Sidney Sheldon - Un Extrano en El Espejo
Sidney Sheldon - Un Extrano en El Espejo
Círculo de Lectores
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NOTA PARA EL LECTOR
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Esta es una obra de ficción. Todos los personajes son imaginarios a
excepción de las personalidades teatrales.
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PROLOGO
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había ocupado el primer puesto en una reciente encuesta sobre las mujeres
más admiradas en todo el mundo y que muchísimas niñas recién nacidas
habían sido bautizadas con el nombre «Jill». Los Estados Unidos habían
tenido siempre sus heroínas. Jill Temple se había convertido ahora en una
de ellas. Su valor y la increíble batalla que había ganado, y luego perdido,
tan irónicamente, le habían granjeado la simpatía del mundo entero. Era una
gran historia de amor, pero también algo más: poseía todos los
ingredientes de los clásicos dramas y tragedias griegas.
Claude Dessard no sentía mucha simpatía por los norteamericanos, pero en
este caso hacía gustoso una excepción. Admiraba inmensamente a madame
Toby Temple. La encontraba —y eso era el galardón máximo que Dessard
podía otorgar— galante. Decidió por tanto encargarse de que su travesía en
ese barco fuera memorable.
El primer comisario desvió sus pensamientos de Jill Temple y se concentró
en una última revisión de la lista de pasajeros. Figuraba el habitual
conjunto de lo que los norteamericanos designan como VIP, siglas que
Dessard detestaba, sobre todo teniendo en cuenta las desatinadas teorías
que tenían respecto de lo que convertía a una persona en importante.
Advirtió que viajaba sola la esposa de un rico industrial. Dessard sonrió
ampliamente y revisó la lista en busca de Matt Ellis, estrella futbolística
de color. Cuando lo encontró, sonrió satisfecho para
sus adentros. Dessard comprobó a su vez que ocupaban camarotes contiguos
un importante senador y Carlina Rocca, prostituta sudamericana, cuyos
nombres habían aparecido íntimamente relacionados en las últimas crónicas
periodísticas. Sus ojos siguieron recorriendo la nómina.
David Kenyon. Dinero. En grandes cantidades. Había viajado anteriormente en
el Bretagne. Dessard recordaba que era buen mozo, bien bronceado, con un
cuerpo delgado y musculoso. Un hombre tranquilo, pero que no pasaba
desapercibido. Dessard escribió M. C. junto al nombre de David Kenyon, lo
que equivalía a sentarlo a la mesa del capitán.
Clifton Lawrence. Había decidido embarcarse a último momento. Una
pequeña arruga apareció en la frente del primer comisario. Ah, ése era en
realidad un problema delicado. ¿Qué debía hacerse con el señor Lawrence?
En otra oportunidad a nadie se le hubiera ocurrido perder un segundo en
pensarlo, porque habría sido colocado automáticamente en la mesa del
capitán, donde habría deleitado a todos los comensales con sus divertidas
anécdotas. Clifton Lawrence era un agente teatral que en su época había
representado a buena parte de los principales artistas del mundo del
espectáculo. Pero desgraciadamente la buena estrella del señor Lawrence
parecía haberse eclipsado. A pesar de que en oportunidades anteriores el
agente había insistido siempre en reservar la lujosa Princess Suite, en este
viaje había tomado un camarote simple situado sobre una de las cubiertas
bajas. En primera clase, por supuesto, pero no obstante... Claude Dessard
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resolvió postergar la decisión hasta después de haber revisado los otros
nombres.
Entre ellos figuraban un famoso cantante de ópera, un novelista ruso que
rechazó el premio Nobel y algunos miembros de la nobleza.
Un golpe en la puerta interrumpió la concentración de Dessard y acto
seguido entró Antoine, uno de los camareros.
—¿Qué sucede? —inquirió Dessard.
—¿Dio órdenes usted de que se cerrara con llave el teatro?
—preguntó Antoine mirándole con sus ojos congestionados.
—¿Qué está diciendo? —respondió Dessard frunciendo el
ceño.
—Supuse que sería usted. ¿Quién iba a hacerlo si no? Hace unos minutos
decidí verificar si todo estaba en orden. Pero las puertas estaban cerradas
con llave. Me dio la impresión de que dentro del teatro alguien estaba
pasando una película.
—Jamás se pasan películas mientras estamos en un puerto —afirmó Dessard
con firmeza—. Y jamás se cierran con llave esas puertas. Iré a ver qué sucede.
Por lo general, Claude Dessard habría investigado inmediatamente la
veracidad de la denuncia, pero en ese instante debía ocuparse de numerosos
detalles de último momento que exigían ser solucionados antes que zarpara el
barco a mediodía. Había una diferencia en la reserva de dólares
norteamericanos, una de las mejores suites había sido adjudicada por error a
dos personas diferentes y el regalo de boda que había encargado
especialmente el capitán Montaigne había sido entregado por equivocación en
otro barco. El capitán se iba a poner furioso. Dessard se interrumpió para
escuchar el familiar ronroneo de las cuatro poderosas turbinas del buque al
ponerse en marcha y sintió el movimiento del S. S. Bretagne al separarse del
muelle y dirigirse por el canal. Enseguida se concentró nuevamente en sus
problemas.
Media hora más tarde apareció León, el jefe de los mozos de la cubierta
principal.
—¿Sí, León? —preguntó Dessard levantando la vista impacientemente.
—Siento mucho molestarle, pero creo que debería saber...
—¿Hum? —Dessard casi no le prestaba oídos, pues su mente estaba
concentrada en la delicada tarea de terminar de colocar los comensales en la
mesa del capitán durante todas las noches de la travesía. El capitán no era un
hombre dotado de roce social, y tener que compartir todas las noches su
mesa con los pasajeros era para él una penosa tarea. Dessard era quien debía
ocuparse de que el grupo le resultara agréable.
—Es respecto a madame Temple... —comenzó a decir León.
Dessard dejó inmediatamente el lápiz y fijó en el mozo sus pequeños y
vivaces ojos negros.
-¿Sí?
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—Pasé hace un momento frente a su cabina y escuché una acalorada discusión
seguida por un grito. Era difícil percibir claramente lo que decían del otro
lado de la puerta, pero me pareció oírle decir: «Me mataste, me mataste.»
Creí más prudente no intervenir y por eso vine a contarle lo ocurrido.
Dessard asintió.
—Hizo bien. Iré a echar un vistazo para comprobar que no le haya ocurrido
nada.
El primer comisario miró alejarse al jefe de mozos de cubierta. Era
inconcebible pensar que alguien pudiera hacer daño a una mujer como
madame Temple. Era un ultraje a la caballerosidad gálica de Dessard. Se
puso la gorra, se miró rápidamente en el espejo que colgaba de la pared y se
dirigió a la puerta. Pero en ese preciso momento comenzó a sonar el teléfono.
El comisario titubeó un instante, pero enseguida cogió el aparato.
—Dessard.
—Claude... —Era la voz del tercer piloto.— Por el amor de Dios envía a alguien
con una bayeta al teatro. Está todo lleno de sangre.
Dessard sintió una desagradable sensación en la boca del estómago.
— Inmediatamente —prometió.
Colgó, llamó a un camarero y luego marcó el número del médico de a bordo.
— ¿André? Habla Claude. —Trató de que su voz pareciera normal.—
Quería saber si habías tenido que prestar auxilio médico a alguien... No,
no... no me refería a pastillas para el mareo. La persona a la que me refiero
debía de estar herida y con una seria hemorragia... Comprendo. Gracias. —
Dessard colgó y sintió que aumentaba su intranquilidad.
Salió de su oficina y se dirigió a la suite ocupada por Jill Temple. Estaba a
medio camino cuando ocurrió otro curioso hecho. Al llegar a la cubierta de
los botes salvavidas sintió que cambiaba el ritmo de la marcha del barco. Miró
hacia el mar y vio que habían llegado a la boya Ambrose, donde les
abandonaría la lancha del práctico del puerto y la nave enfilaría sola hacia el
mar abierto. Pero inesperadamente el Bretagne parecía haberse detenido.
Estaba ocurriendo algo fuera de lo normal.
Dessard corrió hacia la borda y miró hacia abajo. La lancha del práctico se
había aproximado a la escotilla de carga del Bretagne y dos marineros
sacaban unas maletas del transatlántico y las depositaban en el remolcador.
Mientras el comisario verificaba esa maniobra, un pasajero salió de la escotilla
y subió a la pequeña embarcación. Dessard pudo ver fugazmente la espalda de
esa persona, pero tuvo la seguridad de haberse equivocado en su
identificación. Sencillamente no era posible. En realidad, el hecho de que un
pasajero abandonara el barco de esa manera era algo tan extraordinario que
el primer comisario sintió un estremecimiento de alarma. Dio media vuelta y
se dirigió rápidamente hacia la suite de Jill Temple. Golpeó la puerta, pero no
obtuvo respuesta. Golpeó una segunda vez un poco más fuerte.
—Madame Temple... Soy Claude Dessard, el primer comisario. Quería saber si
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podía ayudarla en algo.
No recibió contestación alguna. A esa altura de los acontecimientos todo el
sistema de alarma interior de Dessard había entrado en funcionamiento. Su
instinto le indicaba que había ocurrido algo muy serio y tenía la impresión
de que estaba relacionado de alguna forma con esa mujer. Una serie de
pensamientos insensatos y espantosos pasaron por su mente. Habría sido
asesinada o secuestrada o... Cogió la manivela de la puerta y la hizo girar. No
tenía echada la llave. Dessard la abrió lentamente. Jill Temple estaba parada
en el extremo más alejado de la cabina mirando por el ojo de buey, de espaldas
a él. Dessard abrió la boca para hablar, pero algo en la rigidez de su figura le
detuvo. Se quedó parado allí durante un instante sin saber qué hacer,
dudando entre retirarse silenciosamente, cuando, de repente, el camarote
se llenó con un sonido agudo, inhumano, similar al aullido de un animal herido.
Impotente ante esa demostración de tan profundo e íntimo dolor, Dessard
optó por retirarse cerrando cuidadosamente la puerta a su paso.
Se paró frente a la cabina durante un instante escuchando esos alaridos
infrahumanos y luego, profundamente conmovido, dio media vuelta y se dirigió
al teatro del barco situado en la cubierta principal.
Un camarero secaba con una bayeta un reguero de sangre que salía del
recinto.
Mon Dieu, pensó Dessard. ¿ Y ahora qué? Trató de abrir la puerta y advirtió
que no estaba cerrada con llave. Entró al moderno auditorio con capacidad
para seiscientas personas. Estaba vacío. Siguiendo un impulso se dirigió al
gabinete de proyección. La puerta estaba cerrada con llave. Solamente dos
personas tenían la llave, él y el operador. Dessard la abrió con su llave y
entró. Todo parecía en orden. Se acercó a los dos proyectores Century de
35 milímetros y apoyó las manos sobre ellos.
Uno estaba caliente.
Dessard encontró al operador en la cubierta D, destinada a la tripulación.
Este le aseguró que no tenía la menor idea de que hubiera sido utilizado el
teatro.
Al regresar a su oficina Dessard decidió cortar camino pasando por la cocina.
El chef lo detuvo presa de gran furia.
— ¡Mire esto! —le ordenó a Dessard—. ¡Mire lo que hizo un idiota!
Sobre el mármol de una mesa de repostería había una magnífica tarta de boda
de seis pisos, con las figuras del novio y la novia hechos en azúcar adornando
el último piso.
Alguien había roto la cabeza de la novia.
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PRIMERA PARTE
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tenía rasgos de otras personas. Su nariz era como la de su abuelo, grande y
gruesa, la frente era la de su tío, alta e inclinada, y el mentón, idéntico al de
su padre, cuadrado y enérgico. No obstante, en su interior Frieda era una
bonita nuchacha, limitada por una cara y un cuerpo que Dios le había dado
como si se tratara de una broma cósmica. Lástima que la gente solamente
podía ver ese imponente exterior. Excepto Paul. Su Paul. Fue una suerte con
todo que Frieda nunca se diera cuenta de que el atractivo era su dote, que
para Paul representaba una vía de escape de los sanguinolentos bistecs de
ternera y sesos de cerdo. Los sueños de Paul consistían en abrir su propio
negocio y una vez que hubiera ganado suficiente dinero, dedicarse a su
idolatrada poesía.
Frieda y Paul pasaron la luna de miel en una hostelería de las afueras de
Salzburgo, un precioso castillo antiguo situado sobre un lago encantador y
rodeado de prados y bosques. Frieda había repasado mentalmente un
centenar de veces su primera noche de bodas. Paul cerraría la puerta con
llave, la tomaría entre sus trazos murmurando dulces palabras y procedería
a desvestirla. sus labios buscarían los de ella y luego descenderían paulatina-
nente sobre su cuerpo desnudo, tal como lo hacían en todos esos pequeños
libros verdes que había leído a escondidas. Su miembro estaría turgente,
erguido y orgulloso como un estandarte alemán y Paul la llevaría cargada
hasta la cama (aunque quizá sería más prudente que la tomara solamente del
brazo) y la acostaría tiernamente. Mein Gott, Frieda, le diría, Amo tu
cuerpo. No eres como esas muchachas raquíticas. Tienes las formas de una
mujer.
La realidad fue un duro golpe. Es cierto que Paul cerró la puerta con llave
cuando entraron al cuarto. Pero lo que ocurrió después resultó totalmente
diferente a sus sueños. Frieda se quedó mirando a Paul mientras se
desabrochaba la camisa, dejando al descubierto un pecho prominente,
delgado y sin un pelo. Se quitó entonces los pantalones. Entre sus piernas
advirtió un pequeño y flaccido pene, oculto por el prepucio. No se parecía
en absoluto a los provocadores cuadros que había visto Frieda. Paul se
acostó sobre la cama en actitud de espera y Frieda comprendió que daba por
sentado que se desvestiría por su cuenta. Comenzó a quitarse lentamente
la ropa. Bueno, el tamaño no es todo, pensó Frieda. Paul va a ser un amante
sensacional. Instantes después, la temblorosa novia se unía al novio en el
lecho conyugal. Y mientras esperaba ansiosa escuchar de sus labios alguna
frase romántica, Paul se arrojó sobre ella, introdujo su miembro
rápidamente unas cuantas veces y luego se apartó bruscamente hacia un lado
de la cama. Para la absorta novia todo había terminado antes de haber
empezado. En cuanto a Paul dado que sus experiencias sexuales previas
habían sido con las prostitutas de Munich, iba a buscar su billetera cuando
recordó que ya no debía pagar más por lo que había realizado. De ahora en
adelante sería siempre gratis. Un buen rato después que Paul se hubo
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dormido, Frieda seguía acostada tratando de no pensar en su desilusionante
experiencia. El sexo no es todo, dijo para sus adentros. Mi Paul va a ser un
marido maravilloso.
Pero resultó que se había equivocado una vez más.
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bebé resultó ser de sexo masculino.
Frieda insistió en dar a luz en su casa ayudada por una partera.
Todo anduvo perfectamente bien en el preciso instante del parto. Pero en
ese momento los que estaban junto a la cama se quedaron boquiabiertos. El
recién nacido era perfectamente normal, a excepción de su pene. El
miembro del niño era enorme, y colgaba entre sus muslos inocentes como
un hinchado y gigantesco apéndice.
Su padre no es así, pensó Frieda con impetuoso orgullo.
Una tarde, cuando Toby tenía doce años, se presentó de visita la señora
Durkin, la chismosa del barrio. Era una mujer de cara huesuda, con ojos
negros vivaces y una lengua mordaz. Cuando se fue, Toby realizó una
imitación de ella que hizo estallar en carcajadas a su madre. Toby tuvo la
impresión de que era la primera vez que la oía reírse. A partir de ese
momento no perdió oportunidad de hacerla reír. Sus ocasionales imitaciones
de los clientes de la carnicería, de sus maestros y compañeros de escuela,
provocaban la hilaridad de su madre.
Toby había descubierto por fin una forma de obtener su beneplácito.
Se anotó en una obra teatral que representarían en el colegio y consiguió el
papel principal. La noche del estreno su madre se sentó en una butaca de la
primera fila y aplaudió el éxito obtenido por su hijo. En ese momento Frieda
comprendió en qué forma se cumpliría la promesa que le había hecho Dios.
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destino; iba a convertirse en una estrella, para su madre en primer lugar y
para Dios en el segundo.
Los instintos sexuales de Toby comenzaron a manifestarse a los quince años.
Se masturbaba en el baño, único lugar donde tenía la seguridad de no ser
molestado, pero eso no le resultaba suficiente. Decidió que le hacía falta
una chica.
Una tarde, Clara Connors, hermana casada de una compañera de colegio, lo
condujo de regreso a casa después de haber realizado una diligencia que le
había encargado su madre. Clara era una rubia bonita con grandes pechos, y
Toby comenzó a tener una erección mientras estaba sentado junto a ella.
Acercó nerviosamente su mano hacia las piernas de la muchacha y comenzó
a meterla bajo la falda dispuesto a retirarla inmediatamente si gritaba.
Clara estaba más divertida que molesta, pero cuando Toby exhibió su
miembro y vio las dimensiones que tenía, lo invitó a su casa la tarde
siguiente e inició a Toby en las delicias de las relaciones sexuales. Fue una
maravillosa experiencia. En lugar de una mano jabonosa, Toby encontró un
suave y tibio receptáculo que palpitaba y estrujaba su pene.
Los gemidos y gritos de Clara le provocaron sucesivas erecciones, de modo
que tuvo un orgasmo tras otro sin necesidad de abandonar ese cálido y
húmedo refugio. El tamaño de su miembro había sido siempre motivo de
vergüenza para Toby. Pero ahora se había convertido súbitamente en su
crédito.
Clara no pudo guardar el secreto de ese fenómeno y al poco tiempo Toby se
encontró atendiendo las necesidades sexuales de media docena de mujeres
casadas de su barrio.
Durante los dos años siguientes se las arregló para hacerle perder la
virginidad a la mitad de sus compañeras de clase. Algunos de sus
compañeros eran primeras figuras futbolísticas, o más buenos mozos o ricos
que él, pero Toby triunfaba donde ellos fracasaban. Era el muchacho más
gracioso y adorable que jamás habían conocido las chicas y era imposible
decir que no a ese rostro inocente y a esos pensativos ojos azules.
Durante su último año de colegio, cuando tenía dieciocho años, fue
convocado un día al despacho del director. En el cuarto estaban presentes su
madre, con una cara larga, una lacrimosa jovencita de dieciséis años llamada
Eileen Henegan perteneciente a la religión católica y su padre, un sargento
de policía uniformado.
Toby comprendió que estaba metido en un serio problema en cuanto puso un
pie en el cuarto.
—Iré directamente al grano, Toby —dijo el director—. Eileen está
embarazada. Dice que tú eres el padre de la criatura. ¿Has tenido
relaciones con ella?
Toby sintió de repente que tenía la boca seca. Lo único en que podía pensar
era en lo mucho que había disfrutado Eileen y cómo había gemido suplicando
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y pidiendo más. Y ahora esto.
—¡Contesta, pequeño degenerado! —exclamó el padre de Eileen—. ¿Tocaste
realmente a mi hija?
Toby miró de soslayo a su madre. Lo que más le molestaba era que estuviera
presente presenciando su vergüenza. La había defraudado, decepcionado. Se
sentiría asqueada por su conducta. Toby resolvió que si lograba salir de ese
trance, si Dios le ayudaba en esa única oportunidad realizando una especie
de milagro, no tocaría jamás una muchacha mientras viviera.
Iría directamente a ver un médico y le pediría que lo castrara, así no
volvería a pensar nunca más en el sexo y...
—Toby... —Su madre hablaba con voz firme y tono frío.— ¿Te acostaste
con esta chica?
Toby tragó, respiró hondo y musitó:
—Sí, mamá.
—Pues entonces te casarás con ella. —Había una nota de firme
determinación en su voz. Miró a la atribulada joven y le preguntó:—
¿Eso es lo que quieres, verdad?
—S-sí —respondió Eileen entre sollozos — . Quiero a Toby. —Y dándose
vuelta hacia él agregó:— Me obligaron a decirlo. Yo no quería contarles
quién había sido.
Su padre, el sargento de policía, anunció estentóreamente a los
presentes:
—Mi hija tiene sólo dieciséis años. Es violación penada por la ley. Podría
ser enviado a la cárcel el resto de su miserable vida. Pero si está
dispuesto a casarse con ella...
Todos se dieron vuelta hacia Toby, que tragó dificultosamente y dijo:
—Sí, señor. Siento mucho lo ocurrido.
Toby permaneció sentado en silencio junto a su madre mientras
volvían a su casa, sintiéndose muy apenado por haberla herido de esa
forma. Ahora tendría que buscar un trabajo para mantener a Eileen y
al niño. Posiblemente terminaría en la carnicería y eso sería el fin de
sus sueños y planes para el futuro. Cuando llegaron a casa, su madre le
dijo:
—Ven arriba conmigo.
Toby la siguió a su dormitorio, juntando fuerzas para afrontar la
inevitable reprimenda. Pero se quedó absorto al verla sacar una maleta y
comenzar a guardar en ella su ropa.
—¿Qué estás haciendo, mamá?
—¿Yo? Yo no estoy haciendo nada. Tú lo harás. Te irás lejos de aquí.
Se detuvo y lo miró.
—¿Pensaste que voy a permitir que desperdicies-de-ese modo tu vida
con esa chica que no vale nada? Te acostaste con ella y está embarazada.
Bien. Eso demuestra dos cosas: Que eres humano y ella una estúpida.
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Oh, no... nadie engancha de ese modo a mi hijo. Dios quiere que seas un
hombre importante, Toby. Irás ahora a Nueva York y me mandarás
buscar cuando te conviertas en una gran estrella.
Toby luchó para reprimir las lágrimas y se arrojó en brazos de su madre, que
lo estrechó contra su generoso pecho. Se sintió súbitamente perdido y
asustado ante la idea de abandonarla. Pero al mismo tiempo experimentó
cierta excitación, cierto regocijo al lanzarse a una nueva vida. Iba a formar
parte del mundo del espectáculo. Iba a convertirse en una estrella, iba a ser
famoso.
Así lo había dicho su madre.
La ciudad de Nueva York era en el año 1939 la meca del teatro. Los tiempos
de la depresión habían pasado. El presidente Roosevelt había asegurado que a
partir de entonces lo único que debíamos temer era tener miedo. Afirmó que
los Estados Unidos de América eran la nación más próspera de todo el mundo.
Y no se equivocaba. Toda la gente tenía dinero para gastar. En Broadway se
estaban representando treinta espectáculos diferentes y todos parecían
ser grandes éxitos.
Toby llegó a Nueva York con cien dólares que le había dado su madre. Sabía
que iba a ser rico y famoso. La mandaría a buscar entonces, vivirían en un
precioso apartamento y ella asistiría todas las noches al teatro para ver
cómo le aplaudían. Pero, mientras tanto, tenía que encontrar un trabajo.
Golpeó a las puertas de cuanto teatro había en Broadway y les explicó lo
inteligente que era. Lo echaron de todas partes. Durante las semanas que
pasó buscando un empleo, consiguió colarse en diferentes salas de
espectáculos y cabarets y observó las actuaciones de las primeras figuras,
especialmente de los cómicos. Vio a Ben Blue, Joe E. Lewis y Frank Fay. Sabía
que un día sería mejor que todos ellos.
Como se le estaba acabando el dinero, aceptó un trabajo de lavaplatos.
Todos los domingos por la mañana llamaba por teléfono a su madre, porque
las tarifas eran más baratas, y ella le contó la indignación que había
suscitado su huida.
—Si lo hubieras visto —le dijo—. Venía todas las noches a preguntar. Por la
forma en que actúa parecería que somos una banda de asaltantes. No deja
de preguntar dónde estás.
—¿Y qué le contestaste? —inquirió Toby ansiosamente.
— La verdad. Que te escapaste como un ladrón en la mitad de la noche y que si
alguna vez te tengo al alcance de la mano te romperé el pescuezo.
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Toby lanzó una carcajada.
Durante el verano consiguió un trabajo como ayudante de un mago, un
saltimbanqui de ojos pequeños y negros que se hacía llamar el Gran Merlin.
Actuaron en varios hoteles de segunda categoría en los Catskills y el trabajo
principal de Toby era cargar y descargar los pesados trastos de Merlin de la
camioneta y cuidar de los seis conejos blancos, tres canarios y dos hamsters
que completaban su equipo. Toby tenía que dormir con los animalitos en unos
armarios que más bien parecían alacenas, porque Merlin tenía miedo de que
los «comieran» y para Toby ese verano consistió en una permanente y
agobiante oleada nauseabunda. Estaba físicamente exhausto por el esfuerzo
realizado al transportar pesados arcones con trampas en los lados y falsos
fondos y de correr detrás de los animalitos que se escapaban
continuamente. Se sentía solo y desilusionado. Solía quedarse sentado
contemplando su miserable habitación, pensando qué estaba haciendo allí y
si era posible que ése fuera el primer paso para iniciarse en el mundo del
espectáculo. Practicaba sus imitaciones frente al espejo y su público
consistía en los hediondos animalitos de Merlin.
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—Mañana —respondió su padre—, Pero no debes venir. Te están esperando,
Toby. Falta poco para que Eileen tenga el bebé. Su padre quiere matarte. Te
buscarán en el entierro.
De modo que ni siquiera podía despedirse de la única persona que quería en el
mundo. Toby permaneció tirado sobre la cama todo ese día pasando revista a
sus recuerdos. Las imágenes de su madre eran vividas y reales. Le parecía
verla en la cocina, preparando la comida y diciéndole que sería un hombre
muy famoso y luego en el teatro, sentada en la primera fila y exclamando:
«¡Mein Himmel! ¡Qué muchacho tan listo!»
Y riéndose de sus imitaciones y chistes. Y preparándole la maleta. «Me
mandarás buscar cuando seas un artista famoso.» «Jamás olvidaré este día
—pensaba mientras yacía tirado paralizado de pena—. No lo olvidaré jamás. 14
de agosto de 1939. Es el día más importante de mi vida.»
Tenía razón. Pero no debido a la muerte de su madre, sino por algo que estaba
ocurriendo en Odessa, Texas, a mil kilómetros de distancia.
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—Casi estamos —dijo el doctor Wilson animosamente—. Puje una vez más.
La señora Czinski obedeció. Pero no pasó nada.
—Pruebe otra vez. Con más fuerza —insistió frunciendo el ceño.
Nada.
El doctor Wilson tomó las piernas del bebé en sus manos y tiró suavemente.
No hubo ningún movimiento. Metió las manos entre el cuerpo de la criatura
y el estrecho pasaje del útero y comenzó a explorar. Gotas de sudor
aparecieron de repente en su frente. La enfermera de maternidad se le
acercó y le secó la transpiración.
—Tenemos un problema —dijo el doctor Wilson en voz baja.
La señora Czinski lo oyó.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Todo está bien. —El doctor Wilson metió las manos más adentro tratando
de empujar suavemente al bebé hacia abajo. Pero no se movió. Sintió que el
cordón umbilical estaba prensado entre el cuerpo de la criatura y la pelvis
materna, cortándole el suministro de aire.
—Fetoscopio.
La enfermera buscó el instrumento que le pedía y lo aplicó contra el
abdomen de la madre para escuchar los latidos del bebé.
—Han bajado a treinta —anunció—. Y existe una pronunciada arritmia.
Los dedos del doctor Wilson, como si fueran una remota antena de su
cerebro, exploraban y tanteaban dentro del cuerpo de la madre.
—Estoy perdiendo los latidos fetales —dijo la enfermera con voz
preocupada—. ¡Son negativos!
El niño estaba muriéndose dentro del seno materno. Existía todavía una
pequeña posibilidad de que pudiera ser revivido si conseguían sacarlo a
tiempo. Tenían un tiempo máximo de cuatro minutos para extraerlo,
limpiarle los pulmones y conseguir que su pequeño corazón latiera
nuevamente. Pasados los cuatro minutos el cerebro resultaría con gravísimas
e irreparables lesiones.
—Tomen tiempo —ordenó el doctor Wilson.
Todos los presentes en el cuarto levantaron instintivamente la vista hacia el
reloj eléctrico instalado en la pared que inmediatamente marcó las doce y
cuya larga manecilla roja correspondiente al segundero comenzó a realizar
su primer giro.
El equipo de partos entró en acción. Un tubo de oxígeno fue arrimado a la
camilla mientras el doctor Wilson trataba de liberar al infante atrapado
dentro de la pelvis. Comenzó con el procedimiento Bracht, tratando de hacer
girar al bebé cogiéndole de los hombros para que pudiera salir por la
abertura vaginal. Pero fue inútil.
Una enfermera practicante que presenciaba por primera vez un parto, se
sintió súbitamente mal y tuvo que salir de la sala de partos.
Mientras tanto, Karl Czinski estrujaba nerviosamente su sombrero entre
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sus grandes y callosas manos del otro lado de la puerta del quirófano. Era
el día más feliz de su vida. Era un carpintero, un hombre sencillo que creía
que lo mejor era casarse joven y tener una familia numerosa. Este sería su
primer hijo y difícilmente podía controlar su excitación. Amaba profunda-
mente a su esposa y sabía que estaría perdido sin ella. Pensaba en su mujer en
el preciso momento en que la enfermera practicante salió apresuradamente
de la sala de partos.
—¿Cómo está? —le preguntó ansioso.
La perturbada joven, ensimismada en las dificultades por las que había
pasado el bebé respondió:
— ¡Ha muerto! Ha muerto —y se alejó corriendo presa de una
gran descompostura.
El señor Czinski se puso blanco como un papel. Se llevó las manos al pecho y
comenzó a jadear. Cuando lo llevaron finalmente a la sala de urgencia no se
pudo hacer ya nada para salvarlo.
El doctor Wilson trabajaba frenéticamente mientras tanto dentro de la
sala de partos, tratando de ganarle la carrera al reloj. Podía tocar con sus
dedos el cordón umbilical y sentir la presión, pero no había forma de
aflojarla. Todos sus instintos le impulsaban a sacar el bebé a medio nacer por
la fuerza, pero había visto ya varias veces lo que les ocurría a los infantes que
nacían en esa forma. La señora Czinski gemía en su semi-delirio.
— ¡Puje, señora Czinski! ¡Más fuerte! ¡Vamos!
Pero era inútil. El doctor Wilson echó un vistazo al reloj. Habían
transcurrido dos preciosos minutos, durante los cuales el cerebro del bebé
no tuvo irrigación alguna. El médico comenzó entonces a considerar otro
problema: ¿qué haría si el bebé se salvaba luego de haber transcurrido los
cuatro minutos? ¿Permitirle vivir y convertirse en una especie de vegetal?
¿O brindarle una rápida y piadosa muerte? Apartó el pensamiento de su
mente y comenzó a actuar con más rapidez. Cerró los ojos y comenzó a
trabajar por tacto, concentrando toda su atención en lo que estaba
ocurriendo dentro del vientre de esa mujer. Trató de emplear el
procedimiento Mauriceau-Smellie-Veit, una complicada serie de movimientos
destinados a liberar el cuerpo del bebé. De repente sintió que algo se
desplazaba y que comenzaba a moverse.
— ¡Fórceps! —exclamó.
La enfermera le acercó rápidamente los fórceps y el doctor Wilson los
colocó en la cabeza de la criatura. Momentos después empezó a aparecer.
El bebé había nacido.
Ese era siempre el momento glorioso, el milagro de una nueva vida, cuyo
rostro abotargado y gemidos reflejaban su indignación al ser obligado a
abandonar ese tranquilo y oscuro refugio para enfrentarse a la luz y al
frío.
Pero no ocurrió lo mismo con este bebé. Esta criatura tenía un color azul
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mortecino y no se movía. Era una mujer.
El reloj. Faltaban todavía un minuto y medio. Todos los movimientos fueron
entonces totalmente mecánicos, el resultado de una larga experiencia. Unos
dedos cubiertos con gasas despejaron la parte posterior de la faringe del
infante para permitir el paso del aire por la abertura de la laringe. El
doctor Wilson apoyó al bebé de espaldas. La enfermera le alcanzó un
pequeño laringoscopio conectado con un aparato succionador. Lo colocó en el
debido lugar y movió ligeramente la cabeza. La enfermera accionó un
interruptor. Y enseguida comenzó a oírse el rítmico sonido de la bomba
aspirante.
El doctor Wilson miró el reloj.
Faltaban veinte segundos. No se oían latidos.
Quince... catorce... Todavía no se oían latidos.
Estaba al borde del momento crucial para tomar una decisión. Tal vez era
demasiado tarde para evitar lesiones cerebrales. Nadie podía tener certeza
absoluta respecto de esas cosas. Había visto salas de hospital repletas de
patéticas criaturas con cuerpos de adultos y mentes infantiles o peores
cosas todavía.
Diez segundos. No se sentía el pulso, ni siquiera una mínima palpitación como
para poder alentar esperanzas.
Cinco segundos. Tomó entonces una decisión y confió en que Dios le
perdonaría y comprendería. Iba a desenchufar la máquina explicando que el
bebé no podía salvarse. Nadie pondría en tela de juicio su decisión. Palpó
nuevamente la piel del bebé. Estaba fría y pegajosa.
Tres segundos.
Miró a la niñita y sintió ganas de llorar. Qué pena, era una nenita tan
bonita. Con toda seguridad se convertiría en una mujer preciosa. Se
preguntó para sus adentros qué le depararía la vida. ¿Se casaría y tendría
hijos? ¿O tal vez sería una artista o una maestra o quizás una ejecutiva?
¿Sería rica o pobre? ¿Feliz o desgraciada?
Un segundo. Ningún latido.
Cero.
Estiró la mano hacia el enchufe y en ese preciso instante comenzó a latir el
corazón del bebé. Era un espasmo irregular, desigual, pero que fue seguido
por otro hasta estabilizarse enseguida en un ritmo fuerte y regular. El
silencio de la sala fue roto por un espontáneo grito de alegría seguido por
entusiastas felicitaciones. El doctor Wilson no oía nada.
Tenía los ojos fijos en el reloj de la pared.
23
El doctor Wilson insistió, por motivos que la señora Czinski no podía
comprender, en que Josephine debía ser llevada al hospital todas las
semanas para ser revisada. Las conclusiones fueron todas las veces las
mismas: parecía normal.
Sólo el tiempo lo diría.
En 1939 Chicago era una ciudad próspera cuyas puertas estaban abiertas de
par en par. Era una ciudad con un precio, y aquellos que eran hábiles podían
comprar cualquier cosa, desde mujeres, hasta drogas o políticos. Había
cientos de lugares nocturnos de diversión, que satisfacían todos los gustos.
Toby los recorrió todos, desde el importante y lujoso Chez Paree hasta los
pequeños bares de Rush Street. La respuesta era siempre la misma. Nadie
quería contratar un cómico que no era más que un muchachito. El tiempo
transcurría inexorablemente y ya era hora de que llevara a la realidad el
sueño de su madre. Tenía casi diecinueve años.
Uno de los lugares frecuentados por Toby era el Knee High, donde la
atracción consistía en un conjunto de tres músicos, un cómico de edad
madura, borracho y agotado, y dos prostitutas llamadas Meri y Jeri que
figuraban como las Hermanas Perry y que, por más raro que parezca, eran
realmente hermanas. Tenían alrededor de veinte años y poseían cierto
atractivo por más vulgar que fuera. Jeri se acercó una noche al bar y se sentó
junto a Toby. Este sonrió y le dijo amablemente:
—Me gusta tu número.
Jeri se dio vuelta y se encontró con un muchachito ingenuo, con cara de
bebé, demasiado joven y muy mal vestido como para ser un posible cliente y
estaba por girar nuevamente la cabeza cuando Toby se puso de pie. Jeri se
quedó mirando el increíble bulto que sus pantalones no lograban ocultar y
acto seguido levantó nuevamente la vista hacia la cara joven e inocente.
24
—¡Dios mío! —dijo—. ¿Es todo tuyo?
—Existe una única forma de averiguarlo —respondió el muchacho sonriendo.
A las tres de la madrugada Toby estaba en la cama en compañía de las dos
hermanas Perry.
Todo había sido planeado meticulosamente. Una hora antes que comenzara
la función, Jeri había llevado al cómico del cabaret, un jugador empedernido,
a un apartamento de la avenida Diversey donde se llevaba a cabo una partida
de dados. Al verse en ese ambiente se pasó la lengua por los labios y dijo:
—Nos quedaremos sólo un minuto.
Cuando Jeri se escabulló al cabo de media hora, el cómico estaba tirando
los dados gritando como un poseído:
—¡Un ocho grandísimo hijo de puta! —perdido en un extraño mundo donde el
éxito y el estrellato y el dinero dependían de cada rodada de los dados.
Toby, bien vestido, esperaba sentado en el bar del Knee High.
El dueño del cabaret comenzó a maldecir indignado al aproximarse la hora de
la función sin que el cómico hubiera aparecido.
—Esta vez se terminó, ¿oyeron? ¡No le dejaré trabajar nunca más aquí!
—Lo comprendo —dijo Jeri—. Pero me parece que tiene suerte. Hay un
nuevo cómico sentado en el bar. Acaba de llegar de Nueva York.
—¿Qué? ¿Dónde? —El dueño echó un vistazo a Toby y exclamó:— ¡Por
el amor de Dios! ¿Dónde está su niñera? ¡Si es una criatura!
—¡Es magnífico! —interpuso Jeri con toda sinceridad.
—Pruébelo —agregó Meri—. ¿Qué puede perder?
— ¡Mi condenada clientela! —Pero se encogió de hombros y se acercó a
Toby.— ¿Conque eres un cómico, verdad?
—Así es —respondió Toby como de pasada—. Acabo de actuar en los Catskills.
El dueño lo miró durante un momento. —¿Cuántos años tienes? —Veintidós
mintió Toby.
— Las ganas. Muy bien. Sal allí, pero si resultas un fracaso no vivirás hasta
los veintidós.
Y fue así como sucedió. Finalmente se había convertido en realidad el sueño
de Toby Temple. Estaba parado iluminado por el reflector mientras la
orquesta tocaba una fanfarria en su honor, y el público, su público,
permanecía sentado esperando descubrirle y adorarle. Sintió una oleada de
cariño tan intensa que se le hizo un nudo en la garganta. Era como si él y los
espectadores formaran un solo cuerpo, unidos por una maravillosa y mágica
cuerda. Pensó durante un instante en su madre y deseó que estuviera donde
estuviera, pudiera verle en esos momentos. La orquesta terminó la
obertura. Toby se dispuso a iniciar su número.
—Buenas noches, simpática gente. Me llamo Toby Temple. Supongo que
todos ustedes saben cómo se llaman.
25
Silencio.
—¿Oyeron lo que se cuenta sobre el nuevo jefe de la Mafia de Chicago? Que
es un pederasta. De ahora en adelante, el Beso de la Muerte incluye comida
y baile.
Nadie se rió. Todos le miraban con ojos fríos y hostiles y Toby comenzó a
sentir que las agudas garras del miedo empezaban a destrozar su estómago.
Súbitamente su cuerpo quedó empapado por la transpiración. Ese
maravilloso vínculo con el público había desaparecido.
Pero no se amilanó.
—Acabo de cumplir un contrato con un teatro de Maine. La sala estaba tan
metida dentro del bosque que su administrador era un oso.
Silencio. Todos le despreciaban.
—Nadie me advirtió que ésta era una convención de sordomudos. Tengo la
impresión de ser el animador del Titanio. Estar aquí es semejante a caminar
por la empalizada pero sin que exista el barco.
Comenzaron a abuchearlo. Dos minutos después de haber subido al
escenario, el dueño hizo unas señas frenéticas a los músicos que
empezaron a tocar con todas sus fuerzas, ahogando la voz de Toby, que
permaneció allí parado, su cara iluminada por una amplia sonrisa, pero
luchando por dominar las lágrimas.
Tenía ganas de gritar.
El vodevil había florecido en los Estados Unidos desde 1881 hasta que el
teatro Palace cerró sus puertas en 1932, fecha que señaló su desaparición
total. Había sido el campo de aprendizaje de cuantos jóvenes aspiraban a
convertirse en cómicos y el campo de batalla en el que debieron aguzar su
talento para vencer al público hostil. No obstante, los artistas que
resultaron victoriosos alcanzaron luego la fama y fortuna. Eddie Cantor y W.
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C. Fields, Jolson y Benny, Abbott y Costello, y Jessel y Burns y los
hermanos Marx y muchísimos otros. Era un refugio, les aseguraba un sueldo
fijo, pero su desaparición les obligó a volcarse hacia otras áreas. Los artistas
de más renombre fueron contratados para audiciones radiales y apariciones
personales, y también actuaron en los más importantes centros de diversión
nocturna en todo el país. Sin embargo, el asunto era diferente para los
cómicos novatos como Toby. Trabajaron también en cabarets, pero en un
mundo diferente. Era llamado el Circuito de los Baños, y ese nombre era un
eufemismo. Consistía en sucios bares a lo largo y a lo ancho del país, en el
que un público no muy selecto se congregaba a beber cerveza, recibían con
eructos a las coristas y destruían por puro placer a los cómicos. Los
camerinos eran baños hediondos que apestaban a olor a comida, bebidas
derramadas, orina, perfume barato y más que todo, a transpiración rancia: el
característico olor del miedo a fracasar. Los baños eran tan sucios que las
artistas preferían orinar en los lavabos de los vestuarios. El pago oscilaba
entre una indigesta comida o cinco, diez y a veces quince dólares por noche,
según la reacción del público.
Toby Temple los recorrió todos y se convirtieron en su escuela. Los
nombres de las ciudades cambiaban pero los lugares y los olores eran siempre
los mismos, inclusive era invariable la hostilidad del público. Si el actor no
les gustaba, le arrojaban botellas de cerveza, le molestaban con preguntas
durante su actuación y le silbaban hasta obligarle a abandonar el escenario.
Era un aprendizaje duro pero bueno, porque le enseñó a Toby todos los
trucos para sobrevivir. Aprendió a lidiar con turistas borrachos y con pillos
sobrios y a no confundir jamás unos con otros. Aprendió a detectar un
provocador latente y a tranquilizarle pidiéndole un sorbo de su bebida o
que le prestara la servilleta para secarse el sudor de la frente.
Toby trabajó en lugares con nombres como Lago Kiamesha, y Shawanga Lodge
y el Avon. Actuó en Wildwood, Nueva Jersey y los salones D'nai B'rith y los
Hijos de Italia y el Moose.
Y su aprendizaje continuó.
Su número consistía en parodias de canciones populares, imitaciones de
Gable, Grant, Bogart y Cagney, con material robado a los cómicos de
renombre que podían permitirse pagar escritores costosos. Todos los
aprendices de cómicos robaban su material y se jactaban de ello.
«Estoy haciendo a Jerry Lester —con lo que querían significar que utilizaban
sus guiones— y soy el doble de bueno que él.» «Yo hago a Milton Berle.»
