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Spiderlight - Adrian Tchaikovsky

La profecía dice que un grupo liderado por una sacerdotisa suprema derrotará al Señor Oscuro Darvezian. Dion y su grupo se aventuran en el bosque oscuro para combatir a la plaga de arañas que lo habita. Al adentrarse, descubren que las arañas son más numerosas de lo esperado y que protegen ferozmente a su reina madre. Tras una dura batalla usando fuego y la luz de su fe, Dion logra detener a las arañas el tiempo suficiente para que el grupo escape con vida del bosque.
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La profecía dice que un grupo liderado por una sacerdotisa suprema derrotará al Señor Oscuro Darvezian. Dion y su grupo se aventuran en el bosque oscuro para combatir a la plaga de arañas que lo habita. Al adentrarse, descubren que las arañas son más numerosas de lo esperado y que protegen ferozmente a su reina madre. Tras una dura batalla usando fuego y la luz de su fe, Dion logra detener a las arañas el tiempo suficiente para que el grupo escape con vida del bosque.
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La iglesia de Armes de la Luz ha combatido a las huestes de la

Oscuridad durante tanto tiempo que ya nadie lo recuerda. Una gran


profecía ha presagiado que un grupo de inadaptados, liderados por
una sacerdotisa suprema, vencerán al Señor Oscuro Darvezian
armados con su inteligencia, la bendición de la Luz y un artefacto
arrebatado a la impía Reina Araña.
El viaje será largo, duro y repleto de peligros. Aliados que serán
enemigos, enemigos que serán aliados. Y el Señor Oscuro espera,
siempre espera…
Adrian Tchaikovsky

Spiderlight
Adrian Tchaikovsky, 2019
Traducción: Alexander Páez

Editor digital: Titivillus


Índice de contenido

1. El blues del bosque sombrío

2. Miedo y aversión en el vado de Shogg

3. La tercera regla de los Aracnofóbicos

4. Asuntos de la luz

5. Duelo de Dogmas

6. Hospitalidad chapada a la antigua

7. Cruce de confines

8. Relaciones antinaturales

9. Los pioneros se abren camino

10. Miedo de una torre oscura

11. Apagando las luces

Sobre el autor
1
EL BLUES DEL BOSQUE SOMBRÍO

L as palabras que tañían y vibraban hasta Nth decían: «Comida


nueva», y este se estiró, recolocando las patas para notar la
medida del mensaje: la distancia, la dirección, el emisor. El
Cubil de la Madre era enorme. Entre su prole los había más o
menos fiables.
«Comida nueva. Comida diferente». Aquello captó el interés de
todas. A través de toda la telaraña, que se extendía como una
sábana neblinosa de árbol a árbol por el bosque, sintió a las demás
removerse, despertar del letargo. Siempre había comida, incluso
para tantos cuerpos como había en el Cubil de la Madre, pero la
variedad era bienvenida.
En el oscuro bosque los ciervos corrían en numerosas manadas,
alimentándose en los claros bajo la sombra de las telarañas, y de
este modo alimentaban a otros. Madre se percató de que siempre
había claros, donde los grandes árboles habían sido envenenados y
debilitados. Siempre habría ciervos en abundancia.
En los árboles habitaban monos, eran astutos y a menudo
escapaban a la caza o a las telarañas, pero esto también era parte
del plan de Madre. Los primates tenían la inteligencia justa para ser
primates sin más. Tenían la consciencia justa para darse cuenta de
su destino cuando eran capturados, y aquello les daba a su jugo un
sabor añadido.
No había lobos ni gatos salvajes. No es que la carne de aquellas
bestias fuera desagradable, pero eran un desperdicio. Consumían
demasiados ciervos y monos para que su presencia pudiera ser
tolerada.
Sin embargo, nueva comida. Nth esperó a que las palabras de la
telaraña le comunicaran que la presa había sido capturada, para
que de este modo pudiera suplicarle a Madre un bocado.
Más palabras provenientes de las cazadoras, un comentario
constante mientras reptaban como sombras tras los intrusos en el
bosque oscuro, escurriéndose por las ramas mientras las hermanas
tejían trampas y barreras para conducirlos hacia un embudo.
«Comida nueva. Hombre».
Los hombres a veces se adentraban en el bosque. Nth sabía en
cierto modo que había lugares más allá del bosque, eran los
dominios del Hombre. Aquellas del Cubil que se aventuraban más
allá de los árboles a menudo ya no volvían, y aquel estaba justo
ante los hombres. Aquellos que se perdían en el bosque eran
servidos de un modo similar. Como ahora.
Nth sintió la trampa lista, un grupo de las mejores cazadoras del
Cubil de la Madre permanecía oculto en las ramas, listo para la
emboscada. Las hilanderas ya se habían retirado, confirmando que
su trabajo había sido completado con éxito.
Entonces la telaraña temblequeó, bailoteó, y no pudo hallar
palabras en ella, solo un atronador ruido inidentificable que le
arrollaba a través de las patas y el abdomen, por lo que correteó de
hilo en hilo para tratar de quitarse de encima la cacofonía, para
tratar de entender.
«¡Fuego!». Una palabra que lo detuvo. El fuego era amigo del
Hombre, no del Cubil de la Madre. Otra hermana había encontrado
un hilo seguro desde el que hablar y el mensaje saltó y rebotó hasta
Nth: «¡Nos matan! ¡Han venido a cazarnos! ¡Proteged a Madre!».
Nth se puso en movimiento al instante a través de telarañas y
ramas, se desplazaba veloz y con seguridad, escurriéndose hacia la
fuente del disturbio. Sus propios pasitos decían a quienes estaban
más cerca, «ya vengo», y las mismas palabras provenían de todas
partes. El Cubil de la Madre se movilizaba para aplastar a los
intrusos, a aquellos hombres.
Mientras avanzaba a toda prisa sintió tintinear debajo las feroces
y veloces palabras:
«Han segado la telaraña. Han destruido los árboles.
¿Cuántos?
Unos pocos. Pero tienen mucho Fuego, y una luz que quema
más que el sol. Pueden atacar desde lejos.
¡Destruidlos! ¡Proteged a Madre!
¡Proteged a Madre!».
Un terror creciente alcanzó a Nth que reptaba y saltaba de árbol
a árbol, aquí y allá, aquí y allá, porque los hombres penetraban más
en el bosque; porque masacraban a los que estaban en el Cubil.
Porque iban directos a por Madre.
Ante él otra madeja de telaraña chisporroteó y desapareció,
marchitándose en un súbito estallido de calor. Con su montón de
ojillos vio la deflagración y poco más, ya que cambió de rumbo. Los
hombres viajaban más rápido que las palabras en los hilos, por lo
que el Cubil estaba en todo momento desequilibrado. Cada vez que
las llamaradas brotaban las hermanas de Nth quedaban aturdidas
ya que las líneas y las redes a través de las cuales se comunicaban
eran destruidas.
Se aproximó a ellos, tan solo vio con sus débiles ojos la estela
de movimiento, el grupo de hombres parecía una sola entidad de
varias extremidades. Delante tenía garras de metal, y aquellas del
Cubil que los atacaban, enloquecidas por el miedo por Madre,
acababan hechas pedazos, las patas amputadas de los cuerpos, las
entrañas derramadas, desparramadas y pisoteadas, ya que la
criatura-Hombre seguía hacia delante.
Un temblor en el suelo habló a Nth, y una oleada de sus
hermanas lo alcanzó, una oleada de pelos grises, cuerpos bulbosos
y patas arqueadas, colmillos ansiosos, furiosas por las muertes de
sus parientes, por el daño contra su hogar, ante la auténtica
temeridad de aquellos intrusos. Rugidos incendiarios brotaban de
los hombres, no era uno de esos pequeños fuegos que los protegían
cuando dormían, ni los diminutos que sujetaban con las manos, sino
una gran conflagración que abrasaba el Cubil, hirviéndolas vivas,
prendían en llamas unos instantes antes de estallar de calor, se
retorcían y se marchitaban en una breve agonía que el suelo
transmitía al momento a Nth y a las demás.
«¡Juntas!» tamborileó una de sus hermanas, y avanzaron a toda
prisa. Allí había más miembros del Cubil de los que Nth había visto
jamás, atraídos de todas partes del bosque. Se preparó para el
fuego, diciéndose: «No pueden matarnos a todas», y que si moría
por Madre habría merecido la pena.
Había olvidado la luz que habían mencionado. Del centro de los
hombres surgió un fulgor dorado. No era calor, no era fuerza, sino
pura luz, tan brillante que sus débiles ojos quedaron cegados al
instante, incluso mucho más. Había una mente tras la luz, y sentía
desprecio por él. Le castigaba. Sintió el vasto y poderoso
descontento aplastarle contra el suelo, arrastrarle, por lo que salió
corriendo, todos huían, y los hombres siguieron con el asedio,
horrible, imparable, inconcebible por la profanación de su hogar.
El Cubil se congregaba, y él estaba en medio de la ola que corría
tras los hombres, que trataba de alcanzarlos. Otra erupción de
llamas que chamuscó los pelillos de sus patas, y otra media docena
de sus hermanas murieron entre gritos.
Y Madre.
Los hombres habían irrumpido en la madriguera, un claro en el
corazón del bosque tan repleto de telarañas centenarias que parecía
una cueva, y allí se encontraron con ella, y el Cubil que había
llegado de todas partes, amontonándose en los árboles, oscurecían
el suelo tras ellos, a ambos lados, trepaban la telaraña por encima,
listas para descender y sacrificarlo todo por un atisbo de esperanza
para salvar a aquella que les había otorgado la vida.
Ella se había alzado sobre las extremidades, una giganta diez
veces mayor que la más grande de su prole, los ojos más enormes
que la cabeza de un Hombre, los colmillos tan largos como aquellas
garras de metal.
Pero los hombres tenían el fuego y la luz, Nth tembló, escuchó
los mensajes de miedo y confusión e ira a su alrededor.
Entonces Madre les habló mientras daba unos pocos pasos
cautelosos, sigilosos, hacia delante. «Quietas, hijas mías. Contened
los colmillos. Ellos hablan».

***

—¡Alto! —gritó Dion. El disco de Armes en su mano alzada los bañó


en un fulgor radiante que causó confusión a la hueste de arañas a
su alrededor. Ella pudo ver la pureza achicharrar los ojos de los
monstruos, retraía su naturaleza oscura. Con el tabardo blanco
sobre las escamas de bronce de su cota de malla, reflejaba el
terrible resplandor de luz: una figura de leyenda, indomable. Pero
había tantísimas.
Habían sido cinco los que se habían aventurado al bosque. Dion
los guio, imbuida con el poder radiante de su fe. Cada uno de ellos
había jurado acabar con la plaga en el mundo del hombre-deidad
Darvezian, pero eran un grupo de lo más disparatado donde cada
uno tenía sus propios motivos. El astuto Lief pensó que quizá
podrían sacar provecho. El vengativo Harathes, el paladín,
detestaba a todas las criaturas de la oscuridad con pasión, mientras
que la arquera Cyrene servía para expiar una culpa que cargaba
desde hacía tiempo, alguna acción o inacción suya que la había
conducido hasta aquella sangrienta y peligrosa expiación. De
Penthos, el quinto miembro de la desesperada banda, cuyas manos
incluso ahora crepitaban y rugían con fuego etéreo, Dion no tenía ni
idea de por qué había venido. Ahora mismo se limitaba a alegrarse
de que lo hubiera hecho.
—¡Hemos estado en lugares mucho peores que este! —recordó
a sus compañeros.
—Penthos, ¿cuál es la palabra para cuando algo está cubierto
por completo por arañas? —preguntó Lief, mientras se agachaba a
sus pies. Sujetaba la lanza cerca de su cuerpo, como reacio a
mancharla con más vísceras de araña. Los pantalones de cuero
negro estaban cubiertos de los residuos negruzcos, los brazos
desnudos empapados hasta los codos tras recurrir, por la fuerza, a
sus dagas.
—Aracnidoso, probablemente. —Pedazos de la túnica de
Penthos humeaban por sus propias llamas, pero no le prestaba la
más mínima atención. Sin duda su magia lo arreglaría todo, cuando
acabaran con aquello. Los ojillos de acero recorrían sin cesar la
gran hueste que les rodeaba. Tenía aquella sonrisilla histérica en la
cara, una sonrisa que siempre implicaba problemas. Por lo menos
en esta ocasión problemas era lo que buscaban.
—Bueno, entonces no hemos estado en un lugar más
aracnidoso que este —exclamó Lief, acalorado—. ¡Mira a estas
cabronas! Deben de ser miles.
—Cientos, probablemente —consideró Dion, pero en cualquier
caso había un buen montón de arañas gigantes. Y nunca se
quedaban quietas, ninguna, siempre reptando unas sobre las otras,
daban saltitos, correteaban arriba y abajo de los árboles y se
escabullían por la amplia telaraña como si no pesaran nada. Y ante
ellos…
Ante ellos el motivo por el que habían arriesgado tanto.
Los otros dos participantes en aquella empresa suicida tenían las
espadas extendidas. La pelirroja Cyrene agarraba con fuerza su fina
hoja con ambas manos, casi rígida de la tensión. El arco lo llevaba
colgado a la espalda, el carcaj vacío. Al otro lado de Dion, la enorme
silueta de Harathes estaba algo agachada tras el escudo, quedaba
claro que estaba preparándose para cargar contra la colosal
monstruosidad que se presentaba ante ellos.
Y aun así la hueste de arañas se contenía, y Dion supo que el
fuego de Penthos no era el causante de aquello, tampoco el símbolo
sagrado que ella vestía. Si aquellas cosas descendían muchas
morirían, pero era tal cantidad que abrumarían a la pequeña banda
de Dion. Pero su matriarca, el gran monstruo abultado, seguro que
caería.
—Vamos —escupió Harathes—. Es nuestra oportunidad.
Estamos delante de lo que hemos venido a buscar.
—Estamos aquí para mucho más que eso. Agarraos —ordenó
Dion. Era un lugar oscuro y aterrador, una tumba enorme para todos
los desgraciados que habían recorrido este camino antes que ellos y
cuyos huesos se resquebrajaban bajo sus pies, pero no había lugar
alguno en el que la Luz de Armes no pudiera penetrar.
—No me fastidies, y pensar que me ofrecí para venir aquí solo y
robar esas mierdas sin más. No se me ocurrió pensar que la
profecía era tan literal —se quejó Lief.
—Silencio —ordenó Dion, y le puso una mano sobre el hombro
—. Va a hablar.
—¿Qué quieres decir con que va a hablar? —preguntó Harathes
—. No pueden hablar. Son animales.
—Cualquier cosa que envejezca y crezca lo suficiente debe
aproximarse al conocimiento —entonó Penthos—. Y también al mal,
bastante a menudo, pero el tiempo es suficiente para otorgar
inteligencia incluso a criaturas como estas, y la Señorita Hilandera
aquí presente tiene varios siglos de edad.
—Entonces matarla será un gran bien para el mundo —soltó
Harathes, pero se detuvo ante la orden de Dion, y apretó los dientes
de frustración.
Y ella la escuchó en su mente, abierta por la sabiduría de Armes.
«¿Qué queréis?». Una voz femenina, resonante. Sin embargo,
era solo su imaginación que otorgaba humanidad y personalidad allí
donde no existía.
—Hemos venido porque hemos jurado destruir a un hombre. A
un mago que se hace pasar por un dios, y ha cometido muchas
maldades —declaró Dion, miró a sus compañeros hasta que
entendieron que su discurso no solo era retórico para ellos. Sin
embargo, supuso que su causa no tendría significado alguno para
aquella criatura. Dudaba que «maldad» tuviera importancia alguna
para una araña. Al fin y al cabo, las hilanderas de telarañas no
tenían espejos.
—Darvezian, así se hace llamar, empuña poder oscuro, un
hombre entregado por completo a esa Oscuridad. —La misma
Oscuridad de la que esta matriarca arácnida había nacido, pero
todos sabían que los engendros de lo oscuro peleaban entre ellos—.
Darvezian, que ha heredado la obra de aquellos señores oscuros
que le precedieron, está dispuesto a convertirse en un terror para el
mundo.
«Lo conozco». Una respuesta cautelosa, pero era obvio que esta
criatura conocía a Darvezian. Había historias que narraban su
encuentro, dos productos del mismo mal ancestral. Hubo un tiempo,
décadas atrás, en que el dios-hombre se había entretenido enviando
a sus enemigos a estos bosques como ofrendas para la matriarca y
su prole, pero era caprichoso y había cambiado sus métodos de
castigo.
—Entonces habrás oído hablar de la profecía —continuó Dion—.
Muchos han tratado de derrotar a Darvezian. Todos han fracasado.
Pero tenemos esta profecía, condiciones y requerimientos para
sobrepasar sus protecciones y hechizos, y para acabar con él.
Sobre todo para acabar con él. —Nadie sabía de dónde provenían
aquellas preciadas palabras, pero como ocurría con cada Señor
Oscuro que reunía por sí mismo los poderes de la oscuridad, de
algún modo aparecía siempre una profecía que auguraba su ruina.
Dion lo interpretaba como una señal de Armes, un movimiento
subrepticio para traer la luz al mundo.
La gran y antigua matriarca de las arañas estaba en silencio,
cambiaba el peso de unas patas a otras. A su alrededor, la bulliciosa
y escurridiza prole se movía con frenesí. Se reprimían por miedo a
que su reina resultara dañada, y los amigos de Dion se reprimían
porque dar un solo golpe en aquel lugar les causaría a todos la
muerte. Un callejón sin salida.
—Un diente de la gran madre, dice la profecía —recitó Dion con
cautela—. Y aquellos que quieran llegar a Darvezian deben hacerlo
por el sendero de la araña. Por lo que aquí estamos, porque
Darvezian devora almas y corrompe mentes y retuerce la mismísima
tierra, y debemos intentar acabar con él. Un colmillo, y un mapa.
¿Entiendes mis palabras?
Aquellos colmillos se flexionaron mientras Dion observaba, tan
largos como la hoja de una espada, curvos, y repletos de veneno.
Este monstruo era más antiguo que Darvezian, igual que su
ponzoña. Hasta el hombre-deidad no podía resistir su vileza. No era
muy propio del camino de Armes, pero otros métodos más sagrados
habían fracasado al tratar de romper la piel del hombre.
«¿Qué harás?».
—Me llevaré uno de tus dos colmillos y tu palabra de que
podremos marcharnos sin que nos molesten, y a cambio te
dejaremos vivir para que puedas seguir inundando este lugar con tu
prole.
«Habéis matado a mis hijas».
—No puedo decir que lo sienta —dijo Dion, inexpresiva—. La
piedad de Armes es para aquellos que la merecen. Pero nos
marcharemos sin hacer más daño si nos das lo que necesitamos.
De lo contrario, nos conformaremos con erradicaros del mundo,
incluso si cualquier otro debe cumplir la profecía. Cuando hayas
caído tus colmillos se quedarán aquí tirados hasta que otra persona
venga a reclamarlos.
La gran araña se removió inquieta, agitada, levantaba y bajaba
aquellos mortíferos colmillos, y Dion se tensó, preguntándose
cuánto comprendía aquella bestia de lo que había dicho, si en su
mente entendía a los humanos lo suficiente como para siquiera
captar lo que le estaban ofreciendo.
Pero entonces se quedó inmóvil, el instante que determinaba
vida o muerte para muchos, y la voz sonó.
«Tómalo».
—Antes quiero tu juramento —le recordó Dion a la criatura—. Y
que la luz de Armes te consuma si lo rompes. Tu palabra de que, en
cuanto tengamos lo que deseamos, podremos marcharnos
indemnes, sin que nos ataquéis tu prole o tú.
«Lo tienes. ¡Coge lo que has venido a buscar y lárgate!». Por fin
algo humano con lo que empatizar: frustración e ira que bullían en
las palabras.
—Lief, ve a por un colmillo —repuso Dion.
—Y una mierda —replicó al instante.
—Hazlo.
Lief se cagó en todo en voz baja y avanzó, dejó la lanza y sacó
uno de sus cuchillos grandes. Se arrastró a gatas, lanzaba miradas
furtivas sin cesar para detectar el más ligero movimiento de la
matriarca. La colosal araña se echó hacia atrás, estiró las cuatro
patas frontales, mostró los colmillos y Lief cayó de culo con un
chillido.
Todas las arañas se estremecieron, y por un instante Dion pensó
que atacarían, sin embargo, aunque redoblaron su agitación, se
contuvieron.
—¡Lief, vamos! —ordenó ella.
El ladrón miró con fijeza a la matriarca, el abanico extendido de
sus tortuosas patas.
—No puedo… —susurró, echándose atrás—. Lo siento. No soy
capaz.
—Qué idiota. —Escupió Cyrene. La guerrera se adelantó, la
espada en la mano, y pateó a Lief para que volviera a los pies de
Dion. La matriarca seguía inmóvil, aunque su prole comenzaba a
inquietarse en un frenesí.
—Si esto se va a la mierda será entonces cuando atacará —
sugirió Penthos no sin cierto tono divertido en la voz—. Lo
incendiaré todo. ¿No os parece un buen plan?
—Me parece igual que todos los planes por los que sueles optar
—dijo Lief con un hilo de voz.
Cyrene tensó las piernas y equilibró la espada. Tragó saliva. Los
ojos de todos los seres vivos estaban fijos sobre ella.
Golpeó, y la gran araña se echó para atrás, se tambaleaba y
renqueaba sobre las ocho patas. Dion parpadeó, se llevó una mano
a la cabeza e intentó resistir el sonido que emitía su chillido, que
podría haber sido casi humano.
Un colmillo amputado de aquel rostro monstruoso, y Lief, de
nuevo vigoroso, se lanzó hacia delante y lo agarró por el extremo de
la herida, sujetándolo alto y con la punta lo más lejos posible de su
cuerpo.
La matriarca cojeaba de lado y hacia atrás, oleadas de su dolor
golpeaban a Dion.
«Tenéis lo que queríais. Ahora marchaos».
—Tenemos parte de lo que buscábamos —dijo Dion—. Tenemos
el colmillo para dar el golpe. Pero necesitamos el camino, el camino
de la araña por el cual llegar hasta Darvezian. Necesitamos el mapa
para poder alcanzarlo sin tener que abrirnos paso a través de todos
sus ejércitos, de sus fortalezas, de sus trampas.

***

—Dice que no existe mapa alguno —exclamó la sacerdotisa.


—Miente. La profecía está clara —insistió Harathes. «El cretino».
Dion era una cosa, pero cómo odiaba Penthos tener que tratar con
sus inferiores, los humanos simplemente prosaicos. Excepto Lief,
que tenía sentido del humor, por lo que quizá valdría la pena
mantenerlo… «Y como de costumbre, me voy por las ramas».
—No existen las profecías claras —señaló Penthos—. Y
tampoco es que las arañas sean cartógrafas por naturaleza. —Esa
era una idea interesante. Quizá sí que lo eran. ¿Alguien lo había
investigado? «Quizá si alimento a uno de los bichos solo con mapas
y con cartógrafos durante un año…». Distracción, de nuevo, pero
aquella discusión le aburría. Sacar todo aquel poder y después solo
quedarse quieto con él siempre le daba dolores de cabeza y a veces
le causaba vómitos. «Tengo que hacer algo con todo esto». La
verdad es que había esperado una liza mayor, y quizá que alguno
de los otros muriera. Lo cierto es que había sido un poco
anticlimático. No es que les deseara nada malo a Cyrene, Harathes
y Lief, pero salir arrastrándose del bosque con Dion en sus brazos,
tras una victoria pírrica y lamentándose por sus compañeros…
bueno aquello era material para las leyendas, ¿o no?
«Ya estoy otra vez, siempre dejo que mis pensamientos me
distraigan…».
—Entonces, ¿cuál es el camino de la araña? —preguntaba
Cyrene. Por fin más rápida con las preguntas pertinentes que sus
contrapartes masculinas—. ¿Es un lugar? ¿Un paso? ¿Una
taberna?
—Quizá es una droga —sugirió Lief—. Quizá tienes que
colocarte hasta las cejas para ir a luchar contra él. Para mí tiene
todo el sentido del mundo.
—Silencio, Lief —ordenó Dion—. La araña dice… dice que sabe
cosas, senderos, caminos. Aunque apenas es capaz de escribirlos
para nosotros.
—¿Podemos llevarnos su cerebro, por ejemplo? —sugirió
Cyrene. Por suerte la matriarca solo entendía las palabras de Dion,
o aquello habría puesto fin a la tregua.
—¿Y si viene con nosotros? —repuso Penthos. Las carcajadas
que esperaba no llegaron, y aquello le recordó que los demás no
compartían su elevado sentido del humor. Y era cierto, tendía a
cogerles desprevenidos con algunas de sus soluciones más
innovadoras.
—Cállate, Penthos —exclamó Harathes, algo que le garantizaría
otra semana más de impotencia en cuanto volvieran a la civilización,
tampoco es que tuviera ni la mínima idea de quién estaba tras su
intermitente problema. «Oh, es maravilloso ser un mago».
—Dice… —Dion arrugó la nariz, y Penthos suspiró por ella en
silencio. ¿Cómo era posible que una jovencita con tanto talento y
tan bonita hubiera terminado al servicio de una religión tan aburrida?
—. Dice que enviará a una de su cubil. Implantará en ella su
conocimiento. Penthos, ¿es eso posible?
—Bastante fácil, la conexión con su prole debería ser potente.
De hecho, es muy buena idea.
—Vaya, oye, ¿recuerdas toda la distancia que tenemos que
recorrer de aquí hasta Darvezian? —se quejó Lief—. Cuántas, ya
sabes, ciudades, y personas, tenemos que cruzarnos. ¿Cómo crees
que van a reaccionar si llevamos con nosotros a una puta araña
gigante? ¡Dudo mucho que podamos ponerle una correa y fingir que
se trata de un chucho!
—Claro que no, no tiene cuello —dijo Penthos. De nuevo, ni una
risita. Había gente que era incapaz de verle el lado gracioso a
ciertas situaciones. Todos se habían puesto ansiosos y tensos de
pronto.
—Si necesitamos este conocimiento, entonces no veo que
tengamos otra opción —les dijo Dion—. Tendremos que confiar en
mi certeza de que la criatura actuará bajo la voluntad de Armes.
Lief expresó sus pensamientos en voz alta:
—Eso ni siquiera funciona con Penthos, imagínate con uno de
estos bichos.
Eso sí era gracioso, y el mago ladró una risa profunda, aunque
descubrió que le siguió un silencio que demostraba que, al parecer,
no había sido para nada una broma.
Entendió que nadie iba a ningún lado con todo aquello, y sus
palabras previas sobre una araña sin cuello resonaban exigiendo su
atención, y pensó, «¿Puedo…?». Abruptamente el desafío se
afianzó, porque a pesar de que había oído hablar de trucos similares
ninguno sería tan interesante y audaz como este.
—Le damos un cuello. Y después le ponemos una correa —
declaró.
—¿Qué mierda estás diciendo? —exclamó Harathes.
—No creo que una correa vaya a… —la voz de Cyrene se apagó
—. No, tiene razón. ¿De qué hablas?
—¿Penthos? —preguntó Dion.
—Nos llevamos a una de estas alimañas —repuso el mago con
grandilocuencia—. Yo lo disfrazaré.
—¿De qué mierda? —Lief pasó la mirada por la prole, por los
monstruos peludos y abultados—. ¿Un puto candelabro de adorno?
—De nuestro nuevo mejor amigo. Lo transformaré de modo que
se parezca a una persona. Incluso puedo fragmentar una astilla de
mi mente y dársela, para que pueda comunicarse lo suficiente con
nosotros cuando necesite ir tras unos arbustos a cagar. No veo ni un
solo inconveniente al plan.
—Tú… ¿funcionaría? —Dion parecía muy impresionada. U
horrorizada. Siempre era difícil diferenciar ambos.
—Mi estimación es que en cuanto termine sería un mejor
humano de lo que es Harathes —dijo Penthos. Lief resopló, algo
molesto ya que en este caso no lo había hecho como una broma.
«¿Qué parte del humor me estoy perdiendo?».
Dion levantó la mano que tenía libre para pedir atención.
—No, en serio, Penthos, ¿funcionaría? Porque hay muchísimo
que depende de esto. No es una oportunidad sin más para que
puedas juguetear a ser dios con el mundo.
—Me duele lo que has dicho. —Trató de que su tono de voz
sonara como si de verdad se hubiera ofendido, pero sospechaba
que tan solo era su pronunciación sardónica habitual—. Puedo
hacerlo. Será un placer, Dion. Aunque no aquí, tiene que ser en un
lugar de poder cruzado… —Casi llegó a sugerir su templo pero se lo
pensó mejor, ya que todas aquellas plomizas monstruosidades
acaparaban nexos mágicos en cualquier lugar donde los sacerdotes
de Armes tenían permitido construirlos—. Hay un grupo de piedras
antiguas a menos de una milla más allá del bosque. Podemos
hacerlo allí.
La cara que puso ella no indicaba confianza, pero se encogió de
hombros.
—Bueno, no veo otra opción, y se me está cansando el brazo.
Sus siguientes palabras fueron solo para la matriarca de las
arañas.
***

Nth estaba agachado junto a sus compañeras. Comprendió que los


hombres hablaban de algún modo con Madre. Pudo sentir los
ligeros temblores a través de su abdomen cuando emitía los
sonidos, pero no era capaz de comprender cómo aquellas
sensaciones tan tenues podían llegar a expresar algo. De todos
modos, Madre era sabia.
Cuando arrancaron su colmillo estuvo a punto de lanzarse sobre
ellos, al igual que sus hermanas, todas ellas. Pero un aullido de
Madre las había detenido. Era humillante, una vergüenza amarga,
pero ella quería ahorrar a sus pequeñas más sufrimiento, y con el
tiempo volvería a crecerle aquella púa.
Más zumbidos enmudecidos provenientes de los hombres, y tuvo
la sensación de que hablaban entre ellos, pero eran un grupo tan
homogéneo que apenas era capaz de discernir cuántos había al
estar tan juntos.
Entonces Madre le habló.
«Nth, ¿qué harías por mí?».
«Por ti, Madre, todo. Déjame atacar a estos hombres. Moriría por
servirte». La respuesta fue automática, la reflexión era innecesaria.
«Tengo una tarea que puede que sea más ardua que morir —dijo
Madre—. Te daré parte de mi sabiduría y de mi comprensión, y
entonces tendrás que marcharte. Debes dejar el bosque e ir al
ancho mundo, ir con estos hombres donde ellos te digan. Este es su
precio, para que nadie más sufra por el fuego, la luz y las garras.
¿Lo harás por mí?».
Nth se agachó, tan solo sabía que aquellas que abandonaban el
Cubil se arrojaban a una sentencia de muerte. Este era su lugar. Lo
habían hecho suyo. El mundo más allá era el dominio del Hombre y
de cosas peores.
«Recorrí el mundo. Hay otras colonias de mis hijas allí por donde
pasé. Tiempo ha me ocupé de magos, invocademonios y dioses
oscuros y olvidados». Cada palabra traía consigo conocimiento, un
leve toque de significado para iluminarle. «No te pido algo fácil, Nth,
pero alguien debe ir para que estos hombres puedan marcharse sin
un precio mayor».
Y vio que parte de ese precio, si no lograban que los hombres se
marcharan, sería un riesgo que podría herir incluso a Madre, y él se
removió y tamborileó por el miedo y la amenaza. «Por supuesto que
iré. Sé que jamás volveré, pero iré, por ti».
«Entonces da un paso al frente del Cubil. Muéstrate a los
hombres, y te otorgaré la comprensión que pueda».
Se apartó con cautela de sus hermanas, vio el bulto de hombres
recular unos pasos. Levantó las patas para protegerse del fuego y
esperó lo peor. Entonces aquel sonido enloquecedor sin sentido lo
inundó; esperó largo tiempo.
Después llegó el don de Madre, una enorme y abrumadora
cantidad de imágenes, pensamientos y recuerdos, sus previos
cazadores, sus cautelosos viajes por las fronteras del mundo de los
hombres: batallas, comidas, tratos curiosos. No podía tomarlo todo.
Se asentó en él una desagradable sensación: solo el tiempo
disolvería y desentrañaría todos los secretos. Sin embargo, era
suficiente. Estaba decidido. Esperó a que los hombres se
marcharan, y sabía que tendría que seguirlos.
«Lo siento —la voz reconfortante de Madre—. Sufrirás, pero no
hay una opción mejor».
Entonces comenzaron los hombres a retirarse, y el Cubil les
abrió un camino. Nth los siguió, reticente, temeroso, con el cúmulo
cáustico del conocimiento de Madre como una pelota ardiente en lo
más profundo de sus entrañas.

***

Dion sabía que la Oscuridad prometía poder. Cuando Armes volvió


de los reinos divinos portaba el mensaje de que la humanidad
estaba hecha para la Luz, salvada del olvido para reclamar el
mundo para las fuerzas del bien. Aunque siempre habría gente que
despreciaría aquel obsequio incalculable. Gente que buscaría con
obstinación su propia corrupción y alargaría la mano hacia todo
aquello que la Oscuridad pudiera ofrecer. Peor que las arañas o los
guls o cualquiera de aquellas cosas que nacían de la Oscuridad que
brotaba de los destinados a heredar la Luz que traicionaban a los
suyos.
Hombres como Darvezian.
En un mundo ideal Dion se habría limitado a reunir algunos
héroes de la iglesia, rastrear a Darvezian, y destruirle por ser el
abominable traidor que era, con el uso de todas las herramientas de
la rectitud. Aunque había un simple motivo por el que estaba
obligada a hacer uso de las herramientas y los métodos de los
cuales hablaba la profecía. La Oscuridad mantenía sus promesas.
Darvezian tenía suficiente poder para cumplir su declaración de
convertirse en una divinidad.
Desde que había llegado al poder, los ejércitos de sus criaturas,
los siervos de la Oscuridad, se habían extendido y habían
conquistado, corrompido y sobornado. Algunos reinos habían
sucumbido a sus hordas, los galantes ejércitos aplastados. Otros
habían doblado la rodilla, los gobernantes comprados, tentados o
amenazados, o reemplazados por doppelgängers del mal. Estaban
dándole la vuelta al mundo que Dion había conocido, las luces se
extinguían, los templos de Armes sufrían saqueos y pillajes.
Ella jamás habría escogido aquel camino: ni las arañas, ni el
trato con su matriarca, ni el vergonzoso acuerdo con la Oscuridad.
Sin embargo, otros antes que ella habían intentado acabar con
Darvezian y habían fracasado. Le dolía admitirlo, pero la Luz de
Armes no parecía ser suficiente.
Las antiguas piedras que Penthos había mencionado estaban
casi todas caídas, montículos de tierra cubierta de verde sobre una
colina, excepto por dos que se inclinaban como dos borrachos en
busca de apoyo mutuo. La colina era un monte pelado de terreno
elevado, un antiguo túmulo construido por ancestros para invocar
poderes malvados mucho antes de la llegada de Armes y el
mensaje de la Luz. Sin embargo, aquellos ancestros habían
conocido el poder. Sus pisadas, largo tiempo olvidadas, habían
recorrido los senderos de la magia del mundo, y habían alzado
colinas, fuertes y monumentos en todas las encrucijadas.
Más allá del monte, el lugar era un páramo desigual, pantanoso
en las zonas más bajas, rocoso donde los huesos erosionados de la
tierra habían atravesado la alfombra de hierba y matojos. El bosque
de las arañas era una sombra tras ellos.
—Esto es magia poderosa —anunció Penthos—. Esto es alta
magia.
Dion vio que ponía aquella expresión pomposa tan suya como
solía hacer cuando trataba de ser el centro de atención. Se
preocupaba por Penthos. En gran parte era el poder desatado y el
prender fuego a cosas, pero en aquel momento era aquel deseo
suyo de jactarse el que podía comprometer la misión. Era innegable
que se trataba de un mago poderoso, y dado el conocido desinterés
de los suyos por los asuntos de los hombres tenía suerte de tenerlo
consigo, pero tenía el déficit de atención de un crío de cinco años.
Peor, ella tenía la fuerte sospecha de que no estaba demasiado
comprometido con la tarea, lo que generaba la pregunta de por qué
estaba allí. La posibilidad de que fuera un peón de Darvezian
plagaba sus pensamientos, y aunque ella buscaba alivio en las
plegarias, las preocupaciones siempre volvían.
—¿Puede alguien colocar a nuestro sujeto experimental en el
medio? —pidió Penthos, mientras se ajustaba las mangas de la
reluciente túnica con gran ceremonia. Lief apuntó la lanza hacia la
araña, que les había seguido desde el bosque con una obediencia
silenciosa y forzada. Al mirar a aquella cosa repugnante, Dion sintió
de nuevo las atenazantes dudas respecto a todo el asunto.
—Penthos… —murmuró.
—¿Querida? —Su sonrisa provocadora brillaba con toda
intensidad.
—Este plan… no estoy segura de que sea el modo adecuado.
Esta es una criatura de la Oscuridad. Temo que nos mancillemos al
hacer uso de ella durante nuestra empresa.
Penthos chasqueó la lengua.
—La magia no conoce luz u oscuridad. Es el poder elemental,
precede a cualquiera de estos asuntos —dijo con aire de
superioridad, de algún modo saboteado por la sonrisilla petulante
que siempre brotaba en su cara cuando pontificaba—. Además,
¿qué hay que temer de la Oscuridad cuando te tenemos a ti para
mostrarnos el camino a la Luz? —Por un momento intentó una
nueva expresión al mirarla, fue algo casi tan grotesco como el sujeto
experimental, y ella no supo interpretarla de ningún modo.
—Bueno… —Estaba avergonzada de sus dudas. Una
sacerdotisa de Armes debería conocer el camino correcto. Busca la
luz más resplandeciente, solían decir sus maestros. Bueno, era de
noche, y en el bosque habían estado a oscuras, y aquel antiguo
cúmulo de rocas era oscuro, y la araña era bastante oscura, pero…
pero la profecía era de una concreción suficiente al describir que
estas horrendas criaturas eran la clave para vencer a Darvezian. Y
ella creía en la profecía, ¿no? ¿O para qué sino todo aquello?
—Voy a estar concentrado casi por completo en el enorme
esfuerzo mágico que voy a acometer —explicó Penthos con ligereza
—. Es más, esta magia no pasará desapercibida por el mundo. A lo
largo de muchas millas aquellos sensibles a los poderes
elementales sabrán que se avecina una gran obra. Seguro que los
hechiceros y las sabias se despertarán con dolores de cabeza
punzantes. Los nigromantes soñarán pesadillas enfermizas.
Eruditos y magos alzarán la mirada con ansiedad hacia las estrellas,
o lo que sea que hagan esos aficionados cuando saben que les
superan por mucho. Más todavía, las criaturas del enemigo lo
notarán, y creo con bastante seguridad que tendremos algún
encontronazo. A vosotros, mis compañeros, os doy la tarea de
asegurar que nada interfiera en lo más importante, mi
concentración.
Lief, Harathes y Cyrene no parecían especialmente
entusiasmados con la tarea, pero Dion asintió.
—No temas —le dijo al mago—. Te defenderemos, limítate a
hacer tu trabajo.
Por entonces la araña, cada vez más nerviosa, estaba
acorralada y la habían conducido hasta que se agachó en el centro
de las ruinosas piedras. Penthos se giró hacia ella.
—Esto va a doler —le dijo a la criatura, aunque Dion sospechaba
que no podía entenderle—. Sin embargo, quedarás paralizada casi
de inmediato, por lo que… bueno… algo es algo. —Penthos, cuya
retórica daba tumbos, torció el gesto—. Vamos manos a la obra, ¿os
parece?
—Como tú digas —confirmó Dion, puso una mueca de dolor y se
tambaleó, ya que el mago había agarrado el poder nativo que les
rodeaba y había tirado de él, reunió puñados en las manos,
arrancándolo de la tierra. Ella estaba acostumbrada a la práctica de
sus poderes (áspero, poco sutil, pero de una fuerza chocante), pero
este era Penthos dándolo todo de sí mismo. Una pequeña parte de
ella estaba asombrada de que aquel poder casi brutal estuviera de
su parte. Una gran parte de ella simplemente lo anotaba como un
motivo más para temer su traición. Los magos jamás se habían visto
al mismo nivel que la iglesia de Armes. Por supuesto que el mundo
estaba lleno de hombres y mujeres ambiciosos, pero los magos se
habían posicionado a un nivel que sobrepasaba a los humanos. Un
nivel, por lo tanto, que se acercaba a la propia divinidad de Armes.
Ni Armes ni los poderosos magos apreciaban la competición. La
historia estaba repleta de hombres como Penthos que habían caído
ante la justicia de Armes antes de que pudieran convertirse en algo
como Darvezian.
«Y aun así los señores oscuros siguen alzándose. Siempre nos
dejamos a unos pocos. Quizá Penthos sea el siguiente en ponerse
la capa y arrojar su destino completamente en la Oscuridad».
Ella se giró cuando la magia comenzó a chispear y a crepitar en
las manos del mago. Unos segundos más tarde comenzó a hacer
efecto sobre la araña, porque escuchó un chillido procedente de
esta, un siseo y el repiquetear del cuerpo quitinoso. Todo demasiado
reminiscente a aquellos minutos frenéticos en el bosque.
Ella se preguntó si, de hecho, las arañas sentían dolor, o algo
que cualquier humano pudiera concebir como dolor, incluidas las
sensaciones más leves. Parecía improbable. Entonces, ¿qué
sacarían de este ritual? Una marioneta o el eco de Penthos con el
conocimiento vital de la araña parecía lo mejor a lo que podían
aspirar.
Los demás tenían las armas a mano, de espaldas a los
fogonazos abrasadores de luz verde y a las llamaradas que
acompañaban casi todas las grandes obras de Penthos. Cuando
Dion valoraba el mundo, su principal pregunta era: «¿esto es Luz u
Oscuridad?». El interés principal de Penthos era casi siempre:
«¿Esto arde?».
Ella deseó haber preguntado cuánto duraría aquello. Ya que
podrían ser días. Hombres como Penthos tendían a carecer de un
marco humano para tener la referencia de cosas como el tiempo.
Apretó el disco de Armes para que le proporcionara consuelo, se
arrodilló y se preparó para una larga vigilia.
Era bien entrada la noche cuando Cyrene de ojos avizores dio la
alarma. Como Penthos había alertado, obras como aquella atraían
la atención, y uno apenas tenía que ser sensible a la magia para ver
el despliegue de poder que el mago había prendido en la colina.
—¿Qué tenemos? —preguntó Harathes.
—Creo que son cadavéricos. Una compañía, saqueadores,
quizá. —Todavía sin flechas, Cyrene desenfundó la espada—. Dion.
Luz, por favor.
—Todo un placer. —Dion se abrió al poder de Armes, sujetaba el
disco bien alto cuando un resplandor dorado bañó las piedras de
alrededor y más allá. Los cadavéricos ya habían alcanzado la falda
de la colina.
En varios sentidos eran muy parecidos a los humanos. El color
de la piel era de un gris antinatural y pálido, y ella sabía que podían
ver en la oscuridad como los gatos. Vestían cotas de malla de
escamas amarillas y blancas, hueso tratado con alguna técnica para
que fuera tan duro como el metal, y blandían hachas y mazas, todas
ellas hechas de una sola pieza del mismo material. Sin embargo, las
caras sí eran parecidas a las de personas. Podían y se habían
disfrazado para parecer humanos, pero jamás engañarían a Dion.
La humanidad, a pesar de todas las adversidades y todas las
imperfecciones, era una raza de la Luz, bendecida por Armes y
destinada a grandes gestas. Los cadavéricos, como tantas otras
criaturas que tenían forma de hombres pero no alma, eran de la
Oscuridad. Si no eran secuaces de Darvezian llevaban a cabo el
mal de todos modos, bestias camufladas con forma humana.
Cuando la Luz les alcanzó retrocedieron unos pasos,
protegiéndose los sensibles ojos enseñaron los largos dientes.
Había una docena que había acudido para ver qué eran aquellas
luces, y uno en la retaguardia con un largo bastón de hueso que
debía ser uno de sus sacerdotes hechiceros oscuros.
Por un instante pareció que no iban a subir a enfrentarse a la Luz
de Armes, atrapados en la indecisión. Entonces Harathes tomó
cartas en el asunto, aprovechándose de la iniciativa antes de que
los cadavéricos pudieran atacar. Con el escudo por delante, cargó
colina abajo aullando su grito de guerra, Cyrene iba tras él, la
espada alzada a la altura del hombro para embestir con ella.
Dion avanzó, vio que los tres cadavéricos que iban delante
cayeron ante el asalto, desprevenidos. El sacerdote hechicero
levantó el báculo, y ella sintió el poder oscuro congregarse allí. Sin
embargo, él no podía igualarla, y arrojó la Luz de Armes hacia el
hombre. Como con las arañas, los cadavéricos habitan la
Oscuridad, y la abrasadora pureza de su poder pasó a través de
ellos. Hubo un breve instante en el que su mago la resistió, con la
vara apuntando hacia delante, peleaba para contener su fuerza,
pero entonces ella lo quebró, lo aplastó contra el suelo con una
rectitud avasalladora.
Los dos guerreros mantenían la posición, el ímpetu de la carga
agotado. Lief estaría tanteando los flancos, en busca de un lugar
tierno donde insertar una lanza o una daga. Dion avanzaba, la Luz
brotaba de sus dedos, rastreaba la Oscuridad allí donde pudiera
ocultarse, desmoralizaba y cegaba al enemigo, lograba aperturas
para el acero de sus compañeros.
La mitad de los cadavéricos había caído antes de que el resto
huyera entre gemidos y se internara en la negrura. Tras la liza, Dion
se fijó en que todo estaba silencioso en la colina tras ellos.
—¿Penthos? —llamó. Por un terrible instante pensó que uno de
los cadavéricos había logrado pasarlos de largo para hundir un
cuchillo en la espalda del mago.
Pero no: ahí estaba él, de pie entre aquellas dos piedras
verticales, los brazos extendidos como si esperara un aplauso.
—¿Penthos? —preguntó de nuevo.
—Está hecho —croó—. ¿Acaso no soy el mago más magnífico
de todos? —Seguía con sus intentos de establecer contacto visual
con ella, y podría jurar que llegó a menear las cejas cuando la miró.
Sin duda alguna a veces era el mago más perturbador de todos.
—¿Y el resultado? —pidió Dion.
—Venid a ver. —Penthos hizo un gesto con las manos, las
mangas de la túnica una estela—. Presenciad lo que mi poder ha
logrado. —Y entonces, porque aquello resultó ser de una
magnificencia insuficiente, dijo—: Originado, mejor dicho.
Los cuatro remontaron la colina, Dion dejó que la Luz de Armes
se apagara hasta que fue un tenue resplandor.
Algo aguardaba agachado en la cima de la colina, algo que se
asemejaba a un hombre. Levantó la cabeza.
2
MIEDO Y AVERSIÓN EN EL VADO DE
SHOGG

D
ion emitió un ruidito. No era una palabra, ni algo apropiado
para la garganta de una sacerdotisa de Armes. Los dos
guerreros, Harathes y Cyrene, la imitaron. Lief fue el único
capaz de articular y verbalizar su reacción.
—¿Pero qué pedazo de mierda maloliente es eso? Penthos
frunció el entrecejo, todavía en su papel de Maestro de Ceremonias
de las Maravillas.
—¿Qué crees que es? He metamorfoseado al arácnido
invertebrado en el aspecto de un hombre.
—¿Qué hombre tiene ese aspecto? —exclamó Harathes—. Es
repugnante.
—¿Más que su forma original? No lo creo… —Penthos los miró
con intensidad, pero Cyrene interrumpió su discurso.
—Lo es. Que los dioses nos asistan, pero lo es. Dejarlo a medias
es peor, Penthos. —El tono de voz impregnado de conmoción.
Dion tosió, todavía intentaba tragarse el asombro y la repulsión.
—Penthos —dijo en voz baja, con un tono diplomático—, ¿esto
es todo lo que puedes conseguir?
Eso (él, supuso ella, ya que había suficientes pistas como para
darle un género), avanzó agazapado por la loma. Cyrene tenía
razón en que era el casi, el tan cerca, lo que revolvía los estómagos
con aquella casi familiaridad. La piel era grisácea a la luz de la luna,
como la de un cadavérico, y el cuerpo era parecido al de un
humano, hirsuto en el pecho y de extremidades larguiruchas,
aunque sin llegar a ser antinatural. De pie sería alto, supuso Dion.
La silueta tenía una fuerza flexible, no había carne de más pero
tampoco era flaco. Las manos tenían dedos alargados, y sin duda
alguna eran demasiado largos. No tenía uñas pero ese era el menor
de los problemas.
La cara: el problema era la cara, que ahora les miraba con fijeza,
que se les aparecería en sus pesadillas por la noche, eso seguro.
No era la forma, porque Penthos había hecho un buen trabajo ahí.
El molde de la tez era correcto, y podría haber sido incluso atractivo
si el resto hubiera sido algo remotamente humano. Parte de lo que
hacía que fuera tan horrible era la desfiguración de aquella
perfección regular. Había una boca, y los dientes asomaban
afilados, con aire amenazador, los caninos como diminutas dagas,
tan alargados que Dion supuso que la mandíbula inferior de la
criatura tendría hueco para retraerlos. Había una nariz, pequeña y
afilada. Había ojos, pero los ojos… Había demasiados, y eso solo
para empezar. Dos botoncitos en la frente devolvían el brillo de la
Luz de Armes, y creyó ver otros dos orbes un poco por encima de
las orejas. Los hubiera confundido con manchas, marcas o incluso
tatuajes de no ser por aquellas dos esferas principales que
dominaban la mirada inexpresiva de la criatura.
Eran enormes, y la forma una circunferencia perfecta, sin rasgos.
Sin iris, sin el blanco, tan solo unos profundos pozos de negrura
sobresaliendo de aquella cara flemática.
Estaba encorvado, todo rodillas y codos, y miraba… ¿a ellos, al
mundo? Era imposible dilucidar dónde estaba concentrada aquella
atención tan intensa. Sintió un escalofrío, una ola de músculos que
parecían deshuesados. Los labios se movieron sobre los dientes
puntiagudos.
Gritó. Alzó la cabeza y soltó un horripilante y profundo aullido, y
eso, al menos, sí sonaba humano. Una persona bajo un
inimaginable tormento, pero lo que fuera que había tras ese sonido
tenía una conexión visceral con ellos que ninguna araña poseía.
Excepto que no se detuvo, hasta que Dion se preguntó de dónde
podía sacar el aliento para alimentar un chillido ininterrumpido de
dolor, terror y aversión propia.
—¿Qué le pasa? —le exigió a Penthos, que aparentaba una
serenidad total.
—Querida mía, dale unos instantes para adaptarse a su nuevo,
em, entorno —sugirió el mago—. El miserable monstruo ha
acometido un viaje que ninguno de vosotros puede siquiera
imaginar.
—Entonces devuélvala a como era, nos encargaremos de ella y
encontraremos otro modo —dijo Harathes con desdén.
Penthos hinchó el pecho.
—¿Y ya está? ¿Este es el agradecimiento que recibo por llevar a
cabo una obra mágica sin precedentes? ¿Dónde estaría tu elogiosa
misión sin mí? ¿Habrías siquiera sobrevivido al bosque de las
arañas sin mi fuego? ¿Y a un centenar de tribulaciones más durante
el camino?
—¡Algunas de las cuales solo ocurrieron por ti! —exclamó
Cyrene, furiosa.
—¡Yo, Penthos! —El mago hincó un dedo en los cielos, y el
estallido de truenos que siguió al gesto fue demasiado justo a
tiempo como para ser coincidencia—. Yo, uno de los grandes
maestros del Poder Elemental, he reconstruido el tejido del mundo
ante tu petición, ¿y te atreves siquiera a quejarte?
—¡No podemos llevarnos a esa cosa a ningún lugar! —le gritó
Harathes—. A la araña podríamos haberla metido en una caja, o en
una jaula. Esa cosa parece un demonio. ¡Pero qué tipo de…!
—¡Harathes! —Dion lo silenció con un gesto—. Penthos,
escúchame, ¿no puede tu magia, tu Poder Elemental, empujar a esa
cosa un pasito al menos hacia algo más humano?
La expresión furiosa del hechicero se relajó.
—¿Tú también? —inquirió—. ¿Cuándo he llevado a cabo esta
inmensa obra de magia por ti, por orden tuya?
—Todos sabemos que en parte has hecho esto porque te divertía
intentarlo —repuso Dion con firmeza—. Por lo tanto, dime,
¿puedes… refinar este hechizo mágico?
Penthos farfulló.
—Está hecho. Es irreversible. Yo, Penthos, lo he sellado con mi
marca. Podéis… comprarle un sombrerito o algo.
—Ha dejado de gritar —observó Lief, tras el silencio de asombro
que siguió a la declaración del mago.
Se giraron y vieron a la cosa en el círculo observándolos. Los
labios volvían a moverse, como si imitaran su forma de hablar. El
temblor de sus labios, a cada instante a punto de cortarse contra los
colmillos, ejercía una fascinación pavorosa.
Entonces los sonidos comenzaron: ruidos de ahogamiento,
resoplidos como los de un gato moribundo, graznidos guturales,
cada uno más parecido que el anterior a algo que podrían llamar
palabras, hasta que balbuceó y gruñó una frase reconocible:
—¿Qué… qué habéis… qué me habéis… qué me habéis hecho?
Penthos cacareó de alegría, la discusión ya olvidada.
—¡Y también habla! Admito que no estaba seguro de qué
facultades adquiriría. Sí, se comunican entre los suyos, pero no
puedes imaginar las diferencias, en los sentidos, en la mente, ¿y
aun así puede hablar?
—¿Qué me has hecho? —exigió la cosa en el círculo, con más
claridad. Su voz no tenía acento, con una resonancia extraña,
quebrada por el grito.
—Has renacido —le dijo Penthos—, alégrate.
Todos lo vieron retraerse para saltar, pero parecía que tenía
problemas con las extremidades, tan patoso como un fauno recién
nacido en aquellos primeros instantes de su nueva transformación.
Penthos levantó una mano, y la criatura se echó hacia atrás como si
hubiera recibido una bofetada.
—No debe estar en mi contra, ni debe huir —declaró—. Soy su
creador, y está ligado a hacer lo que yo diga. Y la Luz de Armes lo
respaldará, de eso podéis estar seguros. Su naturaleza de base no
ha sido alterada. Tendréis que recurrir a las amenazas y al castigo si
busca causar daño o volver a sus costumbres bestiales o se come a
alguien, pero deberíais tener el mando sobre él. ¡Levántate,
monstruo!
La criatura arácnida se estremeció ante la orden, y otro
escalofrío líquido cruzó su cuerpo, pero entonces pareció
comprender el funcionamiento de las piernas (sin duda muchas
menos de lo que esperaba) y se desplegó con un movimiento suave.
Era tan alto como Penthos, y un poco más que Harathes, aunque no
era tan ancho de hombros. Ahora se erguía como un hombre, los
pies firmes en la tierra del monte. Dion sintió que había una fortaleza
temible en aquella silueta de huesos desgalichados. «La criatura es
peligrosa», pensó, y le recordaba a algo de Oscuridad, algo del
enemigo. Lo temía, porque temía que ser su dueña pudiera
corromperla de algún modo. Pero ahora estaba ahí de pie, era más
que obvio que Penthos había hecho un buen trabajo con aquel
logro, y cuando dijo lo de…
—Cómprale un sombrerito —añadió Lief, imitando sus
pensamientos—. O una venda para los ojos. Parches. Quizá una de
esas lentes oscurecidas que usan los alquimistas. —Observaba a la
cosa concienzudamente, más recuperado que el resto de la
sorpresa inicial—. ¿Queréis saber qué pienso? Pues que he visto a
tipos mucho peores engullir una pinta de un trago en la mayoría de
las ciudades. Siempre hay experimentos de magos y tocados por
algún tipo de oscuridad corrupta, incluso en los lugares más
luminosos. A ver, sí, sabemos qué es esta cosa, sabemos que no es
un fracaso de ser humano sino algo que se ha convertido desde su
origen como araña. Otros… pensarán que es una maldición, quizá,
o puede que un mestizo de una de esas razas oscuras. Ocurre.
Estaremos bien. —Sonrió, y Dion deseó que no estuviera pensando
en algún método para monetizar su espanto.
—Bien hecho, Penthos —dijo en voz baja—. Perdóname por
haberte criticado. Como dice Lief, tendremos que adaptarnos.
El mago sonrió, toda la ira olvidada.
—¿Y cómo se llama nuestro nuevo amiguito? —preguntó Lief.
—No tengo ni idea. —Y sin duda alguna Penthos era la típica
persona que en raras ocasiones se preocupaba por cosas tan
triviales como el nombre de los demás—. ¡Monstruo, habla!
La garganta de la cosa hizo su trabajo, y produjo sonidos, los
pies y las manos se movían como si tratara de dar voz a un
pensamiento que no tenía nada de humano, pero al final surgió un
gorgoteo parecido a «nth».
—¿Enth? —trató de dilucidar Lief—. ¿Nerth? ¿Urnuth?
—Enth —decidió Dion—. De ahora en adelante te llamarás Enth,
criatura. ¿Me entiendes? —Ella levantó el disco de Armes, y el
monstruo se protegió de la Luz divina—. Síguenos. Pero antes…
¿alguien tiene una capa algo?

***

Qué era precisamente el «camino de la araña» era algo que la


criatura todavía tenía que desvelar, pero hasta Darvezian todavía
aguardaba un largo viaje, y Dion admitió que el conocimiento del
inoportuno compañero podía llegar a ser relevante solo cuando se
acercaran a su guarida.
Habían querido tomar el paso hasta la ciudad fronteriza de
Isinglas, que durante décadas había permanecido como bastión
contra cualquier cosa que cruzara el territorio incierto y disputado
que ahora ocupaban. Viajar por Isinglas sería el camino largo hasta
Darvezian, pero el más seguro, ya que a través de este territorio la
Luz y la iglesia de Armes todavía eran fuertes.
Sin embargo, a un día del círculo de piedra les llegó el mensaje a
través de viajeros fugitivos y de leñadores de que los cadavéricos
eran numerosos, habían salido de sus agujeros y madrigueras, y
que Isinglas estaba, como poco, bajo asedio. A aquello siguió una
apresurada charla sobre guerra, con Harathes argumentando que
deberían ir a socorrer a la ciudad sitiada, y Cyrene y Lief haciendo
hincapié en la importancia de su misión y de evitar grandes batallas
respectivamente. Penthos no dio su opinión, y nadie preguntó a la
criatura, Enth.
Al principio progresaba con lentitud. No supo cómo caminar de
forma natural, por lo que durante las primeras millas la abominación
avanzó como un borrachuzo, caía, se tambaleaba, siseaba de rabia
ante su propia ineptitud. Penthos trató de ayudarle, pero su idea de
enseñar a andar a la cosa acabó en un ejercicio mágico de
dominación donde obligaba a desplazar una pierna tras otra, con el
extrañísimo resultado de un andar rígido que obviaba la caída del
monstruo en cuanto el mago lo soltara. Que Lief se desternillara a
cada segundo no ayudaba demasiado.
Entonces adoptaron un ritmo más pausado, la cosa quedó en
cuclillas, engrilletada por las cadenas invisibles de la magia de
Penthos y, en un acto de piedad, cubierta por una de las túnicas de
sobra del mago. Al haber estado en sus propios asuntos parecía
haber experimentado una especie de epifanía grotesca. Dion le
había visto estirar las extremidades una por una, con la mirada fija
en ellas como si tratara de adivinar su propósito de los primeros
principios. Cuando partieron, avanzó a grandes zancadas que daba
con facilidad, más animalesco que humano, pero sin duda veloz.
Dion tuvo la perturbadora impresión de que, de haber sido libre,
podría haberse marchado a la velocidad que podría alcanzar un
buen caballo al trote. No era capaz de asegurar que había
comenzado a preocuparse sobre la criatura, porque toda esa
ansiedad había estado presente antes de la transfiguración, pero
era obvio que estas preocupaciones no hacían más que
incrementarse.
Se sentía tentada constantemente de sacar el disco de Armes y
exponer al monstruo a la Luz de su fe sagrada, solo para
asegurarse de que tenía poder sobre él. Su mismísima presencia
ejercía una fascinación terrible sobre ella, como si una serpiente
venenosa se retorciera a sus pies. Era demasiado fácil imaginar
aquellas manos aprisionar su garganta, aquellos dientes afilados
enterrados en su carne…
Pero logró controlarse, porque el miedo era un arma de la
Oscuridad. Si se permitía dejarse llevar por el miedo, ¿cómo podía
saber que actuaba con rectitud?
Y aun así, estaba preocupada. Y aun así, tenía miedo.
—Pues al Vado de Shogg —sugirió Lief. Habían estudiado
cuidadosamente los mapas que tenían, trazaron recuerdos del
territorio, intentaron trazar una ruta que no involucrara el terreno
transitado entre su posición e Isinglas.
—Recuérdame… —Dion salió de sus pensamientos, se inclinó
sobre su hombro y trató de dilucidar dónde estaba aquel lugar.
—El Vado de Shogg es un lugar de oscuridad —replicó
Harathes.
—El Vado de Shogg es un lugar de viciosos con cerebro de
mosquito y cerveza mala —contestó Lief con alegría—. Sí, está a
este lado de la línea. Está en las tierras inciertas, y es muy probable
que nos encontremos de todo allí. Pero no buscarán pelea y, con
toda honestidad, tendremos bastantes más oportunidades de darle a
Cándido su debut en la civilización en el Vado de Shogg que en
Isinglas. Allí están más que acostumbrados a los raritos.
—Pues razón no le falta —asintió Cyrene, despacio. La mirada
entrecerrada se fijó en Enth—. Y mucho comercio pasa por allí.
Podríamos conseguir lo suficiente para disfrazar lo que sea… eso.
«Él, eso», Dion ya se había peleado con los pronombres.
—Habrá que tener cuidado allí —añadió.
—¿Y cuándo no? —dijo Lief, despreocupado.

