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La Eutanasia

1. El documento analiza el significado de la vida y la muerte desde perspectivas filosófica y científica, y discute los criterios para determinar la muerte. 2. Examina el concepto de dignidad y cómo se utiliza tanto para defender como negar la eutanasia. 3. Define términos clave relacionados con la eutanasia como voluntaria, involuntaria, activa y pasiva, y distingue la limitación del esfuerzo terapéutico de la eutanasia pasiva.
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La Eutanasia

1. El documento analiza el significado de la vida y la muerte desde perspectivas filosófica y científica, y discute los criterios para determinar la muerte. 2. Examina el concepto de dignidad y cómo se utiliza tanto para defender como negar la eutanasia. 3. Define términos clave relacionados con la eutanasia como voluntaria, involuntaria, activa y pasiva, y distingue la limitación del esfuerzo terapéutico de la eutanasia pasiva.
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La eutanasia: perspectiva ética, jurídica y médica

La palabra eutanasia procede del griego eu= bueno y thanatos= muerte. La utilización de este


término, “buena muerte”, ha evolucionado y actualmente hace referencia al acto de acabar con
la vida de una persona enferma, a petición suya o de un tercero, con el fin de minimizar el
sufrimiento.

Algunos sectores que tratan de imponer en la sociedad contemporánea una determinada idea
del “progreso”, asociada únicamente al aumento del confort en el ámbito material o a una
sofisticación tecnológica, la empujan, casi inconscientemente, a aceptar como “buenas” las
actuaciones encaminadas a terminar con la vida de individuos cuyas condiciones vitales no
sean consideradas suficientemente aceptables. Al igual que ocurrió con el aborto, actualmente
se pretende despenalizar la eutanasia justificándolo como forma de evitar sufrimiento físico o
moral a determinadas personas. Es fundamental afrontar esta amenaza, mostrando las
consecuencias negativas y destructivas que la eutanasia y el suicidio asistido tienen para la
sociedad, así como potenciando el papel de los cuidados paliativos como prestación sanitaria,
ya que los ciudadanos deben tener claro que eutanasia y cuidados paliativos son realidades
opuestas.

El objetivo de este documento es reflexionar sobre la eutanasia y sus implicaciones éticas y


jurídicas, desde la perspectiva de la filosofía moral cristiana que se fundamenta en la dignidad
de toda persona. Tras algunas reflexiones sobre la vida, la muerte y el concepto de dignidad,
abordamos los criterios comúnmente utilizados para el diagnóstico de muerte, los problemas
éticos que plantea el adelantamiento de la muerte por compasión, y el enfoque de este
problema desde la perspectiva del Derecho.

Concluiremos con algunas reflexiones sobre los cuidados paliativos, es decir las atenciones al
final de la vida que, en nuestra opinión, representan la única opción moralmente aceptable ante
el final natural de los seres humanos.

Este documento ha sido elaborado por profesores universitarios de Madrid, especialistas en


diversas cuestiones relacionadas con la eutanasia y .comprometidos con la defensa de la
dignidad humana hasta el final natural de la vida. Confiamos en que su lectura contribuya a
clarificar algunas ideas y conceptos, muy utilizados en las argumentaciones a favor y en contra
de la práctica de la eutanasia, y que anime a los lectores a adoptar una postura firme y libre de
complejos a favor de la vida y en contra de la eutanasia.

 Significado de la vida y de la muerte: perspectiva filosófica y criterios científicos para


