y, cada vez que piensa en ella, no
puede evitar imaginársela tropezándose, con sus botas de plataforma, mientras se estaba quitando las
bragas. Qué torpe, la verdad, aunque a él se le antojó entrañable. Dejó de verse con ella cuando
descubrió que empezaba a sentir algo especial. ¿Para qué?, pensó. Ya sabe que debería mantener
relaciones sexuales únicamente con gente RVI, pero últimamente, lo auténtico le está creando una
verdadera adicción.
Ella siente una grata sorpresa al recibir su llamada, totalmente inesperada. Me echa de menos,
piensa. Conmovedor. «Dos mil dólares», le dice ella. «Más la propina.» ¿Es que han subido los
precios? «La ley de la oferta y la demanda», le explica. No es que tenga un corazón de oro, piensa
Jim. Más bien de plata; de bronce, quizá.
Una vez realizada la transacción, con las necesidades de Jim ya cubiertas, ella se quita las
esposas y se estira, examinando la colección de pastillas que descansa sobre la mesilla.
—Coge si quieres —le ofrece Jim, con la mente en otra parte.
Siempre tan generoso, piensa ella. Jim le gusta. Le gusta de verdad.
—¿Y quién es esta cosita?
Vaya, no recuerda bien el nombre.
—Mr. Jopito —le contesta.
—Es muy mono.
—Sí.
—¿Me lo puedo quedar?
Jim no sabe qué decir. Hace un gesto ambivalente. Ella lo toma por un sí y aunque él está a punto
de negarse, finalmente no dice nada. Está demasiado cansado. Mr. Hoppington desaparece,
literalmente, en el bolso de ella, de no ser por esa oreja blandengue, que se asoma al exterior.
Juguetito, piensa Jim. Juguetito del nene.
Ella le da un beso en la mejilla y se va.
Su insomnio ha empeorado. Cada vez que cierra los ojos, la imagen del conejito se presenta ante
él. En su mente es gigantesco y convierte todo lo demás en pequeño e insignificante. Si al menos lo
hubiera donado a un orfanato, piensa. Es lo menos que podría haber hecho.
***
El impacto contra el agua fue tan violento que pensé que la cápsula se habría roto.
Nos desplomamos, a trompicones, entre maldiciones, agarrándonos con fuerza a los cinturones
que impedían que saliéramos despedidos de nuestros asientos. Me había roto la nariz; la sangre se
precipitaba salpicándome de manchas rojas. Qué caos. Ya había vomitado y Fan también. Ella
mantenía los ojos cerrados y los dedos cruzados, mientras suplicaba al Misericordioso Evans. Por lo
visto, M. E. era una maldita fuerza de la naturaleza que establecía el equilibrio entre lo Nutritivo y lo
Delicioso. Bravo por él. Yo también le habría suplicado si tuviese la convicción de que serviría de
algo.
Las luces parpadeaban. Oí cómo se doblaba el metal; lo oí y por suerte mis oídos no reventaron.
Había estado gritando sin cesar. Y no solo de miedo, precisamente.
¡La cápsula se tambaleó!
Y entonces llegó la calma.
Fan tomó la iniciativa. Cogió los mandos y nos condujo con cuidado hasta la superficie. Arriba,
arriba y más arriba. Surgimos de entre las olas y cuando miré a través de la escotilla, pude estirar el
cuello para contemplar el cielo azul más hermoso y las nubes blancas más bellas que había visto en mi
vida.
Nos limpiamos y nos pusimos los trajes de protección medioambiental. Uno de los motores
externos resollaba y petardeaba, pero, de algún modo, conseguimos llegar hasta la orilla.
Lo habíamos conseguido.
—Bienvenida al primer día del resto de nuestras vidas —dije.
—¿Estás preparado?
—Lo estoy y lo estaré siempre.
Desactivamos el seguro de la escotilla. El metal emitió un gemido de protesta; entonces se abrió,
descubriendo una pasarela de salida. Nos dirigimos al exterior con cautela, ayudándonos el uno al otro
para subir al embarcadero, igual que los astronautas que pisan por primera vez un planeta lejano. En
realidad lo éramos.
—Un pequeño paso para Fan —dijo ella.
—Y un gran paso para la Halloweendad —añadí yo, aunque mi voz solo consiguió emitir un
susurro ronco. Estaba observando a mi alrededor; todos aquellos yates y veleros vacíos, abandonados
tiempo atrás y en mal estado. Estaba escuchando el graznido de las gaviotas y el silbido de la brisa,
que soplaba sin cesar; un sedal roto golpeaba contra una vela hecha jirones. Percibía el amargo sonido
de la ausencia total de seres humanos.
—Una puta ciudad fantasma —dijo Fan, como si me hubiera leído el pensamiento.
Asentí, sin habla.
—Me gusta —declaró—. Todo es tan increíblemente delicioso. Y qué día más hermoso.
Hermoso, hermoso. Me dan ganas de desprenderme de las ropas y tumbarme desnuda al sol.
Le dije que no me parecía una buena idea.
—Vaya, no pensaba que fueras tan mojigato —exclamó malhumorada.
—Simplemente creo que no deberíamos quitarnos los trajes de protección medioambiental hasta
que no hayamos realizado unas cuantas pruebas.
—¿Seguridad ante todo?
—Así es —le contesté—. Estoy siendo nutritivo. Asúmelo.
—¿Es que tengo elección?
Con el fin de salvaguardar las inversiones realizadas, la Gedaechtnis nos había provisto de
«olfateadores» de última tecnología, unos dispositivos que me permitían comprobar de forma
exhaustiva si el aire contenía microorganismos. Entretanto, Fan se puso también manos a la obra;
volvió al interior de la nave y sacó todo aquello que consideró que podría sernos útil. Trajo alimentos
y fármacos deshidratados, además de agua desinfectada. Encontró mochilas, botiquines y ordenadores
portátiles cargados de mapas. Por último, trajo una enorme bolsa de lona, rebosante de hojas de papel.
No la había visto antes.
—¿Qué es eso? —le pregunté.
La colocó sobre el embarcadero, hurgó en su interior con ambas manos y comenzó a lanzar al aire
el contenido, llena de alegría. Parecía confeti. Las hojas volaban al viento, esparciéndose la mayoría
de ellas sobre el agua.
Algunas cayeron a mi lado y las recogí.
«Querido Gabriel», comenzaba la primera. Había un corazón dibujado sobre la «i».
—Dios Santo —exclamé.
La siguiente carta era para Fantasía. Se dirigía a ella por su verdadero nombre, aunque estaba mal
escrito. Alcé la vista para contemplarla dando vueltas de alegría, cual ojo de un huracán que despide
papeles.
Leí la siguiente. Y la siguiente.
Eran cartas escritas por niños. Cientos y cientos de cartas de niños aquejados de peste negra,
quienes enviaban amor y dibujos, y deseos y esperanza, apoyándonos en nuestro reto de traerles de
vuelta de entre los muertos.
Primero de mayo
***
Llegamos al interior de unos grandes almacenes, o más bien de lo que debieron ser unos grandes
almacenes, antes de que años y años de abandono los convirtieran en un lugar perturbador, en ruinas.
Era lóbrego e inquietante y las ruinas parecían tejidas por todo un ejército de arañas. En lo alto, una
pancarta decía: «¿Alguna queja? ¡Háganoslo saber! ¡Si usted no está satisfecho, nosotros tampoco!»
—Yo no estoy satisfecho —dije yo.
La expresión de Fan albergaba el mismo sentimiento. A pesar de que disfrutábamos del hecho de
oponer cierta resistencia a la peste negra, eso era todo. Tras treinta minutos despojados de los trajes de
protección medioambiental, comprobamos que éramos alérgicos absolutamente a todo lo que nos
rodeaba. Congestión, sinusitis, urticaria... ¡Dios mío! Habíamos estado expuestos a tan pocos peligros
de niños; nuestros organismos no habían desarrollado demasiados mecanismos de defensa. Es una de
las grandes desventajas de vivir en un entorno protegido. Y esta es otra: a lo largo de nuestra vida,
siempre nos habíamos alimentado por vía intravenosa; «nada por la boca», solían decir las enfermeras.
De modo que tratar de beber y comer nos resultó de por sí toda una aventura. Nuestro organismo podía
asimilar el agua, eso sí, pero nuestro estómago no aguantaba sino el puré más insípido, y a veces ni
siquiera eso. De modo que comíamos como pajaritos y vagábamos por Los Angeles sintiendo una
adorable combinación de hambre y regurgitaciones (arcadas) y, por supuesto, un espantoso dolor
abdominal.
Fan ya había previsto que nuestros organismos tardarían en adaptarse al nuevo entorno, y no cabe
duda de que estaba en lo cierto.
El mundo se nos antojaba extraño. Más aún, hostil.
Pero, en realidad, esa hostilidad no era correspondida. Quería sentirme parte de este mundo.
Fuimos a la caza de suplementos de treonina, armados con agua embotellada, tosiendo, y nos
separamos para hacernos con todo lo que encontráramos en la tienda. Fan fue directa hacia la
farmacia. Le gustaban las farmacias. Habíamos encontrado ya tres desde nuestra llegada, y Fan se
apoderó de un botín de medicamentos recetados. La mayoría narcóticos, aunque sabía que también se
estaba abasteciendo de antipsicóticos. Quedaba por ver si luego se los tomaría o no.
No estaba preparado para esto.
Nadie me había preguntado si deseaba ser un experto en salud pública humana, o si deseaba ser el
guardián del mundo o, tal y como ya empezaba a sospechar, una puta del destino. Ni siquiera podía
imaginar cómo lograr combatir la peste negra, ni cómo clonar a la especie de forma eficaz. Tenía que
encontrar a Simone, tenía que protegerla. Con ella a salvo, quizá pudiera empezar a pensar.
Me encontraba en pie junto a la estantería de tarjetas y felicitaciones, en busca de un sentimiento
adecuado. Aunque busqué por todas partes, no había ninguna que dijera: «Ni siquiera eres humano».
Lástima. En el caso de Simone, había decidido darle la noticia de una forma un poco más correcta de
como se la había proporcionado a Fan. De modo que me hice con unas cuantas chocolatinas para
acompañar al ramo de flores silvestres que ya había cogido. «Jamás te presentes con las manos
vacías», habría dicho Nanny.
No encontré ni medallones del tarot ni cigarrillos de clavo, pero quería conseguir un amuleto,
alguna pequeña muestra de identidad que llevar conmigo para que me diera suerte. Me conformé con
un broche con la imagen de una mariposa. Naranja y negra, moteada con puntos blancos y las alas
extendidas al vuelo.
Mientras tanto, Fan asaltaba la sección de artículos de deporte en busca de una nueva ballesta. La
chica adoraba las ballestas. Fue campeona de tiro con arco RVI, pero aquí, en el mundo real, no era tan
buena. Invadida por la frustración, no paraba de maldecir su material de tiro, y practicaba con
pancartas y buzones, disparando desde el asiento del copiloto mientras yo conducía el coche.
Sí, soy el chófer por excelencia. Tras años de total y absoluto abandono, después de todos los
nervios y las enzimas del mundo que la tecnología automovilística había... aniquilado, matado, si he
de ser explícito; aunque la verdad es que no tengo muy claro si en su día tuvieron vida. En fin, quiero
decir que siempre me tocaba conducir a mí. Sin embargo, como no había atascos ni agentes de tráfico
que pudiesen multarme por exceso de velocidad, me sentía el rey del asfalto.
Lo más deprimente era el silencio absoluto. El silencio de un mundo sin vida. Charlábamos un
rato, poníamos música, pero a ella se le veía nerviosa y yo no dejaba de pensar: Soy libre, me han
soltado, pero he heredado un puto cementerio.
