0% encontró este documento útil (0 votos)
243 vistas15 páginas

Cuentos Clásicos: Caperucita Roja y Hansel y Gretel

Este documento presenta dos cuentos de hadas tradicionales: Caperucita Roja y Hansel y Gretel. En Caperucita Roja, un lobo engaña a Caperucita y a su abuela para comérselas. En Hansel y Gretel, una madrastra malvada abandona a los niños en el bosque dos veces, pero ellos logran escapar gracias a la ingeniosidad de Hansel. Finalmente encuentran una casa de dulces que resulta pertenecer a una bruja que los quiere comer, pero Gretel logra engañ

Cargado por

Carina Caceres
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
243 vistas15 páginas

Cuentos Clásicos: Caperucita Roja y Hansel y Gretel

Este documento presenta dos cuentos de hadas tradicionales: Caperucita Roja y Hansel y Gretel. En Caperucita Roja, un lobo engaña a Caperucita y a su abuela para comérselas. En Hansel y Gretel, una madrastra malvada abandona a los niños en el bosque dos veces, pero ellos logran escapar gracias a la ingeniosidad de Hansel. Finalmente encuentran una casa de dulces que resulta pertenecer a una bruja que los quiere comer, pero Gretel logra engañ

Cargado por

Carina Caceres
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Versiones sin censura

CAPERUCITA ROJA
En tiempo del rey que rabió, vivía en una aldea una niña, la más linda de las aldeanas,
tanto que loca de gozo estaba su madre y más aún su abuela, quien le había hecho una
caperuza roja; y tan bien le estaba que por caperucita roja conocíanla todos. Un día su
madre hizo tortas y le dijo:

-Irás á casa de la abuela a informarte de su salud, pues me han dicho que está enferma.
Llévale una torta y este tarrito lleno de manteca.

Caperucita roja salió enseguida en dirección a la casa de su abuela, que vivía en otra
aldea. Al pasar por un bosque encontró al compadre lobo que tuvo ganas de comérsela,
pero a ello no se atrevió porque había algunos leñadores. Preguntola a dónde iba, y la
pobre niña, que no sabía fuese peligroso detenerse para dar oídos al lobo, le dijo:

-Voy a ver a mi abuela y a llevarle esta torta con un tarrito de manteca que le envía mi
madre.

-¿Vive muy lejos? -Preguntole el lobo.

-Sí, -contestole Caperucita roja- a la otra parte del molino que veis ahí; en la primera casa
de la aldea.

-Pues entonces, añadió el lobo, yo también quiero visitarla. Iré a su casa por este camino
y tú por aquel, a ver cuál de los dos llega antes.

El lobo echó a correr tanto como pudo, tomando el camino más corto, y la niña fuese por
el más largo entreteniéndose en coger avellanas, en correr detrás de las mariposas y en
hacer ramilletes con las florecillas que hallaba a su paso.

Poco tardó el lobo en llegar a la casa de la abuela. Llamó: ¡pam! ¡pam!


-¿Quién va?

-Soy vuestra nieta, Caperucita roja -dijo el lobo imitando la voz de la niña. Os traigo una
torta y un tarrito de manteca que mi madre os envía.

La buena de la abuela, que estaba en cama porque se sentía indispuesta, contestó


gritando:

-Tira del cordel y se abrirá el cancel.

Así lo hizo el lobo y la puerta se abrió. Arrojose encima de la vieja y la devoró en un abrir
y cerrar de ojos, pues hacía más de tres días que no había comido. Luego cerró la puerta
y fue a acostarse en la cama de la abuela, esperando a Caperucita roja, la que algún
tiempo después llamó a la puerta: ¡pam! ¡pam!

-¿Quién va?

Caperucita roja, que oyó la ronca voz del lobo, tuvo miedo al principio, pero creyendo que
su abuela estaba constipada, contestó:

-Soy yo, vuestra nieta, Caperucita roja, que os trae una torta y un tarrito de manteca que
os envía mi madre.
El lobo gritó procurando endulzar la voz:

-Tira del cordel y se abrirá el cancel.

Caperucita roja tiró del cordel y la puerta se abrió. Al verla entrar, el lobo le dijo,
ocultándose debajo de la manta:

-Deja la torta y el tarrito de manteca encima de la artesa y vente a acostar conmigo.

Caperucita roja lo hizo, se desnudó y se metió en la cama. Grande fue su sorpresa al


aspecto de su abuela sin vestidos, y le dijo:

-Abuelita, tenéis los brazos muy largos.

-Así te abrazaré mejor, hija mía.

-Abuelita, tenéis las piernas muy largas.

-Así correré más, hija mía.

-Abuelita, tenéis las orejas muy grandes.

-Así te oiré mejor, hija mía.

-Abuelita, tenéis los ojos muy grandes.

-Así te veré mejor, hija mía.

Abuelita, tenéis los dientes muy grandes.

-Así comeré mejor, hija mía.

Y al decir estas palabras, el malvado lobo arrojose sobre Caperucita roja y se la comió

HANSEL Y GRETEL

Erase una vez un leñador muy pobre que tenía dos hijos: un niño llamado Hansel, y una
niña llamada Gretel, y que había contraído nuevamente matrimónio después de que la
madre de los niños falleciera. El leñador quería mucho a sus hijos pero un día una terrible
hambruna asoló la región. Casi no tenían ya que comer y una noche la malvada esposa
del leñador le dijo: “No podremos sobrevivir los cuatro otro invierno. Deberemos tomar
mañana a los niños y llevarlos a la parte más profunda del bosque cuando salgamos a
trabajar. Les daremos un pedazo de pan a cada uno y luego los dejaremos allí para que
ya no encuentren su camino de regreso a casa. El leñador se negó a esta idea porque
amaba a sus hijos y sabía que si los dejaba en el bosque morirían de hambre o devorados
por las fieras, pero su esposa le dijo: “Tonto, ¿no te das cuenta que si no dejas a los niños
en el bosque, entonces los cuatro moriremos de hambre?”- Y tanto insistió la malvada
mujer, que finalmente convenció a su marido de abandonar a los niños en el bosque.
Afortunadamente los niños estaban aún despiertos y escucharon todo lo que planearon
sus padres. “Gretel” dijo Hansel a su hermana: “No te preocupes que ya tengo la
solución”. A la mañana siguiente todo ocurrió como se había planeado. La mujer levantó a
los pequeños muy temprano, les dió un pedazo de pan a cada uno y los cuatro
emprendieron la marcha hacia el bosque. Lo que el leñador y su mujer no sabían era que
durante la noche, Hansel había salido al jardín para llenar sus bolsillos de guijarros
blancos, y ahora, mientras caminaban, lenta y sigilosamente fue dejando caer guijarro tras
guijarro formando un camino que evitaría que se perdieran dentro del bosque. Cuando
llegaron a la parte más boscosa, encendieron un fuego, sentaron a los niños en un árbol
caido y les dijeron “Aguarden aquí hasta que terminemos de trabajar”. Por largas horas
los niños esperaron hasta que se hizo de noche, ellos permanecieron junto al fuego
tranquilos porque oían a lo lejos un CLAP-CLAP, que supusieron sería el hacha de su
padre trabajando todavía. Pero ignoraban que su madrastra había atado una rama a un
árbol para que hiciera ese ruido al ser movida por el viento. Cuando la noche se hizo más
oscura Gretel decidió que era tiempo de volver, pero Hansel le dijo que debían esperar
que saliera la luna y así lo hicieron, cuando la luna iluminó los guijarros blancos dejados
por Hansel fue como si hubiera delante de ellos un camino de plata.

