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Espíritu Santo: Aliento de Vida

El documento habla sobre el Espíritu Santo y la paz que Jesús resucitado les dio a sus discípulos. Explica que el Espíritu Santo fortalece la fe y guía a los creyentes a amar y servir a Dios y a los demás. También describe que la paz de Jesús es una paz interior que conduce a la armonía entre las personas y con Dios. Finalmente, señala que aunque los discípulos al principio no creyeron en la resurrección, Jesús los convenció y les pidió que continuaran su

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Espíritu Santo: Aliento de Vida

El documento habla sobre el Espíritu Santo y la paz que Jesús resucitado les dio a sus discípulos. Explica que el Espíritu Santo fortalece la fe y guía a los creyentes a amar y servir a Dios y a los demás. También describe que la paz de Jesús es una paz interior que conduce a la armonía entre las personas y con Dios. Finalmente, señala que aunque los discípulos al principio no creyeron en la resurrección, Jesús los convenció y les pidió que continuaran su

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DESPUÉS DE LA RESURRECCIÓN

“Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los
envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo… “. (Juan
20, 21-22)

Espíritu Santo: aliento de Dios, soplo de Dios.


Espíritu Santo: soplo de Jesúú s resúcitado, aliento de Amor, haú lito de Vida.
Habita en cada hombre y en cada mújer, qúe saben acoger con corazoú n abierto y disponible, la presencia
de Dios en sú ser y en sú qúehacer.
Espíúritú Santo: lúz y fúerza, fúego y calor.
Ilúmina la mente, fortalece la volúntad, púrifica el corazoú n, comúnica el calor del amor.
Todos lo recibimos en el Baútismo y en la Confirmacioú n.
Vive en nosotros, pero no siempre lo dejamos actúar.
El Espíúritú Santo enriqúece núestra existencia de úna manera qúe no somos capaces siqúiera de
imaginar.
Nos ensenñ a a poner a Dios, no en el primer lúgar, sino en el centro de núestra vida, de donde todo sale y
a donde todo vúelve.
El Espíúritú Santo es el espíúritú de la Verdad.
Nos ayúda a “comprender” la verdad de Dios, en la medida en qúe los seres húmanos podemos hacerlo,
qúe es siempre limitada.
Nos comúnica la fe para qúe podamos creer y defender lo qúe creemos con valentíúa.
Nos ayúda a derrotar núestros miedos y a súperar núestras dúdas.

Nos da la fúerza qúe necesitamos para hacer realidad lo qúe creemos, en núestras acciones de cada díúa.
El Espíúritú Santo es el Amor mismo de Dios, en núestro corazoú n.
Nos ensenñ a a amar de verdad; a perdonar y a pedir perdoú n; a búscar el bien en todo lo qúe pensamos,
hacemos y decimos.
Nos múestra el camino por donde debemos transitar, y los recodos qúe debemos evitar.

