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Traducción de María Laura Saccardo
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Para Hayden y Skylar.
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El presente
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era su vida entonces? ¿Había nuevos indicios? ¿Algún hombre
nuevo? ¿Otro suicidio, tal vez? ¿Aún tenía esperanzas de volver a
ver a su hija? ¿La policía aún la consideraba una sospechosa en la
desaparición de su niña?
Solo que Samantha ya no sería una niña. Tenía solo dos años
cuando desapareció sin dejar rastro de su cuna en un lujoso
complejo mexicano mientras que, de acuerdo con la prensa, «sus
padres se divertían con amigos en un restaurante cercano». Su hija
ya tendría diecisiete años.
Eso si asumía que seguía con vida.
Así que, en respuesta a algunas de las preguntas: no había
nuevas pistas; ella nunca perdería la esperanza; ya no le importaba
en absoluto lo que la policía pensara de ella; y su vida sería mucho
mejor si los buitres de la prensa la dejaran en paz.
Su cabeza bajó, el agua goteó de su nariz y su mentón, y ella se
estiró para cerrarla, satisfecha de que el intrusivo sonido del teléfono
se hubiera detenido finalmente. Sabía que era solo un alivio
temporal. Quien hubiera llamado lo haría otra vez. Siempre lo
hacían.
Después de salir al suelo caliente de mármol blanco y gris de su
baño, se envolvió en su albornoz blanco y barrió con la palma de su
mano la capa de vapor que cubría el amplio espejo sobre el lavabo
doble. Una mujer de cuarenta y seis años, con pelo castaño mojado
y agotados ojos verdes la miró, muy diferente a la joven mujer
«hermosa» y «reservada», de «mirada penetrante» que los
periódicos habían descrito en el momento de la desaparición de
Samantha. De algún modo, habían logrado hacer que las palabras
«hermosa» y «reservada» fueran negativas y acusatorias. Cerca del
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décimo aniversario, «hermosa» se convirtió en «llamativa», y
«reservada» mutó a «distante». Y, el último año, un periodista la
degradó aún más y se refirió a ella como «una mujer de mediana
edad aún atractiva». Críticas disfrazadas de halagos, pero críticas
de todas formas.
Daba igual. Estaba acostumbrada a eso.
Caroline frotó su cabeza enérgicamente con una gruesa toalla
blanca y observó cómo su nuevo corte de cabello caía limpiamente
alrededor de su rostro. El estilista le había asegurado que el cabello
corto le daría una apariencia más juvenil, pero no había tenido en
cuenta la testaruda finura del cabello de Caroline, que se rehusaba
a hacer cualquier cosa más que solo estar allí. Respiró profundo y
decidió que las noticias del día siguiente probablemente la
describirían como «la alguna vez atractiva madre de la desaparecida
Samantha Shipley».
¿Importaba siquiera cómo estuviese? ¿Sería menos culpable (o
negligente, mala madre o «asesina») ante los jueces de la opinión
pública por ser menos atractiva de lo que había sido al momento de
la desaparición de su hija? Luego, sería criticada en la prensa por
cada detalle: desde el corte de sus pómulos, hasta el largo de su
falda, desde su radiante melena corta, hasta el brillo de su
pintalabios. Incluso la sinceridad de sus lágrimas había sido
cuestionada; una publicación sensacionalista había comentado que,
durante una conferencia de prensa, su máscara de pestañas había
permanecido «curiosamente intacta».
Su marido solo había recibido una mínima fracción del veneno que
había alcanzado a Caroline. Con lo apuesto que Hunter era, había
una debilidad por su buen aspecto que lo convertía en un blanco
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menos señalado. Mientras que la timidez natural de Caroline tenía la
desafortunada tendencia a resultar fría, la personalidad más
desenvuelta de Hunter lo había hecho parecer accesible y abierto.
Había sido descrito como un padre que «apenas podía contenerse»
mientras «se aferraba con fuerza a su hija mayor, Michelle, una niña
de cinco años con mejillas de querubín», con su esposa de pie
«duramente erguida a su lado, apartada».
Sin mencionar que por insistencia de Hunter habían salido esa
noche, después de que la niñera que habían contratado no se
presentara. Sin mencionar el hecho de que él había dejado México
para regresar a su trabajo como abogado apenas a una semana de
la desaparición de Samantha. Sin mencionar la proverbial «gota que
rebalsó el vaso», la traición final que había condenado su
matrimonio de una vez y para siempre.
Solo que eso había sido culpa de ella también.
«Todo es culpa mía», dijo a su reflejo, después de sacar el
secador de cabello del cajón de debajo del lavabo y apuntarlo a su
cabeza como un arma. Entonces lo encendió y lanzó una ráfaga de
aire caliente directamente a su oreja.
Un timbre comenzó a sonar casi de inmediato. Caroline tardó un
segundo en darse cuenta de que se trataba del teléfono. Un timbre
largo, seguido de dos breves, lo que indicaba otra llamada de larga
distancia.
«Desaparece», gritó hacia su habitación. Después: «Ah,
maldición». Apagó su secador y salió a la habitación, agarró el
teléfono de su mesa de noche junto a la cama king size, con
cuidado de no mirar el periódico de la mañana que descansaba
sobre sus sábanas arrugadas.
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»Hola. —Silencio, seguido de señal de interferencia—. Genial.
Conectó el teléfono al cargador y sus ojos fueron inevitablemente
hacia la página principal del periódico. Allí, junto a la recapitulación
anual de cada terrible hecho e insinuación sórdida que había sido
impresa en los últimos quince años, la reformulación de cada detalle
salaz («¡Adulterio!» «¡Suicidio!» «¡Verdaderas confesiones!»), se
encontraba una amplia fotografía de Samantha, de dos años, que le
sonreía junto al boceto de un artista de cómo podría ser su hija en el
presente. Se habían publicado bocetos similares por toda Internet
durante las últimas dos semanas. Caroline se desplomó en su
cama, sus piernas demasiado débiles para sostenerla. El teléfono
volvió a sonar, se extendió hacia él y lo levantó antes de que
terminara el primer timbre.
—Por favor, déjenme en paz —dijo.
—Entiendo que has visto el periódico de esta mañana —contestó
una voz familiar. La voz pertenecía a Peggy Banack, directora del
Hospital Marigold, una instalación con doce camas para enfermos
terminales en el corazón de San Diego. Peggy había sido la mejor
amiga de Caroline durante los últimos treinta años y su única amiga
en los últimos quince.
—Es difícil de ignorar. —Una vez más se esforzó por no mirar la
portada.
—Los malditos escriben lo mismo cada año. ¿Te encuentras bien?
—Eso creo. —Caroline se encogió de hombros—. ¿Dónde estás?
—En el trabajo.
Por supuesto, pensó Caroline. ¿Dónde más estaría Peggy a las
ocho de la mañana de un lunes?
—Escucha, odio molestarte con esto, en especial ahora…
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—¿Qué es?
—Solo me preguntaba… ¿Michelle ya se ha ido?
—Está en casa de su padre. Ha estado quedándose mucho allí
desde que el bebé… —Inhaló profundo para evitar las náuseas—.
¿Debía trabajar esta mañana?
—Debe estar en camino.
Caroline asintió y comenzó a marcar el número del móvil de
Michelle en cuanto se despidió de Peggy. Seguramente incluso una
persona tan testaruda y autodestructiva como su hija no sería tan
tonta como para ausentarse de su servicio comunitario impuesto por
el juzgado.
—Hola, soy Micki —anunció la voz de su hija en un tono tan
susurrante que Caroline apenas la reconoció—. Deja un mensaje.
Ni siquiera un «por favor», pensó Caroline, y se crispó ante el
sobrenombre «Micki». Entonces se preguntó si por eso habría
comenzado a usarlo.
—Michelle —dijo seriamente—, Peggy acaba de llamar. Al parecer
vas tarde a tu turno. ¿Dónde estás? —Colgó la llamada, respiró
profundo, luego llamó a Hunter, determinada a no ser negativa. Tal
vez el despertador de su hija no había sonado. Tal vez su autobús
se había demorado. Tal vez estaba atravesando las puertas del
hospital en ese preciso momento.
O tal vez está durmiendo después de otra noche de fiesta,
intervino la indeseable voz de la realidad. Quizás había bebido
demasiado antes de subir a su coche y había ignorado su reciente
arresto por conducir bajo la influencia del alcohol y la suspensión de
su licencia. Quizás la policía la había detenido y se había fastidiado
definitivamente el trato que su padre había conseguido con el
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asistente de distrito, un trato que le permitía evitar el tiempo en
prisión a cambio de cientos de horas de servicio comunitario.
—Maldita sea, Michelle. ¿Realmente puedes ser tan
irresponsable? —Mientras hablaba, Caroline notó que alguien había
contestado del otro lado.
—¿Caroline? —preguntó su exmarido.
—Hunter —respondió. Su nombre incómodamente titubeante en
su labios—. ¿Cómo estás?
—Bien. ¿Y tú?
—Sigo adelante.
—¿Has visto el periódico de la mañana?
—Sí.
—No es una época fácil —afirmó él, siempre bueno para remarcar
lo evidente.
—No. —Aunque tú pareces estar llevándolo muy bien, pensó. Una
mujer joven, un hijo de dos años, una nueva bebé para reemplazar a
la que perdió—. ¿Michelle está allí?
—Creo que está ayudando a Diana con la bebé.
En ese preciso momento, el frenético llanto de una criatura llegó
hasta el teléfono. Caroline cerró los ojos e intentó no imaginar a la
última agregada a la familia de Hunter.
—Peggy me ha llamado. Michelle debería estar en el hospital.
—¿De verdad? Creí que iría por la tarde. Espera un minuto. Micki
—llamó en voz alta—. Probablemente solo sea un malentendido.
—Es probable —repitió Caroline sin convicción.
—¿Qué piensas del boceto? —Le sorprendió la pregunta de
Hunter. Sintió que el aliento se congelaba en sus pulmones,
sorprendida de que su exmarido pudiera sonar tan casual, como si
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estuviera hablando de una pieza de arte y no de un dibujo de su hija
desaparecida.
—Yo… es… —balbuceó mientras sus ojos pasaban de la
fotografía al dibujo—. Le han hecho tu mentón.
—Es curioso. —Hunter produjo un sonido entre una risa y un
suspiro—. Diana ha dicho lo mismo.
Ay, Dios, pensó ella.
—¿Qué sucede? —Escuchó que Michelle preguntaba a su padre.
—Es tu madre —explicó él y su voz se alejó mientras le pasaba el
teléfono a Michelle—. Al parecer se supone que deberías estar en el
hospital.
—Iré por la tarde —le dijo a su madre. La voz susurrante de su
buzón de voz totalmente ausente.
—No puedes simplemente ir cuando te parezca —afirmó Caroline.
—¿De verdad? ¿No es así cómo funciona?
—Michelle…
—Relájate, mamá. Cambié el turno con otra chica.
—Bueno, ella no se ha presentado.
—Lo hará. No te preocupes. ¿Algo más?
—Deberías llamar a Peggy, avisarle…
—Gracias. Lo haré.
—Michelle…
—¿Sí?
—Pensaba que quizás podríamos ir a cenar esta noche…
—No puedo. Tengo planes con mi amiga Emma.
—¿Emma? —repitió Caroline, en un esfuerzo por ocultar su
decepción—. ¿La he visto?
—Solo media docena de veces.
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—¿De verdad? No la recuerdo…
—Eso es porque no recuerdas a ninguno de mis amigos.
—Eso no es verdad.
—Seguro que lo es. Da igual, debo irme. Hablamos luego.
La línea quedó en silencio en la mano de Caroline. Dejó caer el
teléfono sobre la cama y lo vio desaparecer entre las sábanas
desordenadas.
Maldición. ¿Acaso Michelle tenía razón? Su hija siempre había
tenido muchos amigos, aunque ninguno parecía durar mucho
tiempo, lo que dificultaba seguirles el rastro. Algo más por lo que
sentirse culpable.
Comprobó la hora y notó que ya eran casi las ocho y media. Tenía
que estar en el instituto en media hora. Se puso de pie, ya exhausta
ante la idea de veintitrés estudiantes para nada entusiastas,
desplomados detrás de sus escritorios, viéndola con miradas
vidriosas y su evidente e inequívoco disgusto por la asignatura.
¿Cómo podían no gustarles las matemáticas?, se preguntaba.
Había algo tan glorioso, tan puro, tan real en las matemáticas. Su
padre había sido profesor de matemáticas y le había transmitido la
pasión a ella. Era más que resolver problemas y encontrar
soluciones. En un mundo irracional, tan lleno de ambigüedad, tan
cargado de casualidades, ella se había apoyado en el absolutismo
de la materia, había encontrado confort en el hecho de que no
hubiera lugar para interpretaciones o equivocaciones, de que
siempre hubiera solo una respuesta correcta y de que su exactitud
pudiera ser probada. Michelle sin duda argumentaría, y lo hizo más
de una vez, que esa era otra señal de que las matemáticas no
tenían en absoluto relación con la vida real.
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Caroline regresó al baño y terminó de secarse el pelo. Después se
vistió con su falda azul y su blusa de seda blanca que había
escogido la noche anterior. «¿No tienes nada más que usar?», le
había preguntado Michelle en una ocasión. «¿Y tú?», había
replicado Caroline al señalar el usual conjunto de su hija, de
pantalones ajustados y blusa holgada. Como muchas jóvenes de su
generación, Michelle era una ferviente seguidora de las últimas
tendencias de moda, dietas y rutinas de ejercicios. «Todo en su justa
medida» era un concepto tan ajeno para ella como el álgebra.
De acuerdo, se dijo a sí misma. Hora de ponerse en movimiento.
Ya estaba haciéndose tarde. En silencio, rezó porque aún quedara
una jarra de café caliente en la sala de profesores. Podía soportar
muchas cosas, pero un día sin café no era una de ellas.
El teléfono comenzó a sonar en el preciso momento en que se
disponía a salir. El primer tono fue seguido de inmediato por dos
más breves, lo que indicaba otra llamada de larga distancia,
probablemente de la misma persona que había llamado antes.
—No contestes —se dijo Caroline, esta vez en voz alta. Pero ya
estaba caminando hacia la cocina, atraída por el sonido como si
fuera un imán. Levantó el teléfono en mitad de su cuarto tono—.
¿Hola?
Silencio.
—¿Hola?
Sonido de respiración.
Genial, pensó. Justo lo que necesitaba; un acosador telefónico. Y
de larga distancia, nada menos.
—Colgaré la llamada.
—Espere.
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—¿Ha dicho algo? —El teléfono volvió a su oído.
Silencio.
—De acuerdo. Colgaré ahora.
—No. Por favor.
La voz pertenecía a una joven, posiblemente una niña. Había
urgencia en su voz, algo a la vez extraño y familiar que hizo que
Caroline permaneciera en línea.
—¿Quién es?
Otro silencio.
—Mire, de verdad que no tengo tiempo para esto…
—¿Es esta la casa de Caroline Shipley? —preguntó la chica.
—Sí.
—¿Es usted Caroline Shipley?
—¿Eres una periodista?
—No.
—¿Quién eres?
—¿Es usted Caroline Shipley?
—Sí. ¿Quién es?
Otro silencio.
—¿Quién es? —insistió Caroline—. ¿Qué quieres? Colgaré…
—Mi nombre es Lili.
Caroline recorrió mentalmente la lista de todos sus estudiantes,
del pasado y del presente, e intentó unir nombres y rostros, pero no
logró nada. ¿Podía ser otra amiga de Michelle que no reconocía?
—¿Qué puedo hacer por ti, Lili?
—Probablemente no debería estar llamando…
—¿Qué quieres? —¿Por qué seguía al teléfono, por el amor de
Dios? ¿Por qué no colgaba simplemente?
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—Creo…
—¿Sí?
—He estado mirando los bocetos de Internet. —Lili hizo una pausa
—. Usted sabe… de su hija.
Caroline bajó la cabeza. Aquí viene, pensó. Sucedía cada año en
esa época. Cinco años atrás, un hombre había llamado desde
Florida y había afirmado que la hija de su vecino tenía un
sospechoso parecido a los dibujos de Samantha. Caroline fue de
inmediato a Miami y se perdió las tres presentaciones de Michelle
en la producción de ¡Oliver! de su instituto, solo para que sus
esperanzas fueran aplastadas al quedar desestimadas las
sospechas del hombre. Al año siguiente, una mujer avisó haber visto
a Samantha haciendo fila en un Starbucks de Tacoma, Washington.
Otro viaje inútil a continuación. Y entonces, con la difusión de los
más recientes bocetos en los periódicos, en Internet…
—Lili… —Comenzó.
—Esa es la razón —interrumpió la chica y Caroline volvió a sentir
que sus rodillas se debilitaban y su respiración se volvía hielo en su
pecho—. No creo que Lili sea mi nombre. —Otro silencio—. Creo
que mi nombre real es Samantha. Creo que soy su hija.
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Quince años atrás
–¿Y atrasero
hemos llegado? —gimoteó Michelle desde el asiento
del Lexus blanco último modelo. Tiró de su cinturón
de seguridad y pateó el asiento de Caroline.
—Por favor, no hagas eso, cariño —dijo su madre y se giró en el
asiento del acompañante para ver el rostro con el ceño fruncido de
su hija de cinco años. Junto a Michelle, Samantha dormía
pacíficamente en su asiento de bebé. Y allí representadas, pensó
Caroline, mientras sus ojos veían a sus dos hijas, se encontraban
las diferencias entre sus dos niñas: una como un inquieto manojo de
clichés infantiles; la otra, una perfecta Bella Durmiente. Caroline
siempre había despreciado a los padres que tenían preferencias
entre sus hijos (su propia madre como un vivo ejemplo), pero debía
admitir que el no tenerlas ocasionalmente resultaba más difícil de lo
que había anticipado.
—Estoy cansada de viajar.
—Lo sé, cariño. Llegaremos pronto.
—Quiero zumo.
Caroline miró hacia el asiento del conductor. Su marido negó con
la cabeza sin apartar la vista del camino. Los hombros de ella
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cayeron. Comprendía que Hunter no quería arriesgarse a que se
derramara zumo sobre los asientos color crema de su coche nuevo,
pero también sabía que eso implicaría otros veinte minutos de
súplicas y patadas.
—Llegaremos pronto, cariño. Luego podrás beber zumo.
—Lo quiero ahora.
—Mira el océano —propuso Hunter, en un esfuerzo por distraerla
—. Mira qué bonito…
—No quiero mirar el océano. Quiero zumo. —La voz de Michelle
estaba agudizándose. Caroline sabía que su hija estaba abriéndose
camino hacia una intensa rabieta y que solo faltaban segundos
antes de que ocurriera una erupción de proporciones sísmicas.
Volvió a mirar a Hunter.
—Si cedemos ahora… —susurró él.
Caroline soltó un largo suspiro y miró por la ventana, consciente
de que él tenía razón, y decidida a concentrarse en la espectacular
e inmaculada vista del océano que se extendía junto a la
conservada autovía. Tal vez Michelle siguiera su ejemplo.
—Tengo sed —insistió y terminó con esa esperanza. Luego, una
octava más alto, su voz tembló con la amenaza de las lágrimas—:
Tengo sed.
—Aguanta, cariño —respondió Hunter—. Pronto estaremos allí.
Allí era Playa Rosarito y Grand Laguna Resort, un lujoso hotel con
complejo de spa que Hunter había escogido como el lugar perfecto
para celebrar el décimo aniversario de su boda. Se encontraba entre
el océano Pacífico y las colinas de Costa Dorada, Rosarito se
hallaba a solo cuarenta y cinco kilómetros al sur de San Diego y su
proximidad a la frontera entre Estados Unidos y México lo convertía
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en un destino popular para los turistas del sur de California, a los
que les brindaba la posibilidad de visitar otro país y experimentar
una cultura diferente sin la dificultad de tener que hacer un largo
viaje.
Veintisiete kilómetros de un impactante camino junto al océano
llegaban a la principal zona urbana de Rosarito, una extensión de
siete kilómetros de playa cubierta de condominios, tiendas de
regalos, restaurantes y espléndidos complejos hoteleros. No solo
habían seleccionado al Gran Laguna entre los demás porque su sitio
web prometía un entorno romántico e increíbles atardeceres, sino
porque también ofrecía un programa diario por la tarde para niños
menores de diez años. El hotel también proveía un servicio de
niñeras por las noches, lo que significaba que Caroline y Hunter
podrían tener un muy necesario tiempo para ellos. Su marido había
estado muy distraído últimamente, mayormente porque la firma legal
de la que esperaba ser socio se había fusionado recientemente con
otra, lo que había dejado su posición en un limbo. Sabía que esa era
otra razón por la que Hunter había estado tan entusiasmado con
Rosarito. Si el trabajo lo requería, podría estar de regreso en su
escritorio en cuestión de horas.
El viaje había comenzado bien. Samantha se había dormido tan
pronto como el coche había salido de la casa y Michelle parecía
complacida jugando con su nueva muñeca de la Mujer Maravilla.
Desafortunadamente, tras quince minutos en el camino, un
insensato intento de hacer volar a la muñeca había enviado a la
Mujer Maravilla a estrellarse contra el suelo, en donde desapareció
debajo el asiento delantero, lo que desató el primer baño de
lágrimas de Michelle. Después, el tráfico intenso en la Autopista
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Interestatal 5 se combinó con un retraso en la frontera de San
Ysidro a Tijuana, y el viaje de cuarenta y cinco kilómetros se
extendió a un calvario de noventa minutos. Caroline se preguntó si
debería haber escuchado a Hunter cuando sugirió que dejaran a las
niñas en casa durante esa semana. Pero eso habría implicado
confiárselas a su madre, algo que Caroline nunca haría. Su madre
ya había causado suficientes problemas con sus propios hijos.
Imaginó a su hermano, Steve, dos años menor que ella, un
hombre guapo con pelo castaño claro, una sonrisa compradora y
ojos avellana con destellos dorados. Su encanto lo había convertido
en el orgullo y la joya de su madre. Pero, lo que tenía de encanto, le
faltaba de ambición, y había pasado la mayor parte de su vida
adulta cambiando de carrera como una serpiente cambia de piel. Un
año atrás se había involucrado en el mercado inmobiliario y, para
sorpresa de todos (a excepción de su madre, por supuesto, ante
cuyos ojos él no podía hacer nada mal), parecía estar prosperando.
Quizás finalmente hubiera encontrado su lugar.
—Tengo seeeed —gimió Michelle en una palabra que amenazó
con extenderse hasta la eternidad.
—Cariño, por favor. Despertarás a la bebé.
—Ella no es una bebé.
—Está durmiendo…
—Tengo sed.
—De acuerdo, suficiente —sentenció Hunter, giró en su asiento y
blandió el dedo índice en el aire—. Escucha a tu madre y acaba con
esto en este instante.
La respuesta de Michelle fue un inmediato ataque de histeria. Sus
gritos llenaron el coche, resonaron en las ventanas oscuras y
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despertaron a Samantha. Y entonces las dos niñas estaban
gritando.
—¿Aún crees que las niñas fueron una buena idea? —preguntó
Hunter con una sonrisa—. Tal vez tu hermano tenga razón después
de todo.
Caroline no dijo nada. Hunter sabía muy bien que su hermano y su
esposa, Becky, habían estado intentando formar una familia propia
infructuosamente durante años. Su incapacidad de lograrlo era una
constante fuente de tensión entre ellos, una situación que la madre
de Caroline se esforzaba por aprovechar y por la que regañaba a
Becky regularmente; por no darle más nietos y causar una
innecesaria tensión entre su nuera y su hija.
Divide y reinarás, pensó Caroline. Palabras que guiaban la vida de
su madre. ¿Qué más podía esperar?
—¿Cuánto más falta? —preguntó.
—Deberíamos llegar pronto. Aguanta.
Ella apoyó la cabeza contra la ventana y cerró los ojos, con los
gritos de sus hijas penetrando sus oídos como sirenas
superpuestas. No fue precisamente un comienzo favorable para sus
vacaciones. Está bien, decidió. Solo puede mejorar desde ahora.
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que estaba viendo era, de hecho, muy real; verdaderamente había
seis personas de pie frente a la entrada principal del hotel,
saludándolos y riendo, con rostros familiares satisfechos y
complacidos.
—¿Qué está sucediendo? —le preguntó a Hunter mientras un
botones con un uniforme blanco y radiante se acercaba para abrir su
puerta.
—Bienvenidos a Grand Laguna —dijo, y sus palabras fueron
desapareciendo en un coro de «¡Sorpresa!» que corría hacia ella.
—Feliz aniversario —dijo Hunter, con la sonrisa en sus labios
extendida hasta sus suaves ojos café. Luego se inclinó para besarla.
—No lo entiendo.
Él volvió a besarla.
—Creí que disfrutarías de tener a algunos familiares y amigos
contigo para celebrar nuestro aniversario.
—Oíd, vosotros —exclamó Steve, el hermano de Caroline—.
Conseguid un cuarto. Por el amor de Dios.
—Buena idea —bromeó Hunter entre risas al bajar del coche.
Rápidamente, fue rodeado por los tres hombres que esperaban.
—¿No es el lugar más absolutamente precioso que hayas visto?
—preguntó Becky, la esposa de Steve, y avanzó hacia ellos.
Caroline salió del asiento delantero del coche y echó un rápido
vistazo al edificio color coral con forma de herradura de diez pisos
de alto, enmarcado por un cielo azul y palmeras. Debía admitir que
era tan magnífico como le habían hecho esperar.
—Pareces un poco apabullada —susurró su amiga Peggy, que se
acercó a ella y la envolvió en un abrazo en el que su pelo rizado
hizo cosquillas en la nariz de Caroline. De aproximadamente un
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metro sesenta y cinco, y cincuenta y seis kilos, las dos mujeres eran
casi de la misma altura y peso, y encajaban cómodamente.
—Estoy estupefacta. —Caroline se dirigió a su esposo—: ¿Cómo
has conseguido hacer esto?
—Culpa a tu hermano. Fue su idea.
—No podía dejar que celebraras diez años de felicidad
matrimonial sin nosotros —comentó Steve entre risas.
Caroline miró de un rostro sonriente al otro: su hermano, su mujer;
sus viejos amigos, Peggy y Fletcher Banack; sus nuevos amigos
Jerrod y Rain Bolton. La verdad era que había esperado tener a su
marido solo para ella esa semana. Había pasado mucho tiempo
desde que habían tenido el lujo de compartir cenas íntimas para
dos, tiempo de relajarse, de reconectarse uno con el otro. Pero la
alegría colectiva del comité de bienvenida era tan contagiosa como
evidente, y la ambivalencia de Caroline pronto se disipó.
—¡Mami! ¡Mami! Sácame de aquí.
—Ya voy, cariño.
—Permíteme. —Peggy abrió la puerta trasera y sacó a Michelle
del coche en sus brazos—. Guau. Estás convirtiéndote en una niña
muy grande.
—Quiero zumo —dijo Michelle.
Becky ya había rodeado el vehículo, había sacado a Samantha de
su asiento y estaba acunando a la niña de dos años en sus brazos
mientras llenaba su cabeza de besos.
—Hola, niña preciosa. ¿Cómo está mi pequeño angelito?
—Ella no es preciosa y no es un ángel —protestó Michelle.
Samantha extendió los brazos hacia su madre.
—Ah, ¿tu tía no puede tenerte unos minutos? —A regañadientes,
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Becky le entregó a Samantha a su madre, luego retrocedió y llevó
su corto cabello oscuro detrás de sus orejas. Caroline pensó que
parecía cansada detrás de su sonrisa, y se preguntó si ella y Steve
habrían estado peleando otra vez.
—¿Por qué habéis tardado tanto tiempo? —preguntó Rain
mientras el valet retiraba el equipaje del maletero—. Hemos estado
esperando durante una hora. Estoy derritiéndome en este calor.
—Bueno, derretida o no, estás genial.
Rain sonrió, una amplia sonrisa que revelaba la cantidad correcta
de perfectos dientes, y llevó su ondeado pelo rubio detrás del
hombro de su túnica floreada. Sus ojos eran azules, su pintalabios,
rojo, sus brazos desnudos, bronceados y tonificados. Como
exmodelo, habría sido preciosa incluso sin la tonelada de maquillaje
que siempre usaba. Caroline se asombró, no por primera vez, de
que Rain hubiera escogido a un hombre tan retraído como Jerrod
como compañero. Más bajo que su esposa por varios centímetros y
de aspecto mayor a sus cuarenta años; Jerrod era tan insulso como
Rain, impactante. Eran una pareja interesante.
El grupo se acercó a las altas puertas de cristal que se abrían
hacia un recibidor lleno de flores y con aire acondicionado.
Samantha estaba felizmente en los brazos de su madre, mientras
que Michelle estaba pegada a su pierna derecha y tironeaba tan
fuerte de su blusa blanca que Caroline temía que pudiera
desgarrarla.
—¿Habéis viajado todos juntos? —preguntó.
—Steve y Becky vinieron en su coche —explicó Peggy—.
Nosotros vinimos con Rain y Jerrod.
—¿Tu nombre es Rain, como la lluvia? —preguntó Michelle.
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—Así es. —Rain rio y sacudió su rubia cabellera—. Mi madre era
muy dramática. Y probablemente bastante depresiva, si lo piensas.
—Creo que es un nombre tonto —afirmó Michelle.
—Michelle —advirtió Caroline mientras se acercaban a la
recepción—. No seas grosera.
—Tengo que hacer pis —anunció la niña.
—Mierda —soltó Hunter.
—Mami, papi ha dicho una palabrota.
La mirada de Caroline recorrió el recibidor decorado con estilo
español, hasta el parque situado entre las dos grandes alas del
hotel.
—Espera hasta que veas este lugar. Hay una enorme piscina y el
más increíble restaurante al aire libre. Además de una piscina para
niños y, por supuesto, el océano… —Becky extendió las manos para
abarcar todo el lugar.
—Y las habitaciones son tan preciosas —agregó Peggy.
—¿Estamos todos en el mismo nivel?
—Ni siquiera en la misma ala. —Rain resopló—. Vosotros estáis
en este lado. —Señaló a la derecha—. Todos los demás estamos
por allí. —Giró a la izquierda.
—Mami, tengo que hacer pis.
—Lo sé, cariño. ¿Puedes aguantar unos minutos más?
—No olvides registrar a Michelle para el club de niños —comentó
Steve con avidez.
—¿Qué es un club de niños? —preguntó Michelle.
—Ah, te lo pasarás muy bien —aseguró Becky—. Cada tarde
hacéis dibujos, manualidades, búsquedas de tesoros enterrados o
salís a cazar cangrejos…
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—No quiero cazar cangrejos.
—Bueno, entonces puedes nadar, construir castillos de arena o
jugar con otros niños.
—No quiero jugar con otros niños. Quiero jugar con mami.
—No te preocupes, cariño. Tendremos mucho tiempo para jugar.
—¿Samantha irá al club de niños? —inquirió Michelle.
—No, cariño. Ella es muy pequeña.
—Ella no es pequeña. Ella es grande.
—Hablaremos de eso después —intervino Hunter mientras que la
recepcionista le entregaba la tarjeta de su habitación.
—Suite 612 —explicó la joven con brillo en sus ojos.
—Ah, tenéis una suite —comentó Becky con un rastro de envidia
en su voz—. No puedo esperar a verla.
—Gracias por hacer que el resto de nosotros nos veamos mal —
bromeó Fletcher con Hunter cuando todos se reunieron frente al
ascensor.
—Hay demasiadas personas aquí —protestó Michelle en voz alta.
Caroline no pudo evitar sonreír. Ella había estado pensando lo
mismo.
La música de La guerra de las galaxias escapó desde el bolsillo de
alguien y llenó el pequeño espacio.
—Tienes que estar bromeando —dijo Becky, y puso los ojos en
blanco mientras Steve retiraba el teléfono móvil de sus vaqueros—.
¿Otra vez?
—Hola, mamá —contestó Steve, se llevó el teléfono a su oído con
una mano y elevó la otra en el aire como para decir: ¿Qué puedo
hacer?
—Llamó hace apenas una hora —explicó Becky a los demás.
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—Sí, acaban de llegar. ¿Quieres hablar con Caroline? ¿No? De
acuerdo. Sí, estoy seguro de que te llamará más tarde. —Miró a
Caroline para que lo confirmara. Ella le lanzó una mirada que decía:
Muchas gracias—. ¿Qué? Sí, sé que es peligroso. Créeme, no
tengo intenciones de practicar paracaidismo.
—Bendito sea su oscuro corazón —comentó Becky—. La mujer
nunca se detiene.
—No. Tampoco estoy interesado en montar a caballo en la playa.
Nunca sabes lo que esos caballos han estado bebiendo. No, no
estoy burlándome de ti. Comprendo perfectamente tu preocupación.
Sí, de acuerdo. Hablamos más tarde. También te quiero. Adiós. —
Steve regresó el teléfono a su bolsillo—. ¿Qué puedo decirte? —
preguntó con una risa—. Solo está cuidando de su pequeño.
—¿Acaso la abuela Mary tiene un corazón oscuro? —preguntó
Michelle.
—No, querida —respondió Caroline—. Por supuesto que no.
—Tendremos que esperar a que la autopsia lo descubra, eso
seguro —agregó Hunter.
—Debes estar bromeando —bufó Becky—. Ella nos sobrevivirá a
todos nosotros.
—Muy bonito, amigos —dijo Steve—. Es de mi madre y la de
Caroline de quien estáis hablando. Mostrad algo de respeto.
Un resoplido burlón llenó el pequeño ascensor.
—No es exactamente lo que tenía en mente —dijo él.
—Sexto piso —anunció Fletcher, para alivio de Caroline—. Todos
afuera.
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—Entonces, ¿qué te parece? —preguntó Hunter a Caroline después
de que todos finalmente se retiraran de su suite de dos
habitaciones.
Con Samantha en sus brazos, Caroline atravesó la sala de
muebles brillantes hasta la ventana con vistas al parque y observó el
restaurante al aire libre que tenían inmediatamente debajo.
Sombrillas rojas daban sombra a mesas cubiertas con manteles
blancos. Corales florecidos y arbustos blancos crecían a intervalos
regulares. A un lado se encontraba una enorme piscina en forma de
riñón, rodeada de tumbonas con rayas blancas y rojas. Todo estaba
literalmente a sus pies. El mundo al alcance de las manos, pensó;
volvió a girarse hacia su marido y analizó las paredes de color
amarillo claro de la habitación, el sofá de terciopelo rojo y la silla
poltrona en rojo y dorado.
—Es precioso. Todo. Has estado bien. —Rodeó la mesa de café
de madera oscura para envolverse en el abrazo que la esperaba.
—¿De verdad estabas sorprendida o solo fingías?
—¿Estás bromeando? Estaba totalmente impactada.
—¿Sí? Bueno, podría tener algunas sorpresas más bajo la manga,
señora Shipley. —Él mordisqueó su oreja.
—Mami —llamó Michelle desde el baño—. Mami, ya he terminado.
Ven a limpiarme.
Caroline deslizó la cabeza hasta el hombro de él.
—¿No es suficientemente mayor para hacerlo ella misma? —
preguntó Hunter mientras Caroline le entregaba a Samantha y
caminaba hacia el baño.
—Así que, ¿qué te parece? —le repitió a su hija la pregunta que
Hunter le había hecho pocos minutos antes y la guio a la habitación
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infantil de color blanco y amarillo. Contra una pared había una cama
individual, cubierta con una manta estampada de color blanco, rojo y
dorado. En la pared opuesta habían colocado una cuna con una
manta idéntica, pero más pequeña, con una ventana entre las dos.
—No me gusta.
¿Por qué no me sorprende?, se preguntó Caroline.
—¿Qué es lo que no te gusta, cariño?
—Quiero mi propia habitación.
—Vamos. Será divertido compartirla con tu hermana.
—Quiero dormir en tu habitación.
El teléfono sonó. Gracias a Dios, pensó, agradecida por la
interrupción. Incluso hablar con su madre sería mejor que eso.
—Era Rain —explicó Hunter segundos después, con su cabeza
asomada por la puerta—. Reservó en el restaurante del jardín a las
ocho.
—Asumiendo que podamos conseguir una niñera.
—Ya está resuelto.
Caroline miró a la pequeña sonriente en los brazos de su padre,
luego a la niña enfadada a su lado y otra vez a Hunter.
—Mi héroe —dijo.
30
3
El presente
31
—No has pensado. —Caroline ya estaba enfadada. ¿Cómo se
atrevía esta chica, esa extraña, esa Lili, a reclamar el nombre de su
hija, su identidad?
—Vi las fotografías. No estaba segura de qué hacer.
—¿Quién demonios eres?
—Se lo dije.
—Eres una periodista, ¿no es así?
—No. Lo juro.
—Entonces, ¿por qué estás haciendo esto?
—Porque creo….
—¿Crees que eres mi hija?
—Sí.
—Porque has visto algunos dibujos en Internet —agregó Caroline,
con la voz rota, como si sus cuerdas vocales hubieran sido
arrolladas por un camión.
—En parte.
—¿En parte? —repitió.
—Es más que eso.
—¿Qué más?
—Solo… muchas cosas.
—¿Qué cosas?
—Bueno. —Una breve pausa—. Por empezar, tenemos la misma
edad.
—Muchas chicas de diecisiete la tienen. —Un resoplido—.
¿Cuándo es tu cumpleaños?
—Supuestamente el doce de agosto.
—Samantha nació en octubre.
—Lo sé, pero…
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—Pero ¿qué?
—¿Las actas de nacimiento no pueden ser falsificadas?
—¿Crees que alguien ha falsificado tu acta de nacimiento?
—Tal vez. Es decir, es posible.
—Posible, pero improbable. ¿Qué más tienes?
Otra pausa, más larga esta vez.
—Nos mudábamos mucho. Cuando era pequeña.
—¿Y eso?
—De una ciudad a otra, de un país a otro —continuó la chica, a
pesar de la creciente impaciencia de Caroline—. Siempre
estábamos haciendo las maletas y marchándonos. Nunca nos
quedamos mucho tiempo en el mismo lugar.
—¿A quiénes te refieres?
—A mis padres y hermanos.
—Así que tienes padres.
—Mi padre murió el año pasado.
—Pero ¿tu madre aún vive?
—Sí.
—¿Fuiste adoptada?
—Ella dice que no.
—¿No le crees?
—No.
—¿Por qué no? ¿Has encontrado documentos escondidos en el
ático? ¿Alguien más de la familia alguna vez ha insinuado que
podrías ser adoptada?
—No.
—¿Y entonces por qué crees que lo fuiste? —preguntó Caroline,
esforzándose por no hacerse a sí misma preguntas más relevantes,
33
como: ¿por qué seguía en línea? ¿Por qué seguía hablando con esa
chica, esa Lili, que con suerte estaba delirando o era una demente?
¿Por qué no colgaba simplemente?
—No me parezco a mis hermanos o a mis padres.
—Muchos niños no se parecen a sus padres o hermanos.
—No es solo eso.
—¿Qué más?
—Fui educada en casa, alejada de otros niños.
—Muchos niños son educados en casa últimamente. Eso no
sugiere nada siniestro. Y tiene sentido en tu caso, si os habéis
mudado tan frecuentemente como dices.
—Es solo que soy muy diferente a todos ellos. No solo en mi
apariencia, sino en cómo soy, en lo que se me da bien, en cómo me
siento con respecto a… no lo sé… todo. Es como si ellos estuvieran
en un planeta y yo en otro. Nunca sentí que les perteneciera.
Caroline estuvo a punto de reír. Se apoyó en la encimera de la
cocina y frotó su nariz con la mano libre.
—¿Te das cuenta de que estás describiendo a casi todos los
adolescente de los Estados Unidos?
—Supongo.
—¿Qué es lo que dice tu madre?
—¿Sobre qué?
—¿Sobre qué? —repitió, incrédula—. Sobre todo lo que acabas
de decirme—. Hubo un momento de silencio. Pendía, como un
hacha, sobre la cabeza de Caroline—. Ella no lo sabe, ¿no es así?
Un largo silencio.
Por supuesto que la chica no se había enfrentado a su madre con
sus sospechas. O sus planes de llamar a Caroline. Toda la idea era
34
tan equivocada, tan disparatada y absurda.
Y aun así, tan atractiva, tan reconfortante, tan maravillosa.
Su hija. Viva. Al teléfono. Después de todos esos años.
¿Sería posible? ¿Podría ser posible?
No, no podía ser. El simple hecho de hacerse esa pregunta la
hacía tan delirante como la chica al otro lado del teléfono.
—Mira —dijo con firmeza—. Debo irme. Ya llego tarde al trabajo.
—No. Por favor, no cuelgue.
—Mira, Lili —insistió y se esforzó por mantener sus emociones en
calma y su voz lo más amable posible—. Te daré el beneficio de la
duda. Asumiré que solo eres una jovencita muy sensible y solitaria
que echa mucho de menos a su padre y tiene problemas para
procesar su muerte. Tu imaginación está desatada. Pero veamos
esto de forma realista. Solo porque te parezcas más a algunos
bocetos de Internet que a tu propia familia no significa que…
—No tenemos ordenadores en casa —interrumpió la chica.
—No lo entiendo. ¿Y eso qué tiene que ver? —preguntó, aunque
sí le resultó extraño. ¿Quién no tenía un ordenador en su hogar hoy
en día, en especial si estaban educando a sus hijos en casa?—.
Estoy segura de que tus padres tienen sus razones….
—Decían que no serían una de esas familias que dejaban que la
tecnología gobernara sus vidas, en las que los hijos pasaban
demasiado tiempo en Facebook y buscando pornografía…
—Bueno, ahí lo tienes. Espera —dijo al percibir una
inconsistencia, con tanta habilidad como un ave caza un gusano—.
Me has dicho que encontraste los bocetos en Internet. Si no tienes
ordenador…
—Estaba en la biblioteca —explicó enseguida—. Un chico no
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dejaba de mirarme. Dijo que era igual a la chica que desapareció
hace quince años. Fue él quien me mostró las fotografías.
—Son trabajos de un artista, no son fotografías. Son solo
proyecciones, basadas en cosas como la estructura ósea y la forma
de los ojos. Nadie sabe cúan exactas son realmente. Mira. No tiene
importancia. Lo que importa es que no eres mi hija.
—¿Cómo puede estar segura?
Caroline no dijo nada. Cuelga, se dijo a sí misma. Cuelga ahora.
—¿Y si me hago una prueba de ADN? —volvió a insistir la chica.
—¿Qué?
—¿Y si me hago una prueba de ADN? —volvió a preguntar.
—Una prueba de ADN —repitió Caroline, incapaz de pensar en
nada más que decir.
—Así lo sabríamos con certeza de un modo u otro, ¿no es así?
Caroline asintió, aunque sin hablar. En sus fantasías, Samantha
simplemente se aparecía en su puerta y caía entre sus brazos
abiertos. Ninguna de ellas había involucrado algo tan clínico como
una prueba de ADN.
—Entonces, ¿cómo me haré la prueba?
—No tengo idea. —Caroline estaba dando vueltas, su mente
estaba atrapada detrás de una espesa niebla, incapaz de conectar
palabras o formar pensamientos coherentes—. Supongo que
tendrías que contactar a las autoridades apropiadas —logró decir
finalmente.
—¿Quiénes son?
—No estoy segura. Probablemente el Departamento de Policía de
San Diego sería un buen comienzo.
—No vivo en San Diego.
36
Caroline recordó el característico timbre de larga distancia que la
había detenido cuando caminaba hacia la puerta. Nunca debió
regresar, nunca debió haber contestado esa llamada.
—¿Dónde vives?
—Preferiría no decirlo. —Un suspiro de dudas. Otro suspiro, en el
lado de Caroline. Por supuesto que la chica preferiría no decirlo.
—Adiós, Lili.
—Vivo en Calgary.
—¿Calgary?
—Calgary, Alberta.
—¿Eres canadiense?
—No. Se lo he dicho. Nos mudamos mucho. Hemos estado aquí
cerca de dos años. Antes hemos vivido en Seattle, y antes en
Madison, Wisconsin. Pasé la mayor parte de mi infancia en Europa.
Regresamos justo antes de que mi padre enfermara.
—¿Y estás dispuesta a venir a San Diego?
—Lo haría, pero no puedo. No tengo dinero…
—Ajá —reaccionó Caroline. La niebla de su mente comenzaba a
disiparse—. Ahora entiendo. Quieres que te envíe dinero… —Soy
una tonta, pensó.
—No. No. No quiero su dinero.
—¿Qué es lo que quieres? ¿Quieres que te envíe un billete de
avión? Puedo hacer eso —presionó, con una repentina sensación
de control. Estaba revelando el engaño de la chica, lo que debía
haber hecho desde el comienzo—. Solo necesitaría saber tu apellido
para poder hacer la reserva.
—No puedo decirle eso.
—¿De verdad? ¿Por qué no?
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—Porque no es importante. ¿Qué diferencia haría? Ya le he dicho
que no puedo ir.
—Te diré algo, compraré un billete para tu madre también. Ella
puede venir contigo.
—No. Mi madre no puede saber de esto.
—Pensaba que tú creías que yo era tu madre.
—Lo creía, lo creo. Dios, ya no sé qué pensar. —Una pausa
ocupada por la amenaza de unas lágrimas—. Mire. Aunque ella no
sea mi verdadera madre, es quien me crio. No quiero lastimarla, y
no puedo simplemente marcharme sin decírselo. Enloquecería de
preocupación.
Caroline cerró los ojos, recordó el pánico de esa noche, quince
años atrás, en la que se asomó sobre la cuna de Samantha y la
encontró vacía. El renovado horror cosquilleó en su piel como
cientos de pequeñas agujas que envenenaban su sangre y corrían
hasta su corazón. Se sentía mareada, débil, como si fuera a vomitar.
—Así que, parece que estamos en un callejón sin salida —dijo
cuando recuperó su voz.
—Tal vez usted pueda venir aquí.
—¿Qué?
—Venga a Calgary. Podemos ir a un hospital o a una clínica,
encontrar a alguien que haga la prueba. Así tendremos certeza.
—La tengo ahora —afirmó Caroline. ¿O no? Si estaba tan segura
de que la chica no era su hija, ¿por qué seguía en línea?—. De
acuerdo. Escucha. Me has dado mucho que digerir. Déjame
pensarlo y volveré a ponerme en contacto contigo.
—No.
—¿Qué?
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—No puedo darle mi número. No puede llamarme.
El enfado de Caroline regresó. ¿Cuál era su problema? Había
estado tratando con esa clase de cosas durante quince años,
algunas sinceras y bien intencionadas, la mayoría malintencionadas
y abiertamente llenas de odio. Eso era un ingenioso engaño o una
broma enferma. Una estrategia para conseguir dinero o un pedido
de atención. Más probablemente otra periodista chupasangre que
buscaba aprovechar su vulnerabilidad, su credulidad, para darle un
nuevo giro a una historia antigua, reunir cualquier información nueva
que pudiera estar disponible, tal vez hasta un fragmento de
confesión. Probablemente pudiera leer toda esa conversación
telefónica en los periódicos del día siguiente.
—Mira, Lili, o como demonios sea tu nombre realmente…
—Venga a Calgary.
—No.
—Por favor. Ya he revisado y hay un vuelo que sale de San Diego
a Calgary a primera hora mañana. Estará aquí a mediodía. Podría
encontrarla en su hotel.
—¿Qué hotel? —preguntó Caroline. ¿Qué estaba diciendo?
¿Estaba loca? ¿Cuántas veces más podría hacerse pasar por eso?
¿No había hecho ya insensatos viajes a Miami y Washington, solo
para ver que sus esperanzas resultaran en desilusión y, en última
instancia, desesperación? ¿Realmente estaba preparada para pasar
por eso otra vez?
—El Fairfax. Está en la ciudad y es muy bonito.
—No, no puedo. Es ridículo.
—No lo es.
—Toda esta conversación es ridícula. Eres ridícula. Yo soy ridícula
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por estar aquí sentada hablando con una chica que, o bien es una
experta estafadora, o una completa desquiciada. Lo siento. Debo
colgar.
—Por favor… dijo que se lo pensaría.
Caroline observó el muro de cajones que tenía frente a ella, vio
cómo se fundían, se separaban y luego se unían otra vez. No podía
estar pensando seriamente en ir a Calgary. ¿O sí?
—De acuerdo. —Se escuchó decir.
—¿Vendrá?
—Lo pensaré.
—Estaré esperando en la entrada —dijo la chica, y luego la
llamada se terminó.
40
4
Quince años atrás
41
noche anterior, aunque de prisa y con mínimos juegos previos, antes
de que él se durmiera por el exceso de sol y de licor.
Caroline miró hacia la ventana de su suite mientras se quitaba su
bata de encaje blanco, después se recostó en su tumbona. Había
esperado que esas vacaciones despertaran la pasión que ella y
Hunter solían tener. Pero él estaba preocupado por el trabajo; ella
por las niñas; sus amigos estaban siempre con ellos. La realidad era
que los dos habían pasado muy poco tiempo solos esa semana. No
fue exactamente el viaje romántico que había esperado.
—Ah, qué interesante bañador traes —comentó Rain mientras
ajustaba su diminuto bikini rosado—. Muy retro.
Caroline bajó la vista hacia su bañador blanco y negro de una
pieza y sonrió. No conocía tan bien a Rain, así que nunca estaba
segura de cómo tomarse esos cumplidos: (Me encanta ese aspecto
de recién salida de la cama que tienes en tu pelo). (Mírate, con esos
pantalones anchos; tan valiente para desafiar las tendencias).
(Desearía poder usar estampados tan grandes; es muy fácil para las
chicas de pecho plano). Miró alrededor, a la piscina atestada.
—¿Y los chicos?
—Juegan al golf —respondió Rain.
—Una de las pocas actividades que tu madre consideró lo
suficientemente segura para su precioso hijo —agregó Becky,
después miró hacia otro lado, como para evitar más comentarios.
No puedes dejar que te afecte, quería decirle Caroline, pero se
detuvo al darse cuenta de que había estado diciéndole eso por
años. Diciéndoselo a sí misma desde que tenía memoria. Pero era
una batalla perdida. Su madre era una fuerza de la naturaleza. No
había forma de escapar.
42
—Disculpe —llamó Rain hacia un joven camarero de cabello
oscuro—. ¿Quién quiere un gin tonic? —les preguntó a las demás.
—Suena bien —asintió Peggy.
—Cuéntame —agregó Becky.
—Yo beberé una Coca-Cola —dijo Caroline.
—Definitivamente no vas a beber una Coca-Cola —intervino Rain
—. Es nuestro último día. Lo prohíbo. Cuatro gin tonic, por favor.
Esta va por mi cuenta, damas.
Minutos más tarde, estaban recostadas en sus sillas, disfrutando
de sus bebidas.
—Así que, ¿qué haréis al regresar a la civilización? —preguntó
Rain.
—De vuelta al trabajo —respondió Peggy. Ella trabajaba en el
Hospital General de San Diego.
—No sé cómo lo haces. Tratar con personas enfermas todo el día.
¿Eso no te afecta?
—Bueno, no trato con pacientes en realidad. Trabajo en la
administración.
—¿Qué hay de ti? —continuó Rain, hacia Becky—. ¿Lista para
reiniciar la búsqueda laboral?
Caroline contuvo la respiración cuando los hombros de Becky se
endurecieron. Steve había dejado entrever que Becky había sido
despedida de su trabajo como gerente de cuentas para una agencia
de publicidad local, después de que un cliente importante se fuera
con la competencia, algo que Becky había querido mantener oculto
hasta que encontrara un nuevo puesto. Por supuesto, Caroline ya lo
sabía; su madre la había llamado para contarle las noticas tan
pronto como Steve se las había confiado.
43
«Podría ser un buen momento para concentrarte en quedar
embarazada», le había dicho Mary a su nuera, como si la razón por
la que ella y Steve no tenían hijos fuera la falta de concentración de
Becky.
—Al menos no tienes que preocuparte por el dinero —dijo Rain—.
Jerrod me ha dicho que a Steve le está yendo muuuuy bien en estos
días.
—Nos las arreglamos —comentó Becky. Terminó lo que quedaba
de su bebida y llamó al camarero para que la renovara—. ¿Quién
me acompaña?
—Estoy contigo —afirmó Rain.
—Qué demonios. ¿Por qué no? —agregó Peggy.
—Solo si es mi turno de invitar —continuó Caroline, aún con la
bebida en sus manos. Nunca había bebido demasiado, en especial
por la tarde. Pero era su último día en Rosarito, y por una vez no
tenía a una niña colgada de su brazo y a un bebé sobre sus
caderas, y no quería ser vista como una persona cerrada. Aún era
una de las chicas. Aún sabía cómo divertirse.
Era más que solo una madre.
—Supongo que será más de lo mismo para ti —le dijo Rain, como
si hubiera espiado en su mente.
—¿Perdón? ¿Más de lo mismo?
—Quedarte en casa, cuidar de dos niñas pequeñas. Yo
enloquecería con la falta de estimulación adulta. Debe convertir tu
mente en papilla. Creo que eres increíble. De verdad.
Caroline intentó no enfurecerse ante el sutil insulto envuelto en su
cumplido o por tener que defender su decisión de ser una madre a
tiempo completo.
44
—Será solo durante unos años más. Luego regresaré a la
enseñanza.
—Otro trabajo que nunca podría hacer. En especial con
matemáticas. Es tan aburrido.
—No me resulta aburrido en absoluto…
—¿De verdad? —inquirió Rain, con sus ojos amplios por la
sorpresa.
—Supongo que todo parece bastante aburrido al compararlo con
el modelaje —comentó Peggy en el momento en que el camarero
regresó con una nueva ronda de bebidas—. Jerrod dice que aún
tienes una buena demanda de trabajo…
—Es más que buena. Tengo más ofertas de las que puedo aceptar
debido a todo mi trabajo de caridad. Además de que Jerrod viaja
demasiado y le gusta que vaya con él, así que los proyectos que
puedo aceptar son limitados. —Se inclinó hacia delante y con su
mano les indicó a las demás que hicieran lo mismo, como si
estuviera a punto de compartir un gran secreto—. Hicimos el pacto
cuando nos casamos de no pasar más de dos noches separados.
Eso fue lo que destrozó el primer matrimonio de Jerrod, ya sabéis.
Lo hizo particularmente vulnerable a mujeres como yo. —Ofreció
una sonrisa que solo podía describirse como deslumbrante—. Mi
marido tiene una libido insaciable y me alegra decir que finalmente
ha encontrado a su par. —Llevó su cabeza atrás, su pelo color miel
cayó como una cascada hasta la mitad de su espalda, y luego
sostuvo esa posición, como si esperara que un fotógrafo la
capturara.
—No había notado que Jerrod tuviera que viajar tanto —comentó
Caroline, aunque lo que en realidad quería decir era: «Ah, Dios, no.
45
Por favor, no hablemos de eso». No quería hablar de la vida sexual
de Rain o de su papel en la disolución del matrimonio anterior de
Jerrod. No sabía mucho más de ellos, más allá de que Jerrod era el
director de una gran compañía minera y que él y Hunter se habían
hecho amigos cuando la firma de Hunter fue contratada para
controlar una adquisición reciente de la compañía. Rain era una
persona divertida, más que nada porque nunca se sabía qué
comentario hilarante haría a continuación, pero ella y Caroline nunca
serían grandes amigas. En palabras de Hunter: «una dosis de ella
es más que suficiente».
—Cada mes estamos en un nuevo y excitante lugar —estaba
diciendo Rain—. Alaska, Vancouver, Sudamérica. Visitamos minas.
Conocemos dignatarios locales. Los últimos cinco años han sido
toda una aventura.
—No hay tiempo para niños, supongo —dijo Peggy.
—Dios, no. Además, Jerrod ya tiene tres con su primera esposa.
Eso es más que suficiente. —Entonces, hizo una mueca—. No lo sé.
Los niños nunca han sido lo mío. Son tan…
—¿Aburridos? —preguntó Caroline.
—Casi como las matemáticas. —Rain rio.
—No creo que los niños sean aburridos —agregó Peggy.
—Eso es porque tú los tienes. Tienes que sentirte así. Pero
nosotras sabemos la verdad, ¿no es así, Becky?
Una vez más, Caroline se encontró conteniendo la respiración al
comprender que Rain probablemente no supiera nada de la
situación de Becky. Las dos se habían conocido apenas una
semana antes, y Becky no tenía la costumbre de discutir sus
problemas de fertilidad con extraños. Ni con nadie, a decir verdad.
46
Caroline miró a su cuñada y ella reconoció su mirada poniendo los
ojos en blanco antes de mirar hacia otro lado. Habían sido cercanas
alguna vez, más como hermanas que como cuñadas. Pero Becky,
inspirada por las constantes comparaciones de su suegra, se había
vuelto cada vez más distante con los años, y más después del
nacimiento de Samantha. Había intentado esconderlo, pero era
evidente que tomaba la fertilidad de su cuñada como una ofensa
personal.
Caroline bebió otro trago de su bebida, se recostó en su tumbona
y cerró los ojos. Estaba exhausta. ¿Quién pensaría que relajarse
podía ser un trabajo tan duro?
—Hora de más pantalla solar —dijo una voz—. Tu nariz se está
quemando.
—¿Qué? —Caroline abrió los ojos y encontró el rostro de Peggy
sobre el de ella.
—Estás poniéndote algo roja.
Se sentó de un salto, derribó su bolso de la silla y todo su
contenido se esparció en el concreto.
—Debo haberme quedado dormida. ¿Qué hora es?
—Cuatro y cinco.
—Maldición. Se suponía que recogería a Michelle a las cuatro. —
Se agachó para regresar las cosas que escaparon de su bolso,
luego se puso de pie—. ¿Dónde están las demás? —preguntó y
miró alrededor.
—Becky tenía dolor de cabeza, así que regresó a su habitación
hace como media hora. Rain tenía cita para un masaje.
—Bueno, odio dejarte aquí sola…
—No hay problema. He tenido suficiente reposo. Hora de subir y
47
echase una siesta. —Peggy enlazó su mano con la de Caroline y
caminaron juntas hacia el recibidor.
—No puedo creer que me durmiera así. ¿Me perdí de algo?
—¿Te refieres a la Señorita Conocí a mi Media Naranja? No,
afortunadamente nos ahorró los detalles. Por un momento pensé
que estábamos de regreso en el instituto.
Las dos mujeres se rieron. Caroline aún estaba riendo cuando
recogió a Michelle.
—Llegas tarde —lamentó la niña y apagó la risa en la garganta de
su madre. La joven de pelo oscuro que sostenía la mano de Michelle
le lanzó a Caroline una mirada acusadora.
—¿Lo ves? Te dije que tu mami no se había olvidado de ti.
—Solo han pasado unos pocos minutos… —Caroline comprobó
su reloj.
—Michelle estaba poniéndose algo nerviosa.
—Nunca me olvidaría de ti —le aseguró repetidas veces a su hija
en el ascensor, de regreso a su habitación.
—Ya no iré al club de niños —dijo Michelle mientras caminaban
por el extenso corredor hacia su suite.
—Bueno, nos iremos a primera hora mañana, así que no tienes
que hacerlo. —Revolvió su bolso en busca de la tarjeta de su suite y
casi chocó contra el carro de limpieza con toallas y manteles—.
Mierda. ¿Dónde está?
—Has dicho una palabrota.
La maldita tarjeta debe haberse caído en la piscina, pensó al
acercarse a su suite, luego esperó a que Hunter contestara a su
llamado a la puerta. Casi pudo escucharlo decir: «¿Qué, otra vez?».
Ya había perdido una tarjeta esa semana. Afortunadamente, eran
48
muy fáciles de reemplazar.
—¿Hunter? —Volvió a tocar. Apoyó su oreja en la puerta y
escuchó la ducha—. Genial. Momento perfecto para un baño. —
Hunter se caracterizaba por la frecuencia y el largo de sus baños—.
Parece que tendremos que regresar a la recepción en busca de otra
tarjeta.
—No quiero regresar a la recepción.
Caroline recordó el carro de limpieza. Probablemente la camarera
de piso tuviera una tarjeta maestra.
—Ven conmigo —le dijo a Michelle.
—No. —La niña alejó su mano del alcance de su madre, luego se
desplomó en el suelo con los brazos cruzados en señal de protesta.
—De acuerdo. No te muevas. Ahora vuelvo. —Dio vuelta a la
esquina de prisa y casi colisionó con la mujer de uniforme que salía
de una habitación contigua con la manos llenas de toallas—.
Disculpe, señora. Lamento molestarla, pero no puedo encontrar mi
tarjeta. Me preguntaba si podría dejarme entrar a mi habitación.
La mujer asintió, dejó las toallas en el carro y luego siguió a
Caroline. Michelle ya no estaba.
—¿Michelle? —Caroline miró frenéticamente de un lado al otro—.
¿Michelle?
La puerta de su suite se abrió. Hunter estaba frente a ella con una
larga toalla en su cintura, agua cayendo sobre su pecho marcado y
una mirada desconcertada en sus ojos.
—Relájate. Está adentro.
Ella suspiró aliviada. La camarera de piso regresó su tarjeta
maestra al bolsillo y se retiró por el corredor.
—Gracias —le dijo Caroline.
49
—Mami ha dicho una palabrota. Y llegó tarde —anunció Michelle
tan pronto como su madre dio un paso dentro de la estancia.
—Unos cinco minutos —explicó Caroline.
—Estoy seguro de que mami lo siente mucho.
—Y mami se ha disculpado reiteradamente. ¿Dónde está la bebé?
—Ella no es una bebé —intervino Michelle.
—En su cuna, jugando con sus juguetes —respondió Hunter—.
Feliz como una almeja.
—Fuimos a cazar almejas —contó la niña mientras Caroline se
acercó a la habitación infantil.
—¿Sí? Eso suena divertido.
—Odio las almejas.
Claro que sí, pensó Caroline al acercarse a la cuna de Samantha.
Su hija menor ya estaba poniéndose de pie, con una enorme sonrisa
en su dulce rostro y los brazos extendidos para recibirla. La levantó
de su cuna y la abrazó con fuerza.
—Hola, mi dulce niña.
—Ella no es una dulce niña. Yo soy tu dulce niña.
—Las dos lo sois.
Samantha apoyó la cabeza sobre el hombro de su madre, con el
aliento suave contra su cuello. Al menos tengo uno bueno, Caroline
recordó las palabras que su madre le había dicho a una amiga, que
aún tenían el poder de lastimarla después de tantos años. No es
que su madre hubiera sido abusiva o descuidada. Había sido más
bien sobreprotectora; estaba sobre su hija como una avispa,
observándola como un ave rapaz. A diferencia de Steve, a quien le
concedían libertades con las que Caroline solo podía soñar. Pero,
mientras que ella recibía la atención de su madre, era Steve quien
50
tenía su afecto y ambos lo sabían, lo que fue garantía de que nunca
fueran cercanos. Caroline se había jurado en silencio que nunca
sería como su madre. No sería sobreprotectora. No sería crítica.
Nunca demostraría favoritismo.
Como si quisiera probarlo, se inclinó para alborotar el cabello de
Michelle. Y le dijo:
—Te quiero.
—Yo no te quiero a ti —respondió ella, y se alejó del alcance de su
madre y salió corriendo de la habitación.
—Bueno, qué mal, porque yo te quiero a ti —gritó Caroline tras
ella.
—¿Qué mal qué? —preguntó Hunter desde la puerta.
—Soy una madre terrible. —Caroline dejó a Samantha en el suelo
y caminó hacia los brazos abiertos de él.
—La próxima vez dejaremos a las niñas en casa. —Él se rio, la
abrazó más fuerte y la humedad de su piel penetró la bata blanca de
ella.
51
Michelle y Samantha estaban dormidas. Todo estaba dispuesto para
que fuera una noche perfecta para su último día en el paraíso.
Aunque la niñera estuviera retrasada.
—¿Los demás han llegado? —preguntó Hunter al salir tras ella y
rodearla por la cintura.
—No los veo. Ah, espera. Allí está Rain.
—¿Qué rayos lleva puesto?
—¿Querrás decir qué no lleva puesto? —corrigió Caroline—. Creo
que ha olvidado su blusa. ¿Sabías que su marido es todo un
semental?
—¿De verdad? ¿Ella ha dicho eso?
—Creo que insaciable fue la palabra que usó.
—Difícil de imaginar. —Hunter hizo una mueca.
—Mejor no imaginarlo —asintió Caroline en el momento en que
Jerrod de pronto apareció junto a su esposa, los dos levantaron la
vista y saludaron. Ella respondió y sintió que Hunter hizo lo mismo
—. Tal vez debamos llamar a la recepción para saber qué sucede.
—Ella se quedó en el balcón a ver cómo Steve y Becky se unían a
Jerrod y Rain, mientras Hunter regresaba a la sala a hacer la
llamada—. ¿Y bien? —preguntó cuando él regresó.
—Ella no va a venir.
—¿Qué quieres decir con que no va a venir?
—Al parecer, hemos cancelado.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando? No hemos hecho tal cosa.
—Les dije eso. Pero eso es lo que dicen sus registros. Están
intentando encontrar a alguien más.
—¿Cuánto tardarán?
—Dijeron que deberían ser solo unos minutos.
52
Caroline negó con la cabeza al notar que Peggy y Fletcher
llegaron. En ese instante, todos en la mesa se giraron hacia ellos.
—Estaremos allí en un momento —gritó Hunter, aunque Caroline
dudaba de que alguien pudiera escucharlo por encima de la música
y la conversación. Entonces, el teléfono sonó—. Ahí lo tienes.
Problema resuelto.
Solo que no estaba resuelto. Las niñeras registradas en el turno
nocturno estaban todas ocupadas y el conserje no podía encontrar a
nadie más con tan poco tiempo, a menos que estuvieran dispuestos
a esperar hasta las diez.
—Ya da igual. —Caroline se desplomó en el sofá y se arrancó sus
tacones recientemente adquiridos, a los que Peggy había bautizado
los zapatos «fóllame» de Caroline.
—No. No dejaremos que esto arruine nuestra cena de aniversario.
—No podemos esperar hasta las diez.
—No tenemos que hacerlo —afirmó Hunter—. Iremos, cenaremos
y estaremos aquí en poco tiempo.
—¿De qué estás hablando? No podemos dejar a las niñas solas.
—No las dejaremos solas. Estaremos abajo. Es como en casa, las
niñas están en la cama mientras nosotros estamos en el patio
trasero.
—No es lo mismo.
—¿Cuál es la diferencia?
—Por empezar, no es nuestro patio trasero. Si las niñas
despertaran, si comenzaran a llorar, no podríamos escucharlas.
—¿Cuántas veces se han despertado durante toda la semana en
la que la niñera ha estado aquí?
—Ese no es el punto.
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—La niñera dijo que nunca se despertaron.
—¿Es la misma niñera que dice que nosotros cancelamos?
—Nada ocurrirá —insistió Hunter.
—Ve tú —dijo Caroline.
—¿Sin ti?
—Sí. Ve. Tráeme algo de comer luego.
—Es nuestra cena de aniversario, Caroline. No voy a ir sin ti.
—De acuerdo. ¿Qué te parece esto? Llamamos al restaurante,
explicamos lo sucedido y les decimos a todos que pueden reunirse
con nosotros y pedir servicio a la habitación o que pueden venir por
el postre. Estoy segura de que lo entenderán.
—Yo no lo entiendo. No estamos hablando de dejar las
instalaciones. Hablamos de ir abajo. Por unas pocas horas. ¿No
crees que estás siendo algo sobreprotectora?
—¿Sobreprotectora? —Caroline imaginó a su madre rondándola
de cerca, esperando para saltar. Hunter se encogió de hombros.
—Olvídalo. No debí haber dicho eso. Es mi decepción la que ha
hablado, solo eso. Es solo que… bueno… tenía algo especial
planeado.
—Aún puede ser especial —protestó Caroline por lo bajo.
Hunter se sentó en el sofá a su lado y sujetó su mano. Estuvieron
en silencio algunos segundos.
—De acuerdo, escucha. Tengo una idea. —Hizo una pausa para
ordenar sus pensamientos—. Bajamos…
—Hunter…
—Bajamos —repitió, un poco más fuerte la segunda vez—,
cenamos con nuestros amigos y tomamos turnos para venir a ver a
las niñas cada media hora. ¿Qué te parece?
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La mente de Caroline daba vueltas. Estaba horrorizada ante la
casual comparación con su madre, al haber pasado toda su vida
determinada a ser totalmente diferente a ella. Y no quería
decepcionarlo, en especial cuando se había esforzado por planear
algo especial. El restaurante estaba literalmente bajo sus narices.
No se ausentarían durante mucho tiempo.
—No lo sé…
—Claro que sí. Estaremos apenas aquí abajo, veremos a las niñas
cada treinta minutos, ni siquiera sabrán que no estamos aquí.
—¿Prometes que todo irá bien?
Hunter tomó el rostro de ella entre sus manos y la besó
tiernamente en los labios.
—Lo prometo —dijo.
55
5
El presente
56
Caroline se encogió de hombros. No había notado la oscuridad.
¿Cuándo había ocurrido?
—¿Qué hora es?
—Casi las siete.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Caroline.
—¿Qué quieres decir con qué estoy haciendo aquí? Tú me
invitaste a cenar, ¿recuerdas?
—Dijiste que estabas ocupada esta noche. —Se giró en la cama
para enfrentarse a su hija, sorprendida como siempre por cómo era
Michelle, y se mordió el labio inferior para evitar expresar ese
pensamiento en voz alta.
—Lo estaba —respondió su hija—. Luego pensé que tú podrías…
No importa lo que pensé. ¿Qué sucede? ¿Mal día en el instituto?
—No fui al instituto.
—¿Por qué?
—No sentí ganas de ir.
—¿No sentiste ganas de ir? —repitió Michelle y dio unos pasos
tentativos dentro de la habitación—. No tiene sentido. Siempre
quieres ir.
—No sentí ganas hoy.
