Metodología de Estudio e Investigación Social
Metodología de Estudio e Investigación Social
Prof. Andrea Greco de Álvarez / R.P. Dr. Javier Olivera Ravasi (2014)
San Rafael
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Metodología de estudio y Seminario de Investigación “Santa María del Valle Grande”
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Capítulo I
Condiciones y disposiciones para la vida intelectual
2. Disposiciones preliminares
2.1. Disposiciones del alma
Se deberían aplicar a los estudios los consejos que San Ignacio de Loyola aplicaba para la
vida de oración y esto simplemente porque –vale la pena recordarlo– también el estudio es vida
espiritual, es decir, es vida del espíritu, actividad de aquello que hay de más alto en el hombre.
Veamos algunas disposiciones fundamentales del alma para adentrarse en el estudio:
1) Unidad de intención. Todo aquello que se hace, debe hacerse para mayor gloria de Dios
(ad maiorem Dei gloriam, diría San Ignacio). Un estudio que se hace sin esta primera disposición,
no servirá. Hay que tender hacia arriba, estudiar para alcanzar la Verdad. Al respecto, un texto de
San Agustín al escribir en La Ciudad de Dios, nos resulta esclarecedor: “sólo aprovecha la ciencia
cuando está animada por la caridad; sin ésta, la ciencia hincha, es decir, levanta a la soberbia de la
hinchazón más vacía” (CD, IX, 20).
1
El presente capítulo corresponde un traducción y adaptación que hemos hecho de: Ferraro, Christian IVE,
“Metodologia di studio (dispensa “ad usum studentium”)”, (Apuntes inéditos), Segni, 2001, 27 pp.
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Castellani, Leornardo, Camperas. Buenos Aires: Theoria, 1964, p. 133.
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suerte de «castigo necesario» para alcanzar un fin. En las almas que tengan una vida cristiana seria,
será clave la motivación sobrenatural. “Estudiaré para cumplir con mi deber de estado y así
ganarme el cielo”.
La motivación no es algo definitivo. Es cambiante. Puede obedecer, ciertamente, a las
inclinaciones físicas o psíquicas y se las puede desarrollar siempre, porque se encuentra bajo el
dominio de la voluntad. El influjo de la voluntad es tan fuerte que se puede modificar totalmente
una situación. Por ejemplo, por influjo de la voluntad, se puede ir a clases con una buena
disposición; si esta buena disposición llega a faltar, evidentemente no se logrará aprovechar tanto
en la hora de clase (es más, hasta se podría influir negativamente en el resto de los compañeros).
Por todo lo expuesto, es necesario ir formando “hábitos” que permitan crear virtudes propias de la
vida intelectual. Vayamos a repasar, entonces, lo que un hábito significa.
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Capítulo II
El hábito
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El presente capítulo está tomado de: Caponnetto, A. Metodología de estudio y de exposición oral; Cuatro
lecciones, La Plata: UCALP, 2011, 25-58.
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Para que la inteligencia pueda alcanzar su objeto propio que es la verdad se necesita una
virtud que es la prudencia. Para que la voluntad pueda alcanzar su objeto propio que es el bien, se
necesita una virtud que es la fortaleza. Y para que la sensibilidad pueda alcanzar su objeto propio
que es la belleza, se necesita una virtud que es la templanza.
Cuando la inteligencia movida por la prudencia alcanza la verdad, cuando la voluntad
movida por la fortaleza alcanza el bien, y cuando la sensibilidad movida por la templanza alcanza
la belleza, ese hombre es justo. En él se dan cita mancomunadamente las cuatro virtudes cardinales:
prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Es fácil deducir, de acuerdo con lo dicho, que lo primero
que necesito, en el plano temporal, es formar los hábitos de la virtud de la prudencia, de la fortaleza
y de la templanza.
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Debe evitarse la confusión frecuente entre hábito y adaptación. El hábito es propio del
hombre, producto y testimonio de su libertad. La adaptación al medio físico, en cambio, es común a
todos los seres vivientes.
3. El hábito y el instinto
Desde la antigüedad siempre se consideró que el instinto era algo heredado. Es decir, la
naturaleza primera, patrimonio de la especie que heredamos por el sólo hecho de nacer. Es por eso
que al hábito, para diferenciarlo del instinto, se lo llama segunda naturaleza. El hábito es naturaleza
adquirida, adquirida por el esfuerzo de la inteligencia, y por el esfuerzo de la voluntad. En cambio
el instinto es la naturaleza primera. Naturaleza recibida, heredada.
Cuando alguien posee un hábito, ese hábito constituye en esa persona una segunda
naturaleza. Por esto la persona que realmente ha adquirido un hábito, resulta genuina, auténtica,
creíble.
3.1. Conclusiones
Algunos han dicho que la crisis educativa que vivimos se debe a que los profesores son
modernos y los alumnos son posmodernos. Es decir que hay como un cortocircuito tácito, pero
presente, que hace que no se puedan entender del todo. ¿A qué se debe este cortocircuito? A
muchas razones, pero hay una vinculada a este tema que queremos mencionar.
Los muchachos han adquirido ciertos hábitos que formaron en ellos una segunda
naturaleza. El común denominador de esos hábitos que han adquirido, son hábitos audiovisuales.
Sonidos e imágenes emergen las 24 horas de la computadora, de internet, de la cibernética, de la
informática, de los “emoticonos” (las caritas usadas en el chateo), de los mensajes de texto, etc.
Han hipertrofiado tanto el hábito audiovisual, que han sufrido un desmedro grave del
hábito metafísico, del hábito silente, contemplativo, elucubrador. Esta hipertrofia del hábito
audiovisual y esta cuasi atrofia del hábito metafísico, hace que determinados conocimientos que
nosotros les queremos impartir les resulten impenetrables. Porque no tienen el recipiente apto para
recibirlos.
Es entonces cuando los adultos nos preguntamos en qué estamos fallando. ¿Estamos
enseñando mal? Puede ser. ¿Estamos comunicando mal? Puede ser. Pero una de las razones por la
cual se da este cortocircuito es porque entran en colisión segundas naturalezas distintas.
Las segundas naturalezas que tienen los jóvenes, forjadas en esta hipertrofia de los hábitos
audiovisuales choca con las segundas naturalezas que tenemos nosotros que venimos de otras
generaciones, con otros hábitos.
Urge que alumnos y profesores, jóvenes y adultos, recuperemos los hábitos necesarios para
la vida intelectual. Urge controlar y limitar este exceso de “audiovisualismo” y consagrar nuestros
mejores empeños a la rehabilitación y reivindicación de los hábitos del pensamiento riguroso, de
los que hablaremos a la brevedad.
Cierta vez, cuando el Dr. Enrique Díaz Araujo iba a dar una conferencia para jóvenes
universitarios acerca de San Martín, un muchacho que organizaba se le acercó y le preguntó:
“Profesor: ¿va a necesitar el proyector para alguna imagen o power point que necesite mostrar?” a
lo que el historiador le respondió: “No mi hijito: yo voy directamente a la inteligencia…”.
Eran dos cosmovisiones…
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En cuanto a los aspectos psicológicos del hábito, estos están vinculados principalmente a
las asociaciones de ideas, actitudes mentales derivadas de la experiencia.
Hay que evitar un riesgo desde el punto de vista psicológico. El riesgo es que el
acostumbramiento a algo puede reducir la motivación o la incentivación respecto de ese algo. Hay
un refrán latino que dice: “la costumbre engendra deprecio”.
En su faz psicológica el hábito debe ser el alerta de la conciencia que impide la
mecanización. Una de las formas de evitar que la excesiva familiaridad engendre menosprecio es
no familiarizarnos con cosas o personas connaturalmente menospreciables. Si yo me rodeo de
excelencias, el contacto con éstas me obliga psicológicamente a estar a la misma altura. Hay
personas cuyo trato nos distinguen, y hay personas cuyo trato nos menoscaban. Hay personas cuya
compañía buscamos porque son compañías suscitadoras de una elevación espiritual. Lo mismo
podríamos decir de otras compañías: la de la música, las lecturas, las pinturas, los paisajes, los
objetos, etc.
Desde el punto de vista ético el hábito simplemente tiene dos direcciones. O engendramos
virtudes o engendramos vicios. Ya nos hemos referido a ello.
En su aspecto filosófico el hábito es la disposición que actúa sobre una potencia. Para esto
nosotros, como docentes o como alumnos, vamos a tener que estar preparados a los efectos de
hacer un descubrimiento de esas potencias.
El aspecto teológico del hábito ya no depende sólo ni principalmente de nosotros, sino de
la gracia sacramental de Dios, y de nuestra docilidad y fe teologal para saber pedir y conservar esa
gracia.
Todas las virtudes son necesarias para la vida intelectual. También las teologales.
5. La virtud de la estudiosidad
Pero veamos una virtud específica de la vida intelectual, como lo es la virtud de la
estudiosidad.
Sabemos que una cosa es el conocimiento de la Verdad y otra el apetito o deseo de
conocerla. La estudiosidad se dirige a este último aspecto. Es la virtud por la cual tenemos el
anhelo ferviente de conocer la Verdad.
Al mismo tiempo, es la virtud que regula, modera y ordena ese anhelo, evitando excesos o
defectos. Mientras mejor estudiosos seamos, mejor conoceremos y descubriremos la Verdad,
pudiendo servirla y comunicarla a otros. Además, estamos obligados éticamente a ello siendo uno
de nuestros deberes.
El acto propio de conocer pertenece específicamente a la inteligencia. Pero el apetito,
deseo o anhelo de conocer pertenece a la voluntad. Entonces, la estudiosidad es una virtud moral y
está vinculada a la gran virtud cardinal de la templanza. El estudioso es un hombre templado.
Quiere conocer la Verdad pero con serenidad, dominio de sí y sentido de la proporción.
5.1. Las condiciones generales de la estudiosidad
Hay tres condiciones generales y siete específicas.
La vehemencia, la arduidad y la disponibilidad son las tres condiciones generales.
No puede haber estudiosidad si ese anhelo o deseo de saber no es vehemente. La
vehemencia es la fuerza, el ardor, la pasión.
La consagración y aplicación al estudio tiene que tener esta primera condición. Sin ganas
ni ímpetu ni coraje, no se puede anhelar el conocimiento de la Verdad. Máxime en un mundo
dominado por la mentira.
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Existe una falsa soledad, hay que tener mucho cuidado. Quien está solo para evitar todo
control, toda norma y todo orden, en nada le aprovecha ese estado. Quien es capaz de preservar su
vida interior en medio del contagio exteriorista y consumista, habrá ganado mucho.
Esta pureza de la soledad, como la llamaba San Agustín, se puede conservar en todas
partes, aún en medio de la ciudad más turbulenta. Es cuestión de proponérselo con disciplina.
- La cuarta condición específica de la estudiosidad es el carácter.
Debemos entenderlo docentes y alumnos: para emplear bien la inteligencia se requieren
cualidades que no radican propiamente en la inteligencia.
Esas cualidades –firmeza, coraje, perseverancia, tesón, etc.– suelen estar en el carácter. Esa
señal o marca de nuestro obrar; ese estilo de nuestra conducta, ese sello de nuestra personalidad.
Tener carácter es tener fuerza y elevación de ánimo. Y estos rasgos pertenecen a la voluntad.
Por eso suele decirse, un poco vulgarmente pero no sin razones, que una persona dotada de
gran inteligencia pero sin voluntad, fracasa. Contrariamente, alguien de inteligencia media o baja
pero dotado de gran carácter, alcanza las metas propuestas.
Va de suyo que lo ideal es mancomunar la inteligencia despejada con el carácter acerado.
La quinta condición es el ordenamiento de las pasiones.
Lo dice Santo Tomás comentando la Metafísica de Aristóteles: “El ejercicio de las virtudes
morales por las cuales son dominadas las pasiones, importa sobremanera para la adquisición de las
ciencias”.
Sumidos como estamos en un ambiente inmoral, se ha ido produciendo entre nosotros ese
triste fenómeno que denunciara el Papa Pío XII con clarividencia: el cansancio de los buenos y el
acostumbramiento al mal.
Entonces, ya no solemos reparar en el daño que nos causan los desórdenes en la vida
pasional. Creemos que es pura retórica moralista. Pero esos desórdenes existen y son funestos. La
pereza, por ejemplo, disipa la memoria. El orgullo nos aleja de la necesaria docilidad ante la
realidad. La envidia me mueve a rechazar una verdad enseñada por un maestro, porque no fui yo
quien la descubrí. La iracundia me convierte en un personaje obstinado en el error o en la
confusión.
Son sólo algunos casos de pasiones desordenadas. Pero todos podemos constatar cómo
repercuten negativamente en la vida intelectual.
- La quinta condición es consecuencia de la anterior. Es la necesidad de las virtudes
morales.
También aquí pongamos un ejemplo para comprender mejor.
Es el ejemplo de la humildad.
Sin humildad no se puede estudiar. Sólo el humilde se sujeta gozosamente a la Verdad y
está en la Verdad, decía Santa Teresa de Jesús.
Con la humildad buscamos, hallamos, descubrimos. Con la soberbia caemos en todas las
ficciones.
Nadie pierde la dignidad intelectual por saberse pequeño apoyado en los hombros de
gigantes. Nadie pierde entidad si acepta el magisterio de los hombres sabios que nos precedieron.
Nadie se rebaja si admite que importa la Verdad, no quien la dice. A estas actitudes nos conduce la
humildad. Y estas actitudes son las propias de quienes deseen tener los hábitos del pensamiento
riguroso.
- La sexta y última condición específica de la estudiosidad es la plegaria.
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No consiste solamente en rezar antes de estudiar, hábito dignísimo y loable que siempre
deberemos mantener. Enbuenahora quien tenga por costumbre comenzar la jornada de estudio con
una oración.
Pero la plegaria aquí invocada es algo más hondo. Es impregnar el estudio de un espíritu de
adoración a Dios; consagrar a Dios los estudios, y tener nuestra mirada abierta hacia la
trascendencia, para no conformarnos solamente con lo terrenal.
Los grandes científicos e intelectuales han sido hombres de Fe. Contrariamente a lo que
suele decirse, el ateísmo no es la característica dominante en los hombres de estudio. “El hombre
encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir”, enseñaba Pascal.
Llegados a este punto una recapitulación elemental se impone, y es para examinarnos y
saber discernir si nuestra estudiosidad es un hábito virtuoso o una simple rutina. Y para darnos
cuenta de cuáles son las condiciones que tenemos y cuáles son las que nos faltan.
5.3. Los ingredientes de la estudiosidad
Son seis. Veámoslos individualmente.
5.3.1. La concentración.
Es sabido que cuando se concentra la luz, mediante una lupa, el calor se acumula.
Contrariamente, cuando se difunde demasiado la luz, se debilita.
Nuestra inteligencia ha sido comparada con una lupa, en este sentido. No resulta
recomendable el vaivén, el ir y venir sin reposo, el ocuparse de varias y diversas cosas
simultáneamente. Lo recomendable es ocuparse de un objeto de estudio a la vez. Del modo más
exhaustivo posible. Prefiriendo la profundidad a la extensión, la hondura al volumen.
Sigue siendo válido el famoso refrán español: “quien mucho abarca poco aprieta”.
5.3.2. El segundo es la lectura.
Nos detendremos un poco más en ella.
Hay muchos buenos consejos al respecto. Quevedo, por ejemplo, pedía andar “con pocos
pero doctos libros juntos”; y nuestro Martín Fierro nos dice que “es mejor que aprender mucho el
aprender cosas buenas”.
Los dos consejos apuntan al mismo fin: si podemos leer mucho y bueno, mejor. Pero en la
disyuntiva es preferible leer lo bueno. “No hay tiempo para todo –recomendaba el Padre
Castellani–, lea a los clásicos”.
Podrá discutirse qué significa “leer lo bueno”. Pero sobre la conveniencia de no leer lo
malo podríamos llegar a un acuerdo sin sobresaltos. Esos innúmeros libros fabricados como best
seller, como lecturas de verano, de ocasión, de última moda, de escándalos y de amarillismos, no
merecen nuestra atención. Son golosinas para el alma, como decía Sócrates protestando las
enseñanzas de los sofistas. Parecen alimentar, pero causan indigestión.
De allí que Gustavo Thibon acuñara la frase “embrutecidos por la lectura”, para referirse a
los lectores compulsivos de páginas superficiales, tóxicas, banalizantes y masificadoras. Con esta
clase de “lectores” se forma el pensamiento único, que tanto daño causa a la inteligencia.
La lectura tiene una doble finalidad: profundizar los estudios ordinarios (lecturas
recomendadas o lecturas obligatorias); y adquirir una cierta cultura general.
Hay que saber también, que las lecturas pueden volverse peligrosas, especialmente cuando:
1) Nos desvían del fin al cual debemos ordenar toda nuestra vida.
2) Se pierde mucho tiempo en lecturas de pasatiempo.
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3) Cuando para las lecturas de carácter simplemente cultural quitamos el tiempo debido a
las lecturas de formación.
4) Son causa de extravío o malformación moral.
El influjo de las lecturas es ciertamente notable, porque cuando se escribe un libro se tiene
mucho más cuidado de lo que se dice, y del modo en que se dice. Hay, de hecho, santos que se han
convertido con ocasión de la lectura de un libro. Este influjo es mayor en los jóvenes, porque no
están todavía suficientemente formados, son inexpertos, inmaduros y deben luchar mucho contra
sus pasiones: su personalidad es todavía «plástica», y muy influenciable. Es por esto que los libros
malos se vuelven más peligrosos para los jóvenes. En la misma situación se encuentran las
personas que no han tenido una fuerte formación y se encuentran desprovistas de un sano espíritu
crítico.
Como principios prácticos que regulan las lecturas que son distintas de nuestro deber de
estado, nos animamos a dar algunos:
1) En cuanto al tiempo dedicado, debe ser solamente el tiempo que sobra al estudio.
2) En cuanto al modo, se debe hacer una debida seleección de los libros.
3) La finalidad: toda lectura, siendo un medio, debe ordenarse a una determinada utilidad.
4) La cantidad: leer mucho pero bueno.
Para todo esto será necesario hacer una selección de las lecturas, pues hay diversos tipos de
libros:
1) Libros malos: prohibidos por la ley natural que llevan en sí un daño espiritual.
2) Libros peligrosos: los libros donde el mal moral es sutil, o sus ideas peligrosas para la
Fe, para la verdad histórica… Estos libros, leídos sin la debida preparación y formación, deforman
la cabeza de los estudiantes, enfriando el amor por la verdad y creando una mentalidad subjetivista.
Aquí también entran los libros peligrosos por los hábitos que pueden engendrar, es decir, aquellos
que corrompen la imaginación y el corazón: ciertas novelas, etc.
3) Libros permitidos: aquellos que procuran una recreación honesta, fomentando la calidad
estética como, por ejemplo, la poesía, las novelas clásicas, etc.
4) Libros recomendados: todos los clásicos, etc.
En cuanto al modo de leer, podríamos señalar que hay distintos tipos de lectura a lo largo
de la vida, por lo que habrá diversos modos de leerlas. Las lecturas piadosas, por ejemplo, deben
ser leídas –y esto vale espacialmente para la Biblia– con espíritu de Fe, con el mismo espíritu con
el cual fueron escritas, con las disposiciones tan santas como para cuando se recibe el mismo
Cuerpo de Cristo, con docilidad y sumisión, con deseo de profundizar sinceramente y no por vana y
vacía erudición. La lectura piadosa se asemeja a la oración, va precedida de ella y mueve a ella, de
allí que el Padre Pío de Pietrelcina dijera: “en los buenos libros se busca a Dios y en la oración se
lo encuentra”.
Otro tema será –aunque semejante– respecto de las lecturas de erudición y de estudio.
Debemos distinguir diversos tipos de lectura de erudición.
a. Lecturas de trabajo, que tienen por finalidad el estudio serio y científico o teorético, y se
orientan a la investigación. Son leídas con máxima atención, con lápiz y papel en mano.
b. Lecturas críticas, que se leen para valorar una posición, para dar un juicio crítico, de
valor. También en este caso hace falta tomar nota.
c. Lecturas de recreación, las cuales no exigen una particular concentración.
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5.3.3. La memorización.
Sobre ello hablaremos en el próximo capítulo.
5.3.4. La profundización.
Sencillamente porque no conviene “tener un océano de conocimientos de un milímetro de
profundidad”, si no conocimientos fundamentales, bien asentados, ahondados, con espaciosas
raíces echadas en nuestra alma.
Conocer es conocer por las causas; y las causas están enterradas en los hondones de la
realidad. Hay que tomarse el grato pero arduo trabajo de cavar lejos de la superficie, hasta
encontrar el agua fresca de la sabiduría.
El quinto es la especialización.
Hay un riesgo en esto, que ya denunciara en su momento Ortega y Gasset. Él lo llamaba “la
barbarie de la especialización”. Consiste en el error de desdeñar lo universal para ceñirse a un área
cada vez más reducida, que nos atrapa y esclaviza haciéndonos perder la necesaria cosmovisión
integradora.
Este especialista rechaza por indebida la formación humanística, los grandes estudios
literarios, filosóficos o históricos, y se circunscribe por lo general a los detalles meticulosos de su
técnica, ciencia u oficio. Acaba siendo un técnico bien dotado para su particular tarea, pero carente
de un criterio totalizador. Puede separar una pieza del todo, y analizarla con detallismo y precisión.
Pero pierde de vista el todo y la capacidad por reintegrar a él la pieza separada.
La especialización que es ingrediente de la estudiosidad, en cambio, es otra cosa.
Este especialista no ignora lo universal ni las grandes totalidades, ni las imprescindibles
ampliaciones cosmovisionales. Si es cardiólogo, sabe que importa antes el hombre que la aurícula
derecha del corazón. Si es urbanista, sabe que el ciudadano es más importante que el puente o la
autopista; y si es ingeniero hidráulico no olvidará que esa represa que no tiene secretos para él,
llevará auxilio a una aldea o a una comarca formada de seres concretos.
Cuando la especialización abandona esta perspectiva universal, el especialista deja de ser
un hombre sabio. La tierra no puede prescindir del cielo, y el cielo debe iluminar la tierra. Estará
bien que la filosofía quiera recibir el amparo de la técnica. A condición de que la técnina no se
decapite a sí misma cerrándose al ventanal de aire puro que le abre la filosofía.
El sexto ingrediente es la apertura al misterio.
La noción de misterio no puede estar ausente en quien se aboca al estudio. Ante todo,
porque paradójicamente, la palabra misterio no significó originalmente lo que con ella designamos
ahora. No significó lo oculto, lo velado, lo secreto, si no lo diáfano y transparente y luminoso.
Quien penetraba en esta claridad era un iniciado, que es otra de las acepciones etimológicas
más antiguas que tiene esta palabra.
Dicho en forma breve y simple: el estudioso tiene que ser un iniciado en claridades. Un
descubridor y portador de cosas diáfanas.
Pero hay un segundo sentido por el cual decimos que la apertura al misterio es un
ingrediente de la estudiosidad. Y en este segundo sentido, la palabra se asocia más a su significado
corriente.
El que cree que todo es obvio, decía García Morente, jamás llegará a ser un buen filósofo.
Tenía razón, pero no sólo se aplica el duro enunciado para el filósofo.
El que cree que ya descubrió todo, que obviamente nada tiene secretos para él, que ya ha
llegado al fondo de la cuestión, que ha agotado el tema de investigación, ése, indudablemente,
carece del don de la estudiosidad.