A la mañana siguiente los dos niños golpearon la puerta de su padre; “¡Hemos llegado!”
gritaron los niños, la madrastra estaba furiosa, pero el leñador se alegró inmensamente,
porque lamentaba mucho lo que había hecho.

Vivieron nuevamente los cuatro juntos un tiempo más, pero a los pocos días, una
hambruna aún más terrible que la anterior volvió a devastar la región. El leñador no quería
separarse de sus hijos pero una vez más su esposa lo convenció de que era la única
solución. Los niños oyeron esto una segunda vez, pero esta vez Hansel no pudo salir a
recojer los guijarros porque su madrastra había cerrado con llave la puerta para que los
niños no se pudieran escapar. “No importa” le dijo Hansel a Gretel: “No te preocupes, que
algo se me ocurrirá mañana”, Aún no había salido el sol cuando los cuatros dejaron la
casa, Hansel fue dejando caer todo a lo largo del camino, las miguitas del pan que le
habían dado antes de partir la malvada madrastra. Nuevamente los dejaron junto al fuego,
en lo profundo del bosque, y esperaron mucho tiempo allí sentados, cuando estaba
oscureciendo quisieron volver a casa, Oh! que gran sorpresa se llevaron los niños cuando
comprobaron que todas las miguitas dejadas por Hansel se las habían comido las aves
del bosque y no quedaba ni una solita.

Solos, con mucha hambre y llenos de miedo, los dos niños se encontraron en un bosque
espeso y oscuro del que no podían hallar la salida. Vagaron durante muchas horas hasta
que por fin, encontraron un claro donde sus ojos descubrieron la maravilla más grande
que jamás hubiesen podido imaginar: ¡una casita hecha de dulces!. Los techos eran de
chocolate, las paredes de mazapán, las ventanas de caramelo, las puertas de turrón, el
camino de confites, “¡un verdadero manjar!” dijo Hansel quien corrió hacia la casita
diciendo a su hermana: “¡Ven Gretel, yo comeré del techo y tu podrás comerte las
ventanas!” Y así diciendo y corriendo, los niños se avalanzaron sobre la casa y
comenzaron a devorarla sin notar que, sigilosamente salía a su encuentro una malvada
bruja que inmediatamente los llamó y los invitó a seguir

“Veo que querían comer mi casa” dijo la bruja “Pues ahora ¡yo los voy a comer a ustedes!”
y los tomó prisioneros. Y así diciendo los examinó: “Tu, la niña” dijo mirando a Gretel “me
servirás para ayudarme mientras engordamos al otro que está muy flacucho y así no me
lo puedo comer, pues solo lamería los huesos”. Y sin prestar atención a las lágrimas de
los niños tomó a Hansel y lo metió en un diminuto cuarto esperando el día en que
estuviese lo suficientemente gordo para comérselo. Una noche mientras la bruja dormía
los niños empezaron a crear un plan. “Como la bruja es muy corta de vista” dijo Gretel
“cuando ella te pida que le muestres uno de sus dedos para sentir si ya estas rellenito, tu
lo que vas a sacar por entre los barrotes de la jaula es este huesito de pollo, de forma tal
que la bruja sienta lo huesudo de tu mano y decidía esperar un tiempo más” y ambos
estuvieron de acuerdo con la idea. Sin embargo, y como era de esperarse, esa situación
no podía durar por siempre, y un mal día la bruja vociferó: “Ya estoy cansada de esperar
que este niño engorde. Come y come todo el día y sigue flaco como el día que llegó”.
Entonces encendió y gigantesco horno le gritó a Gretel, “métete dentro para ver si ya está
caliente”, pero la niña, que sabía que en realidad lo que la bruja quería era atraparla
dentro para comérsela también, le replicó: “No se como hacerlo”. “Quítate” grito la bruja,
moviendo los brazos de lado a lado y lanzando maldiciones a diestra y siniestra, “estoy
fastidiada” le dijo: “Si serás tonta. Es lo más fácil del mundo, te mostraré cómo hacerlo” Y
se metió dentro del horno. Gretel, sin dudar un momento, cerró la pesada puerta y dejó
allí atrapada a la malvada bruja que, dando grandes gritos pedía que la sacaran de aquel
gran horno, fue así como ese día la bruja murió quemada en su propia trampa. Gretel
corrió entonces junto a su hermano y lo liberó de su prisión.

Entonces los niños vieron que en la casa de la bruja había grandes bolsas con montones
de piedras preciosas y perlas. Así que llenaron sus bolsillos lo más que pudieron y a toda
prisa dejaron aquel bosque encantado. Caminaron y caminaron sin descansar y
finalmente dieron con la casa de su padre quien al verlos llegar se llenó de júbilo porque
desde que los había abandonado no había pasado un solo día sin que lamentase su
decisión. Los niños corrieron a abrazarlo y, una vez que se hubieron reencontrado, les
contó que la malvada esposa había muerto y que nunca más volvería a lastimarlos, los
niños entonces recordaron y vaciaron sus bolsillos ante los incrédulos ojos de su padre
que nunca más debió padecer necesidad alguna.

LA BELLA DURMIENTE
En otros tiempos había un rey y una reina, cuya tristeza porque no tenían hijos era tan
grande que no puede ponderarse. Fueron a beber todas las aguas del mundo, hicieron
votos, emprendieron peregrinaciones, pero no lograron ver sus deseos realizados, hasta
que, por último, quedó encinta la reina y dio a luz una hija. La explendidez del bateo no
hay medio de describirla, y fueron madrinas de la princesita todas las hadas que pudieron
hallar en el país, y siete fueron, con el propósito de que cada una de ellas le concediera
un don, como era costumbre entre las hadas en aquel entonces; y por este medio tuvo la
princesa todas las perfecciones imaginables.

