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Ignacio Ramirez NEGROMANTE PDF

Este documento describe la vida y obra de Ignacio Ramírez, también conocido como El Nigromante. Fue un político, periodista y escritor mexicano que jugó un papel fundamental en la Reforma y en la creación de la Constitución de 1857. Además de su destacada participación política, Ramírez fundó varios periódicos y publicó más de 5,000 artículos en los que defendió ideas liberales y laicos. Se le considera uno de los intelectuales más importantes de México en el siglo XIX.

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Este documento describe la vida y obra de Ignacio Ramírez, también conocido como El Nigromante. Fue un político, periodista y escritor mexicano que jugó un papel fundamental en la Reforma y en la creación de la Constitución de 1857. Además de su destacada participación política, Ramírez fundó varios periódicos y publicó más de 5,000 artículos en los que defendió ideas liberales y laicos. Se le considera uno de los intelectuales más importantes de México en el siglo XIX.

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IGNACIO RAMÍREZ

El
nrIGROMANTE

Emilio Arenan()
Ignacio Ramírez, El Nigromante,
un liberalpuro

Con la revolución de la Reforma México se adelantó a su tiempo. La


Constitución federal del 5 de febrero de 1857 y las leyes de Reforma
de 1861, elevadas a rango constitucional en 1872, crearon un Estado
moderno y laico al separar jurídicamente la Iglesia del Estado. Nin-
guna otra nación llevó a cabo un hecho político tan trascendente en
el siglo xix. Francia logró la separación de la Iglesia y el Estado hasta
el siglo xx, en 1904, gracias a la ley impulsada por el político radical
Georges Clemenceau, gran admirador del presidente Juárez y de
Ignacio Ramírez.
La creación de un Estado laico y totalmente secularizado,
propuesta del pensamiento racionalista del iluminismo alemán y
de la Ilustración de los enciclopedistas franceses, se hizo realidad
en México en la segunda mitad del siglo xix. En esa época los
países europeos vivían aún bajo la influencia de la ideología de la
Santa Alianza, que se impuso en el mundo occidental y afirmaba
la unidad de los poderes políticos terrenales bajo el poder espiritual
del Estado Vaticano.
Ignacio Ramírez, El Nigromante, nace el 22 de junio de 1818
en San Miguel el Grande, que hoy lleva el nombre del general
insurgente Ignacio Allende. Ignacio Ramírez era mestizo, de ma-
dre indígena, a diferencia de Juárez y Altamirano que eran indios
puros, uno nacido en Guelatao, Oaxaca, y el otro en Tixtla, Gue-
rrero. Los dos grandes indios aprendieron la lengua castellana al
salir de la adolescencia. Ramírez, en cambio, habló español desde
su nacimiento.
El Nigromante, dieciocho años menor que Juárez, acompañó
a éste en sus luchas desde la revolución de Ayutla de 1854. El joven
Altamirano fue secretario del general Alvarez y acompañó a sus
dos mayores ejemplos durante la revolución de Ayuda, la guerra
de Reforma y la Intervención francesa.
El Nigromante fue el diputado más notable que participó en
forma brillante y decisiva en la redacción de la Constitución de
1857. Ya en 1846 había fundado, con extraordinaria visión futurista,
el Instituto Científico y Literario de Toluca, y como secretario
de Educación del gobernador del Estado de México, Lorenzo de
Zavala, creó becas para jóvenes indígenas que se distinguían por
su inteligencia. Gracias a esa medida, Ignacio Manuel Altamirano
pudo estudiar y ser el discípulo más aventajado de Ignacio Ramírez,
su mentor y el hombre al que más admiraba.
Al triunfo de la guerra de Reforma, en 1861, el presidente
Juárez nombra a Ignacio Ramírez Ministro de Instrucción Pública
y Justicia. Desde esa responsabilidad en el gabinete del hombre
victorioso que condujo la Guerra de Tres Años en contra de los
ejércitos conservadores del general Miramón, El Nigromante se
propuso cumplir al pie de la letra la nueva legislación que él ayudó
a crear en el Congreso Constituyente de 1857.
Después llevó su actividad a todas partes. Reformó la ley de
hipotecas y juzgados; puso en práctica las leyes sobre la independen-
cia entre el Estado y la Iglesia; reformó el plan de estudios siendo el
primero que destruyó la rutina del programa colonial. En el Estado
de Puebla entregó el palacio episcopal al gobierno del Estado y
dispuso que la iglesia de la Compañía de Jesús se transformara en
biblioteca y en sus torres se fundaran observatorios astronómicos
y meteorológicos. En la Ciudad de México ordenó la creación de
la Biblioteca Nacional con los libros de los antiguos conventos y la
adquisición de nuevos; dotó ampliamente los gabinetes de la Es-
cuela de Minas; hizo formar una colección con la obra de pintores
mexicanos, que hoy se puede ver en la Escuela de Bellas Artes, y
en su calidad de Ministro de Fomento renovó el contrato para la
construcción del ferrocarril de Veracruz.
Como literato y ensayista atento a un gran número de temas
sociales y científicos, El Nigromante brilló como un temible pole-
mista y periodista, por demás sarcástico. Su pensamiento y su obra
fueron tan legendarios, que a pesar de haber fallecido hace más de
cien años sus aportaciones no han perdido vigencia como justo an-
helo del pueblo mexicano. Ignacio Ramírez es el único periodista y
redactor de la historia nacional que fundó múltiples diarios y perió-
dicos de oposición: El Club Popular, en 1840; Don Simplicio, en 1845,
donde adoptó el seudónimo de El Nigromante; Themis y Deucalión,
en 1848, en el que publicó su legendario Manifiesto indígena; en 1857,
El Clamor Progresista, que apoyaba al presidente Juárez; en 1862,
La Chinaca; en 1864, la Estrella de Occidente, La Opinión y La Insu-
rrección, en contra de la intervención francesa. Asimismo, escribió
en El Correo de México, El Porvenir, El Mensajero, El Precursor, La
Sombra de Robespierre, Las Cosquillas, El Monitor Republicano. Los
eruditos afirman que durante su faceta de periodista publicó más
de cinco mil artículos periodísticos, ensayos y poemas, con valor
ejemplar, en contra de toda tiranía o abuso de poder.
Guillermo Prieto, al invocar a El Nigromante en su libro
Memorias de mis tiempos, dice: "Yo, para hablar de Ignacio Ramírez,
necesito purificar mis labios, sacudir de mi sandalia el polvo de la
musa callejera, y levantar mi espíritu a las alturas en que se conservan
vivos los esplendores de Dios, los astros y los genios".
Justo Sierra decía que los mexicanos deberíamos ser, en todos
los tiempos, como los hombres insignes de la Reforma, que al dar-
nos una patria siempre estuvieron dispuestos al sacrificio por sus
ideas, y ser capaces de hablar como Ignacio Manuel Altamirano, de
cantar como Guillermo Prieto, de escribir como Francisco Zarco,
de creer en México como Juárez, y de pensar visionariamente como
Ignacio Ramírez.
Ignacio Ramírez fue la conciencia libre e intransigente en
contra de todo exceso de poder y un hombre de una sola pieza du-
rante toda su vida. Sus biógrafos coinciden en señalar que dominó
un gran número de ciencias. Era un prodigio intelectual, de talla
colosal. Una mente como la suya nace cada ioo o 200 años. Bri-
llante literato, abogado y ensayista, ocupó todos los cargos públicos
imaginables al servicio de su país. A pesar de sus innumerables
ocupaciones, sorprende cómo tuvo vida y tiempo para redactar y
participar en tantos proyectos. Al estudiar su copiosa y visionaria

9
obra intelectual, Boris Rosen, su biógrafo, expresó que ésta es tan
extensa que es casi imposible de cuantificar.
En años recientes, los descendientes de Ignacio Ramírez
donaron a la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia un
importante acervo documental y fotográfico, el denominado "Fondo
Ignacio Ramírez", que contiene gran cantidad de documentos que
tratan numerosos temas y ciencias: economía, educación, filosofía,
historia, gobierno, política, lingüística (español, maya, náhuatl),
literatura y sociedad. Contiene, además, la correspondencia, los
diarios, dibujos, fotografías, libros y reconocimientos intelectuales
que reflejan la mente maravillosa de un mexicano ejemplar. Cada
vez que invocamos el nombre de Ignacio Ramírez generamos ál-
gidas polémicas, si bien positivas. Sus ideas vanguardistas apenas
comienzan a realizarse en este nuevo milenio. Me refiero al plebis-
cito público, la autonomía del poder judicial, la consolidación de la
educación laica y gratuita, los sindicatos y la capacitación laboral,
los derechos sociales, la igualdad de géneros, la extinción de los
delitos de prensa, los referéndums populares, un poder legislativo
tan soberano como el ejecutivo federal.
Es importante destacar que sus aportaciones sociales siguen
vigentes y se mantienen a la vanguardia. Muchos desconocen que
en 1875 Ignacio Ramírez, en unión de Ignacio Manuel Altamirano,
fundó la Sociedad Mutualista de Escritores de la República Mexi-
cana, pionera en América Latina y antecedente y base de la actual
Sociedad General de Escritores Mexicanos. Asimismo, impulsó
la salud pública, la libertad de profesiones y la participación de
utilidades de los trabajadores.
México se encamina a los festejos de su bicentenario como
nación libre. Si intelectualmente hubo alguien que independizó la
mente del pueblo mexicano, ése fue Ignacio Ramírez. Como padre
de la educación laica y gratuita y de los derechos fundamentales
del ciudadano, es importante que la nación mexicana lo recuerde y
valore como el artífice de nuestra emancipación intelectual.

JULIETA GIL ELOURDUY

IO
Prólogo

Este libro pretende lograr que la nueva generación de mexicanos


conozca la vida, obra y trayectoria del prócer Ignacio Ramírez,
El Nigromante, a partir de la versión directa y fidedigna de sus
descendientes, que trata sobre hechos y circunstancias personales,
censurados por la historia oficial. El testimonio que Ignacio Ra-
mírez transmitió a sus hijos es de un extraordinario valor histórico
y cultural; más tarde, su familia directa puso ese testimonio por
escrito. En ese texto se narran anécdotas y relatos diversos que a la
muerte de Ignacio Ramírez cobraron gran importancia, y que han
sido complementados con comentarios del autor de este libro para
introducirnos en una cápsula del tiempo.
Muchos de los pasajes contenidos en el presente libro con-
tradicen la cómoda versión institucional y demuestran fehaciente-
mente que El Nigromante fue un hombre de principios íntegros,
con un nivel intelectual pocas veces alcanzado en este país. Fue un
apóstol de la Reforma y de la Constitución de 1857, un caudillo que
encabezó un movimiento social, político e intelectual, que según su
propia voz, es herencia y patrimonio del pueblo mexicano.
Ignacio Ramírez, El Nigromante, decidió elegir el camino
más terrible que cualquier persona puede seguir. Ya desde muy
joven fue un luchador implacable contra la explotación de los más
necesitados, que enarboló conceptos como la libertad de credos, las
garantías individuales, la igualdad de oportunidades, la emancipa-
ción de México de herencias europeas nefastas —como la españo-
la—, la eliminación de la mentalidad mediocre con la que clérigos
y cardenales, desde el bautizo, condenaban al pueblo mexicano a
una existencia sumida en la pobreza para sostener un sistema que

II
beneficiaba a unos cuantos que, sin mérito alguno, detentaban la
riqueza nacional y dirigían el destino y la vida del pueblo.
La exclaustración de los conventos y las leyes de Reforma
permitieron iniciar un destino propio y original para la conciencia
humana, y al pueblo mexicano le dieron la oportunidad de alcanzar
la autodeterminación intelectual.
El Nigromante logró, en parte, uno de sus proyectos más
preciados: la estandarización a nivel nacional de la educación
oficial, plasmada en la Constitución de 1857, bajo el precepto de
la educación laica y gratuita para todos los jóvenes mexicanos.
Asimismo, diseñó los primeros planes de estudio oficiales que
pretendían materializar su propio pensamiento liberal. Decía que
la pobreza personal y nacional sería eliminada por la educación y
la conciencia crítica del pueblo, al evitar que la sumisión que ge-
nera la ignorancia fuera lucro de vivales que explotan la necesidad
y las carencias, generando desolación y miseria. Para suprimir la
interdicción de millones de personas que viven precariamente en
este país, la educación laica y gratuita es la solución más racional,
con mayor futuro y permanencia, mucho más fructífera que una
revolución social, que sólo genera muerte y destrucción, o que las
soluciones efímeras y de corto plazo.
En su trayectoria pública, Ignacio Ramírez alcanzó posiciones
gubernamentales a las que muy pocos podían aspirar. Sirvió a la
nación y jamás dispuso de bien o dinero alguno para su beneficio o
provecho personales; nunca se enriqueció o favoreció inmerecida-
mente a persona alguna. Actuó bajo los conceptos de igualdad de
condiciones, equidad, claridad y apego estricto a la ley. Sus detrac-
tores buscaron inútilmente algún momento de su trayectoria en la
administración pública que pudiera perjudicar su imagen. Para su
sorpresa, quedaron admirados por la pulcritud de su desempeño
político. Hasta los auditores y políticos de oposición contribuyeron
a la construcción de su enorme prestigio y su intachable imagen
personal.
Ignacio Ramírez fue un personaje polémico y legendario
que, en opinión de algunos intelectuales, era el sucesor moral e
intelectual de Miguel Hidalgo y Costilla. Fue el realizador material

12
de las aspiraciones de los caudillos de la Independencia, el líder
liberal radical de la Constitución de 1857, fundador de instituciones
culturales, defensor y promotor de los indígenas, juez, ministro de
la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Secretario de Estado
de cuatro dependencias de manera simultánea, durante la primera
administración del presidente Juárez —Justicia, Instrucción Pú-
blica, Economía y Fomento—, jefe político del Distrito Federal
y del Estado de Tlaxcala, Secretario de Gobierno en Sinaloa,
etcétera.
Paralelamente, con Guillermo Prieto, Francisco Zarco y otros
liberales fundó diarios y periódicos a manera de resistencia civil y
para alentar al pueblo mexicano a seguir luchando contra Maxi-
miliano (como La insurrección y otros).
Fundó la segunda Biblioteca Nacional (la primera fue vendida
y saqueada por extranjeros en el siglo xix). En ella se encuentran
depositados los más de 476 volúmenes que dejó al pueblo de México.
Y también la Academia de San Carlos (comisionó al pintor Pele-
grín Clavé para el efecto). Creó los observatorios astronómicos y la
colección de arte virreinal de Tepozotlán, con las obras pictóricas, la
orfebrería y el mobiliario reunido en la exclaustración de los con-
ventos por las leyes de Reforma. En la ciudad de Puebla convirtió
el templo de la Compañía de Jesús en biblioteca.
Como literato, escritor y orador no tuvo comparación. En
palabras de Juan A. Mateos: "La obra de Ignacio Ramírez era tan
vasta y extensa que sería una labor titánica recabar todos estos es-
critos y ensayos, ya que se requeriría de un ejército de investigadores
e intelectuales para reunirla en todo el territorio nacional y en el
extranjero". Hasta París, Madrid, Viena y Colombia llegó su explo-
sión intelectual. Se dice que en los archivos del Vaticano existe un
expediente bajo el nombre de Gobierno mexicano liberal, apóstata, con
un apéndice denominado Ignacio Ramírez, enviado en 1857 por los
clérigos Antonio de Labastida y Dávalos y el señor Pedro Francisco
Meglia a Pío IX, lo que contribuyó a que el papa excomulgara a
Ignacio Ramírez y a sus familiares hasta la cuarta generación. Se-
gún relató Guillermo Prieto a la familia Ramírez Mateos, cuando
Ignacio Ramírez recibió el comunicado de excomunión, anotó en

13
él: "Enviar a resguardo del Ministerio del Interior [hoy Secretaría
de Gobernación], y archivar donde no estorbe".
Como constituyente de 1857, sus piezas oratorias y discursos
marcaron un hito trascendental en la vida política y social de México,
así como los álgidos debates acerca de la educación laica y gratuita;
la inversión extranjera —con derechos y obligaciones, como si se
tratase de inversión nacional—; el derecho de huelga y las garantías
laborales de los trabajadores ("a igual jornada, igual salario"); la par-
ticipación de utilidades de los trabajadores; la prohibición de trabajo
a menores de 15 años, bajo cualquier título o concepto; el divorcio...
Ignacio Ramírez decía que en México los niños "jugando y estudian-
do", y los papás "trabajando". Todos sus ideales y conceptos se enca-
minaron a transformar su país, sus formas de vida y sus conciencias.
Pero el tiempo que tuvo no fue suficiente para materializarlos en
leyes y reglamentos. No fueron, sin embargo, causas perdidas ya que
sus discípulos y alumnos lograron hacerlos realidad.Tal fue el caso de
Gabino Barreda, alumno del Colegio de San Ildefonso, ejecutor del
proyecto, en i868, de la Escuela Nacional Preparatoria. Sus alumnos
del Instituto Científico y Literario de Toluca, que décadas después
serían prominentes políticos y legisladores, materializaron, en todo
el territorio nacional, las ideas progresistas de El Nigromante.
La Constitución de I9i7 logró encauzar la vida de los mexica-
nos por la senda del progreso y la autodeterminación. Hasta ahora,
México no ha podido inventar un mejor esquema legal y social ni
un régimen político alternativo. Ignacio Ramírez perteneció a una
generación en la que la inteligencia fue el arma de cada día, desta-
cando como el precursor de la gran corriente que daría contenido
social a la revolución mexicana.
Este breve trabajo pretende que el pueblo mexicano valore los
difíciles caminos que la nación tuvo que recorrer para lograr un de-
sarrollo independiente y próspero, en contra de corrientes políticas
radicales, conservadoras, de ultraderecha, así como de los embates
externos que sólo se sustentan en la fatua especulación económica
y financiera, sin ideología propia ni principio alguno.
Sin la obra y referencia de los grandes liberales del siglo xix,
México estaría a la deriva económica y culturalmente, como otros

'4
países que no contaron con figuras de la talla de Ignacio Ramírez.
Lo que se pretende recordar es la trascendencia de una obra fun-
damental para México. Esta labor se apoya en consultas extensas a
los archivos familiares y de diversas entidades gubernamentales, así
como a acervos históricos de museos y sitios donde, hasta la fecha,
el nombre y la obra de Ignacio Ramírez, El Nigromante, continúa
vigente, respetado por su enorme talla intelectual, los servicios que
prestó a la nación y su imponente visión futurista.
Impresiona ver que a pesar de que han transcurrido más de
cien años desde su fallecimiento, los mexicanos siguen considerán-
dolo una de las inteligencias más brillantes que ha dado este país
desde la independencia nacional. Asombra su visión del futuro.
Como si hubiera vivido en nuestro tiempo y observado nuestra
agitada realidad, sus palabras y conceptos se adelantaron tanto a
su época que son, hasta el presente, asombrosas.
Vale la pena insistir en que este libro surge a partir de un
documento familiar que contiene la versión que Ignacio Ramí-
rez transmitió directamente a su familia de algunos pasajes de
la historia nacional y de su vida personal. Dichos relatos fueron
recabados y ordenados por su nieta, María Estela Ramírez Alfaro,
quien instruyó divulgar esos importantes documentos y fotografías
desconocidos y censurados durante más de cien años, referentes a
la vida social, política y cultural del México de mediados del siglo
xix y principios del xx, y que ahora se presentan en forma crono-
lógica y se complementan con comentarios del autor. Confiamos
en que el país esté listo para asimilarlos, sin generar polémicas o
polarizaciones sociales estériles. Ignacio Manuel Altamirano los
omitió en la primera biografía de 1887, por instrucción directa del
entonces presidente Porfirio Díaz.
La familia Ramírez Mateos Alfaro, los hijos de El Nigro-
mante, recabó, conjuntamente con los descendientes de los grandes
próceres del siglo xix, relatos, hechos y versiones históricas que no
son conocidos por la mayoría, como relatos del clero, al que Juan
Antonio Mateos calificó como "el barril sin fondo", ya que a pesar
de que la finalidad de los sacerdotes era de carácter espiritual y
religioso, y de que para su labor bastaba una vocación y muchas
misas, no podían acostumbrarse a la vida simple y sencilla de los
primeros cristianos, a la vida moderada del pueblo mexicano o a la
austeridad republicana. Por el contrario, los clérigos de alta jerarquía
requerían de lisonjeros, tinterillos y otros personajes para completar
la opereta simulada de una corte caduca e ineficaz.
Con el diezmo, los fueros y los privilegios, el clero mexicano
explotó a los más pobres, amenazó a los letrados con excomu-
niones y al país con traiciones; orquestó, al lado de los personajes
más oscuros de la historia de México, golpes de Estado, asonadas
e intervenciones extranjeras que por fortuna nunca prosperaron
pero causaron gran daño a un sinnúmero de personas y generaron
un repudio social hacia la Iglesia como sólo se había visto durante
la revolución francesa. Quién no recuerda la vida aberrante que
llevaba el cardenal Luis de Rohan, en Francia, así como la ame-
naza constante de excomunión sobre aquel que se atrevía a pensar
libremente, con lucidez y conciencia propia.
La Iglesia participó, pasiva o activamente, en todas las trai-
ciones y asonadas sufridas en el siglo xIx, así como en las in-
tervenciones extranjeras asociadas a una minoría que deseó un
México colonial modernizado. No previó, sin embargo, un factor
trascendental: el país no iba a volver a la época de las explotaciones
masivas, de los fueros y privilegios de las minorías. El pueblo no
quería ya a una Iglesia que extorsionó incluso a los presidentes de
la República, como a Porfirio Díaz en 1880. En ese año el general
Díaz era un héroe destacado. La Iglesia católica, bajo extorsión, lo
obligó a abjurar de la Constitución de 1857 y de las leyes de Reforma
—que tanta sangre habían costado al pueblo mexicano—, a negar
su vigencia, así como a negarse masón después de que las logias
apoyaron su ascenso al poder. Todo ello como condición para que
le administraran la extremaunción y los últimos sacramentos a
Delfina Ortega, su esposa.
En las memorias y los relatos que Ignacio Ramírez transmitió
a sus hijos se incluyen datos históricos y hechos de la vida pública y
de su familia, sus orígenes y experiencias, su estilo de vida modesto
y republicano, así como su importante aportación a la revolución
mexicana.

16
Estamos seguros de que estas memorias serán de interés
general porque si bien se refieren a personas y circunstancias ya
desaparecidas, dan cuenta de las grandes aventuras que le quitaban
monotonía y simpleza a la vida de una familia —Ramírez Mateos
Alfaro— que participó e impulsó grandes cambios en la vida social
y política de México.
Muchos de estos sucesos que Ignacio Ramírez comunicó a su
familia fueron clasificados como secreto de Estado por las institu-
ciones sociales y religiosas y por los grupos involucrados en ellos. En
1887 el arzobispo primado de México pidió al general Porfirio Díaz
evitar la publicación de las memorias que los hijos de El Nigromante
intentaban divulgar. Consideraba que afectarían gravemente la ima-
gen de la Iglesia y del grupo conservador, y que abrirían las heridas
del pasado e impulsarían movimientos sociales negativos a la paz
porfirista. Las logias masonas de México también estimaron que
sería mejor guardar estos relatos para la historia futura de México,
porque aún vivían muchos protagonistas de los mismos. Tal vez
por eso Altamirano los omitió de la primera biografía del insigne
liberal mexicano, y posiblemente ésa fue una de las razones por las
cuales el presidente Díaz lo exilió, enviándolo como embajador de
México a Francia y luego a Italia, donde falleció.
Por ello varios descendientes de liberales y héroes nacionales,
congregados en solemnes actos protocolarios juraron guardar un
silencio de sangre durante ioo años a partir del 25 de febrero de
1906. En el año de 2006, María Estela Ramírez Alfaro, última nieta
directa de Ignacio Ramírez, me encomendó publicar y divulgar
estos datos históricos, que se estructuraron a lo largo de cinco años,
sin censura alguna ni agregando palabra, frase o dato que no fuera
mencionado por mi abuela durante el curso de sus extraordina-
rios relatos. El texto final se apega estrictamente al texto original
consultado. Fue notable la dicción y la memoria prodigiosa de la
señora Ramírez para las fechas, los lugares y acontecimientos aquí
mencionados, que fueron complementados con referencias histó-
ricas elaboradas por el autor.
Desde 1982 el ilustre historiador y amigo durante años de la
familia Ramírez, Boris Rosen Jélomer, tuvo acceso a los escritos

17
y datos que se mencionan en el presente texto. Como la persona
íntegra y honorable que siempre fue, comprendió que la familia
Ramírez no podía faltar o quebrantar la palabra empeñada de
guardar estos relatos y memorias hasta que se cumpliera el plazo
fijado. Ahora, a dos años de su lamentable fallecimiento, la familia
de El Nigromante le tributa un merecido homenaje y extiende su
agradecimiento por su labor incansable. Logró lo imposible: reco-
pilar y estructurar la mayor parte de la obra biográfica y literaria
de Ignacio Ramírez en más de siete volúmenes, lo que lo convirtió
en la máxima autoridad en el tema, superando con creces al mismo
Altamirano. Asimismo, le extendemos nuestros respetos y consi-
deraciones a su viuda, Raquel Tibol.
A pesar de que la falsa historia oficial ha tratado de eliminar
a Ignacio Ramírez de sus páginas y de la vida nacional, las obras y
aportaciones de éste en favor de la nación mexicana son inocultables.
Resulta vergonzoso que el ideólogo incuestionable de la emanci-
pación intelectual del pueblo mexicano, el creador originario del
libro de texto gratuito, brille por su ausencia en los textos oficiales
de educación elemental, con la anuencia tácita de los maestros.
Muchos apátridas pensaron que al suprimir a este insigne perso-
naje de la historia nacional, ciertos actos públicos y personales de
algunos personajes parecerían menos aberrantes. El Nigromante
representó siempre el pensamiento implacable contra las conductas
indebidas, la verdadera crítica hacia el abuso o las desviaciones del
poder, la emancipación de los desprotegidos mediante la educación.
En la mente del pueblo mexicano será esa luz la que lo guíe ante
el caos reinante.
El pueblo mexicano no debe permitir que se suprima a los
grandes liberales mexicanos de los festejos del bicentenario de la
independencia nacional. La segunda independencia nacional fue
consumada por Benito Juárez al derrotar al invasor extranjero, y por
Ignacio Ramírez, El Nigromante, al emancipar al pueblo de México
de la ignorancia. En 1846, en el Instituto Científico y Literario de
Toluca, en el Estado de México, Ignacio Ramírez fundó la edu-
cación pública, gratuita y laica, veinte años antes de lo que afirma
la historia oficial, que le atribuye tal mérito a Gabino Barreda.

i8
De acuerdo con diversos documentos del archivo personal de El
Nigromante, podemos constatar que él mismo elaboró proyectos
y artículos editoriales para estandarizar y organizar la educación
elemental y avanzada en todo el país. Durante la administración
de Benito Juárez creó también el libro de texto gratuito, que la
versión oficial atribuye a Ignacio Manuel Altamirano y a Gabino
Barreda. En un Estado de derecho a esa conducta se le considera
plagio intelectual.
Durante las largas horas en que trabajamos juntos para con-
cluir este libro, mi ab1l21,- solía repetir las siguientes palabras: "Juro
por mi linaje, parentt sLo y sangre, que todo lo que refiero fueron
hechos verdaderos, reales y ciertos; que acontecieron tal y como los
relato en este documento, sin ánimo de daño y con sólo fines his-
tóricos o culturales. Con seguridad, cambiarán la versión oficial".

