LAS RUPTURAS DEL PECADO
Introducción: mysterium iniquitatis
El cristianismo desenmascara el pecado, en la medida en que revela quién y cómo
es Dios y cuál ha sido su proyecto para el hombre. Solo ante la hermosura del verdadero
amor, se aprecia la vileza del egoísmo. Solo al percibir la dignidad del hombre, imagen
de Dios, se comprende la maldad de la injusticia. Solo por contraste con la redención de
Cristo, se comprende la miseria de la condición humana.
Dice A. Frossard: “Es en el momento mismo en que soy levantado hacia la salvación
cuando me doy cuenta del barro en que estaba sin saberlo”
En este capítulo, vamos a estudiar el núcleo del pecado como ofensa y separación
de Dios. Estudiaremos las divisiones que causa en las relaciones humanas. Y, por último,
pensaremos en la condición existencial del hombre, como ser caído, sometido al dolor y
a la muerte, que aspira a la salvación de Dios.
AFIRMACIONES CRISTIANAS
1. Solo a la luz de la idea verdadera de Dios se puede entender lo que significa
pecado, su verdadera naturaleza y sus efectos.
2. Pecado es ofender a Dios por no querer obedecer sus mandatos, apartar la
voluntad de su Voluntad; amar otras cosas y a uno mismo más que a Él.
3. El Génesis narra el primer pecado como desobediencia al mandato divino y
apartamiento de Dios.
4. Cada hombre recibe de Adán una naturaleza con la huella del primer pecado.
Todos somos pecadores a excepción de María Inmaculada.
5. Un deterioro real en el interior del hombre y en todas sus relaciones: con Dios,
con los demás, con la naturaleza y dentro de sí mismo estos nos los efectos del pecado.
6. El ser humano no puede reparar por sí mismo estas cuatro rupturas, ni su atadura
al sufrimiento y a la muerte. Necesita ser salvado. Esta es la condición existencial del
hombre.
7. A la luz de la redención de Cristo, se descubre un nuevo sentido del sufrimiento
humano. En Cristo se descubre también la responsabilidad de aliviar los sufrimientos de
los demás, como parte de la vocación cristiana.
FUNDAMENTOS DOCTRINALES
Fundamentos bíblicos. La revelación bíblica es, toda ella, la historia de la Alianza
de Dios con los hombres. Una Alianza donde el amor de Dios busca la correspondencia
humana. el pecado del hombre, es no querer vivir según la voluntad de Dios.
Sobre el fondo de la Alianza, se percibe el pecado como ofensa personal a Dios por
rechazar su voluntad, por no querer vivir de acuerdo con su ley, que se manifiesta en la
conciencia. También se revela que todos los males humanos proceden, en definitiva, del
pecado.
Historia doctrinal. El texto del Génesis ha sido un punto de referencia para la
reflexión cristiana sobre el pecado original y el pecado en general. Frente al gnosticismo
de los primeros siglos, la tradición cristiana destacó que el verdadero mal nace de la
voluntad del hombre. San Agustín estudió la naturaleza moral del pecado como desorden
contra la ley de Dios. La doctrina de las consecuencias del pecado se puede resumir en la
ruptura de cuatro relaciones: con Dios, con los demás, con la naturaleza, con uno mismo.
En el Catecismo. Dedica varios números al pecado original y sus consecuencias
(386-390; 396-400). Es interesante lo que dice sobre la alteración de las relaciones entre
varón y mujer (1606-1607). En la parte moral, recoge una descripción de lo que es el
pecado y sus tipos (18461851, 1865-1869).
CUESTIONES TEOLÓGICAS
1. LA NATURALEZA DEL PECADO COMO OFENSA A DIOS
La naturaleza del pecado
En la historia de las religiones, la idea de pecado es muy común, pero al mismo
tiempo su contenido es muy distinto: depende de cómo se piense la divinidad, el mal y la
libertad. El pecado se puede concebir como una indignidad o mancha que se contrae al
violar un tabú. Como una culpa merecedora de castigo que se contrae al ofender a una
divinidad más o menos caprichosa. También puede pensarse como decadencia cósmica
(panteísmos y dualismos).
