Las Mariposas de La Oscuridad PDF
Las Mariposas de La Oscuridad PDF
OSCURIDAD
D RAMA EN TRES ACTOS
(1951-1956)
PERSONAJES
LA MADRE: Campesina, envejecida y agotada.
EL PADRE: Campesino, flaco, macilento.
MARCOS: Hijo menor de los anteriores. Semiidiota.
YURO: Hijo mayor de los mismos. Fuerte, sencillo.
PAREDES: Dueño de la hacienda. Habitante de la ciudad. Luce fuerte,
de porte arrogante.
FLORA: Hija de paredes. Educada en caracas, desenvuelta, sensual,
con mucho de pureza interior.
RAFAELA: Campesina, curandera. luce más vieja, mantiene cierta
energía en el carácter.
RITA: Campesina. Vecina de la hacienda.
ACCIÓN
En una vieja hacienda improductiva, situada en un campo de la
región central de Venezuela.
ÉPOCA
1927-1935
ACTO I
El escenario para el primer acto constará de dos ambientes. En la parte derecha, el interior
de un rancho de bahareque y palmas. Es cocina y corredor al mismo tiempo, también
acostumbra dormir allí el Padre. Hay una pared al fondo y otra a la derecha, en ésta una
puerta comunica con otro cuartucho dormitorio, la puerta está cubierta con una cortina
sucia y raída. En la izquierda del rancho unos horcones hacen de columnas que sostienen el
techo; en este mismo lado hay un patiecillo sin cercar que da al camino. En el patiecillo
están una batea, unos tiestos con matas y unas latas, junto a la pared un fogón con útiles de
cocina en su mayoría de barro cocido. Sobre un anafre algo se cuece en una olla. Hay una
tinaja, leña, una silla destartalada y un cajón grande que sirve de asiento; también una mesa
sobre la cual está una lámpara de kerosén. En las paredes un trozo de espejo, algunos
cromos desteñidos, una repisa con un santo y una cruz de palmas. Cerca de la puerta que da
al cuartucho hay un catre pequeño. El ambiente en la parte izquierda estará compuesto por
un camino, un árbol frondoso a cuyo pie hay un pequeño estanque con bordes de ladrillos.
Al fondo una piedra grande, arbustos y cielo. Los cambios en la acción de un ambiente a
otro se harán mediante efectos luminosos de acuerdo con el plan directivo escénico.
MARCOS (Se mueve nervioso y como asustado): ¡No! Ahora no lo he visto. Esta mañana
sí, je, je, je… Lo vi en el río… Je, je, je.
MADRE: ¿Con la muchacha? ¿Qué muchacha es esa con quien me dices que ahora se la
pasa Yuro?
MARCOS: Je, je, je. ¡Yo no sé! ¡No es de aquí! Pero es bonita. Ella lo mordió el otro día…
Yo los vi… Él la tumbó sobre la hierba y ella se reía… Je, je. ¡Es bonita!
MADRE: ¡Conque esas tenemos! En vez de Yuro buscar qué hacer se la pasa mujereando
por allí. Quién sabe qué mujerzuela vagabunda será esa. Mientras tanto el dueño de la
hacienda se llega hasta aquí para decirnos que debemos desalojar esto. ¡No sé qué iremos a
hacer! ¡Quince días tenemos para irnos! ¡Quince días! ¡Años y años rodando sobre esta
hacienda, sudando, sufriendo, soportando sobre miseria y ahora se nos avienta como a
basuras! ¡No sé a dónde iremos a parar! ¡Y ese ahí, borracho! ¡Qué vergüenza me dio cuando
el señor lo vio así! (A Marcos) Pero mira tú, que dejes esa jaula te dije. Anda y busca a Yuro.
Debe saber que nos han pedido desalojo; búscalo, que se venga, pues tengo que hablarle.
¡Algo hay que hacer! ¡Anda, anda! Deja esa jaula te digo…
MADRE: Te da risa todo, ¿verdad? Idiota. ¡Éste es otro que me va a volver loca! (Marcos
sale) ¡No sé qué iremos a hacer! (Va hasta donde yace el Padre y lo sacude con fuerza)
¡Mira, borracho sinvergüenza! ¿No has oído? Claro que no has oído. ¡Qué te importa a ti que
nos echen de aquí! ¡No haces sino beber aguardiente y dormir! (Pausa) ¡Ah! ¡Pero eso tengo
que decírselo a Rita, el dueño también debe haberles pedido desalojo, dijo que necesitaba
desocupar la hacienda! (Se acerca al fogón y revisa algunas ollas y peroles) Con eso le pediré
algunos granos de sal y una ñinga de manteca. No sé a qué irán a saber estas caraotas sin
aliños.
(La Madre prueba en una cuchara lo que se cuece en la olla, luego dejando la cuchara sobre
el fogón se dirige al cuartucho de donde sale rápidamente con un paño negro el cual se
coloca sobre la cabeza. Entra Rita.)
MADRE: A nosotros lo mismo, para tu casa iba. ¿Allá también fue el dueño?
RITA: Sí, ha estado recorriendo los ranchos. Hay consternación general. Ha sido tan de
repente esa orden.
RITA: Aún no sabemos. Juan está como aturdido. Casi toda la vida la hemos pasado por
aquí y tiene miedo de moverse, de ir a otros sitios donde no sabremos hacer nada ni tenemos
conocidos ¡Pero hay que salir! Donde Eusebio están en lo mismo, ya hablan de recoger las
pocas gallinitas que les quedan para con el producto de su venta tomar camino hacia alguna
parte… ¿Y ustedes qué harán?
MADRE: ¡Te digo que me voy a volver loca! (Señala al Padre) ¡Ése, fíjate cómo está!
¡Sigue bebiendo! Yuro continúa sin trabajo. No es época de siembra y con este verano ni
hierbas malas salen en las pocas veguitas cultivadas que hay por ahí. Antes Yuro ganaba algo
limpiándolas, pero ahora…Y para colmo me han dicho que anda por el monte con
mujercitas…Y si es Marcos no sirve para nada, es una carga más… Mira: (Le muestra el
fogón) ¡Caraotas sancochadas únicamente! Tenía intención de pedirte un poco de sal y una
migaja de manteca, para ver si aun cuando sea sin otros aliños, saben a algo… ¿Me los darás?
RITA: No faltaba más, mujer, estamos para auxiliarnos. ¿Qué otra cosa podemos hacer sino
eso?
MADRE: Así es, y te agradezco que me digas eso. ¡Me siento tan sola! ¡Tan arruinada!
RITA: ¡Cada quien tiene sus penas! ¿Quién por estos contornos no las sufre?
MADRE: ¡Y la miseria! ¿Ves cómo estoy? ¿Cuándo me había visto así? ¡Mugrienta,
greñuda! Ya no me preocupa ni asear el rancho. Siento como si algo muy grande y muy malo
pasará sobre nosotros… (Con temor) Oye Rita, ¿no será que tenemos algún daño? ¿Qué
alguien nos ha echado algún mal? Siempre hay gente que envidia… Y quién sabe… ¡Nunca
hemos perjudicado a nadie, pero hay tanta maldad en el mundo! En estos días he estado
pensando eso, pues ¿por qué vamos a estar así como estamos?
RITA: El daño existe y es verdad que hay gente muy mala. Yo me he fijado que ustedes
hasta hace algunos años no eran así, como ahora. No estaban bien, es cierto, pero sus cositas
tenían y por lo menos salud no faltaba y él… (Muestra de nuevo al Padre) podía echarse sus
copitas, pero nunca como ahora…
RITA: Una vez estuvimos así. No salíamos de una enfermedad, y hasta a mi hija mayor,
Carmen, se le murió el muchachito de una gran diarrea, ¿recuerdas?
RITA: Bueno, y ya ves, era un daño que nos habían echado. Bastó que la comadre Rafaela
nos hiciera un ensalme y rezáramos algunas oraciones para que todo cambiara…
MADRE: Hay quienes no creen ¡pero ahí tienes el caso de ustedes y tantos otros! Yo por mi
parte creo. Y nadie me quita de la cabeza que esta situación de nosotros no es sino eso, por
un daño que tenemos… Pues no es natural que estemos así. No quería decirlo, pero luego
que el dueño de todo esto nos visitó, la idea me da vueltas en el cerebro.
RITA: Podrías consultar con alguien; con Rafaela, por ejemplo, es muy faculta en eso. Yo
la vi curar al nieto de Carmen María, la del algarrobal, y ese muchacho sí estaba malo, tenía
hasta los ojos torcidos y ya le habían encendido velas.
RITA: Pero hay que hacerlo, pues si no, se vive toda la vida con un daño sobre uno.
MADRE: Es verdad… ¿Sabes si Rafaela está en su rancho o en el pueblo? Porque me dijeron
hace días que no la habían visto en la hacienda.
RITA: No sé, como ahora casi no salgo. De todos modos, ¿por qué no pasas por donde
María? Ella debe saber…
RITA: Y con eso aprovechas y pasas por casa para que te traigas el poquito de sal y
manteca…
MADRE: Sí. Haré eso… (Se acerca al fogón y baja la olla) ¡Vamos! (Señalando al Padre)
Él cuidará esto…
(Ambas salen al exterior por el patiecillo. La luz se disuelve dejando todo en total oscuridad.
Segundos después se enciende en la parte izquierda. Yuro junto al estanque se ocupa de
beber agua en la cuenca de sus manos. Viste pantalón de dril y franela. Cuando Yuro bebe,
silenciosamente llega Flora, le cubre los ojos con las manos.)
FLORA: Por estar Tío Conejo bebiendo agua sin mirar para todas partes Tío Tigre le dio un
gran susto… ¿Quién es?