«Deberías ver mi Red Skelton.»
Y como la clave del éxito residía en los guiones, robaban
únicamente los mejores.
Toby era capaz de hacer cualquier cosa. Clavaba sus inocentes ojos azules en
los fríos rostros del público y les decía:
—¿Alguna vez vieron orinar a un esquimal? —Tras lo cual ponía sus dos manos
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frente a la bragueta y comenzaba a sacar de ella cubitos de hielo.
También solía colocarse un turbante y envolverse en una sábana.
—Abdul, el encantador de serpientes —anunciaba entonces. Acto seguido,
cuando comenzaba a tocar una flauta, una cobra aparecía del interior de una
canasta, moviéndose acompasadamente siguiendo los acordes de la música, a
medida que Toby tiraba de los alambres. El cuerpo de la serpiente era
una manguera y la cabeza el pico. Siempre había alguien entre el público al
que le parecía gracioso.
Utilizaba todos los recursos cómicos que más llegaban a los espectadores.
Tenía docenas de chistes. Pero debía estar preparado para pasar
rápidamente de uno a otro, antes que comenzaran a volar botellas de
cerveza.
Y en cualquier lugar que actuara, podía tener la certeza de que durante su
actuación se oiría inevitablemente el ruido de un depósito de inodoro que
se vaciaba.
Toby viajó por todo el país en autobús. En cuanto llegaba a una nueva ciudad,
lo primero que hacía era registrarse en el hotel o pensión más baratos y
enseguida realizaba una inspección de los bares, salones donde se reciben
apuestas para las carreras y lugares de diversión nocturna. Rellenaba sus
zapatos con cartón y blanqueaba con tiza los cuellos de las camisas para
ahorrarse la tintorería.
Las ciudades eran siempre siniestras y la comida igualmente mala; pero lo que
más le molestaba era la soledad. No tenía a nadie. No existía en el mundo
entero una sola persona a la que le preocupara que estuviera vivo o muerto.
Le escribía de tanto en tanto a su padre, pero más como una obligación que
por amor. Toby necesitaba desesperadamente alguien con quien hablar,
alguien que pudiera comprenderle y compartir sus ilusiones.
Miraba con envidia a los animadores de éxito alejarse de los importantes
centros de diversión en sus grandes y lujosos coches acompañados por sus
amigos y esas preciosas y elegantes muchachas. Algún día... pensaba Toby.
Pero los peores momentos eran cuando su actuación resultaba un fracaso y
le silbaban en la mitad de la representación, obligándole a salir del
escenario antes de haber tenido una oportunidad para demostrar sus
habilidades. En esos momentos Toby odiaba a los integrantes del público y
sentía deseos de matarlos. No era sólo por haber fracasado, sino por
haber fracasado en ese nivel tan bajo ya que no había otro escalón que
descender. Estaba tocando fondo. Se refugiaba entonces en su cuarto de
hotel, se echaba a llorar y le suplicaba a Dios que le dejara en paz, que le
quitara esas ansias de ponerse frente al público con la intención de
divertirlo. Permíteme ser un vendedor de zapatos o un carnicero, Dios mío,
rezaba, cualquier cosa que no sea esto. Su madre se había equivocado. El
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Señor no lo había elegido entre todos los demás.
Jamás llegaría a ser famoso.
Mañana buscaría otra clase de trabajo. Solicitaría un empleo en una oficina
desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde y viviría como un
ser humano normal.
Pero a la noche siguiente aparecería nuevamente en el escenario, realizando
sus imitaciones, diciendo toda clase de chistes, tratando de conquistarse la
simpatía del público antes que se lanzaran en contra de él y le atacaran.
Les miraba con su sonrisa inocente y les decía:
— Había un hombre que estaba enamorado de un pato y una noche lo llevó
con él al cine. El taquillero le dijo que no podía entrar en la sala con el animal,
por tanto el pobre tipo dio vuelta a la esquina y se lo metió dentro del
pantalón. Compró luego una entrada y se instaló en la platea. Pero el pato
empezó a inquietarse, por lo cual el hombre abrió la bragueta y dejó que
sacara por ella la cabeza. Pero resultó que había una mujer sentada junto a
él. Y ésta se dio vuelta hacia su marido y le dijo: «Ralph, el hombre que está
sentado junto a mí está exhibiendo su sexo.» «¿Te molesta? —le preguntó
Ralph; y ella le respondió negativamente—. Pues entonces olvídalo y disfruta
de la película. » Pocos minutos después la mujer se dirigió nuevamente a su
esposo. «Ralph, su miembro»... y el marido le repitió: «Te dije que hicieras
caso omiso de él», pero ella respondió: «No puedo, ¡ se está comiendo mis
palomitas de maíz!»
Realizó apariciones esporádicas en el Three Six Five de San Francisco, en el
Rudy's Rail de Nueva York y en Kin Wa Low's en Toledo. Animó numerosas
convenciones y fiestas de caridad y banquetes.
Y aprendió.
Realizó cuatro y cinco actuaciones diarias en pequeños teatros llamados The
Gem, el Odeon, el Empire y el Star.
Y aprendió.
Y finalmente una de las cosas que Toby Temple aprendió fue que podía
pasarse el resto de su vida actuando en el Circuito de los Baños ignorado
por todos y sin que nadie lo descubriera. Pero ocurrió algo que volvió el
asunto en algo académico.
Una fría tarde de principios de diciembre de 1941, Toby estaba realizando la
primera de las cinco representaciones en el Dewey Theatre de la calle
Catorce en Nueva York. El programa constaba de ocho actos y parte del
trabajo consistía en anunciarlos. El primero transcurrió muy bien. Pero
durante el segundo acto, cuando Toby anunció a los Kanazawas Voladores,
una familia de acróbatas japoneses, el público inició una silbatina. Toby se
refugió entre las bambalinas.
—¿Qué demonios les pasa? —preguntó.
—¿Pero es que no te has enterado? Los japoneses atacaron Pearl
Harbour hace unas horas —le respondió el director.
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—¿Y qué pasa con eso? -replicó Toby—. Mire a esos tipos... son fantásticos.
Cuando les tocó el turno de actuar a los japoneses en el siguiente número,
Toby salió al escenario y dijo:
—Damas y caballeros, tengo el privilegio de presentarles a los Voladores
Filipinos, ¡ recién llegados de Manila!
Pero en cuanto el público reconoció a los integrantes del equipo japonés
nuevamente comenzaron a oírse silbidos. Toby se pasó el resto del día
presentándolos como los Alegres Hawaianos, los Locos Mongoles y finalmente
los Esquimales Voladores. Pero no pudo salvarlos. Y, como pudo comprobar
más tarde, tampoco pudo salvarse él. Cuando llamó por teléfono a su padre
esa misma tarde, se enteró que había llegado a su casa una carta dirigida a
él, que comenzaba diciendo: «Saludos» y que estaba firmada por el
Presidente.
Seis semanas después Toby ingresaba en el ejército de los Estados Unidos.
El día que lo alistaron, la cabeza le latía tan violentamente que apenas tuvo
fuerzas para prestar el juramento.
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5
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la clase de diversión que sea posible.
El coronel Beech miró al capitán Winters y contestó fríamente :
— Correcto, capitán. Envíeme una nota recordándomelo. —Se quedó mirando
luego la puerta por la que se había marchado. El coronel Beech era un soldado
de carrera, había estudiado en West Point y su padre también. Despreciaba a
todos los civiles, y para él el capitán Winters era un civil. El hecho de que
luciera un uniforme y las insignias de capitán no le convertían en
un soldado. Cuando el coronel Beech recibió la nota del capitán Winters
sobre Toby Temple, le echó un vistazo y acto seguido escribió rápidamente
en la hoja:
SOLICITUD DENEGADA -y la firmó. Enseguida se sintió mucho mejor.
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llenos de pecado.
La pequeña Josephine se moría de vergüenza al sentir que todos la
miraban. Cuando tenía esos terribles dolores de cabeza sabía
perfectamente bien que eran un castigo de Dios. Rezaba todas las
noches para que desaparecieran y tener entonces la certeza de que
Dios la había perdonado. Deseaba saber qué era eso tan malo que había
hecho.
— Y cantaré Aleluya, y ustedes cantarán Aleluya y todos cantaremos
Aleluya cuando lleguemos a nuestro verdadero hogar.
»El alcohol es la sangre del Diablo, el tabaco su aliento y la fornicación su
placer. ¿Son culpables de traficar con Satán ? ¡Pues entonces se
quemarán eternamente en el infierno, condenados para siempre porque
Lucifer vendrá a buscarlos!
Josephine se ponía entonces a temblar y miraba frenéticamente
alrededor de ella, aferrándose con todas sus fuerzas al banco de
madera para que el Diablo no pudiera llevársela.
Todos cantaban: "Quiero ir al Cielo, mi ansiado refugio —pero la pequeña
Josephine entendía mal las palabras y cantaba — : Quiero ir al Cielo con
mi vestido corto. »
Después de los aterradores sermones llegaba el momento de los milagros.
Josephine observaba asustada y fascinada al mismo tiempo, cómo una
procesión de hombres y mujeres lesionados e inválidos se acercaban
rengueando, arrastrándose y otros en sus sillas de ruedas hasta el
cubículo de la gloria, donde el predicador realizaba la imposición de manos
e invocaba los poderes del Cielo para curarlos. Arrojaban entonces al
suelo los bastones y muletas, algunos comenzaban a balbucear
histéricamente en lenguas extranjeras y la pequeña Josephine
retrocedía aterrorizada.
Las reuniones finalizaban siempre cuando se pasaba un plato para pedir
limosna. «Jesús está observándoles... y El desprecia a los avaros.» Y
entonces todo terminaba. Pero Josephine permanecía aterrada durante
mucho tiempo.
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Deseaba ganarla más que cualquier otra cosa que hubiera deseado en su
vida. Pero su madre no le permitía participar en el concurso. «La vanidad es el
espejo del diablo», decía... pero una de las Mujeres del Petróleo que estaba
encariñada con Josephine le pagó la fotografía. A partir de ese momento
Josephine supo que la copa sería suya. Le parecía verla ya sobre su cómoda y
la limpiaría cuidadosamente todos los días. Cuando se enteró que figuraba
entre las finalistas se sintió tan excitada que no pudo ir al colegio. Tuvo que
quedarse en cama todo el día sintiendo un gran malestar estomacal, agobiada
ante tanta felicidad. Esta sería la primera vez que iba a ser realmente
dueña de algo bonito.
Pero al día siguiente Josephine se enteró que el concurso había sido ganado
por Tina Hudson, una de las Niñas del Petróleo. Tina no era tan bonita
como Josephine, pero su padre era miembro del consejo de la cadena de
tiendas a la que pertenecía Brubaker.
Cuando supo la noticia, tuvo un dolor de cabeza tan fuerte que sintió ganas
de gritar. Tenía miedo que Dios se enterara de lo mucho que significaba
para ella esa bonita copa de oro, pero seguramente debió haberlo adivinado
ya que sus dolores de cabeza continuaron, y por las noches se tapaba la
cabeza con la almohada para que su madre no la oyera llorar.
Pocos días después de finalizado el concurso, Josephine fue invitada a pasar
el fin de semana en casa de Tina. La copa de oro estaba colocada en una
repisa del dormitorio de Tina. Josephine se quedó mirándola durante un
rato largo.
Cuando volvió a su casa, la copa estaba escondida en su bolsa. Y estaba
todavía allí cuando se presentó a buscarla la madre de Tina.
Su madre le dio una fuerte paliza con una vara hecha de una rama verde y
larga. Pero Josephine no le guardó rencor por ello.
Los pocos minutos en que había tenido entre sus manos la preciosa copa de
oro compensaban su sufrimiento.
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barata situada en el bulevar Cahuenga.
Tenía que ponerse rápidamente en movimiento, antes de quedarse sin
fondos. Toby sabía todo lo referente a Hollywood. Era una ciudad en la que
había que presentar una imagen. Se dirigió por tanto a una tienda de Vine
Street, se compró ropa nueva y con los veinte dólares que le quedaban
en el bolsillo caminó hasta el Hollywood Brown Derby donde comían
todas las estrellas. Las paredes estaban tapizadas con caricaturas de los
artistas más famosos. Toby sentía latir el pulso del mundo del
espectáculo en ese recinto y percibía el poderío latente en ese cuarto.
Vio que se le aproximaba una bonita camarera pelirroja, que no tendría más
de veinte años y que poseía una figura sensacional.
—¿Puedo ayudarle? -inquirió con una sonrisa.
Toby no pudo resistirlo. Estiró los brazos y le estrujó sus generosos
pechos. La joven se escandalizó. Pero cuando se disponía a abrir la boca
para protestar, Toby la miró con una expresión errática y le dijo:
—Discúlpeme, señorita... soy ciego.
—¡Oh, lo siento! —exclamó la muchacha arrepintiéndose de
sus pensamientos y con gran amabilidad condujo a Toby hacia
una mesa, cogiéndole del brazo y ayudándole a sentarse y a pedir
su consumición. Cuando se acercó nuevamente a él al cabo de
unos minutos y lo encontró inspeccionando los dibujos de la
pared, Toby la miró y exclamó entusiasmado:
—¡Es un milagro! ¡He recuperado la vista!
Le pareció tan gracioso y su aspecto tan inocente, que no pudo evitar reírse.
Siguió riéndose durante el resto de la comida, que compartieron en la misma
mesa, y de sus bromas en la cama, que también compartieron esa noche.
Toby realizó varios trabajos originales en Hollywood por la única razón de que
lo acercaban a los umbrales del espectáculo. Trabajó en el aparcamiento del
Ciro's, y cuando llegaban las personas de gran renombre, les abría la
puerta del auto y deslizaba un chiste junto con su amplia sonrisa. Pero no
le prestaban atención. Era solamente un empleado a cargo del
estacionamiento y ni siquiera tenían conciencia de su existencia. Toby
observaba todas esas hermosas muchachas vestidas con lujosos y apretados
vestidos y pensaba para sus adentros: Si tan sólo supieran que llegaré a ser
una gran estrella, no perderían el tiempo con esos mamarrachos.
Visitó a todos los agentes, pero muy pronto descubrió que estaba
perdiendo el tiempo. Los agentes no tenían ojos más que para las
estrellas. Uno no podía ir en busca de ellos. Debía ser a la inversa. Uno de
los nombres que Toby más oía pronunciar era el de Clifton Lawrence. Se
ocupaba exclusivamente de las grandes figuras y realizaba los contratos
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más increíbles. Clifton Lawrence será un día mi agente, pensó Toby. Se
suscribió a las dos biblias del ambiente cinematográfico, el Daily Variety y el
Hollywood Reporter. Le daban la sensación de que ya pertenecía a ese mundo.
La Twentieth Century Fox había comprado Por Siempre Ámbar y Otto
Preminger tendría a su cargo la dirección de la película. Ava Gardner había
firmado el contrato para actuar en Whistle Stop junto con George Raft
y Jorja Curtright, y Life with Father había sido adquirida por la Warner
Brothers. Y entonces Toby leyó una noticia que le hizo latir el corazón con
fuerza: El productor Sam Winters ha sido nombrado vicepresidente a
cargo de la producción de los Estudios Pan-Pacific.
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y estaba constantemente en movimiento, atendiendo clientes en Londres,
Suiza, Roma y Nueva York. Estaba íntimamente relacionado con todos los
ejecutivos importantes de Hollywood y se reunía todas las semanas
para jugar a las cartas con un grupo que incluía las figuras principales
de los tres estudios. Dos veces al año alquilaba un yate, invitaba a media
docena de bonitas modelos y a los ejecutivos de primera línea de los
estudios para gozar de una semana de «pesca». Clifton Lawrence poseía una
casa en la playa de Malibu totalmente equipada y disponible en cualquier
momento para cualquiera de sus amigos que la necesitara. Clifton tenía una
relación simbiótica con Hollywood, y resultaba beneficioso para todos.
Sam observó abrirse la puerta y entrar a Lawrence vestido con un elegante
traje de corte impecable. Se acercó a Sam, le tendió una mano
cuidadosamente manicurada y le dijo:
—Sólo quería saludarte. ¿Qué tal anda todo, muchacho?
—Si me permites expresarlo en esta forma —respondió Sam—, te diría que
si los días fueran barcos, hoy sería semejante al Titanic.
Clifton Lawrence demostró su solidaridad con un sonido compasivo.
—¿Qué te pareció el pre-estreno de anoche? —preguntó Sam.
—Si se hace un reajuste de los primeros veinte minutos y se cambia el
final tendrás un gran éxito.
—Qué gracioso —respondió Sam sonriendo—. Es exactamente lo que
estamos haciendo. ¿Tienes algún cliente para mí en este día?
Lawrence hizo una mueca.
—Lo siento. Están todos trabajando.
Y era verdad. El selecto grupo de grandes estrellas de Clifton Lawrence,
además de varios directores y productores, estaban siempre solicitados.
—Te veré en la comida del viernes, Sam —dijo Clifton—. Ciao. —Se dio
vuelta y se dirigió a la puerta.
El imercomunicador transmitió la voz de Lucille.
—Está aquí Dallas Burke.
—Dígale que pase.
—Y Mel Foss quiere verle. Dijo que era urgente. Mel Foss era el jefe
de la sección de televisión de los Estudios Pan-Pacific.
Sam echó una mirada a su agenda.
— Dígale que podremos tomar el desayuno mañana a las ocho
en el Polo Lounge.
El teléfono sonó nuevamente en la oficina exterior y Lucille lo atendió.
—Oficina del señor Winter.
Una voz desconocida preguntó:
—Buenos días, ¿está el jefe?
—¿De parte de quién, por favor?
—Dígale que es un viejo compañero... Toby Temple. Estuvimos juntos en
el ejército. Me dijo que le llamara si venía alguna vez a Hollywood y
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aquí me tiene.
—Está en una reunión, señor Temple. ¿Le parece bien que le llame
cuando termine?
—Por supuesto. —Acto seguido le dejó su número de teléfono que
Lucille arrojó al cesto de los papeles. No era la primera vez que
alguien trataba de engañarla con el truco del viejo camarada de
armas.
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Pero era un ser humano y aún estaba vivo y de alguna forma había que
ocuparse de él ya que no había ahorrado ni un centavo. Le habían
ofrecido una habitación en la Pensión para Veteranos del Cine-
matógrafo, pero la había rechazado indignado. «¡No quiero vuestra
asquerosa limosna! —exclamó — . Están hablando con el hombre que
dirigió a Doug Fairbanks y Jack Barrymore y Milton Sills y Bill
Farnum. ¡Soy un coloso, pigmeos hijos de puta!»
Y lo era. Una verdadera leyenda, pero inclusive las leyendas necesitan
alimentarse.
Cuando Sam se convirtió en productor, telefoneó a un agente que
conocía y le pidió que le llevara a Dallas Burke para que le sugiriera un
argumento.
Desde entonces Sam le compraba al viejo todos los años unas historias
imposibles, para que tuviera con qué vivir y se encargó de que ese
arreglo prosiguiera mientras estuvo en el ejército.
— ...por tanto —seguía diciendo Dalias Burke-, la criatura crece
ignorando quién es su madre. Pero ésta no le pierde la pista. Y al final,
cuando la hija se casa con ese acaudalado médico tenemos una gran
boda. ¿Y sabes cuál es el detalle trágico, Sam? Escucha atentamente porque
es sensacional. ¡No le permiten asistir a la madre! Tiene que entrar a
escondidas a la iglesia y observar desde el fondo la ceremonia de la boda de
su hija. No habrá un ojo seco en todo el público... Bueno, eso es todo. ¿Qué
te parece?
Sam se había equivocado. Era Stella Dallas. Miró de reojo al agente que
apartó la vista abochornado y se puso a estudiar la punta de sus lujosos
zapatos.
—Me parece fantástico —dijo Sam—. Es justamente la clase de película que
quería hacer el estudio. —Y dándose vuelta hacia el agente agregó:—
Comuniqúese con la sección contratos y haga un arreglo con ellos, Peter. Yo
les avisaré que esperen su llamada.
El agente asintió.
—Avísales que van a tener que pagar un buen precio por este argumento,
pues de lo contrario se lo llevaré a Warner Brothers —acotó Dallas Burke—.
Te doy a ti la primera opción porque somos amigos. , —Te lo agradezco —
respondió Sam.
Se quedó mirando salir a los dos hombres de su oficina pensando que en
realidad no tenía derecho alguno de tirar el dinero de la compañía en esos
sentimentalismos. Pero la industria cinematográfica estaba en deuda con
hombres como Dallas Burke, ya que de no haber sido por él y otros similares,
no habría existido esa industria.
Sam Winters atravesó con su coche el portón del Hotel Beverly Hills a las
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ocho de la mañana siguiente. Pocos minutos después se dirigía hacia el Polo
Lounge, saludando a su paso a amigos, conocidos y rivales. Eran más los
contratos que se convenían en ese lugar durante el desayuno, el almuerzo y
tomando un cóctel que los que se decidían en todas las oficinas de todos los
estudios juntos. Mel Foss levantó la vista al ver acercarse a Sam.
—Buenos días, Sam.
Los dos hombres se estrecharon la mano y Sam se sentó a la mesa frente a
Foss. Sam había contratado a Foss hacía ocho meses, para que dirigiera la
sección televisión de los Estudios Pan-Pacific. La televisión empezaba a dar
sus primeros pasos en el ambiente del espectáculo y crecía con increíble
rapidez. Todos los estudios que en cierto momento la habían considerado
despreciativamente estaban ahora trabajando con ella.
Se acercó la camarera para preguntarles qué iban a tomar, y cuando se
alejó, Sam dijo:
— ¿Qué noticia buena tienes, Mel? Mel Foss movió la cabeza.
— No es precisamente una buena noticia. Tenemos problemas —anunció.
Sam esperó sin decir nada.
— No nos renovarán el contrato de «The Raiders». Sam le miró
sorprendido.
— Pero si el rating es excelente. ¿ Por qué crees que la red quiere cancelarlo?
No es tan fácil conseguir un show con tanto éxito.
—No se trata del show — dijo Foss—. Es por Jack Nolan — Jack Nolan era el
artista principal de «The Raiders» y había alcanzado un gran éxito tanto con
la crítica como con el público.
— ¿Qué pasa con él? —preguntó Sam. Detestaba la costumbre que tenía
Mel Foss de obligarle a sonsacarle lo que quería saber.
—¿No has leído el número de esta semana de la revista Peek?
——No lo leo jamás. Es una porquería. —De repente se dio cuenta de lo
que quería decirle Foss.
—— ¡A Nolan lo pescaron!
—En vivo y en directo —respondió Foss — . El muy tonto se puso su mejor
vestido de encaje y fue a una fiesta. Alguien le sacó fotografías.
—¿Es muy serio?
—No puede ser peor. Ayer recibí no sé cuántas llamadas del canal de
televisión. Los patrocinadores y ellos quieren despedirle. Nadie quiere tener
nada que ver con un maricón que lo publica a los cuatro vientos.
— Pederasta —acotó Sam. Había contado seriamente con presentar un
buen informe sobre la televisión durante la próxima reunión del consejo
que se llevaría a cabo el mes siguiente en Nueva York. Pero la noticia que
acababa de comunicarle Foss daba por tierra con ello. Perder «The
Raiders» sería un rudo golpe.
A menos que pudiera hacer algo al respecto.
Cuando Sam regresó a su oficina, Lucille le entregó una hoja con diferentes
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mensajes.
—Los más importantes son los que están arriba —le dijo—. Le necesitan...
—Después. Llame a IBC y comuníqueme con William Hunt.
Dos minutos después, Sam hablaba con el director de la International
Broadcasting Company. Lo había frecuentado poco durante los últimos años,
pero le resultaba simpático. Hunt se había iniciado como un brillante abogado
de la compañía y había ascendido paso a paso hasta llegar a la cumbre del
canal de televisión. Raras veces tenían contactos por negocios porque Sam
no estaba conectado directamente con la sección dedicada a televisión. Pero
en ese momento se lamentaba de no haber dedicado más tiempo a cultivar la
amistad de Hunt. Cuando éste se puso al fin al habla, Sam hizo un esfuerzo
para que su voz sonara en tono natural e indiferente.
—Buenos días, Bill.
—Qué agradable sorpresa —respondió Hunt—. Hace mucho que no oía tu voz,
Sam.
—Demasiado. Eso es lo malo de este trabajo, Bill. Nunca se dispone del
tiempo que uno desearía dedicar a las personas que nos agradan.
— Eso es muy cierto.
Sam prosiguió tratando de que su voz pareciera la de siempre.
—A propósito, ¿has visto por casualidad ese tonto artículo de Peek?
—Sabes muy bien que sí —contestó tranquilamente Hunt—. Esa es la razón
por la que suspendemos el programa, Sam. —Las palabras fueron
pronunciadas con gran determinación.
—Bill —agregó Sam—, ¿qué dirías si te contara que Jack Nolan fue víctima de
una trampa?
Una carcajada resonó en el otro extremo de la línea.
—Diría que tal vez sería hora de que pensaras en convertirte en un escritor.
— Lo digo en serio —insistió Sam—. Conozco bien a Jack Nolan. Es tan
hombre como nosotros. Esa fotografía fue tomada durante una fiesta de
disfraz. Era el cumpleaños de su amiguita y se puso el vestido para hacerle
una broma —Sam sentía que le transpiraban las manos.
— No puedo...
—Te diré algo para que te des cuenta hasta qué punto tengo confianza
en Jack -agregó Sam-. Acabo de elegirlo para representar el papel
principal de Laredo, nuestro gran western para el año próximo.
—¿Lo dices en serio, Sam? -preguntó Hunt después de una pausa.
— Ya lo creo. Es una película que vale tres millones de dólares. Si Jack
Nolan fuera realmente un homo exual el público no lo toleraría. Los
exhibidores no querrían saber nada con él. ¿Crees que me arriesgaría
de esa forma si no estuviera seguro de lo que te digo?
-Bueno... -la voz de Bill Hunt reflejó cierto titubeo.
-Vamos, Bill, no puedes permitir que un infame pasquín como Peek
destruya la carrera de un buen hombre Te gusta c! show ¿no es así?
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-Muchísimo. Es excelente. Pero los patrocinadores. .
—Es tu canal. Tienes más patrocinadores que tiempo disponible en la
pantalla. Te hemos dado un show de primer orden. No juguemos con un
éxito semejante.
—Bueno...
—;No te contó Mel Foss los planes del estudio para «The
Raiders» durante la próxima temporada?
-No...
-Supongo que pensaba darte una sorpresa —acoto Sam—. ¡Espera hasta
enterarte de lo que se le ha ocurrido! Artistas invitados, grandes
escritores de westerns, filmación en el lugar... ¡no falta nada! Te
aseguro que si «The Raiders» no alcanza el primer puesto en el rating,
quiere decir que no sirvo para este tipo de trabajo.
Hubo una pequeña pausa y Bill Hunt agregó:
Dile a Mel que me llame. Tal vez nos hemos asustado
innecesariamente.
-Te llamará -le prometió Sam.
— Y otra cosa más, Sam, comprendes mi posición... Yo no
quería herir a nadie.
— No te preocupes -dijo Sam generosamente — . Te conozco
demasiado bien para pensar semejante cosa, Bill. Por eso era por
lo que me parecía lo justo que te enteraras de !a verdad del asunto.
-Te lo agradezco.
—¿Qué te parece si almorzamos juntos la semana próxima?
—Encantado. Te llamaré el lunes.
Se despidieron y dieron por terminada la conversación. Sam se quedó sentado
sintiéndose totalmente agotado. Lo que había dicho sobre Jack Nolan era
tan falso como una moneda de cobre. Alguien debería haberle encerrado
tiempo ha. Y pensar que todo su futuro dependía de tarados como Nolan.
Dirigir un estudio era semejante a caminar por un alambre sobre las
cataratas del Niágara en medio de una espesa neblina. Hay que ser loco para
hacer este trabajo, pensó Sam. Agarró su teléfono privado y marcó un
número. Pocos minutos después estaba al habla con Mel Foss.
—«The Raiders» sigue en el aire —le anunció.
—¿Qué dices? —preguntó Foss con voz que aparentaba asom
bro e incredulidad.
—Lo que acabas de oír. Quiero que te pongas rápidamente en
contacto con Jack Nolan. ¡Dile que si vuelve a extralimitarse otra
vez me encargaré personalmente de echarle de esta ciudad y
hacerle volver a Fire Island! Y lo digo en serio. ¡ Si tiene necesidad
de chupar algo, dile que se compre una banana!
Colgó sin más el teléfono y se recostó contra el respaldo de la silla pensando.
Había olvidado decirle a Foss los cambios de programa que le había anunciado
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a Bill Hunt. Tendría que buscar un escritor que pudiera presentar un guión
sobre un western titulado Laredo.
La puerta se abrió súbitamente dejando paso a Lucille que con el rostro
pálido le preguntó:
— ¿Puede ir al set número diez? Alguien le ha prendido fuego.
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pie y realizar una demostración de sus habilidades, dejándolos
boquiabiertos al ¿preciar realmente un verdadero talento.
El público disfrutó con la obra, pero Toby estaba obsesionado por los
buscadores de estrellas enviados por los estudios, sentados tan cerca de él
y que tenían su futuro en sus manos. Bien, ya que Actors West era la
carnada para atraerlos, Toby decidió utilizarla: pero no tenía intenciones de
esperar seis meses ni seis semanas.
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quedado al descubierto. La llevó hasta el mullido sofá de cuadros y allí le
hizo el amor.
Toby se trasladó esa noche a casa de Alice Tanner.
Esa noche, mientras dormía junto a Alice Tanner, descubrió que era una
mujer terriblemente solitaria y que ansiaba desesperadamente tener
alguien con quien hablar, a quien amar. Había nacido en Boston. Su padre era
un industrial acaudalado que le dio una generosa pensión y se olvidó luego de
ella. Alice tenía grandes inclinaciones por el teatro y había hecho estudios
para ser una actriz, pero enfermó con la polio durante sus estudios
secundarios en el colegio y eso echó por tierra sus sueños. Le contó a
Toby en qué forma la enfermedad le había afectado su vida. El muchacho
con quien estaba comprometida la abandonó cuando se enteró de la
noticia. Alice se fue de su casa y contrajo matrimonio con un psiquiatra
que se suicidó seis meses después. Parecía que todas sus emociones
habían estado embotelladas en su interior y en ese momento estallaron
como una violenta erupción, dejándola tan agotada como tranquilizada y
maravillosamente satisfecha.
Toby le hizo el amor a Alice en una forma tal que estuvo a punto de
desmayarse de felicidad, colmándola con su enorme miembro, moviendo
lentamente y en círculos sus caderas hasta brindarle una satisfacción
que llegaba a todos los rincones de su cuerpo.
—Te quiero tanto, querido —gimió — . ¡Ay Dios!, ¡cómo me gusta esto!
Pero descubrió que no tenía ninguna influencia sobre Alice respecto de
la escuela de teatro. Trató de convencerla para que lo incluyera en la
próxima obra del grupo de vanguardia, que le presentara a los
directores y hablara sobre él a los importantes representantes de los
estudios. Pero no cedió:
— Si te apuras todo redundará en perjuicio tuyo, mi querido.
La regla número uno es la siguiente: no hay nada más importante
que la primera impresión. Si no les gustas la primera vez, no
volverán jamás para verte en una segunda oportunidad. Tienes
que estar preparado.
Cuando pronunció esas palabras se convirtió en El Enemigo. Estaba en
contra de él. Toby se tragó la furia y se esforzó en sonreírle.
—Por supuesto. lo que pasa es que estoy impaciente. Quiero
lograrlo tanto por ti como por mí.
—¿De veras? ¡Oh, Toby, te quiero tanto!
—Yo también te quiero, Alice —acotó mirándola sonriendo.
Sabía que tendría que engañar a esta mujer que se interponía en su
camino hacia la fama. La odiaba y decidió castigarla.
Cuando hacían el amor, la obligaba a realizar cosas que jamás había
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hecho antes, y que él jamás había soñado con pedírselo ni a una
prostituta, forzándola a valerse de la boca, los dedos y la lengua. La
empujaba más y más, hasta lograr que cayera en una serie de actos
humillantes. Pero cuanto más la degradaba, alabándola tal como uno
alaba a un perro que aprende un truco nuevo, más feliz se sentía ella
por haberlo satisfecho. Toby se castigaba a sí mismo y no tenía la menor
idea de por qué.
Había pensado un plan y la oportunidad de llevarlo a la práctica se
presentó antes de lo que esperaba. Alice Tanner anunció que el grupo
conocido como del Taller montaría en privado una obra teatral que sería
presenciada por las clases superiores y sus invitados el próximo viernes.
Cada alumno elegiría su propio tema. Toby preparó un monólogo y lo ensayó
una y otra vez.
La mañana previa a la función, esperó hasta que terminara la clase para
acercarse a Karen, la artista gordita que había sido su compañera y que se
había sentado junto a él durante la representación previa.
— ¿Me harías un favor? —le preguntó como de pasada.
—Por supuesto, Toby —le contestó con voz sorprendida e impaciente.
Toby se apartó ligeramente para esquivar su mal aliento. , — Quiero
hacerle una broma a un amigo. Quisiera que llamaras por teléfono a la
secretaria de Clifton Lawrence diciéndole que eres la secretaria de Sam
Goldwyn, y que éste desearía que el señor Lawrence asista a la función de
esta noche para presenciar la actuación de un estupendo cómico nuevo. Le
dejará una entrada en la taquilla.
Karen se quedó mirándole.
—Válgame Dios, la vieja Tanner me va a cortar la cabeza. Sabes que jamás
permite que gente de afuera asista a las representaciones del grupo del
Taller.
—Te aseguro que no pasará nada. —La tomó del brazo y estrujándoselo
ligeramente le preguntó:— ¿Tienes algo que hacer esta tarde?
La muchacha tragó saliva con fuerza y su respiración se aceleró.
—No... estoy libre si quieres hacer algo.
— Me gustaría mucho hacer algo.
Tres horas después, una extática Karen hacía la llamada telefónica.
El salón de actos estaba lleno de artistas de diferentes categorías
acompañados por sus invitados, pero Toby no tenía ojos más que para el
hombre que estaba sentado en la tercera fila en una platea junto al pasillo.
Había estado aterrado ante la posibilidad de que su estratagema no diera
resultado. Era más que posible que un hombre tan inteligente como Clifton
Lawrence olfateara la trampa. Pero no lo había hecho y ahora estaba
instalado allí.
En esos momentos ocupaban el escenario un muchacho y una chica
representando una escena de The Sea Gull. Toby confiaba en que no fueran
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tan malos como para que Clifton Lawrence decidiera salir de la sala.
Terminaron finalmente la actuación, saludaron y desaparecieron entre las
bambalinas.
Le tocaba el turno a Toby. Alice apareció súbitamente junto a él entre los
decorados y le susurró:
—Buena suerte, querido —sin saber que la Diosa fortuna estaba sentada
entre el público.
— Gracias, Alice —respondió Toby rezando en silencio y luego de echar los
hombros hacia atrás, salió a escena sonriendo inocentemente al público—.
Buenas noches, soy Toby Temple. ¿Se les ocurrió pensar alguna vez en
nuestros nombres y por qué los eligieron nuestros padres? Es una locura. Le
pregunté una vez a mi madre por qué me había llamado Toby. Ella me
respondió que lo decidió luego de echar un vistazo a mi cara.
Su expresión fue lo que les hizo reír. Parecía tan ¡nocente y pensativo,
parado allí en ese escenario, que todos sintieron una enorme simpatía por él.
Los chistes que decía eran pésimos, pero eso no les importaba. Era tan
vulnerable que todos tenían ganas de protegerle y así lo hicieron
brindándole sus aplausos y sus risas. Fue como si Toby hubiese recibido una
donación de amor, que le colmaba hasta producirle una alegría casi
intolerable. Se convirtió en Edward G. Robinson y Jimmy Cagney y Cagney
decía:
—¡Rata asquerosa! ¿A quien crees que estás dando órdenes?
Y Robinson agregaba:
—A ti, mamarracho. Soy el Pequeño César, el Jefe. Tú no eres nada. ¿Sabes
lo que eso quiere decir?
—Sí, rata asquerosa. Que eres el jefe de nada.
Un rugido entre el público. Todos estaban entusiasmados con él.
Enseguida apareció Bogart refunfuñando:
—Te escupiría en el ojo cretino, si no tuviera el labio pegoteado sobre los
dientes.
Y el público quedó fascinado.
Toby realizó su imitación de Peter Lorre.
—Vi esa niñita en el cuarto jugando con eso y me excité. No sé lo que me pasó.
Pero no pude contenerme. Me deslicé en el cuarto y tiré y tiré de la
cuerda, hasta que al final le rompí el yo-yo.
Más carcajadas. Era un éxito.
Se convirtió entonces en Laurel y Hardy, pero un movimiento entre el público
le llamó la atención. Vio que Clifton Lawrence salía del teatro.
El resto de la velada se transformó en un borrón para Toby.
Alice Tanner se le acercó cuando terminó la función.
— ¡Estuviste maravilloso, querido! Yo...
No podía tan siquiera mirarla, ni tampoco toleraba que alguien le mirara.
Quería estar a solas con su desgracia, tratar de sofocar el dolor que le
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despedazaba. El mundo se había derribado ante sus ojos. Había tenido una
oportunidad y había fracasado. Clifton Lawrence se había levantado por la
mitad de su actuación, ni siquiera había esperado hasta que terminara.
Clifton Lawrence era un hombre que sabía lo que era el talento, era un
profesional que no trataba sino con lo mejor. Si Lawrence pensaba que
Toby no valía nada... Sintió un nudo en el estómago.
—Voy a caminar un poco —le dijo a Alice.
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candilejas, tratando de recordar las palabras que debía pronunciar.
Trataba de hablar, pero había perdido la voz. Sintió que le invadía el pánico.
Se oía gran movimiento en la platea, y pudo percibir a pesar de los focos
que muchos espectadores se levantaban de sus asientos y se dirigían hacia él
para matarlo. El amor se había transformado en odio. De repente se vio
rodeado y estrujado por todos ellos que no cesaban de cantar:
-¡Toby! ¡Toby! ¡Toby!
Se despertó de un salto sintiendo la boca seca por el miedo. Alice
Tanner estaba inclinada sobre él sacudiéndole.
— ¡Toby! Te llama Clifton Lawrence por teléfono.
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levantado hacia el cielo, que le devolvían nuevamente la vida...
—Tengo un presentimiento con usted, Temple —anunció Clifton
Lawrence -. Creo que sería muy interesante coger a alguien joven y
formarle una carrera. He decidido aceptarlo como cliente.
La alegría estaba por explotar por todos los poros de Toby. Sentía
ganas de ponerse de pie y comenzar a gritar. ¡Clifton Lawrence iba a
ser su agente!
— ...Con una condición -acotó Lawrence —. Que haga exacta
mente lo que yo le diga. No tengo paciencia con las iniciativas
propias. Todo habrá terminado la primera vez que se salga de la
línea. ¿Entendido?
Toby asintió rápidamente. —Sí, señor. Lo comprendo.
— Lo primero que debe hacer es enfrentarse a la verdad... Miró
a Toby sonriendo y agregó:— Su número es espantoso. De
última categoría.
Fue como si le hubieran dado una patada en el estómago. Clifton
Lawrence le había hecho ir allí par i castigarle por esa tonta llamada
telefónica; no pensaba ocuparse de él. Iba...
Pero el pequeño agente prosiguió hablando
— La noche anterior fue una noche de aficionados, y eso es
exactamente lo que es usted: un aficionado. —Se levantó de la
silla y comenzó a caminar de una a otra punta. — Le diré lo que
posee y le diré lo que le hace falta tener para convertirse en una
estrella.
Toby permaneció sencido
Empecemos con m material -dijo Clifton . S i le agrega un poco de
manteca y sal, podría venderlo en el vestíbulo del teatro.
—Sí, señor. Bueno, tal vez haya ciertas cosas muy cursis, pero...
En segundo lugar, no tiene ninguna dase de estilo. Toby sintió que se
le crispaban las manos.
— El público no...
—Tercero. No sabe moverse. Parece un pescado.
Toby guardó silencio.
El hombrecito se le acercó, miró hacia abajo y como si leyera sus
pensamientos agregó:
— ¿Si es tan malo, qué demonios está haciendo aquí? Está aquí
porque tiene algo que no puede comprarse con dinero. Cuando
aparece en el escenario, el público siente ganas de comérselo. Le
adoran. ¿Tiene alguna idea de lo que eso vale?
Toby respiró hondo y se recostó contra el respaldo de su asiento.
— Estoy esperando que me lo diga.
—Mucho más de lo que se imagina. Puede convertirse en una estrella si
cuenta con el material indicado y una buena dirección.
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Toby permaneció sentado, regodeándose con el significado de las palabras de
Clifton Lawrence, como si todo lo que había hecho durante su vida le
hubiera llevado a eso, como si fuera ya una estrella y todo hubiera sido
consumado. Tal como se lo había prometido a su madre.
—La clave del éxito de un animador es la personalidad —decía
Clifton Lawrence—. Pero no se puede comprar ni falsificar.
Tiene que ser algo innato. Y usted es uno de los pocos afortunados, querido
muchacho. —Echó una mirada al Piaget de oro que adornaba su muñeca y
anunció: — Le he organizado una entrevista con O'Hanlon y Rainger para las
dos de la tarde. Son los mejores escritores de guiones cómicos de
Hollywood. Trabajan para los mejores cómicos.
—Mucho me temo que no tengo dinero suficiente... —interpuso Toby
nerviosamente.
—No se preocupe, muchacho —respondió Clifton Lawrence haciendo un gesto
con la mano — . Me pagará después.
Clifton Lawrence permaneció sentado pensando en Toby durante un buen
rato después que éste se fue, sonriendo para sus adentros al recordar esa
cara inocente y sus enormes, confiados y candidos ojos azules. Habían pasado
muchos años desde que Clifton había representado a un desconocido. Su
clientela consistía en las estrellas más famosas y todos los estudios se
disputaban sus servicios. No había rastros ya del entusiasmo y agitaciones de
antaño. Esos primeros años habían sido más divertidos, más estimulantes.
Sería un desafío aceptar este muchacho joven e inexperto y transformarlo
y convertirlo en un personaje. Clifton tenía la impresión de que iba a
disfrutar realmente con este experimento. Le gustaba el muchacho. En
realidad, le gustaba mucho.
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restos de café frío.
—Hola, Toby. Disculpa el desorden. Hoy es el día de salida de
la sirvienta —le dijo O'Hanlon al saludarlo—. Soy O'Hanlon.
—Señaló a su compañero y preguntó:— ¿Este es...?
—Rainger.
—Eso es, Rainger.
O'Hanlon era alto, corpulento y usaba gafas con armazón de carey. Rainger
era bajito y de aspecto frágil. Ambos tenían poco más de treinta años y
hacía diez que formaban una brillante pareja de guionistas. Durante los
años que Toby trabajó con ellos, siempre les llamó «los muchachos».
