«Realmente nada perece, todo va hacia arriba, hacia adelante; morir es
mucho más tranquilo de lo que nos imaginamos» (Walt Whitman)
«Karonte»
Una nueva visión sobre el morir y la muerte.
Compiladora: Silvia Helena Valencia Madrid.
Correctora de Estilo: Gloria Lucia Fernández Gutiérrez.
«Quien es dueño de su vida es dueño de su transición»
CONTENIDO
AGRADECIMIENTOS
PROLOGO
INTRODUCCION
GENERALIDADES
1. Aprender a morir: Jorge Montoya Carrasquilla, médico
gerontosiquiatra.
2. La voz del silencio: Rubén Darío Correa Dávila, médi-
co bioenergético.
3. Una visión humanista sobre el morir y la muerte: Luis
Alfonso Vélez Correa, médico.
4. Muerte y salud mental: Mario Ruiz Osorio, psicólogo
clínico.
5. La agonía síquica: Mario Ruiz Osorio, psicólogo clíni-
co.
LA MUERTE EN LAS DIFERENTES ETAPAS DE LA
VIDA
6. La muerte del adolecente: Adolfo León Ruiz Londoño,
psicólogo clínico.
7. El adulto joven frente a la muerte: Mónica Duque Me-
jía, médica psiquiatra.
8. El adulto maduro hacia la muerte: Silvia Lucía Gaviria
Arbeláez, médica psiquiatra.
9. El viejo frente a la posibilidad de morir: Dora Luz Gon-
zález Jiménez, médica psiquiatra.
10. El proceso de la muerte en la vejez. Una mirada desde
la gerontología: Alicia Macías Valencia, Gerontóloga.
11. La familia frente a la muerte: Olga Montoya Echeve-
rri, médica paliatóloga.
EL DUELO
12. El duelo anticipado: Maribel Gómez Ossa, trabajadora
social.
[Link] duelo como un proceso natural: Mónica María Agu-
delo Muñoz, psicóloga clínica.
[Link] duelo patológico: Mónica Duque Mejía, médica psi-
quiatra.
[Link] y trastornos mentales: Jorge Julián Calle Bernal,
médico psiquiatra.
16.Cómo vivir el duelo: Ana María Arias Zuleta, psicólo-
ga clínica.
[Link] en el proceso de duelo: Carmenza Gil
Botero, psicoorientadora.
AGRADECIMIENTOS
El libro que usted tiene en este momento en sus manos existe
gracias a Lucía Margarita Restrepo Cuartas, amiga por tres
décadas, profesora de radio de la Facultad de
Comunicaciones de la Universidad de Antioquia, que nos
motivó y orientó en la realización del programa radial
Karonte: una nueva visión sobre el morir y la muerte. Del
mismo modo, surgió del apoyo de la emisora de la
Universidad de Antioquia con su directora de ese entonces,
Alba Lucía Henao Torres y de la actual, Beatriz Mejía Mejía.
Agradecemos a la enamorada de los símbolos y los arcanos
del Tarot, Elena María Molina Villegas, que con sus
profundos conocimientos y sabiduría nos conectó al mito y a
la carta 5, el Pontífice o Hierofante.
A todos los invitados de las áreas sociales, humanas y
espirituales, investigadores profundos del tema,
especialmente médicos y al maestro de maestros, el
psicólogo junguiano Luis Enrique Mejía Domínguez, in
memoriam.
A Gloria Lucía Fernández Gutiérrez y su esposo Silvio
Vargas González, quienes con su rigurosidad y encanto
amistoso le dieron forma precisa al texto: ella como
correctora de estilo y él como animador respetuoso.
Especialmente agradecemos a la comunidad de los
Invisibles, sus familias visibles y a la comunidad en general.
A mis Maestros de Oriente: D.K. Djwal-Khul, el Tibetano, y
de Occidente, la psiquiatra suiza Elizabeth-Kubler Ross,
pionera en los estudios sobre la muerte, los moribundos, los
cuidados paliativos y las experiencias cercanas a la muerte.
PRÓLOGO
AHORA ES EL MOMENTO
La muerte nos despoja de toda vestidura: física, emocional y
mental. Nos desnuda para que encontremos nuestro real ser:
humano y espiritual. ¿Quién es esta desnudadora de seres
humano espirituales? Este personaje, en el lenguaje
universal, pertenece al género femenino: «la» muerte. Y es
una mujer, Silvia Helena Valencia Madrid, quien nos brinda
un abordaje diferente de ella, la muerte.
Silvia Helena es pionera en nuestro medio en la difusión de
una nueva cultura del proceso de morir y de la muerte
misma. Lo novedoso de esta perspectiva es que no está
basada en la tragedia, tristeza y dolor que tradicionalmente
ha envuelto a lo tanático. Es un enfoque en lo consciente,
liberador y luminoso de este proceso natural de la vida que
llamamos la muerte. Dicho dolor es humano y seguirá
existiendo en alguna medida y debe ser atendido; sin
embargo, también existe lo trascendental, espiritual y divino
que quiere resaltar Karonte, una nueva visión sobre el morir
y la muerte.
Esta magnífica obra es un ejemplo evidente de superación de
la negación individual, familiar y social que hemos tejido
alrededor de la muerte hasta convertirla en tabú y mito
intocable e innombrable.
En Karonte, Silvia Helena compendia el aporte de muchos
profesionales, artistas y humanistas, para conocer de una
manera distinta no solo la muerte sino también la vida. El
lector encontrará en este texto sabiduría sobre dolorología,
paliatología y tanatología con el humanismo de quienes han
vivido en «carne propia» el dolor, el «cuidar al que no
pueden curar» y el «servir a quien va a partir». No son
invitados al azar, son seres convocados por sus propias
vivencias para enseñarnos sobre el desapego, el duelo, el
servicio, la compasión, el perdón, la reconciliación, la
meditación, la liberación, el silencio y la paz que están
inmersos en el morir y la muerte. Cada invitado nos ofrece lo
mejor de sí, no solo desde su teoría profesional sino también
desde su experiencia vital de la muerte con los pacientes y
familiares, enfermos terminales, moribundos y fallecidos.
Incluso muchos de ellos se cuestionan sobre su propia
muerte. Son seres citados por el cielo.
Este es un material escrito con el alma y para el alma. Si no,
no tendría explicación el hecho de que el lector halle en él
mensajes tan profundos para su vida como:
«La verdad de la vida es la vida misma, cuyo principio no
está en el vientre y cuyo final no está en la tumba».
«Para un mejor viaje, ir ligeros de equipaje».
«Recuperemos la cercanía con ese ser que está a punto de
partir y logremos que esa persona que se nos va, se sienta
humana hasta el final».
«Comprendamos que la muerte es la pérdida de un ser
irremplazable y su duelo es único para cada persona, familia
y sociedad».
Karonte es una invitación abierta a ser karontes. Que el
lector conozca cómo superar su temor e impotencia ante la
muerte de un ser querido, amigo, hermano, cercano o lejano,
se prepare y se sienta partícipe del arte sagrado de ser puente
entre la vida-muerte-vida. El servicio de karonte es un honor
y un llamado de la vida para la persona que quiere servir con
corazón a otro ser humano que completó su misión.
El parto es un acto feliz para toda la familia, padre, madre,
hermanos, amigos. La muerte es otro parto, la explosión de
un volcán de luz naranja, el alma. Es otro evento feliz para
los que esperan al fallecido al otro lado, en el túnel y en la
luz. Es el reencuentro con los familiares y amigos que habían
partido antes. Los que estamos a este lado del puente vital
podemos participar de esa felicidad luminosa de la muerte
siendo karontes.
Con esta nueva conciencia, la de la transición feliz, la
tanatología sería diferente: los dolores físicos y emocionales
disminuirían, las agonías se acortarían y disolverían, no
existirían las «almas en pena», los duelos serían procesados
con gratitud y no con reclamo o desolación, se le enviaría luz
al fallecido y no cuentas de cobro, el perdón sería la nota
clave de este tiempo y habría más paz en cada corazón.
Para alcanzar la luz hay que enfrentar las sombras y los
miedos que rodean culturalmente al proceso de la partida
final. Como decía uno de los entrevistados referente a hablar
con la verdad, sin matar la esperanza, a los familiares del
paciente que va a morir y no ocultarle con mentiras su
situación crítica, tarde o temprano se dará cuenta, «es
imposible disfrazar la realidad».
La muerte ha sido una de las realidades más disfrazadas y
ahora es desenmascarada y desnudada para claridad vital de
nuestra sociedad por muchos autores gracias a Silvia Helena
Valencia Madrid y al programa radial de la Universidad de
Antioquia: Karonte, una nueva visión sobre el morir y la
muerte.
Rubén Darío Correa Dávila Md.
«Se nace desnudo
Y se muere desnudo»
Medellín, Julio 14 de 2015.
INTRODUCCIÓN
Este texto recoge una selección de 17 programas radiales de
una realización de 271 en su totalidad, que se emitieron entre
1998 y 2012 por la Emisora Cultural de la Universidad de
Antioquia. Los programas, con un carácter educativo y
cultural, se emiten en la actualidad por el siguiente enlace:
REDCON, Red de conocimiento de la Facultad de
Educación de la Universidad de Antioquia.
Nuestro programa nació de una necesidad sentida de educar
y elevar el nivel de conciencia de la comunidad sobre la
muerte. Ampliar la visión sobre este tema a fin de que
colectivamente podamos comprender desde la vivencia
cotidiana que la muerte no existe porque existe la vida, y que
la vida y la muerte son dos caras de la misma moneda:
opuestas y por ende complementarias.
El objetivo está sintetizado en las palabras de nuestro
maestro D.K. El Tibetano: «Se debe cultivar una nueva
actitud y establecer una nueva ciencia respecto a la muerte.
Que la muerte deje de ser lo único que no podemos controlar
y que nos vence inevitablemente, y comencemos a controlar
nuestro tránsito al más allá y a comprender algo de la
técnica de esa transición».
Con un espíritu ecléctico, multidisciplinario y pluralista
fuimos tejiendo este programa con la intención enunciada.
Su estructura se basó en el diálogo amable y sencillo,
intercalando música y poesía, para que el oyente sintiera que
nos acogía en la sala de su hogar para compartir y charlar
coloquialmente acerca del morir, la muerte y el duelo.
Nuestros invitados abarcaron una gran constelación de
profesiones del área humanista y social: médicos,
psicólogos, artistas, sacerdotes, enfermeras, trabajadores
sociales, arquitectos, psiquiatras, educadores, astrólogos,
antropólogos, comunicadores sociales y filósofos, entre
otros.
Por qué y para qué este texto
Porque como cultura occidental consideramos que es
importante educarnos a fin de obtener una nueva visión más
sana, natural y armónica de ese evento tan ligado a la vida,
de modo que al adquirir una actitud más serena al respecto
podamos valorar y apreciar más y mejor nuestra propia
existencia y la de los demás y, en la medida de lo posible,
entrar en un campo de relaciones armónicas. Quizás
entender mejor la muerte nos podrá ayudar a desarrollar un
arte de vivir, y por ende un arte de morir en forma
consciente, digna y libre.
Esta nueva visión sobre el morir y la muerte podríamos
construirla colectivamente a partir de las siguientes
preguntas dadas por los sabios de Oriente, que aluden a la
muerte como «la gran transformación»:
¿Podemos imaginarnos que el momento de la Muerte-
Transición pueda llegar a ser para el que parte y quienes lo
rodeen un evento feliz, sereno y en paz?
¿Podríamos visualizar que en ese momento, en vez de
lágrimas y temor por no querer reconocer lo inevitable, la
persona moribunda, su familia —en caso de que exista— y
sus amigos se pongan de acuerdo sobre el día y la hora y
solo la felicidad caracterice ese tránsito?
¿Y que las mentes y los corazones de los que quedan estén
libres de ideas funestas y dolorosas y los lechos de muerte
sean considerados ocasiones más felices que los nacimientos
y casamientos?
La nueva visión planteada apunta entonces a disolver el
temor-terror de nuestra cultura frente al morir y la muerte, y
a que comprendamos como humanidad que lo real es un
ciclo circular, un continuum permanente de la danza vida-
muerte-vida-muerte-vida-muerte. Aunque la verdad sea
dicha, al llegar o ver aproximarse la muerte en nuestros
hogares todo se desconfigura pues tememos al cambio, a
salir de nuestra zona de confort aunque esta sea desgraciada,
y nuestras estructuras de ego individuales y familiares se
derrumban.
Recordamos también en este momento para usted, amable
lector, lo que hemos compartido innumerables veces a
familias y grupos institucionales: las palabras de nuestra
maestra del morir y la muerte en Occidente, la médica
psiquiatra suiza Elizabeth Kübler-Ross (1926-2004): «La
Muerte simplemente es la salida del cuerpo físico, así como
la mariposa sale de su capullo. Es una transición a un nivel
más alto de conciencia donde uno continúa percibiendo,
entendiendo, riendo y creciendo.
Para aquellos que buscan entenderla, la muerte es una fuerza
altamente creativa. Los más altos valores espirituales de la
vida pueden originarse del conocimiento y estudio de la
muerte».
Por último les compartimos el mito que nos ha iluminado en
el programa y cuya intención ha sido sanar y educar. Cada
programa inicia y termina con la siguiente frase: «Karonte
era el barquero que en la mitología griega pasaba las almas
de la vida a la muerte, para ser juzgadas ante el tribunal de la
muerte.
Tú puedes ser ese buen barquero Karonte, que ayuda a pasar
las almas al horizonte en forma digna y libre.
Karonte: una nueva visión sobre el morir y la muerte».
Detengámonos un momento para aclarar que estamos
haciendo colectivo el mito, que desde la psicología simbólica
alude al Puente, al Intermediario, al que ayuda a pasar de un
lado a otro o de un estado a otro. En este sentido, todos
somos Karontes-Puentes para otros.
Desde la tanatología moderna y sus investigaciones de las
experiencias cercanas a la muerte (ECM) no existe el juicio
sino la revisión de la propia vida. Y siguiendo la línea de
avanzada al respecto, proponemos el nombre del mito con K
y no con C, como siempre se halla en los libros de mitología
griega, simplemente porque somos una nueva humanidad
ante la vida y ante la muerte.
Recordemos que estamos ante un arquetipo de la humanidad,
pues todas las culturas cuentan con este personaje desde la
más alta antigüedad.
Esperamos entonces que este texto sea productivo y
constructivo para su vida, sus duelos y su muerte o la de
otros seres, al ser usted convocado en este servicio de
Caronte.
¡Buen viento y buena mar!
Silvia Helena Valencia Madrid ---Programa Karonte.
Medellín, Colombia, Junio 3 de 2015
GENERALIDADES
1. APRENDER A MORIR
Jorge Montoya Carrasquilla
«Quien enseña a un hombre a morir, le enseña a vivir».
(Miguel de Montaigne)
Antes de abordar cualquier idea sobre «aprender a morir», es
preciso definir primero de qué muerte estamos hablando: ¿de
la muerte de otro o de mi propia muerte? En el primer caso,
cabe reflexionar si se trata de alguien muy cercano a mis
afectos, y de ser así, es preciso examinar la intensidad de mi
vínculo con ese ser, la fuerza del apego que me liga a él. Y
en ambos casos, es decir, tanto si se trata de la muerte de un
ser querido como de la mía propia, necesito discernir si
estamos hablando de la muerte como de un acontecimiento
que llegará en algún momento del futuro, o de la muerte
como de un proceso que ocurre en un presente continuo.
Porque la muerte es una presencia constante en la vida: cada
noche morimos a la que fue la realidad de nuestro día, cada
tanto dejamos atrás situaciones, afectos, convicciones.
Nuestro cuerpo envejece, parten los seres queridos, cambian
las circunstancias materiales. Morimos instante tras instante,
y momento a momento nacemos a formas nuevas de nuestra
realidad.
La respuesta personal de cada uno frente a la muerte también
define la posible estrategia para aprender a morir. Cada
persona se para frente a esa realidad de modo diferente, y de
hecho esa posición varía a lo largo de la vida por factores
como la edad, por ejemplo. El apego es un buen indicador de
la calidad de dicha respuesta. ¿Qué tan intensa es la relación
que establecemos con nuestras posesiones, nuestros seres
queridos, nuestros planes, nuestras ideas? En cada uno de
estos campos de nuestra realidad empeñaremos en mayor o
menor medida el corazón. Y esta medida determinará la
intensidad del sentimiento de pérdida cuando ocurra una
muerte, un final, en cualquiera de ellos. Tal vez la muerte de
una ilusión no cumplida nos afecte más que la pérdida de un
amigo, o la renuncia a un deseo reprimido se convierta en
una liberación. Todo dependerá de cuán capaces seamos de
dejar ir, de renunciar a aquello que perdemos, de aceptar lo
transitorio como un aspecto inherente al hecho de estar
vivos. Y de nuestro modo de reaccionar ante sucesos
angustiantes o potencialmente angustiantes.
Hay algo más que incide en la respuesta que damos a una
pérdida, y es si esta se presenta de manera súbita, o si hemos
tenido tiempo de verla llegar o incluso de participar en el
proceso. Obviamente, es más traumática la pérdida que llega
sin anunciarse y que trastoca nuestra realidad sin darnos la
oportunidad de tomar medidas que amortigüen el trauma.
Aunque un tiempo de espera demasiado largo para el
desenlace también puede aumentar nuestra resistencia a dejar
partir, porque empezamos a alimentar la ilusión de que
finalmente no vamos a perder ese ser querido, no va a
cambiar esa circunstancia de nuestra vida que queremos
preservar.
Cuenta además la disponibilidad del apoyo social y familiar;
la presencia o la carencia de esta ayuda cambiarán la
perspectiva de la recuperación frente a una pérdida.
Finalmente, la llegada de crisis concurrentes, es decir, de
problemas adicionales a la pérdida misma también
dificultarán el proceso de adaptación.
No hay duda de que la muerte trastoca de forma grave
nuestra relación con el mundo y con otras personas. Así,
cuando se pierde a alguien de forma súbita, la realidad que
servía de base a todas las acciones, interacciones y
expectativas se derrumba. La rutina diaria pierde todo su
sentido: las conversaciones con otros, la forma de reaccionar
ante los sucesos, los proyectos e ilusiones que se estaban
construyendo, todo se hace añicos. Aprender a morir,
entonces, significa aprender a nacer a una realidad nueva. A
esa realidad que poco a poco se configura después de la
pérdida. Y si la persona, objeto o situación que se ha perdido
era la base de nuestra relación con otros o con el mundo al
punto que se había constituido casi una simbiosis, aprender a
morir implica también aprender a vivir otra vez con los
cambios profundos que seguramente sufrirá nuestra
personalidad, pues el proceso de reacomodarnos a una vida
nueva sin ese ser o esa circunstancia pondrá en evidencia
emociones, comportamientos, memorias, anhelos: unos para
ser revaluados y dejados atrás, otros para constituirse en
nuevas fortalezas que se sumarán a las que la resolución del
duelo traerá consigo.
Resumiendo, aprender a morir es un proceso en el concurren
varios factores: la muerte de la que estamos hablando, es
decir, si se trata de mi propia muerte o de la muerte de otro;
el grado de apego a esa persona o situación que ya no está; si
la pérdida ocurre de improviso o paulatinamente; nuestras
condiciones personales (edad, personalidad) y la
disponibilidad de apoyo familiar y social (familiares,
amigos, grupos de apoyo, ayudas terapéuticas, ambiente
laboral). Todos estos elementos juegan un papel, porque
nuestra forma de comportarnos es integral; sin embargo, el
apego es quizás el más importante, pues tiene incidencia
directa en la facilidad con que nos adaptamos a los cambios
que traen las pérdidas.
Aprendemos a morir en el trabajo consciente con cada uno
de estos temas. Por ejemplo, para encarar mi muerte futura
puedo asumir que esa muerte ocurre en un presente continuo,
que cada día muero un poco. Puedo entonces culminar cada
día con un repaso sobre lo aprendido en la jornada y
reflexionando sobre la manera en que puedo enriquecer con
ese aprendizaje mi siguiente mañana. Los rosacruces llaman
a esta práctica la técnica de retrospección. Con ella, el
aprendizaje sobre la muerte se convierte en una vía para
crecer.
El número y nivel de mis apegos crean otro espacio de
reflexión. ¿A qué o a quién estoy más apegado? ¿Cuáles
pueden ser las estrategias para dejar ir estos apegos? ¿Sé cuál
es la diferencia entre dejar ir y perder? Perder tiene la
connotación de algo que me ha sido sustraído contra mi
deseo. Dejar ir, en cambio, es un acto de la voluntad, algo
que se hace con plena libertad y que trae consigo un
crecimiento espiritual. En la observación atenta de mis actos,
de mis emociones, de los rasgos de mi personalidad puedo
detectar las fortalezas y las debilidades que me acompañan
en esta tarea de liberarme de mis apegos.
Aprender a dejar ir es una empresa que puede tomarme toda
la vida. Cada crisis puede convertirse en una oportunidad
más para aprender a soltar, a fluir con los cambios. Cada
partida, cada final, son libros abiertos llenos de experiencias
que puedo capitalizar para mi beneficio. Vivir con la actitud
de dejar ir, de ver el ave volar sin sentir la necesidad de
apresarla, de aceptar que las cosas sigan su curso sin caer en
la tentación de controlarlas. A medida que aprendo a dejar ir,
cambia mi sentido de la vida. Me hago más libre, pues mi
temor a perder lo que considero seguro desaparece. Vivo con
más gratitud y apertura, pues sé que todo lo que llega a mi
vida es un don que debo y puedo disfrutar mientras está
presente, y que puedo despedir con agradecimiento cuando
se va.
La «parábola del equipaje», una técnica de introspección
utilizada en los grupos de apoyo para situaciones de duelo,
ayuda a contemplar la muerte, tanto como un acontecimiento
futuro, como algo que nos sucede en un presente continuo.
Según esta parábola, la muerte es un viaje que con seguridad
haremos en algún momento remoto del futuro. Y aunque
inevitablemente partiremos, el hecho de verlo como algo
lejano en el tiempo nos exime de la necesidad de preparar lo
que llevaremos como equipaje. Pero si en cambio sabemos
que el viaje se nos presentará en cualquier momento,
entonces lo más sensato es que tengamos las maletas listas,
que elijamos cuidadosamente lo que vale la pena guardar, lo
que sea valioso y no se nos haga pesado de cargar. Desde
esta perspectiva, cada uno examinará continuamente lo que
vale la pena llevar en el equipaje, si lo llenaremos de apegos,
de resentimientos, de miedos, es decir, de todo cuanto es
pesado de llevar. O si por el contrario decidiremos dejar todo
eso fuera de nuestras maletas para viajar con asuntos tan
ligeros como el amor, la alegría, la esperanza, el gozo, los
buenos recuerdos. Un equipaje así no solo nos prepara para
la muerte, sino que hace más llevadera nuestra vida, no
importa cuáles sean las circunstancias que debamos afrontar.
Cabe aquí recordar la frase de Miguel de Montaigne, cuando
dijo «Quien enseña a un hombre a morir, le enseña a vivir».
Quien aprende a hacer bien su equipaje no solo está listo
para ese viaje insoslayable, sino que además está siempre
dispuesto a recibir lo que la vida le entrega con cada nuevo
día.
Aprender a morir, entonces, es hacerse dueño de la verdadera
libertad. Libertad absoluta de apegos y temores para asumir
la vida completa, con ética, con integridad, con gozo, con
pasión. «Hoy es un buen día para morir», dijo alguna vez
Caballo Loco, el jefe siux. Hoy es un buen día para morir
porque llevo en mí el amor por lo que soy, por mis
circunstancias, por las personas que me acompañan. Hoy, en
este momento presente, tengo todo lo que tengo que tener, no
necesito nada más, estoy libre para partir en cualquier
momento porque no dejo nada atrás: el amor soy yo, el amor
va conmigo.
2. LA VOZ DEL SILENCIO
Rubén Darío Correa Dávila
«En el momento de la muerte desaparece el lenguaje, a
medida que se anuncia la palabra y se lleva a cabo la
restitución. Luego, la palabra ya no se oye porque el sonido
la elimina o absorbe, produciéndose la eliminación de todo
lo que interfiere al sonido». (Djwhal Khul-D.K. El Tibetano)
¿Qué es la voz del silencio? La respuesta la hemos
encontrado al lado de los pacientes que están próximos al
instante definitivo de su partida. Pues esos momentos son
una invitación abierta al encuentro con uno mismo, a la
autoexploración. En ese silencio nos ponemos en contacto
con nuestros valores reales y descubrimos nuestro ser más
profundo.
Nuestra cultura fomenta el ruido, e incluso el ruido
ensordecedor. Y lo fomenta porque ese ruido nos impide el
encuentro con nosotros mismos y con el otro; entorpece el
diálogo, trivializa los lazos y esconde bajo su estridencia
nuestros más caros valores. Por eso es indispensable
fomentar los espacios para compartir tranquilamente en
familia, con los amigos, con nuestra soledad, espacios donde
sea posible la introspección y el contacto real con los que
nos rodean. Los medios masivos de comunicación buscan la
exteriorización, no la interiorización del ser humano. Y
aunque en algunos casos cumplen una función educativa, su
objetivo es puramente comercial: vendernos un mundo
externo tan atractivo, que nos lleve a olvidarnos de ese
mundo interno tan vasto, tan valioso, que tenemos todos los
seres humanos. En ese sentido, tal vez sea preciso pensar que
necesitamos ver menos televisión, oír menos radio,
desconectarnos por ratos largos de las redes sociales para
establecer diálogos donde estemos más presentes y podamos
vivir contactos realmente cálidos. Tal vez sea ese el camino
para recuperar los valores que nos son comunes y cuya voz
está sofocada por el ruido imperante.
Todo ese ruido se nos ha vuelto casi una necesidad para
poder estar con nosotros mismos. Encendemos la televisión,
ponemos música, cualquier aparato que haga ruido para
poder sentirnos presentes; es casi como si el ruido fuéramos
nosotros mismos, como si sentir siempre estímulos externos
nos permitiera reencontrarnos.
Pero ese reencuentro solo es posible en el silencio. Meditar
en la voz del silencio es una invitación a escuchar el vacío, la
calma interior, la voz de nuestra soledad. Apartarnos y
silenciarnos no es un ponernos en un estado de tristeza o
amargura. Por el contrario, nos ponemos en un estado de
calma, de aceptación. En la soledad de ese silencio nos
vamos haciendo maestros en el arte de escucharnos a
nosotros mismos para conocer cuál es nuestra voz, cuál
nuestro tacto, a qué nos sabe la vida. En la quietud de esa
atención conocemos más y mejor nuestro cuerpo,
desciframos su lenguaje, nos ponemos en contacto con sus
emociones. Meditar en la voz del silencio es un camino para
explorarnos con plena tranquilidad, sin que nada externo nos
desvíe de la senda interior.
