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com
INTRODUCCIÓN
EL VIAJE COMO FIN DE LA ANGUSTIA
—Nos iremos a España por un tiempo.
Súbitamente Erdosain tuvo la fría sen-
sación del viaje.
R. A., Los siete locos
En una entrevista de 1929 para una publicación bonae-
rense, un Roberto Arlt muy crítico con la literatura argenti-
na, de la cual aseguraba que iba a quedar apenas para la pos-
teridad Don Segundo Sombra, de su querido mentor Ricardo
Güiraldes, y El juguete rabioso, su debut como novelista tres
años atrás, se preguntaba y contestaba: «¿Qué opino de mí
mismo? Que soy un individuo inquieto y angustiado por
este permanente problema: de qué modo debe vivir el hom-
bre para ser feliz, o mejor dicho, de qué modo debía vivir yo
para ser completamente dichoso». A tenor de su trayectoria
personal atribulada desde que a los dieciséis años ya tuvo
que ganarse la vida en diferentes oficios después de que su
padre lo echara de casa —en una librería, como aprendiz
de hojalatero, de pintor y de mecánico, corredor de papel y
empleado en una fábrica de ladrillos y en el puerto—, y su
desafortunado matrimonio, que definió como «ocho años
de condenación», «ocho años de angustia», en una carta a
su hermana Lila poco después de esa entrevista, y cuyo do-
lor acababa de exorcizar a través de su alter ego Erdosain en
Los siete locos, tal preocupación por alcanzar la dicha cabrá
relacionarla estrechamente con su creación literaria. En la
misma misiva afirmaba, entre petulante y patético: «Soy el
mejor escritor de mi generación y el más desgraciado. Qui-
19
Aguafuertes
zá por eso seré el mejor escritor». Una percepción que, sin
embargo, pocos años después pudo sufrir, siquiera eventual
o ilusoriamente, un cambio esperanzador.
Tal cosa tiene una fecha de inicio que cambiará su vida
—la poca que le quedaría, hasta que en 1942 se lo lleve un
ataque cardíaco— e incluso su obra: el 14 de febrero de 1935,
cuando sube a bordo del Santo Tomé, en Buenos Aires, lle-
gando el día 23 al puerto de La Luz, en Gran Canaria; y una
fecha de regreso —el 22 de mayo de 1936, cuando el vapor
Cabo San Agustín atraca en Buenos Aires tras una corta es-
cala en Montevideo— que marcará tanto su nostalgia por lo
que ha visto y sentido durante quince meses, muy lejos de
su hogar y a la vez tan cerca al comprobar cómo el pueblo
gallego, por ejemplo, tiene lazos directos con la emigración
a la Argentina, como por la compasión y pena por la España
prebélica que conoció de cabo a rabo. Considerando este
punto de inflexión, Domingo-Luis Hernández señala las
dos etapas de Arlt antes y después de visitar España, cuando
el diario El Mundo, para el que escribía unos artículos sobre
su ciudad a pie de asfalto —primero sin firmar, luego con el
título de «Aguafuertes porteñas» sin firma, y al fin firman-
do R. A. primero y luego con su nombre completo— desde
que el diario se fundó, en 1928, bajo la dirección de un pe-
riodista nacido en Rusia y criado en Buenos Aires, Alberto
Gerchunoff, le envía al extranjero. Nuevamente, pues ya ha-
bía visitado Uruguay y Brasil en 1930 durante dos meses, y
hará lo propio en 1940, cuando salga por última vez de su
país como corresponsal en Chile. Por aquel final de los años
veinte, Roberto Godofredo Christophersen Arlt, nacido en
abril de 1900 y vecino del barrio de Flores, hijo de Carlos
Arlt, inmigrante alemán de Posen (hoy Polonia), y de la aus-
triaca Catalina Iobstraibitzer, del Tirol de lengua italiana, ya
es una figura pública al que le llueven las cartas y las visitas
de los lectores proponiéndole temas para sus columnas, es-
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Introducción
tableciéndose así una de las relaciones periodista-lector más
particulares e intensas que se podrá encontrar en el mun-
do de la eclosión de los medios de comunicación de masas.
El día anterior al embarque hacia Europa, Arlt hasta hace
patente ante sus seguidores la ilusión que le hace tamaña
aventura: «¡Y aún no puedo creerlo! Aunque a ustedes les
parezca un disparate. Sí, no puedo creerlo, tan largamente,
con tanto ardor de años e imposibilidades he deseado este
viaje». Hernández dice que, a ojos de Arlt, «lo que España
representa (en lo histórico, lo cultural, lo arquitectónico, lo
paisajístico, lo vital…) es la forma del paraíso soñado». Y el
autor, en esa nota de despedida titulada sencillamente «Se-
ñores… me voy a España» (12-II-1935), insiste en «la incre-
dulidad de que ocurra un prodigio tan próximo. Y aunque
les parezca pueril, a mí este viaje se me antoja extraordi-
nario, tan riquísimo de posibilidades, que hora tras hora le
tomo el pulso al tiempo decreciente que me separa del día
jueves en que me embarcaré».
