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Lamo Mario Nadie Muere La Víspera

cuento latinoamericano

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Mario Lamo: Nadie muere la víspera

Justo a la medianoche cantó el gallo pinto y con


ese canto empezó el resto de mi vida. Sé que la
abuela Julia también lo escuchó cantar, porque al
otro día me dijo que por qué no hacía un sancocho
con ese "tenor de los infiernos". Yo no le puse bolas
porque no creía en agüeros de ancianas y me fui a
abrir la tienda.

Una mula con una carga de panela, arriada por


don Silverio Carmona, venía con el primer pedido del
día. Don Silverio era un verraco para los negocios y a
pesar de que ya tenía su buena finca, todavía arriaba
sus mulas por cualquier trocha que le tocara. Saqué
la llave y abrí la puerta para recibirle la carga, y
como venidas de la nada, un par de mariposas negras
me revolotearon por encima del sombrero. Don
Silverio las vio dentrar y trató de ahuyentarlas con
el machete, pero las muy malignas se me instalaron
en el quicio de la puerta. Le pagué la panela y vi cómo
se iba persignando calle arriba.
Al mediodía me fui a aplacar la gurbia donde mi
tía Pastora. Ella era la maestra de kínder del pueblo
y a los 75 años seguía tan soltera y tan casta como el
primer día que llegara a este mundo. El almuerzo
siempre era el mismo: arepita con fresoles y
mazamorra con leche. Mientras mi tía pelaba el pan,
porque no se comía nada que hubieran tocado las
manos de un hombre, me dijo algo que me puso la
carne de gallina.

"Eleodoro, un conocido se va a morir porque


anoche estuvo deshaciendo los pasos por la sala de la
casa. Lo escuché patentico, entrando por el corredor
y sentándose en esa misma silla, como si llegara a
almorzar".

Los granos de maíz de la mazamorra se me


atragantaron de inmediato en el guargüero. Tres
anuncios de muerte en menos de 24 horas eran como
para morirse del susto. La miré a la cara pensando
que me estaba jugando una broma, pero su rostro
serio de virgen de iglesia me convenció de lo
contrario. Sin siquiera terminar la mazamorra me
despedí, alegando que tenía una cita atrasada. En vez
de abrir la tienda por la tarde, decidí más bien ir a
confesarme porque la cosa parecía que iba en serio y
yo para alma del purgatorio no servía. Por el camino a
la iglesia comencé a pensar de qué diablos podría yo
morirme. De viejo no podía ser porque sólo tenía
treinta y seis años, tampoco me podría caer jumado
de un puente porque al guaro yo no le hacía y cuentas
tampoco tenía con ningún marido celoso porque a la
finada Eloísa le había sido más fiel que la mula Trina
a don Silverio. "Muerte repentina" pensé, es de lo
único que se pueden morir los sanos.

Cuando dentré a la iglesia, le confesé al padre


Paz mis pecados y mis temores.

"Le juro padre que la balanza me la vendieron ya


alterada y que he deseado a la mujer del prójimo,
pero porque ella a mí también me deseaba".

El padre Paz bregó por cuadrarse la caja de


dientes en la boca y como mordisqueando una
mogolla, me dijo:

"El peor pecado que has cometido no ha sido


robar a tu clientela por diez años ni morbosearte
con la vecina de al lado sino creer en esos estúpidos
agüeros".

Salí de la iglesia como si fuera un hombre nuevo.