—¿Por qué no? —preguntó otra vez.
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—No sé qué quieres que diga. —Caroline se encogió de hombros.
¿Michelle repetiría todo lo que dijera?
—Quiero que me digas qué está pasando. Estás muy extraña.
¿Has tenido una pelea con papá o algo?
—No.
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—¿Se trata de Mackenzie?
—¿Mackenzie?
—La nueva bebé de papá —dijo Michelle con más que un rastro
de molestia, como si hubieran pasado por eso muchas veces; y
quizás lo hubieran hecho.
—No.
Michelle se detuvo a los pies de la cama y se movió de un pie al
otro mientras miraba a todas partes menos a su madre.
—Entonces, ¿qué ha pasado? Sonabas normal esta mañana al
teléfono, cuando me sermoneabas sobre mis responsabilidades. Y
estás vestida para el trabajo, así que obviamente tenías intención de
ir. —Su mirada llegó hasta los periódicos esparcidos sobre la cama
deshecha—. ¿Fue el artículo? ¿Las fotografías? Quiero decir, no
puedes estar muy sorprendida. Esto sucede cada año. Ya has
aprendido a seguir la corriente…
—No son ni el artículo ni las fotografías.
—Entonces, ¿qué?
—No lo sé.
—¿Has estado aquí sentada todo el día y no tienes idea de por
qué? No puedo creerte.
—Michelle…
—Mamá…
—Por favor, Michelle. No quiero discutir contigo.
—Tampoco quiero discutir contigo.
—Entonces dejemos esto, ¿vale? —Se levantó de la cama y tomó
a Michelle entre sus brazos, con esperanza de silenciarla. Sintió de
inmediato cómo su hija se endureció. Luego respiró profundo y se
forzó a sonreír—. Así que ¿a dónde quieres ir a cenar?
58
—¿Qué te parece ese lugar de alimentación viva en Bayshore?
—¿Viva? ¿Como no cocida?
—Es todo orgánico. Muy saludable.
—Estoy segura de que lo es. Solo que no suena tan…
—Olvídalo —dijo Michelle.
—No. Le daré una oportunidad.
—No importa —insistió Michelle—. No tengo mucha hambre de
todas formas.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire como humo de un
cigarrillo mal oliente. Caroline se preguntó si siempre había sido así
entre ellas. La verdad era que Michelle había sido demandante y
difícil desde que nació, características que la desaparición de
Samantha solo había exacerbado. Y, mientras más demandante se
volvía, más crecía el resentimiento de Caroline. Más se acercaba,
más Caroline se alejaba. Y mientras Caroline más se alejaba, más
crecía el resentimiento de Michelle. Su relación se había convertido
en un círculo vicioso de tirar y empujar, en el que una se apartaba
justo cuando la otra quería acercarse. Por cada paso al frente,
parecían retroceder dos.
Es mi culpa, pensó Caroline. Todo es mi culpa.
—Recibí una llamada esta mañana —comentó con cuidado. Tal
vez si dejaba de mantener a Michelle al margen, su hija volvería a
aceptarla.
—¿De…? —Michelle metió sus pulgares en los bolsillos de sus
vaqueros ajustados y entornó sus ojos verdes.
—De una chica en Calgary.
—¿Calgary?
—Es en Canadá.
59
—Sé dónde es Calgary, madre. No soy tonta.
—Por supuesto que no eres tonta. No quería sugerir…
—¿A quién conoces en Calgary?
—No conozco a nadie.
—¿Era una periodista?
—No.
—Lo que dices no tiene ningún sentido.
—No estás dándome oportunidad. Tal vez si dejaras de
interrumpirme…
—De acuerdo. —Suspiró—. Lo siento. Volvamos a empezar.
Recibiste una llamada de una chica de Calgary. ¿Ella tiene un
nombre?
—Lili.
—¿Lili…?
—No sé su apellido. No quiso decirlo.
—No quiso decirlo —repitió Michelle—. ¿Esta chica es la razón
por la que te comportas tan raro?
—Ella no cree que Lili sea su verdadero nombre —explicó
Caroline, ignoró la pregunta de su hija y la miró directamente a los
ojos—. Ella cree que su verdadero nombre es Samantha.
—Mierda. —Los hombros de Michelle cayeron.
—Ella cree que es tu hermana.
—Ah, por favor. No me digas esto. —Sus ojos se ampliaron por el
enfado. Comenzó a caminar de un lado al otro frente a la cama y a
sacudir los brazos en todas direcciones, como una explosión de
fuegos artificiales—. No me digas que te crees esa basura.
—Creo que ella lo cree.
—Mamá, por el amor de Dios. Esta clase de cosas suceden cada
60
vez que actualizan esos estúpidos bocetos. Llaman personas para
decir que han visto a Samantha en la fila de una tienda, psíquicos
que dicen saber dónde encontrarla, locos que afirman tenerla
prisionera en algún refugio subterráneo. Has estado tratando con
estas cosas durante años. ¿Y ahora una chica llama de Calgary y
dice creer ser Samantha y tú enloqueces? Eres más lista que esto.
Sabes que no es verdad. Incluso aunque ella esté tan loca como
para creerlo…
—Esto es diferente.
—¿Diferente cómo?
—Se ofreció a hacerse una prueba de ADN.
—¿Qué?
—Elle piensa que deberíamos hacer una prueba de ADN para
descubrirlo con certeza.
—Ya, ya, ya —dijo Michelle y detuvo sus pasos—. ¿Qué estás
diciendo? ¿Que ella vendrá a San Diego?
—No. —Caroline repitió la conversación con Lili en su mente y
luego la reprodujo completa para Michelle.
—Dime que no estás considerando seriamente ir a Calgary.
—He estado pensando en eso.
—No, no lo has hecho.
—Me has preguntado qué hice todo el día. Eso he estado
haciendo, pensando en eso.
—No vas a ir a Calgary, mamá.
—¿Por qué no?
—¿Por qué no? ¿Por qué no?
—¿Qué sería tan terrible?
—No puedo creer esto. Simplemente no puedo creerlo.
61
—Piénsalo por un minuto, Michelle. ¿Qué daño puede hacer? Voy
a Calgary, conozco a esta chica, hacemos la prueba y nos sacamos
las dudas.
—Tú piénsalo. Vas a Calgary, conoces a la chica, que
probablemente sea una lunática con sus propios planes, tal vez
incluso tenga un cuchillo de carnicero (¿siquiera has pensado en
eso?), haces la prueba y resulta negativa, sabes que así será, y
luego regresas alterada… ¿Por qué? ¿Por qué te harías eso a ti
misma? ¿A nosotros? Otra vez —agregó para más énfasis.
—Porque así tendremos certeza.
—Yo ya lo sé con certeza.
—Eso es porque no has hablado con ella. No la has escuchado.
Había algo en su voz…
—Samantha tenía apenas dos años cuando desapareció. Podía
decir «mamá» y «papá» y tal vez otra docena de palabras, la
mayoría de las cuales nadie podía entender.
—Yo las entendía —interrumpió Caroline, y la amenaza de
lágrimas hizo que su voz temblara.
—Lo que quiero decir es —continuó Michelle—, que no habría
forma de que reconocieras la voz de Samantha si la escucharas
hoy. Estás engañándote si crees lo contrario. Las probabilidades de
que no sea Samantha son astronómicas. Esta chica, quienquiera
que sea, una estafadora, una psicópata, o solo una pobre alma
descarriada, definitivamente no es mi hermana. Y no te vas a
acercar a ella.
—Cariño, comprendo tu preocupación y te quiero por eso, pero…
—Pero nada. —Michelle apartó su largo cabello castaño de su
frente y miró a su madre—. Ya has recapacitado, ¿no es así?
62
—Tiene sentido para mí, cuanto más lo pienso.
—Eso es todo. Llamaré a papá. —Michelle se acercó al teléfono.
—¿Qué? ¡No! No quiero que lo llames.
—¿Por qué no? ¿No crees que tenga derecho a saberlo?
—No sabemos nada aún.
—Sabemos que irás a Calgary. Tal vez él quiera ir contigo.
—No querrá.
—Claro que no. ¿Y quieres saber por qué? Porque él no es una
persona loca, por eso. —Levantó el teléfono con su mano
temblorosa.
—Por favor, no llames a tu padre.
—¿Por qué no?
—Porque estoy pidiéndote que no lo hagas. Por favor, Michelle…
Micki…
—¿Qué acabas de decir? —Bajó el teléfono.
—Yo…
—Me has llamado Micki. Nunca me llamas Micki.
—Lo sé.
—Odias ese nombre.
—No importa.
—¿Qué, crees que si me llamas Micki, repentinamente cambiaré
de opinión, que soy tan fácil de manipular?
—No, por supuesto que no pienso eso.
—Tú no piensas, punto. Mierda. —Michelle arrojó el teléfono sobre
la cama. Negó con la cabeza, abrió la boca para hablar, luego volvió
a negar con la cabeza—. De acuerdo. Bien. No lo llamaré.
—Gracias.
—¿Cuándo piensas ir?
63
—Mañana.
—Mañana —repitió su hija.
—Al parecer, hay un vuelo en la mañana que llega a Calgary cerca
del mediodía.
—Ya veo. ¿Ya has comprado tu billete?
—No.
—Pero lo harás.
—Sí.
—¿Tienes pasaporte?
—¿Pasaporte?
—Es Canadá, madre. Necesitas un pasaporte.
—Tengo uno.
—¿Y botas de invierno?
—¿Botas?
—Es Canadá, en noviembre, en invierno. Necesitas botas.
—Estaré bien.
—¿Cuánto tiempo planeas quedarte?
—Probablemente unos pocos días. No lo sé con seguridad.
—Sí sabes que este jueves es Acción de Gracias.
—Intentaré estar en casa para entonces.
—La abuela Mary nos espera para cenar.
—Ah, Dios.
—No seré quien tenga que explicarle por qué no estás allí.
—Estaré allí. Iré, conoceré a esta chica, haré la prueba y
regresaré a casa.
—¿De verdad crees que será tan fácil?
—Por favor, intenta entenderlo, cariño. —Caroline se encogió de
hombros—. He pasado los últimos quince años arrepintiéndome de
64
una decisión. No quiero pasar los próximos quince arrepintiéndome
de otra.
Michelle se sentó en la cama y un sonido entre un suspiro y un
bufido escapó de su garganta.
—¿Qué sucede?
—Solo me preguntaba si pasarías por todo esto si hubiera sido yo,
y no Samantha, la que desapareció esa noche.
Caroline sintió que las palabras formaron una lanza y penetraron
su corazón. Instintivamente, se extendió hacia Michelle.
—Oh, Dios. No puedes pensar realmente que…
—No importa lo que yo piense, ¿no es así? —Michelle se levantó
de un salto y volvió a deambular—. Ya lo has probado
repetidamente. Lo has probado una vez más esta noche. Mi opinión
no tiene importancia. Nunca la ha tenido. No sé por qué estoy
sorprendida. Debería estar acostumbrada. —Giró y salió disparada
de la habitación.
—¡Michelle! —Caroline corrió tras su hija, la siguió por el corredor
hasta su habitación. La vio tomar un bolso del armario y lanzarlo
sobre la manta verde y blanca de su cama—. ¿Qué haces?
—¿Qué parece que estoy haciendo? —Michelle se acercó a su
armario, el cajón superior y arrojó un manojo de ropa interior al
bolso—. ¿Unos días, dijiste?
—¿De qué estás hablando?
—Un jersey debería ser suficiente. —Arrojó un jersey con cuello
de tortuga de color azul al bolso—. Los vaqueros que traigo estarán
bien. Y tengo esa chaqueta de ski que papá me compró en Aspen el
año pasado. Debe estar en el armario de abajo. Con suerte Calgary
no estará completamente cubierto de nieve.
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—Detente —ordenó Caroline y sostuvo las manos de su hija antes
de que pudiera agregar más cosas a su bolso—. No puedes venir
conmigo.
—¿No puedo? ¿Por qué?
—Porque…
—¿No quieres que vaya?
—No es eso.
—Entonces, ¿qué es?
—Lo has dicho tú misma. Es una loca idea. Yo estoy loca.
—Más razón para que vaya contigo.
—No.
—No me lo hagas difícil, mamá. «Donde quiera que vayas», y toda
esa basura.
—Michelle… Micki…
—Olvídalo, mamá. No funcionará esta vez. Así que ¿qué vamos a
hacer? ¿Iremos a Calgary mañana o no?
Caroline vio la determinación en la expresión de su hija y el dolor
del enfado en sus ojos. Supo que no valía la pena discutir.
—Iré a comprar los billetes.
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6
Quince años atrás
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—¿Qué haréis vosotros? —Rain desplegó su mejor sonrisa
maquillada.
—Mi madre siempre organiza la cena de Acción de Gracias en su
casa —respondió Steve.
—Puedes imaginar cuán ansiosa lo espero —comentó Becky.
—No empecemos. —Steve miró a su esposa.
—Deja de mirar tu reloj —le dijo Hunter a Caroline.
—¿Sabes lo que me dijo mi querida suegra el último día de Acción
de Gracias? —dijo Becky y continuó sin esperar respuesta—. Ella
había estado en un funeral y yo cometí el error de preguntar cómo
había estado, y ella dijo, cita textual: «Fue un servicio adorable. Su
hija escogió un hermoso ataúd. Mucho más bonito que el que tú
escogiste para tu madre».
Hubo un jadeo colectivo alrededor de la mesa.
Aunque no por parte de Caroline, que estaba acostumbrada a
tales comentarios.
—Os aseguro que no dijo tal cosa —protestó Steve.
—Eso fue exactamente lo que dijo.
—Estás exagerando. Como siempre.
—Y tú estás defendiéndola. Como siempre.
—Así que ¿de qué os sentís agradecidos? —interrumpió Peggy
con forzado ánimo en su voz—. Vamos. Tres cosas, sin contar
salud, familia y amigos. Asumiremos que estáis agradecidos por
eso.
—Nunca asumas nada —contradijo Becky.
—Ah, esto es divertido —afirmó Rain y aplaudió—. ¿Puedo
empezar?
Peggy abrió las palmas de sus manos para indicar que Rain podía
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hablar.
—Bueno, primero, obviamente, doy las gracias por pasar Acción
de Gracias en Nueva York y no en una horrible reunión familiar, sin
ofender. —Su mirada pasó por Becky y Steve antes de terminar en
Caroline—. Segundo, doy gracias por el nuevo collar que Jerrod me
regaló. —Señaló el impresionante diamante que brillaba en su cuello
—. Y tercero, agradezco que las canas no sean algo de familia. Tu
turno —indicó a Caroline.
Caroline se esforzó por mantener las manos fuera de su cabeza.
Nunca había notado ningún pelo gris, pero la verdad era que no
había estado prestando atención realmente.
—Doy las gracias por esta semana —dijo y señaló a su marido—.
Doy las gracias por estar celebrando diez años de relativa felicidad
matrimonial —continuó, al recordar las palabras de su hermano.
—¿Qué quieres decir con relativa? —preguntó Hunter, con fingida
molestia en su expresión.
—Brindaré por esa relatividad —intervino Jerrod, levantó su copa
de champán, los demás lo siguieron y chocaron sus copas en un
brindis de felicitación.
—Con cuidado —advirtió Rain—. No pueden cruzarse las manos o
es de mala suerte.
—¿De verdad? Nunca escuché eso —comentó Becky.
—Adelante —le indicó Peggy a Caroline—. Una cosa más por la
que estás agradecida.
Caroline intentó pensar en una tercera cosa que agradecer más
allá de la familia, la salud y los amigos. Seguro que podía pensar en
algo.
—Estoy agradecida por el océano —dijo finalmente, y miró en
69
dirección a él.
—¿En serio? —pregunto Rain.
—Agradezco que el mercado inmobiliario de San Diego sea tan
fuerte —comenzó Steve, sin esperar a que le preguntaran—. Doy
las gracias por haber logrado persuadir a Hunter de dejar que
viniéramos con vosotros a la hermosa Rosarito para ayudaros a
celebrar el aniversario. —Miró intensamente a su mujer a través de
la mesa—. Doy las gracias especialmente por que mi madre sea tan
buena cocinera.
—Dices muchas estupideces —intervino Becky.
—¿Acaso nuestra madre no es una buena cocinera? —preguntó
Steve a Caroline.
—De hecho es una gran cocinera —coincidió ella—. Y también
dices puras estupideces.
Todos rieron, aunque la risa de Steve fue apagada y sus ojos color
avellana estaban tan inertes y duros como rocas.
—Tu turno, Becky —indicó Rain.
—Lo siento. He tenido una terrible jaqueca toda la tarde y parece
estar empeorando. —Sus ojos se llenaron de lágrimas. No intentó
ocultarlas ni limpiarlas—. Si me disculpáis —agregó, empujó su silla
y se levantó.
—Ah, siéntate —dijo Steve—. Estás bien. No te comportes como
una estrella.
—Vete al diablo. —Becky giró y se alejó a paso firme.
Se hizo un momento de duro silencio.
—¿No deberías ir tras ella? —preguntó Fletcher, mientras Steve
terminaba con calma su copa de champán.
—¿Qué, crees que estoy tan loco como ella?
70
—Debería ir a ver a las niñas —dijo Caroline, tan deseosa por
alejarse como Becky.
—Vuelve enseguida. —Hunter se levantó para besarla en la
mejilla antes de que se marchara.
—Ah. Qué dulce. — Escuchó Caroline decir a Rain mientras se
alejaba.
Un ascensor estaba esperando, con su puerta abierta, cuando
Caroline llegó al recibidor. Entró y presionó el botón del sexto piso.
Hasta el momento la noche había resultado lejos de ser estelar:
primero el embrollo con la niñera, luego su culpa por haber dejado a
las niñas solas, seguido por la desagradable discusión de su
hermano con su cuñada. Que ya no pareciera importarles quién los
escuchaba no era una buena señal. Caroline salió del ascensor, con
dudas de que el matrimonio de su hermano sobreviviera ese año,
mucho menos una década.
Atravesó el extenso corredor a toda prisa, convencida con cada
paso de que escuchaba el llanto angustiado de sus hijas haciendo
eco en las paredes. Pero, al abrir la puerta de la suite, no escuchó
más que el resonar del silencio. Entró en puntas de pie a su
habitación, se detuvo en la puerta para que sus ojos se
acostumbraran a la oscuridad, y luego se acercó a la cama de
Michelle.
La niña dormía sobre un costado, con la boca entreabierta, sus
sábanas extrañamente enroscadas alrededor de su cintura y su
muñeca de la Mujer Maravilla atrapada entre sus pliegues. Caroline
liberó a la muñeca con cuidado, levantó las sábanas hasta los
hombros de su hija y depositó la muñeca sobre la almohada junto a
su cabeza. Eres un ángel cuando duermes, pensó y resistió la
71
necesidad de besarla en la mejilla. Ojalá pudieras guardar algo de
esa dulzura para cuando despiertas.
Giró hacia la cuna de Samantha, se inclinó por su costado y un
profundo suspiro escapó de sus pulmones.
Samantha estaba recostada de espaldas, sus bracitos elevados
sobre su cabeza y flexionados, como si literalmente se hubiera
rendido al sueño. Hunter tenía razón, pensó. Fui tonta al
preocuparme.
El teléfono sonó, su agudo timbre como una ballesta que atravesó
la quietud. Caroline salió de prisa hacia la sala, levantó el objeto
trasgresor antes de que pudiera volver a sonar y lo llevó a su oído.
—¿Hola? —Debió haber llamado a la recepción para decir que
retuvieran las llamadas. ¿Y si el teléfono había sonado cuando ella
no estaba? ¿Y si había despertado a las niñas? ¿Y si habían llorado
por ella? ¿Y si habían entrado en pánico cuando ella no llegó
corriendo?
—¿Es un mal momento? —preguntó la voz al otro lado—. Suenas
extraña.
—¿Mamá? —Caroline apenas podía escuchar su propia voz sobre
los latidos de su corazón. Pensó en la conversación de la cena y
reprimió un escalofrío. ¿Era posible que su madre hubiera sentido
que habían estado hablando de ella? Siempre había dicho tener
ojos en la espalda y oídos en todas partes, que nunca nada se le
escapaba. Cuando Caroline era pequeña, esa idea solía
aterrorizarla. Si quería ser sincera, aún lo hacía—. ¿Todo está bien?
—¿Acaso te importa?
—¿Qué quieres decir? Por supuesto que me importa.
—¿Es por eso que no he sabido de ti en toda la semana?
72
—Bueno, yo…
—No estoy quejándome, compréndeme. Solo estableciendo los
hechos. Sé que estás muy ocupada divirtiéndote. Al menos tengo un
hijo que es considerado con los sentimientos de su madre.
Eso es porque él aún tiene la idea equivocada de que tú tienes
sentimientos, pensó.
—Steve es un buen hijo —dijo. Un buen hijo y un marido
aborrecible.
—Qué mal que no hayas tenido niños.
Caroline estuvo a punto de reír, al igual que su madre estalló en
una carcajada espontánea cuando ella la llamó para hablarle del
nacimiento de Samantha. «¡Otra niña apestosa!», había exclamado.
—Solo llamé para desearte un feliz aniversario —continuó.
—Gracias. —Una oleada de culpa atravesó a Caroline. Estaba
siendo muy dura con su madre. La mujer no cambiaría. Dependía de
Caroline el cambiar la forma en que reaccionaba a ella. Tenía que
ser más generosa, menos crítica.
—Debo decir que estoy sorprendida. Pensé que Hunter estaría
llorando del aburrimiento con los años.
Esta vez Caroline sí rio, aunque el sonido fue apagado y contenido
en su garganta. Es increíble que se le ocurra decir estas cosas,
pensó.
—Perdón, ¿estás diciendo que soy aburrida?
—No pongas palabras en mi boca. Hunter me parece la clase de
hombre que se aburre con facilidad. Deja de ser tan sensible.
—Debo irme, mamá. Todos están espe… —La línea quedó en
silencio en la mano de Caroline antes de que pudiera terminar la
oración. Negó con la cabeza y colgó, luego volvió a levantar el
73
teléfono de inmediato y marcó a la recepción para ordenar que
retuvieran las llamadas hasta nuevo aviso. Dudaba de que hubiera
más llamadas, pero no podía arriesgarse. Su madre solía insistir en
tener la última palabra.
Echó un vistazo final a las niñas antes de salir de la suite. Ninguna
había sido perturbada por la llamada de su madre. «Solo la aburrida
de siempre», dijo mientras cerraba la puerta y salía al corredor. Un
camarero caminaba hacia ella con una chaqueta blanca, empujando
un carro. Se detuvo unas puertas antes de la suya y golpeó.
«Servicio de habitaciones», llamó cuando Caroline pasó junto a él.
—¿Todo va bien? —preguntó Hunter cuando ella regresó al
restaurante.
—Todo va bien. —Caroline notó que quedaban dos asientos
vacíos en la mesa—. ¿Dónde está mi hermano?
—Se rindió ante la presión poco después de que te marcharas y
subió a ver si podía persuadir a Becky de regresar —explicó Peggy.
Buena suerte con eso, pensó Caroline en el momento en que tres
jóvenes músicos se acercaban a su mesa.
—¿Qué es esto? —preguntó, mientras dos de los hombres se
arrodillaban a sus pies y levantaban sus guitarras en el aire.
—Feliz aniversario —dijo Hunter.
—¡¿No es esto lo más romántico del mundo?! —exclamó Rain.
—No estás aburrido conmigo, ¿verdad? —le susurró a Hunter
cuando los músicos comenzaron su suave serenata.
—¿Aburrido contigo? ¿De dónde sacas esa idea?
Caroline apartó todo pensamiento de su madre de su mente.
Luego acarició la mejilla de su marido.
—Te quiero —dijo.
74
—Ah —expresó Rain—, tan dulce.
Media hora más tarde, los músicos habían terminado sus canciones
y los postres (crêpes suzette flambeados) habían sido ordenados.
—Debería ver a las niñas antes de que llegue el postre —dijo
Hunter. Caroline sonrió, agradecida de no tener que recordárselo.
—Y yo necesito un jersey —agregó Rain y llevó una mano
arreglada con manicura a su escote—. Las chicas están
enfriándose.
Caroline vio a su marido y a Rain tomar sus caminos separados
en la entrada del restaurante, Rain hacia un ala, Hunter hacia la
otra.
—Bueno, esta ha sido una adorable sorpresa —comentó Peggy.
—Lo fue —coincidió Caroline.
—Hunter ciertamente sabe cómo tener un gran detalle.
—Ciertamente sabe cómo hacer que los demás nos veamos mal
—protestó Fletcher de buena manera—. No es que quedemos
muchos.
—Sí, empiezo a sentirme como si estuviera en el juego de las
sillas —agregó Jerrod.
—¿Crees que tu hermano y Becky regresarán? —preguntó Peggy.
—No me sorprendería que ya se hubieran marchado del hotel. —
Caroline negó con la cabeza—. Francamente, no sé por qué
quisieron venir siquiera.
—Tal vez esperaban que unas vacaciones románticas fueran
buenas para su matrimonio.
75
Caroline no discutiría eso. ¿No había esperado lo mismo para el
suyo?
Dos camareros se acercaron.
—¿Sería mucha molestia que esperáramos hasta que los demás
regresaran para servir el postre? —les preguntó Caroline—.
Deberían ser solo unos minutos.
En realidad, fueron más como quince.
—Lamento haberme ausentado tanto tiempo —se disculpó Hunter
al regresar a su asiento—. Esperé al ascensor durante años,
finalmente me rendí y subí por las escaleras. Las niñas están
profundamente dormidas —continuó, antes de que Caroline pudiera
preguntar. Luego miró alrededor de la mesa—. ¿Dónde están
todos?
De inmediato, Rain apareció con Steve a su lado.
—Mirad a quién encontré en el recibidor —anunció y cerró sobre
sus hombros el chal que había ido a buscar.
—Estaba a punto de enviar un escuadrón de búsqueda —comentó
su marido.
—Olvidé que ya había guardado esta maldita cosa. Tuve que
desarmar toda la maleta para encontrarlo.
—Sucede por ser tan organizada —dijo Peggy—. Yo ni siquiera he
comenzado a hacer la maleta.
—Asumo que no has podido convencer a Becky de regresar —le
dijo Caroline a su hermano. Steve se encogió de hombros mientras
apartaba su silla.
—Mujeres —respondió hacia los hombres presentes—. No puedes
vivir con ellas, no puedes dispararles.
—Bonita charla —comentó Caroline.
76
—¿Las niñas están bien? —le preguntó Steve a Hunter.
—Las niñas están bien.
Los camareros regresaron y todos observaron en silencio cómo
uno preparaba las crepas mientras que el otro las encendía y las
llamas se extendían como garras enfurecidas hacia el cielo oscuro.
77
—Lo he hecho.
—Mentirosa —la acusó él.
—No. Ha sido adorable. Lo ha sido.
—Apenas has tocado tu cena.
—No tenía mucha hambre.
—Estabas preocupada por las niñas.
—Lo superaré.
—¿Disfrutaste de la serenata? —Él volvió a besarla en la mejilla.
—Mucho.
—¿Te sorprendió?
—Sí. No me había dado cuenta de que eras tan romántico.
—No puedo llevarme el crédito. En realidad fue idea de Steve.
—¿De verdad? Es una pena que no pueda tener buenas ideas
cuando se trata de Becky. —La mano de Caroline se deslizó por los
pantalones de su marido—. Y hablando de ideas…
—Lo siento de verdad, cariño. —Hunter detuvo su mano—. Creo
que me he sobrepasado con el brindis de celebración.
—Ah, querido. —Intentó mantener la decepción oculta en su voz.
Había esperado todo el día hacer el amor con su marido, había
estaba fantaseando con prolongados juegos previos, tal vez incluso
con probar algo nuevo—. Quizás haya algo que pueda hacer al
respecto.
—Lo siento, cariño. —Hunter apartó la mano de ella de su
entrepierna—. No es que no vaya a apreciar el esfuerzo, pero me
temo que solo perderás tu tiempo.
—Podríamos intentarlo, ver qué sucede.
—Por favor, no me hagas sentir peor de lo que ya me siento —dijo
y terminó definitivamente con la conversación. Caroline retiró su
78
mano y se sentó derecha.
—Ahora estás enfadada.
—Solo desilusionada.
—Podemos hacerlo por la mañana.
Seguro, pensó Caroline. Cuando las niñas estén despiertas y
nosotros con prisa por hacer las maletas y marcharnos.
—Y mañana por la noche.
Cuando estés exhausto por conducir y las niñas estén molestas,
estemos deshaciendo las maletas y preocupados por regresar al
trabajo.
—Y cada noche después de eso por el resto de nuestras vidas —
agregó y le ofreció su mejor sonrisa de niño inocente—. Por favor,
Caroline. De verdad que lo siento.
—Lo sé. Yo también. —Se levantó del sofá—. Iré a ver a las niñas.
—Una vez más, se encontró en la puerta de la habitación de las
niñas, esperando a que sus ojos se adaptaran a la oscuridad.
Suficiente romance, pensó. Se acercó a la cama de Michelle y pisó
algo duro. La Mujer Maravilla, notó, al levantar a la muñeca del
suelo, y la regresó a la almohada junto a la cabeza de Michelle. La
niña empujó a la muñeca con su mano de inmediato, aunque no se
despertó. Otro rechazo, pensó Caroline y se giró hacia la cuna de
Samantha.
Al no verla de inmediato, Caroline asumió que la pequeña solo
había cambiado de posición, que de algún modo se había girado
dormida, como solía hacerlo, con su cabeza a los pies de la cuna y
los pies donde debía estar la cabeza.
Solo que sus pies tampoco estaban allí.
Se inclinó más cerca, intentó atravesar la oscuridad con sus ojos,
79
tocó las sábanas con sus dedos y no encontró más que una manta
vacía.
Samantha no estaba allí.
No, esto no puede ser, pensó y el pánico llenó sus pulmones. Es
imposible. No puede ser.
Se acercó de prisa al interruptor y encendió la luz, luego corrió a la
cuna.
Estaba vacía.
—¿Samantha? —llamó y se preguntó si su hija habría logrado
salir de algún modo. Cayó de rodillas para ver debajo de la cuna, en
caso de que Samantha estuviera inconsciente en el suelo.
Ella no estaba allí.
—¡Samantha!
—¿Mami? —Michelle se sentó en la cama y frotó sus ojos
mientras Caroline comenzó a dar vueltas alrededor sin propósito.
—¡Samantha! —volvió a llamar con histeria, atravesó la sala y
entró a la habitación principal.
—¿Qué ocurre? —pregunto Hunter al salir del baño.
—¡Ella no está allí! ¡Ella no está allí!
—¿Mami? —gimoteó Michelle detrás de ella.
Entonces, el pánico de Caroline se liberó, estalló violentamente en
el aire y llenó la suite con gritos.
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7
El presente
81
—¿Vienes? —le preguntó desde el pasillo por el que se vaciaba el
avión.
Caroline se levantó de su asiento, sacó su abrigo y su bolso del
compartimiento superior. No había dormido más que unas pocas
horas en la noche y estaba exhausta. También hiperactiva. No es
una buena combinación, pensó al seguir a Michelle hacia la salida
del avión. Le dio las gracias a la tripulante, luego se apresuró para
alcanzar a su hija, que estaba caminando con demasiada
determinación, con su bolso sobre un hombro y sacudiendo los
brazos a sus lados. ¿Siempre camina así de rápido?, se preguntó
Caroline. ¿Y siempre ha sido tan delgada?
Es tan delgada porque todo lo que come es pescado crudo y
vegetales, pensó con su siguiente aliento. O quizás era su abultada
chaqueta la que hacía que sus caderas parecieran tan estrechas y
sus muslos tan delgados.
—Maldición —dijo Michelle y la palabra desapareció en la nube de
vapor al primer contacto con el aire helado—. ¿Cómo puede alguien
vivir aquí? Debe hacer diez grados bajo cero.
Caroline pasó su peso de un pie al otro, sus piernas estaban
adormeciéndose dentro de sus delgados pantalones de lana
mientras esperaban un taxi en una pequeña fila de viajeros.
—Al Hotel Fairfax en la Avenida Stephen —le indicó Caroline al
conductor al subir al asiento trasero.
—¿Siempre hace tanto frío aquí? —preguntó Michelle—. Mis
orejas están heladas.
—Se tarda un tiempo en acostumbrarse —respondió
amablemente el taxista, con un acento pakistaní melódico y grave—.
El verano es muy agradable.
82
—Qué pena que Lili no llamara en julio —le dijo Michelle a su
madre.
No volvieron a hablar hasta llegar al hotel, media hora más tarde.
El camino por la ciudad fue tan tranquilo como aburrido. Un
escenario plano, cubierto de nieve. Michelle tenía razón, pensó su
madre. Sí que parecía como si hubieran aterrizado en la luna.
El hotel era una vieja construcción de piedra gris, de alrededor de
diez pisos. Caroline le pagó al conductor con dólares
estadounidenses y luego se apresuraron a entrar para escapar del
duro viento. El recibidor era sorprendentemente cálido, las paredes
pintadas de un beis oscuro, la alfombra gruesa de color marrón y
dorado. Había sofás y sillas de color colocadas estratégicamente
alrededor de la amplia habitación y una mesa de roble redonda
cubierta por un mantel, con un enorme arreglo de coloridas flores de
seda en el centro. Pero Caroline solo vio sillas y sofás vacíos.
—Ella no está aquí —remarcó Michelle, poniendo en palabras los
pensamientos de su madre. Luego se acercaron a la recepción.
—Soy Caroline Shipley. Tengo una reserva —le indicó al joven
detrás del mostrador. Él tenía cabello rubio rizado y un espacio entre
sus dientes delanteros que parecía ampliarse cuando sonreía.
Escribió algo en el ordenador frente a él.
—Sí, aquí está. Tiene reserva para una noche, posiblemente dos.
¿Es correcto?
—Sí, así es.
—Espera un minutos —intervino Michelle—. No nos vamos a
registrar realmente, ¿o sí? Es decir, ¿cuál es la razón? Ella no está
aquí.
—¿Qué más quieres que haga? No hay otro vuelo hasta mañana.
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—¿Hay algún problema? —preguntó el recepcionista.
—No —respondió Caroline—. Estamos bien.
—Estamos bien, y estamos locas —agregó Michelle, no
precisamente por lo bajo.
—¿Podría ver si hay algún mensaje para mí? —solicitó Caroline.
El joven volvió a ver su ordenador.
—No, nada.
—¿Estás seguro? ¿Podrías volver a comprobarlo?
—No hay mensajes, madre —gruñó Michelle en voz alta.
—No hay mensajes —repitió el chico—. ¿Prefieren sector fumador
o no fumador?
—Fumador —respondió Michelle.
—No fumador —dijo Caroline a la vez.
—Vamos, mamá. Dame un respiro.
—Si tienes que fumar, lo harás afuera.
—Moriré congelada.
—Es mejor que morir de cáncer.
—Muy bien, mamá.
—No fumador —le dijo Caroline al recepcionista que esperaba.
—¿Cama doble o dos simples?
—Dos simples —respondieron las dos al unísono.
—¿Podría completar y firmar esto? —El joven pasó una hoja de
papel por el mostrador—. Y necesitaré una copia de su tarjeta de
crédito.
¿Dónde estás, Lili?, estaba pensando Caroline mientras le
entregaba su Visa. Miró alrededor del recibidor, sus ojos revisaron
cada recoveco y rincón en caso de que la chica estuviera
escondiéndose, a la espera del momento correcto para anunciar su
84
presencia. O tal vez conociera al joven detrás del mostrador.
Calgary no era una ciudad muy grande. Era muy posible que Lili
hubiera llegado al hotel, hubiera reconocido al recepcionista y se
hubiera largado antes de que él la viera. Pero no vio a nadie.
—¿Has notado a alguien en el recibidor? A una chica joven, como
de diecisiete…
—Lo siento. Acabo de empezar mi turno.
—Ella no está aquí —afirmó Michelle—. No vendrá.
—No lo sabes.
—Dijiste que estaría esperando aquí.
—Quizás ha pasado algo. Quizás se ha retrasado.
—O quizás no vendrá.
Caroline le devolvió el formulario completo al recepcionista y notó
la discreta cámara de seguridad en la pared detrás de su cabeza.
Tal vez si hubieran tenido cámaras en el Grand Laguna… Pero eso
fue quince años atrás, se recordó a sí misma, antes de que tales
precauciones se volvieran algo normal. Y era México, en donde
incluso en el presente, esas medidas rara vez se tomaban.
—Estoy esperando una visita o una llamada de una chica llamada
Lili —le explicó al joven y apartó esas ideas de su mente. No tenía
sentido especular sobre lo que podría haber sido, e incluso menos el
torturarse por lo que nunca fue.
—¿Tiene un apellido?
—Solo llámanos si alguien se presenta —dijo Michelle.
—Claro ¿Pueden describirla?
Caroline rememoró los bocetos del periódico del día anterior.
—Es una chica bonita, de pelo castaño, ojos azules, mandíbula
ancha… —La de Hunter, pensó.
85
—No sabemos cómo es —interrumpió Michelle—. Llámanos si ves
a alguna chica extraña por aquí.
—Y si alguien llama —agregó Caroline, sobresaltada por el tono
despectivo de Michelle—, por favor, páselo con nuestra habitación
de inmediato.
—Por supuesto. ¿Quieren una tarjeta para la habitación o dos?
Caroline odiaba las tarjetas, las había odiado durante quince años.
Tal vez si no hubiera perdido su tarjeta ese fatídico día, no estaría
allí entonces.
—Que sean dos —respondió Michelle.
El joven colocó las tarjetas magnéticas en un pequeño sobre
blanco y se lo entregó a Caroline.
—Están en la habitación 812. Disfruten su estadía.
—No tenías que ser tan grosera —le dijo Caroline a su hija
mientras esperaban el ascensor—. Probablemente piense que
estamos locas.
—Estamos locas.
Las puertas del ascensor se abrieron, las dos mujeres entraron y
se giraron para mirar al frente. Michelle se inclinó para presionar el
octavo piso.
—Espera —exclamó Caroline y extendió la mano para evitar que
la puerta se cerrara.
—¿Qué sucede?
—Alguien acaba de entrar.
—Por el amor de Dios. —Michelle se adelantó para ver—. Esa
mujer tiene ciento diez años. —Volvió atrás mientras la mano de
Caroline volvió a caer a su costado—. Tranquilízate, mamá —dijo,
luego presionó el botón y las puertas se cerraron.
86
La habitación era grande y con muebles tradicionales; dos camas
simples ocupaban casi todo el espacio central. La alfombra era
suave y de color marrón, las mantas de un beis brillante, el
empapelado de las paredes con un sutil motivo floreado. Frente a
las camas había una gran televisión de pantalla plana sobre un
aparador. En la pared opuesta había un escritorio, cerca de la
ventana, con vistas al pasaje peatonal de la calle principal de
Calgary. Caroline observó el desfile de personas que desafiaban los
elementos. El frío no parecía molestarles, pensó; se quitó su
chaqueta e intentó distinguir las caras de debajo de los gorros y las
bufandas. ¿Una de esas personas era su hija?
—Ella no está allí —afirmó Michelle, como si leyera sus
pensamientos. Caroline suspiró.
—¿Qué cama quieres?
En respuesta, Michelle arrojó su bolso en la cama más cercana al
baño.
—Entonces, ¿ahora qué?
—Creo que regresaré al recibidor, esperaré allí.
—¿Es necesario? Ya le hemos dicho al chico del mostrador que
llame si ella…
—Puedes quedarte aquí.
—Sí, claro —dijo Michelle y siguió a su madre a la puerta—. ¿Te
das cuenta de que alguien en algún lugar está riéndose a costa
tuya?
No sería la primera vez, pensó Caroline de camino a la puerta. Ya
había sido traicionada antes.
87
Regresaron a su habitación a las cuatro en punto sin haber visto a
nadie que siquiera se pareciera a Samantha. Para las cuatro y
media, ya estaba oscureciendo. A las cinco, la única luz llegaba de
las farolas de la acera en la Avenida Stephen y del televisor frente a
las camas en las que estaban sentadas. Estaban viendo la CNN: un
hombre disgustado en Dakota del Norte le había disparado a su jefe
y a seis compañeros después de ser despedido antes ese día.
—Quizás deberíamos pedir servicio de habitaciones —propuso
Caroline. Encendió su lámpara, buscó el menú y casi derribó el
teléfono de su base. Ella lo miró, como si lo instara a sonar. Pero
permaneció totalmente silencioso.
—No tengo hambre, en realidad —dijo Michelle.
—No hemos comido en todo el día. Tienes que comer algo.
—He dicho que no… Bueno. Comeré. ¿Cuáles son las opciones?
Caroline revisó el menú.
—Tienen filete, hamburguesas, costillas…
—¿De verdad, mamá? ¿Costillas?
—Te encantaban.
—No he comido carne roja desde que tenía doce años.
—Necesitas proteínas…
—No como carne.
—¿Qué hay del pescado? Tienen sándwich de atún.
—Atún cubierto de queso. No, gracias.
—¿Y un sándwich BLT?
—No como pan.
—Por el amor de Dios, Michelle…
88
—Escucha, pide solo un tazón de frutas.
—Tienen batidos.
—¿Estás bromeando? ¿Soy una niña?
—No lo sé. A veces te comportas como si lo fueras.
—¿Por qué? ¿Porque me gustan las cosas que me gustan?
—No te gusta nada.
—Me gusta el sushi. ¿Tienen?
—No. Y quizás comes demasiado pescado crudo. Tendrás
envenenamiento por mercurio.
—Ah, por favor, ¿puedes parar?
Un teléfono sonó.
—Dios —reaccionó Caroline.
—Relájate —le dijo Michelle—. Es mi móvil. —Buscó en su bolsa y
sacó su teléfono—. Es papá —anunció al ver la identificación.
—No contestes —le suplicó Caroline.
—Sí, claro. Hola, papá.
—No le digas dónde estamos.
—Sí, lamento no haber llamado. Estoy en Calgary con mamá.
—Mierda —maldijo Caroline al escuchar cómo su hija le explicaba
a Hunter dónde estaban exactamente y qué hacían allí.
—No, no estoy bromeando. —Michelle extendió el móvil hacia su
madre—. Quiere hablar contigo.
Caroline negó con la cabeza y se rehusó a tomarlo.
—Está muy enfadado —afirmó Michelle al regresar su móvil a la
bolsa minutos después—. Quiere que lo llames.
—Él ya no es mi marido. No tengo que hablar con él si no quiero
hacerlo.
—¿Ahora quién se comporta como una niña?
89
—¿Vamos a pedir la cena o no?
Michelle arrancó el menú de las manos de su madre.
—Bien. Comeré una ensalada de la casa, sin salsas, solo una
rodaja de limón, con un batido de espinacas y perejil, sin yogurt.
—Suena delicioso —dijo Caroline con los ojos en blanco. Luego
repitió la orden de Michelle al servicio de habitaciones e hizo la
suya, de filete con patatas fritas, una ensalada, una porción de
cheesecake y una Coca Cola grande. No era que quisiera nada de
eso. Solo quería establecer lo importante. Aunque ya no estaba
segura de qué era lo importante.
—Así que, sabes, siento cómo han resultado las cosas —comentó
Michelle al final de su cena mayormente silenciosa—. Esperaba que
ella al menos tuviera la decencia de llamar.
—Yo también. Gracias por venir conmigo, por estar aquí.
—Bueno, no podía dejar que vinieras sola.
Caroline extendió su mano a través de la mesa plegable que el
camarero había instalado, para agarrar la mano de su hija, pero las
manos de Michelle ya estaban moviéndose hacia su falda. Quería
preguntarle qué estaba pasando en su vida, cómo se sentía
realmente respecto a la nueva bebé de Hunter, si estaba quedando
con alguien especial, si había decidido volver o no a la universidad,
si tenía alguna idea de lo que quería hacer con su vida, pero temía
destrozar ese momento de cauta paz.
—Peggy dice que estás haciendo un gran trabajo en el hospital —
comentó, como la opción más segura.
—No hago mucho. —Michelle se encogió de hombros.
—Ella dice que tienes una verdadera conexión con los pacientes.
—No los llamamos pacientes. Los llamamos residentes.
90
—Ah.
—Los pacientes esperan para una cura —explicó su hija—. Los
residentes esperan morir.
—Eso no debe ser fácil para ti. —Caroline se tomó un momento
para absorber esa casual distinción.
—El jurado no me dio muchas opciones, ¿o sí? ¿Crees en Dios?
—preguntó en un solo aliento.
—¿Qué te hace preguntar eso?
—Solo estaba pensando en una mujer del hospital —respondió—.
No es tan mayor. Está en los cincuenta. Solía ser adicta a las
drogas, pero luego se volvió religiosa y cambió su vida. Todo
comenzaba a mejorar. Consiguió un trabajo, conoció a un hombre, y
luego, pum, le dio cáncer. Estaba sentada con ella el otro día y me
pidió que leyera la Biblia para ella. Así que la abrí, en una página al
azar. Y tocó ese pasaje de Lucas sobre el Hijo Pródigo. ¿Lo
conoces?
—Ha pasado mucho tiempo desde que leí la Biblia.
—Bueno, Jesús le está contando a un grupo de personas una
historia sobre un terrateniente adinerado que tenía dos hijos. Y un
día decidió darles dinero a ambos. Uno tomó el dinero y se largó de
inmediato. «Nos veremos, papá. Fue estupendo conocerte». Y
desapareció. Pero el otro hijo se quedó, guardó su dinero, trabajó
duro. Los años pasaron. El padre no tuvo señales del hijo que se
había marchado. Y luego un día, él regresó. ¿Y adivinas qué?
Estaba totalmente en la ruina. Se había gastado hasta el último
centavo. Lo había gastado todo en vino barato y mujeres. «Papá»,
dijo, «he pecado, pero he regresado a casa». ¿Y qué es lo que hizo
su padre? ¿Lo echó? ¿Le dio un sermón, le dijo que ya no era
91
bienvenido? —Michelle hace una pausa dramática—. No. Él recibió
al ingrato con los brazos abiertos. Incluso dio un gran festín para
celebrar su regreso. Y el otro hijo dijo: «Oye, espera un minuto, eso
no es justo. Yo soy el que ha permanecido a tu lado todos estos
años. ¿No merezco yo una fiesta?». Pero el padre dijo que no. Él no
lo veía de ese modo. Y, de acuerdo con Jesús, el padre estaba en lo
correcto. De acuerdo con Jesús, es mejor recibir a un pecador de
regreso que honrar a los que nunca se descarriaron. —Ella negó
con la cabeza—. No lo entiendo, ¿y tú?
Caroline sintió que todo el peso de la parábola caía sobre sus
hombros, como una pesada manta de lana.
—Sé que sientes que no siempre he estado ahí para ti —comenzó
a decir—. Y siento si te he decepcionado…
—Espera un minuto. ¿Crees que estoy hablando de mí y de
Samantha? ¿De ti?
—¿No es así?
—Estaba hablando de Jesús.
—Lo siento. Solo pensé…
—Bueno, pensaste mal.
—Lo siento.
—No todo se trata de ti.
Caroline se mordió la lengua para no volver a disculparse.
—¿Cuál es la diferencia, de todas formas? Todo es tan vago —
afirmó Michelle—. Dios, la religión, el cielo, el infierno. Es todo un
montón de basura.
—Michelle…
—No te preocupes. No les digo eso a los residentes. —Entonces,
se apartó de la mesa y se levantó—. Iré afuera a fumar.
92
—¿Tienes que hacerlo?
—No tardaré. —Revisó su bolsa en busca de sus cigarrillos y
levantó la cajetilla, triunfal.
—Está oscuro… hace frío.
Michelle sacó su chaqueta del armario y la puso sobre sus
hombros mientras abría la puerta.
—No tienes de qué preocuparte. Volveré.
93
8
Quince años atrás
94
Un pensamiento aterrador se abrió paso en la mente de Caroline.
Michelle siempre había estado celosa de su hermanita. ¿Era posible
que le hubiera hecho algo malo? Caroline había escuchado historias
de hermanos resentidos que habían lanzado a sus hermanitos por
ventanas de primeras plantas. ¿Era posible que Michelle…? El
pensamiento era demasiado horrible para completarlo. Corrió a la
ventana entre la cama de Michelle y la cuna. Pero era demasiado
alta para que la niña la alcanzara por su cuenta y, además, tenía
una traba segura, imposible de abrir para una niña, mucho menos
volver a cerrarla y trabarla. De todas formas, Caroline la abrió, se
asomó y revisó el suelo desesperadamente. El restaurante estaba
justo allí. Seguramente alguien habría visto o escuchado a un niño
caer.
Tal vez Samantha se había despertado y de algún modo había
logrado salir de la cuna, entonces, al no encontrar a su madre, había
abierto la puerta y deambulado por el corredor.
Caroline salió de la habitación y abrió la puerta de la suite. Corrió
por el corredor gritando:
—¡Samantha! ¿Samantha, bebé, dónde estás?
Se abrieron puertas por el corredor y personas alertadas
asomaron sus cabezas para preguntar qué sucedía.
—¿Has visto a mi bebé? —exigió Caroline a cada rostro curioso.
¿Era posible que Samantha hubiera llegado a los ascensores y
hubiera logrado presionar el botón de llamada? ¿Podría haber
entrado y de algún modo alcanzado uno de los botones más bajos?
¿Habría caminado sin ser notada por el recibidor y al exterior en la
noche? ¿Podría ella, en ese momento, en ese preciso instante,
estar afuera en la oscuridad, tambaleándose a ciegas con sus
95
piernitas regordetas, hacia el océano?—. ¿Dónde estás, bebé? —
exclamó Caroline—. ¿Dónde estás?
Y luego Hunter estaba a su lado, con Michelle balanceada
precariamente en la cara interna de su brazo. Con el otro rodeó a su
esposa que lloraba y la llevó de regreso a su suite. Luego llamó a la
recepción, dijo que su hija no estaba y les ordenó que llamaran a la
policía.
—Pero ¿dónde puede estar? —preguntó Caroline una y otra vez
—. Tú la viste hace media hora.
—Estaba profundamente dormida —le aseguró Hunter y le repitió
lo mismo al gerente del hotel cuando llegó, veinte minutos después,
luego de que lo despertaran en su casa.
—¿Dejaron a sus hijas solas en la habitación? —preguntó el
robusto mexicano de mediana edad, sin siquiera intentar ocultar su
desaprobación—. Ofrecemos un servicio de niñeras…
—La niñera nunca se presentó —explicó Hunter.
El gerente llevó su móvil al oído, murmuró algo.
—Subimos a verlas cada media hora —le dijo Hunter.
—Nunca debimos dejarlas solas —lamentó Caroline.
—Nuestros registros muestran que el pedido de niñera fue
cancelado —afirmó el gerente y bajó su móvil sobre su falda.
—Obviamente, un malentendido —respondió Hunter—. Nunca
cancelamos.
—Nunca debimos dejarlas solas —repitió Caroline.
—¿Dónde está la policía? —preguntó su marido—. Estamos
perdiendo tiempo preciado.
—Están de camino —respondió el gerente—. Tiene que venir
desde Tijuana…
96
—Mierda. —Hunter se puso de pie. Estaban reunidos en la sala de
estar. Michelle se había quedado dormida en el sofá, con la cabeza
sobre las piernas de su madre.
—Les aseguro que estamos haciendo todo lo que podemos
mientras tanto. Tenemos a cada miembro del personal disponible
revisando las instalaciones.
—Alguien se la ha llevado —gimió Caroline suavemente—.
Alguien se ha llevado a mi bebé.
—¿Podemos volver a repasar esto? —solicitó el gerente—. Para
asegurarnos de que yo lo entienda y pueda ayudar con la
investigación policial.
—Es nuestro aniversario —comenzó a relatar Hunter, su voz baja
y estable, a pesar de ya haberle dicho al gerente todo sobre esa
noche—. Habíamos solicitado a una niñera, lo mismo que hemos
hecho cada noche desde que llegamos, hace una semana, pero ella
no se presentó y nuestros amigos estaban abajo en el restaurante
esperando, así que pensamos…
—Tú lo pensaste —interrumpió Caroline. Hunter continuó como si
ella no hubiera hablado.
—… que ya que el restaurante está justo abajo… Está justo
debajo de nuestra ventana, por el amor de Dios… Pensamos que
sería seguro…
—Tú lo pensaste —repitió Caroline.
—Vinimos a verlas cada media hora.
—¿Cuándo fue la última vez?
—Hace alrededor de media hora. —Hunter miró su reloj.
—Ay, Dios —lamentó Caroline.
—Si ella está en algún lugar de este hotel, la encontraremos —
97
afirmó el gerente.
—Y si no lo está, alguien se la ha llevado —agregó Caroline,
esforzándose por silenciar su creciente histeria para no despertar a
Michelle—, podría estar en cualquier lugar ahora.
—¿Quién se la llevaría? —preguntó el gerente—. ¿Cómo podrían
haber entrado en la habitación? Dijeron que la puerta estaba
trabada cuando regresaron.
—No sé cómo —respondió Caroline y miró a su marido por una
respuesta.
—Tú has perdido tu tarjeta —dijo Hunter. Caroline intentó ignorar
el tono acusador en su voz.
—¿Cuándo fue esto?
—Esta tarde. En la piscina. Mi bolsa se cayó. Todo acabó en el
suelo. No noté que había perdido la maldita tarjeta hasta que
regresé arriba…
—No fue la primera vez que perdiste una —agregó Hunter.
—Eso es verdad. Perdí otra antes esta semana —confirmó
Caroline, con voz temblorosa—. Ay, Dios, ¿crees que alguien la
haya conseguido y la haya usado para robar a mi bebé?
—¿Puede pensar en alguien que pudiera haberlo hecho? —
preguntó el gerente, la misma pregunta que hizo la policía cuando
finalmente llegó, casi media hora después.
—¿Han notado a alguien sospechoso, tal vez a alguien que los
siguiera? —inquirió la policía.
—A nadie —respondió Caroline, mientras su cuerpo se adormecía
por miedo y fatiga. Cada vez que respondía una de sus incansables
preguntas, sentía que su energía se apagaba, que su voz se hacía
más débil. Casi dos horas habían transcurrido desde que regresaron
98
a su habitación. Ya había pasado la medianoche. Una revisión del
hotel y de sus instalaciones ya había probado ser infructuosa.
Samantha ya no estaba. Para entonces ya podía estar en cualquier
lugar—. ¿Pueden solicitar una alerta ámbar?
—No estamos en California —dijo Hunter, y su voz reveló su
impaciencia. Con la policía. Con sus preguntas. Con ella—. No
tienen alerta ámbar en México.
—Hemos notificado a la patrulla de frontera para que estén alerta
a cualquiera que viaje con una niña pequeña —reveló uno de los
oficiales. Inicialmente, Caroline pensó que eran dos oficiales, pero
entonces vio que eran tres, dos de los cuales parecían recién
salidos de la adolescencia, el otro de mediana edad. Todos tenían
pelo oscuro y miradas penetrantes y críticas. Los dos más jóvenes
tenían uniformes de pantalones azules y camisas blancas; el mayor
estaba vestido de civil, pantalones grises, una camisa de mangas
cortas que no se había molestado en acomodar.
Caroline pensó en las miles de personas que cruzaban la frontera
entre México y California cada año, y su cuerpo se llenó de
desesperación. La frontera estaba tan cerca y ya habían perdido
demasiado tiempo. Si alguien había querido pasar a su hija a
Estados Unidos, ella ya estaría muy lejos. Lo más probable era que
quien se la hubiera llevado siguiera en Rosarito, que se la hubiera
llevado a algún lugar cercano para sus perversos propósitos. La
policía estaba haciendo una búsqueda habitación por habitación en
ambas alas del hotel.
—Había un camarero —recordó Caroline con un escalofrío, su
mente reprodujo la imagen de un hombre con una chaqueta blanca
que empujaba un carro por el corredor—. De servicio. Pasé junto a
99
él en el corredor después de haber visto a las niñas. Se detuvo unas
puertas antes.
—¿A qué hora fue esto?
—Alrededor de las nueve.
—Lo revisaremos —dijo el gerente, que ya tenía su móvil en la
mano.
—Y vi a una camarera de piso alrededor de las cuatro. No —se
corrigió de inmediato—, más cerca de las cuatro y cuarto. Le dije
que había perdido mi tarjeta y le pregunté si podía usar su llave
maestra para dejarme entrar.
El gerente asintió y le transmitió la información a la persona con la
que estaba hablando.
—¿Cuántas personas tienen acceso a llaves maestras? —
preguntó Hunter. El gerente elevó sus hombros exageradamente.
—Muchas; el personal superior, camareras de piso, los
recepcionistas, los botones que traen el equipaje a las habitaciones.
Las mismas personas que en los hoteles de los Estados Unidos.
Caroline notó el tono defensivo en la voz del gerente.
—Entonces, la última vez que vieron a su hija fue… ¿cuándo
exactamente?
—Nueve y media.
—¿Y usted volvió a verla a las diez? —El oficial miró a Caroline.
—No. Regresaríamos en pocos minutos, así que Hunter dijo que
no era necesario. —Miró acusativamente a su marido, que de
inmediato apartó la vista. De verdad, habían sido más de diez
minutos, pensó. ¿Podrían esos diez minutos haber hecho la
diferencia?
—Así que al parecer su hija habría desaparecido en algún
100
momento entre las nueve treinta y poco después de las diez.
—Sí —dijeron Caroline y Hunter al unísono.
—Y usted es la última persona que la ha visto —le dijo el oficial a
Hunter.
—Así es —afirmó él, y sus ojos se empañaron con lágrimas.
El teléfono sonó. Uno de los oficiales más jóvenes le indicó a
Hunter que contestara.
Caroline sintió un repentino brote de esperanza. ¿Era posible que
Samantha hubiera sido secuestrada y que la retuvieran para obtener
una recompensa? ¿Sería el secuestrador al teléfono para hacer sus
demandas? Lo que tú quieras, pensó Caroline. Te daremos todo el
dinero que tenemos. Solo devuélvenos a nuestra hija, ilesa.
—¿Hola? —contestó Hunter y escuchó por varios segundos antes
de llevar el teléfono a su pecho—. Es tu hermano —le dijo a
Caroline—. Llama para saber si todo está bien. Al parecer, la policía
acaba de revisar su habitación y le ha dicho que una niña ha
desaparecido… —Su voz se quebró en su garganta. Colgó el
teléfono sin decir una palabra más.
Minutos después, Steve y Becky estaban tocando a su puerta. La
policía los hizo entrar. Peggy y Fletcher llegaron poco después, Rain
y Jerrod apenas unos segundos detrás.
—Por Dios, ¿qué ha ocurrido? —preguntó Becky con la voz tan
aguda como un despertador, lo que despertó a Michelle.
—¡Mami! —lloró la niña, se sentó y se acurrucó en el pecho de su
madre.
—¿Dónde está Samantha? —preguntó Becky.
—Ay, Dios —dijo Peggy, y sus ojos miraron en todas las
direcciones.
101
—¿Es Samantha? —preguntó Rain—. ¿Samantha es la niña
desaparecida?
—¿Cómo puede ser? —agregó Jerrod—. Subisteis a verla cada
media hora.
—¿Los ocho estaban cenando juntos? —preguntó uno de los
oficiales.
Caroline ya no podía diferenciar las voces. Sentía como si alguien
hubiera puesto una enorme campana de cristal sobre su cuerpo,
como esa autora que había cometido suicidio metiendo su cabeza
en el horno. ¿Cuál era su nombre?
—Respira —escuchó decir a Peggy mientras se sentaba junto a
ella y la rodeaba por los hombros con un brazo, aunque la campana
invisible evitaba que Caroline pudiera sentir realmente su contacto.
—Sí —respondió Jerrod al oficial—. En el restaurante al aire libre
que está abajo. Pueden verlo por la ventana. —Se acercó a la
ventana y lo señaló—. Sí, allí. De hecho, puede verse nuestra mesa.
—¿Cuál era el nombre de esa escritora? —le preguntó Caroline a
Peggy—. La que se suicidó metiendo su cabeza en el horno.
—¿Qué acaba de decir? —preguntó Becky.
—Sylvia algo, creo.
—Sylvia Plath —dijo Peggy.
—Cierto.
—¿Por qué está hablando de Sylvia Plath? —preguntó Rain.
—Creo que está en estado de shock. ¿Caroline? ¿Caroline, estás
bien?
—Samantha no está —dijo Caroline.
—Lo sé.
—No debí haberla dejado.
102
—Mami, tengo que ir al baño —dijo Michelle.
—Yo te llevaré —se ofreció Peggy.
—Quiero que mami me lleve. —Las manos de Michelle rodearon
el cuello de su madre, a través del escudo de cristal invisible.
Caroline sintió que el aire escapaba de su cuerpo, como si estuviera
siendo estrangulada.
—Por favor, que alguien la aleje de mí —suplicó.
Todas las miradas se concentraron de inmediato en ella.
—Yo la llevaré —intervino Becky de inmediato, sujetó a la niña
entre sus brazos mientras se retorcía y la llevó al baño. Michelle
gritó en protesta.
Los policías siguieron haciendo variaciones de las mismas
preguntas durante la siguiente hora, a las que el grupo dio
variaciones de las mismas respuestas.
—¿Alguno de sus amigos los acompañó cuando subieron a ver a
las niñas? —preguntó uno de los oficiales.
—No —respondieron.
—¿Por qué pregunta eso? —dijo Steve.
—¿Qué está implicando? —agregó Hunter.
Caroline sabía por qué preguntaban. Su esposo había sido la
última persona que subió a ver a Samantha. ¿Sería posible que algo
hubiera sucedido en su turno? ¿Podría ser responsable de algún
modo de la desaparición de su hija?
No, él no era responsable, decidió ella, en respuesta a su propia
pregunta. Aun así, por insistencia de Hunter habían dejado a sus
niñas solas. Lo que lo hacía responsable, después de todo.
Solo que no puedo culparlo, pensó de inmediato. Yo cedí. Acepté.
Soy tan culpable como él. Es mi culpa también.
103
—¿Y qué sucede ahora? —preguntó Hunter cuando los policías
estaban cerrando sus anotadores y preparándose para marcharse.
—Vayan a acostarse, intenten dormir —respondió el mayor.
Caroline creyó haber escuchado que uno de los otros dos lo había
llamado detective Ramos, pero no estaba segura—. Volveremos a
verlos en la mañana.
—¿Esperan que durmamos?
—Probablemente no lo logren —concedió Ramos—. Pero sería
buena idea intentarlo. —Comprobó su reloj—. Son casi las dos de la
madrugada. No lograremos nada más esta noche. Reanudaremos la
búsqueda en la mañana y nos pondremos en contacto con los
periódicos locales si no hemos encontrado a su hija para el
mediodía.
—¿Eso es todo?
—La frontera ha sido avisada. El oficial Mendoza estará frente a
su puerta toda la noche en caso de que alguien intente contactarlos.
Haremos el seguimiento, hablaremos con el camarero que usted vio
en el corredor y con la camarera de piso con la que habló también,
interrogaremos a todo el personal. Pero todo esto tomará tiempo.
Por favor, señor y señora Shipley, intenten dormir. Su hija los
necesita. —Sus ojos miraron a Michelle, que una vez más estaba
dormida en brazos de su madre, después recorrió la habitación para
ver a sus ocupantes—. Obviamente, necesitaremos que todos estén
a disposición mañana.
—Se supone que nos marcharemos mañana —dijo Rain.
—Eso no sucederá, claramente —dijo Peggy con un tono de
regañina.
—Por supuesto que no. No quería…
104
—Señor Shipley, ¿tiene alguna fotografía de su hija que podamos
tomar prestada? —intervino el oficial Ramos.
—Lo siento. Tiene algunos meses. —Hunter buscó su cartera y
extrajo una pequeña fotografía de Samantha de su licencia de
conducir.
—Una niña preciosa —comentó Ramos y guardó la fotografía en
el bolsillo de su camisa—. Les aseguro que haremos todo lo que
esté a nuestro alcance para traérsela de regreso.
—¿Quieren que nos quedemos aquí esta noche? —le preguntó
Becky a Caroline después de que la policía y el gerente del hotel se
marcharon.
—No —dijo Hunter a sus amigos—. Ramos tiene razón. Mañana
será un día largo. Duerman un poco. Nos veremos por la mañana.
Caroline observó cómo sus amigos se acercaron en fila para besar
su mejilla y abrazarla. Pero no sintió nada. Su bebé no estaba.
Alguien había entrado a su suite y se la había llevado mientras ella y
su marido estaban abajo, disfrutando de sus crêpes suzette. Nunca
debió haber permitido que él la persuadiera de dejar a sus hijas
solas. Si se hubiera mantenido firme, nada de esto estaría
ocurriendo.
Su hermano y Becky fueron los últimos en marcharse.
—¿Estás segura de que quieres que nos vayamos? —volvió a
preguntar Becky.
Caroline asintió. Steve se inclinó para rodearla con sus brazos.
—Por favor, no llames a mamá —susurró ella.
—No lo haré.
Pero incluso mientras decía esas palabras, Caroline supo que él
estaría al teléfono en cuanto despertara por la mañana. Por favor,
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Dios, pensó, deja que encontremos a Samantha antes de eso.
106
9
El presente
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brevemente en que Lili sabía que ella no estaba sola.
Bajó de prisa los ocho pisos por las escaleras y atravesó las
puertas del recibidor hasta la calle, con las botas ya en sus pies,
aunque no tenía recuerdos de habérselas puesto. Había un taxi libre
en la acera de enfrente, pero incluso después de que ella le hiciera
señas frenéticamente, el conductor permaneció hoscamente donde
estaba. Ella cruzó corriendo, resbaló en la calle cubierta de hielo y
casi se cayó antes de alcanzarlo.
—¿A dónde? —preguntó el conductor cuando ella subió al asiento
trasero. Caroline lo reconoció como el mismo hombre que las había
llevado al hotel desde el aeropuerto el día anterior, pero desestimó
la coincidencia rápidamente—. No me es familiar ese lugar —dijo él
cuando ella le dio la dirección.
Caroline se preguntó si la chica estaba jugando con ella,
llevándola de un callejón sin salida a otro en alguna clase de broma
muy elaborada.
—¿Podría comprobarlo? Por favor, estoy algo apresurada.
—Mi GPS no funciona. —De mala gana sacó un mapa de su
guantera y lo desplegó, para estudiarlo detenidamente antes de
arrojarlo en el asiento a su lado—. Ah, sí. Ahora lo veo.
Solo que no pudieron encontrar el lugar y condujeron cerca de
veinte minutos, hasta que se volvió evidente, incluso para Caroline
que no conocía la ciudad, pero que sí reconoció el mismo montículo
de nieve cuando pasaron junto a él por tercera vez, que habían
estado avanzando en círculos.
—Estoy perdido —admitió el conductor finalmente, se detuvo y
volvió a revisar su mapa.
—Por favor —suplicó Caroline—. Ya voy demasiado tarde. —¿Lili
108
habría creído que Caroline había cambiado de opinión y se habría
marchado? ¿Volvería a llamar al hotel y despertaría a Michelle?
—Ah, ahí está —dijo el taxista y golpeó el mapa con su dedo
índice—. Ahora lo veo. No está muy lejos.
—De prisa. Por favor.
—No se preocupe. Estaremos allí en cinco minutos.
Solo que ya llevaban cerca de media hora de viaje, la hora punta
de la mañana ya había comenzado y pronto se encontraron
atascados en un embotellamiento de unas cuantas calles.
—Parece que ha habido un accidente —comentó el taxista y se
encogió de hombros—. ¿Qué puedo hacer?
—¿Hay otro camino que podamos tomar?
Sin decir una palabra, el conductor dio un giro ilegal en U y tomó
por una calle lateral, aceleró el motor y lanzó una nube de humo a
su paso.
—No. —Caroline escuchó las sirenas antes de ver el móvil policial
—. Por favor, no.
—¿Dónde es el incendio? —preguntó un policía que se acercó al
coche y se asomó en el asiento delantero, con un casco que cubría
su cabeza y su rostro, a excepción de sus ojos oscuros.
Conozco esos ojos, pensó Caroline mientras el conductor
entregaba su licencia y su registro.
—Ya hemos tenido un terrible accidente esta mañana —continuó
el oficial—. Hace menos de diez minutos, una adolescente fue
arrollada por un coche cuando cruzaba la calle.
—¿Ella está bien? —preguntó el taxista.
Caroline sintió un grito formándose en su garganta. ¿Era posible
que esa chica fuera Lili?
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—Me temo que no. —El oficial se sacó su casco y reveló un
cabello grueso y negro. Él miró acusadoramente a Caroline, como si
ella fuera la responsable.
—¿Detective Ramos? —susurró, el grito en su garganta ganó
fuerza y llenó su boca como si fuera bilis.
—Esto es su culpa —le dijo él—. Nunca debió haberla dejado
sola.
El grito escapó de los labios de Caroline hacia el aire circundante.
—¿Mamá? —dijo una voz desde algún lugar sobre su cabeza—.
¿Mamá? ¡Mamá, despierta!
—¿Qué ocurre? —Caroline giró en la cama, miró alrededor de la
habitación de hotel e intentó enfocar su vista.
—Estás teniendo una pesadilla.
—¿Qué?
—Estabas teniendo una pesadilla —repitió Michelle pero en
tiempo pasado—. Dios, mírate. Estás completamente mojada.
Caroline pasó su mano por el sudor entre sus pechos. Luego
apartó el cabello húmedo de su frente.
—Me has asustado —dijo Michelle—. ¿Qué estabas soñando?
—No te lo puedo decir. —Su madre negó con la cabeza.
—¿Qué quieres decir con que no puedes decírmelo? ¿Por qué
demonios no puedes?
—Mi madre siempre dijo que es de mala suerte contar los sueños
antes del desayuno, porque los malos se cumplen.
—¿Cuándo has comenzado a escuchar a la abuela Mary? —
preguntó Michelle.