Para Arlt, España es su admirado Pío Baroja —dice él
mismo en una aguafuerte porteña que sus otros maestros
son Dickens, Eça de Queiroz, Quevedo, Mateo Alemán,
Dostoievski, Cervantes y Anatole France; y en otra, pero
española, habla de cómo el nacionalismo vasco lo ha ningu-
neado— y las historias legendarias de bandidos andaluces
que conoció de niño. Saldrá así del ambiente rutinario y algo
sórdido que imperaba en sus días y al que se refirió rabiosa-
mente en unas «Palabras del autor» previas a la novela Los
lanzallamas, defendiéndose de que lo acusaran de escribir
mal dadas sus incorrecciones gramaticales y lamentando las
condiciones de su oficio: «Escribí siempre en redacciones
estrepitosas, acosado por la obligación de la columna coti-
diana», dice, para añadir que la escritura era para él todo un
lujo, ya que «ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo»;
más si cabe cuando los críticos decían que practicaba «un
21
Aguafuertes
realismo de pésimo gusto», lo que originó que se hartara de
enviar sus obras a la prensa. La nota, muy breve, daba para
mucho, pues se mofaba de que la gente idolatrara a Joyce, y
se mostraba abiertamente en la senda de lo que propugnaba
Kafka por cuanto seguía «escribiendo en orgullosa soledad
libros que encierran la violencia de un cross a la mandíbula».
A esta expresión alude Gustavo Martín Garzo al explicar
cómo para Arlt la literatura es un modo de rebelión frente
a «un mundo que hace de la mentira la base de la felicidad
humana», lo que le hizo concebir sus obras «como una crí-
tica del mundo biempensante de la burguesía y la intelec-
tualidad porteña». El entorno resulta incómodo siempre, y
el autor, despectivo y burlesco, sufriente e individualista, no
sale de la maraña de la angustia, «producto objetivo del es-
pacio urbano», como dice el narrador metaliterario de Los
siete locos, que incluye un capítulo justamente llamado «La
cortina de angustia», con un aislado Erdosain en situación
de nerviosismo en la cama, asumiendo cómo «el vacío está
en él, aunque él prefiere el sufrimiento al vacío». Pegados a
toda esta tela de araña de desasosiego infinito, los persona-
jes de Arlt se mueven entre la locura y el rencor, entre una
suerte de dependencia y afición a las prostitutas y el deseo
de humillación doméstica, entre el ansia suicida y la vena
asesina, entre las estrategias del crimen organizado y las ín-
fulas sociales revolucionarias.
Él mismo, viviendo con fulgor de reivindicación y
justificación propias al que tan dado era, dedicó una crónica,
«Los siete locos» (El Mundo, 27-XI-1929) a hablar del con-
tenido de su novela a partir de una pregunta de un lector.
En ella, detallaba la acción y el propósito de los personajes,
«individuos, canallas y tristes, simultáneamente; viles soña-
dores simultáneamente, [que] están atados o ligados entre
sí, por la desesperación. La desesperación en ellos está ori-
ginada, más que por la pobreza material, por otro factor: la
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Introducción
desorientación que, después de la gran guerra, ha revolu-
cionado la conciencia de los hombres, dejándolos vacíos de
ideales y esperanzas». Se trataba, a fin de cuentas, de indivi-
duos a quienes había conocido, aseguraba, gracias a su tra-
bajo como periodista, de tal forma que no había hecho nada
más «que reproducir un estado de anarquismo misterioso
latente en el seno de todo desorientado y locoide». Pero
un estado que también y sobre todo anidaba en su interior,
viendo y por tanto padeciendo la soledad despiadada del
hombre moderno, el abismo existencial más extremo que,
en su narrativa, se manifiesta con la paradoja de sentirse
muerto y querer vivir sin embargo, con la idea de que todo
está perdido y Dios es un ente que despreciar, y el amor,
inalcanzable al no acabar de surgir, la única salida digna.
