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El Bienestar Psicologico en El Marco Del PDF

Este documento presenta una conceptualización del bienestar psicológico desde la perspectiva del análisis de conducta. Revisa aspectos epistemológicos y conceptuales relevantes, así como la relación con los conceptos de salud psicológica y calidad de vida funcional psicológica. Propone que el bienestar psicológico se defina en términos de comportamiento y se analice utilizando las categorías de predicción y control, lo cual puede ser útil para la evaluación e intervención clínica.
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Este documento presenta una conceptualización del bienestar psicológico desde la perspectiva del análisis de conducta. Revisa aspectos epistemológicos y conceptuales relevantes, así como la relación con los conceptos de salud psicológica y calidad de vida funcional psicológica. Propone que el bienestar psicológico se defina en términos de comportamiento y se analice utilizando las categorías de predicción y control, lo cual puede ser útil para la evaluación e intervención clínica.
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EL BIENESTAR PSICOLÓGICO EN EL MARCO DEL


ANÁLISIS DEL COMPORTAMIENTO∗

Blanca P. Ballesteros de Valderrama, Claudia Caycedo Espinel y Mónica M. Novoa


Gómez1
Pontificia Universidad Javeriana

Resumen
Este artículo tiene como objetivo presentar una conceptualización de bienestar
psicológico en el marco conceptual del Análisis del Comportamiento. Con este fin, se
realiza una revisión de los aspectos epistemológicos y conceptuales relevantes y de la
relación con el concepto de salud psicológica, propuesto por Follete, Bach y Follete (1993)
y la dimensión funcional psicológica de la calidad de vida, desde la perspectiva
interconductista (Carpio, Pacheco, Flores y Canales, 2000). Se plantean las características
principales del concepto de bienestar psicológico, con elementos para integrarlo al campo
de trabajo de la psicología como ciencia del comportamiento. Finalmente se plantea la
utilidad de las categorías de predicción y control en esta conceptualización desde el
Análisis del Comportamiento, especialmente en los procesos de evaluación e intervención
en el campo de la psicología clínica y de la salud.
Palabras clave: Análisis del Comportamiento, bienestar psicológico, salud psicológica,
predicción, control.
Abstract
The article is aimed to conceptualize Psychological Well-being from a behavior
analysis theoretical frame. With this aim, a review of relevant epistemological and
conceptual issues, and its relation to the Psychological Health concept, proposed by Follete,
Bach y Follete (1993), and the psychological functional dimension of quality of life
formulated by the interbehaviorist perspective (Carpio, Pacheco, Flores y Canales, 2000)
are presented. The principal characteristics of the concept are described, including elements
in order to integrate it to the framework of psychology as a science of behavior. Finally, the
utility of the categories of prediction and control in this behavioral analytic
conceptualization is formulated, especially for the evaluation and intervention processes in
Clinical and Health Psychology.


Las autoras agradecen a los estudiantes del equipo Comportamental de Consultores durante el
segundo semestre de 2002, por su colaboración en la revisión bibliográfica.
11
Cualquier comunicación en la dirección postal Cra. 5 No. 39-00, Facultad de Psicología, Pontificia
Universidad Javeriana-Bogotá, Colombia y el correo [email protected] o
[email protected]

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Key words: Behavior Analysis, Psychological Well-being, Psychological health,


prediction, control.

El Bienestar es un constructo de alta complejidad, cuyo estudio no ha sido exclusivo


de la psicología, de un enfoque teórico o de algún campo de interés en particular. Por el
contrario, una cuidadosa revisión de este concepto permite apreciar la existencia de
numerosas perspectivas desde las cuales se ha abordado, así como los diferentes intentos de
conceptualización que han tenido lugar al interior de diversas disciplinas tales como la
filosofía, la antropología, la biología, la psicología y las ciencias sociales en general.
Al interior de la psicología, los intentos por definir el Bienestar Psicológico no han
sido exclusivos de ningún marco teórico en particular, aunque es importante resaltar el
acercamiento realizado por Ryff y Keyes (1995) quienes parten del marco de la Psicología
del Desarrollo para abordar este constructo desde la perspectiva del Ciclo Vital. Se hace
evidente, por tanto, que la elaboración de una definición abarcadora de todos los elementos
relacionados con el Bienestar Psicológico no es tarea fácil, implica retos tanto a nivel
teórico como experimental.
El objetivo del presente artículo es abordar el concepto de Bienestar Psicológico
desde el marco conceptual del Análisis del Comportamiento con el fin de definirlo de
manera coherente, facilitar su comprensión desde esta perspectiva y sentar las bases para
posteriores investigaciones. Se presentan, en primer lugar, los fundamentos
epistemológicos del Análisis del Comportamiento; posteriormente, se lleva a cabo una
revisión de los elementos teóricos que desde esta perspectiva resultan claves para la
definición, comprensión y desarrollo de estrategias que promuevan la construcción del
Bienestar Psicológico y por último, se analiza la relación entre el concepto de Bienestar
Psicológico y el de Salud Psicológica, propuesto por Follete, Bach y Follete (1993) y la
dimensión funcional psicológica de la calidad de vida según Carpio, Pacheco, Flores y
Canales (2000). Por último, se formulan las características principales del concepto,
aportando elementos para integrarlo al campo de trabajo de la psicología como ciencia del
comportamiento y se presenta una propuesta para la conceptualización desde el Análisis del
Comportamiento que pueda ser de utilidad en los procesos de evaluación e intervención
clínica dirigidos a promover la construcción del bienestar psicológico.

Fundamentos Epistemológicos
El conductismo, tal como lo aclaran Skinner y otros autores, no solamente consiste
en una ciencia del comportamiento, sino también en una filosofía de esa ciencia (Skinner,
1975; Chiesa, 1994; Hillix y Marx, 1975). Como plantea Chiesa (1994), esta filosofía se
caracteriza por su coherencia interna, en cuanto a la definición de su objeto de estudio y los
métodos de investigación propuestos para abordarlo; y por la naturaleza inductiva del
proceso por medio del cual se derivaron el sistema de principios conductuales, que han

