El Bienestar Psicologico en El Marco Del PDF
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Resumen
Este artículo tiene como objetivo presentar una conceptualización de bienestar
psicológico en el marco conceptual del Análisis del Comportamiento. Con este fin, se
realiza una revisión de los aspectos epistemológicos y conceptuales relevantes y de la
relación con el concepto de salud psicológica, propuesto por Follete, Bach y Follete (1993)
y la dimensión funcional psicológica de la calidad de vida, desde la perspectiva
interconductista (Carpio, Pacheco, Flores y Canales, 2000). Se plantean las características
principales del concepto de bienestar psicológico, con elementos para integrarlo al campo
de trabajo de la psicología como ciencia del comportamiento. Finalmente se plantea la
utilidad de las categorías de predicción y control en esta conceptualización desde el
Análisis del Comportamiento, especialmente en los procesos de evaluación e intervención
en el campo de la psicología clínica y de la salud.
Palabras clave: Análisis del Comportamiento, bienestar psicológico, salud psicológica,
predicción, control.
Abstract
The article is aimed to conceptualize Psychological Well-being from a behavior
analysis theoretical frame. With this aim, a review of relevant epistemological and
conceptual issues, and its relation to the Psychological Health concept, proposed by Follete,
Bach y Follete (1993), and the psychological functional dimension of quality of life
formulated by the interbehaviorist perspective (Carpio, Pacheco, Flores y Canales, 2000)
are presented. The principal characteristics of the concept are described, including elements
in order to integrate it to the framework of psychology as a science of behavior. Finally, the
utility of the categories of prediction and control in this behavioral analytic
conceptualization is formulated, especially for the evaluation and intervention processes in
Clinical and Health Psychology.
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Las autoras agradecen a los estudiantes del equipo Comportamental de Consultores durante el
segundo semestre de 2002, por su colaboración en la revisión bibliográfica.
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Cualquier comunicación en la dirección postal Cra. 5 No. 39-00, Facultad de Psicología, Pontificia
Universidad Javeriana-Bogotá, Colombia y el correo [email protected] o
[email protected]
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Fundamentos Epistemológicos
El conductismo, tal como lo aclaran Skinner y otros autores, no solamente consiste
en una ciencia del comportamiento, sino también en una filosofía de esa ciencia (Skinner,
1975; Chiesa, 1994; Hillix y Marx, 1975). Como plantea Chiesa (1994), esta filosofía se
caracteriza por su coherencia interna, en cuanto a la definición de su objeto de estudio y los
métodos de investigación propuestos para abordarlo; y por la naturaleza inductiva del
proceso por medio del cual se derivaron el sistema de principios conductuales, que han
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los problemas que han sido consecuencia del descuido de los propios humanos
(sobrepoblación, polución, escasez de recursos naturales, guerra, agresión). De hecho, la
novela Walden Two (Skinner, 1948) versa sobre una sociedad preocupada por mantener las
condiciones de vida que garanticen el bienestar de todos y cada uno de sus miembros.
Consistente con la definición de conducta y la identidad entre conducta y persona, las
soluciones adecuadas a dichos problemas no serán posibles mientras se continúen buscando
en el interior del individuo las explicaciones de su comportamiento (Skinner, 1948, 1953,
1971, 1988 1991; Wyatt, 2001).
En esta dirección, vivir bien no sería un fin en sí mismo si significara crear un
mundo en el cual las condiciones dificultaran la vida digna de generaciones futuras; ésto se
relaciona con la conducta de los gobiernos y sus proyectos económicos, así como con el
proceder de algunas ideologías regidas más por consecuencias inmediatas, incongruentes
con el futuro del mundo, aspecto directamente vinculado con la ética. En este sentido, el
tema de la vida buena y de la vida feliz ha de incluir condiciones de vida que tengan en
cuenta también el bienestar de las generaciones futuras (Ballesteros, 2000; Skinner, 1991).