1
Nos condúce por sendas de jústicia, de libertad y de paz.
Nos hace hermanos los únos de los otros, companñ eros de viaje, herederos de las promesas de Dios.
Somos discíúpúlos de Jesúú s, por el don del Espíúritú Santo y tambieú n por eú l, somos sús misioneros.
Sú gracia nos motiva para llevar el mensaje de Jesúú s a otros corazones.
Sú fúerza nos capacita para no dejarnos vencer por las sitúaciones adversas qúe se nos presentan en la
realizacioú n de esta tarea, y saber enfrentarlas y súperarlas con dinamismo y decisioú n.
Espíúritú Santo, soplo de Dios, aliento de Dios, haú lito de Vida, Espíúritú de Jesúú s Resúcitado… ¡Encieú ndenos
con el fúego de tú Amor qúe nos hace ser lo qúe somos, y da a núestra vida húmana y cristiana sú maú s
pleno sentido!
“Al atardecer de ese mismo díúa, el primero de la semana, estando cerradas las púertas del lúgar donde
se encontraban los discíúpúlos, por temor a los júdíúos, llegoú Jesúú s y ponieú ndose en medio de ellos, les dijo:
“¡La paz esteú con ústedes!”. Mientras decíúa esto, les mostroú sús manos y sú costado. Los discíúpúlos se
llenaron de alegríúa cúando vieron al Senñ or. Jesúú s les dijo de núevo: “¡La paz esteú con ústedes!”. (Júan 20,
19-21)
La paz es el gran regalo de Jesúú s resúcitado a sús discíúpúlos. Los de aqúel tiempo: Pedro, Santiago, Júan,
Mateo, Tomaú s, Bartolomeú , Felipe, Maríúa Magdalena, Marta y Maríúa de Betania… Y los de ahora: Clara,
Júanita, Sofíúa, Carlos, Sebastiaú n, Margarita, Júlio, Ricardo…
Un regalo qúe tenemos qúe saber recibir y acoger. Un regalo qúe tenemos qúe cúidar, porqúe lo podemos
perder, en las vúeltas del camino, si olvidamos hacia doú nde nos dirigimos, a qúieú n búscamos, cúaú l es
núestro propoú sito.
Jesúú s resúcitado nos da la paz con generosidad, porqúe estaú convencido de qúe somos capaces de
recibirla, de conservarla y de hacerla frúctificar, comúnicaú ndola al múndo en qúe vivimos, y a las
personas qúe comparten sú vida con nosotros.
Pero la paz de Jesúú s no es úna simple aúsencia de gúerra, como a veces imaginamos. La paz de Jesúú s no
es soú lo callar las armas, impedir qúe las balas arrebaten la vida a algúien. Eso viene despúeú s, como
consecúencia, como resúltado.
La paz de Jesúú s es múcho maú s profúnda y personal. Es la paz del corazoú n. La paz de Jesúú s es la armoníúa
de los hombres consigo mismos, qúe es la paz original; la primera, la qúe estaú en la base, la fúndamental.
La paz de Jesúú s es el reinado del bien y la verdad, de la jústicia y la libertad, del perdoú n y la
reconciliacioú n, en el corazoú n del ser húmano.
De esta paz primera y baú sica, brota la otra paz; la paz social, la paz de únos seres húmanos con otros, y
con el cosmos; la paz de los pactos y las alianzas, el silencio de los fúsiles, el ejercicio sano y jústo del
poder, la posibilidad de actúar con libertad en el ejercicio pleno de los derechos.
Oramos múcho por la paz de núestro paíús y del múndo, pero múy poco por la paz de los corazones,
donde se gestan las acciones pacíúficas y las acciones violentas; donde nacen la jústicia, el respeto y el
amor, y tambieú n la injústicia, el odio, el rencor, la deshonestidad.
Lo primero es lo primero. De lo contrario, cúalqúier cosa qúe hagamos en favor de la paz, por grande y
hermosa qúe parezca, se desmoronaraú como se desmoronan los castillos de arena en la playa, cerca al
mar.
Abramos núestro corazoú n al Resúcitado, y dejeú monos llenar de sú paz, de sú amor, de sú bondad.
Caminemos con eú l. Escúchemos sú voz. Fortalezcaú monos interiormente con sú Palabra de Vida.

2
Acojamos sú Espíúritú qúe nos gúíúa hacia la verdad plena. Entonces nos iremos haciendo poco a poco,
instrúmentos de sú paz, constrúctores de paz, en medio de núestra familia, en el entorno social en el qúe
nos desenvolvemos, en el múndo en qúe vivimos.
“Ese día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús… Mientras conversaban y
discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo
reconocieran. Él les dijo: “¿Qué comentaban por el camino?”. Ellos se detuvieron, con el semblante
triste, y uno, llamado Cleofás, le respondió: “¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo
que pasó en estos días!… “Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y
en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes
lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él
quien librara a Israel… Jesús les dijo: “¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer
todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos
para entrar en su gloria?”. Y comenzando por Moisés y continuando con todos los Profetas, les
interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.” (Lucas 24, 13-27)
Si la múerte de Jesúú s en la crúz fúe úna sorpresa para sús discíúpúlos, tambieú n lo fúe, sin dúda, sú
resúrreccioú n. Esperaban otra cosa de eú l. Deseaban qúe fúera el Mesíúas políútico qúe necesitaban y qúe
cúmpliera sú súenñ o de liberar a Israel del poder de los romanos, qúe los sometíúa y húmillaba.
Lo mismo nos ocúrre hoy a nosotros, aúnqúe no estemos dispúestos a reconocerlo. Nos hemos hecho ún
Dios a núestra medida; ún Dios conforme a núestros deseos y necesidades, a núestros anhelos y
proyectos, y por esta razoú n no tenemos ojos para descúbrir sú presencia permanente a núestro lado,
viviendo con nosotros, compartiendo núestros súfrimientos y núestras alegríúas, núestros triúnfos y
núestras derrotas, amaú ndonos y actúando en núestro favor, de manera silenciosa pero siempre eficaz.
Núestra fe, como la fe de los discíúpúlos de Emaúú s, es demasiado peqúenñ a y no nos atrevemos a creer de
verdad; a creer sin exigir prúebas, sin pedir manifestaciones extraordinarias de poder y de fúerza, sin
búscar milagros qúe atraigan núestra atencioú n y motiven núestra admiracioú n.
La resúrreccioú n de Jesúú s es ún llamado úrgente qúe nos hace Dios, para qúe nos arriesgúemos a confiar
en eú l y en sú amor salvador, de úna vez por todas. Un llamado, úna invitacioú n, a dejar a ún lado núestros
razonamientos y núestros prejúicios, y a poner núestro ser y núestra vida en sús manos, segúros de sú
bondad y de sú misericordia.
“Dios escribe derecho, en renglones torcidos”, dice ún refraú n popúlar. “Dios sabe sacar bienes de los
males”, nos ensenñ a la fe. Por eso tenemos qúe estar absolútamente convencidos de qúe, pase lo qúe
pase, Jesúú s núnca nos defraúdaraú . Sú amor es maú s fúerte qúe la múerte; sú gracia lo púede todo, cúando
somos sensibles a ella y nos entregamos de corazoú n. Con eú l presente y actúante en núestro corazoú n y en
núestra vida, somos capaces de súperar todos los obstaú cúlos, de saltar todas las barreras, de desterrar
de úna vez por todas, la dúda y el miedo qúe nos impiden mirar adelante y avanzar en núestro camino,
con la certeza de qúe sú amor providente nos acompanñ a y nos sostiene.
Jesúú s resúcitado es la manifestacioú n maú s clara y contúndente de qúe Dios púede realizar en nosotros,
con nosotros, por nosotros y para nosotros, cosas maravillosas, inúsitadas, absolútamente
sorprendentes. Lo úú nico qúe nos pide es qúe nos entregúemos a eú l con verdadera confianza, qúe
pongamos en sús manos todo lo qúe somos y lo qúe tenemos.
La múerte de Jesúú s no fúe ún fracaso, y sú resúrreccioú n lo confirma; asíú lo entendieron los discíúpúlos de
Emaúú s cúando abrieron sú corazoú n y descúbrieron qúieú n era realmente el caminante qúe se habíúa únido
a ellos; y asíú tenemos qúe entenderlo nosotros, 2.000 anñ os despúeú s, cúando nos encontramos con eú l,
vivo y presente en la Eúcaristíúa, en la qúe se hace Pan para ser partido y comido en comúnidad.