Ahora, cuando el ruido y las exigencias del afuera son más
estridentes, es cuando más se nos pide que nos conozcamos a
nosotros mismos; que construyamos un mundo interior
sólido que pueda hacer frente a lo incierto del mundo
exterior. Enriquecernos con esa fuente infinita de paz, de
alegría, de sabiduría, de compasión, de coraje que todos
llevamos dentro para poder enriquecer a los seres que
comparten su vida con nosotros. Ese enriquecimiento es
mutuo, pues en la medida en que me descubro mejor a mí
mismo puedo descubrir mejor a los demás. En la medida en
que salgo de mi ruido externo y me sintonizo con mi música
interior puedo oír mejor la música de los valores de quienes
me acompañan.
Patanjali fue un pensador hindú autor del Yoga Sutra,
importante texto acerca del yoga. Patanjali nos dice que la
meditación en la voz del silencio invita a la quietud, a la
tranquilidad del ser. Esa cualidad nos lleva a encontrarnos
con el alma del silencio, con su naturaleza más profunda, que
es la paz. Según él, meditamos para alcanzar nuestra meta
más preciada, que es la realización del ser. En sus
aislamientos prolongados, los grandes místicos de todas las
vertientes espirituales se han podido realizar en el gran
silencio para florecer y fructificar luego en sus comunidades.
Es un movimiento dual, pero a la vez de integración: estar
primero separados para después poder unirse; estar primero
en el silencio para acceder luego a la música del todo.
Hay otro silencio del que hemos oído hablar: el silencio de
los cementerios, el silencio de los muertos. ¿Qué es ese
silencio de los muertos? ¿Cómo podemos oírlo, si llevamos
tanto ruido con nosotros? Cuando una persona está sola oye
en su interior un permanente murmullo: los eventos del día,
de la semana, de los meses, de los años. Nunca tenemos paz,
caminamos en la compañía de las voces de nuestro pasado.
Cuando una persona está muriendo está haciendo un proceso
de desprenderse de todo ese pasado, de todo el ruido que
significa el recuerdo de su vida. Y si quien lo asiste tiene a su
vez su propia carga interior, no podrá diferenciar si es su
miedo frente a la muerte o si es el miedo del moribundo lo
que está sintiendo allí. No podrá separar sus emociones de
las de la persona a la que acompaña. En cambio, quien tiene
silencio interior podrá estar en sintonía con las necesidades
del moribundo, podrá sentir, intuir, palpar esa realidad
humana que hay allí, y que en la mayoría de las ocasiones es
profundamente dolorosa.
El silencio de los muertos es el silencio del desapego, del
desinterés, de la revisión en la escala de valores, de ver que
todo lo que creíamos cierto ya no tiene ninguna validez. Es
un silencio que nos lleva a aligerar el equipaje, a enfrentar el
hecho de que ya no tenemos ningún asidero con el mundo
material porque ha llegado el momento de ser solo lo que
somos, no la ilusión de ser que habíamos construido para
estar en el mundo.
Son muchos los sentimientos que acompañan este silencio,
sentimientos que son vividos tanto por el moribundo como
por los que están a su alrededor. Uno de ellos es el abandono
total, la entrega a lo que está ocurriendo, y que debe ser
asumida por el que parte y por los que lo ayudan a partir. El
otro es la soledad; nacemos solos y morimos solos, nadie
puede cruzar estos dos umbrales por nosotros.
Otro sentimiento profundo es el de la infinitud, la
inconmensurabilidad, la ausencia de límites. Quien
acompaña a un moribundo constata que las cosas que eran
importantes en la cotidianidad se rompen, se vacían de
significado. El tiempo rompe sus límites, las antiguas
coordenadas espacio-temporales pierden su finalidad. Por
eso cuando se le ayuda a morir a alguien en medio de la voz
del silencio es posible permanecer minutos, horas, días en
profunda y silenciosa actitud de ayuda.
La familia es fundamental cuando se trata de acompañar a un
paciente en su proceso de muerte. Ellos son los mejores
Karontes. Cada familia ayuda según su conocimiento, su
cultura, su ambiente, sus tradiciones religiosas o espirituales.
Sin embargo, hay unas pautas generales que pueden asegurar
que este acompañamiento signifique el mayor bienestar
posible para quien va a partir. En general, no es adecuado
que haya numerosas visitas al lado del moribundo. Llegan
tíos, abuelos, sobrinos, hijos, amigos, y se genera un ruido
físico y emocional con todo tipo de conversaciones que no
vienen al caso. Esto sin contar con las manifestaciones
descontroladas de dolor e incluso con discrepancias que se
ventilan justo al lado del paciente. Olvidamos que el
moribundo es un ser con percepción ampliada que está
recibiendo toda esta información perturbadora. Si las visitas
son cortas, y con pocas personas a la vez, se evitan este tipo
de situaciones.
La idea es que la familia esté centrada en lo que su ser
querido está viviendo más que en la cotidianidad
acostumbrada. De hecho, una persona en tránsito de muerte
invita a que haya cambios profundos en la vida familiar. Su
próxima partida obliga a todos los miembros de la familia a
hacer una revisión de sus actitudes y sentimientos y abre las
puertas para dejar atrás resentimientos y malos recuerdos.
Y el mejor camino para que este proceso se viva desde el
corazón y traiga consigo crecimiento y sanación, es hacerlo
desde el silencio. Porque cuando meditamos en la voz del
silencio descubrimos que somos seres completos, que
siempre podemos estar en contacto con la fuente de nuestra
felicidad interior. Descubrimos la vibración de nuestra alma,
la luz interna, la tranquilidad y el amor que todos llevamos
dentro y al que le hemos puesto toda clase de barreras. En
resumen, nos ponemos en contacto con nuestro ser.
El Tibetano expresa bellamente esta verdad en su poema La
voz del silencio:
Antes de que el alma pueda ver, debe alcanzar la armonía
interior.
Los ojos de la carne deben permanecer ciegos a toda
ilusión.
Antes de que el alma pueda ver la imagen, el hombre
debe estar sordo a los bramidos y murmullos.
No debe escuchar ni los bramidos de los elefantes
ni los argentinos zumbidos de la dorada luciérnaga.
Antes de que el alma pueda comprender y recordar,
debe unirse primero con la voz del que habla en el silencio.
Mis experiencias como médico Karonte han sido bien
curiosas. Cuando acudíamos a ayudar a estos pacientes
pensando que nosotros éramos los terapeutas que todo lo
sabían hasta nos deprimíamos un poco, cuando
constatábamos que desde el punto de vista médico no
teníamos mucho por hacer. Esa era la mirada que habíamos
aprendido en nuestras universidades, y la impotencia que
empezábamos a conocer convertía esos momentos en causa
de dolor personal. Poco a poco aprendimos que sí teníamos
mucho que entregarle a esos pacientes: el solo hecho de estar
en silencio a su lado, de tocarles la cima de la cabeza, de
poner la mano en su pecho, cerca de su corazón, nos ayudó a
descubrir una dinámica nueva en nuestra tarea como
terapeutas. Empezamos a sentir que no éramos nosotros los
que ayudábamos al paciente, pues era él quien nos ayudaba a
descubrirnos a nosotros mismos. Pensábamos que hacíamos
una especie de sacerdocio para que él diera el paso y
resultaba que era el paciente el que nos iniciaba en nuestro
acercamiento a la energía de la muerte. Así mismo, íbamos
convencidos de que seríamos maestros para el paciente y su
familia, cuando en realidad eran ellos los que nos daban
lecciones de vida.
La experiencia en el silencio y la soledad de la muerte nos
hizo ver la vida en su esencia, en su grandeza, en la felicidad
inagotable que había en ella. De hecho nos asombrábamos al
constatar que no había tristeza en nosotros, aunque el
paciente hubiera fallecido minutos antes. De cada encuentro
salíamos llenos de energía, llenos de vida, sintiendo que la
muerte no era un final sino un paso más en la existencia.
El rol de la familia en el tránsito de un moribundo es
esencial. Su papel, además de cuidar y acompañar con todo
el amor posible, incluye el respetar el silencio de quien está
próximo a partir. Para ilustrar esta idea recuerdo el caso de
una paciente cuya casa quedaba cerca de una vía principal;
su habitación daba justo sobre la calle y en consecuencia el
ruido del tráfico podía oírse con mucha intensidad. Pero
además tenía al lado la sala de la casa, donde cada día de su
enfermedad se reunían no menos de veinte personas a
conversar en voz alta de lo divino y lo humano. Mientras
estábamos allí, tratando de ayudar a esa persona, sentíamos
la interferencia del ruido por todos los costados. Era
imposible crear momentos de meditación, de tranquilidad, de
intimidad; y si eso sentíamos nosotros, imaginen qué podía
sentir la paciente que estaba allí muriendo.
Podemos comparar los momentos finales de una persona con
alguien que está durmiendo o quiere dormir. Cualquier ruido
o movimiento fuerte lo sobresalta y le genera zozobra. Eso le
ocurre al moribundo; él necesita silencio para entrar con
serenidad en el sueño de la muerte.
Cuando estamos en presencia de alguien próximo a morir y
ocupamos el tiempo en parloteos inútiles, no estamos siendo
conscientes del momento sagrado que se está viviendo en ese
lugar. Porque la muerte es un momento sagrado que debe ser
respetado en todas sus dimensiones: desde la más obvia de la
tranquilidad que el paciente necesita para dar su paso
definitivo en paz y felicidad, hasta el silencio interior al que
él y su familia puedan acceder para revisar asuntos como el
perdón y la reconciliación, por ejemplo. Incluso, para ayudar
a su ser querido a bien morir, la familia debe evitar el que
llamamos el ruido astral, es decir, los llantos, los gritos, las
recriminaciones, las preocupaciones, todo eso que en últimas
es más de los que se quedan que de quien parte y que solo
produce perturbación en unos y otros.
Ya he mencionado el término de la energía de la muerte, y
quisiera extenderme un poco al respecto. Muchas personas
se extrañan cuando, uno o dos días antes de morir, el
paciente parece tener una recuperación en la que se muestra
de mejor ánimo e incluso se alimenta bien. Los parientes se
preguntan entonces si su ser querido estará recuperándose,
pero lo que ocurre es que la persona está haciendo acopio de
nuevas fuerzas para dar el paso definitivo. Porque la realidad
es que se requiere energía para cruzar el umbral de la
muerte: energía bioquímica, energía mental y energía
emocional. El moribundo necesita tener su mente clara, una
consciencia de su decisión más profunda para poder
desprenderse. Y quien lo acompaña también necesita
descansar y alimentarse bien para estar en las mejores
condiciones físicas y síquicas que le permitan estar presente
y proporcionarle a su ser querido fuerza y serenidad.
Pero aparte de estas energías digamos tangibles, hay otra
energía que se intensifica cuando alguien está a punto de
morir. Muchas personas la han experimentado como la
presencia de una luz, de una vitalidad, de una felicidad
diferente a todo lo que se ha experimentado antes. Puede
sonar contradictorio, pero la muerte es un suceso feliz; de
hecho, muchas personas que han tenido las llamadas
experiencias cercanas a la muerte manifiestan haber sentido
el deseo de no regresar después de experimentar el estado de
paz y felicidad que parece reinar al otro lado del velo. Y
después de su vivencia, la inmensa mayoría de estas
personas regresa con una energía especial, con una sabiduría
nueva que les permite hacer cambios en su vida.
La presencia del ángel de la muerte también es una
experiencia común junto al lecho de un moribundo. Muchos
pacientes expresan que ven a sus padres o a sus abuelos
fallecidos, o a Cristo, la virgen María o al Buda, según sus
creencias religiosas. El hecho es que experimentan una
presencia especial en los momentos previos a la muerte, una
presencia que los reconforta y les da tranquilidad, que les
tiende la mano para conducirlos en su viaje. Por lo general
esta presencia asume el aspecto de un ser luminoso que les
extiende la mano y les muestra el camino por un túnel al
final del cual los espera una luz brillante y acogedora. Son
muchas las culturas que reconocen este ser de luz, este ángel
de la muerte que apoya y acompaña a quienes están
muriendo y les hace sentir que no están solos, que la muerte
no existe porque lo que ocurre en realidad al final de la vida
es un tránsito, un cambio de energía hacia una realidad
espiritual plena.
Afirmar esta realidad no es una invitación al suicidio, a la
decisión de partir simplemente porque lo que nos espera al
otro lado sea una realidad mejor. Se trata de eliminar el terror
a la muerte para vivirla como un proceso, como un paso que
todos daremos ojalá en las mejores condiciones, sintiendo
que hemos amado y crecido en esta vida y que nuestra tarea
ha beneficiado a muchos otros. Se trata de desmitificar la
muerte y tener sobre ella una visión profunda y espiritual.
Porque lo que ocurre, contrario a esta visión de la muerte, es
que la hemos deshumanizado, la hemos sacado de su
contexto familiar e incluso la hemos tecnificado. Las persona
mueren en los hospitales, en las unidades de cuidados
intensivos, y después de su muerte el cuerpo es conducido,
bien sea a salas de velación, o bien directamente a su proceso
de cremación. Hemos olvidado que la muerte es un proceso
vital, no un proceso técnico. Hemos perdido de vista que la
muerte debe ser vivida, de ser posible, en la compañía de los
seres queridos, en ese hogar que ha sido el escenario de vida
de la persona que parte, ese lugar que guarda aromas,
recuerdos, rincones que le son familiares y con los que ha
tejido sus días. Una sala de velación podrá ser un lugar
«cómodo», pero no es un lugar cálido ni humano. Si el
fallecido debe pasar allí algún tiempo, lo ideal es que sea un
lugar lo más privado y tranquilo posible, porque después del
momento mismo del deceso la persona que ha muerto pasa
por algunas etapas en su viaje al mundo espiritual.
Veamos a grandes rasgos cuáles son, según las enseñanzas de
Djwhal Khul, El Tibetano. Pero primero hablemos un poco
de este maestro espiritual. Su nombre apareció por primera
vez en los libros de Madame Blavatsky, fundadora de la
Sociedad Teosófica y autora de La doctrina secreta,
publicado en 1888. Luego, a partir de 1919 Alice A. Bailey,
teósofa también, empezó a escribir libros dictados por
Djwhal Khul, el primero de ellos llamado Iniciación humana
y solar. Hasta su muerte, acaecida en 1949, ella atribuyó sus
numerosos escritos a la inspiración de este Maestro
Ascendido.
Según El Tibetano, las primeras etapas del proceso de la
muerte son las de la restitución, cuando el vehículo físico
entra en su más franco deterioro. En esas etapas pueden
notarse fenómenos como temblores del cuerpo, señales de
que el cuerpo energético se está desprendiendo de su
envoltura física. Luego, cuando pensamos que ya la persona
está muerta, viene la etapa que El Tibetano llama «el arte de
la eliminación», es decir, de la destrucción de las emociones
y apegos que no dejan descansar definitivamente al que está
haciendo la transición. Apegos a personas, emociones,
posesiones, lugares. Si hay disputas familiares, las
emociones negativas originadas por ellas generan energía
astral que es sentida por quien ha partido y le causa
desasosiego. Esas emociones y apegos son la carga que
impide descansar a quien ha fallecido y pueden ser la causa
que hay detrás de las manifestaciones de lo que llamamos
almas en pena, es decir, personas que permanecen vinculadas
a este plano terrenal sin poder seguir su camino al mundo del
espíritu.
En este mismo orden de ideas, el llanto es el ruido más
perturbador y desgarrador para el moribundo. No hay nada
que lo afecte más que oír a su alrededor los lamentos
descontrolados de sus seres queridos. Imagine lo que usted
sentiría si, cuando está a punto de dormir, entra a su
habitación una multitud de personas gritando y llorando. Esa
misma perturbación la experimenta el paciente moribundo,
que no puede comprender por qué no lo dejan descansar
tranquilo cuando más lo necesita. Pero además el ruido más
estridente es el ruido emocional, producto de todas las
emociones confusas que nos habitan: miedo, resentimiento,
ira, ansiedad. La emoción con la que debemos sintonizar en
esos momentos en los que acompañamos a un moribundo es
la del amor, para darle paz y seguridad.
Acompañar al moribundo no implica necesariamente
hablarle o darle instrucciones sobre su partida. Tal vez en
esos momentos sea más poderoso el pensamiento, la
presencia silenciosa y amorosa, tomar sus manos o poner
nuestra mano en la cima de su cabeza o cerca de su corazón.
Hacerle sentir, al tomar su mano con decisión y fortaleza,
todo nuestro amor y al mismo tiempo todo el poder, toda la
fuerza que ese ser necesita para dar su paso definitivo.
Para nosotros, ese contacto silencioso significa simplemente
cerrar los ojos, experimentar en nuestro cuerpo cómo la
energía, las sensaciones, los pensamientos se serenan y
silencian estando allí. Podríamos decir que esa persona nos
ayuda a entrar rápidamente en una de las meditaciones más
profundas y vibrantes que hayamos vivido nunca, pues nos
pone en contacto con nuestro ser de luz. Esa comunicación
profunda que establecemos con el moribundo nos pone en
contacto con el alma, que es la rectora de la muerte.
Con el ritmo de vida que llevamos en la actualidad, no es
fácil morir en silencio. Sin embargo, uno de nuestros más
grandes intereses es propender por una cultura del silencio;
mientras más silencio tengamos en nuestros hogares, más
tiempo tendremos para conectarnos con la esencia de la vida
y para prepararnos para la muerte. Lo más probable es que si
vivimos inmersos en el ruido, así será nuestra muerte, y sería
lamentable que un momento tan sagrado, tan feliz y
luminoso sea desaprovechado en medio de un ambiente de
perturbación. Ayudémonos unos a otros a que el silencio sea
nuestro alimento cotidiano, a que compartamos más de
nuestra consciencia gracias al sosiego que mora en nuestra
alma. Descubriremos aspectos insospechados de nosotros
mismos, podremos ser más y más felices al ver la vida con
otra perspectiva y a nosotros mismos como lo que somos:
esa energía, esa luz, esa paz, ese amor que abundan en
nuestro interior. Y llegaremos entonces a la felicidad del
silencio, a ser dichosos con o sin la persona que ha partido,
pues moraremos en el silencio impersonal, en el desapego
profundo que significa estar en contacto permanente con la
esencia de nuestro ser.
«Entonces, sobreviene el silencio y el sonido mismo ya no se
oye; después del acto final de la integración, viene la
profunda paz». (Djwhal Khul, D.K. El Tibetano)
3. UNA VISIÓN HUMANISTA SOBRE EL MORIR Y
LA MUERTE
Luis Alfonso Vélez Correa
«Si consideramos que no es el cuerpo físico el que alberga al
espíritu, sino que el espíritu se expresa e interactúa por
medio del cuerpo, podremos entender que el morir
representa que el yo espiritual se desprende de su envoltura
física. A partir de ese momento, el espíritu se manifiesta en
otras personas por medio de la intuición. La muerte no es el
fin, es el comienzo de una nueva forma de comunicación
donde los pensamientos son más importantes que las
palabras». (Elias Benzadon)
Una visión humanista de la muerte contempla al ser humano
en sus dos dimensiones de materia y espíritu. Como ha
ocurrido innumerables veces en la historia del pensamiento,
se cuida de caer tanto en el angelismo como en el
materialismo. El primero, derivado de la filosofía platónica,
considera que el espíritu está encarcelado en el cuerpo y que
la muerte trae su liberación; para el segundo, la muerte
significa la disolución de la materia, una transmutación de la
misma y nada más.
La perspectiva humanista hace énfasis en que el ser humano
es carne espiritualizada o espíritu encarnado, y corresponde a
la mirada semita del ser humano. Si se lee la Biblia en su
aspecto profundamente antropológico, se puede ver que para
los judíos el ser humano no era un cuerpo más un espíritu,
sino un cuerpo espiritualizado o un espíritu encarnado.
¿Qué pasa entonces con la muerte? Que el ser humano pasa a
otras coordenadas totalmente distintas a estas de tiempo y
espacio que nos son habituales. Por eso se nos hace tan
difícil pensar en la muerte, porque no tenemos ningún
referente para comprender esa otra realidad que intuimos. En
este sentido no es extraño que el papa Juan Pablo II haya
declarado alguna vez que ni el cielo ni el infierno eran
lugares a los que se llegaba en un sentido real, y hacía
énfasis en decir que el espíritu no ocupa un espacio y que
además después de la muerte no transcurre el tiempo tal
como lo comprendemos.
Sea cual sea la perspectiva, el hecho es que nos hemos
deshumanizado frente al morir y la muerte, y cuando digo
deshumanizado me refiero al hecho de que hemos ignorado
tanto la perspectiva espiritual como la material del ser
humano. La historia de las religiones evidencia un desprecio
hacia la materia que ha llevado a verdaderas aberraciones
religiosas y aun culturales. Las mismas religiones han tenido
que revisar ese desprecio por la dimensión material del ser
humano que las ha llevado a condenar y castigar expresiones
naturales de la sexualidad, por ejemplo. Es ese mismo
desprecio el que se pone de presente cuando desde lo
religioso se considera que la muerte es una liberación del
espíritu, que por fin puede abandonar así su cárcel material.
Pero hoy la deshumanización también toca la otra polaridad,
cuando desde una visión materialista se niega la dimensión
espiritual del hombre y se piensa que la muerte es
simplemente la disolución de la materia.
En este contexto, ¿cómo podríamos hablar de una cultura de
la muerte, en tanto posición consciente frente a la misma? En
Colombia, por ejemplo, estamos familiarizados con las
muertes violentas, presentes en todas sus formas en los
medios de comunicación. Vemos a los padres enterrar a sus
hijos, cuando en la espiral natural de la vida ocurre todo lo
contrario. Nuestra sociedad se ha vuelto tanatofóbica, es
decir, una sociedad temerosa de la muerte, que maquilla y
esconde los cadáveres, que no permite que los niños asistan a
los velorios y los entierros. Además de haber perdido el
sentido humanista de la muerte, estamos llenos de
ambivalencias frente al morir. Esta ambigüedad proviene de
una falta de cultura, entendida esta desde el pensamiento de
la antigua Grecia: cultura es la explicación que el ser
humano y su comunidad hacen sobre la existencia del
hombre, el mundo que lo rodea y su relación con los otros
hombres. Así, cuando yo reflexiono sobre mi existencia: por
qué y para qué estoy aquí, cuánto tiempo estaré, estoy
haciendo una reflexión cultural. Lo mismo ocurre cuando me
pregunto qué es para mí el mundo que me rodea, cómo me
comporto en ese mundo, qué representan las demás personas
que lo habitan, cuál es mi relación con esas personas.
Desafortunadamente, Occidente ha presenciado una pérdida
cultural muy grande. No voy a entrar a discutir las razones,
pero sí puedo afirmar que son pocas las personas que
reflexionan sobre sí y sobre los demás. Hace algunos años
Albert Camus definía así al hombre francés: «El hombre
francés es un hombre que fornica y lee los periódicos».
Definición que hoy puede aplicarse al hombre de cualquier
lugar del mundo.
La definición de Camus expresa la banalidad de las personas
y sociedades, la banalidad de estar atados todos los días a
comportamientos e informaciones que ahuyentan la
reflexión. Por eso podemos decir que no es que neguemos la
muerte, por lo menos a un nivel consciente, puesto que su
presencia objetiva es ineludible. Pero sí la volvemos algo
fútil al crear toda una pornografía de la misma cuando la
exhibimos con sensacionalismo en los medios de
comunicación sin ningún respeto, con ensañamiento y con el
único propósito de generar miedo y ganar dinero.
El ser humano actual no ha querido darse la posibilidad de
preguntarse ¿quién o qué soy yo? ¿hacia dónde voy? ¿qué es
la muerte para mí?. Y si una sociedad y su cultura no tienen
claras estas preguntas, se obtiene lo que estamos
presenciando: la banalización de la vida y por lo tanto del
morir y la muerte. Como profesor universitario que he sido
sé que es muy frecuente que la sociedad culpe a la academia
por muchos de sus problemas. Y en el tema que nos atañe, es
muy común oír «¡Es que la universidad solo crea científicos,
es que la universidad deshumaniza!». Y en cierto modo es
cierto, pero la verdad completa es que en este proceso de
deshumanización participa toda la sociedad porque a la
universidad llegan estudiantes deshumanizados, producto de
una sociedad deshumanizada. ¡Como se dice comúnmente,
no podemos pedirle peras al olmo!
Si el estudiante que ingresa a la universidad no ha tenido, ni
en su casa ni en su ambiente social, acceso a la cultura en los
términos que planteamos, si es una persona con una
estructura de pensamiento superficial, es decir, tiene mucha
información pero sin ninguna profundidad ni estructura, es
apenas lógico que nuestros profesionales hayan perdido su
sentido de humanidad. Por eso no creo que la culpa sea
únicamente de la universidad. Es posible que desde ella deba
hacerse énfasis en estos aspectos culturales, pero su materia
prima, por así decirlo, es fiel reflejo de la carencia de cultura
de la sociedad: ahí es donde comienza el problema.
El hedonismo y el afán de resultados inmediatos priman en
el pensamiento actual. Y no es ni siquiera un hedonismo
filosófico, como el que practicaba Epicuro, en el sentido de
afirmar «Voy a vivir la vida a plenitud, porque no hay nada
más que esto». Nuestro hedonismo, nuestro afán, no son
expresiones culturales, no son formas de pensamiento: son
una alienación neurótica.
Creo que cualquier persona mentalmente sana debe tener una
posición frente a su muerte. Puede pensar en que hay otra
vida más allá, puede pensar que la muerte es una disolución,
o puede aceptarla como una transformación, un cambio de
estado o de energía. Pero sea cual sea su pensamiento debe
tenerlo asumido y ser coherente con él; no se entiende por
ejemplo que alguien que con creencias religiosas piense en la
posibilidad de un cielo eterno se aterre frente al hecho de
morir. Hay un pasaje muy bello en el Fedón, de Platón, en el
que un discípulo le pregunta a Sócrates si tiene miedo de
morir después de que se tome la cicuta. Sócrates le responde
que él no tiene miedo, porque si después de la muerte hay
algo, él espera llegar al mejor mundo después de una vida
consagrada al bien; y si no hay nada, ¿entonces por qué
temer?
Yendo un poco más allá en este intento de reflexionar sobre
la muerte desde el humanismo, conviene preguntarse sobre
la relación directa de este enfoque con la ética. Un primer
paso es determinar qué es la ética. La ética es el respeto por
la vida, es el respeto por el ser viviente y por el no viviente.