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Para evitar la negligencia el mejor antídoto es consagrar la vida a la Verdad. Los antiguos
romanos lo dijeron con un aforismo muy preciso: vitam impendere vero (“consagrar la vida a la
verdad”).
Para evitar la indocta cultura –que también es un modo de negligencia, pues consiste en el
fondo en una renuncia a la arduidad y en una preferencia por el facilismo– el mejor remedio es el
sentido común.
El pecado por exceso contra la virtud de la estudiosidad es la curiosidad.
Es querer saber sin orden, ni mesura y –sobre todo– sin la menor preocupación por la
Verdad. Estudiar para pecar, para manipular a otros, para dedicarse a fines espurios o deshonestos.
Es esa “ciencia que hincha”, según el buen decir de San Pablo (1 Cor. 8.1). No saber
esencial sino fatuo, arrogante, fanfarrón, totalmente desencaminado.
Santo Tomás de Aquino nos explica que este vicio puede afectar a dos ámbitos:
a) al conocimiento intelectual
b) al conocimiento sensible.
Veamos cómo afecta la curiosidad al conocimiento intelectual.
- Cuando se estudia en orden a un fin malo. Alguien que estudiara química o farmacología
para propagar una enfermedad.
- Cuando se estudia para engañar al prójimo, haciéndosele creer incluso que el hallazgo de
la Verdad es inmodestia. A veces se nos acusa de creernos los dueños de la Verdad. Hay muchas
respuestas ante esta torpe acusación. Pero hemos escuchado una que nos sigue pareciendo
ocurrente y justa: “no somos los dueños de la Verdad, pero somos los hijos del dueño”. En efecto,
somos hijos de Dios, que es la Verdad. Por lo tanto, hacemos bien en buscarla, descubrirla, amarla,
servirla y proclamarla.
- Cuando por estudiar novedades pasajeras e insustanciales descuidamos el estudio de lo
perenne y duradero. Esto sucede hoy en día, en gran parte, a raíz del uso de las nuevas tecnologías;
¿quién no se ha quedado minutos y a veces horas, “pegado” a internet, a raíz de un tema que, al
parecer, se presentaba como importante? ¿Quién no se ha visto desviado en su atención a otros
horizontes, a noticias vagas y pasajeras o a temas (o imágenes) incluso poco decentes?
En los tiempos modernos en los que vivimos, debemos tener el cuidado del uso de internet
que tanto nos puede llevar por el camino de la curiosidad. En esto, como en todo, cuenta la regla
ignaciana del “tanto cuanto”, es decir: tanto he de usar de este instrumento, en cuanto me sirva para
el fin para el cual he sido creado y tanto me he de apartar de ella, en cuanto me lo impida.
- Cuando no se quiere ordenar el conocimiento de las creaturas al conocimiento de Dios.
Así obran quienes pretenden establecer una feroz dialéctica entre la Fe y la Razón, regocijándose
vanamente cada vez que creen realizar algún descubrimiento que “probaría” la inexistencia de
Dios.
- Cuando se aspira a conocer lo que trasciende o supera la propia capacidad. O se está
convencido de que nada humano o divino me puede resultar ajeno a mi limitada inteligencia.
“No busques lo que está sobre tus fuerzas” –dice el Eclesiástico (3,22-23)– ni investigues lo
que no está a tu alcance, ni seas tampoco curioso en conocer demasiadas cosas”. Todo
conocimiento guiado por la presunción o la arrogancia es malo.
Para terminar, veamos dos textos de Santo Tomás de Aquino que pueden servirnos para el
cultivo de la estudiosidad.
El primero son los consejos que el gran doctor de la Iglesia, diera a un joven novicio ante
su pedido de cómo estudiar mejor:
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“Mi amadísimo en Cristo hermano Juan: Me has preguntado cómo te conviene estudiar de modo
que llegues a adquirir el tesoro de la ciencia. Estos son los consejos que te doy:
1. No te lances de golpe al océano, sino entra en él por los arroyuelos, porque es conveniente que
de lo más fácil desemboques en lo más difícil.
2. Quiero que seas tardo en el hablar, y tardo para acudir allí donde se habla.
Conserva la pureza de conciencia.
3. No dejes de entregarte a la oración.
4. Gusta de frecuentar tu celda si quieres ser “introducido en la celda del vino”.
5. Muéstrate amable con todos.
6. No quieras andar averiguando los hechos ajenos.
7. No seas demasiado confianzudo con nadie, pues el exceso de familiaridad engendra el
menosprecio y da ocasión de sustraer tiempo al estudio.
8. No te entrometas de manera alguna en palabras y obras de los hombres del mundo.
9. Huye por sobre todo del vano activismo.
10. No dejes de seguir la huella de los santos y de los hombres de bien.
11. No mires quién lo dice, mas lo que diga de bueno encomiéndalo a tu memoria.
12. Trata de comprender aquello que lees y que oyes.
13. Aclara tus dudas.
14. Esfuérzate por ubicar todo lo que puedas en el cofre de tu mente, como quien desea llenar un
vaso.
15. No investigues las cosas que te superan.
16. Si sigues estas huellas llevarás y producirás, durante el tiempo de tu vida, hojas y frutos útiles
en la viña del Señor de los Ejércitos. Si te atienes a todo esto podrás alcanzar lo que deseas”.
El segundo, se trata de la oración para antes del estudio que Santo Tomás recitaba:
“Inefable Creador, que de los tesoros de tu sabiduría designaste tres jerarquías de ángeles,
colocándolas de maravillosa manera en el cielo empíreo, y dispusiste todas las partes del universo
con singular orden y hermosura.
Tú Señor, que eres llamado fuente verdadera de luz y de la sabiduría, y principio supereminente,
dígnate infundir en mi entendimiento un rayo de tu claridad, apartando de mi las dos oscuridades
con que he nacido, a saber, el pecado y la ignorancia.
Tú que haces elocuentes las lenguas de los niños, instruye mi lengua y derrama en mis labios la
gracia de tu bendición.
Dame agudeza para entender. Capacidad para retener. Facultad y modo para aprender. Sutileza
para interpretar y gracia copiosa para hablar.
En todas mis obras, enséñame a comenzarlas debidamente, dirígeme a la ejecución y corónalas con
un éxito feliz.
Tú que eres verdadero Dios y verdadero hombre, y vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén”.
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Capítulo III
El estudio personal
1. Necesidad4
Se podría decir que por «estudio» entendemos el conjunto de los esfuerzos para aprender.
En este sentido, queda claro que el estudio no comienza «a la hora de estudiar»: más bien comienza
con las clases, y antes, con las motivaciones personales, que nos hacen prestar atención.
Para aprender no es suficiente solamente la lección, como no es suficiente el simple tragar
para nutrirse. Así como sucede con la digestión, ocurre también con el estudio personal para
asimilar lo que ha sido oído durante las clases.
El aprendizaje no es simplemente repetir las cosas, como lo hace un grabador respecto de la
voz; tampoco reflejar en la memoria aquello que se ha leído como si fuese un espejo: estos
instrumentos, el grabador, el espejo, no asimilan, sólo reflejan.
En el estudio verdadero, en realidad, debería suceder como en nuestras comidas, donde
éstas se hacen parte del organismo: las cosas estudiadas se debe hacer parte del alma que aprende.
Hay diversos tipos de aprendizajes, según las materias estudiadas. El método será, entonces
diferente, en base a la diferencia de los objetos de estudio. No es lo mismo estudiar historia, que
estudiar lenguas o filosofía... Es necesario considerar entonces qué se debe estudiar, para saber bien
cómo hacerlo.
2. Método de estudio
Ninguno nace sabiendo estudiar. Conocer la metodología ayuda, entonces, mucho. Esto no
significa que el conocimiento teórico de la metodología nos haga inmediatamente estudiar mejor:
esta disciplina es eminentemente práctica, y entonces, debe ser puesta en práctica y estudiada
«prácticamente», desarrollándose con el correr del tiempo en un ejercicio esforzado, constante y
continuo.
Para estudiar de manera satisfactoria y fructuosa es obligatorio tener un método de estudio.
Para este fin, como hemos ya observado, podemos decir que el primer paso de todo método es la
participación inteligente y activa en la lección o lectura. Veamos algunos de los ingredientes
principales del método.
2.1. Memoria y actividad intelectiva
A pesar del descrédito que padece hoy, memorizar sigue siendo un ejercicio
pedagógicamente aconsejable. Porque lo que se une al espíritu por el lazo de la memoria actúa
desde nuestra interioridad e influye de manera decisiva.
Está claro que no hablamos aquí de una memorización mecánica, monocorde, forzada y sin
significaciones. Pero sí de esa noble capacidad de retener lo esencial, de conservar lo sustantivo, de
grabar lo conveniente para engrandecer nuestro horizonte cultural.
Es una paradoja que los mismos que se oponen a la memorización –alumnos o profesores–
suelen hacer alarde de retener interminables listas de jugadores de fútbol, de actores, de marcas de
automóviles o de cualquier otro conocimiento baladí.
4
Desde aquí y hasta el capítulo VI inclusive, nos hemos servido del texto de Christian Ferraro, op. cit.
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En cuanto al trabajo intelectual, no es suficiente con leer dos o tres veces la lección. No se
busca aprenderla simplemente de memoria, sino de entenderla. Se trata de entender el centro, la
médula, el nervio de la materia.
En cuanto a las explicaciones del docente, no deben ser aprendidas de memoria; y esto por
tres motivos: porque es inútil; porque es costoso; porque es contraproducente. En cambio, para
aprender una ciencia –cualquiera que sea– hace falta siempre, y antes que nada, entender y luego
retener aquello que se ha entendido. En general, el estudio de memoria, implica serias dificultades
y, en última instancia, quita el tiempo para la profundización poniendo el acento más en la letra que
en el espíritu. Además, es verdad que –salvo que se trate de un caso excepcional y prodigioso–, que
las cosas aprendidas simplemente de memoria se olvidan fácilmente.
La memoria no es, sin embargo, inútil. En realidad, ella es –y debe permanecer– al servicio
de la asimilación. Mientras la memoria conserve este rol, su ayuda será importantísima y de
máxima conveniencia.
En todo estudio hay, entonces, siempre e invariablemente un elemento objetivo y un
elemento subjetivo, es decir, la materia y la asimilación de los argumentos, lo que supone una
actividad mental. Más intensa y profunda será la actividad mental, en cuanto más profunda y
completa sea la asimilación.
¿Qué cosa se debe retener? Ciertamente los datos principales los argumentos. Pero no
deteniéndose en sus expresiones literales, sino más bien, yendo adelante de manera creativa y
personal, con las propias palabras. Las definiciones, los enunciados de las tesis, las formulaciones
de principios y de fórmulas técnicas, todo esto sí debe ser aprendido de memoria, pues nos
permitirán desarrollar luego un tema.
2.2. Entender
El acento debe ser puesto en la comprensión. Se debe buscar “entender”.
1) Hay que buscar la cohesión íntima de los argumentos, leyendo entre líneas la presencia
de los principios aplicados a cada caso particular.
2) Además, se debe examinar la fuerza de los argumentos. Por ejemplo, en teología las
pruebas más fuertes son las pruebas de autoridad: por lo tanto la Biblia, los Padres de la Iglesia, el
Magisterio, etc., tendrán más fuerza que los meros razonamientos. En filosofía, en cambio tendrán
siempre más fuerza las demostraciones silogísticas, no importando si algo haya sido dicho por
Aristóteles, San Bernardo o el Papa; en historia, por último, habrá que dar mayor crédito a las
fuentes verdaderas y auténticas, antes que a tal o cual autor, cuando no las presentaren.
3) Luego, es necesario buscar y remarcar las relaciones entre las diversas materias de la
misma ciencia. Es necesario ligar y coligar las ideas, para comprenderlas. No tanto por medio de la
memoria, sino a través del intelecto, buscando reducir la multiplicidad de los datos a los principios
más simples y abarcadores. Cuanto más elevada es una inteligencia menos conceptos o ideas tiene,
porque en pocas ideas abarca todo lo que las inteligencias más limitadas han distribuido en muchas
ideas.
4) Examinar diligentemente: si hay una inclinación particular hacia ciertos argumentos,
ciertas materias... pues uno podría “especializarse” en ellas.
5) Resolver las dificultades. Si no se puede resolver una dificultad, esto significa que algo
ha faltado en la preparación.
6) Tomar apuntes. Quien ha entendido la materia está ciertamente en grado de hacer
apuntes propios, reproduciéndola de manera personal, con su propio estilo. Hace falta, por ende,
escribir: esto es de una grandísima ayuda para la memoria.
Superar los propios defectos. Si sé que soy lento, debo mejorar. Para ello daremos algunos
métodos que podrían ayudarnos.
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Antes que nada, es necesario determinar con precisión el tiempo concreto que existe para
aprender la materia. Consiguientemente se planificará cómo llevar adelante el estudio destinando
un margen de tiempo a cada uno de los pasos del método –siempre con un índice de «máxima» y
de «mínima», para no ser demasiado rígidos. El método concreto, luego, se desenvolverá según dos
momentos, es decir, el de observación y reproducción o repetición, siempre a niveles más
profundos e intensivos.
1) Observación inicial – Reproducción inicial
A. Se trata de explicar el texto globalmente. Se hace una lectura global del material, del
índice, de los temas. Se puede repetir la lectura global de todo el material, más lentamente, pero sin
preocuparse por retener.
B. Se trata de una primera expresión del contenido explorado. Se escribirán con la propia
mano los títulos o eventualmente el esquema de los temas. Por ejemplo:
Introducción
Noción de antropología
Ubicación de la antropología dentro de la filosofía
La antropología y las otras ciencias
Importancia de la antropología
Importancia filosófica
Importancia psicológica
Importancia histórica
doble línea negra, se subrayarán las ideas personales, con una línea negra las ideas secundarias, con
rojo las ideas que resultan poco claras. Cuando se hagan las aclaraciones, la línea roja se convertirá
eventualmente, en una línea negra (sobrescribiéndola). Con líneas verticales al margen, se marcan
parágrafos interesantes, para comentar o meditar... Aquí va mucho de la imaginación personal.
B. El cuestionario. Es muy importante porque ayuda a resumir y a valorar el aprendizaje.
Implica más actividad, en el sentido de que nos hace colocarnos preguntas.
C. El esquema. Es más o menos, el índice temático de la materia.
D. El resumen. Consiste en decir con pocas palabras lo esencial del texto. Como dijimos
más arriba, el resumen se diferencia de la síntesis, porque en ésta las palabras e ideas son propias,
mientras que en el resumen se conservan las palabras y el vocabulario fundamental del texto
principal. Para ejercitarse en esta técnica se puede hacer del siguiente modo. 1) Se escribe una
frase: «Pedro camina». 2) Se agregan modificadores al sujeto: «Pedro, el hijo de Pablo, camina». 3)
Se agregan modificadores al predicado: «… en una tarde de sol… hacia la plaza »… 4) Se hace el
procedimiento inverso, hasta que se encuentra la idea originaria.
E. El cuadro sinóptico. Permite abrazar con un solo golpe de vista todo el contenido del
tema. Se trata de una síntesis diagramada. Debe ser lo más breve posible, no contener detalles y
encerar aquello que es esencial al tema.
Por último, digamos algo respecto de la cualidad del estudio
El estudio debe ser:
- Concreto y práctico: estudiar, entonces, las cosas que nos ayudarán a alcanzar nuestro fin,
comunicar la verdad, destruir el error, etc.
- Personal: hace falta mi personalísimo e insustituible esfuerzo.
- Profundo: «sentir y gustar internamente de las cosas », come escribía San Ignacio.
- En contacto con los profesores: eventualmente, bajo la guía de un director intelectual.
- Fiel a los horarios.
- Ordenado: no ir a indagar argumentos que vendrán a estudiarse luego, sino respetar la
jerarquía y el orden de las materias.
- Discreto: no estudiar ni de más ni de menos de aquello que se puede y que Dios nos pide.
- Ortodoxo: esta cualidad es la cualidad de oro. El estudio debe ser ortodoxo, es decir,
concorde con la verdad revelada y natural, alejado de toda ideología –y es por esto que se necesita
humildad, docilidad, etc. Deponer todo juicio propio delante de la autoridad de nuestra Santa
Madre, la Iglesia Católica – «columna y fundamento de la verdad » (1Tim 3,15). Un estudio que
nos lleve lejos de la verdad enseñada por la Iglesia es una mísera pérdida de tiempo.
3. La atención
3. 1. Qué cosa es y cómo debe ser la atención
A veces, por no tener una atención correcta se llega a un conocimiento superficial,
accidental, superfluo, inexacto, ligero... light, y por lo tanto, equivocado. Por falta de atención se
pierden las cosas esenciales. Esta falta, sin embargo, no tiene nada que ver con la falta de
capacidad.
La atención, es la tendencia ordenada hacia el objeto apetecido que otorga, una vez
alcanzada, enormes ventajas:
- Multiplicar las fuerzas
- Aprovechar el tiempo
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2) Nos dan abundante material para conferencias, clases, grupos de estudio, etc.
3) Nos brindan además, abundante material para escribir.
4) Nos otorgan un importante bagaje apologético para responder a todo tipo de dificultad u
objeción.
5) Nos permiten vivir de ellas durante momentos de dificultad para una actualización
bibliográfica, etc.
6) Enseñan a leer y ayudan a retener lo que se ha leído.
7) Se encuentran en la base –y son fuente incluso– de numerosas posibles publicaciones.
8) Constituyen una biblioteca personalizada portátil.
Algunos han puesto objeciones a la conveniencia de fichar. En efecto, una primera
objeción (O) dice que las fichas sirven sólo a quienes escriben. Respuesta (R): no es así, sirven
también para las clases, charlas, etc.
Otras objeciones pueden ser: (O) Muchas personas no toman notas, se forman bien y tienen
muchos frutos. (R) Se trata de casos excepcionales. Pero quizás, podrían tener aún más frutos si
utilizasen este instrumento.
(O) Los antiguos no lo hacían, y han escrito y predicado muchísimo. (R) En aquellos
tiempos la capacidad de memoria era mucho mayor que la nuestra, pues hoy hemos atrofiado su
uso con las computadoras, internet y demás accesorios que antes no existían.
(O) Actualmente hay óptimos índices de materias. (R) Pero no son personalizados, es decir,
no son hechos por nosotros. Es como decir que hay muchas dietas para bajar de peso, pero sólo
baja de peso quien la aplica. No olvidar que el estudio y la lectura deben hacérsenos un hábito
personal.
(O) Es una pérdida de tiempo. (R) Más tiempo se pierde cuando se lee sin tomar apuntes y
sin fichar.
En última instancia, digamos y respondamos globalmente que no se ven motivos para no
hacerlo. Se trata de simple pereza y nada más.
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finalmente, de la naturaleza del trabajo. Para las notas más extensas, se pueden hacer archivos en
capetas diversas.
El tipo de papel (en el caso de hacerlas de este modo) debe ser bueno: fuerte y consistente.
Se debe escribir de manera clara, quizás en negro.
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Capítulo IV
Trabajo científico: simple y especial
5
Christian Ferraro, op. cit.
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1.4. Relación
Difiere de la recensión en el hecho de que no ofrece ninguna valoración acerca de la obra.
2. Tipos de trabajos especializados
Consideraremos tres tipos de trabajos.
2.1. Enciclopedia
Es un ciclo completo y generalmente sistemático de materias y de conocimientos de
carácter general o de una rama del saber. Hay enciclopedias más especializadas que tratan, por
ejemplo, sólo de una materia o una línea de pensamiento. Los diccionarios dan definiciones; las
enciclopedias dan una idea general y global de los temas. En sí es un instrumento óptimo y por el
que conviene comenzar cuando se comienza a investigar algún tema; pero el saber no puede reducir
a la enciclopedia y éste constituye su límite y su peligro.
2.2. Manual
Es un libro de carácter instrumental para el inicio en el trabajo científico, que presenta de
manera sistemática y con cierta extensión los temas más importantes de una materia. Dan como el
«ángulo» de la investigación y ofrecen –normalmente y cuando es bueno– una buena bibliografía.
2.3. Obras especiales (libro, artículo, tesis, monografías)
Son obras que tratan con una cierta profundidad una parte de la ciencia del saber, de
manera más profunda que los manuales.
3. Etapas de la investigación para el trabajo especializado
Primero que nada, para comenzar a conocer el tema, es necesario ir a la enciclopedia.
Luego, y en esta misma línea, ir a ver algún manual u obra especializada. Además, se debería
primero buscar si no existe ya una monografía o tesis sobre el tema que se ha elegido investigar.
Como fruto de esta primera etapa de trabajo, se debe haber obtenido una cuidadosa información
bibliográfica.
En un segundo momento, se debe leer, tomando notas, apuntes, fichando…
3.1. El trabajo y el análisis de las fuentes
Las fuentes son el conjunto de realidades, documentos y testimonios donde podemos ver
más directa e inmediatamente los temas tratados. El trabajo con las fuentes es característico del
trabajo científico.
Según la seriedad y profundidad del trabajo, hará falta consultar todas las fuentes hasta el
final de la primera etapa del trabajo.
Las fuentes se encuentran en los libros… en las bibliotecas…, en los manuscritos de
diversos archivos. Es muy importante tener familiaridad con las fuentes, de modo que el trabajo
pueda garantizar una máxima seriedad y competencia. Con este fin vale la pena tener en cuenta dos
cosas: 1) Siempre será conveniente conocer la lengua de la fuente citada, e incluso citarla en su
lengua original. 2) Será más serio el trabajo cuanto más importante sea la edición citada: por
ejemplo, si se trabajase con Santo Tomás de Aquino habría que citarlo según la edición Leonina.
Damos aquí algunos ejemplos de fuentes «clásicas» o de uso habitual para materias
teológicas e históricas.
- Migne, para la Patrología: es la biblioteca de autores griegos y latinos. Hoy también se
usa la edición francesa «Sources chrétiennes».
- El Denzinger para ciertos textos del magisterio de la Iglesia. Hoy se trabaja con una
edición posterior y ampliada: el Denzinger Schönmetzger.
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- Actae Apostolicae Sedis, para los documentos pontificios (las encíclicas, por ejemplo, son
citadas a partir de esta publicación, que es la edición oficial de la Santa Sede).
- La Historia Universal editada por EUNSA es una buena historia general escrita por
diversos historiadores españoles de alto nivel académico.
- El Atlas Histórico Mundial de Hermann Kinder y Werner Hilgemannn, en dos tomos, es
de gran utilidad para encontrar rápidamente personalidades históricas y características salientes de
hechos históricos mundiales desde la antigüedad hasta los años ’70.
- Un clásico es la Enciclopedia Espasa, también conocida como Enciclopedia Espasa-
Calpe, es un Diccionario universal ciencias, de 29 tomos, con apéndices posteriores hasta llegar a
los 39 tomos.
- La sección de Historia de Cervantes Virtual, un sitio relativo a la cultura hispánica, donde
es posible encontrar biografías http://www.cervantesvirtual.com/bib/seccion/historia
- La Gran Enciclopedia Rialp, disponible para bajar de la web, permite buscar rápidamente
diversos temas históricos, políticos, filosóficos. Sin embargo, es bueno saber que los artículos están
escritos por autores de variada formación y nivel académico. http://esword-
espanol.blogspot.com.ar/2011/06/gran-enciclopedia-rialp-1991-corregida.html
http://eswordbibliotecahispana.blogspot.com.ar/2010/07/la-gran-enciclopedia-rialp.html
- Para temas de historia argentina, puede ser de utilidad el sitio web Argentina Histórica.
- La Enciclopedia Historia Argentina de Diego Abad de Santillán, Buenos Aires: TEA
(Tipográfica Editora Argentina), 1965.