Sentirse bien siempre ha sido importante para la gente y prueba de ello es que busca
ayuda, sea médica, psicológica o de otra naturaleza, cuando no se siente bien. En esta
dirección, Skinner hace notar que en inglés se hace la diferencia entre sentirse bien (feeling
well) en cuanto a sentir un cuerpo sano, y sentirse bien o positivo (feeling good) como
consecuencia de haber sido reforzado positivamente, lo cual se relaciona con un
sentimiento placentero; el autor también recalca que el primer significado de feliz fue
afortunado. Sentirse bien implica mayor probabilidad de acción, lo que para otros autores
es la motivación, además hay más posibilidad de sentirse bien y de disfrutar la vida cuando
no se tienen que hacer cosas desagradables. No obstante, desde esta perspectiva, también
es posible vivir bien a pesar de enfermedades y circunstancias adversas, puesto que existe
la posibilidad de cambiar, hasta cierto punto, las condiciones desfavorables asociadas con la
enfermedad y la vejez (Skinner, 1991).
Otros analistas del comportamiento, como Hayes, Strosahl, y Wilson (1999), desde
el Contextualismo Funcional, coinciden con la mayoría de los autores en señalar cómo
sentirse psicológicamente bien no necesariamente depende de poseer bienestar material.
Estos autores hacen un llamado a considerar la naturaleza ubicua del sufrimiento humano,
lo cual permite mirar el cambio y el desarrollo de forma diferente a la de asumirlo como
anormal. Para ellos, la comunidad profesional de la “salud mental” simplemente no ha
explicado adecuadamente sus datos sobre la omnipresencia del sufrimiento humano, más
bien, a partir de las metáforas médicas parece creer que la salud psicológica es el estado
homeostático natural que se altera solamente con la enfermedad o el malestar psicológico,
lo que significa suponer la normalidad saludable. No obstante, aún en la medicina el
supuesto de la normalidad saludable tiene sus límites, pues está comprobado que el sistema
inmunológico se puede fortalecer con ejercicios, dieta y otros factores psicológicos. De esta
forma, la salud es presencia de algo, como por ejemplo, resistencia a la enfermedad.
De igual manera, consistente con la forma de ver al ser humano y con la propuesta
de diseño cultural con base en la aplicación de contingencias de refuerzo positivo, el
Análisis del Comportamiento desde sus orígenes adoptó una visión compatible con las
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en la literatura científica sobre el tema (Boutin y Nelson, 1998; Luciano y Hayes, 2001;
Pérez Àlvarez, 1998).
Por otra parte, predecir y controlar facilita hacer elecciones adecuadas entre
conductas que producirán satisfacción inmediata o aquellas que probablemente traerán
consecuencias mayores en el futuro, esto es, autocontrol. Las consecuencias de estas
elecciones tienen un efecto sobre el nivel de bienestar del individuo y sobre su conducta
futura en contextos similares (Follette, Naugle y Linnerooth, 2000; Rachlin, 2000, entre
otros).
El Análisis del Comportamiento define el autocontrol como la elección de una
consecuencia mayor y más lejana en el tiempo, en contraposición con una inmediata. Esta
definición permite presentar el proceso en términos de las conductas que realiza el
individuo en el ambiente, y es aplicable en diferentes contextos (O´Donohue, 1998). Desde
esta perspectiva, un repertorio de autocontrol (autocontrolarse) resulta determinante para el
bienestar psicológico, especialmente si se tienen en cuenta las dificultades implicadas en
comportarse de forma impulsiva; problemas de conducta relacionados con agresividad,
adicciones y otros, pueden conceptualizarse, explicarse y modificarse teniendo en cuenta
este proceso psicológico.
En consecuencia, el tema del autocontrol se relaciona directamente con el bienestar
psicológico si se asumen las ventajas que desde el análisis del comportamiento tiene el
hecho de ser una persona “autónoma”. Para el analista del comportamiento ser libre y ser
autónomo no es independiente de ser autorregulado, más bien, se trata de términos
equivalentes.
Como en el caso de otros fenómenos conductuales, el autocontrol, interpretado
tradicionalmente como fuerza de voluntad, es considerado por el Análisis del
Comportamiento un proceso válido de estudio científico por si mismo. Se reconoce a
Skinner como pionero en este campo debido a su afán por mantener el autocontrol en la
dimensión conductual (Skinner, 1953). Como afirma Bayés (1992), el análisis basado en la
propuesta skinneriana señala que cuando la persona tiene que elegir entre un
comportamiento preventivo y otro de riesgo, la decisión es el resultado de un proceso
complejo en el cual el factor temporal de demora de una consecuencia tiene un peso
importante.