Sus escritos, tan visiblemente antisentimentales, muestran
el fatalismo inevitable que nos rodea allá donde estemos, la
pena que aturde: Erdosain «encerraba todo el sufrimiento
del mundo, el dolor de la negación del mundo», se lee al
comienzo de la historia, y en estas palabras se percibe a un
Arlt desgraciado, hiperbólico a lo largo de todo el texto en
su apego por los «ladrones, macrós, asesinos, locos», que
emerge de su rebeldía personal, social, ciudadana, política
al fin y al cabo con la etapa de la historia que le ha toca-
do vivir: la angustia «implica frecuentemente en Los siete
locos y Los lanzallamas una difícil relación del individuo
con el tiempo. Arrojado al mundo, sin ningún asidero en el
pasado, sin futuro previsible, debatiéndose en un presente
desesperadamente vacío, el protagonista urbano se define
esencialmente por sus carencias», observa Maryse Renaud.
El asidero y el futuro, la esperanza del fin del vacío y la ca-
rencia, serán el Viaje.
En verdad, Arlt se lo había ganado. Hasta tal punto tuvo
éxito con sus artículos diarios, verdaderos apuntes de la
realidad cotidiana, informales y sinceros, que captaban
23
Aguafuertes
con chispa lo que sucedía en las calles y establecimientos
de Buenos Aires —cuando no meditaciones muy persona-
les con las que era fácil identificarse y tenían un punto de
provocación, como «El placer de vagabundear», «Soliloquio
del solterón», «Sobre la simpatía humana», «La terrible sin-
ceridad», «La inutilidad de los libros», «Si la gente no fuera
tan falsa…», «El derecho de alacranear», «El conventillo de
nuestra literatura», «La falsa benignidad periodística», por
nombrar aquellos títulos llamativos de las que me parecen
más hermosas y ocurrentes y divertidas de entre las mil
ochocientas que acabaría publicando—; un éxito tal, decía,
que, como escribió Raúl Larra en un artículo de 1952, «una
especie de desencanto surgía en el lector la vez que abría
El Mundo en la página 5 y no hallaba el aguafuerte». No se
trata tampoco de esta supuesta imprecisión en la que tam-
bién incurrió Juan Carlos Onetti, en el prólogo a una edi-
ción de Los siete locos de 1971, al señalar que el director del
periódico cambió el día en el que solía publicarse la agua-
fuerte (según él, los martes) para despistar a los lectores y
que tuvieran que comprar el diario todos los días; Arlt cola-
boraba en aquellas páginas con total continuidad, como ha
demostrado su mejor estudiosa actual, Sylvia Saítta, a la que
tanto debe la presente compilación, con sus ediciones de las
aguafuertes y su biografía El escritor en el bosque de ladrillos,
así que la anécdota que explica Onetti tal vez se deba más
a una leyenda apócrifa, y en todo caso se compensa con el
recuerdo de su cita con Arlt, impagable, a raíz de la suge-
rencia de un amigo que quería ayudarlo a publicar una no-
vela que acababa de escribir. «Mañana vamos a ver a Arlt»,
le dice, y la visita, ocurrida hacia 1935, es como una llave
maestra con la que irrumpir de pronto en la cotidianidad
del escritor: «Arlt tenía el privilegio, tan raro en una re-
dacción, de ocupar una oficina sin compartirla con nadie»,
apunta el uruguayo. Allí mismo se saludaron, Arlt hojeó la
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Introducción
obra que llevaba Onetti saltando muchas hojas, sin tardar
en asentir complacido, como si un rápido vistazo fuera sufi-
ciente para calibrar la calidad de un texto, y en seguida pasó
a otro asunto que le incumbía mucho más: lamentarse de
que no podía dedicarse a su novelística porque las aguafuer-
tes le tenían «loco. Todos los días se me aparece alguno con
un tema que me jura que es genial. Y todos son amigos del
diario y ninguno sabe que los temas de las “Aguafuertes” me
andan buscando por la calle, o la pensión o donde menos
se imagina». Era la contrapartida de haber congeniado tan
bien con el gusto popular: el acecho de la plebe significa-
ba todo un triunfo periodístico que, para Onetti, era «fácil
de explicar. El hombre común, el pequeño y pequeñísimo
burgués de las calles de Buenos Aires, el oficinista, el due-
ño de un negocio raído, el enorme porcentaje de amargos y
descreídos podían leer sus propios pensamientos, tristezas,
sus ilusiones perdidas, adivinadas y dichas en su lenguaje
de todos los días». Al parecer, según diferentes fuentes, El
Mundo pudo subsistir gracias a las «Aguafuertes porteñas»,
al despertar tal interés que se produjo un aumento del tiraje,
provocando que, como asevera Larra, de alguna manera
Arlt fuera un intocable, que se le soportaran «muchas co-
sas, sus irreverencias, sus burlas». En otro sitio, el mismo
ensayista arguye que hasta se le va a permitir hablar mal del
periodismo: «Se le ve como un niño terrible y se le toleran
todos sus gestos». Siempre en tensión, con su lucha por la
vida barojiana, Arlt antepone su autoridad egoísta antes que
la humildad diplomática aunque salga maltrecha la convi-
vencia, siempre actuando a la altura de su «personalidad
espontánea, anticonformista, iconoclasta y, en el plano pro-
fesional, a su didactismo, a su falta de respeto por las reglas,
por las enseñanzas, por el pasado y o el presente culturales
y literarios», consigna Mario Goloboff. Precisamente, en la
entrevista aludida al comienzo de esta introducción —apa-
25
Aguafuertes
recida sin firmar en la revista La Literatura Argentina—, no
tenía reparo en admitir que le gustaban los libros de Benito
Lynch (autor criollista famoso en su época) y Horacio Qui-
roga, algunos poemas de Leopoldo Lugones (al que criticará
de modo furibundo en varias aguafuertes porteñas, sobre
todo en «El conventillo de nuestra literatura») y algunos
ensayos de Jorge Luis Borges («que no tiene obra todavía»,
puntualizaba), pero se ensañaba en ese presente y pasado
literarios con la idea de que «no hay una cultura nacional.