***

El Vado de Shogg.
Los recuerdos crecieron en el cerebro de Nth, los fragmentos
unidos a partir del regalo de su Madre. Ella había estado allí cuando
los humanos todavía no habían reclamado el lugar. Mucho tiempo
atrás. Recordaba los bramidos y el hedor de los shoggs al meterse
en el agua. Ahora ya no existían, primero los cazó ella, después los
hombres, y ahora no era más que un nombre sin recuerdo, incluso
en un mundo que parecía escrito y reescrito por la historia antigua:
Darvezian, Armes, Luz y Oscuridad.
Al principio el nuevo cuerpo en el que lo habían encarcelado
dominó su atención. El mundo se había convertido en un torbellino
cegador donde unos sentidos desconocidos no dejaban de chillar.
Le habían negado la voz de la tierra, que le había hablado con cada
temblor y movimiento en el mundo, y que además cargaba el habla
de esta gente. Había sido sustituido por una cacofonía ronca de
sonidos que rebotaban hasta penetrar en aquellos oídos
indeseados, gracias a las cuales pudo, de algún modo, discernir la
jerigonza que usaban estos humanos para comunicarse entre ellos.
De todas las nuevas habilidades que le habían infundido a la fuerza,
era de aquella comprensión que podría haber prescindido por
encima de todas las demás. No había querido descubrir que los
humanos, los destructores y la presa, podían hablar, incluso si el
habla era un doloroso estruendo.
¡Y sus ojos! Sus ojos habían sido de una tenuidad agradable,
que podía diferenciar día de noche, y el movimiento de la quietud.
Ahora eran su mundo, agujeros abiertos que dejaban que la realidad
se vertiera dentro, inundada de colores. Quería cerrarlos, pero no lo
conseguía. No tenían las cubiertas carnosas de los humanos de
verdad, para bloquear el cegador y deslumbrante mundo. Al
contrario, él estaba obligado a mirar a mirar a mirar, a conocer los
alrededores por medio de la luz y no de la reconfortante sutileza de
la vibración.
Tras aquello, cuando lo que fuera que le hicieron le obligó a
asimilar los nuevos sentidos, llegó el cuerpo. Se acabaron el
cómodo racimo de patitas, la posición baja y segura contra el suelo.
En vez de ello, cada paso que daban aquellos humanos era de una
precariedad ridícula, un preludio a una caída que jamás llegaba. Nth
cayó numerosas veces al principio, hasta que aprendió a escuchar
las extrañas exigencias de su nueva postura. Tenía amoratadas y
golpeadas las articulaciones de las piernas solo por intentar
establecer sus escasos pies. Y aquella era otra cosa, ¡qué tierna y
fresca era ahora su piel! El exoesqueleto que hacía de armadura
había desaparecido, por lo que todo él entero era una herida
esperando a ser abierta. No se atrevía a tocar nada por temor a
estallar, las entrañas expuestas a un doloroso sol resplandeciente.
Ser humano era horrible.
Pero empujaban sin cesar, y el aterrador hombre con manos de
fuego que lo había rehecho le dirigía órdenes sin piedad, y él no
podía evitar tambalearse hacia aquella locura de plan. Aterrorizado,
encadenado por la magia, atormentado. «Madre, por ti», se dijo a sí
mismo, pero no era tan alentador como hubiera querido. Jamás
hubiera imaginado las agonías y horrores que tendría que soportar.
Incluso podría haber desafiado a Madre de haber sido consciente de
esto. Durante mucho tiempo dejó que los balbuceos le resbalaran,
atento únicamente en la miseria de su nuevo ser, pero al final
encontró el suficiente equilibrio como para que las palabras
comenzaran a encajar, sin importar el resentimiento que aquello le
causaba. Los oídos también estaban abiertos perpetuamente como
los ojos, y se preguntó si los humanos de verdad también podían
cerrarlos. Seguro que eran capaces. Nadie podría vivir feliz con tal
caos colándose continuamente en sus cráneos.
Un instante tras aquel pensamiento, le golpeó una oleada de
náusea ante su propio cambio, porque la palabra «cráneo» había
acudido de modo natural a su mente, y no tenía lugar allí. No quería
tener un cráneo.
Trataba de buscar un tenue equilibrio en él cuando alcanzaron el
lugar llamado Vado de Shogg.
No tenía ni idea. Quizá ni siquiera Madre lo había sabido. Ella no
había estado fuera en el mundo desde hacía mucho tiempo,
después de todo.
Era un nido, rebosante de humanos. Aquí habían cultivado
excrecencias asquerosas con aspecto de hongos en gran profusión,
y se habían reproducido y ulcerado hasta que el hediondo agujero
había quedado inundado de una escurridiza marea de criaturitas
parecidas a humanos con cuatro extremidades y carne blanda.
Las palabras acudieron a su mente, todas sin que él las buscara:
chozas, tiendas, casas, un pueblo.
—Tantos. —La voz le sonaba extraña. No era de ninguno de los
humanos que viajaban con él. Se dio cuenta de que le miraban con
aquellas composiciones en las caras que llamaban expresiones.
Descubrió que las expresiones se usaban para mostrar actitudes
humanas hacia las cosas donde fijaban los ojos. Las «expresiones»
de sus carceleros y torturadores (que hubiera preferido que
permanecieran siempre como un misterio) eran de una hostilidad
uniforme.
Entonces se dio cuenta de que la voz había sido suya.
Uno de ellos parecía menos enfadado que el resto.
—Es solo un pueblo —dijo el humano pequeño—. Deberías ver
una ciudad.
El significado de la palabra «ciudad» apareció sin invitación un
instante después, y el concepto horrorizó a Nth más allá de
cualquier límite, simplemente por que implicaba la vasta cantidad de
humanos que debía haber allá.
La humana hembra que dominaba la luz agonizante, y que
parecía como una Madre para aquel diminuto cubil, habló:
—Lief, adelántate y encuentra algo para cubrir a… eso lo mejor
que podamos.
«Eso», Nth entendió, era él mismo. Comenzaba a pensar con
más claridad, y a desentrañar algo de la red de comunicación del
mundo de los humanos, y entre ese mundo y su nuevo y de lo más
reticente inmigrante. Que lo hubieran transformado en aquello y que
ahora estuvieran tan disgustados como para querer disfrazarlo le
presentó una nueva palabra. «Hipocresía».
Pero Lief, el macho más pequeño, asintió y comenzó a alejarse,
mientras el resto se detenía fuera del camino, pero con vistas del
pueblo.
Intentaba pensar en sus captores solo como «humanos», la
masa homogénea que había percibido en el bosque, pero parte de
su transformación era una inducción forzosa a la humanidad, con
todo lo que implicaba. Eran individuos, cada uno con algo distinto a
temer y a odiar.
El que se había ido era Lief, y parecía el menos ofensivo.
Conservaba cierta naturaleza furtiva que era algo comprensible para
Nth, ya que él mismo se había arrastrado por las sombras tiempo
atrás. Los demás eran menos agradables que él.
Dos eran sin lugar a dudas los que ostentaban más poder y
autoridad. El hombre que había contorsionado a Nth en aquella
forma era Penthos, y era su mente la que le había otorgado la
comprensión del habla y de mundo humano. Al principio había
parecido ser la cúspide y lo más ejemplar de lo que implicaba ser
humano, un hombre dios perfecto en cada línea y movimiento. Nth
se había maravillado con él al principio, pero en cuanto comenzó a
entender el discurso de los captores se dio cuenta de que su
veneración no era ni de lejos universal. De hecho, las expresiones
de los otros humanos cuando miraban a Penthos eran de molestia y
exasperación en vez de adulación. Con aquello en mente, algo se
había caído de Nth, y comprendió que la maravilla que había sentido
era un constructo artificial, algo que le había dado el propio Penthos
junto con todo lo demás. Era un truco que había jugado el creador
con la creación. Por muy resistente que Nth fuera a la comprensión
del mundo de los humanos, era aquella revelación, de la falibilidad
incluso de los hombres más poderosos, lo que le hizo darse cuenta
de la importancia de que se esforzara en entender.
El otro humano de poder era una mujer, su Madre. Ella era Dion,
comprendió él, y su poder era mucho más aterrador: aquella luz
adversa a su naturaleza, por lo que cada mirada que ella fijaba en él
podía implicar dolor y destrucción si esa era su voluntad. Era su
misión la que había dado como resultado que Nth acabara
subyugado de aquel modo, eso lo sabía, y estaba completamente
seguro de que, cuando hubiera terminado lo que fuera que tenía que
hacer, ella lo destruiría. A pesar del equilibrio relativo de poder entre
ellos, ella parecía verlo como una amenaza que debía ser
erradicada en cuanto tuviera la oportunidad.
El otro par sentía el mismo odio, pero disponía de menos
habilidades para ponerlo en práctica. Eran un hombre y una mujer,
una distinción que Nth no tenía deseo alguno de hacer con los
humanos, ya que parecía inapropiado y de algún modo obsceno, y
aun así era de una importancia obvia para Penthos como para
incluirlo en su reconstrucción. Cyrene era la mujer humana, y se
limitaba a observarlo con aversión y desagrado, algo mutuo por
parte de Nth. Harathes era el otro, y su odio era mucho más activo,
tanto así que continuamente buscaba excusas para empujar o hacer
trastabillar a Nth en el camino, cuando los humanos de poder no
miraban. Eso, al menos, era honestidad. Nth casi podía entrever la
falta de máscaras. Casi.
Entonces el hombre pequeño, Lief, volvió, la expresión mudada
con una grandísima satisfacción.
—¿Acaso no soy el ladrón más ingenioso de todo el mundo? —
anunció, y al instante pareció arrepentirse ya que Dion le dirigió una
mirada furibunda.
—Te di dinero.
Nth trató de seguir el intercambio, se le escurrían conceptos que
Penthos había incluido con cierta vaguedad.
—Yo, eh, quiero decir, en general, como un resumen aproximado
de todas mis habilidades —respondió Lief incómodo—. Es obvio que
he comprado la mayor parte. Mira, aquí hay ropa decente, para que
no parezca un hechicero…
—Oh, claro, no podemos dejar que vaya vestido como un
hechicero —exclamó Penthos con lo que Nth reconoció como
sarcasmo—. ¡Qué terrible acontecimiento!
La expresión de Lief pasó a «ofendido».
—En serio, para empezar, ya parece un rarito. Si dejamos esa
apariencia de hechicero rarito tendremos una muchedumbre
pisándonos los talones con antorchas y horcas. Que por lo menos
tenga el aspecto de un rarito común.
—No soy un rarito.
Todos se quedaron de piedra, con la mirada fija en Nth. No había
decidido exactamente hablar, de hecho, de haber sido capaz, habría
escogido quedarse en silencio y vivir unos instantes más siendo
ignorado, pero algo en él, la araña nativa o el humano trasplantado,
había saltado.
Sus expresiones cambiaban y eran difíciles de interpretar, pero al
fin Harathes rompió el silencio.
—Cállate, rarito. —Y aparentemente allí terminó el asunto.
Lief todavía parecía algo infeliz, y su mirada se desvió a Nth en
un par de ocasiones.
—En cualquier caso, aquí van unas cuantas prendas decentes
para el camino, una estupenda coraza de cuero para que al menos
vaya bien equipado.
—Un cuchillo —observó Cyrene.
—Todo el mundo tiene un cuchillo —se defendió Lief—. ¿No
querías que pasara desapercibido?
—No le vamos a dar un cuchillo —sentenció ella.
El hombre pequeño abrió las manos, un gesto de connotaciones
complejas.
—Vale. Da igual. Todo eso se comió vuestro dinero, así que
estad bien agradecidos, ya que pude conseguir esto en los
suburbios.
Levantó algo. Unos discos redondos y negruzcos de cristal
enmarcados en alambre.
—Ocultarán esos… ojos que tiene, y si se pone la capucha, los
pequeñitos en la frente quedarán cubiertos. Anteojos de cristal
ahumado. Alucino con las cosas que la gente pierde y ni siquiera se
enteran, ¿eh?
Dion todavía le miraba disgustada, pero dijo:
—Es por la misión, ¿verdad? ¿Por la Luz? Estoy segura de que
quien fuera que perdió los anteojos los hubiera entregado de buena
voluntad por la causa de habérselo pedido, ¿no crees?

***

El Vado de Shogg tenía más posadas y tabernas que la mayoría de


lugares que lo doblaban en tamaño. Era un lugar de paso, no para
vivir. Aquí, en los territorios inciertos que todavía no habían sido
reclamados por la Oscuridad de Darvezian, y tampoco estaban
protegidos de forma activa por la Luz de Armes, las puertas estaban
abiertas a viajeros de todo tipo. Un lugar para tratos sospechosos,
para traidores y cambiacapas y mercenarios, ladrones y
oportunistas, aventureros y prodigios. De haber sido solo por ella,
Dion jamás habría acudido al Vado de Shogg excepto a la cabeza
de una cruzada purificadora, pero sentía cierta tristeza al darse
cuenta de que Lief, y probablemente Cyrene, habrían sido
habituales de lugares como este de no haberles dado un propósito
mayor. Del mismo modo que sabía que Lief le había robado unas
gafas de incalculable valor a un alquimista o un traficante del
mercado negro para el disfraz de su nuevo compañero.
Transigencias. Todo en esta misión se había convertido en un
ejercicio de concesiones, y cada acuerdo erosionaba la elogiosa
pureza de su condición como sacerdotisa de Armes. Y a pesar de
todo, la misión merecía la pena, ¿no? Era capaz de comprometerse
hasta ponerse en peligro si ello implicaba acabar con Darvezian,
¿no es así?
Fines y medios. Dion había conocido a compañeros de Armes
que habían recorrido el camino de las transigencias demasiado
lejos. Ella misma había conducido a algunos de ellos hacia la
justicia.
«Siento que he perdido el rumbo». No podía confiar en nadie, ni
buscar consuelo en ningún lugar. Hasta que encontraran un sitio con
un templo adecuado, tenía que ser fuerte y segura ante los demás,
sin importar lo mancillada e insegura que se sintiera en el corazón.
El Vado de Shogg era un cubil hirviente de villanería. Estas
calles estaban vivas con una mezcla de hombres y cadavéricos, las
viscosas y verduzcas pieles, aquellos cruces entre arghuls y
humanos, los rasgos de rata de los reshers. El mandato de Armes,
traído de vuelta de las Llanuras Divinas tras la ascensión del profeta
y su retorno, había confirmado que solo los seres humanos estaban
hechos para la Luz, y que aquellas otras razas antropomorfas eran
criaturas de la Oscuridad. Sin embargo, aquí todo era gris.
Había mujeres y hombres corruptos que no conocían ni habían
querido la gracia de Armes, y había cadavéricos y otros que, aunque
malvados, no servían al Señor Oscuro. Era una colmena de
oportunismo y vicio.
Cyrene les había conseguido una habitación segura en un
edificio ruinoso cuyo bajo parecía estar dedicado en exclusiva a un
bar de mala muerte inundado de gentío, o quizá un burdel, o un
fumadero, o los tres. Dion sintió la fortísima tentación de dejarlo
estar, expulsar todos los horrores del lugar con sueño, y rezar por
sueños de Luz. Sin embargo, no había terminado su labor. Daba la
sensación de que su tarea era interminable.
—Necesitamos información sobre los movimientos de las fuerzas
de Darvezian —explicó a los demás—. Con Isinglas bajo asedio
parece que los ejércitos de la Oscuridad han dado comienzo a la
nueva fase de la guerra.
—¿Y qué camino tomaremos nosotros? —interrumpió Cyrene—.
¿De qué va este tema del sendero de la araña?
—Bueno, pues ya que estamos aquí, podemos aprovechar para
interrogar a la criatura —decidió Dion. Se frotó el puente de la nariz,
notaba que se avecinaba un fuerte dolor de cabeza. La auténtica
anormalidad exuberante del lugar comenzaba a afectarla—. Cyrene,
¿conoces este sitio?
—Conozco a algunas personas con las que podríamos hablar,
que apenas me mentirían —confirmó la otra mujer—. La Luz no ha
sido olvidada por completo aquí.
Dion había planeado atrincherarse en la habitación mientras que
sus compañeros menos santos llevaban a cabo el trabajo de campo,
pero las palabras de Cyrene le dieron otras ideas.
—¿En serio? ¿Incluso en este lugar?
La arquera asintió con cautela.
—Entonces te acompañaré a visitarlos. —«Ya que me vendría
bien alguna indicación de que la Luz no está destinada a
desvanecerse del mundo sin más, ignorada y sin nadie que lo
lamente. He pasado demasiado tiempo en lugares oscuros».
—Entonces yo también voy —exclamó Harathes—. Este lugar es
un pozo. Cualquier cosa de la Oscuridad en las calles te echará el
ojo.
—Si así lo deseas. Penthos, sé que tienes medios mágicos para
recopilar información. Haz lo que puedas.
—Como ordenes —respondió el mago con grandilocuencia.
—¿Y yo? Iré a charlar con algunas fuentes menos iluminadas,
¿qué os parece?
Dion miró con fijeza a Lief.
—Te quedas con el bicho en la habitación. Uno de nosotros debe
hacerlo.
El hombrecillo parecía encolerizado. No, era una pantomima,
observó Dion. Estaba algo molesto por no tener la oportunidad de
irse de putas y a robar a sus espaldas, no tenía duda alguna. Ella
sintió un fastidio inmediato por la incerteza. Seguro que tener a Lief
en busca de información era un gran recurso, ¿y acaso no era lo
que necesitaba? ¿No servía a su misión? ¿Un compromiso más,
fines y medios?
No. Que fuera un castigo por sus métodos delictivos.
—Te quedas con el monstruo —le dijo con severidad. Sabía que
estaba siendo de lo más hipócrita, y que lo castigaba a él cuando
tendría que castigarse a sí misma. Por un instante sintió como si
fuera a perder el control, toda la compostura, todo de golpe, como si
fuera a ponerse a llorar ante ellos y a confesar que no, no estaba
para nada segura de nada, y que toda esta empresa parecía cada
vez más un sueño perdido.
Pero tenía que ser fuerte. Buscaban en ella una guía moral.
Debía ser firme, porque no había nada más que los anclara al
mundo excepto ella.
Lief parecía muy poco agradecido por quedarse anclado a la
criatura, Enth, pero ella había tomado una decisión, y ahora tenía
que llevarla a cabo. Así era el liderazgo.

***

Encima había pequeñas habitaciones, y Lief y Penthos se fijaron en


una en concreto, con Nth siguiéndoles algo aturdido, entrecerraba
los ojos tras las lentes tintadas que el ladrón le había procurado.
Una vez allí, el mago se acomodó en el suelo, y Nth sintió a través
de los pelillos erizados que se había desplegado algún tipo de
magia, o habría sido así en caso de que Lief hubiera dejado en paz
al mago.
—Penthos…
El mago levantó una ceja.
—¿Qué ocurre?
—Voy a… ¿puedo dejarte con esto… él…? Es que…
—No. Estaré en trance. No podré vigilarlo.
—Pero es tu cosa —señaló Lief—. Tú lo creaste… lo convertiste
en… lo que le hiciste a la cosa.
—Dion dijo que tú tenías que ocuparte de él —respondió
Penthos, petulante. Las emociones humanas eran un nuevo e
incómodo libro para Nth, pero Penthos tenía suficiente petulancia
como para que incluso una araña lo reconociera.
—Oh, vale, pues nada. —Lief se cruzó de brazos—. Bueno,
¿hará lo que le diga?
El mago lo miró con fijeza.
—No, su preferencia es la misma que la gran mayoría de la
creación. ¿Por qué debería hacer lo que le dices?
—Entonces, ¿tengo que ser responsable pero sin ningún poder
sobre eso? —exigió Lief.
—La vida es justa en raras ocasiones. Ahora silencio, necesito
concentrarme.
Nth, el eso de su discusión, paseó la mirada de uno a otro, vio a
Penthos cerrar los ojos, y a Lief adoptar una expresión leve de
astucia.
—¿Y si me ataca? No, ¿y si te ataca a ti? ¿Y si viene Dion y la
ataca, todo porque estás sumergido por completo en la meditación?
¿Y si te estrangula en cuanto te quedes inconsciente, o lo que sea
que hagas? No es que yo tenga demasiadas opciones para
detenerlo, mira a esta cosa, seguro que es el doble de fuerte que yo.
Penthos puso una expresión de desasosiego.
—Está bien. Criatura, haz lo que Lief te ordene. Ya, ¿contento?
—Más que nunca. —Lief pareció sentarse, con la mirada puesta
en Penthos que comenzaba a entrar en su trance, o lo que fuera
aquello. Nth observaba a Lief, consciente de que su táctica todavía
no había sido desvelada, pero sin tener ni idea de hacia dónde iba
dirigida.
Al fin, inducido por una señal familiar de Nth, Lief se levantó.
—Se acabaron los cuentitos de hadas —declaró—. Vale,
monstruo, ¿me oyes? —Tras una pausa, añadió—: respóndeme,
¿vale?
Nth supuso que asentir sería apropiado.
—Bien, sígueme, pues. Vamos abajo. No me importa lo que Dion
diga, no voy a estar a esta cortísima distancia de la civilización y no
tomarme un buen trago. ¿Qué injusto, verdad? El problema con esta
mujer es que es demasiado santa para su propio bien. Se olvida que
el resto somos un pelín más humanos. —Lief echó un vistazo a su
carga—. Algunos de nosotros, vaya. ¿Bebes, monstruo?
Respóndeme… Mira, a partir de ahora entiende que, si te hago una
pregunta, respondes, ¿vale? ¿Sabes lo que es una pregunta?
Nth asintió.
—¿Y sobre lo de beber?
Nth volvió a asentir. Sentía un gran temor por aquel hombrecillo
tan energético. Abajo estaba repleto de humanos y otros que
podrían ser humanos. Había ruido, y cosas inexplicables ocurrían
con bebidas, discos de metal y cuerpos de otros humanos.
—Pues vamos. —Lief abrió la puerta, miró por encima del
hombro, y arrugó mucho la cara—. He tenido compañeros de
borrachera mucho mejores. Hubo un tiempo en que la gente tenía
ganas de compartir una jarra conmigo, y yo no tenía que caer tan
bajo como para obligar y coaccionar a monstruosas arañas mágicas.
—Una pausa, en la que Nth buscó con prisa una respuesta
apropiada pero no encontró ninguna antes de que el hombrecillo
añadiera—: por lo que supongo que eso implica que me toca pagar
la ronda, ¿no? —Su boca se estiró hacia arriba por las comisuras,
pero de un modo forzado. No parecía contento, incluso ahora que
tenía lo que quería.
La gran sala del piso inferior era un nido palpitante de humanos y
cadavéricos y otras cosas, la mayoría de ellas armadas y casi todas
más grandes que Lief, pero el hombre daba codazos y empujaba
con el hombro para abrirse paso hasta una barricada improvisada
de barriles que parecían haber sido puestos allí por una mujer
gordísima. Nth sintió que aquella medida era de una sensatez
notable, y le hubiera gustado poder refugiarse tras ella, como
protección de la bulliciosa marea que era la muchedumbre. A cada
instante sentía contacto, criaturas humanoides de pieles esponjosas
le empujaban, se inclinaban sobre él, o le rozaban con su cuerpo. La
sensación de aquellas pieles flexibles era de una profunda
incomodidad, de una intimidad horrible e indeseada.
Lief se dirigió a la enorme mujer y le pidió alguna cosa, deslizó
algunas piezas de metal. No, eran monedas, el conocimiento
indeseado se incrementaba. Aquello era comercio, donde el metal
servía como cierto tipo de recordatorio para servicios previos, por lo
que la mujer recordaba las acciones históricas de Lief y esto le
proporcionaba a él una recompensa en forma de dos jarras de
madera de Algo Sospechoso. A Nth le costaba el concepto, trató de
entender por qué funcionaba y por qué nadie querría ese metal, o
siquiera qué representaba. El pensamiento le recordó con extrema
urgencia su propio dilema: una cosa que tenía valor para los
humanos sin que ellos encontraran en él valor inherente. Era una
cifra, un medio para un fin, para ser usado y desechado.
—Anímate, quizá nunca pase —le dijo Lief, y levantó la jarra—.
Toma, esto es cerveza. Se bebe. —Hablaba despacio, como si fuera
un niño.
Nth buscó entre sus recuerdos prestados y descubrió que
Penthos no había tenido mucha relación con la cerveza. Sujetó la
cerveza con ambas manos y le dio un cuidadoso sorbo. Le pareció
aguada y sosa, y perdió el control de sus labios que se torcieron en
una expresión de revulsión.
—Deja de poner caras —aconsejó Lief, mirando en derredor—.
Diría que «la gente se fijará en ti», pero qué mierda, en un sitio así,
¿por qué lo harían? Tú déjate los cristales puestos y no estarás ni
en el tercer puesto entre los más raritos en estas cuatro paredes. —
Apuró la jarra e hizo un gesto a la mujer para otra copa—. Supongo
que esto no es lo que querías ser de mayor, ¿no?
Nth le miró inexpresivo, sintió una urgencia repentina de
responder sin siquiera comprender la pregunta. En vez de ello,
bebió más cerveza.
—Yo tampoco —confirmó Lief, como si él hubiera respondido—.
¿Misiones? ¿Tareas? ¿El servicio de Armes? No es asunto mío. Sin
embargo, es cierto que Darvezian es malo para los asuntos de
cualquiera. Solían haber más lugares como estos, ignorados tanto
por la Oscuridad como por la Luz. Fue entonces cuando comenzó a
presionar, y sus soldados estuvieron de la noche a la mañana por
todas partes, y todo el mundo comenzó a tomar partido en un bando
u otro. Unos cuantos de mis amigos trataron de declinar sus ofertas,
y no vivieron para arrepentirse de ello, por lo que decidí que tenía
que hacer lo correcto y plantarme contra él. También influyó que me
pillaran robando en el templo de Dion, por lo que era esto o las
minas. Así que imagino que no somos muy diferentes, ¿no crees?
Tú y yo. —De nuevo aquella sonrisa torcida, que buscaba un punto
en común con el rostro recién adquirido de Nth—. O no. Supongo
que no.
—No quiero estar aquí. —Las palabras eran apenas audibles
debido al ruido de fondo, aun así Lief dio un saltito en el asiento.
—Hostias, se me olvida que puedes hablar —dijo—. Quizá no
deberías hacerlo, no demasiado a menudo. Haces cosas raras con
la boca cuando hablas. Supongo que todavía estás aprendiendo.
Sus últimas tres palabras resonaron en un súbito silencio que
descendió en la sala como el anochecer.
Lief se giró, vio algo que no le gustó ni un pelo y se volvió, los
ojos fijos en la pared tras el bar.
—No mires.
Nth se crispó, había recibido una orden pero no sabía qué no
tenía que mirar. Parte de su dilema debió llegarle a Lief porque este
siseó.
—Es un sentenciador, de la élite de Darvezian. Tipos muy
chungos, unos cabronazos de cuidado. No mires.
El sonido de un andar pesado y metálico resonó por toda la
habitación como entrechocar de espadas.
—¿Dónde está ella? —Una voz hueca y de acero que encajaba
con las pisadas.
Nadie respondió. Todos los humanos que Nth pudo ver parecían
haber descubierto algo de lo más fascinante en sus bebidas, en la
mesa o en el dorso de las manos.
—Aquí había una sacerdotisa de Armes —continuó la rasgada
voz—. La quiero. Si alguien me dice dónde se encuentra antes de
que cuente hasta cinco se llevará una brillante moneda. Si alguien
me lo revela antes de contar hasta diez evitará que lo apuñale. Tras
esto, me tomaré libertad absoluta con los acuchillamientos. Y ahora,
¿dónde está ella?
No hubo palabras, pero el silencio tras Lief y Nth cambió de un
modo notable. Lief miró alrededor, el rostro compungido, y Nth
interpretó aquella señal como permiso para echar un vistazo a lo
que estaba ocurriendo.
Lo primero que vio fue un hombre gigantesco con armadura que
ocupaba casi todo el espacio del bar. La cabeza protegida por el
yelmo rozaba el techo bajo, y los hombros eran tan anchos que
doblaban a Lief en amplitud. Las planchas de hierro de la malla eran
negras, grabadas con símbolos rojizos que chisporroteaban y
resplandecían con poder. Tenía una espada en el cinto que parecía
tan pesada que podría partir rocas; había sido embellecida en
exceso, dada la potencia que irradiaba de los guanteletes del
hombre.
Tras aquello, Nth no pudo evitar fijarse en que una docena de
parroquianos los señalaban a Lief y a él.
—Mierda —masculló Lief. Entonces la figura parecida a un ogro
se acercó a grandes zancadas.
—¿Dónde está? —exigió el sentenciador—. ¡Habla!
3
LA TERCERA REGLA DE LOS
ARACNOFÓBICOS

-¿D onde—¡No
está? —exigió el sentenciador—. ¡Habla!
lo sé! —dijo Lief con un gritito, justo antes de que
unas manos enguantadas en hierro lo agarraran de la pechera y lo
levantaran sin esfuerzo en el aire.
—¿Dónde está? O habrá apuñalamientos —prometió el gigantón
—. Es posible que más de uno. —Ignoraba a Nth, quizá porque la
Oscuridad conocía a la Oscuridad, y el sentenciador había asumido
que nada parecido a aquella araña transformada podía estar ni de
lejos asociada con su bendita disputa.
—Se ha ido —masculló Lief, falto de aire por la presión—. No…
—¡Dónde!
Los ojillos del hombre se desviaron hacia su compañero de
copas.
—¡Ayuda!
Nth se levantó.
El sentenciador al fin reparó en él, el yelmo chirrió cuando desvió
la cabeza para mirarlo sin demasiada curiosidad al mismo tiempo
que seguía sacudiendo a Lief.
—No te metas en esto, hermano. No es asunto tuyo.
Nth dio un paso atrás. Lief estalló en algo que supuso era una
diatriba de blasfemias, pero logró sacar poco más que un suspiro.
El sentenciador asintió, dio por aceptable la discreción de Nth.
—Y ahora, ¿dónde…?
Nth saltó sobre él. En aquel momento supo que estaba
impulsado por la orden de Lief, por la magia de Penthos, y al mismo
tiempo quería hacerlo. No sentía una lealtad particular hacia
aquellos compañeros forzados, pero estaba cabreado y frustrado y
atormentado, y al fin tenía la oportunidad de dar rienda suelta a su
profundo disgusto por la situación que le había tocado vivir.
Su figura de largas extremidades se estampó contra el
sentenciador, este se tambaleó, y Lief terminó de una voltereta tras
el mostrador. Nth se aferró a la armadura del hombretón mientras él
trataba de quitárselo de encima.
Nth hizo palanca, extremidad contra extremidad, tanteó con los
dedos entre las placas de metal y tiró con todas sus fuerzas. Era la
primera oportunidad para ver de qué era capaz su monstruoso
cuerpo.
Una guarda curva del hombro se desprendió casi sin esfuerzo,
los ribetes saltaban de los agujeros y tiras de cuero se partían. El
sentenciador le atacó, un puño de acero impactó contra las costillas
de Nth en un destello de dolor. Sin embargo, el cuerpo sentía el
dolor de un modo diferente. Carecía de la inmediatez del daño real
que Nth había esperado. Con un calambre espasmódico de piernas
y brazos arrancó gran parte de la coraza del hombre, comenzó por
el hombro expuesto y después se lanzó a por la garganta. La
mandíbula se abrió, mucho más de lo posible para una humana, si
lo hubiera sabido, y las hileras de dientes curvos se dirigieron al
cuello de su víctima.
El sentenciador había desenfundado la enorme espada, pero no
tenía modo alguno de blandirla contra el enemigo que tenía
encaramado. Los dientes de Nth se cerraron sobre él, pero no en el
cuello sino en el borde de yelmo.
El sabor del acero y de la magia oscura estaba en la boca de
Nth. Giró el cuello, hizo palanca con aquella fuerza antinatural, sintió
con cierto gusto los colmillos hundirse en el metal al arrancar el
yelmo que protegía la carne que había debajo. La cinta de la barbilla
se rompió con un latigazo, y pudo echar un breve vistazo al rostro
pálido y aterrorizado, cubierto de barba apelmazada, y la mirada de
pánico.
Mordió, saboreó con virulencia la sangre salada y sintió un
fogonazo exultante, el placer visceral hizo que soltara a su presa,
por lo que el sentenciador pudo quitárselo de encima. Nth cayó de
cuclillas encima de los barriles que formaban la tarima del bar. El
hombre con la armadura se manoseaba frenético el cuello.
La otra mano sujetaba la monolítica espada y, con un
movimiento veloz, Nth se la arrebató. Entrevió a Lief mirándole con
fijeza, fascinado y horrorizado, cuando hizo descender el arma con
todas sus fuerzas. Penthos no entendía de espadas, por lo tanto
tampoco Nth, y el brutal impacto atravesó el brazo que el
sentenciador había levantado sin habilidad ni elegancia, una
muestra de fuerza bruta que podría desarmar hasta al oponente
más habilidoso. La fuerza siguió su descenso, destrozó tanto la hoja
como la malla, y dejó al hombre de la élite de Darvezian
desparramado por el suelo.
Durante el silencio de asombro que vino a continuación, Lief se
levantó tembloroso.
—Creo que nos hemos pasado mucho de la raya respecto a las
últimas órdenes —exclamó—. Volvamos con Penthos para que
rastree a los demás, porque los rumores sobre lo que acaba de
ocurrir van a correr como la pólvora, y mañana a esta hora ya le
habrán llegado al Señor Oscuro.

***

—No estabais allí —masculló Lief—. No lo visteis. Era la hostia de


acojonante, os lo prometo.
Habían puesto bastante distancia entre ellos y el Vado de Shogg,
refugiados en un racimo de árboles enredados donde
supuestamente estaban protegidos de sortilegios hostiles por la
magia de Penthos. Libres de cualquier persecución, la mirada
estaba puesta en Enth.
Dion vio que todavía quedaba un leve rastro de sangre en su
boca. La criatura les devolvía la mirada, aquellos ojos de búho tan
escalofriantes, que por suerte quedaban ocultos tras las lentes
oscurecidas. Parecía tener una expresión desafiante y terca, aunque
ella tuvo en cuenta que tan solo podía ser su interpretación
predilecta. Quizá la cosa no tenía la suficiente humanidad como
para expresar emociones de verdad.
—Es peligroso —declaró Harathes, y observó con intensidad a la
odiosa criatura.
—Ya lo sabemos —replicó Lief.
—No sabíamos hasta qué punto —insistió el guerrero—. Ese tipo
podría haber sido cualquiera de nosotros. Podría arrancar la cabeza
de Dion antes de que cualquiera de nosotros lo detuviera, en cuanto
se le antoje.
—Penthos, tú puedes controlarlo —observó la sacerdotisa.
—Ah, pues claro —asintió el mago—. Ay, es que estaba
meditando cuando ocurrió el incidente, pero en mi presencia un
simple pensamiento hubiera bastado para controlar su mano. —
Dirigió una mirada furibunda a Harathes—. Para algunos de
nosotros, eso implica que es bastante rápido.
—Tenemos que ponerle algún impedimento —insistió el
espadachín—. Meterlo en una jaula, quizá. —Ojeó a Cyrene, en
busca de apoyo, y ella asintió.
—¿Y cómo lo transportamos? —preguntó Lief—. Si lo paseamos
de arriba abajo maniatado alguien va a tomar la decisión de
quitárnoslo, tan solo por curiosidad. Y nos retrasaría. Mirad…
—Penthos. —La voz de Dion los silenció a todos.
El mago la observó, sin saber muy bien qué iba a decirle.
—¿Puedes darle órdenes, instrucciones por las que deba
regirse? Leyes para vivir, en resumen.
—Claro, un asunto sencillo. De hecho, logré algo bastante
parecido cuando le di a Lief el…
—Sí, vale, lo que sea —interrumpió el hombrecillo con premura
—. Nada de cavar en el pasado.
—¿Qué leyes? —preguntó Cyrene.
—Pues eso es lo que tenemos que decidir —respondió Dion—.
Debemos estar a salvo, ahora que hemos visto cómo… vaya, lo que
Penthos ha causado al darle esa forma. —Dirigió una mirada
dolorida al mago, cuya postura de orgullo se disolvió al instante en
confusión.
—Por favor, ¿más quejas, incluso ahora? —gimoteó Penthos—.
Yo… En serio, no alcanzáis a comprender el alucinante artificio que
he hecho…
—No tenías que convertirlo en una máquina de matar asesina —
dijo Cyrene con rabia.
—Querida, ya era una… —Penthos desvió la mirada de ella a
Dion—. De verdad que no entiendo por qué esto es mi culpa.
—Dile que no debe matar o herir a nadie nunca más —declaró
Dion.
—Así sea —Penthos accedió, respiró hondo, pero entonces
intervino Lief.
—Un momento, ¿y si queremos que lo haga? Si necesitamos a
esta cosa va a tener que ser capaz de defenderse a sí misma, al
menos, si nos atacan. Nos matarán en un visto y no visto si estamos
ocupados vigilándolo. Además, como ya he dicho, no estuvisteis allí.
Sí, fue algo la hostia de aterrador y sangriento verlo en acción, pero
destripó a un sentenciador. Es el tipo de truco que me gustaría tener
listo en una buena fiesta.
Dion apretó los dientes. Quería negarlo, reforzar su voluntad
original, pero Lief era demasiado bueno teniendo razón. La idea de
necesitar a la monstruosa criatura para luchar era aberrante, pero
quizá no más aberrante que la idea de cualquier otra cosa sobre
ella. Y habría un buen puñado de enemigos entre ellos y Darvezian.
Al haber perdido el dilema original con su conciencia sobre usar la
cosa para lo que fuera, esta nueva batalla parecía condenada al
fracaso.
—Bueno, entonces no puede hacernos daño. Dale la ley de
sobrevivir si lo considera necesario. O de salvar a cualquiera de la
Luz.
Penthos arrugó el rostro.
—Ay, no creo que tenga la capacidad de dilucidar los corazones
de los hombres. Puedo lograr que no nos haga daño, y… a nadie
más sin orden expresa, ¿o quizá a menos que le ataquen?
Dion asintió, no convencida del todo.
—Y tiene que hacer lo que le digamos, cualquiera de nosotros.
Penthos asintió con ecuanimidad.
—Así se hará. Bien, para resumir, no debe hacernos daño. No
debe atacar a nada a menos que se esté defendiendo a sí mismo, o
a menos que se lo ordenemos. Y debe hacer lo que le digamos. Por
estas leyes, se regirá su vida.
—Tendrá que ser suficiente —asintió Dion, con amargura,
consciente de que cualquier sistema humano de leyes tendría
agujeros que explotar—. Espero no necesitarlo demasiado. Lo que
nos conduce al tema del sendero de la araña. Criatura, atiende.
Obtuvo la bendición completa de aquella mirada negruzca.
—Estás aquí a nuestro servicio por cierto conocimiento que la
líder de tu cubil te otorgó. Necesitamos llegar hasta Darvezian de
algún modo que evite sus ejércitos, sus demonios, y sus trampas.
Tu progenitura sabía cómo, ya que ella es antigua y conoce
muchísimos secretos malignos y métodos oscuros. Debes decirnos,
ahora, dónde yace este sendero, adonde debemos ir para
recorrerlo.

***

Nth fijó la mirada en la mujer humana, sintió las nuevas restricciones


de su comportamiento cerrarse en su mente como cables ardientes.
Ahora sabía dónde estaban sus límites, cuándo rozaba los afilados
barrotes de su jaula y se veía obligado a retroceder.
Abrió la boca, le habían dado una orden que debía obedecer, y
aun así no surgieron palabras. Era consciente de que aquel gran
nudo indigesto de recuerdos que su Madre le había dado, le pesaba
como una roca en la mente. En algún lugar de ahí dentro estaba lo
que quería, y aun así no podía buscarlo. No tenía ni idea de cómo
era lo que buscaba.
—¡Habla! —insistió Dion, y algo se tensó tan fuerte dentro de él
que sintió náuseas, por lo que sintió una arcada, y por poco se le
desencaja la mandíbula al tratar de expulsar. Solo sonidos, sin
palabras.
—Dale un respiro —arguyó Lief—. El pobre está pensando.
—Eso —corrigió la otra mujer humana, Cyrene—. No dejas de
llamarle él.
—Es que es él —exclamó Lief, y puso una expresión de hastío
—. Él, es un hombre.
—Siempre sentí incerteza sobre ti —Harathes se acercó y posó
una mano sobre el hombro de Cyrene, los dos cerniéndose sobre él.
—Que te den por el culo —largó Lief—. No respondo ante
vosotros.
—Hombrecito —gruñó Harathes, pero Lief les daba la espalda
con aire ofendido.
—Dion —dijo él—, escucha, ¿cómo dijo que calculaba
direcciones la araña?
La sacerdotisa parpadeó, confundida.
—Es… ¿estás intentando contar un chascarrillo?
—La Mamá Arañita sabía dónde ir. ¿Cómo se supone que tiene
que comunicárnoslo Enth? Me apuesto algo a que ni siquiera sabe
dónde estamos. Por lo menos dale al pobre cabrón un marco de
referencia. ¿Puede leer mapas?
—Debería tener algunos conceptos sobre mapas, de entre todo
lo que le di —dijo Penthos, pensativo—. La criaturilla puede que
esté en lo cierto.
—Enséñale un mapa —asintió Dion.
—Espera, espera —protestó Lief—, ¿acabas de llamarme
criaturilla?
Penthos frunció el ceño.
—Puede, sí. ¿Importa?
—Tú y el monstruo parecéis, de pronto, muy amiguitos —señaló
Cyrene.
—Tú también te puedes ir a tomar por el culo.
—Vivimos tiempos inciertos —declaró el mago—. No podéis
esperar que recuerde quién es una criatura y quién no. Vale, el
mapa. Quiero ver cuánto llega a entender la criatura.
—¿Qué criatura? —preguntó Lief con amargura, pero sacó el
mapa y lo desplegó frente a Enth.
Durante largo tiempo no era más que un trozo de papel con
dibujos y marcas, desordenado y abstracto. Sin embargo, había
cierta comprensión, enterrada en la mente de Nth. No es que se la
hubiera dado Madre, sino el conocimiento humano con el que
Penthos había violado su cerebro. Por un instante luchó contra ello,
agarrándose a la ignorancia con la desesperación de un nadador
que se ahoga, pero entonces se desplegó en su cabeza y pudo
relacionar el desparrame que tenía frente a él con las imágenes
mentales que Madre le había traspasado: puntos de referencias y
rutas, bosques para esconderse, campamentos a evitar.
—Habla, monstruo —insistió Dion—. ¿Dónde está el sendero, el
camino oculto hasta Darvezian?
Los largos dedos huesudos mariposearon por el mapa que Lief
había expuesto para él. Nth dejó que el conocimiento prestado
fluyera en él, acumulándose como pus en una herida hasta que los
dedos rozaron el papel.
—A… —Las palabras humanas se apilaban, los medios de
comunicación complicados e imprecisos que odiaba tener que usar
—. Algún lugar por aquí. Cuando lleguemos, lo sabré.
—Son… —Cyrene entrecerró los ojos—. ¿Son los Desfiladeros
Sombríos?
—Allí no hay nada —escupió Harathes—. Nada excepto
monstruos como este. Es una trampa.
—Vaya, qué absoluta sorpresa no haber tenido el mapa con
todos los pasadizos secretos de la Oscuridad marcados —remarcó
Lief con acidez—. Voy a tener que cantarle las cuarenta a mi
cartógrafo.
—Si hubiera un camino a través de la barrera que supone la
sierra sería desde luego un atajo hasta la torre de Darvezian, y
desde una dirección inesperada. Evitaríamos todo el abanico de
fortalezas y secuaces —murmuró Penthos—. Bueno, esto es lo que
queríamos, ¿verdad?
Por las expresiones que pusieron los demás, Nth sacó en claro
que no era lo que querían, pero Dion asintió con cansancio.
—Hemos llegado tan lejos —accedió, e incluso Nth notó que no
hablaba de la distancia física, sino de los compromisos realizados—.
Seguiremos este sendero, y confiaremos en la profecía.
—Hay un buen trozo de territorio oscuro entre nosotros y los
Desfiladeros Sombríos —señaló Lief, descontento—. Cadavéricos y
lobos de plaga y guivernos murgol de todo tipo. —Trazó una línea
con el dedo desde el Vado de Shogg, mostrando así una ruta—. No
me acaba de convencer que el poder de la profecía vaya a
ayudarnos a cruzar a través de todo esto.
—Será una travesía épica —exclamó Harathes con su vozarrón
—. Una misión digna, pasaremos a través de monstruos y siervos
del Oscuro, a través de bosques malignos, pantanos, rocas
afiladas…
—Mm. —Lief arrugó la cara—. No me lo estás pintando
demasiado bien.
—La profecía no dice nada sobre cómo llegar al principio del
sendero de la araña —declaró Dion despacio, mientras observaba el
mapa—. Sí, la ruta más directa es a través del territorio Oscuro,
repleto de una caterva de riesgos, de una región enferma, y de
cubiles de criaturas pérfidas. Así que mejor lo evitamos. —Sonrió,
una expresión frágil—. Aquí, pasaremos de largo el Vado de Shogg
a través de la Ciénaga de Ening y de ahí a las tierras de la Luz en
Garth Ening. Una distancia mucho mayor, sí, pero mejores
carreteras y pocos obstáculos. Viajaremos al norte a salvo, y
cruzaremos la frontera una vez más en la fortaleza de Cad Nereg,
que se erige como la más cercana de todos los bastiones de la Luz
a la guarida de Darvezian. A partir de allí salimos del camino y nos
dirigimos a los Desfiladeros Sombríos. ¿Estáis de acuerdo?
—¿Y esto? —indicó Cyrene, y señaló a Nth—. Cruzamos las
tierras de la Luz con él, ¿no? —Un instante después escuchó
claramente su voz mencionar el pronombre, pero no lo retiró, tan
solo miró dubitativa a Nth.
Dion jugueteó con el disco de Armes como si reflexionara sobre
lo lejos que llegarían gracias a su estatus si estos la cuestionaran.
—Debemos tener fe —les dijo en voz baja, la duda se derramaba
entre las palabras.

***

Penthos sabía que Garth Ening, su primera parada obligatoria, no


era precisamente un bastión a la rectitud. Por motivos ajenos había
visitado antes aquel lugar, dos o tres veces, vestido con las prendas
típicas que los magos adoptaban en tales circunstancias, pero que
él sospechaba que no engañaban a nadie. Al fin y al cabo, mientras
que un viajero anciano con un bastón y un sombrero debería ser
algo de relativa inocuidad, los caminos eran tan peligrosos durante
aquellos días que cualquier idiota que deambulaba a solas de una
ciudad a otra podía acabar con sus posesiones en la bolsa de un
bandido y el resto de sí mismo en el interior de un oso antes de
completar la primera legua de viaje. Cualquier peregrino veterano
que acababa a las puertas de Garth Ening era casi seguro un mago,
y los guardias habían acudido a Penthos con la exagerada y
temerosa cortesía que seguro que no reservaban para un abuelo
chiflado que se había pasado el toque de queda.
Había estado cazando magia, por supuesto. Garth Ening
abarcaba las fronteras: aquí los de mente oscura trapicheaban con
cosas de valor que sacaban de las tierras de Luz, y los aventureros
las traían de vuelta. Los mercados sombríos de Garth Ening podían
albergar cualquier cosa.
Por desgracia, el mismo fracaso de su disfraz en las puertas
también le afectó con todos los vendedores, por lo que Penthos
nunca había estado en Garth Ening sin que le tangaran algo los
mercaderes de lo obscuro. No sentía nada de aprecio por el lugar.
Llegar a Garth Ening sería otro asunto, claro. Había un buen
trecho de territorio en disputa entre allí y el Vado de Shogg. El
Lodazal de Ening era un lugar traicionero, un territorio en ruinas y
maldito donde los caminos cambiaban cada día y siempre eran
vigilados por miradas desabridas. Darvezian tenía numerosos
espías, pero la mayoría, por desgracia, carecían de imaginación.
Porque acechaban viajeros en los caminos, los senderos campo a
través eran la ruta más sensata a pesar de las ciénagas, los
bosques sombríos y un abanico de bestias. Al fin y al cabo, ahora
que su grupo tenía un sentenciador muerto a su cuenta, los agentes
del Señor Oscuro seguro que estarían buscándolos por las
carreteras más transitadas.
Penthos, personalmente, hubiera preferido tomar la carretera y
responder a la fuerza con fuerza cuando se presentara la
oportunidad. Había magos entre los sentenciadores que serían todo
un desafío, y él tendría la oportunidad de mostrar sus poderes y su
habilidad ante Dion. Incluso había llegado a sugerirlo, pero ella
comentó largo y tendido lo de los daños colaterales y las vidas
inocentes, por lo que, según parecía, había vuelto a meter la pata.
Su comentario al destacar que no había inocentes con asuntos que
implicaran viajar entre el Vado de Shogg y Garth Ening también se
fue al carajo, y llegó a empeorar la situación al tratar de quitarle
hierro al asunto con unas bromas que contó cuando ya había
pasado demasiado tiempo tras la pausa.
En definitiva, Penthos se sentía algo alicaído, agraviado por el
hecho de que su recurso típico (prender fuego a todo lo que se
pusiera delante) parecía empeorar las cosas. Caminaba con
pesadez a la cola del grupo que avanzaba por el terreno escabroso
y repleto de matojos espinados, sintiendo pena de sí mismo.
«¿Existe alguna criatura en el mundo más desdichada que yo?».
Dirigió una mirada hacia su creación, el hombre araña Enth. Era
muy probable que eso estuviera en una posición incluso peor. Sin
duda alguna se quejaría, si su naturaleza fuera más sofisticada para
permitirle hacerlo. Durante un instante, Penthos fantaseó con la idea
de instar al monstruo a que atacara a sus compañeros para él poder
rescatarlos. Pero no. Sin duda a pesar de cualquier rescate, sin
importar lo magnífico del mismo, quedaría oscurecido por la sombra
de culpa que arrojarían sobre él por no poder controlar a su
monstruo, y además, sus rescates tendían a ser una fuente de ese
llamado daño colateral.
La vida era dura. La vida era complicada. Algo que esta gente no
entendía. Todos asumían que los magos que eran genios como él
solo prestaban atención a tramas complejas y planes laberínticos,
pero Penthos echaba de menos la simplicidad. Bueno, la simplicidad
y a Dion.
Cyrene se había adelantado para explorar, con una flecha en el
arco. Penthos se había planteado presentarse voluntario para la
tarea, con la cabeza puesta en construir algún tipo de emboscada o
emergencia que le permitiera mostrar su valía. Sin embargo, era
consciente de un modo bastante incómodo, que sin hacer uso
constante de su magia, su sentido de la dirección era de una notable
pobreza. La única vez que trató de liderar a la compañía a través del
país, mucho antes del Bosque de las Arañas, había logrado
conducirlos hasta el mismo nido de trolls en tres ocasiones, para
exasperación de los presentes, en especial para los trolls, que se
habían hartado de que les prendieran fuego y les amputaran las
extremidades.
Cyrene volvía, y vio que no lo hacía sola. Por un momento tuvo
la optimista idea de que la visita era una amenaza y que, por fin,
prenderle fuego al hombre resultaría ser el curso apropiado de los
acontecimientos. Sin embargo, tuvo que admitir a regañadientes que
Cyrene parecía relajada en su compañía, y que no había nada que
sugiriese coacción o encantamiento. Y aun así, observó con
intensidad al extraño, únicamente por aparentar.
Era un hombre alto, esbelto y curtido, embozado en una capa
parda, con un arco largo colgado del hombro, y se inclinó como
muestra de respeto ante Dion.
—Es Lothern —anunció Cyrene—. Es un explorador de los
Elvos.
Eran una orden de nómadas que cazaban criaturas de la
Oscuridad, recordó Penthos: no eran seguidores de Armes, sino
soldados fronterizos que siempre estaban alerta ante incursiones
malignas. Las papeletas para que le dejaran incinerarlo se reducían
drásticamente.
—¿Lo conoces? —preguntó Dion.
—Hemos trabajado juntos en alguna ocasión. —Cyrene puso la
mano sobre el hombro de Lothern con gesto amistoso, y Penthos
notó con interés que la postura de Harathes había cambiado al
instante, para mostrarse más grande, e incluso marcó músculo. En
un extraño instante de reflexión, el mago se preguntó si esto era
algún tipo de celos.
—El pasado mes Lothern estuvo en la ciénaga —explicó Cyrene
—. Ha accedido a conducirnos por los mejores senderos ocultos
hasta Garth Ening.
—¿Le has contado nuestro cometido? —gruñó Harathes.
Cyrene frunció el ceño ante el tono empleado.
—Tan solo a dónde necesitamos llegar.
—Tengo fe en que Armes os guía. —La voz de Lothern era
musical—. Haré mi pequeño papel en vuestra empresa y os asistiré
en todo lo que me sea posible. —Deslizó el brazo por la cintura de
Cyrene con cierta familiaridad, y ella le sonrió, quizá con demasiada
rigidez, y se desenredó del abrazo.
—Bueno, pues, tu ayuda será bienvenida —pronunció Dion, y
frunció el entrecejo hacia Harathes.
—Debo añadir —continuó Lothern, casi hablando para sí mismo
—, soy muy afortunado de poseer esta calamita bendecida que
resplandece cuando hay espías de la Oscuridad cerca. ¡Iremos
prevenidos ante cualquier emboscada! —Parecía increíblemente
complacido con aquello. Penthos, para quien aquel objeto era, como
mucho, un truquito de principiante (no obstante, uno que él mismo
recordaba haber puesto en práctica) se fijó en que comenzaba a
estar de parte de Harathes en aquella aparente valoración del
hombre de los bosques como un capullo insoportable.
Y ya no quedaba nada más excepto que Lothern sacara la piedra
mágica, se la mostrara y…
El explorador abrió mucho los ojos.
—¡Cuidado! —siseó—. ¡El mal acecha cerca! —Ya que la
calamita resplandecía con una espeluznante luz verdosa, una que
Penthos conocía como «la luz fantasmal número siete», la favorita
para los artesanos e ingenieros mágicos de Garth Ening que te
estafan en cada visita.
Sobraba decir que la calamita no señalaba ninguna amenaza,
tan solo permanecía quieta, daba vueltas y brillaba.
—Debemos alejarnos de este lugar, y viajar con precaución —
anunció Lothern con un tono cargado de tensión—. Seguidme.
Alucinante, pero nadie más parecía darse cuenta de lo que
ocurría, y Penthos los siguió a la cola, esperando a que ocurriera lo
inevitable, mientras avanzaban a hurtadillas por la campiña agreste
y húmeda. Entonces Lothern les hizo detenerse, sacó el talismán
una vez más y soltó un suspiro de sorpresa.
—¡La Oscuridad todavía vaga cerca! —susurró con voz ronca,
atónito—. ¡Nos cercan por todos lados! —Harathes, Cyrene e
incluso Dion desenfundaron las armas, listos para combatir contra
las hordas de Darvezian que aparecerían por cualquier parte. Sin
embargo, Lief se coscó del tema y dio un ligero codazo a Penthos,
con la mirada puesta en Enth.
El mago asintió, con el temor de la inevitable declaración. ¿Esto
contaría como alguna especie de punto negativo con Dion?
¿Debería haber encontrado un modo para ocultar la Oscuridad en la
araña transformada? ¿Era siquiera posible?
Avanzaron con una lentitud dolorosa. Cada media milla, Lothern
sacaba la calamita, y en cada ocasión se ponía más nervioso
todavía, ya que la piedra resplandecía y bailaba colgada del hilo.
—¡El mal debe estar por todas partes! —declaró, horrorizado.
Llegados a aquel punto todos habían sacado la misma
conclusión, pero no era una de aquellas acusaciones «es culpa del
mago» tan típicas. En cambio, Dion y Cyrene intercambiaban
miradas avergonzadas, peor incluso cuando Lothern se alarmaba
hasta casi estar febril con cada nueva indicación de la presencia de
poderes oscuros.
Lief parecía ahogarse. Penthos asintió. O por lo menos, cada vez
que salía el talismán, el hombrecillo se cubría la boca con las manos
y se daba la vuelta, los hombros sacudiéndose sin control. ¿Estaba
enfermo, o…?
Se miraron a los ojos, y de súbito entendió sus sentimientos. Fue
una revelación para Penthos descubrirse compartiendo una broma,
muda y silenciosa, con otro humano.
Torció los labios al ver a Lothern entrar en pánico,
apresurándose hacia los juncos con el arco en la mano, en busca de
rastros, después volvió a toda prisa, balbuceó cuatro chorradas
sobre monstruos invisibles, enemigos voladores…
—¿No podemos decirle —soltó Lief durante una de sus breves
ausencias—, que seguiremos sin él?
—Querrá rastrear esa malignidad que busca —explicó Dion con
un susurro—. Y si le dejamos atrás, el rastro le conducirá hasta
nosotros. Sabrá que escoltamos a una criatura de la Oscuridad.
—No lo creo —repuso Lief—. Porque es un idiota.
—¡Cómo te atreves! —siseó Cyrene—. ¡Es un valiente! ¡Un
héroe!
—Un idiota —repitió Harathes, con cierta satisfacción.
—¡Tú…! —Cyrene lo miró furiosa—. ¡Dion, díselo…!
Pero en aquel momento volvió Lothern, interrumpió con grandes
zancadas su trifulca y declaró:
—Amigos míos, ay, la Oscuridad todavía permanece cercana,
¡pero oculta a mis ojos! Juro que mi escrutinio es más agudo que el
de cualquier hombre, pero ¡no he logrado hallar rastro alguno! —
Parecía tan ansioso y desesperado por complacer, por, al menos,
complacer a Cyrene, en quien su mirada acababa derivando.
Dion levantó una mano, como si bendijera, y se sentó, dándole la
espalda para esconder su expresión.
—Ay —exclamó Lothern, apabullado—. ¿He fracasado en mi
servicio…?
—Ajá —confirmó Dion—. Oh, que Armes me ayude. —Le tembló
la voz, y para complacencia de Penthos estaba al borde de estallar
en carcajadas—. Lothern, te lo suplico… llévanos a Garth Ening,
ahora mismo, olvida ese mal, nada de paradas, y ese será…
servicio suficiente por tu parte. —Y aunque su voz estuvo
peligrosamente al borde, fue capaz de terminar la frase sin reírse en
la bonita cara del hombre.
Ver a Dion librarse lo suficiente de su sagrada autoridad como
para sonreír (y por fin de una broma que el propio Penthos podía
entender) aportó el momento de levedad que el mago ansiaba. Un
instante después, volvió a mirar a Enth, de pie aturdido y olvidadizo
en medio de toda aquella confusión en la que se encontraba,
inconsciente de la causa. Algo sobre aquel rostro hostil e
inexpresivo amargó su disfrute de la situación. La criatura era
consciente de que algo ocurría, pero jamás sería capaz de
comprender qué era. Había un agujero en Enth donde debía estar el
humor, y Penthos se preguntó con aire sombrío si era debido a la
naturaleza adusta de la cosa, o quizá reflejaba un fallo similar de sí
mismo.
A partir de entonces comenzaron a avanzar a buen paso hacia
Garth Ening, sin embargo, Lothern seguía sintiéndose inquieto por el
talismán. Penthos se fijó en una peculiar danza entre él, Harathes y
Cyrene, ya que el enorme guerrero trataba de interponerse en el
paso de los otros dos, o por lo menos estar a suficiente distancia
como para hacerlos sentir incómodos, mientras que Cyrene
intentaba alejarse, casi siempre con Lothern tras ella. Al fin, el
retraso acumulado por todas aquellas maniobras había sido,
reconoció Penthos, una carga mucho más pesada que cualquier
falsa revelación del mal.
Cuando el paso a Garth Ening fue visible, Cyrene se detuvo por
completo, se llevó a Harathes tras una roca y tuvo con él una
discusión en voz baja pero repleta de ira, dándole al resto del grupo
una oportunidad para descansar los pies. Aunque ambos trataron de
mantener un tono de voz discreto, quedó claro que Harathes exigía
la expulsión de Lothern, y que Cyrene le decía que no era, ni por
asomo, asunto suyo. Al escuchar todo aquello, el rostro del
explorador se oscureció, mientras que Dion y Lief miraban a todas
partes menos a él, y trataron con desesperación de fingir que no
oían ni una palabra.
Cuando al fin alcanzaron Garth Ening, todos se alegraron. La
ciudad amurallada estaba asentada en medio de un paso rocoso
como si de un sapo se tratara, y bajo circunstancias normales
incluso aquellos que vivían allí no apreciaban demasiado las vistas.
Sin embargo, el viaje se había convertido, por distintos motivos, en
un campo de entrenamiento para silencios incómodos, y la
oportunidad para varios miembros del grupo de evitar la compañía
de otros durante cierto tiempo había sobrepasado la naturaleza
generalmente insalubre de sus alrededores.

***
La principal diferencia para Nth entre el Vado de Shogg, del cual no
tenía recuerdos agradables, y este nuevo lugar, era que Garth Ening
estaba construido casi por completo en roca, era de mayor tamaño y
contenía muchos más humanos; todos ellos contribuían a su
sensación de no sentirse bienvenido. Era un lugar antinatural, y no
sentía que siquiera uno solo de sus habitantes deseara estar allí.
Estaban todos apretujados en el abrazo de aquellos altos muros por
motivos incomprensibles relacionados con el comercio, o eso llegó a
entender a partir de las conversaciones de Lief y los demás. Garth
Ening era el medio para un fin.
Penthos dijo que conocía bien el lugar y localizó, tras un par de
intentos fallidos, una posada que alabó como no demasiado
asquerosa, y dispuesta a alojar a visitantes mágicos como él mismo.
A nadie más le pareció una descripción demasiado llamativa, pero
entraron al local de todos modos. Estaba construido a un lado del
paso, con la mayor parte de las habitaciones sin ventanas e
iluminadas con pálidos orbes que flotaban sin soporte alguno del
techo.
—Como una puta cueva. —Fue la valoración de Lief—. Y apesta
a magia.
Penthos le dirigió una mirada arqueada.
—¿Ahora resulta que tienes sensibilidad para la magia?
—Tiene luces que flotan, ese tipo en la esquina viste una corona
de hielo que brilla, y su colega tiene cabeza de loro. No creo que
tengas que ser el Gran Archimaestro Hechicitos para captar el
delicado aroma de la magia.
El mago lo miró con fijeza durante un espacio de tiempo
demasiado prolongado para implicar alguna espontaneidad, y
entonces respondió, hastiado, con:
—¿Insinúas que hay algo desagradable en el olor de la magia?
Garantizo que la fragancia es mucho más agradable que otras.
—Ya basta —ordenó Dión, la sacerdotisa, callándolos a ambos.
Parecía muy agobiada e irascible, lo que hizo que Nth se pusiera
nervioso ya que, de todos, ella era la que podía causarle más daño
y dolor—. Penthos, asegura algunas habitaciones, al menos tres.
Necesito ir a estirarme. Intenta no mencionar nuestra misión. —Se
rascó la frente—. Lothern…
El arquero, que todavía estaba enzarzado en una incomprensible
contienda con Harathes, dio un paso al frente.
—¿Sí, sacerdotisa?
—Agradezco tu ayuda. Has socorrido a la causa de Armes, y
tienes mi favor. —Dion esperaba que el hombre, llegados a aquel
punto, se marchara, pero Lothern balbuceó y sonrió y no se marchó
a ninguna parte, a pesar de las intensas miradas de Harathes. Nth
no era capaz de asimilar qué ocurría, o si esto era algo normal en
los humanos, o parte de algún curioso ritual. Descubrió que la magia
que mencionó Lief era de lo más evidente para él, hacía que cada
pelo en su cuerpo se erizara causándole incomodidad. Comenzó a
preguntarse si era una habilidad natural que siempre había tenido, o
quizá era un don no deseado del proceso que lo había reconstruido.
—Esto debe ser como estar en casa para ti. —Lief le dio un
codazo, e hizo un gesto hacia los pasadizos que se hundían en las
profundidades de la roca—. Igualito que una cueva, ¿eh?
Ahí de pie, en aquel lugar opresivo y anegado de humanos,
tallado de un modo tan antinatural en la piedra y separado del cielo
y los árboles, chisporroteante de magia, Nth solo pudo quedarse
mirándolo.
Lief llegó a reconocer algo en su expresión.
—Deja que te consiga un trago —ofreció—. Pobre bicho, no
encajas en ningún sitio, ¿verdad?
Las palabras eran un comentario de pasada, y Lief ya se había
dado la vuelta y hacía gestos hacia el taciturno y gordo hombre con
marcas de nacimiento que parecía estar al mando de los
comestibles en aquel lugar, pero Nth se sintió débil y
autocompasivo, echaba tanto de menos su hogar, a sus hermanas y
a Madre que dolía. No, no encajaba en ningún lugar. No, jamás
encajaría. Sabía bien que Penthos no se molestaría en devolverle a
su forma original, y tampoco aquellos héroes en plena misión se
ocuparían de devolverle al bosque que era su hogar. Harían uso de
él, y lo echarían o lo matarían, y con toda probabilidad sería lo
último. El único lugar en el mundo que conocía estaba perdido, y si
de algún modo lo transportaban allí, ahora mismo, sus hermanas no
lo reconocerían, y lo tomarían por una presa.
Se derrumbó en una de aquellas plataformas inestables sobre
patas (banquetas, informaron los recuerdos de Penthos), y dejó que
Lief le pusiera una jarra en las manos. La expresión del hombrecillo
era… bueno, era fea y extraña, como todas las caras de los
humanos en cualquier configuración que Nth pudiera imaginar, pero
también parecía compasiva.
—Escúchame —murmuró Lief, tras echar un vistazo alrededor y
asegurarse de que los demás no podían escucharle, en especial
Dion—, hiciste algo bueno conmigo, en el Vado. Me salvaste el culo,
y más. No tengo demasiada potestad en esta aventurilla, pero haré
todo lo posible. En cualquier caso, pago la cerveza.
Desde el Vado de Shogg Nth supo perfectamente que detestaba
la cerveza. Sin embargo, tras la primera pinta, descubrió que la
segunda era, al menos, apenas desagradable. Quizá era una
cerveza diferente y mejor, o puede que se tratara de algún tipo de
magia cervecera. Era una de esas cosas de los humanos de las que
Penthos no sabía nada, por lo que Nth estaba condenado a saber
menos todavía.
Por aquel entonces Dion se ausentó para descansar, y Penthos
hizo saber su intención de ir a provocar a los vendedores de boletos
arcanos, con el argumento de que no había motivo alguno para
malgastar el tiempo con una visita allí, y dejó a Lief y a Nth en el bar.
Fue entonces cuando Harathes y Cyrene volvieron a gritarse. Nth
recordó que algo parecido había ocurrido durante el viaje, pero aquí,
en este lugar repleto de gente, ni siquiera intentaron buscar un lugar
más privado. Con la cerveza provocándole cierta amortiguación
contra lo desagradable del ruido, de su alrededor, y de su propia
forma física, observó con interés cómo los dos se chillaban de una
punta a otra de la sala. Al principio lo asumió como un aspecto
común de la comunicación humana que le resultaba desconocido, y
después quizá como una especie de entretenimiento extraño, pero
al final se dio cuenta de que significaba desacuerdo. No es que a
sus compañeros de viaje les faltaran conflictos internos, pero esto
era un modo de maldecir y soltar exabruptos llevado a un nivel muy
superior.
Era especialmente complicado para él entender cuál era el
problema en concreto entre aquellos dos. Nth ni siquiera sabía si
debía preocuparse o no. Eran dos personas que despreciaban su
mera existencia, y aun así carecían del potencial de Penthos o Dion,
por lo que eran menos temibles. Es más, estaba seguro de que se
trataba de los menos relevantes o importantes de aquellos que
viajaban con ellos. De todos modos, el espectáculo era tan fiero y
llamativo que se descubrió incapaz de apartar la mirada.
Al parecer, Harathes estaba preocupado por el bienestar de
Cyrene y quería evitar que tomara decisiones a la ligera, mientras
que Cyrene insistía en que ella no pertenecía ni estaba bajo el
control de Harathes, tampoco bajo su jurisdicción. Entendió esto y
no más, y fue lo que le contó a Lief, en caso de que el hombrecillo
no hubiera captado alguna sutileza.
El ladrón se cubrió la cara con las manos un instante. Le costó
un rato a Nth entender que era, por algún motivo, alegría en vez de
desesperación. También era cierto que la desesperación era algo
con lo que él mismo estaba mucho más familiarizado.
Cyrene se había acercado sin disimulo alguno al explorador
Lothern y, al parecer tras asegurarse de que Harathes era
consciente de ello, se había marchado con él a algún tipo de alcoba
o habitación. El enorme guerrero comenzó a beber considerables
cantidades de cerveza, tras lo cual salió a grandes zancadas.
Lief suspiró.
—Ves, esto es por lo que no me mezclo con la gente con quien
trabajo. Poco profesional, así lo llamo yo. ¿Otra?
Nth entendió que eso quería decir más cerveza. Para su
sorpresa, abrió la boca y surgieron unas palabras.
—Me gusta la cerveza.
La expresión de Lief se iluminó.
—Bien por ti.
—Tú también me gustas. Haces que haya cerveza. —Las
palabras surgían entrecortadas, no eran demasiado claras, y Nth no
estaba del todo seguro por qué las estaba pronunciando, pero se
acumulaban dentro de él sin demasiada voluntad. Si esto era una
característica humana no era algo para lo que Penthos lo hubiera
preparado.
—Bueno, quizá mejor que bajemos el ritmo con la birra.
Saboréala, ¿sabes?
Nth no sabía, pero entendió que asentir era importante. Un
momento después sintió que había sido poco inteligente.
Se quedaron sentados sin decir nada uno junto al otro durante
un breve rato, mientras a su alrededor el balbuceo de los idiomas
humanos volvía a crecer, llenando el silencio que había dejado la
salida de Harathes y Cyrene. No mucho después, Lief dio un
golpecito al codo de Nth y señaló a Lothern, que volvía al bar y no
parecía contento. Algún encuentro había dejado un buen moratón
en la mitad de su cara, y tenía la nariz torcida y sangrando. Hizo un
leve gesto de despedida con la mano y salió tambaleante de la
posada.
No pasó mucho tiempo hasta que Cyrene también hizo su
aparición, con una expresión de particular agresividad en el rostro.
Se acercó al mostrador, y reparó en Lief y Nth mirándola.
—¿Gracioso, no? —exigió.
—Un poquito sí —respondió Lief—. Toma un trago.
—Si no voy a tomar un trago con Harathes y no voy a tomar un
trago con Lothern, ¿qué te hace pensar que tú eres mejor? —opinó.
—Porque yo solo quería decir… —comenzó Lief, pero ella lo
interrumpió.
—¿Es pedir demasiado? —cortó—. ¿Es mucho, tan solo… tener
algo de compañía, una conversación, sin… —estrelló el puño contra
la barra del bar—, sin ser la… o tener que…?
—Mira, bebe algo y ya está. No siempre todo va a ser por ti —
dijo Lief, sin demasiada compasión.
—Y tú eres diferente, ¿a que sí? —preguntó ella.
—Cariño, no eres mi tipo. —El ladrón se encogió de hombros—.
A mí me gustan más de naturaleza doméstica y complaciente, no
chifladas de la cabeza, y tú no tienes la llave para ninguna de esas
puertas.
Cyrene se sentó de sopetón y enterró la cabeza en las manos.
—Yo solo quería… es decir, ¿es mucho pedir…? ¿Alguien que
crea que no soy una prostituta solo porque sé disparar un arco y
luchar, y no estoy metida en la cocina con el pelo recogido en un
moño? ¿Es que tengo que darme así, gratis?
—Sí, claro, bueno, lo que tú digas —respondió Lief, todo lo
evasivo posible.
—Quiero decir… —Cyrene vació de un trago una pinta entera, y
Nth supuso que, ni por asomo, era la primera de la noche—. No es
como si yo no… pero ¿me convierte en la posesión exclusiva de una
persona si yo…?
—A mí no me preguntes, no soy el que se acostó con Harathes.
De pronto volvía a estar de pie, no obstante, algo inestable.
—¿Es…? ¡Estás pidiendo a gritos llevarte los dientes a casa
metidos en un saquito, comadreja!
—Vale, vale. —Lief levantó las manos, y vio que Nth también
estaba de pie, y se inclinaba con aire protector sobre su hombro.
Nth entendió a la vez que el hombre lo que hacía.
—Ay, mierda —masculló el ladrón, y Cyrene había sacado un
cuchillo, con la mirada fija en sus propios ojos reflejados en las
lentes oscuras de Nth.
—Y tú, monstruo, ¿qué estás mirando? —exigió Cyrene.
—A ver, espera, alto, para. —Lief trató de meterse entre ambos,
ella lo agarró del hombro y lo arrojó contra el suelo sin esfuerzo
alguno. Nth dio un paso nervioso hacia delante, y se detuvo, sujeto
por unas tiras de hierro invisible.
Cyrene se lo quedó mirando.
—No puedes, ¿verdad? —murmuró. El cuchillo mariposeó en su
mano—. Mírate, monstruo con forma humana, devorador de
hombres, y estás completamente indefenso. Podría matarte. Podría
acabar contigo ahora mismo.
4
ASUNTOS DE LA LUZ

-P odría acabar contigo. —La mirada de Cyrene se tornaba cada


vez más intensa, casi hambrienta.
Era cierto. Nth luchaba contra su propio cuerpo extraño, pero las
restricciones que Penthos había impuesto sobre él eran
inquebrantables.
—Arrodíllate —ordenó Cyrene.
Las rodillas se doblaron. Todo el mundo en la sala observaba la
escena, pero la mujer estaba demasiado ebria y cabreada como
para preocuparse.
—Más abajo, la cabeza en el suelo —dijo—. Si te mato, ni
siquiera lo verás venir con ninguno de tus ojos. ¿Qué te parece,
criatura?
Él clavó la mirada en las piedras planas del suelo, observó todos
sus detalles, y esperó.
—Esto es indigno —susurró Lief—. ¿Crees que a Dion le
gustaría todo esto si lo viera?
—A ella no le importaría.
—Espero de verdad que eso no sea cierto. Cyrene, mírate.
Madera arrastrándose y ella se sentó de nuevo. Nth permaneció
agachado, sintió un mareo abrupto cuando toda la cerveza que
había bebido se convirtió en algo malévolo dentro de su cuerpo.
Un instante después escuchó un curioso ruidito procedente de la
mujer, que Nth trató de identificar como un indicador de tristeza.
—Lo siento —dijo ella entre balbuceos—. Es que… Conozco a
Lothern desde hace años, y siempre pensé que era… decente, un
buen hombre, y él solo… solo esperaba el momento adecuado para
tenerme a su disposición. Yo solo quería…
—Lo que probablemente quieres es irte a descansar —sugirió
Lief—. Nth, levántate.
Al parecer la autoridad del hombre estaba a la par con la de
Cyrene, ya que Nth pudo ponerse de pie, sintiéndose desequilibrado
y muy mareado.
Cyrene lo miró inexpresiva, y después, tras una pausa que se
extendió entre ambos, dijo:
—¿Qué? ¿Crees que voy a disculparme?
Lief se encogió de hombros.
—Intento no darle demasiada importancia. ¿Por qué no vas a
descansar? Ya hemos levantado suficientes sospechas por aquí,
¿no crees?
Sin embargo, ella no apartaba la mirada, y alargó la mano y
cogió las lentes oscuras del rostro de Nth, sin preocuparse por la
repulsión que causó a los presentes en la sala.
—Mírala —dijo en voz baja—. Quiero decir, mira a esta cosa. —
En su mirada, Nth pudo ver su propia cara reflejada. Siendo
honesto, tenía que darle la razón.
—Culpa a Penthos. Cúlpanos a nosotros —intervino Lief, y
recogió los cristales de las manos de Cyrene y se las puso de vuelta
a Nth, con una destreza y delicadeza digna de cualquier mago.
—Me pone enferma —remarcó Cyrene, pero casi con tristeza.
Dicho esto, se marchó escaleras arriba tambaleándose.
—Me pregunto cuándo tardará en llegarle a Darvezian rumores
sobre esto —repuso Lief—. Bueno, con suerte se morirá de risa y
nos ahorrará el viaje.