No tenía sentido, ni un ápice, pero no me rendía en mi afán por encontrar señales de vida. Soñaba
con ver un coche circulando a nuestro lado; mamá y papá delante, atrás el pequeño Jimmy y Jodie, la
enfermera. Supervivientes, felices de vernos. O no tan felices. Demonios, me había contentado con ser
parte de una jodida banda callejera postapocalíptica, tosca y mezquina, armada y vestida con cadenas.
Sí que vimos animales, gracias a Dios. Montones de pájaros y de insectos, una familia de liebres
con la cola negra, y una ardilla que intentaba escapar del acecho de un perro salvaje. Puede que fuera
un coyote. Fuese lo que fuese, Fan me hizo detener el coche para ahuyentar al animal con su ballesta.
—Malditos perros —exclamó ella.
—Pero si a ti te gustan los perros; me regalaste uno.
—Sí, me gustan los perros —admitió—; pero me gustan más las ardillas.
Nos costó lo nuestro atravesar California. Nos dirigíamos en zigzag hacia el norte, a más de
ciento cuarenta por hora por la autopista del Pacífico. Puestas de sol, el ocaso. Olas gigantescas. La
colección al completo.
Y la singular opinión de Fantasía acerca de esta etapa del viaje:
—Parece el mundo al revés.
Le pregunté por qué, pero estaba ocupada anotando sus pensamientos en un cuaderno de la
UCLA.
—¿Cómo se escribe «mundo» al revés? —me preguntó.
Le contesté, pero por lo visto yo no había entendido la pregunta.
Escribió: «O-N-I-L-L-E-B-R-O-T».
Nada más acceder a la autopista 5, me dijo que quería ir a casa.
¿A qué se refería con «a casa»?
—A Aberdeen —me explicó—. Cuando era pequeña vivíamos en Aberdeen.
—Vivías en la RVI.
—¡Mierda, Sherlock! Vale, era Aberdeen en RVI. Quiero ver el Aberdeen de verdad.
Ella ya sabía que yo no quería hacer paradas innecesarias. Quería llegar a Vancouver. Quería ver
a Simone lo antes posible.
—Venga... está de camino —argumentó—. Y es mi hogar. Tampoco es que te esté pidiendo que
des media vuelta para ir a Disneylandia.
—No me gusta. Apuesto a que solo hay trenes.
—Y buenos precios —dijo ella—. ¿Y qué?
Eché un vistazo al mapa.
—Aberdeen —dije.
—De Washington —contestó—. No de Misisipi.
***
Si bien su aspecto no era en ningún caso extraterrestre, el Elysium representaba toda una proeza,
sellada y compacta, de la denominada «arquitectura marciana»; una construcción vanguardista
inspirada en los diseños del futurista Ratib Abdul-Qahhar. Rodeada por una alambrada de púas y
cubierta con paneles solares, la cápsula parecía surgir de entre la tierra, sembrada de malas hierbas,
como una flor de plástico y titanio.
—Es más grande que la nuestra —observó Fan—. ¿Por qué tuvimos que quedarnos nosotros con
la baratija?
—Nosotros somos el plan de contingencia, ¿recuerdas? Nos enviaron al espacio. No habría sido
muy práctico lanzar algo tan grande al mismo, ¿no crees?
Emitió un gruñido, a modo de desaprobación. Envidia capsular, horroroso.
Accedimos con una clave.
Atravesamos los vestíbulos.
Encontramos el cadáver.
Lázaro (el cuerpo de Lázaro) yacía inmóvil en su cubeta, muerto, como el día anterior, y en
silencio, como al día siguiente. Se había producido un cortocircuito en toda la maquinaria de la sala.
La habitación apestaba. Había restos de gel antibacteriano en el suelo.
—Nuestro amigo Lázaro duerme —dijo Fan, citando el Nuevo Testamento. Sin embargo, no
habría forma de despertarlo del sueño. No resucitaría. Se pudriría.
—Lo sabía —dije.
—Claro que sí, Hal. Eres un genio.
La voz de Fantasía reveló su desconcierto. Sí, ya habíamos visto otros cadáveres, habíamos
practicado autopsias en la escuela, pero este cadáver era real, no era virtual, y además lo conocíamos.
Lo conocíamos desde hacía casi diez años. Puede que no nos cayese bien, pero...
Pero era Laz. Era Laz.
Siempre había estado ahí.
Y alguien lo había asesinado.
Más tarde se confirmaría que Lázaro había muerto electrocutado, debido a una terrible descarga
eléctrica. Los guardaespaldas pudieron evitar la tragedia. Por otro lado, aquello quería decir que
quienquiera que fuese el asesino de Lázaro, también intentaba matarme a mí, aunque yo tuve suerte
(en comparación). Y aquello quería decir que alguien estaba tratando de acabar con todos nosotros.
Solo quedábamos diez y ahora, sin Laz, el número se había reducido a nueve. Mi muerte habría
supuesto que quedasen únicamente ocho.
Me hice aquella pregunta una vez más: ¿Qué tenía en común con Lázaro?
No tenía ni idea.
Imaginé un discurso panegírico.
«Amigos míos, me encuentro hoy aquí ante vosotros para pronunciar unas últimas palabras en
memoria de Lázaro Weiss. Nuestro amigo Lázaro tenía una capacidad extraordinaria para hacer sentir
como un estúpido a todo aquel que le rodeaba. Con ello, no es que pretenda insinuar que se trataba de
una persona inteligente, de ningún modo. Era solo calculador y engreído».
Menudo gilipollas.
Hora de despertar a su novia.
La encontramos viva e ilesa, al otro lado del vestíbulo. Dormía plácidamente. Es curioso. Su
aspecto no podía ser más distinto al de la chica que conocía antes.
Pero, Dios, ¡era preciosa!
Al verla tumbada sobre aquella cuna sintética me vino a la memoria la incubadora. Teníamos una
incubadora en el primer curso. Los pollitos salían de su cascarón. Pollitos amarillos, suaves; eran
pollitos de verdad, o al menos eso creíamos.
Entonces recordé. Ellison nos habló del milagro de la vida mientras observábamos, inocentes y
fascinados, cómo luchaban por salir de su cascarón. La incubadora los mantendría a salvo y les daría
calor, nos informó. Había un mensaje encubierto: nuestros padres nos habían enviado a un internado
RVI, pero allí cuidarían de nosotros, del mismo modo que nosotros cuidaríamos de los pollitos. Para
empezar, les pusimos nombres. Iban a ser nuestras mascotas.
Por primera vez, me fijé de verdad en Simone. Hasta entonces, la chica me había parecido
interesante porque nos gustaban los mismos dulces. Pero en ese instante, me absorbió completamente
la expresión de su rostro, mientras observaba con atención aquellos polluelos. Impidió que me
apartara de ella con una pregunta que surgió de algún lugar recóndito de su mente.
—¿Dónde está la gallina? —me preguntó.
Buena pregunta. ¿Es que Ellison había robado los polluelos a mamá gallina? ¿No? Entonces, ¿por
qué no estaba allí la gallina?
Nunca antes me había parado a pensar en la muerte.
Ellison contestó a su pregunta, pero mi mente estaba en otra parte. Observaba a Simone sin
apartar la vista de ella. Contenía la respiración. No pude dormir en toda la noche; aquella idea se
plantó en mi cabeza y era imposible dejar de darle vueltas. Aquel pensamiento se apoderaba de los
demás, los aplastaba. ¿Mi mamá puede morir? ¿Qué quiere decir eso? ¿Adónde va cuando muere? ¿Yo
también voy a morir?
Aquello me cambió para siempre. No fue un cambio repentino, sino que fue produciéndose con
los años. Tuvo que ver con aquella pregunta tan ávida, con su rostro inocente y con la amenaza que su
pregunta representaba para aquella inocencia. Creo que a ella no le afectó tanto como a mí. Quizá se
produjo un fallo en mi cerebro. Aquello me atormentó. Y sigue atormentándome.
Todos estos recuerdos atravesaron mi mente como un rayo y entonces me di cuenta, al verla
tumbada sobre aquella cuna sintética, de que mi amor por Simone y mi atracción por la muerte habían
nacido en el mismo preciso instante.
Manipulé la secuencia de graduación y esperé a que las máquinas se desconectasen. Fan me
ordenó darme la vuelta mientras ella sacaba a Simone, desnuda, de la cubeta. La cubrió con una toalla.
Entonces me volví otra vez para observar cómo abría los ojos, palpitantes, por primera vez. Oh,
Simone.
Miró alrededor, sorprendida y temerosa. Le dijimos quiénes éramos. Le pedimos que se calmara.
Que se calmara y escuchara. Se estiró para oírnos, esforzándose al máximo por lograr entender lo que
le estábamos diciendo. Yo le hablaba con voz firme y baja. No quería desconcertarla.
Pero la desconcerté.
Vi cómo parte de ella se asfixiaba de repente, al darse cuenta de un hecho terrible.
—¿Mis padres están muertos?
—En realidad no están ni muertos ni vivos. Nunca han existido.
Para ella fue un golpe mucho más duro de lo que lo había sido para mí; posiblemente señal de
una buena salud mental. Habría querido abrazarla, pero me frenó el temor a acabar de nuevo con la
nariz rota.
—¿Tengo una hermana? —preguntó—. ¿Y un primo en Vermont?
—Personajes RVI, todos ellos. Al igual que Darwin.
—La cicatriz de cuando resbalé en el coral —dijo, volviendo el brazo para ver la parte posterior
de su codo. No tenía ninguna cicatriz.
Hice un gesto de negación con la cabeza.
—Nos dotaron de una apariencia preprogramada y de una voz igualmente preprogramada que, en
realidad, nunca han sido nuestras. Una identidad que solo nos pertenece a medias. Está bien. Se trata
de la crisálida. Nosotros somos las mariposas.
—¿Es esto lo que se siente cuando uno sufre una crisis nerviosa? —preguntó—. Porque creo que
puede que esté sufriéndola.
Fan sacó de inmediato unos calmantes.
—Esto te tranquilizará. Te ayudará a dormir —le sugirió.
—Gracias, pero ya he dormido suficiente.
Entonces estalló en un mar de lágrimas. Se acurrucó y lloró por la gran mentira.
***
Durante las horas que sucedieron a este instante, traté de elaborar una relación estrecha entre
nosotros dos.
Estaba prendado de ella como un chiquillo; ¿se trataba de una reacción química, eléctrica,
espiritual? El caso es que me vi obligado a abrazarla durante todas y cada una de las etapas que
atravesó en su duelo. Tenía la esperanza de que así podría sembrar la semilla de una nueva relación
amorosa, ahora que Lázaro estaba muerto. Pero me vino a la mente esa vieja expresión: «Ni aunque
fueras el último hombre sobre la faz de la Tierra»; y a pesar de que no era el último... casi lo era.
La sutileza nunca había sido mi punto fuerte. El amor me volvía patoso y grosero.
Lo triste es que yo a ella le gustaba de verdad; claro que tampoco era Lázaro, pero me había
considerado su amigo desde hacía muchos años. Yo le importaba y ella me importaba a mí,
profundamente y de forma extraordinaria. Y ahí me encontraba yo, víctima de mis hormonas
embravecidas, aplastado por la necesidad de protegerla. Sin embargo, todo lo que hice en mi afán por
acercarla más a mí tuvo como resultado alejarla aún más de mi lado.
Pero puede que esté siendo demasiado duro conmigo mismo.
Cavé un hoyo. No por capricho. Enterramos el cuerpo de Laz y Simone adornó la tumba con las
flores que yo había cogido para ella.
A Fantasía la ceremonia se le antojó graciosa. No paraba de darle la risa tonta.
—Yo creo que esta chica no está bien —dijo Simone.
—¡Pues claro que estoy bien! —protestó Fan—. ¡Mi salud está como nunca! ¡Estoy sana hasta
extremos que ni siquiera has llegado a imaginar jamás!