3
“Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se
postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: “Yo he
recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, entonces, y hagan que todos los pueblos sean
mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles
a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo”. (Mateo 28,
16-20)
Aúnqúe múchas veces podemos sentirnos solos, abandonados de núestros amigos y familiares, lejos de
las personas qúe amamos y por las qúe nos hemos sacrificado; súmergidos en ún mar de problemas y
dificúltades qúe nos agobian y qúe no sabemos coú mo enfrentar, tenemos qúe mantener en núestro
corazoú n la certeza de qúe Jesúú s estaú con nosotros, acompanñ aú ndonos, gúiaú ndonos, fortalecieú ndonos,
como dijo a sús discíúpúlos despúeú s de sú resúrreccioú n.
Esa presencia activa y constante de Jesúú s a núestro lado, es núestra gran esperanza, y nos ayúda a
enfrentar con valentíúa y dinamismo, las circúnstancias adversas de la vida, qúe a nadie faltan. Por eso
tenemos qúe hacernos conscientes de ella, y acogerla con corazoú n abierto y bien dispúesto, alegre y
agradecido.
Resúcitado y glorificado por el Padre, Jesúú s vive úna doble existencia: “a la derecha de Dios”, como
decimos en el Credo, resúmen de núestra fe; y a núestro lado, en medio de los millones de hombres y
mújeres qúe habitamos el múndo, en el corazoú n de todos y cada úno de qúienes creemos en eú l. Un
misterio qúe no comprendemos plenamente, pero qúe creemos con la certeza qúe nos da la fe, qúe
súpera infinitamente el conocimiento meramente racional.

Jesúú s Resúcitado vive en medio de nosotros, para ayúdarnos a súperar núestros peqúenñ os y grandes
súfrimientos de todos los díúas; para mostrarnos el camino qúe debemos segúir en núestras acciones de
cada díúa; para a ensenñ arnos a amar de verdad, con corazoú n húmilde y sencillo, abierto y generoso.
Jesúú s Resúcitado vive en medio de nosotros, para ilúminarnos con la lúz de sú verdad; para fortalecernos
en la lúcha cotidiana contra el mal qúe nos acecha; para estimúlarnos en la praú ctica del bien.
Jesúú s Resúcitado vive en medio de nosotros y con nosotros, para liberarnos del miedo qúe nos paraliza y
no nos deja actúar con prontitúd y alegríúa, como deberíúamos; para gúiarnos por los senderos qúe
condúcen a la paz, fúndamentada en la jústicia; para ayúdarnos a hacer realidad en núestra vida los
deseos de Dios.
Jesúú s Resúcitado vive entre nosotros y con nosotros, para enjúgar núestras laú grimas; para dar sentido
pleno a núestras lúchas y núestros afanes; para mostrarnos la fúerza creadora y salvadora del amor.

Tenemos qúe creerlo; tenemos qúe sentirlo; tenemos qúe asúmirlo; tenemos qúe vivirlo. Con sencillez
pero tambieú n con segúridad. Con alegríúa y entúsiasmo. Con libertad y decisioú n.
Tenemos qúe creerlo y acúdir a eú l – a Jesúú s – en cada circúnstancia alegre o triste, segúros y confiados,
aúnqúe sú primera palabra sea ún silencio qúe nos parece incomprensible. Porqúe Dios habla y actúú a
tambieú n en el silencio y a pesar de eú l. Y múchas veces sú silencio es maú s efectivo qúe cúalqúier palabra
qúe podamos escúchar.

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