MARIANELA
MARIANELA
Perdido en el camino
Se puso el sol. Llegó, tranquila y oscura, la noche y el silencio cayó sobre la tierra.
El viajero seguía adelante en su camino. Sin parar, sin cansarse, cada vez más deprisa, subía y
bajaba por los difíciles caminos del norte de España.
Era un hombre de unos cuarenta años de edad, bastante alto y ancho de espaldas. Tenía un
aspecto fuerte y parecía buena persona. Vestía un elegante traje de verano y llevaba sombrero.
Se quedó parado un momento, mirando nervioso a su alrededor. Parecía estar perdido.
- No puedo equivocarme – dijo en voz baja -. Me dijeron: “Siga adelante, simepre adelante”,
y así lo hice. Por aquí, pues, debo llegar a las minas1 de Socartes.
Después de andar un largo rato, volvió a decir:
“Me he perdido, estoy seguro de que me he perdido”.
El paisaje2 a su alrededor era ahora triste y gris: sin un árbol ni una planta..., solamente arena y
piedras.
- Seguro que ya estoy en las minas... Pero por aquí no hay nadie. No oigo el más mínimo
ruido, ni veo una sola casa. ¿Qué puedo hacer? Por ahí veo otro camino que vuelvo a subir. ¿Lo cojo o
sigo mejor que éste...?
La luna se escondía entre las nubes y el camino se perdía entre barrancos3. Teodoro Galfín
decidió sentarse un rato y descansar. En ese momento oyó una voz de hombre que decía:
- ¡Choto, Choto, ven aquí!
Golfín vio que venía hacia él un perro negro y grande. Su dueño lo llamaba desde lejos. El
animal se acercó al viajero y volvió a marcharse, contestando así a las llamadas repetidas de su dueño.
Golfín gritó contento:
- ¡Gracias a Dios! ¿Hola, amigo! ¿Puede usted decirme si estoy en Socartes?
- Sí, señor, éstas son las minas, pero estamos un poco lejos de las oficinas.
- Bien, amigo, muchas gracias.
- ¿Va usted hacia allí?
- Sí, pero seguramente me equivoqué de camino.
- Ésta no es la entrada de las minas. La entrada está en Rabagones. Por aquí tardará más,
porque estamos bastante lejos y el camino es muy malo. Pero no se preocupe, yo lo acompañaré con
mucho gusto. Conozco estos sitios prefectamente.
El doctor4 Golfín se levantó y se acercó al hombre que, tan amablemente, quería ayudarlo. Era
éste un hombre joven y guapo, de unos veinte años de edad. Durante un rato, Golfín se quedó
mirándolo con sorpresa.
- Usted...
1
Minas: excavaciones realizadas para sacar de la tierra minerales útiles para el hombre, por ejemplo, carbón, oro...
2
Paisaje: extensión de tierra que vemos desde un lugar determinado, que la naturaleza nos presenta (campo, montañas, etc.)
3
Barrancos: paredes naturales de piedra que cortan verticalmente las montañas.
4
Doctor: aquí, doctor en medicina, médico.
- Soy ciego5, sí señor – dijo el joven -, pero conozco bien las minas. Yo ando por aquí sin
problemas, como usted lo hace por la calle más ancha. Choto siempre me acompaña, y cuando no viene
conmigo, lo hace la Nela. Así que no tenga miedo y sígame usted.
- ¿Desde cuando es usted ciego? – preguntó Golfín con interés.
- He sido ciego siempre. Sólo conozco el mundo por mi imaginación, por mis manos o por las
cosas que escucho. Yo sé que los ojos de los demás no son como los níos. Sé que por sí mismos
conocen las cosas. Poder ver me parece algo maravilloso, tan maravilloso que en realidad no consigo
entender qué siente la gente que ve.
Anduvieron durante un tiempo. El viajero no dejaba de mirar a su alrededor.
Se encontraban en un lugar oscuro, lleno de sombras extrañas, profundo como el cráter de un
volcán6.
- ¿Dónde estamos ahora, buen amigo? – dijo Golfín -. Esto parece un mal sueño.
- Esta parte de la mina se llama la Terrible – contestó el ciego -. Ahora nadie trabaja aquí.
Hoy los trabajos se hacen en otras partes de la mina, más arriba. el paisaje es increíble, ¿verdad?
- Sí, es increíble... – dijo Golfín -. Me recuerdan a los sueños que traen consigo la fiebre,
cuando es muy alta.
Cuando salieron de la mina oyeron a alguien que cantaba. El ciego dijo a Golfín, sonriendo:
- ¿La oye usted?
- ¿Quién canta?
- Es la Nela, la muchacha que siempre me acompaña. Viene a traerme el abrigo, pero ahora
ya no me va a hacer falta. Pronto llegaremos a mi casa. Allí lo dejaré a usted, porque mi padre se
enfada cuando llego tarde a casa. La Nela lo acompañará a usted hasta las oficinas.
- Muchas gracias, amigo.
El doctor Golfín vio a la izquierda una casa blanca. Allí era donde vivía el joven.
- Allí arriba – dijo el ciego – están las tres únicas casas que quedan de Aldeacorba de Suso.
Todo lo demás es ahora parte de la mina.
En ese momento se acercó corriendo hacia ellos una niña bajita y muy delgada.
II
5
Ciego: persona que no puede ver.
6
Cráter de un volcán: un volcán es una montaña de la que sale humo, fuego y lava. El ‘cráter’ es su boca.