Fue entonces cuando Simone empezó a controlar su ingesta de píldoras. Hablaron sobre el asunto,
las dos a solas, y de alguna forma la convenció. La pregunta es: ¿por qué Fan accedió a que ella le
suministrase los fármacos, cuando a mí no me lo permitía? No me arriesgaré a dar una respuesta.
Huelga decir que yo me sentía agradecido por que hubiese otra persona que nos salvaguardase de su
demencia. Me permitía centrarme en lo que realmente importaba entonces.
—Alguien asesinó a Lázaro y trató de matarte a ti también. ¿Estamos hablando de un asesino en
serie? —preguntó Simone.
—De un asesino sí, obviamente —dije yo—. De un asesino en serie... dependería del móvil.
—¿Qué quieres decir?
—¿Es que está haciendo realidad una macabra fantasía? ¿Le estará provocando algún tipo de
satisfacción, sexual o lo que sea? En ese caso, podríamos afirmar que se trata de un asesino (o de una
asesina) en serie.
—Y bien, ¿qué es lo que consigue matando a Laz? —preguntó ella—. Puede que se trate de eso.
Más allá de lo evidente, ¿qué quiere decir?
—Reduce en un diez por ciento las opciones de supervivencia de la especie humana.
—Más aún —añadió Fantasía.
Le dije que lo suyo no eran las matemáticas.
Más aún, explicó a continuación, porque podría afirmarse que Laz era el mejor y el más listo de
todos nosotros. Si alguien hubiera podido acabar con la peste negra, Fan habría apostado a que era él.
—¿Entonces yo sería tu segunda opción?
—La tercera —contestó—. Mi segunda opción sería ella.
Hizo un gesto apuntando a Simone.
—Yo pensaría lo mismo —dije.
—Pero puede que el asesino no —razonó Fan.
Simone reflexionó un instante e hizo un gesto de afirmación.
—No sería la primera vez que se me ha infravalorado. Está bien, ¿por qué no? Es una teoría
plausible. Y bien, ¿quién de nosotros guarda rencor a la humanidad? Si nosotros mismos somos
humanos, casi.
—No te creas —dijo Fan.
—Ah, o sea que nos despojaron de algunos genes. Si se examina el ADN...
Fan le interrumpió.
—Simone, o se es humano o no se es humano —aseveró—. No hay casi que valga.
Entonces interrumpí:
—No busquemos tres pies al gato. Cualquiera de nosotros podría esconder algún rencor.
Cualquiera de nosotros podría discrepar con la forma en la que la Gedaechtnis jugó sus cartas. ¿Pero
quién es tan fanático como para ponerse a matar a la gente?
Nadie dijo nada.
—Maestro —dije yo, molesto por su silencio.
—Pero si es un programa.
—Representa la tecnología más avanzada en inteligencia artificial que...
—Que sigue obedeciendo las órdenes de quien lo programó —continuó Simone.
—No —contesté—. Evoluciona de forma autónoma, o se deteriora, según se mire. Se ha vuelto
enormemente inestable desde el mismo día en que le conocimos. No me lo negaréis.
—¿Así que crees que quiere acabar con todos nosotros? Hal, hablas de él como si se tratase de un
robot metálico enorme y pesado que se pasea por ahí farfullando «des-truir hu-manos». Estás
llamando a la puerta equivocada.
—Vale. Y de no ser Maestro, ¿podría haber sido otro programa? —sugerí.
—¿Siendo la alternativa uno de nosotros?
—No hay nadie más.
Simone hizo un gesto de negación con la cabeza.
—¿Pero quién de nosotros tiene la sangre fría necesaria para cometer semejante atrocidad?
Nadie respondió.
—Está bien. De entre nosotros, yo soy el morboso y ella es la lo... Lo siento, Fan. Quería decir
que en tu historial médico consta la enfermedad mental. Y no ha sido ninguno de nosotros. —Dejé a
Fan libre de sospecha porque todo indicaba que, al igual que Simone, ella jamás había visto nada que
no fuera la RVI antes de que yo la sacase de su cubeta. Para desarrollar algo de semejante complejidad
técnica como la descarga Calíope, antes es necesario ser consciente de que el mundo no es real.
—Entonces, ¿de quién podría tratarse?
—Simplifiquemos el móvil del asesino —sugirió Simone—. Supongamos que han sido los celos.
La furia. Alguien que detestaba a Lázaro hasta el punto de asesinarlo. Y que te odia a ti tanto como
para intentarlo contigo también. Dicho así, parece que estamos hablando de dos conjuntos de
individuos completamente distintos; sin embargo, podría existir un subconjunto.
—De acuerdo. Personas que odien a Laz. Los clones —aseveré, mientras contaba hasta cuatro con
los dedos—. Estamos yo, Tyler, Mercutio y Fan.
—Pero yo no odio a nadie —protestó Fantasía, aunque no le prestamos atención.
—Y personas que me odien a mí —proseguí—. Laz, Isaac y puede que Vashti. ¿Alguien más?
—A Champagne no le caes demasiado bien —apuntó Simone.
—Muy bien, Champagne. ¿Alguien más?
No, supuestamente. No había subconjunto.
—¿Hay algún secreto que consideres que debes desvelarnos? ¿Alguna disputa entre Isaac y Laz?
—Amigos para siempre —dijo Simone—. ¿Y qué me dices de tus coleguitas?
—¿Qué pasa con ellos?
—¿Confías en ellos? —me preguntó.
—Tanto como puedo confiar en cualquiera.
Fan emitió un sonido desdeñoso, acompañado de una sonrisa de suficiencia.
—Ty tiene una deliciosa vena mezquina y en cuanto a Mere, es una comadreja escurridiza. Ya sé
que se dedican a hablar de mí a mis espaldas.
Seguimos analizando mil y una hipótesis, pero no conseguimos llegar a ninguna conclusión.
—Una vez lleguemos a la sede de Idlewild, podremos examinar los registros maestros —dije yo
—. Es la única forma de saberlo a ciencia cierta.
—Entonces, vámonos —instó Fan.
—Espera un segundo —dijo Simone, desempeñando el papel de la lógica—. Ahí fuera hay un
asesino que se dedica a electrocutar a la gente que está conectada a una máquina. Ya ha actuado en dos
ocasiones. Y unos cuantos de los nuestros siguen estando bajo esa amenaza, atrapados en la RVI.
Tenemos que sacarlos de ahí.
—Bueno, desde Idlewild, yo podría utilizar directamente el código fuente.
—Suena bien, pero ¿no tardaremos días en llegar hasta allí?
—El tiempo suficiente para que el asesino vuelva actuar — asentí.
—¿No puedes sacarlos desde aquí?
—¡Uf!, no lo sé. Ya intenté hacerlo desde mi cápsula. Mi acceso es una mierda. A no ser... que
vuelva a introducirme yo mismo en la RVI —razoné, aunque la simple idea me llegó de sorpresa—.
Podría tratar de acceder a través de Pace. Pace es una herramienta poderosa, es capaz de sortear casi
todo el sistema de seguridad. Fue Pace lo que me sacó de allí. Podría utilizarlo para sacar a nuestros
amigos también.
De vuelta al infierno. Me iba a meter en una caja de la que volver a salir representaba solo una
posibilidad. Era un acto imprudente, tal y como diría Fan, pero sería por una buena causa. Dos buenas
causas, en realidad, ya que imaginé que, además, así podría hacerme querer por Simone, que accedió a
controlar mis constantes vitales y a sacarme de un tirón en cuanto se produjese alguna complicación.
Salir había sido como despertar de una alucinación; volver a entrar se me antojaba más bien una
inyección letal. Aislamiento sensorial y una sensación de desplome, a medida que las sustancias
químicas se apoderan de ti...
***
Con la arena y la espuma hasta los tobillos, conseguí esquivar a aquellos cangrejos cacerola del
tamaño de una sandía. Mansiones en primera línea de playa, un entorno mágico, bajo la luz de la luna,
pero irreal. No había rastro de Pace. Nadie a la vista.
—¿Hay alguien? —exclamé—. ¿Nanny? ¿Maestro?
¿Qué le sucede a mi voz?
Llamé a mi duende, pero allí donde yo esperaba ver una sucesión de naranja y negro, surgió una
luz parpadeante en plata y azul. No era mi duende. Y yo no era yo.
Como había utilizado la configuración de Simone, el sistema había supuesto que yo era ella, así
que volví a acceder a la RVI con la identidad de la chica de mis sueños, un clon tan sugerente como
Jasmine.
Bueno, joder. Eso cambiaba las cosas. Podría sacar provecho de mi disfraz.
En la parte inferior del vestíbulo, en teoría, podría haberme hecho pasar por Lázaro. De esa
forma, sin lugar a dudas, habría provocado algunas reacciones ingeniosas en mis semejantes («¡Ha
resucitado!»); sin embargo, el ataque había dejado totalmente inservibles los dispositivos electrónicos
de Laz.
Así que Simone. Podría utilizar sus colores para tenderles una trampa.
Pero lo primero era lo primero. ¿Cómo encontrar a Pace? Era evidente que no andaba
merodeando entre los cangrejos. Quizá había regresado al puente de Chinvat, o puede que estuviese
propinando golpes sobre mi tumba. Todo indicaba que los que le atraíamos éramos Lázaro y yo,
puesto que habíamos sufrido sendos ataques. Simone, por el contrario, tendría que ir a su caza, lo que
planteaba un serio problema, ya que Nanny había desaparecido. Sin los servicios de Nanny, solamente
el duende me serviría de transporte.
El dilema: ¿ir en busca de quién?
Tyler. Contestó a mi llamada de inmediato. Me invitó a pasar a su alegre estancia, un piso de
soltero de estilo utilitario, aunque ligeramente suavizado por las obras de arte de Champagne,
expuestas en las paredes. Él estaba sentado en el sillón de cuero falso, en vaqueros y con una camiseta
negra de los Lung Butter. A Ty le gustaban los grupos de música heavy de mediados de siglo: los Lung
Butter, los Banana Enema y Max BSG. No hace falta mencionar que sus gustos y demás tiraban por
ahí. Llevaba el pelo engominado, formando dos picos a ambos lados de la cabeza; me parecían los
cuernos del demonio, curvados hacia dentro. Se le veía tenso y distraído, por no mencionar su aspecto
insomne. Estaba jugando a un videojuego con una mano; con la otra, se dirigió a mí con un gesto.
—¿Lo conseguiste?
—¿Conseguir qué? —le pregunté.
—Salir de aquí.
Interpretó mi silencio como una respuesta negativa.
—Me lo imaginaba. Y entonces, ¿dónde has estado?
—Vaya, no me digas que empezabas a preocuparte por mí — dije sonriendo.
Con un rápido giro de muñeca, Ty soltó el mando del videojuego y lo envió, al ras de su mano, al
otro lado de la sala, como si hubiese lanzado una piedra plana sobre la superficie de un estanque.
—Ni se te ocurra tomarme el pelo —me advirtió—. Ni se te ocurra.
Me disculpé de forma bastante poco convincente, al menos a mi parecer.
—No, no. Lo siento —dijo él, aceptando mis disculpas y reconsiderando sus palabras—. Me
estoy volviendo como una cabra en este lugar. Me siento asediado. La cabeza no para de aporrearme
en todo el día. Hipocondría, espero. Pero me alegra ver que tú estás bien. Porque... estás bien, ¿no?
—En principio sí —contesté.
Hizo un gesto de afirmación.
—Champagne se ha vuelto loca.
—Apuesto a que sí.
—Bueno, no tan... —se corrigió, frunciendo el ceño—. Se va a venir aquí un tiempo.
—¿Se muda a tu casa?
—Durante una temporada. Seguridad numérica, ¿sabes?