—Tengo entendido que ustedes van a escribir unos chistes para que yo los
diga —manifestó Toby.
O'Hanlon y Rainger intercambiaron una mirada.
—Cliff Lawrence piensa que puedes convertirte en el próximo símbolo de tu
sexo en Norteamérica. Veamos lo que sabes hacer. ¿Tienes algún número?
— Por supuesto —contestó Toby. Pero al recordar lo que
Clifton había comentado al respecto sintió cierta desconfianza.
Los dos escritores se sentaron en el sofá y cruzaron los brazos.
—Diviértenos —indicó O'Hanlon.
—¿Así sin más? —inquirió Toby mirándolos.
—¿Qué te gustaría? —preguntó Rainger—. ¿Una introducción
por una orquesta de sesenta músicos? —Se dio vuelta hacia
O'Hanlon y le dijo:— Comunícate con el departamento de
música.
Grandísimo sinvergüenza, pensó Toby. Acabo de anotarte en la lista de los
mierdas y a tu amigo también. Sabía muy bien lo que estaban tratando de
hacer. Querían hacerle quedar tan mal para poder decirle después a Clifton
Lawrence: No tiene arreglo. Es un fracaso. Pues bien, no les dejaría proseguir
con ese jueguecito. Se las arregló para exhibir una sonrisa cuando lo que
menos tenía eran ganas de sonreír y procedió a realizar su parodia de Abbott
y Costello.
— Dime Lou, ¿no te avergüenzas de ti mismo? Te estás
convirtiendo en un vago. ¿Por qué no sales a buscar trabajo?
—Ya tengo un trabajo.
—¿Qué clase de trabajo?
—Buscar un trabajo.
—¿Ya eso le llamas trabajar?
—Por supuesto. Me mantiene ocupado todo el día, tengo
horarios fijos y todas las noches vuelvo a casa a comer.
Ambos hombres estaban estudiando a Toby, analizándole, pesando todas
sus cualidades y en medio de su representación comenzaron a hablar entre
ellos como si el otro no estuviera presente en el cuarto.
—No sabe pararse.
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—Mueve las manos como si estuviera cortando leña con el
hacha. Tal vez podríamos escribirle un guión sobre un leñador.
—Insiste demasiado.
— ¿Cómo quieres que no lo haga con el material que utiliza?
Toby se ponía más incómodo segundo a segundo. No tenía por qué quedarse
allí parado oyendo como le insultaban esos dos chiflados. Posiblemente las
cosas que ellos escribían eran igualmente malas.
Finalmente no pudo seguir aguantando. Interrumpió su actuación y con voz
temblando por la ira exclamó:
— ¡No los necesito! ¡Gracias por su hospitalidad! —Y acto
seguido se dirigió a la puerta.
Rainger se puso de pie auténticamente sorprendido.
— ¡Epa! ¿Qué demonios te pasa?
—¿Qué demonios cree que me puede pasar? —le espetó Toby dándose vuelta
furibundo—. Ustedes... ustedes —se sentía tan frustrado que estaba al
borde de las lágrimas.
Rainger miró preocupado a O'Hanlon.
—Debemos haber herido su amor propio.
—Cielos.
Toby respiró hondo y agregó:
—Escuchen los dos, me importa un comino que no les guste, pero...
— ¡Pero si nos encantas! —exclamó O'Hanlon.
—¡Nos pareces maravilloso! —insistió [Link] les miró
alternativamente totalmente despistado.
—¿Qué dicen? Pero si parecía...
—¿Sabes cuál es tu problema, Toby? La falta de seguridad. Tranquilízate.
Por supuesto que tienes mucho que aprender, pero por otra parte, no
estarías aquí si fueras Bob Hope.
— ¿Y sabes por qué? —acotó O'Hanlon — . Porque Bob está en Carmel.
—Jugando al golf. ¿Juegas al golf? —preguntó Rainger.
-No.
Los dos escritores se miraron consternados.
— ¡Al diablo con todos los chistes sobre golf! Mierda. O'Hanlon agarró el
teléfono.
— ¿Quieres traernos un poco de café, Zsa Zsa? —Colgó y dándose
vuelta hacia Toby le dijo:— ¿Sabes cuántos aspirantes a cómicos hay en
este extraño negocio en el que estamos metidos?
Toby movió negativamente la cabeza.
— Puedo darte la cifra exacta. Tres billones setecientos veintiocho
millones, hasta las seis de este día. Y eso sin incluir al hermano de
Milton Berle. Cuando hay luna llena salen todos arrastrándose de las
bambalinas. Existen solamente media docena de cómicos realmente
buenos. Los otros nunca llegarán a serlo. La comedia es el renglón más
59
serio de todos; Resulta sumamente difícil ser gracioso, tanto si eres un
cómico o un comediante.
—¿Cuál es la diferencia?
—Una muy grande. Un cómico dice cosas graciosas. Un
comediante dice las cosas con gracia.
—¿Se te ocurrió pensar alguna vez por qué algunos comediantes son
sensacionales y otros unos fracasados? —le preguntó
Rainger.
— Por el material —respondió Toby queriendo adularlos.
—Estás totalmente equivocado. El último chiste fue inventado por
Aristófanes. Los chistes son siempre básicamente los mismos. George
Burns puede decir seis que ya haya dicho anteriormente el que le
precedía en el programa, pero él arrancará muchas más carcajadas. ¿Y
sabes por qué? Personalidad. Era lo mismo que le había dicho Clifton
Lawrence. Si no tienes personalidad eres un cualquiera. Empieza por
tenerla y luego te convertirás en un personaje. Toma a Hope, por
ejemplo. Si se le ocurriera realizar un monólogo de Jack Benny sería
un fracaso. ¿Y por qué? Porque él se ha creado una personalidad, un
estilo. Eso es lo que el público espera encontrar en él. Cuando Hope
sale a escena, los espectadores esperan oír esas rápidas bromas. Es un
vivo adorable, el típico habitante de la ciudad hecho a golpes. Jack
Benny es justamente lo opuesto. No sabría qué hacer con un monólogo de
Hope, pero puede aprovechar una pausa de dos minutos y hacer llorar
de risa al público. Cada uno de los Hermanos Marx tiene su propia
personalidad. Fred Alien es único. Y eso nos trae de vuelta a ti. ¿Sabes
cuál es tu problema, Toby? Que eres un poco de todos. Estás imitando
a todos los grandes. Bueno, eso está muy bien si quieres ser un
mediocre toda tu vida. Pero si quieres pasar a primer plano, tendrás
que crear tu propio estilo y tu propia personalidad. El público tiene que
saber que el que está en el escenario es Toby Temple antes de que
hayas abierto la boca. ¿Me entiendes?
-Sí.
Le tocó el turno a O'Hanlon.
— Lo que tú tienes, Toby, es una cara encantadora. Si no estuviera
ya comprometido con Clark Gable, habría perdido los estribos por ti. Hay una
dulzura ingenua en tu persona que puede valer una fortuna si la acondicionas
bien.
—Ni qué hablar de las mujeres que conseguirías —interpuso Rainger.
—Puedes obtener algo que los demás no pueden. Eres como un niñito que dice
palabrotas. Te hacen gracia porque uno no cree que sepa realmente el
significado de lo que está diciendo. Cuando entraste aquí nos preguntaste si
éramos los sujetos que te escribiríamos los chistes. Pues la respuesta es no.
Esta no es una tienda donde se vendan chistes a medida. Lo que vamos a hacer
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es mostrarte lo que tienes de positivo y enseñarte a usarlo. Vamos a
fabricarte un estilo. ¿Qué te parece?
Toby miró alternativamente a uno y otro, sonrió feliz y respondió:
—Arremanguémonos y pongámonos manos a la obra.
A partir de entonces, Toby almorzó todos los días en el estudio con Rainger
y O'Hanlon. La cantina de la Twentieth Century Fox era un cuarto enorme
repleto de punta a punta de estrellas famosas. Cualquier día de la semana
Toby podía ver a Tyrone Power, Loretta Young, Don Ameche, Betty Grable,
Alice Faye, Richard Widmark, Víctor Mature, los hermanos Ritz y muchísimos
otros. Algunos sentados en las mesas del gran salón, otros en el pequeño
salón comedor situado junto a la cantina. A Toby le encantaba observarlos.
Dentro de poco tiempo él sería uno como ellos, la gente solicitaría su
autógrafo. Estaba en camino y los eclipsaría a todos.
Alice Tanner estaba entusiasmada con lo que le había pasado a Toby.
—Sabía que ibas a lograrlo, querido. Estoy orgullosa de ti.
Toby la miraba sonriente y no decía nada.
10
Toby le anunció a Alice Tanner la novedad justo antes de partir rumbo a Las
Vegas.
— Sé que vas a convertirte en una gran estrella —le contestó—. Te ha
llegado el momento. Se quedarán fascinados contigo, querido. —Le abrazó
y dijo:— ¿Cuándo partimos y qué deberé ponerme la noche del debut de un
nuevo y valioso cómico?
Toby movió la cabeza pesarosamente.
—Ojalá pudiera llevarte, Alice. Pero lo malo es que tendré que trabajar noche
y día repasando cantidad de temas nuevos.
Alice trató de disimular su desilusión.
64
—Comprendo —respondió estrechándole con más fuerza—. ¿Cuánto tiempo
te quedarás allí?
—Todavía no lo sé. Es una especie de contrato abierto, sabes.
Sintió cierta preocupación pero pensó que se estaba portando como una
tonta.
— Llámame en cuanto puedas —le dijo. Toby la besó y salió bailando del
cuarto.
Parecía que Las Vegas, Nevada, había sido creada sólo para el placer de Toby
Temple. Lo sintió en el mismo momento en que vio la ciudad. Tenía una
maravillosa energía cinética a la que él respondía, un poderío latente que
igualaba al que se escondía en su interior. Toby partió en compañía de
O'Hanlon y Rainger y cuando llegaron al aeropuerto encontraron un gran
coche del hotel Oasis que estaba esperándoles. Fue el primer atisbo de
Toby del mundo maravilloso que muy pronto habría de pertenecería. Disfrutó
al recostarse contra el respaldo del asiento del inmenso coche negro
mientras el chófer le preguntaba:
— ¿Tuvo un vuelo agradable, señor Temple?
Siempre son las personas sin importancia las que olfatean un éxito
anticipadamente, pensó Toby.
— Aburrido como de costumbre —respondió Toby como de pasada.
Advirtió la sonrisa que intercambiaron O'Hanlon y Rairger y se las
devolvió. Se sentía muy unido a ellos. Formaban un equipo, el mejor de
todos los equipos del mundo del espectáculo.
El Oasis estaba alejado del atractivo Strip, a considerable distancia de los
hoteles más famosos. A medida que el coche se acercaba al hotel, Toby
advirtió que no era tan grande ni tan lujoso como el Flamingo o el
Thunderbird, pero tenía algo mejor, algo mucho mejor. Una gigantesca
marquesina en el frente en la que podía leerse:
ESTRENO EL 4 DE SEPTIEMBRE
65
El administrador del Oasis era un hombre de edad madura y cara pálida,
llamado Parker, que recibió y saludó a Toby y lo escoltó personalmente
hasta su suite, deshaciéndose en amabilidades durante el trayecto.
—No puedo decirle lo contentos que estamos de tenerle con nosotros, señor
Temple. Si llegara a necesitar algo, sea lo que sea, llámeme inmediatamente,
por favor.
Toby comprendió que la calurosa bienvenida iba dirigida a Clifton Lawrence.
Era la primera vez que el famoso agente se había dignado alojar a uno de
sus pupilos en ese hotel. El administrador del Oasis confiaba en que ahora el
establecimiento recibiría la visita de los clientes verdaderamente
importantes de Lawrence.
La suite era inmensa, formada por tres dormitorios, un amplio líving, una
cocina, bar y terraza. En una de las mesas del líving había toda clase de
licores, flores y un gran bol con frutas frescas y quesos, todo obsequio del
establecimiento.
— Espero que le guste, señor Temple —dijo Parker.
Toby echó una mirada alrededor y pensó en todos esos sórdidos y
pequeños cuartos de hotel repletos de cucarachas y pulgas en los que había
vivido.
—Sí, está bien.
—El señor Landry llegó hace una hora. Hice los arreglos necesarios
para que pudieran ensayar en el Mirage Room a las tres de la tarde.
—Gracias.
—Recuerde, si se le ocurre cualquier cosa... —Insistió el gerente al
retirarse saludando obsequiosamente.
Toby se quedó parado saboreando lo que le rodeaba. Durante el resto de su
vida viviría siempre en lugares parecidos. Tendría todo, mujeres, dinero,
éxito. Más que nada éxito. La gente se sentaría para escucharle, reiría, le
ovacionaría y le idolatraría. Eso era su comida y su bebida. No necesitaba
nada más.
Dick Landry estaba cerca de los treinta años, era un hombre delgado,
desabrido, calvo, de piernas largas y finas. Había comenzado en Broadway
como un gitano y había pasado de ser corista a primer bailarín y de
coreógrafo a director. Landry tenía buen gusto y una percepción especial para
los requerimientos del público. No podía convertir en bueno un número malo,
pero podía hacerlo parecer bueno, y si le daban uno satisfactorio, podía
transformarlo en sensacional. Diez días antes, Landry ignoraba la existencia
de Toby Temple y la única razón por la que había interrumpido su nutrido
programa de trabajo para venir a Las Vegas y preparar el acto de Toby era
porque se lo había pedido Clifton Lawrence. A él le debía su éxito.
A los quince minutos de conocer a Toby Temple, Landry comprendió que
66
estaba trabajando con un talento. Mientras escuchaba el monólogo de Toby,
se le oyó reír en voz alta, cosa que rara vez hacía. No era en realidad por los
chistes, sino por la forma en que Toby los decía. Era tan patéticamente
sincero que le destrozaba a uno el corazón. Era un adorable y diminuto ser,
aterrado de que se le cayera el cielo encima. Se sentían deseos de correr
hacia él y estrecharle entre los brazos y tranquilizarle asegurándole que no
pasaría nada malo.
Cuando Toby terminó, Landry tuvo que hacer un esfuerzo para no
aplaudirle. Se acercó al escenario y le dijo:
—Eres bueno. Eres realmente bueno —repitió entusiasmado.
—Gracias — respondió Toby satisfecho —. Chff dice que puede
enseñarme a ser un éxito.
—Trataré —contestó Landry — . Pero lo primero que debes aprender es a
diversificar tus habilidades. Si lo único que sabes hacer es quedarte parado
contando chistes no pasarás de ser un cómico. Quiero oírte cantar.
—Será mejor que alquile un canario —contestó Toby sonrien
do—. No sé cantar.
—Prueba.
Toby trató y Landry pareció satisfecho.
—Tu voz no es gran cosa —le dijo—, pero tienes oído. Utilizando ciertas
canciones podrás simular que tienes buena voz y pensarán que eres Sinatra.
Haremos los arreglos necesarios para que algunos compositores te preparen
algo especial para ti. No quiero que cantes las mismas canciones que el resto
de la gente. Y ahora quiero verte mover.
Toby se movió.
Landry lo estudió cuidadosamente.
—Bastante bien. No creo que te conviertas en un bailarín pero voy a tratar
de que lo parezcas.
—¿Por qué? -preguntó Toby -. Hay montones de artistas que cantan y
bailan.
-También hay montones de cómicos -replicó Landry-. Te voy a convertir
en un animador. Toby sonrió y dijo:
— Arremanguémonos y pongámonos a trabajar.
67
Casi todos los días Toby encontraba un mensaje en su casillero informándole
que había telefoneado Alice Tanner. Recordaba cómo había tratado de
retenerlo. No estás listo todavía. Pues bien, ahora sí estaba listo y lo había
logrado a pesar de ella. Al demonio con Alice. Arrojó los mensajes al cesto
de los papeles hasta que un buen día no recibió más. Pero los ensayos
continuaban.
El sábado era la noche de su debut.
Existe una mística respecto del nacimiento de una nueva estrella. Es como
si un mensaje telepático se transmitiera instantáneamente a los cuatro
confines del ambiente del espectáculo. Gracias a una mágica alquimia, la
noticia llega a Londies, París, Nueva York y Sidney; la novedad llega a
cualquier parte donde haya un teatro.
Cinco minutos después que Toby pisara el escenario del Hotel Oasis, se corrió
la voz de que había aparecido una nueva estrella en el horizonte.
73
recorrió su cuerpo. Pero todo estaba en orden. Caruso le miró
sonriendo y dijo:
— Estuviste maravilloso esta noche, Toby, realmente maravilloso.
Toby empezó a tranquilizarse.
—Era un público extraordinario.
Caruso pestañeó y agregó:
—Tú lo convertiste en un buen público, Toby. Te lo dije... tienes talento.
—Gracias, Al. —Deseaba que todos se fueran para poder irse él de una vez.
—Trabajas mucho —agregó Al Caruso y dirigiéndose a sus acompañantes les
preguntó—: ¿No dije acaso que nunca había visto a nadie trabajar tanto?
Ambos asintieron.
Se dio vuelta hacia Toby y le dijo:
—A propósito, Millie estaba algo contrariada porque no la llamaste. Le
expliqué que era porque trabajas mucho.
—Eso es —interpuso Toby rápidamente—. Me alegro que lo comprendas, Al.
—Por supuesto —respondió sonriendo benévolamente—. ¿Pero sabes qué es lo
que no comprendo? Que no llamaste para preguntar a qué hora era la boda.
—Iba a llamar mañana por la mañana.
—¿Desde Los Angeles? —respondió Caruso riendo.
Toby sintió cierta alarma.
—¿De qué estás hablando, Al?
Caruso le miró con aire de reprobación.
—Tus maletas están preparadas. —Pellizcó juguetonamente la mejilla de Toby
y agregó:— Te dije que mataría a cualquiera que hiriera a Millie.
¡Espere un momento! Le juro por Dios que no...
—Eres un buen muchacho pero un poco tonto, Toby. Supongo que eso forma
parte de ser un genio, ¿no es verdad?
Toby se quedó mirando al gordo que sonreía alegremente, sin saber qué
decir.
—Debes creerme —insistió Caruso—, soy tu amigo. Quiero asegurarme de que
no te ocurra nada malo. Por el bien de Millie. ¿Pero qué puedo hacer si no me
prestas atención? ¿Sabes qué es lo que hay que hacer para que una mula
preste atención?
Toby negó con la cabeza en silencio.
—En primer lugar la golpeas en la cabeza con un palo.
Toby comenzó a sentir miedo.
—¿Cuál es tu brazo bueno? —preguntó Caruso.
—El derecho —balbuceó Toby.
Caruso asintió y dándose vuelta hacia los otros dos sujetos les dijo:
— ¡Rómpanselo!
Uno de los hombres sacó a relucir, nadie sabe de dónde, una barreta.
Ambos se acercaron a Toby y éste comenzó a temblar aterrorizado.
—Por el amor de Dios — se oyó decir Toby—, no pueden hacer eso.
74
Uno de los sujetos le dio un golpe en el estómago y casi
inmediatamente sintió un dolor terrible provocado por el fuerte golpe
que le asestaron al brazo, con la barreta, destrozándole los huesos.
Cayó al suelo retorciéndose de dolor. Trató de gritar pero se había
quedado sin fuerzas. Levantó la vista y a través de sus ojos bañados en
lágrimas vio a Al Caruso parado junto a él, sonriendo.
—¿Vas a prestarme atención? —lepreguntó suavemente.
Toby asintió a pesar de su sufrimiento.
—Bien —acotó Caruso y dándose vuelta hacia uno de sus esbirros le
ordenó—: Ábrele los pantalones.
El hombre se inclinó y bajó el cierre de la bragueta de Toby. Agarró la
bragueta y sacó el miembro de Toby.
Caruso se quedó parado un rato contemplándolo.
—Eres un hombre afortunado, Toby. No puede negarse que estás bien
dotado.
Toby no había sentido tanto miedo en toda su vida.
—Oh, Dios... no, por favor... no me hagan eso —farfulló.
—Yo no te haré mal alguno —anunció Caruso—. Serás mi amigo siempre
y cuando seas bueno con Millie. Si alguna vez llegara a decirme que has
hecho algo para herirla, sea lo que sea, comprendes lo que quiero decir,
supongo. —Pateó el brazo roto con la punta del zapato y Toby lanzó un
grito. — Me alegro que nos comprendamos tan bien —agregó Caruso
sonriendo — . La boda está prevista para la una.
La voz de Caruso se alejaba y acercaba a medida que Toby perdía el
conocimiento. Pero sabía que tenía que mantenerse lúcido.
—No... no podré... —gimió — . Mi brazo...
—No te preocupes por eso —respondió Al Caruso—. Un
médico está en camino para atenderte. Te arreglará el brazo y te
dará algo para calmar el dolor. Los muchachos pasarán mañana a
buscarte. Trata de estar listo.
Toby permaneció tirado contemplando la cara sonriente de Santa
Claus, sufriendo lo indecible y sin poder creer en la realidad de lo que
había ocurrido. Advirtió que Caruso acercaba nuevamente el zapato
hacia su brazo.
— Por... por supuesto —gimoteó—. Estaré listo...
Y en seguida perdió el conocimiento.
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11
76
—¿Qué te pasa, querida? ¿Acaso no te gusto?
—Sabes muy bien que sí. Pero...
—Vamos, basta de tonterías —replicó Toby—. Te quiero.
Ella se levantó rápidamente apoyándose sobre los codos y mirándole a los
ojos le preguntó:
—¿Lo dices en serio, Toby?
—Claro que sí. —Todo lo que le hacía falta era lo que le brindaría en seguida
y que resultó ser un verdadero estimulante.
La joven se quedó mirándolo salir de la ducha, secándose el pelo y
canturreando estrofas de su nueva canción. Sonrió feliz y le dijo:
—Creo que me enamoré de ti en cuanto te vi, Toby.
—Eso sí que es maravilloso. Pidamos el desayuno.
Y eso había sido todo... Hasta ese momento. Su vida estaba arruinada por
culpa de una tonta mujerzuela a la que le había hecho el amor una noche.
Toby se quedó parado viendo acercarse a Millie, sonriendo y luciendo su
blanco vestido de novia, y se maldijo a sí mismo, maldijo su sexo y maldijo el
día en que había nacido.
El hombre que ocupaba el asiento delantero del gran coche negro dejó
escapar una risita y dijo con gran admiración: —No puedo dejar de sacarme
el sombrero, jefe. El pobre tipo nunca se enteró de lo que había ocurrido.
Caruso sonrió benévolamente. Todo había salido bien. Desde que su mujer,
que tenía un carácter terrible, había descubierto su romance con Millie,
Caruso comprendió que tendría que encontrar una forma de sacarse de
encima a la corista rubia.
—Recuérdame que lo vigile para que trate bien a Millie —dijo Caruso
tranquilamente.
Josephine encontró una escapatoria a los diez años. Era una puerta que
se abría a otro mundo en el que podía esconderse de los castigos de su
madre y las constantes amenazas del fuego del infierno y la eterna
condenación. Era un mundo lleno de magia y belleza. Se sentaba en la
oscura sala cinematográfica hora tras hora y contemplaba embelesada
toda esa gente maravillosa que aparecía en la pantalla. Todos vivían en
casas preciosas y lucían vestidos maravillosos y eran felices. Un día yo
también iré a Hollywood y viviré así, pensó Josephine. Esperaba que su
madre comprendería.
Su madre creía que las películas cinematográficas eran inspiradas por el
demonio, por tanto Josephine tenía que ir al cine a escondidas,
utilizando el dinero que ganaba trabajando como baby-sitter. La película
que estaba ese día en la pantalla era una historia de amor y Josephine se
inclinó hacia adelante con gran estusiasmo en cuanto comenzó. Lo
primero que aparecía era el nombre del director y del productor.
Josephine leyó: Producida por Sam Winters.
12
Había días en los que Sam Winters tenía la impresión de dirigir un manicomio
en lugar de un estudio cinematográfico, y en los que temía que todos los
internados se confabularan contra él. Este era precisamente uno de esos
días, ya que los problemas no cesaban de aparecer. Había ocurrido otro
incendio la noche anterior, el cuarto; el patrocinador de «My Man Friday»
había sido insultado por la estrella de la serie y quería cancelar el
espectáculo; Bert Firestone, el joven y genial director del estudio, había
suspendido la producción en la mitad de una película de cinco millones de
dólares y, como si eso fuera poco, Tessie Brand los había plantado pocos días
antes de que comenzara una filmación.
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El supervisor de incendios y el administrador de los estudios estaban en la
oficina de Sam.
—¿Qué consecuencias tuvo el incendio de anoche? —preguntó Sam.
—Los sets están totalmente destruidos —respondió el administrador—.
Tendremos que reconstruir el quince de cabo a rabo. El dieciséis puede ser
susceptible de arreglos, pero tardaremos tres meses para ponerlo en
condiciones de trabajo.
—No disponemos de tres meses —interpuso Sam—. Coja el teléfono y alquile
alguno en Goldwyn. Aproveche el fin de semana para comenzar la
reconstrucción de los nuevos. Ponga a todo el mundo en movimiento.
Se dirigió entonces al supervisor de incendios, un hombre llamado Reilly,
que le hacía recordar al actor George Bancroft.
— Hay alguien que no le quiere, señor Winters —manifestó Reilly—. Todos
los incendios han sido evidentemente intencionados. ¿No sospecha por
casualidad de algún «remolón»?
Los remolones eran empleados que habían sido despedidos recientemente
o que guardaban cierto rencor contra sus jefes.
—Hemos revisado dos veces el fichero del personal —contestó Sam—. Y no
hemos encontrado nada.
—Sea quien sea el que los ha ocasionado, conoce muy bien su trabajo.
Utiliza un mecanismo de relojería acoplado a una bomba de fabricación
casera. Podría ser un electricista o un mecánico.
—Gracias —dijo Sam—. Tendré en cuenta su informe.
—Le llama Roger Tapp desde Tahití.
—Comuníqueme con él —respondió Sam. Tapp era el productor de «My Man
Friday», la serie de televisión que se filmaba en Tahití con Toby Fletcher
como primer actor.
— ¿Qué ocurre? —preguntó Sam.
—No lo creerás, Sam. Philip Heller, el miembro de la dirección que patrocina la
serie, está de vacaciones aquí con su familia. Ayer aparecieron en los
estudios en el preciso momento en que Tony Fletcher estaba en la mitad de
una escena. No tuvo mejor idea que darse vuelta hacia ellos e insultarlos.
—¿Qué les dijo?
—¡Vayanse de mi isla!
—Cielo Santo.
—Eso te da una idea de lo que él se siente. Heller se enfadó tanto que
quiere suprimir el programa.
—Ve a verle y pídele disculpas. Ahora mismo. Explícale que Tony Fletcher
sufre una crisis nerviosa. Envíale flores a la señora Heller, invítales a comer.
Yo hablaré personalmente con Tony Fletcher.
79
diciendo:
—Escucha lo siguiente, grandísimo imbécil... —Y terminó con las siguientes
palabras:— Yo también te quiero mucho. Volaré allí para verte en cuanto
pueda. Y por el amor de Dios, Tony, ¡no te acuestes con la señora Heller!
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los dientes con fuerza y aguantaba. Al poco tiempo Firestone adquirió el
sobrenombre de El Emperador, y cuando sus colegas no se referían a él con
ese nombre, le llamaban El Pequeño Bandido de Chicago. Alguien dijo
refiriéndose a él que era un hermafrodita. Era posible que se hiciera él
mismo el amor y diera a luz a un monstruo de dos cabezas.
Y ahora, en plena filmación, Firestone había despedido al elenco.
Sam fue a ver a Devlin Kelly, jefe del departamento de arte.
—Vamos directamente al grano —le dijo Sam.
— De acuerdo. El Pequeño Bandido ordenó...—Suprime esos términos. Es el
señor Firestone.
— Perdón. El señor Firestone me pidió que le fabricara un decorado que
representara un castillo. El mismo hizo los dibujos. Tú diste el visto bueno.
—Eran realmente buenos. ¿Qué pasó?
—Pasó que los hicimos exactamente tal como él los quería, y cuando los vio —
es decir ayer— decidió que ya no le interesaban. Medio millón de dólares
tirados por él...
—Hablaré con él —anunció Sam.
81
que no me parece el ambiente correcto. ¿Comprendes lo que
quiero decir? Es la escena de la despedida de Ellen y Mike. Me
gustaría que Ellen fuera a decirle adiós a Mike sobre la cubierta de
su barco antes de zarpar.
—No tenemos ningún escenario con un barco, Bert —dijo Sam mirándole
fijamente.
Bert Firestone estiró los brazos, sonrió perezosamente y manifestó:
—Pues entonces fabrícame uno, Sam.
Las dos primeras películas de Tessie Brand superaron todos los éxitos
imaginables. Recibió una mención de la Academia por la primera y le
83
otorgaron el Oscar de oro por la segunda. En todo el mundo la gente hacía
cola frente a las salas donde se exhibían sus películas para verla y escuchar
su maravillosa voz. Tenía todo. Era graciosa, sabía cantar y sabía actuar. Su
fealdad se transformó en algo positivo pues el público se identificaba con
ella. Tessie Brand se convirtió en un sustituto para todas las feas, que nadie
amaba, y nadie quería.
Se casó con el actor principal de su primera película, se divorció cuando se
realizaron las nuevas tomas y se casó con el galán de la segunda película. Sam
había oído rumores de que ese matrimonio estaba también en la cuerda
floja, pero no hay que olvidar que Hollywood es una fábrica de chismes. No
prestó más atención porque consideró que no era asunto suyo.
Pero resultó que se había equivocado.
84
— Ralph... —comenzó a decir Sam —. No sé cómo...Dastin levantó la
mano.
— No es necesario que lo digas, Sam. Iba a subir para decirte que me
voy.
—¿Qué demonios es lo que pasa? —inquirió Sam.
—Dastin se encogió de hombros.
— Nuestra estrella tiene un escozor. Y quiere que sea otra
persona la que la rasque.
—¿Quieres decir que ya ha elegido tu reemplazante?
— ¿Por el amor de Dios, dónde has estado? ¿En Marte? ¿No
lees las secciones dedicadas a los chismes?
-Trato de no hacerlo. ¿Quién es él?
—No es un él.
Sam se sentó lentamente.
-¿Qué dices?
—Es la diseñadora de modelos de la película de Tessie. Se llama
Bárbara Carter, como las pequeñas pildoras para el hígado.
—¿Estás seguro? —insistió Sam.
—Debes ser la única persona de todo el hemisferio oeste que lo ignora.
Sam movió la cabeza.
—Siempre di por sentado que Tessie era una mujer cabal.
—La vida se parece a una cafetería, Sam. Tessie es una
muchacha hambrienta.
—Pues no pienso poner una maldita modelista a cargo de una
película de cuatro millones de dólares.
Dastin sonrió.
—Acabas de pronunciar las palabras prohibidas.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Quiero decir que parte del argumento de Tessie es que a las mujeres
no se les ofrecen oportunidades justas en este negocio. Tu pequeña
estrella ha desarrollado una personalidad muy feminista.
—No lo haré.
— Como quieras. Pero te daré un consejo. Es la única forma en
que conseguirás que se filme esta película.
Sam llamó por teléfono a Barry Hermán. —Dile a Tessie que Ralph Dastin
renunció a la película —manifestó.
—Le va a gustar mucho la noticia.
Sam rechinó los dientes y enseguida preguntó:
— ¿Sabes si había pensado en alguien para producirla?
—Pues creo que sí —contestó Hermán suavemente—. Tessie ha descubierto
una muchacha joven muy valiosa y que considera que es capaz de un desafío
semejante. Bajo la dirección de alguien tan brillante como tú, Sam...
85
—Suspende los comerciales —replicó Sam—. ¿Es la condición final?
—Me temo que sí, Sam. Lo siento.
Bárbara Carter tenía un rostro atractivo y una buena figura, y Sam tuvo la
impresión de que era muy femenina. La observó sentarse en el sofá de cuero
de su oficina y cruzar delicadamente sus piernas largas y bien formadas.
Cuando habló, su voz sonó ligeramente ronca, pero tal vez eso pudo haber
sido pura sugestión. Lo estudió con sus suaves ojos grises y le dijo:
—Tengo la impresión de haberme metido en un berenjenal, señor Winters.
No tenía intención alguna de quitarle el puesto a nadie. Y sin embargo —alzó
las manos en un gesto de impotencia—, la señorita Brand dice que no piensa
figurar en la película a menos que yo la produzca. ¿Qué le parece que debo
hacer?
Sam estuvo tentado durante un instante de decírselo. Pero en cambio le
preguntó:
— ¿Tiene alguna experiencia previa con el cine aparte de ser una
modelista?
—He trabajado como acomodadora y he visto muchas películas.
¡Fantástico!
— ¿Qué le hace suponer a la señorita Brand que usted puede
producir una película cinematográfica?
Fue como si Sam hubiera tocado un resorte oculto. Bárbara Carter cobró
súbitamente una inusitada animación.
—Tessie y yo hemos hablado mucho sobre esta película. —Había dejado ya
de llamarla Señorita Brand, advirtió Sam.— Me parece que hay muchos fallos
en el argumento y cuando se los señalé, ella estuvo totalmente de acuerdo
conmigo.
—¿Cree usted que es capaz de escribir un guión mejor que un escritor que ha
recibido un galardón de la Academia y que ha realizado media docena de
películas de éxito y obras de teatro en Broadway?
— ¡De ningún modo, señor Winters! Sólo creo saber algo más sobre mujeres. —
Los ojos grises se hicieron más duros y el tono un poco más áspero.— ¿No le
parece que es ridículo que sean siembre hombres los que escriben los
papeles de las mujeres? Solamente nosotras sabemos lo que sentimos. ¿No
lo encuentra lógico?
Sam estaba cansado del juego. Sabía que terminaría contratándola, se
despreciaba por ello, pero dirigía un estudio y su trabajo consistía en
ocuparse que se filmaran películas. Si a Tessie Brand se le antojaba que su
ardilla favorita dirigiera la película, Sam le mandaría comprar nueces sin
perder un minuto. Para Tessie Brand la película podía representar
fácilmente un beneficio de veinte o treinta millones de dólares. Además
Bárbara Cárter no podía hacer nada que la arruinara totalmente. Ahora por
lo menos. Faltaba demasiado poco para la filmación como para que se hicieran
cambios fundamentales.
86
—Me ha convencido — resypndió Sam irónicamente—. El puesto es suyo.
Felicitaciones.
13
Por mas raro que parezca, Millie fue en cierto sentido la responsable de que
Toby Temple alcanzara el estrellato Antes de casarse había sido uno de
tantos cómicos. Después del matrimonio había adquirido un nuevo ingrediente:
el odio. Toby se había visto forzado a casarse con una muchacha que
despreciaba y en su interior bullía una ira tan grande, que se sentía capaz
de matarla con sus manos
Aun cuando no se dio cuenta, Millie era una esposa excelente y fiel. Le
adoraba y hacía todo cuanto podía para agradarle. Se encargó de la
decoración de la casa de Benedict Canyon y lo hizo con mucho gusto. Pero
cuanto más trataba Millie de contentar a Toby, más la despreciaba él. La
trataba siempre con gran amabilidad, teniendo cuidado de no decir o hacer
nada que pudiera molestarla lo suficiente como para que llamara a Al
Caruso. Toby no olvidaría en toda su vida el terrible dolor que sintió cuando
esa palanqueta de hierro se estrelló contra su brazo, ni la mirada de Al
Caruso cuando dijo:
—Si llegas a hacerle algo a Millie...
Y como Toby no podía devolver esos ataques contra su esposa, volcó su ira
hacia sus espectadores. Cualquiera que hiciera ruido con una fuente o se
levantara para ir al lavabo o se atreviera a hablar mientras estaba en el
escenario, se convertía inmediatamente en el blanco de una serie de
invectivas. Pero lo hacía con tal encanto y con una expresión tan inocente,
que fascinaba al público, y reían hasta llorar, mientras él destrozaba una
87
infortunada victima. La combinación de su cara ingenua y cándida con su
perversa y graciosa lengua le hacían irresistible. Podía decir las cosas mas
terribles y salir indemne. Ser elegido para una serie de vituperios por parte
de Toby se convirtió en algo envidiable. Sus víctimas jamás imaginaron
que Toby pensaba realmente cada palabra que decía. Y pasó de ser un
comediante cualquiera a convertirse en el tema obligado del ambiente de
las tablas.
Clifton Lawrence se dio una gran sorpresa cuando al volver de Europa se
enteró que Toby se había casado con una corista. Le parecía totalmente
fuera de lugar, pero cuando le interrogó, Toby le miró fijamente y dijo:
— ¿Qué quieres que te diga, Cliff? Conocí a Millie, me enamoré de
ella y eso es todo.
Pero no sabía bien por qué no le había sonado muy sincero. Otra cosa más
intrigaba al agente. Un día que estaba en su oficina, Clifton le dijo a Toby:
—Te has vuelto muy famoso. He firmado un contrato para que trabajes cuatro
semanas en el Thunderbird. Te pagarán dos mil dólares por semana.
— ¿Qué pasó con la gira?
-Olvídalo. Las Vegas es mucho más rentable y todo el mundo verá tu función.
—Cancela Las Vegas y arregla la gira. Clifton lo miró sorprendido.
—Pero si Las Vegas es...
—Consigúeme la gira. —La voz de Toby tenía un tono que Clifton no
había oído hasta ahora. No era arrogancia o capricho;
era algo más, una profunda y controlada ira.
Lo que lo hacía más aterrador era que procedía de una cara que se había
vuelto más alegre e infantil que nunca.
A partir de ese momento Toby viajó constantemente. Era la única forma de
escapar de su confinamiento. Actuaba en night-clubs, teatros y auditorios y
cuando se acababa ese repertorio, le solicitaba a Clifton Lawrence que le
consiguiera trabajo en las universidades o en cualquier lugar con tal de poder
alejarse de Millie.
Se le presentaban ilimitadas posibilidades de acostarse con ansiosas y
atractivas mujeres en todas las ciudades. Le esperaban en su camarín antes y
después de la función y lo paraban en el vestíbulo de su hotel.
Pero Toby las ignoró a todas. Pensaba en el pobre hombre al que le habían
cortado el sexo y luego le habían prendido fuego y recordaba las palabras de
Al Caruso:
—Tú sí que has sido bien dotado... No te haré daño alguno. Eres mi amigo.
Mientras sigas siendo bueno con Millie...
89
cambiar de idea...
—De ningún modo —respondió Toby y acto seguido cortó.
Clifton Lawrence se quedó un buen rato sentado pensando en Toby. Se
sentía muy orgulloso de él. Era un maravilloso ser humano y estaba feliz de
ser su agente, fascinado al poderlo ayudar a modelar su carrera.
Toby actuó en Taegu, Pusan y Chonju y disfrutó mucho con las risas de los
soldados. Millie quedó relegada al fondo de su mente.
Llegó Navidad y, en vez de volver a su hogar, Toby se dirigió a Guam. Los
muchachos se quedaron enloquecidos con él. Pasó a Tokio y se dedicó a
distraer a los heridos del hospital militar. Pero finalmente llegó el
momento de volver a casa.
Cuando Toby regresó en abril después de realizar una gira de diez semanas
por el medio-oeste, Millie estaba esperándole en el aeropuerto. Sus
primeras palabras fueron:
—¡Querido, voy a tener un bebé!
Se quedó mirándola absorto. Ella interpretó erróneamente su expresión y
creyó que era de felicidad.
— ¿No te parece maravilloso? —exclamó. El bebé me hará
compañía cuando tú estés de viaje. Espero que sea un varón y así
podrás llevarlo a los partidos de baseball y…….
No escuchó el resto de las estupideces que decí[Link]ía que sus
palabras resonaran muy a lo lejos. Pero en el fondo de sus
pensamientos, Toby creía que algún día ocurriría algo que lo liberaría.
Hacía ya dos años que se había casado y le parecia una
eternidad. Y ahora esta novedad. Millie nunca le dejaría escapar.
Jamás.
90
dejando que su voz adquiriera un tono preocupado agregó.
—Es la razón por la que te he llamado Al. El bebé va a nacer alrededor
de Navidad y... —debía tener mucho cuidado—, y no sé que hacer.
Quiero estar aquí con Millie cuando tenga el niño, pero me pidieron
que regresara a Corea y a Guam para divertir a las tropas.
Hubo una larga pausa.
¡Qué complicación!
—No quiero mal con nuestros soldados, pero tampoco
quiero quedar mal con Millie.
—Por supuesto. —Otra pausa y luego dijo:— Te diré lo que
pienso, muchacho. Todos somos buenos ciudadanos, ¿no es
verdad? Esos muchachos están allí peleando por nosotros, ¿no
es así?
Toby sintió que su cuerpo se aflojaba.
—Por supuesto. Pero no quiero...
—No le va a pasar nada a Millie — dijo Caruso—. Hace muchos
años que las mujeres tienen hijos. Vete a Corea.
14
La casa de Mary Lou era la más bonita de todas las mansiones de la Gente
del Petróleo. Estaba repleta de antigüedades, tapicerías valiosísimas y
espléndidos cuadros. Tenía adjuntos varios chalets para huéspedes, establos,
91
una cancha de tenis, una pista de aterrizaje privada y dos piscinas de
natación, una enorme para los Kenyon y sus amigos y otra más pequeña al
fondo para uso del personal.
Mary Lou tenía un hermano mayor, David, a quien Josephine había tenido
oportunidad de ver una que otra vez. Nunca había conocido un muchacho tan
buen mozo. Era sumamente alto, de espaldas anchas como las de un
futbolista y unos picaros ojos grises. Jugaba como medio campo del All-
America y había obtenido una beca para estudiar tres años en Oxford. Mary
Lou había tenido además una hermana mayor llamada Beth, que murió
cuando Josephine era aún muy pequeña.
Cuando llegó a la fiesta, su mirada buscó por todas partes con la esperanza
de ver a David, pero no lo divisó por ninguna parte. Anteriormente se había
detenido varias veces para hablar con ella, y en cada oportunidad
Josephine se había sonrojado y no había podido articular palabra.
La fiesta fue todo un éxito. Había catorce chicos y chicas. Varios criados y
criadas con elegantes uniformes les sirvieron en la terraza un suculento
asado, pollo, ensalada de patatas con pimientos picantes y limonada. Después
del almuerzo Mary Lou y Josephine procedieron a abrir sus regalos
mientras todos las rodeaban y hacían comentarios al respecto.
—Vayamos a bañarnos a la piscina —sugirió Mary Lou.
Todos corrieron rápidamente a los vestuarios situados a ambos lados.
Josephine se puso su traje de baño nuevo y pensó que nunca se había
sentido tan feliz. Había sido un día perfecto en compañía de sus amigos. Era
una de ellos y compartía junto con ellos la belleza que les rodeaba por todas
partes. No había nada pecaminoso en eso. Deseaba poder detener el tiempo y
que ese día no terminara nunca.