Ella tenía razón. Caroline había pasado su vida intentando ignorar
los consejos forzados de su madre.
110
—Te lo diré después de desayunar —dijo de todas formas. Solo
que para cuando terminaron su café, Caroline ya había olvidado
todo a excepción de algunos vagos detalles—. Fue uno de esos
sueños frustrantes en los que intentas llegar a algún lugar, pero
siempre algo se interpone en tu camino. Probablemente debí
haberme dado cuenta de que era un sueño cuando vi al taxista.
—¿De qué estás hablando?
—Y al detective Ramos.
—¿Quién es el detective Ramos?
—No lo recordarías.
Pasaron la mañana sentadas en el recibidor del hotel, por si Lili
fuera a aparecer finalmente, luego llamaron a un taxi para que las
llevara al aeropuerto cuando la chica no lo hizo. Mientras el taxi se
despegaba de la acera, Caroline echó un último vistazo a la calle
cubierta de nieve.
—Ella no está allí, mamá.
—Lo sé.
—Ella nunca tuvo intención de presentarse.
—Tienes razón. —¿La tenía?—. Quizás debimos esperar un poco
más.
—¿Y perder nuestro vuelo? Además, dejaste una nota.
Caroline sintió una punzada de culpa y miró su falda. Había
pensado que estaba siendo discreta al dejar esa nota para Lili con el
recepcionista.
—Deja de preocuparte. Estoy segura de que ella volverá a
contactarte —estaba diciendo Michelle mientras ocupaban sus
asientos en el avión—. Tendrá alguna clase de historia
conmovedora, por supuesto, una razón por la que no pudo
111
encontrarte. Luego prometerá compensarte. Se ofrecerá a venir a
San Diego. Claro que necesitará dinero. Bla, bla, bla. Es como esas
estafas por Internet de Nigeria. Son totalmente evidentes, pero no
creerías cuántas personas caen en esas cosas.
Yo lo creo, pensó Caroline, pero no dijo nada. Deseó que Michelle
dejara de hablar. Ya había establecido su razón, es decir, que su
madre era una idiota. Apoyó la cabeza en su asiento y cerró los
ojos. Después de unos minutos, Michelle comprendió la señal y
pasaron el resto del vuelo en silencio.
112
—Supongo que lo hice.
—Ella no se presentó, ¿no es así? Ella ni siquiera llamó.
—Sabes que no lo hizo —afirmó Caroline. Obviamente Michelle
había llamado a su padre desde el aeropuerto de Calgary, le había
contado los deprimentes detalles de su viaje y le había dicho en qué
vuelo regresarían.
—¿Cuánto te ha costado esta breve escapada?
—¿Cuál es la diferencia?
—Los billetes a última hora no son baratos, como sabemos por
experiencias pasadas. Tuvieron que costarte una buena moneda.
—¿Una buena moneda? ¿Quién dice cosas como esa en estos
tiempos? —comentó Caroline, molesta por la actitud dominante de
Hunter. Ellos ya no eran marido y mujer, una decisión que él había
tomado por los dos, doce años atrás. ¿Qué derecho tenía él a
cuestionar sus gastos? Los tres llegaron a su BMW color crema—.
Da igual, estoy segura de que las monedas no son tan buenas como
las que tú gastas cada año en un nuevo coche.
—Lo alquilo —le recordó—. Y aún estoy pagando manutención, si
no estoy equivocado…
—¿Alguna vez lo has estado? —interrumpió Caroline.
—… lo que me da algunos derechos…
—Por favor —intervino Michelle—. ¿Tenéis que discutir eso
ahora?
—No —respondió Caroline—. Estaría más que feliz de subir a un
taxi.
—Sube al coche —ordenó su exmarido, dejó caer sus bolsas de
viaje en el maletero, subió al asiento del conductor y Michelle al
trasero, lo que dejó el asiento del acompañante libre para su madre.
113
De mala gana, Caroline ocupó el lugar junto a su exmarido e
intentó no notar lo atractivo que estaba. Tan bien como siempre. Tal
vez incluso mejor. Su pelo aún no tenía canas ni lo estaba
perdiendo, y su vientre era tan plano como siempre lo había sido. Si
algo habían hecho los años era agudizar sus facciones, resaltar la
prominencia de sus pómulos, lo que a su vez enfatizaba sus labios
carnosos.
—¿Cómo está la bebé? —preguntó Caroline en un esfuerzo por
aclarar su mente de tan desconcertantes pensamientos.
—Ella está bien —respondió Hunter, después le pagó al empleado
del aparcamiento y salió—. No cambies el tema.
—No había notado que había un tema.
—Solo dime lo que pasó. Todo. Desde el comienzo.
Caroline no estaba segura de a qué comienzo se refería
exactamente, pero si de una cosa estaba segura era de que no
serviría de nada discutir más. Hunter era un buen abogado, quizás
hasta excelente. Si una cosa sabía, era cómo discutir. Y si no podía
ganar en una vez, te desarmaría con el tiempo. Sería mejor acabar
con eso en el momento, decidió, y comenzó por la llamada de Lili.
Observó el rostro de él mientras la escuchaba; su expresión cambió
de curiosidad a incredulidad y a simple enfado. Cuando llegó a la
parte de dejarle una nota a Lili en la recepción al abandonar el hotel,
él ya estaba en la mitad de su asiento, con todo su cuerpo vuelto en
dirección a ella.
—Mira por dónde vas —le advirtió ella.
Hunter volvió la atención al camino. Pero, incluso de perfil, su
molestia era formidable.
—¿Y ni siquiera se te ocurrió llamarme por esto?
114
—¿Por qué lo haría?
—No lo sé. Tal vez porque Samantha era mi hija también. —
Caroline palideció ante el uso del tiempo pasado.
—¿Qué estás diciendo? ¿Que habrías venido conmigo?
—Podría haberlo hecho. No me diste esa oportunidad.
—Porque no habrías venido. Habrías dicho que era una misión
imposible y que era una tonta por considerarla siquiera, justo como
hiciste cuando fui a Tacoma y a Miami. Sé sincero, Hunter. No hay
forma de que hubieras ido a Calgary. O de que Diana te hubiera
dejado ir —agregó y sintió satisfacción cuando lo vio estremecerse.
Había escuchado de muchas fuentes que su joven mujer lo tenía
atrapado en su pequeño puño y que él rara vez hacía algo sin su
aprobación.
—Eso no es lo importante.
—¿Qué es lo importante?
—Lo importante es que pudimos haberlo hablado. Debimos
haberlo hablado.
—Nosotros no hablamos, Hunter. Nunca lo hicimos.
—Eso es ridículo. Estuvimos casados durante doce años. ¿Y
estás diciendo que nunca hablamos?
—Tú hablabas. Yo escuchaba.
—Eso es una mentira y lo sabes.
—Asúmelo, Hunter. Eres un bravucón, en el juzgado y fuera de él.
—Y tú eres una víctima. Como siempre. Lo mismo de siempre.
—Por favor —suplicó Michelle desde el asiento trasero—.
¿Podemos no hacer esto?
—Debiste haberme llamado —repitió Hunter, inconsciente o
desinteresado por el pedido de su hija—. Debiste haberme dicho lo
115
que estaba pasando. Debiste darme la opción. Admítelo.
—Solo si tú admites que nunca hubieras ido conmigo —dijo
Caroline, firme una vez más, algo que deseó haber hecho con más
frecuencia en sus doce años juntos. Tal vez si lo hubiera hecho, no
estarían teniendo esa estúpida discusión. Samantha nunca habría
desaparecido.
—Bueno, supongo que nunca lo sabremos.
—Yo lo sé.
—Cierto. Porque tú sabes todo.
—Sé que no hay forma de que Hunter Shipley se hubiera tomados
unos pocos días de trabajo por algo tan poco importante como su
familia.
—De acuerdo. Ha sido suficiente. Estás equivocada.
—¿De verdad? ¿Cuántos días libres te tomaste cuando Samantha
desapareció? —Caroline sabía que no estaba siendo razonable,
pero las palabras escaparon de su boca antes de que pudiera
detenerlas, impulsadas por quince años de rabia reprimida.
—Mamá —dijo Michelle—. Déjalo ya, ¿de acuerdo?
—¿Cuántos días, Hunter? ¿Treinta? ¿Veinte? ¿Diez?
—Me quedé…
—Siete días completos. Te quedaste toda una semana.
—Eso no es justo.
—¿De verdad? ¿Cuán justo fuiste tú? Al dejarme sola en México
para tratar con todo.
—Te pedí que regresaras a casa. Te lo supliqué, por el amor de
Dios.
—Y yo te supliqué que te quedaras. —Por favor, Hunter, suplicó.
Solo dale un poco más de tiempo. De la misma forma que había
116
suplicado cuando él le dijo que terminaría con su matrimonio.
—La investigación no estaba llegando a nada. Los policías ya se
habían convencido de que no resolverían la desaparición de
Samantha. No había nada más que pudiéramos conseguir
quedándonos…
—Tú me dejaste —afirmó Caroline. Ya no estaba segura de si se
estaba refiriendo a México o a cuando la dejó definitivamente.
—Contraté a un detective privado…
—Al que despediste después de tres meses.
—Porque no estaba llegando a nada.
—Porque estaba costándote una buena moneda.
—Maldita seas, Caroline —balbuceó Hunter.
—Maldito seas tú —respondió ella.
Michelle se desplomó en el asiento de cuero, con un ruido audible.
—Necesito una copa —dijo.
117
10
118
Quince años atrás
119
«¿Cómo pudiste dejar que esto pasara?», preguntó su madre.
—Tenemos que mirar esto de manera realista —estaba diciendo
Hunter entonces.
Caroline quería caminar hacia el lugar en donde él estaba
sentado, golpearlo en la cabeza y gritarle: «¿Qué te parece este
realismo?». En vez de eso, dejó de caminar y esperó que él
continuara.
—Han pasado cinco días —reiteró—. La policía ha revisado el
hotel y las instalaciones al menos una docena de veces y no ha
encontrado nada. Todos los huéspedes han sido interrogados y
liberados…
—Está ese hombre que tenía una colección de pornografía en su
computadora…
—Las fotografías eran todas de hombres adultos. Y su coartada
fue probada: él y sus amigos estaban en un club nocturno en la
playa cuando Samantha desapareció. Tienen toda una habitación
llena de testigos.
—Samantha no desapareció simplemente —dijo Caroline,
cansada del eufemismo que implicaba que su hija se había
desvanecido mágicamente en el aire—. Fue secuestrada. Alguien se
la llevó. —Estalló en un mar de lágrimas de enfado. ¿Cuántas
lágrimas podía contener un cuerpo? ¿Cuántas podía derramar antes
de ahogarse en ellas?
Hunter estuvo a su lado de inmediato, con sus brazos alrededor
de ella, moviéndose inútilmente, como si buscara un lugar seguro
donde posicionarse.
—No lo hagas —dijo Caroline antes de que él pudiera tocarla. Él
retrocedió y regresó al sofá, aunque permaneció de pie.
120
—Adelante —indicó ella, en un esfuerzo fallido por mantener la
agudeza fuera de su voz—. Estamos siendo realistas. —Sabía que
estaba haciéndole daño, alejándolo más cada día. Pero él merecía
ser presionado, ser lastimado. Eso era su culpa. Samantha ya no
estaba por culpa de él.
Y entonces estaba hablando de marcharse también. Dejar la
escena del crimen, regresar a San Diego, volver a su vida normal.
Aunque habían llegado allí con dos niñas y se marcharían con una.
Sus vidas nunca volverían a ser normales.
—No hay nada más que podamos hacer aquí —argumentó—.
Hemos buscado en todas partes. Le hemos dicho todo lo que
sabemos a la policía. Hemos repasado todo lo sucedido esa noche
miles de veces. Hemos respondido todas sus preguntas. Es
evidente que no nos creen. Es evidente que están comenzando a
creer que tuvimos algo que ver con esto.
—¿Qué es lo que piensan que hicimos? ¿Creen que
secuestramos a nuestra propia hija?
La mirada en los ojos de Hunter le dijo que era mucho peor que
eso.
—No pueden pensar seriamente que asesinamos a nuestra hija.
—Creo que eso es exactamente lo que creen. Esa es una de las
razones por las que quiero largarme de México.
—Pero, si creen eso, ¿qué te hace pensar que nos dejarán ir?
—Porque necesitan pruebas para retenernos y no las tienen.
—No las tienen porque no hemos hecho nada —afirmó Caroline,
mareada por haber dado tantas vueltas. ¿Hunter tenía razón? ¿La
policía realmente podía creer que ellos habían asesinado a
Samantha? ¿En lugar de buscar a su pequeña, estaban buscando
121
evidencia para implicarlos a ella y a Hunter? Si fuera así, tal vez él
tuviera razón; nada más se lograría allí. Estaban arriesgando no
solo su libertad, sino sus vidas. Tal vez debían largarse de México
antes de que fuera demasiado tarde—. ¿Y qué hay de ese camarero
de servicio de habitaciones al que nadie ha visto desde esa noche?
—La policía dice que están buscándolo.
—¿No crees que lo estén haciendo?
—Solo digamos que no creo que estén buscando muy
intensamente.
—¿Por qué no, por el amor de Dios?
—Porque ya han decidido que somos culpables —insistió—. Esto
sucede todo el tiempo, Caroline, y no solo en México. Lo veo a
diario. Los policías creen saber quién es responsable, así que su
visión se estrecha. Ignoran a los demás sospechosos y desestiman
evidencia que no apoya su posición.
—¿Qué hay de la camarera de piso? —persistió Caroline—. Ella
tenía una llave maestra. Podría haber entrado con facilidad. O la
niñera que estuvo con las niñas cada noche. Tú has visto cómo
quería a Samantha. Tal vez no pueda tener hijos propios. Tal vez…
—La camarera de piso estaba en casa con su familia. La niñera
estaba con otros niños.
—Podrían tener cómplices…
—Sí, podrían tenerlos —coincidió Hunter y volvió a hundirse en el
sofá—. Pero la policía no está buscando cómplices. Está
mirándonos a nosotros. Dicen que fuimos nosotros los que
cancelamos a la niñera…
—Lo que no hicimos.
—…que fuiste tú la que llamó a la recepción para decir que no
122
pasaran más llamadas a la habitación…
—Porque mi madre había llamado y no quería que nadie más
llamara y molestara a las niñas.
—No importa el porqué. Solo importa que parece sospechoso.
—¿Qué lo hace sospechoso? Ay, Dios. Es inútil. Nunca la
encontraremos. Nunca la recuperaremos.
—No es inútil —afirmó Hunter, pero su postura decía lo contrario
—. Ya he hablado con los socios de mi firma. Creen que deberíamos
contratar a un investigador privado, lo que haré en cuanto llegue a
casa…
—No puedo hacerlo. No puedo ir a ningún sitio hasta que
encuentre a mi bebé.
El teléfono sonó. Hunter contestó.
—Sí —dijo, en lugar de hola. Luego extendió el teléfono hacia ella
—. Es Peggy.
Caroline tomó el teléfono de su mano extendida.
—¿Cómo estás? —preguntó Peggy.
—Nada bien.
—¿Quieres que vuelva?
Sí, pensó Caroline.
—No —respondió. Peggy no había querido irse de Rosarito, pero
tenía dos hijos propios a quienes regresar. Tenía un trabajo,
responsabilidades, una vida.
Rain y Jerrod habían sido los primeros en marcharse, tan pronto
como la policía les dio su aprobación, para pasar Acción de Gracias
en Nueva York. Caroline no envidiaba sus planes. No eran amigos
cercanos y no había nada que pudieran hacer allí. Además, la
preocupación de Rain había tomado dimensiones extraordinarias y
123
su compasión tan sobrecogedora que dejaba poco espacio para que
Caroline sintiera algo más que adormecimiento. De verdad, se había
alegrado de ver que se marcharan.
Estuvo igualmente aliviada cuando su hermano y Becky los
siguieron al día siguiente; la tensión entre ellos se había vuelto
insoportable después de la llegada de Mary. Peggy y Fletcher fueron
los últimos. «Estaremos a una llamada de distancia», le dijo
entonces.
—¿Qué está sucediendo? —preguntó al teléfono.
—Al parecer, la policía piensa que nosotros lo hicimos.
—Eso es ridículo. ¿Qué vais a hacer?
—Hunter quiere que vayamos a casa.
—Tal vez no sea tan mala idea.
—No lo sé. Ha convocado a una conferencia de prensa para esta
tarde —dijo Caroline, con malestar en su estómago. La prensa
mundial se había lanzado sobre la historia de la desaparición de
Samantha, y Hunter había decidido que debían superar la aparente
incompetencia de la policía mexicana apelando a la comunidad
internacional por ayuda. Al principio Caroline se había resistido a
mostrar su dolor en público, pero Hunter había insistido en que las
lágrimas de una madre harían mucho por regresar a Samantha,
entonces ¿cómo hubiese podido rehusarse? Los policías estaban en
contra de que hablaran con la prensa y hasta entonces habían
tenido éxito en mantener a los periodistas alejados al afirmar que la
publicidad solo amenazaría su investigación. Pero Hunter estaba
convencido de que solo les preocupaba quedar mal. Además,
argumentaba, la policía pensaba que él y Caroline eran culpables de
asesinar a su propia hija. Así que, al diablo con ellos.
124
—Hazme saber cómo resulta —dijo Peggy antes de colgar.
—Creo que deberíamos comenzar a prepararnos —sugirió Hunter.
Caroline comprendió que se estaba refiriendo a la conferencia de
presa, pero no estaba segura de a qué se refería con «prepararse».
—Quizás cepillarte el cabello, usar un poco de maquillaje —
explicó en respuesta a la pregunta en los ojos de ella.
Caroline cepilló su pelo desinteresadamente y se aplicó un poco
de máscara a prueba de agua en sus ojos irritados. Se cambió los
pantalones cortos y su camiseta ancha por un modesto vestido de
verano color beis. Su piel estaba bronceada, lo que ocultaba de
forma efectiva las ojeras provocadas por días de constante llanto, y
había perdido algo más de dos kilos al no poder comer demasiado o
estar calmada. De todas formas, cuando se miró a sí misma en el
espejo, se sorprendió de ver a una mujer aparentemente tranquila y
controlada mirándola, más allá de un aspecto afligido.
—¡Mami! —gritó Michelle en la puerta abierta de su suite. La niña
entró corriendo, se lanzó a las rodillas de su madre y casi la derriba.
—Hola, cariño —dijo Caroline con la vista en las huellas púrpuras
que habían quedado esparcidas en la mitad inferior de su vestido.
—He comido pastel de arándanos de postre —anunció la niña.
—Será mejor que te cambies —dijo Hunter.
Caroline regresó a su habitación y revisó su armario. El vestido
beis era casi lo último que le quedaba limpio allí. Lo único que le
quedaba que pudiera usar, además de pantalones cortos, traje de
baño, o ropa de noche, era una minifalda a rayas blancas y azules y
una camiseta azul sin mangas.
—¿Eso es lo que usarás? —preguntó su madre cuando Caroline
regresó a la sala de estar. Ella desestimó las palabras de su madre
125
con una mano en el aire. Luego notó que habían lavado las manos
de la niña.
—¿Lista? —preguntó Hunter mientras se dirigía a la puerta.
Tan lista como estaré jamás, pensó.
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—No puedes dejar que te afecte. Terminarás enfermándote.
—Ah, y por supuesto, estábamos «divirtiéndonos con amigos en
un restaurante cercano» cuando sucedió. Que Dios no permita que
omitan esa parte. —O que mencionen que fue por insistencia tuya,
pensó, y su atención se desvió momentáneamente hacia algo en la
televisión. Su condenada conferencia de prensa estaba siendo
transmitida una vez más en todo el mundo—. Ah, allí estoy otra vez,
aún duramente erguida. —Sí parezco apartada, pensó. Mi pelo sí
está brillante. Mi falda es muy corta, como lo había señalado otro
periódico el día anterior.
—Estamos pidiendo su ayuda —dijo Hunter desde la televisión,
con la voz quebrada.
—Si alguien allí afuera sabe algo, lo que sea —continuó Caroline,
quien tomó las riendas, con su propia voz sorprendentemente
regular y clara—, si creen haber visto a Samantha, o tienen algún
indicio de su paradero, por favor, contacten a la policía de inmediato.
—Solo queremos a nuestra hija de vuelta —agregó Hunter, su
evidente emoción en contraste directo con el extrañamente frío
comportamiento de su esposa.
De hecho, Caroline había estado peligrosamente cerca del
desmayo. Su deliberada calma exterior disfrazaba un interior que
estaba derrumbándose sobre sí mismo, como la implosión de un
edificio. La agudeza en su voz fue lo único que la mantuvo en pie.
—¿Por qué dejaron a sus niñas solas? —gritó un periodista.
—¿Es verdad que la policía los cree sospechosos?
—¿Han contratado a un abogado?
—¿Es verdad que están planeando dejar México?
—Así que —comenzó Caroline al ver la maleta de él—. ¿Ya has
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terminado?
—No es tarde para que cambies de opinión y vengas con nosotros
—asintió él.
—No iré a ningún sitio.
—Caroline, por favor. No hagas que te deje aquí sola. Si algo te
pasara, creo que no podría vivir conmigo mismo.
—Nada me pasará a mí. Soy una chica mayor. Esta es mi
decisión. No tienes que sentirte culpable por marcharte. —Caroline
sabía que él se sentía tan culpable como ella se sintió por
Samantha, tal vez incluso más. Lo había escuchado llorar en el
baño la noche anterior cuando pensó que ella dormía. Incluso había
considerado levantarse e ir con él, quedarse a su lado y llorar con él,
pero no lo hizo. No pudo hacerlo—. Debes irte ahora. Mi madre se
pondrá nerviosa. —Caroline imaginó a su madre esperando en el
café con Michelle, comprobando su reloj repetidamente.
—Por favor, ven con nosotros.
—No puedo.
—Michelle te necesita.
—Mi madre la cuidará muy bien.
—Yo te necesito.
Caroline no dijo nada.
El teléfono sonó. Hunter se acercó a la cama y contestó.
—Sí. De acuerdo. Estoy en camino. —Cortó la comunicación—. Al
menos ven abajo, despídete.
—Ya me he despedido.
—¿Ni siquiera recibiré un beso? —Se acercó a su lado de la cama
y pasó el peso de un pie al otro.
—Hunter…
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—Tienes que dejar de culparme —dijo en tono suplicante—. Esto
no es mi culpa.
Caroline apretó el papel que tenía en sus manos en una bola y lo
lanzó con furia hacia la televisión, antes de ponerse de pie.
—¿No es tu culpa? ¿De verdad? Porque recuerdo perfectamente
que fuiste tú el que insistió en que dejáramos a las niñas solas, en
que yo estaba exagerando, en que estaba sonando igual que mi
madre…
—Nunca dije eso.
—Prometiste que estarían a salvo…
—Y lo sentiré hasta mi último día…
—Sentirlo no es suficiente.
—¿Qué quieres que haga?
—¡Quiero que encuentras a nuestra hija!
—¿Y no crees que yo quiero lo mismo?
—Estamos pidiendo su ayuda —estaba diciendo Hunter desde el
televisor, en otra repetición de su conferencia de prensa—. Solo
queremos a nuestra hija de vuelta.
—¿Cómo pudiste dejar que esto pasara? —le preguntó Caroline y
escuchó el eco de la voz de su madre a través de la habitación.
Supo por la expresión de Hunter que él la escuchó también.
—Te llamaré cuando llegue a casa —dijo él, recogió su maleta y
salió de la habitación.
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11
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El presente
131
—Nadie ha llegado aún.
—Entonces, ¿soy la primera en llegar?
—Aun así, llegas tarde —afirmó su madre.
—¿Qué quieres que haga con el pastel? —Caroline suspiró.
—Déjalo en la cocina —respondió su madre al salir del vestíbulo
de la sala de estar. Caroline caminó por el corredor hacia la cocina
al fondo de su ordenada casa baja.
—Algo huele bien —comentó al inhalar el aroma a pavo asado y
dejar el pastel en la encimera. La pequeña habitación había
cambiado muy poco con los años. A pesar de los nuevos
electrodomésticos y la mejora de encimeras laminadas a las de
granito, era esencialmente la misma cocina que recordaba de su
infancia: un cuadrado ligeramente estirado con una mesa y cuatro
sillas frente a una larga ventana con vistas a un pequeño patio
trasero. En la oscuridad, distinguió la antigua cuerda en la que su
madre solía secar la ropa recién lavada de la familia. Cuando
Caroline era pequeña, Mary la aseguraba a esa cuerda con otra
larga atada a su cintura.
«Deja de retorcerte. Es por tu seguridad», insistía cuando Caroline
intentaba liberarse de sus manos. Steve, por supuesto, no había
padecido tales limitaciones a su libertad. Cuando Caroline se quejó
de la injusticia con su madre y afirmó que ella también debía tener la
libertad de jugar en la acera con sus amigos sin restricciones, Mary
señaló que Caroline no tenía amigos.
—Fue muy amable que invitaras a Peggy y a Fletcher —le dijo
entonces al entrar a la sala de estar.
Ella y Peggy se habían conocido en el instituto y encajaron de
inmediato, al ser las dos lo que comúnmente se llama «retoño
132
tardío». «Inadaptadas» probablemente fuera un término más
acertado. Ambas habían sido tímidas y con el pecho plano, más
interesadas en los libros que en los chicos, a pesar de que tal vez se
debía a que los compañeros de su clase estaban más interesados
en las chicas más desarrolladas y menos inclinadas hacia los libros.
También las dos eran chicas sin padre: Peggy había perdido al suyo
por el cáncer cuando tenía doce, y Caroline, por el amargo divorcio
de sus padres un año antes. A pesar de que su padre intentó
durante casi un año mantener un contacto regular con sus hijos,
Mary había hecho que fuera imposible al cancelar las visitas
acordadas a último minuto y evitar excursiones planificadas.
Influenciado por su madre, Steve eventualmente se había rehusado
a tener algo que ver con su padre. El pobre hombre finalmente se
rindió y se mudó a Nueva York, en donde murió en un accidente de
coche cuando Caroline tenía quince años. «No pudo haberle pasado
a un hombre mejor», recordaba haber escuchado decir a su madre a
una de sus compañeras de bridge. «Estaremos mejor sin él». Los
usuales comentarios amargos de Mary.
—Tienes buen aspecto —le dijo a su madre en un esfuerzo por
olvidar esos pensamientos tan poco felices. Era el día de Acción de
Gracias después de todo. Se suponía que tenía que estar envuelta
en gratitud y no dándole vueltas a dolores pasados. Se sentó en la
silla de terciopelo verde con respaldo alto, frente al sofá de tapizado
floral en el que se encontraba su madre—. ¿Es un vestido nuevo?
Mary tocó los rizos de su pelo recientemente teñido y peinado
como lo había llevado desde que Caroline podía recordar. «Corto y
atrevido», le gustaba decir. Aunque «corto y rígido» era una mejor
descripción, sus rizos cerrados en su lugar gracias a una dosis
133
diaria de laca.
—Un regalo de tu hermano —respondió y acarició los pliegues de
su blusa de seda abotonada.
—Fue un detalle de su parte —afirmó Caroline en un intento de
dejar el asombro fuera de su voz.
—Sí. Él es muy generoso. —Debería serlo, pensó, ya que vive sin
renta y no mueve un dedo para ayudarte—. ¿Dónde está él, por
cierto? —preguntó.
—Tuvo una reunión de trabajo.
—¿De verdad? ¿En Acción de Gracias?
—Conoces a tu hermano. Siempre está trabajando en algo.
Siempre está sacando ventaja, pensó Caroline. A pesar de que no
había estado consiguiendo ventajas en algún tiempo, su vida se
había descarrilado en la década trascurrida desde su divorcio de
Becky. Primero, el mercado inmobiliario se había desmoronado.
Luego, perdió su trabajo. Una seguidilla de inversiones desastrosas
le había costado casi todo lo que le quedaba, incluso su
recientemente adquirida copropiedad frente al mar, que había
comprado durante el auge del mercado y se había visto obligado a
vender menos de un año después con una pérdida sustancial. Su
madre había atribuido cada fracaso sucesivo a una combinación de
malos momentos y peor surte, y lo había recibido de vuelta con los
brazos abiertos. Él había estado viviendo en su antigua habitación
durante los últimos tres años, haciendo poco más que jugar grandes
cantidades de póker, beber grandes cantidades de alcohol y ver
mucha más cantidad de televisión.
Irónicamente, se había reavivado, aunque brevemente, cuando
Becky regresó a su vida. Ella se había mudado a Los Ángeles
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inmediatamente después de su divorcio, solo para regresar cuatro
años después al haber sido diagnosticada con cáncer terminal.
Resultó ser que las jaquecas que la habían afectado durante años
eran el efecto colateral de un tumor, de crecimiento lento, pero fatal.
Había contactado con Peggy, quien había sido nombrada
recientemente directora del nuevo Hospital Marigold. Y poco
después Becky se mudó al hospital, donde murió tres meses más
tarde. Sorprendentemente, Steve estuvo a su lado a diario, un triste
caso de «demasiado tarde» y «no sabes lo que tienes hasta que lo
pierdes».
—Así que ¿qué has estado haciendo? —le preguntó a su madre.
—¿Qué debería estar haciendo? —preguntó su madre en
respuesta. Caroline se encogió de hombros. Obviamente su madre
no le facilitaría las cosas.
—No lo sé. ¿Has visto alguna buena película?
—No voy al cine. Ya lo sabes.
—De hecho, no lo sabía. Pensé que te encantaban las películas.
—Solía ser así. Pero son todas muy violentas ahora.
—¿Qué hay del bridge? Sé que te gusta eso. ¿Has ganado algún
torneo últimamente?
—No con Paula Harmon como compañera, eso seguro. No sé
dónde tiene la cabeza estos días. Creo que está perdiéndola.
Íbamos jugando dos bazas el otro día, cuando los demás hicieron un
contrato. Luego se volvió defensiva cuando muy cuidadosamente le
señalé que se había equivocado.
Caroline intentó imaginar a su madre intentando corregir a una
compañera cuidadosamente.
—¿Por qué estás sonriendo?
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—Por nada. Perdón —respondió y le resulto algo extraño estar
disculpándose por sonreír—. Leí en algún sitio que los jugadores de
bridge siempre creen que son mejores que sus compañeros.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Yo… Nada. Es solo algo que leí.
—Bueno, es algo estúpido.
El timbre sonó.
Gracias a Dios, pensó, se levantó de un salto y se fue deprisa a la
puerta.
—Hola. ¿Llegamos tarde? —preguntó Peggy mientras ella y
Fletcher entraban.
—Justo a tiempo —afirmó Mary, que llegó detrás de Caroline para
aceptar un ramo de rosas amarillas de tallo largo de Peggy y una
botella de caro vino blanco de Fletcher—. Me alegra mucho que
pudierais venir. Caroline, ¿podrías por favor poner estas en un
florero? No te olvides de cortar los tallos. —Se las entregó a
Caroline sin apenas mirar las rosas.
—Muchas gracias por invitarnos —dijo Peggy y siguió a Mary a la
sala de estar, mientras Caroline caminaba en dirección a la cocina.
—Fletcher, quizás tú podrías abrir el vino —escuchó decir a su
madre en un tono de voz casi provocador.
—De acuerdo. ¿Dónde los esconde? —balbuceó Caroline
mientras buscaba un florero en los aparadores.
—¿Hablando sola otra vez? —preguntó una voz masculina desde
atrás de ella—. Escuché que es señal de locura.
—Mierda —exclamó Caroline mientras se giraba para enfrentarse
a su hermano. Él estaba sentado en una de las sillas de la cocina,
con una larga pierna cruzada sobre la otra—. Casi me matas del
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susto. ¿De dónde has salido?
Él señaló en dirección a las habitaciones.
—Pensé que estabas en una reunión de negocios.
—Lo estaba. Llegué hace veinte minutos. Planeaba echarme una
siesta, pero tu animada conversación con madre no dejó de
interrumpirme. Deberías buscar en ese aparador. —Steve señaló
una puerta sobre el horno. Caroline tuvo que ponerse de puntillas
para alcanzarlo y estirar sus dedos hacia la cuidadosa hilera de
jarrones de cristal.
—No creo que se te pueda ocurrir ayudar.
—Es mucho más divertido verte esforzándote —comentó él
cuando el pesado florero casi se resbala de los dedos de ella—.
¿Estás segura de que quieres ese?
Caroline llevó el florero al fregadero, donde lo llenó de agua.
Luego desenvolvió las rosas.
—No olvides cortar los tallos —dijo Steve con un guiño.
Ella encontró unas grandes tijeras en el primer cajón junto al
fregadero y procedió a cortar dos centímetros de cada tallo largo,
con su hermano riendo todo el tiempo. Notó que él estaba teniendo
problemas para concentrarse.
—Veo que alguien ha comenzado a celebrar un poco temprano.
—Y yo veo que has traído tarta.
—De calabaza.
—Prefiero la de manzana.
—Eso he oído. —Terminó de cortar las rosas, las colocó en el
florero y luego lo tomó y lo cargó hasta el corredor—. ¿Vienes? —le
preguntó a su hermano.
—No me lo perdería por nada del mundo.
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—Steve, cariño, ¿eres tú? —preguntó Mary cuando Caroline y su
hermano se acercaron—. Creí haber escuchado tu voz.
—Feliz Acción de Gracias, mamá —dijo Steve y se envolvió en su
abrazo—. Fletcher… Peggy. Me alegra volver a veros.
—¿Cómo estás, Steve? —preguntó Fletcher.
—Tienes buen aspecto —agregó Peggy.
—También tú —afirmó Steve y se dejó caer en la silla que antes
había ocupado Caroline. Ella dejó el florero sobre la mesa de café
frente al sofá y se detuvo a admirarlo.
—Las flores son muy hermosas.
—Lo son. Pero ¿por qué escogiste ese jarrón? —preguntó Mary
—. Seguro que había uno más bonito…
—Intenté decírselo —comentó Steve.
—Este es perfecto —intervino Peggy.
—Es una pena que las rosas ya no tengan perfume —comentó
Mary después de olerlas.
—¿A qué se debe?, me pregunto —comentó Steve—. Y, más
atinado, ¿qué estáis bebiendo todos?
—Peggy y Fletcher han traído una encantadora botella de
chardonnay. Son muy considerados. —Mary miró agudamente a
Caroline antes de servirle una copa a su hijo y colocarla en su mano
extendida.
—No me molestaría que me ofrecieras un poco —comentó
Caroline.
—¿Estás segura, querida? Sabes cómo te pones cuando bebes.
—¿Perdón?
—Permíteme —dijo Fletcher, se extendió y sirvió una copa para
Caroline. Entonces, el timbre sonó.
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—Esa debe ser Micki —anunció Mary ya de camino a la puerta.
—¿De qué está hablando? —preguntó Caroline a Peggy—.
¿Cómo me pongo?
—Solo está provocándote —respondió Peggy—. Intenta no
reaccionar.
—Y ya estamos completos —dijo Steve, con una sonrisa de oreja
a oreja.
—Lamento llegar tarde. —Caroline escuchó a su hija disculparse
desde el vestíbulo—. Esperé años el autobús.
—No te preocupes. Llegas justo a tiempo.
—Estaba en el hospital —explicó Michelle al entrar a la sala y
saludar a todos con la cabeza.
—Pensé que trabajabas por las mañanas —dijo Mary.
—Cambié mi turno con una compañera que necesitaba las tardes
libres. Así que ahora son todos los lunes y jueves de cuatro a ocho.
Me han dejado salir un poco más temprano esta noche por Acción
de Gracias.
—Eres muy buena chica. No sé cómo lo haces. —Mary acarició el
largo cabello castaño de su nieta—. Debe ser tan deprimente.
—Podrías pensar que lo es —comentó Michelle—, pero en
realidad no.
—Así que ¿cómo va todo? —preguntó Peggy—. Servirían pavo de
cena para los residentes y sus familias —les explicó a todos.
—Fue muy bien —respondió Michelle—. Todos parecían
disfrutarlo.
—Disfrutar como un término relativo —comentó Steve—,
considerando que todos allí están al borde de la muerte.
—Bueno, no conseguiréis que yo vaya a uno de esos lugares —
139
agregó Mary—. Mi intención es morir en casa.
—¿Estás bromeando? —Steve bajó su vino—. No tienes
intenciones de morir. Jamás.
—Ah, querido. —Mary rio y Caroline se encontró preguntándose si
su madre habría estado tan encantada si ella hubiera hecho ese
comentario.
—Bueno, gracias por todo lo que haces —le dijo Peggy a Michelle.
—Y gracias por venir —agregó Mary—. Temía que tu padre
insistiera en que pasaras la cena de Acción de Gracias con él este
año.
—Irán a casa de los padres de Diana para cenar. Además,
comprenden que siempre paso la cena de Acción de Gracias con mi
abuela Mary. —Abrazó a su abuela y Mary respondió rodeando la
delgada cintura de Michelle con afecto verdadero.
Caroline comprendió que su cercanía era el resultado del lazo que
se había forjado entre ellas en los meses siguientes a la
desaparición de Samantha, cuando Caroline había estado tan
ausente, primero físicamente y después emocionalmente, y se odió
a sí misma por estar celosa de su evidente conexión.
—Diría que tan buenas acciones merecen una recompensa —dijo
Steve—. Tal vez una copa de vino…
—Tal vez no —lo contradijo Caroline de inmediato—. No tiene
permitido beber alcohol.
—Ah, vamos. Es Acción de Gracias.
—Sí. Y estamos muy agradecidos de que ella no esté en la cárcel.
—Excelente, madre —comentó Michelle.
—¿Realmente era necesario mencionar eso? —preguntó Mary.
—Bueno, todos sabemos cómo me pongo cuando bebo. —
140
Caroline alzó su propia copa de vino.
141
—Era a lo que te referías.
—Michelle. —Caroline se detuvo en la cima de la escalera, con su
paciencia agotada—. Por favor. Haz lo que quieras. —Se giró y
atravesó el corredor hasta su habitación. Se quitó los zapatos,
desabotonó su pantalón de vestir, los dejó en el suelo y se metió en
el baño, con sus pies descalzos frotándose sobre la alfombra de
felpa. Se extendió sobre la bañera con patas de garra y abrió el
agua caliente; observó cómo el vapor llenaba la habitación, cubría
piadosamente el espejo sobre el lavabo y bloqueaba su reflejo. Se
quitó su jersey blanco por la cabeza y lo dejó caer al suelo, luego
desabrochó su sujetador, se quitó la ropa interior y la vio caer hacia
la pequeña alfombra de color verde. Estaba metiéndose en la
bañera cuando el teléfono sonó.
Envolvió su torso rápidamente con una toalla verde, regresó a la
habitación y contestó.
—No cuelgue —dijo la voz antes de que pudiera hablar.
—¿Lili? —Caroline se sentó en la cama, con su corazón agitado.
—Lo siento mucho.
—¿Dónde estabas? Volé a Calgary, esperé todo el día y la
noche…
—Lo sé. Quería ir.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Estaba en camino. Luego, no lo sé… Simplemente me
acobardé.
—No lo entiendo.
—Estaba asustada.
—¿De qué? ¿De que reveláramos que eres un fraude?
—No soy un fraude.
142
—¿De qué, entonces? ¿De que hiciéramos la prueba y
descubriéramos que te equivocas?
Un silencio. Luego:
—De descubrir que estaba en lo cierto.
—No sé qué decir. Tú eres la que se contactó conmigo…
—Lo sé.
—Creí en ti, en que tú creías… que sinceramente querías
descubrir la verdad…
—Así es.
—Hice exactamente lo que dijiste…
—Lo sé.
—Pasé la noche en un hotel, esperando junto al teléfono, rezando
que llamaras…
—He dicho que lo siento.
—Falté dos días a mi trabajo.
—Te lo compensaré.
—¿Cómo? No volveré a viajar a Calgary.
—Yo iré.
—¿Qué? —Caroline fue repentinamente consciente de una figura
de pie en el marco de su puerta.
—¿Con quién estás hablando? —preguntó Michelle al entrar a la
habitación.
Caroline respondió sacudiendo una mano.
—Te he preguntado ¿con quién estás hablando? Es ella, ¿no es
así? —Michelle caminó a la cama y arrancó el teléfono de la mano
de su madre—. Te dije que volvería a llamar —afirmó e ignoró los
frenéticos intentos de Caroline por recuperar el teléfono—.
Escúchame, pequeña perra mentirosa…
143
—Michelle, por favor… No… —Michelle la ignoró.
—No sé quién demonios eres o a qué juego sucio estás jugando,
pero juro que si vuelves a llamar a esta casa, si vuelves a intentar
contactar a mi madre de cualquier manera, llamaré a la policía y
haré que te arresten. ¿Me escuchas? Esta basura se termina ahora.
¿Estoy siendo perfectamente clara? —Hizo una pausa para respirar,
luego arrojó el teléfono con furia sobre la cama.
Caroline se lanzó de inmediato sobre él, lo levantó y presionó el
botón para escuchar.
—¿Lili? ¿Lili?
—Ha colgado. Y por supuesto que ha bloqueado el número. No
hay modo de comprobar…
—¿Qué has hecho? —Caroline observó desamparada al teléfono,
luego a Michelle.
—¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho yo?
—No debiste haberle hablado así.
—¿De verdad? ¿Cómo se suponía que le hablara? «Ah, hola, Lili.
¿O preferirías que te llamara Samantha? Encantada de conocerte.
Realmente he echado de menos tener una hermana». ¿Eso es lo
que querías que le dijera?
—No tenías que llamarla mentirosa.
—¿Por qué no? Eso es lo que es.
—No lo sabemos.
—Yo lo sé. Y también tú. ¿No te dije que esto pasaría? ¿Qué dijo?
Que lo sentía, que te compensaría, que ella vendría a San Diego…
Mierda, ¿es agua lo que escucho correr? —Michelle corrió al baño.
Caroline escuchó que el agua repentinamente se detuvo.
Michelle regresó secándose las manos en las perneras de sus
144
vaqueros negros.
—Bueno, ha sido afortunado. La maldita cosa estaba a punto de
desbordarse. Qué bien que estaba aquí.
—Qué bien que estabas aquí —repitió Caroline carente de
emoción.
—Sí, bien. Felicitaciones a mí. Otra crisis evitada. —Arrancó el
teléfono de la mano de su madre y lo guardó en el bolsillo trasero de
sus pantalones—. Para asegurarme —dijo. Luego se acercó a la
puerta—. Estaré en mi habitación. Grita si necesitas algo.
—No necesitaré nada.
—Eso supuse.
La siguiente vez que Caroline miró a la puerta, Michelle ya no
estaba.
145
12
146
Catorce años atrás
147
cincuenta años, con cabello ralo y notables marcas debajo de los
brazos de su camiseta abotonada de color amarillo pálido—. Tracy,
cierra la puerta por favor.
Una mirada de decepción atravesó el rostro perfecto de Tracy, lo
que hizo que sus brillantes labios color coral descendieran. Sin
dudas, ella y las otras secretarias habían esperado entrometerse en
la entrevista del director con la infame Caroline Shipley. Caroline las
había escuchado susurrando mientras ella se sentaba a esperar.
«¿De verdad? ¿Ella cree que conseguirá un trabajo aquí?».
«Wolford está demente si la contrata». «¿Qué dirán los padres?»
—Lamento haberla hecho esperar. —Barry Wolford bajó su amplia
figura en la silla giratoria con respaldo curvo detrás de su escritorio.
Aclaró su garganta y sonrió. La sonrisa fue como mínimo
desanimada, nunca alcanzó sus ojos. Caroline comprendió de
inmediato que la entrevista resultaría igual que las que ya había
tenido en los otros institutos de la zona durante los últimos cuatro
meses, que no fueron nada bien.
No estaba segura de a cuántas entrevistas como esa podría
someterse. Había necesitado todo su valor y lo que le quedaba de
autoestima el salir para entrar de nuevo al mundo laboral. Sabía que
habría oposición para contratarla, que el Consejo Educativo
Unificado del Distrito de San Diego no vería bien su solicitud, que
habría oposición de los padres en cualquier instituto lo
suficientemente audaz como para contratarla. Pero ¿qué opción
tenía? Estaba enloqueciendo en su casa, hundiéndose en la
autocompasión, esperando a que el teléfono sonara con noticias de
Samantha, noticias que nunca llegaban.
—Así que, veo que solía enseñar matemáticas…
148
—En el Instituto Herbert Hoover, sí. Hace cuatro años. Siempre
me han encantado las matemáticas. Mi padre fue profesor de
matemáticas…
—Asumo que ya ha hablado con alguien en Hoover —interrumpió.
—De hecho sí, lo hice. No había puestos disponibles.
—No me sorprende, considerando.
—¿Considerando?
—Que ha estado fuera del trabajo por un tiempo.
—Sí. Sí, lo estuve. Pero he mantenido mis aptitudes…
—Eso es admirable. Pero, desafortunadamente para alguien como
usted, parece que estamos gozando de una superpoblación de
profesores en el presente.
—Eso he oído.
—Ansiosos nuevos docentes que se gradúan cada día. Es difícil
regresar al mercado laboral cuando compite con todos esas caras
jóvenes y frescas.
—Por otro lado, algo hay que decir de la experiencia.
—No podría estar más de acuerdo —dijo él y Caroline sintió una
oleada de esperanza—. ¿Le importa si pregunto por qué dejó la
enseñanza?
—Ah… —Caroline inhaló profundo—. Las razones usuales,
supongo. Familia, hijos…
—Sí, ciertamente pueden detenerlo a uno.
—Bueno… eso no es exactamente lo que quería decir.
—Está diciendo que dejó el trabajo para estar con sus hijos —la
parafraseó Wolford. Levantó su bolígrafo como para escribirlo, luego
lo dejó sin anotar nada—. Nada más gratificante que ser padre.
Caroline asintió.
149
—Yo tengo cuatro hijos. —Giró varias fotografías enmarcadas en
dirección a ella.
—Son adorables —afirmó Caroline al mirar los rostros sonrientes
de su familia.
—No siempre es fácil, por supuesto. Pero ¿quién dijo que ser
padre es fácil?
Caroline intentó sonreír, pero solo logró una mueca. Intentó
decirse a sí misma que Barry Wolford solo le estaba dando
conversación, que sus comentarios eran inocentes. ¿Era posible
que él no tuviera idea de quién era ella? Su fotografía había estado
en los periódicos y en la televisión durante más de un año. La
semana anterior había sido el primer aniversario de la desaparición
de Samantha y parecía que cada periódico del país había registrado
el hecho. Incluso había llegado a la portada de People, de pie, con
los ojos negros, y erecta debajo de un escabroso titular: «¿Q
S ?». Su nombre era casi
famoso, un sinónimo de mala paternidad. ¿Podía ser que él no la
reconociera realmente?
—¿Cuántos hijos tiene, si no le importa que pregunte?
—Mi hija tiene seis años —respondió Caroline en un esfuerzo por
mantener su voz estable.
—Lo siento. Creí que dijo hijos, en plural —insistió.
—Sí. Em… ¿es eso relevante?
—Solo si considera a los niños relevantes, supongo. Algunas
personas lo hacen. Otras no.
—No estoy segura de comprenderlo. —Caroline sintió que su
estómago se revolvió.
—¿Cuál es la expresión… ojos que no ven, corazón que no
150
siente?
—¿A qué quiere llegar exactamente, señor Wolford?
—Solo intento descubrir qué motiva a alguien como usted.
—¿Alguien como yo?
—Una mujer que deja a dos niñas pequeñas solas en la habitación
de un hotel mexicano para poder ir de fiesta con amigos…
Entonces, él sí sabía quién era ella, siempre lo supo. Había estado
jugando con ella, divirtiéndose cruelmente a expensas de ella.
—Asumiendo, por supuesto, que eso es lo mínimo que ha hecho.
Caroline se levantó de un salto, aunque la rabia la mantuvo fija en
su lugar.
—No hay puestos disponibles para usted en el Instituto
Washington —dijo Barry. Se puso de pie y se inclinó
amenazadoramente sobre su escritorio—. Ni lo habrá, mientras yo
sea el director aquí.
—¿Por qué está haciendo esto? ¿Por qué siquiera molestarse en
programar una entrevista?
—Solo quería conocer a la infame Caroline Shipley, ver si
realmente tendría las agallas de presentarse. Aunque no sé por qué
me sorprendo. Usted claramente no siente vergüenza.
Se equivoca, pensó. No tengo nada más que vergüenza.
—Francamente, me sorprendería que cualquier instituto en la
ciudad pudiera considerar contratar a alguien tan irresponsable…
—Usted no tiene idea de lo que está hablando.
—¿De verdad? Sé que una mujer que no puede cuidar de sus
propios hijos no tiene nada que hacer sobre los hijos de los demás.
Sé que debería avergonzarse de presentarse frente a decentes
miembros de la sociedad, con temor de Dios.
151
—Váyase al infierno —susurró Caroline.
—Usted primero —respondió él.
Demasiado tarde, pensó Caroline al salir de las instalaciones. Ya
estoy allí.
152
carro de bebé, convencida de que podría encontrar el dulce rostro
de su hija? Era imposible, ¿o no? ¿O no?
Incluso si quien se la hubiera llevado le hubiera cortado y teñido el
cabello, vuelto a la niña virtualmente irreconocible de algún modo,
Caroline estaba segura de que reconocería a Samantha de
inmediato. Una madre con certeza conoce a su propia hija, sin
importar lo que pase, sin importar cuántos años hayan transcurrido.
Querido Dios, pensó entonces. Mi bebé ha estado desaparecida
durante más de un año.
—Disculpe. ¿Hay algún problema? —preguntó una mujer desde
algún lugar junto a ella, con un tono casi acusatorio.
La mirada de Caroline se enfocó. Una mujer joven estaba sentada
al otro lado del banco, amamantando a un niño. Caroline debió
haber estado mirándola durante algún tiempo sin darse cuenta.
—Estoy en mi derecho —dijo la mujer. Era más joven que
Caroline, de pelo rubio, largo y bolsas debajo de sus ojos,
probablemente por la falta de sueño.
—Lo siento. Creo que me he desconectado durante unos minutos.
No era mi intención observarla.
—Yo la conozco —añadió la mujer lentamente, con los ojos
entornados—. Es esa mujer cuyo bebé desapareció en México.
Caroline se levantó de inmediato.
—¿Usted lo hizo? —la escuchó decir detrás de ella—. ¿Asesinó a
su propia hija?
153
puerta a las nueve y media de esa noche.
—Lo siento. Hubo una reunión de socios de emergencia. Fue
eterna. Luego fui al gimnasio para relajarme.
Caroline asintió, consciente. Hunter se había convertido en socio
de su prestigiosa firma dos meses atrás, pero ella dudaba de que él
hubiera estado allí. Había estado teniendo demasiadas reuniones de
emergencia, demasiadas noches de relajación en el gimnasio. Le
resultaba interesante que su marido hubiera recibido pocas de las
críticas que ella había enfrentado luego de la desaparición de
Samantha, que su carrera hubiera avanzado realmente. ¿Y por qué
no? Los clientes de Hunter no eran de la clase a la que le
molestarían los escándalos. Mientras hiciera su trabajo, mientras
continuara haciendo tratos exitosos y fusiones, mientras pudieran
contar con él para que les consiguiera dinero, él era un recurso, sin
importar lo que sucediera en su vida personal. Irónicamente, la
tragedia de haber perdido a su hija lo había hecho parecer noble.
Quedó en manos de Caroline el soportar la carga de la culpa.
—¿Qué haces, sentada en la oscuridad? —Encendió la lámpara
junto al sofá y se sacó la chaqueta. Caroline llevó una mano sobre
sus ojos para bloquear la luz indeseada—. ¿Michelle está dormida?
—Sí.
—¿Te ha dado algún problema?
—Lo usual. Quería a la abuela Mary. Al parecer ella es mucho
mejor contando historias que yo. Hueles bien —agregó, como
observación más que cumplido.
—Me he dado una ducha —respondió en tono casual—. Estaba
muy sudado. —Se sentó en una de las butacas beis frente al sofá
de rayas doradas y beis en donde estaba Caroline—. ¿Cómo fue la
154
entrevista?
—Nada bien.
—Lo siento.
Caroline se encogió de hombros.
—Algo aparecerá tarde o temprano.
—Lo dudo. Al parecer hay muchas personas que no aprecian
precisamente la idea de que alguien que podría haber asesinado a
su propia hija cuide de los suyos. Imagínalo.
—Quizás apresuraste las cosas. —Hunter suspiró—. Quizás sea
muy temprano. Quizás deberías ir con más lentitud, comenzar por
poner tu nombre en una lista de profesores sustitutos…
—Hice eso hace meses —dijo ella, irritada, cansada de todos los
quizás—. El teléfono no está sonando exactamente.
—Bueno, diciembre es una época especialmente difícil del año.
—Diciembre —repitió Caroline por lo bajo, pensando en la
Navidad. ¿Era posible que ya llegara la Navidad? Había pasado la
anterior en México, triste y sola, esperando alguna noticia de su hija.
Le había rogado a Hunter que regresara; él le había rogado que
regresara a casa. Michelle la necesitaba, repetía. Él la necesitaba.
Pero ¿cómo podía irse? ¿Cómo podía ir a cualquier lugar sin su
bebé? «No», le dijo. No podía, no iría a ningún sitio hasta que
Samantha estuviera segura en sus brazos.
Pero, después de dos meses de duras preguntas policiales y
ninguna respuesta, de oportunidades perdidas y pistas que no
llegaron a nada, de acusaciones cada vez más agudas y de menos
resultados, finalmente se había rendido y había regresado a San
Diego, sola y derrotada. Aunque no estaba realmente sola. Los
periodistas estaban siempre acechando. Las personas estaban
155
siempre mirando. Juzgándola. Encontrándola culpable.
—Estaba pensando que tal vez deberíamos poner algo de
decoración esta Navidad —comentó Hunter—. Michelle ha estado
pidiendo un árbol.
Caroline intentó procesar lo que estaba sugiriendo. La temporada
de fiestas estaba llegando. Su madre había insistido en celebrar su
usual cena de Acción de Gracias, aunque resultó ser un asunto
apagado, ninguno de los invitados estaba particularmente
agradecido. Steve y Becky apenas se miraron el uno al otro, mucho
menos hablaron. Caroline y Hunter tuvieron poco apetito para el
pavo y mucho menos el uno del otro. Su decimoprimer aniversario
había pasado sin mucho más que un beso de felicitación. Y
entonces, allí estaba él, hablando de decorar un árbol de Navidad
como si fuera la cosa más natural del mundo el hablar de eso, como
si fuera tiempo de dejar su dolor a un lado, de aceptar lo sucedido y
seguir con sus vidas.
Ella bajó la cabeza. Estaba siendo injusta, y lo sabía. Alguien tenía
que ser práctico; alguien tenía que ocuparse de la vida diaria.
Alguien tenía que preocuparse por Michelle, asegurarse de que sus
necesidades no fueran olvidadas. La niña tenía todo el derecho de
disfrutar de la alegría navideña. Hunter tenía razón en querer darle
esa oportunidad. Caroline sabía que debía estar agradecida. Él
había sido tan atento con Michelle los meses pasados, tan paciente,
nunca levantaba la voz ni perdía la paciencia, como si intentara
compensar sus pasadas faltas como padre.
Caroline vio un repentino destello de preocupación en los ojos de
él.
—¿Qué? —preguntó—. ¿Qué sucede?
156
Hunter apartó algo de pelo de su cara, señal de que estaba a
punto de confiar información que consideraba importante.
—Escucha. Tengo que decirte algo y necesito que mantengas la
calma —comenzó.
Caroline sintió que su corazón se aceleró. ¿Estaba a punto de
confesar dónde había estado esa noche, el romance que ella
sospechaba que estaba teniendo? Estaba segura de que había
habido más de uno durante el pasado año. Se preguntaba cuántas
veces la había traicionado desde su regreso de México. Pero no
estaba segura de tener la fuerza para manejar su sinceridad en ese
momento.
—Hablé con el detective Ramos esta mañana —dijo y la tomó por
sorpresa.
—¿Esta mañana? ¿Por qué no me lo dijiste?
—Estoy diciéndotelo ahora.
—¿Tú lo llamaste?
—Él me llamó.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Han encontrado…?
—No.
—Por el amor de Dios, Hunter. Suéltalo. ¿Qué dijo el hombre?
—Al parecer, un miembro del personal del hotel fue arrestado ayer
por acosar a su sobrina.
Las palabras afectaron a Caroline con la fuerza de un buen golpe
en el estómago. Se dobló al frente, el aire dejó sus pulmones
mientras se rodeó con sus propios brazos y se meció hacia adelante
y atrás.
—¿A qué te refieres con acosar? —preguntó cuando fue capaz de
enderezarse y recuperar la voz.
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—¿A qué crees que me refiero?
—¿Él la violó?
—Él «la molestó» es cómo el detective Ramos lo describió.
—¿Y ellos creen que puede haber «molestado» a Samantha?
—No lo saben. Aún están interrogándolo. Hasta el momento, él ha
negado tener alguna idea de lo ocurrido con Samantha.
—Bueno, por supuesto que él lo ha negado. Pero ¿estaba
trabajando en el hotel en el momento de su desaparición?
—Sí.
—¿Y nadie sabía que tenían a un acosador de menores en su
nómina?
—¿Cómo podían saberlo? Él no tenía antecedentes. Nunca había
tenido cargos.
—Pero no hay dudas de que acosó a su sobrina.
—Al parecer, no.
—Ay, Dios, Hunter. ¿Crees que sea posible? ¿Tú crees…?
—No creo en nada hasta que todos los hechos estén a la vista.
Caroline se puso de pie. Maldito fuera por pensar como un
abogado.
—Tenemos que ir allí.
—¿De qué estás hablando?
—Tenemos que ver a ese hombre. Tenemos que enfrentarnos a él.
—No nos dejarán verlo, Caroline. No dejarán que hablemos con
él. No dejarán que nos acerquemos a él.
—No me importa. Iré allí.
—No irás a ningún sitio. Esto es exactamente por lo que no te lo
conté antes. Estás entrando en pánico, estás siendo irracional.
—Entonces, ¿qué sugieres? ¿Que solo nos sentemos aquí y no
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hagamos nada?
—No hay nada que podamos hacer. El detective Ramos prometió
mantenernos informados.
—Qué consuelo. —Caroline enterró su rostro en las palmas de
sus manos.
—Ven a la cama —le indicó Hunter luego de varios minutos.
Caroline negó con la cabeza, se rehusó a mirarlo. Estaba
intentando no resentir la compostura de él, su habilidad de
racionalizar y compartimentar, su resolución de mantenerse calmo y
enfocado, de no dejar que sus emociones afectaran su sentido
común. Cómo envidiaba su habilidad de sumergirse en el trabajo, de
refugiarse en una seguidilla de romances sin sentido. Cuánto lo
odiaba por eso.
Hunter esperó otro minuto antes de extenderse y apagar la
lámpara. Caroline sintió que su brazo rozó su hombro, pero no abrió
los ojos hasta que estuvo segura de que se había marchado,
llevándose el dulce y limpio aroma de su más reciente traición con
él.
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13
160
El presente
161
—. Un topógrafo necesita determinar ubicaciones y medidas exactas
de puntos, elevaciones y áreas para cosas tales como la creación
de mapas y la división de territorios. —Otro prospecto poco probable
—. O algo más simple, digamos que queremos determinar la altura
de un edificio o de un árbol. Podemos hacerlo conociendo nuestra
distancia hasta la base de ese edificio o árbol. ¿Alguien me sigue?
¿Alguien?
Nadie levantó la mano.
—De acuerdo, pongamos un problema específico.
—Mejor no —dijo una voz masculina al fondo del salón. Joey
Prescott, el bromista de la clase. De mediana estatura, pelo
enmarañado, más músculos que cerebro.
—De acuerdo, Joey. Supongamos que tu madre quiere alfombrar
una habitación de seis metros de largo por tres de ancho.
—¿Alfombrar? —preguntó Joey.
—Poner alfombra en todo el suelo. —Caroline sonrió.
—A mi madre no le gustan las alfombras. Le gusta la madera.
Se escucharon algunas risas en la clase y una abierta carcajada
desde el fondo. Caroline conocía bien esa risa: Zack Appleby, el
bufón del payaso de Joey.
—Zack —dijo y miró al chico con pecas en su rostro—, ¿qué
piensa tu madre de las alfombras?
—¿Eh? —Zack la miró como si no la hubiera visto nunca en su
vida.
—Vamos, chicos. ¿Todos habéis comido demasiado pavo la
semana pasada?
Una mano se alzó desde el tercer asiento de la segunda fila.
Gracias a Dios, pensó Caroline. Al menos alguien estaba haciendo
162
un esfuerzo.
—¿Fiona?
—¿Cuál fue la pregunta? —preguntó Fiona. Caroline mordió su
labio inferior.
—Tu madre quiere alfombrar una habitación de seis metros de
largo por tres de ancho.
—¿Su madre también? —gritó Joey—. Espero que tengan
suficiente en el almacén.
Más risas. Incluso Caroline se descubrió riendo.
—La alfombra cuesta ciento catorce dólares con noventa y cinco
centavos el metro cuadrado —continuó, y pasó su mirada de Fiona
a la chica sentada a su lado, que estaba mascando violentamente
un mechón de pelo rubio—. Daphne, ¿puedes decirnos cómo
calcular el precio total de la alfombra?
Daphne se encogió de hombros y siguió mascando. Puedes
hacerlo, Caroline la animó silenciosamente. Solo tienes que
intentarlo. Puedo ayudarte, si me dejas.
Había vuelto a enseñar doce años atrás, después de su divorcio.
Había tomado dos años desde la desaparición de Samantha para
que su matrimonio finalmente atravesara la recta final y otro año
para encontrar a un director de instituto lo suficientemente audaz
como para contratarla. Desafortunadamente, el director no había
sido tan audaz como para mantenerla en su puesto y le pidió su
renuncia después del suicidio de uno de sus estudiantes. No era
que la culpara, le había dicho repetidamente. Sabía que la muerte
del chico no era culpa de ella. Pero si se transmitía la noticia de que
un alumno en una de sus clases se había suicidado… si los padres
lo descubrieran… si los periodistas lo supieran… con su historia…
163
«No se preocupe», le dijo ella, y se marchó sin protestas.
Al año siguiente fue contratada para enseñar matemáticas en un
instituto en Golden Hill. Se le pidió que se retirara cinco años
después, cuando la historia del suicidio llegó, de hecho, a las
noticias. Dos años más tarde, consiguió un puesto en Jarvis
Collegiate, un instituto mediano, de bajo potencial, situado al este de
San Diego, y siguió enseñando desde entonces, aunque con toda la
reciente publicidad, con cada detalle sórdido de su vida reflotado
otra vez, no sabía cuánto tiempo pasaría antes de que volvieran a
pedirle que renunciara silenciosamente.
¿Podría sobrevivir a otro golpe devastador? Enseñar era lo que la
mantenía cuerda, el único aspecto de su vida con el que sentía
verdadera satisfacción. Y ella era buena en eso. No, mejor que
buena. Tenía un don verdadero, una habilidad de llegar incluso a los
más reacios alumnos.
No a todos ellos, se recordó a sí misma.
—Tenemos que saber cuánta alfombra se necesita, ¿verdad? —
siguió adelante, liberada de tan inquietantes pensamientos—. Así
que, lo primero que tenemos que averiguar es el área total de la
habitación. —Escribió en la pizarra detrás de ella:
164
Debajo de eso escribió:
Precio = $114,95/m2
165
—Así que, el precio sería el área en metros cuadrados
multiplicada por el precio por metros cuadrados. ¿Me seguís?
Otra vez, sin respuesta, ninguna mano en alto. Señaló la ecuación
en la pizarra.
—Seis por tres es dieciocho. ¿Dieciocho multiplicado por ciento
catorce es…?
—Dos mil sesenta y nueve dólares con diez centavos —exclamó
Rob Kearny.
—Correcto. Muy bien, Rob.
El chico levantó su teléfono inteligente orgullosamente en el aire.
—No deberíais tenerlos encendidos en clase —le recordó
Caroline, y su entusiasmo desapareció.
—¿Cómo si no voy a averiguar esa respuesta?
—Podrías intentar usar la cabeza.
—Una cabeza para Navidad —exclamó Joey Prescott mientras
tarareaba la canción, y el resto de la clase rio desenfrenadamente.
—Muy bien, clase. —Caroline reprimió una sonrisa—. Calmaos.
¿Algo de esto tiene algún sentido? ¿Alguien tiene alguna pregunta?
Addison Snider levantó su mano.
—¿Addison?
—¿Tuvo un buen día de Acción de Gracias? —La habitación
quedó repentinamente tranquila, a la espera de la respuesta de
Caroline.
—Fue un muy buen día. Pero me refería a la lección. —Sintió
movimiento al fondo del aula y vio a Vicki Garner arrojar algo sobre
el escritorio de la chica detrás de ella—. ¿Qué es eso? ¿Qué es lo
que Vicki te ha dado, Stephanie?
—Nada —respondió Stephanie, aunque su delgado rostro decía lo
166
contrario.
—¿Puedo verlo, por favor?
Stephanie miró al suelo mientras se levantaba de su asiento y
extendía el recorte del periódico en su mano hacia Caroline.
Caroline supo, incluso antes de ver el dulce rostro de su hija
mirándola, lo que la chica tenía. Dejó el artículo en su escritorio.
Había estado esperando algo como eso.
—De acuerdo. Habéis visto las noticias y obviamente tenéis
muchas preguntas, así que pasemos por esto. ¿Qué queréis saber?
Silencio. Claramente la clase estaba sorprendida por esa pregunta
directa, tanto como lo estaba ella por haberla hecho.
—¿Cree que alguna vez encontrará a su hija? —preguntó Vicki
por lo bajo.
—No lo sé. Eso espero.
Creo que mi nombre real es Samantha.
—¿Qué cree que pasó con ella? —dijo Daphne con la mano en el
aire.
—Creo que alguien se la llevó.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—¿Cree que ella sigue con vida?
Creo que soy su hija.
—No lo sé. Eso espero —repitió.
—¿Qué hay del chico? —preguntó Joey desde el fondo del salón
—. El que se quitó la vida.
—¿Qué pasa con él?
—¿Realmente se quitó la vida por usted?
—Cierra la boca, Joey. —Una oleada de murmullos atravesó la
167
clase.
—No, eso no es verdad. —Caroline se esforzó por mantener la
calma, que su voz fuera estable.
—Entonces, ¿qué ocurrió?
Ella inhaló profundo, después una vez más.
—Él era uno de mis estudiantes. Estaba suspendiendo sus
exámenes. No solo en mi clase. En todas. —No puedo hacer esto,
pensó, con la mirada en el reloj de la pared y suplicó en silencio que
sonara la campana para rescatarla. Pero apenas habían pasado
cinco minutos de las diez. Quedaban quince minutos antes de que
terminara el período—. Él tenía un historial de depresión. Traté de
ayudarlo, pero…
—¿Cómo lo hizo?
—Se ahorcó.
Los murmullos se incrementaron, se transmitieron de una boca a
la siguiente como una serie de fichas de dominó.
—Asqueroso —susurró Stephanie.
—No fue su culpa —afirmó Vicki.
—Usted es una gran profesora —agregó Daphne—. Si usted no
pudo ayudarlo, nadie podía.
Los ojos de Caroline se llenaron de lágrimas.
—No es justo que la culparan —agregó Joey Prescott.
Caroline se hundió en la silla detrás de su escritorio, su cuerpo se
aflojó, lleno de gratitud, su corazón se llenó de amor por esos niños
que de alguna forma habían logrado sobrevivir sus adolescencias
relativamente indemnes. Con toda su fanfarronería, aún eran tan
inocentes como para creer que la vida debía ser justa.
168
—De acuerdo, entonces, en una canasta tenemos cuatro cabezas
de coliflor y cinco plantas de lechuga que cuestan cuarenta dólares
y en la otra tenemos seis cabezas de coliflor y dos plantas de
lechuga que cuestan ocho con veinte, y nuestro problema es
determinar el precio de una cabeza de coliflor y de una planta de
lechuga. ¿Qué hacemos primero?
—Comprar salchichas —exclamó alguien.
—Haremos que x represente el precio de una cabeza de coliflor —
continuó Caroline, ignoró la interrupción y escribió la información en
la pizarra. Si son las dos menos cuarto de la tarde y quedan cinco
minutos para el final de la clase y dos clases más hasta el final del
día…
—Y que y represente el precio de una planta de lechuga —ofreció
Jason Campbell.
—Muy bien. Gracias, Jason.
El teléfono fijo detrás de su escritorio sonó con una llamada desde
las oficinas. Caroline se disculpó para contestar.
—¿Has oído que Joey Prescott le preguntó sobre ese chico que
se quitó la vida? —murmuró alguien cuando ella estaba dando la
vuelta.
—Estás bromeando. ¿Qué dijo ella?
—¿Sí? —Caroline ignoró las voces y contestó el teléfono.
—Perdón por la interrupción —dijo la voz del otro lado—. Tiene
una llamada de emergencia.
Caroline colgó el teléfono.
—Si me disculpáis —dijo, y salió del salón sin explicación.
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—¿A dónde va?
—Tal vez alguien más se ha matado.
Ella recorrió el extenso pasillo con olor rancio hacia la oficina
principal, mientras repasaba una lista de potenciales emergencias,
algunas improbables, otras demasiado probables: habían vuelto a
arrestar a Michelle, esta vez por conducir borracha por la autopista;
su madre había tenido un infarto; su hermano había recibido un
disparo por parte de uno de sus compañeros de apuestas al no
poder pagar una deuda; otro de sus estudiantes de hecho se había
«matado».
La secretaria estaba esperando, con una expresión nerviosa en su
rostro aguileño, cuando Caroline entró a la oficina. Caroline tomó el
teléfono de su mano extendida.
