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Comunicación en Barrios Populares

La fundación de un barrio: herramienta para pensar las bases antropológicas de la comunicación popular, por José Javier León Buitrago Universidad Bolivariana de Venezuela (Venezuela)

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La fundación de un barrio: herramienta para pensar las bases antropológicas de la comunicación popular, por José Javier León Buitrago Universidad Bolivariana de Venezuela (Venezuela)

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La fundación de un barrio: herramienta para pensar las bases antropológicas de la comunicación popular

José Javier León Buitrago


Question, Vol. 1, N.º 57, e018, enero-marzo 2018. ISSN 1669-6581
[Link]
FPyCS | Universidad Nacional de La Plata
La Plata | Buenos Aires | Argentina
Recibido: 21-10-2017 Aceptado: 23-11-2017
Cita sugerida: León Buitrago, J. (2018). La fundación de un barrio: herramienta para pensar las bases antropológicas
de la comunicación popular. Question, 1(57), e018. doi: [Link]

La fundación de un barrio: herramienta para pensar las bases


antropológicas de la comunicación popular

The foundation of a neighborhood: tool to think the anthropological bases


of the popular communication

José Javier León Buitrago


Universidad Bolivariana de Venezuela (Venezuela)
joseleon1971@[Link]

Resumen

El artículo desglosa categorías que buscan explicar el proceso de fundación de un barrio (para
el caso, El Renacer, ubicado en la periferia oeste de Maracaibo, estado Zulia, al occidente de
Venezuela) con el fin de aportar elementos para pensar la comunicación desde una perspectiva
antropológica. Revisa los orígenes del barrio, el sentido y el sentimiento de comunidad que
tienen sus habitantes, la naturaleza de los conflictos que se presentan, las formas de
apropiación de la tierra, de la vivienda y de los servicios y, finalmente, su consolidación. Los
conceptos desde la teoría consultada buscan responder a la pregunta: ¿cómo se funda un
barrio? En la respuesta se conjugan las definiciones de migración, ocupación de la tierra,

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organización para el asentamiento, la autogestión de los servicios, la autoconstrucción y en
especial, la participación preponderante y crucial de la mujer. A ello se suman los problemas
que se derivan de la nacionalidad, específicamente colombiana y la condición étnica wayuu.
Las conclusiones describen formas de comunicación que hacen posible la sobrevivencia, la
organización y la vida comunitaria.

Palabras clave: migración; comunidad; organización; autogestión.

Abstract

The article breaks down categories that seek to explain the process of founding a neighborhood
(for the case, The Reborn, located in the periphery west of Maracaibo, Zulia State, Western
Venezuela) in order to provide elements to think communication from an Anthropological
perspective. Check the origins of the neighborhood, the sense and feeling of community that its
inhabitants have, the nature of the conflicts that arise, the forms of appropriation of the land, of
housing and services and, finally, its consolidation. The concepts from the consulted theory
seek to answer the question: How is a neighborhood founded? The response conjugates the
definitions of migration, land occupation, organization for settlement, self-management of
services, self-construction and, in particular, the dominant and crucial participation of women.
This adds to the problems that arise from the nationality, specifically Colombian and the wayuu
ethnic condition. The conclusions describe forms of communication that make survival,
organization and community life possible.

Keywords: migration; community; organization; self-management.

La investigación busca construir conocimiento sobre comunicación social a partir de las


relaciones, formas y pautas de ocupación de los territorios, llevadas a cabo por sectores
populares, específicamente en un asentamiento urbano periférico a la ciudad de Maracaibo. Se
ubica en la necesidad de pensar un concepto que pueda percibir las diversidades culturales,
pero sobre todo las relaciones que los sujetos van tejiendo para reconstituir la vida comunitaria.
Para ello los sujetos emplean necesariamente una comunicación no prevista ni controlada, ni
mucho menos agenciada por la mediática al uso. Esta comunicación periférica y subalterna
basada en redes y vínculos, exige ser estudiada desde teorías que hagan énfasis en lo
relacional, sin dejarse atraer por la retórica de las redes sociales vía Tecnologías de la
Información y la Comunicación.

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Para desarrollar la investigación fueron precisas las herramientas de la etnografía, enmarcadas
en la investigación cualitativa. La observación participante, las entrevistas no estructuradas, las
conversaciones abiertas, las discusiones y anotaciones, produjeron un cuerpo de datos que,
sometido a interpretación y análisis nos describe la forma de poblar un específico asentamiento
urbano popular. Ello nos proporcionó las bases socio-históricas concretas para la redefinición
de un concepto de comunicación alternativa a la producida por los medios del capital. Las
entrevistas fueron organizadas en cinco dimensiones: La Fundación, El Campo de Relaciones,
Las Dinámicas Internas, El Poder y La Comunicación, y analizadas con la técnica del Análisis
de Contenido sustentaron las respuestas a siete preguntas: ¿Cómo se funda un barrio? ¿Cómo
se construye la vida comunitaria? ¿Qué factores intervienen en el nacimiento y naturaleza de
los conflictos que amenazan la vida comunitaria? ¿Cómo se construye la propiedad en el
barrio? ¿Cómo afecta la consolidación urbana la vida comunitaria? ¿Qué elementos participan
en la construcción del poder local? ¿Qué formas de la comunicación mediada e intermediada
se manifiestan en la cotidianidad del barrio? El conjunto de los planteamientos tributó al
planteamiento central: ¿Cómo se comunican relacionalmente, para la construcción de la vida
comunitaria los habitantes de un asentamiento urbano popular?
La primera dimensión (La Fundación) es desglosada en las categorías: Migración, Ocupación,
Organización fundacional, Autogestión, Autoconstrucción, Mujer y Nacionalidad. Fueron
analizadas cinco conversaciones. Hechas las entrevistas procedí a su transcripción y en los
textos subrayé fragmentos que llamé Frases Significativas de donde deduje Códigos que
sintetizaban determinadas manifestaciones conceptuales. Entiendo por códigos:

palabras clave que sirven para hacer descripciones en un primer momento y posteriormente
podrían utilizarse en la construcción de tipos. Es una abreviación o símbolo que aplicamos
a unas frases o párrafos de las respuestas a una entrevista abierta, a notas de observación
o a otras formas de registro (…) Con tales códigos o categorías se clasifican o codifican los
datos. Pueden deducirse de preguntas de investigación o inducirse a partir de los datos
(Rusque, 2003:160).

