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pery después.
32 Véase los artículos de Erkenntnis 10 (1976) 2. Una muy correcta reconstruc-
son las revoluciones científicas?, op. cit., p. 58 (donde por lo demás apunta la posibili-
dad de establecer paralelismos -«intrigantes», dice él- entre su enfoque y los
de la foucaultiana arqueologia del saber) como en La tensión esencial, op. cit., p. 22.
Con el estructuralismo ha sucedido una cosa curiosa. Mientras que lo
que designa el rótulo en general, esto es, la corriente, escuela o tendencia
como tal parece haber caído prácticamente en desuso, llegando a conver-
tirse casi en sinónimo de moda superada, los autores que presuntamente
formaban parte de él han alcanzado por su cuenta una considerable no-
toriedad, hasta el extremo de que una parte de ellos todavía concita la
atención de los especialistas -bien es cierto que con una clara tendencia
declinante=-, atención que, sin embargo, ya no viene asociada con el es-
pacio teórico en el que se originaron.
La primera reacción ante este curioso fenómeno es pensar que en rea-
lidad aquella unificación inicial bajo un solo nombre era del todo artifi-
ciosa, una mera operación publicitaria o uno de los últimos episodios de
modas filosóficas importadas del país vecino. Esta reacción, de puro ro-
tunda como es, resulta sospechosa. Eliminar -o desdeñar- con efectos
retroactivos todo lo que hoy no parece encajar en nuestra interpretación
del pasado implica recaer por enésima vez en uno de los errores más fre-
cuentes en una cierta historiografía filosófica vergonzante -en el senti-
do de que no quiere reconocerse como tal-, a saber, lo que pudiéramos
llamar el historicismo presentista, la acrítica y complaciente reconstruc-
ción del pasado a la luz de cada nuevo presente.
No fue por casualidad ni por bobaliconería generalizada por lo que en
su momento -hacia finales de los años sesenta y principios de los seten-
ta- la propuesta asociada al estructuralismo obtuvo una notable reper-
cusión. La obtuvo porque aparecía en primer lugar como una propuesta
unitaria (todo lo coherente que puede ser lo compartido por diversos fi-
lósofos) y sobre todo porque era una propuesta que parecía cuestionar
de lleno dimensiones centrales de la filosofía dominante hasta ese momen-
to. En concreto, aparecía como una rebelión generalizada contra los dis-
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cursos humanistas de diverso tipo, qlle manu-uurn todos ellos 1,1ccnuali- dl~( IIISO,pl'l'dt' 1 1;1iIIO{'l'IICi,1origillaria y pasara Sl'J'merecedor del punu-
dad de la noción de sujeto. limo [Link] '11 de los filósofos,
Pues bien, frente a esta herencia, lo más característico del discurso es- 1k forma análoga, de poco sirve autodefinirse como una no-filosofía,
tructuralista es su reivindicación de la noción de estructura l. Su idea, si se 111(ItISOcomo una anti-filosofía, o proponerse como una nueva manera
quiere decir de otra manera, de que existen sistemas o dispositivos anóni- (11' vn:! (algo muy parecido, por cierto, a lo que decían los filósofos de Ox-
mos, supraindividuales, de diferente tipo (estructuras económicas, antro- 1')1el acerca de la metafísica: que es un new way 01seeing, una actitud que
pológicas, psíquicas, lingüísticas, históricas ...) que, desde el punto de vis- pnmile mirar el universo de un modo nuevo), si luego lo que da que pen-
ta del conocimiento, sirven para explicar mejor de lo que lo hacían las '.11 la propia propuesta es un replanteamiento de los problemas filosóficos
nociones preexistentes (especialmente las de hombre, persona y simila- tradicionales. Hay, sin embargo, en esta reticencia un elemento compren-
res) el transcurrir de los acontecimientos, y que, desde el punto de vista sihlc. El estructuralismo no surge, por lo menos en primera instancia, como
práctico, desarrollan una eficacia infinitamente mayor que la de los ele- 1111 fruto del discurso filosófico. Uno de los autores más destacados del mo-
mentos más pequeños (como los correspondientes a la escala individual). vimiento estructuralista, y por el que éste empezó a ser conocido entre
Se trata, por tanto, de un desplazamiento de perspectiva que pasa a repa- l'SO que se suele denominar el gran público, fue el antropólogo Claude
rar en el hecho de que, cualquiera que sea el campo de fenómenos de que lévi-Strauss, el cual estaba a su vez fuertemente influido por un lingüista,
se trate, éstos se encuentran organizados en conjuntos, cuyos elementos Roman O. ]akobson, quien había expuesto (en Kindersprache, Aphasie und
están interrelacionados, de manera que la totalidad resultante posee pro- allgemenie Lautgesetze, de 1942) una teoría, psicológicamen te fundamcn la-
piedades que no son atribuibles a cada uno de los elementos por separa- da, de las propiedades universales de la estructura fónica y que posterior-
do ni a la simple suma de los mismos. mente (en 1951, en el libro Preliminaries lo Speech Analysis, escrito con sus
Esta idea, obviamente, no se presentaba así, monda y desnuda, sino que discípulos Morris Halle y Gunnar Fant) dio la base para el estudio de la
venía acompañada del ropaje discursivo necesario para poder afrontar to- estructura acústica del sonido lingüístico.
dos los debates que una actitud tan provocadora parecía llamada a gene- El dato es todo un indicio, no una simple anécdota. Revela, por supues-
rar. Tal vez por la conveniencia de encontrar una cobertura metodológica to, que el lenguaje fue el modelo inspirador de la idea de estructura uni-
potente que le protegiera de las previsibles críticas, o por una cierta con- versal subyacente que luego se intentó aplicar/reconocer en otros ámbitos.
ciencia sesgada de sus inicios, el caso es que el estructuralismo se presen- Pero muestra también la fuerza con la que irrumpió en el pensamiento
tó en más de un momento como una empresa orientada a otorgar un es- del siglo xx la reflexión metalingüística. Una vez más, como ya ocurriera
tatuto de mayor precisión científica al estudio de las ciencias sociales. en diversas ocasiones a lo largo del XIX, el descubrimiento de la potencia
O, casi a la inversa, tendió a negar su propia condición filosófica con el gnoseológica de un determinado saber (la psicología, la biología, la eco-
argumento, nada nuevo en el pensamiento del siglo xx, de que no hacía nomía ...) parecía obligar a una reconsideración global de lo pensable. Y si
suyas las cuestiones que se ha planteado tradicionalmente la filosofía. en la época romántica W. von Humboldt había introducido un giro co-
Pero de sobra sabemos que con la sola pretensión no basta. También pernicano radical al indicar que el lenguaje, en su naturaleza concreta de
el neopositivismo, por poner un ejemplo destacado, irrumpió en el pen- conjunto de categorías gramaticales en que se ordena un material articu-
samiento contemporáneo con la definida voluntad de romper con el filo- lado, es la única realidad plena del pensamiento, en el siglo xx es Ferdi-
sofar establecido, y actuar como mera técnica de análisis filosófico (auxi- nand de Saussure con su Curso de lingüística genera{{ (1916) quien consa-
liar, por ejemplo, del discurso científico o de los saberes prácticos). Ello gra la irrupción de la conciencia lingüística. El proyecto saussureano, su
no le impidió terminar siendo un ismo filosófico más. En parte por su cul- idea de que «es preciso partir de un todo solidario para obtener, por me-
pa y en parte por culpa de sus usuarios. Era demasiado grande la tentación dio del análisis, los elementos que contiene», tuvo una creciente resonan-
de extrapolar las aportaciones técnicas iniciales a ámbitos de mayor uni- cia en diversos países entre coetáneos del mencionado ]akobson, como
versalidad, y entrar en el debate acerca de la naturaleza de la racionali- fueron Edward Sapir, Leonard Bloomfield, o Louis Hjelmslev.
dad, el lugar de los valores o la importancia del contexto para evaluar las Lo que interesa retener de la aportación de estos autores es el modo
teorías científicas. Pero entrar ahí -o no resistirse adecuadamente a ser en el que desarrollan la conocidísima distinción que Saussure establecía en
introducido- implica deslizarse irreversiblemente hacia otro tipo de el uso del lenguaje entre el nivel del repertorio básico de formas (langue)
v el de 'u más flexible y p .rsoual inu-rpr .iacióu l'1I (ada [Link] (paro- hacil'lldo 'IlWI'¡{t'I' UII orden social humano como tal, más allá del orden
le): en la disyuntiva abierta entre atender al lenguaje como estructura y I11t'1'''ITI nuc natural, está rcconduciendo el fenómeno biológico de la re-
atender al lenguaje como actividad, se decantan abiertamente por lo pri- producción hacia el ámbito de la cultura'', Señala cómo la prescripción
mero. Abandonan las investigaciones diacrónicas referidas a fenómenos cxogámica de casarse fuera del grupo (la «circulación de mujeres», aná-
aislados, para esforzarse en encontrar sistemas de conjunto en función de , loga a la circulación de bienes, o de información), se corresponde, en si-
la sincronía. Dichos sistemas no son realidades empíricas, aunque se nos métrica oposición, con la prohibición endogámica del incesto. De la arti-
ofrezcan en la realidad de la experiencia. Son construcciones formales culación de ambas brotan las condiciones de posibilidad para la alianza
que permiten dar cuenta de cualquier acto lingüístico que el hablante entre grupos humanos.
pueda realizar. Las estructuras lingüísticas son abstracciones que el cientí- Bajo el mismo registro se pueden interpretar sus trabajos posteriores,
fico construye para poner de manifiesto el sustrato formal subyacente a tanto los dedicados a analizar el pensamiento salvaje (El totemismo en la ac-
todo hablar. Persiguiendo esta calidad de objeto teórico, los autores men- tualidad y El pensamiento salvaje7) como los centrados en el análisis de los
cionados se convierten en ejemplos de una sensibilidad que, desde la mitos (Mitológicas8). En los primeros, Lévi-Strauss se marca como objetivo
perspectiva de lo ocurrido, podemos calificar, con toda ventaja, de estruc- desentrañar la lógica del llamado pensamiento salvaje. También en este
turalista: uno (Hjelmslev) propone axiomatizar al modo matemático toda caso, se trata de detectar el complejo sistema clasificatorio que se esconde
gramática de toda lengua, otro (Bloomfield) establece un método de análi- por debajo de las aparentes arbitrariedades genealógicas propias de las
sis de toda lengua que excluya el mentalismo, las intenciones y supuestos, religiones totémicas. En el análisis de los mitos de los pueblos americanos
para atenerse únicamente al mecanismo visible, y así sucesivamente. sin escritura, Lévi-Strauss emprende, a través del estudio de los diferentes
modos de aparición de los elementos narrativos, la búsqueda de un es-
quema formal común que permita entender los mitos concretos en clave
CLAUDE LÉVI-STRAUSS de aplicaciones de un sistema general mitológico.
Tal vez a simple vista esta última pretensión pueda parecer excesiva.
Lévi-Strauss, como ya apuntamos a decir, intenta extender el estudio A fin de cuentas, como afirma el propio Lévi-Strauss, «todo puede ocurrir
de las estructuras lingüísticas ~n concreto, las presentadas por la fono- en un mito». Cualquier relación imaginable puede ser planteada. El conte-
logía estructuralista de jakobson y Trubetzkoyv= a otros sistemas de con- nido del mito se presenta en una primera aproximación como enteramen-
figuración parecida a los lingüísticos como son, según él, los sistemas de te contingente. A diferencia del parentesco, cuyas formas venían prefigu-
parentesco, el pensamiento primitivo o las narraciones míticas. Lo impor- radas desde la necesidad de construcción de lo social, aquí no se alcanza a
tante, ciertamente, no es tanto si Lévi-Strauss acertó al elegir el modelo ver qué o quién podría establecer los límites o determinar una forma co-
(Chomsky mantuvo alguna discrepancia sobre este punto), como el con- mún para la abigarrada diversidad de los mitos. Y, sin embargo, lo cierto
vencimiento desde el que está hecha la elección. A diferencia de Malinows- es que se parecen extraordinariamente de un extremo al otro de la Tie-
ki, que, siguiendo el procedimiento de estudiar relaciones entre hechos rra. ¿Cómo explicar este llamativo fenómeno? El autor de Tristes trópicos
observables y sacar luego conclusiones inductivamente, obtenía como re- vendría a responder así: entendiendo las múltiples combinaciones de un
sultado una variación al infinito de las sociedades humanas, Lévi-Strauss mito como mensajes de un mismo código.
cree posible encontrar a través del análisis de las diversas manifestaciones Las diversas manifestaciones humanas estudiadas por Lévi-Strauss
humanas un mecanismo común constituido por un conjunto de formas deben ser consideradas como lenguajes para descifrar, los cuales es preciso
invariables, cuya diferente combinatoria dé lugar a las diversas configura- conocer su sintaxis''. Habrá quedado claro que lo que ha estado propo-
ciones visibles a lo largo de la historia. niendo nuestro autor no es la mera trasposición del campo lingüístico al
Así, su libro Las estructuras elementales del parentesco'' constituye un in- social, sino una conveniente adaptación a partir de un marco general de
tento de establecer los principios básicos que rigen la enorme variedad coincidencia metodológica. Se trata, por tanto, si se prefiere hablar así,
de reglas que prohíben, prescriben o favorecen los intercambios de paren- de una analogía, pero de una analogía que se pretende precisa. Dedicarse
tesco en las más diversas culturas. Muestra en qué forma, cuando una co- a describir un corpus lingüístico dado confina sin remedio en la particula-
munidad limita las posibilidades de combinación en el parentesco, está ridad ininteligible. Recuerda la actitud de los primeros filósofos que se in-
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teresaron por el lenguaje, tal COl1l0la dcscril (' Lóvi-Suauss: "Comproba- IIasle COII (k:jttr cOllslallCitt de que las propuestas de Lóvi-Strauss han ten-
ban que, en cada lengua, ciertos grupos de sonidos correspondían a sig- dido a ser aSUlI1idas como propias por los defensores del relativismo cul-
nificados determinados, e intentaban desesperadamente comprender 1IIIal, quienes han creído ver en su tesis de que cualquier forma de cultu-
cuál era la necesidad interna que unía esos significados Y esos sonidos. Vana 1';1 ex, en su estructura profunda, equivalente a cualquier otra una forma
empresa, pues los mismos sonidos se encuentran en otras lenguas, pero eficaz de devolver a las culturas «primitivas» -que suelen coincidir con
unidos a significados diferentes» 10. No percibían el carácter arbitrario del I;ISs~juzgadas- su dignidad menoscabada, o, lo que viene a ser lo mis-
signo lingüístico, la ausencia de semejanza o analogía entre significan te y mo, un argumento rotundo con el que oponerse a cualquier variante de
significado. El estudio de la sintaxis, verbal y no verbal, defendido por la racismo.
antropología estructural y por el pensamiento estructuralista de Lévi- Si dicho planteamiento agotara el debate, resultaría dificil estar en de-
Strauss es la única forma de dar salida a la contradicción descrita. Aque- sacuerdo con Lévi-Strauss. Lo que ocurre es que establecer el valor teóri-
llos filósofos no salieron del atolladero «hasta que se dieron cuenta de co de una posición por las consecuencias prácticas que se derivan de ella
que la función significativa de la lengua no está directamente ligada a los -por el lugar que ocupa esa posición en un determinado momento en el
sonidos en sí mismos, sino a la manera en que los sonidos se encuentran interior de un debate político, por ejemplo-- es instalarse sobre una su-
com binados en tre sí» 1 ¡. perficie francamente resbaladiza -cuanto menos por lo cambiante-o
Si la propuesta de Lévi-Strauss finalizara en este punto, podríamos con- Porque también pueden aportar argumentos convincentes de orden aná-
siderar, sin mayores problemas, que había ejercido consecuentemente de logo quienes, en el otro lado, sostienen que defender que todas las cultu-
estructuralista, entendiendo el calificativo a la manera que proponía Ro- ras son equiparables conecta con el espíritu de la contrarrevolución. No
land Barthes en su célebre artículo-manifiesto de 1963, esto es, como acti- les faltan ejemplos contundentes. Por ello, lo mejor será conformar-nos
vidad teórira (interpretando «actividad» como «la sucesión regulada de con esta mención y regresar al curso de lo que estábamos planteando.
cierto número de operaciones mentales»). En efecto, Lévi-Strauss habría Ello nos permitirá recuperar una cuestión sobre la que merece la pena no
sido el primero en recoger la aportación de Saussure y generalizar el mé- pasar de largo.
todo de la lingüística estructural aplicándolo a la etnología, y, por añadi- Yes que la crítica de Lévi-Strauss al etnocentrismo, que tantas simpa-
dura, habría introducido un modo de aplicación de dicho método. Su tías ha generado, no tiene una justificación puramente epistemológica,
discurso permanecería en este sentido en el plano inobjetablemente for- sino que resulta también en gran medida de la aplicación de unos supues-
mal requerido por Barthes. Los problemas surgen en el momento en que tos de carácter filosófico, en el sentido convencional de la palabra. Así, su
el antropólogo desborda estos confines y elabora una serie de reflexiones valoración de otras culturas se halla íntimamente ligada a una reconside-
que intentan ampliar el alcance de su reflexión etnológica para abarcar el ración de la idea tradicional de progreso, tal como ésta ha tendido a con-
conjunto de las ciencias humanas. jugarse en la filosofia moderna, esto es, como un atributo exclusivo de
Tal ocurre, por ejemplo, con sus consideraciones acerca del pensa- nuestra cultura. Lévi-Strauss, consecuente con las premisas planteadas por
miento (presuntamente) salvaje. Para Lévi-Strauss es incorrecto oponer él mismo, no va a rechazar el concepto, sino que se limitará a relativizarlo.
esta forma de pensamiento al pensamiento (también presuntamente) ci- La apropiación de éste por parte de la cultura occidental acaso resulte ex-
vilizado. En ambos casos encontramos la misma forma de pensamiento plicable por el dinamismo de sus ritmos de innovación, que transmiten la
llamémosle «natural» que, apovándose en síntesis espontáneas, analiza dis- apariencia de una aceleración controlada de su temporalidad, pero ello
tingue, clasifica, combina, opone y transforma, alcanzando niveles suma- no justifica la afirmación de que haya sociedades al margen del progreso,
mente elevados de complejidad. No hay, pues, nada parecido a una lógica por más estacionarias y conservadoras que parezcan. Confundir esta me-
del salvaje que pueda ser considerada como expresión infantil de lo que el nor intensidad con el absoluto estancamiento no deja de ser el típico error
civilizado formula en ciencia adulta. La estructura de nuestra cultura es ideológico de perspectiva, frente al cual lo que procede, según nuestro
tan mítica como cualquier otra. Las consecuencias de esta indiferencia- autor, no es desestimar el concepto sino utilizarlo adecuadamente.
ción entre culturas se hallan, como es notorio, en el centro de nuestros Cuando se opera así, se constata que desde el punto de vista anu-opo-
debates actuales acerca de multiculturalidad. No es éste el momento, cier- lógico la clave de un progreso más intenso está en el intercambio entre cul-
tamente, de reconstruir una polémica a fecha de hoy ya inabarcable. Quizá turas, como lo demuestra el hecho de que las culturas aisladas raramente
experimentan avances .onsick-rahlcs. ESI\.'enfoque, I or lo prol'lo, impli-
ca tomar una clara distancia respecto de cualquiera d ' las ori .ntaciones «HilO los hOlllhres piCIIS:lIl:-'1I
soci('dad, sino pOI cómo la sociedad se pien-
historicistas que en el pasado intentaron ordenar jcrárquicarncnte en el '" ('11 los hombres.
tiempo el grado de civilización de las culturas humanas. Ello permite a Se puede decir, como hacen los intérpretes más benévolos de Lévi-
Lévi-Strauss (en Antropología estructural) sostener, sin contradicción algu- Strauss, que es~~,razonamiento viene animado únicamente por una vo-
na, que la historia de la civilización occidental parece frecuentemente, luntad de precision y que lo que pretende es, más que liquidar al sujeto,
más que un avance, un retroceso, el de la desintegración y destrucción. colocarlo en su justo sitio. Aunque, planteadas así las cosas, parece razo-
Sin embargo, más importante que el distanciamiento del historicismo es nable [Link] ~ino será más bien que al final de todo este proceso lo
la reconsideración de la noción de sujeto que viene asociada a esta con- qll,e termma suce~Ien,d? es que al sujeto se le ha dejado sin sitio alguno.
cepción del progreso de las culturas. 1le hecho, el propio LévI-Strauss se ha pronunciado en más de una ocasión
Esto último no es una valoración hecha desde fuera, que requiera por en este sentido. Cuando declaró 15 que «las ciencias humanas sólo pueden
tanto de pruebas añadidas: en el último capítulo de El pensamiento salva- llegar a ser [Link] dejando de ser humanas», o cuando escribía en El pen-
je titulado «Historia y dialéctica», el propio Lévi-Strauss entra en polémi- samiento saluaje que «el fin de las ciencias humanas no es el de construir el
ca con Sartre a propósito precisamente de la idea de yo que él conside- hombre sino el de disolverlo», Por lo demás, no cabe ocultar que buena
ra admisible. Es al reconstruir su argumentación cuando encontramos parte de la repercusión obtenida por la propuesta de Lévi-Strauss se debe
la pieza discursiva que faltaba para acabar de entender su crítica al etno- a que fue entendidajustamente de esta forma -y no como la defensa de
centrismo. Lévi-Strauss se enfrenta de plano con esa pretensión, tan ca- un huma~ismo co~secuente, o de nuevo cuño-. Quedaba emparenta-
racterística de las filosofías fenomenológicas y existenciales, de funda- do, a traves de esta mterpretación, con la mayoría de estructuralistas para
mentar el conocimiento de los hombres en la conciencia. En su opinión, los c~ale~ el hombre -se le entienda como sujeto, como agente o como
«quien empieza por instalarse en las pretendidas evidencias del yo ya no c~nClenCla- no es una entidad susceptible de afirmación. Ni tiene lugar
sale de ahí»!": ha caído en la trampa de la identidad personal. Trampa 11I des~rrolla función en estructura alguna. No parece quedarle más ex-
cuyo origen se localiza en el cogito cartesiano, el cual ofrece el espejismo pectativa que resistir, como diferencia irreductible, en el intersticio de las
de la universalidad, cuando en realidad no es otra cosa que un yo psico- relaciones estructurales.
lógico e individual. No cabe transferir a una presunta conciencia intern- Así pues, tal como anunciamos, la introducción de esta noción de es-
poral las evidencias encontradas en ese proceso de introspección. La tructura -en la que lugares y funciones delimitan el sentido de los ele-
máxima ampliación que cabe hacer es a la propia sociedad, pero eso mentos, de manera que el sentido de cada uno de ellos en particular pasa
equivale a «sociologizar el cogito», lo que no deja de ser un simple trasla- por (y p~r tanto depende de) la diferenéia de lugar y función respecto de
do de prisión 13. los demas- acaba por desarrollar efectos contundentes y demoledores
Es el enfoque por entero, piensa Lévi-Strauss, el que está equivocado. sobre l~ noci,ó~ de suje~o. Ycomo también empezamos a decir, éste parece
Las evidencias del yo no dan de sí, ni aunque ese yo sea un yo colectivo. el motIv? teonco, considerando el estructuralismo con mirada global re-
Instalarse ahí equivale a negarse los medios para salir del encierro de la trospec~va, que mejor permite caracterizar lo específico de la aportación
propia época. No se entienden los productos humanos preguntándose de sus diversos autores. Intérpretes ha habido, desde luego, que han in-
cómo los hombres llegaron a engendrar tales productos, o cómo los con- tentado ho~ogeneizar a todo este grupo mediante rasgos de naturaleza
sideran. Eso es sustraerle al hombre la condición de posible objeto de menos filosofica, y han propuesto caracterizar el estructuralismo, por ejem-
conocimiento científico, o, lo que es lo mismo, negarle una condición plo, como una transferencia de modelos lingüísticos a los varios dominios
particular que, a pesar de todo, tiene (porque no depende de su volun- de las ciencias humanas. El problema de interpretaciones de este tipo no
tad). Así (más que en clave sarcástica) se debe entender la afirmación de es ta~to que el rasgo sugerido no consiga ser un auténtico denominador
Lévi-Strauss respecto a Sartre: «Para el etnólogo [...] esta filosofía repre- comun para todos los pensadores COTllO que desplaza el escenario del de-
senta (como todas las demás) un documento etnográfico de primer or- bate ha~i~ un dominio preferentemente formal-metodológico que impi-
den, cuyo estudio es indispensable si se quiere comprender la mitología de de per~IbIr el alcance de la crítica estructuralista, el papel que supo de-
nuestro tiempo»!". Conviene proceder a la inversa: no preguntarse por sempenar en su momento.
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'liS propuestas. Acaso lellga (juc ver con e 'LOUll hecho que, desde un punLo
MICHEL FOCCAl'LT (le' vista casi sociológico, resulta fácil de constatar, y es que las incitaciones
tvóricas de Foucault, de las que se puede decir casi todo menos que han pa-
A pocos autores se les ha identificado tan nítidamente con la actitud sado desapercibidas, no parecen haber dado lugar a líneas autónomas y fe-
antihumanista como a Michel Foucault (1926-1984). Tal vez porque la , ruudas de reflexión. Hasta el extremo que ha llegado un momento en que
obra en la que defendía más abiertamente tales posiciones, Las palabras y el rótulo foucaultiano -los rótulos son siempre simplificaciones, pero a ve-
las cosas1fi, irrumpió, en el momento álgido del boom estructuralista, con res son además indicios-- se ha convertido en sinónimo de aplicado exégeta
un anuncio espectacular: la muerte del hombre. Aunque hay que decir ()hermeneuta (cuando no arrebatado apólogo) de la obra del maestro.