Agüeros, todo eso no eran sino agüeros de ancianas
supersticiosas, me repetí una vez más para
convencerme. Para celebrar que ya no me iba a
morir, decidí abrir la tienda y echarme una agria. No
habían pasado tres minutos cuando entró una de las
hermanas Patiño, la chismosa que vivía en la Calle del
Embudo, dizque para comprarme medio litro de
aceite, cuando sabía que el aceite se me había
agotado. Me miró a los ojos como si estuviera
mirando ya a un difunto y me dijo: "Nos faltó tiempo
para hablar en esta vida" y se fue calle abajo,
taconeando tan duro, que ella sola parecía toda una
procesión de Viernes Santo. Y así siguió la romería
de gente que me llegaba a comprar cosas que yo no
vendía y a darme un pésame disimulado, sin darse
cuenta de que el pésame lo estaban dando por un
vivo. No me pude aguantar más. Cerré la tienda y me
fui para donde mi prima, Alba Arango, para que me
resolviera de una vez por todas el misterio de si me
iba a morir o no, antes de que me matara la zozobra.
Yo nunca había creído que ella en verdad supiera leer
las cartas y me parecía que todo lo que decía era
producto de su propia fantasía, pero, ¿a quién más le
podría preguntar uno de qué se iba a morir sino a
alguien que leyera el futuro, así fuera un futuro
inventado?
"Eleodoro, Eleodorito, te estaba esperando", me
dijo mientras se acicalaba una peluca negra que
usaba cuando leía las cartas. "Ya todo el pueblo sabe
que tu tía Pastora te oyó deshaciendo los pasos, que
te visitaron las mariposas negras de los difuntos y
que el gallo pinto cantó anunciando tu muerte. Y yo
sé que venís a que te diga de qué vas a morir, pero
que no vas a creer en las palabras de esta vieja.
Pero, partí la baraja con la mano derecha si querés
saber el futuro, porque las cartas no engañan" me
dijo de saludo y yo, atortolado, tomé asiento y con
mano temblorosa acaricié la baraja grasienta y casi
transparente por el uso. Ella repartió las cartas en
siete grupos de tres cada uno, las puso boca abajo y
sin perder por un instante la misma mueca que
dejaba entrever una sonrisa, levantó la primera
carta. Era un amenazador as de espadas. Le vi el filo
a la espada y de inmediato pensé "me van a matar de
un machetazo, el carnicero se va a enloquecer y me
va a cortar en dos cuando vaya a comprarle la lengua
del sábado..."

"Aquí veo malas noticias, posiblemente una


muerte en la familia, tal vez por una enfermedad
grave".
"¿Muerte en la familia?", pensé, "claro, si uno es
familiar de uno mismo, me está leyendo mi propia
muerte".

"No te me asustés, que la carta que sigue puede


borrar el efecto de ésta", dijo levantando la
siguiente carta con sus uñas rojizas como pétalos
largos.

"Diez de espadas. Carta de mala suerte. Cuando


sale junto a una carta mala, el mal será el doble".

"¿Será que me voy a morir dos veces, Albita?",


le dije para tentarla.

"Por suerte nadie se muere la víspera", me


contestó ella, levantado la tercera carta. Ante mi
vista apareció un nueve de espadas que de lo puro
gastado ya parecía un ocho.

"Vas a pasar muchas noches incómodas,


sufriendo de divagaciones nocturnas...", dijo lista a
seguir leyéndome mi mala suerte. Entonces le dije
que no quería saber nada más. La muerte se iba a
joder porque yo le iba a salir adelante. ¿Nadie se
muere la víspera? "No habré yo de ser el primero",
me dije.
De ahí salí derechito para donde el mejor
carpintero del pueblo, Bernardo Jaramillo, un
solterón empedernido y amigo de la familia que hacía
40 años había pretendido a mi tía Pastora. "Vengo a
que me tomés las medidas porque necesito un ataúd
para mi entierro", le dije con la naturalidad con que
le había encargado una mesa, meses atrás. El hombre
casi se machuca un dedo con el martillo que sostenía
en la mano al oír mi pedido. Pero era obvio que ya
todo el pueblo estaba enterado que me iba a morir,
porque se sobrepuso rápidamente y sacó un metro
para medirme.

"El ataúd lo quiero bien acolchonadito, porque no


me gusta dormir en cama dura, y si va a ser una
eternidad, mucho menos", le dije y luego añadí,
"tiene que ser de caoba, porque muerto que se
respete no se va al otro mundo entre cuatro guaduas
amarradas con bejucos". Con las medidas tomadas,
saqué un fajo de billetes y me dispuse a pagarle.