***

—Será una visita tranquila —explicó Dion—. Nada de fanfarria. Y


nos queda de camino. De hecho, tendríamos que desviarnos de
nuestra ruta para no visitar a Armesion.
El nombre era de una importancia obvia para todos los demás,
pero si Penthos sabía algo sobre el tema, no se había preocupado
en darle ese conocimiento a Nth. La araña transformada observó
inexpresiva a los demás desviar la mirada de Dion hacia él. Lo
inevitable que parecía albergar la situación, fuera cual fuera, no le
gustaría.
—Con eso —aclaró Cyrene, señalándole con el tono venenoso
de siempre—. Quieres ir a la Ciudad Sagrada con eso.
—¿No será como la mierda de piedra esa del explorador, solo
que una ciudad entera? —Harathes apoyó a la mujer.
—De hecho —señaló Penthos—, os sorprendería lo poco que
piensan en la Oscuridad los ciudadanos de Armesion. Al estar en el
corazón de la Luz, se han relajado muchísimo y no están alerta ante
la corrupción. Es increíble las cosas de las que puedes librarte. —El
silencio siguió a sus palabras. Él levantó la mirada con aspereza, y
añadió—: O eso he oído —con una sonrisa forzada.
Estaban reunidos alrededor de una fogata, en el camino hacia
Garth Ening.
—Aun así —insistió Cyrene—, ¿qué vas a hacer? ¿Pasearlo
ante el potentado? ¿Pedir su bendición?
—Ni una palabra sobre nuestro cometido saldrá de mis labios,
excepto que estamos luchando contra la Oscuridad —explicó Dion
—. Pero yo… necesito la reafirmación que vendrá, que debe venir,
al volver a Armesion. Pronto nos internaremos en la peor negrura, y
la mayor arma de la Oscuridad siempre han sido nuestras propias
dudas. Y yo… desde que nos pusimos en marcha, he dudado. He
dudado de mí. —Miró con rabia a Nth, como si fuera culpa suya—.
Todos los sacerdotes consagrados puede que requieran estar ante
la presencia del potentado y pedir su bendición. No tengo intención
de mancillar su oficio sagrado con detalles de nuestro plan.
Dion siempre había supuesto algo sobrenatural para los sentidos
de Nth, una terrible amenaza centelleante solo en su mero ser.
Ahora, en aquel instante, ella pareció tan solo una humana, una
mujer aplastada por las tareas que había sido obligada a cumplir.
Por unos breves latidos él casi no la odió, o no tanto.
—Bueno, pues —decidió Harathes—, iremos allí. Cyrene y yo te
acompañaremos hasta el auditorio del potentado. Quizá también
nos bendiga a nosotros.
La expresión de Cyrene sugería que ella era menos propensa
hacia aquel acontecimiento, pero no dijo nada.
—Yo también —declaró Penthos. Nth pudo predecir la pausa
incómoda que seguiría al comentario.
—Lo mejor para todos sería que no vinieras —dijo Dion, con
cautela—. Los poderosos magos no son demasiado bienvenidos
entre el sacerdocio de Armes. —Al ver su expresión, arrugó el
entrecejo—. Seguro que ya lo sabías… es que muchos de mis
hermanos sienten recelos por tal fortaleza cuando no está destinada
por completo a la Luz…
—¿Ofrecerme y ser tu seguidor no es suficiente? —preguntó
Penthos, con un tono de voz que atrajo las miradas de los demás.
—Por favor, Penthos. No dudo de tu dedicación, pero…
necesitaré que mantengas bajo control a tu criatura. Y tendrás que
quedarte en el… —Ella murmuró muy deprisa alguna cosa.
—¿En el qué? —preguntó el mago, receloso.
—El Barrio del Pagano —respondió Lief, mordaz—. Oh, sí —
añadió, ante la mirada de Dion—, conozco Armesion. Te
sorprendería saber lo que sucede por aquí. No diré que Enth pasará
desapercibido, pero hay muchísima gente que se gana bastante
bien la vida satisfaciendo las necesidades que los loables y
sagrados no deberían tener.
Durante un instante Dion estuvo a punto de discutir con él, pero
hundió los hombros.
—Es probable que tengas razón. La Luz es un farol siempre
dispuesto a ensuciarse, si no lo alimentamos con virtud. Pero a
veces es complicado.
—Entonces, una visita rápida y ya —insistió Cyrene.
—Solo eso, para reconfortar el alma. Nada de entretenernos —
prometió Dion.

***

Armesion era una ciudad amurallada, y una que Lief no apreciaba


demasiado. Vivir en tierras protegidas por la iglesia de Armes era
algo grandioso, supuso, dado que le mantenían, en general, a salvo
(más a salvo de lo normal, vaya) de las depredaciones de la
Oscuridad, y además le proporcionaba una fuente de mercaderes
prósperos y ciudadanos a quien estafar y robar. La desventaja era
que implicaba que muchos le miraran con desdén. Aquellos con un
mandato de la iglesia (los sacerdotes, los caballeros, los siervos, y
cualquiera que fuera por libre que hubiera decidido que estaban
inspirados por alguna divinidad) tendían a ver a los demás con una
especie de condescendencia paternalista: chiquillos a la espera de
ser corregidos. Lief, que había vivido una vida que requería
muchísima corrección hasta el punto de que le habían pillado y
corregido enviándolo con Dion, observó los muros de Armesion con
una sensación de pesadumbre y resignación. Incluso una visita
fugaz que permitiera a Dion quitarse el peso que cargaba con la
moral sería una ronda constante de paternalismo y de consejitos
para hacer el bien que le pondrían de los nervios.
Recordó que, para ser una ciudad, era un lugar compacto: las
casas estaban apiñadas unas contra otras como aterrorizadas por la
aparición inesperada del Señor Oscuro en cualquier momento. Al
mismo tiempo que la fuerza de la iglesia crecía, los muros habían
ido perdiendo su capacidad defensiva contra la Oscuridad para
convertirse en un corsé arquitectónico, una bastilla que crecía y
cambiaba, sofocante. Las calles eran estrechas y sumergidas en
una sombra sempiterna proyectada por los pisos superiores (algo
que desde luego ofrecía ventajas para el ágil atracador), excepto la
enorme avenida central que conducía al Alto Templo, sede del
potentado de Armes. Era la vista que daba la bienvenida a la
mayoría de visitantes de Armesion, cuando las gigantescas puertas
de bronce bruñido se abrían al fin para dejarlos pasar: la avenida
repleta de banderas blancas de la Ciudad Sagrada que guiaban el
camino directo hasta los capiteles iridiscentes del corazón de la Luz.
Sin embargo, cuando el grupo de Dion llegó, y los guardias
abrieron las puertas con expresiones de curiosidad expectante, un
espectáculo muy distinto los aguardaba. La amplia calle a la
salvación estaba oscurecida casi por completo por lo que parecía
ser la totalidad de la población de Armesion. Lief jamás había visto
tantísima gente en un mismo lugar. Había cientos de sacerdotes,
órdenes enteras de templarios, guerreros sagrados, místicos,
siervos, mercaderes autorizados de agua bendita, salvadores
independientes, y varios miles de peregrinos. Lo impresionante, no,
lo inconcebible, era que habían estado ahí de pie, en silencio, a la
espera de que las puertas se abrieran. Con lo cual, un aplauso
estalló, tan fuerte que probablemente retumbó en las ventanas de la
Torre Oscura de Darvezian, a millas de distancia.
Era como la fiesta de cumpleaños sorpresa de alguien, aunque,
dada la escala y la demografía de la muchedumbre, tendría que ser
la de Dios.
—No me jodas —masculló Lief. Nadie le escuchó. Allí, en el
centro de la enorme reunión de parásitos sacerdotales había una
figura cubierta por una túnica blanca que irradiaba de forma visible
una agradable luz dorada, con los brazos alzados en señal de
bendición. Incluso Lief, que jamás había abandonado una iglesia sin
llenarse los bolsillos, reconoció al potentado.
Llegados a aquel punto, cuando el rugido triunfante de la
muchedumbre comenzó a disminuir, hubo una verdadera algarabía.
—¡Acercaos, hijos míos! —exclamó el potentado, la voz llegaba
hasta ellos sin verse obstaculizada por el ruido de todos los demás
—. ¡Acercaos para que quizá podamos ver al salvador del mundo!
Lief recordaría durante mucho tiempo la expresión de horror de
Dion, pálida hasta el punto que parecía una muerta. A diferencia de
muchos con los que compartía profesión, ella jamás había buscado
poder o reconocimiento temporal, eso lo sabía. Pensó en ello, si
fijaba la mirada en sus ojos aterrados el suficiente tiempo, sería
capaz de ver a una chiquilla introvertida en la escuela de la iglesia
que siempre se escondía al fondo de la clase y que no quería salir a
la pizarra. Sin contar lo de quedarse sin ropa, esta era con toda
probabilidad su peor pesadilla.
«En cuanto pueda estar en un sitio un poco más privado —pensó
Lief—, me voy a reír de esto hasta que me estalle un pulmón».
Con pasos temblorosos, Dion se acercó a la asamblea del clero
de Armesion como si fueran a castigarla con una vara y se hubiera
olvidado de deslizar el libro sagrado sobre las nalgas para minimizar
el golpe. Cuando estuvo cara a cara con el potentado, él extendió un
brazo larguísimo y la acercó.
—Hija mía, la Luz te bendice —exclamó—. Mucho tiempo ha
sido profetizado que una se alzará y nos liberará a todos de la
tiranía de Darvezian. Y aquí estás. —Puso una mano sobre su
frente en un gesto de bendición y casi le metió el dedo en un ojo
cuando ella se encogió del sobresalto. Lief la vio decir algo,
demasiado lejos para saber qué, y el potentado sonrió, benigno—.
Debes saber, hija, que los mayores adivinos de la iglesia han tratado
de saber cuándo se alzaría el campeón de Armes. Hace tiempo que
sabíamos, hasta el detalle, el momento en el que cruzarías nuestras
puertas.
—Qué adivinación más impresionante —repuso Penthos,
maravillado de verdad por otra persona, para variar.
El propio Lief no dijo nada, porque estaba pensando en todos
aquellos hombres y mujeres poderosos, siervos de la Luz, sentados
sobre las manos durante décadas, sabedores de que Darvezian
estaba ahí fuera, y que era posible derrotarlo, pero sin una particular
inclinación para la tarea, porque sabían que, tarde o temprano,
alguien vendría para encargarse de ello. «Justo el problema de las
profecías».
Ahora el potentado estaba dándose la vuelta, toda la compleja
maquinaria del clero se reorganizaba a sí misma alrededor del
hombre para escoltarlo hacia el Alto Templo, tras él había un
espacio destinado para Dion. Ella echó la mirada atrás,
desesperada, hacia sus compañeros, el pánico desnudo en su
rostro. Lief dio un codazo a Cyrene en la cadera.
—¿No hay algún sitio donde deberías estar? —sugirió.
La expresión de Cyrene no era demasiado entusiasta. La escala
del espectáculo la había intimidado de manera obvia. Sin embargo,
un instante después, Harathes se apresuraba tras ella, y con un
encogimiento de hombros, la mujer avanzó al trote para alcanzarlos.
Lief pensó que ella quizá hubiera preferido quedarse en el Barrio del
Pagano, pero él esperaba una noche tranquila sin demasiada
vigilancia, por lo que Cyrene fuera del plan era un añadido.
—Vale —dijo él. El clero se había esfumado junto con sus
acólitos, dejaron atrás a la gran muchedumbre de peregrinos,
artesanos y mendigos oportunistas, que tenían la mirada puesta en
Lief, Penthos y Nth, como preguntándose si iban a dar alguna
especie de espectáculo. Por experiencia, Lief sabía que era la típica
atención ociosa que podía volverse en contra con bastante
velocidad si había cierta provocación, y Nth era, en esencia, una
provocación con piernas.
—No te quites la capucha y déjate las lentes puestas —advirtió
—. Penthos, supongo que necesitas desaparecer. Conozco un sitio.
El mago contempló la congregación masiva de fieles, que
comenzaban a llegar a la conclusión de que los tres no eran
demasiado sagrados ni importantes, pero no estaban seguros de si
aquello implicaba que debían ignorarlos o perseguirlos.
—Te sigo —dijo.

***
La sala privada del potentado era de un gusto refinado, pero no
opulenta. Dion era alguien que tendía a creer que la consagración a
la Luz era en sí misma un escudo contra el vicio. Toda la humanidad
nacía bajo la Luz, y si caían en la Oscuridad era por elecciones
malvadas, por lo que todo el clero estaba, según la doctrina, bajo el
escrutinio directo de Armes, y por lo tanto era guiado
constantemente para hacer el bien. En la práctica ella era, por
desgracia, consciente de que un sacerdote corrupto no solo era
posible, sino que había sido documentado, a pesar de lo mucho que
la iglesia intentó ocultar tales asuntos como problemas internos. Ella
tan solo podía limitarse a creer que era mucho más difícil para un
sacerdote descarriarse que para uno de la bandada.
Ella, por lo tanto, había temido las enormes riquezas que seguro
quedaban expuestas en el corazón de la Luz. El entorno
relativamente escaso y sobrio la animó muchísimo.
El potentado se fijó en la valoración que hacía ella, y asintió.
—Es un sendero difícil de transitar, hija —asintió, triste—.
Demasiadas riquezas, ¿qué nos diferencia entonces de cualquier
noble o rey de pacotilla si abusamos de nuestra influencia? Y si
estuviéramos demasiado empobrecidos no lograríamos respeto. La
gente relaciona la opulencia con el éxito, sin importar cómo lo
utilicemos. —Era un hombre anciano, pero no era débil. De no ser
por su apariencia orgullosa y aquel aire paternal, hubiera parecido
cansado. El potentado era el señor de dos grupos diferenciados de
sectas, órdenes y facciones dentro de la iglesia, cada una con ideas
profundamente distintas sobre la interpretación de la doctrina y el
papel de la iglesia. El cargo implicó toda la responsabilidad que uno
podría esperar, pero quizá poco del poder y la libertad. Los
potentados podían ser desafiados y sustituidos si suficientes
miembros del clero creían que habían dejado de recibir inspiración
suficiente de Armes.
—Por lo tanto, todo es más simple, pero fabricado con los
mejores materiales. Incluso aquí, la vida es compromiso. —Su mesa
era de mármol, justo como él la había descrito, con aquella calidad
sólida, y se sentó tras ella. De pie ante él, ella se sintió como si
fueran a castigarla por algo, y deseó que Harathes y Cyrene
estuvieran allí. En cambio, habían obligado a sus guardaespaldas a
esperar en la antesala, ya que eran insuficientemente sagrados
como para entrar en la sala personal del potentado.
—Su potestad —ella se dirigió hacia él con respeto.
—No es necesaria tal formalidad. Un simple «Padre» bastará —
aseguró él.
Una parte de ella se preguntó si eso era, de hecho, menos
formal, pero había sido educada para obedecer a sus superiores,
por lo que dijo:
—Padre, ¿cómo ha ocurrido todo esto? ¿Cómo pudiste saberlo?
—¿Que cumplirías la profecía? —preguntó él—. A ver, no diré
que sabíamos que eras tú. Sin embargo, era sabido que alguien de
fe llegaría, alguien destinado. Los adivinos fueron muy precisos con
el momento. Y menos mal, intenta mantener reunida a una multitud
durante mucho tiempo y que el elegido llegue tarde. —Soltó una
risita ante su propia ocurrencia—. Pero eres tú. Tú eres ella. Tú
destruirás a Darvezian. Armes bendice tu misión, créelo.
Esto era lo que ella había deseado, desde luego, pero las
palabras parecían caer en saco roto. Tendría que dejar que le
salpicara un poco de agua bendita en la frente, agradecérselo
mucho y largarse, pero en vez de eso, sus labios se movieron, y
brotaron las palabras:
—¿Me bendice? —preguntó, inexpresiva.
Se horrorizó ante su propia ingratitud, pero, el potentado pareció
entender.
—Hija —repuso—, siéntate, por favor. Me duele el cuello de
mirarte.
Ella agarró una silla (no de mármol, por suerte) y la arrastró
hasta quedar delante. Ni siquiera los siervos tenían permiso para
entrar en los aposentos del potentado a menos que también hubiera
sacerdotes de alto rango, y al parecer ni uno solo de los empleados
parecía sentir que recolocar los muebles o servir bebidas era
suficientemente sagrado para ellos.
—Armes te bendice —repitió él—. En cualquier caso, yo digo
que te bendice. Soy el potentado, ¿quién me va a contradecir? Hace
mil años, el divino Armes observó que la humanidad vivía en pecado
y sufrimiento, y sin esperanza, por ello ascendió a los Altos Reinos y
volvió con su regalo. Desde entonces nacemos bajo la Luz, aunque
a menudo nos descarriamos; somos capaces de reconocer la
Oscuridad por lo que es, aunque a menudo sentimos la tentación y
caemos. —Suspiró y se pasó la mano por la cara—. Qué suerte
tenemos en comparación con los cadavéricos o todos aquellos que
nacen bajo la Oscuridad, ¿no crees? Por lo menos recibimos la
esperanza de la salvación.
—Sí, Padre —dijo, ya que se presumía algún tipo de
confirmación.
—Y sentimos la Luz, los sacerdotes, y tiramos de ella, y su poder
contra la Oscuridad es innegable. Por lo menos tenemos eso, ¿no
crees? ¿Eres capaz de imaginar que lo único que tuviéramos fuera
la aserción de Armes, sin pruebas del poder que sustenta su
promesa? ¿Habría siquiera una iglesia, si todo estuviera basado en
la fe?
—¡Pero yo tengo fe…! —estalló.
—Sí, pero al menos tienes pruebas de que existe algo en lo que
tener fe. —El potentado se encogió de hombros—. Incluso si
encontramos un millar de cosas sobre las que discutir, minucias.
Pero he sido elegido como la cabeza de la iglesia, lo más cerca que
ningún humano en vida puede estar de Armes, que abandonó
nuestro reino como un hombre mortal y volvió como un Ser Divino.
Siento la Luz, y tengo fe en que la Oscuridad debe ser combatida, y
Darvezian es el campeón de la Oscuridad, y en que tú te enfrentarás
a él. —Su sonrisa era beatífica—. Del mismo modo que estás aquí,
estoy seguro de que has encontrado la verdad sobre la profecía.
Tienes las armas y las herramientas requeridas para cumplir tu
tarea.
El corazón le dio un vuelco.
—Yo… sí, las tengo, Padre. —Más palabras que trepaban por su
garganta como vómito, listas para brotar: todos los detalles sórdidos,
el ritual innombrable de Penthos, Enth, su monstruo.
Pero allí estaba su mano, la alzó para detenerla.
—No me lo cuentes —insistió—. Este secreto es tuyo.
Y aunque ella había jurado a los demás que lo mantendría en
secreto, aunque jamás habría podido imaginar confesar lo que había
permitido antes de sentarse allí, de pronto sintió una abrupta
necesidad de soltarlo todo. Si tan solo pudiera contárselo al
potentado, y él asintiera y dijera que sí, todo era por el bien. Si ella
hubiera tenido aquella absoluta seguridad de la rectitud en su causa,
entonces hubiera apartado las dudas, y habría hecho lo que era
necesario, sin importar qué…
—Padre, temo… que algunos de mis medios no justifiquen el fin.
—Se puso a temblar—. A veces no soy capaz de ver por dónde está
la Luz. No sé si todavía estoy en el camino de la virtud. Es duro.
Se le atragantaron las palabras, aterrada de que hubiera perdido
su aprobación, y de hecho él había abierto mucho los ojos,
alarmado, pero no por el motivo que ella esperaba.
—No, no —se apresuró a decir—. No puede ser difícil para ti.
Para mí, ¡sí! Para todos nosotros, tratar de mantener la vela de la
Luz ardiendo bajo la constante sombra de la Oscuridad. Pero tú eres
la que cumplirá la profecía y librará al mundo del gran campeón de
la Oscuridad, Darvezian. Tú debes estar segura. Cada acción y
pensamiento tuyo es puro, lo sé.
Ella sintió algo retorcerse y helarse en su interior.
—Pero tú…
—No soy más que un hombre. No soy inmune a la tentación.
Puedes quedarte todo lo cerca de la Luz que desees, pero aun así
un hombre puede darle la espalda. —Su expresión se volvió
sombría—. He esperado tanto tiempo por ti, el parangón de nuestra
fe. Agradezco a Armes haber vivido para ver a una legítima heroína
profetizada de la iglesia, irreprochable y destinada, frente a mí. —
Había un tono apresurado y desesperado en su voz, y sintió que ella
no era la persona que él trataba de convencer con todo su corazón.
—Pero eres el potentado… —dijo en voz baja—. Armes está
junto a ti —sugirió—. Guía tu mano para que estés seguro…
—Lo intento, hija, de verdad que sí. —Miraba por encima de ella,
quizá a un reflejo de su propia alma—. Cada día lucho contra mis
propios errores y me esfuerzo en cumplir lo que Armes hubiera
deseado, y peleo contra las predilecciones de aquellos por debajo
de mí; sus tendencias al orgullo, a los prejuicios, a la preferencia, a
la ambición. ¿Creías que el poder que se nos otorga a los
sacerdotes no puede alejarnos de la Luz? He leído las historias
secretas de mis predecesores. Hay potentados que murieron en la
Oscuridad. Campeones de la Luz arrojados a las tinieblas. ¡Y qué
tinieblas! He descubierto maldades en la propia iglesia que
sorprenderían incluso al propio Darvezian, y esa tarea es eterna. Sé
que Armes está junto a mí, y que me guía, ¡pero incluso en esta
situación él debe combatir contra el nido de gusanos que son mis
propios deseos! Y no puedo saber, cuando mi mano se mueve, si es
él o mis deseos básicos los que la gobiernan. —Fijó la mirada
torturada en ella—. Pero tú, tú eres la campeona de la Luz. —Su
expresión invitaba a una concordancia desesperada—. Estás
destinada, la espada que amputará el corazón de la Oscuridad.
¿Cómo puedes haber llegado tan lejos sin guía divina? Si hay
alguien en esta sala a quien Armes protege, eres tú.
Dion quería estar en cualquier lugar excepto en aquella
habitación. Allí acudían los sacerdotes, una vez en su vida, para
saber si estaban en lo cierto. Ella no quería permanecer ante el
potentado y tener que soportar la tormenta de sus propias dudas
angustiosas.
De pronto el torrente de confesiones cesó, las palabras cayeron
entre ambos como rocas.
—Pero, por favor, tú querías hablar —dijo con pesadez, al
parecer exhausto de su propio estallido.
Por supuesto que ella quería hablar. Había estado a punto de
contarle cómo le iba con su grandiosa y espectacular misión
sagrada.
Y él era un anciano, mucho más viejo de lo que ella había
imaginado, y más pequeño de lo que hubiera pensado, en aquella
enorme y desierta oficina. Hacía lo que podía. Era la impresión
verdadera y honesta que tuvo. Podría haber resultado un monstruo
venal y haberle otorgado toda la seguridad del mundo, tocándole la
frente y con una mano la espalda al salir. Pero hacía todo lo que
podía, como había dicho. Todo el poder de la iglesia bajo su mando,
y dedicaba su tiempo a combatir su cruda humanidad.
La miraba con una expresión luminosa, con una sonrisa valiente,
y ella se dio cuenta de que estaba esperando a que ella le contara
los detalles de su misión. Le pesaba en el corazón, toda la empresa
con la criatura arácnida, pero ahora ya no podía quitarse aquella
losa de encima. No podía dársela a él, decirle que su salvadora
profetizada ya transitaba un sendero traicionero, y que podría
descarriarse de la excelencia en cualquier momento.
—Gracias por tu bendición —susurró—. Significa mucho para mí.
Se sintió vacía.

***

Cyrene miraba enfurruñada por la ventana, con los codos apoyados


en el alféizar. Harathes contemplaba la curva de su espalda, las
elegantes líneas de sus piernas. Era un hombre capaz de tener dos
pensamientos a la vez, a veces contradictorios. En aquel momento
admiraba la vista, y al mismo tiempo pensaba que, como mujer
respetable en el corazón de la Luz, no debería holgazanear por ahí.
Debería tener más dignidad. Él mismo estaba listo y preparado.
Aquello le sonaba mal y, de hecho, su mirada se desvió
inexorable hacia el cuerpo de Cyrene, con aquellas medias que
siempre vestía, él era muy consciente de la posibilidad de que
podría acabar bien apañado, ahí, justo en la antesala del potentado.
Se dio la vuelta. Era el problema de siempre con Cyrene. Era una
mujer hecha y derecha, ¡y al mismo tiempo tan modesta! Debería
tener más respeto ante las pasiones de los hombres. ¡No era de
extrañar que atrajera todo el tiempo a los tipos equivocados!
El propio Harathes era un hombre devoto. Había sido criado
desde muy pequeño en la Luz, y sus acciones servían para
defenderla. Sin su espada, incontables criaturas de la Oscuridad
todavía se arrastrarían y patearían por el mundo; él había acabado
con ellas. Sin su escudo, muchos pertenecientes a la Luz habrían
caído víctimas de sus depredaciones. Era un campeón, el hombre
que se plantaría entre Dion y Darvezian cuando llegara el momento
de la confrontación épica.
Por lo tanto, era razonable que él tuviera derecho a un poco de
consideración por parte del mundo, un pequeño pago adelantado.
La virtud, al fin y al cabo, concedía cierto derecho. Era exasperante
que Cyrene no lo viera de aquel modo. Después de todo, ella era
muchísimo menos virtuosa que él, había tenido una vida mucho más
ensombrecida antes de tomar la decisión de buscar venganza sobre
la Oscuridad alistándose con Dion. Seguro que sabía que en vez de
venganza debería estar buscando la redención. Necesitaba dar un
paso al abrazo de la Luz y aprender a ser feliz allí.
En vez de ello, era impredecible hasta lo absurdo. En una
ocasión acudió a él, y Harathes pensó que aquello había sido todo,
pero en cuanto él trató de demostrar que estaban juntos, que ella
estaba a salvo y que podía protegerse de lo peor del mundo, se
apartó de él. Y aquel explorador pardillo tampoco había sido el único
hombre al que se había arrimado. Harathes sabía, con una simple y
llana certeza, que aquella actitud promiscua estaba pensada para
hacer que su ardor creciera. Por supuesto que ella no estaba
interesada de verdad en los demás, no desde que había sido suya.
Aun así, era demasiado salvaje. Era un salvajismo atractivo, y
aquello le atraía, pero al mismo tiempo la mujer tenía que dejar que
la guiaran un poco.
Y allí estaban, en el corazón de la Luz.
Harathes echó un vistazo alrededor. La antesala del potentado
tenía la decoración justa, algo que le supuso una sorpresa. Había
esperado fuentes de vino y palabras escritas en oro y todo eso, pero
quizá se lo habían llevado todo para limpiarlo.
Algunos de los guardias con los que habían entrado esperaban
en la puerta, guerreros aliados en la causa de la Luz que vestían
armaduras resplandecientes. También había un grupo de sacerdotes
jóvenes sentados en un banco de piedra esperando a que Dion
saliera para poder entrar a molestar al potentado con alguna tediosa
historia burocrática, pero todos parecían demasiado insignificantes
para los propósitos de Harathes. La mujer que obviamente
controlaba el acceso al potentado era un objetivo mucho más
interesante. Estaba sentada junto a su puerta, con la cabeza metida
en un fajo de papeles que le había pasado uno de los sacerdotes
más jóvenes. Parecía estar cerca de los sesenta, el cabello grisáceo
corto, como era típico en el clero, una figura esbelta y tersa. El
rostro desprendía una autoridad destacable. Harathes se acercó
despacio.
—Así que, ¿eres la secretaria de Su potestad? —preguntó con
un tono respetuoso.
Ella ladeó la cabeza y lo miró, y tuvo la extraña sensación de que
aquella pregunta había sido, por algún motivo, innecesaria.
—Sirvo a la destinada, a la sacerdotisa Dion —señaló, en caso
de que la mujer no tuviera clara su importancia.
Ella asintió, con los papeles bien sujetos en las manos de finos
dedos, y esperó con atención.
—Mi compañía y yo pronto nos adentraremos en la Oscuridad
más profunda en nombre del bendito Armes y su iglesia —
argumentó Harathes, hinchando el pecho—. Esperaba que, mientras
nuestra señora requiere la bendición de potentado, quizá nosotros
podamos recibir la de la iglesia. ¿Sería posible que mandaras llamar
a un sacerdote, o a un sacerdote superior?
La severa expresión de la mujer se suavizó ligeramente.
—Comprendo —respondió—. Yo misma soy la cabeza del Ordo
Scriptorian, como siempre es la secretaria del potentado. Imagino
que seré lo suficientemente superior para ti. —Asomó la ligera
sombra de una sonrisa, aunque Harathes sospechaba que era la
mayor sonrisa que ella podía permitirse. Tenía una presencia
formidable.
Algunas palabras referentes a si un simple sacerdote clerical
sería o no suficiente o si lo que quería era una de las órdenes
guerreras burbujearon en su cabeza, pero el sentido común le puso
los pies en el suelo, porque quedaba claro que esta mujer era
bastante importante. Claro que aquellos que servían al potentado
eran veteranos en la iglesia. Tenía todo el sentido del mundo para
Harathes que un modo de mostrar esa importancia fuera disponer
de otras personas importantes realizando tareas tediosas o
insignificantes para ti. Quizá aquello decía mucho más que cualquier
bóveda recubierta de oro.
—Cyrene —llamó. La arquera apartó la vista de la ventana, echó
un vistazo para ver si Dion había vuelto, y después fijó la mirada,
inexpresiva, en él.
—Van a bendecirnos —explicó Harathes—. Después de todo,
necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir, dado el lugar a
donde nos dirigimos. —«Y lo que estamos haciendo para llegar allí»,
añadió en silencio.
Ella pareció sorprendida por un momento, pero después asintió.
—Bien pensado —asintió. Él sabía que ella no solía asistir a las
congregaciones, pero ellos, todos ellos, por sus propios motivos,
cumplían con la voluntad de Armes y confiaban en su protección. El
poder radiante de Dion les había salvado en más de una ocasión, y
al lugar al que iban sería la única luz en una profunda oscuridad.
Disponer de la aprobación de la iglesia otorgada en persona por un
poderoso sacerdote sería una medida de protección añadida.
—Y bien —comenzó Cyrene, acercándose—, ¿cómo funciona
esto?
—Bueno… —respondió la secretaria.
Pero Harathes tosió para atraer su atención, y añadió:
—De hecho, dada la falta de precedentes en cuanto a la
naturaleza de nuestra misión, esperaba algo compuesto
específicamente para nosotros.
—Mm. —La anciana no parecía estar de acuerdo, pero al mismo
tiempo no descartaba la posibilidad—. ¿Quieres que envíe a alguien
a los archivos para encontrar un formulario apropiado, o…?
—Lo he estado pensando —explicó él, y era cierto, aunque la
idea había estado concentrada en los últimos minutos—. Vamos a
viajar a un lugar terrible, donde la más leve división entre la
compañía de guerreros de la Luz nos arrojará al abismo. —Tenía un
tono portentoso adecuado, algo que él había buscado adrede—.
Son los lazos de la camaradería los que deben fortalecerse entre los
nuestros, para que los más débiles de entre nosotros no descarríen.
—¿Voy a buscar a Lief y Penthos, entonces, o qué? —Cyrene
interrumpió, observándole dubitativa.
—No, no —se apresuró a replicar Harathes—. En serio, ¿puedes
imaginar a alguno de ellos dispuesto a recibir la bendición de
Armes?
—Cualquiera puede recibir el toque de la Luz si desean… —
comenzó la secretaria, en voz baja.
—Ellos no —contestó Harathes—. Solo nosotros dos, y
tendremos que ser un buen ejemplo para nuestros compañeros de
moral más dudosa, ¿no? Un gran ejemplo. Nada de alejarse de la
rectitud, nada de descarriarse.
—Espera un momento —exclamó Cyrene, pero su tono de voz
salió demasiado alto, hizo eco en la sala vacía, y Harathes vio la
atención de aquellos jóvenes sacerdotes recaer sobre ella, a quien
se le atragantaron las palabras.
—Necesitamos una bendición que nos una a ambos —explicó
con prisas a la secretaria—. Necesitamos la mano de Armes en
nuestros hombros, acercándonos.
—¡Harathes…! —gritó Cyrene, pero él levantó un dedo
admonitorio que la hizo callar.
—Recuerda dónde estamos —repuso, confiando en el asombro
que generaba el Alto Templo para contrarrestar cualquier protesta.
De hecho, ella pareció poco propensa a hablar, así que él devolvió
la atención a la secretaria—. Necesitamos ser uno, en nuestra
misión divina. Y cuando uno de nosotros sea el recipiente más
fuerte, más perfecto al servicio de la Luz, el más débil deberá tomar
su fuerza y orientación. Ese es el tipo de bendición que
necesitamos. Puede hacerlo, ¿verdad?
Ella lo miró a los ojos, quizá a su alma, y al fin pareció
satisfecha.
—Acercaos —aconsejó—. Uniré vuestros votos. —Se puso de
pie, y se inclinó sobre la mesa de modo que él sintió interés por ella
al instante—. Eres un guerrero de la Luz —dijo en voz baja, casi
demasiado silenciosa como para que se escuchara—. Estás a punto
de emprender una gran misión que resultará en la destrucción de un
mal monstruoso. Los pasos que vas a seguir son los que recorrieron
antiguos héroes, que también arriesgaron sus vidas para vencer a
los señores de la Oscuridad como Darvezian. Has arriesgado
mucho, has sufrido, y sin duda te espera más sufrimiento para ti y
para tus compañeros. —Su voz era un susurro, con un ritmo casi
hipnótico—. Por ello, que la bendición de la iglesia descanse sobre
vosotros, que obre a través de esos recipientes, ya sean débiles o
fuertes. Que Armes otorgue la fuerza a tu espada y a tu escudo, y
que te guíe por el camino de la rectitud a través de lugares
tenebrosos. Y por encima de todo que te otorgue su sabiduría,
porque si intentas engañarme de nuevo con este truquito haré que
te cuelguen de un pulgar y, de todos modos, todo esto le ha dado
tiempo suficiente a tu compañera para salir corriendo de la sala, y
seguro que también del tiempo.
—¿Qué? —estalló Harathes. Apartándose de ella bruscamente
buscó con la mirada a Cyrene, que se había escabullido—. Así que,
¡tú…! —Cortó las palabras de pronto, consciente de que le estaban
mirando—. Yo…
—Sin duda la sacerdotisa Dion estará contigo en unos instantes
—informó la secretaria, el tono no admitía protesta—. Al fin y al
cabo, sin duda serás capaz de escoltarla hasta sus aposentos y
vigilar la puerta mientras ella descansa. Es un gran honor,
pregúntale a cualquiera de por aquí.

***

Había una escultura de Armes en medio del Barrio del Pagano, la


forma y la postura eran idénticas a cualquier otra representación del
héroe semidiós, el heraldo de la llegada de la Luz. Había sido un
hombre atractivo, mandíbula robusta, según los artesanos de los
iconos, con una figura digna de un guerrero, vestido con ropa
formal, pero con la espada a su lado, y los brazos estirados en
aquella postura de bendecir tan particular, con las palmas hacia
abajo, que todos los sacerdotes imitaban.
Lief, Penthos y Enth estaban de pie ante ella, sentían la mirada
pétrea que los condenaba, a cada uno por sus propios motivos.
—Debo admitir —declaró el mago, al fin—, que quien sea que
hace estas imágenes de Armes tiene una importante carencia de
imaginación. Es todo muy uniforme.
—Hay un grupo entero de sacerdotes que se dedica a
asegurarse de que son idénticas, todas y cada una de las
representaciones a escala —explicó Lief—. Al parecer, es
importantísimo preservar la apariencia divina. —No terminó de
contar que sabía este detalle debido a una estafa con un icono
sagrado que terminó peor que mal—. Bueno, bienvenidos al Barrio
del Pagano. Hay una taberna, quiero decir, que solo hay una. Será
mejor que nos acerquemos y ahoguemos nuestras paganas penas
hasta que alguien venga a buscarnos.
—El Barrio del Pagano. Todo el mundo lo llama así —murmuró
Penthos—. Como si solo se permitiera el acceso a un pagano al
mismo tiempo.
Lief lo miró, reflexionó, y asintió con entusiasmo.
—Tienes razón. O, es como si solo hubiera una sola entidad
llamada «Pagano», y todos somos pedacitos de esta. Barrio del
Pagano —dejó las palabras reposar en la lengua—. Sí, no se me
había ocurrido antes.
—La gente se queda mirándome —observó Enth, con calma.
Lief echó un vistazo y comprobó que era cierto.
—Vaya, me da que esto no va demasiado bien. Para nada bien.
Vamos a cubrirnos, al menos. Ya basta de pasearnos por ahí.
No había señal alguna para la taberna del barrio, porque los
armesianos no tenían otro antro del que diferenciarlo. Había una
sala principal y era lo más sobrio que Lief había visto jamás. Los
viajeros sorbían algo de unas pequeñas tazas en silencio, como si
hubieran comenzado a animarse y entonces Armes se hubiera
girado para darles un bofetón.
—Valiente mierda —murmuró para sí mismo, pero no se le
ocurrió ninguna alternativa—. Tres de lo mejor que tengas —indicó
al hombre austero y de mirada acusadora que parecía ser el
propietario. La expresión que recibió como respuesta sugería que el
hombre no malgastaría lo mejor que tenía en alguien como Lief,
pero envió a un chico a la bodega y volvió con unas pequeñas tazas
que Lief esperaba que fueran por lo menos su mejor bebida
mediocre.
Había mesas y sillas allí. Alguien se había tomado la molestia de
hacer que estas últimas fueran demasiado incómodas y las mesas
muy bajas, por lo que Penthos se golpeaba las rodillas. Estaban
clavadas al suelo, algo que decía mucho de las creencias de los
locales en cuanto a la virtud de los extranjeros.
—Bueno, salud —dijo Lief. Dio un sorbo. Mediocre era una
sobrevaloración, como poco.
Enth no había tocado la suya, y Lief le dio un leve codazo.
—Es cerveza. Ahora te gusta la cerveza, ¿te acuerdas?
La criatura negó con la cabeza.
—No puedo —dijo, con la mirada fija en la taza como si
contuviera una… bueno, no una araña venenosa, pensó Lief. Lo que
fuera que no agradaba a las arañas. Una de aquellas avispas
parásitas o algo por el estilo.
—Este es el corazón de la Luz —repuso Penthos en voz baja—.
Tal poder no respeta las fronteras del Barrio del Pagano. Se escurre
dentro, incluso en la cerveza.
Lief parpadeó.
—¿En serio?
El mago asintió, con una expresión de desagrado.
—Me sabe agriado incluso a mí. Para nuestro monstruo
seguramente sería como beber ácido.
—¿Puedes no llamarle así?
—Es mi monstruo —contestó el mago, petulante—. Le llamaré lo
que yo quiera.
—No soy un monstruo.
Los dos humanos miraron a Enth con fijeza y en silencio.
—Eres lo que yo te llame… —comenzó Penthos, pero Lief le
interrumpió.
—Cállate.
—¡Cómo te atreves…! —Pero algo en la expresión del hombre,
por increíble que parezca, fue suficiente para acallar al mago.
—Además, ya conoces todas las historias —añadió el ladrón sin
asomo de simpatía—, a quién aprecian menos, ¿a los monstruos o
a sus creadores? Mejor para ti entonces que no sea un monstruo,
¿no crees?
Penthos abrió la boca, la cerró, y para sorpresa de Lief puso una
expresión de tristeza.
—Tienes toda la razón —gimió—. Solo intentaba ayudar. Solo
intentaba cumplir con la tarea de esta misión sin sentido. Y ha
complicado las cosas, de algún modo. Le ha causado desagrado.
¿Por qué todo tiene que terminar así?
Lief levantó las cejas casi hasta la coronilla, y trató de
intercambiar una mirada alarmada con Enth, que en cambio no tenía
la misma expresión para devolverle.
—Esto, vale… —repuso—. Todos sabemos que estás
intentando… —Pero no, ya era suficiente—. Mira, no voy a fingir que
voy a ponerte el hombro para llorar, eres un tipo que puede hacer
estallar pueblos enteros. Limítate a beber.
—Es horrible —exclamó Penthos, al borde del llanto.
—Mejora. —Enth no había tocado su cerveza pero era obvio que
hablaba por experiencias pasadas. Al mirarle, Lief se preguntó si
ahora había algo más humano en él, algo que se ocultaba tras
aquellos ojos de pesadilla.

***

Más tarde habían logrado encontrar un modo de entretenerse y de


sacar sus frustraciones en Armesion al mismo tiempo. Estaban
renombrando la única taberna del Barrio del Pagano.
—El descanso de la abominación —sugirió Penthos, y soltó una
risita.
—El pozo de la iniquidad —añadió Lief.
—La última guarida del vicio.
—Ese no está nada mal —repuso el ladrón—. ¿La tasca de las
almas perdidas? No, espera, ¿qué tal Hogar del arzobispo lujurioso
para amorales y casos perdidos?
Penthos casi se cae de la silla.
—Vamos, Enth, seguro que se te ocurre una —le animó Lief.
De pronto, el monstruo se levantó, y por un instante Lief pensó
que iba a proclamar alguna ocurrencia a toda la sala, pero tan solo
estaba señalando. Cyrene acababa de entrar con una tempestad
dibujada en el rostro. Aquello era un deja vu.
—¿Ya está lista? ¿Podemos marcharnos? —preguntó Penthos.
—No se me ocurre, ni por asomo, cómo puedes habernos
encontrado —añadió Lief, sardónico.
—Sobre todo por la señal de la taberna —repuso ella.
Él frunció el ceño.
—No hay señal.
—Ahora sí, y cambia cada medio minuto en algo mucho menos
ingenioso.
Penthos extendió las manos ante la mirada interrogadora de Lief.
—¿Qué? Era un juego, ¿no?
A punto de regañarle, Lief se rindió.
—Sí, sí, lo era —asintió—. Esto…
Pero el mago tenía sus propios problemas.
—Deberías estar vigilando a Dion —le dijo a Cyrene.
—Díselo a ese capullo de Harathes —escupió ella.
—¿La has dejado indefensa?
Ella lo miró con fijeza.
—En el corazón de la Ciudad Sagrada, Penthos. Y con Harathes.
—A mí eso me suena a indefensa.
Para sorpresa de Lief, ella sonrió ante aquel comentario.
—Sí, tienes razón. De hecho, si fuera tú, iría para allá para
protegerla de Harathes. Si tienes que prenderle fuego, empieza por
la ingle. Creo que se trata de leña seca a punto de arder.
—Voy para allá —proclamó el mago. Torció el gesto al mirar a
Lief—. ¿Voy para allá?
—Cálmate y no hagas explotar cosas —aconsejó Lief—. Pero
¿por qué no? Al menos es posible que Dion quiera ponerse en
marcha pronto.
Era obvio que Penthos no estaba seguro de cómo tomarse
aquello, pero se marchó de todos modos.
—No me queda muy claro por qué siempre acabamos nosotros
tres juntos —indicó Lief—, pero acércate una de esas horribles
sillas.
—Primero, no es «nosotros tres», es nosotros dos y esa cosa —
masculló Cyrene—. Segundo, voy a sentarme en otro sitio,
totalmente sola.
—No soy esa cosa —subrayó Nth.
Cyrene pasó la mirada de uno al otro.
—¿Le has enseñado tú a decir eso? ¿Has vuelto a emborrachar
a esa cosa?
—Esa… él no quiere beber cerveza aquí —explicó Lief—. Sin
embargo, ha entendido el comentario.
Cyrene fijó la mirada en los vidrios opacos de Nth, y la criatura le
devolvió la mirada, negándose a acobardarse. Lief vio que torcía los
labios un par de veces, quizá para dirigirle alguna orden, pero no
dijo nada, y al final se alejó para buscar un asiento a solas.
Poco tiempo después, llegaron. Eran una docena, figuras
vestidas con pesadas túnicas que irrumpieron con la divina certeza
de las personas que saben que no forman parte del Pagano.
Los demás bebedores se levantaron y salieron, tan rápido como
pudieron. A Lief no le faltaron ganas de unirse a ellos, excepto por el
detalle de que los recién llegados rodeaban su mesa.
—Hola —saludó, inseguro.
La figura central se retiró la capucha, reveló una impactante cara
cubierta de barba, surcada por arrugas de autoridad, ojos de acero
bajo gruesas cejas.
—Me llamo Abnasio, prelado supremo de la Hermandad del
Amanecer —anunció con un tono amable.
Lief evitaba mirar al lugar donde estaba Cyrene, al otro lado de la
estancia, porque la situación hacía que tener un aliado oculto
resultara bastante útil.
—Es un honor su prelamajestad —contestó con voz alegre—.
¿Cómo puedo ayudarle?
—Nada que tenga que ver contigo, hijo —respondió Abnasio con
amabilidad—. Sabemos que eres un hombre de la Luz, a pesar de
las muchas tentaciones. Has otorgado un gran servicio al mundo.
Lief se preguntó si en lugar de acosarle iban a colmarle de
felicitaciones y recompensarle en contra de su voluntad.
—Ah, vale, gracias.
—Nos ocuparemos de nuestros asuntos —explicó Abnasio con
calma—. Traed a la criatura.
De inmediato, tres o cuatro de ellos se echaron sobre Nth, y
trataron de inmovilizarlo en la silla. La criatura se los quitó de
encima (Lief escuchó, por lo menos, un hueso roto), pero Abnasio
levantó un disco de Armes que llameaba luz dorada, Nth se echó
para atrás, con toda la fuerza perdida, y se cubrió el rostro.
—¡No, esperad! —gritó Lief—. ¡No es lo que parece! Estamos
con Dion, ya sabéis, a quien estaba dirigido todo ese rollo de las
puertas. ¡Todo esto es parte de…!
—Lo sabemos, hijo —contestó Abnasio—. Hemos esperado
largo tiempo para ver cumplida la profecía. Nuestro padre fundador,
el profeta Gamograth, predijo que la bendecida por la Luz traería al
corazón de Armes poder suficiente para destruir a Darvezian. Solo
nos queda completar el ritual y extraer los medios para derrotar al
Oscuro.
—No, un momento, eso ya lo hicimos… —comenzó a decir Lief,
pero uno de los hombretones que seguían a Abnasio le dio un revés
con la mano que lo arrojó al suelo.
—Traed el sacrificio —ordenó Abnasio, los ojos resplandecientes
con la Luz—. Loada sea la Luz de Armes, la batalla acabará pronto.
5
DUELO DE DOGMAS

C yrene se apresuró hasta Lief cuando el último de los


soldados de la Hermandad sacaba a Enth a empujones por la
puerta. Lo puso de pie y lo acompañó fuera de la posada,
desde donde vieron al regimiento compuesto por los seguidores de
Gamograth desaparecer por una esquina. Sobre ellos, el nuevo
letrero donde se podía leer «Hogar del arzobispo lujurioso para
amorales y casos perdidos» se balanceaba lastimoso.
—Vamos tras ellos —decidió Cyrene.
—Tú ve a por Dion —corrigió Lief.
—¿Y luego qué? Primero tenemos que saber a dónde van, y
luego uno de nosotros va a por Dion.
Los resueltos monjes marchaban a buen ritmo para alejarse
cuanto antes del cenagal moral que era el Barrio del Pagano.
Cyrene y Lief salieron tras ellos, siempre una esquina por detrás,
siempre a tiempo para seguir el último rastro de las pisadas que
desaparecían por una calle, usaban la noche y las sombras, allí, en
el corazón de la Luz.
Lief tenía que admitir que Cyrene era muy buena. No estaba
seguro de a qué había dedicado sus años mozos, pero jamás había
conocido a una persona acostumbrada a la naturaleza moverse tan
bien en la ciudad. Sin embargo, ella la tenía, esa facilidad indefinible
que permitía a los profesionales como Lief cruzar unas aguas
tranquilas sin dejar apenas unas leves ondas. De todos modos era
una locura. Que Harathes apaciguara su lujuria con la pobre mujer
tanto como quisiera, Lief se conformaba con saber que podía confiar
en sus habilidades.
—En cuanto lleguemos —susurró—, entraré.
—¿Tú? —Ella tenía otra idea en mente. Cruzaron otra calle:
Armesion era una ciudad muerta de noche, y para su sorpresa, muy
mal iluminada. «¿Debería volver a pasar una temporada aquí,
revisar el lugar?», consideró Lief, pero nunca le había gustado la
ciudad. El puro hedor de la rectitud implicaba que tan solo agarrar
un monedero bien gordo de un todavía más gordo prelado
significaría espasmos de culpa.
—Ve a por Dion y los demás. Yo entraré y trataré de sacar a
Enth.
—¿En serio? —Todavía no estaba convencida.
—Sí —siseó él—. Y por dos buenos motivos. Primero, no quiero
malgastar mis botas paganas en la salita de espera de un clérigo de
pacotilla porque haya decidido que cualquier asunto que yo tenga
debe ser demasiado profano para ser urgente. Segundo…
Abnasio y su Hermandad del Amanecer cada vez iban más
lentos, se estaban confiando. Habían fracasado totalmente a la hora
de ver si les seguían, pero al parecer ya estaban en terreno
conocido y apenas miraban tras ellos. Era posible que hubiera otros
vigilantes, pero Lief y Cyrene pasaban de sombra a sombra como
fantasmas.
—¿Segundo qué? —preguntó ella.
—No confío en ti —respondió.
Se enfadó tanto que estuvo a punto de salir a descubierto.
—Mojón escurridizo —escupió, en voz baja—. Soy una
verdadera sierva de Dion, enemiga de la Oscuridad, y tú solo eres
un ladronzuelo de tres al cuarto tan cutre que te pillaron con las
manos en la masa. ¿Y tú no confías en mí?
—Sí, no sé por qué, quizá es ese maravilloso rasgo tuyo de
juzgarlo todo.
Esta vez ella lo agarró por el hombro y lo estampó contra una
puerta. Al final de la estrecha calle, la Hermandad comenzaba a
meterse en un edificio de dos plantas.
—Habla deprisa, antes de que te mande a Dion con el labio
partido —advirtió ella.
—No confío en que vayas a mantener a Enth con vida —dijo él
sin rodeos, sin dudar.
—Necesitamos al monstruo para nuestra misión. Por lo que debe
vivir hasta entonces. —«Y solo hasta entonces», una frase que no
dijo.
—Y si el narizotas de ahí dentro te da algún discursito sagrado
sobre cómo sus planes son mejores, sabes qué, creo que quizá lo
aceptarías. Porque su plan incluye matar a Enth, y te mueres de
ganas de que ocurra.
Ella lo miró con fijeza y un par de exabruptos murieron en sus
labios.
—¿Qué, estás follándote al bicho y te has acabado
enamorando?
—Por favor, ahórrate los insultos baratos, no se te dan nada
bien.
Y era cierto: el veneno en sus palabras era forzado.
—¿De verdad crees que sería capaz de comprometer nuestra
misión para derramar la sangre del monstruo?
—¿Ah, no?
De nuevo la respuesta interrumpida, y Lief entendió que ella no
lo sabía con exactitud. Presuntamente había pensado en la
respuesta, la que había en su cabeza, en vez de las chorradas que
le dijo, y hubiera sido un «sí».
—Si la criatura cumple su parte y nos lleva hasta Darvezian,
podremos acabar con su maldad, y entonces me dará igual lo que le
pase —explicó ella. Incluso aquello le costó afirmarlo, pero Lief
supuso que contaba como un cambio radical.
—Vale, bien. De todos modos yo voy a ir adentro, y no me
importa cuánto te haya cabreado Harathes. —«Aunque me lo puedo
imaginar»—. Porque soy mejor que tú colándome en las casas de
los demás.
Parte de su ira se había desvanecido, a través de la grieta que
encontró cuando buscó su certeza.
—De acuerdo —soltó—. Si te matan, me voy a reír mucho.
—Muy apropiado para la Luz de tu parte.
—No te mueras.
—Nunca he tenido esa intención, y no pretendo tenerla ahora.