Las fuentes debe ser «criticadas», es decir, examinadas cuidadosamente. Hace falta
verificar la autenticidad, la genuinidad, hacer una interpretación desde el punto de vista lingüístico
y de contenido, evaluando la autoridad. Metódicamente, podríamos decir que:
a) Es necesario verificar la autenticidad cuando hay dudas de lo dicho por el autor. Para
ello, hace falta ir a la búsqueda de argumentos externos (testimonios, citas) e internos (examen del
texto, comparación con otros escritos del mismo autor, doctrina, estilo, lenguaje).
b) También se deberá verificar si se trata de la última postura –genuina– del autor.
Comparar, entonces, entre las diversas obras si no se evolucionado en el pensamiento, rectificado,
etc.
c) Es necesario examinar el aspecto lingüístico-terminológico y de contenido: fin de la
obra, destinatarios, circunstancias, modo de presentar el tema…
d) Verificar el índice de credibilidad del autor.
El trabajo hecho con las fuentes lleva a una conclusión o síntesis de las fuentes. Se
concluye dando los motivos que llevan a tal conclusión. Ésta debe ser clara y exacta (precisa),
detallada (sin omitir elementos) y modesta (hecha con respeto y reverencia).
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Capítulo V
La investigación histórica
Luego de haber analizado someramente los tipos de trabajos, vayamos ahora al modo
práctico de llevar adelante la investigación, y más específicamente la histórica.
1. ¿Qué es investigar?
Nos hacemos una primera pregunta ¿qué es investigar? Cuando analizamos6
etimológicamente la palabra investigación vemos que: “investigación” es un término compuesto de
dos vocablos latinos “in” que significa “un movimiento real”, es un movimiento hacia un lugar con
intención de penetrar en ese lugar y permanecer allí por un tiempo; y “vestigium” que significa
“seguir la pista o las huellas”7 o “inquirir” alguna cosa o realidad. Investigar es ir tras las huella o
inquirir algo, implica penetrar y permanecer en el interior del vestigium o de lo investigado.
El cazador que va tras el rastro de su presa posee algo de lo que persigue: las huellas; ellas
constituyen el único medio de alcanzar lo perseguido. El investigador, al igual que el cazador, en
cierto sentido, también está en posesión de aquello que pretende alcanzar: un problema, una
cuestión sin resolver, una pregunta, constituyen el rastro que persigue quien es movido a investigar.
En síntesis: investigar es buscar un conocimiento que en cierto sentido ya se posee (como
“problema”), pero que en otro sentido se ignora (como “respuesta”)8.
Ahora bien, toda investigación, como toda búsqueda, supone un camino por recorrer, una
guía de ruta o una estrategia. Volviendo al ejemplo del cazador, si la estrategia que utiliza es eficaz
la cacería dará buenos resultados, si no, los resultados serán malos; con la investigación y el
investigador ocurre lo mismo. Si el método que utiliza es el adecuado la investigación obtendrá los
resultados adecuados, de lo contrario no9.
Volviendo a la pregunta que nos propusimos al inicio ¿qué es investigar? Podemos
contestarla diciendo: que la investigación científica es la indagación de la realidad que nos hemos
propuesto conocer, o del problema que intentamos resolver, o de la pregunta que queremos
responder, a través de una metodología adecuada.
El producto de la investigación científica es la producción de “teoría”, es decir la
producción de “ciencia” o, si se quiere, de “conocimiento científico”. Este tipo de conocimiento se
diferencia de las otras formas de conocer que tiene el hombre por poseer características que lo
hacen ser un tipo de saber cierto y demostrable que se sustenta en la realidad.
2. Ciencia y Teoría
Cuando se habla de ciencia se pueden hacer dos distinciones dentro de este concepto:
ciencia objetivamente considerada, como desenvolvimiento de proposiciones acerca de un objeto,
que expresan sistemática y metódicamente una relación causal; y ciencia subjetivamente
6
Empleamos parte del material del Curso de Metodologías de la Investigación ofrecido por el Prof. Rodolfo
M. Bicocca, UNCuyo, 2008.
7
Corominas, J., Breve diccionario etimológico de la Lengua Castellana, Madrid: Gredos, 1967, p. 604.
8
Gotthelf, R. y Vicente, S. Tiempo de investigar, Mendoza: Ediunc, Universidad Nacional de Cuyo, 1996.
9
Es preciso recordar aquí, aunque luego se estudiará con mayor detenimiento, que necesariamente lo que
determina el método a utilizar es la naturaleza del objeto de estudio, es decir, el modo de ser propio de lo que
me propongo investigar es lo que me va a determinar qué metodología voy a tener que utilizar.
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10
Brie, J., Los hábitos del pensamiento riguroso, Buenos Aires: Ediciones del Viejo Aljibe, 1998.
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3. La investigación histórica
“Un sabio no comienza nunca por definir el método de la ciencia que va a fundar; incluso
éste es el rasgo por el que con más seguridad se reconocen las falsas ciencias, que se hacen
preceder por sus métodos; porque el método se deduce de la ciencia, no la ciencia del método. Por
eso ningún realista ha escrito jamás un Discours de la méthode; el realista no puede saber de qué
manera se conocen las cosas antes de haberlas conocido, ni cómo se conoce cada orden de cosas
sino después de conocerlo”11. Esta certísima aseveración no contradice aquello que enseña el
primero entre los grandes realistas, Aristóteles, que la mente se perfecciona de dos maneras: por el
conocimiento (científico) de un objeto o por el conocimiento del método adecuado al estudio de
él12.
Santo Tomás señala que “las ciencias utilizan métodos específicos proporcionales al modo
de ser de los entes y a nuestro modo de entender... Imponer un único método y una misma
intelección para todas las ramas del saber supone una violencia para el conocimiento”13.
Como hemos leído en Federico Suárez:
“La historia nació con el fin de conocer las vicisitudes por las que los hombres –o una parte de
ellos, llámese pueblo, nación, polis, imperio, etc.- habían pasado. Por tanto, al tener como objeto
de investigación o estudio un aspecto de la realidad humana, no puede extrañar ni que tenga un
procedimiento para averiguarla, es decir, un método, ni que ese método sea distinto del que
utilizan disciplinas cuyo objeto es investigar o estudiar otro aspecto, distinto, de esa misma
realidad humana. Teniendo en cuenta, además, “que del método de una ciencia no se puede sacar
más que esta ciencia, y aquellos elementos de otras que se reducen a ésta”14, la adopción por parte
de una disciplina del método propio de otra puede producir, entre diversos resultados (algunos de
los cuales pueden ser buenos y útiles), una confusión que no beneficiará probablemente ni a una ni
a otra”15.
Por ello el método histórico es el que está marcado por el objeto de la ciencia histórica, por
el origen de la misma: conocer la verdad del pasado a partir de los testimonios y fuentes que nos
11
Gilson, E., El realismo metódico, Madrid: Rialp, 1963, p. 185.
12
Citado por Simard, E. Naturaleza y alcance del método científico, Madrid: Gredos, 1961, p. 22.
13
Citado por Sanguinetti, J. La filosofía de la ciencia según Santo Tomás, Pamplona: Eunsa, 1977, p. 215.
14
E. Gilson, El realismo metódico. Madrid, 1974, p. 149.
15
F. Suárez, Reflexiones sobre la historia y el método de investigación histórica, Madrid: Rialp, 1977, p. 52-
53.
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permiten reconstruir esa realidad. Así el método histórico está fuertemente marcado por el modo de
tratar las fuentes que son los intermediarios que tiene el historiador con la realidad pasada.
Intentaremos repasar las principales nociones que da Federico Suárez sobre el modo de
trabajar, o sea el método del historiador.
3.1 El tema de investigación
Suárez proporciona algunas características que debe tener un tema para poder elegirlo para
una investigación. Estas son:
Debe ser lo suficientemente concreto como para poder abarcarlo. Es muy difícil investigar
adecuadamente y con precisión un tema si es demasiado amplio.
Tiene que ser también relevante, “es preferible dedicar la atención y el esfuerzo a un hecho
o tema importante, aun cuando se haga imperfectamente, que derrochar talento, trabajo y sutilezas
tratando magistralmente un tema anodino que apenas tiene interés histórico”16.
El tema tiene que ser posible, o sea, debe estar al alcance del investigador: de su capacidad,
de sus medios, de sus conocimientos.
Si se quiere realizar una investigación que pueda aportar seguridad en los resultados, no es
muy conveniente desparramarse en asuntos distintos de épocas diferentes. Platón en La Apología
de Sócrates, pone en la boca del maestro estas palabras: “No había uno que, por sobresalir en su
arte, no presumiese de entender en todo lo demás, si no de las más graves materias, y este defecto
los perdía. Echaban a perder todo lo que sabían con todo lo que creían saber”17. La especialización
es resultado tanto de la amplitud de la realidad como de la limitación del entendimiento humano.
Sin embargo, especialización no significa centrarse de tal modo en una época o tema, que ignore
todo lo demás. Esto es una deformación y lleva a la pérdida del sentido de la proporción, cuando
deja de considerarse el contexto en el que el tema está integrado. Pero, se debe evitar el extremo
contrario, porque cuando el pensamiento está disperso apenas si puede ir picoteando los temas y
“uno se va acostumbrando a deslizarse por la corteza de las cosas sin profundizar jamás por la
reflexión. Quizá ese actitud, a la larga, lleve a formar conversadores brillantes, ingeniosos
ensayistas o apasionados polemistas de cualquier cosa, pero es dudoso que con ella se llegue a
saber lo suficiente de algo como para enriquecer a nadie, ni siquiera con una sola observación
juiciosa”18.
Es importante, también, delimitar bien el objeto de la investigación, es decir, plantear con
la mayor precisión posible el problema cuya solución queremos encontrar.
Tampoco hay que ser avaros o mezquinos en la investigación. Si, mientras buscamos algo,
encontramos fuentes o documentos que no nos sirven directamente pero que sirven a otro
investigador, hay que facilitárselos, si realmente nos interesa la verdad histórica.
Finalmente, hay que estar convencido de que el tema debe ser tratado con cuidado. La
prisa nunca es camino adecuado para trabajar bien.
3.2. El punto de partida
Lo primero a determinar es dónde se sitúa el tema y poder determinar si es inédito o no. En
el primer caso habrá que partir directamente de las fuentes. En el segundo caso, ver qué hicieron
otros antes que nosotros.
Es lo que se llama status quaestionis, una especie de “inventario de lo conocido sobre el
tema”. Debe tener un carácter descriptivo y valorativo: informar de lo que tratan los libros o
artículos y hacer una valoración de su contenido. Se debe procurar dar noticia de todos los que han
16
Ibid., p. 149.
17
Cit. En Suárez, ibid., p. 151.
18
Ibid., p. 154.
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hablado sobre un tema antes de señalar un bache u omisión que uno procura cubrir. Habrá que
detenerse en los autores de más crédito o que más influencia han ejercido y mencionar al resto.
Será necesario, dice Suárez, examinar primero qué puntos de una versión están firmemente
asentados en fuentes seguras, cuáles son dudosos porque distan de ser claros y cuáles son, por
último insostenibles porque son erróneos. Todo ello implica trabajo y paciencia, pero debe hacerse
para no pecar de ligereza. “Toda investigación se revela como una nueva etapa que debe corregir,
mejorar y ampliar la visión antecedente: así es como va avanzando paulatinamente el conocimiento
histórico, por sucesivas rectificaciones y acumulaciones; y no anulando lo anterior, sustituyéndolo
o ignorándolo, como si todo comenzara entonces y nadie, antes, hubiera hecho nada”19.
3.3. El tratamiento de las fuentes
Es interesante distinguir entre testimonio y fuente histórica. En el primer caso, testimonio,
es todo resto de los actos específicamente humanos del pasado, todo testimonio tiene, en potencia
la condición de fuente histórica. “La fuente encierra una noticia del pasado para quien sepa sacarla.
Así esta noción de fuente exige que, además de la cosa que encierra una noticia, haya una relación
entre esa cosa y la capacidad inferente del historiador: la cosa, puesta ante el historiador, le dice
algo, si éste sabe arrancarle la información. Pero tal información, es decir la noticia que encierra la
cosa sólo se da a quien conozca la clave para entenderla, o sea a quien está en condiciones para
descubrirla”20. Por aquello que ha enseñado Alberto Caturelli y que siempre ha repetido Antonio
Caponnetto, en referencia al descubrimiento de América, pero válido para cualquier tipo de
descubrimiento: “descubrir es un acto reflexivo, un acto plenamente consciente, eminentemente
espiritual. Es dirigirse con inteligencia y voluntad hacia las cosas para desentrañar sus esencias,
para develar sus formas interiores, para descifrarlas y entenderlas en su identidad. Descubrir es
hacer patente lo que está oculto. Manifestar, alcanzar a ver –no sólo mirar– y transmitir a otros lo
visto y contemplado”21.
Aquí se encuentra la clave del método histórico: el historiador se propone lograr un objeto:
su pesquisa de res gestae; y el medio de que se vale para lograrlo es la fuente histórica. La técnica
propia de su oficio, su métier específico, consiste en inquirir las fuentes y exponer el resultado de
su investigación. El método histórico, por tanto, no es otra cosa que los medios de que se vale el
historiador para transformar el frío y mudo testimonio en fuente de información y traer así el hecho
pasado a la actualidad.
La clave para el tratamiento de las fuentes es, como dice Suárez, la duda sensata y a
tiempo, no la duda metódica, sino aquella que brota de un espíritu crítico y perspicaz. Y recordar
que el valor de una fuente estará determinado por su autenticidad y veracidad. Otros autores
denominan a esto crítica externa y crítica interna del documento. Por la primera, me aseguro de que
el documento no sea falso, o sea que pertenece realmente al autor y época. Por la segunda, indago
para comprobar que el documento no es falaz, vale decir que, perteneciendo auténticamente a su
época y autor, la información que me proporciona no está deformada voluntaria o
involuntariamente y, por lo tanto, la noticia que me brinda es veraz.
De este camino resulta que el método histórico es básicamente método heurístico22. El
quehacer del historiador tiene etapas: la heurística, crítica, síntesis y exposición. La etapa heurística
o erudita tiene momentos, a saber23,
19
Ibid., p. 168.
20
Cassani, J.L. y Pérez Amuchástegui, A.J., Las fuentes de la historia. Buenos Aires: Cooperadora de
derecho y Ciencias Sociales, 1969, p. 14.
21
Caponnetto, A., Hispanidad y Leyendas Negras; la Teología de la Liberación y la Historia de América.
Buenos Aires: Nueva Hispanidad, 2002, p. 180. Cfr. Caturelli, A., América Bifronte, Buenos Aires: Troquel,
1961, III parte, Cap. VII.
22
Deriva del verbo griego heurísko que significa yo hallo, descubro.
23
Seguimos en este punto a Cassani y Pérez Amuchástegui, op. Cit., p. 21-31.
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el expositor tiene el destinatario en mente y adapta su discurso a este. Otros consejos son: evitar la
pedantería, los términos rebuscados o altisonantes. “Conviene decir las cosas con sencillez, en un
lenguaje llano, lo más sobriamente posible, con claridad, atendiendo principalmente a la clase de
personas a quienes, de preferencia, se dirige el trabajo de investigación (…) Sin dar nunca por
supuestas demasiadas cosas, evitando ese tono de suficiencia de quien parece estar desdeñando al
hombre común porque sólo escribe para selectas minorías, o el modo dogmático o imperativo de
decir que suele adoptar el que se cree monopolizador de la verdad histórica, como si todo
argumento fuera innecesario y toda prueba estuviera de más”25.
25
Ibid, p. 215.
41
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42
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Capítulo VI
Las citas bibliográficas
26
Ontza, J., Saber estudiar, Bilbao: Mensajero, 1980, p. 143. Citado por Peretó Rivas, Rubén, Investigación
en Humanidades, Mendoza: Facultad de Filosofía y Letras, 2003, p. 73.
27
Peretó Rivas, Rubén. Ibid, p. 63.
43
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2. Tipos de citas
2.1. La cita indirecta
La cita indirecta hace mención a las ideas de un autor, con las palabras de quien escribe.
Aparece dentro del texto. No lleva comillas y el número correspondiente se escribe después del
apellido del autor y antes de citar su idea.
Ejemplo:
Con ese título hace unos años un grupo de historiadores europeos, en su mayoría
anglosajones, escribieron un libro, dirigido por Peter Burke2, que da cuenta de las actuales
tendencias de la historiografía contemporánea.
______________
2
Burke, Peter y otros. Formas de hacer Historia. Madrid: Alianza editorial, 1994, 313 p.
atreven con los antiguos. Miran con entusiasmo hacia adelante porque tienen miedo de
mirar hacia atrás”1.
________________
1
Chesterton, Gilbert. Lo que está mal en el mundo. En Obras Completas, Barcelona: Plaza &Janés, 1967, t.1,
p. 697-704.
3. Algunos ejercicios28
A medida que realizas la indagación bibliográfica y la primera aproximación al tema en
vistas a la elaboración del esquema de trabajo, es conveniente que vayas tomando nota de una serie
de elementos que, más tarde, te facilitarán la tarea. Aquí van algunas sugerencias:
HOJA DE CITAS: Copia una cita del texto en una hoja en blanco y trata de transcribir su
exacto significado utilizando tus propias palabras. Realiza este ejercicio con cada una de las citas
que consideres fundamentales para tu trabajo. El objetivo es captar el verdadero significado deI
texto, lo cual requiere ejercitación y paciencia. Por lo tanto, no te asustes con los errores y
dificultades.
HOJA DE DEFINICIONES: Elige una palabra y trata de definir el concepto que representa
utilizando tus propios términos. No utilices el diccionario. Debes hacer este ejercicio con cada una
de las palabras cuyo significado ignores y con aquellas que consideres fundamentales. Trata de
pensar en lo que el autor quiso decir cuando utilizó ese término.
HOJA DE ARGUMENTOS: Selecciona una aseveración importante o controvertida y
escribe los argumentos que la sostienen. Esta hoja de argumentos debe reflejar tu esfuerzo personal
en construir tus propias argumentaciones. Construye tus argumentaciones tan sólidas como puedas,
aún si piensas luego refutarlas. Fundamenta cada una de las premisas que utilizas en tus
razonamientos.
4.1. Libros
Apellido, Nombre del autor. Título del libro (en cursivo). Lugar de publicación: editorial,
año de publicación. Paginación; número de los volúmenes y tomos.
Ejemplo:
Sabine, George. Historia de la teoría política. Bogotá D.C.: Fondo de Cultura Económica,
1998. 685 p.
28
Rubén Peretó Rivas, ibid., p. 34-35.
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Ejemplo:
1
Sabine, George, Historia de la teoría política, 3 ed., Bogotá D.C.: Fondo de Cultura Económica,
1998. p. 84.
2
Braudel, Fernand, La Méditerranée et le monde méditerranéen à l'époque de Philippe II,
ArmandColin, 1949
3
Sabine, George, op. cit., p. 102.
Si, en cambio, se emplea la cita abreviada se hace de igual modo que en el ejemplo
anterior.
Ejemplo:
1
Sabine, George, Historia de la teoría política, 3 ed., Bogotá D.C.: Fondo de Cultura Económica,
1998. p. 84.
2
Braudel, Fernand, La Méditerranée et le monde méditerranéen à l'époque de Philippe II,
ArmandColin, 1949
3
Sabine, George, Historia…, p. 102.
29
Esta parte del material está tomado de la Cátedra de Metodología de la Investigación, Carrera de Letras,
Prof. Hebe Beatriz Molina, Mendoza, UNCuyo.
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- El estilo MLA original subraya los títulos, no los pone en bastardilla (cursiva), pero las
publicaciones que siguen MLA piden títulos en bastardilla (como indican las normas de la U. de
Chicago, muy parecidas a las de MLA).
- APA usa el sistema autor-año, pero no es el único estilo que se basa en esos datos. (Véase
Umberto Eco. Cómo se hace una tesis...).
- Desde la versión 2007 de word, se pueden hacer referencias en el estilo que uno quiera;
pero solo consideran ciertos casos básicos.
- En nuestro medio académico coexisten tres sistemas: el que nosotros denominamos
tradicional, de base hispana (con notas a pie de página y abreviaturas tomadas del latín), MLA y
APA.
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Capítulo VII
Formas de hacer historia
Con ese título hace unos años un grupo de historiadores europeos, en su mayoría
anglosajones, escribieron un libro que da cuenta de las actuales tendencias de la historiografía
contemporánea30. Creemos de interés un breve panorama para estar al tanto e incluso prevenidos
ante estas novedades.
En el capítulo introductorio de dicho libro, Peter Burke, catedrático de Cambridge, plantea
que actualmente el universo de los historiadores se ha expandido a un ritmo vertiginoso. “La
historia nacional, predominante en el siglo XIX, ha de competir ahora, para atraer la atención, con
la historia mundial y la local (confiada en otros tiempos a anticuarios y aficionados). Hay muchos
campos nuevos, sostenidos a menudo por revistas especializadas. La historia social, por ejemplo, se
independizó de la económica para acabar fragmentándose, como algunas nuevas naciones, en
demografía histórica, historia del trabajo, historia urbana, historia rural, etc.”31.
Al mismo tiempo, estas nuevas formas de hacer historia siguieron fragmentándose, así la
historia económica se escindió en antigua y nueva. También se ha producido un desplazamiento en
el interés de los historiadores de la economía desde la producción al consumo, desplazamiento que
dificulta cada vez más la separación entre historia económica e historia social y cultural. La historia
de la gestión empresarial es objeto de un nuevo interés que desdibuja e incluso borra las fronteras
entre historia económica y administrativa. Otra especialización se da con la historia de la
publicidad, tiene un pie en la historia de la economía y otro en la de la comunicación. Hace notar
Burke que “hoy en día, la identidad misma de la historia de la economía se ve amenazada por los
envites lanzados por un empeño joven pero ambicioso, la historia del medio ambiente, conocida a
veces con el nombre de ecohistoria”32.
La división afecta también a la historia política, escindida no sólo en las llamadas escuelas
altas y bajas, sino también entre los historiadores preocupados por los centros de gobierno y los
interesados por la política del hombre de la calle. El territorio de lo político se ha expandido en el
sentido de que (siguiendo a teóricos como Michel Foucault) los historiadores tienden cada vez más
a analizar la lucha del poder en el plano de la fábrica, la escuela o, incluso, la familia. El precio de
semejante expansión es, sin embargo, una crisis de identidad, tal como preveía Suárez33.
En este universo en expansión y fragmentación consideran estos historiadores que se da
una progresiva necesidad de orientación. Por ello proponen la llamada nueva historia, y se
preguntan ¿Hasta qué punto es nueva?, si ¿Es una moda pasajera o una tendencia a largo plazo? Y
si ¿Sustituirá –por voluntad o por fuerza– a la historia tradicional o podrán coexistir en paz ambas
rivales?
No revisan en el libro todas las variedades de la historia contemporánea sino que han
centrado la atención en unos pocos movimientos relativamente recientes. Pero antes de desarrollar
en cada capítulo algunas de estas tendencias y movimientos, se ocupa Burke de definir ¿Qué es la
Nueva Historia? Y contraponerla a la historia tradicional.
Nos explica para empezar que “la expresión «la nueva historia» resulta más conocida en
Francia que en cualquier otra parte. La nouvelle histoire es el título de una colección de ensayos
dirigida por el ilustre medievalista Jacques Le Goff. Le Goff ha contribuido también a editar una
30
Burke, P. et al, Formas de hacer Historia, Madrid: Alianza editorial, 1994, 313 p.