Y las obras que llamamos nacionales como el Martín Fierro,
sólo le pueden interesar a un analfabeto».
Onetti podrá asistir a esta conducta de Arlt, entre vanido-
sa y despectiva, tanto en la redacción del periódico como en
la cafetería a la que luego van junto al amigo común; su ad-
mirado artista no parará de burlarse de colegas que, a su jui-
cio, escribían como si estuvieran aún a comienzos de siglo,
pese a que «no atacaba a nadie por envidia; estaba seguro de
ser superior y distinto, de moverse en otro plano», le excusa.
Una actitud esta que sin duda Arlt hacía explícita a viva voz,
además de en carta, como veíamos, y que resultaría del todo
antipática para más de uno. «Era un malevo desagradable,
extraordinariamente inculto», «Era un imbécil», «No servía
para nada», le dijo sobre él Borges a Adolfo Bioy Casares
—según éste anotó en sus diarios distintos días—, además
de calificarlo de «muy ingenuo», de llamarle «comunista»,
se supone que a modo de insulto, y llegar más lejos aún, por
la parte que nos toca aquí, al indicar que sus colaboraciones
en El Mundo se las reescribía algún compañero —Onetti
afirma que era frecuente que le corrigiera sus errores orto-
gráficos el director, Carlos Muzio Sáenz-Peña, que sustituyó
a Gerchunoff rebajando a la mitad el precio del periódico y
sacándolo de su inicial ruina— y que su fama no se podía
comprender. Esto dicho en privado, en la intimidad de su
casa o en la de su amigo, aunque en público, por ejemplo en
26
Introducción
uno de los libros de charlas a los que se prestaría en la última
etapa de su vida, Borges se limitara, por ejemplo hablando
con Fernando Sorrentino, a asociar «ese estilo un tanto des-
cuidado de Quiroga» con el de Arlt: «Sí, salvo que, detrás del
descuido de Roberto Arlt, yo siento una especie de fuerza.
