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Encuentro con lo desconocido en la noche

El resumen describe un viaje en tren donde dos amigos se duermen y experimentan una extraña aparición. Un pasajero sin rostro se desliza hacia ellos y los deja en un estado de parálisis. Cuando despiertan, están en un lugar desconocido y se separan en medio de un bullicio. Luego, la protagonista visita una casa sospechosa que podría alquilar, pero el interior tiene características inquietantes y un silencio abrumador.

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Encuentro con lo desconocido en la noche

El resumen describe un viaje en tren donde dos amigos se duermen y experimentan una extraña aparición. Un pasajero sin rostro se desliza hacia ellos y los deja en un estado de parálisis. Cuando despiertan, están en un lugar desconocido y se separan en medio de un bullicio. Luego, la protagonista visita una casa sospechosa que podría alquilar, pero el interior tiene características inquietantes y un silencio abrumador.

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Ana de Gómez Mayorga

Entreabriendo la puerta
PARA el fino espíritu de mi amigo RAFAEL LUIS PARTIDA.
EL VIAJE
Subimos al coche de primera y nos situamos en un rincón, dispuestos a
pasar lo mejor posible nuestra forzosa velada. Encendimos un cigarro y nos
pusimos a conversar de cosas sin importancia. No iba casi nadie, sólo nosotros y,
en el rincón opuesto al que habíamos elegido, dormía o dormitaba un individuo
del cual nada podía saberse pues estaba metido en un grueso abrigo en cuyos
profundos bolsillos tenía hundidas las manos; se había echado el sombrero sobre la
cara. De una ojeada apreciamos el conjunto del pasajero tan poco interesante y no
volvimos a ocuparnos más en él.

Hacía frío; el frío de una transparente noche de diciembre. Cerca de las doce
entró el empleado a recoger los boletos y al aproximarse al pasajero que dormía, ni
siquiera lo despertó, pues, en la cinta del sombrero, vió puesto su boleto, como
hacen innumerables personas, con el fin evidente de que no se las moleste. El
empleado lo tomó, lo marcó, volvió a ponerlo en su sitio y salió tornando a quedar
todo en calma y serenidad.

Conocíamos muy bien el camino por haberlo andado ya varias veces y


sabíamos, casi, el kilómetro en que nos hallábamos en cualquier momento de
nuestro recorrido; así, pues, nos dábamos cuenta de lo largo que iba a hacérsenos
el tiempo que faltaba para llegar. Según nuestros cálculos, estaríamos en la ciudad
mucho después de amanecido.

Hubo un momento en que nos sentimos ganados por el sueño y como


éramos amigos de confianza, nos acomodamos lo mejor que pudimos
disponiéndonos a dormir. Comenzaban a invadirnos los vapores indecisos del
semisueño que precede al verdadero sueño, cuando sentí que el pasajero que antes
dormía, absolutamente inmóvil, se levantaba y avanzaba sin ruido hacia nosotros.

Yo sabía que esto ocurría, sin abrir los ojos, porque me era totalmente
imposible, y sabía también que a mi amigo le pasaba exactamente lo mismo,
dándome cuenta de ello por quién sabe qué desconocida telepatía establecida de
súbito entre los dos. Tampoco podíamos movernos hallándonos como
narcotizados, pero sin perder la conciencia de cuanto nos rodeaba.

Experimenté el terror agudo, al darme cuenta de la situación, de que


estábamos absolutamente a merced del desconocido. Mi terror aumentó a un grado
increíble cuando comprendí que no se trataba de un ladrón, porque un ladrón no
nos hubiera sumergido en tal sueño. Bien advertía yo que esto era obra suya.
Recordaba vagamente haber oído hablar de individuos que tienen poder para
dormir a distancia a quienes les conviene, pero no creía que el sueño provocado en
tal forma fuese lo bastante lúcido para permitir tener noción exacta de todo lo
circundante. Era éste un caso extraño y asimismo me pareció que íbamos a caer en
un peligro extraño también.

El hombre avanzó hacia nosotros, a tiempo que yo desarrollaba estos


pensamientos, sin hacer el menor ruido y su avance, no era precisamente el que se
efectúa al caminar, sino que era el resultado de una especie de deslizamiento.
Dentro de esta lucidez de ciertos sentidos interiores que me permitían ver sin abrir
los ojos, me di cuenta de que no podía vérsele la cara, no porque la tapara con cosa
alguna, sino porque (absurdo parece decirlo) porque no tenía cara. Era una especie
de niebla, de sombra, de algo fofo e impreciso que se situaba en el lugar que debía
haber ocupado la cara.

De pronto “oí” la voz de mi amigo que me “gritaba” dentro de mi sér: ¡Es un


fantasma! ¡Estamos en su poder!

Antes de que yo hubiese podido formular pensamiento alguno ya estaba


junto a nosotros el siniestro pasajero; pero no nos tocó ni se detuvo; siguió
deslizándose, pasó a través de la cerrada portezuela del carro y se perdió en la
oscuridad de la noche.

Nos dimos cuenta entonces, de que el tren corría con una velocidad
fantástica a lo largo de interminable túnel que no tenía nada de común con el
camino que nos fuera familiar. En el interior del carro también reinaba la
oscuridad.

Llegó un momento en que nuestra lucidez acabó y nos sentimos hundir en


un profundo y oscuro sueño. Cuando despertamos, el sol asomaba en el horizonte
abriéndose paso por espesas nubes. Nos envolvía y nos ahogaba una batahola
infernal de la que nada, en un principio, pudimos comprender. Nos desperezamos
trabajosamente y nos consideramos atentamente uno a otro: estábamos cubiertos
de harapos como dos miserables mendigos; yacíamos en el quicio de una puerta
cerrada y el frío del amanecer, junto con lo duro del suelo, agarrotaba
dolorosamente nuestros miembros.

No pudimos pronunciar una sola palabra. Ni nos habríamos escuchado uno


a otro, en caso de haberlo intentado, dentro de aquel griterío ensordecedor.
Estábamos en una especie de mercado. Multitud de vendedores vociferaban
estentóreamente su mercancía; hombres que trasladaban pesados bultos de un lado
a otro caminando sobre un suelo fangoso y rebaladizo; barracas rarísimas; cestas
enormes cargadas de hortalizas extrañas; carretillas o espuertas rebosantes de
comestibles empujadas por extraordinarios faquines; hombres y mujeres maduros;
niños y ancianos se apretujaban y se movían hormigueantes. Una muchedumbre
inmensa, abigarrada de vestimentas nunca vistas por nosotros, de insólitas
facciones, se agitaba en torno nuestro abrumándonos, ensordeciéndonos,
consumiendo nuestro empuje vital con su terrible vocerío, hablando en un idioma
totalmente desconocido para nosotros.

Volví la cara, presa de mortal espanto, para buscar los ojos de mi amigo
pidiéndole amparo ¡a él, que lo necesitaba tanto como yo! para preguntarle qué
debíamos hacer, para certificar que no éramos víctimas de una atroz pesadilla.
Pero mis ojos lo buscaron vanamente: había desaparecido; lo había tragado aquella
muchedumbre vociferante, abigarrada, enloquecedora.
LA CASA
—No imaginas cómo deseo esa casa; mejor aún, cómo la necesito para
entregarme tranquila a escribir sin oír el odioso barullo y el insoportable estruendo
de las calles. Así nada puede hacerse, no es posible concentrarse y producir.

—Pues no pides nada —replicó mi amiga con festiva ironía— una casa
tranquila, silenciosa llena de paz y en el centro de la ciudad. Es un contrasentido.
No vas a encontrarla.

Nos despedimos hasta muy pronto mi amiga y yo. Siguió ella su camino por
Independencia y yo el mío, dispuesta a dar vuelta por la calle de López.
Precisamente, al llegar a la esquina, un individuo de edad indefinible, con aspecto
de enterrador, se acercó a mí y me dijo:

—Perdóneme, señora, si me tomo una libertad que no me dan; pero oí, sin
querer, su conversación y supe que usted deseaba una casa silenciosa en el centro
de la ciudad. Da la casualidad que yo puedo proporcionarle noticias de una que
está a dos pasos de aquí.

—¿Sí? —le pregunté alborozada y sin tener, casi, en cuenta su intromisión


impertinente y su aspecto funeral.

—Sí —me contestó— mire usted, es aquí en la rinconada. ¿Ve usted esa
puerta? Pues esa es la casa. Ahí están sus dueños y puede arreglarse con ellos.

—Pero si viven ahí no creo que quieran alquilarla.

—Sí —me dijo mi interlocutor con aire persuasivo— acaso usted les preste
un servicio. Hace mucho que quieren dejarla, sólo que, hasta aquí, no han podido.
Tal vez si usted queda en vez de ellos…

—Pues ahora mismo voy a hablar con esas personas —dije entusiasmada.

—Pero —objetó vacilante el hombrecillo— a esta hora no se los puede ver.


Por la noche, es la hora propicia. Poco después de las ocho.

—Muchas gracias por sus noticias —concluí haciéndole una leve inclinación
de cabeza y seguí de largo pasando por frente a la puerta de aquella casa. ¡Qué
raro, pensé, no había yo notado nunca esta puerta en este lugar!

Esa misma noche, ni tarda ni perezosa, fui a informarme de lo relativo al


alquiler de esa casa que, parecía, iba a llenar todas mis exigencias. Tenía tal
impaciencia, que a las ocho en punto me hallaba frente a la puerta. Llamé
discretamente con los nudillos, pues no había timbre ni llamador. En el acto se
abrió una de las hojas y asomó por el vano la cabeza de una mujer como de setenta
años, con el cabello demasiado negro para su edad; negros también sus ojos
redondos y saltones que rodaban con rapidez en sus órbitas; su nariz ganchuda —
como las clásicas narices de las brujas— su boca, de labios exangües y
delgadísimos, de aspecto repugnante; la barbilla avanzaba, encorvándose,
queriendo unirse a la nariz.

En cuanto me vió se apartó hacia un lado para dejarme pasar y, antes de que
yo pudiera pronunciar una palabra, me impuso silencio con un dedo sobre los
labios, clavándome la mirada de sus ojos acerados. Luego cerró la puerta con
pesado cerrojo que, no obstante, no hizo el menor ruido.

Cuando estuve dentro, noté con estupor una claridad que, sin duda, no era
la del día, puesto que afuera era de noche, ni parecía de alumbrado artificial. Era
una luminosidad crepuscular bastante viva para permitirme examinar la
habitación en que me hallaba, si aquel recinto podía llamarse habitación. Adosados
a sus muros y hasta una altura de metro y medio, poco más o menos, había una
especie de contrafuertes pintados de almagre. Unas ventanas que,
indudablemente, daban entrada a la claridad de que he hablado, se abrían en lo
alto de los muros sin dejar ver qué había tras ellas. Pero, aumentando mi inquietud
por considerar aquella luz en completa contraposición con la oscuridad de la calle,
me di cuenta de que reinaba en el interior un silencio tan absoluto que casi era
pavoroso, no sólo por el contraste violento con el ruido de la calle que escuchara
segundos antes, sino por su naturaleza particular, por sí, intrínsecamente. Era un
silencio como yo no había conocido otro alguno. Era un silencio que separaba a
uno del mundo y lo aislaba de él.

—Señora —dije, en voz tan baja que apenas podía oírme a mí misma— yo
venía… —no me dejó concluir la seca viejecilla.

—Sí —murmuró— sé a lo que viene usted. Y, adelantándose, me señaló una


habitación cercana en donde no había más muebles que una silla bajita en la cual
estaba sentado un anciano, que parecía dormir, de la misma edad de la mujer,
aproximadamente, vestido de negro también.

—Ahí lo tiene usted —me dijo en voz aún más baja— ahí está clavado en esa
silla no sé desde cuando. Tiene cáncer en el hígado y le acometen dolores terribles;
pero cuando se le calman, duerme, como ahora y éstos son los únicos momentos en
que gozo de paz. No duermo, no descanso. No puedo sentarme, siquiera. Cuando
tiene esos dolores se retuerce y blasfema. Me llena de injurias. Alguna vez ha
intentado estrangularme.

Fulguraban los ojos de la vieja al decirme esto. Me hablaba volviendo


ligeramente la espalda a la habitación desmantelada. Volví los ojos al viejecillo que
dormía y vi claramente cómo abrió los suyos, me hizo un guiño y se puso el índice
en los labios recomendándome secreto.

De pronto no supe qué pensar, pero luego me hice cargo de la situación.


Ambos se odiaban —marido y mujer— y vivían sólo entregados a la ira que les
ocasionaba su respectiva condición: uno, por la tiranía cruel de la enfermedad;
otra, por la tiranía ultrajante del enfermo; por verse obligada a cuidarlo, a sufrir
sus impertinencias y sus denuestos. Ella descansaba de él cuando éste dormía (o
bacía que dormía) y él, en cuanto se lo permitían sus dolores, fingía dormir para
descansar de ella.

No querría yo vivir jamás en semejante casa, me dije. ¡Qué densas ondas de


negros pensamientos debe haber aquí! ¡Acabarían con la vida del desgraciado que,
por azar, se sepultara en esta tumba!

Quise volverme atrás, hacia la calle; pero la vieja me cerró el paso y con un,
esbozo de sonrisa, atroz en aquellos repulsivos labios:

—¡No! —me dijo con sarcasmo triunfante—. ¡Ya vino usted! Ahora me
reemplazará y se quedará con él. Yo reconquistaré mi libertad.

Pero, en ese momento y cuando yo no me había hecho aún cargo de mi


situación, un aullido terrible desgarró el silencio de la casa maldita y la vieja se
lanzó como impelida por una fuerza irresistible hacia el miserable que se retorcía
babeante de dolor gritando cosas que no son para decirse.

Despavorida me lancé a la puerta; con esfuerzo desesperado alcé el cerrojo,


abrí y me encontré en la calle, tambaleante como ebria.

Un resplandor intenso me cegó momentáneamente. Multitud de transeúntes


iba y venía por la acera. ¡Cómo! me dije ¿de dónde sale esta luz nunca vista? ¿De
dónde sale esta gente? Cuando entré en esa casa la calle estaba, como de
costumbre, oscura y solitaria.

Necesité ceder a la terrible verdad: la rinconada aquella había desaparecido,


la calle obedecía al moderno alineamiento de la actual urbanización. Casas de
comercio, de diversos artículos proyectaban torrentes de luz por sus aparadores.
Letreros de luminosos colores se veían por todos lados. Ni sombra de la puerta por
donde acababa de salir. Consulté mi reloj pensando en lo tarde que debía ser
después de tales andanzas. Un sudor frío mojó mi frente al ver la hora: eran las
ocho en punto.

Me fuí caminando por la acera sin acabar de entrar en mí misma, como caída
de otro planeta. Y, sin embargo, pensé, ellos están ahí. Viven en esa casa hace cien
o mil años, no importa la cifra. El tiempo, los sitios, los seres, las cosas, les son
ajenos; no cuentan para nada en el mundo en que desarrollan interminablemente
su tragedia.
LA FUGA
—Estoy lista —me dijo con su voz cantarina desde la puerta de su cuarto.

—Muy bien —le respondí alegremente—, en un momento acabo.

Y en dos minutos estuve en la puerta de entrada ya con el sombrero puesto.


Salió ella calzándose los guantes y, cogidos del brazo, nos echamos a la calle.

Gustábamos de dar un paseo por el centro antes de cenar y hacer nuestra


velada. Si, por acaso, había una buena película nos metíamos en un cine; a veces
cenábamos en el restaurante. Eramos libres de hacer lo que nos viniese en gana.

Caía la tarde y la luz del crepúsculo impregnaba las cosas de suave poesía.
En lo alto, Venus, junto a la luna en creciente, brillaba con sereno resplandor. La
ciudad se enjoyaba con sus luminosos anuncios de colores y nosotros
caminábamos despacio llenándonos del bullicio y de la alegría ambiente, la alegría
del que ha trabajado el día entero y se dispone a divertirse o a descansar.

—Por favor, toma mi bolsa un momento —me dijo ella de pronto— se me ha


desatado un zapato.

Y se inclinó acto continuo para arreglar lo que necesitaba.

Para no apurarla me volví un momento y me puse a ver distraídamente un


aparador, silbando un aire ligero. Como pasaran los instantes que me parecieron
suficientes para remediar el desperfecto, volví los ojos hacia donde ella se había
inclinado y, con sorpresa, vi que no estaba. Entonces pensé que había querido
darme una broma —broma tonta, me dije sin poder evitarlo—, broma que no venía
al caso y completamente inesperada en ella, la discreción misma.

Lo primero que se me ocurrió fué que habría entrado rápidamente, mientras


me volví para no apresurarla, al cercano almacén cuyos aparadores, ya iluminados,
ofrecían esas seducciones que fascinan a las mujeres.

Naturalmente, me lancé en el interior buscándola afanoso con la mirada. Se


había puesto aquella tarde un traje sastre gris, por lo cual me parecía difícil
distinguirla de lejos; pero, en cambio, llevaba un gracioso sombrerito azul brillante
que no podía confundirse con otro alguno. Por detrás, los rubios cabellos rizados la
volvían única entre mil mujeres.

Me adelanté con paso vivo entre la gente que hacía sus compras en aquellos
momentos y ¡vaya, respiré, al fin! La distinguí de lejos inclinada sobre un macetón
que adornaba una vitrina interior.

No dejé de sentir un movimiento de cólera hacia ella. ¿Por qué había hecho
eso?, me pregunté mientras salvaba la distancia que nos separaba. No venía a
cuento, era una cosa tonta, concluí. Ella no podía verme, pues estaba vuelta de
espaldas a mí. En un momento estuve casi a su lado y, sin poder dominarme, le
dije antes de verle, siquiera, la cara: ¿Por qué me has dejado como a un tonto?

Pero, en el instante mismo de pronunciar estas palabras, reconocí mi error,


pues, aunque el traje era gris y el sombrero azul, no era la misma su forma ni había
debajo de él aquellos rizos dorados inconfundibles.

La mujer no se movió, inclinada siempre sobre su macetón con flores


artificiales como ella. Era un maniquí.

Parecióme que un chorro de agua helada me caía sobre la cara, volví sobre
mis pasos avergonzado de mi gruesa equivocación y sobresaltado, con un
angustioso sobresalto en el corazón. La busqué en vano por todo el almacén, no
estaba en ninguna parte.

Me reproché entonces mi torpeza, pues de estar en otro sitio, había perdido


la oportunidad de hallarla buscándola tontamente en ese lugar y tomando por ella
al maniquí.

Salí conteniendo a duras penas mi justa indignación. La gente que se


retiraba, porque ya cerraban las puertas, comenzaba a mirarme con recelo. Acaso
me tomaron por loco viendo ansioso para todos lados y llevando desmañadamente
una bolsa de mujer en la mano.

“Lo razonable es volver a casa, me dije. Ahí debe estar ya”; pero una voz en
mi interior, parecía decirme: “Es absurdo. Ahí no puede estar, de otro modo no
hubiera desaparecido”.

No obstante, allá me lancé con fiebre deseando llegar en un abrir y cerrar de


ojos. Me quedé un instante parado buscando un coche libre que me llevara
volando. Vi uno y le hice señal de que deseaba tomarlo. Se detuvo en seguida; pero
me separaba de él la corriente de coches que iban en sentido inverso y que, por
esto, no servían a mi propósito. Esperé el resquicio para deslizarme como pudiese,
a riesgo de un accidente. No hubo necesidad: en ese momento el semáforo marcaba
el alto y me precipité hacia el coche que me esperaba.
En el segundo en que rebasaba la línea de tránsito inverso la ví a ella que
tomaba precisamente el coche que yo había detenido. “¡Gracias a Dios!” exclamé
para mí, respirando con alivio. Con la rapidez con que camina el pensamiento me
propuse no hacerle reproche alguno sino inquirir serenamente el móvil de su
proceder. Acaso tuvo una razón importante para haberse conducido como lo había
hecho. Se me había desvanecido totalmente la cólera y comenzaba a estrangularme
la aflicción.

De un salto fui hacia el coche haciendo insistentemente señales al chofer, que


me vió con extrañeza. Pero la portezuela estaba abierta esperando sin duda que yo
subiera y supuse entonces que ella me había visto y había dicho al chofer que me
esperase. Me eché adentro como loco cerrando la portezuela con estrépito. El coche
estaba vacío. El único pasajero era yo.

No supe qué pensar. ¿Me habría hecho objeto de una nueva burla? Pero el
chofer, con actitud natural, nada raro pareció haber advertido preguntándome en
ese momento:

—¿A dónde vamos, señor?

Ignoro cómo pude darle las señas de mi casa. Tampoco sé cómo hicimos el
trayecto. Cuando me vi frente a mi puerta me eché abajo y abrí sin esperar el
cambio que me alargaba el chofer.

La casa estaba oscura y en ella no había persona alguna. Vivíamos sin


criados y nadie más que ella podía estar ahí; pero ella tampoco estaba. Comprendí,
dentro del caos de mi mente, que, para broma, ya era excesivo lo que me estaba
pasando y tuve el temor de perder la cabeza.

Había dado vuelta al conmutador y la luz que se reflejó en el espejo del


mueble que estaba en el vestíbulo me hirió acremente en los ojos. Me hice a un
lado no queriendo verme por el terror de hallar en mi cara no sé qué espantable
expresión y me dirigí al comedor.

La cristalería brillaba en la mesa preparada para nuestra vuelta, como ella


solía hacer. No tuve fuerza para hurtar la mirada y vi. Pero en el fondo no se
alzaba mi imagen. Fué la suya, la de ella, la que vi, ligeramente vuelta de espaldas,
con el traje gris, con el sombrerito azul, con los rizos dorados…

Salí tambaleante de la estancia y me di a recorrer desatentado la casa entera.


En todos los espejos que había en ella hundí los ojos y en ninguno me vi reflejado.
No era yo, era ella la que aparecía en la misma posición: ligeramente vuelta de
espaldas, con el traje gris, el gracioso sombrerillo azul, los dorados rizos
inolvidables que la hacían única en el mundo para mí.
EL SOÑADOR
Era un hombre raro, desde niño fué considerado como sér aparte. En la
escuela se aislaba de sus compañeros cuando éstos se entregaban a los juegos
naturales en su edad, retirándose a un rincón solitario para entregarse libremente a
soñar.

Soñar despierto; era su ocupación favorita y con ella gozaba lo indecible. A


veces conversaba con su madre o con alguna de sus hermanas acerca de sus
visiones interiores: castillos antiguos, guerreros con férreas armaduras, reinas
hermosísimas, pajes, hadas… pero se reían de él. “¡Estás loco!” era siempre la
conclusión a que llegaban. Por eso, andando el tiempo, optó por callarse. Y callaba
por dos motivos: primero, porque no encontraría nunca quién lo comprendiera y
luego, porque no habría lenguaje humano que pudiera dar idea, siquiera fuese
vaga, de la belleza supraterrena de sus creaciones interiores. No podría jamás
pintar aquellas formas, aquellos paisajes, aquellos colores que constituían su
delicia y se contentó con gozar calladamente su posesión interior.

Cuando fué hombre, pronto encontró manera de aislarse todavía más. Se


apartó de su familia y se mantuvo célibe. Vivía siempre solo entregándose, en
cuanto podía, a sus fantásticos sueños.

Una larga temporada que vivió en apartado barrio de la ciudad y en


modesta casita que él decoró interiormente a su gusto, disfrutó, como no había
podido hacerlo antes, de sus internas creaciones.

La casa tenía un jardinillo insignificante y en él se alzaban uno que otro


arbusto y unas cuantas matas de flores desmirriadas. El pasto, sin aliño crecía
libremente formando tupida alfombra. La calle limpia, pero no cuidada, estaba
invadida por la yerba en los sitios que se proyectó cubrir de césped. Unos cuantos
árboles extendían sus ramas en todas direcciones, a la buena de Dios y, más allá,
fuera de lo poblado, llanos que se cubrían de grama y de frondosos matojos en
tiempo de lluvia, constituían el panorama que se distinguía desde las ventanas.
Pocas eran éstas y, si bien no estaban distribuidas conforme a un plan
arquitectónico meditado, bastaban para dar luz a la casa.

Una de ellas estaba practicada en una pared lateral formada por un


avanzamiento del cuarto en que él dormía. Por esta ventanita larga y estrecha se
veía una sección del jardín; un trozo de calle y la dilatada llanura cubierta de
yerba. Ocurría por casualidad que los árboles se sucedían en una línea oblicua que
abarcaban los ojos del espectador dando la impresión de que pertenecían a un
tupido bosque, cosa que no parecía cuando se veían desde cualquier otra de las
ventanas.

Aquél era el sitio favorito del soñador y, Dios sabe las cosas que vió desde
ese lugar que escorzaba, por decir así, el paisaje, fingiendo una enmarañada selva.
Hundía él sus ojos en aquella maleza y dejaba errar en ella su imaginación. Se
sentía realmente en el seno de una selva exuberante llena de frondosos árboles, de
arbustos de raros frutos, de flores multicolores que tapizaban el suelo. Descubría
en ella lugares deliciosos en donde uno podía recostarse muellemente. Era también
una selva llena de peligros. A veces surgían animales hermosos e inofensivos; pero
otras, aparecían positivas fieras; aunque también eran inofensivas: bastaba dejarlas
ir y venir libremente en ese escenario irreal y hacer como que se las ignoraba para
que no dañasen.

Cuando, por raro evento pasaba alguien por la calle o cuando él tenía que
arrancarse a su contemplación, se rompía el encanto; un choque violento y
doloroso lo situaba de nuevo en su verdadero centro en donde todo era gris y
borroso, de mezquinos colores degradados que nunca podrían llegar a parecerse a
los luminosos que contemplaba en sus panoramas.

Un día tuvo un pesar. Se vió precisado a dejar aquella casa para ir a ocupar
otra situada más al centro de la ciudad y se sintió infeliz durante muchos días.

Dicha casa era común y corriente, sin carácter ni significación. De cada lado
vulgares colindancias, al frente una calle como todas las calles de los barrios no
muy apartados del centro, y como no se divisaba desde sus ventanas ningún árbol,
ni matojo, ni brizna de hierba; como no se viera ningún motivo saliente que
inspirara sus sueños, determinó refugiarse plenamente en el silencio y en la
soledad.

Como no podía representarse claramente ya su “querida selva”, pues que le


faltaban los lineamientos fundamentales, dejó que sus visiones se manifestasen
espontáneamente.

Por la noche, después de un ligero refrigerio, cuando se sentía al abrigo de


toda intromisión, se sentaba a fumar su pipa, envuelto en acogedora bata, hundido
en muelle sillón, frente al muro lateral de amplia estancia el cual, deliberadamente
dejara sin muebles ni adornos y abría una puerta misteriosa; levantaba el telón.

Aquella extraña facultad suya se había afirmado y transformado, a la vez,


con el tiempo. Ya no era que creara formas con su rica imaginación: era que tenía
un poder extraordinario, que no sabía en donde radicara y que se manifestaba en
cuanto se quedaba inmóvil, en un plano pasivo, en una actitud mental de espera,
con la atención concentrada y receptiva. Entonces comenzaban a desfilar paisajes y
escenas. El muro liso y blanco que se alzaba ante él se desvanecía y se le revelaba
un ancho mundo en donde entraba y se sumergía íntegramente. Los paisajes más
extraordinarios, los más interesantes personajes, las escenas más inesperadas se
desarrollaban a su vista. A veces, tomaba parte en el fluir de esas escenas; pero
siempre en actitud pasiva, llena de suave inercia. Había llegado a saber, sabía con
inexplicable sabiduría, que los personajes de su mundo irreal eran peligrosos, pero
no podían dañar si no se les hablaba, si no se intentaba tocarlos y él, por ello, se
dedicaba a ser pasivo espectador; no hacía otra cosa que dejarse llevar.

Una noche, después de haberse instalado en su palco de ilusión, comenzaron


a aparecer paisajes deliciosos y encantadoras escenas. Un fondo rocoso y oscuro en
la parte que se suponía a espaldas del espectador, y enfrente de él, un mar
tranquilo de un azul de plata, extendía ilimitadamente sus olas rizadas apenas por
los encajes de la espuma. Reflejos verdosos en el cielo y en las aguas daban al
hermoso conjunto la suavidad de una acuarela. Fina arena amarillenta alfombraba
la playa como si fuera sedoso terciopelo. Aquí y allá rocas diseminadas prestaban
un encanto más al paisaje. Se formaban y desaparecían lentamente las nubes; se
mecían mansamente las olas y, de pronto, comenzaron a aparecer y a moverse
formas humanas en todas direcciones. Algunas —hombres y mujeres— se bañaban
en las limpias aguas. Otras, con trajes de tiempos pretéritos, discurrían sin prisa
por la playa. Había apuestos caballeros y lindas mujeres, con largas vestiduras de
suavísimas tintas, que iban y venían paseando frente al mar arrullador. No había
luz de sol propiamente: era una tenue luz desconocida aquí en la tierra; pero las
mujeres defendían sus finos rostros de porcelana con sombrillas de blondas con
largos bastones dorados.

Una de esas ilusorias mujeres llamó poderosamente la atención del soñador.


Se había sentado de espaldas a él en una de las rocas diseminadas en la playa. Un
vestido de azul palidísimo, como el azul plata del mar, la envolvía en sus pliegues
vaporosos. Amplio sombrero enguirnaldado de rosas cubría a medias su cabellera
dejando flotar sobre los hombros algunos rizos dorados. La brisa los apartaba de
vez en cuando y mostraba a los ojos ávidos una nuca admirable.

Hubo un momento en que se levantó y volvió la hermosa faz. ¡Qué pocas


miradas humanas se han extasiado frente a un conjunto tan adorable de candor, de
belleza, de finura, de aristocracia de tal modo perfecto!
Cuando pudo verla el soñador sintió que todo se hundía bajo sus pies. Tuvo
la noción clara —con aquella sabiduría interior— de que había conocido a esa
divina mujer en otro siglo, en otra existencia y que la había amado sin medida.

Quiso lanzarse hacia ella gritando un nombre con la garganta estrangulada;


pero en ese mismo instante la playa, el mar, el cielo, las mujeres de ensueño, se
desvanecieron como si estuviesen hechos con el vapor inconsistente de las nubes.
El muro liso y blanco volvió a aparecer impasible y el soñador cayó pesadamente
en su muelle sillón: había pasado definitivamente al mundo de donde sacara sus
visiones maravillosas.
LA MENDIGA
No había advertido su presencia, pero al pasar junto a ella tendió la mano y
alzó sus ojos hacia mí implorando una limosna.

Me sentí penetrado de la natural compasión que inspira una anciana que


demanda caridad; pero, al poner la moneda de plata en su mano (un tesoro para
ella, seguramente, pues era la de más alto valor en circulación) pude contemplar
un poco más de cerca su semblante demacrado.

Un sentimiento de inesperada curiosidad me invadió ante los ojos


asombrados y agradecidos de la pobre anciana, ante la unción conmovida y
reverente con que pronunció en voz baja y ahogada ¡Gracias, señor, mil gracias,
Dios se lo pagará!

Me erguí murmurando casi una excusa, pues mi acción no merecía las


gracias y di unos pasos hacia adelante para seguir mi camino; pero el interés,
inmotivado realmente, que me había inspirado la anciana, me ganó y, volviendo
ligeramente el cuerpo hacia ella, inquirí ansioso:

—¿No me será posible ayudarla de manera más eficaz y sostenida? ¿Quiere


usted que la vea en otra parte?

Yo la había encontrado a las puertas de un cine situado en céntrica avenida.


El río de gente que fluía por la acera, los que entraban y salían del sitio de
diversión, los vendedores ambulantes con su griterío ensordecedor, no iban a
permitirme tener noticia de esta mujer como había deseado de modo confuso.

—Es mucha bondad de parte de usted —me contestó con voz quebrada por
el llanto que estaba a punto de sacudirla—. No lo merezco.

—No diga usted eso —repuse— ¿dónde puedo verla? Déme sus señas.

Murmuró unos datos de los cuales tomé nota y deseándole buenas noches,
reemprendí mi camino.

Recapacité un poco sobre mi conducta y me pareció un tanto


desproporcionada al incidente. Encontrar una anciana limosnera y desear en
seguida convertirse en su protector de todos los días me pareció ligereza de mi
parte. Si fuésemos, me dije, a proteger en tal forma a todas las ancianas limosneras
que vemos a las puertas de todos los cines, aviados estaríamos. No nos alcanzaría
el dinero ni la vida para emplearlos en ayudar a todas ellas.
Pero mi razonamiento estaba contrarrestado por esa voz que oímos todos en
el fondo de nuestro sér y que discute con nosotros en conflicto perpetuo y como
reacción de nuestros actos.

La voz decía, eso está bien para todas las demás ancianas limosneras que se
sitúan a las puertas de todos los cines; pero ésta es distinta a las demás. ¿No
reparaste en la fina mano color de marfil antiguo que tendió para recibir tu
moneda? ¿No advertiste el delicado dibujo de su boca? ¿No te fijaste en el timbre
de su voz que es revelador y da idea perfecta de la clase social a que pertenece
quien habla? Así razonaba y cavilaba dejando correr mi fantasía durante el
trayecto.

Habitaba yo pequeño y confortable departamento adecuado a mi vida de


soltero y situado a pocas calles del lugar en donde había encontrado a la anciana.

Cuando llegué me instalé cómodamente para entregarme a la lectura de mis


autores favoritos antes de ir a dormir. Siempre lo he hecho así y siempre tengo que
arrancarme con violencia a su hechizo para decidirme a dormir. Pero, cosa curiosa,
esa noche no pude leer una sola línea y tampoco sentía el menor asomo de sueño.