Por eso en la actualidad la ecología va del brazo de la ética.
Su posición de respeto y de cuidado del medio ambiente
incluye los animales, el agua, los minerales y la flora, como
signo de una posición ética. Tal vez por eso cuando la ética
individual y social se degrada lo primero que se degrada es
el medio ambiente, al faltar el respeto por el ser. En este
espacio de reflexión, que incluye lo viviente y lo no viviente,
decimos que el morir es un continuo con la vida. Este es un
concepto difícil de entender en nuestro pensamiento
occidental, tan dado a los antagonismos, a las polaridades.
Pero el pensamiento oriental no ve el mundo en divisiones de
blanco y negro, bueno y malo, sino en términos de bueno-
malo, de un continuum entre dos manifestaciones. Desde ahí
es posible entender la muerte no como contraria a la vida,
sino como el desenlace de un proceso permanente de
transformación. La vida no termina, se transmuta, o en
términos de la ley de la conservación de la materia de
Lavoisier, «Nada se crea, nada se destruye, todo se
transforma». Cuando muero, mi núcleo vital no se destruye,
simplemente cambia de estado. Este punto de vista rescata la
naturalidad del hecho de morir y descarta la posición
antagónica entre la vida y la muerte. Así, Hipócrates les
decía a sus alumnos que no debían sentirse derrotados
cuando no pudieran salvar la vida de uno de sus pacientes,
porque en la naturaleza la muerte estaba tan presente como la
vida, y en consecuencia no tenía sentido una posición
incompatible entre las dos.
En el terreno de la práctica, ¿cómo se humanizaría la muerte
en la medicina? Creo que la respuesta viene con la medicina
paliativa que es, en palabras de Boulkin, cuidar a los que no
podemos curar. En la formación de los profesionales de la
salud siempre se ha inculcado que su tarea es conservar la
vida, y que cuando aparece la muerte debe ser considerada
como un fracaso. En consecuencia, a los estudiantes se les
enseñaba a curar enfermedades y no más; de este punto en
adelante no se consideraba ninguna otra intervención. Así
que cuando llegaba la muerte, muchas veces el profesional se
retiraba con una sensación de derrota que era transmitida al
mismo paciente y a su familia.
La medicina paliativa introdujo el concepto de que los
médicos debían estar atentos y presentes al proceso y
momento de morir, tan intensos desde el punto de vista
humano. La medicina paliativa trata de brindar bienestar al
paciente cuando ya no es posible intentar ninguna cura. Se
ocupa de tratar los síntomas que pueden perturbar a la
persona que está a punto de morir, sin considerar ya opciones
terapéuticas extraordinarias: su objetivo es simplemente
ayudar y acompañar al paciente. Es posible confundir
medicina paliativa con la eutanasia inclusiva o pasiva, que
contempla la posibilidad de cesar el suministro de ciertos
medicamentos o de suspender algunas terapias. Es en este
campo difuso donde la sabiduría y humanidad del
profesional de la salud le ayudarán a tomar decisiones con
compasión y comprensión.
Parece paradójico, pero los médicos y enfermeras, que
somos los que estamos más en contacto con la muerte,
tenemos ambivalencias profundamente nocivas frente a la
misma. Muchos de estos profesionales huyen de la muerte
del paciente o proyectan sus temores frente a él. Creo que
cualquier persona que trabaje en el campo de la salud debe
tener, más que cualquiera, una posición clara y elaborada
sobre su propia muerte. Porque no es posible hablar y
enfrentar la muerte de otro si antes no se ha hablado, no se
ha asumido la muerte personal.
Muchas veces, cuando he visto radiografías de pacientes con
cáncer, he pensado: «Algún día va a haber una radiografía
mía que muestre un cáncer, o va a llegar algún colega a
decirme: “Hombre Luis Alfonso, tú estás próximo a morir”».
Entonces, ¿qué es para mí la muerte? Pienso que el concepto
que cada persona tiene de la muerte depende mucho de la
ciencia, la filosofía y las creencias que tenga. Por filosofía
entiendo el saber del ser, por ciencia el saber de lo
fenomenológico y por creencia el conocimiento amoroso de
la realidad. Cuando digo filosofía no me refiero a
conocimientos académicos en esta área. La filosofía es una
posición frente al ser, o sea que un campesino analfabeta
tiene una filosofía, una posición frente al ser; una creencia, y
un saber fenomenológico que proviene de su oficio de
agricultor. Para mí, la muerte es una transmutación, no una
aniquilación. No puedo demostrar científicamente este
concepto; más bien es una intuición, algo que me dice en mi
ser que cuando muera, este yo no puede desaparecer.
¿Qué ocurre después de esta transformación? Aquí
intervienen conceptos religiosos y culturales que operan
desde la creencia, no desde la demostración científica.
Budistas, judíos, cristianos, cada grupo tiene su propia
descripción del mundo después de la muerte. Por eso digo
que la creencia es un conocimiento amoroso de la realidad,
porque se trata de un conocimiento en el que no hay una
categoría racional aunque sí emocional.
Creo entonces que las personas que se ocupan de sanar, antes
que buenos profesionales deben ser buenos seres humanos,
personas íntegras y compasivas que puedan estar en
condiciones de ayudar a otros cuando les llegue el momento
de partir. No en vano Hipócrates decía que la cualidad más
importante de un médico debía ser la filantropía, que
etimológicamente quiere decir «amor por el ser humano»,
esa bondad con que puede ayudar desde su corazón al
paciente que llega al final de su vida. Pienso que rescatar esa
bondad pasa por recuperar una figura que se ha perdido casi
por completo: la del médico familiar, aquel médico que
conocía al paciente y a su familia, conocía su casa, sus
circunstancias, su historia personal. Cuando un médico
conoce así de cerca a un paciente le queda mucho más fácil
sentir empatía y establecer una relación más humana con la
persona que va a morir.
Otro tópico muy discutido cuando se habla de pacientes
terminales es el de calidad de vida. Yo prefiero hablar de
calidez de vida, porque el término calidad se ha impregnado
de un sentido económico. Cuando se habla de calidad de
vida de un paciente se habla de este tipo de valor: por
ejemplo, si un pianista pierde una mano su calidad de vida
como pianista se pierde, pero no así la calidez de su vida
desde un punto de vista de sus relaciones como ser humano.
Lo mismo podría decirse de un cuadrapléjico, que puede
tener gran calidez de vida en el campo personal y poca
calidad de vida desde el punto de vista económico, si no
puede trabajar. Calidez tiene que ver con amor, con calor,
con lo que está presente cuando una persona quiere su vida,
disfruta su existencia así tenga grandes limitaciones físicas o
psíquicas, cuando ama y se siente amada, cuando siente la
protección de un hogar y valora la oportunidad de existir. Por
eso es muy grave que una persona sana determine la calidad
de vida de una enferma subestimando la capacidad de
adaptación del otro, su actitud interna para mantener la
calidez en su vida.
En este orden de ideas, es preciso humanizar los servicios de
salud; es decir, humanizar a las personas que trabajan en
ellos. Considerar que no solo la ciencia es necesaria para
formar un profesional de la salud, sino también la filosofía,
los sistemas de creencias. Si un médico o una enfermera
tienen claros estos campos les será más fácil respetar las
creencias y expectativas de sus pacientes y en consecuencia
ayudarles mejor en el proceso de la muerte. Muchas veces
las plegarias, los cirios que se ponen cerca de un paciente le
dan más tranquilidad que cualquier medicamento. Se trata de
ver al paciente como a una persona completa en la dimensión
de sus creencias y su contexto cultural
Es preciso también dejar de ver la muerte como una derrota
de la medicina. Retomando a Hipócrates, reconocer que hay
personas que deben morir a pesar de la medicina, y saber que
eso no está mal. El médico está llamado a ayudar a morir, a
que ese proceso natural transcurra de la forma más
confortable y natural que sea posible. Por eso Napoleón
decía que los médicos, llevados por un cientificismo
deshumanizado hacían las cosas más difíciles al momento de
la muerte.
Yo insisto en que los profesionales de la salud deben tener
unos valores que vayan más allá de la ciencia y se acerquen a
las dos virtudes indispensables para humanizar su práctica: la
compasión y la capacidad de diálogo. Compasión, como la
palabra indica, es estar acompañando a la pasión, es sentir el
dolor del otro. En el caso del morir y la muerte, se acompaña
el dolor y el sufrimiento de la persona que está próxima a
partir. Aquí quiero hacer una distinción entre dolor y
sufrimiento, porque no todo dolor produce sufrimiento, y
viceversa: a uno le duele algo en el organismo, pero el que
sufre es el ser. Desafortunadamente, a los profesionales de la
salud se los capacita para curar el dolor, pero muy pocas
veces para tratar el sufrimiento. El paciente sufre desde su
ser, porque como dice Espinosa, «Todo ser quiere
permanecer en su ser». Cuando el ser humano se siente
amenazado en su integridad, sufre. Por eso todo paciente es
metafísico, su sufrimiento es ontológico. Es preciso entonces
que el profesional de la salud tenga compasión por el
sufrimiento del paciente y lo acompañe en ese sufrimiento,
independientemente de que sienta o no dolor. Muchas
personas mueren sin experimentar ningún dolor físico, pero
sí angustia por la posibilidad de desaparecer como ser. En
este sentido el diálogo es crucial, porque nos permite
acercarnos al paciente. Toda persona en trance de muerte
quiere dialogar, y tanto los médicos y enfermeras como los
familiares tienen miedo de hablarle. Por eso se debe estar
abierto a hablar de la muerte cuando el paciente lo requiera,
o bien respetar su silencio: muchas veces un llanto callado
expresa más que cualquier palabra.
Mi recomendación es que todos reflexionemos sobre lo que
significa la muerte desde el punto de vista de nuestras
creencias, de nuestro contexto cultural y de nuestra particular
manera de entender el mundo. Insisto especialmente en que
los profesionales de la salud tengan muy clara su posición
frente a la muerte para que puedan ayudar a otros, no solo a
vivir, sino a tener una actitud serena y esperanzadora en el
momento de su muerte.
Cuando este tipo de reflexión se da en una familia, en una
sociedad, el morir se hace menos doloroso. Verbalizar las
situaciones de muerte ayuda a conjurar el miedo y hace más
fácil afrontar la realidad del hecho de morir. Si nos
culturizamos hacia una actitud sana y positiva frente a la
muerte, si no huimos de ella y acompañamos a la persona
que está muriendo ofreciéndole amor, compasión y apertura
a lo que quiera expresar, la muerte no será más una tragedia
dolorosa sino un hecho natural.
4. MUERTE Y SALUD MENTAL
Mario Ruiz Osorio
«Hablar, hablar para no morir,
amar la palabra para no perderme.
La palabra es mi luz,
el fuego interior
donde caliento mis manos»
(Gloria Posada)
Cuando uno aborda la muerte desde el punto de vista de la
psicología, especialmente desde la psicología tradicional,
constata que esta disciplina todavía tiene raíces muy hondas
en la biología y la medicina, y que en este sentido la
psicología se aproxima a la muerte con todas las
herramientas de las ciencias biológicas. Sin embargo existe
una propuesta, el psicoanálisis, que promete posibilidades
más integradoras de abordar el tema de la muerte.
Aparece por ejemplo el concepto de la muerte como la
sombra de la vida, como esa presencia oculta en el
inconsciente de todos los seres humanos, que
paradójicamente la convierte en una especie de ideación de
inmortalidad: la mayoría de las personas sienten la muerte
como algo ajeno, algo que les ocurre a otros, nunca a ellos.
El mismo Freud afirmaba esta idea de inmortalidad que
alberga el hombre. Y la verdad es que buena parte de
nuestros hábitos parecerían confirmar esta idea, pues
fumamos, tomamos licor en exceso, comemos alimentos
ricos en grasas o practicamos deportes de alto riesgo como si
nuestra vida fuera a durar por siempre. Así, el psicoanálisis
describe la existencia como una pugna entre la vida y la
muerte. Tendemos a la vida, pero la muerte está siempre a
nuestras espaldas. Sin embargo, esta no es una visión
fatalista; al contrario, saber que la muerte camina dos o tres
pasos atrás nuestro debería inspirarnos para valorar más la
vida, para vivirla con mayor consciencia y pasión.
¿Cómo relacionamos entonces los conceptos de muerte y
salud mental? Recuerdo una definición de salud mental
especialmente significativa: salud mental es reconocer que
en uno también hay una parte enferma. Es decir, que los
seres humanos gozamos de condiciones de armonía, de
vitalidad, pero a la vez albergamos tristeza, neurosis,
depresión. En cada uno conviven aspectos luminosos y
oscuros, pero desconocemos los segundos y queremos estar
siempre dentro de los límites de la tranquilidad y la felicidad.
En consecuencia, vemos la muerte como una fatalidad, una
derrota. Y extrañamente persistimos en desafiarla, nos
movemos impulsados por la tendencia a ser divididos por la
muerte, a desaparecer tras ella.
Cuando nos pensamos como un ser muerto, desaparecido,
sentimos horror y tratamos de alejar ese pensamiento,
tratamos de exorcizar la presencia de esa gran desconocida
que, justamente porque no la conocemos, nos causa temor y
dolor. La muerte, digámoslo así, es vista por la mayoría de
los seres humanos como el lazo que está alrededor del cuello
del ahorcado, es la amenaza de un final que puede llegar en
cualquier instante. No obstante, lo que da sentido al
recorrido de la vida es justamente la existencia de la muerte:
la vida es un camino que todos recorremos para llegar al
mismo lugar. La consciencia de la muerte nos posibilita
construir una existencia, la inminencia de nuestra
desaparición nos lleva a construir una obra que nos
trascienda y deje una huella. Como bien decía Nietzsche,
«Lo que uno viene a hacer aquí es una obra». Para muchos,
la vida es una obra que finaliza con la muerte. Pero, ¿en
realidad no queda nada de nosotros? La memoria de nuestra
obra queda con nuestra familia, con las personas que
compartieron nuestro trabajo, con aquellos con los que
tejimos vínculos. Pensemos por ejemplo en Sócrates, que
vivió hace casi dos mil quinientos años. Aunque su cuerpo
material ha desaparecido, su pensamiento sigue vivo entre
nosotros. La muerte, entonces, encuentra sentido en la
existencia.
Pensar en la muerte no solo significa imaginar cómo será el
momento en que expiremos, de qué modo dispondrán de
nuestro cuerpo los que queden o qué nos pasará después de
muertos, según nuestros miedos y creencias religiosas.
Pensar en la muerte implica comprender que hay situaciones
en nuestra vida que son también pequeñas muertes. Una
depresión, un revés económico, el fallecimiento de un ser
querido. Sucesos que rompen el orden de la vida y nos
obligan a construir una realidad nueva. Si en lugar de eludir
la angustia por la pérdida intentáramos enfrentarla, asumirla
como parte de la existencia, nos acercaríamos a ese momento
de verdad en el que nos reconocemos como seres frágiles,
vulnerables, y podríamos pensar en la muerte con más
serenidad. Sería posible que llegáramos al final de nuestra
existencia aceptando que la misma se mueve entre lo
positivo y lo negativo, lo trascendente y lo intrascendente, y
que la muerte no es más que el otro polo de la vida.
Pero así como no pensamos en nuestra muerte, se nos
dificulta también pensar en la muerte del otro cuando ese
otro es un ser querido. Y cuando esa muerte nos toca, cuando
perdemos a alguien que amamos, aparece el proceso
psíquico del duelo. Un proceso doloroso, que desencadena
toda clase de reacciones físicas y anímicas mediante las
cuales reelaboramos el significado que ese ser tenía en
nuestra vida. Un tiempo que debe ser vivido a consciencia,
pues el hecho real de la muerte de alguien cercano nos
confronta con la idea que tanto eludimos de nuestra propia
desaparición. Por eso, si no vivimos el duelo con
consciencia, nos condenamos a hacer de él algo patológico y
a revivirlo de manera dañina más adelante.
¿Cuáles son esas conductas lesivas al momento de elaborar
un duelo? La primera es la negación, engavetar el dolor en el
último lugar del pensamiento y de la acción. No volver a
hablar de la persona fallecida ni expresar los sentimientos
que se generan por su ausencia. Toda esta energía reprimida
y no elaborada se acumula en el interior y finalmente se
desborda en estados como la melancolía o la depresión
profunda en los que el sujeto pierde su autoestima y cae en
una indiferencia total con respecto al mundo. Aquí es
necesario considerar que en esta represión del duelo y su
posterior manifestación en una situación patológica inciden
mucho las características de la personalidad, como en el caso
de las personas muy dependientes que basan su seguridad y
el sentido de su existencia en el otro. Cuando este tipo de
personas sufren una pérdida, tienen menos recursos
interiores para enfrentarla.
Otro factor que puede desatar patologías es cultural: nos
educan en la idea de que todo es susceptible de reparación,
de que cualquier pérdida puede ser subsanada. Dicha
creencia persiste como una fantasía animista que obstaculiza
la aceptación de la partida definitiva de un ser querido
cuando este muere. Cuando esta negación llega a extremos,
cuando el duelo es reprimido, las personas caen fácilmente
en la depresión y en estados aún más graves, como la
autoagresión (alcoholismo, drogadicción, trastornos
alimentarios y del sueño) e incluso el suicidio. Es preciso
que vivamos el dolor sin la represión o la moderación que
nos exige la cultura, abandonando el miedo a sentir y a
expresar lo que sentimos.
En resumen, negar la muerte, ignorar su posibilidad o su
presencia, es la causa, por un lado, de patologías durante el
duelo, y por otro, de un menor nivel de aceptación, de
conexión y fluidez con la vida. Porque como hemos dicho, es
justamente la muerte la que nos posibilita hacer una vida.
Cuando en vez de huir de ella nos decidimos a pensarla,
cuando nos disponemos a estar presentes en el dolor que
puede traer consigo, nuestra vida se enriquece y se toca con
pensamientos y emociones de una profundidad que
desconocíamos. De este modo la muerte potencia una
creatividad, un querer hacer, un interrogar continuo de la
realidad. Empezamos a encontrar en el dolor una puerta
abierta hacia nuestro mundo interior, una oportunidad de
crecimiento. Dejamos de ser espectadores pasivos de nuestra
existencia y empezamos a vivir más intensamente penas y
alegrías, éxitos y fracasos, encuentros y soledades.
Siempre encontraremos en nuestra existencia situaciones que
escapan a nuestro control. Y en vez de sentirnos
todopoderosos, podemos acudir a otro que nos ofrezca
consuelo y orientación. Ese otro puede ser un profesional, un
buen amigo, un miembro de la familia. En este último caso
vale resaltar que una familia que comparte su dolor en un
proceso de duelo seguramente va a ver fortalecidos los
vínculos entre sus miembros. El soporte emocional que se
brindan entre sí incrementa el diálogo, estrecha el afecto y
hace visibles las fortalezas y debilidades de la relación
intrafamiliar para que todos sus miembros aprendan de ello.
Frente a la idea de la muerte, es preciso empezar a pensar en
eso que somos, en esa alma que nos lleva a emprender
nuevos caminos y a ver el mundo del color que decidamos.
Si no nutrimos nuestra alma, las pérdidas y dificultades de la
vida solo serán fuente de ansiedad, de amargura y de
depresión, en lugar de ser fuente de aprendizaje y de
crecimiento interior. Y ese cultivo del alma parte de
conocernos, de mirar siempre hacia nuestro interior para
descubrir nuestras fortalezas y debilidades de modo que
podamos incrementar las primeras y trascender las segundas.
En las penas y en las alegrías, el mejor texto que podemos
leer, el mejor maestro al que podemos acudir es nuestra
propia alma. Busquemos la respuesta que está siempre
disponible en nuestro mundo interior para orientar con
certeza nuestros pasos.
5. LA AGONÍA PSÍQUICA
Mario Ruiz Osorio
«Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera
de mi cuerpo. Descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y
desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño.
Todavía un instante, contemplemos juntos las riberas
familiares, los objetos que, sin duda, no volveremos a ver.
Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos».
(Marguerite Yoursenar)
Desde un punto de vista orgánico, se piensa que las últimas
48 horas que vive un paciente terminal son la etapa de la
agonía, cuando es imposible detener la enfermedad y lo que
se sigue con certeza es la muerte. La medicina establece una
serie de síntomas para determinar si un paciente ha entrado
en estado agónico: los estertores que la gente llama
comúnmente «el ronquido de la muerte», y que se
caracterizan por una respiración ruidosa y por la dificultad
para tomar aire y exhalarlo; el dolor físico; la incontinencia
urinaria, o por el contrario, la retención de orina; la inquietud
y agitación; las náuseas y vómitos; el dormir intranquilo, que
se evidencia en movimientos oculares aunque la persona esté
sedada; la sudoración excesiva; los rasgos, especialmente la
nariz, perfilados; cambios en la temperatura, el color y la
textura de la piel, y por último, la llamada lacrima mortis, o
última lágrima que puede resbalar por las mejillas poco antes
de morir.
Todos estos síntomas nos remiten a la agonía en su aspecto
orgánico. Pero ocurre que también se puede hablar de agonía
desde una perspectiva psíquica, aunque la investigación
sobre la misma haya estado dificultada justamente por la
situación de los pacientes. Sin embargo, ha sido posible
recoger testimonios de esta vivencia con algunos pacientes
que lograron llegar lúcidos hasta el final o con los familiares
que acompañaron a sus seres queridos en esos últimos
momentos.
Lo anterior, añadido a mi experiencia personal cuando he
podido presenciar la muerte de varias personas, me permite
afirmar que aunque cada uno tiene su propia manera de
afrontar ese último momento, hay algo que sí determina el
encuentro con la muerte, y es el modo como se ha vivido.
Porque la agonía conlleva el proceso de devolverse, de
pensar en lo que se hizo y lo que se dejó de hacer para llegar
a un balance definitivo. En consecuencia, estos últimos
momentos evidencian lo que la persona ha sido, eso sí, de
acuerdo con el nivel de consciencia con que pueda vivirlos,
porque recordemos que hoy en día muchos pacientes
agonizan completamente sedados, sin tener la posibilidad de
expresarse. Cabe anotar también que en la mayoría de las
investigaciones se privilegian los casos de quienes sufren
hasta el final y no de quienes llegan a la muerte en paz y con
aceptación, tal vez porque se estudia más aquello que es
digamos anómalo.
Como si se tratara de la explosión de una supernova, la
agonía puede recoger en pocos instantes la vida entera de un
sujeto. Morimos como vivimos. Por ejemplo, he visto casos
en los que la familia le pide a su ser querido que exprese
todo lo que siente, cuando la realidad es que la persona ha
vivido en silencio, sin abrir su corazón a los demás. Y
aunque en estos momentos extremos algunos logran hacer un
cambio, por lo general su partida corresponde a lo que ha
sido su existencia. Por eso sostengo que uno vive hasta el
final; que la agonía puede ser más dolorosa cuando no se han
reparado viejos asuntos personales, cuando la vida ha sido
vivida como una derrota. La muerte entonces es el momento
del balance, es la oportunidad de verse con y en el otro y
decidir cómo será nuestra partida.
Como se dijo, cada uno tiene su forma personal de encarar
ese último momento. Hay quienes se quedan en absoluto
silencio desde mucho antes del final; es una mudez a la que
he llamado heroica, porque el individuo se condena a sí
mismo a una soledad interna y externa con la que expresa
que cualquier intento de los demás por mantenerlo en el lado
de la vida no significa ya nada. Y uso el calificativo de
heroica porque se necesita valor para morir solo, negándose
a la palabra.
La agonía onírica es la de los pacientes que por su condición
clínica mueren completamente sedados. El sujeto habita en
su inconsciente gracias a un sueño artificial, y por lo general
la muerte ocurre sin que la persona se dé cuenta, ya que los
límites entre la vida y la muerte se hacen difusos. Hay otros
casos, considerados patológicos, en los que la persona está
en un estado de inquietud porque ha desarrollado una
tendencia paranoica que la lleva a sentirse amenazada, a
pensar que sus cuidadores están confabulados para hacerle
daño.
Y están por supuesto los muchos pacientes que conservan su
lucidez hasta último momento y que se comunican con la
palabra, con los gestos, para mantener una cercanía con sus
seres queridos y vivir su muerte con plena consciencia, casi
como si fuera un ritual.
La observación de todas estas particularidades propuso un
nuevo enfoque en el estudio de la agonía que no se limitara
al concepto médico. Una de las hipótesis iniciales parte del
hecho de que la certeza de la muerte hace que los sujetos
entren en un estado de desconcierto al ver amenazada su
vida. En ese sentido cabe preguntarse si la agonía puede
circunscribirse a las últimas 48 horas de vida, o si la persona,
desde su psiquis, pone en acción todas sus defensas para
asistir a ese yo que se horroriza con la idea de que va a
desaparecer. Sabemos que ese miedo a la muerte está
alimentado por la negación misma al hecho de que todos
vamos a morir que caracteriza nuestra cultura. Pero además
está unido al miedo a la enfermedad, a las limitaciones y
mutilaciones tanto físicas como mentales y emocionales que
se espera que la enfermedad traiga. Eso sin contar con el
aislamiento de la vida social y laboral que sufre el sujeto
enfermo.
Cuando aparece una enfermedad mortal todas las defensas
entran en juego, y el sujeto, de espaldas al diagnóstico, hace
hasta lo imposible por deshacerse de él. Pero desde el
momento mismo en que surge este diagnóstico la persona
empieza a padecer agónicamente; empieza a desvanecerse la
energía psíquica y poco a poco se sueltan los lazos que la
mantienen atada a la vida.
Recordemos que la palabra agonía viene del griego agone,
que significa lucha, combate. En ese sentido podríamos decir
que la vida misma es una agonía. Pero el criterio que marca
la diferencia es que cuando no estamos enfrentados a una
certeza de muerte, cuando no pende sobre nosotros un
diagnóstico de muerte inminente le hacemos el quite a lo
ineludible y vivimos la vida negando la posibilidad de su
final. En cambio la persona que sabe de esta inminencia
registra la agonía en su psiquismo en forma muy dramática,
incluso en los casos en que logre negarla por un tiempo.