-y no por escrúpulo erudito sino precisamente para que ese anuncio En todo caso, lo señalado tendrá relevancia teórica sólo si se despren-
pueda ser bien en tendido-- que la citada no era su primera obra. Con an- de, a modo de efecto inevitable, del contenido de las sugerencias foucaul-
terioridad había publicado en 1954, Enfermedad mentaly personalidad']; en tianas (en otro caso, no pasará de ser una mera incursión en el ámbito de
1961, Historia de la locuraI8 y en 1963, el Nacimiento de la clinica'", Hay la sociología de los filósofos, cuando no un ejercicio de grosera argumen-
acuerdo en considerar que estas dos últimas'", unidas a la posterior Ar- tación ad hominem). Situados en esta perspectiva, lo que hay que decir se-
queología del saber", dibujan el marco teórico -lo que la mayor parte de guidamente es que la pretensión de Foucault de analizar cómo y cuándo
intérpretes de Foucault ha denominado su etapa arqueológica- en el surge el hombre moderno, el hombre normalizado por las ciencias huma-
que su texto más conocido debía ser inscrito. nas, se inscribe en su proyecto global, planteado como poco desde la His-
Intentaba Foucault plantear en ellas las condiciones teóricas de posi- toria de la locura, de encontrar un modo de hacer historia que no suponga
bilidad que permitieran finalmente hacer estallar la pregunta que le im- una recaída en cualquiera de las variantes míticas de este discurso, lo que
portaba: ¿cuándo surge el hombre del humanismo? La cuestión, por lo sucede siempre que utilizamos la historia a modo de espejo en el que re-
menos así se anuncia, no se va a plantear a la manera del historiador de la conocemos. Este uso, más allá de la retórica de la verdad y del sentido
filosofía, sino del historiador sin más~[Link] matiz, dicho sea de paso, im- con el que se suele adornar, representa un auténtico obstáculo para el co-
porta no sólo para advertir de los materiales que se harán intervenir en la nocimiento, impide el acceso a los comienzos efectivos.
respuesta, sino para señalar una determinada afinidad entre la figura de Las obras de esta primera etapa de Foucault pueden ser leídas, bajo
Foucault y la de Lévi-Strauss (y,como ya se puede anticipar, la de Lacan). esta luz, como el esfuerzo por elaborar un conjunto de precauciones teó-
En el sentido de que, tampoco ahora, estamos ante alguien que reclame ricas que le permitan esquivar dichos errores. La Historia de la locura, en
abiertamente la condición de filósofo (para que no hubiera dudas de a concreto, señala el carácter histórico de la locura en un sentido fuerte/".
qué nos estamos refiriendo, podríamos añadir el adjetivo «profesional»). Quiere decirse: no es el autocomplaciente y tendencioso recorrido por
Apela, sí, a la autoridad de alguno/" (por ejemplo a la de Nietzsche, de un pasado en busca de la ratificación de lo que creemos saber, sino la de-
quien llega a decir que es «el mejor, más eficaz y actual de los modelos que nuncia, frente a todo naturalismo, de la condición de producto de aquel
tenemos a mano para llevar a cabo las investigaciones que propongo»), concepto, que ha sido constituido en un momento histórico dado como
pero intenta enriquecer su análisis con elementos teóricos y prácticas dis- resultado del cruce entre una serie de prácticas discursivas e instituciona-
cursivas procedentes de otros ámbitos. les. Si lo que se pretende es hacer historia efectiva de las ideas, no basta
Esta equivocidad, el hecho de que, por un lado, algunos filósofos tien- con declarar la oposición a toda forma de racionalidad retrospectiva: hay
dan a no considerarlo uno de los suyosy,del otro, los científicos sociales, de que determinar con la máxima precisión de la que seamos capaces las con-
quienes en apariencia podría estar próximo, lo juzguen un filósofo, da lu- diciones que han hecho posible el surgimiento de tales ideas. Lo de me-
gar a una situación peculiar. Porque, si bien es verdad que de esta forma sus nos en cierto sentido es si la ocasión para emprender esta tarea de libe-
propuestas se benefician de un punto de fuga por el que escapar a las críti- ración de nuestros prejuicios acerca de la historia nos la proporciona la
cas (tanto las de unos como las de otros pueden ser obviadas en cada mo- pregunta por la partición razón/locura, salud/enfermedad, o, nuestro
mento con el argumento de que son improcedentes, de que están plantea- motivo inicial, la cuestión del origen del hombre moderno.
das desde un espacio discursivo heterogéneo), del otro le privan de una Las palabras y las cosas lleva un subtítulo esclarecedor: una arqueologia
comunidad de interlocutores específica que permita el desarrollo crítico de de las ciencias humanas, subtítulo que señala, sin demasiados embozos, el
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lugar que ocupa esa investigación ell el conjunto de su e 11I presa. Busca nucturalismo''''. Aunque esta claridad, todo hay que decirlo, no evite al-
Foucault por medio de este trabajo trazar el campo epistemológico que ~LIIlque otro malentendido. Por ejemplo el generado por las asociaciones
constituye la base inconsciente de la que en determinada época surgen que el lector, inevitablemente, tiende a hacer a partir de la proximidad de
ciertas disciplinas científicas. El énfasis en el carácter formar!", metodoló- expresiones o esquemas. Así, los énfasis foucaultianos en la necesidad
gico, de la tarea propuesta intenta contrapesar un poco el modo en que , de relacionar al hombre con esos órdenes subyacentes que le preexisten y
tendió a entenderse en su momento el mensaje foucaultiano. La muerte determinan, con frecuencia ha sido simplificadoramente identificado
del hombre propugnada en este libro lo es del concepto en cuanto nudo con el eslogan estructuralista por excelencia «el hombre se resuelve en
epistémico: «El hombre es una invención cuya fecha reciente muestra un conjunto de estructuras». Lo peor de la simplificación es que desplaza
con toda facilidad la arqueología de nuestro pensamiento. Y quizá tam- la atención hacia un ámbito diferente a aquel en el que Foucault había
bién su próximo fin»2ó. De ahí que Foucault se haya revuelto, inquieto, propuesto plantear el asunto.
ante las interpretaciones desenfocadas de sus tesis. La fragilidad del con- Ves que su rechazo de la idea de hombre y su voluntad metodológica
cepto, como la de cualquier otro, deriva de su condición histórica. Lo que se hallan profundamente articuladas, siendo uno de los efectos más rele-
se afirma es que si las disposiciones fundamentales del saber en que la vantes de dicha articulación la crítica al uso ideológico de aquella idea. El
idea de hombre se fundamenta oscilaran, como osciló a fines del XVIII el vigor con el que en la Arqueología se denuncian las argumen raciones de
suelo del pensamiento clásico, entonces «podría apostarse a que el hom- los humanistas desborda lo que una lectura estrechamente csrrucruralist»
bre se borraría, como en los límites del mar un rostro de arena-F. de Foucault podría aceptar: «No hay que dejarse CnWll-lar: lo C]II(' con lall
Pero estas hermosas palabras (¿demasiado hermosas para ser verdade- ta fuerza lloriquean [los reivindicadores de "lo humano" I 110 es la desap:¡
ras?, se podría preguntar Baudrillard/") con las que concluye el libro son rición de la historia, es el desdibujamiento de esta forma de hisrorin que
el anuncio, prudente y tutelado, de un futuro teórico que se puede pro- estaba, en secreto pero por completo, referida a la actividad silllt-tit':¡ del
ducir si se dan ciertas condiciones. Separar la conclusión de las premisas sujeto ... ; lo que tanto echan de menos es ese uso ideológico de la historia
es convertirla en una profecía dificilmente inteligible. Lo relevante desde mediante el cual se ha tratado de restituir al hombre todo aquello que,
el punto de vista filosófico tal vez suceda en el ámbito menos polémico, desde hace más de un siglo no ha dejado de escapársele- ".
en el del análisis historiográfico de la cultura europea a partir del siglo XVI. O tal vez sea que al propio Foucault se le quedó estrecho este marco, y
Es el estudio de esa época el que lleva a Foucault a afirmar que el (concep- que esas incitaciones teóricas que a lo largo de los textos de la primera
to de) hombre es una invención reciente o a sostener, en negativo, que el etapa pugnaban por salir a la superficie del discurso estaban clamando, en
hombre no es el problema más antiguo ni el más constante que se haya sordina, por una nueva categorización. Ahora vemos, desde el privilegio
planteado el ser humano. El saber no ha rondado «durante largo tiempo que supone saber lo que vino después, que todas las declaraciones foucaul-
y oscuramente» en torno al hombre y a sus secretos, como se empeñan en tianas en el sentido de lamentar los malos servicios que la idea de hombre
hacemos creer determinados humanismos. El hombre, entendido como había hecho a los hombres reales no eran una simple concesión retórica
referente básico, como objeto central de cualquier paradigma, posee destinada a apaciguar a los críticos más irritados, sino que prefiguraban
para el autor de Las palabras y las cosas escasamente dos siglos. Es, por tan- el cambio de rumbo que iba a experimentar su pensamiento. Cambio de
to, una invención reciente, pero que carece de consistencia y que ya ha rumbo que ha sido caracterizado por Deleuze'< como el tránsito de la pre-
comenzado a dar signos de sus crisis. gunta ¿qué puedo saber? a la pregunta ¿qué puedo hacer?
Con Arqueología del saberse cierra la primera etapa del pensamiento de En la nueva etapa que se abre a partir de la lección inaugural de Fou-
Foucault, según algunos autores (Dreyfus y Rabinow/") como consecuen- cault en el College de France en diciembre de 197033, en la que expone
cia del fracaso del método arqueológico. Este libro se puede leer, desde lo las futuras líneas de investigación, se produce un desplazamiento de su
quc~ hemos expuesto, como la expresión materia) de la intención meto- interés que probablemente como mejor se entienda sea en clave de radi-
dológica -entendiendo aquí por metodología el conjunto organizado calización. Foucault ya no se va a conformar con diseccionar la cuestión
de precauciones y estrategias adecuadas al propósito cognoscitivo decla- de la inteligibilidad histórica sino que se va a proponer elaborar una alter-
rado- que atraviesa todo el proyecto foucaultiano, y donde parece locali- nativa de análisis e intervención política. El espacio teórico ocupado has-
zarse con claridad tanto la identidad como la diferencia respecto al es- ta ahora por el saber lo tomará a partir de este momento el poder (es el
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famoso tránsito de la «arqueología del saber» a la «gcllcalogíil ti ·1podcr»). micu to marxiano a las primeras de cualquier cambio. A la réplica no le
Pero este desplazamiento no va a dar lugar al abandono de las cuestiones (¡tiLa razón, pero en todo caso no puede ser una razón sin restricciones:
a las que nos estábamos refiriendo, sino a un nuevo tratamiento de las ha de caber la posibilidad -de lo contrario nos estaríamos saliendo del
mismas. La crítica ideológica de la etapa anterior se convierte en crítica territorio de la historia- de que se produzcan en algún momento en lo
ideológico-política. , real unas transformaciones tales que reclamen una nueva teorización.
34
Así, escribirá en 1971 : «Entiendo por humanismo el conjunto de dis- Se aleja, pues, de la tradición marxista nuestro autor porque quiere ir
cursos por medio de los cuales se le ha dicho al hombre occidental: "si más allá que ella, esto es, porque no quiere abdicar de la tarea de luchar
bien tú no ejerces el poder, puedes sin embargo ser soberano. Aún más, contra cualquier forma de dominación. Se pueden discutir los términos
cuanto más renuncies a ejercer el poder y cuanto más sometido estés a lo de su crítica, se puede responder que la actitud que Foucault atribuye a
que se te impone más serás soberano?». El humanismo es el responsable los marxistas, esto es, la de que para ellos el poder parece definitivamente
de la invención sucesiva de esas soberanías sometidas que son el alma, la ligado como superestructura al dominio de lo económico= no deja de ser
conciencia, el individuo, etcétera. En todas ellas se repite el mecanismo una simplificación abusiva de las variadas posiciones de aquéllos, pero en
designado por la misma equivocidad del término sujeto según lo conju- todo caso argumentando así le estaríamos dirigiendo reproches menores
guemos con el verbo ser o con el verbo estar: soberano y sometido. El hu- para lo que en este momento importa. Porque cuando Foucault r~clama
manismo agita el señuelo del ser para ocultar la realidad del estar. Inter- la especificidad del nivel de lo político, lo que verdaderamente esta pla~-
pela a los individuos con un reproche: ¿qué más quieres conseguir, si ya lo teando es la necesidad de hacer saltar el cerrojo impuesto al hombre OCCi-
eres todo? Tras esa interpelación se esconde un veto: «Prohibido querer dental por el humanismo. Cosa que se traduce en librar un combate en
el poder, excluida la posibilidad de tomarlo-I". un doble frente. En el de la lucha política en tanto que lucha de clases,
Llegados a este punto, resulta inevitable una referencia comparativa, donde lo que se persigue es el desometimiento de la voluntad de poder, y
aunque sea apresurada, al marxismo. Foucault comparte con los marxis- en el de la lucha cultural, donde el esfuerzo va en la dirección de destruc-
tas occidentales'f la negativa a aceptar a la razón por lo que pretende ser y ción del sujeto como pseudosoberano.
la insistencia en investigar sus imbricaciones con la dominación. También Foucault no rehuye señalar algunos objetivos concretos para este se-
tienen en común con ellos un desplazamiento del interés desde el modo gundo frente: «Supresión de tabús, de limitaciones y de separaciones sexua-
de producción hacia los márgenes de la vida cotidiana. No se trata de dos les; práctica de la existencia comunitaria; desinhibición respecto a l~ dro-
aspectos yuxtapuestos. Mientras el segundo lleva a la inevitable conclu- ga; ruptura de todas las prohibiciones y de todas las cadenas medla~t~
sión de que los trabajadores sufren la dominación no sólo en la fábrica las que se reconstruye y se reconducen las experiencias que nuestr~ CIVI-
(aunque cada vez más debiéramos decir en general «en el trabajo») sino lización ha rechazado o no ha admitido más que como elemento litera-
en todos los órdenes de la vida y de que los obreros no son el único grupo rio,,39. Pero más importante que esta propuesta es el trabajo teórico que
que la sufre, el primero nace del convencimiento de que la clase obrera desarrolla bajo los nuevos supuestos. Vigilar y castigar40 es un estudio so-
no es la negación del capitalismo y, en consecuencia, no proporciona una bre el nacimiento de la cárcel como forma penal hegemónica. Perma-
perspectiva privilegiada sobre la historia. nece en esta obra la crítica a toda forma de eso que Nietzsche llamó (en
Foucault toma distancia de la tradición marxista''" en la medida en Aurora) racionalidad retrospectiva. Para Foucault es falso --donde falso quie-
que ésta es incapaz de percibir el nacimiento de una nueva formación so- re decir retrospectivo, cómplice- que la desaparición del ritual de los
cial que requiere una nueva teoría para explicarla y formular la oposición suplicios, característico de la vieja penalidad absolutista hasta finales del
a ella. Probablemente, frente a las viejas maneras de preguntarse por la vi- siglo XVIII, sea el resultado de un supuesto progreso del humanitarismo y
gencia de Marx, obsesionadas por decretar su caducidad, lo que tenga in- de la sensibilidad colectiva ante la crueldad. Los reformadores penales
terés sea intentar medir esta distancia, analizar si efectivamente determi- ilustrados demostraron que el régimen de suplicios respondía a una
nadas herramientas intelectuales han devenido obsoletas. Siempre hay mala economía de poder. De hecho, el temor a los suplicios acabó suble-
alguien dispuesto a replicar que enterradores de Marx los hubo desde el vando a la gente y heroizando la figura del criminal. Por eso la «nueva be-
primer momento, y que pocas propuestas delatan más su condición de nignidad penal" debe explicarse en términos de cálculo, de nueva econo-
ideológicas que las que se empeñan en decretar la caducidad del pensa- mía de poder vigilante.
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La ultima t'Lapa el ,1 pcusaruicn to de Foucault, la que se ha dado en
A lo que se está apuntando COII estas afirmaciones es a seúalar lo que dc-uom inar la etapa de la gobernabilidad, se inicia a partir de 1978 y com-
tiene la cárcel de modelo, de figura en la sombra que posibilita una par- prende los volúmenes segundo y tercero de la Historia de la se:x:uali~arr.2,así
ticular operación de reconocimiento/desconocimiento por parte de los como, muy destacadamente, sus textos norteamericanos sobre t~Cl1lcaso
individuos. El encierro es, sí, una tecnología nueva, pero que termina de- tecnologías del [Link] etapa, prosiguiendo con el planteamiento de
sarrollando unos efectos de identificación específicos. El supuesto en el Deleuze, aparece regulada por una tercera pregunta: ¿qUien "
soyyo.;l C on
que se basa la penalidad moderna es el de que su función es readaptar a los independencia de que la partición en cuanto tal resulte dis~utible44:lo
delincuentes, esto es, reformar sus comportamientos, reeducarlos como que no ofrece dudas es que en esta fase se introducen ~orrecClones de ~m-
personas: transformar su alma, en suma. Se trata en definitiva de un siste- portancia respecto a sus trabajos anteriores. El propiO Fouca~lt ha Sido
ma nuevo de producción social de la individualidad que, al igual que en explícito a este respecto al afirmar: «Quizás he insistido demasiado en ~l
otros sistemas disciplinarios (ven el corazón de todo sistema disciplinario tema de la tecnología de la dominación y el poder. Cada vez estoy mas
funciona un pequeño mecanismo penal», ha escrito Foucault), permite a interesado en la interacción entre uno mismo y los demás, así como en las
través de los sistemas de premios y castigos definir naturalezas o tipos de tecnologías de la dominación individual, la historia del modo en que un
sujeto y fijar su gradación jerárquica. individuo actúa sobre sí mismo, es decir, en la tecnología del yo»45.
El absoluto fracaso de la rehabilitación -y el hecho añadido de que ese Esta postrera evolución ha dado lugar a interpretaciones desasosega-
fracaso no haya movido ni a transformar el sistema ni a abandonar su retó- das. Los ha habido, de un lado, que han valorado este giro como una capi-
ricajustificadora- conduce a pensar que la función de la penalidad se ha tulación por parte de Foucault ante la noción de sujeto, cuya inevitabilidad
desplazado a otros espacios [Link] las descripciones de Vigilary castigar habría quedado así demostrada. Su argumentación es fácil d~ imag~llar:
las prácticas de poder funcionan productivamente: alumbran al individuo si hasta el más feroz de los críticos de la subjetividad no ha tenido mas r ,-
característico de nuestra época, hacen posible la objetivación del hom- medio que terminar plegándose ante la evidencia de su necesidad, qué
bre y la aparición de las ciencias humanas. Nos proponen una imagen mejor prueba precisamos de la fortaleza del concepto. En el otro lado, las
de la normalidad que opera a modo de criterio de nuestra condición de interpretaciones no han ido a la zaga, por lo menos en lo q~e ha~e al de-
hombres, de tal manera que, sin teorizarlo expresamente, tendemos a sasosiego. Han empezado por caricaturizaral interlocutor, identificando
considerar como bárbaras cualesquiera otras formas de gestión de la reali- plausibilidad de la subjetividad con defensa de un sujeto fuerte, para a con-
dad. Reaccionando así, asumiendo inconscientemente las estrategias del tinuación valorar este episodio como la ocasión del retorno del pensa-
orden presente, nos estamos negando los medios para registrar la barbarie miento conservador y reaccionario. Los defensores de la subjetividad
de nuestros propios modos de gestión. El siglo XIX, reconoce Foucault, in- celebrarían, regocijados, el regreso a un mundo de certezas y garantías.
ventó sin duda las libertades, pero les dio un subsuelo profundo y sólido: la mientras que a los críticos de la subjetividad, únicos representantes segun
sociedad disciplinaria de la que seguimos dependiendo. No accederemos ellos de la emancipación del pensamiento, sólo les quedaría lamentar la
a una autén tica crítica histórica del presen te hasta que no percibamos esto, derrota con los tonos más desgarrados posibles.
o, planteado a la inversa, hasta que no seamos capaces de retener el mo- No es cuestión ahora de mediar en un debate que, manifiestamente,
mento de la descalificación del pasado a que nos invita permanentemente toma a Foucault como pretexto. Es claro que en Le Souci de Soi no se está
lo que ahora hay. Entender los mecanismos que han posibilitado que sea- restaurando un sujeto destronado con anteríoridad'". La muerte ~e1h?~-
mos lo que somos pasa por introducir una cuña de sospecha en el corazón bre no es la descripción refutable de un suceso particular: es un dia~nosu-
de las presuntas verdades presentes. No es fácil,y en parte ése es el sentido co del pensamiento occidental que en esa magnitud debe ser e.xamll1ad~.
de la tarea foucaultiana: proponemos una metodología de la perplejidad Las últimas palabras de la Arqueología del saber, «puede muy bien ocurnr
(con sus términos: experimentar hasta qué punto es posible penser autre- que hayáis matado a Dios bajo el peso de todo lo que habéis dicho; pero
ment). De ahí las palabras con las que, en la presentación de Vigilar y casti- no penséis que podréis hacer, de todo lo que decís, un hombre que le so-
gar, define lo que quiere llevar a cabo: «Una historia correlativa del alma breviva», se conectan firmemente con aquellas otras de Las palabras y las
moderna y de un nuevo poder de juzgar; una genealogía del actual com- cosas: «Nietzsche encontró de nuevo el punto en el que Dios y el hombre
plejo científico-judicialen el que el poder de castigar toma sus apoyos, reci- se pertenecen uno a otro, donde la muerte del segundo es sinónimo de la
be susjustificaciones y enmascara su exorbitante singularidad»41.
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desaparición del primero.y douck: la promesa del superhombre sigllifica ,11:. prcucl ida por otros -suucturalistas como Lóvi-Suauss o Althusscr,
l'111
primeramente y ante todo la inminencia de la muerte del hombrev!" ( :01110 ellos, pretende hallar las estructuras que permitan conferir al psi-
Pero, simétricamente, tampoco parece muy apropiada la actitud de r o.málisis un estatuto científico (o, con las palabras de Althusser, «dar al
quienes -impasible el ademán- se niegan a reconocer lo que de auto- descubrimiento de Freud conceptos teóricos adecuados, definiendo, tan
crítico tengan los últimos planteamientos de Foucault. Planteamientos 1 i~urosamente como hoy sea posible, el inconsciente y sus "leyes", que cons-
que, por lo demás, son lo bastante matizados como para no dejar que se Iituven todo su objeto»). La pretensión tiene que ver en gran parte con
los asimile a ninguna de las dos posiciones descritas. En el tercer tomo de las ~ircunstancias concretas por las que estaba pasando el psicoanálisis en
la Historia de la sexualidad señala las diferentes realidades que se mezclan Francia en los años cincuenta y primeros sesenta, pero lo importante no
bajo el rótulo «individualismo". Una cosa es la actitud individualista, ca- son esos detalles sino el hecho de que Lacan cree poder dar salida a la
racterizada por el valor absoluto que se atribuye al individuo en su singu- confusión teórica existente mediante una vuelta a Freud.
laridad, y por el grado de independencia que se le concede respecto del Pero si lo que Lacan propone es una nueva lectura de un clásico, cabe
grupo al que pertenece o de las instituciones de las que depende. Otra preguntarse ¿qué hay en esto de estructuralista? Respuesta: los instru-
distinta es la valorización de la vida privada, es decir la importancia reco- mentos con los que se la plantea y las conclusiones que de ella extrae. Res-
nocida a las relaciones familiares, a las formas de la actividad doméstica y pecto a lo primero, para Lacan la mejor manera de ejercer la crítica sobre
al campo de los intereses patrimoniales. Una tercera, finalmente, es la in- textos metodológicos o sistemáticos es la de aplicar al texto en cuestión el
tensidad de las relaciones con uno mismo, es decir «de las formas en las método crítico que ese mismo texto preconiza. Él aplica la crítica freudiana
que se ve uno llamado a tomarse a sí mismo como objeto de conocimien- a los textos de Freud y, al hacerla, cree descubrir cosas relevantes. Com-
to y campo de acción, a fin de transformarse, de corregirse, de purificar- prueba que, cuando analiza el inconsciente, a cualquier nivel, siempre
se, de construir la propia salvación-Y'. lleva a cabo análisis lingüísticos. Lo que le permite a Lacan afirmar tajan-
Las tecnologías del yo, a las que Foucault se refiere en su texto, permiten temente que Freud inventó sin saberlo la nueva lingüística antes de que
a los individuos efectuar «cierto número de operaciones sobre su cuerpo y su naciese oficialmente.
alma, pensamientos, conducta, o cualquier forma de ser, obteniendo así una Lacan conoce la lingüística y en esto, sin duda, le lleva ventaja a Freud.
transformación de sí mismos con el fin de alcanzar cieno grado de felicidad, Está en condiciones de nombrar lo que éste se limitaba a balbucear o a
pureza, sabiduría o inmortalidad-P. No hay aquí por tanto sombra de plan- practicar sin hacer teorizaciones. Tal es el caso de la tesis que ha dado ce-
teamiento esencialista que propusiera como tarea descubrir lo que somos. lebridad a Lacan: el inconsciente está estructurado como un lenguaje, te-
Ni se ha renunciado a la denuncia de las coacciones políticas (en especial la sis que dice haber encontrado en Freud. Éste, en efecto, ya había visto
individualización y la totalización) que son características del poder moder- que «la forma del lenguaje constituye la ley de la cultura». Lacan reforza-
no. Pero en la conclusión hay un énfasis que no cabe pasar por alto, y que, en rá la tesis al señalar que no debe entenderse en clave de analogía, sino de
la medida en que el propio Foucault no tuvo la oportunidad de desarrollar- descripción: la estructura del inconsciente es la misma del lenguaje.
lo, no queda más remedio que dejar abierto. El problema que tenemos plan- Se sigue de aquí que la misión de esa ciencia del inconsciente que es el
teado hoyes a la vez político, ético, social y filosófico, y consiste en «liberar- psicoanálisis habrá de ser el análisis de su objeto en los términos que le
nos nosotros del Estado v de las formas de individualización con que se corresponde en tanto que lenguaje, esto es, en términos de lingüística es-
relaciona-Y'. La critica se mantiene: hemos de rechazar el tipo de individua- tructural. Cuando analizamos, por ejemplo, los sueños vemos que cual-
lidad que se nos ha impuesto durante siglos, pero nos obliga a algo que pare- quiera de ellos posee la estructura de una frase o más bien, si hemos de
ce importante: debemos promover nuevas formas de subjetividad. atenernos a su letra, de un acertijo, es decir, de una escritura «de la que el
sueño del niño representaría la ideografia primordial, y que en el adulto
reproduce el empleo fonético y simbólico a la vez de los elementos signifi-
jACQUESUCM cantes, que se encuentran tanto en losjeroglíficos del Antiguo Egipto como
en los caracteres cuvo uso se conserva en China»!)I. Sus imágenes, por
Jacques Lacan (1901-1980) tampoco es filósofo. Es un psicoanalista de tanto, «no han de retenerse si no es por su valor de significan te», es decir,
formación freudiana que se propone un tipo de tarea intelectual análoga por lo que permiten deletrear de esa pieza de lenguaje que es el sueño.