EMILIO ARELLANO

19
Familia y origen

El linaje de Ignacio Ramírez Calzada, El Nigromante, es complejo


y poco común. Heredó lo mejor de dos mundos ya que poseía la
templanza, el carácter y la fortaleza del pueblo mexicano y, por
voluntad propia se labró una sólida formación académica, inte-
lectual y legal, además de un inquebrantable deseo de servir a su
país: desde las cámaras legislativas, desde las tribunas populares,
los periódicos, los ministerios, las escuelas e institutos que fundó,
patrocinó o en los que estudió; desde la prisión, a donde fue enviado
por sus adversarios políticos; desde el exilio o como juzgador, jefe
político de Tlaxcala y del Distrito Federal y congresista. Siempre
presente, siempre combativo, nunca se rindió ante la adversidad o
la enfermedad. Sobrevivió a dos atentados perpetrados por el clero
y los conservadores; al paredón de fusilamiento durante el impe-
rio francés; a las administraciones de Santa Anna; a San Juan de
Ulúa; a la deportación a Yucatán; a la guerra de 1847; a la invasión
norteamericana; a la prisión por órdenes de Comonfort; a la ex-
comunión papal y a interminables vicisitudes. Su vida fue azarosa
y compleja y estuvo marcada por la época y las circunstancias de
un país recién nacido. México apenas se estaba acostumbrando a
su independencia, a su precaria libertad, sujeto a las ambiciones
de grupos sociales y económicos y a la depredación extranjera.
Durante el siglo xix México estuvo sometido a un sinnúmero de
pruebas y cambios, hasta que, a principios del siglo xx, consolidada
la experimentación social, intelectual y política, tomara rumbo y
adquiriera su sentido definido.
Ignacio Ramírez nació en una familia de mediana posición
económica, aunque alta para algunos estándares de la época, ya

21
que su padre, José Lino Ramírez, era de estirpe criolla (hijo de
José Anselmo Ramírez y de María Josefa Galván). Lino Ramírez
fue jurisconsulto e insurgente. Por su matrimonio recibió dote y
tuvo propiedades y negocios en el Estado de Querétaro, en Jaripeo,
Michoacán y en Pénjamo, Guanajuato, donde conoció e hizo gran
amistad con los tres hermanos Hidalgo y Costilla (Miguel, Joa-
quín, que vivió en el curato de Dolores y era diez años mayor que
Lino, y Mariano, que luego fue el tesorero de la insurgencia), pues
Cristóbal Hidalgo y Costilla administraba una cercana propiedad
rural, la Hacienda Real de San Diego de Corralejo (1782).
Entre otros asuntos comerciales, el padre de Lino Ramírez se
ocupaba de la introducción de mercaderías, insumos, suplementos
de agricultura y otros no determinados a los estados de Michoacán y
Guanajuato. Llevó una gran amistad con Cristóbal Hidalgo, María
Gallaga y la señora Bracamontes Origel. En 1785 Lino Ramírez era
un joven soltero muy popular (de 16 o 17 años de edad), conocido
por sus "ideas radicales y soñadoras" (como decía su madre) sobre
la independencia de México.
Es curioso cómo, de forma caprichosa, sólo atribuible al desti-
no, a la casualidad o al designio divino, se unieron las vidas de tantas
personas que influyeron de manera determinante en la historia de
México y en las bases intelectuales de El Nigromante.
José Lino Ramírez se casó con Ana María Guadalupe Sinfo-
rosa Calzada, el 26 de agosto de 1817. En virtud del nivel social de
los contrayentes, hubo tres días festivos de inter inisarium solemnia.
La señora Calzada, de familia de estirpe indígena pura, era descen-
diente de caciques aztecas y tarascos. Se decía que era del linaje de
Cuitlateca y Ahuelitoc, así como de los últimos señores tarascos
del estado de Michoacán. Sus abuelos heredaron propiedades en
ese estado. Al paso del tiempo y mediante argucias legales, los es-
pañoles los fueron despojando de sus tierras y beneficios. El padre
de Ana María Guadalupe Sinforosa Calzada fue José Cesáreo
Calzada, señor azteca de Tlacopan, y su madre Joaquina Ramírez
de Quiñones, la última de su estirpe.
Al contraer nupcias con Sinforosa Calzada, como era cono-
cida la madre de El Nigromante, José Lino Ramírez recibió como

22
dote dos propiedades en el Estado de Michoacán. Una de ellas se
ubicaba en Sindurio, comarca de Valladolid, en la calle del Pren-
dimiento, donde se dice que nació José María Morelos y Pavón
en 1765. La señora Juana María Pavón era conocida de la familia
Calzada, pues su padre era maestro y por las tardes, después de
los rezos vespertinos, daba lecciones particulares a las señoritas
de cierta posición social, entre las que se encontraba la madre de
Sinforosa Calzada, que por ese tiempo tenía 14 años de edad. En
1798, Juana María Pavón, madre de José María Morelos y Pavón,
se mudó a la cuidad de Pátzcuaro, Michoacán, donde murió.
Contrariamente a lo que diversos historiadores afirman en
sus obras, José María Morelos y Pavón conoció a Brígida Al-
monte en la ciudad de Necupétaro o Carácuaro, ya que el padre
de ella —que al parecer se llamaba Luis Ernesto Almonte— era
el encargado de un establecimiento comercial en Valladolid, a
escasas dos cuadras de donde residía la familia Morelos. Luis
Almonte era originario de Necupétaro. Cuando José María
Morelos y Pavón llegó al curato, sabía que Brígida Almonte
era hija de un conocido de su familia. De la unión de El Siervo
de la Nación y la señora Almonte nacieron Eligio, Antonia (en
honor a la hermana de José María Morelos y Pavón, que murió
a los dos años y fue enterrada en el camposanto de Necupétaro e
inhumada en Carácuaro) y Juan Nepomuceno, enemigo declarado
del gobierno liberal de Benito Juárez e Ignacio Ramírez, y quien,
en unión de una junta de notables, trajo al nefasto Maximiliano
de Habsburgo.
Por cierto, ni los eruditos de la historia de México ni los
investigadores más connotados sabían dónde fueron a parar los
restos mortales de El Siervo de la Nación. El 19 de julio de 1823 se
inauguró la que sería la primera Rotonda de los Hombres Ilustres,
en la cripta bajo el Altar de los Reyes de la Catedral Metropolitana
de la Ciudad de México. Se afirmó que ahí descansarían los restos
mortales de José María Morelos y Pavón, pero como había sido
excomulgado y juzgado por el tribunal de la Santa Inquisición, el
clero se opuso con amenazas a su inhumación. Recordemos que en
ese tiempo, antes de las leyes de Reforma y de la ley del Registro

23
Civil de Benito Juárez, los panteones estaban controlados a total
discreción por el clero católico.
Con el fin de evitar que la iglesia profanara la tumba de El
Siervo de la Nación, la noche del 6 de septiembre de 1823 desa-
parecieron inexplicablemente los restos del generalísimo More-
los. En realidad no eran sus restos: por seguridad, y de manera
temporal, habían sido sustituidos por la osamenta del guerrillero
Pedro Moreno.
El hecho real es que el hijo de José María Morelos y Pavón,
Juan Nepomuceno Almonte, ocultó los restos de su padre en una
caja de metal, con un solo candado, que yacía en un baúl forrado
de terciopelo rojo con remaches de plata. Los que lo conocían —y
algunos masones— aseguraban que cuando viajaba a cualquier
lugar del país o del extranjero llevaba consigo la caja de terciopelo
o la ocultaba en un piso falso dentro de su recámara. Después de la
intervención francesa, ya derrotado, considerado traidor a México y
al pueblo al que tantos servicios prestó su padre, Juan Nepomuceno
Almonte recibió la visita de un grupo de masones mexicanos —Los
Enviados— en París. Lo urgieron a que permitiera el descanso
final de su padre, en el lugar que él determinara. Almonte se negó
terminantemente y ocultó la caja de terciopelo rojo.
La tumba en que debía yacer Juan Nepomuceno Almonte
fue adquirida por su viuda, Dolores Quesada, el 15 de junio de
1870, de acuerdo al certificado de propiedad expedido el 18 de
junio del mismo año. Dentro de la tumba que adquirió Almonte
en el cementerio parisino de Pére Lachaise, existe un nicho oculto,
dos niveles abajo, del lado inferior derecho. La única referencia de
este hecho fue una carta interceptada por el gobierno de Juárez
durante la intervención francesa, que Almonte envió a un pariente
desde Francia, y que decía: "Se depositó aquí al gran hombre, con
el único santo y seña de una cruz atravesada por la 1v1 de María,
que representa al padre y a la madre. En la discreción estará la se-
guridad, dos niveles abajo y a la derecha lo encontrarán, no esperen
obviedad en la cuestión".
Esta era la situación en 1867. No sabemos si después el lugar
cambió. Lo dudamos porque Almonte insistió en ser enterrado al

24
lado de su familia, lo que, por ironías del destino, no ocurrió así en
virtud de los siguientes hechos atribuibles a la "justicia divina".

a) A su llegada a Francia exiliado, Almonte adquirió personal-


mente una tumba o cripta en el selecto cementerio de Pére
Lachaise, en París. Allí, y de acuerdo con Los Enviados,
sepultó los restos de Morelos. Compró la tumba bajo un
apellido distinto pero cometió el error de recibir el título
de propiedad de la fosa con la firma que usaba en todos
los documentos que se conocen de él. En los registros del
panteón debe existir un registro del año 1866 o 1867, tal
vez a nombre de Dolores Quesada, de la familia Galván,
de la familia Almonte o de otro apellido relacionado con
Almonte.
b) Lo que es un hecho es que Almonte no está en la misma
tumba que Morelos. Almonte era muy desordenado, des-
confiado y mezquino. Con el fin de resguardar el título de
propiedad de la tumba, lo ocultó junto a otros legajos se-
cretos del imperio mexicano, sus memorias y su testamento.
Cuando Dolores Quesada buscó los referidos documentos,
no logró dar con ellos. Por ese motivo, sepultó a Juan N.
Almonte en la iglesia de San Felipe, en París.
c) Se afirmó que Los Enviados abordaron a una joven que
laboraba como doncella personal de la señora Quesada
y que, según parece, ejercieron una "sustancial" labor de
convencimiento, por la que se supo que la noche en que Al-
monte agonizaba, un sacerdote de nombre Agustín Pallares
intentó realizar una rapiña en el despacho de Almonte,
por instrucciones de un tal señor Arciga. No encontró
los documentos porque se afirma que alguien los extrajo
con antelación y fueron destruidos pues comprometían a
muchos. Tal vez permanecen aún ocultos en el domicilio
que habitó Almonte en París.
d) La señora Quesada quedó en una situación precaria. Se dijo
que la fosa donde reposa Almonte fue adquirida por ella,
alrededor de 1870, para depositar los restos de su esposo ya

25
que no pudo encontrar el título de propiedad de la cripta
que Almonte compró en el cementerio de Pire Lachaise.
En ese mismo año la viuda tramitó el intestado de su di-
funto esposo en México, lo que confirma la versión antes
relatada respecto a la pérdida de los documentos.
Por esos años, un tío de la familia Ramírez, José Prefecto
Mateos, fungió como secretario y_magistrado en el Tribu-
nal Superior de Justicia de la Ciudad de México. El y el
abogado de la familia Juárez, Ramón Rodríguez, persona
muy respetada, afirmaron que la viuda de Almonte, por
medio de su representante legal en México, nunca pudo
recuperar unos inmuebles de su propiedad en la Ciudad de
México, en la calle de Venegas, porque su difunto esposo
ocultó las escrituras públicas al salir del país.
e) Es totalmente falso que Clemente de Jesús Munguía, Pe-
lagio Antonio de Labastida y Dávalos y otros clérigos de
esa época oscura de la historia nacional se hayan molestado
porque Juan N. Almonte sacó de México los restos de
Morelos. Si a alguien se le puede hacer responsable moral
de ese hecho concreto es a esos clérigos nefastos, los únicos
causantes de tal abominación, por la evidencia histórica
que a continuación se refiere.

Esta versión fue siempre conocida por la familia como fide-


digna, y 140 años después ha sido confirmada por el descubrimiento
y la catalogación de diversos documentos del imperio de Maximi-
liano, realizados por la maestra Celia Gutiérrez Ibarra, del Instituto
Nacional de Antropología e Historia (INAH), que sacó a la luz una
carta del clero mexicano dirigida a Maximiliano en la que pedía la
abrogación de la ley de cementerios, expedida por Benito Juárez
el 31 de julio de 1859 y puesta en vigor por los regentes del imperio
mexicano Juan Nepomuceno Almonte y el general Mariano Salas
(documento 321, Catálogo INAH).
En dicha car ie., fechada el y de marzo de 1865, el clero afirma-
ba que los cementerios eran lugares "benditos" que se profanaban
al sepultar en ellos a herejes, cismáticos, apóstatas y excomulgados.

26
También decía que estos últimos debían ser separados de judíos,
protestantes y musulmanes.
Esa fue la razón, aparentemente, por la que Almonte nunca
pudo enterrar a su padre en ningún cementerio o iglesia en terri-
torio nacional.
Sobre este asunto existen dos versiones más que no podemos
omitir por la seriedad y prestigio de las personas que las relataron.
Pueden ser útiles a historiadores futuros para que algún día José
María Morelos y Pavón tenga un lugar de descanso digno.

i) Guillermo Prieto contó a la familia que los señores La-


cunza y Gómez de la Cortina, miembros de la Academia
de Letrán, de manera discreta refirieron que la marquesa
Calderón de la Barca, amiga del señor Almonte, relató que
cada 22 de diciembre, entre 1835 y 1841, Almonte asistía
secretamente, y por la noche, con varios veteranos de la
insurgencia a una capilla de la iglesia de La Profesa, antes
Compañía de Jesús, a celebrar, en honor del insigne Mo-
relos, misas de cuerpo presente. Según los asistentes, en
una capilla de ese templo estaban depositados los restos de
Morelos, al menos hasta que la Iglesia permitiera oficializar
su eterno descanso. Almonte fue siempre devoto de san
Felipe de Jesús. Morelos fue enterrado bajo el nombre de
un familiar de los Almonte. Como referencia, en la capilla a
la que asistían había una imagen de la virgen de Guadalupe
y un altar dedicado a san Felipe de Jesús.
Poco antes de promulgarse las leyes de Reforma, el clero
tapó la entrada a los túneles subterráneos de La Profesa
para ocultar en ellos una gran cantidad de valores y dinero
que nunca pudo recuperar. La entrada a las criptas no se
salvó de esa acción. La marquesa Calderón de la Barca
presentó a Juan N. Almonte con amistades europeas que
años después le permitieron intimar con Napoleón III,
emperador de Francia. Se trataba del barón de Ciprey,
M. de Mercier, monsieur Brincourt y monsieur Devereux,
quienes al final del imperio mexicano, en 1865, aconsejaron

27
a Almonte exiliarse en Francia, donde murió. Almonte ex-
hibió los restos de Morelos en 1865, a manera de despedida,
en Palacio Nacional.
2) María Ramona Galván, segunda pareja sentimental de
Morelos y con quien tuvo una hija, decía que Morelos
estaba sepultado en la iglesia de Carácuaro, Michoacán,
en el altar mayor o en una cripta lateral. En 1809, Morelos,
que era sacerdote de Carácuaro, mandó construir la iglesia
y dentro de ella una cripta donde depositó los restos de
algunos familiares. En 1865 Almonte estuvo una semana
en Carácuaro, después de que sacó los restos de su padre
de Palacio Nacional. María Ramona Galván era pariente
de la madre de Lino Ramírez, María Josefa Galván.

Fin de las versiones que se mantuvieron en secreto para


evitar que los restos de Morelos cayeran en manos de gente sin
escrúpulos.
Regresemos a donde nos quedamos. Lino Ramírez y Sinfo-
rosa Calzada tuvieron cinco hijos: Wenceslao, Juan, José, Ignacio
y Miguel Manuel.
Ignacio Ramírez nació el 22 de junio de 1818, en San Miguel el
Grande, Guanajuato. Fue bautizado y registrado en la catedral —que
se encontraba a escasos pasos de la casa de la familia Ramírez— de
esa ciudad, el 24 de junio de 1818 como Juan Ignacio Paulino Ra-
mírez Calzada. La casa aún existe y hasta 1935 exhibía una placa de
mármol con la siguiente leyenda: "En esta casa nació el ilustre liberal
mexicano, D. Ignacio Ramírez, ElNigromante". La placa actual data
de aquel año y fue donada por la intelectualidad mexicana.
Los archivos y las referencias familiares proporcionados por
María Estela Ramírez Alfaro, narran que el general Juan Ramírez
Calzada combatió al ejército norteamericano en 1847 y que luchó al
lado del general Ignacio Zaragoza —artífice de la victoria del 5 de
mayo de 1862 en Puebla— y de Porfirio Díaz, Berriozábal, Antonio
Alvarez y Miguel Negrete. A causa de una bomba de metralla, el
general Juan Ramírez perdió una pierna y el ojo izquierdo. Aun
así, no dejó el servicio activo en el ejército liberal mexicano y se

28
retiró a la vida privada en 1870. Vivió en las ciudades de Puebla y
México, y en 1879 fue el único hermano vivo que acompañó a El
Nigromante en su lecho de muerte.
Juan Ramírez Calzada tuvo tres hijos: Triunfo, llamado así en
honor de la batalla de15 de mayo (el general decía que si hubiera sido
mujer la hubiera llamado Victoria), María de Jesús y Eugenia, que
radicaron en la calle de José Martí, en Tacubaya, hasta su muerte,
alrededor de 194o. El tesoro más grande que poseían era un cuadro
de mármol teocalli de Puebla, un obsequio que el general Ignacio
Zaragoza le había hecho al general Ramírez Calzada al triunfo del
ejército mexicano, y que visto a contraluz dejaba ver unos laureles
y un cañón.
Miguel Manuel Ramírez Calzada radicó en Sinaloa. Fue pre-
sidente municipal del puerto de Mazatlán y un político connotado
de la región. Juventino Rosas compuso el vals Alejandra en honor
de una de sus hijas, Alejandra Ramírez Retes, para amenizar su
fiesta de 15 años.
Aunque poco mencionado por las crónicas de la independen-
cia de México y algunos textos serios al respecto, Lino Ramírez fue
ejemplo y referencia para Ignacio Ramírez. Interventor de rentas,
abogado y comerciante con presencia en los estados de Querétaro,
Michoacán y Guanajuato, en su juventud leyó los libros contenidos
en la lista prohibida por la Iglesia católica. Le llegaron a través de
diversos amigos y forjaron en él un pensamiento claro y enérgico
sobre cómo debía ser un país libre y soberano, su forma de gobier-
no y los derechos de los ciudadanos. Entre sus grandes amigos y
conocidos estaban los tres hermanos Hidalgo, José María Morelos
y Pavón y sus compañeros de estudios de la Universidad Pontificia
de México: José María Piza, José María Alzate y Jacinto Moreno,
tío o hermano de Pedro Moreno, el guerrillero que en 1823 fue
enterrado en la tumba de Morelos. También cultivó la amistad de
un grupo naciente de intelectuales y humanistas, terror del clero
en el siglo xix, los masones.
En 1806, en unión de otros jóvenes que cambiarían la historia
de México, Lino Ramírez fue aceptado en la Ciudad de México por
el Honorable Rito Nacional Mexicano como miembro activo. La

29
logia se encontraba en la actual calle de Bolívar 4 (antes calle de las
Ratas Ii) del Centro Histórico. A ella pertenecieron, entre otros, el
licenciado Primo de Verdad y Ramos, el corregidor de Querétaro,
Miguel Domínguez, el cura Hidalgo, José María Morelos, Ignacio
Allende, Francisco Javier Mina, Servando Teresa de Mier, Nicolás
Bravo, Vicente Guerrero, uan O'Donojú, último virrey de la Nueva
España, y Remigio Mateos, conde de Medina Ferrez, castellano,
gran oidor del virrey, que el 17 de octubre de 1847 se convertiría en
suegro de Ignacio Ramírez. Un dato curioso es que, en un princi-
pio, Remigio Mateos quiso que su hija, Soledad Mateos Losada,
llevara el nombre de Sol, en honor de la logia masona que estaba
en la calle de Bolívar, pero la mitra no lo permitió porque se tra-
taba de un nombre pagano. Soledad Mateos Losada de Medina
Ferrez era la hermana del ilustre escritor y político mexicano Juan
Antonio Mateos, discípulo, cuñado y gran correligionario liberal
de El Nigromante y de Manuel Mateos, quien fue fusilado por el
general Márquez el 11 de abril de 1859. Asimismo, Francisco Zarco
era hijo de María Mateos Medina y de Joaquín Zarco.
Junto a los insurgentes de Guanajuato y Querétaro, Lino
Ramírez financió o participó, con la venta de sus propiedades y
gracias a una red interminable de contactos, en los movimientos
armados contra el gobierno español: distribuyó pólvora y coordinó la
fabricación de cartuchos y del famoso cañón Catalina, rebautizado
después por José María Morelos.
El cañón fue elaborado por Luis Rodríguez Alconedo, origi-
nario de Puebla y que fue bautizado el 23 de junio de 1761. Hijo de
José Rodríguez Alconedo y de Ignacia Sandoval de Rojas, fue un
insurgente brillante, artista y orfebre único, pintor de obras religiosas
y laicas de gran importancia. Al lado de su hermano José Ignacio,
fue juzgado por la Inquisición en Cádiz, España, el 15 de febrero de
1810 y puesto en libertad el 27 de mayo de 1811. Luchó con el ejército
del generalísimo Morelos. En Zacatlán, Puebla, fue aprehendido
por los realistas Luis del Águila y Félix María Calleja.
Luis Rodríguez Alconedo murió fusilado el u° de marzo de
1815. Entre sus obras se encuentran su autorretrato, los retratos de
la señora Hernández Moro, de José Manzo y del rey Fernando VII.

