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Deconstrucción: Conceptos y Estrategias

La deconstrucción es una estrategia filosófica desarrollada por Jacques Derrida que cuestiona las estructuras conceptuales de la tradición occidental. No es un método ni una crítica negativa, sino una intervención activa que deshace los sistemas filosóficos para comprender cómo están construidos y los estratos ocultos que los constituyen. Tampoco es universal, sino que depende de cada texto singular. Su objetivo no es destruir, sino examinar críticamente cómo funcionan las estructuras de poder en el discurso.
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Deconstrucción: Conceptos y Estrategias

La deconstrucción es una estrategia filosófica desarrollada por Jacques Derrida que cuestiona las estructuras conceptuales de la tradición occidental. No es un método ni una crítica negativa, sino una intervención activa que deshace los sistemas filosóficos para comprender cómo están construidos y los estratos ocultos que los constituyen. Tampoco es universal, sino que depende de cada texto singular. Su objetivo no es destruir, sino examinar críticamente cómo funcionan las estructuras de poder en el discurso.
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DECONSTRUCCIÓN

Cristina de Peretti Entrada del Diccionario de Hemenéutica dirigido por A. Ortiz-Osés y P. Lanceros, Universidad de Deusto,
Bilbao, 1998. Edición digital de Derrida en Castellano.

Tomado de:

[Link]

Cuando, a finales de los años 60, Jacques Derrida (pensador francés nacido, en 1930, en El-Biar,
Argelia) utilizó el término «deconstrucción» en De la grammatologie, uno de sus primeros textos,
jamás pensó ni que dicha palabra terminaría «tipificando» su quehacer filosófico ni que dicho término
tendría tanto éxito, en Europa y en Estados Unidos, para designar unos giros de lectura ). de escritura
que, atentos al pensamiento de Derrida, inciden en lugares tan diversos como son no sólo la filosofía,
sino también la crítica literaria, la estética y, asimismo, la arquitectura, el derecho, el análisis de las
instituciones o la reflexión política. En algunos textos, bastante posteriores (como, Por ejemplo,
L’oreille de l’autre, Mémoires, pour Paul de Man, «Lettre à un ami japonais» [en Psyché]), Derrida
explica que empleó el término «deconstrucción», término poco usual en francés. Para retomar en cierto
modo, dentro de su Pensamiento, las nociones heideggerianas de la -Destruktiom» de la historia de la

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onto-teología (que hay que entender no ya como mera destrucción, sino como «desestructu-ración para
destacar algunas etapas estructurales dentro del sistema») y de la «Abbau» (operación consistente en
«deshacer una edificación para ver cómo está constituida o desconstituida»).

«Deconstrucción» no era una palabra a la que Derrida concediese una importancia: no era sino una
palabra más dentro de toda una cadena de muchas otras palabras, una palabra susceptible de sustituir a y
de ser sustituida y determinada por otras tantas palabras en un trabajo que, además, no se limita sólo al
léxico. Pero tampoco encontraba Derrida esta palabra especialmente «bonita» ni «afortunada» (Psyché,
p. 392). Hoy, sin embargo, Derrida parece empezar a cobrarle un cierto afecto, tras haber tenido que
explicarse, que defenderse, con mucha frecuencia, desde hace ya unos cuantos años (cfr.. por ejemplo,
Mémoires, pour Paul de Man), de los crispados ataques que se viene lanzando, en los ámbitos
académicos y periodísticos norteamericanos y europeos, contra la deconstrucción.

Utilizado por Derrida hacia finales de los años 60, el término «deconstrucción» no puede por
menos que insertarse perfecta aunque polémicamente en el campo de ese discurso estructuralista que, en
esos años, domina el panorama cultural francés: «El estructuralismo dominaba por aquel entonces.
“Deconstrucción” parecía ir en ese sentido, ya que la palabra significaba una cierta atención a las
estructuras (que, por su parte, no son simplemente ideas. ni formas, ni síntesis, ni sistemas).
Deconstruir era asimismo un gesto estructuralista, en todo caso era un gesto que asumía una cierta
necesidad de la problemática estructuralista. Pero era también un gesto antiestructuralista. Y su éxito se
debe, en parte, a este equívoco» (Psyché, p. 389). No resulta, pues, extraño que, a menudo, se recurra a
operaciones como la desedimentación, el desmontaje o la desestructuración para explicar y/o entender

