LA
LIBERTAD
Ídolos
Los ídolos son cosas o personas a las que tratamos como dioses, poniéndolas en el
centro de nuestra existencia y asegurando parte de nuestra vida en ellos. La
Escritura recuerda constantemente este rechazo de los “ídolos […] oro y plata, obra
de las manos de los hombres”, que “tienen boca y no hablan, ojos y no ven”
(Catecismo 2112). Ejemplos de ídolos comunes son: dinero, dependencias afectivas,
vicios, placeres, proyectos personales, etc.
El éxodo fue el acontecimiento fundamental de la historia de Israel. En él nació
como pueblo y tomó conciencia de ser un pueblo elegido. En adelante todos los
acontecimientos serán medidos y valorados en comparación con él.
Por su trascendencia puede ser considerado el prototipo de toda liberación, y
por su carácter religioso, el punto de referencia para comprender lo que es la
salvación que Dios nos ofrece en Cristo.
La fe, rectamente entendida, embarca al hombre en una aventura de liberación
radical, personal y colectiva, en una lucha por superar en sí mismo y en los
otros todo tipo de esclavitud y la raíz de todas ellas: el pecado.
En esta lucha el hombre no está solo: Dios se ha comprometido poniéndose de
su parte.
El objetivo de esta catequesis es hacernos caer en la cuenta de nuestras
esclavitudes, de las dificultades que encontramos para superarlas y del camino
que hay que seguir para conseguirlas. Todo ello a la luz de la experiencia de
Israel.
1. INTRODUCCIÓN
Ciertamente tenemos que preguntarnos: ¿es la libertad una realidad o una
ilusión? No pocas veces, dada la experiencia real de nuestra vida, nos
inclinamos por considerarla una "ilusión". No es posible la libertad. Sin
embargo, desde la fe, sabemos que Cristo ha realizado nuestra liberación. El
ha hecho posible la libertad. Pero ¿de qué libertad se trata? El objetivo de
esta sesión catequética es dar respuesta a esa pregunta.
2. DIÁLOGO
Tratamos de ver hasta qué punto la libertad es una realidad en:
• El mundo en que vivimos: Hacer una lista de los principales
causantes de la esclavitud en el mundo.
• La Iglesia a la que pertenecemos: ¿Qué cosas vivimos como
esclavitudes dentro de ella?
• La persona que somos: ¿Qué me impide personalmente ser libre?
Personas, instituciones, situaciones, cosas, etc.
3. LA ESENCIA DE LA LIBERTAD
A partir de la Gaudium et spes 17, tratar de ver en el grupo cuál es el origen,
la verdadera naturaleza de la libertad y sus características.
3.1. Gaudium et spes
Grandeza de la libertad. La orientación del hombre hacia el bien sólo se logra
con el uso de la libertad, la cual posee un valor que nuestros contemporáneos
ensalzan con entusiasmo. Y con toda razón. Con frecuencia, sin embargo, la
fomentan de forma depravada, como si fuese pura licencia para hacer
cualquier cosa, con tal que deleite, aunque sea mala. La verdadera libertad es
signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha querido "dejar al
hombre en manos de su propia decisión", para que así busque
espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la
plena y bienaventurada perfección. La dignidad humana requiere, por tanto,
que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e
inducido por convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego
impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta
dignidad cuando, liberado totalmente de la cautividad de las pasiones, tiende
a su fin con la libre elección del bien y se procura medios adecuados para ello
con eficacia y esfuerzo crecientes. La libertad humana, herida por el pecado,
para dar la máxima eficacia a esta ordenación a Dios ha de apoyarse
necesariamente en la gracia de Dios. Cada cual tendrá que dar cuenta de su
vida ante el tribunal de Dios según la conducta buena o mala que haya
observado (GS 17).
3.2. La esclavitud
La tentación de someter a otros hombres tal vez sea tan antigua como el
mismo hombre. Y no se puede decir que nosotros estemos a salvo de la
misma. La experiencia de los hebreos en Egipto es prototipo de todas las
situaciones de esclavitud y de opresión. Estas se dan siempre que un hombre
ve pisoteada su dignidad, cada vez que otros se niegan a reconocer en él la
imagen de Dios.
Una relación semejante entre hombres envilece más al opresor que al
oprimido, aunque el primero no quiera darse cuenta y su poder, su dinero o
su cultura le hagan creer lo contrario.
Pero no toda esclavitud viene de fuera. A veces las cadenas más fuertes están
dentro del hombre mismo: la ambición, el ansia de poder, la soberbia, las
pasiones..., son con frecuencia obstinados faraones que nos impiden salir
libremente al encuentro de Dios. Sólo cuando el hombre alcanza la libertad
interior es radical y verdaderamente libre. Esta la alcanzamos sólo en Cristo
porque sólo él nos hace libres del pecado y de su raíz.