***

En cuanto Cyrene se marchó hacia el Alto Templo, Lief observó con


atención el edificio frente a él. Era, como la mayoría de casas
armesianas, una gran caja de roca pesada metida a presión entre
las casas vecinas. Lo común es que hubiera varias familias en cada
uno de estos lugares, pero ahora mismo Lief quería apostar a que
contenía a un solo culto. ¿Cuántos miembros de la Hermandad del
Amanecer había ahí dentro? Imposible de saber. Si Abnasio era un
prelado de verdad, le situaba en un rango decente en la iglesia, por
lo tanto, acceso a un buen puñado de seguidores. Por otro lado,
puede que fuera un loco sacrílego con un montón de chalados y una
idea exagerada de su propia importancia. De todos modos, ¿quién
había sido Gamograth, y cuáles eran los términos de su profecía?
Todo esto pasaba por la cabeza de Lief mientras escalaba un
edificio a tres casas del escondite de la Hermandad. Los muros de
Armesion eran lisos y carecían de agarres, pero había allanado
suficientes moradas como para que aquello apenas fuera un
desafío.
En cuanto estuvo arriba, avanzó a saltitos por los tejados hasta
que se situó sobre su objetivo. También se preguntó cuánto tiempo
le quedaba. Si Abnasio degollaba a Enth justo en el instante en que
cruzaron las puertas, llegaba tardísimo, pero no creía que hubiera
sido así. Religión, profecía y hermandades secretas, todo chillaba la
palabra ritual. Habían esperado mucho tiempo para aquel momento
presagiado, seguro que querían hacerlo según el protocolo.
Se encaramó a una de las pequeñas ventanas, aseguró el
agarre y se descolgó boca abajo. Fue una tarea muy sencilla quitar
el pestillo de los postigos y echar un vistazo. La habitación era un
dormitorio, el suelo repleto de colchones: contó unos veinticuatro,
apilados igual que los edificios de Armesion, aplastados contra los
muros de contención. De todos modos, aquello le dio una idea
relativa sobre cuántos formaban aquel grupito de imbéciles. Siete de
las camas estaban ocupadas, siluetas en túnicas desparramadas.
Más consuelo todavía: sin duda todo el mundo querría estar
despierto cuando el ritual tuviera lugar. Aun así, no era el mejor
punto de entrada. Lief avanzó como un cangrejo por la pared.
La siguiente ventana daba a una estancia a oscuras, pero pudo
discernir algunos muebles: un escritorio, quizá, una silla, algo
ensamblado a la pared. Parecía desocupada, y aquello era
suficiente para Lief.
Cerró los postigos tras de sí, al ocultar la luz de la luna se quedó
casi en completa negrura. En cualquier caso, sabía dónde quedaba
la puerta, y se arrastró hasta ella mientras escuchaba, atento:
voces, pero distantes, nada justo al otro lado. También había un
cerrojo para una llave: una pequeña estrella que brillaba en la
oscura noche de la estancia. Mirar a través le dio una reveladora
vista de una pequeña sección del muro opuesto.
Si había un guardia al otro lado, implicaría problemas. Solo había
un modo de descubrirlo. Planeó una retirada hasta la ventana, en
caso de un percance, y giró el pomo de la puerta.
No estaba cerrada con llave, la abrió muy poco y no vio a nadie
vigilando. Por supuesto que en la Hermandad eran febriles
creyentes, ¿quién esperaría a un intruso en su santuario?
Permitió que el pequeño rayo de luz que dejó pasar iluminara la
habitación para poder echar un nuevo vistazo. Lo que había visto
contra la pared era un altar, quizá era la capilla privada de Abnasio.
Había un disco en forma de luz radiante ahí arriba, con gemas en
los puntos cardinales, y unas bellísimas filigranas en el centro. A Lief
le temblaron las manos.
Unos instantes después, y con uno de sus bolsillos de una
conveniente profunda holgura y mucho más pesado que antes, salió
de la habitación, con los oídos atentos por si escuchaba pisadas y
voces.
No tardó en averiguar que el lugar acomodado para fanáticos
esclavistas estaba abajo del todo. Sin contar los que dormían, el
piso superior estaba vacío; en el piso inferior había más actividad.
Un puñado de monjes que cocinaban, con túnicas blancas y todo, y
Lief tuvo que esquivar a unos cuantos más que iban de aquí para
allá, a menudo cargaban con distintos objetos de gala. Todo tenía un
macabro ambiente festivo, y toda la Hermandad estaba de un claro
buen humor, zumbaban con energía y alegría. Había llegado el
momento para que sus adustas existencias tuvieran un sentido,
supuso Lief. No tenía ni idea de cuánto tiempo atrás Gamograth hizo
sus declaraciones, pero tenía la sensación de que sentir el peso de
los años de espera era una tarea insatisfactoria. Se preguntó qué
haría la mayoría de la Hermandad cuando terminaran con Enth.
¿Irse a casa? ¿Buscarse un trabajo? ¿O tomarían parte en una
cruzada fuera de Armesion y se inmolarían contra los ejércitos de la
Oscuridad que montaban guardia entre ellos y Darvezian, tras haber
matado a la única criatura que podría haberles permitido pasar?
Lief no tardó en localizar las escaleras que descendían al sótano,
ya que era el cuello de botella de toda la actividad que sucedía en la
casa. Desde arriba escuchó cánticos desafinados que seguro que
pretendían sonar triunfantes, y no logró evitar fijarse en el material
que se transportaba allí abajo. Había madera, mucha madera, de un
tipo aromático muy caro, y había una gran cantidad de herramientas
afiladas de distintos tamaños, y la mayoría con mangos de oro y las
hojas pulidas y resplandecientes. Le volvieron a temblar las manos,
pero también las entrañas. No le gustaba cómo pintaba todo
aquello, excepto por el valor de reventa.
A lo largo de su carrera se había metido en muchos lugares
peligrosos, y también había salido de ellos. A veces solo había
logrado escapar, y otras lo había conseguido hablando muy rápido,
o corriendo rapidísimo, o en una ocasión se tomó una poción
repugnante y fingió haber muerto. Sin embargo, no tenía muchas
ganas de meterse en aquel sótano. A ningún ladrón le gustan los
lugares con una sola salida.
Por lo tanto: improvisar, existía una enorme ventaja en cuanto a
tratar con cultos espeluznantes. Infiltrarse en una guarida de
bandidos, o en el castillo de un noble, o en una mansión repleta de
sirvientes, eran tareas que tenían sus pros y sus contras, y el pro de
la Hermandad era que su tendencia al drama les obligaba a vestir
togas que le permitirían ocultarse.
Era fácil retirarse al centro de la casa hasta que un monje
solitario pasara por delante. Era un poquito más difícil golpear en la
cabeza al desgraciado devoto, y después un par de veces más, para
asegurarse, desnudarle, y meterle en la capilla privada. Como vuelta
de tuerca añadida, salió con las ganzúas para poder asegurar la
puerta, y dejar que Abnasio se comiera la cabeza con aquel cerrojo.
Lief era muy consciente del reloj y su tic tac sobre toda aquella
empresa: se darían cuenta de que faltaba un religioso, o lo
localizarían, o Abnasio caería en la cuenta de que había olvidado el
tenedor sagrado para destripar y volvería a su estancia para
recuperarlo. Lief necesitaba entrar, agarrar a Enth, y salir de allí.
Tras ponerse la toga adecuada, se dirigió a las escaleras del
sótano, le incomodaba ser consciente de que si la Hermandad tenía
algún tipo de ritual para dar la bienvenida o una señal que le hubiera
pasado inadvertida hasta aquel momento, entonces su pequeño
plan iba a irse al traste en poco tiempo.
Pasó de largo a tres de ellos sin que nadie le llamara la atención.
Se aseguró de avanzar con cierta soltura, con grandes zancadas,
como ellos. Aquello parecía suficiente por ahora.
Tras descender por las escaleras, entró en un mundo que
apestaba a incienso, el aire cargado, seco y cálido debido a los
fuegos que la Hermandad prendía. Tuvo que obligarse a no
detenerse para vomitar: era una gran estancia, de un tamaño muy
superior al de cualquier sótano, el techo se sustentaba en lo que le
parecieron poquísimos pilares. En un extremo, la tez radiante de
Armes devolvía el reflejo de las llamas, el semblante heroico que
Lief había visto por todas partes en la ciudad y que llevaba su
nombre. Aquí, una efigie a tamaño real del hombre dios oficiaba
sobre un par de grandes hogueras, y entre ellas…
Lief tragó saliva. Entre ellas había una enorme losa sobre la cual
más de cien cuchillos y sierras y otras herramientas habían sido
dispuestas, sin duda cada una de ellas con su propósito y
significado. Todo era dorado y resplandeciente, y los sacerdotes
cantaban felices, y todos sonreían dichosos ante la idea de la
finalidad de todo aquello. Era una de las visiones más escalofriantes
que Lief había visto en toda su vida entre las sombras.
Aunque nada de Enth. El invitado de honor todavía tenía que ser
transportado hasta el lugar.
Recorrió la estancia, con la cabeza gacha como si rezara pero
observando por el rabillo del ojo cualquier detalle que asomara por
la capucha. Había más monjes ahí dentro que antes. El lugar se
estaba llenando, pero todavía sin demasiado propósito, como si
hubieran llegado pronto y no tuvieran nada mejor que hacer que
esperar.
«Entonces todavía tengo algo más de tiempo…».
Salió de la sala, fingiendo que sabía a dónde iba, y comenzó a
estudiar qué más había en el sótano, sin estorbar.
Estaba Enth.
Había esperado una búsqueda más larga, pero tan solo había
unas pocas salas ahí abajo. La Hermandad no tenía celdas
específicas, lo que sugería que por lo menos esto no era algo
habitual. En cambio, tan solo eran alcobas, y en algunas había
monjes haciendo cositas monacales a otros monjes (Lief desconocía
qué implicaban esas tareas monacales), y otras eran almacenes, y
en otra, la mayor, estaba Abnasio, a medio vestir con una pomposa
túnica roja y dorada que resplandecía como el fuego, por lo que Lief
se retiró deprisa. En la siguiente, cuando apartó la cortina, era
donde estaba Enth, tirado en el suelo de piedra, miserable, con las
manos encadenadas tras él, temblaba.
Se acercó, preguntándose si el hombre araña se pondría como
loco y trataría de atacarle: quizá tan solo apartarlo de la compañía
de Dion había hundido a Enth de nuevo en lo monstruoso.
—Enth —siseó, listo para salir huyendo. No hubo respuesta ante
la primera llamada, pero cuando volvió a decir su nombre los
oscuros discos que tenía por ojos lo miraron, los labios se retiraron y
dejaron los colmillos a la vista. La expresión era aterradora, salvaje
y violenta, y un extraño lo hubiera interpretado como el epítome de
la maldad más brutal. Sin embargo, Lief había aprendido a
interpretar aquel libro, y lo que leyó fue dolor, un dolor espantoso.
Las manos de Enth estaban engarfiadas, y los grilletes que
atenazaban sus muñecas parecían brillar.
Lief comprendió. Aquello le puso enfermo, pero lo en1 tendió.
Aquellas cadenas estaban hechas aquí en Armesion, por sacerdotes
herreros. Así como la cerveza había revuelto el estómago de Enth,
tan solo por el lugar donde había sido producida, estas cadenas
quemaban y dañaban la piel solo con el simple contacto.
Aquello le hizo retroceder. Se detuvo y pensó justo en lo que
estaba haciendo. Incluso él, la criatura pecaminosa que sin duda
era, jamás había creído caer en la Oscuridad. Jamás había
cometido un acto irreversible de crueldad o de locura o de ambición
obstinada tal que le hubiera obligado a dar ese paso. A diferencia de
Dion él no podía afirmar conocer las vilezas del mal, ni poseer la
penetrante mirada de aquel que portaba el manto de la Luz. Por
todo aquello Abnasio le había parecido un matón con aires de
grandeza, también era el hombre que blandía el poder dorado. Era,
en aquella gran guerra cósmica, una fuerza del bien. Y Enth…
Enth era una criatura de la Oscuridad. Eso era innegable. «¿Y si
Dion está equivocada y Abnasio tiene razón? ¿Voy a rescatar a un
monstruoso siervo del mal de las manos de la rectitud?».
Enth gimoteó. Era un sonido humano. Lief lo sabía: él mismo
había recibido tal paliza que lo había dejado tan destrozado como
para emitir aquel ruido.
«Que le follen a la rectitud».
Se inclinó sobre los grilletes para ver cómo desamarrarlos. Había
algo parecido a una cerradura, aunque no se parecía a nada que
hubiera visto antes. Sin embargo, estaba acostumbrado a las
cerraduras sagradas, para desesperación y rabia de una docena de
tesoreros separatistas de la iglesia. Metió un dedo en el cinturón y
extrajo uno de sus juegos de ganzúas.
La suerte estuvo de su lado en aquella ocasión, ya que escuchó
el roce de unas sandalias tras él antes de que una voz lo
cuestionara.
—Hermano, ¿qué estás haciendo? —El tono era de sorpresa,
pero sin llegar a sospechar.
Lief se levantó deprisa, y se aseguró de tener la capucha puesta
para que oscureciera su tez.
—Comprobaba el estado del monstruo. Parece que había
comenzado a librarse de las ataduras —informó.
Hubo un incómodo silencio, y en el aire la pregunta ¿te
conozco?, que había fastidiado a Lief en muchas situaciones
similares; pero entonces el monje lo apartó a un lado para pasar.
—Eso debería ser imposible —exclamó con brusquedad—.
Nuestro señor Abnasio puso las cadenas él mismo. Esta bestia no
tiene poder para quebrarlas, no aquí, en el corazón de la Luz. —Y
aun así había ido a comprobarlo en persona, como la gente siempre
hacía. Se arrodilló junto a Enth sin miedo e inclinó la cabeza para
estudiar de cerca los grilletes. No podría habérselo dejado más en
bandeja de plata a Lief, solo le faltaba quitarse la toga.
De un trancazo lo dejó tirado, lo aporreó dos veces más en el
suelo, ya que, puestos a ponerse del lado de los monstruos de la
Oscuridad, una pequeña mezquindad parecía apropiada.
—Bien —dijo en voz baja, al agacharse junto a Enth de nuevo—.
El tiempo nos mordisquea los talones, así que voy a quitarte esto, te
pongo una túnica y esperemos que la Lu… que algo nos sonría lo
suficiente para poder sacarte de aquí. —Mariposeó con las ganzúas,
sintió los contornos del cerrojo, usó el puñado de hechizos y trucos
de los que disponía para atravesar las protecciones sagradas y
llegar a los componentes físicos que había detrás. Incluso mientras
hablaba, sentía una pesadez en su estómago que le recordaba las
posibilidades y las malas consecuencias si fracasaba. «¿Y dónde
diablos está Cyrene? Si todavía está sentada en la sala de espera
de un prelado me voy a cabrear».
Enth volvió a gimotear, con las manos inmóviles para que Lief
pudiera hacer su trabajo. El sonido era lastimoso. «Me pregunto si
sentir dolor es algo que Penthos le dio. Tenía entendido que las
arañas no lo experimentaban». Aquella parte de la mente de Lief
innecesaria para forzar una cerradura se dejó llevar, tratando de no
interponerse. «O quizá el dolor sea el enemigo sin importar el bando
al que pertenezcas, y seguro que los cadavéricos y demás son
parecidos a nosotros, y sangran, y gritan. Pero hay una línea en
algún lugar. Seguro que las arañas están mucho más allá».
El cerrojo era complicado, mucho más de lo que había esperado.
El brillo parecía entumecerle las manos tanto como la vista. «Justo
aquí, en la Ciudad Sagrada, en el santuario de la Hermandad. Creo
que no soy suficientemente bueno». Un pensamiento amargo,
porque siempre había sido un ladrón habilidoso, ese tipo de ladrón
poco común que asaltaba un templo o la torre de un mago o una
tumba maldita.
—Enth —susurró—. Escúchame, creo que no puedo quitártelos.
Una exhalación rasgada del hombre araña.
—Lo sé, y lo siento, pero primero tenemos que sacarte de aquí.
Seguro que Dion con solo tocarlos puede hacer saltar los grilletes.
—Lief tenía pensamientos agridulces en la cabeza, sobre si a Dion
le importaría, o si una araña encadenada y agonizante sería algo
soportable para ella, ahora que alguien había hecho la peor parte.
«Pero ¿qué elección me queda?»—. Voy a quitarle la ropa al
dormilón este y te la voy a poner a ti, y vas a tener que salir
caminando de aquí. Puedes… ¿puedes levantarte y caminar? Por
favor, dime que puedes levantarte y caminar.
Vio los músculos de Enth abultarse, se tensaban como las
espaldas de una alfombra de ratas grises, y entonces se levantó,
con las piernas rígidas, hasta que se plantó de pie con los grilletes
frente a Lief, lejos de su pecho. Tenía calambres y tics en la cara, y
Lief no logró entender por qué no gritaba.
A menos que ya hubiera chillado antes, quizá, y Abnasio hubiera
venido para que se arrepintiera de ello.
Lief se cernió sobre el cultista despatarrado y se peleó por
quitarle la túnica, siempre algo mucho más jocoso de lo que uno
pudiera imaginar. Tras aquello, venía la dificultad de vestir a un
hombre que tenía las manos unidas. Lief lo solucionó con unas
ágiles cuchilladas, cortó las mangas y el pecho y pasó el vestido por
encima de la cabeza de Enth, hasta que las manos quedaron frente
al hombre araña, que aparentaba estar en actitud de rezo o súplica.
—Va a tener que ser suficiente —decidió Lief, y se giró para
encontrarse de cara a Abnasio y por lo menos a una docena de
robustos monjes.
—Mierda —fue su crítica ante aquel particular desarrollo de los
acontecimientos. Un héroe más elegante o valeroso hubiera atacado
al sacerdote supremo con el cuchillo que sujetaba, pero por mucho
que le pesara, Lief no era ese hombre. En vez de ello, dejó caer la
pequeña hoja que repiqueteó contra el suelo.
Abnasio lo miró con solemnidad, dejó que el silencio creciera
entre ambos antes de declarar:
—Podéis ver, hermanos míos, cómo de seductoras son las
artimañas de la Oscuridad que afectan a las mentes débiles. El
pobre hombre es un siervo de la Luz, ha jurado a la causa de Dion,
y aun así tras estar en contacto con la bestia durante un espacio de
tiempo tan breve ha sido corrompido, y se afana para liberarla, en
contra de su naturaleza hacia el bien. Si jamás tuvimos un motivo
para enfrentar la maldad, aquí lo tenéis.
A Lief no le gustaba nada que le usaran como centro de un
argumento sobre moralidad comparada. Arrastró los pies.
—Mira, te has equivocado por completo —expuso sin demasiada
esperanza—. Dion está metida en todo esto de la profecía. Le
necesitamos para que funcione. —Ladeó la cabeza para mirar la
figura agonizante de Enth—. En serio, venid con nosotros si queréis,
cuantos más seamos, más sagrados seremos. Vamos todos juntos a
partirle la cara a Darvezian.
—Veis —anunció Abnasio, más apenado todavía por el estado
del alma de Lief—, así retuerce el mal las almas de aquellos que se
infectan. Este pobre pecador todavía cree que sirve a la Luz, a
pesar del horrendo acto de la Oscuridad que estaba a punto de
cometer. Prestad atención, hermanos.
Lief sintió que la situación era un espejo girado hacia su propio
dueño.
—¿En serio? —exigió—. He visto las herramientas que tienes
puestas ahí fuera. He conocido a sacerdotes del dios de la sangre a
los que se les hubiera quedado el culo torcido de ver esos
juguetitos, y preguntarían por tu torturador para poder contratarlo
para una de sus fiestas. Así que, honestamente, ¿quién está
cometiendo un acto horrendo y afirma que es algo bueno?
—Ahora comienza la confesión —llegó la inexorable réplica de
Abnasio—. Ya ha descarriado del camino lo suficiente como para
convertirse en un devoto de los templos de la maldad.
—¡A ver! ¡Un momentito! ¡Yo les robaba! —exclamó Lief en
caliente.
—Y ahora, también, el pecado del hurto.
—Sí, pero… mirad… —Toda la situación comenzaba a ser
bastante familiar, al sentirse como el hombre que había tenido que
excusarse ante las autoridades (temporales y espirituales) en una
ocasión previa.
—No temas, hijo —repuso Abnasio, no con demasiada confianza
—. Ahora estás a salvo. Cuando nuestro ritual esté completo, la
fuente de la corrupción desaparecerá. Sé que buscas la Luz. Lo sé,
como todos los hombres, buscas el camino más difícil de seguir.
Pero serás salvado. No te dejaremos sucumbir a la Oscuridad.
Lief comenzaba a desear sujetar todavía el cuchillo.
—Pues venga, adelante —desafió sin demasiado ánimo. Incluso
mientras lo decía, se dio cuenta de que no sabía si quería que
fueran adelante o no—. Haced lo que tengáis que hacer. Venid a por
mí. —Levantó los pequeños puños.
—Te retendremos hasta que hayamos terminado —informó
Abnasio—. Después será necesario un periodo en un correccional
penitenciario pero como estaremos de camino a derrotar a
Darvezian, armados con el Flagelo del Tirano, nuestra Arma de la
Rectitud, esa no será nuestra tarea. Te entregaremos al personal del
potentado antes de marcharnos. No eres un hombre malvado, tan
solo descarriado.
Se lanzaron sobre él, tres o cuatro monjes le agarraron, le
arrancaron la túnica (con muy poca gentileza) y a rastras lo llevaron
hasta la sala principal del ritual, donde le registraron y después le
ataron junto al altar. Al parecer, nada de grilletes sagrados para Lief,
así que quizá iban cortos en suministros, pero la cuerda que usaron
la apretaron a conciencia, y a Lief le pareció que eran
sospechosamente buenos con los nudos. El ladrón se permitió
especular sobre diversiones intramonásticas y jueguecitos cuando
se apagaban las luces. No era mucho, pero tampoco estaba en una
posición donde podía hacer mucho más daño.
Peor, el ritual comenzaba, con una hueste de monjes que
entraban para unirse a los cánticos mientras mecían incensarios y
se situaban en línea para ser contados. Poco después, sacaron a
Enth, y Lief entrecerró los ojos al verles arrastrarlo por las cadenas,
mientras él arañaba y pataleaba para tratar de mantenerse en pie.
Cayó y lo levantaron a la fuerza, soltó un aullido agudo de dolor y
agonía que no era ni humano ni animal.
Lo condujeron hasta el altar, y Lief pensó, «a la mierda, se
acabó». Había mantenido la esperanza de ver a cuatro figuras
vestidas con túnicas entrar a hurtadillas por detrás, pero tenía la
amarga seguridad de que ninguno de sus compañeros sería capaz
de sacarse de la manga el truquito de fingir ser cultistas, ni siquiera
pensarían en ello. La falta de presencia visible de Dion y compañía
no se prestaba a que tuvieran un plan maestro a punto de ponerse
en marcha.
Tras aquello, con Enth acuclillado y tembloroso ante el altar de
Armes, el ritual continuó con adustos sermones, cánticos
desafinadísimos, y una gran cantidad de invocaciones. A pesar de la
general sensación de peligro, Lief sintió que sus pupilas se cerraban
por el puro y absoluto tedio del ritual.
Y de pronto solo hubo silencio, Abnasio tenía en las manos una
larga hoja de doble filo, y Lief vio que un par de monjes habían
encendido un fuego en una pequeña forja situada en una pared de
piedra, el aire se volvía sofocante y muy caliente a gran velocidad.
Tenían algunas ollas, como las que se usan para hervir el
pegamento.
—Sabed, queridos hermanos —declaró el sacerdote supremo,
porque al parecer reservaba lo de «queridos hermanos» para
ocasiones formales—, que ante vosotros no hay un humano, sino
una araña, la más despreciable de todas las criaturas de la
Oscuridad. Sabed que la caída de Darvezian, tal y como fue
profetizada, llegará por el sendero de la araña y con el colmillo de la
araña. Hace tiempo que sabemos, gracias a las palabras del vidente
Gamograth, que llegaría alguien a traernos el arma, en esta era, en
este momento. Así fue presagiado, y así sucederá.
—Así ha sucedido —murmuraron los seguidores.
—Sabed entonces, que la criatura arácnida fue transformada en
esta apariencia para que la propia sustancia de su ser sea el cuerpo
de nuestra arma: huesos, piel, tendones, dientes, ¡todo será
extraído con la ceremonia para convertirse en la espada que liberará
al mundo del Tirano Oscuro Darvezian! ¡Así sucederá!
—Así sucederá.
En el instante de silencio que siguió, Lief estalló:
—¡Estáis como una puta regadera!
El monje que estaba tras él le advirtió sobre no entrometerse en
temas ecuménicos con un codazo en los riñones, aunque él
continuó:
—¡Miraos! ¿Vais a forjar un arma a partir del cuerpo de un hu…
de un cuerpo vivo? ¿Vais a forjarla con huesos y dientes? ¿Vais a
mordisquear a Darvezian hasta la muerte? ¿Creéis…? ¡Deja de
golpearme, imbécil! ¿Creéis que eso es sagrado? ¿Vais a abrir en
canal lentamente y a diseccionar al pobre desdichado porque creéis
que eso es lo que desea la Luz? Al parecer la tortura es el camino
de la virtud, ¿no es así?
La sonrisa de Abnasio mostraba tanta amabilidad que uno podría
afeitarse con ella.
—Hijo, no sabes lo que dices. No puedes torturar a una criatura
de la Oscuridad. No tiene la misma sensibilidad que los nacidos bajo
la Luz.
Lief lo miró a los ojos, y todo lo que le quedaba, la última flecha
en el carcaj, fue:
—Pero mírale. Está sufriendo. Con esas cosas que le has puesto
encima, sufre.
—Los nacidos en la Oscuridad no conocen el dolor como tú y yo
—se limitó a responder Abnasio—. La verdadera fuente del dolor es
la agonía del alma cuando se enfrenta a la imperfección del mundo,
el dolor físico no es más que un simple reflejo de ello. No hay alma
en una criatura de la Oscuridad. Su corazón no es más que un
recipiente de negruzca malicia que supura, y que busca extender su
malignidad a otros. Tu compasión por esta bestia es admirable, y al
mismo tiempo errada.
Un gesto y levantaron a Enth hasta que lo apoyaron de espaldas
en el altar, tiraron de los brazos engarfiados hasta alinearlos con la
losa (una experiencia tan dolorosa como el roce de las cadenas por
el modo en que se retorcía), y tiraron de la cabeza hacia atrás por el
pelo. Por un instante Lief pensó que le rebanarían el pescuezo
primero, y por lo menos hubiera sido piadoso. Sin embargo, la
piedad no era parte del dogma de Abnasio cuando tenía que ver con
la Oscuridad, y puso la punta de su hoja en algún lugar por debajo
de las costillas.
Entonces tronó una voz clara.
—¡Alto! —Bajaron las escaleras con gran estrépito: Dion y los
demás, los cuatro, y Lief exclamó con fuerza:
—¡Gracias a Armes, que tenía yo la tarde aburrida y me la
habéis arreglado!
Abnasio bajó del altar, sacudió las mangas (quizá de forma
inconsciente) para liberar sus brazos, como si él y Dion fueran a
liarse a puñetazos.
—Bienvenidos —exclamó con aquella voz autoritaria que tenía,
aunque Lief creyó detectar una pequeña grieta. «Sí, así es, ahora
sois dos con la Luz, por lo que tendrás que compartirlo. Juega bien
tus cartas».
—Detén esta abominación de una vez por todas. —Había que
reconocer que Dion tenía valor. Acababa de pasar a través de filas
de monjes como si no estuvieran ahí, y ellos se apartaron de su
camino. Era una sacerdotisa de Armes, y ellos eran unos modestos
religiosos—. ¿Qué crees que estás haciendo?
—La voluntad de Armes —reprendió Abnasio—. Todo el honor
es tuyo, por haber traído a Armesion los medios por los cuales
Darvezian será vencido, pero es tarea de los seguidores de
Gamograth tomar el material que has entregado, y extraer a la
fuerza el poderoso Flagelo del Tirano para que la Oscuridad pueda
ser purgada para siempre de la tierra.
—Esa no es una lectura verdadera de la profecía —contestó
Dion. Harathes y Cyrene blandían unas pesadas porras, y
observaban a la multitud con nerviosismo ya que su señora estaba
justo en medio de todo el barullo. Tras ellos, Penthos esperaba con
aquella extraña expresión de serenidad muy de un hombre que
prendería en llamas lo que fuera en cuanto le dieran la señal.
Lief pensó en estar encerrado en un lugar repleto de monjes
ardiendo y aunque podía tener ciertas ventajas, los inconvenientes
eran mayores. Esperaba que Dion mantuviera al mago a raya.
—La profecía dice que Darvezian caerá por el colmillo de la
araña y por el sendero de la araña —declaró Dion—. Hemos cazado
a la madre de las arañas, una obscenidad que hace que esta
criatura sea una simple cazamoscas en comparación, y arrancamos
de sus fauces el colmillo venenoso que pretendo hundir en el pecho
oscuro de Darvezian, pero necesitamos a esta criatura para
guiarnos por lugares secretos que nos permitirán alcanzar al Señor
Oscuro sin entrar en conflicto con cada monstruo y sentenciador y
cadavérico que hallemos entre este lugar y su torre.
Abnasio soltó una risotada al escucharla.
—Aplaudo tu fervor, hermana. Te mereces todo el respeto, ya
que eres quien ha permitido que nuestro trabajo sea posible. Sin
embargo, debes saber que el sendero de la araña no es más que un
refuerzo al hecho de que Darvezian debe morir por el colmillo de la
araña. No es un aspecto separado. El propio Gamograth lo dijo, y al
hacerlo se declaró seguidor de Sobre las profecías de Innazi y las
enseñanzas de Meflo el Brillante.
Dion puso una expresión extraña que Lief jamás había visto,
aunque suponía que esto era debido a que nunca había tenido la
oportunidad de cruzarse con ella cuando debatían en las clases del
seminario. Era una mirada traviesa y paternalista, muy propia de
una persona con educación que está a punto de darle una lección a
otra persona sobre lo muy equivocado que está.
—Sin embargo, está escrito en las Epístolas Proféticas de
Chalcy que cada palabra de una profecía es como una perla rara
con su propia relevancia, y el bendito Armes jamás se rebajaría a
repetir en una línea un mensaje ya dicho en la anterior. Por lo tanto,
nos atañe a nosotros interpretar correctamente cada intención del
divino. Algo en lo que vosotros habéis fracasado.
Abnasio respiró hondo por la nariz en gesto de desaprobación.
—Conocerás los Edictos de Fargalon donde el erudito Nieth
narra que Armes es muy consciente de las flaquezas de la
comprensión humana —de algún modo había tergiversado la frase
para que fuera un ataque directo a la inteligencia de Dion—, por lo
que en un sinfín de ocasiones, cuando el mensaje es vital como en
este caso, la verdad debe ser repetida en dos o más ocasiones. Ay,
para una comprensión general mayor, Armes no nos dio una tercera
repetición, de modo que ni siquiera tú podrías replicar.
Se escuchó el típico murmullo entre los monjes que Lief hubiera
esperado tras un golpe especialmente bajo en una pelea de bar. Sin
embargo, por su parte, mientras este parecía ser el enfrentamiento
teológico del siglo y él podría haber vendido entradas por todo
Armesion, jamás había sido de resolver una discusión con
sentencias religiosas y una verdad filosófica indiscutible. En vez de
ello había estado toqueteando las cuerdas, usó una peculiar
flexibilidad inherente en sus articulaciones y los beneficios de largas
horas de práctica. Ya casi se había librado de estas.
—Ah, bueno, pero —comenzó Dion—, Dorthric dice que,
mientras que el poder de la Luz puede lograr que el ciego vea y el
sordo escuche, ninguna repetición aportará al tozudo ignorante un
conocimiento verdadero.
«¡En toda la cara!», pensó Lief, y se soltó los brazos mientras
nadie le estaba mirando.
—Litho de los Yermos del Norte era bastante específico… —
comenzó Abnasio, pero Dion saltó sobre él, verbalmente al menos.
—¡Litho era una fuente secundaria corrupta…!
—¡Mi propio diácono tutelar juró por Litho…!
—¡Vaya! ¡Mi diácono tutelar por lo menos conocía la veracidad
de los antiguos textos boralianos!
—¡Tú diácono es una fuente secundaria corrupta! —escupió
Abnasio.
—¡Cómo te atreves a denigrar el buen nombre de Aloysius el
Puro! —exigió Dion, que al parecer era alguien a nombrar si eras
seguidor de la iglesia, y por lo tanto era buena artillería.
Abnasio parecía estar en un callejón sin salida, parecía atrapado
entre intentar atacar a Dion y al mismo tiempo no ser demasiado
barriobajero con la memoria sagrada de quien hubiera sido aquel
Aloysius el Puro. Lief, que avanzaba a hurtadillas hacia Enth, se
preguntó a qué malicioso sofisma recurriría en ese momento.
—¡Aprisionad a los herejes! —aulló.
—¡Oh, estupendo! —siseó Lief para sí mismo, porque de pronto
los monjes se arremolinaban en torno a Dion y el resto, y él pudo
acortar la distancia que le separaba de Enth. Escuchó a Dion gritar.
—¡No los matéis! ¡Tan solo dejadlos inconscientes! No dejan de
ser siervos de la Luz…
Y entonces su voz quedó interrumpida un segundo, y Lief dedicó
una mirada de pánico en caso de que ya hubieran acabado con ella.
Sin embargo, ella había desenfundado la maza, y al parecer «solo
dejadlos inconscientes» no era inconsistente con romper huesos
con un objeto contundente, y Dion se lanzó hacia delante con
ímpetu.
Lief, tras recuperar el juego de ganzúas que los monjes no
habían encontrado, trató de abrir los grilletes. Sí, había dado por
perdido liberarlo, pero sentía que Enth una vez libre para pelear
sería un compañero de huida mucho más útil que un Enth
incapacitado. Se puso a trabajar deprisa, inclinado sobre las
cadenas, tanteando con las manos mientras que mantenía la mirada
fija en la pelea.
Los cultistas estaban fuertes y en forma, pero no eran
luchadores por naturaleza, y tampoco iban armados. La primera
oleada había quedado reducida a un guiñapo en el suelo por las
porras de Cyrene y Harathes, aunque ahora todo eran puñetazos,
codazos y patadas. Cyrene siempre había sido excelente peleando
cuerpo a cuerpo y, a pesar de ser tan puros, los monjes tenían los
genitales en el mismo lugar que el resto de los hombres. El propio
Harathes se había centrado en la fuerza bruta y en sus guanteletes
de acero.
Tras ellos, Penthos parecía discutir algo con Dion, rodeados de
un titilante escudo impenetrable. Lief entendió algunos fragmentos
mientras se afanaba con los grilletes, y al parecer el mago se moría
de ganas por arrojar un auto de fe masivo sobre los seguidores de
Gamograth.
—¡Haz algo de magia, Penthos! —gritó Dion al fin—. ¡Nada de
fuego! ¡Nada de matar! ¡Hazles algo y demuestra que eres útil,
fraude!
Lief vio que aquella última palabra dio de lleno en la diana, y que
la resultante expresión le traicionó surgiendo hasta los rasgos
saturninos del mago. Entonces se arrodilló, con tal determinación
que Lief pensó que se lo habían cargado. En cambio, un segundo
después, una fuerza invisible arrasó a la muchedumbre de cultistas
que había tratado de atravesar su barrera mágica, y los arrojó por
los aires como si fueran muñecos de trapo. Lief tuvo que reconocer
que era algo tan poco mortal como una hemorragia interna grave
provocada por un mazazo, y por lo tanto aquello le dio puntos a
Penthos.
A pesar de todo, los grilletes se resistían, tozudos, no se abrían,
y Lief supo que en aquel momento extremo tan solo le quedaba una
última opción: aquello que había jurado en muchas ocasiones no
volver a hacer, el compromiso de su honor como pícaro, el último
recurso de un criminal.
—Armes —susurró—. Vamos, hombre. Cosa tuya, ¿eh? Vamos,
¡dame un respiro!
—¡Lief!
Alzó la cabeza como un resorte al escuchar su nombre, perdió la
concentración por completo, pero se cruzó con la mirada de Dion al
otro lado de la repleta sala. Repartía bofetadas a diestro y siniestro
con un fiero desenfreno, incapaz de acercarse a él, pero hubo cierta
conexión entre ellos, esquivando todas aquellas extremidades en
movimiento. Una bendición. Una bendición de Armes solo para él.
Los grilletes se abrieron con un estallido y Enth, criatura de la
Oscuridad, fue libre.
—¡Vamos! —exclamó Lief, pero el prisionero estaba apoyado
contra el altar, cubriéndose la cabeza con las manos, y Lief se giró…
Abnasio estaba allí, el disco de Armes bien alto, y un puñado de
cultistas intactos todavía junto a él.
—¡A por ellos! —rugió, con la cara morada de rabia.
Lief le dio un puñetazo fortísimo, y dio una bofetada al disco de
Armes, tratando de apartarlo para que Enth pudiera unirse a la
refriega.
Un momento después sintió una sacudida de dolor, y tuvo que
sentarse en el altar, de pronto muy débil. Había algo cerca de su
abdomen, y aunque pudo identificarlo como la empuñadura de una
daga, no sabía cómo había llegado hasta allí. El monje que había
donado aquel objeto a su colección privada interna parecía
conmocionado y estaba pálido. «Bueno, ¿cómo te crees que me
siento yo, eh?». Entonces la urgencia de la situación se hizo real y
gritó:
—¡Estoy herido! ¡Me cago en todo, ayuda!
Y cayó hacia atrás sobre el altar en una confusión de sangre y
herramientas de tortura.
6
HOSPITALIDAD CHAPADA A LA
ANTIGUA

C
yrene era la que estaba más cerca. Vio a Lief derrumbarse, y
a la criatura arácnida que era Enth acurrucada junto al altar.
Por un instante pensó que el monstruo había atacado al
ladrón, hubiera sido la confirmación que buscaba, lo que había
deseado creer. Incluso cuando se lanzó con todo su ímpetu, vio que
habían sido los monjes los que habían cruzado la línea: Enth estaba
contenido por el símbolo de Armes que sostenía Abnasio, incapaz
de hacer nada. Ella no vio la empuñadura de la daga o la oscuridad
que surgía de ella. No entendió en aquel momento lo seria que era
la herida.
—¡Llevaos a la criatura! —rugió el líder de los discípulos de
Gamograth—. ¡Llevaos a la criatura y sacad de la sala de estos
herejes!
—¡Qué has hecho! —aulló Dion, seguida de otra detonación
atronadora de la magia de Penthos. Todavía no estaba claro si el
equilibrio de poder permitiría a Abnasio sacarlos de la sala o no.
Cyrene decidió que no esperaría sentada hasta descubrirlo.
Un monje trató de interponerse en su camino, y ella desafió la
dureza de la nariz del hombre con su codo y descubrió que cedía.
Mientras él reculaba sangrando por la nariz, ella le hizo la zancadilla
y pasó por encima, pisando con fuerza una parte de su cuerpo. Tan
solo fue el hombro, pero le mantuvo fuera de su camino. Otro par de
monjes la separaban de Abnasio, pero se abalanzaron sobre
Harathes, que avanzaba por otro lado. Cyrene se situó tras ellos en
un visto y no visto y golpeó con el puño la nuca de uno de los
hombres. Cuando el otro se giró para ver qué le había ocurrido a su
compañero, ella ya se había colocado, pegada a su espalda como si
de un juego se tratara, y hundió un nudillo en su oído con bastante
fuerza. Entonces se giró y vio que Lief había sido acuchillado.
No tardó ni un parpadeo en desenfundar su daga, y estaba más
que dispuesta a descubrir si los escogidos por Gamograth tenían la
misma disposición de órganos internos que cualquier otra persona.
En una vida coloreada por cierto número de actos retorcidos que
trataba de expiar, no se encontraba el de haber matado a un
miembro del clero de Armes. Ahora mismo se disponía a remediar
aquel vacío.
Se lanzó hacia delante, y un acólito la interceptó, desviando su
envite y llevándose de propina unos golpes de lo más despiadados
en toda la cara por su atrevimiento. Abnasio se dio cuenta de su
presencia justo al final, abrió los ojos como platos y levantó las
manos para tratar de detenerla.
—¡Locos! ¡Cumplimos la palabra de Armes…! —regurgitó. Ella
atacó y cortó la palma de una de las manos y dio un manotazo al
disco dorado que tenía en la otra.
Llegó a pensar que quizá el disco les estaba sirviendo a todos
ellos, ya que Enth de pronto se movía, sinuoso como una serpiente,
y en un instante había cerrado las manos sobre la garganta de
Abnasio, y apretó con premura. Cyrene abrió la boca para detener al
monstruo, porque era un monstruo, y porque Abnasio todavía era un
hombre, y de la Luz, a pesar de todo, pero algo en ella se desató;
quería ver al hombre araña arrancarle al sacerdote la cabeza de los
hombros.
Entonces llegó Dion, su propio instrumento sagrado brillaba
radiante, y Enth se alejó con un alarido de dolor y frustración.
Abnasio huyó a rastras y gritó con la voz ronca:
—¡A mí! ¡A mí!
Dion se arrodillo junto a Lief, buscando a tientas su mano.
—Armes está contigo —dijo ella con fiereza.
—¿Dónde estaba… hace un minuto? —preguntó con voz ronca
el ladrón.
—Que el poder de Armes me permita absorber tu dolor y
aflicción. Que el poder de Armes me dé fuerzas para curar tu carne.
—Dion miró hacia arriba—. Harathes, quítamelos de encima.
Penthos, despeja un camino hasta las escaleras. Cyrene, saca a la
criatura de aquí. Sácala de la ciudad. Te buscaremos cuando
hayamos terminado aquí.
Cyrene abrió la boca para protestar, porque si había que luchar,
ella quería estar allí, y si había que cuidar de un monstruo, entonces
ella sí que no quería formar parte de ello. Entonces vio la cara de
Dion, fruncida en una expresión profunda y dura: no era una mujer
con quien se quisiera discutir lo más mínimo.
Justo entonces la gente de Abnasio se reagrupó, aquellos que
todavía podían moverse o estaban conscientes, y se lanzaron contra
el pequeño grupo de Dion. Esto también barrió cualquier posibilidad
de escape. Cyrene se cernió sobre Enth y dijo con toda claridad:
—Sígueme. —Sabía que aquella cosa no tendría otra opción
excepto obedecerla.
Ella ya sabía que era inútil, que los monjes tendrían numerosas
oportunidades para interponerse entre ella y las escaleras, y que al
final acabarían arrollándola, pero entonces Penthos soltó un gritito,
un jovial y juvenil chillido, y una línea de fuego cruzó la sala del
sótano, un muro de llamas que espantó a los cultistas y ofrecía una
huida directa hasta la salida.
Dirigió una mirada furtiva por encima del hombro al llegar a los
escalones. Harathes estaba sumergido hasta el cuello de monjes, y
vio a Penthos invocar sus poderes y mariposear con los dedos hacia
ellos como si tocara gotitas de agua, salvo que cada movimiento
golpeaba a los hombres con tanta fuerza como un mazazo en el
estómago. Aun así, parecía exhausto, quemaba sus reservas
mágicas, agotado no por el exceso sino por la restricción que Dion
le había impuesto.
La sacerdotisa todavía estaba arrodillada junto a Lief, poniendo
todo su empeño en tratar de salvar su vida.
Cyrene estaba desesperada por volver y unirse a la pelea. Más
que cualquier otra cosa, no quería marcharse de allí sin saber cómo
terminaba todo. Tampoco tenía un particular interés en irse en
compañía de Enth: la criatura estaba justo tras ella, donde los
monstruos aterradores solían acechar.
Y aun así obedecía a sus órdenes y permanecía a su lado. De
un breve vistazo captó la delgada figura grisácea, desnudo para la
tarea de Abnasio. Sus ojillos brillaban bajo la luz de las lámparas.
Un par de cultistas aparecieron de la nada, descendían las
escaleras con estruendo para no perderse la fiesta, y se chocaron
de cara con ella.
Cyrene estaba subiendo, y el impacto repentino la empujó
escaleras abajo lo suficiente para que los dos recién llegados vieran
que había una pelea en su lugar más sagrado. No perdieron el
tiempo y en un instante estaban sobre ella, un puño impactó en su
mejilla, más por suerte que intencionado, y de la fuerza su cabeza
golpeó contra la piedra.
El otro se situó sobre sus piernas, y ella hundió una rodilla en su
entrepierna, ya que no logró sujetarla bien. Estaba medio de pie
cuando otro golpe estalló contra su cara, que pareció soltar el
tornillo que mantenía todo el mundo estable, ya que de pronto todo
daba vueltas a su alrededor. Excepto Enth. Enth estaba ahí de pie.
Se concentró en el monstruo, mientras que sus manos
bloqueaban las del monje que luchaban por alcanzar su cuello.
Estaba tenso, listo para saltar, pero se contenía por…
«Sígueme», había dicho ella.
—¡Pelea, imbécil! —escapó de los dedos engarfiados y el
repentino alivio le recordó a cuando un halcón emprende el vuelo
desde el guante. El segundo monje, todavía doblado de dolor, había
sacado un garrote de la túnica y se las apañó para blandirlo con
fuerza cuando Enth entró en escena. El monstruo lanzó un brazo
hacia delante que sirvió para detener el golpe y al mismo tiempo
para plantar la mano en el pecho del hombre con suficiente fuerza
para mandarlo de un empujón la mitad de las escaleras arriba.
Cyrene apartó de un tirón las manos de su asaltante, y lo lanzó al
alcance de Enth.
Ella vio sus fauces abrirse, las del monstruo. Vio justo lo que iba
a ocurrir, qué partes vitales del monje iban a ser arrancadas de
cuajo. Las palabras «¡Nada de matar!» salieron de ella como un
espasmo compulsivo, y Enth se quedó allí, las manos atenazando el
cuerpo del cultista con la fuerza de su agarre, enseñando los
colmillos, mirándola con fijeza. No es que le importase la vida del
tipo, pero aquella manera de morir era un final horroroso que nadie
merecía.
Y aun así allí estaba esa otra parte de sí misma que decía lo
contrario, que la sangre derramada de Lief había dado rienda suelta
a la violencia. Se contuvo, pero solo tras unos breves momentos de
debatirse con la conciencia que había comenzado a cultivar desde
que conoció a Dion.
—Tan solo… —Pero no tenía palabras. En vez de ello descargó
la frustración con un despiadado derechazo bajo las costillas del
hombre, y con el pomo de la daga le golpeó la cabeza, y si todavía
estaba consciente tras aquello era bastante improbable que fuera a
perseguirla.
—Déjalo. Sígueme. Defiéndenos si es necesario. Nada de matar.
—Era como intentar controlar a un niño, pensó: un niño grotesco y
asesino con velocidad y fuerza superhumana.
El otro monje, el que había salido despedido escaleras arriba, los
vio ascender y puso pies en polvorosa. Cyrene no se sintió con
fuerzas de perseguirlo, y tampoco quería dejar suelto a Enth. En vez
de ello tomó el camino más directo hacia la puerta principal.
Estaba bloqueada. Alguno de los concienzudos seguidores la
había cruzado y al verla abierta, sin duda, había pensado en el poco
cuidado de sus compañeros. Y de este modo había cerrado la ruta
de escape más sencilla. Miró alrededor, en busca de ventanas o…
—¿Puedes echarla abajo?
Enth la miró, tenso, las manos le temblaban. Quizá pasaba la
mirada de la puerta a ella y viceversa, pero los botoncillos negros
que tenía por ojos no se movían: la observaban con fijeza.
—Échala abajo —ordenó, porque se quedaba sin opciones, y la
paciencia no era una de ellas. Enth contestó con un movimiento de
la cabeza afirmativo, pragmático, era el asentimiento de Lief, lo
reconoció, un gesto que la criatura había adoptado, y después
agarró la puerta. Estuvo a punto de explicar que no, que uno rompía
una puerta embistiéndola, pero entonces sus dedos se hundieron en
la madera, astillándola. Por toda la espalda y los brazos, el suave
interlineado de musculación casi humana convulsionó, y la puerta
saltó de los goznes, todavía con las bisagras y la cerradura
colgando de ella. Solo entonces cayó en la cuenta de la pinta que
tendría aquella cosa desnuda en las calles de Armesion.
Siempre se había sentido ambigua en cuanto a la providencia
divina, pero cuando el monje que había huido reapareció en aquel
preciso momento, blandiendo un hacha de madera sobre la cabeza
justo como un guerrero jamás haría, supuso que sería una señal
obvia de Armes al enviar a su siervo para echarle una mano. O por
lo menos la ropa de su siervo. Se deslizó para esquivar el ataque,
pero la hoja del hacha ya se había enganchado en la viga del techo,
y dejó al monje totalmente desprovisto para el derechazo directo a la
yugular que le propinó. No lo dejó inconsciente del todo, y le golpeó
un par de veces más, después se limitó a despojarlo de la toga
mientras él la insultaba y la maldecía y se resistía, porque tenía las
manos hinchadas y doloridas de los rigores de la vida monacal, y
dejar a alguien inconsciente era algo mucho más costoso de lo que
solía imaginar la gente.
Meter a Enth en la túnica fue todavía más complicado. No
parecía entender para qué servía, o por qué ella quería que se la
pusiera. Tuvo que ordenárselo; su habilidad para vestirse hubiera
sido desternillante en cualquier otra circunstancia. Sin embargo,
Cyrene pasó todo ese tiempo preguntándose cuánta gente había en
las casas vecinas, y quién habría alertado a la sin duda muy efectiva
guardia. Era demasiado esperar que las actividades de la
Hermandad del Amanecer que tenían lugar regularmente incluyeran
gritos y el ruido de cosas al romperse.
Los dos salieron a la calle de la ciudad más sagrada del mundo:
un hombre monstruo y una mujer que se cebaba a puñetazos con
monjes.
Primero tomó una ruta que los alejara de la casa, y después del
área, hasta que se ocultaron en el Barrio del Pagano, agachados en
el callejón más oscuro que encontraron. Incluso allí, bajo la luz de la
Luna más pequeña, Cyrene sintió la presencia de la Luz contra su
piel como el sol más cegador. Era como si el propio Armes
observara la ciudad con ojo avizor, buscándolos.
—Quédate aquí —le ordenó a la criatura—. Escóndete lo mejor
que puedas.
Un humano hubiera reclamado saber qué estaba planeando
hacer, pero Enth tan solo se hundió en las sombras, contrayéndose
en el menor espacio posible, codos y rodillas sobresalían en ángulos
afilados.
Cyrene trataba de planear el siguiente paso. Estaba muy bien
decir «te encontraremos», pero ella no conocía la región alrededor
de Armesion demasiado bien, y pensó que, si Dion podía rastrearla
(o a Enth), también podía hacerlo Abnasio si lograba recuperarse.
«Y entonces ¿qué, eh? ¿Arrastro a este monstruo por todo el país
conmigo? ¿Qué se supone que debo hacer si perdemos?». No
podía deambular por todos los caminos que salían del Corazón de la
Luz y alegremente pensar que Dion tan solo estaría junto a su
fogata una buena mañana.
Trataba de no pensar en que Dion podía limitarse a seguir su
rastro, sobre todo si era a Enth, aquella mácula de la Oscuridad, a
quien la sacerdotisa localizaría. Porque aquello implicaría que ella y
Lief no habrían necesitado seguir a los monjes hasta su cubil antes
de ir a por ayuda. Implicaba que no había existido necesidad alguna
de que Lief entrara él solo.
Se dirigió a la única taberna del Barrio del Pagano, o por lo
menos eso le dijeron cuando preguntó, y habló con la gente. Era
consciente de que tenía un aire de desesperación pegado a la piel, y
que una pagana en Armesion era, con toda probabilidad, más
sagrada que un sacerdote en cualquier otro lugar, pero necesitaba
un destino, cercano y que fuera defendible.
Agarró a los parroquianos más despreciables y sucios que pudo
encontrar, hombres y mujeres que todavía tenían el polvo del
camino encima. Conseguir información jamás había sido su punto
fuerte (de nuevo Lief), pero se forzó a sonreír, a cotorrear, y a
parecer terriblemente despreocupada.
El hombre que le dio lo que necesitaba tenía una presencia
analítica, una mirada que sopesaba y evaluaba, pero no juzgaba. Al
principio no le gustó, pero el objetivo era evitar la mirada de los
virtuosos. Los mendigos no podían ser escogidos.
—Hay una posada —explicó—. Fuera de la ciudad en la
carretera del norte, si giras a la izquierda llegarás a un bosque, uno
muy antiguo, ¿me sigues? —Aquella mirada escrutadora de nuevo,
repasando su silueta—. No hay demasiado tráfico, pero sí una
posada. Muy tranquilo por allí. Es un camino que no toman
demasiados peregrinos, ¿me sigues?
Seguir su consejo le erizaba el vello de los brazos y le daba
picores en la mano, que buscaba el pomo de un cuchillo. Pero
necesitaba ir a un lugar donde Enth no atrajera miradas de pavor y
donde no se hicieran demasiadas preguntas. Sería el mejor lugar
donde atrincherarse y esperar… a lo que fuera a llegar.

***

Pero antes tenía que salir de la ciudad.


Cyrene consideró por un instante las puertas de Armesion:
grandes, obvias, vigiladas. Y sí, quizá hubiera sido capaz de
apañárselas para salir: compañera de Dion la Salvadora y todo eso.
Pero ¿podía sacar a Enth? Parecía improbable, y la criatura no
estaba preparada para realizar aquella tarea por sí misma.
—Tenemos que salir de aquí —susurró—. ¿Alguna idea
brillante? ¿Penthos te dio algún poder mágico útil?
—¿Fuera de aquí? —siseó la criatura.
—Fuera de la ciudad.
Nueva vida insuflada en sus extremidades larguiruchas.
—Sí, sí. —Una pausa. Bajó la cabeza, sin embargo, todavía la
observaba con al menos un ojo. En cambio, estaba pensando. Era
obvio que estaba metido de lleno en una actividad humana.
—Trepamos —declaró.
Ella se sorprendió ante su propia pregunta: «¿Puedes trepar?».
Ya que había sido una araña creería que podía, pero…
—No creo que puedas trepar tan bien como crees.
Por un instante sus ojos la miraron con fijeza, mostraban
incomprensión. Entonces el significado llegó, y hundió los hombros,
apesadumbrado. Pero la presión de la mandíbula permanecía,
desafiante.
—Lo intentaré.
Llegaron al trecho del muro de Armesion más cercano: se alzaba
imponente sobre ellos, las rocas lisas. Cyrene podría lograrlo con
clavos y cuerda y bastante tiempo y ruido. Tiempo no era algo que
tuvieran, y tampoco podían permitirse el ruido.
Tenía algo de cuerda encima, de seda para que ocupara y
pesara lo mínimo. Al menos, pensó a lo loco, soltar una hilera de
seda era algo a lo que la criatura estaría acostumbrada.
Enth flexionó los largos dedos de las manos y meneó los de los
pies. Durante un breve instante la observó con aquella mirada. Ella
la había interpretado como una máscara inexpresiva la primera vez
que la vio, pero ahora sabía que contenía todo tipo de sentimientos,
no solo los que ella podía leer, o quizá algunos para los que ni
siquiera tenía nombre.
—Ve —dijo, y la criatura comenzó a trepar por los muros de la
ciudad sagrada.
Había medio esperado que correteara a toda velocidad como un
bicho hasta arriba, pero Enth trepaba como un humano, aunque un
humano que parecía no necesitar agarraderos. Los movimientos
estaban medidos, calculados, extremidad tras extremidad. Observó
a la criatura fascinada: Penthos no le había enseñado cómo usar el
cuerpo humano, y de algún modo había convertido sus talentos
innatos en algo que su nueva forma pudiera utilizar.
Sacudió la cabeza: sin duda los teóricos mágicos podrían pasar
una estupenda velada parloteando sobre ello, pero ella no.
Aun así, y a pesar de todo, era una visión impresionante. Era
repugnante en forma, aterrador en velocidad y poder. Quitando
aquello, tenía fortaleza y cierta gracia al moverse. Si lo intentaba en
serio, la confianza implicaba que podía observarlo casi con
imparcialidad.
Él. ¿Podía imaginarlo como él? Lief había sido capaz, pero Lief
estaba acostumbrado a todo tipo de escoria debido a su trabajo.
Quizá no diferenciaba mucho entre alimaña metafórica y real.
Enth hizo una pausa, y Cyrene vio a un grupo de guardas
avanzar por la pasarela que había arriba, sin prisas. El hombre
araña se quedó ahí colgado, no parecía cansado, absolutamente
inmóvil, hasta que se perdieron de vista.
Un minuto después había llegado arriba y dejó caer la soga en
una cascada de seda pálida. Ella tuvo que reunir todo su coraje
antes de confiar su propio peso a Enth, ya que solo la sujeción de la
criatura evitaba que cayera: al parecer algo que las arañas y
Penthos tenían en común era la falta de práctica con los nudos.
Las restricciones de Penthos implicaban que Enth no podía
hacerle daño. Ella solo podía rezar para que él no quisiera ayudar al
suelo a magullarla, a través de la simple acción de dejarla caer. «Yo
lo haría —el pensamiento llegó con una claridad imprevista, cuando
estaba a medio camino—. Si estuviera atrapada y me forzaran a
servir, usaría cualquier oportunidad para traicionar a mis captores».
Pero quizá Enth carecía de la imaginación necesaria, o Penthos lo
había hecho mejor de lo que ella pensaba; en cualquier caso, llegó a
la cima del muro sin percances, y el descenso por el otro lado fue
más rápido todavía.
Debido a que la buena gente de Armesion estaba arropada al
caer la noche, había poco tráfico nocturno en los caminos que salían
de la ciudad. No tardó en localizar la carretera al norte; ella
embozada y Enth con la túnica robada, pasaban por un par de
peregrinos que se dirigían a casa siempre y cuando nadie los
examinara de cerca. Un caballero de la iglesia demasiado cauto o
un sacerdote perspicaz, incluso un vigilante con buenas intenciones
y una calamita mágica como Lothern, y hubiera terminado su
aventura. Enth prácticamente apestaba a Oscuridad, después de
todo era un auténtico monstruo del mal, a cuatro pasos del Corazón
de la Luz.
Y aun así, por aquel mismo motivo, nadie se dio cuenta. Si
hubieran intentado pasar inadvertidos en las fronteras, o en las
tierras disputadas donde encontraron a Enth, entonces cualquier
viajero hubiera usado abalorios y adivinación para analizar a sus
compañeros de viaje. La gente asumía, a esta distancia de
Armesion, que aquellos con los que se cruzaban no estaban
entregados en cuerpo y alma a la Oscuridad.
Cuando el hombre de la posada mencionó un bosque, por algún
motivo ella esperó algo como el hogar de Enth, sempiterno,
intimidante y encantado. En cambio, era un simple bosque, reducido
a golpe de hacha pero todavía vasto. Si el camino no era el
preferido de los peregrinos, seguro que se debía a que era un
sendero abrupto, sinuoso, y existían rutas mucho más directas y
mejores que seguir.
Por lo que Cyrene se internó entre los árboles, preguntándose a
ratos qué le había ocurrido a los demás, con Enth siguiéndola de
mala gana.

***
—A ver, quizá deberíais explicarme qué pasó después. —Artaves
había sido un fuerte guerrero de joven, pero había descendido por el
camino de la gordura desde que se convirtió en el lord comandante
de la Orden de lo Sagrado y el Escudo Vigilante, también conocida
como la guardia de la ciudad de Armesion.
Para él era una posición algo extraña. Sabía que tenía muy
pocas opciones para salir indemne. Por una parte, la mujer situada
al otro lado de la mesa, a la que declararon bajo arresto y vigilancia,
era la salvadora elegida de Armes a quién él, y todo el mundo en la
ciudad, había dado la bienvenida el día anterior. Por otro lado, tuvo
lugar un incidente de terrible violencia que involucraba un ataque a
una de las órdenes sagradas menores, y Dion había estado en todo
el meollo.
No ayudaba demasiado que aquel discípulo de Dion, Harathes,
había estado en los seminarios de Artaves, y ya trató de intervenir
con el típico «viejo amigo» para salir de rositas de todo el asunto.
Artaves sobre todo recordaba a Harathes como un capullo pomposo
que había sido la mascota personal del sacerdote supremo y que se
había autoproclamado responsable de que se cumpliera la virtud
durante dos años. Por lo tanto, lo de «viejo amigo» no hubiera salido
bien en una circunstancia normal. Excepto que Harathes se las
apañó para recordar aquel momento en que le pilló cuando metía a
una mujer de dudosa reputación en el seminario, algo que no se
denunció entonces para poder sacarlo a flote como si de un mal olor
se tratara en un momento de conveniencia política.
«Haz lo correcto», se recordó Artaves. Sin embargo, ¿lo correcto
para quién? Por Armes, que la decisión final no fuera suya.
—Trataba de curar a mi seguidor, que había sido apuñalado por
la Hermandad del Amanecer —repitió Dion, cansada.
—Tu seguidor el ladrón, que había entrado a la fuerza en el
santuario de los Discípulos de Gamograth y asaltó a algunos de
ellos.
Dion asintió. Parecía medio muerta, ojeras como bolsas negras y
las mejillas hundidas. El servicio de Artaves con el poder de la Luz
era mínimo, pero sabía que curar heridas dejaba graves secuelas en
la resistencia física del sanador. Era posible salvar una vida a costa
de la propia, o incluso seguir al paciente a la muerte. La venda que
le cubría la cabeza tampoco mejoraba el aspecto.
—Ya lo he explicado.
—Así es.
Y Artaves fue consciente, para desagrado propio, de que no
había sido demasiado clara con la explicación. Uno de sus
seguidores había sido raptado por la gente de Abnasio, eso estaba
claro, testigos del Barrio del Pagano lo habían declarado. La
identidad del individuo era algo con lo que Dion parecía más
reservada, y los miembros de la Hermandad del Amanecer habían
declarado todo tipo de historias inverosímiles. Claro, aquellos que
habían podido ser interrogados.
—Entonces… —continuó.
—Los monjes no pusieron mucho de su parte —explicó ella, con
una compostura admirable—. Y me temo que Abnasio decidió que
iba a debatir conmigo de nuevo, mientras que yo estaba ocupada
con la tarea de Armes.
—Trató de interrumpir tu sanación.
—La interrumpió. —Su tono de voz era neutro—. Me puso las
manos encima y me apartó de Lief. Me chillaba en la cara. Muchas
cosas. Una de ellas implicaba a Lief, y su opinión de si salvarle la
vida era un ejercicio adecuado en cuanto a mis poderes se refiere.
Artaves entrecerró los ojos, sobre todo porque conocía la historia
procedente del testimonio de los monjes.
—Entonces…
—Me temo que sufrí un lapso valorativo —declaró Dion en un
tono muerto.
—Es un modo de… describirlo.
—Me enfadé muchísimo en un visto y no visto, y no fui capaz de
llevar a cabo el autocontrol y paciencia apropiados —continuó.
—¿Y tú…?
Respiró hondo, se armó de voluntad solo para murmurar las
palabras.
—Golpeé a Abnasio con mi maza. Con toda la intención de
dañarle.
—En más de una ocasión.
—Sí.
Artaves se humedeció los labios. «Machacaste al Discípulo Líder
de Gamograth hasta la muerte», eran las palabras que no sintió
necesidad de pronunciar.
Ella se estremeció.
—Entonces uno de los monjes se acercó y me atacó. —Hizo un
gesto a medias hacia la venda que cubría su cabeza—. Me dejó
inconsciente.
—Y uno de tus seguidores…
—Se lo tomó muy mal, sí. Solo que…
—¿Mm?
Ella lo miró a los ojos por primera vez.
—No estoy negando mis actos. Cuando ataqué a Abnasio dejé
de servir a la Luz. Enfrentaré cualquier castigo que las autoridades
exijan por mis acciones. Pero Penthos…
—Tu mago.
—Debes entender cómo es para él. Le ordené que se contuviera.
Le dije que no utilizara todos sus poderes.
Artaves suspiró.
—Estoy seguro que esto será tomado en cuenta en el juicio por
tus actos.
—¡No! No lo estoy diciendo en defensa propia —contestó
enérgicamente—. ¿Cuántos monjes murieron?
—Diecisiete. —Habían quedado aplastados, espachurrados,
destrozados por fuerzas invisibles. Para un hombre acostumbrado a
mantener la paz en una de las ciudades más pacíficas del mundo
había sido algo chocante.
—¿Cuántos sobrevivieron?
—Veintisiete, muchos de los cuales fueron heridos.
—Bueno, entonces, ¿no lo ves? —insistió—. Incluso tras verme
caer, incluso tratando de protegerme, y asediado por todas partes,
se contuvo y obedeció a mi dictado. Créeme, lord comandante, si
Penthos hubiera desatado todos sus poderes, no habrían quedado
supervivientes. No habría casa, quizá ni siquiera calle. Por favor,
debes reconocer que se contuvo. Y que lo hizo por mí. Yo me
entrego para que me castiguen. Encarceladme, exiliadme,
arrancadme mi oficio. Ejecutadme si es lo que deseáis. Mis
seguidores solo obedecían mi voluntad.
Alguien llamó a la puerta, y Artaves se levantó para responder. Al
otro lado esperaba uno de sus subordinados, tenía un pergamino
sellado en las manos.
—Del potentado —informó.
—Alabado sea Armes —murmuró Artaves, porque aquello quería
decir que él no tendría que adoptar la decisión final.