Me encogí de hombros. Yo no lo tenía tan claro.
Utilizó los dedos para contar hasta tres:
—Ni rastro de Lázaro, ni de Halloween, ni de Fantasía. —Agitó los tres dedos para enfatizar lo
dicho, y añadió un dedo más—. Me había imaginado que tú eras el número cuatro. Y luego está el
asunto de Mercutio. El número se reduce a la mitad de la clase.
Con el disfraz de Simone, conseguí hacerle hablar.
¿Y Maestro y las Nannys? Ausentes sin permiso. Se habían vuelto extrañamente reservados
durante los últimos días. Con los programas en paradero desconocido, nadie tenía permiso para salir
de la escuela. Ty y los demás se habían quedado atrapados en la RVI, totalmente enganchados, a la
espera de un salvador. ¿Dónde demonios se había metido Ellison? ¿Por qué les habría dejado
conectados durante tanto tiempo? Sabían que algo iba mal; pero no sabían qué.
También me habló de Mercutio.
Estaba asustado.
Su temor se me antojó sincero y le correspondí con mi propia sinceridad.
Me miraba incrédulo, al principio. Luego furioso. Pero después me entendió.
—Qué bonito, qué bonito, qué bonito —farfulló—. La vida no es más que un sueño. Joder, Hal,
creo que has conseguido lo imposible. Has hecho que la cabeza me duela aún más.
Planteamos y comparamos datos, sopesamos las posibilidades de cada sospechoso. Se mostró
convencido de que Maestro era el asesino.
—No deberíamos haber pirateado el sistema. Jamás lo habría hecho de haber sabido que se lo
tomaría como una ofensa de ese calibre. Porque... ¿ahora qué? Ahora está llevando a cabo una maldita
masacre. Se le ha ido la olla. Se ha convertido en Saturno y está devorando a sus hijos, como en el
cuadro de Goya. Sí, tío, nos ha engullido de un bocado y ahora estamos atrapados en la RVI, en el
estómago de la bestia, y estamos siendo jodidamente digeridos uno a uno, uno a uno.
—Tendremos que huir de aquí con la ayuda de una descarga eléctrica —dije yo.
Pace podría provocar la descarga. Le conté todo lo que sabía acerca del programa mutante y le
sugerí que podría acceder a sus controles para liberar a mis hermanos y hermanas. Pero antes,
evidentemente, tenía que encontrarlo.
Ty prometió que estaría pendiente por si lo veía.
Eso era más de lo que Mere podía hacer. Lo encontré en la pequeña «habitación escuela» roja,
haciendo ejercicio en la oscuridad.
—Vete —dijo—. Este lugar no es seguro.
—Ni este, ni aquel, ni ninguno.
Frunció el entrecejo. Se detuvo a la mitad de una flexión.
—Vaya, vaya. Interesante —dijo.
—¿El qué?
—Sigue hablando —añadió. Se incorporó y pude verle los ojos, tan albos y vacíos como una
página en blanco.
—Dios santo, Mere, ¿es cierto que estás ciego?
Señaló hacia el techo; nuestros duendes estaban suspendidos en el aire sobre nosotros.
—Tienes los colores de Simone. Es lo único que puedo ver. Los duendes. Pero tu voz es extraña...
Suena...
—¿Apagada?
—Sí, un poco, yo creo. ¿Quién eres?
Las palabras salieron a borbotones de mi boca. Se lo conté absolutamente todo.
Si bien los demás habían reaccionado con diversos niveles de conmoción y de terror, a Mercutio
todo lo que le iba contando se le antojaba maliciosamente divertido. Sonreía descaradamente
cubriéndose la boca con la mano y resoplaba conteniendo la risa mientras yo le explicaba que aquello
que todos creíamos que era real simplemente también formaba parte de la RVI. Cuando llegué a la
parte en la que le expliqué que en realidad su cuerpo se encontraba en la cápsula Shangai-La, estalló
en aplausos y ovaciones.
—¡Cápsulas! Lo sabía—exclamó entre risas—. ¡Somos unas jodidas conservas enlatadas!
A medida que concluía mi relato, Mere fue calmándose. Comenzó a asimilar las implicaciones
del asunto.
—De manera que todo son ceros y unos —dijo.
Me contó cómo Maestro lo había privado de la vista; un castigo comparable a enterrarme con
vida, imaginé. Sin embargo, me pareció, con resentimiento, que yo me había llevado la peor parte.
—Hace que no le veo... Vaya, quiero decir que... no sé nada de él desde que me hizo esto. Pero
volverá, Hal. Puedo olerlo. Tienes que sacarme de aquí.
—Estoy intentándolo —admití—. Bueno, ¿y por qué crees que está tan furioso? Con aquel
número que pulsaste, ¿qué fue exactamente lo que le hiciste?
Mere se encogió de hombros.
—Personalicé el equipo de interferencia electrónica. Desencadené un nuevo virus.
—¿Trataste de derribar todo el sistema?
—No, solo a Maestro. Denegación del servicio por desvío constante. Ya sabes, cada vez que
realizase un movimiento, hacerle rebotar en otra parte. Habría sido divertido. Pero algo no funcionó.
Si tuviese acceso a la información, quizá podría descubrir qué pasó exactamente.
—Intentaré conseguir eso también.
—Llévame de vuelta al Taj Mahal. Puedo revisar las operaciones paso por paso y...
—No serviría de nada.
—Ah, claro. Seguiría dentro de la RVI.
Exactamente. Además, sin Pace ni Nanny, no podía enviarle a ninguna parte. No, a no ser que
fuese directamente a Idlewild, idea que me parecía, cada vez más, la mejor opción. Imaginé que Pace
estaría merodeando por alguna parte, cómo iba si no Maestro a dejar sin visión a Mere; pero no, no
había ni rastro de aquella araña de cristal. ¿Qué podía hacer para atraerla hasta donde me encontraba?
Traté de localizar a Isaac, pero no contestó a mi llamada.
Vashti ya se había puesto totalmente histérica antes de decirle quién era yo de verdad. El estrés
que producía la cautividad estaba volviéndola loca, supuse. Y no por justificarla.
No, le expliqué. Yo no era Simone.
No, le expliqué. Yo no estaba acosando a Simone. Malditas apariencias.
Una vez le expuse todo lo ocurrido, la reacción de Vashti fue ya la que me dejó planchado.
Dijo:
—¿Me estás diciendo que somos unos corderitos?
—¿Qué?
—Sí, que fuimos arrebatados de los brazos de nuestras madres, que nos criaron en jaulas, sin
permitirnos ver la luz del día. A eso me refiero con «corderitos».
—Creo que no has captado la idea —le dije.
De la chillona «habitación cafetería» de Vashti, me dirigí a la «habitación de locos» de Fantasía,
la última ubicación de Pandora antes de que las Nannys desapareciesen. Un imperio, dos naciones, tres
lunas; Fan se había pasado años y años personalizando su extraño dominio violeta, inventando una
historia turbulenta que yo apenas era capaz de entender.
Encontré a Pandora en un campo de refugiados situado en la frontera entre dos naciones en
guerra, Indig y Resig. Estaba jugando a los dados con un grupo de smileys.
—¡Relevo! —exclamó en otro idioma al verme. Se levantó y se sacudió el polvo—. ¿Puedo
quedarme en tu casa, Simone? Este lugar ya me inquieta y no puedo volver a la mía.
Le puse al corriente de todo.
Al igual que a Vashti, pareció afectarle más que me estuviera haciendo pasar por Simone que
toda la historia en sí: «La civilización aniquilada... Nosotros somos los únicos supervivientes... Ahora
alguien está tratando de acabar con nosotros uno por uno... y, por cierto, en realidad, jamás has puesto
los pies en el mundo real».
—Ella no es quien tú crees que es —me advirtió Pan, con una media sonrisilla atravesándole el
rostro. Ni me miró a la cara, ni quiso explicarme lo que quería decir. No paraba de juguetear con sus
piercings, aros y pendientes; por cierto, en el mundo real tendría que volver a hacerse los agujeros.
Le hablé, la verdad es que no sé muy bien por qué, acerca de mi viaje a Sao Paulo. Dominio 7777.
Volvió a mostrar esa sonrisilla, esta vez ampliamente. Durante sesenta segundos, segundo arriba,
segundo abajo, dejamos a un lado los problemas y charlamos acerca de los lugares donde ella había
crecido, del parque, del planetarium y de las partidas al ultímate frisbee.
Me contó cuánto deseaba salir de este lugar. Volver a su anterior vida cotidiana. Entre otras
cosas, tenía que volver a entrenar a un equipo de fútbol de una liga inferior. Dos docenas de
adolescentes, además de sus padres, estarían preguntándose qué le habría sucedido.
Hasta el punto en que se preguntan las cosas los personajes de RVI.
No deseaba libertad, sino normalidad. Deseaba volver a disfrutar de esa ilusión. Yo podía ser
comprensivo, pero no hasta tal extremo.
Un duende rojo y naranja parpadeó sobre nuestras cabezas. Isaac había contestado a mi llamada.
Dejé a Pandora y me fui al encuentro de Isaac, a su territorio, es decir, a la ciudad de Khmunu,
aunque customizada. Khmunu había sido la tierra natal de Thoth, dios egipcio de la sabiduría. Allí,
Thoth puso el Huevo Cósmico y pronunció las primeras palabras de la Creación. Años después, los
griegos compararon a Thoth con su dios Hermes y dieron a la ciudad el nombre de Hermépolis. Más
tarde, a esta ciudad se la conocería con el nombre de Al-Ashmunayn.
A Isaac no le causaron el más mínimo asombro mis conocimientos en geografía.
Con los brazos cruzados a la altura del pecho, me analizó de arriba abajo, con una mirada
solemne y calculadora.
—¿Es cierto? —me preguntó.
—¿Cierto? ¿El qué?
—Lo de Lázaro.
—¿Qué exactamente?
—¿Está muerto? —gruñó—. Se supone que tú eres el experto en necrología, ¿no?
De modo que ya sabía que no era Simone. ¿Habría hablado con alguien? ¿Con Vashti, quizá?
—Es Tanatología —le corregí—. La muerte como transición. Existe una diferencia considerable
entre un filósofo y un médico forense. —Pero, evidentemente, Isaac no percibía esa diferencia. Se lo
expliqué y también contesté a su pregunta: sí, Lázaro estaba muerto.
Puso cara de pocos amigos.
—¿Y lo del mundo? Explícamelo.
Confirmé sus más terribles sospechas.
Me observaba con atención e interrumpía mis respuestas con ese tipo de preguntas que se
formulan cuando uno desea que le estén mintiendo. Pero más vale no mentir si no se quiere morir.
Isaac podía percibirlo en mis palabras. Se volvió hacia el este y recorrió con una mirada impasible el
cauce del río Nilo. La cuna de la civilización (una falsificación RVI de la civilización, pero la
civilización a fin de cuentas), llena de vida, de miles de vidas.
Suspiró con amargura.
—Abandona este mundo, abandona el siguiente, abandona el abandono —dijo.
No había oído esa frase antes.
—¿Se trata de una cita sufista?
—¿Qué estás haciendo en este lugar? —contestó—. ¿No tienes otro lugar donde perderte?
Eso dependía de si él había visto a Pace o no.
—Escucha —me dijo.
En el Evangelio, según Isaac...
Hace mucho tiempo, en mitad del desierto, un hombre estaba arrodillado, peinando la ardiente
arena con las manos. Hasta aquel lugar llegó un camello y, sobre él, iba sentado un amigo del
hombre.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó el amigo.
—He perdido mi moneda de oro —dijo el hombre.
—Te ayudaré a buscarla.