"Tranquilo Ele, que mucha es la cerveza gratis


que he tomado en tu tienda y esta ronda corre por
mi cuenta", me dijo rehusando mi dinero. Entonces,
con un disimulo mal disimulado, me preguntó:

"¿Para cuándo lo quieres?"


"Mañana vengo a probármelo".

Le di las gracias y me fui directamente para la


casa cural, para darle al padre Paz los detalles de mi
entierro.

"Quiero una misa simple, padrecito y sin mucho


berrinche, porque nada más desagradable de que
fuera de estar muertos, veinte viejas desocupadas
lo anden berriando a uno. La misita corta, lo mismo
que el sermón, porque usted sabe padre cómo soy yo,
que hasta de muerto vengo y me le duermo y a usted
no le gusta que le ronquen en la misa. De una vez le
pago la misa y le encimo la limosna, para que nadie
diga que Eleodoro Arango era un muerto tacaño. Y
eso sí, padre, ya sé que no hay muerto malo, pero no
se le vaya la mano alabándome, porque mejor que lo
alaben a uno de vivo y no de muerto, porque, ¿de qué
le sirven esas benditas alabanzas al muerto?", le dije
al padre pagándole de antemano sus gentilezas. Para
despedirme le dije: "Bueno padre, nos vemos en mi
entierro y que Dios me lo bendiga".

Listos el ataúd y la misa de entierro, me fui a la


notaría pública a arreglar mi testamento. Allí estaba
don Néstor Jiménez, el notario, fumándose un pucho
que no soltaba ni para ir al baño, peleando con una
resma de papeles para parecer ocupado. Viéndole su
traje brillante y raído, me dije "otro solterón que no
tiene mujer que le arregle la ropa". Entonces caí en
cuenta de que en este pueblo no se casaba nadie y
que los casados no teníamos hijos. "Terminaremos
extinguiéndonos como los guatines", pensé embebido.
Me sacó de mi sopor la perenne tos de fumador del
notario.

"Buenas las tenga don Néstor", lo saludé. "Como


ya estará enterado, el altísimo me está llamando a
calificar servicios y quiero dejar por escrito y con un
sello que le dejo la tiendita y la casa a mi hermana
Esneida y a mi sobrino Rogelio, no sea que algún vivo
decida quedarse con ellas".

A don Néstor casi se le atraganta el pucho.


Lanzó un escupitajo por la ventana a plena vía
publica, se instaló las gafas y se peinó el único
mechón de pelo que le quedaba en la frente.

"En otras palabras, quieres testar", me dijo.

"Usted llámelo como quiera, no más dígame


dónde y qué firmo y asunto arreglado, porque ahora
me voy para donde el barbero, porque los muertos
mal presentados lo único que causan es lástima", le
contesté y él me alargó una hoja de papel sellado
donde de prisa le escribí mi nombre y fresco como
una lechuga me dirigí a la barbería de don Pedro
Betancourt, mi barbero de los últimos 20 años.

"Pensé que sólo te tocaba motilada hasta la


semana entrante", me dijo al verme llegar.

Además de barbero, don Pedro trabajaba en el


profiláctico del pueblo, sacándoles sangre a las
prostitutas, para revisar que no tuvieran ninguna
enfermedad contagiosa. Era pequeño y flaco y tan
viejo que ni él mismo llevaba la cuenta de su edad,
aunque todavía tenía el pulso firme, ya fuera con las
tijeras o para meter agujas en las nalgas de las
mujeres de vida alegre del pueblo.

Esa tarde, mientras afilaba la barbera, le vi por


primera vez la mano un poco tembleque y de pronto
me dio la corazonada. ¿Qué tal que la muerte me
fuera a sorprender allí en la barbería, degollado por
aquel anciano que parecía más que yo tener ya una
pata en la tumba?