***

Era una posada mugrosa y pequeña, segura, en un sendero


mugroso a través del bosque. El informador de Cyrene del Barrio del
Pagano parecía haberse ganado la propina. No había mucho tráfico
en aquel camino a Armesion.
Tenía los pies destrozados. No haber dormido demasiado y la
impresionante muestra de moratones y arañazos que había
coleccionado exigían algún tipo de debate sobre descanso, y pronto.
Sin embargo, dormir era algo que no podía permitirse. Tenía que
vigilar. Quizá la Hermandad del Amanecer ya la estaba rastreando
desde Armesion. Puede que incluso la propia iglesia estuviera
involucrada, con sus caballeros resplandecientes cabalgando de
aquí para allá y su nombre en la punta de la lengua, y ella sabía, por
desgracia, que no con buenas intenciones. No es que tuviera
demasiadas ambiciones en cuanto aquella dirección, tras haber
conocido a su buen embajador, Harathes. Y después estaba Enth.
No quería dormir sola, excepto por Enth. Sabía que Penthos
había dotado a la criatura con magia poderosa, y sabía que estaba
obligada a hacer lo que ella dijera. Y aun así la idea de compartir
una habitación (incluso un edificio) con la cosa y ninguno de sus
compañeros presente para hacer guardia, le ponía la piel de gallina.
El desagrado que sentía hacia la criatura había evolucionado en
cierto modo, eso tenía que reconocerlo. Ya no era un simple
rechazo a las arañas: había dejado de pensar en la cosa como un
simple arácnido. Tampoco era pavor ante la apariencia híbrida de
Enth. De algún modo el horror ante aquello había desaparecido, el
asombro inicial se había disipado lentamente para dejar paso a la
familiaridad. Había sido aquel momento en Garth Ening, en la
taberna, cuando estaba ebria y rabiosa, y el alcohol habló por ella.
Había mirado con fijeza aquel rostro imposible, aquellos ojos,
aquellos dientes, y descubrió que, en su mente, había hecho la
curiosa transformación de abominación a simple monstruo.
Ahora tan solo era que no confiaba en que no le rebanara el
pescuezo. Una posición mucho más directa y más fácil de apoyar a
nivel moral. Todavía era su enemigo, y el de toda la humanidad.
Hubiera sido lo mismo si viajara con un cadavérico o con uno de los
sentenciadores de Darvezian, o un humano de mente retorcida. Eso
fue lo que se dijo. Era simple.
Una irritante voz en su cabeza le decía que la situación todavía
era muy compleja, pero la ignoró.
Entró en la posada, vio una barra vacía con polvo acumulado, la
luz era tenue, el techo bajo, y quedaba más reducido todavía por las
vigas del robusto esqueleto del edificio.
—¡Servicio! —llamó, y golpeó con el puño en la barra, un
recordatorio de todos los moratones que vestía—. ¿Hay alguien
aquí? —Debido a que Enth se inclinaba por encima del hombro de
un modo intrusivo, ella señaló la mesa principal y le ordenó que se
sentara en una silla.
Al fin, un hombre que parecía una comadreja escuálida subió del
sótano y se apoyó al otro lado de la barra. Cyrene confiaba en los
posaderos gordos cuyos estómagos indicaban el éxito y la calidad
de las existencias que tenían para dispensar. Este hombre parecía
encorvado debido a la falta de panza, con la delgadez agarrada a
las costillas como si fuera algo preciado para él. Sonreía con medio
labio, dándole un aspecto furtivo, y las manos le temblaban.
—Buenos días, buenos días —saludó, sin aliento—.
Bienvenidos, bienvenidos a mi humilde negocio. Me llamo Visler,
Visler el Viticultor. Por favor, tengo habitaciones, tengo mesas, tengo
todo lo que necesitáis. —Su modo de hablar era más propio de
alguien que se encogía ante la amenaza de un bofetón.
—Qué remedio —respondió Cyrene—. Comida, para dos
personas. Nada demasiado lujoso. Y tráenos algo para beber. Si
tienes una bebida que mantenga a una persona despierta, te
ganarás una propina.
La mirada del posadero iba de la figura embozada de Enth a ella.
—¿Peregrinos? ¿Asuntos en la Ciudad Sagrada? ¿Mm?
¿Mmm?
—No y no —respondió ella, demasiado cansada como para
comenzar a inventarse cuentos sobre quiénes eran o a dónde iban
—. Solo viajeros. A ver, ¿dónde está ese servicio?
—Sí, sí —desapareció tras la barra, ajetreado.
Enth tenía la mirada fija, bajo la capucha, en sus largos y
grisáceos dedos.
—Quiero cerveza —dijo la criatura.
Cyrene lo miró.
—¿Tú qué?
—Quiero cerveza. Lief me dio cerveza. Quiero cerveza.
Ella abrió la boca para decir: «Porque hayas empinado el codo
con él, no significa que…», pero las palabras no salieron y se limitó
a observarlo. Se preguntó si sentía, y en ese caso, qué sentimientos
podían sobrevivir en aquel entorno tan hostil. «¿Querrá brindar para
honrar la memoria del ladrón? No puede, ¿no? No puede tener
pensamientos y sentimientos de ese tipo».
Visler el Viticultor culebreaba hacia ellos, tenía dos jarras de lo
que quizá era cerveza, y con aquel siseo que tenía por voz iba
diciendo:
—… y hay algo especial, algo para animarte, en la bebida, sí que
lo hay, ya ves que sí.
Ella no apartó la mirada de Enth ni un instante mientras bebían.
La sospecha que ella sentía por él sería a lo que después le echaría
la culpa de todo lo demás.
Dio un largo trago, fue a enjugarse la boca y descubrió que no
podía mover ninguna parte de su cuerpo excepto los ojos.
Durante un buen rato no sucedió nada. Tenía la mirada fija en
Enth. Él estaba quieto, mirándose las manos. Entonces escuchó
movimiento fuera de su campo visual, tan furtivo que solo podía ser
Visler.
—¿Os lo habéis acabado todo todito? ¿Os importa si me llevo
las tazas vacías? —Las manos entraron en su enloquecido campo
de visión y agarraron las dos tazas a medio beber, y luego vio toda
su figura encorvada, algo que podría decir que era una mejora.
Sonreía, pero era un gesto amarillento y ratonil, nada adecuado
para un rostro humano. Se frotaba las manos con una alegría
obscena.
—¿Qué es eso? ¿Una mezcla embriagadora, queridos
huéspedes, huéspedes míos? Bastante potente para dejaros de
piedra, ¿eh? ¿Sí? Una pinta de lo mejor, sí, sí. Ay, tan poquitos
toman el camino del bosque hoy en día, pero os contaré un
secretito, nuestro secretito, claro. Incluso menos llegan al otro lado.
Ya que incluso aquí, bajo las narices de la Ciudad Sagrada, un poco
de Oscuridad es capaz de crecer, un poquito del poder del Señor
Oscuro. Qué lástima que no fuerais más sagrados, ¿sí? Qué lástima
que no tomarais la gran carretera, la carretera en terreno abierto.
Pero la Luz no os salvará aquí. Venga, vamos a darte un buen
vistazo, vistacito… —Por un instante pensó que él le pondría las
manazas encima, pero en vez de eso había sacado del bolsillo un
pequeño objeto, parecido a las lentes de un joyero, y se puso a
juguetear con él murmurando para sí. Al fin ella cayó en la cuenta de
que la estaba mirando con fijeza a través del abalorio, primero con
una sonrisa sucia, después con cierto desasosiego.
—¿Qué? ¿Esto qué es? Me has mentido, descarada, ¿verdad?
No eres una peregrina, aunque digas lo contrario, pero mira, veo las
marcas de la Luz en ti. Un montoncito de chispas, sí, chispitas. Qué
preciosas bendiciones llevas encima. No, no, he visto mucho menos
en sacerdotes y sacerdotisas que en ti. ¡Imbécil! ¡Tarugo! Le dije que
fuera a cazar por el Barrio del Pagano. Con claras indicaciones de
que solo escogiera a los profanos. No queremos peregrinos y
sacerdotes y caballeros de la iglesia pidiendo alojamiento, ay, no.
Queremos aquellos a los que nadie vaya a echar de menos. —Siseó
con desagrado—. Y tú encima vas y me mientes. A dónde vamos a
llegar a este paso, me pregunto, claro. Pero bueno, mira, tendremos
que deshacernos de los restos con mucho más cuidado, ¿no? No
dejaremos nada para cuando la iglesia venga a buscarte, no, no, no.
—Desvió las lentes hacia Enth.
—¿Qué…? —Dio unos pasos tambaleantes hacia atrás, como si
se encogiera de miedo ante un bofetón—. ¿Qué es? ¿Qué eres,
amiguito, amigo mío? ¿Qué estoy…? —Se quitó las lentes y las
sacudió—. ¿Por qué nunca consigo que funcione bien? ¿Por qué no
puedo…? —Alargó la mano para retirar la capucha de Enth, pero el
hombre araña se puso de pie de pronto y se lo quitó de encima con
un manotazo.
Durante un momento todos se quedaron de piedra, Visler trató
de alejarse a rastras, con las manos en la cara, y Enth permaneció
quieto.
«¡Mátalo! ¡Mátalo!». Pero la lengua de Cyrene permaneció en un
obstinado silencio, al mismo tiempo que su mirada bailaba
enloquecida entre los dos. Y Enth seguía inmóvil mientras que Visler
reculaba.
—No, no, no —murmuraba el viticultor—. Ayuda, necesito ayuda.
Él sabrá. Él sabrá qué hacer. Sí, sí, sí. Emergencias, dijo. Esto es
una emergencia, claro. —Se escurrió tras la barra en un frenesí de
extremidades, en todo momento mantuvo un ojo fijo en Enth—.
Llamarle —llegó su voz enfebrecida—. Él sabrá. —Entonces volvió,
con un saquito en la mano, esparció un polvo del color del óxido por
el suelo dibujando un círculo, y después se dio un brutal mordisco
en el dedo hasta que comenzó a brotar sangre que dejó caer en el
centro.
Escuchó un rasgón y una llamarada fría de fuego rojizo, y un
hombre apareció, como si lo hubieran interrumpido en medio de una
conversación. Era calvo, con una densa barba, y vestía una prenda
negra con símbolos rojos cosidos. Los mismos símbolos que
resplandecían con fulgor en las placas metálicas de su cinto y en las
hombreras acabadas en punta que cubrían los hombros.
Cyrene no conocía al hombre, pero sí el uniforme. Se le helaron
las entrañas. Un sentenciador, un miembro de la élite de Darvezian:
un verdadero siervo del Señor Oscuro.
Por un instante el hombre mostró una cómica expresión de
sorpresa, entonces fue consciente de Visler y del lóbrego interior de
la taberna.
—Oh, por el Señor Oscuro, ¡otra vez no! —exclamó, encarando
al viticultor—. ¿No te lo dejé claro? Emergencias, asquerosa rata de
alcantarilla. ¿Cómo es que todavía te queda polvo de sangre?
—Feyn, Feyn. —Visler levantó las manos con gesto
tranquilizador—. Necesito tu ayuda. Todo ha ido mal, mal del todo,
sí. He cometido una idiotez.
—Me interesa bien poco. —Feyn se frotó la sien con los nudillos
—. Ojalá jamás te hubiera hecho caso, pedazo de imbécil. ¿Sabes
lo mucho que se ríe la gente de mí por tu culpa? Podría haber
conseguido que un bandido hiciera el mal por mí, o un asesino
infame. En vez de eso me ha tocado un tabernero cobarde que
regenta la posada más cochambrosa del mundo entero. ¿Qué es
esto? —Hizo un gesto hacia los dos invitados de Visler—. Parecen
bastante bajo control.
—¡Es una peregrina! —Estalló el hombre—. Se lo dije, nada de
peregrinos, nada de eclesiásticos, no, no. ¡Vendrán a buscarlos
cuando desaparezcan! Ella incluso dijo que no lo era, ¡y sí lo es!
¿Qué clase de mundo habitamos, Feyn, cuando ni siquiera puedes
confiar en que un viajero te diga si es sagrado o no?
—De verdad que eres el siervo del mal más tedioso y miserable
que jamás se haya visto —escupió Feyn, disgustado. Se acercó a
observar a Cyrene, mientras hablaba con desdén con el tabernero
—. Te lo avisé, abre la posada en la carretera principal. Si vas a
torturar a la gente, si vas a cortarlos en pedacitos y a servirlos como
putas tartas, que sea a los peregrinos, a los oficiales de la iglesia y a
los sacerdotes, y hazle a la Oscuridad un servicio de verdad. En vez
de ello eres un imbécil tan cobarde que solo atrapas a los más
miserables y débiles y a aquellos que no pueden defenderse.
¿Crees que así haces el mal? ¿Cómo puede ser útil para nadie si no
sirve al Señor Oscuro, Visler? —Pero en aquel momento fijó la
mirada en Cyrene, y dio unos pasos para acercarse a ella, al mismo
tiempo que ella lo miraba, desvalida, con el rostro helado—. Oh. Oh,
por el Señor Oscuro, ¿qué tenemos aquí?
—¿Qué es? ¿Qué es? —pidió Visler, junto al hombre.
—Visler, mediocre chorro de orín, acabas de arreglarme el día —
exclamó Feyn, negando con la cabeza—. No sé cómo, pero llevas
tanto tiempo cavando mierda que al final has sacado oro.
—No entiendo, no, no —gimoteó el tabernero.
—La conozco. Está en una lista. Ella y los suyos mataron a un
sentenciador en el Vado de Shogg hace un tiempo. Es una discípula
de aquella sacerdotisa como se llame. —Feyn soltó una risotada de
alegría—. Oh, amigo mío, al fin sirves a la causa, ¡a pesar de ser tú!
¡La buscarán desde Armesion hasta las puertas de la Torre Oscura!
—¿Qué? —preguntó Visler, anonadado—. No, no, no, voy a
dejarla ir, voy…
—Ni de puta coña —gruñó Feyn—. Me la dejas a mí, rata. ¿Y
este quién es? —Frunció el ceño hacia Enth.
—¿Él? Es magia, es sagrado, es especial, sí, sí —siseó Visler—.
El veneno que me diste ni siquiera le hizo efecto, para nada, no.
—¿Qué, quieres decir que…?
Durante todo aquel rato, Enth no se había movido, estaba de pie
junto a la mesa.
—Sí, sí, se levantó, tienes que hacer algo con él —dijo el
tabernero entre quejidos.
Pero Feyn volvía a caminar de un lado para otro, observaba a
Enth a través de un ojo mágico que había invocado.
—Vaya, vaya, vaya —declaró al fin.
—¿Qué? Dime, Feyn, cuéntame.
—No me sorprende que el veneno no le haya hecho efecto —
murmuró Feyn, maravillado—. Es uno de los nuestros. La magia
Oscura no le afectará.
—¿Qué? No, no —Visler se apretó las manos—. Dijiste que
funcionaría, dijiste que haría lo que yo quisiera.
—En serio, rata, ¿te crees que hacemos esa cosa exprimiendo
bayas de la muerte o algo? Para que hagan este efecto necesitas
magia, magia oscura. Sobre todo porque no confío en que me la
vayas a servir a mí algún día, porque eres de ese tipo de babosa
traicionera. Pero este compañero de aquí, es tan oscuro como el
que más, ¿eh? Quiero decir, ni siquiera sé qué es. Hay todo tipo de
magia en juego. Y… ¿Tienes nombre, amigo mío?
—Nth. —Era el mismo sonido retorcido que Cyrene escuchó la
primera vez, la araña tratando de transliterar la apelación nativa en
habla humana.
—¿Y estás con ella, no? ¿Te estás fugando? Qué tierno.
Enth tan solo observaba. Era extrañamente reconfortante ver
que aquel trato hosco y silencioso no era solo para los siervos de la
Luz.
—Qué raro. Hay algo extraño en todo esto. Oye, colega, quieres
quedarte aquí con ella, ¿verdad? ¿Sois amiguitos?
Enth negó con la cabeza sin mediar palabra.
—Quizá la trajiste aquí. ¿Un poco de rapiña en la posada más
insalubre del mundo? Te gusta, ¿eh?
Otra sacudida. Cyrene, todavía inmóvil, tuvo la sensación de que
el hombre araña no comprendía demasiado de lo que le estaban
diciendo.
Feyn arrugó el entrecejo e invocó de nuevo el ojo mágico.
—Ah —añadió—. Hay algo que te ata, ¿verdad, amigo mío?
Estás obligado. ¿Por qué un siervo de la Luz se pasearía por ahí
con una criatura de la Oscuridad atada con una correa?
—Pregúntale, sí, pregúntale, sí, sí —sugirió Visler.
Feyn lo rodeó.
—Bueno, eso haría, cabeza de alcornoque, pero tu delicado
estómago no soporta los gritos y los chillidos cuando los despellejas
vivos, por eso querías el veneno para enmudecerlos al mismo
tiempo que los paralizas. Así que hasta que pase el efecto, él es el
único que va a hablar. —Hundió los hombros—. Lo juro, a la que
pueda me largo con caudillos bárbaros. Eres la peor decisión que he
tomado nunca en toda mi vida. —Feyn respiró hondo—. En
cualquier caso —se dirigió en un tono agradable a Enth—, nos lo
puedes contar tú, ¿no?
Por un instante solo hubo más silencio, pero Enth lo rompió con
un profundo suspiro, quizá tras descubrir que las leyes impuestas
sobre él no le impedían una confesión franca.
—Me cogieron. Me cambiaron. Me ataron. —Había tanta miseria
en su voz que cortaba. Para Cyrene aquella pura sinceridad fue
sorprendente: quizá era que no tenía otra alternativa que quedarse
sentada y escuchar.
Feyn sonreía.
—Sí, son así de malvados. Pero podrías volver a casa conmigo,
¿no? Podrías venir y conocer a nuestro pariente Señor Oscuro
Darvezian. Se desharía por ti. Le encantan los juguetitos nuevos. Te
conseguiríamos nuevas prendas, como las mías. ¿Te gustaría?
Enth se retorció y miró hacia Cyrene.
—¿Ella? Ah, no te preocupes por ella. Supongo que dejaré que
Visler la convierta en salchichas del modo más repugnante posible.
Se merece una palmadita en la cabeza por haberme traído esto,
aunque haya sido sin querer.
—No… —El cuerpo de Enth se dobló de un modo antinatural,
como si tratara de liberarse de Cyrene pero no lo lograra.
—Oh, ya veo. —Feyn puso una desagradable sonrisa—. Sí,
todas esas obligaciones. Es difícil saber qué tienes permitido hacer,
con esos barrotes impidiéndotelo. No quieres que te coman, ¿eh?
Imagino que dolería. —La mueca se ensanchó—. Sin embargo, te
contaré un secretito. Te las quitaría, si pudiera, pero parece que son
fuertes de narices. No demasiado elegantes ni bien hechas, sino
fuertes. Pero ¿sabes qué? Tengo un truquito en la manga, un
tecnicismo diminuto.
Metió la mano en un saquito y sacó el final de una vela
amarillenta deformada que dejó sobre la mesa.
—Lo tengo desde hace un tiempo, esperaba la ocasión perfecta
—explicó—. Un hechizo de nada para aquellas almas que quieren
ser libres para romper juramentos y cometer las fechorías sin
importar a quién se lleven por delante. —Una chispa brilló entre sus
dedos y la vela se encendió—. A ver, si recuerdo bien quedan un
par de minutos del tema ahí dentro. Y mientras funciona, ¿sabes
qué? El cielo es el límite, amigo. Sea lo que sea a lo que te ataron,
ha desaparecido hasta que la llama se extinga. Y cuando se
apague, bueno, si ella ya no está aquí para ser tu compás moral,
¿qué te retiene para venir conmigo y pasártelo en grande?
Feyn sacó una daga y la clavó en la mesa frente a Enth.
—Adelante, amigo. Sé libre —animó el sentenciador.
Los negros ojos desalmados de Enth encontraron a Cyrene.
Alargó la mano y agarró el mango, liberando la daga de la
madera, mirándola con fijeza.
7
CRUCE DE CONFINES

-H equédeliberado —declaró el potentado con solemnidad—, sobre


hacer contigo y tus compañeros, Dion.
—Estoy lista para enfrentarme a cualquier castigo o penitencia
que sea decretada —contestó ella. Se arrodilló ante él en su
estancia, vestía solo una túnica simple: una sacerdotisa despojada
de todo ornamento.
—¿Y tus seguidores?
—Si se lo pido, pero he…
—Suplicado clemencia, aceptado la carga sobre ti, sí, lo sé. —El
potentado suspiró—. He tomado mi decisión. No será discutida.
Aquello hizo que ella levantara la cabeza, confundida.
—Yo jamás…
—Silencio. Abandonarás Armesion. Recuperarás el equilibrio
entre tus seguidores. Irás a combatir a Darvezian y, si es posible, lo
destruirás. Eso es todo.
—Pero esto es lo que ya…
—Es mi decisión.
—¡Pero no es un castigo! —exclamó Dion.
—He dicho que mi decisión no sería discutida —remarcó el
potentado—. Es mi juicio. Si prefieres sentirte mal sobre lo que has
hecho, parece ser que la simple falta de un castigo va a ser peor
que cualquier otra cosa.
—Su potestad, maté…
—Por favor, ten en cuenta que conozco tus acciones. Y sí, se
merecen todo tipo de reprimenda, incluso que te echaran del
servicio de la iglesia, despojada de los poderes de la Luz. Aunque
esa no ha sido la forma preeminente de evitar que surjan magos
malvados durante el último siglo. Pero te necesitamos, Dion. Así de
simple. Necesitamos esperanza, y tú la eres. Voy a decir que
Abnasio fue corrompido por la Oscuridad.
—Pero eso no es cierto. Estaba descarriado, seguro, pero él…
—Sin duda cuando llegue el momento acometeré tantísima
penitencia que ni te lo puedes imaginar por abusar de los poderes
de mi cargo, pero es lo que hay. Ahora sal de mi ciudad y haz tu
trabajo.

***

Todavía quedaba una pequeña multitud que los siguió y animó


mientras salían por las puertas de Armesion, y observaron a los
héroes marchar. Era todo lo que Dion podía hacer para no gritarles,
tratar de meterles la verdad a la fuerza como un puñado de clavos.
Sus rostros eran tan vivaces y reverenciales, repletos de fe y
confianza. Ella era una criminal, y aun así animaban. Quizá incluso
más todavía.
Hasta el caballo que tenía debajo parecía reprenderla con su
presencia, un regalo de la iglesia para su menos merecedora hija.
Penthos parecía feliz, al fin y al cabo. Jamás había comprendido
las vicisitudes de la conciencia, y Harathes tenía la traviesa mirada
de un pillo que había evitado un azote. No lograba consuelo en
ninguno de los dos.
Lief azuzó a su montura hasta ponerse a su altura, y se inclinó
para decir:
—Quería darte las gracias.
—No tienes que darlas.
—Me has salvado la vida.
Ella debería haber logrado consuelo de aquello, era consciente.
Si no hubiera actuado tal y como lo hizo, él habría muerto. Pero era
un ladrón y un libertino, y Abnasio había sido un siervo de la Luz.
—Dion… —Lief se giró en una postura incómoda sobre la silla—,
dime a qué precio.
—No quieres saberlo.
—Siempre quiero saber cuánto debo. Aunque eso no implique
que vaya a pagarlo, pero me gusta llevar las cuentas. —La sombra
de una sonrisa apareció en sus labios.
Ella le dirigió una mirada tan franca y sin máscaras que él se
echó para atrás de la impresión.
—¿Para traerte de vuelta de las fauces de la muerte, Lief? Quizá
diez años de mi vida. Y más: cuando ahora miro al mundo hay algo
que ya no está, la alegría de sus colores y la maravilla ardió en mí
cuando agarré tu vida y tiré de ella en el último momento. No
saborearé tanto como antes. Algunos sonidos o vistas o
pensamientos que me hacían sonreír no conectarán con mi alma del
mismo modo, y me dejarán fría. Si existiera en mí la posibilidad de
amar, aunque fuera la más mínima, ahora ha sido reducida. —Casi
terminó con un «añade eso a tu cuenta», pero era consciente de
que aquello le haría daño, y se guardó las palabras.
Lief abrió la boca un par de veces, sin duda trataba de buscar las
palabras adecuadas para responder, pero incluso su poder de
inventiva le falló, y dejó que su caballo fuera algo más lento para
ponerse a la cola.

***

Enth miró con fijeza la daga en sus manos. El resto también lo


miraba.
Movió los labios grisáceos.
—Y me llevarás a otro lugar.
Feyn sonrió.
—Oh, el querido Darvezian va a estar tan encima de ti que
parecerá una infección de hongos, sin duda —confirmó—. Vas a ser
el hijo favorito de la Torre Oscura. Jamás ha visto algo como tú.
—Seguro que no —asintió Enth. A Cyrene le parecía que
aquellos ojos esféricos y negros estaban fijos en ella, pero como de
costumbre, era imposible asegurar dónde los tenía puestos.
—Vamos, la vela se consume —apresuró el sentenciador—.
Tenemos que largarnos antes de que alguien venga buscándoos,
¿no crees?
Visler el Viticultor se removió inquieto.
—Feyn, tienes que hacer algo con ese tema. Sí, sí. Necesito
protección…
—No me tires de la lengua sobre lo que necesitas, mierdecilla —
gruñó Feyn—. Pero sobre todo, vas a tener que confrontar la música
cuando me largue. He terminado contigo.
Cyrene supo en aquel instante que Enth no sabía qué debía
hacer con una daga. Nunca había necesitado armas para matar. La
elegancia de usarlas era ajena a él. La movió con el típico gesto
extraño del novato del que ella se habría carcajeado y burlado de no
haber estado demasiado paralizada para reírse incluso de su propia
situación o para defenderse. Y por supuesto, si el ataque no hubiera
sido con la extraordinaria velocidad y fuerza de Enth.
Atacó con la daga oculta bajo la palma, y aunque había
situaciones en las que aquello era recomendable, para él fue solo un
error de principiante bastante común, uno que cualquier instructor
hubiera corregido. Puso la hoja de la daga en perpendicular sobre la
mano, y asestó un golpe torpe pero devastador que hundió la punta
del arma justo bajo el entrecejo de Feyn, sobre la nariz, y arrancó
casi toda la parte inferior de la cara debido a la potencia del impacto.
Durante un instante la expresión de incredulidad del
sentenciador se marcó solo en su mirada, ya que el resto estaba
salpicado sobre la mesa y encima de Cyrene. Después cayó y Enth
lo siguió, atacó una y otra vez. Ella solo veía el arma elevarse sin
cesar, pero los horrendos gemidos de Feyn no duraron demasiado.
Y aun así Enth siguió destripando con la daga que terminó por
romperse por la empuñadura cuando la hundió en el cuerpo
descuartizado y se trabó en los tablones del suelo.
Visler estaba helado por un profundo pavor, pero cuando Enth se
levantó cubierto de entrañas y sangre, puso pies en polvorosa, se
metió en el sótano y Cyrene escuchó el pestillo de la puerta tras él.
Como si aquello fuera a servir de algo.
Pero Enth no lo persiguió. Se sentó tranquilo en la silla, donde
estaba antes, y fijó la mirada en la llama de la vela mientras esta se
retorcía y danzaba. Chispeó reflejos similares en todos sus ojos. Ella
podía intentar interpretar todo tipo de pensamientos: si valoraba
marcharse mientras que la condición de Penthos no le ligaba; si
agonizaba por su suerte, lo que había sido en lo que se había
convertido; si simplemente observaba la llama con aire distraído sin
pensamiento alguno en su cabeza. Trató de adivinar en qué
pensaba pero fracasó, porque no era capaz de dar sentido a su
expresión, ni a las partes humanas, ni al resto.
Descubrió que la única conclusión a la que podía llegar era que
no iba a matarla, aunque la oportunidad todavía estaba ahí.
La vela se consumió, la llama hizo un último lengüetazo
desesperado por la libertad antes de ahogarse en el hambriento
remanso de cera que había creado, y él suspiró. Un pequeño
sonido; tan humano.
Escuchó un ruido, un graznido desprovisto de palabras. Entendió
que provenía de su propia garganta, el aire que forzó a través de los
labios rígidos. El veneno comenzaba a diluirse. Luchó con todas sus
fuerzas, trató de reconectarse con los músculos que le habían
amputado, y al final logró pronunciar unas palabras.
—¿Por qué?
Enth la miró con una expresión apesadumbrada.
—Yo escucho. Creéis que soy estúpido, como un animal. Sé lo
que se dice. Sé lo que soy. —Y entonces, porque al parecer
entendió que aquello no era una respuesta, continuó—. Hay una
profecía. Yo soy parte de ella. Tu líder y el otro estuvieron de
acuerdo, aunque de un modo distinto. La profecía es sobre destruir
a Darvezian. ¿Crees que el Señor Oscuro no lo sabrá? Me matará
para estar a salvo de mí.
Cyrene no había considerado aquella lógica, pero no podía
refutarla. Incluso logró un levísimo asentimiento.
—Y no me devolvería a lo que era —añadió Enth—. No sé qué
haréis tras haberme usado, pero creo que Penthos puede hacerlo.
Destransformarme. Devolverme.
Ella emitió un ruidito de ánimos.
—Y duele.
La mano de hierro que la había tenido atenazada con tanta
fuerza que no la había sentido, la liberó de improviso, y de pronto
sintió que todas las articulaciones le ardían con la insistencia de
haber tratado de liberarse de la quietud forzada. Todavía no podía
moverse demasiado, a pesar de que todo su cuerpo temblaba,
había logrado hacer funcionar la lengua y los labios, y pudo decir:
—¿Qué?
—Lo que ha sido impuesto en mí. El juramento, los vínculos.
Cuando estoy cerca de romperlos, arde como el fuego. Y no sé qué
provocará ese fuego hasta que es demasiado tarde. Estoy asustado.
Con un suspiro de asfixia, Cyrene se puso de pie, agujas y
alfileres atravesaban hasta el último rincón de su cuerpo. Durante un
instante solo pudo golpearse y frotarse las extremidades y maldecir,
mientras Enth la observaba inexpresivo.
—Yo… —comenzó ella, y entonces volvió a insultar y a frotarse
—. Defenderé tu caso, lo prometo. Conseguiré que Penthos te
devuelva, si es lo que quieres. Cuando terminemos. Te llevaré de
vuelta al bosque del que provienes, si es necesario. Te lo debo.
Su expresión indicaba que el concepto no tenía significado para
él, pero ella sintió que era importante que lo entendiera.
—Mira, podrías haberme matado. Quizá lo hubieras sufrido más
tarde, por el hechizo, quizá no. Pero podrías haber acabado
conmigo en vez de con el sentenciador. O también, vaya. Podrías
estar lejísimos de aquí ahora mismo. Y lo admito, nunca me has
gustado demasiado, y tampoco he confiado en ti, y yo… —Ella lo
miró a la cara, trató de ver algo más de lo que era: humano,
monstruo; monstruo, humano, hasta que descubrió que si lo miraba
de reojo no se le retorcía el estómago. Jamás pasaría por un
humano, y ella había tratado de verlo así, algo parecido a un
humano, incluso a un cadavérico, que causaba la incómoda
desconexión. Si le miraba como algo distinto, entonces era extraño
pero tenía una capa de horror menos encima. Como algo singular a
destacar de él era aquella cierta plenitud, una seguridad al moverse,
una comodidad en su propia figura que seguro que no había estado
ahí unos días atrás. Tenía las líneas esbeltas y admirables de una
criatura depredadora, de un ser bien formado. No un hombre; no un
monstruo; solo Enth.
—Lo intentaré —terminó ella, con un tono lamentable—. Lo juro
sobre la L… Lo intentaré. Y ahora debemos irnos.
Él volvió a levantarse, dispuesto a seguirla sin preguntas porque
aquello es lo que había hecho hasta entonces.
—Un sentenciador ha sido asesinado —le dijo, sin embargo—.
Otros agentes del Señor Oscuro lo averiguarán. Vendrán buscando
venganza.
Enth asintió. Comprendía. Entonces habló, por propia voluntad,
como si fuera un compañero enzarzado en una misión común.
—¿Qué hay del otro?
Tenía las manos firmes, la cabeza inclinada para indicar la
trampilla al sótano. Sin duda alguna podría arrancarla de los goznes
sin mucho esfuerzo.
—¿Quieres matarlo?
—No está amenazándote. No estoy defendiéndome. —Habló
con precisión, buscaba a través del laberinto que Penthos había
impuesto en su mente—. ¿Me estás ordenando que lo mate?
Sentaría, recapacitó con desgana, un mal precedente.
—Tengo una idea mejor —decidió—. Porque, como ya he dicho,
los siervos del Oscuro irrumpirán en este lugar pronto. —Alzó la voz
lo suficiente para que Visler pudiera oírla—. Y saben quién lleva el
sitio. O los agentes de la Luz vendrán, porque voy a contárselo a
todos en Armesion. —Agarró una de las mesas y, sin que nadie se
lo pidiera, Enth agarró el otro extremo, y la tumbaron sobre la
trampilla del sótano que había entre ellos. Se preguntó si la
comadreja tendría otra salida, pero por el horrendo grito que profirió
supuso que no—. Por lo que le dejaremos con su vinatería, que
cuente las unidades almacenadas en el sótano. Hasta que vengan a
por él. Hasta que alguien venga a por él. Dulces sueños, Visler.
Entonces se marcharon, y Cyrene se dirigió hacia el bosque, a
suficiente distancia del camino para observarlo, pero también para
poder esconderse a tiempo entre los árboles. Enth mantuvo su
propio consejo, aunque tuvo una pregunta que ella no pudo
responder, pero que guardó para más tarde. Cuando aparecía en su
campo de visión de improviso todavía se le erizaba la piel, pero era
una vieja costumbre. Cuando domó las riendas de sus sentimientos
fue capaz de observar su silenciosa figura agachada y ver algo más
que una página en blanco, quizá incluso alguien con virtudes
suficientes como para ser un compañero de viaje. Era silencioso,
después de todo, y era obediente, y fuerte. Había conocido perros
menos aconsejables que él. Y aquello significaba que estaba un
peldaño por encima de Harathes.
Soltó una carcajada ante la ocurrencia, incapaz de parar la risa,
sintió los ojos perplejos sobre ella, como remansos de oscuros
reflejos.

***

Dion los encontró poco después, seguía a Penthos como si el mago


fuera un sabueso de caza, capaz de seguir el hedor de su propia
magia sin importar la distancia. Bajaron por el camino del bosque, y
Cyrene vio que eran cuatro y llevaban dos caballos de reserva, por
lo que sintió una inmensa alegría.
—¿Qué os ha retrasado tanto? —gritó, emergiendo de la
arboleda. Sonreía, pero la expresión de Dion hizo que torciera el
gesto—. ¿Qué ha pasado? —Tuvo que volver a mirar a Lief, porque
la mirada de la sacerdotisa sugería que alguien había muerto.
—Estamos bien —explicó Harathes, aunque ella no le había
preguntado—. Creíamos estar en problemas en Armesion, pero
entendieron la necesidad de nuestra misión y nos dejaron ir.
—¿En serio? —La mirada de Cyrene saltaba de rostro a rostro,
viendo que, fuera cual fuera el problema, Dion era la única que
sentía el enorme peso encima.
—¿Todavía tienes a la criatura? —preguntó Harathes.
—Él está aquí. Está bien —confirmó ella. Un instante después,
Enth salió de entre los árboles y se quedó frente al caballo de
Penthos como un prisionero que espera sentencia—. He dicho que
está bien —repitió Cyrene—. Nos cruzamos con un sentenciador,
pero ya nos hemos ocupado del asunto.
No estaba del todo segura de lo que Dion o Penthos podían
descubrir sobre lo acontecido, con sus particulares habilidades.
Desde luego el mago tenía aquella mirada estreñida que indicaba
que estaba sumergido en asuntos arcanos. O eso o estar sobre un
caballo no iba mucho con él.
—¿Un sentenciador? —preguntó Dion, con aspereza.
—Enth lo mató —confirmó Cyrene, y Lief silbó con admiración.
—Dos de dos —añadió el ladrón—. Buen trabajo. —Y, cuando
Harathes resopló—. ¿Cómo llevas tu cuenta? ¿Una cifra entre cero
y nada?
El guerrero de la iglesia torció el gesto, y dividió su mirada
ofendida entre el ladrón y el hombre araña.
—Cabalgaremos al galope hasta Cad Nereg —explicó Dion—.
Cruzaremos a las tierras oscuras y buscaremos los Desfiladeros
Sombríos. La criatura nos muestra el camino, y entonces peleamos
contra Darvezian. Y después habremos terminado. —Sonaba casi
harta del tema—. Montad a la criatura.
Al parecer los caballos no querían a Enth, y el sentimiento era
recíproco. Era sabido que, como los perros, los caballos tenían algo
de Luz en ellos, lo que los convertía en siervos adecuados para los
humanos. Lo suficiente de Luz para reconocer la Oscuridad. No
ayudaba que, tras el primer rechazo, Penthos tratara de tomar el
control directo de la situación y forzara a Enth sobre la desdichada
criatura por simple poder de control. Ya que Penthos tampoco
disponía de una afinidad real con los caballos, solo dio como
resultado más relinchos, coces y quejas de los caballos hasta que
Cyrene intervino.
Ella, de todo el grupo, era quien sabía más de caballos. Era la
única que se sentía como en casa cuando estaban en ruta o en la
espesura. Calmó a la criatura con palabras dulces, con una mano
sobre la cabeza, dejó que el vínculo entre ambos creciera, hasta
que se quedó quieto y calmado.
—Ahora —le dijo a Enth, y con un admirable cuidado subió a la
silla, los movimientos eran una copia casi exacta de lo que había
visto hacer a otros humanos. Estaba arqueado sobre el caballo con
una postura tan mala como la de Penthos, pero tenía aquella
quietud tan característica suya, que de algún modo reconfortó al
animal, y cuando los demás animales avanzaron ante las señas de
los jinetes humanos, su potro cabeceó y siguió su estela, espoleado
por la necesidad de mantenerse con sus compañeros para soportar
el desasosiego de aquello que llevaba sobre el lomo.

***

Hacia el norte, la gran franja de territorio en disputa entre el dominio


de la Luz y las tierras bajo el poder del Señor Oscuro se ampliaba y
estrechaba hasta que quedaban separadas tan solo por una sierra
dentada e inhóspita. Había un paso para cruzar aquellas montañas
que casi cualquiera podría recorrer, un puñado de millas de una
carretera empinada que separaban la Luz de la Oscuridad. Este
cuello de botella era conocido (por ambos bandos) como el Hueso
Roído, ya que no había ningún otro pedazo de tierra por el que se
hubiera peleado tanto. En el otro extremo se cernía el fuerte maldito
de Cad Usgath, donde un ejército de cadavéricos vivía bajo la fría
tiranía de horrendos guardianes necróticos. En el lado de la Luz se
alzaba la fortaleza de Cad Nereg.
Cuando la gran oleada de Oscuridad llegó, aquí estuvo el
yunque para su martillo. Cad Nereg era un nido de fortificaciones,
anillos de murallas, máquinas emplazadas, zonas de matanza y
abismos mortales. Había sido asediada en otros tiempos por los
ejércitos de Darvezian y por las huestes de aquellos señores
oscuros previos a él. Jamás había caído, aunque a menudo había
estado a punto. En más de una ocasión habían sido las hazañas de
un grupo de héroes como el de Dion al derrotar al Señor Oscuro
justo cuando sus huestes estaban al borde del triunfo. Dion
esperaba fervientemente que las cosas no llegaran a tal extremo en
esta ocasión, pero parecía claro que los ejércitos en Cad Nereg
estaban en alerta máxima, anticipando un enorme asalto en un
futuro próximo.
Al llegar los retuvieron en la casa del guarda, mientras
mandaban llamar al comandante. Los viajeros que pedían acceso a
las tierras de la Oscuridad eran escasos y sospechosos, después de
todo. El título de lord comandante de la Orden de los Guardianes del
Amanecer recaía sobre una mujer de rostro macilento y macizo, que
se presentó como Estellan la Justa.
Al ver la expresión en algunas de sus caras, entrecerró los ojos.
—Sí, bueno, no me queda duda de que cuando el lord
comandante Barench me obsequió con este codiciado título
esperaba que yo fuera a morir noble y joven, y no ser tan extraña
como para vivir lo suficiente y reemplazarle —exclamó—. Perdonad
mi competencia. ¿Qué queréis? —Su mirada titiló al ver la figura
embozada de Enth, de pie tras el grupo, como si fuera un bufón
disfrazado de mago malvado.
—Necesitamos pasaje para cruzar las puertas —explicó Dion—.
Nuestros asuntos son con la Luz. —Al escuchar su propia voz, vio
que sonaba como si tratara de convencerse a sí misma, con una
desesperada inseguridad.
—Ah, ¿sí? —Estellan se encogió de hombros—. Ahí fuera
parece un avispero. Enviamos exploradores continuamente. Algunos
de ellos incluso logran volver. Lo mismo para el enemigo. El lugar
está infestado de escurridizos cadavéricos, y de murciélagos de
cenagal y de ojos espectrales hechizados. Pero nada, queréis salir y
¿qué? ¿Llamar a la puerta de Cad Usgath?
Harathes ya estaba abriendo la boca para replicar aquella
presunción, con toda probabilidad desvelando los detalles de su
plan, pero Dion se sorprendió a sí misma cuando le dio un fuerte
pisotón.
—Nuestros asuntos son con la Luz —insistió—. Me ofrezco
voluntaria para que tus propios sacerdotes o magos me examinen;
sin duda verán la Luz en mí. —Y de nuevo escuchó su voz temblar
sobre aquel «sin duda». Sus reservas de certeza se habían secado.
—Hemos tenido a un rebaño de adivinos echando un vistazo
sobre vosotros —explicó Estellan como si fuera una obviedad—. Por
lo que, un grupito variado, ¿no? —Y volvió a mirar a Enth. A Dion se
le encogió el corazón.
Y aun así la lord comandante se dio la vuelta y se alejó,
indicándoles que la siguieran. Hubiera parecido una victoria
completa de no ser por el grupo de caballeros que mantenían el
paso junto a ellos.
Entraron a un amplio patio sobrecargado de almenas, en pleno
bullicio con los preparativos militares. Había arqueros y ballesteros
practicando la puntería, armeros que reparaban a golpe de martillo o
afilaban hojas. Soldados que se vestían con las armaduras en una
esquina, mientras que en otra un puñado de caballos de guerra eran
acicalados por los mozos de cuadra. Y en todas partes…
—¡Cadavéricos! —Cyrene escupió, la mano sobre la espada, y
allí estaban. Por lo menos dos grupos de las criaturas casi humanas
de rostro ceniciento, armadas y a su antojo en la fortaleza de la Luz.
—¡Alto! —ordenó Estellan, y hubo suficiente autoridad en su voz
para retenerlos—. Son cambiacapas, han venido aquí para combatir
a Darvezian.
—¡Eso no tiene sentido! —protestó Harathes, y la lord
comandante fijó en el guerrero una mirada fría como el metal.
—Hay miles de cadavéricos al otro lado del Hueso Roído, joven
soldado —aclaró ella—, y son esclavos del Señor Oscuro, sus
juguetitos, listos para lanzarlos contra muros como estos mismos y
en caso de quedarse sin ellos, crea unos cuantos más y listo. No es
demasiado sorprendente que le odien más de lo que jamás
podremos nosotros, le temen incluso más, por eso cumplen su
voluntad. Pero siempre hay unos cuantos que rompen las reglas y
vienen a nosotros, y formamos un regimiento con ellos, y pelean.
—¿Confías en ellos? —preguntó Cyrene.
—Me lo han demostrado a mí y a los demás —declaró Estellan,
con un tono de voz severo—. Y no estáis en posición de señalar con
el dedo, ¿me equivoco? —Negó con la cabeza—. Llegáis con cartas
del potentado. Si tenéis algún plan majadero para ir a mear en la
puerta de Darvezian entonces no me importa lo más mínimo como
para deteneros. Quizá incluso lograréis algún avance. Por ahora,
podéis descansar y equiparos aquí y os dejaré marchar con mi
siguiente partida de exploradores. Y entonces seréis vuestro propio
problema. No me hago responsable de vosotros, tampoco arriesgaré
las vidas de mis soldados para recuperar vuestros cadáveres.
Dion sintió que sonreía, porque de pronto ya no la estaban
juzgando. Aquí tenía a una campeona de la Luz que se preocupaba
por el fin más que por los medios. Era revitalizante, aunque extraño,
llegar hasta los mecanismos bañados en sangre de la guerra entre
la Luz y la Oscuridad, donde la estricta adherencia al dogma era un
lujo que no podían permitirse.
«Quizá me retire aquí, cuando todo termine. En el improbable
caso de que sea una opción».

***
Los llevaron a una estancia que era un desastre, sin ventanas,
donde una muchedumbre de soldados fuera de servicio bebía
cerveza, cantaba, peleaba e intercambiaba proposiciones lascivas.
Vivían, pensó Cyrene. Podían morir en unos pocos días, y seguro
que estarían muertos en un mes. Aquí, lejos de los muros y del
Hueso Roído y de la amenaza de la Oscuridad, iban a poner todo su
empeño en exprimir un poquito más de alegría de aquella oscura y
desesperada situación.
Encontró una mesa ocupada solo por dos soldados cuyo hábito
bebedor les había dejado inconscientes, por lo que ella los empujó
hasta que se deslizaron al suelo. Dion no estaba con ellos, claro, se
había marchado a su estancia para meditar tras darles a todos
instrucciones claras de mantener un ojo en Enth. Penthos, cuyo ojo
debería haber sido el único ocupado en esa tarea, había declarado
que iba a invocar adivinaciones para determinar la disposición del
enemigo pero, por lo que Cyrene pudo entender, soñaba despierto
malhumorado sobre las almenas, sin duda tratando de reunir el
coraje para ir a ver si Dion conocía meditaciones pensadas para
dos. El resto había decidido ir a refrescar el gaznate. Al fin y al cabo,
si alguien estaba a punto de enfrentar una muerte casi segura en un
futuro de lo más próximo, eran ellos.
Cyrene se sentó en el banco animada, esperando que aquella
humedad fuera en su mayor parte cerveza derramada y no fluidos
corporales. Enth se repantingó en un taburete, encogiéndose ante
los rugidos y el ruido del lugar, con la capucha levantada en un acto
de desafío.
—Marcharemos con sus exploradores mañana al amanecer,
dicen —explicó Harathes, colocándose junto a ella—. Han
observado algunas congregaciones cerca de los muros de Cad
Usgath y necesitan ir a echar un vistazo. Podría ser el momento, o
eso creen.
Cyrene asintió.
—Puede que así sea como se nos termina la suerte.
Lief llegó entonces, metiéndose entre la gente usando los codos
como palancas.
—¡Cerveza para los héroes! —gritó con las manos llenas de
jarras—. Caramba, pero siento como si hubiera echado un pulso con
el mismísimo Darvezian solo para traeros esto. —Dejó las jarras
sobre la mesa.
A su alrededor los defensores de Cad Nereg bebieron y bailaron
y se golpearon en la cara como camaradas, y Cyrene se sintió
contenta de estar allí sentada observando, excepto por Harathes y
sus continuas declaraciones sobre lo condenados que estaban,
sobre todo cada vez que terminaba una pinta.
—Si las huestes de la Oscuridad marchan, quizá ni siquiera
logremos probar este tema del atajo —Harathes continuó con un
tono pomposo—. Será demasiado tarde para cualquier otra cosa
que no sea espada y acero.
Ella asintió con el humor enturbiado.
—Darvezian tiene decenas de miles de cadavéricos, hombres
del este, máquinas de hueso e incluso un puñado de bégimos garra,
o eso dicen —añadió después—. Sin mencionar las abominaciones
innombrables que ha ido generando en los criaderos bajo su cubil.
—Y con esto envió a Lief a por más cerveza.
—Mmm.
—He estado hablando con algunos de los defensores —declaró
Harathes, todavía con aquel tono de voz presagioso—. No creen
que los muros vayan a aguantar en esta ocasión contra el poder de
la magia del Señor Oscuro.
Mientras decía esto miraba con intensidad a Cyrene, pero fue
Lief quien contestó, de vuelta con otra ronda.
—Oh, vaya, qué estupendo. Casi me alegro de estar al otro lado
en caso de que caigan las murallas. No tiene sentido preocuparse
de todo esto si no vamos a estar dentro.
—Pero podría ser el fin de la Luz —insistió Harathes—. Si Cad
Nereg cae, es el fin de todo.
Al fin ella lo miró.
Harathes dejó su cerveza y alargó la mano hacia la de Cyrene, y
ella se aseguró de que esta estuviera lo más lejos posible.
—Ven conmigo, Cyrene.
—¿Qué?
—Tengo una habitación lista. Podría ser nuestra última noche de
vida y libertad, pues mañana nos adentramos en la Oscuridad. Mi
corazón es tuyo, esclavizado por tu belleza. Te lo suplico,
concédeme este último beneficio antes de adentrarnos en la sombra
de Darvezian.
Ella lo observó con compostura.
—Te estás valiendo del Señor Oscuro para meterte dentro de
mis bragas.
—No, pero seguro de que es nuestra última oportunidad. Antes
de que la Oscuridad…
Cyrene se levantó, apoyándose en la pared para recuperar el
equilibrio.
—Harathes, esta es la última oportunidad para muchísimas
grandes cosas «antes de la Oscuridad». Es la última oportunidad
que tengo para pasearme desnuda por las estancias de Cad Nereg
o para comer carne humana o para levantar la túnica de Penthos
para ver qué hay debajo, pero ninguna de ellas me apetece lo más
mínimo. También es la última oportunidad «antes de la Oscuridad»
para patearte hasta cansarme la entrepierna hasta que tus pelotas
se junten con tu cerebro tanto física como metafóricamente. Así que
vete a tomar por el culo.
Harathes dio una patada a su silla al mismo tiempo que se
levantaba, algo que hubiera quedado como una acción
amenazadora de no ser porque se cayó de culo.
—¡Soy un caballero de la luz! —insistió desde el suelo.
—Entonces ve a buscar el perdón de Dion por tus pensamientos
lujuriosos —sugirió ella.
—¿Lujuria? ¡No es lujuria! —Volvía a estar de pie, dando
patadas para liberarse de la silla destrozada—. ¡Yo te amo, mujer!
—Y ahí estaba él, el enorme, fornido y apuesto caballero, tan ancho
como una puerta y tan superficial como un charco. Tan consumido
por la lujuria que de él surgía una nube de calor.
—Ámame desde lejos, pues —masculló ella—. No voy a
acostarme contigo.
Puso cara de dolido y de profunda confusión.
—Pero… amor…
—Si eso ha funcionado alguna vez como palabrita mágica para
abrir las piernas de cualquier mujer, ¿no crees que Penthos habría
tenido suerte en más de una ocasión? —exclamó con tono amargo
—. Suficiente, Harathes. Siéntate y olvida esto. Diremos que había
un poquito de maldad en la cerveza.
Y ella lo habría olvidado con ganas, pero era obvio que Harathes
no era capaz de ver más allá de las palabras que había dicho, y tras
mirarla con fijeza durante un rato se marchó furioso.
—Qué incómodo —murmuró Lief, negando con la cabeza—. Al
final su entrepierna estaba cobrando tanto protagonismo que pensé
que iba a proponérseme de puro descontento. Quiero decir, aquí
todos sabemos que yo soy el guapo. ¿Qué? —Cyrene se había
quedado mirándolo.
Ella sintió que una sonrisa comenzaba a aparecer en su tez de
forma espontánea. No se había dado cuenta de lo mucho que
Harathes, con sus obvios y patéticos intentos, había estado
oprimiéndola, o lo libre que se sentía ahora que se había marchado.
—Me alegra que estés aquí con nosotros, hombrecito.
Él levantó las cejas al escuchar aquello.
—¿En serio?
—Mucho. Y no soy la única.
—No creo que Paquetón se fije demasiado de todos modos —
murmuró el ladrón, señalando a Harathes.
—Enth preguntó por ti.
La atención de Lief se desvió hacia el hombre araña, que estaba
entretenido con su cerveza. Los ojos redondos y negros se alzaron,
brillantes.
—¿En serio?
—Cuando estábamos ocultándonos quiso saber qué te había
pasado. Estaba preocupado.
—Ah, ¿sí? Te hemos pillado, ¿eh? —preguntó Lief a la criatura
con ironía—. ¿Has perdido las credenciales de la maldad en algún
sitio?
Enth no contestó, pero separó los labios dos veces, mostrando
los afilados dientes. Por una vez no era su común y taciturno
silencio, sino un silencio de alguien que no era capaz de encontrar
las palabras.
—Le gustas —aseguró Cyrene al ladrón.
Lief se sonrojó.
—Alimenta a un perro callejero y te seguirá a casa. No tiene
mucha importancia.
—Y a ti también te gusta, ¿no?
—La verdad es que siento lástima por el pobre diablo. ¿Y tú?
—Hemos llegado a un punto en común. —Y palmeó el hombro
de Enth. Durante un rato estuvieron todos muy quietos, excepto por
la dura firmeza del movimiento de los músculos bajo sus dedos.
Pero entonces algo le pasó a la boca de Enth, un extraño tirón en
las comisuras. No era una sonrisa, no de verdad, pero era obvio que
sabía qué esperaban de él e intentaba con toda su voluntad fingirlo.
La marea de la cerveza la llevó, y trajo las pálidas y burbujeantes
formas de un montón de recuerdos: el bosque de las arañas, abrirse
paso a cuchillazos por la masa de criaturas; aquel primer vistazo al
Enth rehecho; en la taberna de Garth Ening donde ella había
querido herir a Enth, que se arrastrara y suplicara. Como el
monstruo que es, había pensado. Y por supuesto aquel horrible
momento prolongado de quietud forzada en la posada de Visler,
donde Enth había estado barajando las posibilidades de su
brevísima libertad.
—No es un héroe. No es un campeón de la Luz —aclaró ella.
—¿Quién lo es de verdad? —señaló Lief—. Excepto Dion, por
supuesto.
—No se asemeja en nada a nosotros —explicó ella—, excepto
que, al estar subyugado a nosotros, hemos empezado a
acostumbrarnos a él. Pero tampoco es un siervo de la Oscuridad.
Tan solo es él.
—No un eso, veo —inquirió Lief.
—Nosotros le convertimos en él. Le hicimos muchas cosas. Y
tenemos que lograr deshacerlo, devolverlo, si es lo que quiere.
Penthos debe hacerlo.
—Bueno, pues buena suerte —opinó Lief—. Pero sí, podemos
intentarlo. —Sonrió a Enth, que había estado siguiendo la
conversación con interés—. Y si no, puedo encontrar un sitio para ti,
un propósito, algo para mantenerte ocupado. Sacar lo mejor de ello,
¿eh? Un tipo que puede trepar por la pared de una casa como tú no
va a pasar hambre. —Levantó su jarra, y Enth correspondió al
movimiento con la suya, y brindaron con el leve entrechocar de la
madera.
Cyrene soltó una carcajada.
—Oh, los dos vais a robarle al potentado hasta las muelas.
—Solo si son de oro.
Lief se puso de pie, rumbo a una valerosa misión para conseguir
más cerveza. Y Cyrene apretó el hombro de Enth y negó con la
cabeza.

***

—No deberías dejar que te lleven por el mal camino —le dijo a
aquellos enormes y negruzcos ojos, viendo cómo su propio reflejo
se hundía en su profundidad.
Dion intentaba meditar, pero los muros a su alrededor
retumbaban con el trajinar de los soldados. El repiqueteo, el ir y
venir y la cháchara la interrumpían continuamente. Cad Nereg era
un bastión de la Luz, y ella había esperado que todo el mundo aquí
no tuviera nada más en la cabeza que la contemplación del poder
que buscaban preservar, o en el que confiaban para preservarlos.
En vez de ello, todos parecían tener la mente ocupada en cosas
mucho más mundanas, y se filtraba por las paredes. Ferocidad,
galantería, pasión, voluntad, alegría, melancolía, hipocresía,
sinceridad: todas las facetas de hombres y mujeres ante un gran
tumulto, cada uno extrayendo la valentía de otros y prestándola con
interés. A través de la tormenta de sus emociones intentó ascender
a la Luz, bañarse en la serena adoración de Armes, y fracasó una y
otra vez.
Entonces escuchó la puerta de la sala contigua cerrarse de un
portazo, y un alboroto empezó, golpes y porrazos, gemidos y
rugidos, tanto que parecía que uno de sus compañeros estaba
enfrentándose a un asesino cadavérico enviado a acabar con todos
ellos. Fue a echar un vistazo y descubrió a Harathes solo, que había
estado pateando con poco éxito los muebles y golpeando las
paredes con los puños. Parecía borracho y rabioso, pero tuvo la
elegancia de aparentar vergüenza ante ella.
—¿Qué ocurre? —exigió. Lo cierto es que se había quedado en
blanco, incapaz de suponer nada, pero dejó que él hablara y se
calmase.
Él la miró, las confesiones hervían bajo la superficie de su tez,
pero al fin dijo:
—Nada, iré a buscar consuelo en algún otro lugar de la fortaleza.
Todo el consuelo posible. —Extrajo un saquito de monedas y lo
sacudió ante ella, como si la desafiara a contradecirle. Ella sabía
exactamente a qué se refería, y no fue capaz de reprenderle. No era
un sacerdote, después de todo, y las reglas para los caballeros de la
iglesia eran más laxas. El extraño punto débil era casi esperado. Al
fin y al cabo, ¿para qué servía la redención?
En cuanto se hubo marchado, volvió a su oración, trató de pelear
por elevarse a la Luz, como si la turbulencia a su alrededor fuera un
denso rosal, y su devoción fuera la luna oculta que resplandecía
encima. Y se preguntó, incluso en aquel instante, qué iba mal en el
mundo y con su fe para que aquellas exuberantes, alborotadas y,
sobre todo, honestas emociones le estuvieran vetadas. ¿Acaso no
eran también parte de mundo?
Entonces la puerta se abrió despacio, y ella alzó la mirada con
un presentimiento oscuro. Lo cierto es que hubiera preferido mil
veces a un cadavérico con una daga envenenada.
—Dion. —Penthos estaba de pie muy rígido en el umbral. Su
expresión reflejaba cierta superioridad pícara. Pero ella sabía que
eran las líneas que trazaban los surcos de su rostro cuando no le
preocupaban lo más mínimo las expresiones. Sin embargo, había
cierta rigidez en su mandíbula, un ligero temblor en los ojos.
—Penthos —dijo ella, con un hilo de voz tan suave como fue
capaz—. ¿Hay algo de lo que deseas hablar?
Él levantó un dedo, indicando que debía esperar, y después
inclinó la cabeza, el ceño fruncido con una feroz concentración.
Levantó una mano, engarfiada, y durante un buen rato se quedó así,
entre temblores, con el ceño cada vez más profundo. Respiraba con
jadeos, y rechinó los dientes del esfuerzo. Ella pudo sentir el poder
emergiendo como lenguas de un fuego invisible a su alrededor,
danzando en espirales hacia el punto donde se encontraban los
dedos de Penthos.
Algo apareció allí, titilante como la llama de una vela, y ella
levantó una mano para protegerse de lo que supuso que iba a ser
una explosión colosal.
Pero en aquel momento Penthos soltó el aliento muy despacio, y
en su mano había una flor. Era una floración que no había visto
nunca antes, y resplandecía translúcida como una piedra preciosa.
El mago la miró a los ojos y trató de poner una sonrisa que quedó
en una mueca a medio camino, una funesta interpretación de la
jovialidad.
—Para ti —declaró, alcanzándosela.
—Yo… —Su corazón, que por un tiempo había estado algo
hundido, al parecer tuvo espacio para zozobrar todavía más—. Es
muy amable por tu parte.
Ella podía interpretarle demasiado bien. Tamizaba sus palabras y
buscaba señales de esperanza, trataba de descifrar si le animaba,
pero a pesar de todos sus conocimientos, aquel idioma era algo que
se le escapaba.
—Amable, sí —accedió al fin—. Puedo ser amable. Sé que
muchos me tienen miedo. ¡Y con razón! Y creen que ser un maestro
supremo del Poder Elemental me separa de las preocupaciones
mundanas de los humanos. Y en muchos casos es cierto, y es que
yo, es decir, nosotros, tenemos asuntos en mente mucho más
importantes que las minucias del día a día y la existencia mundana,
¿no crees?
—[…] —logró articular, algo que él interpretó como un incentivo.
—Sí, tienes tu fe, tu papel como la escogida de Armes. Veo
cómo te mantiene separada de la manada, te segrega, te eleva.
Pero lo comprendo, Dion. Es solitario vivir separado. Yo también lo
siento.
—Penthos… —Pero no pudo completar la frase. Estaba
demasiado horrorizada por su declaración. ¿Tenía razón? ¿Era ella
como él, amputada de la humanidad por el oficio y la carga del
poder? ¿Cuándo había ocurrido? ¿Cómo podía deshacerse?
—Te conocía desde hacía muchos años antes de que me
pidieras unirme a tu cruzada —relató Penthos con un extraño tono
de voz. Le ofrecía la florecilla, inmóvil, y ella comprendió que no
podía tomarla—. Las personas con poder mantenemos un control de
nuestros iguales, ¿no es así? Dion, observarte, tus gestas, tus
triunfos, comencé a… lentamente hubo un… empecé a pensar
que… yo no he… necesito… —Retorció su expresión como si fuera
a emitir un rugido salvaje, pero dirigido hacia dentro, hacia aquella
súbita falta de articulación—. Lo que quiero decir, lo que intento
decir, lo que yo, es… tú… para mí, eres… yo… —De pronto surgió
una lengua de fuego que engulló la flor, y él comenzó a soplar
asustado, mientras murmuraba «No, no, no», y trató de rescatar la
creación en la que había puesto tanto esfuerzo. Pero desapareció
en un montoncito de cenizas, las cenizas de su frustración, y no
quedó nada.
—Penthos.
La mirada con la que respondió era de terror.
—Hice unos votos —explicó ella.
Él sintió aquel eco por mucho tiempo antes de respirar hondo
para contestar.
—Había pensado… que vivíamos un momento inusual, dada la
significancia de lo que vamos a acometer. —No podía saber de
ningún modo que estaba esgrimiendo la sombra de un argumento
que el propio Harathes había tratado de usar aquella misma noche.
—Entonces es cuando mis votos tienen más importancia todavía
—respondió ella con amabilidad—. Si en algún momento hemos
necesitado la gracia y el favor de Armes, es ahora, cuando nos
adentramos en el territorio de nuestro enemigo.
Ella le vio construyendo argumentos mentalmente, cada uno
aproximándose lo suficiente como para que llegara a mover los
labios, las manos, y después hundirlos sin pronunciar sonido alguno.
En cinco o seis ocasiones estuvo a punto de intentar derribarla. Ella
no podía suponer qué decisión había tomado: exigencias de una
recompensa por sus servicios, quizá; culpa; recriminaciones por
engañarle; mística tántrica sin sentido sobre actos requeridos para
fortalecer la magia. Seguro que todos acababan surgiendo mientras
rebuscaba en la piscina de su inventiva, para acabar resultando en
simple cieno.
Él se enderezó, retomando la dignidad como si se pusiera una
capa.
—Tenía que intentarlo —susurró, y aquello casi la rompió. Sintió
que unas lágrimas imprevistas acudían a sus ojos: el mayor mago
de la era, quizá, el corazón en toda su simpleza y expuesto hacia
ella como un adolescente enamoradizo, y aun así había logrado
recobrar aquella calma, aquel reconocimiento del que admite la
derrota.
Ella no debía decir nada; tan solo dejar que se marchara. Aquello
sería honesto por su parte. Por lo menos no se vería atraída hacia
él, aunque se había pasado tanto tiempo resistiéndose a la carne
que ya no estaba segura de que aquellos sentimientos residieran en
ella. Y lo cierto era que, desde luego había sabido que el mago
pírico había mantenido una antorcha encendida por ella, y ella no le
había puesto en su sitio, por lo que aquello quizá le había dado
ciertas falsas esperanzas. Ahora era el momento de aclararlo, para
poder enfrentarse a la Oscuridad como camaradas y profesionales,
y nada más.
Pero de pronto sintió aquel torrente de sensaciones, un estallido
que se derramó a través de su ser: no era amor, ni siquiera afecto,
pero sintió lástima por él. Sentía tantísima pena, por tener en el
punto de mira a alguien tan poco adecuado y retorcido como ella.
—Cuando terminemos nuestra misión —le dijo, aunque la parte
sabia de ella luchaba por tamizar las palabras—, ¿quién sabe qué
ocurrirá? Puede que ni siquiera me permitan mantener mi título. Soy
una asesina, he matado a un sacerdote de la Luz. Cuando esto
acabe, ¿quién sabe?
Ella vio que el mago tomaba las palabras como el rayo de
esperanza que no era, y ella quiso retirar la estupidez que acababa
de decir. Y entonces lo entendió. «Esta es mi penitencia»: si el
potentado no la castigaba, entonces se castigaría a sí misma, y por
lo tanto a aquellos que la rodeaban.
—Sí —dijo él, y repitió—: Sí, por supuesto. —Se dirigió hacia la
puerta, casi dando saltitos, con la felicidad a punto de desbordarse
de su cuerpo. Volvió la mirada, con aquella misma expresión de
concentración, hizo acopio de todo el feroz fervor de su poder y se
obligó a decir:
—Porque te amo.
Y se marchó.
Dion gritó, porque estaba harta: harta de ser una devota de la
Luz y de todas sus reglas, y harta de no ser buena en ello, por lo
que tenía que decir mentiras mortales sobre algo tan trivial como los
sentimientos de un mago. Harta de ser ella, abandonó la estancia y
cubierta con una capa deambuló por Cad Nereg hasta que encontró
un almacén silencioso y profundo en la tierra, lejos de toda aquella
vida intolerable que tanto daño le hacía, y allí durmió.