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contribuido a alejar a la psicología de la herencia de los supuestos provenientes del


mecanicismo y del dualismo (ver también Vorsteg, 1974).
Como filosofía, el conductismo implica una visión del mundo, de la persona y del
conocimiento científico. En este sentido, al formular la conducta como objeto de estudio,
no se hace una división o separación entre persona y conducta, por cuanto la persona está
definida como sistema de conducta. Esto significa que la persona se define en términos de
su comportamiento, entendido éste como la interacción entre el organismo íntegro y su
ambiente.
Como afirma Chiesa (1994), la persona es una unidad en vez de una dualidad y no
puede entenderse separada de su ambiente, es “una parte interactiva del ambiente…La
persona en el conductismo radical opera en más que sobre un ambiente” (pg. 99). Esta
perspectiva implica una identidad entre persona y comportamiento, consistente de una
biología, una historia y unas relaciones bidireccionales con las condiciones presentes, las
cuales son únicas. De esta manera, el comportamiento es el objeto de interés por derecho
propio, sin dividir a la persona en comportamiento y algo más, por ejemplo, en procesos
internos que tienen lugar en otro nivel. El comportamiento es un proceso integral, en el cual
lo inobservable por terceras partes no podría quedar excluido.
Cuando se separa comportamiento de algo más allá, más profundo, se cae en el
problema conceptual de atribuir al comportamiento causas internas formuladas como
constructos hipotéticos, lo cual lleva como consecuencia lógica que para modificar el
comportamiento, habría que alterar dichas causas. Es claro que esa forma de pensar el
objeto de estudio de la psicología no ofrece las soluciones a los problemas de la humanidad
y perpetúa la concepción mecanicista de gran parte de la psicología.
En relación con la manera de tratar la identidad persona-comportamiento, surge el
tema de la individualidad, relevante y pertinente respecto del bienestar psicológico.
Teniendo en cuenta que las raíces del conductismo están en la biología y en la teoría de la
evolución, el Análisis del Comportamiento acepta e incorpora las nociones de
individualidad y deriva proposiciones que puedan aplicarse al comportamiento individual,
sin preocuparse por los principios estadísticos, los cuales llevan a considerar la variabilidad
individual como una característica poco deseable de los datos. El principio de la
individualidad fue explícito en las propuestas de Skinner (1966) cuando reiteró que el
organismo es un sistema complejo con una historia elaborada y en gran parte desconocida.
Igualmente en su obra de 1974, cuando la persona también es entendida como la
convergencia de condiciones genéticas y ambientales (Skinner, 1975).
Un concepto ampliamente relacionado con la individualidad es el de sí mismo o yo.
En la literatura psicológica se encuentran abundantes escritos acerca de la Psicología del
yo, así como de psicologías de todos y cada uno de los constructos que se han creado como
subyacentes a los procesos conductuales (p.ej. Psicología de la personalidad, Psicología de
la motivación).
De igual forma, parte de la psicología se ha preguntado por el sujeto y es frecuente
encontrar la afirmación de que el sujeto en el análisis del comportamiento es pasivo. Esta
aseveración obedece a dos aspectos principales. Por un lado, al hecho de no reconocer un

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agente iniciador de la acción en el sujeto y por otro lado, al origen de la teoría de la


conducta operante en el paradigma de la denominada psicología estímulo-respuesta. Sin
embargo, no sería consistente con los principios conductuales concebir un sujeto pasivo. El
sujeto en el análisis del comportamiento es un sujeto que opera en y sobre su ambiente,
pero al ser coextensivo con éste, las relaciones de interdependencia implican que cualquier
actividad, como interacción, siempre esté en función de variables contextuales, muchas de
las cuales han sido creadas por el mismo sujeto (Hayes, Strosahl, y Wilson, 1999; Pérez
Álvarez, 1998; Ribes- Iñesta, 1990; Skinner, 1975). Sería igualmente inconsistente hablar
de la posibilidad del diseño cultural y de la ingeniería conductual si el tipo de sujeto fuera
un ente pasivo y vacío, como equivocadamente algunos han sugerido.
Algunos analistas del comportamiento contemporáneo han llamado la atención
acerca de la compatibilidad de la filosofía conductista con la visión del Contextualismo
como filosofía (Hayes, 1993; Moore, 1984; Morris, 1993), así como con el
Interconductismo, por su perspectiva de campo (Ballesteros y Rey, 2001). Esta filosofía
implica la acción efectiva como criterio de verdad, la cual a su vez, es acción efectiva en
cuanto a la solución de problemas que tienen que ver con el comportamiento humano y que
influyen en el grado de bienestar.
En concordancia con lo anterior, esta filosofía, compartida por los analistas del
comportamiento, implica entender el conocimiento como acción/interacción y como un
evento natural que desempeña un papel importante en la adaptación, en interacción
permanente con la cultura. En este sentido, el conocimiento es un producto histórico con
sus raíces en la evolución y en la cultura. Se privilegia el conocimiento científico, por sus
métodos y técnicas particulares, como un conjunto de acciones ordenadas y sistemáticas
para explicar el objeto de estudio. Sin embargo, este conocimiento no es independiente del
comportamiento del científico, ni del contexto histórico y cultural (Ballesteros y Rey, 2001;
Chiesa, 1994).
El análisis del comportamiento y el bienestar
Es evidente la preocupación de los analistas del comportamiento por el bienestar
desde los orígenes del conductismo como sistema psicológico. Desde sus planteamientos
iniciales, el análisis del comportamiento ha buscado las condiciones para el bienestar.
Desde la perspectiva de Skinner (1990), tanto la felicidad como el bienestar son clases de
interacción de la categoría de sentimientos y como tales están en función de variables
posibles de conocer. Estos sentimientos se relacionan con contingencias de refuerzo
positivo, en contraposición con contingencias de control aversivo. Las primeras llevan a
que la gente pueda afirmar que hace las cosas porque quiere, porque le gusta; mientras las
de control aversivo llevan a afirmar que hace las cosas porque las tiene que hacer o las debe
hacer. No obstante, la felicidad o el bienestar no consisten en poseer reforzadores positivos
(bienes materiales, poder sobre otros, admiración y reconocimiento social), consiste en
comportarse debido a los reforzadores positivos que han seguido al comportamiento
(Ballesteros, 2000; Skinner, 1990).
En la misma dirección, Skinner consideraba importante intentar un mundo feliz, el
cual no se lograría simplemente superando medidas punitivas, sino actuando para resolver