FLORA (Quitándole las manos de los ojos y colocándose junto a él): ¿Por qué me dices
usted? ¿No te he dicho que no me gusta? Llámame Flora…
YURO: Sabe que no es así. Soy rústico, nada sé. (Flora le pasa la mano por el pelo y lo besa
suavemente en la cabeza) ¿Por qué me ha buscado? Al principio vi en usted sólo una mujer,
una mujer bonita… Por eso…
YURO: ¡No la olvidé! Me gustó su voz, la manera de hablar, de reírse, de mirarme, pero
ahora pienso que somos tan distintos… Usted es de la ciudad, pueden ser caprichosos… No
me gusta ser el capricho de una mujer… ¡menos de usted!
FLORA (Preocupada): Sí, es cierto, somos distintos…Yo soy distinta a ti… Pero si te dijera
que no estoy satisfecha con la vida que llevo; que estoy harta de la ciudad y sus cosas, ¿me
creerías?
YURO: ¡Quizás!
FLORA: Quisiera otra cosa… Algo más natural… Una casa por el campo, un marido
sencillo, poder tener macetas de flores y animales… ¡Estoy un poco aturdida por la vida de
la ciudad!
YURO: Ya no fuma…
FLORA: ¡No! Mira, tampoco me he pintado las uñas (Le muestra las manos) Estoy
cambiando, ¿no? Y eso que apenas llevo semanas por aquí…
YURO: Pero es distinta, sabe muchas cosas, tiene costumbres diferentes; pronto se irá, ¿y
entonces…? Pensando en eso es que…
FLORA: ¿Qué?
YURO: ¡No ha debido buscarme! Ahora me hace falta verla, sentirla cerca, oír su voz.
Cuando se vaya me sentiré muy solo. ¿Por qué se ocupó de mí?
YURO: No. Creo que se refiere a como son los animales, ¿es así?
FLORA (Riendo): ¡Bueno, quizás! Quiere decir que atiendo sólo a mis deseos, a mis
instintos. Y ha sido así, es cierto, pero ahora… Ahora es otra cosa…
YURO: Cuando encuentro a alguien que me gusta, que me agrada y me muestra cariño, le
hablo muchas tonterías.
FLORA: No hablas tonterías. ¡Dices tus cosas! Todos tenemos cosas que decir. Ya ves, yo
también te he contado algo de las mías. He sido una muchacha alocada…
YURO: ¿Y tu padre?
FLORA: ¡Me ha dejado hacer! Cree que soy así por él… Piensa que la vida sólo se debe
gozar.
YURO: Es el dueño de todo esto, el hacendado… Dicen que tiene mal carácter.
FLORA: Conmigo es bueno, deja que lo domine… ¡Me faltó tener madre!
FLORA: Murió cuando yo estaba muy chiquita, no la conocí… Ah, pero estamos hablando
con mucha seriedad… (Pausa) Yuro…
YURO: ¿Qué?
FLORA: ¿No crees que estoy enamorada de ti? ¿De lo que eres? ¿Que no es un capricho?
YURO: Usted es la hija de don Jaime Paredes, yo no soy nada… No podemos… No puedo
quererla… Usted se irá…
YURO: Por mi parte… Bueno, usted sabe, no tengo trabajo, por aquí nadie cultiva. Su padre
tiene abandonada esta gran hacienda, mi familia está mal, debe producir. Adolfo, un amigo
que tengo en el pueblo, me está haciendo diligencias a ver si consigo trabajo en un campo
petrolero, por Oriente, o me arriendan unas vegas hacia la costa para que yo las cultive. Sé
algo de agricultura y me gusta la tierra. Haré una casa y enfrente le sembraré un apamate…
¿Has visto los que hay en esta hacienda? Florecen en mayo y ponen el suelo morado y
blanco… Pero eso será si me arriendan las vegas… (Pausa) ¡De todos modos me iré!
YURO: ¿Quererme? ¡No creo eso! ¡Mejor será no vernos más, pensaba decírselo!
FLORA: ¿Por qué? ¿Acaso dos ríos distintos no se unen y forman uno solo? (Pausa) ¿Por
qué no me acaricias el pelo? Me hace falta, ¿sabes? He vivido sin cariño… Quiero que seas
muy amoroso y bueno conmigo… ¿Lo serás? (Yuro silenciosamente le acaricia el pelo)
Hablaré con papá. Le diré que deseo quedarme en la hacienda o por estos campos, que estoy
enamorada, debe comprender.
FLORA (Incorporándose): Puedo decidir mi vida. Por eso le hablaré. Ahora mismo le
hablaré. ¿Quieres darme valor diciendo sólo una cosa?
YURO: Si le gusta que lo diga… Bueno, sí… Aunque creo que es caprichosa…
FLORA (Poniendo la cabeza sobre el pecho de Yuro): Bésame el pelo y dime: ¡Flora!
¡Flora!
YURO (Besa el pelo a Flora): ¡Flora… Flora… Flora…! (Flora lo deja rápidamente y se
va.)
YURO (Advirtiendo a Marcos): Ah, eres tú, ¿qué quieres? ¿Por qué me vigilas?
MARCOS: Mamá me envió a buscarte. Quiere hablar contigo… Je, je, je. ¡Es bonita!
MADRE: ¡Mira, levántate, hasta cuándo vas a estar así, como un mismo muerto!
PADRE: ¡Jemmm! ¡Jemmm! ¡Déjame quieto! ¿Por qué me molestas? ¿No es de noche
acaso?
MADRE: ¡No! ¡No es de noche, pero pronto va a oscurecer! ¡Estás durmiendo desde esta
mañana cuando te presentaste aquí cayéndote y con tus habladurías!
MADRE: Y que los demás revienten y paguen lo que tú haces por fuera, ¿verdad? El
comisario me dijo que anoche formaste un escándalo en la pulpería y que si vuelves con esas
cosas te van a arrestar… ¡Oye! ¡Levántate! (Lo sacude con fuerza.)
PADRE: ¡Qué cosa esa! ¡Déjame! ¿Por qué me pegas así? (Abre los ojos y se medio
incorpora) ¡Ten cuidado! ¡Soy un hombre! ¡Soy un hombre, eso sí! Y a mí no se me pega…
¿Qué hora es?
PADRE: ¿Las seis? Ah… Qué tarde… ¡Entonces me acuesto otra vez, es hora de dormir,
los pájaros se deben estar recogiendo! ¡Ah, qué sed tengo! (Se tiende en la cama y trata de
acurrucarse mejor.)
MADRE: ¿Otra vez te acuestas? ¿No te da vergüenza? ¡Anda, sal de ahí! (Le hala la cobija.)
YURO: ¿Qué ocurre? (Contempla la escena de la Madre y el Padre) ¡Ah, todavía está en la
cama borracho! (Al Padre) ¡Cada día se comporta peor! ¡No sé dónde irá a parar! (Lo agarra
con fuerza por los hombros y lo pone de pie) ¡Álcese, vamos! ¿No sabe la hora?
PADRE: ¡Déjame dormir, Yuro! Estoy cansado… ¡Ah y qué sed tengo! ¡Me estoy muriendo
de sed! Debo estar enfermo… (Se sienta en la cama) Son los maltratos de ustedes. Me gritan,
me pegan. ¡No me dejan dormir! Qué voy a hacer, Dios mío, ya ni en mi casa puedo estar.
¡Ah, y me voy a morir de sed, es como si hubiera comido candela! Necesito agua…
MADRE: ¿Cómo quieres que haya café? (Señala al Padre) Ése no ha traído nada a la casa.
Sólo sus borracheras… y tú… ¿Has traído algo?
YURO: ¡Nada!
MADRE: ¿Entonces? ¿Cómo va a haber café? Esta noche cenaremos sólo con caraotas y
pude ponerles sal y manteca porque Rita me regaló un poco. (Echa algo en la olla
y mueve.)
YURO (Grave): ¡Ni qué comer tenemos, hasta cuándo irá a durar esto!
MADRE: Ah, te envié a buscar para informarte. Pero mirando a éste (señala al Padre) pierdo
la cabeza… Ha ocurrido algo muy grave, pienso que ahora sí me voy a volver loca…
YURO: ¿Algo grave? ¡No podemos estar peor que ahora! ¿Hizo algo malo él (al Padre) en
la pulpería o en el pueblo?
MADRE: Me habló a mí. (Señala al Padre) Sólo se ocupa de roncar. Dijo que nos daba
quince días para que desalojáramos la hacienda, pues ya la tiene negociada; y la compañía
extranjera que la va a comprar no quiere hacer tratos hasta que no se vayan todos los
pisatarios y conuqueros. También en la pulpería me dijeron que todo será desalojado y que
debemos pagar la cuenta que tenemos allá…
MADRE: ¿Y ahora qué haremos, Yuro? ¿Para dónde cogeremos? (Casi llorando) ¿Te das
cuenta de lo que eso significa? ¡Yo estoy vieja, casi no puedo trabajar! ¡Y si es tu padre ni
de mantenerse en pie es capaz! Marcos, ¿en qué podrá ayudar? ¿Dónde podremos vivir?
MADRE: ¡No! ¡Es a todos los que aún quedan en la hacienda! A Rita, a José Melchor, a
Luciano, a los de la pulpería…
YURO: ¿Con qué pagaremos lo de la pulpería? (Se deja caer sobre el cajón) ¡Algún día
tenía que ocurrir, en otras haciendas ha sucedido lo mismo! ¡Cada dueño hace lo que quiere
con sus tierras y hasta con nosotros! Hace tiempo que me lo decía: debemos irnos… Buscar
la vida en otra parte. ¡No esperar esto, esta miseria, esta ruina! ¡Yo quería irme, pero no así,
desalojados como perros!