3o
Los eruditos aseguran que su obra guarda parecido con la de Goya.
Algunos de sus cuadros, incluidos los de técnica al pastel, se hallan
en la Academia de Bellas Artes y en el Museo del Alfeñique de
la ciudad de Puebla. Uno de los dos retratos de formato pequeño
de Lino Ramírez —aún joven— se atribuye a Luis Rodríguez
Alconedo; el otro, que lo muestra ya anciano, está en la Colección
Nacional.
En la casa donde nació Ignacio Ramírez se fabricaron perdi-
gones y pólvora, y en la sala de costura se escondían armas y dinero
para los insurgentes. La última vez que Miguel Hidalgo y Costilla
estuvo en San Miguel el Grande visitó la casa de Lino Ramírez. Una
vez que se hizo con municiones y dinero, partió con la sensación
de que nunca regresaría a la ciudad.
Ahí mismo habitó, bajo la protección de Lino Ramírez, la
señora Martínez, esposa del verdadero Pípila, Juan José Martínez,
y se alojó Ignacio Pérez, emisario de Josefa Ortiz de Domínguez
tras descubrirse la conspiración de independencia.
Antes de consumarse la independencia, y por órdenes de Félix
María Calleja, Lino Ramírez fue arrestado bajo el cargo de herejía,
motín, alteración del orden público, traición a la corona española
y por propiciar movimientos armados en contra de la religión y el
buen gobierno. Su esposa y dos de sus pequeños hijos padecieron
arresto domiciliario. Con el fin de evitar el odio creciente de la
población, los realistas los condujeron, en calidad de enclaustrados,
al Convento Real de la Concepción, edificado en 1765 y conocido
como el Convento de las Monjas, en San Miguel de Allende. Ahí
estuvieron detenidos por espacio de siete meses en una habitación
de la planta baja, bajo llave. Lo irónico es que un siglo y medio
después, y por una brillante decisión del gobierno federal, esa
propiedad se convertiría en el Centro Cultural El Nigromante.
Junto a la habitación donde Sinforosa Calzada y sus dos pequeños
hijos estuvieron confinados, hoy se levanta un busto en bronce de
Ignacio Ramírez.
Ya preso, Lino Ramírez fue conducido a la Ciudad de México
y confinado a las mazmorras de la cárcel de la Santa Inquisición.
Varios de los hermanos de la logia de la calle de Bolívar lo pusieron
en contacto con el brillante abogado José María Quiles (f820) y
con Remigio Mateos, abogado de causas laicas y de la fe. Ambos
consiguieron evitar el fusilamiento y los cargos de traición. Sin
embargo, durante los interrogatorios Lino Ramírez fue sujeto a
los tormentos del garrote, el borceguí y el potro. Según el verdugo,
llegó "nada más hasta la segunda vuelta de la rueda de madera".
Luego de un largo proceso, fue trasladado a un sitio más benévolo
y, después de ocho meses, liberado en estado grave de salud (del
que nunca logró recuperarse).
Su esposa y sus hijos lo recibieron casi inválido a las puertas
de la prisión y juntos regresaron al estado de Guanajuato. Allá vivió
el triunfo independentista al lado del gobernador Bustamante. A
la caída de éste, Lino Ramírez —conocido ya por su fama de pa-
triota ameritado, liberal firmísimo y valeroso activista— se afilió al
partido federalista para impulsar y apoyar la Constitución de 1824 y
las ideas de la república. Fue nombrado vicegobernador del Estado
de Querétaro e impulsó con energía y eficacia a Valentín Gómez
Farías y sus impensables y osadas leyes emanadas del congreso
de 1833, las llamadas "primeras leyes de Reforma". (De entre los
títulos que Ignacio Ramírez recibió en vida estuvo el haber sido el
sucesor de Valentín Gómez Farías.) El clero, el partido centralista
y un grupo de fanáticos acaudillado por Domínguez, en San Juan
del Río, y por el coronel Franco y Antonio López de Santa Anna,
en Querétaro, obligaron a que en 1834 la familia Ramírez partiera
hacia San Miguel de Allende.
Por entonces, Lino Ramírez tomó la decisión dura y enérgica
de determinar lo más conveniente para el futuro de sus hijos. Al
ver que Ignacio, a sus escasos 16 años contaba con una talla y una
personalidad impactantes, decidió que fuera el primero en ser en-
viado a la Ciudad de México para continuar sus estudios.
El padre y la madre de El Nigromante se encuentran sepul-
tados en el Panteón Civil de Dolores de la Ciudad de México.
Antonio López de Santa Anna, declarado enemigo de la
familia Ramírez, perdió una pierna en la guerra y le organizó un
funeral fastuoso. El Nigromante escribió en un periódico de la
época:

32
No sabré nunca cómo el mocho traidor no puso la cabeza, en vez
de la pata, frente al cañón. Al menos hubiera podido decir: murió
glorificado en su intento de salvar a México. Pero prefirió vivir
deshonrado, lisonjeado y aplaudido por lo más inútil de este país,
que no genera más que cargas espirituales y físicas al pobre pueblo
mexicano. Si es cierto que la esposa del señor Santa Anna paga por
los aplausos y lisonjas, debería darle a otros para que le digan a su
esposo lo indigno de su existencia, vida de uno que nació y vivió
para causar pena o lástima al pueblo mexicano, que en su heroico
destino no merecía a ese personaje, perpetuado en el poder para ser
sólo un estorbo y no solución, pero eso sí, rodeando y posándose
siempre en el estiércol, las más bellas mariposas.

Por estas palabras, Ignacio Ramírez pisó por vez primera la


prisión.
Llegó a la Ciudad de México a los i6 años, solo, pobre, como
la mayoría de los estudiantes, con una firmeza de carácter única
y sabiendo que tal vez no volvería a ver a su padre. Lino Ramírez
contaba con más de 65 años, edad muy respetable para la época, con
una salud muy deteriorada y gran cansancio de la vida.

En ser indio mi vanidad se funda,


Porque el indio socorre en su miseria
A los vasallos de Isabel Segunda.
¡Fortuna y gloria al hombre que se precia
De respeto infundir hasta la muerte!
Dios, por invulnerable, la desprecia,
Y, por su dignidad, el varón fuerte.

Ignacio Ramírez

33
2
El inicio del camino

Ignacio Ramírez llegó a la Ciudad de México en 1834 y en 1835


logró su ingreso al Colegio de San Gregorio, dirigido por Juan
Rodríguez Puebla, un amigo de su padre. Ahí conoció compañe-
ros y profesores de talla extraordinaria que reforzarían aún más su
carácter liberal puro, su estricta observancia de la ética, sus ideales
nacionalistas y la concepción que regiría todos sus actos personales
y profesionales. Ya en esa época causaba asombro que un joven de
16 años tuviera como lema personal "Primero el pueblo de México
libre y soberano; que luego venga la constitución progresista que
sirva eficientemente al primero".
En el Colegio de San Gregorio tuvo por maestros al licencia-
do Alas y al abogado Espinosa Vidarte. En esa época era famosa
la versión de que mientras los demás estudiantes y compañeros
organizaban excursiones a Chapultepec y escapadas al Molino de
Harina (es decir, al castillo de Chapultepec, construido por el virrey
De Gálvez y casi en ruinas), durante las tardes y fines de semana
Ignacio Ramírez se alejaba del grupo para visitar las maravillosas
bibliotecas. Juan Rodríguez Puebla le entregó una libreta en la que
se anotaba la fecha y se estampaba el sello de la biblioteca que le
correspondía visitar, libreta que Ignacio Manuel Altamirano atesoró
toda su vida.
Con asombro llegó a oídos de Juan Rodríguez Puebla que
Ignacio Ramírez había agotado su libreta de control tres meses
después de haberla recibido. Así, visitó las bibliotecas y con orgu-
llo verificó que el joven había leído diversos volúmenes de todas
las ciencias y doctrinas. Reunió a los científicos y catedráticos
para examinar a Ignacio Ramírez y comprobar si en efecto había

41
estudiado las ramas del conocimiento que afirmaba dominar. El
examen abarcó jurisprudencia, latín, sánscrito (que dominó como
lengua extinta), francés, náhuatl, botánica, astronomía, economía,
filosofía, literatura, liberalismo progresista, historia, álgebra, teología
(fue un analista estricto de la materia) y temas sociales.
En ese momento comenzó a forjarse su fama pública de sabio
e intelectual pues guiaba a los examinadores en temas de elevado
nivel para su edad. Algunos asistentes decían: "El alumno Ramírez
los lleva con gran retórica a cientos de temas que los maestros se
conforman, ante su propia ignorancia, con asentir positivamente
con la cabeza".
Al concluir el examen no quedó más que felicitar al alum-
no, que a decir de algunos de sus compañeros y maestros menos
brillantes había desperdiciado y consumido sus años mozos en-
tre libros y pergaminos. Ignacio Ramírez, hombre forjado en la
adversidad, sabía que todo conocimiento sería vital para lograr
su anhelo de emancipar al pueblo de México de sus yugos más
pesados. Era aquel un tiempo en que tener "garantías individuales"
o "creencias y formas de gobierno diferentes" se consideraba un
gran pecado, como afirmó el "demonio rojo", el clérigo Clemente
de Jesús Munguía, que incitó al pueblo de México a rechazar la
Constitución de 1857.
Ignacio Ramírez se tituló como abogado y comenzó su labor
profesional con el licenciado Espinosa Vidarte, que dirigía un
despacho muy afamado. Por aquellos años, un grupo de jóvenes
liberales, que después ocuparían las páginas de la historia de
México del siglo xIx, comenzaba a dar de qué hablar. Se llamaban
Melchor Ocampo, Guillermo Prieto —que vivía en Tacubaya—,
José Santos Degollado, Sostenes Rocha, Andrés Quintana Roo,
Francisco Zarco.
El joven abogado, connotado y polémico por defender a gente
necesitada y del pueblo en general, ingresó con enormes deferencias
a la Academia de Letrán, que tenía por sede el cuarto modesto que
ocupaba el estudiante José María Lacunza, y de la que eran miem-
bros Manuel Toniant Femer y Manuel Carpio, que en 1836, con una
piña rebanada como banquete festejaron su inauguración.

42
Con el paso del tiempo, la Academia de Letrán se transforma-
ría en una institución fundamental de la literatura nacional. A ella
asistieron Carlos María de Bustamante, Lucas Alamán, José María
Lafragua y José Justo Gómez de la Cortina, conde de la Cortina (su
casa, según el cronista Zúñiga y Ontiveros, se localizaba en la calle
de República de Uruguay 92, en el centro de la Ciudad de Méxi-
co). En unión de algunos de sus integrantes, a Ignacio Ramírez le
tocaría fundar la Sociedad de la Lengua —antecedente de la actual
Academia Mexicana de la Lengua—, a la que perteneció hasta su
muerte. Asimismo, fue presidente y miembro vitalicio de la Sociedad
Mexicana de Geografía y Estadística.
El 18 de octubre de 1836 fue un día excepcional en la vida de
Ignacio Ramírez. Su discurso de ingreso a la Academia de Le-
trán, y que llevaba por título No hay Dios, los seres de la naturaleza
se sostienen por sí mismos, causó revuelo en la sociedad mexicana
una vez que apareció publicado en un periódico (Diego Rivera
reprodujo una de sus frases en el mural Tarde de un domingo en La
Alameda). Al verlo pasar, los fanáticos le gritaban de acera a acera:
"Jacobino, masón, impío, hereje". De allí proviene el seudónimo
con el que firmó su inmensa producción periodística y literaria,
y las extraordinarias leyes de Reforma: El Nigromante. Por sus
ideas radicales y liberales, en su tiempo también se le conoció
como el Voltaire mexicano, apóstol de la Reforma, defensor de
oficio del pueblo mexicano, paladín de la democracia, defensor
de los derechos fundamentales del hombre, destructor de ídolos
y falsos profetas.
En un ensayo, el escritor Hilarión Frías y Soto describió al
Ignacio Ramírez de aquellos años:

El traje del joven revelaba su pobreza, orfandad; sus maneras, el


encogimiento del colegial, mas era una persona tan impactante al
estar presente que turbaba la conciencia y los sentidos. Era un joven
de aspecto sombrío, de rostro prolongado cuyo color oscuro tenía
los reflejos verdosos del bronce, por la infiltración biliosa, mirada
de fuego y pómulos prominentes, que denunciaban su linaje, un
auténtico noble azteca, labio grueso que se plegaba por una sonrisa

43
burlona y sarcástica; sus ojos centelleaban con pupilas brillantes
de inteligencia.

La conmoción mayor comenzó cuando, aquel 18 de octubre de


1836, dirigiéndose a veteranos intelectuales y nuevos talentos, con
voz grave y solemne sentenció: "No hay Dios, los seres de la natura-
leza se sostienen por sí mismos". Entre el clero y los conservadores
cundió un escalofrío y el presentimiento de que aquel "blasfemo"
revolucionaría, como ideólogo e intelectual, la vida política y social
de un país que hasta ese momento no tenía destino propio, que
se guiaba por la imitación de leyes y conductas, sin contar con la
convicción propia de una nación libre y soberana.
En Colombia se escribió, en 1837, como si se tratase de la re-
velación del "anticristo apocalíptico", sobre la extinción del orden
común en boca de un joven que deseaba dedicarse, como defensor
de oficio del pueblo mexicano, a destruir instituciones cómodas y
monótonas que la sociedad no se atrevía, por apatía, a desechar.
El vulgo, es decir, la mayoría del pueblo y el ignorante y
siempre petulante clero y las clases acomodadas veían a aquel joven
sombrío y meditabundo, tan pobremente vestido como el Dante, y
decían: "Ese hombre viene del infierno".
Decía El Nigromante que de forma nefasta el clero pagaba
motines pretorianos en efectivo desde las sacristías con el dinero
del pueblo mexicano, que lo había dado para alimento o cobijo de
pobres y menesterosos.

Este clero, el de la intervención francesa, el de los conservadores y


privilegiados, ensangrentaba al país para su propio provecho o su
lucro indebido.

Un hecho que demuestra la genialidad de Ignacio Ramírez


es que cerca de 1837, a los 19 años , realizó las ilustraciones, los
"dibujos anatómicos", para el libro de anatomía y cirugía del
doctor Luis Jecker, director de la Escuela de Cirugía Mexicana.
El libro fue obligatorio en la Escuela de Medicina hasta finales
del siglo xix.

44
En 1845 Ignacio Ramírez fundó el diario Don Simplicio bajo la
administración del general Herrera y del partido moderado, unido
discretamente al partido conservador. En el primer número El Ni-
gromante publicó un artículo editorial que sería su credo político
y dogma de fe, titulado "A los viejos". Hablaba del sufrimiento
del pueblo y retaba a los legisladores falaces, a las clases explota-
doras, a los falsos sabios y sacerdotes embaucadores, a los señores
feudales que habían oprimido, engañado y explotado al pueblo
mexicano desde 1821, produciendo frutos de discordia y apagando
las esperanzas del pueblo entre "miseria, sangre y excomunión".
Y proclamaba, como su destino en la vida, una revolución total,
política, religiosa, legal, económica y social, y apelaba al pueblo,
al verdadero pueblo, para realizarla por medio de un esfuerzo
simultáneo y conjunto.
Hubo una polémica entre Don Simplicio, que representaba la
reforma democrática, y El Tiempo, que representaba ala monarquía.
El ganador resultaría el que vendiera más ejemplares. El io de abril
de 1846 el pueblo mexicano dio su veredicto (un ejemplar compra-
do equivalía a un voto): ganó Don Simplicio. El 23 de abril de 1846
el último número de Don Simplicio apareció en blanco. Su editor,
Vicente García Torres, salió desterrado. El Nigromante, Guillermo
Prieto y Manuel Payno fueron encarcelados y el periódico quemado
por el gobierno en turno.
Muchas personas agradecidas por el trabajo de Don Simplicio
sobornaron a los centinelas para que Ignacio Ramírez y Guillermo
Prieto recibieran correspondencia, medicinas y alimentos. Entre
ellas estaban Valentín Gómez Farías y sus jóvenes amigos de lucha:
Miguel Lerdo de Tejada, Juan José Baz y Vicente García Torres.
Con humor, Guillermo Prieto relató a la familia cómo una tarde,
en tono solemne, Ignacio Ramírez invocó una máxima rectora de
su conducta política y personal que así rezaba: "Recedant Omnia
Vetera, Nova Sint Omnia". Los centinelas comenzaron a gritar: "El
reo Ramírez está invocando a Lucifer". El Nigromante se refería
a principios políticos, filosóficos y de contenido social, los mismos
que lo convirtieron en el destructor audaz de la idolatría sustentada
en el oscurantismo.
El 22 de junio de 1846 Ignacio Ramírez celebró su cumpleaños
con Guillermo Prieto y otros dos prisioneros. Recibió tres panes
de dulce y un envoltorio de papel que guardaba una libreta con
ensayos y escritos de su ideólogo favorito, el verdadero iniciador
de la reforma, Joaquín Fernández de Lizardi, fechados en 1823, un
documento que los descendientes de Guillermo Prieto custodiaron
por décadas.
En agradecimiento, Ignacio Ramírez correspondió con un
discurso en memoria de Joaquín Fernández de Lizardi. Criticaba
a Iturbide y sus cortesanos:

Iturbide no entendió que México estaba harto de pronunciar, en su


vocabulario y en su memoria, las palabras nefastas: emperadores,
monarcas, dictadores, virreyes o altezas; de la gran decepción, no le
quedó a este personaje más que convertirse en un sayón del clero
y de los ricos. ¡A regenerar México!, he dicho.

Ignacio Ramírez fue liberado en pleno caos social y político.


México estaba invadido. El 20 de mayo de 1846 los conservadores
se habían levantado y llegaba al poder el eterno general y eterno
enemigo de la familia Ramírez, Antonio López de Santa Anna, que
el 18 de enero de 1847, al lado de un grupo de apátridas, promovió
en Mazatlán, Sinaloa, un movimiento militar de extrema derecha
en contra del Congreso y el presidente Farías.
Ignacio Ramírez decidió que su esfuerzo y su dedicación
debían encauzarse hacia la protección e integridad del territorio y
del gobierno liberal. No le satisfacía la Constitución de 1824, pero
ante la patria invadida por los norteamericanos y la traición de los
conservadores, aplazó para tiempos mejores su lucha social y política
y se puso al servicio de la defensa nacional.
Francisco Modesto de Olaguíbel fue nombrado gobernador
del poderoso Estado de México y designó a Ignacio Ramírez como
Secretario de Guerra y de Hacienda. El Nigromante llegó a Toluca
en compañía de los señores Escudero, Echanove, Leandro Valle
—un amigo como pocos—, José María Iglesias y otros jóvenes
liberales, con los que constituyó su consejo.

46
Allí volcó su talento. Reestructuró la administración pública
y estableció la defensa del Estado. Inculcó el sacro amor a la patria
y organizó tropas de voluntarios. Asistió y combatió en la acción
memorable de Padierna, y en la plaza de gobierno de Toluca pro-
nunció un discurso que hacía referencia a la defensa nacional, a las
mejoras sociales y materiales: "México siempre libre, soberano e
independiente, sólo si es ilustrado y próspero". Y ordenó la apertura
inmediata del Instituto Científico y Literario de Toluca. "Este dará
—decía—, por sus vástagos o alumnos, gran honra y satisfacción
a la República". El clero tomó la apertura del Instituto como una
afrenta y gestó la tercera traición a la patria.
Ignacio Ramírez decía que

Si la iglesia hubiera contado con hombres de la talla de Miguel


Hidalgo y José María Morelos y Pavón el país estaría saturado de
escuelas públicas, hospitales, centros de acopio y comedores públicos
para el pueblo pobre mexicano, en vez de los centros de vagancia
que son los seminarios y conventos, que viven como rémoras a
expensas del pueblo humilde y explotado. Tampoco tendrían razón
alguna tantas catedrales o ropajes de seda inútiles que no sirven
más que para hacer verse más bonitos a los que los usan. Desde
los púlpitos, y con fatuas preocupaciones, los redentores del alma
humana pidieron al pueblo mexicano, para salvar los bienes del
clero, no defender a la patria.

En el Estado de México Ignacio Ramírez impulsó leyes —vi-


gentes hasta la fecha— como la prohibición del juego, la abolición
de las corridas de toros, la autonomía financiera de los municipios
como base de la redención de la raza indígena. Contribuyó, además,
a la formación de la guardia nacional y a la ley de educación del
Estado de México, entre otras.
No podemos olvidar un dato relevante. En 1845 Ignacio Ra-
mírez se encargó de la reorganización de la Academia Nacional de
Bellas Artes y de San Carlos. Comisionó al pintor catalán Pelegrín
Clavé para lo relativo a pinturas y colecciones y él mismo asumió
la parte administrativa y académica. De igual manera, tomó bajo

47
su protección y amparo al joven pintor mexicano Juan Cordero y
a los arquitectos Lorenzo de la Hidalga y Javier Cavallari.
Hay algo más: pocos saben que Ignacio Ramírez pintaba acua-
rela y óleo sobre tela. Donó sus obras (que se juzgaron anónimas)
a la Academia de San Carlos. Ya de edad avanzada se aficionó a
la fotografía. Su álbum, conocido como "El libro verde", forrado
en piel verde, está en poder de la familia y contiene retratos de sus
hijos, sobrinos, nueras, políticos y personajes ligados a su vida.
Otro dato es que existen dos cuadros en la Colección Nacional
de Bellas Artes, uno de su esposa Soledad Mateos, que aparece
como dama anónima del siglo xix, y otro de la señora Celestina
Vaschetti. Llegaron allí después de que la casa de Ignacio Ramírez
fuera saqueada por soldados franceses durante la guerra de inter-
vención. El encargado del museo los adquirió en el famoso y poco
respetable mercado de El Volador de la Ciudad de México, que
vendía objetos robados.
En el Instituto Científico y Literario de Toluca, El Nigro-
mante impulsó y reestructuró la educación pública. Nombró como
director del plantel al maestro Felipe Sánchez Solís (cuyo retrato se
encuentra en la colección del Museo Nacional de Arte, en la Ciu-
dad de México). Entre sus alumnos más destacados figuraron Juan
A. Mateos, Ignacio Manuel Altamirano, Gumersindo Mendoza,
Manuel Mateos —abogado y escritor, fusilado el II de abril de 1859
por Leonardo Márquez—, Joaquín Alcalde, José María Condes de
la Torre, Gabino Barreda y José María Mata.
Al final de su vida, Ignacio Ramírez confesó a sus hijos que
el año de 1847 había sido el más feliz de su vida, tan colmada de
tragedias, prisiones y exilios.
A continuación reseñaré un acontecimiento de importancia en
la biografía de Ignacio Ramírez. En la alta sociedad de Toluca y del
Estado de había algarabía y curiosidad porque un personaje
de gran linaje visitaría la ciudad de Toluca para saludar y estar un
tiempo prudente, seis meses, con su amigo el gobernador Modesto
de Olaguíbel. La fecha, enero de 1847. Se decía que el distinguido
personaje, de origen español, masón y liberal consumado, iba a To-
luca por motivos de salud y a invertir una gran cantidad de dinero

48
en construcción y mercaderías europeas, y para impulsar colegios
laicos como el Instituto Científico y Literario de Toluca.
A su llegada corrió la voz entre curiosos, oficiosos y empleados
de la casa de gobierno. En primer lugar arribó una berlina con seis
caballos, donde venía el español acompañado de dos ayudantes;
atrás, dos carruajes más pequeños, donde se acomodaban los fa-
miliares y las damas de compañía de sus hijas, y al final, un grupo
de 12 hombres armados.
La familia descendió e ingresó a la casa del gobernador Ola-
guíbel. Descansó y se preparó para la cena. Entrada la noche, el
misterio era mayor. Nadie sabía cómo eran las hijas del prominente
español, ya que habían ocultado sus rostros con velos y mantillas.
Una vez reunido lo más selecto del gobierno del estado y los
invitados especiales, las señoritas hicieron su entrada al salón y
arrancaron el aplauso unánime de los presentes.
Entre los asistentes se encontraba Ignacio Ramírez. A solici-
tud del gobernador Olaguíbel, se acercó al español. Supo entonces
que se trataba de Remigio Mateos. A su lado estaba su esposa, Ana
María Losada, hija de José Losada y Luisa Camargo, prominentes
españoles de origen castellano. Al Nigromante le causó asombro
descubrir que dos de los hijos de Remigio Mateos asistían al Insti-
tuto Científico y Literario de Toluca. Remigio Mateos preguntó por
el aprovechamiento de sus hijos y El Nigromante tan sólo asintió
con la cabeza (tenía especial estimación por los alumnos de escasos
recursos más que por los hijos de familias acomodadas).
Si lo anterior fue interesante, acto seguido, al terminar de
conversar con el señor Mateos, Ignacio volteó a su derecha y quedó
fascinado por la belleza de Soledad Mateos Losada, que vestía de
seda azul pálido. Con la ironía que lo caracterizaba se dirigió hacia
ella diciéndole: "Un ángel flota en un mar de color azul y no sé si
es real o un ser de fantasía".
Soledad Mateos enmudeció al contemplar a semejante perso-
naje. Años después contaría: "Me informaron que el señor Ramírez
era un apóstata, ateo y precursor del exterminio de la sociedad
conservadora y decente". Esas eran las referencias que tenía cuando
fueron presentados. Ignacio pidió autorización para visitarla. Las

49
tardes transcurrían ante la mirada de una tía soltera de avanzada
edad y de doña Luisa Camargo.
Soledad Mateos Losada fue hija de Remigio Mateos y de
María Losada, condes de Medina Veithya hasta antes de consumada
la independencia. La familia Mateos descendía de Ignacio Agustín
Mateos (gran astrónomo cuyo retrato al óleo se encontraba en la
Catedral de la Ciudad de México en la época de las leyes de Refor-
ma). Tuvo dos hijos. Uno de ellos era el notario público y abogado
de causas laicas Remigio Mateos, que defendió al padre de Ignacio
Ramírez ante el tribunal de la Inquisición, junto con un abogado de
nombre José María Quiles. Años después El Nigromante confesaría
que existían demasiadas coincidencias como para haber sido pura
casualidad: "El destino, no más", decía. El otro era Félix Mateos,
almirante de Marina, que se casó con Mariana Gual, hija de José
Losada y Luisa Camargo.Tanto José Losada como Remigio Mateos
fueron oidores del virrey O'Donojú, masón y liberal conocido de
Lino Ramírez. (De acuerdo con el cronista Zúñiga y Ontiveros, la
casa de los Mateos, condes de Medina Veithya o Medina Ferrez,
se localizaba, allá por 18o2, en la actual calle de San Pedro y San
Pablo, en el centro de la Ciudad de México.)
El noviazgo entre Ignacio y Soledad Mateos continuó ante
la oposición relativa de Remigio Mateos. El 29 de julio de 1847
Ignacio Ramírez pidió formalmente la mano de la señorita Soledad
Mateos. Le entregó un anillo con una pequeña esmeralda que había
pertenecido a su abuela paterna (años más tarde el anillo sirvió para
sobornar a los guardias de la prisión de Tlatelolco y lograr la huida de
Ignacio Ramírez).
Amenazada con ser desheredada y proscrita de la familia
Mateos, Soledad Mateos se casó con Ignacio Ramírez el 17 de oc-
tubre de 1847 en la iglesia de San José, en Toluca. Juan A. Mateos
y Manuel Mateos oficiaron como testigos. Otros autores afirman
que El Nigromante se casó el 13 de mayo de 1847 en la parroquia
del cura Buenaventura Merlín, en Toluca. El caso es que para esas
fechas Ignacio Ramírez recién había conocido a Soledad Mateos.
El amor por Ignacio Ramírez pudo más que el cariño al padre. El
Nigromante diría que "había sido la prueba de lealtad más grande

5o
que un ser humano le hubiera tributado a sus ideales y convicciones
personales".
Así comenzó la vida conyugal del prócer de la Reforma y de
la Constitución de 1857. El amor intachable que Ignacio y Soledad
se profesaron duró hasta el final de sus vidas. Una dama de la alta
sociedad había renunciado a su renta mensual, que equivalía a siete
veces el sueldo anual de su esposo.
Inicialmente el matrimonio Ramírez Mateos vivió en Toluca,
en la calle de la Joyería, o calle de Ferrería. Luego se mudaron al
callejón de los Gallos, ahora calle El Nigromante, donde nacieron
sus dos primeros hijos, José y Ricardo.