Los empleados, fueron agrupados por frecuencias y de acuerdo a su naturaleza, a los ámbitos
que expresaban o recogían, se presentaron en conjuntos categoriales que permitían visiones
cada vez más sistemáticas.
Hecho esto, se construyeron tablas de códigos agrupados por categorías que nos permitieron
hacer una interpretación que arrojó consolidados interpretativos que sirvieron de insumo a los
contenidos de las respuestas correspondientes a las preguntas de investigación que,
finalmente, fueron formuladas para ordenar y exponer los resultados.
Detallando un poco más el procedimiento las entrevistas fueron transcritas y vaciadas cada una
en tablas de renglones numerados, se procedió a una clasificación en torno a ideas, temas y

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conceptos en todo momento relacionados con el marco teórico de la investigación. Ello dio pie
a una codificación, es decir a una transformación producto de procesos de descomposición y
agregación bajo el criterio de pertinencia adaptando el material de análisis seleccionado y
perteneciente al cuadro teórico elegido, a unidades que capturan una descripción general de
dicha unidad de contexto.
Esas unidades son los códigos que, a su vez, son agregados por el mismo criterio de
pertinencia a unidades mayores que funcionan como categorías. Luego, por medio de la
inferencia, propia del Análisis de Contenido (Krippendorff, 1990) se procedió a describir,
interpretar y comparar los códigos en los marcos categoriales establecidos de acuerdo a
principios del análisis de contenido temático, que resume, define categorías y verifica la validez
de los argumentos y de las conclusiones en el marco de un contexto multifactorial.

El análisis de contenido es una técnica de investigación destinada a formular, a partir de


ciertos datos, inferencias reproducibles y válidas que puedan aplicarse a su contexto (…)
Intuitivamente el análisis de contenido podría caracterizarse como un método de
investigación del significado simbólico de los mensajes (Krippendorff, 1990: 28-30).

Las ideas obtenidas por inferencias (siempre considerando que “los datos que le proporcionan
los sentidos obliga a un receptor a realizar inferencias específicas en relación a su medio
empírico. A este medio empírico lo denominamos contexto de los datos” 1990: 31) alimentaron
los contenidos de las respuestas a las preguntas de investigación que buscan hacer aportes al
estado del conocimiento sobre la realidad estudiada, a saber, la comunicación en los sectores
urbanos populares, relacionando y cruzando dentro del mismo trabajo, las definiciones de los
expertos, los datos aportados por los informantes clave y por la teoría en marcos analíticos
cada vez más amplios.
Valga recordar que, como afirma Krippendorff “los intereses y conocimientos del analista
determinan la construcción del contexto dentro del que realizará sus inferencias” (1990: 37).

Migración

La migración, el desplazamiento de la población de una localidad a otra, con sus


desgarramientos y no sólo sus desarraigos, es el drama contemporáneo por excelencia, el
problema que mejor define la contemporaneidad. Se habla incluso de una “era de la migración”
cuyos rasgos los define Soledad Álvarez (2011: 9): la globalización del fenómeno, la
diferenciación (migración laboral, migración documentada, migración indocumentada,
migración en tránsito, migración forzada), la aceleración y, muy importante, la feminización.

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En el caso que nos ocupa, la frontera colombo-venezolana ha sido considerada una de las más
“calientes” del planeta, registrando un tránsito de cerca de 300 personas diarias, y un tráfico y
contrabando verdaderamente problemático de diversos productos, de personas y combustible
como de alimentos y drogas. El problema es histórico y por temporadas hace crisis.
Pero la migración no se registra sólo entre países vecinos, también es un problema interno,
producto de desequilibrios históricos, acentuados en nuestro caso por un siglo de explotación
petrolera. Los barrios y en el caso particular de El Renacer, son producto de verdaderos
deslaves poblacionales indistintamente marcados por la pobreza. Como dice Pedro Trigo
(2008: 121): “Los barrios no los forman comunidades vivientes sino gente de aluvión”.
El fenómeno como lo conocemos mantiene una persistente unidad: se manifiesta en sujetos
empobrecidos, con escasa calificación, con serias dificultades para obtener documentación
adecuada, que traspasan fronteras –la mayoría de las veces de forma clandestina, víctimas de
extorsionadores y traficantes- o se mueven de una ciudad a otra para asegurar un mínimo de
subsistencia, aprovechando que familiares y amigos les ofrecen –a veces a regañadientes- un
espacio para irse arrimando, acercando a la ciudad, a las oportunidades. Cuando vemos las
terribles dificultades en las que llegan a vivir, pensamos necesariamente en las que dejaron
atrás. Las oportunidades, sin embargo, aun en barrios como El Renacer compensan y permiten
soñar un futuro mejor, una vida más digna.

(C.7-8) yo vengo de Colombia directamente por la cuestión económica que se da allá (C.10-11) pero
usted sabe que algunas veces en casa ajena es mejor estar de visita (C.12-14) y de allí me vine para acá
para Maracaibo a que una tía, con mi esposo y con mis hijos, colombianos todos, todos somos
colombianos (C.22-23) yo conozco una parte por allá que están invadiendo, se llama Renacer (C.36-44)
esto se limpia aquí y hacemos la casita, ya esto va a ser nuestro, me hizo ver las cosas desde otro punto
de vista, y comenzamos a levantar la piecita aquí, semanalmente, compramos que si cien bloques, ya
cuando terminamos la casita yo sentía que ya esto era mío, sin documento y sin nada pero ajá, cómo se
hacía, y aquí gracias a Dios nos hemos quedado, estamos indocumentados y la casa está a nombre de
mi suegro actualmente (C.57-60) Y yo me fui acoplando, cuando yo llegué aquí a la comunidad para allá
no conocía, ya después me metí en el mundo de las asambleas de la comunidad, me di a conocer (C.60-
66) me gustó tanto el ámbito social, el roce con las personas, las asambleas, nunca había vivido eso en
Colombia, y se llegó a dar un punto en que yo inclusive formé parte del consejo comunal, como
contralora, y para qué, me fue bien, siempre quise hacer un trabajo transparente y a raíz de mi trabajo me
di a conocer en la comunidad y aquí estoy…

Estamos frente a un fenómeno prácticamente no controlado, una situación creada por las
presiones a las que son sometidas las personas por determinadas condiciones estructurales,
que les hacen imposible la vida en los sitios donde nacieron o radicaron. No creemos que se
trata de una mera movilización social producto de un efecto modernizador; viendo la
marginalidad desde una perspectiva histórica, la ocupación ilegal de tierras puede llegar a ser

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“normal”, una forma “más que excepcional de tenencia de la tierra, ya que los ocupantes
ilegales constituyen una primera avanzada hasta su posterior consolidación por medio del
acceso a la propiedad y el reconocimiento final de titularidad” (Spicker y otros, 2009: 217). Eso
persiste en el caso venezolano, sobre todo desde el momento en que el Estado bolivariano
(desde 1999 hasta hoy) reconoce la condición de debilidad y necesidad y en consecuencia ha
instrumentado leyes que favorecen a los ocupantes.
Reza el artículo 1 de la Ley especial de regularización integral de la tenencia de la tierra de los
asentamientos urbanos populares:

La presente Ley tiene por objeto ordenar y regularizar el proceso de la tenencia de la tierra,
ocupada por la población en los asentamientos urbanos populares, y contribuir a la
satisfacción progresiva del derecho a la vivienda y el hábitat, dando prioridad a la familia,
especialmente a aquéllas en condición de vulnerabilidad social, y así consolidar los
asentamientos urbanos populares ya existentes, de manera digna, equitativa y sostenible,
mediante un proceso de cogestión integral con el Estado (2006).

