La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué
sacarla"
Evidentemente, la mujer no comprendió el lenguaje espiritual
que Jesús estaba utilizando. Ella ignoraba que aquel judío con
el que estaba hablando era el Salvador del mundo. Y tampoco
lograba entender la grandeza de la salvación que le estaba
ofreciendo gratuitamente. Para ella Jesús era un judío
necesitado, cansado, con las manos vacías, sediento... ¿Qué
podía ofrecerle? Por el contrario, ella era una mujer
autosuficiente, que contaba con los recursos necesarios para
ayudarle a él a calmar su sed.
La cuestión, por lo tanto, era quién necesitaba a quién. Jesús
a la samaritana o la samaritana a Jesús. La mujer sólo veía en
Jesús a un viajero desvalido, sin medios para sacar agua del
pozo y calmar así un poco su sed. Y de la misma manera,
muchos siguen rechazando creer en un Cristo crucificado,
vencido, que en sus últimos momentos de vida volvía a repetir
en medio de su agonía la misma frase: "Tengo sed" (Jn
19:28).
No logran ver que tras su humanidad se encontraba el mismo
Hijo de Dios, que ofrece a la humanidad la vida eterna. Hoy,
igual que ayer, los hombres se sienten autosuficientes, creen
que no necesitan a Dios, y que en tal caso, si llegaran a creer
en él, serían ellos los que le harían un inmenso favor a él.
"¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre
Jacob?"
Sin embargo, a pesar de su debilidad, parece que la mujer
estaba empezando a percibir una autoridad inusual en Jesús
y quizá por eso adoptó una actitud defensiva: "¿Acaso eres tú
mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo del cual
bebieron él, sus hijos y sus ganados?". Como ya hemos dicho,
la historia bíblica no nos da detalles acerca de ningún pozo
que Jacob diera a sus descendientes en la tierra de Palestina.
Puede tratarse de una tradición, pero en cualquier caso, la
mujer la aprovechó para comparar a Jesús con Jacob, y por
supuesto, colocarlo en un plano de clara inferioridad. ¿Quién
se creía este joven judío para ofrecer un "agua viva" mejor
que la que salía del pozo dado por el mismo Jacob?
Los samaritanos se sentían orgullosos de su padre Jacob, del
cual pretendían descender por medio de sus hijos Efraín y
Manasés. Y aunque sus vecinos judíos pudieran discutir este
punto, no cabe duda de que también para ellos la figura de
Jacob, el padre de la nación judía, era tenido en muy alta
estima.
Así pues, la cuestión que la mujer planteó es importante: ¿Es
Jesús mayor que el mismo Jacob, el padre de la nación judía?
¿Quién es Jesús?
"Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que
bebiere de esta agua, volverá a tener sed"
La respuesta del Señor deja fuera de toda duda que él era
infinitamente mayor que Jacob.
Lo primero que hace es mostrar a la mujer que el agua del
pozo que Jacob les había dado, no lograba calmar
definitivamente su sed. En realidad, Jacob era un hombre y
todo lo que podía darle eran cosas materiales, como el agua,
que nunca puede dejar plenamente satisfecho al hombre. El
alma humana tiene necesidades profundas que nada material
puede saciar. Y todos los que vivimos en sociedades
materialistas sabemos que es verdad. El hombre de nuestros
días se afana por poseer nuevas cosas en un intento
desesperado por llenar su vida pero sin llegar a conseguirlo
nunca. De hecho, cada vez necesita más cosas y experiencias
más fuertes para llenar el vacío que constantemente está
creciendo en él. Todos nosotros deberíamos recordar siempre
las palabras de Jesús: "Cualquiera que bebiere de este agua,
volverá a tener sed".
En este punto de la conversación, la mujer tuvo que pensar
necesariamente en su propia experiencia: ¿Acaso se sentía
satisfecha con su vida? ¿No encontraba que su alma cada vez
estaba más sedienta? ¿No era cierto que la religión le había
dejado vacía y frustrada sin dar respuesta a sus necesidades
espirituales? Allí estaba ante el pozo del patriarca Jacob, ¿y
de qué le había servido beber de ese agua por tanto tiempo?
¿En qué había cambiado su vida?
