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El Poder Sanador del Perdón

El documento habla sobre la importancia del perdón desde una perspectiva cristiana. Explica que el rencor y el odio dañan al que los siente y que Jesús enseñó a perdonar a través de sus palabras y acciones. También describe tres niveles de perdón: perdonar a Dios, perdonar al prójimo, y perdonarse a uno mismo. En resumen, el perdón es esencial para la paz interior y la felicidad según las enseñanzas de Jesús.
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El Poder Sanador del Perdón

El documento habla sobre la importancia del perdón desde una perspectiva cristiana. Explica que el rencor y el odio dañan al que los siente y que Jesús enseñó a perdonar a través de sus palabras y acciones. También describe tres niveles de perdón: perdonar a Dios, perdonar al prójimo, y perdonarse a uno mismo. En resumen, el perdón es esencial para la paz interior y la felicidad según las enseñanzas de Jesús.
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Texto 16.

El Perdón

A todos nos han ofendido... todos hemos llegado a sentir ese dolor que
produce la ofensa del otro y en muchas ocasiones esto ha generado rencores
en nuestro corazón.
Aunque es natural sentir ese dolor ante el sufrimiento que se nos causan, las
razones por las que una persona puede sembrar el terrible mal del odio en su
corazón son múltiples:
Las altas expectativas que tenemos de las demás personas.
El orgullo que nos ciega y no tolera que se nos trate así.Existen personas con
temperamentos excesivamente impresionables que hacen que actitudes de
otros que para algunos apenas generarían un pequeño disgusto, para éstos
siembra un odio profundo
Simpatías y antipatías humanas, que generan una inexplicable aversión hacia
ciertas personas; aversión que de no ser rechazada puede terminar sembrando
un resentimiento del todo irracional.
Para aproximarnos adecuadamente al tema del perdón, es importante saber
que el odio se inspira en una “justicia” mal entendida: “la justicia de la
crueldad”, que expresa: “el que me la hace, la paga”, pensando que la única
manera de responder a una agresión es con otra agresión; así se hace, de
nuevo, actual la “ley del talión”: “ojo por ojo, diente por diente”. Los cristianos
fuimos llamados por Nuestro Señor a superar esta ley, a detener la cadena del
odio, de la venganza, de la crueldad: “Habéis oído que se dijo: ‘Ojo por ojo y
diente por diente’. Pues yo os digo que no resistáis al mal; antes bien, al que te
abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra.” (Mt 5,38). ¿Significa
esto que debemos estar de acuerdo con las injusticias? No, más bien significa
que ni la peor injusticia puede dañar nuestro corazón, y que más grande que “la
justicia” hacia nosotros debe ser nuestro amor hacia quien nos ofende. Es
cierto que esto es más fácil decirlo que vivirlo, por eso para perdonar se
requiere de la gracia de Dios, que no la negará a quien la pida
humildemente y con perseverancia.
El odio es algo terrible. Quien odia pierde la gracia de Dios haciéndose
semejante a satanás, padre del odio. Es como quien se toma un veneno
esperando que se muera la persona a la que odia... ¡es el que odia el que se
envenena! El que odia es semejante a una persona que toma un carbón
encendido en la mano, esperando que se queme el otro. El rencor es propio de
almas pequeñas, limitadas, de corazones estrechos y mezquinos; personas
que no han conocido el verdadero amor. Lo curioso es que quien odia sigue
dando poder al otro para hacerle daño. En definitiva, quien no perdona se
tortura a sí mismo.
El perdón, en cambio, es sanador. Perdonar es tomar la decisión de
desprendernos del pasado para sanar el presente. El per-dón es un
“perfecto don”, un “súper don”, pues un don es tanto más perfecto cuanto
menos lo merezca quien lo recibe. Si una persona trabaja todo un mes y a
cambio de este trabajo recibe una remuneración, decimos que esta persona
recibió lo que merecía. Aquí no hay ningún don, ningún regalo, sólo recibe el
producto de su esfuerzo. Pero si tenemos a otro que no trabaja en todo el mes
y, no obstante, también recibe la remuneración, entonces aquí tenemos
un don, un regalo que se da a quien no lo merece, algo que no nace de la
“justicia” -que en este caso exigiría no dar nada a quien nada ha hecho- sino de
la grandeza del corazón de quien da. Pero supongamos que esta persona no
sólo no ha trabajado en todo el mes sino que se ha empecinado en hacerle
