ÉXODO
Los judíos llaman al libro de Éxodo por sus primeras palabras, veéile shemót ("Y
estos son los nombres"), o simplemente shemót ("nombres"). La Septuaginta lo
designó de acuerdo con su tema principal, Exodos (la palabra aparece en Éxodo
19:1), y la Vulgata Exodus. El hecho de que la primera palabra del libro sea 'y'
significa que es la continuación de Génesis, aunque entre la terminación de éste
y el comienzo de aquél transcurrirán cuatro siglos. El libro puede dividirse en tres
secciones:
1. Dios redime a Israel de Egipto (1:1-18:27).
2. Dios da a Israel la ley (19:1-24:18).
3. Dios manda a Israel construir el tabernáculo (25:1-40:38).
Esas tres secciones proporcionan las tres grandes nociones que presiden este
libro: Redención, ley y morada.
1. Dios redime a Israel de Egipto (1:1-18:27).
Éxodo es el libro de la redención, conteniendo los principios básicos, en figura,
del método salvador de Dios en favor de su pueblo. El primer capítulo expone el
insoluble problema, humanamente hablando, en el que se encuentra el pueblo
de Dios. Su situación es desesperada por ser opresiva en manos de sus
opresores.
En el capítulo segundo aparece el principal personaje humano del libro, Moisés,
cuyo nombre destaca en el Antiguo Testamento de manera particular, siendo
igualado sólo por los de Abraham y David. Su preservación providencial al nacer
muestra el propósito de Dios para con él.
Los capítulos 3 y 4 relatan el llamamiento de Moisés y su envío a Egipto, para
sacar de allí a los israelitas. En el capítulo 3 sobresale la presentación que Dios
hace de sí mismo, al revelar su nombre, compuesto de cuatro letras (YHWH),
cuyo significado procede del verbo 'ser', lo que enseña que él es el existente por
antonomasia, el Ser que no debe la existencia a otro ser sino que es la fuente de
toda existencia.
Los capítulos 5 al 12 narran la confrontación con Faraón, quien se niega a que
Israel salga de su tierra. Son capítulos que muestran el duelo entre Dios y
Faraón, o lo que es lo mismo, entre el Dios de Israel y los dioses de Egipto.
Desde la óptica de Faraón era imposible que el Dios de los hebreos, que eran
un pueblo de esclavos, pudiera competir con los dioses de Egipto, que era una
potencia en todos los sentidos. Sin embargo, el duelo acabará con la victoria
completa del primero y la derrota aplastante de los segundos, lo que muestra la
realidad del Dios de Israel y la inexistencia de los dioses de Egipto. Esa victoria
y derrota se efectuarán por medio de las diez plagas enviadas por Dios, que son
las siguientes:
Paso del Mar Rojo, ilustración para la traducción
de la Biblia de Lutero, 1534, folio 54
PLAGAS CONTRA EGIPTO
1. Sangre 7:14-25. Imitada por los magos
2. Ranas 8:1-15-67. Imitada por los magos
3. Piojos 8:16-19.
4. Moscas 8:20-32. Comenzando con ésta, distinción entre
israelitas y egipcios
5. Peste 9:1-7.
6. Úlceras 9:8-12.
7. Granizo 9:13-35.
8. Langostas 10:1-20.
9. Tinieblas 10:21-27.
10. Muerte de los
primogénitos 12:29-30.
Hay que destacar el aumento en severidad e intensidad de las plagas, que está en
relación directa al endurecimiento de Faraón. Un endurecimiento que tiene dos
aspectos, uno natural y otro judicial. El endurecimiento natural es consecuencia de la
resistencia de Faraón a dejar salir al pueblo; es el endurecimiento propio que provoca
el pecado; el endurecimiento judicial es el que Dios efectúa en quien se obstina en su
pecado; es endurecimiento sobre endurecimiento. Las dos primeras plagas son imitadas
por los magos de Egipto, pero a partir de la tercera ya no pueden hacer lo mismo, lo que
muestra la superioridad del poder de Dios sobre las artimañas del poder humano y
diabólico. En los castigos desde la cuarta plaga se hace una diferencia entre los egipcios
y los israelitas (8:22), sufriéndolos los primeros y siendo preservados los segundos. La
décima plaga es la definitiva para romper la resistencia de Faraón, quien, no obstante,
saldrá en persecución de los israelitas, lo que servirá para que Dios efectúe un nuevo
episodio sobrenatural, al abrirse el mar Rojo para que pase a Israel y cerrarse al intentar
hacer lo mismo los egipcios. La décima plaga fue simultánea con la celebración de la
Pascua, en la que el cordero muere en lugar de cada primogénito de Israel, tipificando
así el método de rescate que Dios empleará mediante Jesucristo. La redención tiene
dos caras que están unidas entre sí: Derrota y liberación; derrota del enemigo y
liberación del pueblo de Dios. No puede existir la segunda sin la primera.