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los problemas que han sido consecuencia del descuido de los propios humanos
(sobrepoblación, polución, escasez de recursos naturales, guerra, agresión). De hecho, la
novela Walden Two (Skinner, 1948) versa sobre una sociedad preocupada por mantener las
condiciones de vida que garanticen el bienestar de todos y cada uno de sus miembros.
Consistente con la definición de conducta y la identidad entre conducta y persona, las
soluciones adecuadas a dichos problemas no serán posibles mientras se continúen buscando
en el interior del individuo las explicaciones de su comportamiento (Skinner, 1948, 1953,
1971, 1988 1991; Wyatt, 2001).
En esta dirección, vivir bien no sería un fin en sí mismo si significara crear un
mundo en el cual las condiciones dificultaran la vida digna de generaciones futuras; ésto se
relaciona con la conducta de los gobiernos y sus proyectos económicos, así como con el
proceder de algunas ideologías regidas más por consecuencias inmediatas, incongruentes
con el futuro del mundo, aspecto directamente vinculado con la ética. En este sentido, el
tema de la vida buena y de la vida feliz ha de incluir condiciones de vida que tengan en
cuenta también el bienestar de las generaciones futuras (Ballesteros, 2000; Skinner, 1991).
Sentirse bien siempre ha sido importante para la gente y prueba de ello es que busca
ayuda, sea médica, psicológica o de otra naturaleza, cuando no se siente bien. En esta
dirección, Skinner hace notar que en inglés se hace la diferencia entre sentirse bien (feeling
well) en cuanto a sentir un cuerpo sano, y sentirse bien o positivo (feeling good) como
consecuencia de haber sido reforzado positivamente, lo cual se relaciona con un
sentimiento placentero; el autor también recalca que el primer significado de feliz fue
afortunado. Sentirse bien implica mayor probabilidad de acción, lo que para otros autores
es la motivación, además hay más posibilidad de sentirse bien y de disfrutar la vida cuando
no se tienen que hacer cosas desagradables. No obstante, desde esta perspectiva, también
es posible vivir bien a pesar de enfermedades y circunstancias adversas, puesto que existe
la posibilidad de cambiar, hasta cierto punto, las condiciones desfavorables asociadas con la
enfermedad y la vejez (Skinner, 1991).
Otros analistas del comportamiento, como Hayes, Strosahl, y Wilson (1999), desde
el Contextualismo Funcional, coinciden con la mayoría de los autores en señalar cómo
sentirse psicológicamente bien no necesariamente depende de poseer bienestar material.
Estos autores hacen un llamado a considerar la naturaleza ubicua del sufrimiento humano,
lo cual permite mirar el cambio y el desarrollo de forma diferente a la de asumirlo como
anormal. Para ellos, la comunidad profesional de la “salud mental” simplemente no ha
explicado adecuadamente sus datos sobre la omnipresencia del sufrimiento humano, más
bien, a partir de las metáforas médicas parece creer que la salud psicológica es el estado
homeostático natural que se altera solamente con la enfermedad o el malestar psicológico,
lo que significa suponer la normalidad saludable. No obstante, aún en la medicina el
supuesto de la normalidad saludable tiene sus límites, pues está comprobado que el sistema
inmunológico se puede fortalecer con ejercicios, dieta y otros factores psicológicos. De esta
forma, la salud es presencia de algo, como por ejemplo, resistencia a la enfermedad.
De igual manera, consistente con la forma de ver al ser humano y con la propuesta
de diseño cultural con base en la aplicación de contingencias de refuerzo positivo, el
Análisis del Comportamiento desde sus orígenes adoptó una visión compatible con las

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posturas construccionistas. El bienestar psicológico, como sinónimo de sentirse bien,


sucede conjuntamente en un proceso de interacción de la persona con su ambiente natural y
social. En resumen, como parte integral de un proceso conductual, se podría considerar el
bienestar como un evento espacio-temporal y su mantenimiento estaría en función de todas
las variables contextuales, entendiendo el mismo individuo como coextensivo con el
contexto y como hacedor/constructor de gran parte de sus contingencias de refuerzo
(Follette, Bach y Follette, 1993; Pérez Álvarez, 1998).

Relación con otras ciencias


Para los analistas del comportamiento, las contribuciones de la psicología se
combinan con métodos y técnicas de otras disciplinas, como la genética, la fisiología, la
farmacología, las ciencias sociales, con el fin de explicar y comprender el bienestar y su
contraparte, el malestar y la enfermedad, de forma que el psicólogo va más allá de su
campo concreto. En esta línea, Skinner planteó que la contribución de la psicología era
aportar una línea de base sobre la cual observar los efectos de variables genéticas, orgánicas
y otras. Por ejemplo, un estado de ansiedad, una preocupación excesiva o cualquier otro
“síntoma” pueden no ser más que conductas extremas relacionadas con circunstancias
ambientales especiales, resultado de una historia de refuerzo y/o de circunstancias de
privación o saciedad. En estos casos, la etiología, la posibilidad de análisis y la terapéutica
están dentro del campo de la psicología. A la psicología experimental le interesa, entonces,
demostrar la manera como se pueden generar y modificar las características conductuales
del bienestar psicológico, partiendo del conocimiento de variables genéticas y orgánicas,
con énfasis en la utilidad de la práctica de explorar primero factores ambientales para ver si
las manifestaciones conductuales en estudio siguen siendo atribuibles a causas orgánicas o
genéticas, ya que los factores genéticos y orgánicos no pueden evaluarse completamente sin
mantener constantes los ambientales (Skinner, 1957/1975; Gil Roales-Nieto, Luciano y
Pérez Álvarez, 1992). En conclusión, la psicología se complementa con otras ciencias y se
reconoce como disciplina en permanente evolución, no como producto terminado.

Principios conductuales relacionados con el bienestar


La conceptualización de Bienestar Psicológico desde el Análisis del
Comportamiento parte de la revisión de los principios conductuales y su aplicación en
contextos específicos, y particularmente de la revisión del papel que cumplen la predicción
y el control tanto para la Ciencia de la Conducta como para la construcción del Bienestar
Psicológico.
La definición del objetivo de la ciencia del comportamiento como predicción y
control tiene una implicación importante en el tema del bienestar psicológico, ya que desde
la perspectiva del Análisis del Comportamiento, predecir y controlar permiten a la persona
“estar y sentirse bien”. Desde la perspectiva evolutiva, es bien conocida la función de las
contingencias de supervivencia (valor de sobrevivir) en la evolución de la especie humana
y hay algunos datos a favor de la hipótesis del valor de poder predecir y controlar como
claves en este proceso evolutivo.