Bajo el enfoque histórico-estructural el fenómeno deja al descubierto la conformación de una


sociedad capitalista que genera centros de atracción y periferias expelidas. En el caso que nos
ocupa hay que sumar la violencia política, social y paramilitar que se cierne sobre la población
campesina, afro e indígena en Colombia:

En Colombia la aceleración de los niveles de violencia desde la segunda mitad de los


setenta, la agitación laboral con ese punto álgido representado por la huelga general de
trabajadores en septiembre de 1977 y la puesta en vigor un año después, del llamado
‘estatuto de seguridad’ del gobierno de Turbay Ayala, contribuyeron al dinamismo de los
flujos migratorios de la época y su primer y más importante destino: Venezuela (Gómez,
2008: 35).

Ese flujo no ha cesado y los distintos gobiernos que por ese país han pasado han
incrementado las políticas de “seguridad” contentivas de altas dosis de terrorismo de Estado.

Históricamente, el fenómeno de la migración ha estado presente en las relaciones colombo-


venezolanas, pero su motivación estuvo principalmente influenciada por causas
económicas. Sin embargo, la agudización de la crisis política y el conflicto armado que vive
Colombia desde el siglo pasado, está agravando la radicalización y degradación de los
movimientos migratorios, originando esto el desplazamiento interno (Colombia) y a una
migración forzada hacia los países vecinos (Álvarez, 2004: 198).

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Es cierto que los migrantes tienden a trabajar en oficios despreciados por los naturales,
albañiles, vigilantes, braceros, etc., pero no se puede decir que exista una planificación
económica por parte de las autoridades venezolanas para contar con esta población, no al
menos en una ciudad como Maracaibo, aunque no lo descartamos en el Táchira o en el Sur del
Lago, específicamente en zonas agrícolas y pecuarias. El hecho, sin embargo, es que ocurre y
genera distorsiones que la dinámica social y económica hace llevadera, sin mayores nudos
críticos. En efecto, difícilmente exista entre las clases populares un sentimiento de xenofobia o
racismo que conduzca a situaciones de violencia; al contrario, ha habido una fusión que torna
indistinguibles las raíces y las manifestaciones criollo y wayuu colombo-venezolanas.

¿Cómo es posible discriminar a los trabajadores colombianos, allí donde no hay diferencias
apreciables en materia cultural, lingüística, religiosa, ni de raza? Si por el contrario,
comparten una identidad cultural que trasciende la frontera, entonces, ¿cómo diferenciar un
wayúu en la Guajira? ¡Si hasta portan las dos cédulas de ciudadanía, colombiana y
venezolana! (Gómez, 2008: 35).

Valga destacar que existe un reconocimiento y reivindicación de las culturas wayuu y


colombianas, fruto de la dinámica política y cultural que pone el acento en la diversidad y que
ha facilitado acercamientos, propiciado el diálogo y motivado –como en este caso-
preocupaciones académicas.
A continuación, las categorías donde se va de lo general a lo particular, con el fin de buscar
comprender cómo influyen los diversos factores socio-históricos en la cotidianidad de las
familias fundadoras, cómo resulta vital la comunicación relacional y fundamentalmente, cómo
sus mecanismos deben ser recreados a la hora de emprender proyectos de comunicación
popular que consideren a estos sujetos actores y protagonistas, no meros consumidores
pasivos.

Ocupación

Entendemos aquí por ocupación los aspectos relacionados a los asentamientos populares
urbanos llevados a cabo por una poblada con necesidad de vivienda. Los llamados “Sin Techo”
son personas sin hogar, que viven hacinados en casas de familiares y que a la mínima
oportunidad se aventuran a la ocupación ilegal de tierras en donde hacerse de una parcela y
levantar una casucha.

El término “sin techo” también se utiliza para indicar que las personas no tienen un hogar
propio. Es así entonces que se puede tener alguna forma de vivienda –como alojamiento en

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albergues u hospedajes temporales con amigos o familiares– pero, a pesar de ello, no tener
un hogar (Spicker y otros, 2009: 270).

Han sido calificadas de manera diversa: villas miseria, asentamientos, favelas, ranchos, entre
otras denominaciones y son características de la mayoría de las ciudades del llamado Tercer
Mundo. Como dice Connolly el asentamiento irregular

empezó a dominar la producción de vivienda a bajo costo a partir del segundo tercio del
siglo pasado. Barriadas, favelas, pueblos jóvenes, barrios, barrios de rancho, barrios
populares, lotificaciones irregulares, asentamientos humanos auto-producidos,
asentamientos urbanos (o humanos) irregulares, populares, no-controlados o precarios,
colonias populares o proletarias, villas miseria, callampas, urbanización informal,
fraccionamientos clandestinos, piratas, urbanización popular... (s/f: 8).

(A.12) siempre tenemos que depender de otro… (A.62-65) Cuando yo llegué aquí aquí no había nadie,
esto lo invadimos nosotros, esto va para nueve años… (A.80) Empezaron a decir que había una
invasión… (A.83-86) Estaban invadiendo ya, hacían reuniones, que va a haber la invasión, que van a
repartir los terrenos, que van a dividir, nosotros veníamos a las reuniones, después empezaron a dar los
terrenos (A.88-89) Por aquí. Tenía Anni… ella las tenía cuando eso, fue quien entregó los terrenos…
(A.89-91) empezamos a ir parando con latas, después nos metimos así, monte y monte y monte y monte
hasta que empezó la gente a parar también (A.91-93) Tenía Anni… ella las tenía cuando eso, fue quien
entregó los terrenos… (A.96-97) gracias a Dios estamos poco a poco, uno va arreglando las cosas…
(A.118-199) Desde que llegamos nosotros para acá todo se quedó quieto, por eso que se funda el barrio
en el 2004 (A.134) Me ayudó el marido de una tía mía (A.139) ¡y con miedo, oíste! (A.143-144) estaba
invadiendo un terreno que no era mío, sería un poco de temor, pensaba que me iban a fregar (A.146-
147.149-150) No, y él no quería… él no quería ¡no que tal! Yo agarré mis latas y me vine (risas de ella) él
no quería… No venía para acá porque le daba miedo, yo vine y traje mis chécheres…