Golfín siguió adelante con la Nela.
- Dime – le preguntó Golfín -, ¿vives tú en Socartes? ¿Eres hija de algún empleado?
- Dice la gente que no tengo padre ni madre.
- ¡Pobrecita! Trabajas en las minas...
- No, señor. Yo no sirvo para nada.
Teodoro se acercó para mirarla de cerca. Era muy delgada, demasiado delgada quizá. Tenía el
cuerpo pequeño y débil de una niña de doce años, pero su mirada 7 era grave. En sus grandes ojos
negros había siempre una luz triste que le hacía parecer mucho mayor. Tenía la cara del gada, una nariz
graciosa y un pelo rubio oscuro casi sin color por culpa del sol y del polvo. Sus labios eran pequeños,
tan pequeños, que casi no se veían, y siempre estaban sonriendo. Pero su sonrisa se parecía a la de los
muertos que han dejado de vivir pensando en el cielo.
Golfín le tocó la cara con la mano.
- ¿Cuántos años tienes? – preguntó.
- Tengo dieciséis años.
- ¡Dieciséis años? Tu cuerpo parece de doce. ¿De quién eres hija?
- Mi madre era vendedora en el mercado. Era soltera.
- ¿Y sabes quién fue tu padre?
- Sí, señor. Mi padre trabajaba en el Ayuntamiento de Villamojada. Se ocupaba de encender y
apagar los faroles8 de las calles. Cuando se puso enfermo, mi madre no quiso cuidarlo, porque era muy
malo. Dicen que mi padre se fue al hospital y que allí murió. Entonces mi madre se vino a trabajar a la
mina. Pero un día el jefe la despidió porque bebía mucho...
- Y tu madre se fue...
- Sí, señor. Se fue a un barranco muy profundo que hay allí arriba y se tiró.
- ¿Y ahora qué haces?
- Acompa`no a Pablo.
- ¿Y quién es Pablo?
- Ese señorito ciego a quien usted encontró en la Terrible. Yo lo acompaño desde hace año y
medio. Lo llevo a todas partes.
- Pablo parece buen muchacho.
- Es lo mejor que hay en el mundo.
- ¿Es de este país?
- Sí, señor. Pablo es el único hijo de don Francisco Penáguilas, un señor muy bueno y muy
rico que vive en las casas de Aldeacorba.
- Dime, ¿y por qué te llaman la Nela? ¿Qué quiere decir eso?
- Mi madre se llamaba María Canela. Unos me llaman Marianela y otros nada más que la
Nela.
- Y Pablo, ¿te quiere mucho?
- Sí, señor. Es muy bueno. Él dice que ve con mis ojos. Yo lo llevo a todos los sitios y le digo
cómo son todas las cosas.
- ¿Todas las cosas que él no puede ver? – preguntó Golfín.
- Sí, señor. Yo se lo cuento todo. Él me pregunta cómo es el sol y yo se lo describo. Yo le
explico cómo son las flores, las nubes, el cielo, las personas y también los animales. Yo le digo si algo
es feo o bonito, y así él lo aprende todo.
- Ya veo que tu trabajo no es pequeño. Pero, dime, ¿sabes leer?
- No señor. Yo no sirvo para nada...
La Nela se quedó callada durante un momento.
7
Mirada: manera de mirar, expresión de los ojos.
8
Faroles: sirven para iluminar las calles por la noche.
- Entonces, ¿usted es el hermano de don Carlos, el médico que vive en las Américas y que
cura los ojos? – preguntó de repente.
- Sí, soy Teodoro Golfín.
- ¿Y cree usted que Pablo podrá ver algún día?
- Es difícil, pero no imposible.
- Bueno, señor, ya hemos llegado. Allí abajo, al final del todo, están las oficinas.
El doctor dio las gracias a Marianela por su ayuda y corió hacia la casa de su hermano. La Nela
se fue a la casa del señor Centeno. La casa tenía un aspecto moderno, pero no era elegante ni cómoda.
Allí vivían el señor y la señora Centeno, los cuatro hijos, el gato y también la Nela. En la casa había
sitio para todo y para todos menos para la pobre Nela, que siempre parecía molestar. Durante los
muchos años que vivió allí, nunca tuvo una habitación donde dormir. Siempre dormía en algún rincón
sucio y oscuro, en la cocina o en algún pasillo. En la casa de los Centeno nadie la quería. Lo único que
hacían por ella era darle un poco de comida cuando se acordaban. Nada más. Se preocupaban más del
gato que de ella.
III
A la mañana siguiente, la Nela salió pronto de su casa. Poco tardó em llegar a Aldeacorda. Allí
se acercó a un señor con bigote, pelo blanco y cara muy simpártica. El señor se volvió hacia a la Nela.
- ¡Hijo mío, aquí tienes a la Nela!
Don Francisco Penáguilas era un hombre bueno y uno de los más ricos del país. Desde la
muerte de su mujer – hacía ya muchos años -, vivía solo con Pablo, su único hijo. Él era toda su vida y
su mayor pena también. ¿Para qué quería tierras y dinero si su hijo no podía ver los campos verdes y
los árboles llenos de fruta? ¿Cómo podía esperar ser feliz, si Pablo era ciego?
Todo lo que hacía don Francisco, lo hacía pensando en Pablo. Casi todas las noches, sentado a
su lado, leía para él libros de todo tipo: de historia, de arte, de aventuras... “No quiero que mi hijo sea
ciego dos veces”, se decía siempre.
