100% encontró este documento útil (3 votos)
1K vistas159 páginas

23 de Octubre - R. Freire PDF

Cargado por

Dennis Skyler
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (3 votos)
1K vistas159 páginas

23 de Octubre - R. Freire PDF

Cargado por

Dennis Skyler
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

23 DE OCTUBRE

R. FREIRE

Si tuviera la posibilidad de elegir entre la experiencia


del dolor y la nada, elegiría el dolor.
William Faulkner
Mi lado izquierdo
Estrellas fugaces
Día de turismo
Un poco de música clásica
La bañera
Una noche juntas
Nunca se me habría ocurrido
Una visita inesperada
Una charla con mamá
Una historia sencilla
El lado izquierdo de Sandra
23 de octubre
Mi lado izquierdo
—Llegamos en cinco minutos, ¿podrías intentar no parecer un alma en pena?
Mirando obstinadamente por la ventanilla del coche, contesto a mi madre sin
tratar de disimular mi hastío:
—¿Debo fingir que todo es normal?
—Por dios Laura, todo es normal, no irás a decirme que…
—Déjalo mamá, en serio. Procuraré no hacerte sentir incómoda.
Mi madre resopla, debatiéndose entre la indignación y la angustia. Aunque sé
que no estoy siendo justa con ella, tampoco hago ningún esfuerzo por mejorar
la situación. Entender sus motivos no hace que la perspectiva de pasar un mes
en el infierno con la hija rarita de su amiga de la infancia deje de parecerme
una broma de mal gusto. Normalmente, me habría quedado sola en Madrid,
pero por lo visto eso no es una opción, no después del accidente.
—¡Virgi, qué alegría!
Hemos llegado. Mi madre se baja del coche y abraza con fuerza a su amiga,
que la premia con dos sonoros besos en las mejillas, ¿tendrá la suficiente
presencia de ánimo para hacer lo mismo conmigo? Casi disfruto al hacer
apuestas mentales sobre ello; imagino a Lourdes nerviosa, sin atreverse a
decir nada y fingiendo que nada ha cambiado en mí.
—Laura, estás… muy mayor, ¿cuánto tiempo ha pasado?
Siete años, siete veranos escapando de este soporífero lugar y de Sandra, su
introvertida y extrañísima hija con la que no tengo absolutamente nada en
común. La última vez que nos vimos las dos teníamos quince años y éramos
solo unas crías, pero no creo que ahora las cosas vayan a fluir mejor entre
nosotras. Por otra parte, he ganado mi apuesta: Lourdes me ha besado
haciendo ver que todo es normal en mi lado izquierdo, ¿habrá recibido
indicaciones al respecto de mamá?
—Pasad, pasad, estaréis agotadas, ¿queréis tomar algo?
—¿Dónde está Sandra? —pregunta mi madre, que me ha mirado irritada por
mi evidente y absoluto desinterés al respecto.
—Ha salido a dar un paseo, estará a punto de llegar.
Genial, ya no recordaba los estúpidos paseos, única actividad posible en este
lugar olvidado del mundo. Tal vez debería señalar que la amiga de mi madre,
como heredera de una familia pudiente, es propietaria de una mansión situada
a siete kilómetros del pueblo más cercano. Alrededor, un bosque de pinos tan
frondoso que a duras penas puede verse la luz del Sol. Posibilidades de
diversión, ninguna; cobertura en el móvil, prácticamente nula.
Afortunadamente, mi silencio queda en un segundo plano ante la verborrea
incontenible de las dos amigas, que llevan once meses sin verse y tienen que
contarse muchas cosas para ponerse al día. Enseguida estamos las tres
tomando un refresco en la mesita de piedra que hay al aire libre, cerca de la
puerta principal del edificio.
Lourdes está muy avejentada, ha cambiado mucho desde la última vez que
estuve aquí. Mentiría si dijera que eso no me hace sentir bien, aunque suene
muy mezquino. En mi descargo, diré que hace dos meses tenía sentimientos
más nobles… pero es que hace dos meses yo era una persona distinta, por
mucho que mi madre se esfuerce en hacerme pensar lo contrario.
Me duele ver su mirada preocupada. Noto cómo se refugia en su amiga y cómo
a veces, sin poderlo evitar, me espía a hurtadillas. Pero yo oculto hábilmente
mi lado izquierdo, es increíble la habilidad que he desarrollado para eso en
apenas ocho semanas. Es como si hubiera sido así durante toda mi vida: de un
modo incluso inconsciente, me coloco siempre de forma que sea mi mejilla
derecha la que queda a la vista de los que me rodean.
—Ahí llega Sandra —dice de pronto nuestra anfitriona haciendo un gesto de
saludo con la mano—. Tiene muchas ganas de verte Laura, ¡hacía tanto que no
nos hacías una visita!
¿Será tan estúpida esta mujer como se esfuerza en aparentar? ¿Es que no sabe
que su hija y yo nunca nos soportamos la una a la otra? Ella era la empollona,
siempre con libros, siempre con esas estúpidas gafas que conseguían ponerme
nerviosa. Por mi parte, no miento si digo que siempre he sido el centro de
atención, el objeto de deseo de todos los chicos y la triunfadora cuyo móvil no
está en silencio nunca más de cinco minutos. Pero he usado bien el tiempo
verbal, era… ¿cómo va a ser mi vida a partir de ahora?
—Sandra, estás guapísima —mi madre se levanta y abraza a la recién llegada
como si ya nunca fuera a soltarla—. Mira quién está aquí, ¿te acuerdas de
Laura?
—Claro que me acuerdo, ¡cuánto tiempo sin verte!
Nuestras mejillas se han rozado apenas un instante. Eso sí, ha conseguido que
el tiempo de contacto sea equitativo en ambos lados. Siendo justa, debo
reconocer que se ha comportado con naturalidad, con corrección pero sin los
excesos de su madre, igual que hacía antes.
Me fastidia reconocer que no es tan fea como la recordaba. Ahora usa unas
gafas algo más monas y, además, tiene unos muslos más llenos y mejor
torneados de lo que hubiera podido esperarse. De cualquier modo, lleva un
corte de pelo horrible, no le queda bien, tan corto, ¿cómo puede una chica de
mi edad ser tan descuidada en lo que se refiere a su aspecto?
Lo malo es que ya no podré seguir en silencio. Ahora tendré que fingir que
Sandra y yo tenemos algo en común, mantener una conversación, ¡y eso durante
un mes! Al pensar que, de no haber sido por el accidente, yo ahora estaría en
Madrid, haciendo planes con Javier y con la casa para mí sola, siento unos
deseos infinitos de llorar. Pero no puedo preocupar más a mamá, de modo que
miro a mi “amiga” y trato de mostrar interés por lo que me dice.
—Me ha dicho mi madre que trabajas en una tienda de ropa.
¿Acaso tiene algo de malo? Ella debe ser ya arquitecta, o al menos está a
punto de acabar la carrera, según he oído. Yo no iba a ser dependienta, al
menos no toda la vida, y de nuevo siento un nudo en la garganta al pensar en el
contrato que estaba a punto de firmar, en todo lo que se me escapó entre los
dedos en apenas diez segundos.
—Tienen una ropa monísima —interviene mi madre, con gesto preocupado—.
¿Por qué no te pasas algún día? Laura puede hacerte descuentos.
—Es probable que lo haga, yo no tengo ni idea de ropa.
Eso es evidente, aunque con los vaqueros cortos y una camiseta, en este
desierto su falta de gusto pasa totalmente desapercibido.
—Estoy segura de que lo vais a pasar genial las dos juntas este mes —dice
Lourdes, al tiempo que pone una mano sobre la mía.
—Claro.
Mi madre me mira como si quisiera asesinarme. Sé que tiene parte de razón,
no puedo pasar un mes aquí empleando solo monosílabos, pero es que no
soporto la actitud de Lourdes. Finge que no lo ve, que no hay nada distinto en
mí, y eso me saca de mis casillas. Siendo justa, debo reconocer que también
me molestaría que hiciera lo contrario, como hace mucha gente. “Apenas se
nota, con un poco de maquillaje…”. También están los que tienen la capacidad
de predecir el futuro: “hoy los médicos hacen milagros, seguro que con un
injerto…”.
Les odio a todos, ¿por qué no me dejan en paz? Que se olviden de mí, que no
me dirijan la palabra, que me dejen refugiarme en mi soledad, ¿no se dan
cuenta de que mi vida está destrozada para siempre? No necesito ni su
consuelo ni su lástima.
—¿Quieres que te ayude a subir las cosas a tu habitación?
La pregunta de Sandra me permite rescatar mi mano de entre las de Lourdes, y
las dos subimos al piso de arriba mi maleta y la de mi madre. La joven me
enseña el que será mi dormitorio durante el próximo mes, amplio y acogedor,
aunque en este momento me daría igual tener que dormir en el suelo o en una
habitación llena de cucarachas.
—Tienes un cuarto de baño para ti sola. Creo que hay de todo —me dice al
abrir la puerta que hay dentro de la habitación—, pero si necesitas algo no
dudes en pedírmelo.
—Gracias… está todo perfecto.
Las dos nos quedamos en silencio unos segundos, y yo me apresuro a desviar
la mirada del espejo donde, por mucho que lo intente, es imposible ocultar lo
que tanto me atormenta. Justo cuando la situación empieza a ser incómoda,
desde la planta de abajo nos llega la voz de Lourdes, proponiendo que nos
arreglemos para bajar a cenar al pueblo y celebrar así nuestra llegada. Antes
de responder, Sandra se encoge de hombros, arquea las cejas y suelta un
enorme suspiro.
—¿Crees que podremos soportarlas un mes? Mi madre es tan pesada…
—Entonces es el complemento perfecto para la mía.
Sandra ha sonreído, y yo me he sorprendido a mí misma haciendo lo mismo.
Ha sido la primera sonrisa en muchas semanas.
***
Apenas Sandra me deja sola para arreglarme, vuelve a ocurrir. Es algo contra
lo que no puedo luchar, es como sentirse atraída hacia lo que más pavor te
infunde pero que al mismo tiempo te llama con una fuerza irresistible.
Conteniendo el aliento, entro en el cuarto de baño, enciendo la luz y…
Con el rostro girado hacia la izquierda, veo mi mejilla derecha. La piel es
suave, sedosa, perfecta. Es la piel que iba a suponerme un jugoso contrato
para anunciar una crema de belleza. Era mi pasaporte a la fama, mi primer
trabajo como modelo profesional, el sueño de toda una vida.
El corazón me late con fuerza. Recuerdo como si hubiera sucedido ayer la
tarde de aquel maldito viernes. Javier aparece con la moto, pero solo lleva un
casco. Estoy a punto de no subir con él, pero llegamos tarde y me apetece
mucho el plan: reunión de antiguos amigos del instituto, donde sé que más que
nunca voy a ser la estrella, ¡voy a grabar un anuncio para la televisión!
La calle está mojada, ha debido caer un chaparrón de inicios de verano.
Luego, todo se precipita, el bocinazo de un camión, el frenazo de Javier, yo
saliendo despedida y resbalando sobre la acera. Al principio no noto ningún
dolor y, cuando me levanto sin ayuda, pienso aliviada que todo ha quedado en
un susto. Pero entonces mi novio se acerca a mí, el casco ya en la mano y,
cuando me ve, en su rostro veo el terror dibujado de un modo que me asusta.
Solo entonces noto la mejilla izquierda dolorida, y al llevarme allí la mano la
retiro llena de sangre, y entonces me mareo y todo se vuelve confuso.
Despierto en el hospital, y a mi lado están mis padres. Debe ser grave, porque
desde que se separaron apenas se hablan y ahora están los dos muy juntos y sin
pelearse. Sin embargo, un médico muy sonriente entra y nos dice que todo va
bien y que no hay nada roto, que el escáner descarta cualquier tipo de lesión
cerebral y que en un par de días podré irme a casa.
No es hasta una semana después cuando compruebo la tragedia que acabo de
protagonizar. Mis padres no se han atrevido a decirme nada, y yo misma he
querido fingir que no había motivo para preocuparse. El mismo médico
sonriente del primer día hoy está más serio, y me advierte que, tal vez, a lo
mejor, mi rostro…
Recordar me hace daño, pero soy incapaz de dejar de repetir en mi mente una
y otra vez todo lo ocurrido. Me obligo a mí misma a girar lentamente la cabeza
delante del espejo. De frente, apenas veo un pequeño hilo que sale de la
mejilla izquierda hasta terminar casi en la comisura de los labios. Si esto fuera
todo, podría pasar desapercibido. Tengo unos ojos verdes grandes y
luminosos, unas pestañas larguísimas y unos pómulos con mucha personalidad.
El problema es que, si giro hacia la derecha…
La marca más grande sale del lóbulo de la oreja, que llegó a quedar colgando
y tuvieron que coser los médicos. Tras recorrer la mejilla por completo, la
cicatriz agoniza como he dicho junto a la boca. No es la única. En
perpendicular, dos surcos más pequeños son como la firma de un pintor
macabro y, entrecruzadas con estos, cuatro señales menos profundas pero
perfectamente visibles terminan de estropear el que hace solo un par de meses
prometía ser el rostro revelación de la moda española.
Los médicos me dicen que con el tiempo mejorará, que las cicatrices perderán
su color rojo brillante, que con injertos de mi propia piel se pueden hacer
maravillas. No me engaño. Nunca haré ese anuncio de belleza, nunca seré la
Laura de antes y jamás conseguiré que mi mejilla izquierda vuelva a tener un
aspecto normal.
Ahora, los chicos me miran de otro modo, y también lo hacen las mujeres, e
incluso los niños. Odio que sientan lástima de mí, “esa pobre chica, tan
guapa”; odio que me deseen cuando me ven de espaldas y se espanten al darme
la vuelta; odio que me haya pasado esto a mí, a mí. Es algo que me tortura,
¿cómo puede haberse estropeado todo en un segundo y sin que pudiera hacer
nada por evitarlo?
—¿Puedo entrar?
Saliendo a toda prisa del pequeño cuarto de baño, entro en el dormitorio y
abro la puerta. Mi madre aparece con sonrisa preocupada, sin duda
preguntándose si esta noche vamos a tener una velada tranquila o si, por el
contrario, voy a hacer que todo se vaya a la mierda.
—¿Estás bien? Si estás cansada, puedo decirle a Lourdes que…
—No, tranquila, estoy bien.
Sé que tampoco es fácil para ella. Siempre habíamos estado muy unidas, y
ahora le duele no saber cómo ayudarme. Para mi madre sigo siendo perfecta,
la chica más guapa del mundo, y aunque sé que es sincera cuando me lo dice,
me gustaría que en estos momentos comprendiera que no es ese el tipo de
apoyo que necesito. El problema es que ni yo misma sé qué o quién podría
ayudarme.
—No te arregles demasiado, ya sabes que Lourdes y Sandra no son
precisamente unas reinas de la elegancia.
Es curioso, pero es la segunda vez en apenas cinco minutos que sonrío de
manera espontánea. Supongo que, como ya no puedo caer más bajo, a partir de
ahora las cosas solo pueden mejorar.
—Por cierto —dice mamá cuando parecía a punto de salir de mi cuarto—, me
ha dicho Lourdes que Sandra acaba de dejarlo con su novio de toda la vida.
Por lo que he entendido, ha sido él el que ha roto, así que procura no hacer
ningún comentario sobre esas cosas, ya sabes.
No, no sé. No estaba enterada de que Sandra llevara tiempo con un chico, y
tampoco pensaba preguntarle al respecto. Bastante tengo con mis propios
problemas, porque yo también lo he dejado con Javier. ¿Por qué noto una
especie de alegría malsana al saber que no soy la única que sufre? ¿Es posible
que no solo mi cuerpo cambiara en aquel accidente?
Empiezo a pensar que mi propia alma se quedó hecha jirones sobre el asfalto.
Estrellas fugaces
La cena ha sido aburrida, pero no tan agotadora como podría haberse
esperado. El sitio era agradable y la comida más que decente, y debo
reconocer que tanto Lourdes como mi madre han hecho todo lo posible por
alegrar la velada. En cuanto a Sandra, hay algo en ella que me parece que no
estaba ahí la última que estuvimos juntas. No me refiero al hecho de que antes
fuéramos unas adolescentes de quince años y ahora dos adultas de veintidós.
Es algo más profundo, intangible, probablemente tan solo el producto de mi
imaginación. Sea como sea, lo cierto es que una o dos veces sus ojos se han
encontrado con los míos y, por extraño que pueda parecer, he sentido el atisbo
de una complicidad que nunca había experimentado con ella.
¿Es porque me mira de un modo limpio, franco y directo? No sé si soy capaz
de explicarlo. Desde que me pasó aquello, siento que todo el mundo ha
cambiado su actitud hacia mí. Mis padres y el resto de la familia me tratan
como una muñeca de porcelana quebrada que no saben cómo recomponer;
Javier, con miedo; Lourdes y gran parte de mis amigos, con lástima. Sandra no,
Sandra me mira como… como si realmente no viera mis cicatrices, o como si
las viera pero no les concediera la menor importancia.
Supongo que no tiene sentido, pero pensar en ello me ha hecho sentir más
fuerte cuando, al traernos nuestros platos, la camarera no ha podido evitar
mirar durante unos segundos eternos mi mejilla izquierda. Sé que tengo que
acostumbrarme a este nuevo modo de llamar la atención pero, ¡me gustaría
tanto poder pasar desapercibida!
De regreso a la solitaria casona, no dejo de preguntarme cómo es posible que
no tengan miedo, ellas dos solas aquí arriba. La carretera es estrecha y llena
de curvas, apenas se ve una luz y, al llegar, hay que recorrer casi un kilómetro
por una pista forestal que serpentea entre la tupida maraña de pinos. Cuando
nos bajamos del coche, el aire de la noche es fresco pero agradable, y las tres
se quedan charlando bajo las estrellas mientras yo, pretextando estar agotada
por el viaje, subo a mi habitación.
Ha sido un primer día extenuante para mis nervios, y al pensar que tengo un
mes por delante aquí siento un nudo en el estómago que no sé cómo voy a
soportar. Lo peor es ser consciente de estar siendo injusta con todos. Ni
Lourdes ni su hija tienen la culpa de mi tragedia, ellas solo tratan de ser
amables y que me sienta como en casa. El problema es que a mí no me apetece
hablar con nadie, pero también comprendo que mi madre no se atreviera a
dejarme sola en Madrid en estas circunstancias.
Tumbada a oscuras en la cama e incapaz de dormir, a través de la ventana
abierta me llega el murmullo amortiguado de la conversación de las tres
mujeres. Sin que pueda evitarlo, mi mente regresa a aquel viernes maldito.
¿Estaba enamorada de Javier? Ni yo misma lo sé. Llevábamos dos años
saliendo, nos divertíamos juntos. Me duele rememorar su gesto descompuesto,
no la tarde del accidente, sino cuando me vio por primera vez sin las vendas.
Rompí con él para que no tuviera que romper él conmigo, me sentía incapaz de
soportar la humillación de ver repulsión en su cara, en su cara perfecta y libre
de cicatrices. No me cabe duda de que…
Las voces han desaparecido. Asomándome a la ventana, compruebo que ya no
hay nadie en la mesa y las sillas que hay en el exterior, justo debajo de mi
cuarto. La noche es tan agradable y me siento tan despejada que, en silencio,
me levanto de la cama y me pongo las deportivas. En bragas y camiseta, el
atuendo con el que duermo en verano desde que era una niña, salgo sin hacer
ruido de mi cuarto y bajo con cuidado las escaleras para no despertar a nadie.
Cuando llegamos esta tarde, vi que había dos enormes tumbonas en un
pequeño claro, a unos cincuenta metros de la casa. De repente me parece
buena idea echarme allí y tratar de poner la mente en blanco mientras el fresco
de la noche vence mis fuerzas y el sueño aparece. Hay tan poca luz que tengo
que andar con cuidado hasta que llego a mi destino. Tanteando, me siento en la
primera de las hamacas y me dejo caer despacio hasta quedar cómodamente
tumbada. No hay una sola nube, y el espectáculo que se despliega sobre mí es
sencillamente abrumador.
—Hola.
He dado tal salto que la figura que se dibuja en la hamaca de al lado se
sobresalta tanto como yo.
—Perdona, soy yo. No quería asustarte.
Al menos, se trata de Sandra, y no de un asesino o un violador, como por un
instante he temido.
—Vaya… creí… creí que no había nadie.
—Me gusta relajarme aquí por las noches.
—No quiero molestarte, yo…
He vuelto a incorporarme con ademán de regresar a mi habitación, pero
Sandra pone un segundo su mano sobre mi antebrazo y me detiene con voz
suave.
—No seas tonta, siéntate y disfruta de esto conmigo… a no ser que sea yo la
que te moleste a ti.
Hay algo en su modo de hablar que me hace sentir a gusto. A medias por no ser
grosera y a medias porque no deseo encerrarme ahora en mi cuarto, vuelvo a
tumbarme a su lado. Durante unos segundos, las dos observamos el
maravilloso espectáculo que se despliega sobre nuestras cabezas.
—Es precioso, ¿verdad?
—Sí —reconozco—, en Madrid es imposible ver tantas estrellas.
De nuevo permanecemos las dos calladas, y no sin sorpresa me doy cuenta de
que me siento mejor de lo que me he sentido en mucho tiempo. El silencio solo
interrumpido por el canto de los grillos, la brisa suave que acaricia mis
piernas desnudas… y la majestuosa oscuridad que me permite olvidar mis
cicatrices. Ahora, a pesar de que sea mi mejilla izquierda la que está más
próxima a Sandra, estoy a salvo de cualquier mirada incómoda. Si pudiera
vivir siempre así, en este mucho sin colores y sin luz pero sin embargo tan
bello y acogedor…
—¿Crees que hay alguien ahí arriba mirando hacia nosotras?
La voz de Sandra es un susurro que parece una parte más del bosque, y de
algún modo siento que debo estarle agradecida por haberme dejado compartir
con ella esta experiencia.
—Seguro que sí.
—Me siento muy pequeñita aquí, pero de un modo… positivo, ¿me entiendes?
—Creo que no —reconozco hablando tan bajito como ella.
—Quiero decir que, en cierto modo, es bueno ser insignificante. Eso implica
que tus problemas también lo son.
Sus palabras me han dejado pensativa. Es posible que tenga razón:
comparados con la inmensidad del universo, ¿qué importancia pueden tener su
ruptura sentimental o mi mejilla destrozada? Por primera vez, siento una
oleada de simpatía sincera hacia Sandra. Me gustaría poder decirle algo
reconfortante pero, ¿qué? Es duro pensar que los seres humanos estamos,
después de todo, tan alejados unos de otros y tan incapaces de ofrecer ayuda.
Es curioso pero, de pronto, me doy cuenta de que me siento cómoda sin decir
nada junto a esta joven que, unos años atrás, me parecía completamente insulsa
y hasta odiosa. Durante mucho tiempo, las dos observamos en silencio la
multitud de estrellas que se despliegan como si quisieran lucir solo para
nosotras.
Solo el crujido de su hamaca me hace volver a la realidad. Sandra está de pie
en la oscuridad, y no puede dejar de sorprenderme darme cuenta de que
lamento que me deje sola en medio de la noche.
—Estoy cansada —dice—. Mañana la Luna habrá desaparecido por completo
y será aún mejor, ya verás.
¿Es una invitación a repetir este inesperado final de velada? Mientras la oigo
más que la veo alejarse en dirección a la casa, me gusta pensar que es así.
***
A la mañana, siguiente, nada más desayunar, toda la tristeza y el pesimismo
que parecían haberse mitigado regresan con fuerza. La realidad se impone sin
piedad: por delante tengo una multitud de horas que no sé cómo rellenar, y la
verborrea incontenible de Lourdes y mi madre solo sirve para levantarme
dolor de cabeza. Por su parte, Sandra se ha puesto a leer en una de las
hamacas donde, anoche, nos sentamos las dos a meditar en silencio. ¿Cómo
pude pensar que podría ser amiga de esta joven tan distinta a mí?
A media mañana, nuestra anfitriona propone dar un paseo entre los pinos y,
aunque no me apetece ni mucho ni poco, como no tengo ninguna excusa creíble
acepto a regañadientes, de modo que las cuatro nos ponemos nuestros
pantalones cortos y empezamos a caminar.
Odio andar, siempre lo he odiado y siempre lo odiaré. Me parece una pérdida
de tiempo, y cuando veo a Lourdes y a mi madre resoplar por el calor, siento
una irritación creciente que sé que es absurda pero no puedo controlar.
Además, rodeada por las tres me resulta especialmente difícil ofrecer siempre
mi mejilla derecha, y al darme cuenta de lo ridículos que son mis esfuerzos
por ocultar mis cicatrices, lo único que hago es enojarme aún más con el
mundo y conmigo misma.
Al fin, llegamos a un punto elevado desde donde, debo reconocerlo, la vista es
espléndida. El año ha sido lluvioso, y un hermoso valle de un verde encendido
se despliega ante nosotras lleno de vida. Sentadas en una enorme roca,
dejamos que el aire refresque nuestros cuerpos mientras recuperamos poco a
poco el resuello.
Estratégicamente situada de modo que solo pueden ver mi lado bueno, observo
de reojo a mis acompañantes. Mi madre sigue siendo una mujer hermosa,
capaz todavía de despertar más de una mirada de deseo en los hombres, y no
solo en los de su edad. ¿Resultará ahora más apetecible que yo? Sé que no
debo pensar en eso, pero es una duda que a veces me tortura sin que pueda
evitarlo.
En cuanto a Lourdes, el tiempo no la ha tratado bien. Nunca fue una belleza
pero sí tenía cierto atractivo, es increíble lo agotada que parece, es como una
flor ajada antes de tiempo. Por lo que se refiere a Sandra, no sabría qué decir.
Desde luego no es guapa, y su corte de pelo me parece hoy más horrible
incluso que ayer, ¿por qué lo llevará tan corto? Solo una beldad puede
permitirse semejante estilo, a ella le quedaría mejor una media melena, por
ejemplo.
Sin embargo, no me parece que la joven esté totalmente desprovista de
atractivo. Ya he dicho que tiene unas piernas bonitas, y además debo
reconocer que su cuerpo pequeño pero bien proporcionado le da un aire
delicado que resulta agradable. Está muy pálida, es como si los rayos de sol
no quisieran detenerse en su piel, pero tal vez para ciertos chicos tanta
fragilidad resulte atractiva. Además, tiene unas manos preciosas, con una piel
fina y unos dedos largos y delicados que cuando ayer se posaron sobre mi
antebrazo me parecieron de una suavidad sorprendente.
—Así que te queda solo un año de carrera.
Lo que me faltaba. Queriendo ser amable, mi madre ha dirigido la
conversación hacia uno de nuestros temas tabú. Yo no quise estudiar, y sé que
eso lo lleva clavado dentro porque tanto ella como papá han pensado siempre
que su hija era la mejor en todo, la más lista, la más guapa… ¡Qué ironías
tiene el destino!
—Algo más, me temo. Este año… de cualquier modo, cuando termine quiero
estudiar un máster en Estados Unidos.
Me ha extrañado la pausa que ha hecho Sandra al hablar. Es como si hubiera
querido añadir algo y luego se hubiera arrepentido, pero desde luego está
claro que mi madre no piensa darle tregua.
—¿Qué tal vas con el inglés?
—Sandra lo habla perfectamente —interviene Lourdes—. Lleva varios
veranos viajando a Irlanda.
¿A Irlanda? Pensé que los pasaba en este estúpido lugar alejado de todo. Dios,
llevo horas sin poder conectarme a internet, debería salir de aquí y regresar a
Madrid esta misma tarde.
—Cuánto me alegro —dice entonces mi madre, que me ha mirado de reojo y
me ha hecho un gesto para que trate de participar en la conversación—. Dentro
de nada tendremos toda una arquitecta entre nosotras.
—No tan deprisa —la contradice Sandra—. Además, es francamente difícil
trabajar en España hoy en día en mi sector.
—Me aterra pensar que mi niña tenga que salir fuera.
Estoy a punto de vomitar. Lourdes se hincha como un pavo real al hablar de su
hija, y yo me siento cada vez más insignificante. Antes, era la chica preciosa;
ahora, ¿qué me queda? Pero lo peor está aún por llegar porque, como si se
diera cuenta y quisiera arreglar la situación, la estúpida mujer me mira con una
sonrisa bobalicona y, supongo que con buena intención pero con una torpeza
infinita, dice lo peor que podía decir:
—¿Y tú, Laura? ¿Qué tal vas con tu carrera de modelo?
¿De verdad vamos a fingir que todo sigue igual? Odio que me traten con
condescendencia, ya no soy una niña a la que hay que dulcificar la realidad.
Me enciende esta mujer que cree que es mejor hacer como que no ve lo
evidente y que siempre se refugia en lo políticamente correcto.
Sintiendo una rabia infinita, disfrutando casi del morboso placer de
regodearme en mi propia desgracia, mastico mis palabras al contestar:
—Mi carrera va mal. Últimamente, las modelos que se han dejado media cara
en una carretera no están muy cotizadas.
Sigue el momento más tenso de mi vida. La cara de Lourdes está
descompuesta, mi madre se ha puesto de un color indescriptible, Sandra
permanece en silencio, tratando de encontrar algo conciliador que decir para
superar la crisis.
—Laura por dios, Lourdes solo pretendía ser cariñosa.
—No Virgi, no. Tiene razón, he sido muy torpe, de verdad que yo…
Entonces me doy cuenta de que no tengo razón, o al menos no toda la razón. No
puedo culpar al universo entero de mi desgracia. Fui yo la que se subió a
aquella moto sin casco, fui yo la que destrozó su vida, y soy yo la que se cierra
como una tortuga en su caparazón sin dejar que los demás acierten a adivinar
cómo pueden acercarse.
Poniéndome en pie, empiezo a correr en dirección a la casa sin hacer caso de
las voces angustiadas de mi madre y su amiga, que me piden por favor que las
espere y hable con ellas.
***
Para terminar de rematar la mañana, me he perdido. En algún punto, he cogido
el camino equivocado, y ahora estoy en medio de un bosque que, mire hacia
donde mire, me resulta exactamente igual. Es como una pesadilla, tengo tantos
deseos de llorar que solo con un esfuerzo inmenso consigo mantener mis ojos
secos.
Si no fuera por lo desgraciada que me siento, incluso tendría miedo. No sé si
dar media vuelta o quedarme quieta hasta que vengan a buscarme, ¡si hubiera
alguien a quien preguntar! Pero en esta época del año hace demasiado calor
para que haya senderistas, creo que ya he pasado tres veces entre estas
piedras.
Estoy empezando a superar mi capacidad de odio y frustración cuando, al dar
la vuelta a un recodo, me encuentro con Sandra, que sin duda viene en mi
busca. Cuando llega a mi altura, no me atrevo a sostener su mirada. Me he
comportado como una niña y le he respondido a Lourdes en un tono grosero y
altivo, ¿estará enfadada conmigo? Al pensar en el daño que sin duda le he
causado a mi madre, me siento tan avergonzada que, por un instante, no me
importaría dejar de existir para siempre.
—Mira que te lo advertí.
No consigo entender a qué se refiere. Comprendo que se sienta molesta
conmigo, si me pide que me marche no trataré de justificarme, quizá sea lo
mejor.
—Te dije que mi madre es muy pesada.
Subiendo despacio la mirada, me doy cuenta entonces de que el rostro de
Sandra esboza un gesto entre amistoso y divertido.
—Me he pasado —digo arrepentida—. Lo siento, he sido una grosera.
—¿Por decir lo que te salía de dentro? —pregunta poniendo una mano
afectuosa sobre mi hombro—. Joder, lo que te ha pasado es una putada, tienes
derecho a estar cabreada.