Josephine salió del vestuario y mientras caminaba bajo el sol
resplandeciente, se dio cuenta de que todos la observaban. Las chicas con
franca envidia y los muchachos a hurtadillas y disimuladamente. Su cuerpo se
había desarrollado notoriamente durante los últimos meses. Sus pechos
firmes y bien marcados, eran realzados por el traje de baño y sus caderas
denotaban ya las sensuales curvas de una mujer. Josephine se zambulló junto
con los demás.
—Juguemos a Marco Polo —propuso alguien.
A Josephine le encantaba ese juego. Le divertía moverse en el agua tibia con
los ojos cerrados. Cuando ella gritaba «¡Marco!» los demás tenían que
contestar «¡Polo!» entonces se zambullía guiada por el sonido de sus voces
antes que se escaparan hasta atrapar a alguno, que entonces se convertía
en Marco.
Cuando comenzaron a jugar, Gissy Topping fue Marco. Se lanzó en pos
de Bob Jackson, el muchacho que le gustaba, pero como no pudo
atraparlo, agarró a Josephine. Esta cerró con fuerza los ojos y se puso
a escuchar el ruido de los salpicones.
92
— ¡Marco! —gritó.
Un coro de voces le contestó:
—¡Polo! — Josephine se zambulló en dirección a la voz más
próxima. Tanteó en el agua pero no encontró a nadie.
—¡Marco! —gritó.
Nuevamente un coro de voces le respondió:
-¡Polo!
Dio un manotazo pero tampoco tuvo éxito. No le importaba que fueran más
ligeros que ella: quería que el juego durara para siempre, igual que deseaba
que ese día durara eternamente.
Se quedó quieta, tratando de oír un salpicón, una risa o un susurro. Dio
vueltas por la piscina con los ojos cerrados, las manos estiradas y llegó a la
escalera. Subió un escalón para ahogar el sonido de sus movimientos.
— ¡Marco! —gritó.
Pero no hubo respuesta. Permaneció quieta.
— ¡Marco!
Silencio. Era como si estuviera sola en un mundo tibio y húmedo y desierto.
Le estaban haciendo una broma. Habían decidido que nadie le contestaría.
Josephine sonrió y abrió los ojos.
Estaba parada sola en la escalera. Algo le hizo mirar hacia abajo. La parte
inferior de su traje de baño estaba manchada de rojo y un hilo de sangre
corría por sus muslos. Los chicos estaban todos parados junto a la piscina
observándola. Josephine levantó la vista, afligida.
—Yo... —Se interrumpió porque no sabía qué decir. Bajó rápidamente los
escalones y se metió en el agua para ocultar su vergüenza.
—No se hace eso en la piscina —dijo Mary Lou.
—A los polacos no les importa —dijo alguien con una risita.
—Vamos a darnos una ducha.
—Sí. Me siento pegajoso.
— ¿Quién va a querer bañarse en eso?
Josephine cerró los ojos y les oyó alejarse a todos hacia el vestuario,
dejándola sola. Se quedó allí parada, sin abrir los párpados, apretando las
piernas para detener el vergonzoso flujo. Nunca había tenido antes su
período. Había sido totalmente inesperado. Todos volverían enseguida y le
explicarían que había sido sólo una broma, que seguían siendo amigos, y la
felicidad no sería interrumpida. Volverían y le dirían que era un juego. Con
los ojos cerrados susurró «Marco», y el eco se perdió en el aire de la tarde.
No tenía la menor idea de cuánto tiempo permaneció en el agua sin abrir los
ojos.
—Eso no se hace en la piscina.
—A los polacos no les importa.
Su cabeza comenzó a latir violentamente. Sintió náuseas y un súbito dolor de
estómago. Josephine sabía que debía quedarse allí parada con los ojos
93
cerrados. Hasta que volvieran y le dijeran que era una broma.
Oyó pasos y el crujido de algo por encima de su cabeza y enseguida
comprendió que todo estaba en orden. Habían vuelto. Abrió los ojos y
levantó la vista.
David, el hermano mayor de Mary Lou, estaba parado junto a la piscina con
una bata de baño en las manos.
—Te pido disculpas por todos —le dijo con voz firme tendiéndole la toalla—.
Ven. Sal de una vez y ponte esto.
Pero Josephine cerró los ojos y se quedó inmóvil. Tenía ganas de morir
cuanto antes.
15
Era uno de los días buenos de Sam Winters. Las tomas de la película de
Tessie Brand resultaron excelentes. Por supuesto que en parte se debía a que
Tessie estaba haciendo lo imposible para justificar su conducta. Pero fuera
cual fuera el motivo, el hecho era que Barbara Carter se convertiría en la
mejor productora de la temporada.
Los shows de televisión producidos por la Pan-Pacific marchaban viento en
popa y «My Man Friday» era el de más éxito. El canal le había propuesto a
Sam un contrato de cinco años. Sam iba a retirarse para almorzar cuando
entró apresuradamente Lucille y le anunció.
— Acaban de atrapar a alguien que estaba iniciando un incendio
en el departamento de utillaje. Enseguida lo traen para aquí.
El hombre se sentó en una silla frente a Sam y detrás de él se colocaron dos
guardias del estudio. Sus ojos resplandecían de malicia. Sam que no se había
recuperado todavía de la sorpresa, le preguntó:
—¿Por el amor de Dios, por qué?
— Porque no quería tu miserable limosna —respondió Dallas Burke —. Te
odio, odio a este estudio y a todo el miserable negocio. Yo construí esta
industria, hijo de puta. Pagué por la mitad de los estudios de esta ciudad.
Todos se enriquecen a costa mía. ¿Por qué no me encargaste la dirección de
una película en lugar de tratar de contentarme simulando comprar un montón
de cuentos de hadas robados? Me habrías comprado la guía, Sam. No
quería recibir ningún favor de ti. Quería que me dieras
trabajo. Has conseguido que a mi muerte sea un fracasado, y eso
jamás te lo perdonaré.
Sam permaneció un buen rato sentado pensando después que se llevaron a
Dallas Burke, recordando las grandes cosas que hizo y las maravillosas
películas que había dirigido. En cualquier otro negocio habría sido un héroe, el
presidente de la dirección, o se habría retirado a gozar de una suculenta
94
jubilación y una merecida gloria.
Pero éste era el maravilloso mundo del espectáculo.
16
El asilo de Detroit era un feo edificio de ladrillos del otro siglo. Sus paredes
conservaban el hedor dulzón de la vejez, la enfermedad y la muerte.
El padre de Toby Temple había sufrido un ataque y en la actualidad no
difería mucho de un vegetal, era un ser con ojos indiferentes y apáticos y
una mente a la que lo único que le interesaba eran las visitas de Toby. Toby
estaba parado en el vestíbulo sucio, alfombrado de verde, del asilo donde
vivía ahora su padre. Las enfermeras y demás residentes se reunieron
entusiasmados junto a él.
— Le vi la semana pasada en el show de Harold Hobson, Toby.
Me pareció maravilloso. ¿Cómo se le ocurren todas esas cosas
graciosas que dice?
95
—Se les ocurren a mis guionistas —respondió Toby y todos rieron ante esa
demostración de modestia.
Un enfermero apareció por el corredor trayendo al padre de Toby en su
silla de ruedas. Estaba recién afeitado y muy repeinado. Les había
permitido que lo vistieran con un traje en honor a la visita de su hijo.
— ¡ Qué les parece, ahí viene Beau Brummel! — exclamó Toby y todos se
dieron vuelta para mirar al señor Temple con envidia, deseando poder tener
como él un hijo que viniera a visitarlos y que fuera tan famoso y maravilloso
como Toby.
Toby se acercó a su padre, se inclinó y lo abrazó.
— ¿A quién tratas de engañar? —le preguntó señalando al
enfermero—. Tú deberías estar empujándole a él, papá.
Todos soltaron una carcajada, haciendo una nota mental del chiste para
poder contarles a sus amigos lo que le habían oído decir a Toby Temple. El
otro día estaba con Toby Temple cuando dijo... estaba tan cerca de él como
de ti y le oí decir...
Se quedó un rato divirtiéndoles, insultándoles moderadamente y todos se
quedaron felices. Los embromaba respecto de su vida sexual, su salud y sus
hijos durante un momento les permitió reírse de sus propios problemas.
Finalmente Toby dijo tristemente:
— Siento mucho tener que dejarles, son el público más atractivo que he
tenido en años —eso también lo recordarían—, pero tengo que pasar un rato
a solas con papá. Me prometió contarme unos chistes nuevos.
Sonrieron, se rieron y lo quisieron más.
Toby se quedó solo con su padre en el pequeño salón de visitas.
Inclusive en ese cuarto podía percibirse el olor a muerte y sin
embargo... ¿para eso es este lugar, no es verdad? —pensó Toby—. Para
morir. Estaba lleno de padres y madres desgastados que molestaban.
Habían sido sacados de los pequeños dormitorios del fondo de las
casas, de los comedores y los salones donde se estaban convirtiendo en
algo incómodo cada vez que venían visitas, y habían sido enviados a ese
asilo por sus hijos, sobrinos y sobrinas. Te aseguro que es por tu propio
bien, Papá, Mamá, Tío Jorge, Tía Bess. Estarás con otras simpáticas
personas de tu edad. Tendrás compañía permanentemente. ¿Sabes lo que
quiero decir? Lo que realmente querían decir era: Te mando allí para
que te mueras en compañía de todos esos viejos inútiles. Estoy cansado
de verte babear en la mesa y oírte decir los mismos cuentos una y otra
vez y molestar a los chicos y mojar la cama. Los esquimales eran más
sinceros. Subían a sus viejos en un trineo y los dejaban abandonados en
medio del hielo.
— Me alegro que vinieras hoy —dijo el padre de Toby que hablaba con
dificultad—. Quería charlar contigo. Tengo buenas noticias. Mi vecino,
el viejo Art Riley, murió ayer.
96
Toby se quedó mirándolo.
—¿Y eso es una buena noticia?
—Quiere decir que podré cambiarme a su cuarto —explicó su padre—.
Es para una persona sola.
Y eso era la vejez; sobrevivir, aferrándose a las escasas comodidades
que les quedaban. Toby había visto allí a personas que estarían mucho
mejor muertas pero que se aferraban desesperadamente a la vida. Feliz
cumpleaños, señor Dorset. ¿ Cómo se siente al cumplir noventa y cinco
años...? Al pensar en la alternativa me siento espléndido.
Finalmente llegó el momento en que Toby debía irse.
—Volneré a visitarte en cuanto pueda —le prometió. Le dio a su padre
un poco de dinero y distribuyó generosas propinas entre las
enfermeras y ayudantes—. Cuídenlo bien, lo necesito para mi número.
Toby se marchó y en cuanto traspasó la puerta se olvidó de todos.
Pensaba en la función de esa noche.
Su visita sería el tema de conversación de varias semanas.
17
97
La señora Czinski miró atentamente a Josephine.
— Las chicas polacas pobres no encuentran caballeros con armaduras
resplandecientes. Ni en Tejas ni en ningún otro lado. No te engañes.
Josephine permitía que Warren Hoffman la llevara al cine una vez por
semana. Le agarraba la mano y se la estrechaba entre sus palmas callosas y
sudorosas, durante toda la película. Pero Josephine ni se daba cuenta.
Estaba demasiado compenetrada con lo que ocurría en la pantalla. Lo que
veía allí era una prolongación del mundo de personas y cosas maravillosas en
el que se había criado, con la diferencia que era más grande y más excitante
todavía. En algún lugar recóndito de su mente Josephine sentía que
Hollywood podía brindarle todo lo que ella deseaba: la belleza, la diversión,
la alegría y la felicidad. Aparte de casarse con un hombre rico, sabía que no
existía otra forma de poder tener esa clase de vida.
Y los muchachos ricos habían sido copados por las chicas ricas.
Todos excepto uno.
David Kenyon. Josephine pensaba frecuentemente en él. Había robado una
fotografía suya de la casa de Mary Lou hacía mucho tiempo. La tenía
escondida en su armario y la sacaba para mirarla siempre que se sentía
desdichada. Le traía nuevamente el recuerdo de David parado junto a la
piscina diciendo: « Te pido disculpas por todos ellos», y la sensación de pena
desaparecía gradualmente y era reemplazada por su suave ternura. Sólo había
visto una vez más a David después de ese terrible día cuando le proporcionó
una toalla. Estaba en el coche con su familia y Josephine se enteró luego de
que lo llevaban a la estación de tren. Partía rumbo a Inglaterra, para
estudiar en Oxford. Eso había ocurrido hacía cuatro años, en 1952. David
volvió a su casa durante las vacaciones de verano para pasar la Navidad con
su familia, pero sus caminos nunca se cruzaron, Josephine oyó a menudo a
las otras chicas hablar de él. Además de la propiedad que había heredado de
su padre, su abuela le había dejado un fondo fiduciario de cinco millones de
dólares. Era un buen partido. Pero no para la polaca hija de una costurera.
Josephine no sabía que David Kenyon había regresado de Europa. Esa tarde
de un sábado del mes de julio trabajaba como de costumbre en el Golden
Derrick. Tenía la impresión de que la mitad de la población de Odessa había
decidido atemperar el calor bebiendo allí barriles de limonada y comiendo
helados e ice-cream. Había tenido tanto trabajo que no pudo tomarse ni un
momento para descansar. Una cola de coches rodeaba permanentemente el
restaurante iluminado con luz de neón, semejantes a unos animales metálicos
circundando un abrevadero surrealista. Josephine entregó una bandeja con
lo que le pareció ser el millonésimo pedido de hamburguesas de queso y
gaseosas, sacó un menú y se dirigió hacia un coche modelo sport que acababa
de estacionarse.
—Buenas noches —dijo alegremente—. ¿Quiere consultar el menú?
— Hola, desconocida.
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El corazón de Josephine dio un vuelco al oír la voz de David Kenyon. Estaba
tal cual lo recordaba, sólo que mejor mozo todavía. Tenía ahora la madurez
y la seguridad que le había otorgado su residencia en el extranjero. Cissy
Topping estaba sentada junto a él, luciendo un aspecto fresco y
encantador, vestida con una lujosa falda y una camisa de seda.
— Hola Josie —le dijo Cissy—. No deberías trabajar en una
noche tan calurosa como ésta, querida.
Como si fuera algo que había elegido Josephine en lugar de ira un teatro con
aire acondicionado o pasearse en un coche modelo sport con David Kenyon.
—Así me mantengo lejos de la calle —respondió Josephine de buen modo
advirtiendo que David Kenyon sonreía. Sabía que había comprendido.
Josephine se quedó pensando en David mucho tiempo después que se fueron.
Recordó palabra por palabra: Hola, desconocida... tomaré un sandwich de
chorizo y una cerveza, no, mejor un café. Las bebidas frías no son buenas
cuando hace tanto calor... ¿Qué tal te va con tu trabajo...? Tráeme la cuenta
cuando quieras... Guárdate el cambio... Fue muy agradable volver a verte,
Josephine... buscando significados ocultos, matices que podrían haber
pasado desapercibidos para ella. Por supuesto que no pudo decirle nada, ya
que Cissy estaba sentada junto a él, pero la verdad era que no tenía nada que
decirle. Le sorprendió inclusive que recordara su nombre.
Estaba parada frente a la pila de la pequeña cocina del restaurante
ensimismada en sus pensamientos, cuando Paco, el joven cocinero mejicano
se acercó y le dijo:
— ¿ Qué pasa, Josita ? Tienes una expresión extraña en tus ojos.
Le gustaba Paco. Estaba ya cerca de los treinta y era un muchacho
delgado, de ojos negros, con la sonrisa a flor de labios y capaz de aflojar las
tensiones con un chiste oportuno.
-¿Quién es él? Josephine sonrió.
—Nadie, Paco.
—Bueno. Porque hay seis coches hambrientos que esperan
impacientes allí afuera. ¡Vamos!
La llamó por teléfono la mañana siguiente y Josephine supo quién era antes
de coger el aparato. No había podido dejar de pensar en él durante toda la
noche. Era como si esa llamada fuera una prolongación de su sueño. Sus
primeras palabras fueron:
— Pareces una modelo. Has crecido y te has convertido en una
belleza en mi ausencia.
Ella se sintió desfallecer de felicidad.
La invitó a cenar esa noche. Josephine se había preparado para ir a un
restaurante poco elegante donde David no tendría oportunidad de
encontrarse con sus relaciones. Pero en cambio fueron a su club, donde
99
todos se detuvieron en su mesa para saludarles. David no parecía
avergonzado de que le vieran en compañía de Josephine sino por el contrario,
daba la impresión de estar orgulloso de ella. Y ella lo amó por eso y por mil
otras razones. Su aspecto, su simpatía y su comprensión, y la alegría total de
estar con él. Nunca había imaginado que pudiera existir alguien tan
maravilloso como David Kenyon.
Se vieron diariamente cuando Josephine terminaba con su trabajo.
Josephine había tenido que luchar contra los hombres desde que cumplió
catorce años, porque poseía una atracción sexual que era todo un desafío.
Siempre la acariciaban y manoseaban, trataban de estrujarle los pechos o
deslizar las manos bajo su falda, pensando que ésa era la forma de
excitarla, pero ignorando lo mucho que le molestaba.
David Kenyon era diferente. De vez en cuando pasaba su brazo alrededor
de sus hombros o la tocaba como de pasada, y Josephine respondía con todo
su cuerpo. Nunca se había sentido así con ningún otro hombre. Los días que
no veía a David, no podía apartarlo de sus pensamientos.
Se enfrentó a la realidad de que se había enamorado de él. A medida que
transcurrían las semanas y pasaban más y más tiempo juntos, Josephine
comprendió que se había realizado el milagro. David estaba enamorado
de ella.
Discutía sus problemas y las dificultades con su familia.
— Mamá quiere que me ocupe del negocio —le dijo — , pero no
estoy seguro si ésa es la forma en que quiero pasar el resto de mi
vida.
Los bienes de los Kenyon incluían, además de los pozos y refinerías de
petróleo, una de las más importantes cabañas bovinas del sudoeste,
una cadena de hoteles, algunos bancos y una importante compañía de
seguros.
—¿No puedes decirle sencillamente que no, David? David suspiró.
—No conoces a mi madre.
Josephine había visto a la madre de David. Era una mujer pequeña
(parecía imposible que David proviniera de esa figura tan flaca) que
había tenido tres hijos. Había estado muy enferma durante y después
de cada embarazo y tuvo un ataque cardíaco después del tercer parto.
Con el correr de los años les contó repetidas veces a los hijos los
sufrimientos que había padecido, y ellos se criaron con el
convencimiento de que su madre había corrido deliberadamente peligro
de muerte para poder darles la vida a cada uno. Eso le brindaba un
poderoso dominio sobre su familia, y lo ejercía sin piedad.
— Quiero vivir mi propia vida —le dijo David a Josephine — ,
pero no puedo hacer nada que hiera a mi madre. La verdad es...
que el doctor Young cree que no va a durar mucho tiempo.
Una noche Josephine le contó a David sus sueños sobre ir a Hollywood
100
y convertirse en una estrella. El la miró y respondió tranquilamente:
«No te dejaré ir.» Y Josephine sintió que su corazón latía
aceleradamente. Cada vez que estaban juntos se hacía más intensa la
sensación de intimidad entre los dos. La posición social de Josephine
no le interesaba en absoluto a David. No tenía la menor traza de
snobismo. Y eso contribuyó a hacer más trascendente el incidente que
ocurrió una noche en el restaurante.
Era ya casi la hora de cierre y David esperaba en su coche. Josephine
estaba en la pequeña cocina con Paco, arreglando apurada la última
bandeja.
— ¿Una cita importante, verdad? —preguntó Paco.
Josephine sonrió.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tienes cara de Pascuas. Tu bonito rostro está resplandeciente. Dile
de mi parte que es un hombre con mucha suerte.
Josephine sonrió y dijo:
—Así lo haré. —Y obedeciendo un súbito impulso se inclinó y besó a Paco en la
mejilla. Un instante después escuchó el rugido del motor y el chirriar de
neumáticos. Se dio vuelta a tiempo para ver que el convertible blanco de
David chocaba contra el paragolpes de otro coche y salía a toda velocidad
del estacionamiento del restaurante. Se quedó allí parada sin poder dar
crédito a lo que veían sus ojos, observando perderse en la oscuridad de la
noche las luces de atrás del vehículo.
A las tres de la mañana, mientras Josephine daba vueltas en la cama sin
poder dormir, oyó que un coche se detenía en la calle justo debajo de su
ventana. Se aproximó a la ventana y miró hacia fuera. David estaba sentado al
volante, muy borracho. Josephine se puso rápidamente una robe de chambre
sobre el camisón y salió a la calle.
—Entra —le ordenó David. Josephine abrió la puerta y se sentó junto a él. Se
hizo un silencio largo y pesado. Cuando David por fin habló, lo hizo con una
voz gruesa, pero se debía a otra cosa además del whisky que había bebido.
Había ira en él, una furia salvaje que le hizo pronunciar palabras como si
fueran pequeñas explosiones.
—Yo no soy tu dueño —dijo David—. Eres libre de hacer lo que te guste. Pero
mientras salgas conmigo no quiero que beses a ningún mejicano asqueroso.
¿Comprendes?
Ella lo miró indefensa y dijo:
—Cuando besé a Paco, lo hice porque dijo algo que me hizo feliz. Es muy
amigo mío.
David respiró hondo tratando de contener las emociones que se agitaban en
su interior.
—Voy a contarte algo que jamás le he dicho a nadie.
Josephine se quedó sentada esperando, preguntándose qué sucedería
101
ahora.
—Tengo una hermana mayor —dijo David—. Beth. Yo... yo la adoro.
Josephine tenía un vago recuerdo de Beth, una belleza rubia a quien solía ver
cuando iba a jugar con Mary Lou. Josephine tenía ocho años cuando Beth
murió y David debía haber tenido quince.
—Recuerdo cuando Beth murió —dijo.
Las siguientes palabras de David fueron una terrible sorpresa.
-Beth está viva.
Se quedó mirándole y atinó a decir:
—Pero... yo... todos creían...
-Está en un sanatorio de locos. -Se dio vuelta para mirarla y con voz
ahogada agregó:— Fue violada por uno de nuestros jardineros mejicanos. La
puerta de su dormitorio estaba frente a la mía, del otro lado del pasillo. Oí
los gritos y corrí a su cuarto. Le había arrancado el camisón, estaba encima de
ella y... —su voz se quebró con el recuerdo—. Luché contra él hasta que
apareció mi madre y llamó a la policía. Llegaron por fin y se lo llevaron a la
cárcel. Esa misma noche se suicidó en su celda. Pero Beth había perdido el
juicio. Nunca saldrá de allí. Nunca. No puedo decirte cuánto la quiero, Josie,
y cuánto la extraño. Desde esa noche, no... no... no puedo tolerar...
Ella colocó su mano sobre la de David y dijo:
— Lo siento tanto. Comprendo bien y me alegro que me contaras esto.
Por más raro que parezca, ese incidente sirvió para unirlos más todavía.
Discutían cosas que jamás habían comentado antes y David sonrió cuando
Josephine le puso al tanto del fanatismo religioso de su madre.
—Yo tenía un tío parecido —respondió — . Acabó en un monasterio del Tibet.
—El mes próximo cumpliré veinticuatro años —le anunció David un día—.
Siguiendo una vieja tradición de la familia, todos los Kenyon se casan cuando
cumplen veinticuatro años.
El corazón de Josephine latió con fuerza.
David había sacado entradas para ir a ver una obra de teatro en el Globe
Theatre la noche siguiente, pero cuando pasó a buscar a Josephine le dijo:
—Olvidémonos del teatro y hablemos en cambio de nuestro futuro.
En cuanto Josephine oyó las palabras comprendió que sus oraciones habían
sido oídas. Podía leerlo en los ojos de David. Estaban llenos de amor y
deseo.
—Vayamos a Dewey Lake —le sugirió.
Quería que la declaración fuera la más romántica que jamás se hubiera hecho
para poder contárselo un día a sus hijos. Quería recordar cada instante de
esa noche.
Dewey Lake era un pequeño espejo de agua situado a sesenta kilómetros de
102
Odessa. La noche era magnífica, una pálida luna creciente brillaba en un cielo
cuajado de estrellas, cuyos reflejos bailaban sobre el agua, y el aire estaba
lleno de sonidos misteriosos pertenecientes a un mundo secreto, un
microcosmos del universo, donde millones de diminutas criaturas invisibles
hacían el amor y devoraban a otras y a su vez eran devoradas y morían.
Josephine y David se quedaron sentados en el coche en silencio,
escuchando los sonidos de la noche. Josephine le observaba, sentado frente
a la dirección, con una expresión seria y determinada en su apuesto rostro.
Nunca le había querido tanto como en ese momento. Quería hacer algo
maravilloso en su beneficio, darle algo para que supiera cuánto le amaba. Y
de repente supo qué era lo que iba a hacer.
—Qué te parece si nos bañamos en el lago, David —le sugirió.
—Pero no hemos traído trajes de baño.
—No importa.
Se dio vuelta hacia ella y comenzó a decir algo pero Josephine ya se había
bajado del coche y corría hacia la orilla del lago. Sintió que se acercaba cuando
comenzó a desvestirse. Se zambulló en el agua tibia y un segundo después
David estaba junto a ella.
-Josie...
Se volvió hacia él y luego se arrojó en sus brazos, sintiendo un frenético
deseo por él. Se abrazaron en el agua y sintió la rigidez de su sexo contra
ella.
—No podemos, Josie —dijo David con voz ahogada por el deseo. Pero ella
estiró su mano bajo del agua y dijo:
—Sí, oh, sí David.
Regresaron a la orilla y él se acostó sobre ella, la poseyó, los dos fueron uno
solo y ambos parte de las estrellas y la tierra y la aterciopelada noche.
Quedaron allí tendidos durante un rato, sin soltarse. Sólo mucho después,
una vez que David la había depositado en su casa, Josephine recordó que no
se había declarado. Pero ya no importaba. Lo que ambos habían compartido
les unía más que cualquier ceremonia nupcial. Se declararía mañana.
En cuanto David salió, Cissy Topping llamó por teléfono a la señora Kenyon.
Lo único que le dijo fue: —Ya está todo arreglado.
Lo que David Kenyon no había previsto era que Josephine se enteraría de la
próxima boda antes de poder explicárselo. Cuando llegó a casa de Josephine,
lo recibió en la puerta la señora Czinski.
—Quisiera ver a Josephine —le dijo.
Ella le miró furibunda con ojos que reflejaban su victoria.
—El Señor Jesús destruirá y aniquilará a sus enemigos, y los perversos
sufrirán eterna condenación.
—Quiero hablar con Josephine —repitió David pacientemente.
—Se ha ido — respondió la señora Czinski—. ¡ Se ha ido de casa!
18
105
SEGUNDA PARTE
106
19
sus adentros que si llegaba a estallar allí una bomba, el gobierno federal de
107
los Estados Unidos quedaría acéfalo.
El presidente estaba sentado en el centro de la mesa de los oradores
colocada sobre una plataforma. Media docena de hombres del servicio
secreto estaban parados detrás de él. En el apuro final por tratar de
organizar todo debidamente, todos habían olvidado presentarle a Toby al
presidente, pero a Toby no le importó. El presidente no me olvidará, pensó.
Recordó su reunión con Dowey, presidente del comité organizador del
banquete. Dowey le dijo:
—Nos encantan tus chistes, Toby. Eres muy gracioso cuando atacas a la
gente, no obstante... —Hizo una pausa, carraspeó y agregó:— La
concurrencia de esta noche es un grupo muy especial, con mucha
sensibilidad. No quiero que me interpretes mal. No me refiero a que no
puedan tolerar una broma ligera sobre ellos mismos, pero todo lo que se
diga esta noche en este salón va a ser retransmitido por los medios de
información en todo el mundo. Naturalmente, ninguno desea que digas algo
que pueda poner en ridículo al presidente de los Estados Unidos o a los
miembros de su Congreso. En otras palabras, queremos que seas gracioso,
pero no queremos que hagas enfadar a nadie.
—Confíe en mí —respondió Toby sonriendo.
Estaban sacando los platos y Downey se paró junto al micrófono.
-Señor presidente, respetables invitados, tengo el placer de presentarles a
nuestro maestro de ceremonias, uno de los cómicos jóvenes de más talento.
¡El señor Toby Temple!
Se oyeron unos aplausos discretos cuando Toby se puso de pie y se dirigió al
micrófono. Miró al público y luego se dio vuelta hacia el presidente de los
Estados Unidos.
Este era un hombre sencillo, sin pretensiones. No creía en lo que llamaba
«diplomacia de galera».
—De persona apersona —había dicho en un discurso en el que se dirigió a todo
el país — , eso es lo que necesitamos. Debemos dejar de depender de
computadores y empezar a confiar nuevamente en nuestro instinto. Cuando
me siento junto a los jefes de potencias extranjeras me gustaría negociar
valiéndome de mi intuición. —Se había convertido en una frase popular.
Toby miró entonces al presidente de los Estados Unidos y dijo con voz
henchida de orgullo:
—Señor Presidente, no puedo decirle la emoción que siento al estar parado
en el mismo podio con el hombre que gobierna al mundo con su intuición.
Se hizo un silencio cargado de asombro durante un largo rato, pero el
presidente sonrió, lanzó una carcajada y acto seguido toda la concurrencia
se puso a reír y a aplaudir. A partir de ese momento, Toby tenía el camino
allanado. Atacó a los senadores presentes, a los miembros de la Suprema
Corte y a la prensa. Todos quedaron felices. Gritaban y lanzaban
exclamaciones porque sabían que Toby no pensaba nada de lo que decía. Era
108
extraordinariamente gracioso escuchar esos insultos de boca de alguien que
tenía una cara tan infantil e inocente. Estaban presentes también ministros
extranjeros. Toby se dirigió a ellos en una media lengua, imitando sus
respectivos idiomas, que parecía tan real que todos movían la cabeza en
señal de asentimiento. Era un tonto-sabio que los ensalzaba y criticaba con
su charla, y el significado de sus disparatados dichos era tan claro que todos
los presentes en el salón comprendieron lo que decía.
Recibió una calurosa ovación. El presidente se le acercó y le dijo:
—Estuvo brillante, sencillamente brillante. El lunes por la noche doy una
pequeña comida en la Casa Blanca y me encantaría que usted...
A la mañana siguiente todos los diarios comentaron el triunfo de Toby
Temple. Sus dichos eran citados en todas partes. Se le solicitó que
amenizara una reunión en la Casa Blanca. Y allí alcanzó un éxito sensacional.
Comenzaron a llover ofrecimientos de todas partes del mundo. Actuó en el
Palladium de Londres, realizó una función especial para la reina, le pidieron
que dirigiera orquestas sinfónicas en reuniones de beneficencia y que
colaborara con el Fondo Nacional de las Artes. Jugó frecuentemente al golf
con el presidente y fue invitado una y otra vez a comer a la Casa Blanca.
Conoció a legisladores y gobernadores y a los presidentes de las principales
compañías norteamericanas. Insultó a todos y cuanto más los criticaba, más
contentos quedaban. Les fascinaba tener a Toby lanzando sus chispeantes y
amargas invectivas contra sus invitados. Entre los miembros de las altas
esferas sociales se consideraba una nota de prestigio contar con la amistad
de Toby.
Las ofertas que se presentaron fueron fenomenales. Clifton Lawrence
estaba tan fascinado por ellas como Toby, y su entusiasmo no tenía nada
que ver con negocios o dinero. Toby Temple era lo más maravilloso que le
había sucedido en años, porque lo consideraba casi como un hijo. Dedicó
más tiempo a la carrera de Toby que a la de cualquiera de sus otros clien-
tes, pero había valido la pena. Toby había trabajado mucho, había pulido su
talento hasta hacerlo brillar como un diamante. Y era comprensivo y
generoso, algo muy raro en ese ambiente.
—Los principales hoteles de Las Vegas están desesperados por conseguirte —
le dijo Clifton Lawrence—. El dinero no es problema. Se mueren por
tenerte, punto. Tengo en mi escritorio libretos de la Foz, Universal, Pan-
Pacific, todos otorgándote el papel principal. Puedes realizar una gira por
Europa, ser contratado en cualquier parte, o puedes tener tu propio show
de televisión en cualquier canal. Eso te daría tiempo para trabajar en Las
Vegas y filmar una película por año.
109
—¿Cuánto podría ganar con mi propio show de televisión, Cliff?
—Creo que puedo sacarles diez mil por semana por un show de una hora.
Tendrían que hacernos un contrato por dos o tres años. Pero si realmente es
a ti a quien quieren, estarán dispuestos a firmarlo.
Toby se recostó contra el respaldo del sofá delirante de felicidad. Diez
mil dólares por show, cuarenta shows por año, equivaldría a ganar más de un
millón de dólares en tres años por sólo decirle a la gente lo que pensaba de
ellos. Miró a Clifton. El pequeño agente parecía no agitarse, pero Toby sabía
que estaba muy entusiasmado. Quería que firmara el contrato con la
televisión. ¿Y por qué no? Clifton ganaría una comisión de ciento veinte mil
dólares por el talento y el trabajo de Toby. ¿Merecía realmente Clifton
tanto dinero? Jamás había tenido que romperse la cabeza trabajando en
esos sucios antros ni tenido que aguantar a los espectadores borrachos
arrojándole botellas de cerveza vacías o recurrir a ambiciosos charlatanes
de pueblos desconocidos para curarse la gonorrea porque las únicas mujeres
disponibles eran las baqueteadas rameras del Circuito de los Baños. ¿Qué
sabía Clifton Lawrence de los cuartos plagados de cucarachas y de comidas
grasientas y de la interminable peregrinación de esos viajes nocturnos en
autobús yendo de un lugar asqueroso a otro aún peor? Nunca lo
comprendería. Un crítico había dicho que Toby había sido un éxito de la
noche a la mañana y Toby había reído a carcajadas. Y ahora, sentado en la
oficina de Clifton Lawrence, dijo:
—Quiero mi propio show de televisión.
Una de las estipulaciones del contrato era que no necesitaba asistir a los
ensayos. El suplente de Toby trabajaría con los artistas invitados en los
sketches y bailes y Toby se presentaría para el ensayo final y la filmación.
De ese modo Toby podía mantener su parte fresca y emocionante.
En septiembre de 1956, la tarde del estreno del show, Toby entró en el
teatro de Vine Street donde se haría la grabación y se sentó a presenciar el
ensayo. Cuando éste terminó, Toby ocupó el lugar de su doble. De repente
todo el teatro pareció llenarse de electricidad. El show adquirió vida y
animación. Y cuando terminó de grabarse y se transmitió esa misma noche,
cuarenta millones de personas lo miraron. Parecía que la televisión hubiera
sido mandada hacer para Toby Temple. Los primeros planos le hacían
aparecer más adorable, y todos querían tenerlo presente en el cuarto de
estar de sus casas. El show fue un éxito instantáneo. Ocupó el primer lugar
en los Nielsen Ratings y permaneció allí inamovible. Toby Temple no era ya
una estrella.
Se había convertido en una superestrella.
111
20
Hollywood resultó ser más emocionante de lo que Jill Castle jamás había
imaginado. Participó de varias giras turísticas y vio el exterior de las casas de
varias estrellas. Y supo que un día ella también tendría una magnífica casa en
Bel-Air o en Beverly Hills. Pero mientras tanto vivía en una vieja pensión, un
feo edificio de madera de dos pisos que había sido convertido en una casa de
doce dormitorios, más fea todavía. Su cuarto era barato, lo que le daba
posibilidades de estirar los doscientos dólares que había ahorrado. La
pensión estaba situada en Bronson, a pocos minutos dé Hollywood y la calle
Vine, corazón de la ciudad, y resultaba práctica por su proximidad a los
estudios cinematográficos.
Pero esa casa tenía otra particularidad que sedujo a Jill. La mayoría de sus
habitantes trabajaban en películas en calidad de extras, o bien trataban de
conseguir empleo en los estudios o se habían retirado del ambiente. Los
veteranos circulaban por la pensión vestidos con batones desteñidos y
ruleros, trajes raídos y zapatos gastados que no brillaban por más que los
lustraran. Más que viejos parecían arruinados. Había un cuarto de estar
común para todos, con muebles desvencijados con los elásticos rotos, donde
se reunían todas las tardes para intercambiar chismes. Todos le dieron
consejos a Jill, pero en su mayoría contradictorios.
—La forma de entrar en el ambiente, querida, es conseguir un AD que te
aprecie —anunció una dama cariacontecida que acababa de ser despedida
de una serie televisiva.
—¿Qué es un AD? —preguntó Jill.
—Asistente del director —respondió con un tono en el que aparecía la
compasión que le inspiraba la ignorancia de Jill—. Es el que contrata los
supes.
Jill se sentía demasiado incómoda como para preguntar qué eran los
«supes».
—Pero si quieres mi consejo, trataría de conseguir un director de
reparto. Un AD puede darte trabajo únicamente en su película. Pero el
otro puede colocarte en cualquiera. —Eso fue dicho por una mujer
desdentada que debía tener ochenta años.
—¿Te parece? La mayor parte son maricones —anunció un actor de
carácter sin un pelo en la cabeza.
—¿Y qué importa? Quiero decir si sirve para promocionarse —acotó un
joven de gafas que se moría por ser un escritor.
—¿Y qué pasa si trato de empezar como una extra? —preguntó Jill-. Central
Casting...
—Olvídalo. Los libros de Central Casting están cerrados. No te
registrarán a menos que seas una especialidad.
112
—Lo... lo siento. ¿Pero qué es una especialidad?
—Como si fueras amputada. En ese caso te pagan treinta y tres cincuenta y
ocho en lugar del habitual veintiuno cincuenta. Y si tienes trajes de baile o
sabes andar a caballo recibirás veintiocho con treinta y tres. Si sabes dar
cartas o manejar el rastrillo en una mesa de dados ganarás veintiocho con
treinta y tres. Si sabes jugar al fútbol o al baseball te pagarán treinta y
tres con cincuenta y ocho, lo mismo que si fueras una amputada. Si puedes
andar en un camello o en un elefante la tarifa asciende a cincuenta y cinco
con noventa y cuatro. Sigue mi consejo y no pierdas tiempo buscando
trabajo como extra. Trata de conseguir un papel en el reparto.
—No comprendo muy bien cuál es la diferencia —confesó Jill.
—Si tienes un papel en el reparto, dirás por lo menos unas palabras. Los
xtras no pueden hablar, excepto los omnies.
-¿Los qué?
—Los omnies... los que hacen luidos de fondo.
—Lo primero que debes hacer es conseguirte un agente.
—¿Cómo hago para encontrarlo?
—Figuran en el Screen Actor, la revista editada por el Consejo de Artistas de
Cine. Tengo un ejemplar en mi cuarto. Ahora lo buscaré.
Todos ayudaron a Jill a revisar la lista de agentes y finalmente seleccionaron
una docena de los menos importantes. El consenso general era que no
tendría ninguna posibilidad en una agencia importante.
Jill empezó la peregrinación. Los primeros seis agentes ni siquiera se
dignaron hablar con ella. Tropezó con uno en el instante en que salía
de su oficina.
—Disculpe —dijo Jill — , estoy buscando un agente. La miró durante
un momento y dijo:
—Déjame ver tu carpeta.
—¿Mi qué? —preguntó absorta.
—Debes haberte acabado de bajar del autobús. No puedes trabajar en
esta ciudad si no tienes una carpeta. Sácate unas fotografías. En
diferentes poses. Atractivas, por supuesto. Pechos, trasero...
113
Actuaciones previas. Ese era el paso siguiente.
Al cabo de dos semanas Jill había visto, o tratado de ver, a todos los
agentes que figuraban en su lista. Ninguno demostró el menor interés.
Uno de ellos le dijo:
—Tú estuviste ayer aquí, querida.
Ella movió la cabeza y respondió:
—Está equivocado.
— Bueno, pues entonces se parecía mucho a ti. Ese es el
problema. Todas se parecen a Elizabeth Taylor, o Lana Turner o
Ava Gadner. Si estuvieran buscando otro trabajo en cualquier
otra ciudad, todos se las disputarían. Son preciosas, atractivas y
tienen figuras sensacionales. Pero eso es lo más común en
Hollywood. Aquí vienen muchachas bonitas de todos los rincones del
mundo. Actuaron en los colegios o ganaron algún concurso de belleza
o sus novios les dijeron que deberían trabajar en el cine ¡y qué se yo!
Aparecen aquí por millares y todas son la misma muchacha. Te aseguro
querida que tú estuviste aquí ayer.
Los pensionistas ayudaron a Jill a fabricar una nueva lista de agentes. Sus
oficinas eran más pequeñas y estaban situadas en barrios más baratos, pero
el resultado fue el mismo.
—Vuelve cuando tengas alguna experiencia como artista. Tienes un gran
atractivo y en lo que a mí respecta podrías ser una segunda Garbo, pero no
puedo perder el tiempo averiguándolo. Consigue antecedentes artísticos y
yo seré tu agente.
— ¿ Cómo voy a conseguir antecedentes artísticos si nadie me
da trabajo?
El agente asintió.
—Sí. Ese es el problema. Suerte.
La otra habitación era un dormitorio con una cama camera en un rincón bajo
una ventana y un mueble metálico en el otro extremo. Rose Dunning abrió
un cajón del archivo, sacó un manuscrito y se acercó a Jill.
—Aquí está. El director del reparto es muy buen amigo mío y si te va bien
con esto, se encargará de tenerte ocupada.
— Lo haré —prometió Jill fervientemente. La agente sonrió y dijo:
—Por supuesto, no puedo enviar una incógnita. ¿Te importaría hacer ahora
un ensayo?
— No. En absoluto.
La agente abrió el guión y se sentó en la cama.
— Leamos esta escena.
Jill se sentó junto a ella y miró el manuscrito.
—Tu personaje es Nathalie. Es una muchacha rica que se ha casado con un
enclenque. Decide divorciarse pero él no quiere. Aquí entras tú.
Jill echó un vistazo a la escena. Deseó haber tenido una oportunidad de
haber repasado el día antes el argumento o aunque sólo fuera una hora.
Estaba realmente ansiosa de producir una buena impresión.
—¿Preparada?
—Creo... creo que sí —dijo Jill. Cerró los ojos y trató de imaginar los
personajes. Una mujer rica. Como las madres de las niñas con quienes se
había criado, gente que daba por sentado que podían tener todo lo que
quisieran y que consideraban que las demás personas servían
únicamente para su propio beneficio. Las Cissy Topping del mundo.
Abrió los ojos, miró el guión y comenzó a leer—. Quiero hablar
contigo, Peter.
—¿No puedes esperar? —respondió Rose Dunning asumiendo
el otro papel.
—Me temo que ya he esperado demasiado. Esta tarde volaré a
Reno.
—¿Así, sin más?
—No. Hace cinco años que estoy esperando tomar ese avión, Peter. Y
ahora nada me lo impedirá.