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Pero -'Sl' 110 'S algo dado, que le sobrevenga dese! 'algullJitprrt al sujeto, Así, d 'U1I lado el inconsciente 's «ese capítulo de mi historia que está
sino que procede de él, es el resultado de una determinada elaboración marcado por un blanco u ocupado por un embuste: es ese capítulo censu-
de los materiales de que disponía: no es un texto que se limite a leer, sino rado. Pero la verdad puede volverse a encontrar; lo más a menudo ya está
que también ha sido escrito por él. Yaquí Lacan constata el despliegue de escrita en otra parte»54. De otro, la conciencia humana no construye e!
toda una retórica que engloba desde desplazamientos sintácticos (elipsis, orden simbólico, que, muy al contrario, se le impone desde una ley que le
hipérbaton, repetición ...) a condensaciones semánticas. es ajena: «El orden del símbolo ya no puede concebirse como constituido
El sueño sirve para mostrar en general el funcionamiento del incons- por e! hombre, sino como el constituyente». El hombre es hablado; no es
ciente, cuyo elemento constitutivo es el significante. La famosa distinción él quien habla. La esencia de cada uno de nosotros está en los contenidos
saussureana entre significado (concepto) y significan te (imagen fónica o del inconsciente, como ya señalara Freud en su famosa frase «ahí donde
acústica) es asumida por Lacan, pero replanteada en una nueva forma. estuvo e! ello, ha de llegar a estar el yo».
A diferencia de lo que se sostenía en el Curso de lingüística ... , donde aque- Si algo no puede ser mantenido por más tiempo es la pretensión carte-
llos términos eran pensados en correspondencia paralela, como las dos siana de hacer coincidir e! sujeto con su reflexión. El sujeto no se identifi-
caras de una misma moneda, en el esquema lacaniano significante y signi- ca con la conciencia (no podría hacerla, desde e! momento en que que-
ficado no se hallan en e! mismo nivel. En su relación se da un corte o barre- dó dictaminada la ruptura entre significante y significado). Pienso en lo
ra, teniendo e! significan te autonomía y primacía respecto al significado. que soy allí donde no pienso pensar (esto es, lo que me determina se en-
«El significan te no tiene sentido sino en su relación con otro significante»52. cuentra allí donde no creo estar pensando) y, a la inversa, donde CITO
Lo que nos permite pasar a la segunda parte de la pregunta ¿qué hay encontrarme, donde soy juguete de mi pensamiento, no me ('nC\H.'1111'O
de estructuralista en volver a los clásicos? Las conclusiones que de aquí en realidad. La fórmula que mejor condesa esta actitud es la qu ' Lar:1I1
extrae, habíamos anunciado como respuesta. Pues bien, se desprende de propone, invirtiendo el cogito cartesiano: «Pienso donde no soy, luego soy
lo que hemos expuesto la imagen de! hombre como habitado por e! sig- donde no pienso,,55. El sujeto es la ocasión de un conflicto, el espacio don-
nificante, significan te cuya lógica, como se dijo, es retórica, siendo funda- de se desarrolla una escisión. Lacan se alinea en este punto con sus com-
mentales en ella los procesos metafóricos y metonímicos: «e! síntoma es pañeros estructuralistas, proporciona una nueva batería de argumentos
una metáfora, queramos o no decirlo, como e! deseo es una metonimia, con los que atacar todas las formas de la vieja subjetividad (quiere decirse,
incluso cuando e! hombre se ríe de él»53. Tanta insistencia en e! es (las tanto la representada por quienes asumen la ilusoria pretensión filosófica
cursivas corresponden al propio Lacan) debe entenderse en clave polémi- de! cogito, como la supuesta en todas las formas de terapia centradas en la
ca. No se trata, como tantos psicoanálisis blandos, ego-lógicos, han propues- construcción o fortalecimiento de! yo por e! análisis).
to, de que la tesis de que e! hombre en general (y e! paciente en particular)
se revela en el lenguaje equivalga a que hay un yo o un sujeto oculto por el
lenguaje. Interpretarla así supondría recaer en una concepción humanis- GILLES DELEUZE
ta de! individuo, expresamente criticada por Freud.
El problema es situar al sujeto, saber dónde se encuentra este yo que el Aludíamos al iniciar e! presente epígrafe a la curiosa peripecia sufrida
propio Freud había definido como un núcleo de palabras en torno al por e! término estructuralismo, esto es, a la peculiar circunstancia de que
pronombre yo que e! paciente enuncia al hablar de sí mismo. Se trata, por su caída en desuso, lejos de verse acompañada por e! desinterés hacia los
tanto, más bien de extraer coherentemente las consecuencias que se si- autores que formaban parte de él, ha coexistido con una cierta atención
guen de mantener que e! sujeto está articulado en estructuras similares a hacia los mismos, cuanto menos en determinados círculos filosóficos. Ca-
las estructuras del lenguaje. Cuando Lacan aplica sus esquemas al análisis bría aventurar una suerte parecida para e! de postestructuralismoy para los
del desarrollo de la persona, lo que se le aparece es un sujeto descentrado autores que lo constituyen, y algo habría de verdad, aunque con un matiz
entre dos niveles, e! consciente (de la cultura) yel inconsciente (del de- específico, determinado precisamente por e! prefijo post. Porque, más allá
seo). La escisión, de acuerdo con lo dicho, es entre ámbitos organizados de que la definición proporcione e! dato, tan obvio como objetivo, de que
estructuralmente y relacionados entre sí también mediante complejas es- este movimiento tuvo lugar tras los años de hegemonía del estructuralis-
tructuras armadas según e! modelo lingüístico. mo, e! modo en que proporciona dicha información introduce una mo-
368 369
dulación particular sobre la misma. Aceptar la condición de post por par- P\wst:\ <¡lIe COlllicIlCII- para ser comentados, resumidos o reconstrui-
te de un autor o una corriente implica en cierto modo atribuirse una na- <1m. I'c-ro hay que admitir que, de entre todos aquellos filósofos, Deleuze
turaleza epigonal con relación a aquellos autores o corrientes respecto de n !IIIOde los que más difícil le pone las cosas al historiador de las ideas, y
los cuales se establece la definición, al tiempo que supone introducir una qlle ('se rasgo, lejos de constituir accidente (de lo escrito) o antojo (del au-
distancia o reserva concerniente a todo ello. Postestructuralistas serían en- , tOI) tiene que ver con aspectos esenciales de su propuesta. Más que una
tonces aquellos pensadores que, asumiendo la pertinencia de los desarro- pr cvia advertencia metodológica o de procedimiento, lo anterior cons-
llos del estructuralismo clásico, manifiestan algo de antagonismo o con- t i t uvc, por tanto, la primera palabra acerca del autor. Que avisa, por lo
traposición respecto a él. pronto, de que determinadas maneras de abordar la aportación de un fi-
Como es evidente, tales consideraciones -en el fondo, casi puramen- lósofo contemporáneo, más o menos convencionales desde el punto de
te formales- no agotan la caracterización del fenómeno. Está lejos de ser vista historiográfico, constituyen, cuando se intentan aplicar a los escritos
casual la actual proliferación de corrientes y tendencias que se definen de de Gilles Deleuze, instrumentos de escaso interés teórico, que apenas sir-
idéntica manera (esto es, por recurso al post). Richard Bernstein se ha re- \'<':11 para otra cosa que para hacer algo más transitable el vasto e intrinca-
ferido a la «dificultad para autonombrarse-P'' como causa subyacente de do territorio del pensamiento deleuziano.
este postismo filosófico generalizado. Dicha dificultad estaría expresan- Probablemente ése sería el caso de algunas interpretaciones que han
do de manera oblicua la percepción que el hombre contemporáneo tie- creído posible distinguir claramente en el conjunto de la obra deleuziana
ne de la época que le ha tocado vivir, el hecho, meditado a fondo por Hei- momentos o, si no más, diferentes calidades de textos. Habría, en esta lec-
degger, de que la idea que mejor define nuestro tiempo es la idea de final. tura, un primer Deleuze dedicado a trazar el camino de un pensamiento me-
Sería precisamente esta percepción cuasi terminal de la propia época lo 11,01'a través de la crítica literaria y filosófica, que habría alumbrado, en el
que vendría indicado a través del post: como si lo único que ya estuviera al periodo comprendido entre 1953 y 1968 monografías sobre Nietzsche'",
alcance de nuestra mano saber fuera 10que vamos abandonando, aque- Kant'", Hume't'', Bergson'", Spinoza'", Proust'v o Sacher-Masoch'P, v un
llo a lo que venimos obligados a renunciar. segundoDeleuze, que en el año 1969, ya sin la apoyatura argumental de nin-
Pero dicha percepción, por generalizada que pueda estar, no ha dado gún clásico, presen ta sus propias ideas -10 que se ha denominado la filoso-
lugar a un único tipo de discurso. Ni siquiera a un único género de argu- fía c'litica-en obras como Diferencia)' 1'epetición64 y Lógica del sentidd". A con-
mentaciones. La conciencia de vivir el final de una partida ha servido de tinuación se abriría un periodo que iría de 1972 a 1980, marcado por su
hecho tanto para promover, bajo múltiples claves, el abandono de la filo- encuentro con Felix Guattari y que habría dado lugar a los dos volúmenes
sofía como para exasperar su gesto más especulativo. Probablemente el de Capitalismo y esquizojrenia (El anti-Edip066 y Mil mesetaf7): es el periodo
postestructuralismo haya tenido mucho más que ver con esto último que del esquizoanálisis. La última etapa es una etapa estética, que se abre con su
con lo primero, y no resulta difícil entender la razón. Alguna vez se ha di- libro de 1981 sobre Francis Bacon'", y en la que destacan sus libros sobre
cho que la dificultad de los filósofos más especulativos -entendiendo cinefi9, sin olvidar ¿ Qué esfilosofia ?iD, la úl tima obra escrita en colaboración
por tales, los más abstractos v herméticos- no tiene que ver con la leja- con Guattari. No sería forzar demasiado las cosas afirmar que estos cuatro
nía, sino con la extremada proximidad de aquello de lo que tratan. He- momentos se dejarían subsumir en dos: el primero, en el que Deleuze to-
gel, por mencionar un representante ejemplar de este grupo, no refiere a davía no habría empezado a pensar por cuenta propia y un segundo, que
10 remoto, sino a lo más inmediato. Podría afirmarse que se ubica en un abarcaría la totalidad de su producción posterior a 1968, en el que nues-
lugar (casi) imposible, en el punto ciego del pensamiento. Reflexiona so- tro autor ya habría roto a hablar en su propio nombre.
bre la reflexión: piensa sobre la naturaleza del pensar. Operando de esta Si hemos propuesto esta interpretación (por lo demás muy extendi-
forma, ejemplifica lo que parece ser el destino de la filosofía en cuanto da) como muestra de una manera tal vez útil pero en cualquier caso poco
tal: no alcanza a escapar nunca de sí. Gilles Deleuze (1925-1995), acaso el fecunda de abordar el estudio de Deleuze, no ha sido para postular frente
represen tan te más eminen te de la sensibilidad postestructuralista, desa- a ella una absoluta indiferencia cualitativa entre todas sus obras, o para
n-olla su actividad en este campo de operaciones. sugerir la existencia de una limpia continuidad a lo largo de toda la tra-
De muchos filósofos se predica la resistencia que ofrecen al intérprete, yectoria deleuziana. De dar a entender alguna de estas cosas, estaríamos
la dificultad objetiva que presentan sus textos -quiere decirse, la pro- con tribuyendo a deslizar la idea --de todo punto absurda- según la cual
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Deleuze jue Deleuze a .sdc '1 prime: IllOIII('lItO,esto cs. 1•.•d . qu . su Prolucs-
l' ultima -los Platón, Ari tótelcs, Kant, Hcgel, etcétera-
1.1 han ido tra-
ta teórica aparecía, sino in toto, sí ex nouo, desde sus escrito' más icmpra-
',\lldo ('1surco por el que todo discurso filosófico con pretensiones no te-
nos. Cuando lo que en realidad parece haberse producido es un proceso
111;' III;.ÍSremedio que transitar, quedando cualquier otra manera de pen-
específico, en el que, por un lado, la tarea de análisis de grandes autores
".11 condenada a situarse en los márgenes. A esta imagen preceptiva, casi
es llevada a cabo de un modo muy característico y, por otro, el desarrollo
ohlig-atoria, Deleuze la denomina imagen dogmática del pensamiento y en
d: l~ misma ~onstituye ocasión privilegiada para que Deleuze empiece a
Nictzsrhe y lafilosofía queda caracterizada a partir de tres rasgos fundamen-
diseñar -al tiempo que pone a prueba sobre la piel teórica de terceros-
(;dcs, El primero es el que afirma que pensar es el ejercicio natural de una
su propio entramado categorial (con conceptos como los de diferencia,
lacultad en el que debe expresarse el sentido común y que, de ejercitar-
repetición, multiplicidad o univocidad, que serán retornados y culmina-
se de manera correcta, alcanza la Verdad. El segundo sostiene que el
dos en obras posteriores). En el bien entendido, conviene apresurarse a
cr ror se produce cuando somos desviados de la Verdad por «fuerzas ex-
señalarlo, de que ambos aspectos constituyen dimensiones Íntimamente
trañas al pensamiento», como cuerpos, pasiones o intereses, De acuerdo
ligadas de un mismo registro. Porque, en efecto, aquellos primeros tex-
con el tercer rasgo, «basta un método para pensar bien, para pensar ver-
tos, sólo en apariencia puramente historiográficos, pueden ser vistos, a la
daderamente-Z''. El método es un artificio que nos permite encontrar la
luz del privilegio que supone conocer la deriva seguida años después por
naturaleza del pensamiento y conjurar de esa manera el efecto de las di-
el autor, como auténticos indicios -cuando no anuncios- de la pro-
versas fuerzas extrañas que lo alteran y pervierten, En cualquier caso lo
puesta filosófica que terminará por estallar en sus libros mayores.
que queda claro para esta concepción del pensamiento es que la Verdad
Aunque únicamente sea para no dejar sin pruebas estas últimas afir-
existe, por más que a menudo se encuentre oculta tras los múltiples ve-
maciones, podríamos añadir un par de observaciones. De un lado, la de
los con los que nuestra propia ignorancia la ha recubierto. Yacceder a la
que la selección de autores en los que Deleuze se centra en su momento
Verdad habrá de equivaler, de acuerdo con lo dicho, a des-cubrirla, a
inicial resulta en sí misma reveladora. Porque no se ocupa de los grandes
des-velarla.
clásicos sino más bien de pensadores situados en uno u otro sentido en
Para Deleuze las dos corrientes que en mayor medida han contribui-
los márgenes de la historia de la filosofia, refiriéndose tan sólo a los pri-
do a la consolidación de esta imagen dogmática del pensamiento han sido
meros (Platón, Kant, Hegel...) para combatirlos denodadamente. El ses-
el platonismo (con su trascendentalismo inherente) y la dialéctica hege-
go de la selección constituye así un primer anticipo del signo de la pro-
liana (con su concepción de lo negativo como método). Respecto a esta
puesta deleuziana, como habremos de mostrar a continuación. Pero, al
última, el reproche fundamental que nuestro autor dirige al instrumento
lado de esto, también conviene resaltar otro dato, al que el propio Deleu-
ze se ha referido en alguna ocasión en términos descaradamente provo-
y
metodológico capital de Hegel es uno doble al mismo tiempo. Deleuze
acusa a la dialéctica de ser abstracta y estéril (o reproductiva). Lejos de in-
cadores, y es el que tiene que ver con su particular manera de entender el
vestigar el proceder inmanente de los devenires concretos, la Idea hege-
abordaje de los filósofos del pasado 71. Una manera en la que lo que prima
liana que se desarrolla en sí misma para llegar a sí misma, incluye la nega-
es la voluntad deleuziana de filosofar conjuntamente con el pensador es-
ción como un momento previo al retorno al seno de un identitario que
cogido, mucho más que la de reconstruir fiel y minuciosamente su pro-
siempre permanece. No es, por tanto, una negación productiva, creado-
puesta. No se trata por tanto de reproducir lo que ya fue pensado sino
ra, porque no puede serio: «andar con los pies en el aire no es algo que un
más bien de producir algo, en la medida que sea, nuevo.
dialéctico pueda reprochar a otro: es el carácter fundamen tal de toda dia-
léctica»73. Con otras palabras, la dialéctica no es un instrumento produc-
tivo, sino reproductivo, representativo: la cumplida expresión metodoló-
¿ Un pensamiento ventrílocuo?
gica del más viejo nihilismo metafisico (el que se expresa en la máxima
<<Yosoy el que soy», en la que Yahvé manifiesta su identificación con el
Si de ese particular diálogo con determinados pensadores puede sal-
Ser). Inútil, por tanto, confiar en la dialéctica para llevar a cabo la tarea de
tar la chispa de la novedad es porque en sus propuestas se encuentra el
elaboración del pensamiento afirmativo que Deleuze propugna: se en-
germen de un pensamiento de naturaleza radicalmente distinta, silencia-
cuentra demasiado comprometida con los valores y el sentido preexisten-
do por la historia oficial de la filosofia occidental. Los grandes autores de
tes, le importa demasiado la obtención de una síntesis reunificadora, como
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37:3
para esperar eso de ella. Antes hicu al COIIIrario, la dial{ninl constituye la 1(':1 I:dt·sobjctivox, la producción de valores y de sentido proclamada por
más eficaz garantía de reproducción de lo viejo. Nic-tzschc se le aparece a Dclcuze como la expresión de la potencia de
Quien desee alumbrar lo nuevo, alcanzar la diferencia, debe, como 1IIIasubjetividad no sometida a las exigencias de lo establecido sino em-
paso previo, abandonar esa disposición negativa y asumir una vocación ¡>C 1-1ada en una tarea de propia afirmación.
crítico-afirmativa que le permita emprender la tarea, propia de la filoso- • Pero la tesis de que pensar es producir valor y sentido no sólo sirve al
fía según Deleuze (y Nietzsche), de creación de valores y de sentido?". La autor de Diferencia y repetición para tomar distancia del esquema dialéctico
distinción entre crítica y negación se relaciona con la ambición y la radi- hegeliano: también es el arma con la que se opone frontalmente a la tesis
calidad del rechazo. Kant, en contra de lo que la historiografía filosófica central del trascendentalismo platónico, segunda corriente sobre la que
occidental ha postulado siempre, no lleva a cabo consecuentemente el se sostiene el pensamiento dogmático. Para el platonismo el pensar no es
proyecto de una filosofía crítica, en la medida en que nunca llega a criti- sino la re-presentación de las esencias fijas, de la Verdad. De semejante
car la verdad (la ciencia) y el bien (la moral), limitándose a criticar la fal- concepción del pensar se desprende una manera particular de entender
sa ciencia (la metafísica dogmática) y la falsa moral (la heteronomíaj?". la tarea del filósofo, que pasa a poder visualizarse bajo la figura del detec-
Pero tal vez sea en la dialéctica hegeliana del amo y del esclavo donde más tive ocupado en encontrar las huellas que la Verdad ha ido dejando por el
claramente se perciba la circularidad de toda dialéctica o, si se prefiere, el mundo para, de esa forma, transitar el camino que conduce hacia ella, o
callejón sin salida al que queda abocada la mera negación. En todo caso tal vez mejor bajo la del arqueólogo-sacerdote-explorador, dedicado a
lo que en ella no podemos encontrar es rastro alguno de producción de penetrar en los misterios insondables de esa esencia hipostasiada. Lo que
valores, de sentido, o de cualquier elemento que permita escapar a esa equivale a decir que en esta perspectiva la Verdad no solamente es, sino
inacabable relación especular en el seno de una axiología establecida que es algo dado, algo que en el mejor de los casos el filósofo consigue
(y nunca cuestionada) que es precisamente lo que la define. Porque, en descubrir y frente a lo cual no le queda hacer mucha más cosa que levan-
efecto, lo que bajo ningún supuesto lleva a cabo el esclavo es impugnar la tar acta de su existencia e intentar interpretar sus signos.
estructura que hace de él quien es. Tanto si acepta su condición de escla- La nueva imagen del pensamiento que promueve Deleuze enfatiza,
vo como si se propone ocupar el lugar del amo, está contribuyendo a re- como hemos venido reiterando, su condición afirmativa, productiva, én-
producir la misma relación (como mucho con diferentes actores). fasis que va a afectar inevitablemente a su idea de la Verdad, que también
El problema tanto del esclavo como del amo hegelianos es su debili- será en tendida bajo esa misma clave. La afirmación de que la Verdad -le-
dad. Ni uno ni otro poseen la fuerza suficiente para afirmarse por sí solos, jos de simplemente ser, o de ser algo dado- es algo producido supone una
para crear sus propios valores: de ahí que permanezcan atrapados en la importante reconsideración de todos los términos en presencia, así como
red de unos papeles previamente establecidos, conformándose con ese de la perspectiva desde la que son tratados. Por lo pronto, la afirmación de-
movimiento inerte que es la negación del otro. El amo se dice a sí mismo: leuziana no es conmensurable con la platónica por la sencilla razón de que
«Soybueno, luego tú eres malo», el esclavo se dice: «Eres malo, luego yo es más potente, esto es, la subsume: la tesis de que la Verdad no es produ-
soy bueno». ¿Resultado? En el supuesto de que un día el esclavo accediera cida es, ella misma, una verdad producida. Esta permanente y sistemática
al lugar del amo no podría desarrollar la tarea afirmativa de producción ocultación de su propia naturaleza constituye uno de los rasgos más ca-
de valores, quedando únicamente a su alcance la posibilidad de invertir racterísticos del pensamiento dogmático, rasgo que Deleuze tiene espe-
aquellos que el amo había establecido soberanamente. Puesto que todo cial interés en criticar.
lo que sabe de sí es lo que no es, en el momento en que le fuera dado definir En efecto, resistiéndose a aceptar que la Verdad es algo producido, di-
su propia axiología el esclavodificilmente podría ir más allá de un razona- cho pensamiento, no sólo la confina en el ámbito de la trascendencia, sea
miento del tipo «puesto que los valores del amo son malvados, los valores la del mundo platónico de las ideas o la de Dios, sino que, obrando así,
contrarios (trabajo, democracia, filantropía), han de ser los buenos». bloquea la posibilidad de penetrar en la urdimbre constituyente del filo-
Se comprende que Deleuze -siguiendo en este punto los razonamientos sofar. Pero si, por el contrario, se concibe lo pensado como un producto,
nietzscheanos de La genealogía de la moral-- vea en la dialéctica hegeliana entonces la reconstrucción del proceso a través del cual ese resultado ha
un pensamiento de lo mismo, una estéril estrategia oscurecedora que se tenido lugar pasará a constituir un elemento clave para su inteligibilidad.