Como lo vio salir con la Nela, que, como todos los días, lo acompañaba, les dijo:
- No vayáis muy lejos. No corráis. Adiós...
IV
- Nela – dijo Pablo -, hoy hace muy buen tiempo. El aire que corre es suave y fresco. El sol
calienta pero no quema9. ¿Adónde vamos?
- ¿Dónde quieres ir? – preguntó la Nela.
- A mí me apetece ir al bosque que está detrás de Saldeoro.
- Bueno, iremos al bosque – dijo Marianela -. Pero iremos despacio. No tenemos prisa.
- Cómo es la luz del sol, Nela?
- No te preocupes por el sol. Es muy feo. No podemos mirarlo mucho rato.
- ¿Por qué?
9
No quema: no calienta demasiado.
- Porque duele.
- ¿Sabes una cosa, Nela? Antes yo tenía una idea distinta del día y de la noche. Verás: era de
día cuando la gente hablaba y de noche cuando la gente callaba. Ahora no pienso así. Es de día cuando
tú y yo estamos juntos. Es de noche cuando no estoy a tu lado. No quiero estar nunca lejos de ti.
- ¡A mí, que tengo ojos, me pasa lo mismo! – dijo la Nela.
La Nela cogió de la mano al ciego para cruzar un pequeño río.
- Si no te parece mal, podemos sentarnos aquí.
- Sí, muy bien... – dijo Marianela -. Choto, ven aquí.
Los dos amigos se sentaron a descansar.
- ¡Este campo está lleno de flores!... – dijo la Nela.
- Cógeme algunas. Me gusta tenerlas en mi mano. Tú siempre dices que son muy bonitas.
- Aquí tienes una flor, otra, otra, seis: todas son distintas.
Pablo y Nela siguieron hasta la entrada del bosque.
- ¿Qué haces, Nela – preguntó el muchacho -. ¿Qué haces? ¿Dónde estás?
- Aquí – contestó ella, tocándole la espalda -. Estaba mirando el mar.
- ¡Ah!, ¿está muy lejos?
- Está allí, al lado de las montañas de Ficóbriga – dijo la chica con voz alegre.
- El mar es grande, grandísimo, tan grande que podemos estar mirándolo todo el día y no
verlo entero, ¿no es verdad, Nela?
- Sólo podemos ver un trozo muy pequeño.
- Ahora, mientras hablamos del mar, me viene a la memoria un libro que mi padre me leyó
anoche. Era un libro sobre la belleza10. Decía que hay una belleza que no podemos ver ni tocar.
- Como la Virgen María11 - dijo la Nela -, a quien no vemos ni tocamos. La idea que tenemos
de ella no es ella misma.
- Así es. Pensando en esto, mi padre cerró el libro. Yo le dije: “Creo que hay una belleza que
tiene dentro de todas las bellezas posibles. Esta belleza es la Nela”. Mi padre se rió y me dijo que sí.
La Nela se puso roja, y no supo contestar a su amigo.
- Sí, tú eres la belleza perfecta que hay en mi imaginación Nela, tú eres buena, dulce...
Gracias a ti mis días no son tan tristes. Por todo eso, sólo tú puedes ser la belleza misma. Nela, Nela,
dime una cosa: ¿no es verdad que eres bonita?
La Nela se quedó callada.
- ¿No me contestas?
- Yo... – dijo la Nela en voz baja -, no sé... La gente dice que cuando era niña era muy
guapa... Ahora...
- Y ahora también.
- Ahora, no sé...
- ¿Qué estás haciendo ahora, Nela?
- Me miro en el agua, que es como un espejo.
- Tú no necesitas mirarte. Eres muy bonita.
- ¿Bonita yo? Esa cara que veo en el agua es tan fea como dicen. ¿Seguro que este libro dice
que soy guapa?
- Lo digo yo, que sé toda la verdad.
- Entonces, ¿por qué se ríen todos de mí?
- Los ojos de las personas pueden equivocarse en muchas ocasiones. La gente no ve siempre
la verdad, porque la verdad dice que tú eres guapa. Nela, Nela, ven aquí, quiero tenerte a mi lado y
acariciar12 tu preciosa cabeza. ¡Te quiero muchísimo!
10
Belleza: carácter de lo ‘bello’, de lo estético.
11
La Virgen María: la madre de Jesucristo.
12
Acariciar: tocar suavemente.
De repente, Marianela dejó a Pablo y se fue corriendo. Algo extraño la llevó a mirarse otra vez
en el espejo del agua. Pero, cuando se vio, empezó a gritar:
- ¡Madre de Dios, qué feísima soy!
- ¿Qué dices Nela? Me pareció que hablabas.
- No decía nada. Estaba pensando... Sí, pensaba que ya es hora de volver a casa. Pronto será
hora de comer.
Cuando llegaron a la casa, don Francisco Penáguias estaba en el patio acompañado por dos
hombres. Uno de ellos era don Carlos Golfín. El otro era el señor que la noche anterior andaba perdido
en la Terrible.
- Aquí están – dijo don Carlos.
Los tres hombres miraban al ciego, que se acercaba.
- Hace rato que te estamos esperando, hijo mío – dijo don Francisco, tomando a Pablo de la
mano.
- Sí, veamos este caso – dijo Golfín.
Don Francisco se volvió hacia Marianela:
- Mira, Nela, debes irte. Mi hijo no va a poder salir esta tarde. Pero antes Dorotea te dará algo
de comer.