A Soledad, mi esposa

Al descubrirte en medio de las flores


Que sembró en tu existencia la hermosura,
Anidaron entre ellas mis amores.
Triunfos de amor componen nuestra historia
Por ti yo he amado la virtud sencilla,
Por ti la libertad, por ti la gloria.
La luz de aquella tarde, amada mía,
Que pintó en mi alma por la vez primera
Las rosas de tu imagen hechicera,
No se apaga en mi inquieta fantasía.

Ignacio Ramírez, 1852

51
3
El manifiesto indígena

COMO tributo al pueblo mexicano y por devoción a la raza indígena,


Ignacio Ramírez redactó en 1847 la Ley de Educación del Estado de
México, el antecedente tangible de uno de sus logros más grandes,
plasmado en la Constitución federal, cuando en 1857 impulsó la
educación laica y gratuita. La Ley de Educación pretendía ayudar
a la raza indígena y a los niños de escasos recursos, permitiendo que
los municipios del Estado de México becaran a los alumnos más
aptos, asumieran los gastos de manutención y los enviaran a estudiar
a Toluca. Los candidatos debían presentar un examen de oposición
en su propia cabecera. Ser un niño indígena y con escasos recursos
era el requisito indispensable para ingresar al Instituto Científico
y Literario de Toluca.
La beca se adjudicó a 259 niños. Ignacio Ramírez estaba seguro
de que ellos anunciaban el inicio del progreso de México. Al pue-
blo indígena se le había negado toda oportunidad o se le destinaba
para desempeñar exclusivamente trabajos agrícolas. Terminaba el
monopolio de la sabiduría en manos de pudientes y sacerdotes que
servían sólo a las minorías. Entre estos niños superdotados había
uno extraordinario, Ignacio Manuel Altamirano.
En décadas posteriores (i868), otro de sus discípulos más des-
tacados impulsaría las ideas de Ignacio Ramírez. Gabino Barreda
realizó la reforma educativa durante el régimen del presidente
Juárez, impuso la enseñanza elemental obligatoria y gratuita a
nivel nacional, así como la educación preparatoria, eliminando la
instrucción religiosa y la ignorancia persistente. Los señores Díaz
Cobarrubias, Ignacio Alvarado y Eulalio María Ortega fundaron
en i868 la Escuela Nacional Preparatoria.

57
En 1847 llegó al Estado de México una noticia terrible: la
capital de la República había sido ocupada por los norteamerica-
nos. Para ellos México representaba un botín atractivo. Los nor-
teamericanos arribaron a Toluca el 7 de enero de 1848 y obligaron
a emigrar al gobierno estatal. Una vez más Ignacio Ramírez tenía
que suspender sus proyectos de progreso social, acosado por un
enemigo de la República.
El gobierno central se trasladó a Querétaro y designó a Ignacio
Ramírez Jefe Superior Político del territorio de Tlaxcala. No sólo
era un reconocimiento a su afanoso trabajo por la educación en el
Estado de México sino a su actitud activa y enérgica para orga-
nizar la defensa nacional. En Tlaxcala Ignacio Ramírez organizó
un pequeño ejército y trató de aprovisionarlo de la mejor manera
posible. Ordenó al valiente pueblo tlaxcalteca cavar zanjas y poner
barricadas en las calles de la ciudad capital. Armados con fusiles y
piedras, o con lo que hubiera a la mano, 30o hombres se apostaron
en las partes altas de los edificios para oponer una feroz resistencia
a los invasores.
Los norteamericanos estaban a cuatro horas de la capital
del estado cuando Ignacio Ramírez vio con asombro a numerosas
personas que se negaba a ocupar un sitio en las azoteas. Les pidió
que se prepararan pero se volvieron indignadas y le respondieron:
"¿Cuál guerra? El padrecito de la iglesia nos ordenó organizar, con
lucimiento y gran pompa, la procesión anual de la virgen de Oco-
tlán". Ignacio Ramírez prohibió que se llevase a cabo la procesión,
algo impertinente en aquellos momentos de aflicción para la Repú-
blica. Años después El Nigromante se enteró de que el cura había
recibido la orden de organizar semejante espectáculo vergonzoso,
en momentos en que el país necesitaba de todos sus hijos.
El cura amotinó a la población en contra del gobierno de
Tlaxcala; enfurecida y armada, ésta pidió que el jefe político fuera
asesinado si no autorizaba las fiestas religiosas. Semejantes bríos,
decía Ignacio Ramírez, hubieran sido mejor empleados frente al
enemigo extranjero. Así que no transigió en ese punto. No podía
permitir que se realizara un acto de dimensiones tan ofensivas
para la República. Organizó un pequeño pero bravo contingente

58
de patriotas, abandonó la ciudad y partió a unirse con las tropas
republicanas en Querétaro.
Transcurridos la guerra y los vergonzosos tratados de Gua-
dalupe y otros hechos por los que México perdió más de la mitad
de su territorio nacional, un general le preguntó a Ignacio Ramírez
qué opinaba de toda la tragedia y el despojo consentido por el trai-
dor Santa Anna. En presencia de un grupo de moderados, Ignacio
Ramírez manifestó:

El despojo de la Alta California, Texas y otros territorios mexicanos


es consecuencia de un problema de demografía pura. El gobierno
mexicano consideró ingenuamente que al permitir el ingreso de
inmigrantes yanquis, de hordas del país vecino, resolvería la falta de
atención y desarrollo de esos territorios, sin saber que a ese lugar tan
árido no llegaría lo más sobresaliente de una nueva generación de
ilustrados y prominentes empresarios. Tan sólo llegó a ocupar esa
inmensa extensión territorial un grupo de mendigos y delincuentes
sin la mínima gratitud a quien les proporcionó un futuro próspero y
diferente por decreto. Llegó tal cantidad de aventureros sin oficio,
que luego resultaron mayoría sobre los leales mexicanos.
Esas gentes extranjeras no tenían la mínima intención de ser parte
de nuestra vida nacional. Sin patrimonio propio, pero forjados bajo
la doctrina Monroe, lograron despojarnos de esos territorios con
diversas excusas. La verdad es que ni a Monroe ni a esos ingratos
se les inculcó desde el seno familiar el concepto claro y preciso de
la propiedad privada, lo cual no tiene excusa ya que este principio
existe desde el derecho romano y la Ilustración, a la que tanto in-
vocaron en el siglo
México es muy malo para todo lo que tenga que ver con guerras
y asonadas, mucho más para los reclamos intn-nacionales, por una
simple y sencilla razón: va en contra de su filosofía de vida.
En un par de siglos México recuperará esos territorios y también
lo logrará por un problema demográfico, esta vez a la inversa. Se-
rán tantos los mexicanos en la Alta California, Texas y territorios
anexados, que sin violencia ni guerra, pero sí legalmente y mediante
un movimiento público, lograrán su reincorporación tácita. Serán
tantos los nuestros que difícilmente podrán confinarlos a todos.
Se capitulará por medio de la justicia divina. Dos siglos en la vida

59
de la nación es un instante. Mexicanos, paciencia, paciencia y a
procrear.

Separado de su cargo en el gobierno del Estado de México y


repudiando los vergonzosos tratados de Guadalupe, Ignacio Ra-
mírez se mantuvo retraído en su casa de Toluca, en compañía de
su esposa y sus dos primeros hijos.
El joven reformista dominaba de forma excelsa la teoría y la
práctica. En tiempos adversos se forjan los caracteres de temple
superior. No había perdido de vista la enseñanza pública, con la que
emanciparía a la raza indígena y a los menos favorecidos. Ante la
insistencia reiterada de su amigo Felipe Sánchez Solís, director del
Instituto Científico y Literario de Toluca, aceptó la invitación para
impartir tres cátedras: filosofía, jurisprudencia y bella literatura, sin
cobrar paga alguna por sus servicios.
Antes de comenzar la lección, Ignacio Ramírez tenía la costum-
bre de preguntar a los niños y jóvenes si ya estaban listos. Después
de eso preguntaba por Ignacio Manuel Altamirano. Acto seguido,
como decía Sánchez Solís, comenzaba la explosión de erudición.
Entre sus alumnos matriculados —más de 130— estaban
Gumersindo Mendoza, Juan y Manuel Mateos (ambos decían en
forma sarcástica que recibían doble ración pues eran los hermanos
menores de la esposa del profesor), Joaquín Alcalde y Jesús Fuentes
Muñoz. Ninguno de ellos recibió más atención que el superdotado
Ignacio Manuel Altamirano.
Les inculcó las nuevas doctrinas del orden social, la con-
cepción de la igualdad estricta de todos los hombres y mujeres, la
educación laica y gratuita, la reorganización política y social de
México, la emancipación de la raza indígena, la lealtad a la ley, a
la constitución, teología, latinidad y temas tan profundos que cada
cátedra causaba gran admiración. Alumnos no inscritos entraban
a sus clases, hechizados por semejante erudición.
Hasta los domingos por la mañana Ignacio Ramírez impartía
cátedra de tres horas en el Instituto. Algunos alumnos llegaban
de muy lejos. Era como asistir a la antigua escuela griega frente
a Platón.

bo
El gobernador Mariano Riva Palacio, probo e inteligente en
la administración pero muy retraído, se rodeó de consejeros que
pertenecían al partido conservador. A ellos no les gustaban los
tumultos que armaban las cátedras de Ignacio Ramírez en el Insti-
tuto Literario de Toluca, ni veían con buenos ojos que los alumnos
tuvieran ideas de reforma ni de derechos humanos y laborales. Así
comenzaron los ataques contra el prominente intelectual. El obispo
de Toluca, los terratenientes y un grupo de familias acomodadas
forzaron la salida de El Nigromante del Instituto Científico y
Literario de Toluca.
En seguida, Ignacio Ramírez fundó un periódico de oposición,
Thernis y Deucalión, que adquirió un explosivo éxito en la sociedad
del Estado de México. Allí escribió sobre la completa reorganiza-
ción política y social de la República basada en municipios libres
y entidades federativas, atacó al clero de los fueros y privilegios y
a la supuesta aristocracia feudal. Rindió tributo al pueblo pobre
de México —o al pobre pueblo mexicano— en el artículo titulado
"A los indios" (6 de abril de 185o), calificado por muchos como el
"levántate y anda" de la raza paralítica, un antecedente del artículo
27 constitucional.
Semejante manifiesto indígena le costó la prisión. Decían
sus partidarios que quien lo había mandado detener era un con-
servador que tenía la sangre de traidor y la facha de vendepatrias.
No se equivocaban. Manuel García Aguirre fue prefecto político
de México durante la intervención francesa y ministro de Maxi-
miliano en Querétaro.
Jalado por un caballo y amarrado de manos, Ignacio Ramírez
llegó a la prisión de Toluca. García Aguirre sobornó a un juez con
la consigna de que condenara a El Nigromante a seis años de cárcel
por delitos graves de imprenta. Pero el día del juicio una inmensa
multitud de creyentes en una nueva vida mediante la educación
tomó la sala del tribunal. El motín popular llegó a su apogeo y el
juez sayón no tuvo más remedio que exonerar al reo. Ignacio Ra-
mírez preparó su propia defensa con tal elocuencia, y fue tan justa y
grandiosa, que el pueblo lo declaró inocente. Entre música, aplausos
estruendosos y bailes, El Nigromante fue llevado a su casa.

61
Ignacio Ramírez era otra vez objeto de persecución y ata-
cado por sus ideas avanzadas. Lleno de privaciones económicas,
tomó a su esposa y a sus hijos y partió a Sinaloa. El gobernador
Vega lo nombró Secretario de Gobierno, un cargo que ocupó
por poco tiempo pues la tempestad volvió a oscurecer su vida y
el destino del país: el gobierno federal había sido derrocado por
el enemigo declarado de la familia Ramírez, Antonio López de
Santa Anna.
Santa Anna puso precio a la cabeza de El Nigromante, quien
tuvo que emigrar a Baja California. Allá incrementó su prestigio.
Siempre inquieto cuando se trataba de progreso, fundó las primeras
cooperativas pesqueras de pueblos cercanos al Golfo de California,
estableció las primeras granjas de camarones cultivados en lagu-
nas artificiales y descubrió la importancia de la corriente de agua
para evitar que murieran los crustáceos. Creó las primeras granjas
perlíferas de México en el Mar de Cortés. Plantó en las ostras los
granos o centros de la perla, según él conforme a lo estudiado en
libros acerca de China y Japón.
Para probar sus argumentos expropió el collar de perlas de
muy escaso valor que le había regalado a su esposa. El Nigroman-
te sostenía que al injertar una perla pequeña dentro de una ostra,
aquélla se cubre con el nácar de la ostra, logrando así acrecentar su
tamaño y, por ende, su valor.
Asimismo, organizó escuelas elementales para los hijos de
los pescadores y les obsequió los libros que usó en sus cátedras del
Instituto Científico y Literario de Toluca. Industrializó productos
elaborados de madreperla y concha mediante cooperativas pesque-
ras y fue tanto el éxito de este negocio que todavía a finales del siglo
xIx los vestidos más elegantes llevaban botonería de concha.
Era todo un espectáculo ver a El Nigromante, acompañado
por sus hijos Ricardo y José, de diez y nueve años, respectiva-
mente, emprender sus excursiones científicas por Baja California,
mientras elaboraba un atlas de la siembra, la minería y los recur-
sos forestales y naturales. Una vez que recibió el nombramiento
de presidente de la Sociedad de Geografía y Estadística (1870),
incluyó esos informes en su afamado Atlas de recursos naturales,

62
forestales y agrícolas de la República Mexicana, que su hijo Román
Ramírez donó a la Universidad de Chapingo, de la que fue fun-
dador y catedrático.
Ya dijimos que en 1853 el gobernador Plácido Vega designó a
Ignacio Ramírez Secretario de Gobierno de Sinaloa, donde también
fungió como juez civil. El gobernador también lo impulsó para ser
diputado al Congreso Constituyente de 1856-1857. El Nigroman-
te fue un crítico implacable del dictador López de Santa Anna,
quien lo mantuvo encadenado e incomunicado en prisión durante
u meses. Salió libre al triunfo de la revolución de Ayuda y aceptó
el cargo de secretario del presidente Comonfort. No tardó mucho
El Nigromante en advertir que Comonfort falseaba los principios
liberales. De modo que renunció y publicó un artículo periodístico
en el que apoyaba a Benito Juárez y a sus amigos Guillermo Prieto
y Melchor Ocampo.
Para 1853, todo parecía feliz y sencillo. Ignacio Ramírez
contaba con sus libros, sus niños y muchos deseos de sacar todo
proyecto adelante, hasta que, durante una reunión con sus adula-
dores, el dictador Antonio López de Santa Anna se enteró de que
Ignacio Ramírez impartía clases en un colegio recién inaugurado.
Dijo: "Hasta que atrapé al liberal insurrecto. Ya me debe muchas
publicaciones ofensivas".
El 16 de octubre de 1853, mientras impartía su cátedra de
literatura, una cuerda de soldados detuvo a Ignacio Ramírez. Él
no opuso resistencia, pero un soldado le rompió tres dedos de la
mano con la culata de un rifle (las secuelas de ese golpe no cesaron
sino hasta el día de su muerte). Fue conducido a pie desde una calle
cercana a la Alameda, donde se hallaba el colegio, hasta la prisión
de Tlatelolco. Durante el tiempo que estuvo recluido, los grilletes
le causaron profundas heridas e infecciones.
En tanto, en Toluca las noticias tampoco eran muy halagado-
ras. Los libros autografiados por Ignacio Ramírez fueron vejados por
un cura de poca monta —de apellido Dávila—: Voltaire, Rousseau,
Diderot y D'Alambert yacían deshojados en el suelo.
Tras la fuga de Antonio López de Santa Anna, cobarde hasta
el final, Ignacio Ramírez dejó la prisión en compañía de Manuel
Alas, Francisco Cendejas y otros liberales. Una revuelta popular
estalló a las puertas de la prisión de Tlatelolco. Una vez más el
pueblo pobre o el "pobre pueblo" mexicano acudía en ayuda de su
líder intelectual.
Acto continuo el presidente Comonfort lo llamó a ocupar
el cargo de Secretario, un puesto que desempeñó con pulcritud,
honradez y eficacia. Comonfort, sin embargo, trató de engañarlo
e Ignacio Ramírez renunció para dedicarse a escribir artículos in-
cendiarios que denunciaban la tibieza de Comonfort.
Ignacio Ramírez llegó a Cuernavaca, a la propiedad del general
Jesús Alfaro—que años después sería jefe político del Estado de
Morelos—. En 188o su hijo Juan Mauricio Ignacio contrajo nupcias
con la hija del general Alfaro, la señorita María del Rosario Macaría
Malvina Alfaro Vaschetti, que impactó a la sociedad porfirista por
su belleza.
Fiel a sus principios, en Cuernavaca se unió a sus hermanos
de lucha —Juárez, Ocampo y Prieto— para combatir al régimen
de Comonfort, una opereta conservadora y deslavada.
Meses después prestó sus servicios como juez de lo civil en la
Ciudad de México. Por su pulcritud profesional, el verdadero pueblo
mexicano lo designó "defensor de oficio de los más necesitados". Un
sonado caso judicial habría de servirle para aclarar sus conceptos
de justicia y los dogmas, conceptos y alcances que debían contener
la Constitución de 1857 y las leyes de Reforma.
Un tal licenciado De la Fuente, que representaba al clero y a
la mitra, había interpuesto una demanda en contra de una señora
Guízar, que vivía en la calle de El Carmen, en la Ciudad de México.
El abogado demandaba el embargo total de los bienes de la señora,
"la casa y el mobiliario", por un adeudo que tenía.
Ignacio Ramírez solicitó la presencia de la señora Guízar
para oír su parecer o para que manifestara lo que a su derecho
conviniera. Era una mujer de clase media, viuda, con cuatro hijos.
El Nigromante le preguntó cómo había contraído la deuda. Ella
respondió que acudió a una iglesia de la Ciudad de México, en
la que el padre Hernández tenía fama de prestamista y le solicitó
una pequeña cantidad en efectivo, "el equivalente al sueldo mensual

64
de un obrero". La señora Guízar firmó un documento en blanco y
en garantía entregó la escritura de su casa.
"¿Cómo es que el padre Hernández tenía dinero para pres--
tar?", preguntó Ignacio Ramírez. "Es el dinero de los diezmos",
respondió la señora Guízar. El Nigromante volvió a preguntar:
"¿Cuál era el interés pactado?" A lo que la viuda contestó: "Un
módico i6o% anual".
Causó tanta indignación lo referido por la señora Guízar que
Ignacio Ramírez mandó traer al famoso padre Hernández pero
éste se había dado a la fuga con el dinero de la usura. Por arte de
magia, o por intervención de la Divina Providencia, el licenciado
De la Fuente retiró la demanda y devolvió a la viuda su escritura
de propiedad y los documentos firmados. El pueblo estalló en
aplausos cuando la viuda, acompañada por sus cuatro hijos, salió
del juzgado civil.
Durante muchos años la señora Guízar y más tarde sus hijos
le llevaban a Ignacio Ramírez una tarjeta, modesta pero llena de
agradecimiento, el día de su cumpleaños.
Como si se tratase de pruebas del destino necesarias para
templar el carácter, Ignacio Ramírez tuvo que vivir nuevos episo-
dios adversos.
Francisco Zarco relató a la familia que por su erudición y
elocuencia, Ignacio Ramírez fue considerado el ideólogo de la
Constitución de 1857. Su ideología social, visionaria y vanguardista,
apenas ha comenzado a hacerse realidad.

Que los cielos y la tierra retumben para maldecir


a esos traidores que entregaron a su país y a su
gente a una nación extranjera; que sus almas
no encuentren reposo hasta el fin de los tiempos
porque lo mas sagrado que tiene un hombre es su
honor y la patria.

Ignacio Ramírez, 15 de septiembre de 1863

65
Felices los que sufren si se sienten con una
voluntad superior a los caprichos del destino. La
humillación despierta su orgullo, el dolor despierta
su inteligencia y en sus manos encallecidas
encuentran fuerzas suficientes para imponer la
ley a sus contrarios, para levantarse sobre las
generaciones humanas y revelarse como nueva
divinidad ante los pueblos asombrados.

Ignacio Ramírez, 1857

66
4
La Constitución de 1857

Contados personajes en la historia de México han tenido momentos


de tanta gloria, y pocos pueden ostentarse como ideólogos de su país,
de su Constitución y de sus leyes secundarias como Ignacio Ramírez.
Decían algunos constituyentes de ese tiempo que él mismo redactó
el proyecto básico de texto de la Constitución de 1857. Eran tantas
las propuestas de artículos constitucionales que pidió el auxilio de
distintas voces, personajes y actores políticos: Francisco Zarco, Mel-
chor °campo, Juan A. Mateos, Ponciano Arriaga, León Guzmán y
otros legisladores. La Constitución debía estar a la altura y cumplir
las expectativas del pueblo de México, de su ideología y su credo.
Muchos de los grandes oradores del Congreso se jactaron
de las extraordinarias ideas que fluían en el salón de sesiones (en
el primer piso de Palacio Nacional, el ahora respetable Recinto
Parlamentario).
Como constituyente, Ignacio Ramírez se percató de que
muchas de sus iniciativas fueron modificadas sustancialmente. Se
alteró el texto original y se suprimieron algunas de sus más ex-
traordinarias ideas, hoy todavía novedosas y vanguardistas, como
se podrá constatar más adelante.
Juan A. Mateos le hizo diversos comentarios acerca de los
cambios y enmiendas. Ignacio Ramírez le respondió que la tragedia
no era mayor, que México tenía mucho futuro y seguramente pro-
mulgaría otras constituciones. Si su ideología sobrevivía al paso del
tiempo, formaría parte de ellas. La tarea había recaído en hombres
poco ambiciosos, que consideraban que las propuestas de Ignacio
Ramírez eran aventuradas. "Nunca hay nada excesivo cuando se
trata de servir bien a su país", decía.
En cuanto a los que se lucieron modificando los textos origi-
nales, Ignacio Ramírez expresó:

No puedo decir nada en contra, porque a muchos de ellos los con-


sidero mis hermanos y amigos, pero sí puedo invocar el siguiente
concepto: "Ay, luna, que te jactas y vanaglorias de la luz ajena, sin
saber que tu vanidad y perdición es no pensar que existe un sol".