limita a nombrar diferentemente lo que siempre permanece [Link]- De esta manera es como Deleuze introduce de pleno derecho en su dis-
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curso la cuestión de las .ondicioucs de posibilidad del pensar, cuestión (le 1I11dentro y de un fuera, siempre que a esos términos les atribuyamos
que en su etapa crítica adquirirá una ccmralidad aún mayor. Con sus pro- 1111;1 condición máximamente fluida y cambiante: que los entendamos
pias palabras: «La verdad de un pensamiento debe interpretarse y valo- ( 01110 los territorios de un conflicto, territorios cuya extensión y cuya for-
rarse según las fuerzas o el poder que la determinan a pensar, y a pensar 111(1varía con el conflicto mismo. Pero en ningún caso tiene sentido ern-
esto o aquello» 77. Lo que significa que no tiene caso, desde su perspecti- pcúarse en interpretarlos como si nombraran espacios predeterminados
va, seguir hablando de lo verdadero tal como es en sí, para sí o para noso- 0, lo que viene a ser lo mismo, como si señalizaran fronteras o dibujaran
tros. Como tampoco lleva a ninguna parte preguntarse por la verdad «a líneas de demarcación. Años más tarde, Deleuze declarará expresamen-
secas» (la expresión es del propio Deleuze). Dado que el pensamiento no [e: «No todas las individuaciones se hacen de acuerdo con el modo de un
piensa nunca por sí mismo ni halla por sí mismo la verdad, lo que proce- sujeto o incluso de una cosa»[Link]ón que deja meridiana la idea
de preguntarse es qué fuerzas se ocultan en el pensamiento de esta ver- de que, incluso cuando la individuación tiene lugar bajo el modo de un
dad o, lo que es lo mismo, cuáles son su sentido y su valor?", sujeto, ello no deja de ser el particular efecto de un mundo -instancia a
Todo este cuestionamiento -quiere decirse, tanto el del trascenden- la que se le concede inequívocamente el primado ontológico--. El sujeto
talismo platónico como el del negativismo hegeliano-- desborda la mera representa tan sólo una convención conceptual que resulta legítimo uti-
crítica de la imagen dogmática del pensamiento para empezar a propor- lizar en la medida en que sirva para entendernos, pero con la clara con-
cionar elementos de lo que será la específica propuesta deleuziana. Por lo ciencia de que en realidad «yano hay sujetos, sólo hay individuaciones di-
pronto, una de las derivaciones de la crítica anterior, en concreto la refe- námicas sin sujeto que constituyen los agenciamientos colectivos-'".
rida a la crítica del concepto de representación, conduce a una de las re- En todo caso, si la referencia a la subjetividad puede operar a modo de
flexiones más interesantes y sugestivas de la propuesta de Deleuze, esto puente para transitar desde las iniciales críticas deleuzianas a determina-
es, su concepción del modo en el que se constituye la subjetividad. En el dos episodios de la historia de la filosofía hasta los momentos en los que
fondo, el recorrido llevado a cabo en esta primera etapa por diferentes el autor habla ya con su propia voz es en la medida en que se considera
autores de la historia de la filosofía le permite a nuestro autor señalar en que en la misma constitución del sujeto podemos encontrar el núcleo del
qué medida el concepto tradicional de representación exige admitir el problema de la diferencia, asunto que va a constituir uno de los ejes ma-
concepto de un sujeto idéntico a sí mismo que pretende conocer un mun- yores de su reflexión posterior. Porque, en efecto, es el intento de sentar
do enfrentado a él, exigencia que culmina en la filosofía de la identidad la diferencia en el propio sujeto -un sujeto, no se olvide, que quedó pro-
hegeliana y de la que habrían escapado, en su interpretación, Hume y visionalmente definido por su VÍnculocon la diferencia y la expresión, ca-
Spinoza. El primero en la medida en que considera al sujeto como una tegorías sobre las que se volverá de inmediato-e- el que lleva a Deleuze a
suma de impresiones y no como una identidad sustantiva, y el segundo en proponer una nueva ontología, a la que bien podemos calificar de una
cuanto propone una filosofía de la expresión basada en la fuerza de las di- on tología de la diferencia.
ferencias, filosofía en la cual el sujeto manifiesta su fuerza en la expresión Ontología de la diferencia que en modo alguno supone una reedición
y en el deseo. de la vieja distinción ontológica de la filosofía especulativa, en la que el
Se desprende de esto una idea de subjetividad que, frente al sujeto Ser, inexpresable por la representación metafísica o trascendental, que-
constituido de la Modernidad, acentúa los rasgos más inestables (hasta el daba nítidamente diferenciado de los entes, también denominados subs-
extremo de que en un momento posterior Deleuze llegará a denominar- tancias o «cosas»por la metafisica, u «objetos» por la filosofía trascenden-
la «sujeto larvario»). El hecho de que sea el efecto de un exterior -el tal. Deleuze empieza a elaborar su particular idea de diferencia a partir
mundo-- en continua deriva le lleva a preferir el término subjetividad y del diálogo con el pensamiento de Bergson, quien le provee de la noción
similares a otros/", que se le antojan más cosificados o esencializantes. Se básica con la que afrontar la tarea. Dicha noción es la de multiplicidad,
trata en todo caso de oponerse a las concepciones tradicionales enfatizan- C!uea Sil vez se divide en cuantitativa y cualitativa. La primera viene repre-
do el dato de que estamos, propiamente, ante un proceso a través del cual sentada a la perfección por el objeto, cuya característica es la adecuación
el exterior va dejando sus impresiones sobre una superficie de subjetiva- recíproca de lo dividido y de las divisiones, del número y de la unidad: de
ción, que recoge ese flujo de acontecimientos que le trasciende para ex- ahí que en un momento dado Deleuze denomine a este tipo de multipli-
presarlo posteriormente hacia el exterior. Cabe seguir hablando, pues, cidad, multiplicidad numérica. Objetivo, por tanto, es aquello que, al divi-
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dirse, no cambia de naturak-za, sino que sólo da lugar a diferencias de da" título a su obra y que, .n ¡{ran medida, definen el contenido de su
gradoll2. El sujeto y lo subjetivo en w:ncral constituyen, en cambio, el ám- proyecto. La diferencia y la repetición de las que Deleuze habla ~n. ella
bito por excelencia de la multiplicidad cualitativa. Bergson proporciona SOlI, decididamente, categorías no-representacionales (postplatolllcas,
el siguiente ejemplo: «Un sentimiento complejo contendrá un número bien pudiéramos decir). Ante todo porque, lejos de entenderlas como
bastante grande de elementos más simples; pero no podremos decir que , dos conceptos disociados (en el pensamiento represen tativo la repetición
dichos elementos están completamente realizados, en tanto no se despe- sólo puede ser, por definición, repetición de los diversos m~smos), nuestr~
jen con una nitidez perfecta; y, desde el momento en que la conciencia autor las concibe como potencias inseparables y correlativas: la repeti-
tenga percepción distinta de los mismos, el estado psíquico que resulta de ción, sostiene en la estela de Nietzsche, no es sino una forma de produc-
su síntesis habrá por eso mismo cambiado-S'. ción de diferencia y la diferencia, por su parte, constituye la expresión de
La cita deja claro que el rasgo que permite distinguir ambas multiplici- la repetición. .
dades es el rasgo diacrónico o, con la expresión del propio Bergson, la Este vínculo entre las dos «potencias de la esencia» es posible gracias a
duración. Frente a la multiplicidad espacial y numérica, cuantitativa y ex- la señalada introducción del elemento diacrónico: gracias a él la repeti-
tensiva, caracterizada por su condición «discontinua y actual» (por seguir ción, lejos de limitarse a perseverar en lo existente, es capaz de producir
la expresión deleuziana), la multiplicidad cualitativa es esencialmente tem- diferencias. El tiempo es el ámbito que permite la materialización de las
poral, intensiva y heterogénea. Permite que emerjan las diferencias de virtualidades. 0, si se prefiere formulario a la inversa: precisamente por-
naturaleza: aquellas que resultan irreductibles al número. La introduc- que este incontenible fluir de la duración impide la fantasía de una ide~-
ción del eje diacrónico constituye, de esta forma, el elemento clave para tidad especular, los entes quedan condenados a la condición de mero SI-
comprender el proceso a través del cual se lleva a cabo la producción de mulacro, de copia sin referente alguno en el que reafirmarse. Aunque el
Diferencia. Lo que es deviene múltiple al instalarse en dicho eje o, si se concepto de simulacro proceda de Pierre Klossowski (quien a su vez desa-
prefiere, la introducción del vector duración genera efectos multiplica- rrollaba una intuición nietzscheana) y haya alcanzado una cierta notorie-
dores en lo que es. En ese sentido, cabe afirmar que el tiempo constituye dad merced a las aportaciones de autores como Foucault o Baudrillard,
la diferencia interna o, tal vez mejor, la diferencia en sí en la medida en que lo cierto es que la idea de que existe una ficción exenta de remisión, fic-
es la inmersión en él lo que hace que lo que es devenga algo diferente de ción de la que en modo alguno podemos predicar nada parecido a su ver-
sí mismo. En todo caso, no hay aquí rastro de la manera de entender la di- dad, obtiene en el interior del esquema deleuziano una eficacia teórica
ferencia característica de la dialéctica, esto es, como oposición o contra- especialmente destacada. Porque el simulacro, en su necesa~ia oqued~d,
dicción. La diferencia no se mide con lo Otro -ni con ninguna de sus va- ilumina sobre la auténtica naturaleza 'del Ser, que, tras lo dicho, ya solo
riantes- sino que no tiene más referencia que ella misma y la duración, a puede ser visto como un Ser en devenir, esto es, como un Ser n~ ~~turado.
la que está sometida en cuanto que existe. Las aventuras de la realidad tienen, pues, el signo de la repetlClon, pero
de una repetición, si se nos permite hablar así, abierta. Puesto que lo que
se repite no es lo existente concreto, el modelo o el concepto en sus de-
Hablar con la propia voz terminaciones: lo que se repite es la producción de la diferencia. Las refe-
rencias anteriores a la subjetividad como territorio o superficie (y no como
Cuando por fin en 1968, con Diferencia y repetición, Deleuze inaugura el elemento, realidad o cosa) pueden quedar ahora completadas. Lo que
periodo de su filosofía crítica propiamente dicha, buena parte de las pre- importa de la subjetividad es su potencia afirmativa y creadora, su afirma-
misas y herramientas con las que elaborarla ya han sido tematizadas. De ción de la multiplicidad intensiva y cualitativa. Su voluntad de poder, por
ahí la aparente paradoja: el autor empieza a hablar con su propia voz en decirlo con ortodoxia, o quizá también su voluntad de riesgo, si por tal se
el momento en que consigue despersonalizarse, en que se atreve a dar sa- entiende su resuelta disposición a dejarse permeabilizar y moldear por
lida a todos los elementos y fuerzas que le constituyen y que, dejados en li- los acontecimientos. En definitiva, su inequívoca vocación nómada.
bertad, muestran su auténtico carácter: no son de nadie y a nadie, propia- Pero que esta reintroducción tardía de la subjetividad no desdibuje el
mente, definen. Si acaso muestran la grandeza de quien les proporcionó perfil de las ideas deleuzianas, ni sugiera una concepción equivoca~a .d~
la oportunidad de hacerse visibles. Tal es el caso de esas dos nociones que las mismas. No se trata de postular unos nuevos objetivos para la subjetivi-
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da~~ sino más bicl~ una nueva Iorrna de perseguir cllalesquiera ohjeti- Ik otro lacio, y (oml 1 .rncutaudo lo <Interior, ,1 sentido en cuanto tal no
vos . El desplazarnien to es en realidad un efecto del abandono, por parte debe identificarse con la imagen del mismo que el poder se empeña en
de Deleuze, del esquema platónico de deseo -que era siempre deseo de prcscn tar. En Lógica del sentido el autor deja bien clara su particular buena
algo-- ~ara abr~ar en su lugar un concepto del mismo como potencia. uueua: "El sentido no es nunca principio ni origen, es producto. No está
Ahora bien, consIderar efecto a dicho desplazamiento no de' d • por descubrir, ni restaurar ni reemplazar; está por producir con nuevas
f . :.la e ser una
orma obh~ua. [Link] cuáles son las categorías que en este esquema maquinarias-J". Es, desde luego, una buena nueva, al menos en la medi-
resultan pnontanas. Que el deseo se libere de su objeto o l . da en que coloca la cuestión de! sentido en una perspectiva completamen-
. - , o que viene a
s~r Igual, que se afirme en su condición de fuerza de la vida como línea te distinta a la que suelen adoptar aquellas otras posiciones filosóficas que,
~Ital abstracta-, no ~s ~~ fin en sí mismo sino mera condición de posibi- tomando como único referente polémico determinadas intransigencias
h.~ad para que la subjetividad asuma la importancia del valor de la repetí- de matriz cientificista (pensemos, por poner e! ejemplo más contrastado,
cion y [Link] retorno como creciente producción de diferencias nue- en e! Círculo de Viena), utilizan dicha cuestión como la antesala para la
vas. La pnmacía on~ológica de la diferencia se podría expresar también legitimación teórica de alguna trascendencia.
~bservando lo que nene la subjetividad de constructo y pliegue del exte- Hay que empezar, pues, por reivindicar la inmanencia frente a la tras-
n~r, :' mucho ,de verd~d habría en la observación. Sin embargo, resultaría cendencia a la hora de hablar del sentido. Pero a sabiendas de que e! de-
aSImIsmo. erroneo (solo que con un error de otra naturaleza) derivar de bate no puede concluir en una reivindicación meramente programática
e~to un~ Imagen meramente pasiva de la subjetividad, como si no le cu- de la una frente a la otra. De!euze viene -no se olvide- de un combate
piera a esta. m~s función ni más destino que la de ser espacio u ocasión contra la imagen dogmática del pensamiento, y este origen proporciona
para el surgirruento de las diferencias. el marco interpretativo adecuado en e! que insertar su propuesta acerca
Si la subj~tividad es más que pasividad, ello es debido a que el perma- del sentido. Las diversas filosofías modeladas por la trascendencia se ca-
nente d:v~l1Ir del mundo no se deja pensar en términos de un monóto- racterizan por su concepción de aquél como fundamento, como princi-
no, armOI1ICO~ h~mogéneo flujo de acontecimientos. De lo que hay-o pio, no por apelar de inmediato a una determinada instancia o entidad
~I vez fuera mas ajustado decir: de lo que va habiendo-- se apropia inrne- exterior al mundo como garantía de! sentido. Incluso al contrario: es e!
dI~tam~~1te el Pod~r, que lleva a cabo sobre cuanto ocurre una tarea de caso que, con frecuencia, la concepción trascendental del sentido se reviste
atrlbu~IOn de sentido. Tanta es su avidez por apropiarse de lo ocurrido de una apariencia real, concreta, inmediata y perfectamente identifica-
que, sin sombra de exageración, puede afirmarse que aquello sobre lo ble. No otra cosa ocurre con e! llamado sentido común, el cual constituye
cual el poder n? coloca el foco de su atención carece de existencia social. para Deleuze uno de los conceptos rectores de la imagen dogmática de!
En consecuencia, cabe afin~ar que no todo acontecimiento, por el mero pensamiento. Yaunque la crítica deleuziana se centra en la función poli-
hecho ~e ~erlo, posee sentido. El sentido es una determinación que el cíaca que cumplen advertencias de! tipo «todo el mundo sabe, nadie pue-
acontecl~IlIento alcanza cuando consigue hacerse visible y denunciable, de negar»86, lo cierto es que no costaría encontrar en sus argumentos re-
una partIc~la~ man~ra de la que dispone el poder para encauzar cuanto sonancias de los utilizados por Heidegger para denunciar la existencia
Ocurre hacia vias de mterpretación e inteligibilidad preestablecidos. inauténtica.
Pero la tutela que el poder se esfuerza por ejercer sobre el sentido no De hecho, la misión que cumplen las apelaciones a lo obtno, lo evidente,
se re~uelve en un completo control sobre éste, y ello debido a la naturale- lo indiscutible, etcétera, llevadas a cabo por e! sentido común es la de ocul-
za misma de las instancias que aquí intervienen. De un lado, la subjetivi- tar el auténtico fondo de este pensamiento, esto es, el hecho de que se
dad no se agota en su condición de efecto del exterior, ni, por tanto, viene asienta sobre unos principios inquebrantables y eternos que son los que
c?~ldenada.~ la pura sumisión respecto al poder. La subjetividad es tam- le permiten pontificar sobre la verdad y la falsedad, lo correcto y lo inco-
bien [Link]~sIOn de una potencia, capacidad de despliegue fuera de las vías rrecto, la precisión y e! error. Pero para Deleuze lo normal nunca puede
d~ sentido trazadas desde el poder. Esta puntualización no introduce nin- ser lo normativo o, lo que viene a ser lo mismo, e! pensar filosófico no
gun ~[Link] nuevo: confiar en que la subjetividad pueda construir su puede consistir en una mera reformulación de lo que ya está en la mente
prop~o sentido y valor se sigue, de hecho, de la apuesta por el progra- de todos. Eso equivaldría a neutralizar lo que en realidad constituye una
ma nietzscheano llevada a cabo por Deleuze desde el primer momen to. alternativa ineludible: la filosofía frente a la doxa, e! pensamiento frente
3RO 381
al recorro .iruicuto. EII la ¡ll'1sp ·('ti";1<ll'lcu/i,lIl<1pells,1I D. pOI el contra- 1-',1 st'lIlido es lo qllc súlo plll'<le Sl'l dicho. Lo exprcsahlc o lo expresado
rio, enfrentarse a todo presupuesto, resistir al imperialismo de un sentido de la proposición. y el auibuto del estado de cosas. Por íormularlo con
común que se empeña en convertir a la filosofía en reverberación (y no mavor rotuudidad: es la frontera entre las proposiciones y las cosas. Aque-
en crítica), y al filósofo en apacible testigo de la dúplica (en lugar de en llo que hace que el acontecimiento no se confunda con su efectuación es-
incómodo intempestivo). pacio-temporal en un estado de cosas. De ahí que, para De!euze, pregun-
De!euze opone a esto el concepto de sentido al que antes hicimos refe- tarse por e! sentido de un acontecimiento equivale a plantearse una
rencia -el sentido como efecto o producto de un exterior-o Para descri- pregunta equivocada. El acontecimiento es e! sentido mismo.
bir de manera adecuada la alternativa deleuziana, conviene recordar la Se observará que, al desarrollar de esta forma la cuestión de! sentido,
caracterización de los niveles de la proposición presentada por diversos nos hemos ido alejando de determinadas perspectivas a través de! mismo
lingüistas -entre otros por Benveniste'<>. Dichos niveles serían básica- proceso por e! que extraíamos las consecuencias de las premisas plan tea-
mente tres: e! de la designación, constituido por las relaciones de una pro- das. Afirmar el sentido de una determinada manera (productiva, por así
posición con e! estado de cosas exteriores y definida por el par verdade- decir) y diferenciarlo de otras dimensiones de la proposición (las tres que
ro/falso, e! de la manifestación, constituido por las relaciones de una se han denominado internas) supone, entre otras cosas, profundizar en la
proposición con el sujeto que habla y definida por el par veracidad/ ellga- reconsideración -a la que ya aludimos al referimos al primer Deleuze-
ño, y, por último, e! de la significación, constituido por las relaciones de de! lugar y la tarea de eso que llamamos pensar. Así, la expectativa de ver-
una palabra con conceptos universales y lazos sin tácticos y definido por el dad, que en tantas ocasiones en el pasado sirvió para tutelar e! discurso fi-
par condición de verdad/ posibilidad de error y absurdo. Pues bien, a estas losófico o para ponerlo a la sombra de determinados saberes (por ejem-
tres dimensiones, internas, de la proposición Deleuze añade una cuarta, plo, de matriz científica), cambiará radicalmente de signo. No ya sólo
la de! sentido, al que define como extraproposicional, por cuanto no se porque la verdad deberá dejar de declinarse en singular para ser enten-
encuentra en la proposición, si bien es lo que la proposición expresa. dida como la determinación propia de cualquier pensamiento (de tal
Michel Foucault ha formulado este punto con notable claridad: «Es manera que podrá afirmarse, nietzscheanamente, que cada pensamiento
preciso sustituir la lógica ternaria, tradicionalmente centrada en el refe- tiene la verdad que se merece), sino sobre todo porque la verdad quedará
rente, por un juego de cuatro términos. "Marco Antonio está muerto" de- concebida de un modo completamente distinto. No como algo por des-
signa un estado de cosas; expresa una opinión o una creencia que yo tengo; cubrir, sino como algo por producir. cosa que ya quedó dicha, pero que
significa una afirmación; y, además, tiene un sentido: el "morir". Sentido ahora se plan tea con un añadido nuevo: esa producción tiene lugar desde
impalpable del que una cara está girada hacia las cosas puesto que "mo- un específico régimen de sentido. .
rir" sucede como acon tecimien to, a Antonio, y la otra está girada hacia la Por supuesto que habrá quienes entenderán que este otro modo de con-
proposición puesto que morir es lo que se dice de Antonio en un enun- cebir el sentido, la verdad y, más allá, el pensar en cuanto tal, en la medida
ciado,,8R. El sentido es, justamente, eso que no se confunde ni con la pro- en que renuncia a buena parte de los criterios y nociones utilizados por el
posición, ni con el objeto o estado de cosas que ésta designa, ni con la vi- pensamiento u-adicional para ir ordenando, excluyendo yjerarquizando las
vencia, la representación o la actividad mental de quien se expresa en la ideas, queda abocado a una concepción magmática e indiferenciada del
proposición, ni con los conceptos, o incluso las esencias significadas. En quehacer filosófico. ¿Cómo defenderse, por ejemplo, de reproches conven-
e! ejemplo de Foucault es e! morir en cuanto tal, esto es, e! acontecimien- cionales como e! de relatívismo cuando se viene de afirmar que la verdad
to que resulta visible v pensable merced a las palabras, aunque ninguna depende del modo en que se determinan los problemas o que no resulta es-
de ellas consiga recogerlo del todo. pecialmente importante evitar el error? Deleuze se defiende, como no po-
¿Qué estatuto debemos atribuirle entonces al sentido? Lo más proba- dría ser de otra manera, cuestionándose la pregunta, presa ella misma de es-
ble es que no nos valgan ninguno de los estatutos disponibles (o por lo quemas y presupuestos inaceptables. Porque la pregunta está expresando la
menos, los más habituales). Como ha escrito e! propio Deleuze: «Es difícil anoranza por el Criterio (o peor aún: por el Tribunal) perdido.
contestar a quienes quieren bastarse con palabras, cosas, imágenes e ideas. El sentido y la verdad son, como hemos ido viendo, el territorio de un
Porque ni siquiera puede decirse del sentido que exista: ni en las cosas ni conflicto, de una lucha, de una tensión. Por ello, el pensar -secreto hilo
en el espíritu, ni con una existencia física ni con una existencia mentalv". conductor de todos los escritos de!euzianos- sólo puede ser visto como
plural, dinámico, abierto. La .oustruc .ióu de sentido 110 es una sosegada 1("acr ·dita el calado de tales resistencias. No habría más que pensar en el
producción sino UIl agrio combate, por cuanto exige unas condiciones va mencionado episodio Sokal93, en el que las categorías de Derrida eran
de enunciabilidad y de visibilidad que el Poder se niega, sistemáticamen- utilizadas como el prototipo de un lenguaje filosófico tan carente de sentí-
te, a aceptar. La sociedad de los medios de comunicación tiene sus zonas (lo como pretencioso, o en la clamorosa oposición de algunos importantes
de sombra informativa y lleva a cabo la selección-producción de aconte- , profesores de Cambridge hace pocos años a que le fuera concedido un
cimientos que le conviene. Con la terminología del propio Deleuze?", el doctorado honoris causa. Ambos episodios -por no mencionar el desdén
Poder construye espacios lisos, fáciles de recorrer, para favorecer la trasmi- burlón con el que en ciertos ambien tes se alude sistemáticamen te a lajerga
sión de los acontecimientos cuyo sentido él mismo ha cargado, y espacios derridiana- en el fondo constituyen un índice de la inquietud con la que
estriados que hacen dificil la comunicación entre los sentidos que escapan determinados sectores han recibido la penetración de las ideas de Derrida
a su modulación. A este respecto, la tarea del pensador debe ser la crítica en un territorio que hasta ahora tenían por propio e inexpugnable.
frontal de la sociedad contemporánea y de sus potentísimos mecanismos Probablemente este último hecho pueda ser leído en sí mismo como
de producción de sentido. Pero con la clara conciencia de que dicha críti- un auténtico signo de los tiempos. Aun sin haber entrado en la exposición
ca se inscribe en el marco mayor de un rechazo radical -político, en el detallada de sus ideas, se puede adelantar el dato de la resonancia obteni-
sentido más amplio de la palabra- a lo existente. Nada mejor que sus da a partir de los años setenta por las propuestas derridianas en las más
propias palabras para mostrar la medida de su dolorido rechazo: «No nos avanzadas escuelas norteamericanas de crítica literaria, como la de Vale
sentimos ajenos a nuestra época, sino que, por el contrario contraemos (con Paul de Man al fren te) y el New Criticismo Dicha resonancia ha tenido
continuamente con ella compromisos vergonzosos. Este sentimiento de camino de vuelta, de tal manera que la noticia del éxito trasatlántico de
vergüenza es uno de los temas más poderosos de la filosofía. No somos Derrida ha contribuido a una reconsideración al alza de su figura en Eu-
responsables de las víctimas, sino ante las víctimas»?'. La vergüenza es una ropa. Es cierto, objetarán sin duda los más reticentes, que, a diferencia de
vergüenza sin excusa: «No carecemos de comunicación: por el contrario, lo ocurrido con los filósofos europeos instalados en Estados Unidos con
carecemos de creación. Carecemos de resistencia al presente» 92. ocasión de la Segunda Guerra Mundial, Derrida ha triunfado en departa-
mentos de literatura (y no de filosofía). Más aún, continuarán tales obje-
tores, entre sus pares (quiere decirse, los filósofos y no los críticos litera-
JACQUES DERRIDA rios) ha recibido aceradas críticas. Piénsese, por mencionar un autor ya
citado anteriormente, en el caso de Searle?', quien ha reprochado a De-
Valoraciones previas rrida, entre otras lindezas, oscurantismo,. autor referencia, circularidad e
iteración constante.