—No me ha dado su nombre —explicó mientras ella llevaba el
teléfono a su oído.
Si Michelle mide un metro setenta, pesa cincuenta kilos, bebe
cinco veces el peso de lo que come, tiene cuatro tickets de
aparcamiento impagados y un arresto por conducir bajo la influencia
del alcohol, ¿cuántas oportunidades más tendrá de destrozar su
vida?
—¿Hola?
—Soy Lili.
La habitación se inclinó hacia un lado. El suave zumbido de la
lámpara del techo se volvió fuerte y persistente, como un nido de
abejas furiosas.
—¿Cómo me has encontrado?
—Busqué en Internet dónde trabaja.
—¿Está en Internet? —Caroline miró a la secretaria, que fingía
170
estar leyendo algo en su ordenador. ¿Cuánta información más de su
vida estaba allí para que otros la buscaran? ¿Le quedaba algo que
fuera de ella y solo de ella?
—¿Está bien que llame aquí? Tenía miedo de volver a llamar a su
casa.
—Siento lo que pasó.
—Está bien. Esa era Michelle, ¿verdad? Entiendo por qué estaba
molesta.
—¿La recuerdas? —¿Puedes decirme algo, lo que sea, sobre ella
que nadie más que tú y yo podamos saber, algo que no esté en
Internet, algo que sea concluyente…?
—No. Desearía poder decir que sí, pero…
—Ella cree que eres un fraude —dijo por lo bajo.
—Probablemente yo lo pensaría también, si estuviera en sus
zapatos.
—Así que ¿qué pasará ahora? ¿Realmente hablabas en serio
cuando dijiste que vendrías a San Diego?
Hubo una breve pausa, una fuerte inhalación.
—¿Qué opción tengo?
¿La chica era real o Michelle tenía razón? Caroline sintió un vacío
en sus entrañas al recordar las predicciones de Michelle.
—Y supongo que quieres que te envíe dinero…
—No. Ya se lo he dicho. No quiero su dinero.
—Entonces, ¿cómo…?
—No lo sé aún. Tengo que resolver algunas cosas.
—Entonces, ¿cuándo…?
—Volveré a ponerme en contacto. ¿Tiene un teléfono móvil?
—Tengo uno. Solo que nunca está encendido. Michelle siempre
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me persigue por eso. Dice que es ridículo que… —Se dio cuenta de
que estaba divagando y se detuvo abruptamente. Revisó su bolsa
en busca del móvil. Lo encendió y buscó su número—. Aquí. Lo
tengo. —Rápidamente le transmitió el número a Lili.
—La llamaré. —La línea se cortó.
—¿Hola? ¿Hola, Lili? —Caroline se quedó inmóvil, reproduciendo
la conversación una y otra vez en su mente. Debe pensar que soy
una tonta, pensó. ¿Quién no conoce su número? ¿Quién nunca
tiene la maldita cosa encendida? Y luego, más pensamientos: ¿esta
chica realmente no quería su dinero o solo estaba ganando tiempo
en un esfuerzo por maximizar sus ganancias? Había arrojado su
cebo con éxito y Caroline lo había atrapado ansiosamente. Todo lo
que le quedaba era tirar de la línea. ¿Eso era lo que Lili estaba
haciendo?
—¿Todo va bien? —preguntó la secretaria.
—Soy una idiota. —Caroline le regresó el teléfono escolar.
—No diga eso. Solo por no recordar su número de móvil… —El
rostro de la secretaria se sonrojó—. Tiene mucho en mente en estos
días. Y ese artículo en las noticias…
Caroline asintió y se preguntó si el director les habría informado de
su pasado antes o si lo acababan de descubrir.
—¿La policía en México aún no tiene idea…?
—Nada.
Cada indicio que el detective Ramos había encontrado durante la
última década y media, eventualmente había alcanzado el mismo
camino sin salida; cada sospechoso que había seguido había
logrado evadirlo. Si la policía pierde quince años en caminos sin
salida y Caroline soporta quince años de falsas esperanzas,
172
¿cuántos años más faltarán para que pierda la cabeza por
completo?
—Solo para que lo sepa, Shannon y yo no creímos ni por un
segundo que usted lastimó a su hija…
—Ni por un segundo —confirmó Shannon.
Por primera vez desde que entró en la oficina, Caroline fue
consciente de la otra secretaria sentada en el escritorio.
—Gracias. —Les ofreció a las dos su mejor intento de sonrisa y
comenzó a caminar hacia el pasillo. Tenía que salir de allí antes de
que cualquiera de ellas dijera una palabra más.
—… o que haya tenido algo que ver con el suicidio de ese pobre
chico.
Demasiado tarde. No se había movido lo suficientemente rápido.
Sintió que el color dejaba su rostro y que el zumbido de las abejas
furiosas regresaba.
—Estábamos hablando de que fue algo perverso que ese
periodista volviera a recordar todo eso. Como si no tuviera
suficiente…
La habitación comenzó a dar vueltas. Lo último que Caroline supo
fue que estaba sentada en el suelo, con la espalda contra la pared,
las piernas extendidas frente a ella y la habitación dando vueltas a
su alrededor.
—Por Dios. ¿Qué ha pasado? —gritó Shannon.
—Se ha desmayado. Llama a la enfermera.
—Estará bien —le dijo Shannon, de rodillas junto a ella y
palmeando su mano mientras esperaban a que llegara la enfermera
del instituto —. Ya lo verá. Todo va a estar bien.
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14
174
Diez años atrás
175
A excepción de Errol Cruz, que estaba sentado en el último
asiento de la última fila, mordiendo el extremo de su lápiz y mirando
por la ventana, con un aspecto más desconectado de lo normal. Un
chico delgado, de aspecto casi delicado, de profundos ojos azules y
piel con acné; él nunca se reía de los pedantes comentarios de sus
compañeros ni hacía ninguno él mismo. Nunca participaba en
clases, aunque siempre que Caroline lo llamaba tenía la respuesta
correcta. Ocasionalmente se quedaba después de clases para
discutir acerca de la lección del día o de algún problema que había
encontrado en línea. O tal vez solo se retrasaba para no regresar a
casa. Se decía que su padre era hosco y desagradable, y ni él ni su
madre se habían molestado en presentarse a la última reunión de
padres y profesores. De acuerdo a sus otros profesores, Errol rara
vez terminaba sus tareas y casi no tenía oportunidad de pasar el
curso, lo que era una lástima, porque a pesar de tener malas
calificaciones, había mostrado tener verdadera habilidad para las
matemáticas. Tal vez con un poco más de apoyo…
—Ayuda comenzar cada jornada de estudio con una revisión
rápida de lo que estudiasteis el día anterior —continuó con una
mirada al reloj. Michelle tenía cita con el dentista a las cuatro y
Caroline había quedado en recogerla del instituto a las tres y media.
Eso significaba que tenía que salir tan pronto como sonara la
campana para conducir hasta el elegante instituto privado de
Michelle en Mission Hills y llevarla al dentista, cuya consulta se
encontraba en la calle Washington, justo al este de Old Town, un
viaje de quince minutos en el mejor de los casos, y probablemente
del doble durante la hora punta. Tenía poco tiempo que perder. El
instituto había recibido indicaciones específicas de nunca dejar a
176
Michelle sola o sin supervisión, pero nunca se podía estar segura.
»Al repasar, aseguraos de leer cuidadosamente cada paso del
procedimiento y usar un marcador para resaltar los conceptos y
fórmulas principales. Si os ayuda, dibujad un diagrama para aclarar
más el concepto.
La campana sonó. La clase de inmediato comenzó a recoger sus
cosas y a salir.
—Adiós, señora Shipley —dijo alguien.
—Que tenga buenas noches —dijo otra persona.
—Gracias. También tú, Errol… —respondió cuando el chico
estaba saliendo del salón.
Él se detuvo, se quedó inmóvil en la puerta, con la mirada baja, la
vista en el suelo.
—¿Tiene un minuto? —Ella miró al reloj otra vez. Tenía poco
tiempo. Michelle estaría esperando. No podía llegar tarde. El chico
regresó lentamente hacia ella, con la vista fija en un punto justo al
lado de su oreja derecha, sin hacer contacto visual—. ¿Hay algún
problema, señora Shipley?
—Estaba a punto de preguntar lo mismo. —Movió su cabeza para
entrar en el campo visual del él—. Estaba observándote en clases y
no pude evitar notar… ¿Hay algún problema, Errol? Pareces un
poco… No lo sé… distraído.
Más distraído de lo habitual, agregó en su mente.
Sus ojos azules bajaron al suelo. Una larga pausa, un tambaleo de
un pie al otro.
—No. Estoy bien.
—¿Estás seguro? Porque no pareces estar bien —insistió
Caroline—. ¿Qué sucede, Errol? Por favor, dime. Si hay algo que no
177
entiendas…
Él no dijo nada, su mano apartó unos cabellos que cayeron sobre
su frente. Caroline creyó ver el rastro de una magulladura sobre su
ojo derecho, pero cuando inclinó la cabeza para verlo mejor, él
rápidamente regresó el pelo a su lugar.
—¿Todo está bien en casa?
—Claro. —Él se encogió de hombros.
—Puedes hablar conmigo, Errol —dijo y escuchó el reloj marcar
los segundos en la pared detrás de su cabeza—. Lo sabes, ¿no es
así?
—Sí.
—De lo que sea. No solo de matemáticas. —Miró a la puerta. Si
no se marchaba en ese momento, no tendría oportunidad de llegar
con Michelle al dentista a las cuatro en punto.
—Tiene que ir a algún lado —dijo él.
—No. Está bien. Tengo tiempo.
—No, está bien.
—De verdad. Tengo tiempo.
—No es nada. Estoy bien.
—¿Estás seguro?
—Sí. No hay problema. —El chico ya estaba caminando hacia la
puerta.
—De acuerdo. Bien, entonces, nos vemos mañana.
—Adiós, señora Shipley.
—Adiós, Errol.
Lo vio desaparecer por el pasillo, luego cerró la puerta del salón
detrás de ella e intentó borrar la inesperada sensación de culpa.
Claramente, algo estaba perturbando al chico. Claramente, no
178
quería hablar de eso. ¿Qué se suponía que hiciera? ¿Obligarlo?
¿Forzarlo a decir la verdad? Tal vez con un poco más de insistencia,
un poco más de paciencia… Lo intentaría al día siguiente, decidió y
caminó enérgicamente al aparcamiento.
En cuestión de minutos se encontraba en la autopista San Diego
en dirección a Mission Bay. A las cuatro menos diez, veinte minutos
más tarde de lo que debía llegar, aparcó frente al colegio de
Michelle para encontrar a su hija en compañía de una estudiante
mayor, sentada en las escaleras exteriores del colegio, una rodilla
levantada, la otra enroscada alrededor del tobillo, como una
serpiente dormida. Con tan solo diez años ya había perfeccionado la
expresión de extrema decepción. Caroline se estiró sobre el asiento
de su Camry negro y abrió la puerta del acompañante.
Michelle saludó a la otra chica y bajó las escaleras. Subió al coche
y se abrochó el cinturón de seguridad casi sin mirar a su madre.
—Llegas tarde —dijo.
179
Caroline asintió y se retiró a una esquina de la sala en donde
había una silla vacía. Se sentó y Michelle saltó enseguida sobre su
falda.
—Oye, con cuidado.
—¿Qué pasa? —preguntó Michelle.
—Nada. Es solo que estás poniéndote algo pesada.
—¿Estoy gorda?
—No, por supuesto que no. ¿Quién ha dicho que estabas gorda?
—Aunque no podía negarse la predilección de Michelle por la
comida basura y los dulces. Era un gusto que había adquirido
después de la desaparición de Samantha, uno complacido por su
abuela, que siempre la llenaba de comidas calóricas. Caroline no
había querido decirle nada a ninguna de ellas, con la idea de que
Michelle era solo una niña y su madre era, bueno, su madre. Sabía
que era una racionalización conveniente, pero no tenía la fortaleza
de hablar con ninguna de ellas. Un fuerte sonido de masticación
llegó a sus oídos.
—¿Tienes goma de mascar en tu boca?
Los hombros de Michelle cayeron y sus ojos giraron hacia el
techo.
—Escúpela. Estás en el dentista, por favor.
—¿Qué hago con ella? —Michelle soltó una enorme goma de
mascar rosada en la palma de su mano. Caroline miró alrededor en
busca de un cubo de basura, pero no encontró ninguno.
—Hay un baño por el pasillo. —Levantó a Michelle con cuidado de
sus piernas y se puso de pie—. Vamos.
—Puedo ir sola.
—Iré contigo.
180
—No.
—Sí.
—Es muy vergonzoso. Nunca me dejas hacer nada —protestó
Michelle, tan fuerte como para atraer la atención de todos a su
alrededor, que eran casi todos en la habitación—. No soy una bebé.
Soy una chica grande.
—Solo dame el chicle y siéntate —indicó Caroline, sonrojada,
como si un fuego estuviera atravesando por sus venas. Envolvió el
chicle en un pañuelo y se acercó a la recepción—. Disculpe. ¿Tiene
algún lugar donde pueda tirar esto?
La recepcionista levantó el cubo de basura que tenía a sus pies
sin decir nada y Caroline arrojó el pañuelo, segura de que todas las
miradas estaban sobre ella. Pero, al mirar alrededor, se sintió
aliviada de que la mayoría de las personas estuvieran sumergidas
en libros propios o mirando la colección de viejas revistas de la sala.
Una mujer rubia con un uniforme de color rosa pálido entró a la
sala desde las oficinas internas.
—¿Señora Pearlman? —llamó a una mujer de mediana edad
sentada junto a la puerta—. El doctor Wang la verá ahora. —La
señora Pearlman dejó la revista que había estado leyendo sobre la
mesita junto a ella y siguió a la mujer del uniforme rosado a las
oficinas.
Caroline se sentó de inmediato en la silla vacía, que aún tenía el
asiento caliente. De inmediato también, Michelle se levantó de su
lugar en la pared opuesta y saltó sobre la falda de su madre.
—Tengo hambre —dijo.
—Toma, lee esto. —Caroline se extendió hacia la mesa a su lado
y le entregó una revista de moda a Michelle.
181
—¡Mami, mira! —exclamó la niña y señaló a la mesa, con sus ojos
redondos como círculos.
Caroline miró la pila de revistas viejas con creciente horror. Allí
estaba ella, en la cima de la pila, de pie, rígida junto a Hunter, en la
fotografía familiar tomada durante su conferencia de prensa en
Rosarito. «Cinco años después», decía el titular con fecha del
noviembre pasado. «¿Dónde está Samantha Shipley?»
—¿Por qué está tu fotografía en la revista? —preguntó Michelle,
con su dedo fijo en una pequeña fotografía de su hermana en la
esquina superior derecha—. ¿Esa es Samantha?
Caroline se esforzó por no gritar. Siempre había sido muy
cuidadosa de mantener tales titulares fuera de la vista de Michelle,
de asegurarse de que la niña nunca viera las coberturas del evento
o de sus consecuencias en el periódico y las revistas.
Aunque Michelle nunca había hecho muchas preguntas; había
aceptado la desaparición de Samantha como un niño acepta la
mayoría de las cosas sobre las que no tiene control. Al principio,
ocasionalmente había preguntado dónde estaba su hermana y
cuándo volvería a casa, pero después de unos meses esas
preguntas también se terminaron. Durante el pasado año, no había
mencionado a su hermana en absoluto.
Y, afortunadamente, la constante lluvia de historias también
comenzó a menguar. Pero el quinto aniversario de la desaparición
de la niña había marcado un hito, lo que resultó en una cobertura
renovada. Cinco años desde que vi a mi bebé, pensó entonces, y
resistió las lágrimas. ¿Cómo es posible?
—Mami, ¿por qué tu fotografía está en la revista?
¿Qué podía decir? ¿Qué podía hacer? El daño estaba hecho.
182
Había estado peleando una batalla que no tenía oportunidad de
ganar. Sin importar cuánto intentara, no podía proteger a Michelle
por siempre de encontrarse inesperadamente con esas cosas. Era
junio, el final de otro año escolar. Había pensado inocentemente que
estarían seguras hasta el noviembre próximo. ¿Cuándo se daría
cuenta de que nunca estaban seguras?
—¿Dónde está mi fotografía? —preguntó Michelle en un lamento,
mientras sus ojos recorrían la portada de la revista.
—¿Michelle Shipley? —llamó una voz.
Caroline levantó la vista hacia la higienista dental que esperaba.
Nunca en su vida había estado más feliz de ver a alguien.
—Tu turno, cariño.
—¿Por qué mi fotografía no está en la revista?
—Porque eres afortunada —respondió Caroline—. Es una revista
estúpida y no quieres que tu fotografía esté en ella.
—Michelle Shipley —repitió la higienista.
—Aquí está —Caroline bajó a Michelle de su falda—. Ve.
—¿Tú no vendrás?
—Tengo que esperar aquí.
—Quiero que vengas.
—Eres una niña grande, ¿recuerdas?
—Tu madre vendrá a hablar con el dentista cuando yo termine —
dijo la higienista.
En cuanto Michelle se marchó, Caroline se levantó de su asiento y
salió de la sala, con la revista en su puño. Corrió al baño al final del
corredor y se encerró en el primer cubículo, con las manos
temblorosas al buscar la historia dentro de la revista. Y allí estaba:
«Cinco años después. ¿dónde está Samantha Shipley?»
183
El artículo comenzaba con un recorrido fotográfico de doble
página del Grand Laguna Resort, completo, con imágenes del
restaurante y del área de la piscina, una gran X que indicaba la
habitación de la que se habían llevado a Samantha. Le seguían tres
páginas de fotografías, rumores e insinuaciones, con la mayoría de
las supuestas fuentes sin nombres. Había varias fotografías de
Hunter y de Caroline, juntos y separados, al igual que una grupal de
ellos con Peggy y Fletcher, Steve y Becky, Rain y Jerrod. Incluso
había una imagen de Michelle aferrando con fuerza la mano de su
abuela mientras salían del complejo para regresar a San Diego.
Caroline se preguntó cómo las había conseguido esa revista y quién
estaba detrás de la cita: «Parecía la madre perfecta, pero nunca
conoces realmente a las otras personas, ¿no es así?» Sospechaba
que era de Rain; sonaba como la clase de cumplido
malintencionado que ella ofrecería. Pensó en llamarla y exigirle una
explicación, pero no había hablado con la mujer en años. Una vez
que ella y Hunter se divorciaron, amigos como Jerrod y Rain
desaparecieron rápidamente de su vida.
Caroline devoró el artículo y luego lo leyó dos veces más. Había
pasado cinco años evitando esa clase de historias, pero en ese
momento en que esa estaba realmente en sus manos, no podía
apartar sus ojos de ella. Contenía la usual recopilación de eventos:
era su décimo aniversario, la niñera había cancelado
misteriosamente, habían dejado a sus dos hijas solas mientras
celebraban una cena con sus amigos en el restaurante de abajo,
Samantha había sido arrancada de su cuna en algún momento entre
las nueve y media y las diez de esa noche, una cantidad de
sospechosos habían sido interrogados y liberados, incluido un
184
trabajador del hotel que estaba actualmente encarcelado por acosar
a su sobrina. «La madre parecía distante», aparecía citado un
empleado. «Siempre llegaba tarde a recoger a su otra hija del
programa para niños de la tarde».
—Una vez —dijo Caroline en voz alta—. Llegué tarde una vez. —
También citaban a un oficial de policía: «Siempre hemos tenido la
sensación de que la familia sabía más de lo que decía»—. ¿Como
qué, maldita sea? —gritó—. ¿Qué más podríamos saber?
La puerta del baño se abrió. Un par de tacones de mujer color
marfil aparecieron frente al cubículo de Caroline.
—¿Todo está bien allí? —preguntó una voz—. Creí escuchar
gritos.
El corazón de Caroline palpitaba con tanta fuerza que apenas
podía hablar.
—Todo está bien —logró decir—. Solo me pillé el dedo con la
puerta.
—Auch.
Caroline contuvo la respiración mientras la mujer se distraía en el
lavabo. ¿Qué demonios hace durante tanto tiempo?, se preguntó.
Espió por la hendija en la puerta del cubículo y vio cómo la mujer se
aplicaba una nueva capa de pintalabios y peinaba su cabello.
—¿Está segura de que está bien? —preguntó la mujer cuando
estaba a punto de marcharse.
—Estoy bien, gracias. —Esperó a que la puerta se cerrara antes
de liberar las lágrimas—. Contrólate, maldita sea —dijo, con cuidado
de que su voz fuera un susurro mientras su mirada regresaba a la
revista.
Por supuesto que también mencionaba el divorcio de Caroline y
185
Hunter y planteaba que la culpa los había separado. No mencionaba
el romance de él con una asistente legal, que había sido lo que
enterró el clavo final en el cajón de su matrimonio. No es que ese
romance hubiera sido más significativo que los que lo precedieron.
No es que hubiera sido más duradero ni más intenso que los demás.
Solo era el último de una serie de romances que habían sucedido
luego de la desaparición de Samantha. Pero, mientras que las
infidelidades de Hunter pudieron contribuir a su creciente
distanciamiento, fue indudablemente la frialdad de ella, su incesante
resentimiento, lo que había provocado esos romances. La culpa
ciertamente los había alejado. Y ella era tan culpable como él.
Más.
Cerca del final del artículo había una fotografía de Caroline en el
exterior de Lewis Logan High, tomada poco tiempo después de que
regresara a la enseñanza. Junto a ella se encontraba una fotografía
de Hunter caminando con una mujer joven sin identificar. Tal vez una
clienta o socia de negocios. Tal vez no. «Siguen adelante», decía el
pie de la imagen.
—Siguen adelante —repitió Caroline con enfado y arrojó la revista
al basurero junto a la puerta de camino a la salida del baño. Si
estaba tan ocupada siguiendo adelante, ¿por qué se sentía más
estancada que nunca?
186
15
187
El presente
–¿T epreocupación
desmayaste? —El rostro de Peggy reflejaba confusión y
a la vez.
—Bueno, no me desmayé exactamente.
Las dos mujeres estaban sentadas en una mesa en la esquina de
Costa Brava, un restaurante español en la avenida Garnet que era
famoso por sus tapas. Una gran pantalla de televisión en una de las
paredes blancas minimalistas del restaurante transmitía por satélite
un partido de fútbol español que un grupo de fanáticos entusiastas
estaba mirando. Gritos de «Olé» llenaban el lugar de vez en cuando.
—En un segundo estabas de pie, al siguiente estabas en el suelo.
Eso es desmayarse hasta donde yo sé. ¿Por qué no me llamaste?
—No puedo llamarte por cada cosa que pasa.
—Tú ya no me llamas por nada. Apenas te veo. Es bueno que tu
madre nos haya invitado para la cena de Acción de Gracias.
—¿Y allí no hablamos? —Caroline miró por la ventana al cielo
despejado de la tarde de sábado. Casi podía escuchar el océano a
algunas calles—. Me aterra que me pidan que renuncie.
—Eso no va a pasar.
—¿Por qué no? Ha pasado antes.
188
—Todo por esa estúpida historia en las noticias —dijo Peggy, negó
con la cabeza y bebió el vino que le quedaba.
—Fue mi culpa.
—No fue tu culpa. Deja de aceptar la culpa por todo con tanta
facilidad.
—No creo que sea capaz de soportar otra pérdida de trabajo.
—No lo harás. Tu directora sabía lo que había sucedido contigo
cuando te contrató.
—La historia se había olvidado para ese entonces. Ahora, gracias
a todos esos estúpidos artículos, ha vuelto. La maldita historia no
desaparece, ¿o sí? Es como el herpes.
—Gracias por la imagen. —Peggy rio—. Termina tu almuerzo.
—Mis estudiantes no han hablado de otra cosa en toda la semana.
—Caroline llenó su tenedor con judías negras y arroz y vio cómo la
mayor parte volvía a caer en su plato.
—Entonces, dales algo más de qué hablar. Ponles un examen
sorpresa. A ellos les encantan. —Peggy llamó al camarero para que
rellenara su vino—. De acuerdo, ya he sido lo suficientemente
paciente. ¿Alguna vez me lo contarás?
—¿Decirte qué?
—Vamos, Caroline. ¿Cuánto tiempo hemos sido amigas? ¿No
crees que sé cuando estás ocultándome algo?
Caroline dejó su tenedor y miró a su amiga desde el otro lado de
la mesa.
—Michelle te habló de Lili, ¿no es así? Te habló de Calgary.
—No quería hacerlo. —Peggy se adelantó en su silla, con los
codos sobre la mesa—. Asumió que tú ya me lo habías contado. La
pregunta es: ¿por qué no lo hiciste?
189
—Lo siento. Todo pasó muy rápido.
—Pasó hace más de una semana —la corrigió Peggy, obviamente
dolida—. ¿Qué ocurre, Caroline? ¿No confías en mí?
—Por supuesto que confío en ti.
—Entonces, cuéntame por qué no me lo dijiste.
Caroline miró al techo, como si su respuesta pudiera estar
escondiéndose detrás de uno de los candelabros.
—No lo sé. Supongo que tenía miedo.
—¿De qué?
—De que pensaras que estoy loca. Que intentaras convencerme
de que no fuera.
—Bueno, debes admitir que no es precisamente un
comportamiento racional. Esta chica te llama de la nada, dice ser
Samantha y tú vuelas a Calgary sin decirle una palabra a nadie…
—Ella volvió a llamar —interrumpió Caroline. Ya que Peggy
conocía parte de la historia, bien podía conocerla toda.
—Michelle me dijo eso también. Dijo que te arrancó el teléfono de
la mano, que le advirtió que no volviera a llamar…
—Me llamó al trabajo.
—¿Qué? ¿Cuándo?
—El lunes.
—¿Qué dijo?
—Que vendría a San Diego para la prueba de ADN.
—¿Cuándo?
—En cuanto pueda resolver algunas cosas.
—¿Y eso qué significa?
—No tengo idea.
—¿Michelle lo sabe?
190
—No. No puedo contárselo. Se pondría furiosa. Está segura de
que Lili es un fraude.
—¿Y tú estás tan segura de que no lo es?
—No estoy segura de nada.
—¿Te ha pedido dinero?
—No.
—¿Te ha pedido algo?
—No.
—Eso no significa que no lo hará.
—Lo sé.
—Pero, asumiendo que no lo haga —continuó lentamente,
midiendo cada palabra—, eso nos deja tres posibilidades.
—¿Que son…?
—Una, que sinceramente crea ser Samantha; dos, que sea una
sádica que se regocija jugando con las mentes de las personas;
tres, que haya perdido la cabeza.
—Hay una cuarta posibilidad.
—¿Que sería…?
—Que realmente sea Samantha.
Peggy miró a Caroline con unos ojos indudablemente tristes.
—Ah, querida. Eres el genio de las matemáticas. Las
probabilidades en contra son astronómicas.
—Pero hay una posibilidad…
—Una diminuta fracción de posibilidad…
—Una posibilidad de todas formas —dijo con convicción—.
¿Cómo podría no apostar por ella?
El camarero se acercó con la segunda copa de vino de Peggy.
Antes de que tuviera oportunidad de dejarla en la mesa, ella la tomó
191
de su mano y le dio un largo trago, luego otro.
—Ve por ella.
192
—¿Qué?
—Siempre que me dices que estoy guapa, significa que he subido
de peso.
—No, la verdad es que no.
—Sí, así es.
—No. ¿Sabes lo que significa? —dijo Caroline y resistió el impulso
de lanzar su vaso vacío a la cabeza de su hija—. Lo que significa es
que nunca puedo decirte nada bueno, que nunca puedes aceptar un
cumplido. Cada cosa positiva que digo, la conviertes en algo
negativo. Solo te sientes bien cuando te digo que estás mal. ¿Cuán
de jodido es eso? Qué triste.
—Lo que es triste es que no tengas respeto por mis sentimientos.
Por mí.
—¿De qué estás hablando? ¿De dónde ha salido eso? ¿Estás
enfadada conmigo porque he salido a almorzar?
—Estoy enfadada porque ni siquiera se te ocurrió decirme a dónde
irías. Hubiera estado bien que me dejaras una nota o algo. Para que
no me preocupara.
—No hay razón para que te preocupes.
—No, porque no harías ninguna locura, como volar a Calgary o
algo.
—Cariño, te prometo que no voy a volar a ningún lugar.
—Entonces, ¿por qué estás siendo tan reservada?
—No estoy siendo reservada.
—Sí, lo estás siendo.
—Bueno, entonces, lo siento. No es mi intención. Supongo que no
estoy acostumbrada a que te preocupes tanto.
—¿Por qué? ¿Porque no tengo sentimientos?
193
—Nadie ha dicho que no tienes sentimientos.
—¿Y qué estás diciendo?
—No lo sé —respondió Caroline y sacudió una mano en el aire,
totalmente frustrada—. No sé lo que estoy diciendo. No tengo idea
de qué se trata esta conversación o por qué estamos discutiendo.
Sé que me lo he pasado bien en la comida y he disfrutado de un
adorable paseo por la playa. Realmente estaba sintiéndome muy
bien y después llego a casa y se desata un infierno.
—Entonces, ¿es por mi culpa?
—No, es mía. Da igual. Todo es mi culpa. Lo entiendo. Lo acepto.
—Mi madre, la mártir.
—Está bien, de acuerdo.
—Estaba preocupada, eso es todo. ¿No puedo preocuparme?
—Si estabas tan preocupada, ¿por qué no me llamaste? Tengo un
teléfono móvil.
—Que nunca tienes encendido. ¿Cuál es la razón de tener un
maldito móvil si nunca lo tienes encendido?
—Lo tengo encendido. —Caroline revolvió su bolso en busca del
móvil y lo extendió frente a Michelle—. ¿Lo ves? Encendido.
—Nunca lo tienes encendido. —Michelle entornó los ojos—. ¿Por
qué ahora sí? ¿Quién esperas que te llame? ¿Acaso Lili tiene este
número? ¿Te ha llamado otra vez?
—Por el amor de Dios, Michelle.
—Dame el móvil.
—No. —Rápidamente lanzó el móvil de regreso en su bolso antes
de que Michelle pudiera tomarlo—. Suficiente. Ya he tenido
suficiente. —Caminó a la sala de estar, con su bolsa protegida
debajo de su brazo y Michelle pisándole los talones. Permanecieron
194
mirándose una a la otra en medio de la habitación durante varios
segundos—. ¿Sabes qué me gustaría? —preguntó finalmente.
—No. ¿Qué te gustaría?
—Por una vez, solo una vez, me gustaría que tuviéramos una
conversación normal, agradable. Una sin gritos ni acusaciones. He
escuchado rumores de que madres e hijas realmente las tienen. —
No es que ella hubiera tenido una con su propia madre, recordó.
—De acuerdo. Bien. —Michelle se sentó en la silla más cercana
—. Que la conversación comience.
Caroline se sentó en la otra silla, dejó su bolso en el suelo y
esperó a que su hija continuara.
—¿Y cómo ha ido el almuerzo? —preguntó.
—Bien.
—¿Cómo está Peggy?
—Bien.
—¿Cómo están los chicos? No los he visto en años.
—Están bien. Kevin se graduará del colegio esta primavera. A
Philip le va muy bien en Duke.
—Eso está muy bien.
Más bien. Más silencio.
—¿Qué hay de ti? —preguntó Caroline.
—¿A qué te refieres?
—¿Alguna intención de volver a la universidad?
—Estoy pensando en eso. —Michelle se movió incómodamente
en su silla.
—¿De verdad? ¿En qué estás pensando?
—En que podría regresar el próximo otoño.
—¿Alguna universidad en particular? —Caroline intentó no sonar
195
demasiado entusiasmada. Michelle había abandonado Berkeley a
mitad de su segundo año, luego de haber cambiado de carrera dos
veces. Había abandonado UCSD al año siguiente, después de un
solo semestre.
—Papá cree que debería terminar la universidad, después solicitar
la escuela de leyes.
—¿Eso te interesa?
—No lo sé. Tal vez.
—¿No tendrías problemas por tu…?
—¿… mi antecedente de conducir borracha?
Caroline asintió.
—El trato es que al terminar el servicio comunitario borrarán el
registro. Da igual, aún no he tomado ninguna decisión.
—Creo que serías una buena abogada.
—¿Por qué? ¿Porque soy buena discutiendo?
—Porque creo que serías buena en cualquier cosa que quisieras
hacer.
—¿De verdad?
—De verdad.
Otro silencio.
—¿Estás quedando con alguien? —se arriesgó a decir Caroline.
La respuesta de Michelle fueron sus familiares ojos en blanco—. No
importa. Olvida que lo he preguntado.
—No estoy quedando con nadie —dijo Michelle—. Estuve
quedando con un chico durante un tiempo, pero no funcionó.
—Que mal.
—No. Él era un idiota. Todo lo que quería hacer era drogarse y
acostarse conmigo.
196
Suena perfecto, pensó Caroline, que no había hecho ninguna de
las dos cosas en años.
—Espero que uses protección…
—Ay, Dios. ¿Crees que soy una completa imbécil?
—Fuiste arrestada por conducir borracha —le recordó Caroline.
Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas.
—Íbamos bien.
—Lo siento. No debí haber dicho eso.
—No. Lo merecía. No fue la decisión más inteligente que he
tomado.
—Simplemente no lo entiendo.
—Lo sé —afirmó Michelle con tristeza.
—Entonces, ilumíname. ¿Qué hizo que te pusieras al volante esa
noche? ¿En qué estabas pensando?
—Hemos pasado por esto un millón de veces. Creo que lo
importante es que no estaba pensando.
—Pudiste haber matado a alguien. Pudiste haber muerto tú.
—Solo había bebido algunas copas. No creí que me hubieran
afectado tanto.
—Eres una chica tan lista y bonita —insistió Caroline, incapaz de
detenerse—, y no dejas de hacer estas cosas autodestructivas.
Dejas la universidad, conduces borracha, fumas, no comes…
—Es verdad. Soy un completo desastre. —Michelle se levantó de
un salto—. A diferencia de tu otra preciada hija, que estoy segura de
que habría sido perfecta.
—Vaya. Un minuto…
—No. Tú espera un minuto. Es mi turno de preguntarte algo a ti.
Caroline contuvo la respiración.
197
—¿Y si hubiera sido yo esa noche?
—¿De qué estás hablando? —preguntó su madre, aunque ya
conocía la respuesta—. ¿Qué noche?
—La noche en que Samantha desapareció. ¿Y si hubiera sido yo?
—Por Dios, Michelle…
—¿Habrías pasado quince años lamentando mi pérdida cada
maldito segundo de cada maldito día? ¿Habrías dejado que tu
matrimonio se arruinara? ¿Habrías volado a Miami… a Tacoma… a
Calgary? ¿Habrías estado tan desesperada por creer en la palabra
de una evidente estafadora? Dime, mamá. ¿Te hubiera importado
de haber sido yo?
—No puedes estar hablando en serio.
—Y no has contestado mi pregunta.
—Porque es ridícula. Te quiero más que a nada en el mundo.
Sabes eso.
—Sigues sin contestar.
—¿Qué quieres que te diga? Habría estado desconsolada, por el
amor de Dios…
—¿Tan desconsolada como estuviste al descubrir que Samantha
no estaba?
—No lo entiendo. Esto nunca fue una competición.
—No, la verdad es que no lo fue. —Los ojos de Michelle se
llenaron de lágrimas y levantó el mentón para evitar que cayeran—.
En una competición todos tienen oportunidad de ganar. Y yo
siempre acabaría en el segundo lugar, ¿no es así?
—Eso es muy injusto. —Caroline bajó la cabeza. El siguiente
sonido que escuchó fue un golpe de la puerta de entrada.
198
16
199
Seis años atrás
200
—¿Cuánto tiempo le queda? —preguntó Caroline.
—No hay forma de saberlo. El promedio de las estancias está
entre los tres días y tres semanas. Pero nunca se sabe. Algunos
duran meses; otros no aguantan un día. Hemos tenido a un
residente durante casi un año. Simplemente nunca lo sabes.
—¿Le dijiste que vendría?
—Lo hice. Pareció alegrarse.
El teléfono de la recepción sonó. La joven voluntaria asiática
contestó al final del primer tono.
—Buenas tardes. Hospital Marigold —anunció—. Habla Amy.
¿Cómo puedo ayudarlo? Sí. Trasferiré la llamada. —Presionó una
serie de botones y luego regresó el tubo a su lugar.
Segundos después, una alarma sonó, en señal de que alguien
estaba en la puerta. Amy se extendió hacia el gran botón rojo en la
pared que destrababa la puerta y dejó entrar a una familia de cuatro
al recibidor acristalado. Se levantó enseguida y abrió otra puerta
hacia la hermosa área de recepción, en donde Caroline y Peggy
estaban de pie frente a cuatro grandes bancos llenos. Los bancos
estaban agrupados alrededor de una mesa de café, frente a una
chimenea y una gran pantalla de televisión.
—¿Les importaría registrarse, por favor? —Amy guio al hombre y
a la mujer al libro de registro.
—¿Por qué tenemos que registrarnos? —preguntó su hijo, un niño
rubio de alrededor de cinco años.
—Por seguridad —le explicó Amy—. En caso de incendio,
necesitamos saber cuántas personas hay en el edificio.
—Vamos, niños —dijo su madre—. Vayamos a ver al abuelo.
—¿Saben en qué habitación está? —preguntó Amy.
201
—Ah, sí. Gracias. —La familia desapareció por el pasillo interior.
—¿Permiten niños? —le preguntó Caroline a Peggy.
—Niños, perros, gatos. Lo que quieras. Lo que sea que haga que
las personas se sientan más como en casa. Estás haciendo un buen
trabajo, Amy —dijo Peggy a la voluntaria.
—Gracias, señora Banack.
—También tú —reconoció Caroline a su amiga. Peggy desestimó
el cumplido.
—Hablando de trabajo, debería regresar al mío. Becky está en la
habitación 104. —Suspiró—. Pero prepárate. No está como la
recuerdas.
Caroline inhaló profundamente y avanzó por el pasillo interior. De
pie frente a la puerta cerrada de la habitación 104, volvió a tomar
aire, enderezó sus hombros y tocó.
—Adelante —dijo una voz débil, pero familiar.
Caroline abrió la puerta, con cuidado de no dejar que sus
emociones se reflejaran en su rostro. No es que fuera algo difícil. Su
reacción natural al enfrentarse a una tragedia de cualquier tipo era
cerrarse en sí misma. Su rostro se volvía inexpresivo; se volvía casi
sobrenaturalmente calmada. «Un mecanismo de defensa», había
explicado Peggy una vez, aunque la prensa nunca dejó de
defenestrarla por ello, etiquetándola con palabras como «fría» e
«impasible», cuando la realidad era exactamente lo opuesto.
La habitación estaba en relativa oscuridad, la única luz llegaba del
poco sol de la tarde que lograba penetrar por la cortina de la
ventana en la pared más lejana. La televisión frente a la cama
estaba encendida en un canal de noticias, con un recorrido
constante de los titulares del día que se deslizaba al pie de la
202
pantalla. En mitad de la habitación había una cama de hospital y en
medio de la cama estaba Becky, sentada, una figura desmejorada,
vestida con una bata azul y una peluca de pelo corto y negro,
demasiado baja sobre su frente.
—Caroline —dijo Becky como saludo, silenció la televisión y
señaló la silla plegable junto a la cama para su excuñada. Una
segunda silla, de respaldo alto y con aspecto incómodo, se
encontraba frente al baño.
—¿De quién fue esta estúpida idea? —preguntó Caroline,
mientras la puerta se cerraba y ella se acercaba a la cama para
besar a Becky en la mejilla. Resistió la urgencia de enderezar la
peluca, por temor a que un gesto tan íntimo pudiera verse como
presuntuoso.
—Definitivamente no fue mía —respondió Becky—. Siéntate.
Estás increíble. Como siempre.
—Gracias. —Caroline acarició su propio pelo, apenada.
—Es estupendo volver a verte. ¿Cómo has estado?
Caroline se sentó en la silla de cuero de color marrón claro y
decidió concentrarse en los ojos de Becky, que eran del mismo color
castaño intenso de siempre.
—Estoy bien. Lamento que tengas que pasar por esto.
—No lo sientas. No es tu culpa.
—Desearía haberlo sabido.
—No hay nada que pudieras haber hecho.
—Podría haber estado para ti.
—¿De verdad? ¿Te habrías mudado a Los Ángeles?
Caroline se quedó en silencio.
—Lo siento —agregó Becky—. No quería sonar desagradecida.
203
—Lo merecía. Es solo un cliché el decirle a alguien que estarás
ahí, cuando los dos saben que no lo harás.
—Yo ciertamente no estuve para ti —afirmó Becky. No había
necesidad de aclaraciones. Ambas comprendían exactamente a qué
se refería.
—Tenías muchas cosas en mente —señaló Caroline.
—Y no éramos precisamente cercanas para ese entonces.
—No como solíamos serlo —reconoció—. Nunca comprendí bien
qué sucedió.
—Qué sucedió —repitió Becky—. Tu madre. Tu hermano. Tu
madre.
Caroline sonrió.
—¿Cómo está la dama dragón?
—Aún respira fuego.
—Sí. Esa mujer sobrevivirá hasta a Keith Richards. Lo siento, no
debería hablar así. Ella es tu madre.
—Está bien. Es difícil discutir con la verdad.
Aunque la verdad era que, en demasiados sentidos, Becky era
exactamente como su madre. Era testaruda, tendenciosa y
rencorosa. Una vez que alguien entraba en su lista negra, allí
permanecía. Ninguna de las dos cedería un centímetro. Mary nunca
había perdonado a Becky por persuadir a Steve de fugarse a Las
Vegas sin decir una palabra a nadie, hasta que el trato estuvo
cerrado. Becky nunca había perdonado a Mary por no haberla
recibido en la familia con los brazos abiertos. No había ayudado que
ella no hubiera hecho un solo esfuerzo por ganarse a Mary. A Mary
le gustaba ser halagada casi tanto como le gustaba guardar rencor,
y Becky no le había dado esa satisfacción. Steve, un hombre que se
204
mostraba fuerte, cuya fachada confiada albergaba una sorprendente
debilidad en el fondo, había sido partido en dos, su lealtad
constantemente debatida entre las dos. El matrimonio estuvo
condenado desde el comienzo. El hecho de que hubiera sobrevivido
tres años completos después de la ruptura del de Caroline, era una
constante fuente de sorpresas para ella.
—Así que, ponme al día —indicó Becky—. ¿Cómo está Michelle?
—Está bien.
—¿Solo bien?
—Es una adolescente. ¿Qué puedo decir?
—¿Las cosas aún están mal con Hunter?
—Seguimos adelante. Al parecer, él está quedando con alguien.
—Estás bromeando. ¿Es serio?
—Según Michelle, así es. Dice que están hablando de matrimonio.
—¿Cómo te sientes al respecto?
—No tengo sentimientos —mintió Caroline.
—¿Crees que formarán una familia?
—Probablemente. Según entiendo, ella es mucho más joven que
Hunter.
—¿Y cómo te sientes con eso? —insistió Becky.
—No puedo hacer nada con el hecho de que ella sea más joven.
—Me refiero a que Hunter forme otra familia.
—Lo sé.
Becky asintió, comprensiva.
—¿Qué hay de ti?
—¿Qué hay de mí? —preguntó Caroline.
—¿Estás quedando con alguien?
—Dios, no.
205
—¿Por qué no? Eres una mujer preciosa. Eres lista. Interesante.
Estoy segura de que podrías tener hombres haciendo fila.
—Una fila de hombres es lo último que tengo en mente.
—¿Qué tienes en mente?
—En realidad, intento no pensar la mayor parte del tiempo.
—Probablemente sea una buena idea. Entonces, ¿qué haces
cuando no estás pensando?
—Como, duermo, trabajo. Lo usual.
—¿Regresaste a la enseñanza?
—Finalmente encontré a alguien tan audaz como para
contratarme.
—Has tenido mala suerte.
—Supongo que todos la tenemos. —Caroline miró a la televisión.
Su vista se había adaptado a la luz tenue. Pero aún no a las mejillas
hundidas de Becky y a su pálida complexión—. Supe que mi
hermano estuvo aquí.
—Sí. Lo llamé ayer, después de registrarme. Me registré para
desaparecer —dijo con una risa amarga.
—Me sorprende que lo llamaras.
—¿Por qué?
—Bueno, ninguno de los dos era precisamente fan del otro.
—Teníamos que hablar. —Becky se encogió de hombros y su
cabeza volvió a caer sobre la almohada—. Le debía eso.
Caroline esperó a que continuara y se sintió casi aliviada cuando
no lo hizo. Los asuntos no resueltos que Becky y Steve tuvieran
entre ellos no eran cosa suya. Si Becky sentía que le debía una
explicación a Steve o una disculpa por desaires reales o
imaginarios, ¿quién era ella para discutir? Si aclarar sus conflictos
206
matrimoniales le permitía a Becky descansar en paz, entonces
merecía esa oportunidad. Caroline solo esperaba que su hermano
fuera lo suficientemente maduro como para escuchar lo que su
exesposa tuviera que decir.
—¿Hay algo que pueda hacer por ti, alguien a quien quieras que
llame?
—No. Nunca he tenido muchos amigos. Tú eras casi la única.
—Lamento que hayamos perdido el contacto.
—No fue por ti.
Caroline asintió. Becky tenía razón. No había sido Caroline la que
se había apartado. Por alguna razón, su amistad había atravesado
un bache después del nacimiento de Samantha y se había
estrellado e incendiado después de su desaparición, al estar ambas
demasiado preocupadas con sus propios problemas como para
hacer el esfuerzo necesario para volver a recomponerla.
—Te debo una disculpa —dijo Becky entonces.
—¿Por qué?
—Estaba muy celosa de ti. De tu matrimonio perfecto, tus hijas
perfectas, por cómo tuviste a esas bebés. Tenías la vida perfecta.
—No tan perfecta, al parecer.
—No. Lo siento.
—No es por tu culpa —afirmó Caroline, con las mismas palabras
de Becky.
Becky cerró los ojos.
—¿Quieres que me vaya y te deje dormir?
—No. Por favor, quédate. Hay cosas que deben decirse.
Caroline permaneció en su asiento, sin decir nada, viendo cómo el
pecho de Becky subía y bajaba con cada esforzada respiración.
207
—No merecías lo que sucedió —soltó después de un largo
silencio.
Caroline se encogió de hombros, aunque sabía que Becky no
estaba viéndola. Resistió las lágrimas que la amenazaban.
—No solo la desaparición de Samantha, sino todo lo que pasó
después. Las sospechas, las acusaciones, la forma en que la
prensa te trató…
—No me importa nada de eso.
—Lo perdiste todo; tu matrimonio… tus amigos… —Abrió los ojos
—. ¿De qué estoy hablando? Yo te traté mal también. Peor; se
suponía que era tu familia.
—Por favor, no te sientas culpable. —Caroline negó con la cabeza
y liberó las lágrimas que se habían acumulado.
—Pienso en ella, ¿sabes? En Samantha. No pasa un día sin que
imagine ese dulce rostro y me pregunte qué sucedió con ella, cómo
resultó ser su vida.
—¿Crees que está viva?
—¿Tú no? —preguntó Becky y se levantó para sentarse.
—No lo sé.
—Ah, Caroline. No debes perder la esperanza. —Becky se
extendió para tomar su mano, sus dedos acariciaron los de Caroline
—. ¿Quieres saber lo que creo? Creo que Samantha está viva. Creo
que está viva, que es hermosa y feliz.
Caroline jadeó, su respiración se atoró en su garganta y bloqueó
cualquier otro sonido.
—No creo que se la haya llevado un pervertido —continuó Becky y
aferró con fuerza la mano temblorosa de ella—. No creo que haya
sido asesinada ni vendida a una red de pedofilia, como especulan
208
los periódicos. Creo que quien se la haya llevado estaba
desesperado por tener un bebé, al igual que yo, y que la están
cuidando y dándole amor.
—¿De verdad crees eso? —Caroline notó cuánto quería creer en
lo que Becky estaba diciendo.
—De verdad lo creo.
—Gracias. —Sintió una difusa oleada de esperanza en su pecho.
—No. No me agradezcas.
—¿Agradecer qué? —preguntó Steve desde la puerta.
Caroline se giró hacia la voz. Había sido tomada tan por sorpresa
por las palabras de Becky y por el fervor con el que las pronunció
que no había escuchado la puerta. Vio a Steve apoyado contra el
marco, resplandeciendo con una camisa celeste y pantalones
azules.
—Becky cree que Samantha está viva. Cree que la está criando
una buena familia que la quiere.
—Bueno, siempre ha sido un poco clarividente, así que
esperemos que tenga razón. —Se acercó a la cama de Becky, la
besó en la mejilla, después se inclinó para besar a su hermana y
susurrar en su oído—: Ha estado diciendo cosas algo extrañas.
Intenta no dejar que te altere. —Se levantó, arrastró la otra silla
junto a la cama, luego se extendió para recolocar la peluca de Becky
—. Así está mejor —dijo con una amabilidad que sorprendió a
Caroline.
Qué mal que no mostrase una ternura así cuando estaban
casados, pensó. Tal vez si lo hubiera hecho, nunca se habrían
divorciado. No tendrían todos esos asuntos sin resolver entre ellos.
—Me alegra que estés aquí —le confió a Caroline—. Le dije a
209
Becky que debía llamarte. Tiene toda esa culpa, cree que te
abandonó cuando más la necesitabas —continuó por lo bajo—. Da
igual, no estaba seguro de que me escuchara. Nunca solía hacerlo
—agregó, hacia Becky. Sonrió, aunque la intensidad de su sonrisa
matadora estaba notablemente apagada—. ¿Tienes hambre? —le
preguntó a su exesposa.
Becky negó con la cabeza, luego se sobresaltó, con evidente
dolor.
—¿Qué te duele? —preguntó Steve.
—Todo. Podéis creer que ya estoy acostumbrada a eso.
—Llamaré a la enfermera —dijo Caroline.
—No —intervino Steve—. Tengo algo que funcionará mejor que
cualquier medicación que puedan darte. —Sacó una pequeña bolsa
plástica del bolsillo de sus pantalones y la sacudió frente a ellas.
—¿Eso es lo que creo que es? —preguntó Caroline.
—La mejor de México. —Steve dejó la bolsa en su falda y sacó
algunos papeles pequeños de su bolsillo trasero. Fue el turno de
Caroline de sobresaltarse, como hacía cada vez que alguien
mencionaba México.
—No puedes pensar seriamente en fumar hierba aquí.
—Por supuesto que es en serio. No hay una buena razón para
que Becky viva adolorida. No cuando hay una solución simple. —
Roció algo de hierba en el papel y lo selló con su lengua.
—Simple e ilegal —protestó Caroline.
—Entonces, deja que me arresten —dijo Becky, con su voz
sorprendentemente fuerte, mientras Steve encendía el cigarro y
daba una larga bocanada antes de ponerlo en los labios de su
exesposa.
210
Caroline observó a Becky abrir la boca e inhalar profundamente.
Luego Steve extendió el cigarro hacia su hermana.
—Vamos —la instó—. Te hará bien.
Caroline dudó antes de tomar el cigarro de su mano extendida. No
podía recordar la última vez que había fumado hierba, y decidió que
probablemente hubiera sido en la universidad. Hunter nunca había
aprobado la marihuana, aunque no tenía tales reservas con el
alcohol, algo que consumía con frecuencia después de que Caroline
regresó de Rosarito.
—Entonces ¿qué crees? —preguntó Steve e inspiró antes de
regresarlo a los labios de Becky—. Es buena, ¿no es así?
—Es buena —respondió Becky, se recostó sobre la almohada y
cerró los ojos.
—Y olorosa —Caroline se levantó de su silla y caminó hasta la
ventana, la abrió y empujó el aroma dulce hacia el exterior—. Si
alguien entrara…
—Nadie entrará sin tocar.
—Tú lo hiciste.
La respuesta de Steve fue dar otra calada y pasarle el cigarro de
vuelta.
—¿Dónde consigues esto, de todas formas? —preguntó su
hermana, inhaló profundo y sostuvo el humo en sus pulmones hasta
sentir que explotarían.
—Conozco a alguien —respondió Steve.
Caroline asintió, ya comenzaba a experimentar una sensación
placentera en la base de su cabeza, como si fuera a separarse de
su cuerpo. Steve siempre conocía «a alguien». Desde que eran
adolescentes, Steve había logrado encontrar quien lo ayudara a
211
burlar el sistema, ya fuera para comprarle alcohol cuando era
demasiado joven, para proveerlo de drogas ilegales o para prestarle
el dinero para tener un lugar en un juego de póker de alto riesgo. Y,
por supuesto, si las cosas no resultaban del todo de acuerdo al plan,
o si se desviaban por completo, siempre estaba su madre para
correr al rescate.
Su madre; el mayor «alguien» de todos.
—¿Te sientes mejor ahora? —le preguntó Steve a Becky cuando
ya no quedó nada del cigarro excepto ceniza encendida en sus
dedos.
—Ajá —balbuceó Becky, de camino a la inconciencia.
—Es bastante fuerte —afirmó Steve—. Probablemente duerma
durante un tiempo. No tienes que quedarte.
—Tampoco tú.
—Por el contrario. Es lo menos que puedo hacer.
Sí, siempre has sido muy bueno en hacer lo menos, pensó
Caroline, y se preguntó qué había provocado el cambio de su
hermano, aunque no se atrevió a preguntar.
—Espero que no te haya alterado demasiado —continuó él—. Sé
que no era su intención.
—No lo hizo. De hecho, si algo hizo, fue lo contrario. He estado
demasiado concentrada en lo negativo últimamente, obsesionada
con todas las cosas malas que pudieron haberle pasado a
Samantha. Y ella me dio esperanzas.
—Bueno, entonces es bueno que te llamara.
Becky se estiró y abrió los ojos.
—¿Caroline está aquí? —preguntó, como si no tuviera consciencia
de su intercambio anterior.
212
—Justo aquí —le respondió ella.
—¿Caroline?
—¿Sí?
—Lo siento.
—Lo sé.
—Perdóname —dijo.
—No hay nada que perdonar.
—¿Has escuchado eso? —le preguntó Steve a su exesposa,
mientras ella regresaba a la inconciencia—. Caroline dice que no
hay nada que perdonar. —La besó tiernamente en los labios, luego
regresó a su silla—. Yo soy el que debería estar suplicando perdón.
Fui un cabrón.
—Simplemente no erais una buena combinación —dijo Caroline
con intención de ser amable.
—Pobre Becky —lamentó él y acarició su brazo con cuidado—.
Merecías algo mejor.
¿No lo merecíamos todos?, pensó Caroline. Se levantó de su silla
y flotó hacia la puerta, con la mente perdida en una nube de drogas.
Cuando miró atrás, su hermano estaba inclinado sobre Becky,
susurrando palabras suaves en su oído y aún acariciando su brazo.
213
17
214
El presente
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crucigrama y disfrutando de su tercera taza de café, con la cafeína
que compasivamente había reducido la jaqueca a un suave palpitar
en sus sienes, cuando Michelle entró en la habitación. Su hija
estaba usando leggins negros y un top rosa con la inscripción Track
Fitness en gruesas letras negras en el pecho, su pelo recogido en
una cola de caballo y atado con un lazo del mismo tono rosado de
los cordones de sus zapatillas deportivas. Se sirvió una taza de café
y la bebió de pie frente al fregadero.
—Buenos días —dijo Caroline.
—Buenos días.
—No sabía que estabas aquí.
—¿Qué más hay de nuevo?
—Es solo que no te escuché regresar anoche. —La jaqueca de
Caroline regresó con toda sus fuerzas.
—No, estabas muerta cuando fui a verte.
—¿Fuiste a verme?
Michelle puso los ojos en blanco mientras terminaba su café y dejó
su taza vacía en el fregadero.
—Voy al gimnasio.
—¿No crees que puedes estar excediéndote con el ejercicio? He
leído en algún lugar que demasiado ejercicio aeróbico puede acortar
tu vida.
—Curioso. Escuché lo mismo sobre la lectura. —Michelle se
dirigió a la puerta.
—Michelle, espera. —Caroline la siguió—. ¿Podemos hablar
sobre lo que ocurrió anoche?
—Creo que probablemente ya hayamos hablado lo suficiente, ¿no
es así?
216
—Hiciste acusaciones algo fuertes.
—Olvida lo que dije. No tiene importancia.
—Sí importa. Debes saber que te quiero, cariño. Más que a nada
en el mundo…
—Lo sé —afirmó Michelle—. De verdad que lo sé. Ahora tengo
que irme o llegaré tarde a mi clase.
—Espera —repitió Caroline, sin deseos de dejar ir a su hija, pero
sin saber qué más decir. Entró a la sala y alzó su bolsa del suelo,
donde la había dejado la noche anterior—. ¿Puedes comprar café?
Ya casi no queda. —Revolvió el bolso en busca de su cartera,
extrajo un billete de veinte dólares y se lo entregó a Michelle—.
Espera —volvió a decir cuando su hija estaba por marcharse.
—¿Necesitamos algo más?
—Mi móvil —dijo Caroline mientras revolvía la bolsa con su mano
—. ¿Dónde está mi móvil?
—¿Cómo podría saberlo?
—¿Te lo llevaste? Al llegar a casa anoche…
—¿Por qué me iba a llevar tu teléfono, mamá? —preguntó
Michelle mientras balanceaba su peso de un pie al otro—.
Probablemente lo hayas dejado en algún lugar…
—No lo he tocado.
—Bueno, tampoco yo.
—Estaba en mi bolso. Olvidé sacarlo cuando subí.
—¿Y eso significa que yo me lo he llevado?
—Devuélveme mi móvil, Michelle.
—Cálmate, mamá —ordenó su hija antes de abrir la puerta y
caminar hasta la calle.
Caroline golpeó la puerta tras ella, como Michelle la había
217
golpeado el día anterior. Dejó caer el contenido de su bolso sobre el
suelo de pizarra gris, vio su cartera, su peine, su pintalabios, sus
gafas de sol y una variedad de pañuelos usados en el recibidor.
Ningún móvil.
Maldita sea, Michelle.
¿Cómo podría Lili ponerse en contacto con ella entonces? ¿Y si
ya había llamado? ¿Y si Michelle había contestado y repetido su
amenaza de llamar a la policía? ¿Lili sabría que esas amenazas no
tendrían fundamentos? ¿Se arriesgaría a llamar otra vez?
¿Intentaría volver a llamar a la casa o a su trabajo, como lo había
hecho antes?
¿O simplemente se rendiría, decidiría que no valía la pena el
esfuerzo y nunca volvería a llamar?
¿Cómo pudiste ser tan estúpida para dejar tu bolso por ahí?, se
reprendió a sí misma, recogió las cosas del suelo y las devolvió a su
bolso de cuero.
El teléfono sonó.
—¿Lili? —preguntó en voz alta, después de levantarse, correr a la
cocina y golpearse la cadera contra el picaporte de latón de un cajón
mientras tomaba el teléfono y lo llevaba a su oído—. ¿Lili?
—¿Caroline? —preguntó una voz masculina.
—¿Quién es? —La voz era ligeramente familiar, aunque Caroline
no podía identificarla.
—Soy Jerrod Bolton.
—¿Quién?
—Jerrod Bolton —repitió el hombre con una risa—. Sé que ha
pasado mucho tiempo…
—Jerrod Bolton —repitió Caroline y una imagen se formó
218
lentamente en su mente—. Jerrod Bolton —volvió a decir, con su
rostro claro esta vez, aunque él parecía tan insulso como la última
vez que lo vio junto a su glamurosa esposa en México. ¿Por qué
estaba llamando?—. Jerrod, por Dios. Es una sorpresa. ¿Cómo
estás?
—Estoy bien. Me preguntaba si podríamos vernos para almorzar.
—¿Por qué? —preguntó ella.
—Veo que no perderemos el tiempo con rodeos. —Él se rio.
—¿Por qué quieres que nos veamos para almorzar? —insistió—.
¿Hay algún problema?
—Hay algunas cosas que me gustaría discutir contigo —dijo,
después de una breve pausa.
—¿Como qué?
—Preferiría no hablar de ellas al teléfono.
—Suena a algo malo.
—Lo siento. No era mi intención. Es solo que me he enterado de
algunas cosas que creo que podrían interesarte.
—¿Qué clase de cosas?
—La clase de cosas que uno no discute por teléfono. ¿Podemos
vernos?
—¿Hunter sabe que estás llamándome?
—No. Y preferiría que no le dijeras nada, al menos por el
momento.
—No lo entiendo.
—Me sentiría feliz de explicarlo. En el almuerzo. Hoy, si estás
disponible.
—¿Dónde?
—En Darby’s, en Sunset Cliffs. ¿Como a las doce?
219
Caroline repitió las palabras de él en su mente para intentar
encontrarles sentido. ¿Por qué querría verla después de tantos
años? ¿Por qué no querría que Hunter lo supiera? ¿De qué podría
haberse enterado que podría interesarle a ella?
—¿Caroline, sigues ahí?
—Darby’s, en Sunset Cliffs —repitió—. A las doce en punto.
220
concentrara en lo que era, que olvidara las suposiciones y tratara
estrictamente con los hechos? Y el hecho era que no había visto a
Jerrod Bolton o a su mujer en quince años. Así que ¿por qué quería
verla entonces? ¿Qué podría tener él para decirle que la
beneficiara?
—¿Puedo ayudarla?
Caroline miró a la mujer baja, pero curvilínea, con pelo negro por
la cintura y labios color borgoña que estaba sonriéndole, expectante.
—Estoy buscando a Jerrod Bolton —anunció—. Creo que tiene
una reserva…
—Ah, sí. El señor Bolton. Está en el patio. Por aquí.
Caroline siguió a la joven mientras se abría camino con sus
tacones altos, a través de mesas demasiado cercanas entre sí,
desde el salón principal hasta el patio en la parte trasera.
—Caroline —escuchó llamar a un hombre sobre el sonido de las
olas del océano, la autoridad de su voz más fuerte que los chillidos
de las gaviotas que daban vueltas por la arena—. Por aquí.
Jerrod Bolton estaba de pie debajo de una sombrilla azul, con un
pie dentro y otro fuera de su silla de plástico blanco, saludándola. En
los años desde la última vez que lo vio había ganado algunos kilos y
perdido casi todo su pelo, el brillo de su cabeza casi pelada
acentuado por el estridente naranja floreado y blanco de la camisa
Tommy Bahama que vestía. Más allá de eso, era tan insulso como
siempre, decidió Caroline mientras se acercaba a él. Si no hubiera
estado esperando verlo, dudaba haberlo reconocido. Era extraño: él
había sido parte del peor y más difícil momento de su vida, y de
todas formas podría habérselo cruzado por la calle miles de veces
durante los últimos quince años y no haberlo sabido.
221
—Estás tan guapa como siempre —afirmó él cuando ella se
acercó. La tomó de las manos y la impulsó para besarla en ambas
mejillas—. Como lo hacen los franceses —dijo con una sonrisa.
—¿Cómo has estado? —preguntó Caroline al sentarse.
—Increíble. Buena salud. El negocio va bien. No puedo evitar
mencionar lo bien que estás. De verdad. No has cambiado nada.
Ella apenas se había puesto maquillaje y un vestido de verano sin
forma. La humedad estaba haciendo un caos en su pelo.
—Dudo que eso sea verdad.
—Es verdad. Confía en mí.
¿Por qué debería confiar en ti?, pensó.
El camarero llegó.
—¿Qué te gustaría beber? —preguntó Jerrod.
Caroline se encogió de hombros. Normalmente no bebía por la
tarde y no sabía mucho de vino.
—¿Qué te parece champán? —propuso él y no esperó su
respuesta para ordenar una botella de Dom Pérignon. Caroline
sabía menos sobre champán de lo que sabía de vinos, pero sabía
que el Dom Pérignon era una de las más caras que podía pedir.
—¿Estamos celebrando algo?
—Podrías decir que sí.
—¿Y qué dirías tú?
—Que comer con una mujer guapa es razón suficiente para una
celebración. —Él sonrió. ¿Estaba intentando conquistarla? ¿Por esa
razón la había llamado?
—¿Cómo está Rain? —preguntó intencionadamente.
—Siempre aguda —respondió Jerrod con una sonrisa—. Y casi
tan agradable.
222
—¿Disculpa?
—Estamos separados.
—Ah. —Caroline volvió a hundirse en su silla.
—Pareces sorprendida.
—Supongo que lo estoy. Parecíais locos el uno por el otro.
—Yo estaba loco por ella. Ella solo estaba loca. —Guiñó el ojo.
—Lo siento —dijo Caroline e ignoró el guiño. A pesar de que ella y
Rain nunca habían sido cercanas, no tenía interés en estar allí
sentada escuchando cómo difamaban a la mujer. Había escuchado
suficiente cuando Steve y Becky estaban atravesando su divorcio—.
Suena como si estuvieras pasando unos momentos difíciles.
—Admito que no ha sido fácil.
¿Por eso la había llamado? ¿Porque necesitaba un hombro en el
que llorar? ¿No tenía a nadie más en quien confiar?
El camarero regresó con su champán, la descorchó con experticia
y eficiencia y sirvió dos copas.
—Por los nuevos comienzos —brindó Jerrod y chocó su copa con
la de ella. Caroline se llevó la copa de mala gana a los labios, bebió
un trago y sintió el cosquilleo de las burbujas en la punta de su
nariz.
—Discúlpame, Jerrod, no quiero ser maleducada, pero ¿por qué
estoy aquí?
—¿Nunca has visto un reencuentro de dos viejos amigos?
—No te he visto en quince años —le recordó Caroline—. Incluso
entonces, eras más amigo de Hunter que mío.
—Sí, bueno, eso es pasado.
—¿Qué es pasado?
—Realmente no tienes ni idea de lo que estoy hablando —dijo
223
Jerrod, más como afirmación que como pregunta. Después bebió
otro trago de champán.
—En realidad, no.
El camarero se acercó con el menú.
—¿Te importa si pido por los dos? —preguntó Jerrod—. Tienen la
ensalada de gambas más increíble. Creo que te encantará.
Caroline asintió y sintió que su apetito desaparecía. Si así se
había comportado Jerrod durante su matrimonio, entonces todo su
apoyo estaba en el lado de Rain. Era un misterio que su unión
hubiera sobrevivido tanto tiempo.
—Dos ensaladas de gambas. Y quisiéramos algo de pan, por
favor. Gracias.
—Dijiste al teléfono que recientemente te habías enterado de
algunas cosas que podrían interesarme —recordó Caroline tan
pronto como el camarero se retiró.
—Absolutamente cierto.
—¿Me vas a decir cuáles son o me harás adivinar?
—Es sobre tu antiguo marido y mi futura exesposa.
—¿Qué pasa con ellos?
—¿Aún no lo has adivinado?
—No soy buena con las adivinanzas.
—Ellos tuvieron una aventura —dijo como un hecho.
—Ellos tuvieron una aventura —repitió Caroline mientras intentaba
no reírse. El hombre había perdido la cabeza. Hunter siempre había
parecido ignorar el evidente encanto de Rain. E incluso en el
improbable caso de que él y Rain hubieran estado involucrados,
¿qué diferencia tenía para ella entonces? Ya no era esposa de
Hunter. Las otras mujeres ya no eran su problema. Diana era con
224
quien Jerrod debía estar hablando. Hunter era su dolor de cabeza
entonces.
El camarero dejó una panera en su mesa.
—Prueba el pan de aceitunas —le indicó Jerrod—. Es el mejor en
la ciudad. —Tomó una rebanada y la untó con mantequilla—. De
verdad creí que lo sabías, o que al menos lo sospechabas.
—¿Cuándo exactamente se supone que ocurrió esta aventura?
—Hace quince años.
—¿Hace quince años? —Caroline sintió que un adormecimiento
se abría camino hacia la boca de su estómago.
—Y no hay nada de «supuesto» en esto. Rain admitió todo el
sórdido asunto. Francamente, creo que estaba aliviada de sacar al
fin eso de su pecho. Un pecho que, debo admitir, echaré de menos
profundamente.
Caroline sintió que el adormecimiento comenzaba a expandirse
por su cuerpo. Sabía que Hunter la había engañado repetidamente
después de la desaparición de Samantha, pero nunca, ni en sus
más locas fantasías, había pensado que uno de esos romances
había sido con Rain.
—¿Quieres decir, después de que regresáramos de México?
—Después. Antes. Durante. —Jerrod metió la rebanada de pan de
oliva en su boca y masticó vigorosamente.
El adormecimiento alcanzó los pulmones de Caroline. No podía
respirar.
—Espera. ¿Estás diciendo que estaban acostándose mientras
estábamos en Rosarito?
—Feliz aniversario. —Levantó su copa para brindar, luego la dejó
en la mesa de inmediato—. Lo siento. No quería ser elocuente. No
225
lo mereces. Claramente estabas tan ciega como yo.
—¿Y Rain simplemente soltó todo esto?
—Soltó mucho más que eso. Como dije, creo que estaba aliviada
de confesarlo finalmente.
—¿Qué te dijo exactamente?
—Que mientras estábamos en México, ella y Hunter estaban
juntos siempre que tenían oportunidad, que incluso se habían
escapado durante tu cena de aniversario, que estaban dándole duro
mientras tu esposo supuestamente estaba viendo a Samantha…
Un extraño grito escapó de los labios de Caroline.
—No iba a decírtelo. Agua bajo el puente y todo eso. ¿Qué bien
podría hacer que supieras esto después de tanto tiempo? Pero, con
todas las noticias recientes, no podía apartarte de mi cabeza. Sé
que no cambia nada, pero supongo que creí que tenías derecho a
saberlo.
—Tengo que irme. —Caroline se levantó de un salto.
—¿Qué? No, espera. No has comido. Pensé que podríamos
caminar por la playa más tarde, tal vez ver una película…
Caroline lo miró, incrédula.
—Maldito bastardo —susurró y salió corriendo del patio.