Me eché en cara mi poca solidez: no podía entender lo que leía y se me había


espantado el sueño por la preocupación que el encuentro con la anciana me había
ocasionado.

Entonces decidí oír música disponiéndome a gozar las delicias de Bach.


Disco iba y disco venía y yo escuchaba devoto y embelesado. Pero hubo un
momento en que al hundirme en mi cómodo sillón quedé instantáneamente como
hipnotizado y caí, sin poder evitarlo, en un sueño invencible que paralizó todos
mis movimientos.

Oía la música, sin embargo; escuchaba o sentía, no sé, cómo se desenvolvía


una divina fuga en un fino dibujo interminable y armonioso; me penetraba el fluir
admirable de la embriagadora creación y a la vez experimentaba la inquietud
borrosa por la suerte que el disco debía correr, ya que no podría yo quitarlo ni
parar el fonógrafo.

Pero esto, tan material, se hacía remoto y ajeno a mí dentro de aquel sueño
tan especial y tan lleno de lucidez en lo que se refería a la música, pues la podía
apreciar con sentidos muy distintos a los corporales. La sentía, me era dada como
color; como dibujo; como inexpresables ondas de pensamiento; como
construcciones de una milagrosa arquitectura; como serenas abstracciones llenas
de equilibrio y majestad. Esto superaba a la inquietud por el disco y la
empequeñecía hasta hacerla desaparecer.

La música seguía fluyendo de una oculta fuente que nada tenía que ver con
los aparatos mecánicos de los hombres ni con los instrumentos materiales los
cuales, aun siendo creaciones perfectas, están en el plano material de nuestras
ilusorias realizaciones. Nada de esto podía producir tal acuidad, ni tal portentosa
fluidez, ni ese correr interminable al margen del tiempo y de la vida.

Hubo un momento en que comencé a notar que la música se trocaba en un


canto de humana voz de increíble dulzura; luego fué algo como un recitado
melodioso y apacible pleno del prestigio de la música primera y de las notas
suavísimas emitidas por una garganta de cristal, indudablemente de mujer.

Pronto comencé a distinguir palabras nítidas y por fin, escuché el siguiente


relato:

“…he recorrido todas las urbes del mundo y he estado, en ellas, en todos los
sitios en donde podía hallar gente joven, alegre con el corazón abierto y generoso,
la mano amplia para la dádiva y la palabra fácil al consuelo y a la ayuda moral.

He mendigado durante casi cien años como condena impuesta a mi vida


seca, estéril, entregada a la vanidad y a la concupiscencia.

Por mis manos fluyeron millones como cascadas que creí inagotables; por
mis suntuosas moradas desfilaron las figuras más salientes de la época y me vi
rodeada de multitud de adoradores que amaban más mi oro que mi hermosura —
no obstante que la naturaleza me concedió todos sus dones—. Fuí celebrada,
incensada, deificada por todos aquellos seres insustanciales atentos sólo a
prosperar y a saciar sus apetitos a cambio de unas frases melosas de servil
adulación.

Me vi en el pináculo de la fama de salón; mi elegancia no tenía precedente;


puede decirse que yo dictaba la moda; se acataban mis opiniones sin discusión, por
necias que fuesen; todos mis admiradores eran incondicionales.

No había quien igualase la esplendidez de mis recepciones ni el lujo


insultante de mi tren de vida.

Despilfarré oro sin tasa ni medida y un día mis dedos tocaron el fondo del
arca.

Me di cuenta de la ruina en toda su pavorosa extensión. No me quedaban


sino unas cuantas propiedades que había necesidad de vender en lo que fuese y
objetos caros, joyas de alto valor cuyo destino iba a ser, indudablemente,
convertirse en monedas para subvenir a las necesidades de la vida material.

Poco a poco fué vendiéndose todo y también fueron acabando estas fuentes
de recursos. Pronto no quedó una sola propiedad, una sola joya, un objeto de arte,
por insignificante que fuese. Todo había sido pignorado y vendido en cantidades
irrisorias si se atiende a los altísimos precios a que fueron adquiridos.

Fuí, en cada vez, tomando una habitación de menor cuantía hasta que no
pude pagar ninguna viéndome precisada a implorar la caridad de algunas amigas
que aún me reconocían y me saludaban.

Los escasos recursos que me proporcionaba esta caridad despectiva y


ultrajante me sirvieron para tener un cuartucho infecto y oscuro y un camastro
asqueroso en el cual exhalé el último aliento víctima del hambre, de la suciedad y
de la incuria.

En medio de aquel fluir fastuoso de mis millones —heredados limpiamente


de un padre que me adoró y que jamás llegó a pensar que acabara mi vida de
modo tan prematuro y tan miserable— no hubo un momento en que me viniese la
idea, siquiera, de aliviar una necesidad; de remediar una situación dolorosa; de
llevar a algún pobre un pan que calmara su hambre; de dar uno solo de aquellos
vestidos innumerables —que deseché por pasados de moda, por feos o porque me
los habían visto puestos más de tres veces mis amigas queridísimas— para tapar
una desnudez o cubrir el aterido cuerpecito de algún niño menesteroso.

Jamás hice una caridad e ignoré o quise ignorar hasta que hubiese pobres
sobre la tierra. Nunca llevé la mano a mi escarcela para dar una moneda de ínfimo
valor al mendigo a quien fingía no ver al bajar de mis lujosos carruajes.

Cuando mis ojos se cerraron a la luz engañosa del mundo, la luz inmortal
del eterno conocimiento se hizo en mi profundo yo y me di cuenta de mis
tremendos pecados.

Mi sufrimiento no es para descrito. Había despilfarrado la vida, el dinero, las


oportunidades de socorrer y había llegado al fin de la jornada con las manos vacías
de toda obra de humanidad, de esa humanidad a la cual yo ignoré o desprecié, de
la humanidad necesitada.

Mi condena fué larga y hoy la encuentro breve; fué torturante y hoy la


encuentro leve porque ya ha terminado.

Se me condenó a mendigar los siglos necesarios hasta encontrar un joven


acomodado, generoso que me hiciera una limosna máxima y desusada y se sintiese
interesado por mi desamparo y por mi necesidad.

Ese hombre fuiste tú. Dios te llene de bienes y de luz para este mundo y para
el otro”.

Calló la voz que se hizo canto otra vez y desembocó de nuevo en el río de la
música maravillosa que me había llenado el alma de celestes melodías. Desperté
como caído de inconcebible altura. El disco no sonaba. Estaba quieto, parado en la
última nota de la divina sonata.
EL SEÑOR CURA
En aquel pueblecillo se llevaba una vida monótona y gris. No había
diversiones ni motivo alguno de esparcimiento, a no ser que así fuese considerada
la misa dominical y una que otra fiesta religiosa de cierta solemnidad.

Para no caer en pecado considerando precisamente esas prácticas religiosas


como esparcimiento y diversión, debe añadirse que, en tales ocasiones, se charlaba
a la salida de la iglesia, en el pequeño atrio y había oportunidad de ver a fulanita o
a menganito; había pretexto para informarse de los sucesos más importantes del
lugarejo aquel. Había también oportunidad de chismear un poco y de lucir las
mujeres, unas ante otras, los vestidillos comprados en la cercana ciudad.

El cura de la iglesia, muy anciano ya, pero activo como el que más, era
verdaderamente padre de todos sus feligreses. Lleno de amor por el desvalido y
penetrado de un profundo espíritu de servicio, era el consuelo y sostén de
numerosos necesitados.

Vivía el buen anciano asistido por su vieja ama de llaves quien se afanaba
por llenar de comodidad y satisfacción a su “santo” como llamaba al sacerdote.
Ambos ya en el anochecer de la vida se amparaban mutuamente y nadie llegaba
del exterior a interrumpir la paz y la tranquilidad de esas vidas humildes.

Una mañana —limpia y clara mañana de junio— a primera hora, las


campanas del vetusto templo llamaron a misa con inusitado fervor. No era
domingo ni día festivo. Aparentemente no había por qué celebrar el santo
sacrificio; pero todos cuantos frecuentaban la iglesia se encaminaron a ella, más
que con espíritu religioso, hay que decirlo, con aguda curiosidad de saber a qué se
debía aquel inesperado acontecimiento.

Conforme fueron llegando los habitantes del pequeño poblado fueron


viendo que la vasta y destartalada iglesia estaba engalanada con desusado
esplendor. Jamás se había visto en el modesto templo tal derroche de flores y de
luces.

“Alguien se casa” pensaron todos, pero nadie sabía quién, pues ninguno se
llegaba al altar en la forma de ritual ni había concurrencia propia para tal caso.

Todos cuantos estaban ahí habían sido sorprendidos por el llamado insólito
de las campanas y todos estaban vestidos con sus trajes de diario y sus cotidianos
arreos los cuales dejaban ver la premura con que habían sido arreglados. Todos
tenían, naturalmente, igual cara de asombro y curiosidad. Pero todos, asimismo, se
arrodillaron y con la cabeza inclinada, comenzaron a abrir sus deslucidos
devocionarios cuando vieron aparecer al sacerdote que iniciaba la misa.

Sólo poco antes del ofrecimiento, vieron, pero ¡cómo no lo habían visto
antes!, un catafalco casi cubierto de flores y rodeado de blandones que se alzaba en
el fondo de la nave lateral. ¡Qué absurdo pareció a cada uno de los asistentes no
haberlo visto antes! Nadie se había dado cuenta de que estaban oyendo misa de
difuntos. ¿Quién sería el muerto? Fué la inmediata pregunta de cada uno para sí
propio.

De seguro una persona pudiente, dado el lujo que se había desplegado en el


templo ornado de rosas para celebrar la misa de réquiem. ¡Extraño capricho!

No obstante estar ahí el féretro encerrando los mortales despojos del que
acaso hubiese sido acaudalado sujeto, no se veía a nadie que vistiese luto ni que
tuviese aspecto de ser uno de los deudos. A nadie se veía llorar ni condolerse.

La curiosidad crecía por momentos y se volvía enfermiza. ¿Quién? ¿Quién?


¿Quién? se preguntaban con los ojos cruzándose ya descaradamente miradas
devoradoras.

Por fin el sacerdote se volvió, hizo una leve inclinación de cabeza y entonces
todos los fieles pudieron verle el semblante. Estaba tan pálido que parecía no ser
de este mundo; tenía los ojos cerrados y sus labios exangües se movían
imperceptiblemente musitando las oraciones rituales.

Se arrodilló y luego se levantó lentamente desapareciendo sin que se hubiera


visto por dónde.

La gente había hecho rápidamente la señal de la cruz poniéndose en pie y


apresurándose a salir para preguntarse ávidamente por quién habían oído la misa
de difuntos.

En ese momento se abrió paso entre la multitud la vieja ama de llaves


desencajada y pavorida: “¡El señor cura… —decía entrecortadamente—, el señor
cura…!”

—“¿El señor cura qué?” —interrogó alguien a la acongojada mujer.

“Acabo de encontrarlo en su cama tieso y frío al ir a despertarlo esta


mañana”.
EL ENCARGO
En los estrechos límites del vano de una puerta cerrada se recortaban las
figuras angulosas de dos personajes cenceños, grisáceos, amarillentos los dos.
Grisáceos por las vestiduras; amarillentos por el rostro y las manos que los
asemejaban a dos momias vestidas. No se movían, pues necesitaban pasar
inadvertidos. Habían echado atrás la cabeza pegándola a la carcomida madera de
la cerrada puerta y adelgazaban más aún —si cabe— sus resecos cuerpos
angulosos para no abultar.

¿Qué objeto tendría aquella actitud, mezcla de escondite y espionaje, de los


dos sujetos? Nadie habría podido decirlo, pues tampoco los había visto nadie a esa
hora de la noche oscura y anubarrada. No se movían —repetimos— como si
estuviesen muertos; pero toda la inmovilidad de su cuerpo forzada por la espera
de algo de que escapar o que sorprender, desarrollaba una secreta fuerza en los
ojos pequeños y ardientes que fijaban aguda mirada hacia el frente por donde
“aquello” debía venir o tendría que pasar. ¿Qué era aquello? Creo que vamos a
saberlo pronto, ya que también nosotros participamos de la misma ansiosa
curiosidad.

Al sonar las doce en un reloj cercano, uno de ellos se movió ligeramente y


metiendo la mano al bolsillo de su saco, extrajo de él un pequeño paquete que
conservó en su mano, colgante ahora, a lo largo el cuerpo. El otro lo imitó
ejecutando igual maniobra y ambos siguieron esperando.

Pocos minutos después se escucharon pasos apresurados y un individuo de


oscura vestimenta se perfiló en el fondo de la calle solitaria. Fué acercándose
rápidamente y al llegar frente a los dos desconocidos, uno de ellos extendió el
brazo hacia el transeúnte y le susurró muy bajito en tono humilde y suplicatorio:

—Caballero, por amor de Dios, ayúdeme en mi necesidad.

—¿En qué puedo servirlo? —preguntó el otro con el mismo susurro, pero
dando un paso atrás sorprendido y temeroso a la vez, de la inesperada solicitud.

—Estoy perseguido por la justicia, lo mismo que mi hermano y señaló al


otro con aire vago y ausente. No puedo presentarme en mi casa, que es aquélla, y
señalaba en la acera opuesta con su reseco índice momificado, una casa común y
corriente, como todas las de aquella calle, un tanto lúgubre, que mostraba en la
parte alta, una ventana iluminada apenas con mortecina luz. Tengo urgente
necesidad de auxiliar a mi esposa que vive ahí y no puedo valerme de nadie
conocido, pues corro el riesgo de ser denunciado. Mi hermano, por otra parte,
necesita igualmente ayudar a nuestra pobre madre. El es soltero y constituye la
única ayuda de la anciana.

“Ambos tenemos dinero para hacer frente a la situación pero no podemos


entregarlo directamente so pena de ser arrestados; junto a la casa siempre hay
vigilancia. Las pobres mujeres van a perecer de necesidad. ¿Quiere usted, por amor
de Dios —repitió recalcando— hacer la caridad de llevarles este auxilio
pecuniario?”

Diciendo estas últimas palabras alargó la mano hacia su compañero que


permanecía en el vano de la puerta inmóvil y mudo; tomó el paquete que éste le
tendía y ofreció ambos al desconocido transeúnte.

Este no se movía, clavado por la sorpresa, ni adelantaba la mano para tomar


los misteriosos paquetes.

—Comprendo su desconfianza y su extrañeza —volvió a decir el


hombrecillo gris— usted teme verse envuelto en una de tantas asechanzas que los
pillos tienden a los hombres honrados. No, señor —agregó siempre en voz baja,
pero en tono persuasivo y suplicante— usted no pierde, sino el tiempo justo para
entrar, explicar rápidamente el asunto y dejar estos paquetes. Yo sí, o mejor dicho,
nosotros, podríamos exponernos a perder, dejando en manos del primero que
pasase, todos nuestros ahorros. Pero sé que, precisamente este rasgo mío de confiar
en el primero que pase, compromete a todo el que sea un caballero, como usted
parece ser, a conducirse con la más estricta honradez.

“Confío en usted y usted debe confiar en mí. Además puede usted


asegurarse de que le entrego dinero auténtico.”

Y desenvolvió los paquetes ante los asombrados ojos del trasnochador mudo
e inmóvil de sorpresa. Era oro; auténtico oro en treinta o cuarenta piezas acuñadas,
en uno y otro paquete.

—Tome usted esto por amor de Dios; que el tiempo corre y estamos
arriesgando la vida nosotros dos y ahora, usted también, si no se desliga cuanto
antes de nosotros.

Al oír estas palabras el hombre alargó la mano y tomó los paquetes.

—¿Debo traerles recado? ¿Van ustedes a esperarme aquí para darles cuenta
de su encargo? —preguntó con palabra estropajosa, ganado por el miedo.
—De ninguna manera. ¿No ve usted que nosotros somos fugitivos?
Debemos irnos inmediatamente.

No bien había el momificado personaje pronunciado estas palabras, cuando


ya se había puesto en marcha al lado del otro con rara y extraña ligereza; llegando
rápidamente a la esquina y doblándola, dieron vuelta a la calle.

El transeúnte se quedó unos instantes clavado en el piso considerando


absorto los pesados paquetes.

Pero pronto se rehizo y tratando de verse libre cuanto antes de tan enojosa
aventura, volvió la espalda a la puerta en cuyo vano se hallaban momentos antes
los dos misteriosos hermanos y se dispuso a cruzar la calle.

Esta era angosta; harto la conocía él que la recorría noche a noche, aunque
no tan tarde como en esta ocasión; pero ahora la vió inverosímilmente ensanchada.
No acertaba a explicarse el fenómeno. En la otra acera y casi frente a la casa a la
cual debía dirigirse, se alzaba un poste con un farol en lo alto, que iluminaba todo
lo que podía con su escaso resplandor. ¡Qué incierta era su luz y qué lejano
aparecía ahora ante sus ojos! Había visto la casa mencionada, tan cercana, que
habría podido leer el número que la marcara, sin la menor dificultad si la luz
hubiese sido más intensa; pero ahora comprendía que tal cosa no era posible, en
modo alguno; ni con luz ni sin luz, porque aparecía lejana, y la calle, ya
francamente anchurosa.

—¡Dios mío! —pensó el desventurado— ¿me habré vuelto loco?

No dejó de avanzar, sin embargo, caminando hacia aquella casa a la cual


parecía que no iba a llegar nunca. Sentía perfectamente que, aunque avanzara en
su marcha, la calle se hacía cada vez más ancha y un sentimiento de terror
imponderable detuvo por un momento sus pasos.

Recordó con un calosfrío que le recorrió la espalda que aquella calle tenía
una historia; más bien, una leyenda: se decía que en ella, al mediar la noche, se
habían matado dos hermanos por el amor de liviana mujer y que se “aparecían” al
dar las doce.

Rechazó el pensamiento, por pueril y trató de ordenar sus ideas. De pronto


recordó los paquetes que traía apretados febrilmente. ¡Qué pesados fueron y qué
ligeros estaban ahora! Pensó con delirio si habría perdido aquel oro. Palpó ansioso
y comprobó que los paquetes se habían vuelto rollos de papel sin contenido
alguno. Los desenvolvió con trémulas manos y de uno de ellos cayó un papel
doblado a manera de carta.

Aquí está, sin duda —se dijo— la explicación de este misterio y trató de
acercarse al distante poste con el alto farol.

¿Cómo pudo lograrlo? Ni él mismo lo sabía; pero, por fin, estuvo bajo la
indecisa claridad. Desdobló el papel y trató de leer con ojos voraces. Sólo que,
ahora, la luz del farol estaba muy alta, tan alta que bien hubiera podido
confundirse con una lejana estrella.
EL CAMINO
Después de comer los invitados pasaron al salón de fumar distribuyéndose
en distintos grupos y se perdieron en las charlas más disímiles y animadas. Unos
referían viajes extraordinarios llenos de peripecias; otros hablaban de negocios
fantásticos realizables con sólo querer; los de más allá, de modas audaces y
extravagantes; éstos de amoríos sin médula; aquéllos nadaban, flotaban y se
hundían con deleite en un mar de enredos y chismorreos.

Los dos amigos se habían separado un poco poniéndose al margen de la


algarabía y hablaban a media voz en el hueco de amplio balcón separado del resto
por las cortinas de encaje, disponiéndose a entregarse a la contemplación del
paisaje abierto y soleado aún en el seno de la tarde que declinaba.

Eran los campos de noviembre con sus insinuantes y decorativas violetas


silvestres; con las motitas, como borlas de armiño, de los pastos en flor; con sus
altos girasoles amarillos de largos tallos ornados de pelusilla que parece de cristal
maravillosamente hilado cuando reciben oblicuamente los rayos del sol.

Campos sugerentes que no tienen par en el resto del año con sus árboles
dorados y rojizos, con sus hojas que toman color de flor, con su olor caliente, a
miel, a hierba caldeada por el sol, a dulces líquenes de otoño.

El sentido de adoración por la naturaleza, tan despierto en los dos amigos, se


hizo casi místico en la contemplación extática. A lo lejos, los montes limitaban el
paisaje con su azul turquí profundo y solemne. Caseríos aislados ponían aquí y allá
su nota pintoresca y decorativa. Un cielo azul y tranquilo cobijaba y envolvía todo
en su luminosidad.

Ambos amigos habían acabado por callar entregados por completo a la


contemplación deleitosa. Los arrullaba la charla que se entretejía y se hilvanaba a
sus espaldas. Nunca se habían sentido tan juntos ella y él ni tan distantes del
mundo frívolo en que gravitaban y que tenían, no obstante, tan cercano en ese
momento. Jamás había habido entre ellos una comunión de pensamiento y de
sentimiento tan completa y aguda como la que en esos instantes los embargaba.

Nadie reparaba en ellos afortunadamente y aunque hubiesen reparado, ellos


estaban lejanos, ausentes, sin contacto alguno con aquella insustancialidad.

No hubiera podido decirse que se amaran; pero sí podía afirmarse que sus
ideas, sus creencias, sus sentimientos, sus gustos e inclinaciones eran tan
semejantes que acaso no hubiesen pensado y sentido de modo igual dos gemelos.
Sabían, sin decírselo, que estaban sintiendo y pensando lo mismo como reacción
ante tanta belleza.

Se habían diluido en la paz de la tarde, absortos en la contemplación del


panorama.

Las charlas se habían apagado tras ellos o se habían alejado o no las oían ya,
perdidos como estaban en sus ensoñaciones.

No se amaban en el sentido mundano del vocablo, si se atiende a la


limitación y exclusivismo de la materia; no se amaban si la poderosa atracción que
sentían uno por otro había de desembocar en la tristeza de la carne; pero se sentían
dichosos de estar juntos, de aislarse de los otros para hablar de las cosas hondas
del espíritu; del fascinante misterio de la muerte; del mensaje de los sueños; de los
hilos secretos del destino; de las tangencias fugitivas con otro mundo y con otros
seres. Jamás hablaron de nada personal y se perdían en elevadas lucubraciones.
Cada día recibía uno de otro más dones; cada día sentía uno más sed del espíritu
del otro y maduraban sus almas.

Nuevos motivos de belleza, nuevas luces, nuevas formas, conforme


avanzaba la tarde, atraían su atención y los embelesaban.

Acuerdo tácito o resolución instintiva de no hablar, de no romper el hechizo,


de no mezclarse en la corriente de alegría ruidosa e insustancial los sumergió en un
silencio extático y la luz fué menguando, degradándose el color de los montes,
dorándose más aún los campos y destacándose en el horizonte la claridad indecisa
de la luna. Religioso era, verdaderamente, el espíritu de la tarde que caía en el seno
de la noche. Hubo un momento que ambos se sintieron penetrados por él; la voz
de los campos había callado, ningún murmullo subía de la tierra, ni voz de
pastores, ni rumor de rebaño, ni susurro de viento. Había callado todo y se había
sumergido en un grave silencio y en una quietud de sortilegio. Los dos se sintieron
ingrávidos como si tuviesen alas, como si no perteneciesen ya al mundo de la
materia con su limitación y con su pesantez.

Hubo un momento en que el paisaje, dorado hacía poco por los rayos del
sol, se vistió de blancuras con la luz sepulcral de la luna. Las cosas cobraron
siluetas rígidas recortadas en el fondo del cielo con sus sombras nítidas, precisas,
como trazadas con tinta.

¡Qué imponente parecía ahora el paisaje! Los montes azules se habían vuelto
oscuras, majestuosas montañas con su cima cubierta de nieve. Altos pinos,
extraños abetos habían reemplazado a los tostados matojos y los caseríos habían
desaparecido. Grandes desniveles de terreno formaban barrancos profundos,
pendientes rocosas llenas de peligros. El cielo, cubierto por infinitas nubes
menudas y lechosas, dejaba sólo lucir el esplendor inmóvil y frío de la luna.

Todo contacto humano, toda tangencia con el mundo de hacía poco, habían
cesado para ella y para él. Estaban solos, diluidos, perdidos en un mundo
misterioso absolutamente desconocido para ellos y de pronto ambos se
encontraron con las manos entrelazadas, ajenos al contacto de los hombres, fuera
de toda limitación, de todo lastre y se vieron caminando uno junto a otro por un
ancho sendero festonado por altas hierbas, blanqueado por la luz de la luna,
paralelo a un arroyuelo angosto que corría junto a ellos, murmurador.
EL ESPEJO
—En cuanto acabe iré contigo —me dijo despidiéndome con un beso en la
punta de los dedos, desde lo alto de la escalera.

Muy frecuentemente ocurría esto entre nosotros, desde que estábamos


casados; pero “esto”, aquella tarde cobró un gusto especial, por decir así. Me
pareció agorero y en vez de irme a mi despacho alegre y optimista, como siempre,
me fuí desazonado y melancólico.

No bien hube llegado quise hablar a casa, pero me abstuve en vista de lo


excesivo de mi impulso. Ni cuando éramos novios, pensé. ¿Por qué no lo hice?
Acaso… Pero no voy a adelantar los acontecimientos y be de llegar al fin aunque
empeñe en ello el dolor de mi corazón, que sangra todavía.

Me retiré a un gabinetito privado que me servía de refugio contra los necios


y que era mi sitio de descanso y de aislamiento para trabajar mejor; pero esa vez no
trabajé; no tenía ánimo para ello. Me puse a ordenar papeles después de haber
dado la disposición de no recibir a nadie.

Haría una hora que estaba yo recluido y esperando su llegada, cuando sonó
el teléfono: “Es ella”, me dijo de modo absoluto el corazón y sí, era ella.

—Bueno —dije con voz temblorosa—, no sabía por qué.

—Bueno —respondió con tono insólito— acabo de salir, pero no puedo ir a


verte como te ofrecí, porque he tenido precisión absoluta de estar en otro sitio a la
misma hora y desde ahí te hablo.

—¿Cómo? —dije sin ocultar mi irritación que por primera vez se


manifestaba hacia ella— ¿Hay otra cosa preferente para ti que te impida venir a
reunirte conmigo? Te estoy esperando y creo que debes dejar todo asunto y venir
en seguida.

—No —me dijo—, no es posible que vaya. Después te explicarás. —Y su voz


comenzó a oírse tan lejana y tan rara, tan rara como si no fuera la suya.

Sentí frío, frío intenso e inexplicable. Deseaba con todas las fuerzas de mi
alma volar a su lado y obligarla a contestar categóricamente por qué o por quién
había dejado sin cumplimentar nuestra cita.

—Bueno —le dije ya con ira indomeñable— ¿dónde estás y con quién?
Por un momento no contestó y luego, con la voz todavía más lejana, más
perdida, más extraña, me susurró:

—Yo… tal vez… No puedo decirte —y agregó algo más que no me fué
posible entender ni adivinar.

Colgué la bocina y fuí en un vuelo en busca de mi coche que había dejado en


el estacionamiento. Me puse al volante nervioso e intranquilo. ¿Adónde iría a
buscarla? ¿No era necio mi proceder, supuesto que no había querido decirme en
dónde estaba? Pero algo tenía yo qué hacer; iría a casa, tal vez ahí dejara algún
recado, me dije para concluir con mis vacilaciones proponiéndome devorar las
calles en cuanto me lo permitieran las taxativas del tránsito.

Llegué, por fin y me precipité en las escaleras con ansia febril. No había un
solo criado. Irrumpí en las habitaciones de ella; pero nadie estaba ahí,
naturalmente. Eché una rápida ojeada por su cuarto y, encima de su tocador, vi un
papel que tomé ávido y que decía: “El espejo”.

Me sentí presa de la locura. El espejo ¿qué espejo? ¿Por qué habrá escrito
esta incoherencia? (pues era letra suya) ¿a qué podría referirse? Alcé los ojos y vi
reflejarse en el espejo de su tocador, que bajaba hasta el suelo, mi propia persona,
desconcertada y sin equilibrio. Me quedé espantado viéndome con aquella
expresión y en aquella actitud desusada en mí: pálido, con los labios exangües, las
manos contraídas estrujando el papel, los ojos dilatados por el estupor. Al instante
este estupor debía trocarse en espanto al ver cómo se iba desdibujando mi figura e
iba apareciendo la de ella, la de mi esposa, que me miraba sonriente, con triste y
suave sonrisa, con dulce mirada llena de abandono, vestida con el mismo traje con
que la había visto en la tarde, por última vez.

Pronto su figura inmóvil —con aquella sonrisa y aquella mirada


estereotipadas en su rostro—, se fué desvaneciendo, y empequeñeciendo, y
alejando, alejando, destacándose en un fondo negro como de profundo terciopelo.
Era atroz esa visión que se empequeñecía visiblemente ante mí en vaporosa
perspectiva. Pronto no fué sino un punto luminoso y, luego, este mismo punto
desapareció.
EL MAR
Era casi lo mismo decir el matrimonio Bartley que el matrimonio Sommer.
Igual característica de hombría leal en el marido e igual sentimiento de deber
acucioso en la mujer.

Su edad, que fluctuaba entre cuarenta y cinco y cincuenta años en los


hombres y poco menos en las mujeres, los ponía a cubierto de toda sospecha acerca
de su mutua fidelidad.

No tenían hijos y a pesar de darse cuenta los cuatro del papel fundamental
del hombre y de la mujer, no se sentían desdichados por no tener continuadores de
su nombre sobre la tierra.

Ellos y ellas eran macizos, robustos, sanos y sonrosados; de costumbres


invariables y limpios principios; bien centrados en la vida.

Refugiados después de la guerra en un país nórdico muy distante del suyo,


se necesitaban mutuamente ambos matrimonios, no sólo para darse cierto apoyo
moral, sino para poner un poco de variedad en la forzosa monotonía de su vida y
extender su afecto más allá de las paredes del domicilio conyugal.

Era, pues, costumbre establecida que un domingo lo pasara, casi entero, un


matrimonio en casa del otro y las veladas se hacían por turno cada tercer noche en
cada casa.

Una que otra ocasión iban al cinematógrafo, al teatro o a cenar fuera, y rara,
muy rara vez, iban a algún pueblecillo cercano, por la mañana de un día festivo,
comiendo en el campo las provisiones que llevaran las mujeres y regresando
temprano para rematar con la merienda y con la velada en casa de cualquiera de
los dos matrimonios.

Con su temperamento sajón y a su manera, gustaban de la música y pasaban


muy buenos ratos oyendo, la mayor parte de las veces sin escuchar, los discos que
constituían el capital social Bartley-Sommer. Se entreveraba esta audición con los
comentarios obligados acerca del tiempo y las costumbres o dichos de los vecinos y
conocidos: ningún amigo; pero el tema principal de las conversaciones era la
extraña fama que el país tenía. Corrían historias raras, en todas las bocas, de
sucedidos increíbles. Algo sabía cada persona con quien se hablase. Algo que le
había ocurrido personalmente o les había acontecido a personas conocidas. Y
referían cada noche nuevos cuentos inverosímiles. Nunca atacaron el fondo de la
vida de nadie, porque la ruda lealtad, la recia honradez del fondo de su ser se lo
impedían.

Un día que la señora Bartley fué al sector comercial que le quedaba cercano,
vió, en una tienda que no conocía —tal vez fuese nueva— unos frutillos de color
encendido, entre amarillo y rojo, como los madroños, pero lisos y más grandes, con
cierto aroma peculiar que los hacía apetitosos. Preguntó al vendedor cuál era el
nombre de aquellos bonitos y raros frutos.

—No sé decir a usted —respondió sonriendo el interpelado—. Los han


traído de muy lejos y son muy sabrosos. Es todo lo que puedo informarle —y
siguió sonriendo—. ¿Por qué pensó la señora Bartley que era ésa una siniestra
sonrisa?

—Déme usted algunos —concluyó y, pagándolos, volvió a casa con el


pequeño descubrimiento que pondría novedad en la comida.

Al final y como sorpresa, los colocó en una fuente de cristal que puso en el
centro de la mesa.

En el momento en que lo hacía oyó ruido de voces y pasos que le eran muy
familiares y, asomándose por la ventana del comedor, vió que los Sommer abrían
la verja y entraban en la casa.

Atravesó el vestíbulo que daba acceso al comedor y a la pequeña sala y fué a


recibirlos.

Saludaron cariñosamente a la señora Bartley, que llegó hasta el jardín y se


detuvieron dos segundos ante unas delfinias hermosísimas que habían abierto
aquella mañana.

—Qué bueno que vinieron en este momento, —dijo la señora Bartley—.


Acabo de comprar unos frutos muy raros que, de seguro, ustedes no conocen y
deseo que los prueben.

Se dirigieron los tres por la callecilla, cercada de menudas flores, hacia la


puerta de entrada. Atravesaron el vestíbulo y al llegar al comedor, vieron al señor
Bartley de espaldas a la puerta, tomando los frutos de la fuente que los contenía y
llevándoselos a la boca.

No volvió la cara con el ruido de las voces y los pasos. Los visitantes le
dijeron riendo:
—No vaya usted a dejarnos sin probar esos frutos maravillosos.

Entonces volvió lentamente la cabeza y cuando mostró la cara ante los tres, a
plena luz, vieron con mortal espanto que no era él: estaba cambiado, era otro sér,
absolutamente distinto. Cetrino, enjuto, con nariz de pico de águila y ojos de
sombrío mirar.

Los vió con profunda extrañeza, como quien se ve de pronto perturbado en


lo íntimo de su hogar por gente desconocida y fué hacia el vestíbulo.

Los tres que lo miraban con ojos de demente, lanzaron agudo grito al verlo
avanzar hacia ellos. Pero él no se mostró agresivo sino desagradado, con pasivo
desagrado; los apartó casi y tomando un sombrero salió.