"Mas el que bebiere del agua que yo le daré,
no tendrá sed jamás"
Una vez mostradas las limitaciones de lo que Jacob, o
cualquier otro hombre puede ofrecer a sus semejantes, el
mismo Señor hizo su ofrecimiento: "Mas el que bebiere del
agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua
que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para
vida eterna".
Cristo hace aquí una promesa universal, ya que sólo él puede
llenar plenamente el vacío de nuestro interior y darnos una
felicidad duradera. Aunque esto no ocurrirá hasta que le
entreguemos nuestras vidas.
Así pues, frente a las aguas estancadas del pozo de Jacob, el
Señor ofrece un manantial de agua saltando. Como más
adelante explicó, se estaba refiriendo al Espíritu Santo que él
daría a todos los que creyeran en él:
(Jn 7:37-39) "En el último y gran día de la fiesta, Jesús se
puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga
a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su
interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que
habían de recibir los que creyesen en él..."
Y esta oferta sigue estando vigente para todos los hombres y
mujeres en cualquier parte. Así nos lo recuerda también el
libro de Apocalipsis justo al terminar:
(Ap 22:17) "...El que tiene sed, venga; y el que quiera, tome
del agua de la vida gratuitamente"
"Señor, dame esa agua, para que no tenga yo
sed, ni venga aquí a sacarla"
Por fin las palabras de Jesús habían logrado despertar la
curiosidad de la mujer, que en ese momento llega a pedir que
le dé esta nueva clase de agua. Sin embargo, parece que no
había escuchado las últimas palabras de Jesús: "una fuente
de agua que salte para vida eterna". Ella no dejaba de pensar
en el agua física, pero Jesús se refería a verdades espirituales
y eternas. Ella pensaba en su propia comodidad al no tener
que ir hasta el pozo cada día a buscar el agua, pero el Señor
le estaba ofreciendo la vida eterna. La mujer samaritana es
un buen ejemplo de las dificultades que el hombre natural
tiene para entender la Palabra de Dios.
"Jesús le dijo: Vé, llama a tu marido, y ven
acá"
De repente, Jesús da un giro inesperado en la conversación,
pidiéndole que llamara a su marido. ¿Qué necesidad había de
que él viniera para que ella pudiera recibir el agua de vida?
Bueno, en realidad su presencia no era necesaria en este
sentido, puesto que cada persona puede tener un encuentro
personal con Jesús independientemente de lo que hagan los
que le rodean, incluidos sus cónyuges en el caso de que la
persona esté casada.
Por lo tanto, el propósito del Señor era otro. Él quería que
entendiera que no se puede disfrutar de los beneficios del
evangelio sin que previamente se enfrente el pecado con
confesión y arrepentimiento. Y sin duda, la samaritana, al
igual que todos nosotros, tenía muchas cuentas pendientes
en este sentido. Así que el Señor, perfecto conocedor de la
vida de esta mujer, llamó su atención sobre algo que a ella le
causaba un dolor y frustración especial: su fracaso
matrimonial y su inmoralidad sexual.
Evidentemente, toda la vida de esta mujer era como un libro
abierto delante del Señor. La samaritana estaba descubriendo
que no había nada que pudiera ocultarle. Y el Señor usó este
conocimiento para arrojar luz sobre los repliegues de su
conciencia con el fin de mostrarle cuán grande era la
necesidad que tenía de purificación y perdón.
"Respondió la mujer y dijo: No tengo marido"
La mujer respondió de una forma un tanto brusca y cortante:
"No tengo marido". Parece que se había puesto en guardia.
Tenía miedo de ser desenmascarada y expuesta a la luz. Pero
¿por qué le molestaba el tema? No tener marido no es ningún
pecado. Podía estar soltera, o incluso ser viuda, y no por eso
debería sentirse acusada.
Pero tanto ella, como el Señor, sabían que su respuesta era
sólo una verdad a medias. Así que, ante la sorpresa de la
mujer, "Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido, porque
cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu
marido; esto has dicho con verdad". El Señor fue directo al
asunto, no lo camufló ni lo adornó. Llamó a las cosas por su
nombre y con ello puso al descubierto las lacras de su vida
moral. Por supuesto, esto tuvo que ser muy doloroso para
ella, pero sólo cuando la persona empieza a sentir su
culpabilidad y fracaso, es cuando Dios puede hacer algo por
el bien de su alma. Sólo quien se reconoce enfermo va al
Médico (Lc 5:31-32).