Se bajó del camello y, juntos, comenzaron a hurgar entre la arena, peinándola y peinándola, en
busca de un destello dorado. Dedicaron a la búsqueda un buen rato, durante el cual ninguno de los
dos pronunció una sola palabra. Finalmente, el amigo, rascándose la cabeza, preguntó:
—¿Recuerdas dónde viste la moneda por última vez?
—Sí. En mi casa.
—¿En tu casa? ¿Y por qué no buscas allí?
—Porque en mi casa no hay luz —contestó el hombre—. ¿Cómo iba a encontrarla?
—Está bien —dije—. ¿Y qué demonios quieres decir?
—Adivínalo —respondió. Y se marchó.
Fue la conversación más larga que recordaba haber tenido con Isaac. La más larga y,
probablemente, la más civilizada.
Dicen que los amigos son como los espejos. Uno establece vínculos, para bien o para mal, con
aquellas personas cuya personalidad refleja la propia. Lo mismo ocurre con los enemigos. Pero ¿y mis
espejos? Cuanto más los observaba, más intensa era mi sensación de haberme metido en una casa de la
risa.
En la última posición de mi lista figuraba Champagne. La insípida y vanidosa Champagne.
Contestó a mi llamada y, de inmediato, comenzó a gritarme. No era precisamente lo que necesitaba.
No entendía nada, en serio.
—¡Vamos! ¡Tú presionas y yo soplo!
¿De qué estaba hablando? Fuera de sí, me agarró de los brazos con fuerza.
—¡Se está asfixiando!
Detrás de ella, Tyler, con los ojos vacíos, yacía con medio cuerpo fuera del sillón. Demasiado
dióxido de carbono en sangre. Cantidad de oxígeno insuficiente. Desequilibrio, mortal. La cianosis
otorgaba a su piel un matiz azulado. La pesadilla que tanto temía: otro asesinato antes de que yo
pudiera hacer algo.
Champagne le tapó la nariz con los dedos y apoyó la boca sobre los labios azules de Ty. Expulsó
aire para enviarlo hasta sus pulmones. Yo ejercí presión sobre el pecho. Quince compresiones por cada
dos insuflaciones.
No conseguimos nada.
—Respirador —resolló Champagne.
—No tenemos —dije.
Hiciéramos lo que hiciéramos, nada daría resultado. El demonio estaba lejos; la ubicación física
de Ty estaba a ocho mil kilómetros de distancia. Era como tratar de resucitara un holograma. En
Vancouver y en Atlanta, intentamos salvarle. Pero en Berlín, Ty falleció.
Champagne seguía y seguía insuflándole aire. Se negaba a afrontar la realidad y yo me atraganté
con ella.
***
Tyler... los muy cabrones habían asesinado a Tyler... habían matado a mi viejo amigo y yo podría
haber... quizá podría haber hecho algo para evitarlo... si lo hubiera sabido... pero no hice nada, así
que ahora no quedan de él más que cenizas, un espectro, una memoria que se desvanece... por mi
culpa... con lo bueno que era conmigo... fue él quien me enseñó a defenderme ante Maestro, ante las
mascotas... me ayudó a convertirme en lo que soy, no cabe duda... y yo se lo recompensé no aceptando
a Champagne, riéndome de ella, cuando sabía que eso le molestaba... esto es magnífico... y su muerte,
¿qué objetivo persigue?, ¿qué sensación busca?, ¿qué causa la justifica? No hay tesoro en el mundo
que pueda reemplazar el oxígeno del cerebro de un hombre honrado.
¿Hombre? Más bien chiquillo. Todavía éramos unos chiquillos.
Pobre Ty.
Di un paso atrás. Di media vuelta.
Me invadió una furia irracional y enfermiza que, sin embargo, no hizo estallar mi miedo. Mi
cerebro ya no tenía el aspecto de la antigua trampa acorazada; se asemejaba cada vez más a una jaula
de zoo sin barrotes. Me vengaría por la muerte de Ty. Sin embargo, ¿por dónde podría empezar? ¿Cuál
era el límite?
Permanecí allí sentado durante una hora, por lo menos. Era vagamente consciente de la presencia
de Champagne, tratando aún de resucitar a Ty. Entonces ella se acurrucó en el suelo, a su lado, y se
quedó quieta. La furia se adueñó de mí durante un buen rato, hasta que un ruidito me hizo despertar de
aquellos oscuros pensamientos. La ranura del correo se abrió con un crujido.
El cartero RVI haciendo la ronda, seguramente. En ese momento me pregunté qué opinarían los
niños prodigio de la Gedaechtnis sobre el diseño de propaganda virtual. Un dedo índice absolutamente
incoloro se abrió paso por la ranura; no dejó ninguna carta, sino que apuntó hacia mí e hizo un gesto
para que me aproximara.
Me acerqué a echar un vistazo.
Al otro lado de la puerta estaba el chico gris, el que aparecía en mis sueños, el que había
vislumbrado durante tan solo una fracción de segundo cuando Mere destruyó la RVI. Casi lo había
desterrado de mi mente, considerándolo una alucinación, pero allí estaba, arrodillado, a escasos
centímetros de mí, observándome a través de la ranura.
Tonos grises en un mundo de color. Debía de ser producto de un fallo del sistema.
Se puso el dedo sobre los labios, silenciando mis preguntas antes de que las hubiera formulado.
Shh... De nuevo me hizo un gesto, esta vez para que saliera, para que lo siguiera.
La ranura se cerró de golpe.
Miré hacia atrás por encima del hombro; la novia de Ty seguía acurrucada a su lado. Teniendo en
cuenta todos sus defectos, la mejor cara de Champagne había salido a la luz en ese instante, tratando
de salvarle. Aunque la habitación hubiese estado en llamas, ella no lo habría abandonado.
No le dije nada. Abrí la puerta y salí rápidamente. Vislumbré a Gris desde lo alto de las escaleras.
La noche cayó de repente, el sol del atardecer se ocultó sin razón ni previo aviso. Me guió hasta el
patio trasero, hasta el santuario de patitos de goma de Ty. Las mascotas de Charlotte iban en fila; una
familia de patos que chapoteaba, dibujando interminables círculos en el agua. Solo rompían la rutina
de vez en cuando para sumergir la cabeza y alcanzar un bocado de plancton.
Gris observó su reflejo en el agua, lo examinó y dirigió la vista para mirarme fijamente a los
ojos.
—Qué sensación más extraña, esperar que ocurra algo durante tanto tiempo para que al final,
cuando se hace realidad, te des cuenta de lo monstruoso que es —dijo—. No, extraña no, más bien
siniestra. Y triste. Necesito un adjetivo que abarque todas esas sensaciones.
—Yo te he visto antes —le dije—. ¿Quién eres?
—El fantasma de la máquina —contestó, con sonrisa de suficiencia.
No dije nada.
—Papá me llamó Malachi —añadió—. Malachi, el Test Beta. Si los otros nueve son tus
hermanos, digamos que yo soy tu hermanastro.
—¿En serio?
—Sí. Mayor que tú. Te vi crecer, ¿sabes? Yo te observaba, desde las sombras.
—Pero eres virtual.
—Sí, claro. Un niño virtual. La Gedaechtnis me utilizaba para realizar pruebas en el sistema
mientras tú y los demás chapoteabais en una probeta.
Introdujo un dedo en el agua y lo movió formando remolinos. Las pequeñas ondas consiguieron
asustar a los patos.
—Analizaban mis reacciones. Realizaron mejoras. Tuve seis Nannys, dieciséis Maestros,
veintiocho mamás, treinta y un papás. Eran papás, pero no mi «papá», no sé si me entiendes. Mi
creador, el doctor James Hyoguchi, era mi verdadero papá, y los demás eran papás programados que
más tarde os criarían a vosotros. Es evidente que ya conoces a mi verdadera «mamá» —dijo, mientras
señalaba a nuestro alrededor con la mano—. Has vivido en ella durante dieciocho años.
—Joder —dije—. Se nota que sientes un rencor enorme.
—¿Sabes qué? —contestó—. Estoy en mi derecho de sentir rencor. No habrían podido construir
todo esto de no haber sido por mí. Sin embargo, una vez que terminaron, simplemente me
abandonaron en el trastero. Vosotros crecisteis y a mí me dejaron allí sentado, observando.
—Vaya, vaya —dije, interrumpiéndolo—. ¿Y por eso te dedicas a matarnos a todos?
—No. Por eso estoy...
Dudó un instante, abandonando al final el gesto de negación:
—En realidad, sí —admitió—. En cierto sentido, es culpa mía porque creo que sin mí nada de
esto habría ocurrido. Pero no lo hago a propósito.
—Vale, y entonces, ¿qué? ¿Acaso estás matando a la gente sin querer?
—Solo intento ayudaros.
—Vale, entonces ya puedes esforzarte —le dije.
—Os estoy ayudando, aunque no te des cuenta.
Comenzó a hablar, trazando un esquema acerca de una conspiración de fuerzas malignas contra
mí. Me dijo que Pace y él, aunque abrumados, estaban haciendo todo lo posible por detener el mal. Era
su obligación, insistió, ya que todo aquello era culpa suya.
—¿Sabes lo que es sangrar? —me preguntó.
—Una hemorragia.
—No, para mí no —dijo, dándose golpecitos en el pecho—. ¿Sabes lo que significa sangrar para
mí?
Hice un gesto de negación con la cabeza.
—Cuando vosotros, los seres orgánicos, os frustráis por algo, ese sentimiento se queda en vuestro
interior. Después, quizá, podéis expresar esa frustración, reflexionáis sobre ella, pero el sentimiento se
aloja en vuestro interior. A mí no me pasa eso. Yo soy un componente de la maquinaria. Cuando
percibo un sentimiento, brota como la sangre.
—¿Me estás diciendo que tu personalidad, esa maldita personalidad artificial de «pobre de mí
amargado», ha estado infectando...?
—Infectando, eso es. Efectivamente.
—¿... infectando la Academia y todo lo que hay en su interior?
—Desde hace dieciocho años —dijo, asintiendo—. Sin prisa, pero sin pausa.
—A Maestro —dije.
—Se volvió loco como una cabra. Completamente loco.
Entiendo, pensé. Fue Malachi quien cambió a Maestro y ahora se siente culpable; trata de
enmendarlo.
—La Gedaechtnis desarrolló un sistema que estaría en constante evolución —explicó—. Todo
está programado para responder a vuestras reacciones, las de los niños. Pero yo también soy un niño.
Se trata de un fallo en el diseño del sistema. El sistema me escucha más a mí que a ninguno de
vosotros; se ajusta a mis reacciones tanto si yo quiero como si no.
—Hace tiempo que lo sabes. ¿Por qué no has venido a contármelo antes? —le pregunté.
—Lo he intentado, créeme —dijo—. Aquí he estado huyendo siempre; mi vida corre peligro. Ya
ha conseguido eliminarme dos veces. Me reinicio gracias a unas reservas temporales que he escondido
en los archivos del sistema. Algún día las encontrará todas y será el fin. Nadie volverá a saber de mí; o
de Pace, es lo mismo.
—A no ser que le elimine yo a él primero.
—Por decirlo de alguna manera.
—Iré a la sede de Idlewild. Me desharé de Maestro. Sacaré a todo el mundo de la RVI.
—Está bien, para empezar —asintió Malachi.
—¿Y qué más?
—Bueno, creo que nada de eso impedirá que la masacre continúe —dijo, frunciendo el ceño
ligeramente—. Va a cambiar de táctica. En lugar de usar descargas eléctricas y privación de oxígeno,
de ahora en adelante empleará armas.
—Vaya, me gustaría verlo —dije—. ¿Es que se va a construir un cuerpo físico y va a
perseguirnos y atraparnos?
—¿Construirse un cuerpo físico?
Su expresión confusa me sorprendió.