Desde luego, algo ha cambiado en esta Sandra. Sigue siendo estudiosa,
reservada y muy diferente a mí, pero también es más mujer, más segura… más
interesante. Es como si hubiera aprovechado el tiempo mejor que yo, y cuando
ahora veo el brillo de sus ojos, me siento como una cría que no sabe nada de
la vida.
—¿Damos un paseo nosotras solas mientras ellas se calman?
Cuando empiezo a caminar a su lado en silencio, pasan unos segundos antes de
que me dé cuenta de que estoy ofreciéndole el lado izquierdo de mi cara.
***
—¿Te gusta?
—Es magnífico.
Delante de nosotras hay un pequeño claro entre los árboles donde la hierba
crece con tal armonía que parece el resultado del trabajo de un aventajado
jardinero. Un arroyo de aguas transparentes serpentea lleno de vida y, el rumor
que provoca, por alguna razón tiene un efecto sedante sobre mí. Los nenúfares
que flotan en las zonas más tranquilas le dan un toque de irrealidad a la
estampa. Nos hemos descalzado y metido los pies en el agua helada,
sentándonos en la orilla. De nuevo tengo la sensación de que, ahora, todo va a
ser distinto junto a Sandra. Esta vez, quizá pueda pensar en ella como en una
amiga cuando tengamos que separarnos.
—Es mi rincón secreto, nunca había traído aquí a nadie.
—Es precioso pero… ¿no te da un poco de miedo? Es tan solitario…
Sandra ríe con voz alegre, y al hacerlo muestra unos dientes pequeños que me
parecen encantadores.
—¿Miedo? Créeme, en la vida hay cosas mucho más peligrosas que pasear
sola por un bosque.
Es imposible no sentirse contagiada por su entusiasmo. Olvidando de nuevo
resguardar mi lado izquierdo, me giro hacia ella y le pregunto si podríamos
venir las dos juntas esta noche y organizar aquí una especie de cena campestre.
—Es mejor esperar unos días, hoy no habrá Luna y esto será como la boca de
un lobo. Además, esta noche va a refrescar, pero en una semana el tiempo será
más cálido y podremos hacerlo… si todavía sigues aquí.
Es como si Sandra pudiera leer en mi interior, y al sentir que me comprende
me doy cuenta de lo mucho que precisaba encontrar un hombro donde
apoyarme en este momento. Mi madre es demasiado cercana, y mis amigas de
siempre demasiado superficiales. Tal vez esta joven que nunca me cayó bien
pueda sin embargo ser la persona que necesito en la encrucijada más grande
que he afrontado en mi vida, pero para descubrir si eso es posible debo ser
sincera con ella y saber que ella también lo es conmigo.
—Dime la verdad ¿preferirías que me marchara?
Sandra coge una pequeña piedra y la lanza al centro del lago, donde al
desaparecer hace ondas concéntricas que poco a poco se expanden para llegar
casi hasta nuestros pies. Luego, sin mirarme, contesta con su habitual tono
sosegado y burlón:
—¿Y dejarme sola con esas dos locas?
Su pregunta a modo de respuesta me ha gustado tanto que solo puedo
responder de una manera.
—Gracias.
—¿Gracias?
Me ha salido sin pensar, y cuando mi nueva amiga me coge de la mano
afectuosamente, constato una vez más la suavidad de su piel. Noto cómo me
derrumbo, y descubro que no soy tan fuerte como pensaba y que necesito
confiar en ella porque si no lo hago me perderé definitivamente, y tal vez no
sea capaz de volver a encontrarme.
—Gracias por entenderme y perdonar mi mal humor.
Estoy a punto de añadir que, por algún motivo que ni yo misma alcanzo a
comprender, se ha convertido en la única persona en el mundo que no me irrita
con su mera presencia, lo cual es increíble si pensamos que, antes del
accidente, no podía soportarla.
—Qué tonta eres —dice al tiempo que aprieta con más fuerza mi mano—.
Anda, vamos a regresar, son pesadas pero también nos quieren, y seguro que
están preocupadas.
—Tienes razón. Voy a pedirle perdón a tu madre y… creo que me quedaré aquí
todo el verano.
Después de secar nuestros pies al sol y recuperar nuestras deportivas,
emprendemos el regreso sin hablar. Una o dos veces, reprimo el impulso de
coger a Sandra de la mano.
Creo que todavía no somos tan amigas y me da miedo que piense que soy tan
pesada como su madre.
***
Sin dejarme terminar con mis disculpas, Lourdes me ha interrumpido llorando
y se ha señalado como responsable de todo, y luego mi madre y ella se han
abrazado y han llorado más todavía, y Sandra lo observaba todo como si fuera
la más madura de todas mientras yo, deseosa de pasar el trámite, he prometido
no volver a dejarme llevar por la ira durante el resto de las vacaciones.
Debo reconocer que me siento más relajada que esta mañana, si bien continúa
molestándome que las dos amigas insistan en que sigo siendo una chica
preciosa y en que seguro que los médicos consiguen que mi rostro vuelva a ser
el de antes mucho antes de lo que pienso. Cada vez que sus palabras hacían
resurgir la rabia en mi interior aunque ellas buscasen todo lo contrario,
cruzaba mi mirada con la Sandra y me calmaba su expresión, que parecía
decir: “tranquila, yo sé cómo te sientes”.
Ahora, sentadas en el porche donde nos disponemos a cenar bajo los
frondosos pinos, deseo con toda mi alma que termine de llegar la noche, la
noche que con su oscuridad borrará durante unas horas las huellas de mi
tragedia, permitiéndome así una pequeña tregua que necesito tanto como el
aire que respiro.
Me sorprende mi propio apetito, creo que hacía mucho que no comía a tanta
velocidad. Cuando todas terminamos nuestros platos, recogemos la mesa entre
las cuatro y decidimos echarnos en las mismas tumbonas donde, anoche,
Sandra y yo charlamos mientras observábamos las estrellas. Creo que ha sido
Lourdes la que ha propuesto que todas nos pusiéramos los pijamas para “hacer
una fiesta de chicas”, y aunque sigue pareciéndome una mujer exasperante, no
he puesto objeción alguna y le he seguido la corriente.
Mientras me lavo los dientes en mi cuarto de baño privado antes de reunirme
con ellas, me miro en el espejo una vez más. ¿Está menos roja la cicatriz más
grande? Dependiendo de la luz, a veces parece una herida abierta
terriblemente llamativa; en otras ocasiones, sin embargo, me parece que la
situación no es tan alarmante, que quizá exagero al considerarme a mí misma
un monstruo.
¡Me saca de quicio esta situación! Han pasado dos meses y sigo sin terminar
de creer que sea cierto. Todas las mañanas, cuando abro los ojos, lo primero
que pienso es que, por arte de magia, cuando me mire en el espejo todo
volverá a ser como antes. Sin embargo, la ilusión se desvanece pronto,
dejándome de nuevo sumida en la ansiedad.
—¿Estás lista?
Odio que mi madre se preocupe por mí en cuanto pasa diez minutos sin verme.
En bragas y con la camiseta de tirantes que uso para dormir, salgo de mi cuarto
y me reúno con ella en el pasillo del piso superior.
—Deberías ponerte algo encima —dice cuando me ve—. Vas a tener frío.
—Tranquila mamá, ya sabes que nunca uso pijama.
—Pero es que ha refrescado, si te resfrías…
—¡Por dios mamá, déjame en paz! Estoy aquí, he prometido no volver a
estallar con tu amiguita, ¿no tienes suficiente?
Ni yo misma entiendo mis reacciones. Yo antes no era así, no cambiaba de
humor cada media hora. Solo en el día de hoy, me he levantado deprimida, he
estallado de rabia contra Lourdes, me he sentido muy relajada junto al lago
con Sandra y, ahora, vuelvo a notar una irritación creciente.
Por otra parte, nada más salir de la casa descubro que mi madre tiene razón: la
noche es mucho más fresca que la anterior y tengo frío, pero antes moriría que
reconocer que estaba equivocada.
—Venid, chicas, el cielo está precioso.
Hoy no hay Luna, y la oscuridad es incluso más impenetrable que ayer, lo cual
me hace sentir más segura y un poco más relajada. Solo gracias a la luz de la
linterna con la que Sandra nos ilumina el camino podemos encontrar las
hamacas.
—Esa es la vuestra, poneos cómodas.
No recordaba que solo había dos tumbonas. Nuestras anfitrionas están las dos
juntas en una de ellas, de modo que mamá y yo tendremos que conformarnos
con la otra.
—¿Resistirá? —pregunta mi madre mientas empieza a colocarse de medio
lado para hacerme sitio—. Últimamente, he cogido algo de peso.
—¡No digas tonterías Virgi! —la regaña Lourdes—. Sigues siendo de largo la
más guapa de mis amigas.
No es tan cómodo como tener la hamaca para ti sola, pero tampoco se está mal
del todo. Además, mi madre, incapaz de enfadarse conmigo, me ha rodeado
con los brazos para darme calor, de modo que, con la cabeza apoyada en su
hombro, pronto recupero parte de mi buen humor.
—Es fantástico, ¿verdad?
Las cuatro observamos mucho tiempo el cielo, y mi madre grita excitada
cuando vemos pasar una estrella fugaz. Los grillos, incansables, parecen
trabajar codo con codo con las estrellas para completar un cuadro espléndido.
Una vez apagada la linterna, la oscuridad es tal que parece imposible que vaya
a desaparecer con la llegada del día. Si de mí dependiera, viviríamos ya todas
para siempre en esta penumbra que borra el doloroso presente en el que vivo.
Pero algo falla, y no me cuesta demasiado comprender de qué se trata:
preferiría estar a solas con Sandra. No quiero que penséis mal, adoro a mi
madre pero, en este momento, no es su agobiante atención lo que necesito. Su
preocupación por mí me asfixia, me oprime, y me gustaría poder estar unos
días sin sentir su mirada siempre pendiente de mí.
Afortunadamente, pronto Lourdes se queja, a pesar de llevar un horrible
pijama de entretiempo, del frío de la negra noche. Las dos amigas se levantan
y deciden ir a acostarse y, como era de esperar, mi madre no se marcha sin
regañarme antes y decirme que por favor suba a echarme algo por encima.
—No tengo nada de frío mamá —miento por el simple placer de llevarle la
contraria.
Cuando por fin estamos solas Sandra y yo, noto al instante que mi ánimo se
relaja y mi optimismo vuelve, ¿cómo es posible? Lo cierto es que tengo
fresco, pero me da una pereza inmensa moverme de mi sitio ahora que tengo
toda la hamaca para mí y, como además nuestras madres se han llevado la
única linterna, los cincuenta metros que nos separan de la casa se han
convertido en un camino largo y peligroso en mi imaginación.
—Elige una.
—¿Qué?
Sandra emite una risita traviesa antes de volver a hablar.
—Elige una estrella. ¿Ves esa de tono azulado, un poco a la derecha de la Osa
Mayor?
—¿La que parece que tiembla?
—Justo. Esa es mía, la he llamado “Esperanza”. Elige tú una, quiero
regalártela.
No sé por qué, pero las palabras de mi nueva amiga me producen una mezcla
de alegría y dolor. Me fascina estar aquí, rodeada de una oscuridad tan densa
que puedo olvidarme por completo de pensar qué lado estoy ofreciendo. Lo
único que estropea el instante es la temperatura, porque se me ha puesto la
carne de gallina y noto las piernas cada vez más frías.
—No sé, ¿qué te parece esa tan brillante?
—¿La Osa Polar? Vas a salirme muy cara.
—¿Está por encima de tus posibilidades?
—No te preocupes, puedo comprártela a plazos.
Las dos reímos con ganas, y es un verdadero alivio para mí poder hacerlo.
—Ahora tienes que ponerle un nombre —me dice Sandra, tan cerca que puede
hablarme en susurros pero completamente oculta por las sombras.
Durante un minuto, pienso cuidadosamente cómo quiero llamar a mi estrella, y
mientras lo hago mi amiga permanece en un respetuoso silencio. Cuando por
fin me decido, hablo en un murmullo que a duras penas sale de mis labios.
—“Valentía”.
—Es un buen nombre, me gusta.
¡Hacía tanto que no me sentía tan a gusto conmigo misma! Si no fuera por este
maldito frío…
—Te vas a congelar, ¿quieres que entremos dentro?
—No, quiero quedarme un rato más, voy a por algo para taparme.
—Han apagado sin darse cuenta el farolillo de la entrada, ¿por qué no te
tumbas aquí, a mi lado?
Si alguien me hubiera dicho hace solo veinticuatro horas que podría estar a
gusto compartiendo hamaca con Sandra, le habría calificado de estúpido pero,
sin embargo, he aceptado su ofrecimiento sin que tenga que repetírmelo.
—¡Dios mío, estás helada! Anda, ven aquí.
Mi amiga pasa un brazo por mi espalda y con el otro empieza a frotarme con
fuerza para hacerme entrar en calor. Yo apoyo la cabeza en el hueco que hay
entre su hombro y su cuello y me hago un ovillo, pegando mucho mi cuerpo al
suyo, ¡es delicioso sentir su calor!
—¿Mejor?
—Oh sí, mucho mejor, gracias.
—Deja de darme las gracias por todo. Es la segunda vez hoy.
Es como estar dentro de un sueño. No comprendo cómo puedo sentirme tan
bien junto a ella cuando siempre la había tenido por una persona incompatible
conmigo. Desde que tuve el accidente, tengo la impresión de que no es mi
rostro lo único que ha cambiado, porque es como si también lo hubiera hecho
todo mi sistema de valores.
—¿Nunca usas pijama? —pregunta Sandra al darse cuenta, al frotar, de que
estoy solo con las bragas y la camiseta.
—Nunca.
—Bueno, supongo que es mucho más sexy que este pijamote que llevo yo.
Pero a veces es mejor ser práctica que sexy querida.
—Sobre todo en una casa perdida en medio de la nada.
Otra vez nos hemos reído las dos, y ya he perdido la cuenta de las veces que
lo hemos hecho durante el tiempo que llevamos juntas. Cerrando los ojos,
disfruto de la agradable sensación de estar junto a Sandra, de ser mimada por
ella, de notar su suave mano derecha subiendo y bajando incasable por mi
costado para ayudarme a entrar en calor.
—Sería maravilloso que siempre fuera de noche.
Sin darme cuenta, he hablado en voz alta, y por un segundo me arrepiento de
haberlo hecho. No sé si estoy preparada para hablar de ciertas cosas con mi
amiga, y tampoco estoy muy segura de que ella vaya a entender lo que quiero
decir.
—¿Has oído hablar de Helen Keller?
—¿De quién?
—Helen Keller. Era una niña que, a los diecinueve meses, sufrió una infección
que la dejó ciega y sorda.
—¡Qué horror! —exclamo conmovida.
—Sí, pero eso no la detuvo. Consiguió licenciarse en humanidades, ser
escritora y llevar una vida plena y activa.
Antes, la cultura de Sandra me parecía una ofensa y una molestia. Ahora, sin
embargo, me gusta escucharla, y no puedo dejar de pensar que es mucho más
interesante que el resto de las amigas que conozco.
—¿De veras? ¿Cómo consiguió todo eso?
—Tuvo una maestra, Anna Sullivan, que se comunicaba con ella a través del
tacto. Si nunca pudiéramos ver, sabríamos disfrutar más de otros sentidos que
tenemos en un segundo plano.
Durante unos minutos, medito sobre lo que me ha contado Sandra. La historia
me parece tan terrible como fascinante, ¿cómo pudo aprender a leer y escribir
esa niña?
—Parece ser que su maestra escribía sobre su piel —me informa Sandra—.
Así le enseñó primero el alfabeto y después a leer. ¿Te aburro?
—Nada de eso. ¿Crees que nosotras podríamos comunicarnos así?
—Podemos probar. Voy a escribirte algo, a ver si adivinas qué es.
No tengo ni idea de cuánto tiempo llevamos aquí. El frío ha desaparecido por
completo, el único sonido que se oye es el de alguna lechuza solitaria y, de no
ser por las estrellas, se diría que el mundo entero ha desaparecido, a
excepción de nosotras mismas y de la hamaca sobre la que estamos hechas un
ovillo.
—Vamos, será divertido, ¿dónde vas a escribir?
—¿Sobre el muslo?
—Será más difícil, ¿qué tal en la espalda?
—De acuerdo, gírate un poco.
Puedo notar cómo crece por segundos la complicidad entre las dos. Ahora, nos
hemos situado frente a frente, aunque la noche es tan oscura que, a pesar de
tener su rostro a centímetros del mío, apenas puedo distinguir nada más que el
blanco de sus ojos. Así, es como si no tuviera cicatrices, pienso mientras
Sandra mete despreocupadamente su mano derecha por debajo de mi camiseta.
Su dedo recorriendo mi espalda es suave y muy agradable. Suelto una risita
nerviosa, me ha hecho cosquillas, ¿es una E lo primero que ha escrito? Ahora
me parece sentir una S, después una P…
—¿Esperanza? El nombre de tu estrella.
—Muy bien, eres muy buena alumna.
—Ahora voy a probar yo —digo mientras trato de poner mi mano sobre su
espalda.
—No, la que quiere vivir en la oscuridad eres tú.
—¿Llevas puesto el sostén debajo del pijama? —pregunto con incredulidad y
sin poder evitar reír.
—Anda, estate quieta, voy a escribir algo más difícil.
Obedeciendo a mi amiga, permito que siga escribiendo en mi espalda desnuda.
Es increíble que lleve puesto el sujetador, desde luego hay cosas que nunca
cambian. Sandra se ha convertido en una persona divertida cuya compañía
aprecio cada vez más, pero su falta de gusto al vestir es preocupante, por
mucho que estemos solas en un lugar donde jamás podremos conocer a algún
chico.
En silencio, cierro los ojos y me concentro en la deliciosa sensación que me
producen los dedos de mi amiga deslizándose con suavidad sobre mi espalda.
Ahora no me está haciendo cosquillas; de hecho, es tan agradable que tengo
que hacer un esfuerzo para no emitir un gemido de satisfacción. Además, si no
me equivoco, ha escrito…
—¿Me alegro de que estés aquí?
—Ajá… Estaba muy aburrida antes de que llegaras.
Las dos guardamos silencio, y es maravilloso sentirme tan cerca de alguien
después de lo que he pasado. Pero algo debo contestar, no podemos estar las
dos abrazadas en una hamaca en medio de la noche sin decir nada.
—Yo también me alegro de estar aquí.
—¿Lo dices de verdad?
—Sabes que sí. Estaba tensa y a punto de estallar, y tú consigues relajarme.
Gracias.
—¿Otra vez con esas? Las hijas de madres tan posesivas como las nuestras
tenemos que apoyarnos.
La mano de Sandra, abierta por completo, me acaricia suavemente la espalda
mientras hablamos. Es tan embriagador notarla sobre los omóplatos y los
hombros, que lo único que puedo hacer es dejarme llevar, porque noto que
cada fibra de mi cuerpo va recuperando poco a poco una calma que hacía
siglos que no sentía.
—Dios… qué agradable es. Pensarás que soy una tonta, pero…
—Tranquila, deja de disculparte. Yo entiendo por lo que has pasado. Es como
volver a empezar de cero, ¿verdad?
Exacto, lo ha definido a la perfección con una sola frase, ¿cómo puede
comprenderme tan bien? Me siento como si tuviera que hacer borrón y cuenta
nueva, como si lo que había conseguido durante mis primeros veintidós años
de vida no sirviera para nada y tuviera que aprender a vivir de nuevo.
Durante mucho rato, su mano sigue moviéndose despacio sobre mi piel,
describiendo círculos concéntricos tan reparadores que tengo que hacer un
esfuerzo para no volver a darle las gracias. Mi mayor temor es que Sandra se
canse y dé por finalizado su improvisado masaje, debe ser tardísimo.
—¿Alguna vez has deseado ser otra persona?
He hecho la pregunta más por demorar la despedida de esta magnífica velada
que porque de verdad quiera una respuesta a esa cuestión. Sin embargo,
Sandra contesta con un murmullo contenido que me hace saber que ella sí lo ha
considerado seriamente.
—Alguien más fuerte, con menos preocupaciones, con más...
—¿Con más qué?
—Siempre que estoy aquí hago una cosa. Pienso que, si veo una estrella fugaz
y puedo seguirla durante más de un segundo con la vista, podré engancharme
de su cola y convertirme en quien yo quiera ser. ¿Quieres probar?
Entonces sucede algo imprevisto porque, entusiasmada con su propuesta, me
he girado sobre la hamaca para quedar boca arriba y tener la vista fija en el
cielo. Mientras tanto, ella, que no esperaba mi brusco movimiento, ha dejado
su brazo quieto. El resultado es que, por un fugaz instante… su mano derecha
ha entrado en contacto con mi seno izquierdo por debajo de la camiseta.
Ninguna de las dos ha dicho nada. Ha sido un accidente sin importancia y sin
significado alguno, lo que debo hacer es simplemente concentrarme en ver mi
estrella fugaz que me permita convertirme en alguien nuevo. A mi lado, Sandra
ha girado parcialmente, pero su mano descansa esta vez sobre mi estómago,
haciendo allí los círculos que antes hacía en mi espalda.
¿Debería pedirle que estuviera quieta? No entiendo muy bien qué está
pasando. Solo sé que su mano está muy muy caliente, y que es exquisito
sentirla sobre mí. Incapaz de concentrarme en el firmamento, lo único que
hago es recordar lo bonitas y pequeñas que me han parecido sus manos esta
mañana, y…
—¿Has visto esa?
—No…
—No puedo creerlo, ha pasado justo por delante de nosotras. Venga, sigue
mirando, ¿sabes ya en quién querrías convertirte?
Sandra habla con naturalidad, pero sus deditos se cuelan en mi ombligo,
describen espirales sobre mi estómago, caldean todo mi cuerpo con una
intensidad pasmosa. ¿Qué me está pasando?
—No lo sé… tendría que pensarlo.
—Bueno, tenemos tiempo, tómatelo con calma.
Entonces, mi amiga no está pensando en acostarse. ¿Qué hora será, las dos?
Claro que, teniendo en cuenta dónde estamos, ¿qué sentido tiene preocuparse
por eso? Pero ahora no puedo pensar en otra cosa que en sus caricias sobre mi
estómago… ¡la suavidad de su mano ejerce un embrujo inexplicable sobre mí!
Ha pasado otra estrella fugaz, pero apenas la he visto en una décima de
segundo. Estoy cada vez más nerviosa, pero es otro tipo de nerviosismo,
¿cómo puede estar sucediendo? Un par de veces, Sandra ha rozado la parte
inferior de mis senos con la punta de sus largos dedos de pianista, y no he
podido evitar estremecerme de satisfacción.
Trata de serenarte, razono en medio de la oscuridad, ella solo quiere
mostrarse cariñosa y darte calor. Darme calor… vaya si lo está consiguiendo.
Al fin y al cabo, privada de la vista como esa tal Hellen Keller, mi sentido del
tacto es lo único que me guía, y llevo meses sin…
—¿Crees que tendrás que irte a Estados Unidos a trabajar?
Lo he preguntado con la vaga esperanza de que Sandra, al contestar, saque su
mano de debajo de mi camiseta, pero pronto compruebo que el intento ha sido
inútil. Mi amiga es perfectamente capaz de sostener una conversación sin dejar
por ello de preocuparse solícita por mi temperatura corporal.
—Es una posibilidad pero, ¿sabes? Este año me ha pasado algo y…
Estoy segura de que se refiere al novio que la ha abandonado, ¿querrá
hablarme de ello? En silencio, espero a que termine su frase y, por segunda o
tercera vez este extraño día, tengo la impresión de que Sandra cambia de idea
y dice algo distinto a lo que era su primer impulso.
—… he decidido no preocuparme por el futuro. Solo pienso concentrarme en
el aquí y el ahora, que es lo único que existe, ¿no crees?
—Supongo que tienes razón.
En efecto, lo que dice es muy razonable. De hecho, mi aquí y ahora no es una
cicatriz que me ha destrozado la vida, sino una mano deliciosa que sube y baja
por mi estómago produciéndome una inexplicable sensación que es lo más
parecido a flotar en el aire que recuerdo. Sin duda, todo tiene que deberse al
hecho de estar tumbada en esta comodísima hamaca.
—¡Mira! No me digas que no has visto esa.
—No… lo siento.
—Está bien, me rindo contigo. Haremos una cosa. Ya que la he visto yo, seré
yo quien se convierta en otra persona. Pero como esta noche me siento
generosa, voy a dejar que seas tú quien decida en quién debo convertirme.
Irritada conmigo misma por estar sintiendo cosas que no debería sentir,
avergonzada le sigo la corriente, pero tengo la mente en blanco, no se me
ocurre nada ingenioso que decir y temo que descubra lo nerviosa que me estoy
poniendo.
—¿Y bien? ¿En quién quieres que me convierta?
—No lo sé… déjame pensar un segundo.
“Déjame pensar y deja también esa dichosa mano quieta —debería haber
añadido—, porque esta vez has rozado más ostensiblemente mis pechos, ¿es
que no te has dado cuenta?”
—Adele, quiero que te conviertas en Adele.
—¿Adele? —pregunta divertida e incrédula Sandra—. ¿De verdad quieres
gastar tu deseo para tener aquí a esa insípida mujer?
—¿Qué tiene de malo? Me gusta su música.
—Como quieras, es tu estrella fugaz —suspira a mi lado mi amiga—. Es solo
que pensé que elegirías a alguien más excitante.
—¿Y quién te parece a ti más excitante que Adele, si puede saberse?
Sigue un silencio que me asusta un poco. La mano de Sandra se ha detenido
por encima de mi ombligo, tan cerca de mis senos que puedo sentir en ellos
perfectamente el calor que desprende. No entiendo qué está pasando, me
siento más viva de lo que me he sentido desde el fatídico accidente, pero todo
me parece una especie de sueño que se va a desvanecer de un momento a otro.
Tal vez, ni Sandra ni la hamaca son reales, tal vez estoy en coma en un hospital
sin saberlo, tal vez…
—No lo sé, no conozco tus gustos. Pero, si quieres…
—¿Qué? Suéltalo de una vez.
—Si quieres… mi mano puede ser la de un chico durante digamos… veinte
minutos.
He tenido que tragar saliva antes de contestar. Sé que lo deseo con toda mi
alma pero, al mismo tiempo…
—Yo no soy lesbiana —susurro en la oscuridad, incapaz de asimilar que esto
esté pasando.
—Yo tampoco.
—Entonces, ¿qué…?
—El aquí y el ahora, ¿recuerdas?
—Te has vuelto loca.
Sandra se remueve a mi lado. Su mano desciende unos centímetros, y yo
experimento a la vez alivio y decepción. Creo que va a levantarse, y siento
que he roto algo magnífico, aunque no estoy muy segura de qué. Sin embargo,
en lugar de incorporarse, mi amiga se gira más hacia mí, su mano vuelve a
moverse… y se apoya completamente abierta sobre uno de mis pechos.
—Estás tan jodida como yo, solo te ofrezco veinte minutos de olvido. No te
pediré nada a cambio, si es lo que te preocupa.
—Estás loca.
—Eso ya lo has dicho.
—Porque es la verdad.
—Entonces, ¿por qué sigues aquí sin moverte?
¿Por qué? Porque me falta el aliento, porque mi pezón ha doblado su tamaño
en un instante, porque me mata la cálida suavidad de su mano diminuta posada
dulcemente sobre mi seno.
—¿Y si bajan tu madre o la mía?
—¿A estas horas? Además, veríamos la linterna.
Se me acaban las excusas, lo deseo, ¡sí, lo deseo! No soy homosexual, pero
necesito que alguien como Sandra me acaricie, me libere de mi dolor, me
permita una breve tregua. Sin embargo, no tengo fuerzas suficientes como para
permitirle hacer lo que… Sin esperar mi permiso, su mano ha empezado a
acariciar mis pechos alternativamente, apretando, amasando, pellizcando
despacio y con habilidad con esos deditos diminutos que tanto me gustan.
—Es ridículo, yo no soy lesbiana.
—Tus pezones sí lo parecen.
No puedo desmentir lo evidente. Han crecido a velocidad de vértigo, todo mi
cuerpo se ha cimbreado y mi respiración se está haciendo más agitada a cada
segundo que pasa. Sandra me acaricia sin premura, como si tuviera todo el
tiempo del mundo para ello. En la oscuridad absoluta, es fácil imaginar que
tengo un chico a mi lado, Javier o algún actor famoso. Pero no estoy
recurriendo a eso, estoy tan sorprendida que solo puedo asistir como en
tercera persona a lo que ocurre: me está tocando una chica, ¡y me gusta!
Despacio, mi amiga desciende ahora centímetro a centímetro sobre mi torso.
Noto la punta de sus dedos tropezar con el elástico de la braguita pero,
hábiles, sortear enseguida la débil barrera y enredarse después en los
primeros rizos de mi vello púbico.
—Es inútil, no vas a conseguir nada.
—Ya veremos. ¿No te resulta agradable?
—Sí…
—Entonces, vamos a seguir un poquito más. ¡¿Has visto esa estrella?!
—Sí… esa sí, ha sido preciosa.
Sandra avanza un milímetro tras otro, su lentitud me exaspera pero también
enardece mis sentidos. Estoy segura de que no podré alcanzar el orgasmo con
ella, pero pese a ello sé que deseo que siga jugando con mi cuerpo como si le
perteneciera.
Afortunadamente para mí, no parece probable que tenga intención de
abandonar su trabajo. Cuando coloca toda la palma de su mano sobre mi
vagina y empieza a moverla al tiempo que presiona con suavidad, ya no estoy
tan segura de que su esfuerzo vaya a ser inútil.
—Estás húmeda —susurra en mi oído divertida.
—Nada de eso.
—Mentirosa…
Sandra ha murmurado algo más, pero ya no soy capaz de registrar sus
palabras. Cuando separa mis pliegues y se desliza dentro de mí como una
sombra, la realidad se difumina a mi alrededor. Es inaudito, no entiendo cómo
puedo estar sintiendo lo que siento, pero es innegable. El calor se expande
desde mi sexo como si tuviera una hoguera dentro, mis muslos se cierran sobre
su mano, mi boca se frunce en una mueca de satisfacción.
Le basta con jugar con la entrada de mi cueva y con retozar junto a mi clítoris
para llevarme a otra dimensión. El tacto de la yema de sus dedos se me antoja
lo más suave y tierno que he sentido jamás, y cuando por fin la noto moverse
un poco más dentro, el gemido que escapa de mi garganta es tan fuerte que, por
un momento, las dos nos asustamos, y Sandra detiene un segundo su trabajo.
Pero no hay peligro de ser descubiertas, la oscuridad es total y estamos
demasiado lejos de la casa como para que nadie nos oiga. Apiadándose de mí,
mi amiga reanuda sus atenciones, y el resultado no se hace esperar. Las
estrellas se nublan encima de mí, mi sexo palpita al tiempo que se abre sin que
yo pueda hacer nada por evitarlo, mi pecho late acelerado y mis manos se
agarran como garfios a los bordes de la hamaca. Es como caer desde lo alto,
es como flotar en el agua, es…
Sandra pega mucho su cuerpo al mío, buscando la mejor postura posible para
acoplarse sobre mí. Su mano es tan pequeña y la recuerdo tan bonita que me
gustaría tenerla dentro toda entera; su pelo, que tan feo me parecía esta misma
mañana, huele a hojas frescas, a campo, a vida.
Tengo la sensación de que mi éxtasis no va a terminar nunca. Cuando parece
que va a acabar, rebrota y aumenta de intensidad; cuando creo que es
imposible sentir más placer, todavía descubro un matiz nuevo con el que mi
cuerpo puede sorprenderme. Bajo el manto de estrellas que lucen solo para
mí, disfruto un orgasmo eterno y salvaje.