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cómo incide la deconstrucción en las estructuras logofonocéntricas del discurso tradicional de
Occidente, en los entramados conceptuales de todo gran constructo de pensamiento. Dichos
procedimientos no son, sin embargo, más que aproximaciones -y no siempre muy exactas- a la tarea
deconstructiva pues lo que (con) ella (se) pone en marcha no es una operación negativa. Deconstruir
consiste, en efecto, en deshacer, en desmontar algo que se ha edificado, construido, elaborado pero no
con vistas a destruirlo, sino a fin de comprobar cómo está hecho ese algo, cómo se ensamblan y se
articulan sus piezas, cuáles son los estratos ocultos que lo constituyen, pero también cuáles son las
fuerzas no controladas que ahí obran.

La deconstrucción trabaja, pues, no ya al modo de un análisis que, sin «pillarse los dedos», se
limita a reflexionar y/o a recuperar un elemento simple o un presunto origen indescomponible de un
determinado sistema, sino como una especie de palanca de intervención activa, estratégica y singular,
que afecta a [o, como escribe a veces Derrida, «solicita», esto es, conmueve como un todo, hace temblar
en su totalidad] la gran arquitectura de la tradición cultural de Occidente (toda esa herencia de la que
nosotros, querámoslo o no, somos herederos), en aquellos lugares en que ésta se considera más sólida,
en aquellos en los que, por consiguiente, opone mayor resistencia: sus códigos, sus normas, sus
modelos, sus valores.

Esto no significa, sin embargo, que la deconstrucción sea una crítica. Y no lo es, en primer lugar,
en el sentido apuntado por la instancia del krinein, esto es, en el sentido de un juicio valorativo, de una
decisión que se establece a partir de una serie de primacías y de jerarquías. Antes bien, si alguna ley
puede atribuírsele a la deconstrucción, ésta no es otra que la ley de la indecidibilidad. Pero esta

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indecidibilidad, que va «más allá de todo cálculo y de todo programa», no es «ese quedar en suspenso
de la indiferencia, no es la différance como neutralización interminable de la decisión. Por el contrario,
es la différance como elemento de la decisión y de la responsabilidad» (Altérités, p. 33).

La deconstrucción tampoco es una crítica, en segundo lugar, en el sentido de una operación


negativa, nihilista, irracional o escéptica. Frente a todas ellas, la deconstrucción acepta el riesgo y la
necesidad de asumir de forma positiva, afirmativa, la única racionalidad que se da, es decir, una razón
capaz de enfrentarse a su falta de garantías, de renunciar a su supuesta universalidad y de acoger su
«otro» espúreo y conflictivo: la no-razón.

Por otra parte, operaciones del tipo de la destrucción, de la negación, del aniquilamiento, de la
transgresión, por su simplicidad misma, por la mera inversión de valores que operan, no constituyen
más que meras regresiones o falsas salidas con respecto a aquello mismo que pretenden transgredir o
destruir. Situándose siempre en el borde, manteniéndose siempre en un equilibrio inestable y, por ello
mismo, fructífero sobre ese retorcido margen que articula a la tradición occidental con su otro, la
deconstrucción cifra su eficacia, precisamente, en la complejidad de su gesto siempre desdoblado,
nunca simple, el cual, a su vez, resalta la importancia de la estrategia en esa actividad filosófica que es
la deconstrucción. Estrategia sí, pero no método.

En efecto, la deconstrucción no es, tampoco, en modo alguno un método. No lo es, en primer


lugar, porque la deconstrucción no es ni puede ser jamás la operación de un sujeto: no sobreviene del
exterior ni con posterioridad al objeto concernido, sino que forma parte integrante del mismo. «La

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deconstrucción -escribe Derrida- tiene lugar: es un acontecimiento que no espera la deliberación, la
conciencia o la organización del sujeto, ni siquiera de la modernidad. Ello se deconstruye. El ello no es.
aquí, una cosa impersonal que se contrapondría a alguna subjetividad egológica Está en
deconstrucción (Littré decía: “deconstruirse... perder su construcción”). Y en el “se” del
“deconstruirse”, que no es la reflexividad de un yo o de una conciencia, reside todo el enigma» ( Psyché.
p. 391).

