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Mensaje Dominical

El documento describe el Tribunal de Cristo, donde los creyentes serán juzgados por sus obras. Habrá sanciones para aquellos cuyas obras fueron malas, pero conservarán su salvación. Aquellos cuyas obras fueron buenas recibirán premios como reinar con Cristo. También habrá una preparación para el reino a través del juicio, donde se purificarán las almas de los creyentes. Jesucristo presidirá el juicio de manera justa.

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Mensaje Dominical

El documento describe el Tribunal de Cristo, donde los creyentes serán juzgados por sus obras. Habrá sanciones para aquellos cuyas obras fueron malas, pero conservarán su salvación. Aquellos cuyas obras fueron buenas recibirán premios como reinar con Cristo. También habrá una preparación para el reino a través del juicio, donde se purificarán las almas de los creyentes. Jesucristo presidirá el juicio de manera justa.

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EL TRIBUNAL DE CRISTO.

La idea de un juicio no despierta simpatías en nadie, tampoco entre los cristianos. Sin
embargo, he aquí lo que nos espera.

La misma naturaleza nos enseña que lo bueno debe ser premiado y que lo malo debe ser
castigado. Así también lo es en el plano espiritual. La desobediencia, la mala voluntad, la
negligencia, el egoísmo, el desamor, la carnalidad, el medrar la Palabra, las malas obras, son
dignas de castigo; en cambio, la obediencia, la buena voluntad, la diligencia, el servicio de
amor, la obra de fe, el amor al Señor, la espiritualidad, el guardar la Palabra, la lealtad, las
buenas obras, necesariamente deben ser premiadas.

Es justo que así sea. No puede ser que lo malo tenga el mismo fin que lo bueno.

El fuego equivale a juicio (1ª Cor.3:13-15)


En este pasaje tenemos el juicio a los creyentes en el Tribunal de Cristo. Aquí, el fuego
equivale a juicio. No es un juicio a personas, sino a las obras de las personas. Se califican las
obras según los materiales: oro, plata, piedras preciosas y madera heno y hojarasca. Es fácil
ver que unos son materiales duraderos y los otros perecederos; unos resisten el fuego-juicio y
los otros se queman ante el fuego-juicio; unos son pesados y los otros livianos; Así, el fuego
prueba las obras de las personas.

Queda demostrado que aquellos creyentes que se presentaron con madera, heno y hojarasca,
pierden su recompensa, pero no su salvación; tal vez ni una de sus obras fue aprobada, pero
fueron salvos por la sola fe, aunque “así como por fuego”; pero los otros, son creyentes cuyas
obras fueron halladas en alabanza.

Los creyentes han de tener claro que la salvación es sólo por Cristo, sólo por fe y sólo por
gracia; además, la certeza de ella se obtiene aquí, ahora y no cuando se presenten al Tribunal.

La figura de Lot
Los creyentes salvados así como por fuego están representados en Lot, el sobrino de Abraham
(Gén.19:1-29). Lot es prototipo de los cristianos que viven allegados al mundo; un poco en Dios
y un poco afuera.

El hecho de que Lot estaba sentado a la puerta de la ciudad, implica que había escalado
posición en esa ciudad, llegando a tener un puesto de autoridad. (Sin embargo, de Abraham se
dice “por la fe habitó como extranjero morando en tiendas”, Heb.11:9). Lot “afligía cada día su
alma justa” (2ª Ped.2:8), lo que indica que no gozaba de una comunión diaria con el Señor.
Cuando Dios va a destruir la ciudad, le comunica a su siervo Abraham sus pensamientos; en
cambio a Lot le envía mensajeros. El hecho de que los mensajeros no quieren entrar en la casa
de Lot, implica el pobre grado de comunión que tenía con Dios. La forma como los ángeles
responden a Lot es una manera de condenar la posición que tenía en la ciudad. Que Dios
salvara a Lot se debe a la relación estrecha que tenía con Abraham.

Dios no puede simpatizar con el corazón mundano de los que, como Lot, se establecen en
medio de la corrupción de este mundo. Ellos caminan a medias, y serán salvos así como por
fuego. Ellos perderán la recompensa de reinar aquí en la tierra por mil años con nuestro amado
rey y Salvador Jesucristo.

Los creyentes infieles


¿Habrá castigo para los creyentes infieles en el Tribunal de Cristo? ¿Qué tipo de sanciones
recibirán los creyentes negligentes? ¿Perderán, acaso, en ese momento la salvación? ¿Qué
sentido tiene el hecho de afligir las almas de los creyentes ya salvados exigiéndoles una
rendición de cuentas?

Para unos cuantos creyentes irresponsables con su servicio al Señor, éste será un día de lloro
y crujir de dientes. Los castigos serán temporales y no eternos; ellos no serán hallados
merecedores de reinar con Cristo mil años. No verán la Gloria del Mesías Rey.