Al día siguiente, Pablo y Marianela salieron otra vez a pasear. Cuando estuvieron lejos de la
casa, Pablo empezó a hablar:
- Nela, tengo que contarte algo que te va a hacer feliz. Ya viste a esas personas que me
esperaban ayer...
- Don Carlos y su hermano.
- Sí, don Teodoro. Es un médico famoso que ha vivido mucho tiempo en Norteamérica. Allí
ha curado a muchos enfermos. Ayer estuvo hablando conmigo. Me preguntó muchas cosas y luego me
miró los ojos durante un buen rato. Cuando se fueron él y su hermano, mi padre me dijo: “Pablo, tengo
que decirte algo maravilloso. Ese hombre me ha dicho que puedes curarte 13, quizá muy pronto podrás
ver”. No he podido dormir en todo la noche, pensando en las palabras de mi padre, en el médico, en
mis ojos... Ay, Nela, ¿crees que es verdad? No me importa si sólo consigo ver unos minutos. Veré tu
cara y seré el hombre más feliz del mundo. No necesito nada más para ser feliz. ¿No estás contenta?
Marianela no contestó.
- Podré ver, Marianela, podré ver... Tendré ojos, Nela, y entonces me casaré contigo.
Estaremos siempre juntos, hasta la muerte... ¿No me contesta nada?
Marianela no podia hablar nada.
- Yo te prometo que te querré siempre. Y si Dios no quiere que yo vea, no me importa.
También entonces serás mi mujer. ¿No me dices nada? ¿No quieres casarte con un ciego?
- Sí, claro que sí. Te quiero mucho, muchísimo – dijo la Nela -. Pero no tengas tantas ganas
de verme. Quizá yo no soy tan guapa como tú crees.
Poco después, Pablo sintió sueño y se quedó dormido en brazos de su amiga.
13
Curarte (inf. En tercera persona: curarse): recuperar la salud; aquí, poder ver.
VI
Teodoro Golfín no estaba aburrido en Socartes. Pasaba muchas horas con su hermano y daba
largos paseos por las minas y por los pueblos vecinos.
Los dos hermanos se querían mucho. Los unía14 el recuerdo de las muchas penas pasadas
juntos. Su familia era muy pobre y, desde pequeños, tuvieron que trabajar duro para abrir camino en la
vida.
Teodoro, que era el mayor, fue médico antes que Carlos ingeniero. Mientras su hermano
terminaba de estudiar, estuvo a su lado, ayudándolo en todo lo que podía. Luego se marchó a América,
donde trabajó muchos años como médico y se hizo rico y famoso. Ahora volvía a España, según él, a
quedarse para siempre.
Ese mismo día, los hermanos Golfín volvieron a visitar a don Francisco Penáguilas.
- ¿Qué piensa del caso de Pablo? – preguntó el señor Penáguilas al doctor.
- Es un caso difícil, pero no imposible. Puedo intentar una operación15.
- ¿Podrá ver mi hijo?
- ¡Ah! ¡Es muy difícil saberlo!
- Si Dios quiere que mi hijo vea, pensaré que usted es el más grande de los hombres. La
sombra de sus ojos ha hecho tristes mis días. Soy rico, pero ¿de qué me sirve mi dinero? Mi hijo no
puede ver, ni trabajar... No conoce el mundo. Para él no hay otra vida que la vida de su imaginación.
- Pero su hijo es feliz.
- Sí, ahora sí lo es. Pero, ¿sabe qué es lo que más me preocupa? Si yo muero, mi hijo se
quedará solo. ¿Qué familia va a tener? Nadie querrá casarse con un ciego. Por eso, cuando usted me
dijo que el caso de mi hijo podía tener solución, me hizo el hombre más feliz del mundo. Mire, usted,
don Teodoro, mi hermano Manuel me ha escrito una carta. Vea lo que dice: “Ahora que tu hijo va a
curarse, podremos casar a mi Florentina con tu Pablito”. Los espero a él y a su hija uno de estos días.
Vienen a pasar un tiempo conmigo y a ver cómo sale la operación de Pablo.
- ¿Entonces, me da usted su permiso para operarlo? – preguntó el doctor Golfín.
- Sí, por favor.
- Entonces la operación será en octubre – dijo Golfín.
El señor Penáguila invitó a los dos hermanos a cenar, pero éstos no quisieron quedarse. Carlos y
Teodoro Golfín salieron de la casa acompañados de don Francisco, que sonreía nervioso.
VII
Pocos días después, Marianela salió sola a pasear por el bosque. De repente sintió que algo se
movía a su derecha y creyó ver algo maravilloso. Era una mujer, pero no una mujer normal. La mujer
que se cruzaba en su camino era la belleza perfecta. En ese momento, oyó una voz de hombre que
decía:
- ¡Florentina, Florentina!
14
Unía: mantenía juntos, de acuerdo en ideas y sentimientos.
15
Operación: acción realizada por el médico o cirujano, con sus manos e instrumentos especiales, sobre el cuerpo de un
enfermo para corregir su problema (quitar un órgano enfermo, coser tejidos, etc.)
- Aquí estoy, papá.
- Vamos, mujer – dijo el hombre.
Era don Manuel Penáguilas, el tío de Pablo. Don Manuel vio a la Nela.
- ¡Pero si es la Nela...! Mira, Florentina, ésta es Marianela, ¿recuerdas que te hablé de ella? Es
la chica que acompaña a tu primo en sus paseos. ¿Qué tal estás, Nela?
- Muy bien, don Manuel. ¿Y usted, cómo está?