Después de la ceremonia del bautismo, todos fueron a palacio, en donde se había


dispuesto un gran festín para las hadas. Delante de cada una se puso un magnífico
cubierto con un estuche de oro macizo, en el que había una cuchara, un tenedor y un
cuchillo de oro fino, guarnecido de diamantes y rubíes.

En el momento sentarse a la mesa, vieron entrar una vieja hada que no había sido
invitada, debido a que durante más de cincuenta años no había salido de una torre y se la
creía muerta o encantada.

Mandó el rey que le pusieran cubierto, pero no hubo medio darle un estuche de oro
macizo como a las otras, porque sólo se había ordenado construir siete para las siete
hadas. Creyó la vieja que se la despreciaba y gruñó entre dientes algunas amenazas. Una
de las hadas jóvenes que estaba a su lado, oyola, y temiendo que concediese algún don
dañino a la princesita, en cuanto se levantaron de la mesa fue a esconderse detrás de un
tapiz para hablar la última y poder reparar hasta donde le fuera posible el daño que hiciera
la vieja.

Comenzaron las hadas a conceder sus dones a la recién nacida. La más joven dijo que
sería la mujer más hermosa del mundo; la que la siguió añadió que sería buena como un
ángel; gracias al don de la tercera, la princesita debía mostrar admirable gracia en cuanto
hiciere; bailar bien, según el don de la cuarta; cantar como un ruiseñor, según el de la
quinta, y tocar con extrema perfección todos los instrumentos, según el de la sexta.
Llegole la vez a la vieja hada, la que dijo, temblándole la cabeza más a impulsos del
despecho que de la vejez, que la princesita se heriría la mano con un huso y moriría de la
herida.

Este terrible don a todos estremeció y no hubo quien no llorase. Entonces fue cuando
salió de detrás del tapiz la joven hada y pronunció en voz alta estas palabras:
-Tranquilizaros rey y reina; vuestra hija no morirá de la herida. Verdad es que no tengo
bastante poder para deshacer del todo lo que ha hecho mi compañera. La princesa se
herirá la mano con un huso, pero, en vez de morir, sólo caerá en un tan profundo sueño
que durará cien años, al cabo de los cuales vendrá a despertarla el hijo de un rey.

Deseoso el monarca de evitar la desgracia anunciada por la vieja, mandó publicar acto
continuo un edicto prohibiendo hilar con huso, así como guardarlos en las casas, bajo
pena de la vida.

Transcurrieron quince o diez y seis años, y cierto día el rey y la reina fueron a una de sus
posesiones de recreo; y sucedió que corriendo por el castillo la joven princesa, subió de
cuarto en cuarto hasta lo alto de una torre y se encontró en un pequeño desván en donde
había una vieja que estaba ocupada en hilar su rueca, pues no había oído hablar de la
prohibición del rey de hilar con huso.

-¿Qué hacéis, buena mujer?, le preguntó la princesa.

-Estoy hilando, hermosa niña, le contestó la vieja, quien no conocía a la que la


interrogaba.

-¡Qué curioso es lo que estáis haciendo!, exclamó la princesa. ¿Cómo manejáis esto?
Dádmelo, que quiero ver si sé hacer lo que vos.

Como era muy vivaracha, algo aturdida y, además, el decreto de las hadas así lo
ordenaba, en cuanto hubo cogido el huso se hirió con él la mano y cayó sin sentido.

Muy espantada la vieja comenzó a dar voces pidiendo socorro. De todas partes
acudieron, rociaron con agua la cara de la princesa, le desabrocharon el vestido, le dieron
golpes en las manos, le frotaron las sienes con agua de la reina de Hungría, pero nada
era bastante a hacerla volver en sí.
Entonces el rey, que al ruido había subido al desván recordó la predicción de las hadas, y
reflexionando que lo sucedido era inevitable, puesto que aquellas lo habían dicho, dispuso
que la princesa fuera llevada a un hermoso cuarto del palacio y puesta en una cana con
adornos de oro y plata. Tan hermosa estaba que cualquiera al verla hubiera creído estar
viendo un ángel, pues su desmayo no la había hecho perder el vivo color de su tez.
Sonrosadas tenía las mejillas y sus labios asemejaban coral. Sólo tenía los ojos cerrados,
pero se la oía respirar dulcemente, lo que demostraba que no estaba muerta.

Mandó el rey que la dejaran dormir tranquila hasta que sonara la hora de su despertar. La
buena Hada que le había salvado la vida condenándola a dormir cien años, estaba en el
reino de Pamplinga, que distaba de allí doce mil leguas, cuando le ocurrió el accidente a
la princesa; pero bastó un momento para que de él tuviese aviso por un diminuto enano
que calzaba botas, con las cuales a cada paso recorría siete leguas. Púsose
inmediatamente en marcha la hada y al cabo de una hora vieronla llegar en un carro de
fuego tirado por dragones. Fue el rey a ofrecerle la mano para que bajara del carro y la
Hada aprobó cuanto se había hecho; y como era en extremo previsora, le dijo que cuando
la princesa despertara se encontraría muy apurada si se hallaba sola en el viejo castillo.
He aquí lo que hizo.

Excepción hecha del rey y la reina, tocó con su varilla a todos los que se encontraban en
el castillo, ayas, damas de honor, camareras, gentiles-hombres, oficiales, mayordomos,
cocineros, marmitones, recaderos, guardias, suizos, pajes y lacayos; también tocó los
caballos que había en las cuadras y a los palafraneros, a los enormes mastines del corral
y a la diminuta Tití, perrita de la princesa que estaba cerca de ella encima de la cama.
Cuando a todos hubo tocado, todos se durmieron para no despertar hasta que despertara
su dueña, con lo cual estarían dispuestos a servirla cuando de sus servicios necesitara.
También se durmieron los asadores que estaban en la lumbre llenos de perdices y de
faisanes, e igualmente quedó dormido el fuego. Todo esto se hizo en un momento, pues
las hadas necesitan poco tiempo para hacer las cosas.