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El término control en el Análisis del Comportamiento tiene un significado diferente


al del lenguaje cotidiano, donde se ha vinculado principalmente con restricción y coerción.
El significado científico tiene que ver con conocer las variables de las cuales un fenómeno
de interés es función y poder influenciar dichas variables, con el fin de tener explicaciones
más claras y completas sobre el mismo. No obstante, se reconoce que no siempre es posible
tener toda la información necesaria para predecir y controlar, como sucede en cualquier
ciencia. Esto es igualmente aplicable a nivel personal.
El concepto de control en el Análisis del Comportamiento también está relacionado
con el reconocimiento de una situación práctica en cuanto al “lugar del control”, ya que la
preocupación general se centra en la pregunta sobre quién controla y qué controla. En
relación con el tema del autocontrol, como señala Skinner, si se trata de analizar lo que
hace posible construir u organizar una conducta y explicarla, no es necesario postular
dimensiones diferentes a las de las relaciones funcionales entre la persona (completa) que
se comporta y su contexto. En términos de Pérez Álvarez (1998), el análisis funcional que
incluye el análisis del ambiente contiene todas las claves para la explicación del
comportamiento, pero se trata de un análisis bien complejo, debido a la clase y la cantidad
de variables implicadas.
Como ya se planteó, la predicción y el control han sido centrales en la psicología
como ciencia del comportamiento, y se conceptualizan como procesos comportamentales
con ventajas para la supervivencia. Desde los estudios de laboratorio con la respuesta
emocional condicionada, se señala la ventaja de predecir y controlar, no solamente el
ambiente, sino el propio comportamiento. Es claro que los individuos buscan señales
contextuales que les permitan predecir y controlar de forma efectiva, con el fin de evitar o
poner fin a una consecuencia negativa, así como para optimizar los recursos disponibles,
reorganizando su conducta o los eventos del medio (Boutin y Nelson, 1998; Follette,
Naugle y Linnerooth, 2000).
En los estudios clásicos, se analiza el control que ejerce la conducta en la aparición
o supresión del estímulo aversivo y se trabajan distintos arreglos experimentales que
permiten predecir con mayor o menor precisión la aparición de ciertas condiciones de
estímulo. Experimentalmente se ha demostrado que la predicción y el control se pueden
combinar para producir diferentes efectos, por ejemplo, puede haber estímulos predecibles
pero no controlables, en cuyo caso se presentan respuestas emocionales condicionadas;
también se ha diferenciado entre las contingencias de escape y las de evitación, las cuales
implican condiciones importantes para comprender procesos conductuales relacionados con
el bienestar psicológico.
En las condiciones de escape, puede haber estímulos impredecibles, pero la
conducta puede terminar con ellos, es decir los controla, mientras que las contingencias de
evitación, involucran, por definición, estímulos predecibles y controlables. En el caso de la
desesperanza aprendida las contingencias implican no predicción ni control efectivo. Estos
hallazgos tienen implicaciones importantes a nivel de psicopatología ya que, dependiendo
del grado de predicción y control bajo contingencias de estimulación aversiva, pueden
presentarse como resultado problemas de ansiedad y depresión, entre otros, como se reporta

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en la literatura científica sobre el tema (Boutin y Nelson, 1998; Luciano y Hayes, 2001;
Pérez Àlvarez, 1998).
Por otra parte, predecir y controlar facilita hacer elecciones adecuadas entre
conductas que producirán satisfacción inmediata o aquellas que probablemente traerán
consecuencias mayores en el futuro, esto es, autocontrol. Las consecuencias de estas
elecciones tienen un efecto sobre el nivel de bienestar del individuo y sobre su conducta
futura en contextos similares (Follette, Naugle y Linnerooth, 2000; Rachlin, 2000, entre
otros).
El Análisis del Comportamiento define el autocontrol como la elección de una
consecuencia mayor y más lejana en el tiempo, en contraposición con una inmediata. Esta
definición permite presentar el proceso en términos de las conductas que realiza el
individuo en el ambiente, y es aplicable en diferentes contextos (O´Donohue, 1998). Desde
esta perspectiva, un repertorio de autocontrol (autocontrolarse) resulta determinante para el
bienestar psicológico, especialmente si se tienen en cuenta las dificultades implicadas en
comportarse de forma impulsiva; problemas de conducta relacionados con agresividad,
adicciones y otros, pueden conceptualizarse, explicarse y modificarse teniendo en cuenta
este proceso psicológico.
En consecuencia, el tema del autocontrol se relaciona directamente con el bienestar
psicológico si se asumen las ventajas que desde el análisis del comportamiento tiene el
hecho de ser una persona “autónoma”. Para el analista del comportamiento ser libre y ser
autónomo no es independiente de ser autorregulado, más bien, se trata de términos
equivalentes.
Como en el caso de otros fenómenos conductuales, el autocontrol, interpretado
tradicionalmente como fuerza de voluntad, es considerado por el Análisis del
Comportamiento un proceso válido de estudio científico por si mismo. Se reconoce a
Skinner como pionero en este campo debido a su afán por mantener el autocontrol en la
dimensión conductual (Skinner, 1953). Como afirma Bayés (1992), el análisis basado en la
propuesta skinneriana señala que cuando la persona tiene que elegir entre un
comportamiento preventivo y otro de riesgo, la decisión es el resultado de un proceso
complejo en el cual el factor temporal de demora de una consecuencia tiene un peso
importante.
Por otra parte, al analizar los componentes del autocontrol, se considera relevante
incluir el papel que juegan las reglas y la conducta verbal (Hayes, Barnes-Holmes, y Roche
2001; Mallot, 1986; Rachlin, 2000). Los seres humanos generan reglas que establecen la
relación entre la conducta y las consecuencias y en ocasiones éstas producen conflicto
respecto de la elección entre las consecuencias resultado de lo deseado de forma inmediata
y aquellas que tendrá su conducta a largo plazo; adicionalmente, una gran cantidad de
comportamientos relacionados con la salud y el bienestar son gobernados por las reglas y
relativamente insensibles a las contingencias directas.
La definición de impulsividad como opuesta a autocontrol está relacionada con
dificultades para generar reglas en situaciones que las requieran, para generar reglas
adecuadas y para seguir reglas conducentes a resultados esperados. En la impulsividad,