- Yo, muy bien. Mira, ésta es mi hija.
Florentina venía corriendo en ese momento.
- Hija mía, ¿dónde vas? Las señoritas no corren así.
- No se enfade usted, papá. Ya sabe cómo me gusta andar por el campo.
- Si andas despacio a mi lado, también puedes divertirte. Ven aquí. La Nela nos explicará el
camino para volver a casa, porque yo ya no sé dónde estamos.
- Tienen que ir por detrás de aquella casa vieja – dijo la Nela -. Pero, miren, aquí viene don
Francisco a buscarlos.
- ¡A casa, a casa...! – decía don Francisco -. Nela, vente tú también con nosotros. Tomaremos
chocolate y, después, Pablo y tú podréis dar un paseo y enseñar a Florentina Socartes. Hoy es el último
día que don Teodoro da a mi hijo permiso para salir.
VIII
- A mi prima le gustará ver las minas – dijo Pablo -. Nela, ¿quieres que bajemos?
- Sí, bajemos... Por aquí, señorita.
- Pablo, ¿paseáis mucho por aquí la Nela y tú? Esto es precioso. ¡Qué suerte tenéis de vivir
siempre aquí!
Llegaron a la mina y se sentaron a ver los trenes que entraban en ella.
- ¿Por qué no tiene la Nela un traje mejor? – preguntó Florentina -. Yo tengo muchos y le voy
a dar uno.
Mientras decía eso, Florentina tocaba el vestido de la Nela.
- No puedo comprender por qué unos tienen tanto y otros tan poco. La Nela anda sin zapatos,
mientras que yo... La Nela es muy buena, me lo has dicho tú anoche y me lo dijo también tu padre. Y,
sin embargo, no tiene familia y nadie se preocupa por ella.
Marianela la escuchaba en silencio y sentía ganas de llorar.
- Pablo, óyeme bien: yo quiero ayudar a la Nela como a una hermana. ¿No dices que ella ha
sido tu mejor amiga? ¿No dices que has visto con sus ojos? Yo me ocuparé de vestirla, de darle todo lo
que una persona necesita para vivir. Le enseñaré mil cosas y así podrá ser útil en tu casa. Si yo me
quedo a vivir aquí, la Nela vivirá conmigo. Aprenderá a leer y a escribir y será en todo igual que yo.
Entonces yo no será la Nela, sino una señorita de verdad.
El ciego le contestó:
- Florentina, tú no hablas como las otras personas. Eres muy buena.
Poco después de esto, Florentina se levantó para dar un pequeño paseo sola.
- ¿Se ha ido? – preguntó Pablo.
- Sí – contestó la Nela.
- ¿Sabes una cosa, Nela? Me parece que mi prima debe ser bonita.
- ¡Es muy bonita! – dijo la Nela.
- No puede ser tan bonita como dices... ¿Crees que yo, sin ojos, no comprendo dónde está la
belleza y dónde no está?
- No, no puedes comprenderlo... ¡Estás equivocado!
- Sí, sí..., no puede ser tan guapa.
Pablo parecía muy nervioso.
- Nela, mi padre me dijo anoche algo horrible... Me dijo que, si me curo, me casaré con
Florentina...
La Nela no decía nada, sólo lloraba.
- Ya sé por qué lloras – dijo el ciego -. Pero no debes preocuparte. Mi padre no me pedirá
algo que yo no quiero hacer. Para mí no hay otra mujer que tú en el mundo. Para mis ojos, si se curan,
no habrá otra belleza que la tuya.
Florentina volvió de su paseo y, al poco rato, se fueron todos juntos a casa de pablo.
IX
Llegó octubre y, con octubre, el día de la operación. Después de ésta, el enfermo estuvo unos
días en cama, sin poder salir de su habitación. Don Teodoro no dejaba a nadie visitarlo. Sólo don
Francisco podía ver a su hijo y cuidarlo16. La Nela iba a preguntar por el enfermo cuatro o cindo veces
al día, peronunca entraba en la casa. Muchas veces, Florentina salía a saludarla y daban juntas un
paseo.
Un día Florentina fue a visitar la casa de la Nela. Durante un largo rato se quedó mirando el
sucio rincón donde dormía su amiga.
- No te preocupes, Nela. Muy pronto vas a venir a vivir conmigo. Entonces tendrás una cama
como la mía, tendrás vestidos como los míos y comerás lo mismo que yo. Haré de ti una hermana.
Serás en mi casa exactamente igual que yo.
La pobre Marianela no sabía qué debía sentir hacia Florentina. La señorita era muy buena con
ella, tan buena que era imposible no quererla. Pero también tenía miedo de ella. ¡Florentina era tan
guapa y ella tan fea...! Seguro que Pablo iba a preferir casarse con su prima...
Durante aquellos días, los Centeno observaron que la Nela no comía. Estaba largos ratos sin
hablar y hacía mucho tiempo que no cantaba ni de noche ni de día.
Ocho días después de la operación, Marianela fue a casa de don Carlos Golfín. Su mujer, Sofía,
le dijo:
- ¡Nela! ¿No sabes las últimas noticias? Hoy le han levantado la venda 17 a Pablo y dicen que
puede ver algo. ¿Estás contenta? Ahora Pablo podrá casarse con su prima. ¿No es maravilloso?
Aquel día en el pueblo de Socartes nadie hablaba de otra cosa. Marianela no quería ir a visitar a
su amigo. Toda la mañana estuvo paseando sola por las minas.