Ahora bien, ¿el paciente terminal presiente que su muerte se
aproxima? En mi experiencia con pacientes terminales he
podido constatar que la aparición de la angustia es siempre
señal de que algo está pasando. Esta angustia puede
originarse en fuentes somáticas (dolor, vómito incontrolable
u otros) o en fuentes psíquicas como los sueños. El enfermo
tiene exacerbada su sensibilidad y es capaz de captar toda
clase de mensajes acerca de su verdadera condición. La
familia, por ejemplo, mediante sus actitudes, palabras y
silencios le da al paciente mensajes explícitos y subliminales
acerca de la gravedad de su estado y lo doloroso que resulta
para todos. Lo usual es que entre el enfermo y sus seres
queridos se establezca eso que llamamos «la conspiración
del silencio», en la que cada uno, a su manera, hace lo
posible para que el otro no sufra. Es un pacto de compasión
y de protección entre los miembros de la familia, aunque en
el fondo lo que sustenta dicho pacto es la inminencia de la
muerte.
Para ilustrar un poco lo que ocurre en la agonía psíquica
traigo a colación uno de los casos que atendí. Se trataba de
un hombre de cincuenta años que padecía leucemia. En las
primeras consultas utilizaba un discurso muy racional; de
hecho, parecía saber más sobre su enfermedad que cualquier
oncólogo. Pero más o menos en la quinta sesión me narró un
sueño que lo había llenado de angustia: se veía perseguido
por perros grandes y negros, animales a los que siempre
había temido. A lo lejos veía una puerta; cuando llegaba
tocaba y le abrían, y cuando daba la vuelta para mirar hacia
atrás veía que una malla lo separaba del camino. Los perros
llegaban y saltaban contra la malla, tratando de traspasarla.
«Me sentía solo —decía—, sin nadie que me pudiera ayudar,
como si estuviera completamente abandonado en el mundo».
Esa expresión de su inconsciente hizo posible que el sujeto
empezara a asumir la angustia y el horror que sentía por su
enfermedad. Los símbolos del sueño eran muy claros: los
perros eran el cáncer y la malla de alambre las células. A
partir de ese día comenzó a tomar nota de las situaciones que
le causaban zozobra y que lo internaban en su agonía
psíquica. Es así como un día, desde su apartamento, vio una
torre que siempre le había gustado mirar. En ese momento
tuvo consciencia de que tal vez nunca más iba a volver a
repetir la visión de esa torre, y ya no le pareció tan bella.
Ese desapego, esa desvinculación del mundo es lo que trae
consigo la agonía psíquica. Un desapego matizado por la
depresión, la angustia, la mortificación. Es en ese punto
donde la persona, en vez de pensar «Me voy, y me voy
tranquilo», piensa con angustia. «¡Me voy, y cuánto voy a
dejar tras de mí!». El referente que funda esa agonía es saber
que se padece una enfermedad mortal; y este referente la
diferencia de las agonías que nos trae la vida en sí misma,
con sus tristezas, pérdidas y despedidas.
En el ejemplo de mi paciente, la tristeza con que observaba
desde su ventana la torre es uno de los elementos que
caracterizan la agonía psíquica. La tristeza que implica
desvincularse del mundo, desprenderse para siempre de la
energía psíquica que nos nutre, desatar los vínculos que nos
atan a la vida y a los seres que amamos. Y aquí hay un
acercamiento a la experiencia del duelo.
Sabemos que en el duelo debemos elaborar la pérdida de los
seres, los objetos, los lugares y circunstancias que amamos.
Y sabemos además que el duelo nos lleva a dar el paso hacia
un estar sin ese objeto amado. En el caso particular del duelo
que se hace cuando hay una enfermedad mortal son dos los
objetos perdidos: la salud, con todos los cambios que esta
pérdida conlleva; y la misma vida, que se pierde
paulatinamente mientras se hace ese proceso de
desvinculación, de cortar amarras. Esto hace que el paciente
sienta una soledad inconmensurable, que abarca toda su
esfera anímica. Por eso se puede decir que en definitiva uno
muere solo, aunque se esté rodeado de comodidades y de
seres amados. Porque en lo inconsciente, en la vida psíquica,
se muere solo, y esa es la gran verdad que debe asumir poco
a poco el enfermo. Y ese es su duelo anticipado, aquel cuyo
desenlace lo lleva a despedirse finalmente de la vida. Porque
el otro duelo, el que hacemos cuando perdemos a alguien,
nos conduce finalmente a hacer nuevos lazos con la vida.
En algunos casos esta agonía psíquica anega por completo la
consciencia del paciente, se convierte en una idea fija que le
impide otro pensamiento que no sea su muerte inminente, su
renuncia a la vida. Es su alma la que agoniza, y se abandona
al dolor y la tristeza; pierde todo su impulso vital y se
sumerge por completo en el pensamiento de su inminente
partida.
Toda esta investigación acerca de la agonía psíquica me lleva
a proponer que junto con las ideas de que la muerte es un
tránsito bello, casi místico, se piense también que quien está
a punto de morir puede estar sintiendo un intenso dolor
emocional que reprime para no lacerar a los suyos. Saber que
hay una agonía que se vive en la más absoluta soledad puede
motivarnos a tratar de recuperar la palabra, la cercanía, con
ese ser que está a punto de partir. Tal vez no sea posible
compensar su soledad, pero al menos podemos tratar de que
la persona que se nos va se sienta humana hasta el final.
LA MUERTE EN LAS DIFERENTES ETAPAS DE LA
VIDA
6. LA MUERTE DEL ADOLESCENTE
Adolfo León Ruiz Londoño
«La verdad de la vida es la vida misma, cuyo principio no
está en el vientre y cuyo final no está en la tumba». (Khalil
Gibrán)
Empecemos por recordar que la adolescencia es una etapa de
la vida, un proceso por el que pasa el ser humano en la
segunda década de su vida y mediante el cual reorganiza su
cuerpo, sus emociones, su modo de pensar, el sentir de sí
mismo y sus relaciones con los demás y con el medio. Es
una etapa crucial de la existencia, sobre todo porque es el
momento en que el individuo se hace dueño de su vida.
Muerte y adolescencia están relacionadas, porque aunque
suene paradójico, la adolescencia es un momento de grandes
pérdidas: el adolescente muere a todo lo que tiene que ver
con ser un niño, es decir, muere a una parte de sí mismo. Del
mismo modo, mueren simbólicamente los padres del niño,
para que puedan surgir los padres del joven y del adulto.
Muere también la imagen corporal de la niñez. Tal vez por
eso es usual que los adolescentes se vean mucho al espejo y
se preocupen por su aspecto físico: buscan reconocerse,
conocer otra vez su cuerpo para identificarse con su nueva
condición. En definitiva, todas estas muertes nos hablan de
que algo nuevo emerge, nos recuerdan que la adolescencia es
un proceso de dejar ir para que la vida cobre un nuevo
sentido.
Pero la muerte también está presente en los pensamientos y
emociones de los adolescentes. Pensamientos y emociones
que no se relacionan necesariamente con un deseo real de
morir, sino que representan esos cierres que están
experimentando. Aunque no son descartables los casos en los
que tales pensamientos sí son signos de que el tránsito de la
niñez a la juventud y la adultez se está viviendo con
dificultad. A diferencia del niño, que se representa la muerte
como un estado no definitivo de quietud, el adolescente sí
percibe la muerte como el final irreversible de la vida.
No obstante, el adolescente es en esencia un ser amante de la
vida. Por eso, en caso de enfrentar una enfermedad terminal,
su primera reacción es la negación. Y en los casos en que
expresa el deseo de morir, la mayor parte de las veces este
deseo está más ligado a la necesidad de verse libre del
sufrimiento que le causa la enfermedad. El adolescente,
como el niño, depende mucho del soporte emocional de su
familia, y esta dependencia se acentúa en presencia de una
enfermedad terminal. La forma como él enfrenta su
condición suele estar muy determinada por su relación con
los suyos. Por lo general, para la familia es muy difícil
aceptar la idea de que alguien que apenas se asoma a la vida
va a morir; y esta negación le dificulta al adolescente
elaborar la idea de la inminencia de su muerte.
La muerte de un niño o un adolescente representa todo un
proyecto de vida truncado, un sueño de futuro que se esfuma.
A pesar de que, como dice una canción, «la vida no es un
cuaderno cuadriculado sino una golondrina en pleno vuelo»,
la muerte de alguien tan joven se experimenta como una
ruptura, una subversión del orden natural de las cosas. Y
aunque nadie está preparado para su propia muerte, ni puede
elaborar de modo absoluto el hecho de morir, sí es posible
pensar en la muerte bajo una óptica nueva, de modo que
todos podamos ser acompañantes amorosos de ese tránsito
cuando se requiera.
En el caso de un adolescente próximo a morir, la familia
juega un papel fundamental en este acompañamiento: estar
allí para que él pueda hacer el proceso de desprenderse poco
a poco de la vida y hacer su tránsito a la muerte en la mayor
paz posible. Y ese estar allí parte de la aceptación de esa
partida que cada vez está más próxima. Solo cuando la
familia puede reconocer esta realidad puede elaborarla y
cumplir su rol de soporte para que no se dé la situación,
bastante común, de que el adolescente que está muriendo
termina por ser el apoyo de sus padres, cuando es él el que
necesita ser apoyado.
Este apoyo de los padres se expresa en hechos tan básicos
como hablar con su hijo abiertamente acerca de la muerte.
Dicho diálogo parte de aceptar que la muerte misma
conforma la realidad de la existencia, y que esta última
continúa después de que una vida específica se extingue. La
mayoría de los adolescentes, cuando se enfrentan a la
realidad de una enfermedad terminal, saben que van a morir
y se preocupan por lo que vaya a pasar con sus padres; de ahí
que callen, y que con su silencio terminen siendo un apoyo
para ellos. Por eso es tan importante que con delicadeza,
respeto y amor, los padres propicien hablar de la muerte con
su hijo adolescente.
Respecto a las muertes violentas, podríamos discriminar dos
posibilidades: la acaecida por una situación fortuita como un
accidente o un crimen, y la que ocurre por suicidio. Y
aunque en un sentido estricto no se consideraría como un
suicidio, también podemos distinguir la muerte que es
«buscada» por los adolescentes que desafían el peligro y se
exponen a toda clase de situaciones peligrosas sin
importarles la posibilidad de morir. La muerte es vista como
un precio que en un momento dado se puede pagar a cambio
de la emoción que trae consigo vivir con intensidad el riesgo.
Son múltiples las causas del suicidio en los adolescentes. Su
ocurrencia se ha incrementado en asocio con situaciones
como el cambio en la estructura familiar, las presiones
sociales o la falta de oportunidades. Aquí es necesario
considerar la diferencia entre el adolescente que en ocasiones
habla de su deseo de morir pero que no necesariamente está
en riesgo, del adolescente cuyo pensamiento y expresión
mórbidos, insistentes alrededor de la muerte, son signo de
alerta para quienes lo acompañan. De cualquier modo, la
sola mención del suicidio constituye un aviso que hay que
atender. Por eso insisto en que una de las mejores estrategias
para prevenir el suicidio en los adolescentes es justamente
hablar, hablar de la muerte, propiciar momentos para
expresar esos pensamientos sombríos; hay estudios que
muestran que cerca del 80% de los adolescentes que intentan
suicidarse o que lo logran han tratado de hacer saber a los
suyos que han perdido el apego o el sentido de la vida.
Por eso reafirmo que la mejor ayuda para un joven que
enfrenta una experiencia directa de muerte, bien sea por
intento de suicidio o por una enfermedad terminal, es dar
lugar a la palabra. Con sensibilidad, tacto y afecto, hablar
con el adolescente para que él reconozca y enfrente la
situación de muerte sin enmascararla ni restarle importancia;
solo de este modo es posible ubicar esa muerte como una
parte de la dimensión total de la vida. Nombrar las
situaciones, los pensamientos, las emociones, porque el
silencio no hace más que agravar la angustia. Pensamos
equivocadamente que propiciar la expresión de estos asuntos
profundiza el trauma personal y familiar, cuando en realidad
sabemos que el aparato psíquico del adolescente está
haciendo un esfuerzo por restaurar la normalidad. Y expresar
los sueños, las ansiedades, los recuerdos, contribuye a esta
tarea de equilibrio. En ocasiones la asistencia de un terapeuta
puede ser necesaria para apoyar y encauzar el diálogo que se
abra en la familia. Adicionalmente, su papel puede ser
ayudar a otros miembros del grupo familiar que también
necesiten terapia.
Una vida que termina en la juventud nos es una vida que se
trunca. Tal vez hayan quedado ideales sin cumplir, sueños
que no hubo tiempo de realizar; pero es más positivo pensar
que no fue una vida brutalmente interrumpida, sino una vida
que alcanzó su culminación en un tiempo más breve.
7. EL ADULTO JOVEN FRENTE A LA MUERTE
Mónica Duque Mejía
«Elévate, alma mía, tu sitio está en lo alto mientras mi tosca
carne se hunde para morir aquí». (William Shakespeare)
Como con cualquier período del ciclo vital, no es posible
poner límites estrictos de edad a la etapa del adulto joven. En
general se considera adulto joven a la persona que está entre
los 18 y los 50 años, o sea la fase productiva y reproductiva
en la vida de hombres y mujeres. Es en estos años cuando se
consolida la autonomía al hacer la separación de la familia
de origen para construir una familia propia o para asumir la
vida como adulto independiente. Además es en esta etapa de
la vida cuando se decide elegir una profesión y se hace una
carrera en el ámbito laboral, artístico o vocacional.
Pero esta es también una etapa de pérdidas y duelos que en
últimas fortalecen y otorgan madurez a la persona: divorcios,
desempleo, enfermedad, reveses económicos, muerte de
seres queridos. Junto con las alegrías de la vida se presentan
también las penas, pero unas y otras son oportunidades de
crecer y hacer consciencia.
La primera pérdida ocurre al comienzo de la etapa del adulto
joven, cuando se rompe el cordón umbilical con la familia de
origen para formar un grupo familiar propio; y al final de la
etapa se vive otra pérdida, al ser preciso renunciar a la
relación que se tiene con los hijos cuando estos son niños,
para vivir una nueva forma de relacionarse con ellos cuando
entran a la adolescencia y luego a la juventud. También es el
momento en que se puede perder a los padres, porque por lo
general estos ya son ancianos. Esta pérdida no solo está
representada en la muerte misma, sino en las nuevas
circunstancias que aparecen por el proceso de
envejecimiento de los padres y por el deterioro de su salud.
Ahora bien, de todos estos duelos, quizás el más difícil de
sobrellevar sea el de enfrentarse a la realidad de una
enfermedad catastrófica (diversos tipo de cáncer, lupus, sida,
esclerosis, entre otras) y a la posibilidad de morir, ya que no
solo se encara un deterioro biológico difícil, sino que se vive
un complejo conjunto de procesos psíquicos que varían
según la realidad personal y cultural de cada persona. Desde
serenidad y aceptación hasta reacciones de miedo y
sufrimientos extremos, cada ser afronta a su modo la
amenaza de morir.
A la par con los procesos patológicos que amenazan a largo
plazo la sostenibilidad de la vida, la persona recorre un
camino interior que va desde el reconocimiento inicial de la
enfermedad, hasta el momento mismo de asumir y vivir su
muerte. A lo largo de este recorrido el enfermo terminal
retira gradualmente su interés en el mundo que lo rodea, en
su familia, en los planes que tenía para un futuro. En este
duelo, centra en cambio su atención en el cuerpo enfermo y
en la búsqueda de alternativas para aliviar el dolor y hacer
más tolerable el sufrimiento.
Por lo general, el momento mismo del diagnóstico es el más
traumático. Negación, ira, depresión, son emociones
comunes que se suceden una a la otra; incluso puede ser
posible que la persona se sienta culpable, que asuma su
enfermedad como un castigo. De una u otra manera acude a
mecanismos de defensa como relativizar el tono trágico de la
muerte o se refugia en la religión o en explicaciones mágicas
para sobrellevar la angustia. Angustia que, en el caso del
adulto joven, se ve agudizada por el sentimiento de ver
frustradas todas sus expectativas de vida; por el dolor de
perder, en una etapa de la vida en la que se considera que
todo es lograr. Por cuenta de su enfermedad, el adulto joven
debe renunciar entonces a la estética de su cuerpo, a la salud
del mismo, a la vitalidad, a sus planes para el mañana, a su
vida laboral, a su vida familiar, a sus contactos sociales. Pero
además debe lidiar con la preocupación de lo que pasará con
los suyos, pues en este momento de su vida es el principal
proveedor no solo de sus hijos, sino en ocasiones también de
sus padres.
Las reacciones emocionales que caracterizan este duelo son
variadas. Entre las más comunes está la incredulidad, el
sentirse anonadado y confuso, sin saber qué creer, pensar y
hacer; en este caso es usual que haya irritabilidad. Las
respuestas más sanas, en general, son las que denotan
aceptación de la realidad de lo que ocurre, y se expresan
como miedo y tristeza ante la circunstancia amenazante. La
mayoría de las personas ha podido desarrollar un sistema
psíquico de defensa con solidez suficiente para afrontar la
muerte. Aunque en el momento inicial la persona se sienta
derrotada e incapaz de afrontar lo que ha ocurrido, viviendo
el día a día encuentra la fuerza y los recursos para hacerlo.
Así, son cada vez más recurrentes los pensamientos que
buscan soluciones y ven posibilidades; en un proceso que es
gradual, se pasa de ver el panorama completamente negro, a
mirar la situación desde una óptica más favorable. Y aunque
puede argumentarse que en esto hay oculta una negación, de
cualquier modo es más saludable llegar por esta vía a una
aceptación serena de lo que finalmente puede ocurrir.
Todas estas reacciones iniciales son normales y sanas. El
psiquismo recurre a ellas para protegerse y la familia debe
estar presente para observarlas y saber que en cualquier
momento el optimismo puede dar paso a la depresión más
severa, a la pérdida de interés por lo cotidiano, al abandono
del cuidado personal, de los hijos o del trabajo, a los
sentimientos de culpa. Unas y otras, optimismo y pesimismo,
serenidad y ansiedad hacen parte del proceso natural del
duelo y deben ser respetadas.
Estas actitudes de desamparo, de culpa y abandono no
afectan solo a la familia. También el personal médico debe
estar atento para apoyar al paciente cuando se presentan. De
hecho, unidas a la inminencia de la muerte, enfrentan a los
terapeutas con sus sentimientos de omnipotencia y los
obligan a reconocer que existe un límite a su accionar
terapéutico.
Cuando se vive un proceso de enfermedad terminal es muy
importante hablar con la verdad, porque es esta verdad la
base para aceptar la realidad y elaborar el duelo. La
información debe ser clara, oportuna y objetiva y estar
acompañada de esperanza, es decir, no desahuciar al paciente
en el sentido de no permitirle aferrarse a lo más alentador del
panorama, para asimilar poco a poco la gravedad de su
estado. Un psicólogo o un terapeuta especializado en duelos
pueden ser de gran ayuda al momento de digerir esta
información. Información que, vale la pena resaltar, debe ser
entregada por el médico tratante pues es quien conoce la
gravedad del cuadro, las terapias que se pueden seguir y los
probables resultados de las mismas.
Ahora bien, podemos considerar aquí una situación que
puede presentarse, y es la del paciente que se niega a aceptar
su enfermedad y llega incluso a rechazar alguna terapia
aunque sea necesaria. Es muy probable que en casos como
estos sea positivo revisar la relación del paciente con sus
médicos, porque por lo general hay una actitud sutil de
rechazo o de hostilidad en algún miembro del cuerpo
médico. Además, en los medios hospitalarios el paciente
entra en un estado de indefensión y de dependencia que
puede llevarlo a revivir viejos conflictos con figuras de
autoridad como el padre o la madre y a actuar de un modo
infantil. Entonces, la mejor acción del cuerpo médico es
auscultar profundamente el campo emocional del paciente
para apoyar y no entrar en conflicto.
Por supuesto, en las etapas finales de una enfermedad
terminal de un adulto joven es fundamental el apoyo de la
familia con una actitud de acompañamiento, de cuidado y
comprensión. Los seres queridos, además de cuidar, deben
cuidarse, buscar momentos de descanso y espacios
terapéuticos donde puedan ventilar sus emociones y expresar
los sentimientos de culpa, de impotencia, de miedo, de rabia,
de tristeza, tan comunes y tan humanos en procesos como
este. La familia puede sobrecargarse emocional, física y
hasta económicamente, y un terapeuta especializado puede
ayudar a que se expresen las angustias de modo que se
conserve el equilibrio y todos puedan ayudar a su ser querido
a tener un buen morir. Desde mi experiencia profesional he
visto que cuando las familias cuentan con la guía adecuada
para hacer un duelo anticipado, el abordaje de la muerte de
su ser querido se va haciendo más claro y a todos les resulta
menos difícil desprenderse y ayudar al otro a partir. Cabe
anotar que en estas ayudas adicionales a las del tratamiento
médico es posible incluir las terapias alternativas, que
pueden ayudar a aliviar el dolor y que son válidas si el
paciente y su familia encuentran alivio en ellas.
Para finalizar, preguntémonos ¿qué significa para la sociedad
la pérdida de un adulto joven? En nuestras sociedades, que
valoran tanto la productividad, la capacidad de consumo, se
habla de pérdida de años productivos de vida, un concepto
puramente económico. Entonces se hace el cálculo en
términos de pérdida de dinero, de productividad, como si la
vida no se justificara a sí misma. La realidad es que la
pérdida de un adulto joven es dolorosa no en términos
económicos, sino en términos afectivos, de creatividad, de
energía vital. Se está yendo alguien que es valioso para su
familia, para sus amigos, para su entorno laboral; se está
perdiendo un ser irremplazable, que expresa en su modo
particular y único todo lo que significa ser humano.
8. EL ADULTO MADURO HACIA LA MUERTE
Silvia Lucía Gaviria Arbeláez
«Tengo que partir, decidme adiós, hermanos, os saludo a
todos y me marcho. Devuelvo las llaves de mi puerta y
renuncio a todos los derechos sobre mi casa. Solo os pido
unas últimas palabras cariñosas. Fuimos vecinos durante
mucho tiempo, pero yo recibí más de lo que pude dar. Ahora
apunta el día, y la lámpara que iluminaba mi oscuro rincón
se apaga. Ha llegado la llamada y estoy dispuesto para el
viaje». (Rabindranath Tagore)
La etapa de la madurez corresponde a la edad comprendida
entre los 35, 40 años, y los 65 años. Es un tiempo de balance
porque el individuo hace un repaso de sus vivencias: toma
cuenta de sus realizaciones y se pregunta por aquello que se
le quedó sin cumplir. Si entre los 35, 40 años, se culminan
las grandes realizaciones, entre los 55 y los 65 años se vive
el disfrute de esas realizaciones.
Pero además de logros, el adulto maduro enfrenta pérdidas.
Es en esta etapa cuando su cuerpo inicia un proceso de
deterioro y empieza a sufrir diversas enfermedades, muchas
de ellas crónicas. Incluso alguna puede ser la causa de su
muerte, como el cáncer o la hipertensión arterial. Esto en el
campo físico, pues otros duelos pueden ser causados por la
muerte de los seres queridos. Y en el área laboral, un despido
o la jubilación son una muerte simbólica, porque el
individuo pasa de ser útil a sentirse no productivo, de
acuerdo con los estereotipos sociales.
En el caso de las mujeres, la edad de la madurez implica
pasar de la etapa reproductiva a la infertilidad, situación que,
también de acuerdo con las falsas creencias del medio, puede
ser vivida como un final. Pero el hecho real es que este
tránsito implica no una muerte de la feminidad, sino un
nacimiento a otras opciones, a nuevas vivencias, a libertades
y oportunidades nunca antes experimentadas. Obviamente, la
elección para vivir estos años según una u otra mirada
dependerá de la formación y la historia personal de cada
mujer. Si toda su autoestima está basada en el atractivo
físico, le será difícil asumir la pérdida no solo de su
capacidad de procrear, sino de su belleza. Pero si a lo largo
de su vida ha sabido dar prevalencia a otros valores más
espirituales, las pérdidas inherentes a la edad pasarán a un
segundo término en grado de importancia y la mujer recibirá
su vejez como una etapa más de la vida, con sus más y sus
menos, con sus opciones y oportunidades particulares.
Por último, estos años del adulto maduro coinciden con el
tiempo del «nido vacío», es decir, el momento en que los
hijos abandonan el hogar para hacer una vida propia. La
función de padre y madre desaparece, pero llega en cambio
la posibilidad de disfrutar una nueva etapa como pareja, de
reconciliarse, de disfrutar ese tiempo disponible ahora por
completo para los dos. En resumen, cada pérdida trae una
nueva ganancia, ninguna puerta se cierra sin que otra se abra
e invite a recorrer caminos hasta entonces desconocidos.
Ahora, cuando en esos años aparece la posibilidad de una
muerte cercana por una enfermedad terminal, son varias las
fases por las que la persona pasa antes de aceptar y adaptarse
a su situación. La primera es la negación: tras la conmoción
inicial el paciente siente que su vida se precipita al vacío y
entonces niega lo que está ocurriendo. Este mecanismo de
defensa no es negativo; al contrario, es una reacción de la
psiquis para enfrentar la situación y preservar íntegra la
personalidad. Sin embargo, lo sano es que la persona no se
quede en esta fase, sino que poco a poco y en la medida de
su capacidad vaya superando otras etapas que la conducirán
finalmente a una aceptación.
La etapa de negación podrá ser tan corta o tan larga como la
personalidad y los recursos interiores del sujeto lo
determinen. La forma como ha recibido la noticia, sus
apegos, su personalidad, las circunstancias de su vida, sus
relaciones familiares, todo incide para entorpecer o propiciar
la aceptación. Tanto la familia como el equipo médico deben
respetar esta fase que atraviesa el paciente y cuidarse de
imponer un ritmo, unas creencias, una visión acerca de lo
que se considera más sano, pues si cada cual tiene su manera
de enfrentar la angustia y los momentos difíciles, esto es aún
más cierto sobre algo tan trascendental como la propia
muerte. En este sentido vale decir que ni siquiera hay tiempo
estipulados desde el punto de vista médico: cada persona
vive el proceso a su ritmo y a su manera.
Después de la fase de negación viene la etapa de la ira,
aquella en la que el sujeto dice «¿Por qué a mí, por qué en
este momento de mi vida? ¿Por qué esta o aquella persona,
más anciana o enferma va a vivir y en cambio yo debo
morir? ». Su rabia se dirige contra esas otras personas a las
que ve sanas, contra su familia o contra sus médicos.
Después de la ira llega el pacto, con el que se manejan
pensamientos infantiles al estilo de «Si me porto bien, es
probable que a cambio reciba la recompensa de sanar». Se
hacen pactos con Dios: «Que Dios me deje vivir hasta que
mi hija se gradúe y después podré morir en paz». Y se
empieza a trabajar en función de ese pacto y de la
gratificación que se espera recibir, se actúa «bien», para
aliviar las culpas que muy probablemente afloran ante la
inminencia de la muerte.