Por otra parte, al analizar los componentes del autocontrol, se considera relevante
incluir el papel que juegan las reglas y la conducta verbal (Hayes, Barnes-Holmes, y Roche
2001; Mallot, 1986; Rachlin, 2000). Los seres humanos generan reglas que establecen la
relación entre la conducta y las consecuencias y en ocasiones éstas producen conflicto
respecto de la elección entre las consecuencias resultado de lo deseado de forma inmediata
y aquellas que tendrá su conducta a largo plazo; adicionalmente, una gran cantidad de
comportamientos relacionados con la salud y el bienestar son gobernados por las reglas y
relativamente insensibles a las contingencias directas.
La definición de impulsividad como opuesta a autocontrol está relacionada con
dificultades para generar reglas en situaciones que las requieran, para generar reglas
adecuadas y para seguir reglas conducentes a resultados esperados. En la impulsividad,
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aparte de carencia de reglas, se pueden seguir reglas que llevan a la obtención de resultados
peligrosos o dañinos, lo cual afecta el nivel de bienestar percibido por el individuo, como lo
afirman Hayes y Ju (1998). Cuando un individuo tiene un conjunto de reglas no apropiadas
o no ajustadas a su realidad, éstas pueden producir deterioro en su calidad de vida y
bienestar.
Para autores especializados en el tema, como Rachlin (2000), la felicidad y el
bienestar dependen del desarrollo del autocontrol. Para este autor, obtener autocontrol, y
por ende la felicidad, implica establecer un patrón de conducta armonioso, que encuentre
un equilibrio entre lo inmediato y lo futuro. Rachlin hace una extensa reflexión respecto de
las relaciones entre el autocontrol, la felicidad, la cooperación social y los conflictos
actuales, entre otros temas, para concluir que este proceso es básico para el funcionamiento
y la adaptación del ser humano. Según su propuesta, este concepto va más allá de las
posiciones tradicionales con respecto de la fuerza de voluntad, el self y la introspección;
establece que el autoconocimiento por si solo no es suficiente para el autocontrol, pues se
requiere conocer la conducta en términos de las relaciones funcionales, lo cual es
consistente con la mayoría de los planteamientos sobre el tema por parte de los analistas del
comportamiento.
Lograr autocontrol es resultado de la acción de múltiples factores, algunos
relacionados con la consecuencia (demora, tamaño y relación de contingencia) y otras con
las características individuales (Logue, 1998; Rachlin, 2000). Dentro de esas últimas se ha
encontrado evidencia sobre diferencias en autocontrol dependiendo de la edad, el género,
las habilidades intelectuales, el nivel de actividad, la historia de aprendizaje y la cultura.
Algunas investigaciones reportadas por Logue (1998) permiten concluir que las
condiciones del contexto afectan de forma importante el desarrollo del autocontrol, entre
éstas:
• Posibilidad de predecir, hasta donde sea posible, la disponibilidad de las fuentes de
refuerzo y en general de aspectos relacionados con el bienestar objetivo. Al respecto, es
claro que en Colombia las condiciones actuales de un gran porcentaje de la población
implican la carencia de acceso a fuentes de comida, salud, educación o recreación.
• Desarrollo tecnológico dirigido a aumentar la esperanza de vida, disminuir la
enfermedad y, en general, mejorar la calidad de vida.
• Posibilidad de predecir a partir de reglas y leyes establecidas en cada cultura
acontecimientos cuando se incumplen o se comporta en contra de ellas.
• Oportunidad de conocer la probabilidad de ocurrencia de eventos futuros tales como
el clima, tendencias demográficas, entre otras, los cuales, aunque no son del todo
predecibles, pueden conocerse gracias a avances tecnológicos y comunicaciones
masivas.
• Oportunidad de conocer, así sea de forma parcial, las consecuencias de las acciones
particulares de cada individuo y por lo tanto la capacidad de influir sobre los eventos
asegurando la ocurrencia de ciertos logros y consecuencias contextuales particulares.
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De igual manera, estudios con humanos han demostrado que en situaciones de elección,
la mayoría prefiere una consecuencia mayor y mejor, aunque más demorada, aunque se
requiera más trabajo. Esto implica mayor grado de autocontrol para conseguir lo que se
propone, con mayor recompensa al final, lo cual se relaciona con el papel de las
condiciones motivacionales en la conducta de elección (Mischel, 1990; Rachlin, 2000, entre
otros).
En conclusión, el autocontrol entendido como proceso conductual incluye las variables
de los diferentes contextos donde ocurre, y permite explicar problemas de abuso de drogas,
desórdenes de conducta, problemas alimenticios, juego patológico, manejo del dinero,
depresión, suicidio, entre otros. El autocontrol implica elegir y las elecciones tienen una
relación directa con el bienestar y la salud de las personas, por cuanto incrementan o
disminuyen las probabilidades de tener éxito en el ambiente.