YURO: ¡No podemos seguir viviendo así! Quería irme para trabajar en alguna parte y
mandarles algo. ¡Aquí nada puedo hacer y me vuelvo un haragán! Fíjate, desde que sobre la
hacienda cayó el abandono y cesó el trabajo seguro, él (señala al Padre) se fue hundiendo en
el no hacer nada y la bebida… ¡Se acostumbró a estar sin oficio y a frecuentar la pulpería!
Yo y muchos otros vamos por el mismo camino. (Se incorpora) ¡Pero no quiero eso! Deseo
que no sigas pasando hambre ni miserias. Que Marcos pueda ir a la escuela. ¡Nos hará bien
irnos!
MADRE: ¡Estás loco, Yuro! ¡Andando por ahí, como nómadas, sin tener dónde parar nos
moriremos todos! ¡El mundo es malo y me da miedo! No tenemos ni ropa, ni dinero, ni
nada… A mí hasta la voluntad me falta.
YURO: Tengo un amigo en el pueblo: Adolfo, el barbero, él me ha ofrecido un cuarto,
podrán mudarse para allá mientras yo voy a Oriente y busco trabajo en un campo petrolero.
¡Al salir adelante los mando a buscar!
MADRE: ¿Tendremos que separarnos? ¡No! ¡Si habremos de pasar trabajos y miserias hasta
morirnos, que sea juntos! ¡Me da miedo que te vayas y menos a los campos petroleros! ¡Se
hablan tantas cosas malas de ellos! ¡Ya viste lo que le ocurrió al hijo de Paula!
YURO: El trabajo es duro, pero se gana aunque sea para no morirse de hambre. Pero lo que
quisiera es que me arrendaran unas vegas. ¡Así podríamos trabajar todos!
MADRE: Dios quisiera, pero a unos pobres como nosotros ¡qué nos van a arrendar!
PADRE: No puedo ni dormir. ¡Hablan y hablan y no me dejan dormir! ¡Ah, pero qué sed!,
¡qué sed tan grande! ¡Estoy como si tuviera candela por dentro!
MADRE: ¡Cállate! ¡Parece que aún no has oído que debemos irnos quién sabe a dónde…!
¡Que debemos pagar en la pulpería! ¡Pero no te importa! ¡No eres sino un sinvergüenza!
MADRE: ¡Estoy aturdida! ¡Loca! ¡A todas las preocupaciones ha venido a unirse esa del
desalojo y la de que debemos separarnos! (Se deja caer sobre la silla) ¡Es cierto lo que
supongo y me han comentado! ¡A nosotros nos han echado algo! ¡Tenemos un daño encima
y por eso no nos llegan sino desgracias! ¡Rita me lo ha dicho también y lo mismo Carmen
María! ¡Nos han echado un mal muy grande, pues hay que ver cómo estamos! ¡Nunca pensé
que llegaríamos a esto! ¡Qué mal habremos hecho para que nos sucedan esas cosas!
YURO: Mucha gente dice lo mismo, pero no creo… Adolfo, que lee libros, me ha dicho que
esas cosas las inventan los ociosos…
MADRE: ¿Qué otra cosa puede ser sino un daño? ¿Por qué hemos llegado a esta situación?
Hace años trabajábamos todos; en las haciendas sembraban; Bruno no bebía tanto y hasta
Marcos no era así. Comenzó a enfermarse en el desarrollo. Yo misma, ¿qué soy? Una ruina.
Y para colmo esos dolores reumáticos… ¡Alguien nos echó algún daño, nadie me lo quita de
la cabeza!, ¡tenemos brujería mala!
PADRE (Mirando toda la estancia con ojos extraviados): ¡Una brujería… eso es lo que
tenemos!
MARCOS (Poniendo atención al Padre y riendo): Je, je, je, je. ¡Una brujería la echan las
brujas! Je, je, je.
YURO: ¡Hay mucha gente mala en el mundo… ¡Sin embargo, no lo creo! Adolfo me ha
dicho que por aquí lo que hay es miseria…
MADRE: ¿Qué sabe ese Adolfo? ¡Yo he visto muchos casos de brujería, si los habré visto!
YURO: Debemos pensar en los días que nos quedan para irnos… ¡Decidir!
MADRE: Pero antes averiguar el daño que tenemos. Imagino lo que nos pueden haber
echado y me da miedo. De noche pienso y me angustio. ¿Acaso no he visto a dónde puede
llevar un daño a la gente? ¡Les ocurre como a esas matas que los bachacos les comen las
raíces: ¡se van secando, secando, hasta que no les queda vida ni bienestar…!
PADRE: ¡Jemmm! Estábamos embrujados y no nos habíamos dado cuenta… pero yo sí…
¿Acaso no les he dicho que en la puerta nos tiran telarañas? ¿Y ese murciélago que entra y
chilla, después de las doce de la noche, qué es pues? ¡Ah, pero qué sed! ¡Jemmm!
MADRE (A Yuro): ¿Te fijas? ¡Es cierto! ¡Bruno me había dicho lo de la telaraña pero no
caía en cuenta! Al murciélago también lo he sentido, ¡qué horror!
MADRE: Debemos hacer algo rápido. ¡Quizás sea tiempo de que el mal se vaya y todo se
nos componga! (A Yuro) ¿Por qué no vemos a Rafaela, la Curandera? Sabe mucho de eso…
YURO: No me gustan esas cosas… ¡Lo que debemos hacer es irnos de todo esto!
MADRE: ¿Sin antes quitarnos el daño que nos han echado? ¡No! Iremos a consultar a
Rafaela… Ella nos dirá qué debemos hacer para arrojar ese daño…
MADRE (A Marcos): Sólo eso sabes… ¡Comer! (A Yuro) Debemos visitarla. ¡Nos dará una
contra! Quizás él (señala al Padre) deje de beber y Marcos sea como todos los muchachos…
Y que estos dolores míos se me quiten. ¡Siempre había sido una mujer sana, hasta me
envidiaban las muchachas! ¡Si Rafaela nos ensalma estoy segura de que todo se nos pasará!
PADRE: ¡Es la brujería la que me hace beber! Cuando estoy tranquilo digo que no voy a
beber y hasta me acerco a la pulpería para probar la voluntad, pero apenas voy llegando oigo
que alguien me dice: ¡Bruno, Bruno, ¡bébete uno solito! Yo me resisto… pero la brujería
puede más. Yo sé que es la brujería… (Solloza) Me han echado un gran daño para ponerme
así…
MADRE: Esta noche iremos donde Rafaela. Le contaremos todo… (Pausa) Serviré las
caraotas. ¡Una vez hayamos comido, vamos! Rafaela está en su rancho. (Se incorpora y va
hacia el fogón.)
YURO: ¡Yo no los acompaño; no me gustan esas cuestiones! ¡Además, debo ir al pueblo,
Adolfo me dará una razón! Ahora más que antes necesito trabajar. (Ha oscurecido
lentamente, la Madre enciende la lámpara.)
MADRE: ¡Todos debemos ir, tú también tienes el daño encima, lo tienes igual que nosotros!
Comes y nos acompañas…
YURO: No tengo hambre. Eso del desalojo me preocupa mucho. ¡Iré al pueblo!
MADRE: ¿No vas entonces donde Rafaela? Ah, me extrañan esas constantes salidas tuyas
de noche, mira que me han dicho que te la pasas por ahí con una mujer. ¡Era lo que te faltaba,
encamisonarte con una cualquiera!
YURO: ¡Sólo voy al pueblo! Y quiero que lo sepa: ¡no ando con ninguna mujer cualquiera!
MADRE: ¡Si no conociera a los hombres! En fin, ¡allá tú! (Yuro sale, la Madre toma unos
platos y sirve.)
PADRE: ¡Lo que tengo es sed! ¡La brujería me está quemando por dentro!
MADRE: Vamos a comer rápido para ir donde Rafaela… Ella nos curará… (Afuera se siente
soplar un viento fuerte y se oye un trueno lejano) Ah, ¡qué ventarrón sopla, por fin como que
va a llover! (A Marcos) ¿Oyes el viento?
MADRE: Ah, qué fuerte pasa, dicen que cuando el viento suena así es porque en él viajan
las brujas…
MADRE (Oyendo al viento que continúa pasando fuerte): ¡Están pasando las brujas! Están
pasando con el viento oscuro…
(Oscuridad.)
ACTO II
(Su acción durante la misma noche.)
Escenario
Dividido en dos como en el primer acto. A la izquierda, sobre una pequeña altura, el
corredor frontal de la vieja casa de los Paredes, en la hacienda. Una pared al fondo y otra
lateral izquierda. En la del fondo una puerta de arco conduce al interior; en la pared lateral
una ventana con reja de hierro. El corredor tiene una pequeña baranda de
madera y unos escalones que bajan al camino, el cual cruza frente a la casa. El corredor
está casi desprovisto de muebles, apenas un viejo mecedor, una butaca y una mesa pequeña;
en un rincón un viejo colgador de sombreros de los de pie. Las paredes están desnudas; de
una de ellas cuelga una lámpara. A la orilla del camino se levanta un árbol. A la derecha
está el interior del rancho de la curandera Rafaela. Hay una mesita vieja y sucia en el centro,
junto a ella algunos taburetes y un banco. Sobre otra mesa situada en un rincón, se ven
frascos, ramas, semillas y una cruz de palma… En las paredes; algunas repisas con objetos
diversos, imágenes de santos. Sobre la mesa del centro una lámpara de kerosén. Hay una
pared al fondo y otra lateral. En la pared del fondo una puerta da paso a otro cuartucho. En
la pared lateral otra puerta conduce al exterior. Como en el acto anterior, los cambios serán
la acción de un ambiente a otro, se efectuarán mediante juego de luces y oscurecimiento
según el plan directivo escénico.