—¡Los frutos, los frutos! —gritó la señora Bartley con los ojos desorbitados
por el terror.

Pero no podía resignarse a lo que estaba viendo y con voz ronca llamó hacia
el interior de la casa que no tenía otra salida:

—¡Herbert, Herbert!

Era el nombre de su marido. Sus gritos resonaban vanamente en la casa


vacía y silenciosa. No tenían criados y las otras casas estaban bastante alejadas de
la suya.

Los Sommer corrieron desatinados hacia el hombre que se alejaba


increpándolo, preguntándole qué hacía en la casa y quién era. Pero él transpuso
rápidamente la verja y desapareció de su vista.

Volvieron hacia la señora Bartley para confortarla e impedir que perdiera la


razón. Pero, cuando giraron en redondo y atravesaron el vestíbulo para entrar en el
comedor, la señora Bartley no estaba en él y en la pared del fondo que fué cerrada
y maciza, vieron una ventana. Una ancha ventana que daba hacia el mar. Un mar
azul, tranquilo, ilimitado y misterioso que invitaba a llegar hasta él.
LA TAZA DE TE
No había ocurrido hasta entonces que coincidiéramos en aquella casa el
enigmático huésped y yo; así es que, al vernos, ambos quedamos pasmados de
sorpresa. Yo, porque lo identifiqué en el acto; él, porque —lo vi claramente— no
esperaba intrusión alguna a aquellas horas, no tan avanzadas, por otra parte, pues
acababan de dar las once.

No era costumbre mía llamar ni pedir nada después de haberme encerrado


en mi habitación. Soy hombre de hábitos arraigados y no tomo de los demás sino
los servicios indispensables. Pero esa noche me sentía ligeramente indispuesto y
fui en busca de la dueña de la casa para pedirle sencillo remedio casero, una taza
de té, pues aún había luz en la salita en donde nos reuníamos a pasar la velada.

Los pocos huéspedes de aquella casa estábamos acostumbrados a ciertas


solícitas atenciones, por ser todos especialmente recomendados de familias
honorables y por ser un caballero cada uno de nosotros.

Así pues, la libertad que me permití no habría tenido importancia en otra


ocasión, pero esa noche la cosa fué totalmente distinta.

Al empujar la puerta, del modo familiar con que lo hacíamos todos, vi que la
señora no estaba sola: un individuo alto, seco y anguloso, vestido completamente
de negro aparecía de pie ante ella. Al ruido que hizo la puerta, volvió velozmente
la cara y los dos nos vimos durante un segundo a los ojos; ya dije antes que la
sorpresa nos paralizó por distinto motivo; pero él se rehizo en seguida e intentó
hacer que ignoraba mi presencia quedando como en espera de algo que debía
recibir.

Comprendí en el acto que era el huésped misterioso de quien todos


habíamos oído hablar y al que ninguno de nosotros había visto jamás. ¿Tibetano?
¿Hindú? No sabría precisar; pero tenía un tipo raro marcadamente oriental, de
color aceitunado y ojos diabólicos. Se contaban acerca de su persona historias
extraordinarias. Se decía que, frecuentemente se había manifestado, en dos sitios, a
la misma hora, sosteniendo, con distintos interlocutores, diferente conversación; se
decía también que tenía terribles poderes. No era que lo temiese, pero la sorpresa
de verlo en carne y hueso ante mis ojos, me desconcertó y, con palabra insegura,
dije a la señora lo que me llevaba hasta ahí y me excusé por ello.

No sé aún, no puedo dilucidarlo, si fué figuración mía o si la dueña de la


casa sonrió levísimamente con el visitante; no sé si vi o creí ver que se cruzó entre
ellos ardiente mirada de inteligencia; pero si sé que, en silencio, ella oprimió un
timbre y luego, a la sirvienta que apareció, dijo con sequedad:

—Lleve usted al cuarto del señor, una taza de té.

Eso mismo habría yo podido hacer: llamar desde mi habitación y pedir lo


que necesitaba y pareció constituir este acto de la señora una lección tácita; pero, ya
he dicho cómo éramos tratados por aquella mujer. Por eso me sorprendió
enojosamente su recibimiento y su lección.

Di las buenas noches y giré en redondo para retirarme; pero al llegar al


umbral de la puerta una inquietud punzante, una necesidad irresistible me
impulsaron a volver la cabeza, arriesgando el parecer pésimamente educado,
arriesgando el recibir una segunda y quizá más dura lección. Volví la cabeza con la
seguridad de encontrarlos riéndose silenciosamente de mí.

¿Qué vi, Dios mío, qué pudieron contemplar mis ojos extraviados por el
espanto? No había nadie ante mí; es más: la habitación misma no existía. Frente a
mí se alzaba a manera de cobertizo, un amplio espacio techado con bálago y tiras
de vieja madera, con piso de tierra y paredes mohosas llenas de telarañas. Un
lóbrego y desierto lugar en donde no había nada que diera señales de vida. Un
vaho de humedad lo saturaba.

Me llevé las manos a la cabeza y grité, es decir, quise gritar, pero ningún
sonido salió de mi garganta. “Estoy soñando, me dije, quiero despertar de esta
horrenda pesadilla”. Y volví la espalda al siniestro lugar dando unos pasos
vacilantes en sentido opuesto. Un ruido de puerta que se cierra con violencia se
oyó a mi espalda y me encontré en el solitario corredor, débilmente iluminado, en
donde se alineaban las habitaciones de los pocos huéspedes de la casa. Gané
premiosamente mi puerta, la abrí con mano trémula; volví a cerrar con llave y, a
oscuras, me desnudé y me metí bajo las ropas de mi cama. “Tengo fiebre, de
seguro, pensé; estoy enfermo gravemente o estoy loco”. Me dormí inmediatamente
con sueño macizo y profundo, sin ensueños.

A la mañana siguiente, cuando desperté, el sol filtraba uno de sus rayos por
las cortinas de mi ventana. Recordé todo de pronto, nítido, preciso. “He soñado
una pesadilla angustiosa, me dije”. Eché en torno mío una ojeada y, en mi mesa de
noche, vi, intacta, con la cucharilla al lado, una taza de té.
EL ZAPATERO
No era entonces el mercado indecoroso, sucio y mal oliente en que se ha
convertido hoy; sino un tranquilo barrio limpio y risueño, lleno de paz. Sus calles
empedradas con piedras redondas y lisas que lucían sus suaves colores, lo mismo
que las losas de las aceras, cuando aparecían recién lavadas, después de la lluvia.
Casas modestas se alzaban a uno y otro lado de las aceras y todo el conjunto era de
esa pobreza decente que no quiere aparentar más de lo que tiene y cuyo único lujo
es la limpieza. Pocos transeúntes y vecinos sosegados daban la nota de
tranquilidad y seguridad que caracterizaron a esos lugares apartados del centro de
la ciudad, antes de la revolución.

En una de esas calles había, establecida desde tiempo inmemorial, una


pequeña zapatería que, probablemente había pasado de padres a hijos, pues todo
el mundo la conocía y nadie recordaba no haberla visto siempre ahí. Una ventana,
junto a la angosta puerta de entrada, fungía de aparador y tanto en éste como en
los anaqueles del interior, se mostraban, alineados en cierto orden, toscos zapatos
de ínfima calidad, mal hechos y baratos, que pasaban, como se dice hoy, del
fabricante al consumidor. Era el fabricante el propio dueño de la zapatería y de
empleados, hacían la mujer y la hija del zapatero, quienes constituían toda su
familia.

Sentado frente a una pequeña mesa llena de martillos, clavos, hilo encerado,
recortes de materiales y otras menudas cosas, auxiliares del oficio, se veía
diariamente al zapatero, cerca de la puerta, claveteando sus zapatos o golpeando
las sudas con su martillo de ancha cabeza. En torno a él, en el suelo, botes con agua
o con engrudo, pedazos de suela y de cuero, así como toda suerte de desechos.
Inclinada la cabeza sobre su obra, tapándole casi la cara su clásica melena, que
seguía obediente el ritmo de sus movimientos, trabajaba el hombre aquel desde las
ocho de la mañana hasta muy entrada la noche, porque, después de cerrada la
zapatería, se veía luz por las rendijas de las tablas mal ajustadas que aseguraban el
aparador y la puerta de entrada, y se oía el golpear incesante del martillo sobre los
menudos clavos de los zapatos. Los domingos trabajaba también, aunque sólo por
la mañana, y el descanso mísero que se concedía era salir a dar una vuelta, por la
tarde, con su familia, después de comer.

Mal papel hacía el zapatero junto a su mujer y a su hija cuando salían a dar
su pobre paseo, vestidas ellas con sus trajes de percales claros, adornados con
encajes y listones corrientes: encorvado él, escuálido; llevando como colgado de
una percha el trajecillo de casimir del país, sin planchar ni desmanchar; peinada
para atrás, con los dedos, la hirsuta melena encerrada a medias dentro del informe
y mugriento sombrero; la cara de sombría expresión, de color ictérico sobre el
moreno tostado de su tipo; los ojos negros, pequeños, vidriosos, con brillo de
fiebre; la esclerótica amarilla y surcada por venazones rojizas; duro entrecejo
fruncido con violencia; bigotes indómitos que le cubrían la boca.

La mujer, joven aún, morena, de tipo vulgar, pero vistosa dentro de su


género; muy bien peinada a la usanza de aquella época, con la cabellera rizada
naturalmente, sin nada en su persona que fuese parecido a los tipos falsificados de
hoy, sino ceñida a los cánones de su clase y de su línea en indumento y modales.

La hija, muchachilla de trece a catorce años, morena también, flacucha,


insignificante e imprecisa por razón de su edad, marchaba al lado de su madre,
muy tiesa, mientras el padre caminaba detrás, renqueante y taciturno.

Volvían alrededor de las ocho y entraban en su casa por la puerta del patio
de la vecindad, por donde también tenía acceso la zapatería.

El lunes se reanudaba la vida de trabajo y de disgustos, porque no faltaba


motivo para que la mujer o la hija dieran al zapatero, encorvado siempre en su
banco de trabajo, una mala respuesta o le dedicaran una mueca o una risa
perversa. Si les pedía algo recibía de una y de otra las mismas respuestas: “Cógelo
tú y no estés molestando”. “Hazlo tú, ¿qué no tienes manos?” “¡Qué bien
molestas!” “Te figuras que somos tus criadas o que no tenemos qué hacer”.

Ambas le hacían intolerable la vida y él, colérico, al principio de este estado


de cosas, les dirigía palabras mal sonantes. Pero había acabado por resignarse y oía
en silencio, con la pasividad de la impotencia, todos sus denuestos y recibía con la
cabeza gacha todos sus malos modos. No se sabía cuál era más hiriente y perversa,
si la madre o la hija; parecía que las dos estaban en pugna por ver quién lo
vilipendiaba mejor.

Los vecinos conocían todo esto al dedillo, pues no había asunto en qué
ocupar la atención dentro de la quietud del barrio. Pero, sobre todo, lo sabía con
más detalle un matrimonio sin hijos que vivía frente por frente de la zapatería.
Generalmente pasaban las tardes, después de las cinco, acodados en la ventana de
su casa, mirando para la calle y dándose cuenta de las vergüenzas íntimas del
zapatero. La calle no era estrecha, pero, como era tan tranquila y soledosa, el
matrimonio veía y oía todo cuanto pasaba enfrente. Oía los refunfuños de la hija y
los retobos de la mujer.

No valía que el zapatero les hablara con suavidad o con cariño: siempre
respondían insolentes y agresivas. Parecía que le hubieran jurado odio mortal.

El vecindario estaba acostumbrado a ver la pasividad del hombre y la


acometividad perversa de las mujeres y nadie hacía ya caso de ellos; pero el
matrimonio de enfrente les llevaba cuenta menuda de sus intimidades y los
censuraba acremente.

Una tarde de tantas el matrimonio, como de costumbre, veía para la calle


desde su ventana y dirigía, de vez en cuando sus ojos a la zapatería. El zapatero,
inclinado, con la melena echada hacia adelante, siguiendo el ritmo de sus
movimientos, claveteaba sus zapatos a conciencia. La mujer arreglaba el aparador
y la hija limpiaba los zapatos alineándolos en sus anaqueles. De pronto, el hombre
buscó algo en su pequeña mesa y no viéndolo, se dirigió a su mujer preguntándole
con humildad:

—¿No tomaste de aquí la caja de los clavos?

—Yo no he tomado nada. Ni la he visto siquiera. Quién sabe qué le habrás


hecho tú, o dónde la habrás metido.

—Tú, hija, ¿no la has visto? —interpeló a la muchachilla con la voz más
suave que pudo.

—¿A mí qué me preguntas? Yo no me meto con tus cosas. Pero, —añadió


echando una ojeada a la mesita de los cachivaches— ¿qué no la ves? Ahí la tienes
enfrente y ni te das cuenta.

—No la había visto, hija mía, si no, no te hubiera preguntado.

—¡Vaya! Pues parece que no tienes ojos —agregó la chica haciendo mohines
y dengues despectivos y volviendo burlona la espalda a su padre.

Recibió éste el ultraje que encerraba aquella andanada de palabras y, con la


amargura pintada en el rostro cetrino volvía ya a su trabajo, dolido y suspirante,
abrazado a su cruz, y empuñando otra vez su martillo; pero, en ese preciso
momento, sus ojos fueron a caer, por desventurado azar, en el matrimonio de
enfrente que, acodado en su ventana, miraba para la zapatería. Fué una fracción de
segundo, pero pudo ver claramente cómo marido y mujer sonrieron con marcado
desprecio moviendo irónicamente la cabeza. Una nube pasó por su mente; se alzó
del banco en donde estuviera clavado tantos años, empuñó el martillo y
levantándolo tan alto como pudo, lo dejó caer sobre el cráneo de la muchacha.
Saltó la sangre mezclada con la masa encefálica y el cuerpo cayó pesadamente, sin
vida, sobre el pavimento.

Un clamor de espanto se levantó de entre los que presenciaron la escena y la


calle se llenó de curiosos en unos instantes. Llegaron dos gendarmes y sacaron al
zapatero a media calle, amarrado codo con codo, aunque él no opuso la menor
resistencia, inclinada la cabeza, cubierto el rostro espantoso color de ceniza, con la
melena, trágica ahora, los ojos estrábicos, la boca babeante.

Instintivamente el marido y la mujer se echaron hacia atrás, cerraron de


golpe la ventana y, avanzando con paso vacilante, viéndola con ojos saltones,
demudado y pálido como muerto, le dijo él a ella:

—He aquí a dos cómplices que se quedan sin ir a presidio.


UNA VISITA
Encima de la mesa cubierta de polvo vi, tan pronto como entré, la huella de
una mano que no podía haber sido la mía. Era larga y fina, estrecha como mano de
mujer. La huella que dejara tenía que haberse impreso durante mi ausencia, la cual,
aunque breve, había sido bastante para dar ocasión a que el polvo se acumulase
recubriendo de un velo gris los pulidos muebles.

No pude menos de preocuparme por aquel incidente, porque, precisamente,


esa mano debió quedar impresa, como dije antes, cuando la casa estaba cerrada y
al abrigo de la intromisión de un sér humano.

Determiné no borrar la huella. Acaso, me dije, teniéndola presente, como ella


ha querido estar, me dé un indicio de su designio.

Resolví indicar a la mujer que aseaba las habitaciones que, en mi cuarto, no


hiciera arreglo alguno hasta tanto que yo lo ordenara, pues tenía regados en el
suelo ciertos papeles de importancia.

Este cuarto era en el que yo dormía y podía estar seguro, en mis


investigaciones o hipótesis, de que nadie me interrumpiría.

Había yo llegado por la tarde y, desde que vi la huella de la mano, sin dejar
ya este pensamiento, porque esto no era posible, me ocupé en el arreglo de las
cosas que traía en mis maletas para reponer en su sitio todo cuanto había llevado a
mi corto viaje, el cual durara escasamente dos semanas.

Sobre la cama fui amontonando prendas de ropa, conforme iba sacándolas y,


sobre la cubierta de un mueble, ponía todas las pequeñas cosas de que se sirve uno
cuando viaja. Estaba entretenido también en ver las cosillas que comprara, como
recuerdo —lo cual se hace, casi siempre— pero sin concederles mayor atención,
preocupado todo el tiempo por aquella mano. ¿De quién podía haber sido? ¿quién
pudo haber entrado, estando cerrada la casa, a imprimir su mano de modo tan
nítido y preciso? Tenía que averiguarlo. Nada podía quitarme esta idea y no hacía
más que darle vueltas en mi mente.

Acabé por fin de arreglar mis cosas; quité uno por uno los trajes y demás
prendas para ponerlos en su sitio y, al tomar lo último, que fué lo que puse
primero, vi una rosa enorme, fragante, fresquísima, sin haber sufrido demérito
alguno con el peso de mi ropa y como si se acabara de cortar.

El asombro teñido de miedo me dejó clavado en el sitio. No tuve


pensamientos en mi mente durante algunos segundos. Necesité de toda mi
voluntad para rehacerme y pensar en este nuevo misterio.

La rosa estaba ahí, esperándome, deseando ser tomada para regalarme con
su aroma y pidiendo ser puesta en un vaso con agua. La tomé con mano
temblorosa. Era su actuación, en ese lugar y en tal forma, tan absurda, tan
inverosímil, que hube de concluir que no procedía de este mundo. Su perfumada
presencia había venido a aumentar mi confusión, como si no fuera bastante con
aquella mano…

No sabía qué hacer ni qué determinar. Comprendía que lo que yo debía


averiguar no podía decírmelo persona alguna de carne y hueso. ¿A quién podía,
sensatamente, preguntar ni pedir que me ayudase a investigar?

Yo vivía solo. Había cerrado mi casa hacía algo menos de dos semanas, me
había ido de viaje, había vuelto y me ocurrían ahora tales maravillas.

Era en mí, en el fondo de mi espíritu en donde había que buscar la respuesta


a mis ansiosas preguntas. Y la respuesta vino. Voy a referiros en qué forma.

No quise, siquiera, salir a tomar algo para no dejar la casa sola. Comprendí,
instintivamente, que si lo hacía quizá perdiera todo indicio para investigar. Me
propuse leer, pero fué imposible concentrar mi atención en lo que leía. No traté de
dormir porque temía igual resultado que si me fuera. Además, no tenía sueño,
estaba nervioso, excitado por los mil pensamientos que cruzaban mi mente y opté
por quedarme quieto, sentado en un cómodo sillón, esperando, no sabía qué.

Habrían pasado cerca de dos horas de esa inmovilidad, cuando comencé a


sentir una especie de sopor que no era sueño, en modo alguno; era una necesidad
de cerrar los ojos mientras, internamente, se me abría una lucidez de pensamiento
que nunca había conocido basta entonces, y algo, en un centro ignorado de mi ser
formuló nítidamente estas frases: “Espérame, yo he de llegar a ti. No dudes,
cuando llegue, me reconocerás”. Luego un fino rostro sonriente apareció ante mis
ojos espirituales. Un hermoso rostro de exquisitas facciones, enmarcado por una
sedosa cabellera rubia. Por último, una blanca y delicada mano tendía hacia mí una
rosa magnífica, trasunto de la primavera.

Se borró la aparición y yo caí en un sueño profundo. Al despertar, al día


siguiente, la rosa no estaba en donde la pusiera para prolongar su vida y
salvaguardar su hermosura. La huella de la mano, impresa en la empolvada
cubierta, también había desaparecido.
Lo único que me quedaba era pensar que había soñado o que había tenido
una alucinación. Pero ni a esto podía haber dado crédito. ¡Una alucinación que
duraba desde las cinco, por lo menos, de la tarde anterior hasta muy avanzada la
noche, dando lugar a mis largas cavilaciones! No era posible, no podía admitirlo
mi razón. Si yo hubiera sido aficionado al alcohol, podría haber cabido sospecha;
pero nunca lo pruebo; ni fumo, ni me he intoxicado jamás con droga alguna.
Estaba, pues, descartada toda cosa ajena a mi interno ser. Abrigué la certidumbre
de que llegaría la vez, tarde o temprano, en que yo conocería lo que todo esto
significaba y, si había que esperar en algo o asirse a algo, me así fervientemente a
estas palabras: “No dudes, cuando llegue, me reconocerás”. No dudé ya a partir de
esta especie de pacto de serenidad y de segura esperanza hecho conmigo mismo.
Mi vida comenzaba ahora, a raíz de esta extraña visita. La juventud ceñía mis
sienes con sus rosas, tenía treinta años: podía esperar.

Pronto mi sino de viajar me llevó a las costas de Inglaterra impelido


irresistiblemente por una fuerza ajena a mi voluntad. Encima, o mejor dicho, por
fuera, estaba la razón de mis negocios que eran mi ocupación; pero había causas
profundas, como mar de fondo, que actuaban sin mostrarse. Instintivamente lo
comprendía yo así.

Mi programa era estar poco tiempo fuera de mi país, no sólo por la índole de
los negocios que me llevaran a Inglaterra, sino porque me parecía que, si me
alejaba demasiado tiempo de mi país, de mi casa, acaso perdiera la oportunidad
única de conocer el misterio que embargaba mi vida. Me sentía nervioso porque no
podía allanar las dificultades que empezaron a surgir y el viaje, que parecía durar
sólo dos o tres meses, se prolongó hasta cerca de un año y, aunque se me había
ordenado no dudar, a veces me invadía un profundo desaliento pensando en si
había yo perdido para siempre la ocasión de conocer el misterio.

Había hecho algunas amistades entre la clase intelectual y acomodada.


Gentes que sin tener la rigidez de etiqueta de la alta clase privilegiada, tenían
severas costumbres y profesaban austeros principios. Me sentía halagado en mi
vanidad por haber podido gozar del favor y de la hospitalidad de tales personas
que resultaban amigos perfectos. Entre ellas había un matrimonio encantador de
mediana edad, de exquisita educación y de corazón nobilísimo. Tenían sólo una
hija que estaba en una universidad y que, precisamente en esos meses debería
doctorarse en letras saliendo del colegio para ir a vivir con sus padres. Ya próximo
mi viaje de regreso, fué cuando supe estos pormenores y cuando comencé a ser
admitido en la intimidad del matrimonio.
Una noche en que estaba de visita en casa de mis gentilísimos amigos,
juntamente con otras personas, igualmente agradables, la señora de la casa nos
invitó a una fiesta que celebraría próximamente en honor del cumpleaños de su
marido. Agradecimos todos por igual, la invitación y, tomando debida nota del día
y la hora, prometimos asistir.

Llegó la noche de la fiesta y yo estuve puntual a la cita encantado con la


perspectiva de pasar gratas horas al lado de tan deliciosos amigos. Había, entre los
asistentes, varias personas a las cuales no conocía y, después de las presentaciones
de rigor, entramos en franca conversación. El salón en que nos hallábamos
reunidos era de amplias dimensiones y los invitados se habían separado por
grupos luciendo los claros vestidos vaporosos de las señoras junto a los trajes
obscuros de los caballeros.

Había un gratísimo ambiente del que estaba yo gozando con delicia. De pie,
dando la espalda a la puerta, conversaba con un auténtico gentleman, cultísimo,
cuando advertí que todas las miradas se dirigían hacia la puerta a la cual estaba yo
de espaldas y, naturalmente, me volví a ver también. La dueña de la casa se
adelantaba hacia el centro del salón llevando de la mano a una bellísima joven
vestida de blanco, de rostro admirable de exquisitas facciones; rubia, esbelta,
llevando en la mano que le quedaba libre, una rosa enorme, rosa magnífica que
parecía trasunto de la primavera.

—Mi hija, la señorita X, —dijo sencillamente la dueña de la casa


presentándola a sus invitados.

Ignoro cómo me mantuve en mi sitio, ni sé cómo tuve valor de hacer una


leve reverencia: lo habéis adivinado; la joven que tenía yo delante, era la misma de
mi sueño. La rosa que llevaba en la mano, era la misma también.

¿Necesitaré explicaros lo demás? No lo creo. Sé que adivinaréis. Esa misma


noche, al acabar la fiesta, era yo dueño de la rosa verdadera y del corazón de la
muchacha.

Pronto volví a mi país llevando conmigo a mi esposa, la que me había


tocado por destino para acompañarme en el viaje de la vida; la que me había dicho:
“No dudes, cuando llegue, me reconocerás”.
¿CUAL SERIA?
Por un momento calló la anciana señora, ausente del tiempo, con los ojos
remotos clavados en el montón de los recuerdos.

Respeté su silencio. Miré con piedad sus cabellos blancos y su tez


apergaminada. Luego se retrajo, volvió en su acuerdo y continuó refiriéndome
aquella historia.

—No sabía, cuando me dejé seducir por su fino trato social, por sus melosas
palabras y por sus estudiadas maneras, qué clase de hombre llegaría a ser después
de nuestro matrimonio. Las finas maneras se cambiaron en toscos modales y
palabras gruesas dirigidas a mí. La “exquisita educación” se descascaró por decirlo
así y dejó al descubierto la cosa sucia y vil de que estaba hecho el hombre de quien
yo me había enamorado sin medida.

Pronto me di cuenta de la terrible cosa que aniquiló mi vida y que me


condujo al divorcio después del cual no he sido ya nada en la sociedad: me di
cuenta de que bebía.

Al principio y como yo no estaba acostumbrada a tratar con borrachos, no


comprendía una palabra del cambio que sensiblemente se operaba en él. Algunas
veces notaba cierta torpeza en su dicción y advertía un raro brillo en sus ojos; pero,
lejos de sospechar a qué podía atribuirse, no le daba importancia.

Con frecuencia dormía pesadamente después de la comida y luego salía por


la tarde a “dar una vuelta”, al arreglo de cierto negocio urgente y volvía por la
noche a primera hora poseído de singular locuacidad a llevarme al teatro que por
aquel entonces era el espectáculo casi único y no era raro que cenáramos fuera.
Cuando esto ocurría bebía copiosamente vinos y licores a pesar de mis protestas y,
por fin, tuve que convencerme y admitir el hecho brutal de que mi marido era un
borracho consuetudinario.

Cuando él se dió cuenta de que “yo sabía”, se hurtaba cuanto podía a mi


presencia y evitaba mi compañía.

Tuve que hablarle claramente, sin rodeos, acerca de su vicio exigiendo de


modo formal que ese estado de cosas cesase. Al pronto se amedrentó un poco ante
mi actitud y durante algún tiempo aquella ilusión que me ofuscara al principio de
nuestras relaciones volvió a velarme los ojos y tuve una breve temporada de
alegría y una explosión amorosa creyéndolo curado. Pero muy luego volvió a las
andadas. Entonces no regresaba temprano a casa con el temor de enseñar su
estado, sino cuando creía que los vapores del alcohol se habían ido figurándose
que no tenía signos que lo delataran. Pero se equivocaba; yo siempre conocía su
desastre y siempre lo aguardaba para condenarlo con mi severo silencio.

Algunas veces me decía que lo esperara arreglada para ir a algún sitio a


divertirnos y yo sentía que era sincera su promesa; pero lo ganaba la tentación y
llegaba tarde, en un lamentable estado, tratando de disculparse ante mi actitud
condenatoria y ante mi silencio, farfullando, repitiéndose y rodando
vergonzosamente. Yo jamás lo interrumpía mirándolo de frente con ojos
inquisitoriales sin convencerme ni protestar. Acababa por dejarse caer en un sillón
y dormir pesadamente casi hasta al albor de la madrugada. Descarado al fin por
completo y sabiendo que yo lo esperaba, había tomado la costumbre de silbar
desde la calle cuando llegaba —siempre en una de aquellas carretelas de caballos
tan en boga a fines del siglo pasado y todavía a principios de éste—. Yo escuchaba
su silbido y, para evitarme la vergüenza con los criados, le arrojaba desde el balcón
una llave con la cual abría y entraba en la casa.

Muchas, infinidad de noches estuve esperándolo así con el oído atento al


menor rumor sensible en la serenidad de la tranquila calle en que vivíamos.
Muchas noches devoré a solas mis ardientes lágrimas, atenaceada por negros
pensamientos por mi terrible soledad, sin hijos, sin otra compañía que el cadáver
de aquel amor destruido tan tempranamente, ante un largo camino que recorrer en
el porvenir sombrío.

Una noche de tantas llegó a cierta buena hora —no habían dado aún las diez
— disculpándose como siempre y pretendiendo llevarme al teatro. “Vístete, me
dijo, aún es tiempo de que veamos alguna cosa”. Se quejaba de frío y de cansancio
por el trabajo del día. Enfundado en el abrigo, como estaba, se acostó en nuestra
cama para descansar un poco, según me dijo, mientras yo me arreglaba.

—Vas a dormirte como acostumbras —le dije— y luego no hay poder


humano que te despierte.

—No, no —replicó—, aquí estoy cerca de ti y tú me das conversación.

Pero, naturalmente, sucedió lo que yo había anunciado: se durmió en breves


momentos y pronto sus ahogados ronquidos me quitaron toda esperanza de
compañía y de distracción.

Me dejé caer en una silla con desaliento infinito. Sabía que no podría
regenerar a este hombre. Las mujeres cuyo marido es mujeriego y veleidoso
abrigan la quimérica esperanza de traerlo otra vez al hogar y adueñarse de su
corazón. A mí no me quedaba ninguna. Sabía perfectamente que todos mis
reproches, mis argumentos para convencer, mis lágrimas, mis protestas, se
embotaban en la coraza con que el alcohol lo había revestido.

Mis amargas reflexiones me abismaron y absorta permanecí hasta cerca de


media noche.

Me disponía a acostarme en cualquier otro sitio, puesto que no podía hacerlo


en nuestro propio lecho y al ponerme en pie comenzaron a sonar lentamente las
doce.

En ese preciso momento oí el rodar del coche que me era tan conocido. Oí
con terror creciente cómo se detenía bajo el balcón y oí claramente el silbido con
que acostumbraba avisarme de su llegada. Por un segundo mi corazón suspendió
sus latidos y quedé petrificada de espanto. El silbido se repitió, volví a oírlo con
claridad que no pude ya poner en duda. Entonces volví los ojos hacia el que
dormía pesadamente en nuestra cama. Los ojos abotagados, los labios regordidos,
el color congestionado, los rasgos degenerados, todo revelaba a las claras su vicio
vergonzoso. Por tercera vez el silbido se dejó oír a tiempo que el coche emprendía
la marcha por el camino que había traído. Entonces impulsada por una fuerza
terrible me precipité al balcón, lo abrí y ví hacia la acera con los ojos desorbitados
por el terror: allí estaba él esperándome; alzaba el rostro y adelantaba la mano en
demanda de la llave. ¿Cuál era el verdadero? ¿Cuál era mi marido: el que yacía en
la cama respirando penosamente embrutecido por el alcohol o el que estaba en la
calle silbándome para que le arrojase una llave?
“MINNIE LA CANDIDA”
¡Qué bueno que ya había acabado la enfermedad! Por fin estaba libre de
tanto regaño, tanta prohibición y tantas órdenes que debían ser obedecidas: “¡Niña,
toma la medicina! ¡niña, no te desabrigues! ¡niña, no te endereces! ¡niña, vuélvete
para acá!”

Recordaba nítidamente todo hasta llegar a aquel pesado sueño del que ya no
pude salir a pesar de tantas incitaciones a tomar la medicina dichosa.

Ahora estaba encantada en este hermosísimo jardín. ¡Qué jardín tan lindo!,
decía ella para sí. Nunca me había llevado mamá a uno tan bonito. No recordaba
cuándo la habían traído a este lugar y su mamá no estaba con ella pero pronto
olvidó estas leves preocupaciones por gozar plenamente del cielo, teñido de un
azul nunca visto por la niña: de las nubes resplandecientes de blancura; sobre todo,
de las flores. ¡Qué flores veía Minnie! ¡qué flores deliciosas de pétalos carnosos y
enormes, que parecían tener luz por dentro! Estaban distribuidas aquí y allá en
apretados macizos. Las había rosadas, azules, lilas, rojas, amarillas, casi doradas
¡tan cálido era su color! Las había también blancas, de un blanco luminoso que
parecía vibrar. No podía la niña abarcar con los ojos tanta maravilla.

Y, de pronto Minnie advirtió que no estaba sola: había otros niños y en


cuanto ella los notó vinieron a su encuentro. Eran muchos y todos hermosos, con
vestidos de brillantes colores. ¡Todo brillaba en este divino jardín y todo era de
unos colores que Minnie no había visto jamás en su pequeña vida: seis añitos
apenas había cumplido la niña!

Fué hacia los niños como si volara y en seguida se entendieron todos a


maravilla. Eran tan buenos y se amaron desde luego con tal amor que no hubo
disputas para saber a qué iban a jugar. Inventaron juegos encantadores y esto era
volar persiguiéndose por entre los macizos de flores, alcanzando a los pájaros
esmaltados, teniéndolos un momento en las manos para despedirlos luego con un
cariñoso beso. Había también muchos animalitos caseros: gatitos retozones, perros
bondadosos y llenos de amor por los niños. Casi cada uno tenía su animalito
predilecto, y, de pronto ¿qué vió Minnie maravillada y conmovida? Hacia ella
venía su gran perro Terry llorando de gozo casi humano. ¡Cómo era esto! Mamá
dijo un día que Terry había muerto; pero mamá se había equivocado porque aquí
estaba su enorme perro querido lamiendo las pequeñas manos de su amita. Lo
abrazó y lo besó y, desde este momento, la vida en aquel jardín encantado habría
sido para Minnie de una perfecta felicidad. Pero faltaba mamá ¿por qué no estaba
con ella si siempre andaban juntas? Deseaba tenerla a su lado entre tanta maravilla.
La echaba mucho de menos y ahora recordaba que, cuando ella estaba enferma,
mamá lloraba siempre; muy bajito, pero Minnie la oía y no podía consolarla. ¿Por
qué lloraría tanto mamá? Tal vez porque ella no era obediente y no tomaba las
medicinas, pero ¡sabían tan horrible! y quería luz y corrían las cortinas, quería
levantarse y la obligaban a estar en cama con tanto calor. El pensamiento de que
mamá lloraba por ella la hacía sufrir poniendo una sombra en su felicidad.