"¿Ya te enteraste de mi muerte?", le pregunté


para tratar de calmarme, mientras sentía que sus
tijeras me revoloteaban por la cabeza como si
fueran las negras mariposas del destino.

"Hombre, Eleodoro, para morirse sólo se


necesita estar vivos. Además, ¿acaso has oído de
alguien que se haya muerto de buena salud?",
contestó acercándome la fatídica barbera al
gaznate, donde la yugular cobra su nombre.

Entonces sentí el punzón y la sangre que me


brotaba del cuello, como si saliera de una botella
recién descorchada. "Me llegó el momento", pensé
mientras escuchaba gallos cantándome por todo el
cuerpo y sentía los gallinazos de la muerte
aleteándome en el estómago. Ya me iba a desmayar,
cuando escuché la voz de don Pedro que decía:
"Perdoná que te haya regado encima la gomina, pero
se me saltó la tapa".

Me toqué el cuello y me di cuenta de que no me


estaba desangrando y que mi imaginación me estaba
jugando ya una mala pasada. Fue así como lo vi todo
claro como la luz del día. Sin embargo, mis cálculos
mentales fueron interrumpidos por la voz carrasposa
de don Pedro.
"Y vos, ¿qué afán tenés de morirte? ¿Acaso no
te hemos tratado bien en este pueblo?", dijo
dándoles los últimos toques a mis patillas.

"Para el amor y la muerte, no hay cosa fuerte,


don Pedro y si la muerte cree que le tengo miedo, se
jodió, porque en vez de ella llegar por mí, yo la voy a
recibir a ella". Y diciendo esto le pagué la motilada y
yo mismo me quité los pelos del cuello que ya me
estaban haciendo cosquillas.

Salí de la barbería y por algún extraño motivo, la


calle polvorienta de siempre ya no parecía la misma.
La ceiba de la plaza despedía un aroma que de tanto
olerlo no me había dado cuenta de que existía y el
violeta de los sietecueros que bordeaban los andenes
se me pegaba a los ojos, dejándome la vista como el
calidoscopio conque jugaba de niño. Pasé por el café
de Hernán Jiménez, el hermano del notario, y el
aroma a café recién hecho y las voces de los
muchachos jugando billar me penetraron los
sentidos. Olía las voces y me sorbía el café por su
aroma. Entonces resolví escribir mi obituario para
que lo publicaran en "El Cafetero". Me senté en una
banca de la plaza y lápiz y papel en mano, garabateé
las primeras palabras.
"Ayer a las cuatro de la tarde murió de muerte
repentina mientras se tomaba un tinto el distinguido
hijo de San Juan de la Tasajera, don Eleodoro
Arango. El finado era..." y así continué hasta
terminar mi propia nota fúnebre. De camino a mi
casa la dejé en el diario vespertino, donde la leyeron
sin pestañear y le dieron el visto bueno, sin siquiera
cuestionarse que el muerto de la nota todavía gozara
de perfecta salud.

"¿Cuándo la quiere publicada?", me preguntó la


señorita Ismenia, la cual a pesar de que ya se
acercaba a los ochenta todavía había que tratarla de
señorita porque nunca se había casado.

Sin vacilar le contesté: "Cuando las chismosas


Patiño les traigan la noticia de mi deceso". Y sin
decir más decidí que era hora de ir a morirme y con
paso firme me dirigí a mi casa a esperar la muerte,
porque uno sólo nace y se muere una vez en la vida y
ambas veces está demasiado ocupado, ya sea
naciendo o muriendo, para darse cuenta de lo que
está pasando. Y aquí estoy, sentado en mi poltrona
de mimbre, fumándome un tabaco más largo que un
viaje a pie a La Tebaida y sorbiéndome un tinto con
aguapanela, mientras aguardo como he aguardado
cada noche durante los últimos 50 años a esa
anunciada visitante que por algún extraño motivo no
se ha querido cruzar en mi destino.

FIN

Mario Lamo, Colombia © 1999

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