determinarla

¿Es la eutanasia una “muerte digna”? Resulta paradójico que el término dignidad se utilice
tanto para defender la legitimidad de la eutanasia como para negarla, por lo que es importante
clarificar qué entendemos por dignidad.
Algunos reducen esta dignidad al disfrute de una calidad de vida, conciencia, o capacidad de
autodeterminación. Por el contrario, otros entendemos la dignidad como el valor intrínseco que
posee todo ser humano, independientemente de sus circunstancias, edad, condición social,
estado físico o psíquico. La condición digna de la vida humana es invariable desde que se
comienza a existir hasta la muerte, e independiente de condiciones cambiantes a lo largo de la
existencia. Kant distinguió entre dignidad ontológica, como valor intrínseco, inviolable,
incondicional, que no varía con el tiempo y no depende de circunstancias exteriores o de
consideraciones subjetivas, y dignidad moral, como aquella que el hombre tiene en mayor o
menor grado según las acciones que realice, si estas son acordes o no a la dignidad ontológica
del ser humano. En última instancia, afirmamos que la raíz y el fundamento último de la
dignidad del ser humano es el haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, somos “imago
Dei”. Pero, también estamos convencidos de que nuestra propuesta sobre el valor de la vida
humana es ampliamente compartida por muchas personas que defienden y proclaman los
derechos de todos los seres humanos.

Para tomar en consideración la eutanasia es preciso explicar lo que entendemos por vida y
muerte del hombre, desde las distintas facetas en las que cabe situar el análisis. Cabe
preguntarse qué es la muerte y el morir para el hombre (plano filosófico) o analizar qué criterios
clínicos son necesarios para el diagnóstico de muerte (plano científico-médico). Igualmente, es
preciso valorar si es lícito adelantar por compasión la muerte de alguien (plano ético), al tiempo
que establecer las consecuencias que esa reflexión debe tener en el Derecho positivo (plano
jurídico).

A diferencia de los seres inertes, los que están dotados de vida, en estado normal, tienen
capacidad de auto-moverse y poseen una unidad orgánica intrínseca. Es decir,
fundamentalmente hay vida cuando hay movimiento intrínseco y unidad somática en un
organismo. Por movimiento no necesariamente entendemos movimiento físico, de un lugar a
otro, sino cambio del ser algo en potencia al ser algo en acto, movimiento intrínseco. Tras esta
breve definición, correlativamente entendemos por muerte la pérdida total e irreversible de la
capacidad de movimiento y unidad intrínsecos de un organismo. Estas definiciones de vida y
muerte son aplicables a cualquier ser vivo (vegetal, animal o humano). En el caso del ser
humano, hay autores cuya posición ha tenido mucho peso en la historia de la filosofía y en la
bioética, que consideran que hay vida específicamente humana sólo si hay conciencia o
capacidad de deliberación. Se trata de una corriente de pensamiento funcionalista que plantea
el que quien haya perdido la capacidad de demostrar sus funciones (moverse, pensar, decidir),
independientemente de que siga teniendo unidad intrínseca somática, no es ya persona o
carece de dignidad.

Esta consideración del hombre, basada en la conciencia y con menoscabo de otras


dimensiones de lo humano, está enraizada en algunas corrientes del pensamiento moderno.

Llamamos muerte a la pérdida total e irreversible de la unidad somática integral de un ser vivo.
En el caso del ser humano esta pérdida se puede establecer de tres maneras: por ruptura
anatómica, por parada cardiorrespiratoria sin posterior reanimación y por muerte encefálica.
Por muerte encefálica entendemos la pérdida total e irreversible de toda la actividad
troncoencefálica y cortical, diagnosticada por los medios más certeros y según los criterios
correspondientes establecidos por la ley. Mientras la Ciencia no diga lo contrario, en cualquier
caso distinto estamos ante un ser vivo de la especie homo sapiens, aunque éste no tenga
capacidad para hablar, comunicar, pensar o decidir. Respetar su vida, evitarle daños (primum
non nocere), consiste en ayudarle, asistirle y cuidarle con la misma atención y respeto de los
que siempre fue merecedor, para que tenga una vida máximamente digna hasta el último de
sus días.
.