Al fin, inicio el leve descenso, y casi es un alivio porque por un segundo he
llegado a asustarme, ¿qué es lo que me ha pasado? Lentamente, recupero el
resuello y trato de recordar quién soy y cómo me llamo. Creo que debo decir
algo, estoy a punto de dar de nuevo las gracias, y para no hacerlo otra vez me
conformo con unas palabras que quizá reflejen mejor lo que verdaderamente
siento.
—Joder… joder…
Sandra se ríe, sale de dentro de mí y gira sobre la hamaca. Ahora, las dos
estamos boca arriba, mirando de nuevo las estrellas. Por unos segundos,
ninguna dice nada, y yo no sé qué se espera de mí. Con timidez y un poco
asustada, porque no sé si quiero hacer lo que parecería más lógico, pregunto
con voz todavía entrecortada:
—¿Quieres que…?
—¿Qué? No, tranquila. Estoy bien.
—¿De veras? Me siento un poco… no sé…
—No seas tonta.
No entiendo muy bien qué acaba de suceder. Acabo de tener un orgasmo
imprevisto y sublime, ¡y me lo ha proporcionado una chica! ¿Qué está pasando
por la cabeza de Sandra ahora mismo? Daría media vida por saberlo.
—Nunca… nunca había hecho algo así —digo, incapaz de permanecer
callada.
—Yo tampoco.
—¿Por qué lo has hecho?
Noto cómo Sandra gira su rostro hacia mí, pero enseguida vuelve a fijar su
mirada en las estrellas.
—Somos amigas, ¿no? Me pareció que lo necesitabas. No le des más vueltas,
no significa nada.
—¿Y tú no…?
—Por dios Laura, tranquilízate. Es el aquí y el ahora, ¿recuerdas? Ha pasado
sin planearlo, por eso te ha gustado tanto. Intenta disfrutar más del momento
sin preocuparte tanto por las consecuencias.
Estoy confusa, no logro pensar con claridad. Sé que, a veces, las chicas y los
chicos hacen algo parecido cuando están solos en los campamentos o en los
colegios de un solo sexo, pero yo jamás había creído que podría protagonizar
un encuentro de este tipo. Recuerdo una amiga que reconocía haberse
masturbado junto a una compañera, durante un verano que pasaron juntas en la
playa. Según ella, no había sido nada más que una diversión pasajera, y
cuando se separaron jamás volvió a tener una relación lésbica.
¿Es eso lo que acaba de suceder? Sandra sabe que estoy sufriendo, ha notado
que nuestro inocente juego de escribir sobre mi espalda me ha excitado y,
simplemente… me ha regalado veinte minutos de placer.
Sí, supongo que a eso se reduce todo pero, ¿no es extraño que esto me haya
pasado precisamente en este momento de mi vida? Ya no somos dos jovencitas
que descubren el sexo, las dos teníamos parejas masculinas hace apenas unos
meses y ninguna se considera lesbiana. Entonces… ¿cómo es posible que
acabe de tener el mayor orgasmo de mi vida?
Eso es lo que me mata. Hasta hace cinco minutos creía que sabía lo que era el
placer pero, lo que he vivido con Sandra… pertenece a otra dimensión. ¿Se
debe solo al hecho de estar al aire libre y bajo un cielo nocturno de imponente
belleza? Sí, eso tiene que ser, no hay otra explicación.
—Me voy a la cama —dice mi amiga de pronto—. Debe ser tardísimo, y
mañana mi madre quiere llevarnos a hacer turismo.
Mientras caminamos a tientas en la oscuridad, vuelve a invadirme la sensación
de estar viviendo un sueño. Seguro que, cuando despierte mañana, comprobaré
que todo esto solo ha sucedido en mi imaginación.
Día de turismo
Pues no, no fue un sueño. Nada más abrir los ojos, me llevo la mano a la
mejilla izquierda y compruebo que mis cicatrices siguen ahí. Además, es
inevitable admitir que es cierto que hace solo unas horas me diluí bajo las
caricias de Sandra de un modo increíble. ¡Qué vergüenza! ¿Cómo voy a poder
mirarla a los ojos hoy? ¿Qué pensará de mí? Me tiemblan las piernas solo al
recordar mis gritos ahogados durante la explosión final, ¡incluso presioné con
la mía su mano sobre mi sexo cuando llegué al punto más alto!
Me siento tan desbordada por la situación que me planteo seriamente decir que
estoy enferma y no bajar a desayunar. Pero no puedo soportar más esta tensión,
debo ver a Sandra, decirle que lo de ayer fue un error que no volverá a
producirse, explicarle que solo mis especiales circunstancias fueron las
culpables de que me dejara llevar.
Tan nerviosa que durante unos minutos me he olvidado por completo de las
cicatrices, me pongo unos vaqueros elásticos, deportivas y una camiseta. Hoy
toca visitar iglesias, ¿puede haber algo más aburrido?
Como suele ser habitual, soy la última en bajar. Las tres están terminando el
desayuno, todas con ropa fresca y calzado cómodo. Sandra lleva un vestido de
flores que le sienta bien y, al sentir su mirada sobre mí, giro para darle la
espalda con el pretexto de prepararme unas tostadas.
—¿Has dormido bien cariño? —pregunta Lourdes levantándose solícita para
ayudarme.
—Sí, gracias.
Creo que me he puesto colorada. ¿Qué diría de mí esta mujer chapada a la
antigua si supiera lo que sucedió entre su hija y yo cuando nos quedamos
solas? ¿Qué diría mi madre? Ay mamá, siempre hemos estado muy unidas,
pero esto no voy a poder contártelo nunca.
Ocultando a duras penas el temblor de mis manos, me siento a la mesa en la
parte opuesta a la que ocupa mi amiga, porque ni siquiera me atrevo a cruzar
mi mirada con la suya.
—Vamos Laura —me regaña mi madre—. Te estamos esperando, nosotras ya
estamos listas.
—No le metas prisas Virgi, estamos de vacaciones. Ayúdame a meter las
cosas en el coche mientras las niñas terminan su desayuno.
Hace un instante quería aclarar las cosas con Sandra, ahora me da un miedo
terrible quedarme a solas con ella. ¿Qué digo, qué hago? Por su parte, ella
parece tranquila, consultando su móvil y leyendo con dificultad las noticias
del día.
—¿Te apetecería ir al cine de verano algún día de estos? Creo que ponen La
La Land el jueves.
Me fascina su calma, se comporta como si anoche todo hubiera sido normal
entre nosotras.
—No la he visto.
—Pues decidido, será una cursilada romántica pero… ¡Ryan Gosling es tan
guapo! ¿No te lo parece? Daría diez años de mi vida por una noche a su lado.
A mí también me parece guapo, pero en lo único que consigo pensar ahora es
en cómo puede mi amiga comportarse con tanta naturalidad. Entonces, es
cierto que lo que hizo no significó nada, que no espera nada a cambio y que
simplemente se dejó llevar por el “aquí y ahora”.
Supongo que he hecho una montaña de un grano de arena. Yo misma no quiero
que se repita, y desde luego sentí un alivio inmenso cuando ella me liberó de
la obligación de tener que corresponder a sus atenciones. Tengo que calmarme,
porque si no mi madre va a darse cuenta de que me pasa algo nuevo, y ya tiene
bastantes preocupaciones por mi culpa.
Por cierto que, esta mañana, me parece que he sido injusta. El pelo corto no le
queda tan mal a Sandra.
***
—Es del siglo XI —explica Lourdes—, ¿os gusta?
—Me encanta —dice mi madre.
—El arco de medio punto siempre me ha parecido majestuoso —culmina
Sandra—, tal vez precisamente por su sencillez.
—Es… bien, está bien.
Sandra suelta una carcajada y me toma del brazo. Siento un escalofrío, aunque
a nadie le llama la atención un gesto tan inocente. ¿No es lo más natural del
mundo ver a dos buenas amigas caminar cogidas del brazo?
—Ya veo que lo tuyo no es el arte románico. ¿Quieres que vayamos a tomar
algo mientras nuestras mamis visitan el museo?
Agradezco su oferta sinceramente, porque dos horas encerrada en un museo
para ver vasijas antiguas no es precisamente lo que yo llamaría un día
divertido. Tras despedirnos de Lourdes y mi madre, las dos nos adentramos
por las callejuelas del centro de la pequeña ciudad donde hemos venido a
pasar el día.
Procurando no ser demasiado brusca, con el pretexto de ver un escaparate me
he soltado del brazo de Sandra, y ahora las dos caminamos en paralelo,
siempre con mi mejilla izquierda oculta a su mirada y curioseando en la
multitud de tiendas preparadas para los turistas que abarrotamos el casco
antiguo.
Siempre me ha gustado ir de compras. Vestidos, zapatos, pendientes, ¿qué más
da? Me encanta salir sin tener un objetivo claro, simplemente por el placer de
mirar y probarme cosas. Sin embargo, desde que tuve el accidente no he vuelto
a hacerlo, y mientras paseo con mi amiga no consigo sustraerme a la incómoda
certeza de que todo el mundo mira mis heridas, ¿es que no pueden centrarse en
los souvenirs expuestos en las tiendas?
—Es bonita esta ciudad —comento cuando llegamos a la Plaza Mayor.
—Nos trajeron de crías alguna vez, ¿recuerdas?
—¿Hablas en serio?
Estoy sinceramente sorprendida, no recordaba haber estado aquí nunca, y
cuando lo reconozco ante Sandra, ella ríe divertida y me da una posible
explicación:
—Antes nos llevábamos tan mal que has olvidado todo lo que hacíamos juntas.
—¿Yo te caía mal?
—¿Pensabas que adoraba estar contigo? Bostezabas cuando te decía algo y
nunca mostrabas el menor interés por mí.
Hemos soltado una carcajada al unísono. Ya no me parece tan vergonzoso
haberme dejado llevar anoche. Además, ¿no fue ella la que tomó la iniciativa?
—¿Por qué crees que ahora es distinto?
Sandra se queda pensativa unos segundos. Nunca me había fijado en sus ojos,
ocultos bajo sus gafas de pasta, pero de pronto descubro que son oscuros y
profundos. Con la luz del día, tiene un aire intelectual muy interesante.
—Creo que las dos hemos sufrido mucho este año. Eso cambia a las personas.
No me parece que romper con un novio sea tan grave como lo que me ha
pasado a mí. Yo he perdido a Javier, pero no me duele tanto como tener media
cara destrozada. A nuestra edad, una pareja se va y otra llega, pero mi
rostro… mi rostro ya nunca volverá, y es lo primero que ve la gente cuando
habla contigo.
De cualquier modo, la simpatía creciente que siento hacia Sandra me empuja a
preguntarle por su relación rota:
—¿Le querías mucho?
—¿A Diego? Supongo que sí. Pero que me dejara, aparte de una decepción, no
es lo más grave que me ha pasado.
No entiendo nada, a veces parece que Sandra está ocultando algo, pero no
puedo ni imaginar de qué se trata.
—¿Qué quieres decir, qué te ha…?
—¡Mira, no me digas que no te acuerdas!
Al fondo de la calle por la que paseamos, hay uno de esos tiovivos antiguos de
los que cada vez quedan menos. Interrumpiendo la conversación, Sandra me
coge de la mano y me hace correr hacia él.
Es curiosa la sensación que experimento durante nuestra breve carrera. La
misma mano que oprime ahora la mía se coló anoche entre mis piernas, pero
sin embargo es solo la mano de una amiga, y ni ella ni yo hemos hecho hoy
mención alguna a lo ocurrido. Es como si no hubiera pasado, como si no
tuviera la menor importancia.
—Tu madre nos trajo aquí una tarde y montamos tantas veces que al final yo
me mareé y vomité toda la merienda, tienes que acordarte.
—¡Es verdad, fue aquí!
Las dos sonreímos, y por instante siento una felicidad maravillosa. Creo que
aquella fue la única tarde en la que Sandra y yo lo pasamos bien juntas. La
única, hasta que el destino en forma de accidente de moto ha vuelto a
reunirnos.
—¿Montamos otra vez?
El rostro de mi amiga se ilumina al preguntar, y arruga la nariz de un modo tan
gracioso al subirse las gafas que me es imposible decir que no. En menos de
un minuto, estamos las primeras en la fila.
—¿Qué vas a escoger? Yo me subo en el dragón.
¿Cómo podía haber olvidado esto? Dando la vuelta al tiovivo, busco con el
corazón lleno de esperanza, ¡sí, aquí está! La carroza de las princesas, yo
siempre me subía ahí, mientras que Sandra elegía caballos, dragones o leones.
¿Cuántos años tendríamos?, ¿diez, doce? Fue el verano en que nos conocimos,
y después de eso solo nos veíamos de año en año y prácticamente sin
dirigirnos la palabra la una a la otra.
Los cuatro o cinco minutos que dura el viaje me trasportan a un tiempo en el
que, sin saberlo, fui feliz. Entonces me creía inmortal, a salvo de todo, y no
podía ni imaginar que la vida fuera algo tan frágil y quebradizo. Cuando el
tiovivo vuelve a detenerse, me siento insospechadamente alegre, y busco entre
la gente a mi amiga para reunirme con ella.
Al fin la encuentro, un grupo de ruidosos niños no me dejaba verla. Está
sentada, muy pálida, y cuando me acerco, por un instante siento un escalofrío
que no consigo explicarme.
—¿Estás bien?
—Sí, es solo que me he mareado.
—¿Bromeas? Si iba muy despacio, ha sido genial.
—Supongo que he desayunado poco.
—Desde luego —río burlona—, lo tuyo no es dar vueltas, te mareas
enseguida.
Durante unos minutos, me siento a su lado y, de forma espontánea, esta vez soy
yo la que coge su mano. Poco a poco, el color va volviendo al rostro de mi
amiga y, finalmente, me sonríe y aprieta el dorso de mi mano con sus diminutos
deditos.
—Ya está, vamos.
Caminamos al encuentro de nuestras respectivas madres cogidas de la mano.
Es lo natural, entre amigas.
Un poco de música clásica
Seguimos aquí, no nos hemos marchado. Si debo ser sincera, no estoy muy
segura de si las cosas van bien o no.
Por un lado, empiezo a apreciar el encanto de estar en un sitio donde reina una
paz tan absoluta que se diría que podría pasar un mes entero sin ver a nadie,
aparte de a mis tres compañeras de vacaciones. Además, lo paso bien junto a
Sandra, que ha resultado ser una compañía divertida y agradable. Incluso creo
que debería añadir que, cuando estamos a solas, en muchos momentos me
olvido de mi cicatriz.
Desde que tuve el accidente, he descubierto que hay tres tipos de personas: los
desconocidos que te miran con curiosidad morbosa; la gente más o menos
allegada, como Lourdes, que no puede ocultar que se siente cohibida y no sabe
cómo reaccionar; y mi madre, que sufre más que yo y que no puede quitarse de
la cabeza que su hija es desgraciada sin que ella pueda remediarlo. Bien, pues
a esta clasificación debo añadir una categoría en la que solo está Sandra. Es
como si ella no viera mi cicatriz, y no porque finja, sino porque, realmente…
parece que no le importa en absoluto mi aspecto. A su lado, a veces puedo ser
la Laura despreocupada de antes, porque ella me mira con naturalidad, y nunca
la pillo observando mis cicatrices a escondidas, ni descubro en su gesto
lástima o repulsión alguna.
Pero no todo es perfecto. Hay algo que me preocupa, que me mantiene
despierta por las noches y que me ha costado llegar a decirme a mí misma de
modo claro y directo. No entiendo cómo es posible, no tiene lógica alguna y,
sin embargo, ha vuelto a pasar esta misma mañana.
Sandra y yo estábamos preparando la comida, las dos juntas en la cocina
mientras su madre y la mía han bajado al pueblo a hacer unas compras.
Estábamos solas en el enorme edificio, y yo la veía trabajar, menuda, con sus
gafitas de pasta, una camiseta amplia y esos vaqueros viejos que dejan sus
muslos, tan blancos como el primer día, completamente desnudos.
Está claro que mi amiga no es una belleza despampanante, pero tiene algo que
estoy segura de que no solo yo percibo. No sé si son sus ojos de mirada
inteligente, su aire frágil y casi enfermizo o su voz suave y perfectamente
modulada, pero cada día que pasa me parece que descubro en ella algún tipo
de atractivo en el que no había reparado a primera vista.
En lo que sí me fijé desde el principio, y hoy me ha vuelto a pasar, es en sus
manos. Mientras cortaba la verdura con cuidado, no he podido evitar
quedarme mirando sus dedos finos y ágiles, sus muñecas diminutas y su piel
blanca y tersa. ¿Por qué me hipnotizan tanto esas manos?
Esa pregunta me traspasa, y más desde que, incapaz de engañarme por más
tiempo a mí misma, he tenido finalmente que aceptar la respuesta. Lo que me
hace temblar y sentirme tan confusa como una colegiala asustada es saber que,
en el fondo, me gustaría que esas manos volvieran a tocarme otra vez como lo
hicieron aquella noche bajo las estrellas.
Ya está, ya lo he dicho, y reconocerlo ante quien pueda estar leyendo estas
páginas no ha sido tan difícil como reconocérmelo a mí misma. ¿Me atrae
Sandra? No lo sé. Me lo cuestiono desde que me levanto hasta que me acuesto,
y no logro tomar una decisión firme. No me imagino besándola en la boca, por
ejemplo, pero creo que sí me gustaría deslizar la palma de la mano por la cara
interna de esos muslos que se me antojan infinitamente cálidos y suaves.
¡Estoy hecha un lío! Tratando de ser razonable, me digo que la intensidad de
mi orgasmo con ella se debió tan solo a un cúmulo de circunstancias
favorables: tener sexo al aire libre, la oscuridad, la novedad morbosa de dejar
que una chica te lleve al éxtasis… Todo eso parece lógico pero, ¿y si hubo
algo más? ¿Y si la magia del momento se debió tan solo a Sandra, por sí
misma y sin necesidad de la elaborada puesta en escena?
Creo que solo habría una manera de saberlo. El problema es que ella no ha
vuelto a hacer insinuación alguna que me permita creer que aquello va a
repetirse y, ¿cómo podría ser yo la que se lo pidiera? Me moriría de
vergüenza antes de hacer algo así. Entre otras cosas, me da miedo pensar en la
posibilidad de tener que ser yo la que la acaricie a ella: no sé si me gustaría o,
por el contrario, me sentiría incómoda.
Pero probar una vez más, dejar que volviera a masturbarme ella a mí… Sueño
con ello a cada minuto, mientras Sandra ni siquiera ha vuelto a mencionar ni
una sola vez lo ocurrido en la hamaca. ¿Es que no se acuerda? ¿Tan poca
importancia le concede? Si también era la primera vez que ella hacía algo
semejante, no comprendo cómo ha podido asimilarlo con tanta naturalidad.
Y así, casi ha pasado una semana. No sé si estar aquí me ayuda o no. Lo que sí
es cierto es que, desde que la nueva Sandra ha entrado en mi vida, dedico
muchas menos horas al día a pensar en mi cicatriz.
***
—¿Salimos esta noche a dar una vuelta todas juntas?
—Claro, Laura y yo pensábamos ir al cine, ¿por qué no os apuntáis?
No entiendo cómo puede molestarme que Lourdes y mi madre decidan
acompañarnos. Dios, simplemente íbamos a ir a ver un estúpido musical, y
además tanto Sandra como yo hemos coincidido en que Ryan Gosling es
probablemente el hombre más sexy del mundo y en que nos encantaría
quedarnos a solas con él en una isla desierta, ¿por qué me siento tan
defraudada entonces?
Intentando disimular mi injustificado mal humor, ayudo a recoger la mesa y,
después, pretextando que estoy cansada, subo a mi cuarto a echarme un rato en
lugar de quedarme a charlar como hacemos otros días.
Tumbada boca arriba en la cama, mi mente trata de encontrar una explicación a
la extraña situación en la que me encuentro: la chica que me aburría
mortalmente hace siete años de pronto aparece en mi vida, sin que yo haga
nada por provocarla me arranca un orgasmo salvaje y, después… se comporta
como si simplemente fuéramos dos buenas amigas.
Es para volverse loca, ¿querría yo enredar mi lengua en la suya? No, claro que
no. ¿Deseo acaso besar sus pezones, hundir mi lengua en…? ¡Por supuesto que
no! Entonces, ¿por qué siento esta ansiedad que no me deja pensar en otra
cosa?
Dos toques suaves en mi puerta me hacen salir de mis funestos pensamientos,
seguro que es mi madre que sube a ver si todo está bien. Lo mejor será
invitarla a pasar, porque de otro modo se pondrá nerviosa y no me dejará en
paz en toda la tarde.
—Adelante, está abierto.
—No sabía si estarías dormida.
Sandra está en mi cuarto. La irritación desaparece en un segundo. ¿Qué la
habrá traído aquí? Con una mezcla de curiosidad y esperanza de que suceda
algo que rompa la incertidumbre de los últimos días, me incorporo y me siento
con la espalda apoyada en el cabecero de la cama.
—Solo estaba descansando un poco.
—¿Quieres venir a mi cuarto para escuchar algo de música?
No tiene que pedírmelo dos veces. Me levanto y la sigo hasta su habitación,
que está al otro lado del pasillo. Entonces, cuando entramos, sucede algo que
me deja sin respiración, ¡Sandra ha cerrado el pestillo de su puerta! ¿Qué
sentido tiene, por qué iba a hacer algo así si no pensara…?
—No quiero que entre mi madre —me dice dando explicación que no he
pedido—, a veces llega a agobiarme un poco.
Tengo que tragar saliva, estoy convencida de que es una excusa. Seguro que
ahora va a venir hacia mí y a cogerme por la cintura, ¿deseo que lo haga? No
quiero que me bese, solo quiero saber si sería capaz de provocar de nuevo un
terremoto en mí como el de la otra noche pero, ¿cómo pedirle algo así, cómo
decirle que solo anhelo… otros veinte minutos de sus maravillosas manos?
—Ponte cómoda, a ver si te gusta esta música.
No me ha besado, ni siquiera se ha acercado. Lo cierto es que parece tan
relajada como si su única intención al invitarme a su cuarto fuera realmente la
de escuchar música. ¿Decepcionada ahora que sé que no va a intentar nada?
—¿Lo conoces? —pregunta tumbándose de un salto a mi lado en la cama tras
poner en marcha el equipo.
Vestimos las dos igual: camisetas y vaqueros cortos, y ambas nos hemos
descalzado para no manchar las sábanas de la enorme cama que hay en su
dormitorio. Por otra parte, al comprobar que a Sandra le gusta la música
clásica, durante un segundo recuerdo por qué me resultaba tan antipática
cuando pasábamos juntas los veranos años atrás.
—Siento no ser tan culta como tú. Yo prefiero a Adele.
Sandra se ríe con ganas y me pide que tenga un poco de paciencia, pero es
inútil, jamás podré apreciar este tipo de música. Todas las piezas me parecen
iguales y lo único que me producen es sopor y aburrimiento.
—A Diego y a mí nos encantaba escuchar juntos a Beethoven.
Es la primera vez que habla de su pasado, y no sé si me apetece remover
ciertos temas. Por otra parte, es curioso lo poco que he pensado en Javier los
últimos días. Dos años de relación parecen no haber dejado huella alguna en
mí, o al menos no tanto como estas cicatrices que… uff, no me había dado
cuenta, pero por suerte ofrezco a Sandra mi lado bueno, ¡todo está bien!
—Es curioso —sigue mi amiga—, durante años pensé que era el hombre con
el compartiría mi vida pero, sin embargo… creo que estoy a punto de
olvidarle por completo. ¿Y tú, aún piensas en…?
—¿En Javier? Mucho menos de lo que cabría esperar.
Otra vez mis sentidos se han puesto alerta. ¿Significa algo que las dos
hablemos de lo poco que añoramos a nuestros ex? ¿Es un primer paso para dar
una vuelta de tuerca a nuestra extraña relación?
—Escucha esto, seguro que te gusta.
Bueno, la verdad es que la nueva pieza suena más enérgica e impactante. En
algún sitio la he oído, no está mal, la verdad.
—Es La cabalgata de las Valkirias, de Wagner —me informa mi amiga—. No
me digas que no transmite fuerza, pasión… vida.
—El aquí y el ahora —digo pensativa.
—El aquí y el ahora —repite ella, esbozando una sonrisa.
Nos hemos quedado en silencio, mirándonos sin pestañear. Dios, si en este
momento me besara, no sería capaz de resistirme. Estamos tumbadas en la
cama, muy cerquita la una de la otra, bastaría con que se inclinara sobre mí
y…
—Para que veas que no soy tan cursi, voy a ponerte algo de Adele.
Sandra ha saltado como un resorte para cambiar la música, rompiendo así el
encanto de un momento que parecía perfecto, ¡daría cualquier cosa por saber
qué está pasando por su cabeza! ¿Debería ser yo la que diera el primer paso?
No, no puedo hacer eso, y no solo por la vergüenza de un posible rechazo. Es
que, además, soy consciente de que lo que está ocurriendo entre nosotras en
esta casa no podría suceder en ningún otro lugar. Voy a tratar de explicarme:
aquí, en el fin del mundo y con mi vida en un momento tan crítico, Sandra es un
soplo de aire fresco y su proximidad me gusta. En el mundo real, rodeada de
mis amigas, sin mi cicatriz y con Javier a mi lado… ni por un segundo podría
pensar en dejar que Sandra me tocase. ¿Cómo voy entonces a ser yo la que dé
el primer paso, si ni siquiera sé hacia dónde quiero dirigirme?
—¿Mejor? —dice volviendo a tumbarse a mi lado.
—Mucho mejor… aunque Wenger no me parecía mal del todo.
—Wagner.
—Repipi.
—Paleta.
Como obedeciendo a una señal oculta, nos hemos incorporado entre risas las
dos y, cogiendo las almohadas en las que estábamos apoyadas, hemos iniciado
una incruenta batalla.
Me gusta golpear el cuerpo menudo de Sandra. Tanto como que ella se lance
sobre mí, que las dos nos hagamos un ovillo sobre la cama, que mis manos
rocen sus brazos y las suyas mis caderas. Soy mucho más corpulenta, y pronto
la tengo boca arriba en la cama mientras yo, subida a horcajadas sobre ella,
inmovilizo su cuerpo con el mío y sujeto sus frágiles muñecas con las manos.
Nos detenemos jadeando. Su pecho sube y baja, agitado. ¿No se quita nunca
este horrible sujetador que de nuevo veo asomando a través de su camiseta?
Otra vez nos miramos en silencio, es el momento. Podría besarla pero, ¿me
atrevo a hacerlo? ¿Deseo hacerlo? Durante cinco segundos pienso que sí,
durante otros cinco no estoy tan segura…
—Suéltame, me haces daño —protesta con una sonrisa—. Eres increíblemente
fuerte.
El momento ha vuelto a pasar. Soltándola, regresamos a la posición anterior a
la improvisada batalla de almohadas: las dos boca arriba, la vista fija en el
techo y, por si acaso, mi mejilla maltrecha oculta a su mirada.
—Aparte de Adele, ¿te gusta algún otro tipo de música?
¿De verdad vamos a hablar de música ahora? Yo misma me sorprendo de la
decepción que siento. De pronto estoy irritada, y sé que la culpa no es de
Sandra. Lo que me molesta es mi propia cobardía, el haberme quedado
paralizada. Tal vez porque no me atrevo a preguntar lo que de verdad me está
quemando, mi rabia dirige mis palabras hacia el otro tema que me quita la
vida, y entonces lo que sale de mis labios me sorprende incluso a mí misma:
—¿Qué opinas de mis cicatrices?
Es obvio que Sandra no se lo esperaba, y yo misma me arrepiento al instante
de haber dicho eso, ¿en qué demonios estaba pensando? Lo curioso es que, a
pesar del miedo que tengo de oír una respuesta que no esté preparada para
encajar, lo que hago es lanzarme adelante sin reparar en las consecuencias.
—Y quiero que seas absolutamente sincera conmigo o no volveré a hablarte
nunca más. ¿Qué piensas de mi cara?
Mi amiga duda, sonríe, se pone seria. Estoy empezando a pensar que va a
preferir no contestar, lo cual sería peor porque entonces imaginaré las cosas
más horribles, cuando finalmente habla con voz calmada:
—¿Me prometes que no vas a enfadarte, diga lo que diga?
Estoy segura de que va a decir algo que se me clave como un puñal, pero ya no
puedo echarme atrás, ahora tengo que fingir ser firme y valiente.
—Lo prometo. Quiero que me digas todo lo que piensas.
—Muy bien. Allá va: pienso que no has sufrido demasiado en la vida.
Creo que me he perdido algo. ¿Qué significa eso? Con un gesto la invito a
seguir hablando, y Sandra lo hace con una sonrisa extraña que me hace sentir
incómoda.
—Me parece que le das excesiva importancia a algo que no la tiene.
No sé si son sus palabras o su mirada, pero algo se remueve indignado dentro
de mí. Mi amiga tiene una expresión que parece insinuar que sabe algo de la
vida que yo no sé, como si ella hubiera sufrido cosas terribles que yo no
alcanzo a imaginar, y puedo admitir que sea más culta e inteligente, pero no
que se crea que es la única que ha pasado por experiencias difíciles.
—¿Y qué tiene importancia según tú? Por lo que sé, estás deprimida porque te
ha dejado un novio con el que oías música de iglesia y al que ni siquiera
añoras demasiado.
—Has dicho que querías que fuera sincera.
—¡Es que no tienes ni idea de lo que es mirarme al espejo cada mañana joder!
Me he levantado con furia y he intentado regresar a mi cuarto, pero este
estúpido pestillo no funciona bien y he sido incapaz de abrir la puerta de la
habitación.
—Has prometido no enfadarte.
Sin decir palabra, renuncio a volver a su lado y me siento en un pequeño
taburete, mientras Sandra se incorpora y hace lo propio en su cama. Tras unos
minutos de silencio, vuelve a hablar, esta vez en tono conciliador.
—Soy sincera contigo Laura, tus cicatrices no me parecen algo como para
amargarse la vida. Perdiste un contrato de trabajo en algo que te gustaba, y ya
reconocí que eso era una putada, pero…
—¿Pero qué?
—Pues que sigues siendo guapísima, ¿es eso lo que querías oír?
Ahora me mira como si fuera una niña tonta, y no sé si me siento enfadada o
aliviada por sus palabras.
—No me mientas.
—No te miento Laura. Tienes un cuerpo perfecto, y esas marcas en la
mejilla… En mi opinión, te dan personalidad.
—No me tomes el pelo.
En realidad, he decidido que me encanta que continúe por ese camino, pero
tengo que seguir enfurruñada, pues no hacerlo significaría darle la razón y
reconocer que hago un mundo de algo insignificante.
—Hablo completamente en serio. Si tuvieras un buen agente, seguro que te
encontraba algún papel para hacer de heroína sexy o de mala en alguna
película de acción. Casi puedo verlo: una de esas malas muy ligeras de ropa y
que terminan llevándose todo el protagonismo.
Lo ha conseguido, ha vuelto a arrancarme una sonrisa espontánea. Creo que lo
que me gusta de Sandra es que estoy convencida de su sinceridad: es como si
no viera mi rostro magullado y, al saber que hay al menos una persona en el
mundo que sigue encontrándome hermosa, yo misma me siento un poco
atractiva.
De nuevo nos quedamos mirándonos en silencio, es la tercera vez en menos de
una hora. ¿Son imaginaciones mías? Es necesario que al menos una de las dos
sea valiente y dé el primer paso. ¿Estará pensando lo mismo que yo? Me
parece increíble que haya pasado casi una semana entera sin que ninguna de
las dos haya vuelto a hacer la menor mención a lo sucedido en aquella hamaca.
Tengo que atreverme, llevamos casi un minuto sin hablar, entre dos simples
amigas no tiene sentido este silencio incómodo.