Jill sintió que Rose Dunning le daba unas palmadas en el muslo.
— Está muy bien —dijo la agente demostrando su aproba
ción —. Sigue leyendo. — Dejó apoyada la mano sobre la pierna de Jill.
—Tu problema reside en que aún no has crecido. Todavía sigues
jugando como un niño. Pero de ahora en adelante tendrás que jugar
solo.
La mano de Rose Dunning le acariciaba el muslo. Era desconcertante.
—Muy bien. Prosigue —le dijo.
—No... no quiero que trates de comunicarte conmigo nunca más. ¿Está
116
claro?
La mano acariciaba más rápidamente la pierna y subía hacia la ingle. Jill
bajó el manuscrito y miró a Rose Dunning. La mujer tenía el rostro
congestionado y una mirada vidriosa.
—Sigue leyendo —repitió con voz ahogada.
—No... no puedo —respondió Jill—. Si usted...
La mujer movió más rápidamente la mano.
—Es para ponerte en ambiente, querida. Como verás es una lucha
sexual. Quiero sentir tu reacción sexual. —Su mano proseguía
ascendiendo hasta deslizarse entre las piernas de Jill.
— ¡No! —exclamó la muchacha poniéndose de pie.
Un hilo de saliva apareció en las comisuras de la boca de Rose Dunning.
—Sé buena conmigo y yo lo seré contigo —insistió con voz suplicante—.
Ven aquí, querida. —Estiró los brazos y trató de agarrarla, pero Jill salió
corriendo de la casa.
Vomitó en cuanto llegó a la acera de la calle. No se sintió mejor ni siquiera
cuando cesaron las náuseas y se tranquilizó su estómago. Había
reaparecido su jaqueca.
Eso no era justo. Los dolores de cabeza no le pertenecían. Eran propiedad de
Josephine Czinski.
117
enemigos serían aniquilados, Sam Winters agitaría su varita mágica y todos
vestirían ropas de seda y serían estrellas de cine, adoradas eternamente por
su agradecido público, amén. El café de Schwab era el vino sacramental y
ellos eran los Discípulos del futuro, reunidos para su mayor comodidad,
reconfortándose mutuamente con sus sueños, a un paso de lograrlo.
Habían conocido a un ayudante de un director que les había dicho que
un productor aseguraba que un director de reparto había prometido
que en cualquier momento, y la realidad estaría en sus manos.
Mientras tanto trabajaban en los supermercados, garajes, salones de
belleza y lavaderos de coches. Vivían juntos, se casaban entre ellos, se
divorciaban y nunca se percataban cómo les traicionaba el tiempo. Las
nuevas arrugas y las sienes canosas pasaban desapercibidas, como así
también el hecho de que debían retrasarse media hora más en
maquillarse por la mañana. Se habían gastado antes de haber sido
usados, habían envejecido sin añejar, demasiado maduros para iniciar
una carrera con una compañía de plásticos, para tener hijos, para
representar esos papeles de jóvenes por los que tanto suspiraron.
Eran en la actualidad actores de carácter. Pero seguían soñando.
Las muchachas más jóvenes y bonitas juntaban lo que llamaban dinero
de colchón.
— ¿Para qué romperte el lomo en un trabajo de nueve de la mañana a
cinco de la tarde cuando puedes ganar veinte dólares acostándote un
rato de espaldas? Hasta que llame el agente, por supuesto.
Pero a Jill no le interesaba. Lo único que le importaba en la vida era su
carrera. Una pobre chica polaca no podría casarse nunca con un David
Kenyon. Había aprendido eso. Pero Jill Castle, la estrella de cine,
podría tener cualquiera y cualquier cosa que se le antojara. Y si no
lograba eso, se convertiría nuevamente en Josephine Czinski.
Pero no permitiría que ello ocurriera.
Jill consiguió su primer papel como artista por intermedio de Harriet
Marcus, una de las supervivientes, que tenía un primo tercero cuyo ex
cuñado era segundo ayudante en una serie médica de televisión que
se filmaba en los estudios de la Universal. Consintió en darle una
oportunidad a Jill. La parte consistía en una sola línea, y Jill recibiría
por ello cincuenta y siete dólares, menos los descuentos para
Seguridad Social, impuestos y contribución para La Casa de Retiro de la
Industria Cinematográfica. Jill haría el papel de una enfermera. De
acuerdo con el guión debía estar en un cuarto de hospital, junto a la
cama de un enfermo tomándole el pulso en el momento en que entraba
el médico.
MEDICO: —¿Cómo está, enfermera?
ENFERMERA: -Temo que no muy bien, doctor.
Eso era todo.
118
El lunes por la tarde Jill recibió una hoja fotocopiada con su frase, con
instrucciones de presentarse para maquillarse a las seis de la mañana
siguiente. Repitió cien veces la escena. Le hubiera gustado que el
estudio le diera todo el guión completo. ¿Cómo pretendían que
imaginara al personaje si todo lo que le habían entregado era una sola
hoja? Jill trató de analizar qué clase de mujer sería la enfermera.
¿Casada? ¿Soltera? O quizá secretamente enamorada del médico. O
tal vez habían tenido un romance que ya había terminado. ¿Qué
sentía por el paciente? ¿Le mortificaba la idea que muriera? ¿O era
una bendición?
— Mucho me temo que no muy bien, doctor —repitió tratando
de reflejar preocupación en su voz.
Hizo un nuevo intento. Temo que no muy bien, doctor. Asustada.
Iba a morir.
—Temo que no muy bien, doctor. — Acusadoramente. Era culpa del
médico. Si no se hubiera ido de farra con su amiguita...
Jill se quedó levantada toda la noche trabajando con su papel,
demasiado excitada para poder dormir, pero por la mañana, cuando se
presentó en el estudio, rebosaba vida y entusiasmo. Estaba oscuro
todavía cuando llegó a la entrada del Boulevard Lankershim en un coche
que le había prestado su amiga Harriet. Jill le dijo su nombre al guarda,
él lo buscó en una lista y le hizo señas para que entrara.
— Set Siete —le dijo — . Dos manzanas recto y luego doble a la
derecha.
Su nombre figuraba en la lista. Los Estudios Universal la esperaban.
Parecía un sueño maravilloso. Cuando se acercaba al escenario decidió
que discutiría la parte con el director, le daría a entender que era capaz
de darle la interpretación que prefiriera. Jill dejó el coche en el gran
estacionamiento y se dirigió al Set Siete.
El lugar estaba repleto de personas que se movían afanosamente,
transportando luces, equipos eléctricos, instalando las cámaras y dando
órdenes en un idioma que J ill no entendía.
Se quedó parada mirando y saboreando los aspectos, olores y sonidos del
mundo cinematográfico. Este era su ambiente, su futuro. Encontraría una
forma de impresionar al director y demostrarle que era alguien muy
especial. Llegaría a apreciarla como persona, no como una de tantas
artistas.
El segundo ayudante del director acompañó a Jill y a otra docena de
actores hasta el Vestuario, donde le entregaron un uniforme de enfermera
y la mandaron luego al set, donde fue maquillada junto con los otros
participantes en un rincón de la escena. En cuanto terminaron con ella, el
ayudante del director la llamó. Jill se dirigió apresuradamente hacia la sala
de hospital que habían preparado y donde el director estaba parado junto a la
119
cámara, conversando con el primer actor de la serie. Este se llamaba Rod
Hanson, y representaba el papel de un cirujano lleno de ciencia y
compasión. Cuando Jill se acercó a ellos, Rod Hanson decía:
—Tengo un pastor alemán que es capaz de fabricar un diálogo mejor que esta
basura. ¿Por qué demonios los guionistas no pueden darme un poco más de
carácter?
— Llevamos cinco años filmando esta serie. No intentes mejorar un éxito. Al
público le gustas tal como eres ahora.
El cámara se acercó al director.
—Todo listo, jefe.
— Gracias, Hal —contestó el director y dándose vuelta hacia
Rod Hanson añadió—: ¿Podemos seguir adelante, querido?
Terminaremos la discusión más tarde.
—Uno de estos días voy a limpiarme el trasero con este estudio —respondió
Hanson alejándose.
Jill se dirigió al director que había quedado solo. Era su oportunidad para
discutir la interpretación de su papel, de demostrarle que comprendía sus
problemas y que estaba allí para ayudarle a que la escena resultara un éxito.
Le miró con una amplia sonrisa y dijo:
—Soy Jill Castle. Tengo que hacer el papel de enfermera. Creo que puede ser
realmente interesante y se me han ocurrido unas ideas...
El director asintió distraídamente, y le indicó:
— Párese junto a la cama —y se alejó un poco para hablar con el
cámara.
Jill se quedó helada mirándole. El segundo ayudante del director, ese
primo tercero del ex cuñado de Harriet, se acercó rápidamente a Jill y le
dijo en voz baja.
— ¡Por el amor de Dios! ¿No oíste lo que dijo? ¡Vete junto a la
cama!
—Yo quería preguntarle...
—No lo eches todo a perder —le susurró furioso—. ¡Vete de una vez!
Jill se acercó a la cama del enfermo.
—Muy bien, silencio, por favor. —El asistente miró al director.— ¿Quiere un
ensayo previo, jefe?
—¿Para esto? Hagan directamente una toma.
—Avísennos cuando todos estén preparados. Todo el mundo a sus puestos.
Atentos y en silencio. Estamos filmando. Acción.
Jill escuchó consternada el sonido de la campana. Miró angustiada al
director, queriendo preguntarle cómo le gustaría que interpretara la escena,
cuál era su relación con el moribundo, qué debía...
Una voz gritó:
—¡Acción!
Todos miraron ansiosos a Jill. Ella se preguntó para sus adentros si se
120
animaría a pedirles que detuvieran la filmación durante un segundo para
poder discutir su escena y...
El director exclamó:
— ¡ Por el amor de Dios, enfermera! ¡ Esto no es un depósito de
cadáveres, es un hospital! ¡Tómele de una vez el pulso antes que
se muera de viejo!
Jill miró angustiada al círculo de luces y reflectores que le rodeaba. Respiró
hondo, levantó la mano del enfermo y le tomó el pulso. Si no querían ayudarla
no tendría más remedio que interpretar el papel a su manera. El enfermo
era el padre del médico. Habían tenido una discusión. El padre había sufrido
un accidente y el médico acababa de enterarse. Jill levantó la vista y vio que
se acercaba Rod Hanson. Caminó hacia ella y le preguntó:
—¿Cómo está, enfermera?
Jill miró al doctor y leyó en sus ojos una honda preocupación. Quería decirle
la verdad, que su padre se moría y que era demasiado tarde para
arreglar el malentendido. Sin embargo tendría que decírselo en una
forma que no lo destruyera y... El director comenzó a gritar:
— ¡Corten! ¡Corten! ¡Corten! ¡Maldición, esa idiota tiene que
decir una sola frase y ni siquiera es capaz de recordarla! ¿Dónde
la encontraron... en las páginas amarillas de la guía?
Jill se dio vuelta hacia la voz que gritaba en la oscuridad, sofocada por el
disgusto.
—Sé muy bien lo que tengo que decir —manifestó vacilante—.Lo que pasa
es que trataba de...
—Pues si lo recuerdas, haz el favor de decirlo, ¿quieres? Podría haber
pasado un tren de carga durante esa pausa. Cuando Rod te haga la
pregunta hazme el favor de contestarle ¿Entendido?
—Me preguntaba si...
—Repitámoslo enseguida. Avisadnos cuando estéis preparados.
—Ya lo estamos. Adelante. Estamos filmando.
— Cámara.
—Acción.
Jill sintió que se le aflojaban las piernas. Era como si fuera la única a la que
le importara esa escena. Todo lo que había querido hacer era crear algo
bonito. Las luces de los focos la hacían sentirse mareada y sentía que la
transpiración corría por sus brazos, arruinando el almidonado uniforme.
— ¡Acción! ¡Enfermera!
Jill se inclinó sobre el paciente y le tomó el pulso. Si hacía otra vez mal la
escena nunca más tendría otra oportunidad. Pensó en Harriet y en sus
amigos de la pensión y en lo que dirían.
El médico entró y se le acercó:
—¿Cómo está, enfermera?
Ya no sería más uno de ellos. Sería el hazmerreír de todos. Hollywood es
121
una ciudad pequeña. El comentario correría rápidamente de boca en boca.
—Temo que no muy bien, doctor.
Ningún estudio la contrataría. Sería su último trabajo. El fin de todo, de su
mundo.
El médico dijo:
— Quiero que lo lleven a terapia intensiva.
— ¡Bien! —exclamó el director—. Corten y saquen una copia.
Jill no se dio cuenta de todos los que pasaron junto a ella, apurados por
desmantelar el set para preparar el siguiente. Había realizado su primera
escena y se lo había pasado pensando en otra cosa. No podía creer que ya
todo hubiera terminado. Se preguntó si no debería buscar al director para
agradecerle el haberle brindado esa oportunidad, pero vio que estaba en el
otro extremo del set charlando con otras personas. El segundo ayudante se
le acercó, le apretó el brazo y le dio:
— Estuviste muy bien, muchacha. Pero la próxima vez aprende
de memoria lo que debes decir.
21
Fue un gran momento para Toby Temple. Tenía cuarenta y dos años y era
dueño del mundo. Bromeaba con reyes y jugaba al golf con el presidente,
pero eso no les molestaba a sus modestos admiradores bebedores de
cerveza, porque sabían que Toby era uno de ellos, el campeón que ordeñaba
las vacas sagradas, ridiculizaba a los poderosos, daba por tierra con las
normas del Establishment. Ellos amaban a Toby como sabían que Toby les
amaba a ellos.
123
Hablaba de su madre en todas las entrevistas y cada vez se acentuaba más
su perfil de santidad. Era la única forma en que Toby podía compartir con
ella su éxito.
Compró una espléndida propiedad en Bel-Air. La casa era estilo Tudor, tenía
ocho dormitorios, una inmensa escalera y paneles de madera tallada
procedentes de Inglaterra; una sala de proyecciones, un cuarto de juegos,
una bodega y una gran piscina, además del chalet para la casera y otros
dos para huéspedes. Adquirió una lujosa mansión en Palm Springs, varios
caballos de carreras y tres ayudantes a quienes llamaba «Mac» y que lo
adoraban. Le hacían recados, trabajaban como chóferes, le conseguían
muchachas a cualquier hora del día o la noche, viajaban con él, le daban
masajes. Los tres Macs se encargaban de conseguirle a su amo cualquier cosa
que se le antojara. Eran los bufones del Bufón Nacional. Tenía cuatro
secretarias, dos de ellas dedicadas exclusivamente a la atención de las
numerosas cartas de sus admiradores. Su secretaria privada era una mucha-
cha rubia muy bonita, que tenía veintiún años y se llamaba Sherry. Su
cuerpo parecía haber sido diseñado por un maniático sexual, y Toby
insistía en hacerle usar faldas cortas sin ningún tipo de ropa
interior. Así ambos ahorraban mucho tiempo.
125
hay uno que no queda satisfecho.
Clifton lo estudió durante un instante y luego dijo: —Sírveme una . -
—Mientras Toby se dirigía al bar, Clifton se quedó pensando. Sabía cuál
era el problema real, y no se trataba del ego de Toby ni tampoco de su
sentido de importancia. Tenía que ver con su soledad. Toby era el hombre más
solitario que había conocido. Lo había visto comprar mujeres por docenas y
tratar de comprar amigos con lujosos regalos. Nadie podía pagar jamás una
cuenta estando Toby presente. Clifton oyó una vez a un músico decirle:
— No necesitas comprar el amor, Toby. Todo el mundo te
ama.
Toby pestañeó y respondió rápido:
— ¿Para qué correr el riesgo?
El músico no volvió a trabajar más en el número de Toby.
Toby quería tener a todos por entero. Su ambición era desenfrenada, y
cuantas más cosas poseía, más crecían sus ansias posesivas.
Clifton había oído decir que Toby se había acostado al mismo tiempo con
media docena de muchachas, tratando de satisfacer su apetito. Pero por
supuesto, no sirvió de nada. Lo que Toby necesitaba era una muchacha y
todavía no la había encontrado. Por tanto seguía buscando la solución en la
cantidad.
Padecía de una terrible necesidad de estar permanentemente rodeado de
gente.
Soledad. El único momento en que desaparecía era cuando Toby estaba
frente al público, cuando oía sus aplausos y sentía su cariño. Era muy simple,
en realidad, pensó Clifton. Cuando Toby no estaba sobre un escenario,
arrastraba consigo al público. Siempre se le veía rodeado de músicos,
ayudantes, escritores, coristas, cómicos indigentes y cualquier otra persona
que pudiera hacer entrar en su órbita.
Y ahora se le había antojado Clifton Lawrence. Por entero.
Clifton tenía docenas de clientes, pero el total de sus entradas no era mayor
que el que obtenía Toby por sus actuaciones en night-clubs, televisión y
películas cinematográficas, porque los arreglos que Clifton había logrado
concertar eran fenomenales. No obstante, no tomó su decisión en base al
dinero. Lo hizo porque quería a Toby Temple y porque Toby Temple le
necesitaba. Tanto como lo necesitaba él. Recordó qué monótona había sido su
vida hasta que Toby irrumpió en ella. No había existido ninguna clase de
desafío desde hacía años. Había reposado sobre sus antiguos laureles. Y
pensó entonces en esa magnética excitación que rodeaba a Toby, en la alegría
y las risas y la profunda camaradería que ambos compartían.
Cuando Toby se acercó y le entregó su copa, Clifton alzó la suya en un
brindis y dijo:
— Por nosotros dos, querido muchacho.
126
Era la temporada de éxitos y diversiones y fiestas y Toby estaba siempre en
el candelero. La gente daba por sentado que tenía que ser gracioso. Un actor
puede ocultarse tras las palabras de Shakespeare, o Moliere y un cantante
puede contar con la ayuda de Gershwin o Rodgers y Hart o Cole Porter.
Pero un cómico es un ser indefenso cuya única arma es su gracia.
Los exabruptos de Toby adquirieron rápidamente fama en todo Hollywood.
Una noche durante una comida, un médico que atendía a varios actores dijo
un largo y complicado chiste a un grupo de cómicos.
— Por favor, doctor —le suplicó Toby — , no trate de hacernos
reír, limítese a curarnos.
En una oportunidad en que el estudio debía utilizar unos leones en una
filmación, Toby los vio en el momento en que los transportaban en camiones
y enseguida exclamó:
— ¡Cristianos! ¡Diez minutos!
127
interior del cuarto y cerrando la puerta.
Un tiempo después contó la historia y explicó:
—Tres de los tipos presentes en la oficina estuvieron al borde de tener un
ataque al corazón. Pasó un mes antes de que desapareciera de la
habitación el olor a orina de la pantera.
Toby tenía un equipo de diez escritores que escribían sus chistes,
encabezados por O'Hanlon y Rainger. Pero él se quejaba permanentemente
del material que le daban. Una vez nombró a una prostituta para integrar el
equipo de escritores. Pero tuvo que despedirla al enterarse que todos
pasaban la mayor parte del tiempo en cama con ella. En otra oportunidad
llevó a un organillero y a su mono a una reunión con los guionistas. Era
humillante y degradante, pero O'Hanlon y Rainger y los demás lo toleraron
porque Toby transformaba sus chistes en oro puro. Era el mejor de todos.
La generosidad de Toby era exagerada. Regalaba relojes de oro y
encendedores, vestuarios completos y viajes a Europa a sus empleados y
amigos. Llevaba consigo enormes sumas de dinero y pagaba todo en efectivo,
incluyendo dos Rolls-Royce. Era muy derrochador. Todos los viernes se
reunían frente a su casa una docena de parásitos del ambiente, esperando
una limosna. Una vez Toby se dirigió a uno de los más asiduos y le
preguntó:
— ¿Se puede saber qué estás haciendo aquí? Acabo de leer en Variety que
te han dado un papel en una película -el hombre miró a Toby y contestó:
-¿Es que acaso no merezco un pre-aviso?
El trabajo era lo único que hacía olvidar a Toby su soledad, lo único que le
brindaba una real alegría. Si un espectáculo tenía éxito, Toby era el
128
compañero más divertido del mundo, pero si resultaba un fracaso, se
convertía en un demonio, y atacaba a cuantos estuvieran a tiro de su
despiadado ingenio.
Era posesivo. Durante una reunión con sus guionistas tomó la cabeza de
Rainger entre sus dos manos y les dijo a los demás presentes en el cuarto:
—Esto es mío. Me pertenece.
Al mismo tiempo comenzó a odiar a los escritores porque les necesitaba y no
quería necesitar a nadie. Por tanto los trataba despreciativamente. Los días
de pago, hacía avioncitos con los cheques con el sueldo de los escritores y
los arrojaba al aire. Un día uno de ellos se presentó muy bronceado y Toby lo
despidió inmediatamente.
— ¿Por qué hiciste eso? -le preguntó O'Hanlon—. Es uno de
los mejores guionistas.
—Si hubiera estado trabajando —respondió Toby—, no habría tenido tiempo
para tomar el sol.
Un escritor nuevo presentó un chiste sobre madres y fue despedido.
Si uno de los artistas invitados a su show conquistaba muchos aplausos, Toby
exclamaba:
—¡Eres magnífico! Quiero tenerte en el show todas las semanas —miraba luego
al productor y le preguntaba—: ¿Oyó? —y el productor sabía que ese actor
no debería aparecer nunca más.
Era un cúmulo de contradicciones. Tenía celos del éxito de otros cómicos y
no obstante ocurrió lo siguiente. Un día en que Toby se retiraba después de
un ensayo, pasó frente al camerín de Vinnie Turkel, un viejo artista que
hacía tiempo ya que estaba cuesta abajo. Vinnie había sido contratado
para realizar su primer papel dramático en un teleteatro. Esperaba que eso
fuera un resurgimiento. Cuando Toby pasó frente al camarín, le vio tirado
en el sofá, totalmente borracho. El director del teleteatro se acercó a
Toby y le dijo:
—Déjale, Toby. No tiene solución.
—¿Qué pasó?
—Tú sabes que la característica de Vinnie ha sido siempre su voz alta y
temblorosa. Empezamos a ensayar y cada vez que Vinnie abría la boca y
trataba de hablar con seriedad, todo el mundo comenzaba a reír. Eso
liquidó al pobre viejo.
—¿El contaba con ese trabajo, verdad? —preguntó Toby.
El director se encogió de hombros.
—Todo actor cuenta con realizar su papel.
Toby llevó a Vinnie Turkel a su casa y se quedó con el viejo actor tratando
de hacerle pasar la borrachera.
—Este es el mejor papel que has tenido en toda tu vida. ¿Vas a echarlo a
perder?
Vinnie movió la cabeza pesarosamente.
129
—Ya lo hice, Toby. No puedo remediarlo.
—¿Quién dice que no? —preguntó Toby—. Puedes representar ese papel
mejor que cualquier otra persona.
El viejo movió nuevamente la cabeza.
—Se rieron de mí.
—Por supuesto. ¿Y sabes por qué? Porque toda tu vida la dedicaste a
hacerles reír. Ellos contaban con que serías cómico.
Pero si insistes podras salir con la tuya. Los dejarás boquiabiertos
Pasó el resto de la tarde tratando de que Vinnie Turkel recuperara la
fe en sí mismo y esa misma noche telefoneó al director desde su casa.
—Turkel se ha recuperado —le dijo — . No debe preocuparse más por él.
—Ya sé que no debo preocuparme —replicó el director—. Acabo de
reemplazarlo.
—Pues olvídelo — insistió Toby —. Tiene que darle una oportunidad.
—No puedo correr el nesgo, Toby. Se emborrachará nuevamente y...
—Le diré lo que haremos —sugirió Toby — . Vuelva a cogerle.
Si después del último ensayo sigue sin quererle, yo haré su parte
gratis.
Hubo una pausa que fue rota por el director.
— ¡Eh! ¿Lo dice en serio?. —Por supuesto.
-Ni una palabra más —respondió el director rápidamente — . Dígale a
Vinnie que se presente mañana a las nueve para el ensayo.
El teleteatro resultó el éxito de la temporada cuando por fin salió al
aire. Y la actuación más valorada por los críticos fue la de Vinnie Turkel.
Obtuvo todos los premios otorgados por la televisión y se le presentó
una nueva carrera como actor dramático. Cuando le envió a Toby un
regalo magnífico para demostrarle su gratitud, éste se lo devolvió con
una nota. «No fue obra mía, sino tuya.» Así era Toby Temple.
Pocos meses después, Toby Temple contrató a Vinnie Turkel para hacer
un número en su show. Vinnie terció en uno de los chistes de Toby y a
partir de ese momento Toby lo confundió cada vez que debía hablar,
le arruinó los chistes y le humilló frente a cuarenta millones de
personas.
Esa era la otra faz de Toby Temple.
Alguien le preguntó a O'Hanlon cómo era realmente Toby Temple y
O'Hanlon contestó:
— ¿Recuerda la película en que Carlitos Chaplin conoce a un
millonario? El millonario se convierte en su íntimo amigo cuando
está borracho y cuando está sobrio lo saca a patadas. Así es Toby
Temple, con la diferencia que no necesita estar borracho. Durante una
reunión con los directores de un canal, uno de los ejecutivos jóvenes
no abrió prácticamente la boca.
—Ma parece que no le gusto —le dijo después Toby a Clifton
130
Lawrence.
—¿A quién?
—Al muchacho que estaba en la reunión.
—¿Y qué te importa? Es un mequetrefe sin importancia.
—No me dirigió la palabra —insistió Toby — . Creo que no le
gusto nada.
Toby estaba tan afectado, que Clifton Lawrence tuvo que localizar al
joven ejecutivo y cuando por fin llamó al sorprendido hombre a
medianoche le dijo:
—¿Tienes algo contra Toby Temple?
—¿Quién, yo? ¡Me parece que es el hombre más gracioso de
todo el mundo!
—¿Me harías un favor, querido muchacho? Llámale por
teléfono y díselo.
-¿Qué?
—Comunícate con Toby y dile que te gusta.
—Por supuesto. Lo llamare mañana mismo.
—No, ahora.
—¡Son las tres de la mañana!
—No importa, te está esperando.
Cuando el joven llamó a Toby, éste le contestó enseguida y oyó su voz
que decía: -Hola. Fl muchacho tragó y dijo:
— Era sólo para... para decirle que me parece maravilloso.
— Gracias, amigo —respondió Toby e inmediatamente colgó.
El séquito de Toby se hacía cada vez más grande. A veces se desvelaba
por la mitad de la noche y telefoneaba a algunos amigos para que fueran
a jugar a las cartas, o despertaba a O'Hanlon y Rainger y les convocaba
a una reunión de trabajo. A menudo pasaba la noche entera sentado en
su casa mirando películas de cine, en compañía de los tres Macs y
Clifton Lawrence, amén de unas cuantas actrices principiantes y vanos
adulones. Y cuantas más personas le rodeaban, más solo se sentía.
22
131
fracasaba una revista y criticaban las buenas. Era el lamento de los
perdedores y Jill comenzó a pensar si no se estaría pareciendo ella a los
demás. Estaba segura todavía de que iba a ser Alguien, pero al contemplar
esas caras conocidas, comprendió que todos suponían también lo mismo
respecto de sus personas. ¿Sería posible que todos estuvieran tan fuera de
la realidad, que todos tuvieran los ojos puestos en un sueño que nunca se
llevaría a cabo? La idea le resultaba insoportable.
Jill se había convertido en la confidente de todo el grupo. Acudían a ella
con sus problemas, les escuchaba y trataba de ayudarles: con dinero,
consejos, un lugar para dormir una o dos semanas. Salía muy poco con
hombres porque estaba demasiado compenetrada con su carrera y no había
conocido a ninguno que le interesara.
Jill estaba sin trabajo. Faltaban pocos días para Navidad, le quedaban pocos
dólares, pero tenía que mandarle un regalo a su madre. Alan fue el que
solucionó el problema. Había salido una mañana temprano sin decir adonde
iba. Cuando volvió le anunció a Jill:
—Tenemos un trabajo.
—¿Qué clase de trabajo?
—En una película, por supuesto. ¿Acaso no somos artistas?
Jill le miró invadida de una repentina esperanza.
—¿Lo dices en serio?
—Por supuesto. Encontré a un director amigo. Mañana comienza la filmación
de una película. Tiene papeles para ambos. Cien dólares por cabeza, por día
de trabajo.
—¡Pero eso es maravilloso! —exclamó Jill—. ¡Cien dólares! —Eso le alcanzaría
para comprarle a su madre un buen género inglés de lana para hacerse un
abrigo y le quedaría lo suficiente para un bonito bolso de piel.
—Es una película independiente. Están filmándola en un garaje particular.
—¿Qué podemos perder? —dijo Jill—. Es un trabajo.
El garaje estaba situado en un barrio sur de Los Angeles, que había pasado
de ser un lugar elegante a otro de clase media y en la actualidad se
había convertido en un arrabal.
Los recibió en la puerta un hombre bajo y moreno, que estrechó la
mano de Alan y le dijo:
—Lo lograste, muchacho. Fantástico.
Se dio la vuelta hacia Jill y lanzó un silbido de aprobación.
—No exageraste para nada, amigo. Es realmente atractiva.
—Jill, este es Peter Terraglio —dijo Alan.
-¡Qué tal! -saludó Jill.
—Peter es el director —le explicó Alan.
—Director, productor, jefe de lavaplatos. Hago un poco de todo. Pasen
por aquí. Los condujo a través del garaje vacío hacia un pasillo que había
formado parte, en un tiempo, de las dependencias del servicio. Dos
135
dormitorios daban al corredor. Uno de ellos tenía la puerta abierta. Al
aproximarse oyeron voces en su interior. Jill se acercó al umbral, miró
adentro y se detuvo sin poder dar crédito a sus ojos. Cuatro
personas estaban desnudas en una cama situada en el medio del
cuarto; un negro, un mejicano y dos muchachas, una blanca y otra
negra. Un cámara iluminaba la escena mientras una de las muchachas
hacía el amor con el mejicano. La muchacha se interrumpió un instante y
dijo:
—Vamos, a ver si tienes por fin una erección.
Jill se sintió desmayar. Dio media vuelta y cuando iba a regresar por
el pasillo sintió que sus piernas se aflojaban. Alan la sujetó y le
preguntó:
— ¿Te sientes bien?
No pudo contestarle. Sintió súbitamente un terrible dolor de cabeza y
un retorcijón en el estómago.
— Espera aquí —le ordenó Alan.
Regresó al minuto trayendo una botella de vodka y un frasco con unas
pastillas coloradas. Sacó dos pildoras y se las dio a Jill.
— Esto te hará sentir mejor.
Jill se puso las pastillas en la boca sintiendo que su cabeza iba a estallar.
—Toma un trago —le dijo Alan. Jill obedeció.
— Otra más —sugirió Alan dándole otra pildora que tragó
nuevamente con un poco de vodka—. Tienes que recostarte un momento.
Acompañó a Jill hasta el dormitorio vacío y se acostó sobre la cama
moviéndose lentamente. Las pastillas comenzaron a surtir efecto. Se sentía
ya un poco mejor. La bilis amarga había desaparecido de su boca.
Quince minutos después el dolor de cabeza había desaparecido. Alan le dio
otra pildora y, sin pensar más, Jill la tragó junto con el vodka. Era tan
agradable no sentir más dolor. Alan se conducía en una forma extraña
dando vueltas alrededor de la cama.
—Siéntate y quédate quieto —le dijo.
— Estoy quieto —respondió.
A Jill le pareció muy gracioso y comenzó a reír. Rió hasta que las lágrimas
corrieron por su cara.
—¿Qué, de qué eran esas pildoras?
—Para tu jaqueca, querida. Terraglio se asomó y preguntó:
, —¿Qué tal anda? ¿Todos contentos? —Todos... todos contentos —
balbució Jill. Terraglio miró a Alan, le dijo:
— Cinco minutos —y en seguida desapareció.
Alan estaba inclinado sobre Jill, acariciándole el pecho y los muslos, le
levantó luego la falda y metió los dedos entre sus piernas. Era un sensación
maravillosa y súbitamente Jill sintió deseos de que la poseyera.
—Escucha, querida —dijo Alan—, yo no te pediría que hicieras nada incorrecto.
136
Sólo debes hacerme el amor. Como siempre, pero con la diferencia que esta
vez nos pagan por ello. Doscientos dólares. Todo para ti.
Ella negó con la cabeza, pero tuvo la impresión de que tardaba años en
moverla de un lado a otro.
—No puedo hacerlo —respondió confusamente.
—¿Por qué no?
Tuvo que concentrarse para recordarlo.
—Porque... porque voy a ser una estrella de cine. No puedo realizar películas
pornográficas.
—¿Quieres que te haga el amor?
-¡Oh, sí, David!
Alan iba a decir algo pero se limitó a sonreír.
— Por supuesto, querida. Yo también estoy ansioso. Vamos —tomó a Jill de la
mano y la levantó de la cama. Jill tuvo la sensación de estar volando.
Salieron al pasillo y entraron en el otro cuarto.
—Muy bien —dijo Terraglio al verlos — . Quédense tal cual están. Tenemos
refuerzos fresquitos.
—¿Quiere que cambie las sábanas? —preguntó uno de los del grupo.
—¿Qué demonios crees que somos, MGM?
Jill se aferró a Alan.
—David, hay otras personas allí.
—Se irán —le aseguró Alan—. Toma —sacó otra pildora y se la dio junto con un
trago de vodka. A partir de ese momento todo fue muy confuso. David la
desvestía al tiempo que le decía palabras estimulantes. Se acostó en la cama
y él acercó su cuerpo desnudo junto al suyo. Apareció una luz intensa que la
encegueció.
—Ponlo en la boca —le dijo y ella siguió pensando que era David el que
hablaba.
—Oh, sí —respondió acariciándolo amorosamente y procedió a ponerlo en su
boca y uno de los presentes en el cuarto dijo algo que Jill no pudo entender y
David se apartó de modo que Jill se vio obligada a mirar hacia la luz y tuvo
que entrecerrar los ojos por el intenso resplandor. Sintió que la
empujaban, quedó acostada de espaldas, y David estaba poseyéndola y ella
tenía al mismo tiempo su pene en la boca. Lo quería tanto. Las luces y esas
voces que hablaban la molestaban. Quiso decirle a David que los hiciera
callar, pero estaba en un verdadero éxtasis, teniendo orgasmo tras
orgasmo, hasta que creyó que su cuerpo iba a estallar. David la quería a ella,
no a Cissy, había vuelto, se habían casado y estaba disfrutando de una
maravillosa luna de miel.
—David... —dijo. Abrió los ojos y vio que el mejicano estaba encima de ella,
pasando la lengua por todo su cuerpo. Trató de preguntarle dónde estaba
David pero no pudo pronunciar las palabras. Cerró los ojos mientras el
hombre seguía haciendo cosas deliciosas. Cuando volvió a abrirlos el
137
mejicano se había transformado inexplicablemente en una muchacha
pelirroja con pelo largo y unos grandes pechos que acariciaban su
vientre. La mujer comenzó entonces a hacer algo con la lengua y Jill
cerró los ojos y perdió el conocimiento.
23
Habían mentido. El tiempo no era un amigo que restañaba todas las heridas:
era el enemigo que arrasaba y destruía a la juventud. Las estaciones se
sucedían unas a otras y cada una le ofrecía a Hollywood los productos de su
última cosecha. La competencia hacía dedo y llegaba en motocicletas,
trenes y aviones. Todos tenían dieciocho años como los había tenido Jill. Sus
piernas eran largas y esbeltas, sus caras frescas, ansiosas, con sonrisas
maravillosas a las que no les hacía falta coronas para los dientes. Y cada vez
que llegaba una nueva cosecha, Jill envejecía un año. Un día se miró al espejo.
Corría el año 1964 y tenía en ese momento veinticinco años.
En un primer momento se había quedado aterrada después de la experiencia
de la película pornográfica. Temía que algún director de reparto la viera y
la pusiera en la lista negra. Pero a medida que transcurrieron las semanas
primero y los meses después, Jill olvidó gradualmente sus temores. Pero
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nada había cambiado. Cada año había dejado su huella en ella, una pátina de
dureza, semejante a los anillos en el tronco que indican la edad de un árbol.
Comenzó a odiar a todo aquel que no le brindaba una oportunidad para
actuar, a toda la gente que le había prometido cosas que nunca cumplieron.
Realizó una interminable serie de trabajos monótonos e ingratos. Fue
secretaria, recepcionista, cocinera, baby-sitter, modelo, camarera,
telefonista y vendedora. Esperando recibir La Llamada.
Pero nunca la recibió y su amargura aumentó. De vez en cuando obtenía
unos pequeños papeles en los que decía solamente unas pocas palabras, pero
que nunca conducían a nada. Se miró al espejo y recibió un aviso del Tiempo:
Date prisa. Ver reflejada su imagen era como mirar a distintas épocas del
pasado. Había todavía rastros de la muchacha fresca y joven que había llegado
a Hollywood siete interminables años antes. Pero la muchacha fresca y
joven tenía pequeñas arrugas alrededor de los ojos y otras más profundas
que bajaban de la nariz hasta el mentón, claras advertencias del paso del
tiempo y de la falta de éxito, recuerdos de todos esos terribles e
innumerables fracasos. ¡Date prisa, Jill, date prisa!
Y así fue como cuando Fred Kapper, un muchacho de dieciocho años
ayudante de un director de la Fox, le dijo a Jill que tenía un buen papel para
ella si consentía acostarse con él, Jill decidió que había llegado el momento
de decir que sí.
Se encontró con Fred Kapper en el estudio durante la hora libre que tenía
para almorzar.
—Tengo solamente media hora —le dijo—. Déjame pensar dónde podríamos
meternos para que no nos molesten — se quedó pensando un rato con el ceño
fruncido y de repente se iluminó:
— El cuarto donde doblaban los sonidos. Ven.
Era una habitación pequeña, insonorizada, donde todas las diferentes
bandas de sonido habían sido combinadas en un solo rollo.
139
sonido que se controlaban por perillas situadas en el exterior.
— Vamos, agáchate.
Jill titubeó un momento, luego se inclinó hacia adelante, apoyándose con
las manos. Kapper se colocó detrás de ella y procedió a separarle las nalgas
con sus dedos. Un instante después sintió la punta de su pene
aprisionando su ano.
—¡Espera! —gritó Jill—. ¡Ahí no! No... no... puedo.
—Hazme el favor de gritar, querida —dijo Kapper introduciendo su sexo
dentro de la joven, provocándole un terrible dolor al desgarrarla. A cada
grito empujaba con más violencia y más adentro. Trató desesperadamente
de zafarse, pero la tenía agarrada de las caderas, impulsándose hacia
adentro y hacia afuera, sujetándola con fuerza. Jill perdió el equilibrio y
cuando trató de agarrarse para no caer sus dedos tocaron los botones
de la máquina de las risas e inmediatamente el cuarto fue invadido por
siniestras carcajadas. Manoseó la máquina gritando de dolor, y una mujer
soltó una risita entre dientes, un pequeño grupo irrumpió en carcajadas,
una chica rió nerviosamente y cientos de voces bromearon y lanzaron
risitas ahogadas y estallaron en risotadas por un chiste obsceno y
secreto. Los ecos resonaron histéricamente en las paredes mientras Jill
gritaba de dolor.
Súbitamente sintió una serie de rápidos estremecimientos, un segundo
después había salido del interior de su cuerpo ese trozo de carne ajeno y
lentamente se desvaneció la risa que había invadido el cuarto. Jill se quedó
quieta, con los ojos cerrados, luchando contra el dolor. Fred Kapper
estaba subiéndose el cierre de la bragueta y por fin pudo enderezarse y
darse la vuelta.
— Estuviste sensacional, querida. Esos gritos sí que me excitan.
Jill se preguntó para sus adentros qué clase de bestia sería cuando
tuviera diecinueve años.
Al advertir que sangraba le dijo:
—Ve a limpiarte y vuelve al set Doce. Esta tarde empiezas a trabajar.
El resto fue fácil después de esa experiencia. Jill empezó a trabajar
regularmente en todos los estudios: Warner Brothers, Paramount, MGM,
Universal, Columbia, Fox. En todos excepto en los de Disney, donde el sexo
no existía.
El papel creado por Jill en la cama era una fantasía y lo representaba con
habilidad, preparándose como si fuera una actuación. Leyó libros sobre el
erotismo oriental y compró filtros y estimulantes en una tienda de Santa
Mónica Boulevard. Tenía una loción que le había traído del oriente una
azafata, con un suave perfume afrodisíaco. Aprendió a hacer masajes a sus
amantes lenta y sensualmente.
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— Acuéstate allí y piensa en lo que estoy haciéndole a tu cuerpo — les
susurraba, mientras refregaba la loción por el pecho y el estómago del
hombre, descendiendo hacia la ingle haciendo suaves movimientos
circulares—. Cierra los ojos y disfruta.
Sus deseos eran frágiles como alas de mariposas que se movían a lo largo de su
cuerpo acariciándolo. Cuando comenzaba a tener una erección, Jill tomaba el
pene en su mano y lo tocaba suavemente pasando la lengua entre sus piernas
hasta oírlo gemir de placer y prosiguiendo luego lentamente hasta llegar a
los dedos de los pies. Entonces le daba vuelta y repetía la operación. Cuando
el miembro de un hombre estaba flaccido, introducía ligeramente la punta en
su vagina y lo empujaba lentamente hacia su interior, sintiéndolo endurecerse.
Les enseñó a los hombres la cascada, y cómo excitarse al máximo y
detenerse justo antes de un orgasmo y volver a repetirlo hasta que
finalmente el climax se convertía en una extática explosión. Una vez
satisfecho su placer, se vestían y se iban. Ninguno se quedaba lo suficiente
para brindarle los mejores cinco minutos del amor, ese silencioso y apacible
abrazo, ese pacífico oasis encerrado por los brazos del amante.
Brindarle a Jill trabajo como artista era un pequeño precio que pagar por el
placer que les ofrecía a los encargados de los repartos, asistentes de
directores, directores y productores. Adquirió fama en la ciudad de ser lo
más excitante en plaza y todos estaban ansiosos por tener su parte. Jill se la
daba. Cada vez que lo hacía, disminuía su propia estima y amor y aumentaban su
odio y amargura.
No sabía cómo, ni cuándo, pero tenía la certeza de que un día esa ciudad
pagaría por lo que le había hecho.
141
ellas, exorcisando los demonios que la atormentaban.
Una voz conocida le dijo suavemente:
—Hola Josephine —se dio la vuelta y le vio parado junto a ella, y al
mirarle a los ojos tuvo la sensación de que nunca se habían separado y
que seguían siendo el uno del otro. Los años habían otorgado cierta
madurez a su rostro, y un ligero toque gris a sus patillas. Pero no había
cambiado, seguía siendo David, su David. Sin embargo eran dos
extraños.
—Siento mucho lo de tu madre —dijo él.