Poco a poco llega el momento de la depresión, es decir, se
hace consciencia del sinsentido de los pactos, de tratar de
hacerle buena cara al mal tiempo y se empieza a admitir que,
definitivamente, se camina hacia el encuentro con la muerte.
Aparecen entonces los sentimientos de una reacción
depresiva, que luego da paso a una depresión preparatoria.
Es decir, en una fase inicial de la etapa depresiva el paciente
es capaz de hablar de la tristeza que siente al saber que
tendrá que abandonar a sus seres queridos, que todas sus
pertenencias (físicas, emocionales, intelectuales, laborales)
serán dejadas atrás. Pero luego entra en una depresión
silenciosa, en un mutismo que no es más que un encuentro
consigo mismo cuya finalidad es prepararse para su reunión
con la muerte. Y es entonces cuando llega finalmente a la
aceptación, que es la fase final.
Una pregunta que se hacen siempre los familiares del
enfermo es si este debe saber la verdad; en mi opinión
siempre es conveniente que la conozca, entre otras cosas
porque es imposible disfrazar la realidad y él mismo
terminará por descubrirla. Puede leer la angustia de sus seres
queridos, la preocupación de sus médicos. Es más, la mayor
parte de las veces en las que se omite darle una información
adecuada al paciente es porque el personal médico y los
familiares no han elaborado adecuadamente la idea de su
propia muerte.
El mismo paciente va dando indicaciones de qué tanto quiere
saber, sin necesidad de que reciba una información muy
detallada y catastrófica. Cuando le informamos al paciente
de lo que padece también estamos en la obligación de darle
esperanzas, porque aunque la enfermedad sea muy grave,
siempre existe la posibilidad de una solución. No se trata de
alimentar falsas expectativas, sino de ofrecerle luz con la
perspectiva de nuevos medicamentos o tratamientos. Mucho
menos se le debe hablar de plazos, porque ningún médico
puede saber con certeza cuánto puede durar un proceso de
estos, y darle a alguien una sentencia de este tipo riñe con la
prudencia y la compasión. Se trata de rodear al paciente, de
hacerle sentir todo el apoyo y amor de los suyos. Sin duda,
esto influirá positivamente en su autoestima y en su ánimo y
le dará fuerzas para lidiar con su enfermedad. De hecho, se
sabe que cuando el enfermo es abandonado física y
emocionalmente, el desenlace fatal puede ser mucho más
rápido.
La familia juega un papel fundamental a lo largo de la
evolución de la enfermedad. Al igual que el paciente está
desprendiéndose de sus seres queridos, estos están pasando
por un proceso en el mismo sentido, y sufren. En la medida
en que la familia tenga un soporte emocional y reciba ayuda
para vivir todo el proceso va a ser más capaz de hacer su
tarea de acompañamiento y podrá dejar partir con más
serenidad a su ser querido. Ninguna ayuda terapéutica debe
ser excluida, ni implica que haya dificultades en el proceso,
si es una decisión del grupo familiar buscarla. Poder hablar,
expresar el dolor, ventilar sentimientos guardados que han
salido a la luz por la enfermedad del ser querido, es siempre
positivo para todos. Sin embargo, vale decir que cuando la
familia en su totalidad niega la muerte que se avecina, o
cuando asuntos como culpas o resentimientos entorpecen el
curso del proceso, siempre es recomendable buscar terapia
familiar profesional.
Frente a la inminencia de su propia muerte, el adulto mayor
recurre a diversos mecanismos psicológicos de defensa. La
negación es el primero de ellos, y de hecho constituye la
primera etapa del duelo. Esta negación, protectora en un
comienzo, puede convertirse en nociva si la persona no sale
de ella y llega a aceptar su realidad. Otro mecanismo muy
común es el desplazamiento, es decir, poner en el otro esos
sentimientos inconscientes que asoman en el camino hacia la
muerte. La ira, la rabia, el miedo que surgen son proyectados
en algún ser querido para no tener que enfrentar el propio
dolor. La sublimación es otro mecanismo común: el paciente
canaliza todos los sentimientos negativos en sentimientos o
acciones nobles de tipo social, moral o espiritual. El miedo,
la angustia, la rabia, pueden aparecer como síntomas, y la
persona opta por negar su situación con pensamientos como
«Yo no me voy a morir, yo estoy muy bien; antes se muere
fulano, que está más enfermo que yo». Desplazamiento y
negación van de la mano en este ejemplo.
Otro mecanismo muy interesante sale a la luz en la etapa del
pacto, cuando la persona, especialmente si es creyente, trata
de hacer una conciliación con Dios. También puede aparecer
la racionalización, que incluye todas las justificaciones
científicas o espirituales a las que la persona recurre para
disminuir su dolor. O el mecanismo de defensa puede ser el
recurrir a alternativas diferentes a la medicina, como es el
caso de médiums, chamanes o brujos.
En últimas, ¿cuáles son las preocupaciones mayores que
enfrenta un adulto maduro cuando ve cercana la posibilidad
de su muerte? Las primeras son de orden físico, o sea, los
duelos que los adultos enfrentan incluso sin que haya una
enfermedad mortal de por medio: el vigor, la belleza, la
capacidad laboral, el deterioro de los sentidos, de la piel, la
aparición de las canas. Pequeños o grandes cambios que
obligan a aceptar el paso de los años y a renunciar a todo lo
que constituye la identidad como persona joven en el plano
de lo físico.
Están también las angustias por los seres queridos. Cuando
un adulto maduro sabe que está cercana la posibilidad de su
muerte, una de sus primeras preocupaciones es lo que pasará
con los seres amados que dejará atrás. Sus hijos, cuando son
pequeños y no han terminado su formación, o cuando alguno
de ellos sufre una discapacidad; sus padres ancianos, cuando
están a su cuidado. ¿Quién va a cuidar de los hijos con el
mismo amor con que él o ella lo hace? ¿Quién velará por sus
necesidades materiales? ¿Quién garantizará su educación?
Junto con toda esta incertidumbre aparece la rabia, el sentir
que ha trabajado toda una vida para llegar a la edad de la
jubilación, de disfrutar en calma los frutos de lo que se ha
hecho, y justo en ese momento aparece una enfermedad
mortal que trunca todos los planes. Ya no se verá a los nietos,
ni se estará presente en los momentos significativos de la
vida de su familia y amigos. Por supuesto, surgen también
las culpas, el remordimiento por lo que se hizo o lo que se
dejó de hacer, y se siente que ya no hay tiempo para reparar
estas carencias.
Para el adulto maduro es difícil aceptar que tendrá que dejar
atrás sus afectos, sus posesiones, todo aquello con lo que ha
creado lazos de apego. Se siente impotente al verse obligado
a renunciar a toda una construcción de vida, y más cuando
esto ocurre justo en esos años de balance, de disfrutar todo lo
que se ha sembrado. Y sin embargo, tendría que tener a su
favor la serenidad, la superación de muchos temores, que
llegan con los años. Esa serenidad que sustenta cuando se
vive cada día como si fuera el último, cuando la gratitud por
lo que se ha cosechado puede hacer más fácil la partida.
Ahora bien, la disposición natural, la actitud hacia la muerte
en el adulto maduro dependen de muchos factores. Es claro
que las personas que han dedicado la mayor parte de sus
esfuerzos a la consecución de metas de tipo material y
competitivo y no se han concedido tiempo para sí mismos
serán sorprendidas por la muerte con las manos vacías en el
ámbito de sus afectos y de su espiritualidad. Tal vez será
tarde entonces para valorar las pequeñas satisfacciones que
constituyen el centro de la felicidad: los ratos que se dedican
a la introspección serena, a estar consigo mismo; el disfrute
de la naturaleza, los lazos de afecto con la familia y amigos.
Es probable que en su camino hacia la muerte próxima, estas
personas sientan con más intensidad la rabia y la negación.
Que busquen en su negativa a aceptar la muerte una manera
de lidiar con lo que no vivieron y ya no hay tiempo de vivir.
La actitud más sana, por parte del paciente, es la aceptación;
y por parte de la familia, es la disposición a acompañar y
respetar el dolor de su ser querido. Permitir que manifieste
su dolor, su rabia, su miedo, sin forzarlo a sentirse bien o sin
hacerlo sentir culpable por expresar sus verdaderas
emociones. Dejarle también optar por el silencio y la soledad
cuando así lo desee. Y en ese orden de ideas, la familia
también debe sentirse en libertad para traslucir sus
sentimientos, porque el paciente, aunque no los vea hacerlo,
sabe por lo que todos están pasando. La rabia, el dolor, el
miedo, la culpa, deben aflorar para poder trabajar en su
sanación y para que el duelo, la despedida, se cumplan
cabalmente. Porque si se «tragan», si se inhiben, tarde o
temprano saldrán a la luz de maneras más inadecuadas y
dolorosas.
Es vital entonces que ni el paciente ni sus seres queridos
dejen nada en el tintero, en ningún orden: emocional,
espiritual, familiar económico, jurídico. Hay que propiciar
espacios, momentos, para que la persona exprese claramente
sus deseos, sus preocupaciones. Para que pueda dialogar y
reconciliarse con aquellos miembros de la familia con los
que haya tenido problemas, de modo que quien parte lo haga
tranquilo, y quienes se quedan cuenten con la paz interior
que les permitirá elaborar el duelo adecuadamente. Es
conveniente también que la persona pueda organizar su
testamento y manifestar con tiempo y tranquilidad su
voluntad en lo que concierne a sus bienes. Incluso, es
conveniente que el paciente pueda expresar sus deseos con
respecto al ritual que se realizará después de su muerte.
Tratar con antelación estos asuntos considerados incómodos
puede prevenir situaciones complicadas que sin duda
dificultarán el proceso de duelo.
9. EL VIEJO FRENTE A LA POSIBILIDAD DE
MORIR
Dora Luz González Jiménez
«El viejo vive de recuerdos y para los recuerdos, pero su
memoria se debilita día tras día. El tiempo de la memoria
avanza al contrario que el real. Los recuerdos que afloran
durante la reminiscencia son tanto más vivos cuanto más
alejados en el tiempo estén aquellos sucesos. Pero sabes,
también, que lo que ha quedado, o lo que has logrado sacar
de aquel pozo sin fondo, no es sino una parte infinitesimal
de la historia de tu vida. No te detengas, no dejes de seguir
sacando. Cada rostro, cada gesto, cada palabra, cada canto,
por lejano que sean, recobrados cuando parecían perdidos
para siempre, te ayudan a sobrevivir». (Norberto Bobio)
Apenas en la década de los años sesenta en el siglo pasado se
empezó a estudiar el tema de la muerte de los ancianos bajo
la óptica de posibilitar una muerte digna y tranquila llegado
el momento. Se sabe que para la mayoría de las personas la
muerte es una idea abstracta, un asunto remoto que les
ocurre a otros. En 1973 se hizo un estudio en el que se le
preguntó a una muestra de 4.420 personas si habían pensado
en la muerte durante los últimos cinco minutos. Los
resultados mostraron que la idea de morir, así fuera como un
pensamiento fugaz, era más frecuente en las mujeres y en los
ancianos. Del total encuestado, solo el 3% de las personas
tenían a la muerte como un tema prioritario en su esquema
de pensamiento.
En el campo filosófico y médico, la idea de la muerte va
desde aquellos que la consideran como parte del ciclo vital,
como el fin biológico marcado por el momento en que cesa
el movimiento cardíaco y el electroencefalograma se muestra
plano por más de quince o veinte minutos. Este punto de
vista no se plantea interrogantes de tipo espiritual. Junto a
este enfoque está el que reconoce que los seres humanos
trascendemos la vida no solo en nuestros seres queridos, sino
en nuestras obras, en el recuerdo que dejamos, en las huellas
que marcaron nuestros pasos por las vidas de quienes se
tocaron con la nuestra.
Freud, por ejemplo, afirmaba que en el narcisismo de las
personas no tenía espacio la idea de que morimos, de que
somos fútiles y en cualquier momento desapareceremos. La
verdad es que todos nos preguntamos alguna vez sobre
nuestra muerte, lo que ocurre es que le tememos tanto a la
idea que simplemente la desechamos con rapidez. Sin
embargo, la vejez llega para decirnos que la mayor parte de
nuestro tiempo ya ha pasado y no es posible posponer ese
pensamiento. La cultura le dice al viejo no solo que tiene que
pensar en su muerte, sino que además tiene que estar en paz
con la idea de partir.
La evidencia muestra que los ancianos que viven un proceso
de enfermedad aguda están más propensos a vislumbrar su
muerte con menos temor. Por regla general tratan de dejar
organizados sus asuntos, de ponerse en paz con sus seres
queridos y despedirse adecuadamente de todos. En cambio,
cuando la enfermedad no es aguda, es decir, cuando el riesgo
de morir puede estar más lejano, aparecen muchos temores,
especialmente el temor a perder la integridad. Hay menos
aceptación y más hostilidad a la idea de morir.
El viejo lleva consigo el cansancio, la fatiga física y
emocional de las etapas finales de la vida. Además ve que
sus coetáneos van muriendo y no puede olvidar entonces que
su turno puede estar próximo. Por otra parte, el hecho de ser
quizás el último o uno de los últimos miembros de su familia
que sigue con vida es un recordatorio más de su fin. Y
cuando no puede hacer un balance positivo de su vida,
cuando, como se dice, no tiene sus manos llenas de afectos o
de logros, la reacción consiguiente va a ser la rabia. Una
rabia que se expresa en el comportamiento egoísta de exigir
ser el centro de atención del núcleo familiar. Tarde o
temprano va a llegar a una etapa de depresión, de
aislamiento, en la que hace una especie de duelo preparatorio
a esa muerte que intuye cercana. Finalmente llega la
aceptación, evidenciada por acciones como poner en orden
sus papeles o llamar de nuevo a algún familiar o amigo del
que estaba distante.
De cualquier modo, como se vive se muere. Las personas no
cambian mágicamente con la cercanía de la muerte. Se
defienden o se adaptan, pero llegan a ella con todo el bagaje
de su personalidad. Las personas narcisistas, por ejemplo,
ven la muerte como una gran humillación, se sienten
impotentes y furiosas y están más propensas a la depresión.
Muchas veces optan por el suicidio, como una forma de
rescatar el poder que han perdido. Las personas obsesivo-
compulsivas viven un proceso parecido, pues están
acostumbradas a tenerlo todo bajo control, y la presencia de
la muerte, esa gran agente del desorden, altera todas sus
estrategias. Las personalidades dependientes e infantiles
asumen una actitud regresiva, mientras que aquellas con
rasgos masoquistas ven la muerte como una posibilidad de
provocar admiración en quienes las rodean. Son los típicos
pacientes que se niegan a recibir analgésicos para ser
reconocidos por su capacidad para tolerar el dolor.
El suicidio en los ancianos es otro tópico para considerar.
Las famosas muertes repentinas no se investigan, y en
muchos casos son suicidios. O los accidentes de ancianos
que, teniendo ya muy limitadas sus capacidades de
movilidad, se empeñan en salir solos a la calle y son
atropellados, pueden ser formas soterradas de suicidio. Aquí
pueden incluirse también los pacientes que no aceptan
tratamientos vitales, como los ancianos diabéticos o aquellos
con falla renal que se niegan a recibir insulina o a someterse
a diálisis. En cualquier caso, se trata de personas que tal vez
ven la muerte como la única posibilidad de poner fin a un
mal vivir.
Pero además de su muerte física, el viejo acumula otros
duelos. Hay estadísticas que hablan de que, a lo largo de la
vida, todos afrontamos alrededor de veinte o treinta duelos
importantes. Uno de esos duelos al final de la vida es el de la
muerte social, el verse apartado de amigos y compañeros de
trabajo después de la jubilación o de la viudez. Tenemos que
cambiar esa actitud de descalificación, de aislamiento, de
matar a la persona antes de tiempo. Por eso es indispensable
educar a las nuevas generaciones en patrones menos rígidos
de lo que es ser o no una persona productiva. Porque
producir no se refiere solo a bienes económicos: se producen
ideas, actos, cuidados. De hecho, en las antiguas culturas
indígenas y orientales el papel de los ancianos es ayudar a
guiar el destino de todo el grupo con sus consejos y
sabiduría. Todos debemos hacer una tarea de aceptación de
nuestra vejez. Concebirla como una etapa a la que todos
llegaremos y empezar a construir esa ancianidad cultivando
los afectos, trabajando en nuestro crecimiento espiritual,
aligerándonos de apegos, resentimientos y miedos.
Cuando se aproxima el momento final de un anciano, es
definitivo el acompañamiento de la familia. Muchas veces el
duelo familiar empieza en la dificultad de aceptar que el
padre o la madre envejeció. Reconocer que sus capacidades
no son las mismas, que su energía ha disminuido, que sus
reacciones emocionales pueden ser difíciles de manejar es un
tránsito más o menos tortuoso dependiendo del apego
emocional y la necesidad de control que exista entre los
miembros de la familia.
Por lo general, el grupo familiar se aferra a la imagen que
siempre ha tenido del padre o de la madre. Muchas veces el
paciente mismo quiere hablar de la proximidad de su muerte,
de lo que pasará cuando ya no esté. Pero los demás rechazan
de plano el tema en una actitud de negación. De cualquier
modo, esto ocurre con más o menos gravedad según la
historia del grupo familiar y de cada uno de sus miembros.
Así como no hay dos personas iguales, no hay dos familias
iguales, y cada grupo va encontrando la manera de lidiar con
todo lo que representa la partida de su ser querido.
10. EL PROCESO DE LA MUERTE EN LA
VEJEZ, UNA MIRADA DESDE LA
GERONTOLOGÍA
Alicia Macías Valencia
Desde que nacemos hasta que morimos, mueren ilusiones,
mueren alegrías, mueren relaciones, mueren penas. Mueren
etapas de nuestras vidas, y morimos de alguna manera en el
final de cada una de esas etapas. Desafortunadamente, no
estamos preparados para nacer, vivir, y finalmente envejecer
y morir. Tras mi larga experiencia como gerontóloga he
podido concluir que la muerte puede ser un alivio para el que
sufre, un sueño para quien no le teme, una realidad para
quien vive en paz consigo mismo y un anhelo infinito para
quienes esperan llegar a estar con Dios. Sin embargo, así
como para algunos la muerte puede ser, como dijimos,
descanso, sueño, anhelo, para otros la muerte es ruptura,
final, tragedia. Porque como se vive se envejece y también se
muere.
Valorar la gerontología quiere decir olvidar la falsa creencia
de que es la ciencia de los viejos y de la vejez. No. La
gerontología es la ciencia de la vida, del amor, es la ciencia
que acompaña a abrir capítulos nuevos en cada amanecer. El
gerontólogo apoya, propicia que el paciente reciba amor y
alegría, que se sienta acompañado. Con su tarea, contribuye
a despejar el mito que considera a la vejez como una etapa
negativa para pensarla como ese momento antes del viaje
definitivo en el que hacemos balances, nos ponemos en paz
con nosotros mismos y nuestra historia.
Vemos la vejez, y la proximidad de la muerte, como esa
etapa en la que estaremos prestos para el viaje y pondremos
en un pequeño maletín los frutos de nuestras cosechas y los
registros de aquello que no logramos concretar o solucionar.
Sin embargo, no es tanto el momento mismo de la muerte,
como las circunstancias de la misma, lo que más temor causa
en los ancianos. Morir solos, con dolor, con miedo y
desesperación es lo que más miedo les produce. Por eso es
tan importante estar preparados para una buena convivencia
con nuestros seres queridos mayores, de modo que todos los
miembros de la familia estén tranquilos y el anciano pueda
permanecer en su hogar, rodeado del cariño, respeto y
comprensión de su familia.
En nuestra sociedad, el temor a envejecer es una señal de que
necesitamos poner más atención en nuestro ser. Nos han
enseñado que el proceso de envejecimiento es una larga serie
de pérdidas: pérdida de la salud, de la belleza, de las
competencias sociales. Anteponemos nuestro ser mortal a
nuestro ser real, espiritual y eterno. Nuestra civilización nos
creó la ilusión de que podemos conquistarlo todo: el espacio,
la naturaleza, la eterna juventud, la productividad sin límites.
Pero la vejez y la muerte que se siente tan próxima en esta
etapa final de la vida nos recuerdan nuestros límites. Nos
ayudan a escuchar el susurro del espíritu, que habla muy
quedo debajo de la estridencia del ego. Nos invitan a cultivar
lo que hay en nosotros de eterno y dejar de adornar altares
para todo aquello que es efímero: la belleza física, el poder,
los logros materiales. En realidad, vivir desde el alma, desde
el corazón, sería vivir asumiendo la proximidad de la muerte.
Pero no como un final trágico, sino como esa puerta que
algún día se nos abrirá para regresar al Hogar del que alguna
vez partimos a esta aventura que llamamos vida.
Padecer el temor a envejecer es hacer estériles los campos
que hemos sembrado. Llegar a la vejez es reencontrarse con
los sueños y esperanzas, ojalá con el regocijo de haber
sabido vivir. Porque la armazón que es el cuerpo envejece y
se deteriora pero el alma sigue viva, plena de alegría y
satisfacción. ¿Qué tal que nos quedáramos para siempre en la
juventud? ¿Qué tal que nos perdiéramos el goce de la
sabiduría que hemos adquirido, el sabor de los recuerdos que
hemos guardado, la tibieza de los afectos que hemos
acumulado? Por eso es conveniente vivir preparándose para
una vejez plena, feliz. Cuando tenemos las manos llenas de
todo lo que hemos sembrado y cultivado, cuando nuestros
pies se asientan en la tierra y nuestro corazón mira con
esperanza hacia la eternidad, despertaremos cada día a un
milagro nuevo, no importa si tenemos quince, cincuenta u
ochenta años. Estaremos vivos y además listos, ligeros, para
ir al llamado que nos hará el alma cuando sea el momento de
partir.
Como decía Leo Buscaglia, «no tuviste miedo cuando la
primavera se convirtió en verano, no tuviste miedo cuando el
verano se convirtió en otoño. Eran cambios naturales, ¿por
qué tendrías que temer a la estación de la muerte?». El ocaso
de las cinco de la tarde nos anuncia la serenidad de la plena
oscuridad. Así que no olvidemos vivir a plenitud la vida sin
olvidar que un día vamos a partir.
Los ancianos merecen que se les dé un lugar especial en la
familia. Que se les trate con amor, respeto y consideración
para hacerles más amables sus últimos años de vida. Nuestra
sociedad, enfocada en el éxito y los logros materiales, aísla a
las personas a los cincuenta años y las sepulta en el olvido a
los ochenta. Esa misma muerte social se da en las familias,
cuando arrinconan a la persona de edad, cuando la confinan
a la última habitación, a una visita social que se hace cada
mes. Necesitamos con urgencia rescatar a los ancianos del
olvido para devolverles la palabra, el abrazo, la sonrisa.
Todos tuvimos o tenemos padres, todos vamos a envejecer
un día. «Aun el más anciano está convencido de tener un año
más de vida», decía Cicerón. Que ese año sea plácido y feliz
para los seres que amamos es algo que nos compete a todos.
Preparémonos hoy, porque mañana seremos los próximos
viejos.
Las familias tienen que reconocer la importancia del hogar
para sus ancianos. Su propia habitación, los objetos que
aman, la presencia de las personas que los quieren. Frente a
la posibilidad de ir a una clínica en caso de la proximidad de
la muerte, la mayoría manifiestan temor a perder el calor y la
humanidad que pueden recibir en su hogar. Temen morir
solos. Saben que el personal médico no los atenderá con
cariño, no tomará su mano ni les dará consuelo. Por eso,
cuando las condiciones médicas lo permiten, lo ideal para un
anciano es morir en su hogar, rodeado y confortado por su
familia.
Que en nuestro trato con nuestros ancianos pensemos: «Hoy
por ti, mañana por mí». Que les demos exactamente lo que a
nosotros nos gustaría recibir en nuestros últimos días. Que
después de una larga vida, tengan la muerte más dulce
posible. El adulto mayor es un ser desvalido que está en
nuestras manos. La vida es un viaje con boleto seguro de
ingreso a la eternidad. Por eso, mientras llega nuestro turno,
cumplamos nuestra misión, sea la que sea, con amor, respeto,
tolerancia, comprensión. Acumulemos y derrochemos amor:
al fin y al cabo es lo único que podremos llevar como
equipaje en nuestro viaje de regreso.
11. LA FAMILIA FRENTE A LA MUERTE
Olga Montoya Echeverri
«Vive tu efímero momento según la ley de la naturaleza y
recibe con generosidad el final del viaje, como una oliva que
cuando cae está madura: bendiciendo la rama que la
sostuvo y agradeciendo al árbol que le dio la vida». (Marco
Aurelio)
Cuando hay una enfermedad terminal, la familia pasa por un
proceso paralelo al del paciente. Negación, ira, desconsuelo,
son estados de ánimo que viven todos y que se manifiestan
en irascibilidad, miedo, melancolía. Hasta que cada uno, en
un proceso de encuentro consigo mismo, llega a una actitud
de asimilación y aceptación de la realidad que vive el grupo
familiar.
Pero si la familia vive condiciones emocionales similares a
las de su ser querido, enfrenta además el hecho de que debe
no solo cuidar de él, sino velar porque las obligaciones y la
buena marcha del núcleo familiar salgan adelante del mejor
modo posible.
El cuidador principal es la persona que está más cerca al
paciente durante su enfermedad. Puede ser un hijo, un
cónyuge, el padre, la madre o algún otro familiar. Incluso
puede tratarse de un amigo o alguien cercano, cuando no hay
familiares próximos que estén presentes. El hecho es que el
cuidador asume el papel protagónico en el cuidado del
enfermo: lo acompaña y asiste, lo lleva a las citas médicas,
está pendiente de las diligencias legales, cuida de su estado
de ánimo. Al mismo tiempo, esta persona se convierte en una
especie de canal para la comunicación entre el paciente y el
resto de sus familiares o amigos. Por eso lleva sobre sus
hombros una gran responsabilidad, pues atiende las
demandas del enfermo al tiempo que concilia y canaliza las
inquietudes, el miedo, las esperanzas y el cansancio del
grupo familiar.
Casi tanto como el enfermo, este cuidador requiere de una
gran atención. No se trata solo de velar porque su relación
con el enfermo sea armónica sino de estar pendiente de su
bienestar, porque la tensión que debe soportar en virtud de su
papel lo hace vulnerable a sufrir problemas de salud físicos y
emocionales. En resumen, esta persona es clave para que el
paciente esté en las mejores condiciones posibles. Por eso lo
ideal es que el rol de cuidador sea asumido por varias
personas que se turnen, ya que no es inusual que los procesos
finales de enfermedad sean largos. La dinámica de un
cuidador principal y varios cuidadores alternos permite que
todos puedan tener períodos de descanso para reponer
fuerzas.