Más asustada aún que al hablar de mis cicatrices, con la mirada fija en el
suelo y una voz que sale con dificultad de mi garganta, hago la pregunta que
llevo queriendo hacer desde que entré en la habitación de Sandra:
—¿Volverá a pasar alguna vez?
Me he puesto colorada, no puedo creer que haya sido capaz de preguntarlo.
Dios, ¿sabrá a qué me refiero? ¡Tiene que saberlo, sería devastador para mí
que no adivinara de qué estoy hablando! Los segundos que tarda en contestar
me parecen los más angustiosos de mi vida, solo comparables a lo que sentí la
primera vez que, tras el accidente, contemplé mi nuevo rostro ante el espejo.
—¿Tú querrías que se repitiera?
—No vale contestar con otra pregunta —protesto, incapaz de cruzar mis ojos
con los suyos.
—Habíamos dejado claro que ninguna de las dos era lesbiana.
—Por supuesto, si Ryan Gosling estuviera aquí…
—Dios sí, ¿te imaginas? Tener aquí a Ryan para nosotras solas…
—Me cuesta imaginar algo mejor, desde luego —admito atreviéndome a
levantar al fin la vista del suelo.
Las dos nos reímos, pero esta vez tengo la sensación de que es una risa
nerviosa que trata de ocultar otras cosas.
—El problema es que no está —apunta muy juiciosamente Sandra— Estamos
solas, tú y yo, y un largo mes por delante.
¿Estamos buscando una excusa, una razón que justifique que recurramos al
sexo lésbico, como hacen los animales en cautividad? Hay un aire de
irrealidad en todo que hace que me cueste tomar las riendas. Mi madre abajo,
con su mejor amiga, ¡¿y yo arriba, decidiendo si tener sexo con la hija?! Es
una locura pero, sin embargo, contra toda lógica noto que ya no tengo ninguna
duda: deseo volver a ser acariciada por mi amiga. Pero no me atrevo a
pedírselo, no sin antes ofrecerme a ser yo quien actúe primero en esta ocasión.
—Si tú quieres, puedo… ya sabes…
No me gusta la expresión que se ha dibujado en su rostro. ¿Le desagrada la
idea de que yo la toque? Sandra se ha levantado las gafas con ese gesto que
hace siempre que no está segura de algo, y yo me he sentido tan ridícula que,
de no ser por lo mucho que me tiemblan las piernas, ahora mismo me iría a mi
cuarto a llorar.
—No lo sé —dice finalmente esbozando una sonrisa que no consigo
interpretar—. Todo esto es raro, ¿no?
—Tienes razón, he sido una tonta. Perdona.
Me he levantado y he dado un par de pasos en dirección a la puerta, pero
Sandra me ha detenido con un gesto, inmóvil desde su sitio en la cama.
—¡Espera! No te enfades. Yo… Me gustó mucho lo que hicimos. Me
encantaría repetirlo.
No puedo creerlo. Entonces, ¡ella estaba disimulando igual que yo! Todos
estos días en los que yo estaba confusa y llena de dudas, ¿Sandra estaba
pasando por lo mismo? Supongo que, a veces, el miedo al rechazo hace que
nos resulte difícil salir de nuestro círculo de seguridad.
Ahora es Sandra la que se ha puesto muy colorada, y siento una ternura infinita
al ver sus dudas. Pero no hay motivo para ello, de pronto me siento muy
valiente, quiero probar cosas nuevas, creo que ya no solo anhelo que ella me
proporcione un orgasmo a mí… también deseo probar qué se siente al tocar a
una mujer de ese modo. Otra vez me acerco a la cama desde donde ella,
sentada, me mira con un gesto avergonzado que no le había visto nunca.
—No, por favor. No te acerques más.
No entiendo nada, ¿me está rechazando? Sus ojos dicen lo contrario. Entonces,
¿por qué se repliega, de qué tiene miedo? Fue ella la que tomó la iniciativa
bajos las estrellas, yo nunca me habría atrevido ni siquiera a pensar en un
desenlace tan inesperado.
—Dime qué te pasa —digo entonces con suavidad—. Vamos a ser sinceras la
una con la otra, ¿recuerdas?
—Escucha Laura yo… no sé cómo pedirte esto…
—No tienes que pedir nada, ya te he dicho que estoy dispuesta. Me apetece
hacerlo.
—¡Es que no quiero que me toques!
Me he quedado paralizada en medio de la habitación. No comprendo qué está
pasando, no es rechazo lo que siento por su parte, pero entonces no puedo
imaginar cuál es el problema. Si a mí me gustó y a ella también, ¿cómo pudo
ser entonces tan cariñosa conmigo y no desear ahora que yo me comporte de
igual modo con ella?
Sandra tiene la vista fija en los pies de su cama. Está empezando a asustarme
cuando sus palabras, llenas de congoja, me dejan completamente descolocada.
—No quiero que me toques, pero sí me gustaría…
—¿Qué? Dímelo, por favor.
—¿Te importaría… quitarte la ropa? Me gustaría verte desnuda.
He sentido como un relámpago recorriendo mi cuerpo de lado a lado. Sandra
parece de pronto avergonzada, temerosa de mi reacción, y por unos segundos
reconozco que no sé cómo encajar su petición.
En contra de lo que sería normal entre amigas que pasan juntas las vacaciones,
nunca nos hemos visto desnudas la una a la otra. Años atrás, nos llevábamos
tan mal que procurábamos pasar el mayor tiempo posible separadas, y este
verano nuestro primer y único encuentro sexual tuvo lugar en una oscuridad
absoluta. Hacer lo que me pide supone mostrar mi cuerpo a una persona que te
atrae pero con la que todavía no tienes la confianza que te da la relación de
pareja. Tiene algo de humillante, de salto al vacío.
Sin embargo, también me resulta sugerente, y creo que mi situación actual tiene
mucho que ver en ello. Yo quería ser modelo, vivir de mi belleza, y ahora
tengo media cara surcada de unas marcas con las que no consigo
acostumbrarme a convivir. Lo que me pide Sandra me hace sentir hermosa,
porque si a ella le excita la idea de ver mi cuerpo desnudo, eso significa que
todavía puedo tener una oportunidad de gustarme a mí misma.
Sin estar muy segura de lo que hago, me quito con gesto brusco la camiseta.
Nunca llevo sostén en verano, y el placer que experimento al dejar que Sandra
observe mis senos es tal que por un instante creo que voy a despertar, y
entonces comprobaré que todo ha sido un sueño sin pies ni cabeza.
Estamos las dos como clavadas en nuestros sitios. Ella en la cama, sentada
sobre sus propias piernas y la espalda ligeramente recostada en el cabecero.
Yo, a poco más de un metro de distancia, de pie en medio de la habitación. Mi
pecho sube y baja agitado, tengo los pezones inflamados sin que ni siquiera los
haya tocado y respiro con esa deliciosa dificultad que nos provoca la
excitación sexual.
Me gusta que Sandra me observe con atención. Disfruto de la caricia de su
mirada recorriendo una y otra vez mi torso desnudo. Es como volver a ser la
de antes, la chica perfecta que todo el mundo deseaba. Ante mi amiga, me
siento hermosa otra vez, y por eso, aunque experimento un innegable pudor,
disfruto de cada segundo que dura la minuciosa inspección a la que me somete.
Sandra ha desabrochado el botón superior de sus vaqueros. Me hipnotiza ver
sus deditos, esos que tanto me gustan, bajando poco a poco la cremallera del
pantalón. ¿Qué espera de mí, qué va a suceder?
—Quédate ahí, por favor. Así, quieta.
Mi amiga ha bajado ya por completo la cremallera de sus vaqueros. Ahora veo
sus braguitas blancas y, a través de ellas, la sombra oscura de su vello púbico.
Hace tiempo que la música ha dado paso al silencio, pero solo ahora me doy
cuenta de que el único ruido que hay en la habitación es el de nuestras
respectivas respiraciones.
¿Por qué no me deja acercarme? ¿Por qué no quiere que la toque? Tal vez yo
no le guste; después de todo, está claro que ni ella ni yo somos homosexuales.
Pero no puedo seguir preguntándome sobre ello porque, de repente, sucede
algo que no esperaba y que me deja petrificada: ante mi asombrada mirada,
Sandra mueve su mano derecha, esa que tanto deseo volver a sentir entre mis
piernas. Pero no es hacia mí a donde se dirige, sino que, despacio, se eleva en
el aire, se posa sobre su estómago, se desliza hacia abajo y… ¡desaparece en
el interior de sus braguitas!
Tengo que esforzarme por llevar aire a mis pulmones. Siento mis pechos subir
y bajar, temblando como flanes ante su mirada. La diminuta mano de mi
compañera empieza a moverse. Veo los nudillos tensar la suave tela de las
bragas, intuyo sus dedos dibujándose a través de la breve prenda, observo
cómo sus mejillas toman poco a poco color y su respiración se hace más
entrecortada.
Estoy paralizada, no sé si hacer un nuevo intento de acercarme a ella o
permanecer en mi sitio. Siento que algo no está bien, que hay algún problema
oculto, pero no alcanzo a descubrir de qué se trata. Pese a todo, estoy muy
excitada, y no puedo dejar de pensar confusamente que, junto a Sandra, el sexo
resulta mucho más estimulante y sorprendente de lo que fue nunca con Javier.
—¿Te importaría…?
—¿Qué?
—Los pantalones.
Tengo la vaga sensación de estar convirtiéndome en un simple juguete. Sin
embargo, algo dentro de mí siente que, después de nuestro primer encuentro,
de algún modo estoy en deuda con Sandra, de modo que obedezco sin poner
resistencia. Cuando estoy solo con las braguitas, sus ojos sonríen de un modo
que me produce un inexplicable calor interior. Su mano sigue forcejeando por
debajo de su ropa interior, la piel de sus mejillas, habitualmente pálido y
apagado, es ahora de un rojo brillante que la hace parecer más bonita que
nunca.
—No me mires… por favor.
—¿Qué… por qué?
—Por favor —repite con voz que parece salir de lo más profundo de su
garganta—, no me mires.
¿Qué está pasando? ¿Es humillante plegarme a sus deseos? No sabría decirlo.
Una parte de mí piensa que sí, que estoy siendo utilizada de un modo extraño y
sorprendente. Sin embargo, mi amiga parece tan desvalida, tan necesitada de
cariño…
—Eres… eres preciosa —repite una y otra vez en un susurro.
Como la noche en que estuvimos juntas sobre la hamaca, estoy de nuevo
privada en cierto modo de la vista. Eso hace que el resto de mis sentidos se
agudicen. No puedo ver a Sandra, pero sí oír sus jadeos, sus gemidos
tiernísimos, sus continuas alabanzas hacia mi cuerpo. Por increíble que
parezca, me siento tan excitada como si llevara horas tocándome, y eso es algo
que me estremece. Ahora no puedo decirme a mí misma que todo se debe a la
brisa nocturna, al brillo de las estrellas y a la novedad de que sea una mujer la
que me acaricia. Sandra ni siquiera me ha tocado, me ha pedido que haga algo
que probablemente nunca habría accedido a hacer con un hombre y, sin
embargo… estoy húmeda como una hoja bañada por el rocío.
—Eres muy bonita… mi mala ligera de ropa…
La voz de Sandra me acaricia como antes lo hacía su mirada, se cuela entre
mis piernas, tonifica mis pechos y mis muslos desnudos. Sin poder resistir el
impulso y sin que ella me lo pida, me quito las bragas casi con furia y las
lanzo al otro lado de la habitación. Completamente desnuda, me coloco con
firmeza en medio del cuarto y miro obstinadamente hacia la única ventana.
Fuera, la tarde empieza a llenarse de sombras, y es sublime perderse en el
verdor de un árbol mientras, a mi lado, los jadeos de Sandra redoblan su
intensidad.
Sé que está mirando mi sexo, lo noto, casi podría decir qué parte de mi
anatomía recorren sus ojos. Ahora, está admirando mi monte de Venus, mi
vello púbico castaño y tupido; ahora se deleita en mis ingles, pero enseguida
se dedica a la cara interna de mis muslos, que se estremecen de placer al
sentirse admirados.
—Uff… ¿puedes… puedes darte la vuelta, por favor?
Es tarde para decir que no a lo que me pide. Despacio, giro sobre mí misma y
me sitúo de espaldas a ella. Sé que el final está cercano, no me ha dejado
tocarla pero eso no impide que sepa con total seguridad cómo está siendo su
orgasmo.
—Tienes un culo maravilloso.
Sus palabras han sonado tan rotundas y convencidas que creo que voy a
deshacerme delante de ella. En este momento, mis cicatrices carecen
totalmente de importancia. Me siento bella, radiante, admirada, y eso hace que
cada fibra de mi ser entre en combustión. Jamás pensé que el simple hecho de
exhibirme para una mujer pudiera resultarme tan erótico.
Cuando oígo detrás de mí que Sandra emite un prolongado gemido de
satisfacción, mis piernas parecen de trapo y todo mi ser se siente
transportando a un mundo de indescriptible voluptuosidad. Quieta como una
estatua, agudizo el oído para registrar el más mínimo jadeo, y descubro que la
música que emite Sandra es la más dulce que he oído jamás. Casi puedo
disfrutar de sus sacudidas, es como estar sintiendo su orgasmo, como si su
cuerpo tuviera algún tipo de conexión oculta con el mío. Sin dejar de observar
los árboles que mece el viento a través de la ventana, siento mi sexo palpitar y
mis glúteos tensarse en una exquisita mezcla de pudor y sensualidad que me
gustaría que durara eternamente.
Cuando por fin el silencio vuelve a hacerse el señor del cuarto, me vuelvo
lentamente hacia ella y, despacio, me siento en la cama, a su lado. Con una
sonrisa tímida, Sandra saca su mano furtiva de debajo de su ropa interior, sube
la cremallera de sus vaqueros y, después, abrocha el botón. No sé muy bien
qué va a pasar a continuación, estoy tan confundida que me cuesta decidir si
me siento feliz o desgraciada.
—Gracias. Ha sido genial.
Sandra me hace un gesto para que me acerque a ella. Es reparador sentir de
nuevo sus manos sobre mi piel pero, a pesar de la hoguera que llevo dentro,
necesito respuestas para lo que acaba de suceder.
—¿Por qué no me has dejado tocarte?
—Deja eso ahora. Relájate, verás cómo…
—No, quiero saberlo. ¿Cuál es el problema?
Me he hecho un ovillo, cubriendo así mi desnudez con las manos y con las
piernas flexionadas. Junto a mí, Sandra, completamente vestida, esboza un
gesto que quiere ser risueño pero se me antoja cargado de preocupación.
—Todo esto es nuevo para mí.
—Eso es una excusa absurda, ¿crees que para mí no?
—Vamos, sé buena. Deja que me ocupe de ti.
La oferta es tentadora, pero una parte de mí se niega a dejarse llevar. ¿Por qué
está tan dispuesta a acariciar mi cuerpo y sin embargo no deja que yo me
acerque a ella? No tiene ningún sentido, sé que le gusto, lo veo en sus ojos,
hay cosas en las que hombres y mujeres somos iguales.
—No —digo con firmeza—. ¿Esto va a ser siempre así?
—¿Así cómo?
—Sucede solo lo que tú quieres y cuando tú quieres.
—No lo sé… Creí que a las dos nos había gustado, ¿cuál es el problema?
El momento ha pasado. Estaba excitada y hambrienta de caricias, pero su
extraña actitud ha conseguido enfriarme. De un salto, salgo de la cama y busco
con la mirada, ¿dónde han caído mis malditas bragas?
—Venga Laura, por favor, no te enfades.
—No me enfado —digo en un tono que contradice totalmente mis palabras—
¡y no me mires mientras me visto!
—Estás preciosa, vuelve aquí.
Una parte de mí quiere ceder, pero aun así localizo mi ropa interior y, con
dificultad, me la pongo de espaldas a ella. Luego, recupero mi camiseta y mis
vaqueros, que estaban juntos en una esquina de la habitación. Cuando de nuevo
estoy vestida, me giro hacia ella, que me mira seria.
Es la primera vez que descubro en Sandra este gesto de tristeza, y no puedo
evitar sentir una punzada de preocupación. Tras forcejear llena de rabia con el
dichoso pestillo, salgo del cuarto sin que ninguna de las dos diga nada y,
cuando llego a mi habitación, me meto en la ducha y acciono el grifo del agua
caliente.
Mientras el agua relaja mi cuerpo excitado, mi mente repasa una y otra vez lo
sucedido. ¿Qué le sucede a Sandra? ¿Por qué se ha comportado de un modo
tan extraño? Quizá lo mejor sea dejar correr toda esta historia. Vine aquí con
mamá para pasar un verano tranquilo, ordenar mis ideas y decidir qué hacer
con mi vida, no para enredarme en un problema mayor que termine por
sepultarme definitivamente.
Lo último que necesito en este momento es una relación lésbica complicada y
llena de secretos.
La bañera
Han pasado dos días. Dos días tensos, en los que Sandra y yo hemos evitado
cuidadosamente quedarnos a solas. En cierto modo, todo ha sucedido en las
últimas horas como yo creí que iba a ser este verano al completo: aburrido y
terriblemente largo.
Charlas entre las cuatro durante la mañana, tediosas sobremesas después de
comer, insufribles paseos entre los pinos cuando el calor deja de apretar…
Invariablemente, soy la que menos habla de las cuatro. A veces, espío de reojo
a Sandra y, durante unos fugaces segundos, ella sostiene mi mirada. Pero
enseguida una de las dos aparta la vista, y todo vuelve a la rutina exasperante
en la que se han convertido estas vacaciones.
¿Qué está pasando entre nosotras? ¿Qué tipo de relación tenemos? ¿Nunca más
vamos a hablar de lo nuestro? Me sorprendo a mí misma al pensar que pueda
haber un “lo nuestro”. A veces pienso que eso no es posible, que es ridículo
que entre otra mujer y yo pueda surgir nada especial. Pero luego razono que
dejé que me tocara, que me fascinó la experiencia, y que después permití que
se masturbara mientras yo permanecía en cueros ante ella. No puedo fingir que
nada de eso ha pasado, no puedo pasar por alto el hecho innegable de que,
desde que llegué aquí, Javier ha desaparecido por completo de mis
pensamientos y, en su lugar, se ha instalado una chica ni muy guapa ni muy fea
que tiene un gusto horrible para vestir y que lleva unas enormes gafas de pasta.
¿Cómo he podido pasar de ser una futura modelo adorada por los hombres a la
musa de una chica que no está segura de ser lesbiana? Creo que, esta vez, ni
siquiera puedo culpar a mis cicatrices.
***
—¿Sucede algo entre Sandra y tú?
La pregunta de mi madre me ha pillado desprevenida y, para que no note cómo
los colores suben a mi rostro, le doy la espalda mientras finjo estar muy
concentrada en la difícil tarea de encontrar conexión a internet en mi móvil.
—¿Qué iba a suceder?
—No lo sé, al principio se os veía contentas, y ahora lleváis dos días en los
que apenas os dirigís la palabra.
Sin duda, mi madre cree que Sandra sigue resultándome tan aburrida como
años atrás, y la mera posibilidad de que llegue a descubrir los extraños juegos
en los que me he visto enredada hace que me sienta muy incómoda con la
conversación.
—Son imaginaciones tuyas mamá, estamos bien.
Conozco a mi madre, llevo veintidós años a su lado. No tengo la más mínima
esperanza de que se dé por satisfecha con mi respuesta. Como me temía,
vuelve a la carga:
—Escucha Laura, cariño, quiero pedirte un favor. No sé muy bien qué le está
pasando a Sandra, pero su madre está muy preocupada.
—¿Preocupada? ¿Por qué?
De pronto, siento un vivo interés por lo que mi madre pueda contarme. ¿Cómo
he podido ser tan tonta? Mamá y Lourdes son íntimas, es muy posible que
tenga delante una fuente de información con la que no había contado. Sin duda,
mis recién descubiertas inclinaciones lésbicas están mermando mis reflejos
mentales, espero que se trate de un efecto transitorio.
—No lo sé exactamente —contesta mi madre—, Lourdes está muy rara. ¿Te
has dado cuenta de lo desmejorada que está? Ha envejecido diez años en este
último invierno. Por lo visto, Sandra lo está pasando muy mal, ya te dije que
su novio de toda la vida la dejó.
—¿Eso es todo?
Mi madre me mira con ese gesto suyo que conozco tan bien. Es un gesto que
parece reprocharme mi falta de sensibilidad y empatía y, esta vez, no pienso
permitírselo.
—¿Debo llorar porque a Sandra le vayan mal las cosas en el amor?
—Vamos cariño, no es eso. Solo quiero que seas un poco paciente con ella,
que…
—¡Joder mamá! Estoy hasta aquí de ser paciente. ¿Sandra es muy desgraciada
porque se ha quedado sin novio? Yo podría decir lo mismo. Espera, no. Yo
también me he quedado sin cara y sin futuro profesional, ¿no te parece que
salgo ganando? Creo que sería Sandra la que tendría que preocuparse por mí y
no yo por ella.
La expresión desolada con la que mi madre se queda mirándome me hace
temer haber sido demasiado elocuente. ¿No sospechará algo? Casi he debido
parecer una loca histérica, porque lo cierto es que pensar que Sandra pueda
estar tan destrozada por su maldito Diego que no tenga sitio para mí es una
posibilidad que no se me había ocurrido, y acabo de descubrir que, por
insólito que pueda parecer, siento algo muy parecido a los celos al pensarlo.
Pero no puedo profundizar ahora en ello, porque mamá vuelve a hablar y,
cuando lo hace, me doy cuenta de que mi problema puede ser más complejo de
lo que creía:
—Perdona Laura, cariño. No pensé que fuera tan desagradable para ti estar
aquí. Si quieres, inventaré cualquier excusa y nos iremos mañana mismo.
Y aquí es donde el mundo parece abrirse bajo mis pies. Resulta que primero
Sandra me caía mal, pero que luego descubrí que era una persona mucho más
interesante de lo que había imaginado. También debo admitir que fue excitante
dejarse llevar y explorar el morboso placer de una relación homosexual. Pero,
con lo que no contaba es con que, ahora, no deseo en absoluto irme de aquí.
Es una locura, lo sé, pero es lo que siento. Hablando con mi madre, de repente
me doy cuenta de que necesito llegar al fondo de este asunto. Estoy segura de
que mis celos se deben a una cuestión de simple orgullo, porque no puede ser
que sea Sandra la que me rechace a mí, a mí, que incluso con todas mis
cicatrices soy infinitamente más hermosa que ella. Ahora no puedo irme, sería
como huir con el rabo entre las piernas. Tengo que quedarme para entender por
qué a Sandra le gusta jugar con mi cuerpo pero sin embargo me prohíbe
acceder al suyo; tengo que descubrir si mintió cuando dijo que empezaba a
olvidar a Diego o, por el contrario, piensa en él a todas horas y yo soy un
simple pasatiempo de verano. Tengo que llegar al fondo porque no soporto
ser un segundo plato, y no lo soporto porque quizá, solo quizá, una parte de mí
empieza a preguntarse si esta aventura podría llegar a ser algo más profundo
de lo que me gustaría admitir.
Tratando de parecer indiferente, contesto con el único objetivo de calmar a mi
madre:
—Tranquila mamá… me portaré bien. Intentaré ser paciente con Sandra.
Mamá me mira sin ocultar que, en realidad, está más preocupada por mí que
por la hija de su amiga.
—Como quieras, pero si cambias de opinión, no tienes más que decirlo.
Nunca imaginé que el abrazo con el que ambas zanjamos la conversación
pudiera resultar tan reconfortante.
***
Me he quedado sola en casa. Pretextando un dolor de cabeza inexistente, me he
librado del plan de esta tarde: bajar con el coche para recorrer el mercadillo
que todos los jueves ponen en el pueblo más cercano.
Necesito estar sola para pensar, y una de las mejores formas que conozco para
relajarme es llenar una bañera hasta arriba, cubrirla de sales y espuma y
sumergirme dentro hasta que el agua empieza a enfriarse. En cuanto oigo
extinguirse el sonido del coche al marcharse, abro el grifo del agua caliente y
empiezo a preparar todo lo necesario.
Lourdes debe tener aficiones parecidas, porque en su cuarto de baño encuentro
todo lo que busco: sales, gel, cremas hidratantes de todo tipo… Lo único que
va a faltarme es un poco de música de fondo, pero para estar en una casa
ajena, no puedo quejarme del resultado. Es delicioso sumergirse en el agua
ardiendo. Lo de “ardiendo” es casi literal, porque me gusta que esté tan
caliente que cuando salgo siempre estoy colorada como un cangrejo y arrugada
como una pasa.
Esta tarde lo necesitaba especialmente. Demasiada tensión, demasiadas cosas
en las que pensar. Mi vida ha cambiado tanto en los últimos meses que no sé ni
siquiera por dónde empezar mi baño de introspección. El accidente, la ruptura
con Javier… y Sandra. ¿Cuál de esos tres hechos me abruma más en este
momento?
El vapor del agua caliente ha empañado el espejo que hay en la pared, y por
otra parte, tumbada en la bañera no alcanzo a ver mi reflejo. Mis cicatrices
podrán por tanto quedar en un segundo plano durante un buen rato. En cuanto a
Javier, fui yo la que decidió dar por terminada una historia que, de otro modo,
habría sin duda languidecido poco a poco hasta extinguirse. Eso me deja solo
el tema de Sandra.
¿Me gusta Sandra? Sí, definitivamente creo que la respuesta debe ser
afirmativa. Si bien al principio no estaba segura de querer tocarla como ella
me tocó a mí, ahora el tema se está convertido en toda una obsesión. ¿Se debe
al simple hecho de que me negara acercarme a ella? No sabría decirlo, lo
único que sé es que, al mismo tiempo que estoy incómoda en su presencia y un
poco molesta por su actitud, no dejo de pensar en la sombra de su vello
púbico insinuado a través de la tela de sus braguitas.
¿Cómo es posible que me excite el mero hecho de recordar la tarde que
pasamos juntas en su habitación? ¿No fue humillante para mí? Si de algo estoy
segura es de que no estoy dispuesta a admitir que sea ella la que diga cuándo y
cómo. No voy a consentir que se deslice entre mis piernas cuando se le antoje,
ni volveré nunca a aceptar el rol de juguete erótico que me impuso en nuestro
segundo encuentro. No a menos que me explique por qué se comporta como lo
hace.
He oído el ruido del motor de un coche. ¿No habría mercadillo hoy y ya están
de vuelta? Reprimiendo el impulso instintivo de salir del agua y vestirme,
vuelvo a apoyar la cabeza en la toalla doblada que he puesto entre el borde de
la bañera y la pared para estar más cómoda. Al fin y al cabo, una jaqueca y un
baño espumoso no son algo incompatible, mi falso pretexto para no ir con
ellas no corre el riesgo de ser desenmascarado.
El coche se ha detenido en la puerta, pero solo oigo el sonido de una puerta al
cerrarse. Seguro que han olvidado algo y simplemente vuelven a por ello.
Cerrando los ojos, trato de recuperar el hilo de mis pensamientos, ¿dónde
estaba? Ah sí, quería que Sandra me explicara su comportamiento. Si obedece
a alguna extraña fijación sexual, quizá pueda participar en su juego; si
simplemente se debe a que el fantasma de Diego sigue presente, me negaré en
rotundo a ser un mero remiendo para sus problemas sentimentales.
He oído perfectamente el ruido que hace la puerta de mi dormitorio al abrirse.
Después, unos pasos indecisos. A continuación, la voz de Sandra:
—¿Laura?
El brusco movimiento que hago hace que una buena porción de agua y espuma
caiga sobre las losetas del suelo. La puerta del cuarto de baño está
parcialmente abierta, no puedo salir y coger mi toalla sin que ella me vea, de
modo que vuelvo a tumbarme en la bañera con los brazos cruzados sobre el
pecho aunque, debido a la abundante espuma, esa precaución sea totalmente
innecesaria.
—No entres, estoy en la bañera.
—Solo quiero hablar.
—Cierra la puerta del baño y espera a que me vista.
No puedo creerlo. Sin hacer caso a mis palabras ha entrado en el baño y, ante
mi indignada mirada, se ha sentado en la pequeña sillita donde descansa mi
ropa.
—¿Qué haces? Sal de aquí ahora mismo.
—Vamos Laura, cálmate.
—¿Que me calme? Eso era lo que pretendía hacer, antes de que tú te colaras
aquí sin permiso. ¿No deberías estar en el mercadillo?
—Me he dejado el móvil a propósito para tener una excusa para volver.
Quería hablar contigo sin que ellas estuvieran cerca. Serán solo cinco minutos,
lo prometo.
Es inaudito, ¿pretende que hablemos de cosas serias en esta incómoda
situación? Afortunadamente, la casualidad ha querido que mi mejilla
magullada sea la que queda oculta a su mirada, y como además no parece tener
el menor deseo de marcharse sin que la escuche, ¿qué puedo hacer sino seguir
aquí, protegida por la espuma y muy quieta debajo del agua?
—Muy bien. Cinco minutos, ni uno más —concedo.
Sandra me mira con un brillo que no le conocía en los ojos. Lleva unos
pantalones hasta la rodilla y una blusa de flores. Apostaría a que, debajo,
lleva su eterno sujetador, ese que ni en un millón de años me pondría yo. El
pelo corto, las gafas de pasta, esa palidez que no varía ni un ápice a pesar de
que el verano avanza… ¿cómo puede explicarse que me resulte atractiva?
Es algo que no consigo entender, pero sin embargo no puedo negarlo. Tener a
cualquier otra amiga delante mientras estoy en la bañera me resultaría
indiferente. Voy a ser… quería ser modelo. Que me vean desnuda es algo que
nunca me ha asustado, pero delante de Sandra… Otra vez noto tensión,
electricidad, sensualidad. Ha bastado con que entre y se siente frente a mí para
convertir lo que prometía ser una tarde relajante en una situación que se me
antoja inequívocamente erótica. ¿Lo percibe así ella también, o simplemente
ha venido a decirme que entre nosotras ya nunca volverá a ocurrir nada?
—Supongo que querrás que te explique lo que pasó el otro día.
—No estaría de más.
Sandra duda, carraspea y, cuando creo que va a contarme un secreto ante el
cual el origen de la vida sea una nimiedad, simplemente dice:
—No voy a hacerlo.
—¿Qué? Entonces, ¿a qué demonios has venido? Si crees que va a pasar algo
esta tarde, estás muy…
—Calma por favor, Laura. Comprendo que estés confundida pero… ahora
mismo, no puedo contarte nada, lo siento. Tal vez más adelante.
—Estás loca.
—Dices eso siempre que hago algo que no esperabas. Ojalá estuviese loca,
pero no es el caso.
Ya no sé si siento indignación, hastío o indiferencia ante esta situación. ¿Qué
pretende Sandra, a dónde nos lleva todo esto? Quizá lo mejor sea aceptar la
propuesta de mi madre, poner cualquier excusa y marcharnos las dos tan
pronto como nos sea posible.
—Me gustas mucho Laura, de verdad.
Si está esperando que responda diciendo que el sentimiento es recíproco, ya
puede irse olvidando. Me gustan las cosas claras: si somos lesbianas,
adelante; si no quiere ir más allá, que no se ande con rodeos. Como no digo
nada, es Sandra la que vuelve a romper el silencio:
—Me gustas, y tengo ganas de saber si esto puede ir más lejos. No sé si
debería decírtelo pero… te estás convirtiendo en alguien importante para mí.
Esto no me lo esperaba, y no negaré que ha ablandado considerablemente mi
justa indignación. Ahora nos miramos fijamente. Tiene los ojos bonitos, si no
fuera por esas gafotas… ¡con la cantidad de modelos atractivos que hay ahora!
Estoy segura de que, si me dejara, podría convertirla en otra persona, como
sucede en las malas historias en las que la chica sosa y apocada termina
convirtiéndose en la reina del baile.