Y Josephine se oyó contestar:
— Gracias, David.
Tal como si estuvieran recitando palabras de un drama.
—Tengo que hablar contigo. ¿Puedo verte esta noche? —Había una
súplica apremiante en su voz.
Pensó en la última vez que habían estado juntos y en sus ansias, en la
promesa y en sus sueños.
—Muy bien, David.
—¿En el lago? ¿Tienes coche? —Ella asintió.—Te veré allí dentro de
una hora.
David llegó a su casa y encontró a Cissy parada desnuda frente a un
espejo, disponiéndose a vestirse para una comida. Entró en el
dormitorio y se quedó mirándola. Podía juzgar a su mujer desprovisto
de toda pasión, porque no sentía absolutamente nada por ella. Era
bonita. Cissy había cuidado su cuerpo, conservándolo en buena forma
gracias a la dieta y los ejercicios.
Era su mejor capital y David suponía, y con razón, que lo compartía
generosamente con su profesor de golf, de esquí y su instructor de
vuelo. Pero no se lo echaba en cara. Había pasado mucho tiempo desde
la última vez que se había acostado con Cissy.
En un primer momento creyó sinceramente que le concedería el divorcio
cuando muriera la señora Kenyon, que todavía seguía viva y floreciente y
David nunca pudo averiguar si le habían engañado o si había ocurrido
realmente un milagro. Al año de casados David le dijo a Cissy:
—Creo que ha llegado el momento de que hablemos de
divorcio.
—¿De qué divorcio? —contestó Cissy y al ver la expresión de
asombro en su cara lanzó una carcaiada —. Me gusta ser la señora
de David Kenyon, querido. ¿Pensaste realmente que iba a
renunciar a ti por esa pequeña polaca?
Le dio una bofetada y al día siguiente fue a ver a su abogado.
Cuando David terminó de hablar, el abogado dijo:
—Puedo conseguirte el divorcio. Pero te va a salir muy caro si
Cissy se empeña en conservarte.
142
—Consigúelo.
Cuando le entregaron a Cissy los papeles del divorcio se encerró en el
baño de David y tomó una gran cantidad de pastillas para dormir. David
tuvo que pedir ayuda a los sirvientes para poder romper la pesada
puerta. Cissy estuvo al borde de la muerte durante dos días. David fue
a visitarla al sanatorio donde estaba internada.
— Lo siento, David —le dijo — . No quiero vivir sin ti. Tan
simple como eso.
A la mañana siguiente dio órdenes de que suspendieran el juicio de
divorcio.
24
144
el principal maquillador de Hollywood, le había enseñado alguna de sus
técnicas. Eligió una base cremosa en vez de la base de polvos que usaba antes.
El polvo resecaba la piel, en cambio la crema la mantenía húmeda. Acto
seguido se concentró en los ojos y optó por un tono bastante más pálido para
los párpados inferiores que para el resto, para suavizar el efecto. Se aplicó
un poco de sombra para dar más color a sus ojos y luego procedió a
colocarse pestañas postizas sobre las suyas, curvándolas en un ángulo de
cuarenta y cinco grados. Con el cepillito pasó un poco de Dúo sobre las
pestañas propias y las unió a las postizas, logrando en esa forma que sus ojos
parecieran más grandes. Para acentuar la impresión, dibujó con el lápiz una
serie de puntos pequeños en el párpado inferior, debajo de las pestañas. Una
vez terminada esa operación, se aplicó lápiz labial, se empolvó los labios y
repitió la maniobra. Dio un toque de rubor a las mejillas y se empolvó la cara,
cuidando de no hacerlo alrededor de los ojos, donde el polvo haría
resaltar sus pequeñas arrugas.
Se recostó luego contra el respaldo de la silla y estudió el resultado en el
espejo. Estaba muy bonita. Un día de éstos no tendría más remedio que
recurrir al truco de la cinta adhesiva, pero gracias a Dios, faltaba todavía
mucho. Jill conocía varias actrices mayores que lo utilizaban. Se pegaban
pequeños pedazos de cinta adhesiva justo donde nacía el pelo. Adheridas a
esos
trocitos iban varios hilos que se ataban en la cabeza y se ocultaban bajo
el peinado. El objeto era estirar la piel de la cara para que quedara tensa,
como si se hubieran estirado la piel, evitando el gasto y el dolor de una
operación. Una variante era utilizada también para disimular los pechos
caídos. Un trozo de cinta adhesiva sujeta en un extremo al pecho y en el
otro más arriba, a la piel más firme, brindaba una solución simple y
temporaria al problema. Los pechos de Jilleran firmes todavía.
Terminó de peinarse el suave pelo negro, se estudió por última vez en el
espejo, miró la hora y advirtió que tenía que darse prisa.
Tenía una entrevista para «El Show de Toby Temple».
25
Eddie Berrigan, director del reparto del show de Toby, estaba casado.
Había convenido con uno de sus amigos que le prestara su apartamento
tres tardes por semana. Una de ellas estaba reservada para su amante
y las otras para lo que él llamaba «viejos talentos» y «nuevos talentos».
Jill Castle era uno de los nuevos talentos. Varios compañeros le habían
contado a Eddie que Jill poseía unas habilidades muy especiales y estaba
145
ansioso por comprobarlo. En esa oportunidad apareció un papel en el
sketch muy apropiado para ella. Todo lo que debía hacer era presentar
un aspecto sensual, decir unas pocas palabras y desaparecer.
Jill se lo leyó y Eddie quedó satisfecho.
No era, desde luego, Kate Hepburn, pero el papel no lo exigía tampoco.
—Aceptada —le dijo.
—Gracias, Eddie.
—Aquí tienes el guión. Los ensayos empiezan mañana a las
diez en punto. Sé puntual y aprende bien tus palabras.
—Por supuesto —esperó un momento.
—Esto... ¿qué te parece si volvemos a encontrarnos esta tarde
para tomar un café?
Jill asintió.
—Un amigo mío tiene un apartamento en Argyle noventa y
nueve mil quinientos trece. El Allerton.
—Sé donde queda —contestó Jill.
—Apartamento Seis D. A las tres.
Los ensayos transcurrieron sin problemas. Iba a ser un buen show. Los
artistas de esa semana incluían una sensacional pareja de bailarines
argentinos, un conjunto popular de rock and roll, un mago que hacía
desaparecer cualquier cosa y un cantante de primer orden. Lo único que
faltaba era Toby Temple. Jill le preguntó a Eddie Berrigan por qué no
había aparecido.
—¿Está enfermo?
—Tan enfermo como yo —replicó Eddie—. La plebe ensaya mientras Toby se
divierte con una mujer. El sábado se presentará para la realización del tape
y luego desaparecerá.
Toby Temple se presentó en el estudio el sábado, por la mañana, haciendo
una entrada digna de un rey. Jill presenció su llegada desde un rincón del
escenario, y lo vio aparecer seguido por sus tres secretarios, Clifton
Lawrence y un par de viejos cómicos. El espectáculo le pareció denigrante.
Sabía muy bien que Toby Temple era un egocéntrico que, según decían las
malas lenguas, se había acostado con todas las estrellas bonitas de
Hollywood. Nadie le había dicho nunca que no. Oh, sí, Jill estaba
perfectamente enterada de cómo era el Gran Toby Temple.
El director, un hombre bajito y nervioso llamado Harry Durkin, procedió a
presentarle el reparto. Toby había trabajado .con casi todos. Hollywood era
una ciudad pequeña y las caras de sus habitantes resultaban conocidas al
poco tiempo. Toby no había visto anteriormente a Jill Castle. El vestido
beige que llevaba le sentaba a las mil maravillas, haciéndola aparecer
además fresca y elegante.
—¿Qué papel tienes, querida? —le preguntó Toby.
—Estoy en el número del astronauta, señor Temple. Sonrió
146
cariñosamente y le dijo:
—Mis amigos me llaman Toby.
Los artistas empezaron a trabajar. El ensayo inusitadamente fue bien y
[Link]ó en seguida por qué. Toby estaba actuando en beneficio
de Jill. Se había acostado ya con todas las otras muchachas que integraban
el reparto y Jill representaba un nuevo desafío.
El sketch que Toby realizó con Jill fue el punto culminante de la función.
Toby le dio a Jill una oportunidad de decir unas palabras extras y unos
chistes. Cuando el ensayo terminó Toby le dijo:
—¿Qué te parece si tomamos una copa en mi camarín?
— Gracias pero no bebo —respondió Jill sonriendo y alejándo
se. Tenía una cita con un director de reparto y eso era para ella más
importante que Toby Temple. El era pan para un día. Un director de
reparto podía convertirse en un trabajo permanente.
El show esa noche resultó un gran éxito, uno de los mejores que había hecho
Toby.
—Otro exitazo —le comentó Clifton a Toby — . El sketch del astronauta fue
de primera.
—Así es —contestó Toby sonriendo — . Me gusta la chica que actuó en él.
Tiene algo.
—Es bonita —acotó Clifton. Todas las semanas había una muchacha diferente.
Todas tenían algo y todas se acostaban con Toby y se convertían en el tema
de conversación del día anterior.
—Invítala a comer con nosotros, Cliff.
No era una petición. Era una orden. Unos años antes Clifton le habría dicho a
Toby que la invitara él mismo. Pero actualmente Clifton hacía cualquier cosa
que le pidiera Toby. Era un rey y ése era su reino, y los que no querían ser
exiliados debían procurar contentarlo siempre.
— Por supuesto, Toby —respondió — . Me ocuparé de ello. Clifton atravesó
el hall y se dirigió al camarín utilizado por las bailarinas y demás miembros
femeninos del reparto. Golpeó a la puerta y entró. Había varias mujeres en
el cuarto en distintas etapas de vestimenta. No le prestaron mayor
atención, excepto para saludarle. Jill se había quitado el maquillaje y
estaba vistiéndose con su ropa de calle. Clifton se le acercó y le dijo:
— Estuviste muy bien.
Jill lo miró en el espejo sin mucho interés.
— Gracias —en otra ocasión se habría sentido sumamente
agitada al estar tan cerca de Clifton Lawrence. El podría haberle
abierto cualquier puerta de Hollywood.
Pero ahora todos sabían que estaba dedicado exclusivamente a Toby Temple.
—Tengo buenas noticias para ti. El señor Temple te invita a comer.
Jill se acomodó rápidamente el pelo con la punta de los dedos y respondió:
— Dígale que estoy cansada. Me voy a la cama —tras lo cual dio
147
media vuelta y se fue.
La comida de esa noche fue de lo más desagradable. Toby,
Clifton Lawrence y Durkin, el director, se instalaron en una de las
mesas de adelante en La Rue's. Durkin había sugerido invitar un par de
coristas, pero Toby rechazó indignado la proposición.
El mozo de la mesa preguntó en ese momento:
—¿Decidió ya el menú, señor Temple? Toby señaló a Clifton y
contestó:
—Sí, tráigale a este idiota guiso de lengua.
Clifton se unió a las risas de los demás presentes en la mesa, simulando
que Toby sólo bromeaba.
—Te pedí que hicieras una cosa tan simple como invitar a una chica a
comer —interpuso Toby — . Pero nadie te sugirió que la asustaras.
— Estaba cansada —explicó Clifton — . Me dijo...
— Ninguna mujer está demasiado cansada como para no poder
comer conmigo. Debes haber dicho algo que la asustó —Toby
había alzado la voz. Las personas que ocupaban la mesa contigua
se dieron vuelta para mirarle. Toby les miró y exhibiendo su .
sonrisa infantil dijo:
— Es una comida de despedida, amigos. —Señaló a Clifton y
agregó:— Ha donado su cerebro al zoológico.
Sonoras carcajadas resonaron en la otra mesa. Clifton sonrió sin ganas
y apretó los puños bajo el mantel.
— Cómo será de tonto —insistió Toby dirigiéndose a sus
vecinos de mesa— que en Polonia cuentan chistes sobre él.
Las risas redoblaron. Clifton tenía ganas de levantarse y marcharse,
pero no se animó. Durkin permanecía sentado sintiéndose muy molesto,
pero era demasiado vivo como para intervenir. Toby había acaparado
ya la atención de varios otros clientes. Alzó nuevamente la voz y con su
encantadora sonrisa les dijo:
— Pero Cliff Lawrence, aquí presente, ha adquirido su estupidez con
gran honestidad. Sus padres tuvieron una terrible discusión cuando
nació. Su madre insistía en que no era hijo suyo.
Gracias a Dios la velada terminó por fin, pero al día siguiente los
chistes sobre Clifton Lawrence correrían de boca en boca.
Clifton Lawrence no pudo dormir en toda la noche. Se preguntaba
para sus adentros por qué había permitido que Toby le humillara de esa
forma. La respuesta era sencilla: por dinero. Lo que ganaba Toby le
reportaba a él más de un cuarto de millón de dólares anuales. Clifton
vivía con gran lujo y derrochando y no había ahorrado un centavo. Al
haber renunciado a sus otros clientes, Toby le era imprescindible. Ese
era el problema. Toby lo sabía y atormentar a Clifton se había
convertido en su deporte predilecto. Clifton debía desaparecer antes
148
que fuera demasiado tarde.
Se había visto envuelto en esta situación por culpa del afecto que
sentía por Toby: le había querido de veras. Le había visto destruir a
otros, a mujeres que se habían enamorado de él, cómicos que habían
tratado de competir con él, críticos que le habían censurado. Pero esos
eran otros. Clifton no había pensado nunca que Toby se volvería en
contra de él. Habían estado muy unidos, Clifton había hecho mucho
por Toby.
No se animaba a pensar en lo que le depararía el futuro.
149
—A mí tampoco. Sólo quería averiguarlo —contestó riendo—. Oye, ¿qué te
parece si comemos juntos el sábado? Robé mi chef a Maxim, de París. El...
—Lo siento, pero ya tengo una cita, señor Temple —no había el menor indicio
de interés en su voz.
Toby sintió que agarraba con más fuerza el teléfono.
—¿Cuándo estás libre?
—Trabajo mucho y salgo muy poco. Pero de todos modos gracias por
invitarme.
Y cortó la comunicación. ¡Esa hija de puta le había colgado el aparato a él...,
ese miserable proyecto de artista había cortado a Toby Temple! No había ni
una sola mujer de las que Toby había conocido que no estuviera dispuesta a
dar un año de vida para pasar una noche con él ¡y esta estúpida mujerzuela se
había dado el lujo de rechazarle! Estaba furibundo y se descargó con todos
los que le rodeaban. Nada estaba bien. El guión era pésimo; el director, un
idiota; la música, espantosa, y los actores, deplorables. Mandó llamar a Eddie
Berrigan, el director de reparto, a su camarín.
—¿Qué sabes de Jill Castle? —le preguntó Toby.
—Nada —contestó Eddie inmediatamente. No era tonto. Sabía como todos los
demás qué era lo que pasaba. Saliera como saliera, no tenía intenciones de
quedar atrapado en el medio.
—¿Se acuesta con todos?
—No, señor —respondió Eddie firmemente —Si lo hiciera yo
lo sabría.
—Quiero que averigües a qué se dedica —ordenó Toby- . Si tiene algún
novio, adonde va... Sabes lo que quiero decir.
—Sí, señor —contestó Eddie con gran serenidad. A las tres de la
mañana le despertó el teléfono.
—¿Qué averiguaste? —preguntó una voz.
Eddie se sentó en la cama tratando de abrir los ojos.
—¿Quién demonios...? —Y de repente se dio cuenta de quién
estaba en el otro extremo de la línea.— Averigüé —se apresuró a
decir—. Su certificado de salud es perfecto.
—No te pedí una consulta médica —interpuso Toby- . ¿Tiene
un amante?
—No, señor. Ninguno. Les pregunté a mis amigos. Todos dijeron que es
muy simpática y que le dan esos papeles porque es una buena actriz —
hablaba cada vez más rápido, ansioso por convencer a su interlocutor—.
Si Toby Temple llegaba a enterarse por casualidad que Jill se había
acostado con Eddie... ¡que lo había preferido a él antes que a Toby
Temple! Podía dar por descontado que no trabajaría más en esa ciudad.
Había hablado realmente con otros directores de reparto amigos
suyos y todos estaban en su misma posición. Nadie quería que Toby
Temple se convirtiera en su enemigo y todos habían consentido, por
150
tanto, en guardar silencio. No sale con nadie.
—Comprendo —dijo Toby con voz más tranquila—. Por lo
visto debe ser una muchacha un tanto original, ¿verdad?
—Así lo creo -manifestó Eddie muy aliviado.
—¡Eh! ¡Espero no haberte despertado!
——No, no se preocupe, señor Temple.
Pero Eddie se quedó un buen rato despierto considerando lo que
podría ocurrirle si alguna vez se descubría la verdad. Porque esa
ciudad pertenecía a Toby Temple.
151
situación.
—Jill Castle —decía Toby—. ¿La recuerdas? ¿La muchacha que trabajaba en
el show?
— ¡Ah, sí! Era muy bonita. ¿Qué sucede con ella?
—Ojalá lo supiera —reconoció Toby—. Da la impresión que
tiene algo contra mí. Cada vez que la invito para salir inventa un
pretexto. Me hace sentirme un imbécil.
—¿Por qué no dejas de llamarla? —arriesgó Clifton.
—Eso es lo malo, amigo. No puedo. Entre nosotros dos y mi
sexo, nunca he deseado tanto a una mujer en toda mi vida. Con
decirte que no puedo pensar en otra cosa —sonrió tímidamente y
agregó—: Te dije que era una locura. Tú has estado en situación
parecida varias veces. ¿Qué hago, Cliff?
Durante un momento Clifton sintió ganas de contarle la verdad. Pero
no podía decirle que la joven de sus sueños se acostaba con cuanto
ayudante de director de reparto había en la ciudad con tal de que le
diera trabajo, aunque sólo fuera por un día. No podía hacerlo si
quería conservar a Toby como cliente.
—Tengo una idea —sugirió Clifton — . ¿Le interesa realmente ser una
actriz?
—Sí. Parece ambiciosa.
—Muy bien. Pues entonces invítala a algo que no rechazará.
152
de los dos adivinó que era una cita en Samarra.
153
—¿Ah, sí? A mí me gustaba más cuando trabajaba con
Brackett. Brackett tiene clase.
-Y Billy talento.
—... Pues le envié a Peck la semana pasada un argumento de misterio y está
enloquecido con él. Dijo que me daría una contestación definitiva dentro de
uno o dos días.
—... recibí una invitación para conocer al nuevo gurú, Krishi Pramananada. Pues
resultó que ya lo había conocido cuando atendía en un bar en una fiesta de
caridad.
— ...el problema al hacer el presupuesto de una película es que,
cuando consigues una valoración por escrito, el coste de la
inflación más los malditos sindicatos lo han hecho subir de dos a
tres o cuatro.
Millones, pensó Jill admirada. Tres o cuatro millones. Recordó las
interminables conversaciones en Schwab's sobre moneditas, en las que los
supervivientes intercambiaban ávidamente datos sobre lo que hacían los
estudios. Pues bien, los que rodeaban esa noche esa mesa eran los verdaderos
supervivientes, los responsables de todo lo que ocurría en Hollywood.
Esos eran los que habían mantenido los portones cerrados, impidiéndole
entrar, negándose a brindarle una oportunidad. Cualquiera de los [Link]
en su mesa podía haberla ayudado, haber cambiado su vida, pero ninguno tuvo
cinco minutos que perder con Jill Castle. Miró a su productor, que estaba
dándose aire con su nueva película musical. Se había negado a concederle tan
sólo una entrevista.
En la otra punta de la mesa un famoso director de comedias charlaba
animadamente con la estrella de su última película. El también se había
negado a ver a Jill.
Sam Winters conversaba con el principal de otro estudio. Jill le había enviado
un telegrama a Winters solicitándole que mirara su actuación durante el show
de televisión. Pero nunca se molestó en contestarle.
Todos pagarían por sus desaires e insultos, ellos y todo el resto de ha ciudad
que la había tratado tan miserablemente. En ese momento ella no les
importaba nada, pero eso cambiaría. Oh, sí. Llegaría un día en que se
desvivirían por ella.
La comida era deliciosa, pero Jill estaba demasiado preocupada para darse
cuenta de lo que comía. Cuando terminaron, Toby se levantó y dijo:
—Será mejor que nos demos prisa, no vaya a ser que comiencen a pasar la
película antes que lleguemos. —Tomó a Jill por el brazo y se dirigió hacia la
gran sala de proyecciones.
La habitación estaba arreglada como para que sesenta personas pudieran
mirar confortablemente la película, instalados en divanes y sillones. A un lado
de la entrada había un carrito parecido al de los heladeros, lleno de tabletas
de chocolate, y del otro lado, una máquina de palomitas de maíz.
154
Toby se sentó junto a Jill y ésta advirtió que sus ojos permanecieron fijos
en ella durante toda la proyección de la película. Cuando terminó y se
encendieron las luces, les sirvieron café y pastas. Media hora después la
concurrencia empezó a irse. La mayor parte de los invitados tenían que
presentarse bien temprano en los diferentes estudios.
Toby estaba parado junto a la puerta despidiéndose de Sam Winters
cuando se acercó Jill con el abrigo puesto.
-¿Dónde vas? -le preguntó Toby-. Yo te llevaré a tu casa.
—Tengo mi coche —contestó Jill afablemente—. Gracias por la fiesta, Toby —
y se fue antes de que pudiera reaccionar.
Toby se quedó allí parado sin poder dar crédito a lo que veían sus ojos. Había
hecho todo tipo de planes maravillosos para el resto de la velada. Llevaría a
Jill a su dormitorio y... ¡había elegido inclusive la música que iba a tocar!
Cualquiera de las mujeres presentes aquí esta noche habría estado feliz de
meterse en cama conmigo, pensó Toby. Y verdaderas estrellas, no necias
aspirantes a actrices. Jill Castle era demasiado estúpida para darse cuenta
de lo que estaba rechazando. En lo que a Toby concernía, todo
había terminado. Había aprendido la lección. Nunca más le dirigiría la
palabra.
155
26
Fue el papel más difícil que tuvo que interpretar Jill en toda su \ida.
No tenía la menor idea de por qué Toby estaba tan desesperado por
ella cuando podía conseguir cualquier otra muchacha de Hollywood, ni le
interesaba tampoco el motivo. El hecho era que no cabía duda de ello.
Durante días J ill no pudo pensar más que en esa comida y en la forma
en que todos los presentes —toda esa gente importante sí desvivía por
complacer a Toby. Eran capaces de hacer cualquiei cosa por él. Y Jill
tendría que encontrar de algún modo la forma de que Toby hiciera
cualquier cosa por ella. Sabia que debía actuar con mucha inteligencia.
La reputación de Toby tra que cuando se acostaba con una chica perdía
todo interés por ella. Lo que le gustaba era la conquista. Jill pasó
mucho tiempo pensando en Toby y en cómo haría para manipularle.
Toby la llamó por teléfono todos los días, pero ella dejó transcurrir
una semana antes de consentir en comer otra vez con él. Estaba en tal
estado de euforia que todos los integrantes del reparto no pudieron
menos de comentarlo.
— Si existiera realmente ese animal —le dijo Toby a Clifton — diría que
estoy enamorado. Cada vez que pienso en Jill tengo una erección. —
Sonrió y agregó:— Y cuando tengo una erección, amigo, es como si
colgara un cartel a lo ancho de Hollywood Boulevard.
La noche en que por fin consiguió su primera cita, Toby fue a buscar a
Jill a su apartamento y le dijo:
—Tenemos una mesa en Chasens —convencido de que le encantaría.
—¿Oh? —dijo Jill con tono desilusionado.
—Toby parpadeó.
—¿Prefieres otro lugar? —Era un sábado por la noche, pero
sabía que podía conseguir una mesa en cualquier parte, ya fuera
en Perino, el Ambassador, el Derby.— Dime dónde
—Jill titubeó y luego dijo: —Te reirás de mí.
—De ningún modo.
—Me gustaría ir a Tommy's.
Toby llegó a tener miedo de acostarse con Jill por temor a que se
desvaneciera el hechizo. Y, sin embargo, la deseaba más de lo que había
deseado a ninguna mujer en toda su vida. En una oportunidad, al final
de una velada, cuando Jill se despedía de él con un casto beso, Toby
deslizó la mano entre sus piernas y le dijo:
— Cielo santo, Jill, me voy a volver loco si no puedo hacerte el
amor.
Ella retrocedió y le contestó fríamente:
— Si eso es todo lo que quieres, puedes conseguirlo en cual
quier lugar de la ciudad por veinte dólares —y le cerró la puerta
157
en la cara. Después se recostó contra la puerta, temblando
de miedo de haberse excedido. Se pasó la noche en vela preocupada.
Toby le envió al día siguiente una pulsera de brillantes y Jill
comprendió que todo estaba en orden. Le devolvió la pulsera junto con
una nota cuidadosamente pensada.
—Gracias de todos modos. Me haces sentir muy hermosa.
—Me costó tres mil dólares —le dijo Toby orgullosamente a
Clifton—,y me la devuelve! —Movió la cabeza sin poder
creerlo.— ¿Qué piensas de una muchacha así?
Clifton podría haberle dicho exactamente lo que pensaba, pero se limitó
a comentar:
—No puede negarse que indudablemente es original, querido muchacho.
— ¡Original! —exclamó Toby—. No hay una mujer en esta ciudad que
no trate de apoderarse de lo que tiene al alcance de la mano, Jill es la
primera que conozco a la que le importan un comino las cosas materiales.
¿Puedes echarme en cara estar loco por ella?
—No —contestó Clifton, pero empezó a sentirse preocupado. Sabía muy
bien lo que era Jill, y se preguntó para sus adentros si no debería haber
hablado antes.
—No me importaría que aceptaras a Jill como cliente —le dijo Toby a
Clifton—. Apuesto a que podría ser una gran estrella.
Clifton esquivó hábil, pero decididamente, el bulto.
— No, gracias, Toby. Una super-estrella es suficiente para mí.
Esa misma noche Toby le repitió la contestación a Jill. Después de su
fracasado intento, Toby tuvo mucho cuidado de no volver a intentar
acostarse con Jill. En realidad se sentía orgulloso de que le hubiera
rechazado. Todas las otras chicas que había tenido habían sido simples
felpudos. Pero Jill no. Cuando hacía algo que a ella no le gustaba se lo decía
en seguida. Una noche Toby puso de oro y azul a un hombre que estaba
fastidiándole para que le firmara un autógrafo. Jill le dijo más tarde:
— Resultas muy gracioso cuando eres sarcástico en el escena
rio, Toby, pero ofendiste a ese pobre hombre.
Toby se le acercó entonces y le pidió disculpas.
Jill le dijo que consideraba que no era bueno que bebiera tanto. Sin más
trámite redujo notablemente su cuota. En una oportunidad criticó al pasar su
ropa y en seguida Toby cambió de sastre. Toby le permitía decir cosas que no
le habría tolerado a ninguna otra persona. Nadie se había atrevido a
dirigirle ni criticarle.
Excepción hecha de su madre, por supuesto.
158
más orgulloso de ella. Una noche en que Toby estaba en el apartamento de
Jill esperando que ésta terminara de vestirse para salir a comer, vio un
montón de cuentas sin pagar en el cuarto de estar. Se metió las facturas en
el bolsillo y al día siguiente le ordenó a Clifton que las saldara.
Toby se sentía como si hubiera obtenido una victoria. Pero quería
hacer algo grande por Jill, algo importante. Y de repente supo qué
sería ello.
27
161
rodeaban, con todos los que habían permitido que le ocurriera algo
semejante, y Clifton Lawrence sería el primero en sentir el rigor de su mano.
No, Clifton no podía permitir que se llevara a cabo esa boda. Estuvo tentado
de hacerle notar a Toby que era veinte años mayor que Jill, pero se contuvo.
Lo miró y dijo cautelosamente:
—Tal vez resulte un error acelerar las cosas. Es necesario un buen tiempo
para conocer realmente a una persona. Tal vez cambies de...
Toby no le hizo caso.
—Tú serás mi padrino. ¿Te parece mejor celebrar la boda aquí o en Las
Vegas?
Clifton comprendió que estaba perdiendo el tiempo. Había una sola forma
de evitar que ocurriera esa tragedia. Tenía que encontrar un modo de
detener a Jill.
El pequeño agente llamó por teléfono esa misma tarde a Jill y le pidió que fuera
a verle a su oficina. Llegó con una hora de retraso, le ofreció una mejilla, se
sentó en la punta del sofá y le dijo:
—No tengo mucho tiempo. Tengo una cita con Toby.
—No me retrasaré.
Clifton la miró detenidamente. Parecía otra Jill. No tenía nada que ver con la
muchacha que había conocido pocos meses antes. Había adquirido una
seguridad y aplomo que no poseía entonces. Pero no era la primera vez que
había tenido que lidiar con muchachas como ella.
— Voy a ir directamente al grano, Jill -dijo Clifton-. No eres buena para
Toby. Quiero que te vayas de Hollywood. —Sacó de un cajón un sobre
blanco.— Aquí tienes cinco mil dólares en efectivo. Eso alcanza para llegar
a donde más te guste.
La muchacha le miró sorprendida durante un instante, luego se recostó
contra el sofá y se echó a reír.
— No estoy bromeando —dijo Clifton Lawrence —. ¿Crees que
Toby se casaría contigo si descubriera que te has acostado con
todos los hombres de la ciudad?
Miró a Clifton durante un buen rato. Quería decirle que él era responsable
por todo lo que había pasado. El y todos los otros situados en puestos de
privilegio que se habían negado a darle una oportunidad. Le hicieron pagar
con su cuerpo, su orgullo, su alma. Pero sabía que no existía forma alguna de
hacérselo entender. Trataba de asustarla. Pero no se animaría a hablarle a
Toby de ella: sería la palabra de Lawrence contra la suya.
Jil! se puso de pie y salió de la oficina.
Al cabo de una hora, Toby llamó por teléfono a Clifton.
Clifton nunca le había oído tan excitado.
—No sé qué demonios le dijiste a Jill, viejo, pero tengo que agradecértelo...
no puede esperar más. ¡Partimos rumbo a Las Vegas para casarnos!
162
El jet Lear estaba a treinta y cinco millas del aeropuerto internacional de
Los Angeles, y volaba a una velocidad de doscientos cincuenta nudos. David
Kenyon estableció contacto con la torre de control de Los Angeles y les
informó su posición.
Le embargaba una gran emoción. Iba a buscar a Jill.
Cissy se había recuperado de la mayoría de las heridas que recibió en el
accidente automovilístico, pero su cara había quedado muy desfigurada.
David la envió a Brasil para que le atendiera el mejor cirujano plástico del
mundo. Habían transcurrido ya seis semanas desde que se había ido y durante
ese tiempo le envió varias cartas en las que hablaba con entusiasmo del
médico.
David había recibido el día anterior una llamada telefónica de Cissy para
comunicarle que no volvería. Se había enamorado.
David no podía creer en su buena fortuna.
—Me parece... maravilloso —consiguió balbucir—. Espero que seas muy feliz
con tu médico.
— Oh, no es el médico —respondió Cissy — . Es alguien que
tiene una plantación aquí. Se parece mucho a ti, David. La única
diferencia es que me quiere.
El ruido de la radio interrumpió sus pensamientos.
— Lear Tres Alpha Papa, aquí la torre de control de Los
Angeles. Está autorizado a aterrizar en la pista Veinticinco
Izquierda. Un 707 de United está detrás de usted. Cuando
aterrice sírvase correrse hasta la rampa de la derecha.
—De acuerdo —contestó David comenzando a descender y sintiendo que su
corazón palpitaba violentamente. Iba a encontrarse con Jill, le diría que
todavía la quería y le pediría que se casara con él.
Atravesaba la terminal cuando al pasar junto al quiosco de diarios y
revistas leyó el titular: «TOBY TEMPLE SE CASA CON UNA ACTRIZ».
Leyó dos veces el artículo y luego dio media vuelta y se dirigió al bar del
aeropuerto.
Permaneció borracho durante tres días y luego emprendió el vuelo de
regreso a Texas.
28
163
hibiscus, y una Santa Rita colorada en la que pájaros exóticos cantaban
durante toda la noche. Pasaron diez días explorando, navegando y asistiendo
a varias fiestas en su honor. Comieron deliciosos platos en el Legazpi
preparados por grandes chefs y nadaron en piscinas de agua fría. Jill realizó
numerosas compras en las tiendas de la Plaza.
De México volaron a Biarritz donde se alojaron en el Hotel du Palais, el
espectacular palacio edificado por Napoleón III para la emperatriz Eugenia.
Los recién casados jugaron en los casinos, asistieron a corridas de toros,
pescaron e hicieron el amor la noche entera.
De la Cote Basque tomaron rumbo al este, hacia Gstaad, a dos mil metros
sobre el mar en los Alpes suizos. Realizaron vuelos turísticos sobre los
picos, rozando el Mont Blanc y el Matterhorn. Esquiaron en las
resplandecientes pendientes blancas y pasearon en trineos tirados por
perros y asistieron a fiestas donde se bailaba y se comía fondue. Toby no
había sido nunca tan feliz. Había encontrado la mujer que llenaba el vacío de
su vida. Ya no se sentía más solo.
164
TERCERA PARTE
165
29
Jill esperó hasta la misma tarde de la comida para llamar por teléfono a
Cliff y decirle:
— Lo siento muchísimo. Pero me parece que no voy a poder ir
esta noche. Estoy un poco cansada. Toby cree que es mejor que
me quede en casa a descansar.
Clifton se las arregló para disimular sus sentimientos.
—Qué pena, Jill, pero comprendo. ¿Toby vendrá de todos modos, no es así?
La oyó suspirar en el otro extremo de la línea.
—Temo que no, querido amigo. No va a ninguna parte si yo no voy. Espero que la
166
fiesta sea un éxito. —Y cortó la comunicación.
Era demasiado tarde para suspender la comida. El presupuesto era de tres mil
dólares. Pero a Clifton le costó mucho más. Le había plantado su huésped de
honor, su único cliente, y todos los presentes, jefes de los estudios, artistas,
directores, toda la gente importante de Hollywood, se dieron cuenta. Clifton
trató de disimularlo diciendo que Toby no se sentía bien. Pero fue lo peor que
pudo haber hecho. Al día siguiente, cuando se dispuso a leer un ejemplar del
Herald Examiner, descubrió una fotografía del señor y la señora Temple que
había sido sacada la noche anterior en el estadio de los Dodgers.
167
inocente, única palabra que pudo encontrar por más absurdo que
parezca.
Jill lo observaba con una expresión tierna y amistosa.
—¿Quieres tomar desayuno, Cliff?
—No, gracias. Hace horas que desayune.
—Toby no está aquí.
—Lo sé. Quería hablar a solas contigo.
—¿En qué puedo ayudarte?
—Acepta mis disculpas —le suplicó Cliff. Nunca había tenido
que suplicar a nadie por ninguna cosa en toda su vida, pero en ese
momento estaba haciéndolo — . Empezamos con el paso cambia
do. Quizá fue culpa mía. Creo que probablemente lo fue. Toby
ha sido mi cliente y mi amigo desde hace tanto tiempo que... que
quería protegerlo. ¿Comprendes?
Jill asintió sin apartar sus ojos castaños de él y dijo:
— Por supuesto, Cliff.
El agente respiró profundamente.
— No sé si alguna vez te lo contó, pero yo fui el que inició a
Toby en su brillante carrera. Supe desde el primer momento en
que lo vi que iba a ser una verdadera estrella. —Advirtió que
seguía atentamente sus palabras.— En esos momentos tenía
muchos clientes importantes, J ill. Pero abandoné a todos para
poder concentrarme en la carrera de Toby.
—Toby me ha contado muchas veces todo cuanto hiciste por él — añadió.
— ¿De veras? -Le fastidió la vehemencia reflejada en su voz.
Jill sonrió.
— Me contó que una vez simuló que Sam Goldwyn te había telefoneado
y que a pesar de haberte enterado de que era una mentira fuiste de
todos modos a verle actuar. Eso estuvo muy bien.
Clifton se inclinó hacia adelante y agregó:
— No quiero que nada se interponga en la amistad que Toby y
yo compartimos. Te necesito en mi rincón. Te pido que olvides todo lo
ocurrido entre nosotros. Quiero que me disculpes por haberme salido
de la línea. Creía estar protegiendo a Toby. Pero me equivoqué. Pienso
que tú vas a ser maravillosa para él.
—Quiero serlo. Con toda mi alma.
—Creo que moriría si Toby llegara a dejarme. No me refiero solamente
a la parte negocio. El y yo tenemos... ha sido como un hijo para mí. Le
quiero —sintió un profundo desprecio por sí mismo, pero no pudo
evitar suplicar nuevamente — . Por favor, Jill, por el amor de Dios... —
Tuvo que interrumpirse porque su voz se quebró.
168
Ella le miró un buen rato con sus profundos ojos marrones y luego le
tendió la mano.
-No soy rencorosa —anunció Jill — . ¿Quieres venir a comer mañana?
Clifton inspiró profundamente, sonrió feliz y contestó:
— Gracias. -Descubrió súbitamente que sus ojos estaban
húmedos.— No... no lo olvidaré. Jamás.
Cuando Clifton llegó a la mañana siguiente a su oficina, estaba
esperándole una carta certificada en la que se le notificaba que se le
agradecían los servicios prestados pero que ya no tenía más
autorización para actuar como agente de Toby Temple.
30
169
hecho cosas terribles. Pero no volvería a suceder. Por lo menos mientras
tuviera en su poder a Toby Temple.
Los que se veían realmente en figurillas eran los que integraban la lista
negra de Jill.
Estaba en cama con Toby y le hacía el amor con gran sensualidad. Cuando
Toby se apaciguó y reposaba tranquilo, se acurrucó contra él y le dijo:
— ¿Te conté alguna vez, querido, lo que me ocurrió cuando al buscar un
agente recurrí a esa mujer... ¿cómo se llama...? ¡ah, sí! Rose Dunning. Me dijo
que tenía un papel para mí y me hizo sentarme en su cama y leerlo juntas.
Toby se dio vuelta hacia ella frunciendo los ojos. —¿Qué pasó? Jill sonrió.
— Qué tonta inocente era, mientras estaba leyendo sentí que su
mano trepaba por mi muslo —Jill echó la cabeza hacia atrás y
lanzó una carcajada—. Estaba aterrorizada. Nunca en mi vida
corrí tanto.
Diez días después la autorización de la agencia de Rose Dunning quedaba
revocada para siempre por la Comisión de Licencias de la ciudad.
Jill y Toby pasaron el fin de semana siguiente en su casa de Palm Springs. Toby
estaba acostado sobre una gruesa toalla afelpada sobre una mesa para
masajes instalada en el patio, mientras Jill le daba un largo y relajante
masaje. Estaba de espaldas y tenía unos algodones sobre los ojos para
protegerlos de los fuertes rayos del sol. Jill le daba masajes en los pies,
utilizando una loción suave y cremosa.
— Menos mal que me abriste los ojos respecto de Cliff —le dijo Toby — . Era
sólo un parásito, tratando de sacarme el jugo. He oído decir que ha
recorrido toda la ciudad en busca de un contrato. Pero nadie lo quiere. Ni
siquiera puede conseguir que le metan preso sin mi ayuda.
Jill esperó un momento antes de contestar.
—Me da pena Cliff.
— Eso es lo malo contigo, querida. Utilizas el corazón para
pensar en lugar de la cabeza. Tienes que aprender a ser más dura.
Jill sonrió tranquilamente.
—No puedo remediarlo. Soy así. —Y comenzó a darle masajes en las piernas,
moviendo las manos lentamente hacia los muslos, suave y sensualmente. Toby
comenzó a tener una erección.
—Ay, cielos —gimió.
Las manos de Jill seguían su ascensión, llegaron hasta la ingle y la turgencia
aumentó. Pasó las manos entre las piernas, debajo de su cuerpo y deslizó un
dedo untado en crema dentro de él. Su inmenso miembro estaba duro como
una roca.
170
—Acuéstate rápidamente sobre mí, querida —le dijo.
Navegaban por la bahía en el gran velero a motor que Toby le había regalado
a Jill. Al día siguiente debía grabarse el primer show de televisión de Toby
para la nueva temporada.
—Estas son las vacaciones más bonitas que he tenido en toda mi vida —
manifestó Toby—. No tengo nada de ganas de volver a trabajar.
—El show es magnífico —comentó Jill—. Me divertí mucho trabajando en
él. Todos fueron tan buenos. —Hizo una pausa y agregó como de pasada.—
Casi todos.
—¿Qué quieres decir? —inquirió Toby con voz áspera—. ¿Quién no es amable
contigo?
— Nadie, querido. No debí haberlo mencionado.
Pero finalmente permitió que Toby se lo sacara y Eddie Berrigan, director
el reparto, fue despedido al día siguiente.
Durante los meses siguientes, Jill le contó a Toby pequeñas mentiras sobre
otros directores de reparto que figuraban en su lista, y desaparecieron uno
tras otro. Todos los que la habían utilizado iban a pagar. Jill pensó que se
parecía al rito del acoplamiento de la abeja reina. Todos deberían ser
destruidos después de haber obtenido su placer.
Se lanzó en contra de Sam Winters, el hombre que había dicho a Toby que
no tenía talento. Nunca dijo una palabra de ataque, por el contrario, cuando
hablaba de él con Toby era para alabarlo. Pero siempre alababa un poco más a
los directores de los otros estudios... Los demás estudios tenían material
más conveniente para Toby... directores que realmente le comprendían,
agregaba inclusive que no podía evitar pensar que Sam Winters no apreciaba
realmente el talento de Toby. No transcurrió mucho tiempo hasta que éste
pensó lo mismo. Al haber desaparecido Clifton Lawrence, Toby no tenía
nadie con quien hablar ni en quien confiar excepto Jill. Cuando decidió
realizar sus películas en otro estudio, lo hizo convencido de que la idea había
sido suya. Pero Jill se encargó de que Sam supiera la verdad.
Retribución.
Muchos de los que rodeaban a Toby tenían la impresión de que Jill no podía
durar, que era solamente una intrusa temporal, una fantasía pasajera. Por
tanto la toleraban o la trataban con un desprecio mal disimulado. Cometieron
un error. Jill los eliminó uno por uno. No quería tener alrededor de ella a
nadie que hubiera sido importante en la vida de Toby o que pudiera
influenciarlo en contra de ella. Se encargó de que cambiara de
171
abogado y empresa que se ocupaba de sus relaciones públicas y contrató a
otros elegidos por ella. Se libró de los tres Macs y de los demás satélites
que rodeaban a Toby. Cambió los sirvientes. Esa era ahora su casa y ella era la
patrona.
Las fiestas que daban los Temple se convirtieron en las más codiciadas de la
ciudad. Asistían todas las personas importantes. Los artistas se mezclaban
con miembros de la sociedad, gobernadores y directores de importantes
empresas. La prensa estaba siempre presente en pleno, de modo que los
felices invitados gozaban también de esa gratificación. Además de haber
tenido el privilegio de ir a casa de los Temple y pasarlo maravillosamente
bien, todo el mundo se enteraba que habían estado presentes y que lo habían
pasado maravillosamente bien.