De fuerza desagradable, desde luego, pero de fuerza». Y a
lo mejor, o probablemente, o seguro tenga razón. El precio-
sista Borges, de imaginación intelectual laberíntica, de per-
fección idiomática, no podía estar más alejado del Arlt que,
en la aguafuerte porteña «¿Cómo quieren que les escriba?»,
defendía su estilo de «hombre de la calle, de barrio, apostan-
do sin remisión ni arrepentimiento, sino con la seguridad
de los que confían en sí mismos sin pudor, por un idioma
sonoro, flexible, flamante, comprensible para todos, vivo,
nervioso, coloreado por matices extraños y que sustituirá
a un rígido idioma que no corresponde a nuestra psicolo-
gía», pues, alerta de forma en verdad incontestable: «Ade-
más, hay algo más importante que el idioma, y son las cosas
que se dicen». Arlt dixit: se publican libros malos argentinos
porque no hay buenos y los periódicos se niegan a criticar-
los negativamente para que los editores puedan ganar dine-
ro con ellos; el periodista es un vago que no sabe ni leer ni
escribir y que se muestra incompetente y desvergonzado a
la hora de emplearse en cualquier asunto del que no tiene ni
idea; el nacionalismo que usó el exotismo del gaucho, para
él sinónimo de enemigo retrógrado de la civilización, es
«carnavalismo»; los políticos que prometen «mares y mon-
tes», cuanto mejor sepan mentir, mejor políticos serán; de
poco les sirvió la cultura o los libros a Alemania, Inglaterra
y Francia al enviar a Europa a una guerra catastrófica; el es-
critor es un simple operario que se gana el puchero y para
ello no duda en contradecirse o desorientar a la población;
la mayoría de la gente miente continuamente, sobre todo en
el campo amoroso; la ciencia es inútil que progrese si los se-
res humanos continúan teniendo el corazón duro y agrio…
27
Aguafuertes
Arlt dijo así lo que le vino en gana, o al menos un vein-
ticinco por ciento de lo que quería según dijo él mismo
—como recoge Saítta en su biografía arltiana, «pues mu-
chas veces el director manda su nota al canasto o tacha de
una plumada un trozo de nota» o corrige «paternalmente,
sus numerosos errores»— gracias a ese escaparate a modo
de viñetas sociales que fueron las aguafuertes porteñas, de
acentuado signo local o personalista antes de que cruzase el
Atlántico y otra forma de escribir para informar, contagia-
da de un sentimiento nuevo —el asombro emocionado— y
de un alto grado de rigor informativo, tomara el testigo y
el cinismo de antaño tuviera menos excusas para acaparar
líneas y líneas. Y es que, a fin de cuentas, las aguafuertes
bonaerenses servirían para conocerlo tanto como narrador
como persona: «A la luz del periodismo es dable ver mu-
chas de sus virtudes, pero también muchos de sus defectos.
Arlt es rápido, arriesgado, moldeable, un sobreviviente nato,
pero también es un autodidacta, aunque no un autodidacta
en el sentido en que lo fue Borges: el aprendizaje de Arlt se
desarrolla en el desorden y el caos, en la lectura de pésimas
traducciones, en las cloacas y no en las bibliotecas», escribió
en un artículo Roberto Bolaño; y Juan Villoro, en otro con-
creto sobre El juguete rabioso, dice con razón que «Arlt es un
goloso de la originalidad; para él, escribir significa escribir
de otro modo». El mismo Arlt definió ese otro modo en «La
crónica nº 231», en la que celebraba, en el último día del año
1928, la satisfacción de haber escrito tanto para El Mundo,
con plena libertad (?) para denunciar lo que consideraba
una tontería, atacar una injusticia y decir lo que es uno sin
restricciones: «Escribo en un “idioma” que no es propia-
mente el castellano, sino el porteño», dice en un pequeño
apartado titulado «Léxico» dentro de la columna. «Y es aca-
so por exaltar el habla del pueblo, ágil, pintoresca y variable,
que interesa a todas las sensibilidades.» Y de manera harto
28
Introducción
distinta, se podría añadir, tras leer «Las “Aguafuertes” como
autobiografismo y colección», de David Viñas, que ve a Arlt
como un escritor turista en España más que como el flâneur
que deambulaba por Buenos Aires y ponía en práctica su
prodigioso poder de observación; se trata, ya en suelo es-
pañol, según este estudioso que se ocupó de editar amplia-
mente una selección de aguafuertes (con apenas unas pocas
españolas), «de un corresponsal que hasta porta cámara fo-
tográfica, artefacto impensable en el porteño que morosa-
mente se disponía a escuchar en los cafés, en las plazas o en
el tranvía a sus conciudadanos». La comparación suena al
menos en exceso parcial; de la misma manera sería injusto,
dándole la vuelta al argumento desde este lado del océano,
banalizar el localismo inherente de esas prosas porteñas y
circunscribirlas a una suerte de entretenimiento rutinario,
olvidándonos que también guardaron una gran impronta
sociopolítica, ya que Arlt escribió —incluso con un fotógra-
fo a su lado cuando acudió a barrios periféricos depaupera-
dos— sobre temas tan candentes de la época como el golpe
de Estado de 1930, el fusilamiento del anarquista italiano
Severino di Giovanni o el penoso estado de los hospitales
de la ciudad. Por otra parte, es indudable que fueron las
aguafuertes españolas, obligadas por las circunstancias a un
cambio de enfoque y estilo por tener el objetivo de trans-
mitir una realidad lejana, nueva y variada como la España
pobre, convulsa y tradicional de los años treinta, las que re-
orientaron la sección de Arlt hacia un plano mayor, en el
que sus dotes de observador —«Pocos escritores han depen-
dido tanto de los ojos como Roberto Arlt», apunta Villoro
al hablar de «su fascinación por la ciudad» y los materiales
con los que está construida— brillaron al describir el duro
mundo de la pesca en Andalucía o Galicia, la religión o la
política en el País Vasco, el atroz trabajo de los mineros en
Asturias, las revueltas callejeras en Madrid o la explotación
29
Aguafuertes
laboral a los niños y la discriminación hacia las mujeres en
Marruecos.