Solo ante el Dios personal, se descubre el verdadero sentido del pecado. Ha
habido un progreso en la historia de la revelación hasta llegar a comprender el pecado
como un apartarse voluntariamente de Dios, ofendiéndole a Él y quedando dañado el
hombre.
a) En el marco del Génesis (Creación)
Hay que recordar el carácter profundamente simbólico del relato del Génesis. Allí,
Adán, además de ser el primer hombre, representa a todo ser humano. Lo que le sucede
es un arquetipo de lo que sucede a todos. Y su pecado, además de ser el primer pecado,
es también el arquetipo de todo pecado humano.
El Génesis describe el pecado como una desobediencia al mandato del Creador.
El mal del pecado no está en lo que eligen (el fruto), sino en la desobediencia voluntaria
al Creador, que es quien ha dado las leyes. Unas leyes que están impregnadas de amor al
ser humano.
El Catecismo nos dice “Todo pecado será una desobediencia a Dios y una falta de
confianza en su bondad” (397). El hombre “se prefirió a sí mismo en lugar de Dios”
(N°398).
b) En el marco de la historia de Israel (Alianza)
La historia de la Antigua Alianza revela, cada vez con mayor claridad, quién es
Dios, y cómo es el pecado del ser humano que no quiere vivir bajo su protección. En el
marco de la Alianza, el pecado se muestra como una rebelión y una ofensa personal y
voluntaria contra Dios, porque la ley expresa la sabia voluntad de Dios.
c) Al contemplar la cruz de Cristo (Redención)
La figura de Jesucristo es paralela a la de Adán. Lo que en Adán es desobediencia,
en Cristo es obediencia hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2,8). La escena de
Getsemaní muestra su decisión heroica de obedecer hasta el final, a pesar de la honda
resistencia interior de su naturaleza humana: “No se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc
22,42).
La cruz representa la obediencia de Cristo que cumple su misión hasta el final. Se
convierte en el sacrificio redentor, cuando el Señor ofrece al Padre sus sufrimientos y su
muerte por nosotros: “Perdónales porque no saben lo que hacen (Lc 23,34). Pero la cruz
también revela la naturaleza del pecado de la humanidad, el rechazo de Dios: “vino a los
suyos y los suyos no le recibieron” (Jn 1,11). El Hijo de Dios muerto en la cruz, da, a la
vez, la medida del amor de Dios y del rechazo del pecado.
Cristo es quien revela el pecado a la intimidad de cada hombre y a la Iglesia. Y el
catecismo en numeral 1851 nos dice: Es precisamente en la Pasión, en la que la
misericordia de Cristo vencería, donde el pecado manifiesta mejor su violencia y su
multiplicidad: incredulidad, rechazo y burlas por parte de los jefes y del pueblo, debilidad
de Pilato y crueldad de los soldados, traición de Judas tan dura a Jesús, negaciones de
Pedro y abandono de los discípulos.
d) La tradición cristiana
La tradición cristiana ha adquirido una noción precisa del pecado como ofensa
personal al Dios de la Alianza. Sabe que es pecado quebrantar conscientemente la ley
moral, el orden querido por Dios en el mundo y los preceptos que ha revelado. El hombre
pierde su orientación a su vida eterna y queda bajo el dominio de la muerte.
Dice san Agustín: “Todo el que obra el pecado, hace lo que es contra la ley, y el pecado
es el quebrantamiento de la ley” (1 Jn 3,4; cfr. Rm 4,15; 2 P 2,16). San Agustín define el
pecado como “dicho, hecho o deseo contra la eterna ley de Dios” (Contra Faustum 1,22.
cap. 27). El Catecismo explica: “El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la
conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a
causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta
contra la solidaridad humana2 (CEC 1849).
Se rechaza la ley de Dios, porque se desea algo contra la ley de Dios. El pecado
es, en términos agustinianos, “aversio a Deo et conversio ad creaturas” (apartarse,
aborrecer de Dios y volverse o convertirse a las criaturas). Supone siempre un desorden
radical en el amor humano: prefiere el propio egoísmo que obedecer a la ley de Dios,
intuida en la conciencia.
Dice san Agustín: “El pecado del hombre es un desorden y una perversión; es apartarse
de lo más valioso, que es el Creador, y volverse hacia lo inferior” (De diversis
quaestionis ad Simplicianum, 1,2,18)
Pecado y estado de pecado
Se llama pecado a la desobediencia voluntaria a la ley de Dios, por tanto, todos
los seres humanos estamos en situación o estado de pecado; de pérdida de la alianza
original con Dios y de sometimiento a unas miserias. Esto es la condición del pecado
original. Es desobediencia voluntaria en Adán; y en Adán, es pecado personal. Pero en
los demás, es un estado recibido1.