En segundo lugar, la deconstrucción no es un método porque la singularidad (el idioma en su


sentido más estricto, es decir, lo que Derrida a veces llama el «efecto de idioma para el otro») de cada
texto, de cada una de sus lecturas, de cada escritura, de cada firma, resulta irreductible. La
deconstrucción, de hecho, es un acontecimiento singular que tiene que replantearse en cada ocasión,
que tiene que inventarse de nuevo en cada caso. Por eso, no se debería hablar sin más (como aquí-y-
ahora estoy haciendo) de la deconstrucción en singular, sino que habría que hablar de
deconstrucciones en plural, de deconstrucciones que se inscriben en la singularidad misma de lo
deconstruido.

Sabiendo, sin duda alguna, que el siguiente reproche sería algo así como: «Entonces ¡todo vale!
¡La deconstrucción es un mero pasatiempo irresponsable!», Derrida precisa que el hecho de que la
deconstrucción no sea un método «no excluye una cierta andadura que es preciso seguir» (La
dissémination, p. 303). Dicha andadura no es otra que lo que Derrida denomina la estrategia general
de la deconstrucción. En el proceso significante general que es el texto para Derrida y dentro de una
compleja y diversificada trama de trabajo siempre singular, un «suplemento de lectura o de escritura

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debe ser rigurosamente prescrito, pero por la necesidad de un juego, signo al que hay que conceder el
sistema de todos sus valores» (La dissémination, p. 72).

Y es, precisamente, en la rigurosa necesidad de ese suplemento de lectura o de escritura en donde


se plasma con más fuerza la gran desemejanza que existe entre la estrategia deconstructiva y la práctica
hermenéutica tal y como ésta ha ido forjándose desde Schleiermacher hasta nuestros días. Hago esta
precisión porque el término hermenéutica tiene una larga historia y su signo ha ido alterándose
constantemente en el transcurso del tiempo. Este Diccionario es un buen ejemplo de ello.

A primera vista, en ambos casos existe una revisión de determinados conceptos fundadores
manejados por la tradición. Sin embargo, ni dicha revisión, ni las hipótesis de trabajo que en ambos
quehaceres se ponen en marcha, ni los efectos que se pretenden desencadenar permiten, en ningún
momento, establecer semejanza alguna entre ambos recorridos. «Por hermenéutica he designado el
desciframiento de un sentido o de una verdad resguardados en un texto. La he contrapuesto a la
actividad transformadora de la interpretación» («La question du style», en [Link].: Nietzsche
aujourd’hui. París, Union Générale d’Éditions, 1973, p. 29).

En efecto, la ineludible necesidad de la búsqueda de la verdad, del sentido último del texto que
domina la actividad hermenéutica difícilmente se conjuga con la lógica derridiana del suplemento cuya
tarea reclama, ante todo, «reinterpretar la interpretación», ser una nueva escritura de la escritura.

En primer lugar, la búsqueda del sentido perdido del texto o, dicho en términos más

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deconstructivos, la búsqueda del querer decir del autor en el texto, sitúa a la Hermenéutica en la
problemática de la comprensión del pasado, es decir, en la línea de una concepción de la historia como
efectividad del sentido: el sentido deja una serie de huellas que constituyen la trama de la historia, pero
dichas huellas serán siempre efecto de la historia. Para la deconstrucción, en cambio, la historia
carece de origen primigenio y de sentido teleológico. Regida por el movimiento de la huella. por la
différance (temporización y, a la vez, espaciamiento), la historia es entendida como historia
diferencial, como efecto de la huella, que, por consiguiente, excluye la indiferencia, esto es, la
continuidad y linealidad del fluir temporal.

En segundo lugar, la búsqueda del sentido del texto, tarea fundamental de la Hermenéutica,
implica tanto una especie de «perfección anticipada» del texto como esa «buena fe» del intérprete
que confía en el privilegio ontológico y semántico de dicho texto. Es decir, la Hermenéutica se
apoya en buena medida en el concepto de pertenencia, en el discurso de asistencia recíproca entre el
escribir y el comprender como lectura que «escucha». Si leer es oír, escuchar, la Hermenéutica se
resuelve, entonces, básicamente en una labor de mediación interpelativa destinada a asimilar el
sentido, que ya está ahí, de un texto y que, por lo tanto, sólo resulta preciso poner de manifiesto,
hacer presente. La deconstrucción, por su parte, requiere «pillarse los dedos», escrutando entre las
líneas, en los márgenes, escudriñando las fisuras, los deslizamientos, los desplazamientos, a fin de
producir, de forma activa y transformadora, la estructura significante del texto: no su verdad o su
sentido, sino su fondo de ilegibilidad y, a la vez, ese exceso, ese suplemento de escritura o de
lectura que, interrogando la economía del texto, descubriendo su modo de funcionamiento y de
organización, poniendo en marcha todos sus efectos (inclusive lo reprimido, lo excluido), abre la