Mapa del itinerario de Israel desde Egipto a Canaán
Es notable que nada más ser redimido, el pueblo manifiesta su verdadera
naturaleza al entrar en el desierto; la primera ocasión por falta de agua potable
(15:23), la segunda por falta de alimento (16:2-3) y la tercera de nuevo por falta
de agua (17:2-3). Aunque en realidad las quejas ya se manifestaron antes (5:21;
14:11-12). La murmuración contra Moisés y contra Dios será una constante en
la etapa del desierto, como bien destaca el libro de Números. Esta mala actitud
no tiene justificación, ya que este pueblo ha sido objeto de un trato especial por
parte de Dios, quien ha desplegado su poder y su gracia para salvarlos. Si los
ha salvado de lo primordial ¿cómo no les va a proveer de lo secundario? Sin
embargo, su incredulidad e ingratitud manifiestan su dureza de corazón, algo
que llegará a exasperar a Moisés y a encolerizar a Dios.
En el capítulo 17, además de la escena del agua, está recogida la de la primera
batalla del pueblo contra un enemigo que les cierra el paso. Se trata de Amalec,
un descendiente de Esaú, que manifiesta la enemistad de esa estirpe contra la
de Jacob, algo que posteriormente será reiterativo. La batalla se decide no por
lo que sucede en el campo de batalla sino por la intercesión que Moisés lleva a
cabo en la cumbre del monte, mostrando así la lección imperecedera para lo por
venir de que la victoria del pueblo de Dios no depende de las armas
convencionales.
En el capítulo 18 se narra el encuentro de Moisés con su suegro y el
establecimiento de jueces que ayuden a Moisés en la ardua tarea de juzgar al
pueblo.
2. Dios da a Israel la ley (19:1-24:18).
Tras salir de Egipto, Israel llega a Sinaí, donde estuvieron casi dos años. El resto
del libro de Éxodo está situado en esa localización, así como todo Levítico y la
primera parte de Números. El capítulo 19 describe una gran teofanía de Dios en
la cumbre del monte, donde entregará a Moisés los Diez Mandamientos (20:1-
17). Es importante observar el orden de los acontecimientos: Primero Dios saca
a Israel de Egipto y a continuación le da su ley. Es decir, la entrega de la ley es
la consecuencia lógica de la obra redentora; o en otras palabras, Dios tiene
derecho pleno a ordenar la ley al pueblo que él mismo ha rescatado y como ese
pueblo le debe todo a Dios, es lógico que obedezca su ley. Una ley que lejos de
ser opresiva y abusadora está diseñada para su bienestar en todos los sentidos.
Los Diez Mandamientos están escritos en dos tablas; la primera ordena los
deberes para con Dios; la segunda para con el prójimo. Es importante subrayar
que la noción de deber o responsabilidad satura las dos tablas. En nuestro
tiempo se procura evadir todo lo que tenga que ver con el deber y se subraya
todo lo que tiene que ver con el derecho. Pero los Diez Mandamientos establecen
que el derecho del otro es mi deber. De ahí que el derecho que Dios tiene a ser
reconocido, adorado y servido, es mi deber. Y el derecho que mi prójimo tiene a
que le honre, respete su vida, su sexualidad, sus posesiones y su honor, es mi
deber. A su vez, el deber de mi prójimo es mi derecho. De esta manera derecho
y deber están sabiamente balanceados. La validez y vigencia de los Diez
Mandamientos es permanente, siendo prueba de ello que las dos tablas son
puestas dentro del arca (25:16), como evidencia de que representan la voluntad
de Dios.