Para ser salvos, todos éramos ineptos; pero para reinar con Cristo hay que ser apto. “Ninguno
que poniendo su mano en el arado, mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (Lc. 9:62).
“…Gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz… y
nos ha trasladado al reino de su amado Hijo” (Col. 1:12-13).

En este momento tenemos las arras de nuestra herencia, pero viene el día en que recibiremos
la totalidad de la herencia y para eso necesitamos ser fieles a la carrera en la que Dios nos
puso: “…Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para
otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Cor. 9:27). ¿Eliminado de qué? ¿de la salvación?
¡No! De reinar con Cristo en el milenio y quedarse, en cambio, en las tinieblas de afuera, como
el siervo que escondió el talento durante todo el tiempo que Cristo estuvo ausente.

Recién al final del milenio, éstos que estuvieron fuera serán incluidos con los vencedores de la
fe para entrar juntos a la eternidad. Los mil años que estarán separados del Señor les servirá
para purificar sus almas antes de reinar eternamente con Él.

Debemos aspirar a ser galardonados


Es lícito aspirar ser galardonado: “He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para
recompensar a cada uno según sea su obra» (Ap. 22:12). Pablo amaba ese premio; luchaba y
combatía para lograrlo. Tal como Cristo tenía delante de Él un gozo, el cual era la iglesia, por el
cual fue capaz de sufrir la cruz y el oprobio (“Verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará
satisfecho”, Is.53:11), del mismo modo, Pablo tenía un gozo puesto delante, una meta: el
“premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús“ (Fil.3:14). Esa meta no era,
obviamente, la salvación, sino reinar con Cristo en el milenio. Es una justa y lícita aspiración el
ser “guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Ts.5:23), y entrar así
en el reino.

Una preparación para el reino


El Tribunal de Cristo servirá para afligir las almas de los santos antes de que entren a gozarse
con Él. Esto tiene un símbolo en el “Día de expiación” y “Conmemoración al son de trompeta”,
ambas fiestas de santa convocación para Israel, mencionadas en el capítulo 23 de Levítico.
Esta fiesta mira proféticamente el futuro de Israel seguida por el mandamiento de: “Afligiréis
vuestras almas”. Esto se cumplirá cuando este pueblo muestre su arrepentimiento de haber
rechazado al Mesías, previo a la “Fiesta de las cabañas”, que son figura del milenio.

Es similar, entonces, al hecho de que la iglesia deba ser juzgada antes de pasar a reinar con
Cristo en el milenio.

El Juez
El Señor Jesucristo, personalmente, presidirá este juicio, pues “el Padre todo juicio dio al Hijo”
(Jn.5:22). La sentencia que pronunciará el Señor, será indiscutida e inapelable. Se
considerarán todos los hechos, palabras, pensamientos, pecados de hecho y pecados de
omisión. Habrá lugar para el más profundo examen. Mas no temáis, amados de Dios, porque el
mismo que será nuestro Juez, es también nuestro amado Salvador.

El juicio allí estará lleno del amor restaurador y purificador, pues nos espera un futuro glorioso
al lado de nuestro Rey, y hemos de recibir, necesariamente, una preparación para estar junto a
Él. Todas las pruebas que hemos pasado aquí en el desierto de este mundo, han sido también
una preparación para administrar justicia y ejercer el reinado con Él allí. “…Si sufrimos,
reinaremos con él” (1ª Tim.2:12 a).

Necesariamente habrá una medida de dolor por aquellos que pierdan su recompensa; pero
habrá gozo por los que serán premiados. “Porque todos compareceremos ante el tribunal de
Cristo… de manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí” (Rom .14:10-12).

Los creyentes serán escrutados en lo más íntimo de su corazón respecto de lo que hicieron con
su cuerpo, dones, palabras, pensamientos y anhelos del corazón. Las parábolas de los talentos
y de las minas, son una manera de advertir lo que será este juicio. Jesús, el que tiene ojos
como llama de fuego, penetrará con su mirada hasta lo más recóndito del corazón y sopesará
lo oculto y más escondido del alma: “…Sabrán que yo soy el que escudriña la mente y el
corazón“ ( Ap.2:23).

El Señor enfrentará a cada siervo para que dé cuenta de su mayordomía. Las parábolas de los
mayordomos nos relatan lo que será ese momento. Si cada cristiano vive pensando que no se
pertenece, necesariamente dependerá del Señor; pero si no es así, lo más probable que
tomará su vida para sí y hará de ella lo que quiera. Esto será sancionado en el Tribunal (2
Cor.5:14-15).