absolutamente difícil el trabajo al prójimo y, sin embargo, este le sigue
recompensando... bajo el criterio del mundo aquí tenemos a un tonto, bajo el
criterio del evangelio aquí tenemos un corazón semejante al de Jesús que no
se cansó de darnos aunque le rechazamos, un corazón que ama
verdaderamente. Así es el perdón, requiere grandeza de corazón, requiere la
lógica del amor, de la generosidad, de la magnanimidad: es el perfume que
exhala la flor después de ser pisoteada.
Visto así, pareciera que el perdón sólo trajera beneficio a la persona que lo
recibe, lo cual no es cierto. Siendo honestos, el perdón beneficia más a quien lo
da que a quien lo recibe. Quienes han tenido o tienen algún odio o
resentimiento en su corazón, saben lo terrible que es llevar esa carga. Puede
estar viviendo el día más feliz de su vida, y de repente ve a esa persona contra
la que tiene resentimiento, y todo el día se echa a perder. Cuando una persona
perdona, suelta esa carga y experimenta libertad, paz, tranquilidad. ¿Qué
pierde una persona cuando perdona de corazón? ¡Nada! Al contrario lo gana
todo. En realidad el perdón es un requisito indispensable para ser feliz. En este
sentido, el perdón es dos veces bendito: bendice a quien lo da y a quien lo
recibe. Las personas que aprenden a perdonar viven más tranquilas, asumen
con más valentía el dolor, se deprimen menos, sufren menos ansiedad, menos
estrés, son más optimistas, aumentan su seguridad y aprenden a quererse
más.
Lo repetimos: la gracia de perdonar procede de Dios. Y estamos seguros que
el Señor no niega a nadie el don de perdonar pues él mismo pidió innumerable
cantidad de veces que perdonemos.
La vida del Señor Jesús se desarrolló en torno al perdón; su ministerio fue
fundamentalmente de reconciliación. Vino para que recibiéramos el perdón de
Dios (Ef 2,14.18); perdonó a la mujer adúltera (Jn 8, 1-11) y a los que le
crucificaron (Lc 23,34).
Pero no sólo con su ejemplo nos enseñó a perdonar; además pidió una gran
cantidad de veces que lo hiciéramos:
En la oración del Padre Nuestro, nos enseñó a decirle al Padre: “perdónanos
nuestros pecados, como también nosotros perdonamos a todo el que nos
debe.” (Lc 11,4). Es tan importante esta frase en esta oración, que una vez la
termina de recitar el Señor, vuelve sobre el tema del perdón diciendo: “Que si
vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a
vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco
vuestro Padre perdonará vuestras ofensas” (Mt 6,14-15).
En otra ocasión san Pedro le pregunta al Señor por el número de veces que
debemos perdonar: “¿hasta siete veces?” a lo que Jesús responde: “no te digo
hasta siete veces sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 22). Si consideramos
que el número siete es símbolo de perfección en las Sagradas Escrituras, lo
que san Pedro le estaba preguntando al Señor era si debíamos perdonar
totalmente, con perfección, es decir, “siempre” y todas las cosas, a los que nos
han hecho daño; no obstante, el Señor considera que aún decir “siempre” es
poco y multiplica por setenta ese siete, como respondiendo a Pedro: “el perdón
debe darse más allá de lo que tú consideras perfecto”. Esta respuesta confirma
la importancia capital que Nuestro Señor da al perdón.
Inmediatamente después de lo anterior, el Señor narra la parábola del siervo
sin entrañas (Mt 18,23-35). En resumen, un rey perdona a un criado una deuda
de diez mil talentos[1]; este criado se encuentra con alguien que le debe
cien denarios[2] y no lo perdona. El rey se entera, se enfada y envía a este
siervo inicuo a la cárcel. El Señor concluye diciendo “Esto mismo hará con
vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro
hermano” (Mt 18,35). La enseñanza es clara; es un eco de la petición del Padre
Nuestro. El Señor nos ha perdonado la deuda infinita del pecado, ¿quiénes
somos nosotros para no perdonar a los que nos han ofendido si su falta es
infinitamente inferior a la que cometemos nosotros contra Dios?
¿Por qué tanta insistencia en el tema del Perdón? Lo repetimos: porque es
indispensable para ser [Link] no perdona no ama lo suficiente a Dios
porque no le obedece, no se ama suficientemente a sí mismo porque se
amarga la vida, además de correr el riesgo de ir a aquella cárcel de que habla
el Señor (cf. Mt 18,34), y no ama suficientemente al prójimo porque en la
inmensa mayoría de ocasiones es hacia él hacia quien va dirigido el rencor...
sin amor ¿quién puede ser feliz?