El lector podrá comprobar lo dicho en el presente volu-
men, el primero en reunir en España un número amplio de
las aguafuertes que el escritor publicó a raíz de su viaje eu-
ropeo, incluyendo, respetando la disposición de las propias
Aguafuertes españolas, editadas en 1936, con los veintitrés
textos que el autor dividió en tres apartados: «Cádiz», «Ma-
rruecos» y «Granada», sólo tres años después de seleccionar
sesenta y nueve de las casi mil aguafuertes que llevaba es-
critas hasta ese momento para el volumen de Aguafuertes
porteñas. En la biografía de Arlt publicada originalmente
en 1950, que puso el acento en la supuesta ideología comu-
nista de su objeto de estudio, pese a que el autor no mi-
litó en el Partido, limitándose a colaborar con varias de
sus publicaciones, Raúl Larra comenta, sobre las crónicas,
el «humor cáustico y amargo que sirven para expandir su
nombre en longitud creciente» y que se convierten en todo
«un nuevo género literario —aspectos de la vida porteña
y sus tipos»; fundamentalmente, gracias al «poderoso don
de observación que lo distingue, esa facultad para captar el
matiz pintoresco, ridículo, sensacional, le han de servir para
componer ese panorama ciudadano donde el hombre es el
principal elemento del paisaje. Sabe ver, sabe descubrir».
Aunque hacerlo cada día implicaría la amenaza de cierto
desgaste, como apunta su hija Mirta al prologar brevemen-
te una edición de las Aguafuertes españolas, tras hablar del
sufrimiento que se vivió en casa cuando su padre marchó,
aludir al aliciente económico que todo ello suponía y a esa
«obligación de mantener el interés» del lector ampliando
horizontes. Y realmente lo conseguiría, porque en las agua-
fuertes «españolas» —también nombradas «africanas», «ga-
llegas», «asturianas», «vascas» y «madrileñas» (también di-
chas unas pocas «Cartas de Madrid» y «Cartas de España»),
30
Introducción
dependiendo del lugar sobre el que hablara— se aprecia una
calidad de observación fina extraordinariamente honda de
continuo, una mirada plena de humanidad, conmovedora,
drástica y sensible al mismo tiempo, de ahí que «su falta de
presunción y su desvalimiento, su mezcla de ternura y de
agudeza, su indulgencia para juzgar a los hombres, su falta
de temor a la contradicción, su meditación filosófico-por-
teña, ganan al auditorio», sostiene Mirta. Por así decirlo, se
trata de una escritura periodística hermoseada por su verbo
literario, más consciente de las consecuencias de su lectura
ante un público, el de siempre, que de repente era forzosa-
mente otro: «Las Aguafuertes españolas lo apartan de la veta
socarrona de las Aguafuertes porteñas. Alterna el asombro
y la ternura con la causticidad crítica. Se ha sumergido en
un mundo nuevo y diferente del nuestro. No puede trabajar
con sobrentendidos porque el lector porteño no comparte
el escenario. Habrá que ingeniarse para no fatigar. La nece-
sidad lo coloca en escritor-actor que se dirige a un lector-
espectador», dice sabiamente su hija, quien recordando las
fotos y cartas que iría recibiendo de su padre, alude a cómo
él fue sintiendo «un acentuado amor por el color, la música
y la gente de España» pese a ver como nunca en su vida
tanta miseria a lo largo de su peregrinaje por más de diez
ciudades y treinta pueblos.
Precisamente, en cartas destacadas por Larra, a su madre
y a su hermana Lila —muerta muy precozmente, en 1936,
por culpa de una tuberculosis pulmonar—, les da cuenta de
la pobreza extrema que ve en España, donde «no hay ca-
rro de basura porque nada es basura, no se tira nada». Y
aun dice: «Francamente, estoy decepcionado. Hay mucho
material para el periodista pero en cambio un atraso y una
mugre y una barbarie tal como únicamente podés encon-
trarla en el último rancherío de Córdoba». Arlt, por cierto,
se había instalado en esta ciudad de la zona central argenti-
31
Aguafuertes
na en 1920, en un tiempo decisivo para él: en 1921 hace el
servicio militar en Alta Córdoba y conoce a la causante de
tanta infelicidad, Carmen Antinucci, con la que se casa en
1922 —jamás le perdonará a ella y a su suegra que le ocul-
ten la tuberculosis que padecía— y tiene a Mirta en 1923,
cuando está preparando El juguete rabioso y no tardará en
empezar a colaborar con sus relatos en la revista Don Goyo.