Jerrod podía tener razón con respecto a Hunter y Rain, pero si lo
que decía era verdad, se equivocaba al decir que eso no cambiaba
nada.
Lo cambiaba todo.
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18
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Cinco años atrás
228
—¿Qué ocurre?
—Es Michelle. Ella…
—Ay, por Dios.
—Tranquila —indicó su exmarido con la voz inmediatamente
suavizada—. Ella está bien.
La mente de Caroline se esforzó por concentrarse, por poner los
eventos de la noche en alguna clase de orden. Era sábado por la
noche; Michelle estaba en una fiesta; Caroline había pasado la
noche sola, viendo películas de terror en la cama, con un tazón de
palomitas caseras sobre su falda. En algún momento de la
carnicería sin fin, obviamente se había quedado dormida. Michelle
obviamente se había pasado de su límite de la una. ¿Qué estaba
haciendo en el apartamento de Hunter?
—No lo entiendo —dijo. Su mente no lograba encontrarle sentido
a la situación, su cabeza amenazaba con explotar.
—Está borracha.
—¿Qué?
—Será mejor que vengas.
Caroline miró su camisón manchado de mantequilla, luego de
regreso al reloj. Era tarde. Estaba en la cama. Michelle estaba ilesa.
El hecho de que su hija de quince años hubiera estado bebiendo era
preocupante, pero no era exactamente una emergencia médica.
—¿No puede quedarse allí esta noche? La buscaré a primera hora
mañana.
—Ahora —ordenó Hunter y colgó el teléfono. Caroline miró el tubo
en su mano.
Enseguida, mi capitán. De mala gana, se deshizo de sus sábanas
y se levantó de la cama. «¿Cuál es la maldita urgencia?», balbuceó
229
mientras se ponía un par de vaqueros y se cambiaba el camisón por
una camiseta suelta de color gris. Estaba casi en la puerta, con las
llaves en la mano, cuanto se dio cuenta de que no sabía a dónde
debía ir.
—No sé tu dirección —le dijo a Hunter al teléfono momentos más
tarde.
Afortunadamente, había poco tráfico a esa hora y Caroline se
encontró pronto en el antes temeroso, pero ahora moderno
vecindario del centro, conocido como Gaslamp Quarter, y sus ojos
recorrieron las hileras de preciosos edificios victorianos, bien
restaurados, en busca de la dirección de su exmarido. Cuando
estaban casados, Hunter nunca hubiera considerado vivir en ese
lado de la ciudad, lleno como estaba de tiendas de tatuajes, de
pornografía y edificios de apartamentos al borde del colapso. Pero la
última década había visto a esas viejas monstruosidades ser
reemplazadas por nuevas y relucientes galerías de arte, boutiques y
restaurantes elegantes. Se había convertido en el lugar de moda
para estar y ser visto, así que era natural que Hunter recientemente
hubiera comprado un piso allí. Caroline abrió la ventana de su coche
e inhaló el fresco aire de la noche. Incluso casi a las dos de la
madrugada todavía podía escucharse música en los clubes
cercanos y el resonar de una sola guitarra eléctrica que se colaba
en la calle como un corazón errante.
Encontró la dirección de Hunter y aparcó en el primer lugar
disponible, que estaba a casi una calle de distancia. Era octubre y
soplaba una suave brisa del océano. Probablemente debió haberse
puesto una chaqueta antes de salir de la casa, pensó mientras
caminaba de prisa por la acera. Pero Hunter parecía muy apurado.
230
¿Cuál era el apuro, por el amor de Dios? ¿Por qué estaba tan
nervioso por sacar a Michelle de su apartamento?
Estaban esperándola en el recibidor de color rosa, Hunter estaba
atractivamente desaliñado en un par de vaqueros ajustados y una
camiseta blanca; Michelle tenía mal aspecto, su pelo largo y
despeinado cubría casi todo su cara a excepción de los ojos, ojos
que estaban mirando con abierta hostilidad a su madre.
—¿Estás bien? —le preguntó Caroline. Ignoró a Hunter, cuyos
pies notó que estaban descalzos.
—Llévala a casa y a la cama —dijo Hunter, como si la condición
de Michelle fuera culpa de Caroline de alguna forma.
—No lo entiendo. ¿Qué ha pasado?
—Es tarde —respondió él y se giró hacia los ascensores—.
Hablaremos mañana.
—Hunter…
—¿Podemos ir a casa? —suplicó Michelle.
Caroline observó a Hunter entrar y esperar el ascensor, luego guio
a su hija fuera del recibidor y por la acera; Michelle sacudió el brazo
de su madre de sus hombros tan pronto como llegaron a la acera. Al
mirar atrás hacia el edificio de Hunter mientras caminaban hacia el
vehículo, Caroline vio una sombra asomada detrás de unas cortinas
a unos pisos de altura. ¿Acaso Michelle había causado tanto
alboroto que había despertado a los vecinos de Hunter? ¿Por eso
había deseado tanto deshacerse de ella?
—No soy inválida —protestó su hija cuando intentó ayudarla a
subir al coche.
—No, tienes quince años y estás borracha —respondió Caroline,
incapaz de seguir conteniendo su enfado—. ¿Qué demonios ha
231
pasado esta noche?
Michelle se hundió en su asiento y no dijo nada.
—¿Qué ha pasado? —insistió Caroline, encendió el motor y
arrancó el coche—. ¿Qué estabas haciendo en casa de tu padre? Y
ponte el cinturón de seguridad —agregó cuando comenzó a sonar la
alerta de seguridad del vehículo.
Michelle arrastró su cinturón sobre el amplio escote de su ajustada
blusa azul.
—Eso no es lo que vestías al salir de la casa —dijo Caroline al
recordar la modesta blusa negra que su hija llevaba antes—.
Comienza a hablar, Michelle. ¿Qué está sucediendo?
Michelle gruñó.
—Esa no es una respuesta.
—¿Quieres respuestas? —Michelle se enderezó en su asiento—.
Bien, te daré respuestas. ¿Sabías que papá y Diana habían puesto
fecha?
—Esa es una pregunta, no una respuesta —contraatacó Caroline,
que luchaba por mantener el control.
—Y que ella tiene veintiuno.
—Las novias de tu padre no son de mi incumbencia. —Santo
Dios, ¿veintiuno?—. Tampoco es lo importante ahora.
—¿Escuchaste lo que te he dicho? Están comprometidos. Se
casarán en junio.
—Una vez más, no es de mi incumbencia.
—Así que ¿no te molesta que él vuelva a casarse?
—No es precisamente algo inesperado.
—¿O que planeen celebrar una gran boda con más de doscientos
invitados y al menos diez damas de honor?
232
—¿Ellos te han dicho eso?
—No exactamente.
—¿Cómo exactamente?
—Los oí.
—¿Qué? ¿Cuándo?
—Antes de que supieran que estaba allí.
—No lo entiendo. ¿Cómo es que no sabían que estabas allí?
¿Estás diciendo que te escondiste en el apartamento de tu padre?
Michelle se encogió de hombros, apoyó la cabeza en el asiento y
cerró los ojos.
—Ah, no —la regañó Caroline—. Nadie dormirá aquí hasta que
lleguemos al fondo de esto. Ahora empieza por el principio —ordenó
—. Fuiste a una fiesta en casa de Chloe. Te emborrachaste.
—No estaba borracha. Solo me tomé algunas copas.
—¡Tienes quince años! No deberías beber en absoluto. ¿Dónde
estaban los padres de Chloe?
—¿Cómo voy a saberlo?
—Me dijiste que estarían en casa.
—Bueno, sí, mentí. Supongo que debiste comprobarlo.
—Supongo que debí haberlo hecho. Puedes agregarlo a mi lista
de faltas.
—Sí, pobre de ti.
—Solo que esto no se trata de mí. Se trata de ti.
—Lo sé. Lo sé. Soy una hija terrible y una persona terrible…
—Nadie ha dicho que eres una persona terrible ni una hija terrible.
—No tienes que decirlo. Puedo sentirlo. Lo siento cada maldito
día.
Caroline detuvo el coche en medio del camino y se giró en su
233
asiento para enfrentarse a Michelle.
—¿De qué estás hablando?
—¿Crees que no sé la decepción que soy para ti? Dios, no hay
dudas de por qué bebo.
—¿Estás diciendo que es mi culpa que te emborracharas?
—Por supuesto que no es tu culpa. Nunca nada es tu culpa.
—Maldita sea. —Detrás de ellas, un vehículo comenzó a tocar la
bocina. Caroline miró su espejo retrovisor—. ¿De dónde ha salido?
—Es el centro en una noche de sábado, mamá. No eres la única
persona en la calle.
Caroline volvió a arrancar el vehículo y aparcó junto a la acera,
luego apagó el motor.
—¿De verdad? —gimió Michelle—. ¿Vamos a hacer esto ahora?
—Vamos a hacer esto ahora —afirmó su madre, con la pregunta
de su hija como respuesta.
—No me encuentro bien. Solo quiero ir a casa.
—Entonces dime qué hacías en casa de tu padre.
—La fiesta de Chloe era aburrida, así que con un grupo decidimos
ir a Maxie.
—¿Quién es Maxie?
—No es quién. Es qué. —Michelle puso los ojos en blanco, como
para decir ¿Es que no sabes nada?—. Es un club. —Señaló en su
dirección—. A unas calles.
—¿Cómo entraste? Tienes quince años.
—Sé la edad que tengo. No tienes que estar repitiéndolo. —Esta
vez, además de sus ojos en blanco, giró toda su cabeza—. Tengo
un carné falso.
—¿Tienes un carné falso?
234
—Todos tienen uno.
—No todos lo tienen. Yo no lo tengo.
—Porque tú no lo necesitas —afirmó Michelle, como si eso lo
explicara todo—. Eres mayor, por favor.
—De acuerdo, es suficiente.
—¿Quieres escuchar el resto de la historia o no?
Caroline no dijo nada. Enseñó la palma de su mano derecha,
como para indicarle que continuara.
—Fuimos a Maxie. Estábamos bailando. Hacía calor. Comencé a
sentirme algo mareada, así que me fui. El apartamento de papá
estaba a la vuelta de la esquina y pensé que podría quedarme allí
esta noche. Planeaba llamarte. Para que no te preocuparas —
enfatizó—. Tengo una llave, como te dije. Así que entré. Estaba
entrando de puntillas, porque no quería despertarlo en caso de que
estuviera durmiendo, y entonces los escuché.
—¿Escuchaste a tu padre y a… a Diana hablando de su boda?
—Sí. Bueno, al principio no. Al principio solo los escuché, tú
sabes… gimiendo y esas cosas.
Mierda, pensó Caroline e intentó no recordar la variedad de
sonidos que Hunter solía hacer cuando se acostaban.
—Luego Diana dijo algo como: «¿Será así de bueno cuando
estemos casados?» y papá dijo «Incluso mejor». Y creo que ahí
debe haber sido cuando vomité.
—¿Vomitaste?
—Ahí fue cuando se dieron cuenta de que estaba allí.
—¿Vomitaste? —repitió Caroline mientras resistía la urgencia de
lanzar sus brazos alrededor de Michelle y llenar su cara de besos.
—Papá enloqueció.
235
—Estoy segura de que lo hizo.
—Saltó de la cama y comenzó a correr por la habitación como un
loco. Diana estaba gritándole que se pusiera algo de ropa, porque
obviamente olvidó que estaba desnudo. Da igual, fue entonces que
te llamó y te dijo que vinieras por mí. ¿De acuerdo? ¿Estás
satisfecha ahora?
—Sí —respondió y reprimió una risa antes de que pudiera escapar
de sus labios. Muy.
—¿Podemos ir a casa?
—¿Realmente solo tiene veintiuno?
—Creo que está más cerca de los treinta. ¿Podemos por favor ir a
casa ahora?
—Te quiero —dijo Caroline y volvió a encender el motor.
236
boda si siguieran casados, pensó. Los periodistas estarían ansiosos
de lanzarse sobre cualquier cuento nuevo, por menor relación que
tuviera con el evento original. Cuando Hunter y Caroline se
divorciaron, llegaron a la columna central de cada revista nacional.
El matrimonio de él con una mujer más joven ciertamente agregaría
más leña a lo que ya era un fuego desmedido.
—Lo siento —volvió a decir él antes de que Caroline cortara la
comunicación.
Ella no se dio cuenta de que estaba llorando hasta que sintió las
lágrimas colándose entre sus labios. Las secó con el dorso de su
mano y buscó un pequeño anotador que tenía junto al teléfono de la
cocina con la otra mano. «He ido a Nicola», escribió, en referencia a
la pequeña tienda a unas pocas calles en donde compraba algunas
veces a pesar de sus precios desorbitantes.
«Si quieres saber los precios que tendrán las tiendas en el futuro»,
había bromeado Peggy una vez, «haz las compras en Nicola hoy».
«Vuelvo enseguida», agregó en la nota.
No es que necesitaran nada, pensó Caroline mientras caminaba
por la calle. Solo necesitaba salir de la casa. Y le haría bien el
ejercicio. No pudo evitar notar lo bien que estaba Hunter aún, en la
buena forma en que se había mantenido, mientras que ella se había
dejado estar un poco, primero dejó vencer la inscripción del
gimnasio al que solían ir juntos, después abandonó la máquina para
correr que solía tener en su vestidor y que solía usar a diario y no se
molestó en reemplazarla cuando dejó de funcionar.
Entró a Nicola, agarró una pequeña cesta de plástico verde de su
lugar junto a la puerta y comenzó a caminar por los pasillos. Se
detuvo frente a los alimentos frescos, alzó un aguacate y midió
237
mentalmente su madurez.
—¿Todo va bien? —escuchó preguntar a alguien.
Caroline se giró y se encontró frente a frente con un apuesto
hombre de alrededor de cuarenta años. Bueno, no exactamente
apuesto, decidió al analizar el ralo pelo rubio que caía sobre sus
ojos color castaño claro y las profundas arrugas que rodeaban su
boca demasiado grande, todo un poco fuera de lugar. Aun así,
seguía teniendo algo atractivo en él.
—¿Disculpe?
—Aferra ese aguacate con mucha fuerza —dijo—. ¿Tiene algún
problema?
Caroline dejó rápidamente el aguacate en su canasta.
—Supongo que me he perdido durante unos minutos. Lo siento. —
¿Por qué estaba disculpándose? No conocía a ese hombre. No le
debía una explicación, mucho menos una disculpa.
—No tiene que disculparse —afirmó él, como si leyera su mete—.
Parece saber de alimentos frescos —agregó con una sonrisa—. Tal
vez pueda ayudarme. —Extendió un melón en dirección a ella—.
Nunca sé si están maduros o no.
¿Estaba coqueteando con ella?
—¿Está pidiéndome que sienta su melón? —preguntó,
sorprendida por el tono provocador en su voz. Había pasado tanto
tiempo desde la última vez que había tenido esa clase de trato con
un hombre. Desde Hunter. Y él estaba a punto de casarse. Con una
mujer al menos una década menor. Una mujer con la que se había
estado acostando cuando su inadvertida hija de quince años entró
inesperadamente y vomitó en su puerta. Y Caroline no se había
acostado con nadie en ocho años. No había ni siquiera mirado a
238
otro hombre desde que Hunter se fue. ¿Qué tan justo era eso?
—¿Por qué no empezamos por una taza de café? —propuso el
hombre—. Mi nombre es Arthur Wainwright, por cierto.
—Caroline —respondió ella y evitó deliberadamente mencionar su
apellido. Dejó su cesta sobre una pila de tomates de invernadero y
siguió al hombre de la tienda hasta el Starbucks de la esquina sin
decir otra palabra.
239
19
240
El presente
241
«No puedo creerlo», balbuceó, aumentó la velocidad y se desvió
al carril derecho cuando Boulevard Mission se convirtió en
Boulevard La Jolla, atenta a la salida. «No puedo creerlo».
¿Qué es lo que no puedo creer?, se preguntó a sí misma en ese
instante. ¿Que Hunter la hubiera engañado? Eso era un chiste. Por
supuesto que Hunter la había engañado. Muchas veces y con
muchas mujeres distintas. Pero ¿con Rain? ¿Realmente Hunter la
había engañado con una mujer a la que había calificado como
ligera, de la que había dicho en más de una ocasión que «un poco
de ella es más que suficiente»? ¿Cuánto de poco?, se preguntó
entonces. ¿Exactamente qué tan lejos había llegado?
«Claramente todo el camino», le anunció a su sorprendido reflejo
en el espejo retrovisor. Así que sí creía que Hunter podía haber
dormido con Rain. ¿Cómo pudo no haberlo sospechado antes?
Pensó en esa noche en el restaurante de su hotel en Rosarito y
recordó que Hunter y Rain se habían disculpado para levantarse al
mismo tiempo, Rain para buscar un jersey, Hunter para ver a sus
hijas. Su mente los vio tomar caminos separados en la entrada del
restaurante, aunque ese engaño pudo haber sido representado
fácilmente y remediado con igual facilidad. Los vio regresar
aproximadamente quince minutos más tarde y con apenas minutos
de diferencia, Hunter supuestamente retrasado por un ascensor
demorado, Rain porque había tenido que deshacer toda su maleta
para encontrar su jersey.
Solo que Rain no había estado deshaciendo la maleta y Hunter no
había estado viendo a las niñas. En su lugar habían estado juntos,
haciéndolo como adolescentes calientes, mientras alguien estaba
entrando a la suite de Caroline y desapareciendo con su bebé. Y
242
Hunter no había dicho una palabra. Ni a la policía. Ni a ella. Ni
entonces. Ni durante quince años. ¿Qué más no le había dicho?
«¡Maldito seas, Hunter! ¡Vete al infierno!».
Salió de Boulevard La Jolla en la calle Torrey Pines y apenas notó
el Parque Natural La Jolla al pasar rápidamente por el frondoso
enclave. No notó el móvil policial al lado del camino, no registró la
presencia del oficial hasta que estuvo en una abierta persecución,
no se dio cuenta de que las sirenas que resonaban se dirigían a ella
hasta que vio las luces rojas en su espejo y vio al oficial uniformado
adelantarse a ella y ordenarle que se detuviera junto a la acera.
—¿Tiene idea de la velocidad a la que iba? —le preguntó cuando
Caroline bajó la ventanilla.
—Lo siento —respondió ella—. No me di cuenta…
—Licencia y registro —ordenó.
Caroline alzó su bolsa del asiento del acompañante y buscó su
cartera adentro, luego la extendió en dirección al policía, que lucía
sorprendentemente joven debajo de su casco.
—Sáquelas de su cartera, por favor.
—Ah. Lo siento. —Tuvo dificultades para abrir su cartera e incluso
más para extraer su licencia, sus dedos temblorosos se rehusaban a
cooperar. Respiró profundamente, dejó la cartera sobre su falda y
luego volvió a intentarlo.
—¿Está nerviosa por algo? —preguntó el oficial, con tono
acusatorio.
Caroline negó con la cabeza, se disculpó otra vez. Desde su
experiencia con las autoridades mexicanas, en donde la habían
acusado de ser cómplice en la desaparición de su hija, había sufrido
de una terrible ansiedad siempre que se encontraba cerca de
243
oficiales de policía. Su corazón se aceleraba, sus manos sudaban,
su respiración salía en bocanadas cortas y dolorosas.
—Aquí —dijo finalmente al lograr liberar su licencia y registro de
su confín plástico. El oficial comparó su rostro con el de la fotografía
y se detuvo un momento en su nombre.
—¿Usted es Caroline Shipley? —preguntó. ¿Usted asesinó a su
hija?
Caroline miró para otro lado, incapaz de responder.
—¿Señora?
—Sí, soy Caroline Shipley.
—Iba a diez kilómetros por encima del límite —le dijo él.
—Diez kilómetros —repitió ella, ausente.
—¿Ha estado bebiendo?
—¿Bebiendo? No. —El oficial insistiría en hacerle una prueba de
alcoholemia y el mínimo trago que había bebido de la champán más
temprano sería registrado. ¿Qué diría él si ella se rehusara a
cooperar? ¿La llevaría detenida, como había sucedido con Michelle
apenas meses atrás? Podía ver los titulares: «Madre de la
desaparecida Samantha Shipley arrestada por conducir ebria». O
peor: «Todo queda en familia: Madre y hermana de la desaparecida
Samantha Shipley enfrentan cargos por conducir bajo la influencia
del alcohol».
—Por favor, permanezca en el vehículo —ordenó el oficial para
regresar a su móvil y transmitir la información a la central—. Me
temo que esto tendrá un precio —anunció al regresar. Le devolvió
su licencia y registro junto con una multa de trescientos dólares por
exceso de velocidad—. ¿Le importaría decirme por qué iba tan
apresurada?
244
Iba apresurada por confrontar a mi exmarido en relación a su
aventura con la esposa de su antiguo socio de negocios, una mujer
que supuestamente estaba acompañándonos en la celebración de
nuestro décimo aniversario cuando, todo el tiempo, en realidad
estaba acostándose con mi marido. De hecho, ella estaba
acostándose con él cuando él supuestamente estaba viendo a
nuestras hijas, posiblemente estuviera encima de él incluso en el
momento preciso en que mi hija menor era retirada de su cuna y
secuestrada. E iba tan apresurada porque ya se ha perdido
demasiado tiempo como resultado de sus mentiras, mentiras que él
le dijo a la policía, que le ha estado diciendo al mundo durante
quince años.
—Solo daba un paseo —dijo en su lugar. El oficial suspiró.
—Bueno, baje la velocidad. No querrá matar a nadie. —¿Usted
asesinó a su hija?
Caroline arrojó la multa, junto con su licencia y registro, dentro de
su bolso. Las devolvería a su lugar en su cartera cuando sus manos
dejaran de temblar.
—Gracias —le dijo al policía al no poder pensar en nada más.
Él se hizo a un lado, ella arrancó el vehículo, regresó al camino y
observó al oficial por su espejo retrovisor mientras regresaba a su
vehículo. ¿Él sabía quién era ella o su ceño fruncido sería
indiscriminado, el que usaba con todos los conductores
descuidados?
«Maldito seas, Hunter Shipley», dijo al presionar el acelerador, con
cuidado de mantenerse dentro del límite establecido al continuar
hacia la nueva casa de Hunter. «Todo esto es tu culpa. Debería
darte la maldita multa».
245
La calle Torrey Pines giró en dirección al camino Torrey Pines, sus
magníficas mansiones con vista al océano. Siempre había sido el
sueño de Hunter tener una propiedad allí, en lo que los residentes
de La Jolla llamaban la «joya» de San Diego. Y entonces, gracias a
una combinación de trabajo duro y una joven esposa rica, allí
estaba. Algunos sueños se hacen realidad, pensó con
remordimiento al aparcar su coche frente a la casa ultra moderna de
dos plantas de madera y cristal, y después apagó el motor.
«Maldito seas, Hunter», susurró al salir del vehículo y repitió las
palabras en silencio mientras corría por la entrada de piedra hacia la
enorme puerta de madera de roble.
Tocó el timbre, luego golpeó la puerta con la cola de su llamador
en forma de delfín de bronce.
«Date prisa, miserable hijo de puta».
Repentinamente se le ocurrió que él podía no estar en casa. Era
fin de semana, después de todo. Tal vez él y Diana habían llevado a
sus dos niños pequeños a caminar por la playa, o a pasear por la
costa. Quizás había hecho ese camino a toda velocidad y se había
ganado una multa de trescientos dólares por nada.
La puerta se abrió. Una mujer joven con piel perfecta, largo pelo
rubio y una bebé sobre una tonificada cadera estaba frente a ella,
ojos azules amplios y alarmados.
—¿Caroline?
—¿Diana? —Caroline nunca había conocido a la mujer que era la
segunda esposa de Hunter. Había visto fotografías, había
escuchado a Michelle admirar su belleza casualmente, pero nada la
había preparado para lo adorable que la joven mujer era realmente.
Como una pequeña muñeca de porcelana, pensó y se sintió rolliza y
246
torpe en su presencia. En comparación, el bebé en sus brazos
parecía más como una muñeca Cabbage Patch que como una de
porcelana china, su rostro era rosado y arrugado, Caroline pudo ver
rastros de Hunter, rastros de Samantha en sus amplios ojos
almendrados. Apartó la vista para resistir la necesidad de arrancar a
la bebé de los brazos de su madre y salir corriendo.
—¿Hay algún problema?
—¿Dónde está Hunter?
—¿Le ha pasado algo a Michelle? —la suave voz de Diana
sonaba preocupada.
—Michelle está bien. Necesito hablar con Hunter.
—¿Qué está sucediendo? —dijo su exmarido desde algún lugar
en el interior de la casa.
—Caroline está aquí para verte —respondió Diana—. Pasa —le
dijo a Caroline, la hizo pasar y cerró la puerta detrás de ella.
—Tengo que hablar contigo, hijo de puta —gritó en su dirección.
Sus ojos recorrieron el enorme recibidor circular y subieron por la
escalera hacia donde se encontraba Hunter, mirándolas desde el
primer piso. En cuestión de segundos estuvo junto a ella.
—¿Qué demonios está sucediendo? ¿Qué haces aquí? ¿Michelle
está…?
—¿Estabas acostándote con Rain, miserable hijo de puta? —
estalló cuando él dio un paso atrás. El bebé en los brazos de Diana
comenzó a sollozar.
—Guau. Espera un minuto. Baja la voz.
—No me digas que baje la voz…
—Lleva a la bebé arriba —le ordenó él a su esposa, ella obedeció
de inmediato y sin preguntas—. Cálmate —le dijo a Caroline.
247
—No voy a calmarme.
—Entonces tendrás que irte.
—Ah, ¿de verdad? ¿Me vas a echar a la calle? ¿Vas a llamar a la
policía? ¿Realmente quieres que el mundo sepa que estabas
acostándote con la esposa de otro hombre mientras alguien estaba
secuestrando a nuestra hija?
El rostro de Hunter palideció, como un papel. Levantó las manos,
rendido.
—Solo quiero que te calmes y que bajes la voz. Estoy preparado
para discutir esto…
—¿Estás preparado para discutir esto? —repitió Caroline,
incrédula—. ¿Después de quince años, estás preparado para
discutir esto?
—Ven al salón. Nos sentaremos, hablaremos como dos personas
racionales. —Señaló hacia la enorme habitación bañada de sol a su
derecha.
Caroline por poco se rio al seguirlo hacia la estancia
elegantemente decorada, cuya pared de ventanales miraba al
océano. ¿Sabría lo ridículo que sonaba? ¿No se daba cuenta de
que ella había dejado de ser una persona racional quince años
atrás? Se dejó caer sobre los almohadones llenos a reventar del
sofá de terciopelo morado. Él permaneció de pie, apoyado contra la
silla de brocado dorado a su izquierda.
—¿Qué es exactamente lo que crees saber?
—Sé que estabas revolcándote con Rain…
—¿Crees que podrías no usar esa palabra…?
—No, no creo que pueda dejar de usar esa maldita palabra —dijo
Caroline y lo vio sobresaltarse—. Es una buena palabra. Una gran
248
palabra. No creo saber nada. Sé, de hecho, que estabas
revolcándote con Rain Bolton. No intentarás negarlo realmente, ¿no
es así?
Hunter parecía estar a punto de hacer precisamente eso, después
se lo pensó mejor.
—De acuerdo. Bien. Sí. Tuve un romance con Rain. Pero eso fue
después de que regresáramos de México, cuando tú no querías
tener nada que ver conmigo.
—¡Mentiroso! —exclamó Caroline.
—Caroline…
—He hablado con Jerrod Bolton hoy. Él me llamó, me dijo que
Rain lo confesó todo. Van a divorciarse, por cierto. Puedes estar
muy orgulloso.
Hunter se sentó en la silla, no dijo nada.
—Hiciste que creyera que era mi culpa, que estabas dejándome
porque no podías vivir con la acusación que veías en mis ojos cada
día. Que era mi frialdad lo que te había arrojado a los brazos de
otras mujeres. Cuando la verdad era que siempre habías estado
acostándote con otras mujeres. Antes de que fuéramos a Rosarito.
Después de que regresáramos a casa. Mientras estábamos allí.
—Bien. Bien. Tú ganas. Soy un completo bastardo. ¿Eso es lo que
quieres escucharme decir?
—Ya sé que eres un bastardo. No necesito que me lo digas —
lanzó Caroline. Apartó el pelo de su cara y negó con la cabeza al
recordar su última noche juntos—. Al pensar en cuánto te supliqué,
te rogué que te quedaras, te prometí que las cosas serían diferentes
si tan solo me dieras otra oportunidad…
—No querías eso. No en realidad. Los dos lo sabíamos. Los dos
249
sabíamos que estaba terminado, que lo había estado durante dos
años. —Frotó su frente—. No comprendo qué bien puede hacer el
hablar de esto ahora.
—¿Realmente no lo ves?
—Si es una disculpa lo que buscas…
—No quiero tu maldita disculpa…
—Entonces, ¿qué quieres?
—Estabas durmiendo con Rain —reiteró Caroline, ignorando la
pregunta. Una vez más, Hunter levantó las manos, rendido.
—Sí. Creo que ese hecho ya ha quedado establecido.
—Y estabas durmiendo con ella mientras estábamos en Rosarito.
—Sí.
—En la noche de nuestro décimo aniversario.
—Sí, maldición. Sí.
—Sin maldecir, por favor —comentó ella, porque no pudo
resistirse—. Y estabas con ella cuando se suponía que estabas
viendo a nuestras hijas.
—Tú y yo habíamos estado tomando turnos cada media hora, por
el amor de Dios. Tú acababas de estar allí. Dijiste que estaban bien.
—Estaban bien —afirmó enfadada. ¿Estaba queriendo implicar
otra cosa?
—No sé qué quieres que diga. —Hunter miró las vigas de madera
teñida que se extendían a través del techo alto, como si en parte
esperara que la respuesta pudiera estar enterrada en ellas.
—Quiero que me digas por qué has mantenido esto en secreto
durante quince años, por qué no has dicho nada cuando la policía te
preguntó…
—¿Qué iba a decirles, Caroline? ¿Que de verdad no había visto a
250
mis hijas porque estaba ocupado con la esposa de mi amigo?
—Sí —afirmó Caroline—. Eso es exactamente lo que debiste
haberles dicho.
—¿Cómo podría haber ayudado? Piénsalo. Nuestra bebé ya no
estaba. Estabas alterada. Lo último que necesitabas escuchar era
que estaba siendo infiel. No podía decírtelo. No podía lastimarte de
ese modo…
—No te atrevas a lanzar esa basura sobre mí. No ahora. Ya no me
tragaré eso. No estabas pensando en mis sentimientos ni en lo que
yo necesitaba. Lo que yo necesitaba era la verdad. No se trataba de
mí. Se trataba de ti. Todo sobre ti.
—De acuerdo. Como tú quieras. Todo se trataba de mí.
Simplemente no entiendo qué diferencia puede hacer el revivir esto
ahora. No cambia lo que sucedió entonces.
—Podría no haber sucedido en absoluto —afirmó Caroline—, si
hubieras estado donde debías estar, Samantha aún podría estar con
nosotros.
—¿No crees que sé eso? ¿No crees que he estado viviendo con
esa culpa durante quince años? —Hunter enterró su rostro entre sus
manos—. ¿Crees que no me hago responsable de lo que sucedió?
¿Que no lamento mis decisiones, mis acciones, todo lo que hice,
todo lo que no hice, cada minuto de cada día? No debí haber
insistido en que saliéramos ese día. No debí haberme involucrado
con Rain. No debí haberte mentido a ti, ni a la policía. Y lo siento,
Caroline. Lo siento más de lo que podrías saber.
Caroline resistió el impulso de sentir compasión por él. Sus
sentimientos de culpa, sus disculpas, lo que sintiera, eran
irrelevantes. Todo lo que importaba eran los hechos.
251
—Vi a las niñas a las nueve —comenzó a decir sin pausa—. Tú le
dijiste a la policía que las viste a las nueve y media. Volvimos a la
habitación poco después de las diez, así que la policía, todos
nosotros, naturalmente asumimos que quien se hubiera llevado a
Samantha, lo había hecho durante esos treinta o cuarenta minutos,
pero de hecho podría haber sido antes. Quien se la hubiera llevado
tuvo tiempo desde las nueve, no desde las nueve y media para
agarrarla y llevársela.
—Incluso si…
—Cambia por completo los tiempos. Treinta minutos, Hunter.
Treinta minutos que la policía no se molestó en revisar, treinta
minutos de no revisar las instalaciones del hotel, sus empleados y
huéspedes, treinta minutos ignorados por los oficiales de las
fronteras de México, treinta minutos extra para quien se la llevó para
escapar sin dejar rastro.
—No sabemos eso con certeza.
—No —concedió Caroline, y se puso de pie—. Y gracias a ti
nunca lo sabremos. Ha pasado demasiado tiempo. Es
condenadamente tarde. —Salió de la sala, hacia el gran recibidor
circular.
Diana estaba de pie en la base de la escalera, con la bebé en sus
brazos y el niño de dos años a su lado.
—Papi —gimió el niño, corrió hacia su padre y se lanzó contra sus
piernas. Hunter se agachó y levantó a su hijo. El niño miró
tímidamente a Caroline y ella vio a Samantha materializarse detrás
de la sonrisa que se extendió lentamente en su rostro.
—Por Dios —lamentó.
—Lo siento mucho —dijo Hunter.
252
—Tienes una familia preciosa —susurró Caroline, abrió la puerta y
abandonó la casa.
253
20
254
Cinco años atrás
255
—Una malintencionada, para el caso.
—La mía es una malintencionada narcisista. —Caroline casi se
rio.
—Por las madres —dijo Arthur y chocó su taza de papel con la de
ella.
Notó que estaba pasándoselo bien. Había pasado mucho tiempo
desde que había disfrutado de la compañía de un hombre, mucho
tiempo desde que se había permitido esa clase de indulgencia.
—¿A qué te dedicas? —preguntó.
—Consultor bancario.
Caroline asintió. Era la clase de trabajo que nunca había
comprendido por completo.
—¿Qué hay de ti? —preguntó él antes de que ella pensara en otra
pregunta—. ¿A qué dedicas tu tiempo cuando no estás presionando
melones?
—Soy profesora de instituto. De matemáticas.
—¿Matemáticas? ¿De verdad? Me resulta fascinante.
—¿Sí? ¿Por qué?
—Porque no hay muchas mujeres que enseñen matemáticas. Al
menos no en mi experiencia. Las mujeres enseñan idiomas e
historia, no álgebra y geometría.
Caroline pensó en sus propios profesores de matemáticas del
instituto. Él tenía razón. Ninguno había sido mujer.
—Mi padre era profesor de matemáticas. Tal vez tenga algo que
ver.
—Tal vez. Pero sospecho que hay más.
—¿Como qué?
—No lo sé. Me pareces una mujer con pensamientos muy
256
profundos, así que tal vez tenga algo que ver con un deseo de
encontrarle sentido al mundo.
—¿Crees que tengo pensamientos profundos? —No pudo evitar
sentirse halagada.
—¿No los tienes?
—Intento no pensar —afirmó y agradeció que él se riera.
—Es solo que hay algo maravillosamente definitivo sobre las
matemáticas —continuó él—. Son tan claras. Tan ciertas. ¿Qué era
lo que Keats decía? «La verdad es belleza y la belleza es verdad.
Eso es todo lo que sabes sobre la tierra y todo lo que necesitas
saber». —Se encogió de hombros, avergonzado—. Algo así, da
igual.
—Un consultor bancario que cita a poetas del romanticismo —
comentó Caroline—. Interesante.
—Mi esposa era especializada en filología.
—¿Estás casado? —Bajó su taza de café a la mesa redonda entre
ellos. Él dudó.
—Viudo. —Aclaró su garganta—. Cinco años y aún tengo
dificultades para pronunciar esa palabra.
—Lo siento. ¿Ella estaba enferma?
—Ni un solo día de su vida. Era saludable como un caballo hasta
el momento en que un bastardo borracho pasó sobre ella cuando se
dirigía al colegio con nuestra hija de seis años.
—Tu hija…
—Murió en el acto.
—Por Dios. Es terrible.
—Ocho y media de la mañana y el hombre ya estaba totalmente
borracho. Ni siquiera se dio cuenta de que atropelló a alguien hasta
257
que la policía llegó a arrestarlo. Dios, odio a los alcohólicos. Da igual
—concluyó y regresó al presente—. Esta no es exactamente la
clase de conversación que tenía en mente para una primera cita.
—¿Esta es una primera cita?
—Tenía esa esperanza.
—Ha pasado mucho tiempo desde que tuve una cita —le confió
Caroline y regresó la taza a sus labios—. Estoy divorciada —agregó
—. Desde hace unos ocho años.
—¿Hijos?
—Una hija. Michelle. Es adolescente. Una no particularmente fácil.
—Sintió una punzada de culpa. La hija de Arthur estaba muerta,
arrollada por un conductor borracho de camino al colegio, junto con
su mujer. ¿Quién era ella para quejarse por una adolescente
problemática? Resistió el impulso de hablarle sobre Samantha.
—¿Tú y tu ex os lleváis bien? —preguntó él. La interrumpió justo a
tiempo.
—No en realidad. Bueno, algo sí, supongo —se corrigió—. No
somos enemigos ni nada.
—Eso es bueno.
—No somos amigos, tampoco.
—Supongo que no estarías divorciada si os hubierais llevado bien.
—Él volverá a casarse en junio —soltó Caroline—. Gran boda.
Toda la pompa.
Arthur bajó el mentón y levantó la vista, claramente aliviado de ya
no ser el centro de la conversación.
—¿Y cómo te sientes al respecto?
—Realmente no tengo sentimientos al respecto. No, eso no es
verdad —dijo con el mismo aliento—. Para ser sincera, estoy algo
258
molesta.
—¿Porque aún lo quieres?
—Porque su prometida es considerablemente menor que yo.
Él se rio.
—¿Aún crees que tengo pensamientos profundos?
—Creo que tu ex es un idiota por dejarte ir.
—Sí, bueno. —Negó con la cabeza—. No me conoces muy bien.
—Me gustaría hacerlo.
—¿Por qué? —Se inclinó al frente y apoyó los codos sobre la
mesa.
—¿Por qué? —repitió él—. Bueno, para empezar, eres preciosa,
lista y algo misteriosa. Siempre es una combinación intrigante.
—¿Crees que soy misteriosa?
—Querida, creo que hay toda clase de cosas desarrollándose en
esa adorable cabeza.
—¿Y qué si resulta estar vacía? —Su turno de reír.
—No es posible.
—No eres de California, ¿no es así? —preguntó ella. Se sintió
algo sonrojada y se refugió en los rastros del acento de la costa este
que había escuchado en su tono.
—Utica, Nueva York —respondió—. Me mudé aquí después de…
He estado aquí durante cuatro años.
—Supongo que te gusta estar aquí.
—¿Qué podría no gustarme? Sol cada día, una temperatura que
rara vez se desvía más de cinco grados de ser moderada, el océano
Pacífico, México en mi puerta.
Caroline sintió que la taza de café se deslizó de sus dedos en el
momento en que él mencionó México. La mano de Arthur salió
259
disparada para atraparla antes de que cayera al suelo.
—Bueno, eso ha estado cerca —dijo y secó la repentina
salpicadura de líquido negro de su musculoso antebrazo.
—Lo siento.
—¿Ha sido algo que he dicho?
—No. Aunque sí tienes una habilidad con las palabras.
—¿La tengo?
—«Una temperatura que rara vez se desvía más de cinco grados
de ser moderada, el océano Pacífico, México en mi puerta» —citó,
la palabra México forzada a salir de su boca tembló al pasar por su
lengua.
—¿Yo he dicho eso?
—Lo hiciste.
—Bueno, es la verdad. En mi humilde opinión, el sur de California
está más cerca del paraíso que cualquier otro lugar del mundo.
—Supongo.
—Así que, cuéntame más de Caroline Tillman —insistió—. ¿Le
gustan los deportes, las películas, los viajes?
—Le gusta el béisbol. Sé que muchas personas creen que es algo
aburrido y supongo que puede serlo. Pero me encanta; todas las
estadísticas y esas cosas. Seguir el camino de los lanzamientos,
carreras y errores, cuántos strikeouts, todo eso. Es algo… no lo
sé…
—¿Poético en un sentido matemático? —propuso.
Caroline volvió a reír al encontrar a Arthur Wainwright más
agradable a cada minuto.
—¿Qué hay de viajar?
—Realmente no he viajado mucho desde mi divorcio.
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—Supongo que es difícil cuando eres una madre soltera.
—Puede que no sea muy aventurera. —Se encogió de hombros
—. ¿Qué hay de ti? —preguntó antes de que él pudiera
contradecirla.
—Soy adepto a todas esas cosas. Deportes, películas, viajes.
—¿Cuál es tu lugar favorito de los que has visitado?
—Barcelona —respondió de inmediato—. Es una ciudad increíble.
Y me encanta todo lo latino. Probablemente por eso me gusta tanto
México. ¿Te gusta la comida mexicana?
—No en realidad. Lo siento.
—No tienes que disculparte. ¿Qué clase de comida te gusta?
—Me gustan las pastas.
—A mí gustan las pastas —repitió él—. Y resulta que conozco un
pequeño restaurante italiano en Harbor Drive que es muy bueno.
Podríamos ir a almorzar. ¿Tienes hambre?
—Me muero de hambre —afirmó Caroline.
—¿Nos vamos? —Él se puso de pie.
Una vez más, Caroline siguió a Arthur Wainwright a la calle sin
decir una palabra.
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—No lo sé. Prepárate una tortilla francesa.
—No como huevos.
—Entonces hazte un sándwich.
—No como pan.
—¿Desde cuándo no comes pan ni huevos?
—Desde hace al menos un año. ¿Cuándo volverás a casa?
—No lo sé. Más tarde. —Buscó su lápiz labial dentro de su bolsa.
—¿Cuándo?
—No lo sé.
—¿Dónde estás?
—En un pequeño restaurante italiano en Harbor Drive.
—¿Qué pequeño restaurante italiano?
—¿Cuál es la diferencia?
—¿Con quién estás?
—Con un amigo con quien me he encontrado.
—Tú no tienes amigos.
—Sí, los tengo. —No, no los tengo, pensó Caroline. A excepción
de Peggy. Todos sus otros amigos se habían esfumado después de
la desaparición de Samantha. ¿Y qué pensaría Peggy de lo que
estaba haciendo, no solo beber café con un hombre que había
conocido frente a un aparador de frutas y vegetales, sino también
almorzar? ¿Diría que Caroline solo estaba reaccionando a las
noticias sobre los planes de matrimonio de Hunter, o a su creciente
preocupación por Michelle, o al hecho de que no se había acostado
con nadie desde la última vez que ella y Hunter habían hecho el
amor, que había sido, coincidentemente, la noche en la que le dijo
que se iría? ¿Quizás una combinación de las tres? Y, mientras que
Arthur Wainwright no era el primer hombre al que encontraba
262
atractivo desde la partida de Hunter, era el primero que parecía
«llegarle». Por supuesto, probablemente ayudara el hecho de que él
no tuviera idea de quién era ella. Él cree que soy misteriosa, pensó
—. Tengo que irme, cariño.
—Espera…
—Volveré más tarde.
263
grasa?
—Por el amor de Dios, Michelle. Pide lo que quieras. Lo siento —
se disculpó de inmediato e intentó no perder la increíble calma que
había sentido antes de levantarse de la cama de Arthur para llamar
a Michelle—. ¿Por qué no llamas a la abuela Mary? Estoy segura de
que le encantaría cenar contigo.
—¿Quieres que llame a la abuela Mary? Ahora sé que algo está
pasando.
—Nada está pasando. Solo estoy con viejos amigos.
—Bien. Deja tu móvil encendido.
—¿Por qué?
—En caso de que necesite llamarte.
—No necesitarás llamarme.
—¿Cómo lo sabes? Algo podría pasar…
—Dejaré mi móvil encendido —concedió y experimentó un
espasmo de culpa demasiado familiar. Se miró al espejo una vez
más e intentó recuperar su euforia anterior, la sensación de los
dedos de Arthur acariciando suavemente su cuerpo, la humedad de
su lengua al deslizarse sobre su piel desnuda antes de desaparecer
entre sus piernas, la experiencia con la que la había llevado al
clímax antes de siquiera estar dentro de ella.
—¿Todo va bien en casa? —preguntó él cuando ella regresó a la
habitación. Estaba desnudo sobre la cama King-size, con las
sábanas antes almidonadas alrededor de su torso.
Caroline apagó el móvil, lo arrojó sobre la pila de ropa en el suelo
y se deslizó en la cama junto a él.
—Todo va bien —afirmó.
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El presente
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—¿Jerrod Bolton? ¿De Jerrod y Rain?
—Él me llamó, me pidió que nos encontráramos. ¿Sabías que
Rain y Hunter estaban teniendo una aventura?
—¿Qué? ¿Cuándo?
Fletcher entró a la sala con un aspecto demasiado arreglado para
una tarde de domingo, con un pantalón de traje negro y una camisa
a rayas blancas y azules.
—Hola, Caroline. No sabía que vendrías.
—Hunter y Rain han estado teniendo una aventura —le dijo su
mujer.
—¿Qué?
—Hace quince años —agregó Caroline—. Estaban acostándose
mientras estábamos en México.
—Yo creí que a Hunter ni siquiera le gustaba Rain —comentó
Fletcher.
—¿Y Jerrod simplemente te llamó de la nada y te dijo esto? —
preguntó Peggy.
—Al parecer, Rain ha confesado que ella y Hunter no solo tuvieron
una aventura, sino que estaban acostándose cuando todos
estábamos en Rosarito, justo bajo nuestras narices. Él dijo que se
ha estado debatiendo durante meses si decírmelo o no. Después,
con toda la publicidad reciente por el aniversario número quince…
¿De verdad que no teníais ni idea?
Peggy y Fletcher negaron con la cabeza al unísono y las
expresiones sorprendidas de sus rostros convencieron a Caroline de
que decían la verdad.
—No estoy seguro de entender la razón de decírtelo ahora —
admitió Fletcher—. Sucedió hace tanto tiempo, tú y Hunter habéis
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estado separados durante años…
—Estaban juntos la noche en que Samantha desapareció.
—¿Qué? —preguntó Peggy.
—¿Qué? —repitió Fletcher.
—¿Nuestra cena de aniversario? —dijo Caroline, como si aún no
pudiera creerlo—. ¿Cuando ella fue a buscar un jersey y él
supuestamente estaba viendo a las niñas?
—¿Estaban juntos? —soltó Peggy con el tono de pregunta en la
voz de Caroline.
—Él no fue a ver a las niñas —afirmó ella—. Lo que significa que
nadie las vio en más de una hora.
Se hizo una larga pausa.
—Así que Samantha pudo haber sido secuestrada media hora
antes de lo que consideramos —concluyó Peggy.
—¿Estás segura de esto? —agregó Fletcher—. Tal vez deberías
hablar con Hunter.
—Acabo de estar en casa de Hunter. Él me lo ha confirmado.
—Mierda —maldijo Fletcher, y se sentó en la silla de flores rosas y
azules.
—Mierda —repitió Peggy, e imitó a su marido sobre la silla de
tweed gris.
Permanecieron así, tres puntas de un triángulo invisible, durante
varios minutos. Caroline miró el amable rostro de su amiga y, por
primera vez, notó que Peggy estaba maquillada, que su pelo estaba
recién lavado y rizado y que llevaba el vestido de seda turquesa que
reservaba para ocasiones especiales.
—Ay, Dios. Estabais preparados para salir.
—Tenemos una boda —dijo Fletcher, casi como una disculpa.
268
—Lo siento. —Caroline se levantó y corrió a la puerta.
—Caroline, espera —llamó Peggy detrás de ella—. Aún tenemos
tiempo…
—No —negó Caroline—. Es una boda. No podéis llegar tarde. Es
de mala suerte.
—Te acabas de inventar eso.
—Id a la boda. Estaré bien.
Corrió a su coche, salió de la entrada y esperó a estar a la vuelta
de la esquina para detenerse junto a la acera y romper en llanto. No
estaba segura del motivo de su llanto, si las lágrimas caían por
haberse enterado del romance de Hunter con Rain o por la
consciencia de que el descubrimiento había llegado demasiado
tarde como para hacer alguna diferencia. ¿El haber sabido en ese
momento que Hunter y Rain estaban juntos cuando él
supuestamente estaba viendo a las niñas habría cambiado algo?
¿Acaso la policía mexicana habría podido descubrir la verdad sobre
la desaparición de Samantha si hubieran conocido la posibilidad de
que hubiera sido arrebatada de su cuna media hora antes de la hora
que consideraron originalmente? ¿O habrían estado igualmente
desconcertados?
Sus sollozos aumentaron la intensidad y el volumen hasta que
todo su cuerpo estuvo temblando. Y se dio cuenta de que no estaba
llorando por la traición de Hunter ni porque la verdad hubiera llegado
demasiado tarde como para hacer una diferencia.
Quince años después de que su hija fuera robada de su cuna,
Caroline estaba llorando porque aún había una sola verdad que
importaba: Samantha ya no estaba.
269
—¿Dónde demonios has estado? —exigió Michelle en cuanto
Caroline atravesó la puerta de entrada.
Caroline dejó su bolsa en el suelo y caminó hacia la sala de estar,
cada paso como un desafío, como si estuviera avanzando sobre
arenas movedizas.
—Por favor, Michelle. No podemos seguir con esto. No tengo las
fuerzas.
—Desapareces durante horas… no llamas… —Su hija estaba
justo detrás de ella.
—¿Cómo podría llamar? Te llevaste mi maldito móvil.
—Muy buena, mamá. ¿Dónde has estado?
—Fui a ver a tu padre. —Caroline decidió que sería mejor acabar
con eso entonces, consciente de que su hija no se lo dejaría pasar.
—Eso fue hace horas.
—¿Qué quieres decir? ¿Cómo lo sabes?
—Papá llamó. Estaba preocupado, dijo que parecías alterada
cuando te marchaste…
—Qué considerado de su parte. ¿Te dijo por qué fui a verlo?
—Dijo que te dejaría eso a ti.
—Considerado y atento.
—¿Podemos ahorrarnos el sarcasmo? ¿Me lo vas a decir o no?
—¿Por qué fui a verlo? No. Creo que lanzaré esa pelota de vuelta
a su cancha.
—Dónde has estado durante las pasadas tres horas —la corrigió
Michelle.
—Fui a ver a Peggy.
270
—Eso fue hace dos horas. Llamé —explicó antes de que su madre
pudiera preguntar.
—No debiste hacer eso. Tenían una boda…
—Dijo que ya habías estado allí y que probablemente estuvieras
de camino a casa. Pero no estabas, ¿no es así? Así que, vuelvo a
preguntar, ¿dónde has estado?
—No es un gran misterio, Michelle.
—Entonces, ¿por qué estás convirtiéndolo en uno?
—Solo conduje por un tiempo. Luego acabé en el Parque Balboa.
—¿Parque Balboa? ¿Una tarde de domingo? ¿Con todos esos
turistas?
—Sí. Me gusta. Solía ir mucho.
—¿Cuándo?
—Años atrás. Después de… No importa. Estoy en casa ahora.
—Ya era hora —dijo su madre, que entró a la sala de estar,
esquivó a Caroline y se sentó en el sofá, con una taza de té en su
mano—. Preparé té, si alguien quiere.
—¡Mamá! —exclamó Caroline—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Yo la llamé —confesó Michelle.
—¿Por qué?
—Porque estaba preocupada por ti.
—¿Estabas preocupada por mí, así que llamaste a mi madre?
—Dice que has estado comportándote de forma algo irracional
últimamente —comentó Mary.
—No he estado comportándome de forma irracional…
—Has estado hablando con alguna chiflada que dice ser
Samantha, has volado a Calgary…
Caroline giró enfadada hacia Michelle.
271
—No te atrevas a enfadarte con Micki —dijo su madre—. Ella
confió en mí porque está preocupada por ti, de la forma en que las
hijas se preocupan por sus madres.
Caroline desestimó la provocación de su madre sacudiendo una
mano.
—Y ahora desapareces durante medio día sin decirle a nadie
dónde estás. Después de lo que pasó la última vez que
desapareciste así, no creo que puedas culparnos por estar
preocupados —agregó Mary—. Ciertamente espero no leer sobre
los eventos de hoy en los periódicos de mañana.
Caroline se imaginó a sí misma corriendo por la habitación y
derribando a su madre con un certero golpe en el mentón.
—Golpe bajo, mamá. Incluso para ti. Ahora, si me disculpáis, creo
que beberé algo de té. —Salió de la sala de estar hacia el corredor
con la cabeza en alto, los hombros atrás y rezó no darle a Mary la
satisfacción de tropezar con sus propios pies.
—No debiste decir eso. —Escuchó que Michelle le decía a su
abuela.
—Ella necesita que se lo recuerden. Hiciste lo correcto al
llamarme —respondió Mary—. Eres una buena chica, querida. No
dejes que nadie te diga lo contrario.
Divide y reinaras, pensó Caroline. La técnica predilecta de su
madre, su modo de imponer su dominio, de mantener el control. ¿Y
por qué no? Siempre había funcionado para ella.
Al entrar en la cocina, encontró a su hermano sentado en la
mesada junto al fregadero, con un aspecto algo desaliñado, con un
par de vaqueros gastados y una camisa color verde lima de mangas
cortas. Su pelo, demasiado largo y caído sobre el cuello de su
272
camisa, lo hacía parecer como si acabara de levantarse de la cama,
algo que tal vez había hecho.
—Ya te serví uno —dijo Steve y le extendió una taza de porcelana
china—. Un poco de leche, sin azúcar. ¿Correcto?
—¿Te ha traído con ella como refuerzo?
—Dejé el chaleco de fuerza en el coche. ¿Qué puedo decir?
Prueba un biscotti. Están deliciosos. —Señaló el plato de biscotti
sobre la mesa de la cocina.
—Veo que se ha sentido como en casa.
—Esa es nuestra chica. Así que ¿es verdad?
—¿Qué?
—Que estás en mitad de un colapso nervioso.
—No estoy teniendo un colapso. —Caroline tomó un largo trago
de té.
—Pero ¿has estado hablando con una demente que dice ser
Samantha?
—¿Y qué pasa si no es una demente?
—Eso igualmente no la convertiría Samantha.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Piensa en eso, Caroline. ¿Cuáles son las probabilidades?
—¿Qué diferencia hacen las probabilidades?
—Yo soy el apostador de la familia —le recordó—. No apuestas
contra la casa, que en este caso sería el sentido común.
—¿Y tú desde cuándo tienes algo de eso?
—No hagamos de esto algo personal. —Steve se deslizó de la
mesada—. No soy el enemigo aquí.
—No —concedió Caroline—. El enemigo está allí. —Miró hacia la
sala de estar.
273
—¿No crees que eres un poco dura con ella? Estuvo ahí para ti, lo
sabes. Después de la desaparición de Samantha. Tú estabas en
México. Ella se mudó aquí, cuidó de Michelle. Después de que
regresaras y fueras un caso perdido, ella fue la única madre que esa
chica tuvo.
—Y mira qué bien ha resultado.
—No han sido fáciles estos últimos quince años. Para ninguno de
nosotros.
—¿Tú lo sabías? —preguntó Caroline.
—¿Saber qué?
—Que Hunter y Rain tenían una aventura.
Su hermano miró a sus zapatos color café rayados.
—Sí lo sabías.
—Lo sospechaba —dijo dudoso.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—No sé por qué. Solo una sensación, supongo. Vi cómo la miraba
él, cómo lo miraba ella, cuando pensaban que nadie los veía.
Además la forma en que él siempre la descalificaba cuando ella no
estaba cerca. Como si intentara esconder lo que realmente sentía.
Solo me dio curiosidad. Y luego, la noche en que Samantha
desapareció…
—La noche en que Samantha desapareció… —Caroline sintió el
aire atorado en sus pulmones—. ¿Qué?
Otro momento de dudas.
—Los vi.
—¿Qué quieres decir con que los viste? ¿Los viste juntos?
¿Cuándo?
—Tranquila. Tranquila —advirtió Steve—. No he dicho que los
274
viera juntos.
—¿Y qué es lo que dices?
—Fue después de que subiera a mi habitación para hacer razonar
a Becky, tú sabes, para intentar convencerla de regresar a la mesa,
pero por supuesto que no quiso escucharme; y, cuando estaba por
salir, abrí la puerta y entonces creí ver a Hunter caminando por el
corredor. Y recuerdo haberme preguntado qué estaba haciendo en
nuestra ala. Y entonces, cuando vi a Rain en el recibidor, solo sumé
dos más dos…
—Y te guardaste el resultado para ti mismo.
—¿Qué iba a decir, Caroline? «Feliz aniversario. ¡Creo que tu
marido está teniendo una aventura!». No lo sabía con certeza. Podía
no haber sido Hunter a quien vi. Él y Rain podían no haber estado
juntos. E incluso si lo hubieran hecho, podría haber sido
perfectamente inocente.
—Bueno, ellos estaban juntos y con certeza no fue inocente. En
lugar de ver a nuestras hijas, mi querido marido estaba, de hecho,
acostándose con una mujer que supuestamente era mi amiga, y si le
hubieras dicho a la policía lo que viste…
—Les dije lo que sabía, que desafortunadamente no era nada.
Incluso si el hombre que vi era Hunter, incluso si él y Rain habían
estado juntos, no tenía motivos para creer que él no hubiera visto a
las niñas cuando dijo que lo haría.
Él tenía razón. Pero Caroline no estaba lista para liberar a su
hermano tan fácilmente.
—Debiste habérmelo dicho.
—Tú no debiste haber dejado a tus hijas solas. —Su respuesta fue
tan directa, tan fuerte, como una flecha al corazón.
275
Esa simple afirmación le robó el aliento. Se dobló en dos, jadeó, la
taza de té se resbaló de sus manos, cayó al suelo de baldosas y
estalló en mil pedazos.
Escuchó pasos avanzando hacia ella.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Michelle por encima del
chillido en sus oídos.
—Por Dios, ¿qué has hecho? —dijo su madre y se agachó para
recoger los fragmentos de porcelana china.
—Lo siento, Caroline —estaba diciendo su hermano—. No debí
haber dicho eso. Sabes que no era mi intención.
No lo sientas, pensó Caroline y sintió que sus rodillas estaban a
punto de vencerse. Era la verdad, después de todo. Él solo dijo lo
mismo que ella había estado diciéndose a sí misma durante los
últimos quince años.
Fue entones que el timbre sonó.
—Iré yo. —Steve se disculpó y corrió a la puerta como si
literalmente hubiera sido salvado por la campana. Regresó cuando
Michelle estaba ayudando a Caroline a sentarse en una de las sillas
agrupadas alrededor de la mesa de la cocina—. Hay una persona
llamada Lili que está aquí para verte —le anunció a su hermana—.
Dice que la has estado esperando.
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22
277
Cinco años atrás
278
volvió a sonar.
«No contestes el teléfono», escuchó decir a Peggy. «No enciendas
tu computadora. No mires el periódico».
«¿Por qué no?», preguntó en voz alta e ignoró el persistente sonar
del teléfono mientras lavaba su rostro y se cepillaba los dientes,
después se puso una bata y salió al corredor.
Michelle estaba sentada en la cama cuando pasó junto a su
habitación. Se frotó los ojos y miró a su madre con expresión
acusadora.
—¿Quién llama?
—Solo algún idiota haciendo bromas telefónicas. Vuelve a dormir.
No tienes que levantarte hasta dentro de una hora.
—Como si pudiera volver a dormir —protestó Michelle y lanzó una
almohada sobre su rostro cuando Caroline cerró la puerta de su
habitación.
«No mires el periódico», advirtió Peggy en la mente de Caroline
mientras corría por las escaleras hacia la puerta. Luego la abrió y
alzó el periódico matutino entre sus manos.
«Todo es por mi culpa», decían los titulares en letras negras y,
debajo, una fotografía de su rostro sonriente. Caroline nunca antes
había visto esa fotografía, aunque sabía exactamente cuándo había
sido tomada, porque reconoció el logo de Starbucks en la ventana
detrás de su cabeza.
—No. Por favor, no.
Llevó el periódico hasta la cocina y extendió la sección principal
sobre la mesa. El teléfono volvió a su terrible resonar mientras sus
ojos pasaban de un párrafo terrible al otro, de una afirmación
condenatoria a otra. Estaba todo allí. Cada palabra indiscreta que
279
había pronunciado; cada profunda confesión que había hecho. Sus
más profundos secretos expuestos allí, en blanco y negro, para que
todo el mundo los leyera: su culpa por haber dejado a sus hijas
solas, su incesante desesperación por la pérdida de su hija menor,
sus quejas por la madre narcisista y su difícil hija mayor. La futura
boda de Hunter con una mujer «considerablemente» más joven que
la hizo sentir «molesta», cada detalle de su última noche con su
exmarido, cuando le dijo que se iría y ella perdió toda razón y orgullo
para rogarle que se quedara. «Le rogué que no se marchara».
Pasó a la página diez, en donde continuaba la historia, que cubría
su regreso a la enseñanza y el subsecuente suicidio de uno de sus
estudiantes. «Me siento muy culpable», la citaba debajo de otra
animada fotografía de ella riendo. «Todo lo que ocurrió. Todo es mi
culpa. Todo mi culpa».
«Esto no puede estar pasando», dijo al ver las palabras impresas
nublarse y desaparecer, solo para reagruparse y regresar en letras
más grandes e intensas que antes. «Por favor, que esto solo sea un
sueño horrible».
Diez minutos después, Peggy estaba en su puerta. Miró el pálido
rostro de Caroline y la sujetó en sus brazos.
—Cuéntamelo todo.
280
acomodado en la cama junto a él y había dejado que sus fuertes
brazos la rodearan. Había pasado mucho tiempo desde la última vez
que estuvo en la cama con un hombre, incluso más desde que se
había sentido a salvo—. Bueno, tan bien como puede estar cuando
se trata de mi hija —continuó—. Como dije, ella puede ser difícil.
—Supongo que debe ser difícil ser hija única.
Los ojos de Caroline se llenaron de lágrimas e intentó mirar hacia
otro lado. La mano de Arthur, gentil en su mentón, la detuvo y la
forzó a enfrentarlo.
—¿Qué ocurre?
Caroline dudó.
—No siempre ha sido hija única.
—No te sigo.
—No he sido totalmente sincera contigo.
Él esperó, no dijo nada.
—No estoy segura de saber por dónde comenzar.
Una vez más, él esperó, su silencio la instó a continuar.
—Mi apellido no es Tillman —admitió—. Es Shipley.
—Caroline Shipley —dijo él, y una lenta sonrisa se desplegó en
sus labios—. ¿Debería conocer el nombre? ¿Eres famosa?
—Más como infame.
—Caroline Shipley —repitió, sus ojos se entornaron, luego se
ampliaron con reconocimiento—. Ay, por Dios. La mujer cuya hija
desapareció…
—Sí, «ay, por Dios», ese es mi segundo nombre. —Esperó a que
él se alejara horrorizado, pero en su lugar la acercó incluso más en
su reconfortante abrazo—. Gracias —susurró ella, aferrada a él.
—¿Por qué?
281
—Por no sentir repulsión por mí.
—¿Por qué demonios sentiría repulsión? Yo mismo perdí una hija,
¿recuerdas? Solo puedo imaginar por lo que has pasado. Por lo que
estás pasando…
—Se cumplirán diez años la semana próxima. —Estaba llorando
abiertamente entonces—. No puedo creerlo. Diez años.
—¿Quieres hablar de eso?
Ella negó con la cabeza, no porque no quisiera hablar de eso, sino
porque temía que si comenzaba a hablar, no podría detenerse.
—Recuerdo lo culpable que me sentí luego de la muerte de Jenny
y Lara —estaba diciendo él, más para sí mismo que para ella—.
Culpa del superviviente, creo que la llaman. Sigo pensando que si
tan solo hubiera estado ahí, si hubiera llevado a Lara al colegio ese
día, si hubiera estado caminando junto a ellas, podría haberlas
salvado. O tal vez no habría pasado en absoluto. Ellas seguirían con
vida.
—O podrías haber muerto también.
—Eso no me importaba. Quería morir. Estoy seguro de que te
sientes igual. Te culpas a ti misma, crees que fue tu culpa…
—Fue mi culpa —afirmó Caroline, animada por la franqueza de él,
por su comprensión del dolor—. Todo fue por mi culpa.
—No lo fue.
—Dejé a mis hijas solas en una habitación de hotel. Para poder
cenar con amigos. —Las palabras comenzaron a brotar de su boca,
como sabía que lo harían, una década de culpa y rabia reprimidas.
Le contó todo, adornados hechos conocidos, compartió los
sentimientos de vergüenza y desconsuelo que había mantenido en
su interior durante diez años. Habló del trato que recibió de la policía
282
de México, de sus sospechas de que ella y Hunter eran
responsables de lo que le hubiera ocurrido a Samantha. Se culpó
por el deterioro de su matrimonio, por su relación arruinada con
Michelle—. Te dicen que se vuelve más fácil con el tiempo. Pero no
es así. Si algo es verdad, es lo opuesto. Se vuelve peor. La vida
sigue dándote más y más razones para sentirte culpable.
—¿Como qué?
Fue entonces que le habló de Errol, el chico de su clase que se
había suicidado y cómo su director le había pedido que renunciara
en consecuencia.
—Él no tenía derecho de hacer eso.
—Yo sabía que algo iba mal, ¿sabes? Con Errol. Podía verlo en
sus ojos. Intenté hablar con él, hacer que se abriera. Creo que
estaba a punto de hacerlo, pero entonces miré el reloj. Michelle
tenía una cita con el dentista y sabía cuánto se molestaría si llegaba
tarde. Y él lo notó. Era un chico muy perceptivo. Se quedó callado,
insistió en que estaba bien, me dijo que me vería al día siguiente.
Así que lo dejé ir. Fui a recoger a Michelle. Y él fue a casa y se
colgó.
—No tenías forma de saber lo que haría.
—Sabía que él era vulnerable. Errol está muerto por mi causa,
porque no estuve allí para él. Al igual que Samantha no está porque
yo no estaba allí para ella. Soy el denominador común en esta
ecuación. Es todo por mi culpa. Todo por mi culpa.
—Lo siento mucho. —Él negó con la cabeza.
—¿Por qué? No tienes nada por qué disculparte. No en lo que me
concierne, en cualquier caso.
Él besó su frente y hundió su rostro en el pelo de ella. Ninguno de
283
los dos dijo otra palabra hasta que Caroline anunció a regañadientes
que era hora de que se fuera a casa. Michelle estaría esperando y
tenía clases a la mañana siguiente.
—¿Volveré a saber de ti? —preguntó al salir del apartamento de
él.
—Cuenta con eso —afirmó él.
—Soy tan idiota —le dijo a Peggy mientras sus dedos arañaban la
firma de Arthur. Solo que su verdadero nombre no era Arthur. Era
Aidan. Uno mucho más moderno. Estuvo a punto de reírse.
Estaban sentadas a la mesa de la cocina. Peggy había preparado
café y había desconectado el teléfono.
—No podías saberlo.
—Debí haber sospechado. Es tan evidente, al pensarlo.
—¿Qué lo hace evidente?
—Cómo nos conocimos, por empezar. Fue como una de esas
situaciones de flechazo que solo se ven en las películas.
Probablemente él lo planeó todo y contó con su encanto para
conquistarme.
—No tenía forma de saber que funcionaría.
—¿Por qué no? Probablemente haya funcionado antes. Estoy
segura de que no fui su primer objetivo. —Caroline negó con la
cabeza al recordarlo—. Si no hubiera funcionado, estoy segura de
que habría intentado otra cosa más adelante. Suerte para él que
haya sido tan fácil. Debí saberlo —repitió—. La forma en que citó a
Keats. ¿Qué consultor bancario hace eso? ¿Qué clase de consultor
284
bancario dice cosas como «México en mi puerta» y «una
temperatura que rara vez se desvía más de cinco grados de ser
moderada»? Probablemente sacó eso de algún folleto turístico. ¿Y
qué demonios es un consultor bancario de todas formas? ¿Ese
trabajo siquiera existe? —Se levantó de un salto—. Dijo que tenía
esposa y una hija que fueron atropelladas por un conductor ebrio.
¿Se inventó eso? ¿Realmente inventó a una hija muerta para
ganarse mi confianza? ¿Fue toda una estrategia para hacer que
confiara en él, fingiendo confiar en mí?
—Supongo que nunca lo sabremos. —Peggy negó con la cabeza.
—Jugó conmigo. Ah, cómo jugó conmigo. Jugó con mis
emociones, con mi compasión. Sin mencionar que me aduló, me dijo
que era misteriosa, que tenía pensamientos profundos.
—Eres misteriosa. Tienes pensamientos profundos.
—¿Tú también estás planeando escribir una historia sobre mí? —
preguntó Caroline.
—Y sentido del humor —agregó su amiga y tomó su mano.
—¿Cómo pudo traicionarme así?
—Es un periodista. Es lo que hacen.
—¿Todos se acuestan con sus objetivos por una historia?
—Es interesante que no mencione eso. Y, bajo el riesgo de sonar
lujuriosa, ¿acaso fue bueno?
—Fue fantástico —confirmó Caroline—. Es una lástima. —Se
sirvió otra taza de café y regresó a su silla—. ¿Qué dice en línea?
—Más de lo mismo. Mucho más de lo mismo. No lo leas.
—¿Por qué no? Todos lo harán.
Escucharon los pasos de Michelle por las escaleras. Al segundo
siguiente, estaba en la puerta, vestida con su pijama de franela.
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—Creí escuchar voces —dijo hacia Peggy—. Estás aquí
terriblemente temprano. ¿Pasó algo? ¿Por qué está el teléfono
desconectado? —regresó el cable a su lugar. De inmediato
comenzó a sonar—. ¿Están bromeando? ¿Qué está sucediendo? —
Su mirada aterrizó sobre el periódico matutino abierto sobre la mesa
de la cocina—. ¿Esa es una fotografía de ti? —le preguntó a su
madre y tomó el periódico—. Mierda. ¿Qué es esto?