Antiguamente las familias eran numerosas, siempre se podía
contar con la presencia de toda clase de parientes para las
situaciones de emergencia. Hoy, solo se siente como familia
al grupo formado por el padre, la madre y los hijos. Por eso
es que no es raro que, en caso de enfermedad grave de
alguno de sus miembros, a veces sea necesario incluir
personas extrañas al núcleo familiar para que ayuden como
cuidadores: vecinos, amigos, parientes lejanos o personal
calificado.
El comportamiento de las familias frente a la enfermedad
mortal de alguno de sus miembros es diferente, y se puede
decir que expresa la historia de la dinámica y calidad de las
relaciones que ha existido en esa familia. Por ejemplo, está el
comportamiento denominado de manada, en el que todos los
miembros están reunidos todo el tiempo, no importa cuánto
se tarde el proceso de enfermedad. Otras familias presentan
bastantes fisuras en sus vínculos por problemas previos no
solucionados. En ese caso, unos estarán presentes, otros se
harán a un lado, y cuando se reúnen es necesario mediar para
que no estallen conflictos al lado del enfermo. Y hay también
el caso de los enfermos que están completamente solos
porque no hay ningún familiar que quiera o pueda
acompañarlos.
Las peores dificultades en las familias son los conflictos,
resentimientos, reclamos, que datan de tiempo atrás y que no
se han ventilado. Muchas veces dichos conflictos son entre el
mismo enfermo y alguno o algunos de los miembros de su
familia. Aunque todos estos asuntos hayan permanecido
latentes, cuando llega la enfermedad resurgen con fuerza. Y
aunque la familia esté reunida en apariencia por la urgencia
de la enfermedad, el paciente no recibe el apoyo real que
necesita.
A veces, la situación que se crea cuando una persona se
enferma vuelve artificiales las relaciones: los que nunca iban
llegan, los que nunca llamaban, llaman, los que eran
indiferentes o hasta conflictivos se muestran dóciles y
cariñosos. Pero si este cambio no viene desde lo profundo, si
es apenas una nueva actitud para darle gusto a quien vive los
últimos momentos de su vida, tarde o temprano se hará
evidente el tono real de la relación.
Todas las familias tienen dificultades, en algunas hasta tal
punto que no existe realmente un núcleo familiar. Son apenas
un grupo de personas aisladas que comparten un techo pero
que no disfrutan momentos de verdadera comunicación. La
familia del enfermo no va a cambiar en sus últimos meses de
vida. Pero al menos sí es posible tratar de sanar en alguna
medida las relaciones para que el ser querido que está a
punto de partir pueda despedirse como es debido, pueda
pedir y otorgar perdón, según el caso, de modo que se dé un
reencuentro auténtico antes de su partida.
Es por eso que la relación de la familia con el enfermo debe
ser la relación con la persona en sí misma, por lo que es, y no
por su condición de paciente. Este es un ser que ha
construido una historia, que ha tejido una serie de lazos, más
o menos estrechos, con sus seres queridos, una relación
marcada por su personalidad, por su facilidad o dificultad
para crear relaciones afectivas. Así, un padre que ha sido
toda la vida un pilar de autoridad, debe conservar esa
posición; una madre cuidadora cuyo hogar ha sido el centro
emocional de la familia, debe seguir sintiéndose rodeada por
los suyos. La idea es que las personas no sientan que su lugar
y papel en la familia han cambiado por estar enfermos. Que
además de haber perdido su salud, su imagen corporal, han
perdido también su autoestima, su valía como miembros del
grupo familiar.
En sus últimos días, la persona enferma necesita hacer un
recuento de sus vivencias. Y obviamente, allí aparecen todos
sus familiares. A veces de manera simbólica, a veces de
forma explícita, quiere culminar procesos de despedida, de
perdón, de reencuentro. Y para concluirlos necesita sentir
que puede haber una comunicación con los suyos. Por eso es
tan importante la apertura de la familia, su buena actitud de
estar listos a escuchar, de estar presentes para que ese ser
querido que está a punto de partir pueda hacer en paz ese
recuento. Es de anotar que aunque en muchos casos el
enfermo pierde su consciencia en los últimos días, el hecho
de que no pueda hablar y permanezca aparentemente
dormido no significa que está ausente. De hecho está en un
estado diferente de consciencia en el que puede oír y percibir
gran cantidad de cosas que nosotros, desde un lado racional,
somos incapaces de concebir. Además, hay muchas otras
formas de comunicarse. El tacto, por ejemplo. Una sencilla
caricia puede hacer saber a nuestro ser querido que estemos
cerca, acompañándolo y amándolo como siempre.
Decíamos que la familia tiene un rol vital en el
acompañamiento del enfermo. Y si bien este debe tener la
posibilidad de expresar a quién quiere ver, a quién necesita
más a su lado, con quién se siente más cómodo, hay que
armonizar las necesidades de todos los miembros de la
familia para acompañar a su ser querido, desde el que quiere
estar todo el tiempo con el enfermo, hasta el que llega a
última hora y quiere aprovechar cada instante del corto
tiempo que le queda. La idea es que el paciente se sienta
siempre acompañado y apoyado por los suyos. Una buena
estrategia es nombrar un líder que por lo general es el
cuidador principal, la persona que ha acompañado al
enfermo a lo largo de todo el proceso, para que organice los
turnos para cuidarlo.
Cada miembro de la familia tiene su propia angustia por la
próxima partida de su ser querido. Siempre hay uno o dos
familiares que quieren estar a su lado todo el tiempo, para
acompañarlo en el momento mismo de su muerte. Lo más
importante es la calidad de ese acompañamiento. Que en el
cuarto del enfermo, un sitio sagrado por el hecho tan
trascendental que está a punto de ocurrir, haya mucho amor,
silencio, serenidad. Que él tenga la oportunidad de estar por
momentos con cada uno de sus seres queridos. Y tener claro
que, aunque por cualquier circunstancia no se esté presente
cuando nuestro ser querido fallece, la cercanía con él es
espiritual, no física. Estamos unidos en el espíritu, y cuando
él parta su alma estará en contacto con la nuestra desde el
amor.
Durante sus últimas horas, además del creciente deterioro
físico, el enfermo puede presentar alteraciones en su estado
de consciencia. Sobre todo al final, puede ocurrir que
parezca que está inconsciente. La verdad es que los pacientes
en estado preagónico tienen la capacidad de percibir lo que
ocurre a su alrededor; conservan el sentido del oído y el
tacto, y por esto es tan importante hablarles, tomar su mano,
para hacerles sentir que están acompañados. Lo ideal es
conservar el mismo estilo de contacto físico de siempre:
tanto las familias acostumbradas a los abrazos y las caricias,
como las que expresan su cariño de maneras diferentes al
contacto físico, deben proporcionarle al enfermo el contacto
al que ha estado acostumbrado.
Hay evidencia de que la percepción de quienes viven sus
últimos momentos se agudiza hasta el punto de que son
sensibles incluso a las emociones de quienes los rodean. En
consecuencia es importante cuidar el tono de la voz, así
como las manifestaciones extremas de dolor o tristeza. No
sobra vigilar los pensamientos y los estados de ánimo, para
crear un ambiente amoroso, respetuoso y sereno alrededor
del enfermo. Orar, meditar o simplemente estar en tranquilo
silencio son prácticas que serenan y crean un ambiente en el
que todos los presentes se sienten unidos y confortados.
Es importante que cada una de las personas que acompañan
al enfermo pueda hacer su proceso individual de despedida.
Que a puerta cerrada pueda hablarle, darle un beso, decirle lo
que tenga en su corazón, hacerle una caricia, darle las
gracias. Esto ayuda sobre todo a quien se queda, pues se
pone en paz con su ser querido y puede iniciar después un
proceso de duelo en paz.
Todo esto puede darse si la familia y el paciente han
encarado abiertamente la evolución de la enfermedad.
Porque ocurre que muchas veces, por proteger a su ser
querido del sufrimiento, las familias establecen una especie
de conspiración de silencio para ocultarle la situación en la
que está. Pero quién mejor que el enfermo conoce su cuerpo,
y tarde o temprano tendrá clara la realidad de su condición.
Entonces ocurre que, a su vez, el paciente no habla de su
condición para no inquietar a los suyos. En consecuencia,
todos permanecen incomunicados en esos últimos días de
vida, tan importantes para expresar afecto, poner al día las
relaciones, ultimar asuntos prácticos que deberán abordarse
cuando el ser querido muera. En resumen, pudiendo
ocuparse de temas trascendentales, terminan dedicados a
asuntos triviales y desperdiciando una oportunidad preciosa.
¿Cuándo y cómo decirle a un ser querido que su enfermedad
es terminal, que ya no hay esperanza y que le quedan días de
vida? No hay una respuesta única. Una opción puede ser
suministrarle información paulatinamente, de acuerdo con su
estado de ánimo e interés. Y recordar que, así como el
enfermo tiene derecho de saber lo que le ocurre, también
tiene el derecho de no saber. Lo que sí es claro es que se le
debe respetar totalmente su deseo, para que pueda asimilar
del mejor modo su proceso.
De cualquier modo, es clara la necesidad de educarnos para
la muerte. Para tener una mirada serena y armónica,
trascendente, sobre ella. Asumirla como el fin natural de la
vida, como la demostración de su fugacidad, como un suceso
natural. Saber vivir disfrutando y agradeciendo la presencia
de nuestros seres queridos con la consciencia de que su
compañía no es para siempre. Así, cuando llegue el momento
de decir adiós, podremos hacerlo con el corazón colmado de
gratitud y buenos recuerdos.
EL DUELO
12. EL DUELO ANTICIPADO
Maribel Gómez Ossa
No llores junto a mi tumba;
yo no estoy allí. No estoy dormido.
Soy un millar de vientos que soplan.
Soy el diamante que brilla en la nieve.
Soy la luz del sol sobre el trigo maduro.
Soy la suave lluvia de otoño.
Cuando despiertas en la quietud de la mañana,
soy el rumor de las alas de los pájaros
que vuelan rápida y silenciosamente en círculos.
Soy las estrellas tenues que brillan por la noche.
No llores junto a mi tumba,
yo no estoy allí,
yo no he muerto.
(Anónimo)
El duelo anticipado es esa preparación mental y emocional
que hace la familia para el fallecimiento de uno de sus
miembros. Lo ideal es que se haga en conjunto con el
paciente, para que los beneficie a todos. En esta clase de
duelo se inicia un proceso de reacomodación de toda la
familia a la nueva realidad que vendrá cuando la persona
parta definitivamente. El duelo anticipado permite
despedirse, solucionar conflictos y saldar aquellas deudas
emocionales que todos los seres humanos tenemos.
Su ocurrencia genera un gran impacto en la dinámica
familiar. Primero, porque produce una crisis de desajuste con
el advenimiento de algo tan inesperado como la muerte de
uno de los miembros de la familia, así haya tiempo para
elaborar y afrontar esta partida. Y segundo, porque afecta a
todos emocionalmente, pues ninguna familia quiere que sus
miembros fallezcan; en el imaginario de quienes la
conforman está la idea de que permanecerán juntos siempre.
La cercanía de la muerte suscita toda clase de reacciones y
sentimientos que van desde la culpa (¿qué me faltó? ¿qué no
hice? ¿qué no di?), hasta el miedo a vivir sin el otro (¿qué
será de mí? ¿sí seré capaz de sobrevivir solo?) y el apego, o
sea la dificultad para dejar ir a quien ya cumplió su ciclo
vital. A este respecto es necesario hacer consciencia de que
así como empezamos nuestra vida sin ese ser querido, en
algún momento esa vida continuará sin su presencia. Es
decir, llegamos a este mundo solos y a lo largo de nuestro
camino vamos encontrando personas que nos acompañan por
tramos más o menos largos. De hecho, algún día también
partiremos. Tener consciencia acerca de esta transitoriedad
de las personas, las situaciones, las pertenencias, nos ayuda a
vivir más libres, aligerados de apegos y de la necesidad de
tenerlo todo bajo control.
Todos tenemos deudas, a todos nos va a quedar el «si hubiera
dicho», «si hubiera hecho», «me faltó»... El duelo anticipado
permite aprovechar el espacio y el tiempo que nos queda
para decir adiós adecuadamente a ese ser querido que está
próximo a partir. También le permite a él dejar claros sus
sentimientos, sus necesidades, despedirse y estar en paz. Se
trata de que en ese lapso de tiempo que nos queda podamos
hacer más que manejar la impotencia, la rabia, el miedo o el
dolor y logremos acceder a emociones como la gratitud, el
perdón, el amor incondicional.
Como todo proceso de duelo, el duelo anticipado pasa por
varias etapas. La primera es la de la agresión cognoscitiva, es
decir, que todas nuestras capacidades, aptitudes, ideales y
conocimientos están en desorden tratando de asimilar la idea
de la muerte del ser querido. Surgen toda clase de
sentimientos confusos como el enojo, la impotencia, la
desolación y la angustia. La cotidianidad se ve totalmente
alterada, tanto la de cada individuo como la del grupo
familiar.
En esta etapa son normales y válidas todas las
manifestaciones, desde las explosiones emocionales hasta el
silencio, el ensimismamiento, el distanciamiento. No debe
haber ningún tipo de censura, ni para el paciente ni para sus
seres queridos.
La segunda etapa es la de la desorganización emocional, que
atañe a la familia como grupo. Cada uno de sus miembros
emprende acciones diferentes para tratar de remediar la
situación: investigan tratamientos, buscan curanderos,
sacerdotes, eminencias médicas, terapias alternativas. Tratan,
en resumen, de no dejar de lado ninguna estrategia que
podría conducir a evitar el fallecimiento de su ser querido.
Se hacen pactos y promesas: «Si mi mamá se alivia, si vive
más tiempo, yo prometo que cambio mi comportamiento con
ella». Todo este tipo de reacciones pretenden impedir algo
que todavía no se quiere considerar como posible, y se
fundamentan en una actitud de negación.
La tercera etapa llega cuando ya se ha recorrido un largo
trecho de la enfermedad, y es la de la disminución de las
defensas. Todos están agotados tras semanas o meses de
luchar y se dan cuenta de que esos pactos, esas ayudas
alternativas no han podido curar a la persona. Comprenden
que la realidad está siguiendo un curso lógico y ajeno a sus
deseos. Que su ser querido, en vez de sanar, se acerca más y
más a la muerte. En consecuencia, cada miembro de la
familia empieza a estar más comprometido en su relación
con el paciente: se acerca más a él, pasa más tiempo
escuchándolo, se interesa por lo que siente. Y por lo general,
comparte sus vivencias con los otros miembros de la familia,
de modo que poco a poco el grupo empieza a actuar como un
frente común con respecto al enfermo.
La etapa final del duelo anticipado es la del ensayo y puesta
en marcha de mecanismos de enfrentamiento. Esto significa
que la familia empieza a aceptar los cambios que traerá la
muerte de su ser querido. El sufrimiento disminuye un poco,
y cambia la visión de la realidad que se está viviendo. Hay
menos tensión en la familia, empiezan a plantearse nuevas
metas y mecanismos para su funcionamiento una vez que el
paciente haya muerto.
Es importante considerar que los efectos de la muerte de un
miembro de la familia dependen de la posición jerárquica
que este ocupe, es decir, de su comportamiento, funciones y
relaciones afectivas con sus parientes. En nuestra cultura se
percibe como mucho más dolorosa la muerte de la madre,
porque el grupo familiar gira alrededor de ella en su
funcionamiento y en su dinámica emocional. En cambio la
muerte del padre, por lo general, se percibe como traumática
desde el punto de vista económico. Cabe anotar que esta
mirada está cambiando, pues el rol de los padres en las
familias de hoy es cada vez más afectivo y cercano: ya no se
limita solo a ser el proveedor sino que participa activamente
de la crianza y del cuidado del hogar, y las relaciones con sus
hijos son más cercanas que las que tenían los padres de hace
unos años.
Sea que el que muere es un hermano, o el padre, o la madre,
es común que los miembros sobrevivientes traten de
reemplazar a ese ser querido que falta. Si se trata de la
madre, la sensación general es que la familia se desintegró
sin ella, y no es extraño que sea una de las hijas, si las hay, la
que asuma la tarea de aglutinarlos a todos que antes cumplía
la madre. O si el que parte es el padre, la madre trata de
compensar con sus hijos la ausencia de su compañero. Pero
tarde o temprano la familia entera tendrá que hallar la
manera de suplir entre todos el aporte del ausente, porque
cada miembro tiene su rol y nada de lo que haga podrá
reemplazar al que se fue: una madre es una madre y no un
padre, o una hija es una hija y no una madre. Puede suceder
también que un miembro de la familia sea una carga, y
aunque suene cruel, la muerte puede liberarlos a todos de
dicha responsabilidad. Aquí es especialmente positivo el
duelo anticipado, pues es posible elaborar los sentimientos
de culpa que son usuales en estos casos, y que tocan la
sensación de que se pudo haber hecho algo cuando ese ser
querido estaba vivo para solucionar el problema que
representaba.
Lo que el duelo anticipado busca es que la familia pueda
llegar a considerar que tarde o temprano podrá estar bien
cuando su ser querido falte. Que el dolor y la
desestabilización que llegan por la muerte de un miembro de
la familia no tienen por qué ser permanentes, porque el
tiempo y la unión familiar traerán nuevos recursos para
reacomodar el grupo a esa nueva forma de vivir que tendrán
que crear en su ausencia. Que de un modo u otro la familia
se reorganizará para seguir adelante con la vida, porque no
está bien que ninguno de sus miembros «se entierre en vida»
con el que partió.
Cabe anotar que no puede hablarse de una elaboración
adecuada del duelo, porque hablar de lo adecuado sería
admitir estereotipos y normas que en el caso de las
emociones humanas no pueden existir. Cada familia, cada ser
humano es único, y por lo tanto todas las reacciones, todos
los caminos que se tomen para vivir el duelo son válidos.
Hay familias que elaboran su duelo en corto tiempo; las hay
que se preparan y viven muy a consciencia el duelo
anticipado, disfrutando cada instante con su ser querido, pero
cuando llega la muerte se desorganizan de manera
traumática. En otras, sucede lo contrario: hay poca o ninguna
elaboración previa de la muerte, y cuando esta llega
responden con serenidad y espíritu de grupo al desorden que
implica la pérdida.
El trabajo que se hace en el duelo anticipado nos ayuda a no
temer a la muerte como un huracán que se llevará nuestro ser
querido sin aviso, sino a disfrutar de la vida, de cada
momento en que todavía podemos estar juntos. Celebrar con
él las fiestas usuales de la familia y conservar estas
celebraciones cuando parta, pues son una de las maneras más
bellas de mantener su recuerdo vigente. Cumpleaños,
navidades, sucesos felices del grupo familiar como grados o
nacimientos. Porque aunque ese ser que amamos ya no esté
físicamente, su presencia seguirá cercana y evidente en
nuestro corazón.
Cuando finalmente el paciente fallece aparecen las
respuestas concretas de la familia frente a la pérdida. Surge
una gran conmoción emocional, al constatar la inexistencia,
la ausencia definitiva de esa persona. Hay sentimientos de
soledad, de angustia y desolación. También aparecen
comportamientos de evasión, de negación, de aislarse
socialmente por no querer enfrentar el momento en que
alguien ajeno a la familia, y que no ha estado al tanto de la
enfermedad y partida del ser querido, pregunte por él en un
encuentro casual. También es usual que se eviten los lugares
y actividades que se compartían con aquel que ha partido, y
que los miembros de la familia se aíslen unos de otros para
vivir cada uno su pena. Así, es común que surjan problemas
que estaban latentes, como falta de afectividad entre los
miembros de la familia, consumo de alcohol y drogas o
violencia intrafamiliar. Porque así como el dolor puede unir,
también puede desunir. Por eso es tan importante el
acompañamiento de algún profesional especializado en duelo
que canalice estos asuntos, ayude a sacarlos a la luz y luego
a sanarlos.
Todo este asunto del duelo, que tarde o temprano todos
viviremos, nos invita a desmitificar la muerte, a despojarla
de ese halo trágico, doloroso, con que nos hemos
acostumbrado a verla. Porque en realidad la muerte no es
más que una etapa lógica, necesaria e ineludible de la vida
del ser humano. Es decir, que todo es un empezar y un
terminar; que necesitamos comer, y a veces no, que
necesitamos dormir, y a veces no. Y que necesitamos vivir y
dejar de vivir.
La muerte no es un castigo, ni una desgracia, ni un final
trágico, como nos han enseñado a verla desde niños. No
morimos porque somos malos, ni porque somos buenos:
morimos porque hay un ciclo natural que todos cumplimos.
¿Qué tal pensar en la muerte como en la culminación de un
viaje? Vamos y conocemos un lugar nuevo; recorremos sus
caminos, nos enamoramos de sus paisajes, degustamos sus
comidas, nos relacionamos con sus habitantes. Pasamos allí
días felices, y otros que no lo son tanto. A veces la
expedición es fácil, otras nos encontramos con dificultades
que aprendemos a sortear. Pero sabemos que cualquier día el
viaje va a terminar y tendremos que regresar a nuestro lugar
de origen. Así que cuando el día de partir llegue, podremos
irnos con tranquilidad, con alegría y gratitud por todo lo que
hemos conocido y disfrutado en nuestro viaje. Las personas
que nos han acompañado se quedarán allí, pero nuestro
recuerdo las acompañará siempre y nosotros nos llevaremos
su amor en el corazón.
La clave está en vivir plenamente el momento presente, el
tesoro que significa estar vivo hoy, en este preciso día.
Construir relaciones de afectividad, de amor y compasión
más no de dependencia, para que nosotros y nuestros seres
queridos podamos partir libres cuando llegue el momento.
Saber que soy feliz con el otro, que yo trato de hacerlo feliz,
pero que si algún día él o yo debemos partir, cada uno podrá
estar en paz.
La muerte tocará a la puerta de todos, y por eso es
importante integrarla a la vida. El Eclesiastés nos dice muy
sabia y bellamente que tenemos un tiempo para todo: un
tiempo para reír, y uno para llorar; uno para sembrar, y otro
para cosechar; un tiempo para nacer, y un tiempo para morir.
Y en uno de sus versículos también nos dice que los días del
hombre están contados. Por lo tanto, no es necesario temer a
la muerte como a una enemiga. Más bien, mientras estemos
vivos y tengamos con nosotros a nuestros seres queridos,
darles todo lo que podamos y recibir de ellos todo lo que
tengan para darnos. Y recordar aquí las palabras de la poeta
norteamericana May Sarton sobre la muerte: «Quiero pensar
que cuando muera me habré entregado como un árbol que
deja caer sus semillas cada primavera y no repara en la
pérdida, porque no hay tal pérdida sino una contribución a la
vida futura. Es la naturaleza del árbol. Aunque sus raíces son
fuertes, regala su tesoro al viento».
13. EL DUELO COMO UN PROCESO NATURAL
Mónica María Agudelo
«El duelo es la más profunda iniciación en los misterios de
la vida humana ». (William Inge)
El duelo es el proceso, la reacción normal que todo ser
humano debe vivir cuando tiene una pérdida importante en
su vida. Esta pérdida puede darse por muerte, por separación,
por trabajo, por salud.
John Bowlby, psiquiatra británico, afirma que todos los seres
humanos necesitan vincularse afectivamente con otras
personas, y que tratamos de suplir esta necesidad desde
pequeños. Así, si no nos apegáramos a nuestras madres, o si
ellas no lo hicieran con nosotros, estaríamos en grave riesgo
de morir. Necesitamos los lazos de apego para conseguir
seguridad y apoyo. Y esos lazos, que tejemos a lo largo de
nuestra vida, van a provocar en nosotros una fuerte protesta
emocional si se ven amenazados. Cuando vemos que nuestra
madre se enferma, cuando nuestra pareja nos abandona,
cuando un ser querido muere, nuestras primeras reacciones
son de dolor, de angustia, de aferrarnos al ser o a la situación
que ya no está y de negar esa pérdida. Esta necesidad de
aferrarse al ser que ha partido es evidente incluso en los
animales; Konrad Lorenz, uno de los padres de la etología,
publicó en 1963 el caso de una oca gris que había perdido a
su pareja y salía noche tras noche a buscarla, con lluvia y
frío y a riesgo de su propia vida.
Parece que traemos en nuestros genes la reacción al duelo, y
la primera de esas reacciones es tratar de evitarlo. Incluso
desde la antropología se afirma que en todas las culturas se
observa un intento por preservar el vínculo afectivo, por
evitar a toda costa que se pierda. En el caso de la muerte, por
ejemplo, esto se hace evidente en esa reacción tan común de
decirles a los médicos «Haga hasta lo imposible por salvar la
vida de mi ser querido», y cuando se ve que no se va a
lograr, entonces se corre a buscar otra atención médica que
quizás logre impedir su muerte. Y si ocurre el deceso, la
mayoría de las personas tiene la idea de que algún día será
posible reencontrarse con su ser amado en un mundo más
allá de este. Estos son intentos típicos de preservar el
vínculo, la relación que nos da seguridad.
Todas las personas tendemos a responder a las pérdidas de
manera similar. Por eso ha sido posible definir unas etapas
en los procesos de duelo, que obviamente no son vividas de
manera exacta ni lineal por todos. La primera es una fase de
insensibilidad o shock. La segunda es la etapa del anhelo y
búsqueda de la figura perdida. La tercera es una fase de
desorganización y desesperanza, y la cuarta una fase de
reorganización. El duelo es un proceso que fluye de manera
natural, y cualquier ser humano podría capearlo con éxito.
Pero muchos de los manejos que le damos a la muerte y al
duelo en nuestra cultura contribuyen a que se den
estancamientos en alguna de las etapas enunciadas.
La fase inicial del duelo está marcada por la insensibilidad
con la que la psique se defiende de la pérdida en un primer
momento. La persona no puede aceptar que es verdad lo que
le ha ocurrido y funciona en un modo automático que la
anestesia y la protege de las emociones dolorosas que sentirá
cuando tome plena consciencia de su nuevo estado. La
duración de esta etapa depende mucho de la persona y de la
situación en sí. Hay quien la supera en unas pocas horas,
pero la mayoría se tarda algunos días o unas pocas semanas.
Así, una muerte accidental generaría una etapa de shock y
negación un poco larga (no más de una semana), mientras
que la muerte de alguien que ha estado enfermo podría
generar una etapa más corta, porque de algún modo había
una preparación para la ausencia.