Aunque resulte un poco excesivo -cuanto menos en la forma, por lo
enfático de la expresión- referirse en general a la recepción de Derrida, lo
cierto es que, si se analiza con un poco de perspectiva la evolución de las El contexto teórico de unas propuestas
valoraciones que ha ido recibiendo este autor a lo largo de los últimos
años, se comprueba que, a pesar de las importantes resistencias que toda- Pero abundar en este tipo de detalles con toda probabilidad nos dis-
vía su obra provoca, el conjunto de sus propuestas ha terminado por ali- traería de lo esencial ahora, que es la presentación de las ideas de Derri-
nearse, al menos en cuanto a la frecuencia con que aparecen citadas,junto da. Ideas que, lejos de quedar impugnadas por las resistencias que genera
a las de pensadores como Rorty, Vattimo, Habermas, Davidson y alguno o, sobre todo, los entusiasmos anómalos que despierta, muestran precisa-
más. Más allá de su evidente heterogeneidad, las propuestas de todos ellos mente de esta forma su especificidad más profunda. En efecto, la anoma-
conforman una constelación, cuyos contornos tal vez resulten imprecisos, lía de que haya sido desde el área de los estudios literarios desde donde se
pero cuyo contenido parece claro que constituye lo que estamos en con- han interpretado de forma más activa y consistente los problemas plan-
diciones de pensar en este momento. teados por Derrida, además de la información que proporciona sobre el
La referencia a las resistencias que lo derridiano ha provocado no de- perfil de su obra, ofrece una clave de lectura para recorrer bajo un deter-
biera considerarse lateral o irrelevante. De hecho, algün episodio recien- minado prisma un amplio conjunto de propuestas e incitaciones teóricas,
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a menudo subsurnidas b,~i() ruhros () etiquetas convencionales pero de es- 11:11io, t'11I:Wlcou una concepción centra] de ItI filosofía griega, a saber, la
casa utilidad para el caso. Es lo que sucede con la tipificación de Derrida Illclafísiea del Ser confundido con el «elite supremo» tal como aparece
como estructuralista, tipificación que atiende casi en exclusiva a la fecha \'11 Platón y Aristóteles. En efecto, si todo es significan te, no hav forma de
de producción de sus primeros textos, a su reconocida afinidad a autores e-vitar que éste se apoye sobre un significado trascendental, garante últi-
como Miche! Foucault, de quien en algún momento'" se llegó a declarar 1110 de toda donación de sentido, De ahí que Derrida puntualice que no
«discípulo» o, sobre todo, al hecho de que en sus obras de la década de los ~t' puede tratar nunca de sustituir el sentido por un sistema -atribuir a
sesenta y principios de los setenta tomara a menudo como punto de refe- las estructuras la última palabra es pura antifenomenología, y ésta equiva-
rencia crítico algunos de los postulados centrales del estructuralismo. le a «totalitarismo estructuralista», por utilizar la expresión de La escritura
Respecto a este último hecho --el único de una cierta relevancia teóri- y la diferencia- sino de «determinar la posibilidad de sentido partiendo
ca- probablemente haya que añadir que no podía ser de otra manera. de una organización "formal" que en sí misma carece de sentido-Y",
Pero no cabe confundir e! reconocimiento por parte de Derrida de los as- ¿Se deduce del enunciado de todas estas reservas que e! calificativo
pectos fecundos de! estructuralismo con una adscripción en toda regla a que más conviene a Derrida es el de postestructuralista?En un sentido bas-
sus principios. Porque, ciertamente, desde el punto de vista derridiano tante lato por supuesto que cabría responder de modo afirmativo (lo que
constituye un avance esa particular articulación del punto de vista de la de paso justificaría su ubicación en el presente epígrafe alIado de De!eu-
totalidad y del formalismo que se da en la perspectiva estructuralista. Aten- ze, con quien por lo demás comparte su programa de una «inversión» de
der a las relaciones intrasistémicas, priorizar dicho entramado de víncu- la representación), pero al propio tiempo se hace difícil calificar de tal
los por encima de la idea de centro de significación, termina por generar, manera a alguien una de cuyas obras fundamen tales, De la gramatologia97,
de manera paradójica, unos efectos desestructuradores que Derrida saluda data de 1967, Así las cosas, probablemente resulte más provechoso partir
como algo positivo. Así, estructuras como la oposición entre normal/pa- de la hipótesis de la exterioridad de Derrida en relación con las corrientes y
tológico o esencial apariencia, o incluso e! propio te!eologismo en la me- autores, tanto contemporáneos como de! pasado, con los que ha entrado
dida en que presupone un orden reglamentado desde un sentido último en relación teórica'" De hecho, la trayectoria derridiana está salpicada
u originario, pierden todo valor al ser sustituidas por la red de relaciones, de debates con interlocutores tan diversos como el existencialismo y el
que arrebata al sentido toda pretensión originaria, fundamentadora. humanismo sartreanos, la «ontofenomenología de la liberación» de Geor-
Ahora bien, la mencionada crisis del sentido -o de una determinada ges Bataille, el psicoanálisis epistemológico de Lacan, los planteamientos
manera de entenderlo, quizá fuera más preciso decir....,- tiene sus contra- fenomenológicos de Merleau-Ponty o los estructuralistas de Lévi-Strauss.
partidas negativas, que Den-ida no deja de constatar. Así. e! mismo forma- Igualmente, sus lecturas de clásicos como Hegel, Heidegger o Freud di-
lismo, cuyos beneficios teóricos acabamos de señalar, deviene obstácu- vergen de las lecturas dominantes en el pensamiento francés de! momen-
lo cuando olvida su condición de modelo y metáfora para transformarse to, produciéndose la mavor coincidencia con el mismo alrededor de la fi-
en patrón y norma, esto es, cuando la metáfora espacial y de la función gura de Nietzsche, a cuya recepción en Francia a finales de los sesenta y
matemática descuida la dimensión cualitativa de la fuerza y, con ella, de la principios de los setenta contribuyó nuestro autor decisivamente junto a
génesis y el tiempo. Den-ida no pretende eliminar ninguna de las dos di- teóricos como Klossowski y los mencionados Foucault y Deleuze. Todo lo
mensiones ni, menos aún, restablecer el viejo orden. Pero la fascinación cual parece reforzar la hipótesis de que, efectivamente,jacques Derrida
estructuralista por la forma, su idiosincrasia topográfica, su querencia por se piensa con dificultad en términos expresivos, esto es, considerándolo como
el geometrismo en definitiva, plantean el serio peligro de «encerrar el de- producto necesario o como representante ejemplar de! medio filosófico
venir» de «hacer callar la fuerza bajo la forma», por decirlo con expresio- en el que se dio a conocer.
nes de La escrituray la diferencia. Frente a este modelo, la relación de Derrida tanto con quienes le han
Aunque también, si se prefiere formular el reproche derridiano en influido como con quienes ha debatido presenta un carácter mucho más
términos más clásicos, se podría afirmar que el encierro de! estructuralis- lábil e indeterminado. Hay que empezar diciendo a este respecto que De-
mo en e! problema de! signo se encuentra estrechamente ligado a los pos- rrida es un buen conocedor de ciertos autores de la filosofía moderna,
tulados más tradicionales de la metafísica occidental. La tesis según la como son los ya citados Hege! y e! segundo Heidegger, lo que no le ha im-
cual todo es lenguaje tiene poco de novedosa en e! fondo. Antes bien al con- pedido mantener un permanente interés por e! análisis de determinados
3H7
textos le Platóu y de 1" filosofía d:ísica, cuya kclma constlruyc, S<:~ltllIn
t:d.~, UIllellg-u;~je
que no podía estar sometido él mismo a la epojé-sin ser
afirmado en algún momento, «una tarea infinita». A esto habría que aña-
(·1 mismo simplemente mundano--, y así a un lenguaje ingenuo justo
dir su interés -interés crítico, pero interés al fill- hacia escritores como
cuando era éste el que hacía posible todos los paréntesis o las comillas fe-
Bataille y Blanchot, o hacia filósofos contemporáneos como el ucraniano
uomenológicas. Esta axiomática impensada me parecía que limitaba el
judío Emmanuel Levinas, quien en cierto modo ha seguido un camino
paralelo al del propio Derrida.
• despliegue de una problemática consecuente de la escritura y de la hue-
lla, cuya necesidad estaba designada sin embargo en El origen de la geome-
Pero de esta apresurada relación sobresalen, sin duda, algunos nom-
tria, y sin duda por primera vez con ese rigor en la historia de la filosofía».
bres. Muy probablemente hubiera que colocar en un lugar destacado el
De la extensa cita conviene resaltar dos elementos, por la importancia
de Martin Heidegger, con quien Derrida ha reconocido expresamente su
que presentan al anticipar la evolución posterior del pensamiento derri-
deuda «<nada de lo que he intentado habría sido posible sin la apertura
diana. En primer lugar, se encuentra la constatación de que el lenguaje le
[proveniente] de las preguntas heideggerianas», declaró en una entrevis-
plantea a la fenomenología una dificultad que el propio Derrida califica
ta). En efecto, la empresa derridiana se inscribe desde el primer momen-
de «muy interesante», a saber, la de que, por un lado, dicho lenguaje neu-
to en el espacio teórico dibujado por Sery tiempo. En la estela de esta obra,
traliza la existencia mundana y, por otro, precisamente por su condición
Derrida cree que no es posible desembarazarse de la metafísica a base de
no-natural, ofrece la más peligrosa resistencia a la reducción fenomen o-
«[Link]»,y menos atacándola de frente en nombre de una posición
lógica. Se formule así, o se formule en forma de paradoja (el mismo len-
diametralmente opuesta, la cual tendría todas la posibilidades de no ser a
guaje que encadena la idealidad a un medio sensible es el que, en tanto
su vez otra cosa que una posición metafísica más, sólo que camuflada. De
constituye condición de idealidad, lo libera de toda facticidad), lo rele-
ahí que opte por una estrategia sutil y elaborada, para cuyo despliegue la
vante de esta constatación de los problemas internos del idealismo feno-
confrontación con otro autor -Edmund Husserl- será elemento pri-
menológico es que proporciona los argumentos para comprender desde
mordial.
dentro el abandono derridiano de la fenomenología en favor de la des-
construcción. Idéntica función cumple, en segundo lugar, la alusión de la
cita anterior a las dificultades que tiene Husserl para plantear adecuada-
Pasando cuentas para empezar a decir
mente la escritura en tanto que problema. Problema caracterizado por el
hecho de que,junto con su valor de condición intrínseca del conocimien-
E~ 1962 Derrida traduce al francés la obra de Husserl El origen de la ge-
to o, si se prefiere, de condición de la verdad (valor expresamente reco-
ometria, obra para la que redacta una extensa introducción'", y en 1967
nocido en El origen de la geometria), la escritura es posibilidad de una de-
publica el libro La voz y elfenómeno1OO, trabajos que le sirven para iniciar su
saparición de la verdad, en la medida en que ésta corre los riesgos que
particular ajuste de cuentas con la metafísica occidental, centrándose en
comporta materializarse, inscribirse en medio de lo empíricol'F.
uno de los ejes vertebrales de la misma, ellogocentrismo. El análisis de las
Ambos elementos podrían ser vistos como efectos de una ambigüedad
ap?rías husserlianas llevado a cabo por Derrida en ambos trabajos se
fáctico-trascendental que la perspectiva husserliana no acierta a resolver,
onenta a plantear los temas del lenguaje, la escritura y la diferencia, bási-
pero quizá resulte de más utilidad, a efectos de la presente exposición, in-
cos en la configuración de la posición desconstructiva de nuestro autor, si
terpretarlos como indicios de un conflicto que el propio Husserl no se en-
bien el primero se mantiene todavía en un horizonte meramente feno-
cuentra en condiciones de pensar, y que va a constituir uno de los ejes de
menológico. En El tiempo de una tesislO1, el propio Derrida ha descrito en
la reflexión de Derrida, esto es, el conflicto entre los signos y el pensa-
clave retrospectiva los objetivos que se proponía en aquel texto: «[...] la
miento que aquéllos se esfuerzan en expresar. Esta última formulación
Introducción a El origen de la geometria me permitió una aproximación a
permite visualizar, por vez primera, la trascendencia filosófica del proble-
algo así como la axiomática impensada de la fenomenología husserliana,
ma de la escritura. Porque si a ésta le corresponde el papel básico, funda-
de su "principio de los principios", a saber, el intuicionismo, el privilegio
mental, que Derrida le atribuye (yque Husserl reconocía, aunque a rega-
absoluto del presente viviente, la inatención al problema de su propia
[Link]), de la reconsideración de su naturaleza se sigue la crisis de
enunciación fenomenológica, al discurso trascendental, como decía Fink,
buena parte de las construcciones especulativas heredadas. Como, sin cam-
a la necesidad de recurrir, dentro de la descripción eidética o trascenden-
biar de ejemplo, la del mismo Husserl, quien confiaba en ser capaz de de-
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terminar una f()l'lna dc I CllS:lllliClllo /)l/roqllc lucra a la vez el origen y la La m ·L,ífúra del habla ha sido siempre la ructálora de la presencia.
esencia de LO lo discurso cicntificarncnte riguroso. Como habremos de Presencia de una entidad monádica sustantiva y sustancial, el sujeto, de
ver, la escritura contamina con su impureza esu: orden de proyectos, arrui- t·uyos actos intencionales brota el significado, o de un sentido que se hace
nando desde su raíz cualesquiera expectativas basadas en la añoranza de presente a una conciencia pura pre!ingüística a través de una intuición
la univocidad. Pero algo del diagnóstico se puede adelantar: e! lenguaje plena y originaria. En ambos casos -como en alguno más que podría-
de la metafisica intenta, en vano, esconderse tras la aspiración al sentido mos traer a colación- nos encontramos ante efectos o secuelas de una
único. Obrando así se equivoca y engaña al mismo tiempo. Se equivoca metafísica que tiene como supuesto mayor el del ser como presencia «<se
porque toda palabra alberga sentidos irreductibles (que no opuestos) y podría demostrar que todos los nombres referidos a fundamentos, a prin-
engaña porque, al forzar que lo múltiple aparezca como uno, presenta lo cipios o al centro han designado siempre la constante de una presen-
que simplemente es bueno como sólo bueno, lo verdadero como comple- cia»). Ha sido precisamente la defensa de dicho supuesto la que ha lleva-
tamente verdadero, etcétera. do al pensamiento occidental a empeñarse en considerar separadamente
En todo caso, hay coincidencia entre los especialistas en señalar que, la significación y sus señales, el sentido y sus signos, como forma de man-
mientras la introducción derridiana al texto de Husserl todavía permane- tener a salvo su aspiración a lo eterno, a lo permanente, a lo inmutable.
cía en el lado de allá de la frontera que separa fenomenología y descons- El signo en cuanto tal, en cambio, en la medida en que posee una re-
trucción, La voz y elfenómeno puede ser visto en el conjunto de la obra de petibilidad que lo sitúa más allá de todo contexto, no está fijado a ningu-
Derrida como su primer texto propio. En él presenta, de forma resuelta y no en particular, como tampoco lo está a ninguna intención o hablante
decidida, el núcleo de la propuesta teórica por la que ha terminado iden- determinados. El signo ni es presencia viviente, ni necesita de presencia
tificándose!e, aunque dicha presentación tenga lugar todavía a contrape- alguna para fundamentarse -como, por otro lado, se encargó de mos-
lo de las tesis de Husserl, como con toda claridad expresa el subtítulo del trar bien a las claras la hermenéutica-o Antes bien al contrario, en la es-
libro (Introducción al problema del signo en la fenomenología de Husserli. En critura, por poner e! caso que nos interesa, encontramos también la faz
concreto, Derrida va a rechazar e! privilegio que e! autor de las Investiga- de una no-presencia. El texto escrito, creado para combatir los desmanes
ciones lógicas concede a la voz como manifestación de la conciencia inme- de la temporalidad (para dejar constancia de algo, una vez desaparecidas
diata, en detrimento de! valor de la escritura, la cual supone una pérdida las condiciones de existencia de ese algo) , acaba convirtiéndose en el me-
de esta presencia. El privilegio en cuestión, al que Derrida denomina «fo- dio que mejor la expresa. La vida de lo escrito es el relato de la distancia
nocentrismo», implica degradar a la escritura, en tanto mera instancia que va adquiriendo dicho escrito con relación a las presencias que esta-
técnica y a posteriori, al rango de representación externa y artificial de la ban en su origen. El desvanecimiento de la figura de! autor, la emergen-
voz o, lo que viene a ser lo mismo, al rango de representación de una re- cia de nuevos interlocutores o la desaparición de buena parte de las lectu-
presentación. ras e interpretaciones iniciales pueden ser vistos como episodios en los que
Importa destacar e! alcance filosófico de esta crítica. Porque el recha- la escritura revela su radical contingencia, la inscripción temporal que la
zo derridiano de! fonocentrismo supone, en primer lugar, todo un cues- hace incompatible con la inamovible aspiración metafisica. De ahí que se
tionamiento de la teoría del significado manejada por Husserl y, más allá, pueda afirmar que, frente a la metáfora de la presencia, la escritura cons-
dellogocentrismo occidental en su conjunto, viniendo ambas impugna- tituye la mejor imagen de la(s) ausencia(s). Aunque también se podría
ciones íntimamente vinculadas, según quedó señalado. Como es sabido, la plantear la misma idea desde otro ángulo y decir: frente a la idealidad del
fenomenología husserliana distingue y separa e! significado, al que en- significado como transparencia ideal y univocidad perfecta (que precisa-
tiende como una entidad prelingüística y monadológica, de! signo, que fi- mente por ello permite la repetición indefinida), la apuesta derridiana
nalmente es reducido al carácter de una señal en el contexto del habla+'". aventura un nuevo camino, el de encadenar el significado a los signos y,
Pues bien, es el modelo de comprensión de la palabra como habla, esto es, de esta forma, dar entrada en la conciencia a la realidad, compleja y hete-
como unidad de un sonido y una significación o sentido, lo que va a ser rogénea, del lenguaje.
objeto del ataque de Derrida. Yno ya sólo por la mencionada devaluación El nuevo camino tiene una larga andadura. El primer paso de la mis-
de la escritura que comporta sino, tal vez especialmente, por los supues- ma lo constituye la explicitación del propósito, que Derrida deja bien cla-
tos categoriales en que se apoya. ro en La voz y elfenómeno. Se trata de salvar el signo de las diversas amenazas
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de que habría sido objeto por par«: de la féllomcllolog-ía husscrliana, de lidad <1('1 sig-Ilo 'S esta relación con la muerte. La determinación y la bo-
entre las cuales probablemente convenga destacar -a efecto de la pre- I [Link] del sigilO en la metafísica es la disimulación de esta relación con
sente exposición- la de subordinar el signo a un ideal inencontrable la muerte, que producía, sin embargo, la significación» 105.
de una conciencia pura de un sen tido pleno de un objeto ideal I()4, o la de No estamos, por tanto, en modo alguno ante una discusión meramen-
depender de una ontología ingenua que somete al signo simplemente a le técnica acerca de las virtualidades del signo o acerca de la potencia ex-
la verdad del ser. De la envergadura de ambas amenazas se desprende la presiva de la escritura frente a la voz. El debate sobre tales aspectos o so-
deriva que habrá de tomar el discurso derridiano, una vez explicitado el bre cualesquiera otros en concreto -debate que nunca se esquiva, desde
propósito. Es precisamente porque tales amenazas constituyen elemen- luego- desemboca finalmente en un cuestionamiento global del estatu-
tos irrenunciables de la perspectiva fenomenológica (y, en gran medida, to de la palabra y del pensamiento. Cosa que va quedando progresiva-
de la propia metafísica occidental en cuanto tal) por lo que su efectiva mente clara conforme Derrida se adentra en el análisis de determinados
neutralización va a obligar a Derrida a salir del territorio de la fenomeno- mecanismos del discurso y va poniendo en marcha sus propuestas catego-
logía (ya intentar escapar a la clausura de la metafísica), como paso pre- riales, con la idea de desconstrucción a la cabeza. Es en tonces cuando se
vio a la apertura de su pensamiento de la escritura a un más allá del saber vislumbra -a pesar de los elementos oscurecedores introducidos por el
absoluto. propio autor- el horizonte último al que apuntaba la totalidad del pro-
A ello pretendíamos aludir antes al señalar que La voz ... constituye el yecto derridiano.
primer texto propio de Derrida. En él la crítica al enfoque husserliano ter-
mina desembocando en el esbozo de una nueva categorización y un nue-
vo esquema desde el que abordar el grueso de los problemas heredados El incontenible irrumpir de la desconstrucción
de la tradición filosófica occidental. Expresión y emblema de ambas nove-
dades lo constituye su idea, todavía fuertemente tentativa en ese momen- El lenguaje aproximativo pretende hacer justicia a la forma en que el
to, de desconstrucción, idea bajo la que pueden subsumirse tanto el traba- propio Derrida ha ido accediendo, de manera tentativa y gradual, a deter-
jo crítico sobre la concepción logocéntrica como los elementos propositivos minados convencimientos. Así, él mismo se ha referido a las primeras oca-
que empiezan a apuntar en el discurso derridiano. Se trata, si se puede siones en las que utilizó la palabra desconstruccum ya la escasa importancia
hablar así, de proporcionar el cobijo teórico adecuado para que ciertas que le concedía a dicho empleo en aquel momento (vtenia la impresión
intuiciones se desarrollen consecuentemente, de manera que puedan de que era una palabra entre otras muchas, una palabra secundaria del
mostrar la potencia filosófica que contienen, el vuelo especulativo que se texto, que iba a borrarse o que iba al menos a ocupar un lugar en un régi-
encuentran en grado de alcanzar. men en el que no regiría nada»). Una palabra, por así decir, de idéntico
Pensemos, por no abandonar un argumento que nos ha acompañado rango que huella, différancey similares, que fue adquiriendo especial pro-
hasta aquí, en lo que puede derivarse del rechazo de Derrida a la noción tagonismo y centralidad discursiva merced a la importancia que otros,
de presencia. Su intuición según la cual toda presencia siempre se refiere que se apropiaron de ella, le atribuyeron. Sin embargo, Derrida no ha de-
a un atraque permanece ausente, al tiempo que le impide privilegiar for- jado de reconocer que tales circunstancias no debieran mover hacia una
ma alguna de presencia y, por tanto, establece las condiciones teóricas para reconsideración a la baja de la categoría. Porque lo que importa, según él,
poder pensar la diferencia, también le permite introducir -desde una es lo que a través del término queda vehiculado, las expectativas que pro-
perspectiva a la que, como poco, cabe calificar de original-la idea de la mueve y las tareas que acoge.
muerte. Así, al exponer el modo en que el signo disloca la relación entre De nuevo Heidegger resuena tras los argumentos derridianos. Es el
vida trascendental y presencia del ser, señala que la eficacia del signo es autor de Sery tiempo quien proporciona las primeras indicaciones acerca de
indisociable de una eficacia de la ausencia en la presencia y. más allá, de cómo proceder para llevar a cabo la tarea, necesaria a los ojos de Derrida,
la muerte en la vida. Es entonces cuando escribe unas palabras que luego del desmontaje de sistemas. Heidegger había hablado de Destruktion para
se han visto muy citadas: «Es, pues, la relación con mi muerte (con mi desa- referirse no tanto a lo que nosotros englobamos bajo el rótulo destruc-
parición en general) lo que se esconde en esta determinación del ser ción, como a lo que más bien designamos como des-estructuración, una
como presencia, idealidad, posibilidad absoluta de repetición. La posibi- desestructuración orientada a deshacer algunas etapas estructurales den-
302
tro del sistema En un sc nurlo -xucmudamcutc
11110. proximo podríamos da de los COIH'CpIOS se lleva a cabo dentro de un estilo escrupuloso e in-
decir que este desconstruir ex como un deshacer una edificación para ver 11I¡\Ilt'llle, l no intcu uuido esclarecer lo que esta historia puede haber
cómo está constituida o desconstituídal'". Lo que anade Derrida a estas ocultado o excluido. Adelantándose a los acontecimientos, no costaría en-
indicaciones es la voluntad, ciertamente ambiciosa, de convertir en obje- contrar un cierto aire de familia -aire nada casual, por descontado-- en-
to de esta tarea a toda la historia de la filosofia occidental. tre la propuesta derridiana y la formulada, pocos años después, por los
autores englobados bajo el rotulo , .