Arlt presumirá del hecho de que pocos españoles conocen
su propio país tan bien como él, que lo recorre de sur a nor-
te, y no puede evitar compararlo con su tierra en esa ocasión
y otras. Pero ¿qué le enseña, qué espera de España desde que
publica el 13 de febrero de 1935 «Mañana me embarco», en
una sección que titula «Hasta la vista», y el día 25 «Ya esta-
mos a bordo», esta vez con el lema «Aguafuertes de viajes»?
En un ensayo enmarcado en un volumen colectivo sobre la
inmigración de escritores hispanoamericanos a España en
el periodo de entreguerras, Saítta alude a «la España musul-
mana, cuyos rasgos moriscos habitan en el sur de la penín-
sula, pero es también la austera y laboriosa España del norte
del país. Es la España de la pandereta y de los mantones, de
los paisajes pintorescos y de los panoramas de tarjeta postal,
pero es también la España negra que asoma en Toledo, en
los cuadros de El Greco, en las series de Goya. Es la Espa-
ña castiza, atravesada por las historias de sus reyes y de sus
clérigos, pero es también la España proletaria, politizada, al
borde de la guerra civil». Toda esa España tópica y previsi-
ble, poliédrica, compuesta de muchos países dentro de uno
claramente que contrastan en sus maneras de ser y tomar-
se la vida, parece fascinar a Arlt una vez se deshace de la
decepción que le supone encontrarse, desde que pisa suelo
canario, con un pueblo que se pasa las horas discutiendo de
política y malvive de modos que despiertan la compasión,
describiendo con punzante detallismo y vivacidad el deve-
nir de las gentes que le acogen y le hablan. De su observa-
32
Introducción
ción curiosa, de sus iniciativas valientes a la busca de expe-
rimentar el ambiente del que quiere transmitir su realidad
más fidedigna, surge la comprensión volcada en empatía,
la afinidad fraternal, lo piadoso; llegan hasta el fondo de su
alma los padecimientos ajenos, y la oscuridad de lo nuevo
se ilumina gracias a su trabajo investigando en bibliotecas y
entrevistándose con todo aquel que pueda ayudarle; y en-
tonces, con cada largo y pesado trayecto en tren, el amor por
el lugar se va haciendo enamoramiento, muy en especial en
la ciudad de Tánger, y el gusto por otra urbanidad semejante
y a la vez distinta a la bonaerense llega a su cenit al pasear
por su adorada Madrid.
Pareciera que el viaje dulcificó a Arlt, o lo humanizó, o
lo esperanzó, o le quitó de encima esa pulsión nerviosa que
lo descontrolaba y estimulaba a partes iguales, incluso en
proyectos patentados a los que dedicó esfuerzos e ilusiones
incontables, como se desprende de las cartas enviadas a su
hija. «Porque el pobre hombre —cuenta Onetti— se defen-
dió inventando medias irrompibles, rosas eternas, motores
de superexplosión, gases para concluir con una ciudad. Pero
fracasó siempre» y, en efecto, su ensoñación de hacerse rico
con un invento que revolucionara los hábitos de consumo
no alcanzarían puerto alguno, aunque, sigue el uruguayo,
«me consta que tuvo fe y que trabajó en sus fantasías con se-
riedad y métodos germanos. Pero había nacido para escribir
sus desdichas infantiles, adolescentes, adultas. Lo hizo con
rabia y con genio, cosas que le sobraban». Arlt fue su propio
juguete rabioso, estuvo amenazadoramente armado con un
lanzallamas, fue uno de los siete locos en los que se encarna-
ba cada día de la semana: lo fue antes de su visita a España
y al norte de África, lo fue después a la vuelta, pero tal vez
en aquel año de recorrido incansable, incluso viajando en-
fermo en tren y jugándose la vida en los altercados de un
Madrid asesinamente político, vivió en una suerte de oasis
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Aguafuertes
en el que nunca ancló en Buenos Aires, y tal vez sintió haber
vivido ese paréntesis del fin de la angustia en el momento
en que, al decir de Martín Garzo, «se da cuenta de que su
viaje ha sido a la vez un viaje en el espacio y en el tiempo,
un viaje físico y espiritual. El viaje, en definitiva, que le ha
permitido encontrarse con esa verdad que como escritor
no había dejado de buscar desde que empezara a escribir».