Pero nada más promulgar Dios los Diez Mandamientos, los capítulos 21, 22 y 23
estipulan otras leyes añadidas. Algunas tienen que ver con el trato a los esclavos,
otras con situaciones cotidianas que generan enfrentamiento y daño y otras con
el tratamiento a diversos tipos de prójimos concretos. Es evidente que algunas
de ellas hay que situarlas en el contexto social y cultural de la época en la que
fueron dadas, como las que tienen que ver con la esclavitud. De ello no se infiere
que la esclavitud sea respaldada en sí misma, sino que se legisla sobre ella para
humanizarla. La esclavitud era una realidad en el mundo antiguo, una de las
muchas consecuencias sociales de un mundo caído; al igual que con el divorcio,
sobre el cual se legisla sin que ello signifique que se aprueba, porque lo que se
aprueba es el modelo original del matrimonio, también se reconoce con la
esclavitud una realidad que está ahí presente, procurando encauzarla lo más
posible. De este conjunto de leyes de los capítulos 21 al 23 hay que extraer los
principios que las mueven y el espíritu que las sustenta. En cualquier caso,
existe, por así decirlo, una jerarquía de leyes, en el sentido de que los Diez
Mandamientos marcan el rumbo a todas las demás leyes.
En el capítulo 24 se detalla el establecimiento del pacto que Dios hará con la
nación. El pacto supone que entre Dios y el pueblo se establece una relación no
de tipo informal o casual, sino sólida y estable. Un pacto en el que hay sangre
que se rocía sobre el altar, que representa a Dios, y sobre el pueblo. Sobre el
altar para propiciar a Dios, sobre el pueblo para expiar su pecado. Pero ese pacto
será quebrado de manera flagrante a las primeras de cambio (32:1-6). Lo que
muestra la necesidad de un mejor pacto.
3. Dios manda a Israel construir el tabernáculo (25:1-40:38).
El tabernáculo es la morada de Dios en medio de su pueblo y también el lugar
en el que éste le adora. De la orden de su construcción en 25:1-9 se desprenden
las siguientes verdades:
La iniciativa es de Dios. Algo tan importante no podía dejarse al arbitrio de
cualquiera, sino que como sucede con todo lo concerniente a la obra de Dios, es
él quien da el paso de establecer la existencia del tabernáculo y también su
diseño.
El origen de los materiales (25:2). Si Israel fue un pueblo esclavo eso significa
que no tenía posesiones. Ahora bien ¿de dónde sacaron el oro, la plata, las
piedras preciosas y los tejidos para llevar a cabo la tarea? Sólo hay una
respuesta: De lo que los egipcios mismos les dieron para que se fueran cuanto
antes de Egipto (Éxodo 3:21-22; 12:35-36). Materiales que luego ellos donarían
voluntariamente (Éxodo 35:20-29) para la obra. Es decir, ellos dieron a Dios lo
que Dios previamente les había dado a ellos.
La nota característica del tabernáculo (25:8). No es una morada cualquiera o una
más entre muchas, sino un santuario, esto es un lugar santo, porque el que va a
habitar allí es Santo. Esto va a determinar todo lo que en ese lugar se haga y los
que se acerquen a adorar deben hacerlo según las normas de santidad
estipuladas.
El propósito del tabernáculo (25:8). El designio de morar en medio de su pueblo
es un hilo conductor que es posible vislumbrar ya en Génesis 3:8, pero que aquí
se especifica y detalla. Lo mismo ocurre con el templo (1 Reyes 6:13) y también
con el templo descrito en Ezequiel 43:7,9. La encarnación del Verbo (Juan 1.14)
es un acto que se describe en términos de poner su tabernáculo entre nosotros.
La morada de Dios en medio de su Iglesia se lleva a cabo por la obra del Espíritu
Santo (Efesios 2:20-22) y la escena final de la Biblia es la nueva Jerusalén
(Apocalipsis 21:3), donde Dios y los redimidos conviven en comunión por toda la
eternidad.
El modelo del tabernáculo (25:9). No fue de inspiración humana; mucho menos
era una imitación de lo que los israelitas habían visto en Egipto. El criterio de
Dios, en cuanto a materiales, dimensiones y posición de los distintos objetos, es
la norma, lo cual quiere decir que estamos ante algo perenne que no puede ser
alterado según el gusto humano.