31
Ibid., p. 11.
32
Ibid., p. 12.
33
Cfr. F. Suárez, op. cit., en especial los capítulos I al VI.
49
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masiva colección de ensayos en tres volúmenes sobre el tema «nuevos problemas», «nuevos
enfoques» y «nuevos objetos»34.¿Qué es esta nouvelle histoire? Confiesa Burke, que no es fácil dar
una definición positiva ya que el movimiento recibe su unidad sólo de aquello a lo que se opone y
tiene diversidad de enfoques nuevos. Es, por tanto, difícil ofrecer algo más que una descripción
vaga que caracterice la nueva historia como historia total (histoire totale) o estructural.
Nos dice que la nueva historia es una historia escrita como reacción deliberada contra el
«paradigma» tradicional, según el término útil, aunque impreciso, puesto en circulación por
Thomas Kuhn, el historiador americano de la ciencia35. Convendría describir ese paradigma tradi-
cional como «historia rankeana», por el gran historiador alemán Leopold von Ranke (1795-1886).
Considera que también se podría dar a este paradigma “el nombre de visión de sentido común de la
historia, aunque no para elogiarla sino para recalcar que a menudo –demasiado a menudo– se ha
supuesto que era la manera de hacer historia y no se consideraba una forma más de abordar el
pasado entre otras varias posibles”36. Para mayor sencillez y claridad Burke resume en siete puntos
la oposición entre historia vieja y nueva. Intentaremos exponerlos y ofrecer una escueta crítica a
cada uno de ellos.
1. Según el autor, para el paradigma tradicional el objeto esencial de la historia es la
política. La nueva historia, por su parte, ha acabado interesándose por casi cualquier actividad
humana. «Todo tiene una historia», escribía en cierta ocasión el científico J. B. S. Haldane; es
decir, todo tiene un pasado que, en principio, puede reconstruirse y relacionarse con el resto del pa-
sado37. De ahí la consigna de «historia total», tan cara a los historiadores de los Annales. La primera
mitad de este siglo fue testigo de la aparición de la historia de las ideas. En los últimos treinta años
hemos visto un número notable de historias sobre asuntos que anteriormente se consideraban
carentes de historia, por ejemplo, la niñez, la muerte, la locura, el clima, los gustos, la suciedad y la
limpieza, la gesticulación, el cuerpo, la feminidad, la lectura, el habla y hasta el silencio38. Aquello
que antes se consideraba inmutable, se ve ahora como una «construcción cultural» sometida a
variaciones en el tiempo y el espacio.
“Merece la pena recalcar el relativismo cultural implícito en todo ello. El fundamento
filosófico de la nueva historia es la idea de que la realidad está social o culturalmente constituida.
El hecho de que muchos historiadores y antropólogos sociales compartan esta idea o hipótesis
ayuda a explicar la reciente convergencia entre ambas disciplinas, de la que hablan más de una vez
los capítulos que siguen. Este relativismo socava además la distinción tradicional entre lo central y
lo periférico en historia”39.
Demás está decir que, sobre este particular, lo que se está operando es una desvirtuación
del objeto de la historia confundiéndola con la sociología, se ha perdido la noción del hecho
34
Burke, P. op. cit., p. 13. Cfr. J. Le Goff. (ed.), La nouvelle histoire, París, 1978; J. Le Goff y P. Nora
(comp.), Paire de l'histoire, 3 vols., París, 1974 [hay ed. cast., Hacer la Historia, 2 vol, Barcelona, 1985].
35
T. S. Kuhn, The Structure of Scientific Revolutions, Nueva York, 1961 [hay ed. cast., La estructura de las
revoluciones científicas, Madrid, 1990].
36
Burke, P. op. cit., p. 13-14.
37
J. B. S. Haldane, Everything has a History, Londres, 1951.
38
P. Aries, L'Enfant et la vie familliale sous l'ancien régime, Seuil, 1973 [hay ed. cast., El niño y la vida
familiar en el antiguo régimen, Madrid, 1987]; P. Ariès, L'Homme devant la mort, Sevil, 1977 [hay ed. cast,
El hombre ante la muerte, Madrid, 1987]; M. Foucault, Histoire de Ut felie à l’âge classique, Gallimard, 1976
[hay ed. cast. Historia de la locura en la época clásica, 2 vol., Madrid, 1979]; E. Le Roy Ladurie, Times of
Feast, Times of Famine (trad. ingl.), Nueva York, 1971; A. Corbin, Le miasme et la jonquille, l’odorat et
l'imaginaire social, 18e 2CF siecles, Aubier-Montaigne, 1982; G. Vigarello, Le propre et le sale: l’hygiène du
corps depuis le Moyen Age, Seuil, 1987 [hay ed. cast. Lo limpio y lo sucio: la higiene del cuerpo desde la
Edad Media, Madrid: Alianza Editorial, 1991]; J.-G Schmitt (ed.), Gestures, número especial, History and
Anthropolopy, 1984; R. Bauman, Let Your Words Be Few, Cambridge, 1984.
39
Burke, P. op. cit., p. 14.
50
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40
Para mayor ahondamiento sugerimos confrontar Caponnetto, A., Poesía e Historia; una significativa
vinculación. Buenos Aires, Nueva Hispanidad, 2002. Y el ya citado F. Suárez.
41
F. Braudel, La Méditerranée et le monde méditerranéen à l'époque de Philippe II, Armand Colin, 1949.
[hay ed. cast, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, México, 19762].
42
F. Suárez, op. cit., p. 117.
43
P. Burke, op. cit., p. 16.
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44
Hay varias páginas fundamentales y esclarecedoras sobre el tema en los ya citados libros de A. Caponnetto,
Poesía e Historia, p. 134, 151, 153, 155 y Los Arquetipos y la historia, p. 28-29.
45
R. G. Collingwood, The Idea of History, Oxford, 1946, págs. 213 ss.
46
Burke, P. op. cit., p. 17.
47
Ibid., p 18.
48
J. Pieper. El descubrimiento de la realidad. Madrid, 1977, p. 43-44. Cfr. F. Suárez, op. Cit, cap. VI. Cfr.
Artículo de J. Irazusta en Anexo III, Segunda digresión.
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seriedad de lo que acostumbraban los historiadores profesionales. Lo mismo vale para algunas
formas de historia oral. En este sentido, la heteroglosia es también esencial para la nueva historia.
En realidad, pensamos nosotros que esto no es interdisciplinariedad porque para que haya
un diálogo fecundo entre diferentes disciplinas debe haber un límite que distinga a una disciplina
de otra. Hoy, ante esta crisis de identidad que el mismo Burke señala, como veíamos al comienzo,
cuando son tan difusos los límites entre las diferentes ciencias lo que en realidad se ha producido es
el desdibujamiento de cada ciencia, la pérdida de su propio e individual carácter.
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Capítulo VIII
La redacción del trabajo escrito
1. Artículos
Son pequeños estudios donde se trata una cuestión verdaderamente científica, presentando
de manera preferiblemente clara y resumida la conclusión. Su extensión no llega a ser la de un
libro, por lo que, muchas veces los libros terminan siendo un conjunto de artículos.
Hay muchos motivos que dan origen a un artículo. A veces, se descubre cuando se estudia
una materia, que un tema no está bien tratado o que hay puntos oscuros que necesitan una
aclaración … Otras veces, se trata de proponer de una manera nueva un tema conocido, para
mantener la actualidad. Muchas veces se presentan los pasos o los avances de la redacción de un
libro…
Para escribir un artículo hace falta antes que nada, considerar el destinatario, es decir, el
prójimo para el cual se está escribiendo. Luego, dividirlo con coherencia: el artículo debe tener un
orden claro. Encontrar, además, el título justo. Desde el punto de vista literario, debe tener claridad,
precisión, sobriedad, elegancia, vigor intelectual y pasión por la verdad.
Los artículos se publican en las revistas; como hay, naturalmente, diversos tipos de revistas
habrá diversos tipos de artículos.
- Revistas populares: hace falta ser claro y gráfico, prescindiendo de todo aparato
científico. Escribir de manera que entienda el pueblo sencillo.
- Revista de divulgación: son publicaciones destinadas a gente de cultura superior aunque
no especialmente estudiosos. La redacción debe ser más cuidada y extendida, implicando un mayor
conocimiento de la materia e incluso de las referencias y citas bibliográficas.
- Revistas científicas: son publicaciones de una facultad universitaria, con trabajos técnicos
y de máximo nivel científico y especulativo.
2. Notas
Son más breves que el artículo o de menor importancia. En las notas se puede hacer lugar a
los documentos inéditos o a sugerencias para el lector. A veces se presenta como una nota la
recensión o discusión de una obra.
3. Libros
Los hay de diversos tipos. Mantenemos en general aquello que ha sido dicho para los
artículos –de divulgación o técnicos–, añadiendo cierta clarificación sobre los libros de texto. Éstos
son libros para seguir las materias, en los cuales predomina la intención pedagógica, por lo que se
necesita claridad, precisión y una cierta concisión. Un libro de texto se reconoce rápidamente por
modo en que está escrito, su división, los tipos de caracteres, etc.
En general cada libro tiene las siguientes partes:
49
Christian Ferraro, op. cit.
55
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4. El proyecto de investigación50
Aunque ya hemos hablado algo al respecto en el CAPÍTULO VI, veamos ahora de modo
sintético y a modo de resumen lo que lleva todo proyecto de investigación. Se trata del plan que
uno se propone seguir en el proceso científico. Es de algún modo la guía de acción y el plan de
trabajo.
Debe seguir una estructura que, con pequeñas variantes, respete los siguientes puntos:
1. Presentación del tema (breve explicación, delimitación, relevancia y justificación)
2. Objetivos (se deben indicar de manera sintética y clara. ¿A dónde me dirijo con este
trabajo?)
3. Marco teórico y estado de la cuestión (el contexto científico en que se inserta mi
investigación y la exposición de los principales resultados de quienes han investigado
anteriormente sobre el particular)
4. Interrogantes e hipótesis de trabajo (son los cuestionamientos que me formulo, y las
conjeturas razonables o explicaciones posibles, deben ser comprobables y verificables)
5. Fuentes y método (no es hacer el listado de la bibliografía, sino una rápida presentación
crítica de las fuentes y el método o forma de trabajo adoptado)
6. Cronograma (es muy conveniente fijarse plazos de trabajo, tiempo que se empleará en cada
etapa, horario de trabajo)
7. Otras informaciones (por ejemplo, qué archivos, bibliotecas, centros y organismos a
visitar; personas a consultar; conocimientos técnicos y científicos auxiliares que se
necesitan, como idiomas, ciencias auxiliares, etc)
8. Esquema de trabajo (es el índice tentativo)
Toda esta información suele prestar utilidad además de guiar la tarea, cuando se realiza la
redacción del informe de investigación o redacción final del trabajo especialmente para la
elaboración de la introducción.
50
Seguimos en este punto la estructura que propone Peretó Rivas, Rubén, op. cit., p. 27-34.
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Introducción
Cuerpo del trabajo
Conclusión
51
También seguimos a Peretó Rivas, Rubén, op. Cit., p. 50-60.
57
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Partes complementarias
1. Notas y excursus (pueden ser omitidos) las notas sirven para aclarar o profundizar puntos
más específicos; los excursus son digresiones o argumentos afines
2. Apéndices, pueden ser documentos raros o fuentes, textos muy largos, tablas, gráficos,
cuadros u otra documentación gráfica que no se ha querido incluir en el cuerpo.
3. Bibliografía, (se aclara en el capítulo VI).
4. Índice de autores, lugares, analítico (pueden ser omitidos), son muy útiles en obras muy
largas. Deben ser completos y funcionales.
5. Índice general, títulos y subtítulos con la indicación de la página. En Word si uno emplea el
“estilo” título 1 o título 2; se puede crear automáticamente el índice empleando en
“Referencias” la opción “Tabla de contenido”.
Cuando el trabajo redactado tiene por finalidad la publicación en una revista científica o en
un Congreso o Evento académico, suele exigirse al autor la presentación de un resumen o abstract
(varían los requisitos pero suele ser de un máximo de 250 palabras) y/o en ocasiones unas cinco o
seis palabras claves. A veces, cuando se trata de publicaciones de alcance internacional, se pide una
traducción de ambas cosas (resumen y palabras claves) al inglés.
La redacción de este resumen es otro trabajo diferente. Pues no basta con tomar los
primeros párrafos del trabajo. Debe ser una síntesis de la introducción y la conclusión.
Es conveniente pensar que: el título del trabajo será leído por miles de personas; el resumen
por cientos de ellas (en el caso de los Congresos, en base al resumen se deciden a ir o no a escuchar
la exposición); la exposición del trabajo, en el caso de los Congresos, la escucharán unas pocas
decenas; la lectura total del libro o artículo será realizada por los evaluadores o unas diez personas
más. Es una referencia mental útil para pensar en el público lector de cada uno de estos textos.
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Capítulo IX
La exposición en un trabajo oral
Dentro de la vida académica, no todo es escrito; hay muchos momentos en que el trabajo
intelectual impone pasar al verbo oral; veamos aquí algunos consejos últiles al respecto52.
52
El presente capítulo está tomado de Caponnetto, A. Metodología de estudio y de exposición oral; Cuatro
lecciones, La Plata: UCALP, 2011, p. 98-128.
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53
Don Pedro Muñoz Seca era un fino humorista español, asesinado por los comunistas en la masacre de
Paracuellos de Jarama, el 28 de noviembre de 1936. Uno de esos genocidios políticamente incorrectos que
60
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menor pérdida del sentido del límite en este recurso, el idioma pierde decencia y gana en ruindad.
Acaso sería mejor decir que el hombre que se vale de tal “idioma” es quien se degrada.
El eufemismo. Es disfrazar lo que debe decirse de manera franca y directa, mediante
vueltas, rodeos o subterfugios. Hay eufemismos que son corteses, nacidos de la urbanidad o de la
caridad en el trato. No está mal que los incorporemos. ¿Para qué mortificar a los pacientes con
síndrome de down, llamándolos despectivamente “mogólicos”? Esta última palabra no nació con
sentido despectivo, pero hoy, lamentablemente, lo tiene. Evitémosla.
En cambio, cuando los eufemismos son recursos para enmascarar la realidad y falsificar los
hechos, resultan de por sí absolutamente condenables. Sostener como en el presente, que no hay
“inflación” sino “dispersión de precios”, o que no vivimos bajo el delito desatado impunemente
sino que sólo existe una “sensación de inseguridad”, es pura falacia. Mentira lisa y llana amparada
en eufemismos.
A veces es el ideologismo el que lleva a estos extremos. Por ejemplo, se insiste en sostener
que hay “personas con capacidades diferentes”, para no “discriminar”. ¿Cuál es el problema de
llamar a los ciegos, sordos y paralíticos por estos nombres reales? ¿Disminuye el drama si los
califico pedantemente como “invidentes” o “hipoacúsicos”?
El amor y el respeto hacia estas personas sufrientes no se mide adulterando lo que les
sucede, sino prodigándoles el trato digno y señorial que todas las creaturas merecen, aunque estén
seriamente enfermas, o por lo mismo. No discriminarlos injustamente no implica dejar de llamar a
las cosas por sus nombres para disimular el dolor o disfrazar la tragedia. Implica, por el contrario,
no perder de vista que, ante el mayor sufrimiento del prójimo, mayor ha de ser nuestra capacidad
de entrega.
El folclorismo. Sería lo contrario del barbarismo. Es abusar de las expresiones típicas de
un país. Subrayamos nuevamente lo de “abusar”, porque utilizadas en su justa medida, estas
expresiones autóctonas no sólo tienen su encanto incomparable, sino que también le dan al lenguaje
una coloratura inconfundible que lo tornan distintivo y característico
Pero de cuantos más folclorismos dependa un idioma, más universalidad pierde. Si el abuso
de los folclorismos es intenso el idioma pierde universalidad.
Los genéricos. Cometemos este error cuando omitimos los genéricos; esto es, cuando nos
referimos a las marcas y no a los objetos que las representan. Nosotros seguimos hablando de
“cinta scotch” por cinta adhesiva, o de “prestobarba” por hojas de afeitar, o de “geniol” por
analgésico. No muere nadie con estos equívocos, pero prueben ustedes conseguir tales productos en
algún país extranjero, y se verán en aprietos.
La impropiedad. Consiste en alterar el significado real de una palabra, porque no se tiene
el conocimiento de su significado propio. No es grave desconocer el significado de una o de varias
palabras. A todos nos sucede. Lo grave es inventar un significado que no es tal.
nadie quiere recordar. Dueño de su señorío hasta el final, mientras los asesinos le gritaban con crueldad todo
lo que le iba a pasar antes de morir y aún después, él respondió: «Podéis quitarme la hacienda, mis tierras, mi
riqueza, incluso podéis quitarme, como vais a hacer, la vida, pero hay una cosa que no me podéis quitar… y
es el cagazo que tengo». La irrupción de una palabrota en momento tan solemne y tan trágico sirvió, por un
lado, para mostrar la gallardía de su temple –genio y figura hasta el final- pero por otro lado hizo reflexionar
a sus verdugos. Cuentan que estos, avergonzados y contritos, le pidieron que los perdonase, aduciendo que
recibían órdenes para cometer tamaño crimen. Don Pedro los consoló diciéndoles que estaban ya perdonados,
que no se molestaran... «aunque me temo que vosotros no tenéis intención de incluirme en vuestro círculo de
amistades».
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Anzoátegui era un finísimo poeta y eximio prosista, pero cultivaba también el género de los aforismos. Era
en esas ocasiones cuando gustaba interpolar, muy de vez en vez, alguna palabrota subida para potenciar el
efecto de sus comentarios. Cfr. Por ejemplo, sus libros De tumbo en tumba, Buenos Aitres: Theoria, 1966, y
Allá lejos y aquí mismo, Buenos Aires: Sudestada, 1968.
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Un ejemplo de uso común tiene lugar con la confusión de las palabras devastar, desvastar y
desbastar. Desde ya que “desvastar” no existe, aunque así la pronuncien altos funcionarios.
Devastar es destruir o arrasar, y desbastar con B es quitar lo basto. ¿Y qué es lo basto? Es lo tosco,
lo rústico, y por extensión se puede aplicar también a lo grosero o guarango.
Otro caso de impropiedad frecuente se manifiesta con el uso de la palabra enervar. Se usa
como sinónimo de ponerse nervioso; y si bien es cierto que el bendito Diccionario de la Real
Academia Española incorporó esta acepción en el último lugar del término, la verdad es que toda la
vida “enervar” significó debilitar, quitar las fuerzas, despojar de razones a un argumento
El laconismo. Es una brevedad exagerada o sobreactuada, utilizada por lo general como
muletilla, por carencia de vocabulario o de sentido común. Andar todo el tiempo diciendo “digo”,
“tipo”, “nada”, “obvio”, no es señal de austeridad expresiva o de capacidad sintética, sino de
tontería, mal gusto y orfandad en la comunicación de las ideas.
Por cierto que hay laconismos gloriosos en la historia, ya no el fruto de estas torpes modas
culturales, sino de la asombrosa facultad sintetizadora de quienes los proferían. Todo el mundo
recuerda el “alea iacta est” (la suerte está echada), o el “vini, vidi, vinci” (vine, ví y vencí),
atribuidos a Julio César por su biógrafo Suetonio. Si alguien vio la película 300, dirigida por Zack
Snyder, tal vez pueda recordar un pasaje significativo. Es aquel en el que le advierten al jefe
espartano que la superioridad y el número de los arqueros persas era tan grande que las flechas
bloquearían la luz del sol. El jefe responde seguro: “Pelearemos a oscuras”. Con menos palabras no
se podría decir mejor.
En rigor, el término laconismo tiene origen en aquella época y en aquellos pagos. Según la
anécdota más segura, estando sitiados los pobladores de Laconia, los sitiadores remitieron a un
jactancioso mensajero para exigir la rendición de los sitiados, con la siguiente conminación: «Si
gano esta guerra, serán esclavos para siempre». A lo que el comandante de Laconia contestó
escuetamente: “Si ganas”. Desde entonces se usa el término lacónico para lo breve y conciso que
alguna vez procedió de Laconia.
La muletilla. Es una palabra o frase breve que se repite de modo permanente,
interrumpiendo el discurso. Casi siempre es una repetición automatizada que sirve de soporte al
habla. A veces se acude a ella para ganar tiempo y poder coordinar mejor las ideas. En ocasiones
toma la forma de un inevitable “tic nervioso”. Últimamente, al menos en nuestro país, hay palabras
groseras o carentes de lógica, que se interpolan al idioma oral corriente, como si fueran de uso
obligatorio. “Viste”, “o sea”, “loco”, “chabón”, “mina”, son algunos de los ejemplos más
inofensivos. En España el “vale” y el “tío” están a la orden del día; como en Colombia el “pues” o
el “órale” en México.
En cualquier caso las muletillas afean el idioma; por eso el mejor consejo es desprenderse
de las mismas.
Los neologismos. Son palabras nuevas, surgidas en ocasiones por la necesidad de adaptar
el lenguaje a ciertos avances técnicos; y en otros casos como consecuencia de la superficialidad, de
las modas efímeras o de ciertas circunstancias.
“Chatear”, ”formatear”, ”escanear”, son verbos espantosos pero necesarios para
comprender la ejecución de ciertas acciones, hoy corrientes. ¿Cómo reemplazaríamos estos
vocablos sin caer en purismos innecesarios? Pero valerse del neologismo “bizarro” para designar lo
grotesco, o del neologismo “transar” para calificar una seducción sexual, es francamente un
disparate.
La perífrasis. Consiste en dar un rodeo para no designar a las cosas o a los hechos de un
modo directo sino después de varias frases o aproximaciones. A veces es señal de elegancia,
solemnidad, o de calculada parsimonia expresiva. Decir “Fulano, después de largos y sufrientes
días de postración, dio su último suspiro”, es una perífrasis cortés de “Murió Fulano”.
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Sin embargo, muchas perífrasis tienen hoy origen periodístico, y consisten en alargar
innecesariamente el discurso para ganar tiempo, hasta encontrar la imagen o el concepto
necesarios. El ingenio popular ha llamado a estas situaciones “versear” o “hacer el verso”; esto es,
entretener al auditorio con banalidades, estirando las palabras, repitiendo las frases, pretendiendo
decir algo sin decir nada.
¡Cuidado! Porque ciertos alumnos y docentes practican hoy este mal arte para hacernos
creer que tienen facilidad de palabras o dominio del tema. En realidad, tienen facilidad para la
audacia. La ignorancia es audaz, la sabiduría cautelosa.
El pleonasmo. Es una redundancia viciosa, como “salir afuera”, “entrar adentro”, “bajar
abajo”, etc. Un poco más sofisticado pero igualmente erróneo es el dicho “lapso de tiempo”. El
lapso es un tiempo entre dos límites.
Pueden considerarse pleonasmos algunas figuras retóricas aceptables. Aquellas en las
cuales se repite o reitera una palabra, o varias, de suyo innecesariamente, pero con el propósito de
acentuar, subrayar o enfatizar alguna idea. Por ejemplo, lo oí con mis propios oídos o lo vi con mis
propios ojos.
El solecismo. Es un error en la conjugación de ciertos verbos. Por ejemplo, es común
escuchar el verbo “habría” (potencial) en vez de “hubiera o hubiese” (subjuntivo). La dificultad
para la conjugación del modo subjuntivo es uno de los síntomas más llamativos de la actual
degradación idiomática.
El vulgarismo. Es la equivocación que afecta principalmente a la fonología, a la
acentuación de las palabras.
