ISSN: 1139-7489
Marie Luise KASCHNITZ, “La niña gorda”
Traducido por Santiago Martín Arnedo
Universidad de Granada
INTRODUCCIÓN
Das dicke Kind apareció como nombre genérico de una colección de
cuentos escritos por Marie Luise Kaschnitz (1901-1974) en el año 1952, con-
virtiéndose, en palabras de la autora, en su cuento favorito. Esta prestigiosa
escritora alemana, relativamente desconocida en España, cultivó la poesía
(Neue Gedichte, 1957), la novela (La casa de la infancia, 1956), el relato y el
Hörspiel (Die Verlorenen, 1947), impregnados todos ellos de un cariz intimis-
ta y autobiográfico, alentada por un impulso inextricable de búsqueda de la pro-
pia identidad, hasta el punto de haberse ganado el sobrenombre entre sus estu-
diosos de la “eterna autobiógrafa”. En su obra es común que en medio de lo más
cotidiano y usual irrumpa subrepticiamente lo insólito, lo terrible, lo angustio-
so latente y en el lector se produce paralelamente un efecto de extrañamiento.
Y el mejor ejemplo lo encontramos en este cuento, donde pese a su final sor-
prendente, lo que más sobresale es el intenso hálito poético y melancólico que
lo impregna.
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Fue a finales de enero, poco después de las vacaciones de Navidad,
cuando la niña gorda vino a mi casa. Yo había comenzado durante ese invierno
a prestar libros a los niños de la vecindad. En un día determinado de la semana
podían venir a por ellos o bien devolverlos. Conocía naturalmente a la mayoría
de estos niños. A veces no obstante llegaban desconocidos que no vivían en
nuestra calle. Y aunque la mayoría de ellos se quedaba el tiempo justo que dura-
ba el intercambio, algunos se sentaban y allí mismo comenzaban a leer. Enton-
ces yo me volvía a mi escritorio y trabajaba y los niños se quedaban en la mesi-
ta que había junto a la librería. Su presencia no me molestaba.
La niña gorda vino un viernes o quizá un sábado. En cualquier caso no
era el día asignado para el préstamo. Yo tenía la intención de salir y me dispo-
nía a traerme a la habitación un pequeño tentempié que me acababa de prepa-
rar. Poco antes había recibido visita y ésta probablemente habría olvidado
cerrar la puerta de la calle. De modo que de repente hallé a la niña gorda fren-
te a mí, justo cuando me volvía a la cocina, tras dejar la bandeja sobre el escri-
torio, para ir a por algo más.
Era una niña de unos doce años que llevaba un abrigo de paño viejo,
unas polainas negras hechas a mano y de un cordón colgando dos patines. De
algún modo me resultaba familiar, pero no del todo. Me había asustado al entrar
de forma tan silenciosa.
¿Te conozco? pregunté sorprendida. La niña gorda no dijo nada. Allí
estaba, inmóvil, con sus manos apoyadas sobre su barriga redonda, mirándome
desde sus ojos claros y acuosos.
¿Quieres un libro? pregunté.
La niña gorda calló de nuevo, de lo que no me sorprendí demasiado.
Estaba acostumbrada a la timidez de los niños y sabía que había que ayudarlos.
Así que cogí algunos libros y los coloqué delante de la niña desconocida.
Entonces me dispuse a rellenar la ficha para registrar el préstamo del libro.
¿Cómo te llamas? le pregunté.
Me llaman la gorda, dijo la niña.
¿Es así como debo llamarte yo también? pregunté. Me da igual, dijo la
niña. No respondió a mi sonrisa, y ahora creo recordar que su rostro en ese
momento se torció en un gesto de dolor. Yo sin embargo no le hice caso.
¿Cuándo naciste? seguí preguntando.
En acuario, respondió la niña tranquilamente.
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Esta respuesta me hizo gracia y la escribí en la ficha, un poco medio en
broma, y me volví hacia los libros.
¿Buscas algo en especial? pregunté. Entonces me di cuenta de que la
niña desconocida no miraba en absoluto a los libros, sino a la bandeja donde yo
había puesto el té y los panecillos.