“No volveré allí nunca más. Mi vida se ha acabado. ¿De qué sirvo yo ahora? No volveré a ir a
Aldeacorba... No quiero que Pablo me vea. No, no puedo volver...”
Cuando llegó a casa de los Centeno, se encontró a la señorita Florentina esperándola.
- Nela, querida hermana – dijo Florentina - ¿por qué no hás venido por casa en todos estos
días? Ven conmigo. Pablo quiere verte. ¿No sabes que ya puede decir: “Quiero ver esto o aquello”?
¿No sabes que mi primo ya no es ciego?
- Ya lo sé – dijo la Nela, tomando la mano que la señorita le daba.
16
Cuidar: ocuparse de una persona enferma, acompañarla y ayudarla.
17
Venda: trozo de tela o gasa que se pone sobre una herida.
- Entonces, vamos allí, vamos ahora mismo. Pablo no hace otra cosa que preguntar por ti.
Hoy don Teodoro le levantará la venda por cuarta vez. El primer día, ¡qué día...! La primera cara que
vio fue la mía...
Marianela dejó caer la mano de Florentina.
- Venga, Nela, coge tus cosas y vámonos. ¿Has olvidado que te prometí algo? ¿O creías que
era una broma, que no lo decía en serio? Pues era verdad. Nela, ahora puedes despedirte de esta casa.
Dile adiós a todas las cosas que te han acompañado hasta ahora.
Las dos jóvenes salieron de la casa. Cuando estuvieron en la calle, Florentina le preguntó a su
amiga:
- ¿Por qué no has venido a vernos? Dime, Nela, ¿por qué callas? ¿No estás tú alegre como
yo? ¿Qué te pasa? No estés triste, Nela, desde hoy tienes a alguien que se preocupa por ti. No seré yo
sola, Pablo también te quiere. Me lo ha dicho esta misma tarde. Los dos te queremos mucho, porque él
y yo vamos a ser como una sola persona. Ahora él quiere ver todas las cosas y personas que antes
estaban en sombras. Yo debí parecerle guapa, porque, cuando me vio, dijo: “Ay, prima mía, qué bonita
eres!”
De repente la Nela se puso pálida. Florentina se acercó a ella y le dijo:
- ¿Qué tienes? ¿Por qué me miras así?
- Señorita – dijo la Nela -, yo no la odio18 a usted. No, no la odio... La quiero mucho, la
quiero mucho...
- ¿Odiarme? – dijo Florentina -. ¿y por qué dices eso? Venga, Nela levántate.
La Nela dijo llorando:
- ¡No puedo, señorita mía, no puedo!
- ¿Qué te pasa?
- No puedo ir allí.
- ¿Por qué?
En ese momento la Nela se fue corriendo y desapareció en el bosque.
Largo rato después, Teodoro Golfín encontró a Florentina en el mismo sitio donde la dejó
Marianela. Estaba llorando.
- ¿Qué te pasa? – le preguntó el doctor.
Florentina le contó todo lo currido y los dos juntos volvieron a Aldeacorba.
Esa misma tarde, Teodoro Golfín salió con Choto a buscar a Marianela. La encontró cerca de la
boca de una mina, mirando hacia el fondo. Parecía que quería tirarse.
- ¡Nela, Nela!...
- Señor...
- Sube. ¿Qué haces ahí?
Marianela subió muy despacio hasta donde estaba Teodoro. Anduvieron un rato sin decir nada.
A la mitad del camino, el doctor se sentó en el suelo, cogió a la Nela de la mano y le preguntó:
- ¿Qué ibas a hacer allí?
- Yo..., ¿dónde?
- Sabes muy bien de qué te estoy hablando. Contéstame claramente. ¿Qué ibas a hacer allí?
- Allí está mi madre.
18
No la odio (inf. Odiar): no deseo su mal ni me alegro de sus penas, no siento antipatía fuerte hacia usted.
- Tu madre ha muerto. ¿Tú sabes que los muertos están en otro mundo?
- Está allí – dijo la Nela.
- Y tú pensabas ir con ella, ¿no es eso? Pensabas quitarte la vida.
- Sí, señor. Pero, si yo quiero matarme, nadie tiene por qué decir nada. Mi vida no vale nada.
- ¿Qué ideas tienes de Dios, de la otra vida, de la muerte? ¿Pensabas estar mejor allí?
- Sí, señor. Quería ir con mi madre. Yo ya no quiero vivir. Ya no sirvo para nada.
- Quítate esa idea de la cabeza. Florentina, que es muy buena, quiere hacer de ti una amiga y
una hermana. Ahora dime todo lo que sientes. ¿Has sido feliz en tu vida?
- Empezaba a serlo.
- ¿Cuándo dejarte de serlo?
- Cuando usted vino – contestó la Nela.
- Pablo ve gracias a mí. ¿No te hace eso feliz?
- Mucho. Sí, señor, mucho – dijo la Nela llorando.
Golfín la miraba con pena.
- Pablo me ha dicho que te quiere mucho. Desde que se ha curado, no ha hecho otra cosa que
preguntar por ti. La luz no sirve para nada si no sirve para ver a Marianela. Sí, Nela, eso dice todos los
días...
- ¡Para ver a la Nela! ¡No verá a la Nela!
- ¿Y por qué?
- Porque es muy fea... Él podía querer a la hija de la Canela cuando sus ojos estaban cerrados.
Ahora Pablo ya no podrá querer a la Nela.