Entonces el rey y la reina, después de haber besado a su hija sin que despertara, salieron
del castillo y mandaron publicar un edicto prohibiendo que persona alguna, fuese cual
fuere su condición, se acercara al edificio. No era necesaria la prohibición, pues en quince
minutos brotaron y crecieron en número extraordinario árboles grandes, pequeños rosales
silvestres y espinosos, de tal manera entrelazados que ningún hombre ni animal hubiera
podido pasar; de manera que sólo se veía lo alto de las torres del castillo, y aun era
necesario mirarle de muy lejos. Nadie dudó de que la Hada había echado mano de todo
su poder para que la princesa, mientras durmiera, nada tuviese que temer de los curiosos.

Pasadas los cien años, el hijo del monarca que reinaba entonces, debiendo añadir que la
dinastía no era la de la princesa dormida, fue a cazar a aquel lado del bosque y preguntó
que eran las torres que veía en medio del espeso ramaje. Contestole cada cual según lo
que había oído; unos le dijeron que aquello era un viejo castillo poblado de almas en pena
y otros que todas las brujas de la comarca se reunían en él los sábados. Según la opinión
más generalizada, moraba en él un ogro que se llevaba al castillo todos los niños de que
podía apoderarse para comerlos a su sabor y sin que fuera posible seguirle, abrirse
puesto que sólo a él estaba reservado el privilegio de paso por entre la maleza.

No sabía a quien dar crédito el príncipe, cuando un viejo campesino habló y le dijo:

-Príncipe mío: hace más de cincuenta años oí contar a mi padre que en aquel castillo
había la más bella princesa del mundo, que debía dormir cien años, estando reservado el
despertarla al hijo de un rey, de quien debe ser esposa.

A estas palabras sintió el joven príncipe que la llama del amor brotaba en su corazón, y
sin duda al instante creyó que daría fin a aventura tan llena de encantos. Impulsado por el
amor y el deseo de gloria, resolvió saber en el acto si era exacto lo que el campesino le
había dicho, y apenas llegó al bosque cuando todos los añosos árboles, los rosales
silvestres y los espinos se separaron para abrirle paso. Caminó hacia el castillo, que veía
al extremo de una larga alameda, en la que penetró, quedando muy sorprendido al
observar que los de su comitiva no habían podido seguirle porque los árboles volvieron a
recobrar su posición natural y a cerrar el paso en cuanto hubo pasado. No por eso dejó de
continuar su camino, pues un príncipe joven y enamorado siempre es valiente. Penetró en
un extremo del patio, y el espectáculo que a su vista se presentó era capaz de helar de
miedo. El silencio era espantoso; veíase en todas partes la imagen de la muerte y la
mirada tropezaba en cuerpos de hombres y animales que parecía estaban privados de
vida; pero bastole fijarse en la nariz de berenjena y en los encendidos carrillos de los
suizos para comprender que sólo estaban dormidos; además, los vasos, en los que sólo
se veían restos de vino, decían que se habían dormido bebiendo.

Atravesó otro gran patio con pavimento de mármol; subió la escalera y entró en la sala de
los guardias, que estaban formando hilera con el arcabuz al hombro y roncando
ruidosamente. Cruzó varios aposentos llenos de gentiles hombres y de damas, de pie los
unos, sentados los otros, pero todos durmiendo. Penetró en una cámara completamente
dorada y vio en una cama, cuyos cortinajes estaban abiertos, el más hermoso
espectáculo que a su mirada se había presentado: una princesa, que parecía tener quince
o diez y seis años y cuya deslumbradora belleza tenía algo de luminosa y divina.
Aproximose a ella temblando y admirándola y se arrodilló al pie de la cama.

Como había sonado la hora en que debía tener fin el encantamiento, la princesa despertó;
y mirándole con tiernos ojos, le dijo:

-¿Sois vos, príncipe mío? ¡Cuánto os habéis hecho esperar!

Y llenaron de contento al príncipe tales palabras, y más aun la manera como fueron
dichas. No sabía como encontrarla su alegría y agradecimiento y la aseguró que la amaba
más que a si mismo. Mal hilvanadas salieron las palabras de los labios de ambos, pero a
esto se debió que fueran más atractivas, pues poca elocuencia es señal de mucho amor.
La confusión del hijo del rey era mayor que la de la princesa, cosa que no ha de
sorprender, pues ella había tenido tiempo de pensar en lo que le diría; pues se supone,
aunque nada de ello indique historia, que la buena Hada le había procurado el placer de
agradables sueños durante los cien años que estuvo dormida. Cuatro horas hablaron y no
se dijeron la mitad de las cosas que querían decirse.

El encantamiento del palacio cesó al mismo tiempo que el de la princesa, y cada cual
pensó en cumplir con sus deberes; pero como no todos estaban enamorados, su primera
sensación fue la del hambre, que sensiblemente les aguijoneaba. La dama de honor,
hambrienta como las demás, se impacientó y dijo a la princesa que la comida estaba
servida. El príncipe la ayudó a levantarse. Estaba vestida con mucha magnificencia, pero
guardose de decirla que su traza y tocado se parecían a los de su abuela y que la moda
del cuello que llevaba había pasado hacia mucho tiempo; pero su vestido y adornos en
nada disminuían su belleza.

Pasaron a un salón con espejos y en él cenaron servidos por los gentiles-hombres de la


princesa. Los músicos tocaron con los violines y los oboes antiguas piezas, pero muy
bonitas, por más que hiciera cien años que nadie las tocaba y después de haber cenado,
casoles sin pérdida de tiempo el gran limosnero en la capilla del castillo.

Al día siguiente el príncipe volvió a la ciudad en donde su padre debía estar con cuidado
por su ausencia. Le dijo que cazando se había perdido en el bosque y había pasado la
noche en la choza de un carbonero que le había dado pan negro y queso para cenar. El
rey su padre, que era muy bonachón, le creyó, pero no del todo su madre al ver que casi
todos los días iba a cazar y que siempre tenía una excusa a mano cuando pasaba fuera
dos o tres noches, y supuso que se trataba de amores. El príncipe vivió con la princesa
más de dos años y tuvo de ella dos hijos; una niña llamada Aurora, y el segundo un niño,
al que pusieron por nombre Día, pues aun parecía más hermoso que su hermana.

La reina hizo varias tentativas para que su hijo le revelara su secreto, pero el príncipe no
se atrevió a confiárselo, porque si bien la amaba, la temía por proceder de raza de ogros,
a pesar de lo cual el rey había casado con ella porque su fortuna era grande. Además, se
murmuraba en la corte, pero en voz muy baja, que tenía las inclinaciones de los ogros y
que, al ver pasar los niños, con mucha dificultad lograba contener el deseo de devorarlos.
A esto se debió que el príncipe nada le dijera.