Quizá te gustaría comer algo, dije rápidamente.
La niña asintió. En su asentimiento había algo de admiración enfermi-
za, que sólo ahora creo comprender. Empezó a devorar un panecillo tras otro, y
lo hizo de una manera especial, de la que sólo después fui consciente. Entonces
se sentó de nuevo y paseó su mirada apática y fría por la habitación. Había algo
en ella que me irritaba y me causaba aversión. Sí, en realidad, yo había comen-
zado a odiar a esta a niña desde el principio. Todo en ella me repelía, sus miem-
bros perezosos, su bonita y grasienta cara, su forma de hablar, soñolienta a la
par que arrogante.
Pese a que por ella había decidido a renunciar a mi paseo, no la trataba
de ningún modo amablemente, sino de forma cruel y fría.
¿Es que podríamos calificar como amable el que yo me sentara a mi
escritorio a trabajar y que por encima del hombro le dijera ponte a leer, sin
saber en realidad siquiera si la niña desconocida quería leer? Y allí estaba yo
sentada, intentando escribir, sin conseguirlo, porque tenía un extraño senti-
miento de tormento, como cuando se quiere resolver algo y no se consigue, y
se sabe que hasta que no se logre nada puede ser como antes. Pude aguantar un
rato, pero no mucho más, entonces me volví e inicié una conversación en la que
sólo se me ocurrían las preguntas más tontas.
Le pregunté si tenía hermanos.
Sí, dijo la niña.
Le pregunté si le gustaba ir a la escuela.
Sí, dijo la niña.
¿Y qué es lo que más te gusta?
¿Cómo? preguntó la niña.
Qué asignatura, le pregunté desesperada.
No sé, dijo la niña.
¿Quizá lengua? le pregunté.
No sé, dijo la niña.
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Yo jugueteaba con el lápiz entre mis dedos. En mi interior crecía un
sentimiento de horror que no tenía que ver en absoluto con la aparición de la
niña.
¿Tienes amigas? pregunté temblando.
Oh sí, dijo la niña.
Alguna será tu mejor amiga, le dije.
No sé, dijo la niña. Y por la manera en la que estaba sentada, dentro de
su abrigo de paño, parecía una gruesa oruga, y como una oruga había comido,
y como una oruga comenzaba de nuevo a olismear.
No voy a darte nada más, pensé, invadida por un sorprendente deseo de
venganza. Y sin embargo salí a por pan y embutido, y la niña los miraba fija-
mente con su cara aburrida. Empezó a comer como lo hacen las orugas, lenta y
pertinazmente, como compelida por un impulso interior. Hostil y callada, yo la
contemplaba.
Ya había llegado el momento en el que todo en ella comenzaba a inco-
modarme y fastidiarme. Qué niña más tonta y más blancuzca, qué cuello vuel-
to más ridículo, pensé, mientras la niña se desabrochaba el abrigo tras terminar
de comer. Me senté de nuevo a trabajar. Pero entonces oí a mis espaldas a la
niña lentamente relamerse, este ruido recuerda precisamente al perezoso roznar
de un oscuro estanque en algún lugar del bosque. Me hizo pensar en toda la
acuosidad insulsa de la naturaleza humana, en todo lo pesado y lo turbio de ésta
y me puso de muy mal humor. Qué quieres de mí, pensé, vete, vete. Y tuve el
deseo de echar a la niña de la habitación con mis propias manos, como se ahu-
yenta a un animal molesto. Pero no la eché, sino que hablé de nuevo con ella,
y con la misma rabia.
¿Vas ahora al hielo? le pregunté.
Sí, dijo la niña gorda.
¿Sabes patinar bien? pregunté, al tiempo que señalaba sus patines, que
todavía colgaban du su brazo.
Mi hermana sí sabe patinar bien, dijo la niña, y de nuevo asomó a su
rostro una expresión de dolor y de tristeza a la que otra vez no presté atención.
¿Cómo es tu hermana? pregunté ¿Se te parece? Qué va, dijo la niña gorda. Mi
hermana es muy delgada y tiene el pelo moreno y rizado. En verano, cuando
nos vamos al campo, se levanta en las noches de tormenta y se sienta arriba, en
la barandilla del corredor más alto, y canta.