3.3. El libertador
No vivimos en tiempos de prodigios que puedan impresionarnos. Dios no es
un mago de feria. Cuando quiere actuar en favor de su pueblo lo hace a través
de un hombre. Moisés supo ser, a pesar de sus fallos, el lugarteniente de Dios
en la obra de la liberación del pueblo. Por esto es modelo de todo libertador.
Fue elegido para esta tarea, y el hecho de que ofreciera resistencia nos hace
pensar que no buscaba su gloria personal; vivió en su propia carne el proceso
que conduce a la libertad antes de ayudar al pueblo a vivir esa experiencia,
dando a entender que sólo un liberado puede realmente liberar; realizó con
su pueblo el camino, compartiendo con él dificultades, pruebas y peligros,
mostrando con ello que el camino de la libertad es un camino de
encarnación; y al final, cuando el proceso hubo terminado, desapareció,
haciendo posible que el pueblo caminara por sí mismo.
El libertador no puede pretender sustituir al opresor haciéndose
indispensable para los liberados. Liberar es hacer posible que el "hombre"
que cada uno lleva dentro se realice plenamente. No es cambiar de amos,
sino ayudar a crecer.
3.4. Gaudium et spes
Dignidad de la conciencia moral
En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una
ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer y cuya voz
resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que
debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello.
Pero el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya
obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado
personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del
hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el
recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da
a conocer esa ley, cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del
prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás
hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos
problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad. Cuanto
mayor es el predominio de la recta conciencia, tanta mayor seguridad tienen
las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y para
someterse a las normas objetivas de la moralidad. No rara vez, sin embargo,
ocurre que yerre la conciencia por ignorancia invencible, sin que ello
suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el
hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien y la conciencia se va
progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado (GS 16).
Naturaleza y fin de la comunidad política
Los hombres, las familias y los diversos grupos que constituyen la
comunidad civil son conscientes de su propia insuficiencia para lograr una
vida plenamente humana y perciben la necesidad de una comunidad más
amplia, en la cual todos conjuguen a diario sus energías en orden a una mejor
preocupación del bien común. Por ello forman comunidad política según
tipos institucionales varios. La comunidad política nace, pues, para buscar el
bien común, en el que encuentra su justificación plena y su sentido y del que
deriva su legitimidad primigenia y propia. El bien común abarca el conjunto
de aquellas condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias
y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia
perfección.
Pero son muchos y diferentes los hombres que se encuentran en una
comunidad política, y pueden con todo derecho inclinarse hacia soluciones
diferentes. A fin de que, por la pluralidad de pareceres, no perezca la
comunidad política, es indispensable una autoridad que dirija la acción de
todos hacia el bien común, no mecánica o despóticamente, sino obrando
principalmente como una fuerza moral, que se basa en la libertad y en el
sentido de responsabilidad de cada uno.
Es, pues, evidente que la comunidad política y la autoridad pública se fundan
en la naturaleza humana, y, por lo mismo, pertenecen al orden previsto por
Dios, aun cuando la determinación del régimen político y la designación de
los gobernantes se dejen a la libre designación de los ciudadanos.
Síguese también que el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad
en cuanto tal como en las instituciones representativas, debe realizarse
siempre dentro de los límites del orden moral para procurar el bien común
—concebido dinámicamente— según el orden jurídico legítimamente
establecido o por establecer. Es entonces cuando los ciudadanos están
obligados en conciencia a obedecer. De todo lo cualse deducen la
responsabilidad, la dignidad y la importancia de los gobernantes.
Pero cuando la autoridad pública, rebasando su competencia, oprime a los
ciudadanos, éstos no deben rehuir las exigencias objetivas del bien común;
les es lícito, sin embargo, defender sus derechos y los de sus conciudadanos
contra el abuso de tal autoridad, guardando los límites que señala la ley
natural y evangélica.
Las modalidades concretas por las que la comunidad política organiza su
estructura fundamental y el equilibrio de los poderes públicos pueden ser
diferentes, según el genio de cada pueblo y la marcha de su historia. Pero
deben tender siempre a formar un tipo de hombre culto, pacífico y benévolo
respecto de los demás para provecho de toda la familia humana (GS 74).
3.5. La lucha por la libertad
La libertad es un bien dificil de conseguir, por lo cual no está ausente de ella
la lucha ni antes de conseguirla ni una vez alcanzada. En el caso de los
hebreos no luchan Moisés y el Faraón, sino Dios y el poder absoluto de un
hombre que se cree Dios. No son dos personas las que entran en conflicto,
sino dos realidades, dos esferas de la existencia: la divina y la humana. Dios
reclama para su pueblo la libertad que éste necesita para darle culto, y el
Faraón se niega a reconocerla, pretendiendo para sí atribuciones que no le
pertenecen.