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En su artículo de 1993, Follette, Bach y Follette afirman que hasta ese momento
faltaba información sobre los comportamientos “saludables” requeridos en un ambiente
como el actual, caracterizado por contingencias conflictivas y cambiantes. Proponen
analizar los comportamientos de protección con el fin de ayudar a las comunidades en sus
planes de intervención para lograr ambientes saludables. Este aspecto es consistente con
otras propuestas desde marcos conceptuales distintos. Cuando se habla de salud o de
bienestar es importante considerar el tema de los valores y de metas y estos autores
advierten que existen bases limitadas para decidir acerca de cuáles son los valores
“correctos”, por cuanto establecerlos es algo que pertenece más al campo del dogmatismo.
Por lo anterior, y compatible con la filosofía contextualista y pragmática, los
mismos autores consideran preferible el campo de las metas ya que éstas permiten evaluar
si se están o no logrando, con la condición de que no sean idiosincrásicas, sino establecidas
previamente por acuerdos explícitos, con base en el carácter contextual (cultural y
temporal).
En el campo de la salud psicológica los autores proponen dos metas.
1. Aplicar los principios conductuales al análisis de la salud psicológica, teniendo
en cuenta que la conceptualización implica un método de evaluación.
2. Ofrecer una metodología que permita diferenciar resultados terapéuticos, de
forma distinta a la tradicional de ausencia de “sintomatología”. La metodología
tendría como primer paso conceptuar las diferencias entre una u otra persona,
medir las diferencias y relacionarlas con resultados de largo plazo.
De la revisión general de la literatura existente sobre bienestar (Ballesteros,
Barbosa, Caycedo, Gutiérrez, Hermida, Medina, Montaña y Otero, 2002; Ballesteros,
Medina y Caycedo, 2006; Gómez, Villegas, Barrera y Cruz, 2007) se concluye que la
visión de salud o de bienestar psicológico está moldeada por influencias socioculturales. Al
respecto, Follette, Bach y Follette (1993) afirman que la carencia de una teoría de la salud
psicológica dificulta los acuerdos sobre cómo ayudar al cambio en personas y culturas. Para
estos autores, el término salud psicológica tiene beneficios para la gente que utiliza
servicios psicológicos, al cambiar los rótulos negativos asociados con percibir a los clientes
en términos de categorías diagnósticas; la gente acudiría para aprender habilidades que
permitieran prevenir dificultades o problemas.
Desde la perspectiva de las autoras, la propuesta sería reemplazar el término salud
por el de bienestar, pues implica una ruptura aún mayor con el concepto tradicional de
salud, término que como plantea Ribes- Iñesta (1990), no es propio del Análisis del
Comportamiento, sino de una tradición de la cual pretendió alejarse la propuesta
conductista.
Follete, Bach y Follete (1993) critican los enfoques existentes sobre salud/bienestar
ya que la mayoría se plantean desde la perspectiva de ausencia de psicopatología o como
satisfacción con varios aspectos de la vida y muchos de estos se basan en los principios de
las teorías de personalidad. Otra crítica se refiere a que la mayoría están basados en
medidas de auto-reporte, con fundamentos conceptuales diferentes a los del Análisis del
Comportamiento. Por otra parte, afirman que en las teorías del ajuste o del bienestar se
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apropiados para los seres humanos. Para los analistas del comportamiento resulta difícil
precisar qué hace que las conductas prosociales, como ir a los museos, leer, cuidar a otras
personas, sean reforzantes para algunas personas y no para otras, dadas las diversas
características sociales.
Aun no se ha especificado de manera suficiente la naturaleza del reforzamiento en sí
mismo, tampoco se conoce con precisión lo que hace que un estímulo funcione como
reforzador, excepto el caso de los reforzadores filogenéticos o primarios, y aún en estos
casos, todavía se tienen preguntas como, por ejemplo, ¿Los estímulos sexuales son
universalmente reforzantes?, ¿Si tienen base genética las cualidades reforzantes de los
eventos sexuales, se pueden modificar por contingencias ambientales?, ¿Si es así, cómo?