Casi sin excepciones se utiliza la palabra “interín” como voz aguda. Y es una palabra
esdrújula: ínterin. Lo mismo sucede con “icono”, que es palabra grave, y fue convertida en
esdrújula.
Los verbos “adecuar”, “licuar” y “evacuar” deberían conjugarse como “averiguar”. Yo
averiguo; luego: yo adécuo, yo lícuo,yo evácuo (no llevan tilde, las ponemos para indicar la
acentuación correcta). El mal uso terminó imponiendo su vigencia.
La onomatopeya. Es el uso de una palabra o de varias, cuya pronunciación imita o
recuerda el sonido de aquello que se está evocando o retratando.
Existen no pocas ocasiones en que son inevitables. El famoso “haga clic” sobre tal figura
en la pantalla de la computadora, o el “bum” para designar una explosión. En los relatos para niños,
además, las onomatopeyas son recomendables, pues agregan un cierto verismo o teatralizan los
discursos volviéndolos más significativos o atrapantes. Si le estamos contando un cuento a un
chiquito, y aparece la figura de un cerdo, es más razonable explicarle que el animal dice”oink-
oink” que valerse del verbo “hozar”, para designar con propiedad idiomática lo que hace el
chancho con su hocico.
El error se hace patente cuando muchísimos jóvenes, y aún adultos, por falta de
vocabulario preciso, por inmadurez expresiva o por vulgaridad extrema, reemplazan las palabras
que no conocen por un sinfín de sonidos guturales. Entonces, a expresión oral pierde dignidad y se
transforma en un enjambre de sonidos y de gestos.
La antonomasia. Consiste en reemplazar una palabra por un atributo específico de lo que
esa palabra designa, refiere o menciona. Por ejemplo, si yo digo El Filósofo, es Aristóteles, El
Libertador es San Martín, La Docta es Córdoba, La ciudad de las diagonales, La Plata.
Prestan un servicio para hacer del idioma algo más grato, o para no tener que repetirnos
tanto al expresarnos.
Pero hay algunas antonomasias muy vulgares que se han convertido en muletillas, y cuyo
uso reiterado y trillado vuelve al idioma un muestrario de cursilerías. “La Feliz” por Mar del Plata,
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“El zorzal criollo” por Gardel o “El Diez” por un afamado futbolista, son algunos ejemplos de lo
que decimos.
Tratemos de no dejar pasar estos errores que hemos mencionado. Si recordamos sus
nombres técnicos, mejor. Pero la intención no es la de memorizar las denominaciones de cada
error, sino la de enmendarlos. En nosotros y en los estudiantes. De lo contrario, se vuelven hábitos.
Hábitos malos, engendradores de vicios, como ya hemos visto. Recordemos que expresarnos
impropiamente no es sólo hacerle un daño al idioma sino al ser.
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deliberada impugnación del sentido común. Choca al principio, hasta que le encontramos su
recóndito y valioso significado.
Algunas paradojas han gozado de cierta popularidad. Por ejemplo: “gracias a Dios soy
ateo” o “trae mala suerte ser supersticioso”. Pero las más elaboradas reflejan hasta qué punto su uso
es propio de los espíritus finos.
Chesterton ha sido y es el maestro insuperable de las paradojas. Internarse en sus obras en
un gozo espléndido, no sólo por la recta doctrina que ellas nos ofrecen, sino por este estilo
paradojal, incisivo, penetrante y sutil, pleno de sapiencialiedad. En su libro “Ortodoxia” dice, por
ejemplo: “loco es el que ha perdido todo; todo, menos la razón. Mientras haya misterio habrá
salud”. Con solo esta breve paradoja se puede reflexionar largamente.
Hay otras que hacen hincapié en cuestiones científicas, y que pueden servir para que
retengamos algunos conceptos. Esto es, sirven además de “ayudamemoria”. Existe, por ejemplo, la
palabra “heterológico”; y significa algo que no se puede definir a sí mismo. No es de uso común.
Una paradoja sería decir:¿la palabra heterológica es heterológica?. No sé si llegaremos a una
respuesta convincente, pero al menos habremos incorporado un término novedoso.
El retruécano. Es la posibilidad de reorganizar de modo diferente una oración o una frase,
alterando la ubicación de sus elementos. De ese modo las palabras se repiten, el sonido es similar,
pero los significados cambian completamente.
Si Chesterton fue el gran maestro de las paradojas, Quevedo parece serlo de los
retruécanos. Dice el español, por ejemplo, “hay muchos que siendo pobres merecen ser ricos y que
siendo ricos merecen ser pobres”. Juega con las palabras potenciando sus significados.
“Los que mueren con honra son los vivos, los que viven sin honra son los muertos; por eso
hay muertos que en el mundo viven, y hombres que viven en el mundo muertos”. Es de Becquer,
claro; y muy citada por los románticos de todos los tiempos. “Hay grandes libros en el mundo y
grandes mundos en los libros”. Parece ser de origen anónimo, pero paradójicamente, y por lo
mismo, se la pueden adjudicar a quien deseen.
Particular gracia causan esos retruécanos espontáneos, que se manifiestan a veces entre los
payadores o entre contertulios despabilados y chispeantes. Nuestro Martín Fierro ha registrado ese
pasaje en el que Fierro, medio entonado, ofende a una morena obesa diciéndole al verla ingresar:
“vaca…yendo gente al baile”. La mujer no se queda atrás en los reflejos y le dice: “más vaca será
su madre”. Y allí acaba en paz el entredicho para deleite de las letras y de la picardía criolla. En
estos tiempos garantistas, Fierro y la Negra hubieran sido llevados a los tribunales para dirimir el
singular pleito.
La ironía. Es el recurso idiomático por el cual se da a entender lo contrario de lo que se
dice. En algunos casos es imprescindible el acompañamiento del lenguaje gestual. Un ademán, un
movimiento con las manos o con la vista pueden causar verdadera hilaridad. Sea que acompañen a
la palabra ocurrente o no.
Hay infinidad de ejemplos de ironías en la historia de las letras y aún de la cultura, en
general. Pero es imposible no mentar a Sócrates, que hizo de la ironía un genuino sello de su
misión pedagógica.
Sin duda que no es fácil ser irónico. Por eso se confunde habitualmente a la ironía con la
desfachatez o con el humor vulgar o el doble sentido.
Puede darse el caso de una ironía con expresa intención agresiva, en cuyo caso estaríamos
frente a un sarcasmo. Terrible combinación de recursos, si la hay. Es famoso ese ejemplo de un
joven galante que le dice a una muchacha: “soy fotógrafo y me he pasado la vida buscando un
rostro como el tuyo”. Ella le contesta sin hesitar: “yo también, soy cirujana plástica”.
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La atenuación. Es un recurso más moral que lingüístico. Porque consiste en saber atenuar
una verdad categórica (que siempre debe ser dicha), encontrando el modo de decirla, para que
quien la reciba sea sacudido pero no agraviado.
Lo sintetizó oportunamente Quintiliano cuando dijo: Suaviter in modo, fortiter in re:
suavemente en el modo, fuertemente en la cosa. Es asimismo un consejo paulino: hallar la caridad
necesaria para testimoniar la Verdad, sin olvidarnos de quien es su destinatario.
También Santo Tomás, en el De Veritate, distingue entre la Verdad como virtud
(veracidad) y la Verdad como trascendental del ser. Si en este último caso siempre ha de ser
categórica, taxativa y absoluta; en el primer caso, y en tanto virtud, reclama el término medio.
Entre el defecto de callarla por complacencia cobarde y el exceso de decirla sin misericordia al que
la necesita.
Es cierto que hoy, en nombre de la atenuación, se cometen los peores pecados de
pusilanimidad y de contemporización con el mal. Es más; cada vez que se peca de contubernio con
la mentira, se disfraza la acción innoble con el mote de “atenuación” o “diplomacia”. Dios nos libre
de estas conductas inmorales. Pero una cosa no quita la otra.
Sin ponernos tan dramáticos, digamos que hay atenuaciones domésticas, comunes y
corrientes, a las que todos nos vemos éticamente obligados a apelar para no tener que pasarnos la
vida a los golpes con el prójimo. Ante una persona que no tiene la menor idea de lo que está
diciendo, una atenuación corriente consistiría en reconvenirlo con alguna frase parecida a ésta: “me
parece que Usted no está bien informado”.
Si alguien me objeta o me refuta este recurso, indicándome que hay casos en los que no
cabe ninguna atenuación sino una santa indignación, no resistiré el reproche. Primero porque estoy
totalmente de acuerdo. Y segundo, porque es otro ejemplo de atenuación…
La anécdota. Es un cuento breve, que narra un hecho biográfico sugestivo. Se diferencia
de otros relatos en que tiene una base real y cierta, pero se le agrega algún condimento legendario,
no necesariamente irreal, que lo tiñe de mayor poder convocante.
Es importante constatar el poder fascinante que tienen los anecdotarios entre los jóvenes y
los adultos. Tanto, que no deberíamos dejar de aprender y de aplicar algún episodio anecdótico que
le diera mayor sabor a nuestras exposiciones.
En plena Guerra Gaucha, durante uno de los múltiples y diarios entreveros, uno de los
gauchos de Güemes perdió una pierna; le fue arrebatada de un sablazo. Pasada la refriega, Güemes,
como era su costumbre, recorría el campo de batalla o el improvisado hospital de sangre, y trataba
de ver el estado en el que se encontraban sus hombres, para socorrerlos o darles ánimo. Así fue que
se encontró con este gaucho mutilado. El diálogo fue el siguiente:
- Güemes: “¡Decime!, ¿desde cuándo precisaste dos piernas para montar a caballo?
- Gaucho: “Tiene razón, Comandante, si hasta creo que me está sobrando una…”
La anécdota pinta de cuerpo entero todo el espíritu de aquella gesta.
Si me permiten una primera sugerencia muy general les diría lo siguiente: no esperen a dar
la primera clase o a rendir el primer examen para detectar este problema. O para discernir si se trata
de pánico escénico o de una simple triquiñuela para evadir responsabilidades. Estas situaciones
conflictivas deben detectarse antes y durante el proceso de enseñanza y de aprendizaje.
Algunos docentes me dirán que lo que les faltaba era ponerse a detectar y a resolver este
inconveniente. Les contestaría que sí; que lo que nos falta es emprender esta tarea. Porque si no le
damos un buen encauzamiento, en un futuro inmediato tendremos sólo dos clases de personas: o los
ignorantes desfachatados o los sabios irrecuperablemente tímidos. También podemos tener a
Demóstenes y a Cicerón, pero es más difícil.
Con un poco de paciencia, de sagacidad, de buena voluntad y de algunos conocimientos
elementales sobre el punto, se pueden intentar algunas mejorías.
El miedo escénico es una respuesta psicofísica negativa del sujeto ante un auditorio
individual o colectivo. Es consecuencia directa del pensamiento catastrófico anticipatorio. “Me va
a ir mal, lo mío será una catástrofe, un papelón. Mi examen será el peor, voy a titubear, no
encontraré las palabras adecuadas, no sabré cómo expresar mis ideas, etc.”.
Al pensamiento negativo –por algo somos una unidad de alma y cuerpo– le suceden los
principales rasgos característicos de este estado en el plano fisiológico: la alteración del ritmo
cardíaco, la sudoración continua y copiosa, el malestar estomacal, los dolores de cabeza, el rubor
facial.
El plano cognitivo también resulta alterado. El miedo escénico produce congestión mental,
confusión, olvido, las famosas “lagunas”.
Ante estas manifestaciones visibles, psicosomáticas y cognitivas, las conductas más
habituales del sujeto están vinculadas a la evasión, la fuga, el retroceso. La persona afectada se
quiere ir, y a veces directamente se va, avergonzada o excusándose falsamente. Otras conductas
son los automatismos, expresados en movimientos rígidos y tartamudeos, o en la disminución
disfónica del volumen de la voz.
Todos estos problemas, insisto, los tengo que detectar y encarar antes del examen o de mi
primera clase en público. No puedo ni debo, ante un alumno con estos desarreglos, tener un trato
cruel mientras los padece. Ni mucho menos debo ser la causa directa o indirecta de ese pánico. Los
alumnos tampoco pueden seguir jugando a convertirse en el “Sindicato de los Perdonavidas”. “Está
bien, profe, por ser Usted, hoy lo dejaremos dar clase”.
¿Cómo se vence el pánico escénico? Veamos si hay algunas fórmulas. Pero una síntesis de
todas ellas sería la siguiente: entrenamiento duro, combate fácil. Si alguien es entrenado, exigido,
adiestrado, incentivado y equipado convenientemente, cuando llega el momento responde.
Que los alumnos pasen a dar lecciones en público, como en los viejos tiempos; que lean en
voz alta, sabiendo lo que están leyendo; que reciten, que recuerden textos de memoria –sí, de
memoria– y que los puedan expresar con soltura y elegancia delante del aula. Los más tímidos
tendrán vergüenza. Los más audaces estimularán. Es preferible equivocarse “de entrecasa” para no
tener que equivocarse ante grandes auditorios.
Los ensayos permanentes ayudan mucho a ganar confianza. En ellos solemos darnos cuenta
de nuestras aptitudes y de nuestros puntos flojos. Hay personas que son más propensas a hablar
delante de muchedumbres, cuyos rostros no alcanzan a ver. Parecería que el anonimato de los
escuchas los tranquilizara. Otras, en cambio, únicamente se sienten cómodos ante pequeños
cenáculos. Precisamente porque puede ver las caras de cada uno de sus oyentes. No forcemos los
talentos. Aprovechemos el don de aquellos que pueden enfrentar a las multitudes, y el de aquellos
otros que saben llegar al corazón de unos pocos en la intimidad.
¿Cuáles serían algunos de estos antídotos para el pánico escénico?
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Ante todo, una valoración realista de lo que se espera de cada uno. No nos ayuda en esto
ni la desmesura ni la subestimación. Un sensato equilibrio en la valoración de nuestras capacidades
nos permitirá ser expositores correctos, sin aspirar al Foro Romano o a suceder a Jorge VI.
Paralelamente hay que poseer una valoración realista de la opinión ajena. Considerar el
juicio del prójimo es atinado; máxime que, cuando hablamos, le hablamos a un prójimo. Pero no
todos están en condiciones de opinar sólidamente. Muchos de quienes opinan sobre nuestras
exposiciones, no sabrían cómo resolver ellos el problema. Pero están prontos para la crítica.
Prestemos una jerárquica atención a las opiniones de los demás.
Al fin, conviene tener también una justa estimación de las ideas de aceptación y de
rechazo. Esto es, recordar con la mayor precisión cuáles fueron las circunstancias bajo las cuales
una exposición nos resultó exitosa, y recrear esas circunstancias en aquello que de nosotros
dependa. A la par que un escudriñamiento pormenorizado de aquellas otras circunstancias adversas
nos permitirían evitarla.
Recuerdo haber ido a hablar a una ciudad mendocina sin estar suficientemente informado
de la duración de mis clases. Hice un cálculo equivocado de tiempo. El resultado fue pésimo. La
moraleja es sencilla: no se debe repetir esa circunstancia. Recuerdo en cambio otra conferencia en
una localidad puntana, prevista para un auditorio académico que no era tal. Oculté los numerosos
papeles que portaba para efectuar otras tantas citas eruditas, y opté por hablar ex abundantia cordis,
desde la abundancia del corazón. Todo salió aceptablemente. También aquí la moraleja es obvia:
conviene estar preparado para un cambio imprevisto de planes.
Una segunda estrategia importante es respetar los pasos necesarios de una exposición.
Esto es elemental, pero por eso mismo se ha olvidado. En toda exposición que se precie de
tal, no pueden estar ausentes un título, una introducción, un esquema flexible que permita el
desarrollo, una conclusión, recapitulación o síntesis.
Será breve el introito, al igual que el enunciado; el grueso se consagrará al desarrollo, y la
conclusión dependerá de los pasos anteriores. Algunas conclusiones reclaman minuciosidad, otras
un redondeo fugaz pero certero.
Todos los oradores coinciden en incorporar un paso en las exposiciones. Es aquel que se
llama técnicamente “captatio benevolentia”, es decir, la captación de la benevolencia del auditorio.
Ganarse al público de entrada.
Se han escrito páginas sobre este tema. Pero lo cierto es que no hay ninguna regla fija. La
experiencia indica sin embargo que hay que ser muy cuidadosos. Querer congraciarse haciéndose el
modesto, el chistoso, el entendido, el más vivo, no son garantía de éxito. Conviene presentarse con
espontaneidad y sencillez procurando que se advierta que estamos dispuestos a prestar un servicio
con nuestras palabras.
En una de mis tantas incursiones punitivas, conferenciando aquí y acullá, me tocó hablar
delante de una gran cantidad de maestras bonaerenses. Un buen amigo había adornado el escritorio
con un inmenso florero, de modo que el público y yo desaparecíamos tras él. Pedí afablemente que
lo retiraran. Eso hicieron, y no sé porqué se me ocurrió decir: “sigo viendo flores”. Fue la mejor y
la más impensada captatio benevolentia de mi vida. A partir de esa improvisada galantería yo podía
sostener la condición voladora de los porcinos, que todo era asentido con fruición. Si quieren
repetir el truco, asegúrense un florero descomunal y un auditorio femenino propenso a los halagos
algo trillados.
Si alguien hará una presentación formal de nosotros, como expositores, también hay que
extremar la delicadeza. Los largos elogios incomodan aún al más jactancioso. El desconocimiento
de quién es uno y de cuál es nuestra obra, también. El presentador debe ser austero, medido,
proporcionado, conocedor del expositor y de su trayectoria. Evitará los halagos innecesarios, la
excesiva familiaridad, la improvisación y las interminables lecturas curriculares. Una oportuna
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sugerencia es impedir los lugares comunes: “Fulano no necesita presentación”; y otra oportuna
recomendación es evitar la displicencia o falta de dedicación para con el presentado. Una vez más,
la virtud está en el justo medio.
La tercera estrategia se refiere al modo de exponer. Mientras hablamos, tratemos de
mantener algún contacto visual con los que estamos hablando. Me objetarán que depende del
auditorio y es verdad. Pero por inmenso que sea, siempre podremos reposar la mirada en distintos
sectores. La vista perdida o en el piso no son buenas compañías de un orador. Tampoco estamos
hablando para uno solo, que elegimos al azar y al que miramos siempre en desmedro del resto.
Controlemos el timbre natural de nuestra voz. Agudos y graves muy acentuados suelen ser
factores de dispersión. El engolamiento, el escucharse a uno mismo, la afectación, la solemnidad
excesiva tampoco son recomendables.
No hablen susurrando ni a los gritos, ni con lentitud exasperante ni con un vértigo
pasmoso. Pero las modulaciones de la voz juegan un papel decisivo. De modo que, si en algún
tramo del discurso hay que elevarla o bajarla, acelerarla o lentificarla, háganlo sin dudar.
No le hablen al power point, ni a la pizarra, ni le den la espalda al público. No usen el atril
como refugio ni el micrófono como muletilla gestual. Aunque estos últimos yerros hoy sean
Política de Estado, ningún buen expositor ha caído en tales desafueros.
Confíen en la palabra. Los actuales auditorios están hartos de “novedades” audiovisuales.
Hoy, lo verdaderamente novedoso es la palabra clara, armónica, precisa, encendida y bella.
Destierren en lo posible las muletillas, las alusiones autorreferenciales excesivas, las
reconvenciones o los retos indiscriminados, las adulaciones demagógicas. La jovialidad y el
dramatismo expresivos dependerán de las circunstancias. Déjenlas fluir con espontaneidad. Se
puede prever la incorporación de párrafos alegres, emocionantes, reflexivos, poéticos, intimistas.
Pero lo mejor es que surjan naturalmente sobre la base del esquema de desarrollo temático que nos
hayamos trazado.
La cuarta estrategia guarda relación con el carácter del expositor. Aristóteles estudió larga
y sabiamente esta vinculación, determinando la incidencia de la palabra sobre las pasiones.
Un orador puede mover el júbilo, la ira, la esperanza; o puede sumirnos en el miedo, la
desazón, la angustia. Como las pasiones son neutras, dependerá la legitimidad de las mismas del fin
al que se ordenen. Si alguien me mueve a odiar el pecado y a amar la virtud, serán un odio y un
amor razonables. Lo contrario merecería nuestro repudio. Si se despierta nuestro júbilo ante el
recuerdo de los santos y de los héroes, enhorabuena. Si se nos sumerge en la depresión
indebidamente, mediante exposiciones falsamente trágicas, al solo objeto de manipular nuestras
conciencias, va de suyo que estamos ante un hecho condenable.
En todos los casos, el común denominador deseable es que el orador sea una persona
prestigiosa, imbuida de autoridad natural para dirigirnos la palabra.
Los alumnos no están excluidos de esta regla. Deben crecer en prestigio y en autoridad
exponiendo con propiedad y fundamentos.
La quinta estrategia es la de la superación de ciertas crisis que se pueden presentar
cuando exponemos.
Las hay de diversa índole. Algunas pueden parecer minúsculas, y tal vez lo sean, pero el
padecimiento de las mismas no se lo deseo a nadie.
Por ejemplo, el estado de nerviosismo previo que se torna incontrolable. Cada cuerpo
humano tiene un depósito adonde van a parar los nervios, eligiendo los muy malditos –casi por
regla– aposentarse en el estómago, la cervical o el pecho.
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que está al servicio de la palabra, y la palabra que se continúa y se prolonga en ademanes naturales,
hechos hábitos. Los malos expositores viven desencajados. Las manos se crispan por un lado, la
boca se tuerce por otro, los brazos se agitan asimétricamente, la cabeza gira de lado a lado. No; no
es el retrato de una posesión, pero quien haya sido víctima de algunos de estos oradores
enfurecidos, corroborará el cuadro que aquí trazamos
En los expositores comunes y corrientes el control de los gestos exige una cierta prudencia.
Por lo general, las personas tímidas que no puede superar el miedo escénico se aferran a algún
objeto. Como los chiquitos que van con su objeto transicional a cuestas todo el día. Estos
expositores no salen detrás del escritorio, o se apoyan en él, o se recuestan sobre una pared. Dan
vueltas una lapicera, se toman sus propias manos, retorciéndolas, y una decena más de conductas
inhibitorias que buscan alguna descarga.
También en este ámbito el consejo es el equilibrio. Si no están seguros de alejarse de los
papeles que les sirven de guías, tampoco se alejen del escritorio. Si van a dar clases de pie no se
conviertan en estatuas, pero tampoco en péndulos. No quieran tener un gesto para cada palabra, ni
tener un gesto sólo alguna vez durante el mes. Ni molinos de viento ni faraones embalsamados.
En cuanto a la proximidad con el público, es aconsejable según los casos. Hay auditorios o
personas que lo perciben como una invasión. Otros que lo necesitan. Hay acercamientos que son
actos de espionaje o de requisa; otros de sencilla mano tendida, paternal o filial. Zambullirse en el
público es demagogia pura. Pero marcar una distancia que no este dispuesta a acortarse nunca,
resulta frío y desalentador. Otro buen consejo que da la experiencia: sean sobrios.
La novena y por ahora última estrategia que analizaremos, es la de las preguntas.
Hay varias clases de preguntas que podemos recibir y formular. Están las preguntas
hipotéticas, aquellas que se formulan en tono conjetural. “¿Qué hubiera pasado si San Martín no
hubiera cruzado Los Andes?”. No sé. La historia no se ocupa de lo futurible, sino apenas de lo
pasado. ¿Estos juegos hipotéticos tienen valor? En algunas disciplinas pueden ser ocasión de
creatividad, como por ejemplo en literatura; en otras disciplinas científicas es pura dispersión y
curiosidad.