Niveles del Perdón


Existen tres niveles diversos de perdón:

Sanar el sentimiento de rencor que se pueda tener hacia Dios


Es evidente que Dios no nos ha hecho nada malo pues de Él sólo procede
bondad y amor para sus criaturas: “Amas a todos los seres y nada de lo que
hiciste aborreces pues, si algo odiases, no lo hubieras creado.” (Sab 11,24-26).
Sin embargo, en muchas ocasiones se ha sembrado en algunos un sentimiento
de rencor contra Dios, haciéndole culpable de los acontecimientos dolorosos de
la vida. Frases como: “¿por qué Dios permitió que sucediera esto? ¿Por qué
aquel accidente, aquella enfermedad? ¿Por qué a nosotros si somos tan
buenos?”
Dios no se enoja con esos porqués siempre y cuando el corazón que los grite
esté dispuesto a escuchar la respuesta de Dios, que en muchas ocasiones,
sólo es clara con el tiempo. La misma María Santísima dijo a su hijo, cuando
éste fue hallado en el Templo: “Hijo ¿por qué nos has hecho esto?” (Lc 2,48);
el mismo Señor Jesús, se solidariza con el dolor del hombre gritando en la
cruz: “¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46).
Es claro que lo primero que hay que sanar es esa falsa imagen de Dios que
nos hace pensar que Él desea esos acontecimientos dolorosos de nuestra vida.
Debemos tener claro que “en todas las cosas interviene Dios para bien de los
que le aman” (Rom 8,28). Esta intervención de Dios no significa que Él desee
nuestros sufrimientos, pero en el misterio de la libertad humana, los permite.
Los sufrimientos que nos afligen son causados, la inmensa mayoría de veces,
por el pecado; otros, son sufrimientos que no dependen de nuestra libre
responsabilidad y debemos tener una visión de fe para creer que éstos, de una
manera misteriosa, se dan para nuestro bien, aunque ahora no lo
comprendamos. Para entender esto se requiere una fuerte dosis de humildad y
de fe.

Perdonar al prójimo
Ya hemos dicho que debemos perdonar, para que Dios nos perdone. Pero esto
no siempre es fácil y requerimos de su gracia. Sin embargo, hay algunas
consideraciones que ayudan mucho al momento de perdonar a alguien que nos
ha hecho daño:

