Gota a gota
Por Roberto Martínez (22-Feb-1997).-
Como la gota que constantemente golpea la roca y que al final de muchos años consigue horadar
el más duro granito, así la promiscuidad sexual y la violencia se han adueñado de las ventanas de
muchos hogares.
Esas pequeñas ventanas, al parecer inocuas, que entretienen, divierten y hasta "educan", y a las
que las mentes de nuestros hijos están diariamente expuestas.
Pequeñas ventanas que muestran los crímenes más violentos, salvajes y crueles que la mente
pueda imaginar. Las pasiones más promiscuas y degradantes.
Pequeñas ventanas que nos ofrecen una visión cómoda del mundo exterior y a las que algunos
confunden con el simple nombre de televisores.
Si pretendiera algún extraño exhibirse desnudo frente a la ventana de su casa, un asesino
destripara a su víctima o algún malvado mutilara o golpeara inmisericorde a alguien cerca de
usted, seguramente intentaría detenerlo o llamaría inmediatamente a la Policía; consternado ante
tan terrible espectáculo.
La experiencia vivida no podría ser olvidada fácilmente y su confianza hacia los demás cambiaría
en forma considerable, tal como ocurre en estos tiempos con miles de habitantes del D.F., cuyas
vidas se han alterado con experiencias traumatizantes, ante la violencia y delincuencia urbana.
Pero siendo fantasía, novela o película pensamos que tales escenas y espectáculos no nos afectan.
Que somos capaces de asimilar y tolerar cada vez mayores y más frecuentes cantidades de
violencia, sexo y degradación moral.
¿Será realmente cierto que no nos alteran? ¿Será posible que las mentes, apenas en formación, de
niños, adolescentes y jóvenes no se vean influenciadas o inducidas por tal bombardeo de
información e imágenes perniciosas, que seríamos incapaces de tolerar en la vida real? La mente
humana se adormece percibiendo que la acción es sólo simple ficción. Tolera lo malo pensando en
la diversión y el entretenimiento que le proporciona la trama y, poco a poco, se insensibiliza al
dolor ajeno, al horror y al escándalo moral. Como una droga, la enajenación de la mente hace que
la atención del auditorio se capte, cada vez más, sólo a base de dosis mayores y más peligrosas. El
"raiting" vale, y se vende al mejor postor. El anuncio comercial, intercalado en esos programas que
atraen la atención del público, es oro molido y como tal se ofrece al comprador.
Así como los ciudadanos romanos eran capaces de tolerar y demostrar placer y algarabía al
contemplar el cruel espectáculo de ver a feroces leones devorar a sus víctimas en pleno Coliseo,
tristemente también los mexicanos presenciaron sin inmutarse, la incineración, en vivo y en
directo, de un presunto delincuente, linchado por un pueblo en el sur de México, o la
manipulación de los despojos humanos del que pudo ser Muñoz Rocha y resultó ser el consuegro
de Francisca Zetina "La Paca".
Soportamos programas de televisión plagados de chistes y morbosidades sexuales, que en otro
tiempo nos parecerían sólo dignos de burdeles y cantinas.
Anuncios comerciales donde se exalta la excreción de líquidos corporales, como parte del esfuerzo
atlético, en la promoción de famosos zapatos deportivos.
¿Por qué tachar de puritano a todo aquel que se atreva a no estar de acuerdo con los desnudos
"artísticos" de centros nocturnos, topless y demás "negocitos", que pululan amparados por ciertas
autoridades federales y estatales? ¿Por qué escandalizarse ante las justas protestas de sociedades
de padres de familia y ridiculizar a las personas antiWonderbra aunque no compartamos sus
opiniones? El público merece respeto y no sólo la estúpida respuesta de: "Si no le gusta, cambie de
canal o voltee hacia otro lado". ¿Qué está sucediendo? Cuando lo tolerable se vuelve cotidiano, lo
cotidiano parece tornarse en normal y lo normal en figura aceptable. La moral de una sociedad se
degrada y denigra en forma inconsciente y paulatina.
Lenta y eficazmente, gota a gota, las sociedades se autodestruyen, en la justa medida en la que
sus integrantes lo toleran y permiten.
En una pequeña nota aparecida en este periódico, el 21 de febrero pasado, en la primera plana de
la sección Nacional se anuncia la intención de 280 organizaciones sociales "coordinadas para
mejorar los medios de comunicación" de emprender la campaña contra la violencia y sexo en
medios.
Con gran arrojo de su parte, Lorenzo Servitje, empresario retirado del grupo Bimbo, amenaza con
no comprar espacios comerciales durante programas que se consideren nocivos y estima tener
suficiente influencia para convencer a otros empresarios de que también lo hagan.
Qué importante es que alguien comience a hacer algo, que un grupo numeroso de personas se
organice e intente llevar al resto de la sociedad al crucial paso de abandonar la contemplación
pasiva y emprender la acción efectiva.
Algún día podríamos aspirar a que las pobres víctimas de una pésima programación televisiva
protestemos como lo hacen en países desarrollados, dejando de consumir los productos que
patrocinan dichos programas.
Y quizás ese día, los negocios del entretenimiento se lleguen a preocupar y eviten contestar con el
insultante argumento de: "cambie de canal o voltee hacia otra parte".