***

Cyrene despertó lentamente, incomprensibles fragmentos de


información titilaban en su mente. Sí, hoy era el día en que
marchaban de Cad Nereg. Sí, no era hasta el anochecer, por lo que
por ahora se podía quedar estirada escuchando la silenciosa
actividad de la fortaleza que jamás dormía. Al fin sus compañeros
no estaban ya en marcha, entre discusiones, conjuros murmurados
sin sentido y el repiqueteo de la armadura.
Oh, y sí, había vuelto a pelearse con Harathes, ¿no? En el
pasado había terminado mal, sobre todo porque él había sido capaz
de que ella se disculpara, o consintiera ciertas cosas en pos de la
disculpa, tras suficientes dosis de cerveza y arrepentimiento.
«Nunca más», decidió. En cuanto hubieran logrado la hazaña de
vencer al Señor Oscuro, le daría puerta al tipo y jamás tendría que
preocuparse por su lascivia, su lujuria y los intentos ocasionales de
llevársela a la cama o al matrimonio.
De todos modos, tenía una cierta sensación de haberse dado por
vencida. Vino a través de la presencia de un cuerpo cálido junto a
ella, sobre el cual uno de los brazos descansaba.
«Ay, me cago en todo, ¿lo he hecho?». Sin duda que sí. El puto
Harathes y sus quejicosas súplicas y su Centenar de Razones
Dignas que todas parecían terminar con él convenciéndola para ir
juntos a la cama. Y al parecer él…
De hecho, no estaba segura de que fuera Harathes. La figura no
tenía la amplitud de su cuerpo. Estaba bastante silencioso, ya que
no roncaba. La cerveza y las cavidades nasales de Harathes nunca
fueron buenos compañeros de cama, como todos los miembros de
la compañía, por desgracia, sabían.
Dion seguro que estaría en contra, pero un lío con uno de los
muchos soldados de Cad Nereg, nada de mirar atrás y sin equipaje,
era de lejos preferible. Excepto que, de algún modo, siempre había
equipaje. Un empujoncito y ya creían haber adquirido un interés
controlador en ti.
Era momento de enfrentarse a la realidad. «Por favor, lo suplico,
que no sea Harathes». Abrió los ojos.
Lo que siempre olvidaba, en especial en situaciones como esta,
era que por norma no solían haber buenas consecuencias, sino
malas distintas. Fijó la mirada en la espalda, en los hombros a los
que estaba abrazada. Eran grises como los de un cadavérico,
cubiertos de músculos de un modo que parecían algo extraño. Para
un humano, claro. La respiración era muy suave, y se preguntó si
estaría dormido, si había dormido toda la noche, o si había dormido.
Era obvio que jamás cerraba los ojos.
Se quedó helada, horrorizada, atrapada en la mañana que
seguía a las esquirlas de la noche que comenzaban a encajar, los
recuerdos llegaban con lentitud y desordenados.
«Yo no. Yo… nosotros… no lo hemos hecho, seguro que no.
Solo ha sido…».
Cada recuerdo, como una diminuta navaja.
«Lo hemos hecho».
Se incorporó de golpe, cuando todo lo ocurrido volvió a ella con
una tremenda arcada. Se sentía enferma, sudada, resacosa, y toda
la bendita neblina del alcohol se había desvanecido.
«¿Cómo he podido…?». Pero lo sabía. No tenía la excusa de la
ignorancia. «Ya está. Aquí es cuando me he pasado de la raya».
Pero por algún motivo el resto no estaba allí. Bueno, obviamente
que no. Ella no habría podido… con público. Pero Harathes se había
marchado a algún lugar, y Dion y Penthos estaban con sus
respectivos recados místicos, e incluso Lief parecía haber
encontrado algún otro sitio donde acomodarse, por lo que…
Nadie tenía que saberlo. Quizá incluso Enth no se acordaría. Y si
así era, bueno… Le pediría que no dijera nada, y él no tendría
elección. Así funcionaba, al fin y al cabo.
La idea hizo que frunciera el ceño.
Y entonces Harathes irrumpió, la cara pálida y los ojos
inyectados en sangre.
8
RELACIONES ANTINATURALES

H arathes rugió, un aullido que era rabia, justicia, horror y


pasión frustrada a partes iguales. Las palabras que hubiera
implícitas surgieron como «¡Aléjate de ella, monstruo!». Se
lanzó hacia delante, estrellando con fuerza la bota contra el cuerpo
supino de Enth, tres veces. La primera, con la que apenas acertó,
impactó en Cyrene y la mandó contra el suelo, y entonces Harathes
se puso manos a la obra. Levantó a Enth, vio a la criatura en toda su
desnudez y lo apartó con un chillido de repugnancia. Enth golpeó la
pared con tanta fuerza que cayó una nubecilla de polvo de las vigas
del techo. Se acuclilló allí mismo, desde donde observó a Harathes
con sus extraños ojos.
—¡Largo! —gritó Cyrene. Trataba de cubrirse con una sábana,
mientras que con la otra mano empujaba el hombro de Harathes—.
¡Largo de aquí!
Él se giró hacia ella por un instante, y la negra ira de su rostro
hizo que se echara atrás.
—Sea lo que sea que te haya hecho, lo vengaré —juró. Daba la
sensación de que sus ojos y oídos recibían información de alguna
realidad alterna pero cercana donde las cosas parecían encajarle
más: él era el héroe al rescate, Enth era el depravado monstruo, ella
era la damisela en apuros.
Ella se tiró contra él, y el guerrero la apartó con facilidad,
encarando a su presa principal. Enth ahora estaba de pie, algo
encorvado, tenía los brazos a los lados y le temblaban las manos,
pero esperó con paciencia a que Harathes desenfundara un cuchillo
del cinto.
—De una vez por todas —declaró el hombretón, un punto álgido
de su monólogo interno—. Todo empezó a ir de mal en peor cuando
esta cosa llegó a nosotros. Fue un error. Siempre ha sido un error.
Cyrene, que se había tropezado con el catre, trataba de ponerse
en pie. ¿Por qué Enth no reaccionaba al ver aproximarse el cuchillo
de Harathes? Un estallido de comprensión la sacudió: las
restricciones que Penthos había impuesto en él.
—¡Enth! —aulló—. ¡Defiéndete!
Un espasmo sacudió el cuerpo de Enth: sus palabras o las
garras de las prohibiciones de Penthos. Harathes se cernió sobre él,
alargó una mano para sujetar el hombro del hombre araña y tener
mejor estabilidad. Si hubiera estado sobrio, con el control de un
guerrero sobre la situación, se habría acabado allí. Sin embargo,
estaba medio borracho y medio resacoso, y consumido por una
rabia amarga. Enth esquivó el ataque, se apartó en un amplio arco
por su flanco grisáceo, y entonces se quitó a Harathes de encima de
un empujón. Fue un gesto tentativo, sin apenas fuerza en él. El
guerrero dio un paso atrás, reevaluando la situación. Por un
segundo, los dos se miraron a los ojos, pupilas azules en charcos
negros.
Enth había atacado a Harathes, sin importar la delicadeza.
Ninguna fatalidad había caído sobre él. Estaba impedido de herir a
nadie de la compañía. Tenía permitido defenderse. Debía obedecer
las instrucciones recibidas. Como Cyrene había ordenado.
Ella descubrió que otras palabras acudían a su boca mientras se
echaba hacia delante. Eran palabras entrecortadas, confusas,
extraídas de su propia frustración del mismo modo que Harathes
estaba dominado por la suya.
No dijo «mátalo». Estuvo a tiempo de ahogar la orden al borde
de los labios.
Harathes lanzó un tajo, un movimiento que hubiera rebanado la
garganta de Enth y que le dejó sin poder moverse. Enth avanzó.
Estiró las manos y golpeó con los brazos el pecho de Harathes con
la suficiente fuerza para catapultarlo por la puerta. Se escuchó el
ruido de muebles aplastados en la habitación contigua, mucho mejor
que ninguna aurora para despertar a todos los hombres y atraerlos
al lugar.
—Enth… —comenzó a decir Cyrene, pero la criatura ya iba tras
su contendiente, desnudo de la cabeza a los pies y a toda prisa
hacia el reino de los hombres. Ella lo siguió y pensó en lo que
parecería desde fuera. Pero ¿qué podía hacer al respecto? Retener
a Enth sería matarlo. Dejarlo demasiado libre podría implicar la
muerte de Harathes. Quedarse atrás sería perderse lo que iba a
ocurrir.
Enth cayó sobre Harathes con un salto veloz, pero el guerrero
tenía la pata de una silla en las manos y se llevó un sólido impacto
en el pecho a medio salto que lo dejó tambaleándose hacia un lado.
Cayó sobre manos y pies, escurriéndose por el abarrotado suelo,
con tres siervos y un guardia fuera de servicio apartándose de en
medio.
Los dos combatientes volvieron a enzarzarse. Enth mordía y
trataba de agarrar, intentaba contener su fuerza, y Harathes, que era
mejor guerrero, mantenía la distancia y lanzaba golpes que parecían
rebotar en la densa y grisácea piel. Cyrene había dejado de chillar.
No servía de nada.
Enth interceptó el otro extremo de la pata de la silla de un
mordisco en mitad de un ataque, y Harathes cometió el error de
disputar el control de la misma. En aquel momento, con la posición
del enemigo fija a través de la mutua sujeción del arma, Enth atrajo
al hombre hacia él y engarfió las grises manos en el gaznate de
Harathes.
Cyrene abrió la boca, aunque no hubiera podido adivinar a quién
iba a dirigirse ni qué podría haber dicho, cuando llegó Dion.
Entró en una explosión de luz dorada, con el disco de Armes en
lo alto. El impacto lanzó a Harathes dando vueltas por el suelo con
la suficiente fuerza como para desgarrarse la camisa por la espalda,
e impactó en Enth empujándolo por toda la sala, dejando un fardo
angular que aullaba y se escabullía de la radiancia sagrada.
El rostro de Dion estaba clavado en una mueca de horror. Ignoró
los gemidos de Harathes y avanzó sobre Enth, la llama de su fe
ardía en ella con cada paso que daba.
—¡Detente! ¡Dion, ya basta! —exclamó Cyrene.
La sacerdotisa apretó los dientes, era obvio que su deseo de
aniquilar a Enth con todo el alcance de su fe era muy fuerte en ella,
si no era por la justicia, entonces para aplacar todas las
frustraciones y decepciones que había acarreado hasta allí. Pero se
detuvo: ante la petición de Cyrene, se detuvo.
—¡Mátalo! —rugió Harathes—. Ha violado a Cyrene, ¡por la Luz!
¡Destruye a esa cosa!
Dion no apartaba la mirada de la silueta agazapada de Enth.
—Ve a buscar a Penthos —gritó, y entonces—: Harathes, ve a
por Penthos, ahora.
El guerrero farfulló, pero entonces se marchó tambaleándose a
obedecer su orden.
—¿Y bien? —preguntó Dion.
No había un modo de esquivar la pregunta que ponía a Cyrene
ante la mirada escrutadora de todos sus compañeros.
—No hubo violación.
Dion dejó que su mirada pasara de Enth a Cyrene, y de vuelta.
Uno desnudo por completo, la otra con solo una sábana para cubrir
sus modestias.
—Dime que no ha pasado nada. Dime que esto no es lo que
parece. Dime que es una trama urdida por Darvezian. —Y después
en el cada vez más profundo silencio, dijo—: Dime algo.
—Yo… —Cyrene no podía mentirle.
Harathes irrumpió como una exhalación en la estancia, como si
esperara encontrar alguna fechoría a medias, y con un aspecto
exhausto Penthos llegó tras él.
—¿Qué hay que quemar? —preguntó el mago—. Este bufón me
dice que hay una emergencia. —No era un misterio que el mago no
sentía demasiado aprecio por Harathes, ya que este le había
desvelado en mitad del sueño.
—¿Tus prohibiciones en la criatura todavía permanecen? —
preguntó Dion.
Penthos echó un vistazo a la habitación, adormecido, vio los
distintos estados de desorden, pero no pudo sacar ninguna
conclusión.
—Por supuesto —respondió, sintiéndose algo insultado—. Y así
será durante un tiempo, hasta que yo las retire. ¿Algo más?
—Sí. No. —Dion se pasó los nudillos por la frente—. Esto ya ha
ido demasiado lejos. Toca una reunión. Hablaremos sobre este
tema, como hacíamos antes. —Ella quería decir: antes de que
llegara Enth—. Tenemos que decidir qué hacemos con esta criatura.
En aquel instante Lief pasó por allí, desprendía una petulante
alegría tras pasar una noche en la maravillosa compañía de
extraños.
—¿Y esto? ¿Qué me he perdido? —remarcó. Se fijó en el
panorama, se giró, y habría desaparecido del lugar de no ser porque
Dion lo llamó con una voz de hierro.

***

—A ver, no nos apresuremos —era la opinión considerada de Lief—.


Está claro que algunas cosas se han dicho, otras se han hecho,
pero aun así…
—Lo sabías —acusó Dion. Los cinco habían requisado un
dormitorio de soldados. Enth estaba encarcelado en una de las
celdas de Cad Nereg.
Lief tenía la mirada esquiva.
—Mira, todos nos emborrachamos un pelín anoche…
—Lo sabías —repitió Dion—. Podrías haber detenido esto antes
de que sucediera.
—Técnicamente no puedes detener algo antes de que… —
comenzó Penthos, bajo la sincera impresión de que no estaba
siendo de ayuda, y deseó no haber abierto la boca.
—¿Qué quieres que diga? —pidió Lief—. ¿Que debería haber
sido el ejemplo a seguir de honradez moral, a quien todas las almas
descarriadas en el mundo acuden en busca de orientación? Porque
yo creía que ese eras tú. ¿Dónde estabas tú, exactamente, cuando
todo esto ocurría? Encerrada en algún lugar, más santa que el resto.
—¿Cómo te atreves a calumniar a la elegida de la Luz? —estalló
Harathes.
—¡No oses hablar de aquello que no conoces!
—¡Ya basta! —aplacó Dion—. No necesito que me defiendan.
Pero tienes razón, Lief. No eres un ejemplo a seguir de la moralidad.
Has establecido amistad con esta criatura desde el inicio, has
hablado por ella, la has defendido, la has convertido en parte de tus
intrigas.
—¡Creí que «convertirla en parte de tus intrigas» era lo que
todos estábamos haciendo! —dijo el ladrón.
—Tan solo has demostrado —continuó Dion, aparentando no
haberle oído—, que tu opinión está contaminada. —Había una
pesada carga en su voz, que les recordó a todos qué palabra había
gastado con Lief.
—Hemos recorrido un sendero de lo más retorcido desde el
bosque de las arañas —explicó Dion—. He estado demasiado
convencida de la idoneidad de mi propio juicio. Nos he guiado por el
mal camino.
—No tenemos otro plan para derrotar a Darvezian —señaló
Cyrene—. Incluso si tuvieras razón sobre Enth, que no es el caso,
eso no ha cambiado.
—¡Podríamos atacar sin más! —insistió Harathes—. Que
Penthos vaya cargado hasta las cejas e irrumpa con una brigada de
lo mejor de Cad Nereg. Luchamos, como se supone que debemos, y
el bien triunfa, como también se supone.
—Entonces morimos, y nadie vence a Darvezian —respondió
Lief sin más.
—No morimos. Tenemos fe. —Harathes miró a Dion—. ¿No es
así? Si tenemos fe en la Luz, entonces triunfaremos contra todo
pronóstico, seguro.
—Y todos los demás que combatieron contra él, ¿qué? ¿Estaban
consumidos en secreto por las dudas? —preguntó Cyrene,
levantando las manos—. No podemos sin Enth.
—Quizá es mejor fracasar y permanecer puros, que lograrlo con
estos medios —sugirió Dion.
Dejó que el silencio de aquella declaración se extendiera por la
estancia. Incluso Harathes no parecía demasiado convencido con
aquello. Porque, sobre todas las cosas, él quería ganar. Ganar la
lucha, ganar el concurso de santidad, ganar a Cyrene.
—Penthos, eres un mago notable. Eres el hechicero más
poderoso que jamás he conocido. ¿Cómo enfrentarías a los
ejércitos de Darvezian?
El labio de Penthos tembló ligeramente. Dion creyó que era
miedo, pero entonces se fijó en que su cumplido le había puesto al
borde de las lágrimas. Al fin, dijo:
—Me halagas. No es que no tengas motivos, claro. Infringiría un
daño terrible en las huestes del Señor Oscuro. Miles arderían ante
una orden mía. Por ti, reduciría a cenizas su refugio y sus fortalezas,
exterminaría a sus sentenciadores, aniquilaría toda su creación.
¿Pero vencerle con todos sus siervos a la vez? Eso está más allá de
mí, o de cualquier mago. Lo siento desde el corazón.
—No pasa nada. —Le dedicó una sonrisa agradecida—.
Entonces… entonces no sé qué hacer. Me temo que, si seguimos
adelante con esta criatura, perderemos toda virtud de forma
irrevocable.
—Debemos destruirla —decidió Harathes.
—¡No! —insistió Cyrene.
—¿Tenéis la más mínima idea del esfuerzo que dediqué a
reconstruir a esa criatura? —se quejó Penthos—. Un trabajo sin
parangón de la hechicería, y tú vas y sueltas «debemos destruirla»
sin más.
—Por Dion —declaró Harathes.
—Oh, ah. —Los ojos de Penthos se fijaron en la sacerdotisa—.
Bueno, por Dion…
—Me habría matado —señaló el guerrero—. A pesar de las
restricciones de Penthos, me habría matado si hubiera podido.
—¡Tú lo habrías matado a él! —escupió Cyrene.
—¿Y qué pasa? —el hombretón extendió las manos, apelando
directamente a Dion—. No es una persona. Es una cosa, un animal
si me apuras, un monstruo, una criatura tocada por la Oscuridad.
Nos pertenece para darle uso o destruirlo si lo consideramos
adecuado. Soy un hombre, un hijo de la Luz. Es mi derecho destruir
esta abominación si resulta ser una amenaza para mí o para
cualquier otro ser humano. No tiene derecho a la vida.
—¿Pero tú has oído lo que has dicho? —replicó Lief,
desanimado.
—Me habría matado —repitió Harathes, fijó la mirada en Dion—.
Violó a Cyrene. Hay que destruir a esa cosa.
—¡No…! —comenzó Cyrene, pero se detuvo cuando vio la
mirada de los demás fija en ella—. No fue lo que ocurrió.
—¡Sí lo fue! —le gritó Harathes a la cara—. Debe haber sido así.
¿Cómo si no? ¡Te manipuló o te forzó, porque es una criatura,
Cyrene! ¡Una cosa inhumana y repugnante te ha tenido! ¿Cómo te
atreves siquiera a sentarte aquí y mirarnos a la cara…?
—¡Ya basta! —rugió Dion. El tono de su voz hizo que Harathes
cayera de nuevo en su asiento. Cyrene parecía estar conmocionada
y temblaba, mucho más de lo que Dion había visto nunca.
—Hablaré con Cyrene —decidió—. A solas, hablaré con ella. Y
después tendréis mi dictamen.

***

—Cuéntame —sugirió Dion.


Sin los hombres presentes, la sala parecía cavernosa. Dos tazas
de té de nuez moscada humeaban entre ellas, algo que Dion
esperaba que Cyrene interpretara como una especie de paz, una
señal de que aquello no era la inquisición sino dos mujeres
hablando juntas. Como en los viejos tiempos, rememoró la
sacerdotisa. En una ocasión hablaron, cuando Cyrene juró su
causa. La causa había crecido mucho en la mente de Dion desde
entonces, y había dejado de hablar con nadie.
—Como sacerdotisa de Armes, cuéntame —intentó de nuevo—.
Escucharé.
—No fue una violación —dijo Cyrene, sin mirarla.
—Entonces… ayúdame a entenderlo, Cyrene. Porque no soy
capaz. Todo lo que veo es… algo terrible.
—Algo que te ofende. —La voz de la guerrera estaba muerta.
—Sí —admitió Dion.
—Algo desagradable. Algo que te da asco.
—Eso… me temo.
—¿Y si me hubiera acostado con Harathes en cambio?
—Eso me hubiera decepcionado, pero es el peor de los dos
males. —Las palabras salieron sin que pudiera refrenarlas, una
señal del cansancio que acumulaba Dion.
—¿Entonces lo que te desagrada son las relaciones carnales?
¿O solo Harathes? ¿O son los monstruos? —Cyrene tenía la mirada
fija en la mesa.
—La iglesia tiene una variedad de opiniones, de secta a secta —
explicó Dion, refugiándose en la pedantería, pero entonces dijo—:
pero las dos últimas. Soy realista. Sé lo que hace la gente.
—¿Realista? ¿Tú? ¿La señora de la Torre de Marfil? Ni siquiera
vives en el mismo mundo que el resto de nosotros.
—Eso es injusto. Y no es cierto.
—No sientes como nosotros —la acusó Cyrene—. Eres santa,
escogida por la Luz. ¿Qué vas a saber?
—No estamos hablando de mí —se apresuró a responder Dion
—. Es que… tengo que tomar una decisión, ya lo sabes. Ayúdame,
Cyrene. Dime qué hizo la criatura.
—Nada.
—Evidentemente no es verdad.
—Solo… —Cyrene se llevó las manos a la cabeza—. Es que…
estaba ahí.
Dion frunció el ceño.
—Vamos a enfrentarnos a la Oscuridad, era tarde, yo estaba…
quería… No lo entenderías. No puedes comprenderlo. Me sentía
sola, Dion. Estaba sola y quería a alguien. Y él estaba ahí, y él es…
no conlleva ninguna de las complicaciones que habría con… bueno,
ya sabes cómo es Harathes. Un viaje y para él ya perteneces a su
establo.
—Es un caballero de la iglesia.
—Es un imbécil. Es un capullo insufrible y taimado. Y siempre es
lo mismo. Tú no tienes ese problema. Eres una sacerdotisa. Eso
implica que la gente no te mira del mismo modo. Pero créeme
cuando te digo que la mayoría de nosotras no podemos hablar con
un hombre sin que nos mire con condescendencia y decida si quiere
o no meternos un buen viaje. Y si lo hace, da igual lo que seamos,
da igual lo que hagamos, siempre está ahí en algún lugar de su
mente. Y si no le gustamos, eso también es un prejuicio,
eliminándonos de la lista como algo sin valor. No puedes librarte de
ello. Y siempre implica que eres una mujer primero. No eres una
guerrera, o una arquera, o siquiera una amiga con quien tomar un
trago. Eres una mujer, y eso significa que tienes tu sitio, y un uso. —
Escupió el sabor que aquellas palabras le habían dejado en la boca
—. ¿Y sabes qué? Con Enth no me ocurre.
—¡No ocurre porque no es humano! —contestó Dion—. Es una
criatura de la Oscuridad. Es una araña, por el amor de la Luz.
—Pero ya no lo es —replicó Cyrene sobriamente—. Lo que
Penthos comenzó, nosotros lo hemos perpetuado. Cuando le miras,
ves todas esas piezas de humanidad que le han sido cosidas.
Era, pensó Dion, una horrible y trágica metáfora.
—Entonces es como uno de esos insectoides, que se construyen
una casa de piedra y se ocultan dentro. Pero siguen siendo
insectos. Es una triquiñuela para engañar a su presa.
—Y yo soy su presa, ¿no?
—¿Qué se supone que debo pensar?
—Por lo menos que soy capaz de controlar mi propio rumbo. Por
lo menos piensa que si hubiera un problema, y estoy ahí, quizá no
necesite que me rescaten. Que puedo tomar mis propias decisiones.
En resumen, que dejes de pensar como Harathes.
Dion respiró hondo.
—Insinúas que hiciste… eso por voluntad propia.
—Sí.
—Porque estabas ebria.
—Porque quería. Ebria, sí, pero quería… calidez. Contacto.
Refugio del mundo y sus putas estupideces. Y él fue lo
suficientemente humano como para… —Se detuvo, reflexionó—. Es
fuerte, ¿sabes? Sus brazos. Pero casi delicado. Es…
—No quiero escuchar esto.
—Y él estaba ahí, y fue tan… me escuchó. Y no podía herirme.
No podía… —Cyrene levantó la mirada, un espasmo de ira cruzó su
tez—. Puede… puede que haya sido una violación.
Dion se levantó tan rápido que casi volcó la mesa.
—Entonces lo destruiré. Nos la jugaremos sin la criatura.
—No quería decir eso.
La sacerdotisa la miró un buen rato hasta que comprendió.
—Oh.
—Porque… no recuerdo exactamente cómo pasó todo, cómo
llegamos a… pero no pensaba en… no creía que no pudiera decir
que no.
—Oh —repitió Dion. Agarraba el borde de la mesa con fuerza—.
Oh, pero…
—Pero ¿qué? ¿Vas a repetir los argumentos de Harathes, Dion?
Que es un monstruo. ¿Qué no tiene derechos? ¿Puedo violar al
cabrón tanto como me venga en gana, ordenarle que haga todas
esas cosas que tantísimo te ofenden? Y aun así todavía sería el
culpable, de algún modo… ¿qué, me habría manipulado? ¿Y yo soy
una criatura de la Luz? ¿Inocente sin importar nada?
—Eso no es… lo que estoy diciendo. No es necesariamente
doctrina.
Cyrene puso la mueca de una dura sonrisa.
—Entonces, lo que quiero decir es que no te toca a ti decidir lo
que yo hago con Enth, decides qué hacer conmigo.
—No, sabes que yo…
—¿Qué? ¿No lo harías? ¿Sin importar el qué? Porque creía que
no era «necesariamente doctrina». ¿O tú eres especial? Tú sí
puedes decir la tuya, ¿no?
—Cyrene, por favor. —Para su propia vergüenza, Dion sintió que
estaba a punto de perder el control y ponerse a llorar.
—Enth vive. Enth se viene con nosotros, sin ataduras y libre. Y
cuando terminemos, recuperará su forma y le llevaremos a casa.
Dion hundió los hombros, pero al mismo tiempo una fuerza
pareció salir de ella. Sin embargo, era un sentimiento traicionero.
Había vuelto a eludir sus responsabilidades. Había tomado el
camino fácil, evitar la confrontación.
«¿Cómo podemos lograrlo, cuando estamos tan hundidos en la
equivocación?». Pero asintió, con un cansancio abominable a pesar
de que la mañana comenzaba a despuntar.
—Nada de provocar a Harathes.
—No me hace ni falta. Se lo hace él solo.

***

Tras un tenso día enjaulados en Cad Nereg, durante el cual se


evitaron los unos a los otros, uno de los escoltas llegó para informar
a Dion de que saldrían al anochecer. Recayó en Cyrene sacar a
Enth de su encarcelamiento.
Se acercó a la puerta cerrada con llave con cierta agitación,
tratando de ordenar los fragmentos de la memoria de la pasada
noche. ¿Cuánto le había forzado? ¿Hasta qué punto él había sido
su víctima? No era capaz de separar el bien del mal: estaban
entrelazados, como amantes.
Quizá ahora Enth la odiaba. Aquel pensamiento le dolía. La
única retirada del dolor sería tomar el terreno que Harathes había
preparado: que Enth era una cosa, un monstruo; que Enth fuera
capaz de sentir (si es que podía) era demasiado trivial para que los
humanos bendecidos por la Luz perdieran el tiempo con ello.
Rehuyendo aquella conveniente filosofía, se exponía a las
consecuencias emocionales de sus actos.
Al abrir la puerta él estaba allí, de pie al otro lado como si
hubiera estado esperándola todas y cada una de las horas del día.
Trató de encontrar significado en su gris rostro, en los discos
líquidos que tenía por ojos, y dejó que el instante se alargara. Algo
en ella se removió: incierto pero innegable. Recogía fragmentos
tamizados de la noche anterior. La confusión, los movimientos
inciertos, el miedo de algo desconocido e inescrutable; entonces el
contacto físico, los ritmos y el abrazo alrededor, los duros músculos
de su espalda; su propio agarre feroz que tenía la fuerza suficiente
como para aplastarla, y aun así jamás sería capaz. Y ella se tumbó
junto a él, después, y no sintió nada de la culpa, la vergüenza y el
asco que normalmente la acometía, con aquella claridad postcoital.
Porque no se había abalanzado hacia la exagerada historia de algún
ligón, eso sería dejarla marcada y sucia con la expectación y el
equipaje. Enth era tabula rasa, y ella se había alejado de él
inmaculada. O así se había sentido. Recostada junto a él, todavía
con el confort de la ebriedad y sintiendo cómo el sueño la cubría
como una sábana, se sintió en paz.
—Nos vamos —pronunció con voz entrecortada—. Nosotros…
—«Anoche, necesito hablar contigo de anoche, necesito saber si te
he engañado». Pero no encontraba las palabras, y era más que
probable que Enth no tuviera la habilidad de entender la pregunta.
Sin duda él entendía lo que había pasado como una extensión del
modo en que le habían tratado desde que le sacaron de su hogar. El
pensamiento era afilado y horrible.
Quería decir que lo sentía, pero incluso aquello podría ser más
de lo que él sería capaz de comprender y, de todos modos, ¿qué
solucionaría? Ya se había disculpado demasiadas veces a lo largo
de su vida.
—Gracias por no matarme —dijo Enth de pronto, al parecer tras
su propia lucha con el vocabulario.
—Yo, sí, te defendí. Lief te defendió. No van a matarte. —Ella
sintió un torrente de alivio al ver que la conversación había llegado
tan rápido a un término medio.
Pero la cabeza de Enth se ladeó un par de veces, un extraño tic
hasta que ella vio que la estaba girando él, negaba con la cabeza.
—Tras la unión —explicó.
Pasó un instante antes de que pudiera responder.
—¿Quieres decir después de que tú y yo…? ¿Por qué querría
matarte? —Pensó que él quería decir que ella se habría horrorizado
ante lo que había hecho, quizá, o… No, no sabía para nada a qué
se refería.
—Es lo que pasa. Es lo que pensé que iba a pasar —respondió
él, escogiendo con cuidado las palabras—. Cuando estaba, cuando
yo era… yo mismo, es como debe ser.
Y ella pensó, «arañas», y se tapó la boca con la mano. Era
espantoso. Peor, si él había esperado eso durante la pasada noche,
y aun así… y al mismo tiempo una parte de ella quería echarse a
reír a carcajadas.
«Y yo preocupada. Agobiadísima por sus sentimientos. Y él
pensando en si iba a matarle y… ¿qué?».
—¿Creías que iba a comerte? —probó.
Él asintió, como si fuera muy obvio.
—No sé cómo es con los humanos.
—Bueno, ahora ya lo sabes. —Cerró los ojos y se masajeó las
sienes—. Y supongo que esto pone muchas cosas en perspectiva.
Pero lo siento. Siento que… —No fue capaz de terminar—. Siento
haberte usado. Lo siento.
Él rozó su brazo y ella abrió los ojos, vio las puntas de los dedos
en su piel, antes de que las apartara a toda prisa. Tenía los ojos
puestos en ella, el rostro no reflejaba ninguna de las expresiones
manufacturadas que había aprendido. Sin embargo, no dijo nada,
tan solo esperó a que ella le guiara.

***

El líder del escuadrón de exploradores era un hombre hirsuto y


fornido que no escondía la creencia de que estaban
condenadísimos, lo suficiente como para no molestarse en
preguntar sus nombres. Masticaba constantemente, alguna especie
de hierbas o algo parecido, y hablaba solo cuando era necesario.
Tenía una cara muy expresiva, que él utilizaba para mostrar lo poco
que le preocupaban Dion o sus acompañantes.
Abandonaron Cad Nereg al anochecer, en aquella hora ciega
cuando las sombras esconden más a simple vista que la propia
oscuridad, e incluso los ojos adaptados a la oscuridad de los
cadavéricos estaban en desventaja. Los exploradores eran una
docena, embozados en capas grisáceas cargaban pequeños arcos
curvos y espadas cortas, cada pedazo de metal oscurecido y
cubierto. Ahí fuera en la penumbra creciente el bando opuesto
puede que estuviera mirando hacia ellos sin darse cuenta de nada.
El Señor Oscuro era pródigo con las vidas de sus siervos. Espías
cadavéricos que solían salir en grandes grupos y sin demasiada
sutileza. La Luz no podía permitirse ser tan derrochadora con sus
filas. Y aun así, los exploradores morían. Cada pedacito de
información reunido sobre los ejércitos de Darvezian había costado
sangre.
Dion y su banda no tenían intención de merodear bajo la sombra
de Cad Usgath. Ahora era cuando Nth tenía que demostrar su valía.
No había apenas duda de lo que haría Harathes si no era capaz.
—Debes guiarnos ahora —le dijo Dion, en voz baja, pero firme
—. Aquí es donde debemos confiar en tus directrices, y te juro que
si…
Él levantó un largo dedo, acallando sus palabras con el asombro
de aquella presunción.
—Lo sé —contestó él. Nada más, y desde luego no señaló lo
cerca que habían estado de matarlo, con traición o sin ella. Sin
embargo, al mirar sus expresiones vio el pensamiento allí reflejado,
en aquel idioma que había estado aprendiendo a duras penas desde
que se lo llevaron de su hogar.
—Bueno, pues, estamos donde indicaste. A partir de aquí nos
debería guiar tu sendero de la araña, para cruzar las defensas de
Cad Usgath y la gran hueste que Darvezian está reuniendo. Por
ahora viajamos con exploradores, pero tienes que indicarnos…
—Aquí. —Nth se detuvo de pronto, se acuclilló. No miraba a su
alrededor, sino dentro, con las manos sintiendo la roca de Hueso
Roído. El conocimiento titilaba en su cabeza, como si un gigantesco
bloque de hielo se derritiera gradualmente, como si este lugar
tuviera una calidez que solo él pudiera sentir—. Estamos cerca. —
No sabía de qué.
—Aquí no hay nada —replicó el explorador jefe.
—Se supone que es un camino secreto —señaló Lief.
—Si existe algún modo de que el enemigo se arrastre hasta
aquí, lo sabríamos. Sus espías salen de las puertas laterales de Cad
Usgath.
—A menos que haya espías que no capturáis —aventuró
Cyrene.
El explorador jefe mostró desagrado ante la puntualización, y el
mismo desagrado hacia Nth.
—Apesta —opinó.
—Dímelo a mí —gruñó Harathes, pero Dion le mandó callar.
—No es un camino del Señor Oscuro —explicó Nth, con la frente
fruncida. En su mente aquel pegote formado sin digerir de recuerdos
de Madre se movió y desplegó un poco las patas—. Esto es lo que
encontró mi madre, ¿o lo creó ella? En otra era, cuando habitaba
este lugar. Antes de Darvezian, antes del Señor Oscuro que vino
antes de él. Antes de que se marchara, aquí habitó, en una rendija
de la roca, en una cueva, en un laberinto de cuevas. Aquí sorbió la
sangre de cadavéricos, los jugos de hombres, de habitantes de los
túneles ciegos, de… —Se dio cuenta de que le miraban de aquel
modo, incluso Lief y Cyrene, y terminó con la letanía. No hacía
mucho eso hubiera sido todo lo que tenía que decir, pero ahora era
capaz de interpretar tanto de ellos. Estuvo tentado y añadió con un
tono miserable—: Así era, cuando ella estaba en este lugar. Yo
solo…
—Ya basta —cortó Dion tan de golpe que él se encogió—. No
me importa. Limítate a guiarnos.
Ella dejó que los exploradores siguieran con su misión,
bendiciéndoles con un toque de Luz, y Nth sintió un chispazo de
dolor en su interior cada vez que lo hacía. Hizo que todo su miedo y
temor por ella despertara. Por ella y por todos, por toda la
humanidad y su elogiado Armes. Y aun así, ahora le dolía más.
Porque era otro muro como todos los demás que Penthos había
construido para él. Era una frontera que no podía cruzar. Le
señalaba como una plaga impía, y nada de lo que hiciera podría
quitar esa marca. Comenzaba a verse a través de sus ojos. Deseó,
con todas sus fuerzas, que pudiera desaprender todo lo que le
habían enseñado. Todo era más simple cuando era solo un
prisionero.
Y aun así: beber, descubrir qué era una broma, la compañía de
Lief, Cyrene. Desde luego que abandonaría estas cosas en lo que
dura un latido por ser purificado y devuelto a su antiguo yo. Lo
entregaría todo. Los traicionaría sin dudarlo. Él no era como ellos.
Le hacían débil. No su odio, sino todo el maremágnum de
emociones, pensamientos e ideas. Le hacían débil y estaban
logrando que él quisiera serlo.
Se dio cuenta de que Dion le había dirigido la palabra dos veces
desde que se marcharon los exploradores, y levantó la cabeza muy
deprisa. Los recuerdos se habían descongelado, los anales de una
longeva vida dedicada a la depredación en las sombras, en los
recovecos de las montañas. El camino que ni siquiera Darvezian
conocía.
—Sí. —Se levantó. «Haré lo que me piden. No puedo hacer
nada más. Estas ataduras que han puesto en mí son una bendición.
De otro modo tendría que escoger, ¿y qué escogería yo?». Eran
pensamientos humanos, y él los odió, pero eran suyos; ellos eran él.
Ni con la espada más afilada del mundo podría habérselos
arrancado de su interior. «¿Y desde cuándo necesito espadas?».
En su mente había un camino, pero era más complicado de
seguir de lo que había anticipado: un sendero para una criatura que
se arrastra y para la cual los muros no son un obstáculo, no un
sendero para aquella torpe forma semihumana. De todos modos,
podía trepar mejor que los demás, con una soga atada al hombro.
Escaló y gateó, tiró y arañó, sabiendo que, en una edad ya pasada,
Madre había cruzado por aquel camino, había ido en busca de un
nuevo hogar. ¿Por qué? La respuesta no estaba todavía en su
mente. Tan solo el sendero que todavía existía.
Vio ante él la grieta entre las rocas por la que ella emergió tantas
generaciones atrás. Debió ser tan joven en aquel entonces, la mitad
de su actual tamaño para caber en aquella abertura. Esperó a que
los demás le alcanzaran: cuatro de ellos sudaban y jadeaban, con
Harathes vestido con su armadura poco más que un peso al final de
una soga. Penthos se había limitado a ascender, flotó en el aire
como la semilla de un diente de león.
—Ahí —les dijo—. Vuestro sendero está ahí.
—¿Y dentro? ¿Se bifurca? ¿Hay muchas cuevas? —preguntó
Dion tras recuperar el aliento.
Él asintió.
—Conozco el camino. —Al pronunciar aquellas palabras, el
conocimiento se cumplió.
—¿Qué hay ahí dentro? —preguntó Lief, y al ver que Nth se
encogía de hombros, añadió—: ¿Queréis que eche un vistazo?
—Ve —accedió Dion, y el ladrón comenzó a acortar distancia
con la boca de la cueva, el movimiento de cada mano o pie eran un
homenaje al silencio, un rumbo que daba un ligero rodeo para
acercarse sin ser observado a plena vista.
Nth se movió antes de que su mente hubiera registrado lo que
habían visto sus ojos. Después, agachado encima de Lief con los
ojos aterrados del ladrón fijos en él, lo identificó como un ataque
instintivo de depredador que había tenido en otra forma. Cuando se
movía por los hilos, cuando la sensación de lucha le llegaba por las
patas a través de la red, era casi imposible no seguir aquel señuelo
tembloroso y atacar.
Se había atascado, incluso en aquella forma. Su mente había
sido transportada a un tiempo más simple, y se había lanzado a por
Lief y lo había sometido contra la roca. Los demás gritaban. Dion le
ordenaba apartarse. Por un instante no tuvo el suficiente control de
su cuerpo para obedecer, pero después se alejó a rastras, con Lief
todavía mirándolo con fijeza, perplejo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó a Cyrene a uno de ellos. Y:
—Os lo dije —dijo Harathes.
Nth se preguntaba qué había sido, por qué él…
—No os mováis —advirtió, con un tono de voz suficiente alto
para que todos le oyeran. En voz alta, porque el sigilo aquí no
serviría de nada, y el sonido no sería escuchado.
—Si le haces algo a Lief te… —comenzó el guerrero, pero
Cyrene le mandó callar.
—¿Qué, Enth? —preguntó ella.
Él alargó un brazo, los ojos de Lief siguieron cada uno de sus
movimientos entre fascinado y horrorizado. Tocó el hilo. Lo movió,
tocándolo como la cuerda de un instrumento, y se hizo visible para
el resto. Habló a aquellos que había dentro, aunque en un idioma en
el cual su cuerpo ya no podía formar pensamientos.
Lief había estado a punto de tropezar con la línea y comunicar a
los habitantes de la Oscuridad que allí merodeaban que era una
presa, y habría activado la trampa de hilos tan resistentes como
cables y quedar atrapado en ella. Estaban anudados por todas
partes entre las rocas de la boca de la cueva, resplandecían ante la
mirada de Nth, pero al parecer eran invisibles para los humanos. Y,
al ver aquel hilo, aquella trampa, Nth había saltado como un resorte.
Pero su antiguo instinto estaba corrompido. Había saltado para
agarrar a Lief justo cuando estaba al borde.
Sintió reacciones confusas. Se alegraba de haber salvado a Lief.
Estaba profundamente decepcionado consigo mismo.
—Cuando tú… cuando ella se marchó —dijo Cyrene en voz baja
—. ¿Dejó algo atrás?
«Está atestado». El conocimiento acudía a él. Y estos hilos eran
recientes. Estaba seguro de que alguno de los exploradores de
ambos fuertes habían sucumbido víctimas a algo más que el
enemigo.
—Sencillito —intervino Lief—. Da la casualidad que hemos traído
a nuestro propio nativo.
Nth se fijó en que todas las miradas estaban puestas en él.
—No soy nativo de este lugar —explicó, inseguro.
—Más que cualquiera de nosotros —declaró Dion—. Ve a los…
—Contuvo lo que iba a decir—. Ve a los tuyos. Diles que no venimos
para declarar la guerra. Pídeles que nos dejen pasar, y no les
haremos daño.
Nth miró su terrible pero sereno rostro.
—Es una intrusión. Una invasión de su territorio. —Hubo de
buscar para encontrar cada palabra, complementó su vocabulario
con ideas enterradas profundamente que provenían de Penthos. Los
conceptos eran claros y obvios para él, pero los humanos tenían
tantas palabras, aunque todas juntas acumulaban bien poco.
—Y nosotros somos capaces de abrirnos camino con la fe y con
la llama —repuso Dion, tranquila—. Lo sabes. Por lo tanto:
convéncelas.
Nth paseó la mirada por todas las caras, pero incluso aquellos
que podrían ser sus aliados estaban muy a favor de su plan. Al fin,
se giró hacia las fauces de la cueva.
Vio movimiento, y pudo imaginar los cuerpos abultados, las
patas flexionadas: por lo menos lo enviaban a un lugar más limpio y
saludable que las repugnantes ciudades humanas.
Se aproximó con cautela, saltando o agachándose para esquivar
los hilos, no estaba listo para entrar en el mundo de su dialecto
hasta que estuviera más cerca. Tenía las miradas puestas encima.
Quizá se preguntaban qué era.
Cuando estuvo más cerca, lo suficiente como para sentir la
creciente tensión que se estaba generando, alargó los dedos hacia
los hilos más cercanos, aquellos que se internaban en las sombras
de la cueva. Los tocó con suavidad, con las palabras de Dion en
mente, tratando de encontrar una traducción que fuera fiel a las
originales para cumplir con las prohibiciones de obediencia de
Penthos. Cernió sus manos sobre el hilo, como un hombre con la
boca abierta pero nada que decir.
Tocó; tiró.
Ruido. Solo ruido.
Trató de detener el temblor de los hilos a toda prisa. La idea
estaba en su mente, cómo transmitirles los pensamientos, pero
entre el cerebro y los dedos estos se transformaban en nada
excepto en los gemidos y los balbuceos de un idiota.
Siseó entre los dientes que le habían proporcionado, y lo intentó
de nuevo, con torpeza y titubeos, pero no transmitió nada. Entonces
vio un movimiento brusco y casi cayó de espaldas cuando una
enorme araña se abalanzó hacia él, levantando las cuatro patas
frontales en el aire, blandía los colmillos como dagas curvas. Él se
echó hacia atrás a toda velocidad, sentía muchos ojos fijos en él, los
claros orbes de la cueva, y la pálida y rasgada mirada de los
humanos.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Lief—. ¿O es una forma muy
agresiva de preguntarte cómo te va?
—No puedo hablar —Nth se miró las manos, sintiendo el temblor
que las sacudía—. No puedo formular las palabras. —Su vida
reciente había sido sentirse dividido, pero ahora volvió a sentirlo
todo.
—Pues estupendo —escupió Harathes—. ¿Y ahora de qué nos
sirve?
—Si ese es el camino para avanzar —dijo Dion con voz lúgubre
—, entonces es el sendero que tomaremos. Si los habitantes no nos
conceden un paso seguro, les mostraremos que no pueden
bloquear el paso a los siervos de la Luz. Será como en el bosque.
Tendremos que acabar con ellas hasta que aprendan a evitarnos,
como con todas las bestias.
—¡No! —exclamó Nth. Recordaba con claridad el bosque. Ahora
que trataba de visualizarlo, se vio inmerso en el círculo de luz
llameante desde el que observó a su familia huir o arder. No podía
imaginarse como uno de los habitantes del bosque. Sintió que se le
aceleraba el corazón, el pánico lo dominaba, e incluso aquella
sensación era única de los humanos, distinta del equivalente
arácnido. Los propios órganos a través de los cuales el cuerpo se
comunicaba con él estaban mal.
—Entonces habla con ellas de nuevo —exigió Dion, y no por vez
primera, por su tono exasperado.
—No puedo —dijo, desesperado—. Este… cuerpo, estas —
levantó ambas manos como si fueran carne muerta—. Ya… no
puedo hablar más. ¡Me lo arrebatasteis!
El rostro de Dion se oscureció y Nth comenzó a acobardarse del
veredicto que ella iba a sentenciar, cuando Penthos añadió:
—Supongo que puedo devolverle su forma un rato. ¿Ayudaría?
Todos miraron al mago, incluido Nth.
—Eso… —comenzó Lief—. Eso es algo que puedes hacer, ¿no?
Penthos parecía exasperado.
—¿Acaso no soy el maestro supremo de…?
—Del Poder Elemental, sí, sí. Pero puedes…
—Hazlo —dijo Nth. No se dio cuenta, hasta que les vio
observarle, de la energía con la que había pronunciado las palabras
—. Hazlo. Haré lo que queráis.
Dion asintió con cautela.
—Si es seguro.
—¿Seguro? —parpadeó Penthos, como si alguna vez hubiera
sido el lema de su hechicería, opuesto a «incendiario»—. A ver,
criatura, escucha.
Nth escuchó. Toda su atención estaba dedicada al mago.
—Te transfiguraré de vuelta con el aspecto de la cosa escurridiza
que eras —dijo Penthos, grandilocuente. Ante el sonido del rechinar
de dientes de los demás por la frustración, o quizá ante el audible
pasar de la noche, se apresuró—. Bueno, negociarás con tus
repugnantes parientes con honestidad y lealtad, y defenderás
nuestra causa, podremos cruzar ese paso desconocido hasta
Darvezian. ¿Listo?
—¡Sí! —arguyó Nth incluso antes de que el hombre hubiera
terminado. Se preparó, sintiendo con intensidad la flácida carne
humana que llevaba encima. «Sí, sí, ser libre, ser yo de nuevo…».
Y se quedó boquiabierto cuando Penthos sacó una vela de la
túnica. Era mayor que el pegote que había usado el sentenciador,
pero no dejaba de ser una vela sin más.
—Mientras la llama arda —expuso Penthos, aunque Nth ya lo
sabía—, mantendrás la forma que yo te dé. Una vez termine,
volverás a esta forma, así que date prisa.
Nth no estaba seguro de decir nada. Para su propia sorpresa,
Cyrene lo hizo por él.
—¿Por qué no romper el hechizo y convertirlo en araña? Es lo
que quiere. —Parecía tener dificultades con las palabras, pero logró
pronunciarlas.
—No tienes concepto alguno de la magia suprema —despachó
Penthos—. Algo así requeriría un gran ritual como hice con su
creación, un lugar del que drenar el poder, toda una noche de
trabajo. Y además, las ataduras que puse en su mente podrían no
sobrevivir a la reversión, liberándolo para acometer la inevitable
traición. Esto no es más que una transformación temporal. Podría
hacérselo a Harathes con muchísima facilidad, pero no sabría qué
hacer con tantas patitas.
Y con ello, se giró e hizo un gesto con las manos hacia Nth,
como si quisiera espantarlo. El hombre araña reculó, asombrado, y
entonces…
Agonía. Pura agonía. Escuchar el agudo chillido que provenía de
una garganta convertirse en sangre y absoluto dolor. Sintió cada
extremidad, cada músculo, coserse, y los órganos se fundieron en
un horno y salieron nuevos: tomaron formas familiares, y aun así no
eran suyos. Nada de aquello era realmente suyo. El mago lo había
travestido, aunque los humanos no serían capaces de ver la
diferencia. Era un caótico y endeble truco de magia.
Pero ahora estaba más cerca del suelo, como solía ser, y tenía
las patas que recordaba, la cantidad y las articulaciones. Volvía a
tener sus sentidos. Los humanos le decían algo, y él apenas fue
capaz de sentir las palabras en el abdomen, pero el idioma del
mundo era clarísimo: cada paso, cada roce le llegaba con toda
claridad.
Se giró hacia ellos, veía borroso, los observó dar un paso atrás,
conscientes o no, excepto Penthos. Los numerosos ojos de Nth
interpretaron el desagrado de Harathes, y una tirantez en los rasgos
de Dion. Observó a Lief y Cyrene vigilarle con tristeza. Entonces el
ladrón alzó una mano y saludó, mariposeó con los dedos. Movió los
labios, y la sensación llegó a Nth a través de las patas: ¿estás ahí?
Todavía tenía sus palabras. Todavía era humano por dentro, o
todo lo humano que Penthos le había hecho. Deseó de corazón no
retener su idioma para no estar anclado en su mundo.
Y al mismo tiempo, sintió un escalofrío de pérdida, ante la idea
de que algún día escaparía por completo de aquel mundo, y volvería
a su forma de verdad. Todas aquellas complejidades y estupideces
que los humanos practicaban… no las echaría en falta, no. El propio
pensamiento era… era humano. Y al mismo tiempo suyo.
Les dio la espalda y se escabulló hacia la apertura de la cueva.
Puso toda la atención en el asunto que tenía entre manos porque la
confusión y la ruina podían hacer que su mente divagara en tales
ideas.
En las fauces de la entrada le esperaban, muchísimas. Las sintió
apiñarse, listas para atacar o para repeler una incursión, y por un
instante el pensamiento de aquellos cuerpos apretujados unos
contra otros le hizo sentir extraño, incómodo.
Pero estaba en las cuerdas, y debía tocar. Extendió las
extremidades frontales y las rozó con delicadeza. Sintió como si
hubiera comenzado un diálogo con otra parte de sí mismo.
9
LOS PIONEROS SE ABREN CAMINO

«E scuchadme, pues tengo palabras para vuestra Madre»,


rasgueó, y supo que ellos repiquetearían y tirarían de sus
palabras hacia dentro, en la oscuridad, hasta que alcanzaran las
estancias más profundas, las cavernas de crianza donde los huevos
y su ponedora descansaban.
«Viste la capa que quieras —llegó la respuesta—, sabemos qué
eres, Hombre».
«Soy de las vuestra».
Sintió su desdén, transmitido sin piedad por el tono y el tenor de
su repiqueteo. «Eres Hombre. No puedes engañarnos».
Nth se detuvo para pensar en cómo exponer su declaración.
Tenía la mente inundada de conceptos que solo podía expresar con
palabras humanas, para su creciente terror, descubrió que incluso
pensar como su verdadero yo era complicadísimo. ¿Cuándo su
torrente interno de pensamientos se había transformado en algo
humano? Considerando cómo trataba de encuadrar aquellas ideas
en idioma arácnido, se sintió frustrado. ¿Cómo había logrado su
especie llegar tan lejos con tan pocos conceptos definidos?
Porque, se contestó a sí mismo, era más sencillo así, y eso
significaba mejor. Reivindicaba con desesperación en su interior la
superioridad moral de la tela, del bosque y de la cueva, sobre la
escurridiza bazofia de la ciudad y la fortaleza. ¿Los humanos
odiaban a su verdadera familia porque de vez en cuando se
alimentaban de los dulces jugos de los hombres? ¿Qué era eso en
comparación con lo que se hacían los unos a los otros?
Pero no fue capaz de expresar nada de esto. Tenía que reducir
la capacidad de su diccionario hasta los temas comunes más
simples o no llegaría a ninguna parte.
«Mi madre habitó este lugar. Lo dejó y encontró un nuevo
hogar». De momento bien, y hubo una expectante quietud en los
hilos que dio muestra de que, por lo menos, le escuchaban. «El
mundo de afuera está inundado por los humanos». No logró
comunicar su horror en aquella frase a ningún nivel satisfactorio,
pero ¿qué más podía decir? «Los humanos libran la guerra contra el
maestro oscuro que vive aquí cerca». Estarían al corriente de su
vecino Darvezian. «Los humanos seguirán un hilo que les guiará
para atacar al maestro oscuro. Los hilos cruzan vuestro territorio.
Los humanos no quieren haceros daño. Los humanos cruzarán
vuestro territorio».
Ahora sintió el retumbar y los tirones de su preocupación.
¿Humanos a través de sus cavernas? Imposible, una intrusión
impensable que solo recibiría como respuesta la violencia. Eso era
lo que preocupaba a Nth desde el inicio.
«Los humanos son muy poderosos», insistió, golpeando con
fuerza para enviar su mensaje a través de la masa inquieta en la
cueva. «Disponen de fuego y de luz que mata. Lo he visto. Alejaos
de ellos u os masacrarán».
«¡Lucharemos! —Resonó en las cavernas—. Dile a tus humanos
que sigan el hilo por otro sitio. Defenderemos nuestro nido de tus
Hombres».
«No se puede razonar con los Hombres, —les dijo Nth, con tacto
—. Destruyen aquello que tocan. Son muy poderosos. Están
convencidos de su propósito y no pueden ser persuadidos.
Resistirles es la muerte, pero si les dejáis tranquilos pasarán y se
marcharán, y no dejarán marca alguna».
«Los devoraremos. Los atraparemos y beberemos sus jugos.
Somos más fuertes que los Hombres», y Nth se imaginó al cubil
entre las cavernas escabullándose, correteando y preparándose
para la batalla.
Fue a suplicar y descubrió que no tenía modo alguno de decir
«por favor» o de rogar. El habla de las arañas carecía del concepto.
Mientras los humanos vivían con sentimientos confusos que podían
oscilar con simples palabras, los suyos valoraban la razón y la
evidencia. Donde las arañas sentían, lo hacían con todo su cuerpo:
miedo, ira, lealtad familiar, no eran cosas con las que se podía
juguetear con un simple argumento.
«He visto a los humanos aniquilar a muchísimas de nosotras con
su fuego y su luz y las garras de metal, martilleó en los hilos. Nos
odian. Utilizarán cualquier excusa para acabar con nosotras. Me
raptaron y cambiaron mi forma en la suya para convertirme en su
seguidor. Pero no soy… no soy… yo soy…». Sus patas temblaron y
no pudo hablar.
«Eres uno de ellos», dijeron las arañas de las cavernas,
implacables.
Y al fin solo pudo decir: «No quiero esto. No quiero ser un
Hombre. Recuerdo cuando era una de vosotras y la vida tenía
sentido. Pero no puedo cambiar lo que soy ahora. Y tenéis parte de
razón. Todavía no soy uno de ellos, y tampoco soy como vosotras.
Pero soy lo suficiente de ellos como para comprenderlos y lo mismo
con vosotras. Y soy de ellos lo suficiente como para pedirles que no
incendien vuestro hogar, si les dejáis tranquilos. Pero si combatís,
os matarán. Aniquilarán a vuestras cazadoras y a vuestras crías,
destruirán los huevos, y asesinarán a vuestra Madre. Pelead contra
ellos, y no dejarán nada más que ceniza a su paso. Lo he
presenciado: su poder y su odio contra nosotras. Contra vosotras.
Pero si me aseguran que no causarán daño, excepto si son
atacados, sé que es cierto».
Nth se sacudía por los temblores, trataba de enviar el mensaje
con tanta intensidad que casi se pierde en el eco de los hilos. «No
puedo evitar que entren en estas cavernas. No puedo retenerles de
causar daño. Solo podéis apartaros de su camino».
Dijo todo lo que pudo, agachado en la entrada de la cueva,
sentía extrañas vibraciones mientras las que habitaban las
profundidades debatían con ferocidad. Imaginó a su madre, que
había vivido soberana durante incontables generaciones, a quien
ahora le exigían que se echara a un lado. ¿Cómo reaccionaría su
propia Madre si la banda de héroes hubiera hecho aquella misma
petición antes de entrar en el bosque? No hubiera escuchado, sin
lugar a dudas. Penetrar la guarida de una araña solo podía obtener
una respuesta. Tan solo la devastación sin precedentes desatada
por Penthos y Dion la obligó a las humillantes negociaciones que los
humanos habían iniciado con ella.
Y al fin le llegó la respuesta, rasgueada con cuidado, una palabra
por vez. Pues deja que entren.
Nth sintió las palabras resonar en los vellos de sus patas. «Solo
lucharán en defensa propia. Tan solo tenéis que dejarles el camino
libre, y ellos saldrán por donde puedan hallar al maestro oscuro».
De nuevo una pausa, y la misma respuesta: «Pues deja que
entren».
En contra de su voluntad, Nth se vio obligado a considerar otra
diferencia entre el modo en que hablaban los humanos y la
comunicación pura de los suyos. Los humanos engañaban. Nacían
con la mentira en la punta de la lengua. Se decían falsedades los
unos a los otros en todo momento, y se mentían a sí mismos con la
misma asiduidad. Pero en las familias de red de las arañas apenas
se hacía uso del engaño, y se practicaba con acciones, no palabras.
Su idioma era una herramienta para transmitir información: alertas,
planes de batalla, órdenes de Madre.
«Pues deja que entren», le habían dicho las arañas, y pudo
sentir el trémulo subtexto en aquella frase.
Se quedó sin más opciones que volver con los humanos. Le
esperaban expectantes, cada uno de ellos sordo y ciego a todo lo
sucedido.
Nth no albergaba duda alguna de que las arañas del interior eran
proclives al desafío. Fingían conformidad, pero podía imaginarse en
su lugar, pata por pata. Él y sus hermanas jamás habrían permitido
que ningún humano entrara en sus dominios y viviera para contarlo.
Y aun así trató de encontrar esperanza. Esperanza no era algo
únicamente humano; incluso una araña podía soñar con un mañana.
¿Qué construía una tela de araña sino una gustativa expresión de
esperanza? Esperaba que sus palabras rebotaran y bailaran por los
hilos de su nido, que vibraran con la desesperada sinceridad del
mensaje. Esperaba que al ver y sentir a los humanos (Penthos, cuyo
poder hacía que los pelos de Nth se erizaran, Dion, que apestaba a
aquella adversa Luz que dolía tanto) los habitantes de las cavernas
recapacitaran sobre sus planes.
Y no tenía otra opción.
La sacerdotisa le decía algo. Los ojos vieron el movimiento de la
boca, pero las palabras eran un zumbido grave. Estaba sordo para
ella, y ella para él. Podía suponer lo que preguntaba: «¿Está
hecho?».
No tenía modo alguno de comunicar todos los tonos de la
respuesta, para ofrecer una contestación apropiada. Incluso con dos
idiomas y dos modos de hablar no hubiera sido capaz de hacerlo.
En vez de ello avanzó y reculó: hacia ellos, y hacia la cueva; de
nuevo a ellos, y otra vez hacia la entrada. Era capaz de imaginar la
respuesta de uno de ellos: «Quiere que le sigamos, creo».
Lief o Cyrene serían quienes convencerían al resto de que había
logrado su objetivo. Convencerían a los demás para adentrarse en
la negrura. Entonces, lo que tuviera que pasar, que pasara.
Echó un vistazo a Penthos. La vela que llevaba el hombre no
estaba a la vista, pero al parecer seguía ardiendo. «¿Cuánto tiempo
tengo antes de dejar de ser yo?».
En aquel momento ya estaban a los pies de la cueva. Corrientes
de emoción sin dirección surgían del interior cuando las habitantes
cambiaban las posiciones, retirándose.
«Preparando la trampa». Tenía la esperanza de que no fuera el
caso, pero también sentía temor…
Y a pesar de todo, se dio el gusto de soñar despierto. ¿Y si era
una emboscada? ¿Y si los humanos, que seguían a la mansa araña
que los guiaba, eran atacados de improvisto? Se imaginó a Penthos
aprisionado en tela, con chispas en la punta de los dedos que no
prendían. Pensó en Dion cubierta por capas tan gruesas que no
había luz alguna, ninguna Luz, que pudiera penetrarlas. Fantaseó
con los demás, vio a Harathes caer bajo una oleada tras otra de
arañas vindicativas. Concibió a sus hermanas masacradas
vengadas. Imaginó a Cyrene, el arco inservible, solo con la espada
para defenderse de las hordas. Pensó en Lief arrastrado, colmillos
que goteaban veneno alzarse…
Se estremeció, el escalofrío recorrió cada extremidad y
articulación de su cuerpo. No, no, no funcionaba. Se sustentaba con
desesperación en su imaginación y hacía todo lo posible por
despersonalizarlos. No eran individuos: solo eran Hombres, como
los había visto al comienzo, en el bosque. Eran una sola unidad
apretujada de Hombre, sin nombres, sin caras, sin identidad.
Y no pudo. No podía librarse del conocimiento de ellos. No podía
representar aquella situación en su mente sin chocar con los
sentimientos humanos que le habían enseñado. No podía imaginar
a Lief paralizado, la mirada desorbitada de pánico y pensar: carne.
Los humanos le siguieron. Él se escabullía en la oscuridad, en la
Oscuridad, mientras que Dion y Penthos tenían la suficiente
luminosidad como para ver su camino y por lo tanto seguirle. Cierto,
habían desenfundado las armas, pero ¿hasta qué punto podían
estar preparados? Las estrechas esquinas de las cavernas no les
darían tanta ventaja como el bosque.
Se sentía agitado, enfermo. Si hubieran tenido dos dedos de
frente para verlo hubieran interpretado su estado de ánimo en cada
tembleque que sufría al desplazarse. En cambio, se arrastraron con
paso tambaleante, un pie frente al otro, ¿cómo se mantenían en
pie? Excepto que sabía cómo. Entendía cómo era caminar con
aquellos pies, y la improbable magia del equilibrio humano y demás
cosas de sus cuerpos.
Las cuevas estaban recubiertas de tela y hebras. Cada paso que
Nth daba conectaba los delicados pelitos de las patas con la furiosa
actividad del nido. Sabía que había una caverna mayor más
adelante (quizá una antigua estancia usada para la crianza cuando
la colonia era menor) y percibió retales de instrucciones e
información que provenía de todas partes. Las habitantes de las
cuevas habían escogido este lugar para montar la resistencia y
repeler a los intrusos. Un frenesí en el que tejían telas y trampas
incluso en aquel mismo instante. Nth podía imaginar con claridad las
implicaciones. Gigantescas telas de araña con hebras tan
resistentes como el metal, tan translúcidas como el cristal, para
atrapar a aquellos que quisieran huir o flanquearlas. Hilos más
tensos que la cuerda de un arco, para que si alguien se tropezaba
con ellos saliera disparado hacia el techo donde quedaría colgado,
indefenso. Gruesos nudos de tela para atrapar pies y extremidades.
Y el techo y las paredes estarían repletos de las nativas, y surgirían
más de los túneles que conducen a aquella caverna. Todas las
cazadoras del nido habían sido movilizadas.
Trató de retomar su ensueño: el glorioso triunfo sobre los
invasores humanos. Trató de imaginarlo, pero lo hizo como si mirara
a través de la mirada humana, no con la compleja interacción de las
vibraciones, de los aromas y de la consciencia espacial que
supondría aquella misma escena para una araña.
Aun así siguió guiándolos, y aun así los humanos lo siguieron,
agachándose y retorciéndose para pasar por los recovecos,
cegados por sus propias luces a cualquier cosa que se moviera a su
alrededor.
Sentía una terrible percepción del pasar del tiempo: era una
preocupación común entre hombres y arañas, las arenas que
conducían al instante perfecto del ataque. Él y el nido estaban
conectados al mismo reloj de arena, esclavos de aquel instante de
emboscada y violencia que cristalizaba de un modo inexorable en
aquel futuro compartido. Al conducir a los humanos, era el cómplice
de los humanos.
Y sintió el tirón en sus entrañas que le pedía hacer algo al
respecto.
Trató de ignorarlo, pero era persistente, un clamor creciente que
se duplicaba con cada paso que daba. Las sólidas y seguras
pisadas de los humanos le acusaban, «pum, pum, pum». Cada
impacto resonaba por los órganos de su cuerpo, «¡traidor!». Y trató
de hacer como que le daba igual, pero el sentimiento crecía. Tenía
que hacer algo. No podía fingir que era un espectador ante la
inminente liza. Él era el fulcro. Él era responsable.
«Son las leyes de Penthos —se dijo a sí mismo—. Hacen que
me preocupe. Esto les perjudica, por lo que no tengo permitido
hacerlo». Pero no era capaz de saber si era verdad. ¿Las
descuidadas restricciones que los humanos le habían impuesto
también cubrían esta eventualidad? No lo sabía. El único modo de
descubrirlo sería cuando el dolor le hiciera una visita.
Y comprendió entonces que lo que sentía, lo que le impulsaba a
sentirlo, quizá era el poder mágico, o puede que una elección por
voluntad propia, y no tenía modo alguno de saber cuál era cuál.
¿Siempre era así, para hombre y araña, cadavérico y cualquier otra
criatura del mundo que creía en la capacidad para pensar? ¿Acaso
todos somos seres con una fina piel de voluntad que flotamos en un
mar de direcciones y órdenes que no podemos controlar?
De pronto se había detenido, agachado contra el suelo de la
gruta. La gigantesca caverna estaba frente a ellos, con todo el
bullicio cuidadosamente inmóvil para atraer a su presa. Nth sintió las
sensaciones superficiales que provocaba el habla humana, pero no
supo cómo alertarles. No podía decir nada que fueran a escuchar.
Era imposible pronunciar con los colmillos hiladores.
Volvían a hablar, pero se giró de golpe, encarándolos, pero
encogiéndose por la luz. Había cierto lenguaje corporal que todos
los animales compartían, diseñado para alertar a un enemigo de
cualquier tamaño. Con un repentino salto se colocó ante ellos, las
patas en alto, los colmillos amenazantes.
Vio a los humanos retroceder, sus expresiones cambiaron. Lief le
hablaba, pero era inútil, no quería retroceder a pesar de que aquella
exhibición hubiera tenido que obtener un ataque como respuesta.
Harathes proponía apartarlo de una patada, o algo humano por el
estilo. Nth volvió a levantar las patas y piafar, en un desesperado
intento de comunicarse a través del idioma de un cuerpo ajeno.
La luz de Dion resplandeció con más fuerza, y él se acobardó a
pesar de todo. No entendían. Tenía un solo concepto en su
vocabulario, y ellos no entendían su modo de comunicarlo. «¡Alerta!
¡Peligro! ¡Cuidado!». Pero por algún motivo que no comprendía eran
demasiado estúpidos, demasiado humanos, para saber qué quería
decir.
Cyrene le adelantó, sin hacer caso del posible veneno o
amenaza, y ya casi estaban dentro de la caverna. Otro paso y las
trampas saltarían, y todas ellas descenderían.
No comprenderían. Posiblemente le matarían. Desgarrado como
estaba, casi que lo prefería. Se lanzó hacia ella, alargó las patas,
desesperado por tirar de ella.
Agarró su brazo y la apartó de las fauces de la cavidad. Al
instante siguiente el escudo de Harathes impactó en su cabeza, y él
retrocedió contra la pared de la cueva.
—¡Trampa! —gritó—. ¡Es una trampa!
Le miraba, y él se vio reflejado en sus ojos: una criatura casi
humana, una bufonada de imitación de su silueta, el juguetito de
Penthos. ¿Se había terminado la vela? ¿Había roto el hechizo él
mismo?
A través de sus pies sintió el leve murmulló que era el furioso
rugido en masa de su especie: «¡Traidor!».
Harathes discutía con Lief, y nadie parecía entender demasiado
bien qué había gritado antes. No quedaba tiempo para decir las
cosas con suavidad. Sabía qué podía ocurrir en aquel instante.
—¡Ahora! —chilló—. ¡Ya vienen!
En el eco que provocaron las palabras todos escucharon el
susurro producido por cientos de patitas quitinosas, como el
retumbar que provoca la marea.
***