(La acción se inicia en el corredor de la casa de los Paredes; al correrse el telón, en escena
se encuentran Rita y Flora, quien envuelta la cabeza en un paño, baja los escalones en
actitud de irse.)
FLORA: Dígale usted a esa señora que esta noche quizá no pueda ir, parece que va a llover.
¡Mañana me acercaré hasta allá, sin falta…!
RITA (Ya en el camino): Parece que su interés por verla a usted es grande.
RITA: Pierda usted cuidado, se lo diré. (Rita rápida se va por el lado opuesto a aquel por
donde llega Paredes, éste se detiene, la mira irse y sube con calma los escalones.)
FLORA: No te había visto en todo el día, eres un padre que abandona a su hija. ¿Por dónde
anduviste?
PAREDES: Recorriendo la hacienda y visitando los ranchos… (Mirando hacia donde se ha
ido Rita) Esa mujer… ¿Qué quería a estas horas por aquí? Me parece que la conozco… Creo
que vive en la hacienda… Vino a traerme un recado de una tal Rafaela…
FLORA: Es lo raro precisamente, durante los días que tengo en la hacienda no he conocido
a ninguna mujer que se llame así, tampoco conozco a la que vino, apenas la he visto en el río.
PAREDES (Dejando su sombrero sobre el colgador y sentándose): ¿Qué quiere contigo esa
Rafaela?
FLORA: No sé, me envió a decir que tenía urgencia de hablar conmigo para decirme algo
de mucho interés. Quería que fuera esta noche, pero me siento cansada… Es un poco extraño,
¿no te parece? Si fuera más curiosa me acercaría hasta allá…
PAREDES: ¡Va a llover; ¡además no debes andar de noche por esos montes, hay animales,
culebras!
FLORA: ¿Me vas a enseñar a tener miedo ahora? (Riendo) Ya es tarde… ¡Soy la muchacha
de los bosques!
PAREDES: Ya sé que te has metido por todos esos montes sola y a pie… pero me parece
una tontería que salgas en una noche como ésta… oscura y ventosa…
PAREDES: ¿Crees que te iba a decir algo de interés? No conoces a estos campesinos; saben
que eres hija mía y seguramente lo que desea es pedirte dinero. Te contará sus angustias, sus
necesidades… y después te alarga la mano… Además, esa Rafaela…
PAREDES: He oído decir que es medio bruja y medio curandera… pero personalmente no
la conozco…
FLORA: Ah, ¿es bruja? (Riendo) Le pediré entonces que me diga la buenaventura… ¡Eso
sí, lo bueno únicamente!
PAREDES: Sí comí, hace un rato, en unos ranchos, abajo. Sólo subí aquí para descansar…
debo ir al pueblo.
FLORA: ¿Al pueblo? ¿A esta hora?
PAREDES: ¡No! Debo ir solo, es posible que me quede por allá esta noche…
FLORA: ¡Ah, conque esas tenemos! El señor cree que está aún joven. (Seria) Quería
acompañarte porque deseo hablar contigo, es algo serio…
PAREDES: ¿No puedes adelantar algo, mientras reposo aquí un poco más?
FLORA: Bueno, si quieres… (Pausa) Verás, cuando organizaste el viaje para acá, me dijiste
que deseabas que conociera la hacienda pues la ibas a vender pronto.
PAREDES: La negociación está casi hecha. Hoy precisamente avisé a los conuqueros y
pisatarios para que desalojen… ¡Debo entregarla desocupada!
FLORA (Tajante): ¿Cómo? ¡Pues yo deseo quedarme por aquí! Nunca había visto el campo
de cerca, me atrae su vida… además… te vas a sorprender… ¡Estoy enamorada!
PAREDES: Pienso que todas las mujeres pueden enamorarse, menos tú… Te pareces mucho
a mí. Amas demasiado la vida y para gustarla con plenitud… Nunca te lo había dicho, pero
ahora lo oirás, es necesario tener el corazón libre, no llevar ataduras…
PAREDES: Casarte, sí… Pero sin esas ñoñerías amorosas que comprometen la
independencia.
FLORA: ¿Casarme entonces sólo para que un hombre…, ¿no?
FLORA: Creí que era así, pero soy distinta, ¿sabes? Soy una sentimental. Sueño y deseo otra
cosa. ¡Creo que se puede amar y que hay otros goces además de ese que tú piensas!
PAREDES: ¡Me parece que te veo por primera vez! ¡Es raro que expreses eso!
FLORA: Nunca nos hemos encontrado a pesar de vivir juntos… ¿Crees que me conoces?
PAREDES: He querido educarte así para que no sufras… Para que no seas de los aplastados.
(Enérgico) Espero que no haya fracasado… y que ahora… Eso que llamas enamoramientos
no sea sino algo transitorio… ¡Caprichoso!
PAREDES: ¿Quién es? ¿Alguno de esos mocosos con quien acostumbras bailar y cenar?
PAREDES: Estos campos turban los sentidos… ¡Mañana me entenderás mejor y luego
veremos! (Paredes sale, Flora lo mira y luego va al interior. A lo lejos gime un perro.)
(La escena queda oscura. Segundos después se ilumina el interior del rancho de la curandera
Rafaela. En la puerta que queda al exterior tocan fuerte. Rafaela, quien se encuentra en el
otro cuartucho, sale con una lámpara y abre. Entran la Madre, el Padre y Marcos.)
RAFAELA (Alumbrándolos): Ah, son ustedes, los del rancho de abajo… no los esperaba.
¿Qué desean?
MADRE: Señora Rafaela, pues hemos venido para consultarla… ¡Por eso hemos venido!
MADRE: Estamos necesitados de que nos atienda. ¡Nos dijeron que usted puede ayudarnos!
PADRE: ¡Es que nos han echado algo muy grande! ¡Jemm! ¡Jipp! ¡Algo como una brujería!
RAFAELA: Bueno, un momento, ya vuelvo. (Va al interior y regresa con una botella, unas
hierbas y un tabaco.)
RAFAELA (Sentándose junto a la mesa donde coloca los objetos que trajo): Cuéntenme lo
que les sucede…
MADRE: ¡Cállate! Yo le contaré: ¡mire, ‘ña Rafaela, a nosotros nos han echado algún daño
muy grande!
MADRE: No tenemos enemigos, con nadie nos metemos, pero nunca falta en la vida gente
de malas intenciones…
MADRE (Continuando): ¡Yo misma no hago sino sentirme cada día más enferma! El río
cuando creció nos llevó el conuquito de la vega de abajo que es lo único que nos han
arrendado para sembrar, y hasta la peste que vino nos mató las gallinitas. Debemos no sé
cuánto en la pulpería… No tenemos ni ropa, ni alpargatas siquiera… Yuro carga unos zapatos
regalados… Muchas veces no hay en la casa ni qué comer. Yo rezo mucho, pero los santos
no me oyen; a veces les prendo velas, pero estamos tan pobres que ni eso puedo hacer ya…
¡¡Y no éramos así!! ¿Por qué todo eso? ¡Si fuéramos malos diría que estamos pagando algo!
¡Rita piensa como yo, que nos han echado algo muy malo!
RAFAELA: Sí, hay mucho daño en el mundo y gente que los echa…
MADRE: Debe darnos una contra. Una oración, unas hierbas… algo… ¡Luego le
pagaremos!
RAFAELA (Toma la lámpara y le alumbra el rostro a cada uno): ¡No hay duda, lo que
suponen es cierto! ¡Alguien ha puesto su mala fe en ustedes! ¡Alguien los está malogrando!
RAFAELA: Yo les daré la contra… Pero… ¡Un momento, silencio! Antes es necesario
purificarlo todo… (Toma un poco de ramas y las mueve por doquier, al tiempo que
murmura:) Yo, criatura celestial te ensalmo y te curo. En nombre de San Luis Beltrán que
todo mal sea quitado, como la sangre en la cabeza, mal de ojo y otro que quiere venir. Que
sea arrojado donde no haga peso o daño alguno a criatura ni animal tampoco. ¡Jesús! ¡Jesús!
¡Jesús! ¡Amén!
MADRE: ¡Amén!
MADRE (Muy asustada): ¡No sé! ¡No he podido saber quién es, ni cómo se llama!
PADRE: ¡No! Yo tampoco… ¡Le juro que no la conozco! ¡Sólo he visto al murciélago!
MADRE: Bruno también ha visto en la puerta de nuestro rancho una telaraña en cruz, y oye
chillidos, y como escarbando la tierra… Al pensar en eso me estremezco…
PADRE: Es una telaraña negra… Ah, y también tengo sueños malos, veo caras como de
brujas que se ríen de mí… Se ríen fuerte, feo…
RAFAELA: Sí, están como insectos en una tela de araña… Eso es… Y hay alguien que les
está chupando la vida… Que les tiene cogidos en su tela negra y los devora… Pero no se
preocupen… La persona que les ha echado el daño debe aparecer y le verán la cara… (A la
Madre) Ella irá a tu casa con sus propios pies… Por esta agua que aquí derramo. (De la
botella derrama un poco de agua sobre el piso). ¡Por los siete aceites benditos y las hojas de
la albahaca!
MADRE: ¡Me han dicho que Yuro anda con mujeres malas!
RAFAELA (Como en trance): Tú, la persona desconocida, ¡tú la que de lejos manejas el
daño, recoge tus pasos y sobre ti caigan tus propios males!
RAFAELA: El ensalme está hecho, ahora oye bien… (A la Madre) Si hacen lo que les voy
a decir, la bruja en forma de gente irá al rancho de ustedes, y les pedirá algo… ¡Le darás sal
y ella se irá llevándose su daño!