Como rasgo común encontraremos que se trata de una “invasión “espontánea” o concertada de
espacios vacíos existentes en la periferia del casco urbano, generalmente de propiedad pública
y en menor escala privada; que en ella participan grupos de familias de bajos ingresos
económicos, en su mayoría procedentes de áreas rurales con una cultura “tradicional”; que
tienden a organizarse a fin de actuar solidariamente para el logro de un lote y la obtención de
servicios básicos y facilidades comunales” (Connolly, s/f: 8). Con respecto a El Renacer
estamos en presencia de un barrio periférico surgido de una manera informal al oeste de la
ciudad de Maracaibo.
Los estudios señalan que, en las últimas décadas, en la generalidad de los países no existían
planes serios ni masivos de construcción de viviendas populares por parte del Estado, de modo
que la proliferación de barrios se convirtió en una característica del subdesarrollo.

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En nuestro país y en particular, recientemente con la Gran Misión Vivienda Venezuela se busca
incidir de manera estructural en el problema, y por la dimensión del esfuerzo gubernamental y
el conglomerado de actores del Ejecutivo y organismos oficiales, incluso empresas extranjeras
(de Irán, China y Bielorrusia, entre otros países) que gestionan proyectos de construcción, nos
podemos hacer una idea del andamiaje institucional que se requiere para acometer una obra
social de tal envergadura, casi una suerte de Plan Marshall tropical, diseñado e impulsado por
el presidente Hugo Chávez para saldar una deuda social producto de un siglo de capitalismo
dependiente, colonial y, en las últimas décadas del siglo XX, neoliberal.
Tanto para el Estado latinoamericano tradicional como para el Mercado, las viviendas y las
formas de vida en general corren por cuenta de la población, de ahí las masivas ocupaciones
acompañadas de ingentes esfuerzos de autoconstrucción. Con algo de ironía De Lomnitz
afirma que: “La barriada (…) contribuye a la economía nacional al resolver un problema
habitacional que ni el gobierno ni la empresa privada han logrado enfrentar” (2006: 35).
Como rasgos comunes generales encontramos:

Ocupación ilegal de terrenos que se encuentran en propiedad pública o privada;


Compra de pequeños terrenos (en promedio de 100-150 m2), en gran parte por supuesto
sin la correspondiente transferencia de propiedad en el registro de la propiedad;
Construcción (y consolidación posterior, es decir remodelación y ampliación) sin permiso de
construcción que incluye también la pregunta de si allí se debe o no construirla no
consideración de normas de construcción (estática, materiales de construcción, cantidad de
pisos, distancia, conexiones a infraestructura, etc.);
Construcción en autoayuda que se ha transformado para todos los estados casi en parte
normativa de la obtención de viviendas y de mejoras para las clases sociales bajas y a
través de las cuales se evitan los considerables gastos públicos para los programas de
construcción de viviendas correspondientes (construcción de viviendas sociales) (Mertins y
otros, 1998: 5-6).

Obviamente estas “ocupaciones ilegales carecen de una infraestructura básica mínima –


servicios públicos como electricidad, agua corriente, sistemas sanitarios y recolección de
residuos– y la mayoría de estas viviendas son precarias” (Spicker y otros, 2009: 217). La
descripción para uno acaso funcione para todos:

Aun en el caso de que un grupo de personas se haya puesto de acuerdo para invadir un
terreno, ordinariamente mediante un intermediario, esas personas no eran entre sí vecinos
ni parientes ni amigos ni siquiera conocidos. Fueron contactados y emprendieron juntos esa
aventura de conseguirse un lote de terreno para edificar un ranchito. Cada quien busca su
propia casa, pero invadieron a la vez porque es el único modo de resistir cuando los quieran
desalojar, porque la unión hace la fuerza. Por lo mismo se unirán para construir escaleras o

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pasajes o calles y para demandar y meter los servicios básicos; es decir para realizar lo que
les incumbe a todos y sólo en conjunto pueden llevar a cabo (Trigo, 2008: 121).

Valga sin embargo citar la descripción de Cerrada del Cóndor, barrio similar a El Renacer (con
ese “aire de familia” que tienen los barrios pobres latinoamericanos), hecha por la antropóloga
chilena-mexicana Larissa A. De Lomnitz:

No existe pavimentación, alcantarillado, agua corriente (con excepción de siete viviendas),


instalación eléctrica, teléfonos, recolección de basura, alumbrado público, ni drenaje de
aguas lluvias. En general no hay servicios urbanos básicos (2006: 40).

Organización fundacional

Por organización fundacional entendemos las relaciones de comunicación para lograr acuerdos
conducentes a la ocupación de un lote de tierras y a la consolidación del asentamiento urbano
popular. En la organización encontraremos activas redes de intercambio que “suplen la
carencia de seguridad y actúan como mecanismo de seguridad social” (De Lomnitz, 2006: 99).
Invariablemente se requerirá un contacto, familiar o conocido, ya en el lote o cercano a él, que
hace de puente y ofrece algo de confianza y sustento durante los momentos más duros sobre
todo los del inicio de la ocupación.
El necesitado de un lugar donde vivir se desenvuelve en el ámbito de los grupos sociales
excluidos, en los cuales podrá enterarse de la existencia de un lote que puede ser ocupado.
Esto, más el familiar o el conocido, deciden e impulsan al ocupante. Si se carece de la segunda
premisa, la ocupación se hace mucho más difícil y sin duda más traumática.
En los primeros días, cuando no es posible pensar en nada estable, cuando se está luchando
apenas para lograr la parcela, y si además se tienen hijos, el contacto con los familiares es
vital. Pero si estos viven lejos, pronto se necesitarán conocidos al interior del barrio o a lo
sumo, lo más cerca posible, de modo de aliviar desde el hambre y la sed hasta un hilo de agua
o electricidad.
Estas particularidades se tornan generalidades, como parte de una pauta de migración y
ocupación de la que ya hemos hablado. Nos importa aquí, sin embargo, resaltar los
mecanismos de comunicación descritos desde las relaciones, que suponen redes de
intercambio para la sobrevivencia, pero también de comunicación popular de la cual habría que
recuperar sus valores formales y estructurales. Esas redes de comunicación nos hablan de
espacios e intersticios que no aparecen en los mapas de la sociedad integrada. Los barrios se
convierten en espacios sociales más amplios que actúan como mediadores,

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entre el mundo privado de la casa y el espacio público de la ciudad. El barrio proporciona a
las personas elementos para la construcción de una sociabilidad más ancha que la fundada
en los lazos familiares y a su vez más profunda y duradera que las relaciones formales e
individuales que impone la sociedad” (Ametrano y otros, 1995: 15-16).