A decir de sus múltiples biógrafos, cada vez que Ignacio


Ramírez subía a la más alta tribuna del país parecía ascender al
monte Sinaí, para desde ahí dar a conocer las máximas del orden
legal, social, político y económico. Su vida, por demás llena de
sufrimientos, que había testificado los abusos y los excesos del
poder, llegaba a uno de sus momentos de gloria. Estaba haciendo
futuro y, sin embargo, fue grande el temor de incluir muchos de
sus principios constitucionales.
Algunos argumentaron que estaba demasiado adelantado a
su tiempo, que su extraordinario intelecto estaba fuera de lugar y
circunstancias, que tal vez en ioo o iso años sus principios y dogmas
podrían ser ley suprema de la Unión. Se decía que el ala conser-
vadora y el clero presionaron a varios legisladores para obstruir la
aprobación de la Carta Magna. Eran los mismos enemigos del bien
común que sólo deseaban mantener sus privilegios, aunque esto
implicara frenar el desarrollo de la mayoría del pueblo mexicano.
Intentaron evitar la aprobación de la constitución progresista con el
solo y único objetivo de conservar sus ridículos fueros y prebendas.
Decía Ignacio Ramírez que los únicos fueros y beneficios que deben
prevalecer son los derechos fundamentales de todo ciudadano, que
emanan de la Constitución y son otorgados sin distinción alguna a
quienes tienen el privilegio de nacer o vivir en este país.
Brevemente expondré los principios fundamentales de las
iniciativas de ley que fueron relativamente incluidas en la Cons-
titución de 1857.
Como constituyente, Ignacio Ramírez fue un hombre inqui-
sitivo que pasaba por el filo de la verdad y de la razón todos los
dictámenes de las comisiones de estudio. Desde este punto de vista

72
no es exagerado afirmar que se convirtió en el terror de las comi-
siones constituyentes. El mismo Francisco Zarco, en la Historia del
Congreso constituyente de 1856-1857, anotó: "Ignacio Ramírez es, como
a la víspera, el más terrible adversario de la comisión". Tratándose
de la pena de muerte, escribe también:

El señor Ramírez pronunció el más notable discurso de la sesión,


elevando el asunto a temas filosóficos. El orador hacía con frecuen-
cia uso de la ironía punzante, como cuando defiende su posición
contra la pena de muerte, diciendo: "Podemos matar, mientras no
haya buenas cárceles".

En otras ocasiones, la defensa de sus ideas fue muchos lustros


por delante de su época. Tal fue el caso de los derechos laborales de
los trabajadores y la participación de utilidades, aprobados hasta
1962, de la igualdad de géneros, la separación real del Estado
mexicano y la Iglesia y la educación laica y gratuita, sobre la que
sentenció:

El crimen más grande que puede cometerse contra cualquier ciu-


dadano es negarle una educación que lo emancipe de la miseria y
la excomunión.

Su inmensa erudición tocó temas fundamentales del derecho


constitucional, con más de ioo años de anticipación: la persona y
sus derechos fundamentales, la libertad individual, la justicia social,
la salud pública, la legislación laboral, la división de poderes y su fin
social, la libertad de prensa, la libertad de tránsito, la desaparición
de las facultades discrecionales del ejecutivo federal, y muchos otros
que se indican en el siguiente capítulo.

El saqueo al erario público debe ser considerado un


delito grave y equiparable a la traición a la patria
porque los estados federados y su gente

73
cuentan con esa erogación presupuestal, que
resolvería sus apremiantes necesidades.

Ignacio Ramírez, constituyente de 1857

74
5
Puntos constitucionales

A continuación se reproducen los borradores de Juan A. Mateos


sobre algunos apéndices y anexos de El Nigromante a las minutas de
los debates en el Congreso Constituyente en junio y julio de 1857.

I° Todo individuo o persona sin excepción gozará de los dere-


chos, obligaciones, garantías y beneficios que otorga la Carta Magna
sin limitación o excepción alguna; corresponderá a los poderes de
la Unión vigilar su exacta observancia y aplicación, incluyéndose al
Presidente de la República, so pena de destitución por el Congreso
de la Unión.
2° Se decreta, desde la aprobación y publicación de esta Carta
Magna, la prohibición de la esclavitud a todo individuo sin excep-
ción, dentro del territorio nacional, así como toda explotación o
simulación de este tipo de cualquier grupo o etnia realizada por
sector o factor económico que viole cualquier derecho fundamental
del hombre y su libre desarrollo como persona. No puede ser igual
la justicia si existe desigualdad económica.
3° La educación en México será obligatoria, laica y gratuita
para todo hombre o mujer que sea considerado como nacional, por
nacimiento o residencia. La educación será impartida gratuitamente
por el Estado, en idioma español, para evitar que, con tantas etnias,
la educación pública sea una torre de Babel.
La educación pública deberá ser regulada y homogeneizada en
todo el territorio nacional por las autoridades competentes, fomen-
tando la lealtad y el amor a la patria, la superación y el desarrollo
de todo ciudadano mexicano, el respeto a toda nación extranjera.
Se basará en la justicia social, libre de toda instrucción religiosa o

79
dependencia administrativa de centros de culto o congregación
religiosa alguna.
Los maestros de toda escuela pública percibirán un salario
decoroso y suficiente para satisfacer sus necesidades v desarrollo
individual. Procurarán siempre la conciencia y unión social, pro-
curando la superación y el desarrollo pleno del futuro de México.
Queda prohibido al Presidente de la República reducir los pre-
supuestos tendentes a la educación pública, aun en tiempos de
guerra. Asimismo, deberá siempre dar prioridad al desarrollo de la
educación pública y al pago de salarios de los maestros, aunque
esto implicara para el presidente u otros empleados federales de
jerarquía el no recibir sus sueldos o prebendas, ya que debe ser
primero el desarrollo del futuro nacional que la comodidad actual
de unos pocos.
4° Toda publicación o manifestación de ideas o hechos deberá
siempre estar garantizada por el Estado. En el acto de aprobación
de esta Constitución la censura se deberá abrogar inmediatamen-
te de las leyes penales. También deben desaparecer los delitos de
difamación, calumnia o daño, ya que son formas simuladas con las
que tiranos, monaguillos, señores feudales o ensayos de dictador
cuentan para censurar y apresar a los trabajadores de la información;
es la forma sutil de eliminar cualquier oposición o diversidad de
opiniones.
Todo periodista contará con una inmunidad y protección ab-
soluta, similar a la de un funcionario público, para poder desarrollar
sus labores, otorgadas por el colegio o institución de periodistas.
La autoridad competente expedirá y supervisará el documento
oficial respectivo.
Para que todo periodista o empleado de esos menesteres pue-
da retirarse a una edad mayor a 55 años se constituirá un fondo de
pensiones, adr, _Inistrado por una autoridad facultada para el caso
que reciba de todos los periódicos del país una cantidad equivalente
al 3% del valor de los ejemplares vendidos. Para que los periodistas
tengan derecho a recibir su proporcional, el colegio o institución
competente expedirá la aprobación respectiva. (En 1866, al lado de
Ignacio Manuel Altamirano, El Nigromante constituyó la primera

8o
Sociedad Mutualista de Autores, antecedente de la actual Sociedad
General de Escritores Mexicanos.)
5° El Presidente de la República es otro empleado de la Unión,
nada más que esta designación se realiza por elección popular. El
presidente deberá observar, cumplir y pregonar, con el ejemplo pro-
pio, el estricto cumplimiento de la Constitución y de las leyes que
de ella emanen. Por lo cual, y basado en el concepto antes referido,
el pueblo mexicano debe tener formas y procedimientos concretos
para remover, en casos determinados en la Constitución, al Pre-
sidente de la República sí, como cualquier empleado de gobierno
o particular, carece de a capacidad profesional o mental con que
se ofertó al pueblo mexicano. Para ello bastará con el voto de la
mayoría simple del Congreso.
El pueblo de México es proclive a la benevolencia y a come-
ter de forma reiterada los mismos errores. Para evitar la aparición
de otro Iturbide, Antonio López de Santa Anna u otro personaje
similar, el Congreso podrá cesarlo si constata que es traidor a la
patria, mentalmente incapaz o incompetente para resolver los
problemas nacionales. Por lo mismo, someto a consideración del
Congreso que este precepto sea incluido en la Carta Magna con
los siguientes incisos aplicables:

I. El Presidente de la República deberá ser mexicano de na-


cimiento, con pleno uso de sus facultades o capacidades mentales
y profesionales, a satisfacción del Congreso.
Deberá residir en el país permanentemente, sin pertenecer
o depender directa o indirectamente, por cuestiones personales, a
congregación o círculo religioso, ni ser miembro de ningún culto,
como sacerdote.
Lo anterior con el objeto de evitar ministros religiosos pre-
sidentes o presidentes ministros religiosos. La influencia de la
religión, de todo credo, en los actos y órdenes de gobierno, termina
siempre mal ya que sirve para perpetuar los fueros y privilegios
eclesiásticos.
Al asistir al Congreso, el Presidente de la República no va en
calidad de invitado celestial sino a rendir una protesta y a confirmar,

si
frente a los representantes del pueblo de México, que cumplió
a cabalidad los compromisos y promesas que hizo al pueblo de
México. El Congreso, poder supremo de la Unión, debe contar con
elementos y procedimientos para echar de la presidencia a impos-
tores, embaucadores o aventureros soñadores que hacen perder el
tiempo a la nación y cuestan grandes cantidades de dinero al erario
público, tan precario en estos tiempos.
Por lo antes referido, el presidente podrá ser destituido por el
Congreso, sin más declaratoria que la votación por mayoría simple,
y en los siguientes casos:

a) Por traición a la patria, comprometer el patrimonio y los


recursos nacionales a favor de Estados o empresas extranje-
ras o nacionales, en detrimento del pueblo de México, o por
asociarse de forma reiterada con minorías o congregaciones
religiosas que promueven fueros, privilegios o exenciones
legales, violando con ello las leyes de equidad vigentes en
México.
b) Incapacidad mental o administrativa, basada en el com-
portamiento personal del mismo presidente y con base en
los resultados de la cuenta pública anual presentada a los
legisladores.
c) Mentir al pueblo de México en asuntos de interés general,
así como comprometer la soberanía política o económica
de la nación; falsear documentos e informes de la admi-
nistración pública y desviar recursos presupuestales serán
delitos graves pues influyen en el desarrollo nacional y en
la cuenta pública.
d) Permitir que se viole la filosofía pacifista del gobierno
mexicano frente a todas las naciones o el ingreso de tropas
extranjeras o policías foráneos a territorio nacional que
pongan en riesgo la integridad del país o de su gente. ( Juá-
rez autorizó lo referido en los tratados McLane-Ocampo;
el Congreso, por fortuna, los desaprobó.)
e) Disponer del ejército o de las fuerzas de orden público en
contra del pueblo de México, sus bienes o instituciones, con

82
lo cual pretenda sofocar justas revueltas populares. El Con-
greso debe calificar este hecho como traición a la patria.
f) No acatar las resoluciones y leyes emanadas del Congreso,
después de que éste emita una advertencia protocolaria al
ejecutivo, o utilizar bienes o recursos públicos de forma
personal o con el carácter de partidas secretas.

Para eliminar la facultad discrecional del Presidente de la


República, Ignacio Ramírez pretendió aplicar el concepto de que
todo secretario de Estado, para serlo, debía haber laborado en la
dependencia pública por lo menos treinta años y ser confirmado o
designado por el Congreso.
También pretendió impulsar el servicio de carrera en el gobier-
no, terminar con los compadres ministros y con las consecuencias
desastrosas de la incompetencia en los asuntos nacionales.
En lo referente al poder judicial, impulsó una iniciativa basa-
da en el precepto dogmático y orgánico de la división de poderes.
Visionario como pocos de lo que implica la acumulación de poder
en manos de los hombres, se opuso a que el presidente fuera con-
siderado figura y actor principal del gobierno.

Para evitar de nuevo poderes, personas o instituciones omnipotentes


en México, basado en la dolorosa experiencia que ha tenido este país
para lograr su independencia territorial, política y social, es necesario
recordarles que el Presidente de la República es el primero, y debe
ser así siempre, que vigile y observe la Constitución y las leyes que
de ella emanan. Pero esta labor resulta difícil de cumplir y llevar
a cabo cuando el mismo Presidente de la República es juez, parte
denunciante y quejoso sobre un mismo asunto.
Para lograr la anhelada división y equilibrio de poderes se hace
necesario que el Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la
Nación y todos los ministros que componen el pleno y las diversas
salas de esa institución sean designados por el Congreso, que repre-
senta a la sociedad en general y procurará elegir a lo más brillante
de la intelectualidad y pondrá en marcha la práctica legal que exista
en el país, basándose en los criterios únicos de probidad, eficiencia
y práctica pulcra de la jurisprudencia.

83
Cuando esta reforma le permita al poder judicial su tan anhelada
independencia y autonomía, hasta el Presidente de la República y
sus empleados entenderán que no hay nadie por encima de la ley. Ya
que dependerá sutilmente de la Corte, el ejecutivo federal no podrá
controlar ni manipular el derecho a través de ministros designados
por él. Eso le permitirá saber al pueblo de México que la justicia se
aplicará con todo rigor, incluyendo al Presidente de la República,
no importando su alta investidura (22 de julio de 1856).
Ya que opere esta reforma constitucional, en beneficio y por
salud de la nación, la Suprema Corte de Justicia de la Nación,
ahora revestida de la claridad y transparencia necesarias, designará
a todo juez, ministro, magistrado o juzgador de acuerdo con la ley
vigente, procurando que los candidatos a esos puestos cuenten con
una trayectoria excepcional, que sean conocidos por su probidad y
pulcritud en el ejercicio de la práctica legal y lleven treinta años de
práctica profesional. Sólo el pleno de la Suprema Corte de Justicia
de la Nación podrá removerlos (u de mayo de 1874).
Tales conceptos serían inútiles e inoperantes si no se aplicaran
los mismos criterios y la misma autonomía para la designación y
el funcionamiento autónomo del Ministro de Justicia [actual Pro-
curador General de la República].

Puede verse cómo parte de los preceptos y la ideología de


Ignacio Ramírez pudieron cambiar la historia de México. Quién no
recuerda el extraordinario discurso ante el Congreso constituyente
del 7 de julio de 1856, en el que dijo:

Gracias a Dios que me convirtió en el sacerdote y defensor del pue-


blo de México en la guerra por una gran constitución progresista,
nacionalista, eminentemente liberadora y no sólo liberal. Es muy
importante y respetable este encargo de legislador en 1856 como
para que yo comience mintiendo. Esta misión legislativa debe ser
un acto de devoción.

Muchas de sus ideas y propuestas quedaron ampliamente


documentadas y ordenadas en 19 legajos, como apéndices de los

84
debates del Congreso constituyente de 1857 y seguramente estarán
en los archivos históricos del honorable Congreso.
Una vez promulgada la Constitución de 1857 se levantó la
minoría conservadora y el eterno clero de los fueros y privilegios.
Pero como dijo Ignacio Ramírez:

Esos no son nunca derechos. Vamos a tener que enfrentar a los


apátridas y enemigos de la República de forma definitiva, hasta
aniquilar su nefasto poder social. Pero como ellos se sienten débiles
en el interior del país, van a solicitar el apoyo de naciones extran-
jeras para intentar consumar sus traiciones reiteradas al pueblo de
México.

El Nigromante no se equivocó al juzgar y valorar a los enemi-


gos de México. Un clérigo que era arzobispo primado de México,
Clemente de Jesús Munguía, que desde el santo y sagrado púlpito
se convirtió en hombre común y político conservador, condenó la
Constitución de 1857 en los siguientes términos:

La nueva Constitución que llegó a mis manos me ha causado ho-


rror y gran aflicción, por lo que sentí la necesidad de amonestar a
los fieles para que no presten juramento a esa Carta Magna ya que
pueden convertirse en reos de gran pecado.

Otra vez el clero en contra de la soberanía nacional y la volun-


tad popular, plasmada en la Constitución de 1857. Lo que sí podía
garantizar el pueblo de México era que las traiciones que la Iglesia
consumó iban a ser cobradas.
De nuevo ciudadano común y corriente, y en unión de Alfre-
do Bablot, en 1858 Ignacio Ramírez fundo el periódico El Clamor
Progresista, que apoyó la candidatura presidencial de Benito Juárez
García, en franco desafio al tibio Comonfort.
Fue tal la artillería, tan elevada como elocuente, de Ignacio
Ramírez y algunos liberales en contra de Comonfort lanzada desde
El Clamor Progresista, que el presidente dio un golpe de Estado,
disolvió el Congreso y mandó aprehender a Ignacio Ramírez. Lo

85
encerró con centinelas de vista. Pero, como siempre, Ignacio Ramí-
rez contaba con fieles amigos y una esposa que ya tenía experiencia
en liberarlo de sus eternos encarcelamientos por obra y gracia de
dictadores de opereta y tiranos. El general Escudero, en ese entonces
oficial, y los hermanos Mateos, ayudaron a la fuga cuando se llevaba
a cabo el cambio de guardia. Vestido de jornalero, Ignacio Ramírez
abandonó la Ciudad de México.
Cuando Ignacio Ramírez dejó la prisión, de inmediato se corrió
la voz de alerta en la Ciudad de México. Su esposa y sus cinco hijos
fueron arrestados en su propio domicilio. Comonfort, temeroso de
la reacción anticlerical de los liberales, pretendía entronizarse en el
poder. Envió destacamentos militares para que dieran alcance a El
Nigromante, quien se ocultó en casa de su padre en Querétaro. Tenía
la intención de alcanzar a Juárez en Guanajuato, pero fue aprehen-
dido por Tomás Mejía. Gracias a la intervención de Juárez, Ignacio
Ramírez se salvó de morir fusilado pero no de la humillación a manos
de Mejía, quien lo montó en un burro, lo condujo por las calles de
Querétaro mientras recibía una lluvia de insultos y lo envió de re-
greso a la Ciudad de México. Permaneció en la prisión de Tlatelolco
hasta diciembre de 1858. Se alimentaba con cáscaras de papa y arroz
hervido. Recibía la visita de gentes comunes y muy prominentes. El
general Junguito le conseguía algún libro interesante y pedazos de
madera, con los que tallaba escudos nacionales y elaboraba cestas
de mimbre para allegarse algunos recursos económicos.
A su triunfo, Juárez lo nombró Ministro de Justicia, de Ins-
trucción Pública y de Fomento. En el gabinete estaban también
Francisco Zarco, Guillermo Prieto y Manuel González Ortega.
Este había sido su destino: después de la prisión, ocupaba
una posición pública más elevada. Con Juárez como Presidente de
la República inició una nueva etapa de su vida, "Fuerte en poder y
gloria, después de cada tragedia", según dijo Guillermo Prieto.
Esta etapa significó la reconstrucción sobre la destrucción y
fue protagonizada por la más extraordinaria generación de mexi-
canos en el poder.
Con el paso del tiempo, Ignacio Ramírez se retiró del primer
ministerio de Juárez a impartir las cátedras de derecho romano y

86
literatura, hasta que, para desgracia reiterada del pueblo de México,
los conservadores y el clero, la junta de notables, llamaron a Maxi-
miliano de Habsburgo a ocupar el trono de México. En 1862, el país
se hallaba de nuevo en guerra. Los mismos traidores de siempre,
pero protegidos por depredadores extranjeros, con ambiciones
desmedidas.

Nuestra patria, infeliz cuanto adorada,


en su auxilio nos llama, amigo mío:
prestos acudamos a su voz sagrada.

Juan Valle

87
6
El imperio de opereta (1862-1867)

Ignacio Ramírez decía que Maximiliano de Habsburgo era el úl-


timo acto de traición que se le permitiría a los conservadores y al
clero. Ambos eran tan incompetentes en su voracidad por el poder,
fueros y privilegios, que se fijaron en Maximiliano, un desheredado y
apátrida por nacimiento. Nunca pensaron que el pueblo de México
rechazaría que una minoría traidora impusiera a un reyezuelo, a un
entenado extranjero, ni tampoco pensaron encontrar un mexicano
de tanta grandeza y perseverancia como Benito Juárez.
Ignacio Ramírez fundó un nuevo periódico liberal, nacionalis-
ta y pro Juárez, La Chinata, y resultó electo para el tercer congreso
constitucional, en abril de 1863. (Ya antes, el 15 de septiembre de
1861, había sido electo presidente del Ayuntamiento de la Ciudad
de México, puesto que abandonó para unirse a la lucha contra la
intervención francesa.)
Durante la ocupación de la capital de la República por las
tropas francesas la casa de Ignacio Ramírez, que se encontraba en
la calle de la Cerbatana, hoy esquina con Santa Isabel, fue saqueada.
Parte de sus cuadros y bienes fue a parar al mercado de El Volador
(que se localizaba en el terreno que actualmente ocupa la Suprema
Corte de Justicia de la Nación) y circularon en el mercado del arte.
Tiempo después, la familia Ramírez visitó la colección de la Aca-
demia Nacional y allí encontró un retrato de doña Soledad Mateos,
con la leyenda "Dama, siglo xix, anónimo". Asimismo, el retrato
de quien sería consuegra de Ignacio Ramírez, Celestina Vaschetti,
fue a parar a la colección de arte de un banco.
Ya en plena intervención francesa, Juárez designó a Ignacio
Ramírez para que ocupara simultáneamente cuatro secretarías de
Estado, un caso único en la historia de México. Hasta la fecha,
ningún político puede decir que lo acompañó semejante privilegio
y confianza. El Nigromante era ministro de Justicia, de Instruc-
ción Pública, de Fomento, Agricultura, Comercio, Colonización
y de Industria. Impulsó el artículo 33 constitucional, que trataba
acerca de la igualdad de garantías entre extranjeros y mexicanos;
estableció el mes cívico (septiembre); reguló las franquicias adua-
nales, las fiestas cívicas, el año y el calendario escolar. Reformó la
ley de hipotecas y juzgados, ordenó la constitución de la segunda
Biblioteca Nacional, dotó los gabinetes de la Escuela de Minas y
Agricultura, renovó el contrato para la construcción del ferrocarril
de Veracruz y elaboró la colección y la galería de Bellas Artes (a
la que donó más de 3o acuarelas pintadas por él pero que presentó
como anónimas, y cuadros al óleo sobre lino).
De toda la familia era sabido que mientras su esposa estuvo
enferma del corazón, sus hijos Román y Juan Mauricio, los más
pequeños, se sentaban afuera de la antesala de la oficina de su papá
a estudiar el alfabeto y la gramática. Todos los días a las seis de la
tarde Ignacio Ramírez suspendía momentáneamente sus actividades
oficiales para preguntarles la lección a los dos pequeños "ministros",
como gustaba llamarles.
Gran aflicción causaba a doña Soledad Mateos que en cuanto
Ignacio Ramírez recibía su salario mensual, lo dividía equitativa-
mente entre sus empleados, argumentando que, como el erario
público y las arcas nacionales estaban exhaustas por la guerra, no
había dinero para pagar los salarios de los burócratas. Su esposa
lo recriminaba diciéndole: "Nacho, otra vez". "Las necesidades
de esas personas son mayores que las de nosotros", respondía El
Nigromante.
Diversos biógrafos y periodistas han especulado sobre la
enemistad que años después existió entre Ignacio Ramírez y Be-
nito Juárez. El licenciado Ramírez nunca se atrevió a cuestionar
el excepcional papel histórico y la grandeza del Benemérito de las
Américas. Hasta el fin de su vida admiró su tenacidad y su perse-
verancia, su lealtad absoluta a México y sus ideales. Sin embargo,
señalaba Ignacio Ramírez, "Benito Juárez será siempre, en el cora-

92
zón de todo mexicano, uno de sus grandes afectos en la vida, como
lo fue Hidalgo. Pero para ello no se requería que se perpetuara en el
poder, para recordárselo a su agradecido pueblo mexicano" (1872).
Un hecho desconocido es que Margarita Maza de Juárez tenía
un círculo muy selecto de costura en su casa de Palacio Nacional,
a donde acudían ocho damas de la alta sociedad. Doña Soledad
Mateos Losada era una de ellas. Contaba con el afecto público de
la Primera Dama quien, en 1870 bordó una colcha de hilo español
que le obsequió a Ignacio Ramírez para celebrar su cumpleaños y
que tenía las iniciales IZAR (Ramírez, apóstol de la Reforma). La
señora Juárez le regaló también a la esposa de El Nigromante un
juego de costura muy sencillo que formaba parte de sus artículos
personales.
Ignacio Ramírez era ya conocido como periodista, ensayista
liberal consumado y constituyente, pero México todavía no reco-
nocía su dimensión como estadista. En 1864, mientras residía en
Sinaloa, defendió a presos políticos del imperio francés y escribió
para La Opinión y Estrella de Occidente, hasta que fue desterrado.
En plena intervención francesa, Ignacio Ramírez, Benito
Juárez, Francisco Zarco y otros liberales mexicanos fueron decla-
rados enemigos públicos del imperio. Por tal motivo, y conociendo
los alcances de unos traidores con poder, ocultó a su familia en
una casa en Tacubaya, propiedad de la señora Tomasita Reyes,
pariente del general Bernardo Reyes, que se encontraba en la calle
primera de San Miguel (ahora General José Morán) números 19 y
31, en compañía de los familiares de su amigo y hermano —así le
decía—, el general Sóstenes Rocha, que se encontraba en Puebla,
junto al general Juan Ramírez, combatiendo a los franceses al lado
del general Zaragoza.
En 1890, la casa de Tomasita Reyes se convirtió en la casa de
la familia Ramírez Mateos. Comprendía la manzana delimitada
por las calles José Morán, avenida Revolución y José Ceballos, con
excepción del terreno de la esquina de avenida Revolución, que fue
vendido a don Agustín Haghenbeck quien tenía varias propieda-
des en Tacubaya, incluida la casa de La Bola, que en un tiempo
perteneció a la Güera Rodríguez. La casa de la familia Ramírez