Una vez superados estos primeros días, es decir, cuando se
ha asumido que la desaparición del ser querido es definitiva,
se llega a la etapa del anhelo y la búsqueda de la figura
perdida. La persona comienza a vivir la realidad cotidiana de
su pérdida. Se da cuenta de que lo que ocurrió es verdad, que
no se trata de un sueño, y empieza a comprender que no es
posible negar esa realidad, por dolorosa que sea. El primer
impulso es tratar de restablecer la relación, de continuar el
diálogo y rescatar esa presencia de cualquier modo. Es usual
por ejemplo hablarle a una foto del ser querido que ha
muerto, charlar con él bien sea en voz alta o en el
pensamiento, o imaginar obsesivamente toda clase de
situaciones en las que disfrutaría otra vez de su compañía.
Son comunes las emociones de incredulidad, de ansiedad y
de esperanza por volver a encontrar a ese ser querido
ausente.
Es en este punto donde se empieza a vivir la primera tarea
del duelo. Porque para poder elaborar plenamente un duelo
es necesario lograr una serie de cometidos en cada una de
sus etapas. Esta primera tarea consiste en afrontar
plenamente la realidad de la pérdida. Sentir el dolor tal como
se presente, pero aceptar que nada de lo que se haga traerá de
vuelta al ser querido, que ninguna estrategia constituirá
nunca un vínculo real con el ausente.
Cuando esta tarea no se asume, se vive en un estado de
negación que impide a la persona avanzar en la sanación de
su duelo y la deja estancada en esta etapa de anhelo por el
vínculo perdido. Esta negación puede ir desde una ligera
distorsión de la realidad, hasta un engaño total. Un ejemplo
patológico es el de las personas que se niegan a disponer del
cuerpo de la persona que ha fallecido y lo conservan en su
casa por más de un día, tiempo que es apenas normal. Esto,
obviamente, es una negación de la muerte y de la realidad de
que el ser amado no va a estar presente nunca más. Una
situación similar es la de las personas que guardan las
cenizas por un tiempo, aunque esta es una negación un poco
más natural y normal, porque al no querer asumir la pérdida,
conservan de este modo una ilusión de cercanía. Otra forma
de negación es la momificación, es decir, conservar las
posesiones de la persona en el mismo sitio y estado en que
las dejó: se momifican los objetos con la idea inconsciente
de que cuando vuelva, el ausente pueda encontrarlas tal
como estaban.
Otro tipo de distorsión o negación es cuando se pretende ver
a la persona en alguien que quedó: «Es igualito al hijo», o
«Es igualito al hermano», y se empieza a relacionarse con
esa persona como si fuera el fallecido. Este tipo de
comportamiento es normal al comienzo del duelo, pero si
pasan algunos meses y se le sigue hablando al hijo como si
fuera el padre, o se pretende que asuma los roles del que
murió, se trata de un comportamiento patológico.
También hay distorsión cuando se niega la profundidad de la
pérdida y se pretende que el ser ausente era menos valioso de
lo que realmente era: «Al fin y al cabo no era tan buena
madre», o «En últimas estamos mejor sin él». Lo común es
todo lo contrario, que se maximice a la persona que se fue y
su papel dentro del grupo familiar. Por eso se habla de que
hay una negación cuando, por tratar de sobrellevar mejor la
ausencia, se minimiza ese ser querido en el recuerdo.
Otra manera de negar el significado de la pérdida es lo que
se llama el olvido selectivo. Olvidar el rostro del ausente, sus
gestos, su manera de hablar es un intento por borrar esa vida
que ya no está, es refugiarse en la ausencia de memoria para
no sentir tristeza. Todas las conductas mencionadas se
adoptan para no sentir el dolor, por eso se las llama
negación.
Sobre todo en las primeras semanas del duelo son comunes
los sueños con la persona que partió. Los dolientes se
encuentran con ella, la abrazan, oyen su voz, le preguntan y
le dicen todo aquello que se les quedó sin expresar.
Obviamente al despertar se sienten más tristes, cuando
comprueban que ese encuentro nunca ocurrió ni podrá
ocurrir en el mundo real. También es común llamar y
nombrar al fallecido, como cuando suena el teléfono, por
ejemplo, y se le pide que conteste. O al contrario, cuando
suena el teléfono y el primer pensamiento es que esa persona
que ya no está es quien llama.
Hablar constantemente del ausente con los demás es otro
comportamiento del duelo en sus etapas iniciales. Llorar sin
consuelo, o referirse en tiempo presente a asuntos del ser
querido que ya no está también lo son. Lo importante es
comprender que todas estas actitudes hacen parte del proceso
natural del duelo, pero que es necesario tomar consciencia de
ellas y empezar a trabajar para superarlas.
Este trabajo con las emociones se inicia en la segunda etapa
del duelo, la etapa del anhelo, en la que irrumpen con fuerza
sentimientos de rabia, desesperanza y tristeza. La mayoría de
las personas optan por bloquear estas emociones pensando
que deben ser fuertes y que llorar o entristecerse es signo de
debilidad. Así que acuden a los tranquilizantes, al exceso de
trabajo o de diversión, o peor aún, al consumo de drogas o
alcohol.
La clave en esta etapa del duelo es ser consciente de lo que
se está sintiendo y haciendo. Aceptarlo todo para permitir
que fluya, porque bloquearlo es la mejor manera de
entorpecer el proceso natural del duelo y hacer que sea más
largo y lento. No se trata de magnificar las emociones, ni de
regodearse en el dolor, sino de ser pacientes y aceptar que se
debe pasar por el llanto, por el temor, por la rabia, para
encontrar poco a poco el equilibrio y la capacidad de
funcionar de una manera nueva en el mundo, sin esa persona
que ya no está. Es necesario tener confianza y saber que el
duelo mismo es un proceso de sanación que, si no se
entorpece, niega o bloquea, podrá ser superado en el tiempo
adecuado para cada persona.
La tercera etapa es la fase de desorganización y
desesperanza. Llega cuando la negación empieza a dejar de
hacer su efecto protector y la persona se da cuenta de que,
haga lo que haga, pase lo que pase, su ser querido nunca va a
volver. Esta es tal vez la etapa más difícil de todo el duelo,
porque la persona ve su vida completamente desorganizada,
sin estructura, tanto en lo emocional como en lo cotidiano.
Además del dolor y la desesperanza, empieza a preguntarse
quién asumirá los roles, muchos de ellos protectores, que
desempeñaba el ausente.
Tristeza, rabia y culpa son tal vez los sentimientos más
recurrentes en esta fase de desorganización. La tristeza es la
emoción principal y se vive siempre que hay una pérdida,
pues extrañamos todas las situaciones positivas que se
vivieron con el ser que partió. De hecho la tendencia más
común es la de idealizar y seleccionar en la memoria los
mejores recuerdos, todo en función de la tristeza y la
nostalgia por ese vacío que ha dejado quien ya no está.
La rabia también se hace presente, y puede estar dirigida
hacia sí mismo, hacia Dios, hacia la persona que murió o
hacia otros. Es importante aceptar y vivir esa rabia, puesto
que es una emoción que tiende a ser negada y poco aceptada,
al contrario de la tristeza, que incluso se exalta en los
tiempos de duelo. Podemos sentir rabia con la persona que
murió, por habernos dejado solos, por los asuntos que ahora
debemos enfrentar y de los cuales esa persona se ocupaba,
por los problemas económicos que dejó tras de sí o por los
conflictos familiares que afloran en su ausencia. Esos y otros
asuntos pueden ser motivo de rabia. O podemos sentir rabia
contra Dios, por no haber impedido la muerte de nuestro ser
querido; o contra un pariente o amigo al que culpamos de no
haber hecho lo oportuno para que esa persona «se salvara».
En cualquier caso es importante saber que la rabia es algo
completamente natural en un proceso de duelo. Que no
debemos sentirnos culpables por sentirla, y que a medida que
se elabore la pérdida y se tenga mayor comprensión y
aceptación de la muerte y posterior ausencia de nuestro ser
querido, ese sentimiento de rabia va a desaparecer.
La culpa es también una emoción muy común, y por lo
general alude a los sucesos más cercanos al momento de la
muerte, o a la relación que se tuvo en vida con esa persona
que ha partido. «¿Yo por qué no estaba en ese momento?
¿Por qué no lo llevé a una clínica mejor? ¿Por qué no la
acompañé más? ¿Por qué peleábamos tanto? ¿Por qué estuve
tan distante?». Todas estas preguntas manifiestan la
responsabilidad que la persona quiere asumir acerca de
situaciones que, o no le competían, o ya no es posible
enmendar.
También es usual sentirse muy culpable por el alivio que
puede traer la muerte del ser querido, bien sea porque ha
puesto fin a una enfermedad larga y dolorosa, o porque
termina con una relación que ha sido conflictiva. Es normal
sentir alivio porque seguramente había rasgos o
comportamientos del ausente que no nos gustaban, que nos
causaban problemas, y que sin esa persona ya no nos
molestarán más. Sea cual sea la emoción o la mezcla de
emociones que se sienta, hay que vivirlas como algo normal,
porque el bloquearlas o el sentirse culpable por ellas lo único
que hará es volver el duelo algo patológico.
En el campo del comportamiento, es común que la persona
se muestre irritable, tenga comportamientos hostiles, o que
presente trastornos del sueño y la alimentación. Así, hay
quienes empiezan a comer más, otros menos; hay quienes
sufren de insomnio mientras que otros, por el contrario, se
pasan muchas horas dormidos. Por lo general, las personas
tienden a perder el sueño y el apetito. También es usual que
quieran aislarse, a presentar olvidos y confusión y a
manifestar problemas somáticos como gastritis, cefaleas u
opresión en el pecho.
Como se dijo, esta es la etapa más difícil del duelo. Y la
única directriz es que las personas no lo eviten. Que lo vivan
de una manera natural, sin desesperarse por este torrente de
emociones, sino afrontándolas como parte de un proceso
normal que finalmente va a conducir a la sanación. Si
vivimos la rabia, la tristeza, la culpa y el alivio como tramos
de un camino, con seguridad llegaremos a salvo al final del
túnel. Hay que conectarse con el dolor, asumirlo como algo
que está en mí para mi bien. Hay que permitir que ese dolor
fluya y no detener su curso con actividades frenéticas, con
tranquilizantes, con alcohol o con cualquier tipo de estrategia
que impida su libre manifestación. Asumir el duelo como un
momento de la vida del que podremos aprender si
permitimos los cambios que traerá. Todos los seres humanos
tenemos la capacidad de adaptarnos, y en el duelo podremos
lograrlo, aunque la tristeza esté ahí. En palabras de Sandra
Muñetón, alguien que ha experimentado y sanado su duelo,
«No vale la pena quedarse sentado en ese oscuro túnel de la
tristeza. Es mejor recorrerlo paso a paso para llegar al final y
recobrar la luz brillante de la vida».
En consecuencia, la persona que vive esta etapa del duelo
debe empezar por aceptar sus emociones, por intensas que
sean, reconocerlas y permitir su manifestación. En segundo
lugar debe empezar a adaptarse a un nuevo modo de vida en
el que ya no estará la persona que se fue. Puede ayudar estar
con personas distintas, lanzarse a otras actividades y asumir
roles nuevos. Este es un objetivo difícil de lograr, pues los
seres humanos nos resistimos al cambio, queremos estar
protegidos en nuestra zona de confort. Pero la vida es un
cambio constante, y la muerte es propiciadora de ese cambio.
En ese sentido podremos asumir el duelo como una
oportunidad de crecer, de evolucionar, de encontrar en
nosotros fortalezas y aptitudes que desconocíamos. Cada
persona pasa por estos cambios a su ritmo y manera. Hay
que hacerlo sin prisas y sin forzar nada, pero cuando se note
que es demasiada la dificultad para empezar a asumir la
nueva vida, es aconsejable buscar ayuda.
La última fase del duelo, la de la reorganización, es la meta a
la que se pretende llegar. La persona empieza a sentirse
cómoda con sus nuevos roles, experimenta otra vez alegría y
confianza en la vida. Nuestra cultura es reacia a la idea de
olvidar a ese ser querido que partió. Pero en realidad, cuando
se elabora el duelo no se está olvidando a la persona porque
es imposible olvidar la información que nuestro ser amado
ha dejado en nuestro ser, en nuestros recuerdos, en nuestras
actitudes. Lo que se va a lograr es vivir cómodamente sin el
otro, aunque siempre se le va a recordar con algo de
nostalgia, pero no de tristeza profunda.
Cuando alguien ha elaborado el duelo se recuerda la
presencia, del ausente, los mejores momentos; se acude a su
recuerdo como guía e inspiración, se rescatan las enseñanzas,
los valores de esa persona. Nunca podemos eliminar a
aquellos que han compartido nuestra historia. Siempre los
vamos a amar y a recordar, pero podemos seguir viviendo sin
su presencia, encontrando nuevos alicientes y construyendo
una nueva vida en la que ese ser ya no estará.
En las etapas anteriores todavía se vivía por y para el
ausente. ¿Por qué ya no está? ¿Por qué no volverá? En esta
última etapa se empieza otra vez a vivir por y para uno
mismo. Mi ser amado ya no está, pero ¿qué puedo hacer por
mí para estar otra vez bien aquí en este mundo, en esta nueva
vida mía? Las primeras etapas del duelo podrían ilustrarse
con un corazón ocupado completamente por el ausente. Es
como si esa persona, y su ausencia, no permitieran ver, sentir
o hacer nada distinto, como si no hubiera ninguna
gratificación posible. La elaboración del duelo, en cambio,
muestra un corazón en el que el ser querido ocupa un
pequeño espacio, un espacio importante pero que deja campo
para que la persona siga viviendo y disfrutando la vida.
Es necesario elaborar la aflicción para recuperar este
equilibrio. El duelo es similar a una herida física: cuando nos
lastimamos es necesario raspar la herida, lavarla y aplicarle
un medicamento que la sane. A medida que pasa el tiempo,
la herida va cicatrizando. Lo mismo pasa en el duelo:
enfrentamos la tristeza, el miedo, el dolor por la ausencia.
Vivimos todas estas emociones y a medida que pasa el
tiempo y vamos haciendo las tareas para superar cada etapa
vamos sanando. Pero así como hay heridas físicas que sanan
mal, también hay duelos que se elaboran mal, porque la
persona se queda detenida en alguna de las etapas.
Se trata de recuperar el equilibrio que teníamos antes de la
pérdida. Y aunque algunos autores dicen que uno nunca llega
a recuperarlo totalmente, sí es posible volver a sentir
satisfacción por la vida. ¿Cómo saber que ya se elaboró el
duelo, cuáles son las señales en lo cotidiano que así lo
manifiestan?
Aunque no hay un límite de tiempo para decir que un duelo
debe estar elaborado, sí hay una serie de indicios que nos lo
indican. Por ejemplo, el pensar en la persona fallecida sin
dolor intenso, el sentir otras emociones que no se relacionen
con la ausencia del ser querido, el tener esperanza en el
futuro y además confianza en lo que soy, en lo que va a
venir.
Algunos terapeutas hablan de algunos tiempos para elaborar
los duelos. Por ejemplo, establecen que las personas que
pierden a su pareja pueden recuperarse en uno o dos años,
término que se considera adecuado para cualquier duelo. Lo
importante no son estos tiempos, sino saber y confiar en que
el duelo no es eterno, que tarde o temprano se va a dejar
atrás la tristeza y que todos los seres humanos tenemos la
capacidad de elaborar nuestros duelos y recuperar la alegría
de vivir.
14. EL DUELO PATOLÓGICO
Mónica Duque Mejía
«En el curso de la vida vemos desaparecer para siempre la
belleza del rostro y el cuerpo humano. Mas esta fugacidad
agrega a sus encantos, uno nuevo. Una flor no nos parece
menos espléndida porque sus pétalos no estén lozanos
durante la noche». (Sigmund Freud)
El duelo es un proceso de reacciones psicológicas, somáticas
y sociales a una pérdida. Cuando se dice que es un proceso
implica que hay un desarrollo continuo, una evolución a lo
largo del tiempo durante la cual se van a superar unas etapas
y se va a vivir una serie de cambios. Pero además hay que
decir que el duelo es una reacción normal, esperable, y que
lo realmente patológico es que no se presente ningún tipo de
duelo. La pérdida no necesariamente tiene que ser concreta.
Puede tratarse de una pérdida simbólica, por ejemplo, un
grado universitario que no se pudo alcanzar o un problema
laboral. Algunas veces las pérdidas no son reconocidas como
tales cuando se dan en un momento vital considerado como
positivo. Es el caso del joven que abandona el hogar de sus
padres para hacer una vida independiente y que
inexplicablemente se siente triste. Por un lado está su
independencia, y por el otro la pérdida del hogar originario,
de la protección que significaban los padres. O la pareja que
tiene su primer hijo, y al tiempo con esa felicidad no es
consciente de que también está perdiendo la privacidad, la
autonomía.
Como vemos, el transcurrir de la vida trae consigo muchas
situaciones de duelo. Y cuando este duelo obedece a la
muerte de un ser querido, por lo general implica también una
serie de pérdidas simbólicas. Junto con esa persona que se ha
ido también pueden haber desaparecido nuestra seguridad
económica, nuestro estatus emocional (el hecho de sabernos
la pareja, o la madre, o el hermano de alguien) o la seguridad
que nos traía su presencia en nuestra vida.
El estado anímico en las primeras etapas del duelo es de
profundo dolor, tristeza, ansiedad, rabia y pérdida de interés
por el mundo externo. Esta pérdida de interés en la realidad
viene de saber que en esa realidad, en ese mundo concreto,
ya no está ese ser querido que perdimos. De ahí que se
anestesie la capacidad de amar, que el nivel de actividad se
inhiba y que la persona se aleje de cualquier actividad que se
relacione con la persona que falleció. El pensamiento está
ocupado de modo permanente en esa persona y en las
situaciones que desaparecieron con ella; y dado que estas
ideas pueden tornarse obsesivas, puede ocurrir que el
doliente crea ver u oír a su ser querido. Otro fenómeno que
se observa con frecuencia, especialmente cuando el duelo se
está complicando, es el de la identificación, es decir, que la
persona adopta comportamientos, ideas y hasta síntomas de
la persona que murió.
Las emociones ambivalentes también hacen su aparición.
Normalmente en todas las relaciones afectivas hay buenas y
malas situaciones, buenos y malos comportamientos, buenos
y malos recuerdos. Durante el duelo es común que se
empiecen a recordar unos u otros con mayor énfasis. Es
decir, que solo recordemos lo malo de quien partió, o que por
el contrario, magnifiquemos todos los recuerdos positivos
para idealizar nuestro ser querido. Ambos extremos pueden
complicar el duelo, y lo ideal es aceptar esa ambivalencia,
comprender que todas las relaciones humanas están teñidas
de afecto y rechazo, y que ni uno ni otro son
completamente positivos o completamente negativos.
La culpa y la rabia son también emociones muy comunes en
el proceso de duelo. Van acompañadas de inquietud,
desasosiego y pérdida de la habilidad para realizar las
actividades ordenadamente. En el ámbito de lo corporal, las
personas pueden sentirse embotadas, aturdidas, no solo en su
pensamiento sino también en sus emociones.
Un duelo se resuelve cuando se acepta que la pérdida es
irreparable, que no tiene sentido albergar sentimientos de
culpa y que es posible vivir a pesar de lo que se ha perdido.
Al respecto es preciso considerar que un duelo reactiva los
sentimientos por las pérdidas que se haya tenido en el
pasado. Esta reactivación de los viejos problemas y
conflictos ocurre justamente cuando la persona está más
vulnerable por su pérdida más reciente, lo que dificulta la
elaboración del duelo.
Sufrir pérdidas y dolerse por ellas es inherente a nuestra
condición humana. Pero ocurre que olvidamos que duelo y
crisis pueden significar no solo pérdida, sino también
oportunidad. Una situación de duelo nos permite despedirnos
de lo que vamos dejando atrás para conectarnos con lo que la
vida nos depara más adelante. Por eso no podemos darle al
duelo una única connotación negativa, pues es positivo en la
medida en que nos ayuda a evolucionar. Pero como no nos
han educado para tener esta mirada, no nos permitimos vivir
a consciencia nuestros duelos y corremos así el riesgo de
convertirlos en algo patológico.
Un duelo deja de ser normal cuando se extiende en el tiempo
o cuando los síntomas normales de que hablamos se
intensifican y derivan en un cuadro depresivo. Una de las
manifestaciones puede ser la exagerada identificación con el
difunto; también pueden aparecer ideas de suicidio para
intentar reunirse con el ser querido que ha muerto. También
puede negarse la muerte del fallecido hasta el punto en que
la persona afirma que su ser querido sigue vivo porque lo ha
visto casualmente en la calle, por ejemplo. Este tipo de
negación ya bordea el límite de la psicosis.
Los síntomas corporales que acompañan el duelo son
importantes porque su agudización puede ser un indicativo
de que el duelo se está complicando. En un duelo normal hay
manifestaciones somáticas como inapetencia, trastornos
gastrointestinales, pérdida de peso, insomnio, sensación de
debilidad, cansancio, fatiga y pesadez. Estos síntomas
pueden unirse a otros signos de ansiedad como sudoración,
taquicardia, temblor, nerviosismo y dificultades de
movimiento y respiración. Además hay que tener en cuenta
que las defensas se bajan en una situación de duelo y en
consecuencia pueden aparecer enfermedades infecciosas
recurrentes.
El duelo también puede complicarse por el abuso de tóxicos
como drogas y alcohol. O por un deterioro marcado del
funcionamiento social: la persona no es capaz de trabajar ni
de desempeñar sus roles de modo adecuado durante un
tiempo prolongado. En líneas generales puede decirse que un
duelo dura de tres meses a un año; más allá se empieza a
considerar un duelo patológico.
Normalmente un duelo no requiere intervención terapéutica
porque el psiquismo tiene su propia capacidad de
autorregularse. Todos los síntomas mencionados son
normales en una situación de duelo, pero si se agravan y se
prolongan en el tiempo avisan que es necesario acudir a
ayuda médica profesional. La función del terapeuta en estos
casos es ayudarle al paciente a reconocer y aceptar su
pérdida y a comprender que todos sus síntomas hacen parte
de un proceso natural de sanación que requiere tiempo y
paciencia. El duelo necesita un trabajo psicológico de quien
lo vive, y cuando esa persona no es capaz de hacerlo con sus
propios recursos, el terapeuta puede colaborar para que el
paciente los reconozca y aproveche a su favor. Es muy
importante que la persona, así como sus parientes y amigos,
estén atentos al momento en que esta intervención extra se
hace necesaria.
15. DUELO Y TRASTORNOS MENTALES
Jorge Julián Calle Bernal
«En el río de las lágrimas, agradece lo que tienes. Haz del
tiempo tu amigo». (Anónimo)
Hay quienes confunden el duelo con algún tipo de trastorno
psiquiátrico, como la depresión, por ejemplo. Por el hecho de
ver a alguien llorando, triste, ensimismado, se piensa que
está en una situación emocional negativa. Pero la realidad es
que el duelo es una reacción natural del ser humano frente a
una pérdida importante en su vida, una pérdida que va a
cambiar de una u otra manera su cotidianidad y su futuro. Lo
que sí puede ocurrir es que ese duelo normal pueda
convertirse en algo patológico por diversas circunstancias
que analizaremos.
En las primeras etapas del duelo hay dos síntomas que son
bastante comunes. El primero es la falta de apetito y el
segundo los trastornos del sueño. Es natural que la tristeza
por la pérdida rompa estos dos ritmos naturales, básicos para
el bienestar físico y emocional. Si las molestias en el sueño y
la alimentación persisten durante demasiado tiempo, o si se
agravan, se puede pensar en acudir a alguna ayuda médica
para aliviarlos.
El duelo normal trae consigo todos los síntomas de una
depresión mayor. La persona va a estar triste, sin motivación
alguna para las cosas que antes le daban placer. En general,
su energía vital va a estar disminuida, y esto irá acompañado
de sentimientos de minusvalía, de baja autoestima, pérdida
de concentración, disminución de la memoria. En general,
puede decirse que la persona ha perdido el sentido de su
vida. Todo esto es normal, dentro de un tiempo límite.
Después de ese tiempo, hay que pensar que se trata de un
caso psiquiátrico.
Se puede afirmar que un duelo es patológico cuando por
ejemplo alguien, después de seis años de haber perdido un
ser querido, sigue sin poder funcionar normalmente en sus
deberes diarios. Hay que trazar una línea. No es posible decir
que un duelo se va a superar en tres, seis o doce meses. El
tiempo dentro del duelo es un factor neutral y subjetivo. Lo
importante del tiempo es lo que hace la persona para no
quedarse estancada en una de las fases negativas y lograr que
su proceso sea dinámico. En cualquier situación humana, el
tiempo es un factor determinante, puesto que solo a través de
su discurrir podemos elaborar todo lo que nos sucede. Si no
fuera por el tiempo, que es nuestro aliado, la vida sería
imposible de sobrellevar. En el duelo, cada quien necesita su
tiempo. Sin embargo, sí es posible saber que después de tres
o cuatro meses la persona ha podido recuperar algunas de sus
funciones básicas como concentrarse en su trabajo, hacer
ejercicio, dormir y alimentarse bien, sin olvidar a su ser
querido.
Puede decirse entonces que un duelo ha tomado un cariz
patológico si después de tres o cuatro meses la persona no es
capaz ni siquiera de pararse de la cama, no cesa de llorar, no
ha podido reintegrarse a ninguna actividad y habla de desear
su propia muerte.
Por ejemplo, percibir de alguna manera al ser querido que
falleció es considerado normal dentro del duelo. Oírlo, verlo,
soñar con él, puede corresponder a las creencias y
expectativas del doliente. Desde la psiquiatría se explica
como un intento de paliar la ansiedad por la ausencia: la
persona es capaz de crear estas alucinaciones con tal de
volver a ver a quien ya no está. Pero con el tiempo estas
percepciones van declinando, e incluso hay personas que por
iniciativa propia deciden hacerles una despedida. El asunto
se torna patológico cuando estas alucinaciones parecen
dominar a la persona, y en lugar de darle consuelo la afectan
con sentimientos de culpa y temor.
Todas las enfermedades psiquiátricas necesitan de un factor
de vulnerabilidad del paciente para presentarse. A todos no
nos va a dar esquizofrenia o depresión, y eso no implica que
unos seamos más débiles que otros. Significa que unos son
más vulnerables que otros. Así, el duelo no implica
necesariamente que se va a desarrollar un trastorno
psiquiátrico mayor. Lo que ocurre es que el duelo puede ser
la puerta de entrada a un trastorno de este tipo. Si soy
vulnerable a una depresión mayor, bien sea por antecedentes
familiares o porque ya la he sufrido, el duelo puede ser el
detonante, no la causa, de un episodio depresivo. Igual puede
ocurrir con una esquizofrenia, un trastorno afectivo bipolar o
un trastorno de ansiedad generalizado.