—No lo entiendes —me dijo—. No me refiero a Maestro. Maestro es solo una herramienta. Yo
infecté el sistema y eso incluye a diez niños. Habéis crecido bajo la estela de mi sufrimiento. Se trata
de una cuestión a la que no se puede restar importancia tan fácilmente. No se puede salir de esto
indemne.
Dije:
—Es uno de nosotros.
—Mira, jamás he pretendido hacer daño a nadie —dijo él—. Y puede que tan solo se trate de una
mala hierba. Probablemente se habría convertido en lo que es incluso sin que yo le ejerciera ninguna
influencia. Ya es un gran golpe descubrir que ni siquiera eres un ser humano. Puede llevar a
sobrepasar los límites, ¿no crees?
—¿Puede llevar... a quién?
—A aquel de vosotros al que más he detestado siempre —contestó—. El mayor de todos.
El mayor de todos, pensé. El primogénito.
—Mercutio está ciego —dije—. No puede ser él porque Maestro le cegó.
—No. Fui yo quien lo hizo. Traté por todos los medios de mantenerlo completamente alejado del
sistema, pero al final la mejor solución ha sido privarle del contacto visual.
Me quedé sin palabras. Mi mejor amigo.
—Sí, fue Maestro quien electrocutó a Lázaro. También fue él quien asfixió a Tyler. Ahora está
tratando de matarme a mí mientras hablo contigo y, al mismo tiempo, yo estoy realizando varias
tareas. Colaboro con Pace para impedir que Maestro te prive de oxígeno.
Me sentí tan pequeño e indefenso como Malachi. A sus espaldas, las Luces del Norte iluminaban
el cielo con un matiz frío y lúgubre.
***
***
Fantasía me sacó de la RVI. Fue Fantasía, sí. No Simone. Simone estaba sentada en el suelo, con
la vista en dirección a mí, pero con la mirada perdida. Se la veía tranquila. Jodidamente tranquila.
—¡Eh! —dije, mientras me arrancaba las sondas de los brazos.
—Está... mmm... se le está bajando —dijo Fan.
—¿Bajando qué?
Agitando el pie, Fan señaló hacia el monedero tan chic de Gucci en el que guardaba su enorme
colección de fármacos antipsicóticos, soporíferos y analgésicos.
—Estoy bien —dijo Simone; sus ojos, con forma de almendra, tenían las pupilas dilatadas—.
Muy graciosa esa historieta, en serio.
Divagando un poco, con las palabras aletargadas, luchando por salir de su boca mientras emergía
de entre aquella neblina en la que estaba inmersa, me contó que había sufrido una maldita reacción
alérgica al irme yo. A mí, el mundo real me había hecho enfermar; pero a ella, aún más. Simone era
más inteligente que ninguno de nosotros; sin embargo, su sistema inmunológico no era tan resistente
como el nuestro.
Para compensar los efectos de la reacción alérgica, decidió atiborrarse de fármacos.
Antihistamínicos para tratar los síntomas, fagocitos para acabar con las bacterias, así como un amplio
cóctel de estimulantes inmunológicos. Al ver que ninguna de estas sustancias mejoraba su estado de
salud, echó mano de los sedantes.
El efecto de estos fue bastante fuerte, sin duda.
—Sí, la verdad es que estoy un poco colocada —admitió—, pero me encuentro mucho mejor.
Según ella, para conseguir el equilibrio químico deseado, antes era inevitable realizar unos
cuantos experimentos fallidos.
Y aún le quedaban más experimentos por realizar. Afirmó que existía una gran probabilidad de
que fuese hipersensible a la treonina, lo que no auguraba nada bueno, ya que necesitábamos esos
suplementos para vivir.
—Podré superarlo —prometió.
Aquella noticia intensificó mis sentimientos hacia ella.
Les conté lo de Tyler. La noticia provocó que a Simone se le pasase el colocón, y se echó a llorar.
Expresó su angustia, quiso saber cómo estaba Champagne. Al tiempo que yo sentía cómo trataba de
invadirme una nueva ráfaga de dolor, me di cuenta de que Fan no mostraba ningún tipo de reacción, a
excepción del discreto sollozo que emitió. Ni siquiera un suspiro, solo un breve sollozo.
Les hablé de Malachi. Vislumbré un destello en los ojos de Fan. No dijo nada. Simone asintió con
la cabeza, pensativa. Se dio cuenta de que había visto a Malachi antes, en un sueño, al igual que yo,
pero aquel sueño se había desvanecido y ahora no conseguía recordarlo.
También les conté lo que Malachi había dicho.
Fan le encontraba sentido. No era de su agrado, pero, sin duda alguna, a aquello le encontraba
sentido.
—A veces Mercy no hace más que locuras —dijo con voz tenebrosa, mientras se encogía de
hombros.
Simone también le encontraba sentido.
—Sociópata. Estoy segura. A mí siempre me pareció un tipo escurridizo. Ahora que echo la vista
atrás, puedo percatarme de ciertas evidencias.
Es posible que existieran evidencias, pero en ese caso yo me había vendado los ojos ante ellas. La
verdad es que jamás habría utilizado el adjetivo «estable» para describir a Mercutio. Era un
tocapelotas de nacimiento, además podría calificársele como un tipo difícil e impredecible, a veces
incluso peligroso. Podían ser evidencias, de acuerdo, pero a mí también podían aplicárseme esas
características. Supongo que será cuestión de proporciones. Y ellas no se habían dado cuenta de que
Mere también contaba con puntos a su favor, detalles muy importantes.
Cuando cumplimos catorce años, Mere comenzó a mantener en secreto las actividades que
realizaba en su tiempo libre, de forma que a mí me picó la curiosidad y un día decidí seguirlo hasta
una zona peligrosa de la ciudad. Recuerdo su expresión de ridículo cuando lo alcancé; después se puso
furioso. Sin embargo, enseguida olvidó su enfado y me invitó a participar en la aventura. Había estado
dando de comer a los pobres. Cenas con pavo el día de Acción de Gracias. Sin embargo, he de admitir
que no lo hacía por meras razones altruistas; le gustaba una chica que trabajaba en aquel comedor
social y su intención era «descargar tensiones». Eso puede valer...
Dos días más tarde, saboteó el proyecto de Vashti para el festival de ciencias. Con un frasco de
tinta indeleble, destruyó el duro trabajo al que Vashti había dedicado semanas y semanas. Así, por
puro placer. En aquel momento a mí me pareció divertido; Mere era así... pero ¿y qué pasaba con
Vash? Ahora no le veo la gracia. No lo sé. Cuando eres amigo de una serpiente de cascabel, no esperas
que te vaya a morder.
Simone se llevó las yemas de los dedos a los labios y su interés, en lugar de atenuarse, se
agudizó.
—Tenemos que hacer justicia —aseveró.
—Te refieres a matarle —dije yo.
—No creo en la pena capital —continuó; hizo una pausa y sopesó el dolor y la furia que sentía,
que se contraponían a sus principios—. Sin embargo, creo que debemos juzgarlo y condenarlo;
haremos una votación. Y yo me sumaré a lo que decida la mayoría.
—La mayoría dice «a la horca» —dijo Fan.
—Bueno, si es él quien lo ha hecho, la culpa no es del todo suya —me oí decir—. Tened en
cuenta todo lo que ha tenido que pasar.
—Todo lo que hemos tenido que pasar, dirás —me corrigió Simone.
Decidí no aportar más argumentos en favor de Mere. No era nada agradable jugar a ser su
abogado.
***
***
Fan ocupó el lugar del copiloto. Simone saltó al asiento trasero. Yo me puse al volante y ajusté
los retrovisores. Deformación. Llegó la hora.
Sentí cómo tiraban de mí en direcciones opuestas; una sensación extraña me dividía en dos partes
iguales. Aquel sueño había regresado; la fantasía se había hecho realidad y yo era dos personas en
lugar de una...
Solo en mi cerebro. Era consciente de ello. Pero aquella sensación me golpeó con fuerza.
Mi primer yo se agarró a la coyuntura y se abrazó a ella como lo habría hecho un niño pequeño.
Lo llamé Viaje en Coche. Viaje en Coche activó el conductor automático para poder cantar y jugar al
«Veo, veo». A pesar de todo lo que había sufrido en su existencia, podía ser un tipo encantador.
Incluso simpático. Trató de ligar con Simone. Vaya por Dios. El caso es que Simone le siguió el juego.
Conexión, chispas y promesas de algo mágico, si es que aquello no era ya magia en sí. La muerte de
Tyler no le había afectado. Tampoco la presunta traición de Mercutio. Era imposible. Durante toda su
vida había esperado a que llegase un momento en el que se sentiría a gusto. Allí estaba, por fin.
Mi segundo yo estaba allí sentado. Sentado observando a su alrededor. Y era consciente de todo.
Lo llamé Péndulo de la Muerte.
¿Qué otro nombre podía ponerle?
Viaje en Coche y Péndulo de la Muerte, gemelos amébicos. Engendrados mediante fisión y
escisión.
Me inundaba una sensación de malestar. Esa confusión que te invade durante una milésima de
segundo antes de sentir el dolor. Cuando te rompes los dientes te da la sensación de que algo va mal;
algo va muy mal. «Un momento. ¿No se supone que mis dientes deberían estar ahí? ¿Qué me ha
pasado en los dientes?» Entonces llega el dolor. En cambio, cuando te rompes el brazo, es algo así:
«Vaya. Se supone que mi brazo no debería estar tan curvado, ¿no?» Esa es la sensación que yo tenía,
solo que el «vaya» no se desvaneció en una milésima de segundo. La sensación duró horas y horas. Era
como si el demonio hubiera previsto la horrible sensación que me esperaba después, hubiera
encontrado el «vaya» correspondiente y hubiese querido extenderlo en el tiempo. Extendió el «vaya»
el tiempo suficiente para envolverme completamente, momificándome en el interior de un capuchón
impenetrable.
Quizá no fue el demonio. Puede que fuera un ángel de la guarda, porque cuando echo la vista
atrás, puedo vislumbrar un resquicio de bondad en el universo. La escisión me dio la oportunidad de
ser Viaje en Coche. Me permitió pasar tiempo con Simone mostrando mi mejor cara. Por primera vez
en la vida, me sentía completamente a gusto a su lado, en lugar de estar muy, muy nervioso.
¿Me encontraba realmente a tan escasa distancia de la locura? Viaje en Coche y Péndulo de la
Muerte contra lo Nutritivo y lo Delicioso... ¿quién saldría vencedor de un espectáculo imaginario de
lucha de relevos? La diferencia entre Fan y yo, obviamente, residía en que yo era capaz de distinguir
mis fantasías de la realidad.
¿O acaso no?
Bordeamos la frontera entre los Estados Unidos y Canadá, persiguiendo al alba, huyendo del
ocaso.
Simone hablaba sobre el futuro.
Fan iba tumbada con los pies colgando por la ventanilla.
Parábamos en busca de provisiones aquí y allá; nos desplegábamos para hacernos con cualquier
cosa que creíamos que nos sería de utilidad para llevar a cabo nuestro cometido. Cuando llegamos al
norte de Idaho, Viaje en Coche encontró un estanco en el que había cigarrillos de clavo indonesio de la
marca Sendiri. La cajetilla roja y dorada. Cigarrillos de clavo, dulces y picantes.
Cigarrillos de clavo, cuando a mí me han clavado una espada.
Encendí un cigarrillo y me atraganté. Estuvo a punto de reventarme un pulmón. ¡Coño, estos
canutos son una mierda!
De la tos, Viaje en Coche pasó directamente a la risa tonta. Péndulo de la Muerte sentía cómo le
palpitaban las venas. Fui el único que no se dedicó a fumar un cigarro tras otro. No los soportaba.