Dios, tengo tanto miedo que no sé si reír o salir corriendo, lo que empezó
como una locura de verano se está complicando más allá de lo imaginable. No
rompí una relación estable con un hombre para iniciar otra descabellada con
una mujer pero, sin embargo, cuando al fin consigo contestar con voz apenas
audible, ni yo misma comprendo cómo puedo estar metiéndome en semejante
embrollo:
—Yo también quiero saber a dónde puede llevarnos esto.
Al oír mis palabras, Sandra se levanta y, dando un par de pasos, se acerca
hacia mí. Luego, se pone de rodillas en el suelo, con los antebrazos apoyados
en el borde de la bañera y su cara muy cerca de la mía.
—¿Te enfadarás conmigo si te beso?
¿Cómo es posible que hace un minuto estuviera tan ofendida y ahora me sienta
tan a su merced? Por otra parte, ¿quiero que me bese? Un beso en los labios
siempre me ha parecido tan íntimo como hacer el amor. Supongo que es la
influencia de las películas antiguas que veía de niña, cuando el beso final era
todo lo que se mostraba en pantalla y sellaba el amor entre los protagonistas.
No puedo evitar temblar como esa niña que fui cuando, inclinándose hacia mí,
Sandra acerca sus labios a los míos. Nuestro primer beso es suave y furtivo,
apenas ha durado dos segundos. Separándose, mi amiga me mira atentamente.
Nuestros ojos se cruzan, dan permiso, invitan a investigar más este dulce
caramelo que apenas hemos saboreado.
Ahora, las dos abrimos la boca, y un escalofrío de placer me recorre por
dentro cuando noto la humedad de su lengua sobre la mía. ¡Estoy besando a
Sandra! Hace poco más de una semana la tenía por una persona infinitamente
aburrida y, ahora, tengo su saliva en mi boca… ¡y me encanta!
Un breve parón, unos ojos que brillan y, de nuevo, nuestras bocas luchando sin
desmayo la una sobre la otra. Es delicioso, es sublime, me fascina dejar que su
lengua entre en mi boca, y hacer lo mismo después en la suya, pasando por
todos sus dientes y aspirando su fresco aliento a menta. ¿A menta? ¿Venía ya
preparada Sandra para este desenlace? No puedo enfadarme con ella por eso,
no puedo culparla de…
Su mano está dentro de la bañera, colocada entre mis muslos. Instintivamente,
cierro las piernas como un cepo, ¿otra vez va a ser ella la que marque los
tiempos? Quitándose las gafas, que estaban a punto de caer al agua por culpa
de nuestro beso apasionado, Sandra sonríe y susurra en un tono de voz que me
embruja:
—Déjame compensarte por lo del otro día. Por favor.
Ese “por favor” me desgarra por dentro casi tanto como la ternura que me
producen sus ojos miopes, que sin las gafas veo apagados y tristes pero que,
no sé si a pesar o a causa de ello, me resultan increíblemente seductores.
¿Cómo voy a poder resistirme a su oferta?
Separando levemente las piernas, permito que su mano avance por debajo de
la espuma. Sandra se ha colocado de tal modo que, sin dejar de besarme,
puede acceder sin esfuerzo a cualquier parte de mi cuerpo. Y, sin duda, sabe
perfectamente a qué partes dirigirse.
El agua empieza a estar tibia, pero el contacto de la mano suave que se cuela
en mi entrepierna compensa con creces ese leve contratiempo. No sé qué me
excita más: la lengua de Sandra entre mis dientes o sus dedos jugando de
nuevo, con la maestría de la que ya disfruté una noche, con los pliegues más
íntimos de mi ser.
Noto cómo me abro con facilidad asombrosa. Es como si Sandra tuviera la
llave, la clave secreta que da acceso directo a mi interior. Sin que pueda
comprender lo que sucede, de pronto la noto en todas partes a la vez, en mi
boca, en mi vagina… en mi mente. Sí, se ha colado en mis pensamientos, no
puedo negarlo. Si el sexo me gusta tanto con ella es porque viene acompañado
de su forma de ser, tan distinta a todo lo que había conocido, y por su extraña
manera de comportarse, con ese enigmático secreto que me contará “tal vez
más adelante”.
No puedo más, estoy en ebullición, no entiendo cómo no empieza a hervir el
agua de la bañera con el calor que estamos generando. Los dedos de Sandra
son como garfios en mi sexo, pero garfios revestidos de una capa de suavidad
que parece diseñada especialmente para satisfacerme. Son como un juguete
erótico creado por mí y para mí, se ajustan a mis deseos, los anticipan, los
adivinan. Es como si mi amiga tuviera un sexto sentido que le dijera siempre
dónde presionar, qué espacio ocupar, con que intensidad y fuerza moverse y
cuándo retirarse.
A veces, Sandra sale de mí, y su ausencia, ese deslizarse lentamente hacia
atrás por dentro de mi cuerpo, me produce un placer solo superado por el
movimiento posterior con el que vuelve a penetrarme, a inundarme toda
mientras su boca, pegada a la mía, me succiona de tal forma que casi me falta
la respiración.
El momento llega, y es simplemente perfecto. El agua salpica el suelo del
cuarto de baño, la espuma nos rodea como si un volcán la expulsara
despedida, mi cuerpo se arquea, me proyecto hacia delante, veo entre
espasmos de placer que mi pie izquierdo ha salido a la superficie y se arquea
rígido mientras dura mi subida al cielo.
Luego, despacio, todo se va calmando paulatinamente. El mar en el que se
había convertido la bañera vuelve a ser un plácido lago, mi corazón recupera
con dificultad su habitual ritmo acompasado. El pelo de Sandra está llego de
espuma, y el mío debe ser un desastre.
La mano de mi amante se retira despacio, y yo emito un profundo gemido de
desconsuelo al sentir su marcha. Sandra se pone en pie y vuelve a ponerse sus
gafas. Su rostro brilla, su mirada es alegre y optimista. Saco una mano de
debajo del agua y extiendo el brazo hacia ella.
—Ven, métete aquí conmigo.
—No puedo. Mi madre y la tuya deben estar preocupadas, les dije que tardaba
cinco minutos y mira.
Sé que es solo una excusa. Es la historia de mi vida: cuando todo parece
perfecto, en la sombra hay acechando un problema, algo que amenaza sin dar
la cara hasta que es demasiado tarde. Sin muchas esperanzas de obtener una
respuesta por su parte, vuelvo a insistir una vez más:
—Dime qué te pasa. ¿Cuál es el problema?
—Todo va bien —dice mientras me lanza un beso, ya casi en la puerta—.
Confía en mí.
Y así, tan inesperadamente como ha interrumpido mi baño, vuelve a dejarme
sola.
Una noche juntas
—Tal vez deberíamos considerar la posibilidad de que seamos bisexuales —
dice en tono travieso Sandra mientras se aplica el bronceador en las piernas.
—¿Tú crees?
—Todos los indicios apuntan en esa dirección.
Me encanta cuando las dos rompemos a reír al unísono como obedeciendo a
una señal oculta. Por otra parte, no deja de sorprenderme el hecho de
comprobar una vez más que su manera de hablar, entre irónica y pedante, me
resulte ahora tan estimulante y divertida. Años atrás, no podía soportarla, ¿a
qué se debe un cambio tan radical?
—¿Quieres que te ponga crema en la espalda?
Estamos tomando el sol junto a las hamacas, en el pequeño claro que hay
frente a la fachada principal del edifico. A escasos cincuenta metros de
nosotras, mi madre y Lourdes se entretienen arreglando las flores que han
crecido bajo las ventanas.
Sin decir nada, cierro los ojos y disfruto una vez más de la sublime
experiencia que es sentir las suaves manos de Sandra sobre mi piel. Hoy lleva
un bañador indescriptible, negro, con unas copas en la parte superior que
realzan su busto pero parecen sacadas de un catálogo de prendas de baño de
los años sesenta. ¿Cómo es posible que me guste tanto esta chica tan poco
cuidadosa de su imagen?
No sé si es su aire tan distinto a cuanto conozco, pero lo cierto es que lo que
estoy viviendo desafía todo atisbo de racionalidad. Es una chica, es pequeña,
es seria… es todo lo opuesto a lo que siempre he buscado. ¿Entonces? ¿Por
qué me atrae su palidez enfermiza?, ¿por qué sus muslos me parecen tan
cautivadores? ¿Cómo es posible que sus manos me quiten de este modo el
aliento? Ataviada con un breve bikini rojo, casi ronroneo como una gata en
celo cuando mi amiga extiende en círculos la crema en mi espalda.
—Tienes una piel tan suave…
—Y tú unas manos maravillosas.
—¿Nos casamos?
De nuevo risas espontáneas, esta vez tan fuertes que mi madre ha interrumpido
su trabajo y ha hecho un gesto en nuestra dirección a modo de saludo.
—¿De qué crees que hablan ellas? —pregunto maliciosamente.
—Seguro que son amantes —ríe malévola Sandra—, y nos han traído aquí a
las dos con la esperanza de que continuemos la saga.
Lo cierto es que me estremezco ante la posibilidad de que mi madre llegue
alguna vez a descubrir lo mío con Sandra. ¿Cómo se le dice a la persona más
importante de tu vida que ya no eres la misma, que estás teniendo una aventura
descabellada con la última persona que podría imaginar?
—Voy a por algo fresco para beber.
Mi amiga se ha levantado y me ha dejado sola sobre le enorme toalla que
hemos extendido en la hierba. El Sol calienta mi piel con fuerza y me sume en
un agradable sopor que me impide pensar. Lo único que deseo es disfrutar el
momento, el aquí y el ahora como diría Sandra. Es curioso que, de pronto, que
solo me queden dos semanas de vacaciones me angustie, cuando poco tiempo
atrás me parecía que estaba encarcelada y que los días no pasaban nunca.
—Te he traído una coca cola.
Sandra se ha sentado a mi lado… Problema. Como siempre, yo estaba
estratégicamente situada, de modo que mi mejilla herida quedase a cubierto.
Ahora, al regresar con los refrescos, mi amiga se ha sentado mi izquierda, de
tal modo que puede ver perfectamente mis cicatrices.
—Escucha Laura, quería pedirte perdón.
Estoy tan concentrada en solucionar el tema de nuestra colocación en la toalla
que no alcanzo a imaginar a qué se refiere.
—Supongo que te sentirías incómoda cuando te pedí… ya sabes, que te
desnudaras para mí. Te juro que no lo tenía planeado. Luego, me dejé llevar
y…
Siendo honesta, me sentí incómoda pero también excitada, aunque ahora no
quiero reconocerlo. Sin decir nada, me levanto, finjo observar algo muy
interesada en la hierba y, después, vuelvo a sentarme… de modo que sea mi
lado derecho el que quede ante ella.
—Te prometo que no volveré a pedirte algo así.
—Olvídalo, no tiene importancia.
Me gustaría aprovechar el momento para preguntar una vez más cuál es su
problema y por qué no deja que yo me acerque a ella, pero antes de que pueda
decir algo Sandra se pone en pie, da un giro sin demasiado sentido y, después,
vuelve a sentarse a mi lado izquierdo.
Es evidente que ahora no es casualidad, lo ha hecho con toda intención.
Además, la toalla es grande pero no infinita. Si repito la operación para
ocultar mis marcas, tendría que sentarme en la hierba. No sé si estoy enojada o
asustada, pero mientras intento descubrir hacia dónde me decanto, Sandra
habla en un tono sincero y contenido que me remueve en lo más hondo:
—Me gustaría que te olvidaras de eso cuando estás conmigo. Yo no las veo,
¿por qué tú sí?
Hay una lágrima a punto de rodar por mi mejilla, por la izquierda, por la que
ella ve. Es una mejilla maltratada, triste, un elemento extraño dentro de mi
cuerpo. No puedo evitarlo, la lágrima cae, se desliza, se dirige hacia la
comisura de mis labios, empujada por los surcos que laceran mi piel.
Entonces, con un gesto sencillo y de una ternura que me desarma, Sandra
levanta una de sus maravillosas manos y, despacio, limpia con cariño esa
delicada gota.
Tengo un nudo en la garganta. Dudo que mi amiga sepa cuánto bien me hace su
compañía, porque todo en ella me suena sincero, porque me creo hasta la
última de sus palabras, porque solo ella consigue que, por fin, pueda empezar
a comprender que no son mis cicatrices lo único que observa la gente.
—Quiero que durmamos juntas esta noche.
Me ha salido sin pensar, y de inmediato noto que Sandra se encoge, y eso me
duele, porque de nuevo me doy cuenta de que no todo va bien, de que algo que
no entiendo se interpone entre nosotras.
—Pero… ¿qué dirán ellas? —pregunta haciendo un gesto hacia el lugar donde
su madre y la mía siguen afanadas con sus flores.
—¿Qué van a decir? —trato de animarla—. Son las ventajas del amor lésbico
querida. Si una de las dos fuese un chico todo serían trabas, pero si decimos
que hemos estado oyendo música y nos hemos quedado dormidas sin darnos
cuenta no le darán la menor importancia.
Sandra es consciente de que no puede oponer nada a eso, y casi sufro al ver
que se siente sin escapatoria.
—No te tocaré, lo prometo. Solo quiero que durmamos juntas y charlar hasta
caer rendidas.
—Está bien.
—¿En tu cama o en la mía?
Las risas han sido menos sinceras. Sé que algo le preocupa a Sandra, y me
duele no poder ayudarla. ¿Por qué es capaz de ver mi problema y sanarlo y,
sin embargo, no me deja que yo descubra el suyo? ¿Se trata de algo físico, o es
que sigue atada emocionalmente a Diego? Ninguna de las dos opciones me
parece convincente. La noto feliz cuando estamos juntas, no parece que su ex
sea el problema; por otra parte, la tengo a mi lado en bañador, no es una miss
pero su cuerpo es agradable y bien proporcionado. ¿Qué demonios le ocurre?
—A falta de Ryan Gosling, siempre viene bien Sandra Gómez.
Tengo la sensación de que mi amiga ha recurrido al humor para enmascarar el
hecho de que le preocupa lo que pueda suceder esta noche. Tampoco yo sé
muy bien qué espero que ocurra, quizá me he dejado llevar demasiado
impulsivamente por la emoción del momento. Pero ahora es tarde para echarse
atrás, de modo que sigo la broma de Sandra:
—Sé sincera, si pudieras elegir entre él y yo…
—Pero no el de La La Land, donde más guapo estaba era en Crazy, stupid
love.
—Tienes razón, ahí estaba increíble.
—Soñaba con él todas las noches después de ver esa peli —admite Sandra.
—¡Yo también! Por favor, un cunnilingus de Ryan, solo uno, ¿es mucho pedir?
Nos reímos mucho cuando estamos juntas. Nunca me había pasado con ninguna
de mis parejas anteriores, ni siquiera con Javier. De algún modo, siempre
había pensado que era inevitable: con los chicos, el sexo; con las amigas, las
risas y la diversión. Eran como dos compartimentos estancos pero, con
Sandra, a veces tengo la impresión de que ambos aspectos pueden ir unidos.
Cuando las dos dejamos de reír, nos miramos en silencio. Me apetece mucho
pasar la noche a su lado, incluso aunque no haya contacto físico. ¿Qué está
pensando ella? ¿Por qué le gusta tocarme pero me veda su cuerpo? Sandra es
un enigma que me apetece descubrir, un laberinto que debo recorrer con
calma.
—¿En mi habitación cuando ellas se acuesten?
Noto cómo se me pone la piel de gallina ante su invitación. Sus ojos negros me
miran a través de las gafas fijamente, sus manos hablan sin necesidad de
moverse, su olor me hace desear que el tiempo pase y la noche llegue cuanto
antes.
—Allí estaré.
Lo único que lamento es no haber protestado cuando prometió no volver a
pedirme que me desnudara.
***
Estoy en la habitación de Sandra, en bragas y con una camiseta sin mangas, el
único atuendo que utilizo para dormir en verano. Por su parte, ella viste un
pijama que es lo más opuesto que he visto a la lujuria, grande y demasiado
grueso para esta época del año. Para terminar de cerrar el círculo, adivino que
lleva debajo su eterno sujetador, ¿cómo puede resultarme atractiva?
Por más vueltas que le doy, no consigo encontrar una explicación razonable.
Como ya he dicho, creo que todo se debe a un cúmulo de circunstancias, y que
cuando vuelva a mi vida cotidiana esta historia será un simple recuerdo que no
volverá a repetirse. Pero eso sucederá en el futuro, porque esta noche, aquí y
ahora, la única realidad es que me acomodo a su lado en la cama y, al hacerlo,
siento un cosquilleo que solo tiene una explicación: estar junto a Sandra pone
alerta mis sentidos y llena mi cuerpo de una voluptuosidad tan incomprensible
como rotunda.
—He sacado unas fotos viejas, ¿te apetece verlas?
Claro que me apetece. He prometido no tocar a mi amiga, pero siempre he
pensado que las promesas están para hacerlas caso… o no. De cualquier
modo, todavía se oye a Lourdes y a mi madre moverse por la casa, y no me
parece acertado forzar los acontecimientos. Sin duda, lo que tenga que pasar
esta noche entre nosotras pasará, pero a su debido tiempo. ¡Estoy nerviosa
como una principiante!
—Aquí tengo cinco años, estoy horrible.
—Nada de eso, estás muy graciosa.
—No mientas —dice Sandra con voz quejosa—, mi madre me ponía una ropa
espantosa.
¿De verdad piensa que ahora viste bien? No importa, su desaliño es parte de
su encanto. Creo que empiezo a saber por qué me gusta. Mi amiga es dulce,
sincera, pequeñita, frágil… y suave. Sentada a su lado, sus hombros rozan los
míos y su cadera entra a veces en contacto con la mía, y lo que siento entonces
es una tibieza deliciosa, porque parece sencillo encontrar acomodo en su
cuerpo, y se me antoja que nadie en el mundo será ya nunca capaz de tocarme
con la sabiduría con la que me toca Sandra.
—Creo que esta es nuestra primera foto juntas.
Sandra me enseña una foto en la que posamos las dos, serias, sin mirarnos,
casi como enemigas. No puedo evitar romper a reír al verla. Recuerdo esa
tarde, mi amiga la había pasado leyendo un libro enorme y yo no entendía
cómo podía encontrar divertido refugiarse en la lectura mientras estábamos de
vacaciones.
—Eras una niña cursi y repelente —digo golpeando su rodilla con la mano.
—¡Y tú eras malvada y muy desagradable! Me dabas un poco de miedo.
—¿En serio?
—Por supuesto. Por aquella época yo no conocía nada de la vida, todo lo que
sabía lo había aprendido en los libros, y tú tenías un aire de chica malota que
me intimidaba muchísimo.
Es curioso comprobar cómo, muchas veces, los demás se forman una imagen
de nosotros mismos muy distinta de la que creemos. ¿Yo la intimidaba?
Siempre pensé que me tenía simplemente por tonta y que me miraba un poco
por encima del hombro.
—Y ahora… ¿te sigo dando miedo?
—No, ahora no.
Nos hemos quedado unos segundos mirándonos y, después, me he inclinado
hacia ella y la he besado fugazmente en los labios.
—Cuidado —dice Sandra haciendo un gesto hacia la puerta abierta—. En
cualquier momento mi madre entrará a darme las buenas noches.
—¿Todavía hace eso? No puedo creerlo.

—¿Lo ves? Eres una malota, no te rías de mí.


Si algo tengo que agradecerle a Sandra, mucho más incluso que los dos
maravillosos orgasmos que me ha proporcionado, es que haya vuelto a
introducir la risa en mi vida. Cuando estoy con ella, son muchas las ocasiones
en las que me olvido de todo y río como antes del accidente, sin
preocupaciones y pensando que todo está bien. Por cierto que, ahora, estamos
sentadas de modo que mi mejilla izquierda está a su vista, y ni siquiera me
importa.
—¿Es Diego?
No puede ser otro el que posa junto a ella en la foto siguiente. Un muchacho
alto, serio, ni guapo ni feo. Desde luego, ni la mitad de atractivo que Javier, es
el tipo de chico al que yo no concedería la menor oportunidad, pero que
encaja bastante bien con Sandra.
—Sí, es él.
—¿Y se ha permitido dejarte él a ti? Tú vales mucho más.
¿Son celos lo que siento al observar cómo mira mi amiga la foto? No puede
ser, es imposible que yo me preocupe por algo así, no tiene ningún sentido.
Pero el caso es que Sandra se ha quedado muy callada, con un aire nostálgico
que me hace sentir desplazada, ¿será por culpa de ese chaval sin gracia por lo
que no quiere que yo le ponga las manos encima?
—¿Todavía no os acostáis chicas?
Lourdes ha asomado por la puerta entreabierta con una sonrisa. Siento una
ligera incomodidad ante el hecho de que me vea tumbada en la cama con su
hija. Por supuesto, ella no puede ni imaginar lo que hay entre nosotras pero,
aun así, estoy deseando que se marche.
—Estamos viendo fotos viejas mamá. Enseguida apagamos.
—Claro, pasadlo bien. ¿Has tomado tu medicina?
—Sabes que sí.
—¿Y has dejado preparada la…?
—Mamá no seas pesada.
—Perdona hija. Buenas noches a las dos, pasadlo bien.
Apenas se retira Lourdes, Sandra se levanta y echa el pestillo de su
habitación. Ese simple gesto produce que todo mi cuerpo se ponga alerta y
expectante ¡tenemos toda la noche por delante!
—Creo que ya no nos molestará más —comenta mi amiga mientras se
acomoda de nuevo junto a mí en la cama y vuelve a coger el álbum de fotos.
—¿Qué medicina tomas?
—Desde el verano pasado tengo alergia. Creo que son las orugas que hay
entre los pinos.
No quiero que Sandra aproveche la ocasión para cambiar de tema. Me interesa
mucho indagar sobre Diego, estoy dispuesta a llegar al fondo de ese secreto
que impide que podamos dar un paso más en nuestro común descubrimiento de
los placeres del sexo entre chicas.
—¿Le echas de menos?
—Ya te dije que prácticamente nada.
—Pero todavía sientes algo. ¿Te gustaría que volviera contigo?
—Eso no va a pasar.
—Pero si pudieras… ¿te gustaría que estuviera aquí, ahora?
Sandra se queda mirándome muy seria, y al darme cuenta de que me he puesto
al descubierto noto cómo los colores suben a mi rostro.
—No me digas que estás celosa.
—Claro que no, qué tontería.
Hablamos cada vez más bajo, aunque nuestro cuarto está al otro lado del
pasillo y es imposible que nos oigan. Además, la casa es vieja y tiene unos
muros anchos y puertas recias de madera. Todo invita a dar el siguiente paso y,
al pensarlo, mis piernas desnudas cosquillean traviesas y mi pecho se hincha
alborozado.
—¿Sabes? Solo he estado con Diego.
—Me tomas el pelo.
Sandra mueve la cabeza a un lado y al otro, negando. En realidad, no me
sorprende. No es que yo sea una devoradora de hombres, pero antes de Javier
estuvieron David, Héctor, Santiago… y alguno más que no viene al caso.
La lámpara de la mesilla proporciona una luz suave que esparce sombras
alargadas por la habitación. Casi siento a Sandra temblar a mi lado. Algo ha
cambiado en nuestra relación, ahora soy yo la que se siente fuerte, la que está
dispuesta a arriesgar y tomar la iniciativa. Girando la cabeza en su dirección,
acerco mi rostro al suyo y vuelvo a besar con delicadeza sus labios.
Mi amiga no me rechaza, pero tampoco hace nada que me invite a seguir.
—¿Es que no te gusta? —pregunto en una voz que es casi un susurro inaudible.
—Claro que sí.
—¿Entonces?
Otro beso, que Sandra devuelve como con desgana. La impaciencia empieza a
recorrerme por dentro, no entiendo cómo puede ser tan desinhibida para
ocuparse de mí y sin embargo tan retraída cuando se trata de lo contrario. Con
toda la suavidad de la que soy capaz, con la misma cautela que tenían los
chicos con los que empezaba a salir en la primera cita, paso un brazo por
debajo del cuerpo de mi amiga y trato de rodear su cintura.
De inmediato, la noto ponerse rígida. ¿Qué sucede, qué es lo que hago mal?
—Perdona, pensé que…
—No es culpa tuya —se apresura a decir—. Ya te dije que no…
—¿Qué te pasa Sandra? Dime qué te preocupa, confía en mí.
Es como tener al lado una persona distinta. La primera noche, en la hamaca, y
cuando me sorprendió en la bañera, Sandra era alegre, fuerte, dominante. Sin
embargo, ahora parece un cervatillo asustado, y me duele que se sienta así
conmigo, precisamente ella que ha conseguido sanar en gran parte las heridas
mentales que arrastraba.
—Te lo contaré más adelante.
—¿Más adelante? ¿Cuándo?
—No lo sé, no me presiones.
—¿Yo te presiono a ti? ¡Eres tú la que me mete mano a mí cuando te apetece
joder!
Me arrepiento al instante de haber perdido los nervios. Yo no soy como ella,
yo soy impulsiva e impaciente, y deseo, necesito desnudar a Sandra ahora, no
en un futuro indeterminado.
—No me pareció que eso te disgustase.
No quiero discutir, no esta noche que prometía ser tan especial.
—Claro que me gustaba, por eso precisamente… ¿Por qué no puedes contarme
qué te pasa? ¿Es por Diego?
—No, claro que no es por él. Confía en mí, por favor, solo… solo hasta
octubre.
Cada vez entiendo menos, ¿qué sucederá en octubre? Es desesperante, estamos
las dos solas en la cama, nos gustamos, nos deseamos… ¿y tenemos que
esperar casi dos meses? No tiene ningún sentido.
—Si no recuerdo mal, eras tú la que decía que había que vivir el aquí y el
ahora. ¿Qué te parece este aquí y ahora?
Me he quitado la camiseta al decir esto y mis senos, con los pezones
anhelantes de sus caricias, la retan desafiantes. Sandra se queda mirándolos
unos segundos atentamente. Leo deseo en sus ojos, estoy segura de que voy a
vencer sus barreras, sea lo que se lo que la está bloqueando tiene que
desaparecer esta noche.
Es sublime tener de pronto sus manos sopesando mis pechos, amasándolos con
delicadeza, agasajándolos con una ternura que nunca sentí durante mi vida
heterosexual. Dios, de pronto me parece que todos los meses que pasé con
Javier fueron un tiempo perdido, desaprovechado, porque hasta el vello de mi
nuca se eriza cuando Sandra hace una delicada pinza con sus deditos para
jugar caprichosa con mis pezones.
Ahora, mi amiga se tumba sobre mí, me obliga a recostarme en la cama
utilizando su peso para doblegarme. De nuevo es la que manda, la que sabe lo
que debe hacer y, sin dejar de tocarme, me besa con fuerza y noto cómo su
lengua se adentra en mi boca con habilidad.
Me fascina sentir la docilidad con la que mi cuerpo se despliega ante sus
caricias. Sin pensar, simplemente porque es lo natural, pongo mis manos sobre
sus caderas, busco la entrada a través de la cintura de su pijama, deslizo mis
dedos con habilidad y…
—No, por favor.
Sandra ha puesto sus manos sobre las mías y ha impedido que siga subiendo
por su espalda. ¿Qué está pasando? Voy a volverme loca, ¿por qué no quiere
contarme qué es lo que le preocupa?
—Vamos Sandra —jadeo, presa de la excitación—¸ todo va bien, ¿por qué…?
—Tú déjate llevar. Confía en mí.
¿Otra vez pretende darme placer sin recibir nada a cambio? Su mano izquierda
vuelve a ocuparse de mis pechos mientras la derecha, quizá para impedirme
pensar, empieza a forcejear con el elástico de mis braguitas. Pero esta vez no
estoy dispuesta a que imponga su voluntad, esta noche tiene que ser perfecta
para las dos o para ninguna.
—No —digo con voz firme, obligándola a soltarme e incorporándome en la
cama—. Si no me cuentas lo que pasa, yo tampoco te dejaré tocarme.
Mi amiga se recuesta a mi lado y suspira. Sé que ella también está excitada,
¿cómo es posible que se cierre de ese modo? No tiene ningún sentido, y menos
en una persona tan equilibrada y racional como parece ser ella.
—No lo compliques más Laura. Te prometo que te lo contaré, pero no ahora,
no esta noche.
—En octubre —digo con rabia—, nada menos que en octubre.
—El 23 de octubre, para ser más exactas.
A veces me dan ganas de abofetearla, y por no hacerlo exploto:
—Estás completamente loca.
—Me lo dices siempre. No, no estoy loca, ten un poco de paciencia. Vamos,
déjame que…
—Nada de eso. Si no vas a confiar en mí, tampoco podrás follarme.
—No me gusta que hables así. Yo no te follo, yo…
Me he levantado con rabia y he vuelto a ponerme mi camiseta. Mientras
forcejeo con el maldito pestillo para regresar a mi cuarto, la voz de Sandra
tiene un tono que hace que parte de mi ira se apacigüe:
—¿No podemos al menos dormir juntas? Quédate conmigo, por favor. Por
favor.
¿Por qué me han alterado tanto sus palabras? Casi parece que Sandra fuera a
echarse a llorar, incluso me he asustado un poquito al ver la expresión de su
cara. Decepcionada e irritada conmigo misma por no ser capaz de ayudarla
como ella me ayuda a mí, vuelvo sobre mis pasos y me tumbo otra vez a su
lado.
—Pero solo dormimos, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
—Apaga la luz, estoy cansada.
Mi amiga hace lo que le pido y la habitación queda en una oscuridad casi tan
completa como la que hubo aquella primera noche que ahora me parece tan
lejana. Un frondoso pino oculta la luz de la Luna que podría entrar por la única
ventana del cuarto, pero no impide que una agradable brisa nocturna se enrede
en mis piernas desnudas. Aunque sé que va a resultarme imposible conciliar el
sueño, me giro hasta quedar dándole la espalda a Sandra.
—¿Puedo abrazarte?
Antes de que pueda responder, noto el brazo de mi amiga saltar sobre mi
cintura y descansar pegado a mi estómago. Es muy agradable estar así, y
durante un rato ninguna de las dos dice nada.
Empiezo a preguntarme si ella se habrá quedado dormida cuando noto que su
mano, despacio, se mueve hacia mis pechos por debajo de la camiseta.
—Quieta. O las dos o ninguna.
—Sé que estabas excitada —oigo su voz cerca de mi oído.
—Estaba, ahora no.
—No seas tonta Laura. No me importa hacerlo… me gusta hacerlo.
La tentación de dejarme llevar es tan fuerte que tengo que recurrir a toda mi
fuerza de voluntad para girar sobre mí misma, quedar mirando el techo y sacar
su mano de debajo de mi camiseta.
—¡Eres increíble!, no dejas que yo te toque y, sin embargo, pretendes…
—Ya te he dicho que hay una razón, ¿por qué no puedes confiar en mí?
—Joder Sandra, ¿no puedes contarme ahora lo que te preocupa? ¿Tengo que
esperar a octubre? En octubre estaremos en Madrid y…
Me he dado cuenta de lo que iba a decir justo a tiempo para callar, pero
Sandra es demasiado inteligente como para no intuir lo que estaba pensando.
—… y en Madrid esto ya no volverá a pasar.
—Yo no he dicho eso.
—Pero lo has pensado.
—Estupendo, ahora vas a conseguir que me sienta culpable. No sé qué pasará
en Madrid, ¿lo sabes tú? Ayer mismo se suponía que no éramos lesbianas,
¿cómo voy a saber qué va ser de nuestra relación en Madrid si ni siquiera sé si
tenemos una relación?
Es increíble, ¿estamos teniendo nuestra primera crisis de pareja? Ahora las
dos estamos tumbadas boca arriba en la oscuridad, muy juntas pero con
cuidado de no tocarnos la una a la otra.