Desde esta perspectiva las realidades sociales, económicas, culturales que producen los
barrios hacen parte de una realidad no vista ni comprendida por la racionalidad oficial y
académica, pero que no obstante forma parte de casi la mitad de la población de un país como
el nuestro.
De modo que, cuando hablamos de la organización fundacional, la cual se da al interior de los
procesos de migración y ocupación y que conducen a la estabilización del asentamiento
urbano, hablamos de las estrategias de relacionamiento que les permite a los ocupantes
alcanzar el objetivo de fundar un nuevo barrio. Estas estrategias están articuladas a redes
migratorias conformadas estructuralmente por parientes, familiares, conocidos, que han
logrado avanzar al interior del país (en el caso de los migrantes colombianos) pero, sobre todo,
al interior de las ciudades con sus promesas de mejores condiciones para la vida.

(D.555-568) Para mi estar en Renacer es y ha sido prácticamente mi vida, yo rodé mucho, con mis hijos,
llevé mucho mucho de parte de mis dos familias, que es la familia de mi esposo y mi familia, yo viví con mi
mamá y no fue nada fácil, viví con la mamá de él y mucho menos, viví alquilado muchísimo tiempo, viví
arrimada en casa de tíos, mi cuñada mucho tiempo y al yo tener este terreno o sea yo decía que al yo
tener este terreno que iba a ser mío, ya nadie me podía sacar de acá, Yo iba a mandar en él, por eso es
que cuando me llagan a invadir yo me pongo como una gata, me entiendes, porque yo decía no, si esto
es mi vida, y aquí estoy, y mi Presidente ahora me hizo una casa, me cambió un rancho y me dio una
enorme casa hermosa bella y preciosa.

Las relaciones se cultivan en espacios de trabajo precario y provisional, móvil, sin arraigos,
inconsistentes, propios de y para personas que no saben a ciencia cierta donde estarán en los
próximos días. El hombre, con mayor movilidad, se mueve en estas capas del trabajo informal
como vendedor, limpiador de parabrisas, en el mejor de los casos como albañil, mientras la
mujer aguarda y presiona con insistencia para convencerlo de la imperiosa necesidad de
encontrar un espacio para levantar una vivienda. El miedo atenaza, pero la necesidad es
resolutiva.
El hombre va de trabajo en trabajo, relacionándose con personas que, como él, pueden estar
buscando donde fundar un asentamiento. Hallado el lugar y hechas las primeras gestiones
para levantar la vivienda, la mujer cobra centralidad y organiza la resistencia para la vida. En
efecto:

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Son las mujeres las que realizan tareas en torno a las organizaciones comunitarias, en
donde se interrelaciona el hogar y problemas con aquellos del barrio, y que a pesar de las
dificultades que esto plantea, encuentran estrategias apropiadas para conciliar estos dos
espacios, que en lo cotidiano se superponen y conectan constantemente (Clavijo, 1995:
29).

Estas “estrategias apropiadas para conciliar” y concertadas para vivir que apuntan a la
estabilización y consolidación, le dan el tono a la organización fundacional. Como lo refiere
Ontiveros y De Freytas (1996) los barrios viven “in extenso las relaciones de espacialidad,
socialidad y cotidianidad”:

…en estas comunidades la relación del habitante con sus espacios interiorizados es mucho
más densa, el afecto, la solidaridad, etcétera. Puede que en algunos se observe la
“maximización del colectivismo” y que en otros casos se matice, pero hay una disposición a
que se mantenga un sentido de solidaridad en los momentos más acuciantes del barrio
(Ontiveros y De Freytas, 1996: 130).

El barrio es el resultado de “simbiosis societales” observables, dice Ontiveros y De Freytas


(131) a través de “estrategias y modos de vida que escenifican en la trama del vivir diario los
habitantes de los barrios (…) el barrio constituye redes de relaciones”. Estas redes suponen
asociaciones que responden a la dinámica de “una o varias familias concertadas, de un grupo
de amigos, de unos compadres o de unos vecinos comprometidos:

Empero, la organización popular no es un proceso pasivo dentro del sistema de grupos


primarios de la comunidad; también desde la experiencia de la organización popular se
produce y reproduce el parentesco real o ficticio (compadrazgo), la amistad y la vecindad.
Tal resultado social activo significa que el proceso del grupo primario llega a ampliarse y a
consolidarse mediante la reconfirmación del proceso organizativo comunal. Todo ello
ocurre, no obstante, como en la superficie. Si nos acercamos más al problema y vamos al
fondo de la cuestión, podemos concluir que la asociación sociopolítica popular tiene
siempre como soporte la dinámica fundamental de la familia extensa modificada, y ello se
canaliza en los intereses del grupo así estructurado… (Hurtado, 1996: 123).

En conclusión, la organización fundacional condensa la síntesis de las relaciones de los


diversos actores familiares, vecinales, de amigos y conocidos, en función de la ocupación,
estabilización y consolidación del barrio.

Autogestión

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Podemos considerar el que sigue como un concepto más o menos convencional: “Sistema de
organización social, política y económica de un colectivo de un determinado ámbito, mediante
el cual éste tiene la autonomía para establecer los lineamientos sobre la producción, manejo de
recursos, elaboración de normas, planificación y diseño de planes de desarrollo integral
endógeno” (Ojeda, 2010: 73). Pero el que nosotros necesitamos debe compartir su alcance con
el de autoproducción, determinante sin duda alguna en la generación y producción de la vida
en el barrio.
Conservamos sin embargo el concepto de autogestión porque axiológica y teleológicamente
persiste la relación de la autoproducción del barrio como germen para un proyecto de
emancipación que tiene base en estas organizaciones.
Como lo hemos dicho, nacen los barrios a partir de una violencia desarraigante, que conduce a
las personas en medio de unas circunstancias verdaderamente extremas a acordar y juntar
esfuerzos para marcar como objetivo de ocupación un lote de tierras. Con la pobreza a cuestas
y con recursos mínimos levantan viviendas y tienen, además, la fuerza y la voluntad política
para llevar a cabo acciones que modifican sustancialmente el territorio, el “nicho ecológico”
como dice Larissa A De Lomnitz, y con suerte y mucho esfuerzo, logran estabilizar el
asentamiento e impulsan desde ese piso conquistado su consolidación. Todo ello lo alcanzan
activando su capital social (en los términos de Bourdieu), autoproduciéndose como verdaderos
sujetos políticos, solo que desde una política no legitimada por la academia y en muchos casos
subvalorada por los actores políticos hegemónicos o estatales.
Por estas razones prefiero hablar de autogestión, aun cuando no se planteen estos sujetos,
con la coherencia y la solidez del caso y tensionados por las necesidades más apremiantes, “la
producción, manejo de recursos, elaboración de normas, planificación y diseño de planes de
desarrollo integral endógeno”. De haber un futuro posible, sólo en estos momentos
fundacionales tendrá raíz y posibilidad.
La autogestión entonces la entenderemos como la capacidad que tienen los sujetos de barrios
como El Renacer para re-producir su vida, activando el capital social y económico que poseen.
La autogestión es la re-productora de la vida en el barrio, está llena de pasado, de experiencias
anteriores vividas o no por los propios sujetos, pero sin duda, que forman parte de la memoria
social de un pueblo que ha tenido que autoproducir sus condiciones materiales sobre la base
histórica de una subjetividad en resistencia. El habitus es la condición “no sólo de la
concertación de las prácticas sino también de las prácticas de concertación” (Bourdieu, 2007:
96).