Excusar las faltas del otro: no es justificar el daño que nos ha hecho
nuestro prójimo aprobándolo como algo bueno, sino tratar de considerar al
ofensor más como un enfermo que como alguien malvado. Así tendremos más
misericordia con él y apreciaremos justamente que la actitud del otro muchas
veces está condicionada por cientos de circunstancias que desconocemos y
que tal vez, en su caso, hubiéramos actuado igual o peor. Por ejemplo, ¿qué se
puede esperar de una persona que tuvo una figura paterna cruel y dominante?
en muchas ocasiones, la misma actitud... si nosotros hubiésemos tenido esa
figura paterna ¿seríamos diferentes?
Somos víctimas de víctimas: siguiendo la lógica anterior, debemos tener
conciencia de que esas personas de las que somos víctimas, son, a su vez,
víctimas de otros. ¡Hay que cortar la cadena!
Orar por los que nos han hecho daño: uno de los mejores caminos para la
sanación es orar por esas personas que nos han hecho daño. En la
autobiografía de santa Laura Montoya, se relata un pasaje estremecedor.
Huérfana de padre desde muy pequeña, su madre le enseñó el valor de la
oración y el perdón. Notaba que desde pequeña, en todas las oraciones pedían
con mucho fervor por una persona en especial:
“Cuando ya grandecita le pregunté (a mi madre) dónde vivía Clímaco Uribe,
ese señor que amábamos y que yo creía miembro de la familia, por quien
rezábamos cada día, me contestó: ‘Ese fue el que mató a su padre; debemos
amarlo porque es preciso amar a los enemigos porque ellos nos acercan a
Dios, haciéndonos sufrir’. Con tales lecciones era imposible que, corriendo el
tiempo, no amara yo a los que me han hecho mal”[3].

Revivir el momento, pero con Jesús: Los acontecimientos dolorosos son


inevitables, pero llenarse de rencor sí se puede evitar. El problema no fue el
acto concreto que otro hizo y nos causó dolor, sino la manera en que lo
asumimos, sin Cristo, con soberbia, y así se introdujo la semilla del odio en el
corazón. Para perdonar al otro, debemos vivir todos estos momentos con
Cristo, desde la cruz, y como auténticos discípulos de Jesús gritar con san
Esteban: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (Hch 7,60). Así pues,
perdonar no es estrictamente olvidar, sino recordar sin dolor.
El santo no odia, ofrece: El incremento en la vida espiritual, nos debe llevar, a
asumir todos los dolores uniéndolos a Cristo en la cruz. De esta forma, el dolor
en vez de sembrar odio, fortalece la voluntad, nos une más a Dios, y logra la
conversión de aquellos mismos que nos ultrajan, tal como la muerte de san
Esteban cooperó en la conversión del joven Saulo que después se convirtió en
san Pablo.
Perdonar y reconciliarse: Es cierto que perdón y reconciliación no son lo
mismo. En algunas ocasiones se puede perdonar a una persona de corazón,
es decir, dejar de sentir el resentimiento en el corazón hacia esa persona y no
poder reconciliarse con ella. Así por ejemplo, una mujer puede perdonar de
todo corazón a su esposo borracho que le golpeaba y ultrajaba, y esto no
significa que deba volver a exponerse a estos golpes y ultrajes. No obstante,
siempre que se pueda dar, hay que tratar de que junto con el perdón se dé
también la reconciliación y se restablezcan así las relaciones rotas.
Perdonarse a sí mismo
Si Dios nos perdona, ¿quiénes somos nosotros para no perdonarnos? Hay una
innumerable cantidad de cosas que han hecho que tengamos rencor hacia
nosotros mismos.

En el aspecto moral, psicológico y espiritual


Los pecados y errores cometidos: de los pecados hay que pedir perdón a
Dios y olvidarlos. Cuando el Señor perdona, los borra, los quita, los elimina, ya
no existen más que en el recuerdo de quien quiere seguirlos recordando. La
contrición de corazón no tiene como intención llenarnos de rabia contra
nosotros, sino de amor hacia Dios que nos sigue perdonando, aunque seamos
débiles. Del pasado oscuro hay que aprender para no repetirlo, para ser más
humildes, para confiar más en la misericordia de Dios y para ser
misericordiosos... pero nunca para odiarnos por eso.

El propio carácter: es cierto que siempre hay muchas cosas que mejorar en
nuestro carácter, pero esto generalmente es un proceso. Hay que hacer un
esfuerzo férreo, constante y valiente para cambiar. Mientras lo logramos,
debemos crecer en humildad ante nuestras limitaciones, pero jamás odiarnos
por esto.
La respuesta a los llamados de Dios: muchas personas no se han podido
perdonar el hecho de no haber respondido a Dios con la generosidad que Él
exigía. Cierto es que “el amor de Cristo nos apremia” (2 Cor 5,14), sin
embargo, siempre estamos a tiempo para decirle a Dios: “hágase en mí según
tu Palabra” (Lc 1, 38), pues el Señor sabrá conducirnos aún después de
nuestros equívocos. Entonces no es resentimiento contra nosotros mismos sino
disposición y apertura a escuchar la voz de Dios en las circunstancias actuales.