2. La eutanasia: precisiones terminológicas

En numerosas cuestiones bioéticas asistimos a un cambio de mentalidad acelerado, inducido


con frecuencia por engaños y verdades parciales difundidas mediante la manipulación del
lenguaje. Con estas confusiones se pretende polarizar a la opinión pública hacia los intereses
de la cultura de la muerte (esto es: la defensa del aborto, la eutanasia, la instrumentalización de
la vida embrionaria, etc.). Se trata de actitudes que encierran un profundo desprecio hacia la
vida humana, ya que aceptan su sometimiento al servicio de los intereses de terceros (como
ocurre con la manipulación de embriones) o incluso la aniquilación de algunos individuos (como
sucede con el aborto o la eutanasia).

En el tema que nos ocupa, la manipulación del lenguaje propicia la confusión moral de
sanitarios y ciudadanos en general, por la ausencia de criterios que permitan discriminar con
claridad conductas, actuaciones y valoraciones jurídicas, lo que es especialmente notorio en
situaciones límite que suelen tener una notable difusión mediática. Se puede llegar, por
ejemplo, a no distinguir la conducta eutanásica, del suicidio asistido, incluso del acto, legítimo,
de limitación del esfuerzo terapéutico, etc.

Con el fin de evitar una mayor distorsión y manipulación de los términos más usados en torno
al tema de la eutanasia, consideramos oportuno aclarar la significación conceptual de los
términos y expresiones siguientes: – Eutanasia: la acción u omisión, por parte del médico u otra
persona, con la intención de provocar la muerte del paciente terminal o altamente dependiente,
por compasión y para eliminarle todo dolor.
– Eutanasia voluntaria: la que se lleva a cabo con consentimiento del paciente.
– Eutanasia involuntaria (también llamada cacotanasia o coactiva): la practicada contra la
voluntad del paciente, que manifiesta su deseo de no morir.
– Eutanasia no voluntaria: la que se practica no constando el consentimiento del paciente,
que no puede manifestar ningún deseo, como sucede en casos de niños y pacientes que no
han expresado directamente su consentimiento informado.
– Eutanasia activa: la que mediante una acción positiva provoca la muerte del paciente.
– Eutanasia pasiva: el dejar morir intencionadamente al paciente por omisión de cuidados o
tratamientos que están indicados y son proporcionados.
La expresión eutanasia pasiva, se utiliza en ocasiones indebidamente, para referirse a una
práctica médica correcta, de omisión de tratamientos desproporcionados o fútiles respecto al
resultado que se va a obtener. En este caso no estaríamos ante una eutanasia pasiva sino ante
la correcta limitación del esfuerzo terapéutico o limitación de terapias fútiles, que es conforme
con la bioética y la deontología médica, y respeta el derecho del paciente a la autonomía para
decidir y a la renuncia al tratamiento.
– Encarnizamiento terapéutico (también llamado distanasia u obstinación o ensañamiento
terapéutico): la práctica, contraria a la deontología médica, de aplicar tratamientos inútiles o, si
son útiles, desproporcionadamente molestos para el resultado que se espera de ellos.
– Ortotanasia: el permitir que la muerte natural llegue en enfermedades incurables y
terminales, tratándolas con los máximos tratamientos paliativos para evitar sufrimientos,
recurriendo a medidas razonables.
Frente a la eutanasia, que busca su legitimación moral y legal desde la reivindicación
autonomista y la desacralización de la vida humana y contra el llamado encarnizamiento
terapéutico, también inaceptable éticamente, la ortotanasia (del griego orthos, recto, justo, que
observa el derecho conforme a la razón) se plantea como una posición jurídica y moral
aceptable. La ortotanasia consiste en no adelantar la muerte con una acción médica
intencional; acompañar al enfermo terminal, considerando su vida, aunque dependiente y
sufriente, siempre digna; aliviar con todos los medios disponibles el dolor en lo posible y
favorecer su bienestar; ofrecerle asistencia psicológica y espiritual para satisfacer su derecho
de aceptar su proceso de muerte; no abandonar nunca al paciente, pero saber dejarle morir,
cuando no podemos curarle.
 Enfermo terminal: el que padece una enfermedad de la que no cabe esperar que se
recupere, previsiblemente mortal a corto plazo que puede ser desde algunas semanas a varios
meses, a lo sumo.
– Cuidados paliativos: la atención a los aspectos físicos, psíquicos, sociales y espirituales de
las personas en situación terminal, siendo los objetivos principales el bienestar y la promoción
de la dignidad y autonomía de los enfermos y de su familia. Estos cuidados requieren
normalmente el concurso de equipos multidisciplinares, que pueden incluir profesionales
sanitarios (médicos, enfermeras, asistentes sociales, terapeutas ocupacionales, auxiliares de
enfermería, psicólogos), expertos en ética, asesores espirituales, abogados y voluntarios.
– Sedación terminal: la administración deliberada de fármacos para lograr el alivio,
inalcanzable con otras medidas, de un sufrimiento físico y/o psicológico, mediante la
disminución suficientemente profunda y previsiblemente irreversible de la conciencia, en un
paciente cuya muerte se prevé muy próxima, con el consentimiento explícito, implícito o
delegado del mismo. Desde el punto de vista ético, no es relevante el que, como efecto
secundario no buscado de la administración de la sedación se adelante la muerte de la
persona, siempre y cuando esto no sea lo que se pretenda directamente como fin de la acción.
– Suicidio: el acto de quitarse voluntariamente la propia vida.
– Suicidio asistido: el acto de ayudar a suicidarse en el caso en el que la persona no sea
capaz de hacerlo por sus propios medios.
– Testamento vital: la manifestación expresa de voluntad anticipada para el caso de que la
persona careciese de la facultad de decidir acerca de su tratamiento médico.