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lectura en lugar de cerrarla y de protegerla, disloca toda propiedad y expone al texto a la
indecidibilidad de su lógica doble, plural, carente de centro, la cual no permite jamás que se agote
plena y definitivamente su proceso de significación.

Ciertamente, la textualidad hermenéutica, a pesar de estar en cierto modo borrada, encierra un


sentido virtual, una potencia de verdad que el intégrete ha de poner de manifiesto, aún sabiendo que
dicha donación de sentido no consigue explicar más que algunas unidades de sentido, sin abarcar
nunca exhaustivamente la totalidad. Por su parte, la deconstrucción otorga una relevancia
estratégica a una textualidad heterogénea pero «re-marcada» (la cual, constituida por el complejo y
laberíntico juego de los injertos textuales, de la paleonimia o cuestión de los viejos nombres, de
esos artilugios textuales que son los términos indecidibles, de los efectos de constantes reenvíos,
teje un entramado, un tejido, una red diferencial que remite a y se entrecruza con otros tantos
textos) contraponiendo a la polisemia hermenéutica una polisemia universal (semántico-sintáctica
e, incluso, gráfica): la diseminación.

En la Hermenéutica, la polisemia explota el contenido temático y/o semántico de las palabras.


Esto supone, ciertamente, un paso importante frente al mero comentario literal y lineal de un texto.
No obstante, no hay que olvidar que su horizonte último es la recuperación de la unidad del sentido,
de la verdad. Por el contrario, la diseminación, operador de generalidad gobernado por la lógica del
ni/ni, esto es, del «entre», y que trabaja los términos y los textos, no explota ningún contenido
temático-semántico de éstos, sino que, inseminándolos, los hace estallar: «Abre el camino a “la”
simiente que no (se) produce, por consiguiente, no se adelanta más que en plural. Plural singular

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que ningún origen singular habrá precedido jamás. Germinación, diseminación. No hay
inseminación primera. La simiente, en primer lugar, es dispersada. La inseminación “primera” es
diseminación. Huella, injerto cuya huella se pierde. Ya se trate de lo que se denomina “lenguaje”
(discurso, texto, etc.) o de siembra “real”, cada término es un germen, cada germen es un término.
El término, el elemento atómico, engendra al dividirse, al injertarse, al proliferar. Es una simiente,
no un término absoluto» (La dissémination, pp. 337-338). El proliferante trabajo de la
diseminación da lugar no sólo a que aquello que es afectado por ella no retorne nunca al «padre», es
decir, a que ningún término, ni ningún texto trabajado por ella se justifique nunca, en última
instancia, por una referencia al querer-decir al logos o a cualquier otro origen supuestamente
inquebrantable, sino que, además, impide cualquier posibilidad de saturación del contexto. Porque
tampoco hay que olvidar que si, por su parte, la logica deconstructiva reclama la carencia de ,entro
y, por consiguiente, de organización temática, de palabras-clave (por ser dichas instancias
indisociables del prejuicio metafísico de la primacía de la presencia). a su vez, el límite tampoco
posee una estructura perfectamente nítida y tajante sino que ésta, por el contrario, es sinuosa y
retorcida como la de una lima. En ocasiones, Derrida habla de invaginación para aludir a la
compleja relación entre interior y exterior, a la imposibilidad de zanjar de una vez por todas entre el
dentro y el fuera. a la indecidibilidad que, de hecho, afecta a todas las presuntas categorías
delinutadoras. Y esto es lo que releva la textura del texto, su espesor. El texto es un entramado de
textos, un tejido de diferencias, indecidible, diseminado al infinito. Resulta imposible decidir dónde
acaba un texto y dónde comienza otro. «Il n’y a pas de hors-texte», afirma Derrida. Lo único que
hay es texto «à perte de vue»...

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Cristina de Peretti

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