La realidad es que el duelo es un factor protector frente a una
pérdida. Porque por cualquier quebranto, especialmente si
este obedece a la muerte de un ser querido, la persona debe
entrar en una especie de estado de choque que le ayude a
asumir el hecho. Si no se diera un proceso de duelo, la
persona se descompensaría y emergerían trastornos graves,
bien sea en lo psíquico o en lo emocional. Por eso todas las
reacciones de las diferentes etapas del duelo son normales.
El profundo dolor inicial, la negación, la negociación, todas
deben ser vividas y aceptadas en su momento porque de otro
modo la mente no sería capaz de tolerar la gran carga que
implica la pérdida. Este es un proceso que todo ser humano
está en capacidad de asumir. Todos podemos llegar a aceptar
la muerte de nuestros seres queridos, porque en lo profundo
sabemos que el reto es continuar con la vida, disfrutar de la
vida incluso sin ellos.
Es definitivo que el psiquismo tiene un mecanismo
autorregulador frente a las pérdidas, un mecanismo que es
capaz de ayudarnos a enfrentar, cada uno a su manera, los
problemas que el día a día va presentando. En virtud de que
este mecanismo es propio de cada quien, no es posible decir
que existe un patrón normal de vivir un duelo. Algunas
personas lloran, otras hablan sin cesar de su ser querido, hay
quienes se ensimisman, hay quienes se aíslan y quienes se
refugian en el exceso de trabajo. Todas son estrategias
normales, siempre y cuando, como se dijo, no se prolonguen
en el tiempo ni se agraven hasta el punto de afectar la salud
del doliente. Por el contrario, no son respuestas normales
beber en exceso, consumir drogas, autoagredirse o
manifestar tendencias suicidas.
La familia puede detectar cuando una persona está haciendo
un duelo patológico en términos de funcionalidad: qué tan
funcional sigue siendo esa persona en un lapso razonable de
tiempo, porque no se le puede pedir que al día siguiente de la
pérdida lleve una vida perfectamente normal. Hay que mirar
entonces si puede trabajar y ocuparse de sí misma, si cumple
con sus obligaciones del día a día.
¿Qué ocurre cuando el duelo pasa los límites de lo normal?
Que puede derivar en un trastorno psiquiátrico. El primer
grupo es el de los trastornos afectivos, en los que se incluye
la depresión. El segundo es el de los trastornos ansiosos,
donde están las crisis de pánico, el trastorno de ansiedad
generalizada y el estrés postraumático, entre otros.
Cuando los dolientes tienden a perpetuar sus duelos por
mucho tiempo (más de seis meses, más de un año) es fácil
que deriven a una depresión mayor. Congelan el duelo y
perpetúan los síntomas que al principio del mismo eran
normales: tristeza e incapacidad de sentir placer por lo que
antes sí se sentía. En psiquiatría este comportamiento se
llama anhedonia, es decir, la pérdida de energía vital y de la
capacidad de disfrutar de la vida, acompañada de problemas
de sueño y alimentación
El síntoma principal del trastorno de ansiedad generalizada
es la presencia frecuente de preocupación o tensión por al
menos seis meses, incluso cuando no hay una causa clara.
Las preocupaciones parecen flotar de un asunto a otro y
pueden involucrar a la familia, las relaciones interpersonales,
el trabajo, el dinero y la salud. Es probable que la ansiedad
esté acompañada de fatiga, irritabilidad y dificultad para
concentrarse y conciliar el sueño.
Las crisis de pánico se caracterizan por un miedo súbito e
intenso sin causa evidente. Usualmente los pacientes
manifiestan temor a morir o a perder el control. También
pueden presentar síntomas físicos muy similares a los del
infarto.
El estrés postraumático se presenta especialmente en los
duelos por muertes violentas, aunque puede ocurrir cuando
la persona ha sufrido una impresión muy dramática por la
muerte de su ser querido. El doliente revive una y otra vez
las impresiones y emociones dolorosas del momento exacto
de ese deceso. Su vida se vuelve muy disfuncional, porque
no es capaz de concentrase en nada de lo que hace ni de
controlar estas emociones dolorosas.
Cuando cualquiera de estos trastornos se presenta, se hace
necesaria la intervención de un psiquiatra. La psiquiatría
tiene muchas herramientas para ayudar en un duelo que se ha
vuelto patológico e incluyen la psicoterapia y la
psicofarmacología.
La psicoterapia sirve como un apoyo en el proceso de duelo.
Los pacientes tienen allí un espacio para hablar libremente
de su ser querido ausente y de todas las emociones que les
produce esa ausencia. Sin censuras, los dolientes pueden
expresar los asuntos que los hacen sentir culpables con
respecto a esa persona que falleció, pueden hablar de sus
anhelos, de su miedo a sentirse solos, de su incapacidad para
afrontar la vida sin su ser querido. El psicoterapeuta les
ayuda a hacerse conscientes de sus progresos y a encontrar
dentro de sí las herramientas para llevar su proceso de duelo
fluidamente, hasta culminarlo con éxito en una nueva vida
satisfactoria sin el ausente.
La psicofarmacología puede ser una ayuda que, administrada
por un psiquiatra, le ayude la persona a pasar los momentos
más críticos del duelo y le dé un apoyo adicional para sortear
lo peor de la crisis. Lo que se busca es aliviar al paciente en
sus síntomas: sedantes para la falta de sueño, antidepresivos
si hay una depresión mayor, ansiolíticos para manejar la
ansiedad.
En resumen, el duelo es un proceso natural, una reacción
normal del ser humano frente a una pérdida. Es bueno que
las familias se informen de modo que puedan aceptar los
comportamientos normales del duelo y reconozcan aquellos
que anuncian un duelo patológico para acudir en busca de
ayuda profesional si es el caso. Por último, es importante que
todos aceptemos que en algún momento de nuestra vida
tendremos que afrontar un duelo con todo el dolor que ello
implica, pero también con todo el potencial interno para salir
adelante.
16. CÓMO VIVIR EL DUELO
Ana María Arias Zuleta
Carmenza Gil Botero
«Creemos que la pérdida de los seres queridos forma parte
de la vida, y que es importante vivir el duelo con energía y
fortaleza para salir adelante». (Jean Monburquette)
Recordemos que en la primera fase del duelo, la fase del
shock, la persona no ha hecho realidad la pérdida. Esta etapa
puede durar horas, y a veces días, y durante este tiempo el
doliente si acaso tiene ideas relámpago sobre la muerte de su
ser querido. Pero la sensación dominante es de incredulidad
o de estar protagonizando un mal sueño.
Luego sigue la etapa del anhelo, o la búsqueda de la figura
perdida, en un intento por recuperar de alguna manera esa
presencia que ya no está. Mirar fotografías, conservar los
objetos personales, recorrer una y otra vez los lugares
familiares, hablar sin cesar del fallecido son
comportamientos usuales en esta etapa. Luego, cuando se ve
que ese intento es fallido, se pasa a la etapa de
desorganización y desesperanza, con todo un cúmulo de
emociones intensas como tristeza, rabia y culpa. La última
etapa es la reubicación del ser que ha partido en un lugar
especial del corazón donde se lo recuerda sin dolor para
recuperar el goce de la vida.
De acuerdo con estas fases, la primera tarea del duelo es
hacer realidad la pérdida para poder elaborar todas las
emociones que se derivan de dicha aceptación. Y en la
elaboración de estas emociones es indispensable la palabra,
la libertad que el doliente deberá tener para expresar todos
sus sentimientos, sensaciones, recuerdos, miedos, anhelos.
Poco a poco, y a partir de esta elaboración, la persona estará
en capacidad de aprender a vivir sin el otro, tanto en lo
práctico como en lo emocional. En síntesis, la tarea central
es recuperar el sentido de la vida, el valor de la propia
identidad.
Como se dijo, esta recuperación empieza por la posibilidad
de expresar verbalmente los sentimientos. Mientras más se
hable de la ruptura, de la soledad, del miedo, del desamparo,
va a ser más fácil que todas las emociones puedan fluir. Esta
posibilidad de poner en palabras lo que se siente va ligada a
la necesidad de ser escuchado. En este sentido es importante
consolidar redes de apoyo para que la persona en duelo no se
sienta sola y tenga quien la escuche de manera activa y sin
juicios.
Los rituales de despedida son sumamente importantes.
Reorganizar los muebles de la casa, recoger y donar los
objetos personales del difunto, hacer una carta de despedida
donde se expresen todos los sentimientos ocasionados por la
pérdida. Cada persona podrá encontrar en algún momento
sus propios rituales.
Lo importante es que le permitan dejar fluir libremente esas
emociones que, en primer lugar, deben ser plenamente
aceptadas. Porque ocurre que en nuestra cultura solo
aceptamos la alegría y proscribimos emociones como la
tristeza, la ira, el miedo, que también son emociones
primarias, es decir, funcionales, porque nacen con nosotros y
en lugar de dañarnos, nos protegen. Al contrario de estas
emociones primarias, existen otras que no obedecen a
estímulos reales sino que son producto de interpretaciones de
algunos estímulos. Por ejemplo, ante una dificultad, la
persona se siente incapaz, cree que no tendrá fuerzas o que
no tendrá elementos para superarla. Una cosa es la tristeza, y
otra es la falta de autoestima derivada del temor o de una
autoexigencia muy elevada.
De cualquier modo es esencial no juzgar ninguna de las
emociones que se presente durante el proceso de duelo. Si se
está triste, no pensar en cuándo va a pasar esa tristeza, ni
sentirse mal por no poder estar alegre cuando los demás lo
están. Hay que entender que las emociones no son buenas ni
malas, sino que simplemente son. Si no se las interpreta, si
no se las juzga, si se las deja estar, las emociones van
fluyendo y con ellas va siendo posible hacer una resolución
sana del duelo.
Además de la tristeza, otra emoción común en el proceso de
suelo es la ira. Sentir ira con la persona que partió por
dejarnos solos, sentir ira contra el personal médico que no
pudo conservar la vida de nuestro ser querido, o sentir ira
con algún familiar porque pensamos que no hizo lo
suficiente. Toda esta ira es normal, y seguirá su curso si no
se la alimenta y se le permite fluir naturalmente.
17. Autocuidados en el proceso de duelo
Carmenza Gil Botero, psicoorientadora.
Algo de lo que se habla poco hoy en día, y que constituye el
primer paso para hacer un proceso de duelo con más
facilidad, es la importancia de los ritos funerarios. Aunque es
cada vez más frecuente la práctica de incinerar
inmediatamente a los difuntos y hacer luego una ceremonia
corta, lo cierto es que lo más adecuado es tomarse un tiempo
prudencial que ayuda a interiorizar la experiencia de la
pérdida. Es positivo estar en al sala de velación
acompañando el cuerpo del ser querido que ha muerto.
Recibir la compañía y el apoyo de los amigos y familiares,
meditar, orar, poder hablar de lo que se está sintiendo en esas
primeras horas tan difíciles. El primer paso del duelo, o sea
la aceptación de la muerte del ser querido, se ve facilitado
con estos ritos funerarios que actúan como una especie de
antesala al umbral que habrá que cruzar para vivir y acepar
la ausencia irremediable de quien partió.
En nuestra sociedad nos negamos el sufrimiento, el dolor y
la tristeza que trae consigo la muerte. Es como si al eludir
estos primeros rituales funerarios negáramos la realidad de la
muerte, tratáramos de salir del mal paso lo más pronto
posible para reanudar la cotidianidad como si no hubiera
pasado nada, como si la muerte fuera un incidente menor.
Pero ocurre que la muerte es parte de la vida y hay que
asumirla como tal.
Cuando finaliza el ritual y los amigos y familiares se
despiden, el doliente empieza a asimilar la realidad de su
situación. Pocos días después, con la evidencia de su pérdida
que ha obtenido de la velación, de la misa o ceremonia de
difuntos, empieza a tomar consciencia de que su ser querido
ya no está. Siente con claridad el vacío que ha dejado;
constata que a pesar de esto la vida continua, y a partir de
esta aceptación empieza a elaborar su duelo. Sin esta
aceptación todos los demás pasos del duelo quedan
bloqueados, pues la negación de la realidad hará imposible
que se vaya haciendo un proceso de sanación y finalmente de
adaptación a una nueva vida sin el ser querido ausente.
Por eso, el primer autocuidado en el proceso de duelo,
pasada la etapa inicial de anestesia emocional es decir sí, mi
ser querido ya no está. Aceptar esta realidad es el primer
paso para empezar el cuidado físico, mental y emocional en
el duelo.
Este primer momento del duelo exige poner mucha atención
a lo emocional, a todo lo que la persona siente. Es urgente
ventilar todos los sentimientos de tristeza. Muchas veces las
personas no expresan su pena, la ira, el miedo, la culpa, los
sentimientos de soledad, con la idea de que su silencio ayuda
a que los demás miembros de la familia estén bien. O porque
en realidad no cuentan con nadie que las pueda oír con
receptividad, sin juicios y sin pretender encauzar o silenciar
sus sentimientos. Cualquier sentimiento es válido y legítimo,
y de poderlo expresar depende que fluya y no se convierta en
algo patológico.
A veces las personas piensan que el tiempo se encargará de
todo. Y esto es verdad; el duelo es un proceso que requiere
tiempo, pero no podemos dejarle al tiempo lo que podemos
hacer por nosotros mismos: buscar con quien compartir el
dolor, no tragarse las lágrimas, porque la tristeza es sana y
hay que dejarla salir para darle paso a esa alegría que
seguramente volverá en algún momento. Si no le damos un
paso oportuno a las lágrimas la tristeza no podrá sanar y
pasará mucho tiempo, tal vez años, antes de poder sentir
otras emociones positivas. Además, estos estados de
abatimiento que no se resuelven derivan fácilmente en
depresiones y otros trastornos psiquiátricos.
Una persona en estado de duelo que no atiende lo emocional
empieza a sentir angustia, estrés, ansiedad. Es usual también
la dificultad para concentrarse y la pérdida de la memoria
incluso para los asuntos más importantes. Es entonces
cuando el sistema inmune se deprime y aparecen además
dolencias físicas. Por consiguiente, hay que estar atentos a
todas estas situaciones, que pueden llevar a un estado de
estrés exagerado en el que empiezan los trastornos en la
presión arterial, el funcionamiento cardíaco, el sistema
digestivo o las vías respiratorias.
Sabemos que somos una totalidad, y nuestras emociones
pueden alterar el buen funcionamiento del organismo. Por
eso es importante establecer una rutina saludable de sueño,
alimentación, ejercicio y distracciones aunque la persona no
se sienta emocionalmente muy dispuesta. Estar alertas para
atender cualquier estado disfuncional. Si hay falta de apetito,
complementar la alimentación con vitaminas y suplementos.
Si hay insomnio, ayudarse en un principio con remedios
familiares como aromáticas, un baño caliente antes de
dormir, escuchar música relajante, orar o meditar. Si nada de
esto funciona, acudir a un médico para obtener una
medicación que ayude. Hacer ejercicio en la medida de las
fuerzas, ver una película graciosa, mirar el paisaje, oír
música, salir a encontrarse con los amigos. Cualquier acción
que contribuya a sentirse mejor es positiva. Aunque estemos
en duelo la vida continúa, y debemos cuidar de nosotros
mismos y ser responsables de nuestra salud y bienestar. Es
entendible que cada quien reacciona diferente. Mientras hay
quienes se encierran, se sumen en largos silencios y no
quieren hablar con nadie, otros se lanzan a todo tipo de
actividades y contactos sociales. Lo importante es tratar de
restablecer poco a poco una vida más o menos normal,
similar a la que se tenía antes de sufrir la pérdida.
Un asunto neurálgico en la elaboración del duelo es la
disposición de los objetos personales de quien partió. Al
respecto, la sabiduría está en el equilibrio. Así como no es
positivo salir de todas las cosas en la primera semana del
duelo, tampoco lo es conservar durante meses e incluso años
todos los objetos personales tal como el fallecido los dejó.
Tal vez lo ideal sea, pasado un tiempo prudencial y cuando
los dolientes se sientan capaces, donar o regalar los objetos
que no revisten un alto valor sentimental y que pueden
servirle a alguien más, y conservar aquellas cosas muy
significativas que tengan un valor emocional. No es
conveniente sacar todo, como si nada hubiera pasado, como
si ese ser querido nunca hubiera estado, porque es como
negar desde el propio yo, desde la propia intimidad, que ese
ser querido existió y dejó recuerdos hermosos.
¿Cuánto puede durar un duelo? Al respecto no hay un
parámetro establecido, pues cada persona lleva su propio
ritmo. Sin embargo, los terapeutas consideran que en general
el primer año es de mucha tristeza, vacío y soledad, un
tiempo en el que se hace mucha consciencia de la
profundidad de la pérdida. La verdad es que apenas a los dos
meses hay una reacción real frente a la muerte del ser
querido, pues hasta ese momento se sigue cuestionando a
veces la certeza del hecho. Al sexto mes empieza a aflorar
una gran tristeza, porque se asume completamente la
ausencia del otro. Luego llega el aniversario, cuando se
reviven todas las emociones dolorosas de la muerte, todos
los recuerdos de esos momentos tan difíciles.
Lo usual entonces es que el duelo tome alrededor de un año,
aunque hay personas que necesitan dos años y hasta un poco
más. En este último caso puede ocurrir que haya muchos
asuntos pendientes, resentimientos, culpas, emociones que
no pudieron ser elaboradas porque no fluyeron
adecuadamente. Muchos de los asuntos que se quedan
estancados en el duelo son los que quedaron pendientes con
la persona que partió: ofensas que no se perdonaron,
propósitos que no se cumplieron, confidencias que no se
hicieron. Es fácil que estos temas pesen como una carga en
la psique del doliente y obstaculicen el libre transcurrir del
duelo. En estos casos es aconsejable buscar ayuda
terapéutica.
Para ayudar a evacuar todos estos asuntos, es sano que el
doliente pueda hablar libremente de sus sentimientos, de sus
recuerdos. Sin presionarlo, es aconsejable favorecer las
circunstancias para que deje salir todo lo que hay en su
interior. Que hable, que llore, que se queje, que sea
escuchado en un ambiente de respeto y aceptación. Eso sí, no
forzar estos momentos, sino esperar a que sea el doliente el
que los inicie.
Otro tópico importante en los autocuidados del duelo es
saber que en momentos así no es bueno tomar decisiones
importantes como cambiar de ciudad, dejar el empleo,
vender la vivienda. Ninguna decisión que comprometa
significativamente el futuro del doliente debe ser apresurada
en estos meses de duelo, porque la persona no está en el
máximo de sus capacidades físicas, emocionales e
intelectuales, y podría arrepentirse más adelante de una mala
elección. Es mejor ser pacientes y estar ya libres del duelo
para hacer cambios radicales, si es que se desea. Eso sí,
muchas veces es benéfico hacer pequeñas modificaciones
como cambiar los muebles, o animarse a retomar
pasatiempos o actividades que antes proporcionaban placer.
Las visitas al cementerio o al osario son otro tema que
inquieta a los dolientes y a quienes los acompañan. Como en
todo lo relacionado con el duelo, la conveniencia o no de
hacerlo, así como la frecuencia con que se haga, depende de
cada persona. Hay quienes encuentran consuelo yendo
ocasionalmente a «visitar» a su ser querido porque se sienten
cerca de él, y hay quienes no sienten ninguna necesidad de
hacerlo. Sin embargo, si pasado un tiempo todavía hay
mucho llanto y tristeza en estas visitas, es porque hay mucha
angustia y dolor no resueltos.
No obstante, es bueno considerar que muchas personas
permanecen tristes por largos años por miedo a olvidar al ser
amado, o porque sienten que si no lo lloran es como si lo
hubieran abandonado. Pero ocurre que podemos olvidar el
dolor y la tristeza sin olvidar a nuestro ser querido. Podemos
aprender a manejar esa ausencia, comprender que él no está
pero que con nosotros siempre permanecerán sus bellos
recuerdos, sus enseñanzas. Y que podemos alimentar esos
recuerdos, darles un lugar especial en nuestras vidas y en
nuestro corazón porque son parte de la herencia espiritual
que nuestro ser querido nos dejó. Ese sentimiento es el que
está bien fortalecer, pues será como una luz, un faro que nos
ayudará en diversos momentos de la vida. Hay que dejar
atrás ese llanto permanente por miedo a olvidar a ese ser que
ya no nos acompaña, y aprender a recordarlo con amor y
alegría.
Es bueno tomarse unas vacaciones en el duelo. Decidir por
ejemplo no pensar en la pena por una hora, o por un día, o
por un fin de semana y ofrecerse a sí mismo algún rato
amable como salir al campo, ver una película, buscar la
compañía de algún amigo. Sin forzarse, hacer solo lo que se
sienta que se es capaz. En este sentido también es bueno
apoyarse en la rutina diaria: el arreglo de la casa, el estudio,
el trabajo, cualquier actividad a la que se estuviera
acostumbrado antes de la muerte del ser querido. Dosificar
los momentos de actividad con momentos de descanso, para
no convertir los quehaceres en adicciones y vías de escape.
También es aconsejable aprovechar los momentos de gracia
para que afloren y salgan las emociones que todavía están
reprimidas, como la tristeza, la ira o la culpa. Por ejemplo, si
se está viendo una película que provoca deseos de llorar,
llorar tranquilamente, darse permiso para sentir todo lo que
la escena suscita. Aprovechar este momento para retomar un
poco la tristeza, pero sin quedarse ahí.
Los momentos de soledad también son reparadores. La
soledad es un espacio amable para visitar, pero sin tratar de
quedarse en él. Cuando se está muy triste ayuda retraerse un
poco, silenciarse para estar consigo mismo y escuchar lo que
quiere decir el corazón. Repasar los recuerdos, pensar en las
decisiones, darse ánimos. Acudir a la soledad no como un
aislamiento social sino como un recurso para reconfortar el
ser interior.
Pero así como es positiva la soledad, lo es también encontrar
un oyente comprensivo que esté abierto a nuestro dolor. A
veces no es fácil, primero porque las personas tienden a
pensar que es malo hablar mucho de la tristeza, y segundo
porque la mayoría de las personas son muy buenas para
hablar pero muy regulares para escuchar.
También es bueno darse ánimos regularmente. Decirse «cada
día estoy mejor, lo peor de este duelo está pasando y poco a
poco lograré salir de esto para hacer una nueva vida». Es
sano preguntarse con esperanza e interés dónde se estará en
unos pocos años, convencerse de que la vida continúa, de
que la pena irá pasando y será posible continuar con los
proyectos, con los sueños, con la realización de esa vida que
nos corresponde vivir. En este campo de los pensamientos
hay que aprender a silenciar las voces interiores que no son
positivas. Si nos sorprendemos con pensamientos de culpa,
de autorreproche, de resentimiento, hay que saber parar y
repetir alguna frase que nos haga sentir bien, como «Estoy
en paz, todo está bien», o «Yo me amo, me acepto y me
apruebo tal como soy».
Hay que rodearse de seres vivos, de plantas, de animales, de
personas positivas, de todo aquello que inspire alegría. Si se
tiene afición por las plantas, cultivar un jardín o cuidar unas
macetas de flores. Tener cerca una mascota, acariciarla,
hablarle, cuidarla, sacarla a pasear es una fuente de energía y
amor inagotable. Todo esto ayuda a elevar la energía, a
constatar que la vida continúa con su misma fuerza, una
fuerza que está dentro de cada uno aunque a veces se
mengüe por circunstancias como el duelo, justamente.
El duelo es un proceso que requiere paciencia; todas las
personas tienen los recursos interiores para superarlo y
encontrar de nuevo el gusto por la vida. No debemos
sentirnos descorazonados si por cualquier motivo se vuelve a
agudizar la tristeza. Hay que aceptarlo con serenidad y saber
que no es un paso atrás, más bien es la oportunidad de
reafirmarnos en nuestra aceptación y en la confianza en
nuestra capacidad de recuperarnos. La cuestión es decidirse a
estar bien, tener la determinación de salir adelante a pesar de
esas pequeñas recaídas. En ese sentido es bueno saber que no
es necesario persistir en la tristeza con la idea de no olvidar a
nuestro ser querido. Lo que ocurrirá es que, a pesar del dolor,
llegará el momento en que lo vamos a recordar de otra
manera, no desde la pena por su ausencia sino desde los
recuerdos gratos que su presencia nos dejó.
Recordemos, no hay que tener prisa para sanar, ni es
necesario darse ideas de falso bienestar. Hay que permitirse
estar triste, aceptar el dolor sin enmascararlo, porque a largo
plazo esa máscara podrá ser dañina. Por eso, para sentir un
bienestar real y duradero, es recomendable volver a las
fuentes espirituales, cualquiera que ellas sean. La
meditación, la oración, el silencio, son fuentes de paz y de
sanación. Reafirmar la fe en sí mismo y en un poder superior
que nos guía y sostiene, no importa el nombre o el aspecto
que queramos darle. Vivir el duelo como una oportunidad
preciosa de crecer y evolucionar. Y apoyarse en ideas como
las del poema de Henry Scott Holland, canónigo inglés:
El amor no desaparece nunca.
La muerte no significa nada.
Solo he caminado hasta la habitación de al lado.
Yo soy yo, y tú eres tú.
Lo que éramos el uno para el otro
lo seremos siempre.
Dame el nombre que siempre me has dado.
Háblame como lo has hecho siempre.
Que no haya diferencia en tu tono,
que no tenga un aire solemne o de pena.
Sigue riéndote de lo que nos hacía reír juntos.
Sonríe, piensa en mí, reza por mí.
Deja que mi nombre sea pronunciado en casa
como lo fue siempre,
sin énfasis de ninguna clase, sin tristeza.
La vida significa todo lo que siempre ha significado.
Es lo que siempre ha sido. El hilo no está cortado.
¿Por qué tendría que estar fuera de tu pensamiento
simplemente porque estoy fuera de tu vista?
Te espero, no estoy lejos,
justo al otro lado del camino.
Como ves, todo está bien.
PROGRAMAS EN AUDIOS
Aprender a morir: Jorge Montoya Carrasquilla, M.D.
La voz del silencio: Rubén Darío Correa Dávila, M.D.
Muerte y salud mental: Mario Ruiz Osorio, psicólogo.
La familia frente a la muerte: Olga Montoya Echeverri, M.D.
El duelo anticipado: Maribel Gómez Ossa, trabajadora
social.
El duelo como un proceso natural: Mónica María Agudelo
Muñoz, psicóloga
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