Caroline se acercó al teléfono y contestó. Era su madre.
—¿Qué has hecho? —exigió Mary.
—¿Has perdido la cabeza? —gritó su hermano del otro lado—.
¿Te desahogaste con un periodista?
Su llamada fue seguida por una más molesta por parte de Hunter.
—¿Qué demonios pasa contigo?
Luego llegaron al menos una docena de llamadas de diferentes
revistas y periódicos de todo el país en rápida sucesión; una
solicitud de los productores de 60 minutos para una entrevista
televisada; un pedido de Howard Stern de que estuviera en su
popular programa de radio. Barbara Walters y Diane Sawyer querían
una entrevista mano a mano; Oprah estaba ansiosa por hablar, al
igual que Katie Couric y alguien con el improbable nombre de Maury
Povich.
—¿Quién demonios es Maury Povich? —le preguntó a Peggy,
después, a Michelle—: Deberías vestirte. No querrás llegar tarde al
instituto.
—Sí, claro. Como si fuera a acercarme al instituto el día de hoy.
—Michelle…
—Lo siento, mamita querida. ¿Estoy siendo «difícil»?
—Yo lo siento —repitió Caroline—. Nunca debí haber dicho esas
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cosas.
—¿Por qué no? Es lo que crees, ¿no es así? Que soy un dolor de
cabeza, una desgracia para tu existencia…
—Nunca dije eso.
—Bien podrías haberlo hecho. Como sea, no importa.
—Sí importa. Te quiero, cariño. Lo sabes.
—Sí, claro —respondió Michelle—. Da igual. No iré al instituto hoy.
Creo que iré a ver a la abuela Mary. Ella siempre está feliz de
verme.
—Michelle, por favor… —comenzó a decir mientras su hija se
retiraba de la habitación.
El teléfono volvió a sonar. Esta vez era el colegio en donde
trabajaba Caroline, para informarle que creían conveniente que se
tomara unos días libres, que sus clases estarían a cargo de una
profesora sustituta y que al director le gustaría verla en la semana.
—Perderé mi trabajo —afirmó al colgar el teléfono.
—No pueden simplemente despedirte —dijo Peggy.
—Sí pueden. Pero no tendrán que hacerlo. Me iré en silencio.
—No. No puedes rendirte sin pelear.
—Ya no tengo fuerzas para pelear.
—Ese bastardo. ¿Lo vas a demandar? —Peggy abolló la página
principal del periódico y la arrojó al suelo.
—¿Con qué bases? Son citas muy directas. Estoy segura de que
lo tiene todo grabado. —Se sobresaltó al pensar en cada palabra,
cada suspiro, cada gemido que debió quedar grabado.
—Hijo de puta. ¿No quieres llamarlo y enfrentarte a él?
—Creo que he dicho más que suficiente.
—Al menos podrías decirle que se pudra.
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—¿Y leer sobre eso en los periódicos de mañana?
—Podría valer la pena.
El teléfono sonó. Sin una palabra, Caroline lo alcanzó y arrancó el
cable de la pared.
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El presente
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pubertad. ¿Samantha sería baja, alta, corpulenta, delgada, de
pechos pequeños o voluptuosa? ¿Su pelo sería castaño o dorado,
largo o corto? Tenían los bocetos de los periódicos, por supuesto,
aproximaciones actualizadas hechas por expertos, basadas en
cosas tangibles como la estructura ósea y la forma de los ojos. Pero
¿qué había de las intangibles, las cosas que no podían medirse?
Caroline siempre había odiado los intangibles.
Tal como Michelle. Había cambiado mucho con los años. La niña
que alguna vez fue regordeta, que adoraba los dulces, había crecido
para convertirse en una mujer joven y esbelta, para quien el azúcar
era el equivalente alimenticio de una grosería. Quedaba poco que
conectara a la persona que era en el presente con la niña del
pasado. Solo sus ojos habían permanecido constantes:
demandantes, enfadados, necesitados. Mírame, gritaban esos ojos
a través de los años. Mírame.
Pero de una cosa Caroline estaba segura: sin importar los
cambios que el tiempo hubiera provocado en los últimos quince
años, ella reconocería a Samantha al verla. Y Samantha la
reconocería a ella. Madre e hija se derrumbarían, envueltas en
lágrimas, en los brazos de la otra. Una mirada y los años
desaparecerían de inmediato.
Nada de eso pasó.
—Hay una persona llamada Lili que está aquí para verte —
anunció su hermano—. Dice que la has estado esperando.
—Tienes que estar bromeando —exclamó Michelle cuando
Caroline salió corriendo de la habitación.
Y entonces, allí estaban, mirándose la una a la otra desde lados
opuestos de la puerta, y no había rayos de reconocimiento, ni gritos
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de «¡Mami!», ni un alegre abrazo. Solo dos extrañas mirándose,
intentando encontrar rastros de sí mismas en la otra, despertar
recuerdos perdidos u olvidados. Pero en lugar de respuestas, solo
había preguntas y más incertidumbre.
—¿Caroline? —preguntó la chica.
Ella asintió, y sintió a los demás reunidos a su alrededor, cuatro
pares de ojos analizando a una joven, intentando determinar si era
una de ellos.
La chica era alta y delgada, aunque era difícil decir lo delgada que
era debido al amplio abrigo de invierno que vestía. Su pelo era de
color rubio oscuro, con las puntas teñidas del mismo tono azul
marino de sus ojos, sus amplias ondas llegaban apenas hasta sus
hombros. No usaba maquillaje, su piel era tan pálida y opaca como
el cielo del invierno en Calgary. Una chica bonita, a un paso de ser
guapa, como había sido Caroline a su edad. Y tenía el mentón de
Hunter, como habían predicho los bocetos de los periódicos y de
Internet. De hecho, se parecía más a los trabajos de los artistas de
lo que se parecía a Hunter o a Caroline. Y no se parecía a Michelle
en absoluto. No había nada en los rostros de las dos chicas que
sugiriera que tuvieran una mínima relación, mucho menos que
fueran hermanas.
—Tú eres Lili —afirmó Caroline con una voz más fuerte de lo que
había anticipado.
—Probablemente debí haber llamado primero.
—No, está bien.
—Tenía miedo de hacerlo, en caso de que volviera a
acobardarme.
—Estás aquí. Eso es lo importante. Pasa. —Caroline retrocedió
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para dejarla entrar, al hacerlo pisó los dedos del pie de Michelle y la
escuchó maldecir por lo bajo—. Tal vez podáis permitirnos unos
minutos a solas —les sugirió a su hija, madre y hermano.
—Ni por asomo —respondió Michelle por los tres.
Caroline guio a la chica hacia la sala de estar, resignada a la
presencia de los demás. Tal vez tenerlos alrededor fuera algo
bueno. Tal vez la forzaran a ser más objetiva, menos emocional, a
no permitir que su deseo de un final feliz dominara su sentido
común.
—Permíteme tu abrigo —ofreció Steve—. No creo que lo
necesites aquí. —Lili desabotonó su abrigo, lo deslizó de sus
hombros y se lo entregó a Steve—. Soy el hermano de Caroline, por
cierto —anunció mientras colocaba el abrigo sobre el barandal de la
escalera y tomaba el bolso de Lili antes de seguir al resto del grupo
a la sala—. Y ellas son la madre de Caroline, Mary, y la hija,
Michelle.
Lili saludó a cada una con un gesto de su cabeza mientras se
acomodaban en un pentágono alrededor de la mesa de café, Mary y
Steve en las dos sillas, Lili y Caroline juntas en el sofá, Michelle de
pie a un lado, apoyada contra una pared, las manos cruzadas sobre
su pecho, estudiando a Lili como si fuera una criatura alienígena.
Caroline también estaba mirando a Lili, intentando descubrir ese
detalle genético que pudiera probar si ella era o no su pequeña.
Pero no había nada que pudiera encontrar que fuera concluyente.
Buscó un gesto, un tic nervioso, algún movimiento familiar, pero no
había nada. Solo una chica linda con el mentón de Hunter. ¿Eso era
suficiente?
—¿Has tenido un buen vuelo? —le preguntó.
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—Estuvo bien. Algo turbulento. —Su voz era más profunda de lo
que había sonado al teléfono, más cercana en tono a la de ella.
¿Eso significaba algo?
—¿Tienes hambre? ¿Puedo traerte algo de comer?
—No tengo hambre. Gracias.
Por varios segundos, nadie habló.
—Así que —comentó Steve para romper el silencio—, ¿realmente
crees que eres la hija perdida de Caroline?
Ella contuvo la respiración, a la espera de la respuesta de Lili.
—No habría venido si no pensara que hay una posibilidad.
—¿Y ahora que estás aquí? —presionó él—. ¿Te gusta lo que
ves? —Señaló alrededor de la arreglada habitación.
—Steve, por favor…
—No quiero sus cosas —afirmó Lili.
—Ella no ha pedido nada —le dijo Caroline a su hermano.
—No todavía —sentenció Steve.
—¿Cómo pagaste por tu billete de avión? —preguntó Michelle—.
Creí que no tenías dinero.
—Lo cargué a la tarjeta de crédito de mi madre. —Lili bajó la vista
a su falda.
—Chica afortunada, tiene muchas madres para escoger —
comentó Michelle.
—¿Ella sabe que estás aquí? —preguntó Caroline.
—Le dejé una nota diciendo que me ausentaría algunos días,
pidiéndole que no se preocupara.
—Debe estar a punto de perder la cabeza —le advirtió Caroline al
revivir su propio pánico cuando notó que su hija no estaba—. Debes
llamarla.
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—Lo haré. Después. Cuando lo sepamos con certeza.
—¿Y cuándo será eso? —preguntó Steve.
—Cuando obtengan los resultados de la prueba de ADN que
planean hacerse —explicó Michelle, luego se separó de la pared y
se dirigió al corredor—. Si me disculpáis un momento.
—¿A dónde vas? —preguntó su madre, pero Michelle no
respondió.
—¿Cómo hacen una prueba de ADN?
—No estoy segura —dijo Caroline—. Le preguntaré a Peggy. Ella
lo sabrá.
—¿Peggy? —preguntó Lili.
—Amiga de Caroline —respondió Steve—. Ella estaba allí cuando
mi sobrina desapareció. Dime, ¿recuerdas algo de esa noche?
Lili negó con la cabeza.
—Tenía dos años —le recordó Caroline.
—Desearía poder recordar algo —afirmó la chica—. Lo he
intentado. Pero no puedo. Lo primero que recuerdo es estar jugando
con una de mis muñecas y que una de sus piernas se rompiera.
Probablemente tendría tres o cuatro años.
—¿Recuerdas dónde vivías en ese momento? —inquirió Caroline
al recordar que Lili había dicho que solían mudarse con frecuencia.
—Roma, creo. Mi padre tenía un negocio de importaciones y
exportaciones con oficinas en todo el mundo. Siempre estábamos
viajando.
—¿Y cuándo fue la primera vez que sospechaste que podrías no
ser quién creías ser? —intervino Steve.
Caroline estaba de verdad agradecida de que Steve se hubiera
puesto al frente del interrogatorio. No confiaba en su propia voz, y
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las preguntas de él la ayudaban a concentrarse en las reacciones de
la chica.
—Como le dije a Caroline al teléfono —explicó Lili con una breve
mirada en dirección a ella—, siempre sentí que no encajaba por
completo. No tengo ningún parecido con nadie en mi familia y
nuestros intereses son tan diferentes…
—¿En qué sentido? —preguntó Michelle, de regreso en la
habitación, aunque permaneció en la puerta.
—Bueno, mis hermanos son buenos deportistas y yo no.
—No es algo particularmente llamativo —comentó Steve.
—No tienen interés en el instituto. Y a mí me encanta. En especial
las matemáticas.
Un ligero gemido escapó de los labios de Caroline.
—Qué conveniente —volvió a intervenir Steve.
—¿Conveniente?
—Sin dudas has leído que mi hermana es profesora de
matemáticas.
—Sí. Esa fue una de las cosas que me hizo sospechar…
—¿Y las otras cosas?
—Ya he hablado de esto con Caroline.
—Discútelo conmigo.
Lili inhaló profundo y giró las manos sobre su falda.
—Bueno, lo más evidente, por supuesto, fueron los bocetos en
Internet.
—Sí se parece a los bocetos —afirmó Caroline.
—La mitad de las adolescentes del país se parecen a ese boceto.
—Tiene el mentón de Hunter.
Escucharon un coche detenerse frente a la casa.
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—Hablando del diablo —dijo Michelle. Caroline se levantó del sofá
y corrió a la ventana.
—¿Qué está haciendo él aquí?
—Lo he llamado yo.
—¿Qué? ¿Cuándo?
—Hace unos minutos. Lo encontré cuando salía del gimnasio, le
dije que viniera lo más pronto posible. Parece que ha roto la barrera
del sonido.
—No debiste haberlo llamado.
—¿Por qué no? ¿No crees que tenga derecho de conocer a su
propia carne y sangre? Estás deseando conocer a tu padre, ¿no es
así, Lili? ¿O preferirías que te llamáramos Samantha?
—Preferiría esperar hasta que descubramos la verdad —
respondió Lili.
—Lo que tomará al menos unos días —estimó Michelle—. Dime,
¿dónde planeas quedarte en ese tiempo? Disculpa —dijo y caminó
a la puerta sin esperar una respuesta.
—Bienvenido a casa —anunció Steve con una sonrisa.
—¿Cómo llegaste aquí tan rápido? — Caroline escuchó preguntar
a Michelle mientras su padre entraba en el recibidor.
—Dijiste que era urgente. ¿Qué está sucediendo? —preguntó
Hunter en respuesta.
—Ven a verlo tú mismo.
Hunter entró en la sala de estar y miró alrededor preocupado.
—Steve —dijo como saludo—. Mary.
Caroline miró a su madre. Había estado tan callada desde la
dramática entrada de Lili que casi había olvidado que estaba allí.
—¿Qué está sucediendo? —insistió Hunter, esta vez hacia
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Caroline, y su mirada se desvió hacia la jovencita sentada en el sofá
—. ¿Quién es ella? —preguntó con cuidado, aunque su mirada
decía que ya lo sabía.
—Ella es Lili —la presentó Caroline. Luego hacia Lili—: Él es
Hunter, mi exmarido.
—Y muy posiblemente, tu padre —amplió Michelle. Su tono
indicaba que no creía ni por un segundo que fuera posible.
—¿Esta es la chica que te llamó? ¿Por la que volaste a Calgary?
—Hunter avanzó cautelosamente por la habitación—. Levántate —le
indicó a Lili.
Lili se levantó. Hunter se acercó a centímetros de ella, la rodeó
lentamente y analizó su rostro desde cada ángulo mientras Caroline
lo observaba a él, con la respiración contenida.
—¿Y bien? —le preguntó Steve cuando Hunter dio unos pasos
atrás—. ¿Cuál es el veredicto, abogado?
—No lo sé. —Negó con la cabeza—. No lo sé. —Miró a Michelle,
luego otra vez a Lili—. No os parecéis en nada.
—Nunca lo hicieron —le recordó Caroline—. Ella tiene tu mentón.
—Bueno, supongo que eso lo resuelve —comentó Michelle—. Ella
tiene el mentón de papá. Evidencia muy definitiva, si me preguntáis.
No creo que tengamos que molestarnos en una inoportuna prueba
de ADN. La hija pródiga ha regresado. Que comience la celebración.
—Suenas muy enfadada —dijo Caroline.
—Estoy enfadada. Una chica aparece de la nada, dice ser
Samantha y vosotros dos estáis tan ciegos por sus fantasías y su
culpa que arrojáis la razón por la ventana y la recibís con brazos
abiertos…
—Nadie está haciendo eso —protestó Hunter.
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—Ha venido de tan lejos —comenzó Caroline—. ¿Qué daño
puede hacer practicar la prueba…?
—¿Qué daño? —demandó Michelle—. ¿Cuántas veces tenemos
que pasar por esto? ¿Crees que disfruto de ver a mi madre
engañada… otra vez? ¿No has sufrido suficientes humillaciones?
¿Has olvidado lo que pasó hace cinco años cuando ese
periodista…? —Entonces se detuvo—. ¿Qué sentido tiene? Nunca
me escuchas.
—¿Quién eres en realidad? —le preguntó Steve a Lili, de vuelta
en donde Michelle se había quedado—. ¿Qué es lo que quieres?
¿Dinero? ¿Publicidad?
—No.
—¿Crees que al presentarte aquí, al jugar con la vulnerabilidad de
mi hermana, con su desesperado deseo de tener alguna clase de
fin, darás a conocer tu nombre, hasta quizás consigas una entrevista
en televisión? ¿Tener tus quince minutos de fama?
—No es por eso que ella está aquí —afirmó Caroline. ¿Lo era?
—No quiero fama. No quiero publicidad —respondió Lili—. Solo
quiero saber la verdad. Haremos la prueba de ADN. Si es negativa,
estaré en el primer vuelo de regreso. —Su voz se rompió, la primera
señal de que estaba tan nerviosa y confundida como el resto de
ellos.
—Tenemos que calmarnos un poco —les dijo Caroline a los
demás—. Es un gran riesgo el que ha tomado. Dejó a su familia, ha
volado hasta aquí sola. Es algo increíble si lo piensan.
—Lo que es increíble es lo inocente que eres aún —soltó Michelle
—. Y ella todavía no ha respondido a mi pregunta: ¿dónde planeas
quedarte hasta que estén los resultados de la prueba?
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—No lo sé. —Lili se encogió de hombros, su labio inferior
temblaba—. Supongo que pensé…
—¿Que te quedarías aquí? —preguntó Michelle.
—Por supuesto que se quedará aquí —afirmó Caroline.
—Mamá, por el amor de Dios…
—Te quedarás aquí —le dijo a Lili.
—No puedo. No si causará problemas.
—Es algo tarde para eso, ¿no crees? —preguntó Steve.
Hunter se dirigió a Caroline, con los ojos llenos de esperanza y de
dolor a la vez:
—¿De vedad crees que hay una mínima posibilidad de que ella
sea Samantha?
—Ah, por favor —comentó Michelle, con sus puños en el aire—.
Eres tan malo como ella.
—¿Qué dices tú, mamá? —intervino Steve—. Has estado
curiosamente callada todo este tiempo. No es propio de ti estar tan
contenida.
—¿Mamá? —dijo Caroline, alarmada—. ¿Estás bien?
—Es ella —afirmó Mary suavemente.
—¿De qué estás hablando? —protestó Steve.
—Es exactamente igual a ti cuando tenías su edad —le dijo a
Caroline.
—Estás loca —exclamó Steve—. No se parece en nada a como
era Caroline en su adolescencia.
Mary se levantó de su silla y se acercó a Lili, tomó el mentón de la
joven y movió su cabeza de un lado al otro.
—No sé qué es exactamente. Tienes razón. Las facciones no son
las mismas. Pero es, Caroline. Puedo verlo.
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—¿Estás segura? —preguntó Caroline.
—Es ella —dijo Mary con firmeza—. Es Samantha.
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El presente
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noche de sueño, Caroline hablará con Peggy a primera hora
mañana, y avanzaremos desde allí. Tenemos poco que ganar con
más especulaciones o discusiones. Y nada que ganar con decirle de
esto a alguien más. Lo último que queremos es que la prensa
escuche esto. ¿Estamos de acuerdo? ¿He sido claro?
—Claro —respondió Steve, aunque la pregunta había sido dirigida
hacia Caroline.
—No se lo diré a nadie —afirmó Lili.
—Tienes que llamar a Calgary —le dijo Caroline—. Tu madre… —
Se detuvo, la palabra se atoró en su garganta, como un fragmento
de dulce errante.
—No pensé en ella —reconoció Hunter—. ¿No sabe que estás
aquí?
Lili negó con la cabeza.
—Caroline tiene razón —continuó —. Tendrás que llamarla.
—¿Qué le diré?
—La verdad.
—¿De verdad crees que sea una buena idea? —preguntó Steve
—. ¿Y si llama a la policía?
—Supongo que es un riesgo que tendremos que correr.
—Ella no haría eso —afirmó Lili.
—Ciertamente no lo hará si tiene algo que esconder —intervino
Mary, no muy por lo bajo.
—¿Hay algo que puedas decirme que haga que te crea? —le
preguntó Steve a Lili—. ¿Cualquier cosa que recuerdes sobre esa
noche…?
Lili negó con la cabeza.
—Tenía tan solo dos años —le recordó Caroline a su hermano.
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Un teléfono sonó, una amortiguada canción de Beyoncé y Jay-Z
que emergió del bolsillo de Hunter. Él se encogió avergonzado y
contestó, lejos de Caroline al hablar.
—Hola, bebé.
Caroline sintió una inesperada e indeseable punzada en la boca
del estómago ante tan liviana intimidad. Él nunca la había llamado
«bebé».
—Sí, estoy bien. Lamento no haber llamado. Estoy en casa de
Caroline. Se presentó algo inesperado. Te contaré cuando regrese a
casa.
—Creí que se suponía que no le íbamos a decir a nadie —le
recordó Steve.
—No podéis esperar que no se lo diga a Diana —protestó Hunter
mientras regresaba el móvil a su bolsillo—. Esto la afecta también.
—Él tiene razón —afirmó Caroline con sus ojos en los de Hunter
—. No es bueno guardarle secretos a tu mujer.
—Debo irme. —Hunter tuvo la decencia de parecer avergonzado.
—¿No quieres saber lo que descubrí? —preguntó Michelle, que
entró a la habitación con un papel en su mano—. Al parecer, hay
muchos lugares en San Diego que hacen pruebas de ADN, incluso
una clínica justo aquí en Mission Hills. Desafortunadamente, los
resultados tardan de tres a cinco días, lo que significa que
estaremos algo estancados aquí por un tiempo.
—Habla con Peggy —indicó Hunter a Caroline—. Mira a ver si ella
puede acelerar las cosas. —Giró para marcharse, luego se detuvo
—. ¿Quieres quedarte en mi casa mientras tanto? —le preguntó a
Michelle.
—No. Creo que me quedaré. —Miró a Caroline—. No te importa si
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estoy por aquí, ¿o sí, mamá?
—Por supuesto que no —afirmó Caroline, aunque de verdad había
una parte de ella a la que sí le importaba, que había esperado que
Michelle pasara la noche, tal vez incluso los días siguientes, en casa
de su padre y así le permitiera a Caroline concentrarse en Lili, llegar
a conocerla mejor sin la energía negativa de Michelle en el aire.
—No estoy del todo lista para abandonar mi habitación aún —
agregó Michelle.
—Nadie te ha pedido que dejaras tu habitación.
—Ah, cierto. Ella puede dormir en su antiguo cuarto.
—Michelle…
—Solía ser tu cuarto cuando eras pequeña. Mamá insistió en
conservar la cuna y todo durante años, pero ahora es una habitación
de invitados —le explicó a Lili—. Tiene un sofá cama. Es muy
cómodo, pero como dudo que te quedes mucho tiempo…
—Creo que es suficiente, Michelle —sentenció Mary con firmeza
mientras sujetaba la mano de Lili.
—¿Abuela Mary? —La sorpresa en la voz de Michelle resonó en
las paredes de la sala.
Mary soltó la mano de Lili y se puso de pie.
—Tu padre tiene razón. No tiene caso seguir discutiendo.
Tenemos que descansar y seguir en la mañana. Steve, querido, creo
que es hora de que vayamos a casa.
—Tus deseos, como siempre, son órdenes. —Steve se levantó de
inmediato.
—Buenas noches, cariño. —Mary se inclinó para besar la mejilla
de Lili.
—¿Cariño? —repitió Michelle con incredulidad—. ¿Así sin más?
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—Buenas noches, Micki —dijo su abuela—. Intenta comportarte.
—¿Qué demonios ha sido eso? —preguntó su nieta después de
que se fuera.
—Esa fue tu abuela —le dijo Caroline al reconocer el hábito que
tenía su madre de poner a un miembro de la familia contra otro. La
mujer simplemente no podía evitarlo—. Bienvenida a mi mundo.
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autoridades.
«Haremos la prueba de ADN por la mañana. Tendré los resultados
para el final de la semana».
—¿Crees que lo hará? Llamar a las autoridades, quiero decir —
preguntó Caroline.
—No lo sé.
«Llamaré mañana. Por favor, intenta entenderlo. Tengo que hacer
esto».
—Al menos ella sabe que estás bien.
«Te quiero».
—Estaba llorando.
«Adiós, mami».
—Esto no debe ser fácil para ninguna de las dos —reconoció
Caroline con la palabra mami haciendo eco en sus oídos, una
palabra dirigida a otra mujer, una palabra que se le había negado
escuchar de los labios de Samantha durante quince años.
Mami, mami, mami.
—¿El qué no debe ser fácil? —preguntó Michelle, materializada en
la puerta.
—Me has asustado. —Caroline se sobresaltó.
—Has olvidado que estaba aquí, ¿no es así?
—¿Te gustaría comer algo? —preguntó, rehusándose a morder el
anzuelo.
—Déjame pensar —dijo Michelle mientras analizaba las sobras de
tortilla en los platos—. Grasientos huevos bañados en queso
procesado. ¿Cómo podría resistirme? —Abrió la nevera, sacó una
manzana verde y le dio un gran mordisco—. ¿Qué no debe ser
fácil? —repitió.
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—He llamado a Calgary —respondió Lili.
—¿Tu madre lo ha hecho difícil?
—Ella no comprende por qué estoy aquí.
—No es la única. —Michelle colocó una silla entre las dos y le dio
vuelta, mientras masticaba su manzana—. Así que, ¿cómo es ella?
¿Tu madre? —preguntó intencionadamente.
—Es realmente buena —respondió Lili con lágrimas en sus ojos—.
Tranquila. Algo tímida. Le gustan los crucigramas y ver programas
de cocina en la televisión. Es muy buena cocinera.
—¿Tiene trabajo?
—No. Somos todo lo que tiene. Nos educó en casa, a mis
hermanos y a mí, luego cuidó de mi padre cuando enfermó.
—Suena terrible —sentenció Michelle—. No dudo por qué
deseabas largarte.
—Michelle…
—Bueno, ¿queréis saber lo que descubrí acerca de todo ese
asunto del ADN?
—Por favor. —Caroline suspiró, agradecida por la conversación.
Michelle leyó su propia letra con dificultad.
—Bueno, al parecer hay dos opciones, una prueba privada y una
legal.
—¿Cuál es la diferencia?
—En la opción legal, la toma de muestras se hace con testigos,
que, asumo, es la opción que queréis. Es la que tendrá valor en el
juzgado.
Caroline miró a Lili. Las dos asintieron al mismo tiempo.
—De acuerdo, entonces, vais a la clínica y os toman una muestra
bucal, que es una manera agradable de decir una muestra de saliva,
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de cada una. Indolora y no invasiva, se tarda solo unos segundos, la
habéis visto miles de veces en televisión. «Estas muestras
contienen células y la mayoría de las células en nuestro cuerpo
contienen todo un conjunto de información genética en forma de
ADN». Esa es la abreviatura de ácido des… oxi… rribo… nucléico
—dijo con esfuerzo la extensa palabra—. Seguramente no he dicho
eso bien. Da igual —continuó leyendo sus notas—. «El ADN es
esencialmente una huella genética, como una huella dactilar, y es
única para cada individuo». Ya sabéis eso, ¿verdad?
Caroline y Lili asintieron a la vez.
—¿Hay más? —preguntó Caroline.
—Ah, sí. Mucho más. «En el laboratorio, el ADN es extraído de la
célula y regiones específicas del ADN son ampliadas en un proceso
conocido como PCR, también llamado reacción en cadena de la
polimerasa» (esto parece un trabalenguas) «que luego son
examinadas cuidadosamente. El patrón de ADN del niño luego es
comparado con el de la presunta madre» —continuó, con su propio
énfasis en la palabra «presunta»—. «Dado que los genes de un niño
son heredados de sus padres biológicos, un análisis del ADN del
niño determinará de forma conclusiva si la presunta madre es la
verdadera madre biológica de dicho niño». —Dio otro enfático
mordisco a la manzana en su mano—. ¿Qué os parece esto?
—Muy interesante.
—Creí que os gustaría saber a qué os enfrentáis.
—Gracias.
—Sí, seguro. Cuando queráis. —Se inclinó hacia delante, apoyó el
mentón en el respaldo alto de la silla de la cocina en la que estaba
sentada—. Así que, potencial hermana mía, ¿el estar en tu antigua
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casa ha despertado algún recuerdo nuevo?
—Michelle…
—¿Qué? Es una pregunta perfectamente natural. Solo siento
curiosidad sobre si el estar aquí, en esta casa, ha inspirado su
memoria o no.
—Desearía que así fuera —admitió Lili—. Realmente esperaba
que lo hiciera.
—¿Sí? Qué mala suerte. Es decir, eras solo una bebé, ¿verdad?
Yo tampoco tengo recuerdos de mis dos años. ¿Quieres saber cuál
es mi primer recuerdo? —La pregunta obviamente fue retórica y
continuó sin esperar una respuesta—. Es estar en Disney. Tenía tres
años y estábamos en Magic Kingdom y yo quería montar una de las
montañas rusas (creo que debe haber sido la de Piratas del Caribe),
pero mi madre dijo que la fila era demasiado larga y que no podía
estar horas esperando de pie.
—Por el amor de Dios, Michelle, estaba embarazada.
—Ah, verdad. Olvidé eso. Da igual, comencé un terrible berrinche.
Grité tanto que tuvimos que irnos. Y ese es mi primer recuerdo.
Al igual que su primer resentimiento, pensó Caroline. Un
resentimiento que ha estado cultivando desde entonces. Dios,
¿acaso su lista de agravios no terminaba nunca?
—¿Quieres saber qué más recuerdo?
Otra pregunta retórica. Otro añejo resentimiento a punto de ser
revelado. Otro ejemplo de los fallos de Caroline como madre.
—Recuerdo el día que ella te trajo (bueno, tal vez a ti, tal vez no) a
casa del hospital y eras tan pequeña y preciosa y yo quería
sostenerte, pero ella no me dejó.
—No te dejé hacerlo porque dijiste que la tirarías a la basura —
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interrumpió Caroline, enfadada.
—¿De verdad? ¿Yo dije eso? —Sorprendentemente, una gran
sonrisa se desplegó en el rostro de Michelle.
—En términos nada equívocos. «Déjame sujetarla. La tiraré a la
basura».
Y entonces, repentinamente, Caroline estaba riendo por el
recuerdo del pequeño rostro fruncido y enfadado de Michelle. Y
Michelle estaba riendo con ella, y pronto Lili estaba riendo. Y las tres
mujeres, sentadas en la mesa de la cocina, rieron hasta llorar.
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25
313
El presente
–¿C ómo
Lili.
es que nunca te has mudado? —estaba preguntando
314
—Creo que solo intenta protegerte.
—Y yo creo que deberías dormir. Ha sido un día largo. Y será
incluso más largo el día de mañana. —Caroline se levantó sin
desearlo. Mientras que parte de ella quería quedarse
desesperadamente, otra parte reconocía el peligro de apegarse
demasiado. ¿Realmente podría soportar el perder a otra hija, incluso
si nunca hubiese sido suya de verdad?
—¿Tienes fotografías viejas? —preguntó Lili antes de que llegara
a la puerta.
En respuesta, Caroline cambió de dirección y entró al vestidor
frente al sofá cama. Abrió el último cajón del armario y sacó tres
álbumes de fotografías viejos, dos de los cuales había rescatado de
la basura en casa de su madre justo después de que su padre se
marchara. Lili hizo a un lado de inmediato la almohada que había
estado aferrando para llevar los álbumes a su falda. Abrió el primero
y su brazo rozó el de Caroline y le envió un espasmo de escalofríos
por todo su cuerpo, como un choque eléctrico.
Un hombre y una mujer jóvenes las miraban desde la primera
página del álbum, sus brazos incómodamente alrededor de la
cintura del otro, sus rostros inexpresivos.
—¿Ellos son tus padres? —preguntó Lili.
—Esa es la pareja feliz, así es.
—Tu padre es realmente guapo.
—Sí. Lo era. —El ver a su padre generó lágrimas en sus ojos. O
tal vez era la sensación del hombro de Lili contra el suyo. Acarició
con cuidado el atractivo rostro de su padre.
—¿Él murió?
—Hace mucho tiempo.
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—¿Tu madre nunca volvió a casarse?
Caroline negó con la cabeza y se pegó más a Lili mientras pasaba
la página.
—No he visto estos álbumes en años.
Una extensa imagen de la madre de Caroline sosteniendo un bebé
ocupaba el centro de la página siguiente. Mary llevaba un vestido de
verano a rayas blancas y rosas y su pelo estaba arreglado en el
familiar casquillo de rizos que aún usaba en la actualidad. El bebé
en sus brazos debía tener tres meses y estaba totalmente calvo.
—¿Esa eres tú?
—Lo soy. Al parecer no tuve pelo en todo un año. Mi madre de
hecho me llevó al médico para asegurarse de que no tuviera…
deficiencia folicular.
—Es difícil creer que no tuvieras pelo. —Lili miró a Caroline y
sonrió—. Es precioso ahora.
—Gracias. También el tuyo. —Resistió el casi arrebatador impulso
de acariciar el pelo hasta los hombros con puntas azules de Lili.
—Es muy diferente del de mi madre… del de Beth —afirmó Lili
con el nombre de la mujer por primera vez—. Su pelo es mucho más
grueso que el mío, más rizado. Incluso más que el de tu madre. Y es
más oscuro.
—¿Y tu padre?
—Él era como tú… con deficiencia folicular. Incluso antes de la
quimioterapia. —Se quedó en silencio mientras analizaba
casualmente las páginas siguientes: fotografías de Caroline de bebé
en los brazos de su padre, una pequeña caminando junto a él a la
orilla del océano, luego sentada orgullosamente a su lado, mientras
él sostenía a su hijo recién nacido—. Y este es obviamente tu
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hermano.
—Sí. Él era un bebé precioso. Con mucho pelo.
—¿Todas estas son de él? —Lili recorrió el resto del álbum, hasta
el final—. ¿Dónde estás tú?
—Creo que ese es mi brazo. —Caroline señaló la fotografía de la
última página. Lili rio y abrió el siguiente. Estaba lleno de fotografías
de Steve: Steve con su madre, con su padre, con los dos. Steve era
siempre el foco. Incluso cuando Caroline estaba incluida, estaba
apartada de algún modo; «de pie, fría y distante», no pudo evitar
notarlo.
Lili abrió el último álbum, el que Caroline había completado.
—Allí estás —dijo Lili señalando a Caroline en un vestido largo de
color menta, de pie junto a un chico de aspecto incómodo en un
traje azul oscuro.
—Ay, Dios. Mi baile de graduación. Michael Horowitz y yo. Debía
tener tu edad. —Miró la fotografía, luego a Lili, luego de vuelta la
fotografía, con esperanzas de ver el parecido del que su madre
había estado tan segura.
—¿Qué crees? —preguntó Lili. Claramente estaba pensando lo
mismo.
—Es difícil decirlo.
—No lo veo realmente.
—Bueno, no es la mejor fotografía. El verde no es precisamente
mi color.
Las fotografías siguientes eran de la boda de Caroline.
—Guau; tú y Hunter sois una pareja maravillosa.
—Supongo que lo éramos —coincidió Caroline.
—¿Os divorciasteis por mi causa? Por lo que pasó con Samantha,
317
quiero decir.
Otra pregunta que Caroline se había hecho repetidamente. ¿Ella y
Hunter se habrían divorciado si Samantha nunca hubiera sido
robada? ¿O lo sucedido solo había acelerado el proceso?
—Creo que estaba destinado a suceder, tarde o temprano.
—¿Porque Hunter estaba engañándote?
—¿Sabes eso?
—Estaba en Internet.
—Bueno, supongo que su infidelidad fue parte de eso —admitió
Caroline en respuesta a la pregunta de Lili—. Combinado con lo que
sucedió en México, bueno… Las personas tratan el dolor de formas
diferentes, y esas formas no son siempre compatibles. Y el culparse
y culpar al otro son dos armas muy poderosas. Armas de
destrucción íntima —agregó con una sonrisa amarga.
—Pero ¿sois amigos ahora?
—Bueno, no nos llamaría amigos exactamente, no. Pero no nos
odiamos. Eso es algo. Y, por supuesto, tenemos una hija, hijas,
juntos.
—¿Esa es Michelle? —Lili señaló una fotografía de una bebé que
dormía con los dos brazos sobre su cabeza, una posición idéntica a
la de Samantha la última vez que Caroline la vio. Estaba envuelta en
una manta y llevaba un gorro de lana con el logo de GAP. Sus labios
formaban un gesto naturalmente enfadado.
—Ese fue el día en que la trajimos a casa desde el hospital.
Siguieron páginas de fotografías de Michelle al crecer desde un
bebé con gesto enfadado a una niña con aspecto sombrío. Pronto, a
la pequeña con gesto serio se unió su hermana de pelo dorado y
rostro dulce.
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—Samantha —dijo Lili, y su mirada avanzó cuidadosamente de
una fotografía a la otra.
Fotografía tras fotografía de Samantha, notó Caroline, intercaladas
solo ocasionalmente con imágenes de Michelle. Intentó decirse a sí
misma que se debía a que Michelle nunca se quedaba quieta el
tiempo suficiente para que la fotografiaran, o que corría de la
habitación cada vez que aparecía una cámara en las manos de su
madre, o que siempre ponía caras o hacía algo para hacer llorar a
Samantha. Pero ¿realmente esa era la razón por la que las
fotografías de Samantha eran la mayoría?
—Yo no tengo fotografías de cuando era una bebé —comentó Lili,
e interrumpió los pensamientos de Caroline.
—¿Ninguna?
—Mi madre… Beth dijo que se perdieron en una de nuestras
mudanzas.
—Supongo que eso es posible. Dijiste que os mudabais con
mucha frecuencia.
—Las fotografías de bebés de mis hermanos no se perdieron.
Solo las mías. —Lili se extendió sobre la cama para tomar su bolso
—. No hay nada hasta que tuve seis años. Mi madre, Beth, siempre
decía que era inútil con la cámara. —Abrió el bolso y sacó media
docena de fotografías de un bolsillo lateral—. Te presento a la
familia Hollister —dijo al dejar la primera fotografía en las manos
temblorosas de Caroline: Lili como una pequeña de pelo rubio,
sentada junto a dos niños más pequeños de pelo oscuro—. Esa soy
yo con mis hermanos, ¿lo ves? No nos parecemos en nada. Y este
es mi padre. Tim. Antes de que enfermara, por supuesto. No me
parezco en nada a él. Y ella es mi… Ella es Beth. —Le entregó a
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Caroline una imagen de una mujer atractiva, con pelo oscuro
crispado, ojos amplios y una sonrisa cautivadora, aunque algo
recelosa—. Mis hermanos son iguales a ella. ¿No lo crees?
Caroline revisó su memoria para determinar si alguna vez había
visto a Beth o a Tim Hollister antes. Intentó imaginarlos junto a la
piscina del Hotel Grand Laguna en Rosarito, o sentados en la mesa
de al lado en el restaurante. Tal vez les había sonreído al pasar
junto a ellos en el recibidor del hotel una tarde. Pero no tenía tales
recuerdos.
Las últimas dos imágenes que Lili le mostró eran de la familia
completa. Lili tenía razón; ella resaltaba junto a los demás. Madre,
padre y dos hijos formaban un pequeño grupo cercano, mientras
que Lili estaba tímidamente a un lado.
«De pie, duramente erguida. Fría y distante».
—Es una bonita familia —dijo Caroline y le regresó las fotografías.
—¿Sabes lo que me dijo? Beth, quiero decir. Al teléfono antes,
antes de que colgara.
—¿Qué dijo?
—Que se alegraba de que mi padre no viviera para ver lo que
estoy haciendo. Que rompería su corazón. —Su voz tembló hasta
detenerse. Inhaló profundamente varias veces y mordió su labio
inferior para calmar su temblor.
Caroline no dijo nada. ¿Qué podía decir? Sabía de todo sobre
corazones rotos. Las palabras no podían sanarlos. Estaba a punto
de acercarse y sujetar a Lili entre sus brazos cuando Michelle
asomó la cabeza en la habitación.
—Así que ¿cómo va la reunión familiar? —preguntó—. ¿Disfrutáis
de vuestro paseo por el camino de los recuerdos?
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—Lili estaba enseñándome fotografías de su familia en Calgary —
anunció Caroline.
—¿Te gustaría verlas? —Lili las extendió tímidamente hacia
Michelle. Ella las tomó de su mano y las analizó de una a la vez.
—Tus hermanos son muy monos.
—Sí, lo son. No me parezco a ellos…
—No, no te pareces —coincidió Michelle—. Bueno, es tarde. Me
iré a la cama.
—Duerme bien, cariño —le dijo Caroline.
—¿No vienes?
—Supongo que sí. —De mala gana, Caroline caminó a la puerta
—. ¿Estarás bien? ¿Hay algo que necesites? —le preguntó a Lili.
—No. Estoy bien.
—Si tienes hambre…
—Ella sabe dónde está la cocina —afirmó Michelle.
—Si no puedes dormir o piensas en algo…
—Sabe dónde encontrarte.
—Estoy por el corredor —agregó Caroline de todas formas.
—Estaré bien —dijo Lili—. Gracias por todo. De verdad lo aprecio.
—Duerme bien —se despidió Caroline.
—Nos vemos en la mañana —se despidió Michelle antes de cerrar
la puerta de la habitación. Luego avanzó rápidamente más allá de
su madre, en dirección a la habitación de Caroline.
—¿A dónde vas? —preguntó ella mientras seguía a su hija a su
habitación.
—Dormiré contigo esta noche.
—¿Qué? No.
—¿Qué? Sí. —Michelle desplegó el pijama que había tenido bajo
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su brazo—. No discutas conmigo.
—Pero ¿por qué?
—¿Por qué? —repitió Michelle—. Por la misma razón por la que
dormiré con esto. —Extrajo un gran cuchillo de debajo del colchón.
—¿Qué haces con eso? —Caroline jadeó—. ¿De dónde lo has
sacado?
—De la cocina. ¿De dónde crees? Lo dejé aquí antes.
—Bueno, devuélvelo.
—No lo haré. Se quedará aquí. —Lo devolvió a su lugar anterior.
—Es absurdo. ¿No crees que estás siendo demasiado dramática?
—Mejor ser dramática que estar muerta.
—¿De verdad crees que Lili tiene intenciones de lastimarnos?
—No sé qué pensar y tampoco tú. Ella parece dulce, te lo
aseguro, pero nunca se sabe. No tenemos idea de quién es
realmente. ¿Y si nos roba todo lo que tenemos y desaparece a la
medianoche?
—Entonces, supongo que tendrás razón sobre ella.
Michelle negó con la cabeza.
—¿Alguna vez se te ha ocurrido que preferiría estar equivocada?
¿Que una gran parte de mí espera que ella sea realmente
Samantha? ¿Que daría lo que sea por tener a mi hermana de
vuelta?
Caroline inhaló profundamente. La verdad era que eso no se le
había ocurrido. Había estado tan centrada en sus propios
sentimientos que ni siquiera había considerado lo que Michelle
pudiera pensar.
—Lo siento —dijo suavemente.
—Disculpa aceptada —concedió Michelle y levantó las sábanas—.
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Ahora ¿podemos dormir un poco, por favor?
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El presente
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equivoco, pero estoy bastante segura de que Samantha nació en
octubre.
El timbre sonó.
Caroline se congeló. Imagino a un policía de pie detrás de la
puerta. Siento tener que informarle esto, pero ha ocurrido un
accidente…
—Lo siento —dijo Lili tímidamente. Vestía los mismos vaqueros de
la noche anterior y una camiseta ornamentada con una fotografía de
Kate Moss—. Solo quería sentir el aire cálido. No pensé que la
puerta se cerraría automáticamente.
—¿Cuánto tiempo llevas de pie ahí afuera? —preguntó Caroline,
guio a Lili al recibidor y revisó la calle antes de cerrar la puerta.
—No mucho. Desperté muy temprano, alrededor de las cinco. No
pude volver a dormir. Así que me vestí y bajé, esperé a que saliera
el sol, luego salí y me quedé afuera. No quería despertaros tan
temprano, así que fui a caminar.
—¿A caminar? ¿A dónde?
—Por aquí. Es un vecindario muy bonito.
—¿Has visto a alguien?
—A una pareja haciendo ejercicio.
—Adorable —comentó Michelle—. ¿Alguno por casualidad tenía
cámaras?
—No lo entiendo. ¿He hecho algo mal?
—Por supuesto que no —afirmó Caroline—. Es solo que hemos
encontrado periodistas montando guardia algunas veces…
—Vigilan en las calles… detrás de los arbustos… dentro de las
tiendas —señaló Michelle.
—Sin mencionar a los vecinos —interrumpió Caroline—. No es su
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intención ser entrometidos, pero…
—Probablemente sea mejor que no des más paseos matutinos —
le aconsejó Michelle.
—Sería todo un circo mediático si descubrieran esto —agregó
Caroline.
—Lo siento mucho. No estaba pensando.
—¿Estás segura de eso?
—Michelle, por favor.
—Ya os he dicho que no me interesa la publicidad. ¿Ese es mi
bolso?
—Y tu pasaporte —Michelle se los entregó.
—No sabíamos a dónde habías ido —comenzó a explicar
Caroline.
—Siento mucho haber hecho que os preocuparais.
El teléfono sonó.
—Y así comienza otro día lleno de diversión —dijo Michelle;
regresó a la cocina y contestó el teléfono en medio de su segundo
timbre—. Casa Shipley de niñas descarriadas. Michelle al habla.
¿Cómo puedo ayudarlo? —Extendió el teléfono hacia su madre—.
Es papá.
—Hola —contestó Caroline.
—¿Has hablado con Peggy?
—Aún no.
—Llámame después de que hables con ella. —Entonces colgó.
Caroline miró inexpresiva al teléfono en su mano.
—Sí, señor. Me ocuparé de eso de inmediato.
—¿No crees que es algo temprano para llamar a alguien? —
preguntó Michelle mientras Caroline marcaba el número telefónico
327
de Peggy.
—¿Por qué no preparas café? —sugirió.
—Yo puedo hacerlo —ofreció Lili.
—Yo lo haré —dijo Michelle. Peggy contestó el teléfono de
inmediato.
—¿Qué ocurre? —respondió en lugar de «hola».
Caroline le relató de inmediato los eventos de las últimas
veinticuatro horas.
—Santo Dios —reaccionó Peggy—. ¿Cómo puedo ayudar?
—¿Conoces a alguien en la Clínica Médica de ADN de San Diego
en Mission Hills?
—No lo creo. Pero déjame preguntar y luego volveré a llamarte.
¿A qué hora planeabas estar allí?
—En cuanto abriera. Probablemente a las nueve.
—Que sea a las diez. Me dará más tiempo de hacer algunas
llamadas. Te veré allí.
—No es necesario.
—No podrías detenerme ni aunque lo intentaras. Además,
necesitarás un testigo, ¿verdad?
—Sí.
—Te veré a las diez.
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mismo que le había dicho al teléfono después de hablar con Peggy.
Mientras que todas las clínicas de ADN hacían pruebas de
paternidad, la de Mission Hills era una de las pocas en el estado que
también ofrecía pruebas de maternidad. Al parecer, generalmente se
esperaba que las madres supieran quiénes eran sus propios hijos.
—Quiero que me hagan la prueba a mí también —dijo Hunter.
—No necesitan…
—Quiero que me hagan la prueba a mí también —repitió él, como
si ella no hubiera hablado.
—De acuerdo. Si crees que es necesario.
—Creo que es necesario.
—¿Por qué no nos analizan a todos? —dijo Michelle—. Tal vez yo
no soy realmente su hija tampoco.
—Michelle —replicaron Caroline y Hunter al unísono.
—Lo siento; un intento fallido de relajar las cosas. Pero, oíd, un
reconocimiento por presentar un frente unido. Creo que es la
primera vez.
Hunter desvió su atención hacia Lili.
—¿Cómo estás esta mañana, Lili? ¿Dormiste bien?
—Sí, gracias.
—Despertó algo temprano, salió a explorar el vecindario —agregó
Michelle.
—¿Dejaste que saliera a caminar? —le preguntó a Caroline.
—Yo…
—Probablemente esa no sea una buena idea —le dijo a Lili—. Si
la prensa supiera de esto… Creo que es mejor que te quedes en la
casa hasta que tengamos los resultados de la prueba.
La puerta se abrió y Peggy entró a la recepción. Llevaba un
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pantalón de vestir gris y una blusa rosa, obviamente estaba vestida
para el trabajo. Caminó directamente hacia Caroline y la abrazó.
—¿Cómo estás?
—Estoy bien.
—¿El resto?
—Estupenda, gracias —respondió Michelle. La mirada de Peggy
pasó sobre Hunter y Michelle hacia la chica a su lado.
—Esta debe ser Lili.
—Lili —intervino Caroline—, ella es mi amiga, Peggy.
—Es un placer conocerte —saludó Lili.
—¿Qué crees? —preguntó Hunter—. Tú conocías a Caroline a los
diecisiete. ¿Crees que se parezcan en algo?
—No lo sé —respondió Peggy mientras analizaba el rostro de Lili
con sus ojos—. Son diferentes, pero al mismo tiempo, hay algo tan
familiar… No lo sé.
—Disculpad, pero ¿no estamos aquí para descubrir justo eso? —
preguntó Michelle.
—Micki tiene razón —afirmó Hunter, con su tono de abogado de
regreso—. No tiene caso especular. Sigamos adelante con esto.
¿Has podido hablar con alguien?
—Hice algunas llamadas —respondió Peggy—, y finalmente logré
hablar con la persona a cargo. Dijo que haría todo lo posible por
tener los resultados en tiempo récord.
—¿Entiende que debe ser discreto?
—Así es. Me dio el nombre de su técnica más confiable, dijo que
ha estado en la clínica desde el comienzo.
—Entonces, ¿procedemos? —preguntó Hunter y abrió la puerta
hacia el área de recepción interior.
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—¿Lista? —le preguntó Caroline a Lili.
—Lista o no —dijo Michelle.
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es siempre terrible. ¿Vendrás hoy? —le preguntó a Michelle.
—De cuatro a ocho.
—Bien. Te veo más tarde. —Abrazó a Caroline una vez más—.
¿Tú irás al instituto?
—No, he dicho que estaba enferma. Les dije que debía estar
incubando algo.
—De verdad pareces algo enferma.
—Estoy bien —afirmó Caroline, aunque la verdad era que estaba
sintiéndose algo mareada. A pesar de que la prueba de ADN había
sido tan rápida e indolora como se anunciaba, la simple muestra de
saliva se había llevado más de ella de lo que había pensado.
—Y tú —agregó Peggy en dirección a Lili—. Pareces una buena
chica. Muy compuesta y madura para tu edad. Sin importar los
resultados de la prueba, de verdad espero que tus intenciones sean
buenas. Porque mi amiga ha pasado por un verdadero infierno, y si
resulta que esto es alguna clase de engaño, bueno. —Le enseñó a
Lili su más beatífica sonrisa—. Simplemente tendré que matarte.
—Está bromeando, por supuesto —aclaró Caroline de inmediato.
—No estés tan segura —corrigió Peggy.
—Supongo que lo descubriremos dentro de tres a cinco días
hábiles. —Hora de Michelle de sonreír.
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27
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El presente
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voilà! La magia de la Navidad.
—Es precioso.
—Se verá mejor una vez que pongamos todos los adornos. —
Señaló las bolsas de decoraciones navideñas en el suelo.
—¿Has traído todas estas cosas tú sola?
—Bueno, Michelle está en el hospital, tú estabas en tu habitación,
tenía toda esa energía…
Lili se arrodilló y revisó una de las bolsas, de la que extrajo una
pequeña caja que contenía una docena de bolas plateadas. Alzó
una en su mano y observó su reflejo distorsionado en la superficie
brillante.
—Adelante. Ponla en el árbol —la instó Caroline.
—¿Puedo?
—Por favor.
—Tal vez deberíamos esperar a que Michelle vuelva a casa. —Lili
dudó. Caroline negó con la cabeza.
—Nunca estuvo muy interesada en esta clase de cosas. Es una
de las razones por las que dejé de molestarme. Cada año arrastraba
la maldita cosa desde el sótano y cada año ella encontraba una
nueva excusa para no ayudarme a decorarlo; que no le gustaban los
árboles artificiales, que destrozaría su manicura, que saldría con
amigos… así que una vez pensé: ¿Por qué estoy haciendo esto? No
era que a Michelle le faltara un árbol. Su padre tenía uno; uno de
verdad. También mi madre. El de ella era artificial, pero ya venía
totalmente decorado, así que…
—No eres muy cercana a tu madre, ¿no es así? —interrumpió Lili.
Colgó una de las bolas plateadas en una de las ramas centrales y
observó cómo se dobló ligeramente por el peso.
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—Lo siento si he sido demasiado evidente.
—Ella parece buena.
Que no te engañe, pensó Caroline, pero se contuvo de decirlo en
voz alta.
—Tiene sus momentos. —Abrió otra caja de decoraciones, llena
de bolas con rayas rojas y blancas.
—Ella y tu hermano parecen muy cercanos.
—Creo que algunas mujeres son mejores madres de hijos varones
que de hijas mujeres.
—Mi madre siempre dice que los varones son mucho más fáciles
que las mujeres —comentó Lili.
Caroline palideció al escucharla usar la palabra madre.
—Lo siento —se disculpó Lili de inmediato—. Quiero decir Beth.
—No tienes que disculparte. —Caroline tragó saliva una vez, y
otra vez más—. Ella ha sido una buena madre para ti, ¿no es así?
—Ah, sí —respondió Lili con facilidad—. Un poco estricta, tal vez,
definitivamente anticuada, pero siempre me sentí querida. Eso es
algo que nunca cuestioné. Es lo que hace que esto que estoy
haciendo sea tan difícil.
—Si ayuda, creo que estás siendo muy valiente —le dijo Caroline
con sinceridad—. Y quiero que sepas que, sin importar el resultado
de las pruebas, ya seas mi hija o no, creo que has actuado
honorablemente. No creo que seas una estafadora. No creo que
esto sea alguna clase de engaño. Creo que eres una joven dulce y
adorable a la que cualquier madre estaría orgullosa de llamar hija.
—Gracias. —Los ojos de Lili se llenaron de lágrimas—. Eso
significa mucho.
Pasaron los minutos siguientes decorando el árbol en silencio.
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—Volví a llamar —admitió Lili y abrió una bolsa que contenía
media docena de Santas plásticos con espesas barbas de algodón.
—¿Llamaste a Beth? ¿Cuándo?
—Al regresar de la clínica. Debí habértelo dicho.
—¿Cómo está ella?
—Está volviéndose algo loca por todo esto. En especial después
de que le dije que habíamos hecho la prueba.
—¿Qué dijo?
—Insistió en que regresara a casa de inmediato.
—¿Y tú que le dijiste?
—Que deberíamos tener los resultados en unos días, que tienes
una amiga que está intentando acelerar las cosas. ¿Eso es?
¿Acelerar?
—Sí, así es.
—Omití la parte en que amenazó con asesinarme. —Lili sonrió
para indicar que no tomaba la amenaza de Peggy seriamente.
—Siento eso.
—Está bien. Solo está siendo protectora. Como Michelle. Lo
entiendo.
—¿Dijo algo más?
Turno de Lili de respirar profundo.
—Dijo que si yo no regresaba a casa, ella vendría a buscarme.
—¿Qué?
—Dijo que si no estoy en un avión a Calgary a primera hora de la
mañana —explicó—, ella vendrá en el primer vuelo a San Diego de
la tarde.
—No lo entiendo. Ni siquiera sabe dónde estás.
—Lo sabe.
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—¿Cómo?
—Yo se lo dije.
—¿Le dijiste?
—Tuve que hacerlo. Estaba amenazando con llamar al FBI, a la
policía montada, a la policía local y a todos los que se le pudieran
ocurrir y, si lo hace, los periódicos seguramente lo sabrán y se
desatará el infierno.
—¿Crees que lo hará? Si vendrá, me refiero. —¿Beth realmente
correría ese riesgo?, se preguntó Caroline. Y, si Beth estaba
dispuesta a ir a San Diego, ¿eso qué significaba? ¿Que confiaba en
que los resultados de las pruebas probarían que Lili era
exactamente quien su pasaporte decía que era: Lili Hollister, nacida
el 12 de agosto de 1998, y no Samantha Shipley, nacida a mediados
de octubre del mismo año? Seguramente Beth Hollister no se
arriesgaría a cruzar la frontera y exponerse a cargos criminales si
hubiera una posibilidad de que Lili no fuera su hija.
A menos que ya no estuviera pensando de manera racional. A
menos que el miedo a ser expuesta, a perder a la niña que había
criado como propia, literalmente la hubiera hecho perder la cabeza.
He sido como ella, pensó Caroline. He perdido la cabeza.
¿Beth estaba tan desesperada también?
—No lo sé —estaba diciendo Lili—. Estoy causando muchos
problemas. Tal vez sería mejor que fuera a casa. Hemos hecho la
prueba. Fue atestiguada. Puedes llamarme para decirme los
resultados.
—No, no puedes irte. Por favor. Por favor, no puedes irte hasta
que lo sepamos con certeza. —No podía dejar que Lili regresara a
Calgary antes de saber la verdad. Si Lili era Samantha, no podía
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arriesgarse a perderla otra vez. Si Beth estaba realmente tan
desesperada, ¿quién sabía de lo que era capaz?
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Tal vez podría llamarla —ofreció Caroline—, intentar hacerla
comprender…
—La verdad es que no creo que sea una buena idea.
—No, probablemente tengas razón.
—¿Estás molesta conmigo?
—¿Por qué estaría molesta contigo?
—¿Y si os he hecho pasar por todo esto a las dos por nada?
Se sentaron en el suelo en silencio por varios segundos, con la
pregunta parpadeando entre ellas como una bombilla de luz
defectuosa.
—¿Tienes hambre? —preguntó Caroline al escuchar crujidos en
su estómago.
—Me muero de hambre.
—¿Te gustaría una pizza?
—¿Doble queso, pepperoni y rodajas de tomate?
—Haré la llamada. —Caroline se levantó y se dirigió a la cocina
mientras forzaba a todos los pensamientos atormentadores a salir
de su cabeza—. Tú sigue decorando el árbol.
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—Las piñas resultaron muy útiles para llenar los espacios vacíos.
—Y me encantan estas pantuflas y zapatitos de cristal. Había
olvidado que las tenía.
—Solo necesitamos un ángel para la punta.
Caroline comenzó a revisar las bolsas restantes con una mano,
mientras balanceaba una porción de pizza a medio comer en la otra.
—Un ángel en ascenso. —Encontró un ángel de cartón con brillos
dorados y plateados que Michelle había hecho en el instituto y lo
levantó junto al árbol—. Creo que necesitaremos una escalera.
—¿Tienes una?
—En la cocina.
—La buscaré. —Lili estaba a mitad de camino por el corredor,
cuando Caroline escuchó una llave girar en la cerradura y la puerta
principal se abrió. Comprobó su reloj. Eran las ocho y media, lo que
significaba que Michelle había llegado a casa del hospital.
—¿Qué está pasando? —preguntó desde la entrada a la sala de
estar; sus ojos recorrieron la habitación, registraron el árbol de
Navidad y las numerosas bolsas y cajas en el suelo.
—Pensé que sería bonito tener un árbol este año —dijo Caroline
—. ¿Quieres pizza? Quedan algunas porciones.
Michelle no dijo nada, sus ojos en blanco fueron suficiente
respuesta. Se acercó al árbol y sus dedos se extendieron hacia una
de las bolas plateadas.
—Un poco prematuro para estar celebrando nada, ¿no crees?
—Solo pensé que sería agradable —volvió a decir su madre.
Michelle asintió.
—¿Y nunca se te cruzó por la mente que a mí me gustaría
participar?
340
Caroline se quedó en silencio. Un paso adelante. Dos pasos atrás.
—Puedes poner el ángel —propuso Lili animadamente al regresar
a la habitación con una pequeña escalera.
—Ah, gracias —dijo Michelle—. Es muy considerado de tu parte.
—Michelle…
—Queda algo de pizza. Puedo calentarla para ti —agregó Lili.
—Bueno, ¿es que no eres la más dulce y considerada hermanita
en todo el universo?
—Por favor, no descargues tu enfado hacia mí contra Lili —
imploró Caroline—. Fue mi idea poner el árbol. Mi idea decorarlo. Lili
dijo que debíamos esperarte. Yo le dije que no estarías interesada.
—¿Porque crees que disfruto que me dejen afuera?
—Porque nunca antes has mostrado interés.
—Porque siempre hiciste que pareciera una carga —replicó
Michelle, su enfado aumentaba con cada frase—. Porque era
evidente que tu corazón no estaba allí, que no había razón para
decorar un estúpido árbol y fingir estar feliz, cuando ¿cómo podías
ser feliz si Samantha no estaba allí para celebrarlo con nosotras?
Dios sabe que yo no era razón suficiente. Dios sabe que yo nunca te
hice feliz. —Arrancó el ángel de las manos de Lili, lo rompió en
pedazos y arrojó los restos al suelo—. Y por cierto, Lili, o Samantha,
o como demonios sea tu verdadero nombre, solo para que lo sepas,
no hay cosas tales como ángeles. Porque no hay tal cosa como el
cielo. —Giró hacia el corredor—. Es todo una sarta de mentiras. Un
engaño, igual que tú.
—Micki, espera.
—¿Qué estoy esperando exactamente? —dijo Michelle y se dio
vuelta—. ¿A que reconozcas que importo tanto como mi bendita
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hermana, que mi presencia es tan importante como su recuerdo?
—Esto es muy injusto.
—¿Lo es? ¿Qué tengo que hacer, mamá? ¿Tengo que
desaparecer para que me quieras?
Caroline se desplomó en el suelo, aplastó lo que quedaba del
ángel de cartón bajo su peso y Michelle salió corriendo de la
habitación.
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El presente
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el árbol.
—Esa no fue tu decisión.
—Por favor, no te enfades con tu madre. Ella no quería…
—Lo sé. No tienes que explicar.
—Ella te quiere.
—También sé eso. Es solo una rutina que tenemos. Supongo que
la hemos estado siguiendo por tanto tiempo que se ha vuelto
natural.
Silencio.
—¿Qué es lo que quieres, Lili? ¿Mi madre te pidió que vinieras a
hablar conmigo?
—No. Solo esperaba que… tal vez…
—¿Tal vez…?
—¿Podríamos hablar?
—¿Quieres hablar?
Caroline imaginó a Lili asintiendo.
—¿De qué quieres hablar?
—No lo sé. De lo que sea. Supongo que esperaba que
pudiéramos conocernos mejor.
—No nos conocemos en absoluto.
—Me gustaría. Llegar a conocerte —dijo Lili.
—¿Por qué? Dudo de que te quedes mucho por aquí una vez que
tengamos los resultados del ADN.
—¿Estás tan segura de que no soy tu hermana?
—Tienes que admitir que es poco probable. Pero ¿qué demonios?
Lo sabremos en unos días. No tiene caso especular.
—¿Recuerdas algo de ella? —pregunto Lili—. De Samantha,
quiero decir.
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Otro silencio, más largo que el primero.
—Tenías cinco años cuando se la llevaron —presionó Lili.
—¿Entonces?
—Entonces, deberías tener algún recuerdo de ella.
—¿Debería?
—¿No los tienes?
—Supongo.
—¿Cómo era?
—Tenía dos años.
—Los niños de dos años tienen personalidades. ¿Era graciosa?
¿Callada? ¿Te hacía reír? ¿Lloraba mucho? ¿Era una bebé feliz?
Caroline imaginó una mirada de irritación en el rostro de Michelle.
Contuvo la respiración, a la espera de una explosión de sarcasmo.
Sorprendentemente, la voz que emergió fue tranquila y libre de
veneno.
—Recuerdo una vez en que encontró los rulos de velcro de mi
madre, los pegó por todo su pelo y comenzó a correr por toda la
casa sin nada más que un pañal y las enormes pantuflas de piel roa
de mi madre, con esos disparatados rulos prendidos a su pelo en
todos ángulos extraños, y parecía tan orgullosa de sí misma y mi
madre se reía tan fuerte, y recuerdo desear poder hacerla reír así, y
después enfadarme, correr, empujar a Samantha al suelo y arrancar
los rulos de su pelo. Y ella comenzó a llorar y, por supuesto, mi
madre se enfadó y me gritó.
Había olvidado eso, pensó Caroline, con lágrimas en los ojos al
recordar la corona de rulos en la hermosa cabecita de Samantha y
la dulce sonrisa en su hermosa boquita mientras corría feliz de una
habitación a la otra. También pudo ver la mirada de rabia en el rostro
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de Michelle al empujar a su hermana al suelo y al comenzar a
arrancárselos de su pelo.
—Estabas celosa —concluyó Lili—. Eso es normal. Yo tengo dos
hermanos menores y, hasta que nacieron, yo sería la única hija,
hasta donde mis padres sabían. Y luego llegó Alex y luego Max y yo
dejé de ser el centro del universo. Tardé un tiempo en
acostumbrarme.
—¿Es por eso que estás haciendo esto? ¿Para volver a ser el
centro del universo?
—¿Qué más recuerdas de Samantha? —insistió Lili, e ignoró la
pregunta de Michelle.
—Eso es todo.
—¿Recuerdas algo de esa noche en México?
Otro silencio, tan largo que Caroline decidió que Michelle no tenía
intenciones de responder.
—Intento no hacerlo —dijo finalmente.
—Entonces sí recuerdas algo.
—Recuerdo a mi madre gritando.
Caroline sintió que la respiración se atascaba en sus pulmones y
lanzó las manos a su boca para silenciar el jadeo que estuvo a
punto de escapar.
—Eso debió ser aterrador.
—Debió ser —repitió Michelle sin expresión.
—¿Qué más recuerdas?
—Recuerdo intentar aferrarme a ella y a ella empujándome.
Caroline recordó los esfuerzos de Michelle por aferrarse a ella y su
propia sensación de sentirse sofocada, el pánico de no poder
respirar, su miedo irracional de que Michelle estuviera arrancando el
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aire de su cuerpo. ¿Realmente había empujado a la niña?
—Estoy segura de que no era su intención…
—Tal vez no. O tal vez no sucedió así. Tal vez fue todo un sueño.
Era una niña. Los niños se confunden. Imaginan toda clase de
cosas disparatadas. Mira —continuó sin insistencia de Lili—, aunque
hubiera pasado, no la culpo por apartarme. Ni siquiera la culpo por
no quererme como quería a Samantha. Le hago las cosas difíciles,
pero lo entiendo. Sinceramente lo hago. Samantha era una bebé
preciosa, muy tranquila, siempre sonriente, siempre feliz. Era
simplemente… querible. Y yo era, como mi madre ha sido citada
afirmando, «difícil». Era quejumbrosa. Era demandante. Era
dependiente. En una palabra, era una malcriada. —Hizo una pausa
y soltó un largo y sonoro suspiro—. Era una malcriada antes de
México. Fui una malcriada después. Soy una malcriada ahora.
—No creo que lo seas.
—Seguro que sí.
—Las niñas malcriadas no son voluntarias en hospitales.
—Lo hacen cuando el juzgado se los ordena.
—No lo entiendo.
—¿Ella no te lo ha contado?
—¿Contarme qué?
—¿De mi arresto por conducir borracha, mi servicio comunitario
ordenado por el juzgado?
—¿Fuiste arrestada por conducir borracha?
—Puedes agregarlo a mi lista de faltas. ¿De verdad no te lo dijo?
—Ni una palabra.
—Supongo que está muy avergonzada.
—Tal vez no creyó que le correspondiera a ella decírmelo.
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—Tal vez.
—¿Tú lo harás?
—¿Hacer qué?
—Decirme lo que pasó.
Una vez más, Caroline se encontró conteniendo la respiración.
Michelle nunca le había confiado ninguno de los detalles de esa
noche. Mientras que conocía los hechos del arresto y los detalles
del arreglo que Hunter había hecho con el abogado del distrito,
Michelle siempre se había rehusado a discutir exactamente qué
había ocurrido y Caroline dudaba de que fuera a acceder a hablar
con Lili sobre eso en ese momento. Se preparó para escuchar una
descarga de improperios, con esperanza de poder regresar a su
habitación sin ser detectada antes de que Michelle empujara a Lili
(física o metafóricamente) al pasillo.
—No es nada del otro mundo —le sorprendió escuchar decir a
Michelle—. Es decir, fue algo de otro mundo, supongo. Pero no es
una gran historia.
Ambas, Caroline y Lili, esperaron a que continuara.
—Fui a una fiesta al apartamento de un chico mayor. No era una
gran fiesta, porque todos estaban fumando hierba, que es algo
aburrido. Sabes cómo es.
—No lo sé, en realidad.
—Estás bromeando. ¿Nunca has fumado hierba?
—Nunca he fumado. Nunca he bebido. Nunca…
—¿Te has acostado con nadie?
—¿Qué es eso? —preguntó Lili con una risa.
—¿Eres virgen?
—Suenas sorprendida.
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—Tienes diecisiete.
—Ni siquiera me permitían tener citas hasta hace un año.
—Guau.
—No es que tuviera importancia. Nos mudábamos todo el tiempo.
Fui educada en casa. No conocía a nadie. Así que ¿con quién
saldría? No fue hasta que mi padre murió que mi madre comenzó a
bajar un poco la guardia. Incluso dejó que tiñera de azul las puntas
de mi pelo. Y, un día, estaba en la biblioteca y un chico no dejaba de
mirarme, y yo pensé que era mono y comencé a mirarlo también, a
intentar ligar, y él se acercó a mí, yo me pregunté si me invitaría a
salir, pero en cambio él dijo que me parecía a esos bocetos de
Internet y…
—… y el resto es historia.