RAFAELA: Mañana viernes, día bendito, a las nueve en punto, hora de los difuntos y las
almas en pena, tomarás toda la ropa que se han puesto hoy, las colocas en una batea, le pones
sal, ramas de albahaca y tres gotas de este aceite bendito (Le da a la Madre un pequeño
frasco) y le dirás esto… (A la Madre) Óyelo bien para que no se te olvide (Reza): Con dos te
veo. Con tres te ato. La cara te miro y el corazón te parto. Mansa y humilde llegues a mis
pies como llegó Jesús a los pies de Pilatos. ¡Amén! ¡Amén! ¡Amén!
RAFAELA: La dices dos veces; luego, cuando las ánimas te hayan escuchado y comiencen
a andar sus pasos, le dan bastante palo a la ropa dentro de la batea, entonces, quien echó el
mal sentirá en su cuerpo y en su alma esos golpes, sufrirá grandes dolores, y el ánima de
Luzbel lo llevará hasta ustedes a recoger lo malo que allí ha echado… ¡Ah, y cuando algo
pida, ofrézcanle sal!
PADRE: ¡Tendremos que hacerlo! Y si éstos no quieren, lo haré yo solo, porque yo soy un
hombre… Eso sí…
RAFAELA: ¡Si ponen fe, el mal se les pasará y todo volverá a ser como antes!
PADRE: Mucha fe tendremos… ¡Jemm! Nos sobrará la fe… (A lo lejos ladran unos perros.)
MARCOS: Quiero irme. (Pegándose a la Madre) ¡Vámonos afuera, tengo mucho miedo!
RAFAELA: ¡No te preocupes, lo importante es que el mal les pase! (Afuera se oye el viento
fuerte.)
(La Madre, el Padre y Marcos salen. Rafaela cierra la puerta. Rápidamente recoge algunas
cosas de la mesa y las coloca en una repisa. En la puerta vuelven a tocar. Rafaela va rápida
y abre, llega Paredes; Rafaela retrocede sorprendida.)
PAREDES: ¿Te sorprende verme aquí, verdad…? Esperabas a Flora… Pero quien llega es
el padre. (Autoritario) ¿Qué querías con la muchacha? Pretendes acaso…
PAREDES: No te importa cómo lo supe… Dime ¿pretendías hacerme una jugada por la
espalda, ¿verdad? Buscabas a la muchacha para contarle… ¡Ah! (Agarra a Rafaela por un
brazo) ¡Dios te libre que seas capaz de tal cosa! ¡¿Oyes?! ¡Dios te libre!
RAFAELA: ¡Suéltame! (Hace un movimiento brusco y se libra de la mano de Paredes) Eres
el mismo Paredes de siempre… ¡Pero, han pasado muchos años! ¡Debes saberlo! ¡Todos los
árboles de la hacienda han cambiado miles y miles de veces sus hojas! Y yo también he
cambiado mucho… ¡Lo oyes, Jaime Paredes, ya no soy la muchacha de antes y no le temo a
tus amenazas!
RAFAELA: ¡Ya no me asustas! ¡He sufrido mucho para que me asustes con palabras!
PAREDES: ¡Debí adivinar que te propondrías hablarle a Flora! Cuando decidí que ella
conociera la hacienda, imaginaba que ya no estabas por todos estos contornos… Que te
habías ido. ¡Pero no! Casi el mismo día que llegamos supe que aún vivías por aquí, que eras
hasta una mujer importante… Nada menos que la curandera, ¡ja! Medio curandera y medio
bruja…
PAREDES: ¿Y pensabas llamarla para decírselo, ¿verdad? Y luego sacarle dinero, ¿no?
PAREDES: ¿Y piensas que Flora te iba a creer? Ja, ja, ja… Permíteme que me ría. La he
educado a mi manera; sólo cree en mí, en su padre, en Jaime Paredes, y oye bien: ella está
segura de que hace tiempo su madre murió… ¡Hubiera sido inútil que le hablaras, totalmente
inútil!
RAFAELA: ¡Qué tonto eres! Si no te temías algo, ¿por qué te apresuraste a venir? ¿Por qué
me amenazas? ¡Ah, Jaime Paredes! ¡Tienes miedo! ¡Tienes miedo! Escúchame tú ahora:
muchas veces desde el fondo de mí misma había querido hablarte; sin embargo, nunca traté
de buscarte. ¿Para qué? ¿Podían conmoverte mis palabras? ¿A ti, señor de látigo y liqui-
liqui? ¿Acaso pensaste alguna vez que yo, Rafaela, la campesina recogechamizas pudiera
tener sentimientos? ¡Sólo ustedes sienten, los otros no debemos ser sino carne para sufrir y
aguantar cuanto hacen los señores! Por eso juré no hablarte ni molestarte desde el momento
cuando accedí a que te llevaras a Flora, ¡era apenas una rosita menuda! Según tú, no iba a
poder mantenerla…
RAFAELA: Son los únicos recuerdos que tengo, ¡los únicos! (Pausa) Sí, te la llevaste, la
niña era necesaria para que consolase y distrajera a tu anciano padre. ¿Cómo podía
disputártela a ti, el señor, el dueño? Yo era una ramera, como tú decías, en quien engendraste
por casualidad. Sufrí mucho, pero pensé en la niña, sería una señorita… ¡Podría hasta ser
feliz!
PAREDES: ¡Y lo es!
RAFAELA: ¿Qué sabes tú? (Pausa.) Yo sé muchas cosas. Siempre hay gente dispuesta a
contarnos todo aquello que nos va a dar sufrimientos. ¿Crees que podía ignorar cómo vive
Flora en Caracas? Señorita que hace todos sus antojos, que no se detiene ante nada; que se
desgasta en placeres… ¡Esa es la felicidad que le has dado!
PAREDES: ¡Te han contado esas cosas, ah! ¡No puedes entender! ¿Cómo puedes entender
tú lo que es Flora! ¿Sabes acaso de la vida civilizada? Flora es algo… distinto de todo esto…
RAFAELA: Sí, es algo distinto, tienes razón… Por aquí todos están confundidos con la
conducta que ha tenido desde que llegó a la hacienda… ¡Hablan de ella!
PAREDES: ¿Cuáles cosas? Son estúpidos, sólo piensan cosas malas de la gente que es
moderna. ¡Todo cuanto se les ocurre! Se escandalizan porque Flora fuma y bebe, porque
monta a caballo sola de noche, porque anda con los peones y se baña en el río… Ella lo sabe
y se ríe, ¡y yo también!
PAREDES (Agarrándola por los hombros y sacudiéndola airado): ¡Tú mientes! ¡Quieres
provocarme!
RAFAELA (Se suelta de las manos de Paredes): ¡No miento! ¡Por eso quise hablarle!
(Triste) ¡También quería verla de cerca, oír su voz, saber de su rostro y de sus ojos, ahora
que está tan crecida! Pero más que todo eso deseaba; aconsejarla, decirle que lo que hace no
está bien, que ella debe ser buena…
PAREDES: ¡No debes hablarle! ¿Oyes? ¡No debes verla! ¡Te prohíbo que busques a Flora,
que le mandes recados, que te metas en sus cosas…!
RAFAELA: Donde quiera que esté es mi hija, ¡rica, civilizada, con todas sus cosas malas o
buenas siempre será mi hija! ¿Cómo puedes borrar eso?
PAREDES: ¡He debido echarte de todo esto! ¡Desde hace tiempo he debido hacerlo!
RAFAELA: ¡Hazlo! Pero a cualquier parte a donde vaya siempre seré su madre. Aunque
ella no lo sepa y aunque a ti te pese.
PAREDES: Mañana mismo saldrás de aquí. ¡Mandaré a que tumben esto! ¡Y debes irte muy
lejos! Donde yo no sepa más nunca de ti… Si no te vas procederé de otra manera. Sé de qué
te ocupas.
RAFAELA: Pensaba irme de todos modos, pero antes debo hablar con la muchacha, quiero
que sea buena, que no hablen de ella, me duele.
PAREDES (Soltándola): ¡Ah! Te voy a decir algo: ¿Crees que harías un bien a Flora
haciéndole saber que eres su madre? Eso suponiendo que te creyera… ¿No has pensado en
la impresión dolorosa que le causaría descubrir eso… su origen…? ¿Saber quién eres?
PAREDES: ¡Nada! Es extraña a todo esto. Pertenece a un mundo distinto. Ocupa una
posición en la sociedad, muchos jóvenes de gran porvenir desean casarse con ella. Mi dinero
la rodea de atractivo y poder. ¡Puede escoger en su vida lo que le plazca! Y, oye, todo eso se
lo echarías abajo si le hablas, si le dices lo que tú eres de ella.
PAREDES: ¡Eres bruta! Flora te despreciaría, te tomaría odio por haberle descubierto una
realidad humillante…
RAFAELA (Lastimera): ¡Tienes razón! ¡Otra vez tienes razón, Jaime Paredes! ¡Ella es un
ser distinto! Ella es de sociedad… Y yo… yo no soy sino eso… Eso que tú dices… Te sobra
razón… No le diré nada, seguiré callada, como siempre…
RAFAELA: Quizás sea mejor así… ¿La recordaré? ¡Como si nunca la hubiera visto, como
si jamás hubiera estado por estos lugares! ¡Yo también me iré lejos, lejos!
RAFAELA (Airada): ¡No! ¡Cómo te atreves! ¡Me voy porque he llegado a odiar todo esto!
¡Porque nada me atará a estos lugares! Sólo la esperanza de ver algún día a Flora me había
mantenido en ellos haciendo lo que hago. Puedo irme ahora. Sola, como he vivido
siempre…Y sin necesitar tu ayuda. ¡Cualquier centavo tuyo me quemaría las manos! ¡Tu
dinero es maldito, Paredes!