3. La moralidad de la eutanasia, como acto deliberado de acabamiento de la vida de una


persona, sea a petición propia o por decisión de un tercero

Hablamos del “valor de la vida humana” pero, como personas y como sujetos sociales, nos
importa cada vez más señalar en qué consiste y a qué nos obliga si queremos poner en
práctica esa valoración. El conocimiento actual de la vida humana, desde el punto de vista
biológico, alcanza un detalle y una profundidad que nos permite formular con más y mejor
precisión una idea esencial: que cada ser humano es único e irrepetible, valioso por el hecho
de serlo y de vivir. La Ciencia positiva nos muestra cómo es el inicio de la vida del hombre y
cuándo llega su final natural. También propicia mejores intervenciones para mantener y
prolongar la salud a lo largo de nuestro ciclo vital. Pero, el salto a ese ámbito de los valores
sigue siendo fruto de una actitud de compromiso. Como lo ha sido en tantas ocasiones que a lo
largo de la Historia nos llevaron a construir un sistema de valores basado en el ser humano
como fin, no como medio. Y sobre todo, cuando se asentó el mensaje de que la trascendencia
de la vida humana está precisamente en la aceptación de nuestra pertenencia a una misma
especie, con unos derechos que alcanzan a todos.
La promoción de la eutanasia, tan intensa en algunos ámbitos, se suele basar en la
consideración de situaciones-límite muy concretas. Hay que deslindar lo que puede ser el
análisis de casos específicos, de lo que debe ser un principio irrenunciable: nadie tiene derecho
a provocar la muerte de un semejante gravemente enfermo, ni por acción ni por omisión. Una
sociedad que acepta la terminación de la vida de algunas personas, en razón a la precariedad
de su salud y por la actuación de terceros, se inflige a sí misma la ofensa que supone
considerar indigna la vida de algunas personas enfermas o intensamente disminuidas. Al echar
por tierra algo tan humano como la lucha por la supervivencia, la voluntad de superar las
limitaciones, la posibilidad incluso de recuperar la salud gracias al avance de la Medicina, se
fuerza a aceptar una derrota que casi siempre encubre el deseo de librar a los vivos del
“problema” que representa atender al disminuido.

Desde la perspectiva de la autonomía personal, no es equiparable el derecho a vivir, que


alienta en todos casi siempre, con el supuesto derecho a terminar la propia vida. Sin embargo,
la eutanasia supone un acto social, una actividad que requiere la actuación de otros, dirigida
deliberadamente a dar fin a la vida de una persona. Los interrogantes que se abren con su
regulación, y sus alcances y límites, son abismales. Por muy estricta que sea la regulación,
será inevitable el temor a una aplicación no deseada.
Alabamos la pasión por la vida que lleva a tantas personas privadas de salud, incapaces de
valerse del todo por sí mismas, a luchar para seguir adelante.