También existen las preguntas tendenciosas o provocadoras. Está en cada uno aceptarlas o
no, e incluso dar lugar o no a ellas. No aconsejo entrar en este juego; y si él nos sobveviene
involuntariamente, por causa de algún factor externo y ajeno a nuestro deseo, lo mejor es cortar
cuanto antes la situación. Preguntas insidiosas o capciosas no ayudan al clima de necesaria
concordia que debe prevalecer durante una exposición, incluso si está abierta al debate. O por lo
mismo.
Pueden manifestarse también preguntas confidenciales. No son problemáticas per se, sino
en tanto algunas personas las hacen públicas, sin importarles demasiado la pérdida de la privacidad.
Hay ocasiones en que algunos escuchas están tan angustiados por lo que les sucede, o tan
ensimismados en sus situaciones privadas, que no advierten la necesaria intimidad que tienen
ciertos interrogatorios. En esos casos, coloquen ustedes la cuota de discreción que el preguntón ha
perdido, y sepan comprender que, a veces, la angustia, provoca estas desmesuras.
Si las preguntas sólo me dejan un margen para responder sí o no, hagamos eso. No es
recomendable, en cambio, tamaño laconismo motivado por la pereza del expositor. Recuerden lo
que decíamos al comienzo sobre el anacoluto. No nos vayamos por las ramas. Sí hay que responder
afirmativa o negativamente algo, y allí concluye bien la pregunta, pues concluyamos allí.
Hay preguntas directas o dirigidas a alguien en particular. No las hagan en tono de
amenaza, de acorralamiento o de pasaporte hacia el ridículo seguro. Deben ser respuestas
motivantes, incitadoras, causantes de legítimos y amables desafíos. Las preguntas no pueden ser un
arma contra un indefenso, pero pueden ser una estocada inteligente y sutil para que el otro,
convenientemente provisto de su “espada”, sepa encontrar la réplica exacta. Si ponen al otro en un
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aprieto, sin que lo merezca (como podría ser, a modo de escarmiento, por ejemplo), no esperen
respuestas delicadas.
En sentido contrario, están las preguntas indirectas o generales. También cumplen su
papel motivador, y en situaciones tensas o monocordes, pueden dar lugar a un recreo mental.
Las preguntas de sondeo. Son las que se necesitan hacer para ahondar y profundizar, toda
vez que una primera respuesta no ha sido satisfactoria. No pregunten hasta llegar a lo que no se
conoce y castigar la ignorancia. Pregunten hasta saber lo que se conoce y estimular nuevos
aprendizajes. Y si hay algo que debió saberse y no se aprendió por negligencia, entonces sí;
apliquen una sanción.
En fin, existen todo tipo de preguntas. Unas reafirman conceptos, otras recapitulan, otras
sugieren afinaciones analíticas o críticas, y otras varían intencionalmente el estímulo, cuando
advertimos que los que estamos entregando al auditorio son insuficientes.
Distingamos también entre las preguntas cerradas y abiertas; y he dejado para el final esta
división por la importancia que tiene.
Si pregunto cuántos planetas hay y cómo se llaman, la respuesta que admite esta pregunta
es cerrada. No puedo inventar ni opinar ni conjeturar, ni hacer valer mi propia experiencia. Sé o no
sé cuántos y cuáles son los planetas. Las preguntas cerradas exigen respuestas predeterminadas.
Pero si pregunto qué experiencia tienen ustedes en el estudio de las distintas y probables
formas de vida orgánica e inorgánica en los planetas, la respuesta será abierta.
Y aquí viene el quid. En la vida académica, en la vida universitaria, las preguntas abiertas
deben existir, y a veces, en abundancia. Pero eso no quiere decir que las respuestas no deban ser
científicas, racionales, fundadas y sustentables en conocimientos serios.
Las preguntas abiertas no admiten respuestas al modo de: “yo siento que hay vida en
Marte”;”tengo la sensación de que crecen perales en Venus”, o “ayer me pareció ver a un
marciano”. Confundir las respuestas abiertas con charlas de café es lo peor que le puede pasar a la
vida universitaria.
Sepamos preguntar y responder.
4. Un examen de conciencia retórico
Señalemos, recapitulando un poco, algunos errores que pueden perjudicar la exposición
oral55.
1. No preparar la presentación, o prepararla sin un mínimo de orden lógico, en forma tan
confusa que luego no se la puede interpretar mientras se expone.
2. Hablar sin conocer el tema a fondo, cosa que pasa muchas veces cuando se usa un
discurso o una clase de un tercero. El oyente intuye que lo dicho no es propio porque falta la
“encarnación” del discurso en el orador.
3. Descuidar la presencia personal, ya que lo primero que se presenta al oyente no es la
palabra, sino el portador de la misma. La presencia debe estar acorde a la circunstancia, pues así
como nadie se viste “de fiesta” para dar una conferencia, tampoco me vestiré “de sport” para dar
una clase.
4. Gesticular antinaturalmente, tanto por exceso como por defecto. Normalmente se da
cuando se intenta imitar a un orador de quien dichos gestos fluyen por connaturalidad (latiguillos,
tipo de voz, modismos, etc.).
55
Olivera Ravasi, Javier, IVE, “Lógica (apunte para el Seminario mayor “María Madre del Verbo
Encarnado” ad usum studentium)”, (Apunte inédito), San Rafael, 2007.
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5. Irritar al auditorio con un tono dogmático, pedanterías, frases chocantes o groseras que
atacan las tradiciones o sentimientos colectivos (nacionales, de razas, etc.), excusarse o
recriminarse constantemente por falsa humildad (“no soy muy letrado en esto pero…”), ya que
puede generar cierta desconfianza en el que expone.
6. Hablar demasiado de uno mismo, o del grupo al cual pertenece, ya que ello lleva o
bien a la envidia o al descrédito (el P. Castellani decía: “no confíes en quien se nombra más de 3
veces en un mismo discurso”).
7. Ser demasiado extenso o demasiado breve; la experiencia indica que si el orador se
extiende demasiado en su discurso, el oyente rápidamente intentará distraerse (porque “la injusticia
no puede aguantarse demasiado tiempo”, según dice Aristóteles). Ellos estarán allí pero sólo
físicamente, con un “protector de pantalla”. Por el contrario los discursos demasiado breves no
terminan de convencer porque no terminan de terminar…
8. Nunca introducir variantes, incidentes o sucesos diarios; el discurso se hace en el
mundo y, sea que trate acerca de este mundo, como del otro mundo, debe referirse siempre a la
realidad en que se vive, ya que de lo contrario se perderá el contacto con éste y con quienes allí
viven.
9. Hablar por encima o por debajo del nivel del grupo; si bien es necesario abajarse lo
más posible como para que todos entiendan, la función del orador es mover las voluntades
elevándolas, por lo que deberá tenderse siempre a lo mayor y no a lo menor. Si se habla, por el
contrario, muy por encima del nivel del oyente, la palabra se convertirá simplemente en un flatus
vocis.
10. No mirar al oyente (mirando al techo, al fondo, al escrito que se tiene enfrente,
etc.); es importante tener en cuenta quién es el público. No es el orador, no es el techo, no es el
papel que se lleva (ellos no necesitan discursos o clases), sino el público: es a quien se debe mirar.
El público es como un niño, si no se lo observa mientras trabaja, normalmente no trabajará jamás.
11. Hablar demasiado rápido o demasiado lento; lo uno confunde e impide que las ideas
se retengan (¡aunque sean las más elevadas!) mientras que lo otro termina siendo una gran ayuda
para conciliar el sueño.
12. Hablar en voz demasiado alta o demasiado baja; si bien son recursos muy lícitos
para algunos casos (como por ejemplo alzar la voz para transmitir emociones de ira, cólera, alegría,
o abajarla para transmitir dolor, tristeza, melancolía), no deben ser usados todo el tiempo ya que las
más de las veces termina por hacer descreído al orador.
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ANEXO I
Cada uno ha hecho su camino al andar y como la experiencia muchas veces enseña algunos
datos más que los libros, damos aquí algunos consejos prácticos presentados de modo esquemático
que pueden servir a la hora de lanzarse al trabajo intelectual56
Normalmente los horarios más aptos para el trabajo intelectual resulta ser por la mañana;
de todos modos, no hay fórmulas para esto cuando uno debe amoldarse a la realidad.
Jean Guitton dice:
“Deberíamos esforzarnos en buscar cuáles son las horas reales, aquellas en las que la atención está
en un estado de lucidez, de penetración, de coincidencia con el yo más vivo. Determinar estas
horas de paz activa, su número, su duración, su ritmo y su frecuencia, después hacer girar nuestro
trabajo alrededor de ellas. No aceptar jamás que en esas horas nos dejemos atrapar por lo estúpido
de este mundo. Revolucionar nuestro horario (levantándonos a las seis o, al contrario,
acostándonos a las doce) con el fin de hacer girar nuestro trabajo alrededor de los tiempos
sagrados y ya no estos tiempos alrededor de nuestro trabajo. Poseeríamos la sabiduría si
dispusiéramos de nuestro tiempo, cosa que se va volviendo, desgraciadamente, muy poco
frecuente. Pero el espíritu de este programa puede ser conservado en nuestras horas de frescor,
ocuparlas en lo que es más urgente, o lo más pesado, o lo más santamente agradable, aplicar en
ellas ese maná del hombre que se llama «su posible», y dejar lo demás a Dios, para que lo remedie.
En este punto los caracteres difieren. Algunos trabajan mejor por la mañana: se levantan al
amanecer o antes del amanecer. Para el moralista antiguo era una regla sin excepciones el trabajar
profundamente durante las primeras horas de la mañana; las órdenes religiosas la han conservado.
Pero en la vida moderna, en la que todo empieza tan tarde, es muy difícil acostarse, como los
frailes, a la hora del crepúsculo: los atardeceres ofrecen más soledad, más comodidad y misterio,
lo que implica levantarse tarde tras un descanso reparador. Además, los temperamentos nerviosos,
que cada vez abundan más en este mundo, no suelen encontrar el sueño verdadero nada más que
en la madrugada y las mañanas se les hacen pesadas, porque el acoplamiento de la mente al cuerpo
se hace lentamente en ellos”57.
El padre Alfredo Sáenz siempre me decía que él leía lo más leve a la noche, es decir, las
revistas, la correspondencia para contestar, etc., es decir, todo lo que no le demandaba demasiado
esfuerzo.
Pero en cuanto al trabajo activo de la escritura, es importante recalcar lo que Hugo Wast
señala, con toda su trayectoria:
“La inspiración no ha de producirse ni ha de aumentar porque le fijemos plazos para que se
produzca; pero la experiencia demuestra que si adoptamos el hábito de escribir a tales horas,
llegada esa hora resulta más fácil y espontánea la labor. ¿Por qué? Pienso yo que es porque el
56
Nos hemos inspirado principalmente en la lectura de los libros de Guitton, Jean, El trabajo intelectual,
Madrid: Rialp, 2005, 155 pp. y en el de Hugo Wast, Vocación de Escritor, Buenos Aires: Biblioteca Dictio,
1976, a quienes citaremos profusamente.
57
Jean Guitton, op. cit., 40-41.
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subconsciente trabaja silenciosamente preparando nuestro espíritu para que, en el momento dado,
se realice el esfuerzo”58.
3) Los lugares donde trabajar: los antiguos decían serva ordinem et ordo servabit te
(“cuida el orden y el orden te cuidará”). Normalmente, el cierto orden exterior indica el orden
interior, por lo que convendrá tener un lugar propicio para trabajar, sin embargo, no todos somos
iguales. Guitton así lo explica: “Basta con preguntar para darse cuenta en este punto de la
diferencia de las costumbres: unos necesitan una atmósfera llena de libros, de documentos y de un
desorden sobre lo que su inspiración, como decía Víctor Hugo, «se encarama». Y otros no
necesitan menos un orden compuesto de retraimiento y de vacío, teniendo nada más que lo
58
Hugo Wast, op. cit., 148.
59
Hugo Wast, op. cit. 391.
60
Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, II-II, q. 168.
61
Jean Guitton, op. cit., 41-42.
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necesario con ellos. A unos les hace falta una habitación minúscula, como a Rilke, exigua,
monástica y con una vista insignificante, que les sumerja en su interior, y otros, contrariamente,
como Sertillanges, necesitan extensión, montañas o el mar”62.
4) No esperar el “momento ideal” para escribir: muchos genios han trabajado en las
peores circunstancias; San Agustín escribió en medio de las persecuciones de los bárbaros De
Civitate Dei. “Hay que partir antes de que todo esté listo, pues si no, no zarparíamos nunca”63.
“En este despacho de Barrès, en el que he pasado tantos días, he llevado a cabo una experiencia
que pocos escritores han conocido. Entre los pintores es corriente trabajar en el taller de un
maestro. El alumno aprende en él un oficio, procedimientos, reglas, sobre los que podría a su vez
reflexionar y que siempre podrá aceptar o rechazar según le plazca. Los literatos no tienen una
disciplina semejante. Y es que en el arte del pintor, al igual que en el del escultor, hay una parte de
técnica que, parece ser, no tiene equivalente en el trabajo literario. Pero esto no es más que una
apariencia. En literatura también existen técnicas, métodos, que resulta útil conocer y aprender de
los demás, so pena de perder un tiempo incalculable descubriéndolos uno mismo o de ignorarlos
siempre. Lo que sucede es que es muy poco frecuente que se tenga ocasión, como me ocurrió a mí,
de asistir al trabajo de un gran escritor. A los escritores, habitualmente, les gusta la soledad y 110
pueden soportar a su lado una presencia extraña. Por otra parte, los jóvenes se imaginan sin
esfuerzo que van a perder su genio poniéndose de aprendices. Idea errónea, creo yo, pues la
auténtica originalidad se desarrolla a partir de una cultura y a partir de la nada, y el talento, cuando
existe, no puede obtener de tal intercambio más que facilidades para descubrirse a sí mismo. Para
mí, el despacho de Barres fue este taller. No me enseñó lo que no puede ser enseñado: la
invención, el descubrimiento, todo lo que brota del inconsciente, pero me enseñó cómo puede uno
ponerse en el estado más favorable para organizar la obra de arte. Cuando llegué a su lado tenía la
absurda idea de la obra maestra que surge de golpe y por milagro de la mente. Creía solamente en
la inspiración. No hay nada más esterilizante, nada más favorable a la pereza. Se deja con-
tinuamente el trabajo para otra ocasión; siempre se está esperando no sé qué estado de gracia o de
iluminación, no cree nunca encontrarse uno en las condiciones necesarias. Pasa el tiempo y no se
hace nada”65.
O están también los que nunca comienzan… Así decía Wast: “Cierta vez –para un
reportaje– un periodista me preguntó qué consejos les daría yo a los principiantes, y yo respondí:
‘Que principien de una vez’. ¿Y después? ¡Qué sigan!”66 y continuaba diciendo: “Cuando un
escritor se encuentra desganado, casi siempre trata de culpar de ese desgano a alguna causa que no
es verdadera…. Mejor será que se confiese consigo mismo y se diga: ‘he llegado a un punto
muerto, no porque me falte asunto, sino porque me falta voluntad de trabajar’. Entonces lo primero
es provocar esa voluntad, ese comienzo de entusiasmo activo, y esto se obtiene realizado un débil
esfuerzo físico: sentándose delante de las cuartillas (hojas de papel) en blanco, tomando
62
Ibíd., 42-43.
63
Jean Guitton, op. cit., 44.
64
Hugo Wast, op. cit., 190.
65
Jean Guitton, op. cit.,58.
66
Hugo Wast, op. cit., 365.
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resueltamente la pluma y diciendo en voz perceptible para nuestro propio oído: ¡Hoy quiero
querer!”67.
El perfeccionismo, por su parte, impide publicar y castra el alma, quizás por eso
Víctor Hugo decía que “la mejor manera de corregir un libro era escribir otro mejor”68, a lo que
Hugo Wast añade: “la prolijidad en la corrección es un signo de decadencia”69.
7) ¿Sobre qué escribir o sobre qué investigar? Esta pregunta puede ser recurrente en los
primeros años de la vida intelectual. La regla de oro, a nuestro entender es ésta, salvo excepciones:
“sólo escribir acerca de lo que nos interesa”. En la práctica, el tiempo y las circunstancias nos
llevarán de la mano a cumplir lo que Dios nos tiene destinado.
9) Hacer reposar los problemas insolubles. Valga lo dicho aquí para el punto 2 de los
presentes consejos.
67
Ibíd., 150-151.
68
Ibíd., 64.
69
Hugo Wast, op. cit., 180.
70
Jean Guitton, op. cit., 16.
71
Ibíd., 144-145.
72
Ibíd., 169.
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Narramos una anécdota que puede servir. El gran filósofo y teólogo italiano, el Padre
Cornelio Fabro, se encontraba escribiendo su tesis de Metafísica en épocas de gran vigor
intelectual. Buscaba la clave, el punto de avance, lo más propio de su tesis y se veía enredado en
sus propios problemas. No podía más… hasta que una noche, luego de dar vueltas en la cama, tuvo
un sueño donde se le revelaba algunos números; era la cita de la Suma Teológica de Santo Tomás
de Aquino donde se encontraba la frase que necesitaba. Con ella pudo realizar su gran obra
filosófica del siglo XX que revolucionó los estudios tomistas.
10) Utilizar la experiencia ajena: conviene siempre experimentar lo que otros han vivido,
es decir, aprovecharse de la experiencia ajena, pues esto es parte de la prudencia. Sigue siendo
cierto aquello de que “somos enanos en los hombros de gigantes”.
“No somos exploradores de tierras vírgenes; los que nos han precedido han trazado los caminos,
señalizado los puntos de agua. Es probable que los «puntos de aplicación» ya hayan sido marcados
por ellos en el mapa. Recuerdo la especie de horror que sentí antaño cuando hubo que estudiar
para la licenciatura toda la filosofía de Platón. Nuestros profesores nos dictaron las ediciones, los
libros de Platón aparecidos durante los últimos veinte años: varios estaban escritos en lengua
extranjera. Después nos pusieron en guardia contra los extractos y los textos escogidos, contra el
trabajo basado en los manuales. Y en esto no les faltaba razón. Pero se trataba de estudiar a Platón
en pocos meses, compuestos de días de veinticuatro horas, en los que el sueño, la alimentación,
otras lecturas, otros trabajos e incluso el ocio tenían sus derechos. La mente me guió hacia un
maestro que odiaba los convencionalismos. Iba a verle al atardecer, me recibió en una biblioteca
tapizada de libros, entre los que reconocí a los batallones apretados de las obras de Platón. Le
expliqué el motivo que me llevaba a él: «¿Hay que leerlo todo? –¡Ah, desdichado, dijo, no se le
ocurra!–. Pues entonces –le contesté–, ¿no hay que leer nada? –¡Tampoco se le ocurra, y menos
aún!» Y me hizo notar que Platón ya había sido leído y releído por los autores, que debía hacer un
cuadro de los textos citados por estos autores y señalar cuáles de ellos eran los más
frecuentemente citados, esos promontorios, esas frases o mejor esas alturas, desde las que la vista
podía, si era necesario, extenderse sobre varios campos distintos. Una vez localizadas esas alturas
me aconsejaba quedarme en ellas, volver a menudo a esos textos; hacer de ellos mi liturgia; ver al
fin su luz irradiar sobre el contexto que les rodeaba, sobre el diálogo alrededor de ese contexto,
sobre los textos próximos y parecidos, sobre las monotonías y las depresiones, sobre los textos
más oscuros y casi impenetrables, pero en los que no era imposible, después de esta estancia
prolongada en las alturas accesibles, arrojar alguna luz. Me gustaba en aquel consejero su carencia
de hipocresía. ¿Repetiremos algún día suficientemente esta bella regla natural: ir en todo de lo
conocido a lo desconocido?”73.
73
Ibíd., 52-53.
74
Hugo Wast, op. cit., 157.
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sola labor, porque si los invirtiéramos en varias nunca lograríamos terminar nada (…). Hay que
ser un héroe o un ogro para defender el tiempo contra la conspiración de la vida social”75.
Es más, muchas veces nos pasará que, cuanto menos tiempo tenemos, más producimos, por
lo que llega a ser “incluso útil carecer del tiempo necesario”76. Somos hijos del rigor…
12) ¿Qué libros leer? Borges decía cuando le preguntaban sobre sus lecturas: “he leído
pocos libros en mi vida, pero los he hojeado a todos”. No sólo hay que leer, sino que “hay que
saber leer”. Hay que discutir con el autor. No hace falta leer todo el libro para hacerse una idea
general; la experiencia enseñará que, en muchos casos, bastará con leer el índice, el prólogo y
algunos de los primeros y últimos capítulos, para poder ver qué tipo de autor se tiene enfrente.
Es también bueno el consejo de Hugo Wast al respecto: “En el siglo complicado en que
vivimos hay demasiadas cosas urgentes que atender, que ver, que leer, para malgastar el poco
tiempo disponible en leer libros sospechosos de no interesar”77.
Sólo hay tiempo hay tiempo para los clásicos o, como decía San Felipe Neri, para los libros
que comienzan con la letra “s”: los de los “S”antos o los de los “s”abios.
El conde de Buffon llegó a inmortalizar una frase que conviene recordar: “el estilo es el
hombre”, es decir, a partir de nuestro propio ser, nuestra propia sustancia, surgirá lo que somos,
cómo nos expresamos. De allí que lo mejor sea buscar la originalidad sin copia, la expresión del
alma.
Además, hay que escribir de modo que se nos entienda. Hay escritos ininteligibles por falta
de formación del lector, pero hay otros que lo son por falta de formación del autor…; a quien nunca
se le entiende e intenta siempre “escribir en difícil”, es porque ni él mismo sabe lo que quiere
escribir…
San Juan Bosco, un gran predicador y además escritor, tenía la costumbre en los primeros
años de su sacerdocio, de no predicar un sermón sin antes habérselo dicho a su madre que era
analfabeta; si ésta lo entendía, era porque estaba bien preparado, de lo contrario, había que hacerlo
de nuevo.
Además, hay que tener cuidado con los adjetivos, pues “el adjetivo, cuando no da vida,
mata”; Jorge Luis Borges, en esto, fue un maestro a imitar. “El mejor estilo en una novela –y estoy
75
Ibíd., 158 y 163.
76
Jean Guitton, op. cit., 68.
77
Hugo Wast, op. cit., 216.
78
Jean Guitton, op. cit., 101
79
Hugo Wast, op. cit., 13.
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por decir que en toda clase de libros– es el más transparente… Compréndase con cuánto empeño
debe un novelista trabajar su lenguaje, no para hacerlo hermoso por sí mismo, sino, todo lo
contrario, para volverlo cada vez más diáfano, para hacerlo desaparecer”80. “La solemnidad mata
para toda la vida”81.
15) Utilizar, cada tanto, algunas líneas que permitan descansar y hasta hacer sonreír
al lector:
El humor es algo inherente al hombre y, más allá de que existen trabajos que implican
mayor seriedad y otros menor, conviene para descargar la tensión del lector, utilizar, sin abusar, el
recurso a la ironía, al humor, en fin, a la alegría como dice Wast: “en la novela (…) y en todo
trabajo literario (…) conviene que el autor, si ha recibido de las hadas el don inapreciable de la
alegría, la deje aflorar de vez en cuando y no crea que la dignidad de su trabajo va a perder nada
porque haga sonreír a su lector”82.