PAREDES (Sarcástico): ¡Ja, ja, ja! ¡En tu oficio has aprendido mucho! ¡Espero que pasado
mañana no estés por estos contornos! (Comienza a salir) ¡Y cuídate! ¡La brujería es un oficio
peligroso, muy peligroso… ja, ja, ja! (Paredes sale, Rafaela se deja caer apesadumbrada
sobre un taburete. Pasan unos segundos, a lo lejos aúllan unos perros lastimeramente y el
viento se deja oír recio.)
(Oscuridad.)
ACTO III
(Su acción durante la tarde y noche siguientes.)
Escenario
Al descorrerse el telón en escena está Yuro; se encuentra sentado en el borde de ladrillo del
estanque, mira hacia el foro como esperando la llegada de alguien. Está cayendo la noche.
FLORA: Tonto, viniste porque deseabas con todo tu corazón verme, ¿verdad? Y porque
estabas seguro de que yo vendría… y aquí estoy… (Sonriendo) ¡Eres un adivino!
FLORA: ¿A despedirte?
YURO: ¡Sí!, estuve en el pueblo; Adolfo consiguió con un camionero amigo que me lleve a
Monagas, trabajaré en un nuevo campo petrolero. ¡Me iré esta noche!
FLORA: ¿Esta misma noche? ¡No puede ser! ¿Por qué vas a hacerlo así, como huyendo?
YURO: ¡El camionero pasará por el pueblo a las ocho para seguir viaje de madrugada!
YURO: ¡Ayer, cuando supe lo del desalojo, y luego hoy, viendo irse la gente, he sentido
rabia y tristeza! Mi padre fue agricultor, yo también, amo la tierra… Pero… ¿Usted es capaz
de comprender?
YURO: Por aquí todos hemos trabajado duro cuando en esta tierra se sembraba, luego sobre
ella cayó el abandono. (A lo lejos aúllan unos perros. La oscuridad va cayendo.) Deben de
ser los perros de Esteban… Un viejo bueno, se fue hoy, por aquí dejó su juventud… Todo…
FLORA: Yo lo siento, Yuro, lo siento… créeme… Hace tiempo oí decir que la hacienda no
producía ni para cubrir sus gastos; por eso fue abandonada. No quiero que se venda; anoche
quise hablar con papá de eso, pero tenía que hacer en el pueblo. Hoy no lo he visto, salió muy
temprano.
FLORA: Hay cuestiones administrativas… Precios… ¡He oído, pero no sé cómo explicarte!
(Pausa.) Yuro, yo trato de comprender lo que sientes… Casi lo comprendo…
YURO: Usted no es de por aquí. Vive en la ciudad… (Pausa) Además… es la hija del
dueño… ¡No tiene culpa, pero es difícil que comprenda todo!
FLORA: En ti he visto mucho de cuanto se vive y sufre por aquí. ¿Me crees?
YURO: ¡Sí!
FLORA: No quiero que te vayas. Aguarda unos días más hasta que yo pueda tomar una
resolución.
YURO: ¡No debo volverme atrás! ¡He pensado mucho para resolverme y ya lo he hecho, no
me gusta vacilar! Esta noche iré al pueblo a aguardar al camionero…
FLORA: ¿Y tu familia?
YURO: Ahora iré a decirles. Quiero que sea de sorpresa para evitar disgustos. A mamá le he
adelantado algo de lo que pretendo hacer… No quiere alejarse de mí, nunca nos hemos
separado… Se siente enferma.
FLORA: Hay muchas razones para que te quedes y resuelvas otra cosa… Trabajar por aquí
en otras tierras, irte a Caracas…
YURO: No me gustan las ciudades… Además, ¿por qué no me entiende? Me siento hundido
y quiero salvarme yo mismo. ¡Adolfo me ha dicho que debo abrirme camino!
FLORA: Me siento ligada a tu vida… Ayer te dije lo que sentía… Te juro que no es un
capricho, por eso quisiera…
YURO: ¿Qué?
FLORA: Bueno… ¡Quisiera que pensaras eso un poco más, que me dejaras darte algunas
ideas, que resolviéramos juntos lo que debes hacer! ¿No significo nada para ti? Ayer pensé
que sí sentías algo por mí…
FLORA: ¡Quizás ahora es cuando no lo estoy! ¡Oye, Yuro! Es raro todo esto, muy raro…
Pero, simplemente, te quiero, me haces falta…
YURO: Si usted fuera como yo; de por aquí… Una muchacha como cualquiera (Pausa) ¡No
puedo hacer nada! ¡Sólo irme…!
FLORA: Escucha, ¿por qué no vas al pueblo ahora y averiguas la hora fija cuando saldrá el
camionero mañana?
FLORA: Puedes regresar esta misma noche y volvernos a ver, yo quiero, ¿sí?
YURO: Eso sí puedo hacerlo. Dejaré mis cosas preparadas en casa, iré al pueblo, me informo
con el camionero y regreso…
YURO: Bueno le diré Flora… (Pausa.) No volveré atrás a pesar de que… de que Flora
también me hace falta. (Pausa.) Quizá alguna vez podremos vernos de nuevo… Hay tiempo
que vivir por delante…
FLORA (Luego de meditar unos segundos): Yuro… No hablemos más de eso ahora…
¿Quieres? Ve al pueblo y regresa… Nos veremos luego…
FLORA: ¿Qué?
FLORA (Le tapa la boca con una mano): No digas más nada sobre eso, después
decidiremos…
FLORA (Le toma una mano y se la besa): Debo irme. (Mirando a Yuro en el rostro) No te
quedes en el pueblo, vuelve, te daré algún recuerdo, por si… te vas.
(Flora deja a Yuro y sale de escena. Éste permanece tranquilo mirándola irse. Todo queda
oscuro. Segundos después se ilumina la escena de la derecha. El Padre sentado al borde del
camastro se ocupa de ensartar una aguja; junto a él tiene un saco grande de fique. La Madre
barre cuidadosamente todo el piso, de vez en cuando vigila lo que cuece en el fogón. La luz
de la lámpara ilumina la estancia.)
PADRE: Parece mentira, ya ni una aguja puedo ensartar, no veo, ¡las manos me tiemblan!
Y no soy tan viejo… (Trata de ensartar pero falla) ¡Ahora sí, ah, no puedo! ¡No puedo!
MADRE: ¡Deja eso y ayúdame a arreglar! ¿Para qué vas a ensartar la aguja?
PADRE: Quiero coser el saco, dejarlo sin un solo hueco. Este es el saco bueno, Nieves me
dijo que era bueno.
MADRE: No debemos hacer sino lo que nos dijo Rafaela, se puede perder la virtud de su
ensalme si no la obedecemos…
PADRE: Esto lo haré afuera, lejos, junto a las matas de guayabo. Nieves me dijo que si ponía
un saco de pique sobre un pantalón en cruz, al pasar por el aire la bruja se venía abajo y caía
en el saco…
PADRE: Pero él una vez hizo eso y le dio resultado. ¡La bruja cayó en el saco!
PADRE: Sí, claro, la bruja cayó en forma de gallina negra con unas patas muy grandes…
¡Nieves se la llevó bien lejos, al monte, la mató y se la echó a los zamuros!
MADRE: Si es una bruja la que nos echó el mal, no vendrá por el aire sino a pie, con sus
propios pasos… Rafaela lo dijo así; y si pones el saco quizás lo mire y se devuelva.
PADRE: ¡Es verdad, ni me había dado cuenta! Con eso no coso, me tiembla mucho la
mano… ¡Eso también tiene que ser el daño! ¡Jemm! ¡Jemm…! ¡Otra vez esta noche me
volvió la sed!
MADRE: ¿Y la batea?
(El Padre vigila que no vea la Madre y con cuidado saca de debajo del camastro una botella,
la destapa y bebe. Vuelve a meterla en su sitio, pero otra vez la saca y bebe. La Madre sale
con la batea debajo de un brazo. Mira lo que hace el Padre y se sorprende, rápida pone la
batea en el suelo. Va y le arranca la botella de las manos.)
MADRE: ¡Ah, conque esas tenemos! (Huele la botella) Mírenlo, pues, quien lo ve, por eso
estabas tan quietecito y compungido; ¿no te da vergüenza? ¡Hasta este día que es viernes
bendito, como dijo Rafaela, y debemos hacer eso, te pones a beber!
PADRE: ¡Unos pocos traguitos! ¡Sólo bebí unos pocos! ¡No me siento bien! Hoy he estado
con el mal… ¿No te dije que lo soñé, pues?
MADRE: ¡Con mayor razón! (Colérica) ¡Dame la tapa, pronto! (El Padre le tiende la tapa,
la Madre se la pone a la botella y la coloca en el fogón) ¡Hoy debías estar bueno y sano!
PADRE: ¡Me siento muy mal! ¡Y esa sed que no me deja! ¡Como si hubiera comido tizones!
MADRE (Mirándolo caminar un poco inseguro): ¡Fíjate cómo estás! ¡Casi no puedes
mantenerte en pie! ¡Con razón que yo sentía un tufo a aguardiente tan fuerte! De seguro que
lo pediste fiado en la pulpería, ¿verdad? Se lo diré al dueño, ¡que si continúa fiándote
aguardiente no le vamos a pagar! Hablaré con él, le diré sus buenas cosas… ¡Alcahuetes!
MADRE: ¡Vuelves a acostarte! Necesito que me ayudes… Hay que recoger la ropa, ponerla
en la batea, colocar las ramas… Ah, y ese Marcos sin venir, quién sabe por dónde estará
zanganeando, en vez de buscar las ramas y traerlas. Anda, levántate para que limpies bien la
batea.
(Entra Yuro.)
YURO: Las voces de ustedes se oían lejos, ¿por qué están peleando?