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¿Y tú? pregunté.
Yo me quedo en la cama, dijo la niña. Yo tengo miedo.
Tu hermana no tiene miedo, ¿verdad? dije yo.
No, dijo la niña. Ella nunca tiene miedo. Ella salta también desde el
trampolín más alto. Salta de cabeza y nada muy lejos...
¿Y qué canta tu hermana? pregunté con curiosidad.
Canta lo que quiere, dijo tristemente la niña gorda. Ella hace poemas.
¿Y tú? pregunté.
Yo no hago nada, dijo la niña. Y entonces se levantó y dijo, me tengo
que ir.
Le di la mano, y ella puso sus dedos gordos sobre mi mano. No sé qué
sentí exactamente, algo así como un requerimiento a seguirla, una llamada
callada pero urgente.
Ven alguna otra vez por aquí, dije sin convencimiento. La niña callaba
y me miraba con sus ojos fríos. Y entonces se fue. En verdad me tenía que haber
sentido aliviada. Pero apenas escuché cerrarse la puerta de la calle, salí también
yo afuera al pasillo. Me puse el abrigo. Bajé corriendo las escaleras y salí a la
calle justo en el momento en el que la niña desaparecía tras la esquina más pró-
xima.
Tengo que ver cómo patina esta oruga, pensé. Tengo que ver cómo se
mueve en el hielo esta bola de grasa. Aceleré mis pasos para no perder de vista
a la niña. La niña gorda había entrado en mi habitación poco después del
mediodía. Ahora anochecía. Aunque había vivido algunos años de mi niñez en
esta ciudad, ya no me sabía orientar bien, y mientras me esforzaba en seguir a
la niña, dejé pronto de saber por dónde íbamos, y las calles y las plazas que ante
mí aparecían me resultaban totalmente desconocidas. También noté un repenti-
no cambio en el aire. Había hecho mucho frío, pero ahora sin duda alguna había
comenzado el deshielo, y con tal virulencia, que de los tejados se desprendía la
nieve y en el cielo avanzaban desde el sur grandes nubes. Salimos a las afueras
de la ciudad, allí donde las casas están rodeadas de grandes jardines, y después
ya no había casas. Y entonces desapareció la niña subitáneamente, descendien-
do por una pendiente. Y donde esperaba encontrar una pista de patinaje, alegres
tenderetes, luces en arcadas y una superficie brillante inundada de gritos y
música, apareció un paisaje totalmente diferente.
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Allí abajo estaba el lago. Estaba convencida de que entretanto se había
edificado a lo largo de la orilla. Pero allí estaba, solitario, rodeado de oscuros
bosques y con la misma apariencia que tenía en mi niñez.
Esta inesperada visión me conmocionó de tal manera, que casi perdí a
la niña de vista. Pero la divisé de nuevo. Estaba en cuclillas en la orilla, inten-
tando cruzar las piernas, con una mano ajustando el patín a su pie y con la otra
girando la llave. La llave se cayó un par de veces y luego la niña se desplomó
hasta quedarse a cuatro patas resbalando hasta el hielo, donde se revolvía como
si fuera un sapo. Por otro lado, cada vez oscurecía más. El muelle, que a pocos
metros de la niña se extendía sobre el lago, aparecía muy ensombrecido sobre
la ancha superficie, que brillaba como la plata, pero no de forma regular, sino
un poco más oscura allí y acá, y estas manchas oscuras eran signo de deshielo.
Pero date prisa, grité impaciente. Ella se apresuró, pero no por mi requerimien-
to, sino porque alguien, afuera, junto al final del largo muelle, le hacía gestos y
le gritaba “ven, gorda”, alguien que trazaba círculos, una figura ligera y clara.
Pensé que debía ser su hermana, la bailarina, la cantante de tormentas, la niña
de mis ojos y enseguida llegué al convencimiento que no me había atraído hasta
aquí otra cosa que ver a esta criatura encantadora. Al mismo tiempo fui cons-
ciente del peligro en el que se encontraban las niñas. Y empezó de pronto este
extraño gemido, ese profundo suspiro que parece salir del interior del lago antes
de que el hielo se resquebraje. Este suspiro recorre las profundidades como un
escalofriante lamento, y yo lo oía y las niñas no.