No sabría decir si lo había soñado o si alguien había dicho que su mamá


esperaba un bebé ¿qué bebé sería ese? se preguntaba Minnie, mamá no tenía que
esperar ningún bebé. No quería hermanos; deseaba que papá y mamá la quisieran
sólo a ella y, más bien a ella era a quien su mamá esperaba. Sí; ahora lloraría más
porque ella, Minnie, no podía hacerle compañía; lloraría porque ella estaba casi
siempre en ese jardín y no había vuelto a su lado.

Pronto comprendió que no sabría vivir allí. Ni la compañía de Terry al que


tanto amaba, ni los bonitos juegos con los hermosos niños podían quitarle aquella
tristeza: a cada paso quería llorar. Determinó, por fin, ir con su mamá porque ya no
podía vivir sin ella.

La mamá de Minnie, en efecto, esperaba un bebé; pero no quería ni admitir


la idea de que el muevo hijo pudiera curarla de la letal tristeza en que la había
sumido la muerte de Minnie. No soportaba la compañía de nadie; de nadie
toleraba que le hablara de su niña y no volvió a pronunciarse el nombre adorado.
Cambiaron de casa, de criados: la pobre mujer creía que cambiando lo externo
podría olvidar lo de dentro. Ni el amor de su marido la había hecho reaccionar, y
ahora, ella esperaba un bebé. Fué una niña también la que vino con sus llantos y
con sus risas a romper el largo silencio de la casa melancólica. Al fin, el corazón de
la madre se abrió como una flor al cariño para la nueva hijita que, ignorante de la
dolorosa tragedia de su madre, venía al mundo a cumplir un destino. Y creció
normalmente, sana, hermosa. Tenía los luminosos ojos azules de Minnie, sus
rubios cabellos. La llamaron Cristina.

Llegó a la edad de las gracias adorables de los niños y cuando comenzó a


hablar le enseñaron a pronunciar papá, mamá y todas esas naderías que
constituyen la dicha de los padres. Querían también, cuando estuvo más crecida —
tenía ya más de tres años— que aprendiera a decir su nombre, pero no podía
pronunciarlo. Los padres insistían, primero con insistencia cariñosa; con cierto
imperio después. Pero la niña no decía una palabra. Los padres (sobre todo la
madre con su intuición de mujer) llegaron a notar claramente que la niña no quería
pronunciar su nombre.

Así pasó algún tiempo y los padres ya casi pensaban en cambiarle nombre a
la niña pues estaban convencidos de que no le gustaba llamarse Cristina. Pero un
día —día terrible para ellos— apremiaron a la niña para que dijese su nombre. Ella
tenía ya cuatro años. Le ordenaron repetidamente con voz áspera y tono
impaciente que dijera: Me llamo Cristina, me llamo Cristina.

Entonces la niña estalló colérica con los ojos fulgurantes:

—¡No quiero llamarme Cristina! ¡No me llamo Cristina, me llamo Minnie!

Un silencio mortal acogió este disparo hecho al corazón. Los padres,


pavoridos, encaminaron automáticamente sus pasos a otra parte de la casa.
Distantes uno de otro: no querían encontrarse. Pero la pregunta en ambos cerebros
surgió categórica: ¿Cómo sabía la niña este nombre? No tenían amigos casi; no
trataban a nadie; la niña no iba aún a la escuela; los criados… ¡tántas veces se
habían cambiado en seis años de muerta Minnie! Cuando salía Cristina iba siempre
con su mamá. Quedaban descartadas todas las probabilidades de que hubiera
sabido aquel nombre por humano conducto.

No le llamaron Minnie ¡eso no! pero tampoco volvieron a llamarla Cristina


por misterioso acuerdo tácito y la sombra de tristeza volvió a empañar el fino
rostro pálido de la mamá.

Cierta vez que arreglaba ella unos papeles, tarjetas y cosas de recuerdos
familiares, en un pequeño escritorio, la niña, como siempre, a su lado, jugaba con
sus muñecas. Había cumplido seis años.

Al desatar un paquete de cartas y tarjetas, cayeron al suelo algunos retratos.


La niña acudió solícita a levantarlos para darlos a su mamá. Pero entre ellos hubo
uno que atrajo vivamente su atención: representaba una niñita como de seis años,
vestida con vaporoso traje blanco; peinada con el cabello dividido en bandos, con
una pequeña crencha retorcida a cada lado, dejando libres las anchas sienes. Con
gracia indescriptible, ladeada un poco la cabecita, veía con un esbozo de sonrisa de
penetrante dulzura a un enorme terranova que sentado a sus pies descansaba una
de sus manazas en la derecha de la niña; con la izquierda ella le acariciaba la
cabeza y el perro levantaba hacia su dueña los ojos entrecerrados, húmedos de
ternura. No habría palabras con qué describir este cuadro.

Lo vió atentamente la niña durante un segundo, y luego dijo:

—Esta soy yo con mi perro. No te había dicho, mamá. Terry no ha muerto.


Está en aquel jardín…

La madre miró a su hija con ojos desorbitados, luego cayó de rodillas ante
ella abrazándola delirante mientras sollozaba convulsivamente, sacudida hasta la
raíz de su ser. Por fin, había comprendido: era Minnie esa niña, Minnie que había
venido otra vez.
EL CORTAPLUMAS
Han pasado muchos, muchísimos años; pero recuerdo punto por punto lo
ocurrido aquel veintisiete de diciembre después de las fiestas de Navidad. Necesito
referirlo, pues si muriera sin hacerlo público, no podría descansar en el lugar que
me corresponda ocupar.

Era yo muy niño, tenía solamente once años y estaba educado a la usanza de
los tiempos en que había respeto y sumisión a los padres y maestros, porque
padres y maestros eran ejemplos vivos de ponderación y decoro, así como de
pulcritud en la conducta ante sus subordinados.

Mis padres nos habían dado, a mis hermanos y a mí, una educación sin
reproche; yo pude haber hecho un buen papel en los mejores círculos, gracias al
modo como fui formado y pude, en todas partes, haberles hecho siempre honor.

Mi madre, especialmente autora de esta obra de paciencia y de amor que


constituye la educación de un hijo, fué quien nos impuso, del modo más suave y
categórico la más estricta y severa disciplina. Nadie habría osado desobedecer una
orden; nadie habría podido jamás decir una mentira en nuestra casa. Si alguno lo
intentó un día, se enredó en sus propias redes y cayó rodando confundido entre la
vergüenza y el temor a una firme reprensión. Nadie dejó sin ayuda al necesitado;
nadie dio jamás a un compañero, a un criado siquiera, una mala respuesta.

La armonía entre todos los miembros de la familia —guardadas las


distancias de la jerarquía— era perfecta y nada se hacía ni se pensaba hacer sin
comunicarlo a los demás, sin discutirlo cordialmente pesando el pro y el contra, sin
haber merecido la aprobación general. Y así salían todas las cosas, oportunas y
fecundas en bienes de todo orden. Salvo las contingencias naturales de un trabajo,
nunca tenía nadie, que lamentar las consecuencias de sus actos, porque todo
cuanto pensábamos lo decíamos en el seno de la intimidad a la hora de la comida o
de sobremesa, momentos en que nos cambiábamos impresiones y que nos dieron a
todos plenitud de satisfacción. Podría decirse que pensábamos en voz alta y el
pensamiento de cada uno era limpio y sincero.

Sin embargo, hubo un día —día funesto— en que yo oculté algo a mi madre
a quien decía todo siempre; sér adorable que merecía todo el cariño del mundo y
que no tenía en su sensitivo corazón sino amor ilimitado para todos nosotros,
comprensión profunda e inmensa ternura. Y, así y todo, yo falté.

Había recibido como regalo de Navidad un bonito cortaplumas que deseaba


desde mucho tiempo atrás, pero que no se me había concedido porque mi madre
temía algún peligro en su uso, dada mi corta edad. No podía ocultar mi gozo por
haberlo recibido como sorpresa de Navidad. Estaba verdaderamente encantado
con él; lo miraba y remiraba y ardía en deseos de ponerme a hacer una de las mil
cosas que había planeado para cuando lo tuviera.

Me embelesaba contemplando sus cubiertas de nácar y abría y cerraba, con


el mayor cuidado —como había recomendado mi madre— sus brillantes hojas y
unas minúsculas tijeras de que estaba dotado. También tenía una argollita que
utilicé metiendo en ella un largo hilo para colgarme del cuello mi tesoro a guisa de
dije.

Lo que me causaba mayor alegría era experimentar un sentimiento de


responsabilidad al tener una pequeña arma, una especie de juguete peligroso y de
cierto cuidado.

Mi madre me había recomendado la mayor prudencia en su manejo, así


como no dejar recortes tirados por todas partes, y yo me esforzaba en obedecerla
para que estuviera tranquila, pues temía que yo fuera a causarme daño o a
causarlo, sin querer, a mis hermanos.

Pero nada de esto sucedió. Lo que pasó fué que, sabiendo yo que esta
pequeña herramienta serviría para cortar o calar, me adiestré rápidamente en su
manejo y cortaba y calaba todo cuanto encontraba a mi alcance sin más preámbulo
que asegurarme de que era útil a mis deseos.

Así, una tarde en que mi madre había salido a hacer una visita de cortesía
acompañada de mis hermanos, quedé solo en la casa —asimismo mi padre había
salido— entregado a la dulce ocupación de cortar y calar.

Me hallaba en mi cuarto, pero, a fin de estar más cómodo, me ocurrió ir a la


biblioteca en donde teníamos asignada una mesa y en donde podíamos entrar
siempre que tuviéramos que hacer algunas tareas escolares.

Allá me dirigí sentándome frente a nuestra mesa de trabajo. Encima de ella


vi un viejo papel manchado y deslucido; pero de muy buena consistencia para ser
utilizado en mis fines particulares. Lo tomé en seguida atento sólo a su compacta
contextura y a su rigidez. Tenía en el centro, en la parte superior un óvalo con unas
figuras y unas letras raras que no me metí a descifrar y sí me di a recortar
sacándolo de su sitio con gran cuidado, siguiendo su contorno.

Luego y como se prestara admirablemente para ello su fuerte contextura,


recorté más óvalos, poniendo como patrón el primero y después círculos,
defectuosos por supuesto, triángulos, cuadrados y toda clase de figuras
obedeciendo el dictado de mi imaginación. Tenía siempre conmigo una cajita para
echar los recortes y una carpeta para guardar las figuras y en ellas fuí poniendo,
según el caso, recortes y figuras.

Llevaba ya un buen rato de haberme dado a tal labor, cuando oí pasos en la


escalera y la voz de mi padre que hablaba con otras personas, pareciéndome que
discutían con cierto acaloramiento. En el momento en que me di cuenta de lo que
refiero, mi padre decía: “Ustedes pueden confiar absolutamente en mi honradez. El
documento es auténtico y prueba por demás la legitimidad de mis derechos. No
hay más que ver el aspecto del pergamino para darse cuenta de su valiosa
antigüedad”.

Comprendí que se habían detenido en el descanso de la escalera y que no


acababan de subir, ignoro por qué.

Al escuchar las anteriores palabras se iluminó de pronto mi mente con


meridiana luz dándome cuenta exacta de que ese documento valiosísimo de que
hablaba mi padre con tono de orgullo era el que acababa yo de destrozar.

Un sudor frío bañó mis sienes. Rápido como un relámpago cogí la cajita de
los recortes y la carpeta huyendo con todo sin dejar huella de mi paso y sin hacer el
menor ruido gracias a la gruesa alfombra que cubría el piso. Corrí al interior de las
habitaciones y me dirigí a mi cuarto en donde oculté el fruto de mi incomprensión
y mi ociosidad.

Fué una tragedia. Mi padre buscó el documento y no hallándolo, se


sobresaltó de un modo terrible, porque acababa de dejarlo, según aseguró,
desplegado sobre la mesa mientras iba en busca de aquellos personajes, sin
cuidado alguno, acostumbrado como estaba, al respeto ciego que teníamos todos
por los objetos de su pertenencia.

Me enteré con terror de las consecuencias de mi incalificable estupidez y me


sentí dispuesto a todo, antes que confesar mi vergonzosa falta.

Me metí rápidamente en la cama, vestido como estaba, tapándome con las


ropas hasta la cabeza resuelto a fingirme enfermo. Casi no mentiría, me dije,
porque sentía arder mi cabeza y mi corazón había acelerado de modo terrible sus
latidos. Comencé por inventar la enfermedad, sabiéndome sin fuerzas para
afrontar cara a cara las preguntas de mi padre y acabé por estar real y
verdaderamente enfermo de terror.

Una fiebre nerviosa me puso casi a las puertas de la muerte y esto, sumado
al pesar ocasionado por la pérdida del insustituible documento, trastornaron desde
sus raíces la paz de mi casa, antes tan serena y feliz.

Yo había escondido en el fondo de un cajón donde guardaba infinidad de


cachivaches, los recortes del pergamino, juntamente con el cortaplumas, antes de
decidirme a fingir una enfermedad que, por lo menos, aplazaría la catástrofe que
veía descargarse sobre mi cabeza. Bien comprendía que si algo me preguntaban, yo
no podría mentir, me sería verdaderamente imposible, tendría, sin remedio, que
confesar. Pero a nadie le ocurrió que yo hubiese visto siquiera el importante
documento: harto sabían todos que yo estaba enfermo y sufriente cuando estaba
pasando todo lo que refiero.

Se llamó al médico quien recomendó mucho silencio, mucha prudencia,


completo aislamiento: temía no sé qué terrible cosa.

Mi madre velaba noche a noche cerca de mi cama y muchas veces advertí


cómo ahogaba sus sollozos. Pero me propuse firmemente no cejar en mi ocultación
conforme pasaban los días y las semanas. Indudablemente que habré delirado
diciendo multitud de cosas; pero nada significarían para nadie porque no sacaron
nada en claro.

Cuando entré en franca convalecencia, desencajado, medio loco de pena y


temor, no hablaba con nadie; fijaba en un punto los ojos hoscos y ausentes y mi
pobre madre, sufriendo lo indecible, temía que hubiese perdido la razón.

Supe todo lo ocurrido por pláticas aisladas y comentarios sueltos que se


hacían sobre todo cuando mi padre y mi madre hablaban en voz baja cerca de mi
cama por las noches ya que me creían dormido.

—Estoy deshonrado —dijo mi padre una noche de aquéllas—, de hoy en


más nunca podré levantar la frente ante nadie: todos me creen un impostor.

Mi madre, en silencio, devoraba sus lágrimas y yo habría querido morir.

Supe también que los sirvientes fueron llevados ante las autoridades a
declarar y, como nada se les probó, fueron puestos en libertad; pero ya no
volvieron a admitirlos en casa, porque se sospechaba de todos. De mí y de mis
hermanos nunca habrían podido suponer la sombra más leve de mentira, de
engaño o de ocultación. En consecuencia, nunca me preguntaron y nadie jamás
habría podido adivinar la causa de mi enfermedad.

Cuando pude abandonar la cama era yo otro, totalmente: desapareció para


siempre mi infantil alegría y casi súbitamente, me había yo hecho hombre; pero
hombre hermético, huraño, retraído y amante de la soledad.

El pesar de aquella pérdida, la cual, según pude traslucir y comprender,


había deshonrado, y empobrecido a mi padre, así como la pena de mi enfermedad;
el temor de que yo pudiera morir o quedar loco si salvaba la vida, lo hicieron caer
en cama enfermo a su vez de multitud de complicaciones. En algunas semanas bajó
a la tumba entre la desesperación terrible de mi alma y mis atroces remordimientos
y el dolor sin medida de mi madre y de mis hermanos quienes perdían por igual
su sostén y su guía.

La noche en que mi padre estaba de cuerpo presente en su cámara


mortuoria, pedí a mi madre me dejara estar un momento a solas con él.
Sorprendida y asustada no se atrevió a concederme su consentimiento por temor a
una recaída de mi débil cerebro; pero yo le pedí con tan ardientes lágrimas y con
tan aguda e imperiosa exigencia, que hubo de ceder y alejando a todos los
presentes salió dejándome solo en la fúnebre cámara.

Yo había cumplido ya doce años; pero, como dije, el terrible dolor me había
madurado en unos meses y me había vuelto hombre de repente.

Me acerqué al féretro con la plena consciencia de lo que iba a hacer y,


tocando con las mías, convulsas, las heladas manos del cadáver, le dije al oído:
“¡Maldíceme, padre, desde donde estás y hazme morir fulminantemente o
perdóname en tu infinito amor hacia tus hijos!”

No había acabado de pronunciar tales palabras cuando sentí como choque


brutal en el cerebro y, dentro de mi ser, en no sé qué parte recóndita y siniestra,
esta orden precisa, categórica, de inaplazable ejecución: “¡Confiesa!”

Caí de rodillas loco de espanto, de dolor, de remordimiento, llamando a


voces a mi madre.

Entró ella demudada y yo fui a su encuentro arrastrándome de rodillas aún


y entre hipos y sollozos le pedí que escuchara el relato de mi horrible falta elevada
ya a la categoría de crimen.
Acabé postrado en el suelo, besándole los pies y gritando desatentado:
“¡Perdón!, ¡perdón!”

Crisis tremenda fué el atroz resultado. Crisis violenta de locura y


desesperación de la mujer toda bondad, comprensión y amor hacia todos nosotros;
pero más hacia mí que era el más pequeño, el más cariñoso, el que más cuidado
necesitaba.

¡Oh, no sospechó ella lo que encerraba en potencia el pobre desvalido que


fui cuando tenía once años solamente!

Volví a caer enfermo a causa de tan terribles impresiones y mi madre


padeció espantosos ataques de risa y de llanto: estuvo al borde de la locura y de la
muerte.

Pasaron los meses y poco a poco la resignación y el estoicismo fueron


tomando asiento en el corazón de mis allegados. En el mío no. Inútil es decir qué
gran vergüenza experimentaba de sentirme en el seno de aquella familia perfecta
siendo yo el asesino de mi padre. Mis sufrimientos no tenían lenitivo, antes bien, se
exacerbaban con el tiempo.

Un día, por fin, tomé una decisión irrevocable y me acerqué a mi madre para
hacérsela saber: “Madre, le dije, me considero como el más miserable pecador. No
tengo perdón de Dios ni de los hombres. Yo necesito expiar mi crimen con una
vida de sacrificio y de penitencia. Quiero ser sacerdote; quiero estudiar desde
mañana mismo en el aislamiento y la soledad; quiero irme de esta casa. No puedo
soportar tu presencia ni la de mis hermanos, ni tu amor ni tu piedad porque no los
merezco. Hazme esta caridad; tengo terrible necesidad de castigo. ¡Ayúdame por el
amor de mi padre y por el amor de Dios!” Volví a caer de rodillas a sus pies —
como aquella lúgubre noche— trémulo y delirante de dolor.

Al día siguiente fui segregado de aquella casa en donde, en otro tiempo,


fuera tan feliz.

Entré en un seminario para estudiar la carrera de sacerdote y no volví a ver


jamás a la santa que me dio el sér ni a mis cariñosos hermanos. Yo mismo me
impuse este primer dolor en el camino de la expiación. Sé hoy que todos han
muerto. Sólo yo he quedado para recorrer mi largo viacrucis y alcanzar el divino
perdón.

Recibí las órdenes sacerdotales después de una vida austera de estudio y


oración y me he refugiado en el amor a la humanidad —consuelo y alivio de mi
alma lacerada.

No puedo conceptuar como mío, nada en el mundo; ni una brizna de hierba;


pero he conservado, y me acompañará hasta el sepulcro, mi pequeño cortaplumas
que llevo constantemente colgado del cuello para no olvidar ni un segundo mi
culpa y mantener despierto mi dolor. Cuando mi carne se acobarda, cuando
podría, sin pecado, concederme una tregua de descanso o de solaz, cuando siento
un suave soplo de paz en mi corazón, toco mi amuleto como quien pone un brusco
dedo en abierta herida y vuelvo a recordar y a sufrir. Así he llevado una vida de
rígida disciplina, de severa abstinencia, de constante mortificación, de perpetuo
servicio.

A muchos pecadores he oído en el seno de la confesión; he guardado


herméticamente, en el secreto sacerdotal, el conocimiento de muchos crímenes,
muchos horrores salidos del antro de negras almas. A muchos he absuelto de sus
pecados en el nombre de Dios. Pero ninguno de los crímenes que confesaron a mi
oído aquellos miserables tiene los negros perfiles de mi culpa, porque los autores
de horribles monstruosidades estaban preparados, por decir así, para ello; esos
seres fueron fruto lógico de su herencia, de su medio, de su falta absoluta de
educación. Se dejaron llevar por sus instintos, su “vocación”.

Yo no. Yo estaba preparado para ser siempre limpio y puro de todo engaño
porque fui educado en el bien; pero torcí mi camino porque no tuve valor para
confesar una falta y oculté, y dejé que el tiempo y mi cobardía —he aquí mi crimen
— hicieran su obra, como la hicieron, y arruiné vidas valiosas y un hogar perfecto.

Pronto moriré: ya he sido avisado por aquella terrible voz interior que
ordenó imperativa y terrorífica: “¡Confiesa!” Pero antes de morir necesito a mi vez
confesarme ante el mundo; quiero hacer público el relato de mi crimen para
descansar en paz en el seno de Dios.
EL TESORO
Por la mañana certificó una vez más la potencia de sus músculos, su atlética
complexión, su flexibilidad, estirándose con fruición al despertar. ¡Qué
admirablemente bien se sentía! Lleno de fuerza, de energía; más joven que nunca.

Dejó errar su pensamiento como solía hacer antes de levantarse y luego, de


un salto, con ligereza extraordinaria, estuvo fuera de la cama.

Se dirigió al baño y lo halló lleno de los más disímiles cachivaches: frascos


de medicinas, cajas de ampolletas a medio consumir, multitud de detalles insólitos
y disgustantes. Volvió sobre sus pasos para preguntar a su mujer la causa de ese
desorden, pero, al volver de nuevo a la recámara, escuchó pasos furtivos, voces
ahogadas, cuchicheos en las habitaciones contiguas y ya francamente inquieto y
picado de incontenible curiosidad, se echó encima una bata y dirigió sus pasos
ligeros (muy ligeros, con ligereza tal como antes nunca la experimentara) hacia un
hall que daba acceso a otras dependencias.

Su sorpresa no tuvo límite al encontrarlo convertido en cámara mortuoria.


Sobre un severo catafalco descansaba lujoso ataúd con un cristal a la altura de la
cara del difunto para verlo sin necesidad de levantar la tapa. Sobre el ataúd,
alrededor de él y por todos los rincones habían depositado toda clase de ofrendas
florales: cruces, palmas, coronas. Multitud de personas con ropas luctuosas se
apretujaban en torno con aire compungido mirando fijamente al ataúd. ¿Quién era
el muerto?, se preguntó con atroz sobresalto. No supo qué conjetura hacer. Volvió
tan pronto como lo pensó, con aquella su nueva ligereza y se vistió en un abrir y
cerrar de ojos, a pesar de que no encontraba su ropa, pues todo estaba revuelto,
con aquel desorden singular que se había encontrado en el baño.

Se deslizó otra vez hacia el hall buscando con los ojos a su mujer, a alguno
de sus hijos o a un criado para inquirir qué significaba aquéllo, pero a nadie halló.
Entre los presentes vió a algunos conocidos; saludó al más próximo con leve
inclinación y no le contestó. Hizo lo mismo con otro más distante, con igual
resultado. Quedó un momento de pie junto al arranque de la escalera mirando con
fijeza automática los dibujos simétricos hechos con cielorrasos y cinerarias de una
corona cercana.

Cuatro cirios levantaban sus llamas amarillentas en los ángulos del catafalco
agrandándolas temblorosas y empequeñeciéndolas a intervalos.

De pronto, reprimiendo a duras penas un repentino impulso, avanzó hacia


el ataúd y vió por la mirilla: el cuerpo que yacía depositado en esa caja era el suyo.
Dio un grito de espanto, se volvió en todas direcciones mirando a todos los
presentes; pero ninguno alteró su quieto aire compungido, ni advirtió sus
ademanes, ni prestó atención a sus impresiones.

Quiso cerciorarse de la tremenda verdad con la esperanza desatinada y


delirante de que no fuese tal verdad y de que todo fuera una pesadilla. Clavó su
mirada en el cadáver mirándolo con mayor y más aguda atención: allí estaba,
inmóvil, vestido con un traje negro, las manos morenas, anchas y cortas cruzadas
sobre el pecho; las ojeras lívidas; los labios, las uñas, lívidos también, teñidos ya
con las violetas de la muerte. Las sienes entrecanas, los ojos cerrados; el lunar
aquel, más bien verruga, en el párpado derecho. No cabía duda: era él. Estaba
muerto. Entonces recordó súbitamente que había estado muy enfermo. Con aquel
dolor que sólo se paliaba con narcóticos y estupefacientes. Vino también a su
memoria aquella noche en que percibió, adivinó, más bien, frases sueltas de una
conversación entre su mujer y el médico que lo atendía: “Cáncer”, “sin remedio”.
Luego susurros, voces ahogadas y la tiniebla de su memoria, colapso de su
consciencia, laguna oscura, solución de continuidad que rompía el hilo de sus
recuerdos, hasta el despertar de esta mañana. Despertar de salud, como nunca lo
había sentido; de fuerza y energía extraordinarias, para rematar en esta horrenda
certidumbre: había muerto y su cuerpo, su despojo, su envoltura, estaba allí
yacente en el ataúd.

Entonces pensó en su mujer y tan pronto como decidió interrogarla, conocer


sus sentimientos, saber qué pensaba de este acontecimiento, se halló a su lado en el
tocador en donde ella se arreglaba.

Estaba vistiendo sus galas de luto y hablaba, con breves frases cortadas, con
una camarera acerca de si todo estaba listo, si no faltaba nada, si había llegado el
carro fúnebre. Comprendió que se trataba de su propio sepelio. Su mujer no
lloraba: estaba atenta a que nada faltase y a ver cómo le sentaba el velo que en ese
momento ponía sobre su cabeza. Se encontró todavía de bastante “buen ver” y
pensó que aún podía hacer una nueva vida, acaso volvería a casarse: una mujer de
cuarenta años, no mal parecida y con dinero, recalcó, puede intentar todas las
aventuras.

El cayó en un asombro atroz: estaba mirando, sabiendo, conociendo lo que


ella pensaba, conforme desenvolvía sus ideas. Entonces, a su vez volvió su
pensamiento a otros derroteros y reaccionó enérgicamente: se acordó… Con
dinero, se había dicho ella a sí misma, pero ese dinero no era suyo, no lo había
amasado ella. Después de tanto sacrificio y tanta privación ¿iba a gozarlo ella?
Porque él podía haber tenido residencias suntuosas en distintos puntos del país;
podía haber viajado por todo el mundo, podía haber sostenido dos o tres amantes,
y había renunciado a todo por tener algo en qué descansar su vejez. Nadie le había
ayudado a reunir ese dinero; nadie tenía derecho a disfrutarlo. Nadie tenía derecho
sobre su tesoro.

Recordaba cómo en unos cuántos años acumuló enormes sumas de oro.


Había desempeñado importantes cargos públicos en diversas administraciones —
pues siempre hallaba modo de caer bien— y por sus manos pasó la dorada
corriente del Pactolo.

Era su secreto. Para impedir que su mujer sospechara alguna cosa la dejaba
que se comprara trapos y chucherías de escaso valor. Pero cuando se trataba de
algún capricho costoso siempre se defendió del despilfarro con la frase: “Hay que
ahorrar para la vejez”.

Hubo día en que sospechó que su mujer conocía su secreto. Para ponerse a
salvo de toda sorpresa se las arregló de modo que su mujer hiciera un viaje con los
niños. Cuando regresó, encontró la casa un poco cambiada: él había hecho
construir un pabelloncito en el jardín para tomar el té con los amigos, decía. Pero lo
que no supo ella era que este pabellón tenía un sótano con entrada secreta cuyo
mecanismo sólo él conocía y ahí guardó su tesoro. ¡Cuánto oro había podido
reuñir!, ¡era una fiesta para los ojos! Se recreaba en la hermosura intrínseca de las
amarillas monedas —las cuales, pensaba, siempre conservarían su valor—. Nada
de piezas de plata de variable valor ni de papeluchos que hoy son y mañana no.

Algunas noches cuando su mujer se iba a alguna diversión con los


muchachos y él se quedaba en casa pretextando quehacer urgente o cansancio, se
encaminaba sigilosamente al lugar de su secreto. Ahí palpaba, contaba, removía y
alineaba procurando no hacer ruido alguno en el silencio de la noche.

Salía y esperaba a su familia o se acostaba para soñar despierto en su tesoro,


seguro y al alcance de su mano. Nada de bancos que quiebran o cajas de caudales
que pueden quizás ser objeto de una visita. Nada de entregar a segundas manos el
cuidado de su vital interés.

Y ahora, su mujer quería apoderarse de su bien, quería robarlo, sí, ésta era la
palabra: robarlo, despojarlo; pero no lo consentiría. Se dio perfecta cuenta de que
ella no conocía a ciencia cierta el lugar del tesoro, porque, a tiempo de que
empolvaba su nariz, sus mejillas, determinó: “La casa no es muy grande y aunque
tenga que demolerla íntegra, daré con él”, y salió solemne e imponente a presidir el
cortejo fúnebre.

El pensó que no podría asistir a su propio entierro: debía quedarse a velar


por su tesoro y a discurrir la manera de salvaguardarlo.

Tan pronto como lo decidió estuvo en el sótano sin tener para qué usar el
misterioso mecanismo que vedaba la entrada. Y notó con sorpresa (iba de sorpresa
en sorpresa) que podía plenamente (ahora con sentidos desconocidos) gozar como
nunca del placer de manejar su oro glorioso, su adorada posesión. Por de pronto,
vigilaría toda la noche, no fuera a ser que su mujer la aprovechase para buscar por
ahí guiada por funesta intuición. Mañana determinaría lo que había que hacer.

Mañana, mañana: el tiempo había dejado de existir para él.

A partir de aquella noche no se separó el fantasma del lugar de su secreto.


Atento vigilaba los menores ruidos, las idas y venidas de su mujer por el jardín con
aire pensativo. Toda ella no era más que este pensamiento: ¿Dónde estará? No
viviría en lo sucesivo sino para hallarlo.

A la mujer le quedó un modesto pasar. Recursos decorosos que le


permitirían vivir como acostumbraba; pero no pensó sino en emplear cuanto
pudiera en remover toda la casa. Los muebles fueron registrados minuciosamente
“para poner en orden los papeles del difunto”; las puertas en todos sus detalles, las
escaleras, todo fué recorrido y, por fin, so pretexto de hacer un plano mejor, de
ampliar la casa, se determinó hacer obra seria.

Todo se removió en la casa, incluso el pabellón del jardín y todo se auscultó


cuidadosamente. La mujer dirigía la obra con interés febril y creciente, pero la
búsqueda resultó infructuosa: no se encontró absolutamente nada.

La viuda comenzó a perder interés por la “obra” así como perdió también el
sueño y el apetito. Desmejoró visiblemente y pretextando una rara enfermedad que
la hacía apática para todo, dejó el asunto en manos de sus hijos, ya jóvenes
formales. Ellos acabaron la obra de la mejor manera que pudieron. No faltó quien
adivinara la causa del acometer y del retirar de la viuda, ya envejecida y afeada
por su estéril vibrar.
Mientras tanto, el espíritu del difunto cuidaba siempre su “entierro”, y no se
apartaba un ápice de él. Comprendía vagamente que faltaba a no sabía qué
deberes; se daba cuenta remota de que debía ponerse a ciertas órdenes y obedecer
insospechadas disciplinas; algo como pasar una revista, como un decir: aquí estoy,
ante imprecisas potencias sombrías; y sintió locura de terror, terror de verse
obligado a abandonar su bien, exponiéndolo a que manos codiciosas dieran con él
y lo disiparan. Vértigo de espanto sintió sólo con esta idea. Deseó entonces
ardientemente, fervorosamente ser favorecido por los oscuros dioses a quienes
temía, con una excepción. Deseó poder libertarse excento de toda obligación, de
todo encargo, de todo trabajo que no fuera el vital, el urgente de vigilar su
posesión. Era suya, a él pertenecía. Nadie debía gozarla porque nadie le ayudó a
robar, sí, hoy podía confesárselo muy bajito, como secreto ante él mismo revelado:
había robado desenfrenadamente: en todo y a todos, abordando innúmeros
negocios sucios, abusando de sus altos cargos, de su investidura política, de sus
medios de coacción sobre sus subordinados, no respetando ley ni voz de la
conciencia; eso, decía él, se quedaba para los mentecatos imbéciles que no sabían
aprovechar las oportunidades. El había sufrido con todo eso y se había expuesto a
entrar en la cárcel acaso o recibir una puñalada por la espalda o una bala en el
corazón y ahora, manos libres y codiciosas ¿habían de dilapidar su tesoro?

No se preguntaba para qué le serviría el tal tesoro en el reino de la muerte; él


gozaba con el placer intrínseco de mirarlo, contarlo, alinearlo, volverlo a guardar y
cuidarlo, siempre cuidarlo en perpetua vigilancia en su noche infinita.