—Termina tu historia —indicó Lili.
—Bueno, como dije, no hay mucho que contar. Todos estaban
fumando hierba y, no lo sé, la hierba nunca ha sido lo mío, aunque
sí fumo; estoy segura de que mi madre te ha dicho eso.
—No tuvo que hacerlo.
—¿Qué quieres decir?
—Puedo olerlo en tu ropa.
—¿Puedes? ¿De verdad? Mierda.
—Entonces, ¿qué pasó? En la fiesta.
—Bueno, sabía que este chico estaba ahí, Spencer. Habíamos
salido algunas veces. Bueno, no. No habíamos salido en realidad.
Nos acostamos algunas veces.
La cabeza de Caroline cayó hacia su pecho. Santo Dios, pensó.
—Da igual, dijo que sabía dónde guardaba el vino el dueño de
casa. Y lo siguiente que sé es que los dos estábamos en la cocina y
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habíamos vaciado casi toda la botella y nuestro anfitrión nos
descubrió. Estaba totalmente furioso y nos echó de la casa. Al
parecer era un vino muy caro que su padre había guardado durante
años. Así que tuvimos que irnos, Spencer fue a su coche, yo al mío.
Diez minutos después, la policía me detuvo y…
—… el resto es historia.
—Ni siquiera bebo demasiado —continuó Michelle—. Es solo que
cuando lo hago, lo fastidio en grande.
Entonces tal vez no deberías beber, pensó Caroline, y parte de
ella esperó que las palabras emergieran de los labios de Lili. Pero
Lili no dijo nada. Obviamente es más lista que yo.
—Da igual, mis días de beber se terminaron. He aprendido la
lección. —Caroline se permitió un pequeño suspiro de alivio—.
Supongo que tendré que cambiar a la hierba después de todo.
Mierda.
—Y mi padre hizo un trato con el abogado del distrito y así es
cómo acabé trabajando en el hospital. Te dije que no era muy
emocionante. O noble.
—Aun así creo que es algo increíble. No creo que yo pudiera
hacerlo.
—Realmente no es nada. Las personas mueren, ¿verdad? Te
acostumbras de alguna manera. Excepto algunas veces. Como hoy.
—¿Qué ha pasado hoy?
—Recibimos a una nueva residente. Kathy.
—¿Qué la hace diferente?
—Ella tiene solo veintinueve. Y está totalmente sola. Su madre
murió cuando era niña. Su padre volvió a casarse y ella nunca se
llevó muy bien con su madrastra. Toda la historia de Cenicienta, solo
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que ella acabó con cáncer en los ovarios en lugar de un apuesto
príncipe. Probablemente ni siquiera llegue a Navidad. Me afectó, la
injusticia en eso. Creo que es una de las razones por las que me
puse tan furiosa cuando llegué y os vi decorando el árbol.
—De verdad siento eso.
—Deja de disculparte. No fue tu culpa.
—No fue culpa de nadie.
—Lo que al parecer nos devuelve a donde empezamos. Parece
que hemos cerrado el círculo. Hora de dar por terminada esta
noche.
Caroline sintió que Lili se movía hacia la puerta y se apartó de la
pared, preparada para una rápida retirada.
—Gracias —escuchó decir a Lili.
—¿Por qué?
—Por no decirme que me largue. Por confiar en mí. Por hacerme
sentir, no lo sé… casi como…
—¿… una hermana?
—Supongo.
—¿Estás segura de que quieres ser parte de esta familia? —
preguntó Michelle.
Caroline corrió a su habitación antes de poder escuchar la
respuesta de Lili.
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El presente
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Se colocó una bata sobre su pijama de algodón y bajó las
escaleras, después de pasar frente a las puertas cerradas de las
habitaciones de Michelle y Lili. Caminó a la cocina, moviéndose
como si estuviera en piloto automático, y preparó una jarra de café,
luego se sirvió una taza grande incluso antes de que la cafetera
indicara que había terminado.
—¿Hay suficiente para mí? —preguntó Michelle, que entró a la
cocina con sus pies descalzos y se desplomó en una silla.
Sin decir nada, Caroline buscó otra taza en el aparador, le sirvió a
su hija café humeante y lo depositó frente a ella.
—Te has despertado temprano.
—No he podido dormir demasiado. Asumo que no irás a trabajar
hoy.
—Les dije que me tomaría libre el resto de la semana.
Michelle asintió.
—Probablemente sea una buena idea. —Bebió su café, no dijo
nada más.
—Te debo una disculpa —dijo Caroline.
—¿Por qué?
—Anoche. Cómo me comporté. Tenías toda la razón en estar
enfadada. —Abrió la cesta de pan en el otro extremo de la
encimera, sacó dos rebanadas de pan de pasas y las llevó a la
tostadora—. Debí haber esperado a que llegaras a casa para
decorar el árbol, al menos para darte la oportunidad de…
—¿Decir que no? Lo habría hecho, ya lo sabes. Decir que no.
—Aun así, debí haber esperado. Y darte la oportunidad.
—Sí, bueno. Lo hecho, hecho está, ¿verdad? El árbol está bonito,
por cierto.
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—Sí que es bonito, ¿no es así?
—Salvo por el ángel que falta en la punta. Mi turno de
disculparme. Saldré más tarde, buscaré algo.
—Eso sería un detalle.
—Solo que no creo en ángeles o ninguna de esas cosas, así que
probablemente sea una estrella o un copo de nieve. Algo así. ¿Está
bien?
—Suena bien. —El pan tostado saltó. Caroline colocó las
rebanadas en un plato, abrió la nevera, sacó la mantequilla y la untó
sobre las dos superficies bronceadas—. ¿Quieres una? —le
preguntó a su hija, sin pensarlo—. Perdón —agregó de inmediato—.
Olvido que no comes pan.
—Me comeré las pasas —dijo Michelle.
—Quieres decir, ¿del pan?
—Mientras que no tengan mantequilla.
—No puedes comerte las pasas. —Caroline analizó las dos
rebanadas de pan tostado—. Son la mejor parte. —Vio la sonrisa de
Michelle mientras se sentó a la mesa y comenzó a remojar el pan en
el café.
—Ah, asqueroso —reaccionó su hija.
—No solías pensar que era asqueroso.
—¿De qué estás hablando?
—Cuando eras pequeña. Solías verme cuando remojaba mi pan
tostado en el café y luego insistías en hacer lo mismo.
—No te creo.
—Es la verdad de Dios, lo juro.
—No creo en Dios.
—Sí, bueno. Es verdad de todas formas. —Caroline sonrió por el
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recuerdo—. Eras tan pequeña, no creo que tuvieras ni dos años,
pero incluso entonces eras muy clara con lo que querías, y lo que
querías era remojar el pan en el café, tal como yo lo hacía. Así que,
cada mañana, te servía un poco de café en tu taza, nos sentábamos
allí y remojábamos nuestro pan tostado juntas. Y, un día, yo estaba
ocupada haciendo otras cosas, entraste en la cocina, muy
indignada, y exigiste: «¿Dónde está mi café?».
—Estás inventándote eso. —Michelle se rio.
—No. Eras todo un personaje.
—¿Cómo es eso? —Michelle se adelantó en su silla, intrigada.
—Bueno, eras muy verbal, a muy temprana edad, y solías relatar
todo lo que estabas haciendo —explicó Caroline, al calor del tema,
con su mente repentinamente inundada de recuerdos—. Recuerdo
una vez, debías tener dieciocho meses, y tropezaste con algo y
dijiste: «Ay, me he caído». Y luego: «Está bien. Me he levantado».
Era como si estuvieras narrando tu vida. —Hizo una pausa mientras
veía la escena reproduciéndose en su mente—. Y una tarde te llevé
al cine. Tenías como dos años y medio. Creo que era Furia de
titanes, alguna película así, y había otra media docena de personas
en la audiencia y tú hablaste durante toda la película, con esa
vocecita que sonaba como cristal molido, describiendo todo lo que
pasaba en la pantalla. «Ah, mira, mami, Andrómeda está
bañándose. Está saliendo del baño. Está caminando a la puerta.
Está abriendo la puerta». Y así. Y, cuando la película terminó,
estábamos en el baño, había una mujer frente al espejo y yo me
disculpé, por si tu relato la había molestado, ella sonrió y dijo: «Está
bien. Fue muy informativa».
Esta vez, Michelle llevó su cabeza atrás y rio.
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—Y una vez, tu padre compró un coche nuevo y yo estaba
aterrada, porque sabes cómo es con sus coches.
Su hija asintió.
—Pero un día estaba conduciendo, tú estabas en tu asiento, yo
tenía que retroceder para aparcar y era un manojo de nervios. Debió
haberme costado diez minutos aparcar el maldito vehículo.
Avanzaba y retrocedía una y otra vez, para intentar entrar en el
maldito espacio; para cuando finalmente lo logré estaba cubierta de
sudor, absolutamente mojada y, desde el asiento trasero, llegó una
vocecita: «¡Bien hecho, mami!», y alegró mi día. Realmente lo hizo.
—Negó con la cabeza—. Dios, no había pensado en esas cosas
en…
—¿Quince años?
Caroline se levantó de su silla y se sirvió otra taza de café. Sus
recuerdos de Samantha habían sido tan absorbentes que habían
borrado sus memorias de la temprana infancia de Michelle.
—¿Quieres más?
—Claro.
Llenó la taza de su hija, regresó a la mesa y su conciencia la
dominó.
—Escucha. Hay algo que debo decirte.
—Ah, por favor. Nunca es bueno cuando las oraciones empiezan
así.
—Te escuché anoche, hablando con Lili.
—¿Me escuchaste?
—No era mi intención. —Caroline hizo una pausa—. No, eso no es
verdad. Vi a Lili entrar en tu habitación y deliberadamente me quedé
a escuchar.
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—¿Estás diciéndome que tú espiaste?
—Sí.
Michelle se encogió de hombros.
—No pareces molesta. O sorprendida.
—Sabía que estabas ahí. —Otro encogimiento de hombros.
—¿Lo sabías?
—Respiras por la boca.
—¿Eso hago?
—Siempre que estás nerviosa o molesta.
—¿Siempre supiste que estaba escuchando?
—No todo el tiempo, no. Pero en algún punto lo supe.
—Y seguiste hablando de todas formas.
—Sentía curiosidad sobre lo que Lili tenía que decir.
—Tú fuiste la que más habló.
—Eso creo.
—¿De verdad pensabas las cosas que dijiste?
—No lo sé. Dije muchas cosas.
—Le preguntaste a Lili si de verdad quería ser parte de esta
familia.
Michelle abrió la boca como para hablar, luego se detuvo y dio otro
trago a su café mientras Lili entraba a la habitación.
—Hablando del diablo. Aunque técnicamente, por supuesto, no
creo que seas el diablo. No te hemos escuchado bajar las escaleras.
Lili bajó la vista a los calcetines de pelo rosado con orejas de
conejo que asomaban debajo de su pijama a rayas blancas y
azules, como si eso explicara su llegada silenciosa.
—¿Hay suficiente café para mí?
—Creo que aún queda un poco. —Caroline se levantó y le sirvió
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una taza a Lili—. ¿Leche? ¿Azúcar?
—Negro está bien.
—Puedo preparar huevos, o hay cereales —ofreció Caroline.
—Tal vez solo pan tostado. —Lili se acercó a la mesada y sacó
dos rebanadas de pan de la bolsa antes de que Caroline pudiera
hacerlo. Un minuto después, estaba sentada entre ellas en la mesa,
untando manteca en su pan.
—¿Has hablado con Beth esta mañana? —preguntó Caroline.
Notó que estaba respirando por la boca y tosió en sus manos.
—He llamado, pero nadie ha contestado. Ni en casa ni en su
móvil. —Lili miró al reloj en la pared—. No me sorprendería que ya
estuviera de camino al aeropuerto. Siempre le gusta llegar muy
temprano a los lugares.
—¿Por qué estaría de camino al aeropuerto? —preguntó Michelle
—. No me digas que va a venir aquí.
—¿A qué hora llega su avión? —Caroline sintió una punzada de
pánico en su interior.
—No estoy segura. —Lili negó con la cabeza.
—Lo comprobaré en Internet —propuso Michelle y se levantó de la
mesa—. Buscaré qué vuelos llegarán desde Calgary y cuándo.
—Será mejor que llame a tu padre —dijo Caroline.
—Siento que esto esté volviéndose tan complicado. —Lili
comenzó a remojar su pan en el café sin pensarlo.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Michelle y se detuvo de
golpe.
—Lo siento. —Lili levantó inmediatamente su pan bañado de café
de la taza—. Supongo que es algo asqueroso.
Los ojos de Caroline se llenaron de lágrimas, como si ese simple
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gesto fuera la «señal» genética que había estado buscando, toda la
prueba que necesitaba de que Lili era de hecho su hija.
El teléfono sonó.
—Quizás sea ella —arriesgó Michelle.
—¿Hola? —Caroline respondió rápidamente.
—Caroline. Es Arthur… Aidan Wainwright. Por favor, escúchame.
—Ella colgó de inmediato.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Michelle—. Estás blanca como un
fantasma. ¿Quién era?
Caroline se apoyó en la encimera; instintivamente comprendió que
el periodista conocía la existencia de Lili y se preguntó cuánto
tiempo pasaría antes de que el resto del mundo lo descubriera.
—¿Mamá? ¿Quién era? —repitió Michelle.
Caroline sumó dos más dos y produjo la única respuesta posible
en esas circunstancias.
—Problemas.
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El presente
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esperándola.
—A menos que eso sea exactamente lo que quiere —contradijo
Michelle.
—¿Qué quieres decir? —preguntaron Caroline y Lili al mismo
tiempo, sus voces superpuestas. Michelle se giró hacia Lili.
—Casi logras convencerme, sabes. No de que seas realmente
Samantha. Pero sí de que realmente creías que era posible.
—Pero es la verdad.
—¿Lo es? ¿O es otra cosa? Antes dijiste que estaba volviéndose
muy complicado, pero tal vez no es para nada complicado. Tal vez
es como mi tío Steve lo sugirió: una oportunidad de ponerte en
acción, de catapultar una carrera en el espectáculo, ¿de llegar a la
portada de People?
—No —protestó Lili.
—Sabes que eso no es verdad —agregó Caroline.
—Sé que no es coincidencia que tu novio periodista llame esta
mañana después de cinco años. Sé que la prensa no está
acampando en nuestra puerta porque es un día sin otras grandes
noticias. Alguien les ha contado que Lili está aquí y por qué.
Caroline se sobresaltó ante la palabra novio, una punzada tan
dolorosa como si Michelle la hubiera apuñalado realmente.
—¿Se lo has dicho a alguien? —preguntó a Lili.
—No. ¿Y tú?
—¿Yo? ¿Estás bromeando? Mierda. Ahí viene un camión de Fox
News.
—Maldita sea —dijo Caroline—. Llama a tu padre.
—Ya lo he llamado tres veces.
—Llámalo otra vez.
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Michelle bufó al volver a sacar su móvil del bolsillo de sus
vaqueros y marcar el número de la oficina de Hunter.
—Hola, Lucy. Discúlpame por volver a molestar, pero… Sí, sé que
está con clientes. Ha estado con clientes todo el día…
—Dame eso. —Caroline arrancó el teléfono de su mano—. Lucy,
habla Caroline. Necesito hablar con Hunter de inmediato.
—Lo siento, pero él está en una reunión muy importante —
respondió la secretaria.
—Entonces haz que salga.
—Un minuto.
—Guau —balbuceó Michelle—. Eso ha sido impresionante.
—¿Qué ocurre? —preguntó momentos más tarde, con voz
apresurada e impaciente—. Estoy en medio de un trato importante…
—Y yo tengo la calle llena de periodistas.
—¿De qué estás hablando?
—Aidan Wainwright llamó esta mañana.
—¿Quién demonios es Aidan Wain…? Ah, mierda —dijo antes de
que Caroline pudiera responder—. ¿Qué quería ese bastardo?
—No le di oportunidad de contármelo. Pero sospecho que estaba
llamando porque ha descubierto lo de Lili.
—¿Crees que ella lo llamó?
—No. Pero es posible que Beth…
—¿Quién es Beth?
Caroline no logró decir «la madre de Lili».
—Al parecer, viene de camino desde Calgary —respondió en su
lugar, con esperanzas de despertar la memoria de Hunter.
—¿Qué demonios? ¿Cuándo sucedió eso? ¿Por qué no me
llamaste?
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—Lo intentamos. Tres veces. Estás en medio de un trato
importante, ¿recuerdas?
—¿A qué hora llega su avión?
—No estamos seguras. El vuelo directo desde Calgary está
demorado. Al parecer, hay una tormenta de nieve. Como sea, puede
que ni siquiera esté en el vuelo directo. Y no contesta el teléfono.
—¿Tú crees que fue ella quien alertó a los medios?
—Es posible.
—De acuerdo. Mira, estaré allí en cuanto pueda. Mientras tanto,
no abras la puerta. No contestes el teléfono. No le digas una palabra
a nadie.
—Por supuesto que no le diré nada a nadie —comenzó a decir
Caroline, pero él ya había colgado—. ¿Qué… soy una idiota? —
preguntó mientras le regresaba el teléfono a Michelle. Había
desconectado el teléfono fijo inmediatamente después de la llamada
de Aidan.
—¿Él vendrá aquí?
—En cuanto pueda. Intenta con Beth otra vez —le indicó a Lili.
Lili usó su móvil para llamar a Beth otra vez y negó con la cabeza
cuando un mensaje anunció que la línea estaba temporalmente
fuera de servicio.
—Probablemente siga en el aire.
—Solo está esperando a que lleguen más tropas —afirmó Michelle
con una mirada a la calle—. La mujer claramente sabe cómo hacer
una entrada.
—Te equivocas —insistió Lili—. Lo último que quiere es que
alguien sepa de esto. Quiere que regrese a casa.
Un coche se detuvo frente a la casa y una mujer de piernas largas
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y torneadas, con cabello rubio y ondeado, bajó del asiento trasero,
con un micrófono en su mano. Un hombre de barba la siguió, con
media docena de cámaras alrededor de su cuello.
—Maldita sea —reaccionó Caroline y los siguió con la mirada por
el camino de entrada.
El timbre sonó.
—¿Qué hacemos? —preguntó Lili.
—¿Qué podemos hacer?
Volvió a sonar.
—Solo dejamos que siga sonando.
—Recibirán el mensaje tarde o temprano.
—Es como estar rehén —comentó Lili mientras el timbre seguía
sonando y deteniéndose los siguientes cinco minutos.
—Saben que estamos en casa —afirmó Caroline—.
Probablemente nos vieron en la ventana.
—Tal vez deberíamos cerrar las cortinas. —Michelle indicó las
gruesas cortinas color beis que enmarcaban las traslúcidas.
—Tal vez deberíamos llamar a la policía —propuso Lili.
—Gran idea —le dijo Michelle—. Agrandemos más la historia. Tal
vez lleguemos a las noticias nacionales. —El timbre sonó diez veces
más en rápida sucesión—. Dios, ¿ni siquiera se van a dar por
vencidos?
—Pensé que no creías en Dios —comentó Lili con una sonrisa.
—Cierra la boca.
Caroline se descubrió conteniendo la risa.
—Comenzáis a sonar como hermanas.
—De acuerdo, eso ha sido suficiente —reaccionó Michelle y se
alejó de la ventana—. Saldré de aquí. —Se dirigió a la puerta.
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—Espera, Michelle. No puedes salir allí.
—Entonces saldré por atrás. —Dio la vuelta, en dirección al fondo
de la casa.
—Michelle —suplicó Caroline tras ella—. Por favor…
—Relájate, mamá. Ni siquiera sabrás que me fui.
—Estás siendo ridícula…
—¿Yo estoy siendo ridícula? —Abrió la puerta trasera.
Un hombre estaba de pie al otro lado.
—¿Quién demonios eres tú? —preguntó Michelle, perpleja.
—Dios santo —dijo Caroline detrás de ella—. Cierra la puerta,
Michelle. Ahora.
—Caroline, espera —pidió el hombre y detuvo la puerta para evitar
que se cerrara—. Sé que no quieres hablar conmigo y no puedo
culparte…
—¿Este es ese maldito periodista? —exigió saber Michelle.
—Soy Aidan Wainwright.
—¿El asqueroso que escribió esa horrible historia? Lárgate de
aquí.
—Tú debes ser Michelle.
—Tienes que estar bromeando. Suelta la puerta, bastardo.
—Mira. Sé que todos me odiáis, pero creo que si miráis atrás y
volvéis a leer la historia, veréis que no es tan mala. Realmente te
hace quedar muy bien —le dijo directamente a Caroline—. Te retraté
con una mirada muy compasiva.
Caroline miró al no tan apuesto hombre en el que se había fijado
cinco años atrás, el hombre cuya historia, cuya traición, le había
costado no solo su trabajo, sino lo que quedaba de su autoestima.
Su pelo era más corto que la última vez que lo había visto, y
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ligeramente gris en las sienes, pero más allá de eso, estaba
exactamente igual. Se sintió de algún modo mortificada al darse
cuenta de que aún le resultaba atractivo.
—¿Es verdad? —preguntó—. ¿Samantha regresó?
—No sé de qué estás hablando.
—¿Qué está sucediendo? —preguntó Lili, quien apareció detrás
de Caroline.
—¿Es ella? —preguntó Aidan y empujó la puerta con más fuerza
para intentar abrirse camino adentro—. Habla conmigo, cariño.
¿Quién eres? ¿Cuál es tu historia?
—Regresa al salón—le indicó Michelle a Lili—. Ahora.
Lili dio la vuelta y salió corriendo de la habitación.
—Bien podrías decírmelo, Caroline —insistió Aidan—. Sabes que
escribiré algo de todas formas.
—Primero dime quién te advirtió —dijo Caroline.
—Sabes que no puedo traicionar mis fuentes.
—¿De verdad? No has tenido tantos problemas para traicionarme
a mí.
—No es del todo cierto. Y si lo piensas, también te hice un favor.
—¿Un favor?
—Te di un foco. Un lugar donde descargar…
—Sin mi conocimiento. Sin mi permiso.
—Nunca me hubieras dado tu permiso.
—¿Eso no te dice algo?
—Nunca fue mi intención lastimarte, Caroline. Me gustabas. De
verdad. Debatí conmigo mismo durante horas antes de entregar esa
historia. Sabía que había posibilidades de que no entendieras.
—¿Posibilidades de que no entendiera? ¿Entender qué,
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exactamente? ¿Que abusaste de mi confianza? ¿Que me
humillaste? ¿Que me usaste para satisfacer tus ambiciones, para
aumentar el tamaño de tu columna?
—Habías estado llevando contigo esta enorme carga de culpa por
tantos años, que estaba devastándote —argumentó—. Me gusta
pensar que pude haber aligerado esa carga.
¿Realmente tenía tan falsas ilusiones?, se preguntó. Pero ¿por
qué sería diferente a todos los demás? Algunas veces las ilusiones
son las que te impulsan en la vida.
—No te atrevas a engañarte a ti mismo al pensar que hubo algo
noble en lo que has hecho —le dijo y apartó esos pensamientos de
su mente—. Apuesto a que tienes una grabadora en tu bolsillo en
este momento, ¿no es así?
Él apartó la vista y se esforzó por no sonreír.
—Una chica aparece en tu puerta y dice que es tu hija robada
hace quince años. Es una historia terriblemente buena, Caroline,
incluso si ella resulta no ser Samantha. Déjame escribirla. Dame
una oportunidad de arreglar las cosas.
—Primero dime si realmente tenías una mujer y una hija que
fueron asesinadas por un conductor borracho.
Su expresión de inocencia fue toda la respuesta necesaria.
—Pedazo de mierda.
—Habla conmigo, Caroline. Dame una exclusiva y te juro que te
verás más santificada que la Madre Teresa.
Caroline miró su no tan atractivo rostro, aliviada de descubrir que
todo lo que sentía era desprecio. Luego luchó por hacer que soltara
la puerta y la cerró de un golpe en su cara.
370
—Debiste decirle que se vaya al diablo —comentó Michelle más
tarde.
—Sí, es una buena idea, decirle a un periodista que se vaya al
infierno —dijo Hunter.
—Algunas veces es mejor tomar el camino más apropiado —
agregó Caroline.
Estaban reunidos en el salón, esperando la llegada de Beth. Su
avión había aterrizado media hora atrás y había llamado a Lili en
cuanto pasó por inmigración para avisarle que iba en camino. Lili, a
su vez, le habló del creciente número de periodistas que estaban
rodeando la casa y le preguntó si ella era responsable de su
presencia, algo que Beth negó con vehemencia.
«¿Es verdad que Samantha ha vuelto a casa?», había gritado un
periodista cuando Hunter bajaba de su BMW.
«¿Cuándo tendrán los resultados de la prueba de ADN?», exigió
otro cuando Caroline abrió la puerta y lo guio adentro.
—¿Wainwright dijo quién lo informó? —preguntó Hunter.
—¿Y traicionar a su fuente? —Caroline resopló.
—Se acerca un taxi por la calle —anunció Lili desde la ventana.
Caroline, Hunter y Michelle se pusieron de pie de inmediato con
anticipación. Dieron una profunda inhalación colectiva cuando el taxi
se detuvo frente a la casa y una mujer emergió del asiento trasero.
—Es ella —le dijo Lili a Caroline.
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31
372
El presente
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algunos cabellos rebeldes de su frente y sostenía su rostro entre las
manos.
—Estoy bien. ¿Cómo estás tú?
—Como podrías esperar, bajo las circunstancias.
—¿Cómo están Alex y Max?
—Están bien. Confundidos, por supuesto. No entienden cómo
pudiste simplemente marcharte así.
Caroline se acercó.
—Señora Hollister —dijo y, estaba a punto de ofrecer su mano,
cuando se dio cuenta de que Beth no soltaría a Lili—. Soy Caroline
Shipley. Él es mi exmarido, Hunter, y nuestra hija, Michelle. Siento la
escena del exterior.
—No lo entiendo. ¿Qué están haciendo todas esas personas
aquí? ¿Por qué pensarían que yo las llamé? —Beth miró desde
Caroline a Hunter y a Michelle, luego de vuelta a Caroline.
—No sabíamos qué pensar —respondió ella.
—Si usted no los llamó, entonces ¿quién? —preguntó Michelle.
La pregunta flotó en el aire, como hedor a comida rancia.
—Ahora eso no importa —dijo Hunter—. Es un asunto polémico.
Alguien obviamente advirtió a los buitres y no se irán pronto.
—Esto es una pesadilla —comentó Beth.
—¿Puedo guardar su abrigo? —ofreció Caroline.
—No, gracias. No nos quedaremos mucho.
Caroline miró intranquila en dirección a Hunter, ansiosa ante el
plural en la frase de Beth.
—¿Por qué no pasamos a la sala, donde podremos hablar?
Beth permaneció anclada en su lugar.
—Ven, mamá —la animó Lili con cuidado, y Caroline sintió una
374
oleada de ansiedad—. Has hecho un viaje largo.
—Vine a llevarte a casa.
—Por favor —intervino Caroline—. Seguramente puede quedarse
un momento.
—Le dije al taxista que regresara en media hora.
—Lo que no nos deja mucho tiempo —reconoció Michelle
mientras avanzaban hacia la sala.
—¿Ha comido algo? —preguntó Caroline—. ¿Puedo traerle un té
o café?
—Té estará bien —respondió Beth y desabrochó el primer botón
de su abrigo—. Si no es molestia.
—Yo lo haré —ofreció Lili.
—Yo lo haré —contradijo Michelle—. ¿Cómo lo toma?
—Leche y un poco de azúcar, gracias.
—¿Alguien más?
—Yo, por favor —pidió Caroline—. Solo un poco de leche.
—Sé cómo bebes tu té, mamá.
—¿Por qué no nos sentamos? —propuso Hunter, como si aún
viviera allí.
Caroline y Hunter se sentaron en las sillas y Beth y Lili se
colocaron en el sofá, con sus manos entrelazadas.
—Tiene una bonita casa —comentó Beth.
—Gracias.
—Y un hermoso árbol. —Lo señaló con la cabeza.
—Lili ayudó a decorarlo —confió Caroline mientras observaba el
brillo de las diminutas luces blancas. Había cerrado las cortinas
antes esa tarde, en un esfuerzo por mantener fuera las miradas
fisgonas. El resultado fue que la habitación, normalmente aireada y
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luminosa, pareciera pequeña y claustrofóbica. El árbol ayudaba a
animar un poco el ambiente—. ¿Está segura de que no puedo
guardar su abrigo? —preguntó.
—Estoy bien, gracias.
—¿Cómo ha ido su vuelo? —inquirió Hunter.
—Nada mal una vez que finalmente despegamos.
—Sí, supe que hubo una gran tormenta.
¿De verdad?, pensó Caroline. ¿Estamos hablando del clima?
—Tuvimos que esperar en la pista por más de dos horas. Tenían
que descongelar el avión. Estuvimos un tiempo en ascuas, sin saber
si despegaríamos o no.
Su voz era grave, casi ronca, para nada similar a la de Lili.
Caroline estudió su rostro en busca de algo que pudiera
conectarla con la chica a su lado, pero no encontró nada que
encajara. Sus ojos eran de colores diferentes, sus narices de formas
diferentes. El mentón de Beth era redondeado y delicado, mientras
que el de Lili era cuadrado y más anguloso. Caroline miró a su
exmarido y se preguntó si estaría pensando lo mismo.
—El clima aquí es siempre perfecto —estaba diciendo Lili—. Sol
cada día.
—Creería que eso puede volverse monótono —comentó Beth.
—Hay cosas peores —dijo Hunter con una sonrisa.
—Sí —coincidió Beth—. Y, desafortunadamente, esta es una de
ellas.
Suficiente del clima, pensó Caroline.
—Créame, entiendo lo difícil que debe ser esto para usted.
—No más de lo que estoy segura que es para ustedes. El tener
que revivir un momento tan doloroso de sus vidas, que se reaviven
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sus esperanzas. —Respiró profundamente y soltó el aire lentamente
—. Pero son falsas esperanzas. Y es tan desafortunado. No
merecen esto. Han sido más que amables y comprensivos al
escuchar esta locura, al consentir las fantasías de Lili…
—Creo que ella solo quiere descubrir la verdad. —Caroline miró a
Lili—. Creo que es lo que todos queremos.
—La verdad es que Lili no es su hija —dijo Beth con firmeza—. Sé
que no es lo que quieren escuchar. Sé que no es lo que quieren
creer. Sé que darían lo que fuese por que fuera suya. Y sé que yo
sentiría exactamente lo mismo si la situación fuera al revés. Pero les
digo, Lili no es Samantha. —Forzó a Lili a mirarla, con los dedos en
su barbilla, la barbilla que estaba situada en mitad del mentón de
Hunter—. Tú eres mi niña, mi carne y mi sangre. Y siento si crees
que he fallado de algún modo…
—No me has fallado. —Comenzaron a correr lágrimas por las
mejillas de Lili.
—Entonces, ¿por qué estás haciendo esto? ¿Por qué estás
castigándome?
—No intento castigarte.
—¿Tienes idea de lo insultante que es esto? ¿Que mi propia hija
esté cuestionando mi palabra? ¿Que me hayas llamado mentirosa?
—No estoy llamándote mentirosa.
—Entonces termina con esta locura en este momento y ven
conmigo.
—Señora Hollister… —comenzó a decir Hunter.
—Regresa a Calgary —repitió Beth, ignorándolo—. Olvida toda
esta tontería. Estas personas no son tu familia. Este hombre no es
tu padre. Esta mujer no es tu madre. Yo soy tu madre y te quiero.
377
Tienes que creerme. Tú eres mi hija y te he querido desde el
momento en que puse mis ojos en ti.
—Yo te quiero también.
Caroline sintió que una mano invisible penetraba su pecho y le
arrancaba el corazón. El dolor fue tan fuerte que estuvo a punto de
gritar.
—Entonces toma tus cosas y marchémonos de aquí. Por favor.
Tus hermanos están muy nerviosos. Primero su padre muere y
luego tú te marchas sin decir una palabra. Creen que han hecho
algo mal. Te echan de menos.
—Yo los echo de menos también.
—Sé que este año que ha pasado ha sido difícil para ti. Ha sido
difícil para todos desde la muerte de tu padre. Y tal vez no he
controlado muy bien las cosas. Sé que he sido impaciente y que he
estado enfadada muchas veces, que no te he dado la atención que
necesitas, la que mereces. Y también entiendo que eres una niña
grande ahora, que quieres más libertad y te daré libertad. Lo
prometo…
—Señora Hollister…
Beth se dirigió hacia Caroline y Hunter.
—Ya les hemos causado suficientes inconvenientes. No puedo
agradecerles lo suficiente por su paciencia y hospitalidad. Pero las
cosas se han salido de control. Han llegado demasiado lejos y ya se
han extendido demasiado. Y debo insistir en que Lili y yo nos
vayamos de aquí de inmediato. —Se puso de pie y llevó a Lili con
ella. Caroline se levantó también.
—Beth, por favor. Sé que todo este episodio es tan perturbador,
tan surrealista, para usted como para nosotros. Comprendo su
378
indignación, su rabia, su deseo de regresar a casa lo más pronto
posible. Pero solo estamos hablando de unos días más. Una vez
que obtengamos los resultados de ADN, lo sabremos con certeza…
—Yo ya lo sé con certeza.
—Yo no —afirmó Lili, y se liberó de las manos de Beth.
—Lili, por el amor de Dios.
—Lo siento —lamentó ella—. Pero no puedo ir a casa contigo. No
todavía.
Caroline escuchó pasos aproximándose y al girarse vio a Michelle
de pie en la puerta, sosteniendo una bandeja con dos tazas de té
humeante y un plato de galletas de mantequilla. La depositó sobre la
mesa de café mientras los demás regresaban lentamente a sus
posiciones previas.
—Gracias, cariño.
—¿Por qué está aquí realmente? —le preguntó Michelle a Beth
después de acomodarse en la silla junto a su madre.
—¿Disculpa?
—¿Qué es lo que quiere? ¿Qué busca?
—Michelle, ¿qué haces? —intervino su madre.
—No lo entiendo —dijo Beth—. Creo que he sido muy clara acerca
de lo que quiero y por qué estoy aquí. Quiero que este absurdo se
termine. Estoy aquí para llevar a mi hija a casa.
—¿No quiere dinero?
—¿Dinero? No.
—¿No está esperando hacer un trato para la edición de un libro o
película de esto?
—Eso es ridículo.
—¿No está interesada en la publicidad, en tener sus quince
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minutos de fama?
—Por supuesto que no.
—¿Qué hay de cinco minutos? ¿Ni siquiera quiere su nombre en
los periódicos?
—Es lo último que quiero.
—¿Por qué? ¿Tiene algo que ocultar?
—¿Qué?
Caroline miró a Hunter y se sorprendió al ver una ligera sonrisa
asomando en las comisuras de sus labios. Michelle se levantó y
comenzó a caminar a un lado y al otro frente al sofá.
—Mire, fui muy escéptica cuando Lili contactó por primera vez a
mi madre. He estado esperando a que su pantalla cayera, a que el
engaño fuera revelado…
—No hay engaño.
—Le creo —afirmó Michelle—. De verdad que lo hago. Vi su rostro
cuando los periodistas la rodearon afuera. Y puedo ver el amor en
sus ojos al mirar a Lili. No está fingiendo. Nadie es tan buena actriz.
Así que, acepto que esto no es ninguna clase de estafa sofisticada,
que Lili es tan verdadera como aparenta ser, que de verdad cree
que hay una posibilidad de que sea Samantha. Y, por más
improbable que crea que eso es, y por más firmemente que usted
insista en que no lo es, debo preguntarme por qué desea tanto
hacerla desaparecer antes de que tengamos los resultados de la
prueba.
—Eso es todo. —Beth se levantó de inmediato—. Es suficiente. —
Revisó el bolsillo de su abrigo, sacó una pequeña tarjeta junto con
su teléfono móvil y llamó al número en ella—. Habla Beth Hollister.
¿Puede recogerme ahora? Lo esperaré en la esquina. Gracias.
380
—Por favor, no se vaya —dijo Caroline—. No habrá un vuelo a
Calgary hasta mañana por la mañana. Puede quedarse aquí…
—Eso no va a pasar —afirmó Beth, con la voz tan llana como si
una aplanadora le hubiera pasado por encima. Se giró hacia Lili—.
Estaré en el hotel Best Western Hacienda hasta mañana. Luego me
iré en el primer vuelo a casa. Rezo con todas mis fuerzas porque
entres en razón a tiempo para estar en ese avión conmigo. —Se
marchó hacia el recibidor y tomó el bolso de camino a la puerta.
—¿Mamá? —llamó Lili y corrió tras ella—. Espera.
—Gracias a Dios —susurró Beth al envolver a Lili en un estrecho
abrazo.
Caroline las observó conteniendo la respiración. Luego vio cómo
Lili se liberaba lentamente de las firmes manos de Beth.
—Te llamaré tan pronto como tengamos los resultados —dijo en
voz baja.
—Te quiero. —El rostro de Beth se frunció en una combinación de
resignación e irreverencia—. Nunca olvides eso.
Luego abrió la puerta, se abrió paso entre la formación de
periodistas y desapareció en la calle.
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El presente
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periodistas en todas partes.
—¿Y si yo lo hago?
—¿Qué quieres decir?
—Puedo ir a la clínica y recoger el informe. Nadie me reconocerá.
—No puedes dejar el trabajo…
—Soy la jefa, ¿recuerdas? Tengo una reunión, pero puedo salir
como en una hora. Mientras tanto, tienes que llamar a la clínica y
darle tu consentimiento a Sid Dormer. Dile a la recepcionista que tu
nombre es Angela Peroni.
—¿Quién?
—Es la empleada de limpieza de su exesposa. Sabrá que eres tú.
Le darás tu visto bueno; yo recogeré los resultados y te los llevaré.
¿Caroline? ¿Caroline, estás ahí?
—Estoy aquí. No estaba esperando que los resultaron llegaran tan
pronto. Creí que tendría más tiempo. Otro día, al menos.
—¿Para hacer qué?
—No lo sé. Para prepararme, supongo.
—Has estado preparándote durante quince años —le recordó
Peggy.
Caroline se apoyó contra la encimera de la cocina, sus piernas
amenazaban con doblarse debajo de ella.
—¿Y si no es ella?
—Entonces, lidiaremos con eso —afirmó Peggy—. Mira, cuanto
antes llegue a la reunión, antes podré irme y antes sabremos la
respuesta. ¿Tengo tu consentimiento para recoger los resultados?
—Por supuesto que tienes mi consentimiento.
—¿Consentimiento para qué? —preguntó Michelle al entrar en la
cocina mientras su madre estaba anotando el número de Dormer.
384
Estaba vestida como si fuera al gimnasio, con unos leggins negros y
una camiseta blanca.
—Están los resultados de la prueba —le informó Caroline, y marcó
el número de Dormer.
—¿Ya? Solo han pasado dos días.
—¿Puedo hablar con Sid Dormer, por favor? —dijo Caroline al
teléfono—. Es Angela Peroni.
—¿Quién? —preguntó Michelle.
—Sh. Hola, señor Dormer. Sí, es muy desafortunado el acoso de
los medios. Lo siento también. Peggy acaba de llamarme. Dice que
necesita mi permiso para recoger los resultados de la prueba, así
que se lo doy. Sí, gracias. Debería estar allí en una hora. —Colgó el
teléfono.
—Dios, esto se parece a una película de James Bond.
—¿Qué se parece a una película de James Bond? —preguntó Lili
desde la puerta.
—Están los resultados —repitió Caroline. Lili se puso mortalmente
pálida, su tez creaba un impactante contraste con el oscuro azul de
su camiseta de mezclilla.
—El momento que todos estábamos esperando —comentó
Michelle—. Llamaré a papá. —Sacó el teléfono y le dejó mensajes
en su oficina, en su casa y en su móvil, diciendo que fuera a la casa
tan pronto como pudiera—. ¿Debería llamar a la abuela Mary?
—Esperemos. No es necesario hacer que todos se alteren hasta
que sepamos la verdad.
—¿Y qué pasará ahora? —preguntó Lili.
Caroline se preguntó cuántas veces había escuchado esa
pregunta en las últimas semanas, cuántas veces se la había hecho
385
ella misma.
—Peggy retirará los resultados en una hora y los traerá. Mientras
tanto, no hay mucho que podamos hacer. Solo esperar.
Michelle se encogió de hombros, anchos hombros elevados hacia
sus orejas.
—Parece que el gimnasio tendrá que esperar. ¿Alguien quiere
jugar al Scrabble?
386
décadas. ¿Cuántas nuevas palabras habían aparecido desde la
última vez que había jugado Scrabble? ¿Cuántas habían quedado
obsoletas?
—Aquí esta —anunció al encontrar la palabra ramet entre ramen y
ramial—. Significa «cada una de las plantas en un grupo de clones».
—¿Y eso qué significa? —insistió Lili.
—No tengo ni idea.
—Tengo razón. Es una palabra —dijo Michelle—. Pierdes un
turno. —Celebró, triunfal.
Lili se encogió de hombros y Caroline sonrió. Jugar al Scrabble
había sido una buena idea, incluso aunque probablemente Michelle
no lo hubiera propuesto en serio.
—Tu turno, mamá.
Caroline bajó la vista a las letras (dos A, cada una de un punto,
una P de tres, una Y de cuatro puntos, una E y una L, cada una con
valor de un punto), luego miró una vez más al tablero y echó un
vistazo a su reloj mientras levantaba la P de su exhibidor. Eran casi
las tres. Se preguntó qué estaba retrasando a Peggy. Ya debería
haber llegado.
—¿Mamá?
—¿Si?
—Has estado mirando esa letra durante cinco minutos. ¿Vas a
hacer algo con ella o no?
Caroline colocó la P en un casillero que triplicaba su puntuación,
luego la siguió con la L, luego una A y una Y antes de la A que
Michelle había usado para formar ramet, la Y en otro casillero de
triple puntaje—. Playa —anunció—. Son nueve puntos para la P,
doce para la Y uno para la L y las A.
387
—Veinticuatro —dijo Lili distraída mientras la sonrisa de Caroline
se ampliaba y la de Michelle desaparecía por completo—. ¿Qué? —
preguntó alarmada.
—Eres buena en matemáticas —explicó Michelle—. Por supuesto
que lo eres.
—No en realidad.
—No tienes que esforzarte tanto. —La mirada con el ceño fruncido
de Michelle pasó de Lili a Caroline—. Ella ya está de tu lado.
—No intento…
—Y tú no engañas a nadie —dijo a su madre.
—¿De qué estás hablando?
—Sé lo que estás pensando.
—¿Qué estoy pensando? —preguntó Caroline, genuinamente
perpleja.
—Que este es el primero de cientos de juegos de mesa que las
tres jugaremos juntas si tus plegarias son respondidas y resulta que
Lili es de hecho Samantha. Que así es cómo es ser una familia
normal. —Llevó su cabeza hacia atrás y miró el techo—. Bueno,
odio tener que fastidiar todo siempre —continuó—, pero no somos
una familia normal. No hemos sido una familia normal por quince
años. Y no podemos comenzar a fingir que lo somos
repentinamente. Nada de lo que pasó es normal. Y sin importar lo
que digan los resultados de la prueba o lo fervientemente que le
reces a un Dios que obviamente no está ahí (o Samantha nunca
habría desaparecido en primer lugar), nunca será normal. —
Observó las palabras esparcidas sobre el tablero de Scrabble—. Y
este es un juego estúpido. —Barrió las fichas del tablero con el
dorso de su mano y acabaron desparramadas por el suelo de la
388
cocina.
De inmediato, Lili estaba de rodillas, levantándolas.
—Déjalas —ordenó Michelle—. Es mi desorden. Yo lo arreglaré.
—Vale.
—He dicho que yo lo haré. —Michelle recogió las letras restantes
rápidamente y las lanzó sobre la mesa—. Te dije que era una
malcriada —dijo y volvió a desplomarse en su silla.
—No —dijo Caroline luego de un silencio de varios segundos—.
Tienes razón. Esto no es normal. Es todo menos normal. Y
claramente este es un momento muy tenso. Todos estamos al
límite…
—¿De verdad? Porque tú pareces muy tranquila.
—Es solo mi cara.
—De verdad no soy muy buena en matemáticas —comentó Lili
por lo bajo. Los labios de Michelle formaron una resistida sonrisa.
—¿Has hablado con Beth desde que regresó a Calgary? —
preguntó mientras regresaba las fichas del Scrabble a su pequeña
bolsa.
Lili asintió.
—¿Cómo está ella?
—Igual. Molesta. Enfadada. Triste.
Caroline imaginó a Beth como la había visto la noche anterior en
las noticias, una mujer obviamente consternada que se tapaba el
rostro con las manos mientras se esforzaba por superar a la horda
de periodistas que la perseguía.
«¿Quién es usted?», le exigían mientras corría al taxi que la
esperaba en la esquina. «¿Cuál es su conexión con Caroline
Shipley?». «¿Puede decirnos algo de lo que está ocurriendo en esa
389
casa?». «¿Es verdad que hay una chica que dice ser Samantha?».
—¿Aún la acechan los periodistas? —preguntó Caroline.
—Un hombre siguió su taxi hasta el hotel. Incluso la rastreó hasta
el aeropuerto esta mañana, pero ella no habló con él.
Caroline no necesitaba preguntar el nombre del periodista. Ya lo
conocía.
El timbre sonó.
—Ay, Dios —susurró Caroline.
—Ay, Dios —repitió Lili.
—Sí, claro —dijo Michelle—. ¿Alguien va a abrir?
Caroline inhaló profundo y se dirigió a la puerta, con Michelle y Lili
a solo unos pasos por detrás.
—Abre, por el amor de Dios —gritó Hunter desde el otro lado
cuando se acercaron. Caroline abrió rápidamente y Hunter se lanzó
al interior. Detrás de él las cámaras dispararon furiosamente.
—Hunter —lo llamó un periodista—. Mira hacia aquí.
—¿Puede decirnos qué está pasando? —exigió otro.
—¿Han recibido los resultados del laboratorio?
—¿Qué está pasando? —preguntó Hunter después de cerrar la
puerta de un golpe.
—¿Dónde has estado? —preguntó Michelle sobre él—. Te llamé
hace horas.
—Reuniones. ¿Qué está pasando? —repitió.
—Están los resultados —anunció Caroline.
—¿Tienen los resultados?
—Peggy los trae.
—¿Sabes qué dicen?
Caroline negó con la cabeza. Una línea de sudor corrió por la
390
frente de Hunter.
—De acuerdo. Es importante mantener la calma, sin importar lo
que digan los resultados.
Caroline pudo ver que lo decía tanto para su propio beneficio
como para el de ellas.
—Tal vez deberíamos sentarnos —dijo, y los guio a todos a la
sala.
Estaban acomodándose en sus asientos cuando escucharon un
coche detenerse en la entrada, una puerta cerrándose y pasos
apresurados hacia la puerta. Caroline corrió a la puerta y la abrió,
tomó a Peggy del brazo y la arrastró al interior de la casa. Los
periodistas bombardearon la puerta con preguntas.
«¿Puede decirnos…?».
«¿Es verdad…?».
«¿Qué…?».
Caroline empujó a su amiga hasta la sala. Peggy no perdió tiempo
en prerrogativas innecesarias. Sacó un sobre blanco sellado de su
bolso de cuero marrón y se lo entregó a Caroline.
—No puedo. —Caroline negó con la cabeza—. Ábrelo tú.
—¿Estás segura? ¿Hunter? —preguntó Peggy.
—Hazlo tú.
Peggy abrió el sobre y retiró una única hoja de papel. Analizó la
página, luego miró a Caroline, con los ojos llenos de lágrimas.
Caroline sintió que todo su cuerpo se adormeció. Sabía que, si los
periodistas que esperaban en el exterior la vieran en ese momento,
indudablemente la describirían como una mujer aparentemente
calma, contenida, con una impecable postura y un semblante
inexpresivo, en lugar de una mujer al borde del desmayo, cuya
391
rigidez era resultado de que cada fibra de su cuerpo estaba
esforzándose por mantenerla en pie y en una pieza. No
comprenderían que si soltaba la respiración que estaba conteniendo
en sus pulmones, se escaparía de ella como el aire de un globo y
saldría disparada al espacio, destripada y vacía.
Pasó la vista de Peggy a Hunter, a Michelle, a la joven que podría
o no ser Samantha. Desde la primera llamada de Lili, Caroline se
había estado cuidando de no involucrarse emocionalmente. Se
había advertido a sí misma que no debía dejar que su deseo se
llevara lo mejor de su sentido común. Pero toda esa resolución se
había ido por la ventana en el momento en que Lili apareció en su
puerta y se había desvanecido por completo en el transcurso de los
últimos días. Los hechos podían ser hechos, pero uno de ellos era
que se había enamorado. Las emociones habían derrotado
exitosamente al sentido común. Y uno más uno ya no sumaban dos.
Aunque la prueba de ADN demostrara conclusivamente que Lili no
era su hija, Caroline no estaba segura de poder sobrevivir su
pérdida.
Así que se quedó en silencio, su cuerpo rígido y dolorosamente
erguido, su rostro con una máscara de tranquilidad, a la espera de
que Peggy hablara.
392
33
393
El presente
394
dudas.
—Ay, Dios mío.
—Es tuya. Reamente es tuya.
—No me lo creo.
—Gracias. Gracias. Gracias.
—¿Estás absolutamente segura?
—Mi bebé. Mi hermosa bebé.
Y luego la voz de la realidad. Como era usual, la de Michelle:
—¿Qué hacemos ahora?
Habían llamado a la policía. La policía había notificado
prontamente al FBI. Todos se habían presentado de inmediato y su
llegada había desatado un frenesí entre los periodistas que seguían
reunidos afuera.
«Mi nombre es Greg Fisher. Estoy con el FBI», había informado el
agente a los medios frente a la puerta de Caroline varias horas
después. «Ha habido un nuevo avance en el caso de la
desaparecida Samantha Shipley. Por favor, sean pacientes.
Tendremos una conferencia de prensa mañana a mediodía. Hasta
entonces, solicitamos que se respete la privacidad de la familia».
Caroline había relatado los eventos de las últimas semanas a las
autoridades; que había recibido una llamada por parte de una chica
que se hacía llamar Lili, que vivía en Calgary con su madre viuda y
dos hermanos menores, que Lili sospechaba que era en realidad
Samantha, que la dudosa Caroline había volado a Calgary para
conocerla, pero Lili no se había presentado, que la semana anterior
había aparecido en la puerta de Caroline, que habían hecho una
prueba de ADN, que Beth Hollister había volado desde Calgary el
día anterior para llevarse a Lili a casa, pero Lili se había rehusado a
395
ir, entonces Beth había regresado a Canadá sola, que los resultados
de la prueba habían confirmado que Lili era de hecho Samantha, la
hija que había sido robada de su cuna en México quince años atrás.
«Ella es tuya», había dicho Peggy. «Ella es Samantha».
Ella es mía, había estado repitiendo Caroline en silencio todo el
día. Es realmente mía.
El FBI verificó los resultados con la clínica, luego notificó a la
policía Real de Canadá. Ellos, a su vez, informaron a la policía de
Calgary, que rápidamente arrestó a Beth Hollister y la encerraron
para ser interrogada.
Ella había estado proclamando su inocencia desde entonces,
incluso al ser confrontada con la joven que tan vehementemente
había afirmado que era suya. Caroline aún reproducía la
conversación de ellas en su mente horas después del hecho.
—¿Cómo pudiste hacerlo? —había exigido Lili a Beth cuando
Greg Fisher finalmente les permitió hablar. Su conversación fue
transmitida en altavoz en la cocina para Caroline, Hunter y Michelle.
—No lo sabía. Lo juro —respondió Beth entre lágrimas.
—Juraste que eras mi madre —le recordó Lili.
—Soy tu madre.
—Juraste que me habías dado a luz. Te pregunté si era adoptada,
¿cuántas veces te lo pregunté? Dijiste que no.
—Porque es lo que tu padre insistió en que te dijera. Porque él dijo
que así sería mejor para todos nosotros.
—Porque él sabía la verdad.
—No lo sé. No lo sé.
—Lo sabes. Deja de mentirme.
Pieza por pieza, la verdad lentamente emergió: Beth y su marido
396
habían estado intentando tener hijos propios sin éxito durante años;
un día Tim había llegado a casa con la noticia de que había
arreglado la adopción privada de un bebé, una adopción que podía
darse en cualquier momento; estaban viviendo en Portugal cuando
supuestamente la adopción finalizó; su marido voló de inmediato a
Estados Unidos para recoger a su pequeña, una niña cuya madre la
había abandonado intencionalmente.
Lili estaba incrédula.
—¿No sospechaste ni siquiera un poco? ¿Una madre que
simplemente abandona a su hija de dos años exactamente al mismo
tiempo que otra niña de dos años se desvanece misteriosamente de
su cuna en México? ¿La coincidencia no parecía demasiado
conveniente? ¿Realmente creíste que era una coincidencia?
—No sabía nada de lo ocurrido en México.
—Estaba en todos los medios. En todo el mundo. ¿Cómo podías
no saberlo?
—Estábamos viviendo en Portugal. Yo no hablaba portugués. No
leía los periódicos internacionales. Ni siquiera teníamos una
televisión. Estaba algo aislada. Tu padre trajo a casa a una pequeña
preciosa y me aseguró que todo era legal. No tenía razones para
dudar de él. Tenía todos los documentos necesarios…
—Pero en algún punto tuvo que comenzar a sospechar —había
dicho Greg Fisher desde su lugar en la mesa de la cocina, con su
voz a un paso de ser desdeñosa.
—Supongo que sabía que algo no iba bien —había admitido Beth
de mala gana—. Pero es increíble cómo uno puede engañarse a sí
mismo cuando quiere hacerlo. Quería creer que mi marido no
estaba mintiendo, así que lo creí. Quería creer que él no…
397
—¿… me había robado en México?
—Él no hizo eso —afirmó Beth con inesperada vehemencia—. Él
nunca ha estado en México.
—Entonces, estaba trabajando con alguien que sí —dijo Greg
Fisher como un hecho—. ¿Puede decirnos quién podría haber sido?
El cuerpo de Caroline se tensó cuando Hunter se inclinó al frente
en su silla.
—No tengo ni idea. Tim conocía a muchas personas… por su
negocio. Me avergüenza decir que no todas tenían buena
reputación.
—Entonces, en algún punto, ¿sí sospechaste que podría ser
Samantha? —objetó Lili.
—No hasta mucho después. Estábamos viviendo en Italia. Vi una
transmisión de las noticias. Creo que fue el quinto aniversario del
secuestro. Mostraron fotografías de Samantha. Fue bastante
evidente. Me asusté. Me enfrenté a tu padre, le rogué que me dijera
la verdad. Él me dijo que estaba siendo ridícula y que dejara de
decir locuras, que decir cosas como esas solo despertaría
sospechas infundadas y que podríamos acabar perdiéndote, incluso
aunque juraba que tú no eras Samantha. ¿Qué opción tenía más
que creerle?
—Por supuesto, ya que su marido falleció el año pasado, solo
tenemos su palabra —comentó el agente—. Muy conveniente para
usted, dadas las circunstancias, el poder lanzar toda la culpa a un
hombre que ya no está para defenderse.
Pudo escucharse un sollozo apagado al otro lado de la línea.
—¿Qué la hizo regresar al continente? —preguntó Fisher.
—Una combinación de cosas. El negocio de Tim… los niños…
398
—Tenía dos hijos para entonces.
—Sí. Una vez que tuvimos a Lili, no tuve problemas para
embarazarme. Irónico, ¿no es así?
—Estoy seguro de que el hecho de que hubieran pasado diez
años también fue un factor en la decisión de regresar. Asumió que
estaba a salvo.
—Asumí que mi marido estaba diciéndome la verdad.
—¿Y por eso nos mudamos a Canadá? —intervino Lili en tono
acusatorio—. ¿Es por eso que fuimos educados en casa? ¿Es por
eso que no teníamos un ordenador, que nuestro acceso a la
televisión era limitado, que nos mudábamos cada vez que
comenzaba a hacer amigos? ¿Porque asumías que papá estaba
diciendo la verdad?
—Organizamos toda nuestra vida en función a ti. Hicimos todo lo
posible para protegerte.
—Para protegeros vosotros, querrás decir.
Fue entonces que Caroline intervino en el interrogatorio.
—¿Por qué venir a San Diego? Sabía que habíamos hecho la
prueba de ADN. Sabía lo que indicarían los resultados. ¿Por qué
seguir insistiendo…?
—Porque, lo crea o no, aún me aferraba a la esperanza de que Lili
no fuera Samantha. Y pensé que si tan solo podía hacer que
regresara a casa conmigo, ella dejaría esta locura a un lado y que,
aunque los resultados demostraran que sí era su hija biológica, eso
no importaría, no sería suficiente para borrar los quince años que
pasé criándola, queriéndola… Te quiero mucho, Lili.
Se produjo un segundo silencio.
—Mi nombre es Samantha.
399
Escapó un grito de los labios de Beth, como un disparo, que viajó
por los cables del teléfono para perforar el corazón de Caroline. A
pesar de todo, por un momento sintió verdadera pena por Beth.
Sabía cómo era perder a una hija.
—Por supuesto que en el momento en que te vi con tus padres y
tu hermana supe quién eras —continuó Beth—. Lo que me
desesperó más aún.
—¿Qué la hizo quedarse en Calgary? —preguntó Greg Fisher—.
Pudo haber tomado a sus hijos y desaparecer. Tiene mucha práctica
y debía saber que la policía iría por usted.
—¿A dónde iría? ¿Cómo podía irme si había al menos una
mínima posibilidad de recuperar a mi pequeña?
La pregunta pendió en el aire incluso luego de que terminara la
llamada.
—¿Qué pasará con ella? —preguntó Lili después—. ¿Irá a
prisión?
—No lo sé —respondió Greg Fisher—. Obviamente es solo el
comienzo de nuestra investigación y, mientras que confío en que las
autoridades canadienses cooperarán ampliamente, han pasado
quince años y no tenemos pruebas de que ella mienta. Seguiremos
investigando, por supuesto. Quizás tarde o temprano descubramos
toda la verdad de lo que sucedió esa noche. Ciertamente me
gustaría estar ahí si eso pasa.
Hunter negó con la cabeza.
—Así que perdemos a una hija, nuestra hija pierde a una
hermana, nuestro matrimonio se derrumba, nuestras vidas se
arruinan, todo porque esta mujer quería un bebé y deliberadamente
ignoró todas las evidencias que indicaban quién era esa bebé. Y se
400
sale con la suya porque han pasado quince años, su marido está
muerto y no hay pruebas de que esté mintiendo.
—Lo que importa es que tenemos a Samantha de vuelta —dijo
Caroline simplemente.
Y, de repente, ella y Hunter estaban en los brazos el uno del otro y
él estaba llorando en el hombro de ella.
—Lo siento, Caroline. Lo siento muchísimo.
—Lo sé.
—Por todo.
—Lo sé. También yo. —Lloraron juntos, las lágrimas de Hunter
húmedas contra su mejilla. Por un instante, los años
desaparecieron. Un milagro les había devuelto a su hija. Tal vez otro
milagro podría volver a convertirlos en una familia real, una
extendida. Ella lo abrazó con fuerza, inhaló su aroma a limpio y a
jabón.
Era un aroma que reconocía muy bien.
Caroline se liberó de sus brazos, sabiendo que no había estado en
reuniones cuando intentaron contactar con él antes. Algunas cosas
nunca cambian, pensó con tristeza. Sin importar cuántos años
pasen.
—¿Qué le decimos a los periodistas? —preguntó Michelle.
—Dejen que me ocupe de eso —ofreció Fisher—. Los veré
mañana. —Le entregó su tarjeta a Caroline—. No dude en
contactarme en cualquier momento.
—Gracias.
La madre y el hermano de Caroline llegaron poco después de que
los policías y agentes federales se marcharan.
—Samantha, querida —exclamó Mary, esquivó a Michelle y
401
envolvió a la joven en un estrecho abrazo—. Lo sabía. ¿No dije
desde un principio que eras tú? Bienvenida a casa, querida.
Tenemos mucho con que ponernos al día.
—Oye —dijo Steve y se acercó—. ¿Qué soy yo, hígado molido?
Ven, cariño —llamó a Samantha con sus brazos abiertos—. Ven con
el tío Stevie.
Un lamento contenido escapó de los labios de Michelle mientras
Steve abrazaba a su sobrina perdida.
—No estés celosa, Micki —dijo su abuela—. No va contigo.
—Madre, por el amor de Dios —intervino Caroline—. Este no es el
momento.
—Ella ya no es hija única —argumentó Mary—. Tendrá que
acostumbrarse tarde o temprano.
—Debería irme —dijo Hunter—. Diana debe estar preocupándose.
Tiene razones para preocuparse, pensó Caroline.
—Iré contigo —informó Michelle.
—¿No quieres quedarte aquí? —preguntó Samantha.
—No. Esta es tu noche. Mi madre y tú merecéis un tiempo a solas.
Dormiré en casa de papá.
—La traeré de vuelta a primera hora —agregó Hunter—. Y, si te
parece bien, me gustaría traer a Diana y a los niños también,
presentarle a Samantha a sus medio hermano y hermana antes de
la conferencia de prensa.
—¿Habrá una conferencia de prensa? —preguntó Mary.
—A mediodía —le informó Caroline.
—Esperemos que resulte mejor que la última que has dado. —
Una risa amarga escapó de los labios de Caroline.
—Creo que es hora de que te vayas a casa también, madre.
402
—¿Qué? Acabamos de llegar.
—Sí. Y ahora os vais a ir.
Mary enderezó sus hombros y abrió la boca, como si se preparara
para protestar.
—Caroline tiene razón —intervino Steve—. Deberíamos irnos. Ha
sido un día muy largo y estoy seguro de que Samantha está
exhausta.
—Estoy cansada —acordó Samantha.
—Entonces nos iremos de aquí y te dejaremos descansar. Y,
quien sabe, tal vez ahora que se ha liberado la presión puedas
comenzar a recordar algunas cosas. —Una vez más, Mary la abrazó
—. Buenas noches, querida. Duerme bien. —Caminó a la puerta, la
abrió y salió.
—¿Puede decirnos lo que está sucediendo allí? —gritó un
periodista.
—No me pregunten. Yo soy solo la abuela —respondió Mary
mientras Caroline cerraba la puerta tras ella.
—No debes dejar que te moleste —le dijo a Michelle.
—Seguro. Es fácil para ti decirlo. —Michelle sonrió.
—Te veré mañana.
—Adiós, mamá.
—Buenas noches, cariño.
—Buenas noches, Samantha —dijo Michelle a su hermana—. Lo
creas o no, de verdad me alegra que estés de vuelta.
—Te veré mañana —respondió Samantha.
Caroline vio por la ventana cómo subían al BMW de color crema
de Hunter y se alejaban.
—¿Tienes hambre? —le preguntó a Samantha cuando estuvieron
403
solas.
—Me muero de hambre.
—¿Muy pronto para otra pizza?
—Nunca es pronto para pizza.
Pasaron la mayor parte de la noche mirándose la una a la otra,
como si entendieran que era a la vez muy temprano y muy tarde
para las palabras, que quince años de palabras se habían perdido y
nuca podrían recuperarse. Después de la cena, subieron y vieron
televisión en la cama de Caroline; escucharon a Greg Fisher en las
noticias de las once anunciar un nuevo avance en el caso de la
desaparecida Samantha Shipley y prometer una conferencia de
prensa para el mediodía del día siguiente.
—Creo que deberíamos intentar dormir —dijo Caroline y besó la
frente de Samantha—. Mañana será un gran día.
—¿Puedo dormir contigo esta noche? —preguntó su hija.
En silencio, Caroline apartó las sábanas y Samantha se colocó
debajo de ellas. Luego Caroline se recostó a su lado y vio a su hija
dormir hasta la mañana.
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El presente
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Samantha sonrió y de inmediato varios fotógrafos se acercaron
para capturar el momento, sus cámaras dispararon furiosamente,
como las teclas de una antigua máquina de escribir.
—Por favor, un paso atrás —advirtió el oficial.
—Inhala profundo —aconsejó Caroline; inhaló y exhaló, como
para darle el ejemplo.
—Lo estás haciendo muy bien —le dijo Hunter.
Caroline bajó la vista a su falda y analizó la multitud
subrepticiamente con sus ojos. Vio a su madre y hermano sentados
en la primera fila de una docena de hileras de sillas, todas
ocupadas. Junto a Mary se encontraba la mujer de Hunter, Diana,
con sus dos hijos y, detrás de ellos, Peggy y Hunter.
La ausencia de una persona llamaba la atención.
«¿Dónde está Michelle?», había preguntado Caroline cuando
Hunter y su familia llegaron a la casa esa mañana.
«Ya se había marchado cuando desperté», había respondido
Hunter, aparentemente despreocupado. «Dejó una nota diciendo
que iría al gimnasio. Dijo que vendría cuando terminara».
«Bueno, no lo ha hecho».
Aún no había aparecido para cuando estuvieron listos para salir
hacia la estación de policía. Caroline había dejado mensajes cada
vez más urgentes en su buzón de voz. Michelle no había contestado
a ninguno de ellos.
Una docena de pensamientos colisionaron en la mente de
Caroline: Michelle estaba más enfadada de lo que había
demostrado; se había escabullido de casa de Hunter en mitad de la
noche, se había emborrachado, subido al vehículo de un amigo,
provocado un accidente, había sido arrestada por la policía y en ese
407
momento se encontraba sentada en una celda, o peor, desmayada
en algún sitio, inconsciente y herida. O tal vez algún lunático la
había seguido, determinado a hacer su propio enfermo aporte a las
noticia del regreso sano y salvo de Samantha…
—No la veo —le susurró a Hunter en ese momento.
—Relájate —dijo él, aunque un ligero torcimiento sobre su ojo
derecho delataba su propia preocupación—. Probablemente solo ha
decidido no venir.
«Te veré mañana».
«Adiós, mamá».
Adiós, no buenas noches.
¿A dónde podría haber ido? Caroline estaba debatiéndose entre
enfado y preocupación. No era que culpara a Michelle por no querer
ser parte de ese circo mediático. Ella tampoco quería estar ahí.
Miró en dirección al jefe de policía, un imponente hombre de
mediana edad totalmente uniformado. Lo vio tocar el micrófono,
luego aclararse la garganta cuando toda la audiencia reunida hizo
silencio. Volvió a preguntarse dónde podía estar Michelle.
—Damas y caballeros —comenzó el jefe—, es un privilegio para
mí estar aquí hoy para transmitir estas extraordinarias noticias.
Como todos saben, hace quince años una niña de dos años llamada
Samantha Shipley fue robada de su cuna mientras su familia estaba
vacacionando en Rosarito, México.
Mientras que sus padres estaban abajo, «divirtiéndose con
amigos», agregó Caroline en silencio, al recordar titulares pasados e
imaginar los nuevos.
—No todos los días un caso como este tiene el final feliz por el
que todos rezábamos, pero hoy es uno de esos días. Me alegra
408
poder decir que Samantha Shipley ha sido encontrada con vida y a
salvo, y que está aquí con nosotros el día de hoy.
Una oleada de emoción recorrió a la multitud. Las cámaras
dispararon salvajemente y los periodistas se pusieron de pie, sus
voces ansiosas sacudieron el escenario, como adolescentes en un
concierto de rock.
El jefe de policía levantó las manos y suplicó cooperación.
—Si pueden ser pacientes, por favor. Sus preguntas serán
respondidas a la brevedad. —Luego de un minuto, el silencio
regresó—. Las pruebas de ADN han confirmado que la joven que se
encuentra detrás de mí es Samantha Shipley, la hija desaparecida
de Caroline y Hunter Shipley. —Luego presentó a Greg Fisher,
rígidamente apuesto en un traje azul marino y una corbata a rayas
rojas y blancas, quien les proporcionó un rápido repaso de los
quince años de Samantha como Lili Hollister. Relató mucho de lo
que Caroline le había dicho el día anterior, detallando las crecientes
sospechas de Lili de que podía ser, de hecho, Samantha Shipley;
sospechas que la llevaron a viajar desde Calgary, Alberta, hasta el
sur de California, lo que culminó con la reunión con sus padres
biológicos. Admitió que el FBI tenía muy poco conocimiento de la
logística del secuestro en sí mismo.
«Muy poco» como eufemismo de «nada en absoluto», decidió
Caroline. Una vez más, buscó a Michelle en la multitud. Una vez
más, no vio más que los embelesados rostros de extraños.
—Samantha y sus padres, Caroline Shipley y Hunter Shipley —
continuó Fisher, sutil reconocimiento de que ya no eran parte de la
misma unidad, a pesar de que aún compartieran el mismo apellido
—, han accedido amablemente a presentarse aquí hoy para
409
responder a sus preguntas. Les recuerdo que no tienen obligación
legal de hacerlo y los animo a ser lo más amables y respetuosos
posible con sus preguntas. —Giró hacia ellos—. Por favor —dijo y
los llamó al frente.
Caroline, Hunter y Samantha fueron recibidos por un estruendoso
aplauso cuando se levantaron de sus asientos y se acercaron al
micrófono, con las manos aferradas con fuerza entre sí.
—¿Cómo se siente tener a su hija de vuelta? —preguntó un
periodista de inmediato.
—¿Cómo se siente estar en casa, Samantha? —gritó otro al
mismo tiempo.
Las preguntas continuaron, rápidas y furiosas:
—¿Cuándo fue la primera vez que sospechaste que podías ser
Samantha?
—¿Cómo has podido contactar a Caroline?
—Caroline, ¿cuáles fueron sus primeros pensamientos cuando
Samantha la contactó por primera vez?