Pero al cabo de dos años murió el rey, y al subir su hijo al trono, declaró públicamente su
matrimonio y fue con gran ceremonia a buscar a la reina su esposa a su castillo. La
recepción que le hicieron en la ciudad, que era la capital, cuando se presentó en medio de
sus dos hijos, fue magnífica.

Algún tiempo después el príncipe fue a guerrear contra su vecino, el emperador


Cantagallos. Confió la regencia a la reina madre y le recomendó mucho a su mujer y a
sus hijos. Debía guerrear todo el verano; y en cuanto estuvo fuera, la reina madre envió
su nuera y sus nietos a una casa de campo que había en el bosque para poder satisfacer
con mayor libertad sus horribles apetitos. Algunos días después fue a la casa de campo y
por la noche dijo a su mayordomo:

-Mañana quiero comerme a Aurora.

-¡Ah! señora…, exclamó el mayordomo.

-Lo quiero, contestó la reina con tono de ogra que desea devorar carne fresca, y quiero
comerla en salsa picante.
El pobre hombre comprendió que no había que andarse con bromas con la ogra; tomó un
enorme cuchillo y subió al cuarto de la pequeña Aurora. Tenía entonces cuatro años, y al
verle corrió hacia él saltando y riendo, le abrazó y le pidió un caramelo. El mayordomo se
puso a llorar, se le escapó el cuchillo y bajó al corral, degolló un cordero y lo aderezó con
una salsa tan rica que la reina le dijo que nunca había comido cosa mejor. Al mismo
tiempo el mayordomo llevó la pequeña Aurora a su mujer para ocultarla en su casa, que
estaba situada a un extremo del corral.

Ocho días después aquella mala reina dijo a su mayordomo:

-Para cenar quiero comerme a mi nieto Día.

El mayordomo no replicó porque ya tenía formado el propósito de engañarla como la otra


vez. Fue en busca del niño y hallole con un diminuto florete en la mano ensayándose en
la esgrima con un mono, a pesar de que sólo tenía tres años. Llevole a su mujer, que le
ocultó junto con Aurora, y el mayordomo sirvió a la reina madre un cabritillo muy tierno,
que halló sabrosísimo.

Hasta entonces todo había marchado perfectamente pero una tarde aquella perversa ogra
dijo al mayordomo:

-Quiero comerme a la reina aderezada en salsa picante, lo mismo que sus hijos.

El buen hombre quedó aplastado no sabiendo como engañarla. La joven reina tenía
veinte años, sin contar los cien que había pasado durmiendo; el pobre funcionario
desconfiaba de hallar en el corral una res cuyas carnes fueran semejantes a las de una
princesa de tan extraña edad. El mayordomo, para salvar su vida, tomo la resolución de
degollar a la reina y subió a su cuarto con la intención de realizar su propósito. Mientras
subía se excitaba a la ira y entro puñal en mano. No quiso cogerla de sorpresa, y con
mucho respeto le dijo cuál era la orden que le había dado la reina madre.

-Cumple tu deber, contesto ella tendiéndole el cuello; ejecuta la orden que te han dado y
volveré a ver mis hijos, a mis pobres hijos, a quienes amaba tanto.

Desde que se los habían quitado sin decirle nada, la reina les creía muertos.

-¡No, no, señora!, exclamó el pobre mayordomo muy conmovido; no moriréis, pero no por
eso dejaréis de ver a vuestros hijos, pues los veréis en mi casa en donde les he ocultado;
y de nuevo engañaré a la reina sirviéndola una corza en vuestro lugar.

Llevola en el acto a su habitación y dejola que abrazara a sus hijos y confundiera sus
lágrimas con las suyas, mientras él se fue a guisar la corza, que la ogra se comió a la
cena con el mismo apetito que si hubiese sido la reina. Estaba muy satisfecha de su
crueldad y se disponía a decir al rey, cuando regresara, que los lobos hambrientos se
habían comido a su mujer y sus hijos.

Cierta noche que, según costumbre, rondaba por los patios y corrales del castillo por si
olfateaba carne fresca, oyó que su nieto lloraba porque su madre quería pegarle por
haber hecho una maldad, y también oyó la vocecita de Aurora, que pedía perdón para su
hermano. La ogra reconoció la voz de la reina y de sus dos hijos, y llena de ira por haber
sido engañada, ordenó al amanecer del día siguiente, con acento tan espantoso que todo
el mundo temblaba, que pusieran en medio del patio un enorme tonel que hizo llenar de
sapos, víboras, culebras y serpientes para arrojar en él a la reina, sus hijos y al
mayordomo, su mujer y su criada, mandando que los trajeran con las manos atadas a la
espalda.

En el patio estaban los infelices, y los verdugos se disponían a echarlos en el tonel,


cuando el rey, a quien no se esperaba tan pronto, entró de repente a caballo. Había
corrido mucho y preguntó muy admirado qué significaba aquel horrible espectáculo. Nadie
se atrevía a contestarle, cuando la ogra, furiosa al ver lo que pasaba se arrojó la primera
de cabeza al tonel y en un instante fue devorada por los asquerosos reptiles que había
mandado echar dentro. El rey no dejó de sentir disgusto, pues era su madre, pero pronto
se consoló con su hermosa mujer y sus hijos.

BLANCANIEVES

Una niña muy bonita, una pequeña princesa que tenía un cutis blanco como la nieve,
labios y mejillas rojos como la sangre, y cabellos negros como el azabache. Su nombre
era Blancanieves.

A medida que crecía la princesa, su belleza aumentaba día tras día hasta que su
madrastra, la reina, se puso muy celosa. Llegó un día en que la malvada madrastra no
pudo tolerar más su presencia y ordenó a un cazador que la llevara al bosque y la matara.
Como ella era tan joven y bella, el cazador se apiadó de la niña y le aconsejó que buscara
un escondite en el bosque.

Blancanieves corrió tan lejos como se lo permitieron sus piernas, tropezando con rocas y
troncos de árboles que la lastimaban. Por fin, cuando ya caía la noche, encontró una
casita y entró para descansar. Todo en aquella casa era pequeño, pero más lindo y limpio
de lo que se pueda imaginar. Cerca de la chimenea estaba puesta una mesita con siete
platos muy pequeñitos, siete tacitas de barro y al otro lado de la habitación se alineaban
siete camitas muy ordenadas. La princesa, cansada, se echó sobre tres de las camitas, y
se quedó profundamente dormida.

Cuando llegó la noche, los dueños de la casita regresaron. Eran siete enanitos, que todos
los días salían para trabajar en las minas de oro, muy lejos, en el corazón de las
montañas.