93
Mateos comprendía el terreno que hoy ocupa la tienda Gigante
(ahora Soriana), así como las oficinas de Guías Roji, propiedad del
apreciado señor Palacios Roji.
Ya con la familia en lugar seguro, Ignacio Ramírez se encon-
traba demasiado pobre como para costear el viaje para alcanzar
a Benito Juárez y al gobierno mexicano, que habían evacuado la
capital rumbo al norte del país. Sin otra opción, salió de la Ciudad
de México apoyado en un bastón. José, su hijo, le dio alcance por
los rumbos de Huixquilucan, camino a Toluca. Celestina Vaschetti,
esposa del general Jesús Alfaro, lo había enviado con la consigna
de que le entregara a su padre un caballo y víveres para el camino.
José volvió regañado a Tacubaya y el padre, a marchas forzadas,
llegó hasta los estados de Sinaloa y Chihuahua.
A la familia Ramírez llegó la noticia de que su casa ubicada
en las calles de La Cerbatana y Santa Isabel había sido ocupada
y saqueada por los conservadores, comandados por un militar
francés a las órdenes del general Forey. El saqueo fue mayúsculo.
Siete carretones jalados por mulas cargaron con el mobiliario, que
fue a parar a las casas de diversos militares conservadores y de una
señora de dudosa reputación que vivía en la calle de La Vuelta,
cerca de la Alameda.
Para fortuna de la familia Ramírez, cuando triunfó la República
mucho de lo perdido se rescató y otro tanto se recuperó en el mercado
de El Volador. Pero la peor noticia que recibió Ignacio Ramírez fue
que la mayoría de sus códices y manuscritos, así como sus 400 libros,
que eran su mayor tesoro, también habían sido robados. Muchos
de los documentos tenían cerca de 200 años en su familia y repre-
sentaban su herencia indígena, que provenía del linaje de su madre
Sinforosa Calzada, que descendía del señor azteca Ahuelitoc.
Entre esos documentos había un códice, los rr libros, que re-
gulaba la vida del imperio azteca. El códice fue a parar a manos de
un historiador bibliotecario que se proclamó como el descubridor
de esos textos prehispánicos. Debido a que no quería verse envuelta
en un escándalo, la familia Ramírez manejó la versión de que los
textos "llegaron a manos de José Fernando Ramírez". El códice
se ha dado en llamar Códice Ramírez, no en honor de su dudoso

94
descubridor, José Fernando Ramírez, sino de Ignacio Ramírez, El
Nigromante, propietario original y por derecho. En las altas esferas
de la masonería y de la intelectualidad mexicana se comentaba
lo siguiente (sigo la versión de Manuel Orozco y Berra, Alfredo
Chavero y Manuel Siliceo, 27 de junio de 1875).
Aprovechando su cercanía con los emperadores Maximiliano
y Carlota, José Fernando Ramírez se empeñó en reunir, a como
diera lugar y sin escrúpulos, documentos de valor histórico o
libros antiguos que incrementaran su colección privada. Se ob-
sesionó a tal grado que, al amparo del gobierno francés, cometía
toda serie de atropellos en contra de instituciones y personas.
En los círculos intelectuales se sabía que la familia de Ignacio
Ramírez tenía en su poder los u libros. Cuando El Nigromante
fue aprehendido y conducido a la prisión de San Juan de Ulúa,
José Fernando Ramírez acompañó a las tropas francesas a casa de
Ignacio Ramírez. Fue entonces cuando el supuesto "historiador"
instruyó y coordinó a las tropas francesas, que en dos carretones
se llevaron confiscados la biblioteca y algunos documentos. Tal
era su apuro, que en la vía pública dejaron tirados libros y papeles
que los vecinos recogieron y entregaron, meses después, a la esposa
de El Nigromante.
En 1867, José F. Ramírez utilizó el mismo esquema para sa-
quear 6 5ii volúmenes virreinales que custodiaba el convento de
Santo Domingo.
Para cubrir sus abusos, el historiador pregonaba entre sus
amistades que mediante "una investigación exhaustiva" había
descubierto, entre otros, el famoso códice. Después de la caída de
Maximiliano, José Fernando Ramírez se fue de México. Pero su peor
crimen fue haber vendido todo ese patrimonio cultural e histórico
en el extranjero. Varios intelectuales le escribieron a Alemania,
sin resultado, y el país perdió una parte valiosa de su patrimonio
cultural, no a causa de una invasión extranjera sino por unos he-
rederos irresponsables que, influidos por el padre Agustín Fisher,
confesor de Maximiliano, subastaron un total de 43 mil volúmenes
virreinales en Londres. El acervo terminó en la Universidad de
Berkeley, en California.

95
Es falso que en 1856 José Fernando Ramírez descubriera el
códice en el convento de San Francisco, así como es totalmente
falso que Manuel Siliceo, gran amigo de la familia, hubiera co-
misionado a este personaje para rescatar documentos de acervos
privados y públicos, como lo es que lo hubiera autorizado para
apropiarse de ese patrimonio cultural del pueblo de México. El
Códice Ramírez fue escrito por un tío lejano de la señora Calzada,
del linaje de los Ramírez de Quiñones, un religioso de nombre Juan
Ramírez que, en unión de un copista de apellido Rivas ilustraría
el lado derecho del manuscrito. La Inquisición lo prohibió y, con
el fin de evitar que fuera destruido, cerca de 1571 Rodrigo Ramírez
de Quiñones lo sacó del Estado de Michoacán. De hecho, al texto
original le faltan hojas que fueron censuradas por la Inquisición
porque fomentaban la idolatría. El texto se llamó inicialmente
Compilación de historia y costumbres indígenas, y contenía los testi-
monios de ancianos descendientes de la nobleza azteca recabados
por el señor Juan Ramírez. Desconocemos el destino del otro
manuscrito sustraído, llamado Peregrinaje a Jucutcícato, escrito en
tarasco huramuqueti. En 1843, en su casa, es decir 13 años antes
del falso y supuesto descubrimiento de José Fernando Ramírez,
El Nigromante copió las ilustraciones perdidas o incompletas del
códice publicado en 186o.
Sabedor de los actos que cometió, José Fernando Ramírez
elaboró infinidad de comunicados, con fecha anterior, relaciona-
dos con el hallazgo del códice. Tal ocurrió con la presentación del
mismo, que fechó el ro de septiembre de 186o, en la que sostuvo
que localizó el códice en el Convento de San Francisco el 16 de
septiembre de 1856. La fecha es totalmente falsa ya que Ignacio
Comonfort, presidente de México, en febrero de ese año mandó
derribar el convento, y lo que subsistió de él fue trasladado al Co-
legio de Minería, en abril de 1856. La parte noroeste del convento
habría de convertirse en el Hotel Iturbide.
Algo que jamás pudo aclarar José Fernando Ramírez es cómo,
13 años antes del descubrimiento del códice, Ignacio Ramírez pudo
copiar diversos dibujos que, por cierto, aún existen en el acervo de
la Biblioteca del INAH.

96
Por último, en 1871 Alfredo Chavero recibió de los herederos
de José Fernando Ramírez una copia del códice. La rechazó por
ética personal, ya que conocía su origen y la obsequió a Manuel
Orozco y Berra, quien intentó esclarecer el asunto en su valioso
libro, el Códice Ramírez, con una dedicatoria a la familia de El
Nigromante en los siguientes términos: 'A la familia Ramírez, con
aprecio y estimación, como recuerdo y en memoria de I. Ramírez,
El Nigromante".
A Ignacio Ramírez le pesó no haber podido recuperar esos do-
cumentos familiares. Esperamos que algún día el pueblo mexicano,
a manera de justicia divina, aclare el origen del Códice Ramírez, que
debería llamarse Códice Ignacio Ramírez. Ese día la historia nacional
juzgará y condenará a José Fernando Ramírez por sus crímenes en
contra de la cultura mexicana.
Durante su vida, Ignacio Ramírez tradujo múltiples docu-
mentos prehispánicos. Ahí están, como prueba, y mucho antes de
que cualquier nacional o extranjero lo hiciera, la traducción de los
jeroglíficos mayas, en 185o; el Diccionario del idioma maya, publi-
cado por J. Williams; el Diccionario español-náhuatl; los dibujos
del Códice Ramírez y su significado; los jeroglíficos maya, náhuatl
y quiché; Lengua y vocabulario maya-náhuatl-otomí. Casi todos
los escritos originales de El Nigromante han estado en el acervo
del INAH sin divulgarse por décadas.
A la muerte de José Fernando Ramírez, Alfredo Chavero iba
a adquirir la referida biblioteca pero declinó en su intento porque
se enteró de que el gobierno del presidente Juárez consideraba ese
patrimonio como robado.
Volvamos a la intervención francesa. Con grandes vicisitudes
Ignacio Ramírez llegó a Sinaloa, donde residía su hermano. Allí
prestó servicios al ejército republicano y al pueblo de México. Escri-
bió en periódicos y redactó piezas oratorias para levantar el ánimo
popular. Viajó a Mazatlán, donde presenció el ataque de la fragata
La Cordeliére y la feroz defensa organizada por el general Sánchez
Ochoa. Estuvo a punto de ser apresado por las tropas francesas y
conservadoras, pero con la ayuda del pueblo de Mazatlán logró
escapar vestido de jornalero y llegó a Sonora.
Con todo su estilo combativo, fundó un nuevo periódico,
La Insurrección, el grito de guerra patriótico y de entusiasmo del
pueblo sonorense. Ahí sostuvo la legendaria polémica con el tri-
buno español Emilio Castelar que fue, a decir de Francisco Sosa,
una segunda guerra de independencia del pueblo mexicano. En
París, Ignacio Ramírez fue declarado vencedor por unanimidad.
Emilio Castelar le envió un retrato con la siguiente dedicatoria:
"A Ignacio Ramírez, en recuerdo de una polémica en la que la
elocuencia y el talento estuvieron siempre de su parte; del ven-
cido, al vencedor, Emilio Castelar, París, 1867". En España había
aparecido una litografía de Ignacio Ramírez que sirvió para que
Emilio Castelar mandara a hacer el retrato al óleo de El Nigro-
mante, que tras permanecer años con la familia se entregó a un
museo de México.
Con la ley del 3 de octubre de 1865 Ignacio Ramírez regre-
só a Sinaloa y a sus luchas por la expulsión de los franceses del
territorio mexicano, pero fue rápidamente aprehendido. Víctor
Hugo ya sabía del talento colosal del legendario Nigromante. De
modo que aparecieron diversos artículos en diarios europeos, lo
que presionó al ejército francés a conmutarle la pena de muerte
por el destierro a San Francisco, California. Allá Ignacio Ramírez
inició de nuevo y de lleno la publicación de sus artículos en diarios
locales en contra de la intervención francesa.
Antes de la caída de Maximiliano fue confinado en la prisión
de San Juan de Ulúa, donde contrajo la fiebre amarilla. Ya recu-
perado, fue deportado a Yucatán. En Mérida se reencontró con su
gran amigo, el leal patriota e historiador Francisco Sosa, que lo
introdujo en los círculos sociales del estado.
En tanto, la masonería mexicana asentada en la capital de la
República preparaba e ideaba la forma de hacer llegar a Ignacio
Ramírez a la Ciudad de México. Pudo conseguirlo pero el imperio
de Maximiliano lo mantuvo en arresto domiciliario y con centinela
durante las 24 horas del día.
En julio de 1867 México recuperó su libertad. De vuelta a
las andadas intelectuales, Ignacio Ramírez se incorporó al diario
El Correo de México, en unión de sus correligionarios y amigos

98
Guillermo Prieto, Antonio García Pérez, Alfredo Chavero, José
Tomás de Cuéllar e Ignacio Manuel Altamirano.
Ignacio Ramírez nunca negoció sus ideales, sus principios
éticos o morales, ni claudicó de sus conceptos fundamentales. Los
biógrafos afirman que durante la intervención francesa llegó a
Chihuahua en condiciones desastrosas, con un traje desgastado. Un
policía lo detuvo y le comentó: "Señor, queda usted arrestado por
el cargo de mendicidad y malvivencia; aquí está prohibido pedir
limosna". El Nigromante contestó: "Tiene usted razón. Yo men-
digo la libertad de mi país invadido". Cuando el gobernador se
enteró de lo ocurrido, se disculpó amplia y personalmente pues
era amigo de Ignacio Ramírez.
Tras las elecciones de 1871 en que Benito Juárez resultó reelecto
presidente de la República, Ignacio Ramírez escribió:

Bueno, malo o maravilloso, no es justificación para perpetuarse en


el poder. Venció al enemigo extranjero, pero quién logrará hacer
que Benito Juárez pierda la adicción reciente al poder.

A Ignacio Ramírez le decepcionó ver cómo el gran hombre


y su trayectoria se perdían por el eterno vicio del poder. Para los
liberales, el gobierno de Juárez dejaba de ser constitucional. No lo
apoyaba el pueblo mexicano sino un grupo militar amparado en el
triunfo sobre la intervención francesa.
Soledad Mateos, la amiga querida de Margarita Maza de
Juárez, se convertía en la esposa de un contrincante político. Juá-
rez intentó ingenuamente aplacar a El Nigromante ofreciéndole
puestos políticos, obsequios y recuerdos de la intervención francesa.
Ignoraba que se las veía con el hombre más incorruptible en la
historia de México del siglo xix. Estaba declarada la separación
moral entre un gobierno inconstitucional y los verdaderos liberales
mexicanos.

Ignacio Ramírez, patrióticamente, se ha enlistado


en el Batallón Hidalgo, el glorioso, el s de febrero

99
del año en curso, bajo las órdenes del general Pedro
Hinojosa.

Guillermo Prieto, 1862


7
Las leyes de Reforma

Ante la insistencia de algunos importantes intelectuales, pero con


la renuencia del que redacta sobre temas tan sensibles para el pueblo
de México como el del periodo de la guerra de Reforma y el papel
que jugó Ignacio Ramírez en ese hecho histórico, y sin el ánimo
de generar polémicas estériles o causar divisiones innecesarias,
dejamos este capítulo intacto, apegado a los relatos y hechos que
eran conocidos por la familia Ramírez, y que fueron matizados o
censurados por los historiadores.
Esto es lo que sucedió.
En 1859 el pueblo mexicano derrotó a los conservadores en
una de sus tantas intentonas orquestadas por el clero, conformado
en su mayoría por órdenes regulares que a toda costa querían evitar
que la nación contara con la Constitución de 1857. Basta recordar
al arzobispo Labastida, quien condenó con energía la Constitu-
ción, su promulgación y su entrada en vigencia. No entendió que
el pueblo de México ya estaba cansado de mezclar lo dulce y lo
salado. El clero se había convertido en enemigo del pobre pueblo
mexicano con el único propósito de mantener sus privilegios y sus
abundantes diezmos.
Quién no recuerda a mujeres del pueblo que primero se
sentían obligadas a llevar el diezmo a la iglesia y luego a dar de
comer a sus hijos, so pena de perder el cielo o cometer un pecado
mortal.
Quién no recuerda al pueblo mexicano arengado desde los
púlpitos para que derrocara a gobiernos constitucionalmente electos
con tal de que el clero conservara, junto a una pequeña burguesía,
sus privilegios indebidos.

1o9
Quién no recuerda a familias enteras que pobremente querían
enterrar a sus parientes en algún camposanto pero antes debían
otorgar un donativo cuyo monto señalaba la calidad de la sepultura.
Quién no recuerda la negativa del clero a darles cristiana sepultura
a liberales o a militares republicanos.
Afortunadamente existió la ilustración intelectual y cuando
México decidió darse una nueva constitución, sin importar que
estuviera plagada de omisiones, decidió que era el momento his-
tórico oportuno para enfrentar a un grupo de hombres amparados
en fueros, dueños y propietarios de más de dos terceras partes
del país, sin contar los bienes que tenían ocultos o simulados con
prestanombres o sociedades mercantiles. Estamos refiriéndonos al
clero mexicano.
Un solo hombre no podía lograr el cambio de modo que se
unieron las mentes más brillantes, los espíritus más combativos,
formados en la adversidad que templa a los grandes de la historia,
para aligerar de forma definitiva la carga del pueblo mexicano.
La reacción conservadora fue implacable con todos los libe-
rales mexicanos. Los señores del dinero y de la fe no se iban a dar
por vencidos. Juárez, el presidente errante, lo supo siempre y no
se intimidó. Continúo la lucha con una determinación digna de
ser recordada siempre y convocó a Melchor Ocampo, Francisco
Zarco, Guillermo Prieto e Ignacio Ramírez, quien jugaría un papel
trascendental en la concepción de las leyes de Reforma.
Cuando Ignacio Ramírez fue congresista en 1857 elaboró un
proyecto ambicioso y determinó acabar con la funesta relación
Iglesia-Estado. El documento original, que se encuentra en los
archivos del Congreso, y se encontraba hasta 1896 en los anexos de
la Constitución de 1857, mencionaba los siguientes preceptos:

• El matrimonio es un acto civil, originado por la ley común


que debe estar controlado y regulado por autoridades del
gobierno constitucional y dar igualdad de género y derechos
a ambos contrayentes. El clero podrá celebrar matrimonios
sin condicionar a los consortes y de manera gratuita. El ma-
trimonio religioso no tendrá valor oficial y no estará sobre

uo
o en contra de las leyes o requisitos legales vigentes. Los
matrimonios, de acuerdo a la ley laica, deberán celebrarse
frente a jueces civiles. Los jefes militares de cada plaza
contarán, en relación con sus tropas, con las facultades para
celebrar matrimonios, que serán ratificados ante la autoridad
civil local en el lugar de origen de los contrayentes.
El matrimonio religioso es nulo de pleno derecho, aun
como documento probatorio, en materia de sucesiones. Los
matrimonios eclesiásticos anteriores a la vigencia de esta
Constitución deberán ser validados frente a las autoridades
civiles.
El Ejecutivo Federal será el titular del Registro Civil a
través de la Comisión Nacional de los Registros Civiles en
todas las entidades del país.
• Los cementerios de todo el territorio nacional, así como los
templos y camposantos de México, son y serán propiedad
única y exclusiva del pueblo mexicano. El gobierno federal
debe administrarlos con cargo al erario público, ya que son
el lugar de descanso perpetuo de los propietarios originales
del país.
• El trabajo del pueblo mexicano no deberá ser interferido
o suspendido por ninguna fiesta religiosa. El Congreso
determinará las fiestas oficiales.
• Todo hombre, mujer o niño debe y tiene derecho a creer
libremente en lo que más desee, en la religión que considere
conveniente. Por lo mismo, la religión católica será una más
de las toleradas. El Ministerio del Interior deberá regular las
prácticas y ritos religiosos en templos y no en la vía pública,
evitando sectas y credos que lesionen la conciencia y el sano
desarrollo mental del pueblo mexicano. Asimismo, los púl-
pitos de las iglesias no son tribunas legislativas del Partido
Conservador, por lo que deben abstenerse de intervenir en
asuntos laicos, so pena de que el gobierno mexicano inicie
acciones legales en contra de los responsables.
• El gobierno mexicano, constituido por el Ejecutivo, el Le-
gislativo y el Judicial, es el único poder federal reconocido
por esta Constitución. Con el fin de evitar más daños a la
República, se les desconoce toda personalidad jurídica, social
o política a las iglesias y congregaciones religiosas. Todos
los bienes, objetos, propiedades e inmuebles que están bajo
el control de estas últimas o a través de terceras personas, se
declaran propiedad del pueblo de México y serán desalojados
para que el gobierno federal los destine a usos y fines de
utilidad pública y no como centros de ocio o vagancia. Las
congregaciones y órdenes religiosas y quienes representan
sus intereses, bajo ningún título podrán participar en asuntos
de gobierno, o ser electos para cargos populares. La violación
de esta disposición se considerará un delito grave.
• Los bienes eclesiásticos fueron y son construidos con el
dinero del pueblo de México. Todo bien que se encuentre
dentro y fuera de los templos religiosos, incluidas las obras
de arte, serán destinados a museos o centros de cultura.
[Este punto sirvió para que Ignacio Ramírez fundara el
museo de arte religioso en Tepozotlán, así como la segunda
Biblioteca Nacional, y preservara la Biblioteca Palafoxiana,
en la ciudad de Puebla.]

Estos preceptos no fueron aprobados a nivel constitucional


porque tal vez existió una línea conservadora en el Congreso, pero
sirvieron como antecedente para que Melchor Ocampo elaborara
Las ocho leyes fundamentales.
La emancipación dogmática se consumó con la independencia
nacional pero la interdicción del pueblo mexicano duró hasta las
leyes de Reforma, que le devolvieron a éste el control de su des-
tino, y al ser humano común su plena conciencia, su maravillosa
autodeterminación y, sobre todo, la autonomía intelectual para que
construyera ui nación progresista, de educación laica y gratuita,
que destruyó a una de las mafias del poder, insaciable cuando de
dinero se trataba, que extorsionó al pueblo pobre y derrocó a pre-
sidentes de la República electos democráticamente.
De ahí la estatura y el lugar que Ignacio Ramírez tiene y
tendrá en la historia de México. La gente común, aún temerosa del

112
cielo y el infierno en aquellos días de emancipación y de la segunda
independencia nacional, despertó. Para Guillermo Prieto

Ignacio Ramírez realizó mayores hazañas que el propio Hidalgo,


porque su obra era la libertad intelectual y procuró darle al pueblo
más esperanza que las servidumbres en una parcela sin futuro o
sin destino propio, terminando con la eterna esclavitud de los
desposeídos.

En esos años la p-ente común desconocía los hechos y las


circunstancias que le acontecieron a Ignacio Ramírez, perseguido
por sus ideas emancipadoras por clérigos y conservadores, que lle-
garon a perpetrar crímenes en nombre de sus fueros y privilegios.
Guillermo Prieto, ya muy anciano, relataba a los hijos de Ignacio
Ramírez estos hechos vergonzosos que ordenaron los hombres de
Dios en contra de El Nigromante.
Corría el año de 1859 e Ignacio Ramírez era Ministro de
Justicia, Instrucción Pública, Fomento, Agricultura, Comercio,
Colonización e Industria, y como escribió Ignacio Manuel Alta-
mirano el i8 de julio de 1859,

El pueblo de México, cansado ya de los abusos del clero y de las


traiciones de los conservadores, se reunió en una gran multitud
frente al Palacio Nacional, y por aclamación multitudinaria y por
orden del gobierno de la República designó a Ignacio Ramírez para
ejecutar y aplicar las leyes de Reforma.

Entre los devotos, el clero y los tartufos corrió como fuego la


noticia: El Nigromante sería el ejecutor de la blasfemia y herejía de
la Reforma. En los diarios de la época lo llamaban "excomulgado",
"hereje", "masón", "jacobino". Jamás le pudieron reclamar que no
estuviera frente al pueblo de México, a la altura de las circunstan-
cias. Y jamás se benefició, como otros, del botín que significaron
los claustros y conventos que expropió.
En enero de 1861 altos jerarcas de la Iglesia mexicana se pre-
sentaron demandando una entrevista con El Nigromante, quien

113
mandó responderles que no perdieran el tiempo y observaran
estrictamente las leyes emanadas del congreso mexicano. Allí pre-
sentes, con seda roja y encaje de Bruselas, se encontraban las aves
de mal agüero del pueblo mexicano: Clemente de Jesús Munguía,
Pedro Espinosa, José María Covarrubias y Mejía, Lázaro de la
Garza y Ballesteros, Francisco de Paula Verea, a nombre de Luis
Clementi, Pedro Barajas y otros más. Con el fin de hacer la espera
más amena llamaron al fotógrafo Cruces y Campas para que los
retratara a todos juntos. Más tarde la fotografía fue utilizada con
fines propagandísticos y bautizada como Los mártires de la Reforma.
Cuando el presidente Juárez se enteró de este hecho, ordenó la
expulsión de varios de esos religiosos del país.
En el momento en que el secretario salió a anunciar que los se-
ñores no podían ser recibidos, comenzó la guerra entre un gobierno
elegido democráticamente y el poder eclesiástico. Los señores arzo-
bispos comenzaron a emplear sus tácticas más sutiles, a las órdenes
de la diplomacia vaticana. Primero extendían una recomendación;
luego, si el efecto era contrario, una amonestación, y si esto no daba
resultado sacaban su arma más letal, la excomunión.
Según relató Francisco Zarco, haciendo uso de sus más am-
plias facultades celestiales, los señores referidos un día "aparecieron
de la nada"una cartera tamaño oficio, de piel color vino, que contenía
una muy elaborada correspondencia, llena de lacres y sellos rema-
tados por el escudo vaticano, y alzando la mano uno de los clérigos
anunció solemnemente que, en vista de la negativa, su santidad Pío
IX había excomulgado a Ignacio Ramírez, excomunión de la que
hacía partícipes a sus descendientes hasta la cuarta generación.
Tal revuelo causó la mentada carta que la gente se agolpó en
las escaleras del patio central de Palacio Nacional para ver salir a los
hombres celestiales, que cruzando la acera se introdujeron en la Ca-
tedral rodeados por un gran número de lisonjeros y monaguillos.
Ignacio Ramírez salió de su privado y frente a los empleados
del Ministerio, lívidos y consternados, anotó en la carta del pontífice
romano la siguiente leyenda: "Enviar al Ministerio del Interior y
archívese donde no estorbe". Acto continuo se dirigió a los presentes
con su impactante semblante y dijo:
No venimos a hacer la guerra a la fe sino a los abusos del clero.
Nuestro deber como mexicanos no es destruir el principio religio-
so sino los vicios o abusos de la Iglesia para que, emancipada la
sociedad, camine.