Autoconstrucción

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Posiblemente las actividades que concentra esta palabra contienen el pasado, el presente y el
futuro de los sujetos que ocupan el asentamiento urbano popular. Sin haberlo hecho antes,
aprenden a levantar la vivienda, aprovechando el conocimiento de los vecinos y activando los
suyos propios, nacidos de la necesidad más apremiante.
Se construye la vivienda para resistir a la intemperie, para decirle a las autoridades que se está
decidido a vivir en el lugar y para darse y darle confianza a los suyos. Se construye la vivienda
para la vida, contra las inclemencias de la naturaleza y con la esperanza de que los materiales
sean firmes, resistentes, no perecederos. En la construcción de la vivienda confluyen todos los
tiempos y es el acto fundacional por excelencia, personal y colectivo:

La casa obviamente es autoconstrucción. Y aquí viene el soñar y el aprender. Imaginar qué


es lo que quiero y capacitarme para hacerlo posible y realizarlo. La obsesión permite soñar:
al abrir el campo de lo posible le lleva a uno a dibujar en él su sueño, a acariciarlo, a
perfilarlo cada vez más, pues es una libertad situada (Trigo, 2008: 82).

El concepto de autoconstrucción se refiere al fenómeno de los poblamientos no planificados


por el Estado caracterizados por viviendas construidas y habitadas por sus propios habitantes.
Autoconstrucción es construcción al ritmo de las posibilidades y necesidades de los usuarios: la
vivienda va creciendo progresivamente de acuerdo al presupuesto familiar, aunque difícilmente
se solucione el hacinamiento. Las viviendas son por supuesto auto-diseñadas, se emplea la
autogestión y autoayuda y en lo posible los bancos colectivos de materiales.

(C.36-44) esto se limpia aquí y hacemos la casita, ya esto va a ser nuestro, me hizo ver las cosas desde
otro punto de vista, y comenzamos a levantar la piecita aquí, semanalmente, compramos que si cien
bloques, ya cuando terminamos la casita yo sentía que ya esto era mío, sin documento y sin nada pero
ajá, cómo se hacía, y aquí gracias a Dios nos hemos quedado, estamos indocumentados y la casa está a
nombre de mi suegro actualmente

Hay que apuntar sin embargo que la autoconstrucción sobre todo en las grandes urbes es
expresión de la violencia que el sistema capitalista ha ejercido sobre la población forzándola a
abandonar las tierras productivas y ancestrales, por las empobrecidas y difíciles al margen de
las ciudades. Autoconstrucción que no responden a un plan y a una determinación política y
estratégica en función de una economía integral, sino que es respuesta material a la exclusión.
Lejos de una laudatoria celebración de esta habilidad de los sectores populares, enfocamos su
existencia como acervo cultural de la resistencia, el cual será útil a la hora de las
reivindicaciones políticas de las formas de vida y de cotidianidad que los sectores populares se
dieron en su desarrollo histórico.

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Es cierto que por muchos años y en buena parte de los análisis sociológicos pocas veces se
reconoce la autoconstrucción por los sectores populares. La invisibilización es producto, como
ya lo analizamos en su momento, de paradigmas que parten del no reconocimiento del otro.
Luego, cuando el otro producto de sus luchas comienza a hacerse visible entre movimientos de
flujo y reflujo que logran que el capital sometido a las presiones populares consienta,
aproveche y luego de nuevo rechace estructural y sistemáticamente los aportes populares, el
autoconstrucción es aprovechada por la modernización de los años 50 y 60 por un Estado que
no tenía capacidad para desarrollar la urbanización que requería para sus planes de
expansión. De modo que abrió las compuertas de la ocupación ilegal y el autoconstrucción
consintiendo la creación de lo que aquí se llamó los “cinturones de miseria”.
La explosión migratoria y las oleadas de “invasiones” serían luego controladas con abundante
represión sobre todo en los ochenta (los barrios recibían el nombre de acuerdo a las batallas
ganadas a la policía y a la Guardia Nacional: El Esfuerzo, Los Planazos, La Conquista, El
Renacer…) y de cuando en cuando, al ritmo del asistencialismo y el populismo, políticas de
urbanización popular eran destinadas a mermar reclamos: “soluciones habitacionales”,
esmirriados planes de viviendas compuestos regularmente de casas de muy bajo presupuesto.

…constituye todo un reto superar las distorsiones existentes en la configuración del espacio
urbano contemporáneo, traducidas mayoritariamente en una clara y preponderante
segregación espacial, expresada físicamente en una importante proporción de la población
urbana viviendo en asentamientos precarios e inestables, la cual no fue suficientemente
atendida por los planificadores venezolanos sino hasta principios de la década de los
noventa (Ornés, 2009: 219).

Con todo, las ocupaciones ilegales se plegaban a los ritmos políticos electorales hasta que,
recientemente (la vivienda 1 millón 800 mil fue entregada en octubre de 2017) se diseñó y
activó un plan masivo de construcción de viviendas (Gran Misión Vivienda Venezuela) –y por
ende de regularización de la tierra- en el que participan todos los entes y organismos del
Estado, en un esfuerzo gigantesco que indirectamente nos explica por qué no se asumen
planes de esta magnitud en otros países con una vocación social menos marcada o nula.