«pensamiento débil
el» 109 . E n am b os ca-
Esta inspiración heideggeriana con relación a lo desconstructivo no se
añade desde fuera a -ni menos aún entra en conflicto con- aquella otra sos, el horizonte al que parece tenderse no es el de la grandilocuente im-
idea, ya mencionada, según la cual no es posible desembarazarse de la pugnación o el del rotundo rechazo de la totalidad, sino el mucho ~ás mo-
metafisica a base de «invertirla- sin más, y menos atacándola en nombre desto del cuestionamiento, tan crítico como irónico, de lo esrablecido.
de una posición diametralmente opuesta. Antes bien al contrario, podría- En concreto, la desconstrucción no persigue desvelar ningún secreto,
mos considerarla como una de las manifestaciones más acabadas de di- ni sacar a la luz ninguna recóndita esencia largamente velada. Busca, más
cha idea. Porque aquí --en el rechazo a la mera inversión- reside la clave bien, mostrar la íntima debilidad, el desorden profundo, que habita en el
para entender la resistencia derridiana a entender la desconstrucción interior de todo texto (que no otra cosa es lo que una determinada con-
como una operación negatival'". En vez de entenderla así, Derrida prefie- cepción de la filosofia ha intentado ocultar o excluir). El empeño por iden-
re referirse a ella como a una estrategia filosófica o, mejor, como una estra- tificar las operaciones retóricas que dan lugar a la supuesta base de la ar-
tegia para tratar la filosofia, puesto que la práctica de la desconstrucción gumentación, al presunto concepto clave y demás instancias [Link]
pretende ser tanto un argumento riguroso dentro de la filosofia como un del discurso está orientado precisamente a poner en duda los contenidos
cambio de las categorías filosóficas o de los intentos filosóficos de dominio. a base de desmentirlos, de aligerarlos. Pero si hemos aludido al texto -tras
Porque, en efecto, si analizamos con atención las típicas parejas con- estar hablando del pensamiento en general- no ha sido por casualidad
ceptuales que están en la base de toda argumentación comprobamos que, o de manera inconsciente. El trabajo de la desconstrucción es, primor-
por debajo de la apariencia de coexistencia pacífica de términos contra- dialmente, un trabajo textual. Y no ya sólo porque, en la medida en que se
puestos, lo que se esconde es una violenta jerarquía. Uno de los términos interesa por la tradición filosófica, no le queda más remedio que atender
domina al otro (axiológicamente, lógicamente, etcétera) y ocupa la posi- a los textos que la configuran sino, mucho más importante, porque consi-
ción dominante. La primera tarea de la desconstrucción consiste enton- dera a los textos en tanto que tales, esto es, no como medios o vehículos
ces en derribar la jerarquía, en afirmar las razones del concepto más débil de ninguna instancia exterior a ellos mismos.
y de esta forma denunciar el intento, llevado a cabo por una de las mita- Se observará sin dificultad que, llevadas las cosas a este terreno, buena
des de la pareja, de prevalecer sobre la otra, de someterla a la propia for- parte de las categorías derridianas encuentran el campo de aplic~ción ~~e-
ma y a la propia razón (Foucault ha analizado con especial agudeza esta cuado o, con otras palabras, pueden ser situadas, dentro del dispositivo
operación en el caso de la pareja razón-locura). Si se quiere, se puede ca- intelectual de nuestro autor, en el lugar en el que proporcionan un ma-
lificar a esta primera fase de «inversión de lajerarquía». Pero añadiendo a yor rendimiento especulativo. Pensemos, por ejemplo, en la afirmación de
continuación que tal momento no agota el signo de la empresa descons- Derrida sezún la cual la escritura introduce la no-presencia, la no-identi-
o .
tructiva. La desconstrucción no se queda ahí (de hacerlo, permanecería dad. O en sus consideraciones acerca de la forma en que el signo, por su
todavía en el interior del régimen que pretende desconstruir), sino que estructura repetitiva, impide una presencia pura del sentido. En ambos
procede, por utilizar la propia expresión derridiana, a «un corrimiento ge- casos, el alcance teórico de las observaciones se hace visible al inscribirlas
neral del sistema». en el marco mayor de la desconstrucción dellogocentrismo occidental.
El contenido de la expresión entrecomillada no resulta fácil de preci- Es entonces cuando pueden ser puestas en conexión con otras categorías
sar. De cualquier forma, a lo que se aspira es a hacer emerger, tras el mo- y argumentos a través de los cuales desarrollan toda su ~ficaci~ t~ór~~a.
mento de la inversión, el nuevo concepto que se sobreentendía en la oposi- Tal sucede con la noción de iterabilidad, o con la muy Citada distinción
ción y que no se dejaba comprender en la misma. Quedará claro que no différence / différance. . .
se trata de rechazar el sistema, sino de operar dentro de sus límites con el La iterabilidad nombra esa posibilidad, que posee cualquier unidad
claro objetivo de resquebrajarlo. Por lo mismo, la genealogía estructura- de lenguaje, de ser repetida y reproducida por medio de una exteriori-
394 395
dad sígnica 110"Yasabíamos, porque Dcrrida se había encargarlo de subra- ESLamos por L,\lIlO ante una <.:atq~oría polival .ntc 11:\0, .orno muurno, arn-
yarlo a~en~l~cIar las determinaciones del concepto de escritura, que la di- higua, que pretende tcmatizar aquella «diferencia originaria» entre e! ser
ferencia básica entre comunicación escrita y comunicación oral pasa por y el sentido a la que nuestro autor se refería en su primer texto. La perspi-
el hecho de que el signo escrito es una marca que permanece más allá del cacia derridiana consiste en poner la mencionada duplicidad al servicio
c?nt~xto en el que fue emitido o producido, La noción de iterabilidad ra- _ de la crítica al presente (que es como decir al servicio de la crítica a la pre-
dlCa,hza este rasgo a base ~e, ~onvertirlo en necesario y constituyente de la sencia), esto es, en sacarle punta al lenguaje para que nos ayude a percibir
escritura, Porque ~s condición de legibilidad de un texto el hecho de que las debilidades y contradicciones que encierra nuestro pensamiento. La
conserve su capacidad de comunicación en cualesquiera circunstancias, afirmación según la cual e! presente no coincide consigo mismo constitu-
~or l~ pronto, una escritura que no fuera estructuralmente legible --es de- ye e! reverso y e! complemento al mismo tiempo de aquella otra según la
CIr,reI~erable- más allá de la muerte de! autor no sería una escritura, Pero cual e! presente no es plenamente presente hasta un momento posterior.
es posIb,le afina~ más y sostener que «para que un escrito sea un escrito es Con este planteamiento Derrida no se está limitando a actualizar, bajo
necesano que SIga funcionando y siendo legible incluso si lo que se llama una clave terminológica ligeramente desplazada, cuestiones ya clásicas a
el autor de,l escrito no responde ya de lo que ha escritos+!", Ylo que vale la hora de pensar la realidad, como la de! inevitable retraso de nuestras
para el, emIs~r o el productor vale también, por las mismas razones, para representaciones respecto a las cosas mismas, etcétera. Es cierto que la
el d~sunatano, La escritura ha de poder funcionar en ausencia de todo dijJérQnce produce, entre otros efectos. la historia, ya que desde e! origen
desun~tario empíricamente determinable y debe poder ser repetida en e! presente está como retrasado respecto a sí mismo, pero -y aquí residi-
ausencia de su referente originario, ría la especificidad de! planteamiento derridiano respecto a otros, en
La insistencia en lo estructural y en lo necesario pretende sub 1 apariencia próximos en este punto- dicho retraso no se concibe como
di , , rayar a
istancia existente entre el enfoque derridiano y esas otras perspectivas una contingencia histórica, derivada, pongamos por caso, de una deter-
q~e defienden cosas tales como e! derecho del texto a una segunda oportu- minada organización socioeconómica (que se caracterizaría por su opaci-
nidad en nuevos contextos, o que atribuyen al impulso inicial concedido dad, frente a otras formas de organización futuras, de las que cabría espe-
po: el auto~ a lo escrito una cierta capacidad de supervivencia de éste más rar la transparencia), sino que, por el contrario, constituye él mismo e!
aIla ~e la CIrcunsta~cia en y para la que fue pensado, Tales perspectivas fundamento, la base, de cualquier modo de abordar lo real. Sólo desde esta
-aSI como otras analogas que pudiéramos traer a colación- todavía per- ambición teórica tiene sentido que Derrida se plantee e! desmontaje de
man,ecen en el interi,or de ~,n esquema que no se atreve a impugnar ins- aquel discurso que ha sustentado e!logocentrismo occidental, a saber, la
tancías tales ~omo la intención de significado actual del autor, La iterabili- metafísica de la presencia,
dad, ,en cambio, se afirma de manera decidida como una fuerza de ruptura Porque la metafísica se caracteriza por e! gesto de borrar la marca
del SIgno con su contexto, Carece de sentido -o tal vez me' distintiva entre e! presente y lo ausente (un ausente que tanto puede ser
, , , ~or, posee un
sentido abiertamente criticable- perseverar en la idea de que la mejor e! pasado como e! futuro): la huella de lo ausente que es quien hace que e!
lect~ra es aquella que subsume el texto bajo la égida del contexto, Frente presente sea presente, Pero la huella es imborrable porque atañe a la
a la Idea de que leer un texto equivale a inscribirlo adecuadamente en su estructura misma de lo que hay, Tal vez pudiéramos decir que las ante-
contexto, Derrida proporciona elementos teóricos para pensar que lo riores afirmaciones acerca de! signo y la escritura no constituían premi-
que de verdad merece la pena es precisamente encontrar la forma de libe- sas que nos dejaban a la puertas de tema tizar dicha estructura, sino que
rarlo de su contexto, entraban decididamente en el interior de! asunto, No se trata de que la
~unto a ~a ~tera~ilidad, el otro elemento clave para aproximarse a se- escritura sea una metáfora adecuada o una figura útil para representar-
mejante objetivo VIene representado por la distinción dzijjrférence/dzijjrfDr nos e! funcionamiento de lo real, sino de que es la instancia que mejor da
A és d 1 ' 'J' l' teramce.
traves ~ neol~gIsmo dijJérQnce, Derrida pretende enriquecer 'e! con- cuenta de su naturaleza, Pensar la escritura va mucho más allá en Derrida
cepto de dIfe~enc~~ (que en francés se expresa como dijJérflnce) con una de invertir la relación entre el habla y la escritura (entre e! significado y
nueva determinación, DijJérQnce no es sólo distinción: es tambi el significante), Es, ante todo, pensar que el proceso según e! cual se
di f , ten retraso
o ,1 e~Imento, ~e ~echo, el verbo mismo «diferir» acoge esta duplicidad: produce la escritura es e! mismo proceso según e! cual se produce el len-
«diferir. tanto significa no ser idéntico como dejar para más adelante+P, guaje, La escritura, por tanto, no es secundaria ni accesoria respecto al
397
lellgu,üe sino que le es l'st'II('ial
de todo lenguaje.
('111:11110 quc es coudiciou de posibilidad Sill menoscabo del reconocimiento de I~\origimdida? d.e, u).enilogu
v de la novedad de alguno de sus planteamientos, constituirtá-ciertam rr=
UJ
Pero hay que dar el paso que resta para entender completamente la 1('UIIgrueso error interpretar dichos textos en clave de ruptura con rela-
afirmación subrayada. En efecto, la consideración de la escritura como ción a toda su producción teórica precedente. Hacerlo implicaría con-
origen de todo lenguaje, y no como forma particular de lenguaje, condu- siderar con efectos retroactivos a la desconstrucción como un conjunto
ce inexorablemen te a analizar la experiencia como tal 1 14. Formulado con 1('cllico de procedimientos discursivos, o como las reglas de un nuevo mé-
la propia terminología de Derrida: cabe hablar de las propiedades escritura- todo hermenéutico que trabajaría en archivos o enunciados, al amparo
les de toda forma de lenguaje y de toda experiencia, fenómeno al que pro- de una institución dada v estable. En cierto modo ése era e! reproche de
pone denominar archiescritura. La archiescritura abarca todos los signos Foucault, quien creía encontrar en Derrida una «textualización de las
en general, lo que es debido a que el movimiento en e! que se juega la prácticas discursivas» que abocaba a una metafísica cerrada y dogmática,
archiescritura no es otro que el de la différance. Yla différanceno es sólo ar- en la que se ignoraba la dimensión vital y práctica de! propio texto. Pero
ticulación intralingüística sino que es la articulación de toda experien- lo que en realidad representa la desconstrucción es, más bien, «una toma
cia, cualquiera que ésta sea 115. Toda experiencia es lingüística 116 o, quizá de posición, en el trabajo, en base a las estructuras político-institucionales ~uefor-
mejor, cabe denominar como escritura a la totalidad del lenguaje-expe- man y regulan nuestra actividad y nuestras competencias» I 19. En la medida en
riencia. También se le puede denominar texto general, global, y en tal caso que no concierne tan sólo a los contenidos de sen:i~o, no ~a?e ~bOl~[Link]
se resalta el hecho de que el hombre está implicado continuamente en su tarea desconstructiva al margen de una problemática politico-institucio-
interpretación. Se le denomine de una u otra forma, lo que importa resal- nal. Antes bien al contrario, su desarrollo exige, dirá Derrida, un nuevo
tar es lo que tienen esas tesis de efecto final de todo un dispositivo argu- planteamiento sobre la responsabilidad, no basado en los viejos códigos
mentativo. Si Derrida puede afirmar que la escritura, la archiescritura o de lo ético y lo político. Y añade, no sin cierta dosis de ironía: «Ello hace
el texto designan de hecho toda una época o cultura es porque está con- que [la desconstrucción] pueda parecer demasiado política para algu-
vencido de! principio sobre e! que la afirmación se sostiene, a saber, la cé- nos, mientras que a aquellos que no reconocen lo político si no es con
lebre máxima «no hay nada fuera del texto» 1 17. Todo, si cabe hablar así, ayuda de los paneles de señalización de antes de la guerra les aparece como
está textualizado. dernoledora» 120.
Interesa resaltar -va para ir concluyendo- que la señalada dimen-
sión práctico-política no se añade como un elemento exterior, sobreveni-
El nuevo rostro de la crítica do, a todos los planteamientos expuestos, sino que más bien se desprende
con toda nitidez de los mismos. Acaso la idea de huella, que se nos fue apa-
No resultaría demasiado aventurado extraer de todo lo anterior la reciendo de manera intermitente a lo largo de todo lo anterior, sintetice
conclusión de que la desconstrucción se deja definir también como el adecuadamente el impulso mayor que parece animar e! proyecto derri-
nuevo rostro de la crítica. O como un radical ejercicio de sospecha basa- diano por completo. Porque la huella constituye el testimonio más claro y
do en el ejercicio de la différance. En cualquier caso, lo expuesto permite la prueba más fehaciente de lo que a Derrida parece imp~[Link] en [Link]
formular en unos términos algo más decididos que al principio lo que la medida: e! carácter incompleto de! presente. La huella slgl1lfica e! signo
desconstrucción no es. No es una autocomplaciente práctica filosófica, presente de una cosa ausente, el rastro que lo ahora ausente ha dejado
orientada a sancionar, convalidar o legitimar nada. Antes bien al contra- u-as su paso por los lugares donde estuvo presente. El presente nunca es
rio, constituye una actividad dirigida sistemáticamente a señalar aquello plenitud, sino carencia, vacío, ausencia de algo cuyo recuerdo ~o ~uva es-
que el discurso -del texto o del mundo mismo- nunca alcanza a decir peranza) le permite precisamente ser presente en cuanto. lo d~lllTIlta~, en
porque es incapaz de decir. Desde esta perspectiva poco tiene de extraña ese sentido, lo constituye. Se sigue de esto -de la falta de identidad atorni-
la deriva seguida por Derrida desde los años ochenta, planteando con- ea del presente- que no existe e! tiempo entendido como línea de pre-
ceptos de filosofía práctica diseñados en torno a análisis de temas actua- sentes idénticos a sí mismos.
les, deriva de la que en cierto modo cabe considerar emblemática la obra Acomodarse a este nuevo diseño no siempre resulta fácil. Así, enten-
Espectros de Marxlls. der la historia como un encadenado de presentes incompletos y e! relato
histórico COIllO1:1n.u [Link]ón (h; 1:ls;¡IISell'ias <¡lit'dotan de sentido a aqué- 1111'1111'
!tll' 1rilicada pOI IItISSl'll. Ikrrida plOpOlll' 1'1I1(,II<1el'
d mundo
llos puede parec r que entra CIIconflicto COIIalgullos de los esquemas «1I1101111 rcxto que 1IIIIIelse ha terminado y que exige rcintcrprctacioucs
más estimulantes con los que se han abordado estos asuntos, Porque, sólo . ousran tcs. Referirse, como hicimos U1lpar de párrafos atrás, al carácter
a título de muestra, si incluso lo efectivamente ocurrido debe ser inter- inc-ompleto del presenLe equivale a afirmar que el hombre no es mero
pretado desde la perspectiva de lo que le falta, ¿cómo pensar entonces lo, k-cior (condenado por tanto a relacionarse con lo que lee como con UIl;¡
que ni siquiera alcanzó el estatuto de real, lo que se quedó en mera espe- e-ntidad cerrada y acabada), sino autor e intérprete al mismo tiempo, POI'
ranza, todo aquello que pudo haber sido y no fue?: ¿como ausencia de 'I"C si la escritura es, finalmente, producción de huellas, el obrar humano
una ausencia? Pero en tal caso, ¿desde qué clave leerlo?, ¿cómo acceder a signiiicativo constituye la particular aportación que el agente hace a la la
un significado que jamás llegó a disponer de significan te? De que estas rca común de mantener abierto el libro del mundo, esto es, tanto a intcr-
preguntas tengan o no respuesta depende la posibilidad de elaborar ese pretarlo mejor como a enriquecer sus significados,
relato histórico que tanto anhelaba Benjamín. Un relato que evitara el
punto de vista de los poderosos, esto es, el punto de vista de lo que efecti-
vamente pasó, y devolviera la voz a los que fueron silenciados, esto es, a
aquellos que vivieron como única experiencia la frustración y la derrota,
Probablemente el esquema derridiano proporcione algunas indica-
ciones de utilidad a este respecto, Por ejemplo, cabe pensar con un cierto
fundamento que precisamente la forma en la que Derrida habla del sig-
no en particular y del lenguaje en general permite esquivar el rígido em-
parejamiento significan te-significado, esto es, habilita la posibilidad teóri-
ca de que el significan te lo sea de varios significados o, por lo menos, dé
ocasión a una cierta equivocidad, en sí misma significativa, En concreto:
en muchas ocasiones, son los propios relatos históricos escritos desde el
punto de vista del poder los que, completamente al margen de la voluntad
de sus autores, operan a modo de indicios, pistas, indicadores, de otras rea-
lidades distintas a aquellas a las que explícitamente se refieren, Junto a
este argumento, habría que introducir otro, de distinto carácter, pero
igualmente pertinente para la clarificación del asunto, Es probable que
constituya un empeño equivocado obstinarse en considerar de todo pun-
to asimilables la pareja presencial ausencia y la pareja realidad/ posibili-
dad, dar por descontado que las determinaciones de una y de otra ofre-
cen una completa correspondencia, Por señalar sólo un aspecto: tal vez
aquello que estuvo a punto de ser, que se quedó a las puertas de devenir
real, alcanzara una modalidad de existencia -todo lo débil que se quiera,
pero existencia al fin- que no quepa predicar de la ausencia, definida
precisamente por su absoluto vacío de ser, por su impecable oquedad,
De cualquier forma, ni puntualizaciones ni dificultades debieran dis-
traer de lo esencial, ni hacer variar el sentido global de la valoración del
proyecto derridiano. El mundo no es un gran libro escrito bajo una deter-
minada clave, a cuya atenta lectura no pudiera el hombre hacer otra cosa
que aplicarse, Frente a esa concepción de inspiración en último término
galileana, que tanto influyó en la mentalidad moderna y que tan certera-
400 401
NOTAS
ciales el mismo papel renovador que desempeñó, por ejemplo, la física nuclear
en el conjunto de las ciencias exactas. ¿En qué consiste esta revolución, ya que in-
tentamos considerarla en sus implicaciones más generales? N. Troubetzkoy nos
proporciona la respuesta a esta pregunta. En un artículo-programa ("La phonolo-
gil' actuelle-} reduce, en suma, el método fonológico a cuatro aspectos fundamen-
tales: en primer lugar, la fonología pasa del estudio de los fenómenos lingüísticos
conscientes al estudio de su infraestructura inconsciente; se niega a tratar los tér-
mines como entidades independientes y toma, por el contrario, como base de su
análisis las relaciones entre los términos. Introduce la noción de sistema- (Claude
Lévi-Srrauss, Antropología estructural; Barcelona, Paidós, 1987, p. 77.)
5 La versión española, con este título, apareció en Buenos Aires, Paidós, 1969.
ti Se puede leer en Las estru duras elementales ... a propósito de la prohibición del
-lO 3
Constituye la dire<.:<.:iÚn tuudanu-utnl ~I':\('ias a la ('\1:11, [Link] 1;1 cual. pero so-
~ 1 builw Foucault en el apónrlic« a Historia rI,' lo lortu a: «Quizá un día, no se
bre todo en la cual tiene lugar el paso dc la naturaleza a la cultura. EIIUII sentido,
';Ihra muy bien lo quc pudo ser la locura. [...] Anaud pertenecerá al suelo de
pertenece a la naturaleza, puesto que se trata de una condición general de la cul-
uucstro lenguaje, y no a su ruptura; las neurosis a las formas constitutivas (y no a
tura; consiguienternente, no hay que extrañarse al ver que su carácter formal pro-
las desviaciones) de nuestra sociedad. Todo lo que experimentamos hoy bajo el
viene de la naturaleza, es decir, de la universalidad. Pero en otro sentido, se trata
modo del límite, o de la extrañez, o de lo insoportable, habrá alcanzado la sereni-
ya de la cultura que actúa e impone su regla en el seno de fenómenos que, en
dad de lo positivo. Ylo que para nosotros designa actualmente este exterior pue-
principio, no dependen en absoluto de ella», pp. 58-59
de muy bien un día designamos a nosotros», vol. Il, p. 328.
7 Publicados ambos en México, FCE, 1965 Y1964 respectivamente.
2." Foucault se ha referido a «la inquietud ante las condiciones formales que
ti La serie incluye cuatro volúmenes: l. Lo crudo y lo cocido, México, FCE, 1968,
determinan la aparición de la significación» como el elemento que determinó
[Link] la miel a las cenizas, México, FCE, 1972, [Link] origen de las maneras de mesa, Mé-
el distanciamiento de los de su generación (entre 1950 y 1955) respecto de la
xico, Siglo XXI, 1977, N. El hombre desnudo, México, Siglo XXI, 1976.
propuesta husserliana: «nos hemos dedicado principalmente al análisis de las
9 «Toda cultura puede ser considerada como un conjunto de sistemas simbóli-
condiciones formales de la aparición del sentido» (Paolo Caruso, Entrevistas ... ,
cos en el primer grado de los cuales se encuentra el lenguaje, las reglas matrimo-
cit., p . 68).
niales, las relaciones económicas, el arte, la ciencia y la religión» (C. Lévi-Strauss, 96
- M. Foucault, Las palabras y las cosas, op. cit., p. 375.
«Introducción a la obra de Marcel Mauss», en M. Mauss, Sociologia y antropologia,
27 Ibídem..
Madrid, Tecnos, 1971, p. 20).
2R J. Baudrillard, Oublier Foucault, París, Editions Galilée, 1977, p. 12: «cette
10 C. Lévi-Strauss, Aniropologia estructural, op. cit., p. 231.
écriture trop belle pour étre vraie».
11 Ibídern.
29 En su MichelFoucault: Beyond Structuralism and Hermeneutic, Chicago, Chica-
12C. Lévi-Strauss,Elpensamientosalvaje, cit., p. 361.
go U niversity Press, 1982.
13 «Descartes, que quería fundar una física, separaba al Hombre de la socie-
30 Es precisamente en la Arqueologia donde Foucault declara: «No se trata de
dad. Sartre, que pretende fundar una antropología, separa a su sociedad de las
transferir al dominio de la historia, y especialmente de la historia de los conoci-
demás sociedades. Atrincherado en el individualismo y el empirismo, un cogito
mientos, un método estructuralista que ha hecho sus pruebas en otros campos
-que quiere ser ingenuo y bruto-e- se pierde en los callejones sin salida de la psi-
del análisis. Se trata de desplegar los principios y las consecuencias de una trans-
cología social» (ibidem, p. 362).
formación autóctona que está en vías de cumplirse en el dominio del saber histó-
14 Ibídem, p. 361.
rico ... no se trata (y aún menos) de utilizar las categorías de totalidades culturales
15 A Paolo Caruso en las Conversaciones ... mencionadas supra.
(sean visiones del mundo, tipos ideales, espíritu particular de las épocas) para im-
16 Michel Foucault, Las palabras y las cosas, México, Siglo XXI, 1968.
poner a la historia, ya despecho de ella, las formas del análisis estructural» (Arqueo-
17 Michel Foucault, Enfermedad mental y personalidad, Buenos Aires, Paidós, 1961.
logia... , op. cit., pp. 25-26). Sobre el papel central que en este libro juega la voluntad
18 Michel Foucault, Historia de la locura, en la época clásica 2ª ed.: (2 vols.), Mé-
explícita de Foucault de marcar distancias respecto de la ideología estructuralista
xico, FCE, 1976.
puede leerse el texto de Dominique Lecourt «Sur I'archéologie et le savoir
19 Michel Foucault, Nacimiento de la clínica, México, Siglo XXI, 1966.
(A pro pos de Michel Foucault) », recogido en Pour une critique de l'épistémologie, Pa-
20 Tanta era la insatisfacción del autor ante su primer libro que, más allá de su
rís, Maspero, 1972, pp. 98-133.
reiterada tendencia a silenciario, parece ser que llegó a vetar su reedición.
31 M. Foucault, Arquealogiadelsaber, cit., pp. 23-24.
21 Michel Foucault, Arqueologia del saber, México, Siglo XXI, 18" ed.: 1997.
32 En su Foucault, Barcelona, Paidós, 1987.
22 Para la comparación y análisis de las relaciones entre el trabajo de Foucault
33 M. Foucault, El orden del discurso, Barcelona, Tusquets, 1973.
y el de los historiadores profesionales, cfr. Francisco Vázquez García, Foucault y los
34 «Más allá del bien y del mal», en Microfisica del poder, Madrid, La Piqueta,
historiadores, Cádiz, Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1988.
1979, p. 34.