Una verdad, vale decirlo, compleja, extraña, inclasificable,
si hablamos de Roberto Arlt, novelista que abandonó la no-
vela para consagrarse al teatro; hombre infeliz casado que
se deprimió en prostíbulos y buscó escarceos con sirvientas
y mujeres también casadas, que se volvería a casar y a ha-
cer desgraciada a otra mujer y hacerse desgraciado él mis-
mo de nuevo —Carmen muere en 1940, ya con el divorcio
en proceso, y Arlt contrae segundas nupcias enseguida, en
Uruguay, con la periodista Elizabeth Shine, aunque no le da
tiempo de conocer a su hijo, Roberto Arlt, que nacería tres
meses después de que a él lo mate una asistolia miocardi-
tis crónica—; narrador urbano por antonomasia que usó su
viaje a Marruecos para reinventarse en un narrador distinto,
practicando «una escritura prácticamente libre de defectos
formales pero al servicio de mediocres cuentos exóticos, na-
cidos de un tardío y deslumbrado descubrimiento de otras
regiones del mundo», como escribió Julio Cortázar en 1981
al referirse al volumen El criador de gorilas, compuesto de
relatos que, en pleno viaje, iría publicando en Mundo Argen-
tino y El Hogar y que ya no destilaban ese perfume desinhi-
bido, agresivo, desacomplejado de sus ficciones anteriores.
Publicado en Chile en 1941, país por el que siente un gran
interés al final de su vida y que le servirá de escapatoria de
su segundo matrimonio, como explica Saítta en su biogra-
fía, en esa colección de cuentos con títulos que remiten a
personajes musulmanes surge el Arlt que descubre cómo «el
mundo se desvela por el revés», a juicio de D.-L. Hernández:
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Introducción
«Ahí lo primitivo (lo “medieval”) toma carta de naturale-
za». Así, irrumpe el recurso socorrido de la oralidad y la
sombra de Las mil y una noches, más su afición por el cine
y las películas que recreaban el país marroquí, en historias
llenas de clichés y exotismo consabido. Habrá que buscar en
otros cuentos no recogidos en libro, y publicados en 1937-
1939 en la prensa, el impacto de su viaje español extendido
a su narrativa: por ejemplo, en «La doble trampa mortal»,
sobre espías, en el que se habla de las elecciones políticas
y se menciona Ceuta, al «literato» Azaña y a Gil Robles; en
«El embrujo de la gitana», en el que la Alhambra y Granada
y los toros tienen gran protagonismo; o en «La taberna del
Expoliador», ubicado en el Toledo del Greco y que refleja lo
que sería sin duda el sentimiento de Arlt a su vuelta, menos
de dos meses antes de que estalle la guerra: «… y es que me
parte el alma hablar de España, y recordarla cómo fue, y
saberla tan despedazada».
Y es que, al regresar, Arlt era otro hombre: «Ahora toma-
ba chocolate a la española, espeso; por las tardes escribía,
estudiaba, escuchaba música oriental y española. La voz de
Concepción Badía [soprano y pianista relacionada con Gra-
nados, Falla y Casals] llenaba los cuartos. La Nana de Falla
lo enternecía hasta el arrobamiento evocativo», rememo-
ró Mirta. Un temporal fin de la angustia, se podría pensar,
ocupó su mente y su corazón antes que la vehemencia y su
temperamento irascible dejaran huella en su nueva esposa
y el resto de su familia y compañeros de trabajo, mezclado
con su nostalgia por la aventura vivida, por su compromiso
por los ideales republicanos y su posicionamiento antifran-
quista, ardiente en la distancia, con el impulso del periodista
de raza que desea estar allá donde está ocurriendo lo más
importante. Justo lo contrario de la reanudación de la ru-
tina tras la peripecia europea, de la cotidiana oficina de El
Mundo, de escribir para publicar o estrenar en un teatro a
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Aguafuertes
la espera de las reacciones, nunca suficientemente halaga-
doras. «Uno, todos los días hace lo mismo, dice las mismas
mentiras y las idénticas verdades; aburre a unos y distrae a
otros, molesta a alguno y se hace odioso a varios, ¿vale la
pena vivir? ¿Para qué?», se decía Arlt en la aguafuerte porte-
ña «Días de neblina» (30-VI-1930), melancólica y preciosa.
Cada una de esas afirmaciones y esas dos últimas pregun-
tas, abiertas, retóricas, tendrían una respuesta y un sentido,
un desafío y una esperanza, en tierras españolas y africanas,
que contrarrestarían los cuarenta y dos años que pasó opi-
nando sobre sí mismo, analizándose para sentirse diferente
y mejor que los demás, rebuscando entre sus inquietudes y
angustias cómo resolver el problema permanente, pero fa-
talmente irresoluble, de cómo vivir para ser feliz.
Toni Montesinos
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