Con el temor, cada vez más preciso y cada vez más agudo, de que lo
llamaran, lo arrancaran de su puesto, lo obligaran a ir al lugar que le correspondía
ocupar, deseó ardientemente quedar ligado de tal modo a su posesión que nada ni
nadie tuviera poder para arrastrarlo lejos de ella.

Y así quedó; su deseo fué escuchado y cumplido: se sintió ligado con un


terrible poder a su oro almacenado; sintió que ese poder lo ataba para siempre a
aquel lugar. No tuvo ya facultad siquiera de traspasar el umbral del sótano en
donde velaba. Primero experimentó un gran alivio, un infinito descanso. Desde el
momento en que su deseo fué escuchado concluía que era legítimo y justo: su
tesoro era para él: él para su tesoro. Pero a medida que fué ahondando en la idea,
que la fué desarrollando, que la consideró en todas sus fases, fué saturándose de
inquietud, primero, de sobresalto, después, y, por último, de un terror inenarrable
cuando su profunda consciencia se llenó de esta luz: ¡encadenado, atado, quién
sabe por cuanto a su tesoro siniestro!
Y siguió ahondando, ahondando en lo oscuro de la muerte y llegó a conocer
nítidamente, a ver con plena luz interior que ése era su infierno, su propio infierno,
su infierno particular y que él lo había fabricado paso a paso durante la vida del
cuerpo sobre la tierra.

Y comprendió que estaba en pecado mortal y que su pecado no tenía


redención, ni remisión ni perdón; ni alcanzaría gracia, ni piedad, ni misericordia,
hasta tanto que ese dinero no fuera disipado, desintegrado, reincorporado al
depósito común. Hasta tanto que la última moneda no hubiera sido arrojada a la
gran corriente de la riqueza en el mundo.

Conoció, quién sabe con qué facultades interiores, que después tendría que
restituir, que pagar, que indemnizar. Comprendió que todos los despojados, todos
los robados por él, todos los engañados, maldecirían su memoria funesta y lo
hundirían más y más en el negro sufrimiento. No podía llorar, como cuando vivía,
no podía tener un corazón amigo en el que descargar el fardo de su pena. No sabía
orar, ni sabía a quién pedir; no podía olvidar.

En su espantable castigo, devorado por un fuego interior, no podía sino estar


encadenado a su culpa, atento y expectante.

Se dio cuenta también de la razón de los aparecidos, del ruego lancinante a


los vivos para restituir el oro a la gran circulación, y él también deseó aparecerse a
alguien y rogarle de rodillas que sacara aquel tesoro, que lo dedicara a obras pías,
que socorriera con él a los necesitados, que lo restituyera a sus dueños… pero, no
podía porque estaba encadenado a él. ¡Ah, si le fuese dable vivir otra vez! ¡Cómo
haría una vida llena de trabajo y de honradez! Ahora que sabía. ¡Si los otros
supieran también!

No le quedaba más que esperar alguna circunstancia fortuita que viniera a


ayudarle a sacar de la sombra el caudal y le permitiera descansar.

Esperaría por siglos.


LA CRUZ
No podría decirse que fuesen amigas; pero la proximidad de las casas,
situadas una frente a otra en aquella tranquila calle privada, estableció entre ellas
cierta cortesía cordial traducida en saludos y sonrisas cuando salían ambas a
cuidar sus minúsculos jardines.

—Buenos días, señora Martínez.

—Buenos días, señora Dorman.

A la señora Dorman le fué presentado el señor Martínez por su esposa un


día que accidentalmente se encontraron en la calle. Hombre cortés, seco y anguloso
no podía dar de sí nada para establecer un trato más estrecho que pudiera llegar a
convertirse en amistad.

La señora Dorman no traba relaciones con nadie por el interés de hurgar en


vidas ajenas; pero se desvive por servir a sus semejantes, sean amigos, enemigos o
indiferentes. Cariñosa, solícita, servicial, hace cualquier cosa por aliviar una pena,
remediar una necesidad, consolar un corazón.

Así, pues, puso a la disposición del matrimonio Martínez su casa y sus


servicios personales, por si alguna vez pudiesen necesitarlos.

Largos meses, después de este encuentro, pasaron así los vecinos


cambiándose saludos, siempre de lejos.

Un día la señora Dorman cayó en la cuenta de que hacía más de una semana
que no había visto salir al señor Martínez y como notara que entraban en la casa
personas desconocidas a desusadas horas, y tampoco hubiera visto a la señora en
el jardín, dedujo que alguno de los dos estaba enfermo.

—Voy a ver en qué puedo servirlos. Y, acto seguido, fué al teléfono para
informarse de lo que ocurría. La criada fué quien le dijo que el señor Martínez
había estado muy grave; pero que ya estaba mejor.

Al día siguiente la señora Martínez correspondió la atención de su vecina


diciéndole lo mucho que agradecía su solicitud manifestándole que su esposo
había sentido, precisamente esa mañana (era un sábado) una franca mejoría. Había
estado grave los días anteriores; pero ya había pasado la crisis y se había conjurado
el desenlace funesto que parecía inminente.

La señora Dorman, entonces, reiteró su ofrecimiento de servirlos cuando lo


pidieran y en toda ocasión.

Al día siguiente la señora Dorman, por primera vez en muchos años, desde
la muerte de su marido, no quiso acompañar a sus hijos al breve paseo que,
domingo a domingo, daban por la mañana.

Se sentía inquieta y llena de sobresalto deseando quedarse en casa por, no


sabía cuál, recóndita necesidad. Pretextó cansancio y sus hijos, aunque extrañados,
acataron su deseo dejándola sola.

Preguntándose a sí misma por qué oculta razón no había querido salir, se


dijo: ya que me he quedado voy a visitar al enfermo.

Llamó por teléfono a la señora Martínez para informarse de cómo seguía su


esposo.

—Muy mejorado —fué la respuesta—. Ya va de franco alivio.

La señora Dorman pidió entonces permiso para pasar un momento a


saludarlo.

—Con todo gusto, venga usted cuando quiera.

—Voy en seguida —repuso y colgó la bocina.

Quedó un tanto perpleja después de esto porque no se sentía con derecho a


visitar aquella casa a la cual nunca había sido llamada. Pero se trataba de visitar a
un enfermo y, además, había tenido una idea que se abría paso en su mente y
explicaba, por fin, el deseo extraño de haberse quedado en casa aquella mañana.

Atravesó la angosta calle y en pocos momentos estaba llamando a la casa del


matrimonio Martínez. La señora acogió su llegada con sincera cordialidad.

—Estoy apenada —le dijo la señora Dorman—, por haberme atrevido a


visitar a su esposo sin tener realmente amistad con ustedes.

—No faltaba más, señora Dorman. Esto es una delicadeza de su parte que,
tanto mi marido como yo tenemos que agradecerle. Más él, porque le hace falta
que lo animen. Está tan mejorado, y, sin embargo, hoy ha amanecido muy triste
debiendo ser todo lo contrario. Pase usted, señora, pase usted por aquí. Y la
condujo a la habitación en la cual, todavía en cama, esperaba ya la anunciada visita
el señor Martínez.

Muy pálido estaba, naturalmente, y enflaquecido por la enfermedad; pero,


además, muy triste como había dicho su esposa, con una tristeza que traspasaba el
corazón.

—Vengo a platicar un poquito con usted, señor Martínez, aunque no he


tenido antes el gusto de visitar su casa; pero disculpe la libertad que me tomo
teniendo en cuenta mi deseo de serle útil en algo.

—¡Oh, señora Dorman, no hable usted así! Me siento profundamente


agradecido por su muestra de aprecio. Siéntese usted.

—Me dice su esposa que ya usted está fuera de todo peligro; creo que debe
estar contento porque Dios le ha conservado la vida.

El señor Martínez hizo un gesto vago al oir la palabra Dios, pero nada dijo.
Empleado del gobierno, había tenido, acaso, que renegar de sus creencias por
conservar un pan o quizá nunca las tuvo, y era materialista con la “ideología” de
los que, por comodidad, niegan los grandes valores en que se basa la humanidad.

Comprendió la señora Dorman que había tocado un punto escabroso; pero,


movida por un resorte interior, avanzó en su camino con firme serenidad. Algo
había notado en ellos (los Martínez) que los hacía secos y raros y adivinó la cosa
oculta con su asombrosa intuición: él, por necesidad o por falta de cultura, era ateo;
ella, por sumisión, por miedo a un marido autoritario, aparentaba serlo también.

—Va usted a ver —continuó diciendo sin dar a conocer lo que estaba
pensando—, cómo no tarda usted una semana en estar levantado, completamente
sano y contento.

Una débil sonrisa amarga fué la respuesta elocuente del señor Martínez que
no parecía participar en tal optimismo.

—Traigo para usted una medicina, señor Martínez —dijo la señora Dorman
con particular entonación.

—¡Una medicina! —exclamó él animándose repentinamente—. ¡Oh, señora,


qué buena es usted!

—Sí, una medicina que acabará de sanar a usted. Una medicina maravillosa
que cura los males del cuerpo y las penas del alma.

El señor Martínez no sólo no tuvo un gesto despectivo al oir la última


palabra, sino que adelantó el rostro ansioso enderezándose ligeramente, apoyado
sobre los almohadones.

La señora Dorman se levantó y de su bolsa de mano sacó una pequeña cruz.

La señora Dorman es católica; pero católica limpia de fanatismo, con una fe


maciza digna de todo respeto.

—Una amiga me trajo de Roma unas cruces benditas y he dedicado ésta, la


última, para la persona más necesitada. No sé si usted creerá en esto.

—Sí… Alguna vez. Cuando era niño mi madre me hablaba de estas cosas…

No pudo continuar; un nudo le apretó la garganta y un velo de lágrimas


opacó su mirada.

—Permítame usted que yo se la ponga, señor Martínez —y con manos


trémulas prendió la cruz cerca del corazón del enfermo, a tiempo que decía:

—Va usted a sentir un inmenso alivio a sus males y un infinito consuelo en


su espíritu.

—¡Gracias! ¡Gracias! —dijo él conmovido—. Me ha prestado usted un gran


servicio, señora Dorman.

Se recostó de nuevo en su lecho y cerró los ojos moviendo los labios como si
rezara.

La señora Dorman salió de puntillas y apretó en silencio la mano de la


señora Martínez que esperaba muda y pálida cerca de la puerta.

—¡Gracias! —murmuró como en un susurro—. Usted ha hecho por él lo que


a mí me habría sido imposible hacer.

Salió la señora Dorman, atravesó la calle para entrar de nuevo en su casa;


pero no había puesto aún la mano en el llamador cuando oyó gritos terribles en la
casa que acababa de dejar.
Desatentada salvó de nuevo la distancia y encontró a la señora Martínez
retorciéndose las manos y sollozando con desesperado dolor: su marido acababa
de expirar.

La señora Dorman sintió que una ola de locura le azotaba el cerebro: creía
soñar.

Pero nada era más cierto: el señor Martínez yacía inmóvil en su lecho. La
severa sombra de la muerte se extendía sobre su rostro revistiéndolo de perfecta
serenidad; la mano derecha sobre el pecho, descansaba en la cruz de Cristo que
minutos antes le pusiera la señora Dorman.
EL PUENTE
Ese mismo día se había pasado sobre el puente como de costumbre.
Ninguna cosa anormal, nada raro ni premonitorio se había notado que hubiera
podido poner sobre aviso. Acaso un espíritu privilegiado hubiera advertido cierto
sabor en el ambiente o entrevisto en el día un desusado color; pero estos espíritus
no suelen andar por la tierra tan a menudo como se desea.

El caso es que, a las doce en punto el puente se hundió en el ancho río sin
estrépito ni tragedia exterior. Una cosa que pesa demasiado y se desgaja
hundiéndose instantáneamente bajo las aguas profundas.

Pero nadie lo vió, nadie, en absoluto, se percató de lo ocurrido. Por un


extraño sortilegio los seres y las cosas siguieron su ritmo normal y aquel denso
poblado, que estaba prácticamente dividido en dos por el caudaloso río, siguió
dividido, pero ahora, incomunicado.

El río se hizo más ancho y profundo, si cabe, pero también se hizo


tumultuoso y amenazador. Los moradores del extraño pueblo sabían que por
encima de las aguas de un azul verdoso volaban pájaros, mariposas y libélulas; que
las márgenes —llenas de verdor exuberante— estaban moteadas por mil y una
florecillas silvestres y sombreadas por álamos blancos de hojas de terciopelo por el
envés y de raso brillante por el haz. Blancos, de blancura de toca monjil, rumorosos
y movedizos. Suave y dulce paisaje hasta donde podían abarcar los ojos; pero
sabían también que, bajo las aguas tumultuosas, se insinuaban extrañas algas que
no debían vivir ni prosperar en las aguas de un río; largas cabelleras de raíces de
árboles fantásticos, árboles que no crecían en las orillas. Y siluetas inquietantes,
alargadas, deformes, como cadáveres de ahogados que no saliesen jamás a la
superficie.

Se había vuelto un río embrujado por pavoroso conjuro y a nadie le hubiese


pasado siquiera la idea de bañarse en su linfa ni aventurarse en una barca sobre las
aguas enigmáticas.

El pueblo aquel quedó dividido en dos y quienes lo atravesaban, pasando


por el puente, día a día para llenar las exigencias de su trabajo, de su
aprovisionamiento y otra multitud de necesidades, quedaron separados de su
gente como cuando se corta el brazo de un árbol, se troza una piedra en dos o se
separa la cabeza de un tronco.

Quedaron divididos, mutilados, incomunicados; pero no lo supieron jamás,


nunca fueron conscientes de ello ni hicieron alusión, la más velada, a este
momento terrible de su vida en que se movían, iban y venían transitando con
despreocupada ligereza por el puente yendo de uno a otro lado del pueblo,
charlando de paso cordialmente con los conocidos o amigos que por azar hallaban
en su camino y mirando sin querer, a veces queriendo, el panorama del río de
aguas tranquilas, de floridas márgenes bajo la bóveda azul del cielo embellecido
por las blancas nubes viajeras; y luego no más transitar, no más pasar de allá para
acá, no más comunicarse con los que quedaban de uno y otro lado.

El puente no existió a partir de ese momento y tal como se separaron


quedaron; tal como los sorprendió el hechizo permanecieron sin saber.

Acá los hijos esperando a su padre; allá la esposa que había ido por víveres
asegurando no demorarse arriba de una hora; allá el médico llamado por algún
enfermo; acá otros enfermos que lo aguardaban ansiosos con la esperanza de
recobrar la salud; aquí el patrón de la fábrica, bulliciosa momentos antes, y allá los
obreros que debieron regresar al trabajo después del mediodía y así todos; todos
separados, divididos, incompletos en el corazón.

Adivino vuestra pregunta y comprendo vuestra inquietud pensando en los


innumerables desprevenidos que perecieron en la silenciosa catástrofe. Pero,
tranquilizaos, no hubo uno que pereciese; ni los que pasaban yendo y viniendo,
estimulados por sus intereses, ni los numerosos desocupados, que, acodándose en
el pretil del puente, pasaban horas y horas viendo para el río, cogiendo la fuerza de
las aguas que corren; ninguna de las acémilas que pasaban cargadas de frutos y
verduras, objetos útiles o materia prima de la industria; ni siquiera una ovejita de
los rebaños que diariamente eran conducidos a los pastizales; ni tan sólo el
cariñoso perrillo que siguiera fiel los pasos de su amo. Ni hombre ni bestia, nadie
pereció. Se habría creído que el genio autor de la catástrofe había esperado a que
ninguno transitase por la ancha vía del puente o que los transeúntes hubiesen sido
arrebatados en el aire para ser puestos a salvo en una u otra orilla o unos aquí y
otros allá ¡quién sabe! Pero os repito, ninguno pereció.

Y, sin embargo, dentro de la conciencia obscura que tuvieron las gentes a


partir de aquel día —terrible entre todos— había la idea de que, bajo las aguas de
ese río, vuelto anchuroso y profundo, se delataban oscuramente las siluetas
alargadas, deformadas, azulencas de quién sabe qué misteriosos ahogados que
jamás flotaron en la superficie.

Nadie supo de aquello; de lo que debió ser para todos memorable


acontecimiento. Nadie advirtió la desaparición del puente diabólico; nadie
comprendió que estaba, que quedaba separado de por vida de seres queridos o de
intereses vitales.

Se cortaron las ligas, se rompieron las raigambres, se interrumpieron las


conexiones y nadie lo supo, nadie lo advirtió, nadie lo comprendió. Sólo algunos
espíritus privilegiados, de esos de quienes os hablé, tuvieron la inquietud, el terror,
la convicción de sentirse divididos, separados, incomunicados con relación a otros
seres, y a otras cosas; pero su convicción era tan recóndita e inefable, que no
habrían podido decir nada a nadie sin exponerse a pasar por locos. Sabían que era
inútil intentar una explicación, evocar un recuerdo, fundamentar una hipótesis y
tuvieron, forzosamente, que callar.

Los otros, los mortales comunes que no han aprendido a oír la voz del
silencio, se adaptaron como autómatas, a la vida truncada que se les ponía
enfrente. Soldaron sus actos a otros propósitos como quien liga los vasos de un
miembro amputado y con una nueva, que parecía vieja rutina, se pusieron a
funcionar. Así deben hacerlo seguramente las piezas de refacción de una
maquinaria que se repara.

Pero, en el fondo, remoto e impenetrable de aquellos seres, durante los años


necesarios para que se extinguiesen las generaciones a las cuales afectara la
catástrofe, quedó una aguda nostalgia, un oscuro sufrimiento, un informe recuerdo
de algo imposible de precisar.

Las mitades del pueblo crecieron en extensión; se hicieron populares e


importantes como grandes ciudades y de una a otra margen del río, ya anchuroso,
y amenazador como un mar, se veían masas arquitectónicas de cierto relieve y
prestancia. Era, sin embargo aquélla, una visión tan desdibujada, tan borrosa y
lejana que los habitantes podían creer más bien en un espejismo engañoso o en un
sueño falaz.

Nunca a los moradores de ambas mitades les ocurrió que podían intentar la
aventura de averiguar lo que había más allá de aquellas márgenes —que se habían
vuelto rocosas, áridas y grisáceas—. A nadie tampoco le ocurrió siquiera hablar de
la posibilidad de correr el riesgo de un viaje sobre las aguas de ese mar lúgubre y
amenazador. ¿Había sido río alguna vez?

Todos tenían muy adentro la nostalgia de aquello que entreveían o que


sospechaban; pero nadie osó jamás desafiar la influencia letal de aquellas aguas
siniestras pobladas de cadáveres de quién sabe qué misteriosos ahogados.
UN CRIMEN PERFECTO
Los diarios capitalinos hacían de él grandes elogios. Admiraban sin reservas
su clara inteligencia, su sagacidad, su sangre fría. “No cabe duda, decía uno de
ellos, se trata de un individuo dotado de facultades excepcionales. Lo revelan su
previsión, su serenidad, su astucia. Ningún detalle revelador; ningún olvido. No
hay huella de su paso. A la policía le va a costar trabajo dar con él. Se trata
realmente de un crimen perfecto”.

El leía todo esto con la natural inquietud de un principiante, pero también


con orgullo. Por fin se le hacía justicia; en el seno de su familia siempre se le había
tenido por tonto, más tonto aún que los otros hermanos.

Sentía locos deseos de decir a todos cuantos lo conocían: este inteligente, este
astuto, este previsor soy yo. Sólo le faltaba (¡lástima que no pudiera alcanzarlo!)
ver su nombre en letras de molde y su retrato en primera plana.

¿Cómo llegó a realizar todo esto siendo realmente tonto? La explicación es


muy sencilla: lo habían instruído los periódicos. En fuerza de leerlos (no leía otra
cosa) llegó a familiarizarse con la “técnica” de los criminales que se ponen guantes
cuando van a “trabajar” para no dejar huellas digitales; que no emplean armas de
fuego (sino el clásico tubo de hierro) que preparan magistralmente una coartada;
que no venden o gastan en seguida el fruto de sus crímenes, sino que dejan correr
el tiempo, y luego, el olvido protector cae sobre ellos: burlan siempre la justicia de
los hombres. Esto lo hacen los inteligentes; los tontos dejan en el lugar del crimen
una cartera con tarjeta de identificación.

El, recreándose en la lectura de todos estos relatos ampulosos, detallados,


morbosos, escritos para la masa, no soñaba, sin embargo, en cometer un crimen.
Leía el periódico para buscar un empleo de poco trabajo y mucha ganancia; pero
no lo encontraba y hasta ahí, sin oficio ni beneficio, un verdadero pelagatos, vivía
de lo que podía sacar a sus hermanos o de los sablazos que daba a sus amigos.
Trabajar, no, eso lo horrorizaba, además “el pobre tenía muy mala suerte”, según el
decir de sus hermanos.

Cuando sabía que alguien mejoraba en cualquier forma su situación, brotaba


de no se sabía dónde y estaba solícito a su lado elogiándolo, recordándole lo
mucho que lo había querido siempre y cómo había tenido fe en que debía triunfar.

Una de sus hermanas hizo, por aquel entonces, con sacrificios y contrayendo
algunas deudas, una modesta casita en apartado rincón de aristocrática colonia.
Perteneciendo al grupo social del “quiero y no puedo”, apañó con todas las
desventajas de un terreno barato sin servicios urbanos, por darse el pisto de vivir
en ese lugar.

En cuanto supo el héroe de esta historia que su hermana tenía “casa propia”,
allá fué a dar con ella cariñoso como pocos a ver con qué arramblaba. Poco tenía
que sacar de la pobre mujer, pero tenía asegurada la comida, si caía ahí por
mediodía o la merienda, si se aparecía por la tarde. A veces, se quedaba a pasar la
noche, si llovía y también contaba con el desayuno.

A la hermana le placían, no obstante su pobreza, aquellas visitas que la


acompañaban en su soledad y rompían la monotonía de su vida. A ella, según
propia afirmación, no le gustaba meterse con “alma nacida”, pero contaba al
solícito hermano las historias que corrían de boca en boca, acerca de los moradores
de las casas cercanas y de las que estaban situadas en el trayecto del camino que
había que recorrer para tomar el ómnibus.

—Mira, aquí vive un general que debe al lechero un año de leche y al


panadero diez meses de pan. A los criados les debe cuatro años de sueldo y no
paga la cuenta de la luz. A nadie paga, porque, como es general…

“En esta casa vive un matrimonio mal avenido que cuando pelea rompe
todo cuanto encuentra a mano. Casi no tienen ya en qué caerse muertos.

“Aquí vivía una rica familia: el señor se suicidó, la señora se fué a Europa y
los hijos no se sabe a dónde han ido a parar.

“Aquí vive una señora casada con un marido complaciente.

“Aquí…”, etcétera, etcétera. Historias vulgares sin meollo ni jugo que él


escuchaba indiferente, sin comentar.

Una tarde que habían vuelto juntos de la ciudad, al bajar del ómnibus
tomaron por otra calle, cosa que hacía el camino más largo, pero, por admirar las
bellezas naturales y como no tenían prisa, lo hicieron así. Esa era una calle
apartada y tranquila; casi nadie transitaba por ella, pues no era arteria de
comunicación con otras. De un lado algunas casas y de otro grandes lotes sin fincar
todavía, en donde prosperaba libremente la yerba.

Al borde de ambas aceras crecían, melancólicas y sombrías, unas


desgarbadas casoarinas; árbol sucio, polvoriento y tétrico que imprimía aire de
tristeza al lugar.
Al pasar frente a una casa sin pretensiones, de un solo piso, con un aplanado
común y corriente, cercada por pequeño jardín, la hermana refirió:

—En esta casa vive una viejecita como de ochenta años, con su hijo, señor ya
grande también. Viven en la mayor estrechez; pero tienen mucho dinero. Son
extranjeros y desean volver a su país. Por eso han reunido, durante más de siete
años, cerca de doscientos mil pesos a fuerza de privaciones, comiendo lo
indispensable. Tienen unos cuantos muebles, y, de ropa, casi lo puesto. Dicen que
la viejecita tiene guardados los billetes en su ropero. Por supuesto, que estas cosas
se dicen; pero ve tú a saber lo que haya de cierto en esto. No tienen criados; sólo un
jardinero: ése que viste salir cuando pasamos… También es muy viejo; pero ayuda
en algunos quehaceres y cuida la casa. A las seis se va; la señora queda poco
tiempo sola, porque su hijo no tarda en llegar. Casi siempre está de vuelta de su
trabajo a las siete o siete y cuarto. No van a ninguna parte y son muy metódicos en
sus costumbres.

El escuchó todo esto con el pasivo interés con que escuchaba tales relatos;
pero una punzada de sobresalto le pasó por el corazón cuando oyó, “doscientos
mil pesos” y, “guarda los billetes en su ropero”. “Aunque no fueran más que cien
mil, pensó, cincuenta mil, lo bien que me vendrían…”

Pensó esto y más, pero guardó silencio y aquella noche, aunque no llovió,
durmió en casa de su hermana, diciendo que estaba muy cansado. Al día siguiente
se levantó temprano para tomar el aire fresco antes del desayuno, según dijo a su
hermana. Vagó un poco por las cercanías de la casa y luego se encaminó a la calle
de las casoarinas. Vió la disposición de la casa y se hizo cargo de todo lo que la
rodeaba. Casi no tenía vecinos. Había, contiguos, lotes sin fincar. Volvió a la casa
de su hermana y desayunó tranquilamente. Había forjado su plan.

La hermana le propuso que se quedara con ella todo el día, al fin era sábado
y podía también acompañarla el domingo. Aceptó él con gran placer, por doble
motivo: se ahorraba varias comidas y maduraba su plan. Como su hermana tenía
que irse a trabajar, él quedó libre para hacer lo que quisiera.

Se sentó en el jardinillo a leer el periódico plácidamente, pero no ponía


cuidado en lo que leía, sino que maduraba, maduraba sus proyectos.

Por la tarde, después de la comida, vagó otro poco y, ya casi anochecido, con
pretexto de ir a esperar a su hermana a la llegada del ómnibus, pasó a las seis por
la casa de la anciana y vió la misma escena que el día anterior: el viejecillo
jardinero abría la verja y volvía a cerrarla para irse, pero sin cerrar con candado ni
cerrojo alguno. La verja sólo quedaba entornada, ya que era tan poco el tiempo que
mediaba entre esta salida y la llegada del señor. Puso mucho cuidado, aguzando el
oído y retardando el paso y comprobó: la verja no hacía el menor ruido al abrirse
ni al cerrarse y nadie se fijaba en una maniobra que venía repitiéndose, tarde a
tarde, desde hacía años. La calle a esa hora estaba completamente desierta.

Esa noche, sentados a la mesa del humilde comedor, dijo a su hermana:

—No te había dicho que recibí una carta de Estados Unidos en la que me
proponen un negocio que parece bueno. A ver si me cambia un poco la suerte.
Tengo mucha esperanza.

—Pues lo siento porque te vas: pero me alegro, porque al fin ganes algo de
dinero —contestó su hermana.

—Todavía no es cosa decidida; quedaron de resolverme el lunes o martes de


la semana entrante. Yo te avisaré.

Y se retiraron a descansar.

Llegó el lunes de la siguiente semana y estuvo minutos antes de las seis de la


tarde en la calle de las casoarinas. Salió el jardinero, entornó la verja y se retiró
arrastrando los pies. El vió la cosa de lejos, al entrar en la calle. El viejo jardinero no
lo vió porque llevaba dirección opuesta. Nadie pasaba por la calle en esos
momentos. Caían las primeras sombras de la noche. En el tiempo justo en que
recorrió el espacio que lo separaba de la casa, hurgó en el bolsillo de su viejo abrigo
y empuñó, sin sacar la mano, previamente enguantada, un pedazo de tubo de
hierro, corto y grueso. Llegó a la verja, la abrió lo bastante para dar paso a su
cuerpo y atravesó el pequeño trozo de jardín que lo separaba de la entrada de la
casa. La puerta estaba entornada también; la empujó suavemente y cedió en
silencio; dio un paso y entró. Todo esto, en unos cuantos segundos.

La habitación estaba escasamente iluminada por la luz de una veladora; pero


como tenía paredes claras y pocos muebles, pudo ver todo de una ojeada: en una
silla bajita estaba sentada la anciana dormitando, con un rosario entre las manos.
Al oír el leve ruido de los pasos del hombre, abrió los ojos y se quedó alelada
viéndolo, inmóvil, petrificada por el espanto. Entonces él levantó el tubo y lo dejó
caer con fuerza terrible sobre el cráneo de la anciana. Brotó un chorro de sangre
que evitó él de un salto; luego rebotó el cuerpo hacia atrás sobre el piso de madera.
Rápido como el rayo se volvió el hombre hacia el armario, de un vigoroso
puñetazo hizo saltar la endeble puerta y buscó premioso en el interior del mueble,
guiado por el resplandor de la veladora.

En una caja de laca había un grueso fajo de billetes. Lo metió en su bolsillo


juntamente con el tubo y salió a paso de lobo. Entreabrió la verja, la entornó y se
encontró en la calle en donde no había un alma. Anduvo unos pasos lentamente,
sin prisa. Al llegar a la mitad de la calle se sesgó directamente a la otra acera y allí
sacó un cigarro y lo encendió tranquilamente. Llegó a la esquina por donde
pasaban los ómnibus y aguardó a que llegara su hermana. Precisamente, en el
ómnibus en que ella venía, llegaba también el hijo de la anciana. Los hermanos se
saludaron delante de él. Los vió o no los vió, pero pasó de frente, a paso largo,
dirigiéndose a su casa. Ellos prosiguieron su camino, pero ahora tomaron, como
siempre, por el trayecto más corto.

Al día siguiente se supo la horrible noticia. Tanto él como ella, los dos
hermanos, la recibieron con el natural estupor con que se recibe una sorpresa de tal
especie. Todos los vecinos, naturalmente, estaban de acuerdo en que el móvil del
crimen había sido el robo. En efecto, se comprobó que del ropero de la anciana
habían desaparecido todos sus ahorros. No se sabe lo que hizo, dijo y pensó el hijo
de la víctima, pero, después que hubo declarado a las autoridades lo que sabía,
desapareció del país.

El criminal no había dejado la menor huella de su paso por la casa. Los


periódicos decían que se trataba de un crimen perfecto. Poco tiempo estuvo la
policía al acecho de una pista. Como nada supo, abandonó la empresa y la justicia
de los hombres quedó burlada una vez más.

A fines de la semana que habían pasado los hermanos comentando el


horrible crimen y leyendo apasionadamente los periódicos, el protagonista de esta
historia dijo que había arreglado, por fin, su viaje a Estados Unidos y el sábado
desapareció.

Pasó algún tiempo y la hermana comenzó a recibir cartas de él, de vez en


cuando. Efectivamente estaba en Estados Unidos y escribía diciendo que le iba
bien. En cartas posteriores decía que le iba mejor y luego que le iba
admirablemente. En cada carta subían de punto las noticias: era un “crescendo”
maravilloso. Por fin, un día escribió que lo habían asociado a la firma de la casa y
que, en un año más, podría retirarse a descansar con un razonable capital. Volvería
a su país y se casaría para hacer una tranquila vida de hogar, que bien la había
conquistado.

Y así lo hizo en efecto: volvió rico, se casó, tuvo hijos y fué respetado
(naturalmente) por cuantos lo conocían y lo trataban. Ya era Don Fulano.

El crimen se olvidó absolutamente y la casa jamás se alquiló ni se vendió:


permaneció siempre cerrada; misteriosa y hermética, jamás reveló su secreto.

Pasaron muchos años. El hombre aquél alcanzó los noventa y pico con una
salud a toda prueba y una alegría optimista: la alegría de vivir. Le molestaba sólo
una cosa: de vez en cuando y, muy al principio de su vida de opulencia, soñaba la
escena del crimen: se veía en aquella calle lúgubre, entraba en la casa y mataba a la
anciana. Despertaba presa de congoja mortal, pero no hablaba dormido. Esa era
para él ventaja enorme: a su mujer le había hecho creer que estaba enfermo del
corazón.

Pero, como el destino de toda carne es morir, llegó el día en que iba a dar su
tributo a la tierra. Agonizaba. Había acabado con toda felicidad aquella vida que
debía una muerte, y que había burlado plenamente la justicia del mundo.

¡Extraña cosa! El no perdió en su agonía la conciencia de sí mismo; pero en el


letargo en que se hallaba, medio dormido, medio despierto, hubo un momento en
que abrió los ojos y se vió en la calle, fuera de la cama. Indudablemente había
soñado, porque no se sentía enfermo, no lo había estado nunca; no había vivido
aquellos años, se sentía en la plenitud de su madurez: fuerte y elástico. Pero, ¿qué
estaba haciendo en esa calle, esa calle tan conocida para él? La miró atento un
segundo y reconoció unas altas y polvorientas casoarinas que se alzaban al borde
de ambas aceras. Y se vió frente a la verja de un jardinillo sórdido y se sintió
impulsado a entrar, franqueando a paso de lobo el pequeño espacio que lo
separaba de la entrada de la casa, a tiempo que empuñaba su mano derecha,
dentro del bolsillo de su abrigo, un pedazo de tubo de hierro corto y grueso.
Empujó suavemente la puerta de la casa. ¡Oh, cómo sabía él lo que iba a pasar ahí
dentro! Vió con mareo de terror supremo a una mísera viejecilla, que rezaba y se
sintió impulsado, compelido, obligado a levantar el tubo siniestro y a descargar
feroz golpe sobre ella, que no se movió, que no gritó, petrificada por el espanto.