- No puedes saber si le gustas o no. Él todavía no te ha visto. Yo te llevaré a casa.
- ¡No quiero, no quiero! Ninguna cosa fea debe vivir.
- La belleza no es lo más importante. ¿Lo quieres mucho?, ¿lo quieres más que a todas las
cosas del mundo?
- Sí, sí señor.
- ¿y él te ha prometido algo?
- Me dijo que se iba a casar conmigo. Yo estaba muy contenta, no me preocupaba ser fea,
porque él no podía verme. Pero ahora...
- Dime, ¿te gusta la idea de vivir con Florentina?
- ¡Vivir con ellos, viéndolos juntos a todas horas...!
- Pero Florentina es muy buena, y te querrá mucho...
- Yo la quiero también, pero no en Aldeacorba – dijo Marianela -. Ha venido para quitarme
Pablo y él era mío, mío... Y ahora, ¿adónde voy yo ahora? Lo he perdido todo, todo, y quiero irme con
mi madre.
- Ven aquí – dijo Golfín -. Voy a llevarte conmigo. Vamos, hace frío.
Tomo de la mano a Marianela. Ella se levantó y anduvieron juntos durante un rato. De repente,
Marianela se quedó parada.
- ¡Por favor, señor, no me lleve con usted!
La joven estaba enferma. Su cara estaba muy roja y sus manos frías. Golfín la cogió en brazos.
Al poco tiempo, llegaron a Aldeacorba.
Golfín entró en la casa y llevó a Marianela a la habitación de la señorita Florentina. Todo estaba
en silencio.
XI
Unos días antes, cuando el doctor Teodoro Golfín quitó la venda a pablo por primera vez, éste
dio un grito de dolor. La luz le hacía daño en los ojos y él quería cerrarlos otra vez. Le asustaba ese
blanco profundo que lo llenaba todo como una cortina de niebla. Con miedo, volvió a abrir los ojos y
vio las caras de su padre y don Teodoro, acercándose a él.
- Ya ha visto usted bastante por hoora – dijo Golfín -, y volvió a ponerle l avenda.
- Por favor, déjeme ver un poco más. Enséñeme algo bonito. La Nela..., quiero ver a la Nela...
¿Dónde está?
El doctor le quitó otra vez la venda.
- ¡Oh, Dios mío! – gritó Pablo -. Esa mujer que estoy viendo ¿es la Nela?
- Es tu prima Florentina.
- Ah, mi prima... No puede haber belleza mayor que la tuya, Florentina. Eres como una
música dulce y suave. Pero... ¿y la Nela?, ¿dónde está?
- Ya tendrás tiempo de verla – dijo don Francisco -. Ahora debes descansar.
Al día siguiente, Pablo pidió un vaso de agua y, al verlo dijo:
- Sólo con ver el agua, me parece que estoy bebiendo.
Poco a poco, empezó a conocer todas las cosas, a distinguir19 formas20 y colores. Cada vez que
veía a Florentina, su belleza lo llenaba de sorpresa. Todas las mujeres le parecían feas a su lado.
Al tercer día, Golfín le trajo un espejo donde mirarse.
- Ya has visto todas las cosas y personas de esta casa. Ahora debes conocerte a ti mismo.
- Ese soy yo... Me cuesta trabajo creerlo. ¿Y cómo puedo estar dentro de esta agua dura y
quieta, ¡qué cosa más extraña es el cristal! Pues no soy nada feo, ¿verdad, Florentina? ¿Y tú, cuando te
miras aquí, te ves tan guapa como eres?
De repente, Pablo se quedó callado, pensando.
- ¿Dónde está la Nela?
- No sé qué le ocurre a esa pobre muchacha – contestó Florentina -. No quiere verte.
- Es que es muy tímida y no quiere molestar. Yo la quiero mucho. Tengo muchas ganas de
ver a mi buena amiga. ¿Sabe ella que ya puedo ver?
- No te preocupes, pablo. Mañana iré yo misma a buscarla.
- Sí, hazlo, pero no estés mucho tiempo fuera. Cuando no estás conmigo, me siento muy solo.
Mi padre me decía que nunca encontraré a otra mujer tan guapa como tú, Florentina.
- ¡Qué tontería!
- Sí, es verdad. ¡Y yo que pensaba que, sin ojos, podía comprender la belleza de las cosas...!
Al día siguiente, cuando Florentina entró en la habitación de Pablo, éste le preguntó desde su
cama:
- ¿Viene contigo la Nela?
- No. Fui a buscarla para traerla aquí, pero a mitad del camino se marchó corriendo.
- ¿Y no la has buscado?
- ¿Dónde? Se fue corriendo... Esta tarde saldré otra vez y la traeré aquí.
- No, no salgas. Quédate aquí conmigo. Ya vendrá ella sola, seguro.
19
Distinguir: aprender a conocer las cosas por sus diferencias.
20
Formas: apariencias externas, contornos de las cosas.
XII
El final de la historia
Cuando don Teodoro llevó a la Nela a casa de Francisco Penáguilas, la acostó en la habitación
de Florentina. Era éste el cuarto más alegre de la casa. Por sus dos grandes ventanas entraba el sol de la
mañana y el olor de las rosas del jardín.
Florentina, sentada en el suelo, se ocupaba de cortar un traje para Marianela. De vez en cuando
volvía la cabeza hacia e; sofá donde dormía la joven y observava su sueño nervioso. Don Teodoro entró
para ver cómo se encontraba la enferma.
- ¿Durmió bien anoche? – preguntó a Florentina.