Hoy vivimos situaciones semejantes. El poder político, económico o militar
crea a veces situaciones en las que la libertad del hombre y los derechos de
Dios son negados por la autoridad humana. En esas situaciones, defender los
derechos de Dios es garantizar la libertad y dignidad del hombre. Cuando los
que poseen el poder sobrepasan sus propios límites, la primera víctima es el
pueblo, y sólo la mentira y la propaganda convertidas en arma política son
capaces de justificar realidades radicalmente injustas.
No obstante, el creyente sabe que la victoria final está garantizada gracias a
la muerte y resurrección de Cristo. En aquel combate singular, la muerte y
todo lo que ella significa fue vencida, y Cristo se convirtió en la prueba de
nuestra victoria y en la garantía de nuestra esperanza.
3.6. El paso de Dios
El poder humano divinizado, la fuerza del opresor, tarde o temprano es
destrozado. Dios parece perder la paciencia y hace que los egipcios entren en
razón. La pascua es el paso de Dios por el país de Egipto, un paso que es
salvación para unos y muerte para otros, libertad para los oprimidos y
muerte para los opresores. En adelante, los hebreos recordarán esa noche,
terrible y gozosa a la vez, con la más importante de todas sus fiestas.
Más tarde, Jesús instituirá la eucaristía en el marco de esta fiesta. A partir de
ese momento los cristianos no celebrarán otra pascua que la de Cristo, y la
primera pasará a ser un mero anticipo o anuncio de la misma. No habrá otro
cordero por cuya sangre seamos salvados que Cristo, el Señor, ni otro
alimento que su cuerpo y su sangre en el pan y el vino.
La salvación, a partir de ese momento, será algo profundo e interior;
liberación no ya de la esclavitud exterior, sino del poder del pecado. Dios
sigue pasando y su paso sigue siendo salvación para los que lo acgptan y
condenación para los que obstinadamente lo rechazan.
3.7. El paso a la libertad
Para los antiguos, el mar era el ámbito en el que reinaban la muerte y los
malos espíritus, es decir, lasfuerzas contrarias a Dios. Para ellos, mar es
sinónimo de mal. Pasar por él y no morir, hundirse en el abismo y volver a
salir era una victoria imposible sin una especial intervención de Dios. En los
evangelios Jesús aparece calmando la fiereza del mar y la fuerza del viento,
indicando con ello su poder sobre los espíritus contrarios a Dios.
El paso del mar Rojo marcó para los hebreos el final de una etapa. Detrás de
las aguas quedó la esclavitud. Pero la libertad total aún no ha sido alcanzada.
Hay que purificarse primero en el desierto. Este acontecimiento culmina el
aspecto negativo de la liberación: en la historia de un pueblo y en la vida de
un hombre la libertad exige romper ataduras de dentro y de fuera. Sólo el
que sabe dejar, prescindir, renunciar, logrará la libertad. Por eso Jesús llega a
decir que no puede ser discípulo suyo el que pone la mano en el arado y
sigue mirando hacia atrás, es decir, el que busca la liberación futura y sigue
añorando lo que dejó. Para entrar en el desierto y correr hacia la tierra
prometida es necesario prescindir de todo lo accesorio. Cargado de cosas
inútiles no se puede sobrevivir allí donde escaseará el agua y el pan.
4. LA PALABRA DE DIOS
San Pablo se plantea (cf Rom 7,18-25) el problema de la libertad interior, de
la libertad del corazón. Pero se siente incapaz de alcanzarla. Cristo es la
respuesta.
5. ORACIÓN
Este cántico, basado en la carta a los Romanos (cf Rom 7,18-25), se
encuentra grabado en el disco Camino de Emaús, editado por Ediciones
Paulinas. Se puede cantar o recitar como acto conclusivo de la sesión
catequética.
¿Quién me librará?
¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¿Quién me librará?
Pobre de mí. Esclavo soy por mis pasiones. ¿Quién me librará?
¿Quién me librará de esta fuerte cadena? ¿Quién me librará?
Pues hago el mal que aborrezco. ¿Quién me librará?
¿Quién me librará? ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?
¿Quién me librará Señor, tú eres mi salvador. Señor, tú eres mi único Dios.
¿Quién me librará del temor que me ahoga? ¿Quién me librará?
Pobre de mí, sin rumbo voy en mi camino. ¿Quién me librará?
¿Quién me librará de esta ciega atadura? ¿Quién me librará?
Pues no hago el bien que deseo. ¿Quién me librará?
¿Quién me librará?...