MADRE (Señala al Padre): ¡Éste sigue bebiendo! (Muestra la botella) La pidió fiada en la
pulpería.
YURO (Airado, al Padre): ¿Usted tiene con qué pagar la cuenta de la pulpería? ¿Sabe cuánto
debemos?
PADRE: ¡Algún día pagaremos! ¡Me fían porque soy un hombre honrado!
YURO: ¿Dónde va a trabajar? Además, ¿así como está?, ¡si a veces parece que se va a morir!
PADRE (Quejumbroso): ¡Ay! ¡Mírenlo cómo habla! ¡Mírenlo! ¡Mal hijo…! (A la Madre)
Fíjate, ¡le desea la muerte a su padre! ¡Quiere que me muera, eso es lo que quiere!
MADRE (Al Padre apaciguadora): ¡Cállate! ¡Quédate, quieto! Yuro no es mal hijo! No le
gusta verte así… (A Yuro) Siéntate, te daré café, no hice comida… (Sirve a Yuro algo en un
pocillo. Yuro comienza a beber.) ¿Dónde estuviste durante el día?
YURO: Por la hacienda, luego volví al pueblo y hablé con Adolfo, me alquilará el cuarto
para ustedes.
YURO: En el pueblo no hay trabajo para mí, ¡es un pueblo muerto! Debo ir a otra parte.
YURO: Sí, trabajaré en Monagas, les mandaré dinero y después, cuando se pueda, nos
reuniremos todos…
MADRE (Con pena): No debemos separarnos. ¡Te dije que no me gusta eso!
YURO: Tenemos que hacerlo, es la única manera de salir adelante. ¡Será por unos meses
nada más!
MADRE: ¡Juntos los sufrimientos los resistimos mejor! Pero tú solo por esos mundos y
nosotros en el pueblo donde no conocemos a nadie… ¡Me voy a enfermar más!
YURO: Deseo ganar dinero para que descanses y no te mortifiques tanto, para que comamos
mejor, tengamos ropa…
MADRE: No quiero pensar en que tú cogerás por un lado y nosotros por otro. De todos
modos aún queda tiempo para resolver. Hay un plazo de quince días.
MADRE (Camina detrás de Yuro, se detiene en el dintel de la puerta que da al cuarto): ¿En
la madrugada? ¿Se te ha metido alguna locura en la cabeza? No puedes irte así de repente…
(Va hasta la silla y se deja caer en ella tomándose la cabeza entre las manos) Me voy a
volver loca… ¡Todo es sufrimiento!
YURO (Saliendo con algunas ropas que envuelve): Debes comprender… ¡Si no trabajo
iremos de mal en peor!
MADRE: ¡Tú no eres bueno con tu madre!
PADRE: ¡Es lo mismo que yo digo, no hay nada! Todo eso por aquí ha caído en manos del
enemigo malo… ¡Ah, pero qué sed, las brujas me han puesto candela en las entrañas!
MADRE (Al Padre): ¡Tienes razón, el demonio ha metido su rabo en todo esto por aquí!
YURO: Abandono y ruina es lo que hay por estas tierras, ¡Adolfo me lo vive diciendo! ¡Si
todo por acá lo sembraran, otra cosa sería!
MADRE: Le crees mucho a este Adolfo; mira que hablan de él, dicen que no va a la iglesia…
MARCOS: ¡Aquí están las ramas de albahaca, ‘ña Rita dijo que ojalá todo nos salga bien!
(Da a la Madre las ramas y luego se pone en el suelo a jugar con la jaula.)
MADRE: ¡Qué bueno que mandó bastante! ¡Sin ellas no podríamos hacer nada!
YURO (A la Madre): ¡Para qué son esas ramas? ¡Qué es lo que debe salir bien?
MADRE: ¡Sí, le contamos y comprendió que teníamos un gran daño! ¡Nos han echado algo
muy grande!
YURO: No deben hacer nada de eso. ¡Por qué fueron a ver a esa señora curandera? ¡Siempre
me han dado grima esas cosas de brujería, no me gustan, y de noche menos!
MADRE: ¡Tenemos que sacarnos el mal de alguna manera! No podemos seguir así… ¡Estoy
segura de que si hacemos todo como ha dicho Rafaela, mejoraremos! Quizá Marcos se cure
y tú encuentres algo qué hacer por aquí cerca…
MADRE: ¡Nada de particular tiene! ¡Rita y Nieves lo hicieron y les fue bien!
PADRE: ¡Lo que tienes es miedo! ¡Era lo que nos faltaba, tener aquí una gallina, je, je, yo
siempre lo decía, este muchacho no salió como yo!
MADRE (A Yuro): ¡Por eso no quiero que te vayas, debes esperar, si el ensalme surte efecto
mejoraremos, podremos seguir juntos, quizá no haya desalojo; todo depende de esta noche…!
¡Hasta podrías ayudarnos en él, haciéndolo los cuatro surtirá más efecto!
MADRE: ¡Qué horror! ¡Por todas esas cosas es por lo que estamos así! ¡Nos tienen en una
tela de araña! ¡Como moscas! ¡Como bichos!
PADRE: ¡También sentí el murciélago! Hace poco lo oí chillar… No debemos dejar que
entre…
YURO (A la Madre): Tengo que ir al pueblo a ver a qué hora sale el camionero, volveré a
recoger mi ropa… ¡Aquí la dejo! (Deja el bojote sobre la mesa.)
MADRE (Gritando como histérica): ¡Te vas a ir entonces! ¡Te vas a ir! Ya sabía yo que nos
abandonarías… ¡Andas con mujeres! ¡Piensas cosas raras!
PADRE: ¡Déjalo ir! ¡Es un muchacho malo! ¡Pero seguirá con su daño! Nosotros nos
curaremos… ¡Je, je, je! A él le pesará haberse ido… ¡Ya le pesará!
YURO: Lo que deseo es trabajar… Cuando lo haga no estaremos así… Verán… (Sale.)
MADRE (Saliendo tras de Yuro): ¡Diré que nos has abandonado! Eres un hijo malo…
¡Malo!
(El Padre aprovecha que la Madre está en el patiecillo para agarrar la botella y beber
bastante de su contenido. Luego la vuelve a su sitio.)
MARCOS: ¡Je, je, je… Se va con su brujería. Yuro es malo, je, je, je…!
MADRE (Entrando): Y son cerca de las nueve, pues las cabrillas están altas, debemos
empezar… (Va al cuarto. El Padre vuelve a beber de la botella.)
MARCOS (Mirando lo que hace el Padre): ¡Je, je, je! ¡Es sabroso! ¡Yo lo he olido y es
sabroso! ¡Je, je, je!
PADRE (Limpiándose la boca y colocando la botella en su lugar): ¡Sabe a remedio, eso es,
un remedio!
MADRE (Sale del cuarto con algunas ropas en la mano): Aquí están las ropas, hay que
ponerlas en la batea… Ah, pero debemos mojarla un poco… (Al Padre) Trae en la totuma un
poco de agua para rociarla, Rita me dijo que era bueno rociarla antes. (El Padre va a la
tinaja.)
PADRE (Mirando adentro de la tinaja): Aquí no hay, la buscaré afuera… (Toma la totuma
y sale)
MADRE: Traeré el aceite bendito y la sal. (Pone en la batea la ropa y va adentro del cuarto)
MARCOS: Yo traje la sal, me la dio Nieves, je, je, je… (Va al fogón, toma la botella y bebe
bastante. Lo fuerte del líquido hace que se estremezca, pero vuelve a ingerir dejando después
la botella en su sitio)
PADRE (Entrando con la totuma de agua): El agua está fría… Así es que es buena… La
echaré… (Rocía agua sobre la ropa)
MADRE (Regresando): Aquí están los siete aceites benditos y la sal. (A Marcos) Acerca acá
las ramas de albahaca.
(Marcos acerca las ramas, la Madre las coloca en la batea alrededor de la ropa, luego
destapa el frasco y derrama algunas gotas dentro de la batea.)
PADRE: Ja, ja, ja… Esto está bueno… Así es. ¿Y la sal?
MADRE: ¡Ahora irá la sal! Es lo más importante. (Desenvuelve un bojotico que ha traído
del cuarto y comienza a echar sal sobre la ropa) La sal es lo principal, es la que purifica…
(A Marcos) Ah, mira tú, tengo que ocuparme de todo, busca los rolos para golpear la ropa,
anda…
(Marcos sale)
PADRE: ¡La golpearemos duro!
MADRE (Dándole la sal al Padre): Pon un poco en los rincones y en la salida al patio, todo
tiene que estar purificado, anda…
(El Padre toma la sal y hace lo que le ha indicado la Madre. Ésta va a fogón, toma una vela
y la enciende colocándola en el pico de una botella la cual deja en el fogón.)
MARCOS (Entra con dos rolos de madera): Aquí están los rolos, ¡sí pesan! Je, je, je…
PADRE (Deja toda la sal que le sobró en el fogón y quita un rolo a Marcos): Dame el mío…
¡Jemm! ¡Jemm! Le vamos a dar duro. (A la Madre) Tú avisas… Ah, pero mujer, búscate un
rolo… ¿no hay otro? ¿Por qué no coges la escoba?
MADRE (Arrimando la batea al centro de la estancia): Ya está todo listo… No falta nada…
Sí, golpearé con la escoba. (Toma la escoba) Tú, Marcos, colócate por allí. (Al Padre) ¡Tú
en el centro y yo por aquí! Eso sí, todos con mucho cuidado no vayamos a equivocarnos. Si
lo hacemos bien, la persona que nos ha perjudicado sentirá en su cuerpo los golpes. ¡Tiene
que sentirlo! (A lo lejos aúlla un perro.) Ah, sí, ya es la hora… ¿No oyeron? Un perro aulló,
¡es que comienzan a salir las ánimas! ¡Ellas vendrán por aquí! ¡Silencio! (Hay un silencio
grave, pesado.)