Una carta vaticana no haría claudicar al apóstol de la Refor-


ma de uno de sus objetivos: la estricta observancia del Estado de
derecho.
Para quien dude de lo antes referido, bastará la siguiente cita
de Guillermo Prieto que, conmovido, contaba con emoción a los
hijos de Ignacio Ramírez:

En todo México circuló la famosa anécdota espeluznante. A un


lugar llamado La Moneda se llevaron algunas joyas de carácter
religioso, un tesoro en forma, custodias, cálices, copones, patenas de
oro o sobredoradas. Nadie quería tocarlas. Los obreros, en grupos
hostiles, llenaban el patio. La noticia había cundido por aquellos
suburbios. El pueblo humilde pugnaba por entrar a ver semejante
tesoro legendario y el destacamento de policía contenía con difi-
cultad a la creciente multitud. Ignacio Ramírez fue notificado. S alió
de su oficina, tan sólo acompañado por Guillermo Prieto, y abordó
un coche de punto.
Cuando la turba se enteró, se apostó en un lado de la calle. Gritaba
"impío, ateo, hereje, nigromante". Otros se desbordaron en aplausos
y vivas al ministro. En forma muy respetuosa, la gente dejó el paso
libre para permitir que Ignacio Ramírez entrara al inmueble. El
silencio se hizo. Estaban frente a un hombre íntegro y de principios
sólidos. El Nigromante se dirigió hacia los objetos de oro y plata
allí hacinados y, para asombro de los presentes, tomó un mazo de
hierro y se puso a golpear el metal impoluto. Las gemas, perlas y
joyas saltaban bajo el sacrílego martillo. Los objetos se abollaban
y rompían. Acto continuo, los obreros imitaron en su mayoría al
ministro hereje. La Reforma se alzaba con un gran triunfo.
Al caer la tarde, Ignacio Ramírez se dirigió a la gente con estas
palabras: "Pueblo de México, yo soy uno más de ustedes. Deben
saber que el oro, las piedras, perlas y cosas de valor son de su pro-
piedad. Ustedes los dieron como limosnas y diezmos para comida
y sustento de los desprotegidos o para obras sociales, no para la

H5
insaciable vanidad y banalidad de unos cuantos que, deseosos de
encontrar felicidad en los excesos, se olvidaron de los más pobres.
Por eso devuelvo ese dinero al pueblo pobre de México, con la
esperanza de que cumpla de forma final a la causa para la que fue
destinado".

Ignacio Ramírez fue más allá. Impulsó proyectos de ley que


complementaban las leyes de Reforma en los que se determinaba la
desaparición de las órdenes religiosas.Tenía la intención de obligar a
las autoridades religiosas de todo credo a que pagaran puntualmente
un salario digno a cada sacerdote activo. Los salarios provendrían
de las limosnas y los donativos públicos. Lo que sobrara de éstos,
se destinaría al mantenimiento de los inmuebles religiosos y para
obras de caridad.
Asimismo, decía que toda persona que labora debe recibir un
salario digno y que los sacerdotes no debían ser la excepción. Si la
Iglesia no quería observar este precepto, el gobierno mexicano podía
administrar el dinero que se recaudara en los templos y cubrir los
salarios de los sacerdotes. Y aseguraba que la Iglesia debía pagarle
una renta al gobierno federal por la utilización de los templos, que
eran propiedad de la nación.
Los sacerdotes tenían garantías individuales, pero si cometían
un delito —robo de arte sacro, faltas comunes, uso indebido de los
templos, daño a los inmuebles entregados en comodato o renta—
debían asumir la responsabilidad penal.
Un día de junio, Benito Juárez se asombró cuando su jefe de
guardia le comentó:

Señor Presidente, nos informan que el señor Ministro de Justicia,


Ignacio Ramírez, en cumplimiento de las leyes de Reforma está
derrumbando, con sus propias manos, ya que los obreros no se
atrevían, los muros del convento contiguo a la Alameda [el de
Santa Isabel y de La Concepción que, en parte, ocupa actualmente
el Palacio de Bellas Artes]. Tomó posesión del inmueble, con la
oposición de los religiosos.

116
Le siguieron los templos de San Agustín, hoy Biblioteca Na-
cional, el convento de La Merced y un gran número de propiedades,
tanto en la Ciudad de México como en el interior de la Repúbli-
ca. En Puebla, Ignacio Ramírez rescató la majestuosa Biblioteca
Palafoxiana y entregó el palacio arzobispal al gobierno del estado
para que fuera la sede de la administración. También concentró un
gran número de cuadros y de arte religioso en Tepozotlán, acervo
que existe hasta nuestros días.
Muchos bienes e inmuebles pasaron por las manos de Ignacio
Ramírez y jamás se apoderó de un solo céntimo, ni se benefició
en forma alguna de la exclaustración de los conventos. Presentó al
Congreso una rendición de cuentas públicas de forma tan detallada
y pulcra que su honradez y probidad fueron reconocidas.
En lo más álgido de la Reforma, acontecieron hechos en los
inmuebles expropiados al clero que horrorizaron a la sociedad mexi-
cana. Los diarios publicaron la crónica de los siguientes sucesos.
Mientras Ignacio Ramírez estaba levantando inventario e
inspeccionando un convento que se encontraba en el centro de la
Ciudad de México, cerca de La Merced (según el cronista Zúñiga
y Ontiveros, el convento de La Merced se localizaba en las actuales
calles de Corregidora y Regina), sus hijos Román y José jugaban
en el patio a las canicas. Una de ellas se deslizó por una ranura del
piso (el piso del patio estaba cubierto de lajas o lápidas de piedra
de aproximadamente 70 centímetros de largo por go centímetros
de ancho y había una fuente de cantera en el patio central).
Ante la insistencia de sus hijos, Ignacio Ramírez ordenó a
uno de los obreros retirar la piedra del suelo para sacar la canica.
Cumplida la operación, descubrieron un pequeño ataúd de madera
con los restos de un infante recién nacido, que tenía un cordón
amarrado al cuello. El espectáculo era macabro. En ese momento,
Ignacio Ramírez ordenó remover todas las lajas de piedra del patio.
El asombro fue general: encontraron más de 3o cajas con los restos
de niños enterrados en las mismas condiciones.
El jefe de la orden religiosa intentó darse a la fuga, sin conse-
guirlo. Al ser interrogado sobre tan repulsivo hallazgo, declaró que
las supuestas damas de la alta sociedad, de honorable reputación, en
algunos casos otorgaban al convento grandes donativos en dinero
a cambio de dejar su "regalito" en el jardín. Las damas abortaban y
ocultaban los fetos con la complicidad de los clérigos.
Esa noche Ignacio Ramírez le informó al presidente Juárez lo
que toda la Ciudad de México ya sabía. El presidente le pidió a El
Nigromante llevarlo al lugar para constatar el hallazgo personal-
mente. Creía que Ignacio Ramírez, con el fin de apoyar la reforma
de Melchor Ocampo, había montado semejante versión. Juárez,
Guillermo Prieto e Ignacio Ramírez salieron por la puerta de la
calle de La Acequia, abordaron un coche de caballos y llegaron al
convento. Eran las ri de la noche y aún había mucha gente a las
puertas custodiadas por la policía y algunos soldados. El presidente
entró discretamente al patio iluminado por velas que los obreros
habían encendido, "para los niños difuntos".
El presidente Juárez recorrió el patio y observó las sepultu-
ras. Miraba a los empleados y obreros con la esperanza de que la
visión dantesca fuera irreal. En su semblante el enojo dejó paso a
la impotencia. Volvió la vista hacia Ignacio Ramírez y le dijo con
una voz apenas audible: "Gracias, licenciado Ramírez, por la cortés
y moderada versión que hizo de estos acontecimientos. Se quedó
usted muy corto". Inmediatamente, los cuerpos fueron trasladados
a un lugar digno, la iglesia de San Miguel, cerca del Bosque de
Chapultepec, donde recibieron sepultura.
Antes de retirarse del lugar, el presidente Juárez ordenó una
investigación y "derrumbar todo convento, camposanto o claustro
de la República pues no eran lugares santos sino lugares de ocio y
crímenes espantosos".
Ignacio Ramírez entendió entonces por qué hubo un incendio
en los archivos del convento de La Merced antes de la exclaustración
y la expropiación del inmueble por parte del gobierno mexicano.
Tras el hallazgo, mucha de la gente común que no coincidía con
El Nigromante como ejecutor de las leyes de Reforma le otorgó
su apoyo incondicional.
Otro acontecimiento digno de mención fue la demolición de
una parte del convento de San Agustín, en la Ciudad de México.
Ignacio Ramírez descubrió una pared reciente en la entrada de

118
una capilla exterior. Le pareció extraña y mandó derribarla. Para
asombro de los presentes, detrás de ella el clero había ocultado, en
barriles de madera y ollas de barro, una inmensa cantidad de mo-
nedas, joyas y obras de platería, producto de diezmos, limosnas y
donativos que no pudo sacar tras la exclaustración de los conventos
y la expulsión de las órdenes religiosas.
Esa cantidad colosal de dinero fue inventariada hasta el último
real y enviada al inmueble llamado "de la Moneda" para convertirla
en dinero de curso legal. Con esos recursos, el gobierno de Juárez
cubrió el 40% de los salarios adeudados a los empleados públicos
en 1861, y fue llamado "el salario de la Divina Providencia" por los
trabajadores de las dependencias oficiales.
Almonte, Gutiérrez Estrada, el arzobispo Labastida, el padre
Miranda y otros personajes declararon a Ignacio Ramírez "enemi-
go público". Desde el extranjero o la lejanía se confabularon - para
eliminarlo.
8
El atentado

Para fortuna de México, los acontecimientos y hechos que a conti-


nuación refiero no tuvieron el efecto esperado por los conservadores.
Decía Guillermo Prieto que "gracias a Dios, que estuvo de parte
de los liberales, no pasaron a mayores".
Como precursor, ideólogo y ejecutor de las leyes de Reforma,
a Ignacio Ramírez no le importó enfrentarse a fuerzas siniestras
ni con poderes colosales que se escudaban en lo sagrado. La Igle-
sia seguía despertando temor en la sociedad mexicana. Así pues,
Ignacio Ramírez estaba seguro de que había llegado el momento
histórico, político y social para acabar con sus abusos en contra del
pueblo mexicano. Ya no se permitiría al clero gobernar a través
de los conservadores, acumular más poder y riqueza y derrocar a
presidentes de gobiernos democráticos.
Ignacio Ramírez conocía a la verdadera Iglesia de esos años.
Su padre, los insurgentes y otros héroes nacionales habían pasado
algunas temporadas en las mazmorras de la Inquisición. El mismo
fue perseguido por cómplices del clero, que no entendían lo que
eran las garantías individuales, la educación laica y gratuita y los
derechos fundamentales. Sabía también que todo lo que perjudicaba
al pueblo mexicano debía ser eliminado. La Ilustración había llegado
tarde pero se adaptaba a nuestra realidad social. Por eso la filosofía
de Ignacio Ramírez no fue rebasada por la realidad nacional y la
Reforma. Tampoco perdió el rumbo.
El partido conservador estaba determinado a detener, a
cualquier precio, a Ignacio Ramírez y a otros liberales mexicanos
sin reparar en el método y en la forma. En la casa del arzobispo
primado de México se fraguó la confabulación. Se dice que el

1 23
mismo Labastida y Dávalos la aprobó, junto a José Ignacio Arenga,
Francisco de Paula Verea y un señor Barajas. Incluso bautizaron el
complot como "Nuevo amanecer".
Los conservadores se enteraron de que Soledad Mateos Lo-
sada se encontraba gravemente enferma del corazón, debido tal vez
a las continuas impresiones que la vida de su marido —llena de
persecuciones, encarcelamientos y dificultades— le provocaban.
Todos los días, alrededor de las diez de la mañana, la seño-
ra Mateos de Ramírez dejaba su casa a bordo de una litera que
perteneció a su familia, un pequeño sillón con techo y puertas de
madera cargado por dos sirvientes (las damas prominentes solían
utilizar este tipo de transporte en viajes cortos para no ensuciar sus
vestidos en las aceras de las calles, pues en esos tiempos no había
aún drenaje). Era una ferviente, pero moderada y discreta, devota
del Sagrado Corazón de Jesús, así que asistía a la Catedral a la cual
la familia Mateos había donado una imagen religiosa que presidía
una de las capillas del Sagrario (hoy permanece en el altar de la
iglesia). Rezaba por un momento y luego, igualmente discreta,
abandonaba el templo. Algunas veces pasaba a visitar a Margarita
Maza de Juárez para comentar temas sociales, bordar o hacer una
visita de cortesía.
Ignacio Ramírez siempre supo que su esposa era muy religiosa
y jamás interfirió ni le prohibió nada en ningún sentido. Le decía:
"Si lo deseas, Sol, puedes ir a la iglesia si eso te place".
Una de tantas mañanas, al salir de la Catedral, Soledad Mateos
fue abordada por una mujer muy humilde a quien le ofreció unas
monedas. La mujer las rechazó, pero le pidió trabajo de limpieza y
en las tareas del hogar para ganarse el sustento y alojamiento. La
señora Mateos de Ramírez se compadeció y, enferma como estaba,
vio en esta mujer una ayuda. Le pidió su nombre —Leonor Guz-
mán— y le dijo: "Sigue la litera, te pagaré un sueldo mensual".
Leonor Guzmán tenía aproximadamente 6o años. Era muy
delgada, de tez oscura y facciones duras. Dijo que provenía del es-
tado de Oaxaca y que había trabajado bajo las órdenes y protección
de José María Covarrubias y Mejía, obispo de Oaxaca. En realidad,
Leonor Guzmán había sido aleccionada por los conservadores para

124
infiltrarse en la casa de Ignacio Ramírez y proporcionarle, por las
noches, en la cena, un veneno muy eficaz.
Es posible que Ignacio Ramírez fuera un hijo predilecto de
la Divina Providencia porque, debido a la cantidad exorbitante de
trabajo que abrumaba a los ministerios, casi no comía ni cenaba
en casa, para contrariedad de la malévola Leonor Guzmán. Un
día, sin embargo, El Nigromante llegó relativamente temprano a
su casa. Eran las diez de la noche y Leonor Guzmán le dijo que en
el escritorio había dejado una charola con algo ligero para cenar.
Lo que no previó fue que en ese momento el joven Cardoso, un
funcionario oficial, llegó con unos papeles que El Nigromante
debía firmar.
Como muchos niños, Juan y Román Ramírez adoptaron un
gato feo y amarillo que habían encontrado en la calle. Mientras
Ignacio Ramírez atendía al oficial, el gato subió al escritorio y se
despachó los manjares de la charola. Para su sorpresa, la familia co-
menzó a oír los maullidos agónicos del animal, que se contorsionaba
de dolor y echaba espuma por el hocico. Llamaron inmediatamente
a la policía pero Leonor Guzmán se dio a la fuga. En su descuido,
había dejado un misal, la botella —demasiado elegante— que con-
tenía el veneno y una carta procedente de Oaxaca que decía: "Te
envío el asunto para el encargo que tienes en la casa del jacobino.
Saludos de todos tus amigos".
A pesar de toda la presión que ejercían sobre él, Ignacio
Ramírez jamás se sintió intimidado por nada. Valiente, honrado,
recto y leal, al lado de Benito Juárez y otros liberales había logrado
consumar la libertad de conciencia del pueblo mexicano y terminar
con la época en la que el clero era propietario de dos terceras partes
del territorio nacional.
Otro relato conocido por la familia Ramírez refería que,
mientras efectuaba diligencias oficiales en los conventos y templos
de la Ciudad de México, Ignacio Ramírez localizó un túnel de dos
metros de ancho y cinco metros de profundidad que de un lado
partía de la Catedral hasta el edificio del Santo Oficio, en la plaza de
Santo Domingo, y por el otro llegaba a la iglesia de La Candelaria,
en Tacubaya y de ahí hasta el convento de San Angel. A través del

125
túnel los clérigos transportaban los valores de la Iglesia sin riesgo
de ser vistos o asaltados. Algunos ingenuos consideraban que el
gobierno virreinal mandó construirlo con fines militares.
El túnel fue cerrado durante la administración de Lerdo de Te-
jada en 1872. Durante el porfiriato algunos tramos fueron utilizados
como parte del drenaje de la ciudad. El hecho es que la porción que
comprendía de la iglesia de La. Candelaria hasta San Angel, por lo
que hoy es la avenida Revolución, hasta 1889 podía recorrerse con
un permiso especial. Por generaciones, los habitantes de Tacubaya
supieron de la existencia de ese túnel. Decían incluso que guardaba
un tesoro. Hay quienes afirman que cuando se construyó el viaducto
Miguel Alemán, en el desnivel de avenida Revolución y Puente de
la Morena se encontró parte de ese tesoro.
Durante esos años el incansable liberal reformó la ley de
hipotecas y juzgados e hizo prácticas las leyes de separación entre
la Iglesia y el Estado. Ideó un plan de estudios, estandarizó la
educación elemental en la Ciudad de México, estableció el primer
proyecto de observatorio científico y astronómico, donó parte de sus
cuadros —óleos sobre tela—, reunió otros más para crear la colec-
ción de la Escuela de Bellas Artes, y renovó el contrato de Antonio
Escandón para la construcción del ferrocarril de Veracruz.

126
9
La separación

Guillermo Prieto recordaba a la familia Ramírez un hecho rela-


cionado con la segunda administración del presidente Juárez:

El Nigromante no podía traicionar sus ideales y principios funda-


mentales; en varias ocasiones Juárez mandó llamar a Ignacio Ra-
mírez para terminar con el enfrentamiento entre ambos. Juárez en
persona, o a través de terceros, trató de convencerlo para que volviera
al partido juarista pero El Nigromante tan sólo decía que si tanto
era el aprecio por su persona e ideales, lo mejor sería que el señor
Juárez abandonara la presidencia para que, ya como dos ciudadanos
comunes y en la vida privada, limaran asperezas.

No podría afirmarse que Juárez e Ignacio Ramírez hayan


sido enemigos. Durante décadas los hermanaron los ideales libe-
rales y la masonería. Pero para Ignacio Ramírez primero estaba la
democracia y luego todo lo demás. No podía hacer excepciones
constitucionales a favor de Juárez, después de haber combatido a
Santa Anna, Comonfort y Maximiliano, que se encariñaron con el
poder. Decía, en tono irónico, que

A un hombre que ya probó el poder le resulta difícil llevar luego


unas costumbres sencillas y decorosas. En la vida privada y pública se
comienzan a notar los síntomas inequívocos de semejante adicción.
El poder es una enfermedad catastrófica que se nutre del aplauso
nutrido y la lisonja.

1 29
Una tarde en que Ignacio Ramírez pasó a recoger a su esposa
al círculo de costura en Palacio Nacional, coincidió con Benito
Juárez en los patios. Se saludaron sin decir palabra y se despidieron
de igual manera. Fue la última vez que la señora Soledad Mateos
de Ramírez asistió a esas reuniones.
Después de tantas luchas y tantos encarcelamientos, El Ni-
gromante no iba a renunciar a sus principios e ideales firmes. De
modo que no dudó en seguir su camino solo, totalmente solo. Para
Ignacio Ramírez el poder no era una adicción sino una herramienta
para servir.
Le encantaba ir al Zócalo y sentarse a observar de forma
discreta y a escuchar al pueblo liso y llano. Un día se interesó por
una conversación que sostenían dos caballeros de mediana posición.
En cierto momento, uno de ellos sentenció: "Todos los triunfos del
señor Juárez están suspendidos hasta en tanto no deje de ser pre-
sidente por voluntad propia. Lleva 14 años en la silla presidencial".
(En 1871 Juárez se reeligió por tercera ocasión e Ignacio Ramírez lo
denunció implacablemente en diversos artículos periodísticos.)
A pesar de que la fórmula fundamental de la vida de El Ni-
gromante había sido entrar aparentemente derrotado a una prisión
para salir a ocupar las más encumbradas posiciones, en esta lucha
de colosos no estaba dicha la última palabra. Ignacio Ramírez fue
electo por unanimidad Ministro de la Suprema Corte de Justicia
de la Nación, con la férrea oposición de la administración del pre-
sidente Juárez. A pesar de las fallas o defectos del sistema político,
era una época en que cabía la lucha de partidos y existía un lugar
fértil para todas las opiniones. Duró 12 años como ministro. Siempre
habló con respeto del presidente Juárez y apoyó todo proyecto que
estuviera sustentado constitucionalmente, que no violara ninguna
disposición legal vigente y que no fuera contrario al interés general
de la nación.
En esa época gloriosa de la Suprema Corte de Justicia de la
Nación, Ignacio Ramírez compartía funciones con Sebastián Lerdo
de Tejada, Cardoso, Iglesias e Ignacio L. Vallarta, y era tal su eru-
dición sobre temas constitucionales y otras ramas del derecho que
le llamaban "el Kant mexicano". Aunque se negó a escribir sobre

13o
derecho constitucional, se dedicó de lleno a impulsar reformas al
sistema de justicia federal.

I° La separación permanente y definitiva del poder judicial


(autonomía total, orgánica y dogmática). Sobre una lista de jueces
federales con más de 3o años de servicio en la administración de
la justicia, el Congreso designaría a los ministros o magistrados. El
escalafón corría en los siguientes términos: juez civil, juez de distrito,
magistrado, candidato a ministro de la Corte, ministro numerario
y presidente de la Suprema Corte de Justicia.
2° El Congreso federal regulaba conductas del ejecutivo fe-
deral que trataban sobre el tráfico de influencias o la presión sobre
el poder judicial para obtener resoluciones favorables.
3° La creación de la escuela del poder judicial. Para ser juez,
ministro o magistrado era requisito indispensable haber estudiado.
La promoción de funcionarios del poder judicial se hacía con base
en calificaciones en relación con el desempeño, transparencia, cursos
de ética judicial, eficacia y otros rubros que daban puntos anuales,
necesarios para ser ministro de la Corte.
4° La inmovilidad de los miembros del poder judicial, in-
cluidos los empleados menores, con la salvedad de que hubieran
cometido actos indebidos, o mostrado letargo en la administración
de justicia, corrupción o notoria incompetencia.
5° Creó los antecedentes de la jurisprudencia moderna y la
especialización de las salas de la corte. Demandaba que la Suprema
Corte de Justicia atendiera, en una sala especial, los casos electora-
les y de garantías individuales, así como los delitos de los poderes
federales. Los juicios políticos deberían ser sancionados y no rea-
lizados por el Congreso, para evitar que invadiera la competencia
del poder judicial.
6° La autonomía presupuestal y orgánica del poder judicial y
la efectiva separación de los poderes federales.
7° La oportunidad para que las mujeres pudieran aspirar, en
iguales circunstancias, a puestos de juez, magistrado o ministro de
la Corte.

'3'
Con semejantes ideas, siempre adelantadas a su tiempo,
Ignacio Ramírez volvía a ser el centro de la controversia entre
el ejecutivo, que aspiraba a la omnipotencia, y el poder judicial,
determinado a mantener el sano equilibrio y la separación real de
poderes a nivel federal. Era la constitución de facto contra la cons-
titución progresista.
La opinión pública, siempre implacable, pero muy benevo-
lente con hombres de principios firmes, se puso a favor de Ignacio
Ramírez. Los diarios conservadores señalaban que "era el único
hombre íntegro, sobreviviente moral de la Constitución de 1857 y
de la Reforma". Por primera vez en su vida gozaba de la simpatía
general.
En julio de 1871 apareció la sombra del fraude electoral en
las elecciones que ganó Juárez. Porfirio Díaz lanzó el Plan de la
Noria y más de la mitad del país se levantó en armas, acaudillada
por generales y gobernadores de varios estados.
Un dato que se desconoce es que cuando José Martí visitó
México en 1875 y 1876 insistió en conocer al legendario Nigroman-
te, gracias a las referencias de Víctor Hugo. El liberal mexicano
le expuso sus visionarias ideas sociales y le obsequió un proyecto
que databa del 3o de enero de 1868 relativo a la emancipación de
Cuba. El Nigromante apoyó a Martí para que fuera delegado ante
el Congreso Obrero Mexicano. Se dice que el grupo de Ignacio
Manuel Altamirano presentó a Martí con la que sería su esposa,
Carmen Zayas Bazán.
La lucha de El Nigromante no había sido infructuosa. El país
se encauzaba a la etapa de la aplicación formal de leyes, emanadas
del pueblo, existía un Congreso con un gran prestigio y sobre todo
una sociedad madura, consciente, pero que aún no estaba acostum-
brada a los tiempos de paz.
El 2 de enero de 1871 falleció Margarita Maza. Ignacio Ra-
mírez le rindió homenaje con estas palabras:

Mujer virtuosa, de conducta moderada, de perseverancia y lealtad


incuestionables, orfebre extraordinario del temple y carácter del
señor Juárez.