-¡Caramba, qué bella niña! -exclamaron sorprendidos-. ¿Y cómo llegó hasta aquí?

Se acercaron para admirarla cuidando de no despertarla. Por la mañana, Blancanieves


sintió miedo al despertarse y ver a los siete enanitos que la rodeaban. Ellos la
interrogaron tan suavemente que ella se tranquilizó y les contó su triste historia.

-Si quieres cocinar, coser y lavar para nosotros -dijeron los enanitos-, puedes quedarte
aquí y te cuidaremos siempre.

Blancanieves aceptó contenta. Vivía muy alegre con los enanitos, preparándoles la
comida y cuidando de la casita. Todas las mañanas se paraba en la puerta y los despedía
con la mano cuando los enanitos salían para su trabajo.

Pero ellos le advirtieron: -Cuídate. Tu madrastra puede saber que vives aquí y tratará de
hacerte daño.
La madrastra, que de veras era una bruja, y consultaba a su espejo mágico para ver si
existía alguien más bella que ella, descubrió que Blancanieves vivía en casa de los siete
enanitos. Se puso furiosa y decidió matarla ella misma. Disfrazada de vieja, la malvada
reina preparó una manzana con veneno, cruzó las siete montañas y llegó a casa de los
enanitos.

Blancanieves, que sentía una gran soledad durante el día, pensó que aquella viejita no
podía ser peligrosa. La invitó a entrar y aceptó agradecida la manzana, al parecer
deliciosa, que la bruja le ofreció. Pero, con el primer mordisco que dio a la fruta,
Blancanieves cayó como muerta.
Aquella noche, cuando los siete enanitos llegaron a la casita, encontraron a Blancanieves
en el suelo. No respiraba ni se movía. Los enanitos lloraron amargamente porque la
querían con delirio. Por tres días velaron su cuerpo, que seguía conservando su belleza -
cutis blanco como la nieve, mejillas y labios rojos como la sangre, y cabellos negros como
el azabache.

-No podemos poner su cuerpo bajo tierra -dijeron los enanitos. Hicieron un ataúd de
cristal, y colocándola allí, la llevaron a la cima de una montaña. Todos los días los
enanitos iban a velarla.

Un día el príncipe, que paseaba en su gran caballo blanco, vio a la bella niña en su caja
de cristal y pudo escuchar la historia de labios de los enanitos. Se enamoró de
Blancanieves y logró que los enanitos le permitieran llevar el cuerpo al palacio donde
prometió adorarla siempre. Pero cuando movió la caja de cristal tropezó y el pedazo de
manzana que había comido Blancanieves se desprendió de su garganta. Ella despertó de
su largo sueño y se sentó. Hubo gran regocijo, y los enanitos bailaron alegres mientras
Blancanieves aceptaba ir al palacio y casarse con el príncipe.

LA CENICIENTA
Érase una mujer, casada con un hombre muy rico, que enfermó, y,
presintiendo su próximo fin, llamó a su única hijita y le dijo: "Hija mía, sigue
siendo siempre buena y piadosa, y el buen Dios no te abandonará. Yo
velaré por ti desde el cielo, y me tendrás siempre a tu lado." Y, cerrando los
ojos, murió. La muchachita iba todos los días a la tumba de su madre a
llorar, y siguió siendo buena y piadosa. Al llegar el invierno, la nieve cubrió
de un blanco manto la sepultura, y cuando el sol de primavera la hubo
derretido, el padre de la niña contrajo nuevo matrimonio.

La segunda mujer llevó a casa dos hijas, de rostro bello y blanca tez, pero
negras y malvadas de corazón. Vinieron entonces días muy duros para la
pobrecita huérfana. "¿Esta estúpida tiene que estar en la sala con
nosotras?" decían las recién llegadas. "Si quiere comer pan, que se lo gane.
¡Fuera, a la cocina!" Le quitaron sus hermosos vestidos,le pusieron una
blusa vieja y le dieron un par de zuecos para calzado: "¡Mira la orgullosa
princesa, qué compuesta!" Y, burlándose de ella, la llevaron a la cocina. Allí
tenía que pasar el día entero ocupada en duros trabajos. Se levantaba de
madrugada, iba por agua, encendía el fuego, preparaba la comida, lavaba la
ropa. Y, por añadidura, sus hermanastras la sometían a todas las
mortificaciones imaginables; se burlaban de ella, le esparcían, entre la
ceniza, los guisantes y las lentejas, para que tuviera que pasarse horas
recogiéndolas. A la noche, rendida como estaba de tanto trabajar, en vez de
acostarse en una cama tenía que hacerlo en las cenizas del hogar. Y como
por este motivo iba siempre polvorienta y sucia, la llamaban Cenicienta.
Un día en que el padre se disponía a ir a la feria, preguntó a sus dos
hijastras qué deseaban que les trajese. "Hermosos vestidos," respondió una
de ellas. "Perlas y piedras preciosas," dijo la otra. "¿Y tú, Cenicienta,"
preguntó, "qué quieres?" - "Padre, corta la primera ramita que toque el
sombrero, cuando regreses, y traemela." Compró el hombre para sus
hijastras magníficos vestidos, perlas y piedras preciosas; de vuelta, al
atravesar un bosquecillo, un brote de avellano le hizo caer el sombrero, y él
lo cortó y se lo llevó consigo. Llegado a casa, dio a sus hijastras lo que
habían pedido, y a Cenicienta, el brote de avellano. La muchacha le dio las
gracias, y se fue con la rama a la tumba de su madre, allí la plantó,
regándola con sus lágrimas, y el brote creció, convirtiéndose en un hermoso
árbol. Cenicienta iba allí tres veces al día, a llorar y rezar, y siempre
encontraba un pajarillo blanco posado en una rama; un pajarillo que, cuando
la niña le pedía algo, se lo echaba desde arriba.