Y como podemos ver, la mujer samaritana estaba realmente
muy enferma y necesitada. Por un lado había tenido cinco
maridos. La misma cantidad de matrimonios, seguramente en
rápida sucesión, muestran su fracaso y tragedia. Y
finalmente, dejando a un lado la "formalidad" del matrimonio,
la mujer estaba viviendo con un hombre con el que no se
había casado. Y aunque ella quisiera justificarlo, algo que no
parece que hiciera, estaba viviendo en pecado.
Todo esto evidenciaba el descenso moral que desde hacía
tiempo aquella mujer había experimentado. Y es probable que
además del dolor que sus continuos fracasos matrimoniales
le producían, tenía que añadir también el rechazo de sus
vecinos, razón por la cual habría ido a aquellas horas de tanto
calor a buscar agua del pozo para así no tener que sufrir sus
miradas inquisitivas.
Habiendo llegado a este punto, es importante que nos demos
cuenta de cómo valora el Señor ciertos comportamientos que
han llegado a ser "normales" en nuestros días. Por un lado
están aquellos que acumulan divorcios y nuevos matrimonios.
La idea de una unión para toda la vida parece haber quedado
obsoleta en la mente de la mayoría. Los actores, cantantes y
deportistas son los que ahora parecen moldear el carácter de
las nuevas sociedades, y ¿cuál de ellos no tiene dos o tres
matrimonios a sus espaldas? Quizá se nos presenten como
abanderados de la libertad, pero según la forma en la que el
Señor trató el asunto con la mujer samaritana, todo esto no
hace sino sacar a la luz su deterioro moral y su vacío
existencial. Y por otro lado, están aquellos que "pasan" del
matrimonio y conviven con un hombre o una mujer sin
legalizar su situación. Notemos que tampoco esto fue
aprobado por el Señor. Sigamos el ejemplo de Jesús que llamó
a las cosas por su nombre.
Y tomemos también buena nota de que al intentar ganar
almas para Cristo, nunca hemos de evitar la cuestión del
pecado. Sólo los que reconocen que están perdidos pueden
ser salvados. Pero ¡cuán pocos son los que están dispuestos
a admitir su situación!
"Les dijo la mujer: Señor, me parece que tú
eres profeta"
El conocimiento de la vida íntima de la mujer fue una
manifestación de la omnisciencia del Señor.
(He 4:13) "Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su
presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y
abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta."
La mujer no niega lo que Jesús había dicho sobre ella, sino
que más bien no puede ocultar su sorpresa y admiración,
llegando a reconocer la posibilidad de que Jesús fuera
profeta. Y esto es muy significativo, porque como ya hemos
dicho, los samaritanos sólo creían en el Pentateuco, es decir,
los cinco primeros libros de la Biblia, por lo tanto, ellos no
esperaban un rey, sino un profeta (Dt 18:15). Así que, cuando
dijo que le parecía que Jesús era profeta, estaba diciendo que
había empezado a sospechar que él era alguien realmente
muy importante.
"Nuestros padres adoraron en este monte, y
vosotros decís que en Jerusalén..."
Todos ofrecemos cierta resistencia cuando tenemos que
reconocer nuestros pecados o admitir nuestros fracasos.
Seguramente por esta razón la mujer intentó en ese momento
desviar la conversación de su situación personal a una disputa
teológica muy de moda en aquel entonces: "Nuestros padres
adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es
el lugar donde se debe adorar".
No sabemos cuál era el interés real que la samaritana tenía
en este debate. Como decimos, es probable que sólo era una
manera de encubrir su triste fracaso personal. Pero tal vez
estaba también indicando la frustración que la religión le
producía en su intento de conocer el camino a Dios. Aunque
pueda parecer extraño, muchas personas culpan a la religión
de su falta de fe. En ocasiones hemos oído a las personas
quejarse diciendo: "Yo creo en Dios pero no en la religión".
Estas son personas, que como la samaritana, se sienten
confundidas por la religión.