¿Qué hizo usted con el talento? ¿qué hizo con las minas? Los que recibieron premios por
haber administrado las minas, reinarán sobre tantas ciudades como minas hayan ganado. En la
parábola de las minas (Luc.19:11-27), Jesús habló de un señor que se fue lejos para recibir un
reino heredado y volver; y dejó a sus siervos el cuidado de sus bienes. Mientras iba y volvía,
debían negociar, multiplicar los bienes. Esto es lo que hemos estado haciendo cuando en
nosotros mismos se reproduce el carácter de Cristo y colaboramos para que se forme en otros.
Es una manera, la más hermosa, de multiplicar los bienes del Señor.

¡Qué gozo se siente al servir a Cristo! Cuánto más será aquel día cuando recibamos los
premios por la misión cumplida. Allí nadie tendrá celo de los méritos de otros, ni envidias por
los premios de otros. Aquélla será una comunión gloriosa y santa.

Sanciones y recompensas
En el Tribunal habrá sanciones. Para evitar ser sancionado, es bueno y saludable juzgarse
cada día. Dios mira el corazón de las personas; si Él ve que tu corazón es recto, que lo traes
humillado cada día ante Él, Dios considerará aquello.

En el Tribunal habrá recompensas y premios. “Si permaneciere la obra de alguno… recibirá


recompensa” (1Cor. 3:14). Sin embargo, ningún creyente tiene derecho a exigir ser
recompensado, porque “cuando hubiereis hecho todo lo que os he mandado, decid: siervos
inútiles somos, porque lo que debíamos hacer…” (Lc. 17:10). Si alguna gracia tuvimos en
realizar obras para Dios, el mérito es de Él, porque sin El nada podemos hacer. “…¿Qué tienes
que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1
Cor.4:7).

Hemos aprendido a gloriarnos en Cristo, y no desmedidamente, como si por nuestro empeño y


habilidad hubiésemos hecho algo. ¡No! la gloria es de Dios. David dijo: “…¿Quién soy yo y
quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer de nuestra voluntad cosas semejantes? Pues
todo es tuyo y de lo recibido de tu mano te damos“ (1 Crónicas 29:14).

Pero de todas maneras, lo que por derecho no nos corresponde, Dios nos lo otorga por gracia.
“Cosas que ojo no vio, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado
para los que le aman”. En aquel día, como en un gran estadio y delante de todos los santos
espectadores, escucharás tu nombre resonar por la potente voz de un ángel que te llamará al
proscenio, y entonces la dulce voz de tu Salvador y Rey, te dirá: “Bien, buen siervo y fiel; sobre
poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor” (Mat. 25:23). Mayor
será la gloria cuando seas coronado por las propias manos del Señor Jesucristo, y tengas el
gozo de echar tus coronas a los pies de Aquel que ofreció la suya por ti y por mí, cuando se
humilló al encarnarse.
Las coronas
Allí se entregarán diversos tipos de coronas. La corona incorruptible, para el cristiano que se
guardó de los placeres carnales y se abstuvo de participar de los deleites que lo pudiesen
corromper (1 Cor.9:25). Corona de gozo, para el cristiano que multiplicó su fe al llevar a otros a
los pies de Cristo (1 Tes.2:19). Corona de gloria, para los pastores que sirvieron con fidelidad al
Señor (1Ped. 5:2-4). Corona de justicia, para los creyentes que amaron la venida del Señor (2
Tim.4:8). Y corona de vida, para los que amaron al Señor (Ap. 2:10). Cuando el Señor
Jesucristo se dirige a la iglesia en Filadelfia, le recomienda que tenga cuidado “…para que
ninguno tome tu corona” (Ap.3:11).

Una iglesia gloriosa


En el tribunal de Cristo se quemarán todas las obras y aspectos de nuestro carácter que
ofendan a la santidad de Dios. Entonces se cumplirá la palabra profética de Efesios 5:25-27:
“…a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni
cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha”. La iglesia ha sido lavada de sus manchas
por la preciosa sangre de Cristo, por la Palabra revelada a los apóstoles y profetas, y,
finalmente – en el Tribunal de Cristo– por la destrucción de las malas obras realizadas durante
la carrera en el servicio a su Señor.

El Señor no obtiene la iglesia gloriosa aquí abajo, sino que la obtiene del Tribunal. En aquella
reunión de miríadas de miríadas de santos se producirá una alabanza grandiosa para el
Cordero que con su Sangre lavó nuestros pecados y nos justificó.

Después que el último de los vencedores de la fe sea coronado en el Tribunal de Cristo; y


luego que se haya hecho la separación entre los que tienen coronas y los que no la tienen, y el
último de los distinguidos sea vestido de lino fino, entonces se llevará a efecto esa grandiosa
celebración que esperan los cielos: las bodas del Cordero. Temamos nosotros ante la
inminencia de tales hechos.

Salud y paz.

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