16) Escribir como cristiano: al respecto dice Wast, alguien que dio un enorme testimonio
de esta frase: “si bien no se trate de asuntos relacionados con la religión, siendo toda novela
representación de algún aspecto de la vida, pintura de almas y de caracteres, no tiene derecho un
cristiano de escribirla tan pobre de espíritu que no se descubra en ninguna de sus páginas que
Cristo ha pasado por la tierra”83.
Hay que recordar que si la sal pierde su sabor, ya no servirá para nada…
80
Ibíd., 357.
81
Ibíd., 21.
82
Ibíd., 93.
83
Ibíd., 51.
84
Ibíd., 328.
81
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ANEXO II
Tres digresiones sobre la historia
(Prof. Andrea Greco)
85
Marrou, H.I., De la connaissance historique, 9ª ed., París, 1966, página 55 (ed. castellana: El conocimiento
histórico, Barcelona, 1968).
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y de lo que pasará durante el tiempo vivido por los hombres –sí, haría falta ser Dios– el que es, el
que era, el que viene (Apc 1, 4), y el historiador, ese humilde trabajador a destajo, recuerda a sus
hermanos los hombres que sólo nos está dado pensar como mortales”86.
86
Marrou, H.I., Teología de la Historia, Madrid: Rialp, 1978, p. 43-45. Las negritas son nuestras.
84
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(…) Razonemos con calma. Si se generaliza, como suele hacerse por comodidad del lenguaje, la
noción de «técnica», hasta hacer que designe todos y cada uno de los aspectos especializados de la
actividad humana, se advierte que entre las diversas técnicas que se dan contemporáneamente en
una misma sociedad –economía, política, religión, ciencia, artes, etc.–, se establecen, alterna-
tivamente, las relaciones más diversas: puede haber, según los casos, coordinación, subordinación,
independencia, oposición. Desde ese mismo instante, el objeto histórico se nos aparece como una
red infinitamente compleja de desarrollos, de series causales alternativamente paralelas, entre-
mezcladas, estructuradas en torno a un tronco o eje. Y cada una de esas series o de esas técnicas se
muestra, a su vez, estructurada de forma múltiple, pues en ellas se superponen –para ignorarse,
aliarse o combatirse– capas procedentes de épocas diversas y resultantes de empujes creadores
diferentes.
Hemos pronunciado la palabra «estructura». La realidad histórica no es, en efecto, un polvo
inconexo: acontecimientos, instituciones, fenómenos de civilización se articulan, subordinados
unos a otros en sistemas más o menos vastos, pero no cabe nunca agruparles en una unidad
orgánica total. (…)
La experiencia del historiador tiene, ciertamente, una gran fecundidad: el historiador de oficio sabe
cuánto le debe, en el plano de la cultura humana, a la práctica de su arte. Pero esa experiencia –y
quiero referirme no sólo a la del historiador del pasado, sino también a la del hombre de acción en
el presente, pues ambas tienen algo en común– conduce inexorablemente a una confesión de
impotencia en lo que concierne a la cuestión que aquí nos ocupa: la del sentido de la historia.
Sin la revelación no podríamos estar seguros de nada a ese respecto. Cada uno de nosotros se
asoma al escenario de la historia para desempeñar el breve papel que le asigna su corta vida. No
nos es fácil hacernos una idea de conjunto acerca del drama que se desarrolla y en el que vamos a
participar durante breves momentos, pero comprometiendo todo nuestro ser”87.
87
Ibid, p. 106-112.
88
Irazusta, Julio, Las dificultades de la historia científica y el “Rosas” del Dr. E.H. Celesia, Buenos Aires:
Alpe, 1955, p. 135-141. Las negritas son nuestras.
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Huelgan aquí comentarios ya formulados en otros lugares sobre esos juicios, interesantes ahora
sólo para fijar su concepción del trabajo histórico, que veremos completa luego de citar otras pala-
bras suyas a que hemos aludido, en las que dice que la “enseñanza”, es la “principal finalidad de la
historia” (p. 182, nota 43 del cap. V).
Si expusiera mi punto de vista opuesto, podría redargüir que lo sostengo como el más conveniente
al estudio desapasionado de un dictador, que a él le parece inconcebible. Por eso me valdré de dos
verba magistri, dichas por espíritus cuyas tendencias por otra parte los hace insospechables de
inclinación a favor de dictaduras o tiranías. Me refiero a Benedetto Croce y André Maurois.
Leamos al primero sobre el juicio histórico: “El juicio, cuya omisión se le echa en cara (al
historiador objetivo) no es, pues, verdaderamente, el juicio, el único juicio que sea tal, el acto del
pensamiento, sino la aprobación o condena en relación con determinados fines ideales que se
quiere defender, sostener y ver triunfantes, y ante los cuales, como ante un tribunal, se cita a los
hombres del pasado para que respondan de sus acciones alcanzando premio por ellas o viéndose
marcados con el estigma que merezcan de maldad, vicio, de tontería, de ineptitud o lo que fuere.
Al hacerlo así en lo que a ellos toca no se repara en la no leve diferencia de que nuestros tribunales
(sea jurídicos o morales) son tribunales del tiempo presente y para hombres que viven, obran y son
peligrosos, y aquellos pasaron ya por los tribunales de su tiempo y no pueden ser dos veces
absueltos o condenados. No son responsables ante ningún nuevo tribunal precisamente porque, co-
mo hombres del pasado, entrados ya en la paz del pasado, y como tales objeto únicamente de
historia, no soportan más juicio que el que penetra en el espíritu de su obra y los comprende.
Los comprende y no, a la vez, como quiere la frase (tout comprendre cest tout pardonner), los
perdona, porque ya están más allá de la severidad y de la indulgencia, así como del vituperio y
de la alabanza. Los que, presumiendo de narradores de historia, se afanan por hacer justicia,
condenando y absolviendo, porque estiman que tal es el oficio de la historia, y toman su tribunal
metafórico en sentido material, están reconocidos unánimemente como faltos de sentido histórico;
aunque se llamen Alejandro Manzoni89. Y tales juicios producen un hastío sutil, porque se siente
incongruencia y vanidad, como si se viese agredir a puñetazos a una estatua que ni se mueve ni
cambia de expresión. César es culpable de haber privado de libertad a Roma: sentencia
condenatoria que, aún pronunciada con expresión altiva y austera, y con voz muy sonora, ninguna
fuerza puede tener sobre César y está vacía de sentido para nosotros, que nos hemos situado en el
plano de la historiografía, en donde el individuo ya no aparece llamado a elegir su determinación,
sino como quien ha llevado a cabo lo que le asignaban el curso de las cosas y la misión que llevaba
en sí; y esto es lo que a nosotros nos toca entender. Y cuanto nos sentimos indiferentes ante un
César maniatado y conducido ante los tribunales de los pseudo historiadores, marcada la frente con
una sentencia y condenado a una pena que no se sabe dónde y cuándo expiará, tanto más nuestro
interés mental se despierta si los historiadores, que juzgan y no condenan, nos vienen a explicar de
qué modo, en Roma, por la inquieta oligarquía republicana y las guerras civiles y la pérdida de la
conciencia de libertad política, se pasó al imperio, que duró largos siglos y llevó a cabo también su
obra y se la transmitió a los siglos venideros, de tal modo que vive en nuestros pensamientos y en
mucha parte de nuestras instituciones.”
“Sólo el juicio histórico, que liberta al espíritu de la opresión del pasado y, puro como es y ajeno a
las partes contendientes, vigilante contra sus ímpetus, sus atractivos y sus insidias, mantiene su
neutralidad, esperando únicamente a dar las luces que se le piden, sólo él hace posible la
formación de un propósito práctico y abre camino al desarrollo de la acción y, con el proceso de la
acción, a las oposiciones, entre las que ha de desarrollarse aquélla, de bueno y malo, útil y dañino,
bello y feo, verdadero y falso; del valor, en suma, contra el disvalor. Entonces legítimamente
resuenan, en su propio campo, las aceptaciones y las repulsas, las alabanzas y los vituperios, que
se llaman juicios sin serlo, y que, no siéndolo, se ha sentido en filosofía la necesidad de definirlos
como juicios no de lo que es una cosa y cuyo valor coincide con su ser, sino de lo que vale, sin
más, en su contraposición con lo que no vale, bautizándolos como “juicios de valor”, cuando en
este caso se hubieran debido llamar simple y meramente, “expresiones afectivas”... Pero no son ya
juicios históricos, y menos aún, el fin de la historiografía, tal como se lo imaginaban los
historiadores tribunalicios, los imitadores de Tácito, los agustinianos sin el ánimo de San Agustín.
Necesarios en el campo de la acción, inevitables en el sonido de las palabras de aquellos que
siempre, al hablar o al escribir, preparan y se preparan a la acción, son inadmisibles en la lógica de
89
Escritor y poeta italiano (1785-1873) que escribió obras de gran valor lírico pero dudoso peso histórico.
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la historiografía, que no admite obras ni hombres del todo puros o del todo impuros, y rechaza
semejante cuestión como insoluble porque peca en su fundamento. Por lo demás ¿qué hombre no
extraño al pudor puede escuchar un juicio de bondad acerca de su persona o de la acción por él
llevada a cabo sin sentir instantáneo remordimiento, sin sentirse culpable de haber dejado que se
ofenda de tal modo lo santo de la verdad sin que se le abran los labios a la indignación y a la
protesta?”
“Pues si se busca el porqué de las tan inútiles y, al parecer, tan agradables transferencias de
semejantes “juicios de valor” de las cosas de lo presente, en donde desempeñan su oficio, a las
representaciones de lo pasado, en donde no sólo sirven de estorbo, sino que desvían al objeto de la
indagación, será necesario considerar cuánto se complace la vanidosa debilidad, rehuyendo los
peligros de las luchas prácticas y de los esfuerzos que cuestan, en esconderse a sí misma
asestando de palabra fuertes golpes a los que no pueden contestar porque están encerrados en
los hipogeos del pasado. El literatuelo de los tiempos antiguos, adulador de los poderosos del día,
estaba siempre, dispuesto a sermonear incansablemente y a condenar a los personajes de la
historia, envolviéndose en la dignidad del historiador togado, austero e incorruptible; salvo el caso
en que aquellos personajes no encontraban en lo presente otros potentados que tomaran a pecho su
reputación como tutela de la propia, porque, de ser así, aquél mudaba de tono en seguida. Hay que
impedir que este viejo tipo de historiógrafo, tan propio de las épocas serviles, vuelva a surgir en
nuestros tiempos, que quisiéramos considerar como no serviles; pero la suspirada restauración de
la historiografía tribunalicia predice, o ciertamente, favorece su reaparición”90.
Leamos a Maurois, y veremos que dice concordantemente: “La historia no es lógica. No solamente
lo verdadero es siempre lo verosímil. Siempre ocurre lo inesperado. De ahí la delirante poesía de la
historia, que raya en epopeya cuando el historiador es un autor de nota, epopeya que no logra
alcanzarse sin otorgar a sus héroes esa generosa caridad sin la cual no hay grandes obras. “No
juzgarás nunca” es una regla tanto estética como moral”91.
Estas opiniones son tan interesantes en sí mismas, como por ser de quienes las emitieron. Ambos
escritores son liberales, de doctrina o de posición, cuando no de las dos cosas a la vez. Croce
estuvo en actitud hostil al fascismo desde que este se estrenó en 1922. Y mientras pudo combatirlo
con las armas que le quedaron, que eran las intelectuales, lo hizo. Su revista La Crítica registró (no
sé hasta cuándo) sus censuras llenas de entereza al totalitarismo y todo lo anti-liberal que el
fascismo representaba. Pero en vez de combatir al Duce en César, polemizó con él personalmente,
sin por eso renegar de su realismo político ni de su filosofía histórica.
Maurois emigró a Norte América en 1940, para no quedarse en la Francia ocupada por los
alemanes. Pero no por detestar al nazismo iba a confundir a Hitler con Petain, porque éste se
hubiese visto obligado a organizar un régimen semi-absolutista. Con la prudencia de un intelecto
adiestrado por la historia, daba a los disidentes franceses que en Londres rodeaban a de Gaulle, un
consejo que habría ahorrado a Francia infinitos males: “Haced una legión, no hagáis un
gobierno”92. Maurois hace suyo el aforismo crociano de que toda historia es historia
contemporánea. Porque como buen obrero sabe que en la fuente de cada trabajo histórico hay un
problema actual, que el estudioso quiere resolver enriqueciendo su experiencia del presente con las
luces que se desprenden del pasado. Pero como discípulo de Croce en la filosofía de la materia
habrá interpretado esos pasajes del espíritu hacia atrás y de regreso hacia el momento actual, con la
misma precisión que el maestro en la página que acabamos de leer, sobre las relaciones entre el
juicio histórico y los que el italiano dice mal llamados juicios de valor.
También nosotros nos asomamos a la historia de Rosas urgidos por los problemas de la actualidad.
Y en nuestras primeras apreciaciones del personaje, se yuxtaponen de modo chocante las ala-
banzas a su política anti-imperialista y los anatemas tomados de la literatura unitaria. Un estudio
de varias décadas nos permitió ver mejor las relaciones de causa a efecto. Pero jamás nos
tentamos a confundir el plano de la historia con el de la política, ni a deducir de una
experiencia que no pudo ser sino excepcional un modelo para la convivencia permanente. Al
contrario, viendo cada vez mejor los sacrificios que había costado derribar al dictador –varias pro-
90
Croce, La historia como hazaña de la libertad, Fondo de Cultura Económica: México, 1942, ps. 48-51.
91
“Los placeres de la historia”, Clarín de Bs. A, 20 de junio de 1954.
92
Informe de Paul Morand, citado por Paul Reynaud.
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vincias y regalías nacionales–, y los despotismos que se disfrazaban bajo la máscara del
liberalismo, la historia de Rosas nos volvió más amantes de la libertad de lo que éramos al
empezar la indagación. Porque comprendimos que una sociedad se disciplinara para resistir los
embates de la anarquía y la agresión extranjera. Pero nos sublevaba que en medio de una profunda
paz interna y externa se fuesen aceptando precedentes que echaban las bases de un totalitarismo
inútil por absolutamente inoportuno.
Entretanto lo que nos mostraba la experiencia vivida en el país y en el mundo nos habría inclinado
a la serenidad sobre las vicisitudes políticas de los pueblos, si antes no hubiésemos ya com-
prendido que era un mandato de la conciencia histórica. Y se nos hizo cada vez más evidente que
seguir horrorizándonos ante la sangre de la dictadura, después de los horrores que hemos visto en
nuestro tiempo, sobre ser anti-filosófico, resultaría una especie de mazoquismo. Y si hemos visto a
los grandes del mundo, alternar con los verdugos de varios millones de burgueses rusos,
cambiando' chistes macabros sobre si después de la victoria tomarían represalias con 50 mil
alemanes, o sólo con 49 mil93, y vemos todos los días que los jacobinos fundadores de la IV
República Francesa son tenidos por liberales después de jactarse de haber derramado más sangre
que Robespierre, y de votar la legislación de Argel, que instituyó la culpa colectiva y sancionó
todas las violencias revolucionarias de la liberación, aun las que se encuadrasen entre los delitos
comunes, no podemos seguir avergonzándonos de la represión ejercida por Rosas contra sus
recalcitrantes adversarios, en una guerra civil e internacional casi incesante en los tres lustros de su
dictadura.
La tarea de esclarecer los hechos de esa época no sólo no nos molesta como revisionistas. La
agradecemos como tales. Lo que nos parece absurdo es que se sigan juzgando con un criterio
trasnochado, de argentinos que hubiesen vivido en el limbo el último medio siglo. Si las
hecatombes presenciadas en nuestra generación, si la esclavización de masas humanas por nazis y
comunistas, si la destrucción de países enteros por los bombardeos aéreos y la bomba atómica no
nos ayudan a curarnos el complejo de inferioridad que nos inculcaron con la leyenda roja, estamos
condenados a no entender nada de nuestro pasado ni de nuestro presente.
Sobre todo lamentamos el estallido de antirrosismo retrógrado como un retroceso del movimiento
cultural. Porque el desarrollo del trabajo histórico en torno a la época es uno de los aspectos de la
historiografía en que el pensamiento nacional se ha desarrollado más racionalmente. Cuanto a las
restantes épocas de la historia patria, se ha escrito más sobre unas y menos sobre otras. Pero
ninguna atrajo la atención de tantos estudiosos que, desde opuestos puntos de vista, fueron
esclareciendo los problemas y estructurando las categorías que sirven para interpretar la realidad
argentina con criterio propio”.
3. Tercera digresión, sobre la Historia y el trillado concepto de Memoria
Una grave dificultad con la que se encuentra quien desea con sereno interés por la verdad
recorrer los entresijos del pasado es esta discusión actual entre lo que se ha dado en llamar
memoria como algo enfrentado a la historia. Más aún, pareciera que la memoria es algo vivo, más
cercano a la sociedad, mientras la historia aparece como algo serio y más distante. Será por eso que
hoy tenemos Museos de la Memoria, Lugares de la Memoria, feriados de la Memoria. Es más, si se
me permite una confesión de parte, hace unos meses al escribir un artículo sobre el Libertador
General San Martín, me encontré con este concepto, algo pude deducir por mí misma, sin embargo,
fue la claridad intelectual de la Dra. Alicia Sarmiento la que me permitió entender más en
profundidad este problema. Porque ante tanto bombardeo ideológico uno acaba por creerles.
Lo que en verdad tenemos delante es un planteo a-histórico y un empleo del concepto de la
inexistente “memoria colectiva” como forma de “manejar” el pasado eligiendo y desechando a
gusto e piacere. Ante este estado de la cuestión, fijamos nuestra posición dentro de la concepción
clásica de memoria como el reservorio vivo en las conciencias de los miembros de una comunidad
83
En sus Memorias (t. V, p. 317), Churchill refiere que al proponer Stalin decapitar a Alemania, matando a
su élite de 50 mil oficiales, profesionales, técnicos, etc., él se había opuesto y entonces Roosevelt había
arbitrado chistosamente preguntando por qué no se mataban sólo 49 mil. Lo que enojó a Churchill, quien
según su versión habría abandonado el salón de la conferencia hasta que lo fueron a buscar Stalin y Molotov.
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histórica, de personajes y acciones de capital importancia para la vida en común, y en una unidad
social mayor cual es la nación. De ahí que empleamos el término memoria en el sentido de ese
pasado vivido por aquellos hombres que participaron de los acontecimientos trascendentes del
pasado, y damos la acepción de Historia, al esfuerzo científico por reconstruir los hechos
verdaderos de cierta relevancia, pertenecientes al pasado humano. La Historia como disciplina
científica se vale de la memoria de los testigos, de sus testimonios para reconstruir el pasado, con
rigor científico. El problema se plantea cuando el historiador deja de tener por finalidad la sincera
averiguación de la verdad del pasado y esto es sustituido por un pragmático servicio al presente, a
los objetivos del presente o a la transformación política del presente.
Nos encontramos con una batalla teórica entablada entre los historiadores acerca de los
conceptos de memoria e historia. Es una verdadera batalla en la que no pretendemos intervenir sino
sólo dejar apuntados aquí algunos de los recorridos epistemológicos de un debate todavía en
marcha.
Las reflexiones acerca de la memoria recorren el pensamiento de Occidente desde los
clásicos: Platón; Aristóteles; San Agustín hasta encontrar una más precisa definición en Santo
Tomás de Aquino; en tanto que sus desarrollos cubren las nociones de memoria como potencia
memorativa, como acto de recordar, como hábito por el que se posee lo recordado y como objeto
recordado, sin olvidar las relaciones entre memoria e identidad y memoria y prudencia y la real
incidencia de la condición social del hombre en todos sus actos94.
Con diversa suerte, según fuera la aceptación de la tradición clásica por los autores de la
Modernidad, estas nociones han pervivido como sustento de sus reflexiones.
La consideración de la Historia (o Historiografía) como conocimiento riguroso del pasado
se debe a la Escuela Crítica Alemana, especialmente a la formalización de un método de abordaje
del pasado, expresado en el Tratado del Método Histórico, escrito por Ernest Bernheim y publicado
en 1889. El hecho de que el conocimiento histórico sea indirecto –puesto que el objeto de su estudio
ya no está– obliga a trabajar con testimonios, es decir con los rastros de cualquier tipo dejado por el
hombre, desde una carta personal hasta un monumento conmemorativo. Es decir, la historiografía
utilizó el concepto teórico de testimonio, que alude tanto al rastro material como a su contenido. El
concepto de memoria, entonces, no estuvo en el repertorio de las palabras utilizadas por la naciente
historiografía “científica”, pero la suponía y abarcaba. Se trata de un aporte que llega de otras
ciencias humanas y penetra en la historiografía, desde la sociología, la antropología o la etnografía,
como ha sucedido en el siglo XX.
En efecto, podemos afirmar con Javier Sánchez Zapatero que: “La concepción de las
sociedades como entes dotados de idénticas facultades y carencias que los seres humanos procede
de las teorías organicistas de Emile Durkheim y constituyen la base sobre la que su discípulo y
seguidor Maurice Halbwachs sustentó su teoría sobre la dimensión plural de la memoria”95.
Esta noción de “memoria colectiva”, aceptada y empleada las más de las veces de manera
bastante acrítica, ha recibido en la actualidad precisiones indispensables como la de José F.
Colmeiro: “La memoria colectiva ha de ser entendida no de manera literal, ya que no existe
materialmente esa memoria colectiva en parte alguna, sino como una entidad simbólica
representativa de una comunidad. /…/ Solo en el nivel simbólico se puede hablar de memoria
colectiva, como el conjunto de tradiciones, creencias, rituales y mitos que poseen los miembros de
un determinado grupo social y que determinan su adscripción al mismo”96.
94
Platón. Diálogos, Libro V; Aristóteles. Acerca de la memoria y el recuerdo; San Agustín. Obras de San
Agustín, II, Las Confesiones. Santo Tomás de Aquino. Summa Theologiae, I q.78. 4 in c.; Summa Theologiae,
II, II, q. 61 a 1 in c; In de memoria et reminiscencia. Lectio III; 340 y ss; De Veritate, q. 10 a 8 in c; In I
Sententiarum, Dist. III, q. 5 a 1 ad 1.
95
Sánchez Zapatero, Javier. “La cultura de la memoria”. Pliegos de Yuste, Núm. 11 y 12, 2010. Hay versión
on line: www.pliegosdeyuste.eu/n1112pliegos/pdfs/25-30pdf
96
Colmeiro, José F. Memoria histórica e identidad cultural, Barcelona: Anthropos, 2005.
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De ahí que consideremos que los recuerdos personales que constituyen la memoria
individual cobren sentido, se resemanticen, en los marcos de referencia culturales y sociales del
contexto al que pertenecen.
En cuanto a los usos de la memoria en la construcción de los discursos historiográficos,
desde la década de los ’80 en adelante, se puede observar un enorme desarrollo en los espacios
académicos centroeuropeos, de Estados Unidos y de Hispanoamérica, lo que ha provocado, no solo
nuevas teorizaciones sobre este concepto matriz, sino un pedido de mayores precisiones y puesta de
límites. Efectivamente, puede atribuirse en su formulación más extendida al historiador francés
Pierre Nora, a partir de aquella obra colectiva: Les lieux de mémoire publicada en la década de
1980. A partir de entonces, surge esta idea para designar el esfuerzo consciente de los grupos
humanos por entroncar con su pasado, sea éste real o imaginado, valorándolo y tratándolo con
especial respeto. En nuestros tiempos han adquirido importancia los movimientos de
reconstrucción de la memoria de grupos sociales afectados por los llamados procesos de
“invisibilización” como las mujeres, los afroamericanos, los indígenas, las culturas colonizadas, los
trabajadores, los perseguidos políticos, etc.
