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Claret: Misionero Universal y Apasionado

San Antonio María Claret fue un misionero apasionado y universal que dedicó su vida a anunciar el Evangelio por todo el mundo. Predicó incansablemente en lugares como París y Roma, y fundó la Congregación de los Misioneros Hijos del Corazón de María para continuar la obra misionera. Fue canonizado por su entrega total al servicio de todos y su compromiso con la misión universal de la Iglesia de anunciar el Evangelio a todas las naciones.

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Claret: Misionero Universal y Apasionado

San Antonio María Claret fue un misionero apasionado y universal que dedicó su vida a anunciar el Evangelio por todo el mundo. Predicó incansablemente en lugares como París y Roma, y fundó la Congregación de los Misioneros Hijos del Corazón de María para continuar la obra misionera. Fue canonizado por su entrega total al servicio de todos y su compromiso con la misión universal de la Iglesia de anunciar el Evangelio a todas las naciones.

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CLARET, MISIONERO APASIONADO Y UNIVERSAL

Mons. Pedro Casaldáliga, cmf.


Obispo emérito de San Félix do Araguaia (Brasil)
San Antonio María Claret fue, sobre todo, un misionero; en el más pleno sentido de la
palabra; un misionero apasionado y universal. Su vida fue misión. En su autobiografía dejó
constancia explícita de esa su condición misionera.

Espiguemos algunos fragmentos. Palabras, gestos, realizaciones, sueños, que plasman toda
una vida: En la carta que dirigió al nuncio, explicándole por qué rechazaba el nombramiento
de arzobispo de Santiago de Cuba, le escribió esta frase definitiva: “De este modo yo me
prendo y me fijo en un único arzobispado, cuando mi espíritu es para el mundo entero”.

“Decidí dejar la parroquia, ir a Roma y presentarme a la Congregación para la


Evangelización de los Pueblos, a fin de que me enviasen a cualquier parte del
mundo”.
“Lo que me entusiasma es el celo del apóstol Pablo. Cómo corre de un lugar a otro
llevando, como vaso de elección, la doctrina de Jesucristo. Él predica, él escribe, él
enseña en las sinagogas, en las cárceles, en todos los lugares. Él trabaja y hace
trabajar oportuna e inoportunamente”.

Con razón se han destacado rasgos del apóstol Pablo que aparecen muy fuertes en la vida de
San Antonio María Claret.

“La caridad me constriñe, me impulsa, me hace correr de una población para otra,
me obliga a gritar”.

Pío XII, al canonizar al P. Claret, dijo que era un santo de todos, porque se entregó al servicio
de todos en las más variadas situaciones de su vida.

Sentíase llamado a una lucha universal contra todos los poderes del mal de su época,
“Contra los príncipes de las tinieblas”, subrayaba él. Su devoción a San Miguel Arcángel la
vivía en esa lucha del bien contra el mal; una lucha universal, sin tregua. En una visión
famosa se siente llamado a ser un ángel del Apocalipsis en esa batalla apostólica. “El día 23
de septiembre de 1859 el Señor me dijo: ‘Volarás por la tierra y andarás con gran velocidad y
anunciarás los grandes castigos que se aproximan’”.

“Viendo que Dios me había escogido para curar las enfermedades de la sociedad,
procuré examinar cuáles eran las causas de esos males. Y concluí que todo lo que hay
en este mundo de maldad, no pasa de amor a la riqueza, a las honras, a los
placeres…” “Sin duda el género humano estuvo siempre inclinado a esa triple
concupiscencia, pero hoy en día de modo especial la sed de bienes materiales está
secando las entrañas de las sociedades modernas”.

Claret detectaría hoy, en el 2006, como males mayores de nuestro mundo, la injusticia, la
desigualdad, la violencia estructurada, el lucro, el consumismo, el materialismo, la
prepotencia, la corrupción, la inmoralidad. Hablando del sufrimiento que le causaba ser
confesor de la reina escribe:
“Mi fuerte índole siempre me ha impulsado para lejos del palacio, mi propensión
siempre me llamó para las misiones”.

Esa universalidad del apostolado de Claret le hacía descubrir significados misioneros en sus
diferentes actividades y en los diferentes lugares donde actuó. “He predicado en París como
capital del mundo; en Roma como capital del catolicismo”.