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aparte de carencia de reglas, se pueden seguir reglas que llevan a la obtención de resultados
peligrosos o dañinos, lo cual afecta el nivel de bienestar percibido por el individuo, como lo
afirman Hayes y Ju (1998). Cuando un individuo tiene un conjunto de reglas no apropiadas
o no ajustadas a su realidad, éstas pueden producir deterioro en su calidad de vida y
bienestar.
Para autores especializados en el tema, como Rachlin (2000), la felicidad y el
bienestar dependen del desarrollo del autocontrol. Para este autor, obtener autocontrol, y
por ende la felicidad, implica establecer un patrón de conducta armonioso, que encuentre
un equilibrio entre lo inmediato y lo futuro. Rachlin hace una extensa reflexión respecto de
las relaciones entre el autocontrol, la felicidad, la cooperación social y los conflictos
actuales, entre otros temas, para concluir que este proceso es básico para el funcionamiento
y la adaptación del ser humano. Según su propuesta, este concepto va más allá de las
posiciones tradicionales con respecto de la fuerza de voluntad, el self y la introspección;
establece que el autoconocimiento por si solo no es suficiente para el autocontrol, pues se
requiere conocer la conducta en términos de las relaciones funcionales, lo cual es
consistente con la mayoría de los planteamientos sobre el tema por parte de los analistas del
comportamiento.
Lograr autocontrol es resultado de la acción de múltiples factores, algunos
relacionados con la consecuencia (demora, tamaño y relación de contingencia) y otras con
las características individuales (Logue, 1998; Rachlin, 2000). Dentro de esas últimas se ha
encontrado evidencia sobre diferencias en autocontrol dependiendo de la edad, el género,
las habilidades intelectuales, el nivel de actividad, la historia de aprendizaje y la cultura.
Algunas investigaciones reportadas por Logue (1998) permiten concluir que las
condiciones del contexto afectan de forma importante el desarrollo del autocontrol, entre
éstas:
• Posibilidad de predecir, hasta donde sea posible, la disponibilidad de las fuentes de
refuerzo y en general de aspectos relacionados con el bienestar objetivo. Al respecto, es
claro que en Colombia las condiciones actuales de un gran porcentaje de la población
implican la carencia de acceso a fuentes de comida, salud, educación o recreación.
• Desarrollo tecnológico dirigido a aumentar la esperanza de vida, disminuir la
enfermedad y, en general, mejorar la calidad de vida.
• Posibilidad de predecir a partir de reglas y leyes establecidas en cada cultura
acontecimientos cuando se incumplen o se comporta en contra de ellas.
• Oportunidad de conocer la probabilidad de ocurrencia de eventos futuros tales como
el clima, tendencias demográficas, entre otras, los cuales, aunque no son del todo
predecibles, pueden conocerse gracias a avances tecnológicos y comunicaciones
masivas.
• Oportunidad de conocer, así sea de forma parcial, las consecuencias de las acciones
particulares de cada individuo y por lo tanto la capacidad de influir sobre los eventos
asegurando la ocurrencia de ciertos logros y consecuencias contextuales particulares.

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De igual manera, estudios con humanos han demostrado que en situaciones de elección,
la mayoría prefiere una consecuencia mayor y mejor, aunque más demorada, aunque se
requiera más trabajo. Esto implica mayor grado de autocontrol para conseguir lo que se
propone, con mayor recompensa al final, lo cual se relaciona con el papel de las
condiciones motivacionales en la conducta de elección (Mischel, 1990; Rachlin, 2000, entre
otros).
En conclusión, el autocontrol entendido como proceso conductual incluye las variables
de los diferentes contextos donde ocurre, y permite explicar problemas de abuso de drogas,
desórdenes de conducta, problemas alimenticios, juego patológico, manejo del dinero,
depresión, suicidio, entre otros. El autocontrol implica elegir y las elecciones tienen una
relación directa con el bienestar y la salud de las personas, por cuanto incrementan o
disminuyen las probabilidades de tener éxito en el ambiente.

El concepto de salud psicológica


Respecto de la propuesta de Follette, Bach y Follette (1993) sobre un modelo que
incluya las bases teóricas y pragmáticas de la salud psicológica, es importante analizar las
relaciones entre el término salud psicológica y el de bienestar psicológico y
adicionalmente, contrastar su propuesta con la del interconductismo, desde el cual el
término salud no es propio de la psicología como ciencia de la conducta y por tanto no es
aplicable a lo psicológico (Ribes- Iñesta, 1990).
Teniendo en cuenta que el interés del Análisis del Comportamiento es aplicar los
principios conductuales con el objetivo de guiar el cambio conductual hacia metas de
refuerzo, independientemente del modelo médico tradicional, las propuestas de cambio no
solamente suceden ante la existencia de problemas. En este sentido, el Análisis del
Comportamiento se había adelantado, con su tecnología de modificación de conducta, a los
movimientos que surgen en el campo de la salud hacia la intervención a nivel de
prevención primaria.
Como se ha visto en los párrafos anteriores, se requiere, en términos de Follette,
Bach y Follette (1993), desarrollar un modelo de comportamiento cuya función sea
proteger a las personas del desarrollo de comportamientos “patológicos”. Todo el
movimiento mundial hacia la prevención es compatible con este requerimiento. En este
sentido, desde los orígenes de la modificación de la conducta, se ha reconocido la utilidad
de promover el desarrollo de comportamientos a partir de los repertorios ya existentes, en
vez de simplemente eliminar conductas problema (por ejemplo, Goldiamond, 1974), lo cual
a la vez tiene que ver con el hecho de romper con el modelo médico tradicional, desde el
cual la intervención consiste exclusivamente en suprimir o reducir la condición de molestia.
Como lo definen Follette, Naugle y Linnerooth (2000), se busca optimizar el
funcionamiento en todos los dominios, sin enfatizar la patología; se trata de ampliar el
rango de reforzadores potenciales, manteniendo presentes los derechos de los demás
(dimensión ética).