23 Para una completa exposición de las afinidades intelectuales de Foucault
35 Ibidem.
(Bachelard, Canguilhem, Heidegger, Fenomenología, además del mencionado
36 Utilizo la expresión a la manera en que lo hace Perry Anderson en su cono-
Nietzsche y el estructuralismo), véase Ángel Gabilondo, El discurso en acción. Fou-
cido libro Consideraciones sobre el marxismo occidental (Madrid, Siglo XXI, 1979),
cault y una ontologia del presente, Barcelona, Anthropos, 1990.
esto es, en el sentido de esa específica tradición que nace del fracaso de las revolu-
404
-lO;)
ciones proletarias en las lonas [Link] de capitalismo CUI'Opl'Odespués de la ,1, [Link]]. Bl"Il1~l<.:ill.
Pl'rjilf'.\jilo.lójicos, México. Siglo XXI, 19\:l1, p. 22.
Primera Guerra Mundial. ,7 <.;. [Link], Nirtzsche y la [dosojia, Barcelona, Anagrama, 1971.
~7 Cfr. en este punto Mark Poster, Foucault, el marxismo y la historia, Barcelona, ,x(;. Dclcuzc, La filosofia critica de Kant, Madrid, Cátedra, 1997.
Paidós,1987. -,\1 G. Deleuze, Empirismo y subjetividad, Barcelona, Gedisa, 1986.
:18 «En mis escritos yo planteaba una cuestión: las relaciones de poder, ¿no re- liO G. Deleuze, El bergsonismo, Madrid, Cátedra, 1987.
presentan quizás, respecto, por ejemplo, a las relaciones de producción, un nivel ti1 G. Deleuze, Spinoza y el problema de la expresion, Barcelona, Muchnik, 1996.
de realidad al mismo tiempo complejo y relativamente (aunque sea sólo relativa- 62 G. Deleuze, Proust y los signos, Barcelona, Anagrama, 1970.
mente) independiente? Ves cierto: esta pregunta se la formulaba yo al marxismo, (i~[Link], Presentacion de Sacher-Masoch, Madrid, Taurus, 1974.
del mismo modo en que lo hacía con otras concepciones de la historia y la políti- M G. Deleuze, Diferencia), repetición, Gijón,]úcar, 1988.
ca. En otros términos: avanzaba la hipótesis de la especificidad de las relaciones ti5 G. Deleuze, Lógica del sentido, Barcelona, Paidós, 1989.
de poder, de su espesor, inercia, viscosidad, desarrollo e inventiva propios, y afir- 6ti G. Deleuze y F. Guattari, El anti-Edipo, Barcelona. Paidós, 1985.
maba que era necesario analizar todas estas características» (M. Foucault, «Lo ti7 G Deleuze y F. Guattari, Mil mesetas, Valencia, Pre-textos, 1988.
que digo y lo que dicen que digo», El Viejo Topo, n" 29, Barcelona, febrero 1979, tiH G. Deleuze, Francis Bacon: Logique de la sensation, París, La Différence, 1981,
p.28). (2 vols.).
:19 «Más allá del bien y del mal», cit., p. 34. 69 G. Deleuze, La imagen-movimiento, Barcelona, Paidós, 1994 y La imagen-tiem-
40 Michel Foucault, VigilaTy castigar, México, Siglo XXI, 1977. po, Barcelona, Paidós, 1987.
41 J1Jídem,pp. 29-30. 70 G. Deleuze, ¿ Qué esfllosofla?, Barcelona, Anagrama, 1993.
42 Michel Foucault, Historia de [a sexualidad, México, Siglo XXI, 1986 Y 1987. 71 Así en la p. 15 del libro Conversaciones (Valencia, Pre-textos, 1995) puede leer-
4~ M. Foucault, Tecnologías del yo, Barcelona, Paidós, 1990. se lo siguiente: «Me imaginaba que me acercaba a un autor por la espalda y le ha-
HVéase, por ejemplo, los argumentos en contra que plantea M. Morey en su cía un hijo, que fuera suyo y que, sin embargo, fuera monstruoso. Que fuera suyo
«Introducción» a Tecnologías del yo, cit., p. 16 Y ss. era muy importante, porque era preciso que el autor dijera efectivamente todo lo
45 J1Jidem,p. 49. que yo le hacía decir. Pero que el hijo fuera monstruoso era también necesario,
4ti Como señala J. L. Pardo en «El sujeto inevitable», incluido en M. Cruz porque era preciso pasar por todo tipo de descentramientos, deslizamientos, rotu-
(comp.), Tiempo de subjetividad, Barcelona, Paidós, 1996. ras, emisiones secretas con los que he disfrutado mucho».
47 Michel Foucault, Las palabras y las cosas, op. cit., p. 332. 72 G. Deleuze, Nietzsche y lafilosofla, op. cit., p. 146.
48 M. Foucault, Histoire de la sexualité III: Le souce de soi, París, Gallimard, 1984, 7~ Ibidem, P: 146.
p.56. H Indicio claro de la importancia que Deleuze atribuye a esta idea lo consti-
49 Tecnologías ... , cit., p. 48. tuye el hecho de que le dedique a ella las primeras palabras de su libro sobre
50 Michel Foucault, «Why Study Power. The Question of Subject», en H. Drey- Nietzsche (textualmente: «El proyecto más general de Nietzsche consiste en esto:
fus and P. Rabinow, Michel Foucault ... , cii., p. 190. introducir en filosofía los conceptos de sentido y valor», ibidem; p. 7).
51 ]acques Lacan, Escritos 1, México, Siglo XXI, 1971, p. 87. 75 El motivo de la denominación tiene que ver en realidad con otro aspecto,
:;2 Ibidem, p. 56. asimismo censurable desde la perspectiva deleuziana: «La ciencia se denominó
53 Ibidem, pp. 212-213. crítica porque hacía comparecer a su presencia los poderes del mundo, pero a fin
54 Ibidem, p. 80. «Lo uerdaderamente verdadero se reconoce gracias a ciertos indi- de restituirles lo que les debía, la sanción de lo verdadero, tal como es en sí, para
cios extraños, curiosos, singulares, extravagantes incluso. [...] Lo verdadero tiene sí o para nosotros» (ibidem, p. 147). O con otras palabras, si cabe más verticales:
la presencia de los desperdicios que no se quieren reconocer. Reconocerlos es el «Kant no realizó la verdadera crítica porque no supo plantear el problema en tér-
método de la sospecha. Sin embargo, la pregunta se hace acerca de las significa- minos de valores» (ibidem, p. 7).
ciones y su circulación entre los seres, más que sobre los contenidos de los mensa- 76 No es seguro que lo que se predica de la dialéctica hegelíana en tanto que
jes. ¿Pero qué circula entre los seres? Las palabras, y los escritos», tiene escrito modo representativo de utilizar la negación pueda predicarse de cualquier for-
jean-Marie Auzias en su libro El estructuralismo, Madrid, Alianza, p. 140. ma de dialéctica. En la medida en que la afirmación no puede afirmarse a sí mis-
55 Ibidem, p. 202. ma sin antes haber roto todo vínculo con los valores establecidos (reactivos, por
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denominarlos con prol icdad nictzschcaua) , cabe afirma: que '1pl OCt'SO de pro- '111':11 Mlllalnjo "l{t'il('J,lIl1lgdI(' J)ilft'rl'lIn'~: A Rl'ply LO Dcrrida», aparecido
ducción de sentido y de valores implica una cuota inevitable de negación-destruc- "111.11('vi~lade [Link] l lopkin-, Univc-rsitv Press. (;~)'1)h,1 (1977), pp. 198-208. El
ción de lo viejo, aunque, eso sí, puesta inequívocamente «al servicio de los pode- [Link] replicaba al de Dcrrida «Firma. acontecimiento, contexto», incluido en
res de afirmar» (ibídern, p. 259). /l1(/1~1·1/1·.\ dl'/afilosofla, Madrid. Cátedra. 1988.
77 Ibídem, p. 147.
7HEnresumidas cuentas: «he aquí lo que oculta la imagen dogmática del pen-
• '1:,Concretamente en el texto de ] 963 «Cogiro e historia de la locura», recogi-
do cujacques Derrida, La escritura y la diferencia, Barcelona, Anthropos, 1989. En
samiento: el trabajo de las fuerzas establecidas que determinan el pensamiento lodo caso, la afinidad no está reñida con la divergencia. Frente a Foucault, Derri-
como ciencia pura, el trabajo de los poderes establecidos que se expresan ideal- da observa en su texto que la dialéctica de razón y locura no permite tomar parti-
mente en lo verdadero tal como es en sí» (ibídem). do por esta última. Una decisión tal no generaría otra consecuencia que eterni-
Por ejemplo, el de sujeto sin más, de! que en su libro ¿ Qyé es la filosofia?,
79 zar la dialéctica de la razón.
Barcelona, Anagrama, 1993, habla como si fuera el resultado de una simple cos- % Jacques Derrida, «Los fines del hombre», en Márgenes de la filosofía, op. cit.,
tumbre, «la costumbre de decir yo», p. 51. p. ] 72.
80 Afirmación que ejemplifica de la siguiente forma: «una hora, un día, una es- !17 Jacques Derrida, De la grarnatología, Buenos Aires, Siglo XXI, 1971.
tación, un clima, uno o varios años -un grado de temperatura, una intensidad, !1R Dicha exterioridad podría llevarse al extremo y aludir a una cierta distancia
intensidades muy diferentes que se componen- tienen una individualidad per- de Derrida respecto a la propia lengua francesa, distancia provocada según él por
fecta que no se confunde con la de una cosa o la de un sujeto constituidos», G. De- su origen argelino. A este sentimiento de estar alejado del francés empleado en la
leuze y C. Parnet, Diálogos, Valencia, Pre-textos, 1980, p. 104. Metrópoli se ha referido e! autor en La tarjeta postal, México, Siglo XXI, 1986.
81 Ibidem, p. 105.
99 Jacques Derrida, «Introduction a L 'origine de la geometrie», de E. Husserl, Pa-
82 En su libro El bergsonismo, De!euze recoge las palabras con las que Bergson rís, P.U.F., 1962.
felicitaba a Berkeley por haber resaltado que la materia «no tiene interior, no tie- 100 J acques Derrida, La voz y elfenómeno. Introducción al problema del signo en lafeo.
ne fondo ... no esconde nada, ni oculta nada ... no posee ni potencias ni virtualida- nomenologia de Husserl, Valencia, Pre-textos, 1985.
des de ninguna especie ... está desplegada en superficie y se mantiene toda entera 101 Jacques Derrida, El tiempo de una tesis, Barcelona, Proyecto A Ediciones,
a cada instante en lo que da», op. cit., p. 39. 1997, pp. 14-15,1 ª ed.: Anthropos, 93, febrero 1989.
R~ Ibídem, p. 40.
102 Por ejemplo, el de ser destruida, o verse volatilizada, riesgo que hemos incor-
H4En Nietzsche y lafilosofia, Deleuze recuerda e! conocido pasaje nietzscheano: porado hoya nuestras expectativas habituales a través de expresiones como «perder
«Si,en todo lo que quieres hacer, empiezas por preguntarte: ¿estoy seguro de que información» y similares. Pero la verdad también corre el peligro de deformarse, de
quiero hacerlo un número infinito de veces?, esto será para ti el centro de grave- desdibujarse, cosa que puede ocurrir en la medida en que sentido y objetividad apa-
dad más sólido» (p. 99). recen ligados a su inscripción mundana en un espacio de escritura.
8oG. De!euze, Lógica del sentido, op. cit., p. 90. ]()~Para no dar una imagen excesivamente simplificada de la propuesta de
Ro G. Deleuze, Diferencia y repetición, op. cit., p. 222. Poco más abajo afirma, con Husserl, habría que matizar que éste en la primera de sus Investigaciones lógicasdis-
rotundidad: «La filosofia se pone del lado del idiota, como representante del tingue entre dos tipos de signo, la expresión y la señal, estando situado el primero
hombre sin presupuestos». en el campo ideal de la conciencia y el segundo en la relación del lenguaje con la
R7 Caracterización de la que se hace eco e! propio Deleuze en Lógica del sentido, experiencia. En un caso el signo sería portador de significación ideal, en tanto
op. cit., especialmente «Tercera serie. De la proposición», pp. 35-45. que en e! otro carecería de significación ideal, permaneciendo encadenado al
88 En su TeatrumPhilosohicum, Barcelona, Anagrama, 1972, pp. 17-18. mundo real-material. Es este segundo e! que mejor muestra la dificultad interna
H9G. Deleuze, Lógica del sentido, op. cit., p. 42.
del planteamiento husserliano.
90 G. Deleuze, Mil mesetas, op. cit., p. 361.
104 La formulación es de Patricio Peñalver, quien la presenta en su libro Des-
91G. Deleuze, ¿Quées lafilosofia?, op. cit., p. 109. construcción, Barcelona, Montesinos, 1990, p. 65.
92 Ibidem, p. 110.
IO~ Jacques Derrida, La voz... , op. cit., p. 104.
93 Al que hicimos referencia al tratar de Searle, en supra, epígrafe «Del ernpi- IOti Puede leerse en Sery tiempo: «La destrucción tampoco tiene el sentido nega-
rismo al pragrnatismo». tivo de un sacudirse la tradición ontológica. Debe, a la inversa, acotarla dentro de
409
sus posibilidades posiuvas, y e 'LO qui 're decir sicmpr« c1t'1l1 ro dé SIISlunitrs, que le éélll,11 \I(é i'''I. SIIIIItIIII()IOlldo» (f)I,lfL~m/lla'olog¡a, BucnosAires, Siglo XXI, 1971,
están dados fácLicamente con la manera de hacer la pr '!?;1I 1 ua en lodo caso y la li- p. 7~1),
mitación del posible campo de la investigación impuesta de antemano por esta 11 , Cfr, Cristina de Pereui . [acques Derrida: texto y deconstrucción, Barcelona,
manera. [...] La destrucción no quiere sepultar el pasado en la nada; tiene una .vru hropos, 1989, pp, 80yss.
111> '( I.a cosa misma es un signo», tiene escrito en De la gramatologia, op. cit.,
mira positiva: su función negativa resulta indirecta y tácita» (Martin Heidegger, ••
Sery tiempo, op. cit., 1971, p. 33). p, b·1.
107 De hecho, ha sido un teórico de la arquitectura, M. Wigley, quien ha escri- 111Máxima que, por cierto, nada tiene que ver con una negación del mundo
to lo siguiente: «La desconstrucción no es demolición o disimulación. Si bien exterior o, menos aún, con una libresca declaración de irrelevancia respecto a
hace evidentes ciertos fallos estructurales dentro de estructuras aparentemente iodo lo que no sea texto. Por decido a la austiniana manera, lo que Derrida man-
estables, estos fallos no llevan al colapso de la estructura. Por el contrario, la des- tenía al escribir eso en De la gramatología es que el contexto de todo acto de ha-
construcción obtiene toda su fuerza de su desafio a los valores mismos de la armo- bla es insaturable. Véase al respecto las observaciones de Patricio Peñalver en su
nía, la unidad y la estabilidad, proponiendo a cambio una visión diferente de la trabajo «Movimientos de desconstrucción, pensamientos de la diferencia», en
estructura: en ella los fallos son vistos como inherentes a la estructura. No pue- Javier \1uguerza y Pedro Cerezo (eds.), La filosofía hoy, Barcelona, Crítica, 2000,
den ser eliminados sin destruida. Son, de hecho, estructurales" (M. Wigley, «Ar- pp. 201-212.
quitectura Desconstructiva», en Wigley, M. & Johnson, Ph., Arquitectura decons- IIR Jacques Derrida, Espectros de Marx, Madrid, Trotta, 1995.
tructivista, Barcelona, Gustavo Gili, 1988, p. 11). 119 Jacques Derrida, La filosofía como institución, Barcelona, Granica, 1984, p. 45
lOS Así, declaraba en una entrevista a Imre Salusinszky: «Diría que la descons- (el subrayado es mío).
trucción es afirmación antes que cuestionamiento [...]. Creo que la desconstruc- 120 Ibidem.
113 No habría que olvidar que, además, en francés la terminación ance se usa
para crear nombres verbales, de tal manera que différance designa tanto una dife-
rencia pasiva que ya se da en tanto que condición de la significación, como una
producción activa diferenciad ora.
114 Dejaremos de lado, para no introducir demasiados meandros en la presen-
410 411
CAPÍTULO VII
Po TMODERNIDAD y OTROS SINCRETISMOS
413
Vauimo, quien agitó el palloralll,l de la lilosofia curopc-» de prillt'ipios de r lccisiva» rcspoudc-ríau, a buen seguro, los pOSllllOc![Link] lo que en
los ochenta con una propuesta de pensamiento débil que 110 ocultaba su vo- 1"1 pasado eran indicios que alimentaban la sospecha respecto a la viabili-
luntad de intervenir en el debate modernidady postmodcruidad. De he- dad del proyecto ilustrado han estallado hoy como elementos de certeza
cho su posterior libro El fin de la modernidad llevaba como subti tulo Nihilismo para el rechazo. Esta crisis ha sido descrita en diferentes términos por los
y hermenéutica en la cultura posrnoderna, subtitulo clarificador por cierto en la , rliv rsos autores. En la citada La condición posmoderna, Lyotard, por ejem-
medida en que advertía de la genealogía de las actitudes postmodernas. plo, partiendo de la hipótesis de que el saber cambia de estatuto al mismo
A la vista de esta dificultad, tal vez lo más eficaz sea optar en lo que sigue tiempo que las sociedades entran en la edad llamada postindustrial y las
por una exposición que, aunque utilice la falsilla de los autores, dé prefe- culturas en la edad postrnoderna, afirma que lo más característico de
rencia a los temas y a los problemas globales por encima de la reconstruc- aquéllas es que se plantean la cuestión de la legitimidad de un modo nue-
ción personalizada de las trayectorias, en la confianza de que este procedi- vo. Mientras en las sociedades premodernas la función legitimadora--eo-
mien to sirva más adecuadamen te para mostrar qué se halla en juego en el hesionadora y unifican te- correspondía a metarrelatos de orden mítico
debate en cuestión. Aunque hay que advertir, si bien sólo sea para no ali- y religioso, a partir de la Modernidad dicha función recaerá de pleno en
mentar expectativas desmesuradas, de la fase en que se encuentra dicho una determinada idea de racionalidad. Idea que puede aparecer revesti-
debate. Con el postmodernismo" es probable que termine ocurriendo co- da de variados ropajes: para Lyotard no hay gran diferencia, en el fondo,
mo con el estructuralismo, y que el cartel caiga en desuso pero las cuestio- entre el relato ilustrado de la emancipación de la ignorancia y de la servi-
nes planteadas por él sigan generando interés en el futuro. El debate, que dumbre por medio del conocimiento y del principio de la igualdad ante
viene de atrás, dista de estar cerrado. Tal vez si en cierto momento alcan- la ley, el relato capitalista de la emancipación de la pobreza por el desa-
zó una especial notoriedad fue por la confluencia de diversos factores, de rrollo técnico, o el relato marxista de la emancipación de la explotación y
muy variada naturaleza, que hicieron aparecer lo postmoderno como la alienación por la transformación revolucionaria de las relaciones de
una propuesta alternativa a la visión del mundo dominante en nuestra ci- producción. Todos ellos son la aplicación del mismo dispositivo, figuras
vilización. Frente a los discursos racionalistas fuertes los postmodernos de una misma razón, anhelante de unidad y totalidad.
proclamaban la necesidad de dar libre curso a la interpretación, frente a En las sociedades postmodernas este panorama cambia. Los relatos
una forma monolí tica y vertical de en tender la política alzaban la bande- mencionados pierden su función legitimadora en el orden científico y so-
ra de los movimientos transversales, frente a una Europa soberbiamente cial y, en su caída, arrastran la idea de razón en que se sustentaban. Elmo-
etnocéntrica defendían una visión cosmopolita, plural, de las culturas. tivo fundamental de este cambio se relaciona con una transformación de
Pero no debiéramos conceder demasiada importancia a esta valoración las condiciones que torna imposible el. mantenimiento de la vieja idea
coyuntural. O, mejor dicho, a ninguna valoración coyuntural que fijara rí- de una razón doblemente sustentada en la aspiración a la universalidad
gidamente las relaciones de este pensamiento con la concreta situación -a la validez universal- y en la postulación de un medio homogéneo de
en la que se ha producido. Como hacen, en el otro extremo, quienes de- la racionalidad situado por encima de todos los discursos particulares. En
nostan la postmodernidad considerándola, reductivameute, como la ló- La condición posmoderna, Lyotard, aplicándose su propia máxima «no se
gica cultural correspondiente al nuevo estadio del desarrollo capitalista". puede saber lo que es el saber, es decir, qué problemas encaran hoy su de-
La actualidad de un discurso es sólo un elemento de refuerzo para la inter- sarrollo v su difusión, si no se se sabe nada de la sociedad donde
pretación, que con frecuencia no penetra en lo fundamental de su conte- aparece-", se dedica a estudiar los cambios producidos en la situación del
nido. saber en las sociedades avanzadas, prestándole especial atención a la evolu-
ción de la institucionalización universitaria del saber.
Constata que del viejo modelo de formación de los sujetos, promovido
]EAN-FRA..NCOIS LYOTARD por la universidad clásica alemana, apenas queda nada. Su pretensión de
unificar el discurso del conocer y el del querer -el de las ciencias positi-
Por tanto, a la vista de lo expuesto, tal vez por lo que debiéramos co- vas y el de la práctica social, ética y política-, su aspiración a formar suje-
menzar preguntándonos es por la fase en la que se encuentra el proceso tos simultáneamente empeñados en la búsqueda de causas verdaderas en
de revisión de la modernidad iniciado hace más de un siglo. «En una fase la ciencia y en la persecución de fines justos en la vida moral y polí tica, se
-ll-l
ha revelado un sueño imposible d(' alcanzar, Niuguuo de los dos discur- pcrpcumción nos hemos de aplicar. Lo cual, obviame-nte, significa suslra('1
sos ha demostrado la fortaleza que se le atribuía. No ha habido lorrna de a la crítica esos ámbitos, no entrar a discutir las premisas. Pero eso, lle-va
evidenciar cuáles serían esos objetivos comunes, alrededor de los cuales do al límite, da lugar a consecuencias absurdas (que se señalan para IlIOS-
no cabría otra cosa que la coincidencia universal (¿cómo esperar una fun- I rar la unilateralidad de este enfoque). Así, en una sociedad que no alell-
damentación de los valores después de Nietzsche?), como tampoco la cien- diera la escolarización generalizada de los niños, los maestros no serviríau
cia ha conseguido alcanzar el estatuto de metadiscurso universal. Lyotard lo para nada, como para nada servirían los médicos en una sociedad que 110
dice de una manera muy wittgensteiniana: «La ciencia juega su propio creyera que una de sus obligaciones es proporcionar asistencia sanitaria
juego, no puede legitimar a los demás juegos de lenguaje. Por ejemplo, el universal, etcétera.
de la prescripción se le escapa». Aunque, todavía más importante que De ahí las afirmaciones de Lyotard: «Saber y poder son las dos caras de
esto último sea que no puede legitimarse a sí misma como suponía el pen- la misma cuestión: ¿quién decide lo que es saber, y quién sabe lo que con-
samiento especulativo decimonónico. viene decidir? La cuestión del saber en la edad de la informática es más
La imposibilidad teórica -por debilidad de los materiales- de cum- que nunca la cuestión de! gobierno» 7. Pero esto implica la definitiva liqui-
plir la función asignada deja al saber desnudo de las antiguas formas de dación de! proyecto moderno en un aspecto fundamental, el de la legiti-
legitimación. Aquellas viejas narraciones, entre autocomplacientes y con- mación de! conocimiento científico. Una de las metanarrativas en las que
soladoras, que integraban la instancia gnoseológica y la moral en una glo- éste se sustentaba era la de la función popular de! conocimiento. La Ilus-
bal historia de la evolución del Espíritu (o de la Humanidad) han dejado tración había defendido e! derecho de todos a la ciencia. A través de la
paso a la cruda constatación del carácter de fuerza productiva central que educación todo e! mundo tenía derecho a convertirse en un científico, de-
ha adquirido la ciencia en las sociedades industriales avanzadas, a la evi- recho que se correspondía con la funcionalidad social de! conocimiento.
dencia incontestable de que el conocimiento tiende a ser traducido en can- El sapere aude era un imperativo ético que encontraba su corre!ato en un
tidades de información, las cuales a su vez, circulan en el mercado como derecho inalienable de los individuos al saber, de tal manera que la nega-
una mercancía más que se compra y se vende. El saber ya no puede conti- ción de uno comportaba e! sinsentido del otro. Lo que parece ocurrir en
nuar apelando a las retóricas justificaciones de antaño: su mecanismo de la actualidad, por cierto, en que la conversión de! saber en mercancía in-
funcionamiento está a la vista. Ha roto su vinculación con determinados formativa ha hecho que la expectativa del conocimiento haya perdido su
ideales para abandonarse al sistema productivo: ha asumido de esta for- condición de indiscutible. El atrévete a saberya no tiene e! carácter apodíc-
ma sus criterios de rentabilidad y eficacia. tico que tenía en la Modernidad. El individuo postmoderno empieza a
Lyotard pone un ejemplo que sin gran esfuerzo podríamos aplicar a considerar la posibilidad teórica de que la ignorancia posea algún valor
nuestra realidad. Él señala cómo en la investigación y en la enseñanza la de conocimiento. Le ha perdido e! miedo al reproche ilustrado que iden-
pregunta ya no es ¿eseso verdad?, sino ¿para qué sirve? Lo mismo, por cier- tificaba ignorancia con resistencia al progreso. Su argumento es un senci-
to, que sucede cuando en nuestra sociedad se discute acerca de determi- llo experimento mental que, a su modo de ver, cuestiona irreversiblemen-
nados saberes (por ejemplo, de las humanidades). No se pregunta ¿es im- te los viejos razonamientos. Se pregunta: si estuviésemos completamente
portante que la gente sepa un cierto tipo de cosas (literatura, filosofía, seguros de que determinados desarrollos de! conocimiento sólo pueden
arte, historia ...)?, sino ¿para qué sirve?, lo que es como preguntarse, algo dar lugar a aplicaciones mortíferas, destructoras, sin posibilidad alguna de
más crudamente, si ese saber le permite a su portador venderse mejor cualquier otro uso positivo para la humanidad, ¿podría seguirse defen-
como fuerza de trabajo. Lo significativo no es que este punto de vista se diendo también entonces el valor positivo del conocimiento? Lo que es
haya impuesto, asunto al que hemos terminado por acostumbrarnos, sino como preguntarse: ¿no es evidente que han caducado las condiciones ma-
que ha hecho desaparecer cualquier otro. Estudiantes, profesores, científicos teriales que nos inducían a aceptar sin crítica la necesidad de saber más?