Nos esforzamos por un avance de la Ciencia que propicie más y mejores tratamientos, muchos
podrían alcanzar a personas que a día de hoy están enfermas y sin posible curación. Seguimos
anhelando el ofrecer pronto resultados prácticos, resultantes del avance inmenso en el
conocimiento biológico. Todo ello se inserta en las mejores actitudes que el hombre puede
tener, las que nos diferencian como especie. Aunque tenemos la certeza de que llegará la
muerte de todos nosotros, estamos pertrechados para luchar por una vida, más larga y mejor,
que nos capacite para ejercer todo lo que nos hace humanos, hasta el final.
Habremos de seguir investigando; sin duda podremos establecer, cada vez mejor, desde cuál
es la situación de los enfermos terminales y sus expectativas de supervivencia, hasta el
perfeccionamiento de los criterios de muerte clínica.

Pero, una sociedad que acepta la eutanasia abre un camino en el que para muchos ya no hay
retorno posible. La inversión del valor del curar o aliviar –al enfermo terminal también, por
supuesto- como principio esencial de la Medicina, sustituyéndolo por el de provocar la muerte,
puede abrir vías cuyos límites son impredecibles. La Ciencia y la Práctica Médica tienen cada
vez más y mejores instrumentos para actuar y para discernir; reclamar que se empleen a favor
de la vida humana es un derecho de todos.
.

4. El derecho ante la eutanasia: derecho a la muerte digna, despenalización y suicidio asistido

Regulación actual
El artículo 143.4 del vigente Código Penal de 1995 tipifica la eutanasia como un tipo
privilegiado del auxilio ejecutivo al suicidio, sancionando la conducta típica con una pena
notablemente inferior a la del homicidio. Ya en el debate parlamentario de la norma referida, la
entonces minoría objetó que se privilegiara el tipo sobre el suicidio, en cuanto los elementos
descritos, incluida la seria e inequívoca aceptación de la víctima, ya que estos elementos son
los de un homicidio por causas humanitarias y no los de un suicidio. Esta regulación recibió
críticas en el momento de entrar en vigor por parte de sectores de la doctrina jurídica, que
entendían negativo el extender la aplicabilidad del mismo a hipótesis que se realicen fuera del
ámbito médicoasistencial.
Pese al constante debate y los casos que han aparecido en los medios, la jurisprudencia no ha
podido perfilar los elementos del nuevo delito ya que la fiscalía no ha llevado adelante
acusaciones por delito de eutanasia.

En este sentido, es necesario señalar dos elementos de la realidad jurídica muy relevantes en
lo que se refiere a la eutanasia en su actual tratamiento. Por un lado, la pena prevista supone
una protección menor del bien vida humana, lo que contradice la previsión constitucional del
artículo 15 de la CE de 1978. En efecto, aún cuando el fin de la pena no es sólo valorar el bien
protegido, es indudable que si la protección es nimia el resultado es injusto.
Por otra parte, no puede ignorarse que en el derecho comparado, en los escasos
ordenamientos jurídicos en los que se ha despenalizado el homicidio eutanásico, el camino
comenzó con la aplicación del principio de oportunidad por parte de la fiscalía, generando una
despenalización de facto, que luego llevó a la legalización, en los casos de Bélgica y Holanda,
con el argumento predeterminado de que la legalización era necesaria para garantizar la
seguridad jurídica.