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En su artículo de 1993, Follette, Bach y Follette afirman que hasta ese momento
faltaba información sobre los comportamientos “saludables” requeridos en un ambiente
como el actual, caracterizado por contingencias conflictivas y cambiantes. Proponen
analizar los comportamientos de protección con el fin de ayudar a las comunidades en sus
planes de intervención para lograr ambientes saludables. Este aspecto es consistente con
otras propuestas desde marcos conceptuales distintos. Cuando se habla de salud o de
bienestar es importante considerar el tema de los valores y de metas y estos autores
advierten que existen bases limitadas para decidir acerca de cuáles son los valores
“correctos”, por cuanto establecerlos es algo que pertenece más al campo del dogmatismo.
Por lo anterior, y compatible con la filosofía contextualista y pragmática, los
mismos autores consideran preferible el campo de las metas ya que éstas permiten evaluar
si se están o no logrando, con la condición de que no sean idiosincrásicas, sino establecidas
previamente por acuerdos explícitos, con base en el carácter contextual (cultural y
temporal).
En el campo de la salud psicológica los autores proponen dos metas.
1. Aplicar los principios conductuales al análisis de la salud psicológica, teniendo
en cuenta que la conceptualización implica un método de evaluación.
2. Ofrecer una metodología que permita diferenciar resultados terapéuticos, de
forma distinta a la tradicional de ausencia de “sintomatología”. La metodología
tendría como primer paso conceptuar las diferencias entre una u otra persona,
medir las diferencias y relacionarlas con resultados de largo plazo.
De la revisión general de la literatura existente sobre bienestar (Ballesteros,
Barbosa, Caycedo, Gutiérrez, Hermida, Medina, Montaña y Otero, 2002; Ballesteros,
Medina y Caycedo, 2006; Gómez, Villegas, Barrera y Cruz, 2007) se concluye que la
visión de salud o de bienestar psicológico está moldeada por influencias socioculturales. Al
respecto, Follette, Bach y Follette (1993) afirman que la carencia de una teoría de la salud
psicológica dificulta los acuerdos sobre cómo ayudar al cambio en personas y culturas. Para
estos autores, el término salud psicológica tiene beneficios para la gente que utiliza
servicios psicológicos, al cambiar los rótulos negativos asociados con percibir a los clientes
en términos de categorías diagnósticas; la gente acudiría para aprender habilidades que
permitieran prevenir dificultades o problemas.
Desde la perspectiva de las autoras, la propuesta sería reemplazar el término salud
por el de bienestar, pues implica una ruptura aún mayor con el concepto tradicional de
salud, término que como plantea Ribes- Iñesta (1990), no es propio del Análisis del
Comportamiento, sino de una tradición de la cual pretendió alejarse la propuesta
conductista.
Follete, Bach y Follete (1993) critican los enfoques existentes sobre salud/bienestar
ya que la mayoría se plantean desde la perspectiva de ausencia de psicopatología o como
satisfacción con varios aspectos de la vida y muchos de estos se basan en los principios de
las teorías de personalidad. Otra crítica se refiere a que la mayoría están basados en
medidas de auto-reporte, con fundamentos conceptuales diferentes a los del Análisis del
Comportamiento. Por otra parte, afirman que en las teorías del ajuste o del bienestar se

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pueden encontrar elementos reconocibles como partes o porciones de la contingencia de


tres términos. En su propuesta, se trata de ubicar a los individuos respecto de su
funcionamiento en cada elemento de la contingencia, entendida ésta como una relación de
interdependencia o relación funcional.
De esta manera, estos autores plantean un modelo comportamental tridimensional
en el cual cada término de la contingencia es un eje. Sobre el eje correspondiente a
repertorios conductuales se describen las fortalezas y las debilidades individuales. De igual
manera se procede sobre el eje de discriminación de estímulos y sobre el eje de control
consecuencial. Para cada eje existen múltiples procedimientos de evaluación, teniendo en
cuenta que se dispone de procedimientos directos e indirectos; sin embargo, el modelo
conductual prefiere los directos (observación directa y registros, realizados por terceras
personas y por la misma persona). De esta forma, es posible ubicar, por ejemplo, una
persona como “resiliente”, cuando tiene variedad de repertorios para discriminar
oportunidades de refuerzo y de peligro, cuando aprende de la experiencia y cuando a pesar
de experiencias adversas muestra repertorios apropiados con altas probabilidades de ser
reforzados.
Con fines de medición, los autores mencionados afirman que se requieren
procedimientos que permitan un muestreo amplio sobre todas las funciones de estímulo
posibles, con el fin de poder ubicar a la persona sobre los ejes del modelo. La literatura
especializada en evaluación conductual aporta una cantidad importante de elementos útiles
para el análisis funcional y en el laboratorio de los autores se han extendido para incluir
aspectos constructivos y problemáticos de varias funciones de estímulo. Con base en su
trabajo, proponen considerar tres aspectos básicos en la evaluación: las funciones
discriminativas o antecedentes, ésto es, los estímulos que se perciben como peligrosos o
que se reconocen como oportunidades de refuerzo social; las funciones de respuesta y las
funciones reforzantes. Los procedimientos de evaluación se dirigen a analizar el equilibrio
entre el control contingente de corto y largo término.
Por otra parte, se evalúa la importancia de evitar estímulos aversivos como estrategia
conductual. De acuerdo con los autores, se pretende probar si evitar eventos aversivos es
más importante que actuar para lograr un reforzador significativo a costa de una
incomodidad pequeña. En este caso, se espera que el procedimiento de evaluación permita
predecir quién estará dispuesto a hacer cambios en su estilo de vida, puesto que se sabe que
en el tema de la salud, por ejemplo, se requiere privarse de placeres inmediatos (comer un
bizcocho, fumar un cigarrillo, beber un trago) o exponerse a condiciones molestas (limpieza
oral, una citología, una mamografía), en pro de un refuerzo mayor, aunque incierto, como
es la salud.
Los procedimientos de evaluación propuestos por los autores consisten en presentar a
las personas una serie de viñetas con una amplia variedad de situaciones y de juegos de
decisión, con el fin de evaluar las posibles conductas y evaluaciones de las mismas por
parte de la persona.
Respecto a las dificultades en la conceptualización y medición del ajuste psicológico,
los autores reconocen las dificultades para conocer cómo establecer reforzadores

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apropiados para los seres humanos. Para los analistas del comportamiento resulta difícil
precisar qué hace que las conductas prosociales, como ir a los museos, leer, cuidar a otras
personas, sean reforzantes para algunas personas y no para otras, dadas las diversas
características sociales.
Aun no se ha especificado de manera suficiente la naturaleza del reforzamiento en sí
mismo, tampoco se conoce con precisión lo que hace que un estímulo funcione como
reforzador, excepto el caso de los reforzadores filogenéticos o primarios, y aún en estos
casos, todavía se tienen preguntas como, por ejemplo, ¿Los estímulos sexuales son
universalmente reforzantes?, ¿Si tienen base genética las cualidades reforzantes de los
eventos sexuales, se pueden modificar por contingencias ambientales?, ¿Si es así, cómo?
Cualquiera sea el caso de interés, se trata de identificar de qué forma se pueden cambiar
reforzadores para alguien en condiciones de control contingente con resultados aversivos o
perjudiciales para otros o para sí mismo/a.
En conclusión, estos autores se refieren por igual a ajuste psicológico, a salud
psicológica y a bienestar psicológico. Si es así, aunque Follette, Bach y Follette (1993) no
incluyen en su revisión el modelo multifactorial de Ryff, los factores pueden ubicarse sobre
los ejes propuestos de los tres términos de la contingencia, en cuanto pueden traducirse a
términos conductuales en la dirección propuesta por los autores.

