Perspectiva Bíblico-Teológica
Herbert Mauricio Álvarez López1
1. El problema del mal
Entre los varios misterios de la vida y de nuestra relación con Dios, el mal es uno de los más
discutidos, y quizá, más mal comprendido. Para los que no creen en Dios, el mal es un argumento
llamado “roca del ateísmo” 2, porque, ¿cómo explicar que exista el mal en un mundo creado por
alguien tan bueno como Dios? Sin embargo, para los creyentes puede ser una espina dolorosa, un
tropiezo difícil, un escándalo, una oportunidad para entender mejor el misterio Dios – Ser Humano o
simplemente una evidencia de la limitación humana, una certeza de que no somos Dios.
El filósofo griego Epicuro (+ 270 a.C.) ya planteaba con gran claridad el problema del mal así: “O
Dios quiere quitar el mal del mundo, pero no puede; o puede pero no lo quiere quitar; o no puede ni
quiere; o puede y quiere. Si quiere y no puede, es impotente; si puede y no quiere, no nos ama; si no
quiere ni puede, no es el Dios bueno y, además es impotente; si puede y quiere - y esto es lo más
seguro -, entonces, ¿de dónde viene el mal real y por qué no lo elimina?”.
En la actualidad se sigue usando este esquema en gran parte. Frecuentemente escuchamos las
siguientes cuestionantes: ¿Por qué permite Dios el mal?, ¿Por qué me manda esto Dios a mí?, ¿No
será esto un castigo de Dios?, ¿Por qué Dios acepta tanta maldad en el mundo?; otras veces
intentamos justificar el mal y a Dios, expresando otras impresiones: “Si te está pasando eso es
porque Dios ha de tener un plan para tu vida”, “Si tu hijito se murió es porque Dios necesitaba un
angelito en el cielo”, “Dios aprieta pero no ahoga”, “Dios escribe derecho en renglones torcidos”.
En realidad, todos suponen que Dios “puede y no quiere” evitar el mal.
Pero, ¿qué podría darnos una mayor claridad acerca de esto? A partir de la reflexión bíblica-
teológica podemos iluminar este misterio a través de varias especificaciones.
1
Msc. Herbert Mauricio Álvarez López – Master en Caritaswissenschaft (Ciencias de la Caridad – Teología Social,
Master en Docencia Universitaria, Licenciado en Teología, Profesor en Pedagogía y Ciencias de la Educación.
2
Torres Queiruga, Andrés; CREO EN DIOS PADRE. EL DIOS DE JESÚS COMO AFIRMACIÒN PLENA DEL
HOMBRE, Cap. 4o.: Dios, el Anti-mal, págs. 109 – 149, Editorial Sal Terrae, Santander, 1986
2. El mal físico y el mal moral
Hay que aprender a leer estos dos planos. Y desde la perspectiva de gestión de riesgo nos ayudará
mucho.
Los expertos en determinar cómo surgen las enfermedades, esperan encontrar el virus responsable
de tal situación, y aunque tal vez no lo logren o sea bastante difícil, es seguro que no se les va a
ocurrir que Dios creó ese virus con el objetivo exacto de hacer enfermar a las personas. Se debe
distinguir la Causa Primera de todo cuanto existe, Dios, de las causas segundas que producen cada
fenómeno en particular. Si no se hace esta diferencia se produce una confusión, cuyo resultado es
pensar que Dios origina las enfermedades o un desastre como si fuera un microbio maligno o un
neurótico que se levanta por la mañana a sacudir la tierra, en el caso de los temblores o terremotos 3.
Se debe, entonces, distinguir el mal físico del mal moral. El mal físico lo produce la naturaleza o es
parte de la naturaleza o tiene que ver con la naturaleza: los desastres, las enfermedades, la muerte, el
dolor de una herida al cocinar y cortarse con un cuchillo, el estrés o preocupación o desasosiego que
produce el sufrimiento de nuestros hermanos-as, … Este mal es una consecuencia de la finitud. Esto
quiere decir que la existencia, la naturaleza, el ser humano, tienen un límite. Pertenece a la lógica el
saberlo y está demostrado por lo que vemos y percibimos: “cada perfección es también un límite”.
Ejemplo de ello es el hecho de que el agua nos calma la sed, limpia nuestros comestibles de
impurezas, nos deleita al bañarnos, hace germinar nuestras siembras, es uno de los elementos
responsables de magníficos paisajes; pero a la vez podemos ahogarnos, puede causar inundaciones,
puede ayudar a que obtengamos un resfriado, etc. Lo mismo diríamos de cada cosa. Los pies nos
sirven para caminar, pero no para volar; los peces pueden nadar pero no caminar sobre la tierra, y así
una innumerable lista de evidencias, de que ser finitos es tener límites. El sufrimiento, el dolor es
parte de nuestra naturaleza porque somos finitos, es decir, no somos Dios. Las catástrofes pueden
ser parte de la vida, la enfermedad es evidente en un mundo donde los que viven son seres que no
son Dios. No obstante, hay algo que no queda claro: ¿por qué es necesario el dolor que produce la
leona al dar muerte a la cebra o el cocodrilo al desgarrar y ahogar al antílope?, ¿por qué ese dolor?,
¿por qué esa violencia es parte del ciclo natural de la vida creada por Dios?
3
González-Carvajal Santabárbara, Luis; ESTA ES NUESTRA FE. TEOLOGÍA PARA UNIVERSITARIOS, Editorial
Sal Terrae, 15ª. Edicción, Santander, 1998
El mal moral, en cambio, es una consecuencia de la libertad humana. Lo creamos los seres humanos.
Las guerras, la tortura, el hambre, la migración humana actual, la violencia intrafamiliar, la no
reducción al máximo posible del dolor de los animales al matarlos, los salarios injustos, el asesinato,
etc.; son creaciones del ser humano. Y esto también tiene que ver con nuestra finitud, es decir con la
posibilidad de usar incorrectamente la libertad que se nos ha otorgado de parte de Dios, en el caso de
nosotros los creyentes. El límite de no ser Dios, el cual usa su libertad infinita para hacer siempre el
bien; mientras que nosotros al no ser Dios, somos finitos, y entonces usamos nuestra libertad para el
bien, pero también para el mal.
Con lo dicho, nos acercamos a comprensiones que clarifican más nuestro entendimiento de esta
temática, intentamos llegar hasta donde podemos, pero también debemos saber dar lugar al silencio
como signo de que el mal físico y moral, por muchas explicaciones que ofrezcamos, permanecen en
última instancia como misterio. 1Cor 13,12 quiere aportar también a la realidad humana de la
limitación: “Ahora vemos confusamente, como en un espejo de adivinar, mientras que entonces, en
el último día, veremos cara a cara”. Sabiendo de esta limitación, nos acercamos ahora,
específicamente, desde la evidencia bíblica a una lectura actual del misterio del mal.
3. El surgimiento del mal desde Génesis 1 – 3
Hay que diferenciar dos textos en estos capítulos. Gn 1,1 – 2,4a es una unidad y Gn 2,4b – 3 es otra
unidad. El segundo texto fue escrito muchos años antes que el primero, y lógicamente, por autores
diferentes.
Gn 1,1 - 2,4a es un relato de Creación. Y este relato es de tipo sapiencial, por lo tanto hay que
interpretar qué quiere decir el texto. Los biblistas, en la actualidad, están de acuerdo en que no se
trata de un relato histórico; las cosas no sucedieron exactamente como está escrito allí, no puede
hacerse una lectura literal sino interpretada del texto. En este sentido, resumiendo según la exégesis
actual, se expresa que el relato fue escrito para decirnos que:
a. Dios es el autor de la VIDA.
b. En su Creación, el único ser a su imagen y semejanza es el Ser Humano.
Teniendo en cuenta, el sentido general del texto, y ocupándonos de nuestra temática,
específicamente, hemos de observar algo a todas luces claro: se narra una creación en siete días, y al
final de cada uno de los primeros cinco días encontramos un estribillo, “…y vio Dios lo que había
hecho, y estaba bien”. Uno se pregunta ¿dónde está el mal? No aparece. Después viene el sexto día,
que es cuando crea al Ser Humano, y expresa que todo cuanto había hecho estaba muy bien. Al
séptimo día descansa. No hay ninguna evidencia de la creación del mal. Se deja claro de que a pesar
que Dios lo crea todo, no creó el mal.
El segundo texto, Gn 2,4a – 3 que es el texto acerca del Paraíso no es específicamente un relato de
Creación aunque tiene elementos de Creación. Este texto, más bien, intenta preguntarse acerca de
ciertos enigmas de la vida humana; y en este caso, específicamente, se pregunta el autor ¿por qué
hay tanto mal en el mundo? Otra vez se debe recordar que no debemos interpretar este texto
literalmente, pues pertenece también al género sapiencial; entonces, no podemos buscar en un libro
de Botánica el “árbol de la ciencia del bien y del mal” sino indagar qué quiere expresar ese texto.
Las religiones alrededor de Israel tenían su propia interpretación acerca de esto; algunas suponían
que si Dios era Creador de todo, también lo era del mal. Incluso, el pueblo de Israel creyó, hasta el
exilio, que Dios era el autor de lo bueno y de lo malo. Otras religiones, en cambio, para justificar
que Dios no podía crear lo malo, porque si así fuera, dónde estaría la bondad de Dios, entonces,
suponen la existencia de un “Dios del mal” o dos principios opuestos, el del bien y el del mal, o un
antidiós. La alternativa parece ser: o hay un solo Dios, creador del bien y del mal o Dios creó sólo el
bien. Desde el punto de vista de Israel, según nuestro primer texto, está claro que Dios sólo creó el
bien. Entonces, ¿qué expresa acerca de ello el segundo texto?
Entre tantos datos e interpretaciones, abordaremos directamente conclusiones:
a. El autor de este texto, según la mayoría de los exegetas actuales, fue, probablemente, alguno
de los consejeros de la corte de Salomón4, el cual quiere abordar el problema del mal desde
una reflexión sapiencial.
b. En cuanto a la situación acerca del mal es central “el árbol de la ciencia del bien y del mal”.
La expresión “conocer el bien y el mal” significa una cierta posesión de lo conocido, por lo
4
Ejemplo de ello: Scharbert, J. ; PROLEGOMENA EINES ALTTESTAMENTLERS ZUR ERBSÜNDENLEHRE, pág.
61 ss. Freiburg-Basel-Wien, 1968
tanto, un poder que se extiende a todo, es decir, se refiere a algo sobrehumano, divino, según
la mayoría de comentaristas bíblicos5.
c. La expresión “conocer el bien y el mal” es ser como Dios (Gn 3,5.22), la expresión
“discernir el bien y el mal” significa “saber todo cuanto sucede en la tierra” (2 Sm 14,
17.20), es decir, “ser como el Ángel de Dios” que equivale a decir “ser como Dios”.
Por lo tanto, el mandato de no comer del árbol del bien y del mal de Gn 2,17 (si se come se
posee), que llevaría a ser como dioses conocedores del bien y del mal (Gn 3,5), y en el
mismo sentido Gn 3,22; es la forma que tiene el autor sagrado para decir: “Hay algo que
ustedes no pueden ser: Dios”. Se está expresando de esta manera un límite: pueden ser y
hacerlo todo, menos ser Dios. El pecado, entonces, al comer del árbol del bien y del mal, es
el no respetar, el no aceptar que somos criaturas, no el Creador. No somos Dios. Y para esto
se desarrolla una historia con elementos de historias de los pueblos alrededor de Israel, donde
entra en juego la serpiente como símbolo de la tentación humana: “queremos ser Dios”, y
esto no se puede. Habría que agregar que, según los biblistas más reconocidos, la serpiente
no tiene relación con Satán en este texto sino que fue mucho tiempo después que se les
relacionó (Sb 2,24; Ap 12,9 ; 20,22).
d. El mandato de no comer del árbol del bien y del mal sólo tiene sentido si se dirige a un ser
libre. El mandato quiere expresar entonces que el ser humano es un ser libre, pero en una
libertad dependiente de Dios6. El único límite, que tenemos es no poder ser Dios. Además, el
mandato también supone la presencia de la responsabilidad del ser humano, es libre pero hay
algo que no puede ser, y toda acción que haga en contra de ese límite supone su libertad y su
responsabilidad. Pero el texto narra que el ser humano no acepta su límite, se rebela contra
él, quiere ser Dios: come del árbol prohibido. Éste, entonces, es el momento donde entra el
mal en el mundo según el autor sagrado.
e. La consecuencia de la desobediencia: “el día que comieres de él, morirás sin remedio” (Gn
5) no es una amenaza sino un recordatorio del límite connatural.
5
Por ejemplo, Westermann, C.; GENESIS, en Biblischer Komentar, I/1, pág. 332, Neukirchen-Vluyn, 1974; el cual hace
una enumeración de los grandes comentaristas bíblicos que interpretan de esta forma tal expresión.
6
Ruiz de la Peña, Juan Luis; EL DON DE DIOS. ANTROPOLOGÍA TEOLÓGICA ESPECIAL, Colección Presencia
Teológica No. 63, 3ª. Edic., pág. 61, Edit. Sal Terrae, Santander, 1991. Ver también del mismo autor: IMAGEN DE
DIOS. ANTROPOLOGÍA TEOLÓGICA FUNDAMENTAL, Colección Presencia Teológica No. 49, págs. 19 – 51,
Edit. Sal Terrae, Santander, 1988. Y también: TEOLOGÍA DE LA CREACIÓN, Colección Presencia Teológica No. 24,
5ª. Edic., págs. 19 – 50, Santander, 1988.
Como conclusión de este texto en relación al problema del mal moral, hay dos cosas claras. La
primera: el mal entra en la historia por una decisión del ser humano. Como éste es libre puede hacer
lo que Dios no quiere. Por tanto, el autor del mal es, claramente, el ser humano mismo. La segunda:
hay algo que el texto no trata, “¿cómo puede proceder el mal de una criatura de Yahvé?” 7. Es decir,
queda abierta una puerta al misterio del mal moral, a pesar que podamos aclarar bastante de ello.
A partir de todo lo anterior, en relación al problema del mal moral, y retomando el dilema de
Epicuro, podríamos decir dos cosas más:
. El mal moral existe porque existe el ser humano. Para que no exista, Dios debería eliminar al ser
humano o al menos quitarle su libertad, pero entonces, el ser humano no sería más que una máquina,
no sería “hijo” o “imagen y semejanza” sino esclavo-objeto. Dios al ser el amor, no quiere el mal. Él
es bueno, ¿cómo podría querer Él el mal? Sin embargo, Dios corrió el riesgo de la libertad, eliminar
el mal del mundo sería quitarle la libertad al ser humano; por eso podría decirse que “Dios quiere,
pero ´no puede´ eliminar el mal del mundo.
. Sin embargo, también es verdad que “Dios quiere, puede y elimina el mal del mundo”. Dios puede,
porque aunque exista el mal, nunca es más que Dios. El mal, al ser creación humana, no está sobre
Dios. Y la prueba de que el mal es eliminado es Jesús de Nazaret. Un hombre como nosotros que
nos enseñó a vivir sin elegir el mal, Él es la mayor prueba de que el mal puede ser vencido. Cada
vez que las personas actúan con bondad, con justicia, con alegría, con responsabilidad laboral, sin
corrupción, con solidaridad, cuando hacen deporte, etc.; el mal es eliminado. O cuando nos
arrepentimos, cuando recibimos el perdón de los pecados, cuando oramos, cuando ayudamos al
hermano-a, etc.; el mal es eliminado. La diferencia con Jesús de Nazaret es que nosotros no
elegimos el bien perennemente como Jesús de Nazaret, pero no significa que no podamos elegir el
bien, aunque esto es un don y una tarea, un proceso perenne de conversión.
7
Rad, Gerhardt Von; EL LIBRO DEL GÉNESIS, 2ª. Edic., pág. 105, Salamanca, 1982.