- Muy poco. Todo el tiempo la oí llorar. Esta noche tendrá una buena cama. Le van a traer
una de mi casa en Villamojada. La pondré en ese cuarto que está al lado del mío.
En ese momento despertó la Nela.
- ¿Qué te pasa? ¿Nos tienes miedo? – le preguntó Florentina dulcemente.
- No, señorita, miedo no. Usted es muy buena y el señor Teodoro también.
- ¿No estás contenta aquí?
La Nela no contestó. Miraba muy seria a Florentina y al doctor Golfín.
- ¿No quieres quedarte a vivir conmigo? – preguntó preocupada Florentina.
- Di que sí, Nela, o Florentina se enfadará.
- No se enfade, por favor – dijo la Nela sonriendo.
De repente, Marianela se puso pálida. Alguien se acercaba por el pasillo.
- ¡Viene! – gritó nervioso Golfín.
- Es él – dijo Florentina, corriendo hacia la puerta.
Era Pablo que entraba despacio en la habitación. Venía riendo y sus ojos, libres de la venda,
miraban hacia delante, hacia Florentina. Sin ver a Teodoro ni a Marianela, se acercó a su prima
diciéndole:
- Primita, ¿por qué no has venido hoy a verme? He tenido que venir yo a buscarte. Tu padre
me ha dicho que estás haciendo trajes para los pobres y por eso, sólo por eso, te perdono.
Florentina estaba muy nerviosa y no sabía qué decir.
- Don Teodoro no te ha dado permiso para quitarte hoy la venda. Eso no está bien – dijo por
fin.
- Pero seguro que me lo dará después – dijo Pablo riendo -. Me encuentro muy bien y no
puede ocurrirme nada. Además, ahora que te he visto, ya no me importa quedarme ciego otra vez.
- ¡No digas eso!
- Estás tan guapa que me parece que es la primera vez que te veo. No sé cómo he podido vivir
tantos años sin tenerte a mi lado.
- ¡Primo..., por Dios!
- ¿Sabes, Florentina?, yo creía que nunca iba a quererte. Yo creía que quería a otra mujer.
¡Qué tonto era! Gracias a Dios ahora sé la verdad. Mi padre me ha dicho que la mujer a la que yo
quería era horrible. ¡Y ahora te estoy viendo tan maravillosa! Te veo y sólo quiero cogerte y encerrarte
dentro de mi corazón.
- ¡Doctor, por favor, dígale algo!
Teodoro gritó:
- ¡Pronto, joven...! ¡Póngase esa venda en los ojos y márcgese a su cuarto!
- ¿Está usted aquí, señor Golfín? – dijo Pablo acercándose a él.
- Sí, estoy aquí – contestó muy serio Golfín -, y creo que debe volver a su habitación. Yo lo
acompañaré.
- Yo me encuentro muy bien. Sin embargo, ya que usted lo quiere así, ahora mismo me iré.
Pero antes déjeme ver esto.
Miraba el sofá donde estaba Marianela.
- Ya veo que Florentina ha recogido a una pobre. ¿Estás enferma? No te preocupes. En mi
casa no te faltará nada. Aquí, al lado de mi prima, te vas a curar... Esta pobrecita está muy mala, ¿no es
verdad, doctor?
Pablo se acercó al sofá y acarició la cabeza de Marianela. Al sentir su mano, la Nela abrió los
ojos. Después sacó una mano morena y delgada y tomó la del señorito de Penáguilas. En la habitación
se hizo un silencio grave y profundo.
- Sí, señorito mío, yo soy la Nela.
Lentamente, llevó a sus labios la mano de Pablo y le dio un beso..., luego un segundo beso.
Después de darle un tercer beso, Marianela cerró los ojos y dejó caer su cabeza. Estaba muerta.
El tiempo dejó de correr. Los minutos parecían no tener final. Todos callaban mirando a
Marianela. Pablo fue el primero en romper el silencio:
- ¡Eres tú..., eres tú!
Florentina se acercó llorando y Golfín, volviéndose hacia Pablo, dijo estas horribles palabras:
- ¡Usted la ha matado! Váyase, por favor.
- Morir..., morirse así, sin motivo... Esto no puede ser – dijo Florentina -. ¡María!,
¡Marianela!
Repitió su nombre dos o tres veces.
- No responde – dijo Pablo, horriblemente pálido.
Sin embargo, acercó sus labios al oído de Marianela y gritó también:
- ¡Nela, Nela, amiga querida!
Florentina seguia preguntando:
- ¿Por qué se ha muerto? No lo comprendo. ¡Dígame por qué, señor Golfín, usted que es
médico.
- No lo sé. Yo sólo soy médico de ojos. Yo no curo las pasiones.
- ¡Nela!, ¿qué te hecho yo? – decía Pablo llorando.
- Los ojos de Pablo han sido para él una vida nueva. Para Nela han sido sombra, dolor..., ¡la
muerte! – dijo Golfín.
Florentina se puso a llorar, diciendo:
- Yo quería hacerla feliz, y ella no quiso serlo.
SOBRE LA LECTURA
Para comprobar la comprensión
II
III
IV
VI
VII
VIII
25. ¿Qué intentaba hacer Marianela cuando la encontró do Teodoro? ¿Por qué?
26. ¿Quiere Marianela que Pablo la vea? ¿Por qué?
27. ¿Quiere vivir con Florentina?
28. ¿Adónde lleva don Teodoro a Marianela? ¿Por qué?
XI
XII