Sucedió que el Rey organizó unas fiestas, que debían durar tres días, y a
las que fueron invitadas todas las doncellas bonitas del país, para que el
príncipe heredero eligiese entre ellas una esposa. Al enterarse las dos
hermanastras que también ellas figuraban en la lista, se pusieron muy
contentas. Llamaron a Cenicienta, y le dijeron: "Péinanos, cepíllanos bien
los zapatos y abróchanos las hebillas; vamos a la fiesta de palacio."
Cenicienta obedeció, aunque llorando, pues también ella hubiera querido ir
al baile, y, así, rogó a su madrastra que se lo permitiese. "¿Tú, la
Cenicienta, cubierta de polvo y porquería, pretendes ir a la fiesta? No tienes
vestido ni zapatos, ¿y quieres bailar?" Pero al insistir la muchacha en sus
súplicas, la mujer le dijo, finalmente: "Te he echado un plato de lentejas en
la ceniza, si las recoges en dos horas, te dejaré ir." La muchachita, saliendo
por la puerta trasera, se fue al jardín y exclamó: "¡Palomitas mansas,
tortolillas y avecillas todas del cielo, vengan a ayudarme a recoger lentejas!:
Las buenas, en el pucherito;
las malas, en el buchecito."
Y acudieron a la ventana de la cocina dos palomitas blancas, luego las
tortolillas y, finalmente, comparecieron, bulliciosas y presurosas, todas las
avecillas del cielo y se posaron en la ceniza. Y las palomitas, bajando las
cabecitas, empezaron: pic, pic, pic, pic; y luego todas las demás las
imitaron: pic, pic, pic, pic, y en un santiamén todos los granos buenos
estuvieron en la fuente. No había transcurrido ni una hora cuando,
terminado el trabajo, echaron a volar y desaparecieron. La muchacha llevó
la fuente a su madrastra, contenta porque creía que la permitirían ir a la
fiesta, pero la vieja le dijo: "No, Cenicienta, no tienes vestidos y no puedes
bailar. Todos se burlarían de ti." Y como la pobre rompiera a llorar: "Si en
una hora eres capaz de limpiar dos fuentes llenas de lentejas que echaré en
la ceniza, te permitiré que vayas." Y pensaba: "Jamás podrá hacerlo." Pero
cuando las lentejas estuvieron en la ceniza, la doncella salió al jardín por la
puerta trasera y gritó: "¡Palomitas mansas, tortolillas y avecillas todas del
cielo, vengan a ayudarme a limpiar lentejas!:
Las buenas, en el pucherito;
las malas, en el buchecito."
Y enseguida acudieron a la ventana de la cocina dos palomitas blancas y
luego las tortolillas, y, finalmente, comparecieron, bulliciosas y presurosas,
todas las avecillas del cielo y se posaron en la ceniza. Y las palomitas,
bajando las cabecitas, empezaron: pic, pic, pic, pic; y luego todas las demás
las imitaron: pic, pic, pic, pic, echando todos los granos buenos en las
fuentes. No había transcurrido aún media hora cuando, terminada ya su
tarea, emprendieron todas el vuelo. La muchacha llevó las fuentes a su
madrastra, pensando que aquella vez le permitiría ir a la fiesta. Pero la
mujer le dijo: "Todo es inútil; no vendrás, pues no tienes vestidos ni sabes
bailar. Serías nuestra vergüenza." Y, volviéndole la espalda, partió
apresuradamente con sus dos orgullosas hijas.

No habiendo ya nadie en casa, Cenicienta se encaminó a la tumba de su


madre, bajo el avellano, y suplicó:
"¡Arbolito, sacude tus ramas frondosas,
y échame oro y plata y más cosas!"
Y he aquí que el pájaro le echó un vestido bordado en plata y oro, y unas
zapatillas con adornos de seda y plata. Se vistió a toda prisa y corrió a
palacio, donde su madrastra y hermanastras no la reconocieron, y, al verla
tan ricamente ataviada, la tomaron por una princesa extranjera. Ni por un
momento se les ocurrió pensar en Cenicienta, a quien creían en su cocina,
sucia y buscando lentejas en la ceniza. El príncipe salió a recibirla, y
tomándola de la mano, bailó con ella. Y es el caso que no quiso bailar con
ninguna otra ni la soltó de la mano, y cada vez que se acercaba otra
muchacha a invitarlo, se negaba diciendo: "Ésta es mi pareja."

Al anochecer, Cenicienta quiso volver a su casa, y el príncipe le dijo: "Te


acompañaré," deseoso de saber de dónde era la bella muchacha. Pero ella
se le escapó, y se encaramó de un salto al palomar. El príncipe aguardó a
que llegase su padre, y le dijo que la doncella forastera se había escondido
en el palomar. Entonces pensó el viejo: ¿Será la Cenicienta? Y, pidiendo
que le trajesen un hacha y un pico, se puso a derribar el palomar. Pero en
su interior no había nadie. Y cuando todos llegaron a casa, encontraron a
Cenicienta entre la ceniza, cubierta con sus sucias ropas, mientras un candil
de aceite ardía en la chimenea; pues la muchacha se había dado buena
maña en saltar por detrás del palomar y correr hasta el avellano; allí se quitó
sus hermosos vestidos, y los depositó sobre la tumba, donde el pajarillo se
encargó de recogerlos. Y enseguida se volvió a la cocina, vestida con su
sucia batita.

Al día siguiente, a la hora de volver a empezar la fiesta, cuando los padres y


las hermanastras se hubieron marchado, la muchacha se dirigió al avellano
y le dijo:
"¡Arbolito, sacude tus ramas frondosas,
y échame oro y plata y, más cosas!"
El pajarillo le envió un vestido mucho más espléndido aún que el de la
víspera; y al presentarse ella en palacio tan magníficamente ataviada, todos
los presentes se pasmaron ante su belleza. El hijo del Rey, que la había
estado aguardando, la tomó nmediatamente de la mano y sólo bailó con
ella. A las demás que fueron a solicitarlo, les respondía: "Ésta es mi pareja."
Al anochecer, cuando la muchacha quiso retirarse, el príncipe la siguió, para
ver a qué casa se dirigía; pero ella desapareció de un brinco en el jardín de
detrás de la suya. Crecía en él un grande y hermoso peral, del que colgaban
peras magníficas. Se subió ella a la copa con la ligereza de una ardilla,
saltando entre las ramas, y el príncipe la perdió de vista. El joven aguardó la
llegada del padre, y le dijo: "La joven forastera se me ha escapado; creo que
se subió al peral." Pensó el padre: ¿Será la Cenicienta? Y, tomando un
hacha, derribó el árbol, pero nadie apareció en la copa. Y cuando entraron
en la cocina, allí estaba Cenicienta entre las cenizas, como tenía por
costumbre, pues había saltado al suelo por el lado opuesto del árbol, y,
después de devolver los hermosos vestidos al pájaro del avellano, volvió a
ponerse su batita gris.