1
cfr. CEC 404-405
La verdad existencial del hombre es reconocerse pecador ante Dios, saberse
necesitado de salvación y esperar su gracia. La conversión significa, también
etimológicamente, un cambio de dirección en la vida, dirigirla a Dios, respondiendo a su
llamada.
Al hombre moderno, en cambio, le cuesta reconocerse pecador. Se siente
autónomo y no le parece que tenga que rendir cuentas a nadie más que sí mismo. No
reconoce su división interior y su maldad. Tiende a encubrirla o a identificarse con ella.
Le falta el contraste de la luz de Dios. Tampoco reconoce fácilmente sus actos como
malos. No los ve en relación con Dios o con su fin.
2. SAN AGUSTÍN Y EL PELAGIANISMO
Según San Agustín el pecado está, sobre todo, en la libertad humana. Según este
autor, necesitamos ser salvados porque estamos en pecado; necesitamos la gracia que
sane nuestra voluntad, porque nuestra voluntad está herida.
a) Pelagio y su doctrina
Celestio, discípulo de Pelagio, de paso por Cartago, atacó la práctica tradicional
de bautizar a los niños. Pensaba que no podían aprovecharse de los sacramentos, porque
no entendían la doctrina ni los símbolos sacramentales.
Pelagio y sus discípulos defendían muchos aspectos de la doctrina cristiana; se
puede valorar positivamente su esfuerzo ascético; pero en la polémica, se vio que había
carencias importantes: había un problema doctrinal.
o Su punto de partida era un principio ascético: hay que empeñarse en cumplir los
mandamientos. El que se empeña lo consigue. Hacer el bien o el mal depende de
la voluntad de cada uno. No percibían el aspecto de don de Dios que tiene toda
la vida cristiana.
o Tampoco percibían la profundidad de las heridas del pecado original. No creían
que la libertad estuviera realmente herida, sino solo incitada al mal por las
tentaciones o inducida por los malos ejemplos o por la ignorancia. Pensaban que
el pecado de Adán afectaba a sus sucesores solo como un mal ejemplo.
o En consecuencia, no veían la utilidad de bautizar a los niños. Este es el punto
que originó la polémica.
o Al entrar en polémica, limitaron el significado de la gracia a los dones naturales,
y, en todo caso, a los auxilios externos de la libertad. Como son: el ejemplo de
Cristo y de los santos; y la ley moral que nos enseña a obrar bien (los
mandamientos); también admitían que podían darse revelaciones o luces
interiores de Dios.
Podríamos decir que el buen cristiano no es el que se considera irreprochable, sino
el que se humilla y pide perdón.
b) La controversia entre Agustín y Pelagio (390-418)
Pelagio desconocía la situación del hombre y la necesidad de la ayuda de Dios.
Con esto, la salvación de Cristo resultaba superflua: bastaba el esfuerzo de la voluntad.
En cambio, San Agustín se empeñó en mostrar el efecto universal del pecado y la
necesidad de la gracia para obrar bien.
c) La doctrina del XV Concilio de Cartago
La doctrina de Pelagio fue condenada en el XV Concilio de Cartago en el 418,
por el Papa Zósimo.
La doctrina del Concilio se concentra en 8 cánones, que se refieren a tres temas
principales:
a) Los dos primeros cánones tratan del pecado original, enseñando que la muerte
es consecuencia del pecado original (canon 1, DS 222) y que también afecta a los niños,
a quienes se les transmite por generación (canon 2, DS 223).
b) Los tres siguientes tratan de la realidad y efectos de la gracia de Dios en el
hombre. Son tres cánones perfectamente concatenados: La gracia de Dios no es solo
perdón de los pecados (justificación), sino también ayuda para no cometerlos (canon 3).
No es solo ayuda porque da a conocer los mandamientos, sino también porque nos lleva
a quererlos y cumplirlos; es decir, se trata de algo que opera internamente, no solo en el
conocimiento, sino en el ejercicio de la libertad (canon 4). No sirve solo para cumplir con
más facilidad los mandamientos con nuestra libertad; sino que sin la gracia, somos
incapaces de cumplirlos, como advierte el Señor: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5)
(canon 5).
c) Los 3 últimos cánones declaran que nadie puede considerarse impecable
porque nadie puede llegar a serlo. El canon 6 recuerda 1 Jn 1,8: “Si dijéramos que no
tenemos pecado nos engañamos”: no decimos que somos pecadores solo por humildad,
sino con toda verdad. Y los cánones 7 y 8 insisten en que todos los hombres somos
realmente pecadores; por eso todos, incluidos los santos recitan con verdad la frase del
Padrenuestro “perdona nuestras ofensas”.