En el aspecto físico y humano

En ocasiones no nos aceptamos tal como somos en nuestro aspecto físico y


esto nos trae rencor contra nosotros mismos, desprecio y vergüenza de lo que
somos. Quien se burla de alguien por sus defectos físicos deja al
descubierto sus defectos mentales y espirituales. Debemos tener claro que
somos creación de Dios y que despreciar nuestra presencia física es, de algún
modo, despreciar al que nos creó, decirle que se equivocó, que su obra no es
buena. Detrás de una persona que no acepta su aspecto físico, se esconde un
carácter débil e inseguro. Más vale cultivar el carácter y la confianza que
invertir altas sumas de dinero en conseguir una apariencia física que se
acomode a los estándares de un mundo superficial.[4] «La moral exige el
respeto de la vida corporal, pero no hace de ella un valor absoluto. Se opone a
una concepción neopagana que tiende a promover el culto del cuerpo, a
sacrificar todo a él, a idolatrar la perfección física y el éxito deportivo.
Semejante concepción, por la selección que opera entre los fuertes y los
débiles, puede conducir a la perversión de las relaciones
humanas.» (Catecismo, 2289).

Otros factores que pueden generar algún resentimiento contra sí mismo o


vergüenza ante los demás son las condiciones sociales, económicas,
académicas, etc. Se debe tener claro que la persona vale por sí
misma independientemente de las circunstancias que le rodeen, del
conocimiento que tenga, de la cantidad de dinero que tenga en el banco...
Nuestra dignidad procede del hecho de que somos hijos de Dios y eso no lo
puede cambiar nada ni nadie. En esta profunda convicción de la paternidad de
Dios se encuentra la sanación a esta falsa concepción de sí mismo, promovida
por el utilitarismo y superficialidad de que es presa nuestra sociedad.

¿Cómo perdonar?

Después de todas las consideraciones anteriores, es importante establecer un


derrotero para poder liberarnos definitivamente del odio y experimentar la
alegría que produce el perdón. Para perdonar se requiere básicamente dos
cosas: Una firme decisión de hacerlo y pedir ayuda a Dios.

Decisión de perdonar: el perdón no es un sentimiento sino una decisión. No


debemos esperar para “sentir” el deseo de perdonar, hay que tomar la decisión
de hacerlo por encima de nuestros sentimientos. En el momento en que se
toma la decisión de sacar el resentimiento de nuestro corazón empieza la
sanación. Al principio parece que nada sucediera, pero la voluntad unida a la
gracia de Dios va logrando sanar ese sentimiento y crea la convicción del
perdón. Con esta decisión se le dice al Señor: “¡yo quiero!” y el Señor
responde: “¡yo puedo!”
Pedir ayuda a Dios por medio de María: No basta la decisión de perdonar
para hacerlo, sino que, fundamentalmente, hay que suplicar a Dios, por medio
de su Madre Santísima, el don de perdonar. Quien humildemente y con
perseverancia suplica a Dios la gracia de perdonar la recibirá con certeza, se
configurará con Cristo y aprenderá a ser realmente feliz.

PRÁCTICA

Realizar la oración del perdón pidiendo a Dios la gracia de sanar todo


resentimiento de nuestro corazón. Esta práctica se realizará en comunidad y
será dirigida por el preparador.
Oración de Perdón (Ver Aquí)

[1] Representa, en moneda de hoy, unos 400,000 dólares.

[2] Representa, en moneda de hoy, unos 50 centavos de dólar.


[3] MONTOYA, Laura. Autobiografía. 2da. Ed. Cali: Carvajal S.A., 1991. P. 22.

[4] Las cirugías plásticas sólo serían justificables cuando con ellas se intenta
subsanar una malformación grave.

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