MADRE: ¡Shiss! ¡Shiss! Vamos a rezar… Ustedes dirán solamente: ¡amén! Shiss…
(Pausa.) En nombre de San Luis Beltrán, que todo salga bien…
PADRE: ¡Amén!
MADRE (Rezando): Con dos te veo. Con tres te ato La cara te miro y el corazón te parto.
Manso y humilde llegues a mis pies como llegó Jesús a los pies de Pilatos.
PADRE: ¡Amén!
MARCOS: ¡Amén!
MADRE (Golpeando la ropa con la escoba): Con dos te veo… Con tres te ato…
PADRE (Golpeando con furia): Con dos te veo… Con tres te ato… Jemm… Jemm…
MADRE (Golpeando): ¡Que se aleje el daño! Que no vuelva más la telaraña. ¡Por san Luis
Beltrán y los aceites benditos!
PADRE: Ojalá grite y se desespere… ¡Vagabunda! ¡Hija de perra! ¡Araña peluda, toma,
toma! Recibe golpes duros para que sepas… ¡Para que no le eches mal a la gente!
MADRE (Golpeando frenéticamente): ¡Que quien nos ha echado el daño sienta estos golpes!
¡Que venga con sus propios pasos a recoger su daño! ¡Toma bruja! ¡Toma! ¡Toma! ¡Que
Bruno no beba más! ¡Que Marcos se cure…! ¡Que Yuro no se vaya! ¡Toma! ¡Toma!
PADRE: ¡Duro! ¡Duro hasta que grite! ¡Hasta que chille donde esté!
MADRE: ¡Que podamos comer todos los días! ¡Que se aleje el reumatismo y no me duelan
las piernas! ¡Que Yuro no se vaya con mujeres malas y podamos pagar en la pulpería! ¡Toma!
¡Toma! (Golpea hasta rendirse.)
MARCOS: ¡Je, je, je! Por aquí está la cabeza y por aquí la barriga… ¡je, je, je! Está gritando
la bruja. ¡Toma! ¡Toma! ¡Toma!
PADRE: Con dos te veo y el corazón te parto. Ja, ja, ja... ¡Bruja mala!
MADRE (Al Padre): ¡Detente! ¡Cállense, quédense callados! (A lo lejos aúllan perros.)
MARCOS (Viendo por todas partes, inquieto): ¡Son las ánimas! ¡Tengo miedo!
MADRE (Como recitando): ¡Bruja ven! ¡Tienes que venir! ¡Por los aceites y la albahaca
morada! ¡Si has sentido estos golpes en tu cuerpo y en tu alma, ven! ¡Ven a recoger tus males!
(Calla, hay un silencio pesado sólo invadido por el cansancio jadeante de los tres. Ladran
perros a lo lejos y se oye un grito agudo, indefinido.)
MARCOS (Acercándose a la Madre): ¡Van a venir las ánimas, tengo miedo! ¡No quiero
verlas!
PADRE: ¡Ven bruja…! ¡Ven a llevarte tus males! ¡Ven a pie y pisa la sal para que recoja
tus daños!
MADRE (Como poseída): Debe ser la persona del daño… Debe ser… (Al Padre) Anda a
ver… ¡Sal al patio!
PADRE (Temeroso): Deberías ir tú. Yo, bueno… Jemmm, jemm, no me gusta ver cosas
embrujadas… No me gusta…
(El Padre con recelo sale al patiecillo. Aparece Flora, camina cojeando y con las manos en
un costado, como si sufriera un dolor. El Padre retrocede atónito, la Madre y Marcos se
acercan a él sobrecogidos. Los tres miran entrar a Flora.)
FLORA: Sufrí una caída y me mordieron unos perros, me siento mal, denme un poco de
agua.
MADRE (Con miedo y asombro): ¡Es ella! ¡Es ella! ¡La persona del daño! ¡La bruja! ¡La
telaraña…! ¡Es ella!
FLORA: ¡Me siento mal, creo que tengo una pierna rota! ¡Quiero agua!
MADRE (Se dirige al fogón, toma la sal y se la tiende a Flora. Ésta no entiende y vacila
para tomarla): ¡Tome! ¡Tome!
PADRE: Rafaela tuvo razón, vino por sus propios pasos… Anjá, la telaraña vino…
FLORA (Asustada): Lo que quería era agua, ¿por qué me trata así? Estoy golpeada (Se toca
el costado). Me duele mucho…
MADRE (Violenta, casi fuera de sí): ¡Tome y váyase! ¡Váyase de aquí con sus daños!
¡Llévese todos sus males! ¡Bruja! ¡Bruja!
PADRE: ¡Sí! ¡Váyase, alma del diablo y déjenos quietos! Ah, si no se va… (El Padre se
tambalea y alza el palo. Flora, asustada, retrocede. La Madre le tiende la sal, imperiosa.
Flora la coge automáticamente mientras temerosa mira alrededor.)
MADRE: ¡Váyase! ¡Váyase al lugar de donde vino! (Flora sigue retrocediendo con temor
y se va lentamente, cojeando de la pierna herida.)
PADRE (Luego de un grave silencio): Era ella, la bruja… En los ojos le vi que era ella… Al
fin le vimos la cara…
MADRE: ¡Tenía que venir por sus propios pasos! Vino en forma de muchacha, mansa y
humilde a pedirnos algo…
MADRE: ¡Ahora se lleva sus males sobre la noche negra al lugar donde viven los demonios!
¡Vuela bien lejos, bruja! ¡Y no vuelvas a nuestro rancho!
PADRE (Meciéndose sobre sus pies): ¡No va a ir muy lejos! ¡Sabrá lo que sucede cuando se
le echa un daño a gente como nosotros!
(El Padre esgrime el palo y lentamente como obsesionado por una idea fija sale en pos de
Flora. Marcos con pasos inseguros sigue como un autómata al Padre.)
MADRE (Tensa, paralizada por la impresión): ¡Silencio, que se alejan los daños! ¡Ya huyen
por la noche las arañas y los murciélagos y se esconden en sus cuevas los sapos y las
serpientes! ¡Ya no hay colmillos de fieras en torno de este rancho, ni veneno en el aire ni en
las ropas! (Guarda silencio. A lo lejos ladran los perros. Se mueve lentamente hacia la
puerta. De pronto, se oye lejano un grito agudo, aislado. La Madre se estremece
retrocediendo impresionada.) ¡Ah, la telaraña se ha roto! (Histérica) ¡Ja, ja, ja! ¡Se rompió
en la oscuridad y ahora sus males se desparraman lejos! ¡Ja, ja, ja! ¡Por fin nos curaremos y
podremos vivir tranquilos! (Entra agitado e inquieto Paredes. La Madre al verlo se paraliza)
PAREDES: ¡Busco a una muchacha! ¡Me dijeron que la vieron caminar hace poco hacia
estos ranchos!
MADRE: ¿Una muchacha? ¿Cómo podía verla si no he salido? ¡Sólo la bruja ha venido!
¡Vino mansa y humilde, para llevarse sus males! (A lo lejos comienzan a oírse gritos confusos
que cada vez crecen y crecen más. Paredes se inquieta. La Madre va hacia la puerta y se
asoma, hablando luego con Paredes.) ¿No oye? ¡La bruja cayó y se rompió sobre el monte!
¡Muy claro se escuchó su grito! ¡Era el grito de un alma sola! (Los gritos confusos crecen.)
¡Es la bruja que se está muriendo! ¡Cuando una bruja muere se ponen a aullar todos los
demonios, yo lo sé! (Paredes va a salir pero la Madre se le interpone.) ¡No salga! ¡Diga!
(Señala hacia afuera) ¡Los demonios andan sueltos y enfurecidos porque su bruja se ha
muerto! (Sopla un viento fuerte.) ¡Ahí van, sobre los ranchos y los árboles! (Se encoge contra
la pared temerosa) ¡Con cuánta rabia aúllan!
PAREDES: ¡De qué brujas y demonios hablas! ¿Estás loca? (Paredes trata de apartar de la
puerta a la Madre. Llega Rafaela, inquieta. Agitada. Se sorprende de encontrar allí
a Paredes.)
RAFAELA: ¡Ay, Jaime Paredes! ¡Han matado a la muchacha! ¡Allá lejos está tendida!
(Solloza.)
PAREDES (Asustado y violento agarra a Rafaela por los hombros y la sacude): ¡Qué dices,
ramera! ¿De qué muchacha hablas? ¡Di!
RAFAELA: Dos sombras la golpearon… Está sobre las cañas… ¡Junto al río! (Se oyen
muchas voces afuera gritando.)
VOCES: ¡Fuego! ¡Fuego! ¡Se quema la hacienda! (Por la puerta comienzan a verse
resplandores rojizos. Llegan jadeantes el Padre y Marcos. Al ver a Paredes se detienen sin
atreverse a entrar.)
(Alza el revólver. La Madre lanza un grito agudo, Marcos y el Padre huyen. Paredes los
sigue. Los gritos confusos vuelven a oírse mientras crecen los resplandores rojizos. Se oyen
varios disparos.)
RAFAELA: ¡No! ¡No! (Corre hacia la puerta y se detiene en el dintel. Grita) ¡Jaime
Paredes! ¡Jaime Paredes! ¡Tú eres la telaraña! ¡Tú eres la telaraña!
VOCES (Cerca aumentan las voces): ¡Fuego! ¡Fuego! ¡Se quema la hacienda! (La Madre
mira atemorizada a Rafaela y luego corre enloquecida fuera del rancho.)
(Oscuro.)
FIN DE LA OBRA