El tercer día, en cuanto se hubieron marchado los demás, volvió Cenicienta


a la tumba de su madre y suplicó al arbolillo:
"¡Arbolito, sacude tus ramas frondosas,
y échame oro y plata y más cosas!"
Y el pájaro le echó un vestido soberbio y brillante como jamás se viera otro
en el mundo, con unos zapatitos de oro puro. Cuando se presentó a la
fiesta, todos los concurrentes se quedaron boquiabiertos de admiración. El
hijo del Rey bailó exclusivamente con ella, y a todas las que iban a
solicitarlo les respondía: "Ésta es mi pareja."

Al anochecer se despidió Cenicienta. El hijo del Rey quiso acompañarla;


pero ella se escapó con tanta rapidez, que su admirador no pudo darle
alcance. Pero esta vez recurrió a una trampa: mandó embadurnar con pez
las escaleras de palacio, por lo cual, al saltar la muchacha los peldaños, se
le quedó la zapatilla izquierda adherida a uno de ellos. Recogió el príncipe
la zapatilla, y observó que era diminuta, graciosa, y toda ella de oro. A la
mañana siguiente presentóse en casa del hombre y le dijo: "Mi esposa será
aquella cuyo pie se ajuste a este zapato." Las dos hermanastras se
alegraron, pues ambas tenían los pies muy lindos. La mayor fue a su cuarto
para probarse la zapatilla, acompañada de su madre. Pero no había modo
de introducir el dedo gordo; y al ver que la zapatilla era demasiado pequeña,
la madre, alargándole un cuchillo, le dijo: "¡Córtate el dedo! Cuando seas
reina, no tendrás necesidad de andar a pie." Lo hizo así la muchacha; forzó
el pie en el zapato y, reprimiendo el dolor, se presentó al príncipe. Él la hizo
montar en su caballo y se marchó con ella. Pero hubieron de pasar por
delante de la tumba, y dos palomitas que estaban posadas en el avellano
gritaron:
"Ruke di guk, ruke di guk;
sangre hay en el zapato.
El zapato no le va,
La novia verdadera en casa está."
Miró el príncipe el pie y vio que de él fluía sangre. Hizo dar media vuelta al
caballo y devolvió la muchacha a su madre, diciendo que no era aquella la
que buscaba, y que la otra hermana tenía que probarse el zapato. Subió
ésta a su habitación y, aunque los dedos le entraron holgadamente, en
cambio no había manera de meter el talón. Le dijo la madre, alargándole un
cuchillo: "Córtate un pedazo del talón. Cuando seas reina no tendrás
necesidad de andar a pie." Cortóse la muchacha un trozo del talón, metió a
la fuerza el pie en el zapato y, reprimiendo el dolor, se presentó al hijo del
Rey. Montó éste en su caballo y se marchó con ella. Pero al pasar por
delante del avellano, las dos palomitas posadas en una de sus ramas
gritaron:
"Ruke di guk, ruke di guk;
sangre hay en el zapato.
El zapato no le va,
La novia verdadera en casa está."
Miró el príncipe el pie de la muchacha y vio que la sangre manaba del
zapato y había enrojecido la blanca media. Volvió grupas y llevó a su casa a
la falsa novia. "Tampoco es ésta la verdadera," dijo. "¿No tienen otra hija?" -
"No," respondió el hombre. Sólo de mi esposa difunta queda una Cenicienta
pringosa; pero es imposible que sea la novia." Mandó el príncipe que la
llamasen; pero la madrastra replicó: "¡Oh, no! ¡Va demasiado sucia! No me
atrevo a presentarla." Pero como el hijo del Rey insistiera, no hubo más
remedio que llamar a Cenicienta. Lavóse ella primero las manos y la cara y,
entrando en la habitación, saludó al príncipe con una reverencia, y él tendió
el zapato de oro. Se sentó la muchacha en un escalón, se quitó el pesado
zueco y se calzó la chinela: le venía como pintada. Y cuando, al levantarse,
el príncipe le miró el rostro, reconoció en el acto a la hermosa doncella que
había bailado con él, y exclamó: "¡Ésta sí que es mi verdadera novia!" La
madrastra y sus dos hijas palidecieron de rabia; pero el príncipe ayudó a
Cenicienta a montar a caballo y marchó con ella. Y al pasar por delante del
avellano, gritaron las dos palomitas blancas:
"Ruke di guk, ruke di guk;
no tiene sangre el zapato.
Y pequeño no le está;
Es la novia verdadera con la que va."
Y, dicho esto, bajaron volando las dos palomitas y se posaron una en cada
hombro de Cenicienta.

Al llegar el día de la boda, se presentaron las traidoras hermanas, muy


zalameras, deseosas de congraciarse con Cenicienta y participar de su
dicha. Pero al encaminarse el cortejo a la iglesia, yendo la mayor a la
derecha de la novia y la menor a su izquierda, las palomas, de sendos
picotazos, les sacaron un ojo a cada una. Luego, al salir, yendo la mayor a
la izquierda y la menor a la derecha, las mismas aves les sacaron el otro
ojo. Y de este modo quedaron castigadas por su maldad, condenadas a la
ceguera para todos los días de su vida.

RAPUNZEL
Un cuento clásico muy parecido al que todos hemos escuchado o visto en la pantalla, solo que
la versión original es un poco distinta.
Es cierto que Rapunzel fue una niña deseada por sus padres.
Al nacer, una bruja malvada decide llevarse al bebé como castigo a un robo que el padre hizo
en su jardín.
La bruja es quien le designa este nombre y se la lleva para encerrarla en una torre. Todos los
días iba a visitarla y le pedía que dejara caer su cabello para trepar hasta lo alto.
Hasta aquí nos suena todo muy conocido, pero la llegada del príncipe no es como
imaginamos o como nos han querido contar a lo largo de los años.
El príncipe que se enamora de Rapunzel tras escucharla cantar, decide que debe sacarla de
ese lugar.
Vuelve a menudo para escucharla sin poder acercarse a ella.
Hasta que un día ve a la bruja y descubre su forma de llegar hasta arriba. Es así como
aprendió a llegar a Rapunzel. Desde aquel día empieza a frecuentarla y decide planear una
forma de sacarla de allí.

Irá todas las noches y le llevará seda con la que Rapunzel tejerá una escalera
para escapar.
Por supuesto los enamorados son descubiertos y la bruja abandona a Rapunzel en medio de
un pantano.
¿Quién nos advertiría de lo cruel de los hermanos Grimm?
Cuando el príncipe acude a rescatar a su amada, termina por caer a causa de la bruja, y si
bien no muere, cae sobre unas espinasquedando ciego.
Al menos el final es feliz, y es que el príncipe se encuentra con Rapunzel, quien lograra curarlo
gracias a sus lágrimas.

También podría gustarte