Vió de nuevo brotar el chorro de sangre por la ancha herida, chorro de


sangre que él evitó de un salto y vió cómo quedaban los ojos de la mujer viendo
fijamente al techo, y vió la expresión de terror pintada en lo que le quedaba de
cara. Otra vez rompió el mueble, otra vez cogió los billetes, otra vez salió y ganó la
verja que se abrió y se cerró sin ruido y otra vez se encontró en la calle, como
entonces. Pero, horror de los horrores, se vió de nuevo frente a la casa hurgando en
el fondo del bolsillo de su viejo abrigo y empuñando con la mano derecha el
grueso y corto tubo de hierro.

Un rugido de pavor salió de su garganta y su boca desdentada barbotó estas


palabras:

—¡Yo la maté!, ¡yo la maté! ¡Quiero ir a la cárcel! ¡Por caridad, llévenme a la


cárcel! ¡Yo la maté para robarla!

Cerró los ojos a la luz de este mundo, pero los abrió a la del otro que no tiene
tiempo ni espacio y en donde está en presente todo cuanto se hace en el trayecto de
la vida. Y ahí seguiría en su tarea interminable de matar y matar a la anciana,
viviendo todos los detalles, hasta los que no vió con los ojos de la carne, notando
uno nuevo en cada vez que levantaba el corto y grueso tubo para dejarlo caer con
fuerza brutal sobre el cráneo de la desvalida viejecilla.
LA HABITACION
Envuelto en una capa verdosa —pues no podría ya calificarse de negra—
estaba aquel anciano apoyado en el alféizar de una ventana mirando atentamente
para el interior.

Atentamente, acaso, no sea la palabra justa. Ansiosamente, digamos, como si


de lo que veía o esperaba ver dependiese su suerte en aquellos momentos.

¿Sería ésa la ventana de su casa? ¿Estaría esperando que alguien viniese de


dentro a darle noticia o cosa que le urgiera con singular urgencia? ¿O estaría
penetrado por la curiosidad malsana de descubrir en ajena morada secreto asunto
o suceso que no solía ocurrir todos los días? No era posible responder a tales
preguntas.

El veía fijamente para dentro avanzando la cabeza, estirando el cuello, sin


moverse siquiera, embargado por el sentimiento que ahí lo clavara.

Repentinamente algo lo sobrecogió, indudablemente, pues se echó para atrás


con premura poniéndose pálido y emprendiendo repentina fuga con un trotecito
corto y renqueante el cual habría querido convertir en veloz carrera que sus
achaques y sus años le impedían en absoluto realizar. Se deslizó como pudo
pegado a la pared perdiéndose al dar vuelta a la próxima esquina.

El mismo instinto de curiosidad que impulsó al tembleque viejecillo a espiar


por la ventana aquella, nos mueve a nosotros ahora mismo queriendo ver, deducir
o adivinar qué pasa a trueque de perder al fisgón y desperdiciar la oportunidad de
saber quién es, qué hacía ahí, qué deseaba descubrir.

La ventana está entreabierta solamente y la más elemental prudencia nos


impide empujar los batientes para ensanchar el campo de la investigación. Pero,
por la franja, relativamente ancha, que deja libre, los ojos se aventuran, con sigilo
primero y con curiosidad no disimulada después, para averiguar qué es lo que hay
en la habitación y qué fué lo que atemorizó al viejecillo, curioso como nosotros.

Aparentemente nada de particular. Una cama angosta y pobremente vestida


con una colcha blanca —no muy limpia—; una mesa con libros viejos y
polvorientos; unas cuantas sillas distribuidas en la estancia. Ninguna cerca de la
mesa. Ni cuadro en las paredes, blanqueadas hacía ya tiempo, ni adorno que
indique el deseo de aliviar lo destartalado y sucinto de la habitación. Ningún
personaje en el interior, ninguna puerta a la vista. Detalles que quizá explicaran el
matiz un tanto lúgubre del conjunto.
Entonces ¿qué fué lo que provocó la curiosidad del anciano de la capa? ¿Qué
fué lo que, de pronto, lo sobrecogió?

¡Ah! Olvidábamos un crucifijo colgado arriba de la cabecera del pobre lecho.


Por lo menos el habitante de ese cuarto creía en algo y en algo esperaba. Mucho,
ciertamente, debía esperar ya que era tan poco lo que poseía en este mundo a
juzgar por lo que abarcaban los ojos.

Pero había un rincón de este cuarto a donde no podían llegar las miradas
discretas ni indiscretas. Un rincón metido en la sombra que proyectaba una de las
hojas apenas entreabiertas de la ventana.

Este rincón podía estar vacío, pero podía también estar ocupado por la
persona que habitaba el aposento. ¿Hombre, mujer? ¿Joven, viejo? ¿Feo, hermoso?
Nada podía saberse. Pero, por mucho que se desease conocerlo, nadie habría osado
empujar, ni levemente siquiera, las hojas de la puerta por temor a ser increpado
duramente y con justicia.

Hubo, pues, de limitarse la observación al campo que dejaba libre la


inquietante ventana y aun esto era en sí expuesto y peligroso.

¡Cosa extraña! Aunque nada hubiera de particular en la mezquina


habitación —salvo su inexplicable tinte lúgubre— una vez puestos los ojos en ella a
través de la entreabierta ventana, no podía uno sustraerse ya a un interés
penetrante, a una aguda curiosidad no desprovista de miedo. ¿A qué se debía esta
absurda atracción? Ninguno habría podido razonarlo ni descubrirlo.

De pronto una forma indecisa se adivinó, más bien que se vió, en la semiluz
en que quedaba el rincón invisible del cuarto y se adelantó como impulsada por el
viento y siempre indecisa, casi hasta el campo que abarcaba la mirada.

Con el temor de ser sorprendidos echamos atrás la cabeza, pero no el cuerpo


que sigue irresistiblemente pegado al muro, esperando saber.

Dentro se percibe un roce extraño, un murmullo sigiloso, una especie de


rumor de agua que corre confusa y lejana. No es posible precisar qué produce estos
ruidos ni de dónde pueden provenir.

La curiosidad es más terrible y punzante que el temor al riesgo de ser


injuriados, golpeados quizá, si el habitante del siniestro cuarto se percata de que
sufre un espionaje de tal naturaleza. Esperamos en vano ver precisarse la forma,
reconocer en ella una figura de hombre o de mujer. Estamos atentos al más leve
indicio para formular una suposición.

Afuera la noche sobreviene por lo cual es más difícil aún distinguir lo que
hay en la estancia.

Pero llega un momento en que la curiosidad es de tal modo avasalladora y


torturante que no resistimos al deseo intolerable de empujar las hojas de la puerta
—por lo menos una— con el ansia de ver y de saber.

Una ola de vértigo azota nuestro cerebro y adelantamos la mano para


empujar… pero no llegamos a ejecutarlo, nos falta el aliento y nos abandona el
valor.

¡Ah! La forma confusa, indecisa, irreconocible se ha movido como reculando


en presencia de nuestra intención.

Ya no es posible contenernos. En la calle no hay nadie, reina casi la


oscuridad y podemos hacer cualquier cosa sin ser sorprendidos.

Con mano temblona que deseamos con fiebre hacer segura, empujamos una
hoja, luego la otra y la ventana muestra en todo cuanto su anchura le permite, el
interior del cuarto casi en su totalidad.

Nada puede verse; pero se adivina un rincón en la sombra, un rincón que


esconde, indudablemente, esa forma confusa que se mueve imperceptiblemente y
que ha retrocedido al sentir ¿comprendéis? nuestro designio.

Una súbita decisión pasa por nuestra mente; una resolución de locura que
no permite reflexionar; resolución repentina que no discute la razón, cegada como
está por el impulso incontrastable.

La ventana es baja, de angosto alféizar. Un leve esfuerzo, un rápido salto y


estaremos en el seno de la horriblemente inquietante habitación.

Como lo pensamos lo hacemos. Hemos salvado el insignificante obstáculo —


casi virtual— que nos separaba del motivo de nuestra ardiente curiosidad.

Dar el salto, volverse en seco y estar dentro del cuarto es todo uno. Lo
hemos hecho así, como lo pensamos.
Nuestros pies, no obstante, no han tocado la madera del piso como
instintivamente lo habíamos esperado: han tocado unas duras baldosas.

Miramos en torno y nos hallamos en una calle solitaria en la cual ha


sobrevenido la noche. Ni un reflejo de luz, ni un murmullo, ni un transeúnte.

Frente a nosotros se alza una ventana entreabierta que deja ver estrecha
cama de hierro pobremente vestida con una colcha blanca. Un crucifijo cuelga
arriba de la cabecera. Hay en el centro una mesa con unos cuantos libros
polvorientos y algunas sillas distribuidas aquí y allá en el seno de la habitación.
ENCUENTRO
Al salir a la ancha avenida, soleada, espejeante de coches, frente a la masa
oscura de árboles del parque máximo de la ciudad, me di, literalmente, de manos a
boca con ella.

Al vernos, un grito de júbilo salió de nuestros labios.

—¡Qué gusto, qué gusto de verte! ¡Qué alegría!

Y los brazos se estrecharon fuertemente y los corazones palpitaron con


inexpresable felicidad.

Como suele ocurrir en tales casos, el abrazo se afloja un poco para considerar
un instante el rostro amado y vuelve a estrecharse con más fuerza y con cariño
mayor.

Pero cuando nuestros brazos, todavía enlazados, nos permitieron alejarnos


un poco una de otra para vernos a la cara, una sombra de confusión, de asombro,
de miedo, heló nuestra sonrisa y nuestro entusiasmo.

Ella me miró un segundo; yo ví rápidamente sus cabellos rubios, su cutis


sonrosado, sus ojos azules dilatados por la sorpresa y una certidumbre aguda
iluminó lo profundo de nuestra conciencia: no nos conocíamos. Jamás nos
habíamos visto.

Confusas las dos bajamos lentamente los brazos. Recogimos de los labios la
sonrisa que los había desplegado y a un tiempo dijimos con voz apagada: usted
dispense, me he equivocado. Y seguimos nuestro camino.

Ni siquiera me volví a mirar a aquella mujer por última vez. Una sensación
de cansancio invadió mi sér y una impresión de haber sido defraudada en algo
muy hondo, una vaga infelicidad sustituyeron a la natural confusión y vergüenza
que debí experimentar por haberme equivocado. Pero ella se había equivocado
como yo. Ella también tuvo el impulso de arrojarse en mis brazos como se hace sin
remedio con un sér queridísimo largo tiempo alejado de nuestra ternura. Ella,
como yo, sintió el repentino júbilo, la desbordante alegría.

“¡Qué gusto, qué gusto de verte!”. Repercutían sus palabras en mi oído,


palabras espontáneas que nadie hubiera podido improvisar, dichas con acento
lleno de sinceridad. “¡Qué alegría de verte!” dije yo a mi vez con igual fervor, con
igual sinceridad.
¿No era extraordinario que las dos nos hubiéramos equivocado, que ambas
hubiéramos coincidido en tal forma en el mismo instante, con el mismo gesto, el
mismo sentimiento, igual embriagadora ternura?

El hecho de que alguien confunda a un desconocido con un amigo y le


tienda la mano, es cosa que ocurre todos los días; pero el hecho que refiero es tan
insólito, tiene tales perfiles, que necesita catalogarse entre las cosas extraordinarias.

¿Por quién la había tomado? ¿Con quién la había confundido? ¿A quién


había creído abrazar? Repasaba mentalmente uno por uno los rostros queridos; los
de mis allegados, los de mis amigas. Nadie tocaba aquel secreto resorte de
repentino apasionamiento: yo no amaba con tal amor a ninguna mujer de cabellos
rubios, de ojos azules, de cutis sonrosado. Es más: esa cara que yo no había visto
nunca hasta aquel momento, no se parecía a la de mujer alguna que yo hubiese
tratado y que tuviera semejantes características.

Ignoro cómo iba vestida; no sé cómo la vi antes de abrazarla. La imagen que


de ella conservo es una cara, como la he descrito, llena de asombro y estupefacción,
pronunciando aquella frase apagada: usted dispense, me he equivocado.

A medida que me alejaban de ella el tiempo y la distancia, un sentimiento de


pesar invadía mi corazón.

Debí haberle preguntado quién era, dónde vivía; porque necesitaba volverla
a ver.

Han pasado los años y jamás he vuelto a encontrarme con aquella mujer. El
sentimiento de pesar por no haberla retenido, por no haberla asegurado, se ha
hecho en mí más agudo en vez de debilitarse con el tiempo. Siento nostalgia de un
cariño que no conocí, de la proximidad de un sér con el que la vida de ahora no me
ha ligado en forma alguna.

Si la viera, la reconocería en el acto: tengo grabada de por vida su imagen en


mi cerebro. Si un día volviésemos a encontrarnos, el pasmo que se apoderaría de
nosotras sería tal, estoy segura, que nos dejaría sin voz ni aliento.

No puedo preguntarme como el poeta: ¿dónde he visto tu faz? Su faz nada


me dice; pero cuando evoco su conjunto, su radiación, puestos en contacto
conmigo en aquella mañana luminosa, siento recuerdos de cosas que no he visto,
que no he sabido, pero que he vivido ya.

¿Cuándo, en qué tiempo he convivido su vida? ¿En qué país, en qué época
remota hemos sufrido y gozado juntas? ¿Con qué vestidura carnal ha estado mi
alma unida a la suya?

No sé, pero conforme pasa el tiempo, esta vivencia mía va tomando más
robusto cuerpo en lo profundo de mi espíritu y siento que éste, es su modo de
recordar: ahora, en este vivir, su tangencia conmigo fué transitoria y fugitiva; pero
ella y yo hemos vivido juntas otra vida, en otro tiempo, en otra vez.
MARGARITA
En principio no era bonita, pero tenía grandes ojos risueños y acogedores,
que no podían pasar inadvertidos para quienes la mirasen; talle flexible, hermosos
cabellos y blancos dientes; pero nada más. Como la había conocido chiquitína, me
había acostumbrado a tratarla con cierto cariño protector, ya que, con mis treinta
años, casi le doblaba la edad. Ella tenía sólo diecisiete.

Yo cultivaba amistad, más que con ella, naturalmente, con su familia que
había sido, desde tiempo atrás, muy amiga de la mía y la visitaba con frecuencia.
Era yo uno de los íntimos. No tengo para qué decir que mis visitas eran
completamente desinteresadas por lo que hace a Margarita, la muchacha de mi
historia; si no, no haría este relato. Pero una tarde que fuí a su casa, las fraternales
relaciones entre ella y yo cambiaron completamente y cambió también el curso de
nuestra vida.

La encontré sola y me puse a conversar con ella como solía, sin prejuicio
alguno. Estaba arreglando unas rosas en un vaso y sus manos, blancas y de finas
líneas, iban y venían aladas sobre la seda luminosa de las flores. Hubo un
momento en que una larga rama cayó al suelo y ambos nos inclinamos, con igual
presteza, para recogerla; pero, al tomarla a un tiempo los dos, nuestras manos se
encontraron y nuestros cabellos se confundieron durante un segundo.

No sé qué pasó en este fugitivo contacto involuntario e imprevisto. Fué


como un choque repentino de fuerzas poderosas que, al encontrarse en presencia
una de otra, se manifestaran. Nos vimos un instante a los ojos y la adolescente, casi
la niña, se hizo mujer y el amigo indiferente se trocó en fervoroso enamorado suyo.

Nos enderezamos confusos y a punto de pedirnos perdón mutuamente;


pero, no teníamos de qué. Yo hablé deshilvanadamente de cierto asunto olvidado
que reclamaba mi presencia y ella, ruborizada hasta la raíz del cabello, me
despidió sin tenderme la mano: tampoco yo había osado ofrecerle la mía: tácito
acuerdo de no repetir el choque de las fuerzas que acababan de estallar entre los
dos.

Salí de la casa presa de una turbación difícil de explicar. Había entrado lleno
de alegría y despreocupación y salía desconcertado y casi pesaroso.

A partir de este incidente de que ninguno era culpable, porque ninguno lo


había provocado, toda naturalidad en nuestras relaciones quedaba excluída. No
podía, sin embargo, retirarme de aquella casa sin motivo poderoso y justificado y
tampoco —lo comprendía de antemano— podía seguir tratando a aquella
muchacha con el descuido, el abandono con que hasta ahí la había tratado. La
conocía, como he dicho, desde niña, la había visto transformarse en adolescente y
acababa de verla, en un instante, convertirse en mujer.

Dos o tres días más tarde sus hermanos fueron a buscarme como ocurría
tantas veces y yo me excusé con razones de verosímil apariencia, para no ir con
ellos; pero me daba cuenta por demás de que esto no podía repetirse, ni prolongar
mi alejamiento sin dar qué pensar a la familia respecto a mi conducta incongruente
e incalificable.

Una noche me aventuré a ir creyendo encontrar a todos reunidos y con la


seguridad de que no me vería a solas con Margarita. Además abrigaba la
esperanza de que aquella impresión hubiese sido pasajera, se hubiese borrado en
ella y no hubiera ido más allá de la superficie.

Razonando de tal manera hallaba lógico que así fuese, porque ninguna
insinuación de mi parte, ninguna palabra equívoca, ningún detalle ambiguo
habrían podido dar pábulo a que ella, ni nadie, creyese que yo deseaba cortejarla.
Me equivocaba completamente en todo cuanto esperaba, pues —tampoco estaba la
familia— ella no había olvidado en absoluto el incidente de la tarde aquella,
porque, en cuanto me vió, quedó tan desconcertada que no podía pronunciar una
palabra. Yo no podía ayudarle a justificar su actitud ante mí, ni a hacerla natural, ni
a comportarme con espontaneidad. Por fortuna una sirviente entró a decirle que la
llamaba su mamá por teléfono. Con esto tuve tiempo de serenarme y aparentar
otro aire que no fuera aquel de tan inexplicable complicidad en algo que yo no
hubiera querido en modo alguno que ocurriese.

Ella era muy rica; su padre, muerto hacía ya algunos años, había dejado a la
madre y a cada uno de sus hijos, herederos de cuantiosas posesiones. Por nada del
mundo habría querido que se creyese que me había dado a cortejarla a pesar de la
diferencia de edades, estimulando por su fortuna, menos aún cuando yo tenía
novia y deseaba casarme con ella. Así lo habíamos proyectado los dos.

Necesitaba, me dije a mí mismo, precipitar este matrimonio para tener


motivo de no frecuentar más esa amistad, vuelta instantáneamente peligrosa. Pero
no contaba con los acontecimientos que se desarrollaron de muy distinta manera.

Aquella noche Margarita volvió del teléfono diciendo que su mamá la


esperaba en no sé qué casa en que estaba de visita. Nos despedimos, hallando
modo de no darnos la mano y salí.
No transcurrió una semana sin que nos encontráramos de nuevo; pero esta
vez en una reunión a la cual también había sido invitada mi novia.

La primera mirada que dirigí a Margarita me proporcionó extraordinaria


sorpresa; una verdadera revelación. Se había hecho plenamente mujer y se había
vuelto hermosísima. Era el botón repentinamente convertido en rosa. Presenciaba
un positivo milagro: no podría creer a mí mismo. El brillo de sus ojos, el rosado
resplandeciente de su piel, su continente lleno de gallardía, revelaban en ella que
era consciente de su belleza y que se sentía con derecho a aspirar a todo en el
mundo.

Hice cuanto pude por disimular mi asombro y rehacerme esperando que


nadie notara mi desconcierto; pero había unos ojos inquisitivos pendientes de mí.

Debo advertir que, desde el incidente ocurrido aquella tarde entre Margarita
y yo, las relaciones con mi novia se habían enfriado notablemente. Yo me había
vuelto otro y, aunque trataba de atenderla y agasajarla mostrándome más rendido
y cariñoso, no conseguía cambiar; una buena parte de mi sér estaba ausente
cuando me encontraba cerca de ella y el frío que provenía del interior, no podía
pasar inadvertido a su comprensión.

Una noche, de visita en su casa le dije sin preámbulo alguno:

—¿Por qué no abreviamos el plazo fijado para nuestro matrimonio y nos


casamos tan pronto como puedan arreglarse los trámites relativos?

—No —me contestó ella con tono significativo—, jamás querría precipitar un
acontecimiento decisivo como éste, para tener después que arrepentirme. Yo sé lo
que encierra tu decisión; pero no te razonaría lo que te digo por nada en el mundo.
No me preguntes y deja que el tiempo corra: él nos aconsejará.

No insistí porque entrevi el peligro; pero nuestras relaciones se enfriaron


más todavía. Ella se dió a frecuentar una sociedad insustancial plagada de vicios.
Dejé de verla una larga temporada porque siempre tenía una reunión o estaba
ocupada preparando trajes y detalles para recibir a sus amistades o para asistir a
sus invitaciones.

Comprendí claramente que no era la mujer que me convenía y sentí cierto


alivio de dar fin, como lo hice, a una situación que se había vuelto penosa.

A Margarita tampoco había yo vuelto a verla y, para que ni una ni otra


familia extrañaran mi conducta que habría de parecerles sospechosa,
necesariamente, decidí hacer un viaje zanjando así todas las dificultades.

Hice mis maletas y me dirigí a la obligada Europa. Meca forzosa de todos los
americanos.

El destino me había deparado una senda espinosa y llena de amarguras.

Caí enfermo precisamente el primer día de navegación y fué preciso


reintegrarme a mi país en el vapor que salía de regreso en el primer puerto que
tocamos. Cuando, ya de regreso, hube tomado posesión de mi camarote, débil y
extenuado como estaba ya, lo primero que hice fué acostarme. Se llamó al médico
de a bordo y recomendó reposo y dieta rigurosa. Más no podía haber sido: tres
días llevaba de no probar un bocado y no tenía deseo alguno de comer.

Me dejaron solo para que durmiese. Caí en seguida en una especie de sopor
extraño que yo atribuí a la debilidad que, indudablemente, era la causa primaria de
ello, y vi, más que soñé:

Era una amplia explanada en el campo. Danzaban parejas tomadas de la


mano y realizaban complicados pasos de baile. Vestían vaporosos trajes, de telas
claras y transparentes, las mujeres. Los hombres, pantalón negro, ajustado y corto,
chaquetilla bordada y camisa blanquísima con escarolas y rizados. Completaban su
atavío con un sombrero de cierto corte tirolés.

Vi a todas las parejas una por una y cuando una de ellas, en las diversas
vueltas y rondas, pasó frente a mis ojos espirituales, reconocí palpitante y
pavorido, no unas facciones, no una cara; sino un conjunto, una radiación, un
espíritu en cada uno de los danzarines, que me era terriblemente familiar y
conocido. El, era yo. Ella, era Margarita. Yo, pues era yo, con otra vestidura carnal,
cogía su delicada mano como quien toma una flor y bebía en éxtasis la luz de sus
ojos. Era aquella la misma mirada que yo ví un segundo en otros ojos la tarde en
que cayeron las flores al suelo. Era, en la joven que danzaba, el mismo mío su
éxtasis de ventura. Arrebatados por el baile, que llegó a ser verdaderamente
vertiginoso, los dos nos transportábamos a un paraíso de felicidad extraterrena. No
veíamos nada en torno; nada ni nadie existían para nuestros ojos ni para nuestra
comprensión. Parecía que tuviésemos alas y voláramos ingrávidos sobre nubes
algodonosas. De pronto una sacudida terrible, como la caída del cielo en donde
girábamos a la tierra en donde apenas apoyábamos los pies, Margarita había caído
al suelo y allí la vi tendida, blanca como si fuera de mármol y absolutamente
inmóvil. Comprendí que había emprendido el viaje sin retorno.

Desperté, o volví en mi acuerdo, o caí de no sé dónde bañado en sudor de


muerte. Me acometió una fiebre violenta y no supe más de mí hasta que un día
desperté en la propia cama de mi alcoba. Había sido avisada mi familia y había yo
sido conducido a mi casa en deplorable estado.

Pasaron semanas y semanas y apenas podía levantarme de mi cama para ir a


la ventana próxima y recibir un rayo de sol.

Cuando estuve más fuerte y pude salir al jardín, me tendí sin fuerzas en una
silla de lona. Mi madre, solícita, me rodeó de almohadones y me echó encima una
suave y abrigadora manta. Luego me llevó la correspondencia recibida durante mi
corta ausencia y mi larga enfermedad. Había cartas de amigos —de escaso interés
— esquelas de eventos sociales; cartas, en suma, sin importancia para mí; pero
hubo una cuyo contacto me hizo, casi, desvanecer. Aunque la letra del sobre no me
era familiar, reconocí la procedencia de aquella misiva con sentidos interiores.
Antes de abrirla sabía ya quién la firmaba. Rompí temblando el sobre y leí:

“Vuelvo a ser la primera en partir de la vida sin haber podido pertenecerte.


Sigo esperando y tú también esperarás. Acaso en la otra vez…

Margarita.”

Renuncio a describir mi desesperación, mi asombro, mi dolor. Ella había


muerto. Así me lo dijo mi madre: “Una pulmonía… explicó, al salir de una
fiesta…” Había muerto y yo no llegué a pronunciar a su oído la palabra definitiva.

La salud volvió para el cuerpo, gracias a mi juventud, ya sin objeto en esta


vida; pero no para mi pobre corazón vacilante.

Sigo esperando porque sé que, a través de los siglos, hemos de reunirnos de


nuevo y hemos de ser uno del otro, alguna vez.
LA EXCURSION
Nunca habíamos tenido tan buen tiempo, como en esa ocasión, en nuestras
excursiones de primavera. Aquella mañana el sol brillaba esplendoroso y los
pájaros armaban en la copa de los árboles una algarabía ensordecedora. ¡Eran
tantos y estaban tan alegres! Tanto como nosotros, por lo menos, si no es que
nosotros estábamos más que ellos con nuestro amor, nuestra juventud y nuestra
despreocupación por las cosas serias y trascendentales de la vida.

Ella era hermosa y sana, inteligente y cariñosa. Yo, buen esposo, enamorado
hasta la saturación de su encantadora mujercita. Hablábamos, precisamente, del
tema inagotable del amor y del hermoso tiempo; marco, éste, en que se desarrolla y
toma cuerpo aquél. Esa mañana ya habíamos ido a hundirnos en las azules aguas
del mar acariciador y habíamos desayunado, opíparamente, por cierto.

No teníamos proyecto alguno determinado como programa del día y


decidimos —ya que soplaba una amable brisa refrescante— ir a un pueblecillo
relativamente cercano que tenía particulares encantos, según nos habían referido.
Iríamos a pie, aunque no era corta la distancia que de él nos separaba y, si por azar,
equivocásemos el camino, cualquier transeúnte nos diría cuál deberíamos tomar.

Se puso ella un sombrero de anchas alas para protegerse del sol y nos
dirigimos a buen paso —no teníamos prisa por llegar— hacia el pintoresco
pueblecito. Habríamos andado cerca de un kilómetro cuando se desató fuerte
viento que obligó a mi mujer a sujetarse el sombrero con ambas manos porque a
cada paso amenazaba volar. Avivamos la marcha con el fin de llegar pronto a
donde pudiéramos ponernos a cubierto de la fina arena que se levantaba
impidiéndonos ver lo que nos rodeaba. El camino que, en un principio, corría
paralelamente a la playa, comenzó sensiblemente a desviarse y a angostarse
ofreciendo dificultades para asegurar los pies por estar sembrado, como lecho de
río, de redondos guijarros, de todos tamaños, diseminados aquí y allá.

De pronto, y sin que el viento cesara, notamos que se oscurecía con gran
rapidez, cosa que nos sorprendió, pues no vimos nube alguna que amenazara
lluvia y que justificara esa repentina oscuridad. Cuando salimos del hotel acababan
de sonar las nueve y el tiempo que habíamos caminado sería apenas, media hora;
sin embargo, la oscuridad era de tal naturaleza que parecía como si la llegada de la
noche fuera inminente. Y así fué, en efecto. De pronto una noche absurda y extraña
llegó y pudimos darnos cuenta claramente de que, en el cielo negro y profundo,
comenzaban a brillar las estrellas. Nuestro asombro, mejor dicho, nuestro espanto,
no tuvo límite. Se apretó ella instintivamente junto a mí, como deseando
protegerse contra un mal desconocido preguntándome ansiosa y tímida con voz
apenas perceptible: ¿no será que ha habido un eclipse?

Yo también había creído en eso por un momento; pero era una idea
descabellada. Nadie había hablado de ello y un eclipse no se desarrolla en la forma
en que aquella repentina noche había caído sobre nosotros. De ninguna manera;
eso no podía ser. Pero quedaba en pie “lo otro” y lo otro era la inverosímil noche
que en ese momento nos envolvía.

Temblamos los dos cogidos fuertemente de la mano. Había cesado el viento


y por ninguna parte se percibía un rumor. Era un silencio medroso.

El camino crecía en dificultades y nosotros sentíamos un cansancio que


jamás habíamos experimentado hasta entonces. Eramos andarines infatigables y
recorríamos grandes distancias sin la menor molestia. Nada había que nos
arredrara: subir cuestas, bajar pendientes, caminar por terrenos pedregosos; todo
nos daba igual; pero en el seno de esa noche misteriosa sentíamos perder fuerzas
por momentos.

La sombra se hizo tan espesa que, de pronto, no pudimos ya distinguir en


dónde poníamos los pies. Entonces determinamos sentarnos a esperar, no
sabíamos qué; acaso que alguien pasase para preguntarle lo que ocurría; acaso que,
tras aquella noche incomprensible, viniera el amanecer o simplemente, para
recobrar fuerzas y seguir caminando otra vez.

Hallamos una roca propicia a nuestros deseos y, en ella tomamos asiento


uno al lado del otro. Estábamos entregados a tales reflexiones, tan absortos, tan
aplanados, queriendo protestar ante lo absurdo, teniendo que aceptarlo como
hecho consumado que era, que ni siquiera nos dirigíamos la palabra.

Habíamos acostumbrado nuestros ojos a la oscuridad y, en determinado


momento, distinguimos una luz en la lejanía. A un tiempo nos levantamos, como
impulsados por un resorte diciendo con voz ahogada: ¡Una luz!

Había que llegar hasta donde estaba; era preciso saber. Y, de nuevo,
emprendimos la penosa marcha claudicante.

Nos sosteníamos uno al otro tomándonos del brazo y, después de quién sabe
qué tiempo de caminar en el seno de aquella tiniebla, nos hallamos ante una puerta
mohosa y desvencijada. Un farol colgado en lo alto derramaba en torno mortecino
resplandor. Un grueso llamador de hierro se ofrecía a la mano del peregrino. Lo
levanté maquinalmente y, de un solo golpe, lo dejé caer. Al instante se abrió un
postigo y en el vano se dibujó la silueta de un monje. Hizo una leve reverencia, sin
mirarnos, se santiguó y, con voz inexpresiva nos dijo:

—Pasad hermanos.

Al volvernos, pretendiendo cerrar la puerta y disponiéndonos a disculpar


nuestro atrevimiento y a explicar nuestra presencia en aquella mansión, nos vimos
mutuamente ella y yo: éramos dos monjes idénticos a aquel que acababa de
abrirnos la puerta invitándonos a pasar. Dos monjes que entraban en el engranaje
de una comunidad, sin eslabón, sin puente alguno que ligara con la nueva
vestidura carnal, la personalidad que acaban de dejar.

Un relámpago de asombro, de espanto, de desolación se cruzó un segundo


en nuestras miradas. Después se apagó con lo abrumador de los hechos, con la
impotencia para luchar contra ellos, con la aplastante convicción de que nada
teníamos que hacer.
TRES CAPITULOS
Yo esperaba pacientemente en casa de la florista una caja de violetas y,
mientras la arreglaban, dejé vagar mis ojos y mi pensamiento sobre las frescas
flores que me rodeaban. Cerca de mí estaba una mujer a la que sólo había
advertido distraídamente con mi visión periférica. Pero una nube de humo que me
lanzó casi impertinentemente, me hizo volver los ojos y considerarla un momento.
Fumaba con toda la técnica de la “profesional” guiñando el ojo por el cual se le
metía el humo del cigarro y quitándole la ceniza con el meñique, llena de
abandono.

Esperaba, a su vez, un adorno floral —mortuorio, según supe después— por


cierto de muy buen gusto: gladíolos marfileños alternando con otros color de
violeta, dispuestos en franjas, verdaderamente exquisitas.

Acabó de fumar su cigarro y se dirigió al teléfono. Pude entonces verla a mi


sabor. Alta, admirablemente formada y vestida con elegante sencillez.
Extraordinariamente joven y hermosa como pocas. Pero ¡qué dura expresión en el
rostro! ¡Qué fatiga de vicio en la mirada! ¡Qué aire de libertina sensualidad
emanaba de toda su persona! Cuando comenzó a hablar, mi sentimiento de
repulsión hacia ella llegó a su límite. Una voz cascada por la ingestión del alcohol
—sin duda alguna y por el abuso del tabaco; y como si esto no fuera bastante, su
timbre vulgar y canallesco con cierto dejo especial, como de mujer muy versada en
todas las perversiones y todas las procacidades. El contraste entre estos detalles
que la revelaban y su extraordinaria juventud, era hiriente y amargo. Sin verla, se
creería oir hablar a una ramera decadente y cansada. Habló dirigiéndose a una
amiga íntima, según dió a conocer en el curso del breve diálogo entablado con ella.

—Bueno ¡Ah! ¿eres tú? Me alegro de que hayas tomado la bocina. Oyeme,
quiero que me hagas una “parada”.