Cualquiera sea el caso de interés, se trata de identificar de qué forma se pueden cambiar
reforzadores para alguien en condiciones de control contingente con resultados aversivos o
perjudiciales para otros o para sí mismo/a.
En conclusión, estos autores se refieren por igual a ajuste psicológico, a salud
psicológica y a bienestar psicológico. Si es así, aunque Follette, Bach y Follette (1993) no
incluyen en su revisión el modelo multifactorial de Ryff, los factores pueden ubicarse sobre
los ejes propuestos de los tres términos de la contingencia, en cuanto pueden traducirse a
términos conductuales en la dirección propuesta por los autores.
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Para los autores revisados, una persona saludable es sensible a los reforzadores
sociales intermedios entre los de corto y largo término y arregla su propio ambiente para
mantener acciones en pro de reforzadores distantes, es decir, tiene repertorios de
autocontrol. De igual manera, la persona saludable se comporta hacia su historia como
historia, esto es, no asume la historia como único factor determinante de su bienestar sino
como un factor que incide o lo hace mas o menos vulnerable a verse afectado por ciertas
circunstancias de la vida; esto implica adicionalmente que la historia no es equivalente al
futuro.
Respecto del auto-conocimiento, la persona saludable tendría un repertorio bien
desarrollado para describir las circunstancias que dan lugar a los comportamientos
específicos, tanto en el rango de los favorables, como en el rango de los peligrosos. Este
conocimiento tendría que ver con poder establecer relaciones funcionales, tal como lo
definió Skinner cuando se refirió al valor del auto-conocimiento en el auto-manejo.
En cuanto a las habilidades para modificar el ambiente, la persona saludable conoce
los efectos del ambiente y busca cambiarlo cuando no está a su favor. Como lo advierten
Follette, Bach y Follette (1993), este aspecto es el más difícil porque requiere reconocer el
efecto poderoso de los ambientes, los cuales moldean la propia conducta, sin que la persona
pueda dar cuenta de ello. Se requiere identificar prácticas de control existentes en el
contexto y ejercer el contracontrol positivo para contrarrestar los efectos desfavorables. En
este aspecto están implicados temas importantes como la ética, de forma que idealmente las
contingencias vigentes involucrarían la menor cantidad posible de contracontrol.
Desde el análisis del comportamiento, el bienestar psicológico se evaluaría como se
evalúa cualquier otro evento psicológico, en términos de un análisis funcional en el sentido
estricto de la palabra. De esta manera, los elementos o componentes del bienestar
psicológico se encuentran en las relaciones funcionales o relaciones contingenciales entre el
individuo y su ambiente. Con propósitos analíticos, para conceptualizar el bienestar
psicológico es necesario:
1. Conocer las relaciones de contingencia existentes en la vida actual de la persona.
Como se ha dicho, estas relaciones se establecen en términos de relaciones funcionales
entre la conducta y las consecuencias. Se espera con este conocimiento un equilibrio
entre dichas contingencias y las reglas que rigen la conducta tanto social como
individualmente, permitiendo mayor predicción y control del propio comportamiento,
lo cual implica acomodar el ambiente o reorganizar los repertorios disponibles.
2. Establecer condiciones para reforzar el autocontrol. En este sentido, la mayoría de
posturas psicológicas, desde sus respectivos marcos conceptuales, han reconocido como
objetivo de sus intervenciones lograr que la persona y los grupos sean agentes de su
propia gestión. Como se dijo anteriormente, desde el Análisis del Comportamiento, el
eje del bienestar psicológico está en el auto-control, tanto de la persona como de los
grupos, ya que es posible hablar de personas y de grupos auto-regulados. Nuevamente
está implicado el grado de conocimiento que se tiene de la propia capacidad para
regular las conductas en términos de las relaciones de contingencia, lo cual tiene íntima
relación con el hecho de ser responsable del propio comportamiento – ser capaz de
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responder de acuerdo con las contingencias favorables para uno mismo y para los
demás.
3. Identificar los cambios en el ambiente o los efectos que éste produce en relación con el
bienestar psicológico, con el fin de estar atento a las modificaciones necesarias. En este
sentido, se entiende que los efectos del ambiente son los constitutivos de la historia,
tanto de las personas como de los pueblos.
4. Acordar criterios sobre el comportamiento ético, es decir, acordar la función del actuar
responsablemente tanto consigo mismo como con los demás. Es indispensable lograr
acuerdos sobre todo lo que se va a calificar como dimensión o propiedad de bienestar
psicológico, de forma que se minimice la discrepancia entre el comportamiento de la
gente y aquello que se considera adecuado, con base en criterios de validación social
(en beneficio del grupo) y ecológica (en beneficio de la naturaleza, incluida la especie).