Los ministros del tabernáculo (28-29). ¿Quién podía ministrar en ese recinto
santo donde estaba la presencia de Dios? ¿Quién tenía la competencia moral
necesaria para hacerlo? Es evidente que nadie. Sin embargo, Dios llama a
quienes desea que lo hagan y también los inviste para que puedan estar a la
altura de la elevada función. Y así es como en los capítulos 28 y 29 se nombra
a los escogidos para desempeñar el cargo del sacerdocio, se manda elaborar
sus vestiduras especiales y se efectúa una ceremonia, en la que el aceite de la
unción (29:7) y la sangre expiatoria (29:20-21) les capacitan. Lo que es imposible
humanamente, Dios lo hace posible. Es destacable que en el capítulo 29, donde
se especifica el ceremonial para la investidura de los sacerdotes, primero se
efectúa la ofrenda por el pecado (14), luego el holocausto (18) y después el
ejercicio del ministerio (24). Este orden no se puede cambiar y obedece a una
lógica, porque primero es necesario expiar el pecado, para que luego pueda
haber consagración y a continuación se oficie el ministerio. Es imposible oficiar
el ministerio sin que haya consagración total y no puede haber consagración total
si antes el pecado no ha sido expiado. Un principio válido para siempre.
Los artífices del tabernáculo (31:1-11). Que son Bezaleel y Aholiab, hombres
llamados por Dios y llenos del Espíritu Santo. La construcción de esa morada
debía ser efectuada por personas que tuvieran no competencia humana sino
competencia divina, para armonizar la grandeza de la obra y el medio adecuado
para hacerla.
El tabernáculo estaba compuesto de dos partes principales: El atrio y la morada. En el
atrio (27:9-19) estaba el altar de los sacrificios (27:1-8) y la fuente de bronce. La morada
(26:1-37) estaba dividida en dos partes: Lugar santo y lugar santísimo. En el primero
estaba la mesa de los panes de la proposición (25:23-30), el candelabro (25:31-39) y el
altar del incienso (30:1-10). En el segundo estaba el arca del pacto (25:10-22).
Hay que destacar que en medio de las instrucciones para construir esa morada de Dios
entre su pueblo, ocurre la escena que describe el pecado de idolatría (capítulo 32) que
el pueblo comete, lo cual pone en marcado contraste el plan de Dios para con ellos y la
defección de ellos hacia él. El pecado cometido va directamente contra el primero de los
Diez Mandamientos, lo que supone el quebrantamiento del pacto desde su primer punto.
La gravedad de lo ocurrido es tal que conlleva la destrucción del pueblo y del propósito
para con él (32:10). Sin embargo, la intercesión de Moisés logró aplacar a Dios, que
accede a continuar con ellos en el propósito original. Toda la escena de los capítulos
32, 33 y 34 presenta grandes lecciones a ser considerdas, sobre Dios y sobre el pueblo.
Sobre el pueblo muestra su rápida degeneración hacia la idolatría más burda, que se
hace más culpable al haber sido testigo recientemente de una gran teofanía de la gloria
de Dios. El pronto olvido y la tendencia a lo conocido en Egipto se hacen patentes en
su comportamiento. Sobre Dios destaca su ira, al constatar el quebrantamiento de su
ley, por la mortandad que ocurre, y su paciencia, al avenirse a seguir con ellos. Notable
es el valor que la intercesión tiene, no queriendo significar que el hombre puede retorcer
el brazo de Dios, ya que es el mismo Dios el que ha ordenado la intercesión. No
obstante, Dios se reserva su derecho de soberanía, como bien lo expresa en 33:19. En
34:6-7 hay toda una enseñanza teológica sobre los atributos de Dios, que están
balanceados perfectamente.
Es importante constatar que a pesar del fracaso del pueblo, el propósito de Dios en
cuanto al tabernáculo, es decir, en cuanto a su presencia entre ellos, continúa
describiéndose en los capítulos siguientes.
TABLA CRONOLÓGICA DE LOS DOCUMENTOS DEL ANTIGUO
TESTAMENTO
Libros Año antes de Cristo
Pentateuco 1300
Josué 1200
Jueces 1050
Rut 1050
Samuel 1025
Reyes 586
Crónicas 450
Esdras 450
Nehemías 420
Ester 425
Job ¿1300?
Salmos 1075-425
Proverbios 1000-700
Eclesiastés 1000
Cantar de los cantares 1000
Isaías 758-697
Jeremías 627-586
Lamentaciones 586
Ezequiel 592-570
Daniel 605-539
Oseas 785-725
Joel ¿870?
Amós 795-785
Abdías ¿740?
Jonás 825-784
Miqueas 745-700
Nahúm 623
Habacuc ¿600?
Sofonías 626-621
Hageo 520
Zacarías 520-475
Malaquías ¿430?