El eco del sonido le causó náuseas a Dion. ¿Cuántos de aquellos


monstruos habitaban aquellas estancias repletas de redes? «Solo
uno ya es mucho» fue la respuesta instantánea.
—¡A la cueva que hay más adelante! —ordenó Penthos—.
¡Necesitamos espacio para pelear!
—¡No! ¡Hay trampas! —comenzó Enth, pero el hechicero puso
ambas manos hacia delante y envió un muro de llamas que se
sumergió en la oscuridad, iluminando la estancia cuyas paredes
estaban recubiertas de formas peludas y bulbosas. Vio líneas
invisibles y redes que en un instante formaron patrones de fuego,
ardieron y murieron como extrañísimos glifos. Como si fueran libros
de acervo inhumano arrojados a la hoguera. Ella sacó el disco de
Armes y lo alzó, dirigido hacia el camino por el que habían venido, y
vieron la Luz sagrada reflejarse en docenas de ojillos titilantes.
Dion gritó y lanzó un rayo ardiente de devoción para
chamuscarlas, mató a un par y obligó al resto a mantener la
distancia. Por entonces, Harathes había interpuesto su escudo entre
ella y el enemigo, mientras que Lief y Cyrene flanqueaban el avance
de Penthos.
—¡Arriba! —chilló Lief—. ¡Envía algo hacia arriba! ¡Caen sobre
nosotros!
Ella moldeó el torrente de energía radiante de su alma para que
formara una cúpula sobre ellos. Lo hizo sin mirar, y menos mal, ya
que la vista era nauseabunda. Cúmulos de arañas descendían
sobre ellos, con las patas extendidas como si fueran los dedos de
una mano esquelética. Las más próximas cayeron contra el
resplandor, y allí sucumbieron y ardieron con estridente detalle,
abrasadas por la potencia de Armes sobre todo lo surgido de la
Oscuridad. Otras se apresuraban a ascender, mientras que a su
alrededor el techo y la caverna burbujeaba con aquellas horrorosas
criaturas.
Cyrene blandía con ansia hacia un lado, mientras que Lief cubría
el otro con una pica. Harathes aullaba un himno al mismo tiempo
que acuchillaba y cortaba. El grupo estaba rodeado por una masa
informe de patas amputadas, abdómenes rasgados, de orbes sin
vida que pertenecían a ojos bulbosos. Y aun así los monstruos
seguían llegando, espoleados por la locura lujuriosa de hundir los
colmillos en carne humana.
Y Enth…
El hombre araña estaba con Dion, hombro con hombro. Ella
primero se echó para atrás, y casi perdió el agarre del disco de
Armes. Estaba ahí de pie, mirándolo todo con aquellos lúgubres ojos
esféricos, que titilaban y brillaban reflejando el fuego de Penthos.
Una araña trepó al escudo de Harathes y se lo arrebató, y otra
bloqueó la espada cuando esta se hundió en el grupúsculo que
formaban sus ojillos, por lo que Dion se vio obligada a usar su poder
dorado para que la huésped de la espada retrocediera entre
espasmos y él recuperara la estabilidad y su arma, de este modo
previo que le sobrepasaran. Y aquello supuso que volvieran a
descender de la bóveda. Parecía no haber límite para las criaturas.
—¡No podemos contenerlas! —chilló Cyrene.
Una criatura pasó la defensa de Lief y saltó sobre la espalda de
la guerrera con los colmillos listos. Dion vio a Cyrene desesperada
tratando de invertir la posición de la espada para poder acuchillarla.
Enth agarró a la araña y la arrojó a lo lejos, hacia la masa que
formaban las demás. No la aplastó ni la reventó, como podría haber
hecho. Sus movimientos eran escrupulosos, casi delicados. Tiró a la
criatura con cuidado, como un alma benevolente hubiera echado a
una de sus criaturas más diminutas por la ventana.
Sin embargo, ahora había más y se estaban envalentonando.
Enth lanzó a otras dos justo después, y por mucho que Dion
cambiara la Luz de Armes, no podía mantenerlas alejadas.
Y entonces Penthos gritó:
—¡Acercaos! ¡Todos juntos! ¡Solo hay un modo!
Ella se alegró de poder retirarse, y también tiró de Harathes,
hasta que su espalda chocó con el hombro de Penthos, hasta que
estuvo apretujada con Lief, Cyrene y el hombre araña; hasta que los
seis estaban apiñados en un espacio no mayor que el diámetro de
sus brazos estirados.
Penthos soltó un aullido aterrador. Parte salvaje, parte euforia y
otra parte que no podía venir de una garganta humana. Y creó
fuego.
Ella le había dicho en Cad Nereg que era uno de los hechiceros
más poderosos que conocía. Tenía muchos trucos en la manga. La
transmutación de Enth era solo uno de ellos, ya que era un mago de
magos, un hombre que había logrado la maestría de muchos reinos
mágicos, y quizá de todos.
Pero de corazón era un crío: le encantaba prender fuego a todo
aquello que tuviera delante. Ahí era donde sus estudios más
intensos se concentraban. Y en el nido de las arañas, invocó un
fuego de tal tamaño como jamás se había visto antes.
Dion levantó una mano a pesar de la pobre protección que le dio,
pero el calor no penetró al interior. Una carcasa de luminosidad azul
claro les rodeaba, arremolinándose en espirales de nubes. Más allá
solo existía el infierno. Tuvo una vaga sensación de ver movimiento,
de patas ennegrecidas, de cuerpos quebrados por el hervir de sus
propias entrañas, de cuerpos crispados de una agonía
piadosamente breve. Esto eran meras sombras en el resplandor.
El rostro de Penthos reflejaba la expresión de un hombre al
borde del éxtasis o la locura, o de la muerte. Así como sus actos
iban más allá de lo que podía conseguir un humano, hacer uso de
tales poderes era algo que tampoco podía reflejarse en un rostro, no
más que los deseos de su criatura Enth.
Y al fin Dion se obligó a mirar a Enth, porque no hacerlo sería
cobardía, y el fracaso de su liderazgo.
Los ojos hervían y llameaban con la energía que se reflejaba en
aquellos pozos negros. La boca era una fina línea, y vio los
músculos de la mandíbula tensarse y ondear de forma asimétrica.
Las manos eran puños nudosos, y cada músculo que pudo ver
estaba tenso y endurecido bajo la piel gris. Pensó que en cualquier
instante iría a por Penthos para romper el hechizo, tan fiera, tan
humana era la rabia que hervía en su cuerpo. Pero las restricciones
aguantaron, y él aguantó con una rígida furia, incapaz de
canalizarla.
«¿Puedo compadecerme de él?». ¡Menudo momento para tener
ese pensamiento, cuando la tormenta de llamas rugía por todas
partes! Y aun así, aunque pensó que era imposible encontrar a otro
humano con aquella silueta antropomorfa, sintió una punzada de
simpatía. Mejor matar a la criatura y liberarla de su miseria. Mejor
dar la espalda a lo que habían hecho. Aunque aquello también era
de cobardes; una derogación de la responsabilidad. Había causado
que aquel miserable monstruo existiera. Debía vivir con lo que había
hecho.
El fuego comenzaba a extinguirse, a morir, a pesar de toda la
fuerza que Penthos parecía estar imbuyéndole. Instantes más tarde,
con una velocidad pasmosa, se había consumido y apagado, como
si toda la enorme deflagración hubiera sido nada más que una vela,
magnificada a un tamaño titánico. Se quedaron con los leves
remolinos azulados del escudo de Penthos, y el disco que
resplandecía tenuemente.
El mago dejó escapar un largo suspiro, y Lief se puso en
marcha, cruzó la barrera de resplandor con la lanza en ristre. Un
instante después se tambaleó, los ojos enrojecidos y cayó sobre una
rodilla. La pica resbaló de sus manos y se llevó las manos al pecho.
Enth se movió a toda velocidad, agarró a Lief y lo devolvió al interior
de la barrera.
—¡Agh! —boqueó el ladrón—. ¡El aire está envenenado!
—Humo —dijo Harathes desdeñoso, aunque Dion apenas vio
que hubiera.
—No es humo —explicó Penthos con tono solemne—. Los
sabios saben que hay algo en el aire que sustenta la vida: elimínalo,
y aunque hay aire (y no aire envenenado) nada vivo puede
prosperar en él. Esa misma cualidad sustenta el fuego. Cuando
desaparece, la flama perece como todo lo vivo. Este escudo que
veis no es solo para protegernos de las llamas, sino para salvar
parte de ese aire que, de otro modo, las llamas hubieran devorado.
—Entonces… ¿qué hay ahí fuera? —preguntó Lief, ronco.
—Aire muerto —fue la respuesta sepulcral de Penthos—.
Quedaos cerca de mí y lo atravesaremos sustentados con el aliento
de mi magia.
Y entonces no tuvieron otra opción más que avanzar, porque
Penthos comenzó a dar largas zancadas y la continuidad de su
existencia estaba ligada a él. Dion consideró (y no por primera vez)
la suerte que tenían de que las minucias de la mayoría de los
humanos pasaran inadvertidas al mago. Si hubiera decidido
retenerles para negociar algunas peticiones para sí mismo (y podía
imaginarse unas cuantas sin devanarse demasiado los sesos)
habría tenido más de una oportunidad para ello.
Cruzaron pisando el suelo de la gigantesca caverna, crujidos y
chasquidos al pisar las carcasas carbonizadas de las arañas
incineradas. Enth no las miraba, no miraba a nada, supuso ella.
Fueran cuales fueran los pensamientos que cocinaba en aquella
cabeza gris no eran nada que ella quisiera imaginar, pero en algún
momento tendría que hacerlo. Habían masacrado a los parientes del
monstruo. Sin duda alguna sentía el ansia de vengarse, y ella
tendría que estar alerta en caso de que se presentara cualquier
oportunidad.
Torcieron hacia un pasadizo estrecho, repleto de hilos
chamuscados de antiguas telas de araña, y entraron en otra
caverna. Aquí de nuevo había arañas muertas, pero estas no habían
ardido. Había un montón en el extremo opuesto, apiladas unas
sobre otras como si un limpiador infernal las hubiera agrupado en
una montañita para tirarlas más tarde. La mayoría estaban intactas,
y Dion comprendió que debían haberse asfixiado cuando el fuego de
Penthos extinguió todo lo bueno del aire. Se habrían arañado y
rascado y desgarrado las unas a las otras tratando de trepar la
pared, en busca de aire que pudiera alimentarlas, hasta que al fin
alcanzaron el lado opuesto de la estancia para no encontrar socorro.
Vio una gran cantidad de ellas mucho más pequeñas que las que
habían combatido. También observó que el suelo de la estancia
estaba punteado con pequeños montículos, algunos reventados, los
más cercanos carbonizados. Huevos.
Cyrene emitió un ruido, y Dion la vio moverse hacia Enth y
detenerse, contenida por la soledad taciturna de la criatura.
—Enth… —murmuró—. Lo siento mucho. Estas debían ser las
jóvenes, las…
«No digas “hijas”», pidió Dion en silencio, porque estaba claro
que eran las hijas. Los humanos tenían retoños, igual que los perros
tenían cachorros y los caballos potrillos. Las arañas… bueno, por lo
que sabía, las arañas hacían brotar más arañas.
Enth miró a Cyrene.
—Tan solo son recién nacidas —dijo la criatura con un tono de
voz neutro—. No han aprendido ni experimentado nada. No son una
pérdida que el nido haya sufrido.
Dion asintió. Por supuesto que los monstruos no valoraban a sus
pequeños. El pensamiento era casi reconfortante. Era un modo
mucho más eficaz y conveniente de convertirlos en algo lo
suficientemente ajeno como para reducir su preocupación.
Escuchó el discurrir de sus propios pensamientos, repletos de
defectos lógicos. Y aun así tenía el as en la manga que usaría sin
reparo alguno: fueran lo que fueran, sin importar lo que Cyrene o
Lief pensaran, estas cosas eran de la Oscuridad. Librar al mundo de
ellas era un deber sagrado.
Cruzaron la guardería que ahora era un cementerio y estaban a
punto de salir cuando la enorme pila se movió levemente.
Todos retrocedieron, Enth el que más, y Lief dejó escapar un
aullido de terror. El gigantesco montón de arácnidos se agitó como
si arañitas diminutas cargaran desde debajo, y entonces cadáveres
rígidos comenzaron a precipitarse, quebrándose o rodando según
golpeaban el suelo.
Todos habían desenfundado las armas, agachados e inmóviles
junto a Penthos. Bajo la apelmazada masa de cuerpos había algo
pálido y bulboso, algo cubierto de una densa tela de araña.
—Es un tapón —dijo Enth, pero Dion no le entendió.
Cyrene sí, y dijo a continuación:
—Una puerta. Hicieron una puerta para mantener el fuego
alejado. ¿Podría mantener el aire bueno dentro?
—Es una pregunta interesante —comenzó Penthos—.
Dependería de… —Y entonces el tapón de tela estalló hacia fuera, y
como un chorro de vómito surgió de la cámara contigua una
gigantesca araña del tamaño de cuatro caballos: la madre; la araña.
El monstruo los embistió al instante, desplazándose a una
velocidad antinatural para algo de ese tamaño. Era tan grande como
la propia Madre de Enth, que había donado un colmillo y a un hijo
con tanta reticencia para su misión, pero Dion supuso que no habría
una negociación tranquila con esta bestia.
Alzó el disco y arrojó una oleada de Luz divina hacia la alimaña.
La fuerza sagrada de Armes golpeó y desgarró a la reina araña sin
detenerla. Emitió un chirrido que hubiera podido ser una voz, o quizá
los fluidos de sus articulaciones en ebullición.
Harathes fue el primero en enzarzarse con el endriago, no de
frente con una carga directa que le hubiera destruido, sino que
golpeó de lado con el escudo, desviando la trayectoria. Cyrene salió
disparada hacia delante y encajó un sólido tajo con su espada,
amputando una de las patas delanteras de la reina, pero el espasmo
como respuesta del ataque la tiró por el suelo. Dion miró a los ojos
del tamaño de un plato de la criatura, viéndose a sí misma y a la Luz
en la que había depositado su fe reflejadas allí, multiplicadas y en
miniatura.
Piafó, colmillos como guadañas estirados para hundirse en ella.
Penthos estiró los brazos hacia delante, pero solo logró una exigua
llama que no hizo nada más que quemar los pelillos del monstruo.
Un grito de furia siguió a la espada de Harathes al cortar en un
lateral del esperpento con todas sus fuerzas. Los colmillos
descendieron y golpearon su escudo, aplastándole contra el suelo y
atravesando el acero.
Lief enterró la pica en el hinchado abdomen antes de caer junto
a Penthos, y Cyrene lanzaba tajos a diestro y siniestro, pero la
criatura era tan gargantuesca que los ataques le parecían
pinchazos. Dion reunió toda la certeza de su propósito, un órgano
mental bastante maltrecho aquellos últimos días, y lo arrojó con todo
su desagrado en forma de una espada afilada de la Luz que hirió
aquellos ojos como si tratara de eliminar la propia imagen de su
reflejo.
La araña retrocedió una segunda vez, con un colmillo reducido a
esquirlas, y Harathes estampó el maltrecho escudo bajo la panza y
apuñaló hasta penetrar la quitina, un mejunje pastoso de color
amarillento le salpicaba desde cada agujero que practicaba en el
cascarón. Un tajo salvaje de Cyrene cortó el colmillo restante en dos
y después hundió la hoja en el cuerpo de aquella cosa.
De pronto el propósito maligno había desaparecido de la mole, y
Dion salió disparada para sacar a Harathes de su sombra antes de
que el monstruo se derrumbara.
En el silencio que siguió Penthos dejó que el escudo azulado se
desvaneciera de un modo gradual, ya que la hedionda estancia de
la reina comenzaba a llenarse de aquel bien que sustentaba la vida.
Harathes tenía una expresión casi de rebeldía, su ira centrada en
Enth.
—He visto que no nos ha ayudado.
—Ayudó en otras ocasiones —señaló Lief.
—Nos alertó de la emboscada —añadió Cyrene.
—Escuchaos —escupió el guerrero—. ¿Vamos a arrepentirnos
ahora de haber matado a estos monstruos? ¿Esta criatura va a
mirarme con esa cara de cabreado porque nos he defendido de la
Oscuridad? Supongo que todo esto es culpa nuestra, ¿no es así?
—No —respondió Enth, tan inesperada fue su voz que todos
dieron un respingo. Los esféricos ojos brillaron con la Luz de Armes
mientras pasaba la mirada de uno a otro—. Las avisé. Les dije que
haríais esto si os daban un motivo. Podrían haberse escondido.
Podrían haberme escuchado. Atacarnos fue decisión suya.
Atacaros. A vosotros. A nosotros. —Le temblaban las manos y las
flexionaba, y de pronto todo su rostro convulsionó, una expresión
que forzaba salir al exterior desde las profundidades de su corazón
de Oscuridad—. ¡Estúpidas! —exclamó enseñando los colmillos—.
¡Estúpidas y ciegas y limitadas! ¡Y traté de advertirlas! Les dije todo
lo que pude para mostrarles lo peligrosos, inmisericordes y terribles
que… que somos… ¡que sois! Pero pensaron que podían
superaros. Tenían que desafiaros. Se atrevieron a adentrarse en el
mundo de los humanos. Y eso significa muerte. Ahora lo sé.
Siempre ha sido muerte.
No era como a Dion le gustaba plantearse las cosas, y sabía que
segurísimo habría algunas lagunas en el planteamiento lógico de la
criatura, pero no logró reunir los recursos mentales para pensar en
ello.
Además, Harathes ya contestaba con:
—Así es, y que no se te olvide. —Y por un momento Dion lo
observó como lo hacía con Enth, un espécimen inhumano y
repulsivo de alguna especie extraña.
—Sigamos adelante —dijo en voz baja.
Alguien le tocó el brazo con suavidad: Penthos, observándola
con una preocupación muy humana.
—Estoy bien —repuso ella, con más fuerza de la que quería—.
Sigamos adelante. Tenemos una tarea que cumplir. No estamos
aquí para matar arañas.
Enth encabezó la marcha a partir de aquel punto, Penthos
conjuraba aire bueno cuando era necesario, cada vez menos según
alcanzaban el otro extremo de las cuevas. Dejaron atrás muchas
más arañas, pero todas estaban muertas, su hogar subterráneo
ahora sería su tumba. «Hemos acabado con todas», —pensó Dion
—. «Hemos aniquilado todo el nido». Tendría que haber sido una
hazaña digna de canciones y relatos, una gran Oscuridad
erradicada del mundo. Por ahora se sentía vacía. No culpable, no
estaba apenada por la muerte de las bestias, pero tampoco
triunfante. Sentía como si todo el viaje hasta Darvezian era algo que
debía soportar, avanzar sin descanso, hasta completar su meta. ¿Y
entonces? Entonces, al menos, fuera lo que fuera, estaría hecho.
Tendría tiempo de sobra para pensar qué hacer consigo misma.
Antes de lo esperado vio una tenue luz grisácea al frente, y
comprendió que debía ser la alborada, que acontecía más débil en
los cielos alrededor de la torre de Darvezian. Harathes soltó un
ladrido triunfal y el estado de ánimo del resto mejoró al momento,
excepto Enth y ella, cada uno bloqueado en sus propios mundos:
sacerdotisa y araña; araña y sacerdotisa.
El resto se tambaleó hacia el aire libre, y eso dejó solo a
Harathes junto a ella. Dion respiró hondo, como si el roce del sol
fuera a quemar, todas sus dudas y pecados ardiendo en un instante
de llamas blancas al ser expuestas.
—Es el momento —susurró Harathes.
Ella le miró sin comprender.
—¿A qué te refieres?
—El monstruo, la criatura arácnida. Ya está. Ha cumplido su
cometido —siseó con urgencia—. Tú y yo, somos los que
entendemos de verdad. Deberíamos deshacernos de esa cosa. Es
una carga.
Ella le dedicó una mirada sombría.
—Dion, la bestia ha provocado división en nuestras filas. Si la
soltamos aquí alertará a nuestros enemigos. Si la mantenemos,
criaremos a un alacrán, a una araña, a algo venenoso. Nos picará
cuando menos lo esperemos. Quizá ha estado confabulando con
Darvezian todo este tiempo, así es su naturaleza. Quizá Darvezian
pueda deshacer la magia de Penthos. Tenemos que destruirlo,
pronto y de una vez por todas.
—Para que no pueda acostarse con Cyrene otra vez, quieres
decir. —No había querido decir aquellas palabras, pero estaba
increíblemente exhausta y ahora ya estaban dichas.
Harathes la miró boquiabierto, se puso pálido y la miró dolido.
Pasó un rato incómodo hasta que dijo:
—No es eso. Tenemos que librarnos de esa cosa por, por
muchas razones, ya has escuchado lo que…
—Eres un… —Logró tragarse lo que iba a decir. «Un mierda. Un
mierda seca. No me había dado cuenta hasta ahora, pero lo es.
Pero es nuestro mierda, y un hijo de la Luz. Menudo consuelo
cuando estoy aquí tratando de convencerme sobre si mi causa es
justa»—. No lo mataremos —exclamó—. Estaría mal. Lo hemos
usado, y nos ha servido, a pesar de su naturaleza. Y punto.
Harathes entrecerró los ojos.
—No habrá otra oportunidad ni un momento más idóneo —
advirtió él.
—No lo dudo. —Se obligó a apartarle, y dio un paso para salir
bajo el cielo coloreado por el alba.
Ante ellos, más allá de un abrupto accidente de rocas peladas y
peñascos, una torre hendía el cielo. Era Oscura, y estaba coronada
con espinas, y los costados estaban espinados como la espalda de
un reptil. En la cima un faro ardía verduzco, un lugar de reunión para
todo lo malvado y cruel del mundo. Ahí estaba, y ellos estaban a
una hora de travesía de sus horripilantes puertas. Habían alcanzado
los dominios de Darvezian, el fin de su misión. Habían seguido el
sendero de la araña, habían seguido las palabras de la profecía, y
ahora todo lo que quedaba era enfrentarse al Señor Oscuro en su
reino.
«Hurra», pensó Dion, pero dentro solo sentía vacío.
10
MIEDO DE UNA TORRE OSCURA

L ief esperaba que el terreno ante la torre de Darvezian estuviera


cubierto de tiendas, una enorme y rebelde hueste de
cadavéricos, hombres malvados y monstruos acampados bajo
el escrutinio de su señor, listos para atacar Cad Nereg y devorar el
mundo libre en un parpadeo. En cambio, el lugar estaba
extrañamente abandonado. «A ver, que sí —pensó—, desolado,
barrido por el viento, árido, todos adjetivos estupendos, pero ¿dónde
leches está todo el mundo?».
Había algunas chozas al otro lado del valle donde estaba la
torre, un pueblecito cadavérico que se las apañaba a duras penas.
De la anticipada Gran Horda del Mal no había ni rastro. Lief, por su
propia cuenta desde que Dion lo envió a explorar, avanzó en sigilo
de sombra en sombra a través del valle, acercándose a la torre que
se cernía desde las alturas. «En algún sitio ahí arriba está Darvezian
—pensó—, y se le secó la boca». «El Señor Oscuro, el mismísimo
Señor Oscuro». Y sí, habían existido otros señores oscuros, una
cronología entera a lo largo de la historia de hombres malvados que
descubrían el verdadero poder de la Oscuridad y se alzaban para
dominar a las criaturas malévolas del mundo. Pero Darvezian era su
Señor Oscuro, de Lief y del resto. Generaciones previas habían
vencido a sus tiranos con gran esfuerzo y pérdidas. Este era para él
y para Dion, Cyrene y Harathes y Penthos. Habían seguido los
entresijos de su misión; habían cumplido los términos de la profecía
y ahora estaban aquí.
Lief era un cínico, un realista, el último en felicitar a un héroe, el
primero en morder la moneda para ver cuánto oro contenía. Incluso
él sintió la emoción del destino al levantar la mirada hacia la torre.
«¿Quién habría imaginado que lo lograríamos?».
Y sí, quedaba aquel pequeño asunto de enfrentar y matar al
propio Darvezian, pero Lief había asumido que antes tendrían que
abrirse paso a cuchilladas a través de una masa de secuaces, y
aquella masa era llamativa por su ausencia.
Se aproximó en sigilo. El diámetro de la base de la torre era tan
enorme como la mansión de campo de un noble, toda de la misma
piedra negra, y cada esquina adornada con los intricados pinchos
que hicieron que Lief se preguntara cuántos constructores
cadavéricos se empalaron por accidente mientras erigían el edificio.
Por supuesto, era la Torre del Mal del Señor Oscuro. Quizá las
muertes aleatorias eran parte de la ecuación.
Un par de enormes puertas, suficiente para que pasara un
dragón cabalgando un elefante. Demasiado grandes, la verdad,
incluso para el tamaño de la torre, lo que sugería que el piso bajo
contendría bastante espacio diáfano. De hecho, eran demasiado
grandes para alguien de la estatura de Lief, que no alcanzaba ni al
pomo, por lo que algún carpintero con la cabeza bien amueblada
había instalado una puerta del tamaño de un hombre en el mismo
portal, y aquella estaba abierta.
Los dedos de Lief sufrieron unos espasmos, los instintos eternos
reviviendo al ver aquella brecha en la seguridad. «Bueno, supongo
que el Señor Oscuro no tiene muchos visitantes —reflexionó—. Aun
así…». Sería terrible que algún otro ladrón hubiera entrado en el
lugar para dejarlo más limpio que una patena.
Tuvo que detenerse y obligarse a pensar que robar al Señor
Oscuro no era el objetivo de la empresa. Las antiguas posesiones
de la Oscuridad Definitiva eran especialmente complicadas de
traficar, o incluso de desprenderse de ellas antes de convertirse en
sapo o en alguien desgraciado. Más de uno de los anteriores
señores oscuros había comenzado como un aventurero oportunista
al que le caía en las manos un memento maldito o algo por el estilo.
Se acercó en cuclillas, trató de poner la cabeza que le bullía de
energía nerviosa en orden al mismo tiempo que el valle casi vacío
seguía en silencio.
«¿Es que todo el mundo está de vacaciones o qué? ¿Es la
semanita del peregrinaje de los malos?».
Cuando alguien surgió de la puerta más pequeña, sintió más
alivio que asombro.
Lief observó a una pareja de cadavéricos: no iban armados ni
cubiertos de armadura como guerreros de la Hueste Aterradora del
Señor Oscuro, tan solo vestían prendas manchadas y ajadas, y
cargaban… cubos. Entrecerró los ojos para estudiarlos pero no
logró caracterizarlos como cubos malvados, aunque por el modo en
que los cadavéricos los transportaban separados del cuerpo seguro
que apestaban a cosa malvada. Los dos humanoides de piel ceniza
rodearon la torre, y Lief los siguió en las sombras sin hacer el menor
ruido, esperaba encontrar qué canallada se traían entre manos.
Ahí detrás vio un jardín. Era algo miserable, una zanja cavada en
la roca repleta con tierra parecida a ceniza, donde unas plantas
espinosas y retorcidas crecían. «¿Venenos? —pensó Lief—. ¿Quizá
ingredientes para pociones mágicas?». Los locales no escatimaban
con el fertilizante para lo que fuera que crecía ahí. Los cadavéricos
volcaron el contenido de los cubos sin demasiadas ganas, el hedor
hizo que Lief arrugara la nariz desde donde estaba oculto.
«A ver, nadie consigue ser un ladrón escurridizo sin conocer el
aroma de la mierda —consideró—. Alguien está comiendo que no
veas en esa torre». Esperó mientras los cadavéricos llevaban a
cabo un par más de viajes, y trató de calcular cuántos cuencos
movían hacia los dominios del Señor Oscuro.
«¿Así que solo hay cadavéricos, o…?». La experiencia le decía
que su olfato no era suficiente para discernir los grupos de
cadavéricos de los excrementos y, lo cierto era que jamás hubiera
dicho que se trataba de una habilidad que un héroe aventurero
podría necesitar.
Cuando los cadavéricos acabaron con sus rondas (cuatro viajes,
dos cubos cada vez, y un sinfín de ocasiones en las que habían
tropezado), Lief se arrastró hacia la puerta que todavía permanecía
abierta.
«¿Qué infames prácticas tienen lugar dentro? —se preguntó—.
¿Es mierda de los prisioneros, o de una guarnición…?». A juzgar
por el tamaño de la torre debería ser una guarnición bastante
exigua, pero quizá la mayoría de los defensores eran no muertos o
algo. La libertad de que no fueran a por ti parecía ser una de las
pocas ventajas de ser un Mortífero Siervo de la Oscuridad.
Oculto, desde un punto de vista privilegiado a través de la
puerta, el misterio se desveló. Contempló un gigantesco espacio,
demasiado grande como para ver su totalidad desde aquella
posición. Pudo ver a una docena de cadavéricos, y estaban
inmersos en alguna actividad malvada de cocina.
Por supuesto, podías ser maligno y cocinar (el encuentro de
Cyrene con el tabernero era la prueba), pero aquello parecía un
guiso de lo más común y típico. Había un fuego, una olla grande de
metal, y varias cosas que iban arrojando al interior parecidas a
vegetales o algún tipo de carne asquerosa como ojo de murciélago
o ala de rana. «Carne humana», especuló Lief, pero se preguntó si
veía el mal porque lo estaba buscando. Incluso los siervos del Señor
Oscuro necesitaban alimentarse.
Tuvo un extraño momento entonces, al ver lo inconveniente de
vivir en aquel lugar. Apenas nada crecía en las inmediaciones, y
aquel pedazo de tierra retorcido y espinado, un intento de huerto
para verduras, pero que parecía un lugar para cultivar horrores.
Incluso la leña que quemaban los cadavéricos tenía que ser
transportada a propósito. No cabía duda de por qué no había
enormes huestes ante la puerta del Señor Oscuro. Habrían muerto
de inanición, o congelados en las frías noches, o habrían muerto de
dolores de espalda extremos y contracturas en los cuellos por
intentar dormir en el duro suelo. Por necesidad, la guarnición de la
Torre Oscura debía ser reducida.
Entonces otra figura pasó de largo hacia los cadavéricos, se
dirigió a ellos con un tono de voz agudo y esposó a uno de ellos.
Lief contuvo el aliento, al fin algo de malicia real. El hombre iba
encorvado y tenía joroba, pero vestía una túnica oscura bordada con
símbolos titilantes: un sentenciador era inconfundible.
«Aquí es donde viven los sentenciadores». O por lo menos a
donde volvían para informar, cuando no estaban por ahí cometiendo
fechorías. Darvezian tenía su élite de guerreros y magos, y en esta
torre hallarían la mayor concentración de estos en todo el mundo.
Lief se marchó con el corazón en la mano, al descubrir que de
pronto todo el asunto ya no le parecía tan sencillo, a pesar de todas
sus tribulaciones, la balanza se había inclinado hacia esa opción.
Por lo menos ahora tenía algo de qué informar.

***

—Rápido y silencioso. —Era el plan de Cyrene—. Entramos,


matamos a los sentenciadores antes de que puedan reaccionar, nos
abrimos paso hasta Darvezian y acabamos con él como hemos
acordado.
Lief se acercó a Enth.
—¿Te apetece dar caza a un par de sentenciadores más? Tienes
un título que defender, ¿recuerdas?
El hombre araña lo miró con aquella expresión vacía tan triste,
pero después intentó una expresión ensayada. Seguro que
pretendía ser una sonrisa, pero el movimiento de los labios estaba
fuera de lugar, y no llegó a comunicar ninguna impresión definitiva.
—¿Me lo permitís? —Enth pasó su mirada de esferas negras por
todo el grupo.
—¿Qué pide? —Dion frunció el ceño.
—Habrá lucha —aclaró con precisión el hombre arácnido—. ¿Me
lo permitís?
—Lo de Penthos, las restricciones —añadió Lief—. Buena
pregunta de hecho. Va a ponerse movidito ahí dentro, supongo. No
queremos que se quede mirando sin más.
Dion se acercó hasta que quedó cara a cara con Enth, mirada
contra mirada vidriosa. Lief esperó a que la criatura apartara la
mirada, pero esta vez la araña aguantó. Tras lo que había pasado
en los túneles Enth sentía nuevas tensiones, nada sorprendente, a
decir verdad. Quizá la criatura estaba desesperada por pelear, por
desfogar sus frustraciones.
—Quieres combatir a los secuaces de Darvezian, ¿es así? —
preguntó Dion. Lief se alegró de que no dijera «los otros secuaces».
—Habrá lucha —repitió Enth—. Puedo… no puedo… no sé
contra qué puedo luchar, o cuándo. Dímelo.
Dion miró a Penthos.
—Seguro que con tus restricciones sí que lo sabe.
El mago se encogió de hombros.
—Lo descubre cuando intenta hacer algo fuera de los límites que
le he impuesto —respondió—. Yo… supongo que eso le ha vuelto
reservado en cuanto a experimentar cosas. Puede que no sea
demasiado agradable que el hechizo te muerda si intentas
sobrepasar las prohibiciones. Si quieres que Enth luche a nuestro
lado, entonces lo mejor será poner nuevos límites.
—¿Eso significa que tienes que modificar el hechizo?
—No, no, no. —Penthos meneó una mano con actitud
magnánima—. Hemos creado ese tipo de flexibilidad, al pedirle a la
criatura que siga órdenes. Tan solo dale permiso en forma de orden
y lo tomará como un nuevo límite. ¿Lo he hecho bien?
Dion suspiró.
—No existe nadie más con quien contaría para tirar de la cadena
de un monstruo de la Oscuridad —remarcó ella, con voz ronca.
Penthos infló el pecho, ajeno como siempre del subtexto.
—Escúchame bien, criatura —le dijo Dion a Enth, y entonces una
sombra cruzó su rostro y torció el gesto—. Enth, escúchame.
El hombre arácnido esperó a que hablara.
—Vamos a combatir al Señor Oscuro —explicó Dion—. Todo lo
que hemos hecho, entrar a tu bosque, todo el viaje, los túneles, el
sendero de la Araña, y el colmillo de la Gran Madre, todo ha sido
para ponernos en una posición en la que seamos capaces de
vencerle. Nos ha guiado una de las interpretaciones de la profecía
que ha hecho uno de los académicos más eruditos que existen, y
nos ha conducido a este punto.
Enth asintió.
—No espero que entiendas por qué el Señor Oscuro debe ser
destruido. Creo que necesitarías algo de Luz en tu alma para ello.
No tienes esa Luz. Quizá no tienes ni alma. —Dion se encogió de
hombros—. No es cosa tuya, así son las cosas. Darvezian ha
provocado la muerte de miles, y la corrupción de muchos más.
Amenaza la libertad y la virtud del mundo, como su predecesor hizo
antes que él. Créeme cuando te digo que debe ser destruido.
Enth asintió.
—Cuando entremos a su torre, debes atacar y matar a cualquier
criatura que no seamos uno de nosotros, y que no sea un prisionero
del Señor Oscuro. Cualquier cosa que se asemeje a nuestro
enemigo.
Enth asintió una tercera vez. Dion contempló la tez casi humana,
el vacío de los ojos, buscó verdadera comprensión y solo vio su
reflejo sombrío.
—Tendrá que servir —dijo al final dirigiéndose a los demás—.
Temo no estar pensando con claridad, pero si va a luchar, necesitará
su iniciativa.
Enth levantó la mirada hacia el pináculo de la Torre Oscura, y
sus manos de dedos alargados se cerraban y abrían lentamente.

***

Entraron deprisa como Cyrene había dicho, aunque lo de


«silenciosos» era debatible. Había seis cadavéricos en la cocina,
uno de ellos ocupado con la maligna fechoría de remover algo.
También había dos sentenciadores, un hombretón enorme que
vestía un chaleco hediondo sin mangas, supuestamente adecuado
para vestir bajo conjuntos de armadura pesada negra recubierta de
runas inscritas, y una mujer cuya piel pálida resplandecía con las
llamas verdes. Estaban comiendo.
—No me gusta la pinta que tiene ella —declaró Lief.
—Pues no la mires —advirtió Cyrene—. En posición, todos.
La primera en cruzar la puerta fue la mejor flecha de Cyrene,
informada de todos los detalles del plan por su maestra. La mujer
con la piel luminosa la encajó en el ojo a una distancia de lo más
respetable, arrojando su plato hacia el altísimo techo en un gesto
teatral antes de desplomarse hacia atrás. Cuando el hombre levantó
la mirada, el resto ya había cruzado las puertas.
Harathes fue a por él sin preámbulos, a fuerza bruta. El
sentenciador tenía una espada junto a él, y tuvo el tiempo justo de
agarrarla y alzarla. El escudo del guerrero impactó contra su cara y
lo empujó a un lado. La espada rúnica de metal negro pasó justo por
encima de la cabeza de Harathes en un tajo salvaje y, con un furioso
empujón de hombro, el guerrero arrojó al sentenciador al caldero
hirviendo.
Al mismo tiempo, los demás habían entrado al terreno de juego,
de las manos de Penthos brotaba fuego y Dion alzaba el disco de
Armes con valentía. Los cadavéricos huyeron en grupo de la
estancia para arrinconarse en la pared opuesta. Harathes hundió la
espada en el cuerpo del sentenciador incluso cuando el tipo trataba
de salir de algún modo de la cazuela, y con el siguiente tajo lo
decapitó.
—¿Y ellos? —Cyrene tenía una flecha tensada y apuntaba a uno
de los cadavéricos. El personal de cocina estaba acobardado, unos
pocos tenían unos cuchillos alzados en gesto de amenaza, y
enseñaban los dientes, desafiantes.
Dion abrió la boca y el sentenciador encorvado con la túnica
apareció por la puerta, boquiabierto de puro asombro. Al instante
levantó las manos y expulsó fuego azul, Penthos justo estaba
dándose la vuelta para encararle.
—¡Aa…! —comenzó el anciano, un desafío o un hechizo o tan
solo una exclamación. En aquel instante Enth lo embistió a la altura
de la cintura y lo estampó contra el suelo; galones de llamas
arcanas se esparcieron por todas partes. Acercó las manos a la
garganta del hechicero oscuro, buscaban su lugar con un ansia
desesperada, y todos pudieron escuchar el chasquido cuando las
flexionó en puños.
—Matad a los cadavéricos —exclamó Harathes.
Cyrene dudó, aunque sus dedos tensaron más la cuerda.
—Son criaturas de la Oscuridad y no podemos dejarlos aquí
atados sin más. Atraerán al resto de la torre sobre nosotros, puede
que incluso mientras enfrentamos a Darvezian —continuó el
guerrero—. No es momento para bondades filosóficas.
—Son personal de servicio —señaló Lief.
—Aquí todo es maligno —declaró Harathes sin más.
—¿Incluso los camareros?
—¿Qué? ¿Crees que solo los asesinos y los monstruos son
malvados? Oscuridad es Oscuridad.
—A tomar por el culo con tu teología barata —respondió Lief sin
más.
—¡Basta! —siseó Dion—. ¿Qué pasa con todo eso de «rápidos y
silenciosos», por el amor de la Luz? Son cadavéricos. Son criaturas
de la Oscuridad. No podemos dejarlos atrás y arriesgarnos a que
den la alarma.
—No, escuchad. —Lief pasó la mirada de ella a Cyrene,
buscando un apoyo que, desde luego, no iba a recibir.
La arquera negó con la cabeza.
—Lief, no es momento…
Entonces llegaron los gritos porque, cuando Lief apartó la
mirada, Harathes había ido a por los sirvientes. Se acercó a paso
lento, y de pronto su espada comenzó a moverse, machacándolos
con una frugalidad brutal. Uno cayó por un tajo al salir corriendo
hacia la puerta, y Cyrene lo siguió y lo aseteó, con el instinto
irremediable de un depredador.
En pocos instantes aquellos cadavéricos estaban muertos. Sin
perder el tiempo, Harathes limpió la sangre de su hoja.
—Estamos aquí por el Señor Oscuro, Lief. No podemos
jugárnosla.
Esperaron: ¿el estallido de ruido había alertado a alguien? Al
parecer, no. Todo había terminado deprisa, y seguro que en la Torre
Oscura de Darvezian estaban acostumbrados a extraños aullidos,
chillidos y llantos.
—No era necesario —murmuró Lief.
Lief estaba impresionado: el labio del hombre araña apenas se
movió. Por fin Enth comprendía el sigilo, que era mucho más de lo
que podía decir de sus compañeros humanos.
—Oscuridad es Oscuridad —declaró el guerrero.
—Lo siento, Lief, pero los siervos del enemigo siguen siendo
nuestros enemigos —explicó Cyrene, mucho menos cómoda
consigo misma pero sin echarse atrás.
—Había cadavéricos en Cad Nereg de nuestro lado —señaló el
ladrón.
—Si este grupo se hubiera unido a ellos, esto no les habría
pasado —sentenció Dion.
—Vamos. —Cyrene estaba en la salida por la que el viejo
sentenciador había aparecido—. Hay unas escaleras aquí. Adelante
y arriba.

***

Lief lideró la comitiva de nuevo, subía los escalones con pasos


silenciosos, mudos, el camino estaba iluminado por globos de luz
rojiza. Dejó que su mente conectara solo con sus oídos, un viejo
truco de ladrones. Los buenos sabían que no solo oyes, tienes que
escuchar. Lo que sus oídos le comunicaron es que les estaban
siguiendo.
Echó un vistazo a su alrededor y vio a Enth mirando por encima
de su hombro.
—¿Qué haces? —susurró con la boca medio cerrada, por
encima de su hombro.
—Quiero ver.
Lief estaba impresionado: el labio del hombre araña apenas se
movió. Por fin Enth comprendía el sigilo, que era mucho más de lo
que podía decir de sus compañeros humanos.
—¿Ver qué?
—Al Señor Oscuro.
Lief tenía la mirada fija en la curva de las escaleras, vigilaba
cualquier sombra en la luz roja.
—No estará sentado en el segundo piso sin más jugueteando
con los pulgares oscuros, Enth. Estará arriba del todo, haciendo
cosas de señor sobre sus dominios oscuros o lo que sea que haga
Darvezian a esta hora. ¿Puedes esperar hasta la ruta guiada?
—Quiero ver —repitió Enth, tozudo.
Lief suspiró.
—Mantente en silencio, recula si te lo digo y no salgas corriendo.
Enth asintió bruscamente, y los dos avanzaron agachados.
Las lámparas rojizas emitían un leve zumbido que le ponía
nervioso, pero cuando habían recorrido casi media circunferencia de
la torre se fijó en que además ahora había voces mezcladas. Al
principio eran murmullos, en aquel entorno podía imaginar con
facilidad un ritual maligno, o una tortura con pregunta susurradas a
la víctima justo antes de que comenzara a chillar. Sin embargo,
avanzó media docena de pasos más y solo pudo escuchar una
charla, el intercambio amigable de una conversación.
Miró a Enth, no dilucidó nada, y siguió adelante.
Había visto que se iba quedando sin escalones, con un amplio
espacio delante, y se inclinó para mirar arriba cuando activó la
trampa. Era una trampa mágica, y aquella fue su excusa: no había
una piedra suelta ni un cable ni un rayo de luz, o cualquier otro
detonante común. Sintió un soplo de aire frío y algo fantasmal surgió
flotando a través de los escalones, una atrocidad de calavera y
huesos pálidos con las fantasmales entrañas expuestas como
harapos, los ojos giraban cada uno en una dirección distinta dentro
de las cavidades huecas. Lief casi se tragó su propia lengua, al ver
la mirada desbocada recorrer la escalera y después cómo ambos
ojos traslúcidos se fijaban a la vez en él.
En silencio, el espectro levantó un brazo acusador, la punta
huesuda que le señalaba casi le tocaba la nariz. La temperatura
descendió todavía más, el aliento de Lief salía en volutas blancas de
la boca y una capa de escarcha se formó en la piedra que le
rodeaba.
Enth se lanzó contra aquella cosa sin decir palabra, las manos
pasaron a través de la tenue sustancia. El espectro reaccionó: los
ojos de pesadilla giraron de nuevo como si fueran bolas en un juego
de azar, y se fijaron en el hombre arácnido con una expresión de
locura.
Con una elegancia rígida, el espíritu ensayó una reverencia y
desapareció por el suelo, dejando a Lief sentado en los peldaños
con la espalda apoyada en la pared, respiraba con dificultad y trató
de calmar su ritmo cardíaco.
Quiso decirle varias cosas a Enth, pero cualquier palabra habría
sonado en la habitación contigua y alertado a quien estuviera allí.
Nada sugería que el hombre araña entendía lo que acababa de
pasar: seguro que pasaba la forzada vida humana sin entender
cosas, y la visita de un no muerto cualquiera encajaba en aquel
patrón a la perfección. Sin embargo, Lief lo sabía bien. Nadie que
viviera en un lugar así se agobiaría con placas de presión, cables y
demás: iban bien para tumbas y cámaras con tesoros, pero no eran
demasiado prácticas para tenerlas en casa. De todos modos, los
sentenciadores y su señor habían pensado en la seguridad. Supuso
que habrían activado una trampa por la cual ellos jamás tendrían
que preocuparse de activar. El espíritu ligado estaba listo para
descargar su venganza contra los que llegaran, a menos… pues a
menos que ya estuvieran marcados por la Oscuridad, supuso Lief.
Se sintió casi halagado de que la atroz aparición le considerara con
la suficiente virtud como para tomar ofensa. Y entonces pensó en
Enth, y se sintió menos cómodo consigo mismo. «Pobre cabronazo.
Eres uno de ellos, lo quieras o no. Eso sí, Harathes es uno de los
nuestros, las gallinas que entran por las que salen».
Hizo una señal para indicar que subirían un poco más, para
analizar la situación. Todo el tema del fantasma había sucedido en
el silencio más absoluto.
Las escaleras desembocaron en una sala de paredes curvas que
Lief supuso que sería tan solo un segmento extraído del perfil casi
circular de la torre, y truncado para encajar en un centro circular.
Había puertas (no solo entradas sino puertas, aunque la carpintería
de estas era una chapuza), seguro que el arquitecto maligno que
ideó aquello no consideró las puertas interiores portadoras de
suficiente maldad. Lief también vio algunos muebles y alfombras en
el suelo en varios estados de putrefacción mohosa (¿Implicaba
polillas malignas, o ya las habían traído raídas?) y algunos cofres en
la pared opuesta que provocaron tembleques en sus dedos. Tuvo
que obligarse a retener sus deseos de latrocinio, porque también
había una enorme mesa con doce sillas, algunas de las cuales
estaban ocupadas. Había dos hombres, uno achaparrado y
corpulento, el otro de hombros anchos y mirada intensa, y ambos
apostaban dinero. Lief reconoció qué clase de tipos eran al instante:
ponían las cartas boca abajo muy deprisa, se miraban a los ojos, y
todo el rato comentaban la partida o se cagaban en los padres del
otro. Quitando el surtido de amuletos y anillos siniestros que
llevaban, y el hecho de que los ojos del tipo de mirada torva
brillaban con una luz roja, podrían haber sido un par de paletos en
cualquier golpe de los que Lief había dado.
Se giró hacia Enth para susurrar algo cuando escuchó el primer
chillido. Era la voz de una mujer, y la acompañaba el grito triunfante
de un hombre, y provenía de una de las puertas que tenían delante.
«No podían faltar los cuartuchos de tortura, claro», pensó Lief.
Hizo un gesto a Enth para descender las escaleras y ambos se
escabulleron tan rápido y tan en silencio como pudieron.

***

Dion escuchó con atención el informe del ladrón, y después le pidió


que describiera la trampa del espectro una vez más con tanto
detalle como le fuera posible, mientras Penthos escuchaba por
encima de su hombro. Deliberaron un rato, dos profesionales que
habían adquirido un conocimiento extenso de las capacidades del
otro. Después salieron con Dion en cabeza.
No había considerado que habría prisioneros a rescatar. Seguro
que se trataba de unos exploradores desgraciados de Cad Nereg,
traídos hasta aquí para interrogarlos sobre los puntos fuertes de la
fortaleza. La oportunidad de librarlos del tormento y dejarlos libres
era como un rayo de sol en el mundo cada vez más sombrío de
Dion.
Pero ella y sus seguidores tendrían que ser perfectos en su
ejecución si querían tener una oportunidad. Si se enzarzaban en
una liza sin cuartel contra dos sentenciadores ludópatas seguro que
los prisioneros terminarían muertos antes de poder rescatarlos.
Puso a Harathes en la retaguardia: al ser el menos sigiloso, no
tendría oportunidad alguna de alertar al enemigo con el chirrido del
escudo o el repiqueteo de la armadura. Ella y Penthos iban a la
cabeza, el resto avanzaba en medio.
Delante, trató de detectar al acechador fantasmal en los
escalones, pero había un aura oscura tan ubicua en todo el lugar
que sus sentidos divinos eran inútiles. Por suerte, al Poder
Elemental de Penthos no le importaba lo más mínimo la Luz o la
Oscuridad. Puso una mano sobre su hombro y asintió, señalando
con el dedo hacia algo invisible.
Flexionó los hombros y levantó las manos, listo para desatar la
magia, y ella dio un paso atrás.
La cosa salió disparada de la pared muchísimo más veloz de lo
que Lief había descrito, sin duda atraída por la Luz que ella portaba
consigo. El espectro abrió las fauces para chillar y cristales de hielo
se formaron en el aire, fue entonces cuando Penthos empujó con
ambas manos, atrapó a la aparición en una burbuja de remolinos de
fuego. Cualquier aullido de alerta fue bloqueado por el poder de
mago y contenido en la vibrante jaula.
Dion elevó el disco de Armes y se concentró en la criatura, buscó
el nudo del mal que la retenía, distinto de las emanaciones de fondo
de todo lo que la rodeaba. Con una eficiencia brutal condensó su fe
y su poder en un escalpelo afiladísimo y amputó las ataduras que
inmovilizaban al espíritu en el mundo mortal. Fue una tarea sencilla:
los nudos antinaturales estaban tensados, tiraban contra la
tendencia natural de las almas muertas a ser absorbidas por otros
lugares menos corporales. En un instante, el horripilante fantasma
fue succionado hacia su muy merecida recompensa, la de los
pecadores.
Durante todo lo acontecido nadie hizo un solo sonido. El
murmullo de una conversación llegó desde delante, el chasquido de
las cartas, ininterrumpido. Entonces otro grito de una mujer sacudió
el aire y Dion se giró hacia sus compañeros e hizo un gesto para
indicar que tenían vía libre.
Era el turno de Lief y Cyrene. El ladrón se deslizó frente a Dion
hasta el rellano de la escalera, se detuvo un instante mientras
aguardaba al momento idóneo, y entonces se escurrió en la
estancia contigua, apretado a las paredes hasta que se colocó en
posición. Cyrene contó con cuidado, preparó una flecha y muy
despacio tensó la cuerda, el arma apuntaba casi a sus pies.
El número que ella y Lief habían acordado era algo que Dion
desconocía, pero de pronto Cyrene dio tres pasos y entró en el
campo de visión de la sala, y apuntó con el arco. Dion escuchó el
golpeteo musical de la flecha al salir despedida de la cuerda, y al
mismo tiempo un par de impactos y un último suspiro.
—Listo —murmuró Cyrene, y todos accedieron a la estancia.
Uno de los sentenciadores tenía una flecha en la nuca, justo
donde comenzaba el cráneo. Estaba sentado muy tieso, la cabeza
rígida en una postura de asombro, bastante muerto. Su compañero,
no menos muerto, estaba boca abajo sobre la mesa, las cartas
manchadas de sangre. Detrás de la silla estaba Lief, como si fuera
un barbero un pelín demasiado entusiasta, limpiando la hoja de la
daga con mala cara.
Sin perder tiempo se dirigieron a la puerta de la celda de tortura,
Lief para abrirla, Harathes para echarla abajo, Cyrene para cubrirle.
Dion y Penthos estaban listos para enfrentar cualquier amenaza
sobrenatural, aunque el mago aclaró que no había nada de
naturaleza mágica tras la puerta. Por supuesto que su «nada»
podría ser el arsenal arcano de otra persona.
El propio Enth estaba junto a la puerta, observaba los dos
cuerpos como si tratara de entender qué había pasado y si podía
arreglarse. Alargó un dedo y empujó la sien del hombre con la flecha
ensartada, desviando el ángulo de la cabeza de asombrado a
incrédulo.
Dion sacudió los hombros. Ya se preocuparía más tarde del
hombre arácnido.
Ella asintió. Lief abrió la puerta que había desbloqueado, y
Harathes entró embistiendo.
Una voz masculina del interior gritó:
—Imbéciles de mierda, no tenéis nada mejor que… ¡oh, mierda!
Lo siguió el chasquido de un escudo y un cráneo impactando a
toda velocidad. Cyrene tenía el arco tensado, pero su expresión era
extraña y no había disparado la flecha. Dion pasó junto a ella, con el
disco alzado, listo para atacar, y echó un vistazo.
Había dos personas ahí dentro, un hombre y una mujer, pero un
solo vistazo sugería que cualquier posible tortura era consentida.
Ambos estaban desnudos y todavía medio enredados en una cama,
y Dion no pudo evitar fijarse en los genitales que decrecían a toda
velocidad de la parte masculina involucrada. Harathes los tenía a
ambos a punta de espada, y el hombre mostraba el principio de un
prometedor moratón en la cara.
Desparramadas por el suelo había varias piezas de ropa,
incluyendo una coraza de cuero cubierta con lo que parecían ser
caras humanas cosidas, y una túnica con espirales de nieblas
negruzcas. Ah, eran sentenciadores.
Despojados de todo adorno, la pareja interrumpida de villanos
tenía muy poco de malignidad evidente en ellos. Harathes les
obligaba a mantener las manos a la vista, y si alguno era hechicero
entonces cualquier intento mágico terminaría siendo de lo más
breve. De este modo todos podían ver que no tenían nada oculto en
la manga.
—No hay señales de que nadie haya escuchado todo este
alboroto —comentó Lief—. Vale, ¿y ahora qué?
—¿Quién mierda sois vosotros? —soltó la mujer sentenciadora.
—Somos de la Luz —respondió Dion con severidad—. Es todo lo
que necesitáis saber.
—Estáis chalados. ¡Darvezian hará durar vuestras muertes un
milenio entero! —añadió su cita.
—Y las vuestras serán bastante rápidas, pero todos acabaremos
muertos al final de las cosas —señaló Cyrene, y tensó la cuerda
hasta la oreja.
—¡Espera! —El hombre levantó las manos, y la flecha le ensartó
la mano izquierda en el panel de madera, tenía incluso un toque
artístico.
—Ahí lo tienes —le dijo ella mientras él se retorcía y tosía—.
Apunta también esa a tu lista. —Mientras hablaba ya tenía una
segunda flecha lista—. ¿Qué tal si te estás quietecito y no haces
nada que parezca cosa de magia?
—Oh… ¡Por la ira del Señor Oscuro! ¡No era magia! ¡Yo no hago
magia! ¡Ella es la de la magia!
—¡Cállate, imbécil! —escupió la mujer. Harathes apoyó el filo de
la hoja bajo su barbilla y ella siguió su propio consejo.
—Por lo menos conseguid que digan algo —sugirió Lief—.
Seguro que saben qué nos espera arriba, por lo menos. Puedes
reconocer cuando mienten, ¿no?
—La Luz iluminará la verdad —asintió Dion. Fijó a los dos
desgraciados sentenciadores con un fulgor acerado—.
Responderéis a nuestras preguntas, y con sinceridad, o este será
vuestro final.
La mujer intentó contestar con una mirada desafiante, pero
quedó truncada por Harathes poniendo presión con la espada,
forzándola a mirar al techo o a rebanarse su propio pescuezo.
La mirada del sentenciador estaba fija en la inmóvil punta de
flecha de Cyrene.
—Mirad, por favor. Nosotros solo…
—Es obvio —cortó Dion—. Y más que obvio, sois siervos del
Señor Oscuro. ¿Por qué sus siervos de mayor rango siempre son
humanos? ¿Por qué no cadavéricos o espectros? No hay nada más
abominable para la Luz que los que rechazan sus dones para
escoger la Oscuridad.
—No, no, no lo somos, nunca hemos sido de mayor rango que
nadie —se excusó a toda prisa el sentenciador—. Somos muy
menores, nada importantes, para nada… Nunca quise ser malvado,
es solo que así fueron las cosas, y…
Dion recordó los huecos vacíos de los ojos y las bocas en la
coraza de cuero, y apretó los labios.
—Hablaré —suplicó atropelladamente, al ver la peligrosidad de
su expresión—. Por favor, os lo diré todo. Tan solo no me matéis.
Llevadme de vuelta para que me juzguen, haré lo que queráis, pero
no… —Pudo ver que el brazo de Cyrene comenzaba a temblar, que
pronto tendría que soltar la flecha o relajarse.
Dion volvió a ejercer su fe, luchó contra la resistencia innata del
lugar para colocar alrededor de su frente una abrasadora cinta
dorada. Obviamente le dolía, pero ardería con mucha más fiereza si
trataba de mentir.
—Dinos qué hay arriba —ordenó Dion.
—¡Está bien! ¡Está bien! Hay una media docena más de trampas
fantasma —explicó, trabándose con las palabras—. Había una
serpiente guardiana, pero alguien olvidó la contraseña y la mató. La
armería tiene un montón de cerraduras y glifos y cosas en la puerta
que no sé cómo desbloquear. No tengo la suficiente importancia, por
favor… en serio, no hay mucha cosa ahí arriba. De todos modos, ya
nadie sube a los niveles superiores.
—Excepto Darvezian —apuntó Dion.
Abrió los ojos como platos.
—Estáis buscando a…
—Espera —interrumpió Cyrene—. ¿Quieres decir que Darvezian
no está ahí arriba?
—No, no era, no quería… ¡Ah! —Las llamas doradas de la
verdad dejaron un habón enrojecido en su frente—. ¡Vale, sí! ¡No
está ahí arriba! ¡No hay nadie ahí arriba!
—No nos digas que ni siquiera está aquí —escupió Lief,
disgustado.
El sentenciador lo miró desolado.
—Bueno, claro que está aquí. Está en el nivel inferior. Ahí es
donde está la sala del trono. Tenéis que haber pasado por delante
de la puerta. ¿Quién viviría en el piso superior de una torre?
¿Habéis visto qué puto montón de escalones hay?
Dion lo contempló inflexible, ya que vio de refilón que Lief
sonreía como loco.
—Oh, vaya, no me siento para nada idiota —dijo entre risitas—.
Lamentamos muchísimo haberos molestado. Volvamos escaleras
abajo, ¿no creéis? Os dejamos que sigáis con vuestros asuntillos.
Perdón por todo este desastre. Ay, no, ¡me olvidaba! ¡Sois malvados
y esos asuntillos son malvados! ¡Es un callejón sin salida!
—Cállate, Lief —exclamaron Dion, Cyrene y Harathes al
unísono, cuando fue evidente que su don para la improvisación no
estaba en su apogeo en aquel momento.
—Bueno, a ver, en serio, ¿qué hacemos con ellos, pues?
Dion suspiró, miró a los dos miserables sentenciadores.
—Se te dan bien los nudos. Átalos… a la cama, entre ellos, lo
que sea. Amordázalos.
—Quizá podrías romperles los dedos —sugirió Harathes con
severidad.
Lief negó con la cabeza, acercó el cuchillo a las sábanas, cortó
unas tiras e hizo un trabajo de lo más profesional al asegurar a los
dos sentenciadores desnudos, dejando la mano ensartada por la
flecha de Cyrene en la cama. Se tomó su tiempo y comprobó todos
los nudos.
—Bueno, no sé cuánto tiempo nos llevará terminar con lo que
hemos venido a hacer, pero estarán aquí por todo ese tiempo o
hasta que alguien los encuentre. Vamos para abajo y acabemos con
este trabajillo.
Dion respiró hondo.
—El Señor Oscuro.
Lief se encogió de hombros.
—Hemos dejado bajas importantes en sus filas. En cualquier
caso, ¿cuántos sentenciadores hay? Nos hemos cargado a cinco
aquí, y Enth se llevó por delante a dos. Incluso si… aunque no salga
como estaba planeado, tiene que servir de algo, ¿no?
—Todo irá según lo planeado —afirmó Dion, y escuchó la fuerza
de sus propias palabras rebotar en el interior de su cabeza—.
Cuando bajemos os bendeciré a todos. Sea cual sea el poder de la
Luz que puedo reunir en este lugar os lo daré. Si tenéis talismanes o
pociones u otras medidas de última instancia, es el momento de
hacer uso de ellas. Yo debería… debería decir algo, supongo.
—Que no se alargue demasiado —dijo Lief.
—Pero esto es… nos hemos esforzado tanto para esto.
Escuchó un sonido ronco y los golpeteos de los prisioneros. Dion
se giró hacia ellos enfadada, a punto de castigarlos por su
irreverencia. Y se detuvo. Ya habían sido castigados con extrema
hostilidad. Enth estaba junto a ellos, con un cuchillo en las manos
que relucía húmedo. Los sentenciadores se habían medio
desplomado, la cabeza les colgaba y ambos estaban cubiertos por
completo de un rojo que impregnaba su piel y manchaba las
ataduras.
—¿Qué…? —susurró.
—¿Qué…? ¿Qué has…? —logró decir Lief, con los ojos
desorbitados—. No había necesidad alguna de…
Enth bajó la mirada al cuchillo que tenía en la mano, y de nuevo
al resto.
—Tenía permiso —respondió sin más.
—¡Los has asesinado! —rugió Harathes, adoptando el papel de
justo—. ¡Repugnante animal! —Trató de lanzarse sobre el hombre
arácnido, esperaba que Enth retrocediera, pero se quedó allí,
mirándolo como si fuera la cosa menos relevante del mundo. En vez
de ello, los ojos vidriosos se fijaron en Dion.
—Eran de la Oscuridad —dijo.
—No puedes saber qué significa eso —respondió, se le erizó el
vello de los brazos al escucharle decir aquello.
—Sé lo que significa. Quiere decir que pueden ser asesinados —
declaró Enth—. Los míos son de la Oscuridad. Pueden ser
masacrados por los Hombres. Los cadavéricos son de la Oscuridad.
Pueden ser masacrados por los Hombres. Quizá amigo Lief está
triste de que mueran, pero es muy difícil no matarles: son
asesinados. Eran siervos del Señor Oscuro. Tienen que morir.
—Íbamos a perdonarlos, porque nos han ayudado —respondió
Dion con un hilo de voz.
—¿Ayudado? —repitió Enth con la mirada perdida.
—Nos dijeron dónde estaba Darvezian.
—¿Si los cadavéricos os lo hubieran dicho, habrían salvado sus
vidas? —Un estremecimiento comenzaba a crecer en la criatura—.
No —dijo—. No. Es porque estos son Hombres. Hombres Oscuros.
Hombres malvados. Pero Hombres. Por eso los salváis.
—Enth, lo intentamos con las arañas. Tú lo intentaste —repuso
Lief en voz baja. El hombre araña sufrió un escalofrío por todo el
cuerpo, una convulsión que le empujó a hundir el cuchillo en el
cuerpo del hombre muerto por puro reflejo muscular.
—Lo intenté —siseó Enth—. Lo intenté y no pude salvarlas. De
vosotros. No pude salvarlas de todos vosotros. Oscuridad, Luz, no
sé qué son, pero no servían a vuestro Darvezian. Estos, estos sí, y
por qué, por qué ellos viven cuando mi gente, cuando ellas están
muertas, todas muertas, muertas.
—Enth, por favor, baja el arma —susurró Lief, porque el hombre
arácnido estaba triturando el hombro y el pecho del muerto,
destripaba y trinchaba de forma espasmódica.
Los dedos de Enth se abrieron con una sacudida, la cuchilla
cayó al suelo, y se lanzó contra la pared, donde golpeó con los
puños la roca negra, destrozando una de las lámparas rojas. Un
ruido surgió de él: algo profundamente inhumano; algo
profundamente comprensible, frustración y rabia y aflicción.
Harathes dio un paso adelante, con la espada apuntando a la
espalda encorvada, pero Cyrene lo apartó de un empujón y se situó
tras Enth, arrojó el arco a la cama ensangrentada y le puso las
manos sobre los hombros. Dion se tensó, esperaba que la criatura
quebrara las restricciones de Penthos, que dirigiera las manos a su
garganta, que atacara. Pero se quedó acuclillado allí, como si aquel
puñetazo hubiera arrojado toda su ira al material de la torre, y ya no
le quedara nada.
—Lo siento —murmuró Cyrene—. Enth, lo siento mucho. De
verdad. —Dion estaba conmocionada al ver a Cyrene tratando de
consolar a la criatura, más todavía porque parecía necesitar el
consuelo.
—¿Por qué me siento así? —preguntó el hombre arácnido—.
Por qué nadie querría sentir esta… Ni siquiera tengo palabras para
lo que es.
—Culpa, remordimiento, empatía —dijo Lief, con cansancio—.
Ya eres más humano que Harathes.
—Deja… —El guerrero apretó los dientes—. Deja de ponerte de
su lado.
—Pero todos estamos del lado de la Luz, ¿no lo sabías? —Lief
le dedicó una dulce sonrisa—. No importa lo que hagamos.
—Ya basta. —Dion buscó con la mirada al último miembro de la
compañía y descubrió al mago de espaldas, observaba con
expresión torva las escaleras.
—Está bien, Penthos —decidió ella—. Las recriminaciones para
luego. Acabemos con esto.
—Emm, ¿qué? —El mago la miró con el ceño torcido—. Mis
disculpas, estaba en mi mundo. ¿Qué ha pasado? —Sus ojos se
fijaron en los prisioneros muertos, nada estaba fuera de lugar.
Bajaron las escaleras en un silencio sepulcral. Si Enth estaba
dejando un rastro de pisadas sangrientas, la piedra negra y la luz
rojiza lo ocultarían. En la cocina improvisada hubo un instante en
que todos echaron un vistazo a los sentenciadores y los cadavéricos
muertos, y con toda probabilidad alguno de ellos reevaluó la
situación. Dion, era consciente del enorme peso contenido de
introspección que reprimía. Se sentía sucia desde el mismo instante
en que recogieron a Enth y viajaban con él como compañero, pero
aquello había sido simple: viajar con una criatura de la Oscuridad
era algo malo. Ni de lejos era el problema moral que aparecería en
un examen del seminario. Los sentimientos mancillados que retenía
no eran por haber usado a Enth como herramienta. No le gustaba lo
que veía a través de la perspectiva de Enth. Los métodos de certeza
moral de pelear por una causa de la Luz eran sencillos de entender,
cuando solo disponías del punto de vista del que sostiene la espada
y el disco.
Había varias puertas que salían de la cocina, y Lief examinó
cada una de ellas, aprovechando al máximo el hecho de que todas
habían sido puestas allí mucho después de la construcción de la
torre, y que ninguna encajaba los marcos de piedra demasiado bien.
—Almacén —murmuró—, armería, una especie de armario de
herramientas. Oh… —Retrocedió deprisa ante una puerta, no era
mayor que las demás—. Oh, es esta.
—¿Seguro? —preguntó Harathes.
Lief lo miró furibundo.
—Bueno, no soy un experto, pero es una sala grande de narices,
más que el resto del piso inferior, y está bastante vacía, pero al otro
extremo está el asiento más grande que he visto en mi vida con un
tipo vestido con una túnica sentado en ella. Quizá se pasaron un
poco con los baños en este lugar, pero por algún motivo
incomprensible creo que es un trono.
—Vale, pues —añadió Dion, atrayendo su atención—. Ya
conocéis la profecía. Sacad el Colmillo.
Por un terrible instante no pudo recordar quién tenía aquella
cosa, y no le habría sorprendido si el vital artefacto presagiado en
los augurios hubiera sido olvidado en alguna habitación de una
taberna cualquiera. Entonces Cyrene lo sacó, el colmillo curvo y de
aspecto amenazador de la bulbosa madre de Enth.
—Deja que lo lleve yo —pidió Harathes.
—No —respondió Dion—. No venceremos al Señor Oscuro
desafiándolo a un combate singular. Sus poderes te destruirían, o a
cualquiera de nosotros. Ni Penthos ni yo podemos resistir el poder
desatado de Darvezian. —«¿Para qué pasaríamos por toda esta
extraordinaria farsa?»—. Sin embargo, atraeremos su atención.
Haremos que salga a pelear, sobreviviremos, y le entretendremos,
incluso aunque sea hablando, lo suficiente para Lief.
—¿Yo? —el ladrón dio un respingo—. ¿Estás…?
—No eres un gran héroe, Lief —dijo Dion en un tono amable—, y
no eres el virtuoso parangón de la Luz. Pero eres un pícaro sutil y
sigiloso, y en una pelea estás mejor situado en la espalda del
enemigo. Así que ahí es donde irás, mientras Darvezian se
concentra en nosotros. Ve y sé el hombre que acaba con el Señor
Oscuro. Toma tu lugar en la historia.
Los ojos de Lief estaban tan abiertos como dos lunas llenas.
—Tú… ¿me confías esta tarea?
Y Dion sonrió con cariño.
—No hay nadie mejor.
—Menuda farsa —murmuró Harathes, pero nadie se dignó a
responderle.
—Vale, está bien —respondió Lief, armándose de valor—. En tal
caso el único obstáculo son los muebles, porque no exageraba nada
cuando dije que el trono es gigantesco. Necesito que salga de ahí
para poder hincarle el diente.
—Espero que incluso el Señor Oscuro se digne a levantarse ante
nuestra presencia —supuso Dion—. Quédate atrás, Lief. ¿Todos
listos? —Miró a Harathes, Cyrene, Penthos e incluso a Enth—. Os
bendigo a todos. Os otorgo la fuerza de la Luz, la fortaleza de
Armes. —Sus gestos excluyeron a Enth, porque habría mancillado
su religión, ¿o quizá porque su religión le abrasaría? No quiso saber
la respuesta—. Vamos.
Avanzó y golpeó la puerta con una patada, preguntándose con la
pierna en alto si estaría cerrada. Por suerte no fue así, y el portal se
abrió con un estrépito atronador suficiente, el ruido reverberó por
toda la enorme sala del trono del Señor Oscuro.
El Trono Oscuro era un gran símbolo del mal para cualquiera que
se sentara en él, y también el principal motivo de que el techo fuera
tan alto. Igualaba la altura de cuatro hombres uno sobre el otro, una
serie de espinas de roca y puntas que cubrían el trono hacia un par
de cuernos rugosos arqueados hasta que, en las sombras que se
arremolinaban arriba, las puntas quedaban a menos de un pulgar de
tocarse. La escala del asiento era tal que un gigante habría cabido
con facilidad. La figura sentada parecía empequeñecida por el
tamaño. Darvezian, después de todo, había sido un hombre antes
de convertirse en el amo de la Oscuridad.
La túnica negra estaba compuesta más de sombras que de tela,
sin solidez, sin texturas. Encima tenía extraños pedazos de
armadura, plata grabada con más negro: una sola guarda para el
hombro, guanteletes, un gorjal. Cada pieza de metal estaba tallada
como si fueran caras contorsionadas en mitad de un grito, y
centelleaban y se estremecían, de una palidez imposible sin
importar la intensidad de la luz roja.
Encima de la cabeza del Señor Oscuro descansaba el cráneo de
un grifo que hacía las veces de yelmo, el pico curvado llegaba hasta
su frente, las cuencas albergaban rubíes que titilaban con su propio
fuego maligno. Aquellas gemas tenían nombres, y sagas propias
que enumeraban las atrocidades que habían acontecido a sus
muchos dueños. Bajo el pico la capucha de la figura alojaba dos
orbes de fuego escarlata.
Dion consideró que todo era una buena puesta en escena. Sin
duda mantenía a los sentenciadores y a los cadavéricos a raya.
«Solo era un hombre», se recordó. Sentía miedo, por supuesto, pero
largo tiempo atrás aprendió a ser su dueña, no su sierva.
—¡Darvezian! —avanzó con largas zancadas por el enorme
salón vacío hacia el trono.
—¿Quién recita mi nombre? —preguntó la voz desde el interior
de la capucha. La humanidad de la voz la sorprendió, a pesar de
toda la pomposidad y el esplendor terrorífico, profunda, melodiosa y
engañosamente agradable. Era el tipo de voz que ordenaría que un
hombre se dirigirse a la muerte esperando que aceptaran de buena
gana. Era, supuso, lo único que quedaba del hombre que Darvezian
había sido.
—Todo el mundo —declaró Dion—. ¡Todas tus víctimas lo
corean, y exigen justicia! —Cyrene tenía una flecha preparada;
Harathes alzó el escudo junto a ella. Penthos estaba unos pasos
atrás, en las manos mariposeaban unas llamas contenidas. Enth…
Enth estaba allí. Estaba tras ella, en algún sitio. «¿Debería haber
matado a la criatura? ¿Es esto lo que condenará al mundo, mi
determinación inadecuada; el rechazo de algunos de mis amigos de
aplastar una araña?». Ahora ya era tarde para preguntárselo.
—¡Soy Dion de la Luz! —gritó, purgando así la incerteza con las
llamas de gritarle a alguien con tanta fuerza de la que era capaz—.
Álzate y enfréntate a mí, monstruo, y paga el precio de tus actos.
—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó Darvezian distraído
—. Llevo esperando desde todo ese alboroto en la cocina. ¿Habéis
dado un paseo para admirar las vistas?
Dion se quedó muda al descubrir que no encajaba en los
rigurosos estándares que un Señor Oscuro esperaba en sus
enemigos.
De forma inesperada, fue Harathes quien acudió en su ayuda.
—Hemos acabado con tus siervos, Oscuro. Ocho sentenciadores
yacen muertos, ya no podrán ayudarte.
—Considérame incomodado —gruñó Darvezian, con un gesto de
desdén y un suspiro. Visible en la oscuridad tan solo por aquella
hombrera. Se alzó de pronto, no era un movimiento humano, sino
una transición reptiliana—. Bueno, pues, Campeones de la Luz,
aplaudo que hayáis llegado tan lejos, pero no tenéis ni idea de mi
poder y de mi procedencia. Ahora tendré que acabar con vosotros
en una agonía mucho más prolongada, pero no es nada personal.
Hasta ahora lo habéis hecho genial.
Rio, una gran y genuina carcajada de diversión, y bajó del trono
con las manos estiradas a ambos lados. Dion elevó el disco de
Armes, llamó a sus custodios más poderosos y de las manos de
Penthos brotaron unas llamas resplandecientes y feroces.
Y Lief apareció, con un pie sobre el Trono Oscuro e
impulsándose en él para que el ataque tuviera más potencia, y
enterró el Colmillo de la Madre en la zona lumbar de Darvezian.
11
APAGANDO LAS LUCES