Cuando los Temple no daban fiestas era porque se habían convertido
en invitados de honor de otros. Tenían un sinnúmero de invitaciones.
Estrenos, comidas de beneficencia, reuniones políticas, inauguraciones
de restaurantes y hoteles.
Toby se habría contentado con quedarse en casa con Jill, pero a ella le
gustaba salir. Algunas noches debían concurrir a tres o cuatro reuniones
diferentes y ella empujaba a Toby de una a otra.
—Dios mío, debías haber sido el director social de Grossin-
ger's —comentó Toby riendo.
—Lo hago por ti, querido —contestó Jill.
172
todo gracias a Jill.
Cómo la habría querido su madre.
173
—¡Eso sí que me parece maravilloso!
Se quedó mirándola mientras salía del cuarto y pensó: Dios mío. Soy el
tipo más afortunado del mundo entero.
— Ah, qué bien me siento — dijo Toby esa noche mientras estaban en
cama después de que Jill le hizo darse un baño caliente y le dio masajes
en los músculos para relajarle.
— ¿Cómo hice para vivir sin ti?
—No comprendo —respondió acurrucándose contra él — . Cuéntame Toby
cómo es el festival de Cannes, en qué consiste. Nunca estuve en un
festival.
—Se reúnen una colección de tránsfugas de todos los rincones del mundo
para venderse mutuamente sus películas. Es la estafa más grande del
planeta.
—A juzgar por lo que dices parece muy interesante —añadió Jill. _
— ¿Te parece? Bueno, tal vez lo sea. Se llena de personales
extraños.
La miró durante un momento y le preguntó:
—¿Quieres realmente ir a ese estúpido festival?
—No —contestó moviendo la cabeza rápidamente—. Iremos a
Palm Springs.
—Tonterías. A Palm Springs podemos ir en cualquier momento.
—Te aseguro Toby que no es tan importante.
— ¿Sabes por qué estoy tan enamorado de ti? —le preguntó
sonriendo—. Cualquier otra mujer me habría vuelto loco para
que la llevara al festival. Tú te mueres de ganas ¿pero acaso me lo
has pedido? No. Quieres ir a Palm Springs conmigo. ¿Contestas
te ya que no?
—Todavía no, pero...
— Pues no lo hagas. Iremos a la India. —Una expresión de
asombro se reflejó en su cara.— ¿Dije India? Quería decir
Cannes...
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en Technicolor y Panavisión.
Productores y directores de todas partes del mundo se reunían en la Riviera
francesa, llevando bajo sus brazos cajas llenas de sueños, rollos de celuloide
hablados en inglés, francés, japonés, húngaro y polaco que los convertirían en
ricos y famosos de la noche a la mañana. La Croisette estaba atestada de
profesionales y aficionados, veteranos y novatos, aspirantes y derrotados,
todos compitiendo por los fabulosos premios. Recibir un premio en el festival
de Cannes equivalía a tener dinero en el banco; si el ganador no tenía ningún
contrato con una distribuidora podía conseguirlo y si lo tenía podía
mejorarlo.
Todos los hoteles de Cannes estaban llenos y el excedente se había
desparramado a lo largo de la costa, en Antibes, Beaulieu, Saint Tropez y
Mentón. Los habitantes de los pueblecitos contemplaban boquiabiertos esos
rostros famosos que llenaban sus calles, restaurantes, tiendas y bares.
Todas las habitaciones habían sido reservadas con meses de anticipación,
pero Toby Temple no tuvo problemas en conseguir una gran suite en el Carlton.
Toby y Jill fueron homenajeados en todas partes. Las cámaras de los
fotógrafos funcionaban incesantemente y sus imágenes fueron enviadas a los
cuatro rincones de la tierra. La Pareja Dorada, el Rey y la Reina de Hollywood.
Los reporteros entrevistaban a Jill y le pedían su opinión sobre cualquier
cosa, desde los vinos franceses hasta la política africana. Había un gran
abismo entre ella y la Josephine Czinski de Odessa, Texas.
La película de Toby no ganó el premio, pero dos noches antes de que
terminara el festival, el Comité de Jueces anunció que se entregaría un
premio especial a Toby Temple por su contribución en el campo del
entretenimiento.
Era una comida de gala y el gran salón de banquetes del hotel Carlton estaba
repleto de invitados. Jill estaba sentada en la tarima junto a Toby y
advirtió que éste no había probado bocado.
— ¿Qué te pasa, querido? —le preguntó.Toby movió la cabeza.
—Debo haber tomado demasiado sol hoy. Me siento un poco
mareado.
—Me ocuparé de que mañana descanses. —Jill le había organizado durante la
mañana entrevistas con Paris-Matck y el Times de Londres, un almuerzo con
un grupo de reporteros de la televisión y un cóctel. Decidió cancelar las
menos importantes.
A los postres el alcalde de Cannes se puso de pie y procedió a realizar la
presentación de Toby:
- Mesdames, messieurs et invites distingués, c'est un grand privilège de vous
présenter un homme dont l'oeuvre a donné plaisir et bonheur au monde
entier. J'ai l'honneur de lui présenter cette medaille spéciale, un signe de
175
notre affection et de notre apréciation. —Alzó una medalla de oro con una
cinta y se inclinó hacia Toby.— Monsieur Toby Temple! —una entusiasta salva
de aplausos resonó en el gran salón mientras todos los presentes se ponían
de pie para ovacionar al homenajeado. Toby permanecía sentado en su
asiento inmóvil.
-Levántate —le susurró Jill.
Toby se puso de pie algo pálido y tambaleante. Se quedó parado un
momento, sonrió y se dirigió hacia el micrófono. A mitad de camino
tropezó y cayó al suelo sin conocimiento.
Fue trasladado a París en un avión de transporte de la fuerza aérea
francesa e internado en la sala de terapia intensiva del hospital
norteamericano. Los mejores especialistas de Francia lo revisaron mientras
Jill permanecía sentada esperando en una habitación privada del hospital.
Se negó a comer, o beber, durante treinta y seis horas, a atender ninguna
de las llamadas telefónicas que provenían de todo el mundo.
Permaneció sentada sola, mirando las paredes, sin ver ni oír la agitación que
reinaba alrededor de ella, su mente obsesionada con una sola idea: Toby
tiene que mejorarse. Toby era su sol, y si el sol se ocultaba, las sombras la
envolverían. No podía permitir que eso ocurriera.
Eran las cinco de la mañana cuando el doctor Duelos, jefe del servicio, entró
al cuarto privado que había tomado Jill para poder estar cerca de Toby.
— Señora Temple... mucho me temo que no hay objeto en tratar de suavizar
el golpe. Su esposo ha sufrido un gravísimo ataque. Posiblemente nunca más
pueda caminar o hablar.
31
Jill no pudo creer en lo que veían sus ojos cuando le dieron permiso
finalmente para entrar al cuarto que ocupaba Toby en el hospital de París. Se
había marchitado y envejecido de la noche a la mañana, como si se hubieran
evaporado todos los fluidos vitales de su cuerpo. Había perdido parcialmente
el uso de ambos brazos y piernas y aunque podía emitir unos sonidos
guturales, no podía hablar.
Pasaron seis semanas antes de que los médicos permitieran trasladarlo.
Cuando él y Jill llegaron a California, fueron asediados, por la prensa, la
televisión y cientos de admiradores. La enfermedad de Toby Temple había
producido una gran conmoción. Eran incesantes las llamadas telefónicas de
amigos interesándose por la salud y mejoría de Toby. Equipos de televisión
trataron de introducirse en la casa para obtener imágenes de él. Llegaron
176
mensajes del presidente, senadores y miles de cartas y tarjetas de
admiradores que querían a Toby Temple y rezaban por él.
Pero las invitaciones habían cesado. Nadie llamaba para averiguar cómo se
sentía Jill o para preguntarle si quería concurrir a una comida íntima o dar
una vuelta o ir al cine. En todo Hollywood a nadie le importaba un comino
Jill.
Ella había hecho venir al médico de cabecera de Toby, el doctor Eli Kaplan y
éste había solicitado una consulta con dos importantes neurólogos del Centro
Médico de la Universidad de Los Angeles y otro del hospital John Hopkins.
Su diagnóstico fue idéntico al del doctor Duelos en París.
— Es muy importante saber que la mente de Toby no ha sufrido daño alguno
—le explicó el doctor Kaplan a Jill — . Puede oír y comprender todo lo que se
dice, pero su habla y funciones motoras han quedado resentidas. No puede
contestar.
— ¿Va... va a quedar siempre así? El doctor Kaplan titubeó.
—Es imposible tener la certeza absoluta, por supuesto, pero en nuestra
opinión su sistema nervioso ha sufrido daños muy serios para que la terapia
pueda tener alguna clase de resultado.
—Pero no está absolutamente seguro.
-No...
Jill sí lo estaba.
Además de las tres enfermeras que atendían a Toby noche y día, Jill contrató
a un especialista en fisioterapia para que concurriera todas las mañanas a la
casa para trabajar con Toby. Lo llevaba a la piscina y lo sujetaba en sus
brazos, estirando suavemente los músculos y tendones, mientras Toby
trataba débilmente de mover las extremidades en el agua tibia. Pero no se
advertía ningún progreso. Al cabo de cuatro semanas contrató una
especialista en fonoaudiología que pasaba una hora todas las tardes con Toby,
tratando de enseñarle a hablar nuevamente, a formar los sonidos.
Transcurrieron dos meses sin que Jill advirtiera mejoría alguna. En
absoluto. Mandó llamar entonces al doctor Kaplan.
—Tiene que hacer algo para ayudarle —le pidió—. No puede dejarle así.
El médico la miró apenado.
— Lo siento, Jill. Traté de decirle...
Jill se quedó un buen rato sentada sola en la biblioteca después que se fue
el doctor Kaplan. Sintió que empezaba a dolerle nuevamente la cabeza, pero
no tenía tiempo de pensar en ella ahora. Se levantó y subió al otro piso.
Toby estaba sentado en la cama con la mirada perdida. Sus ojos se iluminaron
cuando Jill se acercó. La siguieron atentamente mientras se aproximaba a su
177
cama y lo estudiaba. Sus labios se movieron y emitieron un ininteligible
sonido. Lágrimas de frustración llenaron sus ojos. Jill recordó las palabras
del doctor Kaplan. Es muy importante saber que su mente no ha sufrido daño
alguno.
Jill se sentó en el borde de la cama.
—Toby, quiero que me escuches atentamente. Vas a levantarte de esa cama.
Vas a caminar y hablarás. —Lágrimas rodaban en ese momento por sus
mejillas.- Vas a hacerlo -dijo Jill-. Vas a hacerlo por mí.
A la mañana siguiente Jill despidió a las enfermeras, a la especialista en
fisioterapia y a la fonoaudióloga. El doctor Kaplan se precipitó a verla en
cuanto se enteró de la noticia.
—Estoy de acuerdo con usted respecto de la fisioterapia, Jill, ¡pero las
enfermeras! Toby tiene que tener con él permanentemente a alguien
durante las veinticuatro horas del día...
—Yo estaré con él.
El médico negó con la cabeza.
—No tiene la menor idea de lo que va a tener que soportar. Una persona sola no
puede...
— Le llamaré si le necesito. Tras lo cual le despidió.
178
estrechándole entre sus brazos. Acariciaba de arriba a abajo su propio
cuerpo con esas manos inertes, haciéndole palpar sus pechos y la
entrepierna.
—Siente todo eso, Toby —le susurraba—. Es todo tuyo, querido. Te
pertenece. Yo te quiero. Quiero que te cures para que podamos hacer
nuevamente el amor. Quiero que me hagas el amor, Toby.
El la miraba con sus ojos centelleantes y llenos de vida y emitía sonidos
incoherentes y lastimosos.
—Pronto, Toby, muy pronto.
Jill era incansable. Despachó a los sirvientes porque no quería tener a nadie
en la casa y luego se dedicó a ser ella la cocinera. Encargaba la compra por
teléfono y no salía jamás. Al principio había tenido que perder mucho tiempo
atendiendo las llamadas telefónicas, pero éstas cesaron al poco tiempo. Los
locutores de los noticiarios no daban ya más noticias sobre el estado de
Toby Temple. Todo el mundo sabía que estaba muriéndose. Era sólo
cuestión de tiempo.
Pero Jill no pensaba permitir que Toby muriera. Si él moría, ella
desaparecería también.
179
terapia para que recuperara el habla. En seguida que terminaba con ese
menester, debía preparar el almuerzo y después se repetía nuevamente el
ciclo. Jill le explicaba mientras tanto lo maravilloso que era, lo mucho que le
quería. Era Toby Temple, y el mundo entero esperaba ansioso su
restablecimiento. Por las noches sacaba uno de sus álbumes de recortes y
se lo enseñaba.
—Aquí estás con la Reina. ¿Recuerdas como te ovacionaron esa noche? Ya
verás como eso volverá a repetirse. Vas a ser más famoso que antes, Toby,
más famoso todavía.
Cuando llegaba la hora de dormir lo arropaba cuidadosamente y se acostaba,
totalmente agotada, en el catre que había hecho instalar junto a la cama de
Toby. A medianoche solía despertarla el insoportable olor que invadía el cuarto
cuando movía el vientre y entonces se levantaba, le cambiaba el pañal y lo
limpiaba. Para entonces ya era hora de prepararle el desayuno y comenzar un
nuevo día.
Y otro y otro, en una sucesión interminable.
Todos los días le exigía un poco más. Sus nervios estaban tan tensos que
cuando se percataba de que Toby no respondía debidamente, le abofeteaba.
— Les fastidiaremos —anunciaba con decisión—. Vas a curarte.
Jill se acostaba por las noches exhausta debido a las tareas que realizaba,
pero a pesar de eso le era imposible dormir. Demasiadas visiones bailaban en
su mente, como escenas de viejas películas. Toby y ella asediados por los
periodistas en el festival de Cannes... el presidente en su casa de Palm
Springs diciéndole lo bonita que estaba... sus admiradores congregados
alrededor de ella y de Toby durante un estreno... La Pareja Dorada... Toby
poniéndose de pie para recibir su medalla y cayéndose luego al suelo...
Cayéndose... hasta que finalmente lograba conciliar el sueño.
A veces Jill se despertaba con un dolor de cabeza agudo y repentino e
imposible de paliar. Se quedaba entonces acostada en la oscuridad, luchando
contra la jaqueca hasta que salía el sol y era hora ya de ponerse en
movimiento.
Y todo empezaba otra vez más. Parecía que los dos fueran los
únicos supervivientes de un holocausto olvidado y enterrado
desde mucho tiempo atrás. Su mundo se había reducido a las
dimensiones de su casa, de esos cuartos y de ese hombre. Se
arrastraba penosamente desde el alba hasta la medianoche.
Y junto a ella Toby, encerrado en un infierno, en un mundo en
el que existía únicamente Jill a quien debía obedecer ciegamente.
Las siniestras y penosas semanas transcurrían una tras otra,
transformándose en meses. Toby comenzó entonces a llorar cada vez que veía
acercarse a Jill porque sabía que iba a ser castigado. Jill era más despiadada
180
cada día. Movía a la fuerza sus inertes e inútiles miembros hasta hacerle
sufrir agonías. Emitía unos horripilantes sonidos suplicándole que le dejara
en paz pero Jill respondía:
—Todavía no. No descansaremos hasta que te conviertas nuevamente en un
hombre, hasta que les fastidiemos a todos. —Y proseguía retorciendo sus
músculos exhaustos. Toby era un bebé grande y desvalido, un vegetal, una
nada. Pero cuando Jill le miraba, le veía tal como pensaba que iba a ser y
anunciaba: — ¡Caminarás!
Lo ponía de pie y lo sujetaba al tiempo que forzaba una pierna tras la otra,
haciéndole caminar en una especie de grotesca parodia de movimiento, como
un títere desmadejado y borracho.
Sus dolores de cabeza se habían hecho más frecuentes. Una luz intensa o un
sonido agudo bastaban para provocarlos. Debo ver a un médico cuando se
sane Toby —pensaba. Ahora no tenía tiempo para ocuparse de ella.
Solamente de Toby.
Jill parecía posesa. Su ropa le flotaba, pero no tenía la menor idea de cuánto
había adelgazado ni del aspecto que presentaba. Su cara se había vuelto
delgada y ojerosa, sus ojos vacíos. Su maravilloso pelo negro había perdido el
brillo y la suavidad. No lo sabía, pero tampoco le habría importado.
Un día encontró un telegrama debajo de la puerta solicitándole que llamara al
doctor Kaplan. No tenía tiempo. Debía proseguir con la rutina.
Los días y las noches se transformaron en una secuencia kafkiana, bañar a
Toby, hacerle hacer los ejercicios, cambiarlo, afeitarlo y darle de comer.
Para empezar todo otra vez.
Le consiguió una especie de andador, parecido al que usan los niños que todavía
no saben caminar solos, y le ataba los dedos y movía las piernas tratando de
enseñarle los movimientos, haciéndole caminar de una punta a la otra del
cuarto hasta quedarse casi dormida parada, sin saber ya quién era ni qué
hacía.
Y un buen día Jill comprendió que todo había terminado.
181
sufrimiento habían sido una pérdida de tiempo, que no habían servido para
nada. Su cuerpo la había traicionado, tal como le había traicionado a Toby el
suyo. Jill no tenía ya fuerzas para ayudarle y eso le hizo sentir ganas de
llorar. Había terminado.
Oyó un ruido en la puerta del dormitorio y levantó la vista. Toby estaba
parado en el umbral, solo, sujetando con brazos temblorosos su andador, y
haciendo ininteligibles sonidos con la boca, tratando de decir algo.
—Jiiniigh... Jiiiingh
Trataba de decir Jill. Comenzó a sollozar incontrolablemente y sin poder
parar.
A partir de ese día los progresos de Toby fueron espectaculares. Por primera
vez supo que iba a curarse. No se oponía ya a que Jill le forzara más allá de
lo que podía tolerar. Se lo agradecía. Quería curarse por ella. Jill se había
convertido en su diosa; si antes la amaba, ahora la idolatraba.
Y algo le había ocurrido a Jill. Antes había luchado por su propia vida; Toby
era simplemente el instrumento que se veía obligada a utilizar. Pero en
cierto sentido eso había cambiado. Era como si Toby se hubiera convertido
en parte de ella. Eran un cuerpo, una mente y un alma, obsesionados por el
mismo fin. Habían recorrido un calvario expiatorio. La vida de Toby había
estado en sus manos y ella la había alimentado y fortalecido hasta salvarla por
fin y de todo eso había surgido una especie de amor. Toby le pertenecía
tanto como ella le pertenecía a él.
Jill cambió la dieta de Toby para que recuperara el peso perdido. Pasaba
todos los días un rato al sol, daba largas caminatas por el jardín
ayudándose con el andador primero, un bastón después, recuperando sus
fuerzas. El día en que Toby pudo caminar sin ayuda, ambos lo celebraron con
una comida en el gran comedor iluminado con velas.
Jill decidió que por fin Toby podía ser presentado al público. Llamó por
teléfono al doctor Kaplan y su enfermera le comunicó enseguida con él.
— ¡Jill! He estado sumamente preocupado. Traté de llamarla por teléfono
pero nadie contestaba. Envié un telegrama y al no recibir contestación
supuse que habría llevado a Toby a algún otro lado. Está... sigue....
—Venga a verle por sus propios ojos, Eli.
El doctor Kaplan no pudo ocultar su asombro.
—Es increíble —le dijo a Jill—. Es... parece un milagro.
—Es un milagro — respondió Jill—. Con la diferencia de que en este mundo uno
debe realizar sus propios milagros porque Dios parece estar muy atareado en
otra parte.
—Todavía hay gente que llama preguntándome por Toby —decía el doctor
Kaplan—. Según parece no podían comunicarse con usted. Sam Winters me
182
llama por lo menos una vez por semana. Y Clifton Lawrence llamó también
varias veces.
Jill hizo a un lado a Clifton Lawrence, ¡pero Sam Winters! Eso estaba bien.
Tenía que encontrar una fórmula para que el mundo se enterara de que Toby
Temple era todavía una super-estrella y que ambos seguían siendo la Pareja
Dorada.
Llamó por teléfono a Sam Winters al día siguiente y le preguntó si le
gustaría visitar a Toby. Sam llegó a la casa una hora después. Jill lo recibió en
la puerta y Sam tuvo que hacer un esfuerzo para ocultar la sorpresa que
tuvo al verla. Jill había envejecido diez años desde la última vez que la había
visto. Sus ojos parecían dos cuencas vacías y su cara estaba surcada por
numerosas arrugas. Había bajado tanto de peso que se había convertido en
un esqueleto.
— Gracias por haber venido, Sam. Toby estará encantado de vene.
Sam había pensado encontrar a Toby en la cama, convertido en la sombra de lo
que antes había sido, pero recibió una gran sorpresa. Estaba acostado sobre
una colchoneta junto a la piscina y al verle acercarse se puso de pie, algo
lentamente, pero con seguridad y le tendió una mano firme. Estaba
bronceado y presentaba un aspecto saludable, mucho mejor que antes de su
ataque. Parecía que gracias a una extraña alquimia, la salud y vitalidad de Jill
hubieran pasado al cuerpo de Toby y las consecuencias de su enfermedad
hubieran repercutido en el físico de Jill.
—¡Hola, Sam! Encantado de verte.
Toby hablaba un poco más pausadamente quizá, y con más precisión que
antes, pero su voz era clara y firme. No había rastro alguno de la parálisis que
le habían comentado a Sam. Seguía teniendo todavía la misma cara infantil
con los enormes ojos azules. Sam le abrazó afectuosamente y dijo:Ay,
Jesús, que susto nos diste. Toby sonrió y respondió:
—No necesitas llamarme Jesús cuando estemos a solas.
Sam miró más detenidamente a Toby y manifestó con asombro:
—Te aseguro que no puedo creerlo. ¡Maldito seas, si hasta pareces más
joven! Toda la población se preparaba para tu entierro.
-Tendrían que cogerme muerto -replicó Toby sonriendo.
—Es increíble lo que los médicos pueden hacer hoy en día...
-Nada de médicos. -Toby se dio vuelta hacia Jill y sus ojos reflejaron
una auténtica adoración.— ¿Quieres saber quién lo hizo posible? Jill.
Únicamente Jill. Con sus dos manos. Echó a todos y consiguió hacerme
caminar otra vez.
Sam miró a Jill azorado. Nunca le había parecido que era una muchacha
capaz de actuar tan abnegadamente. Tal vez se había equivocado al
juzgarla.
183
—¿Qué planes tienes? —le preguntó a Toby—. Supongo que
querrás descansar y...
—Va a trabajar nuevamente —interpuso Jill—. Toby tiene
demasiado talento para quedarse sentado sin hacer nada.
—Me muero por empezar —reconoció Toby.
—Tal vez Sam tenga algún proyecto para ti —sugirió Jill.
Ambos fijaron la atención en Sam. Este no quería desanimar a Toby
pero tampoco quería falsas esperanzas. No era posible filmar una
película con una estrella si no se la podía asegurar y ninguna compañía
estaría dispuesta a asegurar a Toby.
—No tengo nada por el momento — respondió Sam cuidadosa
mente—. Pero no te preocupes, que estaré atento.
—¿Tienes miedo de darle trabajo, no es así? —Parecía como si
estuviese leyéndole los pensamientos.
—Por supuesto que no.
Pero ambos sabían que estaba mintiendo. No habría nadie en todo
Hollywood que se arriesgara a contratar nuevamente a Toby
Temple.
184
Asistió todo Hollywood: productores, directores, artistas, críticos...
toda la gente importante del mundo del espectáculo. Las localidades del
teatro de Vine Street se agotaron muchos días antes de la función y
cientos de personas quedaron sin poder ir. Una multitud entusiasmada
recibió con una ovación a Toby y Jill cuando llegaron en un enorme
coche conducido por un chófer. Era su Toby Temple. Había regresado a
ellos de entre los muertos y lo idolatraban más que nunca.
El público que estaba en el interior del teatro había concurrido parte
por respeto a un hombre que había sido famoso y magnífico pero más
que nada por curiosidad. Estaban allí para rendir un último tributo a un
héroe moribundo, a una estrella extinguida.
Jill había planeado personalmente la función. Fue a ver a O'Hanlon y
Rainger, y éstos escribieron un material maravilloso que empezaba con
un monólogo burlándose de la ciudad por querer enterrar a Toby
cuando aún estaba con vida. Jill había recurrido a un equipo que había
ganado tres premios de la Academia por sus canciones. Nunca habían
compuesto nada especial para nadie, pero cuando Jill dijo:
—Toby insiste en que ustedes son los únicos en el mundo que...
Dick Landry voló desde Londres para dirigir la función.
Jill reunió la gente más capaz para apuntalar a Toby, pero en última
instancia todo dependería de él. Era la estrella exclusiva y estaría solo
en el escenario.
Por fin llegó el gran momento. Las luces se apagaron y en la sala se
percibía ese inquieto murmullo que precede al momento en que se
levanta el telón, una silenciosa oración para que algo mágico ocurriera
esa noche.
Y ocurrió.
Cuando Toby Temple apareció en la escena, con paso firme y tranquilo,
su famosa sonrisa iluminando su cara juvenil, se hizo un breve silencio
que fue quebrado al. instante por una salva de aplausos y gritos, una
ovación de pie que estremeció al teatro durante cinco minutos.
Toby permaneció parado, esperando que se aplacara el entusiasmo, y
cuando finalmente se hizo otra vez silencio les preguntó:
— ¿A eso le llaman ustedes un recibimiento caluroso? —Y todos se
echaron a reír.
Estuvo brillante. Dijo chistes, cantó y bailó, atacó a todo el mundo
como si nunca hubiera estado ausente de las tablas. El público no se
cansaba de oírle. Seguía siendo una superestrella pero ahora se había
convertido además en una leyenda con vida.
La revista Vanety dijo al día siguiente:
«Vinieron para enterrar a Toby Temple, pero se quedaron para alabarle y
185
ovacionarle. ¡ Y realmente lo merecía! No hay nadie en todo Hollywood
que tenga el carisma del viejo maestro. Fue una noche de ovaciones y
ninguno de los que tuvieron la suerte de estar presentes olvidará jamás
esa memorable...»
El Hollywood Repórter dijo:
«El público esperaba ver el regreso de un gran artista, pero Toby
Temple les demostró que nunca había estado ausente.»
Todas las demás revistas repetían elogios similares. A partir de ese momento
el teléfono de Toby sonó incesantemente. Llovían cartas con invitaciones y
ofertas.
Todos golpeaban insistentemente a su puerta.
186
entonces -dijo Jill.
Toby negó con la cabeza.
—Has estado encerrada demasiado tiempo. Ahora vamos a vivir un poco la
vida. La abrazó y agregó:
— No soy muy bueno con las palabras, querida, como no se
trate de chistes. No sé cómo decirte lo que siento por ti. Sólo
quiero que sepas que sólo comencé a vivir el día que te conocí.
Y se dio vuelta bruscamente para que Jill no pudiera ver sus ojos llenos de
lágrimas.
Toby hizo los arreglos necesarios para repetir su actuación en Londres, París
y —por increíble que parezca— en Moscú. Todos se peleaban por conseguirlo.
Era un ídolo tanto en América como en Europa.
El Friars Club dio una comida en honor de Toby Temple. Una docena de los
más importantes cómicos compartían el estrado junto con Toby, Jill, Sam
Winters y el director del canal que acababa de firmar contrato con Toby. Le
pidieron a Jill que se pusiera de pie y saludara. Y recibió una ovación.
¡Están aplaudiéndome a mí, no a Toby! pensó Jill.
El maestro de ceremonias era el conductor de un famoso programa
nocturno de televisión.
—No se imaginan lo contento que estoy de tener con nosotros
a Toby —dijo — . Porque si no estuviéramos agasajándole esta
187
noche aquí, este banquete se habría realizado en Forest Lawn1
Risas.
—Y les aseguro que la comida que sirven allí es horrible. ¿Han comido alguna
vez en Forest Lawn? Sirven restos de La Ultima Cena.
Risas.
Se dio vuelta hacia Toby y manifestó.
-Estamos realmente orgullosos de ti, Toby. Lo digo en serio.
Tengo entendido que te han pedido que dones una parte de tu
cuerpo a la ciencia. Van a conservarla en un frasco en la Escuela
de Medicina de Harvard. Pero hasta ahora el único problema es
que no han podido encontrar un frasco lo suficientemente grande
como para que quepa.
Más risas.
Cuando Toby subió al estrado para iniciar su réplica, superó ampliamente a
todos.
La opinión general era que nunca se había realizado en el Friars una comida tan
divertida.
1
. Forest Lawn. Cementerio certa de Los Angeles
188
El agente, antaño elegante y jovial, se había vuelto desaliñado y amargado.
Toby Temple había sido todo en su vida y Clifton hablaba
permanentemente de esa época. Era lo único que ocupaba sus pensamientos.
Eso y Jill. Clifton la culpaba por todo lo que le había ocurrido. Toby no había
podido evitarlo: había sido influenciado por esa maldita mujer. La odiaba
inmensamente.
Estaba sentado en el fondo del salón observando cómo la concurrencia
aplaudía a Jill cuando uno de los que compartían su mesa dijo:
—Toby es un tipo de suerte. Ojalá yo tuviera una mujer así. Es sensacional en
la cama.
—¿Ah, sí? —preguntó alguien cínicamente—. ¿Y cómo lo sabes?
—Trabaja en una película pornográfica que exhiben en el Pussycat Theatre.
Dios mío, durante un momento creí que le iba a succionar el hígado al otro
tipo.
Clifton sintió súbitamente la boca reseca y casi no pudo articular las
palabras.
— ¿Estás... estás seguro que era, Jill Castle? —preguntó.
El desconocido se dio vuelta hacia él.
— Por supuesto que estoy seguro. Pero tenía otro nombre...Josephine no
sé cuánto. Un complicado apellido polaco. —Miró a Clifton y exclamó:— ¡Eh!
¿No era usted antes Clifton Lawrence?
Hay una zona del Santa Mónica Boulevard, entre Fairfax y La Ciénaga, que es
territorio del condado. Parte de una isla rodeada por la ciudad de Los
Angeles y que se rige por las leyes del condado que son más benévolas que las
de la ciudad. En seis manzanas se alzan cuatro cines en los que se exhibe
únicamente pura pornografía, media docena de librerías en las que los clientes
pueden instalarse en cubículos privados y mirar películas utilizando
proyectores individuales y otros tantos salones de masajes donde jóvenes
nubiles son expertas en cualquier cosa menos en masajes. El Pussycat
Theatre se encuentra en medio de todo eso.
Habría tal vez alrededor de veinte personas en la sala oscura, casi todos
hombres, a excepción de dos mujeres que estaban cogidas de la mano.
Clifton miró al público y se preguntó para sus adentros qué impulsaría a esa
gente a meterse en esas cavernas oscuras en un día de sol radiante y pasar
horas presenciando películas dedicadas exclusivamente a exhibir imágenes
de otras personas fornicando.
Comenzó la proyección de la película principal y Clifton olvidó todo excepto
lo que veía en la pantalla. Se inclinó hacia adelante en el asiento
concentrándose en la cara de todas las actrices. El tema giraba en torno de
un joven profesor de colegio que hacía entrar subrepticiamente de noche a
189
su cuarto a sus alumnas. Todas eran jóvenes, sumamente atractivas e
increíblemente dotadas.
Realizaban una serie de ejercicios sexuales, orales, vaginales y anales, hasta
que el profesor quedaba tan satisfecho como ellas.
Pero ninguna era Jill. Tiene que estar ahí, pensaba Clifton. Era la única
oportunidad que conseguiría de vengarse por lo que le había hecho. Se las
arreglaría para que Toby viera la película. Sufriría mucho, pero se
repondría. Jill sería destruida. Cuando Toby se enterara con qué clase de
mujer se había casado la echaría a patadas. Jill tenía que figurar en esa
película.
Y de repente apareció, en la gran pantalla, en glorioso y vivido color.
Había cambiado mucho. Ahora estaba más delgada, más bonita y
sofisticada.
Pero era Jill.
Clifton permaneció sentado, saboreando y disfrutando con el
espectáculo, regocijando y deleitando sus sentidos, saturado con una
electrizante sensación de triunfo y venganza.
Permaneció en su asiento hasta que apareció la nómina del reparto. Y
ahí estaba, Josephine Czinski. Se puso de pie y se dirigió hacia la sala
de proyección. Dentro del pequeño cuarto había un hombre en mangas
de camisa leyendo una revista de carreras de caballos. Levantó la vista
al ver entrar a Clifton y le dijo.
—No puede entrar nadie aquí, amigo.
—Quiero comprar una copia de esa película.
El hombre negó con la cabeza.
— No está en venta. —Y se dedicó nuevamente a su estudio
hípico.
— Le pagaré cien dólares por una copia. Nadie se enterará.
El hombre ni siquiera levantó la cabeza. —Doscientos dólares —dijo
Clifton.
El proyectista dio vuelta a la página.
—Trescientos.
Levantó la vista y miró atentamente a Clifton.
—¿En efectivo?
—En efectivo.
190
—Dígale al señor Temple que Clifton Lawrence quiere verle.
— Lo siento, señor. El señor Temple no se encuentra en
casa.
—Le esperaré —respondió Clifton con firmeza.
—Mucho me temo que no sea posible —contestó el ma
yordomo—. El señor y la señora Temple salieron esta mañana
rumbo a Europa.
32
191
La última etapa del viaje era Moscú.
Moscú en el mes de junio es una de las ciudades más bonitas del mundo.
Elegantes Lipa y berezka blancos alzan sus copas sobre macizos de flores
amarillas a lo largo de las avenidas llenas de público local y extranjero que
pasea bajo el sol. Es la estación de los turistas. A excepción de las visitas
oficiales, todos los turistas que llegan a Rusia deben pasar por Intourist, la
agencia controlada por el gobierno que se ocupa de su transporte,
alojamiento y visitas guiadas. Pero una gran limusina Zil esperaba a Toby y Jill
en el aeropuerto internacional Sheremetyevo para conducirles al hotel
Metropole, reservado por lo general para los VIP de los países satélites. La
suite contaba con una provisión de vodka Stolichnaya y caviar negro.
El general Yuri Romanovitch, miembro importante del partido, se trasladó al
hotel para darles la bienvenida.
— No se proyectan muchas películas norteamericanas en Rusia, señor Temple,
pero las suyas han sido exhibidas en repetidas ocasiones. El pueblo ruso
considera que no existen fronteras para el verdadero talento.
192
Visitaron una lujosa dacha donde se exhibían en privado películas
extranjeras para unos pocos privilegiados. Fue una fascinante
perspectiva interna del Estado Popular.
Jill atravesaba el vestíbulo del hotel cuando oyó una voz masculina que
llamaba: —Josephine.
Supo quién era aún antes de darse vuelta y en menos de un segundo
quedó presa del viejo hechizo.
David Kenyon caminaba hacia ella sonriendo y diciendo:
— Me alegro tanto de verte.
Y ella tuvo la sensación de que su corazón dejaba de latir. « Es el único
hombre que ha conseguido hacerme sentir así», se dijo para sus adentros.
—¿Quieres tomar una copa? —le preguntó David.
—Encantada —le contestó.
El bar del hotel era grande y estaba lleno de gente, pero encontraron
en un rincón una mesa donde podían hablar con relativa tranquilidad.
—¿Qué estás haciendo en Moscú? —quiso saber Jill.
— Me pidió el gobierno que viniera. Estamos tratando de
firmar un convenio petrolífero.
Un mozo aburrido se acercó a la mesa y les preguntó qué iban a tomar.
— ¿Cómo está Cissy?
David la miró un instante y luego dijo:
— Nos divorciamos hace unos pocos años. —Cambió deliberadamente de
tema y agregó:— He seguido paso a paso todo lo que te ha ocurrido. He
sido un gran admirador de Toby Temple desde mi infancia. —Toby
parecía muy viejo después de esa afirmación. — Me alegro mucho que
193
esté bien otra vez. Me quedé muy preocupado por ti cuando me enteré
de su enfermedad. —Sus ojos tenían esa expresión de deseo que Jill
recordaba muy bien.
»Su actuación en Hollywood y Londres fue espléndida —prosiguió
diciendo David.
— ¿Estuviste allí? —preguntó Jill sorprendida.
—Sí —y agregó rápidamente—, por asuntos de negocios.
—¿Por qué no viniste a saludarnos?
Titubeó un poco antes de contestar:
-Porque no quería entrometerme. No sabía si tenías interés en verme.
Les trajeron unos vasos pesados y chatos con la bebida que habían
pedido.
— Por ti y por Toby —dijo David. Pero la forma en que lo dijo
transmitió cierta tristeza, cierto anhelo...
—¿Vienes siempre al Metropole? -preguntó Jill.
—No. En realidad me resultó muy difícil conseguir... —advir
tió la trampa demasiado tarde. Sonrió tristemente y acotó—:
Sabía que estarías aquí. Hace cinco días que debería haberme ido
de Moscú. Pero me quedé con la esperanza de encontrarte.
—¿Por qué, David?
Pasó un buen rato antes de que contestara. Cuando lo hizo le dijo:
— Es ya demasiado tarde, pero de todos modos quiero decírte
lo porque me parece que tienes derecho a saberlo.
Le contó entonces cómo fue su boda con Cissy, la forma en que lo había
engañado, su tentativa de suicidio y lo que pasó esa noche en que debía
encontrarse con Jill en el lago. Todo fue explicado en una forma tan emotiva
que Jill quedó impresionada.
—Siempre estuve enamorado de ti.
Ella permaneció sentada escuchándole, mientras una sensación de felicidad
invadía su cuerpo como un cálido vino. Era como un maravilloso sueño
convertido en realidad, todo lo que había querido y deseado durante su vida.
Jill examinó al hombre que estaba sentado frente a ella, recordó las
poderosas manos con que la estrecharon, la rigidez y exigencia de su cuerpo
y sintió un estremecimiento. Pero Toby se había convertido en una parte de
ella, era su propia carne: y David...
— ¡Señora Temple! —exclamó una voz a su lado—. ¡La hemos
estado buscando por todas partes! —Era el general Romanovitch.
Jill miró a David y le dijo:
— Llámame mañana por la mañana.
194
acontecimientos más emocionantes que tuvieron lugar en esa sala. Los
espectadores le tiraron flores, le gritaron vivas, patalearon y se negaron a
abandonar el recinto. Fue la verdadera culminación de sus otros triunfos. Se
había organizado una gran fiesta para después de la función pero Toby le
dijo a Jill:
— Estoy agotado, querida. ¿Por qué no vas tú? Yo volveré al
hotel y trataré de descansar.
Jill asistió sola a la reunión, pero tuvo la sensación de que David estaba
permanentemente junto a ella. Charló con sus anfitriones, bailó,
agradeció las demostraciones de afecto que le tributaron, pero durante
ese tiempo su mente estaba ocupada reviviendo el encuentro con David.
Cometí un gran error al casarme con esa chica. Cissy y yo nos
divorciamos. Jamás dejé de quererte.
195
atento por si me necesitas. No lo olvides.
Fue lo único que le ayudó a Jill a mantener la cordura en medio de la pesadilla
que iba a empezar.
El viaje de vuelta fue una penosa repetición del anterior. La camilla en el
avión, la ambulancia que los transportó desde el aeropuerto a la casa, y el
cuarto del enfermo.
Pero esta vez no era igual. Jill lo comprendió en cuanto le autorizaron a ver
a Toby. Su corazón latía, sus órganos vitales funcionaban: era en todo
sentido un organismo con vida. Y sin embargo no lo era. Era un cadáver que
respiraba y cuyo corazón palpitaba, un muerto en una bomba de oxígeno, lleno
de tubos y cánulas por todo el cuerpo, semejante a antenas que le proveían
de los fluidos necesarios para mantenerse con vida. Su cara estaba
contorsionada en una horrible mueca que era una imitación de una sonrisa y
sus labios contraídos permitían ver sus encías. Mucho me temo no poder
ofrecerle ninguna esperanza, había dicho el médico ruso.
Y desde entonces habían transcurrido varias semanas. Ahora estaban
nuevamente en su casa de Bel-Air. Jill llamó enseguida al doctor Kaplan y éste
mandó buscar a unos especialistas que a su vez consultaron a otros
especialistas. Pero la respuesta fue siempre la misma: un ataque muy grave
que había dañado seriamente o destruido los centros nerviosos, con muy
pocas probabilidades de recuperación por los daños sufridos.
Tenía enfermeras día y noche y varios especialistas en fisioterapia, pero
todo fue en vano.
El centro de toda esa atención era algo grotesco. Su piel había adquirido un
tono amarillento y se le caía el pelo en grandes cantidades. Los miembros
paralizados parecían haberse encogido y adelgazado y su cara ostentaba esa
horrible mueca que no podía controlar. Era un espectáculo monstruoso, un
verdadero cadáver.
Pero sus ojos permanecían con vida. Y qué vida. Relampagueaban reflejando la
terrible frustración de esa mente encerrada dentro de un inútil caparazón.
Cada vez que Jill entraba a su cuarto, Toby la seguía afanosamente con una
mirada ansiosa, suplicante. ¿Para qué? ¿Para que le hiciera caminar
nuevamente? ¿ Para poder hablar otra vez ? ¿ Para convertirlo nuevamente en
un hombre?
Ella lo contemplaba en silencio pensando:
«Una parte de mi ser está acostado en esa cama sufriendo, atrapada.»
Estaban unidos el uno al otro. Habría dado cualquier cosa para poder salvar a
Toby y salvarse ella misma. Pero sabía que no era posible. Esta vez era inútil.
El teléfono sonaba incesantemente repitiendo todas las llamadas anteriores
con insistentes manifestaciones de cariño.
Pero hubo una llamada diferente. David Kenyon telefoneó.
196
— Quería que supieras que estoy a tu disposición para cual
quier cosa que necesites.
Jill recordó lo alto, hermoso y fuerte que era y pensó en esa deformada
criatura que yacía en el cuarto de al lado.
—Gracias, David. Te aseguro que te agradezco de todo
corazón. Pero no hay nada que pueda hacerse por el momento.
—En Houston tenemos unos médicos de primer orden — insis
tió—. De los mejores del mundo. Podría fletarlos allí en un avión.
Jill sintió un nudo en la garganta. ¡Oh, qué ganas tenía de pedirle a David
que viniera a buscarla y la llevara lejos de ese lugar! Pero no podía hacerlo.
Estaba unida a Toby y sabía que jamás podría abandonarlo.
Por lo menos mientras estuviera vivo.
33
197
competentes e impersonales como máquinas. Fueron un gran alivio para Jill
porque le resultaba imposible acercarse a su marido. Esa horrible máscara
sonriente le repelía. Encontró excusas para no entrar a su cuarto. Pero
cuando hacía un esfuerzo y se acercaba a él, advertía inmediatamente un
cambio en Toby, cambio que no pasaba desapercibido para las enfermeras.