Paul Ricoeur97, por su parte, ha desarrollado desde un enfoque fenomenológico importantes
precisiones entre memoria e historia. En su obra La memoria, la historia, el olvido considera que el
gran problema del tratamiento filosófico de la memoria se encuentra en la superposición de dos
criterios de distinción entre memoria e imaginación diferentes: uno externo que busca una
imposible adecuación con la realidad ya no existente y el segundo, que apunta al mantenimiento del
recuerdo a lo largo del tiempo: esta conjunción entre estimulación (externa) y semejanza (interna)
permanecerá para nosotros como la cruz de toda la problemática de la memoria. Para el autor, la
adecuación del recuerdo con lo acontecido no es un atributo definitorio de la memoria y por ello no
debe ser utilizado. Esto llevará al pensador francés a concluir en la necesidad de recurrir a la
temporalidad como criterio de distinción. La memoria nos asegura que algo aconteció, lo que no
puede garantizarnos es la adecuación entre la impresión inicial y el acontecimiento pasado,
especialmente teniendo en cuenta la presencia de la imaginación tanto para memorizar como para
rememorar. Esto pone especial relieve en el papel de la historia. Sólo la historia posee los
elementos críticos necesarios para contrastar las representaciones del acontecimiento con los restos
que quedan de él. Este elemento crítico surge de la distancia, la brecha, entre el acontecimiento y la
representación histórica.
Es interesante, incorporar sobre este tema, las opiniones relativamente recientes del
historiador Pierre Nora en las que, aparentemente, luego de largar al ruedo la idea de memoria
advierte su sobredimensionamiento. En la entrevista publicada por La Nación en 2006, Nora
explica:
“Memoria e historia funcionan en dos registros radicalmente diferentes, aun cuando es evidente
que ambas tienen relaciones estrechas y que la historia se apoya, nace, de la memoria. La memoria
es el recuerdo de un pasado vivido o imaginado. Por esa razón, la memoria siempre es portada por
grupos de seres vivos que experimentaron los hechos o creen haberlo hecho. La memoria, por
naturaleza, es afectiva, emotiva, abierta a todas las transformaciones, inconsciente de sus sucesivas
transformaciones, vulnerable a toda manipulación, susceptible de permanecer latente durante
largos períodos y de bruscos despertares. La memoria es siempre un fenómeno colectivo, aunque
sea psicológicamente vivida como individual. Por el contrario, la historia es una construcción
siempre problemática e incompleta de aquello que ha dejado de existir, pero que dejó rastros. A
partir de esos rastros, controlados, entrecruzados, comparados, el historiador trata de reconstituir lo
que pudo pasar y, sobre todo, integrar esos hechos en un conjunto explicativo… La historia
permanece; la memoria va demasiado rápido. La historia reúne; la memoria divide”98.
97
Ricoeur, Paul, La memoria, la historia, el olvido. 2ª Ed. Buenos Aires: Fondo de cultura Económica, 2008.
98
Entrevista a Pierre Nora, Diario La Nación, 15-03-06.
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La expansión de la memoria funciona hoy como opresora de la historia; de allí que también
Nora a su modo insista en el papel diferencial entre memoria e historia, y la función explicativa y
conciliadora de esta última.
No obstante, sigue el debate abierto a raíz de la injerencia de las ideologías en el uso y
abuso de la matriz conceptual, tal como lo ha dejado consignado T. Todorov en su tratado sobre
Los abusos de la memoria.
En este marco de pragmatismo, por ejemplo en la Argentina, los historiadores liberales –
desde Mitre en adelante– emplearon a la historia como operación ideológica para consolidar una
identidad liberal para el país. Por esa vía, negaron algunos aspectos de nuestra raíz histórica,
ensalzaron unos, tergiversaron otros.
Por esto averiguar sobre el pasado, como nos recuerda Marcelo Lascano, “[…] con
imparcialidad, rectitud de juicio y a partir de los hechos y de las circunstancias dominantes no
parece ser un desafío intrascendente. Las futuras generaciones deberían afrontarlo sin las
mezquindades que han poblado la experiencia cultural argentina durante un par de siglos, con
algunas excepciones que, sin embargo, no han podido torcer el rumbo. Dice Alain Touraine… que
“a los argentinos les falta conciencia nacional”99. Recuperarla parece un imperativo que no debería
pasarse por alto.
Para averiguar sobre el pasado debemos hacerlo a partir de los testimonios de quienes
protagonizaron el pasado. Es posible enfocar la historia desde el imaginario social y esto nos
muestra que lo que se ha llamado historia tradicional, que presenta una vista desde arriba, en el
sentido de que siempre se ha centrado en las grandes hazañas de los grandes hombres, estadistas,
generales, no se opone a lo que hoy llaman historia desde abajo que se interesa por las opiniones de
la gente corriente. Por ejemplo, los historiadores que insisten en sostener que la figura
paradigmática de San Martín es una construcción historiográfica liberal han obviado en sus
consideraciones la perspectiva de la gente, de la masa de población, esos hombres comunes que en
multitud acompañaron a San Martín en su empresa americana, que lo acompañaron en el acto de
bendición de la bandera y de ofrecer el ejército libertador a la Virgen del Carmen de Cuyo. De
aquellos 7000 cuyanos que acompañaron al Gral. San Martín de los cuales regresaron diecinueve.
Diecinueve hombres fueron los que formaron en la Plaza de Mayo, al mando del coronel paraguayo
José Félix Bogado, el 17 de enero de 1826100.
Esas personas que dieron su vida por la Patria son las que dan testimonio y esos
testimonios son fuentes para la historia. Aquí es donde importa la memoria. La memoria
compartida, el imaginario social –entendido como el conjunto de representaciones también
compartidas–, acerca de San Martín, independientes de cualquier operación ideológica liberal.
Si se entiende este ejemplo, podrá verse que es frecuente que con la falsa excusa de la
memoria colectiva, en realidad lo que se hace, es mentir u ocultar parte de la historia con objetivos
políticos del presente. Desconocer o negar esto, puede ser producto de una ignorancia culposa o
parte de ese mismo constructivismo pragmático que se dice criticar. Así es como se produce una
nueva operación ideológica para construir una nueva sociedad a gusto de sus actuales
“constructores” y que los susodichos quieren “imponer” al resto.
99
La Nación, 18-4-2004 cit. en Lascano, Marcelo, Imposturas históricas e identidad nacional, Buenos Aires:
El Ateneo, 2004, p. 106.
100
El Eco de los Andes, Mendoza, domingo 25 de diciembre de 1825, hace el siguiente relato: “Tenemos el
honor de haber recibido los restos del Ejército de los Andes conducido desde el Perú por el coronel de
granaderos a caballo Don Félix Bogado. Cerca de nueve años han pasado desde que estos valientes
marcharon a libertar a Chile”. La nota se cierra con la lista con los nombres de 3 Sargentos, 1 Capitán, 1
Ayudante mayor, 4 Tenientes, 1 Alférez, 2 Porta Estandartes. Bajo el subtítulo de Agregados se suman 2
Sargentos Mayores, 2 Capitanes y 3 Alféreces.
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ANEXO III
CUADRO COMPARATIVO ENTRE LOS ESTILOS DE CITAS APA Y MLA101
PUBLICACIONES NO PERIÓDICAS (libros completos)
Referencia básica de libro u obra completa Apellido, Inicial del nombre (Año). Título. Lugar: Editorial. Apellido, Nombres. Título. Lugar: Editorial, año.
Folleto Ballarini, S.M. (1989). Diagnóstico de enfermedad crónica: Ballarini, Stella Marys. Diagnóstico de enfermedad crónica:
Sobre la crítica social implícita en algunos textos de Sobre la crítica social implícita en algunos textos de
E.L.Holmberg, con la edición de un fragmento de Olimpo E.L.Holmberg, con la edición de un fragmento de Olimpo
Pitango de Monalia. [folleto]. Mendoza: CECTLA. Pitango de Monalia. Mendoza: CECTLA, 1989.
Con dos o tres autores Altamirano, C. & Sarlo, B. (1997). Ensayos argentinos: De Altamirano, Carlos, y Beatriz Sarlo. Ensayos argentinos: De
Sarmiento a la vanguardia. Buenos Aires: Ariel. Sarmiento a la vanguardia. Buenos Aires: Ariel, 1997.
Con más de tres autores Cubo de Severino, L., Castro de Castillo, E., Duo de Brottier, Cubo de Severino, Liliana, et al. Leo, pero no comprendo:
O., Ejarque, D., Müller de Russo, G., Lacón de De Lucía, N., et Estrategias de comprensión lectora. Mendoza: Editorial de
al. (1999). Leo, pero no comprendo: Estrategias de la Universidad Nacional de Cuyo, 1999.
comprensión lectora. Mendoza: Editorial de la Universidad
Nacional de Cuyo.
Autor con editor o compilador Mármol, José. Cantos del Peregrino. Ed. crítica de Elvira
Burlando de Meyer. Buenos Aires: Editorial Universitaria
101
Esta parte del material está tomado de la Cátedra de Metodología de la Investigación, Carrera de Letras, Prof. Hebe Beatriz Molina, Mendoza, UNCuyo.
93
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Editor o compilador de un autor (cuando se quiere Curia, Beatriz, ed. Marcelina. Por Miguel Cané (p.). 1838. Ed.
destacar al que prepara la edición, más que al autor) crítica. Buenos Aires: Centro de Integración Cultural de la
Sociedad Científica Argentina, 1996.
Editor o compilador de varios autores Orbe, J. (Comp.). (1994). Autobiografía y escritura. Buenos Orbe, Juan, comp. Autobiografía y escritura. Buenos Aires:
Aires: Corregidor. Corregidor, 1994.
Autor corporativo (institución) Sociedad Argentina de Escritores. (1996). Poesía – prosa: Sociedad Argentina de Escritores. Poesía – prosa:
1995 – 1996. Mendoza: autor. 1995 – 1996. Mendoza: Ediciones S.A.D.E. –
[autor y editor son lo mismo]
Seccional Mendoza, 1996.
Sin autor (por título) Pequeño diccionario parvusduplex francés-castellano y Pequeño diccionario parvusduplex francés-castellano y
castellano-francés (8ª ed.) (1967). Buenos Aires: Sopena castellano-francés. 8ª ed. Buenos
Argentina.
Aires: Sopena Argentina, 1967.
Con traductor Eco, U. (1987). La estrategia de la ilusión (Edgardo Oviedo, Eco, U. La estrategia de la ilusión. Edgardo Oviedo, trad.
Trad.). Buenos Aires: Lumen – Ediciones de la Flor. Buenos Aires: Lumen–Ediciones de la Flor, 1987.
Importa la traducción más que el autor Battistessa, Ángel J., trad. y ed. La divina comedia. Por Dante
Alighieri. Buenos Aires: Carlos Lohlé, 1972.
Edición posterior, con indicación de la 1º Isaacson, José. (2004). Poemas del conocer – Poèmes de la Isaacson, José. Poemas del conocer – Poèmes de la
connaissance (Paul Verdevoye, trad.) (Ed. bilingüe). Buenos connaissance. 1984. Paul Verdevoye, trad. Ed. bilingüe.
Aires: Corregidor. Texto original publicado en 1984. Buenos Aires: Corregidor, 2004.
Ediciones posteriores Mallea, E. (1977). Todo verdor perecerá (11ª ed.). Buenos Mallea, Eduardo. Todo verdor perecerá. 11ª ed. Buenos Aires:
Aires: Editorial Sudamericana. Editorial Sudamericana, 1977.
Puede ponerse: (ed. rev.)
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ricana, 1994.
Más de un volumen, un solo autor Cervantes. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.
Est. preliminar y ed. Federico de Onís. 3ª ed. 2 vols. Buenos
Aires: W.M. Jackson, 1958.
Más de un volumen, distintos autores Historia de la literatura argentina (2ª ed., Vols. 1-6). (1979- Historia de la literatura argentina. 2ª ed. 6 vols. Buenos Aires:
1981). Buenos Aires: Centro Editor de América Latina. Centro Editor de América Latina, 1979-1981.
Diccionario de la lengua española (21ª ed., Vols. 1-2). Diccionario de la lengua española. 21ª ed. 2 vols.
(1992). Madrid: Real Academia Española.
Madrid: Real Academia Española, 1992.
Un volumen, parte de una obra en varios volúmenes Gramuglio, María Teresa, ed. El imperio realista. Buenos
Aires: Emecé Editores, 2002. Vol. 6 de
Libro incluido en una serie o colección Garrido Domínguez, Antonio. El texto narrativo. Teoría de la
literatura y literatura comparada. Madrid: Síntesis, 1993.
Enciclopedia o diccionario sin autor determinado [Se Enciclopedia universal ilustrada europeo-americana (95 Enciclopedia universal ilustrada europeo-americana. 95 vols.
95
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omiten las páginas porque el orden de búsqueda es vols.). (1958-1966). Madrid: Espasa-Calpe. Madrid: Espasa-Calpe, 1958-66. [Por ser muy conocida
alfabético]. podría reducirse la referencia a:
Enciclopedia universal ilustrada europeo-americana. Espasa-
Calpe.
Publicaciones gubernamentales Argentina. (1994). Constitución de la Nación Argentina. Argentina. Constitución de la Nación Argentina. S.l.:
[folleto]. S.l.: Agrupación Diarios del Interior. Agrupación Diarios del Interior, 1994.
Artículo, poema, cuento Storni, A. (1975). Regreso en sueños. En Crogliano, M. E. Storni, Alfonsina. “Regreso en sueños”. Antología de la poesía
(Comp.). Antología de la poesía argentina: Siglos XIX y XX argentina: Siglos XIX y XX. María Eugenia Crogliano, comp.
(pp. 79-80). Buenos Aires: Kapelusz. Buenos Aires: Kapelusz, 1975. 79-80.
Varela, F. I. (2002). Literatura e historia: relatos del Varela, Fabiana Inés. “Literatura e historia: relatos del
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terremoto de 1861. En Videla de Rivero, Gloria (Coord.). terremoto de 1861”. Videla de Rivero, Gloria, comp.
Literatura de Mendoza: Espacio, historia y sociedad (Vol. II, Literatura de Mendoza: Espacio, historia y sociedad. Vol. II.
pp. 53-59). Mendoza: Editorial de la Facultad de Filosofía y Mendoza: Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras, 2002.
Letras. 53-9.
El título del artículo no lleva marca tipográfica.
En antología con un solo traductor Tolstói, Alexéi N. “La víbora”. Cuentos rusos. José Laín
Entralgo, trad y comp. Pról. Augusto Vidal. Estella
(Navarra): Salvat Editores, 1970. 99-139.
En antología con distintos traductores Andersen, Hans Christian. “El patito feo”. Violeta Nevares,
trad. Andersen, Perrault, Collodi y otros. El cuento infantil.
Graciela Montes, ed. y comp. Biblioteca Total, 15. Buenos
Aires: Centro Editor de América Latina, 1977. 105-15.
Artículo en un volumen de una serie. Avaro, N. (2002). El relato de la “vida intensa” en los Avaro, Nora. “El relato de la ‘vida intensa’ en los ‘cuentos del
“cuentos del monte” de Horacio Quiroga. En Jitrik, N. (Comp. monte’ de Horacio Quiroga”. El imperio realista. María Teresa
serie) &Gramuglio, M.T. (Comp. vol.). Historia crítica de la Gramuglio, ed. Buenos Aires: Emecé Editores, 2002. Vol. 6 de
literatura argentina: Vol. 6 El imperio realista (pp. 179-200). Historia crítica de la literatura argentina. Noé Jitrik, ed. 179-
Buenos Aires: Emecé Editores. 200.
Collantes de Terán, Juan. (1999). Rubén Darío. En Íñigo Collantes de Terán, Juan. “Rubén Darío”. Historia de la
Madrigal, L. (Comp.). Historia de la literatura literatura hispanoamericana. Tomo II. Del neoclasicismo al
hispanoamericana: Vol. II Del neoclasi-cismo al modernismo modernismo. Luis Íñigo Madrigal, ed. 3ª ed. Madrid: Cátedra,
(3ª ed., pp. 603-632). Madrid: Cátedra. 1999. 603-32.
Caillet-Bois, Julio. (1958). La literatura colo-nial. En Rafael Caillet-Bois, Julio. “La literatura colonial”. Historia de la
Alberto Arrieta (Comp.). Historia de la literatura argentina literatura argentina. Rafael Alberto Arrieta, ed. Vol. I.
(Vol. I, pp. 3-259). Bue-nos Aires: Peuser. Buenos Aires: Peuser, 1958. 3-259.
Artículo en enciclopedia o diccionario O[rdaz], L. (1970). Lavardén, Manuel José de. En Pedro O[rdaz], L[uis]. “Lavardén, Manuel José de”. Enciclopedia de
Orgambide& Roberto Yahni (Eds.). Enciclopedia de la la literatura argentina. Pedro Orgambide y Roberto Yahni,
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Sudamericana.
“Belzú de Dorado, Mercedes”. Diccionario enciclopédico
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Introducción, prólogo, epílogo… sin título Valenzuela, Luisa. Presentación. Antología personal. Por
Valenzuela. Buenos Aires: Ediciones del Instituto
Movilizador de Fondos Cooperativos, n.d.
Monges, Hebe. Prólogo. Poesías: Antología. Por Carlos Guido
y Spano y Rafael Obligado. Beatriz Sarlo, ed. Buenos Aires:
Centro Editor de América Latina, 1980. i-viii.
Introducción, prólogo, epílogo… con título Iglesia, Cristina, y Julio Schvartzman. “Entre- Nos, folletín de
la memoria”. Prólogo. Horror al vacío y otras charlas. Por
Lucio V. Mansilla. Buenos Aires: Biblos, 1995. 9-19.
PUBLICACIONES PERIÓDICAS
Artículo de revista, con vol. y nº Jauss, H. R. (1981). Estética de la recepción y co-municación Jauss, Hans Robert. “Estética de la recepción y comunicación
literaria. Punto de vista, IV (12), 34-40. literaria”. Punto de vista IV.12 (1981): 34-40.
Zorrilla, A. M. (2005). Una nueva lectura del Quijote. Alba Zorrilla, Alicia María. “Una nueva lectura del Quijo te”. Alba
de América, 24 (45-46), 155-163. de América 24.45-46 (2005): 155-63.
Molina Gavilán, Y., Fernández Delgado, M.A., Bell, A., Molina Gavilán, Yolanda, et al. Cronología de CF
Pestarini, L., Toledano, J.C. (2000, no-viembre). Cronología latinoamericana 1775-1999. Chasqui: Revista de Literatura
de CF latinoa-mericana 1775-1999. Chasqui: Revista de Latinoamericana 29.2 (nov. 2000): 43-72.
Literatura Latinoameri-cana, 29 (2), 43-72. Título del artículo entre comillas. El volumen y el número
Título del artículo sin comillas. El volumen o tomo va en se separan con un punto; entre paréntesis se coloca la
bastardilla como el título de la revista; el número, entre fecha; las páginas después de dos puntos.
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Artículo de diario Ciriza, A. (2002, marzo 10). Las mujeres miran adelante. Los Ciriza, Alejandra. “Las mujeres miran adelante”. Los Andes
Andes [Mendoza o Argentina], pp. F1-2. (Mendoza, 10 mar 2002): F1+. [sección F, pág. 1 y
siguientes, continuadas o no].
El lugar del diario no es obligatorio, por eso va entre
corchetes
BefumoBoschi, L. (1985). La locura de Susana San Juan. BefumoBoschi, Liliana. “La locura de Susana San Juan”.
Homenaje a Juan Rulfo. [Número espe-cial]. Cuadernos Homenaje a Juan Rulfo. Número especial de Cuadernos
Hispanoamericanos, 421-423, 433-47. Hispanoamericanos 421-423 (1985): 433-47.
PUBLICACIONES ELECTRÓNICAS
Fuentes de Internet Cunietti, E.M. (1999). Habitantes de frontera en la literatura Cunietti, Emma Magdalena. “Habitantes de frontera en la
mendocina. Universum, 14, 31-42. Recuperado 25 de agosto, literatura mendocina”. Universum, 14 (1999): 31-42. En:
2005, desde http://universum.utalca.cl/contenido/index- <http://universum.utalca.cl/ contenido/index-
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DOCUMENTOS INÉDITOS
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Índice
Capítulo I....................................................................................................................................... 3
Condiciones y disposiciones para la vida intelectual ................................................................... 3
1. El método: naturaleza y necesidad ........................................................................................ 3
2. Disposiciones preliminares ....................................................................................................... 3
2.1. Disposiciones del alma ....................................................................................................... 3
2.2. Disposiciones del cuerpo .................................................................................................... 4
3. Condiciones para el estudio y la vida intelectual ..................................................................... 5
Capítulo II ..................................................................................................................................... 7
El hábito ........................................................................................................................................ 7
1. ¿Qué es entonces un hábito?..................................................................................................... 8
2. ¿Qué diferencia hay entre hábito y adaptación? ...................................................................... 8
3. El hábito y el instinto ................................................................................................................ 9
3.1. Conclusiones ...................................................................................................................... 9
4. ¿Cómo se forma un hábito? ...................................................................................................... 9
4.1. Los hábitos del pensamiento riguroso .............................................................................. 10
5. La virtud de la estudiosidad .................................................................................................... 12
5.1. Las condiciones generales de la estudiosidad .................................................................. 12
5.2. Las condiciones específicas de la estudiosidad ................................................................ 13
5.3. Los ingredientes de la estudiosidad .................................................................................. 15
5.3.1. La concentración. .......................................................................................................... 15
5.3.2. El segundo es la lectura. ................................................................................................ 15
5.3.3. La memorización. .......................................................................................................... 17
5.3.4. La profundización. ........................................................................................................ 17
5.4. Los vicios contra la estudiosidad ..................................................................................... 18
Capítulo III .................................................................................................................................. 21
El estudio personal ...................................................................................................................... 21
1. Necesidad ............................................................................................................................ 21
2. Método de estudio ............................................................................................................... 21
2.1. Memoria y actividad intelectiva ....................................................................................... 21
2.2. Entender ........................................................................................................................... 22
2.3. Algunos métodos particulares .......................................................................................... 23
2.3.1. Método SURVEY Q. 3 R. ............................................................................................. 23
2.3.2. Otros métodos ............................................................................................................... 23
2.4. Indicaciones subsidiarias .................................................................................................. 24
3. La atención .......................................................................................................................... 25
3. 1. Qué cosa es y cómo debe ser la atención ........................................................................ 25
3. 2. Causas de las distracciones ............................................................................................. 26
3.3. Remedios y consejos prácticos para la concentración visual y auditiva .......................... 26
3. 4. Algunos recursos para mejorar la memoria ..................................................................... 26
4. Las fichas y los apuntes....................................................................................................... 27
4. 1. Apuntes de la clase .......................................................................................................... 27
4.2. Apuntes de las lecturas personales ................................................................................... 27
4.3. Frutos de los apuntes y de las fichas. Objeciones. ........................................................... 27
4.4. Maneras de fichar ............................................................................................................. 28
4.5. Forma y estructura de las fichas ....................................................................................... 28
4.6. La clasificación de las fichas ............................................................................................ 29
Capítulo IV .................................................................................................................................. 31
Trabajo científico: simple y especial .......................................................................................... 31
1. El trabajo científico simple ................................................................................................. 31
1.1. Disputatio ......................................................................................................................... 31
1.2. Lectio................................................................................................................................ 31
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