No, ciertamente no lo oían. De otra manera, la gorda, esta criatura asus-
tadiza, no habría venido, no se habría esforzado en avanzar con sus rudos y tor-
pes embates, y la hermana no le habría hecho gestos, ni se habría reído, ni gira-
do como una bailarina sobre la punta de sus patines para hacer de nuevo su
bella figura del ocho; y la gorda hubiera evitado los lugares oscuros, que ahora
tanto miedo le daba cruzarlos, y la hermana no se hubiera incorporado repenti-
namente para patinar lejos, lejos, a uno de los entrantes pequeños y solitarios.
Yo podía ver todo esto perfectamente porque caminaba sobre el muelle
avanzando, paso a paso. Aunque los tablones estaban congelados, pude ir más
rápido que la gorda allí debajo, y cuando me volví, alcanzé a ver en su rostro
una expresión de sofoco a la par que de melancolía. También pude ver las grie-
tas que por todas partes aparecían y por las que emergía un poco de agua espu-
mosa, como la que se acumula en los labios del corredor. También pude ver
naturalmente cómo debajo de la gorda el hielo se resquebrajaba. Esto ocurrió
justo en el lugar donde antes la hermana había danzado, a pocos palmos del
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final del muelle. Debo aclarar que este rompimiento en principio no suponía un
peligro para su vida. El lago se congela en varios niveles, y el segundo nivel
estaba del primero apenas un metro por debajo, y bien sólido. Todo lo que ocu-
rrió fue que la gorda se hallaba a un metro de profundidad bajo agua, natural-
mente agua muy fría y rodeada de témpanos desmoronados. Pero si avanzaba a
través del agua algunos pasos, podía alcanzar el muelle y por allí salir y yo
podría ayudarla. Sin embargo pensé inmediatamente que ella no lo conseguiría,
y así parecía ser, que no podía conseguirlo, asustada de muerte como estaba,
realizando torpes movimientos. El agua corría a su alrededor y bajo sus manos
el hielo se rompía. Una acuario, pensé, ahora será derribada, y no sentí nada en
absoluto, ni la mínima compasión. No me conmoví. Y en ese momento alzó la
gorda la cabeza. Ya era noche cerrada, pero como la luna había aparecido tras
las nubes, pude ver con claridad que algo había cambiado en su rostro. Eran los
mismos rasgos, y sin embargo no eran los mismos. Se habían desgarrado por la
voluntad y la pasión, como si ellos, viéndose tan cerca de la muerte, se hubie-
ran bebido toda la vida, toda la refulgente vida del mundo. Sí, esto es lo que yo
creía, que la muerte estaba cerca y que esto era lo último; me incliné sobre la
baranda y observé la blanca faz debajo de mí, y como una imagen en un espe-
jo, desde la marea oscura me devolvió la mirada. La gorda había alcanzado el
poste. Extendió sus manos y comenzó a salir. Se asió diestramente a los clavos
y ganchos que de la madera sobresalían. Su cuerpo era muy pesado y sus dedos
sangraban y se cayó de nuevo, pero sólo para empezar otra vez desde el princi-
pio. Fue una larga lucha, una horrible contienda por la liberación y la transfor-
mación, como la rotura de una cáscara o de un capullo, que yo observaba, y
habría podido ayudar a la niña, pero supe que no necesitaba mi ayuda, la había
reconocido...
Del camino a casa esa misma noche no puedo recordar nada. Sólo sé
que en la escalera le conté a una vecina que en algunas partes de la orilla del
lago había todavía herbazales y bosques oscuros y que ella me contestó que no,
que no existía tal cosa. Y que encontré revueltos los papeles sobre mi escrito-
rio y entre ellos había una foto pequeña y antigua en la que yo aparecía, con un
vestido blanco de lana con cuello vuelto, con ojos claros y acuosos y muy
gorda.
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