La propuesta de hablar de bienestar psicológico


La Real Academia Española, en la vigésima segunda edición del Diccionario de la
Lengua Española (2001) ofrece tres acepciones de bienestar. La primera hace referencia al
conjunto de cosas para vivir bien, por lo tanto, estaría relacionada más con los indicadores
que han sido clasificados como “objetivos” en la literatura sobre el tema y sobre calidad de
vida. La segunda acepción se refiere a una vida que cuenta con condiciones para “pasarlo
bien y con tranquilidad” y la tercera, a un “estado de la persona en el que se le hace sensible
el buen funcionamiento de su actividad somática y psíquica”. Las dos últimas acepciones
tocan dimensiones del término compatibles con una conceptualización de bienestar
psicológico desde el Análisis del Comportamiento, por cuanto hacen referencia a
condiciones que permiten o favorecen estar y sentirse bien, esto es, se reconoce el carácter
individual, contextual y temporal.
El bienestar psicológico hace referencia a lo humano y corresponde al contexto
socio - histórico, por consiguiente, como término su significado en cuanto a función y
contenido no es único ni definitivo; estará en concordancia con las posturas culturales, así
como con los intereses científicos de aquellas disciplinas dedicadas a lo humano.
De acuerdo con el planteamiento de los autores revisados, una de las grandes metas
del Análisis de la Conducta, referente al bienestar psicológico, es diseñar programas
dirigidos hacia la prevención de riesgos y la promoción del bienestar, con el fin de lograr
un alto impacto en la sociedad, reduciendo así los costos (en términos de tiempo y recursos
humano, financieros y sociales) y obteniendo mayores beneficios dirigidos a facilitar la
obtención de mejores condiciones de calidad de vida.

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Para los autores revisados, una persona saludable es sensible a los reforzadores
sociales intermedios entre los de corto y largo término y arregla su propio ambiente para
mantener acciones en pro de reforzadores distantes, es decir, tiene repertorios de
autocontrol. De igual manera, la persona saludable se comporta hacia su historia como
historia, esto es, no asume la historia como único factor determinante de su bienestar sino
como un factor que incide o lo hace mas o menos vulnerable a verse afectado por ciertas
circunstancias de la vida; esto implica adicionalmente que la historia no es equivalente al
futuro.
Respecto del auto-conocimiento, la persona saludable tendría un repertorio bien
desarrollado para describir las circunstancias que dan lugar a los comportamientos
específicos, tanto en el rango de los favorables, como en el rango de los peligrosos. Este
conocimiento tendría que ver con poder establecer relaciones funcionales, tal como lo
definió Skinner cuando se refirió al valor del auto-conocimiento en el auto-manejo.
En cuanto a las habilidades para modificar el ambiente, la persona saludable conoce
los efectos del ambiente y busca cambiarlo cuando no está a su favor. Como lo advierten
Follette, Bach y Follette (1993), este aspecto es el más difícil porque requiere reconocer el
efecto poderoso de los ambientes, los cuales moldean la propia conducta, sin que la persona
pueda dar cuenta de ello. Se requiere identificar prácticas de control existentes en el
contexto y ejercer el contracontrol positivo para contrarrestar los efectos desfavorables. En
este aspecto están implicados temas importantes como la ética, de forma que idealmente las
contingencias vigentes involucrarían la menor cantidad posible de contracontrol.
Desde el análisis del comportamiento, el bienestar psicológico se evaluaría como se
evalúa cualquier otro evento psicológico, en términos de un análisis funcional en el sentido
estricto de la palabra. De esta manera, los elementos o componentes del bienestar
psicológico se encuentran en las relaciones funcionales o relaciones contingenciales entre el
individuo y su ambiente. Con propósitos analíticos, para conceptualizar el bienestar
psicológico es necesario:
1. Conocer las relaciones de contingencia existentes en la vida actual de la persona.
Como se ha dicho, estas relaciones se establecen en términos de relaciones funcionales
entre la conducta y las consecuencias. Se espera con este conocimiento un equilibrio
entre dichas contingencias y las reglas que rigen la conducta tanto social como
individualmente, permitiendo mayor predicción y control del propio comportamiento,
lo cual implica acomodar el ambiente o reorganizar los repertorios disponibles.
2. Establecer condiciones para reforzar el autocontrol. En este sentido, la mayoría de
posturas psicológicas, desde sus respectivos marcos conceptuales, han reconocido como
objetivo de sus intervenciones lograr que la persona y los grupos sean agentes de su
propia gestión. Como se dijo anteriormente, desde el Análisis del Comportamiento, el
eje del bienestar psicológico está en el auto-control, tanto de la persona como de los
grupos, ya que es posible hablar de personas y de grupos auto-regulados. Nuevamente
está implicado el grado de conocimiento que se tiene de la propia capacidad para
regular las conductas en términos de las relaciones de contingencia, lo cual tiene íntima
relación con el hecho de ser responsable del propio comportamiento – ser capaz de

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responder de acuerdo con las contingencias favorables para uno mismo y para los
demás.
3. Identificar los cambios en el ambiente o los efectos que éste produce en relación con el
bienestar psicológico, con el fin de estar atento a las modificaciones necesarias. En este
sentido, se entiende que los efectos del ambiente son los constitutivos de la historia,
tanto de las personas como de los pueblos.
4. Acordar criterios sobre el comportamiento ético, es decir, acordar la función del actuar
responsablemente tanto consigo mismo como con los demás. Es indispensable lograr
acuerdos sobre todo lo que se va a calificar como dimensión o propiedad de bienestar
psicológico, de forma que se minimice la discrepancia entre el comportamiento de la
gente y aquello que se considera adecuado, con base en criterios de validación social
(en beneficio del grupo) y ecológica (en beneficio de la naturaleza, incluida la especie).
La propuesta de atender al bienestar psicológico desde el Análisis del
Comportamiento reconoce la importancia de incluir en el análisis las condiciones sociales,
conocidas técnicamente como metacontingencias (Glenn, 1988), las cuales requieren el
acceso a factores que están fuera del alcance de los analistas del comportamiento por sí
solos. Se requiere propiciar una cultura con condiciones de vida favorables al cambio de
todas las contingencias que hasta el momento se conocen como contingencias de riesgo o
contrarias al bienestar individual o grupal. Es el caso, por ejemplo, de la propaganda y
publicidad que establece o instaura patrones de consumo y prácticas sociales con resultados
ya conocidos (Biglan, 1995).
En la Psicología Interconductual también se encuentra una equivalencia entre
bienestar psicológico y la dimensión funcional psicológica de la calidad de vida, al
reconocer el nivel multidimensional del concepto de calidad de vida. Desde esta
perspectiva, los factores psicológicos completan el rango de variables del ajuste del
individuo con su entorno porque ni las dimensiones o condiciones biológicas, ni las
socioculturales agotan los determinantes del ajuste individual, como tampoco los resultados
de estos determinantes sobre el individuo y sobre su ambiente (Carpio, Pacheco, Flores y
Canales, 2000).
El enfoque interconductual resulta compatible con el análisis del comportamiento en
cuanto a la claridad conceptual sobre el objeto del estudio, diferenciándolo claramente del
de las ciencias biomédicas y otras ciencias sociales encargadas de especificar condiciones
de vida colectiva. En este sentido, el interés de la psicología no se describe como invarianza
funcional de la filogenia ni como práctica poblacional, sino como la práctica individual
construida en la ontogenia. Desde esta perspectiva, la dimensión psicológica de la calidad
de vida se concreta en la práctica individual como competencias que funcionalmente se
relacionan con la salud biológica y el bienestar social, pero no puede reducirse a ninguna de
las dos.
En resumen, se trata de aplicar los principios teóricos y metodológicos bien
establecidos hasta el momento y de generar otros nuevos dirigidos a encontrar pautas
saludables acordes con los intereses socialmente construidos durante la historia.