Me di cuenta de que hablaba en el caló que es de rigor entre estas elegantes


modernas.

—…

—Sí “¿ves”? Yo tengo compromiso esta tarde y quiero que me invites al té.

—…

—Sí, por supuesto, no iré; pero quiero que hables a casa para que se sepa
que estaré contigo hasta muy tarde.
—…

—Sí, naturalmente. Oyeme. Te hablo desde la tienda de la florista. Voy a


mandar a casa de la señora X una ofrenda floral.

—…

—Sí, murió hoy en la madrugada.

—…

—Yo tampoco lo sabía. Acabo de enterarme y me dio mucha pena. ¡Tan


joven y tan bonita!

—…

—Primero voy a casa a recibir tu recado y después me iré para “allá” —dijo
recalcando—. Es decir, a reunirme contigo, —añadió riendo con cinismo
repugnante.

—…

—Sí, bueno, adiós, hasta mañana.

No vi acabar su ofrenda mortuoria; me entregaron mi caja y salí pensando


en lo que acababa de presenciar.

No volví a saber de ella ni había por qué: no frecuento a esa “élite”, por
ventura mía y había olvidado el incidente. Pero una vez la vi en un teatro
acompañada de un buen mozo. Estaban en un palco y vestían ambos con suma
elegancia. Era tal el porte equívoco de aquella mujer, la cual no podía tomarse
francamente por un dama, ni podía decirse de modo rotundo que fuera una mujer
galante, que atraía todas las miradas, así como por su hermosura, y la escrutaban
de modo penetrante. Ella lo notaba, pero oponía un aire de manifiesto desprecio a
la morbosa curiosidad. En los entreactos se replegaba un poco hacia el pasillo
fumando cínicamente su cigarro, como en aquella tarde en que la conocí.

Una amiga que me acompañaba notó la curiosidad discreta con que yo la


veía y me preguntó bajito:

—¿La conoces?
—No —le dije— pero la he visto antes de ahora, en tal y cual condición —y
le referí brevemente lo que yo había podido sorprender y deducir.

—Es fulana —me dijo mi amiga— divorciada de su primer marido por no sé


qué historias que se remontan hasta antes de ese matrimonio y casada hoy con el
individuo que está con ella. Todo el mundo sabe cómo lo engaña con el primero
que se le presenta, aunque sólo tienen un mes de casados, asómbrate.

—No me asombro —le contesté—. Una mujer que tiene tal cara de viciosa y
que habla de modo tan impudente no puede conducirse de otra manera.

Pasamos luego a otro motivo de conversación y este incidente quedó


también olvidado.

Fué el segundo capítulo de esta breve historia. El último, me lo refirió un


amigo que por azar lo conoció.

A los dos meses de casados la vida era ya imposible entre los cónyuges. Los
disgustos se sucedían sin haber dado tiempo a una reconciliación y, si la había, era
deleznable y transitoria.

Un domingo pelearon atrozmente, por la última vez. La mujer se fué de


excursión con una amiga y el marido se encerró en sus habitaciones diciendo a los
criados que no deseaba comer y que no tendría necesidad de ellos en el resto del
día.

Por la noche, cuando llegó la esposa con su alegría imperturbable, encontró


a su marido muerto de un balazo en el cráneo. Con una frialdad que espantaba
tuvo conocimiento de la tragedia y ante las autoridades identificó el cadáver con
una serenidad más parecida al cinismo que a la resignación.

Se ignora si se le hicieron cargos, si se practicaron averiguaciones acerca de


los motivos del inesperado suicidio, a los dos meses de casados.

Sí se supo que —contra lo que se esperaba de la viuda alegre y de su


proverbial cinismo— no volvió a aparecer por ningún sitio, ni volvió a recibir a sus
amantes, ni se fué de viaje, como en un principio anunciara. Pasaba los días
encerrada en su recámara o se iba a la azotea de la casa, dizque a tomar baños de
sol. Fumaba y bebía como nunca. A veces lloraba, según decían los criados y
también la oyeron hablar a solas como quien implora desesperadamente.
La casa se convirtió en una tumba. La señora, que vivía sólo para divertirse,
que siempre estaba de fiesta, que jamás se acostó antes de las tres de la madrugada
ni se levantó antes de medio día, llevaba una vida conventual.

Los criados estaban sorprendidos y espantados: la señora se había vuelto


otra. Casi había envejecido y se había afeado de modo repugnante. Ojeras lívidas
rodeaban sus ojos, sus párpados, abotagados caían pesadamente sobre ellos. Las
comisuras de su boca fláccidas y caídas imprimían aire de vicio y cansancio al
rostro que fuera tan hermoso. Desmelenada siempre y sin aliño, envuelta en una
gruesa bata gris que desdibujaba su cuerpo estatuario, producía una impresión
mezcla extraña de horror, asco y desprecio. Se veía que acababa rápidamente.

Una noche la camarera que la atendía fué a llevarle inopinadamente algo


que había olvidado y la encontró arrodillada, con las manos enclavijadas y los
brazos en alto diciendo con voz ahogada, como si mordiera las palabras.

—¡No, hoy no, déjame un poco más! ¡Hoy no, hoy no!

La camarera, espantada, desapareció tan pronto como pudo y, al día


siguiente, a hora temprana, ya estaba la señora tomando su baño de sol en la
azotea aunque todavía no se afirmaba la luz ni el calor de la mañana. No haría un
cuarto de hora que se hallaba en ese sitio, cuando se oyó un grito espantoso y, al
subir los criados atropelladamente para saber lo que ocurría, se dieron cuenta de
que la señora había caído desde lo alto de la casa, de tres pisos, sobre las baldosas
de la calle matándose instantáneamente.

—Por supuesto —concluyó mi amigo— que todos dijeron que había sido un
accidente. Otros creyeron en un suicidio —inverosímil en semejante mujer—. Yo
creí y sigo creyendo, que fué la venganza del muerto.
EL MONUMENTO
En la plazoleta desierta y polvorienta se alza el monumento fúnebre más
raro que han contemplado mis ojos. Es un túmulo propiamente, una especie de
obelisco pequeño realizado en mármol negro, severo de líneas, sobrio y austero.
Un nombre y una breve leyenda en idioma, para mí desconocido, recuerdan al
héroe en cuyo honor fuera erigido. Una corona de hojas de encina dorada a fuego
descansa sobre el basamento.

Nada más de particular; pero algo en torno a esa fúnebre arquitectura me


produjo una inquietud medrosa y expectante, algo que me hacía presentir un
suceso, algo que atraía y fascinaba.

Yo iba diariamente a ese lugar y, en mi calidad de extranjero en ese raro


país, no llamaba la atención que lo visitara con frecuencia. Tarde a tarde me
encaminaba hacia ese extraño sitio que, sin ser lúgubre, tenía algo más que ser
conmemorativo de la muerte y me detenía ante el túmulo largas horas como
queriendo ahondar en su misterio.

¿Tendría uno? me preguntaba con exasperada curiosidad en fuerza de


pensar en ello. Quién sabe si no tuviera ninguno. Pero era tan significativo para mí
ese conjunto de atracción y de fascinación, de temor, de inquietud mezclada a una
curiosidad casi enfermiza, que tenía que concluir por aceptar ciegamente que había
algo en torno, algo inusitado y milagroso que yo debía descubrir.

Cuando maduré bien este pensamiento determiné volver por la noche. Me


parecían más propicios la oscuridad y el aislamiento natural de esa hora, por más
que, durante la tarde, no había yo visto que alguien se acercara a contemplar el
monumento. Encontraba poco probable que hubiese 'quien me observara y me
siguiese, desconfiando de mi interés, así es que desde esa noche fui a practicar mi
curiosa visita después de las nueve.

Como lo esperaba, nadie andaba por ahí a esa hora y nadie podría turbar
mis investigaciones; pero ¿cuáles serían éstas? me pregunté a mí propio. No sabía
precisamente en qué consistirían. No obstante, yo estaba absolutamente seguro de
que algo iba a saber.

Tres o cuatro noches estuve yendo a la plazoleta del monumento, pero nada
vi ni supe. A la cuarta o quinta —pues no llevé bien la cuenta— sentí gran fatiga
por haber estado tanto tiempo de pie y determiné descansar en un escalón del
pequeño zócalo en que se asentaba el túmulo de mi relato y, sin desearlo ni
pensarlo, me quedé profundamente dormido. Soñé entonces; mejor aún, vi y supe
todo cuanto deseaba.

Era un mediodía de luz cegadora y resplandeciente. Una multitud se


apiñaba en una explanada arenosa, desprovista de vegetación. Había en ella toda
clase de tipos, hombres, mujeres, niños, jóvenes y ancianos vestidos con los más
extraños trajes llenos de color y de gracia. Hubieran podido tomarse por árabes a
causa de lo fino de sus facciones, su color aceitunado, sus ojos bellos y profundos,
hundidos en sus cuencas así como por sus raros turbantes que escondían a medias
la turbulenta cabellera.

De pronto, entre aquella heterogénea multitud, sonó un grito y una mujer,


hermosa entre las hermosas, cayó al suelo presa de convulsiones, pálida con
palidez de muerte bajo su cetrino color.

Todos los que estaban cerca se arremolinaron junto a ella queriendo


prestarle auxilio, pero un joven alto y gallardo contuvo a la gente, diciendo con voz
imperativa: ¡No la toquéis! En seguida se inclinó sobre ella y levantándola en
brazos la condujo, ya completamente inmóvil, colgando la cabeza y los brazos
inertes, hacia afuera del núcleo de curiosidad. Quienes la vieron pasar cerca de sus
miradas declararon que estaba muerta. El apuesto joven la colocó en su caballo
asegurándola lo mejor que pudo y montando luego ágilmente desapareció de la
vista de la multitud.

Más tarde se supo que la hermosa mujer, que era su esposa, lo había
traicionado con un esclavo de ínfima casta y que los dioses la habían castigado con
la muerte porque el esposo era un hombre puro y recto, de costumbres severas,
que cumplía con la ley del estado y la ley religiosa.

Pero lo que no supo la gente fué que la desventurada era inocente del delito
que se le imputaba; no había descendido tan bajo, porque era igualmente recta y
noble. Víctima de negra calumnia y, para justificarse ante su señor y para satisfacer
a la maledicencia, había buscado la muerte apurando una droga letal.

Cuando hubo llegado a la suntuosa morada en donde había sido tan feliz
con su esposa, el joven señor descargó su caballo del fúnebre fardo y lo condujo al
interior de sus habitaciones.

Era inútil querer rescatar de la muerte a la bella mujer: estaba rígida y fría.
Ni una lágrima derramaron los ojos del esposo por aquella pérdida; ningún gesto
contrajo su rostro de bronce; sus manos no temblaron al cubrir con un paño el
admirable cuerpo. Sólo un relámpago que fulguró un segundo en sus ojos,
denunció la tempestad interior.

Se encaminó a una habitación privada y se entregó absorto a profunda


reflexión. El no tenía pruebas del impuro amor de su esposa, pero las esclavas,
todas, lo habían denunciado a su señor y dueño.

Súbitamente tuvo una plenitud: aquella infortunada no era culpable y no la


habían castigado los dioses: se había justificado ella con la muerte porque era
inocente. Un terrible remordimiento punzó su alma porque él mandó arrojar lejos
de su casa a la esposa manchada, sin oírla, no queriendo saber nada de ella hasta
que asistió por casualidad aquel mediodía a la tragedia que le rompía ahora la
vida.

Necesitó reunir toda su fuerza de voluntad para no estallar en convulsivos


sollozos; pero su agudo deseo de hacer algo para encontrar paz lo precipitó hacia
el cadáver. Se acercó y descubriendo el amado semblante, se detuvo a
contemplarlo. Los ojos abiertos, que ninguna mano caritativa había podido cerrar,
vidriados por la muerte, fijos y sin expresión; la boca ligeramente entreabierta
dejando ver el brillo de unos dientes perfectos. Se inclinó sobre ella y besó esa
helada boca. Pero de pronto sintió como si un aliento tibio se hubiera confundido
con el suyo. Retrocedió espantado y cuando se hubo repuesto de su impresión
volvió a acercar sus labios a la entreabierta boca. Entonces no tuvo duda alguna:
estaba viva y respiraba. Tomó entre sus manos la gentil cabeza pero su desengaño
fué cruel, pues seguía inmóvil y rígida, helada con el frío inconfundible de la
muerte.

Se irguió entonces alzando la frente y los brazos al cielo, implorando


conminatorio a sus deidades.

—¡Dioses inmortales! —gritó con voz ronca—. ¡Doy mi vida por la suya!

Alzó en brazos el cadáver, tan alto como pudo y lo ofreció a los dioses a
quienes acababa de invocar. En seguida, con ella en brazos, salió en busca de su
ágil corcel que lo acompañara siempre, aseguró a la muerta sobre la grupa y
montando en seguida se dirigió a galope tendido hacia el centro de la ciudad.

Llegó a las puertas de un templo de gallardas cúpulas y descargó en tierra el


inanimado cuerpo. Luego, prosternándose, puso la frente en tierra en señal de
reverencia, musitando misteriosas oraciones.
Volvió a levantarse y, en ese momento, se abrieron las puertas del templo
como si le brindase hospitalidad y perdón. Se dirigió hacia un altar central y
levantando frente a él nuevamente el cadáver gritó con voz lúgubre que resonó en
las altas bóvedas:

—¡Mi vida por la suya!

Vibraba aún en el aire estremecido la nota de su voz, cuando un sacerdote se


adelantó hacia él interrogándole con severa entonación:

—¿Estás dispuesto?

—¡Sí! —respondió él, cerrando los ojos.

El sacerdote se volvió hacia el altar gesticulando y haciendo genuflexiones.


Después se volvió al joven y, poniéndole en la mano una daga, que brillaba
siniestra, lo impulsó suavemente hacia la gradería que iniciaba la subida al altar
diciéndole con voz ahogada:

—¡Cúmplase tu designio!

Empuñó el mozo la daga con mano segura y, levantándola, clavóla con


certero golpe en mitad de su corazón. Un chorro de sangre manchó
instantáneamente las blancas vestiduras. Vaciló sobre sus pies y rodó por el
pavimento.

Un segundo de horror y de silencio reinó en los ámbitos del templo. Nada se


había conmovido en torno a la tragedia. El sacerdote avanzó lenta y rítmicamente y
extendió las manos sobre el muerto pronunciando rituales conjuros. Dio varias
vueltas alrededor del cuerpo y luego mojó el índice en la sangre, caliente aún, que
fluía débilmente ya por la herida.

Alzó la mano invocando a sus dioses, pidiendo se mostraran propicios a sus


votos y fué a trazar un signo sobre el pecho de la mujer que yacía rígida a pocos
pasos del hombre difunto. Pronunció de nuevo sus conjuros, hizo otras
genuflexiones y, por fin, se prosternó poniendo la frente en el suelo en señal de
humildad y acatamiento.

Con rapidez de relámpago, como fulgor indeciso primero y luego nítido y


distinto, se contrajo el rostro de la muerta en gesto inexpresivo. Luego lanzó un
débil lamento y, por último, pronunció clara y distintamente un nombre musical.
El sacerdote estaba ya preparado junto a la bella resucitada y alzándola en
brazos la condujo a un camarín que se abría en uno de los costados del templo. Ahí
la mujer acabó de volver a la vida y ya el sacerdote le ofrecía un vaso de ambarino
licor que debería sumirla para siempre en el olvido. Piadosa práctica, ya que no
volvería a palpitar junto al suyo el corazón adorado.

Fué devuelta a su hogar, al cuidado de fieles y cariñosos siervos; destinada a


vivir una larga vida de suave inconsciencia, de plácida serenidad sin haber sufrido
un momento por su terrible desgracia.

El cuerpo del valiente fué incinerado y sus cenizas se depositaron en


precioso vaso celosamente cerrado. El monumento fúnebre guardó los restos del
hombre a quien deificó la multitud por haber rectificado su error a costa de su
vida. Cada luctuoso aniversario se le tributaban honores y se recordaba el ejemplo
del que supo morir para castigar su ligereza.

Los pueblos son versátiles como los hombres y poco a poco fué olvidándose
la historia. Incursiones ajenas e invasiones guerreras acabaron con la autonomía
del lugar y muchas tribus nómadas acamparon en él y emigraron sin dejar huella
de su paso.

Hoy se alza ahí una ciudad semieuropeizada. Todavía la gente del pueblo
bajo, con sus pintorescas vestiduras, con sus ojos profundos, su broncínea piel
recuerda aquella remota raza. Pero casi no queda rastro de los antiguos moradores.

Nadie, no obstante, tuvo la idea de aniquilar el pequeño monumento, ni


modificar la plazoleta que lo rodea, arenosa y descuidada. Ahí queda hablando al
visitante con lenguaje mudo —como en sueños me había hablado a mí— de un
trágico y acendrado amor.
EL FANTASMA DEL MAR
En aquel suave y amable lugar nada faltaba para la comodidad y la dicha del
vivir. Aparecía por dondequiera el encanto del campo sabiamente alternado con el
confort de la ciudad. Los moradores, de codos en sus ventanas o de pie en las
amplias terrazas de sus residencias, gozaban del hermoso panorama, de belleza
siempre nueva, que se dilataba ante sus ojos. Los altos árboles, las colinas cubiertas
de verdor y esmaltadas, la mayor parte del año, por adorables florecillas silvestres;
el cielo siempre azul o decorado con blanquísimas nubes, sobre todo en las
mañanas de junio, cuando, después de la lluvia de la noche anterior, todo aparecía
con los colores más vivos; luminoso y esplendente, como recién lavado. Cada
ventana parecía enmarcar un paisaje distinto y todos los aspectos del poblado les
eran gratos de contemplar.

Si deseaban disfrutar de la seducción citadina con sus tentadores


espectáculos, con su muchedumbre, con su hervor febril, no tenían otra cosa qué
hacer que acomodarse en su coche y devorar la carretera, corta en proporción, que
los separaba del centro mismo de la urbe.

Nada tenían, aparentemente, qué desear. Pero no se sabe por qué todos
experimentaban una oscura nostalgia del mar. Una nostalgia irracional, si queréis,
pero no por eso menos aguda y penetrante. ¿Por qué, en virtud de qué sugestión
colectiva lo añoraban todos en ese sitio —inadecuado del todo— para poder,
lógicamente, aposentar al mar? No se sabe aún, tal vez nunca se sepa; pero lo cierto
es que todos suspiraban ante sí o ante otros diciendo: ¡Ah, qué lugar perfecto sería
éste si tuviese mar! O si no: ¡A este lugar privilegiado sólo le falta el mar para ser
absolutamente perfecto!

Muchos, recorriendo, en plan de paseo, los deliciosos lugares del poblado,


ya yendo a pie, ya cómodamente instalados en los asientos de su coche, al
descubrir un claro en la arboleda, un desnivel del terreno o una explanada desde
una alta meseta, creían —no sabían por qué— que iban a ver, de pronto, el mar.

Casi, diríamos, era en todos ellos una obsesión. Algunos, yendo por una de
esas carreteras que limitaban y contorneaban aquel privilegiado sitio sobre todo
cuando —siguiendo la quebrada topografía— bajaban o subían con rapidez
rodando en automóvil, decían en determinado momento, con una emoción, mezcla
de sobresalto y alborozo, de angustia y esperanza —todo, ya os digo,
absolutamente irracional—: ¿Y si, ahora, allá a lo lejos fuésemos a descubrir el mar?

No faltó quien se hubiese puesto a pensar seriamente: ¿Por qué es esto?


¿Cuál es la razón de este anhelo? ¿Por qué todos los que viven aquí, de años atrás o
los que van llegando de día en día, tienen la ingente necesidad de tener aquí el
mar? ¿Qué fascinación ejerce en ellos el horizonte lejano —nebuloso a veces— que
sugiere, no finge ni aparenta, sino sugiere el mar? Indudablemente hay una causa,
un motivo secreto que escapa a todo raciocinio y a toda intelección, pero que se
siente, que tal vez irradia —no se sabe en qué forma— pero que penetra y satura el
ánimo de quien se deja llevar por la belleza del sitio, por su disposición, por su
diseño en la naturaleza. Quién sabe, pero, en verdad, esto sería perfecto si tuviese,
como complemento, el mar.

La conclusión, como se ve, era la misma, en todo caso: al sitio en cuestión,


sólo le faltaba, para ser perfecto, el mar.

No se sabía cuándo nació ahí esta idea, ni quién fué el primero en pensar en
ella o en expresarla; pero sí se sabía que esto venía de mucho tiempo atrás, aunque
ese lugar no fuese antiguo ni mucho menos como sitio residencial. Muchas bellas
construcciones de arquitectura moderna se alzaban a uno y otro lado de las anchas
avenidas decoradas con prados centrales llenos de lindas flores cultivadas con
esmero. Muchas residencias de gran belleza se erguían entre los verdes árboles
recortando su silueta sobre el limpísimo azul del cielo, dando categoría a las nubes
o acaso éstas dando categoría a las mansiones.

Todo era nítido, todo era moderno, todo civilizado y atrayente; pero esta
sugerencia del mar, esta sugerencia que palpitaba en el aire, nadie podría decir
quién fué el que la insufló ni a quién se le manifestó primero o si a un tiempo,
muchos la tomaron del ambiente o si… quién sabe…

Con el tiempo este anhelo ansioso no se desdibujó haciéndose borroso y


remoto, sino que fué cobrando más cuerpo y con ello, acrecentando el interés por
aquel delicioso sitio. Muchos lo visitaban atraídos por este halo de misterio que se
le iba formando y muchos iban a vivir a él e iban engrosando las filas de los
nostálgicos del mar.

Y no valía que fuesen a visitar el mar a otros lugares y que lo gozasen


sumergiéndose en sus azules ondas o que lo contemplasen desde la playa con sus
regias puestas de sol. No, no era esto precisamente. Era que a ese lugar a donde
llevaron a anclar su vida, le hacía falta el mar para completar su perfección.

Diríase que el mar realmente existió allí alguna vez; se pensaría que en una
de aquellas llanuras o en una de esas amplias hondonadas, se hubiese, en un
tiempo, recostado perezosamente el mar.
Pasaban los años y el deseo se había hecho ya angustioso y enfermizo: los
moradores del lugar —tan risueño a la vista— padecían un mal colectivo, se
ensombrecían sin aquel don que la naturaleza negara al bellísimo rincón de
perfecciones.

Algunos, los más débiles o sensitivos, enfermaron de melancolía y


comenzaron a consultar a los médicos, de preferencia los psiquiatras, ya alarmados
seriamente por las proporciones que tomaba el extraño mal; muchos de los
facultativos aconsejaron irse a vivir a orillas del mar, de un vivo y auténtico mar.

No faltó quien llevase a la práctica el consejo, aparentemente lógico. Pero


entonces y viviendo a orillas del mar, se sintió terrible nostalgia, enfermiza,
intolerable de aquel sitio al que sólo faltaba el mar para ser perfecto.

Llegó un tiempo en que todo empezó a cambiar. El aire ahí ya no era el de


antes, se veían las cosas, los seres, la naturaleza entera, con otros ojos, con otro
criterio, bajo otro aspecto que era imposible definir. Y por dentro, la disposición de
aquellos atormentados moradores se hizo insoportable. No había en las
conversaciones familiares o entre vecinos, o en los comentarios del tiempo, o en los
proyectos para el día, o en los problemas de cada quien o en el programa de la vida
otro tema, otra alusión, otra sugerencia que el mar, sólo el mar. Mientras iban a la
ciudad a cuidar de sus negocios o a desempeñar su trabajo, a realizar multitud de
cosas necesarias a la vida, se olvidaban un poco de su mansa locura; pero no
hacían más que volver y los tomaba de nuevo, acaso, con más fuerza que antes.

Un día —día que hará época en la historia del mundo— un día, día
inesperado, día como todos los otros, los moradores de aquel sitio —ahora perfecto
entre los perfectos— al levantarse, al salir, al asomarse a sus terrazas o a sus
ventanas abiertas a la luz, pudieron contemplar, alelados y enloquecidos, el mar,
un mar azul, tranquilo, terso como de seda, un mar ilimitado que se perdía
imponente en los confines del horizonte.
EL ABUELO
Sonríe con sonrisa única que no he visto jamás en otros labios. Mezcla
extraña de fina cortesanía, de firme centramiento en el propio sér, de aguda ironía,
de perfecta ponderación. Sonríen también —quizá más que sus labios—, sus ojos,
empequeñeciéndose e iluminándose. Luego queda un momento pensativo.

Figura central de extraordinario relieve en el mundo de las finanzas, de clara


visión panorámica en el campo de las ciencias sociales, gusta, no obstante de
adentrarse en los dominios de lo misterioso, de lo que aún no está catalogado en
los casilleros de la ciencia oficial.

—No tengo ideas claras acerca del particular —me dice al cabo de algunos
momentos de reflexión—, pero corroborando lo que usted ha expuesto, quiero
relatarle algo que me viene a la memoria y que me ocurrió en mi primer viaje a
Europa. No he encontrado una explicación satisfactoria para el caso; pero sí creo
firmemente que este acontecimiento que voy a referir a usted, me reveló
claramente que, en presencia de ciertos hechos, de ciertos seres o cosas, el espíritu
se acuerda de un pasado remoto de modo tan hiriente y nítido que sobrecoge y
atemoriza.

Me dispongo a escucharlo con la devoción con que he escuchado todos sus


relatos. Cosas de viajes, personajes hallados al paso en la vida y que él reviste, con
la magia de su palabra, de caracteres verdaderamente novelescos. Es un
conversador insuperable.

—Era la primera vez que visitaba el Viejo Mundo —comienza diciendo—.


Siendo mis padres de diferente nacionalidad, uno alemán, otra vascongada, había
tenido, desde adolescente, la inquietud por conocer la patria de cada uno. Había
tenido también el deseo de conocer Europa en general; como acontece a quien ha
hecho una carrera o a quien ha leído, simplemente, y se considera medianamente
culto; pero muy especialmente deseaba conocer la tierra vascongada de
reciedumbre espiritual y firme carácter. No me inquietaba conocerla como motivo
de cultura o de simple curiosidad, sino con una inquietud casi fisiológica, algo
nostálgico en mi vida, algo que radicaba en mi sér desde no sabía qué tiempo y que
me atraía incesantemente como atrae el suelo natal cuando nos hemos alejado de él
durante largo tiempo.

A partir de este mi primer viaje, otros muchos he hecho, así a Europa como a
muchos lugares del inquietante oriente, a muchas ciudades importantes de los
estados norteamericanos. Pero de ninguno de estos viajes he conservado recuerdos
tan salientes y de naturaleza tan particular como de éste a que me refiero.
Antes que otro sitio quise, pues, conocer la tierra de mi madre, el ambiente
que le dio su firme carácter, su inquebrantable voluntad, su austeridad espartana.
Y quise conocer la casa solariega situada en un rincón de la costa que baña el
Cantábrico.

Llegué un frío día de diciembre; un cierzo áspero azotaba mi frente y no sé


por qué entonaba mis nervios y afirmaba mi voluntad.

Había soplado un viento tempestuoso toda la noche, y al dirigirme al


pueblecito severo y risueño a la vez que ofrecía asiento a la casa de mis abuelos,
casi no vi a nadie y los pocos a quienes vi, me eran totalmente desconocidos. Mi
madre había muerto hacía ya diez años y no me relacionó, sino con los primos y
demás parientes, por cartas lacónicas y espaciadas entre sí.

Al bajar del coche que me condujo, emprendí el camino por la áspera cuesta
que llevaba al pueblo y a la casa, objeto fundamental de mi viaje.

Mi corazón se movía a impulsos de la emoción, muy explicable dado el


motivo de mi visita y más bien, digamos intelectual y provocada por mis
pensamientos: “Aquí nació mi madre, me decía, esa casa, en la cual voy a entrar, la
cobijó cuando era niña y la defendió del mundo cuando joven. De ahí salió para no
volver. Ahí han vivido mis antepasados. Ahí están los que llevan mi sangre por la
línea materna”.

Pero cuando llegué ante la ferrada puerta de la casona, cuando vi sus


ventanas enrejadas, cuando consideré sus gruesos muros, cuando puse la mano en
el pesado aldabón para llamar —aunque ya me esperaban— una especie de
sobresalto me acometió y una inquietud medrosa me encogió el corazón.

Acogida cordial, de sobrio cariño de todos los parientes, orgullosos de


conocer al primo de América que había estudiado en importantes colegios y que
había ganado un título.

—Se me realiza uno de los más grandes deseos de mi juventud: conocer la


casa de mis mayores —les dije ya en el interior—. Pero —agregué— con extrañeza
y creciente inquietud ¡qué profundamente familiar me es! Parece que aquí hubiera
yo vivido toda mi vida.

Conforme avanzábamos en el interior de la casa, más crecía mi asombro: casi


iba adivinando tras cada habitación, la que iba a seguir y cuando lo expresé así
delante de los presentes, un silencio de extrañeza acogió mis palabras:
—Este es el comedor en donde se come de ceremonia; pero sigue otro más
pequeño que precede a la cocina en donde la familia come diariamente. ¿No es así?

—Así es —respondieron todos a una voz— pero ¿cómo lo sabes si nunca has
estado aquí antes de ahora?

Ni yo mismo supe responder a esta pregunta que acababa de hacerme


también.

—No sé —les contesté— pero ahí está la cocina y por la cocina se baja…

No continué. Antes de que nadie me guiara ni tuviera tiempo de pronunciar


una palabra, avancé con paso seguro hacia la gran cocina con su fogón, su clásico
asador, sus venerables cacerolas, sus cazos de reluciente cobre y multitud de
utensilios más.

Cuando me vi en ella les dije a todos, exaltándome por momentos: “Ahí está
la cueva que da al mar…”

Todos quedaron sobrecogidos. Yo iba delante, con firme paso, poseído ya de


una alucinación febril, viendo, sabiendo lo que seguía a lo que estaba yo mirando y
así bajé una suave rampa que obedecía a cierto desnivel del terreno y así llegué a
una cueva en donde guardaban los vinos y así me encontré frente a una ancha
grieta abierta en un muro de rocas, una especie de puerta natural que daba al mar.

Un sudor frío mojó mi frente, un terror repentino hizo flaquear mis piernas y
durante un segundo no osé pronunciar una palabra.

Cuando pude pensar me pregunté ansioso, con ansia terrible: “¡Sí! ¿Cómo lo
sabía? ¿Por qué conozco ya todo esto? ¿Cuándo lo he visto? ¿En qué vida lo he
vivido? Nadie me había hablado jamás de este lugar extraordinario”.

A mi vista se alzaban las olas y se estrellaban en los altos acantilados que se


veían desde el maravilloso balcón natural abierto en las rocas que servían de
asiento seguro a la vieja casa solariega.

Me serené un poco y dije a mis parientes con voz ahogada:

—En efecto, no sé cuándo he visto todo esto; pero sí tengo la seguridad


perfecta de conocerlo profundamente. Siento en lo más escondido de mi sér que he
pasado muchos años viendo subir y bajar estas imponentes olas.
Volví los ojos en torno mío, y advertí a mis espaldas un ancho sillón de
cuero que parecía abrirme los brazos hospitalarios.

—¡Sí! —les dije como delirante, como iluminado— en este sillón he pasado
las horas muertas, horas incontables viendo moverse el mar.

Y me dejé caer vencido, por terribles emociones en el ancho y viejo sillón


acogedor.

Cuando pude serenarme, cuando recobré mi propio dominio, vi a mi


alrededor y noté en los ojos de los circunstantes el brillo de las lágrimas.

—Me hace falta una pipa —les dije queriendo hacer una broma para cambiar
el curso de los pensamientos, pues yo jamás he fumado en pipa desde que sé
fumar.

—Aquí está —dijo el hermano mayor con voz temblorosa, que en vano se
esforzaba por hacer tranquila—, es la del abuelo que, en efecto, se sentaba en este
sillón y, como dices “pasaba las horas muertas mirando moverse el mar”.

Dos hilos de lágrimas incontenibles salían de mis ojos y ya no trataba de


disimularlas.

—El abuelo —dijo otro de los hermanos con voz de susurro—, se llamaba
también Fernando como tú.

Entonces enjugué mis lágrimas, llené la pipa con el tabaco que me


ofrecieron, le prendí fuego y arrellanándome en el viejo sillón, dije volviéndome
hacia mis parientes sobrecogidos y silenciosos:

—¡Bueno, ahora sé que me he llamado siempre Fernando!


ISABEL
En primer lugar debo decir a usted que yo no sabía una palabra acerca de
tan extraño matrimonio. Cuando volví de mi viaje, alguien me dio la noticia y yo
quedé pasmado del asombro de que hubieran llegado a casarse sabiendo, como
sabía todo el mundo, que se odiaban a muerte.

Mi admiración se resfrió un tanto, sin embargo, considerando que, como


suele decirse, del odio al amor no hay más que un paso o bien, que el odio no es
más que amor vuelto del revés.

El caso era que, detestándose tanto, llegaron, según el decir de la gente, a


enamorarse hasta el punto de haberse unido con lazo de por vida, que no sólo los
reconciliaba, sino los hacía formar un sólo sér y una sola alma.

Isabel, que así se llamaba la recién casada, era feúcha, delgada, amarillenta,
ligeramente pecosa, con ojos mortecinos y pequeños que no miraba nunca de
frente. A causa de la flacura de esta mujer o de su aparente timidez o de las dos
circunstancias reunidas, no podía decirse qué edad tenía; tan pronto aparentaba
treinta o cuarenta años, como podría tomarse por una joven de veinticinco. Era una
mujer sin edad. Nunca reía y rara vez sonreía; pero su sonrisa, sin saberse por qué,
causaba extraño malestar.