-¡Q ue te aproveche, mojón! —chilló el ladrón al atacar. Era,


consideró Cyrene, un grito de batalla que no acabaría en
ninguna saga. La bravuconería del grito también iba acompañada
por el hecho de que Lief se había alejado de Darvezian todo lo
posible al momento, y dejó el colmillo incrustado en la espalda del
Señor Oscuro.
Darvezian cayó de rodillas con un gorjeo, y el vibrante poder
plateado que había comenzado a acumularse en sus dedos un
instante antes se desvaneció de golpe en la penumbra.
Cyrene disparó y la flecha impactó en el sombrío pecho del
Señor Oscuro, empujándole hacia atrás con un soplido al quedarse
sin aire.
—¿Qué habéis hecho? —preguntó Darvezian, ronco—. ¿Qué es
esta hechicería? ¡Mis protecciones, mis defensas…! ¿Cómo me
habéis hecho esto? —Se llevó las manos a la garganta y emitió un
espantoso gorjeo.
—Este es el destino que has provocado sobre ti mismo… —
comenzó a decir Dion, pero algo insegura, porque el cariz de los
gorjeos de asfixia del Señor Oscuro cambiaba a medida que
hablaba. De aspereza en busca de aire, Darvezian pasó en un
instante a la risa. En contexto, era el sonido menos agradable y
grato que había escuchado jamás.
—¿Pero esto qué es? —gritó el Señor Oscuro, poniéndose de
pie con agilidad—. ¡Alguien ha hecho los deberes! ¿En serio es…?
—Ignorándoles, llevó las manos a su espalda y tras un incómodo
tira y afloja, arrancó el colmillo de la araña con un sonido de
desgarro—. No me digas que… ¡Lo es! —Levantó el ensangrentado
premio—. Bien hecho, todos vosotros, mirad lo que me habéis
traído. ¡Un colmillo real de una araña matrona! No me lo puedo
creer, ¿cómo lo habéis conseguido? Creí que esto os mantendría
ocupados durante, al menos, un par de décadas más. Qué
tribulaciones habréis pasado. —Movió la cabeza embozada de un
lado a otro, maravillado—. Me gustaría que me lo contarais todo,
pero sospecho que quizá no es tan interesante. Yo digo que es
mejor preservar el misterio.
—Tú… —Harathes fue el único capaz de contestar—. ¡Maldito!
¿Querías que te trajéramos el colmillo? ¿Tú has… es parte de tus
malvados planes…?
—¿Qué, esto? —Darvezian inclinó la cabeza hacia el colmillo—.
Qué cosa más asquerosa. —Y la tiró por encima del hombro con un
gesto de puro desdén—. No tenéis ni idea de lo que cuesta forjar
una profecía adecuada… Y creedme, ¡llevo un tiempo haciéndolo!
No, no os preocupéis, no habéis cumplido mis malvados planes al
traerme el trozo de una araña. ¿Por qué iba a querer algo así? Los
habéis cumplido solo por entrar en mi torre. Pero necesitáis tener
una profecía, ¿verdad? Para que vuestros héroes se mantengan
alerta. De lo contrario todo se vuelve tan aburrido. La próxima vez
tendré que plantear unas condiciones realmente desafiantes. Dudo
que todo el tema de la araña vaya a mantener a la gente ocupada
durante más tiempo.
—¡Basta! —y Harathes se lanzó hacia la negruzca figura, un
instante después todos estaban en movimiento. Lief atacó de nuevo
por detrás con una cuchilla normal, y Cyrene disparó una flecha
entre los resplandecientes ojos rojos. Dion corrió hacia delante,
invocando la Luz, y los dedos de Penthos petardearon al arrojar
dardos de fuego.
Y quizá el fuego rozó la tela sombría de Darvezian, pero el resto
no hizo nada. La flecha se desvaneció sin más bajo la capucha. La
hoja de Lief se quebró, y la espada de Harathes rebotó. Cada acción
mágica precedida por una sola palabra del Señor Oscuro. Dion casi
hundió el disco de Armes en el rostro invisible, el símbolo irradiaba
claridad. Darvezian se lo quitó.
Ella se tambaleó al retroceder, horrorizada. Todos estaban
horrorizados. Por muy poderoso que fuera, el Señor Oscuro tendría
que haber sufrido algo a causa del poder de su némesis. En vez de
ello, le dio vueltas al disco en la mano al mismo tiempo que el fuego
dorado se apagaba.
—Baratijas —dijo, y tiró el disco a los pies de Dion—. Y ahora,
¿he establecido ya mis credenciales? Sí, soy el Señor Oscuro. No,
no podéis dañarme. Sí, os relataré mi malvado plan. No, no viviréis
para contárselo a nadie. Pero os lo relataré, sabéis. Es el punto
álgido de mi vida, cada vez que llegamos a este punto. Quiero ver
vuestras caras, cuando desvelo la broma. Es curiosa la exigua
cantidad de risas que he conseguido a lo largo de mi carrera.
—¿Broma? —exigió Dion, pero Cyrene ya estaba protestando.
—¿Qué quieres decir con «cada vez»?
—Cada vez que un grupito de supuestos héroes viene a derrotar
al Señor Oscuro, claro. Creía que era obvio —respondió Darvezian
con un tono casual—. ¿Es que ya no estudiáis vuestra propia
historia? Deberíais, estoy en ella. ¿No recordáis que Sargos el
Heraldo de la Luz acabó con el Señor Oscuro Morticleer? O, espera,
¿y los Tres Compañeros y su épica victoria sobre Terrorvacuo el
Innombrable? O…
—Pero no eras tú, era… eran otros señores oscuros —dijo Dion
con voz débil.
—Es el trono —añadió Lief—. El trono es el Señor Oscuro. O la
túnica, o la capucha, o… algo.
—No, no, soy yo —corrigió Darvezian—. Siempre he sido yo. Yo
fui el primer Señor Oscuro. Yo soy todos los señores oscuros. Y
entre medias, también he sido la mayoría de los héroes de la Luz.
Cuando Sargos vino a derrotarme, fui yo quien salió de aquí con su
forma. Y, ¡oh! Qué cosas que solo uno de los Tres Compañeros
sobreviviera a la gran batalla, ¿eh? Un montón de caras y formas
distintas. Y supongo que tengo que decidir cuál de vosotros volverá
como un triunfante y apesadumbrado héroe. El ladronzuelo
escurridizo no, la mujer tampoco, y un mago sería demasiado típico,
¿no creéis? Y… —Fijo las esferas rojizas en Enth por un instante—.
Bueno, eso sí que no. Nadie lo confundiría con un héroe de la Luz.
Por lo tanto, enhorabuena, hijo —concluyó dirigiéndose a Harathes
—, tú serás el héroe. O yo, en cualquier caso, pero será tu rostro en
las estatuas. Aunque es preferible que no con esa expresión que
tienes ahora, claro. Trataré de mostrarme más digno.
—Tú —siseó Dion—. Jamás podrías pasar por alguien de la Luz.
Desprenderías el hedor a Oscuridad por todas partes.
—Ah, ¿sí? —Darvezian juntó los dedos enfundados en metal—.
Y tú eres una experta, ¿no es así? Entonces dime, oh, Campeona
de la Luz, ¿puedes ver la Oscuridad en mí?
Cyrene observó a Dion fruncir el ceño con furia ante el Señor
Oscuro, y vio cómo la sacerdotisa palidecía.
—Yo… no hay nada. Oscuridad, Luz, nada.
—Fui un hombre —explicó Darvezian en un tono contemplativo
—, hace mucho mucho tiempo. Pero me he convertido en un ser
distinto. Oscuridad, Luz, me he arrastrado por ambos lados de este
mundo que he ayudado a moldear. He sido vuestras peores
pesadillas y he aterrorizado al mundo; he sido vuestros héroes más
gloriosos, y salvé al mundo en varias ocasiones. La historia es un
libro de mis víctimas, y una letanía de mis elogios.
—Pero… ¿por qué? —soltó Lief, la voz temblorosa—. ¿Por qué
todo eso? ¿Por qué le harías algo así a las personas?
Cyrene esperaba una respuesta burlona, pero al parecer
Darvezian se tomaba esta parte con mucha seriedad.
—¿Personas? —escupió, puso más de una vida de desprecio en
la palabra—. ¿Personas? ¿Qué le he hecho yo a las personas que
no hayan provocado ellos mismos? Ese fue mi error al principio,
tratar de ayudar a la gente. Y sabes qué, no quieren que nadie les
ayude. Se lo merecen todo, todo lo que la Oscuridad les arroja, cada
severo juicio de la Luz. ¿Personas? No me hagas reír. Ayudar a la
gente es como estampar tu cabeza contra una pared, y al final,
cuando vives para siempre y estás harto de los mismos errores una
y otra y otra vez, al final lo único que queda es disfrutar a su costa.
Porque no puedes hacer que nada vaya a mejor y os voy a ser
honesto, no importa todas las maldades que cometas, tampoco vas
a empeorar nada.
—¡Eso no es cierto! —Fue el desafío de Dion—. La Iglesia de la
Luz es devota en ayudar a las personas.
—Oh, dicho con la sabiduría de qué, ¿cuatro décadas? Yo estoy
escarmentado, ¡ya era anciano antes siquiera de que tu iglesia
existiera! —Darvezian avanzó hacia ella, pero la sacerdotisa no
retrocedió, recuperó el disco y lo apretó contra el pecho, y los
demás se reunieron tras ella para el apoyo moral, por poco que
fuera, que pudieran aportar.
—Lo sé —susurró el Señor Oscuro, y una mano enguantada se
levantó para descansar en la suya, cerrándose sobre el símbolo
sagrado—. Te criaron para ser una chiquilla buena y correcta. Te
educaron sobre la Luz y la Oscuridad, y te contaron cómo era todo.
Y antes de destruirte por completo, y a tus sueños, y a tus amigos,
voy a corregirte en un par de interesantes puntos de tu doctrina que
quebrarán tu espíritu y tu fe, y me entretendrán lo suficiente como
para que el aliento malgastado para pronunciar las palabras haya
merecido la pena. Pero ahora ardes con la rectitud, porque sabes
que estás en lo cierto, y porque has vivido toda tu vida
contemplando solo lo bueno de la gente, y has ignorado todo lo
malo. Sí, incluso entre tus compañeros sacerdotes. Porque sabes
que albergaban el toque de la Luz, y por lo tanto tenían que ser
buenos. Buenos de base, sin importar qué hicieran.
—Te equivocas —replicó Dion con calma—. Destrúyeme todo lo
que te apetezca, pero jamás quebrarás mi fe. Creo en Armes, que
portó la Luz al mundo y nos salvó. Creo en su iglesia, que se
esfuerza por defendernos de la Oscuridad. Y si no te destruimos,
otros lo harán.
—Toda esa convicción —murmuró Darvezian—. Y pensar que yo
solía sonar así. He sido tantas personas, héroes y villanos,
generación tras generación, pero al comienzo tan solo era como tú.
Oh, claro, mucho más inteligente, infinitamente más, el hechicero y
filósofo más dotado que jamás haya vivido, debo añadir con cierta
modestia, pero al principio fui un idealista, antes de convertirme en
nada más.
—Pues vaya. —Dion temblaba—. Si vas a destruirnos de todos
modos, por qué no muestras tu verdadero rostro, tu primer rostro.
¿No dices que fuiste un hombre? Muéstranos pues a ese hombre.
Muéstranos la verdad del Señor Oscuro.
Cyrene no pudo evitar admirar a la mujer, porque incluso en
aquel instante final todavía luchaba por vencer al mal. ¿Le aportaría
cierta mortalidad a Darvezian mostrar su rostro mortal? Seguro que
no, pero aun así, Dion lo intentaba.
Sin embargo, aquella petición parecía formar parte de los planes
de Darvezian.
—¡Buena pregunta! —graznó—. Ah, me encanta, en verdad me
encanta cuando me preguntan tal cosa. Por supuesto, mi piadosa
sacerdotisa, os enseñaré mi rostro. Por supuesto y con mucho
placer, un placer al que sucumbo apenas una vez cada generación.
Se apartó de ella y retrocedió un par de pasos entre aspavientos
airados. Giró sobre los talones y abrió los brazos en cruz.
—A fin de cuentas, habéis recorrido todo el camino hasta aquí.
Os habéis ganado el derecho a mirar a vuestro enemigo cara a cara,
para desesperación vuestra.
—Muéstrate, pues —saltó Dion—. Pero te lo advierto: pocas
cosas hay que me causen desesperación.
Su voz no era más que un rastrojo deshilachado, pero aún había
en ella un resquicio de dureza que se resistía a quebrarse.
Darvezian suspiró y se llevó la mano a la capucha. Sus dedos se
flexionaron como si realizara un hechizo. Se deshizo de la capucha
con un movimiento airado, y con ella también se desprendió del
resto de la parafernalia: la túnica, la resplandeciente armadura y
hasta el cráneo de grifo con gemas en las cuencas. Todo lo que
quedó fue un hombre.
Se trataba de un hombre atractivo de mandíbula cuadrada, con
la complexión fuerte de un guerrero, cubierto por una toga, mas con
una espada al cinto. Sus cabellos eran dorados, y sus ojos del
profundo azul del océano; ambos detalles solían faltar en las
estatuas que Cyrene estaba acostumbrada a contemplar. El hombre
extendió las manos, con las palmas hacia abajo como un sacerdote
que otorgase una bendición, y les mostró una mueca.
—¿Y bien? —les preguntó—. Vamos, adelante, decid algo. Ya
tenéis lo que queríais. ¿A qué vienen esas caras largas?
Dion se las arregló para escupir una suerte de balbuceo
tartajoso. Sus ojos se habían salido de las órbitas y su rostro
enrojecía. Cyrene se preguntó si llegaría a caer redonda de una
apoplejía en aquel mismo momento y lugar, lo cual impediría que el
Señor Oscuro completase del todo aquella burla final.
—Tú… —profirió, con un sonido que parecía indicar que su
propia lengua intentaba ahogarla—… tú… ¡cómo osas profanar su
sagrada apariencia! ¡Por más repugnante que seas, cómo te atreves
a llegar tan lejos en tu blasfemia como para adoptar su forma!
Darvezian le mostró una expresión dolida manchada de
sarcasmo.
—Pero, querida sacerdotisa, fiel entre las fieles, esta es mi
forma. Lo era mucho antes de que empezasen a tallar estatuas,
aunque habré de admitir que me representan con suma pericia,
incluso después de todo el tiempo que ha pasado. Entre tú y yo, te
confesaré que preferiría que hubiesen tallado mi nariz algo más
pequeña, al menos en las primeras que hicieron. Pero bueno, todos
tenemos nuestra pizca de vanidad, ¿verdad?
El rostro de Dion se contrajo, y soltó un alarido de pura rabia.
—¡Decídselo! Alguien, que alguien le diga…
—Maestro hechicero, ¿das fe de mis palabras? —le preguntó el
Señor Oscuro a Penthos con toda honestidad—. A buen seguro
verás que no hay ilusión alguna en mi apariencia, y que lo que ves
no es más que lo que habíais pedido ver: la verdad.
Penthos soltó una tos incómoda, que hizo que Dion se girara
hacia él.
—¿Cómo?
—Es… es tal y como dice —informó el mago, seco—. No hay
rastro de ofuscación en él. Es…
—Armes —completó Cyrene. Se sentía como si estuviese
contemplando algún tipo de desastre natural, un corrimiento de
tierra o un terremoto; algo enorme, lento e infinitamente destructivo,
desplegándose dentro de la mente de Dion.
—Todo esto no es más que una sarta de estupideces —afirmó
Harathes en un tono de voz neutro—. Hasta yo me parezco más a
Armes que él.
Sin embargo, sus palabras no eran más que un flaco intento de
consuelo para Dion, y como tal las desestimó.
—Adopta la forma que se te antoje. No eres Armes. No puedes
serlo.
—¡Ah, qué malas pasadas nos juega la fe! —jadeó Darvezian, o
quienquiera que fuese aquel que les hablaba. Se llevó la mano al
pecho como si se doliese de una herida—. Todo tendrá su
explicación. Insisto. Quiero que comprendáis, antes de morir, la
mentira en la que habéis estado viviendo. Sí, es una mentira, una
gran mentira. Una mentira contada por una buena razón, al menos
al principio. Y sin embargo, una mentira a fin de cuentas.
Una flecha salió del arco de Cyrene y le impactó en el pecho,
pero rebotó en la toga como si esta estuviese hecha de piedra. El
Señor Oscuro parpadeó, por un momento descolocado, y luego
compuso una mueca.
—Rápida. Muy rápida, pero por desgracia fútil. Aunque
comprendo que tenías que comprobar si por alguna inexplicable
razón había dejado al descubierto algún punto vulnerable.
Recogió la flecha del suelo y la sostuvo en alto. De sus labios
brotó una palabra, semejante a las que había pronunciado con
anterioridad para repeler sus ataques. Una vez la pronunció, Cyrene
fue incapaz de recordar cuál era. Jamás habría podido reproducirla,
pero sí que entendía su significado: la palabra era flecha, pero dicha
de un modo tan primordial que la mera palabra «flecha» no
alcanzaba a expresar. Entonces el Señor Oscuro miró a Cyrene.
Pronunció otra palabra y de pronto un puño gigantesco e invisible la
aplastó contra el suelo, tan fuerte que se le saltaron dos dientes y su
visión se emborronó por unos instantes. Sin embargo, lo más
aterrador no fue el brutal golpe, sino la palabra. La palabra había
sido ella, la naturaleza esencial de lo que era ella en un único
vocablo.
—Calma, no pasa nada —los tranquilizó Darvezian, como si
nada hubiese sucedido, a la par que jugueteaba con el mango de su
espada—. Por desgracia, carezco de puntos vulnerables. No tengo
debilidad alguna. Soy el amo de todas las cosas. No podéis
hacerme… ¿a qué viene esa risita, pícaro?
Arqueó una ceja en dirección a Lief.
El ladrón tragó saliva, se puso en posición de ataque y encaró a
Darvezian; un gesto más valeroso de lo que Cyrene lo habría creído
capaz.
—Pensaba que justo pareces el tipo de persona que no tiene
vulnerabilidades —escupió entre dientes.
—¡Ja! —soltó Darvezian, y luego añadió una única sílaba que
lanzó a Lief al suelo entre maldiciones. El ladrón se llevó las manos
a las costillas recién rotas.
Cyrene se obligó a apoyarse en las rodillas para levantarse. De
pronto, una mano la agarró y la aupó. Alzó la vista y vio a Enth, cuya
falta de emoción en el rostro resultaba casi un alivio. De entre todos
ellos, él era el único al que cualquier revelación que estuvieran a
punto de oír le traería sin cuidado. A fin de cuentas, ¿por qué habría
de preocuparle una religión que lo despreciaba sin paliativos?
Darvezian paseó la vista por entre todos ellos con un mohín.
—Así pues, decidme —silabeó—, ¿quién de vosotros prestaba
atención en clase de teología? ¿Quién puede contarme la historia
de Armes, es decir, mi historia? ¿Quizás tú, la más piadosa de
todos?
—No te daré la satisfacción de burlarte de mi fe —gruñó Dion.
—Supongo que te refieres a mi fe. ¿Qué me dices tú, Mellada la
Arquera? ¿No? ¿Acaso el mago? ¿O quizás… quizá esa cosa que
os acompaña? ¿Se trata de…? Es algo proveniente de la
Oscuridad. —Entrecerró los ojos—. ¿Es una araña lo que atisbo ahí
dentro? Estáis todos como cencerros.
Enth se limitó a contemplarlo con terquedad, mientras ayudaba a
Lief a levantarse tal y como había hecho con Cyrene.
—Armes contempló el mundo y vio que estaba desgarrado por
continuas guerras.
La voz que había hablado pertenecía a Harathes. Recitaba lo
que prácticamente era un texto infantil.
—Encontró la montaña sagrada y ascendió más allá de las
nubes. Allí encontró la sabiduría de la Luz y de la Oscuridad. Y
Armes descendió de la montaña y les otorgó el don de la Luz a los
hombres, para que siempre supieran de la Oscuridad. Y no, tú no
eres Armes.
—No se trataba de una montaña, por supuesto. Pero claro, si le
cuentas a la gente una metáfora, una generación más tarde todo el
mundo piensa que hablabas literalmente —se quejó el Señor
Oscuro—. A ver, tú, el mago; probablemente tú entenderás algo más
de esto. Mis disculpas, pero tendré que decir esto muy mascadito
para que los demás me entiendan —soltó un suspiro—. Fui un
mago. El más grande de todos. Un mago con principios, además. Es
cierto que vi que el mundo estaba «desgarrado por continuas
guerras», y que pensé que todas sus heridas podrían sanarse si se
aplicaba la magia de manera correcta. Esto lo entendéis, ¿verdad?
Penthos asintió, mientras se acariciaba la barba.
—Sin embargo, desde la perspectiva de un simple humano, el
problema era demasiado complejo. Era imposible percibir el mundo
de manera correcta. Así que no tuve más remedio que alejarme de
él. Encontré la manera de ascender lejos de todo el mundo. No me
refiero a mundos-demonio ni a planos elementales o castillos en las
nubes o todas esas majaderías, sino a… —una expresión de
frustración manchó la perfecta mandíbula cuadrada de la familiar
expresión de Armes—, a ver, pensad en el mundo como un mapa.
Un mapa plano. La gente no es más que puntitos en el mapa. No
son capaces de ver más allá de lo que está inmediatamente a su
alrededor. Cualquier línea trazada en el plano se les antoja una
barrera insuperable. Imaginad cómo es la vida para esos puntitos
planos de gente. Y ahora imaginad si pudierais apartaros del mapa,
salir de él, si pudierais alzaros sobre el plano y contemplarlo desde
arriba. Eso es la montaña a la que me refería. Me encaminé en una
dirección que nadie había seguido hasta entonces, y caminé y
caminé hasta que fui capaz de mirar atrás y contemplar toda la
realidad de un vistazo. Todo el mundo, y todo lo que este contiene.
Su naturaleza verdadera, su ser, todo se desplegaba ante mí como
los diagramas de un anatomista. ¿O quizás… no? —Era obvio que
no llegó a ver la comprensión que esperaba descubrir en sus rostros
—. Vamos, ahora viene la parte más brillante. Quiero que
comprendáis lo condenadamente brillante que fui en aquel instante.
Penthos tomó la palabra:
—Te refieres a… Te refieres a dimensiones —dijo el mago,
pensativo.
—¡Sí! ¡Premio para el señor con vestido! —Armes dio unos
saltitos de pura felicidad—. Por lo tanto, con más dimensiones
aparte de la del mapa, podemos verlo, comprenderlo como un todo,
alterarlo y doblarlo a voluntad. Conseguí elevarme y contemplar el
mundo como si fuese ese mapa. Obtuve un conocimiento completo
del mundo. Aprendí el nombre secreto de todas las cosas. Estaba
todo ahí para mí. Y traje ese conocimiento al mundo, para ayudar a
la gente. Tal y como dice ese mastuerzo de la armadura, traje la Luz
al mundo.
Dion se había quedado de piedra.
—Y por supuesto, también la Oscuridad —prosiguió su
antagonista—. Oscuridad y Luz, el conocimiento de ambas.
—¿Por qué? —preguntó Dion.
—¿Qué es la Luz sin la Oscuridad? —Armes se encogió de
hombros—. No, en serio, el mundo estaba hecho un desastre. Sus
habitantes luchaban entre ellos, se esclavizaban entre ellos,
robaban, violaban y se mentían unos a otros. Así que me pregunté:
¿dónde reside el auténtico problema? En que la gente necesita
ayuda para distinguir lo correcto de lo equivocado. Está claro que la
necesitan; de lo contrario no se habría ido todo al garete hasta este
punto, ¿verdad? Así que volví al mundo desde mi «montaña» y los
convertí a todos en criaturas de la Luz. Y del mismo modo, convertí
a casi todo el resto, subhumanos y monstruos, en criaturas de la
Oscuridad. Establecí una doctrina sobre cómo debía vivir la Luz, y
les di la Oscuridad para que tuvieran algo a lo que enfrentar sus
frustraciones. Debería haber funcionado. —Por un momento, la
expresión de júbilo se desprendió del rostro de Armes como si de
una piel mudada se tratase—. Debería haber funcionado. Había
pensado en cada detalle. Iba a salvar el mundo. Os lo di todo,
malditos simios brutales, todo lo que necesitabais para crear un
paraíso. Y lo echasteis a perder, asquerosos bárbaros ignorantes.
—Te montaste un sistema de «nosotros» y «ellos», ¿y te
preguntas cómo es que la gente no empezó a ser buena con los
demás? —preguntó Lief, con un silbido que provenía de sus costillas
rotas.
—¡Debería haber funcionado! —le soltó Armes—. Pero la gente
siguió haciéndose todo tipo de barbaridades los unos a los otros.
Algunos incluso se pasaron a la Oscuridad, porque allí había poder
que conquistar, un poder que podía equilibrarse con el de la Luz.
Nadie se comportó como yo pretendía que se comportaran. No fue
más que una pérdida de tiempo, de mi tiempo. Y ahí me quedé,
inmortal, más poderoso de lo que podrían alcanzar los sueños de un
archimago, y harto de vosotros, condenados gusanos gimoteantes,
traicioneros y desagradecidos. Harto y aburrido. No os podéis
imaginar hasta qué punto se aburre uno después del primer
centenar de años. Así pues, ¿cuándo mostró su rostro el primer
Señor Oscuro? A ver, tú, el de ahí atrás, el de la cota de malla.
—Pues… unos cien años después de que Armes trajese la Luz
—murmuró Harathes con un apunte de amargura.
—Primer premio —aplaudió aquella divinidad en cuerpo de
hombre—. Estás siendo de gran ayuda. Disfrutaré mucho llevando
tu cara. Además, apostaría a que te llevas de calle a todas las
chicas.
Harathes no encajó bien la pulla. Guardó silencio.
—Incluso cuando fui Señor Oscuro aquella primera vez —
continuó Armes—, pensé que lo hacía por un bien mayor. Aún
quería ayudar, ¿entendéis? Un enemigo real contra el que se
uniesen las fuerzas de la Luz: algo que consiguiese que la gente
dejase a un lado sus diferencias y apreciase lo que tenía. Y cuando
llegó el primer héroe a la torre en la que vivía por aquel entonces…
no me refiero a esta torre, aquella era más pequeña y no me había
dado tiempo a acabar el trono, dejé que pensara que me había
matado. Viajé a su lado en el camino de regreso, tan invisible como
un fantasma, para ver qué nuevo mundo había creado mi pequeño
experimento con el mal. Pero todo seguía igual; nada había
cambiado. Nada ha cambiado desde entonces, en todo este tiempo.
No hay esperanza para la humanidad, para nadie, para nada. Solo
estoy yo, por siempre jamás. Entonces comprendí que lo único que
podía hacer era divertirme un poco. Oscuridad, Luz, Luz, Oscuridad,
una y otra vez. —Negó con la cabeza, como un hombre que
contempla las tonterías que hacen sus niños—. Pero ¿sabéis qué?
Vosotros, los héroes, vosotros sí creéis. Vais por la vida haciéndoos
cosas terribles unos a otros y a todo lo demás, pero de alguna
manera os las arregláis para creer que tenéis razón. Venís por aquí,
plenos de las alegrías de la Luz, prácticamente cantando con
engreído fervor. Y entonces os enfrentáis a mí, y yo voy y os cuento
todo esto. Entonces oigo cómo se rompen vuestros corazoncitos. Os
dais cuenta de que no tenéis razón, de que no sois los elegidos, de
que las profecías no son otra cosa que el resultado de mi propia
autocomplacencia, y de que nada aparte de yo mismo tiene sentido
en el mundo, por siempre jamás. Así que venga, oigámoslo. Vamos
a oír el soniquete tristón de vuestros corazones al romperse. Así
podremos acabar con esto de una vez.
Siguió un largo silencio en cuanto hubo acabado de hablar.
Todos ellos miraban a Dion, mientras que ella no miraba en
dirección alguna. Continuaba apretando contra sí aquel pequeño
trozo redondeado de metal, a pesar de que la Luz se había
desvanecido de él hacía mucho.
Entonces Enth dijo:
—Quiero matar a este tipo.
—Ponte a la cola —murmuró Lief.
—¿Matarlo, tú? —La vista de Harathes rebotó de Armes a Enth,
que aparentemente constituía una diana mucho más adecuada para
sus pullas—. Esto debe de ser música para tus oídos.
—Quiero matar a este tipo —repitió Enth, los puños nervudos
apretados.
—Enternecedor. ¿Sabe hacer algún truco más? —preguntó
Armes. Se acercó a Enth y contempló las negras esferas que eran
sus ojos—. ¿A quién se le ha ocurrido siquiera traer a una criatura
así? Aunque yo no hubiera sido más que el Señor Oscuro
Darvezian, me habría bastado una palabra para domeñar su
voluntad. Por supuesto, no podíais saber quién soy, ni que en
realidad me basta una palabra para domeñar cualquier cosa.
Se detuvo a examinar el rostro de Enth, y le mostró una mueca.
—Es de lo más desagradable. En verdad habéis dejado en
ridículo a la naturaleza a la hora de convertir una araña en algo
mucho más repulsivo. ¿Nuestro pequeño monstruo quiere matar al
pobrecito Armes? —en un grotesco susurro artificioso y afectado,
pendiente de la reacción de Dion, le confió a Enth—: No pasa nada,
en realidad yo no pertenezco a la Luz. Tanto la Luz como la
Oscuridad no son más que cosas que me inventé en la época en la
que intentaba ayudar. ¿Sirve eso para calmar un poco tu pequeña
sesera arácnida?
Enth no dejaba de temblar con una rabia contenida que Cyrene
podía comprender a la perfección.
—Mi Madre resultó herida —siseó él—. Mi pueblo fue
masacrado. Me arrancaron de mi hogar. Me rehicieron por completo.
Y todo por tu profecía. Todo por tu Luz y tu Oscuridad, que al final
no eran más que una broma. Únicamente porque estabas aburrido.
—Y además nunca me gustaron las arañas —añadió Armes con
displicencia. Alargó una mano con descuido y apartó los labios de
Enth para echarle un vistazo a sus dientes.
El hombre arácnido se lo quitó de encima con furia. Cyrene
pensó que intentaría rebanarle el gaznate a Armes, pero Enth se
limitó a quedarse ahí, irradiando una furia nacida de la pura
frustración.
—Todo lo que he visto de los hombres me ha hecho odiarles.
Pero en realidad eres tú. Tú eres a quien puedo odiar, por obligarme
a formar parte de tu profecía.
Armes fingió una expresión dolida.
—Pero es necesario tener una profecía; en caso contrario, nadie
toma en serio a un Señor Oscuro. Hay que ser grande, terrible y
todopoderoso, excepto por algún ridículo puñado de condiciones
que, ay de mí, si se cumplen te despojarán de tu invulnerabilidad y
permitirán que un héroe cualquiera acabe barriendo el suelo contigo.
¿Cómo si no se podría encontrar el equilibrio entre la abrumadora
amenaza y la posibilidad de la derrota? —Volvió a centrar su
atención en Dion una vez más; y se acercó a ella a zancadas—.
Apostaría que un centenar de eruditos discípulos de la iglesia
pasaron décadas analizando cada una de esas referencias veladas
hasta que por fin dieron con la respuesta «correcta». Y os confiaré
otro secreto: no había ninguna respuesta. Me daba igual la que
encontraseis. Cualquier interpretación me valía. Qué lástima de
tanta erudición malgastada en vano, como en vano han resultado
ser tanto la iglesia en sí como la propia Luz.
—Te equivocas —la voz de Dion sonó tan bajo que Cyrene casi
no llegó a oírla.
—¿Disculpa? —saltó Armes.
—Te equivocas. Hay gente buena en la iglesia. Gente que
intenta hacer lo correcto.
—Estupideces.
—Quizá no todos lo sean —prosiguió Dion, sin mirar a Armes ni
a ninguno de los demás—. Quizá la mayoría no lo sean. Pero
incluso el propio potentado lo intenta. Yo misma lo intento. He tenido
fe. He hecho lo que he podido.
El rostro de Armes tenía un aire solemne, y durante un momento
Cyrene pensó que la sinceridad de Dion le había llegado de algún
modo. Sin embargo, no se trataba más que de otra treta.
—Oh —suspiró él—. Oh, pobre, pobrecita piadosa. Qué palabras
tan tristes. ¿Has hecho lo que has podido? ¿De verdad has hecho lo
que has podido? ¿No te das cuenta de hasta qué punto resulta un
epitafio ridículo? ¿Qué últimas palabras tan absurdas? Hija mía, no
importa lo más mínimo si haces lo que puedes, si no consigues
nada. Resulta doblemente patético que esto, solo esto, sea todo lo
que puedes. Que, presionada hasta el límite absoluto de tus
habilidades, todo lo que hayas conseguido haya sido esto. ¿Has
derrotado a la Oscuridad? No. ¿Has matado a Darvezian? Ese
hombre ni siquiera existe. ¿Has cumplido la profecía? Sí, pero te
has enterado de que era poco más que una patraña. —Se
encontraba muy cerca de ella, casi le susurraba al oído—. ¿Has
sido la campeona de tu iglesia, de la Luz? Sí, pero se trata de mi
iglesia, de mi Luz. Todas esas estatuas ante las que has orado,
todas son yo mismo.
—¡Basta!
Dion le golpeó. Le cruzó la cara de un revés. Cyrene oyó el
crujido de los huesos al partirse, vio la mano de Dion deformarse al
impactar contra la mandíbula cuadrada de Armes. La sacerdotisa
dejó escapar un único grito de puro dolor, y de pronto se apretaba
los nudillos destrozados contra el cuerpo, los ojos anegados en
lágrimas. El dolor en su semblante no tenía nada que ver con algo
físico, sino con el aspecto puramente filosófico.
—Ya es suficiente —dijo una voz. Armes enarcó una ceja
incrédula ante semejante desafío.
—No. Ya fue suficiente hace siglos —replicó, buscando a quien
se había atrevido a interrumpirle—. El único propósito de toda esta
pantomima es entretenerme en todos los años desde que llegamos
al punto donde ya era suficiente.
—Déjala en paz. —Penthos estaba pálido. Los músculos de su
mandíbula se marcaban—. No la molestes más.
Los ojos de Armes rebotaron entre él y Dion.
—Por supuesto que… De eso se trata. No pretendo molestarla,
sino quebrarla por completo. Quiero destruir su fe. ¿Acaso no has
oído nada de lo que he dicho? ¿Tengo que empezar a explicarlo
todo de nuevo?
—Me trae sin cuidado la Luz —silabeó Penthos con cuidado—. Y
aún menos la iglesia. Quien me importa es Dion. Déjala en paz.
—¿En serio? —se maravilló Armes. Cyrene se preguntó si en
aquel momento lo contemplaban sin máscara alguna, como el ser
humano dañado y roto que había sido una vez, enfrentado con la
humanidad dañada y rota que había perdido—. Soy Armes, maldito
hechicero de tres al cuarto. ¿Qué piensas hacer para detenerme?
Como respuesta, Penthos alargó los brazos. De ellos brotó una
línea de fuego que impactó con ansia en el hombre-deidad. El golpe
lo apartó de Dion y lo lanzó al otro lado de la habitación.
Cyrene dio un respingo: una pequeña parte aún piadosa de su
alma llegó a gritar «¡blasfemia!», sin importar lo que ahora ya sabía.
Sin embargo, la mayor parte de su ser saltó de alegría.
El impacto había enviado a Armes hasta los pies del trono. Por
un momento, su cuerpo descansó sobre el suelo en una postura
totalmente laxa. Entonces sacudió la cabeza y se volvió a poner de
pie con apenas un tambaleo.
—Eso… —dijo—… eso me ha dolido. —Se masajeó la
mandíbula como si le bailara un diente—. Me ha dolido de verdad.
Creo que nadie había conseguido hacerme daño desde hace siglos.
Ni siquiera me acuerdo de la última vez. No está mal, mago. No
basta, pero no está nada mal.
—Eso —dijo Penthos con sequedad—, no era más que para que
te apartases de ella.
Acto seguido, volvió a lanzar una nueva llamarada que llegó
hasta el techo y alcanzó otra vez a Armes en el pecho. El Poder
Elemental propulsó al hombre-deidad hacia atrás y redujo su Trono
Oscuro a meras astillas pétreas.
—¡Sí! —vitoreó Cyrene, a la par que los demás, pero incluso tras
semejante golpe Armes volvió a sacudirse y se puso en pie. De su
boca brotaba un hilo de sangre, y sus pálidas ropas estaban
chamuscadas.
—Vaya, así que empieza el juego —dijo aquel rostro que habían
replicado un millar de estatuas. Cyrene había albergado la
esperanza de que encontrarse con alguien que le supusiera un
desafío conseguiría que se acobardase, pero en la expresión de
Armes no había más que la mera ansiedad de enfrentarse a dicho
desafío.
—Quizá deberíais retroceder un poco —les aconsejó Penthos
con delicadeza. Entonces Armes lanzó una oleada de
chisporroteante energía plateada tan amplia como la estancia
entera.
Dion enarboló el disco de Armes en la mano que aún le quedaba
sana, y conjuró un escudo de Luz alrededor de todos ellos. Penthos
ya conjuraba una llama elemental que se interpusiese en la
trayectoria del rayo plateado. Las dos fuentes de poder colisionaron
con un trueno que resonó en toda la sala. El aire resopló a
bocanadas a izquierda y derecha a medida que los dos magos
luchaban. Cyrene y los demás, Enth incluido, se habían refugiado
tras Dion, con la esperanza de que la Luz fuese lo bastante real
como para evitar que los meros resquicios del duelo de los magos
los barriesen del mapa.
Cyrene era incapaz de apartar la mirada. Aunque se vio obligada
a hacerse sombra sobre los ojos como si mirase directamente al sol,
no podía evitar contemplarlos. La vista de todos ellos estaba fija en
aquel improbable campeón. Penthos avanzó sin dejar de invocar la
aparente fuente ilimitada de su poder, transformándolo en fuego y
lanzándolo contra Armes. Nunca había sido un hombre sutil. No era
el tipo de mago que se dedica a invocar ilusiones. Nadie en sus
cabales le consultaría en cuanto a curas o mejoras, filtros de amor o
trucos de salón; a no ser que lo que necesitase fuese incinerar hasta
los cimientos dicho salón. Pero cuando se trataba de poder en
estado puro, de tomar la esencia de la magia y usarla para impactar
y quemar y destruir, no había nadie mejor que él.
Y ahora, al contemplar cómo luchaban las energías mágicas
entre los dos hombres, Cyrene comprendió que Penthos había
estado conteniéndose todo aquel tiempo, desde que lo conocía.
Incluso en sus momentos más descontrolados e impulsivos, cuando
la práctica más chapucera de sus poderes había causado una
devastación sin igual, Penthos los había estado manteniendo atados
en corto. Ahora, en cambio, había encontrado un adversario contra
el cual no necesitaba contenerse. Ahora podía dejar que saliese
todo.
Su cara estaba contraída en un rictus a medio camino entre la
euforia y el dolor; el rostro de un hombre desprovisto de cualquier
convención social, de esas en las que Penthos siempre había sido
más bien torpe. Era un rostro tan desnudo, tan absorto, que
observarlo rayaba casi la indecencia. Armes se estaba empleando a
fondo para contenerlo. El hombre-deidad había bajado la cabeza
como un toro; estaba apuntalado físicamente contra la fuerza del
ataque de Penthos. Lo daba todo, sus propias energías mágicas
bullían y se retorcían alrededor de su enemigo. Al menos había
dejado de pavonearse y burlarse. El enfrentamiento ocupaba toda
su atención.
Cyrene colocó con cuidado una flecha en el arco e intentó
controlar su respiración. Su oportunidad estaba al alcance.
Preferiría haber elegido el momento justo, pero el furibundo caos
mágico que se desplegaba alrededor de aquellos dos no le permitía
semejantes lujos. En cambio, lo único que pudo hacer fue apartarse
del escudo de Luz para lanzar su disparo.
Oyó cómo Harathes le gritaba que se detuviese, pero ya se
había apartado. El aire que la rodeaba estaba tan caliente como un
horno.
En cuanto dio el primer paso, encontró una trayectoria directa
hasta Armes: sus dedos, sabios, soltaron la cuerda, incluso mientras
el fuego abrasaba todo a su alrededor. Unas manos la agarraron y
tiraron de ella hacia atrás, aunque no llegaron a impedir que el
proyectil saliese disparado hacia su objetivo.
Las llamas envolvían su cabello y sus ropas cuando la
arrastraron hacia la seguridad del escudo. Lief y Enth la habían
sacado casi en volandas de en medio de aquel infierno, y ahora la
palmotearon hasta apagar el fuego. Una docena de pequeñas
quemaduras recorría su cuerpo en aquellos lugares que no habían
conseguido apagar lo bastante rápido. Su arco estaba destrozado.
La cuerda se había resecado, y la madera estaba abrasada. Ella, sin
embargo, consiguió apartar el dolor para preguntar a través de sus
labios agrietados:
—¿Le he…?
Dion era la única que no había apartado los ojos de la lucha.
—No —murmuró con lentitud—. La flecha… ha ardido. Se
consumió en una llamarada.
—Pero si yo…
Si yo iba a ser la que matase al Señor Oscuro. Sin la menor
duda este era el momento en que podría haberlo conseguido. Yo iba
a ser.
—Lo siento —masculló Lief—. Ha sido una buena idea, pero…
—Penthos —dijo Dion.
Más allá del escudo, cada vez más agrietado debido al torbellino
de energías que no dejaban de colisionar aquí y allá, Penthos
retrocedió un paso.
La expresión de Armes había cambiado. Algo de su anterior
socarronería había regresado. Deliberadamente, avanzó un paso, y
una vez más Penthos se vio forzado a ceder terreno. Se retiraba en
ángulo con los otros, en lugar de ir directo al escudo de Dion.
Podían ver su cara crispada en pavorosa concentración mientras
echaba mano de sus últimas reservas de fuerza, mientras las
agotaba, mientras lanzaba todo lo que podía aprovechar contra su
enemigo. «Es su rival por los sentimiento de Dion, —elucubró
Cyrene—. ¿Acaso es así como siempre ha visto a Armes?».
Probablemente no era el caso. Era posible que Dion no tuviera la
más remota idea de lo que Penthos pensaba o sentía.
En ese momento se operó un cambio en el hechicero. Hasta
entonces había estado inclinado hacia delante, cada parte de su ser
encorvada y agazapada mientras lanzaba sus fuegos. Ahora se
envaró de pronto, y su rostro empalideció. La expresión que vieron
en él era la de un hombre que de pronto contempla algo fuera de su
alcance, un hombre que intentaba aferrarse a algo con
desesperación.
Sin conseguirlo.
Y entonces los fuegos se apagaron, de forma tan abrupta que
hasta Armes cayó hacia adelante hincando una rodilla. Penthos se
tambaleó. Intentó mirar en dirección a Dion, pero sus ojos no
llegaron a verla. Luego se derrumbó cuan largo era en el suelo.
Al instante, Dion se abalanzó sobre él. Su escudo se desvaneció.
La Luz hervía entre sus manos, la rota y la que conservaba entera.
Cayó sobre el cuerpo de Penthos, intentando agarrar a la
desesperada el último resquicio de vida que sin duda debía de
permanecer en él. Ya había salvado a Lief al atrapar el mismo último
aliento hasta que volvió a insuflarle vida. A buen seguro podría… sin
duda…
Sin embargo, todo lo que hizo fue quedarse de rodillas junto a su
cuerpo inerte, con el disco de Armes presionado contra aquella
carne que de pronto era cerosa y fría. Los fuegos de Penthos
habían acabado por extinguirse. El gran mago estaba muerto.
Se oyó una risita. Armes se había vuelto a poner en pie.
—Qué buen rato —les dijo—. Hacía siglos que no hacía tanto
ejercicio. Aunque quizá deberíais haber huido mientras estábamos
ocupados. Os habría dado caza de todos modos, pero bueno…
Su sonrisa había vuelto. Empezó a acercarse a ellos.
—Quiero matar a este tipo —repitió Enth una vez más.
—Y tanto.
Era la primera vez que Harathes concordaba en algo con el
hombre arácnido. Un segundo después, el guerrero eclesiástico se
abalanzó hacia adelante, escudo en ristre.
—¡Vamos! —arengó Armes, y se llevó un golpe de escudo en
plena cara. El metal se abolló contra sus pómulos—. ¡Hazlo lo mejor
que puedas! ¡O lo peor, me da igual! ¡Hazlo todo, y luego yo haré lo
mío!
Dion soltó un grito y le lanzó un rayo de Luz tan intensa que
habría desintegrado a todo un escuadrón de cadavéricos, pero el
resplandor se limitó a rebotar contra el pecho de Armes. Lief
apareció entonces a su espalda, con o sin costillas, y clavó una
daga en los riñones del hombre-deidad. No hubo palabras en los
labios de Armes cuando puso el mundo en movimiento a su
alrededor, aquel mundo que había visto en su totalidad. Habló de
metal, de humanidad, de todos los nombres secretos de la creación
que podía controlar a voluntad.
Cyrene también desenvainó con las manos achicharradas, y
lanzó una estocada a las corvas de Armes, un golpe que no llegó ni
a cortar la piel. La hoja de Harathes impactó contra su sien, y el
fundador de la iglesia agarró la cara del guerrero con una mano y lo
lanzó por los aires al otro lado de la estancia.
Enth se limitó a quedarse ahí, los puños apretados. «Quiero
matar a este tipo», había dicho.
Cyrene intentó dar un tajo al estómago de Armes. Sintió como si
hubiera impactado en hierro, y entonces un pensamiento la golpeó.
«¡El pobre bastardo está esperando a que le den permiso!».
—¡Enth! ¡Adelante! ¡Nada que perder! —gritó, y en ese momento
Armes le agarró la espada, la retorció hasta arrancársela de la mano
y lanzó un golpe con la guarda. Ella esquivó el golpe demoledor
arrojándose al suelo.
Lief había trepado a la espalda de Armes, con el codo
aprisionándole la garganta, con la otra mano trataba de introducir los
dedos en unos ojos tan intactos como la roca. Armes cerró esos
ojos, agarró el brazo ceñido en su pescuezo y lo retorció hasta que
Lief chilló y liberó la presa. En cuanto tuvo el cuello expuesto de
nuevo, la daga de Cyrene salió disparada hacia allí, y se partió en
dos con el impacto.
Armes le pateó el estómago, dejándola sin aire en los pulmones
con una brutalidad tal que creyó que jamás podría volver a respirar.
Otro relámpago de Luz de Dion refractó en su cara, haciéndole
parpadear irritado. Lief incrustó otro cuchillo en su pie, doblando la
cuchilla.
—¿Ya habéis agotado vuestras capacidades? —preguntó Armes
con tranquilidad—. Quiero que sintáis que tuvisteis una buena
oportunidad, pero en serio, tengo una procesión heroica a la que
atender en vuestros nombres. —Levantó una mano, ya fuera para
declarar algo o para reducirlos a polvo, Cyrene no estaba segura, y
entonces Enth le embistió a la altura de la cintura y lo arrojó al suelo.
Era el mismo movimiento desprovisto de elegancia que había
usado con el sentenciador, un intento desesperado de reducir a su
enemigo para poder asfixiarlo. Enth, como el mago que le había
reconstruido, no era sutil en momentos de crisis.
Armes golpeó el suelo con fuerza, la piedra se quebró por el
impacto, aunque no pareció herir su piel, y apartó a Enth. El hombre
araña aterrizó sobre las manos y los pies, escurriéndose hacia un
lado por el suelo de un modo inhumano en el que tenía la panza
pegada al suelo.
—¿Tú también? —Armes se puso de pie, de vuelta a su teatrillo,
fingiendo que todo aquello era un esfuerzo demasiado grande para
él. Cyrene vio el instante en que se detuvo, llevándose una mano a
un lado. Por un momento vio confusión en su cara que no era
fingida.
En un instante Enth ya volvía a cargar contra él sobre las dos
piernas, a cuatro patas, después sobre dos de nuevo, y Armes le
miró con desprecio y dijo una palabra.
«Araña», entendió Cyrene. Todo el ser de Enth resumido en
aquel desdén.
Enth dio un salto y golpeó con dureza a Armes. Cyrene se
preparó para el sonido de la piel invulnerable del hombre-deidad
resquebrajándose, pero en vez de ello Armes retrocedió, con Enth
aferrado a él como un mono.
Armes repitió la palabra, una y otra vez, hasta que el pulgar de
Enth encontró su ojo y él chilló, arrancándose al hombre arácnido de
encima. Cyrene observó asombrada cómo el fundador de la iglesia
se tambaleaba hacia atrás, con una cara sobre su rostro, y gritaba.
—¡Aléjate de mí, Araña! ¡Araña! —Aquella palabra definitoria.
Enth había atacado y había sido rechazado, Armes todavía
disponía de una fuerza sobrenatural, pero ahora volvía a la carga, la
mirada vidriosa y sin párpados fija en su oponente.
—No soy una araña —escupió, con un hilo de sangre en la saliva
—. Todo lo que quería era ser una araña. Era feliz como araña. O lo
que una araña cree que es la felicidad. Tu profecía. Me convirtieron
en esto por tu profecía. Y has asesinado al único hombre que podía
arreglarlo. No soy araña. No soy hombre. No soy nada.
Armes fijó la mirada en él, un ojo bueno, el otro enrojecido y
lloroso. Dijo más palabras, una batería de significados de un hombre
que había visto el mundo dispuesto como un mapa, para redibujarlo
a su antojo. Conocía los nombres de todo en la creación, desde lo
más ínfimo hasta lo más grande. Era tan dios como había sido
hombre. Pero la creación que había catalogado con tanto detalle no
contenía algo como Enth. Era la venganza póstuma de Penthos.
«¿Lo he hecho bien?», habría preguntado sobre su magia. Se
habían alejado de lo que había creado, pero lo que había logrado
era mucho más de lo que ninguno hubiera imaginado, como
profanos de la magia que eran. Había traído algo nuevo al mundo.
Armes todavía intentaba nombrar a Enth, rebuscando en su
lexicón divino en busca del término que paralizaría a aquella cosa
ante él, y le despojaría de su poder.
Enth le observó un instante, respirando hondo y flexionando los
hombros.
—Sí —susurró—. ¿Qué soy? ¿Puedes adivinar qué soy? —
Cyrene pensó que quizá esperaba de verdad que Armes
descubriera algún precedente, alguna explicación de aquello en lo
que se había convertido.
—Tú… eres una criatura de la Oscuridad —le dijo Armes con voz
ronca—. Me debes lealtad. Soy el Señor Oscuro, ¿no? Obedéceme,
y te otorgaré poder, te convertiré en mi… —Pero pudo ver que sus
palabras tan solo eran una burla más para Enth, y el hombre
arácnido ya estaba sobre él de nuevo.
Armes, desesperado, desenvainó su espada por primera vez,
tras haber perdido la de Cyrene al haber sido embestido. Nada en la
postura que adoptó sugería que hubiera necesitado blandir el arma
en los últimos 500 años.
Enth se la arrebató, arrancó el arma de los dedos de Armes y
después la estrelló contra su cara. El golpe en sí mismo no le hizo
daño, pero Enth estaba detrás, con los dedos engarfiados en busca
del enemigo. Por un instante se enzarzaron, presión contra presión.
Hubo un punto en que Armes logró hacer retroceder a su enemigo,
el puro poder de un dios tenía que prevalecer contra el hombre
araña. Entonces Enth se escurrió de su agarre y rodeó la cara de
Armes con ambas manos, los pulgares bajo la barbilla, y tiró de la
cabeza hacia atrás.
El hombre arácnido pegó un tirón salvaje, con las mandíbulas
abriéndose más de lo que la tolerancia humana debería permitir, y
enterró las fauces en el pescuezo de Armes.
Nadie interfirió. Nadie se acercó, hasta que el destrozo y el
pataleo y el gorjeo terminaron; hasta que la sangre del hombre que
sería dios era una mancha en la negra piedra del suelo. Hasta que
todo terminó.
Entonces Enth se levantó y, con un extraño gesto de fastidio, usó
una tira de la toga de Armes para limpiarse la barbilla.
—Quiero irme a casa —dijo, y la soledad y la pena en su voz
estuvieron a punto de romper el corazón de Cyrene. No había casa
a la que volver para Enth.
Con una mirada alrededor, se preguntó si había vuelta a casa
para alguno de ellos. Dion estaba junto al cuerpo inmóvil de
Penthos, observándolo. Lief y Harathes, tan magullados como
Cyrene, intercambiaban miradas dolidas, a la espera de ver qué
ocurriría a continuación.
—Hurra —dijo Lief con un hilo de voz—. El Señor Oscuro está
muerto. Esta va a ser nuestra historia, ¿no?
Dion los miró con los ojos enrojecidos.
—No solo el Señor Oscuro ha muerto.
—Él… mentía. Era un truco de la Oscuridad —sugirió Harathes,
aunque era improbable. Incluso él no pudo añadir demasiada
convicción a las palabras, y un instante después dijo—: Nadie debe
saberlo nunca. Nada tiene que cambiar.
—¿Qué quieres decir? —exigió Dion.
—La iglesia, nada tiene que cambiar. Podemos seguir adelante.
No sabíamos que Armes todavía estaba, eh, con nosotros. Ahora ya
no. Las cosas pueden volver a ser como siempre. ¿Todavía tienes la
Luz?
Dion giró el disco de Armes en la mano. Resplandeció y emitió
claridad.
—Lo que cambia es que lo que Armes le hizo al mundo no puede
ser deshecho —confirmó.
—Entonces nada tiene que cambiar. Podemos seguir como
siempre —insistió el guerrero.
—¿Y la Oscuridad? ¿Y los cadavéricos? ¿Él? —Cyrene desafió
con una mirada a Enth.
—Necesitamos un enemigo al que combatir. O qué sino atraería
a la gente a la Luz —respondió Harathes con seriedad—. Sí, Armes
resultó ser un monstruo, pero dijo algunas cosas que…
—No más —declaró Dion. Las palabras las dijo en voz baja, pero
silenciaron a Harathes al instante—. Fue una mentira —añadió.
—No…
—Fue una mentira —repitió—. Pero hay verdad en ella. Hay
buena gente en la iglesia, así como gente mala. Están aquellos que
han buscado la sabiduría y la compasión y la generosidad. Si la Luz
fuera una mentira, mejoraría todavía más el modo de vida que han
escogido estas personas. Y la Oscuridad… Nacer en la Luz o en la
Oscuridad no te hace bueno o malo. Esa es la mentira que Armes
nos entregó, que no podemos ser buenos.
—¿Y ahora qué? No lo entiendo —preguntó Harathes con un
lamento.
—Si vuelvo a Armesion, la sacerdotisa cuya misión era derrocar
al Señor Oscuro, me convertirán en potentado en un tiempo —dijo, y
un nuevo fuego se encendió en su interior, una nueva fe—. Tomaré
el control de la iglesia y haré lo que debería haber sido, lo que
siempre hubo de ser. Y lograré la paz con los cadavéricos y los
demás. Será mucho más fácil ahora que no hay Señor Oscuro que
los espolee hacia el mal. Terminaré con siglos de conflicto. Trabajaré
para lograr el mundo que Armes vio, antes de que su poder le
transformara en esto. Antes de que se aburriera de intentarlo.
—No funcionará —murmuró Lief—. No puedes cambiar la
naturaleza humana.
Dion se arrodilló para cerrar los ojos de Penthos, observándole
con una profunda pena.
—No puedes decir lo mucho que puedes cambiar —dijo—, hasta
que lo intentas. Enth.
El hombre araña dio un respingo al escuchar su nombre.
—Quiero que vengas conmigo a Armesion.
—No creo que guarde ningún recuerdo agradable de ese lugar
—señaló Lief.
—Seguro que no. Y es una pregunta. No puedo darte más
órdenes, Enth. Pero quiero que la gente de la ciudad te vea. Quiero
que te vean y vean la Oscuridad en ti, y que sepan que fuiste uno de
nosotros, que acabaste con el Señor Oscuro. Ni una palabra de
Armes, ni una palabra de toda esa sórdida historia. Pero te has
ganado tu lugar, y quiero que todos lo vean. Y quizás, cuando se
encuentren a un cadavérico, o vean a una araña, lo recuerden.
Enth pasó la mirada confusa de Lief a Cyrene. Ella fue hacia él,
le rozó el brazo con cuidado, ignorando la mueca de Harathes. Un
instante después puso una mano sobre la suya, y la agarró: no con
tanta fuerza como para hacerle daño, pero con la suficiente para
que sintiera su desesperación.
—Y es más, no tenemos que quedarnos mucho tiempo —aclaró
Lief—. Y una vez que terminemos los festejos y la fanfarria y sin
duda la recompensa de proporciones épicas, entonces podemos ir a
unos lugares donde no darás el cante, Enth. Nosotros, los tres, si
queréis, podemos ir a algún sitio donde a nadie le importe quién o
qué eres, para que allí puedas decidir por ti mismo.
La mirada de Enth, los ojos grandes y los pequeños, los abarcó a
todos. Cyrene pudo verse reflejada en miniatura.
—Sí —respondió el hombre arácnido, el matadioses—. Sí.
ADRIAN TCHAIKOVSKY nació en Woodhall Spa, Lincolnshire,
antes de ir a Reading para estudiar psicología y zoología. Por
razones que no estaban claras incluso para él mismo,
posteriormente terminó en ley y trabajó como ejecutivo legal tanto
en Reading como en Leeds, donde ahora vive. Casado, es un
entusiasta de los juegos de rol en vivo y actor aficionado ocasional,
se ha entrenado en peleas de escenario y no tiene mascotas
exóticas o peligrosas de ningún tipo, posiblemente con la excepción
de su hijo. Es el autor de la serie Shadows of the Apt, aclamada por
la crítica, y su novela independiente, Children of Time, es la
ganadora del Premio Arthur C. Clarke en su 30.º aniversario a la
mejor novela de ciencia ficción.

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