Derecho a la muerte .
Desde los años sesenta, con la fundación de la asociación para la muerte digna en Estados
Unidos, la cuestión de la eutanasia cambió en cuanto a su consideración. Desde la clásica
defensa de la muerte humanitaria, de las personas que sufrían condiciones de vida
supuestamente indignas, se pasó a la exaltación de un supuesto derecho a que se mate a
quien lo solicite, si se encuentra en condiciones subjetivas y objetivas de indignidad. Se
defiende así un supuesto control sobre la propia vida mediante el homicidio eutanásico en
nombre de la autonomía, precisamente de las personas que se encuentran en condiciones
menos autónomas.
La jurisprudencia constitucional española ha insistido reiteradamente en que el derecho a la
vida, y el derecho a no sufrir tratos inhumanos o degradantes, no conllevan un derecho a ser
matado a petición propia. Tanto en el debate de la Comisión del Senado sobre la eutanasia,
como en las ocasiones en las que se han rechazado proposiciones de ley sobre su
legalización, el argumento mayoritario ha sido que en la eutanasia se produce una transitividad,
una persona mata a otra, lo que justifica la intervención del estado en protección de la vida
humana en su momento más vulnerable. Igualmente es preciso recordar que en la
jurisprudencia comparada, especialmente en la norteamericana, uno de los elementos
considerados para superar la autonomía de quien se niega a un determinado tratamiento
médico es, precisamente, la intención suicida, que nunca es amparada, aunque no se
sancione, por el ordenamiento.

El supuesto derecho a la muerte digna enmascara, en nombre de una posición parcial sobre la
autonomía del paciente, la realidad jurídica de la eutanasia.
Bioéticamente hablando no es lo mismo morirse, o dejar morir, que matar o ayudar a otro a
matarse. Mientras que morirse es un hecho, dejar morir implica una conducta éticamente
relevante, ya que unas veces procederá abstenerse de intervenir, o suspender el tratamiento
iniciado, en los casos de enfermedades incurables; y otras veces, dejar morir, pidiéndolo o no
el paciente, puede ser un acto inmoral y hasta criminal de dejación de los deberes de asistencia
hacia el enfermo. Podría haber una omisión de la conducta éticamente debida hacia la persona
enferma, cuando existiendo una mínima expectativa terapéutica, el facultativo dejase de aplicar
el tratamiento o .suspendiese las medidas de soporte vital indicadas por la lex artis, apelando al
respeto a la libertad o a la autonomía del paciente.

El causar la muerte de alguien, ya sea de forma activa o pasiva, implica una acción transitiva
que busca matar, lo que siempre es inmoral por ser contrario a la ley natural y a los más
elementales principios de la ética. De modo que, sin perjuicio de que en la eutanasia y el
suicidio asistido la finalidad pueda ser compasiva, esta intención buena no hace bueno el
medio empleado, y sólo puede modular o rebajar la responsabilidad, moral y jurídica, derivada
de una acción que significa “matar”, es decir, terminar con la vida de una persona.

Otorgar un poder Desde un punto de vista estrictamente jurídico, la eutanasia legalizada otorga
el poder, generalmente al personal sanitario, de poner fin directamente a la vida de personas
en condiciones especialmente dependientes. En este sentido, es una clara manipulación
ideológica el que este poder se amplíe, precisamente en nombre de los derechos subjetivos de
aquel de quien se considera, con parámetros de calidad, que está en una condición indigna. No
en vano autores como Herranz, Kass y Hendin han señalado que la eutanasia suele reclamarse
por unos sujetos, que se consideran autónomos en sentido filosófico, para otros que se
encuentran en condiciones objetivas de vulnerabilidad.

Desde el punto de vista deontológico, la eutanasia, lejos de limitar el poder del médico en su
condición de superioridad respecto al paciente, lo amplía de forma arbitraria. Es más, la
protección jurídica de la vida más dependiente se limita a una especie de control burocrático de
formularios, que, en los casos como el belga, incluso impiden en primera instancia el control
por el órgano administrativo, el conocimiento del nombre de la víctima y el del ejecutor. En las
dos legislaciones vigentes que legalizan la eutanasia, la protección de la vida se reduce, en
consecuencia, a un mero control administrativo, lo que insistimos no cumple las exigencias del
artículo 15 de la CE.

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