132
El 15 de julio de 1872 Benito Juárez murió víctima de angina
de pecho. La sociedad, los políticos a favor y en contra, los masones,
niños, ancianos y soldados se unieron en duelo nacional. El hijo
más querido de México, rebelde y mal aconsejado, había fallecido.
Sus defectos no opacaron sus extraordinarios servicios, su lealtad
incuestionable a México, su perseverancia en la vida.
Sebastián Lerdo de Tejada llegó por consenso a la silla presi-
dencial; después estalló la revolución de Tuxtepec. Ignacio Ramí-
rez fue apresado y conducido a La Ciudadela. El confinamiento
duró muy poco. Una vez libre fue nombrado Ministro de Justicia
e Instrucción Pública por el general Porfirio Díaz. Y una vez más
dejó huella. Abolió el internado en las escuelas nacionales, creó la
pensión para niños pobres sobresalientes, reestructuró la educación
elemental, reorganizó la Escuela Nacional Preparatoria y puso en
marcha la versión actualizada del plan de estudios oficiales, que ya
incluía biología, matemáticas e inglés elemental.
Ignacio Ramírez apoyó a su discípulo, Gabino Barreda, para
que en 1878 fuera Ministro Plenipotenciario de México en Berlín,
con el propósito de estudiar el sistema educativo y de hospitales
y ponerlo en marcha en México. Debemos recordar que durante
la primera administración del presidente Juárez, Ignacio Ramírez
había concesionado el Hospital Central a los alemanes para que
en tres años emprendieran una rigurosa reestructuración. Debía
prestar servicios gratuitos o a precios bajos. Fue el primer hospital
subvencionado por la Lotería Nacional y por donadores particu-
lares, entre los que estaban familias de gran abolengo: los Landa,
los Preciado, los Mier y Pesado, los De Teresa, los Haghenbeck
y otras.
En 1874 Ignacio Ramírez recibió el golpe más devastador de
su vida. Su esposa, Soledad Mateos, moría a causa de una añeja
afección cardiaca. A partir de entonces, Ignacio Ramírez sufrió
una transformación radical. Se retiró de todo ambiente social.
Estaba herido de muerte. La mujer que renunció a una vida de
grandes comodidades, títulos de nobleza, fortuna, propiedades y a
una existencia placentera, que abandonó todo para seguirlo en la
aventura de cambiar y crear un nuevo país, la que lo siguió como

133
buena creyente en las buenas y en las malas, en la prisión y el des-
tierro, esa extraordinaria compañera había fallecido.
El ministro de Justicia e Instrucción Pública, el ministro
de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, ahora sólo tenía la
compañía de sus cinco hijos: José, Román, Manuel, Ricardo y Juan.
Vivía una rutina de relativa tranquilidad: de la Suprema Corte de
Justicia de la Nación a su casa y de ahí a la Suprema Corte. Ignacio
Ramírez paseaba diariamente por el jardín del Zócalo. Sus hijos lo
alcanzaban en ese lugar para llevarlo a casa. Estaba cansado de la
lucha y de la vida y había perdido la capacidad de asombro.
A veces reflexionaba acerca del hambre de poder. Decía que
todo hombre tiene la enfermiza obsesión por el poder. "Entrégale a
un simio un sombrero y un bastón, y qué obtendremos: un ensayo
de dictador."
Cinco años le sobrevivió a su esposa y un día de junio de 1879
se sintió enfermo. Le solicitó a Ignacio L. Vallarta una licencia para
ausentarse de sus labores. Salió de la Suprema Corte de Justicia de
la Nación y fue a sentarse en una de las bancas del Zócalo. Román
y Juan fueron en su busca y lo llevaron a la casa de Santa Isabel
9. Se recostó. A decir del doctor que lo atendió, venía moribundo.
México se merecía un futuro infinitamente mejor que el pronosti-
cado desde Europa o desde los púlpitos, con una educación laica y
gratuita, con derechos fundamentales, con apego a la ley, con una
sociedad combativa y próspera. Un país construido y regido por los
mexicanos, gracias a hombres de la talla y las contribuciones de El
Nigromante (Francisco Zarco, 18 de junio de 1857).
A manera de homenaje a Ignacio Ramírez, relataré sin censura
el deceso de ese genio visionario, estadista y hombre colosal, cuyo
final fue diferente al del pueblo en general. Sus ideas y acciones
tuvieron dimensiones épicas. Contribuyó a mejorar de manera
radical a este México y dejó la puerta abierta a un nuevo futuro
para el pobre pueblo, condenado por nacimiento a la ignorancia,
la superstición y la miseria.

134
Heme aquí sordo, ciego, abandonado
en la fragorosa senda de la vida:
Apagóse el acento regalado
Que a los puros placeres me convida;
Apagóse mi sol; tiembla mi mano
En la mano del aire sostenida.
Yo he probado mil veces la amargura
Jamás como hoy, mezclada con mi llanto.
¿Qué es nuestra vida sino tosco vaso
Cuyo precio es el precio del deseo
Que en él guardan natura y el acaso?
Madre naturaleza, ya no hay flores
Por do mi paso vacilante avanza:
Nací sin esperanza ni temores
Vuelvo a ti sin temores ni esperanza.

Ignacio Ramírez, 1879


Io
El deceso

Ei 12 de junio de 1879, como ya se mencionó, Ignacio Ramírez pidió


una licencia para ausentarse de la Suprema Corte de Justicia de
la Nación. Al llegar a su casa, se recostó. El médico adelantó este
diagnóstico: "El licenciado Ramírez está gravísimo y visiblemente
moribundo". Agonizó a lo largo de tres días.
Con voz muy apagada, recordaba el día en que conoció a su
esposa y algunos pasajes de su vida familiar y política, tal vez para
distraer la mente de los atroces dolores físicos que le aquejaban. El
día final estaban presentes su hermano, el general Juan Ramírez
Calzada, héroe de la batalla del 5 de mayo de 1862; su madre, Sin-
forosa Calzada, de 87 años de edad, e Ignacio Manuel Altamirano.
La recámara denotaba una gran pobreza. Los objetos de valor
habían sido sacrificados o robados durante la dictadura de Santa
Anna y el imperio francés. Sobre dos mesas de noche descansaban
el retrato de Soledad Mateos, otro de sus hijos, y dos más referentes
al Congreso Constituyente de 1857. Sobre la cabecera de la cama, al
fondo de la habitación —iluminada por dos velas—, destacaba en
un óleo sobre tela una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. De
una de las paredes colgaban las fotografías de su madre, Sinforosa
Calzada, una de Guillermo Prieto y otra de Leandro Valle. A la
izquierda de la cama reposaban un escritorio de cortina y un ropero
antiguo de cuatro metros de alto, con luna al centro, y tres sillas de
madera talladas.
El Nigromante se quejaba lastimosamente. Su mano derecha
descansaba sobre el pecho. No había probado alimento desde que
cayó enfermo. El doctor le administró una solución que apenas
ayudaba a mitigar el dolor. A las n horas y 16 minutos del 15 de junio

139
de 1879 Ignacio Ramírez había fallecido. Sus hijos, que aguardaban
en la habitación contigua, ingresaron en silencio a despedirse de
su padre.
Ignacio Manuel Altamirano le informó a Ignacio L. Vallarta.
La noticia corrió por la ciudad y sacudió a la sociedad entera. A
las seis de la tarde, gente de toda clase se agolpaba a las puertas de
la calle de Santa Isabel 9. Un hombre vendía estampas del apóstol
de la Reforma.
Dentro del domicilio de la familia Ramírez la aflicción y la
pena eran mayúsculas. También la pobreza. Como El Nigromante
no había recibido su sueldo en un año y medio, no alcanzó el dinero
para costear el funeral. La carta de Ignacio Manuel Altamirano a
Ignacio L. Vallarta era la única salida esperanzadora.
Alguien recogió los papeles dispersos sobre el escritorio, textos
que Ignacio Ramírez mantenía encendidos: un proyecto para la
Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, de la cual era pre-
sidente; un informe de minería, recursos naturales y demográficos
que había redactado con Leopoldo Río de la Loza, Alfonso Herrera
y Gumersindo Mendoza; un estudio que demostraba que Alexander
von Humboldt había plagiado información de científicos mexicanos
de los siglos xvii y xvIII. Había otros documentos, como una carta
de Ignacio Mariscal en la que acusaba a Ignacio Ramírez de atacar
la figura del presidente y violar la ley de imprenta.
El día terminaba, y ya cerca de las ocho de la noche llegó un
carruaje muy elegante con seis policías de civil que se apostaron
afuera de la casa. Dos personajes ingresaron de forma tan discreta
que parecían familiares del difunto. Se trataba de Ignacio L. Vallar-
ta, presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, y del
presidente Porfirio Díaz, que en esos momentos era considerado
héroe nacional. El presidente Díaz, conmovido, saludó al general
Juan Ramírez, a la madre y a los hijos de El Nigromante, a quienes
informó que el gobierno mexicano se haría cargo del funeral. Se
retiró después de 4o minutos de estancia, no sin antes preguntar:
"¿Cómo es posible que Ignacio Ramírez, con tantos puestos públicos
y tanta popularidad, viviera tan modestamente?" El señor Vallarta
le contestó en tono molesto: "Era el liberal más honrado y decente

140
de México. Qué poco lo conocía usted para poder creer que Ignacio
se hubiera beneficiado con algún cargo público".
A las diez de la noche el cadáver fue embalsamado. Un artista
confeccionó una máscara funeraria en yeso, que serviría para la
estatua de Ignacio Ramírez en el Paseo de la Reforma (la máscara
se encuentra actualmente en el Recinto Parlamentario del Palacio
Nacional). Acto seguido, los grandes maestros de las logias masonas
de México realizaron los ritos funerarios que correspondían a un
estadista de la talla de Ignacio Ramírez, Gran Maestro de la logia
masona H. Rito Nacional.
A las ocho de la mañana del 16 de junio de 1879 el pueblo
abarrotaba las calles. En la Cámara de Diputados se dieron cita el
Presidente de la República, los diputados, senadores, ministros de la
Corte, secretarios de Estado, miembros de las sociedades científicas
y literarias y de las escuelas nacionales y masones. El cadáver estuvo
expuesto ahí hasta el 18 de junio. Ese día, Ignacio Ramírez recibió el
cariño de todos los sectores sociales. Una muchedumbre se apostó
afuera de Palacio Nacional, donde se llevó a cabo una ceremonia con
el carácter de "Solemnísima en Grado Superlativo" y la presencia
del presidente Díaz, ministros, funcionarios públicos, estudiantes,
maestros, masones, el cuerpo diplomático, y, en las galerías, el pueblo
mexicano. "La concurrencia fue tal y tan extrema, como nunca la
habíamos visto en un caso semejante", escribió Francisco Sosa.
Después de una interminable cantidad de discursos y poemas,
el cadáver fue llevado al Panteón del Tepeyac. En el trayecto de la
estación del ferrocarril al cerro del Tepeyac varios se disputaron el
honor de cargar el ataúd. Volvieron a pronunciarse discursos y se
procedió a la sepultura de Ignacio Ramírez.

Este funeral, como se pudo constatar, en México nunca se había vis-


to algo similar. En esto incluimos los funerales del presidente Juárez.
A los funerales de Ignacio Ramírez el pueblo en general se volcó y no
influía la alta posición política del difunto ni el elemento oficial. Fue
eminentemente popular y de la juventud estudiosa. El destino y el
país confirmaron lo que Ignacio Ramírez tal vez ya sabía: su camino,
a pesar de ser terrible, sostenido por su voluntad férrea, su ideología,

141
su vocación liberal, progresista y nacionalista, había rendido el fruto
esperado. La gente común tenía un futuro promisorio y brillante
que sólo estaba regido por la tenacidad y la perseverancia de cada
persona.
El Libertador, 19 de junio de 1879

La Constitución progresista debe considerar


garantías individuales, educación laica y gratuita,
igualdad de géneros, un México libre por la
separación de la Iglesia y el Estado.

Ignacio Ramírez, 1857

Ese hombre viene del infierno. Tan sólo leer esa


Constitución me causa gran aflicción porque puede
hacerlo a uno reo de un gran pecado.

Clemente de Jesús Munguía, arzobispo, 1857

142
II
Importante nota aclaratoria

Desconocemos por qué algunos intelectuales que estudiaron la vida


y obra de Ignacio Ramírez, El Nigromante, así como instituciones
públicas y privadas, nacionales y extranjeras, se equivocaron, tal
vez por imitación, en su fecha de defunción. En más de 6o libros
y trabajos biográficos de autores serios se afirma que Ignacio Ra-
mírez murió el is de julio de 1879. En el acta de defunción oficial,
proporcionada por el Registro Civil de la Ciudad de México, bajo
volumen 1879, libro 177, foja 1, número 2030, se hace constar que
Ignacio Ramírez Calzada falleció de un edema cerebral, enfisema
pulmonar y mal de Tdisson, el 15 de junio de 1879 en su domicilio
ubicado en la calle de Santa Isabel 9. Estaban presentes Ignacio
Manuel Altamirano, su hermano Juan Ramírez Calzada y Sinforosa
Calzada, su madre. Es necesario que los diversos textos de educación
oficial y privados corrijan este error.
Sinforosa Calzada se hizo cargo de los nietos menores de
edad. Murió en 1884 y fue sepultada en el Panteón de Dolores de
la Ciudad de México.
Ignacio Ramírez desdeñaba el favor y las riquezas. Era infa-
tigable, sereno en el peligro, valiente, con un alma de hierro y una
honradez que nunca fue cuestionada. Como Prometeo, estuvo
atado a la roca de la miseria pero fue consolado y apoyado por el
pueblo mexicano. Llegaba al poder en un estado de miseria pero
limpio e inmaculado en su prestigio y desempeño. Uno de los
máximos homenajes que le rindieron el gobierno mexicano y el del
Distrito Federal ocurrió el s de febrero de 1889, tras la develación
de su estatua, la primera del Paseo de la Reforma, frente al perió-
dico Excelsior. Así, recibió el reconocimiento como luchador social,

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pensador brillante, defensor del pueblo mexicano, gran liberal,
apóstol incuestionable de la Reforma y del México progresista.
Desde el 7 de octubre de 1934 los restos de Ignacio Ramírez
descansan en la Rotonda de las Personas Ilustres.
A su muerte sus hijos se mudaron a una casona en Tacubaya,
famosa por décadas pues era visita obligada de los descendientes
de los grandes liberales, políticos en turno, jefes revolucionarios e
intelectuales.
De forma breve, relato lo que fue de cada uno de los hijos de
Ignacio Ramírez.
José Ramírez Mateos, el mayor, se casó con la hija del ministro
porfirista Miguel Macedo y vivió en la calle de Violeta 55, en la
colonia Guerrero. Sus hijos se llamaron María, José y Concepción
Ramírez Macedo. Se graduó de médico y fue director del Área de
Historia Natural del Instituto Médico Nacional. Fue colaborador
y discípulo de los doctores Eduardo Liceaga y Leopoldo Río de la
Loza. Implementó programas de higiene pública e impartió cátedra
en varias universidades mexicanas, como la de Chapingo. Viajó por
Estados Unidos, Europa y Francia, donde fue director visitante del
Instituto Luis Pasteur. Publicó la obra Geografía y botánica mexicana,
que elaboró con su padre. Por último, fue regidor del Ayuntamiento
de la Ciudad de México antes de su muerte en 1904.
Manuel Ramírez Mateos estudió en la Escuela de Artes. Murió
muy joven, a los 19 años, de tuberculosis, y no dejó descendencia.
Ricardo Ramírez Mateos, diplomático y científico, radicó en
la ciudad de Toluca; luego llegó a la Ciudad de México (Tacubaya).
Se casó en primeras nupcias con Guadalupe Inclán y vivió en la
calle de General Gelati, en Tacubaya. Tuvo cuatro hijos: Ignacio
Ramírez Inclán, Guadalupe I. Ramírez Inclán, Soledad Ramírez
Inclán (su hija Amelia Bernard Ramírez se casó con Fernando
Casas Alemán, que fue regente de la Ciudad de México) y María
Elena Ramírez Alfaro, de su segundo matrimonio con Elena Alfaro
Vaschetti, hermana de Rosario Alfaro.
Guadalupe I. Ramírez Inclán fue educadora y farmacéutica.
Estudió comercio en la Escuela de Artes y Oficios y fue miembro y
delegada de varias asociaciones feministas en México, China y Los

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Ángeles, California. Fundó la Comisión Voluntaria de Asistencia
Infantil "Juan María Rodríguez"y estableció las primeras estancias
infantiles en México. En 1947 resultó electa alcaldesa de Xochimilco.
Fue la primera mujer que desempeñaba ese cargo público.
Román Ramírez Mateos, sabio naturalista, estudió jurispru-
dencia y medicina en el colegio que se encontraba en el edificio de
Santo Domingo. Rechazó su título profesional porque había sido
firmado por Maximiliano de Habsburgo (luego fue reexpedido por
el presidente Juárez).
Fue fundador y maestro emérito de la Universidad Autónoma
de Chapingo (donde se encuentra su retrato de cuerpo entero) y
publicó un libro de avances médicos con los doctores Río de la
Loza, Albarrán y otras eminencias de ese tiempo. Publicó también
diversos trabajos relativos a la pedagogía al lado de Enrique Réb-
samen y apoyó a la primera médica mexicana, amiga suya, Matilde
Montoya, en el hospital de San Andrés, así como su ingreso en la
logia masona. Ella fue amiga de la familia Ramírez hasta su muerte
en su casa de Mixcoac en 1938.
Asimismo, publicó Lógica, psicología y moral. Fue miembro
activo de la gran logia Valle de México y se casó con Rosa .María
Dolores Hinojosa, hija del general Pedro Hinojosa, Secretario de
Guerra y Marina de Porfirio Díaz, en 1891. Tuvo un hijo, Román
Augusto, que murió de difteria a los tres años. Román Ramírez
permaneció viudo el resto de su vida. Su esposa está enterrada en
el Panteón Civil de Dolores.
Hay que agregar que Román Ramírez Mateos ejerció la me-
dicina hasta su muerte, el 12 de junio de 1935.
Juan Mauricio Ignacio Ramírez Mateos nació el 9 de no-
viembre de 1857 y fue registrado en la parroquia de San José, frente
al mercado de San Juan, en la Ciudad de México. Estudio juris-
prudencia y fue juez civil en Toluca, donde fungió también como
inspector de Instrucción Pública. Ahí también elaboró la Guía para
la enseñanza de la lectura, publicada en 1891, y sirvió como aboga-
do litigante y luego Procurador de Justicia Militar, por decreto y
nombramiento del 12 de junio de 1891, con el grado de coronel de
caballería, puesto que ocupó hasta el 22 de febrero de 1906, fecha en

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que murió. Se casó en 1887 con María del Rosario Macaría Malvina
Alfaro Vaschetti en la Catedral de la Ciudad de México. La boda
estuvo a punto de cancelarse porque Rosario Alfaro Vaschetti, en
compañía de su hermana Elena y las señoritas De la Borda, asistie-
ron a escondidas al Teatro Nacional a ver La dama de las camelias,
con Sarah Bernhardt en el papel protagónico. Cada una pagó 40
pesos por derecho a palco, una cifra estratosférica para la época. El
desliz llegó a oídos de Juan Ramírez Mateos gracias a la indiscreción
de José Peón Contreras y casi provoca la ruptura.
Rosario Alfaro Vaschetti, una belleza legendaria, era hija
del general republicano Jesús Alfaro y de la inmigrante italiana
Celestina Vaschetti Dalmassi, oriunda de Calabria, Sicilia, cuya
familia —emparentada con el rey de Sicilia— ostentaba el título de
condes De La Fuente y De las Horcas del Rey. La familia Vaschetti
radicó en Durango, donde tenía minas —vendidas en 1867 al señor
Martínez del Río— y en Hidalgo. El marqués de Antonioni fue
apoderado de los Vaschetti en Sicilia, y durante la intervención
francesa sirvió de enlace con los liberales en el exilio, a los que les
enviaba cartas de sus familiares y algún dinero.
Juan Ramírez Mateos y Rosario Alfaro Vaschetti habitaron la
casa de Tacubaya. Tuvieron nueve hijos, de los cuales sobrevivieron
Ricardo, Manuel, Juanita, Rosita, José y María Estela.
Por la casa de la familia Ramírez Alfaro desfilaron figuras
de la talla de Alfonso Reyes, Guillermo Prieto, los hijos de Benito
Juárez, la familia De Teresa (que vivía a dos cuadras de distancia), los
Guardiola, Manuel Orozco y Berra, Francisco I. Madero, Rosario
Alfaro de Ramírez (presidenta del Club de Damas Sara Pérez de
Madero), José Vasconcelos y Antonio Díaz Soto y Gama (notario
de la familia Ramírez), que mantuvo contactos con Emiliano Zapata
y Lucio Blanco. Llegó a ser tan conocido el domicilio de la familia
Ramírez en Tacubaya que se volvió lugar de visita obligada de los
jefes revolucionarios.
Una carta de la Presidencia de la República prueba que la
familia Ramírez financiaba —con armas, dinero y municiones—
movimientos armados en contra del gobierno del general Díaz.
La carta, expedida por Venustiano Carranza, refiere que Rosario

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Ramírez entregó diez mil pesos en oro a Manuel de lcaza, Fran-
cisco I. Madero, Venustiano Carranza, Aquiles S erdán y Emiliano
Zapata, entre otros.
Ricardo y José Ramírez Mateos impulsaron la candidatura de
Francisco I. Madero a la presidencia. Por otro lado, cuando Rosario
Alfaro viuda de Ramírez se enteró del arresto de Ricardo Flores
Magón, el 14 de junio de 1911, vendió uno de sus broches adornado
con piedras preciosas y envió 90o dólares a Estados Unidos para
pagar la fianza. Apoyó al Partido Liberal Constitucional e impulsó,
con mobiliario y dinero, al Partido Liberal Mexicano, el 16 de marzo
de 1918. En plena Decena Trágica abrió un comedor público en una
propiedad contigua a su casa para ofrecer, gratuitamente, comida
tres veces al día. Queriendo evitar disturbios sociales, el gobierno
mexicano envió a un grupo de federales bajo las órdenes del coronel
Alfredo Macías Jaimes.
El coronel se casó con Juana Ramírez Alfaro. Fue jefe de
escolta de Venustiano Carranza y maestro del Ateneo Fuentes
de Saltillo. Luego de promulgarse la Constitución de 1917 ocupó
diversas cátedras en el Colegio Militar y antes de morir recibió el
grado de general de división.
El H. Colegio Militar estuvo muy unido a la familia Ramí-
rez pues Soledad Ramírez Inclán se casó con el general Miguel
Bernard, director de esa institución y fundador de la ESIME. Años
después, esta familia emparentó con el general Limón, secretario
de la Defensa Nacional, pues el hijo de Amelia Bernard Ramírez,
Miguel Casas Bernard, se casó con María Cristina Limón. A este
ilustre linaje pertenecieron las señoras María de los Angeles, Raquel,
Amelia y Soledad Bernard Ramírez.
Otro dato interesante es que Juan Manuel Ramírez Caraza
fue director de la EsimE y ocupó diversos puestos públicos en la
administración federal, donde llegó a Subsecretario de Comuni-
caciones y Transportes.
En relación con la familia Mateos, es importante destacar
algunos datos de interés. Francisco Zarco Mateos fue hijo de
Joaquín Zarco y de María Mateos Medina. Juan A. Mateos Lo-
sada, el dramaturgo, era hermano de Soledad Mateos, esposa de
El Nigromante. Juan A. Mateos tuvo una hija, Ana Mateos, que
se casó con Roberto Figueroa; tuvieron un hijo, el famoso cineasta
Gabriel Figueroa Mateos.
José Prefecto Mateos Losada, el otro hermano de la esposa
de El Nigromante, fue un connotado abogado liberal que luchó en
contra de la intervención francesa. Ocupó los cargos de magistra-
do y presidente del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de
México. El señor Mateos tuvo una hija, Elena Mateos Vega, madre
de Adolfo López Mateos quien a su vez se casó con la maestra
normalista Eva Sámano. El matrimonio tuvo una sola hija, Eva
López Sámano.
Para concluir este breve trabajo, voy a relatar una anécdota
más.
Cuando una tía de la familia Ramírez Mateos quedó viuda, su
familia le cerró las puertas. La abandonó a su suerte y la desheredó.
Una vez que tuvo conocimiento de suceso tan vergonzoso, Rosario
Alfaro viuda de Ramírez Mateos acogió a la tía viuda y a sus hijos
—Mariano, Elena, Esperanza y Adolfo— en la casa de Juan A.
Mateos, ubicada en la calle de Balderas, cerca de la Alameda. La tía
viuda vivió durante seis años en la casa de la familia Ramírez, con
todas las comodidades razonables y sus hijos asistieron puntual-
mente a la escuela. Se trataba de Elena Mateos Vega, que estuvo
casada con Mariano Gerardo López, médico de Porfirio Díaz.
El mediano de sus hijos, Adolfo, era un jovencito muy in-
quieto. Cuando llegaba la hora de cenar, las tías comentaban: 'Ay,
Adolfito, cuándo te estarás quieto". La mesa contestaba: "Cuando
sea presidente". El joven sobrino, brillante e inteligente, llegaría,
en efecto, a ser presidente de la República. Era nada menos que
Adolfo López Mateos.

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