Yacía inmóvil e impotente, como si estuviera congelado dentro de una caja.
No obstante cuando Jill ponía un pie en la habitación, sus relucientes ojos
azules parecían cobrar vida. Sus pensamientos le resultaban a Jill tan
elocuentes como si los expresara en voz alta. No me dejes morir. ¡Ayúdame
por favor! ¡Ayúdame!
Jill miraba su cuerpo arruinado y pensaba: No puedo ayudarte. No es
posible que quieras seguir viviendo así. Quieres morir.
Jill comenzó a reflexionar sobre esa idea. Los periódicos relataban a diario
casos de esposos sentenciados por enfermedades incurables cuyas mujeres
los liberaban de sus sufrimientos. Inclusive había ciertos médicos que
admitían dejar morir deliberadamente algunos pacientes. Se llamaba euta-
nasia. Muerte piadosa. Pero Jill sabía que también podía ser considerado
como un asesinato, aunque lo único que siguiera con vida en Toby fueran sus
malditos ojos que no se apartaban de ella.
Jill no salió para nada de la casa durante las semanas siguientes. La mayor
parte del tiempo lo pasaba encerrada en su dormitorio. Se recrudecieron sus
jaquecas y no podía encontrar alivio para ellas.
198
¿Podría quedarse un momento con él?
Jill advirtió un tono de reprobación en la voz de la enfermera. Le parecía raro
que una esposa no quisiera acercarse al lecho donde yacía su marido
enfermo.
—Yo le cuidaré —respondió Jill.
Dejó el libro, atravesó el pasillo y se dirigió al cuarto de Toby. En cuanto puso
un pie en la habitación percibió el ya conocido hedor de la enfermedad. Al
instante todo su cuerpo se sintió invadido por los recuerdos de esos largos
y terribles meses durante los cuales había luchado para salvarlo.
Toby tenía la cabeza apoyada contra una gran almohada. Sus ojos se animaron
y comenzaron a enviarle mensajes en cuanto la vio entrar. ¿Dónde has estado?
¿Por queme has abandonado? Te necesito. ¡Ayúdame.! Era como si sus ojos
estuvieran dotados de una voz. Jill contempló ese espantoso cuerpo
retorcido y su sonrisa macabra y sintió náuseas. ¡Nunca te curarás, maldito!
¡Tienes que morir! ¡Quiero que te mueras! Mientras Jill miraba a Toby notó un
cambio en la expresión de sus ojos. Reflejaron asombro, incredulidad y luego
comenzaron a llenarse con tanto odio, con una maldad tan desembozada que
Jill retrocedió involuntariamente un paso. Se dio cuenta entonces de lo que
había ocurrido. Había expresado en voz alta sus pensamientos.
Dio media vuelta y salió corriendo del cuarto.
199
odio de Toby la perseguía, como si fuera una fuerza violenta y maligna. Se
quedó el día entero encerrada en su dormitorio negándose a comer.
Permaneció sentada en una silla, en un estado casi de trance, recordando
una y otra vez lo ocurrido mientras hablaba por teléfono. Toby lo sabía.
Nunca más podría mirarle.
Por fin llegó la noche. Era entrado ya el mes de julio y el aire conservaba
todavía el calor del día. Jill abrió de par en par las ventanas de su cuarto
para que pudiera entrar la brisa.
200
estaban pasando la luna de miel en Alaska. Se encontraban en medio de una
llanura cubierta de hielo en el preciso momento en que se desataba una
tormenta. Ráfagas heladas azotaban sus caras y resultaba difícil respirar.
Se dio vuelta hacia David pero éste había desaparecido. Estaba sola en medio
del frígido Ártico, tosiendo, luchando por recuperar el aliento. La despertó
el ruido de alguien que se ahogaba. Oyó un jadeo espeluznante, un estertor
de muerte. Abrió los ojos y constató que el ruido provenía de su propia
garganta. No podía respirar. Un manto helado la cubría como una obscena
sábana, acariciando su cuerpo desnudo, sus pechos, besándole los labios con
un aliento helado y nauseabundo que parecía provenir de una tumba. El
corazón le latía aceleradamente mientras luchaba por conseguir un poco de
aire. Sentía los pulmones resecos por el frío. Trató de sentarse, pero una
mano invisible se lo impidió. Sabía que estaba soñando, pero al mismo tiempo
podía oír esos horribles estertores que salían de su garganta en su pugna por
respirar. Se estaba muriendo. ¿Pero podía morir una persona durante una
pesadilla? Jill sintió unos fríos tentáculos explorando su cuerpo, moviéndose
entre sus piernas, penetrándola, poseyéndola y con súbito terror
comprendió que era Toby. En cierta manera y no sabía cómo, pero era Toby.
Y ese súbito pánico le dio fuerzas para arrastrarse hasta el pie de la cama,
jadeando, luchando con su cuerpo y su mente para mantenerse viva. Puso los
pies en el suelo, consiguió pararse y corrió hacia la puerta, sintiendo que el
frío la perseguía, la rodeaba, trataba de apoderarse de ella. Encontró la
manivela y la abrió. Salió corriendo al pasillo, luchando por recuperar el
aliento y llenar sus pulmones vacíos con oxígeno.
En el corredor hacía calor y reinaba gran calma y tranquilidad. Jill se quedó allí
tambaleándose, sin poder controlar el castañeteo de los dientes. Se dio
vuelta para mirar su dormitorio. Estaba todo en calma y perfectamente
normal. Había tenido una pesadilla. Titubeó un instante y luego entró
pausadamente en su habitación. Hacía calor. No había nada que temer. Era
imposible que Toby pudiera hacerle daño alguno.
La enfermera Gallagher se despertó, salió del saloncito y fue a ver cómo
dormía su paciente.
Toby Temple estaba en su cama exactamente en la misma postura en que lo
había dejado. Tenía los ojos fijos en el techo, mirando algo que la señorita
Gallagher no podía ver.
201
agudo le destrozaba los nervios. Tengo que mandarla arreglar, pensó.
Evitaba acercarse al cuarto de Toby, pero eso no importaba. Estaba
presente en todas partes.
Las jaquecas se volvieron constantes, y esas intensas y rítmicas puntadas no le
permitían descansar. Jill ansiaba que el dolor le concediera una hora, un
minuto o un segundo de respiro. Tenía que dormir. Fue al dormitorio de la
sirvienta situado detrás de la cocina, y lo más alejado posible del de Toby.
Hacía calor en la habitación y reinaba gran tranquilidad. Se acostó sobre la
cama, cerró los ojos y se quedó dormida casi instantáneamente.
La despertó el aire helado y fétido que había invadido el cuarto y que
comenzó a rodearla, tratando de sofocarla. Jill pegó un salto y salió
corriendo.
Los días eran bastantes desagradables, pero las noches eran terroríficas.
Seguían más o menos el mismo ritmo. Jill buscaba refugio en su dormitorio,
se acurrucaba en la cama, luchando por permanecer despierta, aterrada de
dormirse, sabiendo que inmediatamente aparecería Toby. Pero su cuerpo
exhausto lograba imponerse y finalmente sucumbía al sueño.
La despertaba la misma sensación de frío. Se quedaba temblando en la cama,
sintiendo que avanzaba hacia ella esa ráfaga helada, que una presencia maligna
trataba de acorralarla como una terrible maldición. Se levantaba y salía
corriendo espantada.
Eran las tres de la mañana.
Jill se había quedado dormida en la silla leyendo un libro. Se despertó
lentamente, paulatinamente y abrió los ojos en el cuarto a oscuras
comprendiendo que algo raro había ocurrido. Al instante se dio cuenta
de lo que había pasado. Se había quedado dormida con la luz encendida.
Sintió que su corazón comenzaba a latir apresuradamente y pensó. No
hay nada que temer. La enfermera Gallagher debe haber entrado y
apagado las luces.
Y entonces oyó el chirrido. Avanzaba por el pasillo, crick... crick... la silla
de ruedas de Toby se acercaba a la puerta de su dormitorio. Jill sintió
que se le ponían los pelos de punta en la nuca. Debe ser una rama del
árbol que roza el techo o las maderas que se contraen, se dijo para sus
adentros. Sin embargo sabía que no era así. Había oído muy a menudo
ese mismo ruido. Crick... crick... era la música que anunciaba la llegada de
la muerte. No puede ser Toby —recapacitó—. Está en su cama
imposibilitado de moverse. Estoy volviéndome loca. Pero le oyó acercarse
cada vez más. Estaba ahora junto a la puerta. Se había detenido y
esperaba. De repente escuchó el ruido de algo que se rompía y luego
reinó nuevamente el silencio.
Jill pasó el resto de la noche acurrucada en su silla en el cuarto a oscuras,
202
demasiado asustada como para moverse.
A la mañana siguiente encontró tirado en el suelo un florero que había
estado sobre una mesa junto a la puerta de su dormitorio.
203
cama, durmiendo. Oyó acercarse a Toby en la silla de ruedas... crick...
crick. Se levantó lentamente, avanzó hacia ella, con una sonrisa macabra
y estirando sus manos esqueléticas en dirección a su garganta. Jill se
despertó gritando desaforadamente, originando un gran alboroto en la
peluquería. Salió corriendo sin esperar siquiera a que la peinaran.
Después de esa experiencia tuvo miedo de salir nuevamente de casa.
Y miedo de quedarse en ella.
204
destruirla. Toby quería verla muerta, tal como ella le deseaba a él la muerte.
Jill contempló esos ojos resplandecientes de desprecio y le pareció oírle
decir:
Voy a matarte.
Y las oleadas de odio la golpearon con tanta fuerza como si hubiera recibido
una bofetada.
Jill siguió mirándolo, recordó el florero roto y comprendió que ninguna de las
pesadillas habían sido ilusiones. Había encontrado una forma.
Ahora sabía que se trataba de su vida contra la de Toby.
34
El día siguiente era viernes. David la llamó por teléfono para avisarle
que tenía que ir a Madrid por unos negocios. —Tal vez no pueda
llamarte este fin de semana.
—Te extrañaré mucho —dijo Jill — . Muchísimo.
—Yo también. ¿Estás bien? Me pareces algo cambiada. ¿Estás
cansada?
Jill luchaba por mantener los ojos abiertos, por olvidar el dolor de
cabeza. No recordaba cuál había sido la última vez que había comido o
dormido. Estaba tan débil que le era difícil mantenerse de pie. Hizo un
205
esfuerzo para hablar con voz enérgica.
— Estoy perfectamente, David.
—Te quiero, mi amor. Cuídate bien.
Así lo haré, David. Te quiero mucho. No lo olvides. Pase lo que pase.
Oyó el ruido del coche del especialista en fisioterapia que avanzaba por
el camino de entrada y se precipitó escaleras abajo, sintiendo unas
terribles puntadas en la cabeza y temiendo que sus piernas débiles no
pudieran sostenerla. Abrió la puerta justo cuando el fisioterapeuta iba
a tocar el timbre.
Buenos días, señora Temple —dijo adelantándose, pero Jill le cerró el
paso. Levantó la vista sorprendido.
El doctor Kaplan decidió suspender el tratamiento —le comunicó
Jill.
El hombre frunció el ceño. Eso significaba que había hecho el viaje hasta
allí en vano. Alguien debía haberle avisado antes. Normalmente se
habría quejado por la forma en que había sido tratado, pero la señora
Temple era una gran dama, y tenía problemas muy graves, esbozó una
sonrisa y le dijo: Muy bien, señora Temple. No se preocupe.
Acto seguido se dirigió a su coche.
Jill esperó hasta oír que se alejaba. Subió nuevamente la escalera y
cuando estaba a mitad de camino sintió otro mareo y tuvo que agarrarse
del pasamanos hasta que se le pasó. No podía detenerse ya. Si lo hacía
era como darse por muerta.
Se dirigió hacia la puerta del dormitorio de Toby, hizo girar la manivela
y entró. La enfermera Gallagher estaba sentada en un sillón haciendo
tapicería. Alzó la vista sorprendida al verla parada en el vano de la
puerta.
¡Vaya! —dijo — . Ha venido a visitarnos. Qué buena idea.
—Se dio vuelta hacia la cama y agregó:— Sé que el señor Temple
esta muy contento. ¿No es así, señor Temple?
Toby estaba sentado apoyado y sujeto por vanas almohadas, y sus ojos
parecían decirle a Jill: Voy a matarte.
J ill apartó la mirada y se acercó a la enfermera Gallagher.
—He llegado a la conclusión que no he dedicado mucho
tiempo a mi marido.
—Pues eso es precisamente lo que pensábamos nosotros—replicó
la señorita Gallagher—. Pero como advertí que usted
parecía algo enferma pensé...
— Ahora estoy mucho mejor —la interrumpió J ill— . Me
gustaría quedarme a solas con el señor Temple.
La enfermera recogió su labor y se puso de pie.
206
—Por supuesto —dijo — . Estoy segura que nos gustará mucho
—y dándose vuelta hacia la figura que sonreía sarcásticamente en
la cama le preguntó:- ¿No es así, señor Temple? -Y agregó
dirigiéndose a Jill:— Bajaré a la cocina para prepararme una taza
de té.
—No. Su turno termina dentro de media hora. Puede retirarse
enseguida. Yo me quedaré aquí hasta que llegue la señorita
Gordon —respondió Jill sonriendo tranquilizadoramente —. No
se preocupe que no le dejaré solo.
— Bueno, no sería una mala idea ir de compras...
—Perfecto —insistió Jill — . Pues, vayase ya.
Jill se quedó parada sin moverse hasta que oyó cerrarse la puerta
principal y escuchó el ruido del coche de la señorita Gallagher que se
alejaba por el camino de entrada. Cuando el ruido del motor se perdió
en el aire estival, se dio vuelta para mirar a Toby.
Sus ojos estaban fijos en su cara y la miraban sin pestañear. Hizo un
esfuerzo para acercarse a la cama, tiró hacia atrás las sábanas y
contempló su cuerpo paralizado y consumido y sus piernas flaccidas e
inútiles.
La silla de ruedas estaba en un rincón. Jill la acercó junto a la cama y la
colocó de forma que pudiera deslizar a Toby hacia ella. Se inclinó sobre él
pero se detuvo. Le fue necesario recurrir a toda su fuerza de voluntad
para poder tocarlo. La cara momificada con esa mueca macabra estaba a
pocos centímetros de distancia, y la boca sonreía estúpidamente
mientras los vivos ojos azules lanzaban destellos de odio. Jill se inclinó
hacia adelante haciendo un verdadero esfuerzo para levantar a Toby
cogiéndole de los brazos. No pesaba nada, pero dado el estado
lamentable de Jill, le resultó bastante difícil manipularlo. En cuanto
tocó su cuerpo, sintió que la envolvía el aire helado. La presión que
sentía dentro de su cabeza se hizo insoportable. Veía manchas de
colores que comenzaban a bailar y dar vueltas cada vez más deprisa,
hasta que finalmente se sintió mareada. Iba a desmayarse nuevamente,
pero comprendió que no debía permitir que ello ocurriera, si realmente
quería seguir con vida. Haciendo un esfuerzo sobrehumano consiguió
arrastrar el cuerpo inerte de Toby hasta la silla de ruedas y sujetarlo
con las correas. Miró la hora en su reloj. Le quedaban solamente veinte
minutos.
Tardó cinco minutos en ir a su cuarto, y ponerse un traje de baño y
volver al dormitorio de Toby.
Soltó el freno de la silla de ruedas y comenzó a empujarla por el pasillo,
hacia el ascensor. Permaneció parada detrás de Toby mientras bajaban,
207
para no ver sus ojos. No obstante, podía sentir su mirada. Y podía sentir
también el frío húmedo de ese aire malsano que comenzó a invadir el
ascensor, sofocándola, acariciándola, llenándole los pulmones con su
fetidez hasta que comenzó a ahogarse. No podía respirar. Cayó de
rodillas, jadeando, luchando para no perder el conocimiento, atrapada
en esa jaula con Toby. La puerta del ascensor se abrió justo cuando iba
a desmayarse. Salió arrastrándose hacia la cálida luz del sol y se quedó
tirada en el suelo respirando profundamente, inspirando el aire fresco,
recuperando lentamente sus energías. Se dio la vuelta entonces hacia el
ascensor. Toby seguía sentado en la silla de ruedas, observándola,
esperando. Jill lo sacó sin pérdida de tiempo y lo empujó hacia la
piscina. Era un día precioso, templado y apacible y el sol que brillaba en
un cielo sin una sola nube, se reflejaba sobre el agua azul de la piscina.
Jill empujó la silla hasta el borde de la parte más honda y puso el freno.
Dio la vuelta a la silla. Toby tenía los ojos fijos en ella y la miraba
atentamente y con desconfianza. Jill aseguró con más fuerza las
correas que lo sujetaban a su asiento, tirando lo más que podía,
sintiendo que se desvanecía por el esfuerzo. Por fin consiguió su
propósito. Jill advirtió el cambio de expresión en la mirada de Toby al
comprender lo que estaba pasando y vio cómo un pánico desenfrenado y
demoníaco se reflejaba en sus ojos.
Soltó el freno de la silla de ruedas y la empujó hacia el borde de la
piscina. Toby trataba de mover sus labios paralizados, luchando para
gritar, pero no consiguió emitir sonido alguno y el efecto resultó
aterrador. No podía mirarle a los ojos. Prefería ignorarle.
Empujó la silla hasta el mismo borde del agua.
Y ahí se atascó. El reborde de cemento le impidió seguir avanzando.
Empujó con más fuerza pero no consiguió hacerla caer. Era como si
Toby la sujetara con su voluntad. Jill podía verlo luchando por
levantarse, luchando por su vida. Conseguiría aflojar las correas,
levantarse, estrujarle la garganta con sus dedos huesudos... Le pareció oír su
voz que clamaba... No quiero morir... no quiero morir y no sabía a ciencia cierta
si era su imaginación o si era real, pero en medio de su pánico encontró las
fuerzas necesarias para empujar con toda su alma la silla de ruedas. Esta se
inclinó hacia adelante, dio una vuelta en el aire y permaneció suspendida
durante un instante que le pareció eterno, hasta que finalmente cayó a la
piscina salpicando agua a su alrededor. La silla flotó un buen rato en la
superficie y luego comenzó a hundirse lentamente. El remolino le hizo dar
vuelta, de forma que lo último que vio Jill fueron los ojos de Toby
condenándola al fuego eterno mientras desaparecía en el agua.
Se quedó parada allí durante un momento, tiritando bajo el cálido sol de
208
mediodía, esperando hasta que su cuerpo y su mente recuperaran las fuerzas
perdidas. Cuando pudo finalmente moverse, bajó los escalones de la piscina
para mojar el traje de baño.
Y acto seguido regresó a la casa para llamar a la policía.
35
209
-A las diez.
— ¿A qué hora se retiró exactamente?
—A las nueve y media —respondió luego de un ligero titubeo. —Señora
Gallagher, ¿acostumbra usted a dejar a su paciente antes que termine su
turno?
—No, señor. Fue la primera vez.
—¿ Podría explicarnos por qué se retiró ese día más temprano ?
—Lo sugirió la señora Temple. Quería quedarse sola con su
marido.
-Gracias. Eso es todo.
La enfermera Gallagher bajó del estrado. Por supuesto que la muerte de
Toby Temple fue un accidente, pensó. Qué pena que tenga que pasar por esto
una mujer tan maravillosa como Jill Temple. La señorita Gallagher miró a Jill
y sintió un pequeño remordimiento de conciencia. Recordaba la noche que
había ido al dormitorio de la señora Temple y la había encontrado dormida en
una silla. La enfermera Gallagher había apagado las luces y cerrado la puerta
para que nadie la molestara. Cuando salió al pasillo oscuro tropezó con un
florero colocado sobre un pedestal, se cayó al suelo y se rompió. Había
pensado decírselo a la señora Temple, pero el florero parecía muy valioso y
como la señora no mencionó para nada el accidente, la señorita Gallagher
prefirió guardar silencio.
210
— La señora Temple le llamó por teléfono después del accidente, doctor
Kaplan. ¿Examinó usted al extinto cuando llegó?
—Sí. La policía había retirado el cuerpo de la piscina. Seguía todavía
sujeto con las correas a la silla de ruedas. Lo examiné junto con el
médico forense y llegamos a la conclusión que era demasiado tarde para
llevar a cabo una tentativa para resucitarlo. Sus dos pulmones estaban
llenos de agua. No descubrimos ningún indicio de vida.
—¿Y entonces qué hizo usted, doctor Kaplan?
—Atender a la señora Temple. Estaba en un estado de histeria
aguda. Me preocupaba sobremanera.
—¿No discutió usted previamente con la señora Temple
respecto de la continuación del tratamiento de fisioterapia?
—En efecto. Le dije que lo consideraba una pérdida de tiempo.
—¿Cómo reaccionó la señora Temple?
El doctor Kaplan miró a Jill Temple y dijo:
— Su reacción fue poco usual. Insistió en seguir adelante
— titubeó ligeramente y agregó— : Ya que estoy bajo juramento y
ya que el jurado de esta investigación tiene interés en conocer la
verdad, me parece que tengo la obligación de decir algo más.
Un silencio total reinó en el cuarto. Jill tenía los ojos fijos en el doctor
Kaplan y éste se dio vuelta hacia el jurado.
— Me gustaría agregar, para que quede constancia, que la
señora Temple es posiblemente la mujer más buena y valiente
que he tenido el honor de conocer —todas las miradas del recinto
se concentraron en Jill —. La primera vez que su marido sufrió un
ataque nadie creyó que tendría posibilidad de recuperarse. Pues
bien, ella se ocupó de devolverle la salud perdida sin recurrir a
nadie. Hizo por él algo que ningún médico que conozco habría
podido hacer. Jamás podré describirles con la exactitud que se
merece la dedicación y abnegación con que cuidó a su marido
— miró a Jill y prosiguió diciendo—: Es un ejemplo para todos
nosotros.
El público irrumpió en aplausos.
— Eso es todo, doctor —dijo el fiscal — . Quisiera llamar como
testigo a la señora Temple.
Todos la miraron levantarse y caminar lentamente hasta el estrado
de los testigos para realizar el juramento de rigor.
—Comprendo lo duro que debe ser todo esto para usted,
señora Temple, y trataré de hacerlo lo más breve posible.
—Gracias —contestó con voz baja.
—¿Por qué quiso seguir adelante con el tratamiento a pesar de
211
que el doctor Kaplan le había aconsejado lo contrario?
Levantó la vista y sus ojos reflejaron un profundo dolor.
—Porque quería brindarle a mi esposo todas las posibilidades
para curarse nuevamente, Toby amaba la vida y yo quería que
volviera a disfrutar de ella. Yo... —su voz se quebró pero siguió
hablando — . Tenía que ayudarle personalmente.
—El día en que murió su esposo, el especialista en fisioterapia
se presento en su casa pero usted lo despachó.
-Sí.
—Sin embargo un poco antes nos explicó que quería seguir con
el tratamiento. ¿Puede explicarnos su actitud?
—Es muy simple. Me pareció que nuestro amor era lo único
realmente fuerte como para curar a Toby. Lo había logrado
antes... —se interrumpió y durante unos segundos le fue imposible
seguir, pero después de un visible esfuerzo consiguió seguir
hablando con voz áspera—: Tenía que hacerle saber cuánto le
quería, cuánto deseaba verle bien otra vez.
Todos los presentes en la sala estaban echados hacia adelante, tratando
de no perder ni una sola palabra.
— ¿Podría contarnos qué fue lo que ocurrió la mañana del
accidente?
Se hizo un silencio que duró un largo minuto y durante el cual J i l l juntó
fuerzas para continuar con la explicación.
— Entré en el cuarto de Toby. Pareció alegrarse de verme. Le
dije que iba a llevarlo a la piscina yo misma y que me encargaría
de que se curara. Me puse un traje de baño para poder trabajar
con él en el agua. Cuando lo levanté de la cama para sentarlo en la
silla de ruedas, sentí un mareo. Supongo que debí haberme dado
cuenta de que no estaba lo suficientemente fuerte como para
poder hacer lo que quería. Pero no pude detenerme. Tenía que
ayudarle. Lo senté en la silla y le hablé durante todo el trayecto
hasta la piscina. Lo empujé hasta el borde...
Se interrumpió y nuevamente se hizo un gran silencio en la sala,
quebrado solamente por el rasguido de los bolígrafos de los periodistas
mientras escribían presurosamente en sus agendas de notas.
— Me agaché para aflojar las correas que sujetaban a Toby a la
silla, sentí nuevamente un mareo y comencé a caer. Debo... debo
haber soltado accidentalmente el freno. La silla empezó a rodar
hacia la piscina. Traté de agarrarla pero...pero cayó al agua con...
con Toby atado a ella —con voz ahogada continuó diciendo— :
Me tiré a la piscina y traté de soltarlo, pero las correas estaban
212
demasiado apretadas. Hice lo posible para levantar la silla hacia la
superficie, pero era... demasiado pesada. Era... demasiado...
pesada... —cerró los ojos un instante para ocultar su profunda
angustia y luego agregó casi en un susurro— : Traté de ayudar a
Toby pero le maté.
El jurado no se retrasó más de tres minutos en pronunciar su veredicto:
Toby Temple había muerto en un accidente.
36
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cumbre. Era insoportable —pensaba Rainger—. Pero era nuestro.
Clifton Lawrence estaba presente. El pequeño agente había ido al
peluquero y su ropa estaba recién planchada, pero sus ojos le
traicionaban. Ante sus compañeros eran los ojos de un fracaso. Clifton
tenía mucho que recordar también. Esa primera y absoluta llamada
telefónica. A Sam Goldwyn le gustaría que fuera a ver un joven cómico,
y la actuación de Toby en la escuela. No es necesario comer todo el pote
de caviar para saber si es rico, ¿no es así...? He decidido tomarte como
cliente, Toby... Si consigues meterte en el bolsillo a los bebedores de
cerveza no tendrás problemas con los que toman champaña... Puedo
convertirte en el artista más importante de todo Hollywood. Todos
soñaban con tener a Toby Temple: los estudios, los canales de
televisión los night-dubs. Tienes tantos clientes que a veces pienso que no
me dedicas suficiente atención... Es como hacer el amor en grupo, Cliff.
Siempre hay uno que queda insatisfecho... Necesito tu consejo, Cliff...
Respecto de esta muchacha...
Clifton Lawrence tenía mucho que recordar.
Alice Tanner estaba parada junto a él.
Revivía mentalmente la primera actuación de Toby en su oficina. Y en
algún lugar, oculto bajo todas esas estrellas cinematográficas, se oculta
un joven con mucho talento... Después de haber visto anoche a esos
profesionales no creo tener pasta de actor. Y cómo se enamoró de él
después. Oh, Toby, te quiero tanto... Yo también te quiero, Alice... Y
luego desapareció. Pero estaba agradecida porque en un momento dado
había sido suyo.
Al Caruso se presentó a rendirle homenaje. Estaba encorvado y con el
pelo gris y sus ojos castaños estaban llenos de lágrimas. Pensaba en lo
bueno que había sido Toby con Millie.
Sam Winters recapacitaba en la gran alegría que Toby Temple le había
brindado a millones de personas y se preguntaba a sí mismo cómo podía
compensarse eso con el sufrimiento que les había ocasionado a unos
pocos.
Alguien le dio un codazo y Sam se dio vuelta. Una muchacha de
dieciocho años, pelo negro y muy bonita le dijo:
— Usted no me conoce, señor Winters, pero me he enterado que busca
una chica para la nueva película de William Forbes. Yo soy de Ohio y...
David Kenyon se encontraba entre la concurrencia. Jill le había pedido
que se abstuviera de ir pero él insistió. Quería estar junto a ella. Jill
pensó que a esa altura ya no podía ser peligroso. Había dado por
terminada su representación.
La obra había sido sacada de la cartelera y su papel había terminado.
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Jill se sentía muy contenta y muy cansada. Parecía que la dura prueba a
la que se había visto sometida había consumido la dura corteza de
amargura que tenía en su interior, como si todas las heridas hubieran
sido cauterizadas junto con todas las desilusiones y odios.
Jill Castle había muerto en el holocausto y Josephine Czinski había
renacido en las cenizas. Estaba nuevamente en paz, llena de amor y
comprensión por todos, como no lo había estado desde su infancia.
Jamás se había sentido tan feliz. Quería compartir esa felicidad con el
mundo entero.
El entierro terminaba. Alguien tomó a Jill del brazo y ella se dejó guiar
hasta el coche. Al llegar allí vio a David que la miraba con adoración. Jill
sonrió. David le cogió las manos entre las suyas e intercambiaron unas
pocas palabras. Un fotógrafo de una revista les sacó una fotografía.
Echó una última y larga mirada a la casa pensando en todo lo que había
pasado allí. Recordó su primera comida, todas las otras maravillosas
fiestas que le siguieron y luego la enfermedad de Toby y la lucha para
lograr su total restablecimiento. Y luego... eran demasiados recuerdos.
Estaba contenta de irse.
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Temple —dijo — . El señor Kenyon nos encargó que cuidáramos
de que no le faltara nada.
David la llamó por teléfono a los diez minutos de haber llegado.
—¿Estás cómoda? —le preguntó.
—Es un poco apretado —respondió Jill riendo—. Tiene cinco
dormitorios, David. ¿Qué voy a hacer con todas esas habitaciones?
—Si estuviera ahí te lo mostraría —afirmó.
—Promesas, promesas —acotó bromeando—. ¿Cuándo te
veré?
—El Bretagne zarpa mañana a mediodía. Tengo que terminar
unos asuntos aquí. Te encontraré a bordo. Reservé la suite
nupcial. ¿Estás contenta, querida?
—Nunca me he sentido tan feliz —contestó. Y era cierto.
Todos los sufrimientos y disgustos del pasado habían valido la
pena. Ahora parecían lejanos y borrosos, como un sueño
imposible de recordar con exactitud.
—Mañana pasará a buscarte un coche. El chófer te entregará el
pasaje.
— Estaré preparada —anunció Jill. Mañana.
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— El capitán me encargó que le enviara sus saludos. La verá esta noche en
la cena. Me dijo que le comunicara que está entusiasmado con la idea de
celebrar la boda.
—Muchas gracias —respondió Jill—. ¿Sabe si ya está a bordo el señor
Kenyon?
—Acaba de llamar por teléfono anunciándonos que salía en ese momento
del aeropuerto. Su equipaje ya está aquí. Por favor, avíseme cuando
necesite cualquier cosa.
—Gracias —contestó Jill—. Por el momento nada. —Y era la pura verdad.
No había nada que precisara que no lo tuviera. Era la persona más feliz
de todo el mundo.
Golpearon a la puerta de la cabina y entró un camarero trayendo otro
ramo de flores. Jill miró la tarjeta. Las enviaba el presidente de los
Estados Unidos. Cuántos recuerdos. Pero los hizo a un lado y comenzó
a deshacer las maletas.
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— Soy un viejo amigo de Jill —dijo el hombre y David se sintió
más tranquilo—. Me llamo Lawrence. Clifton Lawrence.
—Encantado, señor Lawrence —estaba impaciente por seguir su camino.
—Jill me pidió que viniera a recibirlo —dijo Clifton — . Ha planeado una
pequeña sorpresa para usted.
—¿Qué clase de sorpresa? —inquirió David.
—Acompáñeme y lo verá. David titubeó un instante.
—Muy bien. ¿Será muy largo? Clifton Lawrence lo miró y sonrió.
—No lo creo.
Bajaron en el ascensor hasta la cubierta C, en medio del tumulto de los
pasajeros que se embarcaban y los acompañantes que los despedían.
Recorrieron un largo pasillo que desembocaba en una puerta doble.
Clifton la abrió e hizo pasar a David a un teatro grande y vacío. Miró
alrededor sorprendido y preguntó:
—¿Aquí?
—Aquí —respondió Clifton sonriendo.
Se dio vuelta y le hizo una seña al proyeccionista que estaba en la cabina.
El proyeccionista era codicioso. Clifton tuvo que darle doscientos
dólares para que consintiera en ayudarle.
-Me quedaré sin trabajo si llegan a descubrirme —protestó.
— Nadie se enterará —le aseguró Clifton — . Es sólo una broma.
Todo lo que debes hacer es cerrar las puertas con llave cuando
entre con mi amigo y proyectar enseguida la película. Saldremos
en diez minutos.
Finalmente consintió.
David miraba a Clifton asombrado.
-¿Una película? —preguntó.
-Siéntese, por favor, señor Kenyon.
David se instaló en una butaca que daba al pasillo y estiró sus piernas
largas. Clifton se sentó frente a él. Sus ojos no se apartaban de la
cara de Kenyon cuando se apagaron las luces y empezaron a aparecer las
brillantes imágenes en la gran pantalla.
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otra muchacha que le separaba las piernas e introducía la lengua en su
vagina. David se sintió descompuesto. Durante un esperanzado momento
pensó que tal vez era un truco fotográfico, una mentira, pero la cámara
registraba todos los movimientos de Jill. Entonces entró en escena el
mejicano, y cuando se acostó sobre Jill una turbia cortina roja cubrió los
ojos de David. Tenía quince años nuevamente y la que veía allí era su
hermana Betty sentada sobre el desnudo jardinero mejicano diciendo:
«Oh, Dios, cómo te quiero, Juan. Sigue haciéndome el amor. ¡No te
detengas!» mientras David permanecía parado en la puerta sin poder
creer que la que tenía frente a él era su hermana adorada. Sintió una
furia ciega y violenta, agarró un cortapapel de metal del escritorio,
corrió hacia la cama, hizo a un lado a su hermana y clavó el cortapapel en
el pecho del jardinero una y otra vez hasta que las paredes quedaron
cubiertas de manchas de sangre y Beth comenzó a gritar: «No, ¡Dios
mío, no! ¡Detente, David! ¡Le amo! ¡Vamos a casarnos!» Había sangre por
todas partes. Su madre entró corriendo en el cuarto y le hizo salir.
Luego se enteró que ella había llamado por teléfono al fiscal del
distrito, que era muy amigo de !a familia Kenyon. Tuvieron una larga
conversación en el escritorio y el cuerpo del mejicano fue llevado a la
cárcel. A la mañana siguiente anunciaron que se había suicidado en su
celda. Tres semanas después, Beth había sido confinada en una clínica
para enfermos mentales.
David revivió todo eso ahora y la insoportable sensación de culpa por lo
que había hecho le hizo perder la cabeza. Agarró al hombre que estaba
sentado frente a él y le encajó un puñetazo en la cara, insultándole,
diciéndole cosas desprovistas de sentido, atacándole por Beth y por Jill
y por su propia culpa. Clifton Lawrence trató de defenderse, pero no
había forma de detener los golpes. Un puño golpeó su nariz y sintió que
algo se rompía. Otro se incrustó en su boca y comenzó a chorrear
sangre. Se quedó parado indefenso, esperando otro golpe, pero de
repente cesaron. No se oía más sonido en la sala que su respiración
entrecortada y los quejidos sensuales que provenían de la pantalla.
Clifton sacó un pañuelo y trató de detener la hemorragia. Salió del
teatro tambaleándose, cubriéndose la nariz y la boca y se dirigió a la
cabina de Jill. Al pasar por el comedor, abrió la puerta de vaivén de la
cocina y entró en ella, empujando a los cocineros, los mozos y los camareros.
Encontró una máquina de hielo, envolvió unos trozos en una servilleta y la
puso sobre su boca y su nariz. Acto seguido se dirigió a la puerta. Pasó
frente a una enorme tarta nupcial adornada con las figuras de la novia y el
novio. Clifton estiró la mano, arrancó la cabeza de la mujer y la aplastó entre
sus dedos.
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Se dirigió entonces en busca de Jill.
El barco había zarpado. Jill sintió el movimiento del trasatlántico de cincuenta
y cinco mil toneladas al alejarse del muelle. Se preguntó qué le pasaría a
David que no llegaba.
Estaba terminando de vaciar las maletas cuando alguien golpeó la puerta. Jill
corrió hacia ella exclamando:
— ¡David! —la abrió y tendió los brazos.
Clifton Lawrence estaba parado al otro lado con la cara destrozada y
sanguinolenta. Jill dejó caer los brazos y le preguntó:
—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Qué... qué te ha pasado? ,
— —Sólo quería saludarte, Jill.
No podía comprender lo que le decía. —Y darte un mensaje de parte de
David. Jill le miró sin poder entender nada.
—¿Un mensaje de David?
—Clifton entró a la cabina.
Jill comenzó a ponerse nerviosa.
— ¿Dónde está David?
Clifton se dio vuelta hacia ella y le dijo:
—¿Recuerdas cómo eran antes las películas? Estaban los tipos buenos que
usaban sombreros blancos y los malos que usaban sombreros negros y uno
siempre sabía que al final los malos recibirían su merecido. Yo me crié en
medio de esas películas, Jill, pensando que la vida era realmente así, que
siempre ganaban los de los sombreros blancos.
—No entiendo una sola palabra de lo que dices.
—Resulta reconfortante saber que de vez en cuando la vida real se asemeja a
esas películas —sonrió a pesar de sus labios destrozados y agregó:— David
se ha ido. Para siempre.
Jill se quedó mirándole sin poder dar crédito a sus palabras.
En ese momento ambos sintieron que el barco se detenía.
Clifton se acercó a la terraza privada y miró hacia el costado del barco.
— Ven aquí.
Jill titubeó un instante pero luego obedeció, y se asomó muerta de
miedo. Vio allá abajo cómo David se subía a la lancha del práctico,
abandonando el Bretagne. Se aferró a la baranda para no caerse.
—¿Por qué? —preguntó con incredulidad — , ¿Qué pasó?
Clifton Lawrence se dio vuelta hacia ella y le dijo:
— Le hice ver tu película.
Comprendió enseguida el significado de sus palabras y exclamó:
—¡Oh, no, Dios mío! ¡No, por favor! ¡Me has matado!
—Entonces estamos en paz.
—¡Fuera de aquí! —gritó — . ¡Fuera de aquí! —se abalanzó
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contra él, incrustó las uñas contra sus mejillas arañándolo con
todas sus fuerzas. Clifton giró sobre sí mismo y la abofeteó
violentamente. Jill cayó de rodillas agarrándose la cabeza.
Clifton se quedó mirándola durante un buen rato. Así era como quería
recordarla.
— Hasta la vista, Josephine Czinski —dijo.
Salió de la cabina y subió hasta la cubierta de los botes, cuidando de
ocultar la parte baja de su cara con un pañuelo. Caminaba lentamente,
estudiando las caras de los pasajeros, buscando un rostro nuevo, un
tipo distinto. Era imposible saber a ciencia cierta en qué momento uno
podía tropezar con un nuevo talento. Se sintió dispuesto para empezar
a trabajar nuevamente.
¿Quién podía saberlo? Tal vez tendría una racha de suerte y
descubriría un nuevo Toby Temple.
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— Buenas noches, Dessard —dijo el capitán cordialmente y
bajando el tono de la voz le preguntó —: ¿ Qué pasó con la señora
Temple y el señor Kenyon?
Dessard miró a los otros comensales y susurró:
— Como usted sabe, el señor Kenyon se volvió con la lancha
del práctico. La señora Temple está en su camarote.
El capitán lanzó un juramento en voz baja. Era un hombre metódico al que
no le gustaba que rompieran su rutina.
—¡Merde! Ya había hecho todos los arreglos para la boda
—añadió.
—Lo sé, capitán —Dessard se encogió de hombros y alzó los
ojos al cielo—. Estos norteamericanos... —agregó.
Jill estaba sentada sola en la oscura cabina, acurrucada en una silla, con las
rodillas apoyadas contra el pecho, mirando al vacío. Sentía una terrible pena,
pero no por David Kenyon, ni por Toby Temple, ni siquiera por ella misma.
Sentía mucha lástima por una niñita llamada Josephine Czinski. Jill había
querido hacer tantas cosas por ella y ahora se habían desvanecido
definitivamente los maravillosos planes que había organizado.
Se quedó sentada sin ver ni oír, paralizada por una derrota que superaba
su entendimiento. Pocas horas antes había tenido el mundo en sus
manos, era dueña de todo lo que se le antojara, y ahora no tenía nada.
Se dio cuenta paulatinamente de que su jaqueca se había recrudecido.
No lo había advertido antes porque el otro dolor era tan intenso que
hacía desaparecer todo lo demás. Pero ahora sentía que le presionaba
cada vez más la banda que apretaba su frente. Acercó más las rodillas al
pecho, adoptando la posición fetal y tratando de aislarse de todo. Estaba
tan cansada, tan terriblemente cansada. Todo lo que quería hacer era
permanecer allí sentada para siempre sin tener que pensar. Entonces tal
vez el dolor cedería, aunque no fuera más que por un momento.
Se arrastró hacia la cama, se acostó y cerró los ojos.
Y entonces la sintió una vez más. Una ráfaga de aire helado y maloliente
se acercaba a ella, la rodeaba, la acariciaba. Y oyó su voz, que la llamaba
por su nombre. Sí, pensó, si. Jill se puso de pie lentamente, casi como si
estuviera en un trance y salió de la cabina siguiendo las indicaciones de
la voz.
Eran las dos de la mañana y no había nadie en las cubiertas cuando Jill
abandonó su camarote. Se puso a mirar el mar, observando el suave
golpeteo de las olas contra el casco del barco que avanzaba por el
océano, escuchando su voz. El dolor de cabeza había empeorado y se
había convertido en una verdadera agonía. Pero la voz le decía que no
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debía preocuparse.
— Mira hacia abajo —le ordenó.
Jill miró al agua y vio algo flotando. Era una cara. La cara de Toby que la
miraba sonriendo con sus ojos azules. La brisa helada comenzó a
soplar, empujándola suavemente contra la borda.
—Tuve que hacerlo, Toby —susurró—. ¿Lo comprendes, no es verdad?
La cabeza que flotaba en el agua asentía y se sacudía invitándole a
reunirse con ella. El viento se hizo más frío y Jill comenzó a temblar. No
tengas miedo, le decía la voz. El agua es profunda y caliente... Estarás
conmigo aquí abajo... Para siempre. Ven, Jill.
Cerró los ojos un instante, pero cuando volvió a abrirlos la cara
seguía todavía allí avanzando a la misma velocidad que el barco, los
miembros mutilados flotando en el agua.
— Ven a mí —insistía.
Se inclinó con la intención de darle una explicación a Toby para que la
dejara en paz, pero el viento helado la empujó y súbitamente se
encontró flotando en el suave y aterciopelado aire de la noche, girando en
el vacío. La cara de Toby se acercaba más y más, sintió que sus brazos
paralizados abrazaban su cuerpo y la estrechaban. Y quedaron unidos
para siempre jamás.
Y entonces solamente permanecieron la suave brisa nocturna y
el mar infinito.
Y las estrellas del cielo, en las que todo había estado escrito.
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