Podía deberse a mi fisiología inhumana, o al hecho de que mis pulmones, vírgenes, jamás habían
inhalado humo de verdad. O puede que la culpa fuese de la Gedaechtnis, seguro. Quienquiera que
fuese el programador encargado de las fijaciones orales, probablemente habría diseñado unos
cigarrillos de clavo RVI increíblemente deliciosos, cuando en realidad eran una auténtica mierda.
O puede que simplemente ya no me gustaran.
Es posible, pensé. Puede que esté madurando.
En la parte trasera del coche, ni rastro de Fan. Estaría de compras todavía, supuse. En cambio,
Simone se había acomodado en el asiento de atrás, en una pose lujuriosa. Nunca la había visto tan
sexy. Jamás vería a Jasmine tan sexy. No estaba dormida, pero sí abstraída, sumergida en la neblina
que suele suceder a una cabezadita. Sus ojos revoloteaban y yo sentí cómo me atravesaba con la
mirada.
Ausente.
Péndulo de la Muerte cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro. Viaje en Coche preguntó a
Simone si se encontraba bien.
Balbuceó.
No sabía quién era yo.
No sabía nada.
No se encontraba bien. Se encontraba semiinconsciente debido a los sedantes. Su aliento, en
términos de Mere, era «champagnesco», es decir, respiraba de forma lenta y superficial. Emitió un
lloriqueo quejumbroso cuando la saqué del coche para que paseara un poco.
A ella le bastaba con ir cojeando; yo, en cambio, quería que se despabilase. Nos contentamos con
un término medio.
Obviamente, Simone tenía un problema. Se lo dije. Le dije que había tomado demasiadas
píldoras, una vez más, y que no estaba dispuesto a volver a pasar por el aro.
—Agente... ¿No puede sancionarme con una amonestación y soltarme ya? —murmuró.
Comprendía el hecho de que estuviese sufriendo un dolor crónico, pero, por el amor de Dios,
tenía que dejar de automedicarse. No se automedique, acuda a su médico de cabecera.
¡Jo! ¿Por qué no me tranquilizaba? ¿Cuándo la dejaría en paz?
—Estoy bien —me aseguró—. Solo un poco adormilada. No es nada, Hal; en serio.
—Dame el bolso.
Trató de atenuar mi insistencia practicando una dura lucha verbal, empleando mi propia
preocupación en mi contra. Aun así, no consiguió disuadirme. Protegerla. Mi máxima prioridad.
Pero entonces...
—Eres tan dulce... —me dijo—. Gracias.
Se inclinó hacia mí y me besó con cariño en la mejilla. Nuestro primer beso. Ese tristemente
célebre beso de «eres un buen amigo». Sin importancia, ya que cuando nuestros ojos se encontraron
(los suyos vidriosos, los míos perdidamente enamorados), al primero le sucedió un segundo beso, que
borró completamente todo lo sucedido hasta entonces. Un beso en los labios; un beso de verdad. Lo
mejor que me había ocurrido en la vida.
Con aquel beso, nuestros destinos quedaron sellados.
Nos separamos cuando regresó Fan.
Cuando se recuperó del colocón, comenzamos a asimilar las implicaciones de aquel beso.
Hablamos de ello, con frases entrecortadas y sonrisas tímidas. Fan se puso al volante, lo que me
permitió sentarme atrás con Simone.
—Ha estado bien... —me dijo, cogiéndome de la mano.
—Sí.
—Me siento un poco culpable.
—¿Por qué? ¿Por Lázaro?
—Sí. Y también por Pandora.
—¿Por Pandora?
—Ya sabes que está enamorada de ti.
Silencio.
—Lo sabías, ¿no es cierto?
—Sí —contesté.
Pero no lo sabía.
Nos cambiamos de sitio al ponerse el sol. Fan se fue a dormir al asiento de atrás, mientras que
Simone se sentó delante, a mi lado; tenía aspecto enfermizo. Al atenuarse el efecto de los fármacos,
los receptores situados en su membrana subsináptica habían perdido su acción bloqueante del dolor y
las náuseas. Tosía, estornudaba y le temblaba la cabeza. Pobrecita. Sacó otro sedante, esta vez solo
uno. Una muestra de moderación.
Le Diable apparaît dans beaucoup de formes.
El Diablo se manifiesta en formas insospechadas.
Una liebre de orejas largas cruzó como un rayo la carretera y el instinto me hizo frenar
bruscamente. Nos salimos de la calzada. Traté de recuperar el control del vehículo, pero el volantazo
provocó que Fan cayera de bruces contra el suelo, entre los asientos, y que Simone se golpeara la
cabeza contra el cristal de la ventanilla del copiloto.
No fue un golpe especialmente violento. El cristal no se rompió; ni siquiera se agrietó. Simone no
perdió la conciencia. Solamente tenía una pequeña magulladura en la sien, nada más.
Sin embargo, por precaución, la examiné para comprobar si presentaba alguna hemorragia.
Parecía que estaba bien.
A pesar de todo, a partir de aquel momento, no dejó de quejarse de un agudo dolor de cabeza.
Incrementó el consumo de píldoras para contrarrestar el dolor. Cada vez más y más y más píldoras.
Aquella insignificante magulladura resultó ser la gota que colmó el vaso.
Así fue como ocurrió. Nos detuvimos para ir al servicio en Wisconsin, en un restaurante de
carretera que me recordaba a Twain's. Simone se fue directamente al baño. Pasaron algunos minutos y
después algunos más. Como dos idiotas, Fan y yo esperamos a que saliera, hasta que nos dimos cuenta
de que algo terrible podía estar pasando. Fan entró a por ella. Le oí gritar mi nombre. Acudí corriendo.
Simone yacía inmóvil en el suelo del aseo de señoras. Había sufrido una sobredosis, tenía las pupilas
completamente dilatadas.
Saqué un kit de emergencia del botiquín. Estuve a punto de rasgarlo por la mitad.
Empleamos todo lo que había para intentar salvarla. Naloxona. Ipecap. Estimulantes, RPC.
Compresiones sobre el estómago.
Nada funcionó.
El ritmo de su corazón se ralentizó. Hasta que se detuvo completamente. No dejé de practicarle
insuflaciones. Jamás perdería la esperanza. Y seguí pronunciando su nombre, porque si podía oírme,
quizá también podría contestarme. Y si no podía oírme, al menos sabría... sabría que yo estaba allí, a
su lado y... Dicen que todos morimos en soledad, ¡gilipolleces! Yo estaba allí, a su lado, sujetándola,
esperando...
Esperando.
Hasta que ocurrió.
... Dejándome el alma herida, y una espina en el corazón.
Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard. El futuro que me habían prometido. ¿Habría
una asignatura en la que enseñaran cómo evitar la desesperación? ¿Habrían podido enseñarme qué
hacer y cómo sentirme cuando uno de mis pacientes deja de respirar? ¿Cuando alguien que me
importa muere en mis brazos?
Viaje en Coche habría tratado de animarme, estoy seguro, pero el inútil de él no aparecía por
ninguna parte. Supongo que Péndulo de la Muerte se lo comió. Se lo comió entero, hasta los huesos.
***
Todavía puedo sentir el tacto de los labios de Simone sobre los míos.
Si pudiera volver atrás, no dudaría en hacerlo. Porque aquel beso nos llevó a la perdición. No fue
el capullo de mi vampiro RVI, sino la perdición, la bruja mala del destino. Porque con aquel beso, ella
murió. No inmediatamente, de eso no hay duda. Con aquella elección, en aquel instante, con aquel
beso, se convirtió en un fantasma viviente.
Nos utilizamos el uno al otro. Yo me aproveché de su estado, inducido por los fármacos; si no
hubiera sido por los sedantes, ella jamás me habría besado. Ella se aprovechó de mis hormonas y de
mi corazón; si no hubiera sido por aquel beso, jamás la habría dejado tomar aquel último sedante.
10
***
Por muy patético que pueda parecer, el ataúd de Maestro se me antojaba atractivo mientras
permanecía allí sentado, en el suelo de aquel asqueroso aseo de señoras. El ansia de morir me
arrastraba y me arrastraba. Era como escuchar a tu estómago quejarse por repugnancia y por
compasión mientras observas cómo alguien vomita a tu lado.
Un mundo sin Simone. ¿Qué sentido podía tener?
Le importaba como amigo que era, quizá como algo más; quizá simplemente había tolerado que
estuviera enamorado de ella. Fuera lo que fuera, ella había representado el vínculo que me unía a todas
las maravillas del mundo. Ahora ese vínculo estaba roto.
Esto no puede estar pasando de verdad, pensé.
Fantasía me rodeó con sus brazos; habría sido exactamente igual si estuviese tratando de consolar
a una estatua. Me mostró su compasión quizá durante una hora; quizá fue más, quizá fue menos. A mis
ojos, el tiempo se había detenido. Fuese el tiempo que fuese, ella intentó consolarme y volvió a
intentarlo. Pero no. No hubo forma de llegar a mí.
Regresé a la época en que tenía seis años. Me preguntaba qué había sido de la gallina. ¿Qué le
había ocurrido? ¿Adónde se había ido?
Fan me alzó hasta ponerme en pie. Me dejé caer de nuevo.
No seguiría su camino.
Me dijo que si nos rendíamos ahora, todo habría sido en vano.
No podía escuchar lo que decía.
Me llamó gilipollas irresponsable y amenazó con volver a romperme la nariz.
No me importaba.
Alzó el puño, pero ni siquiera lo movió.
—Debemos cumplir con nuestro cometido —dijo.
Aquello sí me caló.
—Nuestro cometido —repetí.
—Eso es, Hal. Aún tenemos trabajo que hacer. Aún no hemos terminado.
Cerré los ojos y asentí con la cabeza. Me había pasado toda la vida eludiendo mis obligaciones, y
ahora, ¿qué otra obligación me quedaba? Responsabilizarme de los muertos. Eso, y nada más.
Delicioso, pensé. Acabemos nuestro trabajo.
***
Cuando pienso en Simone ahora, me vienen a la mente unas alas de mariposa. Hermosas y
extremadamente delicadas. Podrían desintegrarse al menor roce.
¿Fue la sobredosis accidental? ¿O lo hizo a propósito?
Simone jamás se me había antojado una suicida, pero parte de mí no puede evitar preguntarse si
su sentencia de muerte ya estaba dictada desde el momento en que vio el cadáver de quien creyó que
era Lázaro. Después de todo, eran almas gemelas. Conscientemente o no, puede que ella quisiera
unirse a él. O puede que simplemente la Gedaechtnis hubiera desarrollado para ella una auténtica
chapuza de composición genética, haciéndola susceptible a cualquier ácaro o microbio del entorno.
Así de simple. El dolor puede llegar a cebarse con una persona, retorciéndose y expandiéndose hasta
más no poder. Pero ¿y si la siguiente píldora es la que rebasa el límite?
¿A quién debería culpar? ¿Debería culpar a Lázaro o a Mercutio? ¿A Simone o a mí mismo? ¿A
Malachi? ¿Puedo echar la culpa a aquella magulladura? ¿A la ventanilla? ¿A los propios sedantes? ¿Y
qué es de aquel jodido conejo —conejo estúpido, conejo malo [3]— que yo mismo podría haber
estampado contra el asfalto?
Siempre acabo rememorando aquel beso.
***
Epílogo
***
Desencadené secuencias de graduación en todas las cápsulas. Liberé del «velo de la ignorancia» a
todos mis amigos y los traje al mundo real. Champagne, Isaac, Pandora, Vashti... Vamos, chicos, es
hora de levantarse.
Yo, en cambio, decidí volver a la RVI una última vez.
Me dirigí a la escuela. Me enfrenté cara a cara con Maestro. Discutimos acerca de la
programación. Aportó unos argumentos excelentes para justificar sus actos; para defender,
especialmente, sus planteamientos en cuanto a esta disciplina. En respuesta a sus alegaciones, le
expliqué qué quería decir bood, una palabra del idioma de los semai de Malasia. Se trata del derecho a
negarse a hacer algo. Si el niño dice no, el adulto no puede obligarle a hacer aquello a lo que se ha
negado. No hay nada más que discutir.