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Como resulta claro en la revisión anterior, conceptualizar el bienestar psicológico


implica tener en cuenta variables que se encuentran en diferentes niveles de complejidad,
desde las variables a nivel macro, hasta características individuales que puedan dar cuenta
de las diferencias en los niveles de bienestar en cada persona.

Categorías de Análisis del Bienestar Psicológico

Con base en la conceptualización de bienestar psicológico desde el Análisis del


Comportamiento, se pueden establecer categorías derivadas de los componentes mismos
del análisis contingencial/funcional, a la luz de los procesos conductuales fundamentales,
definidos como predicción y control.
Las categorías se definen como contexto histórico, contexto actual y repertorios
conductuales en los distintos dominios del funcionamiento individual. La importancia del
contexto histórico reside en la forma como la historia se expresa o manifiesta en el
presente, funcionalmente hablando, al permitir identificar repertorios actuales o factores
contextuales. Por ejemplo, una historia de castigo físico puede manifestarse en la conducta
parental actual (relación padre/madre-hijo/a).
Las subcategorías en el contexto histórico y en el contexto actual son las
condiciones antecedentes y contingencias de refuerzo (control consecuencial). Las
condiciones antecedentes hacen referencia a las condiciones estimulares que facilitan o
interfieren la ocurrencia de la conducta, sea del medio físico (objetos, circunstancias,
condiciones biológicas) o social (personas), igualmente incluye las condiciones de control
discriminativo (señales contextuales de ocasión de contingencias de refuerzo). El control
consecuencial se refiere a las consecuencias inmediatas o mediatas del comportamiento,
tanto en el ambiente (físico y social) como en la persona.
La categoría de repertorios conductuales incluye todas las conductas implicadas en
la unidad de análisis seleccionada como objeto de interés, en aquellos dominios relevantes
y pertinentes. Es importante tener en cuenta tanto las conductas que interfieren como las
que favorecen el potencial de la persona para comportarse en forma coherente con sus
metas, esto es, para tener repertorios proactivos (Por ejemplo, Hayes, 1993).
Teniendo en cuenta el carácter individual del bienestar psicológico, la categoría de
repertorios conductuales incluye el repertorio auto-referencial, especialmente porque si el
bienestar psicológico está en función de la predicción y el control, la predicción de la
propia conducta y la auto-regulación, serán repertorios indispensables. Poder predecir y
regular la propia conducta está en el campo del auto-conocimiento, en el cual el Análisis
del Comportamiento ha adelantado estudios importantes y cuenta con un cuerpo de
conocimiento de gran relevancia en el campo de la clínica.
Conocerse y regularse involucra conductas de auto-observación y auto-monitoreo,
en relación con los eventos circundantes, con el fin de lograr análisis funcionales adecuados
y romper con explicaciones mentalistas o internalistas. En esta categoría se incluyen los
rótulos y las evaluaciones que las personas aplican a su propia conducta y a sí mismas, así

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como la equivalencia que hacen entre los resultados de su conducta y ellas mismas como
personas.
Es importante aclarar que en los distintos dominios está involucrada la categoría
conocida como conducta gobernada por reglas, teniendo en cuenta que las reglas pueden
favorecer o interferir la construcción del bienestar psicológico. En esta categoría se hace
diferencia entre la derivación de reglas de conducta a partir de la propia experiencia o la
aplicación o el rechazo de reglas provenientes de las distintas instituciones sociales
(familia, religión, movimiento político, etc.) en el propio comportamiento (vida actual).
Esta categoría de conducta gobernada por reglas tiene que ver con la coherencia o
consistencia entre pensar-sentir-decir-hacer, por consiguiente, con la forma como la
persona se ve a sí misma como “integrada”.

Conclusiones
El Bienestar Psicológico se constituye en tema de interés por derecho propio del
Análisis del Comportamiento, teniendo en cuenta que es compatible con sus fundamentos
epistemológicos y la formulación de sus objetivos en relación con el comportamiento
humano.
El bienestar psicológico tiene que ver con la dimensión integral de la persona, con la
valoración de dimensiones legítimamente existenciales de la misma. En este sentido, es la
persona quien se siente psicológicamente bien, aunque su grupo social juzgue que sus
condiciones de vida no evidencian bienestar. No obstante, con base en los criterios de
validación ecológica y social, el bienestar psicológico implicaría una congruencia entre los
sentimientos/experiencia de bienestar de la persona y la percepción de su grupo social. De
esta manera, al Análisis del Comportamiento le interesa preguntarse por las condiciones
bajo las cuales es más o es menos probable que una persona se sienta bien,
psicológicamente hablando.
El Análisis del Comportamiento se ha preocupado desde un principio porque la
persona pueda estar libre de todas aquellas condiciones que le impidan afrontar las
distintas demandas del momento. Esto implica conocer las opciones reales de conducta y
las consecuencias de cada una de ellas, por lo tanto está en ventaja la persona capaz de
tener este conocimiento.

Los avances en el Análisis del Comportamiento llevan a que las personas


enriquezcan su vida conociéndose mejor, aunque no en el sentido tradicional de un
ejercicio de introspección, sino en el sentido de conocer las relaciones funcionales entre
sus condiciones vitales, su conducta y los eventos a su alrededor, incluyendo sus propios
valores. En este sentido, se pretende una consonancia entre las propias acciones y los
valores que se persiguen, aspecto compartido por otras posturas no necesariamente
conductistas.

Finalmente, el bienestar psicológico sería, como la salud, un resultado de


relaciones funcionales entre la persona y sus condiciones de vida.

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