Se alegró mucho cuando supo que la Congregación de los Misioneros Hijos del Corazón de
María, por él fundada, había aceptado una fundación en Chile… Él veía América como el gran
campo apostólico del futuro. “Europa, decía, es una viña vieja, que ya no da mucho fruto; al
paso que América es viña joven”. “Yo volaría para allá, si no fuese”… (y aquí el santo
enumera graves inconvenientes que le retienen).

Al proclamar la heroicidad de las virtudes de Claret, Pío XI lo declaraba “modelo admirable


del apostolado moderno”. “Gloria y mérito suyo, añadía el Papa, es haber unido en un solo
lema la predicación evangélica, el apostolado de la caridad, la organización misionera y la
dedicación a la pastoral de los medios de comunicación, con un empleo más amplio, más
moderno, más vivo, más genial y más popular del libro, del folleto, la hoja volante”.

En la fecha memorable de la canonización por Pío XII, en mayo de 1950, el Papa definía a
Claret como “alma grande, nacida para ensamblar contrastes...”

***

Estamos viviendo un tiempo de mundialización. Por un lado es la globalización del lucro, del
mercado total, del pensamiento único, de la codicia imperialista. Por otro lado es una
oportunidad providencial para que la humanidad se descubra a sí misma. El diálogo
intercultural e interreligioso, la intersolidaridad, la vivencia de los derechos humanos de
todas las personas y de todos los pueblos, se impone como un kairós de Gracia. Entre
choques y encuentros, por necesidad de paz y de supervivencia, por la intercomunicación
que abarca el mundo, la humanidad hoy se siente, por primera vez en la historia, como una
sola humanidad.

“Santo para todos” han dicho los Papas a raíz de la beatificación y canonización del P. Claret.
Es cierto que las circunstancias históricas de cada tiempo posibilitan y condicionan. Hoy
podemos juzgar ciertas actitudes y actividades de Claret como inoportunas en nuestras
condiciones actuales. La misma Misión ha de ser hoy necesariamente “otra”. Pero el
objetivo, la pasión, la creatividad, la coherencia, con que Claret asumió el anuncio del
Evangelio, son de plena actualidad.

De un hontanar profundo bebía san Antonio María Claret para ser fiel, incansable, total. La
palabra de Dios, la Eucaristía, la devoción a la Madre de Jesús, la sensibilidad social, la
comunión con todos los santos y santas, la eclesialidad como ámbito de vida, alimentaban
su corazón y su trabajo pastoral. Fue misionero universal y apasionado, porque fue santo.

La misión es esencial en la Iglesia y el Concilio Vaticano II nos lo ha recordado


oportunamente. Y la misión es universal. Así lo entendieron ya las primeras comunidades
cristianas y lo dejaron plasmado en las páginas del Nuevo Testamento: Jesús resucitado dice

2
a la comunidad concentrada en Galilea: “Toda autoridad se me ha dado en el cielo y sobre la
tierra. Por lo tanto vayan y hagan de todos los pueblos discípulos míos” (Mt. 28, 18).

Si somos Iglesia, somos Misión. Siempre y “por todos los medios”, nos diría Claret. El
bautismo y la confirmación nos consagran a todos y todas como misioneros y misioneras.
Desde el rincón de nuestras casas, en la calle y en el trabajo, en la comunidad eclesial y en
los procesos políticos. Informándonos y formándonos, ejerciendo la corresponsabilidad y la
solidaridad. Ecuménicamente, en diálogo fraterno con las demás Iglesias y con las otras
religiones. Atendiendo al clamor de los pobres de la tierra, anunciando la buena noticia del
Reino.

Todos, y especialmente toda la comunidad claretiana, con ocasión de este jubileo de los 200
años del nacimiento de san Antonio María Claret, el misionero apasionado y universal,
debemos renovar nuestro compromiso misionero, enfrentándonos a los desafíos actuales y
abriendo con esperanza pascual caminos para ese “mundo nuevo posible”, un mundo que
corresponda siempre más a los anhelos de la humanidad y a los sueños del mismo Dios.
Entregándonos conscientes y coherentes al servicio del Reino, “urgidos por el amor de
Cristo”, como Claret.

Pedro Casaldáliga, cmf. - Brasil


28 de noviembre de 2006

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