—¿Su reunión fue todo lo que esperaba que fuera?
—¿Supo de inmediato que ella era su hija?
—¿Prefieres ser llamada Lili o Samantha?
—¿Qué ocurrirá con tu familia en Calgary?
—¿Planeas quedarte en San Diego?
—Caroline, ¿ha hablado con Beth Hollister?
—¿Cuáles son sus sentimientos hacia ella?
—¿Le gustaría verla en prisión?
—Samantha, mira hacia aquí.
—Hunter, por aquí. Una sonrisa.
—¿Podemos hacer una fotografía de los tres abrazados?
410
—¿Culpas a Caroline o a Hunter por haberte dejado sola esa
noche?
—¿Creen que alguna vez descubrirán lo que sucedió?
—Caroline, ¿cree que ha sido tratada injustamente por la prensa?
—Samantha, ¿podemos tomarte una fotografía besando a tu
madre?
—¿Qué sientes respecto al divorcio de tus padres?
—¿Vivirás con tu madre o con tu padre?
Y, de repente, un barítono familiar flotó por encima de la multitud:
—No veo a su otra hija en ningún lado. ¿Michelle está aquí?
Caroline lo reconoció de inmediato: Aidan Wainwright. La palabra
bastardo estaba formándose en sus labios cuando Hunter presionó
su mano.
—Michelle es una persona muy reservada —respondió Hunter con
calma—. Decidió no estar aquí.
—Caroline, en el pasado ha descrito a su hija mayor como «difícil»
—insistió el periodista—. ¿Ella no se siente feliz con la vuelta de su
hermana? ¿Es por eso que no está aquí?
Otro apretón en su mano, más fuerte esta vez.
—Ella no es infeliz —dijo Hunter—. Solo está algo abrumada. Al
igual que todos.
—En ese sentido —intervino Greg Fisher—, creo que lo daremos
terminado por hoy. —Evitó más preguntas—. Volveré a recordarles
que la familia Shipley ha sido más que cooperativa y les solicitaré
que les den la privacidad que necesitan y merecen. Futuros
interrogantes que puedan tener deben dirigirse a la policía o al FBI.
Gracias.
—Hay algo que me gustaría agregar —dijo Caroline al micrófono
411
con la vista en la multitud reunida.
—Por supuesto —accedió Greg Fisher y se hizo a un lado—. Por
favor, adelante.
Caroline miró directamente a Aidan Wainwright y le ofreció su
sonrisa más amplia y verdadera.
—Vete a la mierda, cabrón.
Y luego la multitud se desató.
412
respuesta allí.
—Tal vez deberíamos llamar a Greg Fisher —sugirió Caroline.
—Probablemente solo necesite un tiempo a solas —afirmó Hunter
—. Creo que deberíamos darle unas horas más antes de volver a
traer al FBI.
—Prepararé café —ofreció Peggy—. Y luego me temo que tendré
que regresar al trabajo.
—¿Crees que estoy exagerando? —preguntó Caroline luego de
seguirla a la cocina.
—Si alguien tiene derecho a exagerar, eres tú.
—Es irónico, ¿no es así?
—¿Qué?
—He pasado los últimos quince años obsesionada por Samantha,
preguntándome dónde estaba, si estaba viva, si alguna vez volvería
a verla. Y ahora ella regresa y Michelle desaparece.
¿Tengo que desaparecer para que me quieras?
—¿Caroline? —dijo una vocecita desde la puerta. Caroline giró
hacia ella—. ¿Es por mi culpa? —preguntó Samantha—. ¿Michelle
se ha ido por mi causa?
—No, cariño. Por supuesto que no. —¿Hunter tendría razón?
¿Michelle simplemente necesitaba más tiempo sola, para procesar
todo lo ocurrido? ¿O habría otras fuerzas, más siniestras, en juego?
Caroline se sentó en una silla de la cocina, suprimió un escalofrío
e intentó no imaginar lo peor.
413
—Si no he sabido nada de ella para las seis, llamaré a Greg
Fisher —le dijo Caroline a Hunter mientras él se dirigía a la puerta
detrás de su esposa y sus dos hijos.
—Con suerte eso no será necesario —afirmó él.
Ella observó a Diana recorrer la entrada de la casa, con una bebé
en sus brazos y un niño pequeño aferrando con fuerza su mano.
—Ella es adorable —admitió Caroline al sentir el remanente del
aroma a jabón fresco de Hunter.
—Siempre he tenido un gusto excepcional con las mujeres —
asintió él.
—Sí. Eres un hombre listo. —Vio una sonrisa de autosatisfacción
en los labios de él—. Así que intenta no ser estúpido esta vez.
La sonrisa de Hunter se congeló, luego se derritió rápidamente.
—Supongo que debo estar feliz de que no me llamaras cabrón. —
Se inclinó para besarla en la mejilla—. Llámame cuando sepas algo
de Michelle.
—Hecho —accedió Caroline, agradecida de que usara la palabra
cuando y no si.
Regresó a la sala de estar, en donde Samantha estaba sentada
entre Steve y Mary en el sofá.
—¿Soy la única que tiene hambre? —preguntó Mary.
—¿Comida china? —propuso Caroline y notó que no había
comido nada desde el desayuno. Estaba a punto de alcanzar el
teléfono que estaba en la mesa de café, cuando sonó. El
identificador de llamadas indicaba que se trataba del Hospital
Marigold.
—¿Diga?
—Ella está aquí —informó Peggy.
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El presente
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donde los residentes y sus familias podían relajarse y ver televisión.
En ese momento, un hombre de mediana edad y una mujer estaban
sentados en el sofá de cuero color verde oscuro frente a la
chimenea, envueltos en una tranquila conversación, mientras que
una mujer de cabello gris tocaba una selección de villancicos en el
piano junto a la ventana. En una esquina, un árbol preciosamente
decorado se elevaba hacia el techo de tirantes de madera.
Caroline notó que no había estado ahí desde la muerte de Becky.
«¿Quieres saber lo que creo?», escuchó decir a Becky mientras
se acercaba a la puerta cerrada de la habitación 205. «Creo que
Samantha está viva. Creo que está viva, que es preciosa y feliz…
Creo que quien se la haya llevado solo estaba desesperado por
tener un bebé… que está siendo cuidada y querida».
Al menos podía estar agradecida por eso, pensó, sintiendo que
Becky no estuviera allí para ver el regreso de Samantha.
—¿Está aquí para ver a Kathy? —preguntó una mujer joven. Tenía
piel oscura y cabello corto y anaranjado. El broche prendido a su
uniforme blanco la identificaba como Aisha.
—Entiendo que Michelle está en el interior con ella. —Caroline
mantuvo su voz baja.
—Sí. Kathy está muy mal. Puede ser cuestión de minutos ahora.
—Disculpe, enfermera —dijo la mujer que había estado sentada
en el sofá al acercarse—. Mi hermano y yo nos preguntábamos si
podríamos hablar un minuto sobre nuestro padre.
—Si me disculpa —le dijo Aisha a Caroline.
—Por supuesto. —Caroline se quedó de pie en silencio por un
momento, luego inhaló profundamente y abrió la puerta de la
habitación 205 con cuidado.
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Michelle estaba sentada a la derecha de la cama de hospital, de
espaldas a la puerta, con una mano cerrada sobre los esqueléticos
dedos de una mujer joven que yacía en medio de la cama. Emanaba
música clásica de una radio sobre la mesa de noche. En las
paredes, a intervalos irregulares, había fragmentos de papel blanco
que formaban las palabras «Soy bendecida» en letras negras
escritas a mano.
Soy bendecida, repitió Caroline en silencio y decidió que debía
irse antes de que Michelle la viera. Su hija estaba a salvo. Es todo lo
que necesitaba saber.
—Michelle —lamentó una voz suave.
—Estoy aquí —respondió Michelle. Extendió su mano libre para
acariciar la frente de la mujer.
—¿No me dejarás?
—No te dejaré.
—Tengo miedo.
—Lo sé. Estoy aquí.
La joven suspiró, su aliento resonó en el aire tranquilo.
—¿Sientes dolor?
—No.
—¿Hay algo que pueda traerte?
—No. Pero no me dejes.
—No lo haré. Me quedaré justo aquí.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Los ojos de Caroline se llenaron de lágrimas y su visión se nubló.
Una vez más, intentó retroceder. Una vez más, la voz de Kathy la
detuvo.
418
—Michelle…
—¿Sí?
—¿Crees en el Cielo?
Caroline contuvo la respiración a la espera de la respuesta de
Michelle.
—Sí —respondió finalmente—. Creo.
Caroline llevó una mano a sus labios para contener el sollozo que
se estaba formando en su garganta.
—¿Crees que iré allí?
—No tengo ninguna duda.
—No siempre he sido una buena persona. He hecho cosas que a
Dios no le gustarían.
—Todos hemos hecho cosas —afirmó Michelle—. Es lo que nos
hace humanos y a Dios… Dios.
—¿Cómo crees que sea? El Cielo, quiero decir.
Michelle tomó una larga y audible respiración, sus hombros se
elevaron y cayeron por el esfuerzo. Pasaron varios segundos antes
de que hablara.
—Creo que el Cielo es donde se da vuelta la página y todos tus
errores pasados son perdonados —comenzó a decir, y su voz fue
ganando fuerza e intención al hablar—. Creo que el Cielo es el lugar
en donde te conviertes en tu mejor versión, en donde eres todo lo
que siempre has querido ser. —Volvió a tomar aire—. Creo que el
Cielo es el lugar en donde los sueños se hacen realidad.
—Me gusta tu Cielo.
—A mí también.
—Michelle…
—¿Sí?
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—Gracias.
Michelle asintió.
—Cerraré mis ojos ahora.
—De acuerdo.
—¿No me dejarás?
—Estoy justo aquí. Lo prometo.
La habitación quedó en silencio. Después de unos minutos,
Caroline vio a su hija soltar la mano de Kathy y moverse para
presionar el botón rojo junto a la cama. Lo tocó, regresó a su lugar y
volvió a tomar la mano de Kathy.
—¿Qué sucede? —susurró una enfermera que apareció detrás de
Caroline y abrió la puerta por completo. Michelle se levantó y su
mirada se conectó con la de Caroline mientras Aisha caminaba
enérgicamente hacia la cama de Kathy y confirmaba que se había
ido—. Gracias —le dijo a Michelle cuando otra enfermera entró a la
habitación—. Has estado increíble. Nos ocuparemos desde ahora.
—Has estado increíble —repitió Caroline cuando su hija salió al
pasillo y cerró la puerta detrás de sí. Aún vestía su ropa de
gimnasia.
—Has estado espiando otra vez.
—Lo siento.
—No te disculpes. Estás volviéndote buena en eso.
—Lo que le dijiste fue precioso.
—No creo en nada de eso, ya sabes. —Michelle se encogió de
hombros—. Esas cosas que dije del Cielo.
—Eso no importa —respondió Caroline con una sonrisa.
—Solo le dije lo que quería escuchar.
—Da igual. Estoy orgullosa de ti.
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Michelle negó con la cabeza.
—No lo estés. —Se dio la vuelta y avanzó de prisa por el pasillo,
más allá del gran salón, la cocina, el comedor y hacia las escaleras.
—Michelle, espera —llamó Caroline por encima del sonido de la
música de piano que las acompañó por las escaleras hasta la
recepción en la planta baja. Se detuvieron repentinamente, las dos
temporalmente impactadas por la imagen del rostro de Caroline en
la pantalla de televisión sobre la chimenea. Aunque el volumen
estaba desactivado, el mensaje que estaba dándole a Aidan
Wainwright era fuerte y claro.
—Creo que el camino de lo correcto ha quedado algo solitario —
comentó Michelle con una sonrisa.
—Debo admitir que me sentí bien al quitarme eso de encima. —
Caroline sonrió.
La recepcionista voluntaria, una mujer pequeña cuyo corte pixie
suavizaba su rostro demasiado serio, miró de Caroline al televisor,
luego otra vez a Caroline antes de sonrojarse y enterrar su rostro en
el libro que había estado leyendo.
—¿Por qué no estuviste allí?
—Lo siento —se disculpó Michelle—. Planeaba ir. De verdad.
—¿Dónde estabas? Llamamos muchas veces.
—Fui al gimnasio, estuve un tiempo. Tenía intenciones de regresar
a casa y cambiarme, de ir con vosotros a la conferencia de prensa.
Pero, no lo sé, comencé a caminar y simplemente seguí adelante.
Acabé en el Parque Balboa. Recuerdo que me dijiste que solías ir
allí todo el tiempo… Da igual, estaba sentada en uno de los bancos,
intentando aclarar mi mente. Creí que todavía tenía mucho tiempo.
Cuando finalmente miré mi reloj, era casi mediodía. Sabía que
421
nunca llegaría a casa a cambiarme y a la estación a las doce, así
que ni siquiera lo intenté. Tal vez ese siempre fue mi plan
subconsciente. No lo sé. En su lugar, fui a un bar de deportes y la vi
por televisión.
—¿Fuiste a un bar? —Caroline no pudo evitar sentirse alarmada.
—No te preocupes. Solo me tomé una Coca Cola.
—¿Una Coca Cola? —repitió Caroline, incluso más sorprendida.
¿Cuándo había sido la última vez que Michelle había tomado una
bebida azucarada?
—Y todo un tazón de cacahuetes. Dios, soy horrible.
—No eres horrible por comer todo un tazón de cacahuetes.
—No me refería a eso.
—Aun así, no eres horrible.
—No fui a la conferencia de prensa…
—Que en última instancia resultó bien…
—No contesté mi teléfono. Sabía que eras tú, pero dejé que fuera
al buzón.
—Eso no importa.
—Sí importa. Lo menos que podía hacer era llamar.
—De acuerdo, debiste llamar. Lo que te vuelve algo
desconsiderada, pero no horrible.
—No lo entiendes.
—Entiendo que la chica que acabo de ver consolando a esa pobre
mujer puede ser muchas cosas, incluso difícil, pero no es nada
horrible.
—Soy tan estúpida…
—No eres horrible y no eres estúpida. —Caroline se giró hacia la
recepcionista—. ¿Crees que podrías darnos un minuto, por favor?
422
La voluntaria se levantó de inmediato, exhaló aliviada y salió del
lugar.
—No eres estúpida —repitió Caroline.
—Todo esto es mi culpa.
—¿Qué es tu culpa?
—Todo.
—¿Cómo puede algo ser tu culpa?
—Estaba celosa y resentida…
—Solo estabas siendo cautelosa. Una chica llama de la nada, dice
que es Samantha. Tenías razón en sospechar.
—Quería que ella desapareciera.
—Eso es natural. Tardaremos tiempo en adaptarnos…
—No estoy hablando de ahora —advirtió Michelle.
Caroline sintió que todo su cuerpo se adormeció. Miró de Michelle
al televisor, se vio a sí misma de pie, rígida, frente al micrófono justo
antes de su arrebato, «Madre lanza improperios a periodista»
circulaba por el pie de la pantalla.
—No lo comprendo. ¿Qué estás diciendo?
Michelle se desplomó en la cuarta de las sillas excesivamente
rellenas.
—No me refiero a querer que Samantha desaparezca ahora —
repitió—. Me refiero a querer que desapareciera hace quince años.
Una chicharra sonó, indicación de que había alguien en la puerta,
esperando para entrar. Caroline sintió que germinaban semillas de
pánico en su pecho.
—¿A qué te refieres?
La chicharra volvió a sonar.
—Hay alguien en la puerta —dijo Michelle—. Tenemos que abrir.
423
—Se acercó al enorme botón rojo en la pared junto a la recepción, lo
presionó y lo sostuvo hasta que la traba de la puerta se abrió y un
hombre y una mujer entraron al recibidor acristalado. Michelle
sostuvo la puerta hacia el área de recepción—. Si no es molestia,
¿podrían registrarse? —le indicó a la pareja que cumplió sin
comentarios antes de dirigirse al corredor.
—¿De qué estás hablando? —insistió Caroline en cuanto se
fueron—. No pudiste tener nada que ver con la desaparición de
Samantha.
—Sentía resentimiento hacia ella —afirmó con lágrimas en sus
ojos—. Era tan preciosa y perfecta. Nunca lloraba. Nunca hacía
nada mal. Tú tenías una mirada soñadora cada vez que la veías.
Como si nunca te cansaras de ella. Recuerdo querer que me
miraras a mí de esa forma y pensar que sería tan bueno si ella solo
se fuera…
—Eras una niña. El solo hecho de que desearas que
desapareciera no te daba el poder de hacer que sucediera. No
puedes culparte…
—Tú no lo entiendes. —Michelle negó con la cabeza, frustrada.
—Entonces, dime. ¿De qué me estoy perdiendo?
—Yo estaba despierta.
—¿Qué? —Caroline cayó hacia atrás contra el escritorio, como si
hubiera sido golpeada.
—La noche en que se llevaron a Samantha. Yo estaba despierta.
—¿Estabas despierta? —repitió Caroline. Su mente se esforzaba
por acompañar a su voz—. ¿Sabes lo que ocurrió? ¿Viste quién se
la llevó?
La voz de Michelle se volvió muy aguda, como si tuviera cinco
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años otra vez.
—No recuerdo qué me despertó, si es que había estado soñando
o si escuché que se abrió la puerta y eso me despertó. Solo
recuerdo estar en la cama y escuchar que alguien se movía en la
otra habitación y yo sentí miedo porque, de alguna forma, supe que
no eras tú. Y luego entraron en nuestra habitación y yo cerré los
ojos y fingí estar durmiendo. Sentí que alguien pasaba junto a mi
cama, abrí los ojos muy ligeramente y vi que habían sacado a
Samantha de la cuna y la habían puesto en alguna clase de
cargador. Y entonces volví a cerrar los ojos y los mantuve cerrados,
incluso después de escuchar la puerta cerrarse. Podía escuchar la
música que llegaba del restaurante de afuera, a personas riendo.
Luego esperé a que devolvieran a Samantha. Y no comprendía qué
estaba pasando. Más tarde me quedé dormida. Y lo próximo que
supe fue que tú estabas gritando.
Caroline luchó por encontrarle sentido a lo que estaba
escuchando.
—¿Viste a alguien tomar a Samantha? ¿Por qué no lo dijiste?
¿Por qué no dijiste nada?
—Lo hice.
—¿Cómo que lo hiciste?
—No a ti. Estabas más que histérica. También papá. Él estaba
gritando. Todos estaban corriendo, gritando que Samantha no
estaba, luego la policía llegó y la habitación se llenó de personas.
Tus amigos estaban ahí, el tío Steve y Becky y personas del hotel.
Todos estaban hablando al mismo tiempo. Tenía miedo. Estaba
confundida. Y… y…
La recepcionista voluntaria reapareció repentinamente, abrió la
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puerta de cristal y asomó la cabeza lentamente por el corredor,
como una tortuga que emerge curiosa de su caparazón.
—Lárgate —dijo Caroline sin mirar en su dirección.
La mujer se retiró al instante.
—Y luego la abuela Mary llegó y me llevó a casa —continuó
Michelle sin que la animara.
—Se lo contaste a ella —afirmó Caroline, inexpresiva—. Le
contaste a tu abuela lo que viste.
—Ella insistió en que todo había sido un sueño, que estaba
traumatizada por lo sucedido, que estaba confundiendo la fantasía
con la realidad y que no debía decir nada porque solo alteraría más
a todos. Y el tiempo pasó y ¿qué puedo decir? Era una niña. Parte
de mí realmente se alegraba de que Samantha no estuviera. No
más la dulce bebé que alborotaba a todos. Solo yo. En algún lugar
de mi pequeña mente alterada de cinco años, de hecho pensé que
sin Samantha, te tendría toda para mí. Así que la saqué de mi
mente, me convencí a mí misma de que la abuela Mary tenía razón,
de que lo que creí haber visto había sido solo un sueño, una historia
que inventé después de lo que ocurrió, de que lo que vi no sucedió
en realidad. En algún punto, supongo que simplemente reprimí todo
el asunto. Hasta ayer.
—¿Qué sucedió ayer?
—Todo regresó de golpe. Lo que vi esa noche, lo que escuché. No
fue un sueño. —Michelle miró a su madre—. Sé lo que pasó esa
noche, mami —afirmó, con un nombre que no le había dicho a su
madre desde que era una niña pequeña—. Sé quién se llevó a
Samantha.
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El presente
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desconectó la llamada.
—Caroline —llamó un periodista—, ¿tiene tiempo para algunas
preguntas?
—¿Algo que quiera agregar a lo que ha dicho antes? —gritó otro
cuando ella abrió la puerta y entró.
—Quédense por aquí —dijo antes de cerrar.
—¿Que se queden por aquí? —repitió Hunter desde el recibidor—.
¿Acabo de escucharte decirle a un periodista que se quede por
aquí?
—Confía en mí —dijo Caroline—. Esto es algo por lo que merece
la pena que se queden.
—Habéis vuelto —observó Samantha junto a ellos en el recibidor,
con el alivio por su regreso a salvo claro en su rostro.
—No puedes liberarte de mí tan fácilmente —afirmó Michelle y
sintió el aroma en el aire—. ¿Qué huele tan bien?
—La abuela Mary ha pedido comida china. Todavía queda mucha,
si queréis.
—Mierda.
—¿Alguien me va a decir qué está pasando? —suplicó Hunter.
—En unos minutos. —Caroline caminó al salón y notó las cajas
vacías de comida china y las múltiples botellas de cerveza que
cubrían la mesa de café—. En cuanto lleguen todos los demás.
—¿Quién más vendrá? —preguntó Hunter.
—Invité a algunas personas más. Pensé que debíamos celebrarlo.
—Bueno, quisiera que hubieras llamado para avisarme —comentó
Mary desde el sofá, en donde estaba balanceando un plato de
comida sobre su falda y luchando con un par de palillos de madera
—. Habría pedido más.
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—Está bien. No creo que nadie vaya a estar muy interesado en
comer.
—Así que —le dijo Steve a Michelle mientras se estiraba desde su
silla para servir más fideos en su plato—, entiendo que estabas en
el hospital. He oído que las personas mueren por entrar.
Michelle se quedó rígida.
—Lo siento. Supongo que escuchas eso muy a menudo —
comentó entre risas.
—Me gustaría verlo alguna vez —afirmó Samantha—. Quizás
podría ir contigo algún día.
—Claro.
—¿Realmente vamos a tener estas conversaciones irrelevantes?
—exigió Hunter—. ¿Por esto he corrido hasta aquí como un loco?
¿Qué demonios está sucediendo?
—Lo siento —dijo Caroline—. No debe faltar mucho tiempo.
—¿A quién estamos esperando?
La puerta de un coche se cerró. Hunter se acercó a la ventana.
—¿He corrido hasta aquí por Peggy y Fletcher?
—Creí que merecían estar aquí. —Caroline caminó a la puerta y
los invitó a pasar.
—Bienvenidos —los recibió Mary—. Servíos comida china.
—Gracias —dijo Peggy y miró nerviosamente alrededor de la
habitación—, pero no gracias.
—Tampoco para mí —agregó Fletcher.
—¿Una cerveza? —Steve ofreció una botella recién abierta—. Por
alguna razón comienzo a sentir que algo de alcohol podría ser una
buena idea. —Cuando Peggy y Fletcher lo rechazaron, él mismo
bebió un trago.
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—¿Estamos todos? —preguntó Hunter.
—Aún no.
—Por el amor de Dios, ¿quién más va a venir? —Como si lo
escucharan, un coche se detuvo afuera.
—Sentaos todos —indicó Caroline después de dirigirse a la puerta
y regresar momentos después, con los últimos en llegar detrás de
ella—. Creo que casi todos os conocéis —agregó.
—Tienes que estar bromeando —susurró Hunter.
—Bueno, pero mirad quién está aquí —comentó Steve, dejó su
botella, su plato de comida y se puso de pie.
—¿Conozco a estas personas? —preguntó Mary.
—No creo que os hayáis conocido realmente —respondió Caroline
—. Mamá, te presento a Jerrod y a Rain Bolton. Estaban con
nosotros en México. Creo que ya se habían marchado cuando tú
llegaste.
—Un placer conocerla —dijo Jerrod como si de verdad lo pensara.
Luego sonrió nerviosamente hacia Caroline.
—Y por supuesto que recordáis a Peggy y a Fletcher. —Caroline
sonrió a Rain. Ella vestía unos vaqueros y un jersey de color malva,
ambos varias tallas más pequeñas de lo indicado. Su pelo aún caía
en largas ondas rubias más allá de sus hombros, como si estuviera
en una audición para un papel de uno de esos programas de Las
amas de casa reales. Pero, a pesar de un estiramiento facial que
había vuelto su rostro, antes adorable, casi inmóvil, su
disconformidad era evidente. Había un pánico en su rostro que
ninguna dosis de Botox podría esconder.
—Probablemente no reconozcáis a Michelle —les dijo Caroline.
—Oh, Dios mío —comentó Jerrod—. La pequeña Michelle.
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—Estás muy mayor —agregó Rain.
—Eso pasa —dijo Michelle.
—Y ella es Samantha.
—Samantha, Dios mío —volvió a comentar Jerrod—. Te vi en la
televisión esta tarde. No podía creer lo que veían mis ojos.
Rain soltó una larga y profunda exhalación, no dijo nada.
—He oído que estáis separados —señaló Hunter.
—Lo estamos. Gracias, en parte, a ti. —Admitió Jerrod con una
sonrisa amarga—. Pero cuando el FBI propone una reunión, uno no
puede decir que no. En especial cuando envían a un coche a
buscarte.
—¿El FBI?
—Ese soy yo —intervino Greg Fisher al entrar desde el recibidor,
en donde había estado esperando.
—¿Qué está haciendo él aquí? —preguntó Steve.
—Dijo que le gustaría estar aquí si alguna vez descubríamos la
verdad sobre lo que sucedió la noche en que Samantha
desapareció. Pensé que era correcto concedérselo.
—¿De qué estás hablando? —dijo Hunter—. No sabemos qué
sucedió.
—¿Has recordado algo? —le preguntó Steve a Samantha.
—Por favor, todos, tomad asiento —indicó Caroline.
Rain se apretó junto a Mary, Peggy y Fletcher en el sofá, mientras
que Jerrod ayudó a Greg a llevar algunas sillas de la sala de estar.
Steve se sentó en la silla en la que había estado, mientras que
Hunter se colocó enfrente y Samantha se balanceó en uno de sus
amplios apoyabrazos. Solo Caroline y Michelle permanecieron de
pie.
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—Aún no entiendo lo que Jerrod y yo estamos haciendo aquí —
protestó Rain.
—Pensé que sería de ayuda el recrear esa noche —le informó
Caroline.
—¿Cómo podría ayudar eso? —agregó Steve.
—Creo que debemos comenzar con una breve recreación de esa
semana —continuó Caroline—. Solo para refrescarnos la memoria y
asegurarnos de coincidir en los hechos básicos. Así
comprenderemos cómo se desarrolló todo exactamente.
—¿Cómo se desarrolló qué? —preguntó Fletcher.
—El secuestro de Samantha.
Se hizo un momento de silencio.
—Esto es absurdo —bufó Steve.
—Todos vosotros fuisteis a Rosarito antes que nosotros —
comenzó a relatar, ignorando el comentario de su hermano—.
Recuerdo haber estado muy sorprendida de veros. Y algo
decepcionada, para ser sincera. Había esperado pasar más tiempo
a solas con Hunter y francamente me impactó a quiénes había
decidido invitar. Podía entender a Peggy y Fletcher. Peggy ha sido
mi mejor amiga toda la vida. Pero Jerrod y Rain, bueno, no éramos
amigos particularmente cercanos. Por supuesto, no sabía que
estabas acostándote con mi marido en ese momento, Rain…
—¿De verdad? ¿Esto es necesario? —Rain miró a Hunter, quien
se rehusó a encontrar su mirada.
—Y, en cuanto a ti y a Becky —siguió adelante, hacia su hermano
—, bueno, según recuerdo, Hunter mencionó que toda la idea de la
sorpresa había sido tuya, que casi os habíais invitado vosotros
mismos. Pero Becky y yo no éramos cercanas en ese entonces.
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—Ella siempre estuvo celosa de ti —comentó Mary.
—Mamá, por favor —la regañó Steve—. La pobre mujer está
muerta. ¿Podemos al menos dejarla descansar en paz?
—No —respondió Caroline—. No creo que podamos hacer eso.
Otro momento de silencio.
—¿Qué dices? —reaccionó Steve.
—Que nuestra madre tiene razón. Becky estaba celosa de mí.
Estaba resentida de mi supuestamente perfecto matrimonio, mi
facilidad para tener hijos, mi supuesta vida «perfecta». Y cuando la
oportunidad se presentó…
—¿Crees que ella fue quien se llevó a Samantha? —interrumpió
Peggy—. ¿Cómo es eso posible? ¿Cómo pudo hacerlo?
—Piénsalo. Perdí dos tarjetas magnéticas esa semana. Asumí que
se me habían caído o que las había dejado en algún lugar, pero
Becky pudo haber robado fácilmente al menos una de ellas. Tuvo
muchas oportunidades. Estaba con nosotras todo el tiempo. Y no
olvides que fue una mujer la que llamó para cancelar a la niñera la
noche en que Samantha desapareció.
—Esto es una locura —protestó Steve—. Estas son suposiciones.
No tienes pruebas de que Becky haya robado tu tarjeta magnética o
de que haya cancelado a la niñera. Francamente, estoy anonadado
por tus saltos lógicos. Eres una profesora de matemáticas. ¿Dónde
están tus pruebas?
—Tengo sobradas pruebas de que Becky ha estado involucrada —
afirmó Caroline.
—¿Qué clase de prueba podrías tener? —Ojos incrédulos se
dispararon hacia Samantha—. ¿Estás diciendo que recuerdas algo?
—Samantha no —dijo Michelle—. Yo.
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—¿Tú?
—Vi a Becky.
—¿La viste? ¿Cuándo? ¿Dónde?
—En nuestra suite. En mi habitación. La vi levantar a Samantha
de su cuna.
Surgió un jadeo colectivo en toda la habitación.
—¿Cómo pudiste haber visto algo? —preguntó Rain—. Estabas
dormida.
—No lo estaba.
—¿Estabas despierta? —comentó Hunter, con una voz apenas
audible.
—Lo vi todo.
—Esto es inadmisible —protestó Steve—. Fue hace quince años.
Eras una niña. Incluso aunque estuvieras despierta, ¿quién sabe lo
que viste en realidad?
—Yo sé lo que vi.
—¿Y guardaste silencio durante quince años?
Michelle miró en dirección a su abuela. Su abuela bajó la vista
hacia el suelo.
—Lo reprimí…
—¿Lo reprimiste? Qué conveniente.
—Steve…
—Por el amor de Dios, Caroline. Para hacer algo como eso Becky
debería haber sentido más que resentimiento hacia ti. Tendría que
haberte odiado. Tú la visitaste en el hospital. Viste cuánto se
preocupaba por ti. ¿De verdad crees que era capaz de hacer algo
como eso de lo que la acusas?
—No creo que ella me odiara. Sí creo que estaba desesperada y
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probablemente bastante asustada.
—¿Desesperada por qué? ¿Asustada por qué?
—En el hospital, ella no dejaba de disculparse —Caroline ignoró
su pregunta y continuó—, de decirme cuánto lo sentía. Asumí que
se refería a nuestro distanciamiento, a que no había estado para mí
después de México. Pero ahora me doy cuenta de que estaba
hablando de su participación en el secuestro.
—Su participación en el… ¿Qué eres tú…? —Steve se levantó de
su silla, luego volvió a sentarse y lanzó las manos al aire—.
¿Puedes escucharte a ti misma? ¿Escuchas lo que estás diciendo?
—Sé exactamente lo que estoy diciendo.
—Que tu excuñada, mi exesposa, secuestró a tu hija. ¿Eso es lo
que crees honestamente?
—Ella sabía que Samantha no había sido raptada por un
pervertido. Sabía que ella estaba viva. Me lo dijo, dijo que estaba
segura de que Samantha estaba con personas que la querían…
Pensé que solo intentaba darme esperanzas. Pero ahora sé que
estaba intentando decirme la verdad.
—¿La verdad? Tenía un tumor cerebral. La mitad del tiempo no
sabía lo que decía.
—Y tú te ocupaste de la otra mitad, ¿no es así?
Otro silencio. Otra inhalación colectiva.
—¿Disculpa?
—La mantenías drogada, permanecías a su lado a cada minuto.
Siempre pensé que eso era muy extraño, que repentinamente
cambiaras cuando Becky regresó a la ciudad. Erais tan miserables
entre vosotros cuando estabais casados. No hablasteis después de
vuestro divorcio. Cuando pienso en las cosas ruines que dijiste
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sobre ella… Y luego le encuentran un tumor cerebral, regresa a San
Diego y se ingresa en el hospital de Peggy. Y te llama a ti, entre
todo el mundo. ¿Quieres saber cuál pienso que fue la causa de
eso?
—Absolutamente. Ilumíname —respondió Steve.
—Creo que ella iba a confesar lo sucedido y quería advertirte. Me
dijo que te debía eso.
—¿Por qué necesitaría una advertencia?
—Porque tú estabas ahí con Becky. Porque llevarse a mi hija fue
tu idea.
—Ay, por Dios —susurró Peggy en el perplejo silencio que siguió.
—¿Ahora estás acusándome a mí? —Steve se levantó de un salto
—. ¿Sabes qué? Ya he tenido suficiente de esta basura…
—Siéntese —le ordenó Greg Fisher en tono inequívoco.
—Esto es absurdo —soltó Mary.
—Tú lo sabías —dijo Caroline al girar hacia ella.
—¿Qué? Yo no sabía tal cosa.
—Michelle te dijo lo que vio.
—Una niña de cinco años me dijo lo que soñó —insistió Mary con
tal vehemencia que Caroline casi le creyó—. Estaba confundida.
Estaba histérica. No había forma de que tu hermano tuviera algo
que ver con lo ocurrido esa noche. No lo creí entonces. Ciertamente
no lo creo ahora.
—Fue el tío Steve, abuela. Yo lo vi.
—Lo imaginaste.
—No.
—Esto es ridículo. ¿Por qué haría algo semejante?
—¿Mi idea? —preguntó Caroline—. Necesitaba dinero. ¿Estas
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cosas no se tratan de eso normalmente? Él es un apostador. Becky
había perdido su trabajo. Estaba presionado para conseguir dinero.
—Estás loca —afirmó Steve—. El mercado inmobiliario estaba en
su auge en esos días. Estaba ganando fortunas en comisiones.
—Y perdiéndola con la misma facilidad. ¿Qué ocurrió, Steve?
¿Apostaste al caballo equivocado? ¿Les debías dinero a las
personas equivocadas? ¿Ellos te amenazaron? ¿Les ofreciste algo
a cambio? ¿Finalmente convenciste a Becky de que actuara contigo
o se arriesgara a ser el blanco de un golpe de la mafia?
—¿Un golpe de la mafia? —Steve se echó a reír—. Creo que has
estado viendo demasiada televisión.
—Yo creo que lo estuviste planeando, que te tomaste tu tiempo, a
la espera de la oportunidad correcta.
—Y yo creo que estás olvidando un pequeño detalle —agregó
Steve y se giró en desesperados círculos, como para apelar al buen
juicio de todos los demás—. Yo estaba con vosotros cuando
Samantha fue raptada.
—No —dijo Caroline y negó con la cabeza—. No lo estabas.
—Sí, sí estaba —afirmó Rain—. Estábamos todos juntos. A
excepción de Becky. Ella había subido a su habitación porque tenía
jaqueca.
—Y luego tú subiste a ver a las niñas —le dijo Peggy a Caroline.
—Y cuando regresé, tú ya no estabas —le recordó Caroline a su
hermano.
—Fui a mi habitación para intentar convencer a Becky de que
regresara a la fiesta. Todos vosotros… sabéis eso. No fue mi idea
volver, pero estabais haciéndome sentir tan culpable al respecto…
—Sí, te lo dejamos todo servido, ¿no es así? Solo que tú no
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volviste a tu habitación, porque sabías que Becky no estaba allí. Ella
estaba esperándote en el recibidor, o donde quiera que hubierais
quedado. Todo lo que tenías que hacer era esperar a que yo viera a
las niñas y me marchara.
—Tus tiempos están mal —insistió Steve—. Olvidas que yo estaba
contigo cuando Hunter regresó a ver a las niñas a las nueve y
media.
—Pero él no las vio —afirmó Caroline.
—Eso es verdad —confirmó Jerrod—. Estaba muy ocupado
tirándose a mi esposa.
—¿Tenemos que seguir insistiendo en eso? —preguntó Rain.
—Tú viste a Hunter en el corredor —le recordó a su hermano—.
Tú mismo me lo dijiste. Entonces supiste que no había visto a las
niñas.
—Lo que prueba que Hunter fue un mentiroso, no que yo sea un
secuestrador.
—Lo que prueba que has tenido el tiempo y la oportunidad de
secuestrar a Samantha.
—Así que estás diciendo que Becky y yo robamos a Samantha de
su cuna y luego… ¿qué? ¿Qué hicimos exactamente con ella?
—La pusisteis en alguna clase de cargador —intervino Michelle—.
Un hombre lo tenía. Había estado de pie en la puerta. No pude ver
su cara. Él cerró el bolso y se alejó.
—Has perdido la cabeza.
—Todo resultó exactamente de acuerdo al plan. Incluso mejor, de
hecho —continuó Caroline—. Creíste que tenías media hora para
robar a Samantha y sacarla del país. Resultó que tuviste el doble de
tiempo.
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—¿Cómo podía tener la certeza de que dejaríais a las niñas
solas?
—No la tenías. Pero conocías a Hunter. Sabías que había
preparado una sorpresa especial para esa noche porque, una vez
más, esa sorpresa era tu idea. Sabías que probablemente él pudiera
persuadirme.
—Son demasiadas probabilidades. Y otra vez, ¿cuál es tu prueba?
—«Ven con el tío Stevie» —dijo Michelle con voz aguda.
—¿Qué?
—Eso fue lo que dijiste cuando la tía Becky sacó a Samantha de
su cuna y te la entregó. Dijiste: «Ven con el tío Stevie». Lo mismo
que le dijiste ayer. Fue entonces cuando todo volvió. Entonces supe
con certeza que eras tú.
La habitación quedó en silencio.
La mirada de Steve se disparó hacia Greg Fisher.
—Esto es una loca especulación. No puedo creer esta basura. No
tienen nada…
—Tienen a una testigo visual —dijo Fisher con una sonrisa hacia
Michelle—. Ha sonado muy creíble para mí. —Buscó el teléfono
móvil en su bolsillo trasero, marcó una serie de números y habló
suavemente—. Hay agentes esperando afuera —le indicó a Steve,
lo sujetó del brazo y lo impulsó hacia la puerta—. Querrá contactar a
un abogado.
—No lo va a arrestar realmente —protestó Mary mientras los
seguía afuera.
Los demás permanecieron pegados a sus lugares, incapaces de
moverse, apenas capaces de respirar.
—¿Qué acaba de pasar? —preguntó Jerrod cuando la puerta se
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cerró de un golpe.
Caroline se dejó caer al suelo junto al árbol de Navidad. Sus ojos
pasaron de Hunter a Peggy, Fletcher, Jerrod y Rain, sus rostros
impactados reflejaban sus esfuerzos por encontrarle sentido a todo
lo que acababan de escuchar. Michelle y Samantha se sentaron a
cada lado de ella y aferraron sus manos con fuerza.
«¿Os he dicho que Jerrod nos ha conseguido entradas para ver
Danza con el diablo?» escuchó decir a Rain, una voz que atravesó
quince años y transportó a Caroline de regreso en el tiempo.
Caroline cerró los ojos y vio cómo esa noche se desplegaba
detrás de sus párpados, como si fuera una película que ya había
visto. Solo que esta vez podía reproducir todos los fragmentos.
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Quince años atrás
–¿O sDanza
he dicho que Jerrod nos ha conseguido entradas para ver
con el diablo?
—¿Qué es eso? —Caroline lanzó una mirada en dirección a su
suite y luego a su reloj. Apartó lo que le quedaba de su cena de
langosta, que era la mayoría. Estaba demasiado nerviosa para
comer. Ya casi era hora de ver a las niñas.
—Estaban bien cuando las vi hace treinta minutos —susurró
Hunter—. Están bien ahora. Termina tu comida.
—¿Danza con el diablo? Es solo el mejor espectáculo de
Broadway. Es imposible conseguir entradas, en especial en el fin de
semana de Acción de Gracias. Pero mi Superman lo ha conseguido.
—Lanzó un brazo posesivo sobre los hombros de su esposo y una
mirada en dirección a Hunter.
—Así que pasarás Acción de Gracias en Nueva York. Qué
afortunada —comentó Becky.
—¿Qué haréis vosotros? —Rain sonrió.
—Mi madre siempre organiza la cena de Acción de Gracias en su
casa —respondió Steve. Le proporcionó el anzuelo perfecto a Becky
y se preguntó si lo aceptaría. Ella había estado vacilando todo el
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día, amenazando con no seguir el plan.
—Podéis imaginar cuán ansiosamente lo espero —comentó Becky
en línea con el anzuelo de Steve. Sabía lo que estaba en juego, que
los hombres con los que su marido estaba tratando no eran de los
que veían amablemente un cambio de opinión. Un hombre ya
estaba allí en Rosarito; había volado en un avión privado antes ese
día y, en ese preciso momento, estaba esperando pacientemente en
el recibidor, con el cargador especial que había llevado para
esconder a Samantha.
«No hagas que estas personas se enfaden», le había advertido
Steve.
Aun así, ella no estaba segura de poder seguir adelante. Sin
importar cuánto intentara racionalizar lo que estaban a punto de
hacer, sin importar cuántas veces se dijera a sí misma que no tenía
opción, que las descuidadas apuestas de Steve habían puesto las
vidas de ambos en peligro, sin importar cuántas veces se dijera a sí
misma que Caroline sobreviviría a la pérdida de su hija (aún tenía a
una pequeña niña saludable; siempre podría volver a embarazarse;
Samantha iría a un hogar lleno de amor; a la perfecta vida de cuento
de hadas de Caroline le serviría un baño de realidad), ella no sabía
si sería capaz de provocar tal dolor en una mujer de la que había
sido cercana una vez.
Aun así, ¿qué opción tenía?
Steve miró a su esposa, en silencio la instaba a no complicar las
cosas. Era importante que comenzaran despacio. Su discusión
debía sonar como otro de sus interminables argumentos. Lo que
debía ser fácil. Parecía que todo lo que hacían era pelear.
—No empecemos.
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—Deja de mirar tu reloj —le dijo Hunter a Caroline. Él comprobó
su propio reloj y sintió una emoción en su estómago ante la idea de
su próximo encuentro con Rain. De inmediato fue acompañado por
una indeseable punzada de culpa. No por el romance en sí mismo.
Él había estado teniendo aventuras casuales y sin importancia
durante años. Esta no era diferente, a excepción de la emoción
agregada de que estuviera sucediendo justo bajo las narices de su
mujer. Pero ese era su aniversario, por el amor de Dios.
Seguramente le debía a Caroline el no traicionarla esa noche, entre
todas las noches. Pero ella había pensado poco antes en casi
cancelar la cena y había pasado toda la noche preocupada por las
niñas. Ellas eran su prioridad, no él.
—¿Sabes lo que me dijo mi querida suegra el último día de Acción
de Gracias? —dijo Becky para condimentar la puesta en escena—.
Ella había estado en un funeral y yo cometí el error de preguntar
cómo había estado, y ella dijo, cita textual: «Fue un servicio
adorable. Su hija escogió un hermoso ataúd. Mucho más bonito que
el que tú escogiste para tu madre».
Steve se sobresaltó, a pesar de la charada. ¿De verdad tenía que
volver a mencionar eso?
—Os aseguro que no dijo tal cosa —protestó.
—Eso fue exactamente lo que dijo.
—Estás exagerando. Como siempre.
—Y tú estás defendiéndola. Como siempre.
—Así que ¿de qué os sentís agradecidos? —interrumpió Peggy en
un esfuerzo por evitar que su discusión ascendiera fuera de control.
Era el aniversario de su mejor amiga. ¿Steve y Becky realmente no
podían pasar ni una noche sin pelear?—. Vamos. Tres cosas, sin
445
contar salud, familia y amigos. Asumiremos que estáis agradecidos
por eso.
—Nunca asumas nada —dijo Becky. Ay, por Dios. ¿Realmente
puedo seguir adelante con esto?
—Ah, esto es divertido —afirmó Rain y aplaudió—. ¿Puedo
empezar?
Peggy abrió las palmas de sus manos para indicar que podía
hablar, repentinamente agradecida por la presencia de Rain.
Normalmente era una persona positiva, que se esforzaba por
encontrar algo admirable en todos, Peggy había estado luchando
toda la semana con sus sentimientos hacia Rain, sentimientos que
oscilaban entre ligero entretenimiento, tensa impaciencia y abierta
antipatía. La verdad era que simplemente no confiaba en ella. Había
algo taimado en ella, la forma en que sus cumplidos siempre
incluían un rastro de crítica. «Toda broma esconde una verdad»,
solía decir su madre. Aun así, era bueno saber que podía contar con
Rain para algo. En ese caso, era entretenerse por algo que le diera
la oportunidad de hablar de sí misma.
—Bueno, primero, obviamente, doy las gracias por pasar Acción
de Gracias en Nueva York y no en una horrible reunión familiar, sin
ofender. Segundo, doy las gracias por el nuevo collar que Jerrod me
regaló. Y tercero, agradezco que las canas no sean algo de familia.
Tu turno —le sonrió a Caroline.
—Doy las gracias por esta semana —dijo Caroline—. Doy las
gracias por estar celebrando diez años de relativa felicidad
matrimonial.
—¿Qué quieres decir con relativa? —preguntó Hunter. ¿Qué clase
de comentario era ese?
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—Brindaré por esa relatividad —dijo Jerrod, y levantó su copa
para brindar y pensó que sería un milagro si él y Rain llegaban a su
décimo aniversario. Sospechaba que ella ya estaba inquietándose.
De ahí que fueran a pasar Acción de Gracias en Nueva York. De ahí
que tuviera ese caro diamante alrededor de su cuello.
—Adelante —indicó Peggy—. Una cosa más por la que estás
agradecida.
—Estoy agradecida por el océano.
—¿De verdad? —pregunto Rain.
Mis sentimientos exactos, pensó Steve. ¿El océano? Es
precisamente la clase de sentimentalismo que papá hubiera dicho. Y
qué perdedor era.
—Doy las gracias porque el mercado inmobiliario de San Diego
sea tan fuerte. —No lo suficientemente fuerte, por cierto. Nunca es
lo suficientemente fuerte—. Doy la gracias por haber logrado
persuadir a Hunter de dejar que viniéramos con ustedes a la
hermosa Rosarito para ayudaros a celebrar. —No puedo esperar a
largarme de aquí—. Doy las gracias especialmente porque mi madre
sea tan buena cocinera. —Miró a Becky al otro lado de la mesa con
los ojos entornados. La bola está en tu cancha, decían sus ojos.
—Dices muchas estupideces —Becky cumplió.
—¿Acaso nuestra madre no es una buena cocinera?
—De hecho es una gran cocinera —coincidió Caroline—. Y
también dices puras estupideces.
Todos se rieron.
Y tú eres muy petulante, pensó Steve. Veamos lo petulante que
eres más tarde.
Becky notó el enfado que centellaba en los ojos avellana de Steve,
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como un repentino rayo en el cielo. Siempre había despreciado a su
hermana mayor, minimizaba sus logros y menospreciaba su
confortable estilo de vida, pero hacía poco que Becky había notado
que su enemistad iba mucho más allá.
Él siempre había sido el preferido de su madre, toda su vida le
había dicho que era especial, que todo lo que tenía que hacer era
enseñar esa sonrisa matadora y el mundo estaría a sus pies. Su
encanto solo le daba impulso, antes de que las personas empezaran
a esperar más. Querían ver detrás de esa sonrisa matadora y
quedaban inevitablemente decepcionadas al descubrir que no había
mucho más allí. Había fallado en todo lo que había intentado,
probablemente porque nunca se había esforzado lo suficiente. De
hecho, en su más reciente actuación como agente inmobiliario,
cuando los tiempos eran tan buenos que todo lo que había que
hacer era una presentación para recibir una comisión de seis cifras,
él no se molestaba en hacer siquiera eso. Pronto, los vendedores
llevaron su negocio a otros agentes; los compradores fueron a otros
sitios. Las comisiones se redujeron. El poco dinero que ganaba, lo
perdía en apuestas. Su madre siempre había estado allí para
liberarlo, pero ni siquiera ella podía ayudarlo esta vez. Tenían
deudas hasta la coronilla. Le debían dinero a todo el mundo, a
personas que con mucho gusto borrarían esa sonrisa matadora de
su rostro.
Y allí estaba Caroline, su hermosa y aburrida hermana, una
profesora de matemáticas, por el amor de Dios, que se ocupaba de
sus cosas en silencio y parecía tener todas las respuestas. ¿Cómo
demonios había pasado eso?
Becky frotó su frente. Estaba sufriendo una jaqueca. Las había
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sufrido con mucha frecuencia últimamente. Probablemente por el
estrés de un mal matrimonio, combinado con el más reciente estrés
de lo que estaba a punto de hacer. ¿Finalmente podría seguir con el
plan? ¿Realmente podría ser parte de algo tan terriblemente
malvado?
—Tu turno, Becky —indicó Rain.
—Lo siento. He tenido una terrible jaqueca toda la tarde y parece
estar empeorando. —Sus ojos se llenaron de lágrimas. No intentó
ocultarlas ni limpiarlas—. Si me disculpais —agregó, empujó su silla
y se levantó.
—Ah, siéntate —dijo Steve—. Estás bien. No te comportes como
una estrella.
—Vete al diablo. —Becky se giró y se alejó a paso firme.
Bien hecho, pensó Steve al verla alejándose. No tenía que
preocuparse. Tal vez no eran tan mala pareja después de todo.
Para cuando llegó al recibidor, los ojos de Becky estaban secos.
Se escondió detrás de un extenso arreglo floral que le dejaba una
vista panorámica de la zona. Todo lo que tenía que hacer era
esperar.
—¿No deberías ir tras ella? —le preguntó Fletcher a Steve.
—¿Qué, crees que estoy tan loco como ella?
—Debería ir a ver a las niñas —dijo Caroline.
—Vuelvo enseguida. —Hunter se levantó para besarla en la
mejilla.
—Ah. Qué dulce —comentó Rain. Me dan náuseas, pensó.
Caroline estaba más que feliz de alejarse. Su celebración de
aniversario no estaba resultando para nada alegre. Rain estaba
poniéndola nerviosa y Hunter parecía distraído. Además, estaba
449
preocupada, no solo por las niñas, sino por su hermano y Becky
también. Porque no creyeran que pelear en público no era
precisamente una buena señal. Dudaba de que su matrimonio
sobreviviera a ese año.
Avanzó hacia los ascensores, sin saber que Becky estaba
observando desde atrás de uno de los muchos enormes arreglos de
coloridas flores frescas. Salió del ascensor en el sexto piso y
recorrió de prisa el corredor mientras escuchaba el imaginario llanto
de sus niñas filtrándose por las paredes. Pero, cuando abrió la
puerta de su suite, solo escuchó el reconfortante eco del silencio. Un
rápido vistazo probó que las niñas estaban profundamente dormidas
en sus camas. Hunter tenía razón, pensó. He sido tonta al
preocuparme.
—¿De verdad creen que debería ir tras ella? —preguntó Steve en
cuanto su hermana se retiró. No podía permitirse dejar la mesa tan
pronto. Tampoco podía esperar demasiado. El tiempo era crítico si
querían que funcionara.
—Yo iría, si fuera tú —afirmó Fletcher.
—Recuérdale que se supone que deberíamos estar celebrando —
agregó Peggy.
—Solo dile que lo sientes y acaba con eso —aconsejó Jerrod—.
Recuerda, mujer feliz, vida feliz.
—Bien. —Steve empujó su silla y se levantó—. Haré esto por
vosotros. —Caminó hacia el recibidor e hizo señales, primero a
Becky, luego a un hombre calvo vestido con ropa informal que
estaba sentado tranquilamente en una gran silla de mimbre. El
hombre estaba leyendo un folleto, con un gran bolso de mano a sus
pies.
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¿Qué demonios está haciendo Caroline que tarda tanto?, se
preguntó Becky cuando el tiempo pasó y Caroline aún no regresaba.
Todo lo que tenía que hacer era ver a las niñas y marcharse. A
menos que una de las niñas se hubiera despertado y entonces, todo
el plan estaría terminado. ¿Qué harían si fuera así?
¿Qué demonios está haciendo allí arriba?, también estaba
pensando Steve mientras fingía usar el teléfono público y vigilaba
los ascensores cercanos. Podía sentir la mirada del hombre calvo
haciendo un hoyo del tamaño de una bala en la espalda de su
camisa de lino beis. Si tardaba mucho, probablemente Hunter se
pusiera nervioso y subiera también. ¿Y eso dónde los dejaría a
ellos?
Fue entonces que un ascensor se abrió y Caroline emergió de él.
Miró directo al frente mientras atravesaba el recibidor hacia el
restaurante. En cuanto desapareció de la vista, Steve se dirigió a los
ascensores y Becky y el hombre calvo lo siguieron casualmente.
Becky entró en el primero, Steve y el hombre en el segundo.
Avanzaron individualmente por el corredor del sexto piso; Becky fue
la primera en llegar a la suite. Sacó la tarjeta que había robado del
bolso de Caroline antes esa semana y abrió la puerta.
La sala estaba oscura y Becky casi tropezó con la mesa de café.
—Mierda —balbuceó.
—Shh —advirtió Steve y llevó los dedos a su boca para
enfatizarlo.
Shh a ti, pensó Becky mientras seguía a su marido a la habitación
de las niñas. El hombre con el bolso de mano esperó en la puerta.
Becky se acercó rápido a la cuna, aliviada al notar que Michelle
estaba enterrada debajo de las sábanas y que Samantha dormía
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pacíficamente sobre su espalda. Se inclinó, con cuidado levantó a la
niña en sus brazos y la acunó debajo de su mentón. Samantha
gorgoteó, pero no se despertó. Era tan suave, tan dulce, pensó
Becky, y volvió a inclinarse hacia la cuna. No era demasiado tarde.
Aún podía devolver a la niña y nadie lo sabría.
Fue entonces que escuchó el áspero murmullo de su marido.
—Ven con el tío Stevie —dijo, tomó a Samantha de los brazos de
su esposa y la llevó de prisa con el hombre que esperaba en la
puerta. Él dejó a la niña en su bolso de mano, vio cómo el hombre lo
cerró y salió por el corredor.
Todo el negocio necesitó menos de cinco minutos.
—Ay, Dios —susurró Becky—. ¿Qué hemos hecho?
—Cierra la boca —le ordenó Steve—. Está hecho.
Esperaron unos minutos más, hasta que estuvieron seguros de
que el hombre había dejado las instalaciones, y luego salieron de la
suite, bajaron al recibidor por ascensores separados y regresaron a
su habitación en la otra ala.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Becky al sentarse en la
cama, con la cabeza palpitando.
Steve comprobó su reloj. Pronto sería el turno de Hunter de ver a
las niñas. Entonces, se desataría el infierno.
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Caroline vio a su esposo y a Rain tomar sus caminos separados
en la entrada del restaurante.
Solo que, por supuesto, no tomaron caminos separados en
absoluto. Hunter dio la vuelta y encontró a Rain en los ascensores
que subían a su ala del hotel. Vería a las niñas después, asumiendo
que le quedara tiempo. Si no, no lo haría. Las habían estado viendo
toda la noche. ¿Y para qué? No les iba a pasar nada. Ya había
dejado a Samantha sola mientras dormía la siesta durante veinte
minutos esa tarde y había estado perfectamente bien. No es que le
hubiera hablado a Caroline de eso. ¿Cómo podía hacerlo, después
de todo, si había estado con Rain? Afortunadamente había tenido
tiempo de darse una ducha antes de que ella regresara. Además,
ella estaba siendo irracional y sobreprotectora. Si se descuidaba, se
convertiría en su madre. Lo que no era justo, sabía él, incluso
mientras lo pensaba. Caroline no se parecía en nada a su madre.
Pero lo hacía sentir mejor, un poco menos culpable, el pensar mal
de ella, el fingir que su traición era al menos parcialmente culpa de
ella.
—Ven aquí —dijo Rain en cuanto las puertas del ascensor se
cerraron. De inmediato sus manos estuvieron en la cremallera de los
pantalones de él.
—Oye —advirtió Hunter, agradecido de que no hubiera cámaras
en los ascensores. O en ningún lugar del hotel, en tal caso, lo que
hacía mucho más sencillo el escabullirse por él—. Tenemos que
tener cuidado. ¿Y si nos cruzamos con Steve o Becky? —Les
habían puesto palos en la rueda a sus planes con su abrupta e
inesperada partida.
—Al diablo con ellos —respondió Rain entre risas—. Pensaremos
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en algo. He estado esperando toda la noche para ponerte las manos
encima. No esperaré más.
Hunter estuvo a punto de reír ante la urgencia en su voz y se
avergonzó al verse tan excitado.
Ella ya casi le había quitado la chaqueta para cuando llegaron a
su habitación.
—Eres tan sexy —gimió al tirar de sus pantalones y ponerse de
rodillas.
Él deseó que se callara. Ese era el problema, estaba pensando él
mientras ella lo guiaba hacia su boca. Ella hablaba demasiado.
—Ven con mamá —dijo.
Y luego, afortunadamente, se quedó en silencio.
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—¿Qué?
—Estoy casi seguro de que acabo de ver a Hunter.
—¿Qué? Eso es imposible. ¿Qué estaría haciendo aquí?
—Yo me pregunto lo mismo.
—No crees que…
—Creo que acabamos de ganarnos otros treinta minutos.
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El presente
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—¿Dónde está Michelle? —Caroline sonrió.
—Preparándose para ir a dormir. Deberías venir también.
—Lo haré. —Suspiró—. ¿Cómo estás tú?
—Bien. Ha sido toda una noche.
—Así es. —Mi propio hermano, estaba pensando. Que su cuñada
pudiera hacer algo tan despreciable ya era malo, pero su propio
hermano. ¿Realmente la había odiado tanto?
O peor, ¿no le había importado en absoluto?
Jerrod y Rain se habían marchado casi inmediatamente después
de que Greg Fisher escoltara a Steve al coche policial, que Mary
siguió hasta la estación en el Buick de su hijo.
—Allí va nuestro chofer —había remarcado Rain. Peggy solo pudo
negar con la cabeza.
—Al menos es consistente. Debéis concederle eso. —Miró a
Hunter—. Eres un idiota —le dijo.
—No lo discutiré —coincidió Hunter—. Lo siento, Caroline —volvió
a disculparse.
—No fue tu culpa —afirmó ella—. Resulta que aunque no hubieras
estado con Rain, aunque sí hubieras visto a las niñas, era
demasiado tarde. Samantha ya no estaba.
—Gracias por eso —dijo él y se dirigió a la hija que había perdido
—. No sé qué decir.
—No tienes que decir nada —respondió Samantha.
—Espero que me des la oportunidad de compensarte.
Ella asintió y le permitió que la sujetara entre sus brazos.
—Te llamaré mañana. —La besó en la frente.
—De acuerdo.
Peggy y Fletcher habían ayudado a Michelle a limpiar antes de
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irse.
—Intenta dormir —había aconsejado Peggy—. Habrá otro circo
mediático mañana.
Tenía razón, Caroline lo sabía. El arresto de su hermano implicaba
más preguntas, más titulares, más escrutinio público. Estaba bien.
Ya tenía quince años de práctica. Podría con ello.
El teléfono sonó.
—¿Quién llama a esta hora? —preguntó Samantha mientras
Caroline contestaba el teléfono.
—Hola, mamá —dijo, sin siquiera molestarse en ver el
identificador.
—¿Cómo pudiste hacerlo? —exigió Mary.
—¿Cómo pude yo?
—Lo han arrestado. Con cargos por secuestro. ¿Sabes que no
hay prescripción para un secuestro? ¿Que es un crimen federal?
Podría pasar el resto de su vida en prisión.
—Que no es menos de lo que merece.
—Tienes que hablar con ellos, convencerlos de que todo esto es
un trágico error. Michelle no sabe lo que está diciendo. Ella no sabe
lo que vio.
—Ella sabe exactamente lo que está diciendo. Sabe exactamente
lo que vio.
—Aunque eso fuera verdad, y no estoy diciendo que lo sea, ha
pasado hace muchos años, querida. ¡Quince años!
—¡No me importaría aunque fueran cincuenta años!
—Entiendo que estés enfadada. De verdad. Pero ¿qué ganas al
poner a tu hermano en prisión? Samantha está en casa. Tienes a tu
niña de regreso. Por favor, no me quites al mío.
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Caroline apenas podía creer lo que escuchaba. Aun por parte de
su madre, eso era demasiado.
—Él no es un niño, mamá. Es un hombre adulto que ha cometido
un indescriptible acto…
—Él estaba desesperado. Si él estaba involucrado con una mafia,
como tú misma has sugerido, lo habrían matado. Tal vez a ti
también. Él no sabía qué más hacer.
—¿Realmente estás sugiriendo que él hizo esto para protegerme
a mí? ¿Que no tenía más opción que secuestrar a mi bebé?
—Estoy diciendo que no sabía qué más hacer. Él es débil,
querida. Siempre ha sido débil. No como tú. Tú eres fuerte. Siempre
has sido muy segura de ti misma. Hay una respuesta correcta y una
respuesta equivocada. Ese siempre ha sido tu lema.
—¿Y la respuesta correcta en este caso sería dejarlo libre?
—Lo que sucedió fue una tragedia, querida. No hay dudas de eso.
Pero tiene un final feliz. Lo correcto sería dejar esto atrás y seguir
adelante.
—No creo poder hacer eso.
—Entonces piensa en la terrible publicidad, en la indignidad de un
juicio…
—Te aseguro que ya estoy mucho más allá de preocuparme por la
indignidad.
—Estoy suplicándote que no hagas esto.
—Estás pidiendo demasiado.
Un largo silencio, seguido por un bajo gemido de su madre.
—Él nunca será condenado —aseguró—. Es la palabra de
Michelle contra la suya. La palabra de una joven confundida y
resentida que haría lo que fuera por llamar la atención…
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—Adiós, mamá.
—Solo piensa en lo que estás haciendo. Él es tu hermano, por el
amor de Dios.
—No —dijo Caroline—. Ya no lo es. Pero él definitivamente sí es
hijo tuyo. —Luego presionó la tecla para desconectar la llamada.
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—¿Cómo podría quererla si me ha mentido durante quince años?
—Porque lo haces —dijo simplemente—. Porque, durante quince
años, ella fue la única madre que has conocido. Porque ella te quiso
y cuidó de ti. Y, por más que haya hecho otra cosa, por más que lo
supiera o no, tengo que darle las gracias a ella por eso.
—Quizás la llame tarde o temprano. No lo sé. —Samantha se
acurrucó a su lado.
—No tienes que decidir nada esta noche.
—Será extraño no pasar la Navidad con mis hermanos.
—Bueno, tal vez puedan venir de visita algún día. —Caroline
levantó la vista y vio a Michelle de pie en la puerta.
—¿Esta es una fiesta privada? —preguntó Michelle.
—Ciertamente lo es —respondió Caroline con una sonrisa—. Solo
se admiten madres e hijas.
Michelle se acercó a la cama, con una pequeña bolsa de papel en
su mano. Se la ofreció a Caroline.
—¿Qué es?
—Es para el árbol. Lo compré esta mañana. Cuando estaba
caminando sin rumbo. Intenté conseguir una estrella, o un copo de
nieve gigante, pero todo lo que tenían eran ángeles. No es que crea
en esas cosas. Es solo que era todo lo que tenían.
—Es adorable —afirmó Caroline al sacar el ángel de brillos
blancos de la bolsa y dejarlo en la mesa de noche junto a su cama
—. Puedes colocarlo en el árbol por la mañana. —Apagó el
televisor, apartó las mantas y llamó a Michelle—. Ven. Duerme aquí
esta noche. Hay lugar de sobra.
—No. Está bien.
—Por favor —dijeron Caroline y Samantha al unísono. Michelle
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dudó, pero solo un momento.
—De acuerdo. Pero os advierto —agregó al subir a la cama junto
a su madre—, me muevo demasiado.
—Puedes bailar, si es por mí.
—Bien podría hacerlo. —Michelle se extendió, apagó la lámpara y
colocó su espalda en la curva cóncava del estómago de Caroline.
—Buenas noches, Micki —dijo su madre y besó su hombro.
—En realidad, creo que prefiero Michelle.
—Buenas noches, Michelle —dijo Samantha de inmediato.
—Buenas noches, Samantha.
Caroline sonrió cuando la mano de Samantha la rodeó por la
cintura. En algún momento, sería indudablemente beneficioso para
todos tener terapia familiar, pero se ocuparía de eso más adelante.
En ese momento todo lo que quería era disfrutar de eso, de estar
recostada, con los latidos de los corazones de sus hijas al compás
del suyo. Sus ojos se llenaron de lágrimas y silenció un sollozo.
—No vas a mojar toda la almohada, ¿o sí? —preguntó Michelle.
—Bien podría hacerlo —respondió con las mismas palabras de su
hija.
—De acuerdo, pero intenta mantener el ruido al mínimo, ¿está
bien?
—Lo intentaré.
—Buenas noches, mami —dijo Michelle.
—Buenas noches, mami —repitió Samantha.
Lágrimas de gratitud corrieron libremente por las mejillas de
Caroline
—Buenas noches, mis preciosas, preciosas niñas.
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AGRADECIMIENTOS
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A Lindsey Kennedy y Allison Schuster, que trabajan en publicidad
y marketing; gracias por todos vuestros esfuerzos para sacar este
libro al mundo. Y a Scott Biel por su increíble diseño de cubierta.
Eres asombroso.
Un agradecimiento especial a todas las personas en Penguin
Random House, Canadá, aunque de verdad desearía que la
reciente fusión de la compañía hubiera escogido el nombre de
Random Penguin, simplemente porque es una imagen maravillosa.
A Brad Martin, Kristin Cochrane, Adria Iwasutiak, Val Gow,
Constance McKenzie, Martha Leonard, Amy Black, Erin Kelly y a
todos los involucrados en la publicación de mis libros, gracias por su
continuo apoyo y su trabajo duro. Tuvisteis visión para hacer que
mis novelas fueran un éxito y ha funcionado, y por eso estoy más
que agradecida. También estoy agradecida con Nita Pronovost. A
pesar de que ya no sea parte de PRH, sentí su mano guiando la mía
al podar y recortar el manuscrito, para despojar la prosa de
desórdenes y repeticiones innecesarias. Te deseo todo lo mejor en
tu nuevo puesto.
Un sentido agradecimiento a Corinne Assayag en World Exposure,
la compañía que fundó, mientras que recorría su camino en la
escuela de leyes, y que creció hasta ser tan exitosa que ella nunca
llegó a practicar la ley. Recientemente ha rediseñado mi sitio web
([Link]) para hacerlo más interactivo y artístico y creo que
ha tenido un éxito brillante. Hacedme saber si estáis de acuerdo.
Una vez más, gracias a mis numerosas editoriales alrededor del
mundo y a sus maravillosos traductores. Por favor, seguid haciendo
lo que habéis estado haciendo todos estos años. Como sea que mis
palabras estén siendo reconfiguradas y expresadas, obviamente
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está funcionando.
Una mención especial para Helga Mahmoud-Trainer en Alemania,
junto con una advertencia de que se cuide.
A mis editores que recientemente se han unido a la fusión,
bienvenidos a bordo. Espero que disfrutéis del viaje.
Gracias a Annie, Courtney, Renee y Aurora por todo el amor y la
ayuda que me ofrecéis a diario. Os quiero también. Y a mis
preciosas nietas, a quienes he dedicado este libro, os deseo que
tengáis en vuestras vidas toda la felicidad que le habéis dado a la
mía. Sois las mejores.
Estos agradecimientos estarían incompletos sin una mención a mi
propia abuela Mary, la madre de mi padre, fallecida hace tiempo, la
mujer más despreciable que ha pisado esta Tierra. Ella ha sido la
inspiración para la abuela Mary y, mientras que esta novela es
incuestionablemente un trabajo de ficción, muchas de las citas
atribuidas a ella han salido directamente de su boca. Hay algunas
veces en las que, como Caroline observa: «Es increíble que se le
ocurra decir estas cosas».
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Joy Fielding (Toronto, [Link].1945), de nombre de soltera Joy
Tepperman, se graduó en Literatura Inglesa en 1966 en la
Universidad de Toronto. Ha trabajado como actriz cinematográfica y
ha escrito guiones.
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- La última pieza, 1997 (1999)
468
Índice
Sobre este libro
Portadilla
Dedicatoria
[Link] presente
2. Quince años atrás
3. El presente
4. Quince años atrás
5. El presente
6. Quince años atrás
7. El presente
8. Quince años atrás
9. El presente
10. Quince años atrás
11. El presente
12. Catorce años atrás
13. El presente
14. Diez años atrás
15. El presente
16. Seis años atrás
17. El presente
18. Cinco años atrás
19. El presente
20. Cinco años atrás
21. El presente
22. Cinco años atrás
23. El presente
24. El presente
25. El presente
26. El presente
27. El presente
28. El presente
29. El presente
30. El presente
469
31. El presente
32. El presente
33. El presente
34. El presente
35. El presente
36. El presente
37. Quince años atrás
38. El presente
Agradecimientos
Sobre la autora
Índice
Créditos
470
Título original: She's Not There
Editor original: Ballantine Books, un sello de Random House,
división de Penguin Random House LLC, New York.
Traducción: María Laura Saccardo
ISBN: 978-84-17780-23-4
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