Cuando yo la conocí vivía con su madre. Ambas tenían el mismo aspecto


macilento, huidizo y apocado. Eran las dos de esas personas con quienes no es
posible conversar, porque parece que están siempre de prisa o pensando en sus
cosas íntimas, o deseando estar a solas, lejos de la gente importuna.

Yo trabé muy superficiales relaciones con madre e hija. Por más que hago
esfuerzos de memoria, no puedo recordar dónde las vi por vez primera ni quien
me presentó con ellas. El hecho es que yo las trataba poco, precisamente por lo
embarazoso que resultaba intentar con alguna de las dos o con ambas, una
conversación. Las dos vestían siempre de negro, lo que las hacía aparecer más
delgadas, más amarillentas y más misteriosas. Nadie sabía de qué vivían; tenían
una pequeña casa montada con sencillez, trataban a pocas personas y llevaban
monótona vida.

El individuo que, andando el tiempo, llegó a ser marido de Isabel, era de


familia acomodada y vivía de sus rentas. Si no era precisamente un buen mozo,
tampoco tenía una fealdad hiriente y notable. Inteligente, bien educado, de sueltas
y fáciles maneras y de amena conversación. En dondequiera que se hallase, él hacía
el gasto hablando por todos. Le encantaba tener auditorio: esto fué lo que lo
perdió.

Justamente por el don de su charla era invitado frecuentemente a tomar el té


en casa de Isabel. La madre tenía particular predilección por este amigo que les
narraba tantas historias y que les ahorraba el trabajo de hablar. Las dos se
limitaban a aventurar uno que otro comentario.

Una tarde que había llovido mucho, por lo que seguramente ellas no
esperaban a mi amigo, se presentó él de pronto en la casa encontrándose a la
madre y la hija sentadas frente a una mesa, teniendo sendas copas delante, a medio
llenar, de un licor ambarino y una botella casi consumida. Ahí estaban, arrebolado
el rostro, rientes los labios, habitualmente cerrados; los ojos iluminados por el
fuego característico de la embriaguez y derramando una verbosidad inusitada e
incontenible. Ante semejante escena el asombro del visitante no tuvo límite y
procuró disculparse de aquella intromisión intempestiva, aunque a ello lo tenían
acostumbrado, tanto, que ni los mismos criados se extrañaban por lo repetido de la
cosa.

Las mujeres, dentro de ese criterio, ajeno a la personalidad, que da la


borrachera, no se inmutaron. Se levantaron tambaleantes a coger una copa que las
dos se arrebataban, sin conseguir ponerla sobre la mesa, para ofrecer en ella licor al
recién llegado, a tiempo que vertían sobre él una verdadera lluvia de palabras y
risotadas incongruentes y necias.

Naturalmente, mi amigo, cortado, sorprendido en alto grado y asqueado, no


aceptó y trató de hallar medio discreto de retirarse antes de que las cosas fueran a
llegar a una condición insostenible.

Pero ellas se enfurecieron repentinamente ante la posibilidad de retirada y


quisieron obligarlo a que bebiera la copa que habían conseguido servirle.

El se mantuvo firme y no bebió ni quiso, a pesar de los dicterios que ellas le


endilgaron, permanecer más tiempo en la casa.

Dentro del desajuste de su consciencia, ellas tuvieron la lucidez de


comprender que si ese hombre no participaba de su bajeza iría de ahí a divulgar su
secreto.

—¡No te vas —gritó la madre con palabra estropajosa—, no te vas sin beber
con nosotras!
—¡No te vas! —gritó la hija con voz que él no le conocía y con la mirada
lúbrica de una bacante— ¡No te vas sin decirnos a quién quieres de las dos! ¡Hoy
tienes que decidirlo!

Entonces él tuvo una salida. Tomó la botella y vió la marca del licor que las
mujeres casi habían consumido.

—Sí —les dijo, fingiéndose repentinamente entusiasmado— voy a beber con


ustedes; pero aquí no hay bastante para los tres. Voy a traer más licor. Cuando
vuelva diré cuál es la que me gusta más de las dos y beberemos para celebrarlo.

Y salió antes de que ninguna tuviera tiempo —momentáneamente


convencidas— de detenerlo de obra o de palabra.

Nadie sabe lo que pasó entre la madre y la hija después de esta escena ni al
día siguiente, cuando recobraron su lucidez.

Mi amigo, por supuesto, no volvió jamás a visitarlas y contó a los íntimos


esta regocijada historia.

Cuando Isabel, por quién sabe qué conducto, llegó a saberlo, montó en ira y,
un día que se encontró en la calle con mi amigo, lo insultó terriblemente
llamándole cobarde, mal caballero y mentiroso. El hombre trató de justificarse y
ella le cruzó la cara con su sombrilla.

Temblando de cólera mal reprimida se quedó él, viéndola alejarse y jurando


tomar venganza.

Corrieron los días, y el incidente se olvidó, pero en los corazones de ambos


ardía un odio feroz. Yo, por mi parte, no volví a saber nada de ellos. Me fuí de viaje
y olvidé totalmente la historia. Cuando volví de mi jira, como ya dije a usted,
estaban ellos casados y la madre había muerto. Se corrió un velo sobre los
incidentes ocurridos y la pareja entró, como todas en la corriente del mundo. Pero
ambos cónyuges eran muy retraídos, según se decía; no visitaban a nadie, lo cual
no era extraño, todos se daban cuenta del por qué.

Yo ardía en curiosidad por saber cómo se había convertido el odio en tan


extraño amor que los incitara a casarse; pero nadie lo sabía aunque habrían dado
cualquier cosa por encontrar quien los informara.

Pasó mucho tiempo, no sé cuanto y un día me encontré con mi amigo en la


calle. Llegó hasta mí con aire raro y, con una efusión tan repentina como
inesperada, me dijo:

—¡Qué bueno que te veo! Hace mucho que deseaba platicarte; pero nunca he
tenido oportunidad.

A renglón seguido y como si le hubiese pesado pronunciar tales palabras, se


despidió con premura:

—Yo te buscaré, yo te buscaré muy pronto. Adiós.

Ni siquiera me tendió la mano ni me dio tiempo a contestarle o a rehacerme


de mi sorpresa.

Me quedé en peor condición que antes, como comprenderá usted; pues su


efusión, su entusiasmo por verme y platicarme, entrañaban, era natural suponerlo,
un deseo largamente contenido de comunicar a alguien una cosa importante, es
decir, de tener una confidencia, no hay otra palabra. Y luego que se desbordó, que
se aventuró, se arrepintió, guiado por un sentimiento de cobardía; de temor a algo
o a alguien. ¿Qué era o quién era? ¿a qué o a quién? No podía imaginarlo.

Reconstruyendo los detalles del fugitivo encuentro, me di cuena de que mi


amigo había envejecido prematuramente y se había desmejorado. Parecía ausente
de sí propio y tenía un tic en el ojo derecho.

Volví a despreocuparme y a olvidar, hasta que, pasados seis meses, volví a


encontrarme con él, tropezándonos casi uno con otro en los momentos en que yo
salía de mi café favorito.

Alzó el rostro hacia mí y quedó alelado viéndome sin expresión durante


unos segundos. Luego se rehizo con violenta reacción, se le iluminaron los ojos y
me dijo precipitadamente:

—De hoy no pasa. Yo tengo que hablarte; pero, llévame —agregó con voz
angustiada— llévame a un lugar seguro donde no nos sorprendan. Y veía con
ansia para todos lados.

—Ven a mi casa; allí nadie puede ir a buscarte.

Lo tomé del brazo y echamos a andar en silencio. Dejamos atrás unas


cuantas calles y cuando hubimos llegado a mi casa, lo hice entrar en un gabinete
privado en donde no recibía sino a mis íntimos.

Cerré con llave por dentro, como se dice que hacemos los hombres para
hablar en secreto y me dispuse a escucharlo.

—Vas a creer, comenzó, que me he vuelto loco; pero aunque temo


fundadamente que en eso llegue yo a parar, no me ha sucedido aún, como verás
por la ilación de mi relato, aunque se afirme tu primera idea por lo inverosímil de
mi caso.

“Recuerdas, seguramente, lo que te referí acerca de la tarde aquella en casa


de mi actual esposa y de su difunta madre, así como también recordarás las
consecuencias del incidente”.

A la señal afirmativa que le hice con la cabeza, continuó así su narración:

“A partir del día que encontré a Isabel en la calle y que me insultó y me


golpeó de aquel modo miserable sin que yo pudiese defenderme ni castigarla,
comencé a sentirme muy deprimido. En los primeros momentos juré vengar tal
ofensa y lo atribuía a este vibrar interior tan negativo y destructor, la decadencia
de mi fuerza y el aplanamiento de mi voluntad. Pero después este apocamiento de
mi sér fué tomando otro derrotero convirtiéndose en una especie de anhelo, un
ansia indecisa, una necesidad. Llegué a creer que estaba neurasténico; pero pronto
habría de convencerme de que no era ése mi mal sino otro mayor e irremediable.
Comencé a tener sueños imprecisos en los cuales sentía, adivinaba o sabía la
presencia de una persona.

“Despertaba lleno de una vaga infelicidad por un anhelo que no podía


definir ni precisar; pero a la vez lleno de una necesidad, de la necesidad de ver a
alguien y de estar a su lado.

“Me entregaba al sueño con la esperanza, la curiosidad, la necesidad de


saber. Soñaba yo, como te digo, con una especie de presencia o proximidad, gozaba
de ella y la temía a la vez.

“Una mañana, al despertar, en el sueño transparente que precede a la plena


consciencia, tuve la noción clara de cuál era esa presencia.

“Desde este despertar estuve como sonámbulo, alejado del centro de mi sér.
Trabajaba y ejecutaba los actos inherentes a la vida de un modo maquinal, bajo la
influencia de una idea fija. Cavilaba sobre esto sin cesar y mis cavilaciones me
condujeron, por fin, a una horrorosa certidumbre: yo estaba enamorado de Isabel;
pero con un amor extraño que nació en lo abstracto y que se formó dentro de mí
sin manifestarse hacia afuera hasta culminar y resumir la vaga infelicidad, la
esperanza, la necesidad, el extraño anhelo. Luego que llegó a precisarse cayó bajo
el dominio de mi razón y comencé a discutirlo (que es precisamente comenzar a
bajar una pendiente). Esto es absurdo, me dije, es repugnante, inclusive. Yo no
puedo admitir, ni por un momento, la posibilidad de enamorarme de una mujer
envilecida hasta el punto que lo está Isabel. No concibo a un hombre
medianamente educado que se enamore de ese guiñapo de mujer si se atiende a su
insignificancia en la que nada se pone de relieve y su asqueroso vicio que creo
imposible pueda haber dejado.

“Pasé el tiempo, como comprenderás, entregado a estos negros


pensamientos. Lo que más me inquietaba era saber por qué habían ocurrido las
cosas de tan extraña manera; pues un amor común se nutre de estímulos
exteriores, de la presencia de una persona; de su belleza, de su conversación, de su
inteligencia y su cultura, si las tiene.

“Se cae en el enamoramiento en fuerza de ver, de oír, de conocer a alguien,


con nuestros sentidos, con nuestra comprensión o con nuestra interpenetración de
irradiaciones. Pero yo con esta mujer no tenía contacto alguno. No había vuelto a
verla desde la tarde en que me escarneció golpeándome e insultándome. No tenía
para ella sino pensamientos de odio y, sin embargo…

“Muchos días transcurrieron así y cada noche se agregaba una pequeña


dosis más, digamos, de necesidad de verla, de estar a su lado, de oír el metal de su
voz.

“Pasados tres o cuatro meses la tortura llegó a ser intolerable. Yo me sentía


atraído, solicitado, arrastrado imperiosamente hacia aquella mujer indescifrable.
Me sentía juguete de fuerzas desconocidas que me impulsaban, me llevaban a un
fin. Me sentía loco, trabajaba con terrible esfuerzo en el manejo de mis intereses.
No comía, adelgazaba a ojos vistas y tenía necesidad urgente de acabar con este
horrible estado de cosas.

“Por fin un día me decidí y fui hacia Isabel. Me llegué a su casa, llamé y ella
misma salió a abrir.

“No era la Isabel que yo había conocido: era otra. Se había embellecido un
tanto; pero no era esto lo que la hacía aparecer tan distinta de antes. Una sonrisa de
triunfo que no pudo ocultar y un resplandor de alegría siniestra en los ojos, que
veían ahora de frente, me sorprendieron y me inquietaron por igual.

—“¡Qué sorpresa tan grata! —me dijo con cierto acento irónico, más que
jubiloso, cuando me vió de pie ante su puerta.

—“Isabel —murmuré expresándome como si otro que no fuese yo dictara


mis palabras— vengo aquí porque no puedo vivir sin usted. Necesito de su
presencia, la amo y quiero hacerla mi esposa.

—“Yo también amo a usted hace mucho, —respondió sosegadamente—. Al


fin ha venido a mí y espero que sea para siempre.

“Entré en su casa y esa misma tarde concertamos nuestro matrimonio.

“Se efectuó la ceremonia con la mayor reserva y sin ostentación alguna


pretextando ella el luto que aún llevaba por su madre.

“Nos trasladamos, en oscuro viaje de bodas, a un punto cercano a la capital


y fuimos, terriblemente cansados, no me explico por qué, a dormir cada uno a su
cuarto, tan pronto casi como llegamos y después de tomar algún bocado.

“Desde ese día, noche a noche, me acometía invencible sueño después de


cenar y me veía absolutamente precisado a irme a la cama sin fuerzas para saber
nada en torno mío.

“Así pasaron tres o cuatro semanas y volvimos de nuestro viaje de luna de


miel mi esposa y yo. No había puesto una sola vez mis labios sobre los suyos.

“Ya instalados en nuestra casa, seguí comportándome de igual manera, con


aquel sueño avasallador que me acometía cada noche. De día, un sentimiento,
asimismo invencible, rara mezcla de miedo y vergüenza, me incapacitaba para
manifestarle mi amor.

“Isabel, no obstante lo incalificable de mi conducta, jamás hizo la menor


alusión a ella ni se manifestó ofendida. Llegué a pensar si no estaría, más bien,
contenta de verse libre de mí para entregarse, quizá, a su vicio; pero su aspecto de
salud, la firmeza de su personalidad, todo su cambio favorable, me hacían creer
que se había curado totalmente.

“Un día me vi precisado a permanecer fuera, desde por la mañana, hasta


muy avanzada la tarde, por el arreglo de un asunto difícil. Habiendo tenido
necesidad de un documento importante volví inopinadamente y me metí de
rondón como suele hacer quien entra en su propia casa. Tenía que atravesar una
pequeña sala para entrar en mi escritorio y me encontré con un cuadro muy
extraño. Isabel estaba sentada en un sillón rígida e inmóvil, con los ojos fijos en un
punto distante, cambiado el rostro, como si no fuera ella.

“La irrupción que hice en la estancia la sorprendió extraordinariamente


sacudiéndola, como si despertase de un profundo sueño. Se llenó de confusión
tratando de justificar su actitud y salió de la habitación.

“Con motivo de este incidente inexplicable volví a mis cavilaciones y me


hice cargo de mi situación: llevaba una vida miserable y no me sentía, en absoluto,
dueño de mí; pero acababa de conocer el por qué. Isabel era dueña de poderes
secretos que usaba para ejercer sobre mí su negro imperio; eso era lo que había
hecho de mí su esclavo. Comprendí con espanto que estaba perdido y me di cuenta
de que ese miedo, esa vergüenza absurda, el sueño absurdo que me anonadaba por
la noche, era obra de su voluntad para impedirme acercarme a ella. ¡Era su
venganza! Desde ese día yo…”

Enmudeció de pronto y su mirada tomó expresión de terror. Tendió el oído


escuchando con ansia algo que yo no percibía y me dijo, casi sin voz:

—Ya viene a buscarme…

Quedamos quietos y silenciosos. De repente escuchamos, esta vez los dos,


un crujido particular en la cerrada puerta.

Se levantó él como loco y se echó sobre la puerta como para impedir que se
abriese. (No recordaba o no supo que yo había cerrado con llave). Pero, en el
mismo momento, cayó pesadamente hacia atrás, quedando inmóvil en el suelo. Me
precipité sobre él para investigar lo que le ocurría, para prestarle auxilio. En nada
pude ayudarle ya. Tuve que convencerme de la siniestra realidad: estaba muerto.
LA PUERTA
Una noche, en mi lejana adolescencia, soñé una calle apartada en medio de
la cual y frente a un callejón que la cortaba perpendicular, se alzaba una ancha
puerta viejísima, con un postigo en una de sus hojas. Un aldabón herrumbroso
pendía del centro y un poyo de mampostería a cada lado parecían invitar a
descansar. Por la parte alta en un saledizo de tejas ennegrecidas, una enredadera
desmirriada se enmarañaba y cubría casi el dintel. Abajo un delgado hilo de agua
que salía del interior corría un corto trecho y era absorbida por la tierra suelta que
constituía el piso de la calle.

La puerta de mi sueño era el único motivo de interrupción en la monotonía


del muro que tomaba a lo largo de toda la calle y daba vuelta a uno y otro lado
como si la casa o lo que guardase aquella puerta, ocupara toda la manzana. Todo
esto soñado con tal claridad que me impresionó profundamente. Referí al día
siguiente este sueño a mi madre comentando la extraordinaria nitidez de los
detalles. Días después ni ella ni yo dimos importancia al asunto.

Pasaron algunos años; aún vivía mi madre. No recuerdo por qué azar
hubimos de recorrer, ella y yo, ciertas calles de un barrio apartado del centro de la
ciudad y al volver una esquina cualquiera, sentí un sobresalto y de súbito reconocí
el lugar que había yo soñado años atrás. Unos pasos más y pude corroborar que en
efecto ése era el sitio. Frente al callejón sin importancia que partía la calle por un
lado, se alzaba la puerta de mi sueño con su postigo en la hoja de la derecha, su
aldabón herrumbroso, el poyo de mampostería a cada uno de sus lados y aquella
enredadera sórdida que cubría casi el dintel. Todo idéntico: tal como lo había
soñado. No le faltaba ni el hilillo de agua que salía por debajo y se perdía en la
tierra suelta que formaba el piso de la calle. Quedé asombrado. Mi madre misma a
pesar de no haber sido ella quien la soñara, la reconoció y me dijo igualmente
asombrada:

—¡Mira, la puerta de tu sueño!

Era ella sin duda ninguna. ¡Qué extraña cosa! —pensé—, acaso en sueños
recorremos ciertos sitios y de algunos guardamos vivo recuerdo.

A pesar de que esto nos impresionó, también fué olvidado y la vida siguió
desenvolviéndose como siempre al ritmo pausado de aquellos tiempos.

Años después, muchísimos, cuando me habían dejado ya mi madre y mi


juventud, un trabajo inesperado llegó a mi vida y para encaminarme de mi casa a
él, me vi precisado a pasar todos los días a mañana y tarde, por aquella calle y
frente a aquella puerta.

¡Qué raro! —pensaba—, ¿quién había de decirme que este sitio sería tan
frecuentado por mí andando los años? Y recorría mentalmente la sucesión de los
hechos; el sueño; el encuentro de la calle del sueño y el tener que verla todos los
días mucho tiempo después.

Llegué a la conclusión, naturalmente, de que aquel sueño mío había sido


una anticipación en el tiempo, viéndome yo ante aquella puerta junto a la cual
había de pasar tantas veces. Pero esto ocurría a multitud de personas y el hecho, en
sí, no fué ya objeto de mi preferente atención.

Pronto el pasar a mañana y tarde, frente a aquella puerta se me hizo


familiar, pero no por ello dejaba de considerarla con atención los segundos que
duraba mi paso frente a ella. Nunca vi que se abriera para dar salida o entrada a
persona alguna. Jamás vi a nadie que se detuviese frente a ella ni que la mirase tan
atentamente como yo. Bien es cierto que la calle en cuestión siempre estaba
solitaria y sólo una que otra persona transitaba por ahí muy raras veces;
diariamente yo, por el asunto de aquel trabajo.

Por supuesto que ya me había preguntado —en vista de que nunca se abría
— si sería propiamente una casa, ya que no se veía a lo largo de los muros ventana
o balcón por donde entrase luz al interior o por donde alguien pudiese ver para la
calle. ¿Sería únicamente un solar sin construcción alguna? Sería… Y bordaba temas
alrededor de la casa misteriosa de la cual jamás había visto salir a nadie. Imaginaba
escenas de gente enlutada que rezaba oraciones por algún difunto al pardear la
tarde o al toque de ánimas. Entreveía algún caballero retirado del mundo y
entregado al estudio de viejos pergaminos o al de incomprensibles mamotretos.
Acaso viviesen en el interior monjes exclaustrados que ahí se hubiesen refugiado
para hacer su vida de oración y de penitencia. Acaso… Pero no —me decía a mí
mismo muy en el fondo— estas historias no me satisfacen; quiero conocer la
verdad; quiero investigar lo que hay dentro; pero ¿cómo? Alguna vez —lo confieso
con rubor— había aventurado un ojo por el agujero de la cerradura y nada, en
absoluto, había podido ver. ¿Qué sería? ¿Qué había dentro? ¿Quién estaría tras
aquella puerta ruinosa, cerrada siempre, sobre cuyo dintel se alzaba un saledizo de
viejísimas tejas ennegrecidas por el tiempo y medio cubiertas por la mezquina
enredadera?

Naturalmente, no todo el tiempo me ocupaban estas reflexiones, ni me


asaltaba la inquietud de conocer el misterio de la silenciosa casa. Cada vez que
pasaba frente a su impenetrable puerta, pensaba todo lo que he apuntado y ello me
inquietaba durante el trayecto para mi casa si volvía del trabajo o al contrario. Sí,
he de confesar que esta inquietud y esta curiosidad eran cada vez más punzantes y
me penetraban con mayor ahinco. Cada día deseaba más conocer esa casa por
dentro y forjaba multitud de planes para lograrlo, incluso el saltar la barda que se
alzaba a uno y otro lado de la puerta enigmática; pero convenía conmigo mismo,
por supuesto, que esta manera de entrar era digna de ser imaginada por niños; a
nadie que fuese razonable se le habría ocurrido poner en práctica tal medio para
llegar al interior.

Ideaba también preguntar a alguien por los moradores de aquella casa de mi


curiosidad; pero no tenía a quien dirigirme.

La casa —si es que era casa— a la cual diera acceso la puerta con sus bardas
a los lados y su penacho de enredadera, era única en aquella acera. Enfrente se
abría el callejoncillo sin importancia, de piso de tierra suelta, del cual se levantaba
una densa nube de polvo cada vez que pasaban carros llevando materiales de
construcción, u otras cosas, tirados por fuertes y pesadas mulas. De uno y otro lado
de la entrada al callejón, se alzaban altos muros enjalbegados sin deseo de otra cosa
que impermeabilizar las paredes de adobe. Tampoco se descubrían ventana o
puerta a lo largo de estos mismos muros.

No había, pues, vecino alguno; a nadie, en consecuencia, podía preguntar a


este respecto.

Una tarde, sin embargo, me favoreció la casualidad. Vi que iban delante de


mí dos viejecillas encorvadas apoyándose en sendos bastones. Al descubrirlas
aligeré mi paso y me puse a caminar junto a ellas.

—Buenas tardes, señoras —dije con voz circunspecta quitándome el


sombrero.

—Buenas tardes, señor —dijeron ellas contestando a mi saludo.

—Perdón —continué diciendo— tal vez soy indiscreto; pero ando buscando
a una persona que me citó y su dirección es esta calle pero el número no coincide
con el de esta casa que es la única que hay aquí. ¿Podrían ustedes informarme si la
persona que busco vive precisamente en ella? Su nombre es…

No me dejaron acabar. Una de las viejecillas, la que aparentaba más


fatigosos inviernos, me dijo con vivacidad:
—Nosotras, mi hija y yo, hemos vivido toda nuestra vida en este rumbo y
diariamente, por un motivo o por otro, nos hemos visto obligadas a pasar frente a
esta puerta y jamás, a ninguna hora del día o de la noche, hemos visto salir o entrar
alma viviente; ni siquiera hemos visto abrirse la puerta. Nadie sabe nada acerca de
esto ni nadie se ha preguntado nunca a quién puede pertenecer esta casa ni quién
vive en ella, hasta hoy que usted nos lo hace reflexionar con su pregunta.

Di las gracias cortésmente y me alejé después de haber saludado, dejando


atrás a las encorvadas viejecillas que dieron vuelta por el callejón.

Una noche volví retrasado de mi trabajo, serían ya las ocho y aunque me


había propuesto dominar el interés y la curiosidad, siempre crecientes, que me
producía la casa, al pasar frente a su puerta, nueva punzada de inquietud volvió a
traspasarme y a desazonarme.

Entonces tuve una idea: ¿si llamase yo —me dije— preguntando aquello
mismo que había dicho a las viejecillas? La persona que saliese a abrir no se
sorprendería por ello ni me increparía por mi indiscreción.

Me acerqué tembloroso por una sensación de miedo —aunque yo atribuí al


frío de la noche el temblor que me delataba ante mí mismo— y levanté el aldabón
dando con él dos golpes que resonaron lúgubremente a lo largo de la solitaria calle
y en el interior de la casa.

Perdidas las vibraciones de los aldabonazos, todo volvió a quedar en


silencio y ni paso ni voz en el interior, me revelaron haber sido escuchado. Pero —
me dije a mí mismo— había intentado ya la aventura ¿por qué no insistir para salir
de una vez por todas de aquella curiosidad que iba ya siendo obsesión para mí?

Volví a levantar el pesado llamador y, ya con franco miedo, lo volví a dejar


caer dos veces. Nuevo repercutir, nuevo silencio y nueva espera. Decidí entonces
irme, escapar verdaderamente, arrepentido de haber llamado a aquella puerta
tentando así al misterio. Daba ya un paso atrás, cuando en la puerta se abrió el
postigo y me sentí empujado de modo irresistible a pasar al interior de aquél que
me pareció zaguán, sumido en la oscuridad. Tras de mí se cerró suavemente la
puerta y estuve en un momento dentro del silencio y la soledad: nadie había
venido a abrir. Me volví en redondo buscando la puerta. Debía irme. Yo solo me
había metido neciamente en la boca del lobo.

Mis manos febriles palparon en la oscuridad buscando el cerrojo, el


mecanismo para volver a abrir aquella puerta fatídica; pero ni cerrojo ni madera de
puerta, ni muro, ni nada análogo pudieron tocar mis manos aventuradas sin
defensa en la tiniebla. Seguí hacia adelante dando pasos cautelosos y extendiendo
las manos loco de espanto, pensando en que no me había movido tanto para
perder de tal modo esa puerta; no había hecho más que girar en redondo para
buscar la salida; pero por más que buscaba, no hallaba ni rastro de aquella puerta a
través de la cual acababa yo de pasar.

Avancé tanteando a uno y otro lado con los brazos extendidos y detallando
el terreno con los pies y aun con las manos cuando sentía el menor tropiezo; así
caminé azotado por el espanto. Un sudor helado, mojaba mi frente y las ideas se
barajaban de modo atroz en mi cerebro.

No podía ver, no podía conjeturar dentro de aquel terrible silencio y de


aquella pesada oscuridad. Ni luz de estrellas ni rumor de viento y yo perdido en el
seno de tal horror.

De pronto tropecé con un desnivel del piso; palpé ansioso y sentí bajo mis
manos una especie de escalón de poca altura, aunque inmediatamente después
comprendí que no era tal escalón porque mis manos, recorriéndolo a lo largo y a lo
ancho me dieron la noción de una extensión plana y ancha que se unía a un muro,
más alto que lo que mi mano febril podía alcanzar a palpar. Pero en esos
momentos apuntó ante mis ojos, habituados a la tiniebla, un indeciso fulgor que
me permitió comenzar a distinguir en torno mío lo que me rodeaba. Vi delante de
mí un alto muro en verdad; pero no aislado formando una barda como en un
principio me imaginé; sino unido a otros muchísimos que se alzaban ante mí a una
gran altura formando cuerpos de extraños edificios (construcciones insólitas que
no se parecían a nada de lo que tenía por costumbre contemplar). Había uno
delante de mí, imponente y severo, pero había otros más allá y otros y otros
alineados formando calles amplias y rectas, limpias, sin huella de haber sido
usadas para transitar.

Todo se veía nuevo, acabado de construir como si dijéramos. Todo aparecía


limpio, rígido, terso y gris como si no hubiese sido tocado nunca, como si no
hubiera llegado a usarse.

Pero todo también desierto, cerrado, silencioso, deshabitado y frío. Podía


uno creerse en la ciudad de los muertos.

Me volví sobre mí mismo para considerar la puerta por la cual acababa de


pasar, pero no había puerta ninguna ni lugar parecido por el que yo hubiera
podido tener acceso a la extraña ciudad. Todo estaba atrás como delante de mí;
altas construcciones; calles alineadas limpias, nuevas, desiertas, terribles. Traté de
serenarme en el caos de ideas que el terror había despertado en mi cerebro. Quise
reunir mis fuerzas para tener la decisión de llamar en la primera puerta que hallase
al paso; pero no tuve valor. Mis pasos vacilantes me llevaron hacia el dédalo
inextricable de calles que veía ante mí esperando saber o ver a alguien —a quien de
antemano temía— para que me dijera, si podía, en qué mundo me hallaba.

Caminé como ebrio o como loco al azar, sin apoyarme en aquellos muros
que me causaban terror invencible, alzando la cabeza para descubrir rostro
humano asomado a las ventanas o puerta alguna abierta y hospitalaria que me
brindase abrigo y protección.

Nada vi y seguí caminando dentro de aquella semiluz inquietante que


iluminaba ya todo como lo haría el resplandor de las estrellas o la pálida claridad
de la luna en creciente. Calles recias, calles nuevas, desiertas y silenciosas: no había
nada más delante de mí.

¿En qué lugar me hallaba? ¿Por cuál embrujo terrible no había nadie ahí?
¿Era de este mundo o del otro aquella siniestra ciudad? ¿Habría yo muerto y
andaría vagando por lo que en el mundo llamamos el más allá? Ni siquiera me
atrevía a formular suposiciones como respuesta a mis preguntas. No tenía otra
cosa que hacer que caminar en un sentido, de frente a mis ojos, para tratar de salir
a algún sitio conocido, mundano, humanizado.

Caminé y caminé todo lo de prisa que me permitía mi inseguro paso y


advertí que empezaba a rendirme el cansancio. Llegó un momento en que mis pies
se negaban a sostenerme. Tuve terror de caer ahí mismo y entregarme sin defensa
a no sé qué horribles peligros inimaginados. No quería detenerme; creía que si tal
hiciese quedaría petrificado para estar en armonía con la rigidez y la inmovilidad
ambientes.

Redoblé mi ímpetu, aguijoneado por el miedo y caminé más tiempo aún por
aquellas calles interminables, pasando frente a aquellas heladas mansiones
deshabitadas, recién construidas, que se alineaban formando calles rectas, limpias,
nuevas, absolutamente nuevas.

Una ciudad fantástica —pensé— acabada de construir de una pieza; pero


¿por quién? ¿Para qué? ¿En qué lugar del mundo? Preguntas ansiosas que no
tenían respuesta.

Cuando, por fin, creí que no podría caminar más, que caería aniquilado por
un cansancio mortal y que me entregaría, sin amparo posible, a quién sabe qué
funestas potencias, divisé, en el fondo de una calle una barda de poca altura que
limitaba aquella parte de la ciudad. Esta ciudad —me dije ansioso y esperanzado—
tiene fin, a lo menos por este lado.

Me propuse firmemente dominar mi gran cansancio, sobreponerme a él para


alcanzar y saltar aquella barda; lo deseé con desesperación. Enfoqué hacia este fin
todas las fuerzas que me quedaban de cuerpo y de ánimo y apresuré mi marcha
hacia la inesperada posible salvación. Era toda mi esperanza.

Pronto estuve frente a la barda y calculé que no me sería difícil saltarla.


¡Cosa extraña, detalle insólito en todo aquello que yo había visto con ojos
devoradores! Una enredadera festonaba los bordes de la barda y caía como aquélla
que cubría el saledizo de la puerta odiosa que me había conducido a tan terrible
aventura; y caía desflecada, pretendiendo afectar abandono; pero ¡cosa atroz! esta
trepadora era gris también, como los muros, como las casas deshabitadas, limpias,
nuevas, de aquella horrenda ciudad; ella —estática y petrificada— estaba también
recién construida.

Me causó profundo horror el solo pensamiento de saltar sobre ella


poniéndole encima las manos; pero todo —aun esto mismo— era preferible a la
tortura de esta ciudad sin precedente, nueva y muerta.

Estaba seguro de que, tras aquella barda, iba a encontrar ciudad viva,
humana; sucia, vieja y todo; fea incluso; pero palpitante y hospitalaria.

Me sentí penetrado de ardor febril, me acerqué más aún a aquella barda,


olvidándome de que iba a poner las manos sobre la rígida enredadera; armé un
gran salto y en un segundo estuve del otro lado; pero, al caer, me golpeé
violentamente contra un obstáculo inesperado con el cual no contaba.

Experimenté tan vivo dolor en una pierna que creí habérmela roto. Caí para
atrás y antes de haber tenido tiempo para levantarme, vi que lo que me había
golpeado era un poyo de manipostería idéntico a otro, colocados ambos a cada
lado de una ancha puerta viejísima rematada en lo alto por un penacho de
polvorienta y mezquina enredadera.

A lo lejos oí el clarín de los gallos. Amanecía.


FIN

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