han dejado de pensar en términos de realización de la vida de! espíritu, No ha lugar, pues, a continuar manteniendo, habermasianamente, la
emancipación de la humanidad o cualquier otro metarre!ato que les per- esperanza en las posibilidades no realizadas del ideal ilustrado. Contra
mitiera formular la finalidad y e! uso adecuado de! saber de que disponen. Habermas, Lyotard parece encontrar apoyo en la primera generación de
Por el contrario, esto último les viene ya dado, no es objeto de cuestiona- frankfurtianos, en su constatación, sólo en apariencia paradójica, de que
miento alguno. Es aquello con lo que estamos obligados a contar ya cuya la realización del proyecto moderno por determinados medios desembo-
416 -l17
ea en su destrucción. Por eso, piensa Lvouud, plantcau las cosas en el te- de cumplimiento que las legitimaban deben considerarse fracasados de
rreno equivocado quienes se empeñan en convenir este debate en una manera dcfin iuva". Resultaría francamente injusto hacer recaer todo el
discusión de tipo abstracto, por ejemplo acerca de la validez de la noción peso de la crítica en un diagnóstico tal cuando, como hemos tenido oca-
de progreso. La realidad de la que hay que partir es la de la victoria de la sión de ver, el sentimiento de derrota de la revolución es algo que, como
tecnociencia capitalista. Si nos situamos ahí comprobamos que: «No es poco, empieza a generalizarse en el pensamiento europeo progresista du-
la ausencia de progreso, sino, por el contrario, el desarrollo tecnocientífi- rante los años treinta. Pero se adentraría en los confines de lo contradic-
co, artístico, económico y político lo que ha hecho posible el estallido de torio una crítica presuntamente materialista que no fuera capaz de asu-
las guerras totales, los totalitarismos, la brecha creciente entre la riqueza mir el mencionado diagnóstico cuando lo que ha venido a continuación
del norte y la pobreza del sur, la desculturización general con la crisis de ha sido ese acontecimiento histórico que significó el hundimiento de las
la Escuela, es decir, de la transmisión del saber ... ,,!l. sociedades en su momento denominadas de socialismo real. Pocos argu-
El tono de estas últimas afirmaciones resulta indicativo de la actitud de mentos, ciertamente, plantean más problemas a la teoría que el de inten-
Lyotard en determinados aspectos. Sin duda, el hecho de que entre los tar salvar una propuesta a base de afirmar que en realidad nunca se ha lle-
grandes relatos definitivamente agotados se encuentren también los eman- vado a la práctica. (El escándalo ante las propuestas de los postmodernos
cipatorios -y en particular el marxismo- ha provocado reacciones tan podría recordarle a alguien el otro escándalo, tirando a farisaico, desata-
irritadas como a menudo desenfocadas. Vale la pena recordar que tam- do por las tesis de Fukuyarna acerca del final de la historia, quien en su
bién Lyotard, como algún otro caso reciente que ya comentamos, hace momento fue lapidado en la plaza pública por intentar convertir en doc-
una propuesta de orden pretendidamente epistemológico, que incluye trina los tópicos y las actitudes más generalizados en los medios de comu-
como uno de los momentos de su desarrollo la crítica a determinadas no- nicación de masas y otros ambientes intelectuales de los años ochenta.)
ciones. Las narraciones legitimadoras de la modernidad se fundaban en Es sólo tras cumplimentar estos pasos cuando nos encontraríamos en
un proyecto a realizar y su legitimación estaba dada por la expectativa de condiciones de proponemos un juicio acerca de cómo caracterizar la po-
su cumplimiento. Legitimaban instituciones, prácticas sociales, modos sición de Lyotard. Un frankfurtiano de última generación, Albrecht Well-
de pensar, formas simbólicas. No cabe duda de que su pérdida da lugar a mer, la ha definido como un «liberalismo político postutópico»!" y, entre
notables consecuencias teóricas, pero éste es un paso lógicamente dife- nosotros,Jacobo Muñoz ' I ha situado «su razonada propuesta de una al-
renciable del anterior. Lo que hay que plantearse en primer término es si ternativa del disenso» en paisajes más radicales. No le falta razón a esta últi-
la situación descrita por Lvotard da cuenta de la efectiva evolución de ma observación. De hecho, no costaría mostrar el paralelismo entre la obse-
los mecanismos de legitimación en las sociedades capitalistas avanzadas. sión postmoderna por los fragmentos y las fracturas (derivada de su rechazo
Esta precaución de procedimiento no apunta, subliminalmente, a pro- a las visiones totalizadoras), y su compromiso ideológico con las minorías en
teger a Lyotard de las críticas, sino a situarlas donde corresponde. Ves que política, sexo y lenguaje. Como quiera que sea, probablemente debiéramos
no habría que descartar la posibilidad de que, de esta otra manera, pudie- conformarnos con no malinterpretar a Lyotard a este respecto, con no co-
ran formulársele objeciones relevantes (mucho más relevantes que las que locarlo en el bando inadecuado (lo que sucede, por ejemplo, cuando no
se derivan de las argumentaciones con la forma «sería muy triste que ... », las se distingue su crítica a la modernidad de la crítica neoconservadora for-
cuales no pasan de ser una variante candorosa de terrorismo consecuen- mulada por autores como Daniel Bell, que lo que auspician es un retorno
cialista). Así, Ypor poner tan sólo un ejemplo, no está del todo claro que a posiciones anteriores a la modernidad). Una pretensión más ambiciosa
la crisis de las narraciones legitimadoras lo sea de todas por un igual. La sólo sería viable si estuviéramos en otro lugar y en otro momento. Pero es-
crisis de algunas resulta indudable, desde luego. Pero, en contrapartida, tamos demasiado inmersos, demasiado empapados de la lógica de la mo-
concepciones globales también muy características de la Modernidad dernidad, como para pretender una ubicación precisa de ningún autor o
como son, por reiterar un caso citado, los discursos nacionalistas no se pue- de ninguna propuesta en el mapa de lo futuro.
de decir que estén atravesando precisamente por sus horas más bajas. Probablemente sea la (auto)conciencia agónica de esta limitación la
Planteado esto, la siguiente cuestión por abordar sería la de si Lyotard que explique en gran medida el tono adquirido por la crítica postmoder-
(y por extensión la postmodernidad) acierta cuando diagnostica que los na en los últimos tiempos. Es cierto que la postmodernidad no ha sido ca-
provectos en los que se fundaban las viejas narraciones y las expectativas paz de alumbrar, a pesar de su insistencia, una nueva epistemología, un
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420
421
y la asignación a este hecho de un sigllilicildo de ¡dgllll modo decisivo pre- hlcs a nuestra experiencia de lo <¡ut'se acostumbra a pensar. Hay que in-
suponen la aceptación de aquello que más cspccificamcutc caracteriza el terpretar la condición postmodcrua en clave de posibilidad y de oportu-
punto de vista de la modernidad: la idea de la historia C01l sus corolarios, nidad (chance) positiva. Lo cual, por supuesto, no equivale a presentar un
el concepto de progreso y,cómo no, el concepto de superación. alegre inventario de expectativas, sino a profundizar en el análisis de nues-
En realidad, para plantear las cosas con una cierta radicalidad habría • tra realidad. Por eso Vattimo interpela a los postmodernos con esta verti-
que cuestionarse la validez de ese «esfuerzo de colocación», tan carac- cal pregunta: ¿qué significa afirmar que los metarrelatos han sido invali-
terístico del espíritu postmoderno. Es la pregunta de Vattimo: «¿Por qué dados sino volver a proponer un metarrelato? Por eso sostiene que el
debería ser importante para la filosofia establecer si estamos en la moder- problema reside en saber si también la historia del final de la historia pue-
nidad o en la postrnodernidad y en general definir nuestro puesto en la de valer como un relato -o un metarrelato-legitimante, capaz de seña-
historia?»[Link] pregunta no es del todo capciosa: no está formulada des- lar objetivos, criterios de elección y de valoración y, por lo tanto, algún
de el final, desde el convencimiento de que se dispone de la respuesta curso de acción todavía dotado de sentido/".
concluyente. Vattimo mantiene una relación muy matizada con los otros Pero debiera quedar claro -por aquello de que en filosofia a menudo
postmodernos. No les discute el agotamiento de una determinada idea las diferencias teóricas pasan por cargar los respectivos argumentos con
de la historia, la que la entendía como «historia de la salvación articulada la suficiente dosis de énfasis- que el cauteloso lenguaje de la posibilidad
en creación, pecado, redención y espera del juicio final». Efectivamente, que utilizaVattimo no responde únicamente a la prudencia teórica, sino que
se ha producido el final de la historia (que según Vattimo debe ser entendi- se halla en íntima conexión con sus presupuestos de partida, especialmen-
do como final de la historicidad) y ello hace que hayamos ingresado en lo te con su sugerencia del necesario debilitamiento del pensar, al que nos
posthistórico, ese nuevo modo de vivir la experiencia que caracteriza el referiremos enseguida. En todo caso, su planteamiento escapa a la dis-
fin de siglo. yuntiva con la que a menudo se plantea la controversia acerca de la post-
Pero debiera quedar claro que la legitimidad de este planteamiento modernidad: una competencia entre los principios de una racionalidad
no nace del descubrimiento de un nuevo fundamento cultural o metafísi- sustantiva a lo Habermas y el deseo neonietzscheano, entendidas ambas
co. El nihilismo consumado de Nietzsche y la crítica al humanismo de instancias como legitimaciones de la resistencia al poder en el capitalis-
Heidegger no son utilizados por Vattimo a modo de coartada que avale mo actual. Todo el esfuerzo en marcar distancias respecto a los postma-
ningún planteamiento ex nihilo. Eso implicaría entre otras cosas tener que dernos rupturistas no debiera interpretarse, pendularmente, como si en
aceptar algo a lo que tanto él como los autores que le inspiran se resisten: el fondo Vattimo estuviera dispuesto a alinearse con el continuismo ha-
la clausura del pasado. Al carácter abierto del pasado en cuanto posibili- bermasiano. Habermas, en definitiva, lo que hace no es otra cosa que
dad no consumada por sus interpretaciones dadas se ha referido Vattimo aceptar la disolución de los metarrelatos siempre que se exceptúe uno, a
en diversos contextos'", pero siempre desde la perspectiva de plausibili- saber, el suyo, con el argumento de que la historia no puede acabarse sin
zar su propuesta. Ahora podemos ver por qué su crítica a la pretensión de que se acabe lo humano (esto es, el ideal de la subjetividad emancipatoria
novedad de los postmodernos no era puramente formal. El camino que, moderna representada por Kant, Hegel y Weber). Para ello el autor de El
según él, debe recorrer la postmodernidad no es el de empeñarse en ca- discurso filosófico de la modernidad necesita neutralizar todos esos eventos
racterizar su novedad respecto a lo moderno (lo que la encierra, como di- «invalidantes» (Auschwitz, Hiroshima, Stalin, crisis del capitalismo y de
jimos, en el círculo de la historicidad), sino el de disolver la categoría mis- las democracias ...) a los que remite Lyotard, e interpretar que suponen
ma de lo nuevo. Con otras palabras: analizar la experiencia del final de la únicamente un fracaso provisional del proyecto moderno/".
historia. Con ninguno de estos pasos puede estar de acuerdo Vattimo. La acti-
Vattimo no esconde, a diferencia de lo que se ha hecho casi norma en- tud de Habermas se deja resumir en «rechazar el luto por los grandes re-
tre los postrnodernos, su confianza en los aspectos positivos de esta situa- latos», retornando a un metarrelato del pasado, en la esperanza de que
ción. Ve la modernidad tardía como el lugar en el que tal vez se anuncie se puede hacer revivir una metafisica de la historia. Vattimo, en cambio,
para el hombre una posibilidad distinta de existencia, y no cree que esta acepta los riesgos teóricos que comporta medirse con la crisis. Uno de los
percepción traicione las doctrinas de Nietzsche y Heidegger, las cuales, a más señalados es el que se sigue de una mala interpretación de esta frase:
pesar de sus tonos proféticos, resultan menos apocalípticas y más referí- «Hacerse cargo del final de los "metarrelatos" no significa [...] quedarse
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sin criterio de elección alguno, sin ningún hilo conductor-P. Al Iorrnu- Vt'S <1Iravts d(' los media, dept'lIdt'lIcia que ~l'lll'ra un efecto específico. a
larIa, Vattimo se está limitando a no prejuzgar las conclusiones a las que saber. que a aqu ·110 de cutre lo <¡lit' ocurre que no aparece en los periódi-
puede llegar esta nueva y paradójica filosofía de la historia que tema tiza el cos tendemos a atribuirlc una dignidad ontológica menor. Ellos son ellu-
final de la historia. Hay,eso sí, un convencimiento, que es en realidad una gar de contacto con la universalidad, el procedimiento obligado -hasta
lección que ha extraído de las dificultades del pensamiento de la postmo- la ritualización: Vattimo se ha referido a «la lectura de los diarios como la
dernidad: no se puede dejar vacante sin más el puesto antes ocupado por
" oración matutina del hombre modernos-e- para acceder a la esfera de la in-
los metarrelatos y la filosofía de la historia. tersubjetividad. Pues bien, la audacia de Vattimo consiste en situar preci-
Pero no cabe vuelta atrás. Las transformaciones producidas en las so- samente en este caos relativo nuestras esperanzas de emancipación (vhay
ciedades postrnodernas hacen tan imposible como impensable el sueño un componente emancipatorio en la desorganización de las democracias
de la restauración, el anacrónico propósito de que alguna de las instan- tardoindustriales», declaró en cierta ocasión). Sería, desde luego, una
cias o los discursos en su momento apartados del mecanismo de la legi- emancipación distinta a la soñada en el pasado. Sería una emancipación
timación pudieran volver a ocupar ese lugar. Quizá haya funciones que no binaria, no dialéctica, no depredadora. Una emancipación consisten-
no deban ser abandonadas, pero en todo caso lo que sabemos es que ya no te más bien en un extrañamiento: al multiplicarse las imágenes del mundo,
pueden ser cumplidas por las instancias de antaño. Así, para la disolución se habría perdido el antiguo sentido de la realidad. La caída de la idea de
de la idea de historia y para el agotamien to de la modernidad un gran fac- una racionalidad central de la historia habría provocado que el mundo
tor,junto al final del imperialismo y el colonialismo, ha resultado deter- de la comunicación generalizada estallara en una multiplicidad de racio-
minante: el advenimiento de la sociedad de comunicación. De acuerdo nalidades locales.
con lo que pensaron algunos frankfurtianos, la nueva situación nos aleja Si ya no rige la idea de que hay una sola forma verdadera de realizar la
del horizonte de la emancipación, nos invita a olvidarnos de esa expecta- humanidad, desaparece la coartada que servía para silenciar o reprimir
tiva. Para Vattimo, en cambio, nos obliga a planteárnosla de otra manera. los discursos de las minorías -étnicas, sexuales, religiosas, culturales o es-
Las cosas no anduvieron, efectivamente, por la senda prevista, y la ge- téticas-. Pero el reconocimiento de este derecho a alzar la propia voz no
neralización de los grandes medios de comunicación de masas no dio lu- agota el contenido de la emancipación. Si así fuera, la emancipación con-
gar a una sociedad más transparente, más consciente de sí misma, más sistiría únicamente en el derecho a manifestar la propia verdad esencial,
ilustrada sino, por el contrario, a una sociedad más compleja, incluso más con lo cual alguien podría objetarnos que estamos ante una versiónjibari-
caótica. Una sociedad a la que, desde luego, le sienta bien el calificativo zada de la vieja racionalidad central de la modernidad. Lo emancipador
de postrnoderna. El análisis del funcionamiento efectivo de los mass me- de este proceso esjustamente el efectode extrañamiento que provoca, el
dia ilustra, con mayor claridad que cualquier otro razonamiento, la hecho de que en un mundo dialectal es ya posible una autoconciencia que
presencia y eficacia de esa categoría central en el planteamiento postmo- asuma de verdad su historicidad, su contingencia y su limitación. Vattimo
derno que es la de fragmento. Más allá de las crisis que se derivan del de- entiende que, de consumarse este proceso, se estaría realizando la tarea
bate interno entre ideas, lo cierto es que lo que realmente ha desapareci- que Nietzsche en La /:>O'avaciencia
-
asignaba a la humanidad del futuro: «se-
do han sido las condiciones materiales para seguir manteniendo la vieja guir soñando sabiendo que se sueña»25.
concepción unitaria de historia. Los periódicos son la apoteosis del frag- Las tareas finales nos devuelven al origen. Lo que alguien podría inter-
mento, de la discontinuidad: respecto a ellos resulta absurda la búsqueda pretar -sobre todo por estas últimas consideraciones acerca de la socie-
del relato, del hilo conductor que pudiera dar sentido al discurrir diario dad transparente- como un deslizamiento por parte de Vattimo hacia
de los acontecimientos. Prueba de lo que decimos es la actitud con la que una especie de impresionismo sociológico constituyen en el fondo pro-
el hombre moderno se sitúa frente a los mismos: dispuesto --cuando no puestas ontológicas2fi. De la única ontología posible en nuestro tiempo,
anhelante- ;:¡ dejarse sorprender, asumiendo el carácter absolutamente que es la que se obtiene de la profundización en el nihilismo (no entendi-
imprevisible, casi azaroso, con el que le presentan todo cuanto va ocu- do por tanto como disolución de los valores, de la imposibilidad de la ver-
rriendo. dad, de la renuncia o de la resignación, sino como la última etapa de la
No cabe rebajar la importancia de este proceso ni argumentar que es historia del ser). Vivimosen la época de la fragmentación, de la especiali-
meramente contingente. Sólo hay un modo de adquirir noticia de lo real, zación de los lenguajes científicos y de las capacidades técnicas, del aisla-
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NOTAS
miento d ' las csfCras de illlcrcsl's. ck- la pluralidad de los papeles s()ci¡tlcs
del sujeto singular. El único modo de recomponer UIl sigllificado unitario
a esta experiencia es a través de alguna noción de ser, a través de alguna
ontología. En el mundo de la tecnología, afirma Vattimo heideggeriana-
mente, relampaguea un nuevo acontecer del ser. Se diría que se le está pi-
diendo un último servicio al viejo Ser: sujetar una pluralidad que se des-
compone, ponerie freno al imparable proceso de identificación entre el
ser y los entes. El suelo firme de la metafisica ha vencido bajo el peso de
las sociedades modernas. La realidad de los hombres de hoyes una reali-
dad desfondada, frágil y cambiante.
A esto hizo siempre referencia la debilidad evocada en el rótulo que
hizo famoso a Vattimo. Buena parte de las críticas -y ya no digamos de
los chascarrillos- pasaron de largo ante lo más importante, sin verio. La
debilidad es en realidad debilitamiento del ser -de la noción de ser-o Tras I J. Habermas, El discurso filosófico de la modernidad, Madrid, Taurus, 1989.
la muerte de Dios y la profunda crisis del pensar fundacional, la historia 2 F. Lyotard, La condición posmoderna, Madrid, Cátedra, 1984. .
del ser sólo puede seguir el camino nihilista de disolución, de liquida- 3 F. Lyotard, La posmodernidad exPlicada a los niños, Barcelona, Cedisa, 1987.
4 Utilizo aquí el término a la manera en que lo hace Giddens en su Consecuen-
ción, debilitamiento y mortalidad del ser y de todas sus categorías fuertes
(las causas primeras, el sujeto responsable, la verdad como evidencia...), cias de la modernidad, Madrid, Alianza, 1993, esto es, para rechazar la alternativa
las cuales se han ido debilitando en la misma medida en que los cambios totalidad social que la noción de postmodernidad implica. Como se sabe, para
en las condiciones de vida de los hombres les han ido permitiendo pres- este autor vivimos en realidad en una modernidad radicalizada, más que, propIa-
cindir de tan asfixiantes seguridades. En la tecnología en su fase más ma- mente, en la postmodernidad. . .
5 Véase Fredric jameson, El posnwdernismo o la lógica cultural del capltalzsmo
dura -la tecnología de la información- se abre efectivamente la posibi-
lidad de que el mundo por entero pierda las cualidades que la metafisica avanzado, Barcelona, Paidós, 1991, su Teoría de' la posmodernidad, Madrid, Trotta,
le había atribuido. Lo que en lugar de todo esto emerge es un ser débil, 1995 o la conferencia pronunciada por jarneson en el museo Whitney «Posrno-
despotenciado, que deviene, nace y muere'". El nihilismo es la descrip- dernismo y sociedad de consumo", en Hal Foster (ed.), La posrnodernid~, Barce-
ción de cómo se configura la realidad en nuestra situación epoca!. El pen- Kairé 198~!J,.pp 165-186 . Para un estimulante diálogo con las teSISde este
1ona, iros,
samiento, débil también, intenta dar cuenta de esta tendencia, de este ca- autor, cfr. el libro de Perry Anderson Los orígenes de la posrnodernidad, Bar~elon~,
minar, cansado, del ser hacia su ocaso y su disolución. Anagrama, 2000, ensayo planteado originariamente como una 1l1trOducClOnal li-
bro de jameson The Cultural Turn. Selected Writings o] the Postmodern, 1983-1988,
Londres/Nueva York, Verso, 1998.
tiF. Lyotard, La condición posmoderna, op. cit., p. 33.
7 Ibidem, p. 24.
HF. Lyotard, La pO'smodernidad exPlicada a los niños, op. cit., p. 98..
~Si atendemos a sus consideraciones de Critique, p. 563, donde mantiene que
la racionalidad de lo real ha sido refutada por Auschwitz, la revolución proletaria
como recuperación de la verdadera esencia humana ha sido refutada por Stalin,
el carácter emancipatorio de la democracia ha sido refutado por el mayo del 68,
la validez de la economía de mercado ha sido refutada por las crisis recurrentes
del sistema capitalista, etcétera. . ,
10 A. Wellmer, «La dialéctica de la modernidad y postmodernidad», enJ. PICO,
Modernidad y posmodernidad, Madrid, Alianza, 1988, p. 108.
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las ~illt;l('i()II('~q\le hoy «: (';lrg;11I('n la ('tI('1Itade b ra/Ol1 siu \l1;IS. l~"raesta Cl~s-
11 En la minuciosa y docu 111l' 11lada 1 ('coIISlrUtTi{¡1I
de la uavcctoria lyorardia- 1 ióu. fjj·. la introducció1I de .Iost'p Picó al volumen. compilado por el mismo, 1 o-
na presentada en su introducción al libro de [Link]. ¿'por fllIP Jil()soI(lr~, Barcelo- rll,,.,tidad y pos/IIodemidad, Madrid, Alianza, 1988.
na, Paidós, 1989, titulada precisamente «La alternativa del disenso». 2'1 rúidem, p. 34. 8~
12 Para una presentación de conjunto de la obra de Gianni Vattimo, véase la 25 Citado por Vattimo, La sociedad transparente, Barcelona, Pai~ós: : 990, p. o.
Introduccion de Franca D'Agostini al libro del propio Vattimo Filosofía 2000, titu- 2ti Aunque en el fondo, como señala Vattimo, no haya co~tradlc~lOn entre ~m-
lado Vocazione e responsabiliui del filosofo, Génova, 11 melangolo, 2000. El volumen hos enfoques en algunos autores contemporáneos. No, es solo Heídegger qUle~
incluye una completa bibliografia del autor turinés. orienta hacia una ontología de este tipo -una ontologia de la actualidad-o Tam
1~ «Mi tesis consiste en que esas dificultades del concepto de lo postmoderno bién el sociologismo difundido por la filosofía del siglo xx (BenJamm, Adorno y,
[...], sólo pueden encontrar alguna solución si se tematizan explícitamente los sobre todo, Simmel) lo hace. Heidegger, eso sí, proporcIOna un~ fundamenta-
problemas que abre la invalidación de la legitimación de los grandes "metarrela- ción filosóficamente rigurosa en su noción de epocabilidad del ser. VeaseG. Vattimo,
tos"», G. Vattimo, Ética de [Link]ón, Barcelona, Paidós, 1991, pp. 22-23. «Ontologia del! 'attualitá», en Filosofia 87, Roma-Bari, ~aterza, 198~, pp. ,20 1-203.
14 Herrera, J. M., Lasaga, J., «Gianni Vattimo, filósofo de la secularización», 27 Véase G. Vattimo, «Hacia una ontología del declinar», en Mas allá del SUJeto,
entrevista con G. Vattimo, Revista de Occidente, 1990, n" 127. Barcelona, Paidós, 1989.
15 Sin que sea ésta, por cierto, la única ocasión en la que Vattimo se pronuncia
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