Mujer

Por las mujeres pasa la fundación del barrio, la autoconstrucción, la organización, el sentido de
comunidad y todo cuanto hace posible la vida en el barrio: “las mujeres están dando el tono en
el barrio, en la cultura del barrio, no sólo porque en ella son mayoría sino porque le dan otro
sesgo distinto, fundamentalmente biófilo, que busca tender puentes, resolver conflictos,

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componer niveles diversos de realidad, construir, de modo que el proceso de la vida siga y
fluya y las personas tengan cada una su lugar en ella” (Trigo, 2008: 130). Las mujeres
sostienen invariablemente el hogar y son el corazón de las familias. No obstante, sufren de
manera más directa los embates del desarrollo pues la pobreza sin duda está feminizada: “Las
mujeres soportan una parte desproporcionada de la carga de la pobreza, y los niños que
crecen en esa situación suelen quedar en desventaja para siempre” (Spicker, 2009: 236).
La mujer en el barrio es multilateral.

(C.473-475) Sí, bueno, él es colombiano pero ya tiene años aquí en Venezuela, eso lo vine a saber ya
después viviendo acá, como dicen por allí la sangre llama (risas) (C.499-508) Y él hizo un préstamo allá,
habló con la dueña para comprar unas láminas, salió más temprano, pidió el siguiente día libre,
compramos las láminas y comenzamos a montar el techito, ya con el techito le dimos otra vida a la casa,
es más mi esposo pensaba armar la casa como un cuadro, yo le dije no, un cuadro es muy feo, hacerlo
en forma de casita, y como vamos a hacer con las láminas, las doblamos, eso que ves aquí con forma de
casita ha sido idea mía, él nomás construye yo le doy la idea (risas) yo soy la ingeniera…

La mujer atiende a la casa y a la familia, incluso si trabaja fuera. Participa en las


organizaciones políticas, religiosas y en otras, de manera simultánea. Otras, sólo se dedican a
ayudar y colaborar. Sin abandonar el lavado, la cocina y el cuidado de los niños, soportan la
presión de los embarazos con el consumo de energía y fuerzas que supone. La mujer ha
tomado la palabra en el barrio: en las organizaciones tienen preponderancia y en muchas
tienen cargos de dirigencia. “Un reto –dice Pedro Trigo- es cómo transitar de lo doméstico a lo
público sin perder la cotidianidad” (2008: 108).
En los desequilibrios provocados por el modo de producción social, con una división del trabajo
marcadamente patriarcal, la mujer recibe la peor parte. El paradigma patriarcal ha sido
antropocéntrico y, consecuentemente, androcéntrico. Basado en la idea de dominio sobre la
naturaleza y sobre los seres humanos, se hizo extensivo a las mujeres, de ahí que sus trabajos
se entendieran como “improductivos” porque consisten básicamente en producir y reproducir
vida. El modo de producción del trabajo doméstico produce valores de uso que se consumen
en la familia y no pueden ser vendidos como mercancías puesto que estrictamente no lo son.
Las mujeres han tenido menos posibilidades que los hombres para convertir su trabajo en
ingresos.
No obstante, la mujer forma parte ya de otra forma de comprender el mundo; si el mundo del
trabajo sigue operando de acuerdo a los valores impuestos por el patriarcalismo, es indudable
que en el barrio y en la construcción de la vida en comunidad, la voz masculina ya no copa el
espacio. Ello indica que, en la construcción de otra economía y, por ende, otra comunicación, la
mujer tiene mucho mayor espacio de incidencia, y posiblemente, sólo sea posible si ella y sólo

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cuando ella, participe. Hablando Enrique Dussel de Rosario, personaje de una novela de Alejo
Carpentier, desarrolla lo siguiente:

Una economía erótica meta-físicamente humana es la expansión plena del inconsciente,


servicialmente pro-ductor de nueva realidad, no como una mera actividad lúdica romántica,
sino como construcción de la casa y en ella inventando y colocando el fuego, como
fabricación del vestido para la inclemencia de los climas, como cosecha y procura del
alimento para reparar las energías y poder así vivir la proximidad erótica de la pareja
(Dussel, 2007: 91-92).

La nueva economía y la nueva comunicación portan los llamados “valores femeninos”: el


cuidado, la solidaridad, la paciencia, la no violencia, incluso la ternura, la resistencia y más aún,
la resiliencia, esa extraordinaria capacidad que tiene la mujer para sobreponerse a los dolores
y a los traumas. La economía y la comunicación otras, sin duda feminizadas tienden a la
construcción colectiva de la felicidad, y se edifican sobre conocimientos informados por las
emociones y los sentimientos, antes que por la razón técnica instrumental desafectada.

Nacionalidad

Se incluye este concepto dada la composición poblacional del barrio El Renacer, y en general
por la numerosa presencia de colombianos y colombianas en los barrios periféricos de la
ciudad de Maracaibo: “Para 1980, los colombianos en Venezuela representaban el 77% del
total de migrantes intracomunitarios, y en 1990, el 76%” (Álvarez, 2004: 194). Como tal, los
migrantes colombianos delinean el perfil de la población, e intervienen activamente en lo
económico, lo político y cultural.
Por otro lado, enfatizamos la relación “nacionalidad colombiana” porque el wayuu no se
plantea seriamente este conflicto pues ha logrado ganarse el derecho a portar una
identificación fronteriza que le otorga libertad en sus itinerarios. La etnia wayuu legalmente y
por derecho consuetudinario goza de doble nacionalidad.

(A.179-180) Yo no tengo familia aquí, en familia todas en Colombia… (A.188-189) vivimos sin luz,
cocinábamos con leña… (A.193-196.199-200.202) Gracias a Dios tenemos gas, el agua (Nos
alumbrábamos con velas…) porque la hemos puesto contrabandeada, por eso que tenemos eso, si no
tampoco tuviéramos eso… De allá del barrio ese, peleando, luchando ahí con la gente. Sí, para que la
gente no nos molestara (A.221-222) Todo esto era confusión… aquí no se sabía dónde era la casa…
(A.238-240) Los dos mayores tuve que enviarlos para Colombia porque le estaban pidiendo los papeles
en el colegio…