La propuesta de atender al bienestar psicológico desde el Análisis del
Comportamiento reconoce la importancia de incluir en el análisis las condiciones sociales,
conocidas técnicamente como metacontingencias (Glenn, 1988), las cuales requieren el
acceso a factores que están fuera del alcance de los analistas del comportamiento por sí
solos. Se requiere propiciar una cultura con condiciones de vida favorables al cambio de
todas las contingencias que hasta el momento se conocen como contingencias de riesgo o
contrarias al bienestar individual o grupal. Es el caso, por ejemplo, de la propaganda y
publicidad que establece o instaura patrones de consumo y prácticas sociales con resultados
ya conocidos (Biglan, 1995).
En la Psicología Interconductual también se encuentra una equivalencia entre
bienestar psicológico y la dimensión funcional psicológica de la calidad de vida, al
reconocer el nivel multidimensional del concepto de calidad de vida. Desde esta
perspectiva, los factores psicológicos completan el rango de variables del ajuste del
individuo con su entorno porque ni las dimensiones o condiciones biológicas, ni las
socioculturales agotan los determinantes del ajuste individual, como tampoco los resultados
de estos determinantes sobre el individuo y sobre su ambiente (Carpio, Pacheco, Flores y
Canales, 2000).
El enfoque interconductual resulta compatible con el análisis del comportamiento en
cuanto a la claridad conceptual sobre el objeto del estudio, diferenciándolo claramente del
de las ciencias biomédicas y otras ciencias sociales encargadas de especificar condiciones
de vida colectiva. En este sentido, el interés de la psicología no se describe como invarianza
funcional de la filogenia ni como práctica poblacional, sino como la práctica individual
construida en la ontogenia. Desde esta perspectiva, la dimensión psicológica de la calidad
de vida se concreta en la práctica individual como competencias que funcionalmente se
relacionan con la salud biológica y el bienestar social, pero no puede reducirse a ninguna de
las dos.
En resumen, se trata de aplicar los principios teóricos y metodológicos bien
establecidos hasta el momento y de generar otros nuevos dirigidos a encontrar pautas
saludables acordes con los intereses socialmente construidos durante la historia.
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como la equivalencia que hacen entre los resultados de su conducta y ellas mismas como
personas.
Es importante aclarar que en los distintos dominios está involucrada la categoría
conocida como conducta gobernada por reglas, teniendo en cuenta que las reglas pueden
favorecer o interferir la construcción del bienestar psicológico. En esta categoría se hace
diferencia entre la derivación de reglas de conducta a partir de la propia experiencia o la
aplicación o el rechazo de reglas provenientes de las distintas instituciones sociales
(familia, religión, movimiento político, etc.) en el propio comportamiento (vida actual).
Esta categoría de conducta gobernada por reglas tiene que ver con la coherencia o
consistencia entre pensar-sentir-decir-hacer, por consiguiente, con la forma como la
persona se ve a sí misma como “integrada”.
Conclusiones
El Bienestar Psicológico se constituye en tema de interés por derecho propio del
Análisis del Comportamiento, teniendo en cuenta que es compatible con sus fundamentos
epistemológicos y la formulación de sus objetivos en relación con el comportamiento
humano.
El bienestar psicológico tiene que ver con la dimensión integral de la persona, con la
valoración de dimensiones legítimamente existenciales de la misma. En este sentido, es la
persona quien se siente psicológicamente bien, aunque su grupo social juzgue que sus
condiciones de vida no evidencian bienestar. No obstante, con base en los criterios de
validación ecológica y social, el bienestar psicológico implicaría una congruencia entre los
sentimientos/experiencia de bienestar de la persona y la percepción de su grupo social. De
esta manera, al Análisis del Comportamiento le interesa preguntarse por las condiciones
bajo las cuales es más o es menos probable que una persona se sienta bien,
psicológicamente hablando.
El Análisis del Comportamiento se ha preocupado desde un principio porque la
persona pueda estar libre de todas aquellas condiciones que le impidan afrontar las
distintas demandas del momento. Esto implica conocer las opciones reales de conducta y
las consecuencias de cada una de ellas, por lo tanto está en ventaja la persona capaz de
tener este conocimiento.
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