De esta forma quedaba clara la naturaleza de la herida original. A la luz de la
salvación de Cristo vemos que, sin la gracia de Dios, el hombre está sometido al poder
del pecado.
3. EL DAÑO DEL PECADO: UNA SERIE DE RUPTURAS
Según el Génesis, el pecado de Adán ha deteriorado todas las relaciones del ser
humano con el mundo. La separación de Dios es la causa de la muerte. Si al principio, la
amistad de Dios, fuente de vida, ponía al hombre por encima de los límites de su
naturaleza; ahora vive hundido en esos límites. El deterioro de la relación con Dios, fuente
de la vida, ocasiona, como en cadena, todo lo demás. Todas las relaciones del hombre se
deterioran. Esta idea ha sido conservada por la tradición cristiana, como una explicación
de la presencia de los distintos aspectos del mal.
Melitón de Sardes (s. II): “El hombre estaba dispuesto por naturaleza a recibir el bien y
el mal (...) transgredió el mandamiento y desobedeció a Dios. Por eso fue echado en este
mundo como en una prisión (...) y dejó en herencia a sus hijos: no la castidad, sino la
impureza, no la incorrupción, sino la corrupción, no la libertad, sino la esclavitud, no la
realeza, sino la servidumbre, no la vida, sino la muerte” (Hom. Pascual, 49).
a) San Agustín y la ruptura del orden cósmico
La belleza es, la paz o armonía creadas por Dios. En el orden de la realidad, el
hombre ocupa un lugar intermedio entre las criaturas puramente espirituales y los
materiales. Ese orden es también la guía moral del hombre.
Dios es la fuente de la vida humana, de todos los bienes de su espíritu y de la
felicidad última. El orden moral humano exige el sometimiento a la voluntad de Dios. El
primer hombre no moriría de haber seguido unido a Dios. Cuando la mente del hombre
dejó de estar sometida a Dios, todo lo que debería estarle sometido se le rebeló: sus
pasiones, su cuerpo mortal, la naturaleza.
b) El esquema de Santo Tomás
Santo Tomás recoge y precisa esta doctrina. Así, queda perfectamente definido un
esquema en tres escalones. La separación de Dios produce la división interior entre
espíritu y cuerpo o sensibilidad, y la división exterior entre el ser humano y la naturaleza.
El orden primero se llama “justicia original”, y guarda una simetría con las consecuencias
del pecado.
Santo Tomás de Aquino supone que la armonía de que gozaba el hombre venía
sostenida por una particular acción de Dios.
c) El esquema teológico de las cuatro rupturas en el Magisterio reciente
El Magisterio moderno ha conservado esta concatenación de rupturas que
proceden de la separación de Dios. Y añade una cuarta dimensión –horizontal– a este
esquema vertical: la división entre los hombres. “Por el pecado, rompe el hombre la
debida subordinación a su fin último, y también toda su ordenación tanto por lo que toca
a su propia persona como a las relaciones con los demás y con el resto de la creación2.
Juan Pablo II en la Reconciliatio et paenitentia nos dice: “Quien desee indagar el
misterio del pecado no podrá dejar de considerar esta concatenación de causa y efecto.
En cuanto ruptura con Dios, el pecado es el acto de desobediencia de una creatura que,
al menos implícitamente, rechaza a aquel de quien salió y que la mantiene en vida; es,
por consiguiente, un acto suicida. Puesto que, con el pecado, el hombre se niega a
someterse a Dios, también su equilibrio interior se rompe y se desatan dentro de sí
contradicciones y conflictos”.
El esquema de las cuatro rupturas nos permite identificar el origen de los males,
y su jerarquía. Va a ser también la guía para entender la salvación. Todas estas rupturas
serán saldadas en Jesucristo, como veremos, recapituladas en el misterio de comunión (lo
contrario de la ruptura) que es la Iglesia.
J. Ratzinger: “El hombre es relación y solo en la forma de esta relación tiene su vida y
su propio yo (...). Ahora bien, pecado significa romper y destrozar esa relación. Pecado
es negación de la relación, porque quiere hacer del hombre un dios”.
2
Cfr. GS 13.