—Por eso no puedo contártelo. Porque no quiero que dependa de eso que
tengamos algo más serio o no.
—Pero… dios Sandra, eres… no sé…
—Una loca, lo sé.
Las dos nos quedamos pensativas. ¿Veré a Sandra en Madrid? Nunca me lo
había planteado. Llegué aquí pensando que iba a pasar un verano horrible,
¿cómo podría salir con novia? ¡Con novia! El mero hecho de tener que
contárselo a mi madre hace que me entre un sudor frío y sienta deseos de salir
huyendo.
¿Otra vez? Sandra ha puesto su mano sobre mi cadera, y amenaza con avanzar
en dirección a…
—¿Tengo que explicarte a ti que no es no?
—Perdona. Solo quería…
Tal vez debería irme, pero algo en su manera de hablar cuando me pidió que
me quedara hace unos minutos me mantiene atornillada a esta cama.
—¿Te enfadarás si te digo lo que me apetece hacer ahora? —pregunta
ahogando una risita nerviosa.
—No lo sé, ¿es algo sexual?
—Sí.
¿Cómo puede reír en este momento? Yo estoy confundida e irritada. Pensé que
íbamos a pasar una noche fantástica juntas, tenía… ilusión. Sí, esa es la
palabra, me hacía ilusión dormir con Sandra, y sin embargo todo se ha
estropeado sin remedio.
—Sandra, asúmelo —murmuro sin poder contener mi frustración—, esta noche
no vas a hacerme una paja.
—Está bien, no hace falta que seas tan grosera.
—Veo que hay que dejarte las cosas claras.
—Pues no estaba pensando en hacerte una paja.
Ahora, también ella parece enfadada, estupendo. Y encima no dice nada,
¿piensa dejarme otra vez con la duda? No sé si levantarme y dejarla sola, esto
es ridículo.
—A ver —digo mientras vuelvo a darle la espalda en la cama—, ¿qué diablos
te apetece hacer?
—Solo estaba pensando en que me gustaría comerte el coño, pero como estás
tan enfadada, olvídalo.
Joder. Joder, eso no me lo esperaba. Joder. ¿Cómo puedo haberme puesto tan
nerviosa? El silencio que sigue se me antoja opresivo, violento casi. Una cosa
es jugar entre amigas y explorar, yo misma deseaba tenerla desnuda entre mis
brazos, pero esto…
—Estás de broma.
—No.
Es una suerte que no podamos vernos las caras, porque la mía debe ser un
poema. Su voz suena firme, sin sombra de duda, y no sé si me hace sentir
incómoda o terriblemente excitada.
—No digas tonterías.
—¿Por qué es una tontería? Me gustas… me apetece probarlo. ¿No te apetece
a ti?
Tengo que cambiar de postura, otra vez me coloco mirando al techo. Es
increíble que estemos discutiendo sin tocarnos sobre la conveniencia de que
ella me dé placer oral o no, tengo razón cuando digo que Sandra está loca, y lo
peor es que va a volverme loca a mí también.
—¿Quieres…? ¿De verdad?
—Si me dejas sí.
Ay dios. Sandra se ha levantado y, a través de las tinieblas, veo que se ha
sentado junto a mis piernas. ¿Soy una mala persona? Hace un minuto le había
prohibido muy dignamente que me llevara al cielo pensando que lo justo era
que las dos corriéramos la misma suerte, ¿cómo puedo estar ahora dudando si
acceder a lo que me pide?
—No tienes que hacerlo —protesto, pero notando que mis palabras ya no
suenan tan firmes.
—Lo sé.
Como en un sueño, veo que tira de mis bragas hacia abajo. Debería impedirlo,
tengo que ser fuerte, no puedo dejar que esto vaya más adelante o no seré
capaz de pararlo.
—Vas a romperlas.
—Pues no te resistas.
—Esto es como una violación.
—Entonces, soy una violadora loca, ¿tienes miedo?
No, no tengo miedo. Estoy desnuda de cintura para abajo, y Sandra se las ha
ingeniado para situarse entre mis piernas. Intentado aparentar seguridad,
coloco las manos sobre mi sexo y trato de apaciguar los remordimientos que
me quedan.
—No tienes que compensarme por nada, esperaré a octubre.
—¿Quién piensa ahora en octubre?
Sandra se inclina sobre mí. Dios, el mero hecho de pensar en ello me
convierte en una marioneta, ¿de verdad quiere hacerlo? Es increíble cómo
desparece toda su inseguridad cuando se trata de darme placer. De nuevo
tengo a la Sandra firme y decidida, de nuevo… Su boca ha besado la cara
interna de uno de mis muslos, y solo con eso ha conseguido que me encienda
como una tea.
—No, por favor. Déjalo, usa las manos… me encantan tus manos.
Ya no sé si hablo sinceramente o no. ¿He claudicado demasiado fácilmente?
¿Debería haberme negado en rotundo? Es posible que sí, no puede ser que ella
no participe y me lo entregue todo, tendría que ser más fuerte pero… ¡lo deseo
tanto! Cuando mi amiga deposita su primer beso en el hueco de mis ingles sé
que ya no podré resistirme.
Es un beso delicioso, tierno, firme, perfecto. Siempre he considerado el sexo
oral la más sublime y satisfactoria forma de entrega, la mejor y más
contundente manera de explotar de felicidad. Si Sandra tiene solo la mitad de
habilidad en esto de la que ya me ha demostrado, quizá deba preocuparme por
la resistencia de mi corazón.
Dios, he notado su lengüecita entre mis pliegues. Ha sido una pasada tímida,
rápida, un acercarse a saludar y marcharse antes de ser descubierto.
—Sabe a mar —comenta con una voz tan dulce que no hace sino incrementar
mi deseo.
—Déjalo si no te gusta —consigo articular con dificultad—. Puedes seguir
con…
Otro lengüetazo, este más prolongado, más profundo.
—Claro que me gusta. Es salado… y hueles muy bien.
Mis manos se aferran a las sábanas y mis muslos se tensan hasta dolerme.
Sandra busca con calma, saborea como una niña inquieta, encuentra mi
clítoris.
—¿Te gusta así?
—Joder…
—¿Eso quiere decir sí?
Por favor, va a matarme. Lo extraño es que no sé si lo hace bien o no. Javier
era un maestro, tenía experiencia, había aprendido lo que me agradaba y lo
que no. Por el contrario, Sandra es novata, pero eso no impide que me note
húmeda y tan próxima al orgasmo que lo único que lamento es que esto vaya a
ser más rápido de lo que me gustaría.
Mi amiga abre la boca, sus labios cálidos y carnosos succionan, besan,
oprimen, y yo me retuerzo mientras aprieto la mandíbula para no gritar. Ahora
noto su lengua recorrer despacio la cara externa de mi vagina, como si fuera
una ciega que deseara reconocer mi sexo por el tacto.
Cuando irrumpe decidida en mi interior, de mi pecho sale un jadeo violento
que me sonroja, ¿cómo he sido tan débil? Quizá mi amiga tenga un problema
mayor que mis estúpidas cicatrices, y en lugar de preocuparme por ello me he
dejado arrastrar como una loba en celo por la simple promesa de un buen
orgasmo.
¡Pero qué orgasmo! La lengua de Sandra golpea, empuja, taladra, se cuela
entrando y saliendo a velocidad de vértigo. No puedo estar quieta, mi cuerpo
se cimbrea como el de una culebra sin que yo se lo ordene, mi respiración es
tan entrecortada que tengo que hacer un esfuerzo extra para llevar aire a mis
pulmones.
—¿Lo hago bien? ¿Prefieres que haga algo distinto?
Su solicitud me derrite por dentro. Me gustaría que supiera que no me importa
cómo lo hace, que esta noche no la cambiaría ni por el mismísimo Ryan
Gosling, que si lo estoy disfrutando tanto no es porque sea hábil o no… sino
porque es la boca de Sandra Gómez y no otra la que tengo entre las piernas.
Incapaz de contenerme, coloco mis manos sobre su cabeza y, perdido ya todo
pudor, presiono suavemente hacia mí.
—Lo haces fabulosamente bien.
Es todo lo que puedo decir sin ahogarme, y ella tampoco necesita más para
reanudar su trabajo.
Me besa como si fuera mi boca lo que tiene en la suya. Su lengua se adentra
amorosa, palpándome con una ternura que nunca había conocido, exprimiendo
mi placer hasta la última gota, dejándome exhausta, vacía de toda
preocupación y llena de felicidad.
El calor se extiende por mi vientre y por mis muslos, mi sexo tiembla, explota,
grita con voz propia. Me gustaría tener ya siempre la delicada cara miope de
Sandra entre mis piernas, convertirla en una especie de trofeo del que pudiera
disponer a mi antojo cuando lo deseara.
¿Estoy gimiendo demasiado alto? ¿Cómo puedo hacer este ruido? Espero que
ni Lourdes ni mi madre estén levantadas y se hayan acercado a nuestra puerta,
porque no sé cómo podríamos explicar estos jadeos. Casi es un alivio llegar al
final, diluirme toda y notar cómo la calma regresa a mi cuerpo, ¿se puede
morir durante un orgasmo? Sería sin duda una forma sublime de hacerlo, pero
no todavía. Soy muy joven, y Sandra y yo tenemos muchas cosas que explorar.
Un momento, ya estoy respirando bien, mi pulso se normaliza. Entonces… ¿de
dónde vienen esos jadeos? Con sorpresa y excitada, pero también con un
incómodo sentimiento de culpa, comprendo lo que sucede. Sandra sigue
besándome aunque ya no sea necesario y, mientras lo hace... es su cuerpo el
que gime y se convulsiona. Procurando que no se dé cuenta, me afianzo sobre
los codos y me incorporo suavemente. Así, a través de la oscuridad reinante,
intuyo más que veo cómo mi amante se acaricia con furia mientras su boca
sigue aferrada a mi sexo como a un manantial de aguas trasparentes.
Otra vez, coloco mi mano sobre sus cortos cabellos, pero ahora no lo hago
para que me dé más placer. Lo que hago es acariciarla con toda la ternura de
la que soy capaz, mientras deseo fervientemente que su orgasmo sea tan dulce
como ha sido el mío.
Nunca se me habría ocurrido
Nos hemos levantado tardísimo y, al entrar en la cocina, nos encontramos una
nota de Lourdes: “Hemos bajado al pueblo a hacer la compra, llegaremos a la
hora de la comida”. Supongo que no soy demasiado racional, porque me ha
bastado con saber que estamos solas para sentir un optimismo que me llena de
felicidad, aun a sabiendas de que no todo va como debería ir.
No importa, la mañana es preciosa y estoy dispuesta a aprovechar el aquí y el
ahora. Mi amiga sonríe al mirarme, sus manos son bellísimas y cada minuto
que pasa me siento más cercana a ella, ¿qué tiene de malo aparcar hasta
octubre lo que sea que tenga que contarme? Es posible que no sea muy lógico
mi cambio de actitud, pero hacía tanto que no me sentía tan bien que no estoy
dispuesta a arruinarme a mí misma el día.
Desayunamos con calma, mordisqueando una la tostada de la otra, riendo por
tonterías y jugando con las miradas y las sonrisas. Si esto no es el inicio de un
romance en toda regla, desde luego se le parece mucho.
Sandra está muy guapa hoy. Su palidez le da un aire tierno y quebradizo que
me inspira unos deseos infinitos de protegerla, y su gesto alegre hace que me
olvide de todo lo malo que me ha sucedido en los últimos meses: de Javier,
del trabajo perdido e incluso de las cicatrices que, esta mañana, me han
parecido más pequeñas que nunca al mirarme en el espejo.
Al terminar el desayuno, sacamos de nuevo la toalla gigantesca que utilizamos
casi a diario para retozar al sol. Una novedad importante: hoy Sandra no lleva
su anticuado y feísimo bañador, aunque eso no implica que vaya mucho más
desvestida de lo habitual. En su lugar, lleva una braga azul tipo pantalón y un
top negro que cubre pudorosamente sus pechos y parte de sus costillas, pero
que deja a la vista un ombligo que, interiormente, me prometo a mí misma
besar con calma lo antes posible.
—Por dios, Sandra —le tomo el pelo burlona— ¿dónde encuentras estas
maravillas?
—Tengo poco gusto para la ropa, ¿verdad?
—¿Poco gusto? ¡Con tu bikini se podrían hacer al menos ocho como el mío!
Mi amiga está lejos de sentirse ofendida por mis palabras. Todo lo contrario,
se ríe de sí misma y, cuando lo hace, yo entiendo un poco mejor por qué me
atrae tanto. Sandra es auténtica, no entiende de moda porque pasa por la vida
mirando más allá de lo superficial, y tiene tanta personalidad que, incluso con
sus gafas enormes, su pelo cortado sin ningún estilo y ese bikini que parece de
los años sesenta, resulta una mujer interesante y atractiva.
Por lo demás, posee un cuerpo menudo pero agradable que me gusta mucho.
¿Por qué me impide acercarme más? No es una chica deslumbrante pero
tampoco tiene nada de lo que avergonzarse. Muslos y pantorrillas bien
definidos, cintura estrecha, nalgas pequeñas pero firmes… es probable que
tenga poco pecho y por eso utilice siempre sujetadores con relleno o tops
como el de hoy, pero a mí eso no me parece excusa suficiente para sus
inseguridades.
Pero he decidido aparcar los problemas por un tiempo. No voy a permitir que
ningún nubarrón estropee este instante que me parece mágico y delicioso, ¿hay
algo mejor que no tener nada que hacer y dejar pasar las horas charlando
mientras la piel va adquiriendo ese color delicioso que todos tenemos al final
del verano? En realidad, no todos, porque Sandra está exactamente igual de
blanca que el primer día, y no puedo evitar bromear una vez más sobre eso:
—¿Tienes algún antepasado vampiro? —le pregunto mientras las dos
extendemos crema bronceadora por nuestros muslos.
—Es probable. ¿Te preocupa que intente chuparte la sangre?
El cruce de miradas es inequívoco, y saber que las dos estamos recordando lo
que sucedió anoche hace que sienta un cosquilleo indescriptible de placer. Sin
poder contenerme, me acerco a ella y la beso en los labios. Me gusta encontrar
su boca, me fascina que entre nosotras ya haya la confianza suficiente como
para poder hacer esto de forma natural.
Cuando nos separamos, sus ojos echan chispas y su sonrisa es radiante. No es
difícil olvidarse de lo malo y quedarse simplemente con que, ahora mismo,
estamos las dos solas en medio de la nada. Esta mañana todo es perfecto, y el
futuro ni siquiera existe.
—Eres muy bonita.
La sencillez con la que Sandra me dice las cosas me llena más que las
palabras del mejor poeta. Es obvio que le sale de dentro, que lo siente… que
no le importan en absoluto las heridas que estropean mi mejilla izquierda.
—Tú también.
—Mentirosa —ríe con ganas—. Yo soy resultona, en el mejor de los casos. Tú
eres realmente hermosa. No me canso de mirarte…
No sabría decir qué me infunde más calor, si su modo de mirarme o la ternura
de sus palabras. No recuerdo haberme sentido nunca tan admirada, y es justo
lo que necesito en este momento. Me gustaría poder hacer algo por Sandra,
curar sus heridas como ella sana las mías, ayudarla a comprender que, sea lo
que sea lo que le preocupa, podremos solucionarlo entre las dos.
Siguiendo un impulso provocado por el brillo que tienen sus ojos al mirarme,
me desprendo del diminuto top de mi bikini y lo dejo caer sin importarme
dónde queda abandonado.
—¿Quieres darme crema en la espalda?
—Pueden volver en cualquier momento.
—Oiremos primero el ruido del motor. Además, no hacemos nada que pueda
extrañar a mi madre, yo siempre hago topless en la playa.
En efecto, la situación sería lo más inocente del mundo con cualquier otra
amiga. Pero Sandra no es una amiga más, ella es otra cosa, aunque en estos
momentos no sería capaz de explicar lo que significa para mí.
De nuevo tengo que cerrar los ojos de placer al notar la suavidad de su piel en
contacto con la mía. ¿Es posible una perfección mayor? El Sol calentándome
con voluptuosidad y Sandra ocupándose afectuosamente de mí. Si pudiera,
detendría la vida en este preciso instante y me quedaría eternamente aquí,
sentada mientras ella recorre una y otra vez mi espalda con una lentitud que al
mismo tiempo me adormece y exalta mis sentidos.
—Ummm, ¿no has pensado nunca en ser masajista?
—Es una posibilidad, pero no sé qué opinaría mi madre después de haberme
pagado cinco años de arquitectura si le digo que quiero dedicarme a dar
masajes.
A veces, se me olvida lo distintas que somos las dos. Ella tiene un futuro
espléndido, y yo… No, nada de pensamientos negativos, y menos ahora que…
ahora que Sandra, sin pedir permiso, ha procedido a extender la crema por mis
senos desnudos.
—Es una parte muy sensible —explica muy seria al verme abrir los ojos con
un leve respingo—, y no queremos que se queme.
—Ahí llego yo sola.
—No es molestia.
Sandra trabaja concienzuda mientras yo la dejo hacer. Mis pezones parecen
cerezas a punto de estallar, pero ella regresa una y otra vez, incansable. Ahora
estamos muy calladas, y el motor lejano de un coche hace que sus manos se
detengan y las dos agucemos el oído.
—Ha pasado de largo, no son ellas.
Hay casi quinientos metros desde la cancela que da acceso a la propiedad
hasta el lugar donde estamos tomando el sol, es imposible que seamos
sorprendidas a no ser que alguien se acerque andando, y eso es muy poco
probable. Aun así, reconozco que, de cuando en cuando, miro hacia el camino
por donde tendrán que llegar nuestras madres, ¡sería muy incómodo que nos
pillaran tal y como estamos ahora!
Pero no puedo preocuparme mucho tiempo por esa remota posibilidad, porque
Sandra ha terminado con mis pechos y ahora extiende la crema por mi
estómago, acercándose mucho a la braguita del bikini pero teniendo cuidado
de no manchar la tela con el bronceador.
—¿Quieres que durmamos juntas otra vez esta noche? —pregunta con
suavidad sin detener su trabajo.
—Creía que no ibas a pedírmelo.
—Y yo temía que ya te hubieras cansado de mí.
—¿Tengo aspecto de haberme cansado de ti?
Me encanta sumergirme en los ojos negros de Sandra. Estamos sentadas sobre
la toalla, muy juntas, y es muy sencillo acercarnos y besarnos con ternura una y
otra vez. Es un beso largo, suave, durante el cual nuestras lenguas se enredan
juguetonas. Cuando nos separamos, noto su saliva en la comisura de los
labios, y me encanta.
—Pero esta noche te visitaré yo a ti. En tu cuarto hay televisión y quiero ver
El diario de Noa.
—¿Otra vez?
—Sí —ríe Sandra, que ya ha terminado con mi estómago y se dirige a mis
piernas, lo cual es totalmente innecesario porque yo ya había extendido ahí el
protector solar—, otra vez.
—Entonces, ya somos como un matrimonio… vemos la tele en lugar de tener
sexo.
Es tan refrescante reír junto a ella y me apetece tanto ver esa película tonta
pero encantadora a su lado que hablo sin pensar en lo que digo:
—Ahora ya sé la respuesta, y es que sí.
—¿Qué?
—Que quiero seguir viéndote en Madrid.
Las manos de Sandra se detienen sobre mi muslo izquierdo. Un poco más
arriba, mi mejilla magullada sonríe con dificultad. Mi amiga se inclina y me
besa una vez más en la boca. Luego, como si estuviera recogiendo a un pájaro
que acaba de caerse del nido, recorre con calma mis cicatrices con sus labios,
besando cada surco, cada quiebro que el caprichoso destino quiso dibujar
sobre mí.
La dejo hacer sin atreverme casi a respirar y, cuando termina, siento que le
debo algo, que estoy en deuda con ella para siempre, porque ha conseguido
que vuelva a creer en mí misma, que sienta que el accidente fue solo un
pequeño contratiempo que no tiene por qué modificar mi vida.
—Gracias.
—Qué tonta eres —me regaña riendo—. En realidad, soy yo la que les da las
gracias a tus cicatrices.
—¿Qué dices? —pregunto frunciendo el ceño, sorprendida y hasta irritada por
sus absurdas palabras.
—De no ser por ellas, nunca habrías venido aquí y esto no habría pasado.
No puedo contenerme, abrazo a Sandra hasta que me duelen los brazos, beso
su cara, sus labios y sus ojos miopes después de quitarle las gafas con torpeza.
¿Me estoy enamorando de ella? Dios, es increíble, no puede ser pero… en lo
más profundo de mí, sé que nunca sentí con Javier una intimidad tan perfecta
como la que estoy sintiendo ahora con esta muchacha que durante mucho
tiempo consideré fea y antipática.
—¿De verdad tenemos que esperar a octubre?
Lo he preguntado con voz desmayada, y ella se ha replegado sobre su concha
protectora como siempre que intento aproximarme de este modo.
—No insistas por favor.
—Es que no puedo entenderlo, todo es perfecto, ¿de qué tienes miedo?
He detenido su mano, que ya estaba posada sobre mi sexo a través de la tela
del bikini. Sé que ella me proporcionaría solícita todo el placer que yo le
pidiera, pero no eso lo que deseo ahora. Lo que quiero es que Sandra también
sea feliz a mi lado, compensarla por todo lo que me ha dado en estos días, que
va mucho más allá de lo meramente físico.
—Dime qué quieres que haga —digo entonces temblando—. Lo que sea, lo
haré encantada. ¿Quieres que me quite la braguita?
Sin esperar su respuesta, desato el nudo que sujeta la breve prenda sobre mis
caderas y me deshago de ella. Sandra mira nerviosa hacia el camino por donde
podrían sorprendernos, aunque en las casi tres semanas que llevo aquí nunca
hemos visto a nadie.
—No te preocupes, oiremos el coche —intento tranquilizarla—. ¿Quieres que
pose para ti? ¿Te gustaría hacerme fotos?
—No es necesario —contesta, sin darse cuenta de que hemos intercambiado
por completo los papeles con respecto a lo que sucedió en su cama.
—Vamos, quiero hacerlo, cualquier cosa que se te ocurra… soy toda para ti.
Es encantador ver su sonrisa y el brillo de sus ojos, otra vez escondidos detrás
de sus gafas de pasta. Sandra se pone en pie y me ofrece una mano que tomo
sin dudar.
—Anda, vamos dentro. Puede venir el cartero o algún chaval en bicicleta.
La sigo sin preocuparme por mi bikini, que yace olvidado entre las hierbas
salvajes que rodean la casa.
***
—Venga, vístete. Deben estar a punto de llegar.
Mi amiga me ha conducido decidida hasta el piso superior, pero de pronto
noto que algo vacila en su interior. Hace un minuto parecía ebria de felicidad,
no entiendo a qué se debe su repentino cambio de humor. En cuanto a mí, me
ha gustado caminar desnuda a su lado, subir la escalera peldaño a peldaño
cogida de su mano mientras mis pechos se movían libres y desafiantes. Ahora,
de pie en el rellano, me parece que lo único que tenemos que decidir es si nos
refugiamos en su dormitorio o en el mío.
—No seas aguafiestas, tardarán al menos una hora más.
He tratado de tirar de ella en dirección a mi cuarto, pero Sandra se muestra
remisa.
—Prometo no intentar tocarte —aseguro sin dejar de darme cuenta de lo
absurdo que suena decir algo así en estas circunstancias—. Haremos solo lo
que tú quieras.
—No es necesario, de verdad. Es mejor que…
Empiezo a sentirme verdaderamente ridícula, en cueros en medio del pasillo
mientras ella, visiblemente ofuscada, se niega a dejarse seducir por mis
encantos.
—Por dios Sandra. Trato de ayudarte como tú me has ayudado a mí. No voy a
hacer preguntas incómodas, no voy a exigirte nada. Acepto esperar a tu
dichoso 23 de octubre, ¿qué más quieres?
Sandra cabecea y se muestra cada vez más inquieta. Empiezo a preguntarme si,
cuando digo que está loca, no estoy acercándome más de lo imaginable a la
realidad.
—Verás Laura, es… es más complicado de lo que crees. No debí dejar que las
cosas llegaran tan lejos, lo siento.
Ahora sí que me siento absurda. Hace cinco minutos, le he dicho que deseo
seguir en contacto con ella cuando regresemos a la ciudad y me he puesto en
sus manos admitiendo implícitamente que siento algo que va más allá de lo
físico por ella. Sobre la toalla, he creído por un instante que Sandra
experimentaba lo mismo, pero ahora parece claro que sigue pensando en…
—Muy bien, lo entiendo. Sigue llorando a tu dichoso Diego.
He dado media vuelta y me he metido en mi cuarto intentado cerrar la puerta
tras de mí, pero Sandra me ha seguido y se ha colado dentro. Nerviosa y
humillada, busco algo de ropa que ponerme encima y empiezo a abrir y cerrar
los cajones de la cómoda con movimientos bruscos.
—No es lo que crees.
—¿Ah, no? Entonces, explícame de qué se trata, porque si no estás encoñada
todavía con ese imbécil ya no sé cómo interpretar tus continuos cambios de
humor. Tan pronto te acercas como pones distancia, a veces parece que te
gusto y otras te comportas como si te molestase. ¡Y sal de mi habitación,
quiero vestirme!
¿En qué cajón he puesto la maldita ropa interior? Ahora me incomoda que
Sandra me mire, ¿en qué estaba pensando cuando le ofrecí hacer cualquier
cosa que me pidiera?
—Esto no tiene nada que ver con Diego.
Por fin he encontrado unas braguitas y, luchando contra el temblor de mis
manos, intento ponérmelas dando la espalda a la que de pronto me parece una
intrusa.
—Yo no soy buena para ti Laura. No quiero hacerte daño.
He tropezado al oír sus palabras y he estado a punto de caer al suelo.
Terminando de ponerme las bragas, giro hacia ella y me encuentro con sus ojos
negros, que me miran con una expresión que me siento incapaz de descifrar.
—¿Qué estás diciendo?
—Pensé que entre tú y yo todo sería desenfadado, ahora veo que me
equivoqué. No quiero que te sientas en deuda conmigo.
Creo que la echaría a patadas de mi cuarto de no ser por la expresión de
desamparo que veo en su mirada.
—No te entiendo Sandra, eres demasiado complicada para mí, de verdad que
lo intento pero…
—Sé que estoy siendo irracional contigo pero… no puedo enredarte más en
mis problemas, no sería justo.
Es increíble que nuestra relación tenga que moverse siempre al borde del
abismo. Ahora estamos las dos mirándonos fijamente, y una vez más
compruebo algo que ya sabía: que a veces el silencio puede servir mejor para
entender a las personas que quieres que todas las palabras del mundo. De
pronto veo a Sandra pequeña, asustada, quebradiza, y lo único que puedo
hacer es extender un brazo hacia ella, olvidar cuanto acabamos de decir y
empezar de nuevo:
—Por favor, ven conmigo. Aquí y ahora, ¿recuerdas?
Mi amiga vacila, juraría que está a punto de echarse a llorar. Por un instante,
temo que dé media vuelta y huya de mi lado, pero finalmente da un paso en mi
dirección, luego otro y otro, y entonces llega a mi altura y me abraza, y sus
manos ciñen mi cintura mientras besa mi cuello, mis hombros, mis senos
desnudos que encuentran en sus labios el más excitante de los afrodisíacos.
Sé que no debo corresponder a sus caricias. Luchando contra el deseo de
apretar su menudo cuerpo contra el mío, dejo que sea ella la que marque los
límites y decida lo que va a suceder. Sin dejar de besarme, Sandra me lleva a
la cama y hace que me siente, el torso apoyado sobre el cabecero. Luego, se
encarama sobre mí, y su peso es tan dulce que siento que podría acunarla en
mi regazo eternamente. Sus manos buscan las mías y su mirada es al mismo
tiempo una súplica y una imposición, ¿se trata de una estrategia para evitar que
pueda tomar yo la iniciativa?
Sin duda, porque, con suavidad pero sin admitir un no por mi parte, conduce
mis manos hasta hacer que me agarre con fuerza a las rejas que conforman el
cabecero de mi cama. Comprendo perfectamente lo que desea, no estoy atada
físicamente pero ha quedado claro que no debo tocarla, que tengo que adoptar
una actitud pasiva y no intentar descubrir hoy lo que sea que oculta mi amante.
Puede estar tranquila. Aunque no la entiendo, acepto que hay algo que para
ella es grave, de modo que me doblego y asumo el papel de muñeca dócil que
simplemente quiere hacer feliz a la persona que más se lo merece. Y desde
luego Sandra lo merece.
Durante mucho tiempo, me besa profunda y concienzudamente, y sentir su
lengua recorriendo palmo a palmo mis dientes y mi paladar me compensa con
creces de las dificultades que sin duda plantea mi nueva pareja. Porque ya
pienso en ella como en mi pareja, y supongo que tendré que acostumbrarme a
sus rarezas y aprender a vivir con ellas.
Mi amiga se ha sentado a horcajadas sobre uno de mis muslos. Solo se separa
de mí para que las dos podamos coger aire y, apenas lo hacemos, de nuevo
siento sus labios sellados a los míos. ¿Qué está haciendo? Ha iniciado un leve
movimiento de caderas que, al principio, creo que solo pretende facilitar que
pueda besarme con mayor comodidad. Sin embargo, pronto me doy cuenta de
que Sandra… ¡está frotando su sexo suavemente contra mi muslo desnudo!
El descubrimiento me resulta morbosamente excitante. Sí, no me engaño, las
mejillas de mi amiga, que de nuevo ha separado su rostro del mío para coger
aire, empiezan a tener algo de color, su labio superior está perlado de sudor, y
su pecho, celosamente protegido por el top de su anticuado bikini, sube y baja
con ritmo creciente.
Mientras noto otra vez su lengua moviéndose como una lagartija entre mis
dientes, me doy cuenta de lo mucho que me gusta ser utilizada de este modo.
Concentrada en no soltar las manos del cabecero, interrumpo un instante su
vaivén:
—Espera —digo con voz jadeante, porque estoy tan excitada como la propia
Sandra—, espera, levanta un segundo.
Entonces, cuando ella se incorpora, flexiono la pierna izquierda hasta que el
talón está casi en contacto con mis nalgas y, con un gesto, la invito a instalarse
de nuevo sobre mí. En esta nueva postura, mi muslo es más lleno, más
compacto y rotundo, y además puedo aguantar mejor sus crecientes
embestidas.
Sandra se coloca a horcajadas, se pega a mí cuanto le es posible y, sin
demora, reinicia su rítmico balanceo. ¡Dios, me está montando como a una
yegua! Ahora no me besa en la boca, sino que se ocupa de mi seno izquierdo,
aplicando sus labios sobre el pezón con sabiduría, consiguiendo que triplique
su tamaño y arrancándome un suspiro de satisfacción.
—Quítate la braguita —sugiero con las manos firmemente colocadas sobre el
enrejado de mi cama.
No puedo creer que Sandra acceda a mi petición. Hecha un manojo de nervios,
detiene su movimiento, se alza un instante sobre mí y, sin dudarlo, hace lo que
le pido. Entonces, veo por primera vez su sexo.
Como ya pude intuir en uno de nuestros primeros encuentros, Sandra tiene un
vello púbico tan negro como sus ojos, rizado y muy tupido. El pequeño
triángulo se me antoja lo más bonito que he visto en mi vida. ¿De qué tiene
tanto miedo? El cuerpo de mi compañera es agradable y tierno, estoy segura
de que despierta en cualquiera el deseo de protegerlo y mimarlo con dulzura.
Pero no tengo tiempo de pensar en ello, porque Sandra ha vuelto a cabalgar
sobre mi muslo… y es delicioso sentir su humedad resbalando sobre mi piel.
Su sexo es caliente y suave, y notarlo estremecerse contra mí me compensa por
la pequeña decepción que supone no poder usar las manos para acariciarlo
como me gustaría.