—No estamos en Malasia —me dijo.
—Es evidente.
Dicho esto, eliminé su programa.
Consideré la posibilidad de acabar con Malachi también. Lo pensé, pero al final descarté esa
posibilidad. Déjale vivir, pensé. No le prives de la vida. A fin de cuentas, él me la había salvado a mí.
***
***
Los supervivientes llegaron uno por uno. Al llegar, se abrazaban los unos a los otros y se hacían
comentarios sobre lo distinto que era su aspecto del de sus plantillas RVI. Asquerosos temas triviales.
Para mí toda aquella mierda era ya agua pasada.
Se esforzaron mucho por integrarme en el grupo. Por ser simpáticos conmigo. Por mostrarme lo
mucho que me apreciaban. Todos excepto Vashti, que dudaba abiertamente de mi palabra y me dirigía
toda clase de improperios, como si hubiese patentado el primer insulto del mundo y ahora estuviese
realizando ensayos con él.
—Muy oportuno —dijo, en una ocasión— acabar con Mercutio y deshacerse de Simone y de
Fantasía. Uno muerto y las otras dos en paradero desconocido. Supongo que tendremos que creernos tu
versión.
Que le jodan, pensé. Que piense lo que le dé la gana.
No pude evitar mostrarme cada vez más siniestro.
Todo aquello me hacía sentir tan mal que decidí que una sonrisa podría alterar bruscamente mi
ritmo vital, y envenenar lo que quedaba de mí.
***
***
Ya se han ido, en busca de un futuro más próspero. Les prometí que no me opondría a ellos. Una
tregua.
Ahora estoy solo con mis pensamientos.
Dije que lo había perdido todo..., pero no es verdad.
Aunque mis recuerdos estén hechos trizas, aún puedo mirar al pasado. En una imagen cristalina,
veo qué es lo que me hizo convertirme en lo que ahora soy. El futuro es incierto, pero vislumbro el
camino hacia el pasado.
Eso me alivia.
El mundo real es mío por fin. Puedo caminar sobre él, puedo vivir mi vida. Y cuando muera, la
naturaleza me engullirá, y mi cuerpo, mis huesos, mi piel... servirán de sustento para una nueva vida.
Puede que triunfe la peste negra. Puede que no.
Hasta que llegue ese día, tengo los bosques. Tengo libertad. Y resquicios de comprensión
repartidos en un océano de vacío y de dolor.
No es suficiente.
Pero es algo.
Agradecimientos
Son muchos los que han apoyado esta aventura, por lo que les estoy francamente agradecido.
Me considero afortunado de tener a Jennifer Hershey como editora. Su gran sensibilidad,
precisión e ingenio han hecho que Código genético haya llegado a más.
En el otro lado del Atlántico, Simón Taylor propició que mi buena suerte aumentara al apostar
por mí en el Reino Unido.
Stuart Calderwood corrigió el texto, librando batallas con la gramática que yo solo nunca hubiera
conseguido vencer.
Mis agentes literarios de Arthur Pine Associates son gente extraordinaria que posee, además, un
gran talento. Me gustaría dar las gracias también a Richard Pine, Lori Andizan y, en particular, a
Matthew Guma, cuya ayuda fue inestimable.
Asimismo, me gustaría agradecer a todas las personas de Colden, McKuin y Frankel,
especialmente a Joel McKuin, que hayan guiado a un autor primerizo a través del mundo literario con
destreza y elegancia, y a Rob Goldman por su incansable esfuerzo a favor de este libro.
Ken Atchity y Vince Atchity leyeron los borradores de los primeros capítulos de la novela y me
contaron sus impresiones. Por sus consejos en aquella etapa crítica, estaré siempre en deuda con ellos.
Por otro lado, me considero también en deuda con Janine Ellen Young y Carol Wolper por todos
sus sabias informaciones acerca del proceso de escritura y de la comercialización de libros.
Mi más sincero agradecimiento también para Scott Benzel y a los laboratorios Sensory
Deprivation por el epígrafe, y por haber hecho añicos el bloqueo del escritor con una música sublime.
La doctora Rita Calvo y Sharon Green, MPH, fueron muy amables a la hora de contestar todas
mis preguntas sobre epidemias, genética y biología molecular. En el caso de que haya conseguido
disfrutar de la ciencia a través de la lectura de Código genético, sepa que todo el mérito es de ellas.
Por el contrario, si encontró algún fallo, el único culpable soy yo.
Muchas gracias por todo el apoyo, consejos, sugerencias e inspiración proporcionados por G. J.
Pruss, Dave Parles, Jon Klane, Shelly Lescott-Leszczynski, Pearl Druyan, Andrea Ho, Stephanie
Huntwork, David Klein, Robert Scout Martin, Iain McCaig, Walt McGraw, Marisa Pagano, Macro
Posner, Sam Sagan, Jerry Salzman, Doselle Young, Marilyn Clair y a toda esa gente maravillosa de
Producciones Damned If I Don't. Estoy especialmente agradecido a Ann Druyan, no solo por lo que
acabo de decir, sino también por haberme arrastrado hasta un bonito lugar, y por defender a Darwin.
Mi padre, Carl Sagan, ha sido una fuente inagotable de inspiración.
Mi madre, Linda Salzman Sagan, fomentó mi creatividad, me animó a cuestionar las cosas y me
enseñó mucho más acerca del proceso de la escritura de lo que posiblemente podría expresar con
palabras.
Pero sobre todo me gustaría dar las gracias a mi cómplice en este crimen, Clinnette Minnis, que
me quiere tanto como yo a ella, me hace partícipe de sus sueños cada mañana y me ayuda a que los
míos se hagan realidad.
Nick Sagan
Ithaca, Nueva York
13 de febrero de 2003
***
Querido lector:
El 5 de septiembre de 1977, el NASA's Jet Propulsión Laboratory (Laboratorio de Propulsión a
Chorro de la NASA) lanzó al espacio la sonda Voyager I. Junto a este impresionante despliegue de
equipamiento científico, la NASA introdujo en la nave un disco adosado a la sonda, además de
instrucciones iconográficas sobre cómo escucharlo. Este disco contenía imágenes, sonidos y música
de la Tierra que se ofrecían como un mensaje de amistad dirigido a cualquier tipo de civilización
extraterrestre por cuyo camino pudiera cruzarse la nave. Entre las grabaciones sonoras destacan
saludos en cincuenta y cinco lenguas, incluido el sentimiento caritativo de «Paz y felicidad a todo el
mundo». Me siento orgulloso y privilegiado al poder decir que mi voz acompañó ese maravilloso
saludo con las palabras: «Hola de parte de los niños del planeta Tierra».
Tenía seis años cuando mis padres grabaron aquel mensaje, por lo que no era muy consciente de
su significado. Se trataba simplemente de una de las muchas situaciones maravillosas y surrealistas
vividas durante mi niñez. Ahora es cuando me doy cuenta de la importancia que tuvo y, al mismo
tiempo, al pensar en ello siento gran nostalgia, como si mi niñez hubiese quedado atrapada a bordo de
aquella nave.
Hay algo realmente mítico en el hecho de poder enviar un mensaje a las estrellas, y por lo que
puedo recordar, estaba obsesionado con la mitología (griega, nórdica, egipcia). Leía todos los libros
que caían en mis manos sobre esta temática. Después mi padre me hizo leer a los maestros de la
ciencia ficción: Isaac Asimov, Ray Bradbury, Robert A. Heinlein y, por supuesto, Edgar Rice
Burroughs (los libros de John Cárter que tanto interés despertaron en él sobre el planeta Marte cuando
era un niño), mientras que mi madre me leía algunas de las mejores historias de ficción (J.R.R.
Tolkien, C.S. Lewis, Lloyd Alexander y Roald Dahl. Me encantaba the Dark is Rising de Susan
Cooper). Aquellos libros me parecían todos mágicos.
Ya de adulto, me considero afortunado por haber podido escribir para Star Trek y por haber
contribuido a crear a la mitología de Gene Roddenberry. Con Código genético he sido capaz de crear
una propia. La chispa que desencadenó la historia de este libro es mi fascinación por los mitos y mi
curiosidad por la naturaleza de la educación en el futuro. Comencé haciendo conexiones entre las
cuestiones relativas a los dioses y las de los grupos o camarillas de los institutos. ¿Dónde reside el
punto de intersección entre un «deportista» y el dios de la guerra, un «cerebrito» y la diosa de la
sabiduría, o un «gótico» y el dios de la muerte? Del resultado de esta fusión surgieron todos mis
personajes.
En 2003, la Sonda Voyager abandonó el sistema solar. En la actualidad se encuentra a 13,5
billones de kilómetros de casa. Se trata del objeto fabricado por el hombre que se encuentra a mayor
distancia en el universo.
Las posibilidades de recibir un día de estos un mensaje de vuelta del espacio exterior (o no) me
ha hecho preguntarme acerca de las grandes cuestiones aquí, en la Tierra. De esta forma, mi centro de
atención se ha desplazado: de saludar a los extraterrestres he pasado a escribir para los humanos.
Este cambio de mi centro de atención sigue los pasos de mi padre, el doctor Carl Sagan. Con la
llegada de SETI, pensó que sería probable que llegara a descubrirse la existencia de inteligencia
extraterrestre durante su vida, pero a medida que iban pasando los años, no fue posible encontrar nada.
La vida, tal y como la conocemos, puede ser extraña en el universo, incluso única. Y de ser así, como
afirmaba él, dice mucho sobre el valor tan preciado que tiene la vida en la Tierra, además de sobre
todo lo que deberíamos hacer para protegerla.
Código genético es sobre todo una novela que sigue esa corriente, una historia sobre la fragilidad
de la vida y el tiempo que emplearán las personas para evitar la muerte. No se centra tanto en la
búsqueda de alienígenas como en la búsqueda de nosotros mismos.
Nick Sagan
Ithaca, Nueva York (Estados Unidos)
Nick Sagan se graduó en la Escuela de Cine de UCLA y escribe guiones para la industria de
Hollywood desde 1992. Ha abordado todo tipo de géneros, desde series de televisión hasta películas de
animación y videojuegos, y entre sus clientes figuran las productoras Paramount, Warner Brothers,
New Line, Universal, Disney y los directores David Fincher y Martin Scorsese. Es coautor del
galardonado videojuego Zork Nemesis: The Forbidden Lands, y ha adaptado al cine novelas de Orson
Scott Card, Ursula K. LeGuin, Pierre Ouelette y Charles Pellegrino, además de contar con dos
episodios de la serie de televisión Star Trek: The Next Generation y cinco de Star Trek: Voyager. En
2000 la astronauta Sally Ride lo contrató como productor ejecutivo de Entretenimiento y Videojuegos
en Space.com.
Dos años después, Sagan vendió a la prestigiosa editorial Penguin Putnam su primera novela,
Código genético, que obtuvo un rotundo éxito: fue destacada por la revista Kirkus, Book Sense y
Barnes amp; Noble como una de las mejores obras de ciencia ficción del año, y la industria
cinematográfica prepara una película basada en ella. La siguiente, Edenborn, y la tercera, Everfree, no
hicieron sino confirmar el talento de un escritor que sigue la estela de su padre, Carl Sagan, famoso
astrónomo y brillante autor que aún hoy sigue siendo aclamado por la crítica.
Nick Sagan reside en Nueva York y actualmente es profesor de escritura de guiones para la
industria audiovisual en la Universidad de Cornell.
—Novelas
2003— Idlewild
_ Código genético. La Factoría de Ideas, Solaris n° 92, 2007.
2004— Edenborn
2005— Everfree
notes