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La conflictiva es, entonces, la colombiana. El Estado venezolano en su política de recepción de
los refugiados implementó la Ley Orgánica sobre Refugiados o Refugiadas y Asilados o
Asiladas (2001) y su Reglamentación (2003), además, el nombramiento de la Comisión
Nacional de Refugiados (2003) y la propuesta de creación de Comisiones Técnicas Regionales
para los mismos fines. Dicha normativa legal sitúa a Venezuela a la vanguardia de los países
garantes de los derechos humanos y del Derecho Internacional Humanitario. Valga mencionar
que entre 1988 y 1998 se otorgó la nacionalidad a cerca de veinte mil extranjeros, pero ya en
2004 cerca de 250 mil la habían recibido, lo cual es un indicador de la voluntad del Estado
bolivariano de solucionar el problema, saldar una deuda social adquirida por un problema
externo, y dignificar las condiciones de vida de una población que huyó y huye del conflicto,
como lo siguen atestiguando movimientos de pobladores recientemente desplazados a pesar
del discurso oficial por parte del Estado colombiano de que ha cesado la violencia.
Pero estar a la vanguardia no significa que los problemas aguas abajo, a ras de la población
vulnerable, que escapa de la violencia económica, social, paramilitar, se solucionen con la
justicia y la celeridad que ameritan los casos, salvando claro está los niveles crecientes de
complejidad.
El punto es que la nacionalidad colombiana sufre los problemas de carecer de un régimen
fronterizo claro, minado además por una guerra interna de más de medio siglo y que arreció en
los años ochenta. Como respuesta popular a esta violencia se establecieron redes sociales
fronterizas con conexiones en buena parte del país, que garantizan un flujo ininterrumpido de
migrantes. La relativa facilidad torna el problema inasible, los límites comienzan a desdibujarse
y la necesidad natural de identidad que le permita al refugiado y al migrante en general gozar
de los derechos que ofrece el país receptor no puede ser satisfecha sino con medidas
extraordinarias, de corto aliento y lejos de resolver lo estructural.

El carácter permeable que adquiere la frontera, más la existencia de redes sociales,


garantizan la entrada de ciudadanos colombianos a territorio zuliano de manera
permanente y rutinaria. Todo esto incide en el crecimiento descontrolado del medio urbano
(Yicón y Acosta, 2009: 161).

Sin duda la intensa movilización política que ha sido un rasgo característico de la última década
facilitó e incentivó en los asentamientos urbanos populares la participación de colombianos y
colombianas, esto unido a la política migratoria del Estado protector garante del derecho a la
identidad. Pero la definición de Nación por parte del Estado es una cosa, otra la vinculación con
los territorios de origen y la respectiva nacionalidad de los migrantes.
Ese factor juega un importante papel en la dinámica social de los barrios porque logra algo que,
aunque es natural reviste de atención: la reafirmación cultural de la diversidad, la afirmación de

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la extranjeridad, parte a su vez de los efectos de una suerte de nacionalidad líquida –para
decirlo con un adjetivo de Zygmunt Bauman (2004)- como uno de los productos de la
globalización. Más que identidad hablaríamos de identificación, un esfuerzo por encontrar una
imagen y una afirmación en medio de todo lo perdido. La identificación “es un sucedáneo de lo
colectivo” afirma Héctor Díaz Polanco (2008: 142), pues permite sentirse parte de una
comunidad desplazada, descentrada, sin lugar ni territorio, pero que se hace idea con los
restos (t)raídos de la cultura de origen hasta donde alcance a imaginarse y recordarse.

Conclusiones en clave de comunicación

La migración es imposible sin redes de solidaridad, pero también, sin la activación de


mecanismos opacos o invisibles para la racionalidad de los Estados, de sus instituciones y
organizaciones. La comunicación entre los migrantes y las redes que facilitan el movimiento en
la frontera y luego, el proceso de reubicación en las periferias de las grandes ciudades, supone
estrategias de comunicación dirigidos a garantizarles la vida, la supervivencia de los grupos.
Familias dispersas sin embargo conectadas en puntos sensibles o coyunturales por
organizaciones alternativas que pueden incluso permanecer invisibles por razones de
seguridad. Se trata de familias y organizaciones transfronterizas y de alguna manera trans-
estatales, redes de intercambio para la sobrevivencia.
Son “estrategias apropiadas para conciliar” y concertadas para vivir que apuntan a la
estabilización y consolidación. El barrio está hecho de redes de relaciones.
Lo que hacen se confunde en este nivel con una comunicación no oficial hecha por el pueblo (y
de ahí su carácter “popular”) de la cual este artículo propone recuperar sus valores formales y
estructurales. Esas redes nos hablan de espacios e intersticios que no aparecen en los mapas
de la sociedad integrada, que rebasan las connotaciones políticas estatales y están
constituidas por prácticas cotidianas que reproducen intercambios no mediáticos y no
mediados, situados en la base de una intersubjetividad para el uso político, organizativo y
educativo de una población que día a día lucha por llevar su vida adelante. Los grupos que
integran estas redes “representan múltiples interpretaciones singulares de la totalidad histórico
social de una región, de un país, de una época” y acercarnos a su estudio, hacerlas contenido
y, más que eso, productores de comunicación sería “sumergirnos en la historia real,
fundamentalmente la historia de la gente común que marca los destinos de los pueblos,
individuos sin rostro definido, gente ordinaria que es la verdadera hacedora de la historia”
(Vargas-Arenas y Sanoja, 2013: 147).
El migrante lleva en sí la memoria de su lugar. Adonde llega trata de reorganizar lo que dejó
atrás. Sus tradiciones, sus oficios, su talento para la supervivencia. No olvida, trasplanta.

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Siempre que puede, saca a la luz las señas de su lugar de origen, las marcas de su cultura. El
migrante está atravesado por un optimismo, una esperanza distinta a la de aquel que nació y
pudo crecer en un mismo lugar. El que se mueve, recónditamente busca fundar, y esta energía
que se manifiesta en la creación de la comunidad vence los obstáculos que se presentan. A la
realidad adversa se le hace frente con un discurso épico, una gesta colectiva y edificante.
La comunicación que describimos tiene una base fundamental: la mujer. Si hay un rasgo
definitorio opuesto a la comunicación tradicional en la que prevalecen el varón y su voz, es sin
duda la femineidad. La mujer es el actor sensible e inteligente de la migración, de la ocupación,
de la fundación del barrio y está detrás y al frente de todos los procesos de organización de la
vida comunitaria.
La comunicación popular que hemos descrito se construye a partir de identidades líquidas,
propias de gente de aluvión, que se encuentran en un territorio gracias a la activación de redes
sociales de cooperación, intercambio y solidaridad, las cuales permiten vencer la precariedad y
la incertidumbre. Pero concluimos que el barrio proporciona elementos para la construcción de
una sociabilidad más ancha que la de los lazos familiares y más profunda y duradera que las
relaciones formales e individuales que impone la sociedad. Si queremos generar un modelo de
comunicación que nazca de estos sujetos, que sea participativo y protagónico, que narre la
cotidianidad, que sea diversa y multicultural, debemos contar con la mujer, con el indígena (
wayuu), con el migrante y el criollo venezolano, con su hacer y crecer juntos en condiciones
adversas pero cargadas de esperanza y futuro. Esta comunicación estará llena de sus voces,
de sus rostros y sus sueños.

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