La noto empapada, me fascina darme cuenta de que ya no puede ocuparse de
mi pecho izquierdo. Ahora solo puede concentrarse en su propio placer. Con
los ojos cerrados, sus manos se agarran a mi cintura mientras sus caderas, más
abajo, empujan incansables sobre mí, moviéndose de atrás hacia delante y de
delante hacia atrás.
¡Cómo me gustaría acariciar sus pechos y su espalda mientras ella se
estremece pegada a mí! Pero ya conozco lo suficiente a Sandra como para
saber que sería un error, de modo que me aferro al cabecero y tenso mi muslo
izquierdo para convertirme en el mejor juguete sexual posible para mi amiga.
Casi puedo sentir su clítoris inflamado golpeando contra mi piel. Sandra está
al borde del orgasmo, sus movimientos se aceleran, su néctar se extiende ya
por mi pierna desde la rodilla hasta la parte intermedia del muslo. Jamás se
me habría ocurrido que el sexo entre dos mujeres pudiera ofrecer tal variedad
de posibilidades, a cual más excitante y satisfactoria.
Atónita pero inesperadamente feliz, asisto desde mi privilegiada posición a la
explosión del cuerpo de mi encantadora compañera. Sus hombros tiemblan,
sus delgados muslos se aprietan contra el mío, sus riñones se arquean
empujando con fuerza, y entonces sus brazos vacilan, su cuerpo vibra una, dos,
tres veces, de su garganta escapa un delicioso gemido de satisfacción y,
después, Sandra se derrumba y queda desmadejada sobre mí.
Ha sido maravilloso. Por un instante, veo con claridad que, en este apartado
lugar del mundo, por primera vez en mi vida he encontrado el amor.
Una visita inesperada
—Me ha encantado. Lo necesitaba, gracias.
—Qué tonta eres —la regaño cariñosa—. No tienes que darme las gracias por
esto.
—Sé que soy muy rara. Estarás pensando que estoy loca, no te culpo.
—Nada de eso. Aunque un poco rara sí que eres.
Las dos reímos felices. Ella sigue con su top por toda vestimenta mientras que
yo, las manos todavía sobre el cabecero, solo llevo puestas las braguitas con
las que me cubrí mientras tuvimos nuestra pequeña discusión. Ahora, Sandra
se queda mirándolas con una sonrisa inequívoca.
—Va a volver a pasar.
—No, ahora sí que deben estar a punto de volver.
—En una escala de cero a diez, ¿qué nota me darías en el sexo oral?
—No da tiempo —insisto.
—¿Notable…?
—Sobresaliente, pero no tienes que hacer esto todos los días.
Aunque corremos un serio riesgo de ser interrumpidas, no encuentro fuerzas
para resistirme cuando mi amiga me quita con habilidad las bragas y vuelve a
dejarme completamente desnuda.
—Voy a comerte entera.
—De verdad Sandra, ahora no…
—Estoy hambrienta, tienes un chichi delicioso.
Cuando noto el aliento de Sandra otra vez cerca de mi sexo, cierro los ojos,
aprieto con fuerza los puños contra el cabecero de la cama y siento que voy a
desmayarme de placer.
***
—¿Hacemos algo juntas las cuatro esta noche?
La pregunta de Lourdes, no por esperada, deja de molestarme. Últimamente
Sandra y yo estamos prácticamente todo el tiempo solas, y no me apetece en
absoluto que eso cambie.
—Buena idea —contesta de inmediato mi madre—. ¿Nos ponemos guapas y
bajamos a pasar el día en el pueblo? Hoy hay mercadillo.
El plan ha sido bien recibido por Sandra. No puedo evitar una pequeña
punzada de decepción al pensar en que a ella no parece importarle el hecho de
tener que compartir nuestro tiempo con su madre y la mía. Dios… ¿acaso me
estoy enamorando de mi amiga?
Es algo en lo que no puedo dejar de pensar. Por muy ridículo, absurdo y
descabellado que parezca, lo único cierto es que llevo unos días como
flotando en una nube. Javier está a miles de años luz de distancia, me siento
alegre, ilusionada… y pasan horas enteras sin que me acuerde de mis
cicatrices. Es como si hubieran desaparecido y, las pocas veces que las veo,
me parecen insignificantes, apenas unas pequeñas marcas que desde luego no
pueden arruinar mi vida.
Mientras me lavo los dientes a solas en mi cuarto de baño después de
desayunar, pienso en todo esto. La perspectiva de un día entero las cuatro
juntas me resulta una pendiente difícil de superar. Yo necesito explorar mi
relación con Sandra, saber que ella está tan enganchada como yo, dejar claro
que cuando volvamos a Madrid esto seguirá. De pronto me aterra que todo
quede en un simple escarceo veraniego, que en el fondo nuestro romance sea
reducido al status de pequeña travesura sin importancia.
Siguiendo un impulso, salgo del dormitorio y me dirijo casi a la carrera hasta
el cuarto de Sandra, donde entro sin golpear siquiera la puerta.
—¡Eh! ¿No te han enseñado a llamar?
Como hoy vamos a salir, mi amiga estaba vistiéndose. Ya tenía puestos los
vaqueros, y la he sorprendido mientras se ceñía su acostumbrado sostén. De
cualquier modo, se ha dado la vuelta antes de que pudiera ver nada, y
enseguida se ha puesto por encima una camiseta negra de esas que yo jamás
tendría en mi armario.
—¿A qué vienen estas prisas?
Aunque Sandra parece más relajada ahora que ya está completamente vestida,
algo me hace pensar que no es el mejor momento para hablar de lo que me
quema por dentro. Sin embargo, hay ocasiones en las que no puedo seguir lo
que me dice el cerebro. Hay veces que simplemente me empujan a actuar, y
esta es sin duda una de ellas:
—Solo quería hablar contigo.
—Vamos a pasar el día juntas, ¿recuerdas?
¿Está distinta Sandra esta mañana? Anoche tenía jaqueca y se retiró a dormir
enseguida, por lo visto es algo que le sucede con frecuencia. Esta mañana, yo
deseo sus caricias y su compañía, ¿es que a ella no le sucede lo mismo?
—Juntas… con tu madre y la mía.
—Vamos Laura, apenas nos dan la lata, ¿no merecen que pasemos un día con
ellas?
Me duele que se muestre tan razonable cuando yo solo siento irritación. ¿Por
qué no se muestra igual de lógica y me cuenta ahora eso que tiene que esperar
a octubre? Pero no quiero enfadarme, no he venido a eso precisamente.
—Estaba pensando que, cuando volvamos a Madrid… ¿te gustaría que te
llevara un día de compras?
—Claro.
¿Claro, eso es todo? Sandra se ha puesto a pintarse en el espejo de su cómoda,
creo que es la primera vez que la veo hacerlo. ¿Se pinta para bajar al pueblo
pero no para que yo la vea todos los días? La intuición me dice que no es el
mejor momento, pero tengo que soltar lo que llevo dentro o voy a morir de
ansiedad.
—También podemos quedar para ir al cine, o a cenar… lo que tú quieras.
Sandra me mira con gesto preocupado. Me doy cuenta de que estoy
comportándome de un modo extraño, ¿a qué viene decir todo esto ahora
cuando todavía nos queda una semana aquí?
—Me parece bien… ya iremos viendo.
¿Ya iremos viendo? ¿Qué tipo de respuesta es esa? Nosotras no somos dos
amigas “que ya irán viendo cuándo quedan”. Nosotras somos mucho más, y
necesito dejarlo claro, necesito saber que ella lo siente igual que lo siento yo.
—Sandra.
—¿Sí?
—Te quiero.
—Vaya —sonríe ella, que parece querer tomarlo como una broma—. Por
supuesto, yo también…
—Creo que me he enamorado de ti.
Lo he dicho sin pensar, y de inmediato me doy cuenta de que he elegido el
peor momento, no hay más que ver su gesto de sorpresa. Sorprender a alguien
cuando le dices algo así es sin duda lo peor que puede ocurrir. Si ella ni
siquiera lo esperaba al menos un poquito, acabo de dar el mayor paso en falso
de mi vida. ¿Quién iba a pensar que, en una relación entre Sandra y yo, me iba
a corresponder a mí ser la parte débil?
—Joder Laura, no sé qué decir.
—“Yo también te quiero” estaría genial —intento bromear, aunque cada vez
estoy más nerviosa.
—Escucha cariño yo…
Ay dios, ay dios, ¿cómo he podido fastidiarla tanto? Me siento ridícula,
absurda, me tiemblan las manos y las rodillas parecen incapaces de
sostenerme. Dando media vuelta, me dispongo a salir de su cuarto, pero ella
me detiene y me obliga a sentarme en la cama, a su lado. Tengo sus manos
entre las mías, siento su calor y aspiro el delicioso olor a campo que siempre
tiene su pelo. Sin embargo… tengo un miedo tan grande a ser rechazada que a
duras penas consigo respirar.
—Me siento halagada Laura.
—No sigas, lo entiendo. Perdona.
Nuevo intento de marcharme, pero otra vez mi asesina me retiene a su lado.
¿Puede haber algo más humillante que ser consolada por la persona amada que
no te corresponde? Nunca había probado este amargo sabor, ¿será por culpa
de mis cicatrices? Sí, eso tiene que ser, Sandra miente cuando dice que no las
ve, seguro que de no ser por ellas todo sería diferente.
—Perdóname Laura, yo… Todo ha sido culpa mía, no debí dejar que esto
pasara.
—¿Es por esto?
—¿Qué? No, ¡claro que no! ¿Cómo puedes pensar algo así?
Al menos, su gesto de incredulidad al señalarme las marcas ha sido sincero.
Muy bien, a Sandra no le importa mi mejilla magullada. Entonces, ¿por qué no
me dice que me corresponde?
—No lo entiendo —digo, incapaz de creer que esto esté pasando—. Cuando
estamos juntas es genial, esas cosas se notan.
—Por supuesto que es genial —contesta sin soltar mis manos.
—¿Entonces?
Sandra está visiblemente incómoda. Supongo que siempre es complicado
explicarle a una persona que, por muy divertido que sea el sexo con ella, no ha
conseguido traspasar esa inexplicable línea que separa lo simplemente
agradable de lo que nos quita el aliento.
—Te pedí que tuvieras paciencia Laura. Te dije que en octubre…
—¿Qué diablos sucede en octubre? ¿Por qué no puedes contármelo ahora?
Esta vez es ella la que se levanta y da un par de vueltas en círculo por la
habitación mientras yo contengo el aliento. Es evidente que va a contarme
algo, noto que está a punto de explotar, y una parte de mí cree, tal vez
injustificadamente, que si consigo que me revele su secreto todo se arreglará
como por arte de magia.
—Porque estoy en un momento de mi vida en el que no puedo tomar este tipo
de decisiones, porque no quiero que ahora te sientas atada a mí y después me
reproches haberte mentido. Porque se suponía que ninguna era lesbiana y esto
no pasaba de ser un agradable modo de pasar las vacaciones, porque…
porque no podría soportar que tú me miraras como un día me miró…
—¿Quién? Di lo que estás pensando. Es por Diego, ¿verdad?
—¡Olvídate de Diego! —estalla mi amiga—, ya te dije que no te preocuparas
por él.
—¡Pues dime de una maldita vez qué sucede! Ya no puedo más, me pones
histérica. No me dejas tocarte pero follamos como locas, no te gusta que te
diga que te quiero pero me regalas estrellas por las noches, no me cuentas lo
que te preocupa pero haces que cuando estoy contigo…
Me he detenido antes de terminar mi frase. Las dos estamos temblando y una
lágrima amenaza con estropear el maquillaje que, sin demasiado acierto,
Sandra ha puesto alrededor de sus ojos.
—Sigue —me anima en un susurro— ¿qué te sucede cuando estás conmigo?
Antes de volver a hablar, trago saliva y busco sus ojos. Luego, contesto con
voz desfallecida:
—Que haces que me sienta especial e importante.
Sandra viene hacia mí y las dos nos abrazamos en silencio. Sus manos ciñen
mis caderas y yo la rodeo con los brazos. Durante unos segundos ninguna
mueve un músculo, y yo aspiro el aroma limpio de su cuerpo sintiendo que el
mundo vuelve a cobrar sentido.
Está a punto de contármelo, lo sé sin la menor sombra de duda. Las barreras
entre nosotras han caído, y yo me siento feliz, porque estoy dispuesta a
enfrentarme a lo que sea y estoy segura de que, las dos juntas, venceremos a
cualquier enemigo por poderoso que sea.
Al principio no lo oigo pero, cuando mi amiga se separa de mí y entiendo sus
palabras, me doy cuenta de que tiene razón: el ruido de las ruedas de un coche
sobre la grava del exterior es perfectamente audible. ¿Quién puede ser, en este
apartado rincón del mundo donde llevamos tres semanas sin ver a nadie?
Después, oímos el rumor de pasos precipitados, la voz de Lourdes saludando
a alguien y, por último, su llamada desde el piso inferior:
—Sandra, asómate… no te vas a creer quién ha venido.
Mi amiga se separa de mí y me deja en medio de la habitación. Solo después
de unos segundos consigo reaccionar y seguirla escaleras abajo. Cuando salgo
fuera del edificio, la veo saludando tímidamente a un muchacho alto, delgado y
no demasiado atractivo.
Tengo que sentarme en las escaleras cuando me doy cuenta de que el recién
llegado es Diego.
***
—No sé si alegrarme, la verdad —dice Lourdes mientras conduce—. Ese
chico le hizo mucho daño a mi niña, y aparece justo ahora que empezaba a
volver a ser ella misma.
—Tranquila —contesta mi madre—, Sandra es muy equilibrada, seguro que
sabe manejar la situación.
Hemos dejado sola a la antigua pareja mientras nosotras bajamos al pueblo al
dichoso mercadillo y, hundida en el asiento posterior del coche, mi estado de
ánimo es tan sombrío que solo lo alteradas que están mis dos acompañantes
permite que pase desapercibido.
En mi imaginación, Sandra está ya desnuda debajo del inesperado intruso,
ofreciéndole lo que a mí me ha negado y recuperando el tiempo que ha pasado
lejos de él. Creo que nunca me había sentido tan perdida y, para colmo, el
reflejo de mi mejilla en la ventanilla del coche me devuelve una imagen llena
de espantosas cicatrices, ¿cómo pude creer esta misma mañana que mi aspecto
había mejorado?
—¿Tienes idea de por qué cortó con ella?
He hecho la pregunta intentando parecer solo una buena amiga que se preocupa
como se espera de ella, pero me he puesto tan colorada que he bajado la
cabeza inmediatamente, a pesar de que las dos mujeres miran solamente hacia
la carretera que tenemos delante.
—No lo sé exactamente, Sandra siempre ha sido muy reservada para sus
cosas. ¿A ti no te ha contado nada?
—No… nada.
He estado a punto de añadir con ironía que el 23 de octubre tendría nueva
información, pero ni siquiera de eso estoy segura ya. ¿Qué está pasando ahora
mismo en la casa? ¿Volverán a reconciliarse? ¿Sabía Sandra que Diego iba a
llegar hoy y por eso estaba tan rara esta mañana? Por más vueltas que le doy,
no encuentro otra explicación a su extraño comportamiento que el hecho de
que, por mucho que lo negara, sigue enamorada de su ex hasta la médula.
Dios, ¿cómo puedo estar tan celosa? No logro entenderlo: no soy lesbiana,
Sandra ni siquiera es especialmente guapa, apenas hemos estado dos semanas
juntas y, sin embargo… me falta el aire y daría cualquier cosa por tener una
excusa razonable para volver a la casa y evitar lo que seguro está pasando.
Pero no, no me queda otra que pasear por el mercadillo con la tercera edad y
encima poner buena cara, ¡maldita sea la hora en que tuve aquel accidente! De
no ser por aquello, yo no habría perdido mi empleo, nunca habría venido aquí
y no estaría ahora comiéndome las uñas hecha un manojo de nervios.
—… quiero que sepas que te estoy muy agradecida.
¿Qué? Por lo visto, Lourdes se dirige a mí, pero estaba tan metida en mis
pensamientos que solo he oído la última parte de su frase.
—No tiene importancia —improviso—, no…
—Claro que sí. Mi hija estaba muy deprimida hasta que tú llegaste. Estas
últimas semanas ha vuelto a ser la chica alegre de siempre, y todo gracias a ti.
No deja de ser un consuelo, aunque también me irrita profundamente. ¿Qué he
sido para Sandra? ¿Un simple pasatiempo? ¿Un experimento con el que
entretenerse hasta que volviera el amor de su vida? Siento tanta rabia y tanto
miedo que no consigo pensar con claridad.
El día pasa con una lentitud exasperante. Mi madre y su amiga curiosean por
los puestos sin prisa, deciden quedarse a comer en el pueblo, charlan
convirtiendo la sobremesa en una pesadilla para mí. ¿No debería Lourdes
volver para evitar que su hija tenga sexo con ese estúpido? Es una verdadera
lástima que las costumbres de hoy en día sean tan liberales, en estos momentos
preferiría una madre vigilante que tratase de conservar la virginidad de su hija
costara lo que costase.
Creo que es el peor día de mi vida, comparable solo a aquel en el que vi mi
rostro por primera vez después del accidente. Cuando al fin iniciamos el
regreso, estoy tan alterada que a duras penas puedo ocultárselo a mi madre.
Me falta el aliento, doy el desastre por descontado y me siento tan ridícula y
fuera de lugar que casi preferiría largarme sin volver a hablar nunca más con
Sandra.
Me tiembla todo el cuerpo cuando abandonamos la carretera y cogemos el
camino de tierra que lleva a la casa. Si el coche de Diego sigue allí, si la feliz
pareja nos recibe sonriendo… ¿Seré capaz de ocultar mi dolor? No puedo
evitar regañarme a mí misma, “vamos Laura, solo llevas dos semanas con esta
chica, si superaste lo de Javier esto no tiene por qué ser diferente”. Pero es en
vano, la razón dice una cosa pero lo que siento por dentro lo desmiente, ¡por
favor que no esté el coche! ¿Por qué conduce tan despacio Lourdes? ¿Tiene
miedo ella también de lo que pueda encontrarse en la casa? Vamos, gira de una
vez, ya casi estamos, una curva más y…
El coche de Diego no está. Nos bajamos las tres en silencio, yo con una leve
esperanza pero sin hacerme ilusiones. Es posible que Sandra tampoco esté, o
que él se haya ido a pasar la noche fuera para guardar las apariencias pero que
a pesar de eso la reconciliación sea un hecho.
—¡Cariño, ya hemos llegado!
Noto el pulso golpear desbocado en mi pecho, las piernas me sostienen a
duras penas, tengo que abrir mucho la boca para respirar.
—¿Qué tal el mercadillo?
Sandra aparece con gesto tranquilo. Durante un instante, nuestras miradas se
cruzan pero, antes de que pueda adivinar nada, su madre la coge del brazo y
acapara toda su atención.
—El mercadillo bien…
Pero está claro que hoy las compras no son lo importante. Lourdes quiere
saber, igual que yo aunque por motivos completamente distintos. Me va la vida
en ello pero comprendo que debo ser paciente, porque Lourdes y su hija
desaparecen dentro, dejándome llena de inquietud y ansiedad.
Antes de que mi madre pueda hacer comentario alguno, pongo una excusa
cualquiera y me refugio en mi cuarto. No puedo fingir durante más tiempo que
todo está bien.
Una charla con mamá
Apenas llevo diez minutos en mi cuarto cuando dos leves toques en la puerta
hacen que salte como un resorte. ¡Por fin! Estoy segura de que es una buena
señal que Sandra venga tan pronto, eso significa que Diego es historia. Seguro
que le ha rechazado, porque ahora me tiene a mí y…
—Ah, hola…
He abierto la puerta llena de esperanza y, al ver a mi madre, el mundo se me
ha venido encima. ¿Cómo puedo cambiar de estado de ánimo a tal velocidad?
—¿Molesto?
—No, claro que no. Pasa.
Conozco a mi madre casi tan bien como ella me conoce a mí, y sé que está
preocupada. Se sienta en la cama cruzándose de brazos con ese gesto tan
habitual en ella, me mira de medio lado y trata de parecer relajada aunque, en
realidad, estoy segura de que las preguntas incómodas van a empezar en
cualquier momento.
—Solo quería saber si te encontrabas bien.
—Me duele un poco la cabeza, pero no es nada importante.
Soñar con engañar a mamá es como confiar en acertar la lotería, de modo que
lo único que puedo hacer es mantenerme firme y negarlo todo. Contarle lo que
de verdad me preocupa es lo último que haría en este momento.
—Has estado muy callada todo el día.
—Bueno… con Lourdes delante no queda mucho margen de maniobra, ya
sabes.
—Sí —esboza una sonrisa—, mi amiga es muy parlanchina.
Por un instante, parece que el interrogatorio ha terminado, pero pronto me
queda claro que soy una ilusa si pienso eso:
—Te has hecho muy amiga de Sandra, ¿verdad?
—Bastante.
De repente, mamá me mira de un modo extraño que hace que note cómo suben
los colores a mi rostro, ¿se habrá dado cuenta? Espero que la luz del atardecer
me haya protegido discretamente.
—¿Va todo bien entre vosotras?
—¿Qué quieres decir?
—No sé… te veo muy contenta con ella, de lo cual me alegro mucho, pero
cuando te pregunto al respecto parece que te sientes incómoda.
—¿Incómoda? Qué tontería. Ya te he dicho que nos llevamos bastante bien.
¡Por favor!, después del día que he pasado solo me faltaba esto. Necesito
cortar esta conversación antes de que sea demasiado tarde.
—Escucha mamá, estoy cansada. Me gustaría echarme un rato antes de cenar.
—Está bien, ya veo que no tienes demasiadas ganas de charlar con la pesada
de tu madre.
—No es eso, es que hoy… me duele un poco la cabeza, ya te lo he dicho.
Mi madre se levanta y da un par de pasos hacia la puerta. Está a punto de girar
el picaporte cuando, recordando algo, se gira hacia mí repentinamente:
—Por cierto, ayer encontré tu bikini cerca de las hamacas, donde soléis
poneros Sandra y tú.
Ahora sí que me he puesto terriblemente colorada, es imposible que mamá no
lo haya notado.
—Vaya, ¿lo dejé ahí?
—Sí, ¿tomasteis el sol desnudas?
—¡No! No, claro que no, ya sabes lo blanca que es Sandra. Siempre tiene
mucho cuidado de no quemarse.
¿Cómo puedo ser tan torpe? Me estoy metiendo yo sola en la boca del lobo,
cada palabra que digo me enreda un poco más. Simplemente con reírme por mi
mala cabeza y admitiendo que había estado desnuda en la hierba mi madre se
habría olvidado de todo porque, con cualquier otra amiga que no fuera Sandra,
las cosas habrían sido completamente normales.
¡Ay, pero Sandra no es cualquiera! ¿Qué estará contándole a su propia madre,
a escasos metros de mi cuarto? Y yo, mientras, encerrada aquí con la mía, que
empieza a parecerse a un agente del contraespionaje.
—Pero entonces, ¿qué hacía el bikini ahí tirado?
—Me puse el azul y llevaba el otro en la bolsa. Debió caérseme.
—Ah, claro. Bueno, descansa un poco. Te veo en la cena, espero que Sandra
esté bien, tiene a Lourdes muy angustiada.
Me he librado por poco. Afortunadamente, la verdad es tan descabellada que
mi madre no la descubriría aunque la tuviera delante. Es lo bueno de mantener
una relación lésbica, ¿cómo iba nadie a imaginar que Sandra y yo…?
La puerta por la que mamá acababa de desaparecer se ha abierto de nuevo.
Ahora, su rostro está pensativo cuando empieza a hablar:
—Escucha cielo, recuerdo perfectamente que no habías metido ropa de baño
en la maleta porque veníamos a la montaña. Yo misma te cogí el bikini rojo y
el bañador de rayas porque fue lo único que encontré. No tienes aquí el azul.
Ha sido como sentir un puñetazo en la boca del estómago. De repente estoy
sudando, me cuesta respirar y no consigo quedarme quieta. ¿Cómo puede estar
pasándome esto? Llevo todo el día muy tensa y esto es la gota que desborda el
vaso. Mi madre me mira confusa, viene hacia mí y me coge las manos.
—¿Qué sucede Laura? Estás temblando, no me asustes. ¿Qué te pasa cariño?
Es entonces cuando me derrumbo. Por un instante, vuelvo a ser la niña que
necesita mimos y apoyo, y me refugio en sus brazos, llorando y dispuesta a
volcar en ella mis frustraciones, porque sé que es la persona que más me
quiere en el mundo y la única que va a sufrir mi dolor como si fuera el suyo
propio.
—Estoy hecha polvo mamá…
—¿Qué te pasa hija, estás enferma?
Niego con la cabeza mientras sorbo las lágrimas, pero eso, lejos de calmar a
mamá, la preocupa aún más. Sé que nunca lo adivinaría si yo no se lo dijera,
sé que podría inventar cualquier excusa, refugiarme en mis cicatrices, hablar
de Javier… pero ya no deseo hacerlo. De pronto quiero contárselo, compartir
lo que estoy viviendo, porque me está matando pero también es lo más bonito
que me ha pasado en la vida.
—Estoy bien mamá, tranquila. Es solo que…
—¿Qué pasa Laura? Por dios, dime qué tienes.
—Verás —digo mientras aprieto mucho sus manos entre las mías—, lo que
pasa es que... Sandra y yo…
—¿Os habéis peleado? Ya sabía yo que hoy te pasaba algo.
—No mamá, no eso. Sandra y yo… estamos, bueno, ya sabes.
Jamás pensé que esto pudiera ser tan difícil. Compadezco a todos aquellos,
hombres o mujeres, que hayan tenido que pasar por el trance de confesar a sus
familiares más cercanos que, la primera persona que de verdad les ha llegado
al corazón, tiene su mismo sexo.
Pero, por extraño que pueda parecer, al mismo tiempo que miedo siento una
felicidad inmensa, porque ahora sé que he tomado la decisión correcta, que
esto no puedo guardármelo para mí sola y que atreverme a dar el salto hará
que me sienta más fuerte y me guste más a mí misma.
—Ay hija, no entiendo nada, ¿cómo estáis Sandra y tú?
—Por dios mamá, hay que explicártelo todo. Estamos liadas.
Mamá me mira sin entender nada, ¿no es desesperante? Soy capaz de ponerme
en su situación y comprender que para una madre no es sencillo descubrir
según y qué cosas, pero creo que ya debería haber atado cabos: mi mentira con
el bikini, lo bien que hemos conectado Sandra y yo, lo mal que he encajado la
aparición de Diego…
—¿Liadas? ¿Qué quiere decir liadas?
—Quiere decir que… joder mamá, esto es tan difícil…
—Vamos cariño, confía en mí, dime lo que…
—Creo que estoy enamorada de ella.
Pobre mamá, se ha quedado rígida como una estatua, si muere de un infarto
esta noche no podré perdonármelo nunca.
—¿Estás bien?
—Escucha Laura, si esto es una broma…
—¿Cómo iba a bromear con algo así? Empezó como una chiquillada, como
una travesura de verano, pero luego, no sé qué pasó. Ni yo misma consigo
creerlo pero, a su lado… a su lado no tengo cicatrices, no sé si me entiendes.
Durante unos minutos, las dos permanecemos en silencio, nuestras manos
firmemente enlazadas.
—¿Mamá? Di algo, por favor.
Si no fuera por la tensión del momento, incluso diría que su expresión
desvalida tiene algo de divertido. Es evidente que quiere ser amable conmigo,
aunque no sabe qué decir ni cómo empezar:
—Ay Laura yo… yo solo quiero que seas feliz, si es con Javier bien, y si es
con Sandra… pues también bien.
—Gracias mamá, de verdad.
—Y ella, ¿sabe que tú… que te gusta?
—Claro que lo sabe —respondo categóricamente ante la candidez de su
pregunta.
Casi puedo seguir el hilo de sus pensamientos. Mamá está recordando la noche
que pasamos juntas, hace dos días, y al hacerlo el rubor tiñe sus mejillas y su
mandíbula tiembla ligeramente. Una cosa es asumir que a tu hija le atraiga otra
mujer… y otra empezar a sospechar que mi relación con Sandra está muy lejos
de ser platónica.
Mi madre suspira, suma dos y dos y, finalmente, comenta con voz entrecortada:
—Vaya… ya veo.
Luego, abre mucho los ojos, compone un gesto de creciente preocupación y
añade.
—¡Y hoy ha aparecido Diego! ¿Crees que ellos…?
—No lo sé mamá.
Mi madre me envuelve en sus brazos y besa mi pelo. Como cuando era una
niña, me siento de nuevo protegida y a salvo mientras me acuna dulcemente
sobre su regazo. Si pierdo a Sandra, al menos sé que a ella la tendré siempre a
mi lado.
Supongo que acabo de salir del armario, aunque ni siquiera estoy muy segura
de ser lesbiana.
Una historia sencilla
Está siendo la cena más tensa de mi vida. Sentadas cada una en un extremo de
la mesa, Sandra y yo mantenemos un extraño juego de miradas huidizas que al
mismo tiempo quieren y evitan encontrarse. La presencia de mi madre, ahora
conocedora de nuestro secreto, me impide buscar un gesto de complicidad en
mi amante, y por momentos tengo el absurdo convencimiento de que ya no
podremos hablar a solas nunca más.
Me ha llenado de júbilo la noticia, anunciada por Lourdes como de pasada, de
que no ha habido reconciliación entre Sandra y Diego, pero la calma solo me
ha durado un instante. En efecto, que hoy no hayan superado sus diferencias no
quiere decir que no vayan a hacerlo en un futuro próximo; si mi amiga sigue
enamorada de su ex, es muy posible que solo le haya rechazado por orgullo,
pero que no haga lo mismo si el muchacho vuelve a intentar acercarse a ella.
¡Necesito saber con detalle lo que ha sucedido aquí hoy! Lo menos que
merezco es que Sandra sea sincera conmigo, pero eso solo podrá suceder
cuando demos la velada por concluida. Cada vez que miro el reloj, me
desespero por la lentitud con la que avanza y, al darme cuenta de que mi madre
me observa, mi ansiedad se triplica hasta hacerme lamentar el hecho de
haberme sincerado con ella. ¿Cómo he podido ser tan impulsiva? Desde que
tuve el accidente y Sandra entró en mi vida soy otra persona, y a veces mis
propias reacciones me pillan completamente desprevenida.
Cuando por fin juzgo que ha llegado el momento de poder ir a acostarme sin
levantar sospechas, me despido de las tres y me refugio en mi cuarto. Tumbada
en la oscuridad, inmóvil y tan tensa que pronto empieza a dolerme cada
músculo del cuerpo, mis oídos prestan atención al más leve ruido que se
produce dentro de la casa.
Conozco ya los pasos cansinos de Lourdes al subir las escaleras y el “buenas
noches” apenas susurrado con el que ella y mi madre se despiden hasta el día
siguiente. ¿Qué estará pensando mamá de lo que le he contado? ¿Le
avergonzará que la hija de su mejor amiga y yo tengamos un romance? Si
Sandra fuera un chico seguro que las dos estarían llenas de felicidad, ¡es tan
injusto!
Pero esta noche estoy tan nerviosa que no puedo pensar en cómo encajará el
mundo mi revelación. Hace rato que todo está en silencio, si le importo un
poco a Sandra no puede tardar en deslizarse desde su cama y entrar en mi
cuarto con sigilo.
¡Vamos! ¿A qué espera? Oigo cada crujido de la madera, cada gemido de las
vigas de la casa, ¿es que no piensa venir? Solo me faltaba que se hubiera
dormido tranquilamente mientras yo apenas consigo mantener la dignidad. ¿Y
si voy yo a su cuarto? No, no puedo caer tan bajo, esta misma mañana confesé
que la quería, y poco después nos interrumpió su antiguo novio, tiene que ser
ella la que tome la iniciativa y venga a darme explicaciones. Pero no aparece,
y cada minuto que pasa se me antoja una prueba más de lo estúpida que he
sido al confundir una simple aventura sexual con algo más profundo.
Estoy a punto de levantarme para ir a reprocharle su falta de sensibilidad
cuando, muy despacio, veo a través de la oscuridad cómo se abre la puerta de
mi habitación. Luego, escucho la voz amortiguada de Sandra:
—¿Estás dormida?
Antes de que pueda contestar, mi amiga entra y se sienta a los pies de mi cama.
***
Al principio, ninguna de las dos sabe cómo empezar. Sandra cambia de
postura, se levanta, da un par de vueltas por la habitación y, finalmente, se
sienta en la silla que hay junto a la cómoda. La única luz que ilumina la
estancia es la que derrama la Luna a través de la ventana abierta. Cuando por
fin se decide a hablar, lo hace con una voz sorprendentemente segura de sí.
—¿Qué tal el mercadillo?
—Genial, tu madre y la mía han estado a punto de volverme loca.
Ni mucho menos es ese el tema que nos preocupa, y las dos soltamos un risita
nerviosa. Sin poder aguantar más, soy yo la que se decide a saltar al vacío,
porque cualquier cosa será mejor que la incertidumbre que me come por
dentro:
—Así que ha venido Diego.
—Sí… ha venido.
—¿Quería retomar lo vuestro?
—No creo que ni siquiera él tuviera muy claro qué quería. Supongo que se
siente culpable por cómo se comportó, pero ya es tarde para eso.
Sigue habiendo algo que se me escapa. Diego cortó con Sandra, como hacen
tantas y tantas parejas. Hasta ahí todo normal pero, ¿por qué sentirse culpable
y regresar tantos meses después? ¿Tiene algo que ver con todo eso el dichoso
23 de octubre?
—Dime la verdad Sandra, ¿te gustaría volver con él?
—Por supuesto que no.
Su respuesta ha sido tan escueta como contundente. Aunque la creo, entre otras
cosas porque siempre nos resulta sencillo creer en aquello que más se ajusta a
nuestros deseos, ya no puedo conformarme con eso. Su perfil se recorta ahora
contra la luz proveniente de la ventana, y se me antoja que nunca me había
parecido tan hermosa y sensual. Me gustaría acercarme a ella, abrazar su
cuerpo y meterla en mi cama, pero me asusta que vuelva a impedírmelo, que lo
que sea que la aleja de mí se haga más grande y poderoso por mi falta de
paciencia. Por eso, permanezco completamente inmóvil y en silencio, como si
Sandra fuera un pajarillo asustado que pudiera echar a volar en cualquier
momento.
Afortunadamente, quizá porque es el premio que merezco después de todo un
día de incertidumbre, cuando menos lo espero y casi sin poder creerlo,
escucho de pronto las palabras que tanto anhelo oír:
—He venido a contártelo.
—Sea cual sea el problema —susurro sin poder dominarme—, seguro que
podremos…
—No es un simple problema, Diego se apartó de mí por esto. Antes todo iba
bien entre nosotros, pero simplemente no pudo afrontarlo. Me decepcionó
tanto que pensé que ya nunca podría confiar en nadie más, pero entonces
apareciste tú.
—¡Claro que puedes confiar en mí!
—Por favor, no me interrumpas o no podré seguir. Tienes que escucharme
hasta el final, no tardaré mucho, mi historia es más sencilla de lo que puedas
imaginar.
Por más vueltas que le doy, no consigo adivinar qué es lo que le preocupa
tanto. Una persona como Sandra, inteligente y segura de sí, una mujer que ha
conseguido que yo misma supere mi trauma casi por completo en un abrir y
cerrar de ojos, ¿qué tipo de bloqueo puede tener? ¿Por qué su relación con
Diego, a pesar de que asegura que es agua pasada, sigue pesando sobre su
ánimo de forma tan evidente? ¿Cómo es posible que su historia sea sencilla?
Lo único que puedo hacer, cuando mi amiga vuelve a hablar, es escuchar
convertida en estatua de sal y sin perderme una sola de sus palabras.
—Soy una chica corriente Laura. Me gusta el sexo normal y sueño cada noche
con que llegue el momento en que tú me toques, siento decepcionarte si te
habías creado una imagen más sofisticada de mí.
Cada vez entiendo menos. Si no tiene ningún tipo de trastorno o complejo,
¿por qué no podemos desnudarnos las dos y fundirnos en una sin perder más
tiempo?
—Lo que sucede es que no quiero tu lástima ni que te sientas en deuda. No me
debes nada y no tienes por qué seguir con esto, entenderé perfectamente que no
quieras ir más allá conmigo.
—¡Por dios! —estallo, incapaz de seguir en silencio—, ¿de qué estás
hablando?
Sandra se ha puesto en pie y, con un gesto de su mano, me hace permanecer
sentada en la cama. Luego, se dirige a la puerta, cierra el pestillo y, a
continuación, enciende la luz del dormitorio.
Mis ojos tardan unos segundos en acostumbrarse a la nueva situación y no
puedo evitar añorar las penumbras, que sirvieron una vez para nuestro primer
encuentro sexual y que, esta noche, parecían dispuestas a protegernos de nuevo
con su manto.
—Muy bien. Vas a saberlo ahora, y enseguida entenderás tanto misterio y por
qué quería esperar hasta octubre. Pero antes, júrame que vas a ser valiente y
no me mentirás. Puedo soportar que no quieras seguir a mi lado, pero no que
me mires como me miró él… eso no podría superarlo otra vez.
—Me estás asustando Sandra, ¿qué…?
—Júralo. Di que vas a ser valiente y sincera.
—Lo juro, lo juro.
Nunca me había sentido tan desorientada, creo que ni en mil años podría
adivinar qué es lo que está sucediendo y de qué trata esa historia tan sencilla
que, sin embargo, impide que Sandra y yo podamos tener una relación normal.
Incapaz de hacer otra cosa que observarla, veo entonces cómo mi amiga, sin
añadir nada más, se quita la parte superior de su eterno pijama. ¿Es que vamos
a tener sexo? Se suponía que debíamos hablar, que iba a revelarme por fin su
secreto, ¿qué hace?, ¿va a desnudarse?
Sandra lleva puesto el sujetador enorme y anticuado que en muchas ocasiones
he visto con mayor o menor detalle a través de su ropa. Sus hombros son
bonitos y su cintura agradable. Si no fuera por la tensión del instante, estaría
disfrutando de su improvisado striptease, porque se ha llevado las manos a la
parte posterior del sostén y…
En un segundo lo comprendo todo, y no he podido evitar soltar una
exclamación y llevarme las manos a la boca. Estoy tan nerviosa que no sé
cómo comportarme, tengo la impresión de no estar a la altura, de haber
decepcionado a Sandra, que probablemente esperaba que mi rostro no
reflejara el terror que sin duda he dejado traslucir.
—¿Lo entiendes ahora?
Sandra ha dejado el sujetador sobre mi cama, pero enseguida ha vuelto a
cubrir su pecho con el pijama.
—Yo… yo, no sé qué decir.
—No digas nada. No intentes abrazarme ni consolarme. No utilices las
palabras edulcoradas a las que recurre todo el mundo. De ti necesito que seas
honesta, conmigo y contigo misma.
Sandra ha abierto el pestillo y se dispone a salir de mi cuarto, ¡no puedo dejar
que se vaya así, tengo que reaccionar! Pero el problema es que estoy
sobrepasada, que tengo miedo y no sé qué debo hacer ni qué siento en
realidad.
Como si adivinara mis pensamientos, tal vez porque lleva enfrentándose a esto
durante mucho tiempo y ya está acostumbrada a reacciones como la mía,
Sandra sonríe antes de dejarme sola:
—¿Entiendes ahora por qué no quería dar más pasos contigo? Siento haberte
enredado en esto, créeme si te digo que no era mi intención.
—Sandra, yo…
—No digas nada ahora. Piensa en ello, tómate el tiempo que necesites y… no
vuelvas a decirme que me quieres si no vas a poder llegar hasta el final.
¿Cómo es posible que no haya acertado a decir nada? Estoy muda, paralizada
y sin capacidad de reacción. Dios, debería haberle dicho que no soy como
Diego, que yo estoy dispuesta a ayudarla como ella me ha ayudado a mí, que
puede contar conmigo para lo que sea, que…
¿Es verdad todo lo que estoy diciendo? No lo sé, ¡es todo tan duro! Ahora
entiendo la respuesta de Sandra cuando un día le pregunté por mis cicatrices y
me contestó que yo no había sufrido verdaderamente en la vida. ¿Cómo he
podido estar tan ciega? Su pelo tan corto, su palidez, la forma en la que se
mareó aquella tarde en el tiovivo… y su madre entrando preocupada a
preguntar si había olvidado tomar su medicina.
¡Sandra está enferma! ¿Qué sucederá el 23 de octubre? ¿Cómo he dejado que
se marche de mi cuarto sin preguntar nada? Estará pensando que soy como
Diego, que voy a recular ante su problema, que soy una cobarde. ¡Jamás me
había sentido tan miserable y desgraciada!
Su historia es sencilla, sí, pero también sumamente cruel. De pronto es obvio
por qué no me dejaba tocarla, es evidente que quería ser una chica sana y
alegre para mí, que no sintiera lástima de ella, que no la tratase con la
condescendencia con la que a menudo tratamos sin darnos cuenta a los
enfermos de… cáncer.
Dios, el mero hecho de pronunciar la palabra me espanta, pero no puede
tratarse de otra cosa. Porque antes, cuando he dicho que Sandra había vuelto a
cubrir su pecho de inmediato, he hablado con propiedad al hablar en singular.
El seno derecho de mi amiga es pequeño, coqueto y juguetón, y aparece
coronado por un pezón tierno y rosado que destaca de modo encantador sobre
la blancura de su piel.
El problema es que, donde debería estar el pecho izquierdo, lo único que hay
es una cicatriz que cruza su torso de un modo que hace que las marcas que se
dibujan sobre mi mejilla me parezcan de una insignificancia absoluta.
El lado izquierdo de Sandra
He sido incapaz de dormir ni un minuto en toda la noche. Me siento como si el
mundo entero estuviera en mi contra, desando dañarme sin que pueda hacer
nada por evitarlo. El accidente, la ruptura con mi novio y, ahora, esto… los
últimos meses están siendo una verdadera pesadilla que parece no tener fin.
Una parte de mí quiere simplemente huir. Después de todo, ¿qué hay en
realidad entre Sandra y yo? Apenas llevamos tres semanas juntas y ninguna de
las dos es lesbiana, esto ha sido una simple aventura veraniega que, como
tantas otras, olvidaremos poco a poco al regresar a la vida cotidiana.
¿Es cierto eso? ¿Olvidaré lo que he vivido junto a ella si corto ahora nuestra
relación? Desde luego sería lo más prudente, ¡tengo solo veintidós años! No
puedo embarcarme en un romance lleno de riesgos y dificultades. ¿Por qué iba
a querer cambiar a Javier por una chica enferma? Es absurdo pensar en ello y
carece de toda lógica. Hace solo un mes, creía que mi amiga era una persona
terriblemente aburrida, no puedo dejar ahora que un par de noches que no sé
cómo calificar nublen mi juicio y me impidan tomar la decisión correcta.
Por más vueltas que le doy, todo me empuja en la misma dirección. Tengo que
salir de esta casa, volver a Madrid, reiniciar mi vida habitual y olvidarme de
este embrollo. Sí, eso es lo que haré, Sandra no puede sentir por mí ni la mitad
de lo que sintiera por Diego, seguro que lo encaja sin demasiados problemas.
Además, ¿cómo iba a explicar a mis amigas de toda la vida que ahora hay una
chica en mi vida? Solo por evitar pasar ese mal trago merece la pena
olvidarse del asunto.
Hace rato que ha amanecido, ya oigo ruido en el piso de abajo. Siempre soy la
última en bajar y esta mañana no va a ser una excepción. Incapaz de reunir el
valor suficiente para enfrentarme a Sandra, doy vueltas y vueltas en la cama
hasta que, de repente, me incorporo de un salto tratando de contener la
agitación de mi cuerpo. Algo ha hecho clic en mi interior. Tras horas sin tomar
una decisión, siguiendo un impulso salgo de mi cuarto sin otra ropa que las
braguitas y la camiseta vieja que uso para dormir.
No logro entender qué me pasa, pero ya sé lo que debo hacer.
***
—No tenía ni idea, me dejas de piedra.
Mi madre se lleva las manos a la cabeza al oír mis noticias y mira con
preocupación hacia el exterior de la casa, donde nuestras anfitrionas examinan
con mucha atención las flores que crecen bajo la ventana de la cocina.
—Por eso estaba tan rara Lourdes, ya imaginaba que Sandra tenía algún
problema, pero nunca pensé que… ¿crees que es grave?
—No lo sé mamá. Anoche me asusté tanto que no supe reaccionar. Por eso
quiero que ahora…
—Por supuesto. No te preocupes, yo me encargo.
Mamá me mira de un modo que he visto muchas veces antes pero que esta
mañana me parece doblemente intenso. En sus ojos leo una profunda
preocupación y dudas sobre si estoy eligiendo la opción correcta, y no puedo
dejar de entenderla. Pero, por debajo de eso y más importante, también soy
consciente de que tengo su apoyo y de que, incluso, está orgullosa de mí,
porque se da cuenta de que he dejado de pensar en mis propios problemas y he
conseguido superarlos. En este momento, en efecto, podría jurar sin mentir que
las heridas de mi rostro no me preocupan en absoluto. Por primera vez en
mucho tiempo, soy yo la que toma la iniciativa para fundirme en un estrecho
abrazo con mi madre. Es mi forma silenciosa de darle las gracias por estar ahí
siempre que la necesito.
Después, me separo con una sonrisa mientras ella se dispone a cumplir mi
ruego de llevarse a Lourdes con cualquier excusa para dejarme a solas con
Sandra durante el resto de la mañana.
***
Mi amiga está tumbada en la enorme toalla donde tantos días las dos hemos
charlado durante horas mientras el Sol calentaba nuestros cuerpos. Lleva el
bikini de siempre, pero ahora entiendo perfectamente el porqué de su top
negro amplio y propio de los años sesenta.
—Hola.
—Hola.
Me he sentado a su lado, en bragas y con la camiseta, y durante unos minutos
permanecemos en silencio. Luego, fijas las dos la vista en el bosque que
empieza a escasos metros de la casa, inicio la conversación más difícil de mi
vida:
—¿Qué sucede el 23 de octubre?
—Tengo cita en el médico.
Es lo que suponía, y un miedo que no consigo dominar hace que me cosquillee
el cuerpo entero, desde la raíz del cabello hasta los dedos de los pies.
—¿Una revisión?
—Me dirán si ha remitido o tengo que volver a la quimio —asiente Sandra sin
que ninguna de las dos vuelva la cabeza hacia la otra.
¡Cómo me gustaría en este momento ser tan inteligente como ella! Así sabría
qué decir y cómo ayudarla a superar la terrible emboscada que la vida le tenía
reservada. Cuando pienso en lo importantes que han sido para mí durante mis
últimos meses mis cicatrices me siento como una niñata malcriada y estúpida.
—Pero ahora estás bien —digo, más por querer convencerme a mí misma de
ello que por estar segura de mis palabras.
—Se supone que sí, pero no puedo fiarme. Durante al menos diez años tendré
que someterme a pruebas periódicas cada seis meses. Esta es la primera… el
riesgo todavía es grande.
Sandra tenía razón en una cosa: su historia es sencilla, después de todo. Lo
que parecía un misterio inmenso tiene una lógica aplastante una vez
descubierto el secreto. Ahora comprendo sus reservas, su rechazo a que yo la
tocase, su negativa a comprometerse en algo serio hasta que no sepa si…
—¿Me das crema en la espalda? El verano está a punto de terminar y tengo
que aprovechar para ponerme morena si quiero volver a intentar triunfar como
modelo.
Me he quitado la camiseta y he girado levemente, ofreciendo mi espalda
desnuda a Sandra. Mi amiga ha cogido el protector solar y, despacio, ha
empezado a hacer lo que le pido.
—No creo que esto sea buena idea. Dentro de dos meses podría estar
vomitando de nuevo.
—Tal y como conduce mi madre, dentro de dos meses yo podría estar muerta.
—Estoy hablando en serio.
—Yo también. Aquí y ahora, me lo enseñaste tú. Ya que estás, ¿te importaría
seguir por delante?
Sandra duda, cabecea y, finalmente, vierte una generosa porción de crema
bronceadora sobre la palma de su mano. Sentir sus caricias de nuevo sobre
mis senos me obliga a cerrar los ojos de placer. Si pudiera quedarme aquí
eternamente, tomando el Sol mientras ella recorre mi torso una y otra vez con
sus suaves manos de porcelana…
—Escucha Laura, no te sientas obligada a nada. Comprendo que esto es mi
problema y que no puedo esperar que…
—Si pudiera, te robaría las manos y las llevaría siempre conmigo.
No digo ninguna mentira, mis pezones han adquirido un tamaño increíble, y
basta con que mi amiga me toque ahí para que todo mi cuerpo parezca
despertar a la vida como jamás me había sucedido antes.
En silencio, Sandra sigue extendiendo en círculos el bronceador sobre mi
pecho mucho más tiempo del que es necesario, pero es evidente que ninguna
de las dos tiene deseos de que el instante termine. Aquí, en este apartado lugar
del mundo, no existen mis cicatrices ni el 23 de octubre. Aquí no puede
pasarnos nada malo.
Mi amiga ha interrumpido su trabajo y su mano se ha deslizado furtiva hacia
mis braguitas, pero yo la he detenido con un gesto.
—No, ahora voy a darte crema yo a ti.
Antes de que pueda reaccionar, tiro hacia arriba de la parte superior de su
bikini.
—¿Qué haces?
—Vamos, quiero que te pongas morena. ¿Siempre has sido tan pálida?
Hay un momento de duda y un forcejeo pero, finalmente, he conseguido
quitárselo. Sandra cruza los brazos sobre el pecho, no sé si enfadada,
avergonzada o simplemente triste.
—Devuélvemelo.
—Nada de eso —sonrío mientras empiezo a extender el bronceador por su
espalda.
—Por favor, no quiero… no quiero que me veas así.
—¿Así cómo?
—Joder Laura, lo sabes perfectamente, no finjas que…
—¿Fingías tú que no te importaban mis cicatrices?
Sandra no ha podido oponer nada a mi última pregunta. Aunque sigue con los
brazos cruzados, permite que mis manos se deslicen despacio por su espalda,
y puedo notar cómo va relajándose poco a poco. Fue en esta misma toalla
donde, no hace mucho, las dos pugnamos una mañana, ella por sentarse frente
a mis heridas y yo por evitarlo. Ahora, devolverle la moneda se me antoja la
mejor manera de hacerle saber que estoy dispuesta a seguir a su lado hasta el
final.
—Quita los brazos, no seas tonta.
—Déjalo Laura, de verdad.
A pesar de sus protestas, he conseguido que deje de protegerse como una niña
aterrada. A la luz de la espléndida mañana, no solo no me asusta lo que veo
sino que mi amiga me parece encantadora y deseable, y comprobarlo me llena
de una felicidad que me desborda.
—Estoy horrible, no me mires.
—No digas bobadas.
Me fascina tocar el seno derecho de Sandra. Es pequeño pero infinitamente
suave, y me encanta la sensación de apretarlo, de hacer que se deforme para
después permitir que recupere su forma habitual y pellizcar dulcemente el
pezón hasta conseguir que doble su tamaño. Definitivamente, creo que soy
lesbiana, porque no sé decir cuánto tiempo paso disfrutando de la maravillosa
sensación de acariciar un cuerpo femenino que no es el mío.
Cuando mi mano se dirige despacio hacia la cicatriz que sustituye al pecho
izquierdo, mi amiga se tensa y trata de impedírmelo, pero ya es tarde. Con
gesto autoritario, la obligo a permanecer quieta y, entonces, con toda la
suavidad de la que soy capaz, paso lentamente sobre cada centímetro de su
marca como hizo ella un día sobre mi mejilla, y compruebo que amo esa parte
de su cuerpo igual que cualquier otra, porque sigue siendo Sandra, y ninguna
estúpida enfermedad va a conseguir que cambie de opinión sobre eso.
—¿Estás segura de lo que haces?
—¿Y tú? ¿Estás segura de querer por novia a una modelo desfigurada con muy
pocas opciones de encontrar trabajo?
—Tú sigues siendo preciosa, ya te dije que serías una mala sexy estupenda.
Las dos reímos por primera vez hoy, mientras mi mano, traviesa, empieza a
describir círculos sobre el estómago de Sandra. ¡Cuánto me complace enterrar
el índice en su pequeño ombligo!
—Tampoco es fácil ahora encontrar trabajo de arquitecta —susurra mi amante,
que empieza a tensarse por mis caricias.
—Entonces… ¿tendremos que vivir siempre con nuestras madres?
Es delicioso poder reír mientras crece la tensión sexual. Es algo que jamás me
había pasado con Javier, tal vez porque cuando estaba con él no existía la
ternura que ahora siento a mi alrededor con una fuerza indiscutible. Cuando
comienzo a deslizar mi mano bajo la braga de su bikini, Sandra me mira
nerviosa, y soy perfectamente consciente de lo mucho que necesita esto.
Me gusta tanto como a ella encontrar su vello púbico. Juego con él con calma,
disfrutando del momento, deleitándome en conquistar poco a poco este terreno
que tanto se me ha resistido.
—¿Y si vuelven? —pregunta mi amiga haciendo un gesto con los ojos en
dirección al camino de grava.
—Tenemos tiempo de sobra, confía en mí.
Beso su boca con un placer violento, avanzo centímetro a centímetro entre sus
piernas mientras, con la otra mano, acaricio la suave curva de su espalda. Es
sublime sentir cómo su cuerpo entero se abre, me vuelve loca de alegría
deslizar la palma de la mano sobre su vagina, me seduce de forma
inexplicable la timidez y discreción de su sexo, tan alejado de la casi ridícula
ostentación de la que hacen gala los hombres en momentos semejantes.
Si tenía alguna duda sobre lo que yo misma iba a experimentar, pronto
desaparece: sentir la humedad de Sandra entre mis dedos es embriagador,
estoy tan excitada como ella, disfruto como algo especial el hecho de
penetrarla mientras sigo besando a conciencia su boca rendida y jadeante.
No vacilo ni un instante sobre lo que debo hacer. Soy mujer, y sé
perfectamente cómo jugar con la ansiedad de Sandra. Sé dónde y cómo
tocarla, y lo hago poniendo toda mi sabiduría en ello, procurando que su
primera vez conmigo sea perfecta y eterna. Mis dedos entran y salen, se
instalan dentro como si ya nunca fueran a retirarse, mis labios aprisionan los
suyos y tiran hacia fuera con delicadeza, mi lengua se enreda con la suya
mientras aspira su saliva como si se tratara del agua del más fresco manantial.
Sandra gime, jadea, grita de placer, y cada sonido que escapa de su garganta
me llena de gozo y sensualidad. Mi mano está bañada en rocío y, cuando llega
el momento, me hinco tan dentro de ella como me es posible, la muñeca
acalambrada y el brazo izquierdo, con el que ahora la sujeto contra mi cuerpo,
cansado pero decidido a resistir tanto como sea necesario.
Nunca me había sentido tan unida a nadie. Es como entregarme entera, es
desear hacer feliz a la persona que tienes junto a ti sin esperar nada a cambio,
es luchar por alargar su placer simplemente porque quieres que sea dichosa y
olvide sus problemas durante el mayor tiempo posible. Sandra tiene los ojos
cerrados, su cuerpo palpita y su brazo rodea mi cuello con fuerza. Su orgasmo
es el mío, sus gemidos me sacuden por dentro y su manera de deshacerse
recostada sobre mi cuerpo es una recompensa majestuosa para mi esfuerzo.
Luego, cuando despacio recupera la calma, sin salir de ella vuelvo a besarla y,
después, susurro en su oído por segunda vez:
—Te quiero.
Mi amiga no puede contestar, porque dos gruesas lágrimas están cayendo
sobre sus pálidas mejillas. Ahora sé perfectamente dónde estaré el 23 de
octubre.
23 de octubre
—¿Llevas la tarjeta del médico?
—Sí mamá.
—¿Te has tomado la pastilla?
—Claro mamá.
—No te olvides del resguardo del último análisis, el médico dijo…
—Mamá por favor, cálmate.
Sandra es la más tranquila de las tres con mucha diferencia. Mientras su madre
va de un lado a otro cogiendo papeles que ni siquiera necesita, yo me quedo
quieta, sin saber qué hacer y retorciéndome las manos con tanta violencia que
incluso llego a hacerme daño.
Ha llegado el gran día, ese en el que unos fríos resultados sobre una hoja de
papel convertirán a mi amiga en una mujer sana o enferma. ¿Seré capaz de
estar a la altura de las circunstancias si la quimio es necesaria de nuevo?
¿Sabré apoyar a Sandra como se merece? ¿Podría acostumbrarme a… a una
vida sin ella si todo sale mal?
Esta última pregunta es tan cruel para mí que no puedo formulármela en voz
alta. Sin embargo, aunque remota, tal posibilidad es real, y cuando en los
momentos de bajón emocional mis pensamientos se deslizan en esa dirección,
me cuesta respirar y un nudo inclemente atenaza mi garganta.
—Vamos chicas, es la hora.
Es increíble la presencia de ánimo de la que hace gala Sandra. Está más guapa
que nunca, con la blusa que le he regalado y el ligero toque de carmín que la
he enseñado a poner sobre sus labios. Desde que volvimos a Madrid hemos
sido inseparables, hasta el punto de que Lourdes daba ya por sentado sin que
se lo dijéramos que yo las acompañaría hoy a la consulta del médico. Supongo
que, en esta difícil situación, salir del armario ha sido más sencillo de lo
esperado. En palabras de mi amiga, siempre tan irónica con todo, “mi madre
está ya tan preocupada por mi cáncer que tener una hija lesbiana no va a poder
asustarla más”.
El cáncer, la gran C. A veces, sin poderlo evitar, hablo con él en la oscuridad
de mi cuarto: “por favor, no me la quites, ya la has golpeado bastante y ha sido
fuerte, déjala, vete a otro sitio”. Sé que mi petición es absurda, pero no puedo
evitar sentirme frágil y muy pequeñita; me gustaría ser tan fuerte como Sandra
pero, después de todo, yo soy la chica que creía que su vida había terminado
por unas estúpidas cicatrices sobre la mejilla. ¡De buena gana aceptaría tener
los dos lados de la cara igual si eso implicase saber que mi amiga estaba
completamente curada!
Ninguna de las tres ha hablado mucho en el taxi. Al llegar al hospital, el
runrún de mi estómago es tan cruel que tengo que concentrarme para no
vomitar, ¿cómo puede Sandra sonreírnos a su madre y a mí con tanta calma?
—¿Queréis quedaros solas un momento?
Me ha sorprendido el tacto de Lourdes. Es curioso pero, desde que sabe lo
que hay entre su hija y yo, nuestra relación ha mejorado considerablemente.
¿Nos une el miedo a perder lo que más queremos? No lo sé. Lo único cierto es
que, con una discreción poco habitual en ella, se ha retirado unos instantes sin
que tuviéramos que pedírselo.
Dios, tenemos solo veintidós años y estamos en la sala de espera de un
hospital aguardando un veredicto del que depende nuestro futuro. Me parece
tan injusto tener que pasar por esto que tengo deseos de gritar y de romper
algo, pero entonces veo el dulce rostro de Sandra, que me sonríe con ternura, y
sus palabras me hacen sentir de nuevo como una chiquilla que tiene mucho que
aprender de su manera de enfocar las cosas:
—Gracias por estar aquí.
—No tienes que…
—No, no protestes —dice poniendo su delicado índice sobre mis labios—.
Solo quiero que sepas lo importante que es para mí tu apoyo.
Me he echado a llorar, y de inmediato pido disculpas avergonzada.
—Seré tonta, en lugar de ayudar mira…
—Laura, no tienes ni idea de lo que es sentirse querida en momentos como
este. Claro que me ayudas, me ayudas tanto que, incluso si…
—¡No lo digas! Eso es imposible, no va a suceder, ¿de acuerdo?
Sandra se calla lo que fuera que iba a añadir y, aunque sé que solo lo hace
para no asustarme más, agradezco que no pronuncie en voz alta las terribles
palabras que podrían atraer el mal sobre nosotras.
En silencio, nos tomamos de la mano mientras aguardamos nuestro turno. Hay
siete u ocho personas más en la sala, pero a nadie parece llamarle la atención
que dos amigas se apoyen así en un instante tan crucial.
—Te quiero.
Es la primera vez que me lo dice, y una felicidad que casi se me antoja
obscena dadas las circunstancias me invade por dentro. Estoy a punto de
contestar cuando Lourdes regresa y se sienta a nuestro lado, de modo que lo
único que hago es entrelazar mis dedos con los de mi amada y apretar con
fuerza. Entre Sandra y yo el silencio nunca ha sido un obstáculo, y el simple
hecho de sentir su mano caliente sobre la mía me infunde valor y confianza y
me parece más expresivo que todas las palabras del mundo.
Justo cuando empiezo a pensar que podría estar así toda la eternidad, sin
moverme pero teniendo siempre a mi amiga junto a mí, una enfermera de gesto
amistoso abre la puerta de la consulta y dice un nombre:
—Sandra Gómez.
Mis dedos aprietan y los de Sandra responden hasta hacer que nuestros
nudillos se pongan blancos. Como en un sueño, soy consciente de que me he
levantado, escoltada por mi amiga y su madre. Jamás había sufrido el terror
que estoy experimentando ahora, mientras entramos con pasos cortos en la
pequeña habitación donde nos aguarda un médico de pelo grisáceo y escaso.
Sin embargo, cuando me siento en la incómoda silla de hospital, sucede algo
extraño, porque al instante descubro cómo va naciendo dentro de mí un
sentimiento que me parece infinitamente poderoso y que inunda mi pecho. Es
inexplicable, pero crece con la energía de una flor que brotara tras el rudo
invierno, y de pronto soy consciente de que se ha hecho tan fuerte que casi ha
sofocado el miedo por completo.
Y es que, por primera vez en mi vida, sé lo que quiero y estoy dispuesta a
pelear con uñas y dientes por ello. Ahora sé que no importa lo que digan los
resultados, porque yo voy a estar siempre con esta muchacha de piel pálida,
luchando codo a codo a su lado, porque entre las dos podremos con cualquier
piedra que se interponga en nuestro camino.
Es como si el tiempo se hubiera detenido. Como en un sueño, recuerdo las
palabras que me dijo mi amiga una mañana con respecto a mis cicatrices: “de
no ser por ellas, nunca habrías venido aquí y esto no habría pasado”. Es al
pensar en ello cuando me doy cuenta de que ya hemos vencido, porque la
desgracia de ambas es la que nos hizo enamorarnos, y ninguna ridícula recaída
va a ser capaz de derribar lo que tenemos. Ahora me doy cuenta de que lo peor
no sería tener que enfrentarme a la enfermedad: el infierno sería no haber
estado nunca junto a Sandra. Pase lo que pase, ella viajará ya siempre
conmigo, porque ni estrellándome mil veces sobre el asfalto podrían borrarse
las delicadas cicatrices que ha dejado cariñosamente marcadas sobre mi alma.
Cuando el médico levanta la cabeza de los informes y mira a Sandra, la
angustia ha desaparecido del todo. Lo único que queda en su lugar,
haciéndome ver el futuro con optimismo e ilusión, es una esperanza infinita en
la vida que nos aguarda juntas.
FIN

También podría gustarte