La Creación en Psicoanálisis: Un Espacio, Una Apertura
La Creación en Psicoanálisis: Un Espacio, Una Apertura
Directora:
Belén de Rocío Moreno Cardozo (Mgtr.)
Resumen
Abstract
at different moments it appears for inscribing something of what happens during this
experience. At different moments in the progress of our line of thought we remarked that
for the psychoanalysis this term requires a treatment that put it in a place of hole, an
original location and yet, it concerns the most intimate of the subject, it concerns that
place where precisely an unthinkable lack must be referred. It’s the place whereby the
subject can escape from the fantastical determinations, allowing himself the possibility of
assuming his desire.
Keywords: Creation, psychoanalysis, the Thing, the a object, the hole.
Résumé
Contenido
Pág.
Resumen…………………………………..……………………………………………….V
Incipit.……………………………………….……………………….……….…………..IX
Introducción…..…………………………………………………………………………………1
Incipit
Daremos algunos pasos para acercarnos a lo que está en juego con el término
creación, que intentaremos localizar en el campo del psicoanálisis. No es ajena para
nosotros la idea de que el hacer del psicoanálisis propende por un movimiento del sujeto
hacia la asunción de aquello que le causa malestar, propiciando la verbalización de lo que
es inaccesible para él en tanto está reprimido. Con esta idea se propone un camino de
trabajo que examine la creación en el campo del psicoanálisis. En un principio, aquel
reconocimiento puede convertirse en un hacer novedoso, original, del sujeto con su deseo
pues, de alguna forma, con algo incipiente (un lapsus, por ejemplo, como lo indica Freud)
es posible que se inicie el camino de la subjetivación de aquello que escapa a la conciencia
y sostiene el malestar para, al final, asumir decididamente el propio enigma.
Freud indicó que un psicoanálisis “no es una indagación científica libre de
tendencia, sino una intervención terapéutica; que en sí no quiere probar nada, sino, solo
cambiar algo”1. ¿Qué es lo cambiado? El sujeto habla de lo que no le es fácil decir en un
camino que tiene la forma de una investigación, empezada con el síntoma. Un camino que
muy posiblemente permitirá toparse con algo nuevo para el sujeto, con lo cual tendrá que
hacer algo, al menos agujero, para poder seguir existiendo. Eso que irrumpe como nuevo
no deja de estar emparentado con la angustia, venida al encuentro de lo inesperado.
¿Aquello nuevo podrá contener algo de lo viejo y, entonces, íntimo y familiar? ¿Qué de lo
nuevo manifiesta angustia? Estas son preguntas que intentaremos abordar capítulos más
adelante.
De cierta manera, las anteriores líneas alojan aquello que rápidamente podemos
deslizar hacia la noción de creación al tropezar, incipientemente, con algo nuevo, aunque
esta relación la debemos mantener de forma provisional para poder avanzar en la lógica
del encuentro con lo desconocido. Pero, ¿por qué hablar de creación en psicoanálisis?
Justo porque la experiencia psicoanalítica da cuenta de la aparición de lo que en un
principio llamaremos una nueva relación del sujeto con su objeto2, acaso por la aparición
1
Sigmund Freud, “Análisis de la fobia de un niño de cinco años”, en Obras Completas (O. C.), vol. X
(Buenos Aires, Amorrortu, 2005), 86.
2
Con Lacan se plantea que “la poesía es creación de un sujeto que asume un nuevo orden de relación
simbólica con el mundo.” Jacques Lacan, “El fenómeno psicótico y su mecanismo”, en La psicosis, Libro 3
(Barcelona: Paidós, 1985), 114. La cursiva es mía.
Incipit X
de un objeto estrictamente distinto para cada quien, es decir, que concierne en lo más
íntimo al que habla. Sin embargo, el sujeto del psicoanálisis como punto de compromiso
surge gracias al efecto retroactivo (a posteriori), o sea, se deviene sujeto cuando este cae
en cuenta de lo dicho, cae en cuenta de cierto comienzo solo después de avanzar diciendo
algo, que en análisis no es cualquier cosa. ¿Qué es lo nuevo allí? ¿El comienzo? Si es
comienzo ya no es tan nuevo, pues después de tal comienzo se han dicho varias cosas.
Para dar otro paso, diremos que es evidente que cualquier creación funda un
comienzo. ¿Dónde está tal comienzo? Aunque la creación por sus efectos (la aparición de
objetos) es enviada hacia “adelante”, hacia un futuro (el futuro de la creación), no es
posible avanzar sin que esté sostenida por un “atrás”. La creación, en principio, señala un
horizonte no muy claro que participa como propiedad de lo creado. Un futuro en el que
podría advertirse la desaparición de la creación. Pero no vayamos tan rápido, no nos
anticipemos…, y digamos que sí creemos en un comienzo de la creación, es posible
considerar que las creaciones han iniciado como un efecto de la palabra que las engendró y
las registró y las soltó; un comienzo en el lenguaje que sostiene el porvenir de una
creación.
Para seguir en la indagación de la noción de creación traeremos a cuento un relato
conocido por la mayoría. El relato de la aparición del mundo que en la concepción
judeocristiana se presenta como la creación de Dios. ¿De quién más podría ser tal
creación? ¿El mundo es una creación? Y, si es una creación, ¿hay un creador? Según lo
escrito en el libro del Génesis, al sexto día “vio entonces Dios todo lo que había hecho, y
todo era muy bueno” (Gn. 1, 31); luego, al séptimo día decidió retirarse a descansar como
si hasta ahí, en el momento de reconocer algo del resultado, le fuera posible tomar
distancia de ella. “Ahí les dejo, me voy a descansar”, deja planteado Dios en su retirada.
En la narración de ese comienzo “la tierra era una soledad caótica y las tinieblas
cubrían el abismo” (Gn. 1, 2). Entonces, el primer decir divino, Fiat lux3, ilumina las cosas
e indica un cierto orden para el vacío o caos que imperaba en el incipit4. El Fiat permite a
la creación avanzar los siguientes días, y así da vía a Dios, después, para reconocer lo que
tal verbo ha puesto a girar. En este sentido, la creación, con Dios, es posible gracias a su
3
En latín significa “hágase la luz.”
4
Palabra latina que significa inicio, que sobrevive en “incipiente”.
Incipit XI
palabra. La pregunta para hacer es: ¿Por qué el Fiat hizo eso? En tal caso, la palabra de
Dios permitiría hoy hablar de la creación. Ahora bien, en la escritura bíblica encontramos
que tiempo después (en los primeros tiempos), hubo un momento en el cual Dios también
dijo: “Tengo decidido el fin de todos los seres vivos, porque toda la tierra está llena de
violencia a causa de los hombres; voy a exterminarlos a todos de la tierra” (Gn. 6, 13); y
mandó el diluvio al mundo. Tuvo la intención de acabar con el mundo. ¿Se arrepintió Dios
de su creación? ¿La creación no era del todo buena como se dijo en un principio?
No olvidemos, por lo tanto, que la palabra dio luz al mundo, permitió que las cosas
se iluminaran. La metáfora de “dar a luz” encaja con aquello de dar la vida. En todo caso,
puede señalarse con la narración del Génesis, entre líneas, lo siguiente: antes que de
polvo5, el hombre está hecho de palabra, la palabra le permitió vivir. Casi podríamos
sugerir una pequeña modificación al conocido decir del ceremonial cristiano: “Palabra eres
y a la palabra volverás”. Así, podemos indicar que lo que se conoce como creación fue en
un principio el efecto de palabras luminosas y organizadoras de varios objetos que residen
el mundo desde aquel comienzo, aunque algo del dichoso comienzo no se sometió a la
palabra, algo que a los ojos de Dios debía ser destruido con el diluvio.
Con estos trazos y en posición de encuentro con el principio, echaremos a andar
con la palabra comienzo, debido a que es ello primordialmente lo iluminado. Pero, en la
condición de iluminación del mundo, por cierta lógica, en alguna parte debe pronunciarse
la sombra, eso fuera de la luz pero también creado por ella. Razón por la cual el comienzo
(con su sombra y su luz) se hace un punto imprescindible para la creación. De esta forma,
no queda otro principio que comenzar. Considerando esto, podríamos plantear, ¿qué puede
haber en el comienzo? Para el psicoanálisis hay un sujeto, por lo menos, alguien que habla
de su sufrimiento; por lo menos y por lo que falta en el comienzo al sujeto.
El psicoanálisis ha encontrado que en la falta se anuda un trabajo del sujeto (falta-
ser), y en aquella falta es localizada la intervención del lenguaje. En otras palabras, la
entrada en el lenguaje produjo falta, pero también permite avanzar en la cuestión que
compromete la creación del sujeto, sus preguntas y demás: ¿hay creación en el análisis?,
¿cuál podría ser tal creación? De todos modos, tenemos un sujeto que sabe algo (o, quizás,
5
“Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris…” [Hombre, acuérdate que polvo eres y que al
polvo volverás (Gen. 3, 19)].
Incipit XII
nada) de su creación, y con ello está llamado a asumir las consecuencias de lo que crea. El
sujeto habla y dice varias cosas, construye distintas narraciones facilitadas por el sistema
simbólico, sin embargo, algo escapa a su discurso, algo escapa a la cadena significante.
“Lo que no ha llegado a la luz de lo simbólico aparece en lo real”6.
En su primera enseñanza Lacan sitúa lo simbólico como aquello que instala al ser
humano en la cultura y, con Freud, cuestiona el ser del humanismo7. Es decir, el sujeto se
reconoce como siendo esto o lo otro a partir del significante que le da algún valor
fundamental. Pero, avanzando en su enseñanza, señala también que, de todas formas, algo
no se inscribe en la trama simbólica. Por ejemplo, sabemos que, en la experiencia del
psicoanálisis la pro-creación a nivel del padre no es fácil de declarar. Algo en el núcleo
del sujeto, del ser del sujeto, no entra en la significación de su aparición. La creatura tiene
que hacer un esfuerzo por explicar su presencia como creatura. Incluso, parece que Nada
explica en lo simbólico la creación, así como tampoco la potencial y única certeza: la
desaparición de la creatura de tal creación. Las ideas biologicistas hacen su esfuerzo en
este sentido, pero acaso ¿podría pensarse que hacen su producción en torno a la misma
pregunta?
También la astrofísica y la cosmología aducen que un Big Bang produjo nuestro
cosmos hace unos quince mil millones de años. Se supone que los rastros de ese incipit son
la radiación de fondo y el compactamiento de sus fragmentos en nuevas galaxias. George
Steiner dice que “en la física del Big Bang y en el posible tránsito «a través» de agujeros
negros hacia universos paralelos –aunque matemáticamente rigurosos, las similitudes
implicadas en ellos se acercan a las fábulas más fantasiosas y al surrealismo– la noción de
tiempo es agustiniana”8. De todos modos, la pregunta por un punto cero de la creación es
objeto de estudio, pero aún no es posible calcular tal cosa9. Aun así, ¿hay que calcular algo
ahí donde no se puede calcular nada?
6
Jacques Lacan, “Respuesta al comentario de Jean Hyppolite sobre la Verneinung de Freud”, en Escritos I
(México: Siglo XXI, 2005), 375.
7
Jacques Lacan, “La cosa freudiana o sentido del retorno a Freud en psicoanálisis”, en Escritos I, [Link].,
384.
8
George Steiner, Gramática de la creación (Madrid: Ed. Siruela, 4º edición 2005), 20-21. La concepción
agustiniana se separa de la reflexión física del tiempo para centrarse en su aspecto psicológico y moral.
9
El 16 de marzo del 2009 en la Universidad Nacional de Colombia, el profesor John Ellis, quien dirige
experimentos sobre el origen de la materia y expone la teoría del Big Bang, ofreció una conferencia sobre El
Incipit XIII
Aquella atracción del ser humano por el incipit, por el comienzo, mantiene la
trabazón de significantes que sostienen al sujeto en su pregunta por el origen, así como a la
ciencia. Si hay algo que no puede escamotearse en un análisis es la cuestión de un tiempo
primero, un tiempo acaso oscuro para el sujeto que le implica un rondar con preguntas, que
quizá, puedan venir como sentido al origen de la materia del cuerpo del sujeto y facilitar, o
avisar, algo del sinsentido del comienzo. De esta forma, también el psicoanálisis se topa
con la cuestión del incipit, aquella que no es fácil olvidar porque en lo incipiente se
implica el hablante a nivel de su subjetividad.
La pregunta por la creación solo viene en el momento en el cual el sujeto humano
está puesto en lo simbólico. Freud nos dice en su texto “Tres ensayos de teoría sexual”
(1905) que antes de preguntarse por la diferencia sexual el niño se cuestiona “¿de dónde
vienen los niños?” De igual forma, luego, en “Sobre las teorías sexuales infantiles” (1908)
plantea que el niño comienza sus investigaciones y posicionamiento en el mundo a través
de tres preguntas fundamentales e indica, de nuevo, la pregunta sobre el origen como
insoslayable para el niño. Y aún es una pregunta sostenida a nivel del “progreso”, vigente
y primordial para la empresa humana10. Sin embargo, en este mismo texto Freud nos hace
saber que el niño se topa con una serie de imprecisiones que le hacen “perder” su valentía,
algo le impide acceder a ello, algo sujeto a los accidentes históricos de cada quien. Del
mismo modo, doce años después, en “Más allá del principio del placer” (1920), como
telón de fondo, aún insiste la pregunta sobre la aparición de la vida humana, así como su
desaparición. Freud explora aquello que parece ser el ciclo del ser humano al mostrar el
objetivo común traído por la repetición: la muerte.
Encontramos en Freud líneas para dar contorno al proyecto de la creación, trazos
que muestran un aparecer y un desaparecer. En ese más allá del principio del placer el niño
se ve impulsado a plantearse la presencia y la ausencia de la madre, razón vital, y por
acelerador de partículas (LHC). En aquella conferencia cuando se le preguntó: “¿Qué hay antes del Bang?”
el Dr. Ellis respondió: “(...) el universo está creciendo, la energía del universo está bajando, regresando en el
pasado (…) no se puede calcular con las leyes conocidas de la física el punto cero del universo, tenemos que
intentar comprender qué paso después del Big Bang…, [y concluye el científico] para mí esta es una
pregunta religiosa.”
[Link]
&tx_cegallery_pi1[album]=0&cHash=f1d55c7c9e (Consultado el 11 de enero del 2010)
10
El proyecto sobre mapa del genoma humano concentra los mayores esfuerzos internacionales de
investigación en la contemporaneidad.
Incipit XIV
tanto, que compromete la creación. Es una de las primeras experiencias donde el sujeto ha
de saber hacer con el significante venido con la ausencia, pero también ha de resolver allí
su posicionamiento con respecto al Otro. No obstante, no podemos desconocer la
existencia de algo rebelde al significante. Esta idea no la debemos olvidar, pues es con lo
que Freud se enfrenta desde sus primeros textos. Cuando en “Proyecto de psicología”
(1895) muestra la llamada operación del juicio dice que algo allí resulta inasimilable,
incomparable, pero principal para la constitución del sujeto. Por consiguiente, está allí
ante eso que no hace caso al significante, no se domeña por la palabra, queda fuera del
lenguaje.
En esta vía, el compromiso del sujeto en un psicoanálisis convoca la experiencia
del comienzo adelantado en el propio sujeto. Un comienzo un poco enredado, sombrío e
inasimilable en el ser del sujeto, aunque central, y con el que se posibilita un acabamiento
en el esfuerzo mismo de hablar, ya que para el sujeto es imposible sostener un comienzo
sin un final, condición destacada en la dinámica de la creación (se empieza a morir).
Asimismo, es importante hacer notar que la existencia singular del sujeto plantea, en su
fundamento, un recorrido en torno a la creación, un rondar sobre aquello rescatado por
Freud de la mitología griega en 1920: el Eros y el Tánatos. ¿Por qué soy y desaparezco?,
se pregunta el sujeto, y el significante acude sin poder traer la respuesta. ¿Será porque lo
que está más allá del principio suele ser la muerte, el no-ser? Pues justamente la creación
arrastra también aquello pensado como un punto de acabamiento. ¿Acaso un fin de
creación? ¿Una nada? ¿La referencia a eso (supuesto en el comienzo) que nunca debió
haber sido? En todo caso, hay un esfuerzo que se enreda en una especie de remolino hasta
el nudo, y tiene como centralidad un vacío inestrangulable. Esta trabazón del comienzo en
la creación señala que cualquier comienzo está amarrado con el final. Así, para terminar
este incipit insinuaremos unas pregunta ¿acaso es el final un verdadero comienzo? ¿Bajo
qué coordenadas se situaría tal Cosa?
[Link]
INTRODUCCIÓN
La imagen muestra un rostro detenido en un espacio y tiempo casi infinito, y un
dedo que señala “algo” de la tierra que solo hasta ese instante lo ve. Aquel gesto de los
dedos separados por una distancia mínima será el abismo donde habitará el enigma de la
incesante escritura del cuerpo de la creación del hombre, y de todo cuanto le rodea. Esta
situación que describo tiene el objetivo de abrir un campo sobre la pregunta que
sostendremos durante todo el recorrido concerniente a la creación y que, creo, tiene cierto
asidero en el fresco de la Creación de Adán, hecho por Miguel Ángel alrededor del año
1511.
Sirviéndome de esa mínima distancia entre los dedos y lo que señalan como
hendidura, nos preguntamos por la creación en psicoanálisis para animar y conservar el
enigma, y posibilitar algunos trazos que nos lleven a pensar lo que podría (o no podría)
llamarse creación en un análisis, guiados por los avatares del objeto. El propósito es
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Introducción | 2
localizar la creación que se produce en el sujeto dividido por el lenguaje. Solo a través del
recorrido de esos trazos será posible caer en cuenta de lo dicho y remarcar alguna
diferencia. Es la trayectoria misma, la escritura, la que finalmente quedará como registro
de aquel vacío fundamental que permite, de alguna manera, enfrentarnos a la creación
misma.
Diremos que el misterio del talento creador es imposible de psicoanalizar o siquiera
explicar por completo, debido a que sobrepasa cualquier lenguaje externo a él mismo.
Quizá lo que señala el arte, con su propio lenguaje, apunta a lo más íntimo de la
humanidad y de paso puede explicarnos su presencia; por tanto, constantemente haremos
uso de él para abordar la creación, en tanto que creemos que el arte porta por excelencia
eso en su existencia.
Al campo del psicoanálisis le corresponde señalar un saber en la vía clínica.
Inclinados sobre el síntoma para investigar, analizar y localizar aquel saber que no se sabe,
pero que se manifiesta como malestar; ahí, se indica al sujeto. El fresco de Miguel Ángel,
donde se presenta el famoso detalle del par de dedos de distinta naturaleza, y separados por
una mínima distancia, nos anima a imaginar que aunque no hay relación, la pequeña
distancia guarda el misterio donde anida la creación, en la hiancia del ejercicio deíctico.
Con este matiz el psicoanálisis señala algo en la clínica, y la labor artística e investigativa
indican también lo suyo. Guardando las diferencias, se propondrán algunos trazos
advertidos del encuentro que puede darse en la escritura.
Como el propósito de esta tesis es explorar el lugar de la creación en el
psicoanálisis, orientados por la gravedad que produce el objeto, me serviré principalmente
de mi experiencia como analizante, estudiante de la teoría psicoanalítica y practicante de
una escucha a pacientes, para plantear algunos interrogantes que apunten a señalar,
cuestionar y localizar la creación –si la hay– en la experiencia analítica. También tomaré
en distintos momentos como punto de referencia aquellos datos manifiestos en la cultura
(arte, ciencia y religión) que me puedan acercar a los fenómenos de la subjetividad en su
encuentro con la creación, y por ende, con el objeto.
La línea de trabajo estará asistida principalmente por las obras de Sigmund Freud y
por la enseñanza presente en Los seminarios y los Escritos de Jacques Lacan. Estos dos
psicoanalistas darán luces a las elaboraciones que surjan como trayecto en esta escritura.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Introducción | 3
11
James Strachey, “Nota introductoria. Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci”, en O. C., vol. XI
(Buenos Aires: Amorrortu, 2003), 56.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Introducción | 4
12
Jacques Lacan, “sesión del 11 de mayo de 1966”, en El Seminario 13, El objeto del psicoanálisis (inédito)
13
Sigmund Freud, “Sobre las teorías sexuales infantiles”, en O. C., vol. IX (Buenos Aires: Amorrortu, 2003),
190.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Introducción | 5
donde se hace un llamado a sostener la pregunta por la creación y el sujeto, son evocados
por aquellos malestares subjetivos que se manifiestan en la contemporaneidad y que, dado
el caso, se pueden expresar como síntomas. Por enunciar algunos: la queja por la soledad,
el suicidio de niños, el arrebato de producir cada vez más gadgets para la complacencia sin
ninguna restricción, el grito desesperado de adolescentes que dicen con prácticas de cara a
la muerte “no sé para donde voy”, el aburrimiento por la cotidianidad y la búsqueda
tediosa de algo en lo virtual o la queja desesperada de padres que se mueven
excesivamente frente a lo que ellos mismos llaman “un niño hiperactivo”. Estos terrenos
del malestar movilizan en los sujetos preguntas desde siempre originales: ¿para qué fui
creado? ¿De dónde vengo? ¿Por qué mejor no haber nacido? ¿Tiene algún sentido esta
vida? ¿Para qué tuve este hijo? O ¿por qué nunca tuve uno?
Al relacionar estos cuestionamientos ineludibles del ser humano con la noción de
creación, podemos entrever que indagar la creación ha sido un interrogante desde tiempos
inmemoriales, y que ha estado acompasado con el malestar de los sujetos. Pero en ese
trascurrir nos topamos también con una variante del escenario de la creación: la inminente
aparición de objetos. Los esfuerzos de producción surgen, aparentemente, para suplir
ciertas “necesidades”, productos que no se han hecho esperar en la escena del mundo. La
invención y la creación de objetos –distinción que tendrá algunos señalamientos en este
recorrido– acompañarán el escenario instalado para que la humanidad se desarrolle y,
entonces, caiga en la pregunta por eso. ¿Para qué hicieron esto o lo otro? ¿Ahora qué hago
con eso? ¿Lo necesito? ¿Vale la pena eso? ¿Qué me hace falta? ¿Necesito comprar eso?
Los objetos hoy ocupan las ciudades en lujosas vitrinas que muestran el insaciable
“hambre” de objetos de la humanidad y las inagotables preguntas por su existencia.
Asimismo, asistimos a las desenfrenadas ofertas virtuales que anuncian el siniestro
cumplimiento del ideal capitalista: consumir objetos que dan comodidades inusitadas,
obligados a cambiar esas comodidades por otras de último modelo. La homogenización de
esos objetos y la adquisición de los mismos animan la sensación de estar conectados al
mundo del “todo es posible”. Los avances científicos y tecnológicos muestran su esplendor
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Introducción | 6
17
Jacques Lacan, “El inconsciente freudiano y el nuestro”, en Los cuatro conceptos fundamentales del
psicoanálisis, Libro 11 (Buenos Aires: Paidós, 2003), 28.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Introducción | 8
J.L Borges
Entre la cultura y la naturaleza: “la creación”
Cuando pensamos en alguna creación es imposible no caer en la hendidura
presente entre la naturaleza19 y la cultura. Con las elaboraciones freudianas supimos que el
malestar en la cultura era constitucional a la organización de los pueblos; aquel malestar es
el resultado de la instauración de la cultura que exige sacrificios que apuntan a domeñar la
pulsión. En esta brecha no se ha hecho esperar lo que llaman “progreso”. Contamos con
más tecnología, más conocimiento, más inventos. En Occidente la idea del hombre
moderno que crea su futuro y su historia (con más de dos siglos de persistencia), hoy, más
que nunca, parece mantenerse y mostrar sus siempre renovados ímpetus.
La cultura señala la figura del “progreso” en la aspiración de control sobre las
fuerzas de la naturaleza. Los albores de la modernidad proclamaron la fortaleza de la
razón para direccionar el devenir humano; a su vez, el conocimiento y el método
positivista sembraron las bases para construir un “futuro”. Así, el “progreso” se constituye
como hoy lo conocemos: baluarte de las ínfulas de voluntad que unen la racionalidad con
18
Jorge Luis Borges, “El Golem”, en Obras Completas (O. C.), Tomo II (Bogotá: Planeta, 2008), 305.
19
Debemos estar advertidos del término “naturaleza”, que no ubicamos en las coordenadas de la biología o
la física. Cuando hablamos de naturaleza, nos referimos a ella a modo de un real. La naturaleza puede
señalarse de forma negativa como aquello que “no es cultura”. Existe un supuesto lacaniano que indica que
al entrar en el mundo del lenguaje, hemos sido expulsados del mundo de lo “natural” y desde este supuesto
“nuestra naturaleza” deja de ser estrictamente de lo natural. Razón por la que nos referiremos a ella con
comillas.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo I | 10
el porvenir. Augusto Comte pregona un único método científico para explicar el destino de
la humanidad con leyes generales y desde la razón, afirmando que “esta discusión solemne
marca un hito en la historia de la razón humana, que por primera vez se atrevía a
proclamar así su progreso”20.
A partir de este evento de la historia de Occidente, daremos unas pinceladas ligeras
sobre el “progreso” vivido desde que Comte y sus contemporáneos ven la importancia de
aquella discusión. La Ilustración y su impacto desarrollado en siglo XIX fueron las bases
para el fortalecimiento industrial y para el despliegue de la economía de mercado, en
desmedro de la comunidad que pasaría a ser “masa solidaria” productora de utilidades. Los
cambios económicos produjeron vientos turbulentos que abrieron el siglo XX con la guerra
del catorce. Los totalitarismos fueron las figuras de aquella pugna por el poder económico.
En esas coordenadas estalló la segunda guerra mundial arrojando la gran catástrofe de la
Shoah, que produjo “nada”, pues se encargó de borrar radicalmente lo sucedido. Los
experimentos del “progreso” enarbolado en el siglo XIX se desmoronaron. El nombre del
aguafuerte de Goya, El sueño de la razón produce monstruos de 1799, anunció y mostró
desde el comienzo lo que aun hoy no advertimos. Seguimos inventando formas
implacables para la matanza en masa, aunque para matar no siempre hay que fusilar,
también silenciar al sujeto con el tedio de la homogenización tiene sus efectos mortales.
Estamos en la segunda década del siglo XXI con directrices de un mundo
globalizado. Las cosas no pintan mejor. La desproporción de la empresa humana que
quiere controlar todo y a todos parece tomar fuerza, la ciencia queda al servicio económico
como antes estuvo la religión al servicio de los imperios. Por todos lados hay bombas
nucleares que amenazan con estallar21. También las bombas mediáticas del mercado han
destruido la intimidad, se confeccionan espacios explícitos de puro consumo donde se
20
Auguste Comte, “Curso de filosofía positiva”, en La filosofía positiva (México: Ed. Porrúa, 2006), 67.
21
“De acuerdo con un estudio llevado a cabo por el boletín de científicos nucleares en el año 2009 en el
mundo existen alrededor de 23.574 armas nucleares. Rusia es el estado con el mayor número de armas
nucleares seguido por Estados Unidos, juntos tienen más de la mitad de armamento en el mundo. Este
número no tiene en cuenta los proyectiles nucleares de artillería, cargas de profundidad o misiles anti-
balísticos de los cuales se estima que Estados Unidos tiene alrededor de 500 y Rusia unas 2000. Aunque este
tipo de armas nucleares no representa una amenaza directa para las superpotencias nucleares son
indirectamente peligrosas para ellas pues existe un alto riesgo de proliferación de este tipo de armas y al ser
más pequeñas son más fáciles de robar y ser usadas en actos terroristas.” En, Armas nucleares: cuantas son
y quienes las tiene. 6 de febrero de 2012. Economías FCE. [Link]
[Link]#.UP4r22co_mU (Consultado el 17 de enero del 2013).
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo I | 11
empuja al goce ilimitado. Los objetos explotan el deseo ofreciendo orgiásticas fantasías en
la inmundicia de lo real. Las relaciones se fragilizan al punto de disolverse en el mundo
virtual, desasiéndonos del cuerpo del otro para no tener que ver con él, pero
paradójicamente, así estar conectados a un sistema que permite añadir 5.000 “verdaderos”
amigos22. Quizá pronto se sufra la dura y empalagosa realidad que en los sesenta el
brasilero Roberto Carlos cantaba: “Yo quiero tener un millón de amigos…”. Lo que antes
se deseaba ahora puede acabar en lo real, y entonces… en la locura.
Con estas referencias al “progreso” que parece una hiedra que crece en la grieta
entre naturaleza y cultura, asistimos en la contemporaneidad al consumo de todo cuanto el
mercado propone, y este ofrece lo que la ciencia, la técnica y las tecnologías producen. Las
relaciones de producción cambiaron entre el siglo XIX y el siglo XX pues, como afirma
Foucault, “el hombre no solo fue considerado como productor sino como consumidor, y
esta aparición del consumo como hecho económico, y dentro del juego de las relaciones de
producción, abrió un espacio en el cual cierto número de prácticas se volvieron
posibles”23. Cuando se está triste, “deprimido”, será un fármaco, una “pastilla”, la que
“aporte” la “felicidad”, cruzando las puertas de la adición a la a-dicción. No será el sujeto
quien se haga cargo de su condición, sino la suma exacerbada de lo más “extraño” e
“impersonal” supuesto en objetos concretos. ¿Aquello acaso podrá ocuparse de lo más
íntimo?
22
El límite de 5.000 amigos en Facebook es argumentado porque, la empresa quiere que solo se tengan
amigos “reales”, por tanto, 5000, sería lo “apenas razonable”. “The official reason is that Facebook wants to
make sure that people only add “real” friends to their account, and the restriction is on the high end of the
number of friends that any one person could reasonable have.” En, Facebook To Lift 5,000 Friends Limit, J.
Michael Arrington, Friday. May 9th, 2008 [Link]
limit/ (Consultado el 19 de enero del 2013).
23
Michel Foucault. En, Entrevista entre Michel Foucault, profesor de la Facultad de Letras y Ciencias
Humanas de Clermont-Ferrand, y Alain Badiou, profesor del Liceo de hombres de Reims (27 de febrero de
1965). [Link] (Consultado
el 16 de enero del 2013).
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo I | 12
no olvidemos que este hunde también sus raíces en la “naturaleza”. Ella, aparentemente
contraria al “progreso”, en distintas ocasiones sirve de ejemplo para indicar eso que se
anhela, un mundo de delicias, felicidad y armonía. El progreso parece un suceso
transversal a todos los pueblos. Es innegable que en Occidente, por lo menos, ha habido un
“adelanto” en las ciencias, en las artes, y poco pero lo hay, en las religiones en tanto que
cada día son más…
Por ahora, pongamos en reserva las críticas que se le han dirigido al “progreso”, y
digamos con Freud que “junto a las pulsiones conservadoras, que compelen a la repetición,
hay otras que esfuerzan en el sentido de la creación y del progreso”24, es decir el
“progreso” también representa el impulso de las fuerzas de producción humana. “Cada
individuo ha cedido un fragmento de su patrimonio, de la plenitud de sus poderes, de las
inclinaciones agresivas […]; de estos aportes ha nacido el patrimonio cultural común de
bienes materiales e ideales”25. Las renuncias progresivas de los individuos han permitido
desarrollar la cultura. Informados por Freud de lo que esto implica (malestar), podemos
deducir que el “progreso” estará articulado también con esos apetitos que cada sujeto
despliega de acuerdo con las propias renuncias.
¿Hay algún pueblo en el mundo que prefiera hacer lo mínimo para progresar?
Formular esta pregunta nos permite ubicar el “progreso” en nuestra sociedad, pues nos da
cuenta, a modo de línea de base, de aquello que surge como nuevo en la cultura. No es lo
mismo el tiempo de la hoja de parra que el del papel higiénico, o no es lo mismo el tiempo
de antes de la Declaración de los derechos humanos y el tiempo posterior a este evento, ¿o
sí? En todo caso, digamos que hay algo llamado “progreso” y tiene que ver con el
desenvolvimiento de la cultura para resolver algunos impases, malestares que están en
relación con lo real de la naturaleza. El “progreso” ahora parece ser imprescindible. Es
cierto que uno de los animales que más progreso ha tenido en la historia de la evolución es
el ser humano, quizá él es el único que, sustraído de la evolución, “progresa”.
Decimos que el ser humano “progresa” porque presenta sistemas de relación y
organización en sus comunidades absolutamente complejas, que sirven para ganarle
terreno a la espinosa naturaleza. Las relaciones y las organizaciones humanas son mucho
24
Sigmund Freud, “Más allá del principio de placer”, en O. C., vol. XVIII, op. cit., 37. La cursiva es mía.
25
Sigmund Freud, “La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna”, en O. C., vol. IX, op. cit., 168.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo I | 13
más complicadas que las comunidades de los delfines, de los elefantes, de las hormigas o
de las abejas. Aunque estas comunidades son complejas, todos estaremos de acuerdo en
que ninguna de ellas se relaciona a través del “vino, la poesía o la virtud”.
Desde sus inicios modernos la idea de progreso ha sido determinante de muchos
“adelantos”: ha facilitado la invención de poderosas máquinas que acompañan la
producción de bienes para el hombre, pero también ha generado maquinarias mortíferas
para desplegar letales y sofisticadas guerras. Además, se han producido instrumentos que
nos permiten ir más lejos, ver más lejos, oír desde más lejos, y por “tiempo ilimitado”. Los
instrumentos para ver los confines del universo son en la actualidad potentísimos, aunque
no hemos podido observar más allá de esos confines, es decir, ignoramos los límites reales
del universo. Lo real está aún fuera del alcance de aquellos artificios que el hombre ha
fabricado. Si preguntamos por ese más allá a un astrofísico, podemos recibir la respuesta
de que “eso es terreno de la religión”, pero sabemos también que el arte hace un
tratamiento particular de eso. A pesar de la insuficiencia real, es evidente que, de alguna
manera, hemos progresado: para vivir mejor o para matar mejor. Pero con todos estos
progresos seguimos envueltos en una bruma de malestar, pues como advertía Freud, “el
hombre se ha convertido en una suerte de dios prótesis, por así decir, verdaderamente
grandioso cuando se coloca todos sus órganos auxiliares; pero estos no se han integrado
con él, y en ocasiones le dan todavía mucho trabajo. […] no debemos olvidar que el ser
humano de nuestros días no se siente feliz en su semejanza con un dios”26.
El prematuro…
Ilusionarnos por ir más lejos, más allá, parece estar en la particularidad de la
humanidad. Sin embargo, también tratemos de señalar un más acá, que sitúe algo de la
peculiaridad de la especie humana y su relación con la naturaleza que habita, si alguna
cosa pudiéramos significar con el término “naturaleza”, como planteó Lacan en su texto El
estadio del espejo. ¿Estará imposibilitada “la naturaleza humana” para no habitar ni más
allá ni más acá? ¿Dónde habita?
26
Sigmund Freud, “El malestar en la cultura”, en O. C., vol. XXI, op. cit., 90-91.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo I | 14
27
En el Congreso de Marienbad, organizado por la IPA el 31 de julio de 1936, produjo, como dijo él, “el
primer pivote de nuestra intervención en la teoría psicoanalítica” [Élisabeth Roudinesco, Lacan, Esbozo de
una vida historia de un sistema de pensamiento (Bogotá: Fondo de Cultura Económica, 2000), 172], con el
texto “El estadio del espejo” y 13 años después, en la comunicación presentada ante el XVI° congreso
internacional de psicoanálisis, en Zúrich, el 17 de Julio de 1949, retoma este trabajo.
28
Jacques Lacan, “El estadio del espejo como formador de la función del yo [“je”] tal como se nos revela en
la experiencia psicoanalítica”, en Escritos I, [Link]., 86.
29
Ibíd.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo I | 15
espejo puede pensarse como aquella operación psíquica por la cual se funda el ser humano
al identificarse con su prójimo, cuando percibe, siendo niño, su propia imagen en el
espejo. Por anticipación, sería el “órgano” donde deviene la formación imaginaria del yo.
Quizá un “progreso” por anticipación de lo que realmente es prematuro. Un progreso en la
imagen.
En 1946 Lacan expone de nuevo, en “Acerca de la causalidad psíquica”30, aquel
“atraso” del desarrollo del neuroeje del niño durante los primeros seis meses de vida, y
vincula tal incompletud con los procesos de fetalización enunciados, en 1926, por el
anatomista holandés Louis Bolk. Al indagar un poco sobre esta referencia encontramos
que Bolk, profesor de anatomía en Ámsterdam, en “El problema de la génesis humana”
formuló una teoría que ponía en cuestión las tesis, avaladas por más de 60 años, del
biólogo alemán y fiel discípulo de los planteamientos darwinianos, Ernst Haeckel, quien,
en 1866, había renovado una vieja teoría biológica creacionista al sugerir que el desarrollo
embriológico de las formas superiores servía de guía para deducir directamente la
evolución del árbol de la vida, para así declarar que “la ontogenia era una recapitulación de
la filogenia”31. Es decir, si antes de humano el hombre fue pez y reptil, esos estadios se
reflejarían, en ese mismo orden, en los fetos humanos. Haeckel proponía que la evolución
se dirigía hacia una complejización progresiva donde el hombre sería la meta última, el
punto culmen de la evolución. La idea de la recapitulación está dentro de los conceptos
más influyentes que produjo la ciencia a finales del siglo XIX. De este modo, Freud no
dejó de trabajar con esta construcción teórica, trayéndola para sostener sus articulaciones
en varias ocasiones; por ejemplo, se refirió a ella en “Más allá del principio del placer”
para representarse algo del funcionamiento pulsional. Sin embargo, a pesar de la amplia
acogida de la idea de recapitulación por la comunidad académica, Bolk dio un giro
interesante del que se sirvió Lacan para sostener la pregunta sobre “la psicogénesis”, la
que abordó en “Acerca de la causalidad psíquica”. Allí él recurre a la prematuración para
situar el puesto que ocupa la condición psíquica en la constitución del sujeto.
30
“Estas líneas fueron pronunciadas el 28 de septiembre de 1946, como contribución a las Jornadas
psiquiátricas de Bonneval. Henri Ey había puesto en el orden del día de estas conversaciones el tema de "la
psicogénesis". El conjunto de las ponencias y de la discusión fue publicado en un volumen titulado: El
problema de la psicogénesis de las neurosis y de las psicosis, editado por Desclée de Brouwer.” Este relato
abrió la reunión. [Jacques Lacan, “Acerca de la causalidad psíquica”, en Escritos I, op. cit., 142-183].
31
Stephen Jay Gould, La falsa medida del hombre (Buenos Aires: Orbis, S. A. 1988), 108.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo I | 16
El biólogo y antropólogo Stephen Jay Gould, que rebatió, en las últimas décadas
del siglo XX las infundadas creencias del determinismo biológico, nos dice que ya desde
1920 la teoría de la recapitulación, que sostenía al ser humano como máximo ejemplar de
la evolución biológica, cayó en descrédito. Entonces, en esa circunstancia, Louis Bolk
formuló una teoría que aseveraba exactamente lo contrario:
“Según la idea de la recapitulación, los rasgos adultos de los
antepasados debían desarrollarse más rápido en los descendientes, para
convertirse en rasgos juveniles de estos últimos: así, los rasgos de los niños
modernos corresponderían a los rasgos adultos de dichos antepasados. Pero,
supongamos que sucede lo contrario, como es frecuente observar en los
procesos evolutivos. Supongamos que los rasgos juveniles de los
antepasados se desarrollan tan lentamente en sus descendientes que en ellos
se transforman en rasgos adultos. Este fenómeno de retraso del desarrollo es
común en la naturaleza: se denomina neotenia (literalmente, "perduración
de la juventud"). Bolk sostuvo que los seres humanos eran esencialmente
neoténicos. Enumeró una impresionante cantidad de rasgos que los adultos
humanos compartían con los monos jóvenes o en estadio fetal, pero que
estos últimos perdían al llegar a la adultez: el cráneo abovedado y el cerebro
grande respecto del tamaño del cuerpo; el rostro pequeño; la concentración
del pelo en la cabeza, las axilas y la región púbica; la imposibilidad de girar
el dedo grande del pie. En otro capítulo (págs. 93-95) ya me he referido a
uno de los más importantes signos de neotenia en el ser humano: el hecho de
que el foramen magnum conserve su posición fetal, en la parte inferior del
cráneo”32.
La teoría de la neotenia trajo consecuencias en las concepciones de la especie
humana. Con el surgimiento en el siglo XX de tales presupuestos se abrieron espacios de
pensamiento para cuestionar el lugar privilegiado de la humanidad en relación con la
naturaleza. Desde el psicoanálisis, Lacan fue el primero en explorar este terreno para dar
lugar, en “El estadio del espejo como formador de la función del yo [“je”] tal como se nos
32
Ibíd., 114.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo I | 17
33
Jacques Lacan, “El estadio del espejo como formador de la función del yo [“je”] tal como se nos revela en
la experiencia psicoanalítica”, en Escritos I, op. cit., 90.
34
Stephen Jay Gould, La falsa medida del hombre, [Link]., 115.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo I | 18
el mundo mediante el ejercicio del más fuerte?, ¿acaso anticiparse en la imagen provocó
aquel salto de la real naturaleza a otra, en la cual se despliegan coordenadas para que
habite la especie humana? Esta última pregunta puede quedar en la pura especulación si no
formulamos que, para ese salto, se hace absolutamente indispensable contar con una
especie de lazo que evite la caída del neoteno en la abismal confusión entre él y la imagen.
Así nos representemos esa distancia como mínima, tal salto debe realizarse con una
materialidad significante, es decir, con el lenguaje. La gravedad de aquel abismo obliga a
la indiscutible presencia de una fuerza mayor y contraria que evite a la cría humana
desplomarse por ese tremendo desfiladero.
Con estos ejes y con una referencia levemente derivada de la prematuración, Freud,
a pesar de trabajar con las teorías biológicas de su tiempo –que nutrían el narcisismo del
hombre como fin último de la evolución–, desde el inicio de sus investigaciones también
llamó la atención sobre el desvalimiento de la cría humana como fuente primordial de la
identificación y de la naturaleza singular de nuestra especie: “el organismo humano es al
comienzo incapaz de llevar a cabo la acción específica [por ejemplo, aprovisionarse de
alimento]. Esta sobreviene mediante auxilio ajeno: por la descarga sobre el camino de la
alteración interior [grito], un individuo experimentado advierte el estado del niño. Esta vía
de descarga cobra así la función secundaria, importante en extremo, del entendimiento
{Verständigung; o «comunicación»}, y el inicial desvalimiento del ser humano es la fuente
primordial de todos los motivos morales”35. Es preciso señalar que durante toda su obra
Freud acudió a la referencia del desvalimiento para indicar los orígenes de nuestra
condición humana36. De tal modo, por ejemplo, en “El yo y el ello”, el desvalimiento se
35
Sigmund Freud, “Proyecto de psicología”, en O. C., vol. I, op. cit., 362-363.
36
Aquella enigmática idea que encontramos en el “Proyecto de psicología” dice que “el inicial desvalimiento
del ser humano es la fuente primordial de todos los motivos morales.” [Sigmund Freud, “Proyecto de
psicología”, en O. C., vol. I, op. cit., 363]. Esa idea se sostiene durante toda su obra, por ejemplo, 34 años
después de su primer anuncio, a propósito de lo “bueno” y lo “malo” en la moral, en su trabajo de “El
malestar en la cultura” se despliega así: “Las ideas que el analista se forma acerca de la génesis del
sentimiento de culpa no son las corrientes entre los psicólogos; es verdad que tampoco a él le resulta fácil dar
razón de dicha génesis. En primer lugar, si se pregunta cómo alguien puede llegar a tener un sentimiento de
culpa, se recibe una respuesta que no admite contradicción: uno se siente culpable (los creyentes dicen: en
pecado) cuando ha hecho algo que discierne como «malo». Pero enseguida se advierte lo poco que ayuda
semejante respuesta. […] No obstante, ambos casos presuponen que ya se haya discernido al mal como
reprobable, como algo que no debe ejecutarse. ¿Cómo se llega a esa resolución? Es lícito desautorizar la
existencia de una capacidad originaria, por así decir natural, de diferenciar el bien del mal. Evidentemente,
malo no es lo dañino o perjudicial para el yo; al contrario, puede serlo también lo que anhela y le depara
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo I | 19
indica como una de las fuentes biológicas de la génesis del superyó, y en “El Malestar en
la cultura” lo ubicará como fundamento de la actitud religiosa, pero también génesis del
sometimiento al influjo ajeno, a partir del cual se discernirá la diferencia de lo que ha de
llamarse “bueno” o “malo”37. Con estas evocaciones al desvalimiento en la obra freudiana,
se hace evidente que Lacan está aquí en consonancia con Freud al proponernos en el
estadio del espejo una situación precisa de la génesis del yo en términos de identificación
con la imagen, evento que será la matriz que marcará la constitución y desarrollo de la
particularidad de nuestra especie. Lacan lo dice así:
“Este desarrollo es vivido como una dialéctica temporal que
proyecta decisivamente en historia la formación del individuo: el estadio
del espejo es un drama cuyo empuje interno se precipita de la insuficiencia
a la anticipación; y que para el sujeto, presa de la ilusión de la
identificación espacial, maquina las fantasías que se sucederán desde una
imagen fragmentada del cuerpo hasta una forma que llamaremos ortopédica
de su totalidad, y a la armadura por fin asumida de una identidad
enajenante, que va a marcar con su estructura rígida todo su desarrollo
mental”38.
La prematuración es condición del desvalimiento de la cría humana. La
insuficiencia biológica será enfrentada con la ficción que la prematura cría obtiene del
espejo, imagen que irá del cuerpo fragmentado hasta una forma ortopédica (de su
contento. Entonces, aquí se manifiesta una influencia ajena; ella determina lo que debe llamarse malo y
bueno. Librado a la espontaneidad de su sentir, el hombre no habría seguido ese camino; por tanto, ha de
tener un motivo para someterse a ese influjo ajeno. Se lo descubre fácilmente en su desvalimiento y
dependencia de otros; su mejor designación sería: angustia frente a la pérdida de amor. Si pierde el amor del
otro, de quien depende, queda también desprotegido frente a diversas clases de peligros, y sobre todo frente
al peligro de que este ser hiperpotente le muestre su superioridad en la forma del castigo. Por consiguiente, lo
malo es, en un comienzo, aquello por lo cual uno es amenazado con la pérdida de amor; y es preciso evitarlo
por la angustia frente a esa pérdida. De acuerdo con ello, importa poco que ya se haya hecho lo malo, o sólo
se lo quiera hacer; en ambos casos, el peligro se cierne solamente cuando la autoridad lo descubre, y ella se
comportaría de manera semejante en los dos. […] es manifiesto que en ese grado la conciencia de culpa no
es sino angustia frente a la pérdida de amor, angustia «social». En el niño pequeño la situación nunca puede
ser otra; pero es también la de muchos adultos, apenas modificada por el hecho de que la comunidad
humana global remplaza en ellos al padre o a ambos progenitores.” [Sigmund Freud, “El malestar en la
cultura”, en O. C., vol. XXI, op. cit., 120-121]. La cursiva es mía.
37
Sigmund Freud, “El malestar en la cultura”, en O. C., vol. XXI, op. cit., 120.
38
Jacques Lacan, “El estadio del espejo como formador de la función del yo [“je”] tal como se nos revela en
la experiencia psicoanalítica”, en Escritos I, op. cit., 90.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo I | 20
totalidad) con la cual se identifica. Esta imagen permite que la creatura ingrese en un
campo donde se jugará el porvenir de sus ilusiones, algún progreso…
El progreso…
En situación de desvalimiento, la cría humana toma la imagen para “equiparse” de
aquello que en su naturaleza le está privado. De tal modo, la imagen entra en la dinámica
libidinal siendo la imagen-de-otro que le habla, la que presta auxilio al lactante en su
situación de precariedad biológica. Sin embargo, realmente ese otro es para el neoteno
Otro con mayúscula, pues además de permitirle anticiparse imaginariamente al gobierno
efectivo de su cuerpo, le brinda el cuidado necesario al portar su deseo ya inscrito en el
lenguaje humano. De ahí que la propiedad de la imagen que sirve al niño no sea pura
imagen, pues esta se encuentra preñada del deseo del Otro que habla y construye con
cuidados su hábitat.
La identificación con las peculiaridades de aquella “imagen”, que se dirige al
recién nacido, es la vía que toma la especie humana en sus comienzos. En ese momento la
imagen se muestra como objeto en el registro de lo imaginario, es decir, se arma un
circuito donde se constituirá el yo, pero también se establece algo que no es especular, eso
que no entra en la imagen por su condición real (prematuración). Estas dos condiciones se
anudan inexorablemente con los elementos del gran Otro preexistente. Aquel lazo o
cadena del lenguaje que presta el Otro marcará el devenir y el nacimiento del sujeto
humano que habitará el mundo de los significantes.
Con el júbilo del niño por la asunción de la imagen, se manifiesta en el Estadio del
espejo el sostén de una matriz simbólica en la que el sujeto queda suspendido gracias al
resplandor del Otro: la lengua que destella en él. Aquel amarre evita que el recién nacido
caiga en el abismo presente entre su prematura condición y el espejo. En los comienzos de
nuestra “naturaleza” tenemos contacto con la imagen gracias a la red simbólica ofrecida
por el Otro, que proporciona un lazo en el que queda sostenido el sujeto, pues no
podríamos apoyarnos en aquella superficie tan lisa del espejo, donde se aloja la imagen, y
ponernos en pie con la precariedad en que nacemos. Contar con el lenguaje será la
materialidad que nos llevará a los distintos objetos del mundo y a aquel objeto que más nos
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo I | 21
39
Lacan lo plantea así: “A lo que nos lleva el descubrimiento de Freud es a la enormidad del orden en el que
hemos entrado, en el que nacimos por segunda vez, si se quiere expresar así, saliendo del estado llamado
muy acertadamente infans, sin palabra. El orden simbólico sobre el cual Freud basó su descubrimiento está
constituido por el lenguaje como momento del discurso universal concreto. Es el mundo de la palabra el que
crea el mundo de las cosas, inicialmente confusas en todo lo que está por suceder. Sólo las palabras pueden
dar un sentido cabal a la esencia de las cosas. Sin las palabras, nada existiría ¿Qué sería el placer sin el
intermediario de la palabra?” Entrevista a Jacques Lacan realizada en 1974 por Emilio Granzotto. Inédita hasta
2004, el texto fue recuperado por la revista francesa Magazine Litteraire 428, en febrero de 2004.
[Link] (Consultado el 4 de
febrero del 2013).
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo I | 23
resultará toda una odisea… El deseo del Otro tendrá las consecuencias máximas sobre los
objetos del sujeto, que se verá aprisionado en aquella “red sonora de Antes, Después,
Ayer, Mientras, Ahora, Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros”40.
La imagen se mueve, desaparece, pasa, va y vuelve. En ese etéreo carácter del otro,
el niño se verá enfrentado a la nada misma que yace frente a su desvalimiento. Así, el Otro
con las insignias significantes del lenguaje, tendrá como tarea dar organización a los
elementos con los que el niño aprehenderá las formas de su cuerpo, el otro y los objetos,
pero también los silencios y las ausencias que marcan el nuevo mundo. El sujeto al
recorrer aquel vacío entre los registros de lo real a lo imaginario con los elementos
simbólicos, notará diferentes materiales que fluyen en la lengua, y entonces, los silencios,
las escansiones y las relaciones existentes entre la materialidad del lenguaje y el mundo
entregarán al sujeto una manera singular de acercarse a sus objetos.
Será el Otro el que permita la aparición de una “segunda naturaleza”. No es
solamente que se nazca con una predisposición biológica para sobrevivir gracias al
lenguaje. Es que el Otro debe estar allí para permitirnos sobrevivir con eso que es el
lenguaje, el lugar donde habitamos. Es inexorable que el Otro esté para la trasmisión del
mundo de los significantes. El lazo con el Otro permitirá así que sea en esa relación donde
habite la especie humana, una vida en el ámbito del lenguaje donde se propiciará la
relación con los distintos objetos que le faltan. El lenguaje es una “vocación”, un llamado
hacia lo humano cuando todavía no se han adquirido todas las herramientas necesarias
para ejercer como tal. Por su parte, la ilusión de progreso ha traído la paradójica condición
de “asistir” con inverosímiles objetos al sujeto, ofrecidos en procura de compensar aquella
falta constitutiva, pero estos portan siempre un valor que está más allá o más acá de lo que
falta al sujeto, es decir, no “calzan” en la falta con la que este anda. Esta trabazón que se
realiza a nivel del lenguaje entre sujeto y objeto anuncia los avatares pulsionales que se
sostienen al caminar con los significantes, y redoblan la irreductible separación entre
sujeto y objeto.
Transitando el ámbito específico donde habita la especie humana, el lenguaje, y
con los registros que allí se anudan, se hace posible leer lo que Lacan, en el seminario La
40
Jorge Luis Borges, “El Golem”, en O. C. Tomo II, op. cit., 306.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo I | 24
41
Jacques Lacan, “Introducción”, en La relación de objeto, Libro 4 (Buenos Aires: Paidós, 2004), 18.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo I | 25
42
En 1970 Roland Barthes en un texto titulado “El tercer sentido”, que encontramos publicado en Lo obvio y
lo obtuso, explicó una serie de fotogramas de S. M. Eisenstein con una mirada nueva. Las imágenes
detenidas muestran algunos aspectos, combinaciones de elementos, sin una función clara en el conjunto
simbólico y visual de la escena. Gestos en apariencia insignificantes, pero que no dejan de trastornar la
recepción de la imagen. Barthes plantea que encuentra en eso algo que va más allá del sentido, y lo refiere
como significancia, noción propuesta por Julia Kristeva. Exposición hecha por Barthes en Lo obvio y lo
obtuso (Buenos Aires: Paidós, 1986), 49-67.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo I | 26
43
Sigmund Freud, “El creador literario y el fantaseo”, en O. C., vol. IX, op. cit., 127.
CAPÍTULO II – EL ENTORNO EN EL QUE LA COSA SE CREA
“La noción de creación debe ser promovida ahora por nosotros, con lo que ella entraña,
un saber de la criatura y del creador […]. Planteo lo siguiente: un objeto puede cumplir
esa función que le permite no evitar la Cosa como significante, sino representarla, en
tanto que ese objeto es creado”44.
J. Lacan
Hablar para no apagar el fuego de nuestra especie parece ser el camino abierto por
la humanidad. Haber hallado en el lenguaje un mundo en el que el sujeto humano logró
construir, cuidar y habitar, permitió abrirnos a nuestras experiencias de la muerte, de la
sexualidad y de los objetos en nuevas condiciones y disposiciones. En este sentido, Lacan
situó en el lenguaje la estructura para precisar lo que Freud había descubierto: el
inconsciente. Ya Freud mismo se había servido juiciosamente de los elementos del
lenguaje para desarrollar sus postulados; lo leemos en distintos textos, por ejemplo, en La
interpretación de los sueños (1900), Psicopatología de la vida cotidiana (1901), El chiste
y su relación con lo inconsciente (1905) y otros tantos, donde muestra las determinaciones
de lenguaje que operan en los fenómenos presentes en la subjetividad y en el malestar de la
humanidad. Avisados de la importancia del mundo del lenguaje que habita el sujeto, en
este segundo capítulo nos proponemos dar contexto, con los recursos que hay en el
psicoanálisis, a una constitución del objeto. Retomaremos de manera principal las aristas
que nos permitan abordar las particularidades del objeto de la creación en una de sus
perspectivas para poner en relación las cuestiones del sujeto que allí crea.
En el capítulo anterior planteamos en varias ocasiones los registros de lo real, lo
simbólico y lo imaginario, para situar la constitución del sujeto en la naturaleza del
significante, es decir, en el campo del Otro. Vimos cómo el cuerpo era fruto de la
identificación con la imagen, la cual nos permitió situar un elemento fundamental en el
registro imaginario, procurador de sentido. También planteamos el registro simbólico
como el campo de los significantes, mundo al cual pasamos después de ser expulsados de
44
Jacques Lacan, “De la creación ex nihilo”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7 (Buenos Aires: Paidós,
1995), 148.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 28
45
Jacques Lacan, “Das Ding”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 59.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 29
a comunicarse, para intentar huir de lo que genera incomodidad o produce malestar, para
agredir o acabar con el enemigo, para iniciar una relación amorosa, así como para
sostenerla o terminarla, o simplemente para nada. En todo caso, se busca con arrebato la
felicidad con algo, acceder a los placeres o a los goces estéticos, o a tantas otras cosas
cotidianas o extraordinarias que parece quedar en evidencia la implacable carencia del
objeto. Posiblemente el desvalimiento o desamparo constitutivo de nuestra especie incita
hacia el movimiento en pos de la ilusión de hallar el objeto, y es justo decir que la relación
con el Otro afectó tal movimiento. Esta insistencia hacia los objetos muestra a un sujeto
marcado de forma primordial por el imperativo de la satisfacción del deseo, que busca
obtener a través del objeto algún sosiego y, sin embargo, encuentra otra cosa; ¿acaso solo
el movimiento mismo? En todo caso, la obstinada presencia de nuevos objetos en el
“progreso” humano parece poner en cuestión la simple necesidad de los objetos.
Cuando Freud afirma en El malestar en la cultura que “se diría que el propósito de
que el hombre sea «dichoso» no está contenido en el plan de la «Creación»”46, parece
situar una condición que subyace –como ya lo planteamos en el capítulo anterior– a la
discordancia vigente entre el sujeto y el objeto, pero también expone una referencia a la
“Creación”, que plantea los efectos del significante y la cultura, circunstancia que,
recordemos, pone la satisfacción humana en entre-dicho.
La Cosa en la creación
Para abordar la pregunta sobre el objeto de la creación tendremos que señalar de
entrada que, según lo sostenido hasta el momento, no hay génesis de ninguna cosa, de
nada, más que en la cadena significante. En este sentido, Lacan se pregunta, con Freud,
sobre la Cosa en el evento inaugural del encuentro con el Otro, antes del ordenamiento
léxico, antes de la instauración del lenguaje articulado en el sujeto, pero solidario a él.
Trayendo a cuento el relato judeocristiano en uno de sus seminarios, Lacan indica que “el
Génesis no relata nada más que la creación —de la nada, en efecto— ¿de qué?: nada más
46
Sigmund Freud, “El malestar en la cultura”, en O. C., vol. XXI (Buenos Aires: Amorrortu, 2006), 76.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 30
47
Jacques Lacan, “El amor y el significante”, en Aún, Libro 20 (Buenos Aires: Paidós, 1998), 58.
48
Jacques Lacan, “Das Ding”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 60.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 31
que, sin embargo, estas crearon. Hay en das Ding otra cosa”49. Parece entonces que das
Ding se sitúa en otra parte. Es, de pronto, el misterio que se presenta al contar con las
cosas, ese que se aloja en el enigma mismo que guarda la lengua frente a la problemática
realidad.
Particularmente, en nuestra lengua, tenemos solo una palabra para indicar la cosa,
que para nuestro beneficio –el de abrir camino a nuestra elaboración sobre la creación–
tiene su raíz etimológica en el latín causa. De ahí que esta cumpla una función especial
que, como decíamos antes, nos haga hablar. La causa revela un principio de la acción. De
hecho, en la actualidad, podemos referirnos con palabras en el intersticio presente entre la
cosa y la causa; así, decimos de manera coloquial: “la cuestión…”, “el asunto…” o, en
todo caso, el motivo de alguna conversación: “la Cosa”.
Pero esa Cosa parece siempre estar, a pesar de que no tengamos conciencia de ella;
podemos decir que aunque causa el asunto que nos convoca, no se agota en las cosas que
se despliegan sobre la cuestión. El trabajo freudiano, desde siempre, puso sus esfuerzos en
discernir qué procesos yacían al funcionamiento subjetivo y qué nos permitía
relacionarnos con el mundo. Ya desde el “Proyecto”, Freud nos propuso una singular
topología del sujeto porque, aunque en un entramado neurológico, abordó el espacio no
solo en términos cuantitativos, sino cualitativos, es decir, nos presentó la relación entre
diferentes lugares constitutivos del sujeto: relaciones de vecindad, de continuidad, de
conexidad, de frontera, de separación o de borde. Relaciones que se presentan
necesariamente en el lenguaje y que luego Lacan supo poner en juego.
49
Ibíd.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 32
de la primera, obligando a pensar que el objeto ya no será el mismo. De tal modo, como
nos lo hace saber Freud, el mundo provee al infans del objeto en las coordenadas de la
alucinación, en el esfuerzo de un reencuentro con ese objeto. Ya estamos avisados de que
ese objeto perdido no corresponde a no sé qué “madurez biológica”, sino que hemos de
localizarlo en la estructura del lenguaje.
Recordemos que el mundo del neoteno humano concierne de forma ineluctable al
campo del Otro, pues el recién nacido es incapaz de proveerse de alimento o cuidados por
sí mismo –Freud llama a esta alteración venida del exterior: acción específica–, condición
que marcará los caminos de aquella descarga. El auxilio ajeno, prestado por el Otro, fue la
vía para que se experimentara la primera vivencia de satisfacción. Es decir, lo que se
origina en ese encuentro con el Otro tendrá las más hondas consecuencias para la
constitución del sujeto. La realidad misma se establece justamente por la existencia de
aquel objeto perdido del deseo. Freud describe en el “Proyecto” la existencia de unas
huellas mnémicas que quedan como rastro de las primeras experiencias, bien sean de
satisfacción o de dolor (displacer) y que permanecerán como marca del encuentro con el
Otro.
Expuesto este marco donde las huellas del primer encuentro con el Otro acarrean
claras consecuencias, Freud, en su concepción problemática de la realidad, construye la
teoría del juicio. Postula el denominado complejo del prójimo [complejo del
Nebenmensch]. Allí, en el “Proyecto”, alude en distintas ocasiones a su fundamentación.
En una de las elaboraciones lo presenta con términos neuronales, dice que “las
investiduras-percepción”50 nunca son investiduras aisladas, sino de complejos. El fundador
del psicoanálisis indica que “en términos generales, «la investidura-deseo» alcanza
neurona a + neurona b; las investiduras percepción, neurona a + neurona c.” Entonces,
puede leerse aquí una forma de error constitucional en la relación de la investidura
percepción (c) y deseo (b), aunque Freud plantea la existencia de una manera de
perfeccionar esa semejanza hasta la identidad con algo que, en principio, llama complejo
de percepción y que se descompondrá “en un ingrediente neurona a, justamente, que las
más de las veces permanece idéntico, y un segundo, neurona b, que casi siempre varía.
50
Sigmund Freud, “Proyecto de psicología”, en O. C., vol. I, op. cit., 373.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 33
Después el lenguaje creará para esta descomposición el término juicio {Urteil; «parte
primordial»}, y desentrañará la semejanza que de hecho existe entre el núcleo del yo y el
ingrediente constante de percepción [por un lado], las investiduras cambiantes dentro del
manto y el ingrediente inconstante [por el otro]; la neurona a será nombrada la cosa del
mundo {Ding}, y la neurona b, su actividad o propiedad -en suma su predicado”51.
Freud hace esta descripción con la neurología de su tiempo que, a mediados del
siglo XIX, distinguía dos capas fundamentales de células en la corteza cerebral,
nombrando la más externa de ellas con el término de “manto” o “palio” que, según la
elaboración freudiana eran investidas desde el mundo exterior. La neuroanatomía posterior
ha declarado que la estratificación de la corteza es más compleja; sin embargo, esta
descripción puede librarse del arreglo orgánico, para poner de manifiesto el
funcionamiento en coordenadas cualitativas, de relación, y así, problematizar lo que se
instituye entre el sujeto y los objetos del mundo, es decir, los caminos que el deseo abre.
Algo para el sujeto se mantiene constante, pero también habrá un ingrediente variable. El
planteamiento es problemático pues muestra una especie de paradoja, “fallo” o
discordancia al identificar los objetos que hemos de conocer; en otras palabras, los objetos
que pretenderemos conocer quedarán atrapados en los avatares subjetivos. En este sentido,
dice Freud, esta discordancia proporcionará el dictamen para el trabajo de pensar. El signo
de la realidad que Freud relaciona con la neurona b puede ser superado y apuntar solo a la
identidad.
Tengamos a modo de recuerdo, por ahora, lo que Freud llama la “neurona a” y que
nombró como la cosa del mundo [Ding], y retomemos el pasaje específico donde presenta
el complejo del prójimo [complejo del Nebenmensch] determinando así las polaridades del
objeto. Plantea que hemos de suponer que el objeto que brinda la percepción sea parecido
al sujeto, es decir, un prójimo. De tal modo, este objeto es a la vez el primer objeto-
satisfacción y el primer objeto-hostil y, como hemos dicho, el único que prestará auxilio al
infans haciéndolo pasar al campo de los significantes, campo estrictamente de lo humano.
Así, sobre el prójimo, el ser humano aprende a discernir. También hemos de resaltar de
este evento que “los complejos de percepción” que parten de “este prójimo serán en parte
51
Ibíd.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 34
52
Ibíd., 377.
53
Ibíd.
54
Ibíd., 413.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 35
las descargas tendrán signos de la cualidad del objeto y, por eso, efectos del recuerdo del
primer encuentro con el Otro. En todo caso, se nos enseña en este primer texto freudiano
que la asociación lingüística parece posibilitar el discernimiento.
La “memoria” de ese encuentro con el Otro tendrá la apariencia de figurarse un
mundo exterior. Pero, aunque las huellas de aquel encuentro facilitan, o por lo menos,
abren las rutas a la descarga, el pensar crea solo un resto y no la ejecución total de la
memoria original, es decir, su concordancia absoluta, pues algo escapa a ella. No obstante,
Freud parece creer que los signos de descarga lingüística “remedian este defecto, [pues]
equiparan los procesos de pensar a los procesos perceptivos”55, presentando una realidad
aparentemente objetiva y la posibilidad de una memoria.
Freud es insistente en decir que la “inervación lingüística” es originariamente una
vía de descarga y que opera a modo de una válvula para liberar la tensión. En esta
insistencia podemos observar los comienzos de la práctica freudiana. Pero no
desarrollaremos por ahora este camino, pues entraríamos en vías que nos alejan del Otro y
de los polos que en él pretendemos ubicar. Sí pediremos, en cambio, tener muy en cuenta
que en la fundación de la operación del juicio, cuando las percepciones se interesan por
causa de su posible vínculo con el objeto-deseo y sus complejos, se generan dos enlaces
para la operación del lenguaje que “se descomponen en una parte inasimilable {no
comparable} (la cosa del mundo) y una consabida para el yo por su propia experiencia
(propiedad, actividad) –lo que se llama comprender”56.
Aquí hemos de indicar una especie de polaridad del prójimo. Por un lado, la Cosa
como ese componente inasimilable, no comparable, y por tanto, lugar de una negatividad
existente en el Otro. Por otro lado, una propiedad consabida por la experiencia de cada
uno, y que puede ser referida al cuerpo, positiva, ya que es puesta en comparación,
afirmada, dicha. La Cosa marca aquella dimensión irrecuperable del encuentro con el Otro,
pero que a través de las propiedades o atributos, como formulará Lacan, toman forma a
modo de alucinación. El sujeto habrá de contar con una parte excluida, que no podrá
asimilar, y que nunca podrá “conocer”, en tanto inasimilable, incomparable, quizá a esta
hemos de concebirla propiamente como resto o residuo de la operación del lenguaje.
55
Ibíd., 414.
56
Ibíd.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 36
Se presenta la existencia de esta Cosa como un primer exterior al sujeto, pero que
no ha de confundirse con el exterior de la realidad, aunque, de todos modos, la constituya.
Con ese exterior tan íntimo y singular el examen de realidad tendrá alguna posibilidad; sin
embargo, el sujeto al creer conocer la realidad tan solo se localizará en ella esforzándose
por un reencuentro imposible que tendrá su gravedad en la Cosa y lo que se crea en torno a
ella.
57
Jacques Lacan, “Das Ding”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 67.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 37
satisfacción. El objeto perdido, que sitúa Freud, y que Lacan pone en relación con das
Ding, organiza la búsqueda del sujeto, que hemos de entender como un rehallazgo, o más
bien, como un intento de volver a encontrar eso. Sin embargo, es cierto también que de lo
que se trata es de azares y encuentros con cualidades o atributos que pueden remitirse al
propio cuerpo, pues el objeto de la primera satisfacción está rotundamente perdido.
Como efecto de esta condición subjetiva, quizá por ello decía Picasso: “yo no
busco, encuentro…” Y las formas no dejaban de aparecer de manera incesante, prolífica
para el arte58. Sus pinturas exhibían atributos que acaso apuntaban a una verdad, una
satisfacción, de lo que el artista sabía del encuentro con lo Otro. Figuras que emergían
como pequeños cubos en los cuadros, desde múltiples lados, como si vinieran de otro sitio
o estuvieran en otra parte y no propiamente en lo que pretendía dibujarse, pero que de
todos modos componían el objeto pintado, volviéndolo así valioso (digno del arte)59.
Para concebir una manera de plantear la posición de la Cosa, Lacan inventó el
neologismo “extimidad”. Apoyado en Freud, en repetidos momentos planteó el Ding como
Fremde (extranjero) y, por tanto, en ocasiones hostil; de todos modos, se refería a esto
como el primer exterior, aquello en torno a lo cual se organiza todo el andar del sujeto. Es
un andar que trascurre gracias a que el deseo está acelerado por la gravedad de la Cosa. Un
andar en tierras extranjeras, en tierras de Otro que instala la Cosa. Allí, en ese andar, se
pone a prueba algo que a pesar de no ser asimilable está ahí, y que sirve al sujeto para
algo, por lo menos para ubicarse en relación a los propios anhelos que pretende llevar a
cabo en el esfuerzo que gravita en torno a la dignidad de la Cosa.
Nuestra experiencia, dice Lacan, entraña que “ese objeto, das Ding, en tanto que
Otro absoluto del sujeto, es lo que se trata de encontrar”60. Sin embargo, tan solo es
posible volver a encontrar sus coordenadas de placer, pero no el objeto; en las
58
El artista malagueño fue tremendamente prolífico; su patrimonio artístico estuvo alrededor de 1.900
cuadros, 3.200 cerámicas, 7.000 dibujos, 1.200 esculturas y 20.000 gráficos. Un catálogo elaborado por
Christian Zervos está integrado por 33 tomos, y aun así no contiene todas sus obras. Además, aún en
ocasiones, aparecen obras desconocidas. Retirado con su última esposa Jacqueline Roque, con quien
estableció su última relación sentimental de importancia, en el castillo de Vouvenargues, el creador continuó
trabajando incansablemente hasta el día de su muerte.
59
Más adelante Lacan nos dirá con más precisión que “lo que se busca es de algún modo el reverso del
sujeto” [Jacques Lacan, “La angustia, señal de lo real”, en La angustia, Libro 10 (Buenos Aires: Paidós,
2006), 179]
60
Jacques Lacan, “Das Ding”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 68.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 38
a la vez cronológico que organiza la subjetividad. También es tratado como ese elemento
que se presenta inasimilable, en torno al cual gira todo el movimiento de las
representaciones [Vorstellung], que Freud enseña como gobernado por el principio del
placer. En otras palabras, sobre ella se encuentra el proceso simbólico tramado de forma
inextricable. Por eso, hemos de ubicar sobre la Cosa, por ahora, una perspectiva de una
forma del objeto de la creación, reconociendo en este un extremo comparable con la
radical nada, es decir, incomparable. Pero también diremos que, en torno a esa nada lógica
provocada en la satisfacción primera del infans, hemos de ver aparecer los atributos del
objeto que se crea. De tal modo, tendremos que mencionar la tendencia a volver a
encontrar como aquello que orienta al sujeto hacia el objeto, condición que sugiere la
concepción de una forma del objeto de la creación, objeto a crear...
El encadenamiento significante –que en Freud tendría alguna relación con los
caminos de las representaciones–, mantiene la Cosa siempre a cierta distancia y, por
consiguiente, las particulares formas de crear significaciones. Para la histérica, dice Lacan,
en tanto el objeto primero [Ding] es objeto de insatisfacción, esta tendrá como propósito
recrear un estado centrado por el objeto, en tanto este es soporte de una aversión. Por el
contrario, continúa Lacan, en la neurosis obsesiva, el objeto por el cual se organiza la
experiencia de placer, es un objeto que, literalmente, aporta demasiado placer. Lo que
indica que el obsesivo en su relación con la Cosa siempre se regula, para evitar lo que ve
como siendo el objetivo y el fin de su deseo. Con Freud, quien discierne una tercera
categoría, Lacan indica cómo se experimenta en la paranoia la Cosa: con el término que
nosotros traducimos como falta de fe [Versagen des Glaubens]63 acuñado por Freud,
63
Nosotros la traducimos como falta de fe, pues sabemos que el paranoico no le cree a la Cosa. Aunque la
referencia que enseguida citamos no exponga una elaboración precisa del trabajo hecho de traducción del
término, pues lo que presenta es una sumatoria de enunciados de Freud y de Lacan donde está «Versagen des
Glaubens» y «Unglauben» sin articular, nos permite observar algo sobre lo atribuido a estos términos, y
nuestra dificultad para la traducción (que, además, no nos interesa profundizar). Procedo a decir cómo se
referencia: “«Versagen des Glaubens». El término es traducido al castellano como «denegación de la
creencia». […] Las acepciones de versagen son: rehusar, negar, no conceder. No aceptar, recusar. Rehusar,
negar una cosa a alguien. Fallar (un arma); fracasar (moralmente). […] La palabra castellana denegar sigue
la misma línea: «No conceder lo que se pide o solicita.» En su forma literal «versagen» es un «decir no» y
por ende, «versagen des glaubens» un «decir no» a la creencia.” Marcela Bianchi, en “El fenómeno del
Unglauben.” [Link]
(Consultado el 8 de marzo del 2013).
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 40
Lacan dice que, con ese primer extraño, respecto al cual el sujeto debe ubicarse, ocurre que
el paranoico a la Cosa no le cree.
Al tratar de encontrar el objeto –pues lo hemos calificado de objeto perdido–
vemos que a este le concierne por un lado algo que se sostiene como atributo, por lo tanto,
tendrá la apariencia de no haberse perdido, pero también le atañe un lado constante, que no
cambia, que se mantiene comparable con nada, o mejor dicho, incomparable. Esta
negatividad del objeto tendrá un amarre particular en la teoría psicoanalítica que Lacan
desarrollará en los últimos años de su enseñanza.
Pero no vayamos tan rápido y digamos que esta descripción sustenta aquello en
donde –por el momento–, hemos ubicado una creación, y que la suponemos en la relación
que el sujeto despliega con las representaciones [Vorstellung]. En la búsqueda del objeto
se encuentran los atributos en una serie de representaciones (satisfacciones) vinculadas con
la parte del Otro primordial que tiene carácter de nada. Estas satisfacciones modelan,
apaciguan y apuntalan las propiedades y actividades que siguen la ley del principio del
placer (tensión que se da entre placer-displacer).
La pregunta por la creación en coordenadas subjetivas nos ha llevado a trabajar la
Cosa que subyace a la operación del lenguaje, esa que acontece en el encuentro con el
Otro. Tal encuentro enfrenta al inerme infans con esa ensambladura incomparable, que
marca una satisfacción estrictamente singular que se intenta traer de nuevo en la búsqueda
del objeto, como lo cambiante, con las cualidades y atributos que este porta.
En seguida, nos acercaremos por el lado cambiante al carácter de composición
imaginaria que tiene el objeto: una apariencia. Lacan lo denomina el “material de un
señuelo vital”, aquello en lo que se sostiene la apariencia, forjado a partir de la Cosa. La
representación –a la que según Lacan, Freud le asignó un carácter que la arranca de la
filosofía occidental– quedará reducida a “un cuerpo vacío”64, pues en el núcleo de la
representación –como hemos visto– está la Cosa. Lacan anuda este carácter de
representación vacía a la noción de significante, haciendo de la representación un
elemento inexorablemente asociativo, combinatorio, para que se sostenga. De tal modo, el
64
Jacques Lacan, “Das Ding (II)”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 77.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 41
reposan sobre la Cosa, nos vemos obligados a transitar caminos que orienten en lo real
hacia nuestro encuentro con tal creación. Así, por el momento, nos sentimos atraídos a
decir algo sobre la Cosa. Aún nos falta disponer algunos elementos que pongan en
contacto a las pulsiones y, entonces, a la sublimación que resulta emplazando al objeto.
Pero antes de proceder a examinar esa relación creemos necesario decir algo de lo que se
presenta en un lugar que, nos parece, muestra lo encontrado hasta el momento en torno a la
Cosa. Nos referimos a las pinturas y grabados en las paredes de la caverna de Altamira66
que pueden indicar lo que hemos situado como ese lugar de la Cosa en tanto que
exterioridad íntima (extimidad). Lacan hace referencia a ello para enfatizar su enseñanza
de la Cosa y llama la atención sobre algo que concierne a la ubicación de las pinturas. En
este sentido, una tesis doctoral dice que la ubicación “las hace más misteriosas y valoradas
y es el hecho de que sean absorbidas por la oscuridad de la cueva, y solo existan para
quien acceda con luz a ellas”67; si vislumbramos las condiciones de iluminación que
poseían los pobladores del paleolítico, la presencia de ellas nos parecerá más
impresionante. Las manifestaciones artísticas están dispuestas en las paredes del gran
techo de una caverna subterránea cuya altura original más elevada supera ligeramente el
metro. A partir de esto podremos intuir las dificultades que tuvieron quienes las pintaron,
pues no solo la escasa altura les obligaba a trabajar agachados y adoptar posturas
incómodas, sino también tenían dificultad para observar lo que dibujaban en toda su
extensión (trazos no figurativos y figuras de animales que rondan los dos metros).
Saltan a la vista las dificultades en la elaboración de las pinturas de este arte
parietal, así como las dificultades para apreciarlo. Las pinturas están superpuestas unas
sobre otras, como si en el lugar donde un sujeto se ubicara, este notara una oportunidad
para expresar y dibujar sobre algo que había sido antes hecho. Un dibujo se recubre con
otro. Ante esto, Lacan dice que aquello puede permitirnos pensar el nacimiento de cierta
posibilidad creadora, además, estas pinturas aún nos impresionan, por parecer estar
relacionadas muy estrechamente con el mundo que los sujetos vivían, “con la subsistencia
misma de poblaciones que parecen estar compuestas esencialmente por cazadores, y
66
Primer lugar donde se descubrió e identificó las manifestaciones del arte rupestre paleolítico en 1879.
67
Matilde Muzquiz Pérez-Seoane, en Análisis artístico de las pinturas rupestres del gran techo de la cueva
de Altamira: materiales y técnicas: comparación con otras muestras de arte rupestre (Madrid: Universidad
Complutense de Madrid, Facultad de Bellas Artes, 1988), 137-138.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 43
también con ese algo que, en su subsistencia, se presenta como el carácter de un más allá
de lo sagrado”68, que es lo que pretendemos designar aquí con el termino Cosa.
Pintar sobre la pared de la cueva permitió que subsistiera el habitante invisible del
paleolítico en la cavidad. Además, podemos ver cómo el hombre encontró, mucho
después, el templo para organizar aquel vacío que hemos designado como Cosa. Durante
la historia no ha cesado de tomar diferentes formas aquel vacío. Permitámonos un breve
paréntesis para decir que, en tiempos donde los productos de la tecnología se han
masificado, se han provocado desplazamientos para recubrir aquel vacío; por ejemplo, se
pasó del templo al museo y, hoy, del museo al centro comercial. Las consecuencias
generadas en el movimiento histórico de la Cosa han propiciado que el prestigio del objeto
en su vertiente imaginaria se banalice; así la Cosa parece saturada por la acelerada y vasta
producción de objetos de consumo. Aunque los avatares históricos de la Cosa no hacen
parte de nuestro camino, aprovecharemos lo referido al nuevo “centro” comercial, para
decir que ahí hay una especie de recinto donde se inscriben una serie de imágenes que
hacen circular la creación de objetos, que, aunque no son propiamente del arte, algo dicen
de nuestra subsistencia. Podemos decir que ahora el sujeto ya no encuentra un sitio para
dibujar, sino, para comprar, superponiendo compra tras compra en una gran caverna ahora
convenientemente iluminada69.
Pero, retomemos nuestro decir sobre las paredes de la caverna, aquel recinto
prehistórico necesario para la subsistencia, en donde se llegaba a figurar el vacío gracias al
trabajo sobre las paredes del vacío mismo, es decir que los dibujos, las pinturas, el arte
dominaban ese vacío al trazar sobre él algunos límites, haciendo que surgiera la ilusión de
un espacio. En esta vía, el especialista en prehistoria y antropología Leroi-Gourhan veía en
las pinturas el trazo de los límites y el esfuerzo por definir aquello sobre lo que se estaba
parado; decía que
68
Jacques Lacan, “El amor cortés en anamorfosis”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 172. La
cursiva es mía.
69
La caverna de José Saramago nos invita a pensar sobre el paso de una sociedad agraria artesanal a una
sociedad industrializada y altamente tecnificada. La obra del escritor portugués identifica dos espacios
extremos en los que se debate la vida de los personajes. Durante la narración, el “centro” parece estar
siempre como telón de fondo; además el esfuerzo del personaje Cipriano Algor por mantener nexos con ese
“Centro” falla, pues, el centro es “una ciudad dentro de otra ciudad” implacable en su organización dada por
el poder y el control de la vida de quienes la habitan, y donde la subjetividad es perjudicial para tal
organización, dando a todos los mismos objetos. José Saramago, La caverna (España: Alfaguara, 2000).
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 44
70
Citado por Matilde Muzquiz Pérez-Seoane, en Análisis artístico de las pinturas rupestres del gran techo
de la cueva de Altamira: materiales y técnicas: comparación con otras muestras de arte rupestre, op. cit.
139-140. El subrayado es mío.
71
Nos ceñimos a aquello que Lacan emplea con frecuencia en su enseñanza: ex-sistir, ex-sistencia, ex-siste,
para referirse a las consecuencias etimológicas de la palabra existir, que está compuesta por el prefijo ex
(excéntrico, estar fuera, por fuera de…, pero viniendo de allí) y la raíz latina sistere (sentar, tenerse,
sostenerse, colocar, detenerse); de tal modo, alude a estar por fuera de… o sostenerse por fuera de…
viniendo de ese sitio respecto del cual se está o se es excéntrico.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 45
72
Jacques Lacan, “Das Ding (II)”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 85.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 46
Freud de la ley moral”73. Entonces, el trabajo que concierne a una constitución del objeto
de la creación implica moverse en los límites de la Cosa, y en esos límites, construir
algunos cercos que se ensamblen muy al pie del sitio prohibido, perteneciente a la Cosa, a
la madre.
En resumen, la Cosa está situada en el centro y alrededor de ella está el
inconsciente organizado en las relaciones significantes; pero también está excluida y debe
ser formulada como exterior, como ese Otro imposible de olvidar. Esta descripción, de
todos modos, no nos hace fácil concebir, con la geometría euclidiana, el espacio donde se
sitúa la Cosa74. Surge algo paradojal, en tanto que la Cosa está en nuestro núcleo, pero es
ajena. De tal modo, dice Lacan, es “algo que a nivel del inconsciente solamente representa
una representación”75. Todo lo que representa está aprisionado en la estructura significante
del inconsciente, es decir, allí donde el sujeto no domina la Cosa.
De tal modo, brota para dar fondo al entramado sobre la Cosa algo que vigoriza al
humano más allá del ejercicio del inconsciente, y que Freud exploró al preguntarse por
aquello que daría al ser humano la fuerza para vivir, y también, lo que le da a los síntomas
neuróticos la fuerza para constituirse. Al ocuparnos de un elemento con el que creemos
poder amarrar la Cosa y la creación del objeto, hemos llegado a la lectura que Lacan
propone para la pulsión, pues el “Trieb no está lejos de ese campo de das Ding”76.
Cuando Freud escribe Pulsiones y destinos de pulsión (1915), dice de manera
insistente que el concepto de pulsión es bastante oscuro, pues depende del trabajo que
sobre él se haga, siempre que el asunto y la rigurosidad del análisis lo permitan. Abre su
trabajo diciendo que la noción de pulsión posee un “carácter de convención”77 que debe
estar determinada por relaciones significativas con el material de la experiencia. De ahí
que Lacan vea en la pulsión los juegos significantes, y que haga la salvedad de que no se le
73
Ibíd., 88. La cursiva es mía.
74
Esta clase de impases Lacan los trabaja cuando introduce en el psicoanálisis elementos de la topología,
llamada por algunos autores sin mucho rigor “geometría del caucho”; con elementos como el cross-cap, la
botella de Klein o el toro.
75
Jacques Lacan, “De la ley moral”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 90.
76
Jacques Lacan, “Las pulsiones y los señuelos”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 112.
77
Freud dice que procede así, pues “el progreso del conocimiento no tolera rigidez alguna, tampoco en las
definiciones. Como lo enseña palmariamente el ejemplo de la física, también los «conceptos básicos»
fijados en definiciones experimentan un constante cambio de contenido.” [Sigmund Freud, “Pulsiones y
destinos de pulsión”, en O. C., vol. XIV, op. cit., 113].
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 47
deba confundir con las relaciones del ser humano y no sé qué medio “natural”. Esta
maniobra tiene la intención de posicionar radicalmente a la pulsión [Trieb] fuera de la
concepción del instinto [Instinkt]. “El Trieb debe ser traducido del modo más equívoco
posible, y nos complacemos en decir, a veces, la deriva”78, debido a un juego de palabras
a partir del término inglés drive que traduce la noción alemana. Lacan dice deriva para
marcar que la pulsión está desviada de lo que Freud llama su meta.
La pulsión, en la que se motiva la acción del principio del placer, se funda en el
encuentro con el Otro y alcanza la satisfacción a través del objeto. Lacan dice que Freud
nos llevó al punto donde se podría decir que la pulsión puede darle al sujeto la satisfacción
de múltiples formas, señalamiento que nos deja hablar de distintos avatares pulsionales, en
los cuales uno de ellos tendrá principal importancia para trabajar la pregunta que nos
convoca, en una de sus vertientes: la sublimación79. Por estar en relación directa con la
pulsión, hemos de pensar la sublimación con los términos freudianos relacionados con el
concepto de pulsión: esfuerzo, meta, objeto y fuente.
81
Sigmund Freud, “Algunas perspectivas sobre el desarrollo y la regresión. Etiología”, en O. C., vol. XVI,
op. cit., 314.
82
Jacques Lacan, “El objeto y la cosa”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 138.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 49
Lacan resaltará que lo que se pone en juego en este ejercicio de los “vasos
comunicantes” hace referencia al deslizamiento de los signos –acaso esos signos se
asocian con lo que en su momento llamamos atributos–, aquellos que orientan de alguna
manera el movimiento de la pulsión. Apoyado en Pierce, el psicoanalista francés dice que
el signo es lo que está en el lugar de algo para alguien. Referencia que entra en
consonancia con los juegos significantes que propician la metonimia y la metáfora (por
ejemplo, en “vasos comunicantes”) y que, según nuestro trayecto hasta el momento con el
objeto, podrían ser solidarios con la noción de atributo como cualidad del objeto. Es decir,
aquel que gravita en torno a la Cosa dándole alguna forma: esa que se crea.
La sublimación estaría relacionada, entonces, con la plasticidad que caracteriza a la
pulsión aunque, de entrada, Lacan nos hace notar que definitivamente no toda sublimación
es posible, aludiendo a un límite importante en cuanto que también hay una exigencia
pulsional que determina una dosis de satisfacción sexual directa, sobre todo para evitar
deterioros y alteraciones graves83. En todo caso, el trabajo que pretendemos desarrollar
sobre la constitución del objeto de la creación está en relación directa con la pulsión, en
tanto “red de vasos comunicantes” que permite que fluyan los signos que conciernen al
objeto.
Freud plantea que la pulsión “aparece como un concepto fronterizo entre lo
anímico y lo somático, como un representante [Repräsentant] psíquico de los estímulos
que provienen del interior del cuerpo y alcanzan el alma, como una medida de la exigencia
83
En este punto Lacan sigue las formulaciones freudianas consignadas al final de las “Conferencias”
dictadas en la Clark University en 1909; allí Freud concluye con una advertencia: dice que no es “lícito
olvidar que la satisfacción dichosa del individuo no puede eliminarse de las metas de nuestra cultura. Es que
la plasticidad de los componentes sexuales, que se anuncia en su aptitud para la sublimación, puede
engendrar la gran tentación de obtener efectos culturales cada vez mayores mediante una sublimación cada
vez más vasta.” Y esto lo ilustra contando una vieja historia, cuya moraleja deja al auditorio: “La literatura
alemana conoce un pueblito de Schilda, a cuyos moradores atribuye la fama toda clase de agudezas. Los
habitantes de Schilda, se nos refiere, poseían también un caballo de cuyo vigor para el trabajo estaban muy
satisfechos, y solo una cosa tenían para reprocharle: consumía demasiada avena, avena cara. Resolvieron
quitarle esta mala costumbre benévolamente, reduciéndole día tras día su ración en varios tallos hasta
habituarlo a la abstinencia total. Por un tiempo todo marchó a pedir de boca. El caballo se había
deshabituado a comer, salvo un solo tallo diario, y por fin al día siguiente trabajaría sin avena ninguna. Esa
mañana hallaron muerto al alevoso animal; los pobladores de Schilda no pudieron explicarse de qué había
Muerto. Nos inclinaremos a creer que el caballo murió de hambre, y sin una cierta ración de avena no puede
esperarse que ningún animal trabaje.” [Sigmund Freud, “Cinco conferencias sobre psicoanálisis”, en O. C.,
vol. XI, op. cit., 50-51].
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 50
84
Sigmund Freud, “Pulsiones y destinos de pulsión”, en O. C., vol. XIV, op. cit., 117.
85
Freud escribirá en Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis: “La doctrina de las pulsiones es
nuestra mitología”. Dejaba claro que tras “esas múltiples y pequeñas pulsiones tomadas en préstamo se
ocultaba algo serio y poderoso, algo a lo que debíamos acercarnos con precaución.” [Sigmund Freud, “32a
conferencia. Angustia y vida pulsional”, en O. C., vol. XXII, op. cit., 88].
86
Jacques Lacan, “Las pulsiones y los señuelos”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 116.
87
A propósito, Freud enuncia en Tres ensayos de teoría sexual, la fábula poética que Platón hace relatar en el
Banquete a Aristófanes: la división en dos partes del ser humano, que desde entonces aspira de forma
incesante a volver a encontrar su mitad perdida para unirse con ella. Lacan dice que tal aspiración es
imposible, ni siguiera aludiendo a aquel primado genital, como lo concebía un psicoanálisis posfreudiano,
que supuestamente, tras aquel primado, le daría a Eros su objetivo.
88
Sigmund Freud, “Tres ensayos de teoría sexual”, en O. C., vol. VII, op. cit., 161.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 51
más distante y socialmente más valiosa”89. Freud en reiteradas ocasiones dice que el
hombre “pone a disposición del trabajo cultural unos volúmenes de fuerza enormemente
grandes, y esto sin ninguna duda se debe a la peculiaridad, que ella presenta con particular
relieve, de poder desplazar su meta sin sufrir un menoscabo esencial en cuanto a
intensidad. A esta facultad de permutar la meta sexual originaria por otra, ya no sexual,
pero psíquicamente emparentada con ella, se le llama la facultad para la sublimación”90.
Para continuar haciendo el “desmontaje” de la pulsión con aquellos términos que
Freud mismo presentó en conexión con tal concepto, y para apuntar al destino de la
sublimación, hemos de emplazar el objeto que parece aportar otra condición específica en
cuanto a su articulación. Por Freud sabemos que “el objeto {Objekt} de la pulsión es
aquello en o por lo cual puede alcanzar su meta”91. En el fin de la pulsión está la
satisfacción. Al situar al objeto como aquello que permite la satisfacción, se provee a este
de un importante papel en el funcionamiento pulsional. Ya se dijo que en la sublimación la
pulsión se orienta hacia metas nuevas e incluso Lacan afirmó que Freud articula aquello de
la sublimación caracterizándola también por un “cambio en los objetos”92. Este cambio no
es realizado por medio de un retorno de lo reprimido, es decir, no se hace por vía de la
formación de síntomas93, sino que se hace de manera tal que en ella la pulsión se satisface.
Freud indica que esta satisfacción está en un campo particular, referido al campo de los
objetos valorados socialmente, es decir, los que se pueden apreciar de manera pública.
Al parecer, con los trazos presentados hasta el momento, tenemos una idea general
de la intrincada actividad pulsional en relación con la sublimación. El proceso de
sublimación, que implica “el cambio en los objetos”, posibilita entonces el camino a otras
satisfacciones, distintas de las satisfacciones sexuales, pero “psíquicamente emparentadas
con ellas”. Es decir, según Freud, la satisfacción lograda por vía de la sublimación tiene
relación en el plano psíquico con la satisfacción directa de la sexualidad. Con esto, se
puede anotar algo más con referencia a la satisfacción: siendo la sublimación un destino de
89
Sigmund Freud, “Cinco conferencias sobre psicoanálisis”, en O. C., vol. XI, op. cit., 50. La cursiva es mía.
90
Sigmund Freud, “La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna”, en O. C., vol. IX, op. cit., 168.
91
Sigmund Freud, “Pulsiones y destinos de pulsión”, en O. C., vol. XIV, op. cit., 118.
92
Jacques Lacan, “Las pulsiones y los señuelos”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 117.
93
La pulsión esta reprimida y, entonces, busca satisfacerse retornando como síntoma. La sublimación nos la
representamos como una manera diferente a esa economía de sustitución en que, de manera sintomática, la
pulsión se satisface.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 52
94
Sigmund Freud, “Introducción del narcisismo”, en O. C., vol. XIV, op. cit., 90.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 53
pero al final uno tiene que empezar a amar para no caer enfermo, y por fuerza enfermará si
a consecuencia de una frustración no puede amar”95. En esta vía Freud cita los versos de
H. Heine para ilustrar lo que posiblemente ocurrió en la psicogénesis de la creación del
mundo, según lo imaginó el poeta, a propósito de la libido de objeto:
«Enfermo estaba; y ese fue
de la creación el motivo:
creando convalecí
y en ese esfuerzo sané.»96
Pero entre el objeto de la relación narcisista y la Cosa, como la hemos venido
construyendo, hay diferencias radicales. Aunque Freud quiera indicar con Heine que la
creación del mundo está del lado de eso que impulsa un esfuerzo por sanar, lo que el poeta
sugiere es el modo como el padecimiento, o estado de enfermedad, concierne a un
tratamiento de su cuerpo, que, como venimos coligiendo, no es todo del mundo. Se dice
que “Dios creó el mundo”, no se dice que lo “inventó”. Seguramente, en esas diferencias
tendremos que avanzar para mantener abierto el problema de la sublimación.
En síntesis, lo que tenemos hasta el momento son las puntas de la cadena de la
sublimación: por un lado está la satisfacción, si bien esta se da a través de nuevas metas, y
por otro lado, están los objetos que serán socialmente valorados. Pero esta concepción no
deja de plantearnos problemas, sobre todo si no olvidamos lo que el mismo Freud nos
advirtió en cuanto a cierta dificultad de la pulsión sexual para lograr la satisfacción. Lo
decía así:
“la insatisfacción cultural sería la necesaria consecuencia de ciertas
particularidades que la pulsión sexual ha cobrado bajo la presión de la
cultura. Ahora bien, esa misma ineptitud de la pulsión sexual para procurar
una satisfacción plena tan pronto es sometida a los primeros reclamos de la
cultura pasa a ser la fuente de los más grandiosos logros culturales, que son
llevados a cabo por medio de una sublimación cada vez más vasta de sus
95
Ibíd., 82.
96
Citado por Freud en 1914. La edición tiene unas aclaraciones de traducción que dicen lo siguiente:
“«Erschaffen», «crear», puede significar, asimismo, «criar» en sentido orgánico; y «genesen», «convalecer»,
puede entenderse como «dar a luz». Los versos son susceptibles, pues, de una doble lectura”. [Sigmund
Freud, “Introducción del narcisismo”, en O. C., vol. X IV, op. cit., 82]
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 54
97
Sigmund Freud, “Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa”, en O. C., vol. X IV, op. cit.,
183.
98
Jacques Lacan, “Las pulsiones y los señuelos”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 121.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 55
la vida sexual de los antiguos y la nuestra reside, acaso, en el hecho de que ellos ponían el
acento en la pulsión misma, mientras que nosotros lo ponemos sobre su objeto. Ellos
celebraban la pulsión y estaban dispuestos a ennoblecer con ella incluso a un objeto
inferior, mientras que nosotros menospreciamos el quehacer pulsional mismo y lo
disculpamos solo por las excelencias del objeto”99. Los antiguos pondrían el acento en el
quehacer pulsional, o como traducirá Lacan, en la tendencia, ellos rodeaban la Cosa de
fiesta, mientras que nosotros enfatizamos en el aspecto del objeto. Lacan lo dice así:
“nosotros reducimos el valor de la manifestación de la tendencia y exigimos el soporte del
objeto mediante los rasgos prevalentes del objeto”100.
Con las elaboraciones que hemos hecho hasta el momento, y con lo que Lacan
enseñó, tendremos que hacer un alto en el camino para reiterar en este párrafo que el
objeto, a nivel de la sublimación, es inseparable “de las elaboraciones imaginarias y muy
especialmente de las culturales”101. La comunidad da distinción a ciertos objetos que
engañan sobre la Cosa, aquellos que pueden “colonizar con sus formaciones imaginarias el
campo de das Ding”102.
En esta vía Lacan plantea que los moralistas, los artistas, los artesanos son
creadores de formas imaginarias. Sin embargo, también indica que no solamente ahí está la
sublimación, también está en una función imaginaria de la cual nos servimos en la
a ), es decir, aquello sobre lo que se apoya el deseo del
simbolización del fantasma ( S
sujeto. Ese objeto configurado imaginariamente dispone el espacio en el que se organizan
las ficciones del deseo. Esta referencia es trabajada en el seminario sobre la Ética del
psicoanálisis, donde a es el objeto imaginario del fantasma. Luego, en posteriores
elaboraciones lacanianas, podrá distinguirse otro estatuto del dicho objeto. El a como
objeto en su relación con el sujeto tachado, un a propiamente pulsional y entonces parcial,
pero también, como veremos, real, al ocupar un lugar no especular, y que causa;
referencias que esperamos abordar más adelante. Sin embargo, hemos de ir despacio para
99
Sigmund Freud, “Tres ensayos de teoría sexual”, en O. C., vol. VII, op. cit.,136. La cursiva es mía.
100
Jacques Lacan, “Las pulsiones y los señuelos”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 122. La
cursiva es mía.
101
Ibíd., 123.
102
Ibíd.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 56
que podamos despejar bien el lugar que nos ocupa y lograr, así, afianzar sobre eso el
objeto de la creación en una de sus perspectivas.
103
Jacques Lacan, “El objeto y la cosa”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 128.
104
Ibíd., 138.
105
Ibíd., 121.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 57
en el monje que sufre la experiencia de tal sustitución. Donde los romanos pusieron en
tono de burla el letrero “INRI” a la cruz, el asustado santo ve “EROS”. La figura impúdica
y triunfante de la tentación ocupa el lugar mismo del Redentor crucificado, como si el
artista “hubiera sabido que lo reprimido, en su retorno, sale a la luz desde lo represor
mismo”106. La sublimación no conquista la satisfacción a través de la economía de
sustitución que maneja el síntoma, ese que es el retorno vía sustitución significante de lo
que está en el extremo de la pulsión como su meta. Es algo paradójico, pues parece que en
la sublimación “la pulsión puede encontrar su meta en algo diferente a su meta, sin que se
trate allí de la sustitución significante que constituye la estructura sobredeterminada, la
ambigüedad, la doble causalidad, de lo que se llama el compromiso sintomático”107.
La paradoja está en la satisfacción de las pulsiones, pues parece producirse en un
lugar distinto de donde, se supone, está su meta. La pulsión que se satisface en la
sublimación con una meta diferente “es precisamente lo que revela la naturaleza propia del
Trieb en la medida en que este no es puramente el instinto, sino en la medida en que se
relaciona con das Ding como tal, con la Cosa en tanto que ella es diferente del objeto”108.
La diferencia, ahora, es seguramente más clara: no hemos de confundir la Cosa y el objeto
que, para Lacan, en el Seminario VII, tiene su fundamento narcisístico, es decir, tiene una
inserción en el registro imaginario. También se observa en la elaboración lacaniana un
acento en que la sublimación aporta a la pulsión una satisfacción diferente de su meta,
viéndose en ello revelada “la naturaleza propia del Trieb”.
En efecto, la satisfacción de la pulsión siempre estaría a la deriva respecto a su
meta (puesto que no se trata de la fijeza del instinto), condición que se hace patente en la
sublimación en tanto se satisface en otra meta. Sin embargo, con relación a la sublimación
que brinda a la pulsión una “satisfacción diferente de su meta”, debemos también tener en
cuenta el cambio de objeto, situado en el campo de las valoraciones culturales, es decir,
elevado al valor de Cosa. Ahora bien, si planteáramos la sublimación solamente como
reveladora de “la naturaleza propia del Trieb” en tanto relacionada con la Cosa, podría
caerse en usar el concepto para designar cualquier trabajo de la pulsión de forma
106
Sigmund Freud, “El delirio y los sueños en la «Gradiva» de W. Jensen”, en O. C., vol. IX, op. cit., 30.
107
Jacques Lacan, “El objeto y la cosa”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 137.
108
Ibíd., 138.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 58
109
Por ejemplo: “sublimación de tipo idealización,” “sublimación anoréxica”, entre otros; la primera
referencia es utilizada por Marie Hélène Brouse, y la segunda por Massimo Recalcati.
110
Jacques Lacan, “El objeto y la cosa”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 133. La cursiva es
mía.
111
Aunque en las primeras elaboraciones conceptuales de Freud se haya considerado a la sublimación en la
vía de la formación reactiva (1905), él mismo agregó una nota en 1915 a su trabajo de “Tres ensayos de
teoría sexual” diciendo que “es licito distinguir conceptualmente sublimación y formación reactiva como dos
procesos diversos.” [Sigmund Freud, “Tres ensayos de teoría sexual”, en O. C., vol. VII, op. cit., 162]. Así
pues, en ulteriores teorizaciones Freud despliega diferencias importantes de la sublimación con las
formaciones reactivas, así como con la idealización [Sigmund Freud, “Introducción del narcisismo”, en O.
C., vol. XIV, op. cit., 90].
112
Jacques Lacan, “El objeto y la cosa”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 138. La cursiva es
mía.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 59
La sublimación, en este momento, ha quedado del lado del objeto imaginario que
rodea la Cosa, pero que además parece elevarse a la dignidad de ella (elevado, sin ser ella,
con la apariencia de “central”, “nuclear” y “causal”); esto, al posicionarse en el campo de
los objetos valorados socialmente, que se apoyan sobre todo en las elaboraciones
imaginarias de la cultura que, en últimas, permite definir el objeto como sublimado.
Siguiendo esta línea de elaboración, aprovecharemos el estado del objeto mencionado para
decir que esta ubicación de la sublimación nos abre una pequeña senda hacia un asunto
que acordamos tener en cuenta en la introducción de esta escritura, y a la que nos
acercaremos por ahora de manera breve y muy tentativa: la invención. En Lacan, se
observa una sinonimia entre invención y creación, ¿acaso podría pensarse algo de esto
asociado con el objeto imaginario?
La exploración del objeto de la creación que hemos hecho apoyados en el
Seminario VII de Lacan nos ha permitido distinguir el objeto en su dimensión imaginaria,
que engaña sobre das Ding113. Tal construcción nos permite examinar de manera
provisional el carácter de invención que está en relación con esta dimensión del objeto.
Creemos encontrar tal relación a propósito de una de las acepciones que el diccionario da
de inventar: “forjar embustes”114. Científicos, religiosos, artistas y artesanos son creadores
de formas imaginarias que en cierto modo colonizan con sus formaciones el campo de la
Cosa, “forjan embustes”, inventan con los nexos centrales de sus discursos. En distintos
campos de lo humano el objeto, en tanto que engaña, parece trabar especial relación con la
invención. El acento en el atributo, en el signo, en aquello que pretende colonizar y cercar
la Cosa, manifiesta cierto carácter que engaña sobre la Cosa. ¿Acaso la creación es
propiamente del vacío? En los usos cotidianos es distinto decir “no invente” refiriéndose a
“no mienta”, mientras que decir “no cree” remite a otra cosa. A la creación hemos de
examinarla en aquella distancia mínima que inexorablemente propicia la Cosa, o más
precisamente en un punto situado en el campo de ella. En cualquier caso, Lacan parece
utilizar indistintamente invención y creación, pues su punto central de elaboración está en
113
Jacques Lacan, “Las pulsiones y los señuelos”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 123.
114
El diccionario tiene las siguientes definiciones de inventar: “1) Descubrir algo desconocido una nueva
manera de hacerlo. 2) Idear una obra literaria o artística. 3) Forjar embustes.” [Diccionario Enciclopédico
Color Norma (Colombia: Norma, 1998), 716]
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 60
lo real como ensambladura en la estructura del sujeto, ensambladura que excede cualquier
categorización o discriminación.
Las dos nociones se confunden. No hay mayor dificultad si decimos que el inglés
John Walker “es el inventor de los fósforos” (aunque él mismo no se haya considerado
auténtico inventor). En cambio, se procuraría extrañeza si dijéramos que “es el creador de
los fósforos”. Parecería entonces que se estuviera enalteciendo el hecho más de lo justo,
pero hay que decirlo, es importante y oportuno contar con fósforos para hacer uso del
fuego, pues, desde que los inventaron, se utilizan en situaciones importantes para el
funcionamiento humano (no olvidemos lo que implicó a la humanidad el gobierno del
fuego). Seguramente esta rudimentaria diferencia tenga despliegue en futuras
investigaciones, o si acaso tome mayor forma cuando hayamos recorrido un poco más el
camino y contemos con otros elementos de la teoría psicoanalítica, con los cuales podamos
situar cada vez más lo que es especifico de la creación en el análisis.
Pero retomemos el camino sobre el objeto de la creación allí donde nos llamó la
atención la senda que transitamos brevemente. Lacan, antes de abrir su clase del 27 de
enero de 1960, titulada en la edición de su seminario “De la creación ex nihilo”, hace un
pequeño apólogo ilustrativo para mostrar “qué es inventar un objeto en una función
especial, que la sociedad pueda estimar, valorar y aprobar”115. Si bien no parece haber una
decidida intención por diferenciar los términos “inventar” y “crear”, hay una anécdota que
se pone en juego a propósito de lo que funda un objeto según lo hemos venido trabajando,
algo que puede arrojarnos alguna luz (y no es propiamente gracias a los fósforos, sino al
vacío que deja su ausencia en la caja).
De visita en la casa de Jacques Prévert, Lacan vio una colección de cajas de
fósforos dispuestas de una manera muy particular. Eran todas iguales. Estaban puestas
unas cerca de las otras, por un ligero desplazamiento del cajón interior. Se ponían en fila
formando una especie de banda que recorría el reborde de la chimenea, montaba sobre la
pared, enfrentaba las molduras y volvía a descender a lo largo de la puerta (no al infinito).
Dice Lacan que esta disposición, desde el punto de vista ornamental, era excesivamente
satisfactoria. Aunque esto no es lo principal y sorprendente del arreglo, pues el efecto
115
Jacques Lacan, “El objeto y la cosa”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 140.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 61
logrado por esa agrupación de cajas de fósforos vacías era mostrar que una caja de
fósforos no es simplemente un objeto, sino que puede dar la apariencia de la Cosa, según
como se las disponga. “El carácter completamente gratuito, proliferante y excesivo, casi
absurdo, de esta colección apuntaba de hecho a su cosidad de caja de fósforos” 116. La
captación recaía no sobre la caja de fósforos, sino sobre la Cosa que subsiste en una caja
de fósforos: el vacío interior, el del cajón, de cada caja que, agrupada, contorneaba la
Cosa. Las cajas de fósforos al disponerse cerca, vacías y muchas, tomaban una dignidad
que en tanto objetos de utilidad no tenían, no eran la Cosa, ya que si esta no estuviera
fundamentalmente velada no se habría dado una relación con ella. Era necesario cercarla,
contornearla, para que algo apareciera rebordeando, a modo de ornamento, sobre el fuego
de la chimenea. Algo que no estaba ahí y que devino al lugar de objeto doméstico
sirviendo para adornar. De tal modo, se asiste a la trasformación de un objeto en Cosa.
116
Ibíd., 141.
117
Ibíd., 133.
118
Jacques Lacan, “De la creación ex nihilo”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 143.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 62
119
Melanie Klein, “Situaciones infantiles de la angustia reflejadas en una obra de arte y en el impulso
creador”, en Contribuciones al psicoanálisis. Principios del análisis infantil (Buenos Aires: Horme, 1971),
151.
120
Ibíd., 152.
121
Ibíd., 153.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 63
el “ataque al cuerpo de la madre y al pene del padre dentro de ella” 122. Klein despliega un
material psicológico proponiendo un símbolo para cada detalle de la narración, y que en
últimas, reafirma la “fase temprana del desarrollo” que ella ha referido como
“fundamental”. En esta vía, e insertando esta fase en el desarrollo sexual propuesto por
Karl Abraham, señala que es esta la situación en donde el sadismo está en apogeo, que
precede a la primera fase anal y, además, es el momento en que también las tendencias
edípicas tendrían su primera aparición. En todo caso, el “material psicológico” que
encontró la psicoanalista le permitió aplicar desde su práctica la teorización sobre los
fantasmas del niño que, como veremos, según Klein, aparecen en la obra de arte. Será en
relación con la fase cuyo momento es “el ataque al cuerpo de la madre con todas las armas
de que dispone el sadismo del niño”123 que podrá adelantar tal relación.
Pero sigamos despacio esta construcción para reconocer en qué punto Lacan pone
en contraste el trabajo kleiniano con sus articulaciones que tienen en cuenta la estructura y,
así, podremos situar la importancia del vacío en la obra artística, lectura principal para
nuestro trabajo sobre creación. Según Klein, el hecho de que esté en juego la unión de los
padres otorga cierta intensidad a la situación de peligro que experimenta el niño. Por tal
razón, los padres unidos son muy agresores, crueles y temidos por el niño. Klein es
insistente en decir que “la angustia engendrada por la situación está claramente
representada en el libreto de la ópera”124 que le dio el punto de partida a su artículo.
Al considerar lo que sucede después de que el niño ha dado rienda suelta al anhelo
de destrucción, Klein continúa su análisis encontrando símbolos para referenciarlos en la
narración, que, dice, generalmente surgen en los análisis de niños. Por ejemplo, “los
rasgones del empapelado representan el interior dañado del cuerpo materno, mientras que
el viejo hombrecito de los números que sale de la cubierta del libro es el padre
(representado por su pene), ahora en carácter de juez”125, y que está por pedir cuentas al
niño del “daño y robo cometido en el cuerpo de la madre”126. Según el análisis kleiniano,
en el “desarrollo ontogénico” sobreviene la fase genital que pondría fin al sadismo. El
122
Ibíd., 154.
123
Ibíd., 156.
124
Ibíd., 157.
125
Ibíd.
126
Ibíd., 158.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 64
sadismo del pequeño adviene cuando la “frustración oral” es impuesta por la madre, que le
impide comer “todas las tortas del mundo” y, por el contrario, amenaza con darle “té sin
azúcar y pan seco”. En cualquier caso, el niño se volvería capaz de vencer su sadismo por
medio del amor, la compasión y la simpatía cuando sobreviene la fase genital. Según la
autora, esto correspondería en la historia de “El niño y los sortilegios” al momento en que
el infante siente piedad de la ardilla herida, y presta su ayuda; en tal caso, el mundo hostil
se tornaría amistoso.
Descrita y analizada por Melanie Klein esta primera situación, ella ofrece un
segundo ejemplo literario donde “la angustia” puede de nuevo ilustrarse en la situación
infantil descrita como “fundamental” del “ataque al cuerpo de la madre” y un esfuerzo de
restitución del mismo. Al respecto, Lacan llama la atención sobre el hecho de que “la obra
de arte pegue tan bien con la sucesión de los fantasmas del niño concernientes al cuerpo de
la madre, con la agresión primitiva y la contraagresión que vivencia respecto a él” 127.
Veamos cómo Klein expone esta situación: en el artículo titulado “El espacio vacío”,
Michaelis enseña un relato en el que su amiga Ruth Kjär se vuelve pintora. Dice que Ruth
poseía un especial sentido artístico que empleaba en el arreglo de su casa, pero no en la vía
del “talento creador”. Era rica, independiente y viajaba mucho, pero también padecía, a
veces, una profunda depresión, una melancolía suicida. Ruth lo explicaba con estas
palabras: “Hay un espacio vacío para mí, que nunca puedo llenar”128.
Un día Ruth se casó y parecía muy feliz, aunque al poco tiempo volvieron los
accesos de depresión. Su hogar se asemejaba a una galería de arte moderno. Su cuñado era
uno de los más grandes pintores del país. En una ocasión, él se llevó de la habitación de
Ruth un cuadro que le había prestado, para venderlo. Dice la escritora que “esto dejó un
espacio vacío en la pared, que en alguna forma inexplicable parecía coincidir con el
espacio vacío dentro de ella”129. En tales circunstancias, Ruth cayó en un estado de
profunda tristeza. La desesperanza estaba en su cotidianidad hasta que un día se le ocurrió
pintarrajear en la pared mientras conseguía un nuevo cuadro. Llamó al almacén y pidió a
domicilio el material para pintura, empezando inmediatamente. No tenía idea de cómo
127
Jacques Lacan, “De la creación ex nihilo”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 144.
128
Melanie Klein, “Situaciones infantiles de la angustia reflejadas en una obra de arte y en el impulso
creador”, en Contribuciones al psicoanálisis. Principios del análisis infantil, op. cit., 160. La cursiva es mía.
129
Ibíd., 160. La cursiva es mía.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 65
comenzar, jamás había sacado pintura de un tubo, ni había puesto base en un lienzo y
menos mezclado colores en la paleta, pero lo hizo. Ni su marido ni su cuñado podían
creerlo; estaban estupefactos frente a la pintura que Ruth había hecho. El cuñado experto
en arte pensaba que le estaban haciendo una broma, pues le parecía que el cuadro solo
podía haber sido pintado por un artista experimentado. Ruth no lo podía convencer. De tal
modo, para probarle y probarse a sí misma el talento naciente, después de este primer
cuadro pintó varias obras maestras que exhibió ante críticos y público.
Melanie Klein dice que con esta historia de nuevo aparece conectada la idea de
“angustia”, que, según ella ha descrito como “la angustia más profunda experimentada por
las niñas […]. La niñita tiene un deseo sádico originado en los estadios tempranos del
conflicto edípico: robar los contenidos del cuerpo de la madre, es decir, el pene del padre,
las heces, los hijos, y destruir a la madre misma”130. Por este deseo se provoca la angustia
de que la madre robe a la niña sus propios contenidos (hijos) o que el cuerpo sea destruido
o mutilado. De esta manera, Klein encuentra instructivo lo que Ruth pintó cuando “llenó”
el espacio vacío de la pared: la figura en tamaño natural de una negra desnuda; así
también, que su pintura se dedicó a los retratos. Michaelis dice: “y ahora Ruth no puede
detenerse”131. Pintó a su hermana menor, luego a una anciana que llevaba la marca de los
años y las desilusiones, y la última obra fue el retrato de su madre donde se muestra con
fuerza, imperiosa y desafiante. Con lo que subraya Klein: “El espacio vacío ha sido
llenado”132.
Con esta última descripción Melanie Klein cree demostrar la motivación suficiente
para el funcionamiento del ejercicio creador, en tanto “es obvio que el deseo de reparar, de
arreglar el daño psicológicamente hecho a la madre, y también restaurarse a sí misma,
estaban en el fondo del impulso a pintar estos retratos de sus parientes”133. Según esta
conclusión “obvia”, la hija puede apaciguar su propia angustia tratando de reparar a la
madre haciéndola nueva a través del retrato. Klein ve confirmada su teoría por la
secuencia de retratos pintados. En este caso, la obra del artista sería una reparación, una
especie de arreglo al daño producido, en el ataque sádico originado en los estadios
130
Ibíd., 162.
131
Ibíd., 163.
132
Ibíd., 164.
133
Ibíd.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 66
137
Melanie Klein, “Situaciones infantiles de la angustia reflejadas en una obra de arte y en el impulso
creador”, en Contribuciones al psicoanálisis. Principios del análisis infantil, op. cit., 160.
138
Jacques Lacan, “De la creación ex nihilo”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 154.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 68
inasimilable y eso mismo permite que el significante circule. Entonces, es posible decir
que nada hay en la organización significante, o como prefiere decir Lacan de manera
negativa, que no hay nada entre la organización de la red significante. En todo caso, en esa
organización significante queda constituido un espacio real bajo el cual se presenta para
nosotros el campo de la Cosa o, dicho de otra manera, los significantes producirían
representaciones de lo que es irrepresentable.
Con el significante la Cosa queda velada y a su vez representada en los rehallazgos
del objeto por otra cosa. Lo buscado se hace en las vías del significante, pero tal búsqueda
está más allá del principio del placer. El significante se proyectaría en ese más allá,
produciendo un objeto imaginario que realmente sería un artefacto de engaño o
especulación. En este caso, el destino del principio del placer sería llevar al sujeto de
significante en significante para “tratar” de conseguir el nivel más bajo de tensión que,
según Freud, regularía el funcionamiento del aparato psíquico.
Con estos elementos, en donde se trata de encontrar a la Cosa en los signos, Lacan
se pregunta cómo la relación del hombre con el significante, en tanto que puede ser su
manipulador, puede ponerlo en relación con un objeto que representa la Cosa. Desde los
primeros textos, el psicoanalista francés nos enseña a trabajar con el significante y nos lo
presenta en la estructura organizado en pares de oposición139: el “hágase la luz” se sostiene
en tanto encuentra su oposición en “la noche”, en las tinieblas. Pero, sobre todo, podemos
decir del significante que es aquel elemento que puebla el campo del Otro en donde habrá
de constituirse el sujeto. El campo de los significantes es el lugar en el que habitamos
como especie. Ahora bien, Lacan interroga qué hacemos con esos significantes, cómo los
modelamos, ¿acaso a imagen y semejanza de la Cosa?, y ¿cómo?, si ella es incomparable e
irrepresentable. Estos interrogantes no dejan de recordarnos la referencia a la mitología
bíblica donde se dice que el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios, pero sin ser
él. De hecho, el hombre es expulsado del paraíso por querer parecerse a Dios. Hay una
139
No podemos olvidar aquí el trabajo que hace Freud sobre “la conducta del sueño hacia la categoría de la
oposición y la contradicción” [Sigmund Freud, “La interpretación de los sueños”, en O. C., vol. IV, op. cit.,
324]. , ni tampoco la lectura accidental, como él nos hace saber, que hizo de un trabajo del lingüista Karl
Abel, materia de trabajo de una de sus reseñas, el cual le permitió entender “esa rara inclinación del trabajo
del sueño a prescindir de la negación {Verneinung} y a expresar cosas opuestas por medio del mismo
recurso figurativo.” [Sigmund Freud, “Sobre el sentido antitético de las palabras primitivas”, en O. C., vol.
XI, op. cit., 147-153].
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 69
concepción paradójica, pues el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios, pero
tiene prohibido parecerse a él (como si fuera posible). ¿Qué se discierne en esta situación,
a propósito de los significantes?
Freud localizó la experiencia psicoanalítica en el campo de la palabra. En este
sentido, acentuando la experiencia freudiana, Lacan encuentra en la materialidad
significante los elementos que constituyen la estructura que se organiza en torno a la Cosa.
De esta manera, se pone en juego, aquí, la creación misma del objeto construido alrededor
de la Cosa, de la nada, del vacío central que constituye al sujeto. Este “real que padece de
significante” en tanto es de naturaleza incomparable, no admite semejanza, pero es lo que
permite que los significantes circulen, pues se relacionan con eso, dando vía al deseo del
sujeto. Esa articulación significante entra en juego al contornear la Cosa y tendría que
concernir de forma estricta al que habla. El que habla desplegaría sus articulaciones de
saber sobre aquello incomparable, y que determina el esfuerzo (tensión) en que se organiza
la cadena significante. Un saber absolutamente singular que concierne a la creatura y al
creador; “un objeto puede cumplir esa función que le permite no evitar la Cosa como
significante, sino representarla, en tanto que ese objeto es creado”140, afirma Lacan. Con lo
planteado respecto de la sublimación, y ahora, introduciendo el significante cerca[ndo] a la
Cosa, podríamos extender tentativamente lo dicho anteriormente sobre los moralistas, los
artistas y los artesanos, en tanto creadores de formas imaginarias, para todo aquel que en el
campo del Otro hace uso del significante, el que habla, el que en el lenguaje, como
estructura, representa la Cosa, sublima, al crear un objeto.
En esta vía, Lacan, para tratar de responder a la pregunta de qué hace el hombre
cuando modela un significante, cita un ejemplo creacionista de la mitología bíblica
judaica: el alfarero que modela el vaso. El uso del vaso, como utensilio –además, como ese
primer objeto creado– estaría en relación con la función significante. Esta evocación es
ampliamente referida en el Antiguo Testamento para dar cuenta de Dios como alfarero del
hombre; así, en Isaías la encontramos de este modo: “A pesar de todo, Señor, tú eres
nuestro Padre; nosotros somos el barro, y tú el alfarero. Todos somos obra de tu
140
Jacques Lacan, “De la creación ex nihilo”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 148.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 70
mano”141. Pero lo que quiere resaltar Lacan, en relación con el vaso fabricado por el
alfarero, es que se trata de un objeto para representar la existencia del vacío, es decir,
aquello que ex-siste en el significante.
Lacan, al hacer esta elaboración sobre el significante desde el mito judío, acude al
texto de Martin Heidegger titulado “La Cosa”, donde el filósofo trabaja la labor de
creación. Aquel escrito va tras aquello que está en la cercanía, es decir, lo que
acostumbramos llamar “cosas”. La pregunta que abre camino es: “¿qué es una cosa?” El
filósofo alemán ubica la pregunta diciendo que “una cosa es una jarra”, aquella jarra de
tierra que fabrica el alfarero a partir de tierra escogida y preparada ex profeso para ello. La
jarra es un recipiente que acoge en sí algo distinto de él. “Como recipiente, la jarra es algo
que está en sí. El estar en sí caracteriza a la jarra como algo autónomo. Como posición
autónoma (Selbststand) de algo autónomo, la jarra se distingue de un objeto (Gegenstand).
Algo autónomo puede convertirse en objeto si lo ponemos ante nosotros, ya sea en la
percepción sensible inmediata, ya sea en el recuerdo que lo hace presente. Sin embargo, la
cosidad de la cosa no descansa ni en el hecho de que sea un objeto representado (ante-
puesto), ni en el hecho de que se puede determinar desde la objetualidad del objeto” 142. En
tal caso, la jarra seguirá siendo un recipiente tanto si lo representamos como si no. El
recipiente acoge, gracias a su vacío central, algo distinto de sí mismo.
En el texto heideggeriano se insiste en que la jarra no es recipiente porque haya
sido simplemente producida por el alfarero o esté enfrente como un objeto, sino que tuvo
que ser producida porque era recipiente. La producción haría entrar a la jarra en aquello
que le es propio: el vacío que acoge en tanto que recipiente; ese que podríamos ocupar con
agua, vino, etc. Entonces, el vacío, esa nada de la jarra, es lo que la jarra es como
recipiente que acoge. Pero para que la jarra acoja debe estar en pie, por eso las paredes y el
fondo impermeable deben permitirle estar en pie, para que aquello vertido (hacia adentro)
sea acogido, y no se salga. Si el contenido se deja salir, sería una jarra mal hecha. Sin
embargo, seguiría siendo un recipiente, pues deja salir algo de él; también, por ejemplo, la
jarra tiene destinado verter el líquido hacia afuera.
141
Isaías 64:7
142
Martin Heidegger, “La Cosa”, en Conferencias y artículos (Barcelona: Serbal, 1994), 144 -145. La
cursiva es mía.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 71
Cuando Heidegger desarrolla este trabajo desde la labor del alfarero, permite
plantear una analogía que remite a los misterios de la creación que, con Lacan, hemos
venido formulando en torno al vacío. Si lo que acoge es el vacío de la jarra como
recipiente, y no necesariamente las paredes o el fondo, entonces, dice Heidegger: “el
alfarero, que con el torno da forma a la pared y al fondo, lo que hace no es propiamente la
jarra. Lo único que hace es moldear la arcilla. No…, moldea el vacío”143. En este caso, es a
partir del vacío, para él y hacia él que se moldea la arcilla dándole forma. Lo que siempre
haría el alfarero es “aprehender lo inasible del vacío y producirlo en la figura del
recipiente como lo que acoge”144. Por esta labor, la cosidad de la que habla Heidegger, no
descansa en la materia de la que está hecha, sino en el vacío que acoge. Del mismo modo,
nosotros moramos en el mundo desde la fabricación del primer significante, y lo que
hacemos habitualmente con el recipiente, el significante, es tratar de establecer el vacío,
aprehenderlo, ese que determina cada movimiento al producirlo a través de una figura de
lo irrepresentable mismo del vacío, que es lo que acoge.
El mito bíblico del alfarero que fabrica el recipiente de barro –llámese también
“vaso”, “jarra”, “vasija”, “cántaro”, etc.– permite a Lacan concebir metafóricamente los
enigmas de la creación, posible gracias al significante, es decir, a una representación
reducida a un “cuerpo vacío”. En este sentido, la meditación que Heidegger desarrolla
alrededor del significante “jarra” se pone en relación con el vacío que el significante
modela: el objeto imaginario que hemos localizado como creación. No es frente al
interrogante heideggeriano de la metafísica y el ser que nos internamos en su reflexión,
sino frente al uso que hacemos del significante para tratar el vacío, o mejor, esa nada que
lo caracteriza, esa Cosa que concierne al significante. Si el alfarero le da forma a la jarra
moldeando el vacío, en esta vía, el sujeto humano moldea la Cosa con significantes,
fabricando distintos artefactos.
La jarra encarna lo que caracteriza al significante, el vacío que se crea provoca la
pretensión de llenarlo. El significante introduce lo vacío y la perspectiva de lo lleno, lo
mismo que la figura de la jarra. Una potencia que recae sobre aquello que está vacío y
podría producir la ilusión de advenir pleno. La jarra está hecha de una materia, “nada se
143
Ibíd., 147.
144
Ibíd., La cursiva es mía.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 72
hace a partir de nada,”145 dice Lacan. Entonces, podemos nosotros decir “nada se hace a
partir del significante”. Un objeto es hecho para representar la existencia del vacío, el
núcleo que hemos llamado la Cosa. Lo central sigue siendo la nada. Por eso el alfarero,
igual que nosotros, crea la jarra alrededor de ese vacío, alrededor de ese agujero, alrededor
de esa Cosa inasimilable engendrada (producida) en el encuentro con el Otro, y que
persistirá de diferentes formas en los distintos encuentros con el mundo.
Lacan dice que el pensamiento freudiano consiste en plantearnos el problema de
qué hay en el núcleo del funcionamiento del principio del placer. Este se ejerce
fundamentalmente en el orden de la carga y la descarga que, además, está facilitado por
las representaciones que según Lacan tienen el carácter de una estructura significante; en
todo caso, hay un más allá de ese principio, un más allá en tanto esa articulación está en
los linderos de la Cosa. De tal modo, expone Lacan: “se trata del hecho de que el hombre
modela el significante y lo introduce en el mundo, en otros términos, de saber qué hace al
modelarlo a la imagen de la Cosa, cuando esta se caracteriza porque nos es imposible
imaginarla. Aquí se sitúa el problema de la sublimación”146. El hombre situado entre lo
real y el significante juega a maniobrar con el significante para imaginarizar lo
irrepresentable de la Cosa. Esta Cosa está figurada por un vacío, en tanto no hay
representación, ni medida (ni mesura), de ella. Para decirlo con más precisión: ella solo
puede ser representada por otra cosa. Por tal motivo, el vacío es determinante en toda
forma de creación.
145
Jacques Lacan, “De la creación ex nihilo”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 150.
146
Ibíd., 154-155.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 73
147
Jacques Lacan, “Breves comentarios al margen”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 160.
148
Ibíd.
149
Sigmund Freud, “Sobre el psicoanálisis”, en O. C., [Link], op. cit., 213-214.
150
Jacques Lacan, “El objeto y la cosa”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 137. La cursiva es
mía.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 74
un objeto que adviene para nosotros a tal lugar, en una época particular, y trata de
colonizar, con formaciones imaginarias, el campo de la Cosa, dando cierta ilusión de
progreso151. Desde allí precisamos elementos en el plano de la sublimación, en relación
con la satisfacción pulsional y con el deseo. Por un lado, se trata de “objetos que el grupo
puede aprobar en la medida en que son objetos de utilidad pública”152 o, dicho de otra
manera, elaboraciones culturales imaginarias. Y por otro lado, como hemos visto, objetos
vaciados en su centro de cualquier sustancia: pura nada, puro vacío.
Así que, retomando a Freud –y recordando de forma sucinta lo trabajado
anteriormente–, en la sublimación, la pulsión es lanzada a otra meta, distinta de la
satisfacción sexual directa, “pero psíquicamente emparentada con ella”, para ubicarse en el
campo de lo social, trabando allí una relación particular con la Cosa. Tal relación estaría
destinada a delimitar la Cosa, pero también a presentificarla y ausentificarla. En
consecuencia, elevar el objeto al valor o a la dignidad de la Cosa, sitúa la sublimación en
el lazo con el Otro y, por tanto, en el campo de la cultura. En estas coordenadas, no es que
surja un simple “reconocimiento” de objetos útiles, una posición fácil y conciliada entre el
individuo y lo colectivo, sino, quizá, una trabajosa a-probación de la satisfacción de la
pulsión y el posicionamiento de un deseo en el campo de lo social, en un momento
histórico particular (fechado). En tanto que el deseo está en juego, podemos decir, quizá,
que este revierte, para el sujeto, sus efectos siempre a posteriori, una especie de
“redescubrimiento de lo sabido”, considerando en principio que el objeto engaña sobre la
Cosa. Por esta razón no es posible tratar la cuestión del “reconocimiento” con ligereza, o
mejor, como un mero alimento de engorde para el yo. Por el contrario, ha de interrogarse
lo que en él se anuda para agujerear el Otro del saber.
Decimos esto para tratar de situar la sublimación y la creación que, con Freud y
Lacan, pretendemos localizar, al menos, en algunos puntos diferenciales. El trabajo
lacaniano reformula algunos elementos de la perspectiva freudiana de la sublimación al
relocalizarlos y al traer la muy original referencia a la Cosa en su relación con la pulsión y
el deseo, con lo cual hace posible situar la topología de la sublimación. Brevemente, con
151
Ibíd., 133.
152
Jacques Lacan, “Las pulsiones y los señuelos”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 117. La
cursiva es mía.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 75
Lacan, podemos decir frente a la sublimación que “nos encontramos en este punto con la
posibilidad de tener firmemente dos extremos de una cadena. Por una parte, existe la
posibilidad de satisfacción aunque ella sea sustitutiva […]. Por otra, se trata de objetos que
adquirirán un valor social colectivo”153. Como hemos venido estudiando, esta cadena
(cadena de significantes anudada alrededor de un vacío central) se ubica en torno a la
Cosa. En esta disposición de elementos hemos de discernir la llamada topología de la
sublimación. En resumen, Lacan nos ha enseñado la topología en la que se sitúan los
fenómenos de la sublimación en relación con la Cosa. Él lo dice así en su seminario:
“intento aquí darles las coordenadas exigibles de la sublimación para que podamos dar
cuenta de su relación con lo que llamamos la Cosa, en su situación central en lo tocante a
la constitución de la realidad del sujeto”154. Este postulado no deja de invitarnos a discutir
cierta posición en relación con nuestra pregunta. Cuando tratamos de discernir diferencias,
en el campo diverso de la creación, con la topología propuesta sabemos, por ejemplo, que
un objeto artístico y un síntoma histérico no se engendran por los mismos caminos; por el
contrario, uno y otro corresponden a procesos absolutamente distintos. Aunque ambos
pueblan “lo tocante a la constitución de la realidad del sujeto”, y tienen que ver con la
Cosa y toman fuerza de la pulsión, solo el objeto artístico es efecto de la sublimación; en
cambio, el síntoma es consecuencia de la represión. Nosotros, con la topología lacaniana,
decimos que los dos hacen parte de la creación, pues pretenden tratar “a” la Cosa de
alguna manera.
Desde Freud supimos que, en los primeros reclamos de la cultura, la pulsión sexual
es “inepta” para procurarse una satisfacción plena. Sabemos que esos “reclamos” al infans
se trasmiten a través de lenguaje y le permiten habitar el mundo humano e instituyen la
pulsión. Para Freud estos reclamos de la cultura son la fuente de “los más grandiosos
logros culturales, que son llevados a cabo por medio de una sublimación cada vez más
vasta de sus componentes pulsionales”155. Esta aseveración freudiana nos recuerda
también el lugar determinante de la primera satisfacción y, de paso, el objeto –allí
también– inexorablemente perdido, así como los logros y malestares acaecidos por el
153
Ibíd.
154
Jacques Lacan, “De la creación ex nihilo”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 146.
155
Sigmund Freud, “Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa”, en O. C., vol. X IV, op. cit.,
183.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 76
156
Jacques Lacan, “El objeto y la cosa”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 138. La cursiva es
mía.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 77
instinto, sino en la medida en que se relaciona con das Ding como tal, con la Cosa en tanto
ella es diferente al objeto”. Al decir que la pulsión, como ocurre en la sublimación, difiere
de su meta y se pone en relación con la Cosa, hemos de mantenernos atentos para
distinguir cuándo la pulsión recorre un camino distinto al de la sublimación, pues, ya que
hemos sido expulsados del mundo del instinto, de la naturaleza perfecta, nos vemos
impulsados a encontrar satisfacción en algo diferente a una supuesta “materia original”.
Por habitar en el campo de los significantes, el de la cultura, hemos sido expulsados de esa
“perfecta experiencia” del Edén. No reconoceremos el paraíso del instinto más que a través
de rastros inauditos y fabulantásticos relatados de alguna manera en la mitología (de
religiones y culturas), la poesía y la pretenciosa ciencia… ficción. Expulsados del
“paraíso” de lo natural, suponemos delicias míticas inigualables, o mejor sería decir:
iguales a nada.
Aunque en su momento trabajamos este punto de encuentro entre pulsión y
sublimación, aquí puede surgir la tentación de imaginar que, como la sublimación revela la
naturaleza de la pulsión, una es igual a la otra en todo. Pero, de nuevo, hemos de proferir
un “no” que deshaga el espejo sobre el que se extiende tal suposición. La pulsión tiene
cierta “ineptitud” para la satisfacción total, instaurándose a la deriva respecto a la
posibilidad de arribar a su meta “original” (ya no es instinto); está, entonces, obligada a
satisfacerse en “otras metas”. Además, ya lo hemos dicho, la pulsión [está] cerca a la Cosa.
La sublimación parece ubicarse ahí, pero definitivamente algo de ella requiere otra vuelta
para diferenciarse de la mera pulsión, vuelta en la que proponemos situar algo no menos
problemático, jugado como “reconocimiento social”. De manera enigmática hay
satisfacción sin represión, o mejor, en otras palabras no fáciles de precisar para nuestra
conceptualización, la sublimación permite cierta satisfacción que escapa a la represión, es
decir, apunta a realizar algo de lo imposible, a través de las elaboraciones imaginarias y
muy especialmente de las culturales.
Ahora bien, con Freud y Lacan hemos de subrayar algo que para nosotros es clave:
a la sublimación le concierne también un cambio en los objetos, y estos están ubicados en
el campo de la cultura, en el ámbito de la valoración social, en el espacio de lo público. El
psicoanalista francés no dejó de aludir al carácter problemático de este asunto, sobre todo
si se cede a la inclinación a construir salidas fáciles: “que lo colectivo pueda encontrar una
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 78
satisfacción allí donde el individuo debe cambiar sus baterías, su fusil de hombro y que,
por otro lado, se tratase en esta ocasión de una satisfacción individual que va de suyo, por
si sola, parece no plantear problemas. Pero originalmente se nos dijo hasta qué punto es
problemática la satisfacción de la libido”157. De hecho, una de las críticas que Lacan
dirige a la concepción kleiniana de la sublimación está referida a la lectura de casos que
“deja por lo tanto completamente de lado lo siguiente, que siempre debe ser acentuado en
lo concerniente a lo que se puede llamar producción artística y que, paradojalmente, fue
promovido por Freud a saber, el reconocimiento social”158. Por consiguiente, esta
atribución a la sublimación, quizá la más polémica y problemática asociada al concepto,
no deja de tener para nosotros principal importancia en el momento de discriminar su
diferencia conceptual con otros destinos de la pulsión. El objeto producido en el campo
social está en relación directa con las formulaciones imaginarias de la cultura, siendo
integrado como un objeto que adviene como “anticipación” o “redescubrimiento de lo
sabido” para cierta estructura social que fecha a este objeto, ofreciendo la apariencia de
cierto “progreso”. Además de las otras características propias de la sublimación, en esta
última nos parece que se establece un carácter particular de ella. Un carácter que –como
decimos– no deja de ser problemático, obligándonos a pensar en otra vuelta en torno al
asunto, en torno a la Cosa misma, con el propósito de localizar la enigmática satisfacción
que se revela en la sublimación. ¿Acaso esa otra vuelta es consecuencia del particular
carácter en lo social de la sublimación y su recoveco imaginario? O ¿será mejor precisado
esto como un arremolinante agujero en el Otro del saber?
Planteada esta discusión, y antes de permitirnos un paso hacia adelante, escribamos
un breve resumen esquemático sobre las nociones freudianas trabajadas y que, a nuestro
juicio, conciernen a la concepción de la sublimación. Para el psicoanálisis, la sublimación
es un concepto muy problemático. Sabemos –por el examen que hizo Ernest Jones de las
cartas de Freud– que el fundador del psicoanálisis escribió en algún momento un artículo
sobre la sublimación, pero es probable que lo haya destruido posteriormente: “la hipótesis
de que desestimara en definitiva por insatisfactorias los últimos siete trabajos
157
Jacques Lacan, “Las pulsiones y los señuelos”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 118. La
cursiva es mía.
158
Jacques Lacan, “El objeto y la cosa”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 133. La cursiva es
mía.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 79
159
James Strachey “Introducción. Trabajos sobre metapsicología”, en O. C., vol. XIV, op. cit., 103.
160
Sigmund Freud, “Pulsiones y destinos de pulsión”, en O. C., vol. XIV, op. cit., 122.
161
Sigmund Freud, “Introducción del narcisismo”, en O. C., vol. XIV, op. cit., 92.
162
Jacques Lacan, “La demanda de felicidad y la promesa analítica”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7,
op. cit., 150.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 80
ideal, pero cuya ejecución es por entero independiente de tal incitación”163. El llamado de
Freud es a distinguirlas en el plano conceptual, ya que la sublimación describe algo que
sucede con la pulsión, en cambio, la idealización se describe como algo que ocurre
propiamente con el objeto engrandecido y realzado, pero sin variar de naturaleza. En la
sublimación la pulsión se lanza a otra meta, distante de la satisfacción sexual. También
Freud formuló una distinción entre formación reactiva y sublimación, aunque, en un
principio, la planteó de manera confusa, casi en igualdad de condiciones, alegando que la
formación reactiva generaba “diques psíquicos” (asco, vergüenza) por fuerzas anímicas
contrarias que se construían para sofocar el displacer, mientras la sublimación aportaba
poderosos componentes para los logros culturales. Esta aproximación freudiana
consideraba que la sublimación de las fuerzas pulsionales sexuales se realizaba por la vía
de la formación reactiva. Sin embargo, en una nota agregada en 1915 a Tres ensayos de
teoría sexual Freud mismo dice que es lícito “distinguir conceptualmente sublimación y
formación reactiva como dos procesos diversos”164. Con lo trabajado hasta aquí, sabemos
que a la sublimación le concierne “una satisfacción sin represión”, condición que la pone a
distancia de una formación reactiva, que genera reacciones contrarias (“diques psíquicos”)
para contrarrestar lo reprimido.
En segundo lugar, y como hemos trabajado en las anteriores páginas, con Freud la
sublimación consiste en que la pulsión se lanza a “otra meta”, aludiendo a cierta
“desviación respecto a lo sexual”165. Él nos aclara que esta desviación de la pulsión apunta
a metas más altas que “ya no es ella misma sexual, sino que se la debe llamar social. […]
plegándonos al juicio general que sitúa más alto las metas sociales que las sexuales, en el
fondo egoístas”166. De tal modo, se nos enseña que el cambio de meta se ubica en el campo
de lo social. La condición de “reconocimiento social”167 es esencial en la concepción de la
sublimación que tuvo Freud, aunque este asunto no haya sido llevado tan lejos como
desearíamos encontrarlo en su obra. A pesar de la dificultad, creemos que esta segunda
idea es determinante para la formulación concebida por Freud sobre la sublimación.
163
Sigmund Freud, “Introducción del narcisismo”, en O. C., vol. XIV, op. cit., 91. La cursiva es mía.
164
Sigmund Freud, “Tres ensayos de teoría sexual”, en O. C., vol. VII, op. cit., 162.
165
Sigmund Freud, “Introducción del narcisismo”, en O. C., vol. XIV, op. cit., 91.
166
Sigmund Freud, “Algunas perspectivas sobre el desarrollo y la regresión. Etiología”, en O. C., vol. XVI,
op. cit., 315. La cursiva es mía.
167
Jacques Lacan, “El objeto y la cosa”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 133.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 81
Recién dijimos que lo primero que caracteriza a la sublimación freudiana es que hay un
destino de la pulsión que consiste en una “satisfacción sin represión”, ahora decimos que
la satisfacción debe acontecer en el campo del Otro social, es decir, por cierto
“reconocimiento social” de un objeto, acogido, de alguna manera, en el lazo social y
cultural, tomando como paradigma principal la sublimación en el arte. Esta segunda vía no
es menos problemática que la primera, porque nos llevaría a preguntarnos qué satisface a
las sociedades para que cierto objeto tenga el reconocimiento o aprobación social. O, a
qué tipo de “reconocimiento social” podemos referirnos en lo tocante a la sublimación, y
en el caso del arte, fechados de qué forma. Lacan nos anuncia que la “sociedad encuentra
alguna felicidad en los espejismos”168 que proveen los creadores de formas imaginarias.
Este fechado, este reconocimiento que, diremos, está en lo cultural, admite una pregunta
que con Lacan no dejaremos de hacer: “¿qué es lo que la sociedad puede encontrar
verdaderamente satisfactorio ahí?”169 Es decir, ¿qué les satisface para que admitan que tal
producción, tal obra, requiere ser aprobada socialmente o fechada? De tal forma, se
elabora la diferencia –ya trabajada ampliamente en su momento– entre el objeto (como
imaginario) del fantasma y la Cosa.
En este segundo lugar nos permitiremos situar también algo que para Freud era
absolutamente problemático y propio de la especie humana: la insatisfacción provocada
por las exigencias culturales. Las renuncias pulsionales que se han exigido están
implicadas en los más persistentes malestares, pero también en las más elevadas
creaciones de la humanidad. De alguna manera, esta paradoja coincide aquí con lo que
implica la entrada en la cultura y, por ende, con la singular marca generada allí, y que
hemos de subjetivar. El ingreso en la cultura obliga a concebir un sujeto convocado, de
manera singular, a la relación con el Otro del lenguaje, con el Otro social y cultural; campo
en donde nos veremos impelidos a contornear la Cosa. De ahí que el “reconocimiento
social” se ponga en juego no en un simple “reconocimiento” especular o imaginario, sino
en un trabajo que el sujeto hace con su deseo, designando un agujero. El lazo con el Otro
que anima la constitución y la labor misma del deseo, nos conduce a “elegir” un síntoma, o
168
Jacques Lacan, “Las pulsiones y los señuelos”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 123.
169
Jacques Lacan, “El objeto y la cosa”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 133.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 82
una sublimación o, acaso, alguna mixtura entre las opciones de esta alternativa; en
cualquier caso, siempre se pone en juego alguna forma de creación.
Como conclusión de este esquema, en este recorrido hemos trabajado para
establecer las raíces freudianas de la sublimación en que Lacan condensa estos dos lugares
problemáticos de manera magistral: la definición general dice que en la sublimación se
“eleva un objeto a la dignidad de la Cosa.” Se trata entonces de elevar un objeto, dispuesto
en su dimensión imaginaria, a la dignidad o al valor de la Cosa. Esta Cosa, como hemos
desarrollado a partir de Freud, solo puede ser resultado del encuentro con el Otro y,
entonces, presentársenos a modo de corazón éxtimo, que hemos distinguido como vacío.
La dimensión imaginaria orientará la disposición de los objetos que se fabriquen, bien se
trate de sublimaciones o de meras creaciones: chistes, objetos del arte, sueños, síntomas,
entre otros.
Ahora bien, no solo hemos de destacar la continuidad entre Freud y Lacan que nos
ha encaminado en este trabajo, sino que también hemos de ubicar qué es lo propio de la
teorización sobre la sublimación que Lacan nos propone. Lo primero que diremos es que,
desde el comienzo, el psicoanalista francés hace intervenir de manera relevante la Cosa
freudiana, y en torno a ella sitúa el problema de la sublimación, en un movimiento
novedoso de su elaboración teórica. Esta Cosa es traída de Freud para ser situada en una
estructura topológica que tiene como núcleo el vacío, centralidad con la que hemos de
pensar la cuestión del objeto, la pulsión, el deseo y el sujeto mismo. Si bien pareciera que
Lacan parte tan solo de un detalle del “Proyecto de psicología”, es desde este que relanza
las articulaciones en torno a la Cosa, que no dejan de traer consecuencias al discurso
psicoanalítico. Lacan usa ese das Ding para hacernos apreciar su lugar en lo tocante al
pensamiento freudiano, cuyo alcance se puede concebir en la medida que hace avanzar la
teorización psicoanalítica, ahora avisada de situar lo real en el análisis. Así, la elaboración
lacaniana agujerea de manera implacable ahí donde Freud anunció cierto recubrimiento,
indagando la trasformación y camuflaje de las fantasías del creador.
Considerando esto, aunque los elementos de estructura los encontramos desde
Freud, las categorías de real, simbólico e imaginario y lo que ellas organizan son
dispuestas y trabajadas por Lacan en lo tocante a la noción de sublimación. Apreciamos de
esta manera el acento que Freud nos propone para la lectura de la sublimación, como vía
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 83
de satisfacción de la pulsión en las fantasías del creador, que pueden conquistar cierta
aprobación del grupo. Lacan indica, entonces, que se trata de saber qué hace el hombre al
modelar el significante a la imagen de la Cosa, justo cuando ella es imposible de ser
imaginada. De tal modo, se plantea el nudo donde ha de situarse el problema de la
sublimación, distinguiendo las tres consistencias de lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario
que se mantienen unidas en la experiencia, y permiten localizar así los elementos en juego
para este proceso.
170
Jacques Lacan, “Breves comentarios al margen”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 162.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 84
ha situado este problema; campos discursivos de lo humano que, por excelencia, han
edificado creaciones para la cultura al tratar el vacío.
El psicoanalista francés dice que la religión consiste en “evitar” de todas las formas
ese vacío. Para desarrollar esta afirmación Lacan subraya la semejanza que Freud
encuentra en las “acciones obsesivas” y en el “ceremonial” religioso. Si vamos al texto
freudiano encontramos la siguiente referencia: “no se espere hallar un nítido deslinde entre
el «ceremonial» y las «acciones obsesivas». Estas últimas casi siempre provienen de un
ceremonial. Además de estos dos rasgos, forman el contenido de esta enfermedad
prohibiciones e impedimentos (abulias) que, en verdad, no hacen más que continuar la
obra de las acciones obsesivas no permitiendo al enfermo en modo alguno ciertas cosas, y
permitiéndole otras sólo bajo obediencia a un ceremonial prescrito”171. La evitación,
amarrada a prohibiciones habituales e impedimentos del orden de lo “sagrado”, se instaura
en el campo religioso para mantener a distancia el vacío central. A la Cosa se la ubica en
una especie de “prohibición-tabú” más allá de la cual se plantea la imposibilidad misma de
cualquier contacto con ella. Si llega a presentarse cualquier sospecha posible de “contacto”
con tal “impureza”, se promueven “ceremoniales” encaminados a restituir esta distancia.
Para Lacan, “respetar” ese vacío indica propiamente la relación que se instaura con la Cosa
en el campo de la religión. El “respeto” presente como prohibición en la religión
promueve un desplazamiento [Verschiebung] colosal. Ese tratamiento de los objetos
respecto a la Cosa es el que se pone en práctica en el campo religioso. Formas tan distintas
como las pirámides de Egipto, las catedrales cristianas, las mezquitas musulmanas o las
grandiosas imágenes japonesas de Buda, se encargan de instaurar, indiscutiblemente, un
respeto. Además, se plantea en cada una de ellas un vacío central que promueve, en el
ademán del “contacto”, la idea de lo “sagrado”. Freud expone el mecanismo así:
“siguiendo unas vías de conexión cualesquiera, se propagan de un objeto a otro y vuelven
también a este último «imposible» […]. La imposibilidad termina por invadir el mundo
todo”172. De este modo, cualquier cosa portadora de la representación de la Cosa en el
campo religioso, pone en juego un desplazamiento en nombre de “peligros de infección” o
“portadores del mal”, que puede contagiar, por la vía del “contacto”, a todo lo que se
171
Sigmund Freud, “Acciones obsesivas y prácticas religiosas”, en O. C., vol. IX, op. cit., 103.
172
Sigmund Freud, “Tótem y tabú”, en O. C., vol. XIII (Buenos Aires: Amorrortu, 2008), 35.
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173
Jacques Lacan, “Breves comentarios al margen”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 162.
174
En la conferencia ofrecida el 16 de marzo del 2009 en la Universidad Nacional de Colombia por el físico
John Ellis – sobre El acelerador de partículas- LHC, y quien experimenta sobre el origen de la materia.
[Link]
&tx_cegallery_pi1[album]=0&cHash=f1d55c7c9e (Consultado el 11 de enero del 2010)
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 86
175
Jacques Lacan, “Breves comentarios al margen”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 160.
176
Doris Salcedo, Entrevista de la serie Arte, violencia y memoria, realizada por Razón Pública. Este
proyecto hace parte de una serie realizada en conjunto por Razón Pública, Post Office Cowboys y el Centro
de Memoria Histórica. [Link]
arte-violencia-y-memoria (Consultado el 15 de mayo del 2013).
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 87
una escolástica del amor desgraciado”177. El amor cortés “era en suma un ejercicio poético,
un modo de jugar con cierto número de temas convencionales, idealizantes, que no podían
tener ningún equivalente real concreto”178. Vale decir que en esos ideales, en primer plano,
estaba la Dama; su huella ha vuelto a encontrarse en épocas posteriores, incluso en la
nuestra. En todo caso, en lo que a este recorrido concierte, interesa resaltar la
inaccesibilidad de la Dama que se plantea allí: “No hay posibilidad de cantar a la Dama, en
su posición poética, sin el presupuesto de una barrera que la rodea y la aísla”179.
En este sentido, y con relación a las otras dos fórmulas trabajadas, también en el
campo del arte para Lacan, la Cosa se situaría de un modo particular; en este caso, estaría
del lado de una represión [Verdrängung]180. No podemos leer esta indicación sin alguna
sorpresa, pues como hemos visto, el mismo Lacan con Freud, opuso la sublimación a la
represión. Ahora leemos que sería la represión de la Cosa la que opera en el arte.
Entonces, advertimos una disonancia de esta afirmación con la antes referida.
Generalmente entendemos con Freud que lo que se reprime son las representaciones
ligadas a una pulsión, que hemos dado en llamar, con Lacan, significantes, no la Cosa. Por
tal razón, hemos de pensar esta represión no en el sentido estricto, sino como un modelo
que propondría un tratamiento de la Cosa. De manera frecuente se presenta la represión
como el principal mecanismo de defensa, pues a través de él se modelarían los otros. Sin
embargo, con Freud también se debe destacar la importancia de esta operación para que se
instituya el inconsciente. Para el fundador del psicoanálisis, la represión se impuso en los
primeros tratamientos de histéricos como hecho clínico, pues “se trataba de cosas que el
enfermo quería olvidar y por eso adrede las reprimió {desalojó} de su pensar consciente,
las inhibió y sofocó”181. Resulta ahora que para Lacan “en el arte hay una Verdrängung,
una represión de la Cosa”182, un modo de tratar la Cosa que correspondería al campo del
arte. Creemos que esta es una manera de proponer un modelo para entender el tratamiento
del vacío en el arte, en tanto es en torno a él que se hace. Así, pareciera que la Cosa en el
177
Jacques Lacan, “El amor cortés en anamorfosis”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 180.
178
Ibíd., 182.
179
Ibíd., La cursiva es mía.
180
Jacques Lacan, “Breves comentarios al margen”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 160.
181
Josef Breuer y Sigmund Freud, “Sobre el mecanismo psíquico de fenómenos histéricos: comunicación
preliminar”, en O. C., vol. II, op. cit., 36.
182
Jacques Lacan, “Breves comentarios al margen”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 162.
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arte se figurara en el modo de quedar reprimida. Si se nos permite decir con la topología
lacaniana, ocuparía un espacio central y a la vez desalojado, en tanto el objeto es el que se
eleva gracias a esa nada. Una organización alrededor de la Cosa, gracias a que se posiciona
como “reprimida” para que el objeto quede elevado a su dignidad. No sin cierta paradoja,
creemos que lo hecho por cierto arte es mostrar, de alguna manera, ese vacío sobre el que
está montado.
Este encuentro de la represión y la sublimación propone interrogantes no fáciles de
responder. ¿Acaso el síntoma de las histéricas está “hecho con arte” (arte factus)? Aquí
surge una distancia que aprovecharemos para sostener interrogadas las nociones de
represión y sublimación, haciendo posible subrayar la noción de creación que habita en la
hendidura de todo abismo. Aunque se trata de operaciones distintas, es preciso señalar que
se hallan en relación con la Cosa. Como vemos, nos encontramos con estos dos destinos
pulsionales muy cerca de la Cosa, pero además notamos que Lacan los ha puesto próximos
del campo del arte.
Estas aproximaciones a los mecanismos respectivos de la neurosis obsesiva, la
paranoia y la histeria con los tres términos del campo de la sublimación (la religión, la
ciencia y el arte) nos llaman la atención sobre aquello que examinamos precedentemente –
la creación y la sublimación– a propósito, también, del carácter respectivo de la represión
y la sublimación. Como hemos estudiado, tanto en las estructuras clínicas descritas, como
en los campos de la cultura donde se sitúan los objetos de la sublimación, parece seguirse
una perspectiva de la creación, pues siempre hay una relación determinante con la Cosa.
En cambio, la sublimación –es válido decir con Freud– además de ser un destino pulsional
distinto a la represión, tiene un carácter que ubica los objetos estrictamente en una relación
enigmática, por no decir problemática, con lo social, relación que se juega en cierta
aprobación, valoración o reconocimiento social que hemos discutido anteriormente. En
esta perspectiva, siempre habría creación en tanto hay un trabajo con los significantes y
con la Cosa –que es lo real que padece de significante–, pero no en todos los casos habría
sublimación, pues en ella interviene inexorablemente la problemática de cierta aprobación
social que no está en juego siempre; no obstante, siempre hay organización en función de
la Cosa.
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183
Jacques Lacan, “El objeto y la cosa”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 133.
184
Sigmund Freud, “Proyecto de psicología”, en O. C., vol. I, op. cit., 377.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 90
determinante del encuentro con el Otro para la creación como la hemos podido formular
hasta el momento en uno de sus aspectos. El significante es la materialidad que contornea
el vacío, es decir, lo simbólico hace agujero en lo real185. Como ya lo dijimos con Lacan:
nada se hace a partir de nada, en otras palabras, al introducir el significante cerca a la nada
algo se crea, pero también se funda el vacío, que definitivamente queda por fuera de toda
materialidad, o si acaso este es lo único verdaderamente creado. Cuando estudiamos el
vaso como un objeto hecho para representar la existencia del vacío en el centro de lo real
que hemos llamado Cosa, dijimos que ese vacío se presenta en la representación como un
nihil. Del mismo modo, parece ser la labor que hacemos nosotros con los significantes que
en su fundamento presentan un vacío central, un agujero, una nada. También con
Heidegger destacamos esta formulación párrafos atrás: “[…] la cosa ha sido aniquilada,
algo que ha sucedido ya hace mucho tiempo: la confirmación del hecho de que la cosa, en
cuanto cosa, es algo nulo. […] La esencia de la cosa no accede nunca a la patencia, es
decir, al lenguaje. Esto es lo que queremos decir cuando hablamos de la aniquilación de
la cosa como cosa”186. Sin embargo, ese vacío no es un mero nihil, sino un vacío que
remite a lo inasimilable que surge en el encuentro con el Otro. Un vacío constitutivo en la
relación del sujeto con el Otro. La creación no es de la nada a secas, sino de la nada que
existe en el encuentro con el Otro. En la experiencia psicoanalítica, el significante, símbolo
de una ausencia, agujerea lo real no de cualquier manera. “La organización significante
domina el aparato psíquico tal como nos es librado por el examen del enfermo”187. Fuera
del lenguaje a lo real no le faltaría nada188. Para el sujeto hablante lo real estaría
agujereado por la sexualidad.
Recordemos lo planteado con Freud, que el inconsciente se regla según el placer-
displacer, conforme a la ley del deseo que, ha dicho Lacan, es indestructible189 y está ávido
185
Jacques Lacan, “El atolondradicho”, en Otros escritos (Argentina: Paidós, 2012), 509 -515.
186
Martin Heidegger, “La Cosa”, en Conferencias y artículos, [Link]., 148. La cursiva es mía.
187
Jacques Lacan, “De la creación ex nihilo”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 146.
188
Jacques Lacan, “La mujer, más verdadera y más real”, en La angustia, Libro 10 (Buenos Aires: Paidós,
2006), 203.
189
Esta referencia, muy seguramente, tiene su fuente en la última frase que Freud escribe al final de La
interpretación de los sueños. Allí se indica que el deseo inconsciente se mantiene indestructible y crea el
futuro que al soñante le parece presente, estando conectado con el pasado. “En la medida en que el sueño nos
presenta un deseo como cumplido, nos traslada indudablemente al futuro; pero este futuro que al soñante le
parece presente es creado a imagen y semejanza de aquel pasado por el deseo indestructible.” [Sigmund
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 91
de repetición de signos. Por esta vía, el sujeto trata de ajustar su distancia con la Cosa, que
está en el núcleo del principio del placer. Pero también, más allá de tal principio hemos
discernido una brutalidad respecto a la cual el sujeto no encuentra mesura, condición que
está en relación con la Cosa. En todo caso, parece que en el primer encuentro con el Otro
hay en juego un placer en más y en menos que tienen que ver con la Cosa. Ante esta
sensible situación el sujeto regla alguna distancia, ya que puede gritar, maldecir y no
comprende qué ocurre allí. Entonces, hace síntomas. Esas formaciones están en el origen
de cierta defensa. El hombre se defiende en la estructuración significante, en el
inconsciente, “pero la defensa […] no se hace solamente por sustitución, desplazamiento,
metáfora y todo lo que estructura su gravitación en torno al objeto bueno”190, también se
hace por algo que Lacan llama “la mentira sobre el mal.”
Lacan dice que “a nivel del inconsciente el sujeto miente. Y esa mentira es una
manera de decir al respecto la verdad”191. En este sentido, precisemos con el texto
freudiano esta relación entre la Cosa y la compulsión histérica –“sin que por fuerza haya
de ser exclusiva de ella”192–, a propósito de la mentira y la verdad que allí se juegan,
dando lugar en este trayecto al traumatismo y a las reminiscencias de las histéricas.
Freud en “La proton pseudos histérica” dice haber averiguado que “la compulsión
histérica proviene de una peculiar variedad del movimiento Qn (formación de símbolo)
que probablemente es un proceso primario, puesto que se lo puede comprobar con
facilidad en el sueño”193. Además, para Freud la fuerza que mueve este proceso es la
defensa del yo, pero algo allí parece “rebasar lo normal”. En relación con ello, él se
pregunta cuál es la explicación para que algo que supuestamente solo opera en el proceso
primario advenga a consecuencia de un proceso yoico. En la exploración de la pregunta
sobre eso que “rebasa” la defensa, el descubridor de los procesos inconscientes presenta el
siguiente caso, que retomaremos en su forma más textual posible.
Freud, “La interpretación de los sueños”, en O. C., vol. V, op. cit., 608. La cursiva es mía]. Aquí Freud, con o
sin razón, alude a una semejanza del pasado con el que se crea el futuro que al soñante le parece presente,
¿acaso se podría decir que se alude a cierta imagen de Dios, de quien se dice que estamos hechos a imagen y
semejanza?
190
Jacques Lacan, “De la ley moral”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 92.
191
Ibíd.
192
Sigmund Freud, “Proyecto de psicología”, en O. C., vol. I, op. cit., 394.
193
Ibíd., 400.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 92
201
James Strachey, “Nota 17 al pie de página en el Proyecto de psicología”, en O. C., vol. I, op. cit., 402.
202
Sigmund Freud, “Proyecto de psicología”, en O. C., vol. I, op. cit., 402.
203
Jacques Lacan, “Das Ding”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 69. La cursiva es mía.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 95
surge el recuerdo de la escena II (pastelero), a través de la idea de que “los dos se reían de
su vestido”, se recrea un estado de aversión: no puede entrar sola a las tiendas. Así, no
poder entrar sola a la tienda aparece como la recreación de la huida que emprendió al estar
sola con los empleados en la tienda, ya que esta escena le recordó inconscientemente al
pastelero quien le pellizcó sus genitales a través del vestido cuando fue a comprar
golosinas, habiendo sido acompañado este atentado con una risotada. Se crea de nuevo,
con elementos significantes, un estado en donde las representaciones conscientes (puntos
negros)204 e inconscientes (puntos blancos) se tejen sobre el sitio central de la Cosa, que es
soporte de la aversión, de la insatisfacción, que sufre Emma. Aprovecharemos para
subrayar que en este sentido, la causa y el efecto están en la estructura, pero lo que parece
ilustrarnos el caso es que la causa se constituye a posteriori con relación al efecto y no
antes.
Las imágenes que Emma evoca marcan y ponen en juego cierto encuentro con lo
inasimilable, que de alguna manera obliga a su huida. Considerando que se abre un camino
para el “retorno de lo reprimido”205, que toma sentido en el síntoma, en la escena con los
empleados donde “uno le había gustado sexualmente”, la excitación sexual se transforma
en angustia. El despliegue de un juego que tiene como regla una ausencia radical, una
“laguna dentro de lo psíquico”, una nada, pero que se anuda como un gusto sexual, una
especie de diversión, transformándose luego en algo desagradable para Emma. En el
diagrama, entre lo que marca la llave y el desprendimiento sexual hay un par de flechas
que sugieren la circulación del retorno de lo que se ha reprimido, pero también, se escribe
una flecha de salida, que realmente es la que pretende graficar la huida, y que produciría
un prototipo de síntoma que tiene como soporte a la Cosa. Freud agrega que “las
representaciones reprimidas, es preciso creerlo, subsisten y entran desinhibidamente en las
más correctas conexiones de pensamiento; pero el recuerdo en sí es despertado también
por meras asonancias”206. La correspondencia de un sonido con otro, teje un estado en
204
“Los círculos negros representan elementos conscientes, y los blancos, elementos inconscientes.” Como
en el caso de la figura 15, pág. 387, del Proyecto de psicología. [James Strachey, “Nota 17 al pie de página
en el Proyecto de psicología”, en O. C., vol. I, op. cit., 402].
205
Sigmund Freud, “Manuscrito K. Las neurosis de defensa”, en O. C., vol. I, op. cit., 264.
206
Ibíd., 266. La cursiva es mía.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 96
torno a la Cosa, siendo la Cosa misma el soporte de una aversión, que la conducta histérica
tiene como objetivo crear de nuevo.
El caso clínico nos presenta aquello que se crea a nivel de las distintas
representaciones y sus enlaces falsos, pero también ubica un real constituido a posteriori y
que sugiere la aparición del comportamiento de Emma a modo de huida; la insatisfacción
que la histérica expone es la forma como se ordena su relación con la Cosa. En este
sentido, el reporte clínico nos permite leer cómo es que la Cosa se produce y lo que
produce. El vacío, el espacio en blanco, no está solo por fuera del conjunto de las
representaciones que abre y organiza la llave trazada por Freud en el diagrama, sino que
permea los elementos del esquema con el carácter retroactivo que se presenta en el tejido
significante. El encuentro de Emma con los dos empleados despertó la aversión ante esa
Cosa, esa nada, ese vacío que agujerea la sexualidad misma. En consecuencia, “el recuerdo
despierta un desprendimiento sexual que se traspone en angustia”. Un recuerdo formulado
con significantes que marcan esa ausencia, un cuerpo vacío que se asocia a otro para
constituirse como indicadores y portadores de la Cosa que, vale decir, es imposible de
representar: ¿dónde está esa Cosa? En el centro del sistema de los significantes.
Considerando esto, en cualquier momento, en un inesperado recodo del encuentro con el
Otro, puede aparecer eso inasimilable y entonces resurgir ese “mal encuentro”. En el caso
de Emma, este encuentro se reprodujo a través del gesto y la risa de un seductor. Estar
advertidos de la existencia de la Cosa nos permite configurar la elección de distintos
caminos, lugares donde algo habrá de hacerse para abrir paso ante el inexorable
desencuentro. En este punto nos preguntamos: ¿qué hace el sujeto con eso intratable que
surge en el encuentro con el Otro? Seguramente crea.
buscando ganarse el sustento en distintos oficios, que al final le permitieran escribir. Así lo
relató en enero 28 de 1943 a su amigo Carl Seelig mientras paseaban, después de haber
abandonado todo quehacer literario, evocando su época de juventud: “trabajé en una
compañía de seguros y luego en el banco Kreditanstalt. Entre una cosa y otra me quedaba
a menudo sin trabajo, es decir, en cuanto había reunido un poco de dinero me despedía
para poder escribir sin ser molestado”207. Creemos que logró su objetivo de “desaparecer,
llamando la atención lo menos posible”208, pues, cuando revisamos el éxito de sus
primeras novelas encontramos que la gran masa lo olvidó rápidamente. Sin embargo, su
particular concepción de la escritura y la literatura impresionó a escritores como Kafka,
Canetti, Musil, entre otros. En esta ocasión nos serviremos de uno de sus escritos cortos,
llamados microgramas, para tratar de situar aquello que nos concierne en esta escritura: la
creación en su relación con el vacío, con la nada.
El pequeño artículo lleva por nombre Für die Katz [1928/29]209. El título remite a
la expresión coloquial alemana usada para denominar un trabajo, esfuerzo o actividad cuyo
resultado es banal, inútil, insignificante. Pero esa banalidad, inutilidad e insignificancia
redundan en detrimento de quien realizó aquello que se creía positivo, aunque luego esta
nadería, de alguna manera, llegara en provecho de algo o de alguien. La traducción literal
es “Para el gato,” que tendría para nosotros cierta equivalencia con las expresiones: “Para
nada”, “En balde” o “En vano”. Advertimos que tenemos una dificultad formal, pues no
contamos con ninguna traducción oficial del texto, aunque en Internet hay, al menos, dos
traducciones. Nosotros hemos tomado una de las versiones de las traducciones allí
encontradas, la hemos revisado y modificado para efectos de una lectura en nuestro
trabajo. Como es un texto breve lo presentaremos en seguida:
207
Carl Seelig, Paseos con Robert Walser (Madrid: Ed. Siruela, 2005), 43.
208
Ibíd., 45.
209
Robert Walser, Basta. Prosastücke aus dem Stehkragenproletariat. (Germany: Kiepenheuer & Witsch,
1970), 158-159.
210
Robert Walser, Para el gato. La traducción que hemos utilizado esta en la pagina Centro de Estudios
Robert Walser, esta versión ha sido revisada y brevemente modificada por el filólogo Carlos Andrés Forero.
[Link] (consultado el
20 de mayo del 2013).
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 98
mejor hacer algo, en lugar de no hacer nada. Pero lo que parece haber allí, de repente nos
mira, como una esfinge, o como los ojos de un gato que trasmite el enigma de ese lugar211.
Si planteáramos la pregunta por la creación, en un campo “científico”, donde el
vacío es rechazado, el estudio presentaría distintas respuestas que deberían validarse con
patrones que habrían de transformarse en ley. Por el contrario, para el psicoanálisis lo que
se pone en juego es un vacío que está en el orden de lo imposible y es causa, por tanto, si
acaso solo podría señalarse a posteriori. De este modo estamos tentados en leer “Para el
gato” como un relato que pone en juego ese vacío, esa nada, en distintos campos, desde el
espacio íntimo, pasando por lo doméstico e industrial, hasta lo público en general, y de
vuelta, en su situación de extimidad; esa causa la hemos de poner en estrecha relación con
la Cosa. Estas indicaciones nos permiten ir abriendo el espacio que acogerá ese algo que
nos ocupará en el próximo capítulo, y que ha sido llamado por Lacan el objeto causa,
aludiendo a una operación efectuada por la entrada en el campo del significante –que
produce como resultado un resto–, y animadora de la dialéctica entre el sujeto y el Otro,
que sería propiamente causa del deseo.
En todo caso, por ahora, la cuestión del origen salta en el texto “Para el gato”, lo
cual nos puede conducir a la pregunta relativa al nacimiento formulada por el niño, apenas
se ve confrontado con la presencia real o fantaseada de un hermanito: ¿de dónde vienen los
niños? Este interrogante es un punto de partida de la construcción de “falsas teorías” sobre
los enigmas de la vida sexual, que contienen sin embargo “un fragmento de verdad, y son
análogas en este aspecto a las soluciones tildadas de «geniales» que los adultos intentan
para los problemas del universo cuya dificultad supera el intelecto humano”212. No hay
nada en el “conocimiento” que dé cuenta de eso de manera completamente satisfactoria.
La dificultad que se plantea en la pregunta por el origen y el nacimiento de algo o alguien
es abordada desde distintos campos del saber. La experiencia analítica señala la presencia
211
En el poema “El Golem” de Borges, donde trata los problemas de la creación, también aparece un gato
que mira al “aprendiz de hombre” con cierta extrañeza; aunque el poeta nos dice que ese animal no pueda
localizarse en un sitio preciso, sin embargo, a través del tiempo se adivina.
“Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
ya que a su paso el gato del rabino
se escondía. (Ese gato no está en Scholem
pero, a través del tiempo, lo adivino.)”
[Jorge Luis Borges, “El Golem”, en O. C., Tomo II, op. cit., 307. La cursiva es mía].
212
Sigmund Freud, “Sobre las teorías sexuales infantiles”, en O. C., vol. IX, op. cit., 192.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 101
213
Sigmund Freud, “Análisis terminable e interminable”, en O. C., vol. XXIII, op. cit., 236. La cursiva es
mía.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 102
las respuestas usuales dadas al niño menoscaban su honesta pulsión de investigar. También
las “teorías sexuales” parecen fallar con relación a la verdad y esa falla pone en el
horizonte eso que está en juego. La Cosa se enlaza con la pregunta por el origen cuando
surge como siendo ese lado opaco, imposible de esclarecer, negativo del Otro. La Cosa es
situada en el enigma que está en relación con el deseo del Otro, ese núcleo inasimilable
que escapa a cualquier saber formalizado.
El texto de Walser parece atinar justamente a nada, respecto a la explicación del
nacimiento del texto y de las otras cosas del mundo. Y, de este modo, volviendo al
testimonio que él nos presenta en su breve texto, encontramos el asunto del enigma con
cierta fuerza de equívoco, aquel que se aloja en la figura del gato, o Para el gato: “a ese
gato se le conoce sin conocerlo; dormita, ronronea de placer en su sueño, quienquiera que
intente comprenderlo se encuentra ante un enigma impenetrable”214. Ahora bien, Por
Nada es un lugar en torno al cual se instituye la forma del gato, y cualquier otra forma.
Cuando trabajamos con Heidegger el ejemplo del alfarero que fabrica el recipiente de
barro, y que Lacan nos indicó como metáfora de los enigmas de la creación, supimos que
el significante estaría en el campo de la representación material de la Cosa, que de entrada
–no está de más recordarlo– es inimaginable. “No fue Dios quien consumó esta cosa que
llamamos el Universo. Se le imputa a Dios lo que es asunto del artista, cuyo primer
modelo es, como todos saben, el alfarero. Se dice que él ha moldeado – ¿con qué,
además?– esa cosa que llamamos, por casualidad, el Universo”215. En el título “Para el
gato”, entonces, se pone en juego propiamente en nuestra lengua una traducción que
sugiere la centralidad del vacío: “En balde”. Esta traducción remarca la ubicación de la
Cosa, en la vía misma de la jarra, el vaso o el cántaro; aquel vacío central que resuena
“En balde” y que permite la organización de los significantes, y de toda creación del
objeto, dispuesto este en su aspecto imaginario.
No obstante, el texto de Walser remarca que cualquier cosa es hecha a partir del
vacío, para el vacío y hacia el vacío. Lo que nos permitiría concebir esta propuesta en la
214
Robert Walser, Para el gato. La traducción que hemos utilizado esta en la pagina Centro de Estudios
Robert Walser, esta versión ha sido revisada y brevemente modificada por el filólogo Carlos Andrés Forero.
[Link] (consultado el
20 de mayo del 2013).
215
Jacques Lacan, “Joyce y el enigma del zorro”, en El sinthome, Libro 23 (Buenos Aires: Paidós, 2008), 62.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 103
vía de una ilustración de aquello que también Heidegger encontró como modelo en el
hacer del alfarero: “aprehender lo inasible del vacío y producirlo en la figura del recipiente
como lo que acoge”216. Si se nos permite decir, esta brillante idea trabajada por el filósofo
alemán, que sitúa la relación que tenemos a través de los significantes con la Cosa, esa que
se figura en el recipiente al ser producido como significante, puede sintetizarse, con
Walser, en la frase coloquial que admite nuestra lengua y que se acoge “En balde.” Al
plantearnos esta rápida síntesis, no solo destacamos nuestra frágil capacidad de
abstracción, sino que a la vez nos permitiremos resaltar ese Por Nada como lugar un tanto
peligroso para la cultura, ya que seguramente se puede creer que quisiéramos prescindir,
de una manera ligera, del brillo de ciertos objetos, ideas o producciones. Lo que el autor de
“Para el gato” nos quiere hacer notar es que Por Nada “no es otra cosa que la época en la
que vivimos y para la que trabajamos, la época que nos provee de trabajo, pues bancos,
colegios, restaurantes y casas editoriales, y la mayor parte del comercio, y la importancia
fenomenal de las redes de producción de mercancías, y más aún, suponiendo, lo que
considero superfluo, que quisiera enumerar todo aquello que pudiera entrar en esta lista,
todo eso, es Por Nada, siempre Por Nada, y aún Por Nada” 217.
El aspecto descrito por Walser “En balde” no es solo un punto de vista, sino que
señala eso que para nuestra época adquiere valor en el sistema. Al encarnarse “En balde”
el significante representa la Cosa, y se genera la perspectiva de que ese vacío se puede
llenar con otros elementos agujereados, con significantes. Pero definitivamente no; aquel
vacío es determinante para que el supuesto progreso del sistema ocurra. La potencia del
significante que en sí mismo se sostiene sobre un agujero nuclear, produce aquella ilusión
que la maquinaria de la época utiliza para sus fines. Pero lo que el escritor suizo nos
advierte es que Por Nada “es el mismo sistema”, y si acaso algo pretendiera distinguirse
de no ser hecho “Para el gato”, serían las obras maestras del arte, o aquello que fuera más
allá de las estridencias del día. Entonces, ¿acaso lo que marca el arte concierne a la
singular extimidad del sujeto con su cotidianidad? En todo caso, lo que podría tener otra
216
Martin Heidegger, “La Cosa”, en Conferencias y artículos, op. cit., 147. La cursiva es mía.
217
Robert Walser, Para el gato. La traducción que hemos utilizado esta en la pagina Centro de Estudios
Robert Walser, esta versión ha sido revisada y brevemente modificada por el filólogo Carlos Andrés Forero.
[Link] (consultado el
20 de mayo del 2013)
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 104
dignidad, para Walser, tiene “un valor de eternidad” y, por tanto, impagable en cualquier
perspectiva de comercialización. De cualquier modo, se pone en entredicho la mera
circulación de la falsa moneda del significante, advirtiéndonos de la central presencia de la
Cosa que ex-siste. En palabras de Walser, “solo aquello que no es mascado y devorado por
el rechazo o la admiración, dicho de otra forma Por Nada, que por cierto representa algo
eminente, solo eso, se dice, está llamado a perdurar y llegará algún día, como un buque de
carga o una nave de lujo, al puerto de una lejana posteridad”218. A lo que se apunta con esa
posteridad es a la relación, no menos problemática, de la humanidad con ese campo de lo
real “que padece de significante” y hemos designado como la Cosa.
Al respecto, el autor de “Para el gato” sustenta con distintos ejemplos su punto de
vista que, justamente, a través del equívoco, apuntan a un más allá de la mera apariencia.
Las situaciones fundadas “Para el gato” ocurren, como ejemplo, a un par de colegas de
Walser, que trabajan, uno en la escritura y otro en el aparente disfrute de la nadería. Con el
primero se insiste que el escritor, aunque haga unos textos muy versificados y sofisticados,
siempre los garabatea Por Nada. Con el otro colega, que cuenta con cierta posición notable
en la sociedad y que, además, disfruta de todo lo que se supone debe disfrutar una persona
de su posición social (una bella y encantadora esposa, un apartamento, y paseos de
príncipe), se pone de manifiesto una obstinada idea: “el gato lo ignora”. Esta idea no solo
es empecinada sino que es falsa, pues no corresponde a la realidad; en cambio, es todo lo
contrario, la nadería juzga a este segundo colega como uno de los suyos. Uno al que no
solo juzga como digno, sino que hace parte de la nada misma. Para marcar el lugar que nos
ocupa, en el texto de Walser encontramos una explosión de nada. Y no podemos dejar de
recordar, aquí, la pregunta de los científicos: ¿Qué había antes del Big Bang? ¿Qué explotó
en el Big Bang? Para atrevernos a responder con Walser diríamos que nada, ¿y cómo
puede explotar una nada? Explotando como “Para el gato”. Así, el mundo actual es Por
Nada. Todos los hombres, desde que el mundo es mundo, han trabajado “En balde”, y
dado que esto insiste, tiene la condición de real. El pequeño artículo nos hace saber que el
218
Ibíd.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 105
gato, la nada, el vacío, “es el destinatario primero de todo lo que acontece; se repite, y
solamente lo que continua viviendo y actuando a su pesar es inmortal”219.
219
Ibíd.
220
Jacques Lacan, “El amor cortés en anamorfosis”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 174. La
cursiva es mía.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 106
satisfacción y primer objeto hostil. De esta manera, con Lacan, la Cosa se articula para el
sujeto a cierta distancia, “distancia íntima que se llama proximidad, que no es idéntica a él
mismo, que le es literalmente próxima”221. Se trata, entonces, de una relación con lo
extraño de “sí mismo”, siendo así el sujeto su propio prójimo. En esta vía, Lacan nos dice
que “el deseo viene del Otro, y el goce está del lado de la Cosa”222. Respecto a la Cosa,
como lugar de goce, habría un límite que sitúa una prohibición, y por tanto, es
absolutamente vital para el sujeto poder marcar los linderos que posibilitan los avatares
propios de la demanda, configurando, así, la pulsión. A través del grito hay
reconocimiento en el afuera de eso que es lo más íntimo y nuclear. Por ello, “ese grito no
necesita ser emitido para ser un grito”223, dice Lacan evocando El grito de Munch. En
consecuencia, se apuntaría a un real que puede ser la garantía de la Cosa como campo del
goce. Y, aprovechando la mención al cuadro de Munch, en la boca abierta que allí se
presenta, podríamos representarnos algo de la Cosa: un lugar de goce ceñido por la “red de
vasos comunicantes” que se organiza por las demandas que trazan recorridos que giran en
torno al objeto a, allí incluido. Este excéntrico objeto será llamado por Lacan causa del
deseo, y será tema de trabajo en el siguiente capítulo, pues nos interesa su relación con la
creación.
Para finalizar, lo que Lacan nos expone es que la Cosa puede “situarse entre una
ética y una estética freudiana. La estética freudiana sólo está allí en la medida en que nos
muestra una de las fases de la función de la ética […]. Jones, por ejemplo, habla siempre
de esa complacencia moral que, de algún modo, es aquello por lo cual la ética nos vuelve
inaccesible esa Cosa que ya de entrada lo es. […] la estética freudiana, en el sentido más
amplio del término, es decir, el análisis de toda economía de los significantes, nos muestra
esa Cosa, inaccesible”224. Entonces, la creación en este punto consistiría en plantear un
objeto que en su núcleo no solo es inaccesible, sino que está separado de quien decae
buscando alcanzarlo con toda suerte de potencias introducidas por el significante. Quizá
por esta razón Borges se anticipaba diciendo que “la música, los estados de la felicidad, la
221
Jacques Lacan, “De la ley moral”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 95.
222
Jacques Lacan, “Del Trieb de Freud y el deseo del psicoanalista”, en Escritos II, op. cit., 832.
223
Jacques Lacan, “Las dos vertientes de la sublimación”, en De otro al otro, Libro 16 (Buenos Aires:
Paidós, 2008), 206.
224
Jacques Lacan, “Critica de Bernfeld”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 195. La cursiva es
mía
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo II | 107
mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren
decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta
inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético”225.
225
Jorge Luis Borges, “La muralla y los libros”, en O. C., Tomo II, op. cit., 15.
CAPÍTULO III - EN TORNO a LA CREACIÓN
226
Salvador Dalí, Entrevista a Salvador Dalí en el programa "A fondo" de TVE de 1977. La entrevista pude
verse en Archivo histórico, A la carta televisión y radio, [Link]
[Link]
fondo-1977/388736/ (Consultado el 30 de abril del 2013).
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 109
Cerrando esta anécdota, se cuenta también que, al escuchar esto, Cocteau se puso
dos pajas en formas de bigotes e inclinó la cabeza ante la brillante réplica. Las respuestas
que pronuncian los artistas tienen algo de inesperadas. En esta anécdota, cada una, por su
genialidad, plantea algo que nos hace soltar la risa o nos deja un aire de sorpresa, sin
embargo, la última respuesta parece remitir a cierto imposible que se vincula con el sujeto.
Si figuramos la escena en la conferencia de prensa, notamos que se abre una
expectativa con las preguntas que hacen los periodistas, que apuntan a saber: ¿Qué desean
salvar los creadores? ¿Cuál es el objeto que ellos aprecian y se llevarían? Sin embargo, las
respuestas no son lo que se espera (de ahí, la risa o la sorpresa). Cocteau asigna al fuego un
papel principal. Un objeto que, según la escritura de Esquilo, perteneció a los dioses hasta
que fue robado y entregado a los mortales227 para que estos aprendieran las artes. Si acaso
por esta razón merecería ser llevado. En este sentido, si ardiera en llamas el Museo del
Prado228, solo el fuego tendría valor para el artista francés. Prometeo, quien quizá fue el
primer demiurgo y creador de hombres, llevó el fuego en el tallo de una caña; tal vez de
este mismo modo pretendía llevarse el fuego Cocteau, de lo contrario, ni el mismo hubiera
podido salvarse. El regalo del titán no fue menor para la cultura. Pero también sabemos,
según la anécdota, que el fuego tiene un lugar circunstancial en el museo. No pertenece
estrictamente a este lugar, aunque sea esencial. Ante el artificio del cuestionario
periodístico, el artista responde de forma espléndida, apunta muy cerca a la nada, y deja
quemar todo lo que el museo acoge, llevándose un elemento esencial. En otras palabras,
nos dice que lo que merece ser salvado es justamente lo que quema. Con esta decisión,
Cocteau plantea, entre líneas, que lo demás quede reducido al “fuego”.
227
Dice Prometeo: “Con todo, me es igual de imposible callar o no callar esta desgracia. Porque habiendo
proporcionado una dádiva a los mortales estoy uncido al yugo de la necesidad desdichado. En el tallo de una
caña me llevé la caza, el manantial del fuego robado, que es para los mortales el maestro de todas artes y
gran recurso. De este pecado pago ahora la pena, clavado con cadenas bajo el éter.” Esquilo, Prometeo
encadenado, libro descargado de: [Link] pág. 5-6 (descarga hecha el 7 de
enero 2013).
228
El Museo del Prado es el museo más importante de España, con la mejor colección de pintura española en
el mundo. [G. Fernandes, 20 (and more) Museums you Shoul Know, [Link].
[Link] (consultado el 20 de marzo del 2013)].
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 110
229
Esquilo, Prometeo encadenado, libro descargado de: [Link] pág. 5-6
(descarga hecha el 7 de enero 2013).
230
En “El Malestar en la cultura” (1929) Freud admite en un pie de página la conjetura de que hubo de
renunciarse al placer de extinguir el fuego con el chorro de orina para llevarlo consigo y someterlo a la
servidumbre, además, ofrece la concepción fálica de las llamas cuando estas se alzan en lo alto en forma de
lenguas. [Sigmund Freud, “El malestar en la cultura”, en O. C., vol. XXI, op. cit., 89]. No podemos dejar de
escuchar en esta concepción, y a propósito de lo que se llevaría Cocteau, que el “falo es un significante” y,
por ello, el lugar simbólico del falo para Lacan. En “sobre la conquista del fuego” de 1931, Freud ampliará
las conjeturas sobre las renuncias que exigió la conquista del fuego. [Sigmund Freud, “Sobre la conquista del
fuego”, en O. C., vol. XXII (Buenos Aires: Amorrortu, 2004), 173-178].
231
Para Freud, la domesticación del fuego responde a una renuncia a lo pulsional, pero también a cierta
concepción fálica: “[…] la llama recuerda por su forma y movimientos al falo activo. Que la llama
apareciera a la sensibilidad mítica como un falo no puede resultar dudoso; lo atestiguan, a las claras, la saga
sobre la concepción del rey romano Servio Tulio. Cuando nosotros mismos hablamos del fuego devorador de
la pasión y del lengüeteo de las llamas, y así comparamos la llama con una lengua, no estamos tan
distanciados del pensamiento de nuestros ancestros primitivos. Es que nuestra derivación de la conquista del
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 111
consumiría todo el museo y pretendería hacer lo mismo con el espacio vacío; sin embargo,
uno de los artistas nos hace saber también que allí existe algo de mejor calidad. Por eso
salvar el fuego del fuego caería en el absurdo.
Por el contrario, Dalí apunta a algo irreductible, y con el asombro que puede
generar su respuesta –quien además dejaría quemar el cuadro de Las meninas para trastear
solo con su aire–, en este apólogo se nos indica que hay algo nuclear para el deseo del
artista que resulta imposible de pensar, de llevar, y quién sabe si se pudiera salvar, pero
que existe en el museo, y por tanto, puede pasar por la experiencia. La respuesta de Dalí
alude a un objeto que está incluido en el cuadro de Las meninas. Tal objeto no es solo
relevante y preferido porque, según él, el aire es un elemento pictórico y protagonista de la
pintura mientras que el fuego no, sino que este objeto concierne al sujeto que lo indica al
pronunciarlo, en tanto este es central, indispensable, para la obra y para el sujeto mismo.
Por consiguiente, con el pronunciamiento que hace el pintor español se pone en juego el
aire “contenido” en el cuadro como privilegiado. Lo que Dalí pretende salvar es un objeto
situado entre el deseo del sujeto y el fuego del goce que vuelve todo cenizas, es decir,
nada. Lo que el artista español prefiere llevarse está contenido en el cuadro, es ese aire que
acoge el vacío del cuadro, que, en últimas, sería lo que causa el deseo de cualquier sujeto
que pasa por el museo a respirar la calidad de aire que en aquel lugar existe. En
consecuencia, si el museo se quemara y algo allí pudiera salvarse, llevarse, este objeto
sería irreductible al fuego, a un significante, y por tanto sería la causa del deseo, y en esta
vía, digno de ser llevado por el sujeto.
Cuando Dalí habla del “aire” contenido en Las meninas de Velázquez, como eso
que se llevaría, inscribe la imposibilidad que tienen las llamas para reducir este objeto al
fuego, y esto aun en el supuesto de que el cuadro de Las meninas se quemara. En nada
modifica el fuego al objeto que preferiría llevarse Dalí. Ya que, lo que él no nos dice
explícitamente, pero está en su respuesta, es que se quemara o no el museo, de todos
modos, el objeto que lo causa le haría moverse como “Salvador” –vendría con él, aun
siendo externo a él–. Por esto, la segunda respuesta pone a circular el objeto esencial y
fuego contenía, sin duda, la premisa de que para el hombre primordial el intento de extinguir el fuego
mediante su propia agua significaba una lucha placentera con otro falo.” [Sigmund Freud, “Sobre la
conquista del fuego”, en O. C., vol. XXII, op. cit., 176].
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 112
preferible, si acaso por su origen indestructible o, en todo caso, por su condición de “aire”
contenido en el vacío. Este objeto no tiene representación y, por tanto, no puede someterse
a las llamas, más bien las anima. Además, lo imposible no es solamente que no se pueda
quemar, sino el lugar en el que se sitúa; en un entorno candente, a punto de derrumbarse,
de desaparecer, efímero, evanescente. Este se encuentra en el lugar de la voz que lo
pronuncia, el aire que lo hace resonar. Dalí alude a él en el lugar mismo de la anécdota,
ante el ardor supuesto en las palabras. Ese algo que anuda el lenguaje, nudo que deja al
objeto en un sitio de no-lugar, escapando a la consistencia, como si de por sí ya estuviera
envuelto en las llamas. Por eso, al proponerse el aire contenido en el cuadro como objeto
para salvar, para llevar, se abre un espacio impensable que requiere de la potencia del
significante y que es inyectado en el cuerpo del artista con cierta postura teatral. Al decir
lo que se llevaría del museo en llamas, en caso de poder hacerlo, Dalí despliega una
apariencia que simula reflexión, para acentuar con el cuerpo lo que el lenguaje ausentifica
del objeto.
No obstante, alentados por los efectos del fuego que en principio nos permitió
iluminar nuevos caminos, nuestro propósito es andar hacia eso que causa el deseo y su
relación con la creación. De esta manera, daremos pasos sobre la constitución del objeto
causa de deseo que, como podemos plantearnos con la anécdota de Dalí, definitivamente
no es propiamente un objeto del mundo, es decir, no es representable como tal, si acaso
podría aludirse a él a través de algún fragmento, quizá un poco agujereado, o un tanto
excéntrico, que hace juego con el cuerpo del artista232 que, en este caso, es quien lo
experimenta, y nos da cuenta de su existencia en el entrecruzamiento del lenguaje. Quizás
con el lenguaje –y lo que este tiene de candente– podamos horadar poco a poco el espacio
de aquel objeto causa y su relación con la creación.
232
Además del ademán teatral que dice haber tomado Dalí en la conferencia de prensa antes de responder a
las preguntas planteadas (cuando cuenta esto también presenta un cambio de postura); si se nos permite
señalar, se pone en juego asimismo en el cuerpo de Cocteau algo al coger las pajas para remedar los bigotes
de Dalí. Así, con algo del cuerpo Cocteau se relacionó con la sorprendente respuesta del artista español.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 113
233
Jorge Luis Borges, “Un ciego”, en O. C., Tomo III, op. cit., 127.
234
Jacques Lacan, “La angustia en la red de los significantes”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 14.
235
Jacques Lacan, “sesión del 4 de abril de 1962”, en Seminario 9, La identificación (inédito)
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 114
del deseo del Otro”236. Es como si se pretendiera aprehender de forma pura el deseo del
Otro, que fue incluido de alguna manera en un principio por la demanda del Otro.
Continuando con el apólogo, este se sigue unas sesiones después de ser presentado
para indicar que la angustia comienza en el momento en que la imagen de lo que podría ser
el deseo del Otro falta. Lacan lo dice así: “recuerden la imagen vacilante que intenté erigir
ante ustedes de mi confrontación oscura con la mantis religiosa, y si en un comienzo hablé
de la imagen que se reflejaba en su ojo, era para decir que la angustia comienza a partir de
ese momento esencial en que esa imagen falta”237. Ese lugar vacío, donde reside lo que no
aparece en la imagen especular, es alcanzado por el rodeo de la angustia. De modo que, en
el seminario La angustia se retoma de nuevo este argumento, pero admitiendo de entrada
que la imagen falta. El psicoanalista francés lo plantea así: “Como yo mismo no sabía qué
máscara llevaba, pueden imaginarse fácilmente que tenía alguna razón para no estar
tranquilo ante la posibilidad de que, debido a algún azar, aquella máscara fuese impropia,
induciendo a mi partenaire a algún error sobre mi identidad. La cosa quedaba acentuada
por lo siguiente, que añadí, yo no veía mi propia imagen en el espejo enigmático del globo
ocular del insecto”238. En las dos ocasiones citadas Lacan asocia a ellas la pregunta Che
vuoi?, “¿Qué quieres?” o, aprovechando la ambigüedad del francés, puede ser “¿qué me
quiere?”239 Para hacer apuntar la pregunta hacia un lugar, es decir, no solo “¿cómo me
quiere?”, sino “¿qué quiere en lo concerniente a este lugar del yo?”, pregunta que interroga
el deseo del Otro, o mejor dicho, interrogante que intenta desplegar la estructura de la
pregunta por el deseo del Otro que anima al sujeto neurótico.
En todo caso, la referencia a la mantis religiosa permite acentuar el deseo del Otro,
allí donde este se plantea como voraz. Es en función del deseo del Otro que se concibe el
punto de la angustia. Por eso, Lacan vinculará esta función con el objeto que nos convoca
en este punto del camino: “no sé qué objeto a soy yo para dicho deseo”240. Y es ahí en
donde el apólogo es ejemplar para indicar que “el Otro sería radicalmente un Otro, la
236
Ibíd.
237
Jacques Lacan, “sesión del 2 de mayo de 1962”, en Seminario 9, La identificación (inédito)
238
Jacques Lacan, “La angustia en la red de los significantes”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 14.
239
Ibíd.
240
Jacques Lacan, “Del a a los nombres del padre”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 352.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 115
mantis religiosa de deseo voraz con la que no me vincula ningún factor común”241.
Planteado esto, Lacan señala la relación del analista con la angustia, y pregunta: “¿a quién
ponen ustedes a salvo? Al otro, sin duda, pero también a ustedes mismos. Estos poner a
salvo, no porque se recubran debemos dejar que queden confundidos”242. Adentrarnos en
esta diferencia supondría un despliegue que no podemos aquí desarrollar, pues nos
apartaría de la pregunta que nos concierne. Sin embargo, podemos señalar en esa
referencia que el objeto causa –que pretendemos relacionar con la creación– está incluido
de manera explícita en la experiencia psicoanalítica, y concierne tanto al analista como al
analizante.
Pero vayamos despacio, y resaltemos que lo que se subraya con la mantis religiosa
es la voracidad del Otro. En otras palabras, que hemos de estar advertidos de tal voracidad
inherente al deseo del Otro, pero también que “no sé qué soy yo” para aquel deseo, en
tanto este es, en último término, insondable. En esta dialéctica se abre un espacio en donde
hemos de tratar de localizar lo que se constituye como objeto. En esta vía, en lo tocante a
la angustia, cada paso que demos no tiene otra labor que dejar el vacío donde está la
angustia, enmarcar algo en el campo del vacío. Al igual que en el apólogo citado, como no
se sabía qué máscara se llevaba, se ve implicada la falta de imagen que pretende
infructuosamente o vanamente localizarse en el espejo, en el ojo del Otro.
Para tratar de hacer un esclarecimiento sobre lo que se pone en juego con las
máscaras y los espejos, acudiremos a las pesadillas que Borges dice haber tenido desde
siempre, y que él precisó como “dos pesadillas que pudieran llegar a confundirse” 243. Las
dos pesadillas son la del laberinto y la del espejo que, dice el escritor argentino, no son
distintas porque bastan dos espejos opuestos para construir un laberinto. Y rescatemos de
entrada lo que se nos impone con estos dos espejos: un laberinto realmente infinito,
insondable y horrorosamente vacío por toda su profundidad. Borges presentaba sus
pesadillas así: “siempre sueño con laberintos o con espejos. En el sueño del espejo aparece
otra visión, otro terror de mis noches, que es la idea de las máscaras. Siempre las máscaras
me dieron miedo. Sin duda sentí en la infancia que si alguien usaba una máscara estaba
241
Ibíd.
242
Jacques Lacan, “La angustia en la red de los significantes”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 15.
243
Jorge Luis Borges, “La pesadilla”, en O. C., Tomo III, op. cit., 263.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 116
ocultando algo horrible. A veces (estas son mis pesadillas más terribles) me veo reflejado
en un espejo, pero me veo reflejado con una máscara. Tengo miedo de arrancar la máscara
porque tengo miedo de ver mi verdadero rostro, que imagino atroz. Ahí puede estar la
lepra o el mal o algo más terrible que cualquier imaginación mía”244. Arrancar la máscara
de lo que no se sabe qué es, pero que cuya imagen, además, falta en el espejo, estaría del
lado de aquello horroroso. Esta movediza e inestable escena será lo que da el soporte y el
material a la articulación significante. No dejemos de decir, entonces, que arrancar la
máscara es quedar de frente ante el vacío abismal creado por los dos espejos enfrentados.
Con Freud, arrancar la máscara podría manifestarnos, en el plano simbólico, la
castración245. Y aunque nuestro propósito no es trabajar a profundidad el texto donde
Freud se ocupó del tema –Inhibición, síntoma y angustia– no dejaremos de decir que la
angustia es un afecto, y en la referencia freudiana se define como uno que es señal de un
peligro que viene de otro lugar; es señal de algo que está más allá de los límites del saber.
Con Lacan podemos aludir a ese lugar vacío en donde se enmarcaría el objeto de la
angustia y que vendría a estar recubierto por la máscara. Además, digámoslo de forma
precisa, no hay imagen en el espejo de aquel objeto. Si acaso se llegara a dar sentido
estricto a no sé qué imagen, entendiendo que desde el principio del camino fuimos
atrapados en ella, se caería en la trampa de la especularidad narcisista, que esboza en el
fondo el campo del vacío insondable y, entonces, la absoluta y profunda desmesura, que
no deja de traer consecuencias. Caer en la trampa es quedar impedidos para relacionarnos
con algo, que es objeto, bajo el afecto de la angustia; con ese algo que se ha vuelto hacia el
244
Ibíd., 263-264.
245
En el texto Inhibición, síntoma y angustia, es posible leer la angustia referida a una situación traumática,
y respecto a los diversos peligros capaces de precipitarla, por decir algunos: el nacimiento, la pérdida de la
madre como objeto, la pérdida del pene, la pérdida del amor del objeto, la pérdida del amor del superyó.
Entonces, con Freud, la castración no sería la única situación de peligro a la cual la angustia serviría de señal
del displacer. La angustia de castración es sin duda el más conocido de estos peligros: “por angustia de
castración resigna el pequeño Hans la agresión hacia el padre; su angustia de que el caballo lo muerda puede
completarse, sin forzar las cosas: que el caballo le arranque de un mordisco los genitales, lo castre.”
[Sigmund Freud, “Inhibición, síntoma y angustia”, en O. C., vol. XX (Buenos aires: Amorrortu, 2004), 103].
El trabajo de Lacan apunta a otra cosa o, más precisamente, al objeto a como objeto de la angustia; ahí
donde Freud dice que es sin objeto: “la angustia se presenta como una reacción frente a la ausencia del
objeto; en este punto se nos imponen unas analogías: en efecto, también la angustia de castración tiene por
contenido la separación respecto de un objeto estimado en grado sumo, y la angustia más originaria (la
«angustia primordial» del nacimiento) se engendró a partir de la separación de la madre.” [Sigmund Freud,
“Inhibición, síntoma y angustia”, en O. C., vol. XX, op. cit., 129-130. La cursiva es mía].
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 117
sujeto. Quitar la máscara es el horror, porque no hay nada. A través del Otro se construye
la trama, como red significante, del objeto que identifica el sujeto en la angustia.
Un resto fundamental
Recordemos que desde el comienzo de este camino sobre la cuestión de la creación,
planteamos, con Lacan, que nada surge sin la entrada del significante en el mundo, pero
también que la nada surge gracias al significante labrado en el mundo. En este sentido, lo
mismo ocurre para el caso del sujeto, quien no es concebible sin la introducción de un
significante, aquel que le permite empezar a contar [se en] lo que pasa. A partir de la
noción freudiana de único rasgo, Lacan apunta a aquello que se formaliza en el
significante. Freud planteó que ese rasgo es elegido para producir una identificación con el
objeto amado cuando se pierde; a través del lazo afectivo más temprano se hace presente
una ligazón con el prójimo en esta vía. “La identificación es parcial, limitada en grado
sumo, pues toma prestado un único rasgo [einziger Zug] de la persona objeto”246. Con
estas indicaciones, Lacan se apoya también en la lingüística de Ferdinand de Saussure,
para construir el concepto de rasgo unario. La lengua247, según Saussure, se constituye a
partir de una lista de términos, elementos que tienen valor en su diferencia. Dispuestas
estas bases, para Lacan, el rasgo unario es la introducción primera del significante más
simple, que al inscribirse soportaría la identificación248 como uno. Entonces, el rasgo
246
Sigmund Freud, “Psicología de las masas y análisis del yo”, en O. C., vol. XVIII (Buenos Aires:
Amorrortu, 2004), 101. La cursiva es mía.
247
“La lengua existe en la colectividad en la forma de una suma de acuñaciones depositadas en cada cerebro,
más o menos como un diccionario cuyos ejemplares, idénticos, fueran repartidos entre los individuos. Es,
pues, algo que está en cada uno de ellos, aunque común a todos y situado fuera de la voluntad de los
depositarios. Este modo de existencia de la lengua puede quedar representado por la fórmula: 1 + 1 + 1 + 1...
= I (modelo colectivo).” [Ferdinand de Saussure, Curso de lingüística general (Buenos Aires: Ed. Losada, S.
A., 1979), 65].
248
Lacan introduce variaciones importantes y sensibles con relación a la “identificación” freudiana, de las
que no nos podemos ocupar en este recorrido, al respecto, ayuda remitirse al libro El espacio psicoanalítico,
capítulo 7, Diferentes modalidades de identificaciones del sujeto, de Víctor Korman, donde se amplía esta
referencia. Con relación a lo que aquí se expone podemos leer lo siguiente: “para Lacan, la identificación es
llevada a cabo por el significante (rasgo unario). Este aspecto subraya la determinación del sujeto por el
Otro. El Otro es identificante; primera gran diferencia con Freud, que colocaba al sujeto en vías de formación
como punto de partida de la identificación. Esto supuso sostener, una y otra vez, la anterioridad lógica del
Otro y del significante respecto al sujeto. Al situar al Otro como identificante, Lacan despersonaliza el
proceso: no es con personas ni objetos, sino con el Otro –un lugar–; más específicamente, con los rasgos
unarios del Otro.” [Víctor Korman, El espacio psicoanalítico: Freud –Lacan–Möbius,(Madrid: Síntesis,
2004), 130]
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 118
unario está implicado en la constitución del sujeto, es decir que “En el principio es el
verbo significa En el principio es el rasgo unario”249. Lo que salta a la vista es que el
objeto por un lado quedaría reducido a un rasgo, que podría ser la encarnación del
significante fálico. De este modo, las cosas del mundo entran en escena, en la historia, de
acuerdo con las leyes del significante, aunque, vale escribir, esas leyes no son iguales a la
cosa del mundo.
Cuando se empieza a hablar el rasgo unario entra en juego. “El hecho de poder
decir 1 y 1 y 1 más, y 1 más, constituye la identificación primaria”250. En todo caso, la
singularidad del rasgo es lo que se pretende hacer entrar en lo real. Entre nosotros y lo real
está el campo del significante. Así, a través del rasgo unario se marca la entrada del sujeto.
De este modo, en el análisis tenemos la experiencia de que hay algo que es anterior a todo
lo que podemos elaborar o comprender y que Lacan llama la presencia del Otro con
mayúscula, campo del significante. En seguida, con la presencia del deseo del Otro,
podemos asociar la indicación que nos orienta hacia ese algo más allá: la angustia.
Para Hegel, en lo referente al “deseo del hombre como deseo del Otro” 251 –dice
Lacan– nos enfrentamos con el Otro como conciencia, en lo tocante a la dependencia del
deseo respecto del deseante que es el Otro, desde donde se da inicio a una lucha a muerte.
En cambio, en la enseñanza de Lacan, el Otro está en tanto inconsciente, además, el “Otro
concierne a mi deseo en la medida de lo que le falta”252. En el plano de la falta, sin que el
Otro lo sepa, estamos concernidos, pues no hay otra vía para encontrar lo que nos falta en
cuanto objeto del deseo. Considerando esto, no solo no hay acceso a nuestro deseo, sino
tampoco la posibilidad de sustentar nuestro deseo a través de un objeto, salvo acoplándolo,
anudándolo con el sujeto tachado, S , que implica la absoluta dependencia respecto al Otro.
En La angustia Lacan nos hace saber desde el principio que, en los años previos a
este seminario, ha distinguido, y por tanto tiene, al A como al gran Otro y a la pequeña a
como al otro, al semejante. Él lo dice así: “Este Otro es, por supuesto, el que a lo largo de
los años creo haberlos entrenado para distinguir a cada momento del otro, mi semejante.
Es el Otro como lugar del significante. Es mi semejante entre otros, pero sólo en tanto que
249
Jacques Lacan, “La angustia, signo del deseo”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 30.
250
Jacques Lacan, “Del cosmos al unheimlichkeit”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 51.
251
Jacques Lacan, “La angustia, signo del deseo”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 32.
252
Ibíd., 30.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 119
es también el lugar donde se instituye como tal el Otro de la diferencia singular”253. Sin
embargo, en este seminario, parece imponerse la naturaleza de otra a, la que nos
proponemos explorar, la del objeto, la de la diferencia singular, la de la angustia, la “única
garantía de la alteridad del Otro”. Lacan nos dice que, debido a la existencia del
inconsciente, “nosotros podemos ser ese objeto afectado por el deseo”254. La falta, nuestra
propia falta, en tanto sujetos del inconsciente, marca la finitud de nuestro deseo. Ahora
bien, dice el psicoanalista francés, el deseo es en apariencia “indefinido”, pues la falta, al
participar de cierto vacío, tiene la perspectiva de llenarse de maneras distintas, aunque,
según la experiencia psicoanalítica, no es de cualquier manera. La falta de identidad del
sujeto y el deseo como metonimia avivan el fuego con la ilusión de una infinitud del
deseo.
No obstante, esa infinitud debe ser reducida. Lacan nos dice que tal “pseudo-
infinitud no depende sino de una cosa, que ciertamente parte de la teoría del significante
felizmente nos permite imaginar, no es otra que la del número entero”255. En este sentido,
la metonimia expresada como lo interminable, puede plantearse en la definición de número
entero, lo cual, al decir de Lacan, se llama recurrencia. En matemáticas, la recurrencia es
una propiedad de las secuencias, que permite calcular cualquier término a partir del
precedente. Los números enteros son una secuencia que se escribe (n + 1), donde n es
cualquier numero. En este sentido, la repetición que se presenta de uno, en la ley de la
recurrencia, genera la ilusión de infinitud, “pero lo que nos demuestra nuestra experiencia
es que ese Uno al que se reduce en último análisis la sucesión de los elementos
significantes en tanto que distintos no agota la función del Otro”256. En otras palabras, no
hay totalidad ya que esa apariencia que ofrece uno no agota la función del Otro, no lo
alcanza, aunque, de todos modos, se pone en juego para nosotros el lugar del Uno que
instituye el Otro de la diferencia singular, el objeto a, y que es producido por la
introducción del rasgo unario. Que el uno que se repite no agote la función del Otro pone
en el horizonte la condición del deseo del Otro y, de esta manera, lo que falta.
253
Ibíd., 33.
254
Ibíd., 35.
255
Ibíd.
256
Ibíd.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 120
Para anunciar la operación lógica que surge con estos elementos, Lacan recoge lo
importante en la operación de división por la que se constituye el sujeto y su objeto. Como
lo dijimos en el principio está el A, el Otro originario como lugar del significante, y S,
indica que el sujeto todavía no existe, ya que debe situarse como determinado por el
significante:
(Esquema de la clase
del 21 de noviembre de 1962)
Esto podemos leerlo como que el sujeto $, que depende del Otro, se inscribe como
un cociente respecto a él. En consecuencia, está marcado por el rasgo unario del
significante y está ubicado en el campo del Otro. Al final, queda algo de la división, es
decir, la operación arroja un resto, un residuo. “Ese resto, ese Otro último, ese irracional,
esa prueba y única garantía, a fin de cuentas, de la alteridad del Otro, es el a”257. El $,
que es “el sujeto marcado por la barra del significante” y el a que es el objeto “residuo de
la puesta en condición del Otro” están del mismo lado del Otro, del lado “objetivo” de la
barra. Lo que está del lado del sujeto “es lo que me constituye como inconsciente, a
saber, A , el Otro en la medida en que yo no lo alcanzo”258. El sujeto toma del Otro la barra
que lo embaraza, y en este movimiento, en la entrada del significante, subsiste un resto que
es central para la constitución del sujeto propiamente: el objeto.
De esta manera, vemos que el objeto a es el resto de la división, que surge en
función de la intervención del significante. Lo que podemos plantearnos, entonces, es que
ese resto escapa al significante y, aunque está en su campo, queda excluido; algo queda
como residuo, algo no entra en el campo del significante. No se alcanza el Otro y, por lo
tanto, lo que queda como residuo representa una pérdida que resulta de la entrada del
significante, una pérdida de goce. En otras palabras, podemos expresar que el objeto a,
como resto, sería resultado de la dialéctica del sujeto y el Otro, a través de una operación
de división subjetiva, de la que resulta el resto como “Otro último” que es esa única
257
Ibíd., 36. La cursiva es mía.
258
Ibíd.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 121
prueba y garantía del Otro. Un resto que resulta principal para la “creación” del sujeto,
pero también para cualquier actividad creadora. Un resto que esperamos ubicar como
causa del deseo y que, entonces, estaría implicado en la creación. De pronto, un resto que
toma otro valor; quizás “todo lo que hemos llamado mundo a lo largo de la historia deja
residuos superpuestos, que se acumulan sin preocuparse en absoluto por las
contradicciones. Aquello que la cultura nos vehicula como el mundo es un
amontonamiento, un depósito de restos de mundos que se han ido sucediendo y que no por
ser incompatibles dejan de hacer buenas migas, demasiado, en el interior de cada uno de
nosotros”259.
Esta división se puede relacionar también con aquello que trabajamos en el primer
capítulo, en lo tocante al estadio del espejo. Nos podemos preguntar en este momento
cómo la relación especular ocupa su lugar, y de qué manera depende que el sujeto se
constituya en el lugar del Otro y su marca se trace en la relación significante. Lo que
Lacan nos enseña en el seminario La angustia es que el investimento de la imagen
especular es un tiempo fundamental de la relación imaginaria. Ahora bien, lo que nos hace
saber con esto es que es fundamental en la medida en que tiene un límite, es decir, que “no
todo el investimento libidinal pasa por la imagen especular. Hay un resto”260. Ese resto,
ese residuo, escapa al estatuto del objeto derivado de la imagen especular.
Por lo cual, la manera como nos hemos referido al objeto a es como algo, y este
algo no deja de resonar con aquello que Freud mismo trabajó sobre la angustia, pues decía
que “la angustia tiene un inequívoco vínculo con la expectativa; es angustia ante algo.
Lleva adherido un carácter de indeterminación y ausencia de objeto”261. Con todo, esta
idea freudiana seguramente sirve a Lacan para sostener que la admisión generalizada de
que para Freud la angustia es sin objeto se extrae no de su discurso, sino de una parte de
sus discursos, y es justamente lo que el psicoanalista francés rectifica en su seminario
sobre la angustia, diciendo que esta “no es sin objeto”262.
259
Jacques Lacan, “Del cosmos al unheimlichkeit”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 44. La cursiva es mía.
260
Ibíd., 49.
261
Sigmund Freud, “Inhibición, síntoma y angustia”, en O. C., vol. XX, op. cit., 154. Solo la cursiva de la
palabra “algo” es mía, la otra es original del texto.
262
Jacques Lacan, “No sin tenerlo”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 101.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 122
263
Quizás, a fuerza de esto, Jorge Luis Borges nos dejó dicho que:
“El humo desdibuja gris las constelaciones
remotas. Lo inmediato pierde prehistoria y nombre.
El mundo es unas cuantas tiernas imprecisiones.
El río, el primer río. El hombre el primer hombre.”
[Jorge Luis Borges, “Manuscrito hallado en un libro de Joseph Conrad”, en O. C., Tomo I, op. cit., 72]
264
Jacques Lacan, “Del cosmos al unheimlichkeit”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 52.
265
Jacques Lacan, “Más allá de la angustia de castración”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 62.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 124
266
Ibíd., La cursiva es mía.
267
Ibíd.
268
“Digamos, si la palabra [Heim] tiene algún sentido en la experiencia humana, que ahí está la casa del
hombre.” [Jacques Lacan, “Más allá de la angustia de castración”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 57].
Esta referencia no deja de evocarnos el trabajo que hizo el epistemólogo y físico francés Gaston
Bachelard (1884-1962) en la “Poética del espacio”, cuando decía que “la casa es un cuerpo de imágenes que
dan al hombre razones o ilusiones de estabilidad. Reimaginamos sin cesar nuestra realidad: distinguir todas
esas imágenes sería decir el alma de la casa; sería desarrollar una verdadera psicología de la casa.” [Gaston
Bachelard, La poética del espacio (Buenos Aires: Fondo de cultura económica de Argentina, 2000), 37].
269
Jacques Lacan, “Más allá de la angustia de castración”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 63.
270
Ibíd., La cursiva es mía.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 125
Por esto, aquello que aprendemos del psicoanalista francés es que la fuente de la
angustia está en relación con lo que esta nos anuncia, pues algo nos permite entrever, que
vamos de vuelta al regazo y, entonces, que se pone en riesgo justamente el punto
fundamental de la creación: el vacío. Las coordenadas de la angustia que nos propone
Lacan podrían parecernos hasta contrarias a las de Freud, pues no es la falta del objeto,
como él plantea, aquello que genera la angustia, sino que falta que falte. Teniendo en
cuenta esto, vale la pena decir, la manifestación más angustiante para el niño se produce
cuando la relación sobre la cual él se instituye, la de la falta que produce deseo, es
perturbada porque no habría posibilidad de falta; cuando tiene a la madre siempre encima,
en especial, dice Lacan, “limpiándole el culo”; ya que este es el modelo de la demanda. De
ahí que lo que se articula de todos modos no deja de estar del lado de un designio de señal,
del que Freud nos advirtió con relación a la angustia, la señal de una situación de peligro,
de un “peligro vital”271.
No debemos olvidar que el lugar del ( ) constituye un cierto vacío, una falta
vital, por lo que, cuando algo se manifiesta como positivo en este lugar, puede
desorientarnos, en tanto dicho vacío tiene una función estructurante. Podemos decir que
hay momentos en que ese algo aparece en el vacío y nos arroja a una dimensión de
extrañeza radical. En tal caso, el sujeto no puede quedar transparente al conocimiento de
ese algo que surge. Ante eso nuevo el sujeto concretamente vacila. Por ello, en el
surgimiento de ese algo desconocido y experimentado en cuanto tal, de una estructura que
no se puede reducir a la palabra, aparece la dimensión de lo extraño –¿y acaso la posible
creación de un vacío singular que concierne estrictamente al sujeto?–. Esta experiencia no
se plantea solo en el campo de la experiencia psicoanalítica, sino que es algo que puede
surgir en cualquier cotidianidad.
Plantearnos el resto, el residuo que no entra como imaginación del cuerpo, y que
dispusimos en el modelo de la división subjetiva, nos permite indicar el lugar previsto para
la falta; pero, además, por no ser especular, aparece como imposible de determinar. Así
pues, hemos de manifestar que hasta estos momentos, con Lacan, de lo que se trata es de
apuntar a un más allá de la castración, pero primero repasando la relación angustiada que
271
Jacques Lacan, “Del a a los nombres del padre”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 351.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 126
hay con cierto objeto perdido. Por ahora, el trayecto transitado con relación al objeto ha
estado en el camino del significante, inspeccionado como huella falsa. Los significantes
que el sujeto toma del Otro le permiten insertarse en ese campo, en una cadena de
significantes, que es la única vía de referencia posible. Pero allí, donde la huella se
convierte en significante y se revela al sujeto, se borra también su huella primordial, quizás
la del mítico “Edén”; por esto, hemos de apelar al resto que surge como garantía de la
existencia del sujeto. Un resto necesario para constituir la estructura subjetiva, un vacío
indispensable cuya falta genera angustia. Si se nos permitiera decir de otra manera lo
recién expuesto, diríamos que la persecución del objeto conduce al animal a otro campo de
huellas, y en ese campo la persecución pierde el valor con el que comenzó, convirtiéndose
la persecución misma en su propio fin. Por eso, el fantasma recibe un valor significante, ya
que el sujeto a través de él entra en la dimensión de la cadena indefinida de significaciones
llamada destino. De ahí que Lacan diga que “puede uno escapar indefinidamente, pero lo
que se tratará de reencontrar es precisamente el punto de partida – ¿cómo entró el sujeto en
este asunto del significante?”272; a este punto de partida lo suponemos del lado de la
creación, pero también pretendemos llegar a él por este camino.
En cualquier caso, la paradoja de que la partida y la llegada tengan un punto de
encuentro tiene su función en el esquema del lugar vacío, del que depende el trayecto del
deseo. De esta manera, Lacan ubica lo único exclusivo en la estructura subjetiva, aquello
que nos permitiría no poner a la histeria ni al final ni al principio de fases evolutivas
determinadas, sino en relación directa con aquello que prevalece, en tanto “estructura
sincrónica y constituyente del deseo en cuanto tal, donde lo que yo designo como lugar del
blanco, el lugar del vacío, desempeña siempre una función esencial”273.
De este modo, para Lacan la angustia es esa irrupción que se abre y deja aparecer
lo inesperado, al modo de la visita o la noticia inesperada. Pero esto no es solo en el simple
presentimiento de algo, sino, además, como pre-sentimiento, o sea, aquello que está
propiamente antes del nacimiento de todo sentimiento. Así, desde la angustia se puede
elegir un camino en medio de una variedad de opciones; elección que sin embargo, para
cada sujeto, no es cualquiera. De todos modos, “lo que esperábamos, a fin de cuentas – y
272
Jacques Lacan, “Lo que engaña”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 79.
273
Jacques Lacan, “Lo que no engaña”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 84. La cursiva es mía.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 127
274
Ibíd., 87.
275
Ibíd., 88.
276
Ibíd., 88
277
En julio de 1959, en el congreso de Copenhague, la IPA decide examinar la práctica psicoanalítica que se
desarrolla en Francia marcada por el auge del gesto lacaniano. Pierre Turquet, uno de los comisionados para
este examen, después de hacer las indagaciones respectivas a los miembros de la SFP, se dirige a Lacan en
dos grandes series de interrogatorios “una en mayo y junio de 1961, y la otra en enero de 1963 […]
[Turquet] redactó dos informes desfavorables a la integración. El primero tuvo como consecuencia la
elaboración por el Ejecutivo de una lista de «recomendaciones» en veinte puntos que fueron emitidas en el
congreso de Edimburgo, el 2 de agosto de 1961. El artículo 13 estipulaba que Lacan no debía seguir tomando
nuevos casos en formación: ni control, ni análisis didáctico. El segundo informe llevó al Ejecutivo, dos años
más tarde, a excluir a Lacan no de la IPA, sino de la lista de los analistas didácticos de la SFP. Esa decisión
se tomó en el congreso de la IPA de agosto de 1963” [Élizabeth Roudinesco, Lacan, Esbozo de una vida,
historia de un sistema de pensamiento (Bogotá: Fondo de Cultura Económica, 2000), 365. La cursiva es
mía].
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 128
Lacan estaba sin aliento”278. Quizás por ciertas circunstancias y encuentros, en aquel
momento, las nuevas coordenadas del objeto, su nuevo estatuto, se abren y se orientan con
La angustia. La aparición acontece en los tiempos en que se está produciendo una escisión
en el psicoanálisis, aquella en la que Lacan está envuelto, y que muy pronto él llamó con el
nombre de la “excomunión mayor”, a la que respondió con el Seminario “Los cuatro
conceptos fundamentales del psicoanálisis”; y que no dejó de traer consecuencias: un
corte, una partida, una entrada que hace agujero, y un vacío.
Aunque en un principio se haya planteado el significante para la constitución de un
mundo, este se asigna ahora como la superficie de cierto engaño. Entonces, el salto es al
vacío. El acto de Lacan se entiende mejor cuando se plantea la dimensión de la angustia y
las circunstancias de un cierto corte. Así, el punto capital que hemos de destacar está en
relación con el corte, con ello hemos de dar un paso más para avanzar hacia la creación, es
decir, hacia lo que hemos tomado, a modo de préstamo, de la doctrina lacaniana, articulado
a la angustia. Lo que viene ahora, en este camino, es que nuestra pregunta se reanima al
aproximarnos a la angustia, a su certeza, aquella que es arrancada vía el acto, elemento que
podría poner en juego la creación. En tal perspectiva, se le arranca a la angustia su certeza
para que, definitivamente, allí podamos ubicar algo del orden de la creación misma.
Avisados de las apariencias, y aunque la angustia pueda presentar algún vínculo con cierta
duda observable en la clínica del obsesivo, la angustia y la duda no son la misma cosa. La
angustia es la causa de la duda. Los esfuerzos que intervienen en tal caso tratarían de
engañar o evitar la certeza presente en la angustia. Por eso, “actuar es arrancarle a la
angustia su certeza”. De ahí que Lacan nos haya dicho que “toda actividad humana se
desarrolla en la certeza, o incluso, que engendra certeza”279. Considerando esto, es posible
introducir la idea de que es quizá de la angustia de donde la creación toma prestado el
apremio para su acto, el que funda la a-parición de lo nuevo, de un camino nuevo, de una
nueva relación con el objeto, de una posición nueva del sujeto respecto al mundo.
En este sentido, podríamos servirnos del trípode freudiano, “Inhibición, síntoma y
angustia”, para señalar a la creación en el lugar de la angustia y situarla como efecto de
esta última. Gracias a esto, si se nos permite tomar prestado este montaje –orientado con la
278
Élizabeth Roudinesco, Lacan, Esbozo de una vida historia de un sistema de pensamiento, op. cit., 447.
279
Jacques Lacan, “Lo que no engaña”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 88.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 129
lectura lacaniana–, hemos de proponer allí una estrecha relación entre la angustia y la
creación –como lo dijimos desde el principio de este capítulo–. Diríamos que la dimensión
que se pone en juego con nuestra pregunta sobre la creación, puede aludirse en la
articulación de los siguientes términos: “Inhibición, síntoma y creación”, en donde la
angustia vendría a abrir un campo a la creación. Algo real de la estructura estaría en juego
respecto a la creación en la experiencia analítica. El texto freudiano de 1925 aborda tanto
la inhibición como el síntoma desde la perspectiva de la angustia. Por tal motivo, el
fundador del psicoanálisis plantea que la inhibición es una detención de todo movimiento
con el fin de evitar la angustia, solución radical con la que se evita, de forma absoluta, el
problema de la angustia. El síntoma, en cambio, se aborda como un tratamiento de la
angustia, más precisamente, como una consecuencia de su desarrollo y, por lo tanto,
cuando la angustia funciona como señal de castración, dispuesta como tal, se promueve la
formación del síntoma. Lo que se anuncia al leer este trabajo freudiano es que, en
cualquier caso, la manera de ser del sujeto es la angustia. Así que, cuando la angustia
funciona como señal instala al sujeto respecto a la falta, y por consiguiente el sujeto o se
inhibe, o produce un síntoma, o realiza un acto: es decir, podría crear. Dicho de otra
manera, en este último caso, se plantea una salida posible que tiene en cuenta la causa de
la angustia.
Aquí, por primera vez, en este camino, podemos señalar lo que nos ha puesto a
trabajar sobre la creación, es decir, que el sujeto ante la angustia como señal, en lugar de
inhibirse de forma cobarde o fabricar y padecer un síntoma, puede actuar en conformidad
con su deseo, poniendo en juego un acto que le pone frente a la creación y, por tanto, que
lo hace ex-sistir como sujeto. En este sentido, tratar de especificar que la angustia no es sin
objeto, implica aludir al objeto que es causa de aquello que aquí nos convoca. Es en
relación con aquel objeto, designado por la letra a –que nos proponemos situar como
fundamental–, en donde la creación, que tiene que ver con la angustia, despliega un
camino; puesto que lo creado por el sujeto y, al mismo tiempo, lo que crea al sujeto, se
descubre con relación al acto, que roba la certeza a la angustia en la creación.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 130
La causa
Como vimos en el primer esquema que Lacan propuso en la clase del 21 de
noviembre de 1962, estaba presente un resto fundamental que era resultado de la relación
del sujeto con el Otro. Luego, en la clase del 23 de enero de 1963, presentó un esquema
muy similar para relacionar el objeto con el Otro. Como consecuencia de la invención del
objeto280, en la sesión del 9 de enero del 1963, en el esquema de la división del 6 de marzo
de 1963, vemos relacionar de otra manera los elementos. En este se muestra una propuesta
que modifica el lugar del objeto respecto al sujeto. Ahora, nos proponemos hacer un
acercamiento a estas referencias para tratar de entender lo que allí se juega respecto al
objeto a. Por consiguiente, en este último año de enseñanza en el hospital de Sainte-Anne,
Lacan abre una nueva construcción hacia un original estatuto del objeto para el
psicoanálisis. Sus seminarios siguientes en la Escuela Normal Superior se consagraron a la
exploración de las repercusiones de su propia doctrina y a los problemas que ella
engendra. En La angustia se partió hacia nuevos caminos, caminos que nos conciernen en
cuanto a nuestra pregunta sobre la creación y el objeto a como causa.
Tras descartar el objeto en su carácter meramente físico, objetivo, o que plantea
“evidencias” pertenecientes a la estética trascendental kantiana, que expone formas a
priori de la sensibilidad (el tiempo y el espacio), y que se denominan intuiciones puras281,
Lacan nos dice que desde la experiencia del psicoanálisis hemos de concebir el objeto de
otra manera, y empieza por designarlo con “una letra”: a, que tiene su función como
“notación algebraica”. Esta notación algebraica “es como un hilo destinado a permitirnos
reconocer la identidad del objeto en las diversas incidencias en las que se nos
manifiesta”282. La notación algebraica remite a los símbolos que, en matemáticas, y
específicamente en algebra, son usados para representar las cantidades; se trata de los
280
Al respecto ver la argumentación que nos propone Jean Allouch en su texto “La invención del objeto a”.
Allí, según este psicoanalista, se puede fechar la “invención” lacaniana el 9 de enero de 1963. Pero también
podríamos decir que esta localización pone a funcionar la propia “invención” de Allouch, ya que no hay otro
que haya, antes que él, situado este camino, quizá por la lectura arriesgada que allí se juega. [Jean Allouch,
“La invención del objeto a”, en N° 1 Erotofanías, Me cayó el veinte (México: Ed. Me cayó el veinte, 2000),
9-27].
281
“Intuiciones” porque permiten la intuición empírica, son el marco en el que se han de dar dichas
intuiciones, y “puras” porque no tienen un origen empírico, es decir, están dadas desde que el hombre nace,
determinadas por una posición en el mundo. [Link]
priori-de-la-sensibilidad-espacio-y-tiempo/ (consultado el 1 de abril del 2013).
282
Jacques Lacan, “No sin tenerlo”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 98.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 131
números y las letras. Para Lacan la “letra a”, dispuesta como notación algebraica “tiene
precisamente la finalidad de darnos una localización pura de la identidad, ya que hemos
planteado que la localización mediante una palabra es siempre metafórica, es decir, solo
podría dejar la función del propio significante fuera de la significación inducida por su
introducción. La palabra bueno, si engendra la significación de lo bueno, no es buena por
sí misma, ni mucho menos, puesto que engendra al mismo tiempo el mal”283.
Lo más importante, dice Lacan, en la designación de esta a por el término objeto,
es hacer uso metafórico de esa palabra, pues está tomada de la relación sujeto-objeto, de
allí es donde se constituye. Con el término a hablamos de “un objeto externo a toda
definición posible de la objetividad”284. En el terreno de la experiencia psicoanalítica el
estatuto del objeto debe plantearse de otra manera, a causa de que “nuestra experiencia
plantea e instituye que ninguna intuición, ninguna trasparencia, ninguna Durchsichtigkeit,
término de Freud, que se funde pura y simplemente en la intuición de la conciencia puede
ser considerada original, ni válida, y no puede por lo tanto constituir el punto de partida de
ninguna estética trascendental”285. Esto nos indica que el sujeto no está en la conciencia,
pues es desde el principio inconsciente, debido a la incidencia y entrada del significante. El
problema, según Lacan, es el de la entrada del significante en lo real, es decir, se trata de
cómo de eso nace el sujeto, o en otras palabras, “qué le permite a este significante
encarnarse”286. Sobre estas preguntas se plantea el campo que concierne al objeto, en tanto
apunta a la causa.
Por tales razones, y lo que ellas engendran de problemático, resulta indispensable
esforzarnos en situar con precisión un camino en el que se pueda localizar tal encarnación.
Por eso, Lacan nos indica que es el cuerpo, que es lo que nos presentifica, aquello que
debemos plantear de entrada, advirtiéndonos de cualquier creencia sobre el descenso de
espíritus, o no sé qué otras cosas aladas. Pero este cuerpo tampoco debemos tomarlo bajo
las categorías de la estética trascendental kantiana, ni a la manera en que Descartes lo
instituye en el campo de la extensión, y menos aun como forma pura y simple en el espejo
como se ha desarrollado anteriormente. Entonces, ¿de qué orden es el cuerpo que aquí
283
Ibíd.
284
Ibíd.
285
Ibíd., 99.
286
Ibíd., 100.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 132
interesa? Según lo planteado con la angustia estaría sobre aquello que, tras el paso a la
imagen especular, escapa como el doble287, y es en esta generalidad, presente en todo
campo fenoménico que se nos permite mostrar la articulación que damos a la “función del
a.”
A condición de esto, Lacan mismo se pregunta “¿Cómo se efectúa tal
transformación del objeto, que convierte un objeto situable, localizable, intercambiable, en
esa especie de objeto privado, incomunicable y, sin embargo, dominante que es nuestro
correlato en el fantasma?”288. La insistente remisión al esquema llamado del florero
invertido, que Lacan ha traído desde años atrás al seminario de La angustia, permite
designar el lugar y lo que en él ocurre. Aunque no se da siempre la misma interpretación
de este esquema, en esta ocasión creemos que nos puede orientar si planteamos lo
siguiente, según este seminario: al escribir i(a) se introduce una ambigüedad respecto a la
notación i(m) con la que usualmente Lacan había designado la imagen especular. Ahora
bien, i(a), autentificada por el Otro, fijada en el autoerotismo, sigue siendo una imagen,
pero no es la imagen especular, sino la imagen del cuerpo propio, ya que el sujeto se
instala en un objeto que forma parte del cuerpo. Lo que sería i(a), antes del estadio del
espejo, más bien un desorden de los a, que aun no es cuestión de tenerlos o no, este es el
sentido del autoerotismo, que “le falta a uno el sí mismo, por así decir, por completo”289.
Esta a queda determinando el camino. La modalidad del falo luego aparecerá, entonces,
bajo su forma de falta, como la presencia que soporta una falla, “la reserva inasible
imaginariamente, aunque esté ligada a un órgano”290, y en tanto órgano perfectamente
asible, puede entrar a veces en acción para satisfacción del deseo; en la imagen especular
ocupa el lugar de a. La notación i’(a) designaría al objeto que se recubre con la libido
narcisista, que es “la imagen virtual de una imagen real”291, un plano en el que no aparece
nada, aunque permite investir a i(a), pero situando también allí el ( ), que conserva el
carácter de falta, es decir, mientras no surja allí el objeto a, que es lo que nos proponemos
287
Ibíd.
288
Ibíd., La cursiva es mía.
289
Jacques Lacan, “Pasaje al acto y acting out”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 133.
290
Jacques Lacan, “Del cosmos al unheimlichkeit”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 50.
291
Ibíd., 51.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 133
292
Ibíd.
293
Jacques Lacan, “No sin tenerlo”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 98.
294
Ibíd., 101.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 134
lo más íntimo, que, si acaso, tiene un decir; desde ahí, el analista pondría la estética como
una ética anunciada en el arte del “bien decir”.
De todas maneras, con el esquema del florero, según la relación de ( ) y el a, y
en busca de situar aquella mudanza o trasformación del objeto, Lacan aborda la castración
y el corte. La práctica de la circuncisión le permite poner el acento en el corte. Pues es el
corte el que permite llevar a cabo la castración como operación circuncidante. Si se acepta
que esta amenaza se cumple, se estará “en el campo operatorio del objeto común,
intercambiable”295, y una vez cortado, ¿a dónde iría a parar? A manos de quien lo haya
cortado. ¿Y luego? Referenciando a Heidegger, Lacan dice que este paso súbito tienen que
ver con la manejabilidad de los objetos comunes, los utensilios, como en el caso Juanito,
en donde se designa, por un sueño diurno, el instalador de los grifos, quien los desatornilla,
o el que quita aquello que está emplazado en el cuerpo como removible.
De este modo, el caso Juanito permite subrayar que surge la mediación del objeto
común, objeto de la competición “cuyo estatuto corresponde a la noción de pertenencia –es
tuyo o es mío”296. Entonces, en el campo de la pertenencia se presentan aquellos objetos
que se pueden compartir, así como los que no. Estos últimos circulan de todos modos con
los otros objetos, cuyo estatuto está basado en la competencia, función que es rivalidad y
acuerdo al mismo tiempo. “Son objetos contables, objetos de intercambio”297. Aunque,
dice Lacan, el falo es el más ilustre, hay otros, como la materia fecal, el pezón, la mirada y
la voz que cuando entran en el campo del intercambio, del compartir, de golpe se hacen
visibles y es allí que la angustia nos señala su particular estatuto. El a se trata de estos
objetos que son anteriores “a la constitución del estatuto del objeto común, comunicable,
socializado”298.
Entonces, según esto ¿acaso el objeto del deseo está frente a nosotros? Con Lacan
respondemos que no, que es este justamente el espejismo que hizo trastabillar las
elaboraciones teóricas pos-freudianas sobre la relación de objeto. No hay que situar el a en
algún contenido objetivo del pensamiento, o en relación con alguna intencionalidad. El
psicoanalista francés dice que desde una perspectiva subjetivista –de la cual quiere
295
Ibíd.
296
Ibíd., 103.
297
Ibíd.
298
Ibíd.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 135
299
Jacques Lacan, “La causa del deseo”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 114.
300
Ibíd., 113.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 136
Este esquema del espejo se pone en relación con el que acabamos de estudiar hace
un momento. El a no es visible, por todo lo que dijimos: “está en otro lugar”, “más acá de
esa imagen”, demasiado cerca para ser vista, pero en cualquier caso, causando el deseo.
Lacan se propone diferenciar de forma más precisa la perspectiva del objeto como objeto
del deseo, y aquello que le hace poner a a en una “precesión esencial”. Ilustra esto con la
causalidad del fetiche. No se desea el zapatico, ni el seno, ni ninguna cosa en la que
queramos encarnar el fetiche. “El fetiche causa el deseo. El deseo va a agarrarse donde
puede”303. Por eso, el acento debemos ponerlo en relación con el fetiche en tanto que vale
por lo que del deseo allí se agarra. Al final no es necesario que sea alguien determinado
que lleve el zapatico, o si el seno está en la cabeza, lo importante es que el fetiche esté allí.
Como ya lo dijimos no es necesario que el objeto esté “delante” del deseo, ya que el deseo
va a agarrarse de donde pueda. El fetiche es la condición en la que se sostiene el deseo. Así
el objeto sea un objeto del mercado, un zapato o una prenda de ropa interior, un objeto del
301
Sigmund Freud, “32a conferencia. Angustia y vida pulsional”, en O. C., vol. XXII, op. cit., 98. La cursiva
es mía.
302
Jacques Lacan, “La causa del deseo”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 115.
303
Ibíd., 116.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 137
intercambio, o un objeto común, sigue siendo imposible captarse como aquello que es, un
objeto, que hemos designado como a. Solo podemos circunscribirlo rodeándolo, de ahí su
función de a. Lo que no se ve en la imagen de todos modos nos permite que ella se
constituya. Aunque el a sea lo que no se ve, ocupa un lugar esencial en tanto causa del
deseo, i(a), i’(a), y todo el resto.
Asimismo, otras ilustraciones sirven a Lacan para dar cuenta del a, además del
objeto topológico llamado cross-cap que manipuló por más de un mes en el seminario IX,
La identificación, con el que trató la relación entre el ( ) y el a, también indica otras
envolturas donde se puede manifestar el corte. Para exponer una noción de aquello pre-
especular que es el a, se puede considerar las envolturas como elementos del cuerpo del
embrión. La variedad del interior y el exterior, en estas envolturas llaman la atención. A
partir del modelo de la envoltura del huevo, se manifiesta de forma curiosa el celoma
externo en el que flora el feto, su placenta. En estas analogías, Lacan encuentra patente lo
que es separado de estas envolturas con el corte del embrión, así como “la separación, en
el cross-cap, de cierto a enigmático”304. En este sentido, se resalta la incidencia
relacionada con el de corte entre i(a) y a. En consecuencia, se nos orienta en lo
concerniente a las posibilidades de estructura del objeto a, “de algo que cae de lleno en
nuestra dialéctica del corte y de la falta, del (a) como caída”305 y, entonces, adviniendo
como causa, que se ubica “detrás” del deseo. El objeto que cae lo hace en su función
esencial de ser el resto del sujeto como real. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que
“la falta del borde simple, la de la relación con la imagen narcisista, no es la misma que la
del borde redoblado, relacionado con el corte que se lleva más lejos en el cross-cap y que
concierne al a en cuanto tal”306. Por tanto, no se trata de la clase de falta del menos phi,
sino del corte que instaura un límite, donde se establece propiamente el lugar de la falta.
Aquí surge que el significante no puede ser significado, un punto que Lacan llama “falta
de significante”307: un punto cero, un punto que hace posible la relación con el Otro, o sea,
de donde partirían los significantes. Siguiendo con la referencia al cero, se diría que es
desde ahí de donde se originan los números enteros (1+1 y 1 más). Con todo, con el resto
304
Jacques Lacan, “Pasaje al acto y acting out”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 135.
305
Ibíd., 137. La cursiva es mía.
306
Jacques Lacan, “De una falta irreductible al significante”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 152.
307
Ibíd., 149.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 138
que cae nos vemos impelidos a destacar el “énfasis en el estatuto real de tales objetos”308,
estatuto que ya habíamos advertido.
En cualquier caso, que la angustia no carezca de objeto no quiere decir que
podamos acceder a él por la misma vía que todos los demás. Si la angustia tiene una
función indicativa, es a condición de guardarse para ella de qué objeto se trata, de ahí que
es imposible decirlo. Por eso la angustia nos introduce en la dialéctica del corte y la
función de la falta, de cierta ausencia original. En efecto, para seguir avanzando hacia lo
que el asunto de la angustia nos permite discernir, digamos con Freud –cuando trabaja el
unheimlich– que en ella “todo lo que estando destinado a permanecer en secreto, en lo
oculto, ha salido a la luz”309. Algo que está “detrás” aparece “delante”, “sale a la luz”. A
condición de esto, debemos recordar siempre que el objeto está “detrás” del deseo, el cual
se agarra de donde pueda para salir a la luz. Insistimos, de ahí que sea causa. Pero para
pasar y reafirmar el paso, hemos de señalar aquel más allá del objeto freudiano, como
perdido, al objeto lacaniano propuesto como causa del deseo. El primero parece permitir
una cierta diacronía (adecuándose, quizás, a los estadios planteados por K. Abraham), pero
el segundo –y en eso es insistente Lacan–, subraya la dimensión sincrónica, y en esta vía,
su condición retroactiva310. Los dos se relacionan articulándose con el punto central del
vacío.
Así pues, con lo que implica designar el objeto con una letra, a, que tiene su
función como “notación algebraica” e indica la identidad del objeto en las diversas
incidencias, donde se manifiesta. Para señalar estas relaciones Lacan realiza un tercer
esquema –como anunciamos al principio de este inciso–, en donde ubica el a en otra
posición, que además de ser “residuo”, ahora es “lo irreductible del sujeto” 311, adquiriendo
ahí su función. De tal modo, el a es ubicado en una posición anterior, “detrás”, del sujeto.
308
Jacques Lacan, “La angustia, señal de lo real”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 180.
309
Sigmund Freud, “Lo ominoso”, en O. C., vol. XVII, op. cit., 225. La cursiva es mía.
310
Jacques Lacan, “Del cosmos al unheimlichkeit”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 47.
311
Jacques Lacan, “La angustia, señal de lo real”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 175.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 139
312
Ibíd.
313
Ibíd.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 140
314
Jacques Lacan, “Aforismos sobre el amor”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 190.
315
Y no dejemos de indicar, como dato curioso, que en la mitología griega en la teogonía más antigua, Tesis,
Thesis o Thetis, era la diosa primordial de la creación.
316
No podemos olvidar el problema de lógica que Lacan trabaja en El tiempo lógico y el aserto de
certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma. El director de una cárcel y tres presos desarrollan una prueba en
la cual uno de los tres detenidos debe ponerse en libertad; esto último, a través de la puesta en juego de un
acto: el que dé el paso “fuera”, y funde su conclusión en motivos lógicos. Lo que Lacan nos muestra con este
texto es que el acto precede al saber, o más precisamente, que a través del acto puede fundarse un saber, y
no al contrario.
317
Lacan es más gráfico y dice que se “eyacula en el momento cumbre de la angustia.” [Jacques Lacan, “La
angustia, señal de lo real”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 183].
318
Lo que cae podríamos pensarlo como eso que se entrega, y que de alguna manera también se aporta como
[a la] creación, que es considerada una actividad privilegiada de Dios. En este sentido, con el corte y lo que
esto implica –que algo caiga–, con ese resto, el sujeto a lo mejor podría hacerse socio de la creación, o por lo
menos así parece en el caso del poeta. De ahí que el chileno Vicente Huidobro, después de testificar “Que el
verso sea como una llave que abra mil puertas”, en la primera estrofa de su Arte poética, e inventar un
mundo nuevo, en donde “Una hoja cae”, finalmente dice que “El poeta es un pequeño Dios.” [Vicente
Huidobro, El espejo de agua y Ecuatorial (Colombia: Ed. Linotipia Bolívar y Cía., 2011), 13. La cursiva es
mía]. Hemos de decir que en este sentido, animado por la pregunta sobre creación literaria, también Freud se
planteaba lo siguiente para relacionar la experiencia poética con cada hombre: “¡Si al menos pudiéramos
descubrir en nosotros o en nuestros pares una actividad de algún modo afín a poetizar!”. Y en tal
exclamación podía resonar el dicho popular que reza: “de poeta y loco todos tenemos un poco”. El fundador
del psicoanálisis expresaba este adagio con las siguientes palabras: “harto a menudo nos aseguran que en
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 141
de una satisfacción y, de esta manera, cierta fluidez que no sea solo la pura y desgarradora
estasis del goce. De tal modo, lo que se pone en el horizonte es la relación del cuerpo y del
goce con aquello que cae.
Contamos con la división del sujeto y con ella obtenemos los elementos que se
ponen en juego para situar el objeto como causa. El a está articulado a nivel de la
tachadura del Otro. En un principio decíamos A , el “Otro en la medida en que yo no lo
alcanzo”, el Otro inconsciente. Ahora, además, podemos contar con A , marcado por una
tachadura, por la pregunta. El Otro está interrogado o, más precisamente, está en falta. El
niño cuestiona de dónde vienen los niños319 y el universo del lenguaje no lo sabe, pues en
aquella pregunta resuena lo real en el silencio que se guarda: el Otro no puede dar cuenta
de sus razones. En este sentido, Dios no se sostiene más sin respuesta, como su respuesta.
Decimos esto para situarnos propiamente en el asunto que implica la creación. Ahora bien,
el Otro debe entonces quedar barrado, lo mismo que el sujeto. Así, lo que cae, realmente
adviene como causa de lo que es el sujeto, en tanto efecto. Ahí, donde se comienza con el
Otro completo, sin tachadura, Lacan nos advierte de la operación que determina la caída
del a y, entonces, de la falta del Otro. Esta a también nos indica que la materialidad del
significante estará del lado del semblante; y realmente, el resto que cae y que no puede ser
dicho, ni visto –insistamos–, surge algebraicamente como a.
Lo que se pone en juego es lo imposible de decir, justamente aquello que el ideal
de la ciencia rechaza. Ya lo decíamos páginas atrás, la ciencia supone que hay un elemento
“primero”, y que este empuja el movimiento, quizás, como el “primer motor inmóvil” de
Aristóteles. En nuestra experiencia, los significantes estarían del lado del movimiento en la
estructura de la cadena. La causa y el efecto, que introducirían una cierta lógica temporal
del “antes” y el “después”, no se sostienen de forma usual con la experiencia del
todo hombre se esconde un poeta, y que el último poeta solo desaparecerá con el ultimo de los hombres.”
[Sigmund Freud, “Sobre las teorías sexuales infantiles”, en O. C., vol. IX, op. cit., 127].
319
Freud nos hizo saber que los niños se rehúsan a creer en las teorías dadas por los adultos sobre el origen
de los niños, o sobre preguntas de la sexualidad (por ejemplo, la de la cigüeña). A partir de esto, se alimenta
la desconfianza hacia el adulto y prefieren mantener en reserva sus futuras investigaciones. Pero el adulto
tampoco sabe de dónde vienen los niños. La ciencia, hoy en día, trata de saberlo también. De cualquier
modo, interrogando al adulto, que representa al Otro, los niños vivencian, por primera vez, el “conflicto
psíquico”, pero “desde este conflicto psíquico puede desenvolverse pronto una «escisión psíquica»;”
[Sigmund Freud, “Sobre las teorías sexuales infantiles”, en O. C., vol. IX, op. cit., 191]. Esta escisión
[spaltung], se puede traducir como división, hendidura, término que nos llama mucho la atención al ponerse
en relación con lo que hemos trabajado en la división del sujeto.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 142
320
Jacques Lacan, “Observación sobre el informe de Daniel Lagache”, en Escritos II, op. cit., 662. La
cursiva es mía.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 143
la propia obra figurativa, por supuesto cuando es una obra lograda”321. De esta manera, se
apuntaría a un efecto propio de lo que es precisamente una creación y lo que ella muestra:
un objeto privado e incomunicable –en tanto escapa, como venimos diciendo, a la
materialidad misma de la tesis– y, no obstante, que domina nuestro relato. Finalmente, el
sujeto tendrá que enfrentarse a la creación en la medida de “saber si quiere lo que desea”,
resultado que apuntará a la toma de posición respecto de su goce.
321
Jacques Lacan, “Aforismos sobre el amor”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 187-188.
322
Ibíd., 190.
323
Ibíd., 197.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 144
venido planteando, se asiste a la producción del a como causa del deseo que echa sus
raíces en el objeto inexorablemente perdido324.
En De un Otro al otro se puede encontrar un hilo que nos ayude a salir, y si no a
salir, por lo menos, a orientarnos por el intrincado sendero que Lacan recorrió respecto a lo
que ahora queremos explorar en lo tocante al goce, teniendo en cuenta al objeto a, tratando
siempre de sostener la pregunta sobre la creación. En este seminario, retoma,
retroactivamente, el trabajo adelantado en La ética del psicoanálisis respecto al campo del
goce, planteamiento que comenzó en la vía a lo real. Como hemos estudiado, en aquel
seminario se avanza con un elemento conceptual formulado por Freud: la Cosa, que ahora
hemos de poner en tensión con el objeto a, causa del deseo. Se decía en La ética del
psicoanálisis que lo simbólico y lo imaginario trataban de someter de forma severa a ese
real en juego, ya que precisamente no se tiene acceso a él. En este sentido, Lacan nos hace
saber que, en la posición freudiana, únicamente se sostiene de la representación lo que “se
articula con una estructura hecha de tramas y redes que pasan completamente fuera del
circuito del sujeto en que pretendía unificarse la representación”325. Así, desde el
“Proyecto”, Freud articuló aquellos entramados decisivos que se ponen en juego aquí, en
el camino que nos interesa. Y de este modo, la enseñanza lacaniana nos dice que, aunque
contemos con la configuración de los significantes articulados, ello no significa que haya
de entenderse allí un universo constituido, una configuración entera, total. Antes bien, al
advertir que sus partes están articuladas a otros elementos, se precisa que algo escapa al
universo, algo queda por fuera de ese campo; en otras palabras, no hay universo del
discurso. Por consiguiente, sirviéndonos de la lógica matemática, sabemos que el universal
no va más como un conjunto Universal, completo. Esto se instruye con la paradoja de
Russell326, que sugiere la siguiente pregunta: “¿Existe un conjunto de todos los conjuntos
324
Jacques Lacan, “Clase del 10 de enero 1968”, en Seminario 15, El acto psicoanalítico (inédito)
325
Jacques Lacan, “El acontecimiento Freud”, en De un Otro al otro, Libro 16, op. cit., 179.
326
Paradoja que lleva el nombre del matemático, lógico y escritor británico Bertrand Russell, quien encontró
una dificultad en la obra del lógico alemán Gottlob Frege (aquel que estuvo durante muchos años trabajando
para dar a luz una obra llamada, los Fundamentos de la Aritmética, en donde pretendía sentar la noción de
número sobre bases lógicas). Una versión de la paradoja hallada por Russell se puede dar en el campo de la
teoría de conjuntos, de forma coloquial: «en una ciudad hay un barbero que afeita a todos aquellos que no se
afeitan a sí mismos. El barbero, ¿se afeita a sí mismo?» Además, debe aclararse que el barbero afeita
solamente a aquellos que no se afeitan a sí mismos. Por tanto, si suponemos que se afeita a sí mismo
concluimos que no lo hace. Pero también, el barbero afeita a todos aquellos que no se afeitan a sí mismos, de
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 145
donde se deduce que si no se afeita, entonces tiene que hacerlo. Con esta deducción se advierte que “todos
los caminos llevan a un absurdo, tanto si suponemos que la oración «el barbero se afeita a sí mismo» es
verdadera, como si suponemos que es falsa.” En la lógica binaria que utilizamos y que excluye una tercera
posibilidad se nos indica que estamos frente a una paradoja. Luego, Russel junto con un lógico inglés
llamado Whitehead, concibió la denominada teoría de tipos con el fin de evitar la paradoja. Tal teoría
establece algunas restricciones para los conjuntos que soslaya la paradoja, no sin algunas consecuencias. Los
esfuerzos de obtener la base fundamental de la matemática a partir de axiomas lógicos seguían en pie. En
1931, el lógico austriaco Kurt Godël demuestra un teorema que dice que “todo sistema que pretenda
«fundamentar» a la Aritmética sin dar lugar a contradicciones contiene proposiciones cuya verdad o falsedad
no puede ser demostrada. Estas oraciones, un tanto siniestras, se denominan indecidibles: por más que sean
verdaderas o falsas, las reglas del sistema son insuficientes para probarlo. Los Principia… se vuelven así
ineficaces, y no solo eso: cualquier sistema que se proponga tales fines está destinado a fallar”, revelándose
así la incompletitud. [Pablo Amster, La matemática como una de las bellas artes (Argentina: siglo XXI
editores argentina, 2004), 68 -72].
327
Jacques Lacan, “Del goce planteado como un absoluto”, en De un Otro al otro, Libro 16, op. cit., 187.
328
Jacques Lacan, “Del goce planteado como un absoluto”, en De un Otro al otro, Libro 16, op. cit., 185.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 146
sobre el saber. De modo que se puede escribir como a el punto en donde pesa tal
prohibición. De ahí que Freud en sus primeros textos referidos al inconsciente haya
acentuado la función de la censura. “Esta prohibición se ejerce afectando a cierto allí, el
lugar donde eso habla, donde eso confiesa, donde eso confiesa estar preocupado por la
cuestión de ese saber”329.
Este pequeño rodeo por la función del inconsciente, y el saber que no se sabe, nos
indica, después de todo, que hay un saber del psicoanálisis, y por mítica que sea su
fórmula, tiene que ver con la producción de una satisfacción. Para ser más precisos
diremos que se descubrió que había algo articulable y articulado, y que Lacan concibió
como un montaje, llamado por Freud “pulsiones”. Freud también nos dijo que la doctrina
de las pulsiones era nuestra mitología330, pero lo que no es una mitología es que el sujeto
se satisface con las pulsiones. Por ejemplo, bajo el aspecto de una articulación indicada en
el funcionamiento de la pulsión oral, anal, escópica o invocante, se dice que algo se
satisface allí. En todo caso, se alude a ciertos pedazos recortados y, entonces, que no hay
uno (1) que una, no hay significante que unifique, “no hay relación sexual”331, no hay tal
completitud. Por el contrario, ya hemos estudiado la división del sujeto que resulta allí,
puesto que en tal lugar se es sujeto de un organon, de un instrumento por excelencia, y con
Lacan sabemos que no hemos de poner su acento tanto en lo anatómico o en la extensión
del cuerpo, sino en una función de soporte propiamente instrumental. Con Freud se indica
la pulsión como sexual, en tanto se obtendría placer a través de las partes del cuerpo
(zonas erógenas); lo carnal recortado por el significante.
En tal caso, nos preguntamos con Lacan cómo definir tal satisfacción, ya que
deberíamos creer que algo no anda, pues justamente nos interesamos en hacer el
desmontaje de la pulsión, desde páginas atrás, para analizar lo que allí pasa. Ahora bien, el
puro desmontaje no es suficiente, sobre todo si distinguimos el puesto particular de la
fijación en la pulsión, razón que hace el asunto no menos fácil. Con todo, hemos de ubicar
de alguna manera como esencial los avatares de la satisfacción en la pulsión. Y si acaso,
podríamos suponer implicado ya “en la pulsión cierto saber de su carácter de sustituto
329
Ibíd., 189.
330
Sigmund Freud, “32a conferencia. Angustia y vida pulsional”, en O. C., vol. XXII, op. cit., 88.
331
Jacques Lacan, “Dos vertientes de la sublimación”, en De un Otro al otro, Libro 16, op. cit., 207.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 147
sexual”332. Lacan nos dice que quizás no sepamos con exactitud qué es sustituir lo sexual –
aunque, podemos decir que la pulsión, en el lugar del sustituto sexual, surge en tanto
relación sexual no hay, no hay un campo concebible donde funcione la unión sexual–, y se
nos enseña que la idea misma de lo sexual “puede ser un efecto del pasaje de lo que está
en el corazón de la pulsión, a saber, el objeto a”333. Respecto a la enseñanza que Lacan
impartió en el seminario de 1959-1960, La ética del psicoanálisis, vemos aquí formular un
nuevo posicionamiento del objeto, ahora, extrayendo las consecuencias de haber sido
designado a como causa. En aquel momento, estudiábamos la naturaleza propia del “Trieb
en la medida en que este no es puramente el instinto, sino en la medida en que se relaciona
con das Ding como tal, con la Cosa en tanto que ella es diferente del objeto”334. Ahora, en
De un Otro al otro (1968-1969), se nos dice que hemos de establecer en el corazón mismo
de la Cosa al objeto a.
De este modo, en el seminario de La ética, Lacan articuló el placer con una
estimulación buscada, pero a la vez evitada, que apuntaba a un justo límite, un umbral en
donde se anunciaba la centralidad de un campo que podría llamarse prohibido, debido a
que allí el placer comportaría una violencia anonadante. La satisfacción estaría precisada
por un umbral de goce indispensable que permite decir “no más”, y ordenar cierto reparto
de placer. En palabras de Lacan se diría que “el goce es aquí un absoluto, es lo real y, tal
como lo definí es lo que vuelve siempre al mismo lugar”335. De hecho, se nos explica esto
en la clínica cuando la histérica responde a ese goce absoluto bajo la forma de un deseo
insatisfecho. En cualquier caso, este campo es la Cosa, y el objeto de la pulsión se
relaciona con ella. Subrayémoslo, se instaura con el centro de ese campo. Tal centralidad
es designada como el campo del goce, goce que podemos definir ahora con el psicoanalista
francés como “todo lo que proviene de la distribución del placer en el cuerpo”336. Ya
hicimos un recorrido en torno a este campo cuando se planteó el asunto del objeto en su
perspectiva imaginaria y su relación con la Cosa. Sin embargo, para poder hacernos a una
332
Jacques Lacan, “Del goce planteado como un absoluto”, en De un Otro al otro, Libro 16, op. cit., 194. La
cursiva es mía.
333
Ibíd., La cursiva es mía.
334
Jacques Lacan, “El objeto y la cosa”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 138. La cursiva es
mía.
335
Jacques Lacan, “Del goce planteado como un absoluto”, en De un Otro al otro, Libro 16, op. cit., 195.
336
Jacques Lacan, “Dos vertientes de la sublimación”, en De un Otro al otro, Libro 16, op. cit., 206.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 148
representación que ilustre cómo hemos de ubicar ahora allí, en el corazón, al objeto a,
traigamos primero a cuento una referencia que Lacan hizo para mostrar que lo “que
demanda el hombre, lo que solo puede demandar, es ser privado de algo real”337,
refiriéndose al campo de la Cosa; un lugar éxtimo, es decir, absolutamente cercano, íntimo,
pero a la vez que no deja de ser exterior.
La ilustración es la siguiente: un asistente al seminario de La ética sugiere llamar a
la Cosa con el nombre de vacuola; Lacan encuentra allí una bonita manera de mostrar la
estructura isomorfa con el campo del goce. La vacuola es un orgánulo celular que se
encuentra principalmente en vegetales o en células protistas eucariotas; podría definirse
como un compartimento cerrado que puede contener fluidos como agua y enzimas, aunque
en algunos casos puede acoger sólidos. La manera como se forman las vacuolas es con la
fusión de múltiples vesículas de la membrana –que son tantas que pueden llegar a dominar
el 90% del volumen de la célula–. La célula crea una membrana cerrada, que aísla cierto
volumen celular del resto del citoplasma. Las vacuolas no tienen forma definida. Una de
las funciones de la vacuola es servir como medio de transporte y, así, de comunicación
entre los orgánulos, y entre estos y el medio externo. También son encargadas de regular la
presión osmótica, llenándose de agua o vaciándose, dependiendo de la situación. Hay
vacuolas pulsátiles, digestivas, alimenticias. No podemos dejar de encontrar allí, si nos
dejamos influir por la perspectiva ilustrativa, cierta estructura “orgánica” del
funcionamiento significante. El transporte y cierta comunicación entre orgánulos y el
medio exterior de un organismo monocelular apuntan a la función de la vacuola,
esquematizando lo que está en juego: que el “progreso” en el lenguaje y lo que esto
induce, la mortificación de la Cosa, por un lado, permite alguna satisfacción vaciada de
goce, pero también, por otro lado, la presencia de un goce absoluto. Para nosotros se crea
la vacuola –como lo estudiamos páginas atrás– en el centro del sistema de los
significantes, ya que la demanda de ser privados de algo real estaría atada principalmente a
la simbolización primitiva que surge con la introducción del significante y lo que este
recorta, vacía y aísla.
337
Jacques Lacan, “El amor cortés en anamorfosis”, en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 184.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 149
Tendríamos que situar la vacuola de goce en el Otro. Pues, cuando Lacan enseñó
sobre la Cosa –siguiendo a Freud–, por un lado, ubicó al prójimo como aquel que permitía
discernir el asunto de la Cosa, y por otro, al Otro, la zona del lenguaje. De este modo, el
psicoanalista francés nos dice que “el prójimo es la inminencia intolerable del goce.
[Mientras que] el Otro no es más que el terraplén limpio de él”338. Por consiguiente, se nos
dice que el Otro es un terreno limpio de goce –como hemos venido diciendo, el Otro sería
el campo de los significantes–; y, entonces, precisemos que allí, en el Otro, podemos
establecer que “el inconsciente está estructurado como un lenguaje”339. Lo extraño, pero
lo más próximo e íntimo, habita en ese Otro que es el sujeto para sí, desde el momento en
que habla y, en ocasiones, podrá hallarse afuera también como su partenaire. Por tanto,
podríamos indicar, de forma no menos problemática, que en el camino hacia la creación se
pretendería cierta liberación de lo intolerable del goce, para situar, sin embargo, algo de
satisfacción. Esto no quiere decir que hay que renunciar al goce, sino que hemos de asumir
un sitio respecto de él –referido como al corazón, allí incluido–, que se escape al poderío
totalizante que podría idearse; de tal modo se inscribiría cierta subversión del sujeto.
Arriesgaremos a considerar que esto último en la época no sería muy bien recibido
por quienes en la contemporaneidad negocian con los gadgets, pues allí ponen a circular
aquel lado devastador del goce, ya que despliegan un juego siniestro que predica vivir bajo
el imperativo de “gozar” bajo la forma del consumo ilimitado, sin tacha, sin traba,
totalmente... Si se está feliz, se promociona cómo estar más feliz todavía. Ahora bien,
tampoco se trata de forjar la apología a una ascesis que propenda por la erradicación del
goce, sino que hemos de concebir la posibilidad de tomar distancia respecto a las más
próximas formas que se adjudican pretensiones únicas, totales o “naturales” de gozar. En
efecto, el psicoanálisis se propondría abrir caminos para que la causa surja allí donde se
pretende instaurar el campo absoluto del goce; en otras palabras, en su método se
plantearía liberar la causa de la determinación, llámese biológica, sociológica,
psicológica, filosófica, comercial o, para decirlo todo, del fantasma. Vale la pena anotar
338
Jacques Lacan, “Dos vertientes de la sublimación”, en De un Otro al otro, Libro 16, op. cit., 207. La
cursiva es mía
339
Jacques Lacan, “El inconsciente freudiano y el nuestro”, en Los cuatro conceptos fundamentales del
psicoanálisis, Libro 11 (Buenos Aires: Paidós, 2003), 28.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 150
que de esta manera se apunta al corazón de la Cosa, eso que sería incomunicable o inusual,
pero que ahora ya no sería desconocido para el sujeto, en tanto es su efecto.
En cualquier caso, no habría ni “buen” goce, ni “mal” goce; lo que no hay es un
goce que solucione la ausencia de proporción entre los sexos, es decir, que solucione que
no haya relación sexual. “No hay relación sexual porque el goce del Otro considerado
como cuerpo es siempre inadecuado –perverso, por un lado, en tanto que el Otro se reduce
al objeto a– y por el otro, diría, loco, enigmático. ¿No es acaso con el enfrentamiento a
este impasse a esta imposibilidad con la que se define algo real, como se pone a prueba el
amor?”340 Definir algo de lo real, que pone a prueba el amor, alude a lo que se ha situado
en el corazón de la Cosa como a. Ya hemos dicho que el Otro es planteado como el tesoro
de los significantes, que un significante remite a otro y, de tal modo, el Otro es
inalcanzable o, si acaso, alcanzable en no sé qué infinito. Por consiguiente, en sentido
lógico el goce estaría marcado por la falla y no por la completitud; además, podríamos
decir que es independiente de la satisfacción o la insatisfacción. Como se ilustra en la
vacuola, el goce anuncia que nuestro deseo se constituye en relación con las palabras y, en
este caso, que no lo podríamos confundir con una simple diversificación del placer.
Aunque relacionado el goce con una suerte de satisfacción que tiene como
horizonte la sexualidad, hemos de plantear que, a pesar de las sin salidas que esta frase
enuncia, se sitúa la cadena significante como la materialidad en la que el sujeto se
encuentra implicado, en cuanto ser hablante. En efecto, el goce estaría hecho por
significantes, como en el modelo que se grafica con la vacuola. En palabras de Lacan, “si
no fuera por la configuración de vacuola, de agujero propio de goce, que es algo
insoportable para lo que está reglado como tensión temperada, no verían en lo sexual nada
análogo a lo que llamo en la pulsión una estructura de borde”341. El borde no es ni un lado
ni el otro de una superficie, es un lugar de límite en donde se relacionan dos territorios que
presentan una cierta continuidad paradójica. En tal caso, el borde organizaría una
estrategia de protección, de límite. Lo que nos dice Lacan es que de esta manera la pulsión
340
Jacques Lacan, “La rata en el laberinto”, en Aún, Libro 20 (Buenos Aires: Paidós, 1998), 174.
341
Jacques Lacan, “Dos vertientes de la sublimación”, en De un Otro al otro, Libro 16, op. cit., 210.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 151
designa ella sola la conjunción de la lógica y la corporeidad, en tanto tal estructura revela
“que un agujero topológico es capaz de fijar por sí solo toda una conducta subjetiva”342.
De nuevo, algo aquí se parece a la Cosa, aquello que se trabajó en La ética, y que
ponía en juego el goce. En tal ocasión, se abrieron distintos caminos paradigmáticos, entre
esos, el amor cortés nos permitió plantear lo que Lacan llamó uno de los sentidos en los
que puede estudiarse la sublimación, es decir, lo concerniente a la Mujer en la relación
amorosa, a fuerza de constituirla en el nivel de la Cosa. Pero también hay otro sentido en
el que podemos estudiar la sublimación: este otro sentido concierne a la obra de arte,
permitiéndonos con ello explorar una nueva organización del goce en relación al objeto a.
Ya tratamos el asunto de la sublimación con alguna extensión páginas atrás, pero ahora,
para su comprensión, podemos añadir a ese destino pulsional el objeto a. Como dijimos
con Freud, la sublimación produce una satisfacción de la pulsión sin represión, una
satisfacción emparentada psíquicamente con la satisfacción directa de la sexualidad, y esta
satisfacción comportaría una cierta valoración social (valoración que no deja de llamarnos
la atención por la problemática que pone en juego). En todo caso, la sublimación se
relaciona con el goce, en tanto se trata de un destino de la pulsión sexual. Lacan explica
esto a través de lo que él llama “la anatomía de la vacuola”343; y dibuja lo siguiente:
342
Jacques Lacan, “Clínica de la perversión”, en De un Otro al otro, Libro 16, op. cit., 236.
343
Jacques Lacan, “Dos vertientes de la sublimación”, en De un Otro al otro, Libro 16, op. cit., 212.
344
Cuando Lacan nos propone esta ilustración, el 12 de Marzo de 1968, dice no recordar muy bien el nombre
del animal, y lo llama dafnia, pero 15 días después, el 26 de marzo, rectifica el nombre, y corrige palemón,
propiamente el nombre del crustáceo al que refiere en este examen. Palemón: crustáceo rosado. Su nombre
es tomado de un héroe mitológico que fue convertido en dios marino.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 152
345
“Concreción calcárea situada en la parte superior de la membrana otolítica, dentro del laberinto
membranoso. El desplazamiento del conjunto de otolitos estimula las terminaciones del nervio vestibular.”
[Link] (Consultado el 31 de agosto del 2013)
346
Es el órgano más común y universal del sentido del equilibrio. La característica principal de un
estatocisto es el contacto con una estructura mineral densa denominada estatolito que estimula a las células
mecanosensitivas que lo rodean. [Richard W. Hill, Gordon A. Wys, Fisiología animal (Madrid: Ed. Médica
panamericana, 2006), 434].
347
Otto Isakower. (1939) “On the Exceptional Position of the Auditory Sphere”. International Journal of
Psychoanalysis, 20: 340-348. “Sobre la posición excepcional de la esfera auditiva”. Traducción: Alison
Busch. Revisión: Cartel sobre la voz. Analítica: Asociación de Psicoanálisis de Bogotá.
348
Jacques Lacan, “Clínica de la perversión”, en De un Otro al otro, Libro 16, op. cit., 235.
349
Jacques Lacan, “Dos vertientes de la sublimación”, en De un Otro al otro, Libro 16, op. cit., 213.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 153
corazón del goce. Por consiguiente, el objeto a estaría como soporte de la articulación
significante. Así, podemos decir que “el goce está prohibido a quien habla como tal, o
también que no puede decirse sino entre líneas”350, o con más precisión, entre-dicho
[inter-dicto], permitiéndonos situar de este modo al objeto a en el centro del sistema
significante, haciéndose posible cierta distancia, cierta imposibilidad, que dependería de
las leyes del lenguaje y que, en todo caso, implica en lo más intimo al sujeto. Entonces,
como idea central podemos destacar que el a realmente se sitúa entre significante y
significante, pues es en esta cadena donde se abre el campo del goce. En tal caso, el goce
no estaría del lado de la satisfacción que pueda dar algún objeto concreto, sino entre la
materialidad del lenguaje: allí vibraría eso que hace gozar.
En este punto, la argumentación nos permitiría conjeturar que, en la época presente,
la problemática neurótica que se pone en juego tiene que ver justamente con la explotación
del consumo irrestricto de objetos que dejan entrever la artimaña con la que se pretende
poner en equivalencia al objeto a con el dinero –y otros tantos objetos del mercado–.
Asimismo, el discurso capitalista armaría cierta estructura de goce que anuncia “televisión
ilimitada”, “Internet ilimitada”, “telefonía ilimitada”, y otros tantos productos ilimitados,
que promueven una ley que suprime la barrera del goce, y ofrecen en el espejismo del
consumo la saturación del deseo. Esta patraña útil a la economía de mercado aboga por la
realización amañada del objeto único, hecho a la medida de cada uno y, si no es, pues se
ofrece otro, y otro… apuntando a un consumo irrestricto e incesante que engaña al deseo
con zanahorias sintéticas, o en cualquier otro material industrial, que dura “una eternidad”
–pero que resulta inmediatamente caduco–, y siempre está hecho a “la medida”, sin que
“nada” falte o se pierda.
Hay que destacar que Lacan precisó que si la ley ordena “¡goza!”, el sujeto podría
contestar “¡oigo!”351. Esto está dicho a través de una oportuna homofonía en el francés con
la que Lacan juega diciendo ¡jouis!, pero también ¡j’ouïs! En tal caso, se podría deducir
que “goza” está del lado de lo que “oigo”, en consecuencia, lo que el significante entreteje
en la práctica del lenguaje. A pesar de la circulación del a con los otros objetos, aquellos
350
Jacques Lacan, “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, en Escritos II,
op. cit., 801. La cursiva es mía.
351
Ibíd.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 154
que pueden tener un estatuto contable o de intercambio352 –donde se puede tomar como
ejemplo el dinero353 (contable por antonomasia)–, no ha de creerse que el a es igual a tales
objetos, de nuevo subrayémoslo, aunque allí se mueva. Lo que tenemos que resaltar es que
el a cosquillea en la experiencia del ser hablante, en todo lo tocante a su deseo, su placer y
displacer, cifrándose en el sistema significante. Para decirlo más claro, cuando se hace un
recorrido para tratar de encontrar el a, allí donde se habla, constatamos que no está,
justamente porque escapa a toda materialidad.
Con todo, es posible plantear que el sujeto tampoco puede encontrar propiamente la
satisfacción de su deseo en el objeto a, aunque sea este el que lo causa. La práctica del
discurso analítico tendría como principio el habla que se despliega por la transferencia y,
entonces, para Lacan, allí aparece la función del plus-de-gozar. El psicoanalista francés
sitúa al a en relación con esta función, apoyándose en una homología presente en el
trabajo de Karl Marx: la plusvalía. Para Marx, la plusvalía representa un trabajo impago,
una sustracción que hace el capitalista a una fracción del valor producido por la fuerza de
trabajo del obrero. Sin embargo, Marx mismo indica que el capitalista no se queda con
toda la plusvalía, pues la lógica del sistema le obliga a dividirla, a repartirla con otros: con
intereses (bancos), ganancias (industriales) y rentas (terratenientes). De esta manera, “el
plus-de-gozar es función de la renuncia al goce por el efecto del discurso. Eso es lo que da
su lugar al objeto a. En la medida en que el mercado define como mercancía cualquier
objeto del trabajo humano, este objeto lleva en sí mismo algo de plusvalía” 354. Lo que se
advierte en el fondo es una pérdida que hemos situado aquí entre los significantes.
Atendiendo a la definición de significante que dice que “un significante es lo que
representa al sujeto para otro significante”355, se puede plantear entonces que no es posible
saber nada al respecto, salvo el otro significante, y el otro remitido al otro y, en el
352
Jacques Lacan, “No sin tenerlo”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 103.
353
Lacan nos dice que el falo es el objeto más ilustre. [Jacques Lacan, “No sin tenerlo”, en La angustia,
Libro 10, op. cit., 103] Ya Freud había discernido al pene como algo separable del cuerpo, que por deriva
metonímica entraba en analogía con la caca, y así, “el interés volcado a la caca traspasa a interés por el
regalo y luego por el dinero.” Según el fundador del psicoanálisis, de este modo se entraba en la constitución
del complejo de castración. [Sigmund Freud, “Sobre las trasposiciones de la pulsión, en particular del
erotismo anal”, en O. C., vol. XVII, op. cit.,122].
354
Jacques Lacan, “De la plusvalía al plus-de-gozar”, en De un Otro al otro, Libro 16, op. cit., 18-19.
355
Jacques Lacan, “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, Escritos II, op.
cit., 799. El subrayado es mío.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 155
356
Jacques Lacan, “Dos vertientes de la sublimación”, en De un Otro al otro, Libro 16, op. cit., 207. La
cursiva es mía
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 156
Plus-de-gozar en la creación
En el análisis se trabaja con enunciados del lenguaje, bien sea los que pronuncia el
analizante en la asociación libre o los que sirven de interpretación al analista. La
experiencia se inicia con la investigación sobre un síntoma, entendido este, clínicamente,
como aquello que se presenta al analista en la forma de “no puedo trabajar…”, “siento que
el cuerpo no responde…” o “no duermo por estar pensando…”. Un síntoma que guarda la
letra con la que hemos trabajado. “La manera en que cada uno sufre en su relación con el
goce, en la medida en que este solo interviene por la función del plus-de-gozar, he aquí el
síntoma”358. De tal modo, el psicoanálisis opera con el lenguaje, y desde él se propone
abrir caminos al sujeto para su experiencia, aquella que es un plus-de-gozar distinto al
goce, pues el plus es más bien una pérdida de goce. La indagación con la que se inicia la
experiencia psicoanalítica se propone descifrar el modo en que se ha inscrito la letra,
aquella que tiene orígenes en el cuerpo. Creemos que todo esto, por excelencia, pasa por la
creación, en tanto lo que se revela es la ausencia, ahora como causa.
En efecto, se llegaría en el análisis a advertir el objeto a como objeto que causa el
deseo del sujeto, permitiéndose así un plus-de-gozar. Además, la lectura del saber
inconsciente muestra una escritura que constituye cierta cara de lo real relacionada con lo
que hemos acordado en llamar a. Pero también, que esta a ocupa un lugar fuera del
significante, aunque entre-dicha en él; en todo caso, que escapa. En otras palabras,
podríamos decir que asistimos a la creación de lo más fundamental en un análisis, a la
creación de la nada esencial, situada en el vacío que implica al propio sujeto, precisándose
así un hilo en el laberinto. El a estaría como causa y como plus-de-gozar y, en cuanto tal,
no deja de testificar sobre una pérdida, una renuncia. Lacan nos dice que la novedad es que
357
Jacques Lacan, “La angustia, signo del deseo”, en La angustia, Libro 10, op. cit., 36.
358
Jacques Lacan, “Mercado del saber, huelga de la verdad”, en De un Otro al otro, Libro 16, op. cit., 38. El
subrayado es mío.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 157
haya un discurso que articule esta renuncia, “y que haga aparecer lo que llamaré la función
del plus-de-gozar. Aquí está la esencia del discurso analítico”359. Para decirlo de otro
modo, en la búsqueda neurótica que pretende encontrar el goce, lo que se encuentra es algo
del orden de la pérdida de goce, que abre la posibilidad de inscribir lo que concierne
íntimamente al sujeto, ahí donde no hay nada: su propia ausencia. De tal modo se
constituiría la causa del deseo, que podríamos proponer como un lazo con la vida,
asegurando así la ex-sistencia del sujeto. Decir que no hay nada es decir que hay un lugar
marcado por el lenguaje y el vacío que este produce, y nada más. La creación es
propiamente –y esta es la primera vez que nos proponemos definirla haciendo uso de los
elementos planteados en el camino– designar aquello impensable de una ausencia que,
lógicamente, escaparía a todo artificio del lenguaje que pretenda representarla, aunque esté
cifrado en él. Dicho de otra manera, la creación no podría ser más que la creación de nada,
y aquí está una de las paradojas de la creación, esa nada permite la aparición de algo que
implicará al sujeto en lo más íntimo: su deseo.
El analizante entra en la situación analítica rompiendo el silencio que ha guardado
sobre algunas de sus representaciones y acontecimientos. Ahora bien, entrar en aquellas
zonas lo llevará a toparse con su más íntimo vacío, con su esencial silencio, aquel que se
incluye entre sus palabras que aluden a su singular ex-sistencia. Para sacar provecho de la
alusión, recién mencionada, podríamos recordar aquí su etimología latina: ad-ludere, que
significa “jugar” alrededor, “cerca”. “«Hacer alusión» conserva así, la idea de algo, aunque
provenga de lejos, llega a evolucionar tanto más libremente en la cercanía”360. De esta
manera, el trabajo del plus-de-gozar tendría aquel carácter con el que se anuncia un viaje
inspirado por aquello que la poesía alude. Lacan lo señala diciendo que “la esencia de la
teoría psicoanalítica es un discurso sin palabras”361. El poeta colombiano León De Greiff
decía así su aspiración: “Voy a incrustarme en el silencio de donde no debí salir”362. Entre
las palabras aparece un vínculo esencial para el sujeto. Para decir con más precisión
359
Jacques Lacan, “De la plusvalía al plus-de-gozar”, en De un Otro al otro, Libro 16, op. cit., 17.
360
[François Jullien, Cinco conceptos propuestos al psicoanálisis (Buenos Aires: El cuento de plata, 2013),
54]. Este autor, François Jullien, doctor en Estudios de Extremo Oriente, nos propone en esos términos el
asunto de la alusión.
361
Jacques Lacan, “De la plusvalía al plus-de-gozar”, en De un Otro al otro, Libro 16, op. cit., 11.
362
León De Greiff, “Cancioncilla”, en Fárrago quinto mamotreto,
[Link] (Consultado el 12 de mayo del 2013)
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo III | 158
aquello que implica el plus-de-gozar y que adviene al modo de aquel silencio, diremos con
ayuda de la misma voz poética: “quiero catar silencio, mi sola golosina”363.
363
León De Greiff, “Admonición a los impertinentes”, en Ontología para todos (Medellín: Ed. Universidad
de Antioquia, 1995), 68.
CAPÍTULO IV - LA INVENCIÓN DEL OBJETO a: UN ESPACIO PARA
LA CREACIÓN
364
Jacques Lacan, “sesión del 9 de abril de 1974”, en Seminario 21, Los incautos no yerran (Los nombres
del padre) (inédito).
365
Ibíd.
366
Ibíd.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo IV | 160
aquello que escapa, pero a la vez, que abre un campo que puede dar espacio a la creación,
aunque, como vimos páginas atrás, no sin pagar el precio de la angustia que, en su
momento, bien nos sirvió de instructivo para situar aquello que está en juego. En todo
caso, es el acontecimiento de lo real lo que se presentifica en este camino, asunto que en
este último capítulo trataremos de ubicar respecto a la creación en la experiencia del
análisis, para así, finalmente, asumir el tiempo de concluir este recorrido.
Cuando, por ejemplo –y esto tuvo mención desde el principio–, la física pretende
dar cuenta de un todo, y se lanza hacia los confines del universo, se topa con aquello que
es previo a todo cuanto se concibe como el confín –evidenciándose siempre uno más
anterior-, sosteniendo intacto el conjunto de una “profundidad infinita” en el universo. Si
acaso, en comparación con esto, nuestra experiencia ha de soportar que lo real no es todo,
ni tampoco lo simbólico o lo imaginario (cada uno agujereado) y, por tal razón, hemos de
sostener que en ella hay un centro arremolinante que no se podría evitar. Justo ahí donde
la ciencia quiere sustanciar no se qué principium, se advierte algo que escapa. El ser
hablante parece no estar exento de aquello que se ausenta por aquel remolino, y menos su
objeto. Por tanto, no tendría por qué reducir la vida a unos cuantos supuestos colocados en
la estrechez fantasmática de la neurosis. Lo que se arremolina en ese agujero, esa abertura,
ese “tragaluz”, se anuda con los significantes que quizás puedan indicar algún litoral de
eso que cae en el vacío, litoral que marca la ausencia. Para identificar y situar al a en
relación con las tres consistencias que se anudan sobre este, sirvámonos de una figura:
Hay que recordar que, desde muy temprano, en “Función y campo de la palabra y
del lenguaje en psicoanálisis”, Lacan apunta a aquel agujero diciéndonos que la
interpretación en psicoanálisis no es interpretación de sentido, sino un juego con el
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo IV | 161
equívoco, apuntando a “un centro exterior al lenguaje”367 que se revela en la palabra como
hueco368. En la transferencia, el analista es el sujeto supuesto saber, y no estaría errado
suponerlo si él sabe lo que se introduce con el a: un saber negativo. El inconsciente “lleva
la marca del a en el nivel en que falta el saber”369; esto, debido a que no se sabe sino nada
del absoluto que se plantea el neurótico; pero también, que ahí, con algo de lo real se goza,
aunque de ese objeto a no haya ni idea (léase, idea en cuanto tal).
Este recorrido partió del modelo del espejo en donde el cuerpo se introducía en la
economía del goce por la imagen del cuerpo, de la relación del hombrecito con su cuerpo;
allí se subrayó lo imaginario que aparecía en cuanto al alcance de la imagen. Lo que desde
el principio nos recalcaba Lacan es que eso tenía una razón en lo real: “que la
prematuración de Bolk es lo único que explica la preferencia esa por la imagen” 370, siendo
en la lógica donde esto tuvo su despliegue. Desde aquel comienzo empezamos a hilar, y
parece que lo que se entretejió fue algo del orden del goce, no sin que allí hubiera también
algo de mortificación. Pero ¿cómo parar? Seguramente, advertidos a través de la
designación de una letra, que inscribe la función del a. Los objetos que no dejan de
circular con el a dan fe de que lo inconsciente no habla de la sexualidad, sino que al
circular hablan de eso, pues “esos objetos se constituyen por estar respecto a la sexualidad
en una relación de metáfora y de metonimia”371. En este sentido, puede entenderse lo que
Lacan anuncia en el Seminario XIV, La lógica del fantasma: “el objeto también al que se
remite un sujeto, por esencia y necesariamente, no es otra cosa que la propia esencia de ese
sujeto pero objetivada”372, de ahí que la creación que pueda devenir como efecto del
objeto a implique la creación en lo tocante al sujeto que habla.
367
Jacques Lacan, “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, Escritos I, op. cit., 308.
368
Estas paradojas impulsaron a Lacan en la exploración y en la elaboraciones de figuras que trataban con
elementos del campo de la lógica y la matemática; la topológica, y finalmente, con la teoría de nudos.
369
Jacques Lacan, “Del goce planteado como un absoluto”, en De un Otro al otro, Libro 16, op. cit., 196.
370
Jacques Lacan, “La tercera”, en Intervenciones y textos (Buenos Aires: Manantial, 2007), 91.
371
Jacques Lacan, “Lección 16 del 12 de abril de 1967”, en El seminario 14, La lógica del fantasma,
Traducción inédita realizada por Pio Eduardo Sanmiguel.
372
Ibíd.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo IV | 162
373
Jacques Lacan, “sesión de clausura – 13 de abril de 1975”, en Jornadas de los carteles en la escuela
freudiana de París (Bogotá: Correo de los carteles en Analítica, N° 3, 2003), 2. Traducción de Pio Eduardo
Sanmiguel.
374
“la neurona a será nombrada la cosa del mundo {Ding}, y la neurona b, su actividad o propiedad -en
suma su predicado.” [Sigmund Freud, “Proyecto de psicología”, en O. C., vol. I, op. cit., 373].
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo IV | 163
posibilidad de creación. Por consiguiente, podemos plantear que, para Lacan, tanto el
dispositivo psicoanalítico como el arte, y más precisamente la poesía, pueden ser fiat trou,
en tanto hacen agujero, producen un saber negativo o paradójico, ya que apuntan a mostrar
el hueco que subsiste en la cadena significante, en donde ha de ex-sistir el sujeto y su
esencia objetivada.
Quizás, si nos quedáramos en el fiat lux permaneceríamos en la mera dimensión de
alumbrar imágenes o representaciones que pueden encandilar al sujeto. En este sentido se
comprende lo que aloja la propuesta del nudo, en donde se advierte al a como un
“tragaluz” que, si se nos permite decir, por su singular ausencia, genera un campo
magnético tal que ninguna partícula material, ni siquiera la luz, puede escapar a ser
aspirado por él, condición a la que –nos advierte Lacan– uno no se acaba de acostumbrar.
De ahí que el saber analítico tenga que ver con un saber negativo, que podría situar el
agujero que concierne al sujeto, en tanto está allí criptado; es decir, en la medida en que el
tránsito en un análisis permitiría advertirlo.
El a no es simplemente algo, es justamente allí donde se concreta la estructura de
nudo, con lo que el sujeto ex-siste y donde se sitúa, al fin y al cabo, la función de agujero.
Podríamos entender todo esto como una precipitación después de un largo trayecto, un
largo rodeo sobre aquel agujero. Plantear esto no deja de tener consecuencias, pues se
indica, en últimas, la ausencia de sustancia del sujeto. Pero ¿acaso es posible algo más
cercano a la creación que la posibilidad para desatarse de las determinaciones neuróticas y,
con ello, asumir el deseo que me habita? Por eso, hay que andarlo, hay que escribirlo, hay
que trazarlo para advertirlo en lo que insiste como a. La primera letra, en la primera
página, con la que se inicia la tesis, podría ser un ejemplo de lo que constituye escribir una
pérdida, ya que es el incipit de un camino que ha pretendido marcarla, sostenerla, aunque
también es a la vez una alegría; en cualquier caso, la fuerza de una posibilidad de creación,
es decir, la de designar el agujero que me constituye.
La semilla de la creación
Plantear que la creación está en relación con nombrar o designar algo –que es un
agujero, una ausencia– situado en el centro del nudo, implica poner en tensión lo que
concierne a la creación psicoanalítica y a la creación artística, que podríamos acotar en la
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo IV | 164
vía de la creación literaria. Desde Freud, el psicoanálisis mantuvo una estrecha relación
con la literatura y el arte. Para Lacan, el psicoanálisis no tendría gran cosa que decir del
arte; por el contrario, en muchas ocasiones instó al psicoanálisis a tomar nota de lo que
este hacía. “Del arte tenemos que extraer una enseñanza”375 [De l’art, nous avons à
prendre de la graine]. Si se nos permite, diríamos que la mejor semilla [graine] que crece
en el campo del arte tendríamos que tomarla para que en nuestro terreno se den los mejores
frutos. Esto ha de ubicarnos propiamente en la cuestión esencial de la creación y, por esta
vía, lo que ocurre en un análisis.
En un texto titulado “Para la prehistoria de la técnica analítica”, publicado por
primera vez de manera anónima, firmado con la letra “F” y, además, escrito en tercera
persona, Freud examina de forma crítica las afirmaciones hechas por Havelock Ellis en su
libro The philosophy of conflict {La filosofía del conflicto} (1919). Las aseveraciones del
investigador de temas sexuales –considerado por Freud un eminente crítico del
psicoanálisis–, se empeñan en sumar pruebas que demuestren que “la obra del creador del
análisis no debería valorarse como una pieza de trabajo científico, sino como una
producción artística”376. Ellis había establecido esta afirmación emparentando “la
asociación libre” con un método practicado por J. J. Garth Wilkinson, en 1857, quien la
recomendaba para la escritura, con fines religiosos y literarios. Freud admite tal similitud,
y agrega una referencia más tomada de la literatura. Cita un conocido pasaje –referenciado
en “La interpretación de los sueños”–, de la correspondencia de Schiller con Körner
(1788), donde se recomendaba que el que quisiera ser productivo no debía dejar de tener
respeto por aquellas ocurrencias que al parecer “ascienden libremente”, si se renuncia a la
crítica que pudiera ejercerse sobre ellas. Aquel pasaje, en el que Schiller responde al amigo
que se queja de su falta de productividad, dice así377:
“la explicación de tu queja está, me parece, en la coacción que tu
entendimiento impone a tu imaginación. Debo aquí esbozar un
375
Jacques Lacan, “sesión del 9 de abril de 1974”, en Seminario 21, Los incautos no yerran (Los nombres
del padre) (inédito).
376
Sigmund Freud “Para la prehistoria de la técnica psicoanalítica”, en O. C., vol. XVIII (Buenos Aires:
Amorrortu, 2008), 257.
377
El recurso en la referencia al poeta y filósofo Friedrich Schiller fue agregado en un párrafo que Freud
adiciona en 1909 a “La interpretación de los sueños”. Como curiosidad, fue hecha unos meses después de
publicar “El creador literario y el fantaseo”.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo IV | 165
volverse “un escritor original” muy rápido, pertenece al autor de cuya obra –según Freud–
tomó uno de los primeros escritos que él interiorizó a la edad de catorce años y que,
pasados los años, poseía “aun como el único libro que conservaba de sus años de
muchacho”381. Nos dice el fundador del psicoanálisis que no podía acordarse del ensayo
en cuestión, pero sí de otros del mismo autor, que habían emergido repentinamente en su
recuerdo. Aquí, no podríamos dejar de señalar el agujero que Freud parece advertir
respecto a su propia utilización del método, que escapa a los datos materiales y que, en
efecto, quiere enseñar.
Planteado esto, transcribamos las líneas finales del texto –“receta”– que para Freud
fue objeto de olvido: “Y aquí viene la prometida recomendación. Tomen algunas hojas de
papel y escriban tres días sucesivos, sin falsedad ni hipocresía, todo lo que se les pase por
la mente. Consignen lo que piensan sobre ustedes mismos, sobre su mujer, sobre la guerra
turca, sobre Goethe, sobre el proceso criminal de Fonk, sobre el Juicio Final, sobre sus
jefes; y pasados los tres días, se quedarán atónitos ante los nuevos e inauditos
pensamientos que han tenido. ¡He ahí el arte de convertirse en escritor original en tres
días!”382. Lo que Freud halla con asombro es encontrar expresados algunos de los
pensamientos que “él mismo había cobijado y sustentado siempre”383. Así que, con
relación al texto que nos sirve de referencia, podríamos preguntarnos quién escribe, dado
que su autor lo hace en tercera persona. Allí, el sujeto está eximido de sostener su discurso
con un “yo digo”, eximido de sostener lo que enuncia y, en este sentido, no podemos dejar
de señalar lo que se instaura como “regla fundamental”, estableciendo un espacio para
aquello que surge en la palabra como agujero. En últimas, emerge con sorpresa el sujeto
como lugar en donde se hace posible la creación. Esto, dicho de otra manera, tiene relación
con la posibilidad de que se instaure una lógica que dé vía al discurso inconsciente,
apuntando a que el sujeto pueda circunscribir y asumir el agujero que causa su deseo.
Lacan nos plantea: “no escribí digo. Si lo que habla apareciera, seguramente el análisis
381
Ibíd.
382
Ludwig Börne, citado por Freud [Sigmund Freud “Para la prehistoria de la técnica psicoanalítica”, en O.
C., vol. XVIII, op. cit., 259]
383
Sigmund Freud “Para la prehistoria de la técnica psicoanalítica”, en O. C., vol. XVIII, op. cit., 259. La
cursiva es mía.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo IV | 167
estaría cerrado, como escribí irónicamente. Pero es justamente lo que no ocurre o lo que,
cuando ocurre, merece puntuarse de manera distinta”384.
Por un procedimiento artificial se le pide a quien vienen a análisis no ser el que
sostiene lo que se representa, aunque –nos dice Lacan– no debe creerse que él se disipe, ya
que el psicoanalista está allí para representarlo, o sea, que se está ahí, durante todo el
tiempo en que él no puede encontrarse concernido en relación con la causa de su discurso.
Si lo decimos de otra manera, tendríamos que apuntar a que el sujeto, en cuanto habla en el
presente, es distinto de aquel que habla, y por ello, que la estructura no es esférica, sino
que está agujereada. Habría que resaltar, entonces, que el sujeto dividido es consecuencia
del lenguaje, pero solo lo es en tanto es lugar revelado por el agujero que subsiste en el
lenguaje. Por estas razones hemos de considerar que el saber construido por los
psicoanalistas se constituye cada vez que, por la vía singular, se asiste a la experiencia de
lo que se ha llamado una cura psicoanalítica, que siempre se las tiene que ver allí con
hacer agujero, acto que abre posibilidades para que el malestar, que se experimenta como
síntoma, pueda girar hacia fuente de creación.
La originalidad en el psicoanálisis
El agujero en cuestión está constituido esencialmente en la Cosa freudiana, que,
para nosotros, después de muchos rodeos, nos permite la precipitación, y entonces, una
apertura a la creación. Aunque, creeríamos que tal precipitación, con la que se hace
agujero, es más bien difícil, debido a que cada quien se imagina ser una sustancia 385; de
allí que no resulte nada sencillo plantear la a-sustancia. Así, orientándonos con la pregunta
quién habla o quién escribe en el texto “Para la prehistoria de la técnica psicoanalítica” –
donde se anuncian referencias históricas para la asociación libre, pero también la
incidencia de Börne como fuente de cierta originalidad para la técnica freudiana–,
aludiremos al espacio de agujero sobre el que gira el deseo del fundador del psicoanálisis,
que, como nos dice, parecería estar influenciado “desde otro lado” y no así, en conexión
con lo más íntimo y “personal”. En otras palabras, aquel lugar original remite a lo que es
384
Jacques Lacan, “De la plusvalía al plus-de-gozar”, en De un Otro al otro, Libro 16, op. cit., 19.
385
Jacques Lacan, “sesión de clausura – 13 de abril de 1975”, en Jornadas de los carteles en la escuela
freudiana de París, op. cit., 2.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo IV | 168
386
Sigmund Freud “Para la prehistoria de la técnica psicoanalítica”, en O. C., vol. XVIII, op. cit., 260.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo IV | 169
387
Jacques Lacan, “sesión del 19 de abril de 1977”, en Seminario 24, Lo no sabido que sabe de la una-
equivocación se ampara en la morra (L’insu que sait de l’unebévue a s’aile à mourre) (Inédito).
388
Ibíd.
389
Jacques Lacan, “sesión de clausura – 13 de abril de 1975”, en Jornadas de los carteles en la escuela
freudiana de París, op. cit., 11.
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390
Jacques Lacan, “De la creación ex nihilo” en La ética del psicoanálisis, Libro 7, op. cit., 148.
La creación en psicoanálisis: un especio, una apertura Capítulo IV | 171
391
Jacques Lacan, “sesión de clausura – 13 de abril de 1975”, en Jornadas